#16 La advertencia

Capítulo 1:

      Tecleé “Bbol24” y luego mi contraseña, que es una serie de letras y números. Desplacé el puntero del ratón hasta la tecla “C

onectar”. A continuación pulsé el botón derecho del ratón y esperé a que el módem terminara de marcar.

      

      Me llamo Jake, Jake a secas. No os puedo decir mi apellido.

      En internet me hago llamar “Bbol24” o algo parecido. Tan grave es el asunto que ni aquí me atrevo a deciros la verdad. Tengo que andarme con ojo porque los yeerks continúan ganando terreno en todos los campos, y si os revelara mi verdadero nombre electrónico serían capaces de encontrarme.

      Eso terminaría para siempre con Jake y “Bbol24”, con mis amigos y quizá con la totalidad de la raza humana.

      ¿Queréis saber qué significa mi nombre electrónico, “Bbol24”? Hace un tiempo mi pasión era el basquetball o el baloncesto, como queráis llamarlo. Luché contra viento y marea por entrar en el equipo, pero no di la talla. Nunca olvidaré aquel partido en el que conseguí veinticuatro puntos. De ahí mi nombre, “Bbol24”.

      Un poco absurdo ahora, puesto que el baloncesto ya no me interesaba tanto como antes, y no porque no lograra entrar en el equipo, sino porque ahora juego a algo mucho más intenso.

      Soy un animorph. Animorph es una palabra compuesta que no aparece en el diccionario. Marco, mi mejor amigo, se la inventó, y significa “aquel que se transforma en animal”.

      En efecto, mis amigos y yo tenemos la facultad de transformarnos en animales gracias a un extraterrestre que dio su vida en el intento de salvar la Tierra. Antes de morir nos concedió dicho poder para que nos enfrentáramos a la invasión de los yeerks sobre la Tierra. Llevar a cabo una metamorfosis no resulta difícil: basta tocar al animal para absorber su ADN.

      Yeerk es otra palabra que tampoco encontraréis en el diccionario, y su significado es terrible. Los yeerks son una especie parasitaria de gusanos que viven en el cerebro de otras especies como, por ejemplo, los taxxonitas, los hork-bajir, los gedds y supongo que en algunos leerans también. Y por desgracia para todas las razas libres del universo, han conseguido alojarse en el cerebro de un andalita.

      Los humanos no se han librado de esa pesadilla. A aquellos que portan un yeerk en el cerebro que los esclaviza los llamamos controladores humanos. ¿Que cuántos hay? No lo sabemos, pero demasiados. Mi hermano Tom es uno de ellos y la madre de Marco y el subdirector del colegio también. Hemos conocido a policías y profesores controladores, y hemos sido testigos de cómo una estrella de la televisión se ofrecía voluntariamente a la causa, por extraño que parezca.

      Los yeerks están por todas partes y quien menos te esperas podría ser uno de ellos.

      Por eso seguimos luchando y soportando las escalofriantes transformaciones de nuestro cuerpo. Son nuestra única arma.

      Ojalá tuviera un módem más rápido. A 38400 bits por segundo el proceso es lento, pero no podía quejarme; al menos era mucho mejor que el que tenía antes de 14400.

      Poco a poco empezaban a aparecer en la pantalla ofertas varias a las que ya estaba acostumbrado, como la de la tarjeta visa o no sé qué programa antivirus.

      – Tienes correo – anunció el ordenador en un tono jovial, aunque mecánico, como si le importara de verdad que alguien me hubiese escrito.

      Pulsé en el icono de correo: tres mensajes. El primero era publicidad, el segundo de alguien que se había creído que a mí me importaba la política. Hablaba sobre no sé qué estupidez de conspiración. Los borré. El tercer mensaje era de “Cassie98”. Lo abrí y lo leí.

      “Jake, cariño, eres el hombre de mis sueños. Tus hombros masculinos y tus penetrantes ojos castaños (son castaños, ¿no?) me vuelven loca. Pero lo que más me gusta de ti es la firmeza con la que nos diriges y la dureza con que dictas órdenes a diestro y siniestro. Quiero que sepas que para mí eres el nuevo Clint Eastwood. Te adora. Firmado, Cassie XXX.”

      Dejé escapar un suspiro. Aquello era una de las bromas de Marco, ¿quién iba a ser si no? Cassie apenas utiliza el correo electrónico para comunicarse, y desde luego jamás enviaría un mensaje tan cursi. Una pena, la verdad. Aquello era definitivamente obra de Marco, con uno de sus tantos nombres falsos que utiliza para escribir mensajes electrónicos.

      Pulsé sobre la casilla “Escribir un mensaje”. Me paré a pensar unos segundos y comencé a teclear:

      “Cassie, ya sabes que me gustas mucho también, pero he jurado no salir con ninguna chica hasta que mi mejor amigo, Marco, consigue gustarle a alguien. Y como eso no va a suceder, supongo que lo nuestro es imposible. Firmado, Jake.”

      Envié el mensaje, satisfecho conmigo mismo. A Marco le iba a gustar. Seguro que soltaba una carcajada.

      Marco siempre le saca punta a todo y no le importa que le gastes una broma, si es buena.

      Iba a salir de internet porque, como de costumbre, no sé me ocurría qué más buscar en la red. Pero, de repente, sentí un impulso muy extraño. No sé por qué, el caso es que pulsé sobre el icono de búsqueda en internet y apareció la pantalla del navegador. En la casilla de búsqueda, escribí la palabra “yeerk” y, acto seguido, pulsé sobre “Buscar ahora”.

      La operación no fue inmediata. Yo no esperaba ninguna respuesta. Era impensable que encontrase la palabra si, como ya os he dicho, no aparece en los diccionarios.

      Sin embargo, para mi sorpresa, delante de mis narices apareció la lista con un único documento. Pulsé en el enlace azul del hipertexto.

      En aquel momento, y por lo que vi allí, me di cuenta de que los animorphs no estábamos tan solos como pensábamos.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

Animorphs #16

Capítulo 2:

      – ¿Una página web sobre los yeerks? – preguntó Marco incrédulo -. Y ¿de qué va? ¿Hay fotos de los gusanos? ¿Te llevan a páginas web de otros extraterrestres invasores? ¿O quizás anuncian una selección de parásitos en Yahoo?

      Habíamos quedado, pero aquella vez no fue ni en el granero de Cassie ni en el bosque. Necesitaba un ordenador y, como el de Marco es mejor que el mío, fuimos a su casa.

      El padre de Marco trabaja con ordenadores; por eso mi amigo siempre tiene lo último, al menos en términos humanos. Ax también estaba allí transformado en humano y con esa belleza tan inquietante que le caracteriza cuando adquiere esa forma. El nombre verdadero de Ax es Aximili Esgarrouth Isthill. Nuestro amigo extraterrestre es un andalita, es decir, una combinación de ciervo, ser humano y escorpión. Tiene el cuerpo recubierto de un pelaje azulado y un par de ojos adicionales situados en el extremo de unas antenas.

      – ¿Por qué va tan despacio-despaciooo? – preguntó Ax.

      Ah, se me olvidaba mencionar que los andalitas no tienen boca, así que cuando Ax se transforma en humano, le encanta jugar con los sonidos que emite su boca, algo novedoso para él. A los demás nos revienta, pero qué vamos a hacer, nadie es perfecto.

      – Escucha, marciano, éste es el módem más rápido del mercado, ¿vale? – se defendió Marco -. Cincuenta y seis mil bits por segundo.

      – ¿Cincuenta y seis mil? ¿Ni siquiera millones-llones-miillonees? – se echó a reír -. Me gusta esa palabra. Produce unos sonidos muy bonitos.

      – Sí – añadió Rachel poniendo los ojos en blanco -. Es un sonido alucinante. A veces me tumbo en la cama y me paso seis o siete horas repitiendo “millones” sin parar.

      – Eso es sarcasmo, ¿no? – replicó Ax sin inmutarse.

      – Sarcasmo-casmo-sarcasmo. Sí, tú lo has dicho – añadió Rachel y se echó a reír. Su largo melena rubia se agitó como un pañuelo de seda.

      Rachel es mi prima, por lo que no la veo con los mismo ojos que los otros chicos. No es que sea simplemente guapa; es una de esas personas que brilla por sí solas allá donde vaya.

      Sin embargo, Rachel pasa de todo eso y, por muy hortera que suene, mi prima es una guerrera. No sé qué hubiera sido de su vida, de no haber existido la guerra contra los yeerks. Es como si hubiera encontrado su lugar en el mundo. No sé si me entendéis, como si su destino estuviese escrito.

      Yo soy todo lo contrario. Sería el chico más feliz de la Tierra si todo volviera a ser como antes; me gustaría ser aquel chico normal y corriente de hace algún tiempo. Rachel es distinta: ella esconde un instinto salvaje.

      – Venga, vamos a ver la famosa página web – urgió Tobias -. Tengo que irme pronto. Alguien pretende instalarse en mi territorio y debo ir a defenderlo.

      – ¿De quién se trata? ¿Otro ratonero de cola roja? – le preguntó Cassie.

      – Sí – contestó Tobias moviendo la cabeza con brusquedad como hacen los pájaros -. Y parece un tipo muy duro.

      El Tobias que tenía delante era el mismo que había conocido en los servicios cuando dos chulos le sostenían boca abajo con la cabeza dentro del retrete. Pero Tobias había roto la regla número uno de las metamorfosis: nunca estés más de dos horas transformado porque, de ser así, te quedarás atrapado para siempre en esa forma.

      Así que aquel niño era una ilusión. En realidad Tobias es un ratonero de cola roja, es decir, un ave rapaz, y como tal vive en el bosque y se alimenta de lo que caza. Por suerte, recuperó la capacidad de transformarse y, a pesar de que es un ave, puede volver a su antiguo cuerpo humano, aunque sólo sea durante dos horas. Si sobrepasara ese tiempo volvería a ser humano, pero perdería para siempre la facultad de cambiar de forma, y Tobias no está dispuesto a quedarse fuera de juego. De todos nosotros, ha sido él quien más ha cambiado y no sólo físicamente. Tobias ha tenido que renunciar a muchas cosas.

      – ¡Mirad! ¡Ahí está! – exclamé cuando la página web acabó de cargarse en la pantalla.

      Cassie se inclinó sobre mí para ver mejor y apoyó una mano en mi hombro.

      – ¡Dios mío!, pero si esta página da a conocer al mundo entero la invasión yeerk. Esto no es ninguna broma. No tiene pinta de ser una de esas páginas llenas de bobadas. Esto es muy serio.

      – ¿Lo veis? – me volví para mirar a Cassie -. Una página web sobre los yeerks. ¿Qué te parece? ¿Te lo crees?

      – No – contestó Cassie con un movimiento negativo de la cabeza -. Es muy raro.

      – Como veis, hay cuatro iconos: “Quiénes son los yeerks”, “Yeerks humanos sospechosos”, “Tipos de yeerks” y el “Foro”.

      – ¿Has visto de qué van? – preguntó Tobias.

      Antes de que pudiera responder, Marco me agarró con fuerza del hombro y me preguntó:

      – Supongo que has desactivado las cookies, ¿verdad?

      – ¿Cookies? – repitió Cassie -. ¿Desactivar las cookies? ¿De qué estáis hablando?

      – Deberías pensar en integrarte de una vez en este siglo, Cassie – dijo Marco al tiempo que ponía los ojos en blanco -. Una cookie es una forma que tienen los navegadores de ofrecer a las páginas web información sobre la persona que se conecta a dicha página o, mejor dicho, sobre su nombre electrónico.

      – Sí, Marco, no te preocupes, claro que las desactivé – aseguré guiñando un ojo a Cassie.

      – “Desactivar cookies” – repitió Cassie soltando un bufido cargado de ironía – Estos empollones de los ordenadores tienen la estúpida costumbre de inventarse nombres ridículos para todo. Lo único que pretenden es que la gente normal se sienta…

      Siguió protestando durante un buen rato. Cassie sólo cree en cosas reales como la gente y los animales. No es lo que se dice una amante de la tecnología.

      – Bueno, y ¿qué es lo que has mirado, Jake? – me preguntó Marco al tiempo que le lanzaba una mirada de desdén y de pena a Cassie, que ésta, por supuesto, ignoró.

      – Entré a los “Tipos de Yeerks”. Hay un dibujo de algo parecido a un hork-bajir, junto a otros dos que no se parecen a nada de lo que nosotros conocemos.

      Pulsé en la página en cuestión y enseguida apareció el dibujo del hork-bajir.

      – No está nada mal – comentó Rachel.

      – Está claro que quien sea que lo haya dibujado sabe muy bien cómo es un hork-bajir – añadió Marco.

      Los otros dibujos aparecieron de repente en la pantalla. Uno se parecía al típico extraterrestre de la película Encuentros en la tercera fase; otro era como un cardassian, de Deep Space Nine y el tercero como un narn de Babylon 5.

      – No es por nada, pero alguien ve demasiada televisión – exclamó Marco con una sonrisa irónica -. Ax, ¿has visto alguna vez algo como esto?

      – Como ése, sí – repuso señalando al extraterrestre con forma de feto de Encuentros en la tercera fase -. Se parece a la fase madura de una especie llamada skrit na. Los skrit, es decir, la fase inmadura, son como cucarachas enormes. Eso podría ser un na, sólo que los na andan a cuatro patas, como toda criatura inteligente. Recuerdo que mi hermano Elfangor tuvo una aventura con los skrit na, pero nunca me habló demasiado sobre ellos. A las otras especies no las he visto en mi vida.

      – Entonces, ¿qué nos dice todo esto? – pregunté.

      – El dibujo del hork-bajir podría ser una coincidencia – apuntó Marco -, o quizá se trate de una combinación de información verdadera e inventada. O tal vez hay alguien por ahí que sabe mucho sobre los yeerks y las especies que han dominado, alguien que sabe más que Ax.

      – Una combinación de verdades y mentiras – asintió Cassie – o una mera coincidencia.

      – Ésa es una definición perfecta de internet – añadió Rachel -, partes iguales de realidad y ficción.

      – Lo mismo ocurre en “Quiénes son los yeerks” y el apartado sobre los controladores humanos, claro que no utilizan la palabra “controlador” – expliqué -. Hay una parte que es verdad, pero la mayoría es inventado. Según ellos, todos los políticos del país son controladores, y de ser eso verdad los yeerks habrían ganado hace tiempo.

      De todas formas, pulsé sobre la lista. Mis amigos se apelotonaron para ver mejor.

      – El Presidente – leyó Cassie en voz alta -. ¡Venga ya! El vicepresidente, el portador de Gobierno, el ministro de Justicia. ¡Madre mía!

      – ¡Eh! ¡Fíjaos! – exclamó Marco -. También aparece Julio Iglesias, no sería de extrañar. Y el rapero Snoop Dogg, eso sí que no me lo trago. ¿Las Spice Girls? Son unas petardas cantando, pero dudo que sean controladores.

      – Esto es ridículo – protestó Rachel -. Estamos perdiendo el tiempo. A un chiflado de internet se le ha ocurrido la palabra “yeerk” por arte de magia y le ha dado por inventar todo esta paranoia. No significa nada de nada.

      – Eso es lo que yo pensé al principio – admití -, hasta que vi este nombre – señalé con el puntero del ratón.

      – ¡Chapman! – exclamó Rachel -. Vaya, vaya.

      Chapman es el subdirector del colegio y un yeerk de alta graduación.

      Además es uno de los peces gordos de La Alianza, en teoría un grupo compuesto por chicos y chicas scouts, pero en la práctica una tapadera que les viene de perlas a los yeerks para reclutar nuevos miembros.

      – Entonces, quien sea que haya creado esta página, si de verdad está enterado de la invasión de los yeerks, ¿cómo es que no ha mencionado La Alianza? – les pregunté.

      – Es una buena pregunta – reconoció Cassie -. Quizá nunca haya oído hablar de ella.

      – O tal vez todo esto no sea más que una trampa de los yeerks – conjeturó Tobias.

      – Exacto – asintió Rachel -, y por eso no quieren que se sepa lo que realmente es La Alianza, ¿no creéis?

      – Y, ¿por qué mencionar a Chapman?

      – Bueno, es un apellido bastante corriente – observó Marco -. Quizás haya sido fruto del azar o una mera coincidencia.

      Me separé del ordenador empujando la silla hacia atrás y miré a mis amigos.

      – Si esto es verdad, tal vez tengamos aliados que puedan ayudarnos.

      – Pero si resulta ser una trampa de los yeerks, entonces nosotros seríamos el ratón y esta estúpida página web, el queso – añadió Rachel.

      Nos quedamos mirando sin pronunciar palabra al tiempo que nos encogíamos de hombros.

      – ¿Y el foro? – preguntó Cassie.

      – Según lo que dice ahí, ahora mismo empieza uno – informé -. Yo no me he atrevido a entrar. No sé hasta qué punto es seguro, a pesar de haber desactivado las cookies. ¿Son seguros los nombres electrónicos?

      – Lo serán en cuanto haga una cosa – sonrió Marco triunfante -. Veréis, tengo los códigos de acceso del sistema del trabajo de mi padre. Así que me puedo colar y…

      – Perdón, príncipe Jake – interrumpió Ax -, pero si quieres puedo codificar el software de Marco de forma que nadie pueda identificarlo. ¿Por qué se llama software?

      Miré a Marco. Mi amigo está muy orgulloso de sus conocimientos informáticos, pero lo cierto es que Ax nos saca tres siglos de ventaja en tecnología.

      – ¡Está bien! – exclamó Marco lanzando los brazos al aire como dándose por vencido -. Adelante, no te cortes.

      – No hay mucho que pueda hacer en este sistema tan primitivo – dijo Ax -. Pantalla de dos dimensiones, teclado físico en lugar de una conexión telepática decente, códigos rígidos… No soy ningún arqueólogo experto en ordenadores reliquias.

      Aún así, se sentó y en tres minutos había escrito un código que preparó el sistema de Marco a prueba de piratas informáticos.

      – Muy bien, ¿vamos allá? – preguntó Cassie.

      – Venga, hablemos de yeerks.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #16

Capítulo 3:

      Si nunca habéis visitado un foro, lo primero que debéis saber es que es un caos. Es como una conversación entre varias personas que, en realidad, no se escuchan entre sí. Y, para colmo, sólo puedes usar unas diez palabras en cada intervención, así que imaginaos el follón. De todas formas, acabas acostumbrándote después de un rato.

      Lo que veríamos a continuación nos dejaría sin palabras y boquiabiertos. Aquella gente hablaba sobre temas que sólo nosotros creíamos conocer.

      YeerKiller9: ¡Ni lo sueñes!

      GoVikes: Tienes que despedazarlos para saber si es verdad que están

      Chazz: ¿Y si os dejáis de tonterías? Los yeerks están

      GoVikes: muertos.

      YeerKiller9: Escuchadme. Tenía un yeerk en el cerebro. Y fue gracias a

      Chazz: fortaleciéndose. Y en lugar de utilizar este foro para planear

      YrkH8er: ¡Matad a los yeerks!

      Gump8293: Mi padre es uno de ellos. ¿Qué puedo hacer?

      Chazz: un ataque, nos dedicamos a hablar sin llegar a ningún acuerdo.

      YeerKiller9: un milagro, que me pude librar.

      Gump8293: Es muy raro, pero a veces me lo parece. Mi

      GoVikes: Los yeerks son como gusanos. Si los partes por

      CKDsweet: ¿Alguien puede ayudarme, por favor? Hay una organización llamada

      GoVikes: la mitad, vuelve a crecer.

      Gump8293: padre es muy bueno. De repente me di cuenta de que tenía muchos amigos nuevos y

      YrkH8er: ¡Matad a los yeerks!

      CKDsweet: La Alianza, y creo que todos los miembros son yeerks.

      Miré a Marco y éste asintió.

      – La Alianza – murmuró Marco -. Interesante, veamos si alguien comenta algo.

      Por supuesto hubo comentarios, precisamente del que hacía el papel de exterminador de yeerks.

      YrkH8er: No hay ningún problema con La Alianza. Lo he comprobado.

      Chazz: Te equivocas. La Alianza es una tapadera de los yeerks.

      YrkH8er: Qué va, es como lo de los scouts.

      – ¡Hala! – exclamó Rachel.

      – El tal Chazz parece ir en serio – opinó Tobias.

      – Todo apunta a que YrkH8er sea un controlador – sostuve.

      – O sencillamente que se equivoca de lleno – señaló Cassie.

      Gump8293: Ahora se pasa todo el tiempo con ellos. El otro día

      Carlito: He descubierto que los yeerks van a un sitio secreto

      Gump8293: oí a mi padre y a sus amigos hablar de

      Carlito: para alimentarse o algo así. Cada tres días. Creo que

      Gump8293: alguien llamado “Visher” o “Vister”, o algo por el estilo.

      Carlito: para ello tienen que salir del portador.

      MegMom: Gump, creo que es “Visser”. Un visser es como un

      GoVikes: Son como los caracoles, sólo que sin la concha.

      MegMom: general o algo así. Creo que es un rango.

      GoVikes: Rango. LOL. Un rango total.

      – GoVikes es el típico idiota que te sueles encontrar en todos los foros – comentó Marco -, pero parece que Chazz, Meg y Carlito saben algo.

      – Gump está preocupado – añadió Cassie – y triste por su padre.

      – Bueno, no es para menos. El mundo no es lo que se dice un camino de rosas – espetó Marco.

      La madre de Marco es un controlador. Lo sé hace tiempo.

      De hecho, su cuerpo es el portador de Visser Uno, un alto rango en la jerarquía de los yeerks. Los demás se han enterado hace poco y como Marco no puede con el tema lástima, siempre se hace el duro.

      Gump8293: ¿Hay algún modo para que mi padre deje de ser

      YrkH8er: ¡Matad a los yeerks!

      Gump8293: un yeerk?

      YrkH8er: Habla con tu padre. Dile lo que piensas.

      Chazz: No, Gump. No le digas nada o serás el siguiente.

      MegMom: Gump, haz caso a Chazz. Tiene razón. No puedes hacer

      Fitey777: Hola a todos.

      MegMom: nada para salvar a tu padre. Sólo empeorarás las cosas.

      Fitey777: Tengo otro nombre para la lista de los yeerks.

      Gump8293: Debo HACER algo.

      Fitey777: Charles J. Sofor, jefe de policía de la capital.

      YrkH8er: ¡Matad a los yeerks!

      Chazz: Hola, Fitey777.

      MegMom: Hombre, Fitey por aquí.

      Fitey777: Estoy a punto de averiguar la dirección exacta

      GoVikes: Hacedlo pedazos.

      Fitey777: de una de esas zonas donde los yeerks se alimentan.

      – ¿Qué os parece? – pregunté.

      – ¡A saber! – replicó Rachel soltando un suspiro -. Quizás algunos vayan en serio, pero ¿y si se trata de una artimaña de los yeerks para atraer a la gente?

      – Como Gump – añadió Cassie -. Quizás ahora mismo estén buscando su nombre y dirección para avisar a su padre, el controlador.

      – Yo creo que es una artimaña de los yeerks – opinó Tobias.

      – Y yo – corroboró Rachel.

      – Yo no estaría tan segura – señaló Cassie -. A mí me parece que algunos van en serio. No todos, eso está claro. YrkH8er seguramente es un controlador, pero Gump parece sincero. Apostaría lo que fuera.

      – Estoy contigo – acordé. Hace tiempo que aprendí a fiarme de las impresiones que Cassie tiene de la gente -. ¿Ax?

      – No lo sé. Con esta forma de comunicación tan primitiva es difícil juzgar. No entiendo por qué los humanos no utilizan el teléfono en lugar de esta reliquia.

      – De hecho, el teléfono se inventó antes – aclaré -. Este sistema es más moderno.

      – Humanos – se rió Ax -. Inventáis el libro y el teléfono antes que el ordenador-nador. Todo al revés.

      – Marco, ¿tú que opinas?

      – Yo diría – intervino Marco, moviendo la cabeza de un lado a otro en un gesto de confusión – que es una combinación de ambas cosas. Quizá la página la hayan creado los yeerks para localizar a los humanos enterados de la invasión. Pero quizás, al mismo tiempo, se les haya escapado de las manos y gente como Chazz, Carlito, Fitey y Meg van en serio.

      – Deberíamos intentar averiguar quiénes son – asentí dándole la razón a Marco -. Ax, ¿crees que puedes entrar en el sistema y colarte en los archivos protegidos de los nombres electrónicos?

      Me levanté de la silla para dejar paso a Ax, que se sentó muy rígido delante de la pantalla. Colocó sus dedos humanos sobre las teclas.

      – ¿Qué significa “Bloc Mayus”? – preguntó Ax.

      – No te preocupes por eso.

      – Sí, príncipe Jake.

      – No soy un príncipe – le recordé por enésima vez dejando escapar un suspiro.

      Ax entró en el programa y empezó a teclear con furia. Al cabo de unos minutos se detuvo desmoralizado.

      – ¿Qué? – se burló Marco -. ¿El andalita de raza superior no es capaz de burlar el acceso al ordenador de la empresa Web Access America?

      – ¿Y tú? – le preguntó Ax.

      – Yo no.

      – Ya me parecía a mí. – Continuó tecleando con fuerza hasta que de repente empujó el teclado de forma casi violenta -. Los sistemas más básicos no se pueden utilizar.

      – Es decir, que no lo puedes hacer, ¿no? – pregunté.

      – No. Esta máquina y el ordenador central son demasiado primitivos. He intentado reconfigurar el software, pero no ha servido de nada. Sin embargo – sonrió orgulloso –, he hecho algunos cambios para que Marco, a partir de ahora, gane todas las partidas online.

      – No deberías haberte molestado, siempre gano – mintió Marco.

      – El porcentaje de las partidas ganadas y perdidas se almacena en el ordenador, Marco – señaló Ax -, y me parece que no siempre ganas. Según los datos, llevas un 42% de partidas ganadas.

      – ¿Os imagináis que todo esto fuera verdad? – interrumpió Cassie cambiando de tema -. ¿Y si resulta que tenemos aliados? Debemos movernos y ayudar a gente como Gump. Necesita ayuda sin falta.

      – Muy bien – dije alzando los brazos en alto en señal de paz -. Y ¿cómo vamos a obtener los nombres verdaderos que se esconden detrás de los nombres electrónicos?

      – Podríamos entrar en las oficinas de Web Access America y… – sugirió Marco.

      – ¿Invadir Web Access America? – se recreó Rachel sonriente.

      – Sí, eso es – replicó Marco -, invadir las oficinas, entrar en los sistemas, hacernos con los nombres electrónicos y, de paso, desactivar el dichoso programa que está dale que te pego con la oferta de la tarjeta Visa de Web Access America.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 4:

      Nosotros, los animorphs, actuamos como ladrones profesionales. No es que vayamos por ahí robando cosas, pero cuando te conviertes en animal es bastante fácil colarse en los sitios por la cara.

      Habíamos decidido ir a Web Access America que, por desgracia, se encontraba en otra ciudad a un trescientos kilómetros de la nuestra. Demasiado lejos. Ni siquiera transformándonos en pájaro podríamos cubrir esa distancia en dos horas. Y si parábamos para recuperar nuestra forma humana y volvíamos a transformarnos, no nos daría tiempo a ir y volver en un día.

      Así que nos vimos obligados a recurrir a otro medio de transporte. Por eso, aquel sábado por la mañana nos hallábamos en la terminal del aeropuerto, mirando los aviones por la ventana.

      – El vuelo dura hora y media – informó Marco -. Tenemos tiempo de sobra.

      – Estupendo.

      – Todo lo que hay que hacer es transformarse, subir al avión, intentar que no nos liquiden y recuperar nuestras formas cuando lleguemos al destino – añadió Marco -. Podemos volar con United o Northwest.

      Me había quedado a solas con Marco mirando por la ventana. Los demás se habían desperdigado por el aeropuerto. Intentamos no aparecer juntos en público, no queremos que piensen que somos un grupo. Los yeerks están por todas partes. Se creen que somos andalitas, pero, aún así, debemos adoptar toda clase de precauciones.

      – ¿United o Northwest? ¿Qué compañía prefieres? – repitió Marco.

      – Me da igual – contesté encogiéndome de hombros -. Échalo a cara o cruz. A mí lo que me preocupa es que voy a viajar en avión convertido en mosca, y eso significa mucha gente preparada para borrarme del mapa de un manotazo. ¿Y si algo va mal? ¿Cómo se supone que vamos a transformarnos en un avión?

      – ¿Quieres que lo cancelemos?

      Me paré a pensar. En la pista, un 747 empezaba a ganar velocidad para despegar.

      – No, supongo que todo saldrá bien. Es arriesgado, pero merece la pena.

      Marco esbozó una sonrisa sincera, lo cual resulta poco habitual, viniendo de él.

      – Me acuerdo cuando te negabas a tomar las decisiones importantes.

      – Y ¿qué crees? ¿Que ahora me gusta? – repliqué -. Pero alguien tiene que hacerlo, ¿no?

      – Pues sí – asintió.

       – Espero que en el futuro no tenga que tomar decisiones tan peligrosas que puedan acabar con la vida de la gente. Todo llegará, supongo.

      – ¿En serio? – Marco sonreía con su típico gesto burlón -. ¿De verdad crees que algún día volveremos a ser chicos normales? ¿Crees que después de ser el líder de los animorphs te acostumbrarás a ser un mediocre?

      – Pues sí – contesté sin dudarlo un momento y de todo corazón.

      – Ya, claro – replicó Marco incrédulo -. Venga, vamos. Tenemos que buscar a los demás. – Entornó los ojos para consultar las salidas de los próximos vuelos -. United sale antes. Vamos allá, nos quedan quince minutos. Puerta de embarque diecinueve.

      – ¿Pondrán película en el avión? – pregunté imitando el tono burlón de mi amigo.

      – ¿En un vuelo de hora y media? Más bien un informativo aéreo.

      No tardamos en encontrar a los demás, primero a Cassie y a Rachel, y después a Tobias y a Ax. Les explicamos el plan, y fue Tobias el que hizo la observación que a mí se me había pasado por alto.

      – ¿Cómo vamos a encontrar la puerta diecinueve una vez transformados en moscas? ¿Ven bien estos bichos?

      Era la primera vez que Tobias se transformaba en mosca.

      Aquella misma mañana había adquirido el ADN del insecto.

      – Pues ahora que lo dices, su visión es pésima – reconocí -. Tienen ojos compuestos.

      – Sin embargo, tienen un olfato muy fino – puntualizó Marco -. Son capaces de detectar excrementos o porquería desde muy lejos.

      Marco y yo nos miramos.

      – Eh, ni lo sueñes – exclamó Marco -. Primero: ¿dónde la encontramos? Y segundo: ¿qué hacemos con ella? Se la damos a la azafata de vuelo en la puerta y le decimos: “¿Nos guardas esto un momento, que volvemos enseguida transformados en moscas?”

      La actividad en el aeropuerto era incesante. De una puerta de embarque cercana empezaron a salir pasajeros. Parecían cansados e incluso de mal humor. Algunos sonreían a los amigos y familiares que los esperaban. Imaginé que debía de tratarse de un vuelo largo, puesto que algunos de los pasajeros mostraban marcas en la cara de haberse quedado dormidos apoyados contra la ventana.

      Había un matrimonio con un bebé que no dejaba de llorar en los brazos de su madre.

      – Hay que cambiar al niño – dijo la madre.

      – ¿A quién le toca? – preguntó el padre.

      La madre le pasó el bebé a su marido, que no pudo evitar soltar un gruñido.

      – Me temo que te ha tocado el lote entero, cariño – añadió su mujer.

      – Muy bien – dije volviéndome hacia Marco, Tobias y Ax -. Necesitamos un voluntario para un misión un tanto peliaguda y desagradable. Hay que conseguir como sea ese pañal.

      Ax no entendía nada, con lo cual quedamos tres. Nos lo jugamos a piedra, papel y tijeras. Quien dijera algo diferente a los otros sería el elegido. Tobias y Marco dijeron papel y yo piedra. Apuesto a que hicieron trampa. En resumidas cuentas, me tocó a mí.

      Minutos después aparecí con un pañal pestilente envuelto en papel higiénico.

      – ¿Quieres? – le ofrecí a Marco enseñándole el pañal.

      – ¿Qué es? – preguntó Ax.

      – Un pañal – respondí -. Caca de niño.

      – Pastel de chocolate – matizó Marco – que servirá de guía a las moscas.

      – No entiendo nada – admitió Ax.

      Solté un suspiro.

      – No me apetece explicártelo ahora, Ax – dije y, pañal en mano, me dirigí hacia la puerta diecinueve, lo deposité en uno de esos enormes ceniceros y volví junto a los otros -. Eso será suficiente. Vamos a buscar a Cassie y a Rachel.

      – ¿Ves?, nunca seremos como Batman o Spiderman – protestó Marco -. Spiderman jamás tendría que seguir un rastro de caca de bebé.

      – ¿Quién es Spiderman? – preguntó Ax.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #16: La Advertencia

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Capítulo 5:

      Entramos en el servicio de caballeros. Cassie y Rachel en el de señoras. Hay veces en las que resulta imposible ser un equipo.

      – Nos podríamos meter todos en el servicio para inválidos – sugirió Marco.

      – Eso no estaría bien, Marco – objeté -. Que cada uno entre en uno diferente.

      Claro que una cosa era decirlo y otra hacerlo. El tráfico de aviones era incesante y el servicio estaba siempre lleno. Sólo conseguimos dos retretes.

      Tobias y yo entramos juntos en uno de ellos.

      – De momento, todo parece normal – murmuró Tobias.

      – Espera y verás – repliqué.

      Cerramos la puerta con llave. Nos quitamos la ropa y los zapatos y los metimos de cualquier manera en una mochila, que escondimos detrás del retrete.

      No hemos conseguido transformarnos con la ropa de cada día ni con zapatos. Por eso siempre llevamos ropa deportiva muy ajustada, como pantalones de ciclista y camisetas. Con un poco de suerte, llevarían la mochila a la sección de objetos perdidos. De lo contrario… perderíamos la ropa.

      – En mosca, ¿no? – susurró Tobias.

      – Pues sí.

      – ¿Es tan asqueroso como me lo imagino?

      – No, es mucho peor.

      Tobias puso cara de asco y, acto seguido, empezó a cambiar, aunque no a mosca. Os explico, cuando te transformas, sólo puedes hacerlo desde tu cuerpo natural, y por muy extraño que parezca, el cuerpo de Tobias es el de un ratonero de cola roja.

      Así que mientras yo aguardaba nervioso, a Tobias le crecían plumas, alas, garras y un pico. Y en el retrete de al lado, a Ax le salía una cola de escorpión, dos antenas con ojos en los extremos superiores y cuatro pezuñas.

      – ¿Listos? – susurré a Marco.

      – Sí, vamos allá. Aquí hay demasiada gente.

      Miré a Tobias. Me resultaba curioso pensar lo acostumbrado que estaba a que el verdadero Tobias fuera aquel de mirada fiera de ojos dorados y castaños, con aquel pico diseñado para desgarrar carne.

      – ¿Qué? ¿Listo?

       <Más que nunca.>

       – Puede que hasta te guste – repliqué -. Te vas a enterar de lo que es volar.

      <Lo dudo. No hay vuelo comparable al de un ave rapaz – añadió Tobias -. Venga, vamos allá. Acabemos con esto de una vez.>

      Cerré los ojos y comencé a concentrarme en la mosca. Lo cierto es que ver a Tobias nervioso me consolaba: al menos dejaba de pensar en el asco que me daba aquella metamorfosis.

      Puede que haya algo más asqueroso que convertirse en mosca, pero nunca lo he experimentado.

      Empecé a encoger. Las paredes del retrete se elevaron hasta alcanzar la altura de un rascacielos. Las letras de los graffiti se estiraron de tal manera que podrían llenar una valla publicitaria.

      Pero fue al mirar hacia abajo cuando me asusté de verdad. Estaba a punto de caerme dentro del váter.

      Aquella cosa crecía y aumentaba de tamaño a gran velocidad como si fuese una enorme boca dispuesta a zamparme en cualquier momento. El rollo de papel higiénico me pasó como una bala. Fue muy raro porque despegó de golpe.

      Los cuadrados del suelo triplicaron su tamaño. Los trozos de papel que había por el suelo se convirtieron en sábanas y una bola de chicle, en una gran piedra rosa.

      Sin embargo, todavía quedaba lo peor. Para empezar, la nariz y la boca se funden en esa cosa extremadamente larga, peluda, pegajosa y babosa que los libros llaman “partes de la boca”.

      <¡AAAAAAHHHHHHHHH! ¡Qué horror!>, gritó Tobias al notar que su pico se fundía en esa cosa húmeda y horripilante.

      No resultaba un bonito espectáculo, creedme.

      De repente, me brotaron dos enormes patas de lo que antes era el pecho. ¿Os acordáis de Alien, de la escena en la que a uno de los tipos le sale el alien bebé del pecho? Pues fue algo así, salvo que, en lugar de un muñecote de mentirijillas, de mi cuerpo salieron dos alargadas patas negras articuladas y cubiertas de pelillos punzantes erizados.

      En las metamorfosis los cambios nunca siguen un proceso lógico y su transición tampoco es suave. Nada de cambios graduales en los que cada parte de tu cuerpo se va convirtiendo en mosca poco a poco. Todo sucede de golpe y cuando menos te lo esperas. Todavía medía unos treinta centímetros cuando me salieron las patas por las costillas; conservaba los ojos y mi cuerpo era casi del todo humano, sin contar, claro, las monstruosas partes de la boca.

      – ¿Está ocupado?

      Oí aquella voz y noté la vibración en la puerta del retrete, pero no podía contestar porque no tenía boca.

      <¡Alguien quiere entrar!>, avisó Tobias.

      <¡Ya lo sé!>, confirmé.

      <¿Qué hacemos?>

      <¡No te pares! Es demasiado tarde para volver atrás.>

      – ¡Oiga! ¿Está ocupado? ¡Es urgente!

      Mis manos se convirtieron en los apéndices de una mosca. Eran como dos diminutas almohadillas peludas con uñas en forma de garras curvadas que supuraban pegamento de algún tipo. Oía mis órganos internos revolverse y exprimirse en un proceso de debilitamiento progresivo. Órganos enteros como el hígado, el bazo y los riñones se rehacían por completo para conformar las entrañas mucho más primitivas de la mosca.

      El soporte óseo perdía fortaleza, así que mis piernas humanas no dejaban de tambalearse. Dentro de poco serían endebles como espaguetis hervidos.

      En aquel punto, yo sería del tamaño de un perro. Tenía patas de mosca pero no me habían salido las alas. Conservaba mis ojos de humano y tenía aquella trompa gigantesca. Tobias estaba igual de feo que yo, más o menos. Y fue entonces cuando, aquel tipo que no se aguantaba más, se las ingenió para alcanzar el pestillo y descorrer el cerrojo.

      La puerta se abrió sin que yo pudiera evitarlo.

      – ¡Oh! Oh. ¡Ohhhhh! ¡Dios! ¡Oh, no! ¡NOOOOOO! ¡NOOOOOOOOO! ¡AAAAAAAAHHHHHHHH!

      El hombre se quedó inmóvil con los ojos como platos.

      Le saludé con una de mis patas peludas.

      – ¡AAAHHHH! ¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡Que alguien me ayude!

      La puerta se cerró de golpe.

      <Rápido. Sigamos antes de que vuelva con más gente.>

      – ¡Socorro! ¡Policía! ¡Que alguien me ayude!

      Continué encogiendo y, al poco rato, me salieron unos músculos en el lomo que propiciaron el crecimiento de las alas de gasa de la mosca.

      – ¡Hay unos monstruos en ese váter!

      <¿Qué pasa ahí dentro?>, preguntó Marco desde el retrete continuo.

      <Nos han pillado – exclamé -. ¡Daos prisa!>

      Perdí visión de forma gradual hasta verlo todo oscuro durante unos segundos. Enseguida se me formaron los ojos compuestos y entonces el mundo se descompuso en miles de imágenes fragmentadas. Parecía estar viendo una película a través de miles de pantallas de televisión, sólo que en cada una de ellas se apreciaban pequeñas diferencias.

      <Por cierto, Tobias, ten cuidado con los instintos de la mosca>, le advertí.

      En mi extraño campo de visión, alcancé a ver una cosa negra y borrosa que volaba a toda velocidad a mi lado. Era otra mosca. ¿Tobias?

      <Tobias, ¿eres tú?>

      Bum, bum, bum, BUM, BUM, BUM. El taconeo de un sinfín de pies humanos era cada vez más perceptible. Cientos de vibraciones distrajeron mi atención. ¡Aquellas pisadas se acercaban hacia donde yo estaba.

      ¡PLAF! La puerta se abrió de par en par y una corriente de aire excitó los pelillos de mi espalda y agitó mis antenas con fuerza.

      ¡Peligro!

      Tomé impulso, activé las alas y levanté el vuelo.

      <Estamos en el aire>, informó Marco.

      – Estaban aquí, ¡os lo juro! ¡Monstruos! Parecían… parecían mutaciones de algún bicho extraño.

      – Señor, ¿no habrá bebido demasiado en el vuelo?

      <Tobias – llamé -, ¿estás bien? ¡Tobias!>

      No hubo respuesta.

      Mientras revoloteaba frenético alrededor de los humanos del tamaño de la estatua de la Libertad, percibía olores embriagadores de todo tipo: a rancio, a dulce, a basura, a suciedad.

      Pero ¿dónde se habría metido Tobias?

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 6:

      <¡Tobias!, ¿dónde estás? ¡Tu mente de mosca te está dominando! ¡No te dejes!>

      <Venga, Tobias – añadió Marco -, ¡espabila! No tenemos mucho tiempo.>

      <¡Tobias! Soy yo, Aximili. Recupera tu propia conciencia.>

      <Tu ¿qué? – se rió Marco -. ¿Qué Tobias recupere su qué?>

      Entonces nos llegó una voz temblorosa e insegura.

      <Humm…, ¿hola? Soy yo, o sea, yo, Tobias.>

      Yo no paraba de describir círculos por todo el cuarto de baño. Di una voltereta y aterricé boca abajo en el techo. Mis patitas se aferraron a las diminutas irregularidades de la pintura, y gracias a la sustancia pegajosa de mis almohadillas, quedé firmemente fijado al techo.

      <Tobias, ¿dónde estás? ¿Estás bien?>

      <Sí, aunque ha habido un momento en que no controlaba>, repuso.

      <Bueno, eso es normal cuando te transformas en un animal por primera vez, pero acabas por acostumbrarte a sus instintos.>

      <En efecto – corroboró Marco -, y entonces “recuperas tu propia conciencia”.>

      <Tobias, ¿dónde estás?>

      <Bueno… es liso. Humm, cuando aterricé era distinto, liso y blanco, además de húmedo. Hay humedad por la superficie y creo que por debajo de mí hay una especie de gran lago.>

      <¿Estás boca arriba o boca abajo, Tobias?>

      <Estoy de lado, sobre una superficie húmeda y creo que blanca, con un lago o algo así por debajo de mí.>

      Tratamos de imaginar el lugar descrito.

      <¡Madre mía! – gritó Marco -. Tobias, ¡estás en un váter!>

      <Tobias, ¡sal de ahí antes de que alguien tire de la cadena!>, ordené, aguantándome la risa.

      <Hum…,¿recordáis que os he dicho que al principio era diferente? Antes había más luz y ahora parece que se ha hecho de noche.>

      Nos volvimos a quedar pensativos.

      <¡Argh! ¡Qué asco!>, exclamó Marco divertido y asustado al mismo tiempo.

      <Tobias, creo que ya sé porqué ha oscurecido, y es que alguien se ha sentado.>

      <Espera un momento, ¿estás diciendo que estoy en el interior de un váter y que alguien se ha sentado? Pero entonces… ¡Oh, señor!>

      <Peligro: lluvia de objetos>, advirtió Marco.

      <¿Se puede saber de qué estáis hablando?>, inquirió Ax.

      <Tobias, por cuestiones de seguridad y además para evitar eso que sólo pensarlo me entran ganas de vomitar, yo que tú, saldría de allí ya.>

      <¿Cómo? La salida está bloqueada, para empezar.>

      <Mira a ver si puedes colarte por la ranura que suele haber entre el asiento y la porcelana.>

      <Oh.>

      <Busca la luz. Tiene que haber algo de claridad por algún sitio>, sugerí.

      <Ve hacia la luz>, animó Marco.

      <¡Sal de ahí!>

      <¡Ahí está! ¡La ranura!>

      <No entiendo nada>, confesó Ax.

      <¡Estoy fuera! ¡Lo conseguí! – exclamó Tobias -. ¡Qué asco! Creo que empiezo a arrepentirme de haber recuperado el poder de la metamorfosis.>

      <Gajes del oficio de superhéroe. El glamour y tal, ya se sabe>, bromeó Marco.

      <Hablando de glamour, será mejor que busquemos la puerta de embarque y entremos en el avión – les recordé a todos -. Rachel y Cassie ya estarán allí.>

      <Por la corriente de aire, la puerta debe de estar por allí>, señaló Tobias.

      <Muy bien, si volamos contra corriente, deberíamos llegar hasta la terminal. Una vez allí, debemos identificar el aroma del pañal y seguirlo hasta la puerta de embarque.>

      <Eh, Tobias podría encabezar la excursión – sugirió Marco sonriente -, puesto que ya tiene experiencia en estos temas.>

      <Cierra tu bocaza>, gruñó Tobias.

      <¿Me podéis explicar qué es lo que ha ocurrido?>, insistió Ax de nuevo.

      <Cuando seas mayor, querido>, replicó Marco.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #16:

7:

      No era mentira lo que le había dicho a Tobias sobre el vuelo de las moscas: es genial. Pero, como todo, tiene sus puntos negativos: apenas ves y, por lo tanto, no puedes fisgonear lo que sucede a tu alrededor.

      Comparado con las moscas, los pájaros son como enormes ballenas torpes y pesadas. No hay nada comparable al vuelo de una mosca. Vuelan hacia arriba y hacia abajo, y en menos que canta un gallo son capaces de dar un giro de ciento ochenta grados y lanzarse en picado. Sin problema alguno. Pueden volar de lado y con el vientre hacia arriba, dibujar curvas en el aire y hasta el número ocho.

      Son capaces incluso de trazar un ocho en el interior de un vaso.

      Y, a diferencia de los pájaros, las moscas se pueden posar sobre cualquier superficie: horizontal, vertical, áspera, suave, húmeda, seca, en movimiento o en reposo, viva o muerta.

      Son unos insectos asombrosos. Dan asco, pero son alucinantes.

      <De acuerdo, me gusta – reconoció Tobias -, una vez superado el hecho de que mi propio cuerpo me da asco, admito que no está mal.>

      <Eso le pasa a Marco con su cuerpo de humano>, sentenció Rachel risueña.

      Localizamos a Cassie y a Rachel sobrevolando cerca del pañal sucio.

      <¡Oh, no! No me hieras con el chakram de tu ingenio, Xena>, suplicó Marco.

      <¿El qué?>

      <Chakram – repitió Marco como si cualquier idiota conociese la palabra -. Es esa cosa parecida a un disco metálico que arroja Xena. Bah, atajo de incultos.>

      Marco disfrutaba burlándose de Rachel. La llamaba “Xena, la princesa guerrera”, y, de hecho, no era una mala comparación, salvo que Rachel no lleva faldas de cuero.

      Marco y Rachel tienen una relación un tanto peculiar. Todavía no he logrado descubrir si es que se odian de verdad o lo quieren hacer ver. De todos modos, en realidad se admiran en secreto. No soy bueno a la hora de juzgar las pequeñas contradicciones del comportamiento humano. Me fío más de Cassie para eso.

      <Y, ¿ahora qué?>, preguntó Tobias.

      <Ahora vamos a entrar en el avión – contesté -, pero quiero que me escuchéis atentamente. Tened mucho cuidado. Usad vuestros instintos, y si algo se mueve hacia vosotros, quitaos del medio enseguida.>

      <Veo la puerta – informó Cassie -. No, un momento, creo que es la ventana. Me temo que no va a ser tan fácil, no hay suficiente contraste entre luz y penumbra en la puerta.>

      <Seguid de cerca a una persona hasta cruzar la puerta. A partir de ahí es fácil.>

      Distinguí una cabeza humana por debajo y me acerqué. ¡No! El tipo estaba calvo, si me posaba allí lo notaría. ¡Ah, bien! Una mujer con una buena cabellera. Justo lo que necesitaba. Me posé sobre unos pelos que semejaban las robustas cuerdas que amarran un ancla. Allí estaría bien. De momento, notaba la ligera brisa producto del movimiento.

      La calidad de la luz cambió y los sonidos me llegaban en forma de eco. Supuse que estábamos en el túnel de acceso al avión.

      – Bienvenida a bordo – oí que decía la azafata.

      Lo había conseguido.

      <¿Estáis todos?>, pregunté y, tras recibir respuesta de cada uno de mis amigos, respiré aliviado. Por cierto, cuando digo respirar se trata sólo de una forma de hablar, porque no tenía pulmones.

      Me posé en una superficie situada por encima de una cabeza, para ser más exactos, sobre una pieza de plástico perforado que parecía formar un círculo. Me coloqué en uno de los agujeros al tiempo que miraba cómo la gente iba ocupando sus asientos.

      <Ax, ¿estás al tanto del tiempo?>

      <Sí, príncipe Jake.>

      <Sabes de sobra que no quiero que me llames príncipe. No lo soy.>

      <Sí, príncipe Jake. Lo sé.>

      <Bien, me alegro de que estemos de acuerdo en ese punto.>

      A continuación, transcurrió un espacio de tiempo que nos pareció interminable durante el que no pudimos más que esperar. Ax contó los minutos. Los andalitas poseen la facultad natural de calcular el tiempo. Habían pasado quince minutos desde que nos transformamos en el servicio de caballeros.

      Entonces, empecé a notar que las vibraciones de los motores iban en aumento. Me di cuenta de que me había posado encima del altavoz cuando la azafata anunció que se abrocharan los cinturones. Fue tal el sobresalto que a punto estuve de caerme.

      Me alejé del altavoz y revoloteé sin ninguna dirección durante un rato hasta posarme en el cierre de uno de los compartimentos superiores.

      <¿Qué tal va todo?>, pregunté.

      <Han pasado veinte minutos>, informó Ax.

      <¿Cuánto tiempo dura el vuelo, Marco?>

      <Una hora y media, con lo que disponemos de quince minutos para abandonar el avión y transformarnos.>

      <Un poco justo>, observó Rachel.

      <Pues sí.>

      El avión se colocó en la pista, tomó velocidad y despegó. En aquella situación, había poco que nos pudiera entretener. Se avecinaban minutos de sumo aburrimiento. Hasta que sirvieron la comida.

      No os podéis hacer idea de las ganas irresistibles que me entraron de posarme en aquel filete de allá abajo y chapotear en la salsa, pero presentía que sería mi sentencia de muerte.

      <¿Sabéis una cosa? La comida de los aviones sabe mucho mejor cuando eres mosca>, comentó Marco.

      <¿QUÉ?>

      <Tranquilízate, este tipo ya ha acabado de comer. Estoy en las sobras.>

      <¿CÓMO?>

      – Disculpe, señorita, pero ¿no le parece que hay demasiadas moscas en este avión?

      Cuando oí aquello, casi me da un ataque. Me sentí igual que cuando el director te llama a su despacho.

      <¿Lo habéis oído?>

      <Oír ¿qué? – preguntó Tobias -. La gente no para de hablar. Todo el mundo está…>

      <Alguien acaba de quejarse de la cantidad de moscas, o sea, nosotros.>

      – Veré lo que puedo hacer, señor – contestó otra voz.

      <Dios mío, ¡van a hacer algo!>

      – Se lo agradezco. Verá, pertenezco a la junta directiva de esta compañía de vuelos y acabo de ver una mosca posarse en mi filete.

      <¡Marco!>

      – Descuide, señor, me encargaré de ello.

      <Ax, ¿cuánto falta para aterrizar?>

      <Diez minutos>

      <Bien, todo el mundo a la parte trasera del aparato. Salgamos de primera clase.>

      De repente, seis moscas avanzaron en grupo hacia la parte trasera. Nos elevamos como locas hacia el techo, pasamos al otro lado de la cortina que separa primera clase de la clase turista. Allí estaríamos a salvo, o eso pensaba yo… De golpe, sentí una turbulencia en el aire y un objeto acercarse hacia mí a toda velocidad.

      Frené en seco y di un giro brusco a la derecha justo a tiempo para evitar que cinco dedos del tamaño de una secuoya me arrollaran. ¡Vaya un vendaval que levantó!

      Me posé en el techo e intenté calmar los nervios.

      <¡Uf! Ha estado cerca – respiré aliviado -. ¿Estáis todos bien? Ax, ¿cuánto queda?>

      No me dio tiempo a oír su respuesta. Allí estaba otra vez la mano. Eché a volar, me moví arriba y abajo y… una segunda mano me atrapó.

      <¡Aaaahhhhhh!> Paredes de carne me mantenían comprimido. Era como si me hubieran barrido con una escoba. Agité mis alas, pero fue inútil; una la tenía inmovilizada. No había escapatoria.

      Vi aquella pared acercarse hacia mí. Miles de diminutas imágenes de muerte se reflejaban en mis ojos compuestos y yo no podía moverme. Era como una de esas pesadillas en las que estás viendo que algo terrible va a suceder y tú eres incapaz de huir o ni siquiera gritar.

      ¡BUUM! Sentí el golpe y la fuerte presión de la mano en mi cuerpo.

      Me habían aplastado.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 8:

      Por suerte, había ido a dar con la grieta de una de las líneas de la mano y gracias a eso me salvé, pero mi cuerpo estaba destrozado.

      Había perdido el ala izquierda, me la habían arrancado, y apenas podía mover la derecha. Para completar el cuadro, no veía por el ojo derecho, tenía cuatro patas rotas y lo peor de todo era que mi cuerpo verde y negro había reventado.

      No sentía nada de dolor, pero estaba aterrorizado.

      <¡Aaaaahhhhhh! ¡Aaaaahhhhhh! ¡Aaaaahhhhhh!>

      <¡Jake, ¿qué ocurre?!>, gritó Cassie.

      <Jake, ¿qué pasa?>

      <Me han atizado una buena.>

      <¿Estás bien?>, preguntó Tobias.

      <No, estoy fatal. No puedo volar, no puedo moverme. Estoy como… estampado contra el techo.>

      <¡Oh, Dios mío!>, se horrorizó Cassie.

      <No le pasará nada si se transforma>, añadió Marco.

      <No puede transformarse delante de todo el mundo – replicó Tobias -. Está aplastado contra el techo. Si lo hiciera, todos los pasajeros serían testigos.>

      – Atención, abróchense los cinturones. Vamos a aterrizar.

      <Me… me parece que estoy perdiendo las fuerzas – alcancé a decir a duras penas -. Me mareo… Creo que tengo todas las tripas fuera. Me estoy muriendo.>

      <¡Transfórmate!>, gritó Cassie.

      <¡No puede! – añadió Marco -. Le descubrirían y seguro que hay controladores en este vuelo.>

      <¡No me importa! Es Jake. ¡No voy a permitir que se muera!>

      A partir de ese punto, empecé a delirar. Perdí la concentración y pasé a oír voces en mi cabeza. Alguien estaba discutiendo.

      <¡Jake! ¿Estás ahí?>, alguien preguntó. Creo que era Tobias.

      <Sí.>

      <¡Se está muriendo! – chilló Cassie -. ¡Un momento! Tengo una idea.>

      “La buena de Cassie – pensé -, la buena de Cassie. Qué guapa es, y ella sin saberlo. Sí, me acuerdo de la primera vez que la vi… También estaba Rachel. ¿En el colegio? No, fue… fue…”

      De repente, me rodearon unos monstruos. Les vi acercarse, planear en el aire y posarse. Tenían unos enormes ojos saltones cuyos diminutos compartimentos parecían emitir una luz. Su rostro era espantoso, con aquellos largos tubos maléficos que sobresalían como si fueran el mango de una aspiradora. Sus alas eran como de gasa.

      Me sujetaron con sus garras.

      <¡Pobre Jake!>, exclamó una voz desesperada.

      <¿Reco… recogemos sus tripas o qué?>

      <¡Date prisa de una vez!>

      <Jake, ¡aguanta! ¡Aguanta, tío! No te nos mueras.>

      <Jake, aguanta. Nosotros te salvaremos.>

      Entonces se produjo un movimiento muy brusco.

      <¡Aaahhhh! ¡Acabo de perder la pata que estaba sujetando!>

      <¡No puedo más! Estamos todos moviendo las alas a la vez y hay demasiada turbulencia.>

      <¡Seguid adelante! ¡No lo abandonéis ahora! Venga, ¡adelante!>

      Mientras flotaba en el aire, me invadió una extraña serenidad, aunque al notar que había perdido la mitad de mi cuerpo me empecé a agobiar, pero era como si me quedara muy lejos, como si lo estuviera viendo en televisión y no me estuviese pasando a mí.

      <Muy bien, Jake. Estamos en el cuarto de baño. ¡Jake, transfórmate!>

      <Venga, Jake, ¡transfórmate!>

      ¿Por qué gritaban de aquella manera? Qué pesados.

      <Jake, soy Cassie. Escúchame. Debes transformarte ahora mismo.>

      Cassie. Sí, es ella. Me gusta Cassie.

      <Jake, ¡venga! ¡Hazlo ahora! ¡Transfórmate en humano!>

      ¿Humano?

      Bueno, ¿por qué no?

      <¡Está cambiando!>

      Empecé a experimentar los cambios al tiempo que recobraba las fuerzas. Sentí que me volvía la vida y que regresaba a mi forma humana a partir del modelo de ADN, códigos submicroscópicos que dan forma al ser humano del mismo modo que las palabras a un libro.

      Todo me daba vueltas. Las imágenes borrosas empezaban a hacerse más claras. Me encontraba en una habitación diminuta. Enseguida me percaté de que estaba en el servicio de un avión.

      Me miré en el espejo en el momento en que el rostro destrozado de una mosca desaparecía para dejar paso a una cara humana.

      <¿Te encuentras bien?>, preguntó Rachel impaciente.

      – Sí – contesté al tiempo que ejercitaba la mandíbula -, supongo.

      El cuarto de baño estaba lleno de moscas. Y ¿sabéis lo más raro de todo? Mi primer impulso fue propinarles un manotazo.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs

Capítulo 9:

      Por suerte, cuando salí del servicio, nadie se extrañó de mi presencia. Estábamos en pleno aterrizaje, así que supongo que los asistentes de vuelo estaban a lo suyo.

      Estoy seguro de que alguno se percató de que iba descalzo y de que vestía un tanto raro con aquellos pantalones ciclistas y aquella camiseta, pero, como ya he dicho, era el final del viaje y supongo que todo el mundo tenía prisa por salir de allí e irse a casa cuanto antes.

      Con apenas cinco minutos de margen, salieron del avión cinco moscas impacientes y un chico con un buen susto en el cuerpo.

      Mis amigos se dirigieron directamente a los cuartos de baño para recuperar sus cuerpos humanos.

      Yo me senté en un asiento negro de plástico y, con la cabeza entre las manos, traté de que mis dedos dejaran de temblar.

      Al rato, Cassie se sentó a mi lado sin pronunciar palabra. Me rodeó con sus brazos y se limitó a abrazarme todo lo bien que podía desde aquella postura.

      Cerré los ojos y dejé que me abrazara. Empecé a encontrarme mejor y, aunque ya no me temblaban tanto las manos, por dentro seguía revuelto, como con ganas de vomitar. Pero aquello consiguió tranquilizarme; al menos dejé de temblar.

      – Ha sido horrible – comentó Cassie.

      – Sí, pero estoy bien. No es para tanto.

      – Ya, claro – asintió Cassie al tiempo que me soltaba -. Jake, tú también puedes pasar miedo. Es normal, y no pasa nada.

      – De verdad, pero si estoy bien – insistí. Me puse en pie, pero mis rodillas cedieron y tuve que ayudarme del brazo del asiento para incorporarme más despacio.

      Rachel había ido al banco a sacar dinero porque necesitábamos algo de ropa. Al parecer, puedes enviar dinero llamando al servicio de correos, y para recogerlo basta facilitar un código. Rachel se encargó de realizar la gestión e ir a comprar algo que se pareciera a unas zapatillas de deporte en una de las tiendas del aeropuerto. Ahora ya sabéis en qué nos gastamos la paga.

      Tobias y Ax tardaron un poco más en salir del cuarto de baño. Ambos tenían que llevar a cabo una metamorfosis doble para obtener la forma humana.

      – ¿Estás bien, Jake? – me preguntó Marco.

      – Mucho mejor que hace un rato – contesté con una sonrisa bobalicona -. Prefiero que mis tripas estén en su sitio a tenerlas desperdigadas por ahí.

      – Tienes razón, las tripas no deben ver la luz del sol – corroboró Tobias.

      – Bien, ha sido muy emocionante, pero ahora estamos aquí – declaré enérgico -. Tenemos cosas que hacer y cuanto antes acabemos mejor. Marco, ¿cuál es el plan?

      – Vamos en autobús hasta el centro. Allí es donde está el edificio de Web Access America. Nos colamos, entramos en el sistema, conseguimos la información que nos interesa, volvemos al aeropuerto y tomamos un avión de vuelta a casa.

      – Se suponía que ésta era la parte fácil y segura del plan: un simple vuelo en avión – comentó Rachel -. Esperemos que las oficinas de la dichosa empresa no sean tan peligrosas como el maldito avión.

      – Eh, volaremos con otra compañía y punto – añadió Marco -. Elegiremos una que no le haga ascos a las moscas.

      Intenté sonreír pero creo que no me salió muy bien. No había pensado en la vuelta todavía, aunque si algo tenía claro era que no volvería con forma de mosca.

      Subimos al autobús y no tardamos en llegar al centro, en donde le preguntamos a una monja cómo llegar a las oficinas de Web Access America y, para nuestra sorpresa, sabía dónde estaban. De hecho, estábamos a un paso.

      Como teníamos hambre, paramos en Taco Bell; un par de tacos o burritos era todo lo que nos podíamos permitir. Ax se volvió loco con la comida y no dejaba de engullir sobres de salsa picante. Fue muy divertido y, por primera vez desde el accidente, me reí con ganas. Aunque no duró mucho, porque el encargado nos echó de allí.

      – ¡Largaos de aquí y no volváis más! Y a ése, ¡compradle un bote de tabasco!

      – ¿Qué es tabasco? ¿A qué sabe? – preguntó Ax cuando salíamos de Taco Bell con nuestras bolsas llenas de burritos y tacos.

      – Probablemente te vuelva loco, Ax – dijo Rachel.

      El edificio de Web Access America era de tamaño mediano; tenía unos veinte pisos de altura y un aspecto poco moderno. Nos habíamos detenido en la entrada para decidir cuál iba a ser el paso siguiente, cuando se paró justo delante del edificio un autobús del que descendió un grupo de ancianos.

      Una persona sonriente salió del edificio en cuestión y saludó con un apretón de manos al líder del grupo.

      – Esto se llama ser puntuales. Si están listos, podemos empezar la visita.

      Intercambiamos una mirada.

      – ¿Organizan visitas? – se sorprendió Tobias.

      – Eso parece, así que no creo que haya problemas si nos unimos a ellos.

      Nos pusimos detrás de ellos. A nadie pareció molestarle. Siempre tengo la impresión de que los chicos son completamente invisibles para los ancianos, a no ser que sean sus nietos o que estén haciendo algo malo.

      Nuestra conducta fue ejemplar y, sobre todo, no armamos ruido, así que nadie protestó.

      – Como estoy seguro de que ya saben, Web Access America es el mayor servicio on-line de Estados Unidos, con unos nueve millones de suscriptores – explicó el guía.

      – Qué fácil, ¿no? – me susurró Marco al oído.

      – No cantes victoria antes de tiempo. Todavía no hemos llegado – observé.

      – A continuación les mostraré nuestro “centro de control”. Desde aquí controlamos el flujo y reflujo del tráfico por todo el sistema.

      – Más fácil que quitarle un caramelo a un niño – comentó Marco sonriendo.

      Tomamos el ascensor y cruzamos un pasillo decorado con retratos de señores que supuse serían los dueños de Web Access America. Sólo reconocí a uno de ellos. El guía se detuvo ante el enorme cuadro con el marco dorado.

      – Y éste es nuestro fundador, Joe Bob Fenestre. Después veremos un breve documental sobre la fascinante vida del señor Fenestre.

      Marco levantó las manos e hizo un gesto de reverencia con la cabeza, como si estuviera rezando ante Joe Bob Fenestre. Rachel le tiró de la camiseta.

      – Eh, la idea es no llamar la atención, genio.

      – Lo siento – replicó fingiendo que se secaba una lágrima -, pero se trata de Joe Bob Fenestre. Es él, el gran Fenestre, al que tanto admiro. Mi sueño es llegar a ser como él.

      – No sabía que te interesaran tanto los ordenadores, Marco – observó Cassie -. Sabía lo de tu pasión por los juegos, pero…

      – No tiene nada que ver con los ordenadores – aclaró Marco, haciendo un gesto negativo con la mano -. No me podían interesar menos.

      Marco movió la cabeza como si Cassie hubiera dicho una completa estupidez y se dio la vuelta.

      Cassie me miró.

      – Joe Bob Fenestre es el hombre más rico del mundo después de no sé quién – aclaré -. Y es esa faceta la que le interesa a Marco, nada que ver con los ordenadores. Oye, ¿Marco?

      – ¿Qué?

      – ¿En cuanto está valorada la fortuna de Fenestre?

      – En nada más y nada menos que veinticinco mil millones de dólares. Alucinante.

      – ¿Son muchos dólares? – preguntó Ax.

      – Con eso, Ax, podrías comprarte todo el tabasco del mundo y te sobraría todavía para comprarte un país entero para ti solito.

      Doblamos una esquina y allí, la otro lado del cristal, estaba el centro de control. Parecía el control de tierra de la NASA: tan sólo se veían hileras e hileras de hombres y mujeres sentados ante una pantalla de ordenador.

      Nos entretuvimos un rato para separarnos del grupo y hablar en privado.

      – Bueno, ahí lo tenemos – dije -. ¿Cómo vamos a entrar?

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

10:

      – ¿Cómo? – inquirió Rachel -. ¿No querréis entrar ahí a plena luz del día? Hay un montón de gente. Habrá que hacerlo por la noche, ¿no?, como siempre.

      Eché un vistazo a los alrededores. El grupo no se entretuvo demasiado y empezaba a alejarse.

      Pronto notarían nuestra presencia; el flujo de gente saliendo y entrando al centro de control era continuo. Y resultaba imposible imaginarse un animal que pudiera colarse en la sala y manipular un teclado sin llamar la atención.

      Estaba confundido y a ninguno de los otros se les ocurría nada. Miré a Marco, que se encogió de hombros, y después miré a Rachel.

      – Podríamos tratar de distraerlos – sugirió Rachel -. Provocar un incendio y, entonces, cuando todos salgan corriendo del edificio…

      – Rachel, ésta es gente normal e inocente. Nada indica que sean controladores – señalé -. No podemos ir por ahí atemorizando y poniendo a todo el mundo en peligro.

      Asintió como si hubiera comprendido.

      De repente, me vino a la cabeza una idea.

      – ¡Ya está! Gente normal e inocente, ésa será nuestra siguiente transformación.

      – ¿Qué?

      – Adquirimos el ADN de algunos de los trabajadores, nos transformamos y así entramos sin problema. – Pero me daba en la nariz que acababa de decir una barbaridad.

      – Eso es una barbaridad – opinó Cassie horrorizada.

      – A mí me parece una idea brillante – elogió Marco -, probablemente no muy ética pero genial.

      – Los humanos son los animales originarios de este particular entorno – observó Ax.

      – Nos gusta pensar que somos más que simples animales – matizó Rachel.

      – ¿Por qué?

      – No lo sé – contestó Rachel encogiéndose de hombros -, el caso es que es así. O, como mínimo, somos los mejores animales.

      – ¿Los mejores? – repitió Ax -. ¿Cómo defines “mejores”?

      – Nosotros, a diferencia de los animales, somos capaces de crear espectáculos televisivos – explicó Marco -. En cualquier caso, ¿por qué tanto rollo con eso? Mirad a Ax. Él ha adquirido nuestro ADN para transformarse en humano. ¿Qué diferencia hay?

      – Pues que tiene nuestro consentimiento – respondió Cassie.

      – ¿A quién le importa? El caso es que funcione – añadió Rachel.

      – ¿En qué nos distinguimos de los yeerks, entonces? – Para sorpresa de todos, la pregunta venía de Marco. ¿Estaba tomando las dos posiciones o había cambiado de opinión?

      – Nosotros no controlamos sus mentes – señaló Rachel -. Sólo utilizamos su ADN, como con cualquier otro animal.

      Todos me miraron, como si a mí me tocara decidir sobre una importante cuestión moral allí mismo, en aquel pasillo.

      ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Estábamos en guerra, ¿no?

      ¿Qué problema había si hacíamos algo que no nos gustaba mucho?

      – La única razón de nuestra lucha – dije moviendo la cabeza de un lado a otro – es la liberación de las personas. Si nosotros mismos violamos ese principio y empezamos a utilizar el ADN de la gente sin permiso, puede que no seamos tan horribles como los yeerks, pero vamos en la misma dirección. Debemos buscar otro camino.

      Cassie me miró como si verdaderamente se sintiera orgullosa de mí, y estuve a punto de ponerme rojo como un tomate.

      – Y entonces, ¿cómo lo vamos a hacer, oh valiente líder? – preguntó Rachel.

      – Los distraemos, pero nada de fuegos ni historias peligrosas. Haremos que miren algo tan fascinante, extraño e imposible de ignorar que no se percatarán de lo que está sucediendo detrás de ellos. Ax y Marco son los expertos en ordenadores, así que ellos son los que entran. Ax como humano, y Marco tal y como es.

      – Es decir, un proyecto de humano – añadió Rachel y se echó a reír.

      – Muy bueno, muy bueno – elogió Marco -. Y muy rápido, también.

      – Gracias.

      – Ax y Marco – continué tras exhalar un suspiro – entran en la sala. El resto inventamos algo que atraiga su atención de tal forma que no puedan apartar la vista durante un rato, y después salimos de allí pitando.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 11:

      Nos ocultamos en el interior del armario del conserje para prepararnos. Ax y Marco bajaron las escaleras y se dirigieron hacia la entrada del centro de control.

      <¿Todos listos?>, pregunté.

      <Sí. Sólo quiero decir que hemos perdido la dignidad>, protestó Rachel.

      <¿Tienes la fregona?>

      <Sí, sí tengo la fregona>, contestó Rachel de mala gana.

      <Cassie, ¿lista?>

      <Sí, pero no podemos perder estas zapatillas. No nos queda más dinero.>

      Habíamos unido nuestras zapatillas de deporte por los cordones y las llevábamos colgando del cuello. Todos excepto Tobias, claro. Le había prometido que se las recogería más tarde.

      <¿Todos listos? – pregunté -. Muy bien, vamos allá.>

      <Sí, pero hay un pequeño problemilla – observó Rachel -. ¿Quién va a abrir la puerta del armario?>

      Rachel se había transformado en un enorme oso pardo de unos dos metros de altura, con unas garras como un rastrillo de hierro y un pelaje lanudo y áspero.

      Yo me había convertido en tigre. Nadie se atrevería a acercarse a aquellos animales. Queríamos llamar la atención, pero no que se aproximaran a nosotros.

      Tobias había recuperado su forma habitual de ave rapaz. Y Cassie se había transformado en el peor animal de todos, la mofeta.

      A ninguno se nos había ocurrido pensar en cómo íbamos a abrir la puerta, si no teníamos manos.

      <Rachel, ¿y si la abres a tu manera?>

      <¡Será un placer!>

      Se retiró hacia atrás, y con un pequeño impulso, se lanzó contra la puerta, golpeándola con uno de sus gigantescos hombros. ¡BRRRUUUMMMM!

      <Bien, ahora ya está abierta.>

      Salimos de allí con toda tranquilidad y nos dirigimos hacia la ventana de cristal que daba al centro de control. Los trabajadores estaban muy concentrados y no levantaban los ojos de la pantalla del ordenador.

      <Vaya, no se enteran – se quejó Tobias, subido en la cabeza de Rachel -. Ni siquiera nos han visto.>

      <Eso lo arreglo yo en un minuto>, dije.

      El rugido de un tigre se oye a kilómetros a la redonda, sin exagerar. Sinceramente, es un ruido que no te gustaría oír a no ser que entre tú y el animal se interpongan unas gruesas barras de hierro. Es un sonido estridente que pone los pelos de punta a cualquiera. He visto a hombres valientes temblar de miedo y agitarse como un flan ante un rugido de tal calibre.

      Tomé aliento y exclamé:

      – ¡GGGGRRROOOOAAAAARRRRR!

      <Ahora sí que han levantado la cabeza>, informó Tobias.

      Cincuenta o sesenta pares de ojos observaban incrédulos el espectáculo del otro lado del cristal. Aquello era tan increíble que no podían apartar la vista. La poderosa y terrorífica Rachel fregaba tranquilamente el suelo, moviendo la fregona como una profesional.

      Yo la ayudaba sosteniendo el cubo entre los dientes.

      Tobias revoloteaba por encima, chillando como si se hubiera vuelto loco.

      Nadie notó entrar a Marco y Ax por la parte de atrás e instalarse delante de una pantalla. Ni siquiera necesitaron la clave de acceso. La persona que trabajaba allí se había dejado el ordenador encendido; ahora nos observaba estupefacta, con los ojos abiertos como platos.

      Gracias a mi agudo oído, capté los comentarios.

      – ¿Eso es un oso?

      – Sí.

      – ¿Está fregando el suelo?

      – Ajá.

      – ¿Nos hemos vuelto locos?

      – Yo no. Es el oso el que se ha vuelto loco. Está fregando la moqueta.

      – ¿Porqué lleva zapatillas de deporte alrededor del cuello?

      Algunos chillaron, otros echaron a correr. La mayoría se limitó a observarnos boquiabiertos mientras nosotros montábamos el número y nos divertíamos.

      <Marco acaba de guiñar un ojo – informó Tobias -. Eso es buena señal.>

      <Dos minutos más y salimos de aquí antes de que reaccionen y llamen a seguridad>, indiqué.

      <Demasiado tarde – añadió Cassie -. ¡Ya vienen! ¡Dos tipos con pistolas!>

      <Vaya. Muy bien, habrá que asustarlos un poco.>

      Dos hombres con un uniforme gris aparecieron por una de las esquinas. Habían sacado las pistolas. Ni siquiera vieron a Cassie. Miraban horrorizados y confundidos la escena de un ratonero, un oso y un tigre tratando de fregar un suelo enmoquetado.

      Deposité el cubo en el suelo.

      – ¡GGGGRRRRRRROOOOAAAAARRRRRR!

      A uno de los hombres se le cayó el arma de las manos, se volvió y echó a correr gritando como un poseso.

      El otro estaba temblando pero aguantó el tipo.

      – ¡Fuu-ee-ra de a-a-quí, animales! ¡No podéis estar aquí!

      <Hay que reconocer que tiene valor – comentó Rachel -. Sabe de sobra que con una pistola no puede hacer mucho.>

      <Bueno, a mí sí que me puede hacer pupa – añadió Tobias -. Yo soy un simple pajarillo.>

      – ¡No me forcéis a disparar!

      <Muy bien, Cassie – dije -. Odio tener que hacerlo, pero sácalo de aquí antes de que se ponga a disparar.>

      Cassie se volvió hasta darle la espalda al guardia, levantó su rabo negro y blanco, miró por encima del hombro y movió la punta de la cola.

      Si alguna vez veis a una mofeta comportarse así, echad a correr, marchaos lo más lejos posible, sin mirar atrás. El guardia no lo sabía.

      <¡Fuego!>, di la orden a Cassie, que la ejecutó de inmediato.

      El guardia, que se había enfrentado a un oso pardo y a un tigre que lo hubieran despedazado en un minuto y convertido en hamburguesa, no aguantó más. Nadie, absolutamente nadie tiene el valor suficiente para seguir impasible tras haber sido rociado por una mofeta.

      – ¡Aaaaaaaaaarrrrrrrgggggggggghhhh! – soltó el arma y salió corriendo.

      <Muy bien, y ahora, ¡larguémonos de aquí!>, exclamé.

      <No ha estado nada mal, ¿no?>, añadió Rachel.

      Echamos a correr, con nuestras zapatillas baratas al cuello, hasta que localizamos un ascensor. Tobias revoloteó hasta alcanzar los botones y con el pico pulsó uno de ellos. Mientras esperábamos a que llegara el ascensor, la gente empezaba a atreverse a salir de la sala. Un rugido colectivo le hizo retroceder de inmediato.

      La puerta del ascensor se abrió y en su interior subían un director y un mensajero que decidieron apearse cuando vieron lo que allí entraba.

      Rachel pulsó el botón que nos llevaría al vestíbulo y, cuando llegamos abajo, el ascensor sólo contenía a cuatro muchachos vestidos con ropas deportivas ajustadas y zapatillas de deporte.

      En aquel momento entró una tropa de policías de uniforme negro y armados hasta los dientes. Marco y Ax ya habían bajado y permanecían en una esquina observando embobados el espectáculo.

      – Chicos, ¿habéis visto un oso? – preguntó uno de los policías.

      – Sí, claro ¡Y qué más! – se rió Rachel -, un oso.

      Alcanzamos a Marco y Ax y salimos a la calle. Solté un suspiro de alivio.

      – ¿Cómo ha ido? – pregunté.

      – No ha habido ningún problema, príncipe Jake – respondió Ax.

      – Sí, ningún problema – repitió Marco, que parecía, sin embargo, preocupado. Como si estuviera descompuesto o algo así.

      – Ya, y entonces ¿a qué viene esa cara?

      – Ah, nada importante – contestó encogiéndose de hombros -. Una vez que entramos en el sistema el resto fue coser y cantar. Y como nos sobró tiempo, y ya que estábamos ahí, decidí averiguar la identidad de un par de nombres electrónicos con los que me comunico.

      – Nada que ver con lo que nos trajo aquí, vaya – comentó Tobias.

      – Hay una chica que se hace llamar PrtyGirl802 y que me manda unos mensajes que… bueno, pues que le gusto y esas cosas.

      – Así que has averiguado quién es, ¿verdad? – preguntó Cassie -. Cómo te pasas. Qué mal.

      – Pues sí, tú lo has dicho, muy mal, porque resulta que mi novia de internet tiene nada más y nada menos que setenta y tres años y está jubilada. Era empleada de correos.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 12:

      Tuvimos que memorizar la lista de nombres que habíamos obtenido porque no la pudimos anotar ni imprimir. La mayoría de ellos nos eran completamente nuevos, no los habíamos oído nunca antes, así que no nos decía nada. Sólo uno de ellos nos llamó la atención, Joe Bob Fenestre o “Fitey777”, el propietario multimillonario de Web Access America.

      – No me lo creo – declaró Marco -. ¿Un tipo así gastando su tiempo en foros en internet? Venga, hombre. Si yo fuera él, me pasaría el día derrochando el dinero, contrataría a Michael Jordan para que me enseñara a mejorar mis triples y…

      – Marco, tú ni siquiera llegas a la canasta – puntualicé.

      – … contrataría al casting femenino de Los vigilantes de la playa para que me hicieran friegas de aceite solar por todo el cuerpo musculoso.

      – Primero tendrías que comprarte los músculos, ¿no? – añadió Rachel -. No sabía que se pudiera hacer eso.

      – Con miles y miles de millones en los bolsillos se puede comprar todo – continuó Marco -, hasta la felicidad, eso asumiendo que tu idea de la felicidad es poseer un jet privado, top models y tu propia pizzería Papa John´s en el sótano.

      – Yo que tú donaría el cerebro a la ciencia cuando me muriera – añadió Rachel -. Tal vez con los microscopios logren verlo, si es que tienes.

      No pude evitar soltar una carcajada, y Marco me miró con una ceja arqueada como si le hubiera traicionado.

      – Lo siento – repliqué encogiéndome de hombros -, pero ha sido muy bueno.

      Tomamos el autobús para volver al aeropuerto. Estábamos contentos porque todo había salido bien y habíamos conseguido nuestro objetivo. Sin embargo, yo no podía dejar de pensar en la vuelta a casa y en el hecho de que tendría que transformarme de nuevo en mosca, cosa que me horrorizaba. Pero ¿qué otra alternativa me quedaba?

      Sentía auténtico pavor, sí, así de sencillo. Estaba casi muerto de miedo, pero mi mayor preocupación era que los demás lo notasen. Qué estupidez, ¿no?

      Al entrar en el aeropuerto empecé a temblar. No sé si se percataron. Yo no me veía temblar físicamente, pero lo sentía. Habéis tenido fiebre alguna vez, ¿verdad? Pues así me sentía. Me entraban unos escalofríos que me comprimían los músculos del estómago y sólo deseaba hacerme un ovillo y meterme debajo de veinte mantas.

      Los otros charlaban como si nada y, para que no se notara demasiado, yo añadía una palabra de vez en cuando o sonreía. Pero estaba sudando, y me tenía que secar el sudor de la frente con la manga hasta que ésta se empapó de tal manera que parecía que la hubiese metido de lleno debajo del grifo.

      – Podríamos utilizar otro animal para colarnos en el avión – sugirió Cassie como quien no quiere la cosa.

      Vaya, entonces se notaba, o al menos Cassie se había dado cuenta y me estaba echando un cable para evitarme el trago que me supondría reconocer que estaba muerto de miedo.

      – ¿Por qué? – preguntó Ax.

      – No sé – respondió Cassie dejando entrever una ligera tensión en la forma en que apretaba la boca -. Podría ser divertido probar una forma diferente.

      – Pues yo creo que no es momento de juegos – replicó Rachel -. Ahora que tenemos la experiencia anterior, ¿vamos a cambiar de forma? ¿No habíamos quedado en que era la mejor transformación para este caso? El hecho de que Jake se haya llevado un susto no significa que sea una mala idea.

      Fin de la conversación. Cassie no podía continuar sin que se notase a la legua que me estaba protegiendo, y yo no lo iba a permitir.

      – Lo de volver como moscas me parece bien – añadí con la mayor naturalidad posible -. Es sin duda la mejor forma de hacerlo.

      Creo que Cassie se quedó un poco decepcionada.

      – Oye, Jake – dijo Cassie fingiendo normalidad -, invítame a un bollo. Tengo hambre. Vosotros, seguid que ahora os pillamos.

      – Qué disimulada – comenté -. Ya no queda dinero.

      – ¿Se puede saber qué te pasa? – me preguntó Cassie moviendo la cabeza de un lado a otro -. No tienes que hacerlo. No tienes que demostrar ante nadie lo valiente que eres.

      – No me pasa nada, en serio. Gracias, no le des más importancia, ¿vale?

      – Jake, puede que hayas engañado a los otros, pero a mí no. Tienes miedo, y es lo más normal del mundo después de lo que te ha pasado. No veo a qué viene tanta historia.

      Intenté marcharme pero me sentí mal, así que me volví para mirarla.

      – Viene a que se supone que soy el líder del grupo.

      – Claro, y eso implica que no puedas ser humano, ¿no?

      – Efectivamente, no puedo ser un humano de carne y hueso.

      Cassie se echó a reír como si no supiera si hablaba en serio o bromeaba.

      – Nadie espera que seas Superman. ¿Crees que los demás te van a perder el respeto por admitir que tienes miedo?

      – No es cuestión de respeto, ni siquiera de sentir miedo, sino de enfrentarse a él para que no te domine.

      – Si fuera un miedo irracional lo entendería – corroboró Cassie -, pero tú cuentas con una razón de peso, y es que has estado a punto de morir.

      – No – repliqué moviendo la cabeza en sentido negativo -. Sueles tener razón, pero esta vez creo que te equivocas. Verás, si me rindo al miedo los demás harán lo mismo cuando se vean en una situación peligrosa y, créeme, siempre se encuentran razones para estar asustado. En menos que canta un gallo, estaríamos todos paralizados por el miedo y seríamos incapaces de seguir adelante.

      – ¿Verdad que nunca nos transformamos en hormigas porque a todos nos dan miedo, en especial a Marco? – señaló Cassie -. Jamás se nos ocurre lo de las termitas por lo que me pasó a mí. ¿Por qué esta diferencia contigo?

      – La diferencia está en que habéis decidido que yo sea el líder – expliqué -. Ésa es la diferencia. Un líder es seguramente igual de débil, cobarde e indeciso que cualquiera, pero no puede demostrarlo. Todo el mundo dice que quiere que los líderes sean como ellos, pero yo no me lo creo. Lo que de verdad quiere la gente es que los líderes se comporten como ellos desearían ser. A Marco, Rachel, Tobias y Ax no les gustaría que yo fuera permisivo con el miedo, sino que les ayudara a superarlo.

      Cassie se me quedó mirando fijamente tanto tiempo que tuve que apartar la vista porque empezaba a sentirme incómodo.

      – No te hicimos ningún favor al proclamarte líder, ¿verdad? – preguntó Cassie.

      – Hay otra cosa que un líder no puede hacer – contesté con una sonrisa fría -, y es quejarse de serlo.

      – Sin embargo, escogimos a la persona perfecta – concluyó Cassie.

      Reemprendí la marcha, pero mi amiga me agarró de un brazo.

      – Mira, quizá tengas razón, pero apuesto a que hasta los generales, los presidentes o lo que sea tienen amigos a los que pueden contar la verdad, gente que nunca perdería la confianza en ellos, pasara lo que pasase.

      En aquel momento, me entraron unas ganas enormes de romper a llorar y de abrazar a Cassie, pero, como os podéis imaginar, no hice ninguna de las dos cosas.

      – Vamos – dije -. Nos están esperando.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 13:

      La vuelta a casa transcurrió sin incidentes. Conseguí que no me aplastaran y me sentí bien por haber superado el miedo. Por lo menos, eso era lo que me decía a mí mismo como consuelo. En realidad uno nunca acaba de superar el miedo del todo. El miedo cava un agujero como el óxido en el parachoques de un coche. Por mucha masilla y tierra que le pongas para allanar la superficie y por mucho que lo pintes para que no se vea, nunca queda como cuando era nuevo.

       Cuando llegué a casa me encontraba exhausto. Mi hermano estaba en la cocina hablando por teléfono y, al mismo tiempo, untaba una galleta con mantequilla de cacahuete. Cuando me oyó entrar, cambió el tono de voz.

       En otra época habría pensado que estaba hablando con una chica, pero por entonces estaba casi seguro de que hablaba con un controlador.

       Fui directo a saquear la nevera: pollo a la barbacoa y puré de patatas. Lo puse todo en un plato y lo metí en el microondas.

       – Te tengo que dejar – dijo Tom al teléfono y colgó.

       – ¿Qué hay? – le pregunté.

       – No mucho – contestó y salió de la cocina.

       Me subí la comida a mi habitación, encendí el ordenador y cuando iba a empezar a investigar, me paré un momento y permanecí en la silla masticando la comida y mirando fijamente a la pantalla negra con la mente en otra parte.

       ¿Qué significaba que Joe Bob Fenestre fuera “Fitey777”? A juzgar por el foro al que asistimos, Fitey777 era un claro enemigo de los yeerks, no como el tal YrkH8r, que parecía ser un controlador.

       Allí había gato encerrado. No podía ser tan sencillo. Joe Bob Fenestre, dueño del mayor servicio on-line del país, tenía acceso a toda la información de Web Access America, así que probablemente conocería la identidad de todas las otras personas del foro. Incluso sabría quién había publicado la página web.

       Una de dos, o Fenestre había descubierto la existencia de la invasión yeerk al disponer de libre acceso a todo tipo de información, o bien los yeerks se dieron cuenta de lo importante que era Fenestre y lo habían convertido en un controlador, cosa que no sería de extrañar.

       Con lo cual estábamos como al principio. ¿Era Fenestre un enemigo verdadero de los yeerks?, o ¿era un controlador que utilizaba la página web como instrumento para descubrir a los enemigos de los yeerks?

       Debíamos averiguarlo. Iría a casa de Marco para que éste buscara todos los artículos que hablaran de la casa de Joe Bob Fenestre, quien al parecer no vivía muy lejos y todos los días se desplazaba en su jet privado a las oficinas de Web Access America.

       Estaba tan cansado que habría podido dormir una semana entera, pero no quería desperdiciar el fin de semana, los días de diario no tenía tiempo para nada. Al día siguiente era ya domingo y eso significaba que se acababa el fin de semana.

       Bajé las escaleras. Mis padres acababan de entrar con bolsas de algún centro comercial. Habían ido de tiendas.

       – Hola, Jake – saludó mi padre.

       – Cariño, quedan más bolsas en el coche – dijo mi madre.

       Fui a por las bolsas.

       – Me voy – les dije.

       – Pero ¿no has estado fuera todo el día? – me preguntó mi madre lanzándome una mirada desaprobadora.

       – Pues sí – contesté encogiéndome de hombros.

       – ¿Sería muy doloroso si te quedaras a cenar con tu familia?

       – ¿Es la hora de cenar?

       – Lo será en cuanto prepare el salmón que compré ayer – respondió -. Te encantó la última vez que lo hice. Lo compré para ti.

       Me sentí fatal y culpable.

       – Vaya – sonreí -, haberlo dicho antes. Marco puede esperar. Me quedo.

       Si no es absolutamente necesario, preferimos no hablar por teléfono. Es muy fácil pinchar una línea, y además no me fío de Tom. Podría escuchar nuestras conversaciones. Así que no llamé ni a Marco ni a Rachel. Investigaría por mi cuenta. Si íbamos a colarnos en la enorme casa del tal Fenestre, debíamos saber qué nos aguardaba.

       Empecé a hacer los deberes mientras mi madre preparaba la cena. Al rato mi padre gritó por las escaleras que en la tele iban a poner aquel combate que ya habían retransmitido por la televisión de pago. Bajé al salón con los deberes y me puse a hacerlos allí con un ojo pendiente de la tele.

       Poco después cenamos, los cuatro fantásticos como en los viejos tiempos.

       Mi padre empezó a hablar de una historia muy larga y aburrida del trabajo. Mi madre nos preguntó a Tom y a mí por el colegio. Luego mi padre recordó que había olvidado mencionar una parte importante de la historia, por lo que volvió a aburrirnos con el tema. Mi madre dijo que esperaba que nos gustara la ropa que nos había comprado en no sé qué centro comercial, y por supuesto Tom y yo soltamos la bromita de siempre, “¿qué marca? ¿Ni-su-padre-la-conoce?”.

       Todo parecía de lo más normal. Tom, mis padres con las manos entrelazadas como si fuera su primera cita, y yo.

       Después del pescado con arroz y guisantes, pasamos al postre, tiramisú, un postre italiano empapado en no sé qué tipo de licor.

       Quería creer que todo aquello era real, porque era eso lo que precisamente tratábamos de salvar. La razón de nuestra lucha y de todos los peligros a los que nos exponíamos era proteger momentos aburridos e insulsos como aquellos.

       Me acordé del episodio del avión y de aquella vez en que estuvimos a punto de liberar a Tom, cuando bajamos al estanque de los yeerks. Sólo pensarlo me ponía de mal humor. Lo que quiere la gente es que la dejen en paz. Les gusta comer, aburrir a los demás con historias nefastas o bien contar los mismos chistes una y otra vez.

       Claro que siempre aparece el que piensa que la vida aburrida y monótona de cada día no es suficiente. Y entonces empiezan las muertes. En esta lucha los grandes protagonistas son los yeerks, pero ha habido un sinfín de guerras que ha enfrentado a los humanos.

       ¿Es que no se dan cuenta de que lo importante en esta vida es estar con la gente que quieres, vivir en paz, aprender, trabajar, contar historias aburridas y chistes malos? ¿Qué esperan conseguir que sea mejor que todo eso?

       – Estás muy callado, Jake – dijo mi madre -. ¿En qué piensas?

       – Pensaba en lo bien que se está en casa – sonreí -. Deberíamos cenar juntos más a menudo. – Miré a Tom -. Me gusta. Espero que no nos ocurra nunca nada y que siempre estemos juntos.

       El yeerk que Tom llevaba en el cerebro buscó en los recuerdos de mi hermano. Aquella sabandija abría sus recuerdos y los leía como si fuera un libro. Manipulaba a su antojo los hilos de la mente de Tom como un violinista toca las cuerdas de su instrumento para que salgan notas perfectas.

       El yeerk encontró la respuesta que Tom hubiera dado. La transmitió a sus ojos e hizo que mi hermano dibujara una sonrisa cínica. Abrió la boca de Tom y le puso las palabras que habría dicho mi hermano, de ser capaz.

       – Mamá, me parece que a Jake le está haciendo efecto el licor del tiramisú.

       Me eché a reír como tocaba, pero al mismo tiempo pensaba:

       “Llegará el día, yeerk, en que conseguiré que salgas de la cabeza de mi hermano y te destruiré por todo lo que has hecho a mi familia.”

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs

Capítulo 14:

      Mientras yo pasaba toda la tarde con mi familia, Marco había realizado indagaciones por su cuenta. Con el programa protegido contra piratas que Ax había escrito, entró de nuevo al foro. Marco nos lo explicaba de camino al bosque que limita con la granja de Cassie.

       Allí Tobias y Ax no necesitaban cambiar de forma.

       – Estaban más o menos los mismos – nos explicaba Marco -. Algunos de los nombres eran nuevos, pero allí estaban GoVikes, YrkH8er, Chazz, CKDsweet, YeerKiller, Carlito, MegMom y Gump8293. El tal Gump continuaba hablando de su padre, y me da la sensación de que está a punto de hablar con él sobre el tema.

       – Debemos impedirlo – apremió Cassie.

       – Gump es un chaval de sólo nueve años – le recordé -. Vive cerca. Meg, Chazz y CKDsweet son de fuera, algunos viven muy lejos. Con lo que nos queda GoVikes…

       – …un idiota – apuntó Rachel.

       – …YrkH8er, Gump, Chazz y, cómo no, Fitey777 – terminé.

       <YrkH8er es un controlador, ¿verdad? – preguntó Tobias -. O, al menos, se comporta como si lo fuera, como un controlador fingiendo que es enemigo de los yeerks.>

       Tobias se había posado sobre una rama a unos tres metros de altura por encima de nuestras cabezas, sus garras clavadas con firmeza en la madera.

       Cassie movía la cabeza como si no estuviera muy convencida.

       – YrkH8er es un tal Edward Cheltingham. ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta? Pero ¿sabéis una cosa? Esta mañana busqué el nombre en la guía telefónica y no aparece. Sólo hay dos Cheltingham, y son mujeres.

       – ¿Y qué? Su número de teléfono no aparece en la guía, eso es todo – replicó Rachel.

       – Quizá, pero quién sabe, tal vez Edward Cheltingham sea tan falso como YrkH8er – observó Cassie -. ¿Acaso no es posible conseguir un carné de identidad falso y una tarjeta de crédito con un nombre cualquiera y abrir una cuenta con Web Access America?

       Aquello no se le podía ocurrir a nadie más que a Cassie.

       – Vaya – exclamó Rachel -. Estupendo, todavía más difícil. Así que este tipo puede ser cualquiera.

       – Tenemos una dirección – recordó Cassie -. Siempre podemos ir a echar un vistazo. – Después, me miró y añadió -: También tenemos la dirección de Gump.

       – Gump no importa – objetó Marco -. Es Fenestre el que está en medio de todo esto. Es él el protagonista. Si averiguamos quién demonios es, averiguaremos el resto.

       – Tal vez – replicó Cassie -, pero Gump necesita ayuda ahora mismo, y de Fenestre nos podemos ocupar más tarde.

       – Mira, Cassie – prosiguió Marco -, es domingo. Fenestre nos va a llevar algo de tiempo, es decir, un domingo entero. Podemos ir a ver qué pasa con Gump cualquier día después de clase, el lunes o el martes.

       – Ya, pero tal vez el lunes sea demasiado tarde. ¿Y si el niño decide hablar con su padre hoy y su padre es un controlador? Se acabó Gump para siempre. Seguro que desaparece, y lo que es más, probablemente se convierta en el hogar de algún yeerk de poca monta.

       Marco y Cassie me miraron. Se suponía que yo tenía que decidir cuál iba a ser nuestra prioridad: rescatar a un niño de nueve años o planear un ataque a la mansión de Fenestre.

       – Marco – pregunté con la vista puesta en el suelo -, ¿por casualidad has hecho alguna indagación sobre la casa de Fenestre?

       – No, creí que tú te ibas a encargar de eso.

       – Me fue imposible. Cosas de familia.

       – Al parecer, la mansión cuenta con mecanismos de alta seguridad – informó Marco -, controlados por ordenadores y todo eso. Pero para nosotros no debería representar ningún problema. La seguridad está diseñada contra los humanos, no contra los animales.

       Asentí. Ojalá estuviera en lo cierto. No sabía por qué, pero había algo que me daba mala espina. Por otra parte, Marco tenía razón: Fenestre estaba en medio de todo aquello.

       – Cassie, mañana después de clase, lo primero que haremos es ir a casa de Gump.

       Mi amiga asintió, pero no pudo esconder un gesto de decepción.

       – Espero que no sea demasiado tarde – dijo Cassie.

       – Sí, yo también. Bueno, vamos allá. – Me froté las manos, le hice un guiño de confianza a Rachel y puse cara de velocidad -. Adelante, vamos a ver cómo viven los multimillonarios.

       Tenía la impresión de estar cometiendo un error, pero no sabía por qué, y un líder no puede pararse a consultar el horóscopo ni a tomarse el pulso. Un líder debe dirigir. Así que tomé la decisión sin más.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

15:

      Yo creía haber visto cientos de casas grandes hasta que divisé la mansión de Joe Bob Fenestre, el fundador de Web Access America y multimillonario.

       Desde el aire parece un campus universitario o un centro comercial. Había una docena de edificios individuales. Dos casas para invitados, que hacían dos veces la mía. Una piscina con vestidores y un bar que llegaba hasta el borde de la piscina, que había sido diseñada con la forma del logotipo de la empresa. Un cobertizo para embarcaciones en la margen del río donde se distinguía un barco. Un establo lo bastante grande para alojar una docena de caballos. Un edificio que parecía un observatorio. Un invernadero con lechugas y otros cultivos, además de naranjos. Un garaje inmenso con capacidad para treinta o cuarenta coches. Un edificio de seguridad con guardias armados escoltaba la entrada a la casa. Y al fondo, sobre una colina, rodeada por una basta extensión de césped en la que se podrían celebrar perfectamente los mundiales de fútbol, se distinguía la casa.

       <Este tipo sabe cómo vivir – comentó Marco satisfecho -. Algún día ése seré yo.>

       <¿Quién? ¿Aquel que está cortando el césped?>, preguntó Rachel.

       <¿Qué creéis que hay en el garaje? – preguntó Tobias -. ¿Ferraris, Porsches, Jaguars?>

       <Desde luego lo que no tendrá son furgonetas ni coches familiares – contestó Marco -. Seguro que algún Rolls Royce.>

       Sobrevolábamos los dominios de Fenestre a unos cuatrocientos metros de altura. Tobias era él mismo. Ax se había convertido en aguilucho, Rachel en águila de cabeza blanca y Cassie y Marco en águilas pescadoras. Yo había adoptado una de mis formas preferidas, la de halcón, una de las criaturas más rápidas que existen, capaz de distinguir una pulga en el lomo de un perro a unos treinta metros de distancia.

       Las dudas sobre esta misión casi se habían disipado. Me sentía fenomenal; siempre que vuelo se me pasan todos los males. Cuando te encuentras flotando en una columna de aire caliente que te eleva hasta las nubes, con las alas extendidas y con el único ruido del viento golpeando tus plumas, lo cierto es que todo parece maravilloso. Es una sensación de libertad increíble.

       Pero al mismo tiempo no se me escapaba ningún detalle. Había tres alambradas, una rodeaba el perímetro del complejo, los bosques, los jardines, la piscina, las pistas de tenis, etc.; la segunda estaba a unos quince metros de la primera, y la tercera protegía la casa y el césped.

       <Este hombre es un poco paranoico, ¿no creéis? – comentó Rachel -. Fijaos en los puestos de observación en las esquinas de la casa. Hay vigilantes armados.>

       <No perdáis de vista los rottweilers – señaló Cassie – entre la alambrada exterior y la siguiente. Van en parejas y acompañados de un vigilante armado.>

       <El coronel Hogan jamás conseguiría salir de este sitio – dije. Marco y Tobias se echaron a reír, cosa que me encantó -. Bueno, ahora sabemos quién ve Los héroes de Hogan.>

       Cassie, con sus ojos de águila pescadora diseñados para ver peces debajo del agua, informó:

       <Veo una especie de alambrada bajo el agua. No la veo con claridad, pero hay una línea definida bajo el agua.>

       <¿Este hombre está en un grave peligro?>, preguntó Ax.

       <Qué va. Es una paranoia de los ricos>, contestó Marco.

       <Muy bien, y ¿cómo vamos a entrar? – pregunté -. ¿Alguien tiene alguna idea brillante?>

       <Podemos colarnos por alguna ventana abierta – sugirió Tobias -. He visto una en la parte trasera de la casa.>

       <¿Y después? – preguntó Cassie -. Necesitamos libertad de movimientos para inspeccionar la casa, buscar la oficina del señor Fenestre y oír lo que está pasando.>

       <Podíamos transformarnos de nuevo en moscas>, sugirió Marco.

       <O en hormigas>, añadió Cassie lanzándole una indirecta a Marco, quien había jurado que jamás volvería a convertirse en hormiga.

       De nuevo, me tocaba decidir.

       <De acuerdo, Tobias permanecerá fuera para informarnos de lo que ve a través de las ventanas. Los demás entramos por la ventana abierta, como ha sugerido Tobias, la mitad nos transformamos en moscas y el resto en cucarachas. Nos separamos y el primero que encuentre a Fenestre llama a los demás. ¿De acuerdo?>

       <¡Adelante!>, exclamó Rachel sacudiendo las alas y lanzándose hacia la ventana abierta.

       Descendió, con las alas y las garras plegadas y la cabeza alta apuntando al objetivo.

       Cassie se lanzó tras ella, después yo, seguido de Marco y Ax. Tobias aprovechó una corriente para elevarse hasta un punto desde el que se podía observar todo el complejo.

       Descendíamos como balas.

       Rachel se hinchó un poco para frenar, estiró las garras y entró por la ventana que…

       ¡TSAPPPPP!

       <¡Para, Cassie! ¡No sigas!>

       Cassie reaccionó a tiempo. Abrió las alas y dio un giro brusco a la derecha, evitando por los pelos la áspera pared de la mansión.

       <¡Rachel! – grité -. ¡Rachel!>

       Rachel estaba en el interior de la casa y no respondía. Con mi vista de halcón, pude distinguir una forma borrosa tirada en el suelo de una habitación.

       Rachel había perdido el conocimiento. O, al menos, eso quería creer.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

16:

      ¡Rachel estaba atrapada!

       <¡Alejaos! ¡Todo el mundo fuera! ¡Elevaos!>

       ¡BBBRRRRRRRRRRRIIIIIINNNNNNGGGGGGG!

       ¡ScriiiiiiiiIIIII! ¡ScriiiiiiiiIIIII! ¡ScriiiiiiiiIIIII! Sonaban alarmas y sirenas por todas partes. Voces de hombres gritando retumbaban por todo el complejo.

       Cassie consiguió superar la altura de la pared y, aprovechando su velocidad, se elevó. Marco, Ax y yo nos quedamos atascados en el aire muerto. Aleteé con fuerza y empecé a elevarme, pero no lo bastante rápido.

       – ¡Disparadles!

       – ¿A quién? ¿A los pájaros?

       – ¡Sí, a los pájaros! ¡Ésas son las órdenes!

       ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM!

       <Príncipe Jake – chilló Ax -. ¡Me han dado!>

       El aguilucho quedó suspendido en el aire durante un segundo y empezó a caer. ¿Podría alcanzarlo antes de que se estampara contra el suelo?

       <¡Aguanta, Ax-man! ¡Allá voy!>, gritó Tobias. Él era el único con altitud suficiente para lanzarse en una bajada suicida hacia el suelo.

       Ax había empezado a caer a unos nueve metros del suelo y Tobias se encontraba a unos quince metros. ¡Jamás lo conseguiría! Pero Tobias se lanzó a una velocidad asombrosa y alcanzó a Ax a menos de un metro del suelo.

       <¡Esto te va a doler!>, le advirtió Tobias y, acto seguido, le clavó las garras en el lomo y en el pecho, extendió las alas y se deslizó colina abajo a ras del suelo rozando el desastre.

       Cassie se apresuró a ayudar. Agarró una de las alas del herido y entre los dos pudieron sortear la primera alambrada, pero el cuerpo del andalita se les cayó entre las dos alambradas exteriores, en el dominio de los perros, que se acercaron a toda velocidad salivando y agitando la papada. Detrás de las fieras y más despacio avanzaba el guardia preparando la ametralladora.

       <¡Cassie! ¡Tobias! ¡Ahora o nunca!>, grité lanzándome en picado. Aunque intuía que los perros advertirían mi presencia, no me amedrenté. Iba directo a los ojos. Cuando estaba lo bastante cerca, saqué las garras.

       El perro más cercano me vio con el rabillo del ojo. Se volvió y lo ataqué. Sentí un mordisco en la punta de mi ala izquierda, pero por suerte sólo consiguió llevarse un puñado de plumas. Choqué contra el suelo y di vueltas de campana. El perro no se detuvo y vino a por mí. Aquella fiera me destrozaría en cuestión de segundos. No podía hacer nada.

       De repente, algo cayó del cielo por detrás de mí. ¡Un águila pescadora! Mi querido amigo Marco no se anduvo con chiquitas y le propinó al perro una sangrienta caricia en el cuello.

       ¡GRRROOORRR!, se quejó el animal.

       El perro se dio la vuelta y Marco levantó el vuelo. Mientras tanto, aleteé como un poseso para elevarme.

       Pero el otro perro no había perdido de vista a Tobias, Cassie y Ax. Tobias y Cassie hacían esfuerzos denodados para alzar el vuelo, arrastrando consigo el cuerpo hecho jirones del pobre Ax. Estuvieron a punto de conseguirlo, pero volvieron a caer al suelo, y el perro se les echó encima.

       <¡Salid de ahí! ¡Dejadlo!>, grité.

       <¡Ni hablar!>, exclamó Tobias.

       <¡Hacedme caso! ¡Os va a matar a los tres!>

       Tobias y Cassie soltaron el cuerpo de Ax y levantaron el vuelo. El perro se lanzó contra el cuerpo herido de Ax y lo sujetó con la mandíbula.

       – ¡Tranquilo! ¡Tranquilo, Aquiles! – ordenó el entrenador.

       El perro se quedó inmóvil, con el cuerpo del pájaro entre los dientes pero sin clavarlos hasta el fondo.

       <¿Ahora qué hacemos?>, preguntó Cassie.

       <¡Salgamos de aquí! ¡Vamos, moveos!>, ordené.

       Aproveché una brisa muy suave para elevarme y alejarme, mientras allá abajo cada vez más hombres armados y perros rodeaban a Ax.

       A través de la ventana aparentemente abierta de la casa, un grupo de hombres se apresuraba hacia el cuerpo de pájaro de Rachel.

       Dos de los nuestros habían sido atrapados, y yo era el responsable

      © 1998 K.A. Applegate

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      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #1

Capítulo 17:

      Aterrizamos sobre el tejado de un McDonald´s que encontramos a unos quinientos metros del lugar. Nos ocultamos detrás de las salidas del aire acondicionado y de los extractores de humos, en medio de la peste a grasa y las oleadas de calor.

       <¿Cuánto tiempo llevamos transformados?>, pregunté.

       <¡No lo sé! – gritó Marco -. ¿Cómo voy a saberlo?>

       <¡Podíamos haber sacado a Ax de allí!>, me acusó Tobias.

       <¡Dios mío, tienen a Rachel y a Ax! – lloriqueó Cassie -. ¡Hay que sacarlos de allí!>

       El pánico nos impedía pensar con claridad. Intenté tranquilizarme, pero con aquel ruido infernal de la salida de humos y aquel olor a hamburguesas, cebolla y ketchup me resultaba imposible.

       <Creo… creo que llevamos unos treinta minutos – informé -. Nos queda una hora y media.>

       <¿Para qué? – preguntó Tobias -. ¡Ese lugar es una fortaleza! Alambradas, perros y un campo de fuerza o algo por el estilo en las ventanas.>

       <Controladores – añadió Marco -. Fenestre es uno de ellos. Era una trampa, si no, ¿por qué disparar contra unos pájaros?>

       <Rachel y Ax deben recuperar sus formas naturales en menos de una hora y media o se quedarán atrapados para siempre – declaró Cassie -. Una hora y media, igual que nosotros. Si se transforman delante de los controladores… descubrirán que Rachel es humana, lo que significa que averiguarán que el resto también lo somos, excepto Ax, claro.>

       <Lo sé – asentí, pero eso no era lo peor -. Veréis, Rachel sabe que no debe transformarse delante de controladores, y, conociéndola, sé que es capaz de quedarse atrapada para siempre en ese cuerpo antes de revelar el secreto. Ella sabe que si los yeerks averiguan que somos humanos y no un puñado de andalitas renegados, como ellos piensan, tenemos los días contados.>

       <No creo que quedarse atrapado en el cuerpo de un águila sea lo peor que le espera a Rachel>, anunció Tobias.

       <Ah, sí, ¡ya te gustaría a ti! – soltó Marco con un sarcasmo hiriente -. Tal vez Rachel no quiera pasar el resto de su vida engullendo ratones y viviendo en árboles como tú.>

       <¡No me refería a eso! – devolvió Tobias -. Puede que esté muerta o demasiado herida como para salvarse.>

       <Ax estaba vivo, de eso estoy segura>, añadió Cassie un poco más calmada que los otros dos.

       <¿Qué clase de investigación sobre la mansión de ese lunático hiciste, Jake? ¿Acaso no salía nada de eso?>, me preguntó Marco.

       No respondí. Tenía que pensar con calma y no quedaba tiempo. Tobias y Marco no dejaban de pelearse. Cassie empezó a lloriquear, no cesaba de repetir que pronto irían a por sus padres, que una vez que tuvieran a Rachel, sería sólo una cuestión de tiempo.

       Debía pensar en un plan, pero tenía miedo de que acabara también en desastre. Primero Rachel… Ax… y, tal vez, el resto.

       <No sé qué hacer.> Sonó más bien a sollozo, no era mi intención pero me salió así.

       <¿Qué?>, dijo Tobias.

       <Tic-tac, tic-tac – añadió Marco enfadado -. Necesitamos un plan. Se nos acaba el tiempo.>

       <Pues no tengo un plan, ¿vale?>, grité.

       <¡No me vengas con esas! – protestó Marco a gritos -. ¡Tú nos has metido en ésta y nos vas a sacar!>

       <¡Dejadle en paz!>, saltó Cassie para defenderme.

       Pero las palabras de Marco habían sido como dardos envenenados directos al corazón, y la intervención de Cassie sólo hizo que empeoraran las cosas.

       Tenía sentimientos encontrados. Por una parte, me sentía tan acelerado como un coche de carreras cuyo motor está a punto de explotar. Y por otra me encontraba abatido por el terrible hecho de que Marco tenía razón. Había fallado a mis amigos.

       <Po… podríamos transformarnos en cucarachas – propuso Cassie -, colarnos en la mansión y…>

       <No nos daría tiempo – rechazó Marco -. Tendríamos que transformarnos lejos de la primera alambrada y subir toda la colina, cientos de metros. Además, los controladores estarán alerta ahora, y seguro que nos esperan.>

       <No>, dije de repente.

       <No, ¿el qué?>, preguntó Tobias.

       <No son controladores – aclaré con absoluta firmeza -. Siempre que nos hemos enfrentado a los yeerks, nos las hemos tenido que ver con hork-bajir, además de controladores. Allí no había ninguno, y todos llevaban armas normales. Y lo que es más, utilizaban perros, cosa que los yeerks jamás harían.>

       <¿Qué clase de humano daría órdenes de disparar contra los pájaros?>, preguntó Marco.

       <No lo sé, pero éstos son humanos sin más. El problema es que Rachel y Ax puede que no lo sepan. Hay que sacarlos de allí cuanto antes. No hay tiempo para andarse con remilgos.>

       <Aún así, poseen armas – señaló Cassie -. Puede que no tengas pistolas dragón ni cuenten con escuadrones de hork-bajir, pero tienen armas, alambradas y perros, y estoy segura de que las puertas son bien gruesas.>

       <Sí – asentí -, y nosotros no disponemos de la forma adecuada lo bastante rápida y fuerte para entrar en la casa sin que nos maten antes. Esperad un momento… Se me ha ocurrido una idea. ¿Estamos lejos de Los Jardines?>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

18:

      Volé tan rápido como mi cuerpo de halcón me lo permitía, y eso significaba que iba como una bala. El viento soplaba en mi contra. Mientras tanto, trataba de convencerme de que todo iba a salir bien porque de vuelta el viento soplaría en mi dirección. Pero cualquiera sabe, con el viento.

       Les pedí a Marco y a Cassie que se quedaran y vigilaran la zona, pero que no hicieran nada. No quería volver y encontrar que les habían capturado a ellos también.

       Pero ¿quién era yo para dar órdenes? Había conducido a mis amigos a una trampa, lo que podría haber evitado si hubiera hecho las indagaciones previas tal y como era mi deber; sin embargo, había preferido pasar toda la tarde perdiendo el tiempo con mi familia.

       Cassie había tenido razón desde el principio. Deberíamos habernos ocupado primero de Gump. Eso habría sido más fácil, pero me había empeñado en hacer el papelón de gran general y organizar una misión contra Fenestre sin preparación alguna.

       Tobias me acompañó a Los Jardines. Prefería estar solo, pero Tobias es cien veces más experto que ninguno de nosotros en el aire. Conocía a la perfección las nubes, los vientos y las corrientes térmicas, y eso me ayudaría a avanzar más deprisa.

       Contábamos con una hora y media. Para cuando llegáramos al zoo nos quedaría menos de una hora; si sumábamos la media hora de vuelta, disponía de tan sólo media hora para llevar a cabo lo que había venido a hacer, regresar a la mansión y rescatar a Rachel y Ax.

       No había tiempo que perder.

       <¿Me vas a decir a qué hemos venido?>, protestó Tobias.

       <Cuando estemos allá abajo>, contesté.

       Por debajo de nosotros se extendía un hábitat al aire libre con diferentes clases de hierba, un estanque lodoso, un canal de agua y cuatro formas gigantescas que parecían fugitivos de la época de los dinosaurios.

       <¿Rinocerontes?>, preguntó Tobias incrédulo.

       <Sí. Necesito un animal que pueda atravesar esas alambradas y las puertas, y que soporte unas cuantas balas si es preciso. ¿Se te ocurre algo mejor?>

       <No. ¿Cómo narices te vas a acercar lo suficiente para adquirir un bicho de esos?>

       <Hay dos de ellos al fondo del hábitat. No creo que la gente alcance a ver hasta allá.>

       <¿Te vas a meter sin más?>

       <No queda tiempo para otra cosa.>

       <Escucha, déjame que al menos los distraiga.>

       Vacilé unos segundos. Tobias esperaba mi aprobación. ¿Y si me volvía a equivocar?

       <Sí, de acuerdo. – Me parecía una buena idea -. Pero ten mucho cuidado. No te arriesgues, ¿me oyes? No quiero más bajas.>

       Tobias desapareció. Se lanzó en picado describiendo espirales en el aire. Yo me dirigí hacia el lomo de uno de los rinocerontes más grandes. Extendí las alas, estiré las garras y aterricé con suma suavidad.

       La enorme bestia apenas se inmutó, ni siquiera cuando mis garras se aferraron a su gruesa piel, ni cuando correteé por el lomo para recuperar el equilibrio. Pero, como ya sabéis, no se puede adquirir el ADN de un animal desde otro. Primero debía volver a mi forma natural, y eso iba a resultar un poco peliagudo.

       Dirigí la vista hacia la valla donde se apostaba la gente a observar a los rinocerontes. Con mi vista de halcón parecía que estaban muy cerca, tanto que era capaz de distinguir el color de sus ojos, o el botón flojo de la camisa de un tipo. Por suerte, los ojos humanos no ven ni la mitad.

       “No importa – me dije -. No hay tiempo para preocuparse. Manos a la obra.”

       Empecé a transformarme sobre el lomo del animal. Las plumas del halcón comenzaron a desdibujarse y sus formas geométricas a confundirse. Las uñas perdieron agresividad, se hicieron más gruesas y torpes al tiempo que me crecían unos dedos en las patas. Un ruido estridente procedente de mis entrañas anunciaba que los huesos humanos empezaban a sustituir los huesos huecos del pájaro.

       Mi peso aumentaba progresivamente y me preguntaba si lo notaría el rinoceronte y me tiraría al suelo para pisotearme. No había tiempo para pensar en esas cosas. ¿Y si alguien me viese? Tampoco podía preocuparme ahora de eso. Debía confiar en Tobias.

       Fue entonces cuando lo vi caer del cielo y arrebatarle a una niña su piruleta de algodón dulce rosado con la facilidad con la que levanta un ratón del suelo.

       Salió disparado hacia las nubes con la golosina de la niña, que no dejaba de gritar.

       La gente se quedó boquiabierta y estalló en carcajadas al tiempo que señalaban hacia Tobias, quien desplegó un espectáculo aéreo propio de un escuadrón de élite.

       Mientras todos estaban pendientes de Tobias, mi torpe forma humana emergía del cuerpo perfecto del halcón sobre el lomo de una bestia de unos mil kilos y con un cuerno de casi un metro de largo.

       En aquel momento, el rinoceronte se movió, pero por suerte sólo buscaba un pasto más verde.

       Continué con la metamorfosis y, entonces, el animal se percató.

       – ¡Ffmraha! – gruñó y se lanzó al trote. Todavía no me habían salido las manos, y como mis garras ya habían desaparecido me caí de bruces al suelo.

       “Venga, Jake, ¡transfórmate!”

       El rinoceronte se acercó y a su lado me sentí como una hormiga. Era como estar tumbado al lado de un camión. Parpadeó y bajó su imponente cuerno.

       Snif. Snif. Aquel cuerno me inspeccionó de arriba abajo a pocos centímetros de mi piel mientras yo rezaba para que no me embistiera. El nerviosismo del animal iba en aumento; no le gustaba nada lo que allí estaba pasando, cosa que no era de extrañar.

       Yo hubiera reaccionado igual de haber visto cómo un pájaro se convertía en un chico.

       Entonces me creció una de las manos. La estiré, sin haber recuperado todavía la visión y acaricié el cuerno, que rodeé con los dedos que me iban saliendo en aquel momento. Me concentré.

       Cuando adquieres un animal, éste entra en una especie de trance o al menos eso es lo que pasa en la mayoría de los casos. De no ser así, aquella bestia me pisotearía y me batearía con el cuerno a modo de pelota.

       Me concentré en el animal y enseguida noté cómo entraba a formar parte de mí.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Anim

Capítulo 19:

      Salimos de allí pitando. Yo estaba exhausto y Tobias también, pero no teníamos elección. El tiempo se acababa.

       La dirección del viento había cambiado. No soplaba en nuestra contra directamente, pero volábamos hacia el oeste y el viento soplaba fuerte del sur, así que teníamos que corregir continuamente nuestro curso.

       Marco y Cassie nos esperaban en los árboles que hay cruzando la carretera que pasa por la entrada principal de la casa de Fenestre. Les quedaba poco tiempo para que se cumpliera el límite de las metamorfosis, igual que a Rachel y a Ax.

       <¡Marco! ¡Cassie! – grité desde lo alto -. ¿Habéis visto algo?>

       <El paso del tiempo>, contestó Marco.

       <Sí hemos visto algo – añadió Cassie -. Benditos sean estos ojos. Menos mal que no utilizamos la forma de insecto para entrar allí. Hay veneno en cada puerta y dispositivos de algún tipo contra insectos en las ventanas. Eso es lo que debe haber derribado a Rachel. El tal Fenestre sufre graves problemas psicológicos.>

       <Se lo puede permitir – dijo Marco -. Bueno, ¿cómo vamos a sacar a Rachel y a Ax de allí?>

       <Voy a derribar las alambradas, echar abajo todas las puertas y llevarme por delante todo lo que se me interponga en mi camino>, declaré.

       <¡Fantástico! – se rió Marco dejando entrever un toque de cinismo -. Seguro que a Rachel le encanta la idea. ¿Cómo lo vas a hacer?>

       Me posé en la base del árbol.

       <Vosotros, preparaos. Espero que la casa del señor Fenestre tenga techos altos y pasillos amplios.>

       Empecé a transformarme rápidamente. Recuperé mi cuerpo humano durante unos segundos y me hice una imagen mental del rinoceronte.

       No os podéis hacer una idea de lo cansado que resulta cambiar de forma a aquella velocidad. Tienes la sensación de que tu cuerpo funciona a medio gas, pero en aquellos momentos no me podía permitir un momento de descanso.

       Primero cambió la piel. Del tono rosado de los humanos pasó a una especie de cuero de varios centímetros de grosor que parecía haber estado al sol unos diez años. Se extendió y adquirió consistencia por todo mi cuerpo todavía humano, sólo que era gigante y de color gris. Era como si llevara una armadura viviente.

       Mis piernas crecieron a lo ancho y se acortaron. Los dedos desaparecieron; sólo quedaron las uñas, que se endurecieron y aumentaron de tamaño. Perdí el equilibrio y me quedé a cuatro patas. Era una masa informe de color gris que, como el hierro fundido, hervía y cambiaba de forma continuamente.

       Noté que mis orejas se trasladaban a la parte superior de la cabeza y allí se alargaban y se curvaban para formar una especie de tubos abiertos.

       Lo último en cambiar fue el rostro. De repente, mi cara empezó a estirarse, parecía que no iba a parar nunca. Los huesos de la cabeza crecieron, se multiplicaron y se ensancharon. Tenía la sensación de que un grupo de ingenieros me hurgaba en la cabeza al tiempo que decían: “Necesitamos más soporte por aquí, más por allí, más sujeción, más fuerza.”

       ¡Mi cabeza se había hecho enorme!

       <Pero ¿qué demonios es eso?>, me preguntó Marco.

       Entonces, en la parte exterior de mi cabeza empezaron a crecer los cuernos. Uno, pequeño, y el otro el doble de grande. A pesar de mi pésima visión, vi cómo me salía el cuerno y cómo aumentaba de tamaño a lo largo y a lo ancho.

       <¡Hala! – exclamó Marco -. Así que era eso.>

       <¿Cuánto tiempo queda?>, pregunté.

       <Unos diez minutos más o menos>, contestó Tobias.

       En ese momento noté la mente del animal emerger bajo mi propia conciencia humana. Al contrario de lo que me esperaba, no era violento. De hecho, el instinto dominante era sencillamente de hambre. El rinoceronte quería pastar.

       Pero bajo esa conciencia plácida de herbívoro, había algo más. Más que agresividad, el animal se mostraba a la defensiva. No sentía miedo, sino más bien preocupación. El rinoceronte avanzaba con cautela, atento a cualquier muestra de amenaza procedente de otro de su especie.

       Con su visión turbia y casi inútil buscaba alguna forma que se pareciera a la suya. Movió las orejas y se volvió, pendiente de cualquier sonido que le recordase a otro rinoceronte. Olfateó el aire con su nariz de excelentes posibilidades.

       No había enemigos a la vista ni amenazas de ningún tipo. Tan sólo unos pájaros. El rinoceronte estaba tranquilo.

       Yo me encargaría de suministrarle un poco de agresividad; no me costaría demasiado, pues me sobraba mucha. Debía salvar a Rachel y Ax sin perder más tiempo.

       <Muy bien, vais a venir conmigo, pero hasta que yo haya acabado con todas las defensas, no avancéis, ¿de acuerdo? Vamos a ver de lo que es capaz este cuerno.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs

Capítulo 20:

      Aquella mole se movía con sorprendente facilidad. Me sentía como un gigante avanzando de puntillas.

       Salí de detrás de los árboles. Intuía que la entrada al complejo de Fenestre estaba al otro lado de la carretera, pero no alcanzaba a ver la puerta. No veía nada que estuviera a más de quince metros de distancia, y sólo si se movía. Además, primero tenía que mirar con un ojo y después con el otro porque estaban separados por la descomunal mandíbula, aquel hocico kilométrico y el gran cuerno. Era como si mis ojos estuvieran en habitaciones separadas.

       <Me vais a tener que guiar>, informé a mis amigos.

       <Vete un poco a la izquierda – indicó Marco -. Eso es. Ahora sigue recto.>

       Empecé a trotar y poco después a correr. Sentía la superficie dura del asfalto bajo mis pezuñas sorprendentemente sensibles.

       <¡Puerta!>, gritó Marco.

       Agaché la cabeza para colocar el cuerno en posición de ataque y aumenté la velocidad. La puerta era de barras metálicas, pero sólo las distinguí con claridad dos segundos antes de embestir.

       Más de mil kilos de rinoceronte golpearon el acero templado.

       ¡BUUUM! Noté el impacto en mi enorme y huesuda cabezota y en mi espalda. Fue como si me hubieran golpeado con un martillo en la cabeza y no me importara lo más mínimo. Sentí el trompazo, pero el cuerpo del animal estaba acostumbrado a los golpes. Había sido diseñado para ello.

       <¿Qué ha pasado con la puerta?>, pregunté porque apenas veía.

       <¿Qué puerta? – contestó Marco -. Muy bien, sigue recto, muévete un poco a la derecha, grandullón.>

       Me puse al trote moviendo con rapidez las cuatro columnas griegas que tenía por patas y pasando por encima de lo que había quedado de la puerta.

       ¡ScriiIIIIIIIIIT! ¡ScriiIIIIIIIIIT!

       <Pero este tío ¿tiene todas las alarmas del mercado o qué?>, exclamó Tobias.

       <Prepárate, alambrada número dos>, anunció Marco.

       No aminoré la marcha. Lo siguiente era una simple alambrada hecha de uniones de cadenas. Todo lo que sentí fue un tirón en el cuerno.

       <¿Dónde está alambrada?>, pregunté.

       <Acabas de atravesarla>, dijo Cassie.

       <Impresionante. Vamos a conseguirlo>, exclamó Marco.

       – ¡Gourrrourrrowrr! – oí gruñir a los perros y los olí con claridad.

       <¡Los perros!>, avisó Tobias.

       Vi dos formas oscuras y difusas acercarse a toda velocidad hacia mí. Creo que intentaron morderme, no estoy seguro, pero el caso es que noté una pequeña rascadura en un lado.

       – ¡Auu! ¡Auu! ¡Auu! ¡Auu! ¡Auu! ¡Auuuuuuu!

       <¿Y los perros?>, pregunté.

       <Ah, los perros se marchan – me informó Marco entre risas -, y con el rabo entre las piernas.>

       <Creo que me gusta este bicho – comenté -. ¿Qué viene ahora?>

       <La última alambrada y después la puerta.>

       <¡Cuidado! ¡Guardias! ¡Van a disparar!>

       – ¡Santo Dios! – oí que uno de ellos decía -. ¿Qué demonios es eso?

       – ¡Disparad!

       Capté sus movimientos. Era como ver una película vieja en blanco y negro en una televisión mala. Parecían sombras, fantasmas moviéndose por un fondo borroso, pero sus movimientos me servían de blanco.

       Me volví hacia ellos. El rinoceronte estaba furioso ante el posible peligro. Se sentía amenazado por aquellas sombras, y eso era un error.

       ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

       El hombre ha disparado a los rinocerontes desde el principio de los tiempos. Desgraciadamente, hay gente lo bastante estúpida para creer que el cuerno del rinoceronte es medicinal, y gente sin escrúpulos para asesinar sin remordimientos a una especie en extinción. Pero no basta una pistola para matar a una bestia de ese volumen; se necesita un rifle de mucha potencia y alto calibre, no una pistola con un puñado de perdigones.

       ¡BANG! ¡BANG! Sentí una punzada en la cara y otra en el lomo. Aquello me puso más furioso que nunca y me lancé contra el enemigo, cabeza gacha y cuerno en posición.

       – ¡Corred!

       Huyeron y yo salí corriendo tras ellos. En tres segundos alcancé al primero. Lo embestí con todas mis fuerzas, sentí el contacto de su cuerpo blando y suave, bajé la cabeza y… digamos que ése en concreto no se podrá volver a sentar en largo período de tiempo.

       El otro guardia había desaparecido. No importaba. Mi objetivo era otro.

       <¿Dónde está la puerta?>, les grité a mis amigos.

       <Izquierda… bien, ahora a la derecha… vale, ahora… pero ¿estás ciego o qué? Izquierda, derecha, vale. ¡Adelante!>

       Embestí.

       ¡BUAMMMM! Parecía que hubiese chocado contra un camión. Retrocedí y volví a embestir.

       ¡BUAMMMM! ¡Craac!

       <¡Esta puerta sí que está dura!>, exclamé.

       <Hum, Jake, no era la puerta. Era la pared. ¿Te encuentras bien?>, preguntó Cassie.

       <Sí, estoy bien. Un empujón más y estaré dentro.>

       Retrocedí y volví a embestir. Sentí que algo me rozaba el lomo y después noté aire fresco.

       <Estamos dentro, ¿verdad?>, pregunté.

       <Sí – contestó Tobias tenso -, y se nos ha acabado el tiempo.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #16: La A

21:

      Estaba seguro de que era una casa preciosa, pero no veía nada. Con mi escasa visión sólo alcanzaba a ver paredes y puertas. Al menos en algo había acertado y era que los pasillos eran amplios, lo suficiente para que yo barriera el lugar como… bueno, como un rinoceronte.

       Y los techos eran lo bastante altos para que Tobias, Cassie y Marco pudieran volar con facilidad e inspeccionar hasta el último rincón de la casa en busca de Ax y Rachel. Contaban con una visión superior a la de cualquier humano y un oído capaz de captar a una ardilla eructar a una distancia de un campo de fútbol.

       Yo les ayudaba a abrir las puertas.

       <Jake, abre esta puerta>, decía Marco y yo obedecía al momento. Me volvía hacia la puerta indicada, agachaba la cabeza y la reducía a astillas en un abrir y cerrar de ojos.

       ¡Crrrr-UNCH-Bang!

       <Le estamos destrozando la casa a este hombre – dijo Cassie -. Espero que después de todo sea un controlador.>

       <Estoy seguro de que se puede permitir arreglar las puertas>, matizó Marco.

       <Ésa no es la cuestión ahora – replicó Cassie -. Jake, ¿puedes abrir esta puerta?>

       ¡Crrrr-UNCH-Bang!

       <Nada – protestó Tobias -. ¡Nada, nada y nada! No están por ningún sitio y por lo menos habrá más de cien habitaciones.>

       <Tobias tiene razón. No hay tiempo>, añadió Cassie.

       <Lo estamos haciendo mal – declaré -. No podemos seguir buscando habitación por habitación. Tardaríamos horas. Vamos a ver, ¿cómo podemos encontrar a Rachel y Ax? ¿Dónde pueden estar?>

       <En el sitio menos pensado – masculló Marco -. O como mínimo… ¡un momento! Estén donde estén, tendrán vigilancia por todas partes.>

       <¡Claro! – exclamé -. Tenemos que barrer la mansión hasta que demos con una sala donde haya vigilancia.>

       <Yo iré a la planta superior>, informó Tobias, y desapareció escaleras arriba.

       Yo avancé hacia un amplio salón de estar y, por mucho que intentara no destrozar el mobiliario, me resultaba casi imposible por mi volumen y porque apenas veía donde pisaba. Así que allá donde iba se producía una serenata de madera resquebrajándose y vajillas de cristal y cerámica haciéndose añicos.

       <¡Aquí arriba!>, gritó Tobias.

       Acto seguido, se oyeron unos disparos.

       <¡Tobias!>

       <¡Estoy bien! Aquí arriba hay una zona vigilada por dos guardias armados. ¡Subid!>

       Cuando me iba a dar la vuelta para dirigirme hacia las escaleras, Marco gritó:

       <¡Cuidado! Tenemos a un grupo de hombres por detrás. Pero ¿cuántos guardias tiene contratados este lunático? Jake, para llegar a las escaleras hay que pasar por encima de estos hombres.>

       <¡Estos tipos de aquí me están persiguiendo!>, gritó Tobias desde el piso de arriba.

       Me volví y con el impulso tiré un sofá.

       <¿Voy bien?>

       <¡No! ¡Más a la izquierda!>

       Obedecí la indicación y me llevé por delante una mesita de té. Arremetía contra todo lo que se interponía en mi camino que, la mayoría de las veces, no sabía si eran guardias, lámparas de pie o estanterías, excepto cuando se movían. Entonces se me aclaraba un poco la vista y olía a humano.

       Bajé la cabeza y embestí.

       ¡BANG! ¡BANG! Me dispararon unos perdigones que, por suerte, no pasaron de mi capa de piel más externa.

       De repente, sentí una punzada en mi hombro derecho. ¡Me habían alcanzado! Y, acto seguido, noté un impacto en el hueso de mi cara.

       Aquello me puso furioso. Ataqué al tipo que me había disparado. Agaché la cabeza, lo embestí y lo mandé volando hacia atrás.

       – ¡Aaaahhhhhhhhhhh!

       El otro hombre se retiró para cargar su pistola. Me moví y lo lancé contra la pared. Sin un minuto que perder, salí al pasillo y me dirigí hacia las escaleras.

       Estaba sangrando y el lateral derecho lo notaba debilitado. La pata derecha delantera se movía con lentitud. La bala que me habían disparado a la cabeza debía de haber rebotado y, aunque notaba esa parte resentida, no tenía nada que ver con la pesadez que sentía en el hombro.

       Llegué a las escaleras y, al intentar subirlas de un tirón, me di cuenta de que los rinocerontes no están hechos para subir escaleras. No era capaz de levantar las patas lo suficiente para alcanzar el escalón siguiente. Mi peso y mi ímpetu eran más de lo que podía soportar la escalera de madera, que empezó a crujir.

       ¡BANG! ¡BANG!

       <¡Tobias! ¿Qué ocurre ahí arriba?>

       <Estoy volando en círculos y los tengo como locos persiguiéndome y disparando a tontas y a locas. ¡Están destrozando la casa!>

       <No puedo subir las escaleras. ¡Necesitamos refuerzos! ¡Marco! ¡Cassie! ¡Transformaos! Tobias, ¡aguanta! ¡Mantenlos así todo el tiempo que puedas!>

       De nuevo me invadió el sentimiento de culpa. ¿Y si Tobias moría por mi culpa? Sólo era un pájaro y se encontraba atrapado en una casa con dos tipos armados persiguiéndole.

       Empecé a transformarme lo más rápido que pude y, entonces, se me ocurrió probar a comunicarme con Rachel y Ax, mientras disponía del poder telepático.

       <¡Rachel! ¡Ax! ¿Me oís? ¡Rachel! ¡Ax!>

       <… unh… soy yo, Aximili>, alcanzó a decir Ax a duras penas.

       Sonaba un tanto confuso, lo cual no me sorprendía lo más mínimo.

       <¡Ax! ¡Transfórmate! ¡Se ha acabado el tiempo!>

       <Pero hay humanos vigilándome, príncipe Jake.>

       <¡No importa! – decidí -. ¡Haz lo que te digo! ¡Transfórmate! ¡Vamos para allá! ¿Qué…>

       Se interrumpió la telepatía puesto que ya era más humano que rinoceronte.

       <Sí, príncipe Ja…>, Ax enmudeció.

       Empecé a encoger. Mi piel de armadura se convirtió en la tierna piel humana. Mi rostro volvió a adoptar su forma aplanada y delicada, pero mis patas eran todavía incapaces de subir los escalones. Arriba seguían oyéndose los disparos, y lo más triste de todo era que me alegraba. Si seguían disparando significaba que Tobias seguía vivo.

       Marco y Cassie ya habían empezado el proceso de metamorfosis. En aquellos momentos eran un amasijo de plumas de casi un metro de alto; el pico se iba retrayendo y su piel humana comenzaba a salir.

       Las cosas no podían ir peor. Un paso en falso y Tobias sería pasto de las balas. Ax probablemente se estuviera transformando delante de personas que podrían ser controladores. Y nadie sabía dónde estaba Rachel, ni siquiera si estaba consciente y con capacidad para recuperar su cuerpo. Puede que incluso estuviera muerta. Y para completar el cuadro, nosotros tres habíamos recuperado nuestras formas humanas y con ello nos volvíamos vulnerables y débiles ante el enemigo.

       Y yo por dentro me martirizaba. No podía dejar de pensar que aquélla no tenía que haber sido una misión peligrosa para empezar, y que ahora estábamos metidos en un buen lío como nunca lo habíamos estado antes y del que quizá no saldríamos con vida.

       – ¡Vencha! – grité desvirtuando los sonidos al no tener formada la boca del todo -. ¡No queda chiempo!

       Empecé a subir las escaleras arrastrando como podía mis piernas no del todo formadas. Las articulaciones no estaban listas todavía; no me habían salido los dedos de los pies y los tobillos no eran flexibles. Pero no quedaba tiempo y debía subir como fuera aquellas malditas escaleras con la esperanza de que aquello no fuera nuestra sentencia de muerte.

       © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #

22:

      Cuando llegué a lo alto de las escaleras se había completado la transformación, pero, como os podéis imaginar, si vas a enfrentarte a guardias armados la forma de humano no es la que más te conviene.

       Mientras corría contemplé horrorizado cómo me salía una cosa del hombro del tamaño de la yema de un dedo, aplastada y del color del barro. Era la bala que había ido a parar al hombro. Por suerte para mí, al transformarme en un cuerpo más pequeño, no había traspasado mi piel.

       La bala se cayó a la alfombra.

       De repente, nos pasó un pájaro a toda velocidad, rozando las paredes con las alas y perdiendo unas cuantas plumas por el camino.

       <¿Os habéis vuelto locos? ¿Qué hacéis transformados en humanos?>, preguntó Tobias.

       – ¿Todavía te persiguen?

       <Sí, pero los he despistado temporalmente. La habitación en cuestión está al final del pasillo. Allí encontraréis una sala enorme que debéis cruzar para llegar a la puerta, flanqueada por una pareja de vigilantes. Acabo de venir de allí, y no se han movido de su sitio.>

       – ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Marco.

       Os juro que estuve a punto de pegarle un puñetazo. El próximo que me preguntara lo mismo…

       – Hay que transformarse. Modalidad combate. Tobias, intenta ponerte en contacto con Rachel y Ax a través de la telepatía. Dile a Rachel que se transforme ya, esté donde esté. Dile que lo ordeno yo y que no hay más que hablar. Dile a Ax que…

       <Vienen mis hombres – interrumpió Tobias -. ¡Meteos en esa habitación! Está abierta. ¡Yo los despistaré!>

       Marco, Cassie y yo nos apelotonamos en la habitación, desde donde oíamos el ruido de pasos urgentes y pesados.

       – ¿Dónde estará ese pájaro loco?

       – Lo que yo no entiendo es por qué perseguimos a ese pajarraco y destrozamos la casa a tiros.

       – Porque no queremos perder el empleo, ¿verdad? – contestó el primer hombre.

       Cuando pasaron de largo, yo ya me había convertido en tigre. El rinoceronte viene fenomenal cuando quieres arrollar todo lo que pisas, pero necesitaba visión, oído y reflejos, además de fuerza bruta. Y no hay nada mejor que un tigre para causar destrozos a punta pala.

       Cassie se había transformado en lobo y Marco, en gorila, como era habitual en las luchas.

       <¡Rachel! – grité en cuanto recuperé la capacidad de comunicarme por telepatía -. ¡Rachel! Si me oyes, ¡transfórmate! ¡Transfórmate ahora mismo! – A continuación me dirigí a Marco y Cassie -: ¡Venga! ¡Vamos allá!>

       Marco abrió la puerta con sus dedos parecidos al de un humano y echamos a correr por el pasillo. Llegamos a la sala que, sin exagerar, era tan grande como una cancha de baloncesto, y localizamos la puerta, donde dos tipos con cara de susto nos apuntaban con un arma.

       Uno llevaba una pistola y el otro una metralleta pequeña. Nos separaba de ellos una distancia de nueve metros. Durante un momento, nadie se movió.

       Calculaba que podía cubrir nueve metros en dos segundos, pero también preveía que al de la metralleta le habría dado tiempo a vaciarme diez cargadores y matarme. Si fallaba, la fuerza de mi salto, y también mi desesperación por defenderme, acabarían con la vida del tipo.

       Era el momento de negociar.

       <Escuchad, vosotros dos…>

       Se me quedaron mirando como si se hubieran vuelto locos. Sabían que la voz que oían en sus cabezas procedía del tigre, pero jamás se habían imaginado una conversación con un animal, y menos estar cara a cara con un grupo de ellos, que además parecían furiosos.

       <Sí, os habla el tigre. No es el momento de preguntarse cómo y por qué. Escuchad con atención: no quiero haceros daño, pero debo entrar en esa habitación. Aunque me disparéis, no seréis lo bastante rápidos para evitar que caiga sobre vosotros. ¿Veis esta garra? – Levanté una de ellas, del tamaño de una sartén, y saqué las implacables garras amarillas -. Con esta garra, os puedo arrancar de cuajo la cabeza y mandarla rodando por los suelos como si fuera una pelota. Bien, no sé cuánto os pagan por este trabajo…>

       – No lo suficiente – respondió el hombre de la metralleta -. No me puedo creer que esté hablando con animales, pero lo entiendo a la perfección.

       – No nos pagan bien para nada – corroboró su compañero -. Tiraremos las armas y nos dejará marchar, ¿de acuerdo?

       <De acuerdo. ¿Cassie? No los pierdas de vista.>

       Cassie empleó sus agudos sentidos de lobo en los hombres. De haber maquinado algo extraño, Cassie lo hubiera olido antes de que intentaran nada.

       <Marco, abre la puerta, por favor.>

       Marco balanceó sus enormes brazos de gorila para propinar un golpe definitivo a la puerta.

       <Marco, ¿y si pruebas con el mango primero?>

       <Oh.>

       Abrió la puerta. Y de un salto me colé en el interior.

      © 1998 K.A. Applegate

23:

      Recorrí la habitación oscura pero, gracias a los ojos del tigre, veía con perfecta claridad, como si estuviese iluminada por las potentes luces de un estadio.

       En lugar de techo había una especie de cielo, de un color verdoso en su mayoría con unos fuertes latigazos que amenazaban tormenta. En el suelo cubierto de tierra crecían unas cuantas plantas. En el centro de la habitación se distinguía un estanque de unos cuatro metros de diámetro, poco profundo, que contenía un líquido del color y una consistencia del acero fundido.

       Al lado del estanque había dos jaulas. Ax estaba en una de ellas, medio aguilucho medio andalita, pero inmóvil por completo. Ni siquiera respiraba. Parecía una estatua fantasmagórica de plumas grises, con una cola de escorpión, garras y rostro sin boca.

       En la otra jaula estaba Rachel en forma de águila de cabeza blanca.

       Mi oído y mi vista excelentes no captaban el latido de su corazón ni el movimiento de su pecho al respirar.

       Me dio un vuelco el corazón. Estaban muertos. Los dos. Había llegado tarde.

       También había un hombre cuyo rostro reconocí de inmediato. Era Joe Bob Fenestre, el segundo hombre más rico del planeta, fundador de Web Access America.

       Y enseguida reconocí lo que sostenía en la mano: una pistola dragón, pero no me apuntaba a mí sino a Ax.

       “Jake, te has vuelto a equivocar. Este hombre era un controlador. Tenía que serlo por fuerza.”

       Marco y Cassie entraron poco después seguidos de Tobias, pero Fenestre sólo me miraba a mí.

       – Vaya – dijo -, después de todo mis verdugos no serán los yeerks sino los andalitas. Supongo que hay algo digno en ello.

       <Suelta a mis amigos>, dije tajante.

       – Llévatelos – replicó encogiéndose de hombros -. No me importa. Yo no me dedico a matar andalitas.

       <¿Ah, no? – repliqué -. Pues yo diría que mis amigos están muertos.>

       – Tonterías – contestó frunciendo el entrecejo -. ¿Es que no reconoces la biostasia? Están congelados en el tiempo, eso es todo. Yo pensaba que los andalitas estabais muy avanzados tecnológicamente.

       Me empezó a latir el corazón a toda velocidad. ¿Qué demonios sería eso de la biostasia?

       <Sácalos de ese estado>, ordené.

       – ¿O qué? – se burló -. ¿Me vas a matar? Lo harías de cualquier forma.

       Mi respiración era entrecortada y mi mente iba a mil por hora. ¿A qué clase de juego jugaba este hombre? ¿Cómo podía ganarle?

       <¿Por qué te iba a querer matar?>

       – Soy un yeerk – me respondió -, un controlador, aunque mi portador y yo nos entendemos muy bien. Gracias a mí, él es ahora rico. Yo le escribí su famoso navegador de web. Hemos sido socios durante todos estos años.

       <Los yeerks no tienen socios>, atajé.

       Se echó a reír.

       – No – añadió muy despacio -, tienes razón. – Y acto seguido me lanzó una mirada penetrante y sagaz -. ¿Quién os ha enviado? ¿Os habéis puesto de acuerdo con mi hermano?

       <¿Tu hermano?>

       – Sois andalitas – añadió armándose de paciencia -, eso está claro. Nadie más cuenta con el asombroso poder de la metamorfosis. Pero hay una cosa que no entiendo: ¿por qué los andalitas iban a correr tanto peligro para matarme a mí de entre todos los yeerks?

       Aquello acabó por complicar las cosas. No comprendía nada de lo que estaba pasando. Vacilé unos segundos.

       <Todo esto es muy extraño>, me comentó Marco en privado.

       <Este tipo se siente acorralado – informó Cassie -. Cree que ha llegado su hora. Lo veo en sus ojos. Debemos averiguar más cosas.>

       Deambulé por la habitación. Los tigres se cansan si permanecen parados mucho tiempo. ¿Debería aprovechar la oportunidad? ¿Y si le contaba una parte de la verdad?

       <Te localizamos en una página web, en la que habla de los yeerks.>

       – Sí – asintió -, pero ¿por qué habéis venido a…? – De repente se le iluminó la cara -. ¡Claro! Habéis venido a buscar aliados. No estabais seguros, ¿verdad? Pensabais que era verdad y que los humanos estaban formando una resistencia contra la invasión yeerk al planeta. Habéis venido para ver si yo estaba de vuestra parte o en contra.

       Entonces se echó a reír, pero de aquella forma malévola en que alguna gente se ríe cuando nada tiene gracia.

       – ¿Queréis saber quién soy y lo que soy, andalitas?

       No respondí. Esperé a que siguiera hablando.

       – Mi nombre es Esplin-Nueve-Cuatro-Doble-Seis. Fijaos en el “Doble-Seis”. ¿Sabéis lo que quiere decir?

       <No.>

       – Una designación “doble” significa que tengo un hermano gemelo, que de la misma larva nacieron dos yeerks. Cuando esto sucede, uno se lleva la gloria y el otro queda reducido a la nada, mi caso. Mi hermano, en cambio, es el que siempre se ha llevado la gloria. A él le han concedido las mejores misiones, los mejores portadores, el rango y el poder, y a mí sólo me han dado lo que yo me he ganado – explicó, recalcando la última palabra con el puño cerrado.

       »Hay casos en los que los hermanos pueden compartir y hasta convertirse en aliados, pero no con mi hermano. Él es malvado y egoísta. No me ha dejado nada. Me asignó a un portador humano de ninguna importancia, Joe Bob Fenestre, un humilde programador que trabajaba en las entrañas de una compañía telefónica.

       »Pero yo no estaba dispuesto a conformarme con eso. Quería más, y si no podía tenerlo como yeerk, lo tendría como humano. Llegué a un acuerdo con mi portador; somos de la misma calaña, dos pobres diablos a la sombra de nuestros superiores. Utilicé el conocimiento técnico de los yeerks para hacer de Fenestre un hombre rico y de peso, creé Web Access America y me convertí en la mayor fuente de información sobre los humanos. Yo era conocedor de secretos que mi hermano jamás podría imaginar.

       <Has entrado en los foros y has leído el correo electrónico de otros, ¿verdad?>

       – Veo que conoces terminología informática de los humanos – dijo.

       Tragué saliva. Había metido la pata al sonar como un humano. Debía arreglarlo.

       <Nosotros los andalitas estamos muy buscados en este planeta y nos hemos visto obligados a aprender muchas cosas para sobrevivir.>

       Pareció quedarse satisfecho.

       – Llegué a convertirme en un miembro de un valor incalculable. Yo solito me convertí en un humano muy poderoso conocedor de una vasta información. Por supuesto, mi hermanito no lo podía soportar y me declaró traidor. Me cortó el suministro de kandrona. De haber sido por él, ahora estaría muerto. Mi gran crimen fue llegar a ser tan importante como él; sólo por eso merecía la muerte.

       Joe Bob Fenestre me taladró con la mirada y un escalofrío me recorrió la espalda. En aquel momento supe quién era su hermano gemelo. No podía ser otro.

       <Oh, Dios mío>, exclamó Cassie, que también se había percatado.

       – Sí, sólo uno de los dos gemelos puede ser importante – dijo Fenestre con amargura -. Sólo uno de nosotros podía ser el poderoso Visser Tres.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

24:

      La primera vez que vimos a Visser Tres fue minutos después de toparnos con Elfangor, el príncipe andalita.

       Visser Tres hizo aparición y mató al indefenso Elfangor. Desde entonces nos hemos enfrentado a él muchas veces. Es el único yeerk del universo que ha adquirido un cuerpo andalita, tiempo atrás en otra guerra y en otro planeta, y por ello cuenta con la capacidad de la metamorfosis de los andalitas. Por suerte para nosotros, es el único yeerk que dispone de este poder.

       Entonces comprendí por qué su hermano, el yeerk que vivía en la cabeza de Fenestre, había instruido a sus hombres para que dispararan contra cualquier animal que vieran: cualquiera podría resultar ser su hermano Visser Tres transformado.

       – Sospecho, por vuestro silencio, que conocéis a mi hermano – adivinó Fenestre.

       <Hemos luchado contra él>, aclaré sin más.

       – Pero seguís vivos. No muchos pueden decir lo mismo. Os presento mis respetos.

       <¿Cómo puedes sobrevivir sin el acceso al estanque yeerk? Veo que te has creado una réplica en esta habitación, pero seguro que no has podido crear tu propia kandrona que emita los rayos kandrona tan vitales para ti.>

       – Vaya, vaya – asintió Fenestre -. Así que sabéis distinguir un estanque yeerk cuando lo veis, y habéis oído hablar de la kandrona. – Se encogió de hombros -. He encontrado una forma para subsistir sin la kandrona. Pero eso no importa. Lo que quiero saber es qué va a pasar ahora.

       <Está mintiendo – informó Cassie inmediatamente -, o al menos no está diciendo toda la verdad. No quiere hablar de la kandrona.>

       Hice un gesto afirmativo con mi cabeza de tigre, que supongo debió de parecer extraño. Imaginaos un gato enorme haciendo gestos humanos.

       <Tu hermano debe de saber dónde estás y podría matarte en cualquier momento. Podría hacerlo estando en órbita si quisiera y de este sitio sólo quedarían las ruinas.>

       – No, llamaría demasiado la atención y se arriesgaría a que algún humano idiota lo grabase con una cámara.

       <¿Y si te envía un ejército de hork-bajir? Arremeterían contra tus guardias igual que hemos hecho nosotros. Si quisiera matarte, ya lo habría hecho y, sin embargo, estás vivo, ¿por qué?>

       – Muy listos – añadió Fenestre con una sonrisa glacial -, sois muy listos, andalitas. Con vuestros ordenadores y magníficas naves cúpula, os creéis los señores del universo, ¿verdad? Nos hemos extendido de planeta en planeta y, a pesar de vuestra continua retirada, vuestra arrogancia es tan inmensa que jamás os paráis a pensar que tal vez no seáis todo lo inteligentes que creéis.

       <Cassie tiene razón – corroboró Marco -. Se está yendo por las ramas para evadir el tema.>

       <Sí, lo sé – le respondí a mis amigos, y a continuación me dirigí a Fenestre -: Si quieres seguir con vida, contesta a las preguntas que te hago. Si me dices la verdad, vivirás, pero si mientes…> Dejé la amenaza colgando en el aire.

       – Supongo… – Fenestre me miró con dureza unos minutos -, supongo que no tengo más remedio que confiar en el honor de los andalitas – añadió en tono de burla -. De acuerdo. Mi hermano no me ha matado porque cuento con información que él quiere y necesita. No me quiere muerto, sino en la sala de torturas de la nave espada. Veréis, he encontrado una forma de sobrevivir sin tener que recurrir a la kandrona y sé que mi hermano daría cualquier cosa por saber cuál es.

       Fenestre bajó la pistola dragón con la que había estado apuntando a Ax.

       – Hay un modo de procesar y refinar los rayos kandrona a partir de otra fuente, que los convierte en un producto comestible, es decir, en una especie de alimento que yo puedo ingerir con mi boca humana y digerir.

       Sentí un escalofrío. Si aquello era cierto, no habría forma de frenar a los yeerks. Su dependencia de los estanques yeerks y los rayos kandrona era una de sus mayores debilidades.

       <Mientes – le acusé -. Si hubiera un modo de mantener vivos a los yeerks sin necesidad de los rayos kandrona ni el estanque yeerk, esa información te haría invulnerable incluso a tu hermano.>

       – O tal vez no. – La sonrisa glacial fue todavía más fría, si es que eso era posible -. Por una parte es un proceso muy largo, pero ése no es el problema. La materia prima representa el verdadero problema, puesto que son mis hermanos yeerks. O dicho de otra manera, tengo que destruir, procesar y consumir un yeerk cada tres días para sobrevivir. Me he convertido en un caníbal.

       <¡Argh!>, exclamó Marco.

       – Sé con certeza que mi hermano utilizaría este proceso para sí, pero como os podréis imaginar este sistema no sería muy bien recibido en el imperio yeerk.

       <Se nota que eres hermano de Visser Tres – añadí. Me entraron ganas de vomitar -. ¿De dónde sacas a los yeerks?>

       – ¿Para qué crees que sirve ese estúpido foro sobre yeerks, esa mezcla de realidad y ficción? – respondió encogiéndose de hombros -. Yo estoy al mando de Web Access America y gracias a eso conozco la identidad de todas las personas que se conectan. En el foro participan todo tipo de personas, desde controladores con ánimo de despistar a los humanos hasta humanos que han descubierto nuestra pequeña invasión y que intentan aunar fuerzas contra nosotros. Y luego estoy yo, que vigilo a los controladores y a los humanos que sospechan que un miembro de su familia tiene un yeerk en la cabeza. Dirijo a un grupo de enemigos de los yeerks, que son los que localizan a los controladores potenciales y, cuando tienen a uno, me encargo de buscar la verdadera identidad que se esconde detrás del nombre electrónico. Entonces encuentro al yeerk. Uno cada tres días, diez al mes.

       <A mí me parece bien – susurró Marco -. Dadle una palmadita en la espalda y saquemos de aquí a Ax y Rachel.>

       Estaba de acuerdo con mi amigo. Fenestre era una criatura repugnante, pero como mínimo su maldad servía para eliminar unos cuantos yeerks al año. No estaba nada mal.

       Entonces Cassie explotó:

       <¿Cómo sacas al yeerk del cuerpo humano?>

       Fenestre arqueó una ceja sorprendido por la pregunta. Advertí en sus ojos la sombra de la sospecha. Cassie en lugar de susurrar había gritado.

       “¿Por qué – se preguntaba – le importará tanto a un andalita?”

       – ¿Que cómo saco a los yeerks del portador? – repitió con un semblante oscuro y una mirada vacía -. ¿Cómo crees que lo hago?

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #16: La Advertencia

Capítulo 25:

      Cassie soltó un gruñido y atacó a Fenestre antes de que a mí me diera tiempo a reaccionar. El hombre la apuntó con la pistola de rayos dragón.

       Crucé la habitación de un salto y me abalancé sobre Cassie con cuidado de no hacerle daño.

       <Pero ¿qué haces?>, gritó cuando caí encima de ella y la derribé.

       <No vamos a aniquilarlo – dije -. Le prometí que no lo haríamos.>

       <¿Sabes lo que está haciendo? ¿Has entendido?>, chilló Cassie.

       <Lo sé. Ya lo sé. ¡LO SÉ! – grité fruto de la desesperación -. Pero le he dicho que no le haríamos daño. Se lo he prometido. Además…>

       <¡No! ¡No lo digas, Jake! Te juro que dejaré de hablarte.>

       Aquello me sentó como un jarro de agua fría. ¿Acaso iba a decir que nos venía bien que esa sabandija matara a unos cuantos yeerks? ¿De verdad iba a decir eso? ¿Yo?

       <No es lo que tú piensas>, me defendí como pude para salir del paso.

       Cassie no pronunció palabra. Sabe cuando alguien está mintiendo. No se le escapa una.

       <No creo… no creo que…>, tartamudeé.

       <El tal Gump, aquel niño que estaba preocupado por su padre – añadió Cassie -, aquel pobre niño tan solo. Gente así es la que persigue este monstruo, Jake, y no un ser abstracto sin cara y sin nombre. Esta sabandija esperará a que Gump cometa un fallo, es decir, a que le confiese sus miedos a su padre controlador, que no dudará en convertirlo en uno de ellos, y entonces, Fenestre entrará en acción y matará dos pájaros de un tiro.>

       <Y ¿qué esperas que yo haga? – le pregunté -. ¿Quieres deshacerte de este tipo porque es cruel? ¿Por qué no lo haces tú, Cassie?>

       <Tú… con la forma de tigre, lo harías mejor>, replicó ella.

       <¿Quieres que yo acabe con él? – le pregunté -. ¿Es eso lo que quieres?>

       Fenestre, sin moverse del sitio, observaba la aparente discusión de un lobo y un tigre que se miraban fijamente. El hombre parecía estar tratando de sacar algo en claro de aquella situación, pero, por su mirada, no había llegado a ninguna conclusión todavía.

       Me aparté de Cassie y me volví para mirar a Fenestre.

       <Ha perdido muchos amigos en la lucha contra tu gente. Le cuesta un poco sobreponerse a sus emociones.>

       – Todos hemos perdido amigos en esta desagradable lucha – asintió sin inmutarse.

       <Libera a mis dos amigos – ordené – y vivirás. Nos marcharemos sin hacerte daño. Pero una cosa te digo, y el que avisa no es traidor: si alguna vez te pillamos fuera de esta casa, iremos a por ti.>

       Ya sé que la amenaza no era nada del otro mundo, lo dije para sentirme mejor conmigo mismo.

       Acto seguido, Fenestre liberó a Ax y Rachel. En cuanto desconectó los campos de la biostasia, Ax completó la metamorfosis que había dejado interrumpida.

       Escudriñé a Rachel para ver si respiraba. ¡Si! ¿Quedaría todavía tiempo para que recuperase su forma natural?

       <¡Rachel! ¿Me oyes?>

       <¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué hago aquí?>

       <Rachel, escúchame bien. Vuelve a tu cuerpo ahora mismo.>

       <Pero ¡hay una persona delante! ¿Quién es ése?>, preguntó clavando su mirada de águila en Fenestre.

       <Rachel, por una vez en tu vida, ¡no discutas! Olvídate de él. Tenemos que salir de aquí. ¡Transfórmate! Venga, no hay tiempo. Marco, ocúpate de Rachel y sácala de aquí.>

       <Eh, ni pensarlo. Puedo salir yo solita.>

       Pero estaba demasiado débil para revolverse. Marco se acercó y la levantó con cuidado con sus gigantes brazos de gorila.

       – Quizá nos volvamos a encontrar – dijo Fenestre dándoselas de valiente al ver que nos íbamos.

       No contesté. ¿Qué podía decir? Estaba perdonándole la vida a un monstruo, a un asesino.

       Cuando llegamos a las escaleras, Rachel ya había empezado a transformarse. Ax ya casi había recuperado su cuerpo de andalita, que todavía mostraba dos balas en su cuerpo, pero no lo bastante grandes como para ser motivo de preocupación.

       Tobias iba volando por encima de nuestras cabezas lo mejor que podía. Bajamos en bloque las escaleras, cruzamos por todos los destrozos que habíamos causado y salimos al exterior.

       Cuando llegamos a los árboles, Rachel había completado la metamorfosis. Los demás también recuperamos nuestros cuerpos y enseguida volvimos a ser cinco chavales cansados y un andalita oculto en las oscuras sombras de los árboles.

       Desde donde estábamos todavía podíamos ver la casa, la mansión del multimillonario Fenestre.

       – ¿Qué ha pasado ahí dentro? – me preguntó Rachel -. Alguien ha destrozado el lugar. ¿Significa eso que me he perdido una gran batalla? No me lo puedo creer. ¡Qué mala suerte! ¿Qué ha pasado?

       – Ya te lo contaremos – contesté.

       – ¿Era o no era un controlador? – preguntó Rachel -. ¿Era de los buenos o de los malos?

       Me reí. Los ojos de Cassie y los míos se encontraron, pero ambos desviamos la mirada. No nos atrevíamos a mirarnos. Todavía era muy reciente.

       – Rachel, ya no sé ni lo que soy yo – contesté.

       © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

< Capítulo Anterior

26:

      Supongo que alguien le contaría a Rachel y a Ax lo que aconteció en aquel lugar. Desde luego, no fui yo.

       Llegué a casa y subí a mi habitación. Me quedé mirando al vacío un buen rato, hasta que mi madre nos llamó para bajar a cenar. Recuerdo que aquella noche no me entraba la comida.

       Después de cenar, salí al patio, me senté en el viejo columpio oxidado de cuando tenía cuatro años y miré al cielo. Anochecía. Salieron las primeras estrellas. Me parecieron horribles; ellas tenían toda la culpa de mis problemas.

       Al cabo de un rato salió mi madre. Se puso a mirar si el césped necesitaba agua, pero en realidad quería comprobar que yo me encontraba bien.

       – ¿Qué haces aquí fuera? ¿Filosofando, quizá?

       – No. Nada.

       Se rodeó el pecho con los brazos y levantó la vista hacia el cielo como yo.

       – ¡Qué noche tan bonita! Mira las estrellas.

       – Ya.

       – ¿Te preocupa algo, hijo?

       – Qué va.

       – Bueno, espero que no te dé vergüenza contármelo, si es que hay algo que te preocupa.

       – Sí, mamá. No pasa nada.

       – Bueno – dejó escapar un suspiro -, supongo que tarde o temprano tenía que pasar. Ya eres mayor, y tu madre ya no está en la onda.

       No lo dijo en tono de protesta, si no más bien como una broma.

       – Debe de ser eso – añadí con una sonrisa -. Sí, será que me he hecho mayor.

       – Sabes – continuó al tiempo que se encogía de hombros -, cuando tenía tu edad y estaba triste, mi madre, tu abuela, solía decir: “No sabes lo que es la infelicidad, sólo eres una niña.” Como si los sentimientos de un chico fueran menos serios o menos dolorosos que los de un adulto.

       – Probablemente es cierto – repliqué sin prestar demasiada atención.

       – Te equivocas. No lo es – dijo mi madre convencida -. En bastantes aspectos, ser un chico es mucho más difícil que ser adulto. Tienes que enfrentarte con los mismos problemas: amigos, tentaciones, amor, odio… Sólo que un adolescente no dispone de las dos grandes armas que posee el adulto.

       – ¿A qué te refieres? – pregunté arqueando una ceja.

       – Primero, la experiencia. No es que te haga más inteligente, pero al menos te permite pensar que ya has pasado por ésta y que has sobrevivido.

       – Está bien, y ¿la segunda?

       Mi madre me miró fijamente.

       – Tú, Jake. Porque cuando estoy triste te miro y me consuela pensar que al menos no soy un adolescente.

       Solté una carcajada, aunque sonó cansada y floja, pero algo era algo.

       – En la tele están haciendo Expediente X. Antes te encantaba.

       Al día siguiente, en el colegio, todavía me sentía mal. Me alegraba de que mis padres se preocuparan por mí, y de que trataran de comprenderme, pero no sirve de mucho porque para ellos todo es un problema de la edad.

       ¿Cómo me pueden ayudar a tomar decisiones de vida o muerte? ¿Cómo van a ayudarme si ellos mismos cometen errores?

       ¿Cómo van a ayudarme a tomar decisiones que ningún ser humano puede tomar sin equivocarse? ¿Cómo decidir qué hacer con Fenestre?

       Busqué a Cassie. La cosa no había quedado muy bien entre los dos.

       Al cabo de un rato comprendí que aquel día no había ido al colegio y, de repente, caí en la cuenta de dónde podía estar.

       Me subí al tejado del edificio del colegio a la vez que maldecía entre dientes por faltar a la segunda hora. Presentía que aquello me traería consecuencias. Me transformé en halcón y salí de allí.

       Fui hasta la casa de Gump, que resultó una pérdida de tiempo y una estupidez por mi parte, porque Cassie no se habría acercado al niño en las inmediaciones de la casa. Así que busqué el colegio más cercano y me dirigí hacia allí.

       Los niños estaban en el patio. Uno de ellos se encontraba en la otra punta junto a un perro, o al menos eso pensaría todo el mundo, pero yo sabía que se trataba de un lobo.

       El niño acarició al lobo y después se marchó junto a sus compañeros.

       El animal lo siguió con la vista, saltó la valla y se encaminó hacia una zona de árboles.

       <Cassie>, llamé.

       Miró hacia arriba sorprendida. Me posé en el suelo y recuperé mi cuerpo de humano. Cassie también recuperó el suyo.

       – Ése era Gump, ¿no?

       – Sí.

       – ¿Qué le has dicho?

       – Le he dicho que era un lobo parlante mágico, pero no se lo ha tragado, claro. Supongo que por la edad que tiene ya ha pasado esa etapa en la que creen en la magia.

       – Sí, supongo que sí.

       – Le dije que no volviera a ese foro nunca más. Le dije que… – le tembló la voz -. Le dije que nunca hablara de los yeerks con su padre. Le dije que no… – le falló la voz y a duras penas le salieron las últimas palabras -. Le dije que no se fiara de su padre.

       Le rodaban higueras de lágrimas por la mejilla. Supongo que a mí también. Una de las cosas que Cassie y yo compartimos es que confiamos en nuestros padres, no como mucha gente.

       – Lo que acabo de hacer es terrible – alcanzó a decir Cassie -. Es algo horroroso.

       – Es lo mejor que podías hacer – la consolé -, y todo lo que estaba en tu mano. Supongo que es difícil luchar contra el mal sin hacer mal en el camino. – Tal vez en mi tono había algo de “ya te lo había dicho”.

       Cassie se marchó sin más. Dejé que se marchara. No siempre es posible arreglar las cosas.

      

       Unos días más tarde se habló mucho en las noticias del incendio de una casa, no de una casa cualquiera, sino de la lujosa mansión de un multimillonario. Como podéis imaginar, se trataba de Fenestre, que resultó ileso. De hecho, no hubo heridos.

       Me acordé entonces de mi advertencia. Sólo estaría a salvo dentro de esa casa, y ahora que se había quedado sin ella, las cosas cambiaban.

       ¿Habría sido fortuito el incendio? ¿O tal vez provocado? ¿Habría intentado alguien expulsar a esa criatura malvada de su santuario? De ser así, la lista de nombres era muy larga. Visser Tres, Cassie, uno de los otros o quizá yo.

       Nunca lo sabréis.

       He cometido muchos errores. A veces, he fallado; otras, he sido tonto. En ocasiones no hay una respuesta adecuada a los problemas que se presentan, pero ¿qué otra cosa puedes hacer sino seguir intentándolo? ¿Qué otra opción te queda?

       Pasó una semana desde el incendio de la casa y entonces decidí acercarme a casa de Cassie.

       Mi amiga estaba en el granero ocupándose de los animales heridos.

       No le hice ninguna pregunta ni ella a mí tampoco. Le ayudé a entablillar la pata rota de un ciervo. Disfruté haciéndolo porque en aquella operación no había que pensar, no había dudas.

       Al cabo de un rato, empezamos a hablar e incluso a reírnos. Después aparecieron los otros y pensamos en que podíamos ir a volar. Pero en lugar de eso acabamos ayudando a Cassie a sacar el estiércol del granero.

       Los seis nos pusimos con la pala. Marco nos contó algún que otro chiste de los suyos. Ax intentó comerse un tierno pastel de vaca, y Rachel criticó el mal gusto de Cassie vistiendo.

       Todo volvía a la normalidad.

       De momento.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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