#14 Lo desconocido

Capítulo 1:

      Me llamo Cassie. No os puedo decir mi apellido. Los yeerks acechan y el peligro es inminente. Hay días en los que se me forma un nudo en la garganta que me impide tragar con normalidad. Otras veces tengo la sensación de que no puedo confiar en nadie. Al menos, me queda la esperanza de que si no averiguan quién soy, quizá mis amigos y yo podamos seguir con vida.

      Suena un tanto dramático, ¿No? Seguro que pensáis que soy un poco paranoica o que estoy loca. Pues, creedme, no exagero. Creo que soy la persona menos dramática del mundo. Y, desde luego, no tengo nada que ver con esa gente que va provocando conspiraciones por donde pasa. Hablo en serio.

      Soy una chica del montón. Mi aspecto no es de supermodelo ni de estrella de rock. Qué va. No soy alta, muy guapa, pero tampoco estoy mal. Soy más bien robusta y un tanto rellenita. Si queréis a alguien alto y esbelto, tenéis que conocer a mi mejor amiga, Rachel.

      Yo soy todo lo contrario, más baja y con el pelo corto y negro. Nunca llevo maquillaje y mi armario contiene toda la gama, desde vaqueros hasta monos de trabajo. Tengo dos pares de botas que, por lo general, están siempre cubiertas de barro o de estiércol. También tengo unos fantásticos guantes de goma, pero me ahorraré los detalles sobre las sustancias que los manchan.

      Veréis, trabajo mucho con animales. Ayudo a mi padre, que es veterinario y dirige la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje que, de hecho, se encuentra en nuestro granero. Mi padre recoge todo tipo de animales heridos y, entre otras cosas, les cura las patas rotas, la sarna, las quemaduras y les desinfecta las mordeduras.

      Yo suelo ayudarlo después de clase y los fines de semana. Mi trabajo consiste en dar medicinas a los animales, lavar las jaulas y a sus ocupantes, alimentarlos, cambiar vendas. Me está enseñando a suturar, es decir, a coser una herida una vez terminada la operación.

      Es genial, ¿No? Al menos a mí me lo parece. En cualquier caso, ahora sabéis por qué mis botas están llenas de estiércol, por qué mis guantes están que dan asco y por qué mis vaqueros parecen siempre viejos y gastados.

      ¿Qué puedo decir? No voy a aparecer en la portada de la revista de niñas Seventeen.

      Mi mejor amiga es Rachel y, sin duda, es la persona más fantástica del mundo. Y a Jake le gusto, sí, no sólo como amiga, ya me entendéis, y es la persona más inteligente, más fuerte y sensata que conozco. Bueno, exceptuando a mis padres que, para ser padres, son geniales.

      Así que creo que la falta de un vestido decente no me ha supuesto nada grave. Estoy convencida de que un modo de juzgar a una persona es por sus amigos… y por sus enemigos. Tengo unos amigos maravillosos.

      Y unos enemigos terribles.

      Tengo la clase de enemigos que ninguna chiflada normal, de estatura más bien baja e incapaz de seguir la moda debería tener.

      Una especie de parásitos inteligentes, llamados Yeerks, está invadiendo la Tierra. En estado normal, no son más que unos gusanos de color grisáceo. Parecen caracoles enormes sin concha. Pero esos bichejos son capaces de colarse por el oído de un animal y adherirse a los pliegues y recovecos del cerebro para dominar por complejo al sujeto.

      Ya han conseguido esclavizar a toda la raza Hork-Bajir. Se han aliado con los malvados Taxxonitas. Y ahora vienen a por nosotros.

      Ya están aquí, a vuestro alrededor, sólo que no se nota. Cualquier puede ser uno de ellos. Creéis conocer bien a vuestros amigos, profesores, e incluso a vuestros padres, ¿verdad? Pues quizás estéis equivocados, porque cualquiera puede tener un yeerk en el cerebro, cualquiera puede ser un controlador.

      Un controlador es un ser que ha sido esclavizado por un yeerk. Un controlador humano es un humano que tiene en la cabeza un yeerk que domina sus actos.

      Os he hablado de Jake antes, ¿no? Pues, Tom, su hermano, es uno de ellos. Y el subdirector de nuestro colegio también.

      ¿Quién está luchando para detener esta invasión secreta e invisible de los yeerks? Un puñado de chicos: Jake, Rachel, Marcos, Tobías, un chico extraterrestre de nombre Ax y yo.

      Ahora empezáis a preocuparos. Estáis pensando; << ¿La tierra está siendo invadida por temibles gusanos del espacio y sólo disponemos de la ayuda de un puñado de críos?>>

      Bueno, la verdad es que esos <<chicos>> cuentan con algunas habilidades. Os explico, nos enteramos de todo este asunto de los yeerks a través de Elfangor, un príncipe andalita moribundo. Fue él quien nos concedió la habilidad andalita de las mutaciones, que nos permite convertirnos en cualquier animal con sólo tocarlo.

      Me he transformado en lobo, en águila pescadora, en mosca y en una docena más de animales. He sobrevivido a situaciones de extremo peligro y me he visto envuelta en terribles batallas. Sin embargo, aquí estoy, la misma Cassie de siempre.

      Sigue sin importarme la ropa, cosa que todavía desquicia a Rachel, después de muchos años.

      Rachel estaba allí de pie, en el granero, mirándome fijamente.

      – Cassie, lo único que te estoy diciendo es que… Mira, ponte vaqueros si te apetece, o monos, o esas botas de goma con costra. Todo eso lo acepto, pero por lo menos podías comprarte vaqueros de tu talla”

      – Pero si me queda bien-protesté

      – Cassie ya sabes que te quiero mucho y que eres mi mejor amiga, pero esos pantalones son tan cortos que podrías cruzar el Mississippi sin mojártelos. ¿Cuando te los compraste? Seguro que tenías cuatro años como mucho.

      Contemplé mis vaqueros. La verdad es que los pantalones comenzaban un palmo por encima de mis botas. Miré a Rachel con una sonrisa en los labios. Cosas como ésas le molestan mucho. El gesto de dolor en su rostro resultaba evidente, como si la mera existencia de pantalones tan cortos le produjera auténtico sufrimiento.

      – ¿Quieres decir que son demasiado cortos?

      – No, si esperas un diluvio.-Contestó Rachel.-Si lo esperas, esos vaqueros son ideales. Acompáñame, voy a… ese sitio. Están de rebajas. Quiero que vengas conmigo.

      Entorné los ojos. Conocía muy bien “ese sitio”.

      – No pienso ir contigo al centro comercial, Rachel.-Repliqué.

      – ¿Quién va a ir al centro comercial?-Preguntó una voz.

      Era mi padre que acababa de abrir la puerta lateral del granero.

      – Rachel.-Le informé.

      – Por favor, haga que venga conmigo.-le suplicó Rachel a mi padre.

      – No.-Se rió mi padre.-Lo siento, Rachel, pero la necesito. Helen La loca ha llamado y tenemos que ir a buscar un caballo al quinto infierno, casi en la otra punta de los DRY LANDS.

      Rachel observó los pantalones de mi padre, que terminaban dos o tres palmos por encima de sus zapatos, mostrando unos calcetines que se podía decir que combinaran demasiado bien.

      – Vaya, ahora lo entiendo, de tal palo tal astilla.-dijo Rachel

      – Qué lástima.-Exclamé encogiéndome de hombros-, me voy a perder tres horas de suplicio detrás de ti mientras compras a mil por hora y todos los chicos babean por tu paso. Qué vida tan dura.

      Rachel me lanzó una mirada burlona y después de echó a reír.

      – Bueno, supongo que es más importante un caballo enfermo que comprarse unos pantalones que lleguen hasta abajo.

      – ¿Por qué no vienes con nosotros?-Le pregunté. Me encanta mi padre, de verdad, pero dos horas de coche con él y su único CD de Stevie Wonder no me hacían ni pizca de gracia.

      – Sí, claro.-Contestó Rachel.

      – Si nos acompañas, mañana iré contigo y dejaré que elijas unos vaqueros para mí.

      – ¿Unos vaqueros de verdad? ¿nada de vaqueros cutres de tela que parece cartón?-Rachel se mordió el labio y, sopesando la situación, entornó los ojos-.Claro que necesitarías un Top que hiciera juego…

      Y así descubrimos a aquellos malditos caballos que amenazaban a toda la humanidad.

      Pero será mejor que os lo cuente paso a paso. Primero debíamos cruzar la zona de los Dry Lands.

      © 1996 K.A. Applegate

Capítulo 2:

      Cuando salimos de la ciudad, ya era de noche. Cruzamos el bosque y nos internamos en la zona que aquí llamamos los Dry Lands.

      Los Dry Lands o <<Campos secos>> no son realmente un desierto, es decir, no encontraréis cactus ni cosas de ésas. Es una zona donde no hay nadie, exceptuando hierbajos que crecen aquí y allá en una tierra vacía que se extiende hasta el infinito. De vez en cuando se ve un árbol o incluso varios, pero lo que más abundan son hierbajos, flores silvestres y cientos de piedra que sobresalen en el terreno. Por la forma en la que está dispuestas, parece que las hubiera apilado un viejo gigante.

      Por el camino, no se veía nada. Era de noche y habíamos cogido la autopista.

      Nos faltaba una hora todavía. Mi padre no quiere que vayamos en la parte de atrás porque dice que no es seguro, así que íbamos los tres apretados en los asientos delanteros de la camioneta.

      Con mi padre allí, Rachel y yo no podíamos hablar mucho. No por que sea mi padre, sino por que además, no sabe nada del asunto animorphs.

      – ¿Quién es Helen la loca?-Preguntó Rachel, desesperada por hablar de lo que fuera.

      – Será mejor que no la llames así-Aconsejó mi padre-, a peaar de que ella misma se hace llamar así. Es una mujer que debe tener unos ochenta años. Vive en una caravana situada detrás de su tienda. La conocí hace unos años por un problema con las manadas de caballos de los Dry Lands.

      – Un problema de parásitos en los intestinos – Puntualicé -Gusanos.

      – ¿Quién?¿Los caballos o Helen la loca?-Preguntó Rachel.

      – Ahí está-Señaló mi padre. Iba a devolverle la gracia a Rachel, pero mi padre interrumpió.

      Aparcó el coche delante de la tienda, coronada por un gigantesco cartel donde se leía: ULTIMOS SOUVENIRS. El cartel era más grande que toda la tienda que estaba cerrada y, por su apecto, parecía llevar años y años así.

      Detrás de la tienda había una caravana, una Airstream, ya sabéis, una de ésas con forma de bala y de color plata. En la parte delantera había un toldo decorado con luces de navidad, aunque no estábamos cerca.

      Helen salió a recibirnos en cuanto vio el coche. Tenía el pelo canoso y llevaba una blusa de flores descolorida, vaqueros con parches y botas camperas.

      -¡Eh!-Exclamó Rachel-.pero si es Cssie dentro de sesenta o setenta años.

      Le di un codazo a mi amiga, <<sin querer>> y las dos nos echamos a reír.

      – Bueno, en realidad, creo que acabarás dirigiendo una organización de voluntarios dedicada a salvar gallinas y ballenas infelices-Añadió Rachel, suavizando la ironía.

      Aquella visión de mi futuro no me disgustaba en absoluto, aunque me resultaba difícil imaginar cómo iba a controlar gallinas y ballenas al mismo tiempo.

      – Está allí, por allí-Gritó Helen en cuanto salimos de la camioneta-.Es una yegua grandota que se está comportando de un modo muy extraño. Quizás haya comido hierba loca.

      – ¿Hierba loca?-Me preguntó Rachel.

      Me encogí de hombros.

      – Hola Helen-Saludó mi padre con toda tranquilidad-. Iremos a echar un vistazo a ver qué pasa. ¿Cómo van las cosas?

      – Esos malditos extraterrestres no me dejan dormir.-Protestó Helen.

      Observé que Rachel se había quedo rígida. Le quiñé un ojo.

      – Son otros extraterrestres.-Informé a Rachel entre dientes.

      – No dejan de enviarme mensajes a través de mis dientes.-Continuó Helen-, avisándome de su inminente aterrizaje, ahí mismo. Pero nunca pasa nada. EN los cuarenta años que llevo aquí, jamás he visto un marciano. No me fío de ellos.

      – ¿De quién?-Preguntó mi padre

      – De los marcianos-Contestó y se echó a reír. No era una risa de loca, sino más bien dulce. A veces me pregunto si Helen está loca de verdad o es que le gusta jugar.

      – Venga, vamos a ver a esa yegua-dijo mi padre.

      Rachel y yo encendimos unas linternas. La luna estaba alta, pero tan solo era un gajo, así que no alumbraba demasiado. Enseguida nos alejamos de la luz de la caravana y del cartel, y nos adentramos en la absoluta oscuridad que rodea a las ciudades.

      Árboles pequeños, matorrales y puedras nos salían al paso a la luz de las linternas. No se oía nada, solo el crujido de la hierba bajo nuestros pies.

      Mi padre y yo intentábamos descubrir en la oscuridad a la famosa yegua. Rachel, en cambio, miraba hacia la carretera.

      – ¡Eh! ¿No será aquél el caballo que buscáis?-Preguntó Rachel.

      – ¿Dónde?

      – Allí, cerca de la carretera, junto a la cabina.

      Mi padre y yo nos volvimos para echar una ojeada. Un caballo sin mucho lustre avanzaba balanceándose como si estuviera borracho.

      El caballo parecía sentirse atraído por el teléfono. Lo descolgó con la boca y lo dejó colgando. Y entonces ocurrió algo extraño. El caballo bajó la cabeza hasta el suelo, cogió una ramita con el hocico y, ante nuestro aosmbro, intentó pulsar las teclas del teléfono.

      – ¿Me estoy volviendo loca o ese caballo intenta hacer una llamada?-Prgeuntó Rachel.

      – Debe andar desorientado-respondió mi padre encogiéndose de hombros- No sabe lo que hace. Venga, vamos a acercarnos.

      Me entretuve unos segundos para quedarme rezagada con Rachel.

      – Ese caballo está haciendo una llamado-susurró Rachel.

      – Eso parece-Convine

      – Estará pidiendo una pizza, ¿no crees?-Sugirió Rachel.

      – Sí, con alfalfa y mucho queso.

      Mi padre estaba muy cerca de la yegua, que, al verlo, vaciló. Daba la sensación de que quería acabar lo que estuviera haciendo y echar a correr. Al final se decidió por lo segundo, aunque la pobre no lo hacía muy bien, porque se tambaleaba y tropezaba cada dos por tres.

      – Sooo, pequeña, soo – Decía mi padre con esa voz que utilizan los expertos para calmar animales-tranquila, solo quiero ayudarte.

      Pero el caballo no parecía hacerle mucho caso. Se balanceaba y se tambaleaba en su huida. AL rato desapareció en la oscuridad y minutos después oímos un ¡BUUMM!

      Eché a correr hasta alcanzar a mi padre, que se había arrodillado junto al caballo echado en el suelo. El animal intentaba ponerse en pie, pero todos sus esfuerzos resultaban inútiles.

      – ¿Qué opinas? – Le pregunté a mi padre ansiosa por saber. El pobre animal sudaba mucho y nos observaba con sus enormes ojos marrones.

      – Bueno, podría ser un montón de cosas-respondió-, pero apostaría el cuello a que le ha moridod una serpiente. Intenta calmarla. Voy a buscar un par de cosas a la camioneta. Ahora vuelvo.

      – ¿Serpientes?-Se extrañó Rachel.

      – Claro, hay muchas por aquí-Repliqué al tiempo que le daba pequeñas palmadas al cuello e intentaba calmarlo con sonidos tranquilizadores.

      – ¿Por la noche?¿Las serpientes no salen más bien de día?

      – No siempre.

      – Estupendo. Esto es mucho más divertido que el centro comercial. Serpientes venenosas y caballos que llaman por teléfono.

      De repente noté que algo le pasaba a la cabeza del caballo.

      – ¡Mira!-Exclamé

      Allí, delante de nuestras narices, vimos salir del oído izquierdo del caballo un gran gusano gris.

      – ¿Es eso lo que yo imagino?-Susurró Rachel.

      – Sí, me temo que sí.

      El gusano consiguió salir y cayó al suelo de golpe. Sin perder tiempo, se empezó a alejar arrastrando su repulsivo cuerpo por la tierra.

      Conocía muy bien a aquellos seres.

      – Yeerk-susurré- el pobre caballo tenía un yeerk.

      El yeerk desapareció en la oscuridad. Me volví y vi a mi padre seguía hurgando en su maletín. Fue entonces cuando apareció el semental.

      No era un caballo demasiado grande, pero nada más verlo notaba que era fuerte. Avanzó con la cabeza bien alta hacia nosotras. Observó a la yegua en el suelo y, luego, al yeerk que trataba de escabullirse.

      No veíamos mucho, pero creo que el yeerk intentó erguirse para alcanzar al caballo que, sin perder un minuto, se volvió y desapareció.

      – ¿Rachel?

      – ¿Si?

      – Vámonos de aquí.

      – ¿Qué quieres decir? ¿Por qué?

      No tenía respuesta. Se trataba más bien de una intuición, pero era muy fuerte.

      – ¡Hazme caso! Rápido, ¡corre!

      La agarré del brazo y tiré de ella. Habíamos avanzado unos ocho pasos cuando…

      ¡Ssiiiuummm! ¡Ssiiiuummm! Una luz cegadora iluminó la zona con tal intensidad como si nos hubieran puesto un foco delante de las narices. Aquel resplanzar parecía caer del cielo.

      Las piedras saltaron por el aire y la tierra pareció abrirse en dos. Ni siquiera noté la caída.

  Capítulo 3:

      Abrí los ojos. Estaba tumbada boca arriba y me encontraba en el interior de algún sitio. Delante de mí había un extraterrestre que no me quitaba sus enormes ojos de encima. Tenía una cara ovalada y un tanto fantasmal por su palidez. Parecía un niño con aquellos brazos y piernas tan débiles.

      Era exactamente igual que uno de esos extraterrestres de la película Encuentros en la tercera fase.

      Parpadeé un par de veces, volví a mirar y descubrí que era una figura de cartón de tamaño real; justo a su lado en un letrero se leía, Star Trek: La nueva Generación.

      Me incorporé y miré a mí alrededor. Había estantes llenos de máscaras de La guerra de las Galaxias: Desde los Wookies, Darth Vader y las tropas imperiales, hasta dasers de Star Trek y orejas de Spock.

      Las paredes estaban cubiertas de enormes fotografías de Mulder y Scully de Expediente X, o de Mike, Crow, Servo y Gipsy de Mystery Science Theater 3000, o de Jane Fonda como Barbarilla; también había carteles de películas como Plan 9 del especio exterior, Ultimátum a la tierra, la invasión de los ladrones de cuerpos y, como no, de 2001: una odisea en el espacio.

      Pero, sobre todo, había algo que se leía en paredes, ceniceros, lápices y camisetas, en un logotipo rojo y blanco: Zona 91

      – Se ha despertado-informó Rachel. Se acercó a mí despacio con una especie de vara en la mano.

      – ¿Qué ha pasado?-Pregunté

      – Has perdido el conocimiento ¿te acuerdas? Ha habido una explosión de repente.-Alzó una ceja y me lanzó una mirada de complicidad,

      Entendí lo que quería decirme. Tenía que actuar como si no hubiéramos visto nada de lo que vimos. Es decir, ni un yeerk ni rayos dragón.

      Mi padre se acercó corriendo, seguido de Helen, se arrodilló y me puso la mano en la frente.

      – ¡Ay!

      – Parece que está bien-murmuró. Sólo es un corte superficial. Un buen golpe, pero dudo que haya conmoción. Aun así, de vuelta a casa te voy a llevar a urgencias para que te tengan en observación.

      – El doctor Carter estará por allí-Dijo Rachel guiñándome un ojo-, o Noah Wyle. Oh, si…

      – ¿Qué ha pasado?-Le pregunté a mi padre

      – Bueno, cielo…

      – Han sido los extraterrestres-interrumpió Helen-. No hacen más que lanzar por toda esta zona piedras de esas que explotan. ¡BUUM!

      – Estamos cerca de un área de acción que pertenece a las Fuerzas Aéreas- informó mi padre al tiempo que ponía los ojos en blanco-. Una de las bases está en el interior de Dry Lanas. Siempre se ven aviones sobrevolando la zona. Ha debido de ser el caballo lo que ha llamado su atención, e imagino que han perdido una bomba, misil o algo por el estilo y la onda expansiva te ha alcanzado.

      – Supongo que tienes razón.

      – ¡Han sido los extraterrestres!-Gritó Helen-.Tienen un montón de ellos escondidos en la zona 91. Por eso nadie sabe nada. Las fuerzas Aéreas tienen prohibido hablar de ellos. La zona 91 es la base secreta donde el gobierno tiene encerrados a los extraterrestres. Los meten en jaulas y les obligan a desvelar sus secretos tecnológicos. No creeréis que los ordenadores han aparecido por casualidad, ¿Verdad? Todas esas cosas que veis ahí son de los marcianos. Toma, acepta esta taza como recuerdo. Cuesta unos diez dólares noventa y nueve, pero para ti es gratis por estar herida.

      Helen tomó una taza de un estante, la limpió con la manga y me la acercó.

      – Yo he encontrado una rama de pacana.-Comentó Rachel enseñando la rama.

      – ¿Quieres una taza?-Le preguntó Helen

      – No, ya tengo la rama. Además, no creo en extraterrestres.-Comentó mi amiga sin inmutarse.

      – Como la mayoría de la gente-Sonrió Helen-, jóvenes, viejos, gente inteligente. Pero los de la zona 91 saben lo que está pasando. ¡Vaya si lo saben! Sólo que el gobierno no quiere que nos enteremos. Me vigilan y escuchan a través del microchip que han implantado en mi cerebro. Me están escuchando ahora mismo desde uno de sus helicópteros negros y están transmitiendo lo que decimos ala base del Nuevo Orden Mundial de las Azores, que es donde está la mítica ciudad de La Atlántida.

      Aquella parrafada nos dejó fuera de combate temporalmente. Nos limitamos a mirar al vacío.

      – Bueno, será mejor que dejemos a Helen tranquila-Dijo mi padre y, con ello, rompió el encantamiento-. Cassie, cielo, ¿cómo te encuentras? ¿ves bien?

      – Hum, creo que sí- Respondí-, pero ¿Qué ha pasado con la yegua?

      – Es un misterio-contestó moviendo la cabeza de un lado a otro-. No ha quedado ni rastro. Nada de nada.

      – ¿Qué os dije? Es cosa de los marcianos- Insistió Helen- Esos malditos alienígenas tiene la culpa de todo.

      Rachel y yo intercambiamos mirada. Creo que estábamos pensando lo mismo: “Qué mundo tan extraño. Alguien a quien llaman loca, resulta que en parte tiene razón

 – ¿No has oído hablar de la zona 91? Pero si es el Santo Grial de los chiflados conspiradores- Comentó Marcos mientras bebía un Mountain Dew-. ¿Es que nunca has navegado por internet? Está lleno de gente que piensa que en la zona 91 hay alienígenas. Lo llaman el “lugar más secreto de la tierra”

      – Sí que navego por internet- replicó Rachel- sólo que, a diferencia de otros, no me tiro horas en los foros, ni me pongo nombres falsos como “Sexy Boy” para convencer a la gente de que soy un guapísimo millonario de treinta años.

      – Perdona, guapa-protestó Marco-, pero yo no uso esos nombres. ¿Por quién me tomas? ¿No me digas que no es elegante “BaldwinBoyFive”? ya sabes, el quinto Baldwin desaparecido, el más guay de todos.

      Nos encontrábamos en un restaurante del centro comercial. Era el día después del incidente en los Dry Lands. En mis manos sostenía una bolsa que contenía otras bolsas más pequeñas de tiendas como The Gap y J. Crew.

      A pesar de todo lo que había pasado, a Rachel no se le había olvidado mi promesa. Así que ahora tenía conjuntos, no roma simplemente, sino conjuntos.

      – Hasta yo he oído hablar de la zona 91- Intervino Jake- y, a diferencia de Marco, soy una persona bastante normal.

      Marco arrojó una patata frita a Jake, que fue lo bastante rápido para agachar la cabeza, ocasión que no desaprovechó Ax para atrapar la patata en pleno vuelo y metérsela en la boca en un abrir y cerrar de ojos.

      – Mmmmmmm, aceite y sal. ¡Es deliciosa!- Exclamó Ax.

      Entonces, otro chico se acercó a la mesa. Parecía inquieto, como si el hecho de estar en un centro comercial le diera miedo. No cesaba de mirar hacia atrás y, cuando te miraba a los ojos, torcía la vista de una forma que parecía miope.

      – Hola Tobías-Saludo Marco-.Íbamos a pedir una Pizza. ¿Quieres carne de ratón en la tuya?

      Creo que será mejor que no siga adelante y que os cuente primero quién es toda esta gente, por que me tema que jamás adivinaríais que ese grupo de niños son los animorphs.

      Primero está Jake, que es como si fuera el Líder del grupo, aunque ninguno le trata como tal. Y desde luego a él no le gustaría ni un pelo. Supongo que por eso es el líder, por que es el típico chico que no necesita que le hagan la pelota.

      Después está Marco. ¿Qué puedo decir de Marco que no diga él ya? Siempre le saca punta a todo, es el gracioso del grupo, pero no en plan payaso. Debajo de toda su fanfarronería y sus bromas, tiene un lado serio. Marco ve cosas que otras personas no saben ver. Es muy listo y no se pierde una, no sé si me entendéis.

      Marco es el mejor amigo de Jake desde hace años. Nadie recuerda cómo empezaron a ser amigos, pero desde el primer día, han discutido por las cosas más idiotas que os podáis imaginar: que si debes o no utilizar más pedal o más marchas en un videojuego que les tiene sorbido el seso; que si Spiderman puede derrotar a Batman en menos que canta un gallo; que si el baloncesto requiere más tiempo en equipo que el fútbol; que si el queso sabe a color amarillo.

      Os lo digo en serio. Recuerdo perfectamente aquel sábado que se pasaron todo el día discutiendo sobre si las cosas saben a colores. Según Marco, el queso sabe a color verde.

      Pero, a pesar de esos pequeños detalles, Jake, Marco, Rachel y yo somos los miembros más normales de los animorphs. Los otros dos son realmente raros.

      Tobías por ejemplo, se quedó atrapado en el cuerpo de un ratonero. En esto de las mutaciones, si superas el tiempo límite de dos horas transformado en un animal te quedas atrapado en ese cuerpo para siempre. Por eso Tobias vive ahora en el bosque, cerca de una pradera y se alimenta de rayones y conejos.

      Hace poco, una criatura de un poder inmenso, conocido como un ellimista, le devolvió la capacidad para transformarse, así que ahora Tobias puede transformarse como cualquiera de nosotros, sólo que él, antes de dos horas, debe volver a su cuerpo de ratonero, mientras que nosotros recuperamos nuestra forma humana.

      La forma humana con la que Tobias se presentó en el centro comercial era, en realidad, una transformación de su antiguo cuerpo humano. Y la razón por la que parecía miope era porque estaba acostumbrado a su intensa mirada de ave rapaz.

      Si Tobias decidiera ser humano por completo, todo lo que tendría que hacer es superar las dos horas; de esa manera, se quedaría con su forma humana para siempre, pero perdería su capacidad para cambiar de forma.

      Es un poco complicado, lo sé. Pero todavía no habéis oído lo peor.

      El último miembro del grupo ni siquiera es humano. SU nombre completo es Aximili-Esgarrouth-Isthill, pero nosotros lo llamamos Ax.

      Ax es un andalita, pero también puede adoptar forma humana, que creó a partir de la conjugación del ADN de Jake, Marco, Rachel y del mío. Cuando Ax se transforma en chico, tiene una belleza muy llamativa para ser chico. Pero al mismo tiempo su aspecto resulta un tanto extraño. Veréis, los andalitas no tienen boca y, por lo tanto, no conocen el gusto de las cosas. Así que cuando Ax se convierte en humano, el hecho de tener boca y, sobre todo, sentido del gusto, le vuelve loco. Los pastelillos de canela, el chocolate, las palomitas, o incluso los cucuruchos de papel de las palomitas son su perdición.

      En resumen, cuando Ax está transformado en humano, hay que vigilarlo por que es capaz de comerse cosas inimaginables. Por ejemplo, le hemos prohibido terminantemente que siga comiéndose las colillas de los ceniceros. Con esto no quiero que tengáis una mala impresión de Ax por que es un ser inteligente, sensato, honorable y valiente – cuando no está transformado en humano, claro.

      – Bueno, ¿Qué pasa?- Preguntó Tobias

      Seis pares de ojos examinaron el lugar a conciencia. No había demasiada gente en el centro comercial a aquella hora, y era temprano para comer, así que el restaurante no estaba muy lleno, pero había que asegurarse de que nadie estuviera lo bastante cerca para escuchar nuestra conversación.

      El enemigo acecha por todas partes y cualquiera podría serlo.

      – Rachel y Cassie han estado cerca de la zona 91 y vieron caballos llamando por teléfono – Informó Marco

      Tobias nos miró a las dos con un semblante muy serio. Nuestro amigo parecía haber olvidado las expresiones faciales humanas, aunque todos sabíamos que, en el fondo, seguía siendo el mismo Tobias de siempre.

      – ¿Alguien me puede traducir el idioma de Marco?

      – Creo que te prefiero como gallina, Tobias – Declaró Marco

      – Ratonero de cola roja-Corrigió Tobias sin inmutarse

      – Gallina, paloma, ratonero, ¿qué mas da?- Replicó Marco encogiéndose de hombros.

      – ¿Y si nos centramos en el tema? –Intervino Jake

      – Como tú digas, papá- Contestó Marco. Se puso serio y le resumió los hechos rápida y eficazmente.

      – Yeerks en caballos-Intervino Rachel-. No tiene ningún sentido. ¿Para qué iban a querer los yeerks convertir a los caballos en controladores?

      – ¿Poseen los caballos algún poder especial? ¿Essspeciaaallll?-preguntó Ax. A nuestro amigo extraterrestre, aparte de los sabores, le fascina el lenguaje y le da por alargar las palabras siempre.

      – Son animales gregarios- Respondí al tiempo que me encogía de hombros-. No son muy listos, la verdad, más bien al contrario. Son veloces, pero hay animales que corren mucho más deprisa. Son fuertes, pero no tanto como otros-Me encogí de hombros otra vez-. No veo el interés de los yeerks en estos animales.

      – A lo mejor es que quieren ganar el derbi de Kentucky-Bromeó Rachel.

      – Quizá lo hagan para pasar el rato-Sugirió Jake-. A lo mejor lo encuentran divertido.

      – No me imagino a los yeerks haciendo algo por que les resulte divertido, príncipe Jake-Indicó Ax- Siempre esconden una razón.

      – Ax, por favor, no me llames “príncipe Jake” y menos en público.

      – Sí, príncipe Jake.

      – ¿Vosotras dos estáis seguras de que lo que visteis era un yeerk?-Nos preguntó Jake-. ¿No sería una serpiente, un caracol o algo así?

      – ¿Y si tu padre tuviese razón y aquello fuera por un proyectil que no tiene nada que ver con los rayos dragón?-añadió Tobias.

      – No es que nos creamos-prosiguió Jake-, es solo que no hay razones para que los yeerks se muestren interesados por los caballos.

      – Bueno… -repliqué mirando a Rachel-, supongo que podría equivocarme, pero estoy casi segura de lo que vi.

      – Sí, igual que yo-Corroboró Rachel.

      – Entonces ¿qué queréis que hagamos?- Preguntó Jake-. ¿Echar un vistazo a la zona para ver si descubrimos más pistas?

      – Es una buena zona para volar-comentó Tobias-. Las corrientes Térmicas son estupendas.

      – Sí, ¿y las serpientes y los sapos también?-preguntó Marco haciéndose el inocente.

      – Mañana yo no puedo-Anunció Jake-. Es el cumpleaños de mi padre y vamos a ir a cenar fuera.

      – ¿Tom también?-preguntó Rachel

      – Eso ha dicho-Contestó Jake-, aunque ¿quién sabe? Últimamente está todo el día liado en reuniones de La Alianza. Razón de más para no faltar. AL menos que uno de sus hijos esté en su cumpleaños.

      – ¿Qué le has comprado?-Le pregunté para cambiar de tema y que pensara en otra cosa.

      – Bueno, la verdad es que no le he comprado nada-Dijo sonriendo-, pero creo que si que haré será limpiar las tuberías del tejado.

      – ¿Trabajo físico puro y duro?-Marco se estremeció de sólo pensar en ello-. ¿por qué no el compras una de esas bonitas tarjetas de cumpleaños?

      – Estoy impaciente por saber lo que está pasando con los caballos-confesé-, pero lo podemos dejar para el fin de semana.

      – Siempre podemos echar una ojeada-Observó Jake-.No hace falta que vayamos todos. ¿Quién quiere acompañar a Cassie mañana después de clase?

      Al final, Tobias, Rachel, Marco y yo decidimos ir. Jake tenía cosas que hacer y no creo que necesitáramos a Ax.

      Nos separamos, no queríamos que nos vieran a todos juntos durante mucho tiempo. Lo que menos deseábamos era que un controlador empezara a sospechar de nosotros. Rachel y yo nos marchamos juntas.

      – Creo que nadie se lo está tomando en serio-Le comenté a Rachel-. Tengo la sensación de que Ax piensa que estamos locas.

      – ¿Yeerks en caballos? ¿Controladores caballos? Sinceramente, resulta difícil ver peligro alguno.

      – Sí, supongo que tienes razón.

      – Pero cualquier excusa sirve para volar, ¿no?

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo

Capítulo 5:

      Al día siguiente me puse mi conjunto nuevo. Quedé con Rachel a primera hora y fuimos juntas a clase. Atravesamos el pasillo, Rachel, la reina de la moda y de la elegancia, y yo.

      – ¡Te queda fenomenal! –Acabó Rachel.

      – Hola, Rachel-Saludó un chico llamado Charles con una sonrisa un tanto forzada-. Oh…, hola, Carla.

      – ¿Ves? Charles te ha sonreído.

      – Me ha llamado Carla- dije.

      – ¿Te había dirigido antes la palabra?-Pregunto Rachel.

      – No, la verdad es que no.

      – ¿Lo ves? Algo es algo.

      A Marco le encanta meterse con Rachel. Siempre la llama Xena, la princesa Guerrera. Supongo que eso me convierte a mí en Gabrielle, su compinche. Los chicos siempre miran primero a Rachel, después a Rachel y luego a mí.

      En el fondo no me importa. Las miraditas y la ropa no me preocupan lo más mínimo. La gente que me interesa es la que ve más allá de esas cosas.

      – Hola Rachel, ¿Qué tal? – preguntó un tan Jawan, sonriendo con timidez.

      – Bien-contestó Rachel sin inmutarse-. Cassie, conoces a Jawan, ¿verdad?

      – Hola, Jawan-Saludé al tiempo que me encogía de hombros.

      – Hola, Kendra-dijo-.nos vemos en clase de lengua Rachel.

      – ¿Kendra?-Le pregunté a Rachel.

      – ¿Has visto cómo te ha mirado?-insistió Rachel-. A lo mejor es que no se le da bien recordar nombres.

      – Pues el tuyo sí que lo recuerda bien- Observé. Entonces vi a un chico que conocía de las clases de hípica. Joe sí que recordaría mi nombre.

      – ¡eh! Cassie! ¡Vaya! ¡Cómo has cambiado!-Dio un paso atrás y me observó de arriba abajo.

      – ¿Ropa nueva, tal vez?-Sugirió Rachel.

      – No-Replicó Joe moviendo la cabeza de un lado a otro-, no es eso. Ya sé lo que es-Exclamó al tiempo que chasqueaba los dedos-. ¡has engordado! ¿Has intentado ganar peso?

      Rachel alargó una mano y empujó a Joe para que se apartara de nuestro camino.

      – Eso no quiere decir nada-comentó Rachel

      – Ya, ya. O sea que me hace parecer más gorda?

      – Los chicos a veces son idiotas.

      – Excepto Jake-Añadí

      – Jake es la excepción que confirma la regla-Apuntó Rachel poniendo los ojos en blanco-.Y hablando del rey de Roma…, ahí lo tienes.

      Jake se acercaba por el pasillo, hablando y bromeando con otro chico que no era del grupo. Intentábamos llevar una vida lo más normal posible al margen del tema animorphs.

      – Hola, Cassie-Saludó Jake tras despedirse de sus amigos-. Hola, Rachel.

      Rachel se apartó y, como si fuera un diseñador enseñando su último supermodelo, me señaló con las manos.

      – ¿Y?

      – ¿Qué?- preguntó sin entender nada.

      – ¡su ropa!-explotó Rachel frustrada-.¡no me digas que no está fantástica con el nuevo modelito!la talla es correcta y no lleva manchas de boñiga de mapache por ningún sitio. ¡Está guapísima!

      – Pues claro que lo está-sonrió Jake como sólo él sabe hacerlo, muy despacio-. Siempre lo está.Pasadlo bien esta tarde en los Dry Lands y tened cuidado.

      Se marchó dejándome en una nube.

      – EN fin, otro idiota más- Declaró Rachel mirándome.

      – Que va. Tenías toda la razón- comenté satisfecha-. Es la excepción.

      Llegamos a clase. Suspiré profundamente, siempre me cuesta empezar por la mañana. El ambiente de la clase estaba cargado. Las ventanas daban a la pared de ladrillos blancos del gimnasio.

      Me dirigí a mi sitio al tiempo que intentaba recordar lo que se suponía que teníamos que haber estudiado la noche anterior, ¿había hecho los deberes? Ah, sí. Los tenía en mi…

      – ¡NO! ¡Qué ven mis ojos!

      Era la voz de Marco, que se sienta dos filas por detrás. Se aproximó hasta sentarse en el asiento que estaba vacío a mi lado. Me miraba con los ojos como plato, como si estuviera maravillado

      – ¿Quién es esta visión de hermosura? ¿Quién es esta fantasía hecha realidad? ¿es Tyra Bank? No, imposible, no puede ser mortal. Tanta perfección jamás se ha visto en un humano. Eres un ángel venido de los cielos. Dicen que la ropa hace al hombre, ¡pero ésta te convierte en ángel!

      – ¿Has acabado?-le pregunté a Marco tras sacar mis deberes y depositarlos en la mesa.

      Se quedó pensativo un momento y, al rato, afirmó con la cabeza.

      – Sí, creo que ya es bastante.

      – ¿Cuánto te ha pagado Rachel?-le pregunté.

      – Dos dólares-sonrió-.Las chicas a veces sois idiotas. Lo hubiera hecho por uno.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

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Capítulo 6:

      Habíamos acordado vernos en la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje.

      Les di a mis pacientes las medicinas correspondientes. No me llevó mucho tiempo por que la mitad de las jaulas estaba vacía, lo cual es poco habitual.

      – ¿Estás lista?-Preguntó Rachel.

      – Deja que compruebe la herida de esta Zarigüeya. Bien, los puntos están todos en su sitio. Buen chico-le dije al animal con la pata magullada-. Vale, ya nos podemos ir.

      – ¿Alguien me puede decir para que sirve la letra “h” si es muda?-preguntó Marco. Siempre hace preguntas que no vienen al caso.

      Tobias se había acomodado en uno de los travesaños del techo. Había recuperado su cuerpo de ratonero de cola roja, lomo marrón y tostado, y mirada de una intensidad dorada.

      Como estaba transformado, se comunicaba por telepatía.

      <Todo despejado-me informó-. Tu madre acaba de entrar en casa con las bolsas de la compra. La camioneta de tu padre va por el cruce de la gasolinera. Exxon. En cinco minutos está aquí.>

      Nunca dudaba de Tobias. Los ratoneros poseen una visión increíble. Desde la posición en la que se encontraba, en un travesaño del granero, Tobias veía lo que pasaba en el exterior a través de la apertura que hay en el techo del granero. SI decía que mi padre llegaría en cinco minutos, es que en cinco minutos estaría aquí, ni más ni menos.

      – Vamos a transformarnos-indicó Rachel.

      Se quitó la ropa y la dobló con cuidado para guardarla en su mochila. Debajo llevaba el tranje de las transformaciones. Aún no habíamos aprendido a transformarnos con ropa suelta, lo único que aguanta los cambios era la ropa ajustada como las mallas negras de Rachel, mi conjunto multicolor de aerobic o los pantalones de ciclista de Marco.

      Me concentré en un águila pescadora, un ave rapaz que se alimenta de pece y vive cerca del agua, ideal para cubrir largas distancias.

      Rachel se iba a convertir en águila de cabeza blanca y Marco en águila pescadora como yo. De hecho, nuestras formas serían idénticas, por que habíamos adquirido el ADN del mismo pájaro.

      Empecé a pensar en el ajnimal y los cambios no tardaron en apreciarse. A pesar de haberme transformado docenas de veces, todavía me resultaba superemocionante.Cada vez que lo hago, me doy cuenta de la suerte que tengo al poseer tal capacidad. No creo que me canse ni que me aburre nunca. Es una experiencia asombrosa en la que el cambio es radical.

      Cada transformación es diferente. Los cambios no suceden con un órden previsible. La mayoría de las veces resulta abrupta e ilógica, nunca sabes lo que va a cambiar primero.

      En aquella ocasión los cambios empezaron en las piernas, sin encoger, comenzaron a transformarse en patas de ave. Mis dedos fueron succionados y en su lugar me crecieron tres garras hacia delante y una hacia atrás. Al contemplar entendí por qué la gente dice que los pájaros descienden de los dinosaurios. La garra de un ave rapaz tiene el mismo aspecto que el pie de un tiranosaurio u otro de los grandes dinosaurios depredadores.

      Un rápido vistazo a la garra de un ave rapaz es suficiente para percatarse de que es un arma. Las garras están al descubierto por una sencilla razón: de estar recubiertas de carne o plumas, la sangre de las presas se pegaría a ella sy con el tiempo se podrirían. Las garras se cierran con una rapidez y una fuerza asombrosas y, una vez selladas, no se abren con facilidad. Sus uñas no se han diseñado sólo para ajustarse a las ramas o caminar, sino para hincar de lleno en la carne de las presas.

      La naturaleza, como mis padres dicen, no siempre es un camino de rosa.

      – Una patita para delante, una patita para detrás-canturreó Marcos y se echó a reír, aunque por poco tiempo por que de repente le brotó el pico del águila.

      A continuación, mi piel adquirió una tonalidad gris al tiempo que se cubría de pequeños dibujos de lo que parecían minúsculos árboles planos. Cientos de redes de diminutas venas se entrelazaban conformando las plumas. Entonces, y por todo mi cuerpo, cada uno de aquellos arbolillos se hinchó convirtiéndose en una pluma real.

      Aunque no dolí, me picaba.

      Logré resistir las tentaciones de rascarme, entre otras cosas porque mis dedos habían dejado de serlo. Los huesos de mis dedos se habían prolongado y, al mismo tiempo, se deformaban y encogían los de los brazos, hasta llenarse de aire y perder peso.

      Durante el proceso de ajuste, los huesos rechinan. Las primeras veces que te transformas resulta… inquietante, por decirlo de alguna manera.

      Por fin, empecé a encoger. El suelo se acercaba a toda velocidad. Había hecho aquello docenas de veces pero, aun así, la sensación de caer y nunca llegar al suelo no me la quitaba nadie.

      Había dejado mis botas de goma a un lado y, al disminuir de tamaño, comenzaron a crecer. En menos de un minuto me llegaban a la cintura. Y todavía seguía encogiendo.

      Al mismo tiempo, se me organizaban y recolocaban todos los órganos internos. Los largos y retorcidos intestinos dejaron paso al aparato digestivo más sencillo de las aves. Los latidos pausados y continuos de mi corazón humano se vieron sustituidos por los latidos vertiginosos del corazón de un águila. Los riñones, los pulmones, el hígado… todo cambió.

      De repente… ¡SPRRUUTT! Mis labios se hincharon y se endurecieron como uñas para formar el pico fiero del ave.

      Sentí que mis dientes se apergaminaban, que mi cabeza disminuía y que mi pecho se estrechaba. Toda la grasa de mi cuerpo se evaporó hasta quedarme en un conjunto de pellejo, músculo y huesos huecos recubierto de plumas.

      Los animales de las jaulas nos observaban sin perder detalle, sobre todo un zorro herido, que parecía hipnotizado por la forma en la que habíamos pasado de enormes y amenazadores humanos a pequeñas y sabrosas aves. Le brillaban los ojos de hambre.

      <Mejor nos vamos ‑indicó Tobias‑. Antes de que llegue el padre de Cassie tenemos que haber salido de aquí>

      <Sí ‑añadió Marco‑, no vaya a parecer que hayamos venido a abrir las jaulas y a sacar de aquí a los otros pájaros>

      <Estoy lista ‑informé tras extender mis brazos que se habían convertido en alas‑. ¿Rachel?>

      Observé a mi amiga, cuyos ojos estaban cambiando de color.

      <Lista>, respondió tras clavarme su intensa mirada de águila.

      <¡A volar!>, exclamé. Desplegué las plumas y las moví con fuerza arriba y abajo. Levanté mis garras del suelo sin dejar de batir las alas.

      Me alejé del suelo del granero. La falta de corrientes de aire no facilitaba las cosas. No había más remedio que batir las alas con ímpetu. Por fin, me elevé hasta la parte alta del granero y me posé junto a Tobias. Al otro lado, se acomodó Rachel. Medía el doble que nosotros y sus alas tenían una envergadura de metro y medio de punta a punta. Su cabeza y cola destacaban por su blancura.

      Me asomé por la apertura del techo y disfruté de aquella visión tan poderosa. Después de ver a través de aquellos ojos, tienes la sensación de que los humanos están ciegos. Divisé a unos doscientos metros la camio­neta de mi padre avanzando por el camino de la granja y, a través de la ventanilla, vi su cara. Era capaz de con­tar los pelos de su rostro y, si se le posara una mosca en la nariz, vería el movimiento de las antenas.

      Después contemplé el rectángulo azul y blanco del cielo. Desplegué las alas, me impulsé hacia delante y atravesé el agujero. La brisa que corría bastaba para ele­varme hacia las nubes.

      Hay veces en las que odio ser un animorph pero no cuando estoy volando.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films    Capítulo 7:

      Para volar hay que saber mucho. Por suerte, de todo eso se encargaba la mente del águila que movía la cola según el sitio por el que soplara el viento y ajustaba el ángulo de las alas. Pero mi mente también estaba allí y, chicos, yo volaba, así de sencillo.

      Aleteamos con fuerza para ganar altitud y elevarnos por encima del granero y de mi casa. En pocos segundos habíamos ascendido tanto que podía divisar el frisbee que yo había arrojado accidentalmente al tejado. Describimos varios círculos, luchando contra la gravedad al tiempo que, allá abajo, mi padre llegaba con el coche. Se había detenido junto al buzón para ver si había correo. .

      A través de la ventana del comedor, vi a mi madre con la cabeza reclinada hacia atrás y los ojos cerrados, en un intento por relajarse después de un día de trabajo.

      <Por aquí>, nos indicó Tobias. Rachel y yo lo seguimos porque sabíamos que el cielo es el hogar de T9bias y conoce de sobra el terreno. Rachel y yo sólo somos Visitantes en las nubes.

      <¿Veis aquello? Sí, hacia el este ‑continuó Tobias‑. ¿No veis que las nubes se están juntando? Fijaos en ese “” ligero aleteo del viento>

      Con mis poderosos ojos de águila miré hacia donde indicaba Tobias y contemplé que efectivamente el aire se encrespaba por efecto del calor. Me recordaba a aquellos días tan calurosos en los que el asfalto parece desprender bocanadas de calor a un metro del coche, con la salvedad de que aquellas oleadas calientes estaban a más de quinientos metros de distancia.

      <Sí, ya lo veo ‑repliqué‑‑. ¿Eso es una corriente térmica?>

      <Tú lo has dicho, y además es una señora corriente que nos alzará al menos un kilómetro>

      A pesar de todo el tiempo que Tobias lleva convertido en ave, aún le emociona volar. Supongo que a mí me pasaría lo mismo. Es lo mejor del mundo.

      Seguimos volando dejando una separación prudencial entre los cuatro. No queríamos levantar sospechas, y es que los ratoneros, las águilas de cabeza blanca y las pescadoras no son lo que se dice compañeros de vuelo.

      Los músculos de mis alas empezaban a notar el cansancio. Volar requiere un gran esfuerzo, pero en cuanto alcanzáramos la corriente de aire ascendente el cambio sería radical. Bastaría con extender las alas y planear, con lo que el esfuerzo se reduciría a la mitad.

      Y entonces noté aire caliente bajo mis alas desplegadas y me elevé con facilidad empujada por la corriente hacia las alturas.

      <¡ja, ja, ja! ¡Me encanta! ‑exclamó Rachel‑. ¡Me encanta! ¡Me encanta! ¡Me encanta! ¡Yuuu huuu!>

      <¿Quieres decir que te encanta?>, le preguntó Marco.

      No parábamos de movernos describiendo círculos unos alrededor de los otros, arriba y abajo. Aquella coreografía era de una elegancia increíble.

      El suelo quedaba muy lejos. Ni siquiera con nuestro fino oído de predador nos llegaba el sonido de coches, tiendas o casas. Seguimos subiendo, hasta que los enormes árboles se quedaron reducidos a pequeños matorrales; hasta que los jardines que rodeaban las casas se convirtieron en sellos y las carreteras en relucientes ríos de asfalto caliente.

      A pesar de que todo lo que quedaba por debajo de nosotros había disminuido de tamaño, era capaz de apreciar los detalles, sobre todo aquello que se moviera ‑como una presa: gatos, perros, ratones y otros pájaros.

      <¡Mira! ‑señaló Tobias‑. ¡Una bandada de gansos!>

      Volaban por arriba y avanzaban en V siguiendo nuestra misma dirección.

      <¡Vamos a pillarlos!>, exclamé.

      <Sí, claro ‑se rió Tobias‑‑. Fijaos en su forma de volar. Nunca dejan de mover las alas. Son corno máquinas. Son capaces de cubrir distancias de cientos de kilómetros. ¿Habéis visto alguna vez a un perro persiguiendo a un coche? Pues eso es exactamente lo que pasaría si nosotros lo intentáramos>

      Tenía razón, los gansos volaban a piñón fijo y no tardaron en dejarnos atrás.

      <¿Cuánto queda para llegar a los Dry Lands?>, preguntó Rachel.

      <Mucho ‑respondió Tobias‑, pero nos estamos elevando y eso facilitará el viaje>

      < ¡Qué emocionante! ‑exclamó Marco‑. La Zona 91. ¿Os dais cuenta de que estamos a punto de adentrarnos en el corazón de un secreto de estado que oculta visitantes de otros planetas?>

      <Marco, tú eres tonto ‑replicó Rachel‑. Sabemos de sobra que hay extraterrestres de verdad y que no se parecen en nada a E.T. ni a los que salen en fotografías. Además, nuestros extraterrestres, los yeerks, no se dedican precisamente a secuestrar a los chiflados de los lugares más recónditos para hacer experimentos>

      <Quizás haya dos grupos de alienígenas ‑continuó Marco‑,los que se estrellaron en los años cincuenta y los del presente, los yeerks>

      <Sí, claro, agente Mulder ‑refunfuñó Rachel‑. La Tierra es la parada obligatoria de todo viajante por el espacio. A ver si ahora resulta que somos como el McDonalds de la autopista, pero en la galaxia>

      Continuaron la discusión durante un buen rato y, como muchas otras veces, me dio por pensar en lo mucho que había cambiado mi vida y lo extraña que se había vuelto. Me encontraba volando a una altura de un kilómetro y medio del suelo al tiempo que escuchaba por telepatía un debate entre un águila de cabeza blanca y un águila pescadora sobre la existencia de alienígenas.

      ¡Madre mía!

      No tardé mucho en desconectar. ¡Qué tranquilidad! No se oía nada. A veces llegaba el sonido del motor de un avión que cruzaba ‘a kilómetros por encima, pero todo cuanto se oía era el batir de las alas.

      La primera corriente térmica nos lanzó hacia las alturas desde donde saltamos a otra corriente y así sucesivamente. El proceso era el siguiente: nos salíamos de la columna de aire caliente para descender un poco hasta pillar la siguiente que nos llevaba más arriba.

      Al poco rato, las carreteras empezaron a escasear y las que había eran más pequeñas. El número de casas disminuía y las gasolineras parecían estar a kilómetros y kilómetros de distancia. Se distinguía también alguna que otra vaca y oveja pastando aquí y allá. Y llegó un punto en que dejamos de ver vacas, ovejas e incluso casas y tiendas. Por debajo, se extendía un terreno seco, cubierto de una hierba amarillenta y acotado por una valla enrejada.

      <¡Eh! ¡Mirad lo que pone en aquella señal, junto al camino de tierra!>, advirtió Tobias.

      Dirigí la vista hacia donde indicaba mi amigo.

      ¡ALTO! TERRITORIO DEL GOBIERNO. ÁREA RESTRINGIDA. SÓLO PERSONAL AUTORIZADO. SE PROCEDERÁ CONTRA LOS INTRUSOS.

      <Bueno, supongo que ésta es la entrada a la Zona 91 >, comenté.

      <Qué simpáticos, ¿no?>, añadió Rachel.

      <Normal, ponte en su lugar. Si pertenecieras al gobierno y tuvieras algo que ocultar, como una nave del espacio, por ejemplo, apuesto a que no te andanas con tonterías>, replicó Marco.

      No estaba segura de si estaba haciéndose el gracioso. A veces no hay quien le entienda.

      Divisé entonces la base llamada Zona 91. Era una concentración de edificios bajos y no muy estéticos, la verdad, que parecía haberse construido hace cuarenta

      años. Había tres edificios enormes que tenían toda la pinta de ser hangares, una pista de aterrizaje y muchos vehículos, desde Jeeps hasta tanques.

      Lo más llamativo eran los caballos que andaban desperdigados por allí como si no existiera la base.

      <Marco, he conocido a una señora que te encantaría le informó Rachel‑. Se llama Helen la Loca. Loca porque se parece a ti.>

      <¿Y si examinamos primero a esos caballos? ‑sugerí‑. Creo que será un buen punto de partida>

      <Los caballos que hablan por teléfono ‑matizó Tobias‑,los controladores caballos>

      Por la forma de decirlo me dio la impresión de que no se creía ni una palabra de lo que le habíamos contado.

      <Te digo que vimos un yeerk saliendo del oído de aquella yegua>, soltó Rachel a la defensiva.

      <Y para colmo casi nos fríen con uno de esos rayos dragón que portan los cazas insecto>, rematé.

      <Sin embargo, no visteis la nave, ¿verdad? Además, con la pobre visión humana, ¿quién asegura que lo que visteis era un yeerk o una simple culebra? Ahora que puedo volver a mi forma humana, me doy perfecta cuenta de lo poco que llegan a ver los humanos>

      <Me parece increíble que no te fíes de nosotras, Tobias>, se quejó Rachel.

      <Yo no he dicho eso, sólo que no tiene ni pies ni cabeza. ¿Para qué iban a contaminar los yeerks caballos salvajes?>

      <No tengo ni idea ‑admití‑, pero sé muy bien lo ‘que he visto>

      <¡Mirad! ‑‑exclamó Rachel‑. ¡Allí, junto al agua! Una manada de caballos. Tal vez sea lo que buscamos>

      Giramos a la izquierda y nos dirigimos hacia los animales. Había media docena de yeguas, dos potrillos y un macho que, un poco más apartado del grupo, permanecía en un alto del terreno e inspiraba el aire con la cabeza bien alta..

      <Ésos no son>, dije.

      <¿Cómo lo sabes?>

      <Porque se comportan como caballos. Tienen potros y el macho se comporta como tal. Los caballos que buscamos no actuarían así>

      <Chicos, tenéis que volver a vuestras formas naturales ‑recordó Tobias‑. Estáis a punto de sobrepasar el límite de las dos horas. Allí hay unas rocas estupendas. Al menos tendréis algo de sombra, y dudo que os puedan ver>

      Nos encaminamos hacia el lugar y aterrizamos. Se trataba de unas simples piedras amontonadas. El único problema era que estábamos en la zona prohibida, cosa que habíamos pasado por alto.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films Capítulo 8:

      El lugar en el que nos posamos era una especie de recinto cerrado por unas altas piedras con arena limpia y seca bajo nuestros pies. Viniesen de la dirección que viniesen, allí nadie nos vería. Tobias se acomodó a nuestro lado mientras Marco, Rachel y yo recuperábamos nuestros cuerpos humanos. Como siempre, aparecíamos con los trajes de las transformaciones y descalzos.

      El sol calentaba con fuerza pero por suerte estábamos a la sombra y una ligera brisa, aunque de aire caliente, silbaba entre las piedras.

      – Ya sólo nos falta la comida para completar el pícnic ‑comentó Marco‑. Tobias, ¿por qué no nos traes unas ratas y sapos en su salsa?

      <¿Para qué? ‑‑contestó Tobias‑, si ya tienes una serpiente justo debajo del culo>

      – ¡Aaahhhh! ‑gritó Marco levantándose de un salto al tiempo que se sacudía el trasero como un histérico.

      Una culebrilla negra se deslizó a toda velocidad desde el montoncito de arena donde se había sentado Marco.

      ‑ ¡Me ha mordido! ¡Me voy a morir! ¡Era una cascabel!

      <No era una cascabel y ni siquiera te ha mordido ‑le informó Tobias‑. Tan sólo era una inofensiva culebra.>

      ‑No hay culebras inofensivas ‑refunfuñó Marco‑‑, pero vigila con esos poderosos ojos que no se me acerque ninguna cascabel.

      <No te preocupes, te protegeré, Marco>, añadió Tobias con solemnidad.

      – Vamos a transformarnos otra vez ‑‑sugirió Rachel‑. No estamos tan cansados, ¿no? Yo al menos me encuentro bien.

      – No hay prisa, ¿verdad? ‑dije.

      Mutar es cansado. A veces nos hemos visto obligados a cambiar de una forma a otra sin descanso y os aseguro que es agotador. Si esperas un rato es mucho mejor, porque conservas las energías.

      – Bueno, como queráis ‑dijo Rachel encogiéndose de hombros‑. No hay prisa. ‑Se estiró y contempló la pared de piedra que nos rodeaba. El viento que se colaba por las ranuras de las piedras le alborotó el pelo‑‑. Parece un escenario de película de vaqueros. Los buenos escondidos en el interior de estas piedras y los malos fuera. Sólo faltan las pistolas.

      ¡CLIC! ¡CLIC!

      <Pero ¿qué demonios…?>, exclamó Tobias.

      ¡CLIC! ¡CLIC! ¡CLIC! ¡CLIC!

      Me quedé petrificada ante aquel sonido. Lo había oído por la tele miles de veces y también en la vida real. Era inconfundible.

      Nos estaban apuntando con pistolas.

      Miré hacia arriba y divisé los cañones negros de las armas que nos apuntaban directamente a la cabeza. Me había quedado tan hipnotizada mirando hacia las armas que no descubrí hasta varios segundos después a las personas que las sujetaban. Llevaban cascos recubiertos con tela de camuflaje que imitaban los colores del desierto, tostado y beige, y vestían uniformes de la misma tela. Tenían cara de pocos amigos.

      Uno de los soldados dio un paso al frente y, tras colocarse las manos en las caderas, dijo:

      – Muy bien, quiero que hagáis exactamente lo que yo os diga. Los tres os vais a tumbar boca abajo sobre la arena, y vais a colocar las manos sobre la cabeza con los dedos entrelazados.

      «¿Los tres? ‑pensé‑. ¡Claro! Tobias, al fin y al cabo, es un ratonero.»

      – Pero si no estábamos haciendo nada malo ‑protestó Rachel, como lo hace con su madre cuando ésta la regaña por haberle revuelto todo el armario para probarse ropa.

      – Habéis quebrantado la ley al entrar en una zona de acceso restringido ‑‑gruñó el hombre‑. Os habéis metido en un buen lío. ¡Sargento! ¡Regístrelos! Pueden tener armas de contrabando. Y que alguien se lleve a ese pájaro. No deja de mirarme.

      – ¡Sí, mi teniente!

      <Haced lo que os dicen‑‑‑indicó Tobias al tiempo que extendía las alas para levantar el vuelo‑. No me iré muy lejos. Yo en vuestro lugar, me haría pasar por tonto>

      – Ya lo has oído, Marco ‑susurró Rachel con un guiño exagerado‑. Sé tú mismo.

      Como era natural, Rachel no estaba asustada. A ella nada le intimida. Yo, en cambio, estaba muerta de miedo como todo mortal lo estaría, excepto Rachel, que está un poco loca.

      Los soldados saltaron al interior y nos cachearon. No tardaron demasiado porque llevábamos poca ropa.

      – De acuerdo. En pie, y poneos los zapatos ‑ordenó el teniente.

      ¡Los zapatos! Me estremecí. Jamás podríamos explicarlo.

      – ¡No hay zapatos por ningún sitio, señor! informó el sargento.

      – ¡Un momento! ‑‑exclamó el teniente frunciendo el ceño‑. Hay unos tres kilómetros hasta la carretera. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí sin zapatos? Y lo que es más, no ha pasado un solo coche por la carretera en todo el día. ¿Cómo demonios habéis venido aquí?

      Miré a Rachel y ésta miró a Marco.

      – Los marcianos, señor ‑le contestó Marco con una gran sonrisa en los labios‑. Nos han traído los marcianos.

      © 1996 K.A. Applegate

Capítulo 9:

      – Soy el capitán Torrelli. Estoy al mando del departamento de seguridad.

      Nos hallábamos en una pequeña sala, con apenas ventilación, y demasiada iluminación. No había ventanas y siempre que la puerta se abría se veía un tipo con el uniforme de las Fuerzas Aéreas, con cara de pocos amigos y con una metralleta en las manos.

      Sobre la pared había un tablón de anuncios con pequeños pósters donde se podía leer: «La seguridad depende de nosotros. No toleres un fallo.»

      Pero algo me llamó poderosamente la atención. Era un pequeño folleto de Los jardines, el complejo de parque de atracciones y zoo donde trabaja mi madre como veterinaria, debajo del cual había una hoja con una lista de nombres.

      – Hola, capitán ‑saludó Marco‑. ¿Qué tal?

      El capitán miró al teniente que nos había encontrado y éste se encogió de hombros.

      – Chicos, quizá no seáis conscientes, pero estáis en un buen lío ‑declaró el capitán.

      – Sí, señor. Somos conscientes de nuestro error‑reconocí‑. No era nuestra intención. No sabíamos que hubiera una base en los Dry Lands. Y, desde luego, si nos deja marchar, tenga la certeza de que no volveremos por aquí.

      Sonreí y puse cara de inocente. Le di un ligero codazo a Rachel y ésta sonrió también. Sólo faltaba que Marco comprendiera la indirecta y nos imitara.

      – Bueno, mi capitán, ¿dónde esconden al extraterrestre? ‑preguntó Marco.

      ¡Qué iba a entender el inconsciente de Marco!

      El capitán apretó los labios con tanta fuerza que perdieron su color.

      – Escucha, mocoso, esto es una instalación de las Fuerzas Aéreas. No tengo por qué contarte lo que hacemos aquí, pero una cosa te puedo asegurar: ¡aquí no hay extraterrestres!

      – Sí, claro ‑soltó Marco.

      – ¿Cómo te llamas, hijo?

      – Hum… Mulder. Fox Mulder.

      – Muy bien, no sabes dónde te has metido, Fox Mulder. Habéis quebrantado la ley federal. ¡Esto os puede costar la cárcel!

      – Señor ‑interrumpí‑, no le haga caso.

      – Sí, es idiota ‑añadió Rachel.

      – Le encanta molestar a la gente. Sólo somos chicos. No era nuestra intención causar ningún daño. ¿No podría usted ponernos un castigo?

      – Aunque sea severo ‑añadió Rachel.

      – Es lo que normalmente hacemos ‑explicó el capitán‑ porque aquí llegan chalados y excéntricos de todo tipo. ‑A1 decir excéntricos miró directamente a Marco‑. Pero aquí hay algo que no cuadra. Los zapatos. Los hombres del sargento han inspeccionado la zona y no hay rastro de zapatos. Es físicamente imposible caminar descalzo sobre ese terreno pedregoso de ahí fuera.

      – Así que nos detiene por no tener zapatos, ¿no? preguntó Rachel.

      – Escuche, mi capitán, si tienen un alienígena, ¿por qué no mostrarlo al mundo entero? ‑insistió Marco‑. Déjense de rollos.

      – Quiero que escribáis vuestros nombres y los números de teléfonos de vuestros padres en esta hoja de papel ‑‑ordenó el capitán tras fulminar a Marco con la mirada y pasarle una hoja sobre una tablilla‑. Llamaremos a vuestros padres, quizás ellos aprecien vuestro sentido del humor.

      Miré por encima del hombro de Marco y vi que escribía «FoX Mulder» seguido de un número de teléfono falso. Rachel se identificó como «Dana Scully».

      Cuando me llegó el turno, me quedé en blanco. No sigo la serie Expediente X. Os podéis imaginar la cara de sorpresa del capitán al verme parada ante el papel, con el bolígrafo en la mano y sudando a mares.

      «Un nombre, un nombre.»

      – ¿Es que no sabes tu nombre?

      – Sí… claro. ¡Cindy! Me llamo Cindy… Cindy… Crawford.

      Marco me atravesó con la mirada y Rachel también. Escribí el nombre con mano temblorosa seguido de unos números elegidos al azar.

      Los dos oficiales salieron de la sala y cerraron con llave.

      – ¿Cindy Crawford? ‑exclamó Marco‑. Pero ¿es que te has vuelto loca?

      – ¿Yo? Y tú ¿qué?

      – ¡Todos los hombres de este país saben quién es Cindy Crawford!

      – Hay que largarse de aquí y rápido ‑indicó Rachel‑. Les he dado el número de teléfono del servicio a domicilio de Pizza Hut.

      – Yo les he dado el número de información deportiva ‑informó Marco.

      – Pues yo el uno‑dos‑tres‑cuatro‑cinco‑seis‑sieteocho ‑dije.

      – ¿Ocho? ¿Les has dado un número con ocho cifras? ‑‑se rió Marco‑. Recuérdame que jamás te llame si necesito un espía. Bueno, y ¿cómo salimos de aquí?

      – Yo puedo convertirme en oso pardo y… ‑empezó Rachel.

      – ¡No! ‑‑grité‑. Son buena gente y, que sepamos, no son yeerks. No podemos ir por ahí hiriendo a todo el mundo. Yo sugiero que nos transformemos en algo pequeño y nos colemos por debajo de la puerta, como una mosca, por ejemplo.

      – Odio transformarme en mosca ‑comentó Rachel estremeciéndose.

      – ¿Hormiga?

      – Ni hablar.

      – ¿Cucaracha?

      – Bueno, eso no me importa tanto ‑aceptó Rachel.

      – ¿Te dan asco las moscas y las cucarachas no? ‑preguntó Marco perplejo.

      Rachel y yo ya habíamos comenzado a transformarnos así que Marco tuvo que acelerar para no quedarse atrás.

      Aquella vez el suelo no se elevó hacia nosotros, sino que bajamos de golpe. Los cambios no fueron graduales y suaves como cuando me transformé en águila y las plumas de mi piel se deshicieron.

      Lo primero que le salió a Marco fueron las antenas, puntiagudas y largas, que le crecieron de pronto en la frente.

      A Rachel le brotó del pecho, y sin previo aviso, el par de patas centrales.

      – ¡Argh! ‑exclamé y, aunque ya me lo esperaba, lo cierto es que ver unas antenas despuntar de la cabeza de un amigo, y que a otro le salgan unas patas articuladas y peludas del pecho, no es demasiado agradable.

      En un punto del proceso, mi atención se desvió hacia los cuadrados del suelo, cuyo tamaño iba en aumento hasta ocupar una extensión parecida al jardín de una casa; o hacia el ruido que hacían mis huesos al disolverse y quedar reducidos a una especie de papilla; o hacia mi piel, que iba adquiriendo un tacto duro y pulido.

      ¡SUUUTT!, me salieron las patas del pecho.

      ¡BRUUUT!, de mi cabeza brotaron las antenas.

      Mis piernas se arrugaron, perdí el equilibrio, y extendí las manos para no darme de bruces contra el suelo, pero éstas ya habían desaparecido.

      – He cambiado de opinión bromeó Rachel. Siguió hablando pero no entendimos nada porque su precioso rostro humano se endureció y adquirió la tonalidad del bronce, al tiempo que su boca se dividía en las diferentes partes de la boca de una cucaracha.

      <Lo que quería decir es que he cambiado de opinión. Las cucarachas son más repulsivas que las moscas, aclaró Rachel.

      Entonces, me llegaron unas sacudidas muy claras. Alguien se acercaba y, por las fuertes vibraciones, ese alguien estaba muy enfadado.

      No tardamos mucho en acostumbrarnos a los sentidos de las cucarachas ‑ya teníamos algo de práctica‑, y lo primero que oímos fue al capitán:

      – Conque el Pizza Hut, ¿eh? ¡Les voy a dar yo a esos mocosos Pizza Hut!

      <¡Rápido, moveos!>, exclamó Rachel con ese entusiasmo desmedido que le invade siempre que se encuentra en una situación peligrosa.

      <¡RAAAAm!>, gritó Marco.

      <Muy gracioso, Marco. Muy gracioso ‑murmuré‑. ¿Qué tal si nos vamos de una vez?>

      El aire se agitó de repente. ¡Vibraciones! ¡Viento! Y olor a humanos.

      Habían abierto la puerta, que se deslizó por encima de nuestras cabezas, y sin más tiempo que perder, salimos de allí a toda velocidad.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones

Capítulo 10:

      ¡SUUummvt! Casi volábamos por el suelo encerado del pasillo.

      Mis patitas avanzaban a una velocidad de vértigo y mis antenas se agitaban fuera de control. Los instintos del animal parecían gritar: «¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!»

      No nos detuvimos ni un segundo, a pesar de no saber hacia dónde íbamos.

      <¿Adónde vamos?>, gritó Marco.

      <Y a mí qué me preguntas>, contestó Rachel.

      <¡Buscad la luz del sol!>, grité.

      <¿Cómo diferenciar la luz del sol de la artificial?>

      <No lo sé. Hum… hum…> Pensé en cómo diferenciaría una cucaracha la luz del exterior de la interior. ¡Ya lo tengo! ¡Claro! A las cucarachas les asusta la luz. Cuanto más intensa sea una luz, más miedo les da.

      <¡Dirigíos hacia lo que más asuste a vuestras mentes de cucaracha!>, grité.

      <¡Madre mía!,, pero si este estúpido cerebro de insecto ya está muerto de miedo>

      Las vibraciones iban en aumento. Cada vez eran más fuertes, y para un animal tan pequeño cada movimiento era como un terremoto.

      A través de la visión fangosa, fracturada y miope de las cucarachas, vi, o al menos, percibí, enormes objetos cayendo del cielo. Parecía como si alguien estuviese arrojando camiones a mi alrededor.

      ¡PATAPÁN! ¡PATAPÁN! ¡PATAPÁN! ¡Pasos por todas partes! Estábamos rodeados de zapatos del tamaño de camiones de doble remolque.

      <¡Cuidado! ¡Nos pueden pisar!>, gritó Marco.

      ¡PATAPÁN! Un zapato monstruoso cayó del cielo a un palmo de mí. Menos mal que el animal reaccionó a tiempo. Estos bichejos saben muy bien cómo apartarse de un buen pisotón.

      <¡Dejad que se ocupe la cucaracha! ‑exclamé‑. ¡Se les da muy bien!>

      ¡PATAPÁN! Mí cucaracha se escabulló a tiempo para evitar el costado de un tacón que me hubiera dejado hecha papilla.

      <¡La luz del sol! ¡Creo que veo la luz del sol!>, gritó Rachel.

      <¡Tú guías!> Percibí a Rachel débilmente por delante de mí. Marco avanzaba a mi lado. En total, tres cucarachas muertas de miedo se dirigían a una velocidad de vértigo hacia la luz.

      De repente, nos topamos con una especie de muro demasiado alto para nosotros, aunque en realidad sólo midiera unos tres centímetros. Se trataba del marco inferior de la puerta, pero aquello no me iba a detener, saldría de allí como fuera.

      <¡Tobías! ‑le llamé‑. ¿Puedes oírme? ¿Estás ahí . arriba?>

      <Sí. ¿Dónde estáis? ‑preguntó‑. Y ¿en qué os habéis convertido?>

      <¡En tres cucarachas que no saben dónde están, pero que tienen mucha prisa!>, contestó Marco.

      <¡Ya os veo!>, exclamó Tobías.

      <Bendita sea tu vista ‑alabó Rachel‑. ¡Sácanos de aquí, por favor!>

      <Seguid todo recto y juntaos más. Ah, por cierto… se acerca una columna en dirección contraria, una columna de… coches>

      No me gustó ni un pelo la forma en la que dijo «coches», pero todo lo que podía hacer era acercarme a Marco y a Rachel, y rezar para que Tobias nos recogiera a tiempo.

      Entonces notamos que nos movíamos sobre cemento y que nos costaba avanzar. Cuando tienes el tamaño de una cucaracha, el cemento es una superficie rugosa y parece que está llena de pequeñas piedras. Por lo menos así era como lo percibía mi mente de cucaracha.

      Y una cosa más relacionada con el cemento: quema cuando le da el sol directamente. Vaya si quema.

      <¡Me estoy friendo vivo!>, protestó Marco.

      <¡Qué calor! ¡Es horrible! ¡No sabía que las cucarachas pudieran sentir tanto calor!>, exclamé.

      <¡Tobías! ¡Date prisa! ¡Nos estamos abrasando!>

      De pronto, una sombra se cernió sobre nosotros, eso provocó una reacción instintiva natural en la cucaracha: salir de allí antes de que se le echase encima. Aquello era el colmo.

      Unas garras enormes y amenazadoras se abalanzaron sobre nosotros. Las uñas rascaron el cemento y una de ellas como un garfio me cogió y me elevó.

      <¡Yiüi‑jaaaa! ‑gritó Marco‑. ¡Bienvenidos a las aerolíneas ratonero!>

      El cemento y el calor abrasador desaparecieron. Por fin algo de aire fresco…

      <¡AHHHHHHHHHHHH !> Me estaba cayendo. ¡Dios mío! Me había soltado y me iba a estrellar. Descendía a toda velocidad dando volteretas en el aire.

      No puedo asegurar la altura desde la que caí porque la cucaracha ve muy poco, pero tuve la sensación de estar cayendo horas y horas.

      <¡Cassie!>, gritó Tobias.

      <¡Cassie!>, chilló Rachel.

      <¿Qué pasa con Cassie?>, preguntó Marco.

      <¡Se me ha caído!>

      ¡POOMM! Choqué contra el suelo levantando un montón de tierra a mi alrededor.

      No me había hecho daño, pero había aterrizado sobre mi espalda y no podía dejar de mover las patas.

      <¿Cómo demonios me doy la vuelta?>, me pregunté. En ese momento percibí un abominable rumor de un trueno extendiéndose por el suelo.

      <¡Cassíe! ¡Te estoy viendo! ‑gritó Tobias‑‑. Voy a buscarte, pero tienes que moverte. ¿Me oyes? ¡Muévete! No me da tiempo a llegar. ¡Sal de ahí!>

      <¿Qué ocurre?>, pregunté. Su tono no era demasiado alentador.

      <¡Es la columna, Cassie! ¡Te va a pasar por encima!>

      <¿Columna? ¿De qué? ¿Tropas? ¿Soldados?>

      <No. Tanques>

      Entonces me di cuenta de que lo que oía no eran precisamente truenos.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo

Capítulo 11:

      <¡Cassie! ¡Muévete!>, gritó Tobias al tiempo que descendía a toda velocidad.

      <¡Ya lo hago!>

      Movía las patitas como una cucaracha cuando se cae en un lavabo, pero todo lo que conseguía era patalear en el aire. Y el trueno aumentaba en intensidad para convertirse en una explosión continua.

      ¡BBBBBRRRRRRRRRRRRRRMMMMMMMMMMMMMMM! ¡BBBBBRRRRRRRRRRRRRRRRMMMMMMMMMMMMMMM!

      ¡Un momento! ¡Alas! ¡Las cucarachas tienen alas! Sólo tenía que…

      ¡Demasiado tarde!

      <¡Cassie!>

      Algo enorme tapó el sol y sentí una fuerte presión de mi diminuto cuerpo de cucaracha contra el suelo. Aquello duró una eternidad y la presión era insoportable.

      De repente, sentí que me separaba del suelo, pero me había quedado pegada a… ¡Dios mío!, me había quedado enganchada a la cadena que en su lento giro me iba a aplastar contra el suelo.

      Intenté mover las patas, pero dos de ellas estaban inmovilizadas. Me había quedado atascada boca arriba en la cadena de un tanque. Jamás sobreviviría a otra vuelta.

      Moví el ala izquierda, pero tampoco sirvió de nada porque estaba machacada.

      Moví el ala derecha. ¡Por fin!

      Me lancé al vacío y aterricé sobre las cuatro patas sanas. Di un brusco giro a la izquierda y eché a correr para salirme de la vía por la que pasaría el tanque.

      ¡SUUUM! Tropecé y, aunque me caí de bruces varias veces, siempre me levantaba y seguía adelante. Corrí como nunca lo había hecho.

      Cuando Tobias me izó del suelo, continué moviendo las cuatro patas que me quedaban sanas.

      A Marco, por supuesto, le pareció que todo aquello era desternillante. No dejó de reír durante diez minutos seguidos. Tobias se disculpó por haberme perdido y nos sacó de la Zona 91. Nos dejó al otro lado de la frontera de la base secreta, y en una especie de recoveco formado por un pequeño río recuperamos nuestras formas naturales.

      – ¿Te encuentras bien? ‑me preguntó Rachel, una vez ella y Marco hubieron recuperado sus cuerpos humanos.

      – Teniendo en cuenta que un tanque me ha pasado por encima, me encuentro muy bien –contesté.

      – Me hubiera encantado ver la cara del capitán Torrelli al descubrir que nos habíamos esfumado ‑sonrió Marco.

      – Marco, tú eres idiota ‑le insultó Rachel al tiempo que le propinaba un puñetazo en el brazo‑. ¿A qué venía todo ese rollo sobre los extraterrestres? ¿Es que no veías que le estabas provocando? Si no hubieras empezado con todo eso, nos habría dejado marchar.

      – Te equivocas ‑replicó Marco en serio para variar‑. Primero se habría puesto en contacto con nuestros padres. Y eso no podía pasar, ¿verdad? Si le provocabamos con una estupidez como ésa, lo más probable es que se olvidara de nosotros por pensar que no éramos más que otro puñado de chiflados. De haberle dadoo la impresión de ser tres chiquillos equilibrados, se habría preocupado de verdad y habría querido saber a toda costa cómo habíamos conseguido llegar hasta allí sin zapatos.

      Rachel no acababa de creérselo, pero yo sabía que Marco tenía razón. Como ya os he dicho, nuestro amigo es un poco payaso, pero no imbécil.

      ‑Y ahora, ¿qué? ‑preguntó Rachel‑. Se está ha hecho tarde y tenemos que volver a casa.

      <Chicos, deberíais transformaros lo antes posible. Pronto empezará a refrescar y eso significa que habrá menos corrientes térmicas, lo cual implica mayor esfuerzo de vuelo>

      Empezaba a sentirme como una perfecta estúpida. Yo era la que más había insistido en el tema de los caballos y no habíamos descubierto nada de nada. Eso sí, habíamos conseguido que nos detuviera la policía militar y que a mí casi me aplastara un tanque.

      Era evidente que a Rachel no le preocupaba demasiado todo el asunto. En el fondo, creo que hasta dudaba de que aquello que vimos saliendo del oído del caballo fuera un yeerk.

      Los demás se mostraban todavía más escépticos, algo, por otra parte, comprensible. ¿Cómo íbamos a preocuparnos por los caballos ‑que seguro utilizaban como experimento‑ si lo más grave era que los yeerks estaban dominando a los humanos?

      <He oído un ruido ‑avisó Tobias, acomodado en un tronco de madera nudosa y retorcida‑. ¡Agachaos! ¡Escondeos hasta que vea lo que es!>

      Levantó el vuelo mientras Marco, Rachel y yo nos escondíamos bajo un seto que, por desgracia, estaba lleno de espinos.

      – Vaya, esto sí que es divertido ‑murmuró Marco en voz baja.

      <Falsa alarma. Sólo son caballos. Podéis salir>, informó Tobias desde el cielo.

      Marco estaba a punto de salir del escondrijo cuando lo sujeté del brazo.

      – No. Espera ‑susurré.

      Una docena de caballos, guiados por un macho gris, descendieron hasta una de las márgenes del río para beber agua.

      – ¿Lo ves? Caballos. Y ahora, ¿puedo salir y quitarme todos los pinchos que se me han clavado en el trasero? ‑dijo Marco.

      Hice un gesto negativo con la cabeza y me llevé el índice a los labios pidiendo silencio. Observé a los caballos con el ánimo de encontrar algo raro, pero todo parecía normal.

      Cuatro caballos inclinaron la cabeza para beber agua mientras otro vigilaba. El sexto caballo, una yegua preciosa que parecía un pura sangre, se paró al lado del vigilante y me dio la sensación de que le decía algo al oído.

      De repente…

      ¡PLOP! ¡PLOPPLOPPLOP! ¡PLOP! El caballo empezó a hacer sus necesidades.

      – Ese caballo está haciendo caca ‑susurró Marco.

      – Gracias por la información, Beavis ‑dijo Rachel‑. Si no nos lo hubieras hecho notar, nunca nos habríamos dado cuenta.

      – Empanadas de caballo ‑añadió Marco‑. Pasteles de la pradera. Je, je, je.

      – Se acabó. Me niego a permanecer un segundo más con este… ‑protestó Rachel.

      – ¡Chist! ¡Mirad! ¡Mirad!

      Para mi sorpresa, el caballo que estaba haciendo sus necesidades se interrumpió ante la mirada de los otros, que no dejaban de relinchar. Os juro que se estaban riendo.

      Entonces, el caballo en cuestión se alejó y se ocultó detrás de un árbol para concluir con tranquilidad lo que había empezado.

      – ¿Un caballo pudoroso? ‑pregunté con ironía.

      – Sí ‑asintió Rachel‑. Esto me huele a chamusquina.

      Aguardamos a que los caballos terminaran de beber y siguieran su camino. Tobias descendió y aterrizó a nuestro lado. Salí del escondrijo y me sacudí la ropa.

      – Nunca había visto a un caballo esconderse detrás de un árbol para hacer sus necesidades. ‑Miré a Marco y a Tobías‑. ¿Estáis convencidos? Esos caballos no son normales.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones

12:

      Al día siguiente era sábado y habíamos quedado en vernos en mi granero.

      ¿Cómo íbamos a espiar a controladores caballos? ¿Cómo se observa a un grupo de caballos con yeerks en el cerebro? Ésa era la cuestión.

      – Nos podemos transformar en caballos ‑sugerí mientras abría a la fuerza la mandíbula del zorro que miraba con ojos de hambre al águila en que me había convertido el día anterior. Le deposité una pastilla en la boca, le apreté la mandíbula y le soplé por la nariz para obligarle a tragar.

      – ¿En caballos? ¿No te transformaste una vez en un caballo? ‑me preguntó Jake.

      – Sí, en uno de los nuestros. Fue fantástico, pero el problema es que el único caballo del que disponemos ahora tiene unas marcas distintivas, y creo que en los Dry Lands sería un tanto sospechoso que un grupo de caballos llevara la misma marca.

      – Caballos idénticos ‑reflexionó Marco‑. Los Caballos del Valle Feliz. Humm. Suena a programa de televisión.

      Estábamos todos, Ax incluido y transformado en humano. Todavía me sorprendía lo guapo que era, aunque de una forma un tanto peculiar. Reconocía en él rasgos de Rachel, Marco, Jake y míos. Por ejemplo, cuando sonríe es como si me estuviera mirando en un espejo y me viera a mí pero en chico. Me da no sé qué.

      – Caballos. Ca‑ca‑ca ba‑lloss ‑añadió Ax.

      – ¿Eso es todo lo que tienes que decir, Ax? ‑preguntó Marco extendiendo sus manos con las palmas hacia arriba‑. ¿O te reservas algún comentario?

      – Los caballos son cuadrúpedos ‑añadió Ax‑. Mucho mejor que andar sobre dos piernas raquíticas como hacen los humanos. Raquíticas, raquíticas. ¡Qué palabra tan divertida!

      – Sí, es para morirse de risa ‑‑contestó Rachel, irónica‑. Y ¿dónde vamos a encontrar seis caballos diferentes?

      <¿En Los Jardines?>, propuso Tobias.

      Cerré la jaula del zorro y me limpié las manos en los vaqueros.

      – En Los Jardines sólo tienen caballos exóticos y nosotros queremos caballos normales y corrientes ‑informé.

      Al mencionar Los jardines me acordé de la hoja de firmas que vi en la base. ¿Debía comentarlo? No, probablemente no sería importante.

      – ¿Y si probamos en una de las granjas cercanas? ‑sugirió Jake.

      – No ‑negué con la cabeza‑. Todo el mundo de por aquí me conoce. Si nos pillaran…

      – ¡El hipódromo! ‑interrumpió Rachel‑. Allí hay cientos de caballos. Bueno, un par de docenas como mínimo. Estuve con mi padre el fin de semana pasado. Ése es, para mi padre, un buen sitio donde llevar a sus hijas cuando viene a vernos.

      – ¿Te dejó apostar? ‑inquirió Marco.

      – Bueno, él se encargó de todo. Lo cierto es que aposté dos dólares por Chase Mc Charly y el caballito llegó en segunda posición, así que gané tres dólares.

      Me quedé mirando a mi amiga fijamente. Hay que ver, cuando piensas que lo sabes todo de una persona, vas y te llevas una sorpresa.

      – ¿Los humanos apuestan por caballos? ¿Para ver quién es más rápido? preguntó Ax‑. ¿Qué apuestan?

      – Dinero, ¿qué iba a ser si no? ‑contestó Marco.

      – Dinero, claro. Nunca me acuerdo de la obsesión de los humanos con el dinero.

      Jake consultó el reloj. Empezaba a desesperarse. Siempre le pasa cuando la gente no va al grano.

      – Escuchad, vamos a ir al hipódromo. Nada de apuestas. Vamos a adquirir el ADN de diferentes caballos; después iremos volando a los Dry Lands a espiar a esos caballos pudorosos.

      – ¿Otra vez? protestó Marco‑. Pero si eso ya lo hacemos «todos» los sábados. ¿Cuándo vamos a hacer algo más original?

      <¿Puedo preguntar una cosa? ‑inquirió Tobias‑. ¿por qué iban a querer los yeerks esclavizar a los cabavos?>

      – Buena pregunta ‑replicó Jake.

      – Algo raro se cuece en la Zona 91 ‑añadió Marco‑‑. Es demasiada coincidencia, ¿no creéis?

      – Puede que guarde relación con la Zona 91, pero no de la forma que tú te imaginas ‑declaré‑. A saber qué están haciendo las Fuerzas Aéreas. ¿Y si están probando un arma de última tecnología y los yeerks tienen miedo?

      – ¿Un arma humana que asusta a los yeerks? ‑preguntó Ax riéndose‑. Eso es imposible.

      No me gustó ni un pelo que Ax se burlara de aquella manera de los humanos, pero supongo que tenia razón.

      – Mira, no entiendo por qué a los yeerks les iba a preocupar que hubiese una nave alienígena escondida en aquel lugar. No tiene ni pies ni cabeza. A no ser… a no ser que no estén seguros y quieran averiguar si existe o no la famosa conspiración.

      – Tengo que confesar que no comprendo nada de lo que dices ‑replicó Ax‑. De cualquier modo, los yeerks detectarían de inmediato la presencia no humana en la superficie terrestre. Cuentan con censores capaces de analizar las aleaciones. Después de todo, y aunque los yeerks no están a la altura de los andalitas, no son tan primitivos como los humanos. Su tecnología detecta las aleaciones, los compuestos plásticos u otros metales de las naves espaciales.

      Sé que Ax no va por ahí dándoselas de nada, pero hay veces en que eso es lo que consigue. Claro que luego abre la boca y es capaz de soltar barbaridades como lo que dijo tras aquella afirmación tan sincera sobre los humanos.

      – ¿La madera está rica? ¿Es buena para la salud? ‑preguntó Ax.

      – Sí, pero mejor si le echas sal ‑aconsejó Marco.

      – No sé ‑añadió Jake preocupado‑. ¿Y si resulta que lo de la conspiración es verdad? Es decir, ¿y si el gobierno oculta de verdad la nave espacial de una raza extraterrestre?

      – ¿Qué es la Zona 91? ‑inquirió Ax.

      – Primero tendría que pedir perdón a Marco ‑añadió Rachel‑ y, segundo, tal vez lo que ocultan sirva para descubrir los secretos de la tecnología yeerk.

      – Sea lo que sea, lo mejor será averiguarlo ‑concluyó jake‑. Primera parada, el hipódromo:

      – ¿Qué es un hipódromo? preguntó Ax.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para

Capítulo 13:

      El hipódromo no quedaba muy lejos. Acordamos ir volando y para ello nos transformamos en gaviotas, excepto Ax, que adoptó su forma de aguilucho y Tobias que permaneció como ratonero. Pensamos que las gaviotas serian más apropiadas que las aves rapaces, sobre todo si íbamos a rondar los campos y los establos del hipódromo.

      El vuelo de una gaviota es parecido en cierta manera al de un águila pescadora. Se diferencia en que la gaviota bate más las alas y vuela más cerca del suelo. Su forma de observar el mundo también es muy distinta. Las gaviotas son auténticas carroñeras.

      Nos alejamos del granero sin dejar de mover nuestras alas blancas y grises, de fuertes puntas hacia atrás. Ax y Tobias planeaban por encima de nuestras cabezas, atentos por si se acercaba algún depredador.

      Para las gaviotas, sin embargo, el viaje era un tour por un enorme basurero.

      <¡Mirad! ¡La envoltura de una chocolatina! ¡Y me parece que quedan restos!>

      <¡Fijaos en el contenedor de aquel Burger King! ¡Humm! ¡Está lleno de patatas fritas y trozos de hamburguesas!>

      <¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Pastelillos de queso!>

      <¡Madre mía! ¡Alguien ha tirado un muslo de pollo casi entero! ¡Y encima parece supercrujiente!>

      <Eso sería canibalismo, ¿no crees?>

      <¿No hemos hablado ya de este tema?>

      <¡Es supercrujiente y a mí lo crujiente me encanta!>

      Sí, ya sé que deberíamos haber podido controlar la obsesión mental de la gaviota por cualquier cosa que pareciese comida, pero nos resultaba francamente difícil, y si os soy sincera, era divertido. No podéis llegar a imaginaros la habilidad de las gaviotas a la hora de localizar comida. Os sorprendería ver las cosas que la gente tira a la basura.

      <¡Mirad! ¡Detrás de la pizzería Pappa John’s! ¡Pepperoni!>

      A pesar de nuestro entusiasmo por la comida, conseguirnos llegar al hipódromo sin pararnos a escarbar en la basura.

      Desde arriba, el hipódromo es como un gran óvalo alargado de tierra bordeado por una valla con una baranda blanca. A un lado había una alta tribuna cubierta, y por detrás se distinguían varios establos estrechos y alargados.

      En el aparcamiento habría la mitad de los coches permitidos junto a los cajones para transportar a los animales. Había bastante gente sentada en la tribuna mientras que otros se apiñaban al lado de las pistas.

      En el centro del óvalo destacaba una enorme pantalla electrónica que mostraba las apuestas para la primera carrera.

      <¿Alguien ve un buen sitio para transformarse?> peguntó Rachel.

      <Alguno de los establos debe de estar vacío ‑sugirió Tobias‑. Meteos en uno y aterrizad>

      <Podíamos echar un vistazo a la basura de detrás de

      vestuarios>, propuso Marco.

      <Gaviotas ‑‑dijo Tobias en tono despreciativo‑ sois como las palomas>

      Supongo que para un ratonero, paloma es un insulto de categoría.

      ‘Descendimos deprisa hacia la parte trasera del establo. En su interior, los establos se organizaban en dos filas, una parte daba al exterior y la otra a un pasillo interior que los conectaba todos. Como dijo Tobias, muchos de ellos estaban vacíos. Di un brusco giro a la izquierda. Las gaviotas son especialistas en esto, y ¡suwMM!, me colé de golpe en un establo cuya puerta estaba abierta.

      <Éste es un buen sitio> avisé a los otros tras aterrizar sobre el heno sucio.

      jSUUuIvm! jSUuuMM! iSUUuMM! ¡SUuuM1bI! ¡SuIJLJM~t

      Los demás entraron y se posaron a mi lado. Al rato, comenzamos a recuperar nuestras formas naturales, Aquello estaba hecho.

      Sólo habíamos olvidado un pequeño detalle: Ax debía recuperar su forma natural, y eso significaba su cuerpo de andalita.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

14:

      <Muy bien, que todo el mundo recupere su forma natural ‑indicó Jake‑. Tobias, ¿vas a transformarte en humano o permanecerás como ratonero?>

      <Si quiero adquirir la forma de caballo, tengo que permanecer con cuerpo de ratonero. Mientras vosotros acabáis, yo me adelantaré y buscaré un caballo que me guste>

      Veréis, para adquirir un animal debes hacerlo con tu cuerpo original. Y por muy triste que parezca, el verdadero cuerpo de Tobias ha pasado a ser el de ratonero. Nuestro amigo levantó el vuelo y, sin desplegar demasiado las alas por lo estrecho del establo, se alejó.

      Empecé a transformarme. De mis alas blancas y apuntadas hacia atrás me crecieron los dedos. Mis piernas comenzaron a emerger y el pico amarillo se estiró y ablandó para conformar mis labios.

      Entonces nos percatamos de que cuatro chicos y un andalita eran demasiados para un único establo.

      Ax estaba a punto de completar su transformación y los demás ya casi éramos humanos cuando, sin previo aviso, las caras de dos viejos asomaron por encima de la puerta. Uno sostenía un puro requetechupado entre los labios.

      – Pero ¿qué… estáis haciendo ahí dentro? Y, en el nombre de todos los santos, ¿qué es esa cosa?

      Ante sus ojos tenían a cuatro chicos en mallas decoradas con plumas, y una criatura extraña que no habían visto jamás en su vida.

      – ¡Ax! ¡Baja la cabeza! ‑le susurré y, de un salto, me interpuse entre los hombres y Ax.

      Como supongo que nunca habéis visto un andalita en persona, os lo describo. Los andalitas parecen un cruce extraño entre un ciervo, un caballo, un escorpión y un humano. Tienen el cuerpo esbelto de un caballo o de un ciervo grande, salvo que el pelaje es azul y tostado.

      El tronco superior es como el de los humanos, hasta que llegas a la cabeza, que no se parece en nada. Como ya os he dicho, no tienen boca, y comen absorbiendo los nutrientes de la hierba a través de los cascos de sus patas mientras corren. No hablan, pero se comunican por telepatía. Y, para completar el cuadro, está el tema de los ojos.

      Los andalitas tienen cuatro ojos. Dos en el sitio esperado y los otros dos en el extremo de un par de antenas flexibles que le salen de la cabeza. ¿Habéis visto esos cuernecillos que tienen las jirafas en la cabeza? Pues imaginaos algo por el estilo, sólo que flexibles y con un globo ocular al final de cada uno.

      Y, por fin, llegamos a la cola. Es larga y termina en una hoja con forma de guadaña capaz de echar abajo un árbol con tal rapidez que escapa al ojo humano.

      La cola era precisamente lo que yo trataba de tapar.

      Mi única esperanza en ese momento era que a Ax no le diera por incorporarse.

      – ¿No me habéis oído, niños? Os he preguntado ¿qué hacéis dentro de un establo? ‑repitió el hombre del puro perdiendo la paciencia.

      – Humm… ¿cepillando a nuestro caballo? ‑le dije.

      – ¿Nuestro «caballo»? ‑repitió Rachel alzando las cejas‑. Ah, claro, pero ¿no lo ve? Estamos cepillando a nuestro caballo ‑corroboró al tiempo que acariciaba la espalda de Ax.

      – Un poco pequeño para ser un caballo ‑añadió el otro hombre con escepticismo‑. ¿Qué come vuestro rocín?

      – Comida para caballos ‑contestó Marco.

      – ¿Comida para caballos?

      – Sí, bueno, ya sabe… comida para caballos. No se puede imaginar la de latas que se engulle aquí el amigo. Me paso el día abriendo latas y rellenando su plato.

      Los hombres intercambiaron una mirada y el que fumaba se pasó el puro hacia el otro extremo de la boca.

      – ¡Ja, ja, ja! ‑exclamé‑. Qué cosas tienes, Marco. Come alfalfa y heno, como todos. Qué gracioso, siempre con sus bromas.

      – Y si a eso le añaden que el pobre es idiota… ‑apuntó Rachel.

      – Un caballo azul ‑observó uno de los hombres‑. Nunca había visto uno así.

      – Ni chicos con plumas en el rostro ‑añadió el del puro‑, y mira que a mi edad he visto de todo.

      Jake me miraba esperando que se me ocurriera algo, y Rachel y Marco también. Nuestro caballo era azul. Aquello no había forma de ocultarlo. Y por encima de las mangas y del cuello de nuestro traje deportivo sobresalían plumas blancas y grises.

      – Nos gustan los caballos azules ‑repliqué sin convencer a nadie.

      – Algún día todos los caballos serán azules ‑corroró Jake.

      – Chicos, venga, fuera! Aquí hay algo raro. Salid, que quiero ver qué…

      Entonces, sentí que un ligero movimiento recorría el cuerpo de Ax.

      – ¡Ax, No! ‑grité.

      ¡FUOPP! ¡FUOOPP! Chasqueó la cola contra la estructura de madera que sujetaba el marco del establo y la ‘partió en dos mitades de forma que se precipitó sobre los hombres.

      – ¡Ahhhhhhhhhhh!

      – ¡Aaayyyy!

      – ¡Corred! ‑ordenó Jake.

      Salimos del establo por encima de los hombres y corrimos sin parar. Con el rabillo del ojo, vi un flash de plumas marrones y rojizas.

      <Os dejo unos minutos y mira la que habéis organizado, declaró Tobias.

      – ¡Atrapadlos! ¡Detened a esos chicos!

      En plena carrera, establo tras establo, Ax se iba transformando en humano y yo iba completando mi metamorfosis hasta que las plumas desaparecieron del todo. Fuera, la gente empezaba a agruparse para asistir a la primera carrera.

      – ¡Salgamos de aquí! ¡Hacia la tribuna! ‑gritó Jake‑. Nos perderemos entre la multitud.

      De repente, ¡PLAF!, se abrió de golpe la puerta de uno de los establos y me cortó el paso. Aunque intenté esquivarla, no fui lo bastante rápida. Alguien me agarró del tobillo y caí de bruces contra el cemento.

      – ¡Cassie! ‑gritó Jake. Retrocedió, pero en ese momento empezó a entrar mucha gente, desde ayudantes, yóqueys, entrenadores hasta los propietarios de los caballos, preocupados por si les habíamos hecho algo a los animales.

      – ¡Aquí hay uno! ‑gritó el que me tenía sujeta por el tobillo.

      No quería darle una patada, parecía casi un niño, y seguro que no era un controlador.

      – ¡Aquí está! ¡Aquí hay uno de ellos!

      ¿Uno? Vaya, pero si ni siquiera llevaba puesto el mono. De acuerdo, la ropa que vestía no era lo que se dice, elegante, pero ¿confundirme con un chico? Entonces sí que me entraron ganas de darle una patada.

      ¡PAFF! Le golpeé con el pie y conseguí liberarme.

      – Lo siento ‑le dije y me puse en pie de inmediato. Eché un vistazo a mí alrededor. No había rastro de Jake, Rachel, Ax, Marco ni Tobias. Todo cuanto veía era el final de lo que parecía una pequeña multitud buscando algo en el otro extremo del establo.

      Esquivé al chaval que me había agarrado y me colé en una cuadra.

      – Tranquilo, bonito ‑le susurré a un enorme caballo dorado que había allí dentro‑. Tranquilo, no pasa nada. Por lo general,, los animales me quieren, pero a ése no le caí en gracia.

      – iJjjll Riiijü‑hiüii‑hiiii!

      Tenía dos opciones. Salir y que me capturasen, o quedarme allí y que aquella bestia me pisoteara. Elegí a tercera opción.

      Veréis, cuando adquieres el ADN de un animal, éste entra en una especie de trance que casi lo inmoviliza. Por eso es posible, por ejemplo, adquirir el de un oso pardo.

      Así pues, con mis manos ejercí una suave presión en la quijada del caballo y me concentré. Entonces, el animal languideció y se calmó. Su ADN entró a formar parte de mi sistema.

      – Hay uno en la cuadra ‑‑oí que decía una voz.

      ¿Qué otra cosa podía hacer? En un establo, lo mejor para pasar desapercibido es transformarse en caballo.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

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Animorphs #14: Lo Desconocido Capítulo Siguiente >15:

      ¡TA TA TA TA TATA TA TATA TA TA TA TAAAAH! La trompeta anunció el comienzo de una carrera, y acto seguido, se oyó el rumor de la multitud impaciente. Pero mi mente estaba en otro sitio.

      No era la primera vez que me transformaba en caballo, así que sabía lo que esperar. Claro que aquél era un caballo de carreras, muy nervioso, agresivo y no de muy buen humor.

      – ¡Buscad en todos los establos! ‑ordenó una voz‑‑. ¡A saber lo que esos chiquillos les han hecho a los caballos! ¡A uno le han cambiado el color y ahora es azul!

      – ¡Daos prisa! La primera carrera ya ha comenzado.

      Oí puertas abrirse y cerrarse. Estaban comprobando uno por uno los establos, pero por suerte habían comenzado por la otra punta. En dos minutos los tendría encima.

      Empecé la metamorfosis.

      Las orejas se desplazaron hacia la parte superior de la cabeza y una vez allí cambiaron. Estaba tan acostumbrada a ese tipo de cosas que ya no me sorprendía. Supongo que si de pronto y sin motivo mis orejas se movieran de su sitio, empezasen a hacerse puntiagudas “cubriéndose de un pelaje dorado, entonces otro gallo !cantaría.

      En mi cuerpo los cambios se hicieron ver de inmediato. Me creció el trasero como no os podéis imaginar. Las rodillas se giraron de golpe en medio de un agudo chirrido repulsivo. Las pantorrillas se estiraron hasta quedarse sin carne casi por completo y convertirse en meros huesos alargados recubiertos de un pelaje dorado.

      El pelaje se extendió por todo mi cuerpo como si fuera una ola, subió por las piernas, bajó por los brazos y me cubrió la espalda y el pecho. Ojalá hubiese tenido tiempo para recrearme porque la sensación era genial. El pelaje del animal era como un abrigo suave y terso.

      Entonces me empezaron a crecer los brazos. En la parte superior me salieron unos enormes músculos, mientras la parte inferior quedaba reducida a un delgado bastoncillo. Mis dedos se derritieron, como si fueran de cera y se hubieran metido en un horno.

      – ¡Ahh! ‑grité al ver por un instante los huesos de mis propios dedos. ¡Qué visión más horrible! Ojalá no os pase nunca. Creedme, eran de un blanco inmaculado. ¿Os imagináis los nudillos sin la piel?

      – ¡He oído algo! ¡Por allí!

      – Seguid buscando. Nadie va a salir del establo.

      Me incliné hacia delante incapaz de sostenerme de pie por más tiempo justo en el momento en que los huesos de mis dedos se fundieron para conformar los cascos del animal.

      ¡CLAC! Los cascos de las patas delanteras llegaron al suelo.

      El caballo verdadero acababa de recuperarse de su estado de trance y no le gustaba ni un pelo lo que esta­ba sucediendo en su cuadra.

      – ¡Jrliliiiilllljiiiiiijilli‑ji!

      – No pasa nada, guapo le intenté tranquilizar, pero nada más decirlo mi cara se infló y se proyectó ha­cia delante.

      Mi nariz se desplazó hacia la otra punta de la cara y se fundió en un hocico de unos treinta centímetros o más de longitud. Creció tanto que creó una separación obligada entre mis ojos. ¡No daba crédito! La distancia de separación entre mis ojos iba en aumento y con ello mi campo de visión. Llegó un momento en que fue demasiado, y es que mis ojos acabaron en lados casi opuestos de la cabeza. ¿Os imagináis tener los ojos en las sienes?, pues algo así, y además entre los ojos, una nariz de un tamaño enorme, que había arrastrado con ella la boca.

      En el interior de mi boca se producían toda clase de ruidos que anunciaban que mis dientes eran absorbidos por los dientes gruesos y planos del caballo. Aquello pi­caba, os lo aseguro.

      Entonces en el otro extremo de mi cuerpo sentí que me brotaba el rabo como si fuera una hierba hiperacti­va. El proceso de transformación se había completado.

      El caballo de verdad se me quedó mirando fija­mente con uno de sus enormes ojos acuosos. Me olió, pero no percibía nada. Los caballos y los animales que dependen del olfato no están capacitados para com­prender el hecho de oler a otro caballo que tenga su mismo olor. Es como si un humano se encontrase cara a cara con alguien físicamente idéntico. Además los caballos no son muy inteligentes. No entienden nada.

      Sin embargo, para mi sorpresa, aquella fiera se fue ,tranquilizando. Parecía como si yo no estuviera allí dentro. Y lo más extraño de todo fue que cuando noté que la mente del caballo empezaba a despertarse y a emerger por debajo de mi conciencia humana, me sentí igual que el otro caballo. Era como si de repente me pre­guntara: ¿Qué otro caballo?

      Comprobé los sentidos del animal. Un oído excelen­te y un buen olfato. La vista era un desastre. Era miope, pero lo peor con diferencia era que miraba al mismo tiempo en direcciones opuestas, a izquierda y a dere­cha, y no poseía ningún control de las distancias. Me re­sultaba imposible decidir si aquello que estaba a mi iz­quierda, por ejemplo, se encontraba a un metro o a cinco. Si pusierais dos palos en el suelo, seguro que no sería capaz de ver cuál estaba más cerca. Sólo si miraba de frente había una zona en la que intervenían mis ojos de forma simultánea, como la visión binocular de los humanos o de las aves de rapiña. Entonces, era capaz de ver en profundidad, pero sólo en esa pequeña franja delante de mi.

      Aunque todo me resultaba muy extraño, lo que más me inquietaba era el nivel de energía que desprendía aquel animal. Parecía que cada músculo estuviera car­gado de electricidad. Me sentía como una planta de energía pura. .

      La mente del caballo no fue difícil de controlar. Te­nía hambre, pero no era el hambre urgente y obsesiva que sienten otras especies. Estaba un poco preocupado, pero nada que ver con la mente desquiciada y asustadi­za de un pequeño ratón o una ardilla.

      «Esto es pan comido me animaba a mí misma‑. Una cosa más y listo. Primero salgo de la cuadra y del establo, recupero mi forma natural y busco a los otros. Bueno, tres cosas.»

      No quedaba más alternativa que hacer eso. Asomé mi cabezota dorada por la puerta e hice lo que ningún caballo lo bastante inteligente había hecho antes: deslizar el diminuto cierre hacia un lado y empujar la puerta.

      «Ahora, actúa con toda naturalidad. Eso es, como una chica que se ha convertido en un caballo de carreras», me dije.

      Salí y, como veía en dos direcciones a la vez, divisé de inmediato a dos grupos de trabajadores a ambos lados del granero.

      «Muuuy bien. No te pares.»

      Uno de los hombres se quedó paralizado y me miró fijamente.

      – ¡Eh! ‑Se acercó corriendo hacia donde yo estaba‑. ¡Es Minneapolis Max! ¡Se ha salido de su cuadra! ¿Cómo demonios…? ¡Alguien lo va a pagar muy caro! ¡Joe! ¡Trae su brida, por Dios santo! ¡Rápido, antes de que aquí se arme un lío!

      Con el otro ojo, divisé al chaval al que le había dado una patada antes.

      – ¡Eh, señor Hinckley! ‑‑gritó el chico desde el interior de la cuadra de la que yo acababa de salir‑. Aquí hay otro caballo idéntico a…

      – ¡Cállate y tráeme el equipo! ¡Ya! ¡AHORA!

      – Sí, señor.

      El tal Hinckley se aproximó muy despacio, por su bien. El caballo que había en mí estaba muy asustado, pero además enfadado. Aquel hombre que se le acerca

      a le estaba poniendo de muy mal humor, pero sobre iodo lo que no soportaba eran los olores de otros maa chos, en particular de uno cuyo olor se me pegó en la ;.nariz y me molestaba mucho.

      ¿Qué estaba haciendo aquel caballo en mi territorio? No lo consentiría. Se iba a enterar de quién mandaba.

      – Jriüiüiii jiiii jii‑hii Jrrrrr‑iiiiiiii‑jüii jiii jü! ‑relinché a todo volumen una proposición de guerra.

      – Tranquilo, chico. Sabes que corres en la siguiente y no has podido evitar salir a echar un vistazo, ¿verdad? Ahorra energía, grándullón. ¡Éste es mi campeón! ¡Éste es mi Minneapolis Max!

      Entonces lo comprendí todo. No soy una gran aficionada a las carreras de caballos, pero aquel nombre llegó hasta mi conciencia un tanto desquiciada y lo reconocí. Me había transformado ni más ni menos que en el caballo que se esperaba ganara el derbi de Kentucky.

      Vamos, chico, tenemos que salir ahí y ganar.

      Bien, me apetecía correr.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo

16:

      <Cassie, soy yo, Tobias. ¿Me oyes? ¿Dónde estás? Sólo faltas tú. Si puedes, hazme una señal>

      <Estoy en la pista>, contesté.

      <¡Eh! ¡Te has transformado!>

      <Sí, tú lo has dicho>

      <¿Dónde estás?>

      <Mira hacia la pista. ‑Dejé escapar un suspiro‑. ¿Ves los caballos que van hacia la barrera de salida? ¿Ves el caballo cuyo yóquey va de verde y rojo? ¿El número veinticuatro?>

      <Imposible> <No, Tobias, no es imposible>

      <Pero ¿cómo ha ocurrido?>

      <Es una historia muy larga y ahora no tengo tiempo de contarla. Me espera una carrera>

      Mi yóquey era ligero como una pluma, apenas si lo notaba. Pero aquello que me habían metido en la boca no me hacía ni pizca de gracia. Me estaba poniendo furioso, casi tanto como el caballo oscuro de al lado, al que lancé un bufido desafiante.

      – Tranquilo, tranquilo ‑me calmó el yóquey.

      Entonces divisé a Marco a mi derecha abriéndose paso entre la multitud. Levantó la mano y me saludó directamente.

      <Te estoy viendo, Marco. No te preocupes> Era evidente que Tobias ya se lo había comunicado

      los otros.

      – ¿Quién está preocupado? ‑gritó Marco‑. Sólo quiero saber si vas a ganar para apostar los cinco dólares que tengo en el bolsillo.

      <Muy gracioso. Ja, ja. Muy gracioso>

      El yóquey tiró de la brida y me hincó uno de sus pies en un costado. Oh, Dios, en dónde me había metido. No entendía qué quería que hiciese. Veréis, yo poseía los instintos del caballo en el que me había transformado, pero carecía de los años de entrenamiento del ;caballo llamado Minneapolis Max. Así que no me quedaba más remedio que adivinar sus pensamientos, e imaginé que su deseo era que me encaminara hacia la barrera de salida.

      ‘Uno de los entrenadores, el del puro, aguardaba en puerta de salida, con un puro todavía más destroza de tanto chupar.

      – Siempre se pone nervioso en el cajón de salida ” le informó el hombre del puro al yóquey.

      Conque ésas tenemos, ¿eh? Se iban a enterar. Sacudí la cabeza con orgullo y me coloqué con toda tranquila’ en la estrecha puerta de salida.

      Una vez dentro, comprendí por qué a Minneapolis Max no le gustaba un pelo, y es que allí no cabía ni una mosca. Los listones de madera de las paredes laterales me aprisionaban los costados. ¡Era una trampa!

      ¡Huye!

      – Jriiilili jiiii jii! ‑Alcé las patas delanteras y golpeé la puerta con los cascos al tiempo que relinchaba.

      – Tranquilo, Max, tranquilo ‑me dijo el yóquey.

      Estaba muy asustada, o al menos mi cerebro de caballo lo estaba. Y además todavía conservaba el olor de aquel caballo que me había puesto furiosa.

      Ésa era mi excusa. La cuestión fue que no estaba pensando, porque cuando el yóquey me volvió a decir que me calmara, hice algo que no debería haber hecho. Cometí un fallo que, de haber estado concentrada, no habría ocurrido.

      <¡Tranquilízate tú! ¡Yo soy la que está enlatada en este cajón!>, exclamé por telepatía.

      La telepatía es como el correo electrónico, recibe el mensaje la persona a la que se lo mandas, así que me oyó.

      – ¿Qué? Pero ¿qué…? ‑exclamó el yóquey.

      ¡RRRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNNNNNGGGGGGGGGGG!

      ¡CLAC!

      Sonó el timbre, se abrieron las puertas y eché a correr.

      Los enormes músculos de las patas traseras me impulsaban hacia delante y las patas delanteras recibían el peso del cuerpo en cada zancada. La salida de aquel cajón había sido como una explosión.

      Sentí la adrenalina correr por todo mi cuerpo. Había caballos a izquierda y derecha. Relucían cascos, se tensaban y relajaban los músculos, ondeaban las crines, bailaban las colas, y las fosas nasales se abrían al máximo para absorber la mayor cantidad de aire.

      Estaba tan concentrada en la carrera que los otros caballos se esfumaron de mi mente. Corría como si fuera el único caballo de la Tierra. Era lo que más deseaba; y lo único que veía y me importaba era la pista que se extendía por delante de mí. Millones de años de evolución habían moldeado mi cuerpo para correr y en aquel momento no me detendría hasta que se acabara el suelo firme. Me había convertido en mi propia acción.

      El yóquey intentó frenarme un poco, quería que guardara mis fuerzas y resistencia para el final de la carrera.

      <Olvídate de ganar ‑le dije‑. Lo importante es correr.>

      Para su propio asombro, no se cayó del susto, y no sólo eso, sino que logró controlarme, y yo hice lo que cualquier caballo haría, bajar un poco el ritmo.

      En una de las curvas de la pista, me desplacé hacia la valla blanca, sujetándome con firmeza al terreno para no escurrirme, y le corté el paso a otro caballo sin el más mínimo reparo. ¡Ja! A mí sólo me importaba correr, todo lo demás podía desvanecerse.

      Me hallaba en la parte más alejada del público y allí lo único que oía era mi propia respiración y los golpes de las pezuñas de docenas de caballos contra la pista.

      ¡Otra curva! Empezaba a notar el agotamiento. Me dolían los pulmones y me ardían los músculos. Cada uno de los impactos de mis cascos contra el suelo era un sufrimiento. Había llegado el momento de bajar el ritmo y descansar un poco.

      Entonces vi que el caballo oscuro me adelantaba y me cortaba el paso.

      – ¡No te rindas ahora, caballo parlante! ‑me alentó el yóquey.

      Aquella mirada triunfante y salvaje del caballo de piel oscura me hizo reaccionar. Sentí la sangre hervir en mis venas.

      <¡No desesperes, amigo, vamos a ganar!>

      Una cosa es decirlo y otra conseguirlo. Aquel caballo era muy rápido, pero yo contaba con una ventaja, la inteligencia. Y sabía que la meta no estaba muy lejos y que, por lo tanto, podía emplear hasta la última gota de mi energía. Podía sobrepasar los instintos del animal que insistían en bajar el ritmo.

      Alargué la zancada y apreté el paso.

      ¡Le estaba adelantando!

      ¡No! ¡Él me sacaba ventaja!

      ¡Y de nuevo le estaba adelantando!

      Pero se recuperó enseguida y me sacó una cabeza de ventaja.

      La multitud enloquecía. Y al ver aquellos miles de rostros boquiabiertos y oír el jaleo, sentí una inyección de energía.

      ¡Allí estaba la línea de llegada!

      ¡FLASH! ¡FLASH! Nos hicieron mil fotos.

      ¡zAs! Crucé la línea dos segundos antes que el otro caballo.

      ¡Había ganado!

      Creo que aquélla fue la primera vez en toda mi vida que he ganado una competición atlética. Era un caballo, ya lo sé, pero no deja de ser una victoria.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

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Animorphs

Capítulo 17:

      Por suerte, en el tiempo que me llevó escaparme de los establos, los demás también habían conseguido adquirir el ADN de diferentes caballos.

      Volamos hacia los Dry Lands. Era un viaje largo, y se nos hizo aún más largo porque durante todo el trayecto no cambiamos de tema.

      <Lo único que digo es que sería genial ‑insistía Marco‑ que nos transformáramos en caballos de carreras y…>

      <Tú sueñas, Marco>, añadió Jake.

      <… y entonces, con la inteligencia humana viéramos cómo se puede ganar, mientras que los otros apuestan dinero>

      <Ni hablar, Marco>, comentó Rachel.

      <Podríamos empezar apostando todos nuestros ahorros. Yo tengo unos veinte dólares, y si apostáramos esa cantidad, digamos, tres a uno, antes de darnos cuenta…>

      <Marco, olvídalo, ¿vale? ‑dije tajante‑. No estaría bien.>

      <… tendríamos sesenta dólares, y si apostáramos esa cantidad, tres a uno, obtendríamos ciento ochenta, y si apostáramos de nuevo, quinientos cuarenta, y después mil seiscientos veinte y después ¡cuatro mil sesenta dólares!>

      <Me sorprende tu agilidad mental con los números ‑comentó Rachel‑. En clase de matemáticas no das pie con bola, y apruebas por los pelos>

      <No tiene nada que ver. Esto es dinero>, puntualizó Marco.

      Hablamos de ese tema todo el rato hasta que llegamos a la zona de los Dry Lands.

      <¡Eh! ‑exclamó Tobias‑. Creo que estamos de suerte. ¿No son aquéllos los mismos caballos que vimos ayer>

      <¿Los caballos pudorosos?>, preguntó Jake.

      <Sí. Son ellos ‑confirmó Tobias‑. Me acuerdo de sus marcas. Fijaos en cómo se mueven>

      Con mis ojos de águila, escudriñé a los caballos. Parecía que iban desfilando, como si fueran soldados en lugar de caballos salvajes. Junto a ellos se distinguía otro grupo de caballos que se movía de forma natural.

      <Creo que nuestro grupo de caballos controladores se ha unido a otro grupo. Tiene todo el sentido del mundo. Los caballos auténticos no conocen la verdadera identidad de sus guías y visto desde fuera parece que pertenecen a una misma manada>

      <Fijaos en la dirección que llevan ‑observó Marco‑. Derechos a la base, a la Zona 91.>

      <Ahora ya sé lo que es un hipódromo: un lugar donde los caballos se persiguen unos a otros en círculos mientras la gente grita. Pero ¿qué es exactamente eso de

      la Zona 91? ‑preguntó Ax‑. Ya lo habéis mencionado antes, pero no lo tengo claro>

      <Seguro que tú ya sabes lo que está pasando en la Zona 91>, dijo Marco en tono misterioso.

      <Es una base secreta ‑explicó Jake soltando un suspiro‑. Se dice que el gobierno esconde allí una nave espacial alienígena que supuestamente se estrelló por aquí hace unos cincuenta años>

      <¿Quién lo dice?>, preguntó Ax.

      <Gente como Marco ‑contestó Rachel‑. O sea, los chiflados conspiradores, gente que navega por Internet con nombres como «Verdad Negra» o algo parecido>

      <Ah>, añadió Ax, como si lo hubiera entendido.

      Marco tenía razón en una cosa, los caballos se dirigían hacia la base, claro que hacia allí también iban otros caballos que no tenían nada que ver con los caballos controladores.

      <¿Qué mejor forma de infiltrarse en una base de alta seguridad? ‑admití‑. Cuando estuvimos allí, había caballos por todas partes>

      <Cierto ‑continuó Jake‑, y si quieres vigilar a un grupo de caballos controladores, ¿qué mejor forma que unirse a la manada, tal y como otros han hecho? Sugiero que los adelantemos, nos transformemos en caballos y nos unamos al grupo para ver adónde van y qué hacen.>

      <Dadle a las alas ‑exclamó Tobias‑. Nos queda un buen trecho todavía>

      <Todo lo que digo es que imaginaos lo fantástico que sería>, empezó de nuevo Marco.

      Tardamos diez minutos en adelantar al grupo de caballos controladores y sus acompañantes. Escogimos unas piedras y detrás de ellas nos transformamos en caballos. No perdimos un minuto. No queríamos que pasara como la vez anterior y se nos presentaran los soldados de la base.

      Una vez transformados, nos dimos cuenta de un pequeño problema.

      <Nuestro aspecto está demasiado cuidado comparado con los viejos caballos salvajes ‑‑comenté‑. Será mejor que nos restreguemos por la tierra y atravesemos algunos zarzales para que parezca que vivimos al aire libre y no en cómodos establos>

      Cuando los caballos controladores nos alcanzaron, ya parecíamos seis caballos sucios y salvajes. Aun así, éramos los caballos con más estilo del lugar. Después de todo, uno de nosotros llevaba camino de convertirse en el campeón del derbi de Kentucky.

      <Ya casi están aquí ‑avisó Jake‑, intentad comportaros de forma natural>

      La manada de caballos desfiló a nuestro lado. Dos caballos verdaderos levantaron la cabeza, nos lanzaron una mirada sospechosa y soltaron un bufido. Los caballos controladores, en cambio, nos ignoraron por completo.

      Tuve que hacer grandes esfuerzos para resistir la estúpida urgencia del caballo de retar a un combate mortal a los otros caballos machos. Nos unimos al grupo y los seguimos a una distancia prudencial,

      CLOP‑CLOP‑CLOP‑CLOP. Trotamos tras ellos directos al corazón de la legendaria Zona 91.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films < Capítulo Anterior

Animorphs #14: Lo Desconocido

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Capítulo 18:

      Pasamos señales de advertencia cada vez más severas. La última decía: PROHIBIDO EL PASO. VIGILANCIA ARMADA. Pasamos por delante de hombres y mujeres con metralletas, pero nadie sospechó de los caballos.

      De haber oído el comentario que nosotros oímos, las cosas habrían sido muy diferentes.

      -Hullak fcmul fallanta gehel. Callis feellos.

      <¿Quién ha dicho eso?>, pregunté.

      <Hum… aquel caballo de allí, respondió Rachel.

      – ¡Ya¡ hellem. Fimul chall killium fullat!

      <Aquel otro caballo le ha contestado>, dijo Marco.

      < ¡Es galard! ‑exclamó Ax‑. Están hablando en galard.>

      <Dos preguntas ‑intervino Jake‑. ¿Qué es eso de galard? ¿Pueden oír nuestra telepatía? Ah, y contesta primero a la segunda pregunta>

      <No, no pueden oírnos. Galard es una especie de lengua universal hablada por diferentes razas a lo largo de la galaxia. Es lo que la gente habla cuando proviene de diferentes especies y no comparte la misma lengua. A esos caballos les deben haber colocado un sintetizador de habla>

      <¿Por qué no iban los yeerks a hablar en yeerk o lo que sea?>, pregunté.

      <No lo sé ‑admitió Ax‑‑‑. Pero los sintetizadores de habla estándar utilizan galard. Quizá sean sintetizadores menos sofisticados. A veces es más fácil utilizar los más antiguos que los de tecnología más avanzada.>

      <¿Estás diciendo que los han comprado en las rebajas?>, preguntó Rachel.

      <Sí, en el hipermercado de Plutón>, bromeó Marco.

      <Ax, ¿entiendes lo que dicen?>, preguntó Jake.

      <Pues claro. Han dicho que van a actuar según el plan. «Si lo hacemos bien, acabaremos de una vez con esta misión idiota y podremos salir de estos malditos cuerpos y volver a bordo de la nave que es donde deberíamos estar.» Eso es lo que ha dicho el líder>

      <¡Mirad! ‑gritó Tobias‑. Se están separando>

      <Muy bien, nosotros también nos separaremos ‑indicó Jake‑. Cassie, Tobias y yo seguiremos a un

      grupo, y Ax, Rachel y Marco al otro. Ax, atento por si comentan algo más. Si lo hacen, comunícanoslo por telepatía de inmediato>

      <Sí, príncipe Jake>

      <¿Te he dicho alguna vez que no me llames príncipe?>

      <Sí, príncipe Jake>

      Me coloqué detrás de Jake y traté de comportarme como lo haría un caballo.

      <Todo esto es muy raro ‑‑comenté‑. Está claro que estos caballos cumplen con una misión, pero lo que más me sorprende es que nadie haya notado lo extraño de su comportamiento>

      <¿Qué persona en su sano juicio pensaría que un caballo representa un riesgo?>, respondió Tobias.

      <¿Te gusta ir transformado en caballo, Tobias?>, pregunté con ánimo de hablar de algo y relajarme.

      <No es tan divertido como volar, pero teniendo en cuenta que antes no podía transformarme como vosotros, me parece fantástico>

      Caminábamos por uno de los lados de una carretera. Aquella parte de la base estaba plagada de edificios numerados y de tablones blancos. Un poco más adelante se distinguía un edificio grande con un aparcamiento medio lleno. No llegaba a leer lo que ponía en el cartel que había encima de la puerta, pero la gente salía empujando carritos llenos de compras.

      <Debe ser el centro comercial para la gente que vive aquí>, explicó Jake.

      <Vaya aburrimiento vivir aquí ‑añadió Rachel‑. Aparte de mantener secretos, no hay mucho más que hacer>

      Un par de Jeeps con tropas uniformadas se acercaba por la carretera. Al pasar a nuestro lado, nos apartamos, cosa que jamás haría un caballo, pero ninguno se percató. Ni siquiera nos miraron. Estaban acostumbrados a ver caballos salvajes.

      El sol de la tarde pegaba fuerte. Hacía demasiado calor, y el caballo que había en mí quería buscar una buena sombra y echarse un rato. A un lado del centro comercial, vi un grupo de árboles y unas mesas de madera, hacia donde la gente se encaminaba con pizza o pollo asado con patatas fritas.

      Qué raro era todo aquello. Me había convertido en caballo, caminaba siguiendo a otros caballos con yeerks en el cerebro, y todos intentábamos descubrir qué demonios ocultaban, si es que el rumor era cierto.

      ¿Sería verdad? ¿Se habría estrellado una nave espacial en esta zona hace cincuenta años? ¿Lo habría ocultado el gobierno durante todos estos años? ¿Querrían los yeerks arrebatárselo a los humanos para que éstos no aprendieran su tecnología?

      ¿Qué escondían en la base? ¿Un caza insecto yeerk? ¿Un caza andalita? ¿Una nave de otra raza?

      <Jake, Tobias, ¿no oléis algo raro?>, pregunté.

      <¿Las patatas fritas de aquella mesa?>, preguntó Jake.

      <No. Huele los caballos controladores>

      <¿De verdad quieres que lo haga? Eh… espera… ¿te refieres a ese olor?>

      <Miedo ‑añadió Tobias‑. Nerviosismo. Fantástico. Si ellos tienen miedo, nosotros también, ¿no?>

      <Entendido>, contesté.

      Miré a mi alrededor para ver si descubría la razón del miedo. Divisé al segundo grupo de caballos controladores. Vi a Rachel, Marco y Ax acompañados por dos caballos. Nos dirigíamos hacia el mismo punto, hacia el hangar.

      El hangar era un edificio enorme, debía de ser tan alto como quince plantas y por la entrada cabría un dinosaurio. Estaba muy vigilado. Había guardias en las puertas principales y en cada esquina del edificio. Alcé la vista y me pareció ver en lo alto la silueta de un hombre con un rifle.

      Había un cartel en uno de los costados del edificio

      pero, a pesar de entornar los ojos, no logré leer lo que había escrito. La vista de los caballos es nefasta.

      <Echo de menos mis ojos de ratonero>, murmuró Tobias.

      jBRRRRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIINNNNNNGGGGGGG! iBRRRRRRRtRRRRRRRIIIHIIIIINNNNNNGGGGGGG!

      Sonó un timbre tan alto que pegué un bote y alcé las patas delanteras.

      Los caballos controladores no mostraron reacción de ningún tipo. Quizás al contrario, se diría que parecían más concentrados. Sin duda, esperaban el timbre.

      El timbre anunciaba la apertura de las puertas principales. Los guardias se descolgaron las armas de los hombros y se las colocaron en posición de tiro.

      Las puertas empezaron a abrirse y el motor que las movía retumbaba en mis oídos como un sonido infernal.

      En ese momento, el segundo grupo de caballos echó a correr.

      Tres de los caballos controladores, seguidos tras un momento de vacilación por Marco, Rachel y Ax, se pusieron al galope en dirección a las puertas del hangar.

      <Oh, Dios ‑graznó Tobias‑‑, ¿por qué tengo la impresión de que aquí va a ver tiros?>

      <¿Por qué hacen eso? ‑‑pregunté‑. No tiene sentido. ¿Por qué ocultarse en cuerpos de caballos para pasar inadvertidos y, de repente, echarlo todo a perder?>

      <Porque ha habido un primer intento y no les ha funcionado ‑contestó Jake con un gesto severo‑. Recuerda lo que dijeron antes: «Hagamos esto y acabemos de una vez.» Es un movimiento a la desesperada.>

      <Y ¿qué hacemos?>

      <Jugaremos a seguir al líder ‑respondió Jake impasible‑. Esperemos que estos yeerks tengan un buen plan.>

      De repente, nuestro grupo de caballos controladores echó a correr. Me llevé un buen susto, pero reaccioné con rapidez y me puse al galope seguida de Jake y Tobias.

      El primer grupo de caballos ya estaba muy cerca del hangar, y los guardias armados no dejaban de mirarlos con una expresión de sorpresa que se tradujo en miedo, pero para entonces ya era demasiado tarde.

      ¡BuM! El caballo que dirigía la incursión embistió de lleno a uno de los guardias, que se estampó contra otro en medio de los destellos de los cascos del animal.

      A pesar de mi débil visión, lo vi todo a la perfección porque ya estábamos muy cerca. íbamos directos al interior del hangar. Aquello se convirtió en una auténtica casa de locos fuera de control: los guardias, atacados por caballos desquiciados, iban cayendo al suelo uno tras otro.

      – ¡Sacad de aquí a estos caballos! ‑vociferó alguien.

      – ¡Jriiii jiii jii! ‑relinchaban los caballos.

      – Mi sargento, ¿qué hacemos?

      – ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh!

      – ¡Jriüi jiii jii!

      – ¡Disparad!

      Negativo, soldado, ¡no disparéis! Podríamos causar daños irreparables al objeto del interior.

      Nuestro grupo se coló entre el tumulto de soldados furiosos y caballos desalmados que atacaban alzando las patas delanteras y no dejaban de relinchar. Nuestro grupo no se separó y sin más tiempo que perder nos lanzamos al interior del hangar, al lugar más secreto del mundo.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films < Capítulo Anterior

Animorph

19:

      Irrumpimos en el interior. Bajo mis patas sentí una superficie suave de cemento pintado. En una rápida ojeada, vislumbré equipo pesado, ordenadores y pantallas numéricas, luminosas.

      Hombres y mujeres de bata blanca corrían hacia todas partes como si huyeran de una manada de lobos o algo así. Hombres uniformados del ejército aéreo nos perseguían. Oficiales mayores y barrigudos, luciendo sus medallas en el pecho, permanecían con los brazos en jarras y con una expresión de furia en sus rostros.

      Y todo el mundo chillaba.

      – ¡Qué demonios está pasando aquí!

      – ¡Detened a esos caballos!

      – ¡Disparad!

      – ¡No! ¡Que nadie dispare!

      – ¡Socorro! ¡Soy alérgico a los caballos!

      Aquello era de locos, pero la verdad es que, en cierto modo, resultaba bastante divertido. Minneapolis Max corría, y por eso estaba muy feliz.

      Todos los nervios de mi cuerpo de caballo estaban excitados. Me encontraba rebosante de vida, por la mezcla de miedo, emoción y el deseo de competir. No era un simple caballo de labranza. Había nacido para ganar y me habían criado para convertirme en campeón. Era un gran semental, fuerte y dominante.

      – ¡Jriüiiiiiiii jiiüiiiiii jüi ji!, exclamé sin ninguna razón especial, provocando que a una señora de bata blanca se le cayera el yogur abierto al suelo.

      Llegamos a una habitación que parecía ser el centro, el nexo, la razón de toda la seguridad.

      <¡Lo vamos a conseguir! ‑exclamó Marco‑. ¡Estamos dentro! ¡Ahí está!>

      En una especie de recinto de cristal, de unos treinta centímetros de grosor, se distinguía un pedestal de reluciente acero, flanqueado por cámaras, sensores, cables, luces, pantallas luminosas y filas de enormes ordenadores.

      En lo alto del pedestal y bañado por una luz intensa relucía algo que no era de este planeta.

      Mediría unos dos metros y medio de lado a lado. Tenía forma de cubo con las esquinas redondeadas y la superficie cubierta por completo de tuberías y símbolos pintados.

      En uno de los extremos había una abertura, lo bastante grande para que pasara una persona. Lo poco que veía del interior parecía de un color verde suave con poca luz: En una de las paredes destacaba un mecanismo desconocido.

      <¡Ahí está! ¿Lo veis? ¡El secreto más guardado de toda la historia!>

      Creo que nunca había visto a Marco tan feliz.

      Jake, Ax, Marco y yo, junto con tres o cuatro caballos controladores, nos quedamos embobados mirando lo qye Marco había dado en llamar «el secreto más guardado de toda la historia».

      – ¿Cullem fallat? ‑preguntó uno de los caballos controladores.

      <Quiere saber qué es>, tradujo Ax.

      – Jahalan fornella ‑‑contestó otro.

      Ni siquiera necesité la traducción de Ax para comprender que los yeerks no tenían la menor idea.

      Lo habían logrado, habían burlado la seguridad, habían visto el gran secreto, pero no sabían qué era aquello..

      – ¡SARGENT0! ¡Saque de aquí a esos caballos AHORA! ‑bramó el coronel.

      – Sí, señor ‑gritó el sargento‑. ¡Caballos! ¡Media vuelta!

      El pobre sargento debió de quedarse de piedra cuando de repente todos los caballos obedecimos, nos dimos la vuelta y salimos.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films 20:

      Cuando abandonamos aquel lugar, el sitio más secreto de la Tierra, empezaba a anochecer.

      Los caballos controladores se dirigieron apesadumbrados hacia la zona de los Dry Lands. Los seguimos a una distancia prudencial. Aunque llevábamos una hora transformados, Jake decidió continuar un poco más.

      <No entiendo nada ‑se quejó Marco‑. No entiendo nada de nada. ¡Ha sido un éxito! ¡Los yeerks lo han logrado! Consiguen colarse en el hangar y ver… Bueno todos hemos visto lo que había allí. Entonces, ¿por qué están tan cabizbajos y deprimidos?>

      <Ax dice que es porque no saben lo que es>, observó Jake.

      <No parecía una nave espacial ‑intervino Rachel ; pero desde luego no era de este planeta>

      <Sí, pero qué es pregunté‑. Si los yeerks no lo saben, nosotros tampoco, y probablemente los científicos de la base tampoco, ¿por qué tanto lío?>

      <«Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.» Shakespeare ‑dijo Tobias‑‑. Todos los chiflados conspiradores viven obsesionados por lo que se guarda dentro en ese hangar. Lo hemos visto y no sabemos lo que es.>

      <De hecho…>, habló Ax y se detuvo al instante.

      <De hecho, ¿qué?>, presionó Rachel.

      <Bueno… veréis, yo sé lo que es más o menos. Es un…>

      <¡Mirad!>, grité. Algo se acercaba por el cielo y parecía que iba a aterrizar.

      Sobrevoló las copas de los pocos árboles y al acercarse al suelo levantó una gran polvareda. Era una especie de avión pequeño, no más grande que cualquier caza de los humanos, pero con forma de escarabajo aerodinámico sin cabeza. En cada lado se distinguían unos largos espolones aserrados que se proyectaban hacia delante.

      <¡Un caza insecto!>

      Tuve que luchar contra la urgencia instintiva de echar a correr. Aquélla era una reacción natural, pero lo que me resultó extraño fue que una vez más percibí miedo en los caballos controladores.

      Sí, tenían miedo del caza insecto, más del que habían experimentado en el hangar. O, más bien, tenían miedo de quien iba dentro.

      La nave descendió, describió un círculo y aterrizó sobre una montaña de piedras.

      <Es imposible que el radar de la base no lo detecte>, observó Tobias.

      <Radar, ¿te refieres a esa herramienta de los humanos que emite ondas de radio al detectar un objeto? ‑dijo Ax‑‑‑. No es por nada, pero hasta un niño andalita es capaz de construir un escudo protector contra radares de juguete>

      <No sé por qué, Ax, pero me estás sacando de quicio ‑replicó Rachel muy enfadada‑, y eso ya lo hace muy bien Marco>

      Seguimos a los caballos controladores hasta el otro lado de las piedras. Allí les aguardaba el caza insecto, que ya había aterrizado en el suelo. La puerta de la nave no se abrió hasta que los caballos controladores no estuvieron todos juntos delante del caza. Tenían tanto miedo que imaginaba quién viajaba en el interior.

      La puerta de la nave se abrió. Primero salió un guerrero hork‑bajar, dos metros de afiladas cuchillas. Llevaba una pistola de rayos dragón. Inspeccionó la zona a izquierda y derecha y cuando le pareció que no había peligro, avisó al otro ocupante de la nave.

      Era un andalita o, al menos, tenía cuerpo de andalita.

      <Visser Tres>, dije sin un ápice de sorpresa.

      <Sí ‑añadió Jake preocupado‑. De repente, todo este asunto empieza a complicarse>

      Visser Tres es el líder de las fuerzas yeerks en la Tierra, es decir, es el líder de la invasión. Es el único yeerk que se ha apoderado de un cuerpo andalita, el único yeerk capaz de transformarse, como cualquier andalita, y el único yeerk que usa la telepatía para comunicarse. Es nuestro mayor enemigo, es decir, es el enemigo número uno de la raza humana.

      <Informe>, exigió Visser Tres con un tono casual.

      El líder de los caballos controladores empezó a hablar en galard.

      – Visser, gahallum fillak…

      <No me hagas perder el tiempo. ¿Lo habéis conseguido o no?>

      – Visser, kir fallan…

      jFUUO0oPPP! La cola de andalita de Visser se movió con tal rapidez que cortó el aire. La hoja mortal del extremo de la cola se detuvo a un milímetro de la garganta del caballo controlador. Un solo movimiento y su cabeza rodaría por los suelos.

      <¿Entrasteis en el hangar, sí o no?>

      Según Ax, el controlador respondió ativalnente.

      <¿Visteis el objeto que sabemos que no está construido por los humanos?>

      El controlador contestó que sí.

      <¿Qué es?>

      El caballo controlador vaciló y fue entonces cuando Visser chasqueó la cola de andalita.

      <¡Estúpidos! ¡Incompetentes! bra>nó Visser enfurecido‑. Hemos desperdiciado semaltas en esta misión. Primero Korin Cinco‑Cuatro‑Siete, al muy estúpido le muerde una serpiente. ¡Y ahora el pobre Jillay Nueve‑Dos‑Seis!>

      Visser hizo un gesto indicativo hacia el caballo controlador que había quedado en el suelo puedo en dos, como si su muerte hubiera sido culpa de otro.

      <Y encima, no sabéis qué es lo que habéis visto>

      Estaba furioso, y cuando Visser Tres está así resulta más que peligroso. Los caballos controladores retrocedieron tanto como se atrevieron.

      <¡Averiguaré su secreto! ‑dijo visser en tono siniestro‑. ¡Lo averiguaré!>

      Durante un rato nadie se movió ni pronunció palabra. No nos atrevíamos ni a respirar. Todo menos atraer la atención de aquel monstruo furioso.

      <Muy bien. El responsable ha recibido su merecido. Y a vosotros ya os tocará. Todavía nos queda el plan B. Siempre funciona. Nos haremos con el control de algunos trabajadores de la base. ¿Habéis identificado al menos las personas idóneas como portadores?>

      – ¡Jihal, Visser! ‑‑contestó uno de los caballos controladores.

      <Bien. Os perdono la vida por ahora. Mañana nos encargaremos de esos humanos, los haremos portadores… ‑De repente, se interrumpió‑. Esos caballos, ¿qué hacen aquí? No son de los nuestros>

      En galard, el caballo controlador le explicó que era normal en los caballos que se desplazaran en manadas y además a ellos les venía bien porque les servía de camuflaje.

      Aquélla no era la respuesta que Visser quería oír. Me escudriñó con los ojos de las antenas.

      <Idiotas, ¿no os dais cuenta de que los bandidos andalitas pueden convertirse en cualquier animal, y eso incluye a los caballos? Tendré que matar a esas criaturas para estar seguro>

      <No os mováis. Seguid como si no hubierais oído nada>, les susurré a los otros. Bajé mi cabeza dorada y arranqué un puñado de hierba. Acto seguido, hice lo que los caballos acostumbran a hacer, sin ningún tipo de vergüenza.

      <Supongo que son caballos de verdad>, añadió Visser con una risa burlona.

      Dejé escapar un suspiro de alivio.

      <De todas formas, matadlos>

      <Oh, oh>, dije.

      El hork‑bajir nos apuntó con la pistola, y de la nave salió un segundo hork‑bajir.

      Me estremecí de terror. Quería echar a correr, pero no era la única habitante de mi cerebro.

      Allí estaba Minneapolis Max, y no tenía intenciones de huir. Reuní fuerzas y activé cada uno de mis músculos. Cuando me quise dar cuenta, estaba corriendo, sólo que no escapaba sino que iba directa hacia el primer hork‑bajir.

      – ¡jrrrrüüüi jüüü‑jüi jüi! ‑relinché, alzada sobre las patas traseras.

      Los caballos no son animales predadores y por eso, en una pelea, son incapaces de utilizar sus patas para atacar, lo hacen como un acto reflejo. Así que allí estaba yo agitando las patas delanteras mientras un hork‑bajir apretaba el gatillo…

      – <¡Aaaahhhl>hhhh! bramó de dolor el hork‑bajir al tiempo que soltaba el arma.

      ¡CRAC! Aterricé justo sobre el arma.

      Me gustaría decir que lo hice a propósito, pero lo cierto es que con aquellos ojos en lados opuestos de la cabeza apenas si veía mis cascos, ¡como para poder controlarlos! A veces, la suerte vale tanto como la técnica.

      <¡Moved el culo!>, gritó Jake.

      Para entonces Minneapolis Max decidió que ya estaba listo para correr. Salimos de allí al galope con los hork‑bajir pisándonos los talones.

      <Si nos pillan, nos harán picadillo ‑exclamó Rachel‑. ¿Dos hork‑bajir contra seis caballos? No es moco de pavo.>

      Tenía razón, y aunque hubiésemos sido cien caballos contra dos hork‑bajir, no habríamos podido con ellos jamás.

      <¿Son muy rápidos los hork‑bajir?>, le pregunté a Rachel. Ella se había transformado en uno de ellos una vez.

      <Sí>, contestó muy seria.

      Pegamos un brinco y seguimos corriendo, pero nuestros perseguidores nos ganaban terreno.

      De repente, por delante de nosotros divisamos las luces saltarinas de los coches patrulla de las tropas de seguridad de la base, que venían a inspeccionar.

      Los hork‑bajir vacilaron, y cuando volví a mirar, habían desaparecido.

      <Bueno, todo esto ha sido una estupidez de principio a fin ‑observó Rachel cuando ya nos habíamos alejado de la Zona 91‑. Nos podían haber matado, y total ¿para qué? Si ni siquiera los yeerks saben lo que es.>

      <Sea lo que sea, no parece una nave, eso está claro>, añadió Marco.

      <Ni un arma secreta ‑prosiguió Jake‑. No parece humano, pero ¿quién sabe?>

      <No es una nave espacial ‑añadió Ax‑, ni un arma, pero desde luego os aseguro que no es humano>

      <Bueno, supongo que nunca averiguaremos lo que es>, dije soltando un suspiro.

      <¿Por qué no?>, preguntó Ax.

      <Pues porque no merece la pena volver a arriesgar nuestras vidas ‑contesté‑. Y si ni siquiera los yeerks saben lo que es…>

      <Claro que no saben lo que es ‑interrumpió Ax‑. Nunca han estado a bordo de una nave cúpula andalita>

      Dejamos de hablar y, uno a uno, volvimos la cabeza hacia Ax.

      <Ax, ¿estás diciendo que sabes lo que es esa cosa?>, preguntó Tobias.

      <Claro, justo cuando iba a decíroslo nos interrumpieron>

      <Bueno, y ¿qué es?>, preguntó Marco.

      <Es un módulo desechable de un modelo que se utilizó hace mucho tiempo en la primera generación de naves cúpula andalitas. Cuando las naves ya no servían para nada, se tiraban al espacio. Por lo general, las lanzaban hacia una estrella y así se desintegraban sin dejar rastro, pero ésta debió de perder el rumbo e ir a la deriva por el espacio hasta que la fuerza de la gravedad de la Tierra la atrajo>

      <Entonces ¿es una nave espacial?>

      <¿Es un arma?>

      <No, no. Es… bueno, me da un poco de vergüenza decirlo, pero se trata de un sistema modular de desechos.>

      Durante un minuto, nadie dijo nada.

      <¿Estás diciendo que el sitio más secreto de la Tierra, la mítica Zona 91, el Santo Grial de los chiflados, oculta un inodoro de andalitas?>, preguntó Marco rompiendo el silencio.

      <Sí, sólo que es un modelo muy primitivo ‑asintió Ax con aire de superioridad‑. Desde entonces, como podéis imaginar, ha habido enormes avances técnicos>

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

Capítulo 21:

      Recuperamos nuestras formas naturales para convertirnos en aves, y regresamos a casa volando.

      Éramos los únicos que conocíamos el secreto de la Zona 91. Una base entera se había construido para analizar lo que ellos pensaban que era una nave espacial, y que en realidad era un váter andalita.

      Según Ax, los humanos jamás conseguirían que ese cacharro volara.

      Desde que nos convertimos en animorphs habíamos hecho cosas muy importantes. Habíamos participado en batallas terribles y necesarias, pero lo de aquel día era algo por completo diferente.

      Cuando llegué a casa, me encontré a mis padres esperándome en el comedor con caras largas.

      – ¿Dónde has estado? preguntó mi madre.

      Mamá es la que lleva los pantalones en cuanto a disciplina se refiere. Sabe que mi padre es fácil de convencer y que ella es un hueso duro de roer. Y lo cierto es que es la pura verdad.

      – Con Rachel ‑‑contesté. Era una verdad a medias

      – Con Rachel, ¿haciendo qué? ‑‑exigió mi madre

      – No has venido a cenar. Ya ha anochecido y no sabíamos dónde estabas.

      Mi madre no es muy alta, hasta que se enfada. Entonces, es como si empezara a crecer y me sobrepasara. Es una sensación muy extraña. En condiciones normales, me saca sólo un par de centímetros, pero en aquel momento yo diría que dos metros.

      – Estábamos preocupados ‑añadió mi padre con calma.

      Dejé escapar un suspiro. Me sentía fatal y culpable por haberles tenido preocupados. Entiendo muy bien lo mal que se pasa porque yo me preocupo todo el tiempo, por Rachel, Jake y los otros y a veces, por las noches, cuando estoy en la cama me preocupo por toda la raza humana.

      – Lo siento mucho ‑‑dije.

      – ¿Dónde has estado, si se puede saber? ‑preguntó mi padre sin cambiar su tono de amenaza.

      – Con Rachel ‑contesté‑, y Jake.

      Mis padres intercambiaron una mirada. Mi padre se tapó la boca con la mano para disimular una sonrisa al tiempo que intentaba parecer muy severo.

      Mi madre se reclinó hacia atrás y se puso las manos en las caderas.

      – Tu padre y yo hemos estado hablando sobre eso de salir con chicos ‑‑añadió mi madre‑ y pensamos que eres demasiado joven.

      – ¿Salir con chicos? ‑repetí con voz temblorosa.

      Mi madre suspiró y, a continuación, movió la cabeza de un lado a otro.

      – Me parece que tenemos que hablar de nuevo de los pájaros y las abejas.

      Os juro que en ese momento la sangre se me bajó a los pies de golpe y volvió como una oleada provocán­dome un intenso ardor en las mejillas.

      – Hum… yo no estoy saliendo con…

      – No hay por qué avergonzarse ‑interrumpió mi padre con brusquedad‑. Eres una jovencita perfecta­mente normal, con ciertos… intereses, ciertas… fantasías y una curiosidad… natural.

      Llegado a ese punto, todo lo que me apetecía era ca­var un agujero en el suelo del comedor, meterme dentro y taparme con la alfombra.

      – Lo único que te pedimos es que no nos mientas ‑añadió mi madre con un gesto grave‑. No queremos preocuparnos.

      – Sí, sí, claro. ¡Os lo juro! No volverá a suceder. ¿Me puedo ir ya?

      Salí corriendo del comedor hacia la cocina con la in­tención de prepararme un sándwich y llevármelo a mi habitación. Todavía tenía que hacer los deberes.

      Y desde luego lo que menos me apetecía es ser la pro­tagonista de una gran charla sobre chicos. ¡Dios me libre!

      Estaba sacando el pavo de la nevera cuando, de re­pente, se me cruzó una idea por la cabeza. Retrocedí de puntillas hasta la puerta de la cocina y me puse a escu­char con la oreja pegada a la puerta.

      – ¿Lo ves? ‑dijo mi madre con un tono de satisfac­ción.

      – Tenías razón, como siempre ‑añadió mi padre.

      – Es la única forma, y hay que asumirlo. Cassie tra­baja mucho, ¿qué vamos a hacer? ¿No vamos a casti­garla con más trabajo u obligándola a permanecer en su habitación sin salir?

      – Tenemos una hija encantadora.

      Me alegró oír eso. Sabía de sobra que mis padres me querían, pero aquello me hizo sentir que además les gustaba, como persona.

      – Sí, es encantadora ‑corroboró mi madre‑. Pero cuando se pasa de la raya, el único modo de que reca­pacite es haciéndola pasar un poco de vergüenza.

      Los dos se echaron a reír.

      – La próxima vez podemos decir que hemos invita­do a Jake y a sus padres para hablar sobre las reglas de su relación ‑añadió mi madre.

      – Ja, ja, ja ‑se reían.

      – Si eso no funciona, el plan B sería amenazarla con acompañarla a ver al padre Banion para hablar sobre la intimidad. ‑Eso fue idea de mi padre.

      Mi alegría inicial se desvaneció. Así que mis padres sabían que me gustaba Jake y eran conscientes de que cualquier comentario sobre ese tema me haría morirme de vergüenza.

      ¡Bah! ¡Padres! Note puedes fiar de ellos.

      Terminé de preparar el sándwich y subí a mi habi­tación. ¡Vaya leonera! No soy muy ordenada que sé diga. Me dirigí hacia el escritorio, aparté un montón de cosas con la mano para hacer sitio, abrí la carpeta y bus­qué…

      ¿Plan B? Eso era lo que había dicho mi padre, y tam­bién Visser Tres.

      ¿Plan B? ¿Por qué insistirían los yeerks con un plan B si sabían a ciencia cierta que no se trataba de una nave ni de un arma yeerk?

      ¿Por qué estarían tan interesados?

      Intenté quitármelo de la cabeza. ¿A quién le importaba? Ya habíamos perdido bastante tiempo en la Zo­na 91 y yo tenia otras cosas de las que preocuparme, co­mo los deberes o el que mis padres supiesen de mí más de lo que yo habría deseado.

      Trabajé un rato y me fui a la cama. A las cuatro de la mañana, me desperté de repente. Me incorporé y me quedé mirando en la oscuridad.

      – Es un váter, de acuerdo ‑exclamé‑, pero eso no es lo que importa, sino el hecho de que es un objeto ex­traterrestre. ¡Ahí está! Ése es el quid de la cuestión.

      Claro, aunque se trate sólo de un váter, lo principal es que el gobierno tiene la prueba de que hay vida en otros planetas y eso no conviene a los yeerks por razo­nes obvias.

      Los yeerks están invadiendo la Tierra y uno de los motivos por los que lo están consiguiendo es porque nadie en su sano juicio se cree semejante historia. Si yo anunciase la invasión en la televisión nacional, ¿acaso pensáis que alguien me creería?

      Incluso aunque me transformara en animal delante de todo el mundo, pensarían que soy un poco extrava­gante y ya está.

      Pero si el gobierno interviene y dice que tiene prue­bas de que existe vida en otros planetas, la gente empe­zaría a escuchar y a pensar en la posibilidad de que los yeerks estén entre nosotros.

      Por eso los yeerks están tan interesados en la Zona 91. No les conviene que el gobierno tenga una prueba de vida extraterrestre.

      Visser Tres había hablado de un plan B y de repente se me ocurrió en qué podría consistir. Recordé la hoja de firmas adjunta al folleto de Los Jardines que había

      visto en la base, según la cual, la Zona 91 había alquila­do el parque de atracciones para sus trabajadores ma­ñana, a partir de las diecinueve horas.

      Apostaría lo que fuera a que los yeerks atacarían en­tonces. ¿Qué mejor sitio para hacerse con algunas per­sonas claves de la Zona 91 y colocarles un gusano en el cerebro?

      Estoy segura de que habla muchos mejores sitios que ése, pero la fama de Visser Tres no era precisamente de alguien con demasiada paciencia. Los jardines se le presentaban como la oportunidad más inmediata.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

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Animorphs #14

Capítulo 22:

      Los Jardines es un complejo con zoo y parque de atracciones. Las dos secciones se encuentran separadas por una laguna artificial. A un lado están las montañas rusas y los coches de choque, y al otro los diferentes hábitats de los animales.

      He estado montones de veces en la parte del zoo, y pocas en la otra. Odio la montaña rusa.

      Desde el suelo, los senderos de cemento rosa y verde del parque resultan interminables. Pero desde el aire, y con forma de búho, el complejo resulta mucho más pequeño; ves que los caminos desembocan unos en otros como si fuera un laberinto circular. Ves también el límite del parque y lo que hay al otro lado, los infinitos arcos dorados de neón, los hoteles Best Western, los toboganes de agua y los campos de mini‑golf.

      Claro que con aquella visión de búho también puedes ver los ratones encogidos de miedo bajo los matojos. Hay muy pocas cosas que escapen a los ojos del búho.

      Por la noche, las dos secciones de Los jardines se convierten en dos paisajes por completo diferentes. Debajo de nosotros, los tigres merodeaban por los límites de su hábitat arbolado y rodeado por un foso. Los camellos dormitaban. Los leones de mar se acurrucaban en su isla de cemento pintada de color azul. Unos monos dormían y otros armaban escándalo y, de vez en cuando, se quitaban bichos de las orejas y se los comían.

      El parque de atracciones, en cambio, era un estallido de luces. La noria era un destello azul; el tiovivo, ráfagas rojas y amarillas; la montaña rusa parecía un dragón desbocado de luces.

      Divisé el flash de una cámara. En la atracción de viaje en troncos por el agua, disparan fotos a la gente en la última bajada. Se oían los gritos de excitación y miedo.

      Además de tener una vista excelente, los búhos pueden oír el batir de alas de un mosquito. Tobias no tenía tanta suerte. No tenía adquirido el ADN de tal animal, así que venía con su acostumbrada forma de ratonero y, como ya sabéis, los ratoneros no ven ni vuelan tan bien como por el día.

      ¡Un momento! ¿Linternas en la atracción de los troncos sobre el agua?

      <¡Eh! ¡Ahí abajo hay gente! Se supone que no tiene que haber nadie. ¿No llegaban a las ocho?>

      <Si están aquí, eso quiere decir que los yeerks también ‑añadió Rachel‑. ¿Qué están haciendo aquí? ¡Creí que dijiste que en la hoja de la base ponía a las ocho!>

      <Sí, de hecho ponía a las diecinueve horas, y eso son las ocho, ¿no?>

      <Oh, no ‑exclamó Marco‑. ¡Esos tipos llevan aquí una hora! ¡Puede que los yeerks ya hayan actuado!>

      <¿Estáis seguros de que esos tipos son de la base?>, pregunté.

      <Bueno tienen entre veinte y treinta años y llevan el pelo muy corto ‑observó Jake en un tono neutral para que no me sintiea ofendida‑. Tienen toda la pinta de ser militares>

      Lo había preparado todo aquella mañana. Los jardines suele alquilar el parque de atracciones a grupos privados, sobre todo las noches tranquilas de los domingos.

      La Zona 91 había alquilado el parque para sus soldados y familiares. En la reserva no aparecía con el nombre de Zona 91, sino como Industrias Gondor. Para asegurarme entré en Internet y efectivamente no encontré ninguna industria con ese nombre. Se trataba, pues, de una compañía falsa. Lo tenía todo bajo control y me sentía orgullosa por ser tan lista.

      Por desgracia, la hora en la que teníamos que estar preparados para actuar ya había pasado, y todo por no saber calcular las horas.

      <¿Me pregunto quién se ha quedado vigilando el váter del espacio?>, inquirió Marco.

      <Estoy seguro de que hay gente de sobra ‑contestó Jake‑, pero, en cualquier caso, eso a nosotros no nos preocupa. Nuestro problema es que no tenemos tiempo para averiguar el plan de los yeerks. Todo lo que sabemos es que puede que esta noche intenten hacerse con el cuerpo de varios miembros de las fuerzas de la Zona 91. La pregunta es: ¿dónde? ¿En qué zona de este enorme parque de atracciones lo harían?>

      No quedaba tiempo y yo lo había fastidiado todo. Me sentía fatal. Por mi culpa un montón de hombres y mujeres inocentes acabarían convertidos en portadores.

      ¡Piensa! ¿Dónde? ¿Dónde podrían los yeerks actuar?»

      <¡Ya lo tengo! ‑exclamé‑. Necesitan un sitio donde puedan agarrar a la gente sin ser vistos. La atracción de troncos sobre agua tiene un tramo que es oscuro, y La Casa de los Horrores también. Ésos son los únicos sitios posibles>

      <Muy bien. Hay que dividirse ‑indicó Jake sin rodeos‑. Cassie, Marco, venid conmigo a la atracción de troncos. Rachel, Tobias y Ax, vosotros id a La Casa de los Horrores>

      Nos separamos en dos grupos, y mientras nos dirigíamos a toda velocidad hacia la atracción de troncos, no dejaba de machacarme.

      <¿Cómo he podido ser tan boba?>

      <Cassie, si no hubiera sido por ti nunca habríamos averiguado nada de eso>, me consoló Jake.

      <Para el futuro, sólo tienes que restar doce>, informó Marco.

      <¿Qué?>

      <Para entender las horas, lo que tienes que hacer es restarle doce ‑aclaró Marco y después añadió‑: ¡Ay, cabeza hueca!>

      La atracción de troncos tenía aspecto de montaña, aunque en realidad era de cemento y estaba decorada con arbustos falsos, pero resultaba bastante creíble. Nos posamos en lo alto de la montaña.

      <Y ahora ¿qué? ‑preguntó Marco‑. Hay que entrar, ¿no? ¿Vamos volando?>

      <No, como búhos no podríamos solucionar nada ‑observó Jake‑. Debemos transformarnos en humanos.>

      Recuperamos nuestras formas naturales tan rápido como pudimos y minutos después descendimos por uno de los lados de la montaña falsa con las ropas de las transformaciones y, por supuesto, descalzos. Por suerte, en Los Jardines siempre hay gente que viste peor y, aunque algunos se volvieron para mirarnos, no nos prestaron demasiada atención.

      No había mucha gente haciendo cola para entrar puesto que aquel día en el parque sólo había unas mil personas de la Zona 91. Además algunos eran los hijos de los trabajadores, así que hubo espacio para todos, a pesar de que la mayoría de la gente que hacía cola era gente adulta con pelo muy corto y bigotes bien recortados.

      Nos tocaba a nosotros. Saltamos al interior de un tronco, Jake y yo delante, Marco detrás, y en el último asiento un hombre y una mujer.

      El tronco se deslizó por el agua hacia la subida de cremallera.

      – Si no fuera porque nos estamos jugando la vida, hasta sería divertido ‑comentó Marco‑. Prefiero la montaña rusa, pero esto no está nada mal, sobre todo el chapuzón final.

      – ¡Esa voz! ‑exclamó alguien‑. ¡Conozco esa voz!

      Me volví para ver quién había hablado y me quedé horrorizada al descubrir nada más y nada menos que al capitán Torrelli, el que nos había hecho el interrogatorio en la Zona 91. Justo en ese momento el tronco se enganchó a la cremallera de subida y aquello comenzó a ascender.

      – ¡Tú! ‑gritó el capitán.

      – Oh, oh ‑dijo Marco, tras volver la cabeza.

      – ¿Qué? ‑preguntó Jake.

      ¡CLANKCLANKCLANKCLANKCLANKCLANKCLANK CLANK! El tronco seguía subiendo y la pendiente nos ,empujaba contra los respaldos mojados de los asientos.

      – ¡Quedáis arrestados! ‑dijo el capitán Torrelli.

      – Cielo, ¿qué ocurre? ‑preguntó su compañera.

      – Eso, ¿qué pasa aquí? ‑me preguntó Jake.

      – Es el tipo de la Zona 91 ‑le informé a Jake al oído‑. Nos ha reconocido.

      ‑Oh, oh.

      – ¡Será mejor que ninguno de vosotros se mueva! ‑ordenó el capitán.

      En ese momento llegamos al final de la subida y durante un segundo quedamos suspendidos en el aire hasta que el tronco se movió ligeramente hacia delante y bajamos disparados.

      – ¡Aaaaaahhhhhhh! ‑gritó la compañera del capitán.

      – ¡Aaaaahhhhhhhh! ‑grité. No soporto emociones tan fuertes.

      ‑ ¡Vosotros dos sois míos! – bramó el capitán.

      ¡SPLAAASSSHHH! Entramos de lleno en el agua y nos deslizarnos por un canal estrecho que pasaba por delante de un campamento de explotación forestal artificial.

      – Si los yeerks van a atacar, estoy seguro de que lo harán en el túnel que viene ahora ‑me susurró Jake al oído‑. Es como el túnel del amor, muy oscuro.

      Me hubiera gustado preguntarle cómo sabía lo del túnel del amor, pero me dio vergüenza.

      – Tenemos que salir de aquí como sea o no nos quitaremos de encima al capitán ‑advertí.

      Marco se volvió y, tras dejar caer su brazo en la división que le separaba del capitán, añadió:

      – ¿Sabe una cosa, capitán? No creo que pueda arrestarnos. Usted pertenece a la policía militar, ¿verdad?, y esto no es una base militar.

      El capitán se puso furioso, sacó del bolsillo de la americana un teléfono y marcó un número.

      – ¿Hola? Sí, ¿seguridad del parque? Soy el capitán Torrelli, código de seguridad ocho‑siete‑dos‑nuevenueve. Necesito…

      – Estupendo, Marco ‑dijo Jake poniendo los ojos en blanco.

      – Ahora sí que estamos en una buena ‑dije en voz baja.

      – Ahí viene el túnel ‑avisó Jake‑. Preparaos.

      El tronco atravesó la entrada del túnel y la oscuridad nos tragó.

      – ¡Ahora! ‑indicó Jake en un susurro.

      Me puse en pie. No veía nada ni a izquierda ni a derecha. No es como cuando estás en tu habitación por la noche y abres los ojos. Aquello era como si estuvieras ciego.

      Salté del tronco, confiando en la suerte.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

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23:

      Nunca os abandonéis a la suerte, es un consejo.

      Mi pie no tocó superficie alguna y cuando quise retroceder ya era demasiado tarde.

      – ¡Aaaahhhhhh!

      ¡SPLASH! El agua me llegaba hasta la cintura.

      ¡BANG! Me golpeé la cabeza en uno de los lados del canal.

      – ¡Ay! ¡Mi cabeza! ‑Me escurrí y me caí de bruces en el agua.

      – ¡Ay! ¡Oh! ‑exclamó Marco.

      – Niños, ¡no vais a escapar tan fácilmente!

      ¡PLA‑SSSHH!

      – ¡Aaarg!

      – ¡Ayyy!

      – ¡Eh! ¡Vigila por donde conduces tu barca!

      ¡BO NK!

      Sentí que una mano me agarraba, y con el puño cerrado le asesté un golpe certero a quien quiera que fuese.

      – ¡Aauu! ¡Soy yo! ‑gritó Jake.

      – ¡Perdona!

      – ¡Os ordeno que os detengáis!

      La corriente del canal nos arrastró hasta el exterior donde las luces de neón iluminaban la noche.

      Intenté ponerme en pie pero la corriente era demasiado fuerte y me desequilibré. Me caí hacia atrás y me deslicé corriente abajo flotando boca arriba.

      Por detrás de mí, bajaba un tronco con tipos de pelo cortado casi al cero, y delante de la barca asomaban tres cabezas flotando en la corriente: Marco, Jake y el furioso capitán Torrelli.

      – ¡Cassie! ¡Intenta salir!

      – ¡Oh, Dios! ¡Esto es de locos! ‑exclamó Marco.

      – Me las vais a pagar, chavales. Os juro que os arrepentiréis de esto ‑amenazó el capitán Torrelli.

      ¡BOMPBOMPBOMPBOMP! ¡SQUIIOSSSSS! Me rocé con uno de los lados del canal al dar una curva cerrada. Intenté agarrarme al borde del canal para izarme y salir de allí, pero ya no me quedaban fuerzas y la corriente era demasiado fuerte.

      ¿Qué iba a hacer? No podía transformarme, demasiados testigos. Tendría que dejarme llevar hasta… hasta el chapuzón final.

      – ¡Ahhhhhhhhhhh! ‑grité.

      – Creo que Cassie acaba de darse cuenta de hacia dónde nos encaminamos ‑observó Marco.

      – ¡ Ahhhhhhhhhhhhh! ‑grité de nuevo.

      ¡BOMPBOMPBOMPBOMP! ¡SQUIIIISSSSSS! Otra curva cerrada.

      Y tan sólo a unos cuatro metros, justo delante del tronco en el que nos habíamos montado, vi otro tronco desaparecer de golpe seguido de gritos de euforia, por completo diferentes a mis gritos.,

      – ¡Aaaaaaaaa! ‑Me dirigía hacia una catarata.

      – ¡No! ¡No! ¡Nooooo!

      – ¡Esto es de locoooos! ¡Nooooooo¡

      – ¡Ésta me la pagaréeeeeeeeeeeeeeeeis! ¡Noooooooo!

      Descendí por un tobogán de agua muy empinado de unos quince metros de altura seguida de dos chicos y un hombre muy enfadado. Por detrás se aproximaba un tronco que nos haría papilla si nos arrollaba.

      Durante toda la bajada, no dejé de gritar.

      ¡spLAAASH! Entré de lleno en el lago y, tan rápido como pude, nadé hacia la izquierda. Algo me rozó, pero no era una barca.

      – ¡Ah! ¡Cindy Crawford! ¿Te creías que no me acordaba de tu nombre? ¡Quedas arrestada! ‑ordenó triunfante el capitán Torrelli.

      Pero entonces se escurrió y desapareció bajo el agua, momento que aproveché para largarme y reunirme con mis amigos, que ya habían conseguido salir de la atracción. Estábamos empapados y descalzos.

      – Sabéis, ha sido divertido ‑comentó Marco‑, si no hubiera sido porque hemos estado a punto de morir aplastados por una de esas barcas.

      – Bueno, está claro que ahí dentro no hay yeerks ‑concluyó Jake al tiempo que se escurría el agua del pelo.

      – A La Casa de los Horrores, entonces ‑confirmé‑. Tienen que estar allí.

      Echamos a correr. No había tiempo que perder.

      – ¡Policía! ¡Seguridad! ¡Policía! ‑Era una orden clara y no muy lejana.

      Aquello aceleró nuestra carrera.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films Capítulo 24:

      Corrimos hacia La Casa de los Horrores, descalzos y produciendo sonoras pisadas en el suelo. La atracción quedaba más o menos en el centro del parque. Cuando llegamos al lugar, estaba a punto de echar el corazón por la boca, no podía más. Sudaba a chorros y me agarraba la cintura del dolor.

      ‑Y ahora ¿qué? ‑preguntó Marco.

      ‑Tenemos que buscar a los otros ‑indicó Jake.

      ‑¿Y si están transformados? Ni siquiera sabremos lo que buscamos ‑señalé.

      ‑Exacto, y encima tenemos que averiguar si los yeerks van a usar La Casa de los Horrores para conseguir más portadores.

      ‑A saber cómo se presentarán los yeerks, ¿controladores humanos?, ¿hork‑bajir? Quién sabe ‑añadí.

      ‑Exacto.

      ‑Y mientras tanto ‑proseguí‑ tenemos que procurar que el capitán de las Fuerzas Aéreas no nos arreste, personaje que por encima de todo está tratando de proteger el sitio más secreto de la Tierra, donde ocultan nada más y nada menos que un viejo váter andalita.

      ‑¿A nadie se le pasa,por la cabeza que tal vez hayamos perdido el juicio? ‑se rió Marco con aire burlón‑. ¿Y si nada de esto es real y nosotros no somos más que unos chiflados que nos hemos escapado del hospital local?

      ‑¡Eh, que estamos salvando el mundo! ‑repliqué.

      ‑Ya claro, eso es lo que dicen todos los lunáticos.

      ‑Venga, seguidme, mis queridos amigos chalados. Jake se encaminó hacia la entrada de La Casa de los Horrores.

      La atracción consistía en unos coches~que se deslizaban sobre raíles. Nada que ver con troncos ni agua. Respiré de alivio al comprobar que no había agua.

      Los tres, y un hombre de unos treinta años, nos montamos en un coche. El hombre me sonrió.

      ‑¿No será demasiado para unos niños como vosotros?

      ‑No, señor, a nosotros las cosas de miedo nos encantan ‑respondí.

      ‑No veo a los otros ‑dijo Jake en voz baja en cuanto el coche se puso en marcha.

      ‑¡Buuuu‑ah‑hah‑HAH! ‑gritó un esqueleto que apareció de repente.

      ‑¡Cuidado! ¡Cuidado, aquellos que osáis entrar! ‑resonó una voz grabada‑. ¡Os esperan terribles horrores!

      ‑¡AaaaaaaaarrrrrgggghhhhN ‑Un pirata mecánico decapitado nos amenazó con su espada.

      Una enorme serpiente se plantó delante de nosotros y nos amenazó con su cabeza de cobra y sus resplandecientes ojos verdes.

      ‑¡Huy, qué miedo! ‑comentó Marco, irónico‑. ¿No podía ser un poco más falso?

      ‑¿Por qué sois tan cínicos, chavales? ‑nos preguntó el hombre de pelo rapado.

      ‑Vemos demasiada televisión, supongo ‑respondió Marco.

      El coche dio un brusco giro y retrocedimos para pasar a otra habitación. El fogonazo de una luz me permitió distinguir a las personas que venían en el coche de detrás, el capitán Torrelli y tres agentes de seguridad de Los Jardines.

      ‑Pero ¿qué le pasa a ese tío? ‑pregunté.

      ‑¡Eh! Capitán, ¿qué, divirtiéndose un rato? ‑le dijo el tipo rapado de nuestro coche al capitán.

      ‑¡Piloto Jones! ‑exclamó el capitán‑. ¡No deje escapar a esos niños!

      ‑¿A estos niños? ‑preguntó el piloto, señalándonos con un dedo.

      ‑¡Sí, ésos! ¡Al menos a la niña y al gracioso de turno!

      Nuestro coche empezó a avanzar a bruscos trompicones mientras por encima de nuestras cabezas desfilaban fantasmas que al pasar emitían gritos escalofriantes.

      ‑Siempre con sus bromas, el capitán Torrelli ‑le comenté al piloto Jones.

      ‑El capitán no bromea nunca ‑gruñó el piloto‑. Me temo, chicos, que vais a tener que quedaros conmigo hasta que el capitán hable con vosotros.

      Pasamos por debajo de los fantasmas voladores y fue entonces cuando el viaje empezó a complicarse.

      Veréis, quien fuera el que construyó la atracción había creado réplicas exactas de seis guerreros hork‑bajir. Por detrás de aquéllos, e inmóvil, se distinguía una criatura con cuerpo de ciervo, cola de escorpión y rostro sin boca. Parecían estar vivos, probablemente porque lo estaban de verdad.

      Así fue como descubrimos que Visser Tres estaba en La Casa de los Horrores.

      ‑Bueno, ahora sí que tengo miedo ‑admitió Marco.

      ‑¿Dónde estarán Rachel, Tobias y Ax? ‑preguntó Jake en voz baja.

      ‑¡Allí! ‑exclamé al tiempo que señalaba hacia una réplica de tamaño real de uno de los animales más temibles de la Tierra, un oso pardo de unos cuatrocientos kilos, alzado sobre las patas traseras. El animal estaba inmóvil por completo, si pasabas por alto el hecho de que se le notaba la respiración.

      En la cabeza del oso se había posado un pájaro. Estaba tan oscuro que resultaba imposible distinguir el color de las plumas de la cola, pero me lo imaginaba a la perfección. Para completar el cuadro, en una de las patas delanteras del oso se enroscaba una serpiente de cascabel.

      Rachel y los otros debían de haber visto a los yeerks dirigirse al lugar. Habían llegado primero y esperaban a que los yeerks movieran ficha.

      ‑¡Nija ja ja‑ja‑ja! bramó el altavoz‑. ¡Cuidado con las ánimas del cementerio!

      Entre los hork‑bajir, Visser y mis amigos, el oso, el ratonero y la serpiente, había unas tumbas artificiales decoradas con esqueletos de un color verdoso.

      =Esto es lo mejor de la atracción ‑comentó Jones‑. Esos monstruos de las cuchillas están muy conseguidos.

      Se me revolvió el estómago y puse los ojos en blanco.

      ‑Esto se va a poner muy feo ‑auguró Marco.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

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Capítulo 25:

      ¿Alguna vez os ha ocurrido que sabéis lo que va a pasar antes de que suceda? A mí sí, y no es que cuente con cualidades de adivina, se trata más bien de unir cabos sueltos y verlo claro.

      De repente, y antes de que se liara, me di cuenta de algo esencial: en los Dry Lands Visser había hablado de obtener una lista con los peces gordos. Y ¿qué mejor logro si conseguían hacerse con el jefe de seguridad de la Zona 91?

      No quedaba tiempo para sutilezas.

      ‑¡Van a por Torrelli! ‑grité.

      Nuestro coche giró y el cuadro de hork‑bajir y animorphs desapareció. De pronto, oí un grito, que nada tenía que ver con los gritos de euforia y emoción típicos de estas atracciones.

      Jake saltó del coche, y al intentar seguirlo, choqué con Marco. Nos faltó poco para que el coche del que habíamos saltado nos partiera en dos al atravesar una puerta estrecha.

      Me caí al suelo de rodillas, y cuando me quise dar cuenta, nos habíamos convertido en parte del decorado

      de La Casa de los Horrores. Aquel viaje se había desmadrado.

      Seis hork‑bajir se habían echado encima del coche del capitán Torrelli, quien no pudo reprimir el grito que habíamos oído.

      Uno de. los guardias uniformados levantó su arma, pero aquello no amedrentó al hork‑bajir.

      ¡SLASH! El hork‑bajir blandió una de sus cuchillas.

      ‑¡Aaaaaaahhhhhhh! ¡Aaaaaaahhhhhhh! ¡Aaaaaaa! bramaba el hombre de dolor.

      El hork‑bajir agarró a los guardias, los levantó de los asientos y los arrojó literalmente al escenario. El capitán Torrelli se quedó solo en el coche. Acto seguido, dos hork‑bajir lo agarraron y con cuidado, como si fuera una muñeca, lo izaron para sacarlo del coche.

      Mientras tanto, los altavoces seguían martilleando con el soniquete:

      ‑¡Nija‑ja‑ja‑ja‑ja! ¡Cuidado con las ánimas del cementerio!

      Pero el capitán Torrelli no estaba solo.

      ‑¡GRRRRRRRRRAAAAAW W W W W W W W WRRR! bramó Rachel y lanzó la serpiente hacia el hork‑bajir más cercano.

      La serpiente, Ax transformado, se enroscó en el cuello del alienígena y le propinó un mordisco mortal.

      ‑¡Tsiiiiiiiiiiii! ‑Tobias se lanzó, con las garras en posición de ataque, y le sacó los ojos a un hork‑bajir.

      Todavía quedaban cuatro monstruos metálicos, y eso sin contar a Visser. Ni siquiera Rachel era capaz de manejarlos a todos, a pesar de que lo intentó. Os juro que sonrió cuando golpeó con una de sus pezuñas, del tamaño de una sartén, la cabeza del hork‑bajir.

      ¡FUoMrn! El hork‑bajir retrocedió y cayó al suelo sin sentido.

      <¡Los bandidos andalitas!>, exclamó Visser por telepatía.

      Los yeerks creen que somos andalitas porque poseemos el poder de las transformaciones. Están convencidos de que sólo los andalitas tienen esa habilidad.

      <¡No podemos quedarnos para luchar! ‑refunfuñó Visser‑. ¡A pesar de lo que disfrutaría aniquilando a esas sabandijas, tenemos prioridades! ¡Traed al humano!>

      ‑¡Tenemos que transformarnos! ‑ordenó Jake‑. Allí, en aquel rincón oscuro no nos verán. Rápido, antes de que Visser se salga con la suya.

      Yo ya había comenzado a mutar. Era la guerra, así que iba a necesitar fuerza bruta. Debía transformarme en algo peligroso.

      ‑¡Se han llevado al capitán! ‑gritó Marco.

      ‑¡No podremos detenerlos! ¡Necesitamos más fuerza! ‑gritó Jake‑. ¡Transformaos!

      Empezaba a experimentar los cambios. Mi cuerpo se iba cubriendo de un grueso pelaje de color gris. Mi boca iba adquiriendo la forma de un hocico, con enormes y afilados dientes.

      <¡Ayuda!>, gritó Rachel tras lanzar un hork‑bajir contra la pared.

      El hork‑bajir al que Ax había mordido se tambaleaba por el efecto del veneno.

      Pero Visser Tres y dos hork‑bajir habían desaparecido con el capitán Torrelli.

      ‑¡Es genial! ‑exclamaba una voz‑. ¡Esto sí que parece de verdad!

      Para mi sorpresa, la atracción seguía funcionando y cada pocos segundos pasaba un cochecito lleno de gente. Estoy segura de que aquello les debió parecer la escena más realista en la historia de La Casa de los Horrores.

      ‑¡Mirad! ¡Un hombre lobo! ‑gritó alguien al verme. Por suerte, en el rincón donde estábamos no resultaba fácil ver con claridad, y mucho menos reconocernos.

      Acabé la metamorfosis tan pronto como pude.

      Rachel rugía y gruñía. Tobias chillaba y batía las alas. Ax buscaba otra víctima que atacar, pero lo cierto era que Visser Tres se había llevado al capitán.

      Jake estaba acabando de completar su transformación en tigre. Marco se había convertido en gorila y yo sentí que se activaban los sentidos del lobo. ¡Qué fuerte! No hay nada como el olfato de un lobo o su oído.

      Gracias a ello podía seguir el rastro del capitán Torrelli sin temor a equivocarme.

      En ese momento, los hork‑bajir que quedaban echaron a correr tras los pasos de Visser Tres.

      <¡Seguidlos!>, gritó Jake.

      De repente, se hizo la luz. ¡Brillantes luces de neón por todas partes! Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que había sucedido. Visser Tres se había escapado por un agujero que con su cola había abierto en la pared trasera de La Casa de los Horrores. Sus soldados hork‑bajir le habían ayudado a tirarla abajo:

      Visser Tres, los hork‑bajir y el pobre capitán Torrelli andaban en algún lugar de Los jardines.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films 26:

      Un controlador andalita y seis hork‑bajir, la mayoría heridos a causa del ataque de Rachel, Tobias y Ax, se habían precipitado a la noche de neón, arrastrando a un indefenso capitán, seguidos de cerca por un ratonero, un tigre, un lobo, un oso y un gorila con una serpiente de cascabel al cuello.

      ‑¡Socorro! ¡Socorro! ‑gritaba el capitán.

      <¡A la nave!>, ordenó Visser Tres.

      <¡A por ellos!>, gritó Jake.

      <¡Esto es de locos! ‑exclamó Marco‑. ¡De locos de remate!>

      Y mientras tanto, la banda tocaba una marcha con atronadoras trompetas y a golpe de bombo.

      Digo la banda porque, veréis, en aquel momento amenizaba la noche un desfile de personajes del parque.

      Había una charanga, mejor dicho tres, un grupo de danza, payasos y carrozas, pero lo mejor de todo, eran los personajes de los dibujos animados.

      Allí estaban Bugs Bunny, el pato Lucas, Piolín, Silvestre, el Demonio de Tasmania y Pepe, la Peste. Eran

      disfraces enormes e iban bailando en medio de un resplandor de luces de colores.

      Corrí a toda velocidad. Era más rápida que Rachel y contaba con más resistencia que Jake. Los yeerks se dirigían hacia el desfile.

      De repente, el pato Lucas se plantó de un salto ante Visser Tres, que chasqueó la cola y lo decapitó.

      <¡Nooooo!>, grité.

      La chica que llevaba el disfraz asomó la cabeza y dijo:

      ‑¡Eh! ¿De qué vas?

      <¡Aaaahhhh! ‑exclamó Visser‑. ¿Qué clase de criatura es ésta?>

      Disminuyó un poco el ritmo para contemplar a aquella extraña criatura con una cabeza más pequeña dentro de una más grande, y gracias a eso, lo alcanzamos.

      Jake soltó un rugido capaz de hacer que todos los niños soltasen el algodón de azúcar de las manos.

      ‑¡RRROOOOOAAARRR!

      Nos lanzamos a la carga. Yo fui a por el cuello del hork‑bajir que tenía más cerca, mostrando mis dientes amarillentos mientras gruñía. El hork‑bajir sesgó el aire con una de las cuchillas de su codo, pero reaccioné con una agilidad sobrenatural y sólo me cortó un poco de pelo. Sus cuchillas no tenían mucha utilidad porque yo estaba demasiado cerca de él. Sólo podía arañarme.

      Se desató una batalla infernal. Rachel se enfrentó a dos hork‑bajir; Jake le clavó sus colmillos a otro; Marco se sirvió de Ax en su forma de serpiente para lanzarlo, como si se tratara de un látigo, para que mordiera al enemigo; Tobias empleó toda su velocidad y destreza para desgarrar los vulnerables ojos de andalita de Visser.

      ‑¡Eh! ‑gritó una voz.

      ‑¡Toma! ‑se oyó.

      En ese momento la gente empezó a aplaudir como loca. Sin darnos cuenta, el desfile nos había absorbido y entramos a formar parte del espectáculo.

      ¡Aquello les encantaba!

      Me alejé de mi hork‑bajir, que ya estaba fuera de combate, en busca del que arrastraba al capitán Torrelli, que se había abierto paso entre el desfile y había conseguido llegar hasta Bugs Bunny y el oso Yogui. En ese momento, arrambló con parte de la orquesta, que tocaba una vieja canción.

      ‑¡Ven, toma! ¡Toma! ‑me gritaron unos chicos al pasar, como si yo fuera un perro.

      La multitud se apelotonaba justo delante de mí, tanto que perdí de vista al capitán Torrelli. Pero aún lo olía. Podía identificar a la perfección los ligeros rastros de olor que iban dejando sus zapatos. Lo cierto era que percibía unos diez mil aromas que iban de las manzanas azucaradas a la grasa de los cojinetes de las ruedas y al gel que llevaba en el pelo un chico punk. Era demasiado para mí.

      Intenté concentrarme en uno solo, unas pocas moléculas flotantes que decían «Torrelli» a mi nariz de lobo. Agaché el hocico y me abrí paso entre el gentío. Unos me acariciaban, otros se tropezaban conmigo, pero no me importaba. Mi nariz de lobo estaba haciendo su trabajo y nada me haría perder al capitán.

      Poco a poco la densidad de gente disminuyó, miré a derecha e izquierda y no conseguí ver nada. De todas formas, el rastro indicaba hacia la izquierda y mis oídos de lobo registraron una voz y un sonido entre todos los de Los Jardines.

      ‑Tú tienes algo que ver con esos malditos críos, ¿verdad? ‑increpaba el capitán Torrelli al hork‑bajir.

      Fui tras él a toda velocidad. ¡Allí! El hork‑bajir que tiraba del capitán apartó de un manotazo a un chiquillo que se le acercó con su mamá para hacerse una foto con «el monstruo».

      Calculé el ataque, di un salto y lancé mis fauces buscando la nuca del hork‑bajir.

      ‑¡Rrrumpf!

      ‑¡Aaaaarrrgghh! ‑gritó él.

      El capitán se soltó y corrió como si le fuera la vida en ello, lo que era esencialmente cierto.

      Relajé las mandíbulas y me dejé caer al suelo. El hork‑bajir y yo nos miramos con cara de pocos amigos durante unos instantes. Cada uno estaba midiendo al otro, como dos boxeadores en el ring, cuando ambos vimos y oímos que Visser pasaba a toda prisa en un estruendo de pezuñas andalitas.

      El hork‑bajir salió corriendo para unirse a su comandante y allí acabó la invasión yeerk de Los jardines.

      Poco después llegaron los otros. Vimos cómo un par de cazas insecto se elevaban sobre el parque y se perdían en el cielo.

      Habían dejado sus naves a la vista, justo encima de la atracción del Viaje Espacial.

      ‑Así no son las naves espaciales ‑dijo un chiquillo mientras los cazas yeerk se propulsaban hacia la noche.

      ‑Claro que no ‑le contestó su abuelo‑. Una vez una nave espacial me recogió. Practicaron experimentos médicos conmigo y te puedo decir que no se parecía en nada a ésa.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films < Capítulo Anterior

Animorphs #14: Lo

Capítulo 27:

      La versión oficial de la historia, según apareció en los periódicos y en la televisión, fue que un grupo de bromistas disfrazado de monstruos había destruido La Casa de los Horrores y había fingido una abdución de un capitán de las Fuerzas Aéreas llamado Torrelli. El capitán sólo presentaba heridas leves.

      ‑¡Fueron aquellos chicos! ‑declaró el capitán en el periódico‑. Busco a tres chicos que se llaman Fox Mulder, Dana Scully y Cindy Crawford.

      El reportero llegó a pensar que el capitán había estado bebiendo.

      Cuando le preguntaron qué hacía un oficial de las Fuerzas Aéreas en una salida de empresa de las Industrias Gondor, el capitán respondió:

      ‑Sin comentarios. Olvide lo que dije; estaba equivocado, por supuesto. No pasó nada.

      Al día siguiente habíamos quedado en encontrarnos en el granero. Jake, Rachel; Tobias, Ax, Marco y yo, los animorphs, los seis chicos que están intentando salvar el mundo. ‑

      ‑Una pregunta ‑dijo Rachel‑. Para ser completamente justos, completamente generosos, ¿no creéis que debiéramos decirle al capitán Torrelli que lo que está investigando no es otra cosa que un váter extraterrestre?

      ‑No, Rachel ‑respondí negando con la cabeza‑. Eso no sería generoso en absoluto. Él y los otros han encontrado sentido a sus vidas. ¿Por qué íbamos nosotros a destruir todo eso y hacerles sentir insignificantes y tontos?

      ‑Ooooh, qué sabia ‑se burló Marco con suavidad‑. Qué profundo.

      ‑Entonces, el lugar más secreto de la Tierra seguirá siendo secreto ‑concluyó Jake pensativo‑. Tal vez eso sea ser sabio.

      <Los yeerks seguirán intentando averiguar el secreto de la Zona 91>, señaló Tobias.

      ‑Sí, pero esta vez el capitán estará en guardia ‑dijo Jake.

      ‑Además, quizá sea todo para bien, porque esto los mantendrá ocupados, lejos de otras labores más peligrosas ‑rió Rachel‑. Todos necesitamos un proyecto, ¿no? Una causa perdida por la que luchar. Una búsqueda, una misión.

      Mientras decía esto último, se quedó mirando el dobladillo de mis vaqueros.

      Luego movió la cabeza.

      ‑¿Cuándo te los compraste, Cassie, cuando tenías cuatro años? ‑me preguntó.

      ‑Estos vaqueros están muy bien.

      ‑Sí, si esperas un diluvio.

      ‑¡Un momento!. ‑dije y levanté la mano‑. ¿No fue así como empezó todo?

      ‑Deja en paz a Cassie ‑intervino jake entre risas‑. No vamos a empezar de nuevo. Ni pensarlo.

      ‑Excepto aquello de las carreras de caballos ‑añadió Marco‑. Veréis, todo lo que digo es que nos transformemos en caballos de carreras y apostemos…

      Entonces fue cuando vacié un cubo de agua sobre la cabeza de Marco y nos fuimos todos a casa.

      © 1996 K.A. Applegate

      ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Films

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