#11 Lo olvidado

LOS OLVIDADOS

 Capítulo 1

      13:22 h

      Me llamo Jake.

       No os voy a decir mi apellido ni dónde vivo. A los yeerks les vendría de maravilla para encontrarnos y saber de una vez por todas quiénes somos y sobre todo “qué” somos.

       Para vosotros no es importante conocer mi apellido, pero lo que sí debéis saber es que todo lo que voy a contaros es la pura verdad, que es una realidad y que está sucediendo en este mismo momento.

       Los yeerks andan entre nosotros.

       Los yeerks “están” en nosotros.

       Esos monstruos son parásitos que se instalan en los cerebros de otros seres y dominan su cuerpo y su mente, convirtiéndolos en víctimas o controladores, como les llamamos nosotros.

       Un controlador tiene aspecto de humano, actúa y habla como un humano, pero su mente es yeerk.

       Andan por todas partes y cualquiera puede ser uno de ellos. Pensad por un momento en aquella persona en la que más confiáis, en ésa tan especial, imaginaos que no es la persona que vosotros creéis. Asumid el hecho de que detrás de esos ojos dulces vive un gusano gris.

       Si, un gusano gris, así es un yeerk en su estado natural. Se introducen en la cabeza a través del conducto del oído y, una vez dentro, se aplanan y se adhieren al cerebro. ¿Habéis visto los pliegues y arrugas del cerebro alguna vez? Seguro que en el colegio os han enseñado alguna foto. Bien, pues los yeerks se acoplan a los pliegues y arrugas y se fijan a la mente.

       Un día te despiertas y quieres gritar, pero no puedes. No puedes gritar, no puedes mover los ojos ni levantar un dedo, ni tan siquiera caminar por tu propio pie. El yeerk se ha apoderado de ti.

       Estás vivo, eres consciente de todo lo que sucede a tu alrededor. Tus ojos se mueven y enfocan un punto, pero no eres tú quien los dirige. Oyes hablar a tu boca con tu misma voz. Sientes que alguien abre tus recuerdos y fisgonea todos tus secretos para después burlarse de ti.

       Lo recuerdo muy bien porque lo he sufrido en mi propia piel. Durante unos días fui un controlador.

       Los yeerks han llegado. Han aparcado su nave nodriza en algún punto de la órbita terrestre, hasta donde el radar humano no llega, pero allí están. Y Visser Tres, su líder, también.

       Poco a poco nos van invadiendo, esclavizando y estamos perdiendo nuestro planeta sin enterarnos.

       Mis amigos y yo luchamos contra ellos, pero tan sólo somos cinco chicos y chicas. Bueno, cinco y un andalita. Vale, contamos con un poder alucinante, pero aún así somos muy débiles y, sobre todo, muy pocos comparados con la fuerza invasora de los yeerks.

       Somos los únicos humanos que participan en esta guerra, y tal vez también, la única esperanza que le queda a la Tierra. Tenemos una gran responsabilidad. Por eso no entendía por qué debía pasar por aquello.

       ¿No soportaba ya suficiente estrés? ¿No era mi vida ya bastante dura? ¿Por qué tenía yo que aguantar… bailecitos folclóricos?

       ¡Bailes tradicionales! ¡Qué horror!

       El CD despedía una musiquilla chillona de violines a todo volumen, no había oído nada peor en toda mi vida.

       La luz abundante de la clase contrastaba con los oscuros nubarrones que cubrían el cielo.

       La profesora permanecía a un lado, mostrando esa cara de suficiencia y satisfacción que a veces se les pone a los profes cuando están acabando de los alumnos.

       – ¡A la izquierda y reverencia al compañero, do-si-do! – gritaba el instructor desde el estéreo.

       Seguí las órdenes y me encontré dando vueltas sobre mí mismo como un perfecto idiota. A continuación, la reverencia. Me salió un gesto brusco y extraño. Y por fin lo que más odiaba de todo: el do-si-do, o como ordenó la voz aguda y chillona del CD, ¡do-si-DOOO!

       – ¡Vaya un do-si-do! – se burló Rachel al ver lo mal que se me daba rodearla caminando hacia atrás.

       – No te pases, Rachel – le avisé.

       – Sonríe, Jake. Muestra esa maravillosa sonrisa tuya – me recomendó Rachel. Recuerda que debemos mostrarnos sonrientes al bailar. – Le encantaba torturarme de aquella manera.

       Rachel es mi prima y también es un animorph.

       – Ahora, dancen hacia la izquierda y, acto seguido, formen la rueda.

       – La rueda, la rueda – refunfuñé entre dientes.

       Agarré a Rachel para hacerla girar. De haber podido, hubiera estampado a mi querida prima contra la pared más cercana, pero aunque Rachel parezca una niña tonta, en realidad tiene más en común con Xena: la princesa guerrera.

       En resumidas cuentas, que Rachel me intimida. La he visto pelear en muchas batallas y, te lo digo por tu bien, más vale que no la hagas enfadar.

       – ¡Qué bien lo haces! – se mofó Rachel – . Yo creo que te empieza a gustar. Ya te estoy viendo con una de esas corbatas con lazo al cuello, unas botas de cowboy, una camisa de flamantes cuadros rojos típica del oeste…

       – Te lo advierto, Rachel, te estás pasando de la raya – amenacé. Lo peor estaba a punto de llegar.

       – ¡Eh, Cassie! – gritó Rachel mientras yo estaba “haciendo la rueda” otra vez – . ¿Qué? ¿Vienes a fisgonear?

       Se me vino el mundo a los pies. Cassie es otra miembro de nuestro equipo. Bueno, la verdad es que me gusta Cassie, ya me entendéis. Y desde luego no quería que me viera hacer el ridículo girando alrededor del círculo como un pato mareado.

       La visión del grandullón de Jake brincando en círculo a ritmo de violines era más que suficiente para acabar con el afecto que Cassie pudiera sentir por mí. Si hasta yo me daba pena, ¿qué pensaría Cassie?

       Nuestras miradas se cruzaron. Cassie permanecía en la puerta de la clase, tronchándose de risa.

       ¡Qué alivio! Esperaba recibir una mirada de lástima, pero todo lo contrario. A Cassie se le saltaban las lágrimas de risa, mientras yo seguía con mi do-si-do justo delante de ella.

       – ¿Y esto te hace gracia? ¿Verme bailar?

       Mi amiga, incapaz de hablar por la risa, se limitaba a asentir.

       Solté también una carcajada, no me quedaba más remedio. ¿Qué iba a hacer si no?

       Bueno, sí, una cosa. Agarré a Cassie de una mano y la atraje hasta el círculo. Rachel se apartó a un lado cediendo su puesto a Cassie.

       – ¡Ni hablar! – protestó Cassie alarmada.

       – Ahora te toca a ti. Quiero ver lo bien que te sale el do-si-do – dije al tiempo que la agarraba y la obligaba a bailar.

       – Escucha. Tobias quiere que nos reunamos con él después de clase. Ha ocurrido algo gordo – me susurró al oído casi sin aliento.

       Exhalé un profundo suspiro. De repente, se me quitaron las ganas de reír. Tobías no habla por hablar. Si él decía que algo gordo había ocurrido, es que algo gordo había ocurrido.

       Nos separamos un momento, siguiendo la música, pero segundos después volvíamos a juntarnos para hacer la reverencia de rigor.

       – Después de todo, esto del baile no está tan mal, ¿verdad? – dijo Cassie.

       – Pues no. Pero yo prefiero mil veces estar en peligro de muerte a estos bailecitos – contesté -, mil veces.

       Y otra vez la rueda, la reverencia y el do-si-do, sin embargo mi mente estaba en otro sitio. Me preguntaba qué demonios había visto Tobias y en qué lío nos meteríamos esta vez.

       Y entonces…

       ¡FLASH!

       Me caí por entre una maraña de verdes árboles. Me agarré a una rama, me balanceé, me solté y con el impulso llegué hasta otra rama donde enrosqué mi cola y aproveché para mirar hacia atrás. Una pandilla de monos se columpiaba por entre las copas de los árboles en dirección hacia mí.

       Estaba mareado. ¡Qué vértigo! ¡Qué…!

       ¡FLASH!

       Cassie me miraba sonriente y un tanto extrañada. La música se había acabado y la gente salía ya de clase.

       – ¿Te encuentras bien? – me preguntó Cassie.

       – Sí, sí – contesté sacudiendo la cabeza para deshacerme de la extraña visión.

       – ¿Soñabas despierto? – preguntó mi amiga.

       – Me parece que sí – respondí.

       – Me pregunto qué es lo que querrá Tobias. ¿Tú sabes algo?

       Me encontraba demasiado aturdido como para responder a su pregunta. Un momento antes estaba bailando y segundos después volaba por la selva de árbol en árbol. Y las dos cosas habían sido tan reales…

Capítulo 2:

      15:08 h

       – ¿A ti qué te parece? – me preguntó Marco -. Para mí, que Tobias ha divisado algún suculento cuerpo atropellado en la carretera y le gustaría compartirlo con nosotros.

       – Ya, seguro que algo de eso hay – asentí paciente.

       Marco siempre hace broma de todo, especialmente cuando está preocupado.

       Al salir del colegio tomamos direcciones diferentes. Cassie se fue a su casa y Rachel a la suya. Todos sabíamos que Tobias tendría una razón de peso para querer hablar con nosotros y nos temíamos lo peor.

       Pero yo tenía algo más de qué preocuparme. Esa alucinación o visión, o lo que fuera, había sido demasiado real como para olvidarlo. Todo el mundo sueña despierto alguna vez, pero lo mío era distinto. Yo estaba en la selva. Punto. Sólo fueron unos segundos, de acuerdo, pero fue real.

       De todas formas, en esos momentos lo más importante era averiguar qué era lo que quería Tobias. Marco y yo nos fuimos juntos a casa, como de costumbre. Intentábamos actuar con naturalidad para no llamar la atención. Debíamos tratar de comportarnos tal y como éramos antes de aquella noche que cambió para siempre nuestras vidas.

       Esa noche veníamos del centro comercial y, para atajar, cortamos por un recinto en obras abandonado. Una decisión estúpida e irresponsable por nuestra parte, la verdad. Pero la cosa no iba con asesinos con hachas o secuestradores.

       Antes de aquella noche, no es que fuéramos inseparables precisamente. Sólo nos conocíamos de vista. Fue pura coincidencia, el destino supongo. La cuestión es que nos encontramos en el centro comercial y acabamos volviendo a casa los cinco juntos.

       Y en aquel recinto de obras abandonado, oscuro y tenebroso, rodeados de edificios vacíos a medio construir, vimos aterrizar la nave. Se trataba de un caza andalita que había sido alcanzado por los cazas yeerks. Allá, en órbita, los andalitas habían salido muy mal parados de una batalla librada contra los yeerks.

       El piloto andalita del caza se llamaba Elfangor, príncipe Elfangor y fue él quien, en los últimos minutos de su vida, nos habló de los yeerks.

       Desde aquella noche, nuestra vida es distinta. De ser como los demás niños de nuestra edad, pasamos a conocer un secreto que nos provocó una profunda tristeza.

       Fue el príncipe Elfangor quien nos concedió el poder de la metamorfosis. Era cuanto podía hacer, la única arma que podía proporcionarnos: el poder de transformarnos en aquel animal que tocásemos para así “adquirirlo” en nuestro sistema.

       Un poder magnífico y terrible a la vez, que me ha producido pesadillas espantosas.

       Desde aquella noche en el recinto abandonado he presenciado cosas que jamás hubiera deseado ver y he hecho cosas que ojalá pudiera olvidar.

       – ¡Hombre! – exclamó Marco, interrumpiendo mis pensamientos -. Hablando del Chico-pájaro. Mira allá arriba, ¿no te resulta familiar?

       Seguí la dirección de su mirada. No había demasiada luz aquella tarde y el cielo empezaba a cubrirse de nubes de un color gris metalizado que amenazaban lluvia. Y allá en lo alto, entre las nubes, resaltaba la silueta de un gran pájaro.

       Incluso a esa distancia es fácil reconocer a un ave rapaz.

       – Puede ser, pero no sabría decirte – repliqué -. Si es Tobias, seguro que nos localiza enseguida.

       Tobias es un ratonero de cola roja. Veréis, lo de las transformaciones tiene un pequeño inconveniente bastante desagradable, y es que si permaneces transformado más de dos horas, te quedas atrapado en esa forma para el resto de tus días. Por eso, aunque Tobias tenga aspecto de ratonero de cola roja, su mente y su alma siguen siendo humanas.

       – Viene hacia aquí – informó Marco.

       – Eso parece.

       No sabía si alegrarme. Tobias es uno de los nuestros, un amigo, más que un amigo. Ha arriesgado su vida por mí muchas veces, pero presentía que traía malas noticias y eso era lo que menos me apetecía oir en ese momento.

       En ese momento escuché su voz por telepatía.

       <Jake. Marco.>

       – ¿Qué te dije? Sabía que era él – fanfarroneó Marco.

       Resultaba imposible comunicarnos con Tobias desde tan lejos. Le sería imposible oirnos por muy buen oído que tuviera. Además, lo de la telepatía sólo funciona cuando te has transformado o si da la casualidad de que eres un andalita.

       <A ver si habláis más alto – pidió Tobias. Sonaba nervioso, impaciente y excitado. Bueno, en realidad no “sonaba” en absoluto, sino que su telepatía llegaba cargada de tensión -. Transformaos tan rápido como podáis.>

       Miré a Marco que me respondió con un suspiro.

       – Mi padre está en la oficina. Vamos a mi casa – sugirió mi amigo -. Estamos a dos pasos.

       Fuimos directos a su casa. Vivimos en la misma urbanización, a tan sólo un par de manzanas. La mayoría de nuestros compañeros de colegio, incluida Rachel, vive por aquí. Cassie, sin embargo, vive en las afueras, en una granja.

       <Voy a buscar a los demás – informó Tobias -. Después nos reuniremos con Ax. Os pillaré en el aire.>

       – Sólo le falta llevar un letrero que diga “problemas” – murmuré.

       – En grandes letras de neón, además – dijo Marco.

       Llegamos a la casa de Marco y entramos. Marco se aseguró de que no había nadie más en la casa.

       – ¡Papá! ¡Papá! ¿Hay alguien en casa? ¡Papá, voy a reajustar el estéreo! – Marco me guiñó un ojo -. Si está en casa, vendrá corriendo.

       No hubo respuesta, sólo silencio.

       Subimos a toda velocidad las escaleras enmoquetadas y, tras pasar por delante de fotografías enmarcadas de Marco con su padre y su madre, a quien todo el mundo creía muerta, llegamos a la habitación de mi amigo.

       Marco abrió de par en par la ventana de su habitación. La brisa era fresca y húmeda, señal de que iba a llover. Y yo odio la lluvia.

       – Acabemos con esto de una vez – dije. Me descalcé, me quité toda la ropa y me quedé con el uniforme de las transformaciones. Marco hizo lo mismo.

       Visualicé en mi mente la forma de un halcón peregrino. El ADN de esta ave rapaz ya formaba parte de mí y, gracias a la tecnología andalita, podía cambiar mi ADN por el suyo.

       Me concentré y comenzaron los cambios.

       En mi piel empezó a aparecer el trazado de las plumas, como si un ser invisible los hubiera dibujado. El suelo, no muy limpio por cierto, se acercaba a mí rápidamente a medida que iba encogiendo, como una vela que se consume deprisa. Era como una caída infinita en la que nunca llegas a tocar el suelo o, en este caso, un calcetín blanco y sucio.

       – ¡Qué asco! – protesté -. Marco, al menos podrías apartar tus calcetines de deporte, ¿no?

       – Oye, que he visto tu habitación – replicó Marco -, y todavía hay pañales de cuando naciste tirados por el medio.

       Iba a añadir algo, pero justo en ese momento su lengua humana se esfumó para convertirse en una diminuta lengua de pájaro. Así que profirió algo como:

       – Craww hee hrrar. – A sáber qué había dicho.

       El calcetín sucio pasó a tener el tamaño de una manta. Lo único bueno de todo aquello es que los halcones no poseen un olfato demasiado fino, cosa de la que me alegré.

       Mis labios comenzaron a endurecerse y a ejercer presión hacia fuera, hasta formar un pico curvo y firme. Resultaba extraño e inquietante a la vez porque lo veía crecer, como si se tratara de una inmensa nariz.

       Mis pies dieron paso a unas garras capaces de rajar una presa de arriba abajo con la destreza de un abrelatas.

       Mis huesos chirriaron y mi cráneo encogió. Los huesos de los brazos se ahuecaron y otros desaparecieron.

       Acto seguido, los dibujos de las plumas adquirieron una forma tridimensional.

       Daba un poco de repelús ver la piel agrietarse de aquella manera, parecía que se me estuviera cayendo a tiras, pero cada trozo de piel se convertía en una pluma, de color gris la mayoría. De hecho, mi cuerpo era prácticamente gris.

       Miré a Marco con mi potente visión de halcón y éste me devolvió su mirada de águila pescadora.

       <Vamos a respirar un poco de aire fresco>, propuse.

       Sacudí las alas un par de veces y me elevé hasta el alféizar.

       <La última vez que me convertí en águila pescadora, un halcón peregrino me atacó>, recordó Marco con un poco de resentimiento. Como si hubiera sido culpa mía. A continuación se elevó hasta situarse a mi lado.

       <No te preocupes, Marco, yo te protegeré>, repliqué consciente de que eso le irritaría aún más.

       <¿Protegerme tú a mí y qué más? Venga grandullón, vuela y cierra el pico. Primero ya veremos si puedes mantener mi ritmo. Y después ya hablaremos de “protección”. ¡Ja!>

       Extendí las alas, me di impulso hacia delante y descendí hasta el césped del patio de Marco.

       Eso siempre cuesta porque aunque sabes que eres un pájaro, tu mente sigue siendo la de un humano, y saltar desde una ventana no es algo que nos haga mucha gracia a los humanos. Me encontraba a unos tres metros del suelo, lo único que podría parar el golpe si mis alas, por algún motivo, no funcionaran, era el césped.

       Pero las alas apresaron el aire y noté la presión del aire empujándome hacia arriba. Aleteé con fuerza, una, dos, tres, cuatro y me lancé hacia deltante y, enseguida, a lo más alto. Sacudía las alas sin cesar, una y otra vez para ganar altitud en la fresca brisa. Aletear no es fácil. El hecho de ser pájaro no significa que volar no requiera ningún esfuerzo.

       Marco y yo habíamos conseguido elevarnos unos quince metros cuando Tobias pasó zumbando a nuestro lado, deslizándose con una agilidad increíble, como si hubiera sido un ave toda su vida.

       <Seguidme>, indicó.

       <¿Seguirte adónde?>, pregunté un tanto molesto.

       <Vamos al hipermercado – explicó -, a Safeway para ser exactos.>

       <Tobias, ¿te has vuelto loco? – le reprochó Marco -. ¿Al hipermercado? ¿Qué pasa, que hay oferta de cañamones para pájaros?>

       <Muy gracioso, Marco – replicó Tobias -, pero no son precisamente cañamones lo que tienen en oferta, sino controladores de alto rango.>

Capítulo 3:

      15:51 h

       Cuando estás volando las preocupaciones desaparecen. Te sientes poderoso flotando sobre aquellas personas diminutas de allá abajo. La gente se mueve despacio y forma pequeñas líneas rectas por las aceras, condenada a caminar siempre en dos dimensiones: de izquierda a derecha o viceversa y hacia delante o hacia atrás.

       Un pájaro se mueve en tres direcciones y en el vuelo influyen muchos factores como la temperatura del aire, la velocidad de las corrientes del viento, la estabilidad de la brisa, si es un viento, de costado o una corriente de aire cálido, y su nivel de humedad.

       Durante el vuelo, las alas y la cola se ajustan constantemente. Las puntas de las alas se extienden y la cola se estrecha o ensancha para modificar el ángulo de ataque.

       Por suerte, la mente del halcón es la que se ocupa de todo esto porque, para qué engañarnos, yo, como humano, no sé nada de vuelos, sólo que es la cosa más maravillosa del mundo.

       Marco y yo volávamos al lado de Tobias cuando localizamos a otras dos aves rapaces que ascendían hasta alcanzar nuestra posición. Se trataba de Rachel y Cassie.

       <Alejaos un poco – aconsejó Tobias -. O llamaremos la atención de todo el que se ponga a mirar pájaros en ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Separaos, y no penséis como humanos. No es necesario permanecer juntos para ver las mismas cosas.>

       Tenía razón. Los halcones, los ratoneros y las águilas no suelen volar en bandadas todos juntos, la verdad. Además, gracias a la magnífica visión de estas aves, éramos capaces de distinguir cualquier cosa desde una distancia de cuatrocientos metros.

       Quería ganar altitud porque me costaba mucho volar en el aire muerto que me envolvía. Mis plumas eran más estrechas que las del resto, lo cual era de gran ayuda cuando me lanzaba en picado. Entonces sí que alcanzaba velocidad, pero a la hora de deslizarme por entre ligeras ráfagas de viento yo era el más torpe.

       Me alejé de Marco y maniobré hacia la derecha sin perder de vista a Tobias. Debía permanecer dentro del radio de alcance de la telepatía.

       <Bien, ahí está – anunció Tobias -. ¿Veis ese enorme aparcamiento? Fijaos en el edificio de la izquierda.>

       Por fin había conseguido zambullirme en una corriente de aire mínimamente decente, así que me elevé un poco y entonces examiné el suelo. Allí estaba.

       <A la izquierda del aparcamiento… ¿te refieres al hipermercado? – pregunté confundido. Desde el aire, casi todos los edificios tienen la forma de un gran rectángulo -. Parece que hay un incendio.>

       <Exacto, y ahora acercaos un poco más – indicó Tobias -. ¿Veis esas fundas de plástico en el lado izquierdo del edificio? Fijaos cómo las agita el viento. ¿Las veis?>

       <Da la impresión de que toda la parte izquierda ha sido arrollada>, observó Rachel transformada en un águila de cabeza blanca, volando un poco más alto que yo a mi izquierda.

       <Exacto – apuntó Tobias -. Ahora mirad hacia aquel lado del aparcamiento, ¿no veis unas marcas?>

       En efecto, sobre el asfalto se sucedían varias varas de indicación alargadas clavadas en el suelo, perfectamente alineadas y apuntando hacia la pared masacrada del hipermercado donde una docena de hombres trabajaban a destajo para levantar un muro de contrachapado que ocultara el agujero.

       De repente, me di cuenta y creo que Marco también.

       <¡Dios mío! – exclamó Marco -. ¡Dios mío!>

       <Desde allá abajo, no se nota – afirmó Tobias con suficiencia -, pero con la vista de pájaro, resulta bastante obvio.>

       <Algo a una gran velocidad debe haber chocado contra el asfalto del aparcamiento. Allí derrapó, se estampó contra el hipermercado y provocó un incendio>, concluí.

       <Elemental, mi querido Watson>, corroboró Tobias.

       <Debe de haber sucedido a altas horas de la noche – señaló Cassie -, porque si no, habría habido coches aparcados.>

       <Y todavía no habéis visto lo mejor – continuó Tobias -. Acercaos de uno en uno y comprobad quién está al cargo del equipo de limpieza.>

       Agité las alas con fuerza, me giré, volví a aletear y me lancé hacia el humeante hipermercado. Con un solo vistazo reconocí al hombre que dirigía la operación. No daba crédito a mis ojos.

       <¡Chapman!>, exclamé.

       <Si, Chapman – confirmó Tobias -. Lleva aquí todo el día.>

       Chapman es el subdirector de nuestro colegio, pero además es un controlador de alto rango, en otras palabras, es una figura clave en las fuerzas invasoras de los yeerks.

       <¿Cómo es que nuestro subdirector se dedica ahora al ramo de la construcción? – preguntó Cassie en tono sarcástico -. No es difícil de adivinar.>

       <Sea lo que sea, esto debe de ser importante – agregó Rachel -. Están trabajando deprisa. ¡Mirad! ¡Aquel tipo, el del abrigo largo que está subido en el tejado! Acabo de ver un destello de la pistola que lleva escondida en el interior del abrigo.>

       Había seis o siete personas sobre el tejado del hipermercado vigilando la zona con esa mirada implacable y paranoica tan típica de los hombres que componen el servicio secreto del presidente.

       <Están nerviosos – añadió Cassie -. Asustados, incluso. Basta con ver cómo se mueven, su actitud. Algo ha ido mal, muy mal y ahora tienen miedo.>

       <Bueno, y nosotros ¿qué hacemos, mi valiente líder?>, preguntó Marco.

       Marco se refería a mí. Les gusta pensar que yo soy el líder, aunque a mí no me lo parece. La verdad es que me da lo mismo, si se sienten mejor pensando que soy el líder, estupendo.

       El problema es que cuando la gente te trata como a un líder, empiezas a actuar como tal y eso significa tomar decisiones, incluso cuando todo lo que tienes son suposiciones.

       <Eso, ¿cuál es el plan?>, preguntó Rachel.

       ¡Flash!

       Veo unos enormes ojos relucientes que destacan entre toda aquella oscuridad. ¡Justo delante de mí! Y entonces, un hocico que se abre para mostrar unos colmillos grandes y curvados.

       Era la cara de un gato enorme, ¿o tal vez un león? ¿De un leopardo quizá?

       Fuera lo que fuese, estaba a punto de saltar sobre mí, abriría su enorme bocaza y…

       ¡Flash!

       <¡Ahhh!>, grité.

       <¿Qué te pasa? ¿Qué ves?>, preguntó Tobias.

       <Jake, te he preguntado que cuál era el plan>, repitió Rachel un tanto molesta.

       Me encontré de nuevo en el aire, volando con mi cuerpo de halcón por encima del hipermercado. Estaba hecho un lío. Mi mente se negaba a volver a la realidad. Todavía me encontraba en una especie de selva desconocida en la que miraba sin pestañear a los ojos de un depredador asesino de increíble belleza. ¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaría volviendo loco?

       <Um… um, esto, podíamos echar un vistazo desde más cerca, ¿no?>, logré decir a duras penas.

       <Estupendo, debemos elaborar un plan. Venga, vamos allá>, aplaudió Rachel con su entusiasmo característico.

       <Rachel, ¿por qué será que siempre que te oigo decir “venga, vamos allá”, se me hiela la sangre?>, preguntó Marco.

       <¿Porque eres un gallina?>, se burló Rachel.

       <Sea lo que sea, no cabe duda de que quieren borrar las huellas rápido. No tenemos mucho tiempo – dije -, así que lo mejor será hacerlo esta noche.>

       <Vaya – respondió Rachel ya menos entusiasmada -, esta noche, ¿esta misma noche?>

       <Fantástico – apuntó Marco en tono irónico -. Otra de nuestras misiones relámpago, sin planear y decidida en el último minuto. Ésas son siempre las mejores.>

       `Marco – pensé -, no lo sabes tú bien, porque, para acabarlo de arreglar, tu “valiente líder” está perdiendo el juicio.´

       Por supuesto, no mencioné nada al respecto, porque si eres el líder, no puedes volverte loco.

Capítulo 4:

      16:40 h

       <Odio la improvisación>, protestó Marco.

       Habíamos aterrizado en el bosque. Por cierto, aterrizar es lo más duro de volar. Despegar asusta un poco, pero aterrizar es espantoso. La diferencia entre aterrizar y estamparse contra el suelo es la misma que hay entre dos centímetros y dos kilómetros por hora.

       Nos posamos con mayor o menor elegancia sobre la pinaza del suelo del bosque. Tobias salió a buscar a Ax y los demás recuperamos nuestra forma natural.

       <Me parece recordar que la última vez que nos embarcamos en una misión sin haber tenido tiempo de planearla lo echamos todo a perder – comentó Cassie -. Aunque también es cierto que logramos salvar el pellejo.>

       – Por los pelos – puntualizó Marco, que ya casi había finalizado su transformación.

       – No es más que un hipermercado – apuntó Rachel encogiéndose de hombros, que, por cierto, le acababan de aparecer -. No puede ser tan difícil, digo yo.

       – ¿Cómo vamos a entrar? – me preguntó Marco.

       – ¿Alguna sugerencia? – pregunté a mi vez mirando a Cassie.

       – Bueno, disponemos de algunas formas ideales para esta misión – respondió -. Como ha dicho Rachel, se trata de un hipermercado, incendiado, vale, pero un hipermercado al fin y al cabo, donde uno espera encontrar cucarachas, ratas, moscas…

       De repente oimos un estruendo de cascos golpear el suelo y machacar la maleza. Un ser estrambótico y distinguido al mismo tiempo se acercaba hacia nosotros. Se trataba de Ax, avanzaba directo hacia donde nos encontrábamos, tan rápido como un caballo desbocado y, justo cuando temíamos que nos fuera a arrollar, se impulsó con sus piernas traseras y saltó ágilmente por encima de nuestras cabezas.

       Aterrizó casi con delicadeza y se giró para vernos las caras.

       El nombre completo de Ax es Aximili-Esgarrouth-Isthill. Es el hermano pequeño del príncipe Elfangor. Que yo sepa, Ax fue el único andalita que sobrevivió a la destrucción de su nave cúpula.

       Los andalitas mantienen algunos rasgos comunes con los animales terrestres, pero basta con mirarlo para saber que Ax viene de un lugar muy lejano.

       Su cuerpo es el de un ciervo robusto, sólo que es de un color azul pálido y tostado, y en el lugar donde debería estar el cuello tiene un tronco superior como el de los humanos. Su pecho y hombros son como los de cualquier niño. También tiene dos bracillos delgados y demasiados dedos en las manos.

       La cabeza se encuentra en su sitio, pero carece de uno de los elementos principales: la boca. Los andalitas se alimentan de las plantas que absorben a través de los cascos huecos de sus pezuñas. Para comunicarse utilizan la telepatía.

       En lugar de nariz tiene tres pequeñas ranuras, dos ojos almendrados grandes y otro par en el extremo de unas antenas cortas que le sobresalen de la cabeza. Este par de ojos adicionales se pueden mover en cualquier dirección y de forma independiente. Al principio resulta incómodo, pero acabas por acostumbrarte. Ax puede estar mirándote con sus dos ojos principales, con los adicionales, o con sólo uno de ellos. Otras veces te observa con los ojos principales y uno de los ojos adicionales a la vez.

       En resumen, cruzar la mirada con Ax es toda una experiencia.

       Pero quizá lo más llamativo de nuestro amigo extraterrestre sea su cola. Es como la de un escorpión, y la mantiene curvada hacia arriba, de forma que la terrible hoja cortante del extremo final asoma por encima de sus hombros. Es certera y muy rápida, tanto que antes de que puedas contar hasta cuatro ya estás sangrando y sin saber por qué. Es un alivio que esté de nuestra parte en esta guerra.

       <Hola a todos – saludó Ax -. Tobias dice que es urgente.>

       En ese instante, Tobias descendió y se posó en una rama con gran destreza. Clavó las garras en la corteza y comenzó a arreglarse el plumaje.

       – Hola Ax – saludé -. ¿Y qué es lo que te ha contado Tobias?

       <Todo. Al parecer vamos a inspeccionar la zona de cerca, ¿no?>

       – Efectivamente, Ax-man – observó Marco -. ¿Qué prefieres, mosca o cucaracha?

       <Yo seguiré las órdenes del príncipe Jake.>

       – Ax, no me llames príncipe Jake – repetí por enésima vez.

       <Sí, príncipe Jake>, respondió Ax.

       A veces me pregunto si Ax tiene sentido del humor. Desde luego nosotros no lo hemos notado, hemos tenido oportunidad de comprobarlo, aunque cualquiera sabe.

       – Vamos a entrar en Safeway – anuncié -. El sitio más cercano para transformarnos está muy retirado, al otro lado de la calle, detrás de un motel vacío. Allí nadie nos verá, el problema es cómo llegar al hipermercado, porque hay que cruzar cuatro carriles de tráfico.

       – Vaya – exclamó Marco -, no había pensado en eso. ¿Estoy aún a tiempo de cambiar mi voto?

       – Marco, no hemos hecho ninguna votación – le recordó Rachel -, pero si la hubiéramos hecho, habrías votado que sí.

       – ¿Cómo sabes lo que hubiera votado? – preguntó Marco.

       – Porque yo habría votado que sí – sonrió Rachel -, y tú, delante de una chica, haces lo posible por no parecer un gallina.

       – Así que ése es el concepto que tienes de mí, ¿eh? – replicó Marco -. Por desgracia, no andas muy desencaminada.

       – Ni la mosca ni la cucaracha gozan de buena visión – apuntó Rachel – y nuestro objetivo consiste en ver lo que guardan dentro de ese hipermercado, ¿no?

       – Ya, pero también hemos de cruzar cuatro carriles de tráfico. Yo no sé tú, pero, personalmente, prefiero sobrevolar los coches que esquivarlos – opinó Cassie.

       – ¿Y no se perderán las moscas en un trayecto tan largo? – pregunté.

       – ¿Os acordáis de cuando hablábamos de cosas normales? – interrumpió Marco -. No sé, de béisbol o de quién le gustaba a quién.

       Cassie le guiñó un ojo y retomó la conversación.

       – El hipermercado estará lleno de comida, de comida podrida. Dudo mucho que funicionen los congeladores. ¿Qué mejor que una mosca para llegar hasta la comida putrefacta?

       <Quizá yo os pueda guiar>, sugirió Tobias.

       – Tu visión por la noche no es mucho mejor que la nuestra – señalé -. Para cuando estemos listos ya habrá anochecido.

       <Con las luces de los coches y de las farolas… En fin. Yo sólo quería ayudar.>

       Tobias a veces se siente frustrado porque no puede acompañarnos en todas las misiones. Lo entiendo y me da lástima, pero así son las cosas. Justo cuando se lo iba a decir, Cassie se me adelantó.

       – Tobias, si no hubiera sido por ti, ahora no estaríamos aquí – observó -. Tú lo descubriste y nos lo enseñaste. Ahora nos toca a nosotros, ¿no crees?

       Cassie es fantástica a la hora de consolar corazones rotos, mucho mejor que yo desde luego. Sin embargo Tobias parecía molesto.

       <Pienso acompañaros>, insistió.

       – Muy bien – dije con entusiasmo mientras aplaudía para intentar levantar el ánimo del grupo -. Decidido, seremos moscas. Todo el mundo a casa. Nos vemos detrás del motel dentro de… – comprobé mi reloj -, dentro de tres horas, a las siete y cuarenta y cinco. Será rápido, nos transformaremos, entraremos al hipermercado y, en diez minutos, estaremos fuera y de vuelta a casa.

       – Oh, no – protestó Marco -. Cómo odio ese tono tuyo, Jake. Cuando lo empleas es porque estás preocupado. Y ahora vendrá esa flamante sonrisa de “tranquilos chicos”. Te conozco.

       – Nos quedan tres horas para despegar – añadí, obligándome a sonreír de oreja a oreja en un intento por transmitir calma.

       – Estamos muertos – sentenció Marco.

Capítulo 5:

      17:15 h

       – Hola, papá, ¿qué estás viendo? – pregunté al llegar a casa. Mi padre, mando en mano, se hallaba repantigado en el sofá.

       – ¿Cómo que “qué estoy viendo”? – preguntó realmente sorprendido -. Esta noche es el combate. Cuarenta dólares por Pay-Per-View. Tortitas de maíz, salsa de frijoles para acompañar, ruidosos gruñidos masculinos, cerveza, para mí, y refrescos para Tom y para ti.

       Me llevé las manos a la cabeza. ¡El combate! Se me había olvidado por completo. Era algo especial, no porque yo fuera un fanático del boxeo, que no lo era, sino porque mi padre había pagado cuarena dólares para verlo. Era un asunto de hombres, que unía a padres e hijos. Allí estaríamos Tom, mi padre, yo y quizás algún amigo del trabajo de mi padre.

       – ¿Es esta noche? – pregunté -. ¿A qué hora?

       – Empieza a las siete, así que haz los deberes, come algo de verdura para que tu madre está contenta y pilla asiento.

       Realicé un cálculo mental rápido: faltaba algo más de una hora para que empezara el combate. El anterior campeonato había durado tres asaltos, con lo cual me quedarían treinta minutos para transformarme y volar hasta el motel.

       ¿Y si me inventaba una excusa? No. Mi padre no se lo tragaría.

       – Perfecto – le dije a mi padre -. Aquí estaré y no te comas toda la salsa de frijoles. Ya sabes lo que pasa.

       – ¿Se me permite la entrada en mi salón? – se burló mi madre -. ¿A qué hora se va a convertir esto en el templo de la agresión masculina?

       – A las siete – contestó mi padre -. Hasta entonces se permite la entrada a mujeres, sobre todo si éstas, al volver del trabajo, se han acordado de comrar tortitas de maíz.

       – ¿Tortitas de maíz? ¿No preferís zanahorias y crema de humus?

       Mi padre y yo nos la quedamos mirando.

       – Era broma – dijo mi madre -, sólo era una broma. He comprado tortitas de maíz. ¿Vienen Pete y Dominick?

       – Sí, pero no tienes que darles de comer – bromeó mi padre -. Tienen suerte de que no les cobre la entrada.

       Me apresuré con mis deberes. Confiaba en que el combate durara más o menos lo de siempre, dos o tres asaltos y un KO fácil. Lo bueno de tener prisa es que no te deja mucho tiempo para pensar. Pensar significa preocuparse y eso impide avanzar y terminar rápido.

       Se respiraba tensión en aquella reunión familiar de las siete. Tom parecía igual de ansioso que yo por marcharse. No era difícil adivinar por qué.

       Veréis, Tom es uno de ellos, es un controlador.

       Debía aparentar tranquilidad, como yo, y suponía que, también como yo, acudiría después al hipermercado.

       Tom y yo luchábamos en la misma guerra, sólo que en bandos diferentes.

       Me resultaba muy extraño imaginarme a Tom, vivo todavía en algún rincón de su cabeza, atrapado, sometido pero capaz de ver, oír y pensar.

       ¿Disfrutaría viendo el combate a través de unos ojos que no eran los suyos? Me pregunto si mi hermano es capaz todavía de disfrutar.

       Aquellos pensamientos no me ayudaban mucho, la verdad. Al contrario, me quemaban por dentro y me notaba a punto de explotar. Me repetía a mí mismo una y otra vez que estaba haciendo todo lo posible por ayudar a Tom, todo lo posible.

       Por suerte, mi padre y sus amigos estaban tan enfrascados en lo suyo que no se percataron de que mi hermano comprobaba continuamente la hora ni de que yo miraba hacia la cocina para consultar el reloj de la pared.

       En el sexto asalto, comprendí que me había metido en un buen lío. En el séptimo ninguno de los dos luchadores parecía cansado. Decidí que si pasaban del octavo asalto, me inventaría una excusa, por tonta que fuese.

       En el octavo asalto, por suerte, uno de los boxeadores encajó un buen gancho.

       – ¡Uff! – exclamó mi padre -. Eso tiene que hacer daño.

       – ¡Cinco dólares a que de esta no pasa! – vaticinó el amigo de mi padre, Dominick.

       En efecto, el agredido se tambaleó, se mantuvo en pie durante unos segundos y se derrumbó. ¡Boom! Fin del combate.

       Ya eran las siete cuarenta y cinco y yo llegaba tarde.

       – Papá – sustraje la cinta de vídeo -, ¿puedo llevársela a Marco para que vea el combate?

       – Son casi las ocho, ya es de noche – objetó mi padre.

       – Papá tiene razón – añadió Tom -, ¿y si te pierdes y no vuelves? Qué pena, ¿no? Utilizaría tu habitación para guardar mis pesas y el resto de mi equipo.

       Ésa era la típica broma estúpida de hermano mayor que Tom hubiera hecho, pero por supuesto era obra del yeerk que hurgaba en los recuerdos de mi hermano.

       Por un segundo se me pasó por la cabeza preguntarle: Ey, Tom, ¿qué es lo que hay en el hipermercado? Dímelo y así podré quedarme en casa esta noche.

       La sola ocurrencia me hizo sonreír. Y en ese momento…

       ¡Flash!

       Verde, verde. Todo era verde a mi alrededor. Era el sitio más verde de la Tierra: árboles, musgo, lianas, helechos. Verde por todos los rincones. También estaban allí. Marco decía algo así como:

       – …aquí estamos, en una selva, luchando contra unos extraterrestres ladrones de cerebros y diez mil especies de bichejos asquerosos, y nuestro cadete espacial residente se ha convertido en una mona sexy. Que alguien me despierte cuando volvamos a la realidad.

       ¡Flash!

       Volví a la realidad, Tom, o el que hablaba como él e imitaba sus bromas volvió a aparecer ante mí, y oí la voz de mi padre:

       – No vayas en bici. Es de noche y está a punto de llover.

       Aquella visión era tan potente, tan real. Nada que ver con un sueño, había estado realmente allí, en la selva, escuchando las quejas de Marco.

       El corazón me palpitaba con fuerza y notaba gotas de sudor acumulándose en mi frente. ¿Qué me estaba pasando?

       Vi que Tom se escabullía del salón en dirección a la cocina y aquello me trajo definitivamente a la realidad.

       Agarré la cinta de vídeo y salí de allí, tambaleándome todavía por el efecto del súbito viraje de una realidad a otra.

       Mi padre y sus amigos repasaban todo el combate, asalto por asalto, mientras yo subía a mi habitación. Abrí la ventana de par en par, me transformé y en veinticinco minutos llegué al motel.

       <Ya lo sé, llego tarde>, me disculpé al tiempo que aterrizaba.

       Como iba tan deprisa, no calculé bien la distancia, así que me di un buen coscorrón y rodé hecho una maraña de alas y garras.

       <Eso es lo que yo llamo un buen aterrizaje>, se burló Tobias.

       – ¿Te encuentras bien? – me preguntó Cassie. Se acercó enseguida y me levantó. A continuación me depositó en el suelo porque ya había comenzado a recuperar mi forma humana y empezaba a ganar peso.

       – Estoy bien – contesté en cuanto pude pronunciar palabra -. Avergonzado, pero bien.

       Aquel escondite era un lugar pequeño y cutre. Las ventanas traseras del motel estaban recubiertas de contrachapado, todo emborronado de grafitto. Los hierbajos crecían a placer. Había botellas rotas y, por alguna razón, también una lavadora muy vieja.

       – Siempre escogemos los mejores lugares, ¿verdad? – comenté con ironía.

       Ax se ocultaba en la oscuridad, apoyado contra la pared. Cuando se encuentra fuera del bosque se siente desprotegido y con razón; si alguien lo viera, echaría a correr, gritando como un loco. A no ser que se tratara de un controlador. En ese caso sabría con toda exactitud qué es mi amigo.

       – ¿Y bien? – preguntó Rachel, con la mirada clavada en mí.

       Esperaba que yo dijera: “Adelante”.

       Sin embargo, algo me lo impedía. Experimentaba una extraña reticencia. Sentía como si…, ni siquiera estaba seguro de lo que sentía, pero ese instante era vital.

       Los otros me observaban fijamente. Bastaba con decir: adelante, pero en lugar de eso, consulté mi reloj. Las ocho y diecinueve. Las ocho y diecinueve. Como si eso significara algo, como…

       ¡Díos mío! ¡Me estaba volviendo loco! ¿Qué me estaba ocurriendo?

       – ¿Debemos continuar con esto? – pregunté en voz alta, lo cual me sorprendió porque creía que estaba hablando para mí.

       – ¿Por qué no? Yo voto que sí – respondió Rachel.

       – ¡Qué novedad! – murmuró Marco -. Todos los que se hayan sorprendido de que Rachel esté dispuesta a seguir adelante, que levanten la mano.

       – Sí – añadí, haciendo un esfuerzo por olvidar mis dudas -. Sí, vamos allá.

       Estaba convencido de que era lo mejor que podíamos hacer, aunque yo cargaba con la responsabilidad. Podría haberlo evitado, podría haberles convencido de no seguir adelante. Podría haber hecho algo diferente.

       Pero no lo hice, al menos no entonces.

       – Adelante, vamos a transformarnos – ordené.

Capítulo 6:

      20:19 h

       – Esperemos que no tengan un bote de Raid – observó Marco.

       Intenté sonreír pero la verdad es que odio convertirme en insecto.

       Cuando empezamos a utilizar este poder, pensaba que nos transformaríamos en leones, osos y águilas. Y así es, pero también en cosas mucho más pequeñas, a veces cuanto más pequeñas, mejor. El mundo de los insectos es una mina para nosotros.

       Lo cierto es que no nos hace ni pizca de gracia. No hay pesadilla, película de terror ni visión espectral que se pueda comparar con lo repulsivo que resulta convertirse en cucaracha, araña, pulga o mosca.

       Cuando adoptas la forma de un tigre, mantienes los cuatro miembros, los dos ojos y la boca. Tienes huesos, estómago, pulmones y dientes. Son muy diferentes a los de los humanos, pero por lo menos siguen estando ahí.

       Convertirse en mosca ya es otra historia. No queda nada en su sitio y todo cambia.

       Una de las pegas que tiene esto de las transformaciones es que ninguna de ellas es igual a la anterior. Los cambios son bruscos e imprevisibles. No es un proceso lógico ni gradual.

       Comencé a menguar y, aunque todavía era prácticamente humano y medía un metro, sentí que mi piel se endurecía.

       Las moscas no tienen huesos sino exoesqueleto, es decir, una especie de cáscara externa que recubre su cuerpo y lo mantiene unido. Pues bien, me estaba creciendo el exoesqueleto y una cosa oscura y dura como el plástico sustituía a la suave piel humana.

       Mi cuerpo se dividió en los segmentos típicos de un insecto: cabeza, tórax y abdomen.

       Y, cuando todavía medía medio metro, demasiado alto para ser una mosca, mi pecho emitió un sonido ronco y húmedo y, al instante, me brotaron las patas adicionales.

       Mis piernas encogieron hasta convertirse en patas de mosca, y me caí de cara contra el suelo, aunque la verdad es que apenas si tenía cara.

       Ya me había empezado a crecer la trompa. Mi boca, labios, nariz y lengua se derritieron. La trompa medía lo mismo que mis patas de mosca, un tubo hueco, alargado y retráctil que las moscas utilizan para alimentarse. Primero escupen saliva en la comida, esperan a que se ablande y después succionan.

       No es un espectáculo demasiado agradable, la verdad. Pero, aún faltaba lo peor: los ojos. Todavía pude observar con mis ojos humanos cómo a Cassie, tumbada en el suelo a mi lado, le salían de repente los ojos de mosca.

       Surgieron de sus ojos humanos sin previo aviso. Eran enormes y desprovistos de vida, parecían grandes globos negros que se hubieran hinchado en sus propias cuencas.

       Ante semejante visión, te entran ganas de vomitar.

       De repente, todo se volvió oscuridad a mi alrededor. Durante unos segundos no vi nada y enseguida, ¡guau!, los ojos de mosca se activaron y el mundo cobró un aspecto completamente distinto.

       ¿Cómo describiros la visión del mundo a través de unos ojos compuestos? Veréis, es como si estuvieras viendo miles de diminutas televisiones a la vez y cada una mostrase un extraño color, tienes la impresión de que alguien ha estado manipulando los botones del color y el amarillo se vuelve violeta, el verde, rojo, el azul, negro. Una auténtica locura. Como si un niño travieso hubiese conseguido una caja de pinturas Crayola y hubiese pintado todo con colores diferentes.

       Pero lo más espantoso es que los ojos miran en todas direcciones al mismo tiempo. Veía el tubo que componía mi boca y que sobresalía hacia delante, y también mis patas traseras y los pelillos que despuntaban de mi cuerpo acorazado.

       Sin embargo, tras superar el trago de la metamorfosis, ser una mosca tiene algo bueno. Parte de lo que veía era un par de alas que parecían de gasa, y que sobresalían de lo que se supone constituía mi espalda. Y es que las moscas vuelan, vaya que si vuelan.

       <¿Estáis todos bien?>, pregunté.

       <¿Aparte de tener el estómago revuelto?, sí>, contestó Marco.

       En ese momento…, ¡PLAFF!

       Algo explotó justo delante de mí, provocando una lluvia de arena, como si nos estuvieran disparando con mortero.

       <Pero ¿qué demonios…?>, gritó Rachel.

       ¡PLAFF!

       <Está empezando a llover, chicos>, informó Tobias sin inmutarse.

       Las explosiones de mortero no eran otra cosa que enormes gotas de lluvia cayendo al suelo.

       <¡Uff! Por un momento pensé que nos estaban disparando>, comentó Cassie.

       <Venga, acabemos con esto de una vez>, apremié.

       Pegué un salto y activé las alas. Al instante me encontraba en el aire. No es como los pájaros que consiguen levantar el vuelo tras un esfuerzo considerable. La mosca piensa “a volar” y en menos de un segundo se encuentra realizando piruetas en el aire.

       A través de aquel increíble conjunto de diminutas televisiones, vi despegar a los otros. Parecían cerdos volando. Enormes bolas de grasa levantadas por aquellas alas minúsculas incapaces, a primera vista, de sostener ni una mota de polvo.

       Pero, como ya he dicho antes, las moscas vuelan. Ascendí a una velocidad supersónica, girando sobre mí mismo.

       <¡Ja, ja, ja! ¡Esto es genial! – exclamó Rachel emocionada -. ¡Había olvidado lo divertido que era esto!>

       <Un poco asqueroso pero sí, ¡alucinante! – apuntó Marco -. Tobias, ¿y tú dices que sabes volar? Hasta que no pruebes las Aerolíneas Gusano, no sabrás realmente lo que es volar.>

       <Tal vez – replicó Tobias con calma -. No os quiero aguar la fiesta, pero vais en la dirección opuesta.>

       <¿Ah, sí?>

       <Sí, directos hacia un contenedor – se jactó Tobias -. Girad a la izquierda y elevaos un poco. Enseguida veréis las luces de los coches.>

       De tener boca, hubiera sonreído. No había resultado muy difícil controlar la mente de la mosca porque ya habíamos adoptado esa forma antes, aún así, sus instintos eran poderosos.

       La mosca había olido a comida podrida en el contenedor y sabía muy bien lo que se hacía.

       Seguimos las indicaciones de Tobias. Me elevé y entonces…

       <¡Dios mío! ¿Qué es eso? ¿Son los coches?>, preguntó Cassie.

       <Estos ojos perciben la luz ultravioleta>, informó Ax.

       <No sé qué es pero, desde luego, algo ve>, corroboré.

       Los coches que se deslizaban veloces por la carretera se habían convertido en brillantes meteoros de color rojo y violeta. La carretera se transformó en una estela borrosa en movimiento.

       El resultado era extraño y perturbador para la mente de la mosca.

       <Manteneos por encima de los coches>, advirtió Tobias.

       <¿Por qué?>, preguntó Ax.

       <Es lo que llamamos parabrisas – explicó Tobias sin rodeos -. Un parabrisas a cien kilómetros por hora significa una muerte segura para cualquier insecto volador.>

       <Tienes toda la razón – convine -. Elevaos.>

       Sacudí las alas con fuerza, me agité, zigzagueé en el aire y me lancé hacia arriba. Pero a la mosca, acostumbrada a vivir cerca del suelo, no parecían gustarle demasiado las alturas. El animal sabía que la comida estaba cerca del suelo, y eso era lo único que le importaba.

       <Empieza a llover fuerte>, informó Tobias.

       Notaba las gotas incesantes. Parecían brillantes meteoritos, tres veces mi tamaño, desplomándose del cielo, aunque a la mosca aquello le traía sin cuidado.

       La lluvia se intensificó y las gotas cada vez caían más juntas y más seguidas.

       ¡BAMM!

       <¡Ahhh!>

       Una gota me golpeó y perdí la estabilidad. Mi cuerpo se impregnó de una sustancia pegajosa.

       ¡Agua! Tan sólo era agua, pero se me adhería al cuerpo como el pegamento.

       Intenté sacudir las alas y acabé volando boca abajo. Giré sobre mí mismo y continué avanzando.

       <¡Una razón más para odiar la lluvia!>, protesté.

       <Voy a adelantarme – informó Tobias nervioso -. Llueve demasiado. Tengo que aterrizar.>

       ¡BAMM!, una gota del tamaño de un camión me golpeó y perdí el control.

       <¡Aaaahhhhh! ¡Socorro!>

       <¡Jake! ¿Estás bien?>, gritó Cassie.

       Una vez más, mis asombrosas alas mantuvieron el control y me hicieron girar en el aire hasta recuperar el equilibrio. Pero, de repente, me di cuenta de que nadaba en un mar de brillantes luces.

       ¡Violeta! ¡Rojo! ¡Verde!

       ¿Verde?

       ¿Movimiento? Los pelos que cubrían mi desagradable cuerpo de mosca lo percibieron y también las pantallas de mis ojos.

       Algo se movía, muy rápido y muy grande.

       Una monstruosa pared se acercaba a mí a una velocidad espeluznante. ¡Era una montaña! Gigante, alta y un tanto inclinada. Una montaña a cien kilómetros por hora se precipitaba contra mí, irradiando un arco iris de extraños colores.

       ¡Un parabrisas!

       <Oh, oh>, musité.

Capítulo 7:

      20:25 h

      <¡AAAAAAHHHHHHH!>, exclamé al ver el parabrisas dirigirse hacia mí.

      ¡Flash!

      ¡La selva!

      Un movimiento súbito entre los matorrales.

       Un brazo en tensión. ¡Un brazo de niño!

       ¡Una lanza cruza el aire!

       Viene hacia mí. Veo la punta de bambú, ennegrecida con veneno mortal. Un roce y se acabó.

       Yo…

       ¡Flash!

       ¡Una lanza! ¡No, un parabrisas!

       Mis aleteos superaban los cien por segundo. Avanzaba muy rápido, pero no lo suficiente.

       ¡Dios mío, una corriente! Una ráfaga de aire me absorvió, iba derecho al parabrisas. Luché con todas mis fuerzas y… en menos de un segundo, ese viento huracanado se convirtió en una alfombra mágica.

       ¡Uff! Gracias a la fuerza de mis alas y a la estela que sigue el viento… logré esquivar el parabrisas por un milímetro. Incluso vi los rostros humanos de distorsionados colores en el interior del coche. Los ojos de los ocupantes del vehículo relucían mientras yo pasaba de largo tirando de mi trasero de mosca para ascender más y más.

       <¿Jake? ¿Sigues aquí?>, preguntó Rachel.

       <Sí, sí – contesté -. De milagro, pero aquí estoy. Sabéis una cosa, deberían bajar el límite de velocidad permitido. Los coches no deberían ir a más de veinte kilómetros por hora.>

       Cruzamos la calle y dejamos atrás la espeluznante corriente de luces veloces. Las gotas de lluvia nos seguían golpeando, pero a mí eso había dejado de importarme.

       Al poco rato y, a pesar de la lluvia purificadora, me llegó el olor del hipermercado. La mosca percibía comida.

       Ya no necesitábamos que Tobias nos guiara el resto del camino. Nuestros cuerpos de mosca estaban impacientes por seguir el olor a basura podrida.

       Todavía me estaba recuperando de la doble sensación de ser atacado por un parabrisas y una lanza. Las visiones de la selva eran tan reales que hasta sentía el calor y la humedad en mi piel y el zumbido de los insectos alrededor de mi cara. Sentía…

       No había tiempo para pensar en eso ahora.

       El hipermercado no quedaba lejos, aunque nuestros ojos de mosca eran incapaces de ver nada. Era tan grande que aquellos ojos de mosca no podían componer una imagen de él. Lo único que impulsaba a la mosca a seguir era el olor a comida.

       Nos colamos por debajo de la funda de plástico que cubría el muro devastado. En el interior del hipermercado había mucha claridad. Unas luces brillantes proyectaban todo un abanico de colores insólitos.

       Por debajo de nosotros, había gente caminando y maquinaria en funcionamiento, y en uno de los rincones habían levantado una montaña de comida a paletadas.

       Los controladores habían utilizado excavadoras para mover estantes, congeladores, neveras, latas desperdigadas, el dispositivo de cristal que contiene la carne, los donuts y magdalenas de la zona de la pastelería, las flores, el pollo cocinado y las judías… Todos los artículos que se vendían en el hipermercado habían sido depositados en un rincón.

       <Sabéis una cosa – observó Marco -, un poco de caca de perro y esto sería el paraíso de las moscas.>

       <No estamos solos – anunció Ax -. Hay cientos de ejemplares de esta especie aquí.>

       Ax tenía razón. Habíamos elegido el animal adecuado. Debía de haber diez mil moscas ahí dentro. Las oía moverse, percibía su olor y a algunas incluso las veía volar.

       <Bueno, así es imposible que nos descubran, eso está claro – comentó Cassie – Venga, vamos allá.>

       <Esto… perdonadme, pero no hemos venido aquí para comer basura y producir gusanos – recordé -. Habíamos acordado entrar y salir, así que fijaos bien y averigüemos de una vez por todas qué pasa aquí.>

       <Bueno, ahí en el centro hay una cosa enorme – indicó Cassie -, y a su alrededor están concentrados todos los controladores.>

       <Vamos a acercarnos un poco>, sugerí.

       Nos lanzamos en nuestro alocado vuelo de mosca hacia el centro del hipermercado, donde se distinguía un objeto gigantesco. Parecía tan grande como una casa pequeña, aunque resulta difícil calcular dimensiones cuando mides menos de un centímetro.

       <Un momento… percibo la voz de Chapman>, informó Cassie.

       <No sé cómo puedes distinguir nada entre tanto jaleo>, protestó Rachel.

       <Me he convertido en mosca muchas más veces que tú – replicó Cassie -. Recuerda que me transformé en mosca para espiar a Chapman en el centro comercial. ¡Ahí está! Me voy a acercar un poco más.>

       No vi hacia dónde se fue mi amiga ni dónde aterrizó. Una mosca es prácticamente igual a otra y aquello estaba plagado de ellas, aparecían por todos lados.

       <Cassie, ¿dónde estás?>

       <Estoy cerca de Chapman – contestó -, en su cabeza, para ser exactos, sobre la zona de la calva.>

       <¡Sal de ahí! ¡Podría aplastarte de un manotazo!>

       <Espera… estoy escuchando…>

       Me lancé en un vuelo frenético, temeroso por Cassie, y ansioso por descubrir qué demonios era aquella cosa de allá abajo.

       <¡Caramba! – exclamó Cassie -. ¡Caramba!>

       <¿Qué? ¿Qué?>, pregunté.

       <¡Caramba!>

       <Caramba, ¿qué?>, grité impaciente.

       <Es una nave-insecto – explicó Cassie -. Un modelo distinto, una nave-insecto experimental, más rápida y con más armas…, un nuevo prototipo de nave-insecto.>

       Las naves-insecto son unas naves yeerk pequeñas y muy rudimentarias. Tienen aspecto de cucaracha con un par de lanzaderas de rayos dragón en forma de largos espolones dentados que se proyectan hacia delante.

       <¿Y qué hace aquí, en Safeway?>, preguntó Marco.

       <Se ha estrellado, tonto>, sentenció Rachel.

       <No estoy segura – observó Cassie -. Chapman no habla de cómo ha llegado hasta aquí. Le ha dicho a uno de los controladores que debe estar fuera de allí en tres horas o Visser Tres se va a enfadar más de lo que ya está. El tipo contesta que ya casi está lista, que sólo le falta hacer unas cuantas comprobaciones y que con tres horas será más que suficiente. Chapman responde que más le vale, porque si tarda un minuto más, él mismo en persona lo entregará a Visser Tres para que éste se lo meriende.>

       <¿Tres horas?>, repitió Tobias.

       <¡Tobias! Pensaba que te habías cobijado en algún sitio>, exclamé sorprendido al oirle por telepatía.

       <Ha dejado de llover – explicó -. Estoy sobrevolando el edificio y ahora mismo me estoy asomando al interior. Han abierto un agujero en el techo para que los de seguridad puedan entrar rápidamente al hiper por una escalera.>

       <¿Qué hay allá arriba?>

       <Un puñado de controladores humanos muy nerviosos armados con ametralladoras.>

       <¿Qué hacemos? – preguntó Rachel -. En tres horas ese aparato despegará.>

       <Si pudiéramos atraer a los periodistas y a la televisión hasta aquí – reflexionó Cassie -. Si la gente viera esto, se enteraría de lo que está pasando…>

       <Los yeerks cuentan con mucha gente en los periódicos y en las cadenas locales de la televisión>, apunté.

       <Ya sé lo que podemos hacer>, intervino Rachel.

       <Oh, no, viniendo de ti, prefiero ni imaginármelo>, protestó Marco.

       <Podríamos robarlo.>

       <¿Robarlo, y qué hacemos después con eso?>, preguntó Tobias.

       <Bueno – me reí -, siempre podemos robarlo, pilotarlo hasta Washington y aterrizar en el césped de la Casa Blanca. A ver cómo explican los yeerks eso.>

       Sólo era una broma.

       <¡Ey! – exclamó Rachel -. Es una idea fantástica.>

       <Ax, ¿sabes pilotar esa cosa?>, preguntó Tobias.

       <Soy un andalita – aclaró Ax -, no es más que una nave-insecto, por muy experimental que sea. No existe tecnología yeerk de segunda clase lo bastante sofisticada para mí.>

       <Pero…, eso significaría hacerlo ya mismo>, concluyó Cassie.

       <Exacto – corroboró Rachel -, sin perder un minuto. ¿Jake?>

       <No creo que haya mucha gente en el interior de la nave – calculó Ax -. Por lo general, están gobernadas por una tripulación de no más de dos, como máximo cuatro o cinco técnicos, príncipe Jake.>

       <Ya, cuatro o cinco personas contra cinco moscas. Estamos en clara desventaja – repliqué. Era en momentos como aquellos en los que me rebelaba, momentos en los que debía tomar una decisión y acarrerar con la responsabilidad -. Puede que…>

       <Te rechinan los engranajes del cerebro, Jake>, se burló Marco.

       <Puede que haya una forma>, concluí.

Capítulo 8:

      20:32 h.

       <Muy bien, mis colegas moscas, al abordaje de la nave-insecto.>

       Nos lanzamos como locos hacia la enorme nave y, cuando localizamos una puerta, nos colamos en su interior. Distinguíamos formas humanas de colores difusos y extraños, sin duda controladores humanos.

       <He contado cinco>, informó Rachel.

       <Como esperábamos>, contesté. Hacía esfuerzos por transmitir calma, por demostrar seguridad, pero estaba tenso, a punto de estallar. El plan, improvisado sobre la marcha, era obra de alguien que sufría alucinaciones sobre una selva. Seguramente había sido una estupidez, fruto de la desesperación, que podía terminar con la muerte de Tobias, y tal vez de todos los demás.

       Pero Tobias estaba impaciente por intervenir en la misión.

       <Tobias, ¿estás listo?>

       <Cuando tú digas, Jake.>

       <Das una vuelta a la sala y ya está>, le recordé.

       <Tú mandas>, dijo Tobias.

       <De acuerdo. ¡Ahora!>

       Tobias se elevó sobre el lugar, lo cual resultaba difícil en el aire frío de la noche. Los halcones de cola roja no son precisamente animales nocturnos, pero Tobias ascendió aleteando con fuerza sin perder de vista el brillante agujero del tejado.

       <¡Allá voy!>, gritó.

       Inició un vuelo en picado, a toda máquina, directo al agujero.

       <¡Estoy dentro!>, confirmó.

       No cabía la menor duda, porque al instante la sala se inundó de gritos, alaridos y órdenes severas.

       Y entonces…

       ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

       ¡Disparos! ¡Le estaban disparando!

       <Estos tipos no acertarían ni… ¡Uff! ¡Esa me ha pasado rozando!>, exclamó Tobias.

       Según el plan, Tobias debía procurar entretenerlos. Los yeerks saben que nos transformamos en pájaros y los halcones de cola roja no suelen frecuentar los hipermercados. Comprenderían enseguida que Tobias no era un halcón de cola roja auténtico.

       ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM! ¡BAMBAMBAMBAM!

       Alguien estaba usando una ametralladora. Incluso el débil oido de la mosca apreciaba la agitación del aire por el ruido. ¡Estaban vaciando cientos de cargadores allí dentro!

       – ¡Venid aquí y echadnos una mano! – se oyó gritar a una voz humana -. ¡Es un bandido andalita transformado!

       Eso es lo que los yeerks creen que somos: andalitas.

       Los técnicos del interior de la nave-insecto salieron en tropel, contentos de tener ocasión de dispararle a un “bandido” andalita.

       <¡Ya basta, Tobias! ¡Sal de ahí! ¡Sal de una vez! – grité -. ¡Ax, transfórmate! ¡Y los demás, también! ¡Venga, ahora!>

       ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAM!

       <¡No puedo salir! – exclamó Tobias -. ¡Los tipos del tejado me disparan a través del agujero!>

       Claro, ¿cómo se me había pasado ese detalle por alto? La salida de Tobias quedaba bloqueada.

       Mi cuerpo seguía siendo prácticamente el de una mosca, aunque me transformaba todo lo deprisa que podía. Empecé a crecer y vi mis alas de mosca arrugarse hasta desaparecer.

       Tobias no tenía escapatoria y tarde o temprano lo atraparían, por muy rápido que volase. Una solución… una solución… necesitaba una solución. Necesitaba…

       <¡Tobias! ¡Tobias! Por aquí – grité -, ¡al interior de la nave-insecto!>

       <No, eso los atraería hacia vosotros… ¡Ah! ¡Vaya, esta me ha arrancado las plumas de la cola!>

       <¡Entra con nosotros!>, insistí.

       <Lo que tú digas>, se resignó.

       Estaba recuperando mis ojos humanos en el momento en que Tobias cruzó la puerta de la nave-insecto. Miré a mi izquierda. Una horrible criatura con una minúscula cola de escorpión, patas de mosca y una cara semihumana de la que sobresalía una trompa descomunal intentaba hacerse con el control de la nave utilizando sus torpes y pegajosas patas de mosca. Era Ax, en plena metamorfosis.

       De repente, la puerta se cerró. Mejor dicho, el mamparo de la nave-insecto se replegó hasta eliminar el espacio de la puerta.

       – ¡Están en la nave-insecto! – oí bramar a Chapman -. ¡Están en la nave-insecto! ¡Apresadlos!

       Yo ya era casi humano, pero todavía demasiado feo para mirarme en un espejo. El resto también estaba a punto de terminar. Cassie nos llevaba ventaje, como siempre, y estaba examinando a Tobias por si le hubiesen herido.

       Ax ya casi había recuperado su forma de andalita.

       – ¡Ax, sácanos de aquí! – exclamé en cuanto recobré mi boca humana.

       <Sí, príncipe Jake.>

       Esta vez no me entretuve en aclararle que no me llamara “príncipe”.

       <Estos mandos no son los habituales>, admitió Ax.

       ¡BAP! ¡BAP! ¡BAP! ¡BAP!, las balas se estrellaban contra el casco de la nave-insecto.

       Entonces, los motores comenzaron a rechinar. Me asomé por la ventana de la cabina y descubrí que las excavadoras avanzaban imparables en nuestra dirección.

       – ¡Nos van a aplastar! – gritó Marco.

       – ¿Ax? – pregunté con brusquedad.

       <Me temo que… No sé, príncipe Jake, puedo intentarlo pero no sé si funcionará.>

       – ¡Hazlo de una vez! – grité.

       Oímos un zumbido y, a continuación, se activaron muchas luces en la cabina. Empezó a escucharse un sonido grave de sirena.

       <¡Ajá! Éste es el mando de encendido>, informó Ax.

       – Estupendo – celebró Marco -, y ahora busca el mando “¡sácanos de aquí de una vez!”.

       La nave se separó del suelo un poco, medio metro más o menos, y se balanceó de un lado a otro. Afuera, toda la maquinaria pesada seguía su avance para destrozarnos.

       Ax giró la nave hasta situarla frente a la pared derruida.

       <¿Es resistente esa funda de plástico?>, preguntó Ax.

       – Lo sabremos enseguida – contesté.

       Y entonces, ¡FIIIUUUUU!

       Fue como si nos golpeasen en el pecho. Todos, excepto Ax que tiene cuatro patas, caímos hacia atrás. La aceleración fue increíble. La nave salió disparada y atravesó la funda de plástico.

       Cruzamos el aparcamiento y nos elevamos hacia el oscuro cielo de la noche.

       – ¡Lo hemos conseguido! – gritó Rachel.

       <Siento lo de la aceleración – dijo Ax -. Siempre se me olvida que los humanos se caen enseguida.>

       – Tú sácanos de aquí, Ax – contestó Marco -. Nos vamos a Washington a ver al presidente.

Capítulo 9:

      20:42 h.

       En el interior de la nave no contábamos con mucho espacio, sobre todo porque Ax ocupa demasiado, así que nos apretujamos para mirar al exterior por encima del hombro del andalita, a través de los paneles transparente de la parte frontal de la nave, mientras éste manipulaba los mandos.

       <Esta nave es difícil de manejar – comentó Ax -. Tiene un diseño extraño. Algunos de los mandos son psicotrónicos y otros manuales, por desgracia diseñados para los taxxonitas, que tienen más manos que yo.>

       – ¿Podemos ayudar en algo? – pregunté.

       <Que alguien se encargue de los mandos que accionan las armas>, indicó Ax.

       – ¡Genial! – exclamó Marco dispuesto a ocupar el puesto, pero yo estaba más cerca y me adelanté.

       Me adentré en la zona de mandos y me coloqué al lado de Ax. El “asiento” de piloto de Ax no era en realidad un asiento, porque los taxxonitas son unos ciempiés descomunales que no pueden sentarse, lo cual nos iba de maravilla, puesto que Ax tampoco puede sentarse.

       La consola de armas estaba diseñada para hork-bajir. Esas bestias miden unos dos metros de alto y, aunque tienen el cuerpo recubierto de peligrosas y gruesas púas, pueden sentarse.

       – ¡Ey! No es justo que te encargues tú de las armas – protestó Marco acercándose por detrás -. Venga hombres, si yo siempre te gano en los videojuegos.

       – Sí, claro – repliqué -, en otra galaxia, tal vez.

       – Agarra el joystick – indicó Marco.

       Por raro que parezca, había un joystick. Estaba pensado para manos mucho más grandes que las mías y los pulsadores no resultaban cómodos al estar demasiado separados unos de otros, pero se trataba de un joystick.

       – Quizá deberíamos probarlas – sugerí a Ax.

       <Sí>, contestó Ax en tono distraído.

       Seguíamos ascendiendo, nos encontrábamos ya por encima de las nubes. Todavía se distinguían los leves reflejos de la ciudad, pero estábamos rodeados de nubes.

       Yo esperaba un ascenso vertiginoso, sin embargo, no fue así. Ax hacía lo que podía.

       Miré al frente, teníamos vía libre, presioné uno de los pulsadores del joystick y no pasó nada.

       <Ése es el pulsador de seguridad – explicó Ax, mirando de reojo -. Ahora la lanzadera debe estar cargada. Mira la pantalla de ahí delante. ¿Ves el círculo rojo? Así es como apuntas. Debes combinar el movimiento del joystick, y utilizar el cerebro.>

       – ¡Fasers a máxima potencia! – ordenó Marco imitando el acento del Capitán Picard, al tiempo que ponía su mano en mi hombro -. ¡Carguen los torpedos de fotones! ¡Si los borg quieren guerra, la van a tener! ¡Adelante!

       Moví el joystick y observé el círculo rojo en la pantalla en busca de alguna variación. Lo único que se apreciaba era el cielo estrellado. Por el momento, nos encontrábamos a salvo.

       Presioné el otro pulsador.

       ¡SHIIIUUUU! ¡SHIIIUUUU! Dos rayos rojos idénticos salieron disparados para converger a una distancia imposible de distinguir.

       – ¡Genial! ¡Es fantástico! – gritó Marco.

       – Bueno, no ha estado mal – admití, intentando no parecer un idiota al que acaban de regalar su primer videojuego.

       – Los chicos con sus juguetes – bromeó Cassie.

       <Príncipe Jake – me dijo Ax -, tienes que perdonarme.>

       – ¿Por qué?

       <Al principio, no me he dado cuenta, pero el escudo protector de la nave no funciona.>

       Me llevó unos segundos percatarme del significado de sus palabras.

       – ¿Quieres decir que… la gente puede vernos?

       <Bueno, no – respondió Ax – porque nos tapan las nubes, pero un radar humano sí podría localizarnos. De hecho, ya lo han hecho.>

       – Oh, oh. Tal vez sea mejor ganar altura – sugerí.

       <Sí, pero no entiendo por qué esta nave asciende tan despacio. Además se acercan dos objetos.>

       – Seguramente son aviones de líneas regulares – aventuró Rachel.

       <Esos objetos avanzan a una velocidad mayor que la del sonido>, informó Ax.

       – Está claro que no son aviones – puntualizó Marco.

       – Aviones militares – exclamé -. ¡Oh, no!, nos persiguen las Fuerzas Aéreas militares. En teoría ellos son “los buenos” y tendrían que estar de nuestro lado. No podemos dispararles.

       De repente…

       ¡FIIIUUU! ¡FIIIUUU! Nos sobrepasaron dos jets de color gris pálido. La turbulencia que provocaron agitó la nave-insecto.

       <Puedo acceder a su señal de radio>, anunció Ax. Al poco rato, nos llegó la voz de uno de los pilotos.

       – Um… Base de control, yo… um… Aparato no identificado. Repito, no identificado.

       – No identificado – confirmó el otro piloto -, y tanto que no.

       – Vamos a acercarnos de nuevo – oímos decir a uno de ellos.

       – No vamos a permitir que nos derriben un par de adolescentes de encefalograma plano – añadí mirando a Ax.

       <Por supuesto que no, príncipe Jake. Sería una humillación. Creo que he descubierto cómo aumentar…>

       ¡FIUUUUMMMM!

       De repente, ya no estábamos. Más allá de las nubes y más allá de la atmósfera.

       – ¡Vaya! ¡A esto llamo yo ir de prisa! – exclamó Marco -. Tenemos que comprar este juego.

       Por la radio nos llegó el sonido distorsionado de una voz cada vez más débil:

       – ¿Ha visto eso? ¿Ha visto a qué velocidad iba esa cosa, Coronel? ¿Ha visto eso? ¿Qué demonios…?

       Estábamos fuera de cobertura y nos adentrábamos en la inmensidad del negro espacio. Por debajo, se distinguía la curbatura de la Tierra, era igual que una de esas fotos que los astronautas toman cuando están en órbita.

       – ¡Qué bonito! – se asombró Cassie -. ¡Mirad allí! Está amaneciendo en la zona del Mar Rojo.

       <Perdona – la interrumpió Tobias -, pero si no me equivoco, el Mar Rojo no está precisamente de camino a Washington D.C.>

       – La verdad es que no – reconocí, aunque la vista era tan maravillosa que lo que menos me importaba era hacía dónde íbamos -. Ax, será mejor que aminoremos la marcha y averigüemos por dónde queda Washington y…

       <¡No! ¡No!>, bramó Ax.

       Me quedé atónito. Ax siempre es muy educado.

       <No, príncipe Jake – repitió ya un poco más calmado -. No podemos aminorar la marcha.>

       – ¿Por qué? – preguntó Cassie.

       Ax señaló una de las pantallas.

       Yo sólo veía estrellas y la Luna, como una enorme bombilla gris y blanca.

       Pero, al lado de la brillante Luna, destacaba la silueta de una especie de hacha de guerra, cuya parte posterior terminaba en una cuchilla de dos cabezas.

       Desde la parte central, a modo de mango de hacha, se extendía un largo conducto en cuyo extremo sobresalía una cabeza triangular que recordaba a la punta de una flecha.

       Era negra como el carbón y aunque fuera la primera vez que vieras algo así y no supieras qué era, presentías que aquello sólo podía significar la muerte.

       Yo la había visto antes y sabía lo que era.

       – La nave-espada – susurré.

       La nave-espada de Visser Tres.

Capítulo 10:

      20:54

       Visser Tres es el líder de la invasión yeerk en la Tierra.

       El único yeerk de toda la historia capaz de controlar un cuerpo de andalita y, por tanto, capaz de transformarse.

       – ¿Crees que podremos escapar? – pregunté a Ax.

       <No.>

       – ¿Y si nos enfrentáramos a él? – pregunté en un susurro. Tenía la boca tan seca que casi me impedía hablar.

       <No, príncipe Jake – respondió Ax mirándome con sus ojos giratorios -. Quizá con un poco de suerte, le acertaríamos, pero la nave-espada es muy resistente. Fue la que derribó la nave cúpula andalita.>

       – ¡Ahí viene! – advirtió Rachel a gritos.

       La nave-espada se cubrió de una luz roja al activar los motores y poner rumbo hacia nosotros.

       <Tenemos dos opciones, huir o disparar>, informó Ax mirándome, como todos los demás.

       Agarré el joystick con mano temblorosa.

       – Presiento que hoy es un día de suerte – comenté, mintiendo descaradamente. No era eso lo que sentía, pero sonaba tan bien…

       Vi que Marco esbozaba una sonrisa burlona. Mi amigo me conocía demasiado bien, sabía que fingía.

       Cassie me puso una mano en el hombro para darme ánimos.

       <Sujetaos bien. No creo que vuestras piernas humanas puedan manteneros en equilibrio>, advirtió Ax antes de maniobrar.

       Ax tenía razón. La nave, súbitamente, dio un giro brusco y a punto estuve de caerme, antes de que la nave recuperara la estabilidad gracias a sus sistemas para compensar la inercia.

       A continuación, Ax activó los motores y nos lanzamos directos contra la nave-espada.

       <¡Preparados para disparar!>, ordenó Ax. No era una pregunta.

       <Todavía no. Todavía no. Todavía no. Todavía no. Esperad hasta que… ¡AHORA!>

       Deslicé el círculo rojo hasta la cabeza negra en forma de diamante de la nave-espada y presioné el pulsador hasta el fondo.

       Un haz de brillantes rayos dragón brotó en dirección a la nave-espada, sin embargo, el Visser disparó al mismo tiempo y los rayos dragón chocaron entre sí, ¡ZZUUUUMMM!, lo que provocó una explosión de luz tan intensa que podía ver a través de mi mano, incluso distinguía los dientes de Cassie en el interior de su cabeza.

       ¡BOOOOMMM!

       Me estrellé contra el techo, rodé por el suelo y perdí el equilibrio. Rachel aterrizó sobre mí y casi me ahogo por su culpa.

       La nave-insecto giraba fuera de control. Lo único que veía eran luces de colores, que brillaban como soles dentro de mi propia cabeza.

       Dimos mil vueltas y choqué contra Ax, contra Marco. Tobias batía frenético las alas en un intento por dominar la situación. Era como si alguien nos hubiera metido en una lavadora y estuviéramos en la fase del centrifugado.

       Entonces, con una sacudida de las que hielan la sangre, la nave-insecto volvió a su posición inicial y recuperó la estabilidad. Teníamos de nuevo un suelo y un techo.

       A través de la ventana se vislumbraba la Tierra, grande, azul y cada vez más cerca.

       – ¡Estamos descendiendo! – gritó Rachel -. ¡Ax! ¡Ax! ¡Estamos descendiendo!

       Ax se incorporó como pudo y se apresuró hacia los controles.

       <¡Demasiado rápido! – protestó -. ¡Descendemos demasiado rápido!>

       <¡Mirad! – exclamó Tobias -. ¡Allí, a la izquierda! No estamos solos.>

       A más de un kilómetro de distancia, la nave-espada caía dando tumbos y bandazos, igual que nosotros.

       – Un momento… – intervino Cassie, más confusa que asustada -. Ahora es de día en el hemisferio oeste.

       – ¡¿Y a mí qué me importa?! – replicó Marco -. ¡Nos estamos cayendo!

       – Si en Oriente Medio está amaneciendo – insitió Cassie -, eso significa que es de día en el oeste.

       De repente, de la nariz de la nave-insecto brotaron unas llamas producidas por la fricción. Estábamos entrando en la atmósfera.

       – Ax, ¿puedes hacer algo? – le pregunté.

       <Intento frenar el descensó – aclaró -. Vamos un poco más despacio, pero… no creo que sea suficiente.>

       – ¡Genial! – se burló Marco.

       – Por lo menos, la nave-espada caerá con nosotros – observó Rachel.

       – ¿Eso te hace sentirte mejor, Xena? – se mofó Marco.

       Rachel esbozó una sonrisa breve y triste.

       – No mucho, la verdad – admitió.

       <Diez segundos para el impacto – anunció Ax -. Diez… nueve… ocho…>

       ¡Flash!

       La nave-insecto se esfumó y yo me encontré bailando una danza tradicional, y miraba a Rachel con resentimiento, al tiempo que me inclinaba para hacer una reverencia al ritmo de la música.

       ¿Pero qué…?

       ¡Flash!

       <Cuatro… tres… ¡Sujetaos bien!>

       Verde por todas partes, verde que se precipitaba hacia nosotros a una velocidad vertiginosa y, entonces, chocamos.

       Durante un buen rato, no vi nada.

Capítulo 11:

      Hora desconocida

       ¡OOH! ¡OOH! ¡OOH! ¡OOH! ¡OOOOOOHHHHHH! ¡AH! ¡AH! ¡AH!

       ¡KIIYAAAH! ¡KIIIYAAAAAH! ¡KIIIYAAAAH!

       Me desperté de golpe.

       ¡KIIYAAAH! ¡KIIIYAAAAAH! ¡KIIIYAAAAH! ¡YAHAHAHAHAHA!

       Me dolía la cabeza y aquellas voces chillonas no ayudaban a mejorar las cosas. También me dolía la espalda.

       Me encontré tumbado en el suelo, sobre una capa de hojas mohosas y podridas. Árboles gigantescos se alzaban por encima de mí y los helechos se inclinaban hasta hacerme cosquillas en la cara. Estaba tumbado sobre una raíz, eso explicaba el dolor de espalda.

       Pero estaba vivo.

       ¡KeRAU! ¡KeRAU! ¡KeRAU!

       ¡BRRIII! ¡BRRIII! ¡BRRIII!

       Me incorporé de inmediato. Dios, cómo me dolía la cabeza.

       Entonces, vi aquel bicho sobre una de mis piernas. Era enorme, parecía un monstruo. Supuse que se trataba de una especie de escarabajo porque tenía rayas amarillas y negras y algo que recordaba a un par de antenas. Os juro que debía medir unos quince centímetros, siete como mínimo. La verdad es que si no hubiera estado sobre mí, hasta me habría parecido bonito.

       – ¡AAAAHHHH! – grité y de un manotazo lancé al bichejo por los aires.

       Sentí una especie de cosquilleo que se extendía por una de mis piernas. ¡Hormigas! Había docenas de hormigas encaramándose por mi espinilla derecha.

       Yo había sido hormiga y si pensáis que eso me hacía sentir cierta debilidad por estos animalejos, os equivocáis. Sacudí la pierna hasta asegurarme de que no quedaba ni una.

       Me puse en pie. Me sentía aturdido y confuso. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban los demás?

       Miré a mi alrededor, había verde por todas partes.

       – Las visiones – me dije a mí mismo.

       Estaba en la selva. Aunque nunca había estado en una, no me cabía la menor duda de que aquello era la selva. Quizá fuesen los monos y los pájaros chillando a un volumen atronador lo que contribuían a confirmármelo, o las enredaderas y lianas, la visión de un pájaro rojo y azul chillón entre las ramas, o incluso el hecho de que los escarabajos no suelen ser tan grandes como el que había visto.

       Estaba en la selva, en la misma selva que tantas veces había aparecido ante mí, desde aquella tarde en que ensayamos bailes tradicionales en el colegio.

       – Ya está – murmuré -. Son esos bailes tradicionales lo que me han trastornado. – Decidí entonces buscar a los demás -. ¡Ey! ¡Ey! ¡Cassie! ¡Marco!

       Pero mi voz había perdido potencia. Los árboles, helechos y matorrales se tragaban el sonido.

       – Vale ya, Jake, ¡calma! Lo último que recuerdo es la nave descendiendo a toda velocidad. Está claro que hemos chocado. Debo buscar la nave, eso es. No puede encontrarse muy lejos.

       Contemplé aquella muralla verde que me rodeaba.

       El aire rezumaba humedad. El aroma dulzón de las flores y de la podredumbre tropical me recordaban a la sección de perfumería de unos grandes almacenes.

       Entonces, divisé un árbol al que le faltaba la parte superior. Avancé hacia él y, de camino, vi otro astillado. Progresivamente me percaté de que a través de la espesura se había formado una especie de túnel que, supuse, conduciría a la nave-insecto.

       – O a la nave-espada – pensé.

       ¡OOHH! ¡OOHH! ¡OOHH! ¡OOOOHHHH! ¡AH! ¡AH! ¡AH! ¡AH!

       El barullo de la selva parecía haberse calmado un poco, aunque todavía se oían algunos chillidos histéricos procedentes de lo más alto de los árboles. Se adivinaba la ansiedad en aquellos sonidos emitidos por los animales, quizá no les acababa de hacer gracia que una nave-insecto se hubiera estrellado en medio de su territorio. Tampoco parecía gustarles mi pinta.

       El suelo aparecía extrañamente despejado, apenas crecía nada y sólo se veían hojas secas. Pero a la altura de los ojos te econtrabas con lianas, arbustos y helechos golpeándote en la cara al avanzar.

       De pronto llegué a un claro, una abertura en el follaje provocada por la caída de un árbol. Por el hueco se colaban brillantes rayos de sol y daba la sensación de que todas las especies de plantas se hubieran dado cita en aquel punto soleado, un increíble escaparate vegetal en el que se exhibían docenas de flores brillantes de distintas clases, un musgo tan verde que no parecía real, pequeñas lianas enroscadas en otras mayores que, a su vez, se abrazaban a los troncos de los árboles.

       No podía haber ningún lugar más verde en toda la Tierra. Incluso de los suaves troncos de los árboles más altos brotaban plantas.

       Seguí avanzando con dificultad. Me adentré de nuevo en la penumbra de la selva y, cuando miré hacia arriba, había perdido de vista el túnel.

       Fue en ese momento cuando empecé a asustarme de verdad.

       Estaba en una selva, y una selva no es como un bosque, en el que puedes ver a muchos metros de distancia en cualquier dirección. La selva te aprisiona, te sepulta en la vegetación.

       ¡Ger-AK! ¡Ger-AK! ¡AKAKAKAK!

       – ¡Marco! ¡Cassie! ¡Rachel! – grité mientras sentía que me invadía el pánico.

       <¿Y qué hay de Tobias?>, preguntó una voz en mi cabeza.

       Alcé la vista pero al principio no divisé nada, y entonces le vi descender desde las ramas más altas de un árbol.

       – ¡Tobias! – chillé y agité las manos. Por supuesto, él ya me había visto. Pero el alivio que sentía era tanto que no podía dejar de agitar las manos.

       El cuerpo del ratonero de cola roja parecía demasiado suave, casi insignificante en mitad de aquella selva. Se posó sobre un tronco podrido y cubierto de musgo.

       – Tobias, ¿y los otros? – pregunté.

       <Todos están vivos – contestó -. Aunque me llevó un rato dar con ellos. Creo que la nave-insecto debe de haber dado varias vueltas al pasar por entre los árboles. Cassie aterrizó prácticamente encima de una serpiente. Una serpiente muy grande.>

       – ¿Dónde estamos?

       <No lo sé – respondió -. Pero juraría que bastante lejos de casa. Venga, sígueme, no están muy lejos.>

       Me abrí paso a manotazos por entre la espesura que parecía decidida a no dejarme avanzar. Sudaba a goterones y me costaba respirar aquel aire tan denso.

       Llegamos a un claro. No uno natural, sino el provocado por la nave-insecto al chocar contra el suelo.

       – ¡Jake! – exclamó Cassie y corrió a abrazarme. Tenía un corte muy feo en una mano que se había vendado con tiras arrancadas de su propia camiseta.

       – Estás vivo – observó Marco, y añadió -, de momento.

       – Os dije que estaría bien – repuso Rachel.

       La nave-insecto estaba derecha, uno de sus lados parecía haberse despegado. Se veía el interior. Además, la vaina del motor izquierdo estaba muy torcida.

       Desde el interior de la nave, Ax agachó la cabeza para saludarme a través del agujero lateral.

       <Príncipe Jake, me alegro de que estés bien.>

       – Yo también me alegro de estar bien – contesté -. Estooo… ¿dónde estamos?

       – Adivinar “dónde” es lo de menos – dijo Cassie -, se trata de una selva tropical. No es África, porque he visto monos con colas prensibles, ya sabéis, colas con las que colgarse de los árboles. Lo más probable es que nos encontremos en algún punto de América Central o Sudamérica. Podría ser la selva tropical de Costa Rica o la del Amazonas.

       – Apuesto a que es la del Amazonas – afirmó Marco triunfante -. Acepto también apuestas sobre si viviremos lo bastante como para que podáis pagarme.

       – Tú siempre tan optimista, Marco – comenté entre risas. Me giré y le dije a Cassie -: Así que la selva amazónica, ¿eh?

       – Ya te he dicho que el lugar es fácil de situar.

       – Cassie, ¿por qué tengo la sensación de que me estás ocultando algo? – le pregunté.

       – ¿Recuerdas cuando estábamos en órbita? ¿Recuerdas que era de noche en Norteamérica pero el Sol se estaba levantando en el mar Rojo?

       – Imagino que sí – me encogí de hombros.

       – Bien, pues tras dispararle a la nave-espada, mientras caíamos era de día aquí. Sobre Sudamérica.

       Me llevó unos segundo comprenderlo.

       <Gracias a la observación de Cassie, hemos deducido que cuando nosotros y la nave-espada disparamos a la vez y los rayos dragón entrechocaron, creamos lo que nosotros denominamos un Sario Rip>, explicó Ax que había salido trotando de la nave-insecto y se limpiaba las manos con un trapo.

       – ¿Un qué? ¿Un Sario Rip? ¿Qué demonios es eso?

       <Abrimos un pequeño agujero en la dimensión espacio-tiempo y fuimos absorbidos hacia su interior.>

       – ¿Estás seguro de que hablamos el mismo idioma? Inténtalo otra vez, anda – le pedí.

       – Hemos sido lanzados a través del tiempo, Jake – dijo Cassie. No estamos donde queremos estar, ni en el momento en el que queremos estar.

       – ¿Hemos ido hacia delante o hacia atrás? – pregunté mirándola fijamente -. ¿Estamos en el pasado o en el futuro?

       <Bueno – contestó Ax -, son las únicas opciones.>

Capítulo 12:

      13:22 h. Otra vez.

       – Resumiendo. Es probable que estemos en la selva amazónica, en nuestro pasado o en nuestro futuro. No hay forma de conseguir que esta nave-insecto nos saque de aquí, ni de averiguar si hay una ciudad, un pueblo o tan siquiera una carretera cerca de aquí – recapitulé mirando a mis amigos -. ¿Alguien tiene algo que añadir?

       <Si os sirve de algo es la una y veintidós minutos de la tarde – apuntó Ax -, aunque no sé de qué día ni de qué año.>

       Los andalitas tienen la capacidad innata de saber la hora, es como si tuviesen un reloj interno. Por lo general resulta muy útil pero, claro, resulta mucho más útil saber en qué siglo estás.

       – La selva tropical está llena de serpientes venenosas, insectos venenosos, plantas venenosas y ranas venenosas – dijo Cassie levantando la mano como si estuviera en clase.

       – ¿Cómo dices? – gimió Marco -. ¿Ranas venenosas? ¿Has dicho ranas venenosas?

       – Y por lo menos un depredador de los grandes, el jaguar.

       – Me encantan esos coches – puntualizó Marco.

       – Ahora mismo no tenemos comida ni agua – añadió Rachel para animarnos todavía un poco más -, ni armas.

       <¿Para qué necesitamos las armas? – preguntó Tobias -. Transformaos en pájaros y nos iremos de aquí volando.>

       – Ninguno de nosotros puede permanecer transformado más de dos horas – matizó Cassie -. Seamos realistas, ¿cuál es nuestra velocidad de vuelo? Cuarenta o cuarenta y cinco kilómetros por hora en el mejor de los casos. Eso hace unos noventa kilómetros por cada transformación, podríamos estar a mil kilómetros del pueblo más cercano.

       – Además – dijo Marco con tristeza -, ¿qué íbamos a hacer? ¿Encontrar una ciudad, llamar a cobro revertido a nuestros padres y decirles que estamos en Sudamérica? “Hola, papá, ¿a que no lo adivinas? Estoy en Brasil, o quizás en Costa Rica. ¿Puedes venir a recogerme?”

       – Eso si existe una ciudad – siguió Rachel -. O teléfonos. Si nuestros padres ya han nacido o están aún vivos. Parece que no os dais cuenta de que podríamos estar en el año dos mil después de Cristo o en el dos mil antes de Cristo.

       – Ax, ¿qué hay del Sario Rip? – le pregunté al andalita -. Quiero decir, ¿hay alguna forma de solucionarlo?

       Ax no respondió. En lugar de eso, percibí que sus ojos superiores giraban lentamente hacia su derecha.

       <No estamos solos>, advirtió.

       Seguí la dirección de su mirada y… allí ¡algo se había movido! Por un momento creí haber visto un hombro, un brazo y una cabeza.

       <Humanoide – informó Ax -. No lo he visto bien, pero nos miraba.>

       – Estupendo – dije -. ¿Tobias?

       <Estoy en ello>, dijo. Abrió las alas y salió volando por entre los árboles.

       <En cuanto al Sario…, todo lo que sé es lo que es. Una grieta en el espacio-tiempo.>

       – Sí, eso ya nos lo has dicho – le recordó Marco.

       <Creo que… – Ax bajó la cabeza -. Príncipe Jake, estudiamos el Sario Rip en la escuela, pero teníamos partido ese día y yo estaba más concentrado en el partido que en la clase. Además, había una hembra que me distraía.>

       – Ax – rió Marco -, ¿nos estás diciendo que estabas demasiado ocupado ligando con una chica como para escuchar la lección?

       Ax no respondió.

       <Lo cierto es que no sé con exactitud si podemos invertir un Sario Rip. Recuerdo algunas cosas, pero no todo.>

       – Tengo sed – anunció Rachel -. Hagamos lo que hagamos, necesitamos urgentemente encontrar agua y comida. Ax, ¿podemos arreglar la nave-insecto?

       <Podemos volar con un solo motor – respondió -. El fuselaje destrozado no será un impedimento si permanecemos en la atmósfera y volamos despacio. El problema es que los efectos del Sario Rip han afectado al software de la nave y lo han borrado.>

       – ¿Puedes rehacerlo? – preguntó Rachel.

       <Sí, pero me llevaría al menos veinte años.>

       – Esto se pone cada vez mejor – añadí -. Eh, un momento. ¿Qué pasó con la nave-espada?

       Ax no se inmutó.

       – Cayó a la vez que nosotros – explicó Cassie -, pero no la vi estrellarse.

       – Así que además de todo lo dicho tenemos a Visser Tres y una nave llena de guerreros hork-bajir pisándonos los talones – concluí -. Por favor, que alguien me dé una buena noticia.

       – Bueno, todavía es de día – respondió Marco con una sonrisa fingida -. Cuando caiga la noche… prepárate.

       <¡Jake! ¡Agáchate!>, gritó Tobias.

       Por una vez en la vida no me paré a pensarlo. Me agaché. Y al hacerlo, vi aquella cara, el brazo, la lanza.

       Venía directamente a por mí.

       Hacia mi cara.

       ¡La visión! ¡Era la alucinación!

       Me agaché y la lanza pasó sobre mi cabeza para ir a perderse entre los arbustos sin causar ningún daño.

       <Debí haber estado más alerta – se regañó Tobias mientras se elevaba agitando con fuerza las alas -, ¿cómo he podido bajar la guardia?>

       – Sabía que pasaría – exclamé, demasiado confundido como para preocuparme por Tobias -. Esa lanza, el niño que la lanzó. ¡Lo sabía!

       – Jake – me interrumpió Cassie mirándome con extrañeza -, ¿de qué…?

       <Tres humanos – interrumpió Tobias -, son casi unos niños. Se marchan de aquí a toda prisa. Que es lo que nosotros deberíamos hacer.>

       – ¿Por qué? – preguntó Rachel indignada -. Unos niños con lanzas, ¿qué es eso para nosotros?

       <Olvídate de los niños. Veo un grupo de unos veinte… quizá treinta hork-bajir. Están destrozando el bosque y ¡se dirigen hacia aquí!>

       – ¡No podemos abandonar la nave-insecto! – protestó Rachel -. ¿Cómo saldremos de aquí entonces?

       – Tampoco podemos quedarnos y enfrentarnos a veinte guerreros hork-bajir – repliqué -. Hay que largarse cuanto antes.

       Miré a Cassie. Había ido a sacar la lanza de entre los arbustos. Era un palo largo y delgado, sin punta de lanza, pero uno de los extremos estaba muy afilado y era más oscuro.

       – No parece demasiado peligrosa – comenté.

       – No – replicó Cassie agitando la cabeza -, no parece que esto pueda matar a nadie salvo que la punta esté impregnada de veneno. Desde luego, aquí es fácil encontrar todo tipo de venenos naturales.

       – Los habitantes de este lugar…, sí, supongo que no perderían el tiempo fabricando armas inofensivas, ¿verdad? – observé.

       – Tú lo has dicho – replicó Cassie -. Esta lanza tiene toda la pinta de estar envenenada. Estamos rodeados de ranas y plantas cuyo veneno se utiliza para untar flechas y puntas de lanzas. Y eso sí que es mortal, no los hork-bajir.

       <Jake, debéis moveros – advirtió Tobias desde lo alto. No podía verlo, pero sabía que andaba entre el follaje -. Con tanto árbol es imposible ver bien, pero diría que hay un grupo de hork-bajir muy cerca de vosotros.>

       Había llegado el momento de decidirse. ¿Quedarse y librar una batalla perdida de ante mano o huir y abandonar la nave-insecto, nuestra única posibilidad de regresar a casa?

       – Ax, ¿hay algo… lo que sea… imprescindible para que la nave vuele? Así impediremos que los yeerks se larguen de aquí con ella.

       <Sí – contestó Ax al tiempo que clavaba en mí sus ojos principales mientras vigilaba los alrededores con los ojos de las antenas -, creo que, ahora que lo dices, podría encontrar algo.>

       – Pues, venga, ¿a qué esperas? – le ordené.

       <¡Jake! No queda tiempo>, gritó Tobias desde lo alto. No debía estar muy lejos para haberme oído, pero el follaje era tan denso que me resultaba imposible localizarlo.

       Ax titubeó, no sabía muy bien por dónde empezar.

       Los otros me miraron.

       – ¡Adelante, Ax! – repetí y, acto seguido, corrió hacia la nave -. Los demás, ¡largo de aquí!

       – Yo me quedo contigo – protestó Rachel.

       – Yo no me quedo. No podemos correr riesgos inútiles – sentencié -. Ax puede ocuparse de esto él solo, no tenemos por qué poner en peligro nuestras vidas.

       Me sumergí en la espesura, agarré a Rachel del brazo y tiré de ella. Cassie y Marco me siguieron.

       <Jake – insistió Tobias -, si Ax no sale de ahí en menos de dos minutos, no sobrevivirá.>

       No respondí.

       Es lo peor de ser el líder, odio tomar decisiones cuando es la vida de otro la que está en juego. Si Ax moría, me resultaría muy duro presentarme ante mis amigos. Y, sobre todo, ante mí.

Capítulo 13:

      13:48 h.

       No es tarea fácil describir la selva tropical. Para ello uno debe ser poeta, científico y escritor de novelas de terror.

       Sí os puedo decir cómo se siente uno: pequeño, minúsculo, solo, débil y asustado.

       El calor y la humedad alcanzan límites insoportables.

       Cuesta respirar, es como si absorbieras el oxígeno a través de una pajita. Aspiras vapor, perfume y hedor de cosas muertas y podridas.

       La selva te rodea por completo, arremete contra ti desde todos los flancos. Hojas húmedas que mojan tu rostro; enredaderas que envuelven tu cuerpo para que tropieces; tallos de bordes afilados que te impiden avanzar. Y luego están los dos elementos gemelos en horror: los bichos y la sed.

       Mosquitos, jejenes, moscas gigantescas y otros insectos voladores que ni siquiera sabía qué eran formaban nubes incesantes que se arremolinaban a nuestro alrededor y nos atacaban de repente para luego desaparecer sin motivo aparente, aparecer de nuevo y atacar por enésima vez.

       Detente un instante y te encontrarás con los pies cubiertos por hormigas, ciempiés, escarabajos o bichos imposibles de describir.

       Para colmo, íbamos descalzos.

       El calor nos absorbía hasta la más mínima gota de humedad de nuestro cuerpo. Es tan horrible como el desierto. Tienes la sensación de que, con tanta vegetación, debería abundar el agua. Pero no, la tierra bajo nuestros pies estaba seca, toda el agua es consumida por las plantas. Mientras nos abríamos paso entre la maraña de lianas, helechos, arbustos, mosquitos, jejenes y moscas, nos amenizaba una serenata de cacareos, graznidos, gritos, chillidos, risotadas escalofriantes de animales, chasquidos y algún que otro rugido de vez en cuando. Teníamos la impresón de ser la noticia del día: “fíjaos en ese puñado de humanos idiotas deambulando por la selva tropical”, dirían. Imaginábamos que estarían haciendo apuestas sobre el tiempo que sobrevivirían aquellos niñatos de ciudad.

       Habíamos recorrido unos doscientos metros cuando oímos un estruendo detrás de nosotros.

       – ¡Andalita! – bramó una voz de hork-bajir -. ¡Andalita!

       <¡Lo están persiguiendo! – informó Tobias desde algún lugar, por encima de nuestras cabezas -. Ax tiene a seis hork-bajir pisándole los talones. Estarás contento ahora, ¿no, Jake? ¡Ax-man! ¡Cuidado! ¡Detrás!>

       Me mordí el labio hasta que sentí el sabor de mi propia sangre.

       – Debemos transformarnos y ayudarlo – resolvió Rachel con los ojos fulgurantes.

       Podría haberme negado, tenía mis razones. Estábamos en un territorio desconocido, lo teníamos todo en contra. Además, de todos nosotros, Ax era el más rápido y el que contaba con más posibilidades de escapar con vida. Pero Rachel, de todas formas, hubiera ido.

       – Sólo dos de nosotros – determiné con firmeza -. Tú, Rachel, y yo. Marco y Cassie, vosotros quedaos aquí.

       – ¿Por qué tenemos que quedarnos nosotros? – preguntó Marco furioso.

       – Porque necesitamos refuerzos, Marco – contesté sin rodeos.

       No sé si lo entendió, pero Rachel ya estaba en plena metamorfosis.

       Yo empecé a transformarme en tigre tan rápido como me era posible. Rachel ya se había transformado por completo en oso pardo y mostraba unas espaldas enormes, un pelaje espeso y marrón y unas garras curvadas y amenazadoras.

       ¡SUIIIUUU! ¡SUIIIUUU! ¡SUIIIUUU!

       Nos llegó el sonido de las pistolas de rayos dragón. Los animales de la selva ocultos en lo alto de los árboles estallaron en una algarabía ensordecedora.

       ¡Ke-RRRRRRAAAAAAAUUUUUUU!

       ¡OOH! ¡OOOOUUUU!

       Oi que algo enorme chocaba contra los arbustos, pero no vi nada. En la selva tropical te puedes considerar afortunado si eres capaz de ver con claridad a un metro de distancia.

       <Estoy lista>, anunció Rachel.

       <Espérame>, le pedí.

       <Ya me alcanzarás>, espetó Rachel sin más. Desplazó su enorme masa de pelo y músculos y se dirigió hacia la nave-insecto. La maldije en silencio.

       Mi cuerpo se cubrió de un pelaje a franjas anaranjadas y negras. Ya estaba a cuatro patas cuando me crecieron unos enormes colmillos amarillentos y me brotaron unas temibles garras alargadas que sustituyeron a mis dedos.

       Entonces sentí la mente del tigre y vi a través de sus ojos. Experimenté la excitación del poder, el ímpetu de su fuerza. En la selva tropical se sentía en casa, aquel era el lugar al que pertenecía. El tigre era amo y señor de su propio reino.

       Claro que en las selvas de las que es originario el tigre no hay hork-bajirs ni Vissers Tres.

       Me lancé en pos de Rachel, atravesando matorrales y arbustos, y en seguida la alcancé. La selva era territorio de tigres, no de osos, por eso a Rachel le costaba respirar.

       <No veo nada…, no sé dónde están… Oigo ruidos, pero no dejan de moverse.>

       Agucé mi oído de tigre, dejé que los instintos del animal me guiaran, él sí que sabía cómo interpretar los sonidos de la selva.

       <Rachel, sígueme>, me adelanté y me sumergí en el follaje en dirección al lugar de donde procedían los ruidos, pero Rachel no era capaz de mantener mi ritmo.

       En ese momento, me sentía furioso con Rachel por ser tan impulsiva, con Tobias por actuar como si yo hubiera querido poner a Ax en peligro, con los yeerks por provocar todo aquello, con la selva entera, y, lo que es peor, conmigo mismo.

       Había cometido muchos errores, demasiados. Y ahora debía elegir: quedarme con Rachel o seguir y encontrar a Ax.

       La respuesta bajó del cielo.

       <Quince metros más a la izquierda, Jake>, gritó Tobias desde arriba.

       Estaba molesto con Tobias, pero no tanto como para ignorarlo. Giré hacia la izquierda y me deslicé a toda velocidad a través de la vegetación.

       <¡Jake! ¡Cuidado! ¡A tu derecha…!>

       – ¡Aaaaarrrggg! – bramó triunfante un hork-bajir al tiempo que blandía un brazo de cuchillas y se abría camino entre los helechos y la vegetación como si fuera una cortadora de césped.

       La cuchilla pasó tan cerca de mí que sentí la ráfaga de aire que provocaba a su paso. Un centímetro más y me hubiera hecho picadillo.

       A continuación, tensé los músculos de mis patas traseras y volé por los aires, extendí las zarpas grandes como sartenes, y saqué mis crueles garras.

       – ¡GGGGRRRROOOOUUUURRR! – rugí.

       Os juro que aquel rugido acalló los gritos de monos y pájaros.

       Derribé al hork-bajir, que intentó soltarse efectuando un giro brusco, pero no fue lo bastante rápido. Los hork-bajir son rápidos pero cuando se trata de luchar cuerpo a cuerpo, arañar, esquivar y utilizar los dientes, el tigre es más ágil y también más dañino.

       El monstruo me hizo un doloroso corte en el hombro izquierdo. Acto seguido, le devolví la caricia y profirió un quejido de dolor.

       Batió su cabeza de serpiente para atacarme con las cuchillas que le brotaban de la frente pero esquivé el golpe, cargué contra él y le clavé los dientes en el cuello.

       Entonces me llegó el rugido de un oso herido seguido de varios golpes secos y un gran estruendo.

       Reaccioné de inmediato y dejé al maldito hork-bajir de dos metros de alto y cuerpo acorazado de cuchillas bramando de dolor en el suelo. Por un momento, sentí un poco de lástima. La raza de los hork-bajir había sido esclavizada por los yeerks. Ese hork-bajir no había elegido acabar así, desangrándose con cientos de heridas por todo el cuerpo, en una selva extraña, a millones de kilómetros de su hogar.

       Pero yo tampoco había elegido estar allí.

       No había ni rastro de Ax, ni de los hork-bajir, ni de Rachel. Parecía como si se los hubiese tragado la vegetación.

       Entonces… sentí un pinchazo en la zarpa izquierda. Miré hacia el hork-bajir pero éste no se había movido de su sitio.

       Mis patas cedían lentamente y, con el rabillo del ojo, la vi deslizarse con suavidad. Era una serpiente de un color amarillo luminoso.

       <¡Transfórmate! – me dije -. ¡Transfórmate!>

       La cabeza me daba vueltas y sentía que la vegetación me aprisionaba, me sepultaba.

       Noté la presencia de un pájaro a mi lado.

       <Jake, ¡transfórmate! ¡Rápido, transfórmate!>

       Lo intenté con todas mis fuerzas, intenté recordar en qué se suponía que debía transformarme. Y…

       ¡Flash!

       Acabábamos de salir de clase y volvía con Marco a casa. Nos preguntábamos qué nos tendría que contar Tobias.

       Nos llegó la voz de Tobias por telepatía…

       ¡Flash!

       <Sigue así, Jake. Venga, vas bien>, me alentó Tobias.

       Recuperé la vista, veía mis manos estirarse en el suelo, recobrar poco a poco su apariencia humana.

       “¿Sería capaz de librarme del veneno al recuperar mi estado natural? Debería habérselo preguntado a Ax”, me censuraba a mí mismo.

       En seguida supe la respuesta, porque, según iba completando mi forma humana, sentía cómo el veneno perdía eficacia.

       <Venga, Jake, rápido – apremió Tobias -. No nos queda mucho tiempo.>

       – ¿Qué? ¿Qué pasa ahora? ¿Otro hork-bajir? – le pregunté una vez hube recuperado mi boca.

       <No, se trata de Rachel.>

       Casi se me para el corazón. Me puse en pie, el cambio había sido tan repentino que no conseguía recuperar el equilibrio. Me entraron ganas de vomitar. Quizá fuese por el veneno, o tal vez estaban sucediendo demasiadas cosas a la vez.

       – ¿Dónde está? – pregunté.

       <Justo detrás de ti, a unos treinta metros. ¡Date prisa! Yo me adelanto para inspeccionar.>

       Batió las alas con fuerza y me dejó allí, solo, descalzo e indefenso en medio de la selva.

       Encontré a Rachel siguiendo los destrozos que había causado a su paso: tres hork-bajir yacían en el suelo inconscientes, o algo peor. No disponía de tiempo para comprobarlo.

       Un poco más adelante la localicé. Estaba fría y cubierta de graves heridas causadas por aquellos malditos hork-bajirs. Estaba tendida sobre uno de sus costados y sangraba a borbotones.

       Pero no fue eso lo que me aterrorizó.

       Su pelaje parecía estar vivo, millones de hormigas recorrían su cuerpo, arrancando a mordiscos su carne malherida.

Capítulo 14:

      14:30 h.

       – ¡Rachel! – grité -. ¡Despierta!

       <Jake, ¡no grites! – me advirtió Tobias -, puede que haya algún hork-bajir cerca. No veo nada con tanta vegetación.>

       Me acerqué a Rachel y empecé a sacudir su cuerpo para espantar a las hormigas, pero lo único que conseguí fue que treparan por mis manos.

       Había miles.

       Rachel se había desplomado prácticamente sobre el hormiguero hacia el que se dirigían cientos y cientos de esos bichejos cargados con diminutas porciones de carne ensangrentada de oso.

       – Tobias, ¿ves agua por algún sitio? – pregunté.

       <Hay un arroyo, pero está demasiado lejos. Rachel pesa cientos de kilos. ¿Qué piensas hacer? ¿Llevarla en brazos hasta allí?>

       Veía el pecho de Rachel subir y bajar. Todavía respiraba, estaba viva. Empecé a darle patadas con todas mis fuerzas.

       – ¡Despierta! – la apremié en un susurro! –. Por favor, Rachel, ¡despierta!

       Las hormigas estaban llegando a los oídos. Los ojos cerrados de mi amiga eran un auténtico hervidero. Dios mío, sentía deseos de gritar, quería llorar.

       Creo que nunca me he sentido tan impotente.

       Rachel temblaba de frío mientras un ejército de hormigas se encargaba de que nunca despertara. Si mi prima no se transformaba a tiempo, moriría con el oso. Le sacarían los ojos, se colarían en el interior de su cabeza y yo me quedaría allí de pie, sin poder hacer nada.

       – ¡Tobias, más hormigas! ¡Necesitamos más hormigas!

       <¿Te has vuelto loco?>

       – ¡Obedece! – grité sin importarme si me oían o no -. Necesitamos otra colonia de hormigas.

       Tobias lo entendió enseguida, sus fieros ojos se dilataron. Salió volando manteniéndose a ras de suelo. Tras varias vueltas, extendió las alas y se paralizó en el aire.

       <¡Aquí! ¡Aquí!>, gritó.

       En ese momento oí un movimiento entre unos matorrales cercanos, me giré y descubría a dos lobos que desentonaban en aquel escenario. Sus rostros astutos sobresalían de entre la vegetación.

       – ¡Cassie, Marco! Sois vosotros, ¿verdad?

       Supuse que habían estado luchando por la cantidad de cortes y los restos de sangre en sus cuerpos. Empezaron a transformarse.

       <Oh, Dios mío>, exclamó Cassie al ver estado en que se encontraba Rachel.

       No había tiempo para explicaciones. Me agaché al lado del oso y comencé a arrancarle con violencia mechones de pelaje ensangrentado.

       <¿Qué haces? ¡Déjala en paz!>, gritó Marco.

       Una vez hube conseguido un buen montón de pelaje grasiento, me apresuré hacia el lugar donde aguardaba Tobias, acomodado sobre un resistente helecho, con la vista fija en el hormiguero.

       Deposité un trozo del pelaje del oso al lado del hormiguero. Reaccionaron de inmediato y, en menos de un minuto, las hormigas acudieron en tropel.

       Coloqué otro trozo de pelaje en el suelo y, cuando se llenó de hormigas, lo deposité un poco más cerca de Rachel. Repetí el proceso hasta conseguir que las hormigas llegaran hasta el oso. Tenía miedo de que los bichejos perdieran el rastro, pero no fue así, algunos incluso me sacaban ventaja.

       Poco a poco, conseguí guiar a las hormigas hacia la trampa.

       Cassie y Marco habían recuperado su forma humana. Estaban aterrorizados, espantados y se sentían impotentes, igual que yo.

       – ¡Hay que espantar a las hormigas! – gritó Cassie al verme -. Le han entrado en los oídos y en la boca. ¡La van a matar!

       – Lo sé. – Solté mi último trozo de mata de pelo empapada en sangre. Si aquello no funcionaba, Rachel estaría perdida.

       Me aparté y rodeé a Cassie con el brazo.

       La nueva colonia de hormigas siguió el camino que yo había trazado. Cuando se percataron de la presencia del oso, aquel ejército se detuvo un instante.

       Pero aquel momento de vacilación no duró mucho y, como todo ejército bien entrenado, se lanzaron al ataque. Un nuevo enjambre de hormigas se extendió por el cuerpo inconsciente de Rachel hasta toparse con aquel muro infranqueable formado por la primera colonia de hormigas.

       Yo había sido hormiga y sabía cómo actuaba un ejército frente a otro. Esperaba que aquél no fuera la excepción.

       En efecto. En poco segundos, el cuerpo del oso se convirtió en el campo de batalla de una de esas guerras civiles que nos hacen estudiar en la escuela. Aquello parecía una de esas batallas de las guerras civiles de antaño. Los dos ejércitos se enfrentaron encarnizadamente, como perfectos autómatas obedientes, respondiendo únicamente a los dictados de su olfato y su instinto.

       La lucha encarnizada y todas las hormigas que se habían colado por oídos y boca salían a ayudar a sus compañeras.

       – Bien pensado, Jake – reconoció Cassie -, pero tarde o temprano, una de las dos colonias ganará.

       – Esperemos que Rachel se despierte antes – contesté.

       Los ejércitos peleaban duro. Desde fuera tal vez no parezca tan salvaje, tan brutal, pero después de haber sido hormiga, sé lo que digo, y era consciente de la terrible matanza que tenía lugar en esos momentos sobre la piel del oso.

       Hormigas descuartizadas por completo, y descuartizadas literalmente porque se arrancan patas, se cortan cabezas y rocían veneno en cada mordedura.

       La batalla dio un giro. El hormiguero de la segunda colonia estaba demasiado lejos para enviar refuerzos suficientes. El fin de la batalla era inminente.

       <Umm… qué… ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Estoy llena de hormigas!>

       – ¡Rachel! ¡Rachel! Soy yo, Jake. ¡Transfórmate! ¡Transfórmate y prepárate para salir corriendo!

       No tuve que repetírselo, empezó a cambiar de forma a toda velocidad. Encogió al tiempo que su pelaje era sustituido por su piel humana. Sus enormes espaldas y pezuñas menguaron hasta recuperar un tamaño humano.

       – ¡Oh! – gritó Rachel tan pronto como se le formó la boca -. ¡Arrrrggghhh!

       – Rachel, ¡arriba! ¡Sígueme! – le indiqué -. Tobias, ¿dónde está el arroyo?

       Tobias levantó el vuelo y se deslizó con suavidad a través de los árboles.

       Le seguí, abriéndome paso por entre los matorrales. Me estaba destrozando los pies y tropezaba continuamente. No habríamos recorrido más de treinta pasos, sin embargo a mí me parecía que hubiese andado un kilómetro por lo menos.

       Rachel gritaba sin cesar. Mi prima es la persona más valiente que conozco, pero las miles de hormigas que cubrían su cuero habían empezado a atacarla, una vez habían conseguido derrotar a la colonia invasora. Os aseguro que no hay nadie que pueda soportar eso.

       Nadie.

       – ¡Fuera! ¡Dejadme en paz! ¡Oh, Dios mío! Están en mi…

       De repente, la vegetación desapareció y ante mis ojos vi un arroyo fangoso… Salté y me sumergí de golpe. ¡PLAASHH!

       Rachel saltó casi a la vez. ¡PLAAASSHH!

       Me acerqué a ella, todavía debajo del agua, demasiado turbia como para ver algo. Lo único que distinguía eran extremidades agitándose. Las hormigas flotaban en la superficie y eran arrastradas por la corriente.

       Y entonces…

       ¡SPLAAASH!, Rachel emergió de golpe y dio una gran boqueada, tenía problemas para respirar.

       – ¿Estás bien? – pregunté.

       Miró alrededor, un tanto confusa y entonces me reconoció. Acto seguido divisó a Marco y a Cassie en la orilla del arroyo.

       – ¡Salid del agua! – gritó Cassie.

       Agarré a Rachel del brazo y tiré de ella hacia la orilla. La empujé con fuerza y patiné en la hierba resbaladiza por el barro. Estaba sacando los pies del agua cuando divisé cierta agitación en el arroyo y el reguero de espuma que Cassie había visto primero.

       Retiré los pies de inmediato, no deseaba que fueran pasto del banco de pirañas carnívoras.

       – ¿Y ésta es la famosa selva tropical? – protestó Rachel al tiempo que escupía agua y se peinaba el pelo por si quedaba alguno hormiga -. ¿Es ésta la selva tropical que todos quieren salvar? ¿Hormigas, pirañas, serpientes, insectos del tamaño de una rata? Pues, por mí, como si la incendian, la asfaltan y edifican en ella centros comerciales y tiendas.

       Permanecí sentado mirando fijamente a las pirañas. Dicen que un banco de pirañas puede devorar a una vaca hasta dejar sólo los huesos en cuestión de minutos.

       En ese momento, y después de lo que había estado a punto de suceder, temblando de miedo, con el corazón acelerado y unas ganas de llorar tremendas, estaba de acuerdo con Rachel.

Capítulo 15:

      15:09 h.

       – Bien, hay que encontrar a Ax – indiqué -, pero debemos tener mucho cuidado. La selva en sí ya es muy peligrosa y, además, sabemos que los hork-bajir no andan muy lejos.

       <No me he perdido, príncipe Jake>, pronunció una voz por telepatía.

       – ¡Ax! – exclamé.

       <Sí, soy yo – respondió Ax -, pero me he transformado. No os asustéis.> Y a continuación, saltó de uno de los árboles y aterrizó en el suelo.

       – Muy bien – dijo Marco en tono satisfecho -, ahora sí que estás mono, Ax.

       Había adoptado la forma de un mono pequeño y de pelaje marrón, pero lo mejor de todo era que estaba vivo.

       Creo que no me había sentido tan aliviado en toda mi vida. Había cometido muchas equivocaciones. Para empezar, maldita la hora en que se me ocurrió entrar en Safeway y arriesgar la vida de Tobias, después la de Ax y finalmente la de Rachel, a quien había dejado sola y que casi no lo cuenta. Sin embargo, debíamos estar agradecidos porque nadie había muerto.

       De momento.

       – Es un mono araña – concluyó Cassie frunciendo el entrecejo -, aunque no estoy segura. No sé mucho de animales tropicales.

       El mono, bueno, Ax, sostenía en una mano un objeto de un amarillo luminoso y del tamaño de un disquete, sólo que redondo y un poco más grueso.

       – ¿Qué es eso? – le pregunté.

       <Seguí tus órdenes – contestó Ax -. Ésta es una parte fundamental de la nave-insecto , el núcleo del ordenador, sin él, esa nave no puede volar.>

       <¿Esa cosa es el ordenador?>, preguntó Tobias.

       <Sí, los yeerks son todavía bastante primitivos. Nuestra versión ocupa un tercio del tamaño de éste.>

       – Bueno, me alegro de que estés a salvo, Ax – dije -. Las cosas no han salido muy bien.

       <Casi no lo consigo – añadió Ax tan tranquilo -. Hay docenas y docenas de hork-bajir peinando la selva en nuestra búsqueda. Creo que se han dividido en pelotones de cinco, dirigidos por un controlador humano. No he visto al Visser, pero no andará muy lejos. Ya sabéis que el Visser puede cambiar de forma, así que puede ser cualquiera de los animales que vemos.>

       – Perfecto – dijo Rachel -, así que debemos vigilar a los animales, a los hork-bajir y a los nativos.

       – Los controladores humanos – siguió Marco pensativo – acompañan a los hork-bajir para identificar a los animales que no pertenecen a la selva tropical. Si ven un oso pardo, un tigre o un lobo, descubrirán enseguida que somos nosotros ya que esos animales no viven en este tipo de selva.

       – Muy bien, Marco – aplaudí -. Necesitamos adquirir el ADN de animales locales.

       <Os puedo guiar hasta los monos – propuso Ax -. Según tengo entendido, son familia cercana vuestra, ¿verdad?>

       – Marco es primo segundo de uno de ellos – se burló Rachel.

       Me alegraba ver que mi prima volvía a meterse con Marco. Eso era buena señal, aunque su mirada era todavía un poco turbia. Ni siquiera Rachel podría olvidar fácilmente todo lo que había sufrido y, conociéndola, seguro que reaccionaría con mayor agresividad. Quizá demasiada.

       – Los monos nos servirán – observó Cassie -. Podremos trepar a los árboles y mantenernos alejados del suelo.

       – De acuerdo, Ax, guíanos. Tobias, odio pedírtelo, pero ¿podrías cubrirnos?

       <Claro>, contestó Tobias.

       Se elevó hasta la copa de los árboles. Yo sabía que estaba cansado y hambriento. Volar requiere un gran esfuerzo y el metabolismo de los pájaros es muy rápido. A diferencia de los humanos, no resisten largos períodos sin comer. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

       Al cabo de diez minutos, llegamos al sitio indicado, un grupo de monos gritones coronaban los árboles.

       No es posible adquirir el ADN de un animal a través de un persona metamorfoseada. Es decir, no podíamos copiar la forma del mono de Ax, tenía que tratarse de un mono auténtico.

       <Creo que puedo hacer que uno de ellos baje>, dijo Ax.

       – ¿Cómo? – preguntó Marco.

       Ax vaciló. Es difícil adivinar cuándo un mono se siente avergonzado, y peor aún si se trata de un mono con mente andalita, a pesar de todo habría jurado que Ax estaba muerto de vergüenza.

       <Creo que… cre-creo que yo, bueno he adoptado el cuerpo de una atractiva hembra y antes uno de los machos parecía interesado.>

       – ¡Esto es el colmo! – exclamó Marco sin poder contenerse -. Aparecemos de repente en este lugar extraño en el que, al parecer, estamos condenados a quedarnos para siempre. Hemos viajado en el tiempo, nos encontramos en una selva luchando contra unos extraterrestres ladrones de cerebros, diez mil especies de bichejos asquerosos y nuestro cadete espacial residente se ha convertido en una mona sexy. Que alguien…

       – …me despierte cuando volvamos a la realidad.

       – …me despierte cuando volvamos a la realidad.

       Marco y yo pronunciamos la misma frase a la vez. Nuestras miradas se encontraron y los demás nos miraron fijamente.

       – Supongo – exhalé un suspiro – que debo contároslo y sé que probablemente debería haberlo hecho antes, pero el caso es que pensé que estaba perdiendo la cabeza o algo así. Veréis, últimamente he tenido unas visiones muy intensas. Estaba en el colegio y, de repente, me encontraba en este lugar, y ahora me sucede al contrario: de repente tengo una visión y me encuentro en casa.

       Rachel puso los ojos en blanco como diciendo: “¡Lo que faltaba!”, Cassie parecía preocupada y Marco se esforzaba por encontrar algo gracioso que decir pero, como estaba demasiado cansado, no se le ocurría nada.

       – Conocía las palabras de Marco porque lo he vivido en mis visiones – expliqué.

       <Príncipe Jake – preguntó Ax mirándome con sus enormes ojos de mono -, ¿desde cuándo tienes esas visiones?>

       – Empezó esta tarde – contesté encogiéndome de hombros -, bueno, ayer u hoy, qué mas da. La primera vez me sucedió cuando estaba bailando una danza tradicional. ¿Por qué?

       – ¿Tú haciendo bailes tradicionales? – se sorprendió Marco -. Habría dado cualquier cosa por verte.

       Ax se rascó vigorosamente el cuello y, acto seguido, observó lo que había obtenido y se lo zampó. Estaba claro que se dejaba llevar por los instintos del mono.

       <Príncipe Jake, como ya he dicho, no soy un gran experto en Sario Rip, pero creo que lo que está sucediendo es que las visiones son fluctuaciones en las que dos estados idénticos y simultáneos de la conciencia se cruzan fuera del espacio-tiempo.>

       – Me lo has quitado de la boca – añadió Marco -. No sé qué… simultáneos.

       <Tengo una teoría…>, declaró Ax.

       – Bien. Cuenta.

       <Sospecho que hemos retrocedido en el tiempo, aunque no muy atrás. Existimos simultáneamente, aquí y en casa y ahora hay dos Marcos, dos Cassies, dos de cada uno de nosotros. Uno aquí y otro allá, al mismo tiempo. Las visiones comenzaron hoy, así que calculo que habremos retrocedido como mucho un día en el tiempo, quizás incluso menos.>

       – Menos mal – resopló Marco.

       <Te equivocas – replicó Ax -. No nos beneficia en nada. Nos encontramos en dos sitios al mismo tiempo y eso es imposible. Es una anomalía de la dimensión espacio-tiempo, una condición inestable.>

       – ¿Qué quieres decir? – insistí.

       <Quiero decir que, si no me equivoco, los dos grupos, los dos Marcos, las dos Rachels, etc, se aniquilarán el uno al otro. Como la materia y la antimateria, no es posible que haya dos de nosotros al mismo tiempo.>

       – ¿Y cómo es que no nos hemos aniquilado ya? – preguntó Rachel.

       <Todavía nos encontramos dentro del Sario Rip – contestó Ax -, creo recordar que eso sólo ocurrirá si volvemos al tiempo en que tuvo lugar la grieta. Entonces, su efecto finalizará y se creerá una situación imposible: dos grupos de personas idénticas existiendo en dos lugares diferentes al mismo tiempo. Según dijo mi profesor, se produciría una aniquilación mutua, es decir, ambos grupos dejaríamos de existir aquí y en casa. El Sario Rip ocurrió exactamente a las ocho cincuenta y cuatro.>

       – Dicho de otra manera, si regresamos a nuestro propio tiempo, debemos hacerlo antes de que se produzca el Sario Rip, y eso sucederá a las ocho cincuenta y cuatro – resumí.

       <Exacto, deberíamos volver y modificar la línea del tiempo para que todo siga como antes. Nos quedan menos de seis horas.>

       – ¿Cómo volveremos?

       <No estoy seguro.>

       – Un momento – repliqué -, si nosotros estamos atrapados, también lo está Visser Tres, ¿no? Seguro que él también conoce el fenómeno del Sario Rip. Si él regresa, nosotros podemos volver con él. Sólo tenemos que colarnos en la nave espada, ocultarnos y dejar que nos lleve a casa. Supongo que es la única manera, ¿no?

       <Puede que…>, empezó Ax, pero no acabó la frase.

       – ¿Qué? – pregunté -. ¿Existe otra forma de volver? – Ax me observó durante un buen rato, como si no estuviera seguro de lo que iba a decir, o de si iba a decir algo. Me resultaba difícil entender su expresión de mono.

       <Como ya he dicho, príncipe Jake, no estaba prestando demasiada atención a las explicaciones del profesor ese día.>

       Supe que no nos había contado todo, pero no quise presionarle.

       Un error más del “valiente líder” de los animorphs.

Capítulo 16:

      16:23 h.

       Creo que no era consciente de lo fuertes que son los hork-bajir hasta que los seguimos y observamos cómo se abrían paso entre la selva.

       Agitaban implacables las cuchillas de sus brazos y arremetían contra todo lo que se interponía en su camino, dejando una estela de destrucción. Cortaban y cortaban sin descanso.

       El controlador que los acompañaba tendría unos diecinueve o veinte años y, aunque estaba en forma, caminaba sofocado y sudoroso, luchando por mantener el ritmo de los poderosos e infatigables hork-bajir.

       Mientras tanto, nosotros nos desplazábamos por los árboles, saltando de rama en rama.

       <Pero ¿a dónde irán si se puede saber? – protestó Rachel -. Tic tac, tic tac, el tiempo se agota.>

       – ¡Allí! ¡Mirad eso! – gritó en el límite de sus fuerzas el controlador humano señalando hacia la base del árbol donde nos encontrábamos nosotros -. Aquel animal que parece una especia de cerdo no pertenece a la selva.

       Yo diría que el tipo estaba cansado y buscaba una excusa para sentarse y descansar. Sin pararse un momento a considerar la situación, el líder de los hork-bajir empuñó su pistola dragón y disparó.

       ¡Shiuuuu!

       El cerdo salvaje, o lo que fuera, se chamuscó y desapareció, y el rayo dragón, lejos de detenerse, atravesó el tronco de nuestro árbol.

       <¡Moveos!>, grité al notar que el árbol vibraba y se balanceaba.

       Sin pensarlo dos veces, saltamos hacia el siguiente árbol. Me precipité al vacío, pero el árbol se desplomaba demasiado rápido. ¡No había tiempo para calcular el aterrizaje!

       Tras dos largos segundos en el aire, me precipité al vacío. El suelo se acercaba a toda velocidad y el rostro del controlador humano me observaba cada vez más de cerca, preguntándose…

       ¡Una rama! La iba a alcanzar… ¡NO! ¡Fallé!

       ¡Un momento! De repente, la caída se interrumpió y me encontré girando como una peonza. Cuando me di cuenta de lo que había pasado, a punto estuve de estallar en carcajadas. Mi cola había logrado agarrarse a la rama a la que mi mano no había logrado llegar.

       – No me gusta ese mono – dijo el controlador humano.

       El líder de los hork-bajir empuñó de nuevo su pistola de rayos dragón y me apuntó.

       Pero para entonces yo ya había desaparecido. Retrocedí por la rama ayudándome con los dedos de los pies y me oculté detrás del tronco medio segundo antes de…

       ¡SHIIIUUUU!

       ¡ZZZZAAAAAPPPPPP!, el tronco del árbol explotó justo delante de mí. La savia se convirtió en vapor y el calor me chamuscó la cara. Di un traspié y caí.

       Entonces…, una mano me sujetó.

       <¡Aguanta!>, dijo Rachel mientras me ayudaba a recuperar el equilibrio acercándome a una rama.

       – ¡Eso es imposible! ¡No hay un mono en toda la faz de la Tierra que sea capaz de hacer eso! – gritó el controlador humano -. ¡A por ellos! ¡Matadlos a todos! ¡Que no quede ni uno!

       Los cinco hork-bajir prepararon sus armas.

       <¡No! – exclamó Cassie horrorizada -. Jake, no podemos permitirlo. Debemos detenerlos.>

       <Cassie, ¡vámonos de aquí! ¡Corre!>, grité.

       ¡SUIIIUUU! ¡SUIIIUUU! ¡SUIIIUUU!, las pistolas de rayos dragón escupían luces asesinas. Las ramas de los árboles se desprendían con la misma facilidad que las ramas de un rosal cuando lo podan. Uno de los rayos acertó de lleno en uno de los monos.

       <¡Cassie! ¡Marco! ¡Ax!>, grité.

       <No ha sido ninguno de nosotros>, respondió Marco.

       Acabaron con los monos, con los pájaros, con un perezoso y su cría que colgaban de la rama de un árbol. Los hork-bajir arremetían contra todo, no sólo contra los monos. Disparaban sobre todo lo que se moviera en la zona alta de los árboles.

       <¡Se están cargando a todos los animales! – gritó Cassie, furiosa -. ¡No podemos permitirlo!>

       <No es el momento de jugar a los ecologistas – le espetó Marco -. ¡Este juego se llama “salva tu propio pellejo”!>

       <Jake – gritó Tobias desde arriba -. He visto rayos dragón.>

       <Sí, nosotros también>, contestó Rachel.

       Nos habíamos alejado bastante del escenario de la matanza, pero todavía oíamos la risa salvaje y cruel de los hork-bajir y los gritos frenéticos del controlador humano.

       Sé que hay una diferencia entre una vida humana y la vida de un animal, bueno, eso creo. Y que salvar una vida humana es más importante que salvar los árboles, pero aquella masacre inútil y sin sentido me puso furioso.

       Los hork-bajir estaban arrasándolo todo. Trozos de troncos humeantes fue todo lo que quedó de aquellos majestuosos árboles. La selva entera gritaba de rabia y confusión.

       ¡OOH! ¡OOOH! ¡OOOOHHH!

       ¡Ke-RAU! ¡Ke-RAU! ¡Ke-RAU!

       Y en medio de aquel griterío, sucedió algo muy extraño. Algo muy largo cayó de un árbol, sepultó al líder de los hork-bajir y se enroscó en torno a su cuerpo.

       <¡Una serpiente!>, gritó Rachel.

       <Vaya, no imaginaba que hubiese serpientes de ese tamaño>, fue la respuesta de Marco.

       La serpiente se enrollaba con rapidez y le oprimía el cuerpo. Los otros hork-bajir atacaron al animal y en ese preciso instante…

       <¡Idiotas! ¡Regresad a la nave! Ya podéis estar contentos de que no acabe con todos vosotros>, ordenó una voz escalofriante por telepatía.

       Los hork-bajir se retiraron al instante y se limitaron a observar cómo su compañeros se debatía por librarse de la serpiente.

       Todos conocíamos esa voz. Sólo su sonido, aunque sea por telepatía provoca escalofríos.

       Cuando el hork-bajir cesó de luchar, la serpiente comenzó a transformarse, y de un cuerpo de una longitud imposible surgió un cuerpo de andalita. Pero no se trataba de un auténtico andalita, porque en el interior de esa cabeza habita un gusano yeerk que desempeña el cargo de Visser Tres.

       Es extraño como dos seres idénticos pueden ser tan diferentes. Visser Tres tiene el mismo aspecto que Ax, o que cualquier otro andalita y, sin embargo, nada más verlo no te cabe la menor duda de que se trata de una criatura maligna.

       Los cuatro hork-bajir restantes y el controlador humano temblaban de miedo ante su sola presencia.

       <¿Qué estáis haciendo, inútiles?>, preguntó Visser Tres en un tono falsamente sereno y dirigió la vista hacia el controlador humano.

       Visser Tres nunca es demasiado prudente al utilizar la comunicación telepática. Veréis, la telepatía es como el correo electrónico: puedes decidir a quién se lo envías o simplemente bombardear a todo el mundo con mensajes. Supongo que si eres tan poderoso como Visser Tres, te puedes permitir el lujo de gritar cuando te apetezca.

       – Nosotros… nosotros… nosotros… cumplíamos órdenes, Visser. – El controlador humano estaba pálido -. Destruíamos a los animales que no son propios de la selva con el fin de acabar con los bandidos andalitas.

       <Y pensasteis que los árboles también podían ser andalitas, ¿no?>

       – No… la verdad es que… Um…

       Visser Tres enarcó su cola de andalita, la acercó hasta la garganta del hombre y con una de las cuchillas ejerció una ligera presión sobre ella.

       <¿Se te ha ocurrido pensar que la nave-insecto se encuentra a menos de noventa metros de aquí y que los rayos dragón pueden recorrer largas distancias? ¿Se te ha ocurrido pensar que no podremos volver jamás a nuestro tiempo sin esa nave-insecto? Y, por último, ¿se te ha ocurrido pensar que yo mismo PODRÍA HABER ADOPTADO UNA FORMA ANIMAL y que, en ese caso, también me matarías a mí por equivocación?>

       – No… – el controlador humano cayó de rodillas -. Nosotros nunca… ¡Es culpa suya! – gimoteó, dirigiendo un dedo acusador hacia los hork-bajir.

       <¿Qué significa eso de que necesitan la nave-insecto para regresar a su tiempo?>, le pregunté a Ax en un susurro.

       <No lo sé – respondió Ax encogiendo sus hombros de mono -. Creo que… quizá tengamos que recrear exactamente el choque de dos rayos dragón para deshacer el Sario Rip. Algo así explicaron en el colegio. – Mostró el pequeño ordenador de la nave-insecto -. Claro que les será imposible pilotar la nave-insecto sin esto.>

       Entonces lo entendí, fue como una revelación. Había cometido un tremendo error al arriesgar la vida de Ax para que sustrajera aquel dispositivo con el fin de imposibilitar la huida de los yeerks, porque, y sólo entonces me di cuenta, nuestros enemigos tendrían que pilotar la nave-insecto para devolvernos a casa.

       Sí, tal vez penséis que podíamos intentar llegar a un acuerdo: nosotros les devolvíamos el dispositivo y ellos nos llevaban a casa, pero yo conocía muy bien a Visser Tres.

       En cuanto lo tuviera en su poder, nos mataría sin escrúpulos.

       Estábamos atrapados, atrapados por mi culpa.

Capítulo 18:

      17:25 h.

       Llevábamos casi dos horas transformados. Debíamos volver a nuestro estado natural, reunirnos y, con suerte, decidir cuál iba a ser el paso siguiente.

       Nos alejamos de Visser Tres saltando de árbol en árbol. Descendimos al suelo y recuperamos nuestra forma humana.

       Tobias se posó sobre un árbol caído a nuestro lado. En la selva no hay ramas bajas donde acomodarse.

       – ¡Tobias! – exclamó Cassie al ver que el pájaro tenía toda la zona de la cola chamuscada. Una vez mi amiga hubo recuperado por completo su cuerpo, se acercó corriendo a Tobias.

       <Estoy bien – la tranquilizó Tobias mientras Cassie examinaba el plumaje en busca de otras heridas -. Alguien me disparó y casi hace blanco. Uno de los controladores humano debía entender de pájaros y sabía que los ratoneros de cola roja no viven en la selva amazónica. Pero, antes de que me descubrieran, vi que estaban trabajando en nuestra nave-insecto. Había tres taxxonitas intentado repararla y un puñado de hork-bajir disparando a todo bicho sospechoso.>

       – Necesitan la nave-insecto – le expliqué a Tobias que se lo habíamos oído decir a Visser Tres -. La necesitan para regresar al tiempo correcto. Aunque no sé por qué, y Ax tampoco.

       <No conseguirán hacer volar la nave sin este ordenador – insistió Ax una vez hubo recuperado del todo su forma andalita -. Os lo garantizo.>

       Otra vez con lo mismo. Ax no parecía darse cuenta de que lo que necesitábamos era justamente que los yeerks recobraran ese estúpido ordenador. Sé que suena un poco raro, pero lo cierto es que estaba muy enfadado con Ax por haberme permitido seguir adelante con aquella locura. Necesitaba que alguien me dijera: “Jake, lo has estropeado todo, amigo. A partir de ahora ya no vas a ser el líder.”

       Habría sido todo un alivio.

       – ¡Jake! – susurró Rachel.

       – ¿Qué?

       – No te muevas. Que nadie mueva un solo músculo – ordenó Rachel. Sólo moví los ojos. De los arbustos que había detrás de nosotros y en absoluto silencio, empezaron a emerger cabezas. Junto a cada cabeza, una lanza, lista para ser arrojada.

       – Creo que los chicos del lugar nos llevan cierta ventaja – apuntó Marco sin ocultar su nerviosismo.

       Estaba impresionado. Es imposible tender una emboscada a un andalita y más a un ratonero de cola roja. Pues bien, unos doce tipos, unos más jóvenes que otros, todos ellos con los ojos y el pelo de un negro intenso, acababan de hacerlo.

       No cabía la menor duda de que al más mínimo movimiento, no hablemos ya de atacarles, doce lanzas envenenadas saldrían disparadas y nos derribarían sin remedio.

       – Estooo, ¿Cassie? – musitó Marco -. Ya que tú eres la ecologista del grupo y sólo piensas en salvar a la madre naturaleza, ¿te importaría decirme quiénes son esos tipos?

       – Humanos – respondió Cassie.

       – Bien – replicó Marco.

       – Es todo lo que sé. Humanos. Gente que vive por aquí. ¿Te crees que soy una enciclopedia?

       – Yo diría que no les gustamos demasiado – apuntó Rachel -, aunque no creo que tengan intención de matarnos.

       Reconocí una de las caras.

       Era el chico que me había lanzado una lanza antes. Su mirada alerta estaba clavada en mí. Rachel tenía razón: no les gustábamos.

       – Me pregunto qué pasaría si nos hubieran visto transformarnos – me atreví a decir mientras levantaba lentamente las manos mostrando las palmas en un gesto de paz.

       Nadie me clavó ninguna lanza, lo que era una buena señal.

       Respiré hondo y me di cuenta de que, hasta ese momento, se me había olvidado respirar.

       – Hola. Veréis…, no queremos crear problemas – añadí.

       – Eso es cierto – confirmó Marco con un hilo de voz.

       Uno de ellos se adelantó y se acercó. Serían unos treinta o cuarenta, o quizá doscientos. No tenía ni idea. Lo que estaba claro es que aquel era su líder.

       Iba casi desnudo y se me ocurrió que Cassie y Rachel se habrían puesto rojas como un tomate de no haber sido porque estaban muertas de miedo.

       El hombre bajó su lanza y me miró directamente a los ojos. Habló, pero yo no entendía su idioma.

       – Lo siento, pero no hablo… lo que sea – dije.

       El hombre consideró mis palabras y me señaló con el dedo.

       – “Macaco” – dijo.

       Creo que al no entenderle tampoco esta vez, decidió que yo era idiota y empezó a hacer una imitación buenísima de un mono.

       – Ah, ¿mono? ¿Mono es “macaco”? – pregunté.

       El hombre asintió y sonrió. Pero enseguida su sonrisa se disipó y me dio con un dedo en el pecho.

       – Macaco. Tú. Espírito macaco.

       – Oye – dijo Marco -, eso sí que lo he entendido.

       – Quizá sea portugués – opinó Cassie -. En Brasil hablan portugués. Este hombre es probablemente el jefe de la aldea y habrá tenido tratos con los brasileños, así que no le habrá quedado más remedio que aprender algo de portugués.

       – De todas formas el portugués es fácil de entender – insistió Marco.

       – Entonces haz tú de intérprete, Marco – le propuso Rachel.

       – Vale, aunque no es difícil entender lo que quiere decir. Está diciendo que Jake es el espíritu de un mono. “Espírito macaco”.

       – Así que nos han visto transformarnos – dije asintiéndole a nuestro hombre -. “Sí. Espírito macaco.” – Sí, yo era el espíritu de un mono.

       Entonces escudriñó a Ax, observó los ojos de sus antenas y su terrible cola.

       – “Mal. Diabo.”

       – Creo que llama diablo a Ax – dijo Marco.

       – No “mal”. No “diabo” – aclaré con firmeza.

       El hombre volvió a mirar a Ax y con la punta de su lanza empezó a dibujar algo en el suelo. Me llevó unos segundos darme cuenta de lo que era. Una criatura con dos brazos, dos piernas y una cola. Con cuchillas en los codos, las piernas y la cabeza.

       – “Diabo. Monstro.”

       Casi se me escapó una carcajada de alivio. Había dibujado a un hork-bajir.

       – Sí, ése sí. “Mal, diabo, monstro”, lo peor que se te ocurra.

       Con mi pie descalzo, borré el dibujo.

       – Eso le ha gustado – percibió Rachel.

       – Polo – exclamó el hombre dándose un manotazo en el pecho mientras me ofrecía la mejor de sus sonrisas.

       – Eso es su nombre o la marca de su camiseta favorita – apuntó Marco.

       – Jake – dije señalándome.

       El hombre asintió y borró lo que quedaba del hork-bajir. Su sonrisa se amplió y rió con fuerza, todos sus hombres le imitaron. Incluso el chico que había intentado hacerme picadillo.

       – Me caen bien estos tipos – confesó Rachel.

       De repente se abrieron los cielos y la lluvia cayó sobre nosotros, con tal intensidad que parecía que estuviésemos bajo las cataratas del Niágara.

       Polo me agarró el brazo y la mano con determinación. Acabábamos de sellar un trato.

       – “Diabo. Matar diabos.”

       – Creo que se refiere a cazar… matar a los diablos – interpretó Marco.

       – Sí, eso es lo que ha dicho – confirmé al mirar a Polo a los ojos.

       Polo y su gente volvieron a los arbustos y, un instante después, eran invisibles en aquella lluvia incesante.

       – ¿Unos tipos tan pequeños enfrentándose a los guerreros hork-bajir? – comentó Rachel con escepticismo.

       – Tengo confianza en estos “tipos tan pequeños” – dijo Cassie -. Este bosque debe de ser suyo y no les gusta la idea de tener a unos “diabos” extraños destruyendo y arrasando todo lo que encuentran a su paso.

       – Mejor tenerlos de nuestro lado que en contra, eso seguro – afirmé.

       De pronto me sentí muy cansado; demasiados peligros, demasiada adrenalina.

       Y aunque sería sólo media tarde en Brasil, yo llevaba despierto, luchando y transformándome unas veinticuatro horas.

       Llovía a mares y Tobias no podía ni pensar siquiera en alzar el vuelo. Al parecer, no era yo el único que estaba molido.

       – Así que ésta es la famosa lluvia de la selva tropical – dijo Marco -. Aquí no hacen las cosas a medias, ¿verdad?

       Avanzamos como pudimos bajo la tromba de agua, y de tanto en tanto, aprovechábamos para beber la que chorreaba de las hojas.

       Pero llegado un punto me di cuenta de que nadie podía dar un paso más. Al menos yo no podía. Se nos acababa el tiempo; nos quedaban unas tres horas, y no teníamos ningún plan. No era el momento más apropiado para descansar, pero éramos incapaces de continuar. Al menos de momento.

       – Será mejor que descansemos – sugerí.

       – ¿Dónde? – preguntó Marco.

       – Aquí mismo, hombre. Aquí mismo – indiqué mientras me sentaba en el barro y apoyaba la espalda en un árbol.

       Cassie vino a sentarse a mi lado. El ruido de la lluvia impedía que los demás oyeran nuestra conversación.

       – ¿Cómo estás? – me preguntó.

       – Estoy bien – dije encogiendo los hombros -. ¿Cómo voy a estar?

       – Jake – respondió Cassie escéptica -, te conozco. No sabes disimular. Estás preocupado y además enfadado. Y como no creo que estés enfadado con ninguno de nosotros, imagino que estarás enfadado contigo mismo.

       – Todo irá bien – mentí torpemente sin mirarla a la cara.

       – ¿Sabes? Era curioso veros a ti y a Polo juntos.

       – ¿Sí? ¿Por qué? – respondí, aunque en realidad me daba igual. Estaba demasiado cansado. Pero Cassie intentaba ser amable, y yo necesitaba algo de amabilidad.

       – Porque los dos sois iguales, tú y Polo. Él es como tú y tú como él. Los líderes. Él arriesgó su vida al bajar su lanza, ¿sabes? Podríamos haberle matado y a su gente también. No tenía manera de saber si estaba haciendo lo correcto. Se limitó lo que consideraba apropiado y eso es todo lo que se le puede pedir a un líder.

       Busqué su mano en la lluvia. Estaba muy gris y oscuro y no podía ver bien su rostro.

       – Estoy tan cansado – dije.

       – Lo sé, Jake – respondió Cassie apoyando su cabeza en mi hombro -. Descansa.

      ©1997 K.A. Applegate

   Capítulo 19:

      18:49 h.

       Me desperté de golpe, con la sensación de haber dormido demasiado.

       Abrí los ojos.

       Era de noche. Una noche tan oscura que tenía la sensación de estar envuelto en una tela negra.

       De repente, a dos palmos de mi cara se encendieron dos ojos verdes y dorados. Podía oler su mal aliento. Lo sentía en la cara.

       ¡Un jaguar!

       El enorme gato arrimó aún más su nariz, mientras decidía quién era yo y qué hacía en su bosque.

       Estuve a punto de orinarme encima del miedo que tenía. Lo cierto es que estaba empapado, supongo que a causa de la lluvia que, por fin, había parado. Estaba sentado en el barro y notaba cómo me bombeaba la adrenalina en las venas y una vez más me invadía el pánico.

       En aquel instante, mi vida dependía de la decisión del jaguar. Debía estar pensando si yo sería un buen bocado. Si el felino tenía hambre y yo le parecía una buena presa, me clavaría sus inmensos colmillos amarillos en el cuello y todo acabaría en un segundo.

       No tendría ocasión ni de gritar.

       En ese momento, ¡tuve un ligero atisbo de esperanza! Había algo que sí podía hacer. No tenía tiempo de transformarme, pero…

       Tan despacio como me fue posible, levanté una mano para tocar la piel moteada del jaguar. Concentré mis pensamientos con la intención de adquirir el ADN del animal y rogué porque éste actuara como la mayoría de los animales durante ese mismo proceso. Tenía la esperanza de que entrara en trance.

       Cuando abrí los ojos, el jaguar cerró los suyos.

       – ¡Marco! – susurré -. ¡Cassie! ¡Rachel! ¡Ax! ¡Tobias! ¡Alguien!

       – ¿Qué? ¿Eh? – balbuceó Marco aún medio dormido -. ¡Guau! ¡Despertad, chicos! ¡Vaya! Jake, ¿qué haces? Ese jaguar podría morderte.

       – ¿De veras? No se me habría ocurrido, Marco. Gracias, no sé qué haría sin ti. Ahora, escuchadme con atención, lo estoy adquiriendo para mantenerlo en calma. Lo que vamos a hacer es adquirirlo todos, uno tras otro, y luego nos vamos. ¿Ax?

       <¿Sí, príncipe Jake?>, contestó Ax.

       – ¿Crees que podrías echarle una carrera a este gatito?

       <Sí.>

       – Muy bien, entonces, tú serás el último en adquirir el ADN del animal y prepárate para salir disparado en cuanto termines, puede que se despierte de mal humor.

       Cinco minutos después nos encontrábamos a salvo, a prudente distancia.

       – Sabes, Jake, estoy casi segura de que el jaguar no te habría hecho ningún daño – observó Cassie -. Dudo que maten presas de tu tamaño.

       <Ya, pero apuesto a que del mío, sí>, protestó Tobias.

       – Bueno, de todas maneras nos viene fenomenal disponer de la forma de jaguar. Es ideal para moverse por la selva tropical de noche – señaló Cassie.

       – Eso me recuerda que se nos está haciendo un poco tarde – añadió Rachel -. Tic tac, tic tac.

       <Nos quedan dos horas de las vuestras>, puntualizó Ax.

       – Dos horas para encontrar la nave-espada, colarnos sin que nos vean y esperar que Visser Tres se las ingenie para regresar a nuestro tiempo – concluyó Rachel -. Fantástico.

       – Los jaguares son depredadores – señaló Cassie -, lo cual significa que sus sentidos están adaptados para cazar en la selva tropical. Son los animales perfectos para encontrar a los yeerks.

       – Cassie, eso no es más que una excusa para transformarte en un animal nuevo – dijo Marco riéndose.

       – Cassie tiene razón – declaré -. Está muy oscuro, casi no os veo. Aquí no hay farolas, ni luces en las casas, ni faros de coches, ni siquiera la luz de la luna o de las estrellas consigue penetrar a través de los árboles. Estamos completamente indefensos en esta oscuridad. Descalzos, perdidos y ciegos. Necesitamos ojos. Podríamos transformarnos en búhos, pero quizá los peligros que acechan a estos pájaros sean aún peores, en cambio los jaguares dominan el terreno.

       – Estoy de acuerdo. Vamos allá – convino Rachel -. Con esta oscuridad jamás llegaríamos a ninguna parte.

       – Hay que encontrar un modo de transportar el ordenador de la nave-insecto – observó Cassie. Acto seguido, se rasgó la camisa y, tras retorcer un jirón de tela, la insertó a través del pequeño agujero del centro del dispositivo.

       – Yo lo llevaré – me ofrecí. Me sentía responsable, así que me tocaba a mí llevarlo. Cassie me lo colocó en el cuello como si fuera un medallón enorme y hortera.

       – Muy bien, chicos, chicas y andalita – indiqué tras respirar hondo -, vamos a transformarnos.

       <Jake, voy a ascender por encima de los árboles, a ver si la luz de la luna me alumbra – informó Tobias -. Aquí abajo estoy tan ciego como vosotros.>

       Esta transformación me resultó extraña por una razón: no me resultaba extraña en absoluto. Era igual que transformarse en tigre. El jaguar es más pequeño y compacto, pero sigue siendo un felino.

       Para los demás, aquella era su primera experiencia como felinos. En cuanto me salieron los ojos, la oscuridad empezó a disiparse y pude ver los cambios finales.

       A Cassie le crecieron unos feroces dientes amarillos. A Rachel se le cubrió la piel de grandes manchas. De las enclenques manos de Ax, brotaron garras. A Marco le creció una cola en la base de la columna vertebral y aterrizó de cuatro patas en el suelo.

       <¡Esto es genial! – exclamó Marco -. ¡Caray! ¡Qué pasada!>

       <¡Ey! – exclamó Rachel -. ¡Está lleno de vida! ¡No siente ningún miedo!>

       Conocía esa sensación. Es muy diferente ser un animal de la parte alta de la cadena alimenticia, un animal al que no le preocupa demasiado que lo maten. No se trata de arrogancia, simplemente el miedo no existe para él. Un jaguar, como un tigre, puede sorprenderse, alarmarse, pero nunca sentir miedo. Tal vez huya en presencia de humanos o al oír ruido de maquinaria, por ejemplo, pero nunca lo hará asustado.

       Rachel lanzó un zarpazo al aire para comprobar la velocidad de sus zarpas.

       <No es tan fuerte como el oso, pero es muy rápido.>

       <Los sentidos son excelentes – observó Cassie -. Percibo cientos de olores diferentes.>

       <Yo siento un extraño impulso de comer mono – intervino Marco -. Y hace tan sólo un rato yo era un mono. Un día de éstos vamos a acabar en el manicomio, no sé si os dais cuenta.>

       <Tobias, ¿me oyes?>, llamé a Tobias por telepatía.

       <Sí, te oigo. Esto es otra cosa. Hay luna de tres cuartos y un millón de estrellas. Veo lo suficiente para seguir volando, pero si intento aterrizar me rompería el cuello.>

       <Hay más de un millón de estrellas>, corrigió Ax.

       <Lo sé, Ax-man – replicó Tobias entre risas -. ¡Ey! ¡Un momento! ¡Acabo de distinguir un resplandor! Podría ser una ciudad. ¡Hay muchas luces!>

       <Si estuvieran trabajando en la nave-espada, necesitarían luces, ¿no os parece?>, señaló Cassie.

       <Es la única pista que tenemos y nos queda poco tiempo – dije -. Vamos.>

       <Vamos hacia la luz>, comentó Marco.

       <¿Qué?>

       <Poltergeist, ¿no os acordáis de la película? Sí, cuando la vieja aquella le dice a la niña: “Ve hacia la luz, ve hacia la luz”.>

       <¿Qué clase de luz era?>, preguntó Ax intrigado.

       <Creo que se trataba de… la muerte o algo así – explicó Marco – pero ¿quién sabe? Tal vez fuese un McDonald´s gigantesco que habían abierto en el otro mundo.>

       <Cierra la boca, Marco>, interrumpió Rachel.

       Nos quedaban dos horas. Si Ax estaba en lo cierto, pasado ese tiempo, el Sario Rip se cerraría y en el universo habría dos Jakes y dos Cassies que acabarían por destruirse.

       Y todavía teníamos que encontrar la nave-espada, colarnos en su interior y esperar que Visser Tres supiera cómo regresar sin el ordenador de la nave-insecto, que estaba en nuestro poder.

       No era lo que se dice un plan infalible, pero como líder mi obligación era transmitir esperanza al grupo, incluso aunque a mí no me quedase demasiada.

       <Vamos a averiguar qué es esa luz>, ordené.

Capítulo 20:

      18:05 h.

       Incluso a través de los ojos de un jaguar, la selva tropical es oscura, pero qué cosas tan magníficas vimos en nuestro viaje, deslizándonos como espíritus terrestres por la selva.

       Aquello parecía un parque temático, o una de esas casas encantadas en donde, tras cada curva que da el cochecillo en el que vas montado, te espera un duende, un demonio o un esqueleto.

       Sin embargo, no fueron espíritus muertos lo que yo vi. Más bien al contrario, la noche rebosaba de vida, una vida que adoptaba más formas de las que jamás podríais imaginar.

       Serpientes gigantescas, de unos seis metros de largo y tan anchas como las ramas de las que colgaban, y serpientes tan pequeñas que podrían pasar por culebras.

       Insectos monstruosos, escarabajos del tamaño de un puño, ciempiés grandes como ratas y ratas, o algo parecido, grandes como caniches. También había ranas cuyos intensos colores parecían advertir: “tócame y morirás”.

       Hormigas que desfilaban por todas partes, algunas transportando un trozo de hoja diez veces mayor que ellas. Lagartos que cruzaban a toda velocidad, como ráfagas verdes. Salamandras, o por lo menos eso creía yo, parecidas a los lagartos pero resbaladizas y de colores brillantes. Y por encima de nuestras cabezas, una algarabía de pájaros, monos y más pájaros.

       Habíamos estado ciegos como murciégalos, avanzando a trompicones con nuestros cuerpos humanos. Lo que habíamos visto hasta entonces no era nada comparado con lo que veía, olía y oía el jaguar.

       La selva bullía con millones de especies y formas de vida todavía más insólitas que las procedentes del espacio. Qué espectáculo tan increíble, qué intensidad, qué locura, miles de criaturas luchando por sobrevivir, intentando apropiarse de una pequeña porción de selva tropical.

       Era más de lo que podíamos. Durante un rato permanecimos en silencio. Estábamos descubriendo un mundo que superaba nuestra imaginación. Era lo mismo que le sucedería a Polo y a su gente si aparecieran de repente en un centro comercial durante las fiestas de Navidad. Se habrían quedado perplejos y pasmados ante todas las cosas fabricadas por el hombre.

       Pero nos había tocado a nosotros. Aquél era el mundo del jaguar, el mundo de Polo y su gente, su centro comercial, lleno de cosas salvajes, alucinantes, exorbitantes, chocantes y desquiciantes creadas por la naturaleza y no por el hombre.

       Cada vez que pensaba “bueno después de esto, ya lo he visto todo”, la selva tropical parecía responderme: “chaval, no has visto nada. Mira ese pájaro de allí o aquella flor. Fíjate en esa otra criatura. Pequeño humano, tengo más cosas que enseñarte de las que llegarías a ver aunque vivieras diez vidas.”

       <De acuerdo – dijo Rachel, quebrantando por fin el silencio -, lo retiro. No hablaba en serio cuando decía lo del pavimentar la selva tropical. No me importa que sea peligrosa y mortal y que intente acabar con nosotros.>

       <Vuestro planeta es asombroso – alabó Ax -. Asombroso.>

       Para nuestra sorpresa fue Cassie la que nos recordó nuestra misión.

       <Nos queda muy poco tiempo. Debemos llegar a la nave-espada.>

       <Tienes razón, Cassie, aunque pensaba que tú serías la que más estaría disfrutando del tour – comenté -. Esto es lo último en rutas naturales.>

       <Lo sé – añadió con dulzura -, y los yeerks quieren destruirlo, esto y todo aquello que no les sirva. No voy a quedarme cruzada de brazos, así que movamos el trasero, hay que encontrar la nave-espada y volver al lugar al que pertenecemos para seguir luchando porque nadie, humano o extraterrestre, va a acabar con todo esto mientras yo pueda evitarlo.>

       <Así se habla>, celebré.

       <¡Mirad! ¡Allí delante están las luces!>, anunció Marco.

       <Estoy sobrevolando las luces – informó Tobias desde lo alto -. No es una ciudad, es la nave-espada, ah, y otra cosa, han traído la nave-insecto hasta aquí.>

       Aquello no me gustó nada. El hecho de que la nave-espada y la nave-insecto estuviesen juntas resultaba sospechoso.

       ¿Por qué iba Visser Tres a ordenar a su gente que reuniera las dos naves? Algo raro estaba sucediendo, algo no cuadraba. Pero procuré olvidar esa cuestión y centrarme en la preparación de un plan. Había llegado el momento de pararse a pensar en la misión que nos esperaba. No quedaba tiempo para preocuparse por cosas que no tenían sentido.

Capítulo 21:

      19:36 h.

       Nos arrastrábamos por la vegetación, silenciosos como un sueño. Un pie tras otro, deslizando nuestros cuerpos que se confundían con las hojas hasta hacerse invisibles.

       Alrededor de la nave-espada los hork-bajir habían abierto un claro en la selva.

       Los taxxonitas trabajaban a destajo en la nave, parecían haber terminado con la nave-insecto. Esos monstruos recuerdan a unos ciempiés gigantescos en cuyo extremo superior destaca una boca circular roja y una ristra de globos oculares que parecen estar hechos de gelatina roja.

       <Los taxxonitas encajan a la perfección en la selva>, comentó Marco.

       Yo estaba pensando exactamente lo mismo. Los taxxonitas podrían pasar por especies autóctonas de aquel hábitat aunque, para los estándares de la selva, no son lo bastante grandes.

       <No se ven demasiados hork-bajir – se extrañó Ax -. Tendría que haber más, muchos más y además deberían estar rodeando la zona.>

       <Yo sólo cuento cinco hork-bajir – informó Rachel -. ¡Un momento! ¡Mirad! Allí, en el interior de la nave-espada, en aquella ventana. ¡Es Visser Tres!>

       Observé la ventana con atención y descubrí la silueta de un rostro andalita.

       <Sí. Bueno, al menos sabemos dónde está.>

       <¿Qué hacemos ahora?>, preguntó Rachel.

       La pregunta iba dirigida a mí, pero yo no tenía soluciones para todo.

       <Bien, sabemos que Visser Tres necesita la nave-insecto para regresar a nuestro tiempo, ¿verdad? Pero nosotros tenemos una pieza fundamental del ordenador de la nave, por lo tanto esa nave sólo volará si nosotros queremos. Así que… podríamos negociar con él, pero no me fío de él. Otra posibilidad sería colarnos en la nave-espada y dejar el dispositivo a la vista.>

       <Ya, y cuando Visser Tres lo encuentre, descubrirá cómo ha llegado hasta allí y cuáles son nuestras intenciones>, añadió Marco.

       <El tiempo se agota>, recordó Ax.

       <Si nos colamos en la nave-espada y no se lo entregamos, estaremos atrapados igual que él>, apuntó Cassie.

       La cabeza me daba vueltas. Confiaba en que al final encontraríamos una solución, pero no había sido así.

       <No lo sé, ¿vale? – grité -. No sé qué hacer. No tengo ninguna varita mágica.>

       <Jake, se supone que eres nuestro valiente líder>, protestó Marco.

       Os juro que en aquel instante estuve a punto de perder los estribos. Si hubiera dispuesto de mi cuerpo humano, creo que le hubiera propinado un buen puñetazo a Marco.

       <¡Yo nunca he dicho que fuera el líder de nadie! ¡Nunca lo pedí! ¿Por qué tengo que ser yo siempre el que sepa la respuesta? ¿Por qué no tú, Marco? ¿O tú, Rachel?>

       <Venga, hombre. No te rindas ahora, Jake. Te necesitamos>, protestó Marco.

       Iba a decir una barbaridad cuando Cassie me interrumpió.

       <Hay algo en todo esto que no entiendo. ¿Cómo es que Jake es el único que ha experimentado las visiones? Todos existimos en los dos sitios al mismo tiempo, ¿no? ¿Cómo se explica que sólo él haya sufrido alucinaciones sobre la selva tropical?>

       Fue como un jarro de agua fría. Claro, no tenía lógica. Debería haberme dado cuenta. Debería, debería, debería.

       ¡Ax! Recordé de pronto que cuando le había preguntado si había otro modo de volver él había evitado contestar a mi pregunta.

       <Ax, estás ocultando algo.>

       <¿El qué?>, respondió de forma evasiva.

       <¿Hay algo más que sepas… o que supongas?>

       <Príncipe Jake, como ya dije, mis conocimientos sobre el Sario Rip son muy escasos y me preocupaba…>

       <Ax, llámame príncipe. Sí, soy tu príncipe pero, por favor, responde a mi pregunta.>

       <Príncipe Jake…, es posible que seas… es posible que seas la única persona real aquí y que los demás seamos tan sólo un recuerdo.>

       <¿De qué estás hablando?>, pregunté al tiempo que un escalofrío recorría mi cuerpo.

       <Puede que nosotros no estemos aquí en realidad. Bueno, sí, quizás estuvimos aquí en una línea del tiempo pero después esa línea del tiempo se borró.>

       <¿Que se borró? ¿Quién la borró?>

       <Tú, príncipe Jake. Puede que tú seas el único que escape de esta línea del tiempo, y que regreses solo y consigas cambiar todo para que nada de esto ocurra jamás.>

       <¡Dios mío, creo que me estoy volviendo loco!>, exclamó Marco.

       <Ax, ¿cómo voy a ser yo el único que escape de esta línea de tiempo? ¿No habíamos quedado en que la forma de regresar a casa sería provocando el choque de los rayos dragón que causó el Sario Rip?>

       <Quizá… Príncipe Jake, pero a lo mejor ése no es el único modo – respondió Ax-. Puede que haya otra forma. No quise decir nada porque no estaba seguro y…>

       <¡Ey! – interrumpió Tobias de repente -. Visser Tres estaba al otro lado de aquella ventana, ¿verdad? Le he visto temblar, como si fuera una imagen de televisión con interferencias. ¡No es él! ¡Es una proyección!>

       <¡Un cebo!>, exclamó Rachel.

       De repente, me percaté de mi terrible error. Visser Tres sabía que las ocho cincuenta y cuatro era el límite. Lo sabía y supuso que nosotros también.

       Así que imaginaba que apareceríamos, o en la nave-insecto o en la nave-espada, antes de que se cumpliera el plazo, y que intentaríamos colarnos en una de las dos. Por eso había obligado a sus criaturas a reunir las dos naves, eso nos dejaba con un único sitio al que acudir.

       Aquel monstruo sabía de sobre dónde estaríamos antes de las ocho cincuenta y cuatro.

       <¡Es una trampa! – grité -. ¡Es una trampa! ¡Nos estaba esperando!>

       Y en ese momento oímos su voz por telepatía.

       <Cinco gatitos y un pájaro. ¡Ja, ja, ja! Esto va a ser pan comido.>

Capítulo 22:

      20:00 h.

       <¡Corred! ¡Es una trampa!>

       Di un respingo, pero entonces una liana se elevó y se me enganchó en las patas delanteras. Mi cuerpo dio un vuelco y me quedé patas arriba. El jaguar reaccionó de inmediato y se incorporó, pero otra liana me lo impidió, esta vez agarrándome por el cuello.

       ¡Las lianas estaban vivas!

       Como si fuese una serpiente, se enroscó en el cuello del jaguar y se fue tensando. ¡Me estaba ahogando! El jaguar se retorció con violencia y conseguí liberarme.

       Salí corriendo y de pronto… ¡me di cuenta! Yo era el encargado de llevar el ordenador de la nave-insecto en el cuello, pero ¡había desaparecido!

       <¡Es un lerdethak! – gritó Ax -. ¡Las lianas son en realidad Visser Tres transformado! Se ha convertido en una criatura del planeta de los hork-bajir: un lerdethak. Y…>

       De repente dejé de oír a Ax.

       La oscuridad, provocada por aquel amasijo de lianas, me iba cercando. Era como una tormenta de serpientes. Las lianas surgían en el aire, caían sobre mí y se enroscaban en mi cuerpo.

       Vi la imagen fugaz de un jaguar que una de las lianas vivientes mantenía suspendido en el aire. Podría tratarse de Ax, aunque no estaba seguro. Le habían agarrado por el cuello, mientras otras tres lianas le rodeaban las patas y el tronco.

       Quería ayudarlo pero ¡aquellas cosas serpenteantes estaban por todas partes! Si dudaba un instante me atraparían.

       <¡Jake! – oí a Marco chillar -. ¡Jake! ¡No puedo moverme!>

       <¡Aaaaaahh!>, aulló Cassie por telepatía.

       <¡Cassie! – grité -. ¡Marco!>

       <¡Jake, es enorme! – informaba Tobias desde lo alto -. No puedo verlo muy bien, pero parece un… ¡parece un pulpo con miles de tentáculos!>

       Un manojo de tentáculos me cayó encima, se enroscaba en mis patas… Di un brinco y logré esquivarlo por una décima de segundo.

       Corrí. Era todo lo que podía hacer: correr.

       <¡Se los está tragando! – gritaba Tobias -. ¡Oh, no! ¡NO! Tiene boca y ¡es enorme! ¡Ayúdales!>

       <¡No puedo! ¡No puedo!>, chillé.

       Los tentáculos eran ahora menos numerosos, más pequeños y más débiles.

       <¡Estoy en el interior de algo! – chilló Rachel -. ¡No puedo respirar!>

       <¡Príncipe Jake, el lerdethak nos ha engullido!>

       <¡No puedo llegar hasta vosotros! – grité -. ¡Ni siquiera puedo veros! ¡Salid a zarpazos!>

       <No… no puedo moverme…>, se quejaba Cassie.

       <¡Tengo que hacer algo! – exclamó Tobias -. ¡Allá voy!>

       Mi cuerpo se tambaleaba de puro miedo, atónito ante lo que estaba sucediendo allí. Dominado por el pánico, corrí tan rápido como pude, ya no había tentáculos a mi alrededor. Cuando al fin paré, casi sin aliento, me giré y lo vi.

       Era como un árbol viejo y calloso que hubiera cobrado vida. Parecía la cabeza de Medusa, de la que emergían serpientes. Su silueta contrastaba con el fondo iluminado por la nave-espada. Salía de la tierra y crecía imparable hacia lo alto, al tiempo que le brotaban tentáculos como látigos. Un enjambre de brazos se retorcía alrededor de un núcleo oscuros, en el que, de tanto en tanto, se vislumbraba una gran boca colgante de bordes azulados.

       Mientras observaba la escena, se tragó un jaguar y, acto seguido, chasqueó uno de los tentáculos delgados y se enroscó en torno a un pájaro que se precipitaba hacia él.

       <Mmmm – se relamía Visser Tres -, sólo cinco andalitas en el buche. Eso significa que hay uno todavía libre. Tranquilo, tengo tiempo de sobra para encontrarte.>

       Había capturado a todos menos a mí.

       <Poneos cómodos, amigos andalitas. Relajaos. No os pienso matar de momento, pero no creáis que podréis transformaros para escapar de ésta. Mi forma lerdethak os mantendrá bien sujetos hasta que yo decida qué hacer con vosotros.>

       Visser Tres había ganado. Sólo quedaba yo, y era la única esperanza para mis amigos.

       “Vaya una esperanza”, me dije con amargura. Yo, que era el que estaba al frente de todo aquello, les había conducido a la trampa de Visser Tres. “No te compadezcas de ti mismo, Jake; ¡encuentra una solución!”

       La descomunal criatura de los mil tentáculos se movía con agilidad por aquella selva tropical. Y para colmo, a ambos lados de ella, aparecieron guerreros hork-bajir.

       ¡Por detrás! ¡Me estaban rodeando! Un círculo de hork-bajir me iba acorralando a medida que Visser Tres se acercaba.

       Entonces…

       ¡Flit!

       Ni siquiera mis ojos de jaguar pudieron ver la lanza al pasar. Sólo la vi cuando se clavó en la espalda de un hork-bajir.

       ¡Flit! ¡Flit! ¡Flit!

       Las lanzas surgían de la nada. ¡Los hork-bajir empezaron a caer!

       Polo emergió de la espesura, miró más allá de donde yo me encontraba y arrojó su lanza contra el lerdethak.

       Pero Visser Tres era demasiado rápido. Una de las lianas se adelantó, agarró la lanza y la tiró hacia atrás con desprecio. Ésta se clavó en el suelo, de donde la recogió Polo.

       No había forma de detener al lerdethak. Estaba a cubierto, protegido por sus tentáculos de liana. Su única parte vulnerable era la cabeza, pero estaba rodeada de un bosque de…

       ¡Un momento!

       ¡No eran lianas! ¡Ni tentáculos! “Estás equivocado, Jake – me dije -. Ramas, ¡son ramas!”

       Me sumergí en la oscuridad y, en plena carrera, empecé a transformarme. Oía el zumbido de las lanzas y los aullidos de los hork-bajir. Pero nada detenía al lerdethak.

       Visser Tres seguía avanzando.

       Ya con forma humana, me deslicé con torpeza y a ciegas por entre las hojas que me azotaban la cara, mis pies estaban llenos de cortes y me dolían. Pero por fin tenía un plan. Seguí corriendo y me concentré en una nueva forma. Empecé a encoger sin dejar de correr, aun cuando mis piernas se curvaron y me tuve que echar hacia delante para usar los nudillos como un par de pies extra.

       Y cuando me había convertido en un mono por completo… me giré.

       El enorme lerdethak se erguía ante mí, amenazante. Blandiendo sus miles de látigos en el aire.

       <¿Eres tú, mi último andalita? – preguntó Visser Tres -. ¿Es esa minúscula criaturilla tu última transformación? ¡Qué patético!>

       “Quizá sí”, pensé, pero por lo que a mí respecta, tú no eres más que un enorme gimnasio en mitad de la selva.

       Di un brinco intentando llegar al tentáculo más cercano.

       Lo agarré, me columpié y ¡volé!

       Ningún otro animal podría haber penetrado semejante maraña de tentáculos en movimiento, pero para el mono no eran más que ramas y lianas. Primero me balanceé para darme impulso y luego llegué hasta otra rama y a continuación a otra y así, salto tras salto, fui avanzando.

       ¡Todo superrápido! ¡A la velocidad de la luz! ¡Pero el mono es capaz de eso y de mucho más!

       Me agarré a un tentáculo de los más grandes, que me subió muy alto y de un latigazo, intentó que me soltara, deshacerse de mí, sin embargo yo estaba firmemente sujeto. Miré hacia abajo y allí estaba la cabeza del lerdethak y, en ella, aquella informe bocaza que se había tragado a los otros.

       Miré hacia un lado. ¡Polo! Sí, estaba allí con su lanza.

       <¡Tu lanza! – grité por telepatía – ¡Tu lanza!>

       Polo me comprendió al instante y la arrojó con todas sus fuerzas.

       La lanza voló directa hacia su objetivo.

       Y en pleno vuelo, agarrado al inquieto tentáculo sólo por la cola, estiré ambas manos y atrapé la lanza que me había enviado Polo.

       ¿Sabíais que una de las razones por las que los humanos saben arrojar objetos es porque en otro tiempo nos columpiábamos en los árboles? Sí, señor. Nuestros hombros están especialmente diseñados para columpiarse de rama a rama y también arrojar una lanza.

       Muy posible.

       La arrojé.

       ¡La lanza dio en el blanco! Se hundió en las carnes del lerdethak, y el veneno de la selva tropical inundó el cuerpo de la mortífera criatura venida del espacio exterior.

       Pero yo había agotado mi buena suerte.

       Un tentáculo se precipitó hacia mí dando un chasquido. Como un cable de alta tensión que se hubiera soltado de repente, se enroscó en el cuello y…

Capítulo 23:

      22:19 h.

       …No calculé bien la distancia, así que me di un buen coscorrón y rodé hecho una maraña de alas y garras.

       <Eso es lo que yo llamo un buen aterrizaje>, se burló Tobias.

       – ¿Te encuentras bien? – me preguntó Cassie. Se acercó enseguida y me levantó. A continuación me depositó en el suelo porque ya había comenzado a recuperar mi forma humana y empezaba a ganar peso.

       – ¿Pero qué…? – protesté. Casi me da un ataque al corazón. ¡Estaba de vuelta! De vuelta, detrás del motel. De vuelta, a punto de ir a Safeway.

       ¿Era un flashback? ¿Una de mis visiones?

       No, duraba demasiado. Esta vez era real. Me encontraba en la parte de atrás del motel. Listo para transformarme de nuevo e ir a echar una ojeada a Safeway.

       – ¿Qué hora es? – le pregunté a Ax, porque no daba crédito a lo que mi reloj indicaba.

       <Las ocho y diecinueve>, respondió.

       Las ocho y diecinueve. Claro. Todo empezaba a encajar. A las ocho y diecinueve me había sentido extraño, inquieto ante la idea de entrar en el hipermercado. Pero había decidido seguir con el plan. Y de esa decisión se había derivado todo lo demás. El Sario Rip, el desastre en la selva tropical. Todo.

       – ¿Cassie? ¿Has estado alguna vez en el Amazonas? – le pregunté.

       – ¿Qué? No, claro que no – me respondió.

       No había sucedido; al menos no a esta Cassie. Todavía era algo por pasar, algo que pertenecía al futuro. A menos que yo alterara la línea del tiempo.

       – ¿A qué estamos esperando? – se impacientó Rachel -. Vamos, Jake, ¿lo hacemos o qué?

       Primero sonreí y luego estallé en carcajadas.

       – “Qué”, qué, Rachel. Te aseguro que esta vez es “qué”. ¡Nos vamos de aquí!

       No fue hasta un día después que encontré la ocasión de hablar a solas con Ax. Le conté todo lo ocurrido. Me tomó por loco hasta que pronuncié las palabras “Sario Rip”. Entonces me creyó.

       <Todo esto es increíble – me confesó mientras caminábamos por el bosque. Nuestro viejo bosque sin hormigas asesinas ni pirañas. Ni jaguares, ni serpientes, ni nativos con lanzas envenenadas -. No recuerdo nada de lo que dices.>

       – Sí resulta bastante increíble – admití -. Cometí tantos errores, lo estropeé todo. El ordenador… la trampa en la que caímos… Lo teníamos todo en contra. Y de repente fue como tener una segunda oportunidad para evitar que sucediera. Aunque no entiendo cómo. Tú…, quiero decir aquel otro Ax, o como quieras llamarle, insistía en que teníamos que recrear el Sario Rip si queríamos deshacer su efecto.

       <Sí – asintió Ax -, supongo que eso hubiera funcionado. Pero también había otra manera.>

       – Tú nunca me hablaste de ella – dije deteniéndole.

       <Jamás lo habría hecho – confesó -. No estoy seguro… pero existe una teoría.>

       – Lo que yo creía – repliqué con sequedad.

       <Es imposible que una persona esté en dos lugares a la vez. En teoría. Así que si… eliminas… a una de las dos, bueno, pues su conciencia se reagrupa. Creo que lo que ha pasado, príncipe Jake, es que tú has muerto en aquel lugar.>

       Un escalofrío recorrió mi espalda.

       <Pero, aunque habías muerto en la selva tropical, todavía estabas vivo aquí, así que tu mente se reagrupó. De esa forma deshiciste esa línea de tiempo, por lo que nada de lo ocurrido sucedió en realidad. Si te fijas, verás que no puedes transformarte en jaguar o en mono, porque lo cierto es que nunca los has adquirido.>

       Y dicho esto, me sonrió como lo hacen los andalitas, con los ojos, porque no tienen boca.

       – Estas cosas os la enseñan en la escuela, ¿no?

       <Sí.>

       – Y tú no prestabas demasiada atención, ¿eh?

       <Cierto.>

       – No me extraña – concluí -. Ese rollo de los viajes es para volverse loco.

       <Exacto – apuntó Ax -. Además aquel día teníamos partido… y aquella hembra…>

       – Fue un desastre, Ax. Me equivoqué en todo – me lamenté mientras seguíamos caminando -. La única razón por la que seguimos vivos es que finalmente tuve un poco de suerte.

       <Quizás eso no sea del todo cierto, príncipe Jake – continuó Ax -. Mi hermano Elfangor me dijo una vez: “La suerte es parte del trabajo de un líder.” A veces el éxito no es más que suerte.>

       – Y a Elfangor se le acabó la suya – añadí dándole la razón, pero no por ello sintiéndome mejor.

       <Así es. Esperemos que la tuya no se acabe, príncipe Jake.>

       – Oye – dije riendo -, no me llames “príncipe”.

       <Lo que tú digas, príncipe Jake.>

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s