#2 El visitante

[b]Capítulo 1:[/b]

Me llamo Rachel. No os puedo decir mi apellido. Ninguno de nosotros puede. Así que siempre que utilicemos un apellido, será falso. Lo siento, pero no hay más remedio. Tampoco sabréis el nombre de nuestra ciudad, de nuestra escuela ni del estado donde vivimos. Si os dijese mi apellido, los Yeerks nos encontrarían a mi y a mis amigos y, entonces, todo habría acabado. Nos matarían, o algo peor. Si, caer en manos de los Yeerks es mucho peor que la muerte. Lo he visto con mis propios ojos. He oído los gritos de desesperación de los que se ven condenados a ser sus esclavos. He sido testigo de sus métodos: esos malvados gusanos grises se retuercen y comprimen hasta que logran colarse en el oído de los humanos y les arrebatan su libertad. Nuestro grupo está compuesto por solo cinco miembros: Jake, Cassie, Marco, Tobias y yo. A Marco se le ocurrió el nombre de Animorphs, creo que es un buen nombre, dadas nuestras características especiales. En general, yo me siento una chica normal, claro que las chicas normales no se convierten en elefantes o en águilas, ni tampoco se dedican en su tiempo libre a luchar contra los temibles Yeerks para salvar a la humanidad. Aquel día, un sol radiante caldeaba la tierra que se extendía por debajo de nosotros mientras nos elevábamos aprovechando las corrientes térmicas que propulsaban nuestras alas y nos lanzaban mas allá de las nubes. Teníamos la sensación de poder tocar el espacio. Mucho mas arriba, flotando en el frío espacio y en orbita, se hallaba la base madre de los Yeerks, quizás justo encima de nuestras cabezas. Los Yeerks son parásitos. En estado natural no son sino enormes gusanos que viven en una especie de estanque pringoso y de aguas plomizas. Tienen el poder de hacerse con otros cuerpos para controlarlos. Han esclavizado a muchas razas por toda la galaxia: taxxonitas, hork-bajir y muchos otros. Y ahora han venido a la Tierra para hacerse con el control de mas cuerpos. ¿Quién se encargaría de detenerlos? Bien, hasta ahora sólo lo han conseguido unos seres llamados andalitas y que proceden de una lejana galaxia, pero es tal la distancia que nos separa de ellos que tardarían años en llegar a la Tierra para rescatar a los humanos. En la tierra, nadie ha oído hablar de los Yeerks, excepto esos cinco chicos que, en forma de pájaro, se divertían volando arrastrados por las cálidas corrientes de aire ascendente. Miré a mis amigos, algunos situados debajo de mí, y otros por encima. Jake batía las alas un poco mas que los demás. Se había transformado en un halcón y estos animales no planean tan bien como los ratoneros o las águilas. Tobias era el que mejor volaba, en parte porque los ratoneros de cola roja ya son acróbatas aéreos por naturaleza, y en parte porque había practicado mucho mas que los demás, quizá demasiado. <De acuerdo, Tobias, tenias razón. Esto de volar es genial>, reconocí. <¿Qué tal si nos lanzamos en picado? ¡Es alucinante!>, propuso Tobias. <¡Venga va!>, conteste, aunque en realidad no me apetecía en absoluto, pero ¿qué podía hacer?, ¡no iba a rechazar un desafió!. <¡Haz lo mismo que yo!>, ordeno. En un instante plegó las alas al cuerpo y se lanzo en picado como una bala. Plegué las alas y lo seguí. El suelo se iba acercando a una velocidad de vértigo. ¡Descendía! ¡Descendía, iba a estrellarme contra el suelo! ¡Era una autentica pesadilla! Volábamos a mas de cien kilómetros por hora, tan rápido como un coche de carreras, y derechos hacia el suelo. Aunque resultaba espeluznante, no dejaba de ser divertido al mismo tiempo. Es mucho mejor que hacer surf, snowboard o patinar. No podéis llegar a imaginaros lo emocionante que es lanzarse de repente al vació a máxima velocidad. El aire te corta la cara, como cuando vas en coche muy deprisa y abres la ventanilla. Era como estar en medio de un huracán. El borde de mis alas vibraba y resonaba. Odia sentir los múltiples reajustes, por leves que fueran, que hacia mi cola para mantenerse recta, como alteraba la posición de una u otro pluma a fin de conservar el rumbo. Un mal gesto habría significado el fin. A esa velocidad, sabia que si me despistaba podría romperme un ala y eso, a la altura a la que me encontraba, representaba una sentencia de muerte. <¡Tobias! ¿Sabes una cosa?> <¿Qué?>, preguntó mi amigo. <Esto es totalmente diferente a ser elefante, porque entonces si me veo en peligro siempre puedo adoptar mi firma humana y ya está. Pero, desde aquí arriba, si me transformo…> No termine la frase. De repente, me vi a mi misma, a la Rachel humana, cayendo al vació como una piedra y estrellándome contra el suelo. Supongo que Tobias se percato del terror que yo misma iba creando. <Deja que vuele el águila que hay en ti -sugirió Tobias-, relájate y deja que sea el animal el que piense. Sabe lo que se hace.> <Me alegro de que al menos uno de nosotros lo sepa>, replique muy nerviosa. Es algo muy extraño, me refiero a cuando te transformas porque entonces los dos cerebros, el tuyo y el del animal, funcionan a la vez. Por lo general, tu mente se impone a la del animal, pero no siempre, así que a veces tienes que aprender a dejarte llevar, a que sea el animal el que tome las riendas. Me relaje y casi al instante disminuyo la vibración. Iba ganando estabilidad. El águila mandaba ahora. Tobias tenia razón, el águila sabia como volar. Entonces, y para mi sorpresa, algo mucho mas rápido que nosotros nos adelantó zumbando. Era Jake. Sus alas de halcón peregrino, mas pequeñas que las neutras, no le permitían planear con facilidad, pero a la hora de lanzarse en picado la velocidad que alcanzaba resultaba increíble. A su lado, Tobias y yo parecíamos tortugas. <¡Yuhuuuuu!>, grito Jake al rozarnos las cabezas. De haber tenido boca, le habría sonreído. Jake es como yo. Le encanta la aventura, el riesgo y hacer locuras. Quizá seamos tan parecidos porque somos primos. Además, la competitividad es algo que nos caracteriza a ambos. Me molestaba que Jake fuera mas rápido que yo en caída libre, y a él le molestaba que yo planease mejor que él. Suena ridículo, ¿verdad? ¡Zum!, algo me paso rozando la cabeza. <¿Has oído eso?>, me preguntó Tobias. <Vaya que si lo he oído –respondí-, ¿qué era?> <No lo sé>, contestó Tobias. Instintivamente, frené tensando cada músculo de mis alas al desplegarlas y sentí el golpe provocado por la resistencia del viento. Era como abrir un paracaídas. Los demás me siguieron. Nos encontrábamos mucho mas cerca del suelo que antes. ¡Zum! Sentí que algo atravesaba las plumas de mi cola. <¡Nos están disparando desde allá abajo!>, advertí. <No los veo>, apunto Cassie. Ella y Marco acababan de unirse a nosotros. Ambos se habían transformado en águilas pescadoras y resultaba difícil distinguirles porque no quedaba claro cual de los dos estaba emitiendo el mensaje en aquel momento. <Si, hay dos tipos en el bosque. Tienen un rifle>, añadió Marco. <¡No me lo puedo creer! –exclamé furiosa-. Soy una especie en extinción. ¡Soy un águila de cabeza blanca! ¿Estos tipos son imbéciles o qué?> <¡Va a disparar otra vez! –aviso Marco-. ¡Esta apuntando!> <¡En cuanto oigáis el estallido, girar a la derecha!>, grite. Un águila o un ratonero normales no hubieran sido capaces de tomar una decisión. Pero nosotros no éramos solo aves de rapiña, conservábamos nuestra inteligencia humana. Había veces en que el instinto animal gobernaba, pero en otras la inteligencia humana resultaba muy útil. <¡Ahora! ¡Han disparado!>, chillo Jake. Di un giro brusco a la derecha y la bala me paso rozando pero sin tocarme. <¿Sabes una cosa? No me gustan nada esos tipos>, observó Tobias. Tobias tenia motivos suficientes para odiar a la gente que disparaba a los pájaros. <A mí tampoco –corroboré-. Se me acaba de ocurrir una idea.> Les expliqué mi plan y los cinco nos salimos del ángulo de tiro de aquellos tipos. Cuando alcanzamos una altura considerable, nos lanzamos en picado en dirección a los árboles, a toda velocidad. ¡Y yo que creía que lanzarse desde mucho más arriba, como antes, era espeluznante! Caer desde mucho más abajo directa a los árboles me producía autentico terror. Mis ojos de águila distinguían a la perfección la corteza de los árboles e incluso las hormigas que escalaban los troncos. Teníamos los árboles justo delante de nuestros picos. Confiaba en que el águila supiese cuando frenar. Si chocara contra uno de aquellos árboles a mas de cien kilómetros por hora, acabaría probablemente siendo vendida como carne enlatada. Justo entonces, y como un escuadrón de caza bien entrenado, extendidos las alas y nos deslizamos por entre los árboles. <¡Ahhhh! –oí que Marco exclamaba-. ¡No se si ha sido divertido o una locura de las nuestras!> Teníamos la sensación de estar dentro de uno de esos videojuegos de pesadilla. Manteníamos la velocidad, sólo que además debíamos sortear los árboles. Íbamos tan rápido que los troncos semejaban trazos marrones a nuestro alrededor. ¡Árbol! ¡Giro a la izquierda! ¡Árbol! ¡A la derecha! ¡Árbol! Las plumas se reajustaban a cada nuevo movimiento, por pequeño que fuera, y los músculos de mis alas se orientaban hacia el ángulo de ataque al milímetro. ¡Árbol! ¡Áaarrboool! <¡Ahhhhhhhhhhhh!>, grite. El terror y una emoción descontrolada se apoderaron de mí. A derecha y a izquierda. Afuera y adentro. Arriba, arriba. De repente, allí estaban, justo delante de nosotros, en un claro del bosque. No eran más que dos niñatos de unos quince años sentados en una camioneta. Uno de ellos era rubio y llevaba coleta. El otro, una gorra de béisbol. La distancia que nos separaba equivaldría a un campo de fútbol, pero mi vista de águila era tan aguda que podía contar sus pestañas. El chaval de la coleta sostenía el rifle y el otro estaba bebiendo una cerveza. Escudriñaban el cielo en nuestra búsqueda. “¿Sabéis una cosa, so torpes? –pensaba para mí según nos acercábamos a ellos-. Ya no estamos allá arriba. Estamos aquí…, ¡delante mismo de vuestras narizotas!” [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] A los chavales ni siquiera les dio tiempo a reaccionar. Estábamos encima de ellos. Al ser un águila de cabeza blanca, yo era la más grande de todos y la más fuerte. Era capaza de transportar bastante peso. Saqué mis garras y las extendí por completo. Tobias lanzo un chillido escalofriante. Aterricé sobre el cañón del rifle y mis garras se cerraron sobre él con fuera. Tobias, por detrás, le propino un buen empujón al chaval que, tras soltar un grito de dolor, aflojó un poco la mano con la que agarraba el rifle. -¡Eh! –exclamo el otro chico. En ese momento, aproveché la ocasión y salí volando con el rifle entre mis garras. Me costaba alcanzar la altura deseada a causa del peso extra que llevaba. -¡Ese pajarraco se ha llevado tu rifle, Chester! ¡Y aquél mi cerveza! Miré hacia abajo y vi que Marco, al menos diría que era él, sostenía entre sus garras la lata de cerveza completamente estrujada. <Son muy jóvenes para andar bebiendo>, sentencio Marco en un tono de lo más paternal. -¡No es posible! ¡Un pájaro no puede llevarse mi rifle así como así! –oí que se quejaba el de la coleta. Me deje arrastrar por una suave brisa y por fin gane la altura suficiente para remontar por encima de los árboles. No resultaba nada fácil, mis alas sacudían y sacudían aquel aire ligero y en calma de los bosques que hace todavía más difícil poder elevarse. Roce la copa de un pino y abandone el bosque, batiendo las alas muy deprisa para compensar el peso que llevaba. Me dirigí hacia la playa sobrevolando los acantilados, sobre la orilla. Allí estaban las corriente de aire cálido. ¡Bienvenidas fueran! Me alzaron y me alejaron del agua. Me relaje al verme envuelta en aquel viento cálido que me llevaba cada vez mas lejos. Tiré el rifle al mar desde una altura de casi dos kilómetros. Estoy firmemente convencida de que la gente que se atreve a disparar a un águila no debería tener un arma. Marco arrojo la cerveza con tal precisión que fue a caer justo dentro de un cubo de basura. Se quedo tan contento que parecía que hubiese encestado el tanto decisión en un partido de la NBA. <Ya han pasado casi dos horas>, informo Cassie cuando nos dirigíamos sin prisa hacia la costa. Dos horas es el tiempo limite. Si antes de dos horas no vuelves a tu estado natural, te quedas atrapado en ese cuerpo para siempre- Nos dirigíamos hacia una iglesia abandonada que ya nadie utiliza y que esta cerca de la playa. Aunque la iglesia tiene un campanario, no hay campana. Allí habíamos hecho la metamorfosis y, por lo tanto, Ali estaba nuestra ropa y nuestros zapatos, cuatro pares de zapatos para los cinco que éramos. <Bien, una hora y media. Tenemos que intentar no sobrepasar la hora y media>, observo Cassie, todavía convertida en águila pescadora, mirando su reloj que estaba en el suelo. Iniciamos el proceso para transformarnos. Requiere gran concentración, aunque es mas laborioso cuando lo haces de humano a animal que al revés. Así pues, empecé a pensar en mi yo humano al tiempo que me dibujaba mentalmente: soy alta, delgada y con melena rubia. Me concentré sobre todo en el pelo porque no me gustaba nada como me lo habían cortado la ultima vez. Lo cierto era que no podía hacer nada al respecto, aunque me habría gustado que al cambiar de forma pusieses hacer que otro arreglo, pero era imposible. Los cambios se hicieron ver de inmediato. Las plumas que me cubrían empezaron a derretirse, como cuando enciendes una vela y la cera caliente desaparece. En aquellas zonas de cuerpo donde ya se veía mi piel se apreciaba todavía el dibujo de mis plumas. El pico amarillo fue succionado por mi boca y en su lugar brotaron diente blancos. Ese proceso me producía una especie de picor que me hacia rechinar los dientes. Después aparecieron los labios. Mis ojos pasaron del dorado pálido a su azul habitual. Mis piernas crecieron un poco, unos novena centímetros, has alcanzar mi estura normal. Mire hacia Jake y vi que sufría el mismo proceso. En realidad observar como alguien cambia de forma no resulta muy agradable. Podría incluso provocarnos horribles pesadillas sino supiéramos que todo esta bajo control. En cambio, cuando Cassie se transforma siempre lo hace de una manera artística. Por ejemplo, cuando se convierte en caballo, tiene tal habilidad que no resulta un bicho raro. Posee un don especial para cambiar de forma, por decirlo de alguna manera. Los demás nos limitamos a dejar que ocurra y, a veces, los resultados son bastante inquietantes y perturbadores. Recuerdo una vez a Marco con sus piernas peludas de chico recién salidas del cuerpo menudo de un pájaro. -¡Aghhh! ¡Qué horror! –solté yo sin poder contenerme. -Bos, to nou tu haas visto, Rachel –replico con dificultad. Como su boca estaba en plena metamorfosis, las primeras palabras resultaban un poco confusas, aunque las ultimas ya se entendían mejor. Deduje que lo que quería decir era que yo tampoco estaba maravillosa, y seguro que tenia toda la razón. Me alegre de no disponer de un espejo. Mi lengua también creció. Mi visión perdió precisión y se redujo notablemente. La mente del águila se evaporo y solo quedo la mente humana en mi cabeza. Las alas se convirtieron en brazos, las garras en pies y dedos. Aquellas patas amarillas y escamosas de águila dieron paso a mis piernas, todavía un poco escamosas al principio. -¡Que mona estas con esos muslos de pollo! –comento Marco-. ¿Son de los crujientes? -Mira quien fue a hablar –conteste riendo a al vez que señalaba hacia sus pies. Veréis, sus piernas ya habían cambiado del todo pero todavía conservaban las enormes garras en lugar de los pies. Al aparecer mi piel, también lo hizo la poca ropa que nos poníamos al transformarnos. Por suerte, y tras varias intentonas conseguimos mantener algo de ropas durante el proceso de metamorfosis. Eso sí, tenia que ser superajustada, como la que llevan los gimnastas. No pera la mas apropiada para andar `por la calle, pero al menos no nos moríamos de vergüenza cuando nos teníamos enfrente. Comprobé que mis amigos ya habían recuperado casi por completo su forma natural. Aunque descubrí algún que otro rastro de pájaro todavía en ellos. Jake es mas bien grande y fuerte. Tiene el pelo castaño y ojos oscuro y severos, sin embargo en aquellos momentos le brillaban por la emoción. A veces, el cambiar de forma puede suponer un shock. En una ocasión Jake se convirtió en un lagarto y todavía no ha superado el hecho de haberse comido una araña viva. De todos modos creo que había disfrutado enormemente siendo un halcón porque no paraba de hablar de ello. -¡Ha sido impresionante! –exclamo Jake-. Me siento como mutilado con este cuerpo humano. Como si estuviese pegado al suelo. -Y ciego –añadió Cassie-. Los ojos humanos no sirven para ver de lejos.-Sonrió y extendió sus alas. Había conseguido mantenerlas hasta el final, y su aspecto era el de un extraño ángel. Pero le sentaban fenomenal. Aquellas alas grises y blancas de mas de dos metros eran preciosas. -¿Serias capaza de volar? –preguntó Jake, un poco atemorizado. -No, Jake –contesto Cassie riéndose-. Mi cuerpo pesa unos cuarenta kilos y estas alas no están diseñadas para tanto peso –aclaró alegremente al tiempo que sus alas se convertían en brazos en un par de segundos. ¡Fantástico! –exclamo Marco moviendo la cabeza-. No sé como lo haces, Cassie, pero mientras nosotros podríamos ser el resultado de un experimento genético de algún científico chiflado, tú pareces un ángel cuando te transformas. Cassie y yo somos amigas desde hace mucho tiempo, aunque si nos vierais juntas, jamás dirías que nos llevamos bien. A Cassie le trae sin cuidado todo lo que tenga que ver con la ropa o el estilo. Es un poco, ¿cómo os diría? “original” vistiendo. Seria capaz de ir a una boda en mono de trabajo si nadie se lo impidiera. Cassie vive en una granja y su familia tiene un montón de animales. Su padre habilito el granero como Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje, es decir, un hospital para animales herido. Así es que siempre esta lleno de pájaros, mofetas, zarigüeyas, coyotes y cualquier animal que se os ocurra. La madre de Cassie también es veterinaria. Trabaja en un enorme zoo que esta dentro de un parque de atracciones llamado Los Jardines. Así que, desde muy pequeña, Cassie desarrollo un instinto especial para entenderse con los animales. Desde luego, siempre acaba de transformarse antes que el resto. Cuando ella ya esta lista, los demás todavía parecemos un engendro mitad animal, mitad humano. En cuando a mí, no es que sea la reina de la moda, pero me gusta vestir bien. Supongo que eso, combinado con mi físico, hace pensar a la gente que soy creída. Dicen que soy guapa, pero personalmente pienso que eso no es más que fruto de la casualidad, ¿sabéis? Ser guapa no es muy importante. Lo que de verdad importa es lo que tienes en la cabeza y en eso es en lo que me fijo. Ése, claro esta, es otro de los temas en os que Cassie y yo no estamos de acuerdo. Supongo que ella diría: “Lo que realmente importa es tener buen corazón.” Es conciliadora por naturaleza. Siempre que hay algún problema en el grupo, generalmente provocado por Marco o por mí, Cassie es la encargada de calmar los ánimos. -Me alegro de regresar a mi estado natural –anuncio Marco-. Lo de volar y todo eso esta bien, pero tener tan buena vista ya no me hace tanta gracia. -¿Por qué? –preguntó Jake. -Mira, Jake, ¿no te ha pasado un montón de veces que has visto una chica guapísima desde lejos y cuando la ves de cerca resulta que es horrorosa? Pues imaginare eso todo el tiempo… -¿Cómo dices? –le interrumpí-. Creo que te he entendido mal. -No era un comentario machista –se defendió Marco-, sirve tanto para chicas como para chicos. Visto desde lejos, yo parezco mucho más alto de lo que soy. Marco tiene complejo de bajito. Tiene el pelo largo y castaño y es de tez morena. La mayoría de las chicas lo consideran guapo, pero a él le preocupa su estatura. -El problema no es que la gente te vea de cerca –le contesté-, sino que te oigan. Pareces un tipo inteligente hasta que abres la bocaza que tienes. Marco sonrió burlón. Le encanta fastidiar a la gente. Vive de eso. En el fondo es muy inteligente y buena persona, sólo que disfruta provocado al personal. Marco y Jake son íntimos amigos. Jake es serio y considerado y siempre intenta hacer lo correcto. En cambio, Marco es sarcástico y temperamental y es el mas reticente de nosotros. Si por él fuera, habríamos abandonado la lucha contra los Yeerks hace mucho tiempo y nos habríamos limitado a seguir viviendo como si nada. Aunque nunca se sabe si realmente lo piensa o sólo lo dice por llevar la contraria. -Bueno, larguémonos de aquí –sugirió Jake-. Tengo un montón de deberes. -Yo también –dije-, además tengo clase de gimnasia esta tarde y no me he preparado. -¡Valla rollo! –exclamo Cassie dejando escapar un suspiro-. Todo son deberes y obligaciones en cuanto uno se convierte en humano. Tras pronunciar estas palabras, Cassie se mordió la lengua y dirigió una mirada arrepentida a Tobias, que seguir convertido en ratonero. Tobias tenia antes el pelo rubio indomable y ojos tiernos y dulces. Pero el pobre había quedado atrapado en aquel cuerpo de halcón cuando huíamos de pesadilla infernal del estanque de los yeerks. Había permanecido mas de dos horas transformado. Todos los demás volvimos a nuestro cuerpo natural, todos menos Tobias que seria un ratonero para siempre. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] Hicimos juntos casi todo el camino de regreso a casa. Estábamos agotados. La verdad es que volar cansa bastante, aparte de que ya sólo cambiar de forma requiere de por sí mucha energía. Tobias nos seguía, sobrevolando por encima de nuestras cabezas. No participaba en la conversación porque le resultaba un poco difícil. él puede comunicarse con nosotros a través del pensamiento y no nosotros recibíamos sus mensajes, pero una vez recuperada nuestra forma humana sólo podemos hablar del modo convencional. Él no nos oye a no ser que se acerque, y si se acerca demasiado, no puede volar. -Si no fuera por todo este lío de los yeerks –se quejo Marco-, esto de transformarse seria genial porque podríamos utilizar nuestros poderes para otras cosas. -¿Para qué? ¿Para luchar contra el crimen? –preguntó Jake. -¿Luchar Contra el crimen? –replico Marco, mirándolo con una expresión entre apenado y divertido-. ¿Quién te crees que eres? ¿Spiderman? Yo me refiero al mundo del espectáculo. ¡Podríamos hacer películas, incluso participar en serie de televisión! ¡Ya me veo de protagonista absoluto de uno de esos programas de videos caseros! -Tienes toda la razón –añadí yo, pestañeando varias veces seguidas para que viera que estaba bromeando-. Hacer el tonto se te da bastante bien. -¿Y qué tal si actuáramos en películas de terror? –apuntó Cassie. -¡Podríamos hacer de especialistas! –sugirió Jake-. Imaginaos una escena de lo más realista: un edificio muy alto, yo me precipito al vació y, antes de llegar al suelo, me transformo en pájaro y todo arreglado. -Por eso no soporto a los Yeerks –prosiguió Marco-. Se están interponiendo en mi carrera artística. Ahora seria millonario y me codearía con las estrellas de la tele. Todas las top model de Hollywood se morirían por mis huesos. -¡Uh, uh! –solté yo, guiñando un ojo a Cassie-. Tienes razón. A las mujeres les encantan los animales, pero tarde o temprano tendrías que volver a tu forma natural, Marco, y entonces saldrían corriendo. Recorrimos el paseo que se extiende paralelo al solar en obras. Es una zona enorme con edificios a medio construir, excavadoras oxidadas y grúas desperdigadas por todas partes. En un principio, iba a convertirse en un gran centro comercial, pero por alguna razón nunca fue terminado. No tomamos el atajo que lo atraviesa, como hacíamos antes. Os cuento, fue aquí donde vimos aterrizar a Elfangor, el príncipe andalita herido, y fue él quien nos previno contra la conspiración de los yeerks y nos concedió nuestro poderes especiales. Además; aquí vimos también por primera vez al comandante yeerk, llamado Visser Tres, que fue el que mato a Elfangor. Visser tres es el único yeerk que tiene el mismo poder de transformarse que nosotros. Visser tres es un controlador andalita, es decir, su cuerpo es el de un andalita. Ser un controlador humano significa que el yeerk tiene cuerpo humano. Un controlador taxxonita es un yeerk instalado en el cuerpo de un taxxonita, y así… entendéis, ¿no? Visser tres es el único yeerk que se ha apoderado de un cuerpo andalita, por lo tanto es el único yeerk capaz de transformarse. Aquella noche, en el solar abandonado, Visser se había transformado en una criatura procedente de un planeta lejano, una especie de monstruo gigantesco y horroroso que tomo al andalita y… Bueno, la verdad es que preferiría no hablar de ello. Si queréis saber algo más mejor se lo preguntáis a Jake. Todos guardamos silencio cuando pasamos por delante de las obras. Note que Cassie se había quedado inmóvil. Retrocedí hasta alcanzarla y vi que estaba llorando. -¿Estas bien? –le pregunté. -No. ¿Y tu? –contesto al tiempo que negaba con la cabeza. -No, supongo que no –admití dejando escapar un suspiro. Volar por entre las nubes había sido una distracción estupenda, pero mi cabeza estaba llena de horribles recuerdos-. Anoche tuve una pesadilla horrible. Soñé que volvía al estanque yeerk. Estaba allí abajo otra vez, en aquella cueva enorme y oía los chillidos y lamentos de la gente que era arrastrada a la fuera hasta el estanque. -Pero ¿sabes que es lo peor? –prosiguió Cassie-. Cuando ya no los oyes porque los yeerks se han introducido en sus cerebros y los han convertido en controladores, en esclavos, y ya no hay nada que hacer. -Como Tom –añadió una voz. Las dos nos volvimos. Había sido Jake. Él y Marco, al ver que nos habíamos detenido, se acercaron. Tom es el hermano d Jake, pero ahora es un controlador humano, o sea un humano con un yeerks en el cerebro que lo domina. Nosotros habíamos encontrado el estanque yeerks y habíamos bajado a aquel infierno para rescatar a Tom. Sin embargo fracasamos y casi perdemos la vida en el intento. -Algún día lo salvaremos –aseguro Cassie a Jake al tiempo que lo agarraba por la cintura. Jake hizo un gesto instintivo de acariciar la cabeza de Cassie, pero supongo que le dio mucha vergüenza y enseguida retiro la mano. A Cassie no le importo. Ya sabéis que a los chicos eso de demostrar sus sentimientos les cuesta mucho. Dirigi la mirada a las obras y vi cómo Tobias descendia revoloteando hasta posarse en alguna parte del recineto que no pude distitnguir desde la carretera, aunque sabia perfectamente cuál: el sitio donde habai muerto Elfangor. En el poco tiempo en el que el andalita estuvo con nosotros, él y Tobias habian llegado a hacerse muy buenos amigos. Seguimos caminando. -Debemos encontrar un modo de llegar hasta ellos –añadí muy seria. Me daba mucha rabia imaginarme a Tobias en aquella especie de colmena de cemento llorando por el andalita. -¿Llegar a quién? –preguntó Marco sospechando lo peor. -¡A los franceses, Marco! –conteste con sarcasmo-. ¿A quién va a ser? A los yeerks, tonto. -¡Eh, eh, eh! –protestó Marco-. Por sino os acordáis, ya lo hemos intentado. Si, bajamos hasta el estanque y, ¿qué pasó?, que nos echaron a patadas. Yeerks diez, humanos cero. -Entonces, según tú, debemos rendirnos, ¿no? –replique. -Hemos perdido un partido –explico Jake-. No se deja de practicar un deporte por haber perdido un partido. -Depende del partido… y del deporte –añadió Marco muy serio. De todas formas, no todo esta perdido –apunte. Todos me miraron como si estuviera loca-. Veréis –proseguí-, ya se que no hemos conseguido salvar a Tom, y mucho menos frenar a los yeerks, pero, por lo menos, tienen un motivo para estar asustados. -Claro, están muerto de miedo. Según creo, Visser tres no puede dormir por las noches desde entonces –apunto marco, irónico-. Escuchad, Visser Tres no nos ve como una amenaza en absoluto. Más bien como un buen bocado. -Él no sabe quiénes o qué somos nosotros –insistí-. Los yeerks están convencidos de que somos guerreros andalitas porque podemos transformarnos. Saben que conocemos su escondite y que conseguimos llegar hasta allí y rescatar a algunos taxxonitas u hork-bajir. Estoy segura de que, como mínimo, estarán algo preocupados. -Rachel tiene razón -resupo Jake-, aunque no creo que debamos volver allá abajo. Además, ya no hay puerta… Dejamos de andar y le miramos fijamente. -Esta bien –continuo él, encogiéndose de hombros-, solo quería saber si la puerta todavía existía, ¿vale? Por si acaso. Pero ya no esta allí. La entrada que conducía al estanque yeerk se encontraba en la taquilla del conserje de nuestro colegio. Había docenas de puertas por toda la ciudad que conducían al escondite subterráneo del enemigo, pero nosotros solo conocíamos una. -Entonces, tendremos que buscar otra entrada –resolví yo-. Podríamos seguir a Tom cuando el yeerk que lleva dentro tenga que volver al estanque a repostar. –Cada tres días, los yeerks tienen que ir al estanque. Un vez allí, salen exhaustos de los cuerpos que han ocupado y absorben rayos Kandrona. -No, no metamos a Tom en esto –protesto Jake-. Si atraemos demasiado la atención sobre él, y se convierte en un problema para los yeerks, quizá sea peor e incluso decidan eliminarlo. -Así que eso es lo que pretendes, ¿no? –lo interrumpió Marco, lazándole una mirada asesina-. Arriesgar nuestras vidas y las de todos los que nos rodean y total, ¿para qué? -Para la liberta –añadió Cassie sin inmutarse. Marco no supo qué responder. -Todavía nos queda Chapman –señalo Jake. Chapman es el subdirector de nuestro colegio, uno de los controladores mas importantes además. Dirige un club, La Alianza, que se encarga de reclutar a jóvenes ingenuos para convertirlos en futuros portadores de los yeerks. -Si alguno de nosotros se hiciese muy amigo de Chapman… –prosiguió Jake sin dirigirse a nadie en particular. A mí no me miró, pero yo sabia a quien se refería. Supongo que había reflexionado sobre ello antes. -¿Melissa? –pregunté. -Bueno, es una posibilidad –asintió Jake. Melissa Chapman es la hija del subdirector y es, además, una de mis mejores amigas, o por lo menos lo era antes. Últimamente se había comportado de una manera un taton extraña conmigo, como si ya no le interesara como amiga. Vamos al mismo gimnasio, de hecho, nos apuntamos a la vez. De esa manera hacíamos algo juntas. -No me gusta utilizar a mis amigos –protesté. -Valla, eso es nuevo. La valiente Rachel se echa para atrás –se jactó Marco-. Asi que no te gusta utilizar a tus amigos, ¿verdad? Pues no parece importarte mucho poner en peligro mi vida. -Claro, Marco, pero ¿cuándo he dicho yo que tú fueras mi amigo? -Muy graciosa –contesto Marco, sin embargo parecía un poco dolido. -Era una broma Marco –aclaré-, solo una broma. Por supuesto que eres mi amigo, Pero tú eres un Animorph y Melissa no. Ella esta totalmente al margen. -¡Ojalá nunca se me hubiera ocurrido esa palabra! –profirió Marco-. Animorph, ¡por favor! -Rachel, el padre de Melissa es uno de los principales controladores –continuo Jake muy tranquilo, ignorado a Marco-. Le guste o no, ella esta metida en esto. Se me revolvió el estomago. Jake tenia razón. Lo más lógico era seguir a Chapman, y la forma más fácil de hacerlo era a través de Melissa. El plan tenia sentido, y también tenia sentido traicionar a una vieja amiga por una buena causa. Me sentía fatal. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] Al día siguiente, me dirigí hacia mi clase de gimnasia en el club que está justo enfrente del centro comercial. Hay una piscina cubierta, lo que provoca que todo el edificio huela a cloro, excepto el gimnasio, que huele a sudor. La clase la damos en una sala más pequeña, llena de alfombrillas azules. También hay una barra de equilibrios, unas barras paralelas y un potro con trampolín. El otro y las paralelas se me dan bien, pero soy bastante torpe en la barra de equilibrio. Para ser sincera, me asusta un poco porque requiere una concertación absoluta. No se trata de una clase gimnasia profesional. Ninguno de nosotros está preparándose para ir a las Olimpiadas. Cuando empecé, soñaba con ser la nueva Nadia Comanecci. Pero comencé a crecer, y ahora soy bastante alta para mi edad. La gente me mira y me dice: “Podrías ser modelo.” A nadie se le ocurre decir: “Podrías ser gimnasta.” La mayoría de las chicas que asistimos a esa clase somos demasiado altas o pesamos demasiado para llegar a ser autenticas gimnastas. Lo hacemos porque nos divertimos y a la vez nos mantenemos en forma. Además, siempre me he considerado un poco torpe, aunque mamá diga que no es verdad. Por ejemplo, el potro. Es genial iniciar la carrera, impulsarte con un trampolín y dar vueltas en el aire para después clavarte en el suelo. Quizá no sea tan increíble como volar, pero resulta muy divertido. Cuando llegué, Melissa Chapman se hallaba en el vestuario cambiándose. Es la excepción de la regla, ella sí parece un gimnasta de verdad. Es menuda y delgada, y eso que o se priva de comer lo que le gusta como hacen algunas tontas que quieren convertirse en gimnastas. Tiene los ojos de color gris claro, el pelo rubio claro y la tez clara. Recuerda a uno de aquella solemnes elfos que aparecen en un libro de Tolkien. A primera vista la impresión que da es de fragilidad, aunque tras esa aparente debilidad se esconde una gran fortaleza. Melissa me recibió con la media sonrisa con la que acostumbraba a saludarme en los últimos tiempos. Se mostraba distante, como si algún asunto de gran importancia ocupara su mente. -¡Hola, Melissa! –saludé-. ¿Qué tal? -Bien, ¿y tú? -Pues como siempre. –Era mentira, claro, pero no le iba a decir: “lo normal, ya sabes, adoptado distintas formas de animales y luchando contra extraterrestres”. Melissa no añadió nada más. Se ajusto las mallas y comenzó a hacer los ejercicios de estiramiento. Así estaban las cosas. Nos saludábamos y eso era todo. Antes nos contábamos la vida y milagros; al fin y al cabo era mi mejor amiga, después de Cassie. -Melissa, estaba pensado que quizá… después de clase te gustaría acompañarme al centro comercial. Quiero comprarme unas zapatillas. -¿Al centro comercial? –tartamudeó y después se puso roja-. ¿De compras? -Sí, ya sabes… a dar una vuelta, mirar cosillas, ver chicos guapos y molestar un poco a esas dependientas tan antipáticas de la zona de perfumería –le dije como quitándole importancia. Antes, todo resultaba mucho mas sencillo y de la noche a la mañana y sin saber por qué Melissa se comportaba como un animalillo asustado. ¿En que momento nos habíamos empezado a distanciar? -Es que… estoy un poco ocupado –contestó Melissa. -Bueno, no pasa nada. Lo entiendo. En realidad no entendía nada. Me quede allí plantada, viendo como se marchaba, hasta que recordé que no se trataba tan sólo de un amiga que se comportaba de un modo extraño, sino de su padre, uno de los lideres controladores y, por lo tanto, uno de nuestros mayores enemigos. -Melissa, ¡espera! –la detuve agarrándola del brazo-. Tengo la sensación de que ya no somos amigas, de que cada una va por su lado, ¿sabes? Y bueno… me sabe mal. -Bueno, tal vez podamos salir algún otro día –contestó, encogiéndose de hombros. -¿Qué es eso de “algún otro día”, Melissa? Me estas dando largas. ¿Qué te pasa? -¿Qué qué me pasa? –repitió y, por un momento una nube de infinita tristeza cubrió su mirada, reflejándose en las comisuras de su boca-. Nada, no me pasa nada –aseguró al tiempo que se soltaba-. Si no entramos ya, al entrenador le va a dar un ataque. La vi alejarse. Me sentí como una completa idiota. Algo le estaba ocurriendo a Melissa y no me había enterado. Ella era mi amiga y algo había cambiado sin que me diera cuanta. Había ido a la mía. Y ahora, de repente, pretendía ir de amiga del alma, cuando en realidad actuaba por otras razones. Era incapaz de estar atenta a al clase y, no concentrarse cuando haces gimnasia, puede resultar muy doloroso. Efectivamente, me escurrí de la barra de equilibrios y me hice tanto daño en la rodilla que dejé escapara un grito. Melissa se acercó corriendo. Durante unos segundos se comportó como la Melissa de antes, pero cuando logré incorporarme, ya había vuelto al otro lado de la sala, a su pequeño mundo interior. Así que empecé a sospechar. Su padre era un controlado. La observé desde el extremo opuesto de las ala y sentí un escalofrió. ¿Acaso ella, mi vieja amiga, era uno controlador también? Después de clase no fui a comprar. No me apetecía nada. La expresión de Melissa, su forma de mirarme, me quitó las ganas de ir al centro comercial. Se suponía que yo iba a ir de tiendas y que cuando terminase llamaría a mi madre para que viniera a buscarme. Así lo habíamos acordado en casa, pero como cambié de idea después, me fui yo sola a casa directa. El cielo se cubrió de nubes negras que amenazaban lluvia y el día se oscureció de repente. Fue una decisión estúpida y desde luego no muy inteligente. Supongo que estaba distraída pensando en otros asuntos. Por lo menos, no acorte por el recinto de obras. Caminaba por la acera del paseo cuando de pronto me percaté de que un coche se había detenido un poco más adelante. Salió un tipo, que podría ser del instituto, o incluso de la universidad, pero, sobre todo, peligroso. Debería haberme dado la vuelta y haber salido corriendo en la dirección al centro comercial, pero no lo hice. Hay veces en las que no me paro a pensar las cosas, y luego me arrepiento. Ésa fue una de ellas. -¡Oye, cariño! – me grito el hombre-. ¿Te gustaría venir conmigo a dar un paseo? Dije que no con la cabeza y agarre con todas mis fuerzas la bolsa de deportes. ¿Cómo había sido tan imprudente de irme sola? -No seas tan antipática, encanto –insitito el hombre-. Mejor Será que te metas en el coche. El tono que empleó fue más de orden que de invitación. Me asuste de verdad. Cuando pase a su lado, me protegí con la bolsa de deportes. -¡Eh! No te hagas la loca –me susurró. Entonces, intento agarrarme pero me escabullí. Avivé el paso. El tipo me seguía, así que eché a correr y él también, claro. -¡Eh, tú! ¡Un momento! ¡Vuelve aquí! Había cometido un error, aunque por suerte , no estaba tan indefensa como la mayoría de la gente. Según corría, me concentre en una imagen que guardaba en la memoria. Entonces, empecé a experimentar el cambio. Mis piernas aumentaban de grosor, al igual que mis brazos. Sentía que todo mi cuerpo creía, que se hacia cada vez más grande y más sólido. Noté que mis orejas se hacían muy finas y adquirían el tacto del cuero. Quería asustar a aquel tipo. Me había puesto realmente furiosa, se iba a enterar. Le iba a dar un susto de muerte. Mi nariz comenzó a prolongarse y de mi boca surgieron dos colmillos enromes, como lanza. Consideré que ya era suficiente, así que dejé de concentrarme, y la transformación se detuvo. Paré de correr de repente y el tipejo chocó contra mí. No le iba a gustar anda la sorpresa que le tenia preparada. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Yo quería que el tipo se largase. Me hubiera encantado decirle: “¿Qué, todavía te apetece ir de paseo?” Pero, en lugar de eso, de mi garganta salió algo muy diferente: -¡Uuuuuiiiiieeeeeeeee! -le solté en las narices. El hombre freno en seco y se limito a mirarme atónito. Enfrente de él estaba yo, transformada a medias en un elefante africano. La trompa había aparecido casi por completo, al igual que aquellas enormes orejas. Mis piernas parecían cuatro postes y mis brazos eran como los de Arnold Schwarzenegger, sólo que grises. Los colmillos sobresalían de mi boca más de medio metro, y para completar el cuadro, conservaba el pelo y los ojos de Rachel. -¡Ahhhh! -exclamó el tipo y, de repente, perdió todo interés por mí. Se dio la vuelta y echo a correr, olvidándose del coche por un momento. Luego, volvió sobre sus pasos y se precipito al interior del coche a través de una ventanilla que estaba abierta. Arranco y salio a toda velocidad. Me concentré de nuevo para recuperar mi estado natural. Tanto la sudadera como las mallas que llevaba me quedaban mas bien flojas, así que se estiraron un poco durante la transformación. Sin embargo, mis zapatos se habían partido por la mitad cuando me empezaron a crecer las patas de elefante. Para colmo, había empezado a llover así que la vuelta a casa no iba a resultar muy agradable que digamos. -¡Fantástico! –murmure-. La próxima vez que me convierta en elefante tengo que acordarme de quitarme los zapatos. Justo en aquel momento, otro coche se detuvo y alguien bajo la ventanilla. -¡Eh, Rachel! –Era la voz de Melissa-. ¿Quieres que te llevemos a casa? –Desde luego no sonaba muy convincente. Miré al asiento del conductor y descubrí a Chapman al volante. Una oleada de terror me invadió. Si el tipo había visto lo que acababa de hacer, estaba muerta, y mis amigos también. -No, no, me va bien un poco de ejercicio –contesté. -Pero ¡qué tonteria! –insistio Chapman con su voz de subdirector-. Esta empezando a llover, venga, sube. -Gracias –dije con una sonrisa forzada- ¿Qué otra cosa podía hacer? Melissa iba de copiloto. Yo me senté en la parte de atrás, intentado controlar por todos los medios mis temblores. Evitaba posar al vista sobre la nuca de Chapman, y es que cuando tienes a un controlador delante, en lo único que piensas es en que hay un asqueroso gusano ahí dentro, instalado en las terminaciones nerviosas del cerebro humano al que tiene dominado. Me resultaba muy difícil resistirme a la tentación. -Cuando estábamos parados en el semáforo, nos dio la impresión de que un tipo te andaba molestando –explico Melissa-, pero vimos que al rato se marchaba. ¿Puede ser? -Um… no, qué va –mentí-, creo que al tipo se le había caído algo en la carretera y se detuvo para recuperarlo. -¡Patético! ¡Qué mala soy mintiendo! En el retrovisor, vi los ojos de Chapman clavados en mí. Su expresión era de lo más normal. Ese es uno de los grandes problemas ara descubrir a un controlador. No se inmutan por nada, con lo cual no hay ninguna pista. -Vaya, pues echo a correr como se le persiguiera el mismísimo diablo –replico Chapman. -¿Ah, si? –Pregunté con vocecilla-, pues no me he dado cuenta. Iba distraída. Quizás era porque llovía. Ahí ya puede torcer a la izquierda. -Ya sé dónde vives –añadió Chapman. Casi me trago la lengua. ¿No estaría amenazándome? ¿Sospecharía algo? ¿Lo habría adivinado? ¿Había cambiado de expresión o eran imaginaciones mías? Se detuvo delante de mi casa. El corazón estaba a punto de estallarme, pero procure disimular. -¡Gracias por traerme, señor Chapman! –dije-. ¡Oye, Melissa, a ver si quedamos un día!, ¿vale? -Claro, Rachel –asintió. Cerré la puerta. Había logrado escapar. Estaba viva. Lo de antes habían sido solo los nervios. -¡Rachel! –me llamó Melissa-, ¿qué le ha ocurrido a tus zapatos? Me mire los pies. Los zapatos estaban hechos jirones, como consecuencia de haber cambiado del número treinta y cinco al trescientos en sólo cinco segundos. -¿Ves? –Respondí-, ¿no te había dicho que necesitaba unas zapatillas nuevas? Melissa estaba atónita y su padre me echó una mirada que fui incapaz de descifrar. Entre en casa temblando como un flan, subí a mi habitación y arroje los zapatos rotos a la papelera. Después baje a la cocina para saludar a mi madre, que estaba medio escondida detrás de una pila de libros encuadernados en piel de distintos colores. Mi madre es abogada y se trae parte del trabajo a casa para estar conmigo y mis dos hermanas. Mis padres están divorciados, así que solo veo a mi padre unos días al mes, y mi madre se siente un poco culpable cuando no pasa el tiempo suficiente con nosotras. -¡Hola, cielo! –Saludó, y al rato adoptó el típico gesto de madre desconfiada y me preguntó-: ¿Cómo has venido a casa? No habrás vuelto caminado, ¿verdad? Se suponía que me ibas a telefonear. -Me ha traído Melissa; bueno, su padre, claro –le contesté. No mentía del todo. Esta bien, ya sabes que me preocupo –añadió mas relajada al tiempo que cerraba uno de los libros. -¿Dónde están Jordan y Sara? –pregunté. -En el cuarto de estar, viendo uno de esos programas de terror. Luego por la noche, Jordan tendrá que dormir con la luz de la mesita encendida, y Sara acabara durmiendo en mi cama. No entiendo por qué les gusta ver cosas que les dan miedo. Tú nunca has sido así. Casi me eche a reír. Me hubiera gustado decirle: “Mamá, yo no necesito ver cosas que den miedo, porque yo ya doy miedo. Tenias que haberme visto hace cinco minutos con los colmillos saliendo de mi boca y una nariz de un metro de larga.” Pero lo único que dije fue: -¿Qué hay de cena? -¿Pizza? ¿Comida china? –sugirió mi madre con su expresión habitual-. Cualquier cosa que se pueda pedir por teléfono. Lo siento, pero tengo que leer este escrito. El juicio se celebra mañana por la mañana. -Mamá, te lo he dicho mil veces: no me importa en absoluto comer pizza. Cocinar no es tu fuerte, así que pedimos un pizza y ya esta. -De acuerdo, pero por lo menos que tenga algo de verdura –añadió. Después de cenar, llamé a Jake. -¿Quieres venir a casa? –le pregunté-. Me he comprado el CD ese que querías escuchar. Lo del CD era mentira, claro, pero teníamos que andar con cuidado, puesto que Tom, el hermano de Jake, como ya os he dicho antes, era un controlador y podría estar escuchando, desde el otro teléfono. Luego, llamé a Cassie y Marco, utilizando la misma excusa. En cuanto llegaron, les conté lo de Melissa y la aventura con aquel tipejo. No les dije que Chapman y Melissa me habían traído a casa. No sé por qué pero, tras la reacción de Marco, me alegre de haberme callado. -¿Pero cómo se te ocurre? ¿Estás loca? –Soltó Marco-, ¿y si ese tipo hubiera sido un controlador? -No era un controlador –proteste con desprecio-. ¿Para qué quieren los yeerks a un chiflado como ése? Les interesa sólo gente con cargos importantes. -Eso no lo sabemos seguro, Rachel –intervino Jake-. Tom no tiene un cargo importante. -¿Y qué me dices de la gente que pasaba en coche, o miraba por la ventanilla? –Preguntó Marco-. ¿Qué pasaría si a ese tío le diera por ir contando por ahí que acaba de ver como a una niña le crecían colmillos y trompa? -Nadie creería a ese don nadie –respondí. -Los que lo conozcan no, claro –continuo con cierto tono de repulsa-, pero ¿y si por casualidad lo oye un controlador? Ése sí sabrá de qué va la historia. Sí, un controlador como Chapman o incluso Melissa, se es que era uno de ellos. Me entraron ganas de vomitar. Toda mi vida era una mentira. Mentía a Melissa, a mi madre, y ahora a mis amigos, porque no le había contado todo. -Está bien, he metido la pata –murmuré. -¡Menos mal que lo reconoces! –comento Marco. -Marco, ¡basta ya! –Ordeno Jake— Rachel ya sabe que se ha equivocado. Todos cometemos errores. Rachel ya sabe que se ha equivocado. Todos cometemos errores. Marco puso los ojos en blanco. -No deberías haber vuelto sola a casa. Tienes que ser más prudente Rachel –opinó Cassie con una sonrisa alentadora-. Pero hubiera dado cualquier cosa por ver la cara de susto del tipo. -De todos modos, lo que hemos sacado en claro de todo esto es que Rachel no puede utilizar a Melissa para acercarse a Chapman –añadió Jake-. Desde luego no si Melissa es un controlador y continua portándose de forma extraña con Rachel. -Supongo que deberíamos encontrar otra manera de infiltrarnos –propuse-. Sabemos donde esta la oficina de Chapman y también su casa. ¿Y si nos transformamos en un animal pequeño y nos escondemos? -¿Qué animal tienes en mente? –Preguntó Marco-. Cuando Jake se convirtió en lagarto, alguien lo piso y perdió la cola. Además, ¿Qué oto animal podría servirnos? ¿Una cucaracha? Todos nos estremecimos con sólo pensarlo. Jake había sido el único que se había metamorfoseado en un animal pequeño y repulsivo, y fue cuando lo del lagarto- Todavía se le ponen los pelos de punta al recordarlo. -El problema de convertirse en una cucaracha –proseguí-, aparte de que son unos bichejos repugnantes, es que quizá sus sentidos no nos sirvan de gran ayuda. Por ejemplo, ¿sabemos si oyen lo bastante bien como para enterarnos de lo que digan? Todos miramos a Cassie, la experta en animales. -¡Eh, venga ya! –Exclamo levantando las manos-. ¡Como si yo supiera cómo oye y ve una cucaracha! En la clínica no nos ocupamos de tales insectos. Nos quedamos todos un poco decepcionados. Pero yo no estaba dispuesta a rendirme. Aquella vez o se trataba tan sólo de frenar un ataque de los yeerks. Debía averiguar si Chapman sospechaba de mí. Porque si era así, todos nosotros corríamos un gran peligro. Eché una mirada a mi mesa y me tope con los ejercicios de matemáticas que todavía no había hecho, lo cual me hizo sentirme peor. Después fije mi vista en las fotos que había colocado en uno de esos marcos con espacio para varias. En una de ellas estaba yo con mis padres haciendo rafting. Otra me la habían hecho un día que había ido a visitar a mi padre a su trabajo. Trabaja en la tele. Es el hombre del tiempo. Los dos sonreíamos delante de un mapa de tormentas. Otra de las fotos mostraba a Cassie y a mí montando un caballo. Cassie tenia el estilo de una amazona, se diría que había pasado toda su vida en una silla de monta, mientras que yo parecía a punto de caerme. Sin embargo, la foto que me llamo la atención fue la que nos hicimos Melissa y yo hace un par de años. Me levanté y descolgué el marco. Mire la foto con detenimiento. -¿Qué? –Interrogó Jake-. ¿Qué pasa? -Esta foto –contesté-, es de uno de los cumpleaños de Melissa, cuando cumplió los doce, creo. Aquí estábamos en su jardín jugando con el regalo que le había hecho su padre. -¿Y? –preguntó Marco. -Mira. –Le pasé la foto donde Melissa y yo posábamos en pantalones cortos. Entre las dos se veía un gatito blanco y negro-. Un gato, ése fue el regalo de su padre. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] -¡Mira! ¡Una entrada para gatos en la puerta! –señalo Jake. -¿Dónde? –pregunto Marco. -¿Ves la luz? Allí, en la parte de debajo de la puerta principal. -Ah, sí –repuso Marco-. ¡Ovala salga la luna! ¡No veo nada! Nos habíamos refugiado detrás de un seto que limitaba el jardín de los Chapman. Vivian en una casa bastante común en una zona residencial. Y sabéis, dos plantas, un garaje y un jardín. Nada hacia sospechar que allí vivía un ser que formaba parte de una enorme conspiración alienígena para conquistar el mundo. -Una pregunta –susurro Marco-, ¿por qué Chapman? Yo ya le tenía miedo antes de que averiguásemos que es un controlador. -¿No le guardaras rencor porque te castigo aquel día? –le pregunté-. Mira, si quieres escuchar tu walkman en la clase de matemáticas con uno de los auriculares escondido entre el pelo, por lo menos no te pongas a cantar. -Desde luego, ¡vaya fallo más tonto! –corroboro Jake. -Sigo pensando que se paso con el castigo. Si tuviera una pizca de humanidad no me habría expulsado una semana entera. -Tengo una duda –intervino Cassie-, ¿Cómo vamos a conseguir que el gato de Melissa salga a la calle? -Buena pregunta –admití. -Lo que quiero decir es que si seguimos escondido aquí por mucho más tiempo, los vecinos, tarde o temprano, nos verán. <¿Cómo es el gato?>, pregunto Tobias, posado en un árbol cercano desde donde nos podía oír. -Se llama Fluffer –recordé de repente-. Eso es todo lo que sé. -Estas de broma, ¿no? –me replico Marco, ¿Quién si no? -Tiene manchas blancas y negras –intenté hacer memoria de cuando salíamos juntas. <Echare un vistazo. Quizás ande por el jardín>, observo Tobias. Extendió las alas y, suavemente, se elevo en la oscuridad de la noche. -¡Ya sé lo que necesitaos! –exclamé-. ¡Otro gato! ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes? Seria el reclamo perfecto para Fluffer. -Bis, bis, bis, gatito, bis bis… Fluffer, ven, bonito –se burlo Marco, mirándome fijamente. -Tobias se transformo en gato hace mucho tiempo, ¿verdad? –inquirí. -Sí- me respondió Jake-, fue su primera transformación. -Rachel, si piensas hacerlo esta misma noche, recuerda que tienes que actuar como un gato –advirtió Cassie-. Nadie prestaría atención a un gato que se comporta de un modo extrañó, pero Chapman seguro que sospecha algo si ve que Fluffer hace cosas que no son habituales en él. -¿Quieres decir que no coma con tenedor ni cambie los canales de la tele? Todos nos reímos con el comentario. Fue un risa callada y nerviosa, pero risa al fin y al cabo. De repente, apareció Tobias, describió un leve círculo por encima de nuestras cabezas y dijo: <¡Ya lo tengo!> Se acomodó en la rama de antes. La verdad es que. Si te olvidas de que dentro hay un niño. Tobias es un animal impresionante. Sus ojos de ratonero intimidan a cualquiera. La expresión dulce de Tobias había dado paso a una fiera mirada. -¿Lo dices en serio? ¿Has encontrado a Fluffer? –pregunté. <Pues claro, ha sido fácil. Buscar presas es lo que normalmente hago, bueno, lo que hacen los ratoneros- De echo, he localizado a unos seis u ocho gatos correteando por el barrio, tres perros y un montón de ratas y ratones> -¿Ratas? –repitió Marco sorprendido-. ¿Ratas en este barrio? ¿Ratas en una zona residencial? Esto es mucho mejor que donde yo vivo y ¿tienen ratas? <Hay ratas en todas partes –aseguró Tobias-. Las hay de todos los tipos, unas mas rechonchas que otras, pero todas muy jugosas…>, se interrumpió, muerto de vergüenza. ¡Déjalo, Tobias! –intervino Marco-. Olvídate de las ratas, ¿vale? No sé si puedo ser amigo de alguien que come ratas. Hay veces en las que Marco se pone un poco grosero y se pasa de la raya. Aquella era una de esas ocasiones. ¡Cállate, Marco! –le ordene furiosa. -Yo, una vez, me comí una araña viva –apunto Jake- ¿significa eso que tú y yo no podemos ser amigos? –Su tono de voz también sonó enojado. Ninguno de nosotros podría imaginar por lo que Tobias estaba pasando. Ninguno habíamos estado transformados en un animal más de dos horas seguidas, mientras que Tobias llevaba ya una semana siendo un ratonero. -De acuerdo, supongo que tenéis razón –murmuro Marco, percatándose de que aquel comentario había sido mezquino-. Además recuerdo que una vez me comí una berenjena, así que no soy e mas indicado para juzgar a nadie. Ésa era la manera que tenia Marco de pedir perdón. Nunca iba más allá. <El gato que buscamos esta a media manzana de aquí –indico Tobias-. ¡Seguidme!> Levanto el vuelo, aunque se mantuvo mas bajo de lo normal. Salimos detrás, pero teníamos que hacer un gran esfuerzo para no perderle de vista, pues, incluso volando lo mas despacio que podía, se nos escapaba, y el ratonero tenia que retroceder y volar en círculos para que le pudiéramos alcanzar. ¿No creéis que esto podría levantar sospechas? –bromeó Cassie-. Cuatro niños corriendo calle abajo mirando el cielo. <¡Ahí! –indico Tobias-. ¿Veis aquel rincón con los dos árboles?> -Si, ¿justo a nuestra derecha? <Exacto. El gato esta acechando a un ratón detrás del tronco del árbol mas próximo> -De acuerdo, pero no podemos meternos todos en un jardín particular –apunté-. Iremos Cassie y yo. -¿No te olvidas de algo? –añadió Marco, al tiempo que me mostraba la cesta para encerrar al gato. -Todavía no. Atrapare a Fluffer y lo traeré hasta aquí. Vosotros dos, quedaos aquí y comportaos con naturalidad. Cassie y yo entramos en el jardín. La casa estaba a oscuras, quizá los dueños habían salido, lo cual hubiera sido una suerte. -ve por la izquierda –le sugerí a Cassie. Queríamos rodear el árbol-. ¡Hola, Fluffer! –llame al minino como si me dirigiera a un niño-. Pequeñín. Ven aquí. ¿Te acuerdas de mí? -¡Ahí esta! –advirtió Cassie. -Ya lo veo –conteste, y acto seguido me agache y extendí una mano hacia él-. Hola, Fluffer, soy yo, Rachel. Fluffer movió las orejas hacia atrás y nos escudriño, primero a mí, después a Cassie y viceversa. -Venga, Fluffer! ¡Soy yo! ¡Venga, bonito! -¿Es macho? –preguntó Cassie. -Sí, creo que sí. -¡Lo que faltaba! –protesto Cassie-. Por lo menos estará operado. -¿Estas operado, gatito? –le susurre al minino-. ¿Qué importa eso? –le pregunte a Cassie. -Mucho. Porque un gato macho es uno de los animales domésticos más peligrosos y hostiles que puedes encontrar. -¿Quién, Fluffer? ¿Mi amiguito Fluffer? -Incluso operado, ¿un macho, de noche y de caza? –reflexiono Cassie en voz alta-. Deberíamos habernos puesto guantes. -¡Venga, no exageres! ¿No ves que es un dulce gatito? -insistí yo, y para demostrárselo a mi amiga, acerque una mano a la cabeza del minino. -¡Hhhhssss! –El gato, con un movimiento demasiado rápido para que mis ojos humanos lo captaran, me clavo las uñas de un zarpazo y dejo tres arañazos bien visibles en mi mano. Luego, de un salto, se encaramo al árbol. -¡Ayyyy! –solté un quejido de dolor y me chupe las heridas. -Definitivamente, teníamos que habernos traído unos guantes –repitió Cassie. -¿Cómo vais, chicas? –susurro Jake lo bastante alto para que yo lo oyera. -¡Fenomenal! –conteste entre dientes-. Yo estoy sangrando y Fluffer se ha subido al árbol. Oí una risita despreciativa de Marco. Era de esperar. Después oí que Jake también se reía. Mire hacia arriba vi dos ojillos amarillos verdosos que refulgían en la oscuridad. -Y eso que esta era la parte mas fácil –proseguí-. Yo imaginaba que vendríamos, atraparíamos a Fluffer, conseguiríamos su ADN, y a partir de ahí, empezaría el trabajo duro. -El gato esta en el árbol –se lamento Cassie-, y ya sabéis lo difícil que es conseguir que un gato baje de un árbol. ¡Tengo una idea! –exclamé-. Tobias, ¿sigues ahí arriba? <Justo encima de ti pero no voy a obligar a bajar a ese gato con malas pulgas, ni lo sueñes.> -no, no, no voy por ahí –replique. Tome aire. La cosa se estaba complicando-. Lo que necesito es un ratón. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] <Tengo algo para ti, un ratón, un maldito ratón que no cesa de morderme –se quejo Tobias, mientras sobrevolaba en pequeños círculos y desaparecía entre las ramas para volver a aparecer a los pocos segundos-. ¿Estas lista?> Respire hondo y le hice una señal con la mano. ¡Pues claro que estaba lista! ¿Qué había de extraordinario en que un ratonero me entregase un ratón? Es una cosa que pasa todos los días, ¿no? Tobias se acercó, y prepare mis manos a modo de cuenco. Limpiamente, Tobias deposito al animalillo en mis manos. -Procura que no te muerda –me previno Cassie-. Te puede contagiar la rabia. -¡Genial! –murmure-. ¡Era lo que me faltaba! –La verdad es que le agradecía que me hubiese avisado del peligro con antelación. El ratón, aterrorizado, no cesaba de retorcerse para escapar. Me hacia cosquillas con sus pequeñas patillas en la palma de la mano. -Deberíais poneros una vacuna antirrábica –nos aconsejo Cassie-. Hablo en serio, yo ya me la he puesto. Y si vamos a ir por ahí tocando animales salvajes… Por lo menos, no dejes que te muerda. -Tranquila, no pensaba darle mis dedos de aperitivo. -¡Un momento! –exclamo Cassie, con la vista clavada en mi mano-. Esto no es un ratón, es una musaraña- Fíjate bien los ojos, son demasiado pequeños. Y ese rabo… Los ratones tienen el rabo diferente. Esto no es un ratón, Tobias, es una musaraña adulta. <Lo siento, ¿y eso es bueno o es malo?> -Pues no lo sé –contesto Cassie, encogiéndose de hombros-. Lo único que sé es que no es un ratón. -Un momento –interrumpió Marco con una sonrisa en los labios-. ¿Rachel se va a convertir en una musaraña? ¿Cómo sabremos que se ha transformado? ¿Cómo va a convertirse en lo que ya es? Todos estábamos tan nerviosos que no nos hizo ni pizca de gracia la bromita de Marco. La situación no podía ser mas ridícula: allí, inmóviles, en el jardín de un desconocido, jugando con micromamiferos- A veces, tenemos la sensación de habernos vuelto locos. -Muy bien, ahora todo el mundo callado. Tengo que concentrarme para adquirir la forma deseada –advertí. Adquirir la forma deseada consiste en absorber una muestra del ADN del animal, es decir, un código que se encuentra en algunas células y que a nosotros nos sirve como si fuera un manual para convertirse en ese animal. Para ello, tienes que pensar única y exclusivamente en él, y eliminar cualquier otro pensamiento. Entonces el animal languidece. Entra en trance. El proceso dura un minuto. No me resulto difícil concentrarme en la musaraña, que no cesaba de retorcerse intentado escapar de mi mano, a pesar del asco que me daba. Ya sé que las musarañas no hacen nada, pero aun así yo estaba un poco asustada. -Y está –anuncie y abrí los ojos-. Muy bien, pequeña musaraña, gracias por tu ayuda. Ya te puedes ir. -No sé si esto ha sido una buena idea –observo Jake, dudoso. -¿No me digas? –replico Marco en tono sarcástico-. ¿No te parece buena idea que Rachel se transforme en musaraña para atraer a un gato salvaje y hacerlo bajar de un árbol, y una vez abajo, Rachel se convierta en ese gato y se meta en casa del subdirector? ¿Cuál es el problema? Sabes, Rachel –informo Cassie con expresión preocupada-, por lo general, los gatos juegan con el ratón, pero algunas veces atacan directamente con un mordisco en el cuello. Cuando eso pasa, el ratón, o la musaraña, muere al instante. <Ten cuidado, Rachel –advirtió Tobias-. Te estaré vigilando, pero ve con ojo. No quiero que te ocurra nada malo.> Tobias dijo esto para que sólo yo pudiera oírlo. Me di cuenta porque los demás no mostraron ningún tipo de reacción. Mire hacia arriba y guiñe un ojo al ratonero. Sabia que él me entendería. -Muy bien, acabemos con esto de una vez –añadí. Frotándome las manos. Me volví a concentrar en el bichejo. La musaraña formaba parte de mí. No sé cual es el proceso exactamente, pero así es como ocurre. Supongo que, gracias a la tecnología andalita, el ADN se almacena de alguna manera dentro de mí. Es como guiarse con un mapa, porque no tengo ni idea de cómo consigo transformarme. Primero, sentí que encogía. Pase de medir un metro y pico a medir unos diez centímetros. Tuve la sensación de estar cayendo aunque los pies permanecieron fijos en el suelo durante todo el viaje. Un minuto antes tenia las caras de Jake, Marco y Cassie delante de mí, y poco después, los veía desde muy abajo. Era como si hubiese saltado desde lo alto de un rascacielos. La ropa que llevaba puesta cayo también al suelo. Parecía que una enorme carpa de circo se desplomaba sobre mí. Mi columna vertebral chirrió y adquirió el tamaño del dedo meñique. Y experimente una vez mas aquel miedo que te sobreviene cuando te transformas en según que animales, la seguridad de que va a resultar doloroso, pero nunca es así. Me creció un rabo largo, en absoluto atractivo. Mis piernas casi habían desaparecido, habían quedado reducidas a unas insignificantes patitas. En conjunto, mi aspecto era el de una bolita rechoncha, con un pelaje de menos de cinco centímetros de largo, y cuatro pies diminutos. Después me invadió el pánico, el terror instintivo de la musaraña. Era tan intenso que comencé a temblar. ¡Estaba rodeada! ¡Había depredadores en todos los rincones! Lo presentía, mi olfato lo indicaba. Los imaginaba enormes, acechándome escondidos, listos para atacar en cualquier momento. -Rachel, ¿qué tal por ahí abajo? –pregunto Cassie, al tiempo que me quitaba de encima la ropa bajo la que había quedado sepultada durante la transformación. Oí la voz y mas o menos la entendí, sin embargo la percibía como un trueno lejano. En aquel momento al menos para la musaraña, sus palabras carecían de significado. Yo trataba de buscar una salida para escapar. Aunque estaba asustada, mi cerebro trabaja deprisa. Consideraba cada posible vía de escape. La evaluaba cuidadosamente, calculando la distancia existente entre aquellos tres pares de piernas. Uno de los pares apenas se movía, así que salí disparada. ¡Corre que te corre! Cada brizna de hierba parecía medir mas de dos metros. Las ramitas se habían convertido en árboles caídos que me veía obligada a escalar. Mis pies se movían a una velocidad increíble. Adelante a un escarabajo que para mi había adquirido el tamaño de un perro. -¡Rachel, contrólate! Sabia que tenían razón. Comprendía lo que querían decir, pero el terror que me dominaba era tan poderoso que al urgencia por sobrevivir se hacia inevitable. Al mismo tiempo, me invadieron otras sensaciones. Tenia hambre y olía a frutos secos. Mi olfato también percibió el olor a carne muerta, e incluso a gusanos hurgando en ella. De pronto, sentí deseos de comerme aquellos gusanos. Ya sé que son asquerosos, pero no podía evitarlo. ¡Pasos detrás de mí! Me detuve en seco y me refugie tras un seto. ¡Uf, pasó de largo!, pero al rato el ruido cesó y empezó de nuevo, esta vez hacia donde me hallaba. Era mas rápido que yo, aunque no tan ágil. Me resultaría fácil escapar. Mi único objetivo era encontrar aquella carne muerta y zampármela. <Rachel, ¡soy yo, Tobias! La mente de la musaraña se está imponiendo. ¡tienes que dominarla! Haz que se detenga. ¡Miedo! ¡Hambre! <Rachel, ¡escúchame! Te estás alejando demasiado. Tienes que tomar las riendas> ¡Miedo! ¡Hambre! ¡Huir! Únicamente veía hierba, ramas y polvo. Ramas por encima de mi cabeza. Olor a comida. Olor a perro que había orinado en aquellos arbustos. Pasos cada vez más cerca, voces retumbando a lo lejos. Intentaban atraparme, pero yo era más rápida y más lista que ellas. Pero no lo bastante inteligente. Salí de debajo de unos arbustos y descubrí que una sombra se cernía sobre mí. Cada vez más próxima. Nunca antes había estado tan atemorizada. Algo dentro de mi cerebro estallo. Era miedo, terror. ¡No podía derrotar al enemigo! ¡Se me echaba encima! [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Intenté esquivar el golpe, pero no fui lo bastante veloz. Noté que unas garras enormes me aprisionaban y, al momento, estaba con los pies suspendidos en el aire. <Tranquila, Rachel, soy yo, Tobias.> La voz penetro en mi cabeza, comprendí las palabras. Por fin deje de sentir miedo. Escuche con atención. <Cálmate, Rachel.> Mire hacia abajo y lo único que mis débiles ojos distinguieron fue un montón de sombras. <Estas conmigo, Rachel. Intenta serenarte. Piensa en algo humano. Acuérdate del colegio.> ¿El colegio? ¡Si, me acordaba del colegio! De repente, algo raro sucedió en mi cerebro. Había pulsado la tecla adecuada. Mi mente humana se impuso al animal. Yo, Rachel, había recuperado el control. Sabia quien era, por fin. <Estoy bien, Tobias. Ya me puedes bajar.> Bajó describiendo círculos y aterrizo en el suelo con mucha suavidad. <¿Te he hecho daño con las garras?> <No, estoy bien.> -¿Te encuentras bien? –me preguntó Jake. <Si. ¡Uff! ¡Que diferencia con el elefante o el águila! Sus mentes, comparadas con la de la musaraña, son mucho mas tranquilas y relajadas.> -Como cuando Jake se convirtió en lagarto –observo Cassie-. También experimentó una reacción de pánico. Los animales en los que nos hemos convertido hasta ahora siempre han sido grandes y dominantes, el gorila, el tigre…, aunque mi caballo era un poco nervioso. <Bueno, hagamos lo que hemos venido a hacer y terminemos de una vez –protesté yo-. Ser musaraña no es muy divertido que digamos.> Lo de “divertido” era más bien un eufemismo, porque seguía muerta de hambre, y todavía percibía el olor a gusano engullendo un buen pedazo de carne. -¿Estas segura de que te las puedes arreglar ahí abajo? –preguntó Marco. Lo veía allá arriba, a metros de distancia, mirándome-. Pareces un poco nerviosa. Tu rabo no para de moverse y tu hocico olfatea como loco. <Ya lo sé. Todavía estoy un poco nerviosa. Venga, acabemos con esto. Me tendréis que llevar hasta el árbol donde se ha subido Fluffer. Estoy desorientada.> Antes de que pudiera protestar, Marco se agachó y me tomo en sus manos. -Nunca te he visto tan guapa, Rachel –añadió Marco observándome de cerca-. La chica de portada perfecta. Nos dirigimos hacia el árbol en cuestión. Marco me deposito a sus pies. En una de las ramas se encontraba Fluffer. <Muy bien, chicos, mejor será que os alejéis un poco>, indiqué. -No demasiado –apunto Jake-. Hay que impedir que te toque. Tendremos que actuar con rapidez. <¡Bah! Esto es pan comido>, dije de broma. Creo que estaba avergonzada de que el instinto animal se hubiera impuesto sobre la mente humana. -¡Ja, ja! –soltó Marco-. El gato contra el ratón. ¿Por quien apostarías? -¿No ves Tom y Jerry? –añadió Cassie-. Sin ninguna duda por el ratón. Además, Rachel no es un ratón. ¿Sabéis una cosa? No me hacia ni pizca de gracia permanecer allí, encerrada en el cuerpo de una musaraña, a la espera de que un enorme gato se decidiera a bajar de un árbol para devorarme. Era una de las peores experiencias por las que había pasado. Tenia la mente del animal controlada, aunque eso no evitaba que la musaraña siguiera estando aterrorizada. Entre el episodio del ratonero y aquélla espera que sólo acabaría cuando su mayor enemigo se decidiera a atacar, la musaraña había entrado en un estado de pánico absoluto. No era lo que se dice un animal feliz. Estaba tan ensimismada pensando en el hambre que tenia que me perdí lo que sucedió a continuación. No me percate hasta que oí el sonido de unos arañazos en la corteza del árbol justo a unos centímetros por encima de mi cabeza. ¡Fluffer había saltado del árbol y se precipitaba sobre mí! Se me congeló la sangre. Por suerte, Jake y Marco reaccionaron a tiempo. Marco agarró al gato en el aire en mitad del salto y el animal se lo agradeció con un zarpazo. El pobre chico soltó un alarido de dolor y a punto estuvo de arrojar al gato entre los arbustos. Sin perder un segundo, Jake lo sujeto por el cogote y Cassie se acerco corriendo con la cesta. El gato no cesaba de chillar y de retorcerse, pero, por fin, entre los tres lograron meterlo dentro y cerrar la puertecilla. Entretanto, yo intentaba volver a mi estado natural lo mas rápido posible. -¡Estoy sangrando! –gimió Marco. -Todos estamos sangrando –añadió Cassie-. Ya os dije que estos gatitos pueden ser muy antipáticos si uno les molesta. Ya casi había alcanzado mi estatura habitual. -¡Aghh! Jamás me volveré a convertir en esa cosa –proferí en cuanto recupere la lengua y los labios de persona. Comprobé que ya no tenia aquel rabito asqueroso. No quedaba ni rastro de la musaraña. Era yo, de nuevo, vestida con la ropa que siempre uso para las transformaciones y sin zapatos. Al fin, era humana. Me estremecí pensando en el miedo y el hambre que había sentido como musaraña. Se me puso la carne de gallina solo de imaginar el festín que pensaba darse el repugnante bichejo. Sentí nauseas, pero estaban mas en mi cerebro que en mi estomago. -Debería haberlo hecho yo –se lamentó Jake agitando la cabeza de un lado a otro al ver la expresión en mi rostro-. Debería haberme transformado en lagarto para atraer al gato. -No –replique haciendo un gesto negativo con la cabeza-, te habrías muerto de miedo. -Claro, y ahora eres tú la que está muerta de miedo –añadió Jake-. No te preocupes, enseguida lo olvidaras. Por lo menos, no te comiste una araña. -Ya, sólo estoy un poco cansada. Eso es todo. Dejadme que toque a este maldito gato para adquirir su ADN y acabar con esto de una vez. -¿Estas segura? –preguntó Cassie-. ¿No será mejor demasiado dos transformaciones en una sola noche? -No debería haber permitido que te convirtieras en ratón, bueno, en musaraña –insistió Jake, sintiéndose culpable. -Escucha, fue idea mía, ¿vale? Además, ¿desde cuando tengo que pedirte permiso para hacer anda? ¿Quién te crees que eres, mi amo? Pues no, para que te enteres –dije, al tiempo que mostraba una sonrisa valiente-. Quiero ver a ese gato, a lo mejor ahora que soy más grande que el le gusto. Supongo que Fluffer se había cansado ya de molestar, porque estaba durmiendo tan ricamente en la cesta, como si nada. Típico de los gatos. Incluso ronroneo de satisfacción cuando comencé a concentrarme para adquirir su forma. Una vez que hube terminado, me di cuenta de que Cassie sonreía. -¿Qué? –le pregunté. -Estaba pensando lo mucho que sigues pareciéndote a al antigua Rachel, aunque ahora tengas un elefante, una musaraña, un águila y un gato dentro de ti. En total, cuatro transformaciones, mas que cualquiera de nosotros –comento pensativa-. La verdad es que no sabemos casi nada de todo esto. Me pregunto si existe un limite de transformaciones posibles. -Supongo que ya nos enteraremos –apuntó Marco muy serio-, y seguro que en el momento mas inoportuno. Me preguntaba si mis amigos tendrían razón. Desde luego, era una sensación muy extraña y poderosa saberte capaz de convertirte en cuatro animales totalmente diferentes. Pero lo mas inquietante era que aquellos cuatro animales que había en mi interior podrían devorarse el uno al otro. ¡No era una imagen muy agradable! -Escuchad un momento, chicos –añadí. Me sentía exhausta-. Ya he adquirido a Fluffer, pero preferiría que siguiéramos con esto mañana por la noche. Estoy tan tan…, no creo que este en plenas facultades ahora mismo. -Si, otra noche será –asintió Jake. Parecía aliviado. Quizás estaba preocupado por mí. Así es Jake. -Ahora ya podemos dejar libre a Fluffer –propuso Cassie, al tiempo que abría la puertecita de la cesta y el gatito saltaba al exterior con destreza. Observe como se internaba en la oscuridad de la noche. -Probablemente vaya en busca de tu musaraña para devorarla –conjeturó Marco. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] -¡Ahhhh! -¡Despierta, Rachel, despierta! -¡Ahh! ¡Oh! ¡Oh! –Me incorpore en la cama. Me faltaba el aire. Todo estaba muy oscuro, pero por fin logre distinguir la cara de Jordan. Mi hermana me estaba agitando para despertarme. Me noté el rostro, los labios, los ojos, la nariz. Me palpé todo el cuerpo con frenesí. Humana, era humana. No tenia rabo, ni pelo. ¡Era humana! Había tenido una pesadilla y las imágenes todavía invadían mi mente. -¡Oh, no! –proferí. Empuje el edredón hacia delante y salté de la cama. Me dirigí, tambaleándome, hacia el cuarto de baño, que conecta mi habitación con la de Jordan y Sara. Intente encender la luz pero no hubo forma de encontrar el interruptor. Caí de rodillas ante la taza y vomite. -¿Te encuentras bien, Rachel? –insistió Jordan-. ¿Te encuentras bien? Será mejor que llame a mamá. -No –ordene en cuanto fui capaz de hablar-. Estoy bien. No despiertes a mama. –Por suerte, la pequeña Sara no oyó nada. Tienen un sueño muy profundo. Me lave los dientes y bebí un poco de agua. Mire a Jordan avergonzada. No nos parecíamos en nada. Yo me parezco a mi padre, y ella es mi madre en pequeño, su mismo pelo negro y sus mismos ojos oscuros. La pobrecilla todavía tenia cara de susto. -Estoy bien –le asegure-. Solo ha sido una pesadilla que me ha hecho vomitar. No pasa nada, de verdad. -Pues valla una pesadilla –dijo Jordan un poco más relajada. -Si, supongo que sí. Aunque ni siquiera la recuerdo ahora. Ya sabes cómo es esto, te hacen pasar un mal rato y una vez te levantas, se te olvidan por completo. -¿Pero cómo puedes olvidar un sueño que te ha hecho gritar y devolver? -No lo sé –contesté, encogiéndome de hombros-. Siempre he tenido muy mala memoria para los sueños. Acuéstate, anda. -Ya sé que soy más pequeña que tú –insistió al tiempo que me miraba fijamente-, pero si tuvieras algún problema, me lo contarías, ¿verdad? Yo no se lo diría a mamá, ni a nadie. Puedes confiar en mí. -Pues claro –repliqué sonriendo, y la abracé-, ya sé que puedo confiar en ti. Si estuviera pasando algo malo, te lo diria. –Otra mentira, ¿cuántas iban ya? Me senti aun peor. Yo confiaba en Jordan, en mi interior, estaba convencida de que era mi hermana no era un controlador. Claro que eso era justamente lo que Jake había dicho de su hermano. Abrace más fuerte a mi hermana. Odiaba que la desconfianza siempre encontrara algún resquicio para colarse. Odiaba no atreverme a confiar en ella. -Buenas noches –le deseé-. Gracias por rescatarme de un mal sueño, fuera lo que fuera. Se dirigió a su habitación pero, antes de llegar, se volvió. La luz brillante del cuarto de baño la iluminaba por detrás. -Antes de empezar a chillar, hablaste en voz alta. -¿Ah, si? ¿Y que dije? –le pregunté, temiendo la respuesta. -Yo entendí “gusanos” o algo así –contestó un poco confusa. -Buenas noche, Jordan –le repetí, esbozando una sonrisa forzada. Me metí en la cama. La almohada estaba empapada de sudor y las sabanas, pegajosas. Gusanos. Gusanos que se retorcían y se arrastraban. Pequeños gusanos blancos inquietos que brotan en cualquier pedazo de carne o piel podrida. En mi sueño, un gato muerto. Al pobre lo estaba devorando un ejercito un ejercito de esos bichos repugnantes. Al banquete se había unido una musaraña, que se zampaba tanto la carne muerta como los gusanos vivos. Yo sabia de sobra que, en mi sueño, yo era la musaraña. -Pareces cansada –observo Jake. Tomamos el mismo autobús para ir a al escuela. -Gracias por el piropo –conteste malhumorada. -¿No has dormido bien o qué? -Supongo que no, si dices que estoy horrible. -No he dicho que estés horrible, únicamente que pareces cansada –pareció dudar un instante. Luego comprobó que nadie nos escuchaba. Por suerte, había mucho ruido en el autobús. Aun así, Jake bajo la voz y me susurro al oído-: No será por lo de ayer, ¿verdad? -No, ¿por qué? Claro, como soy una chica, me tiene que afectar más que si lo hubierais hecho tú o Marco, ¿verdad? -No, no quería decir eso –se disculpo Jake sinceramente. Es que, cuando yo me transforme en lagarto, me afecto muchísimo. Recuerdo que hasta tuve pesadillas. -¿Pesadillas? –exclame yo alzando demasiado la voz. La baje de nuevo y repetí-: ¿Pesadillas? -Sí, sí en serio. Cuando me convertí en tigre, tuve sueños, pero no pesadillas. -¿Qué clase de sueños? -Eran geniales –contesto con una sonrisa-. Recuerdo que acechaba en un bosque tupido por la noche. Iba de caza. Mi intención era cazar, aunque tampoco importaba si no encontraba ninguna presa. Me conformaba con correr y moverme con sigilo entre la vegetación. Era fantástico. -A mí me paso lo mismo cuando me convertí en elefante. Me sentía invencible y enorme. No tenia miedo a anda ni a nadie. -Pero, con la musaraña ha sido muy diferente, ¿verdad? Igual que con el lagarto. -Supongo que tiene que ver con la personalidad de cada animal. Quizás algunos encajan a la perfección con el cerebro humano y otros no. –Mire por la ventana durante un rato y proseguí-: ¿Sabes lo que me da miedo? -Si –asintió Jake, para mi sorpresa-. Temes que algún tengamos que transformarnos en chinches. -No creo que este muy dispuesta a hacerlo –conteste, al tiempo que un escalofrió recorría mi cuerpo-. Seria ya demasiado. -Bueno, la proxima vez te toca ser gato. Tobias se convirtió en gato y dijo que era estupendo. Yo me lo pase fenomenal cuando me transforme en perro. A veces, cuando estoy triste, siento tentación es de convertirme en perro, ellos sí que saben divertirse. El autobús se detuvo delante del colegio. -Otro día mas de colegio. La vida sigue. –Observé la multitud de niños que se agolpaban en el césped y en los escalones para entrar. Entre ellos, distinguí a Melissa-. Bueno, me voy. Nos vemos luego, ah, y ¡gracias! -De nada. Estamos del mismo lado. Me bajé a toda prisa del autobús y corrí para alcanzar a Melissa. Cuando me acerqué a ella, me di cuenta de que tenia los ojos hinchados y rojos. Había estado llorando. -Hola, Melissa, ¿qué tal? -¿Qué? –Me miró, aturdida. -Digo que ¿qué tal? -¿A ti qué te importa? –contesto, moviendo la cabeza de un lado a otro muy despacio, como sino se creyera que le estaba dirigiendo la palabra. -Melissa, pues claro que me importa. ¿Qué pasa? Su mirada era vacía. Sus ojos miraban sin ver. -¿Que qué pasa? –repitió mi amiga-. Todo pasa. Todo y nada. -Melissa, ¿a qué te refieres? -Olvídalo –concluyo disponiéndose a marcharse. -Escucha, ¿por qué no me lo cuentas? –insistí al tiempo que la agarraba de un brazo-. Todavía soy tu amiga. Nada ha cambiado. -Déjame en paz! –replico cortante-. Todo ha cambiado. Todos han cambiado. Tú ya no eres mi amiga, y mi madre y mi padre tampoco. -¿Qué? El timbre ensordecedor resonó en nuestros oídos. Era hora de entrar. -Me tengo que ir –dijo, soltándose. ¿Qué iba a hacer? Deje que se marchara. Me preguntaba si Melissa había descubierto lo de su padre. ¿Habría descubierto en qué se había convertido? Subí las escaleras sumida en mis pensamientos. Al abrir a puerta del colegio choqué con alguien. -Vigila por donde vas, jovencita. -¡Señor Chapman! –El susto me hizo retroceder. Aquél era el hombre que había ordenado a un soldado hork-bajir que nos matara, y que conservara sólo nuestras cabezas para identificarnos. No es de extrañar que me llevara un susto de muerte al encontrármelo de sopetón. Esas cosas no se olvidan así como así. -¿Qué te ocurre, Rachel? –preguntó, observándome de cerca-. Te noto nerviosa esta mañana. -Si, señor –asentí-, es que no he dormido muy bien. -¿Pesadillas? –preguntó el subdirector. -Supongo –contesté. Tenia la boca seca. -¡Olvídalas! –me animo con una sonrisa natural y humana. Incluso contrajo un poco los ojos al reírse-. Las pesadillas no son verdad, ya lo sabes. “Sólo a veces”, pensé para mí. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] No fuimos a casa de los Chapman la noche siguiente porque Marco y yo teníamos que hacer unos trabajos. La noche de depuse, tampoco, porque el padre de Cassie celebraba su cumpleaños. Finalmente llego el día. Nos reunimos en el jardín de la casa de los Chapman antes de las ocho de la tarde. Fluffer andaba fuera, husmeando un poste donde otro gato había dejado su olor, según nos informo Tobias. -¿Estas lista? –me preguntó Jake. Conteste que sí. -¿Estas segura? –dijo Cassie-. Lo podemos retrasar, si quieres. No hay por qué hacerlo esta noche. -Cuanto antes, mejor –le replique-. Todos sabemos que algo raro pasa en esa casa. Melissa es mi amiga y quizá pueda hacer algo por ayudarla. -Tu objetivo no es ayudar a Melissa Chapman –señalo Marco-. Se supone que es a Chapman a quien tienes que espiar, tu misión es descubrir información que nos dé pistas de cómo llegar hasta los yeerks Entonces nos convertiremos en animales salvajes y acabaran matándonos. -Sé muy bien lo que me hago, Marco –protesté. -Estupendo –asintió Marco-. Pues, ten cuidado ahí dentro. Ten enfrentaras al subdirector. Si descubre que te has convertido en un gato y que andas husmeando en su casa, se te va a caer el pelo, es capaz de tenerte castigada un año entero. Todos soltamos una carcajada. Como si fuera eso lo que me preocupara. Marco, a veces, puede resultar odioso, pero es único para hacerte reír justo cuando menos te lo esperas. -Estoy lista –anuncie. Hice una señal con las manos a Tobias que volaba por el oscuro cielo. El ratonero descendió, abriendo las alas para frenarse con el aire, y se posó sobre la valla que estaba a nuestro lado. -¿Qué tal lo ves desde ahí arriba, Tobias? –le preguntó Jake. <Bien. El gato está lejos de la casa. No hay nadie por los alrededores, excepto unas personas allá al fondo, en la calle Loughlin. Tambien hay un par de coches, pero van en otra dirección.> -Sabes, tendrías todo un futuro por delante si te dedicaras a robar le comento Marco a Tobias-. Tú y yo cometeríamos los atracos y Jake se convertiría en Spiderman y nos perseguiría. -Vale, ya estoy lista –repetí-, ahora o nunca. <Rachel –Tobias me envió un mensaje privado-, si te metes en líos, intenta salir al exterior. Una vez fuera, yo te puedo alejar del peligro elevándote por los aires.> Me prepare para iniciar la transformación. Me concentre en Fluffer, lo cual resulto fácil. Tenia una imagen bastante clara del gato lanzándose árbol abajo dispuesto a matarme cuando yo era musaraña. Dentro de mi cuerpo, tenia almacenado el ADN de Fluffer, listo para usar. Ahora sólo debía concentrarme… concentrarme… Cada metamorfosis es diferente, sobre todo si es la primera vez que la realizas, porque entonces no controlas muy bien el proceso. Le pasa incluso a Cassie. Con Fluffer, primero brotó el pelaje negro y depuse el blanco. Todavía tenia forma humana cuando mis brazos, piernas y rostro quedaron completamente cubiertos de pelo. Me salieron también los bigotes. Pero mi cuerpo permanecía intacto. -¡Que bien! –exclamo Cassie, mirándome fijamente con una sonrisa de oreja a oreja-. ¡Es genial! –Estas muy guapa! Marco y Jake se mostraron de cuerdo. -Tienes una pinta extraña, pero te queda bien –opino Marco-. Tendrías un exitazo tremendo si hicieras anuncios de televisión. Podrías cantar una canción, o incluso bailar. Te quedarías con todos. Garfield a tu lado no tendría nada que hacer. – Empecé a encoger. Por extraño que parezca, a pesar de que la ropa se me iba cayendo, no tenia la sensación de ir haciéndome mas pequeña. Más bien al contrario, era como si ganara fuerza, a medida que me iba despojando de todo lo que me resultaba inútil: mis torpes piernas y aquellos brazos tan débiles. Volvía a la esencia absoluta, y mi cuerpo no estaba ya compuesto de carné y huesos, sino de acero liquido. No experimenté el miedo de la musaraña. Claro que tampoco la confianza del elefante o del águila. Esto era diferente. Tenia miedo, pero por encima de él, prevalecía la seguridad. Los gatos son plenamente conscientes de que están rodeados de enemigos, pero también saben que pueden defenderse y dominar la situación sin problemas. Me sentía… poderosa. Ésa era la palabra. Poderosa. Muy pronto, los sentidos del gato empezaron a mandar mensajes a mi cerebro. <¡Caray! –exclame sorprendida-. Ya no está oscuro. ¡No es de noche! ¡Esto es lo que se llama visión nocturna!> -Por la noche la visión de un gato es ocho veces mayor que la de los humanos –explico Cassie-. Lo he consultado. -¿Ocho veces mayor? –repitió Marco-, no siete, ni nueve, ocho, ¿y como lo miden? La claridad de mi visión no era lo único extraño. Percibía las cosas de manera muy distinta a como las captaría un humano. Por ejemplo, los colores. Un humano distingue los colores. El gato más o menos también, pero no le interesan demasiado. Sabe que aquello es rojo, eso azul, bueno ¿y qué? Lo que al gato le llama realmente la atención es el movimiento, por leve que sea. Yo permanecía en el césped y, al mirar alrededor, lo único que veía era movimiento. Vi el balanceo de las briznas de hierba acariciadas por la brisa. Los insectos que se desplazaban por entre la hierba. Los pájaros de los árboles que se retocaban el plumaje y, claro está, todos los ratones, ardillas y ratas que había a mi alrededor. Descubrí un ratón a unos seis metros de distancia. Cuando éste arrugaba el hocico, distinguía a la perfección cada uno de sus bigotes. Las cosas que no se movían me resultaban aburridas. Si los ratones permaneciesen completamente inmóviles, me olvidaría hasta de que existen. -¿Qué tal? –me preguntó Jake. Oí su voz, pero no le presté la menor atención porque estaba concentrada en el ruido que hacia el ratón al mordisquear la cáscara de una nuez para abrirla. Me tenia absorta. -Rachel, ¿nos oyes? Soy yo, Cassie. <Si, sin embargo me resulta un poco difícil prestaros atención. Hay demasiadas cosas que ver, oír y oler, para estar pendiente de la conversación.> -Bueno, por lo menos, no le ha dado por salir corriendo histérica –observó Marco. De repente, noté algo por encima de mi cabeza, una especie de silueta o de sombra. Veloz como un rayo, giré la cabeza, agucé las orejas, se me erizo el pelo y el tamaño de mi cola se triplico. Saque las uñas y enseñe los dientes. Todo en un abrir y cerrar de ojos. Fuera lo que fuera lo que iba a atacarme, quería que supiese con quien se enfrentaba. Iba a arrepentirse de haber jugando con Fluffer. -¡Hhhhiiiissss! [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Estaba lista para la batalla. El pelo de mi cuerpo se había erizado. Matar o morir, no había más alternativa. Era emocionante notar cómo las uñas, afiladas como cuchillas, brotaban de las delicadas almohadillas rosáceas. -Rachel, cálmate, mujer. Es Tobias –me tranquilizó Cassie-. ¿Tobias?, mejor será que te alejes –le recomendó mi amiga, elevando la vista al cielo-. Los gatos están programados genéticamente para temer a las aves grandes. Cassie tenia razón. La sombra de Tobias me había dado un buen susto. Lo curioso era que aquel miedo me recordaba al que sentí al convertirme en musaraña. La diferencia residía en que, en esta ocasión, además de asustada, estaba furiosa. Aunque tampoco era eso exactamente. Es una sensación difícil de explicar. Cuando yo bufaba, trataba de comunicarme con él y mi mensaje era muy claro: “No juegues conmigo. Puede que seas más grande que yo, y que incluso me asustes y me hagas huir, pero si he de hacerlo, lucharé” En realidad, ese mensaje lo dirigía al mundo entero: No te midas conmigo, no te interpongas en mi camino, no me toques sino me apetece y, sobre todo, no intentes nada impedirme lo que deseo. Me valía por mí misma, no necesitaba la ayuda de nadie. Era independiente. Desde el punto de vista de un humano, podía aparecer como una solitaria, pero me sentía muy serena. <Estoy bien –anuncie-. Creo que ya controlo la situación.> -¿Qué sientes? ¿Cómo es? –preguntó Cassie. <Como una de esas viejas películas del Oeste de Clint Eastwood en las que lleva una pistola y, al entrar en un salón del Oeste, todos se apartan. No busca problemas, pero más vale que no te metas con él. Así me siento, igual que Clint Eastwood.> -¿Estas segura de que puedes hacerlo? –me preguntó Jake. <Pues claro. Puedo hacer lo que sea.> -Intenta que tu arrogancia de gato no te meta en líos –aconsejo Marco-. Intenta conservar un poco de tu miedo humano –se interrumpió-. Vaya, olvidaba que la poderosa Rachel no siente ni pizca de miedo. No importa, te prestare un poco del mío. Yo tengo de sobra. -Marco tiene razón, Rachel –convino Cassie-. Debes mantener un equilibrio entre tu sentido común y la actitud desdeñosa del gato; de los contrario, puede que te confíes demasiado. ¡Concéntrate, Rachel! Le eché una mirada al ratón. Por fin había logrado abrir la nuez. Podría haberlo matado, sin duda. Era un ratoncillo regordete, fácil de atrapar. Pero no tenia hambre, así que le permití que viviera un poco más. <¡De acuerdo!>, conteste. -Si te metes en líos, no olvides que aquí estamos nosotros –recordó Cassie. <Maullare si tengo problemas. No os preocupéis, todo esta bajo control, de veras.> No decaí la verdad o, por lo menos, toda la verdad. Veréis, no tenia un control absoluto sobre el gato porque, en cierta manera, tampoco quería. Me gustaba su arrogancia, me hacia sentir más segura. Y, a pesar de lo que dijeran mis amigos, necesitaba toda la confianza y seguridad del mundo. -Comienza la cuenta atrás –advirtió Cassie-. Recuerda que tienes dos horas desde este momento. Son las ocho menos cuarto. Me encamine con parsimonia hacia la casa de los Chapman por la acera. Lo primero que pensé en cuanto empecé a moverme fue que ojalá pudiera conservar algo de aquella fortaleza para la clase de gimnasia. Caminaba con una elegancia que superaba a la de cualquier ser humano. Pasé al lado de una valla de madera. Me encontré antes una baranda de casi un metro de altura. Eleve la vista y, antes de pararme siquiera a pensarlo, ya había saltado. Mis patas traseras se contrajeron para después estirarse del todo, con fuerza. Volé por los aires. Era capaz de salvar una altura de casi un metro, y eso que un gato no mide mas de cincuenta centímetros. Para que os hagáis una idea, seria como si un hombre saltara a un edificio de dos plantas. No me representaba ningún esfuerzo. Era automático. Quería saltar y eso fue lo que hice. Pretendía aterrizar sobre una baranda de unos cuatro centímetros de ancho y lo conseguí sin problemas. Comparado con un gato, el mejor gimnasta de todos los tiempos seria tan ágil como una vaca. -Rachel, ¿qué haces? –preguntó Jake. <Sólo estaba practicando>, respondí. Todos permanecían allí, sin quitarme ojo, y yo, en cambio, me había olvidado por completo de mis amigos. Bajé de un salto al césped. “Mejor será que termine lo que he venido a hacer –me dije. Ya me ocupare de las Olimpiadas más tarde” Retome el camino hacia la casa. Sin embargo, algo me obligo a detenerme. Era un poste de teléfonos, de donde emanaba un olor embriagador. Me acerque y empecé a olfatearlo intensamente. El olor penetraba en mi nariz en pequeñas y rápidas inhalaciones y se almacenaba en una serie de cámaras situadas encima de mi paladar, permanecerían allí una vez incluso el ritmo de mi respiración volviera a mi normalidad. De esa forma obtendría toda la información necesaria. Se trataba, en definitiva, del olor de un gato macho. Éste había marcado su territorio orinando en el poste. Era un gato dominante, muy dominante, lo cual me puso alerta. No estaba asustada, pero mi arrogancia había disminuido. Si aquel gato aparecía, sabia que tendría que someterme. Tendría que mostrarme mas humilde y, sobre todo, nada hostil. Debería aceptar que era él quien mandaba y convencerlo de que yo no representaba ninguna amenaza. Podía pelear, pero tenia todas las de perder. Así es la vida. Y toda aquella información se hallaba registrada en la orina del gato, para que cualquier otro animal de su especie lo leyera. Inicié de nuevo mi camino hacia la casa. <Rachel, ¿estás segura de que controlas la situación? –oí la voz de Tobias por encima de mi cabeza-. ¿Por qué te has detenido a oler el poste?> <Bueno, tengo que parecer un gato de verdad, ¿no? –replique-. Forma parte de la estrategia.> <Si tú lo dices –respondió Tobias dudoso-. No olvides una cosa: ser un animal durante un rato es divertido, pero deja de serlo cuando es para siempre. El tiempo corre. Tic, tac, tic, tac.> Sus palabras me hicieron reaccionar. Fue como un jarro de agua fría. Mi mente humana se concentro y consiguió ganarle la partida a la mente del animal. No resulto nada fácil. La mente del gato ni siquiera entendía el concepto de obediencia. Entonces tuve una idea que sabia daría resultado. Evoque el recuerdo del gran gato macho, lo cual provocó que Fluffer adoptara una actitud sumisa. Mi mente humana recupero su dominio. <Ya casi has llegado. Ése es el jardín>, me indico Tobias. <Ya, ya lo sé. Mi olor está por todas partes. Toda la zona huele a mí. Estoy en casa, en mi territorio.> <Rachel, éste es el territorio de Chapman. No olvides que Chapman pertenece a Visser Tres.> Me introduje por la gatera. Chapman, Visser Tres. Como si a mí eso me preocupara. Yo era una mezcla de Rachel y Fluffer. ¿Qué me importaban a mí Chapman o Visser Tres? Había mucha luz en la casa. Mis ojos se reajustaron rápidamente. Olía a comida de gato, aunque estaba demasiado seca como para despertar mi apetito. También me llegaba el olor de Melissa y el de los señores Chapman. No me preguntéis como sabia que ese olor provenía de tres seres humanos, simplemente lo sabía. Distinguí una cucaracha entre las bolas de polvo acumuladas debajo de la nevera, pero la ignore. A veces, me gustaba el ruido que aquellos bichejos producían y también me divertía verlos correr. Sin embargo, olían fatal. No eran una presa apetecible. ¡Oí unos movimientos rápidos! Pies, pies humanos. No me moleste en mirar hacia arriba. Se trataba de la señora Chapman. Percibía ruidos agudos del motor de la nevera. Eran un fastidio. También oía a los pájaros de la calle, que habían hecho un nido debajo del alerón del tejado. Luego, escuche la voz de Melissa. ¿Dónde estaba? No la veía. El sonido me llegaba muy apagado. Intente concentrarme, oriente las orejas hacia el lugar de donde provenía el ruido. Sí, venia de arriba y desde bastante lejos. En efecto, Melissa se encontraba en su habitación. Por eso no oía las palabras con claridad, pero estaba segura de que murmuraba algo para sí. Me paseé por el suelo de la cocina. Reconocía que debía hacer caso a Rachel y sentir un poco de miedo. Sin embargo, me resultaba imposible, porque todo olía a mí. Mi olor impregnaba toda la casa, la puerta, el armario, la silla, lo cual me llenaba de seguridad. Salé de la cocina y me detuve en el rincón que conecta el pasillo con el cuarto de estar. Allí estaba el señor Chapman. Percibí su olor. El hombre estaba sentado en el sofá. Le eché una mirada rápida y continué mi camino. ¡Alto! Mi cerebro humano me advertía de que algo no cuadraba en la escena que acababa de presenciar. Chapman estaba sentado en el sofá, pero no miraba la televisión, ni escuchaba música. Tampoco leía un libro, ni el periódico. Sólo permanecía allí sentado. Volví a la cocina. Me situé al lado de la señora Chapman y levante la vista. Hacia algo en el fregadero, quizá lavando los platos. ¡Un momento! Estaba cortando verdura, también sin televisión ni música. La señora Chapman tarareaba una cancioncilla. No hablaba consigo misma, que s lo que mi madre hace cuando esta trabajando en la cocina. Había algo extraño en los dos, tanto en él como en ella. Regresé al pasillo. Vi las escaleras que conducían a las habitaciones. Desde el pasillo oía la voz de Melissa un poco mejor. Traté de concentrarme ignorando los melodiosos cantos de los pájaros en el tejado. Ahora sólo escuchaba la voz de Melissa. -… dividido por la raíz cuadrada… no…, un momento… multiplicado por la raíz cuadrada… ¿estará bien? Estaba haciendo los deberes, los matemáticas evidentemente, cosa que yo también habría tenido que hacer. En vez de eso, me había colado en casa de mi amiga para espiarla a ella y a su familia. Sentí una punzada de culpabilidad. Intente encontrar un reloj. Debía controlar el tiempo. Sólo tenia hasta las diez menos cuarto. Quería terminar cuanto antes y volver a mi estado natural para regresar a casa y hacer los ejercicios de matemáticas y por lo menos leer algo para la clase de sociales. Por fin vi un reloj encima de la repisa de la chimenea, entre las fotografías de los Chapman y Melissa. Faltaban tres minutos para las ocho. ¡Tenía tiempo de sobra! ¡Un movimiento repentino! Vaya, sólo era Chapman que se acababa de poner en pie. Mi parte de gato no mostró ningún interés por Chapman. Me obligue a observarlo. Después de todo aquella era mi misión en esa casa. “¿Es una presa?”, se preguntaba mi cerebro de gato. “Sí, sí –le contestaba yo-. Chapman es nuestra presa.” [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Seguí a Chapman por el pasillo. Una de dos, o no se había percatado de mi presencia, o no le importaba lo más mínimo. Abrió una puerta y me vi inundada por un fuerte olor a humedad, a moho y a bichos. <Rachel, ¿qué tal vas?> Casi me caigo del susto. No era un movimiento propio de un hato. Resulto ser Tobias. Para que yo pudiera oír su pensamiento, tenia que andar muy cerca. Quizás en el tejado o apostado en la rama de un árbol cercano. Agudice el oído. Los pájaros de debajo del alerón se habían callado. Seguro que el gran ratonero les imponía respeto. <Estoy bien –contesté-. ¡Me has dado un susto de muerte!> <Perdona. Estaba preocupado.> <Descuida. Ahora sigo a Chapman al sótano.> <¿Por qué?> <Pues porque ahí es adonde va>, replique. En cierto sentido, las palabras de Tobias me incordiaban. Quería que yo le prestara toda la atención, y eso me costaba mucho. Al gato, por supuesto, no le interesaba lo más mínimo, su único objetivo era bajar y husmear en el sótano. Por suerte, esta vez coincidíamos. Bajé por las incómodas escaleras de madera detrás de Chapman. Resultaba incómodo bajar los escalones como un gato, porque la cabeza va primero, y yo empezaba a sentir vértigo. <Escucha, Tobias, te agradezco que te preocupes por mí, pero ahora tengo cosas que hacer.> <Te entiendo. De todas formas, no te oigo muy bien. Te estás alejando.> <Sí, estoy bajando al sótano. –Esperé respuesta-. ¿Tobias?>, llamé, pero no obtuve contestación. Todavía no controlábamos mucho aquella forma de comunicación a través del pensamiento. Sabíamos que había límites de distancia, pero en la práctica no lo habíamos experimentado todavía. El sótano constaba principalmente de paneles de madera. El techo se hallaba cubierto de arañas y de muchas otras cosas interesantes. No había ratones, nada que yo considerara comida. Pero sí otros bichos que podría perseguir. ¡Qué divertido! <<Chapman es mi objetivo –trataba de recordarme-. Vamos a cazar a Chapman>> Había una especie de cuarto con una televisión, una mesa de billar, un par d sillas viejas y un sofá. Era obvio que nadie utilizaba la habitación hacia mucho tiempo. No había rastros humanos por ninguna parte. El polvo lo cubría todo. Incluso la televisión había sido ocupada por los bichos, pues oía a las arañas corretear dentro del aparato. Sólo había una parte, una franja de suelo un poco más allá, que sí había sido utilizada por Chapman recientemente. El olor de sus pisadas formaba una especie de camino. El subdirector cruzó el sótano hasta llegar a una puerta pintada de blanco al otro lado de la sala. Sacó un juego de llaves del bolsillo y abrió la puerta. Atravesó el umbral y a un metro, más o menos, había otra puerta de metal reluciente. Recordaba a una de esas puertas que conducen a la cámara de seguridad de los bancos, donde guardaban el dinero. Al lado de la puerta de metal había una especia de panel de luz, pequeño y cuadrado, que Chapman pulsó. La puerta se abrió, introduciéndose lateralmente en la pared, igual que en Star Trek. Era consciente de que mi obligación era seguirle, pero mi mente humana estaba asustada. Mi mente de gato tampoco veía razón alguna por la que yo debía entrar en aquella habitación oscura. A los dos nos parecía una trampa. Si entrábamos, quizás nunca podríamos salir. Sin embargo, no quedaba mas remedio. Formaba parte de mi misión de espionaje. Además, Chapman era mi objetivo. En el ultimo instante, justo cuando la puerta empezaba a cerrarse, me colé de un salto. Al principio estaba oscuro, cosa que no me importaba demasiado. Luego Chapman encendió una luz tenue. ¡Qué raro! Veía mejor en la oscuridad que con aquella luz. Descubrí una especie de mesa metálica pegada a la pared de color gris. Su aspecto resultaba un tanto peculiar. Estaba formada por un enjambre de pequeños paneles de colores chillones. Del techo colgaba una especie de foco pequeño bastante complejo. Una silla corriente de oficina completaba el decorado. Chapman se acerco y se sentó. Puso las manos sobre el panel azul. Después miro su reloj y espero pacientemente. Transcurrió un minuto sin novedades. Yo intentaba mostrarme indiferente, como si rondara por casualidad por la sala. Pero, a la vez, permanecía detrás de Chapman, para que no me viera. Me acordaba del consejo de Jake: todos debían asumir que yo era un gato normal y corriente. Sin embargo Chapman estaba al tanto de nuestro poder de transformación. Los yeerks conocían la tecnología andalita de la metamorfosis. Si Chapman o cualquier controlador observa en un animal un comportamiento extraño, sospecharían de inmediato. De repente, se encendió una luz muy brillante. Mis ojos de gato se adaptaron enseguida a ella, aun así, aquella enorme claridad me dañaba la vista. La luz provenía del foco que colgaba del techo. Chapman se giro en la silla para mirar fijamente la luz. La luz empezó a temblar. Adquirió forma y cambio de color. Brotaron cuatro pezuñas. El cuerpo se recubrió de pelo azul. Aparecieron unas manos plagadas de dedos. El rostro plano e inteligente, sin boca y unas ranuras a modo de nariz. Luego, se formaron los ojos principales. Eran unos ojos penetrantes y alargados. AA continuación, le salieron las antenas, en cuyo extremo había más ojos que giraban a un lado y a otro para controlar todos los ángulos. Finalmente, surgió una cola, una cola temible y curvada en forma de escorpión. Era un andalita, igual que Elfangor, el príncipe andalita que nos había otorgado los poderes. Pero yo sabia que no era un andalita autentico. El terror me invadió. Era tan fuerte el miedo que sentía que mi parte de gato se contagio de él. No era un andalita de verdad. Se trataba del único cuerpo andalita tomado por los yeerks, el único controlador andalita de toda la galaxia. En realidad era Visser Tres, perteneciente a al fuerza invasora yeerk. Una criatura maligna que se podía transformar en los múltiples monstruos cuyas formas había ido adquiriendo por todo el universo. Fue él quien mato a Elfangor aquella noche mientras nosotros nos encogíamos de terror. El mismo que casi nos aniquila en el estanque infernal de los yeerks. -Bienvenido, Visser –saludo Chapman en too sumiso-. Iniss dos dos seis del estanque Sulp Niaar se presenta ante ti. ¡Que la Kandrona te ilumine y te dé fuerza! -Y a ti también, Iniss dos dos seis –repuso Visser Tres. Me quedé atónita al oír la voz de Visser. En el cuerpo andalita no había boca, porque los andalitas se comunican por telepatía, al igual que nosotros cuando nos transformamos en animales. Me sorprendió también lo de “Iniss dos dos seis”. Ése debía de ser el nombre del gusano yeerk que controlaba a Chapman. Entretanto, mi parte de gato trataba de averiguar si aquella aparición era real. No desprendía olor alguno, sólo luz y sombras. Me di cuenta de que se trataba de un holograma. Aunque tan bien hecho que parecía real. Casi se diría que podías tocarlo. Movía sus ojos holográficos de un lado a otro como si pudiera ver a través de ellos. yo rezaba para que no me descubriera. -¿Alguna novedad, Iniss? -Sí, Visser. Una parte de mí sintió un impulso incontrolable de echar a correr. Un simple holograma de Visser Tres es suficiente para ponerte la piel de gallina. Pero, mi parte de gato, al averiguar que la criatura no era real, perdió el interés en ella. Comprendí la razón por la que podía oír la voz de Visser Tres. Supongo que como el proyector del holograma no puede trasmitir el pensamiento, lo traduce al lenguaje. -¿Has localizado ya a los rebeldes andalitas? -No, Visser, todavía no. Yo sabia de sobra quienes eran esos rebeldes andalitas a los que se refería. Éramos nosotros, claro, los Animorphs. -¡Quiero que los encuentres! ¡Quiero que los encuentres ya! La orden repentina de Visser hizo que Chaman saltara de la silla. Mi olfato de gato podía oler el miedo que lo invadía. Esto no puede continuar así, Iniss dos dos seis –prosiguió Visser Tres, ya más calmado-, hay que encontrar una solución de inmediato. El Consejo de los Trece acabara por averiguarlo y se preguntara por qué le informé de que todas las naves andalitas habían sido destruidas y todos sus ocupantes andalitas aniquilados. Sospecharan de mí y se pondrán furiosos. Y si el consejo de los Trece se enfada conmigo, yo me enfadare contigo. Chapman temblaba de miedo literalmente. Olía a sudor humano… y a algo más. Algo que no era del todo humano. Era un olor muy sutil… ¿Provendría del propio yeerk? ¿Acaso el gato era capaz de oler al gusano yeerk que Chapman tenia instalado en la cabeza? Parecía imposible, pero aquel extraño olor persistía. Era asó como…, como… Concentré toda mi mente gatuna en el olfato. -¿Qué es eso? Chapman giro la silla. Yo mire hacia arriba y me quede inmóvil. Chapman me observaba con gran detenimiento y, lo que es peor, los ojos giratorios de Visser también. -Se llama gato –contesto Chapman nervioso-. Es una especie animal de la Tierra que se usa como mascota. AA los humanos les gusta tenerlos en casa. -¿Por qué esta aquí? -Pertenece a la niña. Mi… la hija de mi portador. -Ya veo –replicó Visser Tres-. ¡Mátalo, mátalo ahora mismo! [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] “Mátalo, mátalo ahora mismo.” Sentó deseos de correr. Estaba aterrada. Por suerte, la astucia del gato y mi propia inteligencia se combinaron de manera que salvé el pellejo. No moví un pelo del bigote. Si lo hubiera hecho, ahora no estaría contándolo. Eso por descontado. De haber reaccionado como si hubiera entendido la conversación, habrían comprendido al momento que yo no era un gato normal. El holograma de Visser Tres me observó exhaustivamente con sus cuatro ojos. Detrás de aquel rostro amable andalita, presentía la mirada escrutadora y penetrante del malvado y poderoso yeerk. Chapman también me escudriñaba. Sus ojos tenían la misma expresión que cuando pillaba a alguien saltándose una clase. Estaba muerta de miedo, por lo menos la parte de Rachel lo estaba. A Fluffer no le importo lo más mínimo. Él percibía mi miedo, pero no tenia ninguna razón para asustarse. No había aves rapaces, ni perros, ni siquiera un leve rastro de gatos dominantes. Sólo veía una figura de tres dimensiones que no olía a nada, y a Chapman, claro. De todos modos, éste, aunque fuese nuestro objetivo, no representaba amenaza alguna. -Podría tratarse de un andalita –protestó Visser Tres-. ¡Destrúyelo! -¡Miau! –solté yo por toda respuesta. -¿Qué es eso? –preguntó Visser Tres sin quitarme ojo. -Es el sonido que emiten los gatos, Visser. Creo que tiene hambre. De repente, aquel monstruo chasqueó su cola, una especie de hoja cortante a modo de guadaña de casi medio metro de larga, a una velocidad tal que un humano hubiera sido incapaz de esquivarla. Por suerte, yo no sólo era humana. Antes de que cayera sobre mí, me había percatado de aquel movimiento repentino y ya me había colocado en posición de ataque. Me agazapé, con las orejas hacia atrás y enseñe los dientes. Saqué mis uñas y le propine un zarpazo en la cola. Mi pezuña traspaso el holograma, y la cola, que no era más que una proyección pasó a través de mi cuerpo. -¡Ja, ja, ja! Me llevó un rato descifrar lo que acaba de oír. Era la risa de Visser. Chapman parecía perplejo también, como si nunca le hubiera visto reír o, hasta entonces, lo creyera imposible. -Vaya con el pequeñín! –celebró Visser Tres-. No se ha movido de su sitio. Soy mucha más grande que él y sin embargo me ha hecho frente. Es una pena que se trata de una especie tan pequeña, sería un excelente portador de yeerks. -Sí, es una pena –añadió Chapman con cautela. -¡Mátalo! –repitió Visser Tres-. ¿Qué mejor forma podría adoptar un andalita? Será mejor que te deshagas de él, por si acaso. -Si, señor –obedeció Chapman-. Sólo que… -¿Qué? –repitió Visser con severidad. -Pues que pertenece a mi hija. Si mato al animal, se enfadara y eso significara llamar la atención sobre nosotros. Matar a un gato está muy mal visto. Estoy seguro de que levantaría sospechas sobre mí. Visser Tres no parecía estar de acuerdo con él, pero no era un criatura que tomase decisiones apresuradas. Se tomó unos segundos para reflexionar, mientras mi futuro hacia equilibrios entre la vida y la muerte. -Está bien. No levantes sospechas ni llames la atención. Entonces pensé que había llegado la hora de hacer algo en mi propia defensa. Me acerque a Chapman y me restregué contra su pierna. -¿Qué esta haciendo? –preguntó Visser Tres. -Es su manera de pedir comida. -¡Que interesante! Garras, dientes y furia mezclados con la sutileza necesaria para manipular a criaturas que le ganan en tamaño. Un animal muy notable. Si, definitivamente, déjalo vivir por ahora, hasta que hayamos solucionando lo de la niña. -¿La niña? –preguntó Chapman, preocupado. Al subdirector le cambio el rostro de repente. Aparte de terror, no había demostrado ninguna otra sensación-. Pero, el trato que hicimos sobre mi familia… -Tratos, tratos –sonrió Visser Tres malicioso-, ¡no seas estúpido! Nosotros negociamos para ganar adeptos voluntarios como tú. Los tratos son simples herramientas, al igual que tú. Si hubieras encontrado a los rebeldes andalitas, no tendría que andar preocupándome por gatos y niñas. -Los encontraré, señor –prometió Chapman, agachando la cabeza. -¡Mas te vale! –sentenció con desdén la criatura. Luego, la imagen empezó a cambiar y el cuerpo armonioso del andalita se derritió para dar paso a la figura de un monstruo jamás visto en la faz de la Tierra. En lugar de la cabeza andalita, surgió un tubo largo y grueso en cuyo extremo superior había una abertura horripilante a modo de boca. El monstruo era de color púrpura, pero transparente. Casi podía ver a través de él, aunque no sabría decir si era porque se trataba de un holograma o porque el animal era así en realidad. La boca abierta mostraba miles de diminutas ventosas que no cesaban de babear. Visser acercó su boca-tubo hacia la cabeza de Chapman hasta dejarla casi pegada a ella. El subdirector temblaba de miedo. -No olvides, Iniss dos dos seis –amenazó Visser Tres con su voz artificial-, que yo te brinde el cuerpo de Chapman. Te concedí esta cabeza porque confiaba en ti. Te alimente con su cerebro y te nombre mi teniente. Pero no olvides tampoco que te puedo absorber y sacarte de ahí si me fallas. ¿Te gustaría ver lo que le ocurrió al ultimo imbécil que me falló? De repente, apareció una imagen en el aire, como si fuera una pequeña pantalla de cine. Se trataba de otro holograma en donde una mujer, consumida de dolor, chillaba porque una criatura púrpura le estaba sorbiendo la cabeza. -No, no –suplicó Chapman-. Te lo ruego. En la película, aquella cosa transparente y púrpura empezó a sufrir espasmos. De la oreja de la mujer salió un gusano, babeando una sustancia gris. El monstruo había extraído al gusano yeerk, aspirándolo. A continuación, la espantosa criatura se lo tragó y así termino la película. -No es una imagen muy agradable, ¿verdad que no, Iniss dos dos seis? Chapman negó con la cabeza. Sus ojos seguían fijos en el punto donde había aparecido la proyección. Visser Tres recupero su forma andalita. -¡No me falles! –repitió Visser Tres. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de David Usón[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Visser Tres se desvaneció en el aire. La habitación quedó a oscuras. Chapman permaneció sentado, inclinado hacia la mesa, con la cabeza entre las manos. Al cabo de un rato, se levantó, abrió la puerta y subimos las escaleras. – ¿Cuáles son las órdenes de Visser? – preguntó en un susurro la señora Chapman, que estaba esperando en lo alto de las escaleras. – Quiere que capturemos a los rebeldes andalitas – respondió Chapman, todavía con expresión atemorizada -. Se… se transformó en un vanarxita. Es la forma más horrible de morir para un yeerk – añadió en voz baja también. Dirigió la mirada hacia las escaleras. Quería comprobar que Melissa no anduviera cerca. – Había oído hablar de que Visser había adquirido un vanarxita – comentó la señora Chapman. Un escalofrío recorrió su cuerpo -, pero siempre pensé que era un cuento chino para atemorizar a sus subordinados. – Me enseñó… me enseñó cómo destruyó a Iniss uno siete cuatro. – ¿Utilizó un vanarxita para aniquilar a un Iniss del siglo dos? – preguntó la señora Chapman perpleja. – ¡Esa sabandija andalita! – profirió Chapman con rencor -. ¡Ojalá el Consejo de los Trece averigüe el desorden que ese loco está provocando en este planeta! ¡Ojalá que le priven del cuerpo andalita en el que está alojado y le arrojen al fondo de un estanque muy lejos de aquí! – No digas eso – aconsejó la señora Chapman muy seria -, porque mucho antes de que Visser Tres perdiera su poder, te habría destruido por haberle fallado. Mi oído de gato percibió un movimiento mucho antes de que lo hicieran los Chapman. Era un ruido de pasos humanos bajando la escalera. Agucé el oído. – ¿Mamá? ¿Papá? ¿Me podéis ayudar alguno a resolver este problema de matemáticas? No me sale. Era Melissa. Se detuvo en mitad de las escaleras y miró esperanzada a sus padres o, por lo menos, a los que una vez habían sido sus padres. – Ahora estamos ocupados, Melissa – le contestó Chapman, cortante. – Además, cielo, debes ser tú quien haga los deberes. Así es como se aprende – añadió la señora Chapman -. Si no logras resolverlo de aquí a un rato, tu padre te ayudará. – Ya, claro – contestó Melissa. Una sombra de tristeza cubrió su rostro, pero hizo esfuerzos por esbozar una sonrisa forzada -. Supongo que tienes razón, mamá. Es que las raíces cuadradas me cuestan mucho. Melissa vaciló, como si aún tuviera la esperanza de que sus padres cambiaran de opinión y subieran con ella a su cuarto. – Sí, las raíces cuadradas son difíciles de hacer, ¿verdad? – agregó la señora Chapman con una sonrisa tan forzada como la de su hija -. Pero seguro que lo conseguirás con un poco de paciencia. – Luego subo y te lo corrijo, cariño – prometió el señor Chapman. Aquellas palabras eran las mismas que podría decir mi madre o mi padre: “cielo, cariño”. Sin embargo, la forma en que lo decían… faltaba algo. Faltaba ternura, calor…, no sabría explicarlo, pero había algo que no encajaba. Era una sensación angustiosa. Muy diferente al terror experimentado en el estanque de los yeerks. Era la clase de miedo que te hace llorar en lugar de gritar. Al rato me encontré siguiendo a Melissa hasta su habitación. Ella se sentó en la cama y empezó a sollozar. <¿Rachel? ¿Me oyes?> <Sí, Tobias. Acabo de subir del sótano y estoy arriba, en la habitación de Melissa.> <¡Gracias a Dios! Llevo un buen rato llamándote. Pensaba que te habías quedado atrapada en el sótano.> <No, ya he salido.> <Bien. Te queda más de una hora, pero Fluffer quiere volver a casa. Cassie, Marco y Jake están tratando de atraparlo otra vez, pero tú sabes mejor que nadie lo testarudo que puede ser un gato.> Melissa se dejó caer sobre la cama, sepultó la cabeza bajo la almohada y empezó a llorar desconsolada. <No puedo marcharme ahora.> <Rachel, si el auténtico Fluffer entra y te encuentra ahí…> <Sí, ya lo sé. Pero ahora no puedo marcharme. Tengo que hacer una última cosa.> Me acerqué a la cama. Con mi tamaño, la cama parecía la pared de un edificio de dos plantas. Me apoyé en mis patas traseras, concentré la energía en los músculos y salté sin esfuerzo para aterrizar cómodamente encima del edredón. Me acerqué hasta Melissa y olfateé el pelo que le sobresalía de la almohada. Oí un ruido que me recordaba a mi madre, mejor dicho, a mis dos madres: la humana y la gata que me había lamido el cuerpo y que me había llevado en su boca a todas partes. Reconocí el sonido: era yo misma que estaba ronroneando. Melissa me rodeó con le brazo y me atrajo hasta su cuerpo. El contacto físico me agobió un poco. Mi parte de gato quería largarse, pero en cuanto Melissa empezó a rascarme el cuello y las orejas, ronroneé un poco más alto y decidí quedarme un rato. – No sé qué es lo que he hecho – me confió Melissa. Me quedé atónita al ver que se dirigía a mí. ¿Lo había adivinado? ¿Sabía quién era yo en realidad? No, sólo se trataba de una niña hablando con un gato. – No sé qué he hecho – repitió Melissa -. Dime, Fluffer, ¿qué es lo que he hecho? <Rachel, ¿qué estás haciendo todavía ahí?> <Tobias, me queda mucho tiempo.> <Tienes menos de una hora. No tientes a la suerte. Jake está al borde del infarto aquí afuera. Dice que salgas ya.> <Todavía no. Melissa me necesita.> Había dejado de ronronear, probablemente porque estaba concentrada en la conversación con Tobias. Reanudé, pues, mi ronroneo. Presentía que Melissa lo necesitaba. Mi amiga continuaba llorando y rascándome con suavidad detrás de las orejas. – ¿Qué he hecho? – volvió a preguntar -. ¿Por qué ya no me quieren? Creí que se partía el corazón. Ahora comprendía por qué Melissa había dejado de venir conmigo, por qué se mostraba tan fría conmigo, y sabía que las posibilidades de que aquello cambiase eran muy pocas. Se me revolvió el estómago. La próxima vez que Marco me preguntara por qué luchábamos contra los yeerks, recibiría una respuesta tajante: porque habían destruido el amor de unos padres por una hija, porque habían provocado que Melissa Chapman llorase en su cama sin otro consuelo que el de un gato. No sería una respuesta grandilocuente que hablara de la salvación de la humanidad. Sino de una niña, mi amiga, cuyo corazón estaba destrozado porque sus padres habían dejado de serlo. <Escucha, Rachel, le he transmitido a Jake lo que me dijiste antes y me ha dicho que te recuerde que tienes una misión. No estás ahí para…> <Dile a Jake que se calle, Tobias – contesté de malos modos -. Voy a salir, ¿de acuerdo?, pero no ahora.> Ronroneé lo más fuerte que pude mientras Melissa lloraba. De repente tuve una visión. Imaginé a todos los niños del mundo cuyos padres habían sido convertidos en controladores. Y a aquellos padres cuyos hijos habían sido dominados por los yeerks. Fue una visión espeluznante. Me preguntaba cómo se debía de sentir uno si tus padres dejan de repente de quererte. Al cabo de un rato, Melissa se quedó dormida. Me levanté, bajé las escaleras y salí por la gatera. Hacía frío. Mis amigos aguardaban un poco enfadados por haberles obligado a esperar tanto y por la preocupación que les había hecho pasar. – Te han sobrado diez minutos, Rachel – informó Jake -. Espero que al menos haya valido la pena darnos un susto de muerte. ¿Has descubierto algo que nos pueda ser útil? <Sí, muchas cosas. Chapman tiene un sistema para comunicarse directamente con Visser Tres, que, por cierto, está impaciente por atraparnos, aunque sigue pensando que somos andalitas. Y, además, he tomado una decisión.> – ¿Cuál? – me preguntó Cassie. <He decidido que no me importa lo que me pase o los riesgos que tenga que correr. Odio a esos yeerks. Los odio con toda mi alma y haré lo que sea por detenerlos>, dije. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Ni aquella noche ni a la mañana siguiente hice los deberes de clase. Saqué un suficiente en matemáticas, cosa que no me ocurría desde hacía mucho tiempo. Mis notas habían empezado a bajar porque estaba ocupada con otros asuntos, como salvar el mundo o, como mínimo, a mi amiga. Por fin comprendía lo que había pasado. Por qué Melissa y yo ya no éramos amigas o, por lo menos, tan buenas amigas como antes. A la pobre no le iban muy bien las cosas. Sus padres habían dejado de quererla, y aunque disimulaban y hacían ver que sí la querían, no conseguían engañarla. Cada vez que pensaba en ella, hervía de rabia. Entendía a la perfección cómo se debía de sentir mi amiga porque cuando mis padres se divorciaron, llegué a pensar que lo hacían porque ya no me querían. Estaba equivocada. Claro que me querían. Ahora no veo a mi padre tanto como me gustaría, pero sé que me quiere mucho. Y también mi madre e incluso mis hermanas. Sentirse querido es muy importante. Tienes la sensación de llevar una armadura que te protege. Que te hace fuerte. Cuando ya estaba recogiendo mis cosas para salir de la clase de matemáticas, Jake se acercó con sigilo y se sentó a mi lado. – Nos vemos después, ¿de acuerdo? – me informó Jake. – Bueno, como quieras. ¿Dónde? – En la torre de la iglesia, donde el otro día. – Vale, pero es una buena caminata. – ¿Quién ha dicho que tengas que ir andando? – observó. Agarró su mochila y se marchó caminando hacia atrás y mirándome con una sonrisa en los labios. Saludó con la mano y desapareció por el pasillo. Dos horas después ya estaba volando. ¿Sabéis una cosa? No es nada fácil levantar el vuelo porque el cuerpo del águila es enorme y requiere un gran esfuerzo físico por mi parte. Me pregunto si mi cuerpo humano recibe algún beneficio de todo este ejercicio de aerobic. Cuando por fin conseguí despegar del suelo, aproveché las rachas de aire para elevarme. Sin embargo, hasta que no hube rebasado los árboles y los edificios del colegio, no alcancé las corrientes de aire cálido que me transportarían sin esfuerzo a lo más alto. Desde allí, distinguí a Tobias. Su cola roja nos servía de faro. <¡Vaya manera de hacer ejercicio!>, le comenté cuando estuve lo bastante cerca. <¿Qué me vas a contar? ¡Sígueme! El centro comercial es el sitio indicado para encontrar corrientes de aire caliente.> <¿El centro comercial? ¿Por qué?> <Es por ese aparcamiento enorme que tiene. El asfalto se calienta por el sol, y también los coches y los edificios. Si te acercas lo suficiente, te darás cuenta de que esa zona siempre despide calor.> <Volar es lo mejor que hay>, exclamé. <Sí – corroboró Tobias -, aunque hay otras muchas cosas buenas que echo de menos. Por ejemplo, sentarse en el sofá con una coca-cola y una bolsa de patatas fritas a ver un buen programa de televisión, sabiendo que al día siguiente no habrá clase. ¡Eso sí que es vida!> No lo decía porque sintiese pena de sí mismo. Simplemente comentaba algo que era cierto. <¡Ahí está la torre de la iglesia! Y por allí viene alguien volando. Creo que aquella es Cassie que vuelve a su estado natural.> <¡Mejor será que bajemos!>, sugirió Tobias. A los diez minutos, ya era de nuevo Rachel. – ¿Sabéis una cosa que deberíamos hacer? – señaló Marco -. Cuidar más nuestro atuendo. Fijaos, Cassie lleva unas mallas verdes y un top elástico de color púrpura. Jake, esos pantalones de ciclista tan horteras y Rachel, como siempre, a la última moda con sus mallas negras. Tenemos una pinta que da pena. – ¿Qué quieres? – le preguntó Jake -. ¿Que nos vistamos todos de azul y nos pongamos un cuatro estampado en el pecho como los Cuatro Fantásticos? <Los Cuatro Fantásticos más el increíble Chico Pájaro>, añadió Tobias. – ¿Pero qué dices? – prosiguió Marco -. Nada de los Cuatro Fantásticos. No se trata de ir totalmente iguales, sino de vestir con cierto estilo. Desde luego, si alguien nos viese ahora, en lugar de decir: “¡Eh, mirad, son los superhéroes!”, pensarían: “¡Esta gente no sabe ni vestirse!”. – Marco – intervine yo -, ya es hora de que te olvides de esa fantasía. No somos superhéroes. Esto no es un cómic. – Ya, pero yo quiero que lo sea. Veréis, en los cómics los héroes nunca mueren. Bueno, sí, mataron a Superman, aunque fue sólo temporalmente. – ¿Os importa si volvemos a la realidad? – preguntó Jake -. Tenemos asuntos que discutir. – ¿Qué tiene de malo combinar el verde con el púrpura? – quiso saber Cassie. – Es la regla número uno contra el buen gusto – contestó Marco. – ¿Has estado leyendo el Vogue otra vez, Marco? – me burlé. – Chicos… Aunque quizá no sea éste el término más adecuado – reflexionó Jake mientras le tapaba la boca a Marco -. Tenemos que decidir cuál va a ser el siguiente paso. – ¿Por qué no decidimos qué es lo que no vamos a hacer? – protestó Marco tras lograr liberarse de la mano de Jake -. Debería pasar más tiempo con mi padre. Todavía está muy reciente lo de mi madre y no lo ha superado. La voz de Marco se quebró. Siempre le pasaba cuando mencionaba a su madre. Intentaba hacerse el duro al principio, pero la voz acababa traicionándolo. Ya habían transcurrido dos años desde que su madre desapareciera. Dijeron que se había ahogado, pero nunca se encontró el cuerpo. Su padre estaba destrozado. Aquella era la razón principal por la que a Marco no le hacía demasiada gracia ser un Animorph. Temía que si algo le ocurriese, su padre se hundiría totalmente y sería incapaz de superarlo. Yo presentía que Jake estaba a punto de soltarle alguna impertinencia y, en cierto modo, a mí también me entraron ganas de hacerlo. Marco debía enfrentarse a la realidad. Por suerte, Cassie se nos adelantó. – No permitas que esto se interponga entre tu padre y tú – le aconsejó muy seria, al tiempo que le ponía una mano sobre los hombros -. Él te necesita. Nosotros también, Marco, pero tú padre está antes que nadie. – Nos miró a Jake y a mí -. No tiene sentido continuar con lo que estamos haciendo si olvidamos por qué lo hacemos. Me acordé de Melissa y de mis padres. Me acordé de lo maravilloso que era tener a los dos, a mi madre y a mi padre, aunque algunas veces me sacaran de quicio. – Cassie tiene razón. Cuando llegues a casa, dile a tu padre que lo quieres mucho, Marco. – Las palabras salieron de mi boca sin pensar. Aquella clase de comentarios no eran muy típicos en mí. – Gracias, doctora Rachel – se burló Marco. Su tono sonaba sarcástico pero me di cuenta de que sabía muy bien a qué me refería. De repente, se animó. – Muy bien – añadió restregándose las manos -, ¿cómo vamos a intentar que nos maten la próxima vez? ¿Nos convertiremos en moscas para asistir a un congreso de ranas? ¿O por qué no en pavos, durante el día de Acción de Gracias? – Yo quiero volver a entrar – sugerí -. Tengo que ir de nuevo a casa de los Chapman. – ¿Por qué? – preguntó Jake -. Ya sabemos todo lo que necesitamos. Nosotros… – Nosotros no sabemos dónde se encuentran los rayos kandrona – interrumpí -. Tarde o temprano, ése será nuestro objetivo. El andalita se lo dejó bastante claro a Tobias: la kandrona es el punto débil de los yeerks. La kandrona se encarga de enviar los rayos que se concentran en los estanques yeerks, y si lo impedimos, les causaremos un gran perjuicio. – Perdona un momento, Rachel – interrumpió Marco con una mueca escéptica -. ¿Qué es la kandrona exactamente? Sabemos para qué sirve, pero, a ver, ¿cómo es? ¿Cuánto mide? Por ahora, lo único que sabemos es que podría ser del tamaño de un mechero y que quizá Visser Tres lo lleve en el bolsillo. <Eso no es lo que el andalita me dio a entender>, replicó Tobias. – Lo que tú digas – respondió Marco, impaciente -. Pero la cuestión es: ¿cómo vamos a destruir algo si no sabemos ni qué forma tiene? – Por eso no nos queda más remedio que seguir la única pista que tenemos – observé -, y esa pista es Chapman. Chapman se comunica con Visser, y ambos saben dónde se encuentra la kandrona. Si sigo espiándolos quizá lo averigüemos. Todos clavaron la vista en mí durante un rato. Marco me miraba como si estuviera loca. Jake parecía pensativo y Cassie, preocupada, como si no acabara de entender mi propuesta. <¿Estás segura de que tu única intención al entrar ahí es espiar a Chapman?>, me preguntó Tobias en privado. Su intensa mirada de ratonero me intimidaba. – No creo que sea una buena idea volver ahí adentro sola – concluyó Jake. – Ya, y ¿quién va a entrar conmigo? – observé -. Tener dos gatos correteando por la casa es imposible. Siendo Fluffer, me puedo mover con toda tranquilidad sin que sospechen de mí. Por supuesto, no les expliqué que Visser Tres había ordenado a Chapman que me matara. Sabía que no estaba bien ocultar aquel tipo de información, pero si se lo decía, jamás me permitirían volver a entrar. Por desgracia, aunque Jake no era muy perceptivo, Cassie sí. – ¿Estás segura de que no te ocurrió nada malo ahí dentro, Rachel? – me preguntó Cassie mientras me observaba con aquella expresión tan típica de ella, que adopta cuando intenta averiguar algo. – Pasé miedo – contesté -, pero no me ocurrió nada terrible. – No mentía. Aunque tampoco decía toda la verdad, claro. Cassie reflexionó unos instantes. Su mirada era diferente. Y entonces comprendí lo que pasaba: Tobias se estaba comunicando con ella. Algo le estaba diciendo porque Cassie asintió. Tobias no había presenciado lo que sucedió allá abajo, pero sí sabía que yo salí del sótano atemorizada y nerviosa. – Opino que alguien debería acompañar a Rachel – sugirió Cassie. – ¿Qué quieres hacer, convertirte en pulga y subirte a mi lomo? – le pregunté. – Yo sólo digo que tendríamos que pensar en algo – replicó con una sonrisa, al tiempo que se encogía de hombros. – De acuerdo – intervino Jake -, que Rachel entre una vez más. Quizá tengamos suerte. – Pues sería la primera vez desde que nos tropezamos con el extraterrestre en el solar abandonado – se quejó Marco. – Quizá las cosas cambien – predije -. Voy a entrar y a encontrar una forma de acabar con esas sabandijas. <Ésa no es la única razón por la que lo haces – me recordó Tobias -. Tu intención no es sólo acabar con los yeerks. Vuelves ahí dentro porque quieres ayudar a Melissa.> – Da lo mismo – contesté. Supongo que los otros se preguntarían a qué me refería. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Era una noche oscura y amenazaba tormenta… Siempre he querido escribir una frase así, pero lo cierto es que la noche era oscura y amenazaba tormenta. – ¿Dónde está Jake? – pregunté cuando nos reunimos junto a la casa de los Chapman. Todos los demás estaban allí. Marco y Cassie se habían puesto impermeables, aunque todavía no había empezado a llover. Tobias estaba arriba. Intentaba sujetarse a la rama de un árbol. El viento soplaba con fuerza. – Jake no puede salir de casa – anunció Marco -. Creo que su padre le ha castigado. – ¿Qué ha hecho? – ¿Y yo qué sé? – contestó Marco de mala gana -. Ya sabes cómo son los padres. No hay quien los entienda. Me mordí el labio. No me hacía ninguna gracia que Jake no estuviera. Empecé a ponerme nerviosa. Además, el sonido del viento silbando entre las ramas empeoraba aún más las cosas. <Acabo de ver a Fluffer – anunció Tobias -. Está torturando a una pobre rata. Por lo menos no es una musaraña.> – Un momento, que una vez me convirtiera en musaraña, no quiere decir que me vuelvan loca esos bichos. – Tomé aire -. De acuerdo, supongo que podemos hacerlo sin Jake. Al menos, puedo contar con vosotros. Lancé una mirada a Cassie, que sonrió levemente. Algo le pasaba, pero no había tiempo que perder. <Haré un reconocimiento>, anunció Tobias. Extendió las alas con ligereza y enseguida despegó del árbol con la destreza de un experto. Contemplé cómo se perdía entre las nubes, fuera del alcance de nuestro escaso ángulo de visión. Al cabo de un rato, vimos que algo se precipitaba hacia nosotros a unos ochenta kilómetros por hora. <Adelante. Campo libre>, exclamó Tobias al pasar como una bala a nuestro lado. Me sentía rara, incluso tenía náuseas. Estaba asustada. Todo parecía distinto aquella noche. Y lo más extraño era que estaba convencida de que una vez me transformara, todo iría mejor. Me concentré. Me cayó la primera gota en el momento en que empecé a notar que me crecía el rabo. Para cuando la transformación estuvo completa, y yo ya me encontraba a cuatro patas, cubierta por la montaña de mi ropa, había empezado a llover en serio. – ¡Estupendo! – exclamó Marco -. Esto cada vez se pone más emocionante. <Por lo menos tú llevas impermeable – protesté -. Yo sólo tengo mi pelo, y además esta maldita lluvia borra los olores.> Cassie se acurrucó a mi lado. Sólo se trataba de una niña de mediana estatura pero, para un gato, cualquier humano adquiría las dimensiones de un gorila. – Ten cuidado, Rachel – me advirtió Cassie. Luego, me dio unos suaves golpes en el lomo. Quería irme, sin embargo, Cassie mantuvo su mano sobre mí durante unos segundos más. Al rato, sonriendo de forma misteriosa, se levantó. Pronto dejé de pensar en la expresión de Cassie. A los gatos, en realidad, no les importan demasiado los humanos, a no ser que les den de comer. <Me voy>, anuncié. Aceleré el paso. A los gatos no les gusta la lluvia. Sentía cómo mi mente de gato se rebelaba. Siempre pensé que los gatos odiaban el agua viniera de donde viniese. No obstante, para Fluffer el agua en sí no era ningún problema. A él lo que en realidad le preocupaba era cómo ésta perjudicaba a su oído y a su olfato, porque la lluvia hace desaparecer todos los sonidos y sin ellos un gato se siente perdido y aislado. En cuanto al oído, el ruido de la lluvia cayendo alrededor te impide oír los sonidos importantes, como los gemidos apagados de los otros animales, o los ruidos furtivos de alguien o algo arañando una superficie. Para un gato, la lluvia es como la oscuridad para los humanos. El mundo se vuelve aburrido. Eché a correr hacia la pequeña entrada para gatos, deseando volver a reencontrarme con los olores y sonidos familiares de la casa. Al menos, ése era el pensamiento de Fluffer. Yo, en cambio, me preguntaba cómo era que Jake no había podido venir. ¿Sería un mal presagio? Todo aquello me daba muy mala espina. Ya conocía la casa de los Chapman, como gato y como persona. Estaba casi segura de que podía adivinar la rutina seguida por la familia. La última vez, Visser Tres se había puesto en contacto con el subdirector a las ocho en punto. Si aquello sucedía todas las noches a la misma hora, había llegado a tiempo. Chapman estaba sentado en el sofá, igual que la otra vez. Y, justo como yo suponía, cuando faltaban tres minutos para las ocho, se levantó y se dirigió al sótano. Mi plan era bajar con él. Recordaba perfectamente la disposición de la sala secreta. Había una mesa. Si pudiera ir tras él sin que se percatara de mi presencia, podría esconderme debajo de la mesa y así ni él ni el holograma de Visser me verían. Todo dependía de que Chapman no se diera cuenta de que yo lo seguía. El hombre se encaminó hacia las escaleras del sótano. Me coloqué justo a su espalda. El truco consistía en situarme sólo a unos centímetros por detrás de él. De ese modo le resultaría imposible verme. Claro que yo tenía que vigilar sus pasos atentamente, porque si se detenía de repente, me estamparía contra él, lo cual le haría sospechar al tratarse de una torpeza muy poco propia de un gato. Un solo ruido o un movimiento en falso, y todo estaría perdido. Llegamos al final de las escaleras. De pronto, Chapman se quedó clavado en el suelo. Yo me escurrí detrás del sofá. El hombre se dio la vuelta, como si hubiera oído un ruido, o notado algo. Permanecí inmóvil. La sangre se me congeló en las venas. No me atrevía a mover un sólo músculo. Entonces, reanudó su camino hacia la puerta y, rápidamente, volví a situarme detrás de él. <Muy bien, ¿qué está pasando?> Me dio un vuelco el corazón. El rabo se me hinchó y se me erizó el pelo. Casi salí disparada. Chapman se detuvo y a punto estuve de tropezarme con sus piernas. Movió su pie izquierdo aunque, por suerte, pude esquivarlo. Dio un paso atrás, pero yo ya me había apartado a una distancia prudencial. <Soy yo, Jake. ¿Qué está ocurriendo, Rachel?> ¿Jake? Chapman abrió la puerta de la habitación secreta y entró. Yo me hallaba justo entre sus enormes pies. Si por casualidad miraba hacia abajo… Menos mal que no lo hizo. Cuando se giró para cerrar la puerta, aproveché para escabullirme de un salto debajo de la mesa. Pegué mi cuerpo lo más posible al fondo del rincón más oscuro. Finalmente, lo había conseguido… De momento, continuaba con vida. <¿Rachel? ¿Me oyes?> <¡Jake! ¿Dónde estás? ¡Casi me matas del susto!> <¿Estamos bien?> Yo estaba furiosa. <¿Qué quieres decir con eso de que si estamos bien? – grité en silencio -. ¿Dónde estás?> <Estoy… encima de ti.> <¿Encima de mí? Jake, no estoy para bromas.> Chapman se sentó a la mesa y estiró las piernas. A punto estuvo de rozarme si no hubiera sido porque reaccioné a tiempo y, de un ágil salto, me desvié de su camino. <Lo siento, no puedo ver casi nada.> Mantuve los ojos fijos en los pies de Chapman. Los gatos poseen un increíble poder de concentración. Me quedé mirando aquellos pies enormes, casi tan grandes como yo. No podía perderlos de vista porque, si uno de ellos me rozaba, era gato muerto. <Jake, estamos en una situación límite, así que haz el favor de decirme sin rodeos dónde estás.> <Pues mira, para no andar con rodeos, me he transformado… – explicó Jake – en pulga.> [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] <¿Cómo? – exclamé. Si no fuera porque estaba temblando de miedo, supongo que hasta me habría reído -. ¿Que te has convertido en pulga?> <Sí. Estoy sobre tu lomo o tu cabeza. La verdad es que no lo distingo muy bien. No tengo ojos propiamente dichos que manden imágenes nítidas a mi cerebro. Lo único que percibo es el calor o el frío. También puedo percibir la sangre. Eso es todo. Bueno, y el movimiento, como cuando se te erizó el pelo. Sabía que algo malo ocurría.> <Jake, ¡qué asco! ¡Te has vuelto loco! ¿Qué es lo que te pasa? ¿Cómo se te ha ocurrido convertirte en una pulga? ¡Es repugnante! ¿No tuviste suficiente con ser lagarto? ¿O es que ya no te acuerdas? ¡Pues esto es mucho peor!> <Si te digo la verdad, no está tan mal – replicó Jake -. No sé cómo explicarlo, pero el cerebro de la pulga es tan limitado que no resulta nada complicado controlarlo. Lo único que le preocupa es buscar un sitio donde haya sangre caliente para chupar. Es como…, como si en realidad no estuviera en el cuerpo de la pulga, porque no siento ni veo casi nada. Creía que sería horrible, pero cuando Cassie y Marco lo probaron…> <¡Ah!, ¿también lo saben ellos?> ¡Claro! Entonces comprendí por qué Cassie me había acariciado el lomo durante tanto rato. Me estaba colocando a Jake. <Rachel, estábamos preocupados por ti. Decidimos que era mejor que alguien te acompañara. Tobias nos explicó…> <¡Vaya! ¿También Tobias? ¡Qué sorpresa!> <Tobias nos dijo que nos estabas ocultando algo. Aunque no estaba seguro del porqué o qué era.> Dejé escapar un suspiro. Supongo que es bueno tener amigos que se preocupan por ti. Claro que mi querido amigo casi me hace tropezar con Chapman. Además, la idea de tener a Jake transformado en pulga correteando por mi cuerpo no me hacía mucha gracia. Sólo de pensarlo, me entraban escalofríos. De repente, apareció la luz brillante y Visser Tres se hizo visible en la habitación. <Jake, Visser está aquí en forma de holograma, así que no me distraigas, ¿vale? Estamos escondidos debajo de la mesa, a sólo unos centímetros del pie de Chapman.> <Muy bien, pero da igual si te ve, ¿no? Pensará que eres el gato de la casa y ya está. Mejor será que no actúes de forma rara.> <¿Jake? – vacilé un momento y después proseguí. De todas formas, tendría que decírselo tarde o temprano -. Sí hay algo que no os conté… Verás, Visser Tres me vio la otra vez y le ordenó a Chapman que… que me matara porque temía que yo fuera un andalita metamorfoseado.> Durante un rato, Jake guardó silencio. Intuí que intentaba contenerse y no chillarme. Sin embargo, sus intentos fracasaron. <Rachel, ¿estás loca? ¿Cómo te has atrevido a volver aquí abajo después de eso? ¡Has perdido la cabeza!> Justo entonces, Chapman empezó a hablar. – Bienvenido, Visser. Iniss dos dos seis del estanque Sulp Niaar se presenta ante ti. ¡Que la kandrona te ilumine y te dé fuerza! – A ti también – saludó Visser Tres secamente -. Novedades. – Tengo cuatro nuevos discípulos voluntarios – explicó Chapman -. Dos de ellos son niños reclutados gracias a La Alianza. De los adultos, uno es un agente del FBI, una especie de policía. Estoy seguro que éste puede sernos de… – ¡Estúpido! – exclamó el holograma con su voz plana y artificial, pero cargada de odio -. ¿Es que piensas acaso que no tengo nada mejor en qué pensar que en esos discípulos? ¿Has averiguado algo sobre los rebeldes andalitas? – Pero, Visser, ¿qué puedo hacer yo… si ellos no se dejan ver? – Utilizaron animales terrestres en el ataque del estanque – informó el superior -, unos animales muy peligrosos y poderosos. Averigua cómo obtuvieron aquellas formas. Mis expertos terrícolas me han asegurado que esos animales no son comunes en esta parte del planeta. – Sí, Visser. Así lo haré. – Muy bien. Eso espero. Hay otro asunto pendiente. Necesitamos otros seis controladores humanos para que ocupen puestos de guardianes. Hace falta incrementar la vigilancia sobre la kandrona. <¿Qué pasa?>, preguntó Jake. <Visser Tres está humillando al subdirector.> <¡Qué pena que Marco no esté aquí! ¡Disfrutaría viendo sufrir a Chapman!> <Nos quiere capturar a toda costa – le comuniqué -, mejor dicho, quiere capturar a los andalitas que se cree que somos. Va a reforzar la vigilancia sobre la kandrona con nuevos controladores humanos.> <Muy bien, tal vez él…> Movió tan rápidamente el pie que no me dio tiempo a reaccionar, y me rozó con la punta del zapato las costillas. – ¡Miaaauuuuuu! Chapman se separó de la mesa y atravesó el holograma de Visser Tres. Durante un segundo, parecieron haberse fundido en una única y horrible criatura. – ¿Qué ha ocurrido? – quiso saber Visser Tres. Chapman me miró fijamente con los ojos llenos de ira. Estiré las orejas, saqué las uñas y le enseñé los dientes. – Es el animal, Visser, el gato – contestó Chapman con voz temblorosa pero a la vez cargada de desdén. – ¡Deberías haberlo matado cuando te lo ordené, Iniss dos dos seis! – sentenció Visser Tres al tiempo que dejaba escapar un gruñido de indignación. – Pero, Visser… – protestó Chapman. – De todas formas, ha sido mejor así – añadió el holograma -, porque ahora ya no nos queda ninguna duda de que este gato es uno de los rebeldes andalitas. <¿Jake? ¡Estamos perdidos! – exclamé -. ¡Nos hemos metido en un buen lío!> – Ya no tendremos que seguir buscando a esos andalitas – anunció Visser Tres -. Aquí mismo tenemos a uno. – ¿Lo mato? – preguntó el subdirector. – No, no lo mates. Atrápalo. Atrápalo antes de que vuelva a su estado andalita. ¡Cuando hayamos acabado con él, ya habremos capturado al resto! Hacía mucho tiempo que no torturaba a uno de estos andalitas orgullosos. ¡Tráemelo porque tengo una fórmula mágica para bajarle los humos! Chapman sabía que era mejor no discutir. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] Chapman se agachó. Sus enormes manos se acercaron lentamente hacia mí. ¡Estaba atrapada! ¡No había escapatoria! Era imposible abrir aquella maldita puerta para huir. No había elección. Lo más razonable hubiera sido rendirse, pero el gato y yo coincidíamos en una cosa: ¿rendirse?; ¡Jamás! Sentía mis uñas extendidas en toda su longitud. Las pupilas se habían dilatado para no perderse el más mínimo movimiento. Las orejas inclinadas sobre mi cabeza hacia atrás. Los dientes afiliados como agujas asomaban amenazadores y mis músculos de acero estaban preparados para el ataque. La mano de Chapman se acercaba ahora más despacio, a cámara lenta. Todo se desarrollaba a una gran lentitud ante mí porque mis sentidos de gato se habían intensificado. Rápidamente, levanté una garra y le clavé las uñas con todas mis fuerzas. Vi tres líneas rojas en la mano de Chapman y enseguida me llegó el olor a sangre. – ¡Ahhhh! – gritó Chapman. El dolor le obligó a retroceder. – ¡Atrápalo! – ordenó a voces Visser. <¿Qué ocurre? – preguntaba Jake -. ¿Por qué te mueves tanto?> El rostro de Chapman cambió de repente. Se había propuesto apresarme y venía directo hacia mí. Yo estaba acorralada en el rincón. No podía escapar. Le clavé las uñas una vez más y Chapman chilló de nuevo. Le estaba destrozando los brazos y las manos a arañazos. Me agarró por el medio, y aquello no le gustó nada al gato. Nada en absoluto. Giré la cabeza y le clavé las uñas. Por un momento, me convertí en un torbellino de dientes y uñas. Las manos del subdirector tenían el aspecto de una hamburguesa cruda. – ¡Un animal magnífico! – comentó Visser Tres -. ¡Dale la vuelta! ¡Sujétalo con el brazo! ¡Eso es! Al pobre Chapman lo dejé hecho un desastre, todo lleno de heridas. Aunque de nada me sirvió; por más que luchara, yo sólo pesaba unos cuantos kilos y mi contrincante era veinte veces mayor. Me mantenía presionado contra su pecho y me sujetaba rodeándome el estómago con un brazo. Mis patas delanteras habían quedado inmovilizadas, y se las arregló para agarrarme con su mano libre las patas traseras. El único recurso que me quedaba era morder, y eso es lo que hice, mordí sin cesar, una y otra vez. Pero, por más que lo hiciera, no podía matarlo, no podía conseguir que me soltara. Su miedo a Visser Tres era mucho mayor que el daño que yo le causaba. – ¡Tráemelo! – dijo Visser entusiasmado -. ¡Tráemelo!, lo recogeré en el área de aterrizaje más cercana. – Visser, ¿qué pasa si…, ¡ay!… si adopta su forma andalita? – ¡Tienes armas! Si lo hace, ¡mátalo! – Claro…, ¡ay!, ¡maldita bestia!… Sí, Visser. Así lo haré. – Nos ocuparemos de este rebelde andalita. ¡Ah!, la niña, ¡trae también a la niña! – ¿A la niña…, a Melissa? – preguntó Chapman. – Sí, he sido demasiado blando. Este espía andalita se ha colado en tu casa por culpa de la niña. Ya he elegido un yeerk para la pequeña, así que tráela junto con el andalita. Será mejor que cumplas mis órdenes, Iniss dos dos seis, o ya puedes ir preparándote para enfrertarte al vanarxita. El holograma se esfumó y Chapman, de repente, me arrojó al suelo. Me di la vuelta en el aire para aterrizar de pie y al tocar el suelo resbalé. <¡Basta ya! Aquí está pasando algo muy grave.> Cuando me hube incorporado del todo, el subdirector ya se había acercado a la mesa y había sacado del cajón una especie de arma que me era muy familiar: una pistola de rayos dragón portátil con la que me apuntaba. Estaba temblando y los músculos de su cara sufrían continuos espasmos. Con cada uno de ellos, el arma se agitaba en su mano. Yo sabía que aún así me atraparía si intentaba algún movimiento. <¿Quieres decirme de una vez por todas qué está ocurriendo aquí? – insistió Jake -. Hace unos segundos he captado la presencia de otro cuerpo caliente y además mis sentidos están percibiendo sangre.> <Estamos en apuros>, le dije. <¿Te importaría ser un poco más clara?>, me pidió Jake. <Chapman me está apuntando con una pistola de rayos dragón. Ha descubierto que no soy un gato. Cree que soy un andalita y me va a llevar ante Visser Tres.> <¡Lo tenemos claro!> <Pues aún no sabes lo mejor: Visser Tres quiere a Melissa también.> – ¡Baja un momento! – gritó Chapman escaleras arriba. Había entreabierto la puerta un poco. Supongo que me vio mirar hacia la puerta. – ¡Inténtalo, andalita! – amenazó con una mueca horrible -. ¡Vamos, atrévete! Será todo un placer pulverizarte. Decidí, pues, quedarme donde estaba. – Me lo has puesto muy difícil – continuó Chapman -, muy difícil. Si permito que Visser Tres se lleve a la niña, mi portador se opondrá y me lo hará pasar mal. Tú no sabes lo agotador que resulta que tu portador no colabore, no, claro, ¿tú qué vas a saber? Pero créeme, andalita, será un placer acabar contigo. – ¿Qué pasa? – preguntó la señora Chapman, que se asomaba por la puerta. – El gato es uno de los rebeldes andalitas. Visser Tres lo quiere. Tráeme la cesta que utilizamos para llevarlo al veterinario. La mujer asintió y desapareció. <¿Qué ha pasado?>, quiso saber Jake. <La señora Chapman ha ido a por la cesta en la que me van a transportar>, le respondí. Había fracasado. Por mi culpa, los yeerks iban a capturar a Melissa. No había hecho sino empeorar las cosas. La señora Chapman llegó con la cesta y abrió la puertecilla de barrotes. – ¡Adentro! – ordenó Chapman. No me moví. – ¡Adentro! – repitió con voz cruel -. Entra o te disparo ahí mismo. Parecía hablar en serio, así que obedecí. La mujer cerró la pequeña puerta y se aseguró de que no me pudiera escapar. Chapman agarró brutalmente la cesta y subió las escaleras. – Y ahora – le indicó a su mujer -, ve y trae a… ¡ayyy! Desde la cesta, y asomándome como podía por las rendijas de los laterales, lo vi retorcerse de dolor. Contraía la cara como un loco y parecía incapaz de articular palabra. – Tra-trae… a la… niña – logró decir, aunque sus dientes no cesaban de castañetear. La señora Chapman se dio la vuelta y en aquel momento Chapman se puso a gritar. – ¡Aaaaahhhh! ¡Aaaayyyy! – el hombre cayó de rodillas al suelo -. ¡Dios mío! ¡Está luchando contra mí! – El portador se ha rebelado – murmuró la señora Chapman para sí. Estaba fascinada y horrorizada al mismo tiempo. Entonces, de repente, ella misma se abofeteó. – ¡Aaaayyyy! ¡El mío…, el mío… también! – ¡Basta, Chapman! – ordenó Chapman -. No sigas o te aniquilaré. No quedará de ti ni el pellejo. ¡No lo conseguirás! ¡Ningún portador lo ha conseguido jamás! Chapman, sin embargo, no parecía dispuesto a rendirse. El espectáculo era aterrador, tanto que no podías dejar de mirar. Cualquiera que lo viese pensaría que el subdirector y su mujer se habían vuelto locos de atar. Chapman hablaba consigo mismo mientras su cuerpo se retorcía y sufría continuas sacudidas. <Los portadores se han rebelado y están atacando a los yeerks – expliqué a Jake -. Los cerebros humanos están oponiendo resistencia y Chapman ha perdido el control. Su esposa pretende estrangularse con sus propias manos. Ahora el yeerk intenta ganar terreno. ¡Es algo increíble!> <¡Nunca lo hubiera dicho! No imaginaba que los portadores tuvieran tanta fuerza.> <Lo hacen por Melissa. Están luchando por su hija.> – ¡Aaarghh! – exclamó Chapman y, dando tumbos, se puso en pie -. No puedes conmigo, Chapman. ¡Ríndete! En efecto, el portador Chapman empezaba a cansarse y el malvado Iniss dos dos seis recuperaba su dominio. La señora Chapman también fue sometida. El yeerk que tenía en la cabeza consiguió detener la mano rebelde y alejarla de la garganta. Ninguno de los dos tenía buen aspecto. <Están agotados – le comuniqué a Jake -. Han ganado, pero nadie lo diría. Están pálidos y sudorosos. Además, todavía tiemblan y tienen convulsiones.> Chapman miró a su mujer, mejor dicho, el gusano yeerk alojado en el cerebro del subdirector hizo que los ojos dirigieran la mirada hacia aquel cuerpo de mujer controlado por otro yeerk. Resultaba difícil pensar en Chapman como en un solo ser. Había sido testigo de que dentro de él existían dos criaturas. Sabía de sobra lo que eso era. Porque también dentro de mí había dos seres. Yo había luchado contra la musaraña, de la misma forma que el yeerk de Chapman había luchado para dominar el cerebro del subdirector. – Todo controlado – informó Chapman. – Sí – asintió la mujer -, pero casi lo consiguen. Estos humanos luchan como fieras por sus hijos. – Y seguirán haciéndolo. Es imposible mantener mi tapadera con un portador que se rebela cuando menos me lo espero. ¡Tengo que estar en el colegio cada día! Ahora mi portador está agotado, pero cualquier día volverá a la carga – se lamentó el subdirector. Se sentía furioso y frustrado a la vez -. No es idiota. Sabe que no puede ganar…, sabe que cada nuevo enfrentamiento lo debilita y que yo siempre acabaré venciendo. – No tiene nada que ver – le replicó la señora Chapman y le dio una patada a mi cesta, como si yo tuviera la culpa -. Aunque te ataque en mitad de una reunión con los padres o con los miembros del consejo escolar, lo único que conseguirá es que todos piensen que has perdido el juicio. – Voy a llevar el andalita a Visser – anunció el subdirector tras consultar el reloj. Parecía trastornado -. Quizá pueda hacerle entrar en razón. – Date prisa – le recomendó su esposa. Chapman agarró la cesta en la que yo estaba encerrada y, al salir, golpeó con ella el quicio de la puerta. – ¿Papá? ¿Qué haces? Era Melissa. Estaba en el salón. No la había visto llegar. ¿Dónde había estado todo aquel tiempo? Rezaba porque no hubiera oído la conversación, de lo contrario, la pobre habría perdido toda esperanza. Chapman no se detuvo. Salió a la noche mojada. – ¿Papá? ¿Llevas a Fluffer ahí? <Es Melissa – le informé a Jake -. ¡Si insiste, va a obligarles a que también se la lleven!> – ¿Papá – repitió Melissa asustada. Echó a correr detrás de su padre. Chapman se apresuró. El auténtico Chapman quería ayudar. Sabía que si su hija intervenía, sería peor. – ¡Fluffer! – gritó Melissa. <¿Tobias? – llamé yo, tan alto como pude a través de mi mente. Él era nuestra única esperanza -. Tobias, ¿me oyes?> <Sí, Rachel.> La respuesta llegaba muy tenue, pero era Tobias. <¡Encuentra al auténtico Fluffer! ¡Lo necesitamos! ¡Date prisa!> <Rachel, ¿qué está pasando ahí fuera?>, inquirió Jake. – ¡Fluffer! ¿Por qué te llevas a Fluffer? ¡Papá, espera! [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] Nos habíamos adentrado en la oscuridad de la noche. Melissa venía detrás llorando. Jake quería saber qué estaba ocurriendo y Chapman aceleraba cada vez más el paso. Melissa agarró a su padre del brazo y la cesta se balanceó hacia los lados. – Papá, ¡no puedes llevarte a Fluffer! ¡Papá, no te lo lleves! ¿Por qué haces esto, papá? Allí estaba el coche, aparcado a la entrada de la casa. Casi habíamos llegado. De repente, oí una especie de gemido leve que se fue intensificando hasta terminar en un agudo chillido. Algo pasó por nuestro lado como una bala. Era el verdadero Fluffer. Corría como si un monstruo terrible lo estuviera persiguiendo. En la oscuridad, los humanos no distinguían lo que asustaba tanto al pobre gato. Yo, con mis ojos de felino, sí. Justo a unos metros por encima de Fluffer, volaba una sombra negra espectral, era Tobias. Fluffer debió de reconocer su cesta. Seguramente pensaría que si se metía dentro, estaría a salvo de las terribles garras de aquel pájaro. De un salto, se subió a la cesta y se aferró a ella clavando las uñas en el plástico. Por un segundo, Fluffer vio algo que jamás hubiera esperado: se vio a sí mismo. Incluso a mí me resultó extraño. El gato que había en mí se quedó perplejo al descubrir a un gato que olía exactamente igual que él. No tenía sentido. Aquello no correspondía a la realidad de un gato. Mi parte humana distinguió un pequeño corte en la cabeza de Fluffer. Tobias le había propinado un buen zarpazo para que tomara la dirección correcta. – ¿Fluffer? – exclamó Melissa -. Pero… – intentó ver lo que había dentro de la cesta. – No, cielo – contestó Chapman sin perder un segundo -. Éste no es Fluffer. Es un gato que se ha colado en el sótano. Lo voy a llevar a la Protectora de Animales para que sus dueños lo puedan reclamar. – Pero ¿por qué no me lo has dicho antes? – Es que no te he visto – Chapman titubeaba. – Papá, iba detrás de ti llorando. – Melissa se detuvo en seco, como si le hubieran dado una bofetada. – Lo siento, cariño – añadió Chapman, encogiéndose de hombros. Abrió la puerta del coche y arrojó la cesta en el asiento trasero. Puso el coche en marcha y nos fuimos. Suspiré aliviada. Sabía que mi amiga no estaba completamente a salvo, pero, al menos por el momento, no había de qué preocuparse. <Bien hecho, Tobias>, dije. Supuse que no me había oído y, además, yo no alcanzaba a mirar por la ventana, así que tampoco sabía si él, Marco o Cassie andaban cerca. <¿Jake? ¿Estás ahí?> <Sí. ¿Tienes un minuto para ponerme al corriente de todo? Este “disfraz” de pulga está bien para esconderse, pero no me entero de nada de lo que pasa ahí fuera.> <Me han metido en una cesta para llevar gatos. Chapman está al volante y me vigila por el espejo retrovisor. Todavía tiene la pistola de rayos dragón. En resumen, no sé cómo vamos a salir de ésta.> <Todavía no está todo perdido>, replicó Jake. <Jake, ya es muy tarde. Ha debido de pasar por lo menos una hora, y tú te has transformado antes que yo. Tienes que irte y volver a tu estado normal.> <Todavía hay tiempo>, añadió Jake. <¿Llevas hora? – pregunté -. No, claro. Qué tonta soy. Eres mucho más pequeño que un punto escrito en una página. Corres el riesgo de quedar atrapado en un cuerpo de pulga. Además, no puedes hacer nada para ayudarme.> La carretera estaba llena de baches y no cesábamos de dar saltos en el asiento. <En cuanto nos saque de aquí, salta, Jake – le insistí -. Apártate del calor y del olor a sangre y no te pasará nada. Puedes hacerlo.> El coche se detuvo. <Rachel, no te voy a dejar sola.> <Jake, nos han atrapado – le expliqué. Sabía que intentaba hacerse el valiente, pero a mí se me estaba acabando la paciencia -. Lleva un arma y yo estoy en una jaula. Muy pronto me entregará a Visser, y no puedo volver a mi estado natural porque entonces se darían cuenta de que soy humana y Chapman me reconocería. ¿Cuánto tiempo crees que tardarían en encontraros a vosotros? Sería el fin. El fin de los Animorphs. Somos la única esperanza que le queda al planeta y tú quieres acabar con ella. Venga ya, Jake, sabes que tengo razón.> <Todavía no está todo perdido>, repitió Jake. <La única alternativa es seguir con forma de gato – proseguí -. Seguramente ellos me…, pero por lo menos no os descubrirán a vosotros. ¡Vete, Jake!> Chapman salió del coche. Se acercó y abrió la puerta de atrás. – Ha llegado la hora de que conozcas a Visser, estimado andalita. Se divertirá mucho contigo. El subdirector levantó la cesta. Me asomé por entre los barrotes. <Ya hemos llegado al solar abandonado – avisé -. ¡Salta ahora mismo, Jake!> <De ninguna manera.> No podía seguir discutiendo con Jake. Estaba asustada. Imaginaba la muerte que Visser me tenía preparada. <Lo siento, Jake, pero ahora mando yo>, le amenacé. Levanté la pata trasera y empecé a rascarme tan rápido como lo hacen los gatos. <Pero ¿qué demonios…, qué estás haciendo?> <Me estoy rascando. Quiero que te vayas.> <De acuerdo – asintió Jake -, ¡para, para! Parece un terremoto. Está bien, Rachel. Tienes razón. Hemos perdido la batalla.> Chapman entró en el recinto. Yo veía moverse el suelo a mis pies. A través de las rendijas divisaba los bloques de edificios a medio construir. El lugar donde los cinco casi nos morimos de miedo al ver a Visser transformarse en un monstruo y zamparse a Elfangor, el príncipe andalita. Su último grito desesperado todavía resonaba en mi cabeza. Había sido derrotado, como yo. Quizá no había ninguna esperanza, y nosotros estábamos locos por intentar siquiera combatir a los yeerks. <¡Lárgate, Jake!>, repetí. <Muy bien, Rachel. Me voy. ¡Sé fuerte!> <Vale, Jake. Tú también.> <¡Allá voy!> Poco después, Chapman me depositó en el suelo. Esperó al lado de la cesta. Los dos mirábamos fijamente la oscuridad que nos rodeaba. <¿Jake? ¿Jake?> Quería asegurarme de que se había ido de verdad. No hubo respuesta. <¿Jake?, contesta. He cambiado de idea. Quiero que te quedes conmigo. – Sabía que, si no se había marchado, contestaría -. Venga, Jake, he cambiado de idea. ¡Te necesito!> Nada. Se había ido de verdad. Me alegré. Por lo menos, si Jake y los otros sobrevivían, todavía quedaba esperanza. Me sentí terriblemente sola. Entonces, oí que algo grande se acercaba a gran velocidad por el aire. Presioné la cabeza contra la puerta y miré hacia arriba. Vi tres naves aterrizando en el recinto. Dos de ellas eran pequeñas, del tamaño de uno de esos cacharros de los parques de atracciones, un poco más grande tal vez. Me recordaban a dos escarabajos cubiertos con una especie de manto. De los costados y apuntados hacia delante les sobresalían un par de largos espolones dentados exactamente idénticos. Elfangor los llamaba cazas-insecto. La otra nave era mucho más grande. Tenía forma angular, parecida a un hacha de guerra. Era negra y ofrecía un aspecto siniestro. A medida que se acercaba, el miedo se iba apoderando de mí. El gato no estaba asustado, pero yo sí. El gato no tenía ninguna referencia sobre aquella nave. Yo sí. La había visto antes. Elfangor la llamaba nave-espada. Era la nave del mismísimo Visser Tres. Su sola visión provocaba terror. Chapman comenzó a sudar. Yo olía su miedo. Supongo que en realidad me alegraba de que él también estuviese asustado. Quizá Visser se transformaría en un vanarxita y absorbería el yeerk que Chapman tenía instalado en la cabeza. Por lo menos, el auténtico Chapman podría disfrutar de unos segundos de libertad antes de morir. Tal vez el yeerk Chapman sufriría tanto como yo antes de que Visser acabara con él. Tal vez. Es en esas situaciones cuando el gusano del miedo devora tus entrañas. Poco a poco. Empieza por las entrañas y termina perforándote el corazón. Te vas sintiendo hueca. Vacía. Sola. En ti sólo queda miedo, un miedo absoluto. La nave-espada aterrizó entre dos edificios a medio construir. Las otras dos naves se situaron una a cada lado. La imagen no podía ser más irreal: tres naves espaciales junto a las excavadoras de color amarillo y las grúas del recinto. Las excavadoras parecían juguetes al lado de aquellas naves de aspecto mortal. Estaba aterrorizada. Intenté contagiarme del valor del gato, de su indiferencia, pero cuando la puerta de la nave-espada se abrió, el poco valor que me quedaba se esfumó. Únicamente sentí miedo. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Visser Tres en persona es mucho peor que el holograma. Cuando adopta su forma andalita parece casi inofensivo. Los andalitas tienen un aspecto extraño pero no dan miedo. Yo había conocido a un andalita de verdad y podía apreciar la diferencia entre él y la temible bestia que tenía frente a mí en aquel momento. Era como si desprendiera una luz funesta, una luz que te oscurecía la mente. Incluso el subdirector lo temía. Dos guardianes hork-bajir acompañaban a Visser. Ambos llevaban una pistola de rayos dragón. Como si necesitaran armas para protegerse. En realidad, ellos mismos eran auténticas armas. Marco los llamaba picador de carne ambulantes, porque su cuerpo estaba compuesto básicamente por cuchillas. Les salían terribles hojas afiladas de la frente, de los codos y de las muñecas. Los pies eran parecidos a las garras de Tobias, sólo que mucho más grandes, como los de un tiranosaurio. Medían unos dos metros de altura y tenían una cola plagada de púas. El príncipe andalita nos dijo que los hork-bajir eran buena gente, pero que habían sido sometidos por los yeerks, que pretendían hacer lo mismo con los humanos. En cualquier caso, resultaba difícil observarlos sin sentir un escalofrío. Detrás de los hork-bajir venían cuatro taxxonitas. Imaginaos un ciempiés, sólo que dos veces el tamaño de un hombre. Imaginaos que el ciempiés mantiene erecta la tercera parte de su cuerpo, y que por la parte inferior le sobresalen unas patas tan afiladas como clavos de acero, y por la parte superior, conforme se aproximan a la cabeza, esas patas disminuyen en tamaño y terminan en una especie de pinzas. No tienen una cabeza propiamente dicha. En su lugar tienen una especie de globos oculares separados entre sí, cuatro para ser exactos, que parecen hechos de gelatina roja. En la parte más superior se puede distinguir una boca circular compuesta por filas y filas de pequeños dientes. Elfangor nos informó de que éstos eran portadores voluntarios, o sea, que son aliados de los yeerks. Sin embargo, a pesar del aspecto ofrecido por los hork-bajir y los taxxonitas, era Visser Tres el que más pavor infundía. Sin el mecanismo de holograma, Visser se comunicaba como lo hacían los andalitas, es decir, a través del pensamiento, tal y como lo hacíamos nosotros cuando nos transformábamos. <¿Es éste el rebelde andalita?>, preguntó a Chapman. – Sí, Visser. Visser Tres se adelantó muy despacio. Parecía el resultado de un cruce entre un ciervo, un humano y en escorpión. Me miró fijamente con sus ojos principales mientras que con las antenas vigilaba la zona. Acercó la cara a la cesta. Yo también lo escudriñaba. Veía las ranuras que hacían la vez de nariz abrirse y cerrarse para respirar y cómo estrechaba sus enormes ojos alargados para observarme mejor. Se hallaba a sólo unos centímetros de mí. Podía haber intentado sacar las uñas y darle un buen zarpazo a través de los barrotes, pero el miedo se apoderó de mí. No me da vergüenza admitirlo. No fui capaz de sostenerle la mirada, así que me retiré. Me aterrorizaba mirarlo. <¿Dónde está tu valor, mi querido andalita?>, su burló Visser. Era la primera vez que uno de nosotros hablaba directamente con Visser. Su voz resonaba en mi cabeza, amenazadora, cruel y monstruosa más allá de cualquier descripción. Era un voz poderosa y llena de odio. Cuando me llamó andalita, estuve a punto de explotar y decirle la verdad: – No, Visser, no, no soy un andalita. ¡Soy humana! Casi podía notar su fuerza subyugándome. Era consciente de que jamás sobreviviría a sus preguntas. Me vería obligada a confesarle todo. Lo percibía mil veces más poderoso que yo. Desplegaba una energía inmensa, irresistible. Yo no era más que una niña, una niña imprudente que se hallaba totalmente indefensa. A medida que mi propia mente se replegaba ante aquel terror absoluto, otra ocupaba su lugar. No estaba sola. Había otra cabeza en mí. Alguien en cuyos recuerdos no había imágenes de Visser. Se trataba de Fluffer. En la mente del gato también había miedos, pero eran de otro tipo. A Fluffer le asustaban las aves rapaces, los perros agresivos y los gatos machos dominantes. En cambio, no se había dejado impresionar lo más mínimo por Visser Tres. Al borde del pánico, dejé que la mente de gato me dominara, mientras me protegía tras el cerebro del animal. Visser agarró la cesta. La levantó para poder verme mejor. ¿Y qué es lo que hice yo? ¿Qué es lo que hizo Fluffer? Pegó su naricilla rosa a los barrotes y husmeó el aire. Quería saber qué era aquella cosa, y para hacerlo qué mejor que utilizar su olfato. <Me recuerda a aquella criatura naranja y negra que nos atacó en el estanque>, observó Visser. Enseguida supe a qué se refería: a Jake. Jake se había transformado en tigre cuando invadimos el estanque. – En efecto, Visser – corroboró Chapman -. Todos ellos pertenecen a la misma familia de animales, los felinos, sólo que éstos son los más pequeños. <Si no recuerdo mal, heristeis a mi sirviente Iniss dos dos seis, andalita – me dijo Visser -. Está claro que no le teméis a nada. Los andalitas sois una raza de soñadores, pero valor no os falta.> ¿Qué quería que le contestase? ¿Gracias? <¿Por qué no me respondes, andalita? Sé que puedes oírme. Esta farsa es absurda. Sé quién eres.> No respondí. Intentaba no pensar. Temía que, si lo hacía, se diera cuenta al instante de que yo no era un andalita. Y si descubría mi auténtica identidad…, entonces, pondría en peligro a los demás. Tenía que permanecer en aquel cuerpo hasta la muerte y llevarme el secreto conmigo. <Bueno – continuó Visser -, ¿dónde está la niña? Se la había prometido a Iniss cuatro cinco cinco, un descendiente tuyo. Vamos a realizar la implantación en la nave nodriza. Te la devolveré mañana. ¿Dónde está?> – Visser, yo… – se defendió el subdirector. En menos de un segundo, la amabilidad de Visser se esfumó. Ni mis ojos de gato fueron capaces de seguir los rápidos movimientos de Visser. Éste agarró del cuello al pobre Chapman y arqueó su cola de escorpión hasta acercar el aguijón al rostro del hombre. <¿Me estás desafiando?> Su voz recordaba a la de una serpiente. – N-n-no, Visser. – Chapman temblaba como una hoja -. Nunca haría eso. Es-es… mi portador, Chapman. Él y su mujer se rebelaron. <¿Acaso no puedes controlar a tu portador? – se burló la bestia -. ¿Es que crees que la mente andalita que aún habita en mi cuerpo nunca se resiste? ¿Piensas que tu portador humano es más poderoso que mi portador andalita?> Las cosas no marchaban nada bien para ninguno de los dos Chapman: el auténtico y el controlador. – Visser, yo sólo te informo de los hechos. T-t-tengo controlado a mi portador, pero debo estar en continuo contacto con los humanos. Ocupo un puesto de relevancia en su sociedad. No puedo permitir que mi portador me obligue a temblar y a sufrir convulsiones de vez en cuando porque para los humanos eso es un síntoma de una enfermedad mental. Podría perder mi puesto, y entonces ya no te sería de ninguna utilidad. <La verdad es que ahora tampoco me sirves de mucho>, replicó Visser. – Visser, mi portador ruega hablar contigo directamente – anunció Chapman. Visser Tres dudó por un momento. Vi cómo sus antenas hacían un reconocimiento de los alrededores para comprobar que no había ninguna señal de alerta. Instintivamente, hice lo mismo. No había forma de saber cuánto podían ver los ojos andalitas de Visser en las sombras. Pero desde luego, para mí no representaba ningún problema. Miré; ni siquiera sabía qué era lo que buscaba. Allí estaban los hork-bajir, los taxxonitas y las naves yeerks, silencio y oscuridad, los edificios y todo el equipo abandonado del solar en obras. Entonces percibí un ligero movimiento en el bosque que limitaba el recinto con la parte exterior. Fue un movimiento rápido, de aquellos que sólo mis ojos de gato eran capaces de captar. Miré más fijamente, pero no noté nada. Probablemente sería uno de los hork-bajir haciendo guardia. <¡Adelante!, que hable el portador>, aprobó Visser. Estiré el cuello tanto como pude para ver mejor. Durante un rato, nada ocurrió. De repente, Chapman flojeó. Parecía una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos. Se desplomó sobre el suelo. Las piernas se le doblaban al intentar ponerse de pie. Era incapaz de conseguir que sus piernas le obedecieran. Primero, le temblaban y después se le doblaban. Al final, desistió en el intento. – Fisser – balbuceó -, Fisser Tes. Per… perdón. Visser. Visser Tres. Al auténtico Chapman le habían arrebatado hacía tanto tiempo el control de su propio cuerpo que casi había perdido la capacidad de hablar y de moverse. – Visser Tres – prosiguió. Su voz sonaba extraña, como si le costara articular las palabras. <¡Habla de una vez, idiota! – le urgió Visser -. ¿Crees que tengo todo el tiempo del mundo para ti?> – Visser Tres, hicimos un trato. Sabes que yo nunca quise convertirme en un controlador. Fue idea de mi mujer. Yo me negué. Luego, mi esposa dejó de ser mi esposa…, ya sabes. – De repente, empezó a llorar. Yo alcanzaba a distinguir sus lágrimas con claridad -. Mi mujer, que ya no era mi verdadera esposa…, mi mujer, una de tus criaturas, me amenazó con… con entregar a mi hija. Yo la perdono. – Chapman consiguió alzar una de sus torpes manos -. La perdono porque ella es débil y tú te aprovechas de los seres débiles. <Bueno, bueno, ve al grano>, le interrumpió Visser. Un hork-bajir se acercó, susurró algo al oído de Visser y volvió a su puesto. Me resultó imposible oír o entender nada de lo que le había dicho, pero al parecer le recordaba al jefe que no era aconsejable permanecer allí mucho más tiempo. – Lo que quiero decir – continuó Chapman -, es que la única condición que yo exigí al aceptar convertirme en un portador… – Parecía a punto de vomitar -. La única condición que puse para renunciar a mi libertad, llevar esta cosa asquerosa en mi cabeza y someter a tu control, la única condición, repito, fue que mi hija nunca fuera portadora. Casi se me para el corazón. ¿Chapman se había convertido en controlador para salvar a Melissa? ¿Había renunciado a algo más importante que su propia vida por salvar a su hija? <La situación ha cambiado – replicó Visser Tres -. El humano Chapman constituye una pieza esencial en nuestro proceso. No podemos permitir que peligre su integridad por culpa de un humano no dominado.> – La niña, Melissa, no supone ninguna amenaza, pero… – Chapman intentó incorporarse de nuevo. Sus piernas apenas le respondían y sus brazos realizaban movimientos torpes. Alcanzó a ponerse de rodillas y, muy despacio, logró ponerse de pie. No dejaba de balancearse y temblar, pero por fin lo había conseguido. -La niña no representa una amenaza – repitió con una voz más segura y más firme, – pero yo sí. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] <¿Tú? ¿Una amenaza?> Visser Tres se echó a reír. Estiró un brazo y empujó ligeramente a Chapman por el pecho, que cayó de espaldas al suelo. Su cabeza quedó a tan sólo unos centímetros de la pequeña puerta de la cesta. Un río de lágrimas corría por una de sus mejillas. – Si haces daño a mi hija, lucharé contra ti. Te perseguiré toda mi vida. Pregúntale a tu yeerk si digo la verdad, él me conoce mejor que nadie. Pregúntale a Iniss dos dos seis si lucharé por mi hija. Chapman cerró los ojos. Las lágrimas cesaron. Luego, abrió los ojos, se levantó rápidamente del suelo y se acercó a Visser. El gusano yeerk se había hecho con el dominio. De nuevo, era un controlador. Antes de que se incorporara, vi algo que me estremeció: el reloj de Chapman marcaba casi las nueve y media. Quedaban apenas diecisiete minutos para que se cumpliesen las dos horas de límite. <¿Crees que el portador te puede crear problemas?> – Sí, Visser. Y la mujer también, aunque ella no es tan fuerte como él. Sin embargo, fue capaz de dominar una mano. Quizás sea más fuerte de lo que imaginamos. – Vaciló un momento antes de continuar. Yo podía oler su miedo -. Serviría mejor a tus planes si tuviera un portador pasivo, voluntario. Pero yo sólo soy un instrumento de tu inmenso poder, Visser, y haré lo que tú ordenes. <Sí, por supuesto que harás lo que yo ordene – repitió Visser -. Me has traído el rebelde andalita. – Hizo un gesto de aprobación con la cabeza -. Esto me llevará algo de tiempo. Olvídate de la niña por ahora y márchate antes de que acabes con mi paciencia.> Y antes de que se lo repitiera, el subdirector montó en el coche y arrancó. Melissa estaba a salvo. Tener a Chapman como padre era su mejor garantía. No todo había sido inútil. <¡Muévete!>, gritó Visser. Vi al hork-bajir responder de inmediato a su orden. El que tenía más cerca agarró la cesta y nos dirigimos rápidamente hacia la nave-espada. En pocos segundos, todo habría terminado. A bordo de la nave de Visser, abandonaríamos la Tierra. Me esperaba un futuro de inmenso sufrimiento. Quizá conseguiría morir antes de delatar a mis amigos. ¡Vaya un consuelo! <Bueno, ¿qué pasa ahora?> – ¡Miaauuu! – Salté y me di la vuelta en la cesta del susto -. <¿Jake? ¿Eres tú?> <¿Quién si no? ¿Conoces a otra pulga parlante que se haya instalado en tu lomo?> <¡Jake! ¡Se suponía que tenías que saltar y ponerte a salvo!> <Claro, claro, ¿pero es que de verdad pensabas que iba a abandonarte? He oído el pensamiento de Visser, pero no sé dónde estamos.> <Estamos a unos tres metros de la nave de Visser, a punto de embarcar, y a mí me faltan unos quince minutos para quedarme atrapada para siempre en este cuerpo.> <¿Quince minutos? ¡Fantástico! Si a ti te quedan quince minutos, a mí no me quedarán más de diez porque yo me transformé antes que tú, ¿recuerdas?> <Jake, ¡lárgate o serás una pulga el resto de tu vida!> La puerta de la nave se deslizó suavemente hasta quedar completamente abierta. Una luz roja oscura provenía del interior. Un puñado de taxxonitas se hallaban al mando de lo que parecían ser unos paneles de control. Un hork-bajir se presentó ante Visser. <Yo no voy a irme – aseguró Jake -. Ninguno de nosotros se irá con ellos.> <¿Qué? ¿Quieres decir que los demás también se han convertido en pulgas?> <No, pero andan por aquí. Tobias nos iba a seguir para que los otros supieran dónde estábamos.> <No pueden hacer nada.> <¿Ah, no? Eso ya lo veremos, por lo menos lo intentarán.> Justo en ese momento, oí un ruido extraño. Mi cerebro de gato no lo reconoció, pero yo sí. Era un motor, un motor enorme, tenía que pertenecer a un camión, o un tractor o… A una excavadora. El hork-bajir que me llevaba también lo oyó. Corrió hacia la nave y me arrojó al suelo. Luego, retrocedió hasta la puerta, donde se encontraba Visser. <Creo que han puesto en marcha una de las excavadoras>, le informé a Jake. <Entonces ha llegado el momento de entrar en acción – anunció Jake -. Voy a intentar una doble metamorfosis. Espero que funcione. ¡Allá voy!> A través de la puerta abierta de la nave, divisé la excavadora. Avanzaba pesadamente, muy despacio, pero directa hacia la nave principal. <¡Despegad!>, ordenó Visser con toda la potencia de su cerebro. El taxxonita que tenía más cerca respondió algo incomprensible en su idioma que sonaba como el siseo de una serpiente. Algo así como: – Sssree shway snerp snerrrup ssreet. <¿Dos minutos para despegar? ¡Eso es demasiado!>, sentenció Visser. Entonces fustigó su cola de escorpión contra el taxxonita y lo abrió en canal. Una sustancia viscosa verde amarillenta brotó de su cuerpo. Los otros taxxonitas parecieron alegrarse. No cesaban de mover sus extremidades superiores al tiempo que chasqueaban sus pequeñas pinzas. <Tú y tú. – Visser señaló a dos de ellos -. ¡Haced que la nave despegue! Los demás, os podéis comer a vuestro compañero.> El taxxonita herido emitió un quejido desgarrador. Tres seres de su misma especie se abalanzaron sobre él. Sus bocas circulares buscaban con avidez la carne temblorosa del compañero y empezaron a arrancarle la piel y a comérselo. El sonido del motor se escuchaba cada vez más cerca. Visser Tres daba órdenes sin cesar. Un hork-bajir entró como un rayo y volvió a salir. De pronto, algo inesperado ocurrió en uno de los rincones oscuros de la cabina, un poco más allá del frenético banquete taxxonita. Algo empezó a surgir de la nada. Era un humano. <¡Jake!> <Ahora no tengo tiempo para hablar.> Visser Tres había montado en cólera. Casi se podían sentir las oleadas de furia que irradiaba por toda la nave. <¡Destruid esa máquina!>, ordenó la bestia. Afuera, los dos hork-bajir apuntaron con sus armas a las cinco toneladas de acero que se aproximaban implacables. Jake todavía permanecía en el rincón, aunque estaba ocupado en una nueva metamorfosis. A través de la oscuridad, mis ojos de gato podían distinguir unas rayas negras sobre un fondo naranja. Eran las rayas de un tigre. Había llegado el momento de actuar. Me concentré y empecé a sentir el cambio. La cesta se me quedó demasiado pequeña. ¡BUM, BUM, BUM! La excavadora se acercaba. El taxxonita agonizante no cesaba de chillar mientras sus compañeros lo devoraban vivo. De repente, vi una luz roja muy brillante y oí un ruido sobrecogedor. La excavadora había sido desintegrada. El corazón me dio un vuelco. ¡Marco! ¡Cassie! ¿Habrían tenido tiempo de escapar? Tenía que concentrarme para ignorar los gritos del taxxonita. Tenía que dejar de preocuparme por si Marco y Cassie se encontraban en la excavadora cuando fue alcanzada y controlar la transformación. Cuidado, Rachel, cuidado. No debía convertirme en humana, al menos no del todo. Dirigí la vista hacia mis patas, de las que habían brotado unos dedos cortos y achaparrados que se colaron fácilmente entre los barrotes y alcanzaron el pestillo. Uno de los taxxonitas que se estaba dando el gran festín con su compañero levantó la vista justo en aquel momento. – ¡Yeerss srenn ssseere! – exclamó mientras me señalaba con sus espantosas patas delanteras. Visser Tres se giró y me dirigió una mirada feroz. Al fin conseguí abrir la puerta de la cesta. – ¡Grrrrrghhhh! – Jake atravesó el aire de un salto con las uñas extendidas. Yo escapé de la cesta. Era una mezcla de masa peluda y piel, mitad gato, mitad humano. <Ahora te vas a enterar, ¡bestia inmunda!>, gritó Jake al tiempo que le asestaba un buen zarpazo a Visser en un costado. Visser rodó por el suelo con el tigre. Agitó su cola mortal pero falló. Jake le desgarró la carne con las zarpas, infinitamente más grandes que las mías. <¡Aaaaarghhh!> Era un auténtico places oír gritar de ese modo a Visser. Claro que yo tenía otras cosas en qué pensar. No podía maniobrar en aquel estado, con la transformación a medio hacer. Me concentré para recuperar mi forma de gato. Quedaban pocos minutos. Jake dejó a Visser en cuanto vio aproximarse a un puñado de hork-bajir que corrían en su ayuda. <¡Larguémonos!>, gritó Jake. <¡Sí, vámonos de aquí!>, contesté. Echamos a correr. Yo había recuperado totalmente la forma de gato y corría a una velocidad que sólo el humano más rápido habría alcanzado. Por desgracia, los hork-bajir eran mucho más veloces. Por suerte, Jake era más rápido que ellos en distancias cortas, lo suficiente como para superarlos, pero sabía que mi amigo no me abandonaría. Jake se dio la vuelta y se lanzó contra el hork-bajir más cercano. Vi una enorme bestia, de rayas negras y naranjas, pasar por encima de mi cabeza. El hork-bajir quedó estampado contra el suelo. <¡Sal de aquí, Rachel! ¡Eres demasiado pequeña para enfrentarte a esos bichos!> Uno de ellos estaba a punto de darme alcance. Corría más que yo. ¡Mucho más! Giré bruscamente a la izquierda, y el monstruo aquel me sobrepasó. Giré de nuevo. Mis pobre patas derraparon en la arena. El hork-bajir intentó atraparme, pero falló. Algo se había puesto en movimiento. Algo grande, porque el suelo retumbaba. ¡Era otra excavadora! La máquina avanzaba y sus bandas de rodaje emitían un chirrido ensordecedor al girar. ¡Marco y Cassie habían puesto en marcha otra excavadora! Me dirigí a toda velocidad hacia uno de los edificios a medio construir que me quedaba más cerca. Tenía que esconderme para volver a mi estado natural. Se agotaba el tiempo. Unos pocos minutos más y me quedaría atrapada en aquella forma para siempre. Vi un agujero negro y me precipité a su interior de un salto. Me encontré en una especie de pasadizo que conducía a un sótano poco profundo. El techo era de cemento y estaba a un metro aproximadamente del suelo. ¡Estaba a salvo! A salvo y con espacio suficiente para volver a mi estado natural. Intenté concentrarme a pesar de los rugidos y chillidos alienígenas procedentes del exterior. También oí el ruido de la excavadora y el sonido que producían las pistolas de rayos dragón al ser disparadas. “Humana – me decía a mí misma -, transfórmate en humana. ¡No te queda tiempo!” Entonces, sentí una especie de temblor, y al rato, otro, y otro más. Parecía como si un gigante hiciera vibrar la tierra a su paso. Las enormes pisadas cesaron y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era incapaz de pensar y mucho menos de transformarme. ¡BUM! ¡BRABARABUUUUM! Una avalancha de gigantescas columnas de piedra cayó a mi alrededor, destrozando sin contemplaciones las paredes de cemento que me protegían como si fueran de cartón. Me quedé al descubierto. No tenía escapatoria. A mi lado y enarbolando una de las paredes de cemento había una terrible bestia que parecía estar hecha de roca viviente. <¡No escaparás tan fácilmente!>, amenazó Visser Tres. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Había llegado el fin. Estaba perdida. Nada podría frenar a aquella bestia en la que Visser se había transformado. Medía unos seis metros de altura, casi igual que un poste telefónico. Tenía tres piernas, todas ellas tan grandes como una secuoya. Su cabeza, sin embargo, era bastante pequeña en comparación, no sobrepasaría en tamaño a la de un humano. Si no fuera por los destrozos que provocaba a su paso, su aspecto podría considerarse divertido. Con sus largos y potentes brazos iba rasgando el cemento. Incrustaba sus dedos en él y lo iba deshaciendo en largas tiras que arrojaba por encima de su cabeza. Una de ellas aplastó a uno de los hork-bajir, que murió al instante. Visser no se enteró, aunque quizá tampoco le importara en absoluto. Eché a correr. ¡BUM!, una de las enormes manos de Visser se interpuso en mi camino. La esquivé y corrí en dirección contraria. ¡BUM!, la otra mano me cortó la huida al caer delante de mis narices como una losa. ncluso mi parte de gato sabía que el esfuerzo era inútil. Visser Tres me observó con sus diminutos y brillantes ojillos. Intentó atraparme, juntando las manos en forma de cuenco. Era como si de repente estuviese rodeada por un muro. El monstruo vaciló y… ¡BUM! Sin pensármelo dos veces, me encaramé a aquella pared de unos dos metros de altura. Creedme, con el miedo que tenía hubiera saltado incluso más alto. Por el rabillo del ojo, vi lo que había pasado. La excavadora había avanzado y se había estrellado contra uno de los cazas, que había explotado. <¡Aaaaaaahhh!>, rugió Visser Tres, ciego de ira. Desde luego, casi sentía compasión por aquellos infelices hork-bajir y taxxonitas que debían haber evitado que algo así sucediera. Corrí por encima de la pared, que estaba llena de agujeros y sólo medía unos pocos centímetros de ancho. Era mucho peor que la barra de equilibrios de la clase de gimnasia. Iba lo más deprisa que un gato espantado podía ir. <¡Os voy a matar! ¡Pandilla de idiotas!>, les gritó Visser. Yo confiaba en que aquello lo distraería y lo haría olvidarse de mí, pero oí de nuevo el estruendo de sus pisadas y en pocos segundos ya me había vuelto a dar alcance. Su enorme mano venía hacia mí. Había una altura de tres metros y el suelo estaba cubierto de trozos de hierro cortante y oxidado. No tenía otra opción, así que salté. O me estampaba contra los hierros punzantes o aquella mano terrible me agarraría. De repente, sentí que algo me sujetaba por la espalda con brusquedad y me elevaba por los aires. <¡Vaya!, Rachel, la próxima vez que te conviertas en gato elige uno que no esté tan rellenito.> ¡Tobias! <Te acerco a esos árboles, ¿vale? Ya no puedo más.> <¡Tengo que transformarme! ¡Se me está acabando el tiempo!> Volamos hacia los árboles. Tobias luchaba por mantener el equilibrio. Yo sabía que mi amigo estaba llegando al límite de su resistencia. <¡Suéltame ahora!> Me precipité al vacío pero, por suerte, Tobias me soltó justo encima de los árboles y, gracias a mi cola, que se iba enganchando en las ramas, frené la caída. Cuando por fin aterricé sobre una rama, ¡bum!, ésta se quebró y todo lo que pude hacer fue clavar las uñas en la corteza. Aterricé sobre un colchón de hojas secas cuando ya había comenzado la metamorfosis. A través de los árboles veía a la enorme bestia de piedra fuera de sí. Los pocos hork-bajir que habían logrado sobrevivir saltaban por los aires como si fueran juguetes y los taxxonitas quedaron aplastados bajo la gigantesca pisada del monstruo. <Creo que le ha sentado un poco mal que hayamos conseguido escapar.> – ¿Y Jake? ¿Y los demás? – pregunté -. ¿Están a salvo? <Sí, todos están bien. Jake no ha tenido problemas de tiempo porque antes de transformarse en tigre, se volvió a convertir en humano. A Marco se le han chamuscado un poco las plumas, pero está bien. Y Cassie también.> Me desplomé sobre el suelo. Había conseguido escapar. Había sobrevivido. Sabía que tenía que estar agradecida, pero sólo sentía un profundo cansancio. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Melissa vino a la clase de gimnasia. Todavía seguía viva. Todavía seguía libre. Yo actué como si nada mientras me ponía las mallas y empezaba a hacer ejercicios de calentamiento. Observé cómo abría su taquilla y sacaba el sobre. Lo rasgó y leyó las palabras que yo misma había escrito. “Melissa, tu padre te quiere mucho más de lo que te imaginas, mucho más de lo que aparenta. Firmado: alguien que lo sabe.” Lo había hecho con el ordenador para que no reconociera mi letra. No sé, tal vez fueran figuraciones mías, pero aquel día mi amiga parecía estar más concentrada. Mi madre me vino a recoger y me llevó a casa. Un poco más tarde había quedado con los otros. No nos habíamos visto desde hacía un par de días, desde el último episodio en el solar abandonado. Supongo que necesitaba relajarme un poco y pensar en otras cosas. – ¿Cómo está Melissa? – preguntó Cassie. – Le he escrito una nota – le confesé al tiempo que me encogía de hombros. Les expliqué el contenido -. Sí, ya sé que es muy arriesgado, Jake. Y que soy una sentimental, Marco, tienes razón, pero no me importa. Chapman hizo todo lo posible para evitar que convirtieran a su hija en portadora de yeerks. Era mi deber hacer algo por él. – No te preocupes – me tranquilizó Jake -, quizá sirva de algo. Cassie me sonrió. Sabía que estaba orgullosa de mí. Marco puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. – Bueno, hemos destruido un caza de los yeerks. Hemos conseguido que Visser se ponga muy nervioso. Hemos… – … hemos logrado salir con vida – terminó Marco. – Sí, eso también – añadió Jake con una sonrisa -. Es un detalle a tener en cuenta. – La próxima vez, iremos a… – observé. – ¿La próxima vez? – me interrumpió Marco fingiendo una mueca de espanto. <Habrá una próxima vez – anunció Tobias -. Habrá una próxima vez cuando regresen los andalitas.> [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

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