#10 El androide

Marco no dio demasiada importancia a su encuentro con Erek, un antiguo compañero de escuela. Hasta que descubre que está relacionado con La Alianza, y empieza a sospechar. Por eso decide, junto con Jake y Ax vigilar a Erek, por si éste tuviera un yeerk en la cabeza.
Afortunadamente, Erek no es un controlador humano: lo que pasa es que ni siquiera es humano..

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Marco. La gente me llama Marco el Magnífico. El maravilloso Marco. El increíble Marco. Y por supuesto todas las chicas me llaman simplemente… ricura. Vale, quizá nunca haya oído a nadie llamarme <>, pero apuesto a que alguien, en alguna parte, me ha llamado <> alguna vez. O no. Pero lo que está claro es que soy resultón. He oído <> con mis propios oídos y sé que con mi nuevo look lo oiré más a menudo. Me he cortado el pelo. Bueno, mi peluquera, Charise, me lo ha cortado y, según ella, mi atractivo ha subido del nueve al diez definitivo. Esto…, ¿dónde estábamos? Ah, sí. Os estaba contando que me llamo Marco. No os puedo decir mi apellido. Lo he olvidado. No , es broma. Claro que me acuerdo de mi apellido, pero no os lo voy a decir, ni tampoco los nombres reales de mis amigos, ni dónde vivo. Pero sí os diré la verdad. Vamos, aparte de lo de <> y <>, lo que cuento es la pura verdad. Por muy increíble que parezca, todo es absolutamente cierto. Para empezar, la razón por laque no os puedo decir mi apellido es que tengo enemigos. En cierto modo, todos tenemos enemigos. Pero estos a los que yo me refiero son muy poderosos y muy peligrosos. No son como el chaval de tu clase que te llama <>. Si supieran quién soy, me convertiría en fiambre tan rápido que ni me daría tiempo a enterarme de que ya estaba frito. Los yeerks no se andan con chiquitas. No conocen la piedad ni la generosidad, y tampoco tendrían ningún escrúpulo en cargarse a un chico. Los yeerks planean esclavizar o destruir a toda la humanidad. O sea que no dudarían en quitar de en medio a un infeliz como yo. De todas formas, no son sólo mis enemigos. Lo son de todos los seres humanos, del planeta entero. Y están por todas partes. Los yeerks son parásitos. ¿Sabéis lo que es la solitaria? Pues eso es lo que son, una especie de solitarias inteligentes. Son unos gusanos de unos pocos centímetros que se introducen en el cuerpo humano a través del oído. Una vez dentro, se aplanan y se adhieren al cerebro. Se cuelan por todos los pliegues y arrugas de tu cerebro y se fijan a tus pensamientos. Una vez allí, toman el mando y te convierten en lo que nosotros llamamos un controlador, una máquina humana, un cuerpo cuya mente ha quedado anulada, trastornada. Eso es lo terrible de los yeerks. No se limitan a dominar tu mente y eliminarte, sino que tú eres consciente de la situación y ves cómo el yeerk abre tu memoria, cómo engaña a tus amigos y a tu familia y convierte a la gente que quieres en esclavos, al igual que ha hecho contigo. Intentas mover la mano, pero te es imposible. Ni la boca, nada, Ni siquiera puedes decidir hacia dónde mirar. Creedme, es tal y como os lo cuento. Mi madre es una de ellos, es un controlador. Durante mucho tiempo pensamos que había muerto, que se había ahogado. Pero más tarde descubrí que seguía viva. Un yeerk muy poderoso había tomado su cuerpo. No tengo ni idea de cuánto tiempo había sido un controlador antes de desaparecer. No sé cuántas veces su beso de buenas noches era en realidad el gesto de un yeerk haciéndose pasar por humano. Ahora ella es Visser Uno. Un Visser viene a ser un general de los yeerks o algo así. Visser Uno fue el que inició la invasión de la Tierra. El que está al mando ahora es Visser Tres. Visser Uno, el que estaba en la cabeza de mi madre, se marchó después de hacernos creer que el mar se la había tragado. Ella debe de estar en algún lugar… quizás a millones de kilómetros de distancia. Sólo mi mejor amigo, Jake, y yo sabemos lo de madre. No quiero que los demás se enteren, no quiero que se compadezcan de mí. Los yeerks están aquí, por todas partes. No sólo se han apoderado de mi madre, puede que incluso también de la vuestra, de vuestro profesor, de vuestro mejor amigo o quizá de todos los que os rodean. ¿Quién sabe? A lo mejor cuando os reunís con vuestra familia y amigos, resulta que sois los únicos humanos normales de la habitación. Por eso luchamos contra ellos. Nosotros, los animorphs. Por cierto, yo fui el que inventó la palabra. Es buena, ¿verdad? Animorphs. Se me ocurrió así, sin más, los que tenemos la capacidad de transformarnos en animales. Pero no todos los alienígenas del universo son yeerks. El universo también tiene sus héroes. Y fue precisamente un andalita malherido y agonizante quien nos concedió el poder de adquirir el ADN de cualquier animal para así convertirnos en dicho animal. El andalita moribundo se llamaba Elfangor y junto a muchos de los suyos murió al intentar librar a la Tierra de la amenaza yeerk. Así que ahora nosotros luchamos en su lugar, con la esperanza de entorpecer el avance de los yeerks hasta que los andalitas puedan regresar y salvarnos a todos. ¿Quién es <>? Para empezar, estoy yo, Marco el Magnífico. Luego está Rachel, la que se cree Xena, la princesa guerrera. Luego están Tobias, el chico-pájaro, Cassie, la protectora de los bosques, Ax, nuestro andalita residente, y pos supuesto Jake, nuestro valiente líder, mi mejor amigo y el más serio del grupo. Tan responsable que se comporta casi como un adulto. Jake, que me saca de quicio porque se niega en redondo a pasar un buen rato, sin más. -Mira –le dije-, no es ningún delito. No existe ninguna ley que prohiba la entrada de los perros a los conciertos al aire libre. No venden entradas para perros. -Marco, sabes muy bien que no nos han dado este poder para colarnos en los conciertos –objetó Jake. Íbamos caminando por una de las calles de nuestro barrio. Veníamos de hacer lanzamientos a la canasta en la cancha y Jake avanzaba botando la pelota. -Nine Inch Nails, Alanis, Offspring –le informé. -¿Marco? –de repente se detuvo y me observó fijamente. -¿Qué? -¿Qué te has hecho en el pelo? -¿Ahora te das cuenta? Me queda bien, ¿verdad? -¿Offspring? –preguntó sin dejar de mirarme fijamente-. ¿Toca Offspring? Mi amigo empezaba a ceder. Cada vez botaba el balón más despacio. -Dicen que en directo son una pasada, que son increíbles, los amos del escenario y que… -Marco, después de criticar a Rachel y a Cassie por haber usado nuestro poder para cuestiones personales, no puedo… -No tienen por qué saberlo –repliqué acariciándome el pelo recién cortado. Me encantaba y no iba a dejarme influenciar por la expresión de Jake. Definitivamente me quedaba genial. -Sería un hipócrita –protestó Jake. -Sabes, Jake… –me paré a pensar unos segundos-, sospecho desde hace tiempo que Alanis podría ser un controlador, y si es así, imagínate el daño que puede causar al llevar por el mal camino a jóvenes tan fáciles de impresionar como nosotros. ¡Qué horror! La sola idea me pone los pelos de punta. Tenemos una obligación que cumplir, Jake, una obligación sagrada. Debemos ir a ese concierto y averiguar de una vez por todas si alguno de los artistas es en realidad un controlador. -Creo que es la excusa más repugnante que ha salido de tu boca desde que te conozco –replicó Jake esbozando lentamente una sonrisa. -Venga hombre –me reí-, me he inventado excusas mucho perores que ésta. Ya casi habíamos llegado a casa de Jake. Nos detuvimos un poco antes; el hermano de Jake, Tom, es un controlador y habíamos tomado la determinación de no hablar dentro de su casa. -Bueno –accedió Jake-, me saltaría el reglamento sólo si me entero de que tú vas a ir de cualquier forma. En ese caso, tendría que acompañarte, en contra de mi voluntad, claro, para vigilarte. Jake será muy responsable y todo lo que queráis, pero, por suerte, todavía no se ha echado a perder por completo. -Voy a ir al concierto –sonreí-, te guste o no. -Entonces supongo que me voy a ver obligado a acompañarte. Alguién tendrá que cubrirte las espaldas –agregó Jake-. Aunque espero que tú te encargues de cubrirte el pelo. -Muy gracioso –repliqué con una mueca. -Gracias –añadió mi amigo orgulloso de su ocurrencia-. Me transformaré en Homer. Como tú has dicho, lo mejor será adoptar la forma de perro, Nadie notará nuestra presencia porque siempre hay perros merodeando en actos al aire libre. Además el oído del perro es fantástico, de todas formas primero tienes que adquirir el ADN de uno de ellos. -Ya lo he hecho –respondí-. He adquirido el ADN de un setter irlandés, a las chicas les encanta. Je, je, je –solté una risa malvada y lancé una mirada a Jake, que también estalló en carcajadas. Era una de esas decisiones sin importancia que tomas sin más, hasta que, de repente, y sin saber por qué te encuentras al borde de un precipicio y un instante después cayendo en el vacío. Entonces te das cuenta de que aquella decisión tan inocente en principio se te ha escapado de las manos. Había decidido colarme sin pagar en un concierto. Eso era todo, no pretendía desvelar uno de los grandes secretos de la historia, ni convertirme en la persona que decidiría el destino de la raza humana. Tan sólo quería escuchar un poco de música. ¿Qué tenía de malo? ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

[b]Capítulo 2:[/b] Las transformaciones acarrean un par de problemas serios. El primero es que hay un tiempo límite de dos horas. Si lo sobrepasas, te quedas para siempre atrapado en la forma que has adquirido. El segundo, que no sólo adoptas el cuerpo del animal sino también sus instintos básicos. A veces cuando te conviertes y sientes el cerebro del animal, tienes la sensación de recibir una descarga eléctrica. Pero, por si fuera poco, a eso hay que sumarle lo repugnante que resulta ver el proceso. Es un espanto, ¿os imagináis un cruce entre un monstruo de Stephen King y alguno de Anne Rice? Pues algo así. El concierto iba a celebrarse en un enorme estadio al aire libre situado en uno de los extremos del parque de la ciudad. Debíamos buscar un lugar seguro para transformarnos, lo cual no resultó tan sencillo como pensábamos. Había gente por todos lados, miles y miles de personas. Chicos con camisetas negras, colgados con minúsculas gafas de sol y trenzas de rasta. Padres con bebés a cuestas calzando Dockers para estar en la onda. Punks que, siguiendo la moda del piercing, se habían perforado cada centímetro de la piel. Enfrente del parque había una calle no muy grande con cafeterías, restaurantes y librerias especializadas en ecología. La parte trasera de los restaurantes iban a dar a unos callejones, y hacia allí nos dirigimos. Enfilamos por uno de ellos sin salida y plagado de contenedores de basura. -Fantástico –murmuró Jake-. Aquí estamos, rodeados de basura. Qué divertido. -Venga, vamos allá –indiqué impaciente. Uno de los grupos teloneros ya empezaba a tocar los primeros acordes de guitarra eléctrica a un ritmo frenético. -Es la primera vez que te transformas en perro, ¿verdad? –me preguntó Jake. -Sí. -Procura controlarte –advirtió mi amigo sonriendo. La verdad es que no le hice demasiado caso. Miré a mi alrededor y vi pasar a unas hippies, pero ellas no podían vernos. Me desvestí hasta quedarme sólo con el uniforme que utilizo en las metamorfosis. Guardé la ropa y los zapatos en la bolsa que habíamos traído y lo metimos todo en uno de los contenedores. Me concentré en el perro cuyo ADN había adquirido, me hice una imagen mental del animal y enseguida empecé a experimentar los cambios. Me he convertido en cosas mucho más raras que un perro, pero cada transformación es distinta, sobre todo porque es impredecible, nunca sabes que parte de tu cuerpo va a experimentar el siguiente cambio. Yo pensaba que lo primero que me saldría sería el pelo, pero me equivocaba. Esta vez fue la cola, que apareció de golpe como una prolongación de mi columna. -¡Qué asco! –exclamé tras mirar por encima de los hombros y ver una cola sin pelo que parecía más bien un látigo grisáceo de piel de pollo. Observé a Jake cuyo rostro se hinchaba como si algo intentara salírsele por la boca. Al mismo tiempo me empezó a crecer el hocico, un chirrido procedente del interior de mi cabeza anunciaba que los huesos de la mandíbula se estaban estirando y, casi de inmediato, un cosquilleo en las encías me indicó que los dientes aumentaban de tamaño y se reordenaban. Los dedos se encogieron hasta desaparecer en mi mano, a la vez que emergían unas uñas de color gris muy oscuro. Las palmas se hicieron más gruesas y callosas. Los huesos de mis piernas y brazos se estiraron en distintas direcciones, al tiempo que mi cuerpo menguaba. De repente, incapaz de mantener el equilibrio, caí sobre mis nuevas patas delanteras. Entonces fue cuando empezó a brotarme el pelo y aquella sensación me gustó, porque hasta ese momento era un bicho horrible, todo pelón. El pelaje era rojizo y salió muy deprisa, era como si un manto de hierba creciera a toda velocidad. Parecía estallar fuera de mi piel, largo y sedoso. Me respondió algo, pero justo en ese momento se activaron los sentidos del perro. Ya me había transformado en lobo alguna vez, así que estaba preparado. Sabía que mi oído sería extraordinario y mi olfato increíble. Pero no tenía ni idea de cómo sería la mente del perro, nada que ver con la del lobo, que era un asesino frío, astuto e implacable. El perro no era más que un payasete bonachón. ¿Os acordáis de aquella canción, Girls just wanna have fun (<>)? Ése podría ser su himno. Los perros sólo quieren divertirse. Eso fue lo que más me despistó. El cerebro del setter irlandés no era demasiado diferente al mío. Parecía estar en perfecta conexión con mi parte de mi mente humana, encajaba como un guante con la parte de mi personalidad más juerguista. Le eché un vistazo a Jake con esa visión un tanto turbia de los perros. Él se había convertido en su perro, Homer. Descolgué la lengua y solté un resuello y Jake-Homer me lo devolvió. -¡Guau! –ladré sin motivo y empecé a dar pequeños brincos, como si me fuese a ir corriendo, pero me paré en seco y me acurruqué apoyándome sobre mis patas delanteras mientras sonreía a Jake. Le estaba invitando a jugar. Salí disparado por el callejón. Corría a toda velocidad y mis uñas rascaban el asfalto, mis orejas rasgaban el aire y mi cola erguida se agitaba sin cesar. Crucé el callejón lo más deprisa que pude, ignorando por completo el delicioso aroma de la basura podrida. Giré hacia el parque y atravesé la calle. Una pequeña aglomeración de gente en la acera había obligado a Jake a detenerse. ÑÑÑÑIIII, el coche clavó los frenos y consiguió detenerse a sólo un palmo de mí. ¡Un palmo!, o sea que si el conductor llega a ser un poco más lento habría sido pasto de sus ruedas. Bien, pues la reacción de mi cerebro de perro ante la cercanía de la muerte fue pensar: <> Lo digo en serio, el olor del pis de otro perro en una esquina resultaba mil veces más interesante para mi mente de perro que el chirrido del frenazo que casi me mata. El conductor salió del coche y se puso a gritar. Yo lo miré con mi sonrisa perruna y me alejé de allí trotando. De repente topé con cientos de personas que me resultaron distintas a la gente que había visto cuando todavía era humano. De entrada, para ser exactos, no los miraba, los olía. Su apariencia había dejado de ser importante, ¡eran sus olores lo que me cautivaba! Olía el sudor, el jabón, el mal aliento, lo que habían estado comiendo, lo que habían pisado, el detergente, todo aquel al que habían tocado o dado la mano. Y podía oler sus animales, como si portasen carteles que dijeran: TENGO UN PERRO o TENGO GATOS.Y no sólo identificaba a aquellos que tenían perros, también podía saber si su perro era macho o hembra, joven o viejo, operado o no. No tenía más que olor a todo el que pasaba por mi lado para saber si su perro se alimentaba de comida enlatada o de pienso. Cuando empiezas a pillarle el gusto al olfato de perro tienes la sensación de haber andado toda la vida con algodones en la nariz y de quitártelos de golpe y, ¡no veas! Una vida nueva se presenta ante ti. Yo había sido un lobo en los bosques, ahora era como un lobo en la civilización. La información que recibía de mi nariz era muy compleja, tan compleja, tan precisa, tan divertida. -¡Eh, mira!- se oyó. ¡Una chica! Estaba seguro de ello, pero ¿sería guapa? Intenté enfocar mis ojos de perro, pero la vista no parecía ser muy importante. Veía bastante bien, pero mi cerebro estaba demasiado ocupado oliendo y oyendo. Olí a colonia pachulí. La chica alargó la mano y me dio palmaditas en la cabeza. Al instante, una cálida ola de placer recorrió todo el cuerpo. Entonces me rascó detrás de las orejas. Bueno, aquello ya fue el no va más, sublime. Era la sensación más placentera que había experimentado en toda mi vida. Creo que podía haberme quedado allí mientras ella me rascaba tras la oreja el resto de mis días, cuando un chico se sumó a la fiesta, un chico que tenía gato, por cierto. Ella empezó con mis cotillas, y yo, para facilitarle la tarea, me tumbé de lado. Que me rascasen las costillas era como si me hiciesen cosquillas. Me sentía feliz, más que feliz. Veréis, la felicidad del perro no es como la de los humanos. La felicidad humana siempre viene acompañada de esa vocecilla que desde el fondo de tu cabeza te martiriza con frases del tipo: <>. La del perro es la esencia misma de la felicidad, pura y sin adulterar. Desenrollé mi lengua húmeda, golpeé la hierba con la cola y fue entonces cuando empezó: mis piernas comenzaron a moverse cada una por su cuenta. -Ja, me encanta que los perros hagan así –dijo el chico-. ¡Es tan divertido! Su amiga no paraba de rascarme las costillas y mi pata trasera se disparó, fuera de control. Yo estaba en la gloria. Fue en ese momento cuando Jake me encontró. -Mira, otro perro –dijo la chica-, ¡y es todavía más mono! –exclamó mientras se acercaba a Jake para darle mimos. Eso último me hizo recobrar la serenidad. De ninguna manera iba a aceptar que Jake fuese más mono que yo. Nos fuimos de allí balanceando nuestras colas dejando atrás a la simpática pareja de hippies. <¿Ves? Te lo dije, Marco. No te emociones demasiado. Un perro feliz es casi <>.> De pronto, sucedió algo alucinante. Hacía rato que no se oía música y , de repente, Offspring subieron al escenario y descargaron. Empezaron a rasgar las guitarras y me tuve que poner un poco a cubierto. El impacto del sonido en mis orejas de perro fue increíble. Pero no sólo porque el volumen fuese atronador, sino porque podía oírlo todo, absolutamente todo. , exclamé. , respondió Jake. Nos dirigimos al trote hacia un grupo cada vez más apretado de humanos que se agolpaban cerca del escenario. Los olores eran embriagadores, aunque no siempre agradables. En ese momento lo vi. Estaba pasando panfletos, andando por entre la gente. Una ligera brisa hizo volar uno de los papeles y lo depositó ante mí. Forcé un poco mis ojos de perro para leerlo. Lo que decía la letra pequeña aparecía borroso pero reconocí enseguida las dos enormes palabras del título. La Alianza. La Alianza es la organización que los controladores utilizan de tapadera. Su pelo castaño le cubría ligeramente las orejas y no mediría más de metro y medio, pero se las arreglaba para parecer más alto. Recordaba un poco a Jake, fuerte y con aquel aire de seguridad, pero en una versión más reducida. Erek venía hacia nosotros, sonriente, entregando su propaganda a todo aquel que la quisiera. Se arrodilló y me sonrió. Al intentar acariciarme, me eché atrás. Erek se encogió de hombros y reemprendió la marcha, repartiendo folletos a diestro y siniestro. , replicó. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis
[b]Capítulo 3:[/b] -No olía –expliqué. -¿Qué quieres decir con eso? –me interrogó Rachel. -Quiero decir que no olía, había recogido olores de otra gente, del suelo, de otros perros, de muchas cosas, pero no tenía olor propio. Nada, como un agujero negro de olor, no había nada allí, cero. Aquella conversación sucedía ese mismo día, pero algo más tarde. Jake y yo nos fuimos del concierto poco después del encuentro con Erek y convocamos una reunión. Momentos después, todos menos Ax estábamos en el granero de Cassie. El granero de Cassie es, de hecho, la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Es una especie de hospital para animales salvajes malheridos o enfermos. Los padres de Cassie son veterinarios y su madre trabaja en Los Jardines, una combinación de zoo y parque de atracciones. Su padre, ayudado de la propia Cassie, lleva allí a cualquier animal herido o enfermo que encuentran. En el granero se hallan dispuestas en hileras jaulas de alambre que contienen mapaches, zorros, zarigüeyas, águilas, conejos, ocas, tejones, cuervos, ardillas… Vamos, de todo. Es como la oficina central del mundo animal. -Quizá no lo percibiste, eso es todo –sugirió Rachel. -Rachel, tú has estado en la piel de un lobo –intervinó Jake-. ¿Te acuerdas de su magnífico sentido del olfato? Bien, pues el olfato del perro es casi igual de bueno. Rachel negaba con la cabeza. Hace eso cuando no entiende algo y empieza a perder la paciencia. Allí estaba, de pie, en el centro del granero, impecable, para variar. Rachel es como las chicas de las portadas de la revista Seventeen. Guapa, moderna, alta, con los dientes muy blancos y un pelo rubio abundante y reluciente. Pero bajo esa ropa de última moda y un maquillaje perfecto, se esconde una espadachina, una gerrera amazona dispuesta siempre a combatir. Rachel recuerda a una de esas terribles damas-elfo del libro El Señor de los Anillos de Tolkien: bella y peligrosa. Jake es su primo y Cassie su mejor amiga. Al menos Cassie experimenta emociones humanas normales, como el miedo y la duda, lo cual me parece perfecto porque yo tengo esas mismas emociones casi a diario. Creo que he sentido más miedo y angustia desde que soy animorph que el que la mayoría de la gente podría experimentar en diez vidas. Cassie no ha dado todavía con un vestido que le guste. Y es que no está suscrita a Teen ni a YM. Es más fácil que compre revistas del tipo Animales Malolientes de América, ya sabéis, revistas que contengan artículos que lleven por título : <> o <> Si queréis formaros una imagen de cómo es Cassie, pensad en una chica bajita, guapa, con el pelo oscuro y corto, vestida con un peto de trabajo, calzada con unas botas de agua llenas de barro y perfectamente capaz de administrar una inyección del tétanos a un oso salvaje. Cassie es nuestra experta en animales, y también una histérica de la ecología. Yo juraría que le gustan más los animales que las personas, bueno, a excepción de Jake, claro. Es decir, Jake sí le gusta, y mucho. En realidad, se gustan los dos, aunque por supuesto, ninguno es capaz de admitirlo. El único momento en el que no disimulan es cuando estamos a punto de hacer alguna locura; entonces, se echan esas miradas de cordero degollado tan ridículas. Son unos cursis. El último miembro de nuestro grupo, y también el más original, se hallaba encaramado en el techo, sobre nuestras cabezas. Tobias mantenía las garras clavadas en la madera para tener un buen punto de apoyo mientras con su pico curvo se arreglaba las plumas del ala derecha. Tobias es un ratonero de cola roja. Lo ha sido desde que permaneció transformado más tiempo del permitido, y ahora vive como tal, así que caza para comer al igual que haría cualquier ave rapaz. La verdad es que tampoco tenía otra elección, porque no creo que en la escuela les haga mucha gracia la idea de tener un chico-pájaro por estudiante. Tobias vive en el bosque con Ax, hermano de Elfangor y único andalita libre en un radio de billones de kilómetros. Por lo general, Ax no asiste a las reuniones. Puede adoptar forma humana pero no le gusta hacerlo muy a menudo, además cree que Jake es su <> y hará todo aquello que su príncipe estime oportuno. Bueno, pues éste es nuestro pequeño grupo. Rachel, de pie en el centro de la habitación, dando la impresión de que alguien la esté apuntando con un foco. Jake, caminando de un lado a otro y con una mirada extraordinariamente intensa. Cassie, meciendo un pato entre sus brazos mientras le cambia el vendaje. Tobias, retocándose el plumaje sin dejar de observar lo que pasaba a su alrededor con esa típica expresión de los ratoneros. Y yo, recostado sobre un fardo de heno. -Chissst –dijo Jake de pronto-. Me ha parecido oír algo. , le tranquilizó Tobias por telepatía. -¿Estás seguro? –insistió Jake. Jake asintió un tanto avergonzado. Los ratoneros no sólo poseen una vista excelente, también su oído es superior al de los humanos. Y Tobias conoce de sobra el ruido que hacen sus presas. No le queda más remedio. Preguntarle a Tobias si es capaz de identificar a una ardilla sólo con oírla sería tanto como preguntarle a Einstein si sabría sumar dos y dos. -Entonces, ¿cómo es posible que un chico no huela a humano? –pregunté intentando retomar el tema. -Muchas veces tú no hueles a humano –respondió Rachel sonriendo con malicia-. Claro que eso podría deberse a que tienes un mono viviendo en tu cabeza. Cassie soltó un gruñido al intentar evitar la risa. -La próxima vez que decidas cortarte el pelo, consulta antes conmigo. Ignoré a ambas. Teníamos temas importantes que tratar y no iba a rebajarme a mantener un vulgar intercambio de insultos con Rachel. Además no se me ocurría ninguno. -No huele y además reparte folletos de La Alianza –puntualicé. -Debe de estar relacionado con los yeerks –dedujo Rachel y se estremeció. -¿Y qué tiene que ver? –preguntó Cassie mientras devolvía el pato a su jaula-. Quiero decir que los yeerks han infectado a varias especies: humanos, hork-bajir, taxxonitas. Pero aunque un humano tenga un yeerk en la cabeza sigue oliendo a humano, ¿no? -Chapman es un controlador y sigue oliendo a humano –señalé-. Pero, bueno, no puedo creer que esté hablando de cómo huele el subdirector. -Me temo que tendremos que hacer algunas averiguaciones sobre Erek. –A Jake pareció recorrerle un escalofrío. -¿Y cómo vamos a dar con él¿ -pregunté-. ¿Nos infiltramos en una reunión de La Alianza? , sugirió Tobias. -O quizá podríamos volver al recinto del concierto y buscar allí alguna pista –propuso Rachel y al instante sufrió un estremecimiento. -A lo mejor Ax puede intentarlo por Internet. Él podría saltarse todos los filtros de seguridad y localizarlo –propuse. -Todos esos planes están muy bien, pero, ¿qué tal si probamos a buscarlo en la guía telefónica? –observó Cassie tras levantar la mano para intervenir como si estuviese en clase. Todos nos la quedamos mirando. -Es verdad, podríamos buscarlo en la guía telefónica –asintió Jake como un corderito. Cassie se dirigió a la casa para traer la guía. -Yo diría que el significado de superhéroes se le escapa un poco, ¿no te parece? –le comenté a Jake-. ¿O es que Wolverine consulta alguna vez la guía telefónica? ¿Y Spiderman? Creo que no. -Sí vale, pero Wolverine tiene una gran ventaja sobre nosotros –intervino Rachel cortante-. No es real. Se transforma en un Wolverine, en un glotón, una especie de oso, como hacemos nosotros. Pero no es real. Y ahora que lo dices… –chasqueó los dedos-.Ya sé a qué me recuerdas con ese pelo pincho que llevas: a un glotón. Sí señor. Un auténtico Wolverine. Sabía que me recordabas a algún animal. -¿Ah, sí? –espeté-. Y qué me dices de tu… tu… -¿De mi qué? –me interrumpió Rachel sin inmutarse, con la seguridad de saberse perfecta. -Tu altura –me atreví a contestarle vacilante-. Eres… alta, demasiado alta. Por alguna razón aquel ingenioso dardo no provocó el llanto desconsolado de Rachel. Cassie regresó con la guía ya abierta por la letra <>. -Hay veintisiete Kings en la lista, pero dijiste que se ha cambiado a la escuela Truman, así que no deben de haber más de seis en esa parte de la ciudad. -Iremos comprobando todos esos nombres –proseguí-, aunque quizá no sea ninguno de ellos. -Yo no puedo salir esta noche –informó Jake-. Tengo de hacer el trabajo de lengua. -Te daré una pista para el trabajo, no se dice <> -bromeé. -Yo podría ir mañana –comentó Rachel-. Pero esta noche no. Mi padre se queda en la ciudad sólo esta noche y nos va a llevar a mi hermana y a mí al Planet Hollywood. -Yo estoy libre –afirmó Cassie mirándome. , ofreció Tobias. Los ratoneros no resultan muy útiles de noche. -Vale. Yo, Cassie y Tobias nos pondremos manos a la obra hasta que oscurezca –concluí-. Digo yo que no será tan difícil. Misión: encontrar al chico que no huele. -A lo mejor es que se ducha muy a menudo –se burló Rachel-. ¿Has pensado en esa posibilidad? ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 4:[/b] Al día siguiente vi a Jake en la cafetería de la escuela. Yo estaba devorando la bazofia del día y bebiendo un vaso de leche mientras intentaba escribir mi trabajo de lengua a la velocidad de la luz. Veréis, en cierto modo yo también tenía deberes, pero me había pasado la tarde del día anterior dando vueltas por la ciudad buscando la casa de Erek. -¿El trabajo de lengua? –preguntó Jake mientras se sentaba. -Sí. -Me consuelas, Marco. Comparado contigo soy el colmo de la responsabilidad. Por cierto, ¿tienes ya el tema? –preguntó Jake entre risas. -Llevo escritas tres páginas. ¿Qué quieres decir con eso de si tengo ya el tema? –contesté mirándole y señalé el papel con el dedo. -Entonces, ¿ya tienes el tema? –insistió Jake que me conoce muy bien. -El tema… el tema ya aparecerá. Iré escribiendo hasta que se me ocurra alguno. Tarde o temprano emergerá de entre estas páginas y se me revelará, sólo es cuestión de paciencia. Jake asintió y entonces su cara adoptó un gesto de asco al mirar la bazofia que traía en la bandeja. -Pero si es azul –gimió-. ¿Cómo es posible que una comida sea azul? Por cierto, tengo un tema para tu trabajo. ¿Qué tal <>? -Soy el rey de las chorradas –aseguré-. Llevo ya tres páginas y todavía no he dicho nada que tenga sentido. -Entonces, ¿conseguisteis localizar a nuestro amigo? –prosiguió Jake. Miré a ambos lados para asegurarme que no había nadie sentado lo bastante cerca como para escuchar lo que decíamos. De todas formas, había tanto ruido en la cafetería que era casi imposible que nadie oyera gran cosa; un estruendo de gritos, risas, platos, sillas , vamos, un caos. -Sí, descubrimos dónde vive, le vimos por una ventana. Una lástima, porque en otra de las casas que comprobamos vivía una chica guapísima. -No andarías espiando por las ventanas, supongo –inquirió Jake. -¿Cómo puedes pensar algo así? ¿Por quién me tomas? –repliqué mientras adoptaba una expresión entre incrédula y ofendida. -Así que Cassie no te dejó, ¿eh? –continuó Jake asintiendo. -Oye, mira, estoy intentando hacer mi trabajo, ¿sabes? –gruñí. -Sobre el tema… -Sobre el tema: cómo llenar tres páginas si decir nada, ¿contento? -Necesitamos averiguar qué pasa con Erek –declaró Jake bajando la voz hasta casi susurrar-. Hay algo raro en todo esto. -En otras palabras, que deberíamos entrar en su casa, ¿no? –observé dejando el lápiz sobre la mesa. -Es muy pronto para eso –se incomodó Jake-. Dile a Tobias que lo siga cuando esté fuera de casa, pero Tobias va a necesitar algo de ayuda. -Yo le ayudaré –aseguré volviendo a mi trabajo-. Voy a disponer de mucho tiempo libre cuando me echen de la escuela esta tarde, justo después de que el profesor termine de reírse leyendo este trabajo. -Tema: <> -apuntó Jake. -¡Es genial! –exclamé mirándole, me había dejado de piedra-. Significa lo mismo que <> pero ¡suena mucho mejor! -Acábate esa bazofia, me tengo que ir –se despidió Jake. Se marchó y lo vi encaminarse hacia la zona en la que estaba sentada Cassie. Es una de nuestras normas. No podemos comportarnos como si fuéramos un grupo, ni en la escuela ni en lugares públicos, debemos mantenernos a una distancia prudencial. Procuramos aparentar que mantenemos la misma relación que ya existía entre nosotros antes de convertirnos en animorphs. Entonces vi a Chapman entrar en la cafetería y agarrar a un chico que estaba corriendo para decirle que redujera la velocidad. Luego echó un vistazo general a la sala en busca de alborotadores, como haría cualquier subdirector normal. Sólo que Chapman no es normal, es un controlador. El yeerk de su cabeza es de un rango lo bastante alto como para comunicarse con Visser Tres directamente. Los ojos de Chapman se posaron en los míos. Fue sólo un instante, nada especial, pero suficiente como para que un escalofrío me recorriera la espalda. Chapman dirige La Alianza, el lugar anunciado en los folletos que Erek iba repartiendo durante el concierto. Erek nunca había sido exactamente amigo mío, nos saludábamos por los pasillos, aunque recuerdo que asistió al funeral de mi madre. Un funeral sin cuerpo. La verdad es que no era el único chico de la escuela que había ido, así que no le di demasiada importancia. De todas formas me gustó el detalle. Y ahora estaba trabajando para La Alianza. La Alianza es la tapadera de los controladores. En apariencia se trata de un club en el que los chicos se inscriben y hacen excursiones, acampadas y cosas por el estilo. Los miembros adultos, por su parte, firman acuerdos de negocios y pasan algún que otro fin de semana en una estación de esquí. Probablemente, la mayoría de los miembros nunca averiguan lo que sucede en realidad, pero los controladores que dirigen La Alianza siempre intentan descubrir quién tiene problemas. Veréis, los yeerks no invaden los cerebros de los humanos sólo por medio de la fuerza, mucha gente elige ser controlador. Supongo que sienten la necesidad de pertenecer a algo grande, o algo superior a ellos, aunque quizá la razón sea que les resulta emocionante mantener esa especie de pacto secreto, no lo sé. Lo único que sé es que los yeerks prefieren un portador voluntario. Les es más fácil dominarte si te entregas a ellos que si se ven obligados a usar la fuerza. Poco a poco vas ascendiendo en la jerarquía interna de La Alianza, hasta que deciden que ya estás preparado. Entonces te hacen promesas, te cuentan una sarta de mentiras y finalmente acabas esclavizando tu propia mente sin oponer resistencia. Aparté la bandeja y volví a la carga con el lápiz. Miré el papel, pero veía un funeral, cánticos, flores, un sacerdote hablando de lo fantástica que había sido mi madre sin ni siquiera conocerla. Recuerdo que me volví en el banco en el que estaba sentado para echar un vistazo a la iglesia. Había venido mucha gente y a mi alrededor vi muchas caras tristes y lágrimas. La mayoría aparentaban solemnidad, porque se supone que ésa es la expresión que tienes que adoptar en los funerales. Erek se había sentado tres filas más atrás. Llevaba un traje probablemente de tejido áspero e incómodo. Pero no tenía el gesto solemne, sino enfadado y negaba con la cabeza, como si no estuviese en absoluto de acuerdo con lo que el sacerdote decía. Entonces supuse que estaría enfurruñado por tener que vestirse así, cosa que yo comprendía a la perfección. Y de repente Erek reaparecía. Un chico que no olía a humano y trabajaba para La Alianza. -Bien, Erek –murmuré para mí-, vamos a descubrir qué es lo que pasa contigo. Vaya que sí. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis
[b]Capítulo 5:[/b] Quizás haya en el mundo algo mejor que volar con tus propias alas, pero ahora mismo no se me ocurre. ¿Patines en línea? ¡Bah! ¿Surf? Vaya una cosa. ¿Caída libre? Caliente, caliente, pero ni la mitad de bueno que la sensación que te proporciona volar de verdad. Y eso es justamente lo que me disponía a hacer ese mismo día, después de la escuela. Había conseguido terminar el trabajo de lengua exactamente nueve segundos antes de que el profesor pasara recogiéndolos. Luego, en la clase de historia, me mandaron otro. Así es l escuela, el cuento de nunca acabar. Por fin sonó la campana. ¡Libre al fin! Salí de allí y busqué un lugar para transformarme con la intención de vigilar a Erek. El recuerdo del funeral había aumentado la importancia de todo aquel asunto, aunque no sabía exactamente por qué. Me encaramé al tejado del gimnasio. Ya sé que está prohibido subir allí arriba, pero era por una causa justificada. Me transformé en águila pescadora, una ave rapaz parecida a un gavilán que suele vivir cerca del agua. Extendí las alas y me alejé volando. Reconoceréis que cuando estáis en una de esas clases tan aburridas en las que un profesor no deja de machacar con eso de que <> es igual a <>, pero sólo si lo multiplicas por <>, también os han entrado ganas de salir de allí volando por la ventana. ¡Zas! ¡Adiós! Bueno, de hecho, no es que yo pueda salir de clase volando, porque si me transformara allí mismo se formaría un revuelo tremendo, pero puedo hacer algo que se le parece bastante. Los chicos todavía se apilaban ante los autobuses cuando yo ya me elevaba gracias al impulso de una corriente suave que soplaba en sentido contrario. Desde lo alto, observaba a los chicos dirigirse a los autobuses y a los profesores hacia sus coches. La gente era una masa compuesta por óvalos de pelo moreno, castaño, rubio, pelirrojo, que es la pinta que tenemos todos vistos desde unos treinta metros de altura. Óvalos de pelo. Nunca me siento tan lleno de vida como cuando adopto la forma de un ave de presa. Hasta cierto punto, me atrevería a decir que Tobias no se lo ha montado tan mal. Podría haber sido mucho peor. Sentí ondear bajo las alas una corriente ascendente de aire cálido y hacia ella me dirigí. ¡Zoom! ¡Era como subir en ascensor hasta el último piso! Arriba y arriba. La corriente cálida me elevaba cada vez más. Los óvalos de pelo no eran ya más que pequeños puntos y los autobuses, juguetes amarillos que se alejaban lentamente de la escuela. A pesar de encontrarme a más de ciento cincuenta metros sobre el suelo, la misma altura que un edificio de cincuenta pisos, distinguía caras tras las ventanas del autobús y es que la vista del águila pescadora tiene el mismo alcance que unos prismáticos. Flotaba con las alas completamente extendidas, la cola desplegada para no desaprovechar ni la más mínima posibilidad de elevarme aún más, y las patas pegadas al cuerpo. El aire se filtraba ligeramente por los bordes de mis alas, el viento fluía sobre mi cabeza que, con el pico apuntando hacia el frente, mantenía la posición óptima para no aminorar el impulso. Me dejé llevar por la corriente hasta lo más alto. Lo aprendí de Tobias; de esta forma ganas altura sin apenas esfuerzo y transformas esa altura en distancia, como cuando remontas una montaña y bajas esquiando en la dirección que prefieras. A pesar de todo, hubo un momento en el que tuve que batir las alas con fuerza para llegar hasta el barrio de Erek. Divisé a Tobias desde muy lejos, desde donde hubiera resultado todavía invisible para el ojo humano. Él también utilizaba el viento. Quizá con algo más de estilo, después de todo tenía mucha más experiencia que yo. Cuando estuve lo bastante cerca como para comunicarme con él por telepatía, lo llamé. , replicó. , respondí. Levanté un ala, bajé la otra, desvié el ángulo de la cola y giré con rapidez a la izquierda. ¡FUUUUMMMM! ¡Un misil pasó silbando por mi lado a mil por hora! ¡Pero no procedía del suelo sino de arriba! Y además tenía un plumaje gris. La corriente que provocó casi me hizo perder el equilibrio y, hasta que n estuve a casi un kilómetro en dirección sur, no conseguí enfocarlo con la vista: unas alas de color gris pizarra extendidas hacia atrás y una cola firme se alejaban a tal velocidad que yo parecía estar inmóvil. , grité. , protesté. Decidí volar pegado a Tobias. Después de todo, el cielo era su territorio y sabía muy bien lo que se hacía. , dije. , corroboré al identificar el óvalo de pelo. , decidió Tobias. , pregunté. , aclaró Tobias. , indiqué. Tres tipos se acercaban a Erek por detrás. Su forma de andar me llamó la atención, porque, al menos desde arriba, parecían estar persiguiéndolo. , comentó Tobias. Doblamos las alas y bajamos en picado para acercarnos. Entonces le vi la cara a uno de ellos, conocía de sobra aquella expresión: la típica sonrisa idiota de un camorrista. De repente, los tres tipos se pusieron a correr hacia Erek, que se dio cuenta y empezó a correr a su vez. La calle estaba situada en los límites de un barrio pobre. A la izquierda de Erek había mucho tráfico y a su derecha se alzaba un muro que acababa unos cincuenta metros más adelante en una entrada. <¿Ves al tontaina de antes? Creo que voy a cortarle el pelo <>, apuntó Tobias. Mi amigo odia a esos matones de escuela. Cuando todavía era un chico normal, resultaba una víctima fácil para ellos. De hecho, Jake lo conoció cuando intentaban meterle la cabeza en el retrete y, claro, le ayudó. , empecé, pero era demasiado tarde. Tobias ya había entrado en acción, y se lanzó directo hacia la cabeza del mayor de los tres. Todo sucedió en un suspiro. Erek corría, tropezó y fue a caer en la calzada, donde chocó contra el lateral de un autobús que pasaba. ¡PAM! Oí el impacto desde lo alto. Y entonces…, durante un segundo, Erek ya no estaba allí. En su lugar había algo que parecía hecho de trozos de acero y un plástico blanco como la leche. Pero al instante Erek reapareció, volvía a ser el de antes, allí, sobre el bordillo de la acera. Los gamberros se largaron y el conductor siguió su camino sin percatarse de lo sucedido. Tobias extendió las alas y casi se detuvo en seco en el aire. , preguntó Tobias. , confirmé. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 6:[/b] , propuse a Tobias. Abajo en la acera, Erek se incorporó, se sacudió el polvo como si nada hubiera pasado y continuó su camino a casa. Apresuramos el vuelo hacia casa. Tobias se desvió para ir en busca de Ax y yo recuperé mi forma humana. Me fui a casa para que mi padre me viese y pudiera comprobar que seguía vivo. Desde allí llamé a Jake. Me contestó Tom. -Hola, Tom. ¿Está Jake en casa? –pregunté. -No lo sé. ¡Jake! –se le oyó gritar-. Dice que ya viene. -Vale –respondí. -Hace tiempo que no te veo por aquí –comentó Tom-. ¿Os mandan demasiados deberes en la escuela? Sentí un ligero escalofrío. Hablar con alguien que sabes que es un controlador produce una sensación extraña. Era la voz de Tom y actuaba como tal, pero no se trataba de él. El Tom real se encontraba agazapado en algún lugar de su propio cerebro. En realidad estaba hablando con un yeerk. -Más o menos –contesté. -Ya veo. Vamos a subir al lago, a practicar un poco de esquí acuático –anunció Tom. -¿Jake y tú? –maticé. -Sí, bueno… no, yo y los de La Alianza. Ya sabes que a Jake no le van este tipo de historias –aclaró Tom con ese tono burlón tan humano, tan propio de un hermano mayor-. Es sólo que van más chicas que chicos. Era mentira, claro, intentaba convencerme para ir. Pero ¿por qué trataba de hacerme tragar ese cuento de La Alianza otra vez? Disipó mis dudas de inmediato. -Así que tu padre ha vuelto a trabajar, ¿verdad? Al menos, eso me han dicho. Es una buena noticia –apuntó. -Sí, eso parece –contesté. Veréis, mi padre había pasado una mala época tras la <> de mi madre y hacía poco se había reincorporado al trabajo. Es ingeniero, pero su especialidad es la informática. Había estado colaborando con los del nuevo observatorio. Intentaba diseñar nuevos programas que controlasen y guiasen los telescopios de forma más precisa. Al mismo tiempo participaba en unos proyectos de los que nunca hablaba, aunque yo siempre he creído que tenían que ver con el ejército. -Podrías traer a tu padre –prosiguió Tom con la mayor naturalidad-. Ya sé que a nadie le gusta que su padre le acompañé cuando va de excursión, pero, a lo mejor, eso le ayuda a volver a la realidad. Además La Alianza es un buen lugar para hacer contactos, ¿sabes? -De acuerdo, se lo comentaré –respondí. -Anda, sí, díselo –insistió Tom., Tu padre agradecerá unos días de relax, lejos de las preocupaciones y rodeado de gente nueva. Así es que ahora iban detrás de mi padre. Algo me quemaba por dentro, como si hubiese tragado lava, y me dieron ganas de agarrar un bate de béisbol y machacar a la maldita criatura que habitaba en la cabeza de Tom. -Aquí está Jake –informó Tom mientras se oyó un pequeño barullo de voces al otro lado del auricular. Luego habló Jake. -Hola, Marco. ¿Qué tal? -¿Qué tal? ¿Cómo que qué tal? Esos puercos van detrás de mi padre y tú me preguntas qué tal. ¿Cómo eres capaz de mirar a la cara a esa sabandija? El tío va y lo suelta así, tan campante: trae a tu padre a La Alianza, montamos el numerito de la familia unida por la desgracia y, por cierto, ya que está por aquí, ¿te importa si le introduci….? -¡Calla! –susurró Jake. Me callé, pero mi mano sostenía el teléfono con tanta fuerza que podría haberlo partido en dos. Jake esperó un par de minutos para que me calmara mientras fingía darme la razón o se reía. Supongo que Tom no andaría muy lejos. Sabía que Jake hacía lo correcto. Habíamos acordado no hacernos confidencias por teléfono porque nunca se sabe quién puede estar escuchando. -Vale, ya me he tranquilizado –le dije. No era verdad, pero por lo menos ya controlaba la situación -Suena bien –contestó Jake que seguía disimulando. -¿Por qué no quedamos? –sugerí-. Hace un día fantástico. Era la contraseña para que nos encontráramos en el bosque. -Perfecto, luego nos vemos –respondió Jake sin inmutarse y colgó. Respiré hondo un par de veces y… volví a hacerlo de nuevo. Los yeerks se habían llevado a mi madre y no iba a permitir que me arrebataran también a mi padre. Antes de que eso ocurriera, prefería contárselo todo. Yo mismo me encargaría de Tom, me daba igual lo que Jake dijera. Me llevaría por delante a Tom, a Chapman, ya todos y cada uno de los controladores que conocía, antes de permitir que dominasen a mi padre. Contaba con mis propias armas: animales mortales que vivían dentro de mí porque su ADN estaba mezclado con el mío. La ira me cegaba y en mi mente se formaban escenas de venganza y destrucción. Visualizaba todo aquello que les haría a Tom, a Chapman…, incluso a Visser Tres algún día. Toda la violencia que descargaría sobre ellos. Era una sensación enfermiza, y lo sabía, pero aquellas terribles imágenes se sucedían en mi mente. La ira crea adicción, es una droga. La furia y el odio hacen que tu cerebro vaya a mil por hora, pero al igual que cualquier otra adicción, te consumen, te hacen pedazos, te devoran. Era consciente de todo aquello, sin embargo, no iban a llevarse a mi padre. Así que repetí las escenas de violencia en mi cabeza una y otra vez, hasta que finalmente la ira se apagó y me dejó vacío y abatido. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 7:[/b] Me encontré con Jake y ambos pedaleamos hacia la granja de Cassie. No comentó nada sobre mi conversación con Tom, no hacía falta, sabía cómo me sentía. Todos nosotros hemos sentido lo mismo alguna vez. Desde la granja de Cassie cruzamos a pie los campos en dirección al bosque. Allí habíamos establecido nuestro punto de encuentro, un lugar lo bastante oculto por los árboles como para que alguien pueda vernos. Rachel y Cassie ya habían llegado. Cassie , de rodillas sobre la pinaza del suelo, miraba el interior de una madriguera. No tengo ni idea de lo que había allí, pero ella parecía fascinada. Rachel, por su parte, se hallaba sentada sobre un tronco caído. -Tobias ha ido a buscar a Ax –nos explicó Rachel según nos acercábamos. -Creo que hay tres –informó Cassie. Supongo que se refería a lo que había en el agujero. -Y bien, ¿a qué viene tanta prisa? –pregunto Rachel. Antes de que ninguno de los dos respondiese, oí un crujido en la maleza. Luego lo vimos, al superar de un salto el tronco en el que se sentaba Rachel. Aximili-Esgarrouth-Isthill. -Hola, Ax –saludé-. Una entrada espectacular, si señor. Por supuesto, cualquier aparición de Ax era espectacular. Ax es un andalita. El único superviviente de la nave cúpula en la que viajaba y que fue destruida por los yeerks mientras orbitaba. Vamos, que es un alienígena. Recordaréis que en Star Trek los alienígenas son casi siempre humanos, sólo que con la nariz un poco rara y bastante mal vestidos, pero, por lo demás, parecen humanos y actúan como tales. Bien, pues Ax no es así. Al primer vistazo, te das cuenta de que no es de por aquí. Imaginad un ciervo grande, entre azul y marrón, que en lugar de cuello y cabeza de ciervo, tiene un torso semihumano del que sobresalen dos pequeños brazos, coronado por una cabeza indescriptible. Ax no tiene boca, sin embargo tiene cuatro ojos, dos en el lugar habitual y los otros dos situados en los extremos de una especie de antenas que le surgen de la cabeza. Además puede enfocar estos últimos en distintas direcciones. Ax es capaz de estar mirándote con sus ojos principales y, a la vez, ver lo que sucede detrás o a los lados con los otros dos. Da un poco de cosa hasta que te acostumbras. Pero eso no es nada comparado con su cola, que recuerda a la de un escorpión. Está curvada hacia arriba y la mantiene siempre sobre su lomo, de tal forma que la punta, afilada como una cuchilla, queda normalmente a la altura de sus hombros caídos. Esa cola es un arma rápida y peligrosa. En realidad, Ax podría hacer picadillo a un humano en cuestión de segundos. Por suerte Ax está de nuestro lado. , saludó. Cassie se enderezó y, después, se limpió las rodillas. -Crías de zarigüeya –aclaró, a modo de explicación-. Demasiado grandes ya para la bolsa de su madre, aunque todavía muy pequeñas para abandonar la madriguera. , señaló Tobias. Alcé la vista un tanto sorprendido. Tobias se hallaba posado en el árbol que había sobre mí. No lo había oído llegar. -Tobias es un ratonero –aclaró Cassie-, y está en todo su derecho. Claro, que estas crías son tan monas… –siguió mientras sonreía a Tobias. -Eres un amor, Tobias –se alegró Cassie. Empezamos a andar en dirección este, mientras Tobias cumplía con sus labores de vigía, por si surgía algún peligro. -Bueno, Marco –soltó Jake tras unos minutos-. Ésta es tu fiesta. ¿Qué pasa? Les conté lo que habíamos visto Tobias y yo. A su regreso, Tobias añadió algunos detalles. -Bien, Ax –dije-, tú eres el alienígena oficial, ¿qué piensas de todo esto? -¡Esto es el colmo! –grité, a la vez que los otros se tronchaban de risa-. Ya crecerá, ¿vale? Ya crecerá. Además, es mucho más cómodo. ¡Me he hecho un ligero cambio de look, eso es todo! , preguntó Ax. -No –le tranquilizó Jake-, en absoluto. Es sólo que Marco está un poco susceptible. Continúa, Ax, ¿qué opinas sobre Erek? -¿Cómo? Oye, colega, ¿no eres tú el experto en alienígenas? –le reproché. Os prometo que Ax sonaba avergonzado. Claro que, tratándose de comunicación telepática, <> no es la palabra exacta. <¿Así que no lo identificas? –continuó Jake. -Según vuestra descripción, parece más bien como un robot o algo así –aventuró Rachel-. Pero ¿cómo se las arregla para hacerse pasar por humano? -¿Primitiva televisión? Escucha, en mi casa tenemos una antena parabólica –exclamé. Ax no lo encontró divertido, pero Cassie sonrió. , añadió Tobias que había descendido y estaba posado sobre una rama. -Oye, a lo mejor Erek funciona con energía nuclear –sugerí. , y soltó una risita irónica, como si yo fuera el tipo más simple de todo el universo. -¿Hay alguna forma de ver a través del holograma? –preguntó Cassie. -Podríamos atizarle con algo tan grande como un autobús –propuso Rachel. -He ahí una sugerencia típica de Rachel –repliqué entre carcajadas. Empezaba a sentirme mejor, allí, rodeado de mis amigos. -Marco ha descubierto que La Alianza está organizando una salida al lago para hacer esquí acuático –informó Jake y, después de morderse un poco el labio, continuo-: Tom se lo dijo. Como Erek pertenece a La Alianza, es muy probable que vaya, eso nos proporcionaría una oportunidad perfecta para tenerle controlado un buen rato. Ya sabemos dónde, ahora falta decidir cómo. <El holograma tiene como función engañar a los humanos –observó Ax, tras una pequeña reflexión, mientras seguíamos andando por el bosque-. En teoría, debería estar <> para el ojo humano. Los ojos de los ratoneros son mejores que los de los humanos, pero de cualquier forma, actúan en unas longitudes de onda parecidas. Sin embargo, tal vez un tipo de visión completamente distinta sería capaz de ver a través de él.> Me dio un vuelvo al corazón. Sabía lo que vendría a continuación: alguna transformación repugnante. -Las visiones extrañas son nuestra especialidad –aseguró Rachel con una risa un tanto despreocupada, y me dio una palmada en la espalda, como diciendo: <> A veces Rachel me saca de quicio. -Nada de insectos, ¿de acuerdo? –imploré-. ¿Es mucho pedir? ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 8:[/b] Un par de días más tarde descubrí que, en efecto, era mucho pedir. -¿Qué significaba eso de que vamos a elegir un pajita? –pregunté temiéndome lo peor. -Habrá que decidir quién se transforma esta vez, ¿no? –respondió Rachel-. Ax va seguro, necesitamos sus conocimientos sobre extraterrestres, pero uno de nosotros debe acompañarle. -¿De qué animal se trata esta vez? –inquirí sin tenerlas todas conmigo. -Araña –respondió Cassie. Era sábado por la mañana y nos encontrábamos en el granero de Cassie. El viernes me habían dado la nota de lengua: un notable. ¿Qué os parece? Me había quedado hasta tarde viendo la tele con mi padre y había llegado el último a la reunión. Esas locuras sólo se les ocurren cuando yo no estoy presente. -¿Cómo dices? Me parece que no he oído bien –exclamé y golpeé ligeramente en las orejas con la palma de la mano-. Es que, verás, me pareció oír la palabra <> y, si no recuerdo mal, insistí en que nada de insectos. -No es un insecto –explicó Cassie alargando la mano en la que sostenía una araña-. Los arácnidos tienen ocho patas y el cuerpo dividido en dos segmentos. Los insectos, sin embargo, tienen seis patas y tres segmentos. Os juro que le eché un vistazo a la araña y casi me desmayo. -Como sabía que íbamos a tratar este asunto hoy, decidí documentarme sobre el tema –nos explicó Cassie-. Esta es la araña lobo y goza de una vista excelente, de hecho tiene ocho ojos. Cassie nos contaba todo aquello como si fuera una maravilla, y todo el mundo se pirrara por tener ocho ojos. -Vete a paseo, Cassie. Anda, sí, date una vueltecita –gruñí-. Yo no me voy a transformar en araña, para que te enteres. Si tanto te gustan, transfórmate tú en araña, a mí me dan asco. -Marco, a Cassie le sientan bien las transformaciones nuevas –afirmó Jake sin dejar de mirarme- y, además, esta misión te corresponde a ti más que a nadie. -¿Qué? ¿Por qué? –protesté muy enfadado-. ¿Por qué esta misión me corresponde a mí más que a ti o a Rachel? -Erek es amigo tuyo –sentenció Jake. -¿Mi amigo? ¿Cuándo he dicho yo que lo fuera? No es amigo –aclaré-. ¡Si apenas le conozco! -Marco, eres un quejica –me reprochó Rachel. -Oye, ¿a ti te apetecería ser una araña? –le pregunté. -Pues claro –contestó y se estremeció ligeramente. Mentía y yo lo sabía-. Si saco la pajita más corta, me convertiré en araña de mil amores. Y entonces sonrió. Es incapaz de ponerse seria en estos casos. -Oye, no estás obligado a hacerlo –me recordó Jake-. La cuestión es que vamos a infiltrarnos en una reunión de La Alianza y los yeerks están siempre alerta para detectar cualquier animal sospechoso. No olvides que van a estar en el lago y debemos adoptar una forma propia de ese hábitat. No podemos aparecer como leones, o tigres. -¡Por favor! –exclamó Cassie. -Necesitamos una visión muy potente, pero no puede ser la de un mamífero normal –continuó Jake-. Ni tampoco podemos ir todos a la vez. Quiero a dos de nosotros en la retaguardia por si surgen problemas. Ax se transformará en araña. Le necesitamos allí para averiguar lo que es Erek. Alguien debe acompañarlo. -¿Se lo habéis dicho a Ax? –pregunté. -Estuvo aquí antes, mientras tú dormías –aclaró Cassie-, y estuvo de acuerdo en que convertirse en araña era mucho más sensato que transformarse en humano. Sus palabras exactas fueron <>. -Puede estar contento de que te hayamos esperado –rezongó Rachel-. Anda, escoge una pajita. Jake sujetaba cinco tallos de heno en su puño. No había forma de saber cuál era el más corto. -Ja, sé como ganar a esto –dije-. Es pura matemática. Si empiezo yo, mis probabilidades son de cinco contra uno. El siguiente tiene cuatro contra uno, el otro tres contra uno, y así sucesivamente. Por lo tanto, lo más seguro es ser el primero. Respiré hondo, alargué el brazo y tiré de una de las pajitas. Volví a respirar hondo antes de comprobar que se trataba de una pajita muy corta. -La verdad es que desde el punto de vista matemático tenía sentido –añadí. Me entraron ganas de llorar. -Mira, si te vas a comportar como un crío, ya lo hago yo –decidió Rachel poniendo los ojos en blanco. Debería haber dicho sí, que lo hiciera ella, pero en cambio contesté: -No seas condescendiente conmigo, oh, poderosa Xena. Que no sea un idiota descerebrado no significa que sea un gallina. No me he echado atrás en ninguna misión. Si Ax va, yo voy. Tú puedes quedarte en la retaguardia si lo prefieres, Rachel, yo voy allí donde está la acción. -De acuerdo –dijo Rachel por toda respuesta. ¿Os dais cuenta? Es por esto que los chicos y las chicas no deberían luchar juntos. Si hay una chica delante, es mucho más difícil para un chico mostrarse como un cobarde, especialmente siendo ella tan valiente. Si hubiésemos estado sólo Jake, Tobias y yo, me habría tirado al suelo llorando y pataleando. -Pues yo la encuentro mona –informó Cassie enseñándome la araña-. Me transformé en ella ayer para ver cómo era. Además La tela de araña de Charlotte era uno de mis libros favoritos. -Te creo –murmuré. Así estaban las cosas: Rachel lista para entrar en acción y Cassie que ya se había convertido en araña para probar. Alargué un dedo para tocar la araña. Estaba temblando. Mi dedo, no la araña. Le toqué el lomo e intentó huir pero Cassie cerró la mano atrapándome la punta del dedo sobre la araña que se quedó muy quieta. Gracias a la tecnología andalita, el ADN de la araña entró a formar parte de mi cuerpo. Quizá los yeerks tenían razón y los andalitas no eran más que unos entrometidos. Lo único que sé es que en ese momento, mientras tocaba el lomo peludo de la araña. Lamenté de todo corazón que los andalitas no hubiesen encontrado a otra persona a la que concederle ese poder. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 9:[/b] El lago se encuentra en las montañas, bastante alejado de la ciudad, tanto que, si tuviésemos que ir a pie, tardaríamos varios días. Por suerte, no hizo falta. Tenemos nuestras propias líneas aéreas, VCA: Viaja Con Animorphs. Era un día precioso, hacía un sol radiante y tan sólo unas nubecillas d algodón dispersas en un cielo muy azul. Mientras volábamos, contemplábamos el hermoso manto de árboles que se extendía por debajo. Mis alas de águila pescadora se desplegaban al sol, que calentaba la tierra, desde donde se elevaban corrientes cálidas que hacían fácil y agradable nuestro vuelo. La vida me sonreía. Si pasaba por alto el hecho de que nos dirigíamos hacia un destino horrendo y a una destrucción más que segura, un detalle insignificante. Habíamos intentado no volar demasiado juntos para evitar suspicacias. ¿Quién ha visto volar juntos a dos águilas pescadoras, un aguilucho, un águila de cabeza blanca, un halcón peregrino y un ratonero? Desde luego, en el mundo animal, nadie. Al menos volábamos a más de un kilómetro de distancia unos de otros, aunque en la misma dirección. Tobias se quedó atrás aprovechando una lenta espiral ascendente, Rachel y cassie también se fueron por su lado. Los yeerks habrían montado un fuerte sistema de seguridad en torno a la reunión de La Alianza y, como estaban al corriente de nuestra existencia, se mantendrían alerta. Ax, el aguilucho, Jake, el halcón peregrino , y yo continuamos hacia el lago, aunque por separado, como ya os he dicho. , le dije a Jake. , observé. , advirtió Jake. , aseguré. , se burló Jake. , aclaró Ax. , pregunté sin prestar demasiada atención. Mi única preocupación en aquel momento era la transformación que nos aguardaba. Eso captó toda mi atención. , precisé. , preguntó Ax extrañado. , declaré inquieto. Jake y yo nos quedamos pensativos durante un rato. Eso de que una nave espacial pudiera desintegrar una parte de nuestra masa no resultaba una idea muy agradable que digamos. <Oye, Ax –dijo Jake-, ¿recuerdas que una vez te pedimos que fueras sincero con nosotros y nos contaras todo lo que sabes? , respondió Ax. En ese momento, llegué a la cima de la sierra. Los altos pinos casi me rozaban la panza. Desde allí, divisé el gran lago, oculto entre las montañas y reluciente por el sol. , aclaró Jake. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 10:[/b] Entre chicos, chicas y gente mayor habría unas doscientas personas en torno al lago. Unos nadaban, otros practicaban esquí acuático, algunos preparaban hamburguesas y salchichas en unas brasas. La mayoría simplemente deambulaba por allí, charlando y riendo. A primera vista ofrecía el aspecto de un gran pícnic comunitario. Desde el aire todos parecían normales. Lo cierto es que era muy probable que la mayoría lo fuesen, pero muchos de ellos eran controladores, por ejemplo Erek, que no tenía nada de normal. Aterrizamos en una zona algo alejada de la orilla y descansamos un rato protegidos por unos arbustos altos. Mi visión y mi oído de águila pescadora me informaban de que no había nadie en un radio de cien metros, pero los nervios me hacían temblar. , Preguntó Ax. , le informé. Así que allí nos quedamos, dos aves rapaces descansando tranquilamente en los límites del bosque, ocultas entre un puñado de matorrales. Un poco raro, ¿verdad? El caso es que desde allí oíamos el rumor de las lanchas sobre el agua y, algo más cerca, el eco de risas humanas. Recuperé mi forma humana sin perder un instante. Una de las limitaciones de las transformaciones es que no puedes pasar de una a otra sin antes recuperar tu forma humana. En el caso de Ax significaba volver a convertirse en andalita, lo que no le haría ninguna gracia con todos aquellos controladores rondando por allí cerca. Los yeerks no se percatarían de mi presencia, pero de la suya, sí. , me preguntó Ax una vez recuperamos por completo nuestra forma natural. -Nunca estaré preparado para convertirme en araña –dije, mientras mis dientes castañeteaban, y no de frío precisamente. -Vale, vale, lo sé –me quejé-. De acuerdo, lo haré, pero no pienso abrir los ojos. Intenté concentrarme en la araña sin ningún éxito. La sola imagen de aquella araña lobo me asqueaba. Entonces Ax empezó a experimentar los primeros cambios. No podía quedarme allí mirando, era mi turno. -No será peor que convertirme en mosca, digo yo, o en hormiga. –No obtuve respuesta. No es que prefiriese adoptar la forma de una hormiga, la vez que lo hicimos, lo pasamos fatal. Cerré los ojos, visualicé la araña y esta vez conseguí mantener la concentración. Comencé a encoger, lo que siempre es una sensación extraña. Sin embargo, en aquella ocasión también pensaba en una enorme y horrible bola de masa, la mía, apareciendo de repente en el espacio cero. A saber qué es eso del espacio cero… No sólo disminuía mi tamaño, había más cosas, como el repentino vacío dejado por los órganos que se desvanecían sin más. Lo que más me llamaba la atención era un sonido blando y húmedo que ascendía por mi espalda y me atravesaba el cráneo: los huesos se convertían en tuétano y luego éste se consumía lentamente. Después de todo los huesos no me iban a hacer falta. Mantuve los ojos fuertemente cerrados porque no quería presenciar lo que estaba pasando. Me aferré a mis propios temores con una determinación absoluta, porque si convertirte en araña es asqueroso todavía es peor ser una repugnante mezcla de humano y arácnido. Y entonces… ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡Veía! Intenté cerrar los ojos, pero me resultó imposible. No tenía párpados y sin ellos no había manera de cerrar aquellos ojos salidos, que, emergiendo de mi cabeza como granos, venían a situarse sobre mi frente. Casi lo echo todo a perder. De haber podido, hubiese gritado mientras Ax sufría la misma transformación. Mi vista seguía siendo en parte humana, pero con las características propias de los ojos compuestos de las arañas, que captan la realidad fragmentada, como reflejada en un espejo roto. Algo horrible le estaba creciendo a Ax en el lugar ocupado normalmente por la boca. Algo enorme, abultado y repulsivo. Dos cosas hinchadas y monstruosas parecidas a… a nada que yo hubiera visto antes. Eran mandíbulas, pero de un tamaño desproporcionado, y de cada una de ellas brotaba un colmillo curvado y temible. Hay veces en las que uno necesita desesperadamente unos párpados. Os lo juro. Hay cosas que uno no debería ver. Sabía que eso mismo me estaba ocurriendo a mí. Unas mandíbulas gigantescas surgieron hasta introducirse en mi distorsionado campo de visión. Por suerte, no tuve tiempo de seguir pensando en las mandíbulas y es que, ¿cómo os lo diría? Unas piernas que empezaron a crecerme en el pecho distrajeron mi atención. ¡PRRRUUUUT! Cuatro patas nuevas, dos a cada lado, hicieron erupción desde mi interior, como si yo fuese un tubo de pasta dentífrica a que alguien lo hubiese dado un pisotón. Al principio eran amorfas, pero pronto empezaron a generar articulaciones. Demasiadas. Mis piernas y brazos humanos cambiaron para adaptarse a su nueva función, lo que me hizo perder el equilibrio y caer de bruces. No fue una caída espectacular porque ya era bastante pequeño. La pinaza que había debajo de mí había adquirido el grosor de unos dedos humanos. Aunque ya no me quedaran dedos con los que comparar. Durante todo el proceso, no cesaron de aparecer ojos en los lugares más inesperados. Unos eran compuestos y otros no. Poco después, y como si no hubiese bastante con aquel montón de patas y ojos, y el bonito conjunto que formaban las mandíbulas con los colmillos, una especie de extremidades me salieron en… bueno, en el lugar donde antes había estado mi cuello. Al principio creí que se trataba de más patas, pero me equivocaba. No tenía ni idea de qué podían ser, eso sí, se movían. Después he descubierto que se llaman <>, algo a medio camino entre una pata y un órgano de la boca. A diferencia del cuerpo, la cabeza seguía creciendo y ya era gigantesca… en comparación con el resto. Mi cuerpo se había dividido en dos grandes mitades: una cabeza protuberante y un cuerpo aún más abultado. El proceso ya casi había terminado. Las agujas de los pinos, que antes me habían parecido gruesas como dedos, eran ahora seis veces más grandes. Sólo faltaba un último detalle: unos pelos extraños y blandos que empezaron a cubrir todo mi cuerpo. Y era precisamente ese pelo lo que pareció despertar el cerebro de la araña. La araña lobo tiene buena vista, para ser una araña claro, pero se guía a través de esos pelos diminutos que perciben la más mínima alteración en el aire, el más leve indicio, sin importar de dónde proceda. De pronto sentí que el mundo entero bullía. Las hojas, la pinaza, la tierra bajo mis ocho piernas rematadas por garras, los insectos que la habitaban, los gusanos que se mueven en su interior, los pájaros en el cielo; todo parecía conectado a los múltiples pelillos de mi cuerpo. Con tal sobredosis de sensaciones, el cerebro de la araña entró en funcionamiento. Yo había temido que fuese como el de la hormiga, una máquina que carece de pensamiento propio, o como el de una presa, una mente constantemente aterrorizada y recelosa ante todo. Pero estaba en un error. No era casualidad que su nombre fuese >. Estos bichejos son muy pequeños, incluso con las patas estiradas, no miden más de cinco centímetros de diámetro. Sin embargo, no es sólo el tamaño lo que caracteriza a un depredador, porque tan pronto como su cerebro se accionó, comprendí que aquel tipo era algo serio. La araña lobo es un asesino. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 11:[/b] Hambre. Ese pensamiento ocupaba toda su mente: hambre, tengo hambre. Quería cazar, matar y devorar unos cuantos insectos jugosos. Y le daba igual si se trataba de un escarabajo, un saltamontes, un grillo o una enorme y malvada mantis. No le preocupaba lo más mínimo, él gobernaba en el reino de los bichos. Reaccionaba del mismo modo que un león ante una manada de antílopes, o que un tiburón en un acuario. Podían huir de él, pero nunca esconderse. ¡Algo se agitaba! Noté un movimiento e izquierda a derecha en mi campo de visión y salí en su persecución, como un perro tras un conejo. Las ocho piernas se accionaron y me impulsaron por el suelo del bosque como un motor de un bólido de carreras. El mundo era distinto visto con mis ocho ojos de arácnido: colores inimaginables para los humanos, como cuando empiezas a apretar sin ton ni son los botones del color de la televisión. Lo que debería ser marrón era azul, el verde parecía rojo, aunque no exactamente igual. Desde algunos ángulos la imagen aparecía muy clara y, de repente, todo se descomponía en innumerables fragmentos y tenías la impresión de estar contemplando un millón de monitores a la vez. La verdad es que nunca lo llegué a comprender del todo. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era el movimiento, me atraía mucho. La misión de mis ojos y de aquellos minúsculos pelos repartidos por todo mi repugnante cuerpo era detectar el movimiento. Y cuando éste se producía, mi cuerpo reaccionaba de forma automática. Era un subidón, como se decía cuando mi padre era joven. Una descarga en mi generador de adrenalina, pura electricidad, una bomba. Me lancé como una flecha por entre la pinaza, las hojas secas, por encima del barro, procurando mantener al bicho dentro de mi campo de visión. Lo peor es que era consciente de lo que hacía, es decir, que sabía que yo era Marco, un humano transformado que no tenía ningún interés en comerme al bicho en cuestión, pero ya nada podía detenerme. La presa huía y yo era el depredador. Había evolucionado cientos de millones de años para acabar convirtiéndome en aquello. Cuando el Tiranosaurus Rex estaba a millones de años luz de considerar siquiera evolucionar, los minúsculos cazadores arácnidos ya mataban para comer. Toda la trayectoria del Homo Sapiens en la Tierra, desde la época prehistórica hasta el boom del fútbol, es un instante en la historia de las arañas. Me había convertido en el ángel de la muerte con ocho patas. El bicho que perseguía resultó ser un escarabajo. Un escarabajo viejo y enorme, mucho más grande que yo. Más grande y más lento, para ser exactos, por lo que se hacía cada vez más grande en mi distorsionado campo de visión. Crecía y crecía y mi sistema nervioso se activaba cada vez más. Ojalá pudiera explicar por qué no abandoné la cacería. A veces el cerebro del animal domina momentáneamente al del humano, pero no era eso. No me dominaba, me empezaba a gustar. ¡Un último esfuerzo! Mis patas delanteras lo tocaron y él se desvió a la izquierda, pero fue demasiado lento. Me encaramé a su espalda, situé mis mandíbulas de colmillos mortales y … Era Ax. Dejé en paz al escarabajo con la sensación de haber sido sorprendido haciendo algo malo. El escarabajo se alejó de allí a toda prisa, aliviado por haber escapado con vida. Siempre y cuando los escarabajos sepan lo que es el alivio, claro. , me recordó Ax.
, comentó Ax. No le pregunté qué pretendía insinuar con eso. ¿Por qué me había obsesionado aquella caza? ¿Por qué no me había resistido? En ese momento me asaltó una sensación de rabia contra Tom. ¿Sería ésa la razón? , informó Ax, y tomó la iniciativa. Le seguí. Una araña que se movía ágilmente con sus ocho patas. Me sentía más tranquilo, aquella necesidad imperiosa y desquiciante de cazar había cesado y en ese momento la araña tan sólo era un instrumento para conseguir mi objetivo. De pronto, algo tres o cuatro veces más grande que nosotros cayó del cielo. Un saltamontes, que más parecía un elefante, se interpuso entre los dos y … ¡TUÁ! Sus patas traseras lo propulsaron de nuevo hacia el cielo y desapareció tan rápido como había llegado. Seguimos nuestro rally particular por el bosque, cubriendo los doscientos metros que nos separaban de la fiesta. Sentí la proximidad de os humanos. <> vibraciones que bien podían ser voces, aunque todavía demasiado confusas para entender lo que decían. , era Jake que nos hablaba por telepatía. , añadí. Algo gigantesco y muy lento surgió en el aire, sobre mi cabeza. Se movía de un lado a otro y fue a aterrizar con un estruendoso ¡POOOOOMMM! Era un pie humano, un zapato Nike. Ax y yo continuamos correteando por aquel bosque de enormes piernas y pies increíblemente lentos. De repente lo vi. Estaba justo ante mí. Era un pie humano desnudo, sólo que yo era capaz de ver a través de su piel y de sus uñas. Aquellos extraños ojos de visión distorsionada atravesaban el aura electrónica del holograma. Y pude ver lo que ocultaba: una estructura ensamblada de placas de acero y marfil. El <> no tenía dedos propiamente dichos. De hecho, ni siquiera tenía la forma de un pie, se trataba más bien de una zarpa. No era humano, desde luego, y todos los zumbidos y tintineos que emitían mis supersentidos arácnidos, me decían que tampoco estaba vivo. , respondió. , pregunté. , confesó. , añadí. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 12:[/b] , exclamé. Ax hablaba como si fuese lo más normal del mundo. , le pregunté mirando hacia aquella cosa a la que llamábamos Erek. Mis ojos de araña veían su pie y buena parte de su pierna. Era como mirar una foto desenfocada, se apreciaba una pierna humana y, mucho más arriba, unos pantalones cortos. Pero, debajo de todo aquello, había una estructura de acero y marfil. Estaba compuesta por miles de placas que encajaban entre sí, como la armadura de un caballero medieval. Los eslabones que unían las placas tenían forma triangular, los de marfil eran algo más grandes que los de acero. El robot, androide, o lo que fuera, era más pequeño que el Erek humano, La pierna que yo observaba era un tanto extraña, recordaba más a una pata de perro extendida que a una pierna humana. La pierna del robo, junto a la proyección holográfica del pie humano, se elevó cuando Erek empezó a caminar. , llamé. , confirmé. , exclamó Jake. , empece a decir. ¡FLAP! ¡FLAP! ¡FLAP! ¡FLAP! De repente se levantó un viento huracanado. La tierra a mi alrededor pareció temblar cuando aterrizaron en él dos grandes pies con garras. Una sombra cubrió mi cabeza… y eché a correr. Dos enormes triángulos negros descendieron del cielo y se clavaron en el suelo, ¡uno ante mí y el otro, detrás! Se cerraron como la pala de una excavadora y me dejaron atrapado en su interior. Todo estaba oscuro, ni un resquicio de luz. Algo musculado hacía presión sobre mí, me estrujaba. No podía respirar, ni ver. Estaban aplastándome y aporreándome y entonces me di cuenta. Me estaban tragando. , grité. Hay dos clases de telepatía, la privada, que es como hablarle al oído a alguien, y la pública, como cuando gritas. Y eso era lo que yo hacía, gritar. Todos lo que estaban cerca del lago me oyeron. Los humanos se estarían preguntando qué había sido eso que habían percibido. Los controladores sabían muy bien de qué se trataba. Pero no me importaba; me estaban comiendo vivo. , me censuró Ax. Intenté controlar el pánico. Algo me estaba tragando pero seguía con vida. , acerté a decir intentando que sólo lo oyesen Jake y Ax. Mis patas de araña estaban aplastadas contra mi costado y dos de ellas se habían roto. Los pelos de mi cuerpo y mis ojos no recibían información alguna. NO había aire suficiente para que ni siquiera algo tan pequeño como una araña sobreviviese. Algo me obligaba a bajar por el gaznate del pájaro. Estábamos volando y me quedaban muy pocos segundos antes de morir asfixiado. , respondió Tobias desde muy lejos. Mi mente se desvanecía, la araña estaba agonizando. Si la araña moría, ¿qué sería de mí?, me pregunté mientras intentaba en vano concentrarme. ¿Qué sería de la enorme masa de Marco perdida en el espacio cero? Aquel pensamiento me dio ánimos. No iba a quedarme allí ni un minuto más. ¡Trasformación! Intenté componer una imagen mental de mi verdadero yo, del humano llamado Marco, pero estaba demasiado aturdido. Mi mente se extinguía y, en su delirio, invocaba miles de imágenes a la vez. Imágenes de lobos, hormigas gigantes, gorilas, todos lo animales que yo había sido alguna vez, todas las mentes que había habitado. No conseguía fijar mi imagen humana y aferrarme a ella. Sin embargo, en ese momento, como flotando sobre mi desfallecida conciencia, me llegó la imagen de mi madre. Es algo bastante normal, al parecer. Dicen que los soldados moribundos sobre el campo de batalla llaman a sus madres con su último aliento y creo que eso es lo que yo estaba haciendo. Pero la imagen que llegó hasta mí era la de mi madre real, tal y como era cuando estaba viva de verdad, no la controladora, ni Visser Uno, sino mi verdadera madre. Me sonreía y, como era mucho más alta que yo, se inclinó para tomarme en sus brazos. Me elevó en el aire, al encuentro de su rostro, y me besó. -Vas a ser tan guapo cuando crezcas –me dijo-, mi pequeño marco. Marco, el chico humano. Entonces pude verme con total claridad, como si mirase a través de sus ojos al pequeño bebé que una vez fui. No Marco, el animorph, sin marco, el recién nacido. Y de repente… La presión iba en aumento. Me estrujaba por todos lados y sentí que unos músculos se tensaban para retenerme, pero pronto perdieron fuerza y empezaron a temblar. Entonces oí un crujido… y… ¡Luz! ¡Luz! Me estaba transformando y creciendo hasta hacer estallar el cuello del cuervo, y ahora ¡me precipitaba al vacío! , gritó Tobias. Mi visión, borrosa y distorsionada, distinguió al cuervo cayendo a mi lado. Yo bajaba del cielo convertido en una horrible mezcla de araña coja y engendro humano. No debía de ser mayor que una pelota de béisbol, pero seguía aumentando. Me horrorizaba pensar en el aspecto que tendría, nada agradable desde luego. ¡PUMBA!, choqué contra el suelo, reboté y volví a darme contra el suelo. Me quedé allí tirado, sin saber dónde estaba ni qué era, pero de una cosa estaba seguro, iba a completar la transformación. No aguantaba ni un minuto más en aquel cuerpo. Si hubiera tenido boca habría empezado a gritar sin parar, pero la boca apareció más tarde. Cuatro de mis patas de araña se fueron marchitando hasta desaparecer. Las otras cuatro dieron paso a mis brazos y piernas humanas. Las pequeñas garras se convirtieron en dedos, y los colmillos y mandíbulas en dientes y labios. Mis ocho ojos de araña se fueron cerrando uno a uno hasta quedar sólo dos, que lentamente se hicieron humanos. Con ellos miré a lo alto, y contemplé el cielo azul y las ramas de los árboles. Y, en ese momento, vi el rostro de mi antiguo compañero de escuela, Erek. Erek, el androide. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 13:[/b] -¿Marco? – dijo Erek – ¿No llevabas el pelo más largo? Ya estábamos con lo del pelo. Para mis ojos humanos Erek era cien por cien humano. Sabía que no era así, pero, de todas formas, resultaba casi imposible dudar de la proyección holográfica que envolvía al androide. Quizá si me transformara en algo lo bastante fuerte como para… para asegurarme de que Erek dejaría de ser un problema. Claro que quizá no. La zona estaba llena de controladores y un grito suyo sería suficiente para alertar al enemigo. En ese momento, una chica llegó corriendo. Me miró, tendido en el suelo, y luego clavó la vista en Erek. – ¿Quién es éste? – preguntó. – Se llama Marco – respondió Erek con toda la tranquilidad del mundo -. ¿Sabes esos <> de los que Chapman habla constantemente? ¿Los qué utilizan tecnología de transformación andalita para llevar a cabo una guerra de guerrillas? – Sí, claro – respondió ella. – Creo que este humano es uno de ellos – afirmó Erek apuntándome con un dedo. Aquello era el fin, el mío y el de nuestra existencia como animorphs. Siempre supimos que si los yeerks descubrían nuestra auténtica identidad o simplemente que éramos humanos, acabarían con nosotros en cuestión de días. Sentí náuseas. Era el miedo, por mí y por los otros, que me revolvía el estómago. Lo había echado todo a perder al revelar nuestro gran secreto. – Esta es mi amiga Jenny –me la presentó haciendo una señal con la cabeza. No es que estuviera encantado de conocerla, la verdad. Se oyó el ruido de gente atravesando los matorrales. – Nada por aquí –gritó Erek-. Jenny se ha lastimado el tobillo. Yo me ocupo de ella. Seguid buscando, juraría que he oído algo por allí. Supongo que no pude evitar una expresión de extrañeza y absoluta confusión, porque sonrió. – Hay más cosas en el cielo y en la Tierra de las que tu filosofía sueña, Horacio –recitó. – ¿Shakespeare? –pregunté sorprendido. – Sí, Hamlet –me respondió-. Vi su primera presentación. -Pero… de eso hace siglos –observé y él asintió. -¿Sabes dónde vivo? –continuó. -Hice un gesto afirmativo con la cabeza, todavía en el barro. -Transfórmate en algo lo bastante pequeño como para escapar de aquí –me sugirió-. Ven a verme a casa y tráete a tus amigos. Tenemos mucho de que hablar. -No eres humano –proclamé por alguna razón estúpida-, sabemos que eres un androide. -Tampoco tú eres un bandido andalita –replicó Erek. -¿Por qué habría de fiarme de ti? –objeté. -Podría entregarte ahora mismo –respondió encogiéndose de hombros-. Me convertiría en el nuevo favorito de Visser Tres. Él sabe cómo recompensar a aquellos que cumplen bien sus órdenes. -A lo mejor pretendes atraparnos a todos a la vez –declaré. No me preguntéis por qué seguía allí, discutiendo con él. Quizá la posición humillante en la que me encontraba me impedía reaccionar. O a lo mejor me veía casi obligado a mostrarme duro al estar con la espalda en el fango, vestido con aquellas ropas ridículas. -Marco –Erek se había agachado-, si te entregara a Visser Tres, él se encargaría de sacarte los nombres de tus amigos, de todos. Sé que eres valiente, tienes que serlo para hacer lo que tú y tus amigos estáis haciendo, pero no lo bastante para resistir la tortura de Visser Tres. Cantarías seguro. Me tomé un par de segundos para meditar sobre lo que acababa de decirme. Tenía toda la razón, por supuesto. Digamos que el tipo de tortura que Visser Tres sería capaz de infligir me imponía cierto respeto. -Allí estaremos –aseguré-. Supongo que no tenemos alternativa. Es una encerrona. -No es nada de eso –negó-, será más bien una reunión entre aliados, Marco. Verás, nosotros también luchamos contra los yeerks. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 14:[/b] Aquella noche, mi padre había preparado pollo para cenar. Me había pasado la tarde con mis amigos debatiendo el asunto de Erek. Le habíamos dado muchas vueltas, pero en el fondo todos sabíamos que acabaríamos yendo a aquella cita. De hecho, no había elección. Pollo a la barbacoa, puré de patatas y mazorcas de maíz asadas. Eso era lo máximo a lo que mi padre llegaba en la cocina. Así es que tuve que comérmelo. Pero ¿qué queréis que os diga? Cuando uno ha salido despedido del cuello de un pájaro se te quitan las ganas de comer pájaros para el resto de tus días. -¿Qué tal está? –preguntó mi padre. -Estupendo –respondí. Estábamos en el patio de atrás. Mi casa es como la que teníamos hace mucho tiempo, cuando éramos una familia completa. Tras la > de mi madre, para mí seguía siendo así, mi padre se desmoronó y no levantó cabeza durante una buena temporada. Perdió el trabajo, tuvimos que dejar aquella casa y acabamos viviendo en un apartamento bastante cutre en las afueras de la ciudad, una zona bastante poco recomendable. Tampoco es que estuviera tan mal. Quiero decir que tener muchas cosas y una casa bonita es genial. Pero no era la pobreza lo que me molestaba, sino la soledad. Mi padre se encerró en su mundo durante mucho tiempo y yo tenía que encargarme de cocinar, limpiar y todo lo demás. Volver a tener una casa con patio y barbacoa estaba muy bien, pero no se trataba de la casa en sí. Lo mejor era que mi padre volvía a ser el mismo de antes. Ya sé que os parecerá un poco cursi viniendo de mí, pero qué le vamos a hacer. -¿Otro trozo? –ofreció mi padre. -Claro. Pechuga –acepté. Le acerqué el plato procurando no pensar en cuervos que explotan o en el escarabajo que había estado a punto de zamparme. A veces la vida es demasiado complicada. Tenía algunas preguntas que hacerle, pero quería sonar lo más natural posible. Ya sabéis, como si habláramos del tiempo. -Dime, papá. ¿En qué estás trabajando ahora? –pregunté. -Estamos acabando el proyecto para el observatorio –respondió con un guiñó-. Todavía no acabo de entender lo que pasó. Aquel programa que aquel amigo tuyo llamado No creó por accidente parece haberse borrado. Mi amigo <> era en realidad Ax. Es una historia bastante larga, podéis pedirle a nuestro querido amigo andalita que os la explique. En cualquier caso, no era algo que pudiera contarle a mi padre. -¿Qué harás cuando acabes lo del observatorio? –continué y seguí devorando la mazorca, intentando demostrar demasiado interés. -Un proyecto para una compañía llamada Matcom del que no puedo hablar –contestó encogiéndose de hombros, tras lanzarme una mirada suspicaz. -¿Qué vas a hacer, construir una bomba de mayor potencia? –bromeé entre risas. Le llevó unos segundos contestar y cuando habló su tono era distinto. -Nunca he colaborado en la fabricación de armas. -¿Por qué no? –contesté sorprendido. -¿Te vas a comer ese pollo o sólo quieres jugar con él? –replicó. Entonces me dedicó una larga mirada, como si estuviese decidiendo si ya era lo bastante mayor como para oír lo que tenía que decirme. Agarré la pechuga de pollo con decisión. Después de todo, un pollo y un cuervo no son lo mismo. -Es por tu madre –dijo. Dejé de comer. -El último año o año y medio antes de … bueno, ya sabes, antes, fue perfecto –explicó sonriéndole a una imagen que sólo él veía-. Cuando eras más pequeño teníamos nuestras discusiones, como todas las parejas. Pero de pronto fue como si nuestros problemas hubiesen desaparecido, todo iba sobre ruedas. Quizá cambié yo, o quizás ella, no lo sé. Sentí que una mano fría me apretaba el corazón. -Fue la mejor época de mi vida –continuó-. Era como si hubiésemos alcanzado el máximo nivel de perfección, todo era paz y amor. Sin embargo, había momentos en los que tu madre parecía preocupada, molesta, como si estuviese luchando por resolver un problema del que no quisiera hablarme. Se me cortó la respiración. Entonces supe cuándo se había producido el cambio. El amor perfecto del que hablaba mi padre era obra del yeerk que habitaba en la mente de mi madre. Al yeerk no le interesaban las estúpidas disputas domésticas, necesitaba que reinara la armonía para concentrarse en temas más importantes. -El caso es que una noche me desperté y me encontré a tu madre sentada en la cama. La pobre había tenido una pesadilla, pero, no sé, por alguna razón sentí que un escalofrío me recorría la espalda… –Negó con la cabeza-. Era tan extraño. Sonaba como si estuviese atrapada en un pozo profundo desde el que intentaba llamarme. Mis ojos se llenaron de lágrimas, esperaba que mi padre no se diera cuenta. -Dijo: <> No tenía ningún sentido, ya lo sé pero lo dijo de una forma…, como si fuesen las palabras que más le había costado pronunciar en toda su vida…, la cosa más importante que jamás hubiese dicho. Yo tenía una ligera idea de lo duro que había sido para mi madre decir aquello. A veces, cuando la necesidad es muy grande, el humano dominado por un yeerk puede conseguir aflorar en un esfuerzo desesperado y controlar la situación durante unos pocos segundos. En esos casos el precio que paga el humano portador es terrible, porque el yeerk le aplica torturas mentales durante semanas para castigarle. Mi madre, la verdadera, actuó cuando el yeerk estaba distraído y recuperó el control durante un momento. -De todas formas, aunque sé que sólo se trataba de una pesadilla –continuó mi padre-, desde entonces, siempre que ha surgido alguna propuesta de trabajar con el ejército, la he rechazado. Se me quitó de golpé el apetito. -Papá –pregunté-, ¿estás pensando en aceptar ahora un trabajo con el ejército? -Ahora hay unos proyectos muy interesantes con Matcom –respondió desviando la mirada-. Lo que quieren que haga no tiene que ver exactamente con el ejército, pero… , bueno, la verdad es que llevan a cabo proyectos secretos y supongo que algunos de ellos serán militares. Las piezas empezaban a encajar: mi padre estaba trabajando en alguna investigación que por alguna razón interesaba a los yeerks y por ese motivo Tom intentaba atraerlo a La Alianza. Mi madre había tratado de prevenirlo, tal vez aquéllas fueron las últimas palabras que ella, la mujer humana de verdad, pronunció. Mi padre iba a ignorar la advertencia de mi madre y ahora los yeerks querían controlarlo. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis
[b]Capítulo 15:[/b] Decidimos encontrarnos con Erek en su casa y no explicarle todo lo que sabíamos. Jake, Cassie, Ax y yo entraríamos y Rachel y Tobias se quedarían fuera como refuerzo. Rachel estaría lista para utilizar su forma de oso pardo en caso de emergencia. -Nos mantendremos dentro de un radio que puede abarcar la comunicación telepática de Ax –repitió Rachel por décima vez-. Puedo transformarme en un minuto y atravesar esa puerta diez segundos más tarde. -Si lo haces, ten cuidado de no pisarme al entrar –le advertí. Levanté la vista y vi a Tobias posarse en el árbol que hay en el patio de Erek. Podría bromear al respecto, pero la verdad es que me daba cierta sensación de seguridad saber que Rachel y Tobias estarían a punto para entrar en acción en caso de que hiciera falta. <>, le insinué con la mirada a Jake cuando llegamos a la puerta de la casa de Erek, que era de lo más normal. Sin embargo, él estaba muy distraído intercambiando miradas solemnes con Cassie. -Bueno, qué, ¿alguien va a llamar a la puerta o no? –pregunté y clavé la vista en Ax, que había adoptado su forma humana, lograda mediante la mezcla del ADN de todos nosotros, a excepción de Tobias claro. Hay en él algo de Jake, de Rachel, de Cassie y mío. El resultado es un chico casi tan guapo como una chica, aunque un poco pelma. -¿Llamar? ¿Llamar a la puerta? ¿Por qué? –preguntó Ax-. Llamar, mar maaaarrr. Los andalitas no tienen boca y a Ax le hacía mucha gracia producir sonidos con ella. Pero lo peor era la comida, con según qué alimentos era mejor no verlo. Llamó Jake. La puerta se abrió y, ante mi sorpresa, no abrió Erek, sino su padre, el señor King. -Entrad –sugirió al tiempo que hacía un gesto con la cabeza. Entramos. Me sentí un perfecto estúpido porque parecía que habíamos ido allí para decirle a Erek que saliera a jugar. Quiero decir que todo en aquella casa era tan normal, los muebles, las lámparas, la vajilla, incluso la televisión con el volumen bajado y mostrando imágenes de las noticias. Tenían dos perros, uno era un cruce de labrador y el otro, un terrier pequeño y regordete. El labrador se revolcaba panza arriba y el terrier se acercó a olisquearnos los zapatos. -¿Está Erek? –pregunté. -Sí –respondió el señor King y añadió-: ¿Os apetece un refresco o algo para picar? -No, gracias, señor King –contestó Cassie declinando el ofrecimiento y se agachó para rascar al terrier entre las orejas. -¿Te gustan los perros? –le preguntó el señor King. -Le gustan todos los animales, hasta las mofetas –bromeé. -Pero los perros, ¿te gustan? –insistió. -Si lo de la reencarnación fuera verdad –afirmó Cassie con una sonrisa-, me gustaría regresar a este mundo en forma de perro. -¿Me acompañáis? –prosiguió el señor King, que miró a Cassie asintiendo con una sonrisa, como si la respuesta le hubiese parecido muy profunda. Se volvió y nos condujo hasta la cocina, que también ofrecía un aspecto de lo más normal. Había hasta pequeñas notas en la puerta de la nevera que decían <> o bien <>. Alguien se había dejado abierta una caja de galletas sobre el mármol. El señor King abrió una puerta que conducía al sótano y bajamos la estrecha escalera de madera tras él. Para entonces yo ya empezaba a sospechar algo. Reparé en que Ax estaba recuperando poco a poco su forma andalita. El bueno de Ax había presentido el peligro y quería disponer de su mortífera cola, por si acaso. La encontré una decisión muy acertada. El señor King se detuvo cuando hubimos bajado todos, y observó, sin rastro de sorpresa, las últimas etapas de la transformación de Ax. De hecho, esperó muy cortés a que terminase. En ese momento, para mi asombro, noté una ligera sensación e caída. Me llevó varios segundos el darme cuenta de lo que estaba pasando. El sótano descendía como si fuera un ascensor y al mirar hacia arriba sólo se divisaba una profunda oscuridad. -¡Guau! –exclamó Cassie. -No temáis –nos tranquilizó el señor King. El descenso no duró mucho, quizás el equivalente a cuatro o cinco pisos, al menos eso me pareció. Por fin, el sótano-ascensor se detuvo con una suave sacudida. -¿Hemos llegado a la planta de ropa de caballero? –pregunté. Observé, casi sin inmutarme, cómo una pared entera del sótano, la que contenía las herramientas y aperos para el jardín, sencillamente se desvaneció. En su lugar se abría un corredor que desprendía un fulgor dorado. -Oye, en mi sótano no pasan estas cosas –le murmuré a Jake. -¿Lo has intentado? –respondió. -Por aquí –indicó el señor King. Le seguimos. Era demasiado tarde para arrepentirse. El corredor no era largo, mediría unos veinte metros, y parecía un callejón sin salida que daba a un muro. Pero el muro también desapareció. -¡Hala! -¡No puede ser! -Esto no es más que un holograma, ¿verdad? –pregunté al señor King, pero algo en mi interior me decía que era real. El corredor terminaba en una sala gigantesca alumbrada por una luz dorada, suave y cremosa, que creaba un ambiente muy cálido. Al salir del corredor noté hierba fresca bajo mis pies. Sobre nuestras cabezas, a unos treinta metros, se distinguía una esfera, una especie de sol reluciente. De ahí era de donde provenía la luz. Ante nosotros se extendía un parque mayor que un campo de fútbol. Árboles, hierba, arroyos, flores, mariposas revoloteando, abejas zumbando de flor en flor y ardillas subiendo y bajando por los árboles. Los androides paseaban por él. Androides en su forma natural, es decir, máquinas hechas de acero y aquel material blanco parecido al marfil. Tenían bocas en forma de hocicos, piernas más bien torpes y dedos gruesos. Pero no era la presencia de media docena de androides lo que más chocaba, sino los cientos, quizá miles de perros que había. Perros originarios de la Tierra, de todas las razas y cruces imaginables, correteando juntos, ladrando, aullando, cientos de perros normales comportándose como lo harían los perros normales. Persiguiendo ardillas, oliéndose unos a otros y, sobre todo, pasándoselo en grande. Jake, Cassie y yo contemplábamos la escena con la boca abierta, parecíamos tontos de remate. Si Ax hubiera tenido boca, seguro que también la tendría abierta. Era el paraíso de los perros. Perros y androides juntos en un enorme parque subterráneo. Uno de los robots se acercó al trote. Al acercarse, un holograma lo recubrió y un instante después se convirtió en Erek. -Bienvenidos –saludó-, supongo que estaréis un tanto sorprendidos. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 16:[/b] -Somos los chee –se presentó Erek. El señor King se había ido y Erek nos condujo a la sombra de un gran árbol, junto a un riachuelo. Se hizo un silencio casi absoluto, como si alguien hubiese bajado el volumen a los perros que andaban por allí ladrando. Todavía se les oía, pero el sonido llegaba de mucho más lejos. , comentó Ax. -Sí. , continuó Ax. -Nosotros sólo somos la creación. Nuestros creadores fueron los grandes constructores –sonrió Erek con sus labios perfectamente humanos. -¿Por qué nos enseñáis todo esto? -Queremos que confiéis en nosotros –respondió Erek-. Sabemos que albergáis sospechas, el lógico. Imagino que parte de vuestro grupo se ha quedado fuera vigilando. Queríamos estar en igualdad de condiciones con vosotros y, ya que conocemos vuestro secreto, queríamos que conocierais el nuestro. -Te vimos en el concierto –empecé a contar. -Ah, sí –me interrumpió tras una ligera sorpresa inicial-. Erais los dos perros, ¿verdad? Noté algo raro en ellos. Decidme, ¿qué se siente al ser un perro de verdad? -Es alucinante –respondió Jake-. ¿Sabíais que los dos éramos perros? -No, no lo sabíamos –contestó mientras hacía un gesto negativo con la cabeza-, pero noté algo raro. Estamos al corriente de la existencia en la Tierra de formas capaces de experimentar transformaciones. Sabemos prácticamente tanto como los yeerks. -Andabas repartiendo propaganda de La Alianza y también acudiste a la reunión del lago –le acusé. -Cierto –confirmó-. Pero lo mejor será que os cuente nuestra historia y así entenderéis quiénes somos y por qué somos vuestros aliados. Y, también, por qué nosotros, o, al menos, algunos de nosotros, necesitamos vuestra ayuda. -Buena idea –convino Cassie. Una cosa es cierta, un tipo sabía contar una historia. De repente, todo lo que había a nuestro alrededor se disolvió y en su lugar apareció una imagen gigantesca y tridimensional tan real como Erek. Ya no estábamos en la Tierra. En el cielo se distinguían dos soles, uno pequeño y rojo, el otro dorado y unas cuatro veces mayor que el nuestro. Los árboles y flores que nos rodeaban no se parecían a nada antes visto en la Tierra. Los troncos de los árboles eran verdes y suaves, pero en lugar de hojas las ramas producían ramas más pequeñas y brotes que cambiaban gradualmente del verde al plateado y de éste a un rosa brillante. Los brotes se entrelazaban de tal forma que , vistos desde lejos, los árboles parecían enormes bolas de madera con reflejos metálicos rosáceos. Los árboles no eran mucho mayores que los que hay en la Tierra, pero las setas, o lo que fueran, eran gigantescas, la mitad de grandes que los árboles, y de ellas colgaban unos nidos caóticos a los que se encaramaban unos animalillos saltarines, que tenían tres patas y parecían de cuero. Había otros animales por allí, a cual más raro, pero el más impresionante que vimos era una criatura de dos patas y aproximadamente un metro veinte de alta que tenía hocico y unas largas orejas caídas. A primera vista recordaba a un perro que caminara sobre sus patas traseras. De hecho, guardaba cierto parecido con el Erek real que se escondía bajo el holograma. -Nuestros creadores –empezó Erek-. Fueron conocidos con el nombre de pemalitas. Unos cien mil años antes de que los andalitas conociesen el fuego, los pemalitas ya eran capaces de viajar más rápido que la luz. Noté que la cola de Ax se crispó un poco al oír esto último. -Y, por supuesto, los humanos no era más que simios peludos cuando los pemalitas visitaron la Tierra por primera vez. Los pemalitas no tenían planes de conquista, y tampoco pretendían intervenir en la evolución de los demás planetas, porque amaban la vida –continuó Erek con una sonrisa-. Les encantaba divertirse. Los juegos , la broma y la risa eran sus pasiones. Hacía tanto tiempo que eran una raza por completo desarrollada que habían logrado eliminar todos sus instintos negativos. Su corazón y su alma no albergaban maldad alguna. Me costaba creer lo que contaba Erek, pero a medida que observaba el holograma que nos rodeaba, comprendía por qué, en su extraño planeta, los pemalitas habían alcanzado aquella paz interior. En aquel lugar, reinaba una calma absoluta, como en esos jardines Zen, o como se llamen, que a veces nombra la gente. Se respiraba paz. Era un mundo pacífico, pero no por eso muerto, cansado o aburrido porque, miraras donde miraras, veías pemalitas saltando, persiguiéndose, jugando y emitiendo un sonido extraño, algo así como CHAK CHAK CHAK que sería el equivalente a nuestra risa. El escenario cambió, como una película que hubiera sufrido un corte. Ahora se veían androides como Erek junto a los pemalitas. Los androides se parecían vagamente a sus caninos creadores. -Al principio sólo éramos juguetes –explicaba Erek-. Los pemalitas nos construyeron para jugar con nosotros nos pusieron el nombre de <> , que significa <>. También nos asignaron algunas tareas, pero la principal razón de nuestra existencia era proporcionarles compañía. Una raza artificial, de acuerdo, pero no una raza de esclavos mecánicos. Éramos sus amigos, sus iguales, sus compañeros. –Erek nos miró y os juro que tenía los ojos holográficos llenos de lágrimas-. Nos enseñaron a disfrutar y a reír. Para ellos el mayor logro fue construir androides capaces de contar chistes. Para que os hagáis una idea os diré que hubo celebraciones durante todo un año. En ese instante ¡¡¡ZZZZAAAAAAAAARRRRRRRRRRRPPPPPPPP!!!! Retrocedí porque un haz de luz monstruoso abrió el suelo justo ante nosotros y como una excavadora fuera de control provocó una grieta enorme en la tierra. La luz calcinó los mullidos árboles rosáceos y las enormes setas. -Entonces llegaron los howlers –prosiguió Erek-. Surgieron del espacio cero en miles de poderosas naves procedentes de otra galaxia. Los pemalitas no tenían ni idea de quiénes eran y nunca supieron qué era lo que en realidad buscaban. Los howlers no hicieron petición alguna, se limitaron a atacar. Quizá la destrucción era su único objetivo. Lo que Erek nos mostró a continuación recordaba a esas horribles películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Pemalitas abatidos desde el aire, estaciones espaciales pemalitas hechas pedazos, naves pemalitas partidas en dos y desvalidos pemalitas abandonados a su suerte en el frío espacio. Las escenas macabras se sucedieron. Cassie lloraba y creo que yo también. Aquello era espantoso. -La práctica totalidad de la especie pemalita fue aniquilada –concluyó Erek-. Unos cientos de chee y otros tantos pemalitas abandonaron el planeta en una nave, justo antes de que los howlers emprendieran un nuevo ataque. Escapamos al espacio cero. No sabíamos qué sería de nosotros. Nuestro futuro era incierto. -¿Por qué no respondisteis al ataque? –exigí-. Quiero decir que, si tenían una tecnología tan avanzada como para construir androides, también podían fabricar armas, digo yo. -Los pemalitas –respondió Erek asintiendo para mostrar que comprendía mis dudas –habían olvidado las prácticas de luchar, no sabían defenderse. Ellos eran criaturas pacíficas. No concebían que el mal pudiera existir en estado puro. Aquella respuesta me frustró, no tenía sentido, pero dejé que Erek acabase su triste relato. -En nuestra huida a través del espacio cero –prosiguió Erek –descubrimos que los howlers se habían reservado una venganza muy especial. Los pemalitas empezaron a enfermar y a morir. Los howlers habían utilizado armas biológicas que resultaron mortales para los pemalitas, pero que a nosotros, los chee, no nos afectaban por ser androides. La escena tenía lugar en el interior de una nave pemalita. La imagen mostraba a unos chee contemplando impotentes cómo uno de sus creadores se retorcía de dolor. -Entonces recordamos un planeta similar al nuestro, aunque muy distante de nuestro hogar y de los howlers. Sólo tenía un sol y la luz era más tenue, pero en él había árboles, hierba y unos magníficos océanos. -La Tierra –dedujo Cassie. -La Tierra –confirmó Erek-. Lo pemalitas no habían visitado la Tierra en los últimos cincuenta mil años y en ese tiempo vuestro planeta había cambiado de forma considerable. Las tribus nómadas de primates habían fundado ciudades, domesticado animales y plantado cosechas. Aterrizamos en la Tierra con apenas seis pemalitas que se aferraban con desesperación a la vida. El holograma se esfumó y la caverna subterránea volvía a ser la de antes, un amplio parque con plantas y árboles terráqueos y perros por todas partes. -No podíamos ayudar a los pemalitas, estaban condenados a la muerte. Pero sí podíamos intentar salvar una parte de ellos. Teníamos la esperanza de poder conservar sus corazones, sus almas con vida. Buscamos una especie en la Tierra en la que implantar la esencia pemalita: su bondad, su generosidad, su afán por disfrutar y su amor. -Los lobos –lo interrumpió Cassie adelantándoseme una vez más. -En efecto –corroboró Erek un tanto sorprendido- De hecho, guardaban un cierto parecido con los pemalitas y en ellos injertamos la esencia de nuestros creadores. De esa unión surgió el perro. Hasta el día de hoy, la mayoría de los perros son portadores de la esencia de los pemalitas. No todos, pero casi. Cuando veis a un perro jugar, perseguir un palo, corretear mientras ladra alegre simplemente por estar vivo, recordad que él es una prueba viviente de que la raza pemalita existió. -Por eso hay tantos perros aquí –observó Jake-. Son vuestros… ¿qué? ¿Amigos? ¿Creadores? -Son nuestra mayor felicidad –explicó Erek- porque nos recuerdan un mundo sin maldad. El mundo que perdimos. Los chee somos todo lo que queda del desarrollo tecnológico alcanzado por la civilización pemalita. Los perros de la Tierra son todo lo que queda del alma de los pemalitas. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 17:[/b] Yo no habría creído una sola palabra de no ser porque nos encontrábamos en aquel enorme parque subterráneo. Ah, y porque había algún que otro androide deambulando por allí. Por otro lado, mi vida entera también se había convertido en una historia difícil de creer. Así que, ¡¿quién era yo para dudar de lo que nos acababa de contar Erek? -Y ahora vosotros os hacéis pasar por humanos –concluí. -Sí –afirmó-. Nos comportamos como humanos. Nos hacemos pasar por niños, luego fingimos crecer y, cuando nuestro holograma <>, volvemos a empezar. -¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto? –preguntó Cassie. -Yo ayudé a construir la Gran Pirámide –sonrió cálidamente Erek. -¿Diseñasteis las pirámides? -No, claro que no. Nunca hemos interferido en los asuntos de los humanos. Yo era un esclavo, un picapedrero. Fue todo un reto, porque era mi estreno como humano y tenía que ocultar mi fuerza real, claro. El planeta de los pemalitas soportaba una gravedad cuatro veces mayor que la de la Tierra y nosotros, al ser creados para resistir aquella gravedad, somos bastante fuertes comparados con los seres terrestres. -¿Y permanecisteis como esclavos? –preguntó Jake-. Podíais haber dominado Egipto, incluso el mundo entero. -No. Nosotros no somos los yeerks –respondió Erek con frialdad-. Verás, nuestros creadores nos programaron para la paz. No podemos hacer daño a otro ser vivo. Un chee jamás se ha cobrado una vida. En ese preciso instante, un grupo de cuatro chee avanzaba hacia nosotros. Erek los divisó y su <> de holograma adoptó una expresión de fastidio. -¿Te has vuelto loco? –le espetó uno de ellos, observándonos con sus ojos de robot-. ¿Humanos? ¿Un andalita? ¿Aquí? ¿Qué les has contado? -Todo –contestó Erek en tono desafiante-. Son ellos, estos humanos y este andalita, los únicos que se han enfrentado a los yeerks. Tienen el poder de la transformación –alzó la voz-. Son los que han estado librando la batalla que nosotros debíamos estar librando. -Nosotros somos chee, nosotros no luchamos –le recordó uno de los androides y desplegó su holograma, que lo hacía parecer una mujer de unos ochenta años. -Soy chee-Ionos, aunque en esta fase mi nombre humano es María –continuó-. No pretendía dar la impresión e estar enfadada con vosotros, humanos, ni contigo, amigo andalita. Mi disputa es con este chee llamado Erek y con algunos de sus amigos. -Nos limitamos a mirar cómo los howlers aniquilaban a nuestros creadores sin hacer nada por evitarlo –le reprochó Erek a María-. Esta vez no podemos permanecer impasibles y dejar que los yeerks destruyan este mundo. Los perros y los humanos están muy unidos, han desarrollado tal grado de dependencia que los perros no sobrevivirían sin los humanos. Si los yeerks vencen a los humanos, nosotros, los últimos representantes de la extraordinaria tecnología pemalita, y los perros, que dan refugio a sus almas, también pereceremos. Miré a Jake. Así que , ésa era la razón por la que los chee querían ayudar a los humanos, para salvar a los perros. Jake ladeó un poco la cabeza, entre sorprendido y divertido. -Nosotros no luchamos, ni matamos –afirmó Maria vehemente-. Ya lo deberías saber, Erek. Y a pesar de eso, tú traes aquí a estos intrusos. Has revelado un secreto guardado durante milenios. ¿Por qué? ¿Qué provecho nos reporta todo esto? Nosotros no podemos luchar para salvar a los humanos. -Ahí es donde te equivocas –replicó Erek con suavidad-. Sí podemos luchar. Mientras tú y los demás os limitáis a esperar que todo se arregle, mis amigos y yo nos hemos infiltrado en las organizaciones yeerk de la Tierra. Los yeerks incluso han llegado a creer que soy uno de ellos. María y los tres androides sin holograma lo miraban fijamente inmóviles. -Los yeerks controlan ahora una empresa de informática llamada Matcom. Me llevó un par de segundos recordar ese nombre. -Los yeerks –siguió Erek- han estado diseñando un ordenador central que se infiltraría y alteraría los programas en el resto de ordenadores de la Tierra. Cuando hayan reclutado un número suficiente de humanos, lanzarán esa bomba informática y, en un instante, se harán con el control de todos los ordenadores del mundo. -¿Y qué tiene eso que ver con nosotros? –preguntó María. -El corazón de ese sistema es un cristal que los yeerks obtuvieron de un comerciante dayang –explicó Erek-. El dayang no sabía lo que era, pero los yeerks sí. Ese cristal es un procesador tan sofisticado que ni siquiera los andalitas serían capaces de crear uno semejante, y tiene más de cincuenta mil años terrícolas. -¡Un cristal pemalita! –exclamó María con la voz quebrada. -Sí, un cristal pemalita –confirmó Erek-. Si nos apoderáramos de él podríamos modificar nuestros sistemas internos, ¿lo entiendes? De esa manera eliminaríamos la prohibición para usar la violencia y seríamos libres, libres para luchar. -Un cristal pemalita –repitió María en un susurro-. No puedes hacer tal cosa, Erek. ¡No puedes! -Si conseguimos el cristal –replicó Erek sin prestarle atención- nuestras posibilidades serán ilimitadas. Nuestro poder unido al de estos animorphs obligaría a los yeerks a doblar sus fuerzas para contenernos. , le preguntó Ax. Erek desconectó su holograma y volvió a aparecer como una máquina. Su frente se abrió y mostró una cavidad de unos pocos centímetros. En su interior se vislumbraba un impotente gusano gris, indefenso, incapaz de moverse a causa de unos alambres finos como cabellos que rodeaban por completo su cuerpo. , exclamó Ax con una mueca de asco. -Sí –dijo Erek-. Los yeerks creen que soy humano y yo acepté ser infectado, pero el yeerk no puede dominarme. Le asigné su espacio y ahora no ve n i sabe nada. Intercepté su memoria y eso me permite moverme entre los yeerks como uno más de ellos. La imagen de aquel yeerk encerrado en la caja de acero me revolvía el estómago. Por mucho que odiase a los yeerks, la idea me parecía igualmente cruel. Pero, por otra parte, ¡contábamos con un aliado! Y muy poderoso, un androide que podía hacerse pasar por un controlador, que tenía acceso al mundo yeerk. Un androide con poderes propios. -¿Cómo mantienes vivo al yeerk sin rayos kandrona? –preguntó Cassie. Veréis, cada tres días los yeerks deben regresar al estanque yeerk para nutrirse de rayos kandrona. Si no lo hicieran, morirían. -Utilizando mi energía interna puedo generar rayos kandrona para mantenerlo con vida –explicó Erek-. Cuando voy al estanque yeerk me las arreglo para hacerles creer que mi yeerk está nadando por allí. En realidad, genero un holograma de un yeerk saliendo de mi oreja y cayendo al agua y, más tarde, creo otro con el yeerk regresando a mi interior. Los yeerks no han reparado todavía en que nunca se encuentran con su compañero cuando están nadando en el estanque, y es que en su estado natural esos gusanos apenas se comunican entre sí. -¿Y qué pintamos nosotros en todo esto? –preguntó Jake-. En otras palabras, ¿qué quieres de nosotros, Erek? -Que luchemos juntos contra los yeerks –repuso Erek que había recuperado su apariencia humana y avanzaba hacia nosotros lleno de entusiasmo-. Podríamos aliarnos. Pero… necesitamos ese cristal pemalita. Lo peor del caso es que los yeerks han creado un extraordinario laberinto defensivo. El cristal se guarda en una sala situada en el corazón del edificio de Matcom y los hork-bajir lo vigilan muy de cerca, guerreros hork-bajir de elite, los mejores. Además, el cristal está protegido por un sistema de seguridad muy ingenioso. Lo tienen escondido en una sala donde reina la más absoluta oscuridad. Cualquier destello de luz, incluso si se tratara de luz ultravioleta o infrarroja, por leve que fuera, activaría las alarmas. Y, aparte de eso, en la cámara oscura hay unos cables que se accionan al menor contacto. -Así que para llegar al cristal habría que hacerlo a ciegas y, al mismo tiempo, evitar tocar los cables, también invisibles en la oscuridad –concluí. -Es como encontrar una aguja en un pajar con una venda en los ojos y sin poder tocar la paja. Las paredes, el suelo y el techo son sensibles a la presión, así que tampoco se pueden tocar. Es prácticamente imposible –reconoció Erek. -¿Cómo pretendes que lo hagamos? –estallé-. ¿Cómo vas a encontrar algo que no puedes ver? Supongo que tampoco huele ni habla, ¿verdad? -Hummmm… –musitó Cassie. -¿Se te ocurre algo? –preguntó Jake sorprendido. -Podría intentarse –repuso Cassie-, es decir… si queremos. -Pues claro que queremos –afirmé-. Con estos tipos de nuestro lado, quizá tengamos hasta posibilidades de ganar. ¡Y tanto que si queremos! ¿Animorphs y chee juntos? Con nuestra capacidad para transformarnos, su fuerza y sus hologramas, esos yeerks van a enterarse de quiénes somos. -No –gritó María-, no lo comprendéis. Los chee no pueden hacer daño a nadie, y tampoco matar. Nunca un chee ha arrebatado una vida –prosiguió y, a continuación, me agarró de un brazo y me miró a los ojos-. Mientras los humanos, yeerks, andalitas, hork-bajir y otros millones de especies en millones de mundos batallaban, mataban y conquistaban nuevos reinos, nosotros seguimos siendo fieles a nuestra naturaleza pacífica. ¿Terminaréis también con todo eso? ¿Queréis convertirnos en asesinos? -Sí, señora –respondí con frialdad-. En esta guerra nos estamos jugando la vida. Si no la ganamos, nuestros padres, hermanos y amigos se convertirán en esclavos de los yeeks. Así que haré todo lo que haga falta para evitarlo. Si vosotros hubieseis luchado hace miles de años, los pemalitas estarían vivos todavía y no estaríais viviendo en esta enorme perrera subterránea. No quise mencionar el repentino interés que La Alianza mostraba por mi padre para que no pareciese algo personal. María me soltó y Erek asintió. -Una enorme perrera subterránea –repitió Erek con amargura-. Exactamente. -Te conseguiremos el cristal –aseguró Jake-. Dinos todo lo que sepas sobre Matcom y te traeremos el cristal. Lo siento –se disculpó mirando a la chee llamada María-, pero Marco tiene razón. Los yeerks tienen a mi hermano y haré todo lo que sea preciso para liberarlo. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis
[b]Capítulo 18:[/b] Volvimos a la supeficie a través del falso sótano, y dejamos atrás el extraño paraíso dorado de los perros. -Entonces… hemos hecho un trato, ¿no? –preguntó Erek-. Vosotros nos ayudáis a conseguir el cristal pemalita y nosotros lucharemos a vuestro lado para derrotar a los yeerks. -De acuerdo –me apresuré a decir. -A menos que alguien tenga algo que objetar… –empezó a decir Jake. -Erek –interrumpió Cassie-, déjanos discutirlo antes, es una decisión importante. Aquella petición me sorprendió, pero no tanto como a Jake. Justo en ese momento oímos un ruido procedente de arriba. -¡AAAAAARRRGGGGG! -¡Caramba! –exclamé. Conocía ese sonido. Todos lo conocíamos. -Rachel –susurró Cassie. -Llevamos mucho rato aquí abajo –intentó justificarse Jake-. Erek, me temo que una amiga nuestra ha venido a rescatarnos. -No creo que haya ningún problema –respondió Erek encogiéndose de hombros. -No conoces a nuestra amiga –insistió Jake. -¡Rachel, cálmate! –grité mientras subía corriendo las escaleras, ahora que el sótano había recuperado su aspecto normal. Aparecí de golpe en aquella cocina tan normal y me precipité hacia el salón también de lo más normal. La puerta de entrada había sido arrancada de sus bisagras, el sofá, estrellado contra la pared y de pie, en el centro de la sala, tan alto que su cabeza rozaba el techo, rugía un oso pardo adulto. -¡AAAAAAARRRRRRGGGGGG! –Rachel rugía de ira y frustración. El chee que se hacía pasar por el padre de Erek había conseguido inmovilizarla con una llave perfecta. Sus brazos de holograma mantenían aprisionada a aquella bestia capaz de convertir un bólido de Fórmula 1 en una lata de conservas. -Bueno, ahora ya lo he visto todo –afirmé. , comentó Ax. Digamos que nuestro amigo andalita se quedaba un poco corto. -Por eso no te preocupes, tenemos una excusa perfecta –la tranquilizó Cassie. Rachel se calmó y cesó de rugir al vernos a salvo. Entonces el chee la soltó y ella recuperó su forma humana. -Estooooo, Erek, ésta es nuestra amiga Rachel –aclaró Jake avergonzado y se dispuso a colocar el sofá de nuevo en su sitio. -Fue una idea excelente dejar a alguien en la retaguardia –alabó Erek dirigiéndose a Rachel-. Espero que te encuentres bien. -¿Cómo podéis hacer una llave así a un oso si no podéis ser violentos? –le pregunté a Erek. -Por supuesto, mi <> sabía que no era un oso de verdad y sólo se limitó a inmovilizarla, no la destruyó –se explicó-. Si Rachel hubiese sido lo bastante fuerte como para vencerle, mi < no habría tenido más remedio que dejarse matar. -Ahora entiendo por qué queréis modificar esa cláusula –reí. -Sí –repuso Erek un tanto triste. Esperaba que fuera más explícito, pero ésa fue toda su respuesta. Empezamos a salir y dejé que los demás me adelantasen unos pasos. -Erek –dije agarrándole del brazo-. Estuviste en el funeral de mi madre y creo que no te di las gracias entonces. -Marco… –empezó a decir. Había desviado la mirada y se estaba mordiendo el labio-, tengo algo que decirte… -Creo que ya lo sé –le tranquilicé-. Mi madre no ha muerto, es una controladora. Ella es Visser uno. -Chicos, habéis aprendido mucho –me respondió. Ahora era él el sorprendido. -¿Es ésa la razón por la que estabas allí? –pregunté- ¿Lo sabías? -Lo sabía –asintió-. Podía haberla salvado si… -Ahora ya es demasiado tarde –respondí mirándole a los ojos-, pero cuando llegue la hora de la venganza, esos asquerosos gusanos lo van pagar muy caro. De vuelta a casa pusimos a Rachel y a Tobias al corriente de lo que había pasado, lo que nos llevó bastante rato. Llegamos al granero de Cassie antes de acabar nuestro relato. -Yo digo que sí –dijo Rachel-. Aquel chee me sujetaba como si yo fuera un bebé. Son fuertes, tienen una tecnología muy avanzada y ya se han infiltrado entre los yeerks. Con ellos tendríamos muchas más posibilidades de ganar. No hay más que hablar. -Sí, hay más –puntualizó Cassie, contradiciendo a Rachel-. ¿Qué derecho tenemos a obligarles a cambiar de modo de vida que han mantenido durante miles de años? ¿No oísteis a María’ Jamás un chee ha matado a nadie. ¿O es que queréis que dentro de mil años digan que los chee no habían matado a nadie hasta que los convertimos en asesinos? -¿Prefieres que dentro de mil años la gente diga <>? –repliqué mirándola furioso. -¿Ax? –preguntó Jake-, ¿no tienes nada que decirnos? -Como sabéis –empezó Ax, que había adoptado su forma humana al estar en el granero de Cassie-, los andalitas no solemos interferir en las decisiones de otras especies y yo ya estoy infringiendo esa ley en vuestro caso, aunque esté muy orgulloso de ello. Pero los chee… ¡Chee! Suena gracioso, ¿verdad? –su boca humana sonrió un momento y luego, más serio, añadió -: Los chee son una especie diferente, más antigua que los andalitas. No sé, me siento… mal… al ayudarles a volverse violentos. -Mira, todos estamos en contra de la violencia, ¿o no? –intervinó Rachel-, pero nosotros no provocamos esta guerra con los yeerks. Cuando los malos de l apelícula vienen a por ti, cuando son ellos los que empiezan a usar la violencia, no te ejan elección: luchar o morir. -Luchar o morir –le di la razón-, y ahí tienes la prueba. Los pemalitas no lucharon y murieron, todos. Ahora su <>, vete a saber lo que es eso, se encuentra en los perros y sus robots les dan pienso extra, qué bien, ¿no? Eso es todo lo que han conseguido, mucho más de lo que nos espera a nosotros si perdemos contra los yeerks. -La ley de la jungla –insistió Rachel-, comer o ser comido.
-¿Cómo es posible que digas eso? –repliqué-. Eres un depredador, ya sabes cómo funciona. <Sí, sé exactamente cómo funciona, lo que no significa que me guste. Mira, eliminaron a los pemalitas, quizá por no haber luchado, de acuerdo. Sin embargo, a lo mejor si hubieran luchado habrían perdido igual, nuca lo sabremos. Pero los chee han resistido durante miles de años, y aunque sean androides, son ya una especie más. Han sobrevivido sin matar. ¿No sentís cierta envidia? ¿No desearíais poder decir lo mismo y que el Homo Sapiens mirase al universo y afirmara con total convencimiento <>?> -Yo no he hecho las reglas –protesté-, ni empecé esta guerra. Los humanos no empezaron esta guerra. Mira, no quiero hacer de esto algo personal, pero ya he oído antes el nombre de Matcom. Mi padre está trabajando en un proyecto para ellos y, el otro día Tom… –lancé una mirada a Jake-, su hermano, insistía en que fuese con La Alianza de excursión y me llevase a mi padre. La Alianza va detrás de mi padre y ahora sabemos por qué. Así que para mí es muy simple: si conseguimos el cristal pemalita, quizás acabe la relación de mi padre con Matcom y los yeerks busquen a otro a quien infectar. Nadie respondió a mis palabras. Sabía que no tenían nada que decir. -Oscuridad total –recordó Cassie, que había traído una caja del otro extremo del granero-, no puedes tocar las paredes, ni el suelo, ni el techo y debes moverte por una habitación plagada de cables sensibles que no se ven. –Cassie levanto la caja-. Os presento al animal que he elegido para llevar a cabo esta misión. No era mayor que un ratón, con unas alas pellejudas plegadas hacia atrás. -Genial –exclamé-, primero fui Spiderman y ahora me toca ser Batman. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis
[b]Capítulo 19:[/b] Había creído que, por una vez, tendríamos la oportunidad de practicar antes con la forma del murciélago. Habíamos decidido ir a buscar el cristal pemalita el fin de semana siguiente, lo que nos dejaba tiempo de sobra. Pero me equivocaba. -¿Marco? –gritó mi padre por el hueco de la escalera. Yo estaba en mi habitación devanándome los sesos con los deberes de matemáticas. -¿Qué? –respondí. -Teléfono. -Equis es igual a cero como cero treinta y nueve – me repetía para que no se me olvidase. Salí al pasillo y contesté al teléfono desde el piso de arriba-, cero como cero treinta y nueve. Sí, ¡quién es? -Hola, Marco. Soy yo, Erek. -Ah, hola, Erek, ¿qué te cuentas? –dije con la esperanza de que recordara que nuestros teléfonos podían estar pinchados. -No mucho –contestó, sonaba muy convincente para no ser humano-, verás he estado pensando que aquello que íbamos a hacer el próximo fin de semana, sería mejor hacerlo esta noche. ¿Cómo lo ves? Yo ya sabía qué era <> y también sabía que Erek no llamaba porque sí. Algo iba mal. Me costaba trabajo tragar. -De acuerdo –contesté-, si quieres, puedo llamar a Jake a ver qué le parece. -Estupendo –respondió Erek-. Hasta luego entonces. Colgué y durante un momento consideré seriamente la posibilidad de fingir que no había recibido la llamada. Me explico, quería hacer aquello porque era importante, la vida y la muerte, y todo ese rollo. Pero es que parecía sacado de un capítulo de Misión: Imposible. Y sin una preparación ni un plan previo decir imposible era decir poco. Además, tenía que acabar los deberes. Llamé a Jake y cuatro horas más tarde, cuando nuestros padres dormían, nos encontramos en el granero de Cassie. Todos, Ax incluido. Erek llegó el último. -Hay un problema –fue directo al grano-. Los yeerks están instalando un nuevo sistema de seguridad además del que ya tienen. No creo que esté activado todavía, pero no he podido averiguar de qué se trata. , propuso Tobias. -El cristal está tan bien protegido que cualquier sistema adicional puede hacerlo inalcanzable por completo –explicó Erek-. Y no olvidéis que los yeerks trabajan contrarreloj para usar el cristal en el diseño de un sistema informático tan poderoso que dominará el planeta entero. Todavía no lo han conseguido, pero cuanto más esperemos… -Oye, esto es un asco –me quejé-. Sin un plan ni una preparación adecuados, ¿qué nos queda? ¿Ir allí a probar suerte? -Os contaré todo lo que sé –prosiguió Erek-. Escuchad con atención, no es demasiado complicado. Estábamos entre la espada y la pared. No sabíamos qué hacer. Erek quería que lo intentásemos, claro, pero sus intereses podían chocar con los nuestros. La situación no podía ser peor: si nuestros padres se despertaban y descubrían que no estábamos en casa se lanzarían al teléfono, lo cual significaría intercambio de llamadas histéricas entre nuestros padres y el consiguiente aviso a la policía, que probablemente organizarían grupos de búsqueda para rastrear los bosques. -¿Vamos o no vamos? –preguntó Jake. -Vamos –resolvió Rachel, pro con mucho menos entusiasmo del habitual. -Muy bien, vamos –añadí yo-, aunque si alguno de vosotros prefiere quedarse lo entenderé. -Yo también voy –decidió Cassie mientras me lanzaba una mirada furiosa, creo que se había tomado mis palabras de forma personal-. Yo no soy de las que se queda atrás, Marco. , afirmó Ax. -No me llames <> -protestó Jake por enésima vez-. De acuerdo, en marcha. Acto seguido, Erek nos contó todo lo que sabía sobre Matcom y el sistema de seguridad que protegía el cristal. Pasados un par de minutos, yo ya estaba dispuesto a cambiar mi voto. Demasiado tarde, habíamos tomado una decisión. Era como si hubiéramos perdido el último remo de la canoa y la corriente nos arrastrara hacia la cascada. Sobreviviríamos… o no… pero una cosa era segura, íbamos a dar el gran paso. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 20:[/b] Erek no vendría con nosotros, nos estaría esperando fuera del edificio Matcom cuando saliésemos. Eso si salíamos. Fuimos al edificio Matcom volando desde el granero de Cassie. Era uno de esos típicos edificios de cemento y cristal de tres pisos que hay en cualquier parque industrial. Un montón de cristales azules, con aparcamiento en la parte de atrás. Lo cierto es que eran todos tan parecidos que nos costó un poco encontrarlo. Durante más de quince minutos sobrevolamos la zona como una bandada de lechuzas descarriadas hasta que Rachel avistó el cartel de Matcon. Aterrizamos en el tejado del edificio. Erek nos había asegurado que no había cámaras ni guardas allí. -A ver si vemos el tubo –susurró Jake, una vez recuperada nuestra forma humana, y en el caso de Ax, su cuerpo de andalita. -Erek dijo en la esquina suroeste, ¿no? –recordé. -Noroeste –corrigió Cassie, y sonaba muy convencida, así que no la contradije. -Eso es, noroeste. Oye, ¿dónde está el noroeste? –pregunté. El tubo tenía unos ocho centímetros de diámetro. -Espero que funcione –comenté-, porque ni siquiera estoy seguro de que mi Spiderman particular pueda fabricar hilo. -Spiderwoman –me corrigió Cassie una vez más-, adquiriste el ADN de una araña hembra. Las arañas lobo no tejen telas de araña, pero pueden segregar hilo, a lo mejor funciona. -Eso es muy fácil de decir, pero ni siquiera sé cómo se hace lo del hilo –me quejé. Ax ya se estaba transformando en araña lobo, así que me apresuré a imitarle. Para cuando terminamos, los otros ya se habían convertido en cucarachas. <¿Con que somos feos, eh? ¿Pues quieres saber qué me sugieres tú? Un plato exquisito –repliqué tras soltar una perversa carcajada-. Una jugosa cucaracha. Mi araña tiene hambre y tú te ves muy apetitosa. , gruñó Rachel. Desde nuestra posición, sobre la gravilla del tejado, el tubo parecía un rascacielos redondo. Sobresalía del tejado unos treinta centímetros, lo cuál representa una distancia considerable cuando mides un centímetro de alto. Di una vuelta a su alrededor y observé que en uno de los lados había alquitrán pegado a la pared del tubo, eso facilitaría el ascenso. Trepé sin dificultad hasta el borde, donde me mantuve a duras penas. Notaba una brisa que ascendía desde el oscuro interior del tubo. Era como estar en el borde del Gran Cañon del Colorado. El tubo descendía tres pisos, más el sótano, cuatro, en total. Si para un humano ya era bastante alto, para una araña equivalía a un millón de kilómetros. Ax se situó a mi lado, ahora éramos dos bailando para mantener el equilibrio. Rastreé el cerebro de arácnido en busca de los secretos resortes ocultos que me permitirían segregar hilo. Por suerte la araña no era Albert Einstein y sólo sabía hacer tres o cuatro cosas, una de ellas, fabricar hilo. El cuerpo de araña… bueno… expulsó una hebra de un filamento blanquecino y viscoso que se pegó al borde del tubo. Ax hizo lo mismo. Desde el filo del tubo me precipité a su oscuro interior. Por un momento me creí Spiderman. Caía despacio, casi a cámara lenta, dando vueltas y girando por el tubo, mientras un hilo blanco crecía tras de mí y amortiguaba la caída. Los ojos del arácnido se defendían bastante bien en aquella relativa oscuridad, gracias a unos tenues rayos de luna que nos acompañaron en la primera fase del descenso. Entonces empezó la diversión. Le di una patada a la pared del tubo y me puse a dar volteretas en el aire. Mi hilo se enredó con el de Ax hasta convertirse en una extraña cuerda de seda. Estaba pasándolo genial… entonces empecé a notar una cierta sensación de vacío. , anuncié alarmado. , le pregunté. , respondió. , protesté. , aclaré. Ax no respondió. , gemí y corté el hilo. Caí en la oscuridad total, con la única esperanza de que aquel aterrizaje forzoso no resultase mortal. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 21:[/b] No se acababa nunca. ¡POP! ¡POP! Chocamos contra algo duro y rebotamos. ¡POP! ¿POP! , gritó Jake desde arriba. , repliqué. El plan consistía en que Ax y yo fabricáramos el cable por el que los otros, convertidos en cucarachas, descenderían. De esa manera evitaríamos transformarnos todos en araña, aunque tampoco hubiese servido de mucho, la verdad. Ax y yo nos apartamos a un lado. Una vez alcanzado el final del hilo, las tres cucarachas se soltaron y… ¡POP! ¡POP! ¡POP!, aterrizaron en un santiamén. , preguntó Jake. , me preguntó Cassie. , insistió Cassie. , admití. , señaló Rachel. Por supuesto, nadie me hizo el más mínimo caso y pateamos el suelo metálico. Nuestras garras producían un horrible tintineo chirriante sobre el metal, pero dudo mucho que ningún humano lo notara. A medida que avanzábamos, había más polvo en el suelo del tubo de ventilación. Tenía la extraña sensación de andar sobre hojas secas, mientras mis ocho patas escarbaban y levantaban una nube de polvo tras de mí. Al final había tanto polvo que parecía una alfombra, aunque de unos pocos milímetros de grosor. Cada tres metros, más o menos, había una abertura con una rejilla. A través de las enormes barras metálicas se colaba una tenue luz procedente de los salvapantallas de los ordenadores y los indicadores de función, rojos y verdes de las oficinas de abajo. En cualquier caso, nos bastaba para guiarnos sin dificultad en la oscuridad del tubo. Y entonces… Salió disparada, todos la imitamos. Yo también empecé a notar las vibraciones. Pasos rápidos y confusos, y algo que se movía a rastras. A mi izquierda corría la otra araña, Ax, y por delante de nosotros dos cucarachas. Justo detrás de mí, hacia la derecha, me perseguía la tercera cucaracha, Rachel. Me era imposible volverme y mirar por encima del hombro, primero, porque no tenía hombros, y luego, porque tampoco tenía exactamente una cabeza que girar. Así que me paré, me di la vuelta y a la suave luz de una rejilla, la vi. Gigantesca, unas veinte veces mayor que yo. Una amenaza horrible y enorme se cernía sobre nosotros. Lo que habíamos oído arrastrarse eran su cola pelada y su peluda panza. Tenía hambre y venía a por nosotros. Por desgracia, era más veloz que yo. Corríamos lo más rápido que una araña o una cucaracha puede correr, que tampoco es que sea gran cosa, pero a nosotros, que no levantaríamos más de dos centímetros del suelo, nos parecía una barbaridad. Una rata puede alcanzar la velocidad máxima de diez kilómetros por hora, una araña quizá superaría el kilómetro, y eso con mucho esfuerzo. , exclamó Jake. La siguiente rejilla estaba a unos tres metros de distancia y aunque no tenía tiempo de volverme para ver dónde estaba la rata, todos los pelillos de mi cuerpo de arácnido me decían que muy cerca. Sin embargo, no era eso lo único que percibían mis minúsculos pelos, había algo en la brisa… , oí gritar a Jake. Una décima de segundo después, mis patas de araña se agitaban en el aire. Como en los dibujos del Correcaminos. Me precipité en el espacio, tuve la sensación de quedarme suspendido pataleando un instante y luego caí. ¡POM! ¡POM! ¡POM! ¡POM! ¡POM! Volvimos a dar con el frío metal y cada nuevo impacto levantaba pequeñas nubes de polvo. , advirtió Cassie y, por suerte, esta vez tampoco discutí. ¡CA-PUUMMMM! ¡La rata había caído detrás nuestro! ¡Todavía nos seguía! Por suerte, se quedó un poco atontada del golpe y nosotros aprovechamos para escapar de allí. De repente, el suelo volvía a abrirse ante nosotros, pero en lugar de un pozo de oscuridad, como en las ocasiones anteriores, se trataba de una extraña superficie muy amplia con capiteles desiguales. Todos eran de acero, unas tres veces más altos que mi cuerpo de arácnido, y con una abertura en la parte superior. Había cientos de ellos, perfectamente alineados. De este campo de capiteles, surgía un olor muy desagradable que mi mente de araña no reconoció. Un fulgor parpadeante y casi sobrenatural iluminaba la escena, que bajo aquella luz tan misteriosa ofrecía el aspecto de un terrible cementerio en el que los capiteles venían a ser lápidas industriales. Vaya, que daba un poco de miedo. , pregunté. Jamás me habría metido allí si no fuera porque la rata nos pisaba los talones. No hacía falta ser araña para darse cuenta de que aquel lugar era peligroso, lo decía a gritos. Con la punta de una de mis patas me apoyé sobre uno de los capiteles, de ése pasé a otro y a otro. Crucé el campo caminando sobre los capiteles con extremo cuidado. Las cucarachas se deslizaban maniobrando por los vales que se formaban entre los capiteles. Al no poder andar con normalidad debían arrastrarse centímetro a centímetro. , insistí. Entonces, por el tono de voz de Jake, lo comprendí. , matizó Rachel solemne. Sobre mi cabeza descubrí el origen del misterioso fulgor. Era la luz del piloto, un chorro de llama azul tan largo como mi cuerpo. Sentía calor aunque para mí estaba tan alto como el techo de una catedral. La rata, que era más lista que nosotros, se detuvo antes de entrar en la caldera. No había vuelta atrás, debíamos cruzar por allí. Confiábamos que ¡Matcom! Siguiera los consejos del gobierno para ahorrar energía, y rezábamos por que nadie hubiese estado toqueteando el termostato. Porque si encendían la calefacción. ¡SSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS! El gas subió con la fuerza de un huracán por las aberturas de los capiteles. En unos instantes llegaría a la llama del piloto y ¡todo aquello estallaría en llamas! Y yo que creía que no podía correr más deprisa. Jake, Rachel y Ax iban por delante, pero Cassie y yo estábamos demasiado rezagados como para salir de allí a tiempo. ¡SSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS! Y entonces… ¡WHOOOOOOOOSH! ¡FUUUUUUUUUUMMMMMMMMMMPP! El mundo entero explotó a mi alrededor. Se levantó un muro de fuego… y se desató un huracán de aire ardiendo. Salí despedido, dando vueltas por aquel aire que despedía más calor que un horno. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 22:[/b] Con un salto mortal hacia atrás fui a caer sobre el frío metal una vez más y derrapé como un coche. Choqué contra Jake y, un segundo después, Cassie contra mí. , preguntó Jake. , respondió Cassie. , observó Rachel. La imagen no era precisamente agradable. Nos habríamos frito, achicharrado y reventado más deprisa de lo que tardaríamos en transformarnos. , murmuré. Aunque bromeara, por dentro estaba temblando. El resto del trayecto por el tubo de la calefacción transcurrió sin incidentes, lo cuál me dio tiempo para asimilar lo que había estado a punto de sucedernos. Un segundo más tarde y habría salido de allí convertido en araña a la brasa. Recorrimos una serie de desniveles, alrededor de un panel metálico y lego rodeamos otro más. Era el sistema de bloqueo de luz, que impediría el paso a cualquier fotón procedente del tubo de ventilación. Llegamos al borde de otra pendiente. Más allá estaba la sala de alta seguridad, donde se hallaba el cristal pemalita. Nos encontrábamos a unos dos metros de altura, debíamos dejarnos caer y luego mantenernos a una distancia máxima de medio metro de la pared, de lo contrario los sensores de presión instalados en el suelo se dispararían. A esas alturas ya nos habíamos acostumbrado a dejarnos caer. , bromeé mientras me precipitaba al vacío. La experiencia de caer al vacío en la más completa oscuridad resulta de lo más extraño, porque no ves dónde está el final y no acabas de percibirlo como una caída. Hasta que te das de morros contra el suelo, claro. Volver a mi forma humana fue un alivio, aunque mis ojos no eran mucho mejores que los de la araña en aquella oscuridad. Nunca había estado rodeado de una oscuridad semejante, era peor que encerrarte en el cuarto de baño sin encender la luz. Tenía la sensación de estar enterrado vivo. -Podría haber seis hork-bajir a un paso y ni nos enteraríamos –comenté en voz baja y la oscuridad pareció tragarse mis palabras. -Bonita ocurrencia –replicó Rachel con sequedad. -Y según Erek, si avanzamos dos pasos hacia el interior de la habitación entraremos en un laberinto de cables ultrasensibles. Al mínimo contacto se dispararía la alarma, así que debemos recorrer esos diez metros largos sin tocar ninguno de ellos –nos recordó Jake-. Sin acercarnos al suelo, al techo, ni a las paredes. -Vamos a transformarnos –propuso Cassie- y así veremos mejor. Quizá <> no sea la palabra exacta, pero bueno, ya me entendéis. Lo que quería decir era que podríamos guiarnos gracias a la resonancia, algo así como cuando nos transformamos en delfines. Es la capacidad que tienen los murciélagos de emitir sonidos muy rápidos, superagudos, que el oído humano no puede percibir. Esos sonidos vibran al entrar en contacto con un cuerpo sólido y devuelven una resonancia, un eco, que forma una especie de imagen del sonido. Al menos, eso era lo que esperábamos. En un principio habíamos pensado hacer una transformación de prueba con el fin de así averiguar si era o no verdad. Como no pudo ser, allí estábamos, a punto de convertirnos en murciélagos y sin saber muy bien qué iba a pasar. -Algún día recordaremos esto y nos reiremos –intenté animarles-. Si vivimos para contarlo, claro. Me concentré en el murciélago que habíamos adquirido. No son tan repugnantes como la gente cree; y por supuesto mucho menos que las arañas. Éste, en concreto, era un murciélago muy pequeño, mediría unos pocos centímetros de largo. Recordaba a un ratón con enormes orejas y cara de perro pequinés. Aparte de las alas, que parecían de cuero, era como cualquier otro mamífero básico. En esta ocasión, sin embargo, resultaba imposible presenciar el proceso de transformación. No se veía nada en absoluto. No vi el suelo acercarse mientras me encogía, ni mis piernas menguar hasta casi desaparecer, ni tampoco cómo me salía un pelo marrón que me cubría todo el cuerpo. También me fue imposible contemplar cómo mis dedos se estiraban y un finísimo cuero rellenaba los espacios entre ellos. No vi nada de todo esto. De hecho, no me di cuenta de que ya era un murciélago hasta que mi nuevo cerebro me envió una orden para que abriera la boca y emitiese sonidos. Generé una serie de pulsaciones sonoras muy rápidas, igual que cuando imitas el sonido de una ametralladora, pero más agudas y mucho más rápidas. Y entonces… , exclamé. De repente aquella habitación invisible y negra como el carbón se iluminó. Aunque no se trataba exactamente de luz, más que ver, se sentía… pero a distancia. Sentía una habitación enorme, en la que percibí miles de cables tensados en todas direcciones. De arriba abajo, de derecha a izquierda y en diagonal. En el centro de la sala, más allá de la maraña de cables, capté una superficie plana elevada y una especie de pedestal de cuya parte superior surgían unos cables en forma de espiral. La imagen se fue tan rápido como llegó. Lo otros estaban ocupados lanzando sus propias ráfagas de sonidos, pero sus resonancias no me llegaban con la misma claridad. , bromeé. , replicó. , de repente se me habían quitado las ganas de bromear. Me mojé los labios con mi lengüecilla de murciélago. Aunque no estaba seguro de tener labios. -Bien, esto va a ser toda una experiencia –pensé al tiempo que abría y extendía las alas. Las probé con cuidado. Se movían de forma distinta a las de los pájaros, era como si a cada aleteo intentase agarrar el aire para empujarlo hacia atrás. Disparé una ráfaga de resonancias y despegué. ¡Más sonido! ¡Había cables por todas partes! ¡A la izquierda! ¡Otra vez a la izquierda! ¡Ahora abajo, no, arriba! ¡Derecha, izquierda, derecha, derecha, arriba! Disparaba una y otra vez aquella batería de sonidos superagudos y una y otra vez lograba esquivar los cables por muy poco. ¡Era una locura! El proceso era tan rápido que mi cerebro humano iba tres pasos por detrás. La velocidad, la agilidad y la inmediata interpretación de la información recogida por las resonancias eran increíbles. Todo ocurría al mismo tiempo. De repente había traspasado la zona de cables, ¡lo había logrado! Aterricé sobre una mesa situada en el centro de la sala. La operación me había llevado, como mucho, diez segundos de vuelo enloquecido. Uno a uno, los demás fueron llegando y yo los seguía en su vuelo con mis ráfagas de resonancias. Habíamos cumplido nuestro objetivo y eso nos produjo gran excitación. Era una sensación fantástica. , exclamé. , añadió Rachel. , preguntó Cassie. , contestó Ax tras emitir una ráfaga. No era mayor que un gran de uva y reposaba sobre un pequeño pedestal. Había montones de cables, no sensores, sino cables eléctricos normales alrededor de él, pero lo curioso era que el cristal no estaba sujeto a nada. Simplemente lo habían colocado allí, cualquiera podía llegar y llevárselo. Emitía un suave murmullo y, podéis reíros si queréis, pero parecía tener vida. Hubo un momento de silencio. , apuntó Cassie, cosa evidente, por otra parte. , intervino Ax. He de confesar que en ese momento se nos pasó el entusiasmo. , reflexionó Ax sin inmutarse. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis
[b]Capítulo 23:[/b] , repitió Ax sin entender nada. , preguntó Ax. , sugirió Rachel. , recordó Ax. , murmuré. , inquirió Rachel. Es en esos momentos cuando más me alegro de que Jake sea nuestro líder, aunque a él no le guste. Todos sabíamos lo que debíamos hacer, pero alguien tenía que decirlo. Por suerte no era yo. , murmuré. ¿Habéis visto alguna de esas viejas películas de guerra en las que los americanos se dirigen a una playa enemiga? Ya sabéis, esas en las que van en un pequeño bote, sorteando las olas, preparándose para saltar a una playa donde serán recibidos con ráfagas de ametralladoras y fuego de mortero. Bien, pues la sensación era la misma. De momento manteníamos la calma, pero en pocos minutos todo sería cuestión de vida o muerte. Una rápida sucesión de acontecimientos estaba a punto de tener lugar, y ninguno de ellos sería bueno. Recuperé mi cuerpo humano y entonces me concentré en la forma que adoptaría para la lucha. Como seguíamos a oscuras, no vi mi cuerpo crecer ni cubrirse de pelo. Pero notaba cómo mis hombros se ensanchaban y desarrollaban más allá de lo que ningún culturista pudiera soñar jamás. Notaba aquella fuerza inimaginable para los humanos. Era un consuelo saberse más fuerte que tres o cuatro, incluso cinco hombres juntos, pero ni siquiera un gorila es invencible. , preguntó Jake. Allí, en la oscuridad, sensible al tacto, aunque invisible, había energía suficiente para vencer a un pequeño ejército. Jake se había transformado en tigre, Cassie, en lobo, Rachel en uno de los pocos animales que superan en fuerza al gorila: un enorme y terrible oso pardo adulto. Y Ax… bueno, Ax era Ax. Lo cierto es que si has visto luchar a un andalita, sabes que con esa cola no necesita nada más. , contesté intentando disimular lo asustado que estaba. , anunció Rachel y antes de que nadie pudiese replicar… ¡¡¡GGGRRRROOOOOUUUUAAARRRRR!!!!! Rachel arremetió y, al pasar por mi lado, me dio un empujón que me hizo rodar por el suelo. Una décima de segundo después… ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! El ruido de la alarma era ensordecedor. Los otros se lanzaron detrás de Rachel. Esperé un momento mientras tomaba el cristal, porque, aparte de Ax, yo era el único que tenía manos. Entonces salí tras ellos y me sumergí en la oscuridad más absoluta sujetando con firmeza el cristal. Rachel se abrió paso entre los cables sensores y logré percibir en qué dirección se había ido. Al intentar avanzar, me topé con Ax, reboté en Jake y, finalmente -¡PUMBA! -, me di contra la pared. ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡CA_RRRRONCH! Se oyó un ruido muy fuerte y chirriante y, de pronto, ¡luz! ¡Se podía ver! ¡Qué alivio recuperar la visión! Una débil luz se colaba por la puerta, o lo que quedaba de ella, después de que Rachel hubiese estampado media tonelada de oso furioso. Estaba hecha añicos y eso que era de acero. Ante mis ojos pasó una imagen fugaz naranja y negra de movimientos veloces y sinuosos, era Jake convertido en tigre. Cassie , el lobo, le seguía, y ,tras ella, iba el único animal alienígena del grupo. Al otro lado de la puerta había un corredor. -¡A la izquierda! .ordenó Jake. En nuestra huida, vimos otras puertas, oficinas, fotocopiadoras, ordenadores, máquinas de fax, despachos y escritorios. Rachel encabezaba la marcha como un tanque descomunal a cuatro patas, mientras sus rugidos se mezclaban con el pitido incesante de las alarmas. ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! Al fondo del corredor, una puerta nos cerraba el paso. Estábamos atrapados, pero Rachel la golpeó con el hombro hasta hacerla desaparecer. Aparecimos en una sala de techos altos, muy espaciosa, una especie de recepción. A través de los cristales ahumados de las ventanas pude vislumbrar algunas estrellas vacilantes. ¡Sólo treinta metros más y saldríamos de allí sanos y salvos! Lo único que se interponía en nuestro camino hacia la libertad eran unos veinte hombres, controladores humanos, armados con rifles y un par de docenas de guerreros hork-bajir que les cubrían las espaldas. -¿Hork-bajir? –preguntó Rachel; la visión del oso no es una maravilla y menos con tan poca luz. -Eso mismo –respondí. -¿Cuántos son? –insistió. -Demasiados. Son demasiados. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.
[b]Capítulo 24:[/b] ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! ¡PRRRRIIIIIITTT! La alarma seguía aullando, cuando se oyó algo peor: ¡CHA-KLIK! Los controladores humanos habían cargado sus rifles y, si disparaban, acabarían con nosotros antes de que pudiéramos mover un solo músculo. Una de ellos avanzó un paso. Se trataba de una señora de mediana edad, bastante guapa, con ropa de calle y el pelo teñido de rubio platino. Es posible que incluso fuera abuela. -Ahí los tenéis, los bandidos andalitas –dijo con la cara contraída por la ira, aunque su voz no la trasluciese-. Me habéis hecho un gran favor, cuando os entregue a Visser Tres me ascenderá dos o tres grados. , replicó Ax con frialdad. -Rendíos, no tenéis escapatoria –espetó la mujer-. Prefiero deteneros vivos, pro Visser estará encantado si le entrego vuestros cadáveres. Nos la quedamos mirando, así como a los veinte cañones que nos apuntaban. Levanté la mano y mostré el cristal pemalita que sostenían mis dedos de gorila. -Dame eso –exigió; se había quedado más blanca que su pelo. Negué con mi cabeza de gorila. -Bajad los rifles –ordenó. -¿Qué? –gritó alguien desde detrás de ella-. ¡Los tenemos! ¡Son nuestros! -¿Qué crees que pasaría si una bala alcanzara el cristal? –replicó, haciendo un esfuerzo por mantener el control a pesar de la tensión. -Pero las posibilidades de que una bala llegue a…. No creo que le demos –insistió el tipo. -Ese cristal tiene más valor que la nave nodriza y todo lo que contiene dentro –dijo ella con una oscura sonrisa y luego le chillo-. ¿Quieres disparar? ¡Bien, pues dispara, idiota! Si le aciertas al cristal, tú mismo te encargarás de comunicárselo a Visser Tres. La mujer se tranquilizó y el tipo que había hablado decidió que no le apetecía explicarle nada a Visser Tres. -Todos los controladores humanos, atrás y bajad las armas –ordenó. Los rifles vacilaron un instante y luego fueron bajando hasta apuntar al suelo. Pero eso no bastaba para hacerme recuperar el aliento. Sabía lo que vendría después. -Hork-bajir, adelantaos –continuó la mujer que me miraba con una sonrisa perversa. El andalita que nos había otorgado nuestro poder nos explicó que los hork-bajir habían sido una raza pacífica y noble antes de ser esclavizados por los yeerks. Ahora todos los hork-bajir eran controladores. A pesar de todo, resultaba difícil de creer que los hork-bajir hubiesen sido en algún momento unos angelitos, parecían la encarnación de la muerte: más de dos metros de altos, dos y medio si contamos las cuchillas que surgen de sus cabezas de serpiente. Cuchillas en codos, muñecas y rodillas, pies como garras de tiranosauro y una cola corta y gruesa rematada por unas terribles púas completan su figura. Son armas vivientes, de filos cortantes y velocidad de vértigo. Ya hemos combatido contra ellos antes y sé contar, dos docenas representan al menos doce más de los que podríamos vencer. En ese momento, más allá de los controladores humanos que se retiraban, fuera del edificio y mirando por el cristal, divisé a Erek muerto de miedo. Erek no podía hacer anda por ayudarnos, tan sólo limitarse a presenciar nuestra masacre. El miedo era tan intenso que me entraron ganas de vomitar, me dominaba por completo y me revolvía el estómago. La batalla estaba perdida. Íbamos a morir. Y la vida, cualquier tipo de vida, es siempre mejor que la muerte. -Atacad –ordenó la mujer en un susurro. Los hork-bajir avanzaron como un muro de navajas afiladas y amenazantes. ¡Justo delante de mí! ¡ZASSS! Un enorme ejemplar de hork-bajir hizo un movimiento y de mi duro pecho brotó una brillante línea roja. Le aticé un puñetazo que lo dobló en dos, sin embargo, otro se me abalanzó saltando por encima del primero. Le bloqueé un brazo pero consiguió acertarme con una de sus garras. Caí de espaldas y, al mirar hacia abajo, me di cuenta de que tenía una brecha en el estómago. ¡Un agujero! Veía las tripas del gorila, eran mis tripas. ¡Mis tripas! , grité por telepatía mientras el gorila bramaba en su agonía. El hork-bajir se encaramó encima mío, me revolví y le pegué en las piernas. Cayó a mi lado y con la mano izquierda le agarré el cuello y apreté con todas mis fuerzas. Él me hizo otro corte, esta vez en el brazo, pero no le solté. Yo aullaba de dolor mientras el hork-bajir se retorcía y agitaba salvajemente y empezaba a sufrir un temblor incontrolable. La batalla se extendió a nuestro alrededor. Gritos y rugidos animales, confusos gruñidos de los hork-bajir e incluso alaridos guturales de los controladores humanos animando a los hork-bajir sonaba por todas partes. Jake, de un salto, clavó sus fauces en la cabeza de un hork-bajir. Rachel, de un zarpazo, abrió en canal a otro, como el que limpia un pescado. Cassie esquivaba las embestidas con agilidad, lanzaba bocados, se retiraba para tomar fuerzas y volvía a atacar, mientras una espuma rojiza brotaba de su hocico. Y Ax, por su parte, lanzaba una y otra vez con tal velocidad y precisión su cola andalita que la convertía en una arma mortífera. Pero íbamos perdiendo. No duraríamos mucho. , gritó alguien, quizá fui yo, no lo sé. Era un grito telepático que procedía de todas nuestras mentes a la vez. Y el ruido de la alarma no cesaba ¡PRRRRRIIIIIIIIITT! Mi presión sobre el cuello del hork-bajir cedía, pero no importaba; no iría demasiado lejos. Mi visión se tornó roja y desenfocada. Sentí una punzada profunda cuando uno de ellos me clavó una de sus cuchillas en mi corazón de gorila. Ya nada importaba. Todo había terminado… terminado. A través de una cortina rojiza vi la cara de Erek al otro lado del cristal. El azar de la batalla me había conducido cerca de las ventanas y Erek se encontraba a tan sólo unos pocos metros de mí, al otro lado del ventanal. Noté algo duro en mi mano, el cristal. Me arrastré por el suelo hasta que la cobarde patada de un hork-bajir me estampó contra la ventana. , me dije. Comprendí que tras aquella patada, moriría. Mi cerebro se estaba cerrando y lo sabía. Unos controladores humanos me rodearon y empezaron a descargar culetazos sobre mí. Con un último esfuerzo, atravesé el ventanal de un puñetazo. Noté cómo unos dedos poderosos me hurgaban la mano para abrirla hasta que me quitaron el cristal. Y después…. mucho después, alguien me abofeteó. -¡Transfórmate, Marco! ¡Transfórmate de una vez! ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

[b]Capítulo 25:[/b] Me desperté tirado en el suelo, no en el edificio, sino sobre tierra y hojas. Me incorporé de inmediato y contemplé mi cuerpo. -¡Humano! –exclamé. Sentí ganas de llorar por el alivio de volver a ser yo. Era yo y estaba vivo. Eché un vistazo a mi alrededor y allí estaban: Jake, Cassie, Rachel, Ax. Todos estaban vivos y habían recuperado su forma humana, salvo Ax, por supuesto. Tobias se había posado en un árbol, encima de nosotros. Había alguien más, se oía una voz que sollozaba. -¿Estás bien, Marco? –me preguntó Jake. -Sí, si. Amigo, ¡esta vez si que he estado cerca! -De hecho has estado muerto –declaró Jake con solemnidad-, pero él te aplicó un electroshock para que tu corazón volviera a latir. -¿Quién? Jake hizo una señal con la cabeza hacia el lugar del que provenían los sollozos. Era Erek, cabizbajo y sentado en el suelo. -¿Dónde estamos? –pregunté. -En la arboleda, fuera de Matcom, o de lo que queda de esa compañía. -¿Y se puede saber cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos conseguido salir del edificio? –insistí-. ¡Estaba todo perdido! -Tú nos salvaste al entregarle el cristal a Erek –me informó Cassie que se sentó a mi lado-. Lo usó, se reprogramó y fue el que… –Cassie apartó la mirada- él… -Él se encargó de los hork-bajir –continuó Rachel-. Yo vi parte de lo que sucedió, porque aún no había perdido la consciencia. -¿Cómo se las arregló él solo con los hork.bajir? –pregunté, algo confundido. , contestó Ax. -Anda ya, ¿qué Erek se llevó por delante a dos docenas de hork-bajir? –dije entre risas. Nadie se rió. Por su parte, Erek había dejado de sollozar y entonces caí en la cuenta: ¿desde cuándo los robots lloran?>>, pensé. , matizó Ax. Me puse en pie. El edificio Matcom estaba a unos cientos de metros de allí y pude observar un enorme agujero en el ventanal principal. Me recorrió un escalofrío al imaginar la escena tras aquel cristal roto. -¿A todos? –era todo lo que se me ocurría preguntar. -Todo sucedió en unos diez segundos –aclaró Rachel y cerró los ojos, en un intento por no recordar lo que había visto. Sin embargo, no parecía resultarle fácil deshacerse de aquellas imágenes. Cuando los abrió de nuevo, y ante mi sorpresa, estaban llenos de lágrimas. Eso fue lo que me hizo experimentar de nuevo el terror, las lágrimas de Rachel. Me fijé en la cicatriz que Ax tenía en el brazo izquierdo. -No ha dicho nada desde entonces –añadió Cassie-. No quiere hablarnos. -Pero, bueno, nos ha salvado la vida, ¿no? –pregunté. -Sí –confirmó Cassie con una sonrisa profundamente triste-, salvó nuestras vidas y perdió su alma. Me acerqué a Erek; quería darle las gracias. Quería decirlo que lo que había hecho era lo correcto, había acabado con los malos y salvado a los buenos. Se levantó al verme llegar. -¿Estás bien, amigo? –le dije. Me miró con sus ojos holográficos de humano. Quizás había <> hacerlos llorar y mostrar aquella mirada vacía. No sé exactamente cuál es la conexión entre el androide chee y su proyección humana, pero su expresión bastó para responder a mi pregunta. No, Erek no estaba bien. -Nos salvaste la vida, Erek. -¿Cómo… cómo conseguís vivir con los recuerdos? –me preguntó. Sabía a lo que se refería. Veréis, ganes o pierdas, tengas o no razón, el recuerdo de la violencia permanece en tu memoria. Se queda allí como un trozo de comida que no puedes acabar de tragar, es un agujero negro que oscurece la esperanza y va devorando la felicidad día a día, como un cáncer. Es una sombra que se aloja en tu corazón y con la que intentas seguir viviendo. -Supongo –respondí encogiéndome de hombros –que intento no pensar en ello, trato de olvidarlo y, al cabo de un tiempo las pesadillas ya no son tan frecuentes. -Androide –indicó Erek llevándose un dedo a la frente al tiempo que sonreía con amargura-. No puedo olvidar. ¿Te das cuenta? Nunca podré olvidar… nada. Le miré. Mi mente humana ya empezaba a diluir las imágenes de aquella noche de horror. Los brillos de las cuchillas, el dolor, la repugnante sensación de mi puño apretando el cuello del hork-bajir… todo ello iba cicatrizando. ¿Y si yo no pudiese olvidar jamás? ¿Y si todos esos recuerdos permanecieran para siempre frescos en mi memoria? Entonces comprendí por qué los pemalitas habían prohibido a sus criaturas matar. Los chee vivirían para siempre y eso era demasiado tiempo para recordar lo que Erek había hecho. -Lo siento –le dije. -Sí –admitió y alargó su puño con la palma hacia abajo. Me di cuenta de lo que pretendía hacer, pero no lo quería. Sin embargo, extendí mi mano y tomé el cristal pemalita. -Me he reprogramado para volver a ser como antes –explicó-. Nosotros… yo… quizá te podré facilitar información de vez e cuando. Sólo información. Pero nunca volveré a luchar. No puedo participar en esta guerra, amigo mío. Se alejó y nosotros regresamos a nuestras casas, a las camas que nuestros padres jamás sospecharían que habíamos abandonado. Me sentía más que exhausto y, a pesar de todo, me resultaba imposible dormir. Eran demasiadas imágenes, demasiados recuerdos y tenía miedo de volver a tener pesadillas. En esta vida existen cosas terribles y algunas veces los humanos debemos enfrentarnos a ellas. Cerré los ojos y me zambullí de lleno, solo y asustado, en mis pesadillas. Mi mente ya estaba empezando a olvidar. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

[b]Capítulo 26:[/b] -¡Uno, dos! ¡Venga, ve a por él! Homer salió como una bala, levantando haces de arena, mientras el frisbee zumbaba sobre su cabeza. En un segundo Homer se situó frente al disco, saltó giró en el aire y lo atrapó de un bocado. En un salto llegó hasta la orilla y aterrizó sobre la ola que rompía. -¡Muy bien! ¡Buen chico! –lo animó Jake. -No está mal –admití-, aunque no llega al nivel de aquel perro que vimos por la tele, reconozco que no lo hace mal del todo. -Oye, aquel perro era un <> del frisbee y Homer lo hace sólo por diversión. Ni siquiera está federado. Homer regresó trotando por la arena con el disco en la baca. Ya había transcurrido una semana desde nuestra batalla por el cristal pemalita y Jake y yo habíamos ido a la playa. Tobias sobrevolaba la zona dejándose transportar por las corrientes cálidas ascendentes y no tenía ni idea de dónde estaban los demás. Mi pelo por fin había crecido un poco, pero me había acostumbrado a llevarlo corto. Decidí que lo mantendría así, más que nada para incordiar. No había demasiada gente en la playa porque hacía algo de frío para tomar el sol. En lugar de eso, la gente venía a hacer volar sus cometas, a buscar conchas y monedas perdidas en la arena. Jake se arrodilló e intentó quitarle a Homer el disco de la boca y éste, como todos los perros habidos y por haber, no se lo permitió. -Parece que nunca acaban de entender las reglas del juego –dije-. Tú lo lanzas, ellos lo recogen y lo traen de vuelta para que tú lances de nuevo. ¿Tan difícil es? -Ellos conocen a la perfección las reglas del juego –respondió entre risas Jake, que al acariciar a Homer entre las orejas había recuperado el disco-. Pero para ellos, el juego consiste en que yo lanzo el disco, ellos lo recogen, lo traen de vuelta, les acaricio la cabeza y entonces lo sueltan. En ese momento, Homer perdió todo interés en aquel disco. Dos perros pasaron al trote con las cosas erguidas y Homer se les acercó para saludarles. Se olieron, a modo de presentación, y se marcharon corriendo felices, entusiasmados, como los payasetes bonachones que eran. -Debió de ser un lugar estupendo –comenté sonriendo al verlos. -Sí –respondió Jake que sabía perfectamente a qué me refería-. Un planeta en el que la gente fuera tan dulce y tan honrada como los perros. Sí, me habría gustado conocerlo. -Ayer me encontré a Erek en el 7- Eleven –comenté-. Creo que buscaba un lugar en el que poder abordarme como por casualidad. La cosa es que me dio un número de teléfono a salvo de posibles interferencias de los yeerks. Dice que no lo podrían intervenir ni queriendo. -¿De veras? –preguntó Jake. -Y me dijo que si alguna vez le necesitamos, podemos dejar un mensaje en ese número. Y si él tiene algo que decirnos, grabará allí un mensaje. -Ya –gruñó Jake-. ¿Crees que servirá de algo? -No lo sé –contesté con sinceridad-, lo que creo es que los chee van a continuar luchando contra los yeerks, pero a su manera. Me hurgué en el bolsillo y saqué el pequeño cristal de forma diamantina. -Por cierto, todavía tengo esto –dije-. No sé que hacer con él. Erek no quiso ni hablar del asunto, y eso que se trata del ordenador más potente jamás creado. Podría dominar todos los ordenadores de la Tierra. El cristal pemalita, casi nos cuesta la vida quitárselo a os yeerks. ¿Qué hago ahora con él? Allí estábamos, contemplando la mayor cantidad de poder que un humano ha tenido jamás en sus manos, cuando nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Homer y los otros dos perros habían vuelto y nos miraban. Sé que os costará creerlo, pero os juró que hubo un brillo de inteligencia en los sonrientes ojos de aquellos animales. Extendí la mano para mostrarles el cristal. Homer me lo arrebató como si fuese una galleta, pero no se lo tragó, lo sostuvo entre los dientes, donde brillaba como un diamante. Los perros se dieron la vuelta, corrieron hacia el agua y nadaron unos metros. Cuando regresaron, se lo pasaron de miedo sacudiéndose con fuerza y echándoles el agua a dos ancianas que buscaban conchas. Quizás un día de éstos el agua arrastre la piedra pemalita a una playa cualquiera. A lo mejor, para entonces, seamos una raza tan sabia como la que la creó. -¡Homer! –gritó Jake y lanzó el frisbee. Y los tres perros salieron a la carrera tras él, como los locos felices, tontuelos y maravillosos que son. ©1997 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

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