#6 La captura

Sinopsis:

Ya fue terrible cuando Jake descubrió que su hermano era uno de ellos. E incluso peor cuando Tobías permaneció en su forma demasiado tiempo. Pero no hay nada que se pueda coparar a los horrores que los Animorphs están a punto de afrontar. Nada.

Jake, Rachel, Tobías, Cassie y Marco imaginan el lugar donde los Yeerks tienen su nueva base instalada, e incluso han pensado en una forma de entrar — ¿Quién notaría la presencia de unas moscas sobre la pared?

Pero lo que no habían pensado, era que tal vez pudieran ser descubiertos. O qué Jake podría caer en el estanque Yeerk. Que Jake pudiera convertirsen en un controlador humano. En un Yeerk.
En un enemigo.

Datos del libro:

El libro tiene 25 capítulos que ocupan 142 páginas.

En La Captura, conoceremos por primera vez a un Yeerk. Su nombre es Temrash 114, y solía ser el Yeerk de Tom, pero ahora había sido destinado a un rango más alto: controlaría al gobernador; pero el destino finalmente hace que termine en la cabeza de Jake, y que descubra que en realidad, los Bandidos Andalitas no son más que simples humanos. Finalmente Temrash muere por falta de Rayos Kandrona, pero no sin antes dejar todo tipo de recuerdos en la mente de Jake…

Como nuevas especies alienígenas, conoceremos a los Gedds, primeros portadores de los Yeerks, nativos de su planeta con aspecto de monos, aunque bajos y rechoncos y con tres dedos. Algunos Yeerks de bajo rango siguen teniendolos por portadores. Además, Temrash cuenta que los Yeerks conquistaron totalmente el planeta de otras dos especies, Los Mak y los Ssstram.

Todos se transforman en cucarachas y moscas, pero a demás, Cassie, toma la forma de pulga y de búho.

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Jake, Jake a secas. No tenéis por que saber mi apellido, de todas formas tampoco os lo puedo decir. Mi vida está plagada de pequeñas mentiras. He cambiado los nombres de personas y lugares y algún que otro detalle insignificante. Pero una cosa sí es cierta: los yeerks y su terrible conspiración para adueñarse de la Tierra. Están aquí y han convertido a mucha gente en controladores. ¿Que como lo consiguen? Introducen sus repugnantes cuerpos de gusano en los cerebros de los humanos y les obligan a ser sus esclavos, es decir, sus controladores. Eso sí es verdad. Hay controladores por todas partes: en mi ciudad, en la vuestra, o en el rincón más remoto del planeta. Y lo que es peor, cualquiera puede ser uno de ellos: el policía de tu esquina, tu profesor, tu mejor amigo, tu madre, tu padre e incluso tu hermano. Lo sé porque mi hermano Tom es uno de ellos. Sí, Tom es un controlador, un esclavo de los yeerks. Si él supiera quién o qué soy en realidad, me mataría o me convertiría en un controlador como él. Éste es el mundo en el que vivo, un mundo donde el enemigo siempre acecha, incluso sentado en la mesa frente a mí a punto de desayunar un sábado por la mañana, momento en el que empieza precisamente esta historia. -¡Hola, enano! ¿Qué te cuentas? – me preguntó al sentarme a la mesa. “Enano”, así es como suele llamarme, aunque en realidad estoy bastante alto para mi edad y ya casi l alcanzo, pero es una broma que ya dura años. Ya sabeis lo que pasa entre hermanos. -Pues ya ves – contesté – ¿Qué vas a hacer hoy? -Tengo una reunión. Ya no me acordaba. -¿En La Alianza? – pregunté con la mayor naturalidad posible. La Alianza es en teoría un grupo compuesto por chicos y chicas scouts, pero en realidad es la tapadera utilizada por los controladores que cuentan incluso con una directiva formada por controladores de alto rango. -Sí, hoy nos toca limpiar el parque, ya sabes, como un servicio a la comunidad y todo ese rollo. Pero después haremos una barbacoa. –me miró muy serio- deberías hacerte socio, así pasaríamos mucho más tiempo juntos. Sentí náuseas pero intenté disimular el asco que me producía sólo pensarlo. Sabía que el que hablaba no era Tom sino el yeerk que tenía alojado en el cerebro, el yeerk que pretendía adueñarse también de mi cuerpo y usarlo como portador de uno de sus repugnantes compinches. Mientras estaba allí sentado, frente a mi hermano, me preguntaba si alguna vez me vería obligado a destruir a mi hermano que, en realidad, ya no era mi hermano o, al menos, había dejado de serlo hacía algún tiempo. -Sí, quizás algún día me anime y me apunte. – repuse y pensé para mí “Cuando las ranas críen pelo”. A continuación me serví unos cereales y les añadí un poco de leche. -Entonces, ¿vas a estar fuera toda la mañana? -Sçi, toda la mañana, ya demás mamá y papá se han ido a jugar al tenis, así que tienes la casa entera para ti. ¿Por qué no das una fiesta? -¡Ja, ja! – contesté y seguí comiendo los cereales. Me hubiera gustado gritarle que estaba enterado de todo, que sabía lo que era y lo que hacía, al menos en parte, porque lo había estado espiando. Sabía que iba ascendiendo rápidamente en la jerarquía de La Alianza. Mi hermano era un controlador muy leal y, en efecto, el yeerk de su cabeza había subido de categoría. Días atrás había descubierto que mi hermano formaba parte de un nuevo plan, un plan muy importante que yo debía impedir, incluso si… -Bueno, enano, que te vaya bien – se despidió Tom, del modo en que lo hacía siempre. -Lo mismo te digo. Esperé a que Tom se fuese. Era el momento perfecto. Estaba solo en casa, aún así comprobé habitación por habitación que no hubiera nadie. Después saqué la caja de cerillas del cajón de mi escritorio y oí el ruido de unas patas escarbando en su interior. Abrí la tapa y me estremecí. Allí dentro había una cucaracha bien grande, oscura y brillante, que debía medir más de dos centímetros. Movía las antenas frenética. Intentó escabullirse de la caja, pero se lo impedí con la mano. Sentí el cosquilleo de las antenas al frotar contra la palma de la mano. La cucaracha empujaba, quería salir. Me concentré en la cucaracha, pensé en ella y la dibujé mentalmente. Entonces el animal dejó de moverse y languideció, como es costumbre siempre que adquieres las moléculas de ADN de un animal. Metí dos dedos en la caja para obtener un mejor contacto con la cucaracha. Al notar su tacto duro y eso no pude evitar un escalofrío. Absorbí el modelo de ADN de la cucaracha que pasó a formar parte de mí. Ya tenía en mi cuerpo el modelo genético o ADN de muchos otros animales: un tigre, un delfín, una pulga, un halcón, una trucha y un anolis verde, que es una especie de lagarto. Pero quizá sea mejor que antes os ponga en antecedentes: mis amigos y yo tenemos la facultad de transformarnos en cualquier animal que toquemos. Ese poder nos lo concedió un príncipe andalita justo antes de que lo mataran los yeerks. Y os puedo jurar que he surcado el cuelo con las alas extendidas a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, que he sido un delfín atrapado en una batalla mortal contra tiburones, que he sentido la fuerza extraordinaria del tigre y que he sufrido la terrible pérdida de mi yo, el vacío y el horro infinitos encerrado en un cuerpo de hormiga. Es un poder que nos otorgó el príncipe andalita moribundo para que nos enfrentáramos a los yeerks, pero también era el mecanismo de defensa del andalita y, como toda arma, entraña un peligro y puede llegar a ser mortal En esos momentos me estaba preparando para convertirme en cucaracha, sería el modo ideal de infiltrarse en el nuevo edificio ocupado por la sede de La Alianza. La directiva se iba a reunir allí en un par de días y yo no quería perderme el acontecimiento, aunque los yeerks habían aumentado la vigilando en los últimos días porque adivinaban que nosotros andaríamos cerca. Los muy tontos aún no saben que somos humanos. Creen que somos un grupo de guerreros andalitas porque en todas las ocasiones en que hemos atacado, lo hemos hecho una vez transformados, y están convencidos de que los únicos seres que pueden mutar son los andalitas. Y os puedo asegurar que les hemos complicado bastante la vida. Tom, mi hermano, ¿sería capaz de destruir a mi propio hermano? -No tienes que decidirlo ahora – pensé en voz alta-. Lo importante ahora es comprobar si funciona la transformación. Lo único que debía hacer de momento era convertirme en cucaracha. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] La cucaracha no es mi animal preferido pero era una transformación perfecta para colarse en un edificio vigilado. Las cucarachas pueden ir a todas partes. Seguro que ya te habrás dado cuenta. Saqué a mi perro, Homer, al patio y corrí las cortinas de mi habitación para que estuviera lo más oscura posible. “Hay que ver en qué ocupo mi tiempo libre”, murmuré para mí. Se me pasó por la cabeza llamar a Marco para que viniera a casa. Él es mi mejor amigo. Él fue a quien se le ocurrió el nombre de “Animorph” “No” me dije. “Tienes que hacerlo tú solo.” Los otros estaban cansados porque días atrás lo habíamos pasado bastante mal. Habíamos visto demasiadas señales de peligro y por eso necesitábamos descansar y ocuparnos de nuestras obligaciones habituales, como por ejemplo el colegio. Desde que nos hemos convertido en Animorphs nuestras notas han ido de mal en peor. Además, era asunto mío porque se trataba de mi hermano. Respiré profundamente, tomé fuerzas y llené os pulmones de aire una vez más. “Muy bien Jake -me dije-, adelante” El primer error que cometí fue permanecer delante frente al espejo. Aunque estaba a oscuras, había luz suficiente para percatarse de los cambios que experimentaba mi cuerpo. Fue un grave error porque las metamorfosis nunca son agradables, la verdad. Y lo que es peor: son siempre impredecibles. De hecho, si presenciaras una transformación sin saber a qué es debida, estarías gritando dos semanas seguidas. Sentí que encogía, que caía al vacío y no llegaba nunca al final. Observaba cómo mi cuerpo disminuía en el espejo, y lo cierto es que no era tan horrible como yo lo sentía. Lo que sí resultaba espantoso en el espejo era la imagen d emi piel que empezó a cubrirse de un caparazón compacto de olor marrón- -¡Ahhh! -grité asustado. Mis dedos se difuminaron para formas una única pata de insecto con varias articulaciones, y de la cabeza me brotaron unas antenas interminables y que acababan curvándose hacia atrás, como peinadas por el viento. Mi cintura menguó y el extremo inferior de mi cuerpo se infló para componer el abdomen de un insecto: hinchado, amarillo tirando a marrón y anillado, como una especie de muñeco Michelin. Entonces, cuando ya mi tamaño no sobrepasaba los treinta centímetros, sentí que se disolvía el resto de mis huesos, para ser exactos, lo oí. De hecho, al encoger, mi columna había rechinado y, de repente, escuché un crujido producido por mis ógranos internos al perder su soporte óseo. Mi cráneo también se derritió. Fue el último sonido que oí con claridad ya que las orejas y el sentido auditivo humanos desaparecieron. Me había convertido en un saco de órganos sueltos, prácticamente sordo y meido ciego puesto que los ojos disminuían y las imágenes del cristalino resultaban cada vez más borrosas. Mi exoesqueleto se endurecía por segundos, y se hacía más rígido y fuerte. Dos alas brillantes y crujientes me cubrieron la espalda y se superpusieron en los extremos como piezas metálicas de una armadura. De pronto, me brotaron unas patas adiciones de lo que antes era el pecho. Me había convertido en un bicho de unos doce centímetros de largo, más bien achaparrado, con algunos pelos todavía que se iban desintegrando y unos ojos diminutos que aún conservaban algo de humano. No resultaba especialmente atractivo, para nada. Fue entonces cuando perdí los ojos, aunque sen seguida me di cuenta de que todavía veía, claro que no de la misma manera que un humano. Tenía la sensación de estar rodeado por una extraña montaña ondulado: era mi ropa, pero ¡qué diferencia!. La percibía azul, verde y gris, más o menos. La verdad es que resulta muy difícil describirla con exactitud. Además no distinguía nada de lejos, mi visión abarcaba sólo unos centímetros y lo que alcanzaba a ver parecía desperdigado en miles de imágenes fragmentadas. Veía porciones de enormes paredes fibrosas que no eran sino mis calcetines, y túneles oscuros compuestos por gruesos bloques de hormigón que no eran otra cosa que las perneras de mis pantalones vaqueros. Los hilos de la alfombra semejaban enormes cuerdas de color gris verdoso a las que mis peludas y articuladas patas de cucaracha se garrarían para desplazarse. Sentí cómo la mente del animal salía a la superficie. Ya había experimentado aquello mismo otras veces, pero siempre es diferente, depende del animal. A veces se manifiesta como una punzada de energía incontrolable y miedo que domina tu mente, hasta tal punto que temes volverte loco. No era el caso, no sentí ni un hambre voraz ni miedo. La cucaracha estaba tranquila, segura, carecía de preocupaciones. Me eché a reír, mentalmente claro, porque ya no tenía boca ni garganta, ni ningún otro órgano que pudiera producir risa alguna. Había estado muy tenso., a la espera de que la cucaracha mostrara todos sus miedos, toda su energía y, sin embargo, lo único que deseaba el animal era descansar. La única orden que la mente de la cucaracha enviaba era la de echarse una siesta. “¡Bien! -exclamé para mí. Ya sé que es repugnante, y que a Marco y a los otros les dará un asco tremendo, pero cuando les cuente lo fácil que es controlar” ¡UNA VIBRACIÓN! ¡Alerta! ¡alerta! ¡En guardia! ¡Prepárate! ¡LUZ! ¡LUZ! ¡LUZ! ¡LUZ! [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[b]

[b]Capítulo 3:[/b] ¡Huye! ¡Escóndete de la luz! Imaginaos que participáis en una de esas carreras de coches, la de las quinientas millas de Indianápolis por ejemplo, sólo que, en lugar de estar sentado en el interior de un bólido, os han colocado atado debajo de él de manera que vuestra nariz queda a un centímetro del suelo, y que vais a unos doscientos setenta kilómetros por hora. Así me sentía yo. Mis patas de cucaracha se movían como las del Correcaminos de los dibujos animados. Salí disparado de la montaña de ropa y crucé la alfombra como un cohete. Alguien había encendido la luz de mi habitación y al instante la mente de la cucaracha perdió su seguridad anterior. ¡Zaasss!, me movía a cuatro kilómetros por hora, lo cual es muy rápido para medir sólo dos centímetros. Vibración… vibración… vibración… que se extendía por mis patas. Los pasos de alguien que caminaba pesadamente sacudían el suelo. El diminuto cerebro de la cucaracha reconocía su significado: algo muy muy grande se acercaba… Iba a por mí. ¡Corre! ¡Zuuuumm!, crucé la alfombra y, de pronto, me topé con una pared. ¿Arriba? ¿A la izquierda? ¿A la derecha? ¿Por dónde? Vibración… vibración… vibración… ¡Un momento! ¡Allí había una grieta! No parecía muy grande pero tal vez lo suficiente para salir del paso. No, demasiado pequeña, imposible pasar por ahí. Quizá sí. Rocé el suelo con la parte inferior de mi cuerpo y rasqué el rodapié de madera con una de las alas marrones y duras que me cubrían la espalda, ni siquiera tuve necesidad de aflojar la marcha para realizar esa tarea. Me había metido en la pared. ¡Ja! Aquella cosa enorme que sacudía el suelo jamás me atraparía. Allí estaba a salvo. Descubrí una especie de clavija, a mi vista parecía tan gruesa como el tronco de un árbol, que sobresalía de la madera y se introducía en el interior de la pared. La rodee sin problemas. A ambos lados de mi cuerpo había unas líneas rectas de luz brillante que parecían prolongarse hasta el infinito y que no eran más que rendijas del rodapié por donde se colaba la luz. En uno de los extremos distinguí una especie de tablillas gruesas y relucientes de bordes irregulares que penetraban en la pared; me encontraba en el borde del suelo de la cocina. Por encima de mí, aparecieron otras luces de forma circular y menor intensidad: eran lo agujeros de entrada de las tuberías. ¡Aaaahhhhh! ¡Algo se mueve! ¡Y está muy cerca! ¡Qué asco! Es una cucaracha. “¡Cálmate, Jake! -me ordené a mí mismo -. Tú también eres una cucaracha.” De todas formas no me hacía ni pizca de gracia vérmelas cara a cara con una cucaracha de mi mismo tamaño. Las antenas de minueto amigo hicieron su correspondiente reconocimiento: me palparon todo el cuerpo e incluso se entrelazaron con las mías durante unos segundos. Nos dijimos hola en el idioma de las cucarachas, aunque en realidad no era “hola” sino más bien algo así como, “Vaya, así que tú también eres una cucaracha”. En la oscuridad de la pared me sentía más seguro. Aquel miedo irracional había desaparecido. La luz repentina y las vibraciones habían sido las causantes de todo, Y aunque todavía me llegaban algunas vibraciones, las percibía muy lejos. Bueno, ya había sido suficiente por aquel día. Era hora de buscar un sitio seguro, volver a mi estado natural y averiguar quién había entrado en mi habitación. ¿Por qué habría entrado alguien? Unos minutos antes me habría pillado en medio de la mutación. ¡Qué tonto había sido! ¿Dónde podía transformarme? ¿En el garaje? Sí, en el garaje no había espejos y si algo tenía claro es que no quería presencia aquella metamorfosis por segunda vez. El camino más fácil era atravesar la cocina y salir por la puerta trasera. Me encaminé hacia la grieta brillante que tenía delante de mí y que daba a la cocina. Me encaramé en el saliente del suelo y asomé la cabeza y las antenas justo por debajo del rodapié. Las vibraciones llegaban desde muy lejos, probablemente desde alguna otra habitación. Salí de la grieta y lo primero que vi fue un enorme cañón que se prolongaba hacia arriba, Sin dudarlo empecé a subir entre las dos paredes paralelas separados sólo por unos centímetros. ¡Claro! ¡Era la nevera! Estaba detrás de la nevera y, por supuesto, uno de los lados del “cañón” era la pared de la cocina, y el otro, la parte de atrás de la nevera. Alguien debería barrer ahí detrás, había pelotas de polvo del tamaño de un sofá. Todo estaba controlado. Empezaba a comprenderlo. Tenía que seguir el rodapié hasta la siguiente pared, y girar a la derecha para encontrar la puerta. Muy bien, todo iba sobre ruedas. De repente choqué contra una estructura del tamaño de un granero. Parecía uno de esos antiguos puentes revestidos. “¡Bah! Alguna caja de cerillas vieja”, pensé, y entré ayudándome con mis seis patas articuladas. Un momento. Había dejado de avanzar. ¿Qué narices…? Intenté correr… nada, ¡me había quedado pegado! Lo intenté de nuevo y logré liberar una pata, pero las otras seguían inmovilizadas. Pero ¿qué estaba pas… ? Mis antenas palpaban frenéticas el terreno. ¡Oh no! Se habían quedado pegadas también. No me podía mover. Estaba completamente inmóvil, atrapado. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] -¿Y entonces?- inquirió Rachel – ¿Qué es lo que era? ¿Cómo te quedaste atrapado?. – Apuesto a que lo adivino – aventuró Marco con una risa irónica, que es su manera característica de sonreír – Jake “entró, pero no salió”, ya sabéis a qué me refiero: al “hotel”. -En efecto, el Hotel Kukal -asentí- ¿No os acordáis del anuncio de televisión? “Hotel Kukal, descanso letal. Y la cucaracha entró pero no salió jamás” Pues sí señor, me metí en una de esas estúpidas trampas mata-cucarachas y me quedé pegado. Chicos, fue horrible, no me podía mover, no podía hacer nada, Me sentía como un completo inútil. -Jake, ¿Por qué no te dedicas a hacer anuncios para la compañía? -sugirió Marco-; Harías furor, ya lo estoy viendo : “el increíble chico cucaracha”. Sería un buen negocio. Se nos había hecho tarde en el granero de Cassie. Estábamos todos: Rachel, Marco, Tobias, Cassie y yo. Como de costumbre el lugar estaba abarrotado de jaulas de alambre que contenían diferentes animales: conejos, zorros, un ciervo recién nacido, águilas, zarigüeyas, tórtolas… todos ellos heridos o enfermos y algunos muy recuperados y listos para volver a casa. Allí estábamos, haraganeando entre fardos de heno y montañas de sacos de pienso, a excepción de Tobias que se había posado en uno de los travesaños del techo, ya sé que suena un poco raro, pero ya te contaré su historia más adelante, y Cassie, que estaba dando de comer a los animales. A todos les había parecido divertida mi experiencia como cucaracha, menos a Cassie que me lanzó una mirada desaprobadora. -Me sorprende que precisamente tú hayas sido tan imprudente. Tenía toda la razón, y yo lo sabía. Sin embrago, me puse tozudo y le llevé la contraria. -Sólo quería comprobar si ese animal sería de utilidad en el futuro. Cassie no se creyó ni una palabra. Dejó el cubo que llevaba en el suelo, se quitó los ásperos guantes de trabajo, se acercó a mí y, cuando estaba a menos de medio metro, me hizo un gesto amenazador con la mano. -Oh, oh -Susurró Marco de manera que todos lo oyéramos- Me temo que Jake está en un apuro. -Se ha metido en un buen lío -corroboró Rachel. -Jake- prosiguió Cassie- no lo vuelvas a hacer. Ya sé que tú eres algo así como el jefe, pero escúchame bien, ni se te ocurra volverlo a hacer. No vuelvas a probar una metamorfosis nueva tú sólo. ¿Me oyes? -Cassie, yo solo quería… -¡Chsss! Me da igual lo que quisieras. ¡No lo vuelvas a hacer! <Um, Jake, creo que ha llegado el momento de decir “como tú digas”;> intervino Tobias comunicándose conmigo por telepatía, como siempre hacemos cuando estamos transformados. -De acuerdo, Cassie, lo siento -admití agachando la cabeza. -Vaya, demos la bienvenida a la nueva Cassie. Me gusta el cambio. ¡Doy mi aprobación! -dijo Rachel tras soltar un silbido de admiración. -Todavía recuerdo a la dulce Cassie del pasado -añadió Marco-.Nunca hubiera imaginado que tuviera esa potencia de voz, además ¡fijaos!, parece a punto de practicarle una llave de kung fu. Cassie los ignoró y me lanzó una mirada de complicidad que sólo ella y yo entendíamos. Yo sabía lo que significaba: “Me importas mucho. No hagas tonterías”. Yo le contesté con otra mirada que decía: “Ya lo sé. A mí también me importas”. Ya, ya sé que suena un poco cursi, pero Cassie, yo y los demás hemos pasado por tanto juntos que nos hemos hecho muy amigos. Cassie es una persona asombrosa. Tiene un montón de responsabilidades que desempeña a la perfección. Por ejemplo, su granero es la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje dirigida por su padre, que es veterinario al igual que su madre. La clínica es una manera de ayudar a animales salvajes heridos. Admiten a todas las especies, desde gaviotas asta mofetas. Pues bien, Cassie ayuda a su padre en todas las tareas excepto en la de operar, aunque apostaría a que también sabe hacerlo. En cuanto a su aspecto físico, es muy guapa y más bien bajita. Me llega a la barbilla, pero, claro, yo soy bastante alto. De todas formas no es una de esas bajitas debiluchas, ya sabéis. Al contrario, es muy fuerte. Tampoco es presumida. Cuando pienso en ella casi siempre me la imagino vistiendo un mono y un par de botas para el trabajo del granero. Supongo que la mayoría de los chicos opinaría que Rachel es mucho más guapa. Como es mi prima yo no pienso en ella de esa manera, pero es cierto que parece una de esas top models rubias. Sin embargo no es la típica cara bonita, qué va, justo lo contrario. Allá donde hay peligro, está Rachel, y, por supuesto, abriendo paso. Marco dice que Rachel disfruta con lo que nos está pasando y que en el fondo está contenta con el cambio que nuestras vidas han experimentado desde aquella noche en que nos tropezamos en aquel recinto de obras con la nave del príncipe andalita herido. Marco siempre la llama “Xena, la princesa guerrera”. Así es Marco, de todo hace broma, excepto de su familia, o mejor dicho, lo que queda de ella. Es un chico bajo de ojos oscuros y pelo largo de color castaño oscuro. Cassie dice que hay muchas chicas en el colegio que lo consideran guapo. Yo no sabría qué decir. La mayor parte del tiempo Marco y yo estamos discutiendo. Según él, yo soy demasiado serio, pero para mí él es demasiado infantil. No estamos de acuerdo en casi nada. Por ejemplo, intenta convencerme de que el baloncesto universitario es mejor que el de la NBA. ¡Y qué más! Por favor. ¿Qué es puede hacer con alguien así? No tiene remedio. Resumiendo, cuando él no acaba con mi paciencia, acabo yo con la suya. Pero, por encima de todo, es mi mejor amigo y lo ha sido desde que éramos bebés. Haría lo que fuera por él y sé que él también lo haría por mí, eso sí, sin parar de quejarse. ¿Dejará de quejarse algún día? Ya sólo me queda Tobias para completar nuestro original quinteto. Tobias era el típico niño rubio, de carácter dulce y soñador. También tenía unos problemas familiares terribles. Pero eso forma ya parte del pasado. En aquel momento estaba posado en uno de los travesaños del techo del granero y se arreglaba las plumas de las alas con el pico. ¡Vaya pico!, es formidable. Acaba en una especie de gancho curvado y terrorífico que le sirve para rasgar las ratas, ratones y todos los pequeños animales que caza. Tobias es un ratonero de cola roja y me temo que será así para siempre. Veréis, hay un problema en esto de las mutaciones y s que existe un límite de dos horas. Es decir, si permaneces transformado más de ese tiempo, te quedas así para siempre. Por eso Rachel me preguntó: -¿Cómo lograste escapar antes de que se cumpliera el límite de tiempo? Por lo que veo eres humano otra vez. -Por decirlo de alguna forma -añadió Marco. -Bueno- contesté al tiempo que me encogía de hombros- pues permanecí allí durante un buen rato revolviéndome pero sin ningún éxito. Me había quedado bien pegado. Sin embargo no estaba todo perdido, porque, mientras estaba allí, me di cuenta de que podía interpretar algunas de las vibraciones que me llegaban. Eran voces, gente hablando. -¿Qué gente?- inquirió Marco. -Mis padres. Mi padre se había torcido el tobillo jugando al tenis y por eso habían regresado antes de lo previsto. Habían sido ellos quienes habían entrado a mi habitación a buscar una venda que guardo en uno de los cajones. Y, claro, habían encendido la luz. ¿Qué otra cosa podía hacer? No iba a quedarme convertido en cucaracha el resto de mi vida, y sabía que mis padres estaban arriba, en su habitación, así que me transformé. <Un momento, pero ¿no estabas detrás de la nevera?> preguntó Tobias por telepatía. -Sí, y había muy poco espacio, pero según iba creciendo iba empujando la nevera. Por un momento creí que iba a morir asfixiado. Y justo en ese momento, cuando ya casi era humano de nuevo, va mi madre y entra en la cocina. Mis amigos se inclinaron hacia delante como si no hubieran oído bien. -¿Cómo?- exclamó Cassie – ¿tu madre entró en la cocina? ¿Qué vio? ¿Qué dijo? -Bueno, lo único que podía ver era mi cabeza y para entonces ya era normal, así que me preguntó: “¡Jake! ¿Se puede qué haces ahí detrás con la caja del Hotel Kukal en la cabeza?”. Todo el mundo estalló en carcajadas. Marco se paró enseguida y me miró de lado, como siempre hace cuando sospecha que escondo algo. -Muy gracioso, Jake -comentó Marco- pero no nos has dicho por qué te convertiste en cucaracha, y no me vengas con el cuento de que era simple rutina. Dejé de reírme. Tarde o temprano se lo iba a tener que decir. -Está bien, escuchad, me he enterado de algo que os interesará: mi hermano es cada vez más importantes entre los yeerks. Creo que ocupa el puesto por debajo de Chapman. Rachel soltó un silbido. Chapman es el subdirector de nuestro colegio y también el controlador de más rango que conocemos. -Tom adopta todas las precauciones para que ni mis padres ni yo nos enteremos de nada-proseguí-pero he averiguado que utiliza nuestro teléfono de vez en cuando, y también sé a quién llama: lo he comprobado con la re-llamada automática del teléfono. -¡Genial!- celebró Marco – ¡Jake, te estás convirtiendo en un superespía! ¡Esa sí que es buena! -se burló. <¿Y a quién llama Tom?> preguntó Tobias. -A médicos. Se ha puesto en contacto con cinco médicos. Lo he comprobado en la guía telefónica. Además, los cinco trabajan en la Clínica Berman, incluso en la misma sección del edificio. Berman es uno de los médicos con los que Tom se pone en contacto. Transcurrieron unos minutos hasta que mis amigos asimilaron la información. -Un momento- observó Rachel – ¿estás diciendo que los yeerks se han hecho con el control de un hospital o al menos de una parte? ¿Para qué iban a querer ellos un hospital? Vacilé antes de contestar porque no estaba seguro de estar en lo cierto, quizá todo era fruto de mi propia paranoia. Sin embargo Marco, que sabe más que nadie de paranoias, ya lo había adivinado. -¿No lo veis? Van a utilizar los hospitales para infestar los cuerpos de los pacientes. Un día ingresas para que te saquen las anginas o para que te pongan la escayola en un brazo roto y al día siguiente cuando sales eres un controlador. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Tom volvió a casa tarde esa noche. Olía a humo de hoguera y a salsa de barbacoa. Mi madre, mi madre y yo estábamos todavía cenando. Esa noche había pollo a la parrilla con patatas y verduras. Mi padre había colocado su tobillo dañado sobre un taburete. -¿Cómo fue la limpieza, Tom? – le preguntó mi madre en cuento mi hermano entró en la cocina – ha salido en las noticias. -Bien – contestó, y se sentó frente a mí – hemos llenado dos contenedores de basura, ramas secas y cosas por el estilo. ¿Y eso? ¿Qué te ha pasado en la pierna papá? -Intenté darle a la pelota desde una posición muy difícil y me torcí el tobillo- contestó mi padre con una mueca de dolor. -¿Has comido bien? – le preguntó mi madre a Tom. -¡Uf! – exclamó y se dio unas palmaditas en el estómago- hamburguesas, perritos calientes y pollo, aunque no tan bueno como el tuyo. -En realidad hoy ha cocinado tu padre. Es una nueva modalidad: marcas un número de teléfono, encarhas la comida y en una hora te la traen a casa. -Bueno, pero calenté la salsa en el microondas yo solito. – añadió mi padre – Eso también es cocinar. -¡Qué bien! – exclamó mi hermano guiñándole un ojo a mi padre- seguro que la comida de la barbacoa estaba mucho más buena que la de papá. Me alegro de haber comido allí.. -Muy bien, pues acabas de quedarte sin postre- anunció mi padre- pastel de queso de Santorini. -¡Oooh! ¿De Santorini? – se quejó Tom – Lo retiro, no he dicho nada, te lo pido de rodillas, te lo suplico. Me encantan los pasteles de Santorini. Homer entró en la cocina, presentía que era la hora de las sobras. -¡Hola, Homer! – lo saludó Tom y le rascó detrás de las orejas. El perro puso su expresión habitual, entre feliz y tonta, con la mirada perdida y la lengua colgando. Era una escena absolutamente normal: una familia sentada a la mesa y cenando. Nadie sospecharía la verdad, nadie podría imaginar jamás que en la cabeza de mi hermano estaba alojado un extraterrestre, una criatura de otro planeta. El otro día le pregunté a Ax cómo funcionan los yeerks. Ax es el andalita que rescatamos del fondo del mar y que ahora ya es uno de los nuestros. Como decía, le pregunté cómo puede vivir un gusano yeerk en la cabeza de una persona y él me lo explicó. Al parecer, los gusanos se aplanan y se cuelan por entre las grietas y ranuras del cerebro humano, su cuerpo se licúa por todo el espacio libre hasta envolver el cerebro y enganchar sus neuronas a las neuronas humanas. Tom se percató de que lo estaba mirando fijamente. -¿Qué te pasa? -¿Qué? – contesté sacudiendo la cabeza para salir de mi aturdimiento – ¡Ah, nada! es que estaba pensando en una cosa. -Me estabas mirando fijamente la frente. -¿De verdad? – repliqué y solté una risa mientras intentaba ganar iempo para buscar una respuesta divertida. – Vaya, hubiera jurado que me había quedado en blanco mirando al vacío… Claro que entre tu cabeza y el vacío no hay mucha diferencia. Funcionó porque Tom agarró un trozo de pan y me lo tiró, pero yo lo parñe justo antes de que me diera en la cara. Por un momento nos miramos fijamente. -No arrojéis comida – ordenó mi padre – no está bien. -No te preocupes – añadí – Tom no es lo bastante rápido para alcanzarme. Ha perdido facultades, ya no es tan rápido como antes. -No me provoques, enano – me advirtió Tom arqueando una ceja. Yo me limité a sonreir. -Antes, cuando estabas en elq euipo de baloncesto, eras mucho más rápido. Supongo que estar todo el tiempo con tus amigos de La Alianza haciendo barbaocas y comiendo ensalada de patata te ha hecho perder reflejos. En los viejos tiempo Tom no lo hubiera consentido, jamás hubiera permitido que lo retase y que encima me saliera con la mía. Me habría hecho una llave, me habría agarrado bien fuerte, y sólo me habría soltado cuando suplicara perdón. Pero se limitó a esbozar una sonrisa incierta y fría. Quizá fuera porque mi hermano ya no era el mismo, o tal vez era yo el que había cambiado. Hubo un silencio de varios minutos y mis padres, q e empezaban a sentirse incómodos, se pusieron a hablar de cualquier cosa. -Tengo que hacer deberes – dije al fin. ¿Puedo levantarme de la mesa? -Sí, pero vuelve luego para el pastel de queso – recordó mi madre. -No entiendo que tienes en contra de La Alianza – me soltó mi hermano, que me había pillado subiendo las escaleras – hay muchos chicos de tu colegio que se han hecho socios. -Nunca me han atraído los clubs. -¿Ah, no? Pues no critiques lo que no conoces. ¿Se puede saber qué hacías hoy que era tan importante mientras yo limpiaba el parque?. Me detuve y me giré para verle la cara. Yo estaba un escalón más arriba, así que quedaba a su misma altura. -¿Yo? No gran cosa, estaba con Marco. -Tu ruina – añadió mi hermano – Hay otras actividades mucho más divertidas que salir por ahí con Marco, mucho mejores que pertenecer a un equipo de perdedores. Hay otros asuntos, asuntos importantes… como formar parte de algo…más grande…y no ser tan sólo un niñato insignificante. Me miró como si quisiera desvelarme cosas increíbles y abrir todo un mundo nuevo ante mí. Yo podía formar parte de algo más grande, más importante. Supongo que ese tipo de monsergas funciona con algunas personas. Ése debe ser el primer paso para captar portadores voluntarios, así convencía La Alianza: hablando de las grandiosidades más gloriosas, más interesantes, y uno podía tomar parte en ella. Ser parte de ellas. -Gracias, Tom – le contesté – pero no quiero ser parte de nada. Prefiero seguir como hasta ahora y ser simplemente un niñato insignificante e independiente. Durante un segundo mi hermano se descubrió la máscara porque dejó entrever una expresión de pura arrogancia y desprecio, la arrogancia y el desprecio yeerk. Me lanzó una mirada que parecía decir: “Tarde o temprano serás nuestro, tú y todos los débiles como tú”. Después la expresión desapareció y Tom se encogió de hombros como si no hubiera pasado nada. Me fui a mi habitación para hacer los deberes. Luego bajé a la cocina y comí un trozo de pastel de queso con mis padres y mi hermano. Éramos una familia feliz, veíamos la tele mientras devorábamos el pastel. Aquella misma noche volví a soñar lo mismo. Era un sueño que se repetía casi cada noche. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] -Es increíble que vayamos a probar una forma nueva -se burló Marco – nunca lo hacemos. Simplemente, cuando llega la hora, nos transformamos y si la experiencia termina en desastre nos apañamos como podemos. -Tenemos que practicar -señalé- porque nos vamos a convertir en espías y nuestro objetivo será escuchar lo que dicen. Lleva un tiempo aprender a utilizar los sentidos de la cucaracha para interpretar correctamente los sonidos. -Esto va a ser una fantástica película de terror o, por lo menos, un libro – se burló Marco – el hombre cucaracha. Nos encontrábamos en el piso nuevo de Marco. Era la primera vez que lo usábamos para una metamorfosis. Ahora que el padre de Marco se ha incorporado al trabajo se han mudado a un sitio mejor y a Marco ya no le da vergüenza invitarnos a su casa. Como iba diciendo, el padre de Marco se iba a quedar trabajando hasta tarde en su nuevo empleo. Ojalá le dure y las cosas empiecen a cambiar. El pobre Marco ha sufrido mucho con su familia. -¿Creéis que es posible morirse de un susto?- preguntó Cassie – ¿O que algún día nos demos tanto asco que ya no queramos seguir viviendo? Si ya se me revolvió el estómago al tocar una cucaracha, ¿Cómo voy a resistir convertirme en una? -NO te pongas cerca de un espejo – sugerí – ni mires a los demás mientras se están transformando. <¿A los humanos les dan miedo estos animales?> preguntó Ax. Es asombrosa la rapidez con que nos habíamos acostumbrado a que Ax, una criatura de otro planeta, estuviera con nosotros. Apenas me daba ya cuenta de que era un andalita, es decir, un cruce entre un ciervo azul, un humano sin boca, una cabra con los ojos situados en el extremo de unas antenas y un escorpión. Del escorpión sólo conservaba la temible cola rematada en una especie de hoja de guadaña. Los andalitas chasquean la cola tan rápido que su movimiento escapa al ojo humano. Me senté al borde de la cama de Marco- Tobias se acomodó en la parte interior de la ventana con semblante fiero y malhumorado, aunque eso, por supuesto, no quería decir que lo estuviera. Y para situación rara, aquella: allí estaba yo con un extraterrestre, mi prima, mi mejor amigo y Cassie, todos listos para convertirse en cucarachas excepto Tobias, claro, y yo. Pero lo más asombroso era que ya no me parecía raro. Los observé mientras empezaban a transformarse, pero llegó un punto en que tuve que apartar la vista porque me daba un asco tremendo. Cuando miré de nuevo, descubrí cuatro cucarachas en la alfombra. <Muy bien – dijo marco por telepatía – ya somos insectos. Acabemos con esto de una vez por todas porque, si os digo la verdad, no me veo capaz de resistirlo mucho tiempo.> -Muy bien – contesté – ¿Podéis oírme? <Venga, estamos listos. Di algo> contestó Marco a través del pensamiento. Sin embargo, resultaba casi imposible distinguirlo de las otras tres cucarachas, eran todas iguales. -Hola- dije más alto esta vez. <Un momento, he notado algo> informó Cassie -Tobias, diles que era yo. <Ha sido Jake – les comunicó Tobias por telepatía-. Ha dicho “hola”.> <Muy bien Jake. Repítelo, di “hola” otra vez> indicó Marco. -Hola. <Sí, he percibido algunas vibraciones> confirmó Cassie. -Hola. <Me ha parecido escuchar algo parecido a un “hola”> adivinó Cassie. <Jake – intervino Marco – Repite conmigo, “soy muy tonto”. A ver si lo percibo.> -Eres muy tonto. <Muy gracioso -contestó- no he oído bien lo que has dicho pero me lo imagino. Estuvimos como una hora practicando cómo traducir las vibraciones del lenguaje humano tal y como había hecho yo cuando me quedé atrapado detrás de la nevera. Mientras volvían a su estado natural, miré hacia otro lado. No necesitaba más argumentos para mis pesadillas, ya tenía bastante con los extraños sueños que había estado teniendo en los últimos días. Cassie es la que mejor se transforma del grupo, mejor incluso que Ax, que al fin y al cabo es un andalita. No sé cómo lo hace, pero es capaz de controlar a la perfección el proceso. Recuerdo aquella vez que nos transformamos en pájaros y logró mantener las enormes alas durante unos segundos, cuando ya había recuperado su cuerpo. Le quedaban fenomenal. Sin embargo, ni siquiera Cassie podía hacer nada para parecer más atractiva en forma de cucaracha. Era repulsivo, lo miraras por donde lo miraras. <¡Qué animales tan maravillosos tenéis en este planeta!> alabó Ax una vez recuperada su forma normal, si es que se le puede calificar de ese modo, viéndolo allí de pie en la habitación de Marco. -Las cucarachas no son maravillosas – corrigió Rachel al tiempo que le recorría un estremecimiento-. Lo siento pero no me ha hecho ninguna gracia convertirme en una. -Son fáciles de manejar – señaló Marco – comparadas con las hormigas. Intercambiamos una mirada, habíamos tenido una experiencia horrible con las hormigas. No creo que nadie esté dispuesto a repetirla, la verdad. -Para esta misión no hace falta que vayamos todos – observé. -He dicho que las cucarachas son asquerosas – se justificó Rachel – no que no vaya a hacerlo. Tenemos que averiguar qué está pasando en el hospital y la mejor forma es colándose en la reunión de la directiva de La Alianza. ¿Qué mejor que transformarnos en cucarachas? Se acabó la discusión. Miró alrededor con expresión beligerante. Como si desafiara a todo aquel que no estuviera de acuerdo con ella. -Sí, pero lo puedo hacer yo solo – insistí. -Pero, ¿Qué te pasa? – inquirió Rachel con enfado – Recuerda, somos los cinco mosqueteros, uno para todos y todos para uno. Bueno, los seis mosqueteros – corrigió al mirar a Ax. <¿Qué es un mosquetero?> preguntó Ax. Nadie le respondió. Todos me miraban como si hubiera hecho algo malo. -En otras circunstancias yo estaría a favor de que no participásemos todos . aclaró Marco . pero no entiendo por qué te comportas así. -Bueno, tiene lógica ¿no? Uno de nosotros puede hacerlo solo. -¿Te preocupa que Tom salga perjudicado? – preguntó Cassie. Una vez más Cassie se había encargado de poner las cartas sobre la mesa. -Es mi hermano – contesté mirando al suelo – y vosotros sois mis amigos. ¿Qué pasaría si una vez allí tenemos que luchar? -Bueno, no haríamos daño a Tom, eso está claro. – contestó Marco. Se había quedado pensativo, con una ceja arqueada. Lo había entendido. -No es tan sencillo -añadí – Él forma parte de todo eso, es uno de ellos y, si tuviera que hacerlo, nos mataría a todos. Me costó mucho decirlo, pero era la pura verdad. <No es Tom -corrigió Tobias – es la cosa que tiene en el cerebro. No Tom.> -He tenido un sueño – solté un suspiro profundo y dudé porque me sentía como un imbécil al acordarme de repente-. Sé que es una tontería y que los sueños no significan nada, pero he soñado lo mismo varias veces. -Venga, cuéntanoslo de una vez.- dijo Rachel. -Vale, pero no os riáis. En el sueño estoy transformado en tigre y acecho a Tom. Lo sigo, sin perder su rastro y empiezo a sentir el deseo del tigre, ya sabéis el instinto de todos los depredadores cuando tienen hambre: la urgencia de matar. Tobias retiró la mirada. Lo entendía porque Tobias es ahora un predador y también siente esa urgencia incontenible de matar todos los días. Supongo que todavía no lo ha asimilado del todo. Era un chaval muy dulce cuando era humano. -Así que -proseguí- en el sueño estoy cazando a mi propio hermano, sólo que cuando me acerco, se da la vuelta, no es Tom, sino… – me interrumpí antes de acabar la frase. Ya había dicho demasiado. -Lo único que quiero es que no le pase nada a mi hermano – añadí sin mucha convicción – no se trata sólo de lo que pueda ocurrirle si hay una pelea, se trata de… Escuchad, creo que Tom es una pieza clave en el plan del hospital, si no me equivoco es él quien lo dirige y si nosotros estropeamos su plan, ¿Quién sabe lo que le harían al pobre? Quizá Visser Tres acabe con el yeerk de Tom. Todos sabemos cómo las gasta Vissser. Disfruta poniendo ejemplos de lo que le ocurre a la gente que le falla. No me extrañaría que matara a mi hermano. -Si nosotros ganamos Tom pierde -resumió Rachel y emitió un silbido- Y si Tom pierde, Visser tres querrá deshacerse de él. -Exacto, así están las cosas -corroboré- -Y entonces, ¿qué vamos a hacer? -preguntó Marco. -Nos olvidamos de la misión y en paz -sugirió Cassie. -¿Y dejar que los yeerks controlen libremente un hospital y lo conviertan en una fábrica de controladores? -rebatí – ¿Por qué? ¿Sólo porque mi hermano corre peligro? -Sí -respondió Cassie llanamente. Vacilé, me hubiera gustado estar de acuerdo, pero, ¿cómo iba a justificar la retirada por una razón tan egoísta? -No tenemos que tomar una decisión definitiva ahora mismo – observó Marco – Podemos entrar, averiguar qué se proponen y ya decidiremos. Los ojos de Marco y los míos se encontraron. Me pregunté qué estaría pensando de mí. Sólo Marco y yo conocemos la verdad sobre su madre. Todos los demás piensan que está muerta, pero nosotros dos sabemos que en realidad ella es un controlador y que su cuerpo es el portador de Visser Uno. Por eso, Marco entendía perfectamente por lo que yo estaba pasando y me ofreció una salida para ganar tiempo. -Sí – contesté, asintiendo a mi amigo – Marco tiene razón. Esto es sólo una misión de espionaje. Ya habrá tiempo de decidir qué hacer, primero es mejor averiguar cuáles son sus intenciones. Debería sentirme aliviado, pero no era así. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] -¿Cuánto crees que tardaremos? – preguntó Rachel consultando su reloj – he programado el vídeo para grabar dos de mis programas preferidos pero no me he acordado de la película de la semana. -Yo sí, no te preocupes. Era de noche, aunque no muy tarde. La luna estaba alta aunque oculta detrás de unas nubes. Caminábamos con toda naturalidad por la calle, al menos esa era nuestra intención. <¡Esto es un rollo! – se quejó Tobias desde lo alto – por la noche apenas veo, estoy medio ciego, ya no os cuento si encima no hay luna. Ojalá me hubiera convertido en búho. Ésos sí que saben lo que se hacen. Si no fuera porque algunos cazan ratoneros.> -No entiendo cómo podéis correr con este cuerpo – se quejó Ax- ¿dos piernas? Es absurdo. Surdo. Ni siquiera tenéis una cola para ayudaros a mantener el equilibrio. Ax se había transformado en humano. Cuando lo hace, es una combinación del ADN de Marco, Rachel, Cassie y del mío. El resultado es muy curioso, tiene rasgos de todos nosotros. Ax casi se había acostumbrado a tener boca cuando adoptaba forma humana. Digo casi porque todavía jugueteaba con los sonidos que producía y a veces repetía las palabras. Además era un peligro dejarlo cerca de la comida, el sentido del gusto era superior a él y le hacía perder el control. -¿Sabes Ax? Ahora que lo dices – Marco empezó a girar sobre sí mismo muy deprisa – ¡Sólo tengo dos piernas! ¡Qué me caigo! -¿Veis? Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano – comentó Ax y añadió – Pasar. Pas. Pos. Yo no estaba seguro de si Ax se había percatado de que Marco le estaba tomando el pelo. Puede que el andalita tuviera un sentido del humor poco elaborado, o que incluso no tuviera ninguno. Todavía no lo había averiguado. -Allí está el edificio – señalé justo delante de nosotros, al final de la manzana. Era un barrio de casas viejas y tienduchas baratas, ya sabéis a qué me refiero: tiendas de segunda mano, garajes de piezas de coches y pequeños restaurantes. Nuestro objetivo era un edificio blanco de una sola planta. Tenía sólo una puerta y las ventanas, que estaban lejos del suelo, eran alargadas y estrechas, además habían sido bloqueadas para que nadie viera lo que sucedía en el interior. También había un pequeño aparcamiento con una docena de coches y sobre la puerta se podía leer un cartel que decía: “La Alianza, para construir un mundo mejor.” -Sí, claro – replicó Marco con desprecio – un mundo mejor para gusanos de otro planeta. ¿Habéis visto al tipo de la puerta? Yo diría que tiene ganas de pelea. Había un tipo enorme en la puerta, con los brazos musculosos cruzados sobre el pecho. No era ninguna sorpresa: Marco, Rachel y yo habíamos echado un vistazo antes al lugar. -Muy bien, atajaremos por ese callejón – les indiqué -. Aquel edificio de allí está abandonado. El sótano está abierto y vacío. Un sitio ideal para transformarnos. El sótano era deprimente. Estaba oscuro y olía a moho. Tenía toda la pinta de haber sido un restaurante porque todavía se podían ver algunas mesas viejas desparramadas por el local, botellas de cerveza y un montón de basura. -¡Qué maravilla! – susurró Rachel – Esto de ser un animorph tiene su encanto. Tobias cruzó el umbral aleteando y al instante oímos un gran estruendo. <¡Ay! ¿Quién ha puesto esa columna ahí? Me he hecho daño en el ala derecha.> -¡Estupendo! ¿Y tú eres el que se supone que va a guiarnos? – gruñó Marco. Ax ya había comenzado a transformarse en andalita. Es imposible cambiar directamente de un animal a otro. También para nosotros, que tenemos que volver a nuestra forma natural antes de mutar en otro animal. -Venga, hagámoslo y terminemos de una vez – urgió Rachel – Estoy a punto de convertirme en cucaracha en un sótano asqueroso. ¡Mi madre estaría orgullosa de mí si lo supiera! -Espera – intervino Cassie – entonces todos estamos de acuerdo en lo que hay que hacer ¿verdad? No vamos buscando pelea. Se trata de una misión de espionaje, que nadie haga barbaridades como convertirse en elefante y lanzarse a la carrera. Cassie miraba a Rachel porque sabía que ésa es su forma preferida. -Está claro – confirmó Rachel riéndose – vamos a jugar a los espías. Todos saben que soy la discreción personificada. -Adelante. Me dio un poco de vergüenza que Cassie sacara el tema, aunque sabía que su única intención era recordar a todos que Tom era uno de los controladores de la reunión y que sólo buscábamos información. -Empecemos de una vez – ordenó Rachel – venga, o me perderé la película. -Cinco pequeñas cucarachas, que se sentirán como en casa en este estercolero – comentó Marco al empezar a transformarse – Tobias, vigilarás que no nos coman las ratas ¿verdad? <¡Eh! Puede que no vea bien en la oscuridad pero cuando se trata de ratas no se me escapa ni una, haya o no haya luz. Soy el terror de las ratas.> -Ax, ¿estás listo? <Sí, príncipe Jake. Ya he recuperado por completo mi cuerpo andalita y estoy preparado para convertirme en cucaracha a tu servicio.> Momentos después había cinco cucarachas entre la basura que cubría el suelo de hormigón. <¡Caramba! Esto es lo que se dice un envase familiar de cerveza> bromeó Marco. En efecto, ante nosotros se alzaba al cielo una enorme lata azul y blanca. <¿Qué tal si nos damos un poco de prisa? – sugerí – Ax, ¿llevas la cuenta del tiempo?>. Nos pusimos en marcha. Éramos como una avanzadilla de cucarachas todas corriendo en la misma dirección. <¿Sabéis una cosa? Si no fuese tan asqueroso, creo que hasta me haría gracia – comentó Rachel – ¡Vaya, escalones! ¡A escalar se ha dicho!>. Las diminutas pinzas situadas en el extremo de las patas se aferraban a los pequeños salientes de hormigón y hacían cuña en grietas invisibles para nosotros. Era un reflejo casi automático y tan rápido que trapaba por los escalones casi a la misma velocidad con la que avanzaba horizontalmente. Peldaño arriba, por encima del bordillo y ZAS, siguiente peldaño y… vuelta a empezar. Arriba, por encima… y así hasta superar los cuatro escalones. <Lo siento chicos, pero me cuesta hacerme a la idea de que sois vosotros. Me sigue dando repelús miraros – reconoció Tobias – ¡Tendríais que veros! Me dan ganas de pisaros, si tuviera zapatos claro. Nunca me han gustado demasiado las cucarachas.> <Y eso lo dice alguien que destripa ratones vivos para comérselos > replicó Marco. <Tú no puedes hablar porque no los has probado> contestó Tobias. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Tobias empezaba a aceptar su nueva vida, por rara que fuera, de medio humano medio pájaro. Aunque mi máxima preocupación seguía siendo aquella misión. Habíamos cruzado el umbral y nos habíamos adentrado en la callejuela. El suelo era una mezcla de gravilla y asfalto medio levantado lleno de agujeros. Cruzar aquel asfalto era como caminar sobre un gigantesco terrón de azúcar irregular y plagado de baches. Las piedrecillas eran tan grandes como nosotros y, a pesar de nuestras ágiles patas, no hacíamos más que tropezar y escurrirnos por la superficie. <Voy a alzar el vuelo . anunció Tobias . Ahora mismo estás en la acera, girad a la izquierda. Aquí fuera hay mejor luz, me posaré en lo alto del poste de teléfonos y os vigilaré desde allí.> <Muy bien, será mejor que nos separemos. No olvidéis que ahí dentro hay controladores, yeerks, y que saben que hay un grupo de andalitas que anda por ahí suelto, o sea que estarán pendientes de los animales. Intentad actuar como lo haría una cucaracha normal. <¿Quieres decir que su veo un paquete abierto de cereales tengo que meterme dentro? – dijo Marco. Eso me pasó a mí una vez. Estuve a punto de zamparme al bichejo. ¡Aggg!.> Nos separamos de camino al edificio. Me detuve al llegar a la pared blanca. <¡Mirad!¡Una grieta! – avisó Cassie – es enorme, voy a entrar.> Los demás esperamos fuera. Me sentía indefenso, desprotegido, esperando allí inmóvil en la calle. El tipo gordo de la puerta podía pisarme si le apetecía y, aunque no lo veía, de alguna forma notaba su presencia. <¡Adelante! – exclamó Cassie desde el fondo de la grieta – creo que nos conducirá hasta el interior.> Uno a uno nos fuimos colando en la grieta y, una vez dentro, me sentí aliviado, hasta que imaginé lo que pasaría si intentaba volver a mi estado natural. Traté de apartar aquel pensamiento de mi mente. <Nos vamos dentro, Tobias – le avisé – búscate un escondite seguro.> <Estoy buen, no te preocupes – contestó – Buena suerte.> Íbamos en fila y caminábamos de lado. Era como explorar una cueva. No había luz pero mis antenas palpaban el camino, seguían el rastro de los otros, interpretaban la información traída por las corrientes de aire y buscaban aromas familiares. De repente, ví una débil luz que se intensificaba a medida que avanzábamos. Cassie iba la primera. <Bien. La grieta conduce hasta el interior del edificio. Ya estoy dentro.> Me acerqué con sigilo hasta ella. Desde la abertura de la grieta me llegaba una luz brillante y más vibraciones. Sí, era sonido, alguien estaba hablando. Resultaba difícil extraer demasiada información de la voz. ¿Quién sería? Una cosa estaba clara, no podía pertenecer a una persona mayor, porque el tono era demasiado agudo. ¿Sería Tom? Escuché las palabras con atención. -…Por fin ha llegado el día. Es hora de dar el paso decisivo para que la invasión de la Tierra sea un hecho. [b]© 1996 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] <¿Qué celebran, el día del orgullo Yeerk?> se burló Marco. Cassie soltó una risa ahogada, por telepatía claro, que al final nos contagió a todos, y que era producto sobretodo de los nervios. <Tenemos que salir de este agujero – indiqué – y desplegarnos por la sala. Creo que seremos una presa fácil si permanecemos aquí. Hay que intentar identificar a los asistentes. Venga, moveos, pero ¡un momento!, todos a la vez no.> Demasiado tarde, ya nos habíamos lanzado desde el agujero hacia el suelo. Cualquiera que nos viera pensaría que los únicos invasores eran las cucarachas. La verdad es que cinco cucarachas desplazándose al mismo tiempo son fáciles de divisar. Pero no habíamos tenido en cuenta una cosa: los humanos odiamos a esos bichos y enseguida los vemos pero en los yeerks no despiertan ninguna emoción. Aunque todos los asistentes eran controladores humanos, como estaban con sus colegas yeerks, no tenían que fingir su papel de humano. Así que nadie nos pisó, y eso que yo esperaba ver en cualquier momento un pie neorme cayendo del cielo sobre mi cabeza. Nos separamos un poco y seguimos el borde de la pared. <¿Chicos? ¿Me oís? Soy Tobias,> <Muy mal, pero sí.>respondí. Comunicarse por telepatía tiene los mismos problemas que hacerlo hablando, cuanta más distancia hay, peor te llega el mensaje, sólo que las paredes y otras separaciones no son un obstáculo. <Acaba de llegar un coche, bueno, mejor dicho una limusina, y otros dos coches de escolta llenos de tipos duros.> <¿Qué hacen?> <Están saliendo del coche, Son seis y llevan armas que asoman por debajo de los abrigos. Ahora sale otro tipo de la parte de atrás de la limusina.> <¿Quién es? Es decir ¿Qué es?> <Es un humano. Se dirige a la puerta pero va haciendo eses. Parece normal pero los demás están muy nerviosos. Además… te parecerá una tontería, pero este tipo me da mala espina.> Empecé a sentir vibraciones procedentes de la gente que entraba. <Vienen hacia aquí Tobias. Gracias por avisarnos.> Intenté utilizar mis ojos, pero no me servían de nada. De lo único que estaba seguro de que habían llegado muchos hombres y, de que desfilaban por la habitación. -Hermanos- anunció una voz alta y potente – os presento a nuestro líder, Visser Tres. Se produjo una gran conmoción en la sala y nosotros tragamos saliva. ¿Visser Tres? Visser Tres tiene en realidad un andalita. Él es el único yeerk que ha conseguido adueñarse de un cuerpo andalita y, por tanto, también del poder de la transformación. No entendía nada, estaba convencido de que si Tobias hubiera visto a un andalita bajarse del coche nos lo habría comunicado. -Veo muchas caras sorprendidas – dijo otra voz – pero debéis saber que puedo transformarme tanto en animal como en humano. <¡Oh no! – exclamó Marco – ¡Visser Tres se puede transformar en humano!> <Claro – informó Ax – como yo. Los humanos son animales al fin y al cabo. Tenéis ADN, ¿no?> La voz de Visser sonaba diferente, más dura y seca. Resultaba muy extraño oírle hablar ya que sólo lo habíamos hecho a través del pensamiento. Pero ahora tenía voz, y si fuéramos capaces de ver, también cuerpo humano, pero estaba demasiado lejos para nuestra visión débil y distorsionada de la cucaracha. -Esta misión consta de dos partes. Una: Utilizaremos el hospital como tapadera para reclutar portadores no voluntarios. Espero hacer unos doscientos controladores por mes terrícola. Nos ocuparemos principalmente de policías, locutores, escritores, profesores, financieros y, sobretodo, cualquiera que ostente un poder político. La multitud emitió un murmullo de emoción <Tal y como nos temíamos> comenté. <Por desgracia – corroboró Marco – ¿Ha dicho doscientos controladores al mes?> -Os felicito por haber reclutado médicos y enfermeras, porque así hemos conseguido el control del hospital, lo cual me lleva ala segunda parte de nuestro objetivos. – prosiguió Visser Tres – Hasta ahora, esto que os voy a decir sólo lo sabíamos unos pocos. La sala guardaba un silencio sepulcral y expectante. -La segunda parte del plan es incluso más interesante que la primera. Dentro de unos pocos días el gobernador del Estado va a ser sometido a una pequeña operación. Como su secretaria es uno de los nuestros, lo ha convencido para que escogiese este hospital, así que ingresará para la operación y cuando salga, será uno de nosotros. <¡No!> Rachel dio un grito sofocado. <¿Qué dignifica eso? ¿Qué es un gobernador? ¿Una especie de príncipe?> preguntó Ax <Exacto, una especie de príncipe que controla la policía – expliqué – la guardia nacional y los colegios.> <Pero lo peor no es eso – anunció Rachel solemne – ¿es que no oís las noticias?> <¿De qué estás hablando?> <¿No os habéis enterado?. Nuestro gobernador se va apresentar para las elecciones presidenciales el año que viene. Así que de aquí a un año podría haber un controlador en la Casa Blanca.> <¿Casa Blanca? ¿Qué es eso?> preguntó Ax <Pues que una de esas sabandijas podría convertirse en el hombre más poderoso de la nación más poderosa de la Tierra> expliqué. <Fin del partido> añadió Marco. <Entonces ¿Todo habría terminado?> <Sí, Ax, todo habría terminado.> [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] <Salgamos de aquí, ya hemos escuchado bastante> sugerí. <¿Volvemos a la grieta?> preguntó Cassie. <Sí, ya conocemos el camino> Me giré y me encaminé hacia el agujero que se encontraba a menos de medio metro. En unos segundos estaríamos a salvo. No daba crédito a lo que acababa de oír. Era de locos. Si los yeerks conseguían sus propósitos, estábamos perdidos, así de sencillo. Mientras la guerra que manteníamos con los yeerks, que evitaban ser descubiertos fuera secreta, tendríamos una posibilidad de seguir con vida, pero ¿y si toda la fuerza de la policía se volviera en contra nuestra? La situación sería… De repente sentí una vibración en el aire, justo por encima de mí. ¡PELIGRO! ¡A CORRER! ¡BOOM! Parecía que hubiesen demolido una casa de tres habitaciones justo a un palmo de donde yo estaba. El impacto fue enorme y el torbellino de aire que originó como un pequeño pero intenso huracán que sacudió mis antenas. <¡Casi me pisan! – avisé a los demás – ¡Cuidado!> -Visser, disculpe, tan sólo son cucarachas, las hay por todo el planeta. -¡Estúpido! . le insultó Visser Tres muy enfadado . ¿es que no se te ha ocurrido pensar que los andalitas también pueden transformarse en animales pequeños?. Que alguien mate a este idiota. ¡BANG! ¡BANG! Todo me daba vueltas. Acababan de matar a alguien, ¿Se trataría de Tom? Sentí una corriente de aire por encima, algo gigantesco se precipitaba sobre mí, me iba a aplastar. Salí disparado como una bala. ¡BOOM!, algo me rozó la cola al caer. -¡Matad a esos insectos! – gritó Visser. <¡Dispersaos!¡Poneos a salvo! – grité – ¡Rápido! ¡A cubierto! ¡Dejad que el cerebro de la cucaracha se imponga!> Seguí mi propio consejo y dejé que los instintos y la astucia de la pequeña cucaracha me guiaran. Pensarás que las cucarachas son asquerosas y repugnantes, pero cuando se trata de salvar la vida ese cerebro tan primitivo sabe muy bien cómo arreglárselas. ¡ZASSSSSS! <¡Ahhhh”> gritó Ax <¡Ax! ¿estas bien?> <Sí, eso creo> Unos pies enormes, del tamaño de un autobús, golpeaban sin parar el suelo, pero el cerebro de la cucaracha decidía en todo momento los movimientos exactos a realizar y la velocidad adecuada. En varias ocasiones estuve tan cerca del pie que sentía como el cuero y la goma me rozaban los costados y la cola. Conseguí llegar hasta la esquina y allí me apretujé todo lo que pude. <¡Los tengo encima! – gritó Cassie – ¡Me van a aplastar! ¡Dios mío, no quiero morir así!> <¡A la pared! ¡Vete del suelo!> Yo corría a toda velocidad porque me perseguían unos zapatos que no cesaban de dar patadas contra la pared, aunque yo era tan pequeño que sólo me bastaban unos milímetros para escabullirme con cierta facilidad. ¡ÑÑÑIIII! Alguien arrastraba un zapatos a lo largo de la pared hacia mí y como la suela era de goma se adaptada perfectamente a la superficie de las esquina y en pocos segundos me aplastaría. ¡Se acercaba! Era como un muro negro, parecía una locomotora negra que avanzaba a toda velocidad. Salté y aterricé en el zapato, justo cuando ya se había aproximado lo suficiente. Era como volar en una alfombra mágica de lona. Entonces, el hombre empezó a sacudir el pie y yo salí otra vez disparado por los aires. <¡Salvada! – exclamó Cassie – ¡He encontrado un agujero!> Mientras tanto, yo tenía la sensación de moverme a una velocidad supersónica, como un avión que hubiese perdido el control. ¡Un momento! ¡Pero si yo tenía alas! Demasiado tarde, porque choqué contra la pared. El impacto me hubiera matado en circunstancias normales, pero ahora mi peso era el de una pluma y aunque el golpe fue fuerte, no lo suficiente como para hacerme daño. Caí al suelo y vi una especie de tienda de campaña gris y negra…, ¡un periódico! Sí era un pedazo de periódico arrugado y sin dudarlo me escondí debajo de él y me quedé in móvil. Miré hacia arriba y descubrí una fotografía que, por supuesto, para mí, sólo era un conjunto de enormes puntos de tinta negra. Sí fui capaz de distinguir algunas letras del mismo tamaño que mí cabeza. <Yo también estoy fuera de peligro – informó Ax – estoy con Cassie> <¿Rachel? ¿Marco? > llamé ya más aliviado al saber que al menos dos estaban a salvo. <Me he metido en el calcetín de un tipo, pero él todavía no se ha dado cuenta. – contestó Rachel – Un momento, hemos salido a la calle. Voy a saltar. Ya está, salvada, estoy en la calle.> <¿Marco?> <¿Sí, Jake?> <¿Dónde estás?> <Estoy en un sitio dónde ojalá no tiren de la cadena, Jake.> <¿Estás en un váter?> <Tienen un cuarto de baño y me pareció un sitio bastante apropiado para una cucaracha. En cuanto me reponga un poco, probaré a meterme en el agujero de la pared por donde va la tubería. ¿Y tú?> <Lo mío es peor. Me he escondido debajo de un periódico pero todavía andana mi alrededor dando pisotones y tarde o temprano posarán el periódico, así que tengo que salir de aquí cuanto antes. La única posibilidad es correr hacia la puerta salir a la calle. En la oscuridad nunca podrán encontrarme.> <Buena suerte, amigo > me deseó Marco <Gracias, igualmente> Entonces mis antenas recogieron un nuevo olor, un tono dulzón y aceitoso. Cuidado no sabía porqué pero no me daba buena espina… Entonces caí en la cuenta. <Marco, ¡Tienen un insecticida!> Salí como una bala de mi escondite. -¡Ahí va una! Percibí vibraciones de docenas de pies tras de mí y tuve la sensación de que una fuente gigantesca brotaba de la suave brisa. Era una fuente inadvertida, más bien como una lluvia que, procedente de un punto concreto, iba calando la atmósfera. Me cayó una gota, luego otra. Mis piernas no me sostenían. Por fin, la puerta, la percibía justo por delante. ¡BOOM! Otro pisotón del que me libré por los pelos. Empecé a notar que aminoraba la carrera y que mis instintos de cucaracha empezaban a adormecerse. Me estaban envenenando. El insecticida empezaba a hacer efecto. Mis patas se enredadban y mis antenas se movían frenéticas pues el único olor que percibían era el de aquella lluvia mortal. -¡Ya la tenemos! ¡Ha funcionado! – celebró una voz. -¡Esperad, no la piséis! – gritó Visser – Quizá se transforme para salvarse y así capturaremos a un andalita. Temblaba y apenas podía respirar. Entonces, mucho más veloz que los pies que me perseguían, apareció una sombra que me cubrió. Intenté correr, pero no me quedaban fuerzas. Tres cables monstruosos rodearon mi cuerpo y me elevaron por los aires. <Aguanta, Jake – animó Tobias – Soy yo, las líneas aéreas ratonero de cola roja le dan la bienvenida a bordo y se lo llevan de aquí ahora mismo. ¡Nos vamos!.> [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] <¡Transfórmate, Jake! ¡Venga, Jake, ahora!> Tobias me había depositado sobre el tejado de un restaurante. Era el sitio más seguro que había encontrado por allí cerca. Allí estaba tumbado sobre alquitrán y grava. Mis patas sufrían continuos espasmos y mis antenas se agitaban sin parar. Todo yo temblaba. Había perdido por completo el control sobre mi cuerpo de cucaracha, pero mi parte humana entendía lo que estaba pasando. Me estaba muriendo, Lo había visto antes, había presenciado muchas veces la muerte de una cucaracha por envenenamiento, y siempre había pensado: “¡Te está bien empleado!”. Ahora se trataba de mí, era mi cuerpo el que perecía, era yo el que sufría sacudidas y convulsiones. <¡Jake, tienes que transformarte! ¡Concéntrate! ¡Rápido!> Sabía que tenía razón y que esa era la única manera de sobrevivir, pero resultaba muy difícil concentrarse con un cuerpo agonizante. Intenté imaginarme a mí mismo como humano y formarme una imagen mental de mi cuerpo, pero era imagen venía mezclada con delfines, pájaros y tigres. Y el sueño…Mi mente delirante me condujo hasta él… Ahora era un tigre y me movía en silencio. Los músculos eran acero puro y cada uno de mis movimientos estaba totalmente controlado y calculado de antemano. Olía a mi presa y le oía moverse torpemente, como es habitual en los humanos, en la oscuridad del bosque. Era muy lento y muy débil, no se me podía escapar, acabaría con él sin problemas, iba a conseguir a mi presa. Mi presa…era Tom. Se giró y vi el miedo reflejado en sus ojos, miedo de mí. Me coloqué en posición de ataque, dispuesto a dar el gran salto mortal para clavarle los dientes en su tierno cuello y destrozarle la columna con los incisivos. Me miró desesperado y levantó los brazos. -¡No! – suplicó. Salté desplegando mi inmenso poder y lancé un rugido atronador y triunfal que se oyó a varios kilómetros a la redonda. Nada podía detener mi instinto de cazador. Y entonces vi al tigre, me vi a mi mismo, una figura de pelaje anaranjado de rayas negras, implacables ojos amarillos, dientes afilados y garras capaces de destripar un búfalo; vi al tigre avanzando hacia mí. Tom se había convertido en tigre y yo era su presa. Cerré los ojos y cuando lo volví a abrir, vi, justo encima de mí, que otros ojos de mirada fiera se mantenían fijos en mí a tan solo unos centímetros de mi rostro. Eran los ojos de un ratonero. <¿Estás bien?>, me preguntó Tobias. Levanté la mano para comprobar si tenía todos los dedos. Sí, ahí estaban los cinco. -No lo sé. ¿Estoy bien? <Yo diría que tienes todos los miembros principales y también el resto – me tranquilizó Tobias- pero tu transformación ha sido distinta esta vez. El insecticida debe haberte afectado más de lo que pensaba, es como si te hubieras transformado de forma inconsciente.> -Estoy vivo – exclamé sorprendido. Claro, la cantidad de veneno que resulta mortal para una cucaracha apenas tenía efecto en un humano- ¿Dónde estamos? <En el tejado de un restaurante de comida rápida> -Me has salvado el pellejo, Tobias. <Bah, no ha sido nada. – dijo – Vengo a ser tu fuerza aérea privada, llámame siempre que te encuentres en apuros.> -¿Cómo están los demás?- pregunté mientras me sentaba. <Preocupados por ti. Mientras te transformabas fui a echar un vistazo ara ver si se encontraban bien. Andan todos desperdigados por ahí pero no ha habido ningún herido. Ya han vuelto a sus formas humanas, incluso Ax que está con Cassie.> -Creo que es hora de reunirnos con ellos – dije. <Sí – convino Tobias – Ya me ha contado Marco lo que habéis averiguado. Información de primera clase.> -De primera clase, en efecto – corroboré y me incorporé para buscar algún sitio por el que bajar del tejado. Estaba demasiado cansado como para convertirme de nuevo. <Marco ha dicho además que Visser Tres estaba presente y que tenía forma humana. Era el tipo que salió de la limusina ¿verdad?.> -Sí, creo que sí. La verdad es que la cucaracha tiene una vista bastante pobre, así que me guiaba por el oído. <Lo vi abandonar el hospital justo después de que yo te alzara por los aires> continuó Tobias. Dejé de buscar una escalera, porque Tobias no paraba de hablar. Insistía demasiado. -Tobias, ¿se puede saber qué pasa? ¿Qué es lo que tratas de decirme? <Cuando Visser se fue Tom lo acompañaba.> Mi primera reacción fue de alivio porque Visser había ordenado ejecutar a alguien en esa reunión. Por suerte no había sido mi hermano. -¿Cómo…,tú que crees que significa? <Tom fue el único miembro de la reunión, aparte de la escolta, que se fue con él. Me dio la impresión de que Tom trataba a Visser con mucho tacto y sin embargo con la escolta era muy desagradable. Es difícil de explicar pero juraría que Tom y Visser mantienen muy buenas relaciones.> -Ya – respondí yo – creo que Tom es en gran parte responsable de todo este asunto del hospital-. Guardé silencio durante un rato- ¿Qué medidas tomará Visser contra Tom si el gran plan sale mal?. Tobias no dijo nada porque ya conocía la respuesta. Aquellos que fallan a Visser, mueren. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Vi un hueco entre Juan y Terry, una vía directa hasta la canasta. Con la mano derecha botaba el balón y la izquierda m serviría de protección en caso de que Juan e me echase encima. Hice una entrada a canasta. Mis zapatillas rechinaban en el parqué encerado del gimnasio y uno de mis compañeros de equipo gritó: -¡Muy Bien, Jake! Juan intuyó mi movimiento y me persiguió, pero yo fui más rápido que él. Me detuve de espaldas a Juan, miré hacia la canasta, apunté, salté y lancé la pelota. La pelota golpeó el tablero y, tras rodear el aro, se salió. Fallé. Caí hacia atrás y choqué contra Juan y Ferry. Los tres acabamos en el suelo del gimnasio hechos un amasijo de brazos y piernas mientras la pelota botaba fuera del campo. -Ahora entiendo por qué no entraste en el equipo- observó Terry riéndose mientras me ayudaba a ponerme en pie. En efecto, había intentado entrar en el equipo del colegio y no me habían aceptado. Entonces me había molestado bastante, sobretodo porque Tom había sido la gran figura del baloncesto cuando estaba en el colegio y yo quería ser como él. En cualquier caso ya no tenía tiempo para practicar deporte en horas extraescolares, así que jugar al baloncesto en la hora de gimnasia era más que suficiente. -¿Y qué? Pero bien que he engañado a Juan con alguno de mis increíbles movimientos y él sí que está en el equipo. – me defendí al tiempo que ayudaba a Juan a incorporarse – La verdad es que todavía no me explico cómo han fichado a un tipo tan enclenque. -Me estoy reservando para la final – se defendió Juan – No quiero desperdiciar mis tácticas mortales contigo, Jake. Por cierto casi me aplastas las piernas, animal. ¿Por qué no juegas al fútbol?. -Bien pensado – sonreí burlón a Juan, que mide uno diez y pesa menos que una pluma. – Te concedo el honor de comprobar mi placaje. Justo en es momento, el entrenador nos avisó con el silbato de que era hora de ir a las duchas. -Salvado por el silbato, Juan – me burlé. -Ya podías saber heredado algo de tu hermano – observó Terry – él sí que tenía buen tiro. -Y que lo digas, Tom habría acabado en el equipo de alguna universidad, de alguna de las buenas, si hubiera seguido jugando – se lamentó Juan – tenía talento. Tenían toda la razón, Tom tenía talento pero había dejado el baloncesto. Supongo que el yeerk que ocupa su cerebro tiene otros planes para él. Me duché y me vestí. Tenía que ir a otra clase. Al salir del gimnasio me encontré en el pasillo con Marco, que tenía gimnasia después de mí. -Baloncesto ¿no? – preguntó – Perfecto. Pensaba que íbamos a seguir con lo de la lucha libre. Lo odio. No sé qué tiene de divertido agarrarse a un tío sudado. No le veo la gracia por ningún lado. -Pues los antiguos griegos solían luchar desnudo – señalé- Así que ya puedes alegrarte de que no estemos en Grecia. -Y sin desodorante – añadió Marco -. Será el martes que viene. -¿Qué es lo que será el martes que viene? Marco comprobó que no había nadie alrededor que pudiera oír la conversación y me dio más detalles. -El gobernador. El próximo martes es cuando va al hospital. Me apostaría el cuello a que tiene un problema de hemorroides – se burló -, por eso lo llevan todo en secreto. Se supone que nadie debe enterarse. -Y tú ¿cómo te has enterado? -Bueno, el otro día supimos que iba a ir al hospital ¿no? O único que hice fue averiguar su agenda para los próximos días, y sin ningún problema además. Me hice pasar por periodista y me enviaron un fax de su agenda de actividades. Marco sacó del bolsillo una hoja y me lo enseñó. -¿Ves? El sábado da un discurso, el domingo concede una entrevista en televisión, el lunes, otro discurso, y el martes, ¡Qué casualidad! Resulta que se va de vacaciones cinco días y no dicen adónde. -¿me pregunto por qué lo querrán mantener tan en secreto? -Venga ya, Jake. ¿Cómo van a decir públicamente que al gobernador le operan de hemorroides? Habría mil chistes. -Tienes razón – sonreí – Buen trabajo Marco. -Mañana es sábado – recordó Marco – ¿iniciamos el plan de ataque? Imagino que la expresión de mi cara mostraba muy a las claras cómo me sentía, porque Marco bajó la cabeza y me miró de lado. -¿Estás bien, Jake? Anoche estuviste al límite. Sé cómo te sientes porque yo ya lo he pasado. No es fácil superarlo. -No, estoy bien – le contesté y le di un ligero empujón. – Además ¿desde cuando estás tú tan dispuesto? – Marco siempre se había mostrado reacio a hacer nada por y para la causa. -Tú sabes muy bien desde cuándo – contestó con suavidad. Asentí, y es que a Marco ya no le daba igual la lucha contra los yeerks. Para él se había convertido en una batalla personal tras enterarse de lo de su madre. -Sí, perdona – me disculpé- -Respecto a los demás, sigo pensando lo mismo – añadió – no quiero que se enteren de que las cosas son ahora distintas. Para ellos soy el Marco de siempre, no quiero que me tengan lástima. -Pero Marco, ¿Por qué te iban a tener lástima? Anda, no seas tonto. -Por el momento prefiero que todo siga igual que antes. El timbre sonó anunciando la siguiente clase. -Muy bien – asentí – Entonces, mañana. Tendremos que pensar en algún modo de entrar en el hospital. Imagino que lo tendrían bien vigilado. -Bueno la verdad es que Cassie ya me ha sugerido una idea. – informó. -¡Oh no! – exclamé poniendo los ojos en blanco – ya sabes lo mucho que me gusta Cassie, pero fue a ella a quien se le ocurrió que nos convirtiéramos en hormigas. Marco se dirigía ya hacia el gimnasio y yo hacia mi clase. -No va de hormigas esta vez – me susurró antes de irse. -No quiero ni imaginármelo. -Piensa en una caca de perro. -¿Qué? – exclamé, pero para entonces Marco ya había desaparecido tras las puertas del gimnasio. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Pícara[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] – Algún regalo bonito pero que cueste unos quince dólares o menos – dije -. El cumpleaños de mi padre es de aquí a dos meses, así que tendré que estirar el dinero como sea. Era después del colegio. Cassie, Rachel y yo habíamos ido al centro comercial. El cumpleaños de mi madre se acercaba, y disponía de unos quince dólares para comprarle algo, aunque la última vez que le había hecho un regalo no había ido demasiado bien. ¿Quién se podía imaginar que no apreciaría un clásico Spiderman nº3 en un estado casi perfecto? Pero entonces era un año más pequeño, y además, le había pedido a Marco que me ayudara a escogerlo. Esta vez le había pedido a Cassie que me aconsejara, cosa casi tan estúpida, porque ella no está muy al día en temas de ropa y moda. Así que le había pedido ayuda a Rachel. – ¿Qué os parece esta tienda? – dije, señalando un sitio donde vendían ropa de señora. – Sí, claro. Buena elección, siempre que tengas como mínimo unos cien dólares para gastarte – me contestó Rachel. – De acuerdo. Y qué tal… – empezó Cassie. – Hey, hey, Cassie, piensa un poco – dijo Rachel, que parecía un poco contrariada por nuestra manifiesta estupidez -. Mira el nombre de la tienda. Es como si gritara a los cuatro vientos que esta tienda es para señoras de mediana edad y gordas. ¿Jake, le quieres hacer entender a tu madre que está un poco gorda? – No – contesté acto seguido, moviendo la cabeza de un lado a otro. Pero después pensé que tal vez era una pregunta engañosa -. Quiero decir que no, ¿verdad? Rachel puso los ojos en blanco. – No, no lo quieres. ¡Ay, señor! A ver, ¿vosotros dos habéis ido alguna vez a comprar? Me siento como si estuviera tratando con Ax, quiero decir que, ¿vosotros sois de este planeta? Buscamos una cosa que esté de oferta y que signifique: “Mamá, aún pienso que eres joven y atractiva”. Que sea clásica y nada llamativa. O sea, hablamos de un tienda en concreto – dijo mientras señalaba con el dedo -. Esta. En la segunda planta, justo en la entrada, hacia la derecha. Esto es lo que buscamos. Tenemos que mirar carteles de las rebajas, que serán rojos con las letras negras. Cassie sonrió. – ¿Ves? Rachel es la propietaria de este centro comercial. – Comprar y dar patadas. Las especialidades de Rachel – añadí con afecto. Cruzamos la tienda de una punta a la otra y al cabo de diez minutos, Rachel ya había encontrado una blusa de seda. – Antes valía treinta y tres dólares- dijo satisfecha -. Treinta y tres, y ahora está rebajada a veinticinco. Más el descuento especial del treinta por ciento que hacen hoy, ¡nos sale por diecisiete dólares y cincuenta! ¿Os dais cuenta de que es casi la mitad de su precio original? ¡Diecisiete dólares y medio! ¡Por esta blusa! ¡Sí! ¡Si compras, ganas! – Sí, ya lo veo, pero sólo quería gastarme quince – dije muy dócil. – Pero es que no te has gastado tanto. ¿No lo entiendes? Te has ahorrado quince dólares y cincuenta centavos, o sea, ¡que saldrás de aquí con más de quince dólares! – Espera un momento. ¿Cómo puede ser que me ahorres nada, si he gastado más de lo que quería? Cassie me puso la mano en el brazo. – No. No preguntes. Rachel usa unas matemáticas especiales a la hora de ir a comprar. No quieras entenderlo ahora. Rachel ignoró el tono de broma que utilizaba Cassie. – Hey, mientras vas a pagar, voy un momento a ver la ropa de Juniors. Nos encontramos en el restaurante. Rachel despareció al instante, dejándonos a mi y a Cassie solos, delante de los colgadores de ropa. – A ver, ¿Cuándo me explicarás tu idea? – le pregunté a Cassie. – Creía que Marco ya lo había hecho. Moví la cabeza negándolo. – No. Sólo me dijo: “Piensa en excrementos de perro”. Lo hice, y me sentí muy mal. Cassie puso morros. – Mira, es el único animal que creo que podría entrar y salir del hospital sin que nadie lo pisara o lo envenenara. Me parece que ni siquiera nos verían, porque están por todas partes. ¿Quién nota su presencia? – Cassie, hasta ahora he hecho tres insectos. La pulga que estuvo bien, la hormiga, que no lo estuvo en absoluto, y el escarabajo. Mira, empiezo a sentirme celoso de Tobias, porque se quedó atrapado en el morf de un ratonero para siempre, y así, al menos no tiene que ir arriba y abajo convirtiéndose en una bestia repugnante cada dos por tres. – ¿Tienes una idea mejor, Jake? Porque respeto tus sentimientos. Sólo intentaba ayudar. Es una sugerencia nada más. Respiré profundamente. – No. No tengo ninguna sugerencia maravillosa. Pero… quiero decir… pero ¿qué ha pasado con los viejos tiempos, cuando nos transformábamos en tigres o lobos o algún animal divertido? No quiero ser una mosca. Vi aquella película: La Mosca. Las dos versiones, la antigua y la nueva con Jeff Goldbllum. ¿Por qué, una mosca? ¿Una mosca? – La película. No me acordaba – dijo Cassie mientras empezaba a hacer muecas -. ¿Aquella en la que el protagonista tiene una diminuta cabeza humana enganchada al cuerpo de una mosca y se encuentra atrapado en una telaraña y no para de gritar: “a-y-u-d-a-d-m-e”, con aquella vocecita tan fina? ¿Y el otro hombre es tan asqueroso que lo acaba aplastando? Los dos nos quedamos parados con cara de asco. – ¿Mariposas? – sugirió Cassie. – Demasiado lentas – contesté -. Y demasiado grandes. Nos verían en seguida. – De acuerdo… mmm… ¿abejas? – De ninguna manera. Nunca más insectos que vivan en sociedades. En este aspecto las abejas podrían ser tan terribles como las hormigas. Nada de este tipo de insectos. Nada de colmenas, ni de colonias. Temblaba de tan solo pensar el morf de hormiga. Fue para morirse: la hormiga no tiene una personalidad individual, es sólo una parte de una maquinaria más grande. – Las moscas no viven en sociedades – dijo Cassie. – ¿Os puedo ayudar? – nos preguntó una dependienta. – No – contestó Cassie -. De todas formas, gracias. Nos dirigimos al restaurante, donde habíamos quedado con Rachel. – Sólo sería para entrar en el hospital – dije, pensando en voz alta -. Porque si es verdad que utilizan la clínica para introducir a los yeerks en el interior del cerebro de los huéspedes, debe ser que tienen una especie de estanque yeerk allí mismo. Y eso es lo que queremos: encontrar el estanque yeerk y borrarlo del mapa. – Por lo tanto, no estaríamos transformados en mosca mucho tiempo – continuó Cassie -. Bien, si decidiéramos hacerlo, claro. Una vez dentro, tendríamos que volver a transformarnos para hacerles daño. – Y entonces, si creamos suficiente confusión, podemos huir de allí de alguna otra manera, sin tenernos que convertir en moscas. – Exacto – asentí -. Sólo seríamos moscas durante unos minutos. – Sí. – Por lo tanto, moscas. – Sí. Y entonces, los dos a la vez. – ¡A-y-u-d-a-d-m-e! ¡A-y-u-d-a-d-m-e! [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] Ahora os explico qué pasó con las moscas. Ser una mosca es divertido, de verdad, pero convertirse… ya es otra historia. Me imagino que no es ningún secreto que Cassie me gusta, y que pienso que es una chica muy bonita, pero cuando vi los enormes, brillantes y prominentes ojos que le salían de las cuencas como un par de globos, me puse a gritar como un niño pequeño. – Aaaaaaahhh! – Fantástico, Jake. Así se sentirá mejor – me dijo Marco. – Marco, tú tienes los ojos cerrados – le señalé. – Y así se quedarán. – Perdonad – dijo Rachel de golpe. Se levantó rápidamente y se dirigió hacia la puerta del establo para salir fuera. Unos segundos más tarde oímos el sonido de alguien que vomitaba. Lo tenéis que entender: Cassie aún era casi del todo humana cuando los ojos de la mosca aparecieron. Debía medir unos sesenta centímetros y se encogía muy de prisa, las patas de más ya le habían salido del pecho y las alas transparentes le empezaban a crecer en la espalda, pero la cara continuaba siendo humana, hasta que aparecieron los ojos. ¿Chico, te piensas que has visto cosas terroríficas? ¿Tal vez en el cine o en la tele? Pues no has visto nada que dé miedo de verdad hasta que no has presenciado como unos ojos de mosca surgen en el rostro de alguien como un par de globos. Cuando la boca de mosca apareció ya era bastante pequeña, cosa que agradecí porque más tarde, cuando me convertí en mosca me di cuenta de la pinta que tiene la boca de esta bestia. Los ojos eran horrorosos, pero si hubiera visco aquella cosa larga, en forma de tubo, que parecía una lengua preparada para chupar… aquel líquido viscoso que escupe encima de la comida y que luego chupa mezclado con los alimentos hacia dentro otra vez… Rachel entró. – Lo siento – dijo temblando como una hoja -. ¿Alguien tiene un chicle? Ax estaba sorprendido. < ¿El proceso de transformación os molesta?> – A veces – dije, luchando aún contra las ganas de girar la vista mientras Cassie se iba haciendo pequeña -. Algunos animales me ponen la piel de gallina. < ¿La piel de gallina? ¿Qué es la piel de gallina?> – Bien, es una sensación de asco, de mareo, de repugnancia. Se te ponen los pelos de punta, y la piel se te vuelve áspera. Piel de gallina. < ¿Ya ha acabado? – preguntó Tobias -. No pienso entrar hasta que no esté.> – Dile a Tobias que ya puede entrar, ¿quieres, Ax? < Tobias. El príncipe Jake dice que adelante.> Sonreí a Marco, que ahora miraba a través de los dedos que tenía delante de la cara. Ax estaba aprendiendo a parecer muy normal, al menos cuando utilizaba el lenguaje telepático, pero que cuando se convertía en humano y hablaba en voz alta, aún jugaba con los sonidos, y nos volvía locos a todos. Tobias entró volando por la ventanita que hay arriba, en el pajar. – ¿Me oyes, Cassie? – le preguntó Rachel. – Tobias, ¿la ves? – quise saber. Ahora Cassie era una mosca de verdad. <Ya la tengo.> – Fíjate bien – le pedí -. No la pierdas de vista ni un solo momento. < Tranquilo. La luz del día es intensa, y sólo se encuentra a unos tres metros de distancia. Hasta le puedo ver los pelos de las diminutas patas. Por desgracia. Ooooh, oh, Dios mio. Oh, no es nada atractivo.> – ¿Cassie? – volvió a probar Rachel. – ¿Tobias? Intenta contactar con ella utilizando el lenguaje telepático. <¿Cassie? ¿Cassie, me oyes? ¡Mírala! ¡Se va volando!> – No la pierdas, Tobias. No la pierdas. – No irá muy lejos – dijo Marco -. ¡Con todos los excrementos de caballo que hay en este establo! ¿Dónde podría ir que fuera mejor para una mosca? De repente, en mi cabeza oí una voz. <¡Iiiiiiiiii aaaaahhhh!> – ¿Cassie? <¿Cassie?> < ¡Uuuuuuuu uh uh uh!> – ¡Cassie! ¡Contesta! <Cassie, ¿estás bien?> < ¡Madre mía! ¡Esto sí que es volar! Chicos, lo tenéis que probar. Este bicho vuela como un cohete. ¡Iaaaaah aaaahhh!> <¿Puedes controlar el cerebro de la mosca?> <Sí, sí. No temáis, gente, estoy bien. Lo siento, pero es un impulso tan fuerte, ¡es de locos! ¡Venga, vamos, que el tiempo corre!> Respiré profundamente. Había deseado que todo funcionara, y que Cassie no tuviera problemas, pero al mismo tiempo, me daba mucho asco tener que convertirme en una mosca. Y ahora ella decía que estaba bien. Tal vez pensareis que cada vez que te transformas en insecto es más fácil, pero os equivocáis, siempre resulta muy repugnante. – De acuerdo, chicos. Parece que lo tenemos que hacer – dije, intentando que mis palabras pareciesen alegres y optimistas. – ¡Oh, fantástico! – dijo Marco. <¡Sí! ¡Fantástico!>, contestó Ax, sin darse cuenta que en Marco lo decía sarcásticamente. – Parece que Cassie se lo está pasando bien – dijo Rachel. – ¡Claro! – asentí -. Vamos, hagámoslo. Y lo hicimos. Los cambios resultaron tan asquerosos como habíamos previsto. Pero Cassie tenia razón; una vez que estabas transformada y te acostumbrabas al hecho de que tu visión estuviera fragmentada en un millón de pequeñas pantallas de televisión, que te mostraban unas imágenes un poco diferentes entre ellas y te sobreponías a la rareza de aquella lengua repugnante que salía cada dos por tres, y que pasabas por alto la extraña combinación de pequeños ganchos y pelos que formaban tus patas y dejabas de lado que nada te era familiar ni te parecía normal porque tan solo medías seis milímetros de largo, y sobre todo, cuando dejabas de pensar en películas de moscas… Bueno, ¡pues entonces era fantástico! Ya había volado antes, transformado en halcón peregrino y en gaviota. Y me había gustado. El halcón, por ejemplo, puede volar a unos doscientos cincuenta quilómetros por hora cuando se lanza en picado, más deprisa que un coche de carreras, o que cualquier avión pequeño. Pero volar convertido en mosca es como un delirio. Una mosca común bate sus alas unas doscientas veces por segundo. Decid: “Hola a todos”, en voz alta, y en este tiempo las alas de una mosca se habrán movido doscientas veces. Una mosca vuela a unos seis quilómetros por hora. No parece que vaya muy deprisa, si la comparamos con u halcón que puede arribar a los trescientos pero, creedme, cuando sólo mides seis milímetros, seis quilómetros por hora te parecen la velocidad del sonido. Y lo mejor de todo es que puedes volar así de rápido yendo hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha, o hacia arriba, y que puedes cambiar de dirección en un momento. Hace un instante volabas como una flecha en línea recta, y al cabo de una décima de segundo resulta que te vas derecho hacia arriba. Cassie tenía razón. Era una bestia repugnante, pero te lo pasabas muy bien. <Ieeeeee aaaaaahhh!>, gritaba Ax. <Uuuuuuuuu uuaaaahhhh!>, me puse a gritar mientras me lanzaba hacia arriba a una velocidad que me parecía la de la luz. <Somos más feos que un pecado, ¡pero esto es fantástico!>, gritaba Rachel exultante. <¡Vamos a buscar algún excremento de perro! – dijo Marco de repente -. Es broma – añadió un segundo después -. Bromeaba.> <Muy bien, muy bien. Tenemos que hacer muchas cosas – intervine al cabo de unos minutos cuando todos ya nos habíamos acostumbrado a los simples, pero bastante decentes instintos de la mosca -. Ha llegado el momento de subir al autobús.> Tobias era el autobús. El hospital estaba a unos tres quilómetros de distancia, y aunque las moscas son rápidas si lo miramos en termos relativos, a velocidad real, Tobias es mucho más rápido. Nosotros habríamos tardado horas, mientras que él nos podría llevar en pocos minutos. < Subamos sobre este grandullón lleno de plumas – dijo Cassie -. En su cogote, por si las alas o la cola nos dieran un golpe y cayéramos.> <Suerte que os conozco, chicos – comentó Tobias -. Mi propio collar de moscas. Hay suficiente para hacer vomitar a un gusano.> <¿Hacer vomitar a un gusano? – repitió Marco -. ¿Hacer vomitar a un gusano? Hey, chico, no insultes a nuestros parientes de esta manera.> <Uix>, contestó Tobias. Y salimos volando. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Me aferré a las plumas de Tobias. Era bastante fácil hacerlo, porque las patas de mosca pueden cogerse al vidrio, o hasta cabeza abajo del techo. El viento me azotaba haciendo vibrar mis alas, mientras notaba como silbaba por las grietas y juntas de mi carcasa. Un increíble torrente de olores enviaba mis sensibles antenas, pero por desgracia, los principales puntos de interés en el cerebro de la mosca parecían ser los alimentos dulces, podridos o corrompidos. < Este animalillo se parece un poco a la musaraña en que me convertí hace tiempo – señaló Rachel -. Tiene el mismo interés por la carne podrida>. Y de repente, ¡un monstruo! Surgió enorme ante mis ojos de visión fragmentada. Era más pequeño que yo, pero aún y así, demasiado grande. <¡Pero qué…!>, grité. <¿Qué? ¿Qué es?>, preguntó Cassie. <¡Oh, no! Me parece que es una pulga. Parece del tamaño de un perro faldero, pero no tan mono.> <¡Espera un momento! – gritó Tobias -. ¿Me estáis diciendo que tengo pulgas?> <Sólo he visto una – le contesté -. Y ahora ya se ha ido, tal vez haya saltado>. De hecho, mentía. La pulga se paseaba por su piel, por debajo de las plumas, buscando un buen sitio donde hundir la lengua penetrante y sedienta de sangre, pero tuve la sensación de que a Tobias no le habría gustado oírlo. <Bien, ya estamos en el hospital – anunció Tobias -. Daré una vuelta volando bajo y entonces os diré cuando tenéis que saltar. Como si fuera una película antigua de guerra. Vosotros seréis los paracaidistas.> <Buen ejemplo – dijo Marco -. ¿Os habéis dado cuenta que en estas películas los paracaidistas casi siempre mueren por los tiros del enemigo?> <¿Jake?>, me susurró Cassie en lenguaje telepático para que nadie más lo escuchara. <¿Sí?> <Aún puedes abandonar esta misión, si quieres – dije.- Todos lo entenderían.> <Gracias, pero no. Con Tom o sin él, debemos detener a los yeerks>, le contesté. Eso era lo que me repetía a mí mismo una y otra vez, supongo que para convencerme de que era así. <De acuerdo, me parece que todo está tranquilo – anunció Tobias -. Veo que hay una ventana abierta en la tercera planta, sin alambrada>. <¿Estás seguro?>, preguntó Marco. <Marco, con esta luz tan brillante hasta te podría decir si hay una telaraña en aquella ventana. Pues imagínate una alambrada.> <Ha dicho telaraña>, gimió Rachel. <¡A-y-u-d-a-d-m-e! >, se puso a imitar Marco. Por una de aquellas terribles coincidencias de la vida, la noche anterior habían dado por la tele la versión antigua de La mosca, y nosotros, como unos estúpidos, la habíamos visto. <No entiendo qué quiere decir eso>, se quejó Ax. <¿Preparados? – dijo Tobias -. Tres… Dos… Uno… ¡Fuera!> Salté de su espalda y abrí las alas. La corriente de aire era tan fuerte que empecé a ir a trompicones por los aires, pero cuando reduje la velocidad en seguida pude tomar el control. <¿Todos bien?> <Sííííí >, contestó Rachel. <Ya veo la ventana abierta>, anunció Ax. Le vi como pasaba por mi lado zumbando y balanceándose como si fuera un avión a reacción: bien, creo que era él. Y me puso detrás de él, siguiendo el surco que dejaba en el aire. Resultó que Ax se había equivocado, y que lo que se había imaginado que era una ventana, de hecho, era un pequeño cartel en la fachada del edificio. Con los ojos de mosca había que acercarse mucho para distinguir algo, así que estuvimos volando por toda la fachada durante un buen rato, intentando encontrar la ventana. <Continuad – gritó Tobias -. Casi estáis>. De repente, noté una ráfaga de aire fresco. <Vamos>, dije. Me dejé llevar por aquella corriente de aire, y unos segundos más tarde ya me encontraba en el interior del oscuro edificio. <Bien, busquemos cualquier cosa que pueda ser una estanque yeerk en miniatura – les recordé a todos-. Todos excepto Ax hemos estado cerca de un estanque de esos, por lo tanto intentemos recordar su olor, y a ver si las antenas pueden captar algo que se le parezca.> <Lo que te puedo decir es que me juego lo que quieras a que sé donde está la sala de maternidad, porque huelo una gran cantidad de pañales sucios>, dijo Rachel. <De acuerdo, dividámonos tal como lo hemos planeado. Ax y Cassie, vosotros venid conmigo, Rachel y Marco, id con cuidado.> Rachel y Marco empezaron a volar y desaparecieron pronto de nuestra vista, mientras nosotros tres nos dirigíamos hace lo que creíamos que era el pasillo porque parecía muy largo y estaba lleno de luces brillantes. <Huelo excrementos, y un plátano, al menos, me parece que es un plátano. Y más excrementos – dijo Cassie-. Un punto a favor de las moscas: si alguna vez buscáis excrementos, alquilad una.> Por debajo de nosotros, de tanto en tanto captábamos imágenes borrosas de unas formas grandes y ovaladas: las cabezas de la gente. Pero con nuestra limitada vista, nos parecían islas flotantes de cabellos que se movían en un mar desdibujado. <¿Cómo tenemos el tiempo, Ax?>, le pregunté. <Hemos utilizado el veinte por ciento>, informó. <Bien. Como habíamos planeado>, le contesté intentando tranquilizarme a mí mismo tanto como a los otros dos. <¡Iaaaaaahhh!> <¿Qué pasa?> <¡Este hombre ha levantado la mano para intentar cazarme! – gritó Ax-. Pero ha sido demasiado lento.> <Ey – grito Cassie-. Ey, ¿notáis ese olor?> <No. Se parece, pero es diferente. Es un olor extraña, porque el cerebro de la mosca no la reconoce. Estoy intentando recordar…> <También huelo algo – informó Ax-. Pero no es muy fuerte.> <Me parece que deberíamos girar a la derecha>, sugirió Cassie. <Hacia la derecha>, dije. A mí también me había llegado aquel olor, un aroma misterioso, intenso y empalagoso, dulce y olioso. <Marco, Rachel – les llamé-. ¿Habéis encontrado algo?> <Casi no escuchamos… tenemos que… fuera. Nada…> <Estamos en los límites del alcance del lenguaje telepático>, informó Ax. Ahora el aroma era más fuerte que antes. <Aquí – le dije-. Me parece que esto es una puerta.> Nos pusimos encima. Mis seis patas pegajosas con garras afiladas se aferraron a la superficie lisa de la puerta. <Tengo una pregunta – dijo Cassie -. ¿Cómo abres una puerta si sólo mides seis milímetros de largo?> <Bajando hasta el suelo, y caminando o volando por la rendija de la debajo.> Unos segundos después, estábamos encima del linóleo del suelo, avanzando a saltitos hacia la rendija de la puerta, que atravesamos enseguida para volver a alzar el vuelo. <Chicos, sin ningún tipo de duda, ahí hay algún objeto – dijo Cassie-. Ahí… ¿Veis una especia de enorme y brillante cúpula?>. <¡Sí, claro! Debe ser eso. ¿Veis si hay alguien en la habitación? ¿Algún humano?> <No hay nadie.> <De acuerdo, Ax, tu te transformas primero, porque si entra alguien de repente, tu cuerpo de andalita nos ayudará más que nuestro cuerpo humano.> <Sí, príncipe Jake. Empiezo la transformación.> <Bien. Cassie y yo estaremos en el techo.> Unos minutos después vi un enorme ojo colocado al final de una larga caña que nos observaba. Se trataba de uno de los ojos suplementarios de Ax, que se encuentra en la punta de los apéndices que le salen de la frente. El ojo se giró para mirarnos. Y entonces, noté una vibración violenta en el aire, y el ojo desapareció de nuestra vista. Después noté una segunda vibración, como si un objeto pesado hubiera caído. <¿Ax? ¿Estás bien?> <Sí. Había un ser humano, pero ahora está inconsciente.> [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Nos transformamos tan deprisa como pudimos. Cuando recuperé mi vista, vi que Ax estaba de pie y bastante tranquilo en su cuerpo de andalita, y que en la pared del fondo había un hombre con bata blanca y un bloc de notas en la mano, estirado en el suelo e inconsciente, pero aún vivo. <Como sé que tu hermano es un controlador, no le he matado – me dijo Ax -. Me ha dado miedo que fuera él.> – No, no lo es. Pero has hecho bien Ax, porque sea quien sea este tipo, es el hermanoo, el hijo, o incluso el padre de alguien. Antes de nada miré mi cuerpo. Iba descalzo, como siempre que nos transformábamos, y tan solo llevaba unos pantalones cortos de ciclista poco favorecedores y una camiseta bien ceñida. (Ni Ax ha podido descubrir la manera de transformarnos vestidos del todo.) Pero al menos creo que tenía las piernas y los brazos de costumbre. – ¿Estás bien, Cassie? – le pregunté. – Sí. Estoy bien. Señaló la estructura que nos había parecido una enorme cúpula brillante cuando éramos moscas. Era una especie de depósito de acero inoxidable que debía medir unos tres metros de ancho. Reí. – ¿Sabéis qué es? Una bañera de hidromasaje, un jacuzzi. Pero alguien le ha puesto una tapa encima. ¿Y por qué tienen esto en un hospital? – Para hacer hidroterapia – dijo Cassie -. Ya sabes, para la gente que tiene contracturas musculares o problemas de espalda. Me acerqué por un lado, cogí el mango de la tapa y la levanté. Se abrió con facilidad, gracias a unas bisagras hidráulicas. Di una ojeada al interior y retrocedí de inmediato. El agua estaba llena de un fango espeso, marronoso y viscoso. Y con babosas: yeerks, en su estado natural. – Bien, bien, bien – dije. <¡Yeerks! – dijo Ax, con la mezcla de asco y puro odio que los andalitas siempre muestran hacia sus enemigos -. Un estanque yeerk móvil. Por lo tanto, por aquí cerca debe de haber un kandrona pequeño.> Los yeerks deben dejar sus cuerpos de sus huéspedes cada tres días para volver a un estanque yeerk, donde se pueden alimentar y absorber toda una serie de nutrientes, sobre todo los rayos kandrona, que son los rayos del sol de su planeta. Los Kandronas son fuentes artificiales de este tipo de rayos. – ¿Nos pueden ver, ahora? <No, príncipe Jake. En su estado natural son ciegos.> Me paseé poco a poco por el borde de la bañera. Mi pie topó con algo sólido: era la bomba que accionaba el mecanismo. La habían desconectado, arrancando un cable del enchufe de la pare, y habían destrozado el tablero de control dejando unos cables pelados al descubierto. – Ax, ¿qué crees que les pasaría, a todos estos yeerks si la temperatura del líquido subiera de repente pongamos por caso, hasta sesenta grados. ¿Y el líquido empezara a agitarse? Ax parecía soprendido. <Supongo que el calor y el movimiento les destruiría.> – Bien, eso sí que sería una pena – le contesté mientras tomaba una decisión rápida-. Ax, vigila la puerta que da al pasillo. Cassie, tal vez nos haría falta alguno de tus morfs más peligrosos. ¿Qué tienes? – ¿El lobo? – Perfecto. Pero sin aullar. – ¿Qué quieres hacer? – me preguntó. – Hemos venido para parar esta operación tan macabra, ¿no? Bien, sacar del mapa un centenar de yeerks puede ser una buena manera de empezar. Volveré a enchufar este aparato y freiré a estos gusanos asquerosos. Aunque en la habitación no había herramientas, conseguí encontrar un poco de cinta adhesiva y unas pinzas. Era todo lo que necesitaba. Empecé a conectar de nuevo todos aquellos cables, el rojo con el rojo, el azul con el azul, el verde con el verde. Sin los interruptores, todo se encendería automáticamente al máximo: el calor sería el máximo, y el motor funcionaría a la máxima potencia. Pero mientras tanto, en un rincón de mi cerebro, una idea me martirizaba: “No puede ser que sea tan fácil.” Conecté el último cable que quedaba. Cassie ya había acabado de transformarse en lobo, estaba allí de pie, esperando con paciencia como un perro muy grande y feroz. – De acuerdo. Ha llegado la hora de hacer hervir algunos yeerks. Alargué el brazo para coger el enchufe y lo conecté. Al cabo de unos segundos se empezó a oír el sonido de ebullición tan típico de los jacuzzis. De repente, la puerta se abrió, y aparecieron un hombre y una mujer, ambos vestidos con una bata blanca. Durante una milésima de segundo se quedaron congelados mirándonos fijamente. – ¡Un andalita! – gritó la mujer. Cassie cayó encima de ella en un abrir y cerrar de ojos. Le saltó encima, la golpeó y la tiró al suelo. Ax se acercó al hombre, que fue más rápido, y de un salto pudo esquivar su cola. Yo continuaba detrás de la bañera, fuera de su vista, mientras intentaba concentrarme para transformarme en tigre y participar en la lucha. Pero entonces, dos hombres más, vestidos con uniforme de guardia de seguridad, entraron a la habitación. El primero sacó una pistola. – ¡Ax! – grité-. ¡Una pistola! Su cola se movió como un rayo. – Aaaaargghh! – gritó el controlador. La mano que aguantaba la pistola ya no estaba en el brazo del hombre. – ¡Enviad refuerzos a la zona del estanque! ¡Andalitas! – decía a gritos el otro guardia a través de su walkie-talkie. Y entonces sacó su pistola. ¡Pam! ¡Pam! Más tarde me explicaron que hubo un tercer tiro, pero no lo escuché. Noté que un martillo me golpeaba la cabeza. Caí, reboté y durante unos segundos continué consciente, pero finalmente, me desmayé. De cara a la bañera, a la masa de agua hirviendo que burbujeaba llena de yeerks moribundos. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Estaba inconsciente y tenía la cara dentro de aquel estanque yeerk tan sobrecalentado. No sé durante cuando tiempo estuve así. Pero cuando me desperté dos terribles sensaciones me abrumaban: por un lado, me ahogaba, porque los pulmones se me habían llenado de líquido de la bañera. Cuando recuperé el conocimiento jadeaba y tosía, y notaba que me asfixiaba aunque estaba vivo, casi no podía respirar, me tenía que esforzar mucho para hacerlo. Tosía una vez y otra y me parece que llegué a vomitar y todo. Por otro lado me dolía mucho la cabeza, el dolor más intenso que os podáis imaginar. Era como si alguien me perforara la oreja con una barrena, derecho a mi cerebro. Quería gritar, pero aún me ahogaba. Estaba de rodillas en el suelo, tenía muchas ganas de llorar porque me dolía mucho y respiraba con dificultad. Mientras tanto, la batalla continuaba. Desde fuera intentaban entrar como fuera, pero la puerta era demasiado estrecha para que más de un controlador a la vez pudiera atacar, la cola de Ax y los colmillos de lobo de Cassie los mantenían alejados. ¡Pam! ¡Otro tiro! – ¡No dispares más, estúpido! – gritó alguien desde fuera -. ¡El estanque está aquí dentro! ¡Visser Tres se te comerá vivo! Hasta en mis condiciones me daba cuenta de que Ax y Cassie no aguantarían mucho rato más. Me tenía que transformar para incorporarme a la batalla, pero me parecía que no era capaz. Tal vez a causa del dolor… o de la falta de oxígeno. No me podía concentrar: mi cerebro estaba confuso y espeso. Entonces oí un ruido provinente del pasillo, como si alguien se peleara con estrépito. Se oían gritos y voces furiosas, y de repente, un enorme gorila negro y otro lobo entraron en la habitación con violencia. Marcho y Rachel, que habían conseguido echar a los atacantes, pero tan solo durante unos segundos. <Jake está herido – oí que decía Cassie-. Ha caído al estanque yeerk.> <Marco, cógelo – ordenó Rachel -. Y busca algún trapo para taparle la cara. Ax, Cassie, continuad sujetando la puerta, mientras cambio de morf. Nos hace falta más fuerza si queremos vencer.> Noté que alguien me levantaba del suelo, me ponía un trozo de tela blanca en la cara. Me imaginé que era la bata blanca de algún controlador herido. El gorila me acunaba en sus brazos. <Di buenas noches, pequeño – bromeó Marco -. Tranquilo, chico. Te sacaremos de aquí.> Aún tosía y me ahogaba, pero aún así, parecía que mi respiración mejoraba poco a poco, no suficiente para poder hablar, pero si para evitar morirme. Al mismo tiempo, el dolor de cabeza disminuía, pero en lugar de sentirme más espabilado, me sentía más enturbiado. – ¡Cogedlos! – gritaba un controlador desde el otro lado de la puerta -. ¡Atacad! ¡Atacad! <Me parece que no pasaré por la puerta – dijo Rachel -. Por lo tanto supongo que tendré que hacerla un poco más grande.> Tan solo entreví algún detalle a través de la tela que tenía sobre la cara. Se trataba de un animal enorme y de color gris: el morf de elefante de Rachel. <¿Rachel? – se preguntaba una voz en mi cabeza, que parecía sorprendida -. ¿Un ser humano?> ¡BUUUM! ¡BAAAM! ¡CRUUUUIX! <Ahora la puerta ya es suficientemente grande>, dijo Rachel. ¡Gritos salvajes! ¡Terror! ¡Gritos de dolor! Recibí golpes y empujones contra las paredes, e icluso hubo un momento que fue a parar al suelo. Me pareció que bajábamos por unas escaleras, y noté unas manos que me aferraban y después se aflojaban. Y al final, aire fresco. Corríamos como locos buscando un refugio entre una hilera de árboles que había delante del hospital. <¡Cassie! – gritó Marco -. ¿Te puedes transformar en caballo, verdad? Pues, de prisa, antes de que sepan cómo perseguirnos.> Me dejó en el suelo, y el gorila retiró el trozo de bata blanca que me cubría la cara. <¿Estás vivo? ¡Madre mía, eso sí que ha sido fuerte! Este hospital necesitará una nueva decoración. Ahora te pondremos al lomo de Cassie, y después trataremos de cubrirte la retirada.> – Mi… cabeza… – gemí. <¿Dolor de cabeza? No me sorprende en absoluto, chico.> – Alguna cosa… no funciona… No puedo… pensar. <No te preocupes. Descansa. Lo tenemos todo bajo control. Más o menos.> <Increíble –dijo una voz en mi interior -. ¿Es posible? ¿Humanos?> ¿Qué era aquella voz? ¿De dónde venía? Marco me levantó y me colocó sobre el lomo de un caballo: Cassie. <¿Cassie? Un ser humano, sí. ¿Y Rachel? ¿La prima? También es humana.> Mi mano intentó retirar la tela blanca que tenía sobre mi cara. ¿Qué pasaba? Había una voz dentro de mi cabeza. Ahora corríamos, corríamos y corríamos al galope, entre los árboles, a través de la hierba, bajando por calles de las afueras de la cuidad, mientras sentía el fuerte martilleo de las pezuñas de Cassie. Saltamos una cerca y salí disparado, volando por los aires hasta caer al suelo. Notaba un dolor que me venía de muy lejos y la bata blanca había desaparecido. Miré a alrededor de mí: árboles por todos lados, y un caballo que jadeaba, delante de mí. Lo vi sí, pero de una manera muy distante, como si lo viera por la tele. Los ojos se dirigían hacia la izquierda, hacia la derecha, se movían solos, como si otra persona los dominara. Cassie. Intentaba pronunciar su nombre: Cassie, pero no salía ningún sonido de mi boca. <No luches, Jake – me dijo una voz en el interior de mi cabeza -. Es inútil.> ¿Qué? ¿Quién lo decía? ¿Qué estaba…? Y acto seguido, una carcajada que sólo yo podía oír. <Pon este cerebro humano tan primitivo a trabajar, Jake. Jake, el animorph – dijo con menosprecio -. ¡Jake, el sirviente de la escoria andalita!> Y entonces lo supe, adiviné qué era aquella voz. ¡Un yeerk! ¡Un yeerk en mi cabeza! Me había convertido en un controlador. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] <Muy bien. Lo has descubierto tú solo>, dijo la voz silenciosa que tenía en el interior de mi cabeza, con sorna. <¡No! ¡No! ¡No!> <Jake, ¿estás bien?>, me preguntó Cassie. Durante un instante pensé que tal vez me había oído gritar, pero no, tan solo estaba preocupada. Tobias se puso en una rama que había encima de nosotros. <¿Está bien?> <No lo sé seguro. Está vivo, respira, pero es como si hubiera quedado fuera de juego. Tal vez le tendríamos que llevar al médico.> Se lo quería decir a los dos, quería gritar: “¡Me han atrapado! ¡Están dentro de mí!” Pero era incapaz de hacer mover mi propia boca, como si hubiera una especie de barricada. Podía estructurar los pensamientos, ordenar a los labios y a la lengua que hablasen, pero la orden no se cumplía. <Lucha todo lo que quieras. ¡Lucha contra mí! – decía el yeerk con una satisfacción maliciosa -. ¡Adelante! No servirá de nada porque ya estoy dentro de tu cabeza, envuelto en tu cerebro como si fuera una manta.> <¡No!> <Puedo leer tus pensamientos, y controlo tu cuerpo. Ya me he introducido en tu memoria y soy capaz de leerla como si se tratara de un libro.> <¡Sal de mi cabeza! ¡No! ¡No!> <Oh, me parece que no lo quiero hacer, eso, Jake. ¿Por qué debería de abandonar un huésped tan interesante como tú? Así que tú eres quien casi vuelve loco de rabia a Visser Tres. Un chiquillo. El pequeño.> <¿El pequeño? ¿Cómo sabes…?> <¿Te sorprende que sepa como te llama Tom? ¡Ja,ja, ja! ¡Qué ironía más dulce! ¿No lo coges, tú que eres tan inteligente, Jake? ¿No ves qué ha pasado, mi pequeño animorph?> Cassie, que volvía a ser humana, se agachó a mi lado y me miró fijamente a los ojos. – Está despierto. Los ojos parecen seguir los movimientos. ¿Jake? Jake, ¿puedes hablar? Era una pesadilla, tan solo eso, otra pesadilla, pero pronto me despertaría y entonces me daría un hartón de reír. <Soy Temrash uno-uno-cuatro – dijo el yeerk con orgullo-. Antes Temrash dos-cinco-dos, del estanque Sulp Niaar. Ahora me han ascendido, seguro que te alegras.> <¡Gusano asqueroso! ¡Sal de mi cabeza!> <¿Sabes qué fue mi último huésped? ¿Quién era?>, me preguntó sarcástico. <¡Calla! ¡Calla! ¡Para de hablarme! ¡Vete!> ¡No era real, no podía serlo de ninguna manera! <Era Tom, por supuesto. Tu hermano. Soy el yeerk que lo controló.> Esta revelación paró por un momento mi creciente histeria. <¿Qué?> <Ah, me ha parecido que te interesaría. Sí, Tom fue mi huésped.> <Entonces… es…> <¿Libre? ¡Ja, ja, ja! – rió en el interior de mi cerebro-. Aún eres más estúpido que tu hermano. No, su cuerpo ahora pertenece a un nuevo yeerk con un rango inferior. He llegado demasiado arriba para perder mi tiempo y mis energías. Ahora llevaré a cabo un nuevo proyecto, muy importante. Un huésped muy especial.> <¡El gobernador!> <Jake – me habló Tobias usando el lenguaje telepático-. Si me oyes, mueve la mano.> <Bien, bien. Veo que no eres del todo idiota, ¿verdad? – me dijo el yeerk.- Exacto. Me tenían que dar el cuerpo de la persona que ocupa el cargo más importante de este planeta, pero esto aún e mejor, porque Visser Tres está muy empeñado en atraparos a ti y a tus amigos. Se llevará una gran sorpresa cuando sepa que sois humanos.> <Nunca te diré quien…> <¿Quiénes son los otros? ¿Te refieres a Cassie, Marco, Rachel y Tobias, que está sobre el árbol de aquí al lado? Y claro, nos queda el andalita, Aximili-Esgarrouth-Isthill.> – Le tenemos que llevar al médico – dijo Cassie a Tobias. En aquel preciso momento llegó Marco, que ya volvía a ser humano. Llevaba la ropa que utilizamos para transformarnos y caminaba poco a poco porque no llevaba zapatos. – ¿Al médico? ¿Necesita un médico? ¿Qué le pasa? – No me pasa nada – dije de repente-. Estoy bien. Pero no era yo quien lo había dicho: mi boca había pronunciado aquellas palabras pero yo no era el responsable de ello. Era el yeerk quien había hablado a través de ella. – De ninguna manera – dijo Cassie-. Te llevamos al médico. No me has contestado durante unos cinco minutos. Tal vez tienes una ligera conmoción. Mi cuerpo se incorporó. – Siento haberte asustado, Cassie, pero estoy bien. ¿Y adónde me queréis llevar? ¿Otra vez al mismo hospital? ¿Y qué pasará si algún médico me hace un análisis de sangre y ve algo que demuestre que soy un animorph? – ¿Cómo por ejemplo qué? – preguntó Marco, escéptico. – ¡Y yo qué sé! Tal vez algún rastro del ADN del escarabajo. Escuchad, estoy bien, ¿de acuerdo? <Vuelvo a alzar el vuelo – dijo Tobias-. Aseguraros de que nadie os siga, y comprobad si Rachel y Ax están bien.> Empezó a batir las alas y se fue volando, hacia el cielo entre los árboles. – Cuando sepamos que Rachel y Ax están bien, nos tendremos que separar y coger caminos diferentes – dijo mi boca. El yeerk pensaba cuál sería el paso siguiente. No podía oír sus pensamientos, pero notaba que utilizaba mi cerebro, y que hurgaba en mi memoria, intentando aprender deprisa información sobre los otros. Utilizaba mi cerebro, me utilizaba a mí. Debía hacer algo rápidamente, alguna cosa para avisar a Cassie y Marco, que adivinarían enseguida qué pasaba porque eran las dos personas más cercanas a mí en todo el mundo. Seguro que se darían cuenta de que yo no era el mismo. ¿Lo harían? – Me parece que ahora mismo los yeerks no nos pueden hacer mucho daño – dijo Marco a Cassie-. Estamos en medio del bosque, y aún tardarán un buen rato en organizar nuestra búsqueda porque necesitan helicópteros y muchos controladores humanos. Y ni siquiera saben qué buscan, de hecho. – Se echó a reír -. Aún piensan que somos andalitas. – Sí, pero eso quiere decir que tendremos que ir con mucho cuidado con Ax – dijo mi boca -. Le tendremos que esconder. Me parece que hemos escaldado a unos cuantos yeerks en aquella bañera, y deben de estar muy enfadados. Era increíble y chocante escucharlo. El yeerk utilizaba mi voz, su inflexión, decía las mismas palabras que yo habría utilizado. Marco y Cassie no lo adivinarían nunca. Todo lo que podían ver y escuchar, les indicaba que el yeerk del interior de mi cerebro era yo y punto. <Sí, pequeño humano – susurró burlón el yeerk-. Tu cuerpo se ha convertido en mi hogar, es mío. Tengo tu cuerpo y tu mente controlados. Y olvídate de resistirte, porque es del todo inútil, nunca ningún huésped ha conseguido vencer a un yeerk. Es imposible.> Y entonces noté como una oleada de terror me invadía, porque la babosa tenía razón, y yo lo sabía. Ningún huésped había podido ganar nunca a un yeerk, por lo tanto, toda resistencia era en vano, inútil. Nunca volvería a ser libre, como Tom. Y si este yeerk se trasladaba, me darían otro. Me había convertido en un esclavo para siempre. Oí un ruido detrás de mí, unos pasos sobre la pinaza y las hojas que habían caído de los árboles. Y al mismo tiempo, Tobias llegó planeando y se colocó sobre una rama de los alrededores. Me giré. Era Rachel. – Ey, prima – le dije-. Veo que has sobrevivido. Y acto seguido alguien me dio un golpecito en el hombro. Me giré sorprendido porque no había oído que nadie más llegara. ¡Ax! Justo detrás de mí. Su rostro andalita se encontraba muy cerca del mío, y los inmensos ojos me miraban fijamente. Y en aquella milésima de segundo, el odio se reveló solo, un odio que había viajado muchos años luz a través del espacio para llegar a la Tierra. <¡Andalita!>, susurró el yeerk. Y en aquella palabra, noté la misma rabia y menosprecio que cuando Ax decía la palabra “iec”. Sólo lo oí yo, porque el yeerk no había dicho nada en voz alta, pero como estaba sorpendido y desprevenido arrugó mi labio en una instintiva expresión de repulsión. Fue un gesto insignificante que solamente duró un segundo, y acto seguido utilizó mi boca para hablar. – Ey, Ax, has hecho un buen trabajo allí cuando… Con un movimiento demasiado rápido para que me diera cuenta, Ax movió la cola hacia delante, como si fuera un látigo y en un abrir y cerrar de ojos, aquella hoja afilada se encontraba a medio centímetro de mi cuello. <¡Yeerk!>, dijo. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] – ¿Ax? ¿Qué haces? – le preguntó Cassie. – ¿Estás loco? – le gritó Marco. – ¿Qué te pasa, Ax? – preguntó mi voz. Pero no se retiró, ni tampoco quitó su cola asesina de mi garganta. <Se han apoderado del príncipe Jake. Ahora es un controlador.> – ¿Qué? – gritó Rachel-. Anda ya, Ax. No estás bien de la cabeza. <Ha tenido la cabeza en aquel estanque yeerk el tiempo suficiente para que un yeerk se le metiera dentro – explicó Ax-. Y ahora… todos habéis visto su expresión cuando de repente me ha visto. No soy humano y por lo tanto no conozco todas las expresiones humanas. Así que, decidme, ¿qué significaba aquella mirada?> – Esto es de loco – dijo mi yeerk, soltando una carcajada de incredulidad-. Marco… Cassie… ¿queréis hacer el favor de decirle a este tonto que estoy bien? Pero vi una chispa de duda en los perspicaces ojos de Marco. – Y tanto. Estoy convencido de que estás bien, Jake. Pero, Cassie, ¿no has dicho que parecía fuera de combate? ¿Qué no te ha contestado durante unos cuantos minutos, aunque estaba despierto? Cassie asintió con la cabeza. También tenía una mirada de sospecha. – Sí. Parecía que estaba bien pero no me contestaba – dijo encogiéndose de hombros-. Lo siento, Jake, pero te comportabas de una manera un poco extraña. <Un yeerk tarda un rato en tener el control absoluto del cerebro de un huésped- continuó Ax-. Durante este tiempo el huésped se queda pasivo, incluso puede parecer que esté en coma.> Os juro que en aquel momento le habría dado un beso al andalita. Quería gritar: “¡Sí! ¡Sí!” – No os podéis creer todo esto – dijo mi boca-. De acuerdo que tenemos que ir con cuidado, pero soy yo. Soy yo, Jake, ¿es que no lo veís? – Sí, eres Jake, pero entenderás que nos lo pensemos un minuto todo, ¿verdad? – dijo Rachel-. Ax, ¿cómo se supone que podemos estar seguros, de una cosa o de la otra? Tobias contestó por él. <El yeerk necesita volver al estanque yeerk y absorber los rayos kandrona cada tres días. Si lo retenemos durante tres días lo sabremos.> En aquel momento noté un pequeño indicio de miedo en el yeerk. Consideraba las consecuencias de todo e intentaba decidir qué hacer, pero con la cola de Ax en el cuello, mantenía mi cuerpo bien quieto. – No lo podemos retener durante tres días – dijo Cassie-. A su familia, le daría un ataque al corazón. Llamarían a la policía, y Chapman se daría cuenta de que no va al colegio. Estos tipos ataban cabos muy deprisa. – Chicos, hola. ¿Holaaa? Soy yo, Jake. ¿Lo recordáis? No soy ningún controlador. Marco movió la cabeza de un lado a otro. – Si es… Si hay un yeerk en el interior de su cerebro, entonces conoce todos nuestros secretos, y si se pone en contacto con los demás yeerks, estamos muertos. Por lo tanto, no nos podemos arriesgar. Tal vez Ax tiene razón o tal vez no, pero no nos podemos permitir el lujo de equivocarnos. <Estoy de acuerdo – dijo Tobias-. Si aún es Jake, lo entenderá; y si es un controlador, bien, supongo que lo descubriremos, ¿no?> – ¿Rachel? – preguntó Marco. Rachel me miró a los ojos. – Lo siento, Jake, pero no podemos correr riesgos. Tenemos que estar seguros. Y tú lo sabes. – Mirad – intervine-. Es lo que Cassie ha dicho. Los de casa se volverán locos buscándome. Llamarán a la policía, saldrán por televisión preguntando si alguien me ha visto, llenareis la ciudad de fotos mías. No te lo tomes mal Tobias, pero yo sí que tengo una familia de verdad, y no una mezcla de tías y tíos que no tienen ninguna intención de cuidarme. La gente lo notará si desaparezco.- Y me giré buscando a Cassie-. Cassie, venga, se lo tienes que hacer entender. “Venga Cassie, venga, sé dura por una vez en tu vida. No sientas pena por mí. Esta vez no seas amable”, pensé. – Hay una manera – dijo Cassie, con un titubeo. – ¿Para estar seguros de que es un controlador? – preguntó Rachel. – No – contestó Cassie hablando más fuerte-. Una manera de evitar que su familia y el colegio se den cuenta de que ha desaparecido. Ax lo podría hacer: se podría transformar en Jake. Cassie, la increíble Cassie, había encontrado la única solución posible. ¡Deseba tanto decirle que era la persona más lista y fantástica del mundo! Pero el yeerk de mi cabeza no estaba contento en absoluto. <¿Y ahora qué, Temrash uno-uno-quatro del estanque Sulp Niar? – le pregunté-. ¿Ahora ya no eres tan presuntuoso?> Ax acercó una de sus delicadas manos llenas de dedos a mi cara y hizo presión sobre mi frente. <Ahora adquiriré tu ADN, príncipe Jake>, me dijo. El yeerk no lo pudo soportar más. El contacto con el andalita le puso tan furioso que le dio como una enfermedad. – ¡Quítame la mano de encima, inmundicia andalita! – dijo con un tono de voz distorsionado. Pero la cola de Ax continuaba a medio centímetro de mi vena yugular, y el yeerk que sabía muy bien como era de rápida, no se movió. Los otros me miraban con los ojos como platos. – Bien – dijo Rachel-. Al menos ahora estamos seguros. – No, estáis equivocados – imploraba mi voz-. Pero es que me ha puesto nervioso. Escuchad, hoy hemos tenido una mañana con mucho estrés, ¿vale? Necesito descansar un poco. <¿“Inmundicia andalita”? – repitió Tobias-. ¿Y quieres que nos creamos que Jake sería capaz de decir eso? ¿Jake? ¿Porque tuviera estrés? Imposible, jamás en la vida.> – Jake – dijo Cassie mirándome a los ojos fijamente-. Sé que aún estás aquí, y que debes tener miedo, pero te sacaremos a esa babosa de dentro de tu cabeza, Jake. Lo haremos. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] – De acuerdo – dijo Marco-. Ahora tenemos que buscar un sitio donde esconderle. – No podemos utilizar ninguna de nuestras casas – dijo Cassie, pensando en voz alta-. Y tampoco mi establo porque mi padre entra y sale muy a menudo. <Conozco un sitio – intervino Tobias-. No muy lejos de aquí, hay una vieja cabaña en medio del bosque.> – Pero no le podemos tener atado allí dentro – objetó Rachel-. Hará falta que haya alguien siempre para vigilar que no se escape. <No podré ayudaros mucho porque estaré fingiendo que soy Jake>, dijo Ax. – Bien – respondió Marco-. Entonces, el resto, Cassie, Rachel, y yo tendremos que hacer turnos, y también Tobias, que se puede quedar todo el tiempo, excepto cuando tenga que salir a cazar. – De acuerdo, vamos – dijo Rachel-. Venga, Jake. Levántate, nos vamos de aquí. Cassie se acercó y me cogió la mano para ayudarme a levantar. Fue un momento extraño, porque aunque noté el tacto de su piel, las fuerzas me habían abandonado y no le pude estrechar la mano para transmitirle serenidad. No obstante, el yeerk lo hizo por mí, y deliberadamente aguantó su mano durante unos segundos de más. <Se preocupa por ti – me comunicó-. Esta chica es su punto débil. Rachel será fuerte, igual que el ratonero y el andalita, pero Marco… piensa demasiado, y tiene un pasado muy interesante. Creo que se le puede persuadir.> Me dio asco. El yeerk podía hurgar en mi mente cuando le apetecía y descubrir todo lo que quisiera. No podía tener secretos para él, ninguno. Ya esta al corriente de todo lo que yo sabía sobre mis amigos. Si consiguiera salir… Mis pies empezaron a caminar. Tobias abría camino, apareciendo y desapareciendo entre los árboles, Rachel iba delante de mí, y detrás estaban Marco y Ax. Cassie continuaba a mi lado. – Por lo que sabemos, Jake, aún nos puedes escuchar y entender – dijo Cassie-. Ya sé que no puedes contestar, o mejor dicho, que si contestas no serás tú, pero… – Pero si soy yo – interrumpió el yeerk.- ¿Quién podría ser, sino? – El yeerk – contestó Cassie con tranquilidad. – ¿Pensáis que soy un controlador sólo porque he gritado a Ax? ¿Cómo si antes nunca hubiera perdido los estribos? Venga, va. Hoy ha sido un mal día para todos nosotros, pero sobre todo para mí. <No tan malo – saltó Ax detrás de mí-. ¿Cuántos yeerks había en aquel estanque? ¿Y cuántos deben haber sobrevivido con aquella temperatura? Sólo tú, porque te has introducido dentro de la cabeza del príncipe Jake. ¿Cuántos de tus compañeros de estanque han muerto hoy?> Notaba como el yeerk temblaba de rabia. Era extraño y sorprendente sentir aquella emoción tan extrema, que no era capaz de esconderme. Sentía mis emociones, aunque no podía penetrar en sus pensamientos. – Ax – dijo el yeerk-. A mí nunca me hace feliz que un ser deba ser destruido, pero estos yeerks no me dan ninguna pena, porque han venido a esclavizarnos y por lo tanto, hemos hecho lo que hacía falta. Era perfecto, idéntico a lo que yo habría dicho, porque era lo mismo que sentía. Y entonces, de reojo, vi que Cassie me miraba desconcertada. <¿Lo ves? Ella ya empieza a tener dudas – me dijo el yeerk-. Le molesta la sed de venganza del andalita. En cambio, lo que he dicho le ha gustado más.> ¿Tenía razón? ¿Se mantendrían firmes todos mis amigos? ¿Cómo lo conseguirían si cada palabra que decía sonaba como si la dijera yo? Me pareció que andábamos por el bosque durante un buen rato. No íbamos demasiado deprisa porque estábamos descalzos. Tobias conocía bien aquellos parajes y nos guiaba a través de zarzas y terrenos accidentados. Me dolían los pies después de una hora de caminar encima de la pinaza y de las ramitas del suelo, pero el dolor era muy lejano… Lo notaba distante. Era como si estuviera enmanillado y encadenado a una pared. No podía mover las manos, ni tan solo un dedo, no era yo quien parpadeaba, ni tampoco podía decidir hacia donde mirar, o en qué sonidos concentrar mi atención. El control del yeerk era absoluto. <Casi hemos llegado – nos informó Tobias-. Me elevaré un poco para asegurarme de que no hay nadie por los alrededores.> <Toda esta caminata es una pérdida de tiempo y de energía – me comentó el yeerk-. No podrán retenerme contra mi voluntad, ni siquiera durante tres horas, así que aún menos durante tres días.> – Has oído a Tobias, ¿verdad, Jake? – me preguntó Cassie-. Casi hemos llegado. Por fin, porque mis pies me están matando. Tengo que andar descalza más a menudo, como cuando era pequeña, porque así se endurecen. De todos modos, volver a casa será más fácil, me transformaré en águila pescadora e iré volando. – Cassie, escucha – dijo el yeerk.- Ya sé que vosotros creéis que hacéis lo correcto, pero no hay ninguna posibilidad de que Ax lo consiga. Mis padres le descubrirán, o aún peor, Tom lo hará. Y entonces moriremos todos. ¿No te das cuenta de lo que pasa? – Calla, yeerk – saltó Rachel-. Conozco a Jake de toda la vida, Marco le conoce desde que eran pequeños, y Cassie desde hace muchos años. Entre los tres, le podemos enseñar a Ax cómo hacerse pasar por él. – No funcionará – dijo el yeerk. Rachel se paró para girarse de cara a mí y barrarme el paso. Sonreía satisfecha, pero parecía mirar más allá, por encima de mi hombro. – Ah, ¿no? ¿No lo crees, yeerk? El yeerk dejó de caminar. – Rachel, no hace falta que trates impresionarme mostrándome lo dura que eres. Sé que eres demasiado lista para creer nada de todo esto. Y sabes tan bien como yo que no funcionará. – No estoy de acuerdo – dijo una voz detrás de mí-. Los humanos siempre creen lo que ven. El yeerk me hizo girar la cabeza de repente. Y allí de pie a pocos centímetros de mí estaba… yo. Era yo del todo. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie [/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Era una perfecta copia de mí, como si me mirara en un espejo. – Me he transformado hace un rato – me explicó Ax-. He observado la manera como caminas y te mueves, para imitarte mejor. Mej. Jor. El yeerk sonrió sarcástico. – Tal vez sí que te pareces a mí físicamente, pero eso no será suficiente. Te doy una hora antes de que Tom se dé cuenta. Marco levantó una ceja mientras miraba a Rachel con complicidad. Al mismo tiempo mi prima miró un segundo a Cassie, que suspiró y asintió con la cabeza. – ¿Lo ves? Aquí has fallado, yeerk – dijo Marco-. Porque si de verdad fueses Jake, te frustraría mucho que sospechásemos de ti, pero sabrías que lo mejor que podías hacer es ayudar a Ax a interpretar su papel. Si fueras tú, es decir Jake, le echarías una mano para que lo consiguiera. Rachel arrugó la nariz con menosprecio. – Te acabas de comprometer, porque continúas intentando que lo dejemos correr, y llegados a este punto, Jake ya se habría dado cuenta que nos tiene que ayudar. El yeerk no dijo nada. Creo que sabía que había cometido un error, pero aún notaba que estaba muy seguro de sí mismo. Como si fuera un jugador de póquer y se guardara un as en la manga. Al final llegamos a la cabaña, que era ruinosa y tenía el suelo de madera y las paredes hechas con troncos de árbol, y un tejado medio derruido que solamente cubría la mitad de ella. En las vigas del techo había un nido de pájaros, y en una de las paredes un agujero por donde entraban arbustos del exterior. El suelo estaba lleno de latas de cerveza y gaseosa esparcidas, no se veía nada que fuera reciente. Tobias había escogido bien, nadie aparecería por allí durante los tres días. Entre tanto, mi amigo, gracias a su potente visión, había encontrado unos cuantos metros de cuerda en un cámping abandonado de los alrededores, y volvió volando trayéndola con las garras. Marco y Rachel me ataron las manos atrás en la espalda. – Lo siento, Jake – me dijo Marco-. Pero lo tenemos que hacer. Si aún estás ahí dentro, lo entenderás. – Aflojaremos la cuerda cada dos horas para que no tengas problemas con la circulación de la sangre – me informó Rachel-. Yo haré el primer turno. Cassie y Marco vuelven con Ax para prepararle para ser como tú.- Sonrió-. Ya tiene tu aspecto responsable y serio y ahora solamente le hace falta un poco de sentido del humor y dejar de jugar con los sonidos. A mí me parecía perfecto, pero a la vez, me ponía nervioso que solamente se quedaran dos a vigilarme. Por supuesto, uno era Tobias, de quien nunca podría esconderme por muy deprisa que corriera, y la otra, Rachel que se podía transformar en lobo y tirarme al suelo en cuestión de segundos. Pero aún así, me preocupaba que el yeerk de dentro de mi cabeza continuara tan presumido. De hecho, se estaba entusiasmando mucho, fantaseando que le ascenderían y que obtendría más poder. <De aquí a unas horas volveré a estar con los míos, y yo mismo explicaré a Visser Tres todo lo que sé, cosa que será el final de vuestra pequeña banda. ¡El final! Visser Tres me volverá a ascender y será la serie de ascensos más rápidos que nunca se hayan visto. En estos momentos ya me encuentro entre los cien primeros, y después de esto puedo estar entre los noventa mejores. Seré Subvisser, y en unos cuantos de vuestros años, ¿quién sabe? ¡Podría llegar a ser un Visser!> Pero todo esto no era más que una simple charlatanería. Yo también veía las imágenes que su mente evocaba, imágenes fragmentadas, donde Visser Tres asentía con la cabeza mientras mi yeerk, aún dentro de mi cuerpo, le mostraba a mis amigos atados de pies y manos, amordazados y esparcidos indefensos por el suelo de la nave espada. ¿Y por qué lo veía todo eso, si el yeerk era capaz de esconderme todos sus otros pensamientos? ¿Tal vez aquella fantasía era demasiado intensa para él y por eso no la podía mantener oculta? ¿O es que, en realidad, intentaba impresionarme? <¿Tienes fantasías de estas muy a menudo?>, le pregunté con tanta crueldad como pude. <¿Te ríes de mis fantasías? ¿Qué te parece si profundizo en algunas de las tuyas? A ver qué encontramos escondido en tu cerebro, humano.> Y entonces, horrorizado me encontré fuera de la cabaña, en un enorme gimnasio iluminado. Pero no era exactamente un gimnasio, sino más bien un estadio deportivo. Sí, con miles y miles de fans. Me entraron ganas de adentrarme en aquella fantasía, que ya conocía. Tal vez fui un poco débil pero tampoco podía escaparme. Para el yeerk escenificar mis fantasías era tan fácil como meter una cinta y encender un vídeo. En aquella fantasía la gente gritaba enfervorizada, y yo estaba allí con mi uniforme de jugador profesional, más grande, aunque aún tenía la misma fisonomía. Faltaban cinco segundos para el final del partido. Cuatro, tres, me elevaba y conseguía una increíble canasta de tres puntos des del centro de la pista. ¡Fiuuu! Todo el estadio se volvía loco de entusiasmo y me aclamaba. Las bocinas no paraban de sonar, y la gente gritaba mi nombre. Y Cassie, estaba sentada en la tribuna, al lado de mis padres y me sonreía. Y también estaba Tom, que saltaba a la pista, me abrazaba y me daba unos golpes en la espalda. – Un partido fantástico – me decía-. Como siempre. La fantasía se acabó y las imágenes desaparecieron. De repente me sentí muy pequeño, muy poca cosa, muy débil. <Sí – dijo el yeerk riendo-. Te sorprende que pueda representar tus pensamientos. Pero tu cerebro no es demasiado diferente para mí de uno de vuestros ordenadores primitivos, y puedo abrir todos los archivos que desee, y utilizar cualquier software. Te utilizo, me perteneces y te domino, porque ya no eres nada, tan solo un eco, un triste fantasma que ronda por tu propio cerebro.> <¿Ah, sí? – dije al final-. Pues tú solamente eres un inútil que se encuentra atado en una cabaña en medio del bosque, y que de aquí a tres días estará muerto.> <No estaré tres días, aquí>, me contestó. <Estarás aquí, muy lejos de tu asqueroso estanque yeerk, sin rayos kandrona, y te irás secando y morirás y saldrás de mi interior – le dije primero con calma, y luego totalmente fuera de control-. ¡Morirás! ¡Morirás como han hecho los otros! ¿Piensas que ganarás? ¡Perderás! ¡Perderás! ¡No me puedes controlar! ¡No me puedes controlar! ¡No puedes!> <¡Oh! – dijo el yeerk con un tono suave pero amenazador -. Esto es lo mismo que dijo tu hermano. Al principio, claro. ¿Quieres que te enseñe cómo fue? ¿Qué te parece si pongo en escena uno de los recuerdos de Tom para ti? Creo que ya noto como te tiras atrás. Tienes miedo. Sí. Sí, lo haré. Aquí lo tienes, y pásatelo bien con este preestreno de tu futuro.> Fue como si una tercera mente se nos uniera. Era tan real, no como una visión o una película, sino que lo sentía, como si lo estuviera viviendo. La mente de mi hermano, sus pensamientos, sus recuerdos, tan claros como si los estuviera viendo. Tom… Un trocito suyo que aquel yeerk todavía llevaba encima. Era una conversación de unos cuantos días antes. Él estaba sentado en la mesa almorzando, delante de mí, y me vi a mi mismo a través de sus ojos. Tenía aspecto de… distante, distraído y preocupado. – Ey, pequeño, ¿qué te cuentas? – me preguntó. – Nada. ¿Y tú qué tal? – Oh, hoy voy a una reunión. – ¿La Alianza? – le pregunté. – Sí. Ahora hacemos un poco de limpieza en el parque. Ya sabes, para contribuir a la comunidad y todo eso. Y después haremos una barbacoa. Te tendrías que apuntar, ¿sabes? Así podríamos pasar más tiempo juntos. Era tal como yo lo recordaba, pero ahora sentía las emociones de Tom, no las mías. Las del Tom de verdad, el que estaba encarcelado bajo el control de su yeerk. Lloraba, sollozando impotente en silencio. <Jake no – gritaba-. Dejad a Jake en paz, dejad a mi hermano tranquilo. No te… escucha, no te volveré a molestar nunca más, te lo juro, pero dejad a Jake en paz.> El yeerk esperó unos segundos para que el fuerte impacto que me había producido descubrir los pensamientos de Tom penetrara en mi interior. Tom estaba derrotado, desesperado. Pasaba la mayor parte del tiempo deseando morir. Había abandonado cualquier esperanza de poder escapar. Se había dado por vencido. <Siempre es así – dijo el yeerk-. Al principio el huésped lucha, o al menos lo intenta. Pero cada hora y cada día que pasa de da cuenta de qué le sucede, que nadie sabe que está perdido dentro de su propia cabeza, y al cabo de un tiempo, la esperanza muere y el huésped se convierte en una criatura débil y destruída. Como tu hermano.> El yeerk decía la verdad, y por eso todo se volvía tan terrible, porque era cierto. Podía sentir la desesperación absoluta y profunda de Tom, y sabía que ya había aceptado su derrota, y que todo lo que deseaba ahora era un final. Y también que yo no era más fuerte que él. Sin embargo, aún me quedaba un pequeño rayo de esperanza. <Tres días – le contesté al yeerk -. De aquí a tres días estarás muerto.> <Espera y lo verás, humano. Tan solo espera y lo verás.> [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Aquella noche, descubrí demasiado tarde por que razón el yeerk se mostraba tan confiado. Rachel hacía guardia y Tobias se había colocado sobre un arbol. Habían traído unos cuantos alimentos: algunos bocadillos y zumos de frutas que me había comido. Entonces, mientras Rachel estaba sentada cerca, leyendo un libro con la luz de una linterna, el yeerk fingió que dormía. Supongo que según como sí que me dormí, porque mi cerebro estaba muy agotado y me sentía cansado y deprimido. No me había sentido tan hecho polvo en toda mi vida. Aún así, me daba miedo dormirme, porque pensaba que si soñaba, el yeerk conocería mis sueños. Mi temor era justificado, porque sí que soñé: el mismo sueño que había tenido antes. Yo era el tigre y Tom mi presa. Estábamos en un bosque oscuro y profundo como boca de lobo, e intentaba cazarlo con la habilidad propia del tigre. Él en cambio, tropezaba a menudo y era ruidoso y débil. Sabía que le acabaría cazando. Al final, demasiado cansado para continuar corriendo, Tom cayó, y una vez en el suelo se dispuso a esperar, indefenso, que juntara toda la fuerza de mi cuerpo de tigre y me preparara para saltar… Y de repente, ya no era el tigre, sino que me había convertido en mi propia presa, y observaba con los ojos abiertos de par en par y llenos de terror como el felino saltaba sobre mí. Me desperté. Los ojos ya estaban abiertos. <Un sueño interesante – me dijo el yeerk.- Muy metafórico.> Miré a través de los ojos que el yeerk había abierto. Rachel estaba sentada apoyada contra la pared. Tenía el libro abierto sobre su regazo, pero su respiración era pesada y regular. Tenía los ojos cerrados, ¡se había dormido! La linterna seguía encendida, y el rayo de luz brillaba en el suelo de madera sucio y áspero, e iluminaba mi brazo y mi pierna derechos. El brazo… la pierna… ¡habían cambiado! ¡Tenía los brazos más gruesos, más fuertes, y seguían creciendo! Las manos se me habían hinchado y ahora eran enormes, y los dedos empezaban a desaparecer, sustituidos por unas garras afiladas como navajas. Entonces apareció el pelo con rayas de color naranja y negro, una capa que crecía y crecía, cubriéndome de arriba abajo. ¡Me estaba convirtiendo en el tigre! Aquella revelación me golpeó como una descarga eléctrica. ¡Me estaba transformando! ¡El yeerk se estaba transformando! ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¡Claro! El yeerk controlaba mis manos, mis pies y mi voz, porque dominaba mi mente. Por lo tanto, ¡también poseía el poder de transformarse! Y los otros… no se habían dado cuenta, no lo habían previsto. Me habían atado de pies y manos, pero era inútil, porque el yeerk tenía acceso a cualquiera de mis morfs. Mientras las muñecas se me hinchaban para convertirse en las fuertes patas de delante, las cuerdas de las manos me hacía cada vez más daño. Entonces el yeerk levantó la cuerda y utilizo los colmillos del tigre para romperla. Quería avisar a Rachel, que seguía dormida. La tenía que avisar, sino el yeerk se escaparía, o incluso la mataría. Pero por más que lo intentaba, no conseguí controlar mi cuerpo de ninguna manera. <No la mataré – me dijo el yeerk-. Porque como tú tiene el poder de transformarse. Quiero entregar a Visser Tres cuatro humanos capaces de transformarse, junto con una escoria andalita.> Ahora que veía el mundo con los ojos de un tigre, la noche se había vuelto más brillante. Además, el oído del animal era capaz de escuchar cualquier sonido que hiciera un depredador. El felino olfateó el aire, pero la brisa era muy suave y no notó ninguna señal de peligro. <Qué animal más maravilloso, el tigre – exclamó el yeerk-. Tiene unos sentidos excelentes, y además es rápido, silencioso y mortal.> El bosque estaba oscuro y tranquilo, si no fuera por un leve rumor de las hojas de los árboles. Había un silencio absoluto, mientras el tigre huía, no se oía ningún sonido mientras se adentraba en la oscuridad. Y Rachel seguía dormida. Muy pronto la cabaña desapareció de la vista, y la negra noches se tragó la luz de la linterna de mi prima. Pero el yeerk empezó a mostrarse indeciso, porque no sabía donde nos encontrábamos, ni tampoco qué camino debíamos tomar. Y entonces… noté un sonido, un olor. ¡Humanos! <¿Qué hacen los humanos aquí? – me preguntó, mientras hurgaba en mi memoria intentando encontrar una explicación. Pero yo no tenía ninguna. – Tus pensamientos me informan que no debería ser así, porque es muy tarde, y los humanos no acostumbran a adentrarse tanto en el bosque.> El yeerk se alejó de aquel olor humano, que por lo que había descubierto mi cerebro, podía tratarse de cazadores o guardas forestales e hizo que el cuerpo del tigre comenzara una carrera loca. Pero al cabo de diez minutos, el animal ya estaba cansado y la babosa tuvo que hacer más lenta la marcha. Y es que los tigres no son corredores de distancias largas. <¿Hacia dónde?>, se preguntó el yeerk. Y de repente… otra vez, se notaban olores y sonidos humanos. Miré con los ojos del tigre pero no vi nada. El yeerk volvió a huir de aquel olor humano, mientras continuaba buscando en su memoria. <Hacia el sur. Me tengo que encaminar al sur, pero ¿hacia donde está el sur? Si no me dirijo hacia allí, acabaré adentrándome más y más en el bosque.> <Me parece que te has perdido>, dije. Era la primera cosa que decía en mucho rato. <Calla, esclavo. Cuando el sol salga por la mañana sabré qué camino tengo que tomar.> <Dos horas es el límite – le recordé-. Si me quedo atrapado en el morf de tigre, entonces este cuerpo te será del todo inútil, porque Visser Tres lo quiere capaz de transformarse. <No me digas qué es lo que Visser Tres quiere>, me contestó, aunque sabía que el tiempo iba corriendo, y que debía volver a mi forma humana. Unos instantes después, miraba el mundo con los sentidos humanos. La visión nocturna era menos aguda, el oído captaba pocos sonidos, y la nariz casi no olía nada. El yeerk caminaba, moviéndose tan rápido como mis pies descalzos se lo permitían. <¿Tenemos prisa para ir a ninguna parte?>, le pregunté. <Sé hacia donde voy – me gritó deteniéndose de repente -. ¡Ja! Tendría que haberlo pensado antes. ¡Claro! El morf de halcón. Huiré volando.> Observaba la escena como si fuera un programa de televisión, como si me encontrara muy lejos de mi cuerpo, y mirara con interés como se iba encogiendo, como le crecían las alas, y le aparecían las garras. Como… ¡Bam! Aquel cuerpo medio pájaro y medio humano cayó por el suelo. <¿Qué? – preguntó el yeerk-. ¿Qué me ha golpeado?> Empezó a mirar a su alrededor con una gran angustia, pero los ojos de halcón sirven para cazar de día, porque son fantásticos a plena luz del sol. En cambio, a oscuras no tienen nada de especial. El yeerk continuó transformándose: las plumas del halcón empezaron a crecer y las alas tomaron forma. ¡Bam! Percibí una sombra entre las sombras, un contorno oscuro que desaparecía antes de que el yeerk pudiera girar la cabeza. Desde lejos me di cuenta de que el cuerpo del halcón estaba herido: tenía un corte profundo y sangrante en el hombro derecho. El yeerk empezaba a estar asustado. ¡Bam! Un nuevo golpe de martillo desgarró carne y tendones. El enemigo invisible y silencioso había vuelto a atacar, y ahora el halcón sería incapaz de levantar el vuelo, porque había quedado cojo y mutilado. Y entonces me volví a sentir esperanzado, porque mientras el yeerk, gritando de dolor, se transformaba de nuevo en humano, vi al enemigo, que se había puesto encima de una rama. Su silueta se recortaba contra la tenue luz de la luna y las estrellas. El par de pequeñas crestas sobre su cabeza habían inspirado su nombre. <El gran duque de Virginia, también conocido como el búho cornudo>, informé. <Puedo leer todos tus pensamientos. No hace falta que me digas qué es>, gritó el yeerk. <Oh, pero es que me gusta informarte. Es un pájaro fantástico el gran duque. Vuelva sin hacer ningún tipo de sonido. Tobias a veces los observa mientras cazan, y dice que son capaces de escuchar eructar a un ratón a más de cien metros de distancia. También explica que pueden ver como parpadea un gusano en una noche negra como el carbón – le dije, mientras me reía del yeerk desde un rincón de mi cerebro-. O sea que para el ejemplar de aquí delante, debe ser como si llevaras un foco encima de la cabeza.> Y de repente, oí el lenguaje telepático de Cassie dentro de mi cabeza. Una débil voz que parecía conocer de otra vida. <Siento haberte hecho daño, Jake, pero era necesario. Hemos pensado que el yeerk intentaría transformarse, así que ya estábamos preparados. Rachel sólo fingía que dormía. Queríamos que tu yeerk intentara escaparse justo cuando estuviéramos a punto para combartirlo. Aguanta un poco más, Jake. El bosque está lleno de tus amigos.> Los humanos que había olido el tigre… Mis amigos. Y en aquel momento volví a notar una sensación que me llenaba de placer: el miedo del yeerk. Era bueno saber que estaba asustado, muy bueno. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Sentí que el yeerk volvía a abrir mi memoria como si se tratara de un libro, y empezaba a repasar la lista de los morphs que había hecho: el perro, el pez, la pulga, la gaviota, el delfín, la hormiga, el lobo. Sabía qué se le pasaba por la cabeza. Pensaba cuál podría utilizar para huir del gran duque de Virginia que nos vigilaba desde lo alto del árbol, encima de nosotros. De aquel pájaro que era capaz de ver en la oscuridad como si fuera pleno día, y que oía los sonidos que ningún ser humano podía percibir. <No podrá quedarse en el morph de gran duque de Virginia por siempre – señaló el yeerk-. Tiene un límite de dos horas, como yo.> <Pero también está Rachel, Marcho y Ax. No sabes cuántos hay, ni donde están ni qué son exactamente.> <¿El gran duque de Virginia puede distinguir una pulga? Lo dudo. ¿O una hormiga?>, preguntó sonriendo. <Tienes razón. ¿Pero puede llegar muy lejos una pulga en dos horas? ¿Qué puede hacer? ¿Veinte metros? ¿Treinta? Y después tendrías que salir del morph y mis amigos no tendrían muchos problemas para encontrarte.> <¡Calla!>, gritó, a punto de perder la paciencia. Me sentía satisfecho con su rabia, porque quería decir que estaba asustado. Y también significaba que aunque no podía controlar los brazos ni las piernas y ni siquiera mantener mi mente fuera de su alcance, tampoco él podía parar mis pensamientos, ni evitar que le hablara. Y también podía molestarle y distraerle cuando tenía que estar concentrado pensando una manera de escaparse. <¿Te crees que me puedes atormentar? – me preguntó, leyendo mis pensamientos en el mismo momento en que los tenía -. Me parece que te sobrestimas.> <Eres tú quien nos subestima, yeerk. Creías que te transformarías y que podrías huir de aquí con facilidad. Entonces te has equivocado. Y los tres días ya no llegan a dos y medio. Tic tac, yeerk, tic tac.> <Ahora veremos si tu amigo pájaro se defiende con un lobo tan bien como con el halcón.> Y se empezó a transformar. El morph de lobo resulta muy divertido, porque es un animal que no tiene demasiado miedo, uno de los que me lo pasaba más bien. Los lobos no se sienten sometidos a mucho miedo, y sus instintos se pueden controlar sin problemas, cosa que no pasa con las hormigas o la lagartija, una de los primeros animales en que me transformé. Vi como me crecía pelo gris por todo el cuerpo, y como la cara se me hinchaba y se convertía en un morro largo. Mientras tanto a lado y lado de la cabeza, mis orejas se me alargaban y se desplazaban hacia arriba. <Veo que nuestro amigo, el duque, mantiene las distancias – dijo el yeerk -. Ya me lo imaginaba.> Echó a correr muy deprisa porque, a diferencia de los tigres, los lobos son corredores de largas distancias, capaces de recorres muchos quilómetros. Y lo que era peor, su cerebro parecía poseer una especie de sentido de la orientación, porque sabía qué camino se adentraba en el bosque, y cual conducía a la ciudad. Estuvimos corriendo por el bosque. Hacía una noche muy oscura, las nubes parecías suspendidos encima de los árboles y solamente dejaban pasar un débil rayo de la luna. <Una carrera rápida más y estaremos en lo que se entiende por civilización en este planeta, después me transformaré de nuevo en humano y tus amigos no podrán pararme>, dijo el yeerk. Me preguntaba a quién trataba de convencer. ¿A mí o a sí mismo? <Sois una pandilla de arrogantes, ¿verdad? Me refiero a los yeerks.> <¿Arrogantes? ¿Y por qué no deberíamos serlo? Somos la raza más poderosa de la galaxia: soberanos de los texxonitas, y conquistadores de los hork-bajir, los sssstram y los mak. Y pronto de los humanos.> <Aún no cuentes a los humanos – le contesté.- I además, quedan los andalitas.> <Los guardaremos para el final>, murmuró. Entonces se paró y escuchó con las orejas de lobo. Se oía claramente un aullido, fuerte y no muy lejano, que se elevaba de tono muy arriba y después se iba amortiguando poco a poco. Un segundo lobo le contestó. <Otro lobo. Ya son dos>, dijo el yeerk. Noté que se ponía en contacto con los instintos sumergidos del animal, para tratar de adivinar cuál era el significado de un aullido. Descubrió que era una manera de avisar, de advertir cualquier otro lobo que rondara por los alrededores, que no se acercara, si no se quería arriesgar a una pelea. De repente, me di cuenta de lo que pasaba y me eché a reír. <Ya hemos estado antes en esta zona – dije -. Como lobos. Y descubrimos…> <¡Silencio! Ya sé qué descubristeis. ¿Cuándo entenderás que puedo leer tu memoria tan bien como tú mismo?> <Encontramos otra bandada de lobos, que creen que este es su territorio – le empecé a explicar, satisfecho de ver que le estaba enfadando -. Esos aullidos, ¿los oyes? Son de mis amigos que llaman a la otra bandada de lobos. Será mejor que huyamos de aquí corriendo, yeerk, porque el gran macho que dirige el otro grupo es muy duro.> El yeerk echó a correr como un poseso, utilizando toda la velocidad y la resistencia del cuerpo de lobo. Los troncos oscuros de los árboles se convertían en una mancha borrosa mientras nosotros corríamos a través de la noche, seguidos de cerca por los aullidos de unos lobos que, en realidad, no lo eran. Después, noté un olor en el viento, de otro lobo, un macho. <Me parece que ahora es mi viejo amigo>, dije riendo. El yeerk se paró. Delante de nosotros, entre los árboles, había un par de ojos brillantes de color amarillo que nos miraban feroces. Y aparecieron más. Cinco lobos, esta vez reales, estaban al acecho esperando que avanzáramos. <Adelante – le dije sarcástico -. Venga, dale una buena paliza a este lobo. Claro que es un lobo de verdad, un macho alfa, el líder del grupo, cosa que quiere decir que debe haber participado en un montón de peleas y que las debe haber ganado todas. Venga, yeerk, demuéstrale por qué tu raza domina la galaxia. Estoy seguro de que se sentirá muy impresionado.> Podía notar cómo dudaba, sentía su incertidumbre. <Hay tantas especies en este planeta – se decía -. Y hay un equilibrio perfecto entre ellas, todas cazan y se alimentan de las otras, todas tienen sus enemigos naturales.> <Sí, la Tierra es un vecindario un poco duro.> <Cuando controlemos esta planeta, eliminaremos estas especies. Lo simplificaremos. Todo debería ser más sencillo, mucho más.> <Tengo una noticia de última hora para ti, yeerk. No creo que consigáis apoderaros de este planeta, más bien me parece que él os controlará a vosotros.> De repente escuchamos una voz humana. – A ver, ¿has acabado de jugar? Pues venga, ¿volvemos a la cabaña? Era Marco, que iba descalzo y llevaba la ropa que utiliza para transformarse. Había sido uno de los lobos que nos había llevado directamente hacia la otra bandada. Temblaba. – Escucha, señor yeerk. Hace frío y me estoy congelando. Siempre he sabido que esta ropa que llevamos para transformarnos sería un problema algún día. Así que venga, volvamos a la cabaña. Durante unos segundos el yeerk estaba tan furioso que estuvo a punto de de lanzarse sobre Marco y cortarle el cuello. Pero entonces, detrás de él apareció Rachel avanzando con pesadez. Bien, la versión ampliada de Rachel con la trompa, las enormes orejas cartilaginosas, y los dos inmensos colmillos. Pareció que Marco adivinara qué pasaba por la mente del yeerk. – Adelante. Intenta alguna cosa. Delante de ti hay una bandada de lobos, detrás tienes un enorme elefante africano muy rápido, y aún hay más sorpresas escondidas en este bosque. Oh, y un detalle más… Cassie ha hecho su nido en tu pelo. Me imagino que te debe estar chupando la sangre. Se ha transformado en pulga, ¿sabes? En aquel momento me di cuenta de que hay una diferencia fundamental entre los yeerks y los humanos. Un ser humano luchará incluso cuando sabe que no puede ganar. Tal vez nuestra especia está un poco loca, pero la historia de la humanidad está llena de casos en que un puñado de gente se ha enfrentado a un ejército entero. Lo tenían todo perdido, pero han luchado de todas maneras. Pero no ocurre así con los yeerks. Aunque son despiadados y harían lo que fuera por ganar, cuando la situación se vuelve imposible, imposible del todo, entonces dejan de combatir. Piensan que otros yeerks continuarán la lucha por ellos. Son maneras diferentes de mirar el mundo. <Vosotros estáis locos – me dijo el yeerk, después de leer mis pensamientos -. Es una tontería luchar cuando no se puede ganar.> <Sí, es de locos, una tontería – asentí -. Y es por eso que ganaremos.> El yeerk se transformó y recuperó la forma humana, mi forma humana. Marco se metió dentro del bosque mientras Rachel se alejaba con un gran estrépito. Y unos minutos más tarde, un gran duque de Virginia apareció para guiarnos de vuelta a la cabaña. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Al día siguiente por la mañana, cuando parecía que no había nadie que vigilara, el yeerk lo volvió a intentar. Se transformó en hormiga, pero aún no había avanzado ni un metro cuando topó con un grupo de hormigas de otra colonia, y unas cuarenta le atacaron, y desgarraron su cuerpo. Entonces el yeerk volvió a transformarse en ser humano. <Este es un planeta salvaje – dijo -. Pero lo domesticaremos cuando tengamos su control.> Pero me parece que ya no se creía toda esa charla. Debían ser las nueve de la mañana del sábado cuando el yeerk tomó posesión de mi cuerpo y de mi cerebro. El lunes por la noche, cuando el sol ya se había escondido, empezó a mostrarse distraído, incapaz de concentrarse con claridad. Cuando la luna apareció en el cielo estrellado, ya estaba muy debilitado. Su cuerpo de babosa pedía a gritos los rayos kandrona, de la misma manera que un ser humano lo haría con la comida o el agua. Notaba que su arrogancia se iba evaporando mientras crecía la desesperación. Aún así aún fantaseaba con que le rescatarían. Pero estas fantasías no acababan muy bien, porque aunque le rescataran, ya no sería el gran héroe que había destruído a los animorphs. Intentaba pensar estrategias para burlar a mis amigos, pero nunca podría estar seguro de quién andaba por aquellos bosques, o de qué forma podrían haber tomado. Probó transformarse de nuevo en el halcón peregrino. Por supuesto, el ADN no había sido afectado por las heridas que Cassie le había causado la otra vez, el halcón estaba bien. Pero en aquella ocasión era de día, y Tobias apareció a media transformación, cogió la cabeza del pájaro entre sus garras y le explicó que si no volvía a la forma humana, le mataría. Por primera vez, la babosa rompió el silencio que había mantenido con los otros y habló como un yeerk. <Si me matas, también matará a tu amigo>, le avisó. <Sí – contestó Tobias -. Ya lo sé.> <No lo harás.> <Desde el primer momento todos hemos dicho lo mismo, que era mejor morir que ser un controlador – le explicó Tobias -. Pero en cualquier caso, no me hace falta matarte, te puedo sacar los ojos: un halcón ciego no puede volar muy lejos.> El yeerk se rindió y se transformó. Y nos pusimos a esperar, mientras los minutos y las horas de la noche iban pasando. El yeerk aún esperaba un milagro que lo salvara, pero el hambre que tenía era terrible, y crecía cada minuto que pasaba. <Piensas que ganareis – dijo sarcástico -. No lo haréis. Tu gente está ciega del todo y no ve qué pasa, y los andalitas no llegarán a tiempo.> <Tal vez no, pero tú ya no estarás para comprobarlo – le contesté -. Ya deben de ser la cuatro de la mañana. Quedan cinco horas. Tic – tac.> <Eres un pequeño humano muy cruel, ¿verdad?> <No, creo que no.> <Sabes que me estoy muriendo y te ríes de mí.> <¿Y qué esperas? ¿Lástima, tal vez?> Se echó a reír. <No. Nosotros no sentimos lástima y tampoco la esperamos. Somos los amos de la galaxia, conquistadores de los hork-bajir y…> <Sí, sí, ya sé todo eso. El poderoso imperio yeerk.> Después ya no me volvió a decir nada durante un rato. Se hacía del todo imposible dormir, el yeerk estaba sentado con los ojos abiertos, porque tenía demasiada hambre para poder descansar. Aquella hambre tan urgente penetraba dentro de su mente y le atormentaba sus pensamientos. <El mundo yeerk es un sitio más simple que este planeta, sencillo y elegante. No hay más de un centenar de especies animales. ¿Cuántas tenéis vosotros en la Tierra ? ¿Un millón? ¿Más? ¿Para qué necesita un planeta un millón de especies?> No contesté. Su tiempo se estaba acabando y le dejaría hablar tanto como quisiera. <Nosotros los yeerks nos desarrollamos como parásitos, no como depredadores. A diferencia de vosotros los humanos, no matábamos para comer. Éramos una especie pacífica y cogimos a otras para utilizarlas como huéspedes. Y mientras estas especies iban evolucionando, nosotros también lo hacíamos. Con el tiempo, los gedds progresaron. Eran una especie de… como los monos, supongo. Estuvimos en sus cuerpos hasta que llegaron los andalitas. Algunos de los nuestros aún no disponen de nada mejor como huésped que un gedd.> <¿Y qué me dices de los andalitas? – le pregunté -. ¿Qué paso cuando llegaron a vuestro mundo?> <Claro. Veo que el andalita no os ha explicado su historia, ¿verdad? Qué pena, porque es tan bonita. Pídele a tu amigo Ax que te la explique alguna vez, que te relate la historia de los andalitas y los yeerks.> <Tal vez lo haga>, le contesté. Esperaba que el yeerk continuara hablando, pero se quedó callado. Las horas iban pasando. Un gran duque de Virginia desapareció y su lugar fue ocupado por otro. La luna descendía en el cielo: empezaba a clarear. Lo notaba. <Sí – dijo el yeerk después de leer mis pensamientos -. Ya se está haciendo de día. Sólo me quedan unas horas. ¡Ahhhh! – Empezó a gritar en silencio -. La fuga. Ya empieza.> <¿La fuga?> <Las horas finales. No te gustará, aunque puedes aprender muchas cosas de ello, humano. Más de las que querrías… ¡aaaahhhh!> Observaba su dolor desde lejos, como un simple espectador, suficientemente cerca para saber qué sentía, pero sin que yo lo sintiera. Primero sufrió un pinchazo detrás de otro de dolor. Moría de hambre y de sed, y sufría una terrible agonía. Fuera, el sol había salido. Cassie entró en la cabaña, me miró y asintió con la cabeza. – Ya está pasando, ¿verdad? Quería contestar, pero incluso en aquellos momentos, mi voz no era la mía de verdad. Cassi se acercó y se sentó a mi lado, a nuestro lado. – Ax dice que esta fase es un poco dura, pero recuerda que, cuando todo haya terminado, me encontrarás aquí. Me cogió la mano. La podía sentir, igual que el yeerk, que no rechazó esta pequeña muestra de consuelo, aunque iba dirigida a mí y no a él. Su mente se iba deteriorando, y sus pensamientos se me hacían cada vez más visibles, como si los mirara a través de un objetivo que se iba enfocando y desenfocando. Veía imágenes de un sitio extraño, a través de unos ojos extraños. Había un líquido por todos lados, y unas formas que se parecían a los calamares, se movían en él. Eran yeerks, que nadaban en el estanque yeerk y se remojaban de rayos kandrona. Y también había imágenes del primer huésped, un gedd. Pensé que este debía ser el aspecto que tenían. Había visto unos cuantos a bordo de la nave escuela, pero entonces no sabía qué eran. Tenían un aspecto medio humano, eran bajitos y andaban encorvados con los pies palmípedos y tres dedos deformados. Veía el mundo tal como el yeerk lo había contemplado antes, a través de los ojos de un gedd. La visión era borrosa, en cambio el sentido del oído era mejor. El yeerk se había entusiasmado al apoderarse de su primer huésped, y había conseguido dominar su mente con una facilidad cruel y despiadada, aniquilándola con su inteligencia y voluntad superiores. Aquel recuerdo me asqueaba. El desconcierto del gedd, su miedo, y aquella arrogancia del yeerk tan feroz. Desvié mi atención de aquel pensamiento para volver a la realidad que me rodeaba, y me sorprendió ver que los brazos y las piernas me temblaban. Cassie me había rodeado los hombres con el brazo. – Jake, si me puedes oír, son casi las ocho. Queda una hora. Jake… el yeerk que hay en el interior de tu cabeza se está muriendo. – Sí – quería decir -. Se está muriendo. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] La fuga, las últimas horas de vida del yeerk. Y yo mientras tanto, observaba como se moría. Me han pasado muchas cosas desde que vi aterrizar la nave del príncipe andalita en aquel solar en construcción abandonado. Más de las que cualquier persona experimenta durante toda su vida, pero la más extraña fue esta, y la más triste. El yeerk gritaba de dolor, una y otra vez. Y las visiones se me aparecían flotando, claras y transparentes como el vidrio, tal mente como si acabaran de pasar. Eran imágenes de los buenos momentos de la vida del yeerk, y de los muchos ratos, también. Las emociones eran extrañas, propias de un extraterrestre. Me parece que esta es la mejor manera de describirlas. No aparecía ningún recuerdo de amor, porque imagino que los yeerks no conocen el arte de amar, pero sí que había afecto, orgullo, miedo, pena. Y estos sentimientos sí que los entendía. Y con los recuerdos del yeerk, empecé a ver las mentes de sus huéspedes. El gedd que tenía un nombre que ningún humano podría pronunciar, el guerrero hork-bajir que había luchado con el yeerk que llevaba dentro de la cabeza durante cada día de su vida, y que había sido forzado a atacar a los de su propia raza, a destruir a sus propios amigos, como esclavo de mala gana que era de los yeerks. Sin embargo, todo era mucho más que unos simples recuerdos. El yeerk llevaba en él una pequeña parte de aquel guerrero hork-bajir. De la misma forma que un ordenador graba un documento en un diskette, me di cuenta que una pequeña parte del gedd y del hork-bajir habían traspasado al yeerk. Me asustaba saber que estos trocitos de información me estaban siendo transferidos a mí. Y después… los recuerdos que más temía: Tom. Se había apuntado a La Alianzapor una razón bien sencilla y estúpida: le gustaba una chica que ya era miembro de esa asociación, y como quería acercársele había empezado a asistir a algunas reuniones. Al principio seguía la corriente, sin sospechar nunca la verdad, porque todo lo que le preocupaba era la chica. Un día, fue a parar por accidente a una reunión secreta de los líderes, porque pensaba que la chica se veía con otro chico, pero resulto que ella era un controlador. La siguió hasta la reunión y vio a Visser Tres, en su cuerpo andalita. Vi como los controladores cogían a Tom que no paraba de gritar y de dar puñetazos y patadas, lo ataban y lo llevaban a través de túneles secretos hasta el gran estanque yeerk subterráneo. Le vi gritar cuando se dio cuenta de qué pasaba, y sentí su miedo y su rabia en el momento en que la babosa yeerk le entraba por la oreja y se le empotraba en el cerebro. Compartí toda su desesperación. E igual que el gedd y el hork-bajir, este ser humano, mi hermano, se convirtió en una parte de mí. El yeerk ya no sentía dolor porque estaba medio inconsciente. Abrí los ojos y miré a Cassie. Sucedió así: simplemente abrí los ojos, pero por mi propia voluntad. No sé cómo lo supo, pero supongo que lo supo. Asintió levemente y me miró a los ojos. Y por primera vez, en más de una hora, el yeerk habló. <Así que… tú ganas… humano.> Noté como se estremecía. Era un espasmo físico. Mi percepción cambió, y sentí… es difícil explicarlo, como si viera a través de los objetos, dentro de ellos. Como si fuera capaz de verlos por delante, por detrás, la parte de arriba, de abajo y el interior, todo a la vez. Y entonces lo vi. Una criatura, o una máquina, o una combinación de ambas cosas. No tenía brazos y estaba sentada inmóvil, como si no pudiera moverse en un trono que estaba a muchos quilómetros arriba. Su cabeza era un solo ojo que giraba poco a poco a…la derecha, a la izquierda… la derecha… Temblaba y rezaba para que no dirigiera la vista hacia mí, pero entonces lo hizo. Aquel ojo rojo como la sangre, me miró fijamente y me vio. ¡Me vio! ¡No! ¡No! Gritaba aterrorizado en silencio. Aparté la vista, y cuando volví a abrir los ojos, todo lo que vi fue una luz extraña, que se fue amortiguando poco a poco. Aún temblaba. – Se ha acabado, Jake – me dijo Cassie. Poco a poco me fui levantando. Movía mis propias piernas y volvía a tener el control de mí mismo. Miré el suelo de madera de la cabaña, y vi una babosa gris de unos quince centímetros. Mientras lo observábamos, se fue secando y arrugando hasta desaparecer. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] – ¿Jake? ¿Estás bien, hijo? – me preguntó mi madre a la hora de cenar. Levanté la vista y me di cuenta que había estado mirando fijamente mi plato. Me parece que era una ensalada de pasta con atún. – ¿Qué? – pregunté. Mi madre intercambió una mirada de preocupación con mi padre. – Aún no has tocado el plato. ¿No te gusta? Me encogí de hombros. – Lo siento. No, está bien. Sólo estaba… un poco distraído – dije. Mi padre movió la cabeza. – Qué cambio, si lo comparamos con estos últimos días. Has estado engullendo como si tuvieras que acabarte todo lo que había en casa. – Ah, ¿sí? Tom levantó una ceja. – ¿Qué, ahora fingirás que no fue así? Ayer por la noche te sentaste aquí mismo y te tragaste seis trozos de pollo y no paraste de decir que estaba buenísimo. Y después te zampaste un pastel, un pastel que en principio debía de ser para los cuatro. Escondí una sonrisa. Claro, Ax. El andalita me había sustituído durante tres días, unas dos horas cada vez. Y Ax es un tipo peligroso rodeado de comida, porque el sentido del gusto aún le resultaba del todo increíble. Cuando se encontraba en el morf de ser humano era mejor no interponerse entre el y una chocolatina. O un pastel, imagino. – Parecías un cerdito – me dijo Tom -. Pollo, maíz, patatas. O más bien, como tu decías, “Patatas. Tatas. Tatas”. Creí que te habías vuelto loco. “¿Y empezaste a sospechar, yeerk?”, pensé mirando a mi hermano. Ya había un nuevo yeerk en su cabeza, otro arrogante amo de la galaxia. Tom estaba atrapado en un rincón de su propia mente, capaz de ver y oír, pero incapaz de hacer nada. Ahora lo sabía. Aquella noche no dormí mucho. No quería soñar, me daba miedo tener terribles pesadillas sobre el ojo, que he había mirado fijamente desde un universo diferente. Pero el único sueño que tuve fue uno conocido. Yo era el tigre y mi hermano la presa, pero, al final, yo me había convertido en mi hermano, y él era yo. En las noticias de la noche pusieron un reportaje sobre el cierre del nuevo hospital, sin dar ninguna explicación. Sin embargo, sabía qué había pasado. Los yeerks supieron que habíamos descubierto su plan y además, esta vez les habías hecho bastante daño. Pero era consciente que no hacía falta celebrarlo mucho, porque ahora Visser Tres estarías más decidido que nunca a detenernos. Al día siguiente hice una cosa bastante estúpida.Al menos, Marco no paró de decirme que lo era, aunque tampoco se pudo muy en contra, porque en el fondo lo entendió. Nos encontramos todos en el establo de Cassie, y utilicé el teléfono móvil de su padre para llamar a Tom a casa. Antes, me medio convertí en lobo, porque me cambiara la forma de la boca, de la lengua y del cuello, y así mi voz sonara muy diferente. Al tercer timbrazo contestó. – ¿Sí? – Tengo un mensaje – dije con una voz grave que no se parecía en nada a la mía. – ¿Qué? – preguntó Tom. – No te des por vencido, Tom. No te des nunca por vencido. Colgué antes de que pudiera decir nada. – ¿Crees que Tom… el de verdad… lo debe haber oído? – me preguntó Rachel. – Lo ha oído – le contesté. Me preguntaba si mi hermano tendría fuerza suficiente para aguantar, aunque sabía la respuesta, porque, veréis, ahora una parte suya estaba dentro de mi propia mente, con los ecos lejanos de un hork-bajir muerto hacía mucho tiempo y un gedd primitivo. Y sí, hasta con un trozo del yeerk con sueños de gloria. Marco sonrió sarcástico. – Escucha, ¿es verdad? ¿Ganaremos? – Este es un planeta muy complicado, Marco. Bien, al menos eso es lo que he oído decir. Y el universo también es muy extraño. Así que… puede pasar cualquier cosa. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Cassie[/b]

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