#5 El depredador

Sinopsis:

Marco nunca ha querido ser un animorph. La facultad de transformarse en animal no le convence, prefiere vivir tranquilo. Jake, Rachel, Cassie y Tobias saben por qué piensa de este modo.
En realidad está preocupado por su padre, que es el único familiar que le queda. Pero está apunto de cambiar de parecer. Le espera una sorpresa. Desagradable, seguro. Ahora Marco tendrá una razón por la que luchar.

Datos del libro:

El libro tiene 24 capítulos que ocupan 142 páginas.

En El Depredador, conoceremos a Visser Uno, quien inició la invasión en la Tierra: El primer Yeerk en llegar a ella, el primer Yeerk en infestar a un ser humano y el Yeerk que fundó la Alianza, bajo el nombre de David Altman. Toda su historia la tendréis traducida pronto en la ficha de Visser.

No se dan a conocer nuevas especies alienígenas en este libro.

Los chicos adquieren las siguientes formas:
Marco se transforma en una Langosta(7) casi cocida y en una hormiga(8).
Jake, igual, una langosta(10) y una hormiga(11) casi autónoma.
Rachel, casi muere como Hormiga(9) también. Cassie, pues igual, otra hormiga(8) también.
Y Ax, se lanza a la aventura de las formas en este libro: Acompaña a Marco y a Jake en el problema de la langosta(3), tiene su experiencia terrorífica con las hormigas(4) y se lanza a los aires como aguilucho(5).

CAPÍTULO 1 Me llamo Marco. Me gustaría deciros mi apellido y dónde vivp, pero no puedo, de verdad. Ojalá pudiera decir que me llamo Marco Williams o Vasquez o Brown o Anderson o McCain. Marco McCain. Me gusta como suena. Pero ése no es mi apellido. Ni siquiera me atrevería a jurar que me llamo Marco. Veréis, no quiero morir joven y, desde luego, no se lo voy a poner fácil a los yeerks, que están deseando encontrarnos a mí y a mis amigos. Mi vida es una paranoia. Vale, es verdad que yo ya soy un poco paranoico, pero es que tengo enemigos. Sí, sí, enemigos de verdad. Creedme, se os pondrían los pelos de punta si supierais lo que está ocurriendo. Así que, como podéis suponer, me encantaría deciros mi apellido, mi dirección y hasta mi número de teléfono, porque eso significaría que ya no tengo enemigos, que mi vida habría vuelto a la normalidad y que ya sólo tendría que ocuparme de mis propios asuntos. De hecho creo que lo que todo el mundo tendría que hacer es ocuparse de sus propios asuntos. Por eso lo que me sucedió el otro día resulta aún más alucinante. Volvía a casa con unas cuantas cosas que acababa de comprar en el 7-Eleven: leche semidesnatada, una barra de pan y una bolsa de M&M’s. Desde que murió mi madre, muchas veces me toca a mí hacer la compra. Y como el 7-Eleven no está en un barrio muy tranquilo, precisamente, caminaba deprisa, concentrado en mis cosas, y procurando no pensar en que eran más de las diez de la noche. Oí unas voces. -Por favor, no me hagáis daño, no me hagáis daño. Era la voz de un anciano y parecía proceder de un callejón oscuro. Vacilé y me detuve. Me arrimé a la pared para escuchar mejor. Los ladrillos del edificio estaban fríos -Dame la pasta, viejo, y no te haré nada –amenazó otra voz, más joven y tajante. -¡Te he dado todo lo que llevaba! –Se quejaba el anciano. El ratero contestó algo que no voy a repetir, pero que dejaba a las claras su intención de golpear al anciano. Fue entonces cuando oí más voces. Eran tres contra uno. Aquello no pintaba nada bien para el pobre hombre. “No es asunto tuyo –me decía a mí mismo-. No te metas en lo que no te importa. No seas tonto.” Tres gamberros contra un pobre hombre indefenso, y seguro que además eran tres tíos enormes. Yo no es que sea Arnold Schwarzenegger, ni siquiera tengo la media de altura para mi edad, aunque, eso sí, soy muy guapo. Una cosa compensa la otra. ¿Cómo podría describirme?: encantador, ingenioso, modesto. Sin embargo, estaba seguro de que a aquellos tres gamberros no les iba a impresionar lo más mínimo con mis encantos físicos. Por suerte, tenía otros recursos- Hacía tiempo que no adoptaba esta forma en concreto, pero, al poco de concentrarme, empecé a notar los cambios. Me deslicé sin ser visto por la boca del callejón y me escondí en la sombra de un contendor. Lo primero que apareció fue el pelo. Empezó a crecerme en brazos y piernas, y después se extendió por el resto del cuerpo. Era un pelaje negro, grueso, duro y desigual. En los brazos, la cabeza y la espalda era mucho más largo que en el resto del cuerpo. La mandíbula se me proyectó hacia delante y oí el chasquido de los huesos de mi boca al estirarse. El ADN del animal había empezado a hacer efecto y la metamorfosis se iba produciendo poco a poco. Cuando experimentas una transformación, no sientes dolor. Asusta un poco, pero no duele. Comparado con los otros animales en los que me e convertido, éste no estaba mal del todo. Por lo menos tenía brazos y piernas, no como cuando me transformé en águila pescadora o en delfín. Cuando era delfín, por ejemplo, tenía que respirar por un orificio que tenía en la parte superior de la cabeza. Sin embargo, esta vez tenía brazos, sólo que mucho más grandes que los míos. Las piernas se me doblaron un poco hacia delante y mi espalda se ensanchó tanto que tenía la sensación de llevar un par de cerdos sobre los hombros. Mi barriga había aumentado hasta convertirse en una enorme panza redonda y mi pecho parecía recubierto de cuero. Mi rostro parecía una máscara de goma protuberante y negra, y los ojos apenas se me distinguían bajo aquellas cejas tan pobladas. Me había convertido en un gorila. Hay algo que debéis saber sobre el gorila. Es uno de los animales más apacibles del mundo. Si nadie los molesta, se dedican la mayor parte del tiempo a comer hojas tranquilamente sentados. Así que eso era lo único que la mente del gorila quería hacer en aquel momento: sentarse y comer hojas, o tal vez alguna fruta. Pero mi mente también estaba dentro del animal y había decidido darles una buena lección a esos gamberros. Mi peso rondaba los doscientos kilos y poseía una fuerza incalculable. Para que os hagáis una idea, comparado con un gorila, el ser humano está hecho de palillos. No es que le doble en fuerza, es que quizá cuatro, cinco o seis veces más fuerte que él. Al final del callejón, a los matones se les estaba agotando la paciencia. -Vamos a darle una buena paliza –propuso un de ellos. Entonces decidí entrar en escena y, para llamar su atención levanté uno de los contenedores más grandes y lo arrojé contra la pared del fondo. ¡CRAH! ¡BUM! -¿Qué ha sido eso? -¡Mirad! ¡Allí! ¿Qué demonios es eso? -¡Dios! Parece… parece un… un mono. “¿Un mono? –pensé -. ¿Cómo que un mono? Te voy a dar a ti mono.” Arañaba el suelo con los nudillos, mientras mis piernas adoptaban la postura adecuada para impulsarme hacia delante. Antes de que pudieran reaccionar, les ataqué. Si aquellos gamberros hubieran tenido dos dedos de frente, habrían echado a correr, pero no lo hicieron. -¡Atrapadlo! –gritó uno de ellos. Con uno de mis puños lo agarré del brazo, lo levanté por los aires y lo lancé hacia atrás. -¡Aaaaahhhh! ¡BUM!, aterrizó con un gran estruendo. Los otros dos me embistieron, uno por cada lado. Vi los destellos de un cuchillo y sentí una punzada de dolor en el brazo. La cuchilla me había rozado. -¡Ooorrrghhh! –bramé como lo haría un autentico gorila. Con el brazo herido le asesté un buen golpe en el pecho al tipo del cuchillo, que salió volando contra la pared. Agarré al tercero por el pescuezo y lo arrojé al interior del contenedor. -¡No! ¡No me maaates! –logró articular justo antes de caer dentro. Mi intención no era matar a nadie. Recogí al del cuchillo y lo deje caer al contenedor para que hiciese compañía a su amigo. Tenía problemas para respirar pero supuse que ya se le pasaría. “¡Ajá! –pensé-. ¿Quién necesita a Spiderman estando yo aquí?” Entonces, cuando más entusiasmado estaba, oí un sonido muy característico: alguien había cargado una pistola. Me di la vuelta. ¡BLAM! ¡BLAM!, el primer tipo que había arrojado hacia atrás se había incorporado y me apuntaba con un arma automática. Yo era grande y fuerte, pero no podía hacer nada ante una pistola. Jamás hubiera imaginado el estruendo que producen esos cacharros. Los disparos hacen un ruido de mil demonios. -¡Venga, acércate ahora, hombre-mono, que tengo algo para ti! Me escondí detrás del contenedor. Apoyé mi espalda contra él y de un golpe seco lo mandé rodando hacia el tipo de la pistola. -¡Aaaahhhh! ¡BUM! Aquél ya no daría más la lata. Comprobé el resultado final, el tipo estaba vivo, no muy contento pero vivo, y la pistola había desaparecido. “Muy bien Marco –pensé-, te ha salido bien la jugada. Ahora, busca un sitio para volver a tu estado natural, llama a la policía para que arresten a esta gentuza y vete a casa, todavía llegas a tiempo para ver algo interesante en la tele.” -¡La… la… lárgate de aquí, monstruo! El anciano por el que yo había arriesgado la vida estaba frente a mí con el rostro enrojecido y temblando de miedo. “Vaya –pensé-, así que ahí es donde ha ido a para la pistola.” El viejo me estaba apuntando con el arma. -¡Atrás, maldito bicho! ¡No te acerques! ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! Salí como un rayo del callejón en medio de una tormenta de balas. Esta historia demuestra por qué nunca debes meterte donde nadie te llama. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[b]

CAPÍTULO 2 -Y entonces me convierto en gorila, ¿vale? Y salvo al abuelo. Soy un héroe, una especia de Spiderman o de Batman. -O el Chico Gorila –interrumpió Rachel y dio una voltereta sobre la hierba mullida mientras atravesábamos el campo. Rachel practica gimnasia en su tiempo libre. La verdad es que resulta chocante que alguien sea capaz de dar una voltereta y hablar al mismo tiempo. Era el día después de mi heroica intervención- Jake, Cassie, Rachel y yo habíamos quedado en la granja de Cassie para dar un paseo por los campos y admirar las florecillas silvestres. Tobias volaba unos tres metros por encima de nosotros. El cielo estaba azul y salpicado de relucientes nubes blancas. -¿Y qué ocurre cuando más metido estoy en mi papel de Capitán América? –añadí-. El abuelo me apunta con la pistola y yo me quedo sin carón de leche y sin bolsa de Lacayitos. -Marco –replicó Jake con expresión preocupada-, esta muy bien lo que hiciste por el anciano, pero no deberías haberte transformado en gorila. Vosotros, sí, vosotros, los que estáis leyendo esto, seguro que estaréis pensado: “¡Ey!, Marco, no tan deprisa. Has pasado por alto un par de detalles, ¿no? Por ejemplo, ¿te importaría explicarnos cómo es que puedes convertirte en gorila?” Buena pregunta, sí señor. Todo sucedió en una oscura noche, cuando volvíamos del centro comercial a casa. Éramos cinco. A mí ya me conocéis. Jake es mi mejor amigo, aunque a veces, por desgracia, es peor que un dolor de muelas. Es un chico serio. Si quieres que te preste atención pronuncia la palabra responsabilidad y lo conseguirás de inmediato. Jake siempre ha parecido mucho mayor de lo es en realidad. Algo en su mirada, en sus gestos transmite la idea de “tranquilos muchachos, yo me encargo de todo. Podéis confiar en mí”. Tiene el pelo castaño, ojos oscuros y sinceros y una barbilla que añade seguridad y firmeza a su rostro. Por otra parte, tiene un gran sentido del humor y es superinteligente. Yo confío en él plenamente y en cualquier situación, claro que nunca se lo diría. Luego esta Cassie. Por entonces no la conocía demasiado. Creo que ella y Jake son novios o algo así. Pero esto no lo debe saber nadie. ¡Chsss! Es top secret. Cassie es justo lo contrario a mí. Si yo soy comedia, ella es poesía. Es conciliadora por naturaleza. Siempre adivina cuándo estás pasando un mal momento y sabe escoger las palabras adecuadas para animarte. Se preocupa de verdad por las cosas y nunca finge, es muy honesta. Cassie es la experta en animales. Sus padres son veterinarios y pasa la mayor parte del tiempo ayudando a su padre a llevar la clínica de rehabilitación de la fauna salvaje que se encuentra en el granero de su granja. Se dedican a curar a animales heridos: marmotas, ciervos, águilas y otros muchos. De hecho, Cassie puede conseguir que un lobo herido y enfadado se tome una pastilla sin problemas. Y no es nada fácil, creedme. Yo una vez fui lobo. Si vas a su granero te encontrarás con una chica de color, más bien bajita, enfundada en un mono y con unas botas enormes, metiendo el brazo, casi hasta el codo, en la garganta de un lobo que podría arrancárselo de cuajo. Ésa es Cassie, seguro que se limita a sonreír y a actuar como si no pasara nada. Mientras tanto, el lobo permanece tan quieto que cualquiera pensaría que está haciendo méritos para ganar una estrella dorada por buen comportamiento. Luego viene Rachel. Superguapa, parece una top model, rubia y de larguísimas piernas. Es la reina de la moda, una experta en maquillaje y en como aplicárselo correctamente. Lo tiene todo. Es guapa e inteligente. Rachel es prima de Jake. Es un bombón que, por desgracia, ha perdido el juicio. Debajo de ese pelo y esos dientes perfectos se esconde una amazona un poco chiflada siempre dispuesta a entrar en combate. ESTO ES LO QUE Rachel suele decir cada vez que decidimos poner en peligro nuestras vidas, que es la mayor parte del tiempo: “¡Yo voto a favor! ¡Vamos! ¡Adelante!” Apostaría a que, si por ella fuera, llevaría una armadura con espada incluida. Aunque seguro que le quedaría fenomenal porque no sería una armadura cualquiera. Rachel siempre viste a la última. Y por ultimo Tobias. Aquella noche en el recinto de obras apenas si lo conocía. Era el raro del colegio. Jake le caía bien porque una vez impidió que unos chicos le dieran una paliza. Si os digo la verdad, ni siquiera recuerdo el aspecto de Tobias por aquel entonces. Ahora su cuerpo es el de un ave de presa, de mirada fiera y gesto agresivo. Éste es uno de los lados oscuros de las mutaciones. Tenemos un límite de dos horas. Si permaneces más de ese tiempo transformado, quedarás atrapado para siempre en esa forma. Por eso Tobias volaba por encima de nosotros, con sus enormes alas extendidas, aprovechando las corrientes de aire cálido. Tobias es un ratonero, un ratonero de cola roja para ser más exactos, y mucho me temo que se quedará así para siempre. Yo, a veces, le hago bromas. Pero lo que l e ha pasado a mi amigo me horroriza. Aquella noche, de camino a casa, atajamos por el gran recintote obras abandonado. En teoría iba a convertirse en un centro comercial, pero dejaron de trabajar cuando ya habían construido la mitad del proyecto. Bueno, resumiendo, nos topamos con una nave espacial de la que descendió un andalita moribundo. Su cuerpo estaba cubierto de heridas. Había luchado contra los yeerks allá arriba, en el hiperespacio. Él fue quien nos informó sobre la inminente amenaza yeerk. Los yeerks son parásitos que usan los cuerpos de otras especies, se introducen en ellos y los controlan. Por eso si un humano es sometido por estos gusanos se convierte en un controlador, un controlador humano. El hermano de Jake, Tom, es uno de ellos. Es un controlador. Y también lo es el padre de Melissa, una amiga de Rachel. Los andalitas están en guerra con los yeerks desde hace tiempo. Han intentando por todos los medios frenar la invasión secreta que los yeerks están llevando a cabo en la Tierra, pero sin mucho éxito, la verdad. Antes de morir, el andalita nos prometió que vendrían refuerzos. Mientras tanto, lo único que podía hacer era proporcionarnos uno de sus mecanismos de defensa: la capacidad de mutar de forma, de manera que al tocar cualquier animal pudiéramos adquirir si ADN y así convertirnos en él. Ése fue el trato. Nosotros, cinco niños normales y corrientes, teníamos que combatir a los yeerks hasta que los andalitas vinieran a rescatarnos. Cicno niños contra los yeerks, unos monstruos que ya habían conquistado a los temibles hork-bajir y los habían convertido en controladores a su servicio, y que contaban además con unos aliados que, sólo verlos, se te pondrían los pelos de punta: controladores taxxonitas. Pero lo peor era que los yeerks se habían logrado infiltrar en la Tierra y en los cuerpos de policías, profesores, soldados, alcaldes y presentadores de telediarios, a los que habían convertido en controladores. Estaban por todas partes. Cualquiera podía ser uno de ellos. Y los únicos capaces de hacerles frente eran cinco niños con el poder de transformarse en pájaros o gorilas. -No creo que debamos usar nuestro poder en la calle para resolver delitos – sermoneo Jake-. Recuerda cómo te pusiste cuando Rachel y Tobias lo hicieron en el aparcamiento de coches usados. Les preguntaste que si habían perdido la cabeza. Estaba a punto de replicar cuando Rachel se me adelantó. -Creo que Marco hizo lo correcto –observó Rachel- ¿Qué se supone que debía haber hecho? ¿Actuar como si no pasara nada? No estoy de acuerdo. -Bueno, ahora comprendo que me equivoqué –añadí-. Si Rachel dice que he hecho lo que debía hacer, entonces es que no hice lo correcto. Pero, al margen de todo esto, lo que yo quería decir es que arriesgué mi vida por aquel anciano y ni siquiera me dio las gracias. -No sé si fue una buena idea –intervino Cassie-, pero Marco lo hizo con la mejor intención. Yo creo que fue un acto heroico. ¿Qué podía yo responder ante eso? Es muy difícil mostrarse en desacuerdo con alguien que te acaba de llamar héroe. Jake prefirió zanjar el tema, por desgracia tenía otras cosas más importantes que comunicarnos. Por eso dejó de insistir y adoptó un semblante serio. Protesté. Odio esa cara de circunstancias porque sólo puede significar una cosa: problemas. -¡Jake! ¿Me vas a decir de una vez por qué no has reunido? Aparte de para pasear por el campo aprovechando que hace tan buen día. -Vamos a ver a Ax –informó Jake- Cassie y yo hemos estado hablando con él últimamente. Ya sabes, queríamos saber cuales son sus planes. -Ya, ya –murmuré-. Presiento que no me va a gustar nada lo que tenéis que decir. -Supongo que no. Ax quiere volver a su casa –anunció Jake. -¿A su casa? –repitió Rachel. -Sí, al planeta andalita –añadió Cassie. El nombre completo de Ax es Aximili-Esgarrouth-Isthil. Es un andalita. Me detuve, y los otros también. -Perdonad un momento, pero ¿no queda un poco lejos de aquí el planeta de los andalitas? -Ax dice que está a unos ochenta y dos años luz- confirmó Jake. -La luz viaja a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo –señalé-. Multiplícalo por sesenta segundos que tiene un minuto, por sesenta minutos que tiene una hora, por veinticuatro horas que tiene un día, por trescientos sesenta y cinco días del año. Eso es un año luz. Y para acabar multiplícalo por ochenta y dos. -Vaya, has estado despierto en clase de ciencias, ¿eh, Marco? –Comentó Rachel riéndose. -Ya hemos intentado calcularlo en kilómetros, pero nuestras calculadoras son demasiado sencillas –informó Jake. -Jake, puede estar equivocado, pero, que yo sepa, ninguna de nuestras líneas aéreas más importantes vuela hasta el planeta andalita. –señalé. -Tienes toda la razón –prosiguió con un gesto de asentimiento-. Por eso no nos queda más remedio que robarles una nave espacial a los yeerks. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[/b]

CAPÍTULO 3 -¡Allí está! –anunció Cassie. Seguí la dirección de su mirada. Al fondo, cerca de la fila de árboles que delimitaba el campo distinguí a Ax, el andalita. Desde lejos parece un pony o un ciervo. Tiene cuatro pezuñas que se mueven a una velocidad vertiginosa y la parte superior de su cuerpo, es decir el cuello y la cabeza, recuerdan a las de un caballo, sólo que si te acercas lo suficiente verás que de él sobresalen dos brazos de tamaño humano. Su cabeza tiene forma triangular. Consta de un par de ojos principales, grandes y rasgados, y otro par adicional en los extremos superiores de unas antenas que surgen de su cabeza. Esos ojos complementarios son giratorios y se mueven en todas direcciones. Pero lo más llama la atención es su cola. Según Cassie y Rachel, Ax es muy “mono”. Yo de eso no entiendo porque soy un chico. Lo único que sé es que cuando ves la cola te das cuenta de que los andaditas no son mansos koalas o cachorrillos a los que puedes estrujar entre tus brazos. La cola del andalita se parece a la de un escorpión. Sí, se enrolla y se desenrolla cuando le viene en gana, está rematada en una temible hoja de guadaña de bordes afilados como cuchillas, y sus movimientos son tan rápidos que escapan al ojo humano. Yo lo e visto con mis propios ojos. El andalita que conocimos en el recinto de obras, antes de que Visser Tres, una criatura espantosa, acabara con su vida, batió su cola una y otra vez contra el monstruo. Esa imagen volvió a mí a divisar a Ax, que se acercaba al galope hacia nosotros, con la cola arqueada y lista para entrar en acción. -Espero que no haya nadie mirando –dijo Jake preocupado. Examinó la zona. Estábamos muy apartados de la civilización. No distinguíamos la casa ni el granero de Cassie. Era prácticamente imposible que alguien anduviera por allí. Miré hacia arriba y las plumas rojas de la cola de Tobias. Le hice una señal con la mano. <No hay nadie a la vista. –Tobias se comunicaba por telepatía-. Hay unas personas de picnic, pero están a kilómetros de distancia.> <¡Príncipe Jake!>, exclamó Ax también por telepatía. Jake murmuró algo en voz baja. A Ax se le había metido en la cabeza que Jake era nuestro líder, lo cual en parte era verdad. Supongo que para los andalitas todos los líderes son príncipes. Ax no tiene boca, y nadie se había atrevido a preguntarle cómo comía sin ella. Se comunicaba a través del pensamiento, al igual que hacemos nosotros cuando nos transformamos en animales. Entro los humanos, sólo funciona cuando estás transformado, pero para los andalitas es su manera habitual de comunicarse. -Hola, Ax –saludó Jake. El andalita derrapó y por fin se detuvo delante de nosotros-. ¿Qué tal te va? <Bien, ¿y a vosotros> -Bien –contestó Cassie. Tobias descendió lentamente del cielo. Frenó y se posó en la hierba con suavidad. -Bien, gracias Ax –añadí yo-, o por lo menos lo estaba hasta que oí a alguien decir una completa estupidez. <¿El qué?> Ax parecía desconcertado. Giró uno de sus ojos para observarme mejor. -A alguien se le ha ocurrido la brillante idea de robarles a los yeerks una de sus naves espaciales –le informé. <¿Crees que será peligroso?>, preguntó esbozando una de aquellas sonrisas características de los andalitas y tan difíciles de describir puesto que sonríen con sus ojos principales. -¿Peligroso? No, peligroso sería saltar de un edificio de diez plantas o meter la lengua en un enchufe, no digamos ya doloroso. Robarles una nave a los yeerks va más allá de lo peligroso. <Cuanto más peligro entrañe, más honorable será la acción –replicó Ax -.¿Tengo razón o no?> Miré a Rachel de reojo durante un buen rato. -Creo que hemos encontrado a tu futuro marido. -Puede que hacerse con el control de una nave yeerk sea una acción honorable –intervino Jake -, pero ése no es nuestro objetivo principal. El andalita se mostró sorprendido. Bueno, eso creo. Sus ojos principales se abrieron como platos y sus antenas se estiraron en toda su longitud. Yo lo interpreté como una muestra de asombró. <¿Por qué otra cosa luchamos si no por el honor?> -Verás –explicó Jake encogiéndose de hombros- hacemos todo lo posible para perjudicar a los yeerks pero, por encima de todo, intentamos seguir con vida. Nosotros somos la única esperanza. Nadie más sabe lo de la invasión yeerk, así que si algo no ocurriera… -No terminó la frase. <No pretendía ofenderos –se disculpó Ax -. Tienes razón. Estáis solos. Si fracasáis, todo habrá terminado.> -La cuestión es qué posibilidades tenemos de hacer algo bien sin que nos maten –apuntó Jake. -Bien, si lo principal es evitar que nos maten –añadí yo-, ¿cómo vamos a robar una nave yeerk? Además ellos están allá arriba, en órbita, y nosotros aquí abajo. Como si fuera tan fácil ponerse en contacto con ellos y decirles que bajen. <No es imposible>, replicó Ax. -¿Cómo? <Podemos llamarlos.> -Claro. <Yo puedo construir un transmisor que emita señales de S.O.S. Ellos mandarán de inmediato una nave para investigar.> -Vamos, algo así como: “¿Hola? ¿Hola? ¿Hablo con Visser? ¿Podría enviar una nave espacial para rescatarme?” –me burlé. Esperaba que a todos les hiciera gracia porque aquella idea era ridícula, pero nadie sonrió. -Um, perdón –lo intenté de nuevo-. En lo que a mí respecta, no me apetece volver a encontrarme con Visser. Ya he tenido suficiente. Y menos aún telefonearle. <No haría falta entrar en contacto con esa…, esa repugnante bestia>, añadió Ax. Eso era lo que me gustaba de Ax. Odiaba a Visser Tres. Me recordaba mucho al príncipe andalita, su hermano mayor. Cuando pronunciaban la palabra “yeerk”, y más aún si decían “Visser Tres”, sentías su odio vibrando en el aire. <Será un procedimiento rutinario –me tranquilizó Ax-. Recibirán mi llamada y enviarán un caza-insecto para investigar.> -Siempre hay, por lo menos, un hork-bajir y un taxxonita a bordo –protesté-. Enfrentarse a los hork-bajir no es un procedimiento rutinario. <¿Te dan miedo?>, me preguntó Ax mirándome con sus cuatro ojos. -Pues claro que me dan miedo. <El miedo no es digo de un guerrero.> Me pareció que se había excedido con tal afirmación. Yo lo desconocía casi todo sobre la civilización andalita, pero creí entender la reacción de nuestro amigo Ax, bueno, al menos un poco. Claro, él estaba vivo, a diferencia de los otros andalitas, incluyendo a su hermano, que habían sacrificado sus vidas al venir a la Tierra. Exploté. Quizá no fuera justo, pero su comentario me sacó de quicio. Ni que yo fuera un gallina. -¿Cuántas veces has luchado contra un hork-bajir? ¿Cuántas veces te has enfrentado a un controlador? –le pregunté. <Nunca>, contestó. Bajó los ojos giratorios y golpeó el suelo con una de las pezuñas. -Ya me lo imaginaba –afirmé-, así que déjame decirte una cosa. Es una experiencia aterradora, tanto que a veces desearías morir porque resulta más fácil eso que enfrentarte a tu propio miedo. “Vaya –pensé al observar detenidamente a los demás-, se les ha aguado la fiesta a ellos también.” Finalmente, Tobias rompió el silencio. <Si consigues una nave yeerk, ¿estas seguro de poder regresar a tu casa?> <Sí, supongo que sí>, contestó Ax. Parecía desconcertado. <Y si consiguieses llegar a tu planeta, ¿crees que podrás convencer a tu gente de que se apresure a venir a la Tierra? ¿Puedes hacer que vengan lo antes posible?> <Soy joven, como vosotros, pero también soy el hermano del príncipe Elfangor. Mi gente me escuchará. Sé que vendrán de todas formas, pero sí, si llego a casa vivo, les informaré de la situación desesperada en la que os encontráis.> -Hay que votar- indicó Jake y respiró hondo. Protesté, sabía de sobra cuál sería el resultado. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[/b]

CAPÍTULO 4 -Muy bien. ¿Listo? –pregunté. <Sí, listo para comenzar la metamorfosis>, me confirmó Ax. Era sábado. Habían pasado unos días desde que decidiéramos seguir adelante con el plan de capturar una nave yeerk. Nos hallábamos en el granero de Cassie, rodeados de montones de cajas atestadas de aves y animales heridos. Los padres de Cassie habían salido y no volverían en todo el día. -Son las diez y diez –informó Jake tras consultar su reloj. -Ax empezará a transformarse a las diez y doce a las diez y cuarto habrá terminado. El autobús llegará a la parada a las diez y veinticinco –expliqué- y estará en el centro comercial a las once. Por lo tanto, habrán transcurrido cuarenta y cinco minutos desde su transformación, con lo que le quedará una hora y quince minutos hasta completar el tiempo límite. -¿Será suficiente? –preguntó Cassie mordiéndose el labio inferior nerviosa. -Ax tiene treinta minutos para llegar a la tienda, Radio Shack, ¿no? –proseguí tras encogerme de hombros-, buscar lo que necesita para construir el transmisor, comprarlo y salir a tiempo para tomar el autobús de las once y media. Estará en casa a las doce y cinco y todavía le sobrarán diez minutos. Jake se mostraba impasible. Por lo general ésa es la expresión que adopta cuando no está muy seguro de que algo vaya a salir bien. -Es lo mejor que podemos hacer –concluí. -Ya lo sé, ¿Estáis todos listos?- preguntó Jake. -Debería ir con vosotros, chicos –insistió Rachel por enésima vez-. Os puedo hacer falta allí. -No, no podemos ir todos. Si algo sale mal, es mejor que no nos pillen a todos –advertí-, y seguro que algo falla. <¿Por qué dices eso?>, inquirió Ax bruscamente. -Marco no es lo que se dice muy optimista –sonrió Jake. <Todo está en orden –informó Tobias, que se había colado silenciosamente en el granero por la parte del techo que se abría al exterior-. El autobús cumple el horario a rajatabla. Ahora mismo se encuentra en la avenida Margolis.> -Muy bien. ¿Ax? Es hora de transformarse –indicó Jake. -¡Ah! No te olvides ponerte la ropa especial –le recordé. El hecho de cubriese su cuerpo con ropa no dejaba de sorprenderle. Le habíamos comprado unos pantalones de ciclista muy ajustados y una camiseta, pero no entendía muy bien cual era su utilidad. Lo de la ropa es un engorro. Habíamos aprendido a transformarnos con ropa superajustada, ideal para las metamorfosis. Siempre que probábamos a hacerlo con una chaqueta, un jersey o cualquier otra prenda ancha, ésta había acabado hecha jirones. En cuando a los zapatos, ni os cuento. <Sí, sí, la ropa –repitió Ax-, ya la he integrado como parte de mi forma humana.> -Ahora –ordenó Jake consultando su reloj. Ax empezó a cambiar. Sólo le había visto una vez: cuando lo rescatamos de la nave cúpula del fondo del mar. He asistido a muchas transformaciones, y también las he sufrido en mi propia piel. Creedme, es una experiencia espeluznante ver cómo un humano se convierte en animal. Lo de Ax, sin embargo, era diferente. No se estaba convirtiendo en un animal, sino en humano. Se le fueron encogiendo las antenas hasta desvanecerse. La temible cola de escorpión se arrugó, se secó y en cuestión de segundos fue aspirada hacia dentro, como cuando sorbes un espagueti del plato. Sus pezuñas delanteras se esfumaron por completo. -¡Eh! ¡Cuidado! –exclamó Jake y agarró a tiempo al andalita que, al quedarse sin las piernas delanteras, había perdido el equilibrio. <gracias. Tengo que practicar esto de permanecer de pie con sólo dos piernas.> A continuación, se le dibujó la boca y le salieron labios, dientes y una nariz en el lugar que ocupaban sus características ranuras verticales. Finalmente, sus ojos se le hicieron más pequeños, más humanos. Pero lo más sorprendente de su transformación no era que el aspecto que adquiría fuese el de un humano, sino el de un humano muy particular, mejor dicho, cuatro. De hecho, Ax había absorbido el ADN de Jake, Cassie, Rachel y el mío. De algún modo que nosotros no alcanzábamos a comprender, Ax era capaz de combinar los cuatro modelos genéticos para formar una sola persona. El resultado final resultaba desde luego extraño e inquietante. Lo observé con atención y reconocí rasgos míos y también de Jake, Rachel y Cassie, aunque Ax fuese un chico. No podías evitar darle un repaso con la mirada y pensar: “Me recuerda a alguien, sí, sí, me recuerda a… ¡Eh! ¡Ése es mi pelo!” Eso era lo más chocante de todo. -Vaya, Ax, no sabría decir si eres un chico guapo o una mujer fea –comenté. -Soy un andalita –replicó-, un andalita… lita… lit. -Muy bien, ponte ahora esta ropa encima de la camiseta –indicó Jake-. Vámonos. ¿Tobias? –Dirigió la vista hacia e techo. <En marcha. Voy a controlar el autobús>, dijo antes de marcharse volando. -¿Más ropa? Ro… paaaa. ¿Ropaaaa? –se sorprendió Ax -Ax. No hagas eso –le dije. -¿El quéee? ¿Quéeeee? -Eso, hacer sonidos raros cuando hablas. Di lo que tengas que decir y punto. No alargues ni repitas las palabras. – Bien –convino Ax-. Bieen. -¡Ah! Una última cosa, los zapatos se ponen en los pies, no en los bolsillos. -Bien. Ahora recuerdo. Cuerdo. –se sacó las zapatillas de deporte de los bolsillos y las miró sin saber qué hacer. Rachel y Cassie se ocuparon de atarle los cordones. -La gente lo mirará –advirtió Rachel, empezando a perder la paciencia. -Bueno, por suerte, es sábado por la mañana –observé- y el centro comercial está lleno de gente rara. -Sí, pero no como él –insistió Rachel-. Quizá nos de problemas. -¿No es un poco tarde para admitir que yo tenía razón desde el principio y que todo esto es una locura? –le reproché-. En cualquier caso, no hay por qué preocuparse. Yo estaré a su lado. -Pues estamos listos, seguro que algo sale mal. Tomamos el autobús sin problemas. Ax se pasó todo el trayecto practicando nuevos sonido con la boca. Por suerte, el autobús iba casi vacío. Llegamos al centro comercial a la hora prevista. -Por ahora todo marcha sobre ruedas –comentó Jake mientras nos dirigíamos a la entrada del centro comercial. -¿Jake? –Puse los ojos en blanco-. ¿Me haces un favor? No vuelvas a decir “todo marcha sobre ruedas”. Siempre que alguien dice eso pasa algo. -Todo marcha. Marrrrrcha. Marchaaaaaa. –me repitió Ax-. Sooooobre ruedas. Ruedas. -¡Madre mía!-exclamé. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[/b]

CAPÍTULO 5 El centro comercial era como un zoo. Estaba de bote en bote: gente mayor que avanzaba con lentitud; parejas que miraban escaparates mientras paseaban bebés que se desgañitaban en sus enormes cochecitos; pandillas de chicos que iban de duros; policías de mirada amenazadora y chicas monas con bolsas de “The Limited”. Una típica mañana de sábado en el centro comercial. -Bien, ¿dónde está Radio Shack? –preguntó Jake. -No sé –contesté. -¿No está en la segunda planta? Ya sabes, al fondo, junto a Sears. -¿Ah, sí? ¿Eso no es Circuit City? -Espera, voy a consultar el plano. ¿Ax? Ven con… -Jake se interrumpió de repente-. ¿Marco? ¿Dónde está Ax? -Pero si estaba aquí ahora mismo –exclamé yo al tiempo que me daba la vuelta rápidamente. Había gente por todas partes. Hombres, mujeres, niños, niñas, bebés, pero ni rastro de extraterrestres. Al menos yo no los veía. ¡Habíamos perdido a Ax! Sólo habían transcurrido dos minutos y todo el plan se nos había ido al traste. De pronto descubrí una cara que me era familiar. -¡Ahí está! ¡En la escalera mecánica! -¿Cómo ha llegado hasta allí? – me preguntó Jake. Echamos a correr pero había tanta gente que apenas podíamos avanzar. Jake se abría paso a codazos entre la multitud y yo me agarré a su brazo. -No corras tanto, Jake, o los guardias de seguridad sospecharán de nosotros y pensarán que hemos robado algo. Además, no debemos llamar la atención, los controladores también van de compras. -Tienes razón –admitió y dejó de correr-. Seguro que entre tanta gente hay alguno que otro. Seguimos caminando tan rápido como podíamos procurando pasar inadvertidos. Yo no hacía más que disculparme “perdón, perdón”. Intentaba no tropezar con aquellos que tenían cara de pocos amigos. No quería que se dieran la vuelta y me soltaran una bofetada. Nos llevó una eternidad alcanzar la escalera. Para entonces, Ax ya había desaparecido de nuestra vista. -Bueno, lo peor que le puede pasar es que le dé por transformarse –observó Jake -. Aparte de eso… -Jake, no quiero ni pensarlo –contesté. -¡Allí está! -¿Dónde? -Allí en Starbucks, en la cafetería. Yo no soy tan alto como Jake, así que me resultaba difícil localizarlo, pero según nos íbamos acercando al lugar, lo divisé. Estaba haciendo cola tan tranquilo. Llegamos justo en el momento en el que se dirigía al dependiente. -Quiero… un café. Un café dooobbble. Dobleee. Tambiénnnn. -Se lo habrá oído decir a alguien. -¿Normal o descafeinado? –preguntó el dependiente. -¿Normal? ¿Normal normal normal? – Ax lo miraba fijamente. -Son ciento setenta y cinco. -Cinco –repitió Ax sin quitarle ojo. Jake se hurgó en el bolsillo y de golpe sacó el dinero que había traído para comprar. -Aquí tiene –intervino Jake y le entregó las monedas al dependiente. Agarré a Ax del brazo y lo conduje hasta el mostrador dónde debía recoger su café. -Ax, no vuelvas a despistarte, ¿me oyes? Hemos estado a punto de perderte. -¿Perderme? Estoy aquí. Aaaquíi. -Sí, claro. No te separes de nosotros, ¿de acuerdo? –Miré a Jake de reojo-: ¿Lo ves? Todo por tu culpa, “todo marcha sobre ruedas”. El dependiente de Starbucks le dio a Ax un vaso de papel. El andalita lo tomó, miró a su alrededor y siguiendo el ejemplo de los demás, le colocó la tapa. Luego, imitando a los demás, intentó beber. -Así, Ax –le indiqué -. Tienes que beber por el agujero de la tapa. -¡Un agujero! ¡En la tapa! ¡Y no se derrama! Era lo más fantástico que Ax había visto jamás. Supongo que aquella tecnología punta era desconocida en el planeta andalita. Como no disponían de bocas el acto de beber carecía de importancia. Fuera cual fuese la razón, el caso era que Ax no dejaba de lanzar alabanzas. -¡Qué sencillo! Cillo. Y ¡qué eficaz! -En efecto, todo un milagro de la tecnología humana –bromeé. -Querría probar otros usos de la boca: beber, comer. –Se quedó pensativo un rato y después añadió-: Comer. Me. -Ax, acerca la boca al agujero para beber –le sugerí-. Ahí está Radio Shack. Venga, ya hemos perdido diez minutos. Acorralamos al andalita y lo escoltamos hacia la tienda. De camino, se bebió el café. -¡Ha! ¡Oí!¡Oh!¡Oh!¿Qué?¿Qué?¿Qué es esto? -¿Qué te pasa? –le pregunté alarmado. Miré a un lado y a otro, esperaba describir algún tipo de peligro. -Una nueva sensación. No… no puedo explicarla. Es… viene de esta boca. –Señaló su boca-. Ha sido después de lo que le estaba sucediendo. -¡Ahora lo entiendo! Se trata del gusto. Ax está experimentando por primera vez el sentido del gusto –explicó Jake. Supongo que para él era normal que las cosas no tuvieran sabor. -Por lo menos ya no repite sonidos –murmuré. -Sabor –repitió Ax como para llevarme la contraria-. Bor. Sabor. Se bebió el café y casi lo empujamos hacia el interior de Radio Shack. -Bien, escucha, Ax, nos queda muy poco tiempo. Echa un vistazo para comprobar si lo que necesitas está aquí. Os diré una cosa sobre Ax. Puede que resulte un poco torpe como humano, pero el chico realmente sabe de tecnología. Se fue directo hacia los tableros expositores situados al fondo de la tienda y se puso a examinar uno por uno a sus componentes. -Esto deber de ser un gairtmof primitivo –comentó observando de cerca un interruptor pequeño-. Aquello podría ser un tipo de fleer. Muy rudimentario, pero quizá funcione. Al cabo de diez minutos había reunido una docena de componentes, desde un cable coaxial hasta pilas, y un montón de cosas más que yo ni siquiera conocía. -Bien –dijo por fin-, lo único que me falta un transpondor de espacio Z. traduce la señal a espacio cero. -¿Espacio cero? –pregunté lanzando una mirada a Jake. -Es la primera vez que lo oigo –me contestó Jake encogiéndose de hombros. -Espacio cero –repitió Ax dudoso-. Ceeero. Lo contrario del espacio físico, la anti-realidad. –Nos observó con resignación primero a uno y después al otro-. Espacio cero es la no dimensión, donde es posible viajar más rápido que la luz. Es posible. Ble. -¡Ah, bueno! –Exclamé con sarcasmo-. Hablas del espacio. ¿um, AX? Discúlpame por ser tan primitivo, pero en nuestro plantea no existe la posibilidad de viajar más rápido que la luz. Además, tampoco hemos oído hablar del espacio cero. -Sí, oh. -Será mejor que paguemos y dejemos lo que falta para más tarde –propuso Jake con calma, aunque yo sabía que empezaba a perder los estribos-. Dame eso, que voy a pagar. -Sabor –exclamó Ax tras beberse el último trago de café-. Quiero más sabor. –Movió la cabeza como si buscara algo-. Huelo cosas. Creo… creeeoooo… creeoo que hay una conexión entre el olor y el sabor. -Sí, has acertado –respondí-. No podemos viajar más deprisa que la luz pero sabemos muy bien cómo hacer bollos pringosos que huelen de maravilla. -Pringosos –repitió Ax-. ¿Tengo que llevar esto todo el rato? –preguntó señalando al vaso de café vacío. -No, lo puedes tirar. No debí haber utilizado aquellas palabras porque Ax, en efecto, tiró el vaso de café, pero lo hizo tan fuerte que le dio a uno de los cajeros en la cabeza. -¡Eh! -Perdone, ha sido un accidente –me disculpé. Me acerqué corriendo al chico. Estaba tan nervioso que me costaba respirar-. Es que está… está enfermo. Verá, el pobre sufre una serie de espasmos que no puede controlar. -Sí, no tiene la culpa –añadió Jake-. Le dan convulsiones. -Está bien –replicó el cajero rascándose la cabeza-, olvidadlo. De todas formas, ya no está en la tienda. -¿Cómo dice? Jake y yo nos volvimos de inmediato. Ax había desaparecido. Jake agarró la bolsa con las cosas que acabábamos de comprar y me siguió entre el gentío. Ax no aparecía por ningún sitio. Miré hacia la planta de abajo y algo me llamó la atención. Había una oleada de gente moviéndose en la misma dirección, como si corrieran para ver algo. -Parece que se dirigen hacia la sección de comida –observó Jake. -Vaya, esto me da muy mala espina –señalé. Corrimos hacia la escalera mecánica y bajamos los escalones en un abrir y cerrar de ojos, pidiendo disculpas constantemente. Al llegar a la sección de comida, nos abrimos paso entre la multitud, que no cesaba de reír señalando algo. Allí estaba nuestro querido amigo, solo, claro está, porque toda la gente con sentido común había huido espantada. Iba de mesa en mesa, como un loco, robando restos de comida y metiéndoselos en la boca. Llegamos a tiempo de ver cómo agarraba un trozo de pizza. -¡Sabor! –Exclamó, y se lo metió de golpe en la boca-. ¡Ahh! ¡Ummm! ¡Qué rico! ¡Sabor! ¡Sabor! ¡Maravilloso! ¡Lloso! -la verdad es que está delicioso –le comenté a Jake. -Tenemos que sacarlo de ahí –me susurró Jake al oído. -Demasiado tarde. ¡Mira! –exclamé-. Allí vienen tres guardias más. Los de seguridad se echaron sobre Ax justo cuando éste decidió arrojar el resto del pastel, que fue a estamparse en la cara del guardia que tenía más cerca. -¡Ax! ¡Corre! –le grité. Supongo que me oyó porque echó a correr, pero por desgracia, sus recién adquiridas piernas humanas no le permitían moverse con la agilidad deseada. Los guardias, que habían salido tras él ya sudorosos y agotados empezaron a ponerse nerviosos. Como Ax no cesaba de tropezar y caerse decidió transformarse. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[/b]

CAPÍTULO 6 -¡Alto! –Le gritó un guardia-. ¡Detente! Ax hizo caso omiso. Estaba aterrorizado. Una mujer salió del Body Shop con una bolsa de frascos llenos de colores. Ax chocó contra ella y la bolsa voló por los aires. Le empezaron a brotar las antenas, en cuyos extremos aparecieron los ojos giratorios, que miraban hacia atrás para controlar a sus perseguidores. Jake y yo estábamos entre ellos. Les sacábamos ventaja a los guardias, aunque no demasiada. Con un poco de suerte, los de seguridad se pensarían que sólo éramos un par de niñatos que corrían para divertirse. -¡Cortadle el paso en la entrada este! –oí que uno de los guardias ordenaba por un walkie-talkie. Del pecho de andalita le surgieron las patas delanteras. Al principio eran pequeñas, pero al momento aumentaron de tamaño. Se vio obligado a disminuir la velocidad cuando las piernas humanas empezaron a recuperar la forma de sus patas traseras. Las rodillas cambiaron su posición y la columna vertebral se alargó hasta desembocar en una especie de cola. Fue entonces cuando le gente se puso a gritar. -¡Ahhh! ¡Aaaahhh! -¿Qué demonios es eso? ¿Qué es eso? La gente chillaba descontrolada. Soltaban las bolsas y echaban a correr en cuanto veían a aquella criatura horrenda en la que Ax se había convertido. Medio humano, medio andalita. Era un amasijote rasgos incompletos en continuo movimiento. ¡Qué espectáculo tan espeluznante! No me extraña que la gente se asustar, hasta yo estuve a punto de gritar. Nos aproximamos a la salida. Ya habíamos pasado la zapatería. De pronto, Ax se cayó hacia delante. Se hizo un lío con sus propias patas mutantes y patinó en el suelo de mármol encerado. La multitud se había quedado atrás, excepto a los guardias, claro, y nosotros. -¡Eh, niños! ¡Quitaos de en medio! –nos gritó unos de ellos-. Ese tipo puede ser peligroso. Ax se incorporó de un salto. Una vez recuperadas sus cuatro patas se sentía mucho más seguro. La metamorfosis estaba casi completa. La boca había desaparecido y los ojos principales ocupaban su lugar habitual. Sus brazos y patas estaban casi formados del todo. Fue entonces cuando le brotó la cola. -¡Andalita! –Oí que uno de los guardias exclamaba en un susurro ahogado. Giré la cabeza para verle. Sólo un controlador sería capaz de identificarlo. El guardia controlador sacó la pistola de la funda. -¡Corre! –le grité a Ax. El controlador se interpuso entre la puerta de salida y Ax. Mal hecho. El andalita chasqueó la cola y con un movimiento, más rápido que el ojo humano, golpeó el arma, que salió volando por los aires. El pobre guardia se agarró la mano cubierta de sangre. Salimos disparados del centro comercial. Nuestra vida corría peligro. ¡Sirenas de policía! -Ésa es la policía de verdad –avisé-. No los guardias de seguridad del centro. Estamos metidos en un buen lío. <¿Dónde podemos ir?>, preguntó Ax por telepatía. -¡Vaya! ¡A buenas horas pides consejo! –Miré a todos lados frenéticos. No podíamos tomar el autobús. Del centro comercial llovían guardias y oíamos las sirenas de policía cada vez más próximas. Nuestra única posibilidad era correr, y eso hicimos. Pasamos filas y filas de coches aparcados. Dos niños y un ser que no pertenecía a este planeta a la carrera. -¡El supermercado! –gritó Jake. -¿El qué? –conseguí articular a duras penas. Me empezaban a abandonar las fuerzas. -¡Allí! –señaló el supermercado situado al otro extremo del aparcamiento. Era la única posibilidad que nos quedaba. Los coches de la policía derrapaban en el asfalto cuando intentaban cortarnos el paso. -¡Alto! -Eso es lo que usted se cree –repuse. Nos precipitamos al interior del supermercado por una de sus enormes puertas de cristal, corriendo como alma que lleva el diablo. Esperaba oír de un momento a otro disparos y zumbido de balas. -¡Jake! –grité -, ¡ayúdame! –Se me acababa de ocurrir cómo frenar a nuestros perseguidores. Agarré una fila muy larga de carros de supermercado que estaban allí aparcados y los empujé hacia la entrada con la ayuda de Jake. Cuando terminamos, echamos a correr de nuevo. El suelo estaba tan brillante que Ax resbalaba continuamente. Iba tambaleándose de un lado a otro y golpeando los estantes. Latas de aceitunas y de tomate y rodaban por el suelo. Los clientes chillaban aterrados y estampaban sus carros contra otros. -¡Un monstruo! ¡Mamá, es un monstruo! –exclamó un niño pequeño. -No, cariño, es de mentira –le tranquilizó su madre. Si, ya, un monstruo de mentira. Claro. Por fin divisé la salida al fondo del pasillo. Necesitábamos algo más de tiempo y, sobre todo, no ser vistos. Debíamos impedir que hubiera testigos. -¡Hay una bomba! –grité con todas mis fuerzas-. ¡BOMBA! -¿Qué? –preguntó Jake. -¡Hay una bomba! ¡Han puesto una bomba en el supermercado! ¡Fuera todo el mundo! ¡Rápido! ¡Hay una bomba! -Pero ¿qué haces? –gritó Jake. -La policía nos tiene rodeados. Ésa es la única escapatoria –contesté tajante y señalé hacia el fondo del pasillo, al lado del mostrador de marisco donde había una enorme pecera en la que nadaban plácidamente las langostas. -¡Oh, no! –protestó Jake. -¡Oh, sí! –sonreí. Había cundido el pánico y la gente corría de un lado para otro por miedo a la supuesta bomba y por miedo a Ax. El caso es que los carros de la entrada y el tropel de personas empujando para salir retrasó la actuación de los policías y nos permitió ganar unos minutos decisivos. Estaba casi seguro de que los policías controladores intentaban por todos los medios que ningún policía verdadero entrara a por nosotros. Apuesto a que querías resolver el asunto ellos solos, sin testigos. -¡Vamos a pegarnos un bañito! –bromeé. La pecera, por suerte, era muy grande. Me encaramé por uno de lados. Jake estaba detrás de mí. Agarramos una langosta cada uno y le pasamos otra a Ax. No era nada fácil adquirir el ADN de la langosta. Requiere concentración, y yo no podía evitar pensar en la cantidad de policías que había fuera, dispuestos a entrar y a dispararnos. La langosta languideció y se quedó inmóvil. Es lo que suele suceder cuando adquieres el ADN de un animal. Cuando el proceso terminó, devolví el animal a la pecera. Nos quitamos la ropa y los zapatos y lo metimos todo, junto con la bolsa de Radio Shack, en uno de los contenedores de basura. Ax ya había empezando a mutar. Jake y yo esperamos a que encogiera un poco y entonces lo agarramos y saltamos al interior de la pecera. Su piel ya se había endurecido, parecía cubierto por una armadura, y sus brazos se habían abierto y comenzaban a hincharse. Entonces inicié el proceso de transformación. Llegarían en cualquier momento. Nos iban a pillar a mitad de la mutación. Miré a Jake. Sus ojos habían desaparecido. En su lugar había unos diminutos puntos negros. -¡Arrgghhh! De repente, del pecho le brotaron ocho patas larguiruchas y azules, de crustáceo. -¡Aahhh! –grité horrorizado. El rostro de Jake se abrió para dar paso a un amasijo de valvas. Sentía deseos de vomitar, el problema era que ya no tenía boca. Justo en ese momento, sentí que unas antenas firmes como lanzas interminables nacían en mi frente. Empecé a encoger gradualmente, hasta el punto de que el agua, que antes me quedaba a la altura de los muslos, me cubría hasta el cuello. Notaba aterrorizado que los huesos se disolvían en mi interior. Entonces, una especie de caparazón duro como una uña recubrió todo mi cuerpo. Mi forma humana se derretía. Mi división disminuía y apenas alcanzaba ya a ver nada, lo cual no estaba tan mal después de todo, porque la verdad es que no me apetecía demasiado contemplar en qué me estaba convirtiendo. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[/b]

Capítulo 7 Estoy convencido de que me hubiera puesto a chillar de haber tenido boca, garganta, cuerdas vocales, o algo que me permitiese emitir algún tipo de sonido. Tenía cuatro series de patas y dos pinzas enormes. Las podía ver, bueno, más o menos, porque mis ojos sólo percibían una imagen fracturada. El resto del cuerpo permanecía oculto para mí. Lo que sí distinguía era a las otras langostas que me rodeaban. Estaba muy asustado. Comer. Comer. Matar y comer. El cerebro de la langosta se impuso de repente. Tenía la sensación de que los pensamientos del animal brotaban desde mi conciencia humana como burbujas. Se reducían a: Comer. Comer. Matar y comer. Me llegaba información de sentidos hasta entonces desconocidos y que no alcanzaba a descifrar. Mis prolongadas antenas percibían la temperatura del agua, la corriente y las vibraciones. Mis ojos, al principio inservibles, percibían unas imágenes inauditas y fracturadas, desprovistas de los colores a los que yo estaba acostumbrado. Delante de mí, veía las antenas y, por detrás, una superficie de un color entre marrón y azul, curvada, con promontorios y socavones. ¡Era mi cuerpo! Me dio asco. Aquello era mi espalda, un caparazón duro. Me resultaba imposible mirar hacia abajo para examinar mi estómago o mis apéndices peludos que se movían con frenesí por debajo de la cola. Tampoco divisaba mis ocho patas de araña, pero sentía cómo rascaban el fondo de la pecera de cristal y me impulsaban hacia delante. <¿Jake?>, llamé. <Sí, estoy aquí>, contestó. Su voz sonaba un tanto nerviosa, lo cual me alivió porque yo estaba a punto de echarme a llorar, aunque no estaba muy seguro de que una langosta pudiera hacerlo. <¿Estas bien?> <Sí, aunque la langosta no es mi animal preferido.> <El mío tampoco>, añadió Jake. <¿Ax?>, añadió Jake. <Siento… siento… Tengo hambre. Este animal quiere comer>, respondió Ax. <Sí, claro, es lo normal, pasa en la mayoría de las transformaciones –expliqué-. Muchos animales se preocupan exclusivamente de la comida. No creo que las langostas sean una excepción, la verdad.> <Quiere encontrar alguna presa>, insistió Ax inquieto. <Ya lo sé. ¿Quién se hubiera imaginado que las langostas son depredadores?>, comenté. <Es más fácil enfrentarse al cerebro de un depredador que al de una preso porque entonces el miedo te domina por completo>, apuntó Jake. Una langosta pasó por mi lado. <¿Eres tú Jake? Mueve tu pinza izquierda.> Ni se inmutó. Me percaté de que aquella langosta tenía una especie de banda de goma alrededor de la pinza. Ninguno de nosotros llevábamos bandas de goma porque éstas no formaban parte del ADN del animal. Vi una langosta a mi izquierda que no llevaba banda y otra por detrás. Éramos nosotros. Los otros bichos, unos seis en total, tenían todos las bandas de goma. Algunos nadaban y otros estaban descansando en el fondo. <Hablando de miedo –intervine-, ¿alguien puede ver qué pasa fuera de la pecera?> <Sólo sombras –contestó Jake-.estos ojos son una ridiculez.> <Sí, son incluso peores que los de los humanos>, apuntó Ax. <¿Y esto qué? No me negaréis que es repugnante –añadí-. Nunca había tenido exoesqueleto.> <Estas pinzas son fantásticas>, opinó Ax al tiempo que las abría y cerraba. <¿Ax? –preguntó Jake-. ¿Verdad que dijiste que eres capaz de cronometrar el tiempo a la perfección? Pues ya puedes empezar.> <Como ordenes, príncipe Jake –respondió Ax-. Ya han pasado diez minutos de los vuestros.> <¿Tanto? –Me sorprendí-. ¿Diez minutos ya? Entonces la policía ya debe de haber entrado.> <Eso creo yo también>, corroboró Jake. <Lo mejor que podemos hacer es esperarnos hasta casi completar las dos horas –propuse-, aunque si por mí fuera, no estaría ni un minuto más dentro de este cuerpo asqueroso.> Según Ax había transcurrido ya una hora cuando percibí un movimiento extraño en el agua. Como si algo grande se hubiera sumergido. Algo situado encima de mi. Antes de que pudiera reaccionar, noté que algo me presionaba el cuerpo y me elevaba rápidamente. <¡Jake! ¡Algo me ha agarrado!> Estuve a punto de sufrir una conmoción. De repente, me encontré fuera del agua. Noté calor y sequedad. Mis antenas se removieron violentamente buscando algún tipo de señal que me ayudara a entender lo que sucedía. Miso ojos sólo captaban una luz muy brillante y unas sombras enormes y confusas. Algo muy grande aprisionó mi pinza derecha a la fuerza. No podía abrirla. Lo mismo ocurrió con la izquierda. ¡Bandas de goma! Mis ojos no alcanzaban a distinguirlas porque fuera del agua me era imposible apreciar nada. Estaba prácticamente ciego. Sin embargo, no resultaba difícil imaginar lo que estaba ocurriendo. Alguien me había pescado y me había atado las pinzas. Luego, sentí que me caía y me escurría por encima de un montón de bultos que enseguida identifiqué como langostas también. <¿Jake? ¿Eres tú?> <Sí, pero no me preguntes qué está pasando porque ni veo ni oigo bien.> <¿Son ellos? ¿Crees que son los controladores?> Algo muy frío me cayó encima y se deslizó alrededor de mi cuerpo. ¿Hielo? Tuve la sensación de que me balanceaban de un lado a otro durante un buen rato, como cuando te sientas en una mecedora. <¿Ax?> <Sí, Marco. Yo también estoy aquí. ¿Qué está ocurriendo?> <Pues no tengo ni idea –respondí-. No sé si es la policía la que no ha atrapado o los controladores.> <Mejor será permanecer transformados todo el tiempo que podamos por si acaso –sugirió Jake-. Quizás así averigüemos algo. Pero si se trata de los controladores lo último que debemos hacer es volver a nuestro estado natural.> Empezaba a sentirme somnoliento por efecto del hielo. O quizá más lento y perezoso de lo normal. Debí de quedarme dormido durante un buen rato porque no me di cuenta del tiempo transcurrido hasta que, de repente, me desperté y oí la voz soporífera de Ax: <Nos quedan siete minutos.> Su advertencia me hizo pegar un brinco. No estaba dispuesto a quedarme atrapado en aquel cuerpo para el resto de mis días. <Muy bien, voy a transformarme. No me importa quién me vea>, grité. <De acuerdo –corroboró Jake-. Se nos acaba el tiempo. Tenemos que arriesgarnos.> <Por lo menos ahora hace un poco más de fresco>, añadí. Intenté dar un vistazo a mí alrededor, pero mis antenas no percibían nada. Mis ojos sólo distinguían formas borrosas grises desprovistas de significados. Me concentré para comenzar el proceso de metamorfosis. Mi intención era cerrar los ojos cuando le tocara el turno a Jake. Ya había tenido suficiente la vez anterior. Preferiría no ver a mis amigos transformándose o tendría pesadillas durante un mes. <Allá voy>, anuncié y empecé a transformarme. Justo en ese momento, noté de nuevo algo que me presionaba el cuerpo. Podía mover las pinzas. Alguien me había quitado las bandas de goma que las inmovilizaban. De pronto, percibí una oleada de calor por debajo de mí. Era vapor. <¡Oh, no!> [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Marco86[/b]

Capítulo 8 <¡NOOOOOOOOOOOOO!>, vociferé en silencio. De pronto lo entendí todo. Ya sabía dónde me hallaba, ni más ni menos que en la mano de alguien que pretendía arrojarme al interior de una olla con agua hirviendo. <¡NOOOOOO!> No sé si fue porque estaba desesperado por gritar, o por simple casualidad, el caso es que lo primero que apareció fue mi boca humana. La boca de la langosta fue sustituida por unos labios pequeños. Aunque, al no tener pulmones normales ni cuerdas vocales me era imposible emitir sonido alguno. Supongo que tampoco hacía falta. El hecho de que a una langosta le crecieran de repente unos labios, ya era razón más que suficiente para que la mujer me soltase. Me caí. Mis pinzas delanteras se agarraron con desesperación al borde de la olla, pura suerte. Me mantuve como pude. Tuve que encoger la cola que había quedado a tan sólo unos centímetros del agua hirviendo. Mi tamaño aumentó a toda velocidad. Enseguida alcancé las dimensiones de un bebé, sólo que mi aspecto era el de una extraña criatura cubierta de cutícula y de tejido humano al mismo tiempo. Me brotaron los ojos en lugar de aquellas antenas oculares tan inútiles, que fueron inmediatamente absorbidas hacia el interior de mi cabeza. Oí un chirrido que indicaba sin lugar a dudas que mi columna vertebral estaba creciendo. Reuní fuerzas y me impulsé hacia un lado de la olla. Aterricé de espaldas sobre la cocina. Por encima de mí veía el extractor. En un intento por huir del calor y, dando tumbos, me precipité al vacío. La caída no era peligrosa porque, para entonces, yo ya tenía el tamaño de un niño de dos años y era más humano que langosta. Mi aspecto resultaba bastante desagradable. Imaginaos a un niño con ocho patas que le salen del estómago y del pecho. Recuperé el sentido del oído y lo primero que oí fue: – ¡Aaaaaaahhhhhh! ¡Aaaaaaahhhhhh! ¡Aaaaaaahhhhhh! ¡Aaaaaaahhhhhh! Alguien gritaba fuera de control. Me crecieron las piernas. Me incorporé, miré a mi alrededor y descubrí a una mujer bastante atractiva, a excepción de sus ojos desorbitados por el miedo y los gritos que lanzaba. – ¡Aaaaaaahhhhhh! ¡Aaaaaaahhhhhh! ¡Aaaaaaahhhhhh! A mi lado había una bolsa de plástico llena de hielo. Entonces comprendí cómo nos había traído desde el supermercado. Nos encontrábamos en su cocina. Jake ya había recuperado la forma humana casi por completo. Estaba de pie, con una pierna dentro de la bolsa. Le habían desaparecido las ocho patas y sus ojos volvían a ser los de un humano. Ax era todavía una combinación repulsiva de andalita y langosta pero, poco a poco, los últimos rasgos de crustáceo fueron desvaneciéndose. Por desgracia, eso no contribuyó a que la mujer se tranquilizara. – ¡Aaaaaaaahhhhhhhhhh! ¡Aaaaaaaahhhhhhhhhh! ¡Ahhhhhhhhhhhhh! – Escuche, tranquilícese, por favor – insistí -. Vamos a salir de aquí. Nadie va a hacerle daño. – Tú… tú… vosotros… ¡langostas! – logró articular a duras penas. – Sí, resulta un poco raro, lo reconozco – repuse -. Pero, no pasa nada. Sólo es un sueño. – ¿Un… un… un sueño? – Eso es, señora. Sólo un sueño – aseguró Jake. – ¿Estás ya listo para transformarte en humano? – le pregunté a Ax. – Sí, claro – contestó y entonces empezó a mutar. – Ya nos vamos – anunció Jake -. Se despertará un poco más tarde, ¿de acuerdo? Si yo fuera usted no se lo contaría a nadie. La mujer hizo un gesto negativo con la cabeza. – Verá, podría tener problemas con según qué gente. Además, todos pensarían que se ha vuelto loca. La pobre mujer asintió con absoluta convicción. Ax ya volvía a ser casi humano. Sólo llevábamos puestos los ridículos uniformes que utilizábamos en las transformaciones, pero tampoco necesitábamos más. De camino hacia la puerta, vi a las otras tres langostas que todavía se hallaban en la bolsa con hielo. Al parecer, la cena iba a ser para seis. – ¿Señora? – pregunté -. ¿Sería tan amable de hacernos un favor? Lleve a esos animales a la playa y suéltelos, ¿vale? [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 9 Jake y yo estábamos jugando con los videojuegos en el centro comercial. Le estaba dando una buena paliza, y es que mi amigo estaba comiendo y eso lo mantenía algo distraído. Se estaba zampando un bicho rojo inmenso con unas pinzas gigantescas. Le dije que no se lo comiera porque se le revolvería el estómago, pero él no me hizo caso. De pronto, su estómago explotó. Sí, sí, explotó y todos sus órganos volaron por los aires. De él surgieron ocho patas de araña enormes. Como si algo en su interior luchara por salir fuera. Traté de escapar, pero el vapor aumentaba y me estaba quemando. Quería correr, pero ya no tenía piernas, sino una cola que se retorcía sin cesar. Entonces chillé y chillé. – Marco, Marco, ¡despierta! De repente, abrí los ojos. Todo estaba oscuro y alguien me agarraba. Estaba aturdido. – ¿Mamá? – pregunté. Hubo un silencio y después: – No. Entonces me di cuenta. Me encontraba en mi habitación, en mi propia cama. Mi padre estaba sentado a mi lado. Parecía preocupado y abatido a la vez. – Soy yo – prosiguió, apartando sus manos de mis hombros. Sentí un sudor frío por todo el cuerpo. – Has tenido una pesadilla – aclaró mi padre. – Ya – asentí temblando -. Siento haberte despertado. – No estaba dormido – replicó. Consulté mi reloj. Los números rojos marcaban las tres y dieciocho de la mañana. No le iba a preguntar la razón. Era algo habitual en él. A veces ve la tele un rato, y otras se queda mirando al vacío. Está así desde la muerte de mi madre. Mi padre y yo no nos parecemos demasiado. Para empezar, él es bastante alto, más blanco que yo y con ojos castaño claro. Mi madre era hispana y tenía el pelo y los ojos muy oscuros. Todo el mundo dice que me parezco a ella. Supongo que es cierto porque, a veces, cuando está pensando en ella, mi padre se me queda mirando fijamente, como si no fuera yo quien estuviera ahí, sino el retrato de otra persona. – Ya estoy bien – le tranquilicé -. Ahora deberías intentar dormir un poco. – Sí, sí, ahora voy – asintió -. Una cosa, Marco, no estabas soñando con ella, ¿verdad? – No, papá, ¿por qué? – Porque lo primero que dijiste al despertar fue “mamá”. – Estaba un poco confundido. Eso es todo. – ¿Alguna vez… sueñas con ella? – Alguna vez sí – admití -, pero no son pesadillas. – Claro – dijo casi sonriendo -, eso sería imposible. Levantó el retrato de mi madre que tenía sobre la mesita de noche y lo miró. Entonces adoptó aquella expresión de tristeza tan típica en él desde hacía dos años. Por un lado su actitud me ponía enfermo. A veces me daban ganas de gritarle: “Basta ya, papá. Ella se ha ido y seguro que no le gustaría que pasáramos el resto de nuestras vidas llorándola.” Pero no me atrevía. Después de unos minutos, se levantó, dijo no se qué sobre el hombre del saco y se marchó. Supuse que se apoltronaría en su sillón y, poco a poco, se iría quedando dormido. Permanecí tumbado en la oscuridad, intentando quitarme aquel sueño de la cabeza, pero es difícil olvidar una pesadilla que resulta ser verdad. <Ya está terminado. Mirad.> Ax nos enseño un amasijo de piezas electrónicas. Ofrecía el aspecto de un mando a distancia que hubiese estallado, sólo que algo más pequeño. Fue al día siguiente. Nos hallábamos en el bosque, bajo la sombra de un viejo roble gigantesco. Era como una especie de picnic un tanto peculiar. Jake y Cassie habían reunido un montón de herramientas para Ax: destornilladores, un soldador, un taladro a pilas, un martillo, una llave inglesa, unos alicates y, por supuesto, los componentes electrónicos que habíamos escondido en el contenedor de basura antes del incidente de la langosta. Rachel había traído unos sándwiches y yo unas latas de Pepsi. El día era realmente estupendo. Lucía el sol y no hacía frío. Necesitaba un día así, soleado. Había dormido fatal y poco. – Bueno, Ax, ¿qué es? <Es un transmisor capaz de emitir señales de S.O.S. en frecuencias yeerk – informó Ax orgulloso -. Conozco bien las frecuencias yeerk porque las hemos utilizado alguna vez para engañarlos enviándoles señales falsas.> – Lo único que falta es un transpondor de espacio cero – recitó Jake con desgana. Me miró y puso los ojos en blanco. Creo que el incidente de la langosta también le había afectado. Estaba un poco antipático esos días y bastante descentrado. No era en absoluto el Jake al que estábamos acostumbrados. – Y como no tenemos un transpondor de espacio cero, este aparato no sirve para nada, ¿verdad? – preguntó Rachel. <Exacto, no sirve para nada sin el transpondor.> – Entonces – replicó Rachel alzando los brazos al aire -, ¿qué diablos estamos haciendo aquí? Jake se limitó a encogerse de hombros. Cassie se deslizó a su lado y lo abrazó con disimulo. Aunque nadie se percató, casi de inmediato, la expresión de Jake se suavizó. Sin embargo, mi mal humor iba en aumento. – Muy bien – dije -, supongo que dentro de un par de siglos los humanos descubrirán el espacio cero y aprenderán a hacer transpondores, sea lo que sea. Pero, mientras tanto, yo me voy a comer un sándwich. Tobias se acercó planeando entre las ramas y las hojas de los árboles y se posó en una de las ramas más bajas del roble. <No hay nadie a la vista – informó -. Parece un lugar seguro, al menos para vosotros, porque en lo que a mí respecta, he visto a un águila real sobrevolando a menos de un kilómetro hacia el sur. Creo que lo mejor será quitarse de en medio un rato a ver si se larga.> Hacía ya tiempo que era consciente de la vida tan dura que llevaba Tobias. No sólo está expuesto a los mismos peligros que nosotros sino también a todos los que acechan a un ratonero de cola roja, como por ejemplo las águilas reales, que son más rápidas y más grandes y, a veces, cazan halcones. <¿Cómo va eso?>, preguntó Tobias. – Tenemos un transmisor de frecuencia yeerk completamente inútil – se lamentó Rachel -. Necesitamos un transpondor que no será inventado en nuestro planeta como mínimo hasta dentro de dos siglos. <¿Y Chapman?>, añadió Tobias. – Chapman ¿qué? – inquirí. Chapman es el subdirector de nuestro colegio y también uno de los principales controladores. Recuerdo que odiaba al subdirector con toda mi alma, sobre todo después de enterarme de que era un controlador, pero después supimos que había renunciado a su libertad y se había entregado a la conspiración yeerk a cambio de mantener a su hija Melissa a salvo. Se hace difícil odiar a alguien que trata de proteger a sus hijos, incluso aunque sea uno de tus peores enemigos. Eso es lo malo de luchar contra los yeerks. El verdadero enemigo es en realidad el maldito gusano que habita en el cerebro de las personas. Por lo general, el portador es una víctima inocente. <Sabemos que Chapman se comunica con Visser Tres – prosiguió Tobias -. Conecta directamente con la nave madre o con la nave-espada esté donde esté. ¿No creéis que la radio secreta de Chapman, o lo que sea, debe contener uno de esos transpondores de espacio cero?> <¡Bingo! – aplaudió Ax -. Si ese controlador es capaz de comunicarse con cualquier nave yeerk, es porque tiene un transpondor de espacio cero. Las naves yeerks están camufladas y para localizarlas es necesaria una desviación de espacio cero.> – Eso es justo lo que yo pensaba – declaró Jake mirándome. Sonreí a pesar de que imaginaba en qué desembocaría aquella conversación. Mis presentimientos no eran nada buenos. – ¿Qué tamaño tiene la cosa esa del espacio cero? – preguntó Cassie. Ax juntó los dedos para indicar el tamaño de un guisante. <En un transmisor hay muchas unidades, así que aunque nos llevemos una, nadie lo notará, por lo menos al principio.> – No pensaréis entrar en casa de Chapman, ¿verdad? – observó Rachel con voz firme y poniéndose en pie -. La última vez que lo hicimos, Melissa estuvo a punto de ser convertida en controlador por nuestra culpa. Me niego a transformarme en su gato otra vez. Chapman está en guardia ahora, ya no será tan fácil.– Recapacitó y añadió -: Como si la otra vez hubiera sido fácil. – Hoy es un día histórico – anuncié -. Es la primera vez que Rachel dice que no a una misión. – Rachel tiene razón – añadió Jake -. No haremos nada que pueda comprometer a Melissa, así que lo del gato está descartado. Además, tenemos que evitar por todos los medios que Chapman nos descubra, no podemos correr ningún riesgo. Nadie pronunció palabra durante un buen rato. Por fin, Ax rompió el silencio. <No puedo exigiros que arriesguéis vuestras vidas por mí. Me rescatasteis del fondo del mar. Me habéis dado cobijo y yo a cambio no os he traído más que problemas. Ayer casi consigo que maten al príncipe Jake y a Marco.> Las palabras del andalita me cogieron por sorpresa. Había supuesto que se quejaría y que insistiría en que debíamos intentar luchar para ayudarle. – ¿Y si…? – empezó Cassie. Todos la miramos fijamente. – ¿Sí? – preguntó Jake. – ¿Y si hubiera un modo de entrar en el sótano de Chapman, la habitación secreta donde esconde el transmisor, sin tener que entrar en su casa? De esta manera sería imposible que nos pillaran. – Siempre que no tenga nada que ver con exoesqueletos – comenté. Empezaba a sentirme frustrado. Mi comentario pretendía ser gracioso, pero Cassie me miró muy seria. – ¿Cómo? – protesté -. ¿Una langosta otra vez? ¿Cómo va un bicho de ésos a…? – Frío, frío – replicó -. Piensa en algo más pequeño, mucho más pequeño. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 10 Hormigas. Cassie tuvo la brillante idea. Primero nos colaríamos en el sótano de Chapman y después transportaríamos el transpondor. Hormigas. En eso se había transformado mi vida. Nos pasamos un par de horas discutiendo si sería mejor convertirse en hormigas rojas o negras. Al final, me marché de allí asqueado. No quería ni oír hablar de hormigas rojas, negras o del color que fueran, y menos aún transformarme en una. Me encontré con Jake al día siguiente, en el colegio. Yo acababa de salir de la clase de historia. El profesor nos había dado la bienvenida con un control sorpresa que, por supuesto, había suspendido. Así que no estaba de muy buen humor. Mientras abría la taquilla iba murmurando no sé qué sobre la guerra americo-mexicana. ¿Cómo iba a saber que esa guerra y la guerra de independencia de Tejas eran cosas diferentes? – ¡Hola! – saludó Jake -. Al final, negras. Al parecer la mayoría de las hormigas que habitan por los alrededores de la casa de Chapman son negras. Tobias nos lo confirmó. – Jake, me niego a ser un insecto – le aclaré tras asegurarme de que nadie nos podía oír -. He sido un gorila, un águila pescadora, un delfín, una trucha, una langosta… y seguro que me olvido de algo. El gorila fue divertido. Lo del delfín fue genial y hasta lo del águila pescadora tuvo su gracia, pero ¿una hormiga? Ni hablar. Los insectos son repugnantes. Olvídalo. – Yo he sido una pulga – recordó Jake, encogiéndose de hombros – y tampoco fue tan horrible. – Sonrió como si hubiera sido lo más gracioso del mundo -. En serio, no estuvo tan mal. No veía nada y apenas oía, solamente percibía vibraciones. Lo único que sabía era que me gustaba el calor que desprendían los cuerpos y cuando sentía hambre sólo tenía que hacer un agujero en la piel. – Y chupar sangre. – Bueno – intentó justificarse. Parecía un poco incómodo -, después de todo era la sangre de Rachel. Bueno, sí, era la sangre de un gato, pero en realidad se trataba de Rachel. – Jake, ¿te has parado alguna vez a escuchar lo que dices? – Intento no hacerlo – admitió -. Escucha, tenemos que ayudar a Ax a regresar a casa. Si se queda aquí, nos pondrá a todos en peligro. ¿No te das cuenta? Tenemos a ese enorme anda… – miró alrededor para comprobar que nadie estaba escuchando y prosiguió en voz baja -. Tenemos a un andalita enorme merodeando por la granja de Cassie. ¿Qué pasaría si alguien lo descubriera? Cualquier controlador lo reconocería enseguida y lo primero que se preguntarían es qué hace un andalita en las tierras de Cassie. – Sí – asentí -, supongo que tienes razón. Pero estuve a punto de morir el otro día. Casi me cocinan en agua hirviendo. Ya sé que a ti te gusta hacerte el héroe, pero a mí no, Jake. Saqué un libro, cerré la taquilla de un golpe y eché a andar por el pasillo. Jake se puso a mi lado. – ¿Sabes qué día es el próximo domingo? – le pregunté de repente. Había decidido no decirle nada. – ¿El domingo? Pues no sé. – Hace dos años. Dos años que mi madre murió. No sé qué hacer. No sé si debería hablar con mi padre del tema o no mencionarlo siquiera. De una cosa sí estoy seguro. Esta semana no es la apropiada para que me pase algo. Imagínate que aparezco muerto. Seguí caminando. Jake se detuvo. Dos años. Aquel día mi madre había sacado la barca del muelle y se había adentrado en mar abierto. Había mucho oleaje. Nunca supimos por qué lo hizo. Era la primera vez que se atrevía a navegar sola, siempre habíamos ido los tres juntos. Aquella noche, después de un gran vendaval, encontraron la embarcación entre unas rocas. El casco había quedado destrozado y no había ni rastro de mi madre, a excepción de una cuerda deshilachada. Nunca encontraron el cuerpo. Los vigilantes de la costa nos dijeron que era algo frecuente porque el mar es demasiado grande. “Y el espacio también”, dijo una voz en mi interior. En algún confín de la galaxia un padre y una madre estarían preguntándose qué ha sido de sus hijos. Durante algún tiempo inventaba historias acerca de cómo mi madre podría haber sobrevivido. Quizás hubiese ido a para a una isla desierta o algo por el estilo. Pero como tengo los pies en el suelo, terminé por aceptar la cruda realidad. De la misma manera, los padres de Ax terminarían por aceptar que Ax y su hermano, el príncipe Elfangor, nunca volverán a casa. Creerán que se han perdido para siempre en el espacio. Perdidos en el espacio por tratar de proteger a la Tierra , por ayudar a la raza humana. Por ayudarme a mí. Distinguí a Cassie un poco más adelante. Iba con unas amigas. Me lanzó una sonrisa más bien fría al verme. En el colegio intentamos que no nos relacionen, por eso siempre que nos vemos hacemos como si apenas nos conociéramos. – Dile a Jake que lo haré – le comenté cuando pasé a su lado. A veces odio tener conciencia. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 11 – Me pregunto por qué se habrán mudado de casa los vecinos – inquirió Cassie. – Quizá no les gustaba la idea de vivir al lado de un controlador que participa en una conspiración cuyo objetivo es dominar el mundo – contesté -. O quizá porque no les gustan los subdirectores. En cualquier caso, lo entiendo. Nos encontrábamos en la parte trasera de la casa que habitaban los vecinos de Chapman, y en la que ya no vivía nadie. En la fachada había un cartel de “Se vende”. Nos preguntábamos por qué se habrían mudado. Chapman no se comporta de un modo extraño. Ése es el gran problema con los controladores, nunca se sabe si una persona lo es o no. – Mejor para nosotros – anotó Jake. Era de noche y había luna llena, lo cual nos permitía ver con bastante claridad. Estábamos escondidos detrás de un árbol. Una valla de madera bastante alta nos separaba de la casa de Chapman. Ax estaba recuperando su forma andalita. El resto ya habíamos adquirido el ADN de unas hormigas del granero de Cassie, así que estábamos listos. Yo temblaba de miedo. Supongo que a los otros les ocurría lo mismo. Todo el mundo hablaba sin parar, ya sabéis, como cuando estás muy nervioso y no puedes controlarte. Cassie tiritaba, lo normal cuando hace un frío de muerte, sólo que estábamos a unos treinta grados centígrados. – ¡Tobias! – lo llamé. Estaba en el árbol, a tan sólo unos centímetros de mi cabeza. Se había posado en una rama baja -. ¿Qué capacidad de visión tienes? <Creo que podría veros sin dificultad si os mantenéis en la superficie – repuso – gracias a la luz de la luna. Pero mi visión por la noche deja mucho que desear comparada con la que tengo durante el día. Mis ojos no se diferencian mucho de los vuestros en la oscuridad.> – Fantástico – comenté. – Ha llegado el momento – advirtió Jake tras consultar su reloj -. Ahora mismo la reunión en la que Chapman se encuentra acaba de empezar en La Alianza. La Alianza es la tapadera que utilizan los controladores. Es su excusa para reunirse sin que nadie sospeche. En teoría, es una especie de combinación de scouts masculinos y femeninos pero en la práctica sirve para ganar más adeptos a la causa, dispuestos a ser portadores de gusanos. Sí, aunque resulte difícil creerlo, hay gente que acepta voluntariamente la dominación yeerk. No era necesario preguntarle a Jake cómo sabía lo de la reunión de La Alianza. Su hermano Tom es uno de ellos, es un controlador con un puesto relevante en la organización. – ¿Estás preparado, Ax? – preguntó Jake. Ax tuvo que convertirse primero en andalita antes de transformarse en hormiga. Nosotros también tenemos que recuperar primero nuestra forma natural antes de realizar otro cambio. Una vez Cassie intentó transformarse directamente de un animal a otro pero no funcionó. Y eso que Cassie es la que mejor lo hace de todos. <Listo>, respondió Ax. – ¿Estáis todos listos? – preguntó Jake. – Sí – repuso Rachel. Incluso Rachel parecía tensa. Había algo inquietante en el ambiente, aunque quizás era yo que me estaba volviendo paranoico. – Muy bien – continuó Jake -. En cuanto nos hayamos convertido en hormigas, atravesaremos la hierba hasta llegar a la valla, nos colaremos por debajo y, una vez lleguemos a la pared del sótano, buscaremos un agujero o una ranura para entrar. – Eso está hecho – repliqué. Me concentré en la hormiga cuyo ADN acababa de adquirir. En realidad no había mucho en qué pensar. En mi mano tan sólo era un punto. Su cuerpo consistía en una parte central o tronco y unas patas. Nada más. Empecé a mutar rápidamente. – ¡Ay! Estaba cayendo. Ésa fue la primera sensación. Estaba disminuyendo a marchas forzadas y el suelo se acercaba cada vez más. Como cuando tienes una de esas pesadillas en las que vas cayendo y nunca llegas al suelo. Cuando medía ya tan sólo unos treinta centímetros, mi piel se volvió rugosa, como si estuviera chamuscada. Después se endureció, casi más que una uña y cambió de color. Pasó a ser negro brillante. Miré a Cassie y tuve que contenerme para no gritar. Ella iba mucho más adelantada. Una cáscara negra recubría su cuerpo. Su piel se había arrugado y relucía, parecía de plástico. Las piernas se le encogían a gran velocidad y también los brazos, aunque éstos se habían alargado antes para igualarse con las piernas. Un tercer par de patas acababa de brotar del pecho de mi amiga. Su cara…, su cara ya no era humana. La cabeza había adquirido forma de lágrima. Le empezaron a crecer unas mandíbulas curvadas y le crecieron un par de dientes aserrados y muy afilados con aspecto amenazador. Sus ojos se aplanaron y perdieron viveza. Sólo eran dos puntos negros. De su frente emergieron unas antenas, más semejantes a otro par de patas. Su cintura quedó reducida a la mínima expresión. La parte inferior de su cuerpo se hinchó hasta alcanzar el tamaño de una sandía. Me negué a seguir observando los cambios que se iban produciendo en ella porque sabía que todo eso me iba a ocurrir a mí. Lo sabía y prefería no pensar en ello. Sólo quería acabar cuanto antes, que la metamorfosis se completara. De repente, del suelo salieron un montón de varas. ¡Estaba rodeado! ¡Dios mío! ¡Era hierba! Las ásperas y afiladas cañas que se elevaban a mi alrededor no eran sino briznas de hierba. Ellas no crecían, era yo el que disminuía a toda velocidad. Ya casi había adquirido el tamaño de un insecto. Una de las briznas brotó justo debajo de mí y me hizo perder el equilibrio. Para colmo había perdido la visión. No veía nada. ¡Estaba ciego! Ciego y en una caída libre sin fin. Rodaba, dando tumbos, por uno de los lados de una brizna de hierba. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 12 Me detuve. Una cosa estaba clara, había llegado al final y estaba de pie. Seguía sin ver nada. Sin embargo, no estaba ciego del todo. Mis ojos no distinguían los detalles sino manchas de luz y zonas oscuras que me llegaban borrosas y fragmentadas. Además, a mi cerebro de hormiga no le interesaban lo más mínimo. En efecto, mi mundo no dependía de la visión. Sino de… otra cosa. Percibía algo diferente. Una sensación extraña. Entonces noté que mis antenas se movían. Sí, se agitaban hacia delante y hacia atrás como si buscaran algo. Un momento, no buscaban… estaban oliendo. Sí, mis antenas estaban husmeando el lugar. Buscaban un olor, o más de uno. No tenía nada que ver con el olfato humano, ni siquiera con el de un perro, según había contado Jake cuando se transformó en su perro Homer. Ese nuevo sentido del olfato detectaba otras posibilidades y sutilezas. Era diferente porque buscaba unos olores muy concretos. Traté de prepararme para lo que vendría seguidamente. Ya había pasado por aquello antes. Generalmente, en las mutaciones dispones de un momento, tan sólo unos segundos, antes de que aflore la mente del animal con todos sus miedos, hambre e intensidad. Las hormigas son diminutas y débiles. Estaba seguro de que su miedo sería intenso. Debía estar… Entonces, ¡BAM!, la mente de la hormiga apareció dentro de mi cerebro. No había miedo. Ni pizca. No sentía hambre. No había…, no había yo. No había yo. No… Mis antenas se agitaron en el aire. ¡Qué extraño! No percibo ni mi casa ni mi colonia. Territorio enemigo. Huélelos, olfatea sus excrementos. Huele los olores punzantes que van sembrando para marcar el territorio. <¿Cómo vais? Soy Tobias. ¿Estáis bien?> Extraños, me llegan olores ajenos. Vendrán y me matarán. Me matarán. Pronto. Mejor salir de aquí. <Jake, Marco, Rachel, Cassie, contestad. Soy Tobias. Habladme.> Empecé a deslizarme. Mis seis patas se movían ágiles. Era un insecto casi ciego abriéndose paso por un bosque de gigantescas y cortantes briznas de hierba. Comida. Olía a comida. Tenía que encontrarla, atraparla y llevarla a la colonia. Cambié de dirección rápidamente y me encaminé hacia donde me conducía aquel olor a escarabajo muerto. Percibía otros seres a mi alrededor. Olían como yo, así que no eran enemigos. <Chicos, no vais en la dirección adecuada.> Cada vez me movía más deprisa. Mis patas notaban cada brizna de hierba por la que pasaban. Mis antenas no cesaban de moverse para no perder el rastro del enemigo. Tenía que seguir el olor de animal muerto que debía encontrar y transportar hasta la colonia. <¡Escuchadme! Vais en la dirección equivocada. ¡La mente del animal se está imponiendo a la vuestra!> Me estaba acercando. El aroma a comida era cada vez más intenso. Mis mandíbulas comenzaron a moverse. Primero había que palpar el cuerpo y calcular su tamaño. Si resultaba demasiado grande para ser transportado tendríamos que hacerlo pedazos y trasladarlo a trozos hasta la colonia. <¡Tenéis que recuperar el control! ¡Venga, luchad! ¡Tenéis que dominar vuestra mente de hormiga!> ¡Cuidado!, los enemigos acechan. Vendrán y nos matarán. Percibo su olor. Allí estaba. Habíamos llegado hasta el escarabajo muerto. El olor del aire era penetrante. Lo palpé con mis patas una y otra vez para deducir su tamaño. ¿Yo? ¿Mis patas? Confusión. <¡Luchad! ¡Luchad! ¡El animal os tiene completamente controlados!> Era grande. Los otros estaban junto a mí. Abrí mis mandíbulas afiladas y mordí al escarabajo. Le rasgué la dura coraza hasta que llegué a la carne. <¡Escuchadme! ¡Habéis perdido el control! ¡El animal os está dominando! ¡Tenéis que luchar contra él!> ¿Luchar? De pronto percibí otra cosa…, un sonido. Esa vez no se trataba de un olor ni de una sensación. <¡Sois humanos! ¡Sois humanos! ¿Me oís? ¡No sois hormigas! ¡Tenéis que recuperar el control!> Sí, seguro. Percibía algo en mi mente que no era ni un olor ni una sensación. Era… mi yo. Marco. <¡AAAHH!>, grité en el interior de mi mente. Tobias me contó después que le había dado un susto de muerte. Creyó que me estaban matando. Pero no era así. Al contrario, me sentía como si hubiese vuelto a nacer. <¡AAAHHH! ¡AAAHHHHH! ¡AAAAHHHHH!> <¿Qué ocurre?>, preguntó Tobias asustado. <Yo… yo… me había perdido – contesté -. Era como si hubiese desaparecido, como si hubiese dejado de existir.> <Será mejor que volváis a vuestro estado natural>, sugirió Tobias. Los otros también empezaban a recuperar su conciencia. Les había pasado igual que a mí. Todos gritaron al volver a ser ellos mismos. <¿Qué clase de criaturas son éstas? – preguntó Ax aterrorizado -. ¡No tienen personalidad propia! Me sentía perdido, sin nada con qué orientarme. No son criaturas completas, sólo constituyen partes, como las células. Son fragmentos de un todo. ¿Cómo puede haber criaturas tan espantosas?> <Escuchad un momento. Volved a vuestro estado natural. Esto es asqueroso. No debéis seguir adelante.> <Un enjambre – informó Cassie. Parecía confusa -. Son insectos sociales. Forman parte de un ejército, de un enjambre. Debería haberlo previsto. Ax tiene razón. Cada uno de nosotros es tan sólo una parte, como las células del cuerpo humano.> <Chicos, se acerca otro ejército de hormigas. Vienen hacia aquí>, anunció Tobias. <¿Están cerca? – preguntó Jake -. ¿Las puedes ver desde ahí arriba?> <No estoy en el árbol. Estoy justo a vuestro lado, a pocos centímetros de vosotros.> <No me gustaría tener que volver a pasar por esto – intervino Rachel -, así que terminemos cuanto antes. Vamos.> <¿Todo el mundo ha recuperado el control?>, preguntó Jake. Dijimos que sí uno por uno, aunque no era del todo cierto. Sí, claro, tenía controlada la mente de la hormiga, pero seguía estando ahí. Su propia simplicidad la hacía todavía más fuerte. Era como si estuviese programada. Una pieza que formaba parte de un mecanismo gigantesco: la colonia. <¿Chicos? – la voz de Cassie resonaba en mi cabeza -. Si lo intentáis podéis controlar las antenas. Si os concentráis notaréis zonas claras y oscuras. Es como ver imágenes en una televisión en blanco y negro que esté en muy malas condiciones. Se distinguen las figuras, pero sólo reconoces lo que tienes justo delante de ti.> Tenía razón. Podía ver, aunque nada de lo que veía tenía sentido. Sí, reconocía las briznas de hierba pero, por ejemplo, una pared de unos dos metros de altura resultaba un completo misterio para mí. <Uno de vosotros está subiendo por mi pata>, informó Tobias. La pared era la garra de Tobias. <Vais bien, ahora sí habéis tomado la dirección correcta – observó Tobias -. Acabáis de llegar a la valla.> Me resultaba del todo imposible distinguir la valla. No veía nada. Para alcanzar el pie de la valla tendría que haber aumentado siete u ocho veces mi tamaño, así que aquella información resultaba irrelevante para mí. <Será mejor que no os acompañe hasta la casa de Chapman – sugirió Tobias -. Si alguien me viera, sospecharía. Continuad en la misma dirección.> Seguimos sus indicaciones. Atravesamos un bosque de hierba hasta que, de repente, se esfumó. Habíamos dejado la hierba atrás y nos movíamos por un paisaje lunar plagado de piedras del tamaño de mi cabeza. En mi mente de hormiga la alarma seguía sonando. ¡Enemigos! ¡Enemigos! Su olor lo impregnaba todo. Sin embargo, el cerebro de la hormiga no sentía miedo. Era incapaz de sentir la más mínima emoción. Sólo alertaba de la presencia del enemigo. Presentía que tarde o temprano éste se acercaría para matar o morir. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 13 Dimos con la pared. Supe enseguida que se trataba de los cimientos de la casa y supuse que a unos treinta centímetros por encima de mi cabeza empezaría la estructura de madera, pero me resultaba imposible distinguir nada a aquella distancia. Lo que realmente veía, sentía y olía era que el mundo horizontal se había terminado. Para mí la realidad sólo comprendía dos planos: uno vertical y de hormigón y otro horizontal y de tierra. El hormigón estaba lleno de grietas y de agujeros lo bastante grandes como para poder colarme en su interior. <Hacia abajo – nos indicó Jake -, debemos encontrar un modo de ir hacia abajo.> <Ahí hay un túnel – informó Rachel -, pero huele… huele… fatal.> En efecto, encontramos el túnel, que estaba en poder de los otros, del enemigo. <Presiento al enemigo – advirtió Ax -, pero ¿quién o qué?> <No lo sé – contestó Jake con gravedad -. Esperemos que no estén muy cerca.> Nos adentramos en el túnel donde el olor que desprendía el enemigo se hacía cada vez más intenso e insoportable. Su hedor nos iba envolviendo paso a paso. Nos habíamos convertido en una fuerza invasora que penetraba lentamente en territorio enemigo. El túnel era estrecho y estaba plagado de pequeñas piedras que me aplastaban el abdomen al pasar. Algunas las apartábamos con las patas y otras las teníamos que empujar para moverlas. Me resultaba sorprendente no sentir claustrofobia sabiendo que estaba rodeado de tierra y que mis amigos caminaban por delante y por detrás de mí. Sin embargo, mi parte de hormiga se sentía como pez en el agua. Íbamos en descenso. Mi cabeza apuntaba en sentido vertical pero la gravedad no parecía afectarnos de la misma manera que a los humanos. <El camino se ramifica en este punto. Hay tres túneles, uno se dirige hacia arriba – nos informó Rachel que, para variar, encabezaba la expedición -. ¿Qué opción…? ¡AAAHHH!> <¿Qué te ocurre?> <Oh, vaya era una hormiga.> <¿Qué? ¡Rachel!> <Se marcha, huye. Ya está, tranquilos. Es más pequeña que yo y se ha ido en otra dirección.> <Supongo que somos las hormigas malas de la película>, comenté, tratando de quitar importancia al incidente que nos había puesto los pelos de punta. <¡Ojalá!>, añadió Jake. <Siento aire – informó Ax -. Viene de allí, de ese otro túnel, es una ligera brisa.> <Adelante>, ordenó Jake. Enseguida abandonamos el terreno arenoso para adentrarnos en lo que parecía un cañón, un cañón muy profundo que no era sino una grieta en la pared de hormigón. Trepamos por encima de salientes escarpados y nos deslizamos por las zonas más estrechas de la grieta apretujados. Por suerte, la brisa cada vez se hacía más intensa. Por fin llegamos al final del túnel. Estábamos en el exterior, sobre una superficie plana y vertical. <Creo que ya hemos llegado – anunció Cassie -, presiento que estamos en espacio abierto. Hay aire y está oscuro.> <Muy bien. Tenemos que transformarnos, pero con cuidado.> <¡Un momento! Primero hay que buscar un plano horizontal – sugerí -. Los humanos no pueden andar por las paredes y no sabemos a qué altura nos encontramos.> <Marco tiene mucha razón. Alguien debería probarlo antes.> <Yo mismo, por una vez, seré el primero>, me ofrecí. Estaba deseando salir de aquel cuerpo. Me separé de mis amigos. Al estar totalmente a oscuras no veía los cambios que experimentaba mi cuerpo, pero sólo con sentirlo ya era suficiente. Cuando por fin recuperé mi forma humana empecé a buscar la luz. De repente me quedé inmóvil. Caí en la cuenta de que mis enormes pies humanos podrían aplastar a mis amigos. Entonces, sin moverme del sitio, empecé a palpar la pared en busca de la luz. Nada. Un tablón de anuncios, ¡una mesa!, un teléfono, un aparato, un fax quizás, y… ¡bingo!, una lámpara. La luz repentina me cegó. Parpadeé y me cubrí los ojos con una mano. Una vez se hubieron ajustado a la luz, miré a mi alrededor. Me encontraba en una habitación pequeña, una especie de oficina sin ventanas. Estaba solo. Después comprobé que mi cuerpo volvía a ser el mismo de siempre. Brazos, piernas, pies. Sí, no faltaba nada. <Notamos algo de luz – informó Jake -, sé que ahora no te puedes comunicar con nosotros, pero si estamos a salvo apaga la luz una vez.> Entonces vi a mis amigos, cuatro diminutas hormigas apelotonadas en un rincón de la habitación. ¡Qué espectáculo! Se me cortó la respiración. Así había sido yo. Me resultaba increíble. Hice lo que me dijo y segundos después mis amigos empezaron a transformarse. Me di la vuelta y me dispuse a registrar la mesa. – Nunca en mi vida he sentido tanto asco – comentó Cassie, que había sido la primera en completar la mutación. – Estoy de acuerdo – corroboré. – Me niego a repetirlo – sentenció. Percibí en su tono de voz el miedo y el asco que había sentido. No respondí. Estaba tan asustado que prefería no hablar del tema. Porque si lo hacía, sería como volver a vivirlo. Así que era mejor no pensar. Quería desecharlo de mi mente cuanto antes. – Éste es el lugar – informó Rachel en cuanto recuperó los ojos y la boca -. Lo reconozco. Es la oficina de Chapman. La última vez que estuve aquí era un gato, pero la recuerdo a la perfección. – Muy bien, acabemos con esto cuanto antes. Visto y no visto – indicó Jake bastante nervioso -. ¿Ax? Busca el transpondor. Enseguida, Ax, que ya había recuperado su forma de andalita, se puso manos a la obra. Quitó un panel del aparato que a mí me había parecido un fax. Yo seguí registrando la mesa de Chapman, pero sin éxito. No había papeles ni archivos. Ax me miró y sonrió con los ojos, como acostumbran a hacer los andalitas. Señaló un pequeño objeto cúbico que, sinceramente, parecía un pisapapeles. El pisapapeles se iluminó y proyectó una imagen ante mí. – ¡Qué chulo! – exclamé -. Es un ordenador, ¿no? <Sí. Un ordenador.> Acerqué un dedo hacia un símbolo que parecía un archivo. Se abrió. El documento estaba escrito en un alfabeto totalmente desconocido para nosotros. <¿Sabéis utilizar un ordenador?> – Pues claro. ¿Qué te crees? Éste es unos cien años más modernos que los nuestros pero… <¡Un momento! – me interrumpió Ax de repente -. Vuelve a ese documento que acabas de abrir.> – ¿Entiendes lo que dice? <Sí. – Se quedó absorto durante unos segundos delante del documento -. Se trata de un comunicado. Los yeerks esperan la llegada de un visitante muy importante: Visser Uno.> – ¿Visser Uno? Debe de ser el jefe de Visser Tres, ¿verdad? <Sí. Visser Uno es más poderoso que Visser Tres, que a su vez es más poderoso que Visser Cuatro y así sucesivamente hasta llegar a Visser Cuarenta y siete del imperio yeerk. Al menos eso es lo que nosotros pensamos.> – ¡Estupendo! – exclamé irónico -. Cuarenta y siete. Espero que no todos sean como nuestro querido amigo Visser Tres. <No – contestó, al tiempo que intentaba extraer el transpondor de aquel aparato que parecía un fax -, sólo Visser Tres posee cuerpo de andalita y es el único que tiene la capacidad de transformarse. Visser Uno tiene forma humana, si no me equivoco. ¡Ah! Ya lo tengo.> Nos enseñó una especie de disco brillante y diminuto, del tamaño de un guisante. – Muy bien, larguémonos de aquí – ordenó Jake -. Colócalo cerca de la grieta, así no lo tendremos que transportar hasta allí. Todo el mundo listo para transformarse. Vámonos. Había llegado el momento que me temía. No quería volver a aquel repugnante cuerpo de hormiga. Sólo de pensarlo me entraban ganas de llorar. Pero no había más remedio. Si intentábamos salir del sótano a través de la casa nos arriesgábamos a ser descubiertos. – No quiero – protesté, aunque ya me estaba concentrando en el bichejo y enseguida empecé a notar cambios en las piernas. Una vez hubimos recuperado la forma de hormiga, el transpondor nos resultó enorme. Era mucho más grande que nosotros. Me coloqué a su lado y lo palpé con mis patas y antenas. En proporción, resultaba tan grande como un garaje con espacio para dos coches. <Se dice que las hormigas son muy fuertes para su tamaño – observó Cassie -. Vamos a comprobar si es cierto.> Parecía imposible, pero Cassie, Rachel y Ax se las arreglaron para levantarlo del suelo. Imaginaos que veis por la calle a tres personas transportando sobre los hombros un autobús urbano. Así de grande era el transpondor para nosotros. Desde luego es cierto lo que se dice de las hormigas: para lo pequeñas que son tiene una fuerza descomunal. Cuando llegamos a la pared vertical, Cassie, Rachel y Ax empujaron el dichoso aparato hacia arriba, haciéndolo girar como si fuera una rosquilla de metal. Y, una vez llegamos a la grieta, lo impulsaron al interior mientras Jake y yo abríamos paso. Hubo tramos en los que los cinco tuvimos que tirar del objeto para facilitar su desplazamiento, sobre todo en aquel cañón de hormigón lleno de salientes escarpados. Después de mucho esfuerzo, lo conseguimos y alcanzamos el túnel de tierra. Algunas veces el transpondor se quedaba atascado, como cuando se hace un tapón en la pajita de la Coca-Cola. Pero gracias a la colaboración de todos, Ax, Rachel y Cassie empujando por detrás, y Jake y yo despejando el camino de piedras, en realidad granos de arena, íbamos avanzando. De repente, el túnel, que estaba vacío hacía un segundo, se llenó de un furioso ejército de hormigas preparadas para la batalla. Enemigos, me advirtió mi mente de hormiga. La cosa empezaba a animarse. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 14 <¡Nos atacan por detrás!>, avisó Rachel gritando. <¡Vienen por ese túnel!>, chilló Cassie. <¡Nos tienen acorralados!> <¡Socorro! ¡Socorro!> <¡Arrggghhhh!> La velocidad de ataque fue increíble y la fiereza, imposible de describir. Cientos y cientos de hormigas se colaban por los otros túneles y se acercaban por todas direcciones. Parecían brotar de la pared. <¡Mi pata, me han mordido una pata!> <¡Aahhhhh! ¡Mi cuello! ¡Ayudadme!> Tres de ellas se me echaron encima. Tiraban de mí para inmovilizarme y así arrancarme las patas. ¡Querían despedazarme! Otra me pisoteó la cabeza, me aplastó las antenas y cuando llegó a la cintura me propinó un buen mordisco. Pretendía partirme en dos. No valía la pena luchar, no teníamos ninguna posibilidad de ganar. En pocos segundos los cinco estaríamos muertos. Eran máquinas de matar, no conocían el miedo. Invencibles. <¡Transformaos! – grité -. ¡Es la única solución! ¡Transformaos!> Noté cómo una de mis patas se desprendía de mi cuerpo. <¡Arrrgggghhhhh!> <¡No! ¡No! ¡Socorro!> Sus mandíbulas demoledoras aprisionaban mi frágil cintura cuando sentí que un líquido abrasador penetraba en mi cuerpo. ¡Veneno! Me habían picado, el veneno se extendería en pocos segundos. ¡Socorro! No cesaban de morderme. Estaba a punto de ser descuartizado. “Humano. Quería volver a ser humano. Por favor, aguanta un poco más – me decía -, sólo lo suficiente para convertirme en humano otra vez.” <¡Transformaos! – Era Jake -. ¡Aaaahhhhh! ¡No! ¡No!> Mi cintura crujió. Los malditos bichejos no me soltaban. De repente, la presión en mi cintura desapareció. En su lugar, noté el suelo arenoso. ¡Por fin, estaba creciendo! Casi no podía respirar. Estaba rodeado de tierra, encajonado. Entonces, el suelo se abrió y os juro que fue como salir de una tumba. Por fin, ¡aire! Surgí de la tierra al igual que un volcán en erupción. ¡El aire fresco de la noche! Jake estaba encima de mí y me presionaba al crecer. Los otros, que se encontraban en el túnel, a sólo unos centímetros de nosotros, empezaron a revolverse en un amasijo de formas irregulares. Intenté moverme pero me resultó imposible, la metamorfosis no había terminado. Al fin me encontré tumbado en el suelo, mirando con mis ojos humanos las estrellas de la noche. <¿Estáis bien, chicos?>, preguntó Tobias. – ¿Cassie? – preguntó Jake. – Estoy bien – contestó Cassie. – Yo también, Jake, gracias por preguntar – añadió Rachel. Estábamos todos vivos y enteros, cuatro humanos y un andalita. Miré hacia el suelo y vi la tierra que había quedado revuelta a consecuencia de nuestra erupción. Había miles de hormigas correteando como locas, tan pequeñas que resultaba difícil distinguirlas. Y allí, casi enterrado, estaba el transpondor. Lo recogí y lo guardé. Rachel comenzó a pisotear el terreno que habíamos levantado para aplanarlo, de ese modo no levantaría sospechas. – ¿Jake? – dije -. Tardaremos un tiempo en repetirlo, ¿verdad? Mi amigo hizo un gesto negativo con la cabeza. – Un día soy una langosta y al otro una hormiga. Me imagino que el siguiente peldaño en la escalera de la involución será un virus o algo por el estilo. Quiero dejarlo claro desde ahora. No pienso hacerlo. Me niego a convertirme en microbio, ni siquiera para salvar el mundo. No pretendía hacer una broma, aunque a algunos se les escapó la risa. Incluso Rachel dejó de pisotear las hormigas, es decir, el suelo. Aquella noche, al volver a casa, me pegué una buena ducha y todavía encontré la cabeza de esa hormiga que se había cebado con mi cintura. Mucha gente piensa que los humanos son los únicos seres que entran en guerra. Me veo obligado a hacer una pequeña aclaración: comparados con las hormigas, los humanos rezuman paz, amor y comprensión. Había transcurrido un mes más o menos desde el incidente cuando eché un vistazo a un libro sobre hormigas. El autor afirmaba que si las hormigas contaran con armas nucleares, probablemente destrozarían el mundo en una semana. Se equivocaba. No les llevaría tanto tiempo. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 15 Había dormido toda la noche de un tirón, así que me encontraba bien. Sí, había tenido sueños extraños pero no les concedí ninguna importancia. Cuando me levanté, ignoré el hecho de que mi padre tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. Se iba poniendo peor según se acercaba el domingo, el segundo aniversario de la muerte de mi madre. Yo, en cambio, evitaba pensar en ello. Apartar cosas de mi mente se estaba convirtiendo en un hábito. Me crucé con Jake en el pasillo del colegio, pero hice como si no lo viera. También vi a Rachel. Noté cierta expresión turbia en su mirada, como si no hubiera dormido bien, como si algo terrible hubiera pasado. Incluso Cassie mostraba un rostro serio. Nos había afectado a todos. No es fácil olvidar el terror, no es fácil borrar de la memoria la imagen de uno mismo a punto de ser despedazado. Estaba casi seguro de que algún día uno de nosotros perdería la cabeza y acabaría loco de atar. Demasiada tensión. Aquello no era vida. Alguno no podría resistirlo y estallaría. Puede sucederle incluso a gente muy fuerte. Lo sabía por experiencia propia. Le había ocurrido a mi padre, a quien yo consideraba indestructible y, sin embargo, la muerte de mi madre lo había hundido. Antes era ingeniero, un auténtico científico. Mi padre es superinteligente. Vivíamos en una casa preciosa, muy cerca de donde vive Jake, y teníamos un cochazo. Sí, ya sé que nada de eso es importante y que la vida no consiste en acumular riquezas. Aún así, fue muy duro cuando mi padre simplemente dejó de ir a trabajar. Jerry, su jefe, procuró ser comprensivo y le dio un par de semanas para superar el trágico accidente. Pero dos semanas no fueron suficiente. Ahora mi padre trabaja de conserje media jornada. Sólo acepta empleos temporales. A veces descarga cajas en grandes almacenes. Ése es el tipo de trabajos que hace ahora. Pero a mí no me importa. Lo que sí me importa es que cuando perdí a mi madre, perdí también a mi padre. Así que, ya veis, cualquiera puede venirse abajo. De pronto, te encuentras fuera de juego. Las clases de la mañana transcurrieron sin pena ni gloria. A la hora de comer coincidí con Rachel en la misma mesa. Mi amiga parecía ausente, ni siquiera me vio. Comía mecánicamente, parapetada tras su plato. Una tal Jessica, al pasar con la bandeja, tropezó con Rachel y, del golpe, a Rachel se le cayó el tenedor en su bandeja y se manchó la ropa. No sé si Jessica lo hizo a propósito, pero, desde luego, es la típica chica que se cree muy dura. – ¡Eh! ¡Mira por dónde vas! – le espetó Rachel. – ¿Cómo has dicho? – le preguntó Jessica en tono amenazante -. Ni se te ocurra levantarme la voz, ¿me oyes? Ten cuidado o te arrepentirás. – Entonces le propinó un buen empujón a Rachel por la espalda. Mi amiga saltó de la silla como un rayo. Se giró, agarró a Jessica por la pechera y la puso de espaldas contra una mesa. Los platos y restos de comida saltaron por los aires. Jessica abulta casi el doble que mi amiga pero no importaba. Rachel, que la tenía inmovilizada contra la mesa, se inclinó sobre Jessica y le dio una orden contundente: – No me toques. Jake se encontraba en el otro extremo del comedor, demasiado lejos para intervenir, y Cassie estaba con él, así que me tocó a mí. Me levanté de un salto y me acerqué rápidamente a Rachel. Respiré hondo y metí los brazos entre las dos chicas para separarlas. – No te metas en esto, Marco – amenazó Rachel. – ¡Quítamela de encima! ¡Está loca! – exclamó Jessica. Intenté sujetar a Rachel para que soltara a Jessica y entonces ésta empezó a pegar a diestro y siniestro. Quería darle a Rachel, pero falló. – ¡Ay! – me cubrí el ojo izquierdo -. ¿Por qué me pegas a mí? Justo en ese momento aparecía un profesor. Cinco minutos más tarde Jessica, Rachel y yo estábamos sentados en la oficina de Chapman, el subdirector. Jessica se estaba comportando como una histérica, no dejaba de chillar. Rachel miraba fijamente a la nada. Su mirada era glacial. Yo estaba preocupado por mi ojo, me preguntaba si seguiría hinchándose. – ¿Qué significa esto? – preguntó Chapman sin quitarnos la vista de encima -. ¿Una pelea en el comedor? Y tenías que ser tú, Rachel. – Vaya, como si ella fuera mejor que yo – protestó Jessica. – ¿Te ocurre algo? – continuó Chapman, ignorando por completo a Jessica -. El señor Halloram me ha dicho que fuiste tú quien empezó la pelea. ¿Te encuentras bien, Rachel o es que estás pasando por una mala época? Por un segundo me temí lo peor. El semblante de Rachel era tan significativo que por un momento me la imaginé diciendo: “Pues sí, señor Chapman, sufro de estrés. Me he convertido en hormiga y he arriesgado mi vida al colarme en su sótano para robarle una pieza esencial en nuestra lucha contra usted y sus asquerosos amigos yeerks.” Sabía que Rachel era lo bastante inteligente como para no caer en eso, claro que tampoco hubiera pensado que sería Rachel la que empezara la pelea. – Ha sido culpa mía, señor Chapman – confesé. – ¿Culpa tuya? – sus ojos se contrajeron. – Sí, señor. Verá, se estaban peleando por mí. Les gusto a las dos. No lo pueden evitar, cosa que yo entiendo, ¿usted no? – ¡Te has vuelto loco, niñato! – exclamó Jessica. Miré de reojo a Rachel y vi unas pequeñas arrugas en la comisura de sus labios. Era el principio de una risa. Chapman nos echó un sermón y tras ordenarnos que concertáramos una cita con el psicólogo del colegio, nos dejó ir. Rachel y yo caminamos juntos por el pasillo del colegio. – ¡Ojalá yo pudiera hacer eso! – comentó mi amiga. – ¿El qué? – Pensar en cosas divertidas. Por eso eres…, bueno ya sabes, tan frío, nunca pierdes el control. – ¿Yo? ¿Que nunca pierdo el control? – los cumplidos de Rachel me pillaron por sorpresa. Rachel pensaba que yo era frío y controlado. – Ayer…, anoche…, me di cuenta – prosiguió Rachel mientras se encogía de hombros y me dedicaba su sonrisa de top model -. A veces cuando bromeas, acabas con mi paciencia, pero no cambies nunca, ¿vale? Lo que más falta nos hace es sentido del humor. – ¿Humor? ¿De qué hablas? ¿Pensabas que estaba bromeando? ¿Acaso Jessica y tú no os pirráis por mis huesos? – Ni en sueños, Marco – contestó. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 16 Ax terminó de construir su transmisor de señales S.O.S. Una vez dispuso del transpondor de espacio cero, le llevó un día dejarlo listo. Sólo quedaba por decidir el sitio donde íbamos a tenderles la trampa. Teníamos que buscar un lugar que nadie pudiera relacionar con alguno de nosotros: ni la granja de Cassie, ni los bosques de los alrededores, ni ningún punto de la ciudad. Transcurrieron varios días desde el episodio de las hormigas hasta que nos volvimos a reunir en los campos de la granja de Cassie, junto al bosque. Era la única zona en la que nos encontrábamos a salvo y además sería el único lugar donde podríamos esconder a Ax, si nuestra misión para ayudarle a escapar no tuviera éxito. Tobias encontró una solución al problema. <Hay una cantera de grava hacia el interior. Nunca va nadie por allí y está a tan sólo una hora de vuelo.> – Si tenemos que ir volando a algún sitio, tendremos que encontrar algún tipo de pájaro adecuado para Ax – observó Jake y dirigió la vista a Cassie. – Tenemos varias alternativas en el granero – informó Cassie pensativa, al tiempo que se mordía el labio inferior -. Hay un aguilucho del norte que es más o menos de tu tamaño, Tobias. El pobre casi muere envenenado. – Ax, ¿te gustaría transformarte en pájaro? – le preguntó Jake. <Siento una gran admiración por la forma adoptada por Tobias. Es majestuoso en todos los sentidos, sobre todo sus afiladas garras y el pico. Mucho mejor que el cuerpo humano, y no pretendo ofenderos. Los humanos, por naturaleza, están desprovistos de armas. Echo de menos mi cola cuando tengo forma humana.> – No es ninguna ofensa, no te preocupes – aclaré -, pero te equivocas al afirmar que por naturaleza los humanos no disponen de armas. Deja los pies de un humano macerar dentro de unas zapatillas de deporte durante un par de horas, en un día de calor, y descubrirás un arma mortal: el olor insoportable a pies. – Muy bien, olvidemos el tema – intervino Jake -. Pasemos a concretar detalles. Si vamos a comunicarnos con uno de esos cazas-insecto, tenemos que elaborar un plan. Creo que el sábado es el día perfecto. – De acuerdo, siempre que no tenga que ver con hormigas – bromeé, pero a nadie le hizo ni pizca de gracia. – Nada de hormigas – aseguró Jake sin inmutarse. – ¿Sabéis una cosa? – comenté agitando la cabeza por un pensamiento que me era difícil aceptar -. Creía que los taxxonitas y los hork-bajir eran las criaturas más temibles del mundo, pero ahora son las diminutas hormigas las que me dan pánico de verdad. Cuando acabamos la reunión, esperé a que Jake se despidiera de Cassie y después nos fuimos a casa juntos. Durante un rato hablamos de las mismas cosas de las que solíamos hablar antes. Discutimos sobre baloncesto y sobre cuál era el mejor equipo de la NBA. También hablamos de música, hacía tiempo que ninguno se compraba un CD. Incluso hablamos de Spiderman derrotaría a Batman o al revés. Ya sabéis, hablamos de las cosas tontas de cada día. Yo a veces respondía con evasivas porque no quería anunciarle a Jake mi decisión, sin embargo, Jake y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo y pronto adivinó que algo me rondaba la cabeza. – ¿Marco? ¿Qué te pasa? – ¿Por qué lo dices? – Porque no has hecho ninguna broma corrosiva en todo el día. A ti te pasa algo. Me eché a reír y después se lo solté. – Es la última vez. – ¿Qué quieres decir? Jake sabía de sobra a qué me estaba refiriendo. – Participaré en esta misión, pero será la última. Se acabó, y esta vez va en serio. No permitiré que nadie me haga sentirme culpable. Creo que ya he hecho suficiente. – Tienes razón – replicó tras un silencio -. Has hecho suficiente. Has hecho más que suficiente. – Han sido demasiadas advertencias. – Ya. – Algún día se nos acabará la suerte, ¿sabes? Diez segundos más y esas hormigas nos hubieran hecho picadillo. Y antes de eso fue una olla de agua hirviendo. Y antes, casi muero en las fauces de unos tiburones. Creo que ya está bien. Ha sido más que suficiente. – Tienes toda la razón – corroboró Jake. – Sí. Me sorprendió que Jake se lo tomara tan bien. Aunque, después de todo, no sé por qué me sorprendía. Todos hemos asumido que Jake es nuestro líder aunque él jamás haga referencia a ello. – ¿Qué vas a hacer el domingo? – me preguntó. – No lo sé – contesté un poco extrañado por su pregunta -. Algunos domingos vamos a la tumba de mi madre a llevarle flores y todo eso, pero este domingo es el segundo aniversario de su muerte. – Me encogí de hombros -. No lo sé. Se limitó a asentir. – Pero una cosa sí tengo clara, Jake – proseguí -: no me gustaría que el año que viene mi padre tuviera que llevar flores a dos tumbas. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 17 <¡Es genial! ¡Maravilloso! ¡Me encanta volar!> Allí estábamos los seis, volando. Era la primera vez que Ax experimentaba algo así y no cesaba de repetir lo mucho que le gustaba. Era la experiencia más excitante que había vivido desde lo del café. La verdad es que volar es fantástico. <¡Estos ojos sí son buenos! – comentó Ax -. Mucho mejores que los de los humanos, incluso mejores que mis ojos de andalita.> <Sí, las aves rapaces tienen un campo de visión diurno excelente – informó Tobias -. Yo diría que mi vista es incluso superior a la tuya.> <Lo dudo – replicó Ax -. Me cuesta creer que alguien vea mejor que yo.> <¿Os acordáis de cuando competíamos para ver quién era el mejor lanzándose en picado? – pregunté -. Ahora se trata de saber quién ve más.> Sobrevolábamos un bosque que, desde allí arriba, ofrecía el aspecto de una mancha verde compacta. Habíamos ascendido hasta lo más alto aprovechando las corrientes de aire cálido. Rezábamos para que no hubiera ningún estudioso de aves por los parajes que atravesábamos. La verdad es que formábamos una bandada de pájaros muy pintoresca: un ratonero de cola roja, un halcón peregrino, un aguilucho, un águila de cabeza blanca y dos águilas pescadoras. Tratábamos de mantener una cierta distancia entre nosotros para que no resultara demasiado evidente que volábamos juntos. Además, el águila, que era Rachel, transportaba un aparato parecido a un pequeño mando a distancia de televisión. Aunque Rachel era el pájaro más grande, el llevar la carga le restaba velocidad. <Tengo una idea – anuncié -. ¿Por qué no nos olvidamos de todo este asunto y pasamos el día revoloteando por ahí?> <Yo me apunto>, repuso Cassie. Su tono pretendía ser desenfadado, pero no pudo evitar una nota de seriedad. <Allí está la cantera – anunció Tobias -. Todo recto.> <¡Estupendo!>, exclamé. Sobrevolamos el área en círculo para comprobar que no hubiera nadie merodeando por los bosques de alrededor. Tras asegurarnos de que no había ni un alma, descendimos en espiral hasta la hendidura que la cantera abría en la tierra, un enorme pozo con concentraciones de agua en los rincones más profundos. El aspecto era desolador. Al cabo de unos minutos, habíamos vuelto a nuestro estado natural, sin los zapatos, claro, y luciendo la colección de uniformes multicolores que utilizábamos en las transformaciones. – Parecemos el conjunto de trapecistas de un circo barato – observé. – No empieces otra vez, por favor – me rogó Rachel. Era siempre la misma discusión. Yo insistía en que necesitábamos uniformes decentes, parecidos a los que llevan los superhéroes o los X-men. En seguida me di cuenta de que no tenía derecho a exigir nada, puesto que yo no iba a seguir con ellos en el futuro. No estaba seguro de si Jake ya les había dicho a los demás que yo prefería abandonar. Probablemente Cassie ya lo sabía, pero dudaba mucho que Rachel sospechara algo porque, en ese caso, hubiera hecho algún comentario, y Tobias también. ¿Ax? No lo sé. Con Ax nunca se sabe. Es un misterio para nosotros. Sería una de las cosas que echaría más en falta cuando me fuera del grupo. La verdad es que pocas veces tienes la oportunidad de relacionarte con un extraterrestre. Eso y volar. Sabía que me costaría mucho renunciar a volar. Pero había tomado una decisión y si me iba tenía que hacerlo con todas las consecuencias. Supongo que debí parecer un tanto melancólico, allí sentado sobre un montón de piedras y pensativo. Jake se acercó y me dio un empujón cariñoso. – Venga, hay que esconderse debajo de aquel saliente de piedra para que nadie pueda vernos. – ¡Fantástico! – celebré -. Así cuando las piedras se desmoronen y nos aplasten ya no tendremos que preocuparnos nunca más de los yeerks. Una especie de cueva se abría en una de las paredes de la cantera, no demasiado profunda, pero sí lo suficiente para que nadie que sobrevolase la zona nos descubriese. – Muy bien – dijo Jake -. Vamos a probar este chisme. ¿Estás listo, Ax? <Sí, estoy listo, príncipe Jake.> – ¿Los demás estáis listos para cambiar de forma en cualquier momento? – preguntó Jake, mirándonos uno a uno. Todos asentimos excepto Ax. El plan era que los cuatro nos transformáramos en el animal más peligroso y mortal que pudiéramos para enfrentarnos a la tripulación yeerk de la nave. Ax sólo podía convertirse en tiburón, langosta, hormiga y aguilucho, así que decidimos que estaría mejor con su forma natural de andalita, que era suficientemente aterradora. – Adelante, Ax. Atentos todos. ¡Transformaos! – ¡Cruzad los dedos! – añadí -. O las garras, las zarpas, las pezuñas, lo que sea. Ax accionó un botón del transmisor de señales S.O.S. Al principio no ocurrió nada. <Está funcionando>, nos aseguró. Entonces Rachel, Cassie, Jake y yo procedimos a transformarnos. Todos habíamos experimentado la forma elegida con anterioridad, así que no sería necesario luchar para controlar la mente del animal. Rachel se convirtió en elefante. Habíamos acordado que necesitaríamos fuerza bruta y un animal de gran tamaño. Jake fue mutando poco a poco en tigre. Cassie en lobo, y yo me concentré en la forma de un gorila. – ¡Vaya espectáculo! ¡Es peor que una película de terror! – comenté entre risas según iba observando los cambios -. Quien nos vea pensará que está alucinando. Era una escena única. Teníais que haber visto a Rachel, la top model, mutando. Le brotaron una trompa tan gruesa como un árbol joven y un par de orejas del tamaño de un paraguas. O a Cassie, con el cuerpo completamente cubierto de pelo, a cuatro patas y mostrando sus fieros colmillos amarillentos. Jake también era digno de ver. De sus dedos brotaron unas enormes garras curvadas. En la parte posterior le crecía una cola que no cesaba de azotar al aire. Su cuerpo quedó oculto bajo un pelaje anaranjado con rayas negras. Era un tigre enorme, medía casi unos tres metros desde el hocico hasta la cola y llegaría fácilmente a los doscientos kilos. Si existe un animal fiero y hermoso a la vez, ése es el tigre. <Apuesto a que puedo contigo>, le reté a Jake. <¿Ah, sí, chico-mono? No estés tan seguro.> <¡Eh! Yo sí podría aplastaros a los dos>, alardeó Rachel. Se acercó balanceando la trompa y agitando las orejas. Parecía una montaña andante. <¡Os comportáis como críos! – se burló Cassie -, discutiendo quién puede a quién.> <Claro, como que sabes que todos te dejaríamos fuera de combate, chucho>, señalé. <Eso es lo que os creéis – protestó Cassie -. Primero tendríais que atraparme. Yo puedo correr durante horas y horas y dejaros agotados y sin fuerzas para continuar.> <Poseéis una asombrosa variedad de animales en vuestro planeta – observó Ax -. Algún día, cuando hayamos vencido a los yeerks, los andalitas vendremos aquí para adquirir algunas de vuestras formas animales. Será como unas vacaciones.> <¡Tom Andalita, ha sido usted el ganador del torneo de la Superbowl ! Y ¿a dónde le gustaría viajar? – dije imitando los anuncios de Disney World -. ¡Me voy a la Tierra a convertirme en langosta!> <No lo entiendo>, replicó Ax. Me disponía a explicárselo cuando una luz roja se encendió y parpadeó en el transmisor casero de Ax. <¡Están respondiendo! ¡Ya vienen!> <¡Rápido! ¡Todo el mundo a sus puestos!>, ordenó Jake, y se deslizó con la agilidad de un felino para ocultarse en las sombras que proyectaban unas piedras. Rachel se adentró en la cueva para esconderse en la oscuridad y Cassie se situó a la derecha de Jake. Yo procuré que mis doscientos kilos pasaran desapercibidos detrás de una montaña de grava. Tobias alzó el vuelo, y hacía esfuerzos por ganar altura. ¡SWOOOSH!, algo se acercó y se detuvo en el aire, por encima de las copas de los árboles. Después desapareció y volvió a aparecer. Era un caza-insecto, tal y como habíamos supuesto. <Aquí tienes la nave que te llevará a casa, Ax>, le dije. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 18 ¡SWOOSH!, el caza-insecto sobrevoló la zona durante un rato, después se quedó suspendido en el aire y comenzó a descender hasta aterrizar en el suelo de la cantera. Los cazas-insecto son las naves más pequeñas de la flota yeerk. No son mucho más grandes que un autobús escolar y al estar recubiertos por una especie de manto tienen aspecto de insecto. De los costados y apuntando hacia delante le salen un par de largos espolones dentados idénticos. La nave se posó con la suavidad de una pluma. Contuve el aliento. <Tranquilos – recomendó Jake -. Esperad el momento oportuno.> Se abrió una escotilla y asomó un controlador hork-bajir. El príncipe andalita, el hermano de Ax, nos había explicado que los hork-bajir eran buena gente que había caído en poder de los yeerks y habían sido sometidos y esclavizados a la fuerza. Aunque la verdad es que no es ésa la impresión que dan. Los hork-bajir son enormes cuchillas andantes. Miden unos dos metros, tienen dos brazos, dos piernas y una espeluznante cola plagada de púas, similar a la de los andalitas. Unas inmensas cuchillas afiladas surgen de sus cabezas de reptil, de los codos, de las muñecas y de las rodillas. Para que os hagáis una idea: si los klingons existiesen, tendrían miedo de los hork-bajir. <¡Preparados!>, exclamó Jake. El hork-bajir salió de la nave y permaneció inmóvil. <Seguro que hay un taxxonita en el interior>, nos recordó Ax. <Sí, ya lo suponemos>, repliqué. ¿Por qué se habría detenido el hork-bajir? Estaría inspeccionando el terreno. Si había recibido una llamada de S.O.S. lo normal era que estudiara la situación. ¿Por qué se habrá quedado ahí, inmóvil? <A la de tres – indicó Jake -. ¡Una… dos… tres!> Tobias se lanzó en picado desde las nubes a una velocidad de casi ciento cincuenta kilómetros por hora y, tras colocar las garras en posición de ataque, le propinó un buen golpe al hork-bajir en la cabeza. – ¡Gggrrrrrgghh! – Jake salió de su escondite y, de un salto, se abalanzó sobre el enemigo con las zarpas extendidas y enseñando las uñas. El hork-bajir se tambaleó y se desplomó. Jake se apartó en cuanto vio que el monstruo se incorporaba y empezaba a agitar las cuchillas como un chef enloquecido. Entonces, Rachel entró en escena. El suelo retumbaba, parecía que se acercara un tanque. <Muy bien, Jake, retírate – le ordenó Rachel -. Ya es mío.> Rachel colocó una de sus patas, del tamaño de un árbol, sobre el pecho del enemigo y lo derribó. El hork-bajir quedó aprisionado bajo aquella mole. Rachel no lo aplastó, se limitó a mantener suspendida la pata sobre él como si se dispusiera a pisar un insecto. La horrible bestia decidió que había llegado el momento de abandonar la lucha y permaneció muy quieto. “Demasiado sencillo – me advirtió parte de mi mente -. Demasiado sencillo. Ningún controlador hork-bajir se da por vencido con tanta facilidad.” Pero no tuve tiempo de seguir pensando porque me llegó el turno de actuar. Tenía que colarme en la nave y atrapar al piloto taxxonita. <¡Vamos!>, grité. Eché a correr. Trotaba torpemente a causa de mis patas achaparradas de gorila, balanceando mis forzudos y enormes brazos. Cassie y Ax venían conmigo. Los taxxonitas son unas criaturas repugnantes, con aspecto de ciempiés gigantes. Sin embargo, me sentía confiado. Éramos más que suficientes para controlar a un taxxonita. Fue entonces cuando… ¡Zzzzzzaaaaapppppp!, un rayo de luz rojo brillante cortó el aire a tan sólo unos centímetros de mí y me obligó a interrumpir la carrera. ¡Zzzzaaaaappppppp!, otro destello de luz cegadora cayó detrás de mí. Con el impacto, la grava del suelo se desintegró y comenzó a humear. <¡Pistolas de rayos dragón!>, advirtió Ax. Me di la vuelta en busca de cobijo. ¡Zzzzzaaaaaapppppp! <¡Mirad! – gritó Cassie -. ¡Allá arriba, en el borde de la cantera!> Levanté la vista en medio de una ráfaga de disparos mortales. Allá en lo alto había una fila de hork-bajir. Miré a la izquierda. ¡Más! Y a la derecha… ¡Más! Estábamos rodeados. La cantera había sido tomada por guerreros hork-bajir armados con pistolas de rayos dragón. Había por lo menos un centenar. Estábamos acorralados. <¡Mantened la calma! No os transforméis – ordenó Jake -. Que no sepan que somos humanos.> <¡Acabemos con ellos!>, gritó Rachel. <¡No! Ni siquiera podrías subir por esas rocas. ¡No digas tonterías!> <¡Tobias! – exclamó Cassie -. ¡Escapa! ¡Tú todavía puedes huir!> <Imposible – replicó -. No sopla nada de viento. Me llevaría algunos minutos levantar el vuelo y salir de aquí y para entonces ya me habrían frito a tiros.> Había llegado la hora de la verdad… y de la desesperación. <¿Qué vamos a hacer?>, gimió Cassie. <¡Tiene que haber una solución! ¡Tiene que haberla!>, chilló Rachel. <Esta vez no>, sentencié. Estábamos atrapados. Éramos muchos menos que ellos y habíamos sido muy ingenuos. Todo había acabado. Y entonces apareció. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 19 ¡Qué parecido era a Ax y al príncipe Elfangor, y qué distinto a la vez! La diferencia no está en lo que ves sino en lo que sientes. Una sombra te cubre el alma. Una oscuridad que apaga la luz del sol y que sólo puede significar maldad, destrucción. No se trata de una destrucción programada, impersonal como la de las hormigas, sino de una aniquilación impetuosa y deliberadamente malvada. Tiene el cuerpo de un andalita. De hecho es el único controlador andalita que existe ya que sólo han conseguido apoderarse de uno de ellos. Es pues el único yeerk con capacidad de transformarse. Era Visser Tres, el que había acabado con la vida del príncipe Elfangor mientras nosotros, impotentes, temblábamos de miedo en un rincón. Visser Tres es una bestia terrible que incluso los hork-bajir y los taxxonitas temen. <Bien, bien – nos dijo por telepatía -. Por fin sois míos, mis valientes guerreros andalitas. ¡Estúpidos! ¿Pensabais que nunca cambiamos de frecuencia?> <¡Yeerk!>, pronunció Ax con su voz silenciosa y cargada de odio. <Pero si es uno de los jóvenes – observó Visser sorprendido, fijando sus ojos en Ax -. ¿Acaso los andalitas han quedado tan mermados que se ven obligados a mandar a los niños a luchar?> Ax ya había comenzado a contestarle, pero Jake le interrumpió. <¡Cállate! Nadie se va a comunicar con él. ¡No le deis ese gusto!> Ax guardó silencio, aunque vibraba de rabia y odio por el maldito Visser Tres. No era de extrañar. Al fin y al cabo había matado a su hermano. Jake tenía razón. No debíamos entablar una discusión con Visser, debíamos evitar por todos los medios que descubriese que éramos humanos y no andalitas como él pensaba. Si hablábamos con él tarde o temprano cometeríamos algún error que desvelaría nuestra verdadera identidad. <¡Qué gama tan variada de formas! – comentó Visser Tres, al parecer disfrutando de su triunfo -. En la Tierra viven unos animales maravillosos, ¿verdad? Cuando hayamos esclavizado a totalidad de la humanidad y hayamos reconvertido este planeta a imagen y semejanza del nuestro, nos aseguraremos de conservar algunas de estas especies. Será divertido adquirir alguna de sus formas.> Ninguno de nosotros replicó. Al menos con sonidos humanos. Jake rugía y enseñaba los dientes. <Sobre todo la tuya – prosiguió Visser, señalando a Jake -. El cuerpo de un animal mortal y elegante. Cuentas con toda mi admiración. De hecho, iba a ordenaros que volvierais a vuestro estado natural, pero se me acaba de ocurrir algo mejor. Veréis, tenemos un invitado a bordo de la nave nodriza. Será todo un detalle mostrarle a Visser Uno el conjunto al completo.> A pesar de estar muerto de miedo, capté un cierto tono burlón cuando pronunció “Visser Uno”. <¿Has oído eso?>, me susurró Jake por telepatía. <Sí, a Visser Tres no le cae demasiado bien Visser Uno.> Visser Tres debió de emitir alguna señal porque, en ese momento, apareció en el cielo su nave-espada que, una vez desactivado su mecanismo de camuflaje, relucía desafiante en el cielo. La nave-espada, además de ser mucho más grande que los cazas-insecto, es muy diferente. Para empezar es negra como el azabache y tiene forma de hacha de guerra propia de la Edad Media, con dos alas gemelas que parecen cuchillas semicirculares. De la parte delantera surge una especie de saliente que termina en un afilado diamante alargado. <¡Hay que largarse de aquí!>, sugirió Rachel. <¡No! ¡Sería un suicidio! – objeté -. Mientras sigamos vivos, hay esperanza.> <Ya, Visser Tres nos va a llevar a la nave nodriza, en presencia de su jefe, para exhibirnos como animales de feria y ¿todavía hablas de esperanza?> Pero ninguno de los dos se movió. Todos permanecimos allí, bajo la mirada atenta de cientos de hork-bajir. Debían de haber aterrizado en algún lugar cercano mientras nosotros estábamos ocupados en vigilar el caza-insecto que se había posado en la cantera. Ax había utilizado una frecuencia distinta a la suya, así que los yeerks dedujeron que pretendíamos tenderles una emboscada. Era el fin, habíamos caído en nuestra propia trampa. Un par de docenas de hork-bajir descendieron por la empinada pared de la cantera y enseguida nos rodearon. Nos apuntaban con sus pistolas de rayos dragón, mientras la nave-espada hacía la maniobra de aterrizaje. – Adelante. ¡Obedece farghurrash allí horlit! – ordenó uno de ellos utilizando algunas palabras incomprensibles para nosotros al tiempo que señalaba hacia la nave-espada, en la que se había abierto una puerta en uno de los costados. <Yo no quepo por ahí>, protestó Rachel. Pero según nos íbamos acercando a la puerta, la abertura iba aumentando hasta alcanzar el tamaño de un elefante. Se estiraba y crecía como si el recubrimiento de metal de la nave estuviese vivo. Era un espectáculo patético: todos desfilando sin chistar hacia el interior de la nave-espada. Débiles y acabados. Habíamos sido unos ingenuos al creer que podríamos detener la amenaza yeerk. Visser Tres tenía razón. ¡Qué estúpidos! Aquélla no era mi lucha. No me tocaba morir a mí. Hubiera deseado sentir odio mientras nos encaminábamos hacia la nave, pero estaba entumecido, como si en realidad yo no estuviese allí. No sentía nada. Sólo pensaba: “Ha ocurrido. Al final nos han atrapado.” Al día siguiente era domingo. Mi padre iría a la tumba de mi madre. Tendría que ir solo. Transcurriría mucho tiempo antes de que asumiera que yo también me había ido. Como cuando mi madre murió, mi cuerpo nunca aparecería. Como pasó con mi madre. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 20 <Esto no me gusta nada>, solté. Ya no podía permanecer callado por más tiempo. <A mí tampoco, pero por lo menos seguimos vivos>, contestó Jake. <Claro, claro. No sé porqué no me pongo a saltar de alegría>, repliqué. Miré a los otros. Estábamos apiñados en una especie de cubículo de acero con paredes negras y mal iluminadas y sin ventanas. Tampoco había puerta. Era como estar en un ataúd. <Parecemos un circo ambulante – señalé -. Un elefante, un tigre, un gorila, un lobo y un monstruo de la naturaleza.> Mi comentario produjo alguna que otra risa. No me explico cómo era capaz todavía de hacer bromas. Supongo que no lo puedo evitar, es mi carácter. Cuando algo sale mal, me da por hacer el tonto. Aunque tenía la sensación de haberme tragado trozos de cristal. <Quizá la solución sea volver a nuestro estado natural – sugirió Cassie -. Tal vez nos dejen marchar al darse cuenta de que no somos andalitas.> Cassie sabía de sobra que eso era una locura, pero cuando tienes miedo te agarras a lo que sea y te empeñas en creer que hay una salida. La situación era la siguiente: había dos posibilidades, que Visser Tres nos matara o que nos convirtiera en controladores. En el último caso, se nos introduciría un gusano yeerk en el cerebro. <Tenemos que permanecer como estamos – insistió Jake -, porque si Visser descubre que somos humanos es posible que vaya en busca de nuestras familias por si acaso les hemos contado algo.> <El príncipe Jake tiene razón – corroboró Ax -. Los yeerks no se arriesgarían a que otros humanos supieran de su existencia. Acabarían con el problema de raíz.> Era cierto. Yo sabía que tenían razón, pero oírselo decir a alguien era terrible. Sólo sentía deseos de huir muy lejos y esconderme. Mi padre, los padres de Cassie, la madre de Rachel y sus hermanas, los padres de Jake y hasta Tom, el hermano de Jake, aunque era uno de ellos, estaban en peligro. De pronto, se abrió una ventana en una de las paredes. Surgió como lo había hecho antes la puerta, daba la impresión de que el acero tenía vida. Se formó una portilla circular lo suficientemente grande para que todos pudiéramos ver a través de ella, incluso Rachel, que para hacerlo tenía que girar su enorme cabeza y aún así sólo alcanzaba a ver con un ojo. Tragué saliva. Debajo de nosotros quedaba la Tierra, azul y blanca, tan hermosa que se te saltaban las lágrimas. El sol relucía en el mar. Las nubes se congregaban en torno al golfo de México del que sobresalía una espiral gigantesca, quizás un huracán. <Mirad>, se limitó a decir Cassie. Contemplamos aquella maravilla, con ojos de animales y mentes humanas. Nuestro planeta. Al menos, de momento. Entonces, algo muy diferente se interpuso en nuestro ángulo de visión según nos íbamos alejando de la Tierra en la nave-espada. <Ahora entiendo por qué los yeerks han abierto una ventana – explicó Ax -. Querían que fuéramos testigos de esto para que caigamos en la desesperación.> Era la nave nodriza. Tenía el aspecto de un enorme insecto de tres patas. La parte central estaba formada por una sencilla esfera abotargada. La esfera era plana en su parte inferior, de la que colgaban una serie de tentáculos extraños y desiguales que debían de medir unos cuatrocientos metros cada uno. Recordaba a una medusa. Alrededor de la esfera se distinguían las tres patas que en su nacimiento apuntaban hacia arriba para después doblarse hacia abajo, como las patas de una araña. <Las patas sirven de motor – explicó Ax -. Los tentáculos que cuelgan del estómago son en realidad armas, sensores y captadores de energía. Aquí está el kandrona que la nave lleva a bordo. Los yeerks tienen que bañarse en el estanque yeerk cada tres días para absorber los rayos kandrona. Seguro que hay otro estanque en la Tierra.> <Sí, ya lo sabíamos – aclaré -. Tu hermano nos lo dijo. Total, para lo que nos ha servido…> Estaba suspendido en órbita, acechante como un predador vigilando a su presa, nuestro planeta azul quedaba más abajo. <¡Es increíble que los humanos no hayan interceptado esta nave en su radar! – observó Rachel -. ¡Es tan enorme como una ciudad entera!> <Está camuflada – aclaró Ax -. Ningún radar puede detectarla. En condiciones normales sería invisible, pero Visser Tres quiere mostrárnosla para asustarnos.> <Pues lo está consiguiendo>, añadí. <Nunca había estado en el espacio – comentó Cassie -. Era mi sueño. Siempre he deseado ver la Tierra de una pieza.> <¡Es un planeta extraordinario! – alabó Ax -. No se diferencia demasiado del mío, sólo que nosotros tenemos más prados de hierba y menos océanos. Yo… lo siento mucho. He sido yo quien os ha metido en esto. Es culpa mía.> Si por mí hubiera sido, habría gritado: “Sí, es cierto, tú tienes la culpa de todo.” Pero Cassie se me adelantó y le dijo algo que todos nosotros sabíamos que era verdad. <Ax, tú estás aquí porque tu gente quiso protegernos. Tu hermano y otros andalitas murieron por intentar salvarnos. Tú no tienes la culpa de nada.> Era la pura verdad, pero, a veces, cuando todo está perdido es difícil ver con claridad y resulta más sencillo buscar un culpable. <Demasiadas misiones – murmuré -. Ésta iba a ser la última. Y lo va a ser de verdad.> En uno de los lados de la nave nodriza se abrió un mecanismo desde donde se proyectó una pista de aterrizaje. Y al instante un par de cazas-insecto penetraron en su interior. En comparación al tamaño de la puerta parecían un par de pulgas. Nos llegó el turno a nosotros. Nada más entrar nos invadió una potente luz roja. Por la ventana distinguíamos a la tripulación yeerk: hork-bajir, taxxonitas y otras especies alienígenas que vestían sencillos uniformes de color rojo o marrón oscuro. También había humanos. Mi primera sensación fue de alivio. ¡Humanos! Pero enseguida comprendí que no eran humanos en realidad, sino controladores humanos que no se diferenciaban en absoluto de los controladores hork-bajir. Cuando la nave-espada se detuvo, notamos una ligera vibración. <¿Ax, cuánto tiempo nos queda?>, preguntó Jake. <Hemos consumido el cuarenta por ciento del tiempo disponible.> <Es decir, han transcurrido cuarenta y ocho minutos – calculé -, por lo tanto nos quedan setenta y dos minutos, ¿no?> <Exacto – confirmó Tobias -. No es mucho. Quizá Rachel tenga razón y lo mejor sea atacar por sorpresa en cuanto abran la puerta. Así se enterarían de quiénes somos.> Vi cómo Jake sacaba las uñas, se diría que estaba preparándose para el ataque. Miró hacia donde había aparecido la puerta, en un intento probablemente de calcular la distancia. Obedecía a los instintos del tigre, pero luego se relajó. <No – rehusó Jake -. Tenemos que mantener la esperanza.> Cassie se sentó a su lado y le acarició con el hocico. Aunque la imagen pudiera resultar un poco ridícula: el lobo y el tigre compartiendo un gesto de ternura, a mí me daban envidia. Al menos se tenían el uno al otro. <Les dimos una buena tunda, ¿eh, chicos? – recordé -. Nuestro pequeño circo les ha hecho sudar lo suyo.> <Sí, no estuvo nada mal>, convino Rachel. <¿Los… – titubeó Ax -, los humanos tienen miedo a la muerte?> <Pues no es que nos vuelva locos, la verdad – respondí -. ¿Y a los andalitas?> <Pues tampoco nos hace mucha gracia que digamos.> Por la ventana observamos un gran movimiento en el exterior. Los hork-bajir, los taxxonitas y los humanos corrían de un lado a otro como si buscaran algo. Estaban alineándose. Fue entonces cuando me percaté de que llevaban uniformes diferentes, unos eran rojos y negros y los otros dorados y negros. Los de uniforme marrón se situaron en la parte externa, como si fueran de categoría inferior. De repente y sin avisar, la ventana se abrió formando una especie de puerta arqueada. Una ráfaga de aire fétido se coló en la habitación. El olor era una mezcla de gasolina, compuestos químicos y otros elementos desconocidos para nosotros. Una rampa se elevó desde el suelo metálico del exterior hasta donde nos encontrábamos. Parecíamos estar expuestos en un escaparate, allí, en lo alto de la rampa. A nuestro alrededor, pegados unos a otros, había soldados hork-bajir, taxxonitas y humanos. La mayoría vestían el uniforme rojo y negro. Calculo que habría unas doscientas criaturas dispuestas en rígidas filas y ordenadas por especies. De todos ellos, sólo una cuarta parte llevaba uniformes dorados y negros. Conté más humanos en este grupo y también algún que otro hork-bajir de tamaño descomunal. <¿Jake? Tengo la impresión de que a los rojos no les gustan nada los dorados.> <Creo que cada tropa obedece a un Visser diferente – señaló Ax -. Si no recuerdo mal mi hermano me explicó que cada Visser contaba con un ejército propio que vestía un uniforme diferente.> <¡Genial! Me pregunto qué tropa nos tocará a nosotros>, añadí. En la parte de atrás de las filas alienígenas, algo empezó a agitarse. Al cabo de unos minutos, un pelotón de criaturas avanzaba hacia la parte delantera. Visser Tres iba en el centro, custodiado por dos enormes hork-bajir de rojo. Justo a su izquierda, se distinguía un humano, era una mujer de pelo oscuro y ojos negros. Por un momento se me cortó la respiración. La reconocí incluso antes de que pudiera ver su cara con claridad. Caminaron hasta el centro de la rampa, mientras una docena de soldados nos apuntaban con sus pistolas de rayos dragón para evitar que causáramos algún problema. Entonces Visser Tres se volvió y le dirigió unas palabras a la mujer, que yo oí a través de la telepatía. <¿Lo ves, Visser Uno? He capturado a los guerreros andalitas. La amenaza ha terminado. Tu viaje hasta aquí ha sido en vano, puedes volver a casa.> Visser Uno asintió y nos observó con aquella mirada suya tan oscura, tan humana. Una mirada nacida en unos ojos que yo reconocía, unos ojos que recordaba a la perfección. Eran los mismos ojos que me veían dormir cada noche desde una fotografía que había en mi cuarto. Era mi madre. ¡Visser Uno era mi madre! [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 21 Me senté para no caerme. Soy consciente de que ver a un enorme gorila peludo desplomarse debía resultar ridículo. Yo me habría partido de risa de no haberse tratado de mí. Era mi madre. No había muerto. ¡Vivía! Estuve a punto de gritar “¡Mamá, mamá! ¡Soy yo, Marco!”. Pero Jake, que adivinó mis intenciones, me contuvo. <¿Marco? – su voz sonaba como un susurro enérgico y urgente en mi cabeza -. No digas nada. No hagas nada. ¿Me oyes?> Estaba claro que no era fruto de mi imaginación. Jake también la había reconocido. <¿Marco? ¡Escúchame! ¡Tienes que sobreponerte!> Mi madre… viva. Mi madre. <Venga, Marco, ¡levántate! Vas a hacer que sospechen>, Jake me hablaba sólo a mí. Oía su voz, pero sonaba muy lejana. Mi amigo no entendía nada. Se trataba de mi madre. ¡Mi madre! <¿Marco? No es tu madre. Ésa no es tu madre. Al menos por ahora. No es ella.> <¿Jake? Sí que es mi madre. Mírala bien.> <No, Marco. Ya no es tu madre. La han dominado. Es uno de ellos. ¡Uno de ellos!> <Vaya, Visser Uno – se burló Visser Tres -, parece que has asustado a uno de los humanoides.> – Se llama gorila – replicó Visser Uno fríamente -. Si vas a asumir el control de la Tierra, al menos, Visser Tres, debería aprender algo sobre ella. <¿Qué pretendes? ¿Que adopte forma humana como tú hiciste? Ni hablar. Los humanos son débiles. Yo prefiero este portador andalita.> – Dominé a un humano y de ese modo aprendí mucho sobre ellos y su planeta – le explicó mirándolo fijamente con el labio fruncido. »Gracias a eso inicié con éxito la invasión que tú, debido a tu incompetencia criminal, te has encargado de poner en peligro. Visser Tres agitó su cola mortal de andalita como si fuera a atacar a mi madre…, Visser Uno. Creció la tensión entre la tropa roja, y la tropa dorada echó mano de sus armas. <¡Oooohhh! – dejó escapar Rachel -. Teníamos razón. Estos dos no se llevan nada bien.> Rachel no se había dado cuenta de nada. Ella nunca había visto a mi madre y Cassie y Tobias tampoco. Como la conversación entre Jake y yo había sido privada no se habían enterado de lo que ocurría. <Te gusta provocarme, ¿verdad, Visser Uno? – añadió Visser Tres ya un poco más relajado -. Pero lo cierto es que he destruido a la fuerza andalita. He derribado su nave-cúpula y he matado al príncipe Elfangor con mis propias manos. Todavía puedo oír sus gritos de agonía. Y ahora he capturado a este último reducto de infelices andalitas.> – Te gustaría ocupar mi puesto, ¿verdad? – Mi madre… Visser Uno, se limitó a sonreír -. Barajas la posibilidad de obtener mi título, ¿verdad? Ya veremos. Al Consejo de los Trece no le gustan los Vissers que cometen errores, y tú has cometido muchos. »Así que ten cuidado porque tu propia ambición puede perderte. Chasqueó los dedos y todos los soldados de uniforme dorado se giraron. Seguidamente, abandonó la sala seguida de sus tropas. Aquel monstruo no era mi madre o, al menos, no lo era la criatura que se hacía llamar Visser Uno. Visser Uno era el yeerk que estaba dentro del cerebro de mi madre. Lo peor de todo es que la mente del portador sigue viva y es consciente de lo que ocurre. En algún lugar, detrás de aquellos ojos dolorosamente familiares, estaba mi madre. <Tómatelo con calma, Marco – me animó Jake -. Imagino por lo que estás pasando. Sé cuánto deseas hacer algo, pero no es el momento. Nos harían pedazos antes de que nos diéramos cuenta.> <Lo sé>, contesté en tono amargo. Me odiaba a mí mismo por no intentarlo, pero sabía que no podía hacer nada. Debía permanecer allí, escondido tras mi disfraz. Debía evitar que mi madre averiguase que era yo. Poco a poco me fui incorporando. Me sentía muy débil, me costaba sostener la mole de mi cuerpo. Era una sensación desconocida para un gorila. Entonces caí en la cuenta de que si hubiera sido cualquier otro animal, ya me habría rendido a su mente. Me habría dejado llevar por sus instintos y habría acallado las emociones humanas. Pero el gorila es demasiado parecido a nosotros. Sus instintos no son salvajes. Al igual que los humanos, es una criatura con emociones que no podía protegerme del dolor. <No se lo digas a los otros, Jake – le pedí -. Tú eres el único que la ha reconocido.> <No te preocupes, Marco.> <Ni siquiera a Cassie, ¿de acuerdo?> <Tranquilo. Eres mi mejor amigo, Marco. Ya lo sabes. No se lo diré a nadie.> Visser Tres seguía con la vista fija en nosotros. Creo que no sabía muy bien cuál era el siguiente paso. <Seis andalitas – murmuró -, seis cuerpos que pueden ser utilizados por mis más leales tenientes.> <¡Así habrá más basura como tú! – Ax no había podido contenerse más tiempo -. ¡Más controladores andalitas, más abominaciones contranatura como tú, ser inmundo!> <¿Por qué sólo hablas tú? – Visser Tres ladeó la cabeza pensativo -. Tienes razón: ¿por qué iba yo a permitir que nadie se hiciera con el poder andalita de la mutación? ¡Bah! No eres más que un crío. ¿Por qué los otros permanecen callados y no se transforman? Extraño, muy extraño.> Reflexionó durante unos minutos. ¿Se habría dado cuenta? ¿Habría adivinado que la razón por la que guardábamos silencio era nuestra condición de humanos? ¿Se percataría de que era por esta misma razón por la que no volvíamos a nuestro estado natural? Pareció encogerse de hombros. <¡Llevadlos a una celda! ¡Triplicad la guardia! Si surge el más mínimo problema, ¡matadlos a todos!> [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 22 Nos condujeron por un pasillo. Rachel, con su cuerpo gigantesco de elefante, llenaba el pasillo al igual que nuestros cuerpos de hormigas habían llenado el túnel bajo tierra. A Tobias lo llevaba yo en el hombro porque no tenía suficiente espacio para volar. Nos encerraron en un sitio parecido al cubículo de acero negro que habíamos ocupado durante nuestra travesía en la nave-espada, sólo que esta vez no apareció ninguna ventana. Una tenue luz que iluminaba desde el techo era el único decorado. Me desplomé en un rincón. <¿Cómo vamos de tiempo, Ax?>, preguntó Jake. <Sólo os queda el treinta por ciento del tiempo.> <O sea, treinta y seis minutos>, tradujo Jake. <Treinta y seis minutos más y pasaré el resto de mi vida como elefante – se lamentó Rachel -. Claro que tampoco es que me quede mucho tiempo de vida.> Durante un buen rato todos sugirieron posibles modos de escapar. Era hablar por hablar, éramos conscientes de que estábamos condenados. Todo había terminado. Nos encontrábamos a bordo de la nave nodriza yeerk, que era enorme y, aunque hubiéramos tenido una semana para descubrir cómo salir de aquella especie de celda, nos habríamos perdido en aquel laberinto espacial. Además habría cientos, probablemente miles, de yeerks armados, es decir, hork-bajir, taxxonitas, otras muchas especies desconocidas y, claro está, también humanos. Como mi madre. Mi madre…, Visser Uno, el más poderoso de todos los Vissers. ¿Cuándo había ocurrido? ¿Cuánto tiempo llevaba bajo el poder de los yeerks? ¿Acaso era ya un controlador durante aquellos últimos años que estuvo viviendo con nosotros? Cuando venía a mi habitación a darme las buenas noches, ¿no era más que un gusano representando su papel? Cuando yo le decía que me sentía mal para no ir al colegio, ¿había sido un gusano yeerk el que no se había creído mi historia y bromeaba conmigo hasta hacerme admitir que era mentira? Y quien nos daba los regalos de navidad, ¿era también un gusano? ¿Y el que cantaba en el coro de la iglesia? ¿Era un yeerk el que le daba las órdenes cuando me obligó a la fuerza a recorrer J.C.Penney´s y me compró ropa para el colegio que a mí no me gustaba en absoluto? ¿Era mi madre un yeerk cuando la pillaba besándose con mi padre como dos críos? ¿Había sido todo una mentira? ¿Una simple actuación? ¿Durante cuántos años? ¿Cuántas de las cosas que yo atribuía a mi madre habían sido en realidad idea de un yeerk? De lo que no había duda era de que su muerte había sido un montaje; tanto hablar de que había muerto ahogada. Entonces comprendí por qué nunca se había encontrado el cadáver. Aunque, en realidad, su cuerpo sí había sido recuperado, ¿no? Se había cumplido la misión de los yeerks: la invasión de la Tierra había comenzado. Visser Uno dejaba el planeta en manos de Visser Tres, así que debía desaparecer sin dejar rastro. ¡Qué mejor que inventarse un naufragio! <¡Tiene que haber algo que podamos hacer!>, insistía Rachel. <Mi gente tiene un dicho: “Acepta lo inevitable y te cubrirás de gracia”>, declaró Ax. <¿Ah, sí? – intervine de repente -. Pues yo me niego a aceptarlo. Eso es lo que ellos quieren. Aún más, quieren que la humanidad entera baje la cabeza y acepte lo inevitable.> Jake fijó sus enormes ojos amarillos en mí. Sentí la mirada eternamente fiera de Tobias. Me puse de pie. <Yo tengo otro dicho para ti. Me salió en una galleta china de la suerte: “Cáete siete veces, levántate ocho.” ¿Sabes lo que significa? Significa que no debes quedarte ahí parado, que siempre debes levantarte e intentarlo una vez más. Que no hay que rendirse jamás. Vale más morir luchando que ceder ante el enemigo.> Todos me miraban incrédulos: unos ojos de lobo, unos ojos de halcón y los enormes ojos tristes de un elefante. <Hormigas – sugerí -, ¿por qué no nos transformamos en hormigas?> <¿Cómo puedes decir eso? – Cassie no daba crédito -. Precisamente tú. Creí que odiabas a esos bichos tanto como yo.> <Sí, sí, pero quizá funcione. Tal vez encontremos una grieta en algún sitio. Podríamos deslizarnos por el interior de las paredes y de las máquinas y buscar un lugar donde escondernos. Entonces nos transformaríamos en algo mucho más peligroso y atacaríamos. Después podríamos desaparecer de nuevo, o incluso intentar destruir la fuerza kandrona.> <Es una locura – opinó Rachel -, pero me gusta.> <Así por lo menos les causaríamos algún daño antes de que acabaran con nosotros – declaró Jake con cautela -. Pero ¿qué pasa con Tobias?> <Debéis hacer lo mejor para el grupo – repuso Tobias -. No me importa correr ese riesgo. Me sentiría mucho mejor si supiera que andáis ahí fuera haciéndoles la vida imposible a esos yeerks.> <Puede que funcione – intervino Ax -. Los yeerks no saben demasiado sobre esto de las transformaciones, a excepción de Visser Tres. Seguramente no han previsto que nos convirtamos en insectos.> <De acuerdo, entonces – resolvió Jake -. Vamos a…> La puerta se abrió, simplemente apareció en la pared sin hacer ruido. Allí fuera había tres hork-bajir de uniforme dorado, y, tirados por el suelo, había otros cuatro hork-bajir de rojo, o estaban muertos o inconscientes. <No os mováis>, ordenó Jake al ver que Rachel y yo nos colocábamos en posición de ataque. El hork-bajir al mando nos miró. Era una criatura descomunal que debía de medir por lo menos dos metros y medio, y las cuchillas que le sobresalían de la cabeza unos treinta centímetros. Empezó a hablar. Era sorprendente porque al hacerlo no mezclaba el montón de lenguas raras que utilizaban los hork-bajir. Al contrario, parecía que hubiese estudiado en Harvard. – Este pasillo se extiende unos treinta metros en esa dirección. – Señaló hacia su izquierda -. Al final encontraréis un puesto de guardia donde habrá dos hork-bajir y un taxxonita. Allí veréis otros cuatro pasillos. Tomad el que esté más a la izquierda. Seguid por él hasta topar con un conducto. Bajad por éste quince niveles y, justo delante de vosotros, encontraréis unas lanzaderas que os permitirán escapar. Se detuvo un segundo y observó a Rachel. – Eres demasiado grande para montar en la nave – advirtió -. Tendrás que cambiar de forma cuando llegues allí. La lanzadera está programada para llevaros a la zona del planeta en que fuisteis apresados. Una vez cumplido el objetivo se autodestruirá. ¿Habéis entendido? Nos quedamos todos boquiabiertos. <Es una trampa>, objetó Tobias. <Ya estamos atrapados. ¿Qué más nos da? Nos podrían matar en cualquier momento>, insistí. <Marco tiene razón – convino Jake -. ¿Por qué nos iban a hacer creer que vamos a escapar si en realidad quieren matarnos?> <Éste es uno de los soldados de Visser Uno – señaló Ax -. Sería una vergüenza para Visser Tres que los prisioneros huyeran, ¿no?> <¡Política! – exclamó Cassie entre risas -. Es una cuestión política. Visser Uno pretende perjudicar a Visser Tres. Si nosotros conseguimos escapar, el responsable será Visser Tres.> – Tendréis que ocuparos de todos los soldados de Visser Tres que os encontréis por el camino – advirtió el hork-bajir de uniforme dorado -. Ahora, marchaos. <¡Ax!>, llamó Jake. <Os queda el quince por ciento del tiempo.> <Es decir, dieciocho minutos. ¡Venga, vamos!> Los soldados de Visser Uno se dieron la vuelta y desaparecieron. <Yo iré primera>, se ofreció Rachel. <De acuerdo. Adelante>, ordenó Jake. <Muy bien, veremos quién es el guapo que se atreve a detenerme>, amenazó Rachel, al tiempo que presionaba su enorme cuerpo a través del estrecho pasillo. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de arlawyn[/b]

Capítulo 23 ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! El suelo de acero retumbaba a cada uno de los gigantescos pasos de Rachel. Los costados correosos del elefante arañaban las paredes del pasillo. Su cuerpo ocupaba todo el pasillo y nos impedía prácticamente la visión. No nos tropezamos con nadie hasta que llegamos al puesto de guardia, tal y como nos había prevenido el hork-bajir. Rachel no redujo la marcha. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Un taxxonita embistió a mi amiga con la clara intención de partirla por la mitad. Segundos después tuve que saltar por encima de los restos del enorme ciempiés. <¡Cuidado! ¡Un hork-bajir!>, gritó Cassie. El monstruo de uniforme rojo apareció de repente por uno de los pasillos laterales. ¡Swoooshh!, un brazo de cuchillas afiladas cortó el aire a tan sólo unos centímetros de mi rostro. <¡Vienen más! – avisó Tobias -. ¡En ambas direcciones! ¡Van todos de rojo!> <No me puedo girar>, se quejó Rachel. Era demasiado grande. Estaba tan comprimida entre las paredes del pasillo que le resultaba imposible darse la vuelta para ayudar. Mientras se quejaba, media docena de hork-bajir pertenecientes a la tropa de Visser Tres entraban en escena dando alaridos. <Ya sabía yo que esto no podía ser tan fácil>, gruñí. <¡Luchad!>, animó Ax. Sonó como si estuviese anunciando una fiesta. Entendía perfectamente cómo se sentía. A mí me pasaba lo mismo. Estaba harto de sentirme inútil. Estaba listo para luchar. El hork-bajir que tenía más cerca se abalanzó sobre mí de nuevo y me arrancó una buena mata de pelo de los hombros. Eso fue lo único que consiguió. Como os he dicho, los gorilas son animales muy tranquilos, rozan la amabilidad, pero espera a verlos cuando se enfadan, sobre todo si dentro de la mente del gorila hay un humano que odia a muerte a esos malditos yeerks. – ¡Huuuuu huuu ggggrraaaauuuu! – gruñí y le asesté un buen puñetazo en el estómago. Le di con todas mis fuerzas, cada uno de mis músculos de gorila en tensión. El hork-bajir salió disparado hacia lo alto, chocó contra el techo y cayó contra el suelo completamente fuera de juego. De refilón vi cómo otro hork-bajir atacaba a Ax. El andalita chasqueó la cola tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de verlo. El hork-bajir se tambaleó y retrocedió, había perdido un brazo. <¡Eso ha estado muy bien, Ax!> <¡Tú tampoco lo haces mal!> En aquel momento decidí que Ax era un gran tipo. <¡Rachel! – gritó Jake -. Sigue avanzando. Toma el túnel de la izquierda. Busca el conducto. Si nos quedamos aquí más tiempo se nos echarán encima miles de soldados.> Justo en ese momento, aparecieron dos hork-bajirs más por detrás. <¡Continuad vosotros! ¡Yo me encargo de ellos!>, dispuso Jake. Los hork-bajir cargaron contra nosotros. – ¡RRRRRRRRROOOOOOOOWWWRRR! – rugió Jake. El rugido fue tal que debió de resonar de un extremo a otro de la nave nodriza. Incluso yo me asusté. Con toda seguridad hizo vacilar a los monstruos que se aproximaban. Se abalanzó sobre ellos cuando éstos todavía dudaban sobre qué hacer. Los hork-bajir son rápidos, pero los tigres también. Jake atrapó a uno de ellos. Lo sujetó con las zarpas y le clavó los colmillos en el cuello de serpiente. El otro hork-bajir miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le observaba y, como decidió que quería seguir viviendo, se mantuvo alejado. Jake fue retrocediendo sin perder de vista a los hork-bajir que se acercaban por detrás. Avanzábamos tan deprisa como nos era posible por el pasillo, convertido en un auténtico campo de batalla. Era como en el hormiguero. Lo único que podíamos hacer era escapar. Cuanto más intentáramos luchar, más crítica sería la situación. De pronto… <¡Aaahhhh!> <¡Rachel!>, exclamó Tobias. <Estoy bien, estoy bien. He encontrado el conducto. Me… me caigo.> <¿Qué es?>, pregunté. <Es como un ascensor sin suelo>, respondió Rachel. Me asomé al borde del agujero. Era un conducto tan profundo que no se veía el final. Vi a Rachel allá abajo muy pequeña, lo cual no dejaba de ser sorprendente considerando su tamaño. <Dijo que parásemos después de descender quince niveles>, le recordé a mi amiga. <¿Ah, si? ¿Y cómo se supone que voy a hacerlo?> <¡Piensa en el número! Si te concentras en él lo conseguirás – indicó Ax -. Por lo menos así es como funciona en nuestras naves.> <Sí, sí, tienes razón, ahora voy más despacio.> <¡Vienen refuerzos hork-bajir! ¡Y de los otros también, esos que estaban como arrugados! – advirtió Cassie -. ¡Vienen a toda velocidad!> <¡Allá voy!>, grité, eché una ojeada al conducto y me lancé al vacío por él. Si no hubiera sido porque en pocos minutos corría el riesgo de quedarme convertido en gorila para siempre y porque además tenía a una docena de aquellas picadoras de carne ambulante, que es como yo los llamo, pisándome los talones, habría sido divertido deslizarse por el conducto. Fui descendiendo, aunque no demasiado deprisa. <¡Quince niveles!>, pensaba según iba atravesando las plantas. Cuando ya sólo me quedaban tres niveles, pasé por delante de un controlador humano que se disponía a saltar al conducto. Mostraba un gesto de asombro muy típico de los humanos, probablemente porque acababa de ver pasar en un abrir y cerrar de ojos a un elefante seguido de un gorila, un lobo, un andalita y un tigre. <¡Hokr-bajir! ¡Cuidado!>, avisó Tobias. Miré hacia arriba. En efecto, uno de los grandes nos iba ganando terreno pero yo no podía hacer nada hasta que nos alcanzara. <¡Es mío!>, anunció Tobias. Extendió las alas y tras un fuerte aleteo descendió en picado por el conducto directo hacia nuestro perseguidor. – ¡Tssiiiir! – Tobias dispuso las garras en posición de ataque, sacó las uñas y se las clavó en los ojos. – ¡Ghaaahhhaarrr! – el hork-bajir se echó las manos al rostro. Supongo que el dolor le hizo perder la concentración porque siguió descendiendo una vez nosotros ya nos habíamos apeado en el nivel quince. ¡Por fin suelo firme bajo mis pies! ¡Qué sensación tan agradable! <¡Rachel! ¡Tienes que transformarte!>, le recordé. <Ya, ya lo estoy haciendo>, contestó. Iba encogiendo según avanzaba pesadamente. <¡Allí están las lanzaderas! ¡Todo recto!>, ordenó Ax. Tan sólo unos cuantos metros más y lo habríamos conseguido. Rachel tropezó y se desplomó. Ya era casi humana pero aún conservaba rasgos de elefante. ¡Qué visión tan espeluznante! Era un engendro rosa y gris, de enormes orejas y pelo humano, robustos brazos y piernas sin pies. Me detuve y la sujeté con mis poderosos brazos. Todavía era grande, pesaría unos ciento cincuenta kilos, pero ¿qué era eso para mí? Llegamos a la puerta de la lanzadera, atravesamos el umbral y la puerta se cerró a nuestras espaldas. <¡Ax! ¿Qué hora es?>, gritó Jake. <¡Queda el cinco por ciento del tiempo!> <¡Seis minutos! ¡Transformaos!> Sentimos una gran vibración en el momento en el que la lanzadera se separó del costado de la nave nodriza. Mi denso pelaje ya había comenzado a desaparecer cuando nos deslizábamos por el espacio. Podíamos divisar la Tierra por debajo de nosotros. ¡Ah, la Tierra! Cuando la lanzadera giró, vi la nave nodriza de los yeerks. De pronto, todo lo sucedido se me antojó una broma pesada: la nave nodriza de los yeerks, mi madre allí arriba. Ja, ja. Antes de completar la metamorfosis y perder la facultad de hablar a través del pensamiento, mantuve una breve conversación con Jake. <¿Jake?> <¿Sí, Marco?> <No se lo digas a nadie, ¿me oyes? No puede saberlo nadie.> <De acuerdo, Marco>, asintió. <Mañana hará dos años que murió mi madre.> <Tranquilo, amigo.> <Sí…, pero algún día…> Algún día, y de un modo que ahora todavía desconozco, ganaremos la batalla. Tal vez los andalitas y los humanos unidos derrotemos a los yeerks y liberemos a todos los que han sido esclavizados. A todos. <Algún día>, susurré por segunda vez. <Algún día, Marco>, me alentó Jake. [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la trascripción de arlawyn[/b]

Capítulo 24 Supongo que no hay cementerios bonitos, pero el lugar que elegimos para recordar a mi madre es todo lo bonito que un lugar así puede ser. Está cubierto de hierba muy verde y un árbol le da sombra. Es un sitio muy tranquilo desde el que puedes oler el perfume de las flores. Odio ir allí. Mi padre permaneció un buen rato sin levantar la vista del mármol blanco donde está inscrito el nombre de mi madre, el día que nació y el día de su muerte. También hay un mensaje: “Tu marido y tu hijo no te olvidan. Nuestro amor estará siempre contigo allá donde estés.” Yo me había situado a un lado de mi padre, a cierta distancia. Ambos guardábamos silencio y llorábamos. Seguro que no os pensabais que yo soy de los que lloran. Lo cierto es que no suelo llorar. Prefiero sacarle punta a todo. Es mejor reír que llorar, ¿no os parece? A mí sí, desde luego, incluso en los momentos peores. Cuando la vida se vuelve fea y triste es cuando más necesidad hay de reír. – Dos años – dijo mi padre de pronto. Me pilló por sorpresa. – Sí – añadí -, dos años. Respiró hondo. Daba la impresión de que le costaba respirar. – Yo…, yo…, verás Marco, he estado pensando. – ¿Sí? – No he sido un buen padre estos últimos años. – No era una pregunta, así que no respondí. »Tu madre… – tuvo que callar unos segundos para recuperar la voz -. Tu madre no estaría muy contenta si viera cómo he llevado la situación. ¿Qué podía decirle? Decidí guardar silencio. – Hablé con Jerry el otro día. Jerry era su antiguo jefe cuando trabajaba de forma regular. – Supongo que hay que seguir adelante, ¿no? – prosiguió mi padre, encogiéndose de hombros -. Lo que quiero decir es que no podemos…, ya sabes – dejó escapar otro suspiro -. A tu madre no le gustaría que nos rindiésemos, ¿verdad? Así que el lunes voy a hablar con Jerry para ver si hay alguna posibilidad de recuperar mi puesto de trabajo, creo que todavía me acuerdo de cómo encender un ordenador. Era una decisión muy importante. Supongo que debería haberme abalanzado sobre él para abrazarle. Supongo que me correspondía decirle lo orgulloso que me sentía de tenerle como padre, pero no es mi estilo. – Venga, papá, si tú nunca has sabido cómo manejar un ordenador, ni siquiera para jugar. Me clavó aquellos ojos vacíos con los que me había mirado durante aquellos dos años y, entonces, se echó a reír. – Oye, mocoso, he olvidado mucho menos de lo que tú has sabido jamás. – ¿Ah, sí? Y ¿cómo es que siempre te machacaba cuando jugábamos al Doom? – Pues porque me dejaba ganar. – Ya, claro – repliqué con un tono de voz un tanto grosero -. ¿Qué te parece si vamos a casa y te enseño a jugar de una vez por todas? Me abrazó. No pude evitarlo. Supongo que en el fondo hasta me apetecía. Nos alejamos de la lápida de mi madre, una lápida con el nombre de una mujer que no estaba muerta. Levanté la vista al cielo, el cielo azul de la Tierra, mi hogar. Probablemente ella ya se habría marchado de la nave nodriza rumbo hacia algún rincón perdido de la galaxia. Pero allá donde esté, no importa lo lejos que se halle, la encontraré. Algún día… [b]©1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la trascripción de arlawyn[/b]

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