#17 La caverna

Sinopsis:

Por fin los animorphs descubren un arma contra los yeerks, un arma que los vuelve locos: el puré de avena.
¡Sí! Para acabar con ellos bastará con prepararlo. ¿O no?
Pues no. Porque también tendrán que volver al estanque yeerk, y reencontrarse con Visser Tres, una perspectiva poco atrayente.
Quizá esta vez la suerte no acompañe a los animorphs…

Datos del libro:

El libro tiene 164 páginas.

En este libro, como nuevos personajes, conoceremos al pobre George Edelman. Edelman era un controlador normal, hasta que su yeerk se volvió loco. El yeerk se volvió adicto al puré de avena, sustancia que enloquece a los yeerks y les permite sobrevivir aún sin rayos Kandrona.

Lo narra Rachel, quien…

Como nuevas palabras, encontraremos: Biofiltro Gleet, un aparato que los yeerks instalan en todas las entradas a la piscina yeerk y que destruye toda forma de vida cuyo ADN no esté registrado como válido en el sistema. Guano, excremento de murciélago.Robots cazadores, estas máquinas vuelan por encima de la piscina yeerk, del tamaño de una pelota de playa, y disparan a todo visitante desagradable.

Las Nuevas transformaciones son:

Rachel, en topo (25) con la cual tuvo un ataque de claustrofobia.

Jake también se transforma en topo (24).

Cassie, también en topo (25).

Sorpresa, Marco también se transforma en topo (25).

Tobias se transforma en topo (10) y también en murciélago (11).

Ax se transfoma también en topo (21)

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Rachel. ¿Queréis saber mi apellido? Pues lo siento mucho, pero no acostumbro a revelarlo. Y no penséis mal, no me las estoy dando de lista. Es una cuestión de prudencia. Permitidme que os ponga en antecedentes. La Tierra, nuestro pequeño planeta azul y verde, de esponjosas nubes blancas, está amenazado. No se trata de una amenaza al estilo documental de la Segunda Guerra Mundial ni nada parecido a la guerra de las galaxias. El ataque se desarrolla de forma sutil, nada de tremendas explosiones ni pistolas de rayos láser. Si en la mayoría de las guerras el objetivo consiste en hacerse con el control de tierras o someter por fuerza a los enemigos, en ésta, nuestros invasores no están interesados en el territorio, ni siquiera defienden una ideología. No pretenden hacerse con el control de la capital del país ni plantar su bandera. Nos quieren a nosotros, sólo les interesan nuestros cuerpos físicos. Conocidos con el nombre de yeerks, son una raza de parásitos como la tenia o algo así que necesitan instalarse en el cuerpo de otra criatura para sobrevivir. Cuando no disponen de portador, estos bichos, con aspecto de simples gusanos grises, chapotean indefensos en el estanque yeerk. A diferencia de la tenia, los yeerks no se instalan en los intestinos, sino en el cerebro. Cuesta creerlo, pero entran en el ser humano por el conducto del oído, aplanando y retorciendo su cuerpo hasta lograrlo. Una vez dentro, se cuelan por todos los pliegues y arrugas de tu cerebro y se introducen en tus pensamientos hasta arrebatarte el control. A partir de ese momento, te hurgan en los recuerdos cuando les viene en gana y te roban cualquier intimidad. No puedes tener ningún secreto. Lo saben todo. Invaden tus sueños, tus pensamientos, tu voluntad, tus deseos y anhelos. Dominan tu cerebro por completo. Les perteneces. Son ellos los que levantan tus brazos y arquean tu cintura. Controlan el movimiento de tus ojos para observar aquello que les interesa. Comen por ti e incluso van al baño por ti. Y como conocen cada uno de tus pensamientos, se hacen pasar por ti a la perfección. Nunca fallan. Tus amigos no notan nada, ni siquiera tus padres. La suplantación es perfecta. Y mientras tanto, estás solo, atrapado, indefenso e inmóvil en tu propio cuerpo, incapaz de tomar una decisión por ti mismo y obligado a traicionar a los que amas porque conoces la identidad de la próxima víctima, pero no puedes prevenirle. A los que se encuentran dominados por un yeerk los llamamos controladores. Aparte de controladores humanos, también existen otras especies de la galaxia que han caído en manos yeerks, como los hork–bajir y los gedds. Otros se sometieron voluntariamente, como los taxxonitas, unos gigantescos y malvados ciempiés. Lo último que sabemos de los yeerks es que intentan hacerse con el control de la raza de los leerans. La invasión a la Tierra es incesante y silenciosa. La gente vive el día a día sin enterarse de nada. Supongo que es como tener cáncer o algo así. El tumor crece sin que lo notes hasta que un día te das cuenta y entonces es demasiado tarde. Ahora ya sabéis por qué ando con tanto cuidado y por qué ocultamos nuestra verdadera identidad. ¿Qué quiénes somos? Somos los animorphs. Cinco chicos con la facultad de transformarnos en cualquier animal que tocamos. Cinco chicos que aquel día tuvimos la mala suerte de pasar por el lugar donde aterrizó en su nave destrozada un príncipe andalita llamado Elfangor. Cinco chicos y el hermano pequeño de Elfangor, el andalita de nombre Aximili–Esgarrouth–Isthill, al que nosotros llamamos Ax. <¿Quién es este Scharzenegger? – inquirió Ax – No es la primera vez que Marco lo menciona.> – ¿Ar–nold? – preguntó Marco. ¿Quién ess Ar–nold? Ar–nold ess el hombre, ésste ess Ar–nold. <¿Qué hombre?> – El hombre – explicó Marco sin aclarar nada. Aquella tarde nos hallábamos paseando por el bosque. Hacía un día estupendo y en el colegio nos habían dado fiesta. Sólo habíamos tenido clase hasta mediodía debido a no sé qué claustro de profesores. A saber de lo que hablarían, pero por mi parte no había inconveniente. Hacía sol y en el cielo brillaban nubes regordetas entre grandes pinceladas de azul. Se agradecía la brisa cálida de la tarde. Hubiera sido un delito estar encerrados en clase en un día como aquél. No teníamos nada urgente a la vista, así que andábamos maquinando en qué emplear nuestro poder, algo que se suponía que no debíamos hacer nunca: utilizar nuestras adquiridas facultades por razones personales y egoístas. No nos iba a resultar tan fácil, puesto que a mi querido primo, Jake, y también nuestro líder, no le iba a gustar un pelo; se pondría tenso y nos soltaría un sermón. No siempre es así, qué va, lo que pasa es que es muy responsable. Alguien tiene que serlo, y desde luego no soy yo. Aún así, aceptara o no nuestro estúpido plan, estábamos empeñados en llevarlo a cabo. No iba a resultar una tarea fácil. El truco estaba en encontrar las palabras adecuadas. – Escucha, Jake – dijo Marco – ¿Verdad que clama al cielo lo ignorante que es Ax en cuanto a temas culturales? ¡Por todos los santos! ¡Es para echarse a llorar! No sabe nada. ¡Nada de nada! Lleva en la Tierra no sé cuantos meses y ¿crees que ha pasado por una experiencia cultural como es debido? No. Es un delito. ¡Es una pena! Es más, ¡Una vergüenza! ¡Una…! – Basta, Marco. ¡No sigas! – interrumpió Jake perdiendo la paciencia –. A ver si lo entiendo. Van a inaugurar un nuevo Planet Hollywood en la ciudad y tú y Rachel os morís de ganas de ir, pero no tenéis dinero para comprar las entradas. Así que habéis pensado transformaros en pájaro y colaros en la fiesta, es decir, queréis utilizar nuestro poder para una razón personal y egoísta. ¿No es eso? – No – negué con la cabeza –, no sé por qué dices eso. Si lo hacemos es por Ax. Es necesario que se exponga a la cultura. A mí me importa un pito – sonreí como una boba, incapaz de decir una mentira. – ¡Va a ser todo un espectáculo! – exclamó Marco –. Un acontecimiento por todo lo alto. ¡Gente famosa! ¡Estrellas del cine y de la televisión! ¡Millonarios! ¡Preciosidades! Una oportunidad única para que Ax–man vea Bruce y a Demi. A Cassie se le escapó una risa, pero enseguida trató de guardar la compostura. Tobias, otro miembro de nuestro grupo, planeaba arrastrado por una corriente térmica a treinta metros por encima de nuestras cabezas, convertido en ratonero de cola roja. Desde allá arriba vigilaba la zona en busca de posibles intrusos. Nadie podía vernos pasear con un andalita. Si nunca habéis visto un andalita, y me temo que no, tiene el aspecto de un robusto ciervo de color azul, con un rostro sin boca, dos ojos en el extremo superior de un par de antenas que le salen en la cabeza, dos brazos de aspecto débil que parecen de humano y una temible cola de escorpión. Ahora ya entendéis por qué Tobias mantenía los ojos bien abiertos. No se le escapaba una, con su visión de ratonero resultaba imposible que alguien nos estuviera espiando sin que él se percatara primero. Jake asintió impasible al comentario de Marco. – Y tú – se dirigió a mí alzando una ceja que denotaba un retintín escéptico –crees que el tipo de cultura al que Ax debe exponerse es al de actos en los que Bruce Willis toca la armónica, ¿no? Venga ya, suéltalo. ¿Qué es lo que te interesa de verdad? – Pues… el acto cultural en sí… Vale, está bien. Hay un pase de moda del diseñador Ralph Lauren. Ya sabéis que me pirran sus diseños. – ¡Madre mía! – Además… – añadió Marco dejando la frase en el aire. – Además, ¿Qué? – preguntó Jake. – De acuerdo – dejé escapar un suspiro –. Lucy Lawless estará allí, pero no es eso por lo que quiero ir. Jake parecía desconcertado. – Lucy Lawless – aclaró Marco – es la actriz que encarna a Xena, la princesa guerrera. Es decir, la doble de Rachel. Xena no es mi doble, que quede claro. Ésa es una invención de marco. Le encanta meterse conmigo. Le ha dado por llamarme Xena para fastidiarme, es algo que se le da fenomenal. Pero no sólo lo hace conmigo, en general es así con todo el mundo. Un pesado. Si le pagasen por ello, se haría millonario en un santiamén. Claro que aquél no era el momento para darle la espalda a Marco. Jake hizo una mueca. – Ah, por cierto – agregó Marco haciéndose el remolón –, sé que no te interesa, pero viene el señor O´neal, el gran Shaquille O´neal. – ¿Shaq? – El mismo. – Entonces, no hay más que hablar. ¡Allí estaremos! – concluyó Jake. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] A aquella distancia posiblemente éramos los que contábamos con las entradas mas baratas. Nos encontrábamos como mínimo a unos trescientos metros de distancia del escenario principal, era a algo así como tres campos de fútbol y, sin embargo, veíamos a la perfección. Yo era capaz de distinguir los perdigones que saltaban de la boca de Bruce Willis mientras tocaba la armónica. A Arnold podía verle hasta los pelillos de la nariz, a Shaq los cordones de los zapatos. En los trajes de Ralph Lauren veía cada uno de los botones y era capaz de distinguir los poros de Naomi Campbell, aunque, la verdad, estaba impresionante. Me había transformado en águila de cabeza blanca, y para estas rapaces, cien metros de distancia es como estar a la vuelta de la esquina. Extendí las alas de una envergadura de metro y medio, separe las puntas a modo de dedos de plumas y me deje elevar por la corriente cálida… A mi alrededor, y a niveles de altitud diferentes, distinguí a un par de águilas pescadoras, un halcón peregrino, un aguilucho y un ratonero de cola roja. <Esto parece un congreso de aves rapaces –murmuró Tobias –. Solo falta un águila real y unos cuantos cernícalos para completar el cuadro. Como haya expertos en pájaros allá abajo, deben de estar alucinando.> <Nadie está pendiente de nosotros –declaré –. Todos miran como Shaq improvisa con Bruce Willis y John Goodman.> Tobias se había quedado atrapado en el cuerpo de un ratonero y desde entonces vivía como tal, es decir, sale de caza para alimentarse, como un ave de rapiña cualquiera. No hace mucho que recuperó el poder de la metamorfosis, lo cual le permite adoptar su cuerpo humano, pero al igual que con el resto de las transformaciones, no puede permanecer más de dos horas transformado porque de lo contrario se volvería a quedar atrapado. Y eso significaría perder para siempre la facultad de la metamorfosis. El espectáculo se había montado al aire libre. Una enorme multitud sudorosa se apiñaba con fuerza delante del escenario. No era lo que se dice atractivo. Al menos desde allá arriba lo que se aprecia sobre todo son las cabezas con sus pequeños óvalos de pelo. Y dejad que os diga una cosa: hay cada corte de pelo que es para morirse. Planet Hollywood se encuentra al lado del río, donde este corta la ciudad por el centro. Unos edificios muy altos vigilan su estancia, rascacielos de hasta cincuenta y sesenta pisos de altura en cuyas ventanas se distinguía un gran número de gente que se había quedado después del trabajo para no perderse el acontecimiento del año, y que observaba el escenario con la ayuda de gemelos y telescopios. <¡Ahí está! –grité con una emoción repentina –. Esto… sí, es ella. Lucy o como se llame.> <¡Xena! ¡Es Xena! –exclamó Marco embargado por la emoción –. Muy bien, Rachel, ha llegado la hora. Desciende, adopta tu cuerpo humano y plántale cara a Xena. A ver quién puede con quién.> <Marco, Marco, Marco –exhalé un suspiro – ¿Cuándo vas a olvidar tus pequeños e insignificantes sueños?> <Nunca. Por cierto, Rachel. No olvides tu traje de cuero.> Por un momento pensé en darle una buena lección al listo de Marco. Mi amigo se había convertido en águila pescadora. Estas aves son grandes, pero al lado de un águila de cabeza blanca tienen todas las de perder. Seria tan sencillo como lanzarme en picado hasta sobrepasarle y ascender de golpe por debajo propinándole un revolcón, pero no estaría bien. Volé describiendo un circulo enorme que me acercó al edificio conocido con el nombre de Kenny, la típica torre de cristal de paredes lisas y aspecto majestuoso, separada del río por una carretera de cuatro carriles y una franja de césped. El cristal del edificio es como un espejo, así que resulta difícil para los ojos normales ver lo que sucede en el interior. Sin embargo, los ojos del águila de cabeza blanca, diseñados para cazar peces, son capaces de ver a través del agua y, por el mismo principio, ven a través del cristal. Divisé a un hombre en una oficina de la penúltima planta. Estaba solo. Sesenta pisos de altura. No sé por qué me llamó la atención, pero el caso es que lo hizo y desvié mi trayectoria para acercarme hacia la oficina en cuestión. En ese momento, el hombre alzó una silla metálica y la arrojó hacia la ventana. ¡CRASH! El cristal estalló en mil pedazos y rodó hasta caer al suelo y esparcirse por todas partes. Enormes fragmentos de cristal se estamparon contra el techo de los coches provocando importantes desperfectos. <Pero ¿qué…? –exclamé –. ¡Eh, chicos! ¡Venid aquí, al edificio Kenny! ¡Rápido!> <¿Es Arnold?> preguntó Marco, como si no existiera otro motivo de mi urgencia. Cassie, en cambio, había sido testigo de la rotura del cristal. <¡Oh, Dios mío! ¡Ese hombre se va a tirar!> <Opino que, de saltar, se va a hacer daño –observó Ax–. Así que dudo que… ¡Ahhh!> El hombre retrocedió varios pasos para tomar impulso y echó a correr en dirección hacia la ventana hecha añicos. <Somos seis –grite–. ¡Venga!> <No es bastante –informó Tobias–, pero tal vez podamos dejarlo caer al río.> Me dirigí hacia la ventana a toda velocidad. Los demás se acercaron, los que estaban por debajo de mí batieron alas para ascender más deprisa; los que tenía por encima se lanzaron en picado y los que estaban a la misma altura que yo se acercaron describiendo círculos. Con los brazos extendidos hacia delante para apartar los restos de cristal que se habían quedado en la ventana, el hombre se lanzó de pie al vacío. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] El viento me cortaba la cara. Usé hasta el último gramo de los instintos voladores del águila para ganar velocidad. ¿Sería suficiente? Me encontré casi frente a frente con el hombre durante un instante. El tiempo pareció detenerse un segundo, como una de aquellas escenas del Correcaminos en las que el coyote se queda suspendido en el aire. Pero tan solo fue un momento porque acto seguido cayó a plomo. Saqué mis garras, las extendí y me aferré a un fragmento del cuello de la chaqueta. Inmediatamente su velocidad de caída me arrastró y pasé a hincarle la otra garra, justo en torno a la clavícula. Creo que le dejé una hermosa señal, pero aquel era el menor de sus problemas. Abrí las alas, que fue igual que si hubiera abierto un paraguas. Lo máximo que conseguí frenar debió de ser un kilómetro por hora. No mucho, la verdad. Entonces apareció Tobias como si fuera un misil autodirigido y agarró al hombre por el brazo izquierdo. El siguiente en aparecer fue Jake, que sujetó al individuo por la parte trasera del cuello del traje. Conseguimos frenar un poco más la caída, aunque no lo suficiente. <¡Acercaos hacia el agua! –gritó Tobias–. ¡No agitéis las alas, inútiles! ¡Planead!> Pasé por alto el insulto de Tobias. En temas de vuelo, él es el experto y en una situación como aquella no le podía exigir que midiera sus palabras. ¡Aaaaaahhhhhhhhhh! –El hombre soltó semejante grito que estuve a punto de soltarlo. Me miraba fijamente a los ojos, su ojo izquierdo tan solo a dos centímetros de mi ojo derecho. Parecía un tipo normal y corriente, de mediana edad, si ignoramos el hecho de que gritaba aterrorizado. Cassie y Ax llegaron en aquel momento y, poco después, Marco, que agarró al hombre por el único sitio libre, la parte trasera de la chaqueta del traje. <Alinead las alas siguiendo mi ángulo –ordenó Tobias–, como si quisierais planear al mismo nivel y moveos en dirección al río.> Seis aves rapaces sostenían al individuo, que no cesaba de gritar. La caída no era tan rápida, pero nunca sobreviviría a un impacto contra el cemento. El suelo se acercaba metro a metro, mientras hacíamos lo posible por acercarlo al agua. Quería echarme a reír. Era como un extraño problema de geometría. La suma de los cuadrados de los ángulos… ¿Lo conseguiríamos? El suelo estaba cada vez mas cerca. Los coches por debajo avanzaban a unos noventa kilómetros por hora. Entonces divisamos la franja de césped. ¡Dios mío! íbamos a alcanzar el suelo, estábamos sólo a un metro cuando por fin apareció el agua. , <¡Soltadlo! –gritó Tobias–. ¡Cuidado con la fuerza centrífuga!> Aflojamos la presión de las garras y el hombre cayó. En cuanto a mí, libre del peso, perdí el equilibrio y rodé por el aire, perdiendo por completo el control. Batí las alas, di unas cuantas volteretas, volví a agitar las alas y milagrosamente recuperé el equilibrio. «Vaya, así que era eso lo que Tobias quería decir con fuerza centrífuga», pensé. ¡ZUUUM! Volé tan a ras de la superficie del agua que esquié por encima de las olas con el pecho. Extendí las alas y conseguí elevarme. <¡Guau! ¡Yuhuuu! ¡Qué alucine! –exclamé y, acto seguido, me sentí culpable –. ¿Todo el mundo esta bien?> Describí unos círculos e intenté localizar al hombre, pero no había ni rastro de él. No había salido a la superficie. Miré a través del agua turbia y oscura del río, y allá abajo, a unos tres metros de profundidad, lo divisé agitando los brazos como un poseso, revolcándose, formando burbujas y con el rostro transfigurado por el terror. <No puede ser verdad –protesté–. ¡Se ha quedado atrapado en el barro del fondo del río! Cassie, Marco, vamos allá. Somos aves acuáticas, ¿no?> Me lancé en picado hacia el río. Fue una sensación vertiginosa. Primero aire cálido y segundos después agua fría. Al entrar en el agua, la sensación dejó de gustarme. Aunque el agua no se filtró en mis plumas, me impedía agitar las alas. Había asumido demasiado rápido que podría volar por debajo del agua. Me había equivocado de lleno. Las águilas se pueden sumergir en el agua y robar algún que otro pez en su impulso cerca de la superficie, pero eso no las convierte en patos. <¡Cassie! ¡Marco! ¡Deteneos!>, grité por telepatía. <A la orden –replicó Marco–. A ver si te crees que los demás estamos tan locos como tú.> <¡Rachel! ¡Transfórmate! – indicó Cassie–. ¡No le queda mucho tiempo!> Yo ya había empezado a cambiar. Siempre que te transformas, tienes que recuperar tu forma natural antes de alcanzar la forma deseada. Así que allí estaba yo, un pájaro mojado, que empezaba a recuperar mis pulmones y a sentir que me faltaba el aire al tiempo que me arrastraba la corriente. Me transformé todo lo rápido que pude. El miedo siempre ayuda. En cuanto recuperé los brazos y las piernas, me impulsé todo lo deprisa que pude hacia la superficie, hacia la barrera plateada que separa el agua del aire, con un cuerpo que era todavía una combinación de miembros mutantes, mitad pájaro mitad humano. Saque la cabeza de golpe. – ¡Aaaaarrrgghhh! –gritó alguien. – Dios mío, ¿lo habéis visto? – Oí que decía una voz procedente de una motora. Imagino que habían estado escuchando la música que se oía del famoso Planet Hollywood. Tomé aire y me sumergí de inmediato. – Creo que era un cadáver. «Gracias –pensé yo–, espero que no sea una profecía.» Me concentré en el delfín, cuyo ADN ya formaba parte de mi cuerpo y, en pocos segundos, me convertí en una horripilante combinación de humano y delfín. La piel de goma de color gris y mis piernas se integraron para dar paso a la cola, y mis manos empezaban a convertirse en aletas. Me impulsé hacia el lugar donde se debatía el pobre hombre que se había intentado suicidar. En aquel momento, creo que dejé de sentir lástima por él; todo aquel asunto me empezaba a irritar de verdad. Es que no entiendo a la gente que se intenta suicidar. Pero ¿no se dan cuenta de que si permaneces con vida, al menos siempre te queda una esperanza? Si te matas, desde luego no hay solución. Creo que no hay que ser muy listo para saber algo tan básico. Para colmo, me estaba perdiendo el pase de moda. De repente, la figura del tipo surgió delante de mi pico de delfín. El pobre hombre mostraba marcas de barro hasta los muslos. Había intentado liberarse, pero todavía estaba clavado hasta las rodillas. El cuerpo había perdido la fuerza y se balanceaba al ritmo del agua. Sin embargo, estaba casi segura de que no moriría si lo ayudaba enseguida, al muy estúpido. Con el pico por debajo de la chaqueta, lo empujé hacia atrás hasta tenerlo prácticamente recostado en el lomo y me impulsé con todas mis fuerzas hacia la superficie. Salió del barro como quien descorcha una botella de champán, levantando una nube de tierra que enturbió las aguas. Lo conduje hacia la superficie y lo empujé hasta la orilla, donde unos brazos muy fuertes lo rescataron y lo transportaron hasta una zona seca. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] – Bueno, que típico –protesté al día siguiente después de clase cuando nos hallábamos todos reunidos en uno de los restaurantes del centro comercial. Había comprado varios periódicos, USA Today, el periódico local y otros, y todos mostraban la misma foto y prácticamente el mismo titular: SCHWARZENEGGER, HEROE EN LA VIDA REAL: LE PRACTICA EL BOCA A BOCA Y LE SALVA LA VIDA Otro periódico decía: TERMINATOR SE CONVIERTE EN REALIDAD AL RESUCITAR A UN HOMBRE – Esta sociedad está obsesionada con los famosos –critiqué –. ¡Es tan superficial! – Ni que lo digas –corroboró Cassie al tiempo que me lanzaba una mirada burlona. Mi amiga está convencida de que me preocupo demasiado por el aspecto y la ropa. Cassie es mi mejor amiga y sería capaz de dar mi vida por ella, pero deberíais ver como viste. Para Cassie, vestirse consiste en ponerse unos tejanos limpios y unos calcetines del mismo par. – Hemos tenido suerte –declaró Jake –. No quiero pensar lo que hubiera pasado si alguien llega a fotografiar a un grupo de aves rapaces transportando a aquel tipo hasta el agua. Además, a nadie se le ha ocurrido pensar que hacía un delfín tan lejos del mar. – Ese hombre también ha tenido suerte –añadió Cassie. – No estoy de acuerdo –intervino Marco moviendo la cabeza de un lado a otro –. Yo lo llamaría suerte si el boca a boca se lo hubiera hecho Naomi Campbell. – ¿Donde están los bollos de canela? –preguntó Ax –. Tobias prometió traer unos cuantos. Humm, bollos de canela–canneela–nela. Ax había adquirido forma de humano. De haber estado con su forma natural de andalita habría llamado la atención más de lo que a nosotros nos hubiera gustado. El verdadero Ax no tiene boca y por eso no cuenta con la facultad de emitir sonidos ni saborear las comidas. Así que os podéis imaginar lo que le ocurría cuando se convertía en humano. Se quedaba obsesionado con algunos sonidos pero, sobre todo, le fascinaban los sabores, en particular, y por alguna extraña razón, los bollos de canela. – Me pregunto que le va a pasar a George Edelman ahora –inquirió Cassie. – ¿A quién? – Al tipo al que salvaste la vida, Rachel –contestó Cassie poniendo los ojos en blanco. – Ah, ¿se llama así? – Sí, está en todos los periódicos –añadió perdiendo la paciencia. – Vale, vale –le repliqué encogiéndome de hombros –. Así que se llama George Edelman. Vaya cosa. – Rachel –dijo Cassie recostándose sobre la mesa –, has salvado la vida de ese hombre. De no ser por ti, los demás no lo habríamos visto a tiempo. De no ser por ti, ese hombre estaría hecho una papilla en el suelo. ¿No te das cuenta? Eres una heroína. Has salvado una vida. ¿Quién sabe, y si encuentra la cura del cáncer o algo por el estilo? Imagínate que olvidas su nombre. Dicho así, tal vez debería conocer el nombre del tipo. Claro que por otra parte… – Eh, no tan deprisa. Yo no tengo nada con este tío –protesté –. ¿No estarás diciendo que ahora soy responsable de él? – No sé, no sé –intervino Marco moviendo el índice de un lado a otro –. ¿No son los chinos los que dicen que si salvas la vida a un hombre eres responsable de él a partir de ese momento? ¿O lo dicen los japoneses? ¿Los griegos? Bueno, quien sea, el caso es que lo vi en una película. Me encogí de hombros de nuevo. Todo aquel asunto empezaba a fastidiarme, así que me puse a la defensiva. – No fue nada más que una bobada. Sólo quería comprobar que era capaz de hacerlo. Era… –Busqué la palabra adecuada –. Un reto, eso es, se trataba de un reto. En aquel momento apareció Tobias con un bollo de los grandes cubierto de azúcar glasé que despedía un intenso aroma a canela. Ax se quedó pasmado, boquiabierto y con los ojos como platos. Resultaba extraño observarlo porque su forma humana es una combinación del ADN de Cassie, Jake, Marco y mío, por lo que siempre reconoces alguno de tus rasgos en él, como tu propia boca abierta o los ojos de Marco. Tobias depositó el plato de papel con el bollo sobre la mesa. – Pensé que podíamos repartirlo y reservar el trozo más grande para… –Se interrumpió de repente y se quedó mirando fijamente a Ax con una expresión entre divertida y horrorizada. Ax había echado mano al bollo, con plato y tenedor incluidos, y se lo había metido todo en la boca. Sí, tal y como os lo cuento, las tres cosas. Me acerqué y, de un tirón, le saqué el tenedor cuyo extremo sobresalía todavía de su boca. El plato ya se lo había zampado. Los cinco observamos atónitos el episodio mientras Ax masticaba, babeaba, tragaba y se chupaba los dedos. Era como contemplar a una pitón devorando un lechón. – Así que George Edelman, ¿eh? –dije, rompiendo el hechizo. – Pues sí –añadió Jake –. Mantened los ojos bien abiertos, a ver lo que dicen los periódicos y la televisión estos días. Si alguien nos ha visto… debemos saberlo. Esperemos que George Edelman no hable demasiado. – De todas formas, la gente lo tomaría por loco – señaló Marco –. Nadie haría caso a un tipo que se ha intentado suicidar. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Tres días más tarde, en mi casa, a la que todavía faltaban algunos acabados, me disponía a comer la comida china que me había reservado en un rincón de la nevera. – ¡Jordan! ¡Jordan! –grité al comprobar que había desaparecido. – ¡Jordan! ¡Ladrona! – ¿Qué? Cerré la nevera y me acerqué hasta la isleta de la cocina. No hace mucho que mi habitación, que está justo encima, se desplomó y tuvimos que comprar una cocina nueva. Supongo que la casa no era lo que se dice de muy buena calidad y, desde luego, el hecho de que yo me transformara en elefante africano en mi habitación tampoco ayudó. Por suerte, esto último no lo sabe nadie. Por eso la cocina estaba todavía a medias, pero al menos ahora tenía buena pinta. Como mi madre es abogada consiguió que la compañía de seguros nos pagara casi de inmediato. Además, el constructor de la casa tenía tanto miedo de que algo así volviera a ocurrir que no quiso cobramos las horas de trabajo. Me sentí un poco mal cuando le echaron la culpa al constructor, pero ¿qué podía hacer? ¿Cómo le iba a decir a mi madre?: «Mamá, he sido yo. Verás, sufrí una reacción alérgica al transformarme en cocodrilo y la metamorfosis se me escapó de las manos, así que…» ¿Me entendéis? Es imposible, no puedo contarle nada. Pero, volviendo a la isleta de la cocina, trataba de contenerme para no repetir algo que no debía decir. Estaba furiosa, y para colmo me había golpeado en una cadera. – ¡Tú! –amenacé a mi hermana clavándole un dedo en uno de los carrillos –. ¡Te has comido mis gambas Szechuan! Me las estaba reservando para este momento. De haber sucedido unos años atrás, mi hermana se habría asustado; sin embargo, ya era lo bastante mayorcita para no darle la mayor importancia. En poco tiempo se había hecho independiente, y además había aprendido a contestar. – Rachel, tuve que tirarlas ayer a la basura. – ¿Qué? ¿Has tirado a la basura mi comida china? ¿Se puede saber por qué siempre te metes donde no te llaman? ¡Siempre haces igual! – Llevaban ahí dentro más de una semana, ¿sabes? –replicó moviendo la cabeza de un lado a otro muy despacio con cara de lástima –. Demasiado tiempo, ¿sabes? Si te las hubieras comido, habrías echado los higadillos. Las gambas no duran toda la vida, ¿sabes? – ¡Al menos podrías haberme consultado! –exclamé fuera de mis casillas. – Está bien, Rachel – añadió Jordan con toda parsimonia – ¿debería haber tirado tus gambas rancias, llenas de bacterias y mohosas, tal y como mamá me ordenó que hiciera? ¿O debería haberlas dejado ahí para que te las comieras y te llevaran al hospital para someterte a un lavado de estómago? Bueno, visto así… Odiaba tener que darle la razón, pero no se me ocurría nada con lo que contraatacar. – Esta vez te la paso –dije. – Gracias, majestad –replicó Jordan al tiempo que ponía los ojos en blanco –. Mil gracias por perdonarme la vida. En aquel momento entró mi madre. Traía dos maletines, uno del tamaño habitual y otro más grande y cuadrado, y los depositó en el mostrador de la cocina. Parecía cansada, como siempre que vuelve del trabajo. No ocupa un puesto muy alto en la firma de abogados para la que trabaja, así que por regla general siempre tiene algún caso entre manos. De todas formas, todavía le quedaban fuerzas para sonreír. – ¡Ey! Tenéis que darme la enhorabuena. He alcanzado la fama. Por cierto, ¿habéis comido algo? ¿Qué tal el colegio? ¿Donde esta Sarah? ¿No me digáis que ha ido otra vez a casa de Tisha? Siempre que viene de ver a su amiguita, le tengo que comprar otra Barbie. – El colegio bien –respondí –. No hemos cenado. ¿Quieres que prepare algo? – Podríamos encargar comida –se burló Jordan –. Rachel se pirra por unas gambas mohosas y podridas. – ¡Mamá! ¡Mamá! –gritó Sarah al entrar como un torbellino por la puerta de atrás de la casa –. ¡Tisha dice que hay una Barbie abogada! ¡Una Barbie abogada! ¡Como tú! – ¿Qué es eso de que has alcanzado la fama? –le pregunté. – Ah, eso. No era más que una broma. ¿Os acordáis del aquel tipo que salió en todos los periódicos hace unos días, que fue rescatado por Arnold Schwarzm… lo que sea? Lo han entrevistado en la televisión. – ¿A Schwarzenegger? – No, al hombre que rescató. Y ¿Sabéis que? Soy su abogada. Su familia lo ha declarado incompetente. Quieren que… – ¿Incompetente es cuando tienes que llevar pañales? –preguntó Jordan. – No, cielo, eso es incontinente. Su familia alega que es incompetente, es decir, que es incapaz de resolver sus propios asuntos. – Tarado –aclaré –. Que ha perdido un tornillo. Un chalado. – No digas esas palabras –recriminó mi madre con una mueca de disgusto –. Se dice mentalmente desequilibrado. Su familia lo quiere ingresar en una institución mental. – Y ¿qué se supone que debes hacer? –pregunté –. ¿Demostrar que no está chalado? Lo está, ¿no? Se tiró de un edificio. – Barbie abogada puede salvarlo –declaró Sarah. – Lo peor no es eso –continuó mi madre tomando a Sarah en los brazos –. Al parecer el pobre hombre lleva tiempo diciendo que tiene un alien alojado en la cabeza. Mi corazón latió con fuerza y se detuvo de golpe. – Según él, se llaman yerks, yorks o algo por el estilo. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] – Así que aquello de allí es el manicomio –comentó Marco con satisfacción. Mirábamos hacia lo alto de la montaña y en particular hacia un edificio de dos plantas de bonito diseño aunque envuelto por un silencio perturbador –. Siempre sospeché que acabaría aquí. Me guiñó un ojo y tuve que echarme a reír porque me lo había quitado de la boca. Se me había adelantado. – Me parece que a los pacientes no les debe de hacer mucha gracia que les llamen locos – opinó Cassie dejando escapar un suspiro. – Pues claro que no –repliqué –. Tendrían que estar locos para que les gustara que les llamaran locos. Estiré la mano hacia atrás y Marco y yo chocamos los cinco sin que los demás se dieran cuenta. <Cassie tiene razón. No es políticamente correcto llamar locos a los locos>, añadió Tobias. – ¿Sabes? – dijo Cassie mirándome –, juraría que he oído hablar a ese pájaro. Debo estar loca. Nos echamos a reír, incluso Jake, que intentaba por todos los medios que nos lo tomáramos en serio, cosa que, como siempre, no se le daba muy bien. Nos acercamos al hospital mental Rupert J. Kirk. Era un edificio de dos plantas de ladrillo rojo. Delante de la puerta se distinguía una fuente pequeña, un grupo de árboles y unas cuantas tumbonas de lino sobre una zona de césped. Podría ser perfectamente la casa de unos ancianos o un edificio de pisos antiguo, si no fuera porque estaba rodeado por una alta alambrada, coronada por tres hebras de alambre de espino, además de la maciza malla metálica que cubría las ventanas. Aparte de esos pequeños detalles, el aspecto del edificio era formidable. – ¿Soy yo la única a la que le dan escalofríos? –preguntó Cassie. Levante la mano. – ¿Qué son escalofríos? –pregunto Ax transformado en humano. <Es una sensación imprecisa y perturbadora –explicó Tobias –, que te incomoda porque percibes que hay algo que está mal, pero no sabes el qué.> – Así me siento yo todos los días cuando llego al colegio –murmuró Jake. – Colegio, manicomio. Si lo piensas bien, ¿en qué se diferencian? –inquirió Marco adoptando una pose filosófica –. En los dos sitios hay reglas estúpidas y comida asquerosa. Jake hizo un movimiento con la cabeza para indicar que avanzáramos. Íbamos por la acera que hay al otro lado del hospital, disimulando nuestra presencia detrás de la fila de coches aparcados y, justo en el momento en que llegamos al hospital, os juro que el sol se escondió. Tobias nos seguía revoloteando de árbol en árbol. – Entrar ahí es pan comido –observó Jake –. Una alambrada y una puerta, vaya cosa. Nada que ver con la mansión de Fenestre o el estanque yeerk. Esto es cosa de niños. – Sí –corroboré –, entonces entramos, buscamos a George Edelman e intentamos averiguar si sabe algo sobre los yeerks. Después, dejamos a Marco dentro y nos vamos. – Muy bien –dijo Jake arqueando una ceja –. Creo que ya basta de bromas sobre locos. Esto es serio. – Qué va –replico Marco, emitiendo un sonido de desaprobación –. Esto no es serio. – Siempre que nos confiamos, acaban machacándonos –advirtió Jake y, acto seguido, hizo una mueca y añadió –: Tendríamos que estar locos para cometer una imprudencia. A nadie le hizo gracia. – He dicho, tendríamos que estar locos… muy bien, como queráis, no os riáis, como si me importara. – ¿Alguien ve una ventana abierta? –pregunté al tiempo que escudriñaba el edificio, pero allí no había más que gruesos cristales recubiertos por una maciza malla metálica. – Vamos a ver, no podemos entrar ahí a lo bestia –observó Jake –. No podemos arriesgarnos a que alguien resulte herido, así que nada de peleas. Son gente inocente. Por otra parte, el edificio esta demasiado lejos para el vuelo de una mosca o para una cucaracha. Mmm, tal vez no sea tan fácil como parecía al principio. En ese preciso instante, como llovido del cielo, apareció un camión, rodeó el edificio y se detuvo al otro lado del hospital. – ¿Es un camión de comida? –preguntó Jake – Tobias, ¿Puedes ir a echar un vistazo? Tobias levantó el vuelo y volvió en menos de un minuto. <Es un camión de reparto de comida. Parece bastante grande y el interior, al fondo, esta oscuro.> – Muy bien –asintió Jake con la cabeza –, con tres de nosotros bastará. Nos transformamos en pájaros, nos colamos en el camión, recuperamos nuestros cuerpos humanos y nos convertimos en cucaracha. Nos agazapamos entre la comida y en un periquete estarnos dentro. Rachel, tú salvaste al tipo, así que tú vas. Yo también. Tobias no cuenta con una forma adecuada para el caso y a Ax podrían descubrirle en su fase de andalita. Marco o Cassie, vosotros decidís. Lanzamos una moneda al aire y le tocó ir a Marco. Después tuvimos que explicarle a Ax lo que significaba eso de lanzar una moneda al aire. Tardamos veinte minutos en encontrar un sitio adecuado para transformarnos en gaviotas. Estas aves pasan más desapercibidas que las rapaces. Desgraciadamente tuvimos que ocultarnos en un contenedor de basura que, sí, estaba vacío, pero aun así… En cuanto me brotaron las alas blancas como la nieve, levanté el vuelo. Sobrevolamos la zona para ganar altitud mientras observábamos como Ax y Cassie recogían nuestra ropa y zapatos. Todavía no hemos conseguido transformarnos con la ropa de calle, siempre queda hecha jirones. Sólo sirve la ropa superajustada, como las mallas y el maillot en mi caso. Tobias inspeccionaba la zona desde el aire en busca de posibles peligros. Aguardamos a que aquellos tipos descargaran la comida. Había dos. Uno parecía el conductor y el otro llevaba puesto un delantal blanco; debía de ser el cocinero del hospital. <Debemos cronometrar el tiempo al milímetro –declaró Jake –. No me gustaría quedarme convertido en gaviota para siempre en el interior de un camión.> <Una milésima, dos milésimas, tres…>, cantó Marco en voz alta los segundos que transcurrían en cada uno de los viajes del conductor o del cocinero del delantal blanco. <¿Estáis listos?>, exclamé al tiempo que sacudía las alas y me lanzaba en picado hacia la parte trasera del camión, aprovechando que el conductor acababa de entrar en el edificio. Iba tan rápido que empujé una carretilla de cajas de tomates. Jake y Marco me alcanzaron y los tres nos abalanzamos a la oscuridad del interior del camión. Fue una entrada rauda y limpia. Extendí las alas y bajé la cola para frenar. Eché un vistazo rápido a mi alrededor y utilicé la fuerza que traía para sortear de un brinco una montaña de cajas de cartón y aterrizar en una zona atestada de cajas, al fondo del camión. Estaba orgullosa de mi habilidad. Marco y Jake aterrizaron a mi lado segundos después, aunque el pobre Marco dio unas cuantas vueltas de campana y aletazos y acabó golpeándose contra la pared del camión. <Rachel, ¿estás tonta? –dijo Jake enfadado –. ¿Por que no te has esperado?> <Sabía que funcionaría>, repliqué. Me sentó fatal que Jake me llamara tonta. Supongo que nadie es perfecto, a él también se le escapan cosas. Claro que como es el líder, imagino que se siente responsable. Qué narices, yo sé cuidar de mí misma. <Venga, recuperemos nuestros cuerpos humanos –indicó Jake – Apenas hay espacio, así que cuidado con los codazos.> – Te lo juro, he visto a unos pájaros meterse ahí dentro –dijo una voz airada. – ¿Que has visto unos pájaros…? Yo no veo nada. Venga, a ver si terminamos de una vez. Estoy regalándole horas a la empresa por la cara. Oí más protestas y cajas que se levantaban. Empecé a transformarme todo lo rápido que pude. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] Jake tenía razón. Pasamos del tamaño de una gaviota, más pequeña que una gallina, al de tres chavales y os aseguro que no había sitio. Estábamos completamente pegados. Marco me metió un dedo en el ojo al crecerle de golpe los huesos de los brazos y sacudir la mano. Intenté girar la cabeza, pero con el tamaño de un pomelo, los ojos todavía dispuestos en los laterales y el pico atascado entre dos cajas, me resultaba bastante difícil. Para colmo, sentía un dolor en la espalda que me daba qué pensar. ¿Estaría sintiendo el proceso de la metamorfosis? Se supone que con la tecnología andalita eso no ocurre; sin embargo a mí algo me estaba fastidiando. ¿Y si aquella vez fallara la tecnología? El dolor era bastante serio, como si algo me estuviera presionando la espalda, como si…, bueno como si alguien me estuviera hincando una rodilla por detrás. <Jake, ¿me estás hincando la rodilla en…?> Justo en ese momento, la telepatía dejó de funcionar. Habíamos superado la barrera que te avisa de que ya eres casi del todo humano. Nos sentíamos como unas sardinas en lata. Resultaba imposible moverse con aquel revoltijo de rodillas, codos y cabezas ladeadas. –Esto es ridículo –protesté. –Hay que transformarse en cucaracha –consiguió susurrar Jake a duras penas. Siempre he odiado convertirme en un bicho tan pequeño, pero creo que aquella vez me sentí aliviada. Me dibujé una imagen mental de la cucaracha y de alguna forma, quién sabe cómo, aquello provocó que el ADN de cucaracha que había en mi sistema empezara a reformular todas las células de mi cuerpo. En pocos segundos sería del tamaño de medio pulgar. Según Ax, toda la masa sobrante pasa a deambular por el espacio cero, donde permanece flotando como si fuera un fajo de órganos, pelo y no sé que mas cosas. Mientras mi cuerpo iba cambiando y me hacía cada vez más pequeña, pensaba en toda la masa sobrante que se iba depositando en algún sitio del gran vacío blanco. Creedme, de sólo pensarlo se me ponía la carne de gallina. De todos modos, la transformación en sí resultaba tan repulsiva que me distrajo de tales preocupaciones. Veréis, aunque todos encogíamos gradualmente, cuando empezaron a aparecer los primeros rasgos de cucaracha, todavía éramos muy grandes. Por ejemplo, unas patas brotaron de repente de mi pecho, como si aquél fuera su sitio de toda la vida. Al principio parecían tallos de pocos centímetros, pero enseguida crecieron, se cubrieron de pelo y se hicieron articuladas. Lo peor de todo es que nos salieron a los tres casi al mismo tiempo. ¡PLAT! ¡PLAT! ¡PLAT! La metamorfosis no es un proceso lógico. Los cambios son imprevisibles. Cuando nos salieron las patas teníamos el tamaño de un cocker. Lo siguiente en aparecer fueron las antenas, que nos brotaron de la frente, agitándose frenéticas como latiguillos. Todas mis extremidades estaban cambiando, mis piernas, mis brazos, e incluso mi cara. Es una sensación espantosa, aunque lo peor es cuando te ves reflejada. Allí no había espejos, pero la cara burlona de Marco estaba a sólo unos centímetros de distancia cuando le brotaron los enormes ojos saltones de cucaracha y la parte inferior de su boca se dividió para formar la repulsiva boca codiciosa del animal. Por muchas veces que me haya transformado en cucaracha, siempre lo paso fatal. Es una autentica pesadilla de terror. La caja que estaba a mis pies iba aumentando de tamaño. Había tanto espacio que perdí de vista a Jake. De Marco solo distinguía una vaga figura al otro lado de la llanura de cartón marrón claro. <¿Seguís ahí, chicos?>, pregunté para probar si funcionaba la telepatía. <Sí – contestó Jake –. Escondámonos en esta caja.> Lo cierto era que no me había preocupado por mirar lo que contenía la caja. Noté que una de las juntas estaba abierta, y aunque la ranura parecía tener casi dos metros de separación, no mediría más de dos centímetros, lo cual era más que suficiente para una cucaracha. Un bicho de esos es capaz de colarse por un agujero del grosor de una moneda. Los últimos cambios se estaban completando. La coraza dura como una uña, que forma la parte externa del animal, sustituyó a mi piel. Los diminutos restos de mi hígado, corazón y pulmones fueron succionados por los órganos primitivos de la cucaracha. La capacidad visual del animal no es lo que se dice excelente. Pasé a ver los objetos de forma distorsionada, borrosa y poco definida, pero como ya tenía experiencia en el tema, me había acostumbrado más o menos a distinguir las cosas, siempre que estuvieran a una distancia prudente, es decir, cerca. Las antenas no cesaban de agitarse, ofreciéndome información continuamente; actuaban como una combinación extraña entre el sentido del tacto y el olfato. Noté corrientes de aire y vibraciones cuando el cocinero levantó una pesada caja para transportarla hasta el interior del hospital. Percibí a Marco y Jake, otras dos cucarachas, aunque su presencia no le importaba demasiado al cerebro del animal, que estaba más pendiente del olor a comida que le llegaba desde muy cerca. Era un aroma dulce y embriagador, justo por debajo de mí. Correteé por la caja. Era una sensación formidable que conseguía que te olvidaras por un momento de que eras un ser repugnante. Tu cara está a un milímetro del suelo y tienes la sensación de ir a mil kilómetros por hora. Es como si te hubieran atado cohetes a la espalda y salieras disparado por todo el suelo, levantando el polvo con la nariz. En el filo de la junta divisé con claridad a Marco y a Jake. Observamos el interior de la caja, pero no conseguimos ver nada, a excepción de un gran pozo rectangular o algo por el estilo. <¿Qué creéis que hay ahí abajo?>, preguntó Marco. <A saber –le contesté –, comida, seguro, y algo dulce.> De repente, percibimos unas fuertes vibraciones. Los hombres habían vuelto. Sentí un enorme golpazo cuando dejaron caer sobre la carretilla la pila de cajas en la que nos encontrábamos nosotros. <¡Vamos allá!>, grité, y me lancé a la oscuridad de la caja perfumada. <Odio esa frase –se quejó Marco –. Siempre que dice «¡Vamos allá!» de esa manera suicida tan típica de ella, está a punto de pasar un desastre.> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] La caída me pareció eterna, aunque calculo que en realidad serían unos quince centímetros. Llegué al fondo; no era liso, sino mas bien curvado y con cierto grado de inclinación. Intenté agarrarme con las diminutas púas de mis patitas, pero me escurrí. Jake y Marco cayeron cerca de mí. Miré a mi alrededor con la esperanza de descubrir algo en aquella penumbra. Me encontraba sobre un objeto casi cilíndrico, sólo que además era curvado. A su lado, y apretado contra él, había otra cosa de esas. Aquello debía de ser diez veces más grande que mi cuerpo. ¡Un momento! Había más, estaban por todas partes. Ah, y aparte de ser cilíndricos y curvados, todos terminaban en una afilada punta. Algunas de esas cosas curvadas se juntaban en una sola punta, como si fueran un racimo de… <Plátanos –dedujo Marco –. Estamos en una caja de plátanos.> <Vaya, ese debe ser el olor dulce que percibíamos –corroboró Jake –. Bien. Esto no debería ser muy difícil. Ahora nos están transportando y estaremos dentro en pocos segundos.> <¡Qué asco! Cucarachas en los plátanos –comenté por decir algo mientras esperábamos –. Tal vez por eso Cassie lava los plátanos antes de pelarlos.> <No ––corrigió Jake –. Lo hace por los pesticidas. Ya sabes, veneno.> <¿Veneno? –repitió Marco visiblemente preocupado –. Yo me encuentro bien, o eso creo.> <De haber algo, sólo quedarían los rastros –informó Jake –, pero supongo que rocían veneno sobre las plantaciones bananeras allá de donde vengan, Ecuador o por ahí.> <¿Ecuador? ¿Se te acaba de ocurrir así sin más ese nombre? ¿Ecuador? – preguntó Marco –. De todas formas, estoy seguro de que Cassie se equivoca. ¿Que sustancia o bicho sería capaz de atravesar la piel de un plátano? Si es como el cuero de treinta centímetros de grosor.> <Creo que es por las arañas –añadí –. ¿Nunca has oído que a las tarántulas les encantan los plátanos y que se han descubierto muchas rondando por ellos? Pasa muy a menudo. Se cuelan en las bodegas de los barcos y…> <Perdón, ¿has dicho tarántulas?>, gimió Marco. <Venga, hombre, ¿cuántas probabilidades tenemos de que haya una de ellas justo en esta caja?> Desgraciadamente en aquel momento supe la respuesta. La caja había salido del camión y un rayo de sol la inundó de luz, se coló por la abertura e iluminó los plátanos. Era un paisaje estrambótico, curvas por todas partes, como si alguien con un transportador de ángulos hubiese dibujado un infinito revoltijo de arcos. Ahí estaba, a unos veinte centímetros, acomodada plácidamente sobre un racimo de plátanos. Era, y no exagero, tan grande como un elefante. <Hum, chicos, no os mováis, ¿de acuerdo?> <Venga, ya –replicó Marco. Pero ¿te crees que somos tontos? Ahora resulta que hay una tarántula. ¿Y se supone que debo gritar como un imbécil mientras tú te desternillas de risa?> <Marco, Jake, mirad hacia atrás.> Imagino que lo hicieron. <¡Aaaaaahhhhhhhhh!> <¡Aaaaaahhhhhhhhh!> Salieron corriendo y entonces la araña se movió. Aunque las cucarachas son rápidas, las tarántulas corren más. Nunca hubiera creído que algo tan grande se moviese tan rápido. Supongo que había sido un viaje largo desde Ecuador y aquella araña debía de estar hambrienta. <¡Rachel! ¿Dónde estas?>, gritó Jake. Aunque todo era muy borroso, logré distinguir ocho patas peludas, un enorme pico asesino como el de un halcón y ocho ojos espeluznantes apelotonados en un gigantesco rostro peludo. ¡Dios mío! ¡Venía a por mí! Salí de allí pitando. Salté todo cuanto una cucaracha es capaz. En algún minúsculo rincón de mi diminuto cerebro los instintos del animal gritaban: «¡Vuela! ¡Vuela!» Abrí la dura cáscara que protegía mis alas de gasa y eché a volar. Era un decir, porque debí de avanzar cinco centímetros. El vuelo de las cucarachas no vale una… ¡La tenía encima! ¡En cualquier momento caería sobre mí! El sol iluminaba con fuerza hasta que, de repente, una sombra se cernió sobre nosotros. No era la de la araña, sino algo más grande y desde más lejos. Miré hacia arriba y distinguí un par de agujeros de nariz de padre y señor mío, con pelillos incluidos, y por encima unos ojos humanos que brillaban con una intensidad extraña. Intenté huir, pero la araña se encabritó, azotando las patas delanteras como un caballo asustado. Bajó una de las patas con tal rapidez que me sorprendió en la huida. Me aprisionó, clavándome una de sus pinzas en mi pata central izquierda. Me debatí y revolví, pero no había escapatoria. Aquellas mandíbulas estaban a punto de destrozarme cuando… –¡Oh! ¡Oh! ¡Aaaarrrrggghhh! ¡Una araña! En un segundo el mundo se volvió del revés y yo caí al vacío enganchada a la tarántula, en medio de una avalancha de plátanos enormes como tuberías de cemento de una alcantarilla. ¡BUUM! Un puñado de plátanos nos cayó encima en plena luz del día. El cocinero, presa del pánico, había empujado la pila de cajas que transportaba en la carretilla. La caja de plátanos se había estrellado contra el suelo justo en la plataforma de descarga. –Pero ¿qué haces con mis plátanos? – le gritó el conductor, y enseguida vio la araña–. ¡Qué horror! ¡Mátala! A pesar de la lluvia de plátanos y del montón de golpes que recibimos, la araña no me soltó, y además del terror que sentía, aquel chorro de luz era insoportable. «¡Corre!», gritaba el cerebro de la cucaracha. «¡Corre!», corroboré yo. –¡Písala! –gritó alguien tan alto que las vibraciones me recorrieron el cuerpo de arriba abajo. Una enorme sombra se proyectó sobre nosotros a cámara lenta. ¡FIISH! El jugo de un plátano se esparció por todas partes bajo el impacto de un enorme zapato, salpicándonos a todos. La tarántula seguía en sus trece, no me soltaba. Ocho enormes ojos negros inexpresivos me contemplaban al tiempo que aquel pico hambriento rechinaba y se estiraba para engullirme. <¿Es ése uno de vosotros>, gritó Tobias desde lo alto. Benditos sean los millones de años de evolución que han dotado a los ratoneros de una visión tan poderosa. ¡Bendita sea tu vista, Tobias! <¡Soy yo.>, grité. No vi el descenso de Tobias. Sólo alcancé a ver la imagen arriba de unas gigantescas garras afiladas atrapando a la araña; segundos después, la imagen había desaparecido. En cuanto a mí, me había aferrado con fuerza a uno de los plátanos y del tirón me quedé sin una de mis patas, que la araña había determinado no soltar. Me dolió de una forma un tanto distante y vaga, pero en cualquier caso, las cucarachas son fuertes. <¡Vamos! ¡Moveos! –ordenó Jake –. ¡Buscad la sombra! Eso nos conducirá al interior del edificio.> Seguimos sus instrucciones. Yo avanzaba más despacio y no podía evitar torcerme hacia el lado en el que me faltaba una pata. <Humm. No ha estado nada mal>, comentó Tobias desde lo alto. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] <Veis, esto es lo que pasa cuando Rachel empieza con eso de «¡Vamos allá!» –protestó Marco mientras cruzábamos a toda prisa un suelo muy sucio –. Siempre acabamos huyendo de arañas que nos quieren comer o cualquier cosa por el estilo.> <No sé de qué te quejas, Marco –repliqué –. La única que ha salido perdiendo hoy he sido yo.> <No os separéis de la base de la pared –indicó Jake –. No quiero que me pisen. Ya me aplastaron una vez cuando me convertí en mosca y tuve más que suficiente. Sólo faltaría que ahora me pisaran.> Como podéis imaginar, los tres estábamos un poco nerviosos. <Decidme una cosa, ¿creéis que Tobias se la ha comido?>, preguntó Marco. <Con gusto a plátano>, añadí. Soltamos una risa nerviosa y continuamos a lo largo del rodapié de caucho de la cocina. Entonces tropezamos con una ranura en la pared y por allí nos colamos. Me alegré de perder de vista la luz y los posibles pisotones. <He visto al tipo>, informó Cassie por telepatía. <Pero ¿se puede saber que hacéis?>, pregunté desconcertada. <Ax se ha transformado en aguilucho y yo en águila pescadora. Hemos examinado todas las ventanas para ver si localizábamos al señor Edelman y, efectivamente, está en la segunda planta, por encima de la cocina y a unos seis metros al fondo del edificio. Está en una habitación con otros tres pacientes. Llevan ropa de hospital y zapatillas. Están viendo la televisión.> <Sí, el programa La isla de Gilligan.>, puntua1izó Ax. <Un momento, ¿cómo lo sabe?>, preguntó Marco, a lo que nadie contestó. <Muy bien, vamos hacia arriba>, indicó Jake. El interior de las paredes es el hogar por excelencia de las cucarachas. De hecho, nos topamos con varios montones de excrementos de esos animales. Es algo que el cerebro de una cucaracha percibe de inmediato. Por lo demás, el interior de la pared estaba bastante limpio. Avancé por una gran superficie de madera, cuyas vetas semejaban ondas bajo mis patas. De repente me topé con un clavo tan grande como una mujer alta. A izquierda y derecha se alineaban las partes traseras de los tablones de conglomerado, lisos, grises y monótonos, por los que intentamos enfilar; sin embargo, como nos escurríamos, optamos por uno de los travesaños verticales de madera. Teníamos que escalar unos dos metros y medio y, aunque suene raro, aquello era como volar. El «suelo» parecía retroceder y cada vez quedaba más lejos. Sabía que, si me caía, no me haría daño pero, aún así, en aquella posición, trepando de lado por una madera y desafiando la gravedad, parecía peligroso. Después de un buen rato, llegamos al extremo final del travesaño y nos acomodamos en un espacio entre la vertical que seguíamos y un travesaño que cruzaba. Estábamos justo por debajo del suelo de la segunda planta, pero las cosas empezaban a complicarse: una placa de madera cubría casi todo el envés del suelo y no había manera de encontrar una ranura. Al final, descubrimos una pequeña grieta y, tras comprobar que de lado podíamos avanzar, nos pusimos manos a la obra, rozándonos el cuerpo con las astillas que se interponían en nuestro camino. Mis antenas se agitaban sin cesar para obtener información sobre aquel túnel cuadrado y largo que se extendía por delante de mí. La oscuridad era casi absoluta, sólo se vislumbraba un minúsculo haz de luz procedente del piso superior. Después del episodio de la araña, tenía los nervios a flor de piel; cualquier cosa me asustaba. A saber con qué nos encontraríamos en ese enorme espacio negro… <Esa luz debe venir de alguna ranura –dijo Jake –. Supongo que lo mejor es que nos dirijamos hacia ella, a no ser que alguien tenga otra idea.> <Yo –intervino Marco –. Salir de aquí, volver al centro comercial y ver cuántos bollos de canela es capaz de comerse Ax antes de explotar.> <Oh, venga, parecéis unas niñas –repliqué haciéndome la valiente –. Vamos allá.> Enfilé por los tablones de conglomerado que formaban el envés del suelo, flanqueado a derecha e izquierda por unas paredes de madera tremendamente altas. Cuando llegamos a la luz, empecé a sentirme mejor, al contrario que el cerebro de la cucaracha. Nos topamos con un tubo de metal tan grande como una secuoya talada, del que salían otros dos más pequeños hacia el segundo piso, hacia la luz. <Cañerías>, dedujo Jake. De repente, algo se agitó en la oscuridad. <¡Aaahhh!>, grité. <Una cucaracha hermano –aclaró Marco –, o hermana.> <Venga, acabemos con esto de una vez>, apremié y, acto seguido, escalé por la tubería vertical más cercana y segundos después mis antenas asomaban a la luz por debajo de una pila. <Estamos en un cuarto de baño –informé –. Vamos.> Salimos por el agujero y enseguida notamos bajo nuestras patas las frías baldosas blancas del lavabo. <¿Estaremos en el lugar correcto?>, preguntó Marco. <No sé. Olvidé traer el mapa del interior de las paredes del manicomio –contesté –. Quizá los de fuera nos lo puedan confirmar. Allí hay una ventana.> Enfilé por las baldosas hasta llegar a la malla metálica de la ventana. Aunque percibía la luz, era incapaz de ver a través del cristal. <Cassie, Ax, Tobias ¿veis una cucaracha en una ventana?> <Sí –contestó Ax –, te estoy viendo. Estás en una habitación pequeña justo al lado de la habitación del humano llamado Edelman.> <Gracias. –Me reuní con mis compañeros –. Muy bien, y ahora ¿qué?> <Pues ahora hay que hablar con el señor Edelman –indicó Jake –. Tenemos que conseguir que venga hasta aquí. Nadie nos molestará.> <Y después ¿qué? Habla con una cucaracha, ¿no?> <No, uno de nosotros recuperará su cuerpo humano y hablará con él>, decidió Jake. <Espera un momento –interrumpió Marco –. ¿No crees que es un poco raro que un niño aparezca por arte de magia en su cuarto de baño? ¿No crees que sospechará?> <Este es un centro para enfermos mentales, Marco –observó Jake –. ¿Quién le va a creer?> <Yo me encargo de hablar con él –me ofrecí –. Al fin y al cabo, soy responsable del señor Edelman. No olvidéis que fui yo quien lo rescató. Estoy empezando a arrepentirme de haberlo hecho. Por favor, quitaos de en medio. No me gustaría pisaros sin querer.> Empecé a recuperar mi cuerpo. Los cuadrados de las baldosas comenzaron a disminuir de tamaño mientras yo crecía y crecía como aquella judía mágica del cuento que crece hasta llegar al cielo. De repente la puerta se abrió. Quien quiera que fuese se iba a llevar una sorpresa cuando viera a un ser de sesenta centímetros con la piel del aspecto del azúcar quemado, unas antenas descomunales en la frente, unos ojos humanos, unas piernas medio humanas erizadas de pelillos afilados como dagas, una melena rubia y un enorme abdomen de un color marrón amarillento con palpitaciones. Un hombre avanzó hacia el váter arrastrando las zapatillas. Vaciló y se volvió muy despacio. En aquel momento, mi boca humana empezaba a formarse. Los labios sustituyeron a la boca de la cucaracha. –Hola, ¿Puedes decirle a George Edelman que venga? –Claro –asintió el hombre, y se encaminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió –. ¿Eres real? –No, sólo soy producto de tu imaginación. –Ah. Enseguida te traigo a George. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] El señor Edelman asomó la cabeza con cuidado. –Hola –saludé con entusiasmo. Había recuperado por completo la forma humana. Extendí una mano –. Estoy… estoy colaborando con su abogada para el juicio. El hombre estaba perplejo. ¿Quién no lo estaría? Recorrió el cuarto de baño con la mirada como si hubiera algo raro en el hecho de entrevistarse allí conmigo. No se percató de las dos cucarachas ocultas bajo la pila. –¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? –A continuación, miró hacia el suelo –.¿Por que estás descalza? –Sí, tiene razón. Le pido disculpas por mi aspecto un tanto… –rebuscaba una palabra sofisticada, algo como «inusitado», pero no se me ocurría nada – extraño. –Sí, bastante extraño. –Me observó durante un buen rato, sin saber qué pensar sobre mi rara aparición en su cuarto de baño. Acto seguido, me estrechó la mano, que seguía extendida –. Supongo que no soy el más indicado para juzgar lo que es o no extraño. –¿Por qué no se sienta? –le invité señalando el váter. –No, gracias. –De nuevo me miró con esa cara de «Oye, espera un momento, puede que yo este majara, pero todo esto es muy extraño». Después añadió –: Eres muy joven. –Gracias –repliqué –. En realidad tengo veinticinco, pero hago mucho deporte, llevo una dieta sana y siempre uso bronceador con filtro solar. Señor Edelman –dije cortante antes de que siguiera con más preguntas –, ¿Por qué intentó matarse? Se sentó sobre el borde de la bañera. Yo me apoyé sobre la pila, intentando por todos los medios adoptar una pose lo más natural posible para una mujer de veinticinco años sin zapatos. Los ojos grises del señor Edelman me observaron con una expresión de desconcierto, aunque no de frialdad. Se pasó una mano por la cabeza para alisar su pelo chafado. –No me quedaba alternativa –explicó –. Es esta cosa que tengo en la cabeza. –Ya –asentí –¿Qué es? –El yeerk –contestó con media sonrisa como si esperara que yo me riera o le llamara loco. El corazón empezó a latirme muy deprisa y se me cortó la respiración. Sin mover un solo músculo de la cara tomé aire para estabilizar el ritmo respiratorio. –¿Qué es exactamente un yeerk? Vaciló. Debía de estar harto de contar siempre lo mismo y que nadie le creyera. ¿Le estarían administrando drogas? En los hospitales psiquiátricos es algo habitual. Probablemente le habían atiborrado de tranquilizantes o algo por el estilo. De repente, empecé a sentir lástima. –Señor Edelman, le prometo que no me reiré ni pensaré que es producto de las pastillas que le clan o que está usted loco. ¿Puede explicarme lo que es un yeerk? –Sí –asintió –. Los yeerks son una especie parasitaria extraterrestre que se introducen en el cerebro a través del conducto del oído y controlan todas las funciones de la mente consciente. Estos bichos… –De repente, sufrió un espasmo que sacudió de dolor todo su cuerpo. Se agitó con violencia y se abrazó con todas sus fuerzas para intentar controlar el sufrimiento. Su boca se abría y se cerraba como el muñeco loco de un ventrílocuo. Lo sujeté por los hombros intentando ayudarlo, pero entonces empezó a delirar. Aquella voz extraña era la de un maniaco hablando otra lengua. –Yo, yo, yo ¿qué? ¡Farum yeft kalash sip! ¡Sip! ¡Sip! ¡El estanque! ¡Gahala sulp! ¡AAAAHHH! ¡Socorro! ¡Coranch! ¡Coranch! Enmudeció de golpe y tuve que sostenerlo porque estuvo a punto de perder el equilibrio. –¿Se encuentra bien? –No –susurró –. Sucede a menudo. Es el yeerk. Está loco, loco de remate. Esta aquí, en mi cabeza, y no quiere salir. ¡Está loco! ¡Loco! –Muy bien, ahora tranquilícese. Intente relajarse, ¿de acuerdo? –Sí, Sí. –Escuche, no puedo quedarme mucho tiempo. Dígame una cosa: ¿cómo es posible que el yeerk siga vivo sin los rayos kandrona? Lleva aquí más de tres días. No os podéis imaginar la cara con la que me miró. Creo que era una combinación de esperanza, terror y asombro. –Sé que todo esto le resulta raro –le dije agarrándole de nuevo de los hombros –, pero tiene que confiar en mí. ¿Cómo es posible? Dígame. Y ¿por qué está loco el yeerk? ¿Cómo sobrevive sin la kandrona? –¿Andalita? –me preguntó en voz baja el señor Edelman. –Si –mentí. –Es la comida –añadió vomitando la información –. ¡La comida! Durante el periodo de hambruna después de que… después de que vosotros los andalitas destruyerais la kandrona, se las ingeniaron para sobrevivir gracias a un tipo de comida. No duró mucho porque enseguida surgieron problemas… ¡AAHHH! ¡Yeft, hiyi, yarg felorka! ¡Ghafrash fit Visser! El señor Edelman se agitó, babeó y gritó durante unos minutos mientras yo esperaba que en cualquier momento se asomara uno de los médicos o ayudantes. Por suerte nadie abrió la puerta. Deseaba poder ayudar al hombre. Contaba con la suficiente experiencia con todo tipo de controladores, humanos, hork–bajir y taxxonitas, que no me costó adivinar que algunas de las palabras de ese idioma tan raro procedían de la lengua básica de los yeerks mientras que otras eran propias del idioma de los hork–bajir. Al parecer los yeerks adoptan el lenguaje de sus portadores, por eso supuse que el yeerk de la cabeza del señor Edelman debió de haber sido un controlador hork–bajir en algún momento anterior. –Lo siento –se disculpó una vez hubo recuperado el control –. Este maldito bicho hace de las suyas de vez en cuando. Lo que oyes es al yeerk delirando. –No se preocupe –añadí –. ¿Qué clase de comida es la que permite que los yeerks sobrevivan sin la kandrona? –La descubrieron por casualidad. Nadie sospechaba las consecuencias. Nadie se percató de que resultaría adictiva. Y eso es lo que pasó. Termino creándoles adicción y, con el tiempo, su ingestión continuada empezó a eliminar la necesidad de los rayos kandrona. Pero, al mismo tiempo, los hacía volverse locos. Parece como si reemplazara literalmente una parte de la médula cerebral de los yeerks. Asentí. Apenas podía contener la emoción. ¡Un tipo de comida capaz de destruir a los yeerks! –¿De qué comida se trata, señor Edelman? –Puré de avena –contestó –, pero solo el instantáneo y de sabor a jengibre y jarabe de arce. –Hizo un gesto negativo con la cabeza –. Una vez que lo han probado, se convierte en una adicción y, poco a poco, se vuelven locos. Hay docenas de hombres y mujeres como yo, en sitios como éste, en la calle o a saber. –Gracias por la información –repliqué –. Um… ¿hay algo que yo pueda hacer para ayudarlo? Negó con la cabeza, apesadumbrado. –Los yeerks me dejarán en paz. Después de todo, ¿quién va a creer a un loco? Yo… yo lo siento mucho. Intenté acabar con mi vida porque no podía soportarlo más. Primero este lunático extraterrestre en mi cabeza y ahora mi familia me encierra en un lugar como éste. –¿No hay una forma de sacar al yeerk de su cabeza? –No, vivirá tanto como yo. Jamás había visto unos ojos tan tristes como aquellos. Me impresionó tanto que tuve que apartar la mirada. –Lo único que deseo… es que las veces en las que soy yo mismo, cuando tengo el control., no tuviera que estar en este sitio. Dirigió la vista hacia la ventana sucia del cuarto de baño recubierta por la malla metálica. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] -Hemos dado con el arma definitiva –informó Marco a los demás cuando estábamos todos reunidos en el granero de Cassie-. Puré de avena con sabor a jengibre de arce. -Puré de avena con sabor a jengibre y jarabe de arce instantáneo –corregí. -Eso es, instantáneo –repitió Marco. Cassie, Ax y Tobias nos miraron fijamente. Tobias había recuperado su cuerpo de ratonero, y con esa forma es capaz de taladrarte con la mirada. Ax había adoptado su cuerpo de andalita y miraba con los cuatro ojos al mismo tiempo. -Puré de avena –consideró Cassie. -Puré de avena –confirmó Jake-, pero sólo el que es instantáneo y sabe a jengibre y a jarabe de arce. Supongo que desconocen la razón. <Quizá sea el jarabe de arce>, sugirió Tobias. -O el jengibre, o el hecho de que sea instantáneo. Sea lo que sea –añadí-, ¿qué importa? Lo increíble es que disponemos de un arma con que atacar a los controladores humanos. ¿Os dais cuenta? Un controlador prueba el puré de avena y, a partir de ese momento, no puede parar. Se convierte en una addición, y lo mejor de todo, es que el yeerk alojado en el cerebro se vuelve loco. Lo que debemos hacer es conseguir grandes cantidades del dichoso puré y suministrarlo a cuantos más controladores mejor. Miré de soslayo a Cassie intuyendo que aquello no le había gustado un pelo. Sin embargo mi amiga no se había inmutado; seguía a lo suyo, agachada revisando el vendaje de un tejón herido. Para mi sorpresa fue Tobias el que tuvo algo que objetar. <Te das cuenta de que hay algo en tu propuesta que no está bien, ¿no?> -¿Cómo? –exclamó Marco levantándose de un brinco del fardo de heno donde había estado recostado-. ¿Qué has dicho? ¡Tenemos una bomba de relojería en nuestras manos! ¡Hemos descubierto algo que hace que los yeerks se vuelvan majaras! ¿Qué hay de malo en ello? <Bueno a mí me parece que, si crea addición, es una droga>, argumentó Tobias. -Es puré de avena, ¿vale? –repliqué a punto de perder los nervios-. No se trata de una sustancia ilegal. <Que sea una droga o no depende del efecto que tenga en cada uno –insistió Tobias-. Si te enganchas a una sustancia ilegal y te destroza, eso es una droga. Si te enganchas al puré de avena y te destroza….> -Pero aun así ¡es puré de avena! –exclamé-. Maldita sea, puré de avena es puré de avena. No me puedo creer que estemos discutiendo sobre esto. -Escuchad –añadió Marco-, aquí lo que cuenta es que ¿QUÉ IMPORTA? ¡Son yeerks! ¡El enemigo, ¿recordáis?! Ellos nos atacaron, no al revés. <¿Y qué pasa con los portadores humanos? –preguntó Ax-. Los yeerks ya no tienen necesidad de alimentarse de rayos kandrona y a partir de ese momento pueden vivir dentro del portador para siempre, incluso aunque se les retire el puré de avena de la dieta. ¿Qué esperanza les queda a los portadores?> -Si perdemos esta guerra, no habrá esperanza para nadie –sentencié-. No me puedo creer que precisamente tú, Ax, te lo estés pensando. <Los andalitas –replicó Ax mirándome con los ojos giratorios –llevamos más tiempo en guerra que vosotros y entendemos la tentación de rebajarse al nivel del enemigo.> -¡Rebajarse al nivel del enemigo….! –gritó Rachel. <También sabemos –me interrumpió Ax- que es imposible ganar si no estás dispuesto a ser despiadado. Es un tema de equilibrio. ¿A qué nivel de violencia estás dispuesto a jugar para acabar con el mal?> Miré a mi alrededor. Marco y yo nos habíamos ido juntando casi de forma inconsciente. Tobias estaba posado en uno de los travesaños del techo, atento y vigilante ante la posibilidad de que alguien se acercara al granero. Ax cambiaba de postura para relajar por turnos las patas y ejercitaba su cola de escorpión. Jake y Cassie eran los únicos que guardaban silencio. Jake parecía preocupado. Se había quedado mirando fijamente al vacío. Yo sabía que estaba pensando en su hermano Tom, que es un controlador. Lo que no entendía era el silencio de Cassie. Por lo general, es la única que, en temas morales como aquél, siempre lo tiene claro. -Cassie, ¿tú que opinas? –pregunté. Vaciló unos segundos, como si quisiera seguir a lo suyo, como si atender al tejón fuese primordial en aquellos momentos. Exhaló un suspiro y se puso en pie. Se volvió, y aquella expresión de su cara me dejó helada. -No… no lo sé, ¿vale? –dijo Cassie. Durante un momento me quedé paralizada, y entonces lo comprendí todo. Habíamos tenido un encontronazo con un controlador humano cuyo yeerk era el hermano gemelo de Visser Tres. Aquel yeerk había descubierto un modo de sustituir la kandrona: consistía en alimentarse de otros yeerks. Sí, canibalismo. Lo peor era que había veces en que se sacrificaba también a los portadores humanos. Cuando aquella malvada criatura nos contó su terrible descubrimiento, Cassie pidió a Jake que lo matara, a lo que Jake se negó. No sabía por qué, pero me asustaba pensar que Cassie había dejado de distinguir el bien del mal. Cassie era mi mejor amiga y era ella quien me daba estabilidad cuando yo era imprudente, y quien establecía los márgenes morales cuando yo era despiadada. Supongo que las cosas se iban complicando y se hacía cada vez más difícil distinguir las cosas con claridad. -Escuchad –continué-, de acuerdo, quizás el puré de avena sea una droga para los yeerks, pero ¿y qué? Estamos en guerra, y más pronto o más tarde, si ganamos, si los andalitas nos envían ayuda, si la raza humana se levanta, vamos a tener que destruir a todos y a cada uno de los yeerks sobre a faz de la Tierra. ¿Me seguís? Ése es nuestro objetivo. Ésta no es una guerra en la que hay una esperanza de paz y de llegar a algún tipo de acuerdo. Es imposible negociar con parásitos. ¿Cuáles serían las condiciones? Decidme. ¿Dejarles unos pocos millones de humanos como portadores? <Los yeerks son incapaces de llegar a un acuerdo –corroboró Ax-. Hay que hacer que se vayan a su planeta.> <Por eso les suministramos drogas que crean adicción>, añadió Tobias, irónico. -Pero ¡si sólo es puré de avena! –explotó Marco. De repente Cassie se echó a reír. Era una risa cínica de la que jamás hubiera creído capaz a mi amiga. -Y entonces la frontera que separa el bien del mal se la lleva el viento, ¿no? –agregó Cassie. Jake se sacudió el mido y se plantó en el centro del grupo. -Imaginaos que soy Tom, ¿qué elegiría? Por un lado, vivir como esclavo de un yeerks, sin ninguna libertad. O, por otro lado, vivir como el señor Edelman, con algo de libertad y con capacidad para comunicarse, aunque con un yeerk loco en el cerebro. <¿Y? –preguntó Tobias-. ¿Cuál es tu respuesta?> -En la guerra de Secesión –contestó Jake encogiéndose de hombros-, querían acabar con la esclavitud. La mayoría de los soldados sureños que murieron no eran propietarios de esclavos, sencillamente eran valientes. Tal vez podrían haber llegado a un acuerdo y la guerra hubiese acabado antes si el norte hubiese aceptado dejar un número equis de esclavos. Pero, todos sabemos que eso no habría estado bien. La guerra debía continuar hasta que todo el mundo fuese libre. <O estuviese muerto –añadió Tobias en tono funesto-. De acuerdo, es un buen ejemplo. Odio tener que admitirlo, pero tienes toda la razón. Tenemos que ganar.> Me eché a reír sin muchas ganas. Siempre me muestro entusiasta y a diferencia de Cassie y Tobias, a veces soy un poco dura. Pero, a pesar de mi carácter, sabía que las palabras <<tenemos que ganar>> eran el primer paso hacia el infierno. Jake nunca respondió a la pregunta sobre su hermano. ¿Le suministraría puré de avena en el desayuno sin que se diese cuenta? Ni hablar. Jake mantenía la esperanza de poder liberar un día a su hermano y, según Edelman, no hay remedio si el yeerk está afectado por el puré de avena. -¿Dónde vamos a encontrar controladores humanos que estén dispuestos a una buena comilona? –preguntó Marco. -En el estanque de los yeerks –contesté tras soltar un suspiro. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Aquella noche soñé con el estanque de los yeerks. Antes no solía soñar o, si lo hacía, pocas veces lo recordaba. Ahora sueño mucho, tengo terribles pesadillas en las que me quedo atrapada en una forma espeluznante mitad humana, mitad insecto. También he soñado con aquella batalla salvaje en el túnel de aquel hormiguero, y con los gritos y la masacre devastadora cuando acabamos con la kandrona situada en lo alto de la torre EGS. Pero, sobre todo, sueño con el estanque de los yeerks. Oigo los gritos y las maldiciones de los portadores humanos encerrados en jaulas mientras sus yeerks chapotean en las aguas plomizas del estanque. No soporto esos gritos de desesperación. Me vuelven loca. En el sueño estoy furiosa con toda esa pobre gente y me entran ganas de gritar: «¿Por qué no lucháis? ¿Por qué no lucháis?» Y entonces un par de hork–bajir me agarra y me conduce hasta el embarcadero de acero. Y soy yo la que grito y pataleo, suplicando que alguien me ayude, sabiendo que no hay escapatoria, que estoy sentenciada. Estoy desesperada y no soporto esa sensación. Los hork–bajir me agarran por las piernas y me colocan boca abajo al borde del embarcadero hasta que mi rostro dista un par de centímetros del lodazal que hierve con los rápidos movimientos de los gusanos. Entonces bajan mi cuerpo y me obligan a meter la cabeza dentro del agua, donde veo al yeerk que me va a esclavizar. Es un gusano gris, una forma vaga e imprecisa en el agua. Me resisto, pero ¿qué puedo hacer contra dos hork–bajir? Por mucho que me revuelvo, tengo la cabeza bajo el agua y todo lo que grito son burbujas. El yeerk me roza la oreja. Lo siento como si fuera un caracol grande. Y entonces un dolor agudo me avisa de que está intentando abrirse camino a través del conducto del oído. Aunque el dolor es espantoso, lo peor es pensar que me ha atrapado. Una vez ha conseguido penetrar en el cerebro, siento un tirón y me sacan del estanque, a punto de perder el conocimiento por la falta de aire. Quiero tocarme la oreja, pero los brazos no me responden. Intento gritar, pero he perdido el control de la boca. Y chillo en algún rincón solitario y oscuro de mi cerebro. Mientras tanto, el yeerk abre mis recuerdos y contempla divertido mi vida. Entonces me invade la desesperación. Me desperté con la almohada empapada de sudor. El reloj marcaba las tres y veintisiete de la madrugada. Íbamos a descender al estanque yeerk. Yo, la poderosa y valiente Xena, me cubrí la cabeza con la manta y me puse a temblar. Cuando amaneció, me levante y me puse una bata. Afuera estaba nublado y gris, pero aun así me dirigí hacia la ventana y la abrí como todas las mañanas. Tobias apareció casi en silencio, entró en la habitación y se posó con habilidad sobre la cómoda. <¿Cómo estás?>, preguntó. –Bien –contesté en voz baja –. ¿Y tú? Siempre que viene Tobias tengo que hablar en susurros. Mis hermanas duermen en la habitación de al lado, por eso cierro mi cuarto con llave. <He desayunado bien –comentó Tobias –. He tenido suerte con la caza.> Me dirigí hacia el escritorio y abrí uno de los libros. Deberes. –¿Te gustan las matemáticas? <Creo que han llegado a gustarme, sí –respondió Tobias –. Al fin y al cabo, dos y dos son cuatro en todas partes.> Supongo que aquella escena resultaba un poco extraña. Un ratonero de cola roja acomodado en el borde de mi mesa y yo sentada a la luz de una sola lámpara mientras mi familia dormía. Siempre que Tobias conseguía un desayuno a primera hora de la mañana y no llovía, se acercaba a hacerme compañía. <¿Te preocupa lo de volver al estanque yeerk?> Me reí como si el asunto no fuera conmigo. –Si alguna vez dejara de preocuparme por algo así, entonces sería cuando me podríais encerrar con el señor Edelman. <Ya. Escucha, esta vez voy con vosotros. ¿Qué forma crees que utilizaremos?> –No tienes que hacer esto, lo sabes, ¿no? –repliqué tras soltar un suspiro. <Sí, pero dime ¿qué forma utilizaremos?> –No lo sé, probablemente la de la mosca o la cucaracha. ¿Has descubierto alguna entrada al estanque? Durante gran parte del día, mientras nosotros estábamos en el colegio, Tobias se encargaba de controlar los movimientos de los controladores identificados y de los cambios de lugar de los accesos al estanque. No le costaba demasiado esfuerzo. <Sí, hay una nueva entrada –contestó. De haber tenido boca, habría sonreído –. Os va a encantar.> –Si conduce al estanque –añadí mirándole de soslayo –, dudo que me guste. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] <Esta me costó lo suyo –explicó Tobias orgulloso de sí mismo –. Horas y horas de vigilancia detrás de los controladores que conocemos; miradas a hurtadillas por las ventanas. Incluso me transformé en humano para inspeccionar el interior de un McDonald’s. Así fue como averigüé lo del [i]Happy Meal[/i].> Convertidos en moscas revoloteábamos como posesos en el interior de un McDonald’s. Aquello era una locura. El olor a carne, ketchup, aceite y salsas invadía cada rincón. La mosca que había en mi creía haber muerto y estar en un buen contenedor de basura del cielo. Los restaurantes de comida rápida son el lugar preferido de las moscas. <¿Qué hay de especial en el [i]Happy Meal[/i]?>, preguntó Cassie. <Un momento… ¿[i]Happy Meal[/i], habéis dicho? ¿Y por qué está feliz, la comida?>, preguntó Ax. <Es la contraseña –explicó Tobias contestando a la pregunta de Cassie –, la señal. El controlador se acerca al mostrador y dice: «Quiero un [i]Happy Meal con extra de happy.[/i]» Esa es la contraseña.> Volaba boca abajo cerca del techo, buscando un sitio donde posarme y descansar. Revoloteé hacia un trozo grasiento cerca de la freidora, di una voltereta hacia atrás y me posé. Mi boca, una especie de matasuegras, se desenroscó y comenzó a escupir unos jugos digestivos sobre la grasa para después absorber la sustancia pegajosa resultante. Ya sé que es asqueroso, pero prefería eso a resistirme al ansia de la mosca, desesperada por llevarse algo a la boca. <Una vez hecho el pedido –prosiguió Tobias –, se dirige hacia el cuarto de baño pero, en lugar de entrar, abre la puerta de la cocina y, aquí viene lo bueno, se mete en la nevera.> <Y después ¿qué?>, preguntó Jake. <No lo sé. No alcancé a ver lo que sucedía a partir de ese punto.> <De acuerdo. Este es el plan –indicó Jake –. Esperamos a que alguien pida el [i]Happy Meal[/i] con… ¿cómo era?> <Extra de happy>, completó Tobias. <¿Es imaginación mía o los yeerks han desarrollado sentido del humor?>, preguntó Marco. <Una vez localizado nuestro controlador, lo seguimos. Hasta aquí todo bien –prosiguió Jake y entonces, creyendo que los demás no lo oíamos, añadió –: Sí claro, todo bien. Un pequeño picnic en el estanque, seguro que les encanta.> <Um, Jake –dijo Marco –. Que sepas que hemos oído eso último. Lo has dicho en alto.> <Lo siento.> <Hoy estas inspirado, ¿no? –agregué con una risa –. Venga, vamos…> <¡No! No sigas, no pronuncies «¡Vamos allá!»>, gritó Marco. Nos turnamos para colocarnos en el puesto estratégico sobre el mostrador. No tuvimos que esperar demasiado porque enseguida apareció una mujer que pidió un [i]Happy Meal[/i] con extra de [i]happy[/i]. La seguimos hasta la cocina sin dificultad y de ahí hasta el interior de la nevera. <Tenemos que salir de aquí cuanto antes –dije –. El frío me está atontando.> <En efecto, este organismo no regula la temperatura corporal –observó Ax –. Que idea tan extraña. Los humanos hacéis cada cosa…> <Ax, los humanos no somos responsables de…> <Sí, lo se. Intentaba hacer un chiste al estilo humano.> <Estupendo –murmuró Marco –. Los yeerks se vuelven graciosos y el andalita hace sus pinitos.> La mujer controladora aguardó pacientemente y, después de un par de segundos, la parte trasera de la nevera se abrió. La mujer dio un paso adelante y nosotros la seguimos. Aquello sería coser y cantar. «¡BrrrIIIIIT! ¡BrrrIIIIIT! Detectada forma de vida no autorizada. ¡BrrrIIIIIT! ¡BrrrIIIIIT! Detectada forma de vida no autorizada.» La mujer controladora miró a su alrededor. A través de la visión fragmentada y dividida de la mosca vi cómo sus ojos azules, del tamaño de una piscina, se volvieron y examinaron el lugar. –Histéricos de la seguridad –murmuró para sí –. Sólo son unas moscas. Sin embargo, la voz mecánica continuaba escupiendo instrucciones. –Cierre muy bien los ojos para proteger sus retinas del biofiltro Gleet. <¿De qué?>, pregunté. <¡Fuera de aquí!>, gritó Ax. <¿Qué?> <¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!>, gritó Ax de nuevo. Ax nunca grita, así que cuando lo hace es porque cuenta con una buena razón. Me volví en el aire como sólo una mosca sabe hacer y me apresuré hacia la ranura de la nevera, que todavía no se había cerrado. De repente, el mundo entero pareció estallar en una deslumbrante explosión de luz. Sentí como si mis ojos compuestos se derritieran. Continué volando a ciegas hasta colarme por la ranura cada vez más estrecha. Enseguida noté el frío en el cuerpo. <¡Estoy ciega!>, exclamé. <Lo estamos todos –precisó Ax con absoluta tranquilidad –. Hemos tenido suerte de que sólo nos hayamos quedado ciegos. Un biofiltro destruye toda forma de vida cuyo ADN no este registrado en los controles del ordenador. Tecnología andalita, por supuesto. Los yeerks les deben de haber robado la composición.> <Ax, ¿me estás diciendo que ese filtro o como se llame es capaz de eliminar cualquier forma de vida que no tenga programada en su interior?>, preguntó Jake. <Sí, príncipe Jake, me temo que así es. Destruirá todo lo que no sea un controlador humano.> <Eso significa que no hay forma de acceder al estanque yeerk –añadió Tobias –. Seguro que han instalado esa tecnología en todas las entradas.> No sabía si alegrarme o enfadarme, ¿quién no se sentía un tanto aliviado de no poder entrar al estanque? Como poco era frustrante. Lo que no podía soportar era el hecho de que los yeerks nos habían superado, y eso sí que me ponía furiosa. <Debe de haber alguna forma de entrar>, intervine. <Ya me gustaría saber cómo>, añadió Marco. Nadie pronunció una palabra hasta que Cassie dijo: <Bueno… hay una forma.> <¡Lo retiro! –exclamó Marco –. ¡Lo retiro! No me gusta nada el tono que has empleado, Cassie. La verdad es que prefiero no saberlo.> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] De vuelta al granero de Cassie, nos apiñamos para contemplar una jaula pequeña. – ¿Qué es? ¿Una rata? –preguntó Marco. <Es un topo>, corrigió Tobias. –Vaya, hay que ver lo bien que conoces a los roedores –replicó Marco mirando hacia el travesaño del techo en donde Tobias se acicalaba las plumas con el pico –. ¿A qué saben? <No he pillado ninguno. Rara vez salen a la superficie.> –Qué bicho más feo –comenté –. Se parece demasiado a una musaraña. –En una ocasión, me transformé en una y os puedo asegurar que no fue nada divertido. El animal estaba demasiado alborotado y hambriento. Aquel bicho era hiperactivo. –Es mucho más tranquilo que una musaraña –informó Cassie –, y como ha dicho Tobias, los topos pasan la mayor parte del tiempo bajo tierra. Cavan túneles. Fijaos en las patas delanteras. Son grandes, ¿verdad? Son ideales para cavar túneles. –Supertopo –dijo Marco dejando escapar un suspiro –. Es imposible imaginarse un héroe llamado Supertopo. ¿Con qué poderes contaría? ¿Cavar? <He observado que muchos de los animales terrestres tienen una forma parecida a la del topo>, señaló Ax. –Sí ––confirmó Cassie –, es una forma muy abundante; la encuentras en ratas, ratones, campañoles, musarañas e incluso ardillas y mapaches hasta cierto punto. Es la forma básica del roedor de cuatro patas. –A ver si lo he entendido –interrumpí tras exhalar un suspiro –. ¿Estás diciendo que nos convirtamos en topos y cavemos un túnel hasta el estanque? –Sólo trataba de ayudar –replicó Cassie encogiéndose de hombros al mismo tiempo que me guiñaba un ojo. –Probablemente haya unos quince metros en total desde aquí hasta el techo de la caverna del estanque, ¿no creéis? <Como mínimo>, puntualizó Tobias. –Eso es mucho cavar –declaró Jake –, pero no se me ocurre otra forma. Para llevar a cabo nuestro plan, debemos entrar en el estanque yeerk. –¿Alguien se ha parado a pensar cómo vamos a transportar el puré de avena a través del túnel? –pregunté. Jake asintió como si fuera a decir «claro». –Pues no –dijo finalmente –, pero hay que proveerse. Quiero que todos empecéis a dar la lata en casa con el dichoso puré de avena de sabor a jengibre y a jarabe de arce. Necesitamos reunir un gran lote. Empezaremos así y después pondremos dinero de nuestro bolsillo. –No hace falta –añadió Marco negando con la cabeza –. En casa yo soy el que me encargo de ir a comprar. Mi padre me deja en el hipermercado, se va a hacer otros recados y vuelve a recogerme. Dejadlo en mis manos. –Bien, entonces –indicó Jake –, sólo nos queda adquirir al pequeño topo. –¿Muerde? –pregunté al tiempo que hacía una mueca. Yo era la que estaba más cerca de la jaula. –Yo diría que no –contestó Cassie –. Por regla general, sólo come… En fin, no creo que te vaya a morder. –¿Qué es lo que come, Cassie? –pregunté. –¿Qué esperas que coma un animal que se mueve bajo tierra? Pues gusanos, lombrices… ¿qué otra cosa si no? –Fantástico –protesté. Estiré la mano y, en cuanto Cassie abrió la jaula, acaricié el lomo del animal el tiempo suficiente para que el ADN del topo entrara a formar parte de mi organismo. Supongo que el animal se quedó muy tranquilo y casi inmóvil, como les pasa a la mayoría de los animales cuando los adquieres, pero resultaba difícil saberlo, porque aquel bicho ya estaba muy relajado. Cuando le tocó a Tobias, el roedor se intranquilizó un poco. Para adquirir el ADN de un animal, debes hacerlo desde tu propio cuerpo. El verdadero cuerpo de Tobias había pasado a ser el de un ratonero, así que para adquirir al animal, tuvo que descender volando hasta la jaula y rodear al topo con las garras. Esperamos a que llegara el padre de Cassie y entonces nos encaminamos hacia el colegio. El estanque yeerk es un vasto complejo subterráneo. Se parece a uno de esos estadios de fútbol cubiertos. En el centro del recinto está el estanque, y a su alrededor hay toda una zona despejada, así que en total debe de medir, a ojo, unos trescientos o cuatrocientos metros de un extremo al otro. Para ser un agujero bajo tierra, es enorme. Está situado debajo del colegio y se extiende hacia el centro comercial o, al menos, ahí es donde están los accesos, unas escaleras ocultas que descienden desde diferentes ángulos a orillas del estanque. Hemos localizado uno de estos accesos en el armario del conserje del colegio, aunque este fue suprimido después por los yeerks, y en los probadores de la famosa tienda de ropa The Gap del centro comercial. <Por los accesos que hemos ido encontrando creo que el centro del estanque se encuentra en este cruce>, informó Tobias. Nos hallábamos en la intersección que hay entre el colegio y el centro comercial. –Bueno, no vamos a cavar aquí –objeté. –No queremos cavar aquí, que es distinto –corrigió Marco –. No seria una buena idea aparecer justo encima del estanque. –Hizo un movimiento de caída con las manos y añadió –: ¡Splash! –Bien pensado –corroboré. La idea de caer en el estanque me revolvía las tripas. –Sin embargo –agregó Jake –, nos interesa saber con exactitud dónde esta el estanque cuando nos internemos. La idea es cavar otro túnel horizontal justo encima del estanque y utilizarlo como conducto desde donde lanzar el puré de avena. –No se por qué me da en la nariz –asintió Marco – que este plan requiere conocimientos de geometría que no tengo. Creo que debería haber estado más atento en clase. –Demasiada precisión, príncipe Jake –observó Ax –. Carecemos de instrumentos–mentos, ni siquiera contamos con los rudimentarios instrumentos de los humanos. –Haremos un cálculo aproximado, y deja de llamarme príncipe. –Sí, príncipe Jake. Tobias se había acomodado en lo alto de una farola. Los ratoneros poseen un oído muy fino, así que nos oía a la perfección. –Tobias –dije mirando hacia arriba –, tú eres el que controla el tema de los accesos y todo eso. ¿Tienes alguno en mente? Ah, y no olvides que necesitamos un sitio para transformamos sin que nos vean. Tobias extendió las alas y echó a volar. Ganó altura, describió un círculo raudo e irregular en el cielo y descendió para posarse. <Creo que ya lo tengo.> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] El sitio que Tobias había elegido era una caseta de herramientas del patio trasero de una casa vacía, en cuya entrada había un letrero desvencijado de «Se vende», oculto casi por la hierba. La casa daba a la carretera principal y estaba flanqueada, a un lado, por una tienda que vendía un poco de todo y, al otro, por un lugar en el que podías ir a darte baños de agua caliente. El tráfico era intenso, así que el ruido era bastante insoportable. No muy lejos, por detrás de la casa, se distinguía un pequeño parque desamparado, con un puñado de árboles, unas mesas de picnic y una colina pedregosa e irregular. Daba la sensación de que en aquella casa no había vivido nadie desde hacía mucho tiempo. La caseta de herramientas era de hojalata y estaba oxidada por el paso del tiempo. El suelo del interior era de tierra y, a excepción de algunas bolsas de abono para plantas y un rastrillo, estaba casi vacía. –Perfecto –declaró Jake–. Un poco estrecho, pero ideal. En cuanto nos hayamos transformado en topos habrá espacio suficiente. –Ejem… –añadió Cassie aclarándose la garganta –, tal vez debería haberlo mencionado antes, pero no hace falta que todos nos convirtamos en topos a la vez, al menos al principio. Los topos cavan de uno en uno. Nos quedamos mirándola fijamente mientras asimilábamos la información. No se por qué me había imaginado que estaríamos juntos allá abajo. Aquello cambiaba mucho las cosas. –¿Vamos a estar allá abajo solos? –preguntó Marco tragando saliva –. ¿Bajo tierra? ¿Sin aire y rodeados de tierra por los cuatro costados? –Bueno, te vas a convertir en topo, ¿no? –replicó Cassie al tiempo que se encogía de hombros. –Ah, vale, entonces no pasa nada –añadió Marco con tono sarcástico –. Como seremos topos, no importa estar a seis metros bajo tierra sin una gota de aire. –Ya eres mayorcito, Marco –pronuncié –. No te pasará nada. No sé por qué digo esas cosas. Soy una bocazas, me salen solas. –Señoras y caballeros –anunció Marco depositando la mano sobre uno de mis hombros –, tenemos una voluntaria. ¿Qué podía decir? No tenía más remedio que asumir las consecuencias de mis propias palabras. –Muy bien, miedica, ya voy yo primera. Con todos nosotros allí dentro, hacía calor y parecía como si faltara oxígeno. Empezaba a sentir un poco de claustrofobia, ya sabéis, pánico a los sitios cerrados. Me dibujé una imagen mental del topo y la tecnología andalita se puso en marcha, de modo que empecé a experimentar los primeros cambios. Enseguida noté más espacio a mi alrededor. Los cuerpos que antes me agobiaban empezaron a alejarse a medida que yo encogía, aunque no lo hacía a la misma velocidad por todo el cuerpo. Mis piernas y brazos menguaban mucho más deprisa. ¡BOMP! Mis piernas se esfumaron y automáticamente aterricé de culo en el suelo. –¡Haala! –exclamó Jake –. ¡Sujetadla! Jake y Cassie me agarraron justo antes de que perdiera el equilibrio, pero demasiado tarde para mantener mi dignidad. –¡Je, je, je, ja, ja, ja! –se rió Marco. Cassie soltó una risa ahogada. Mis piernas habían desaparecido. Mis brazos habían quedado reducidos a las manos. Conservaba mi aspecto humano, sólo que en lugar de piernas, tenía pies. Jake y Cassie me sujetaron por los hombros para que mantuviera el equilibrio. Me sentía como uno de esos muñecos a los que pegas un puñetazo y se balancean hasta volver a su posición inicial. Estaba sentada en el suelo, y mientras agitaba los dedos de las manos y de los pies, deseaba con todas mis fuerzas estrangular a Marco. –¡Espera a cue ti llegui tu tuuurno, nyarco! –grité algo casi incomprensible porque en aquel preciso momento mi rostro empezó a estirarse. Me tumbaron boca abajo, puesto que ya medía medio metro. Mi cuerpo empezó a cubrirse de un pelaje grueso marrón oscuro que me otorgó el aspecto de topo casi por completo. Mi rostro seguía creciendo, conformando un alargado hocico típico de roedor. Todos mis miembros parecían encoger, excepto mis manos, que crecían aunque siempre de forma relativa al resto. Dios mío, aquellas manos eran como palas terminadas en garras, enormes palas planas, duras, sin pelo y con unas uñas achaparradas en el extremo de cada «dedo». Mientras las contemplaba, se giraron hacia fuera. De repente, perdí la vista. Al principio pensé que me había quedado ciega por completo, pero enseguida me di cuenta de que era capaz de percibir las diferentes tonalidades de luz. Además de estar casi ciega, mi oído era pésimo. Percibía los ruidos débiles y lejanos, como cuando escuchas detrás de una puerta. Ni siquiera el sentido del olfato era digno de mencionar. Sin embargo, un sentido nuevo estaba transmitiendo muchos datos a mi cerebro. ¡El tacto! Mi nariz parecía haber cobrado vida y era tan sensible al tacto que era capaz de sentir las corrientes de aire que había a mi alrededor. En aquel estado, casi ciega y con un oído pésimo, me invadió el pánico. ¿Se suponía que debía comenzar a cavar en aquel estado? ¿Ciega y medio sorda? Sin embargo… sentía la tierra debajo de mis manos de pala y de mis patitas traseras de rata; la arena me rascaba la barriga. Palpé el suelo con el hocico y sentí su textura, humedad y dureza. Bajo tierra estaría a salvo y más cómoda. Además, estaba hambrienta. Sin más tiempo que perder, comencé a cavar. –Vaya, se ha puesto manos a la obra en un periquete –oí decir a una voz lejana. –Pues a mí me sigue pareciendo una rata. Clavé las uñas en el suelo y con las palas de mis «manos» iba apartando la tierra hacia atrás. Una vez había empezado, no podía parar. El deseo de cavar iba en aumento. ¡Debía seguir adelante! Aquellas sombras gigantescas de color gris tiritaban y al hacerlo, me permitían percibir los cambios de intensidad de las tonalidades claras. ¡Cavar! El calor de la tierra me atraía. En alguna zona débil de mi cerebro guardaba una imagen mental de un agujero pequeño y acogedor, lleno de cómodas hierbas, ramitas y algún que otro resto de basura. Me imaginaba la escena: después de andar por los túneles, volvería a mi agujero y me enrollaría como un ovillo a la espera de que apareciese algún escarabajo y depositara sabrosos huevos; o si no, saldría a recorrer los negros túneles hasta dar con un jugoso gusano regordete. ¡Umm… me gustaba la idea! –¿Sabéis una cosa? Me parece que no controla del todo los instintos del animal. –¡Qué va, qué dices! ¿Acaso te crees que los instintos de un topo son lo bastante fuertes como para dominar el cerebro de Rachel? –Hmm, ¿Rachel? ¡Ey, Rachel! ¿Cómo vas? Cavar, cavar y cavar. La mitad superior de mi cuerpo se arrastraba por el suelo al calor de la tierra. Sentía la necesidad de excavar hasta ocultar mi cuerpo en la oscuridad del túnel, en donde la seguridad del calor y la tierra húmeda me protegerían. –No responde. El topo la esta dominando. Jamás habría pensado que los topos poseían unos instintos tan poderosos. Será mejor agarrarla antes de que se esconda bajo tierra. De repente, algo me agarró del rabo y tiró de mí hacia arriba. Intenté con todas mis fuerzas aferrarme a la tierra para frenar el tirón, pero fue inútil. Me izaron en el aire. ¡Estaba a la intemperie, expuesta a todo tipo de peligros! No había nada a mi alrededor, excepto aire. ¡Aire! ¡Aire! ¡Vacío! –¡Rachel, recupera el control! El topo te está dominando. Cuando por fin volví en mí, fue como si… bueno, como si me sacaran de un túnel a la luz del día. ¡Había regresado! ¡Era yo de nuevo! Un yo que miraba la realidad a través de los ojos inútiles de topo. <¡Os equivocáis!>, repliqué. –Sí, claro –oí que decía Marco. <Quería terminar cuanto antes. ¿No estoy aquí para cavar? Pues eso hacía, listillo.> –Muuuy bien, Rachel. O sea que todo va bien. Lo tenías todo controlado. Volví a ponerme manos a la obra, sólo que entonces la tierra ya no me parecía tan cálida ni tan acogedora. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] El túnel era cada vez más profundo. Cavé hasta que la totalidad de mi cuerpo se encontraba bajo tierra. Mi mente pensaba con claridad al lado de la del animal. Yo era un ser humano cavando a ciegas hacia el corazón de la Tierra. ¿Por qué iba a estar aterrorizada? ¿Por encontrarme rodeada de tierra por todas partes? ¿O porque ya no había vuelta atrás? ¡No podía respirar! Debía relajarme; respiraba a la perfección, sólo que el pánico a morir asfixiada en un sitio oscuro como aquél me atormentaba más que otra cosa. Por mucho que tratara de tranquilizarme y controlar el pánico racionalizando la situación, el sentimiento era demasiado fuerte. Me había enterrado viva o, mejor dicho, me estaba enterrando viva. Seguí cavando sin descanso, aunque no en vertical. Todo cuanto podía hacer era seguir la inclinación del terreno. Cavé durante una eternidad o, al menos, eso me pareció. De repente, sentí la necesidad de volver al exterior. No aguantaba más. ¡Necesitaba aire fresco! Intenté dar la vuelta, pero ¡no podía moverme! <Venga, Rachel, ¡tranquilízate! No pasa nada –intentaba calmarme-. Haz un hueco más grande. Un poco más por los lados. Eso es, sigue así.> <<¡No puedo respirar! ¡Oh, Dios mío, estoy enterrada viva!>> <¡No, no! Aguanta un poco más. Sigue cavando, ya casi está.> Mis <<manos>> escarbaban la tierra frenéticas, lanzándola hacia atrás por debajo de mi cuerpo para que las patas traseras la quitaran del medio. Poco a poco iba haciéndome algo de sitio por los lados, pero todavía no era suficiente para darme la vuelta. No tenía más remedio que continuar en aquella oscuridad absoluta. ¡Lo conseguí! Me giré sin más tiempo que perder. Mi nariz olfateó enseguida el túnel vacío y abierto que acababa de excavar. No era perfecto, pero serviría. Enfilé por el túnel a toda velocidad, atravesando sin más miramientos aquellos sitios por los que se estrechaba notablemente. Estaba desesperada por un poco de aire fresco. Asomé el hocico a la luz del día, que me pareció cegadora. -¡Ya está aquí! –anunció Cassie-. Rachel, ¿estás bien? <Sí, claro. Estoy bien>, mentí. -¿Has llegado muy abajo? Has estado veinte minutos. ¿Veinte minutos? ¿Sólo? Imposible, pero si a mí me habían parecido horas. <Um, no estoy segura. –Intenté visualizar el túnel que en realidad nunca había visto sino sentido. ¿Cuánto mediría?-. Supongo que unos, no sé, yo diría que unos noventa centímetros.> -¿Noventa centímetros en vertical? –exclamó Jake dejando escapar un silbido-. No está nada mal. La cúpula del estanque yeerk debe de encontrarse a unos quince metros, ¿no? <No en vertical –corregí-. El topo es incapaz de cavar en vertical, sigue la inclinación del terreno más o menos, así que calculo que habré avanzado treinta centímetros en vertical.> <Qué horror –protestó Tobias-. Esto nos va a llevar un año.> Hicimos turnos de una hora cada uno. Los que no cavaban ni vigilaban se encargaban de ir a la tienda a por patatas fritas y Coca-Colas. Al cabo de seis horas y después de que cada uno hubiese bajado una vez, habíamos tenido más que suficiente. Además debíamos volver a casa. -Alguno debería bajar con un hilo para medir la longitud del túnel –sugirió Marco. Nadie se presentó voluntario. Nadie se atrevió a mover un solo músculo. Cansados y ojerosos, chorreábamos de sudor y estábamos pálidos del miedo que habíamos pasado y de habernos transformado tantas veces. -Iré yo –me ofrecí-. Me toca a mí, ¿no? Me volví a transformar y, cuando Cassie me hubo atado un hilo a la cola, me sumergí de nuevo en el túnel. El proceso había sido el siguiente: cada uno de nosotros había llegado tan lejos como había podido; en ese punto había cavado un espacio más grande para dar la vuelta y había vuelto sobre sus pasos. De esa manera, esperaba encontrar seis rotondas, por llamarlas de alguna manera, que iba contando mentalmente según las iba pasando. De haber sido humana en aquel momento, estaría sudando. Hacía calor y apenas había espacio. Era como estar en un ataúd. Aquélla era una imagen recurrente que no podía quitarme de la cabeza. Era como estar en un ataúd, como si te hubieran enterrado viva, y por mucho que grites y patalees, nadie te va a oír porque estás bajo tierra, sepultada para siempre. Entonces mi hocico chocó contra la pared. Había llegado al final del túnel. Pensaréis que me sentiría aliviada, ¿no? Sin embargo, el efecto fue más bien el contrario. La urgencia inmediata de salir de allí cuanto antes me condujo a un estado de pánico. Perdí el control y empecé a gritar como una posesa. Me volví y enfilé hacia la superficie a tal velocidad que parecía que alguien me estuviera persiguiendo. ¿Sería aquella luz? Imposible, sólo había pasado tres rotondas, ¿o habían sido cuatro? Por fin, mi hocico asomó a la luz, salí del agujero y comencé a recuperar mi cuerpo de inmediato. Ax, como había pasado mucho tiempo transformado en humano, ya había recuperado su cuerpo de andalita. Midió el hilo que yo había transportado a través del túnel. <¿Queréis el resultado en metros o en pies?> -En lo que sea –dijo Marco poniendo los ojos en blanco. <La longitud total del túnel es de unos trece metros. Calculo que la razón de inclinación del terreno es de dos a treinta, es decir, por cada dos metros de excavación, avanzamos treinta centímetros en vertical. Con lo cual, significa que en vertical hemos descendido unos dos metros aproximadamente.> -¡Dos malditos metros! –exclamé tras haber recuperado casi del todo mis facultades humanas al tiempo que me sacudía el miedo del cuerpo. <¡Dios mío! –se quejó Tobias-. Según esos cálculos, hay que cavar unos quince metros en vertical. ¡Eso nos llevaría una semana! ¡Esto no es serio! ¡Soy un pájaro! Tengo otras cosas que hacer que pasarme el día entero en un maldito túnel.> Estuve a punto de sumarme a la queja y soltar: <<¡Se acabó! ¡Me rindo!>> Pero me callé. De hecho, fui la que más fuerza hizo para continuar con aquella locura. No estaba dispuesta a dejarme vencer por la claustrofobia ni por el miedo. Tal vez fuera sólo una pobre inconsciente. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Con el paso de los días nos resultaba más fácil cavar, aunque siempre nos topábamos con alguna zona rocosa imposible de escarbar, lo que nos obligaba a buscar caminos alternativos dando un rodeo. Esto eternizó el proceso. Parecía que no fuéramos a llegar nunca. Además, sólo podíamos cavar después del colegio. Todas las tardes nos íbamos para aquella sofocante caseta, deberes en mano, y nos hacíamos preguntas sobre Historia y Ciencias. Ax escuchaba con atención lo que allí discutíamos sobre nuestra historia y se moría de risa ante la naturaleza tan primitiva de nuestra ciencia. Bajábamos por turnos al agujero. Nos habíamos sincronizado de forma que cuando el de dentro salía al exterior, el siguiente ya se había transformado y estaba listo para bajar. Cavamos durante cuatro días más hasta que una tarde Cassie volvió a la superficie y dijo: <Creo que no se puede seguir más. Hay una piedra sólida que bloquea el camino.> -Qué tontería –repliqué-. No hemos hecho todo esto para nada. Tiene que haber una forma. Así que bajé de nuevo al maldito túnel, como una perfecta idiota, como si disfrutara con todo aquello. Ax calculó que habíamos descendido casi ocho metros por debajo de una primera capa de tierra suelta, arcilla y grava. Me apresuré hacia el final del túnel, apartando con mis patas traseras toda la tierra que iba encontrando a mi paso. Llegué al final del túnel. Comencé a excavar y encontré piedra. Me moví hacia la izquierda y lo mismo. Una enorme piedra parecía bloquear el camino. En aquel momento creo que deseé que Cassie tuviera razón porque eso significaría el fin de las excavaciones, del túnel y de la sensación de estar enterrada viva. De repente, mi olfato percibió una pequeña ranura entre las piedras. Escarbé un poco y el agujero aumentó de tamaño. Vacilé un momento.¿Sería mejor volver y contarlo a los otros? Si les dijera que Cassie tenía razón, se lo creerían. Nadie iba a bajar a este sitio para comprobarlo porque ninguno queríamos seguir con aquella locura. Seguí cavando un poco más y entonces… <¿Qué?> ¡Aire! ¡Una corriente de aire! <Es imposible.> Estaba en lo cierto, por allí se colaba una ligera brisa húmeda que olía fatal. Lo había encontrado. <Chicos, ¿me oís?>, llamé por telepatía, pero nadie me contesto. Supongo que estábamos demasiado lejos. A medida que sacaba más y más tierra, la brisa iba aumentando de intensidad. El espacio era lo bastante grande como para que yo pasara, pero percibía una sensación de vacío allá abajo. Me di la vuelta y regresé a la superficie. <Creo que he dado con una cueva o algo así –informé-. Cassie tenía razón, el terreno es rocoso pero he descubierto una ligera brisa que se cuela por entre las rocas.> -Es demasiado tarde –dijo Jake tras consultar su reloj-. Bajaremos mañana. Es sábado y tendremos más tiempo. Al día siguiente volvimos al lugar, descansados y con energías, bueno, todo lo descansada y fresca que puedes estar después de haber soñado toda la noche que te has quedado atrapada en un ataúd sin dejar de gritar: <<¡Que alguien me ayude, por favor! ¡Sáquenme de aquí! ¡No estoy muerta!>> Aquella vez bajamos todos a la vez. Hicimos sitio en torno a la fisura de la roca para que cupiésemos todos y, a pesar de que el lugar era horrible, me tranquilizaba que mis amigos estuvieran conmigo, hasta que me dio por pensar que no había nadie en la superficie para sacarnos de un apuro en caso de haber algún problema. ¿Y si el túnel se venía abajo? Nos quedaríamos atrapados…. y entonces, ¿qué? ¿Me transformaría en humano enterrada como estaba a ocho metros de la superficie? Íbamos sacando la tierra por turnos hasta que nuestro olfato detectó que el agujero penetraba en la roca. <Esto es cada vez más divertido –comentó Marco con sarcasmo-. Ahora toca piedra sólida.> <Mejor que tierra, desde luego>, repliqué. <¿Ah, sí? Entonces dime una cosa, somos topos, ¿no? ¿Qué pasaría si la piedra se derrumba? Al menos, si fuera tierra podemos excavar para salir.> Tenía razón. En aquel momento tuve que reprimir las ganas de echar a correr. Permanecí inmóvil. Si echaba a correr, no pararía nunca. <Si tienes miedo, ya bajo yo>, añadí. <Tengo miedo –confirmó Marco-. Adelante.> Supongo que te debes quitar un gran peso de encima diciendo <<tengo miedo>> así, tal cual. No sé por qué, pero a mí no me sale. Introduje mi lustroso cuerpo de topo por la ranura de la roca, áspera al tacto y libre de erosión, y avancé por un camino serpenteante. ¿Qué ocurriría si intentara recuperar mi cuerpo humano cien veces más grande? ¿Pasaría a formar parte de la roca? ¿Podría gritar? ¿Y si nadie me oye? Nadie podría ayudarme. <¡Tranquilízate! –me ordené a mí misma-. ¡Deja de torturarte! Todo va a salir bien.> De repente… <¡Aaaaahhhhhhhhhhhh!> Caí al vacío en medio de una oscuridad absoluta. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] <¡Aaaaaaaahhhhhhh!> La caída me resultó eterna. <¡Rachel!> ¡PUUM! <¡Rachel! ¿Qué pasa?>, me preguntó Cassie por telepatía. Aterricé de espaldas sobre algo blando y apestoso. Aunque no veía nada, presentía que había ido a parar a un sitio abierto y grande. ¿Sería el estanque yeerk? Imposible porque allí habría luz. Entonces me percaté de que no estaba sola. No sabía qué o quiénes eran pero percibía su presencia, y no eran pocos. <¡Rachel! –gritó Jake-. Contesta si me oyes.> <Estoy bien –respondí-. Creo… creo que he aterrizado en una especie de cueva.> <¿Ves a un tipo con una capa y un coche de impresión?>, preguntó Marco. <¿Qué?> Estaba demasiado preocupada como para pensar en sus estúpidas bromas. <La Cueva del Murciélago –aclaró-. ¿Y si resulta que has dado con a Cueva del Murciélago?> Aquello me dio la pista para imaginar lo que había por encima de mí. <Ahora que lo dices, Marco, creo que, de hecho, he caído en una cueva de murciélagos, pero de las de verdad. Saltad, no os haréis daño. Aterrizaréis sobre un mullido colchón de excrementos de murciélago.> Fueron cayendo uno a uno y enseguida volvimos a estar los seis juntos, seis bonitos topos revolcándose en excrementos de murciélago, en su mayoría secos, por suerte. Fuera del maldito túnel tan limitado, iba recuperando mi humor, incluso tenía ganas de reír. <Bueno, todo un éxito, ¿no creéis? ¿Una semana entera de trabajo, una semana entera de excavaciones para esto, para llegar a un enorme depósito de excrementos de murciélago? ¿sabéis lo que pienso? Creo que todo esto ha sido una locura, el plan ha estado maldito desde el principio. Y es culpa mía. ¿En qué hora se me ocurrió a mí salvar al señor Edelman? Debería haber dejado que se estampara en el asfalto.> <No podemos dar marcha atrás a estas alturas –declaró Marco-. En casa tengo treinta y seis paquetes de puré de avena instantáneo con sabor a jengibre y jarabe de arce. Y con diseño abre fácil.> <¿Por qué no nos transformamos?>, propuso Cassie. <¿Para qué? –replicó Tobias-. ¿Para disfrutar a tope de este sitio tan acogedor?> <No, yo pensaba que, ya que estamos en una cueva de murciélagos, podríamos utilizar nuestras formas de murciélago>, puntualizó Cassie. <Ah, pero yo no tengo>, replicó Tobias. <Bueno, eso se arregla en un minuto –añadió Cassie riéndose-. Apuesto a que ahí arriba cuelgan unos cientos de ellos y seguro que están esperando a que alguien llegue y adquiera su ADN.> <No entiendo por qué estás tan contenta –censuró Jake-. No sé si te das cuenta de que estamos en una cueva, muy lejos de la superficie, y sin forma de salir excepto por un túnel de topo al que ya no podemos acceder.> <No, no, no –contradijo Cassie-. Te equivocas. ¿No os dais cuenta? Al anochecer los murciélagos salen de su refugio volando. Salen, sí. Salida, ¿os suena?> <¡Ey! Tiene razón –grité-. No nos vamos a quedar aquí enterrados. No es que estuviera preocupada ni mucho menos.> <Ya, sólo que serán los excrementos de murciélago los que nos entierren –murmuró Marco-. Hagamos lo que dice Cassie. Vamos a transformarnos en murciélagos.> Sí, no era una mala idea. Después de todo, si estás en una cueva de murciélagos, lo mejor es ser uno de ellos. Claro que primero debíamos recuperar nuestras formas naturales. Aquello no iba a ser tan divertido. Pensabais que era asqueroso ser un topo en una cueva de murciélagos, ¿verdad? Pues imaginaos el mismo escenario pero con cuerpo humano. Además, el techo de la cueva resultó ser más bajo de lo que pensábamos, y pasamos por el mismo proceso que al transformarnos en topos, cuerpos hinchados sujetos por pies y brazos minúsculos. -Ah, ¡que asco! –se quejó Marco-. Sepultados en esta… -Guano, en este guano –completó Cassie. -Eso, guano, me lo has quitado de la punta de la lengua. -¡esto es asqueroso! –grité. Me salieron de repente los brazos y las piernas y tuve que apoyar las manos en aquella cosa para ponerme en pie. Lo único bueno de aquella situación fue que olvidé por completo la sensación de claustrofobia. <¿De qué te quejas, Rachel? –protestó Tobias-. Imagínate que tienes plumas, ¿qué pasa cuando juntas plumas y esto?> Me incorporé, levanté la cabeza y entonces descubrí que la cueva no era tan alta como había creído, al encontrarme rodeada de peludos murciélagos de cuerpos blancos y cálidos. -Marco, estírate –le indiqué-. Ponte de puntillas. -¡Aaaaahhhhhhh! –gritó-. Muy graciosa, Rachel. Cada día me sorprendes más con tu madurez. -¿Y qué quieres que hiciera, que me lo llevase yo todo sólo porque eres bajito? Se nos escapó la risa. A nueve metros bajo tierra, en una cueva de murciélagos tan oscura que era como si estuviéramos ciegos, perdidos, asustados y embadurnados de caca de murciélago, nos echamos a reír. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] -Toma, ahí tienes un murciélago –le ofrecí a Tobias estirando la mano. Después de haber sido uno de ellos, no me daban miedo. <Gracias.> -¡Cuidado, se lo va a comer! –bromeó Marco. -¿Sabéis una cosa? –comentó Jake mientras esperaba a que Tobias adquiriese el murciélago-. Desde el momento en que el señor Edelman pronunció las palabras <<puré de avena con sabor a jengibre y jarabe de arce>>, debí haber supuesto que esto acabaría de alguna forma estúpida. -Puré de avena instantáneo con sabor a jengibre y jarabe de arce –puntualizó Cassie. -¿Habéis oído hablar alguna vez del puré de avena en las grandes batallas históricas? –continuó Jake-. La batalla de Gettysburg, por ejemplo, nada que ver con el puré de avena. ¿Midway? Ninguno de los bandos se alimentó de puré de avena. ¿La batalla Tormenta del Desierto? Tampoco. <Disculpadme un momento pero ¿qué es puré de avena>, preguntó Ax. -Es un tipo de comida –aclaró Cassie. <¿Es sabrosa?> -¿Cómo puedes pensar en comida en un sitio como éste? –preguntó Marco-. ¿En cacalandia? -¿Batalla de Bunker Hill? Ni los británicos ni los americanos consumieron puré de avena –prosiguió Jake-. ¿El Día D? No se menciona el puré de avena en ningún sitio. <Muy bien, estoy listo>, anunció Tobias. -Vamos allá. Salgamos de este sitio cuanto antes –animé. Me concentré en el animal. Su ADN procedía de un murciélago marrón común. No era demasiado grande, algo así como un ratón con alas. Resulta extraño encoger a oscuras porque, al no ver los cambios, se te agudiza el oído y captas ruidos que otras veces no notas. Oí el ruido que hacían los gruesos huesos humanos al licuarse, y también los del estómago, como si estuviera hambriento. Algunos órganos encogieron y otros sencillamente desaparecieron. Todo aquello sucedía en mi interior en un punto en el que no sabía si medía metro y medio o doce centímetros. Intenté tocarme la cara para comprobar los cambios, pero no pude mover las manos. Me daba la sensación de que las tenía unidas al cuerpo de una manera un tanto rara, y al intentar moverlas oí un chasquido como de cuero. Agité los brazos y comprobé que tenía alas, de una piel fina como el papel. Y entonces sentí el poder más importante de los murciélagos, la ecolocación. Disparé un trompetazo ultrasónico. Las ondas de sonido alcanzaron un tono demasiado algo para el oído humano, pero no para mí, que oí a la perfección cada uno de los ecos distorsionados, fragmentados y retorcidos que regresaban al punto de partida. <¡Oh!>, exclamé de puro asombro. Sólo me había transformado en murciélago una vez y no durante mucho tiempo; por eso había olvidado la cantidad de información alucinante que recibes con la ecolocación. Es como si a un ciego le devolviesen la visión. No me refiero a la capacidad de <<ver>> de los humanos, sino a otra forma de ver, la de percibir formas, filos, mucho o poco espacio. Disparé otro chorro de ondas y <<vi>> los perfiles de un millar de murciélagos apelotonados por encima de nosotros. Distinguí sus diminutas cabezas y enormes orejas finas, colgados allá arriba con alas plegadas. Era como si el mundo entero hubiese sido dibujado con pluma y tinta. Todo eran perfiles y contornos, sin rastro de color, y cada imagen duraba sólo un instante, el rato que permanecía el eco. Cuando los otros empezaron a lanzar ondas, yo dupliqué las mías. ¡Sí! Veía la cueva. Era como un dibujo de cómic de una cueva, líneas finas y gruesas. Agité las alas y me elevé con lentitud. Di un brusco giro, absolutamente seguro de la dirección que tomaba. <No es como ver, pero es mucho mejor que estar ciego>, comentó Cassie, dejando escapar un suspiro de alivio. En ese momento me di cuenta de que a los demás también les agobiaba aquella oscuridad eterna. <Al Batmóvil, Robin>, dijo Marco. <¿Qué tal si nos largamos de aquí?>, sugirió Tobias. <Yo me apunto>, corroboró Jake. Revoloteamos siguiendo la trayectoria serpenteante de la cueva, entre un manto colgante de estalactitas de murciélago en el techo y una alfombra de estalagmitas de guano de murciélago en el suelo. Enseguida noté la salida. Los ligeros cambios de presión atmosférica y los cambios de temperatura anunciaban la salida. Pero entonces… <Chicos, ¿notáis eso?>, pregunté. <Viene de la izquierda –indicó Ax-. Según mi ecolocación, por allí hay una apertura, pero no al exterior.> <OH, no>, exclamé. Presentía la apertura de la cueva, pero también percibía aquella otra salida, y me podía imaginar a dónde conducía. <Podemos irnos a casa>, anunció Jake. Era nuestra ocasión de abandonar, a Jake le parecía bien que nos olvidáramos de todo aquello. No quería obligarnos a continuar. En todos los grupos cada uno de sus miembros desempeña un papel o, al menos, es así como funciona. Mi papel consistía en decir: <<Vamos, sigamos adelante, para eso hemos venido.>> Pero estaba cansada. Tantos días de excavación para acabar en aquella estúpida cueva. <Vamos, para eso hemos venido>, dije al fin. Una vez que desempeñas un papel resulta difícil desmarcarse. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Se trataba de una grieta que cortaba la piedra en vertical. En según qué zonas no mediría más de veinte centímetros, treinta como máximo. Atravesamos la grieta rozando la piedra con la punta de las alas. Las ondas nos transmitían un mundo de bocetos. <¡Guau! ¡Esto es como en [i]La guerra de las galaxias[/i] –exclamé, disfrutando del viaje a conciencia-. ¿Os acordáis del ataque a la estrella de la muerte y…? De repente, la grieta cayó unos tres metros en vertical y entonces… <¡Guau!> ¡Salimos a la luz! Fue como recuperar la visión. La gente cree que los murciélagos están ciegos, pero no es así. Debajo de nosotros había una enorme zona abierta iluminada con luces de estadio. Revoloteamos en círculo por la parte superior de lo que parecía una cúpula. La grieta por la que habíamos llegado estaba casi en la parte más alta de la cúpula. Y allá abajo se extendía el estanque yeerk. <Bueno –anunció Jake-, parece que hemos dado con lo que queríamos.> <Sí, estupendo –comentó Cassie en tono funesto-. Y ahora ¿qué?> <Hay que pensar un modo de traer hasta aquí el puré de avena. Además, ¿cómo se lo vamos a suministrar a los controladores humanos>, respondió Tobias. <Oye…, tal vez no haga falta suministrárselo a los controladores humanos –indicó Cassie-. No sé cómo no se me ha ocurrido antes. Son los yeerks los que se vuelven locos con el puré de avena, ¿verdad? Así que ¿por qué no lo echamos en el propio estanque y listo?> <¿Funcionaria? –preguntó Tobias-. Yo creía que lo único que podían comer era rayos kandrona. ¿Tienen boca, para empezar?> <Sí –contestó Ax-, los yeerk tienen boca, o al menos lo que vosotros consideraríais una. De hecho, si mal no recuerdo, en una de mis clases de Exobiología en las que desafortunadamente…> <… te dormías –añadí-. Ya lo sabemos. Nos has contado mil veces que no te gustaban las clases de Exobiología.> <No me dormía –protestó Ax ofendido-. Sencillamente, dejaba volar la imaginación y me relajaba de tal forma que no estaba del todo atento.> <¿Roncabas cuanto te relajabas?> <Lo que iba a decir, en cualquier caso, es que alguna vez sí que estuve atento, y creo que los yeerks tienen algo llamado nodos de ósmosis, que es lo que utilizan para absorber los rayos kandrona. Además, cuando absorben el líquido del estanque, también ingieren otros nutrientes.> <Así que si vaciamos una buena cantidad de puré de avena en el estanque, algo deberían absorber, ¿no?>, preguntó Jake. <Sí, príncipe Jake. Yo diría que sí.> <Ah, genial. Me encanta arriesgar mi vida por un <<yo diría que sí>>>, se quejó Marco. <¡Atención! –exclamó Tobias-, creo que tenemos compañía. Por allí.> Disparé ondas a mi alrededor y capté dos bolas brillantes de acero del tamaño de un apelota de playa que se acercaban por el aire en nuestra dirección. <Robots de caza! –gritó Ax-. ¡Fuera de aquí!> <¿Por qué?>, pregunté. No hizo falta que me contestara. ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! ¡Tres finas pistolas de rayos dragón emergieron de las bolas y nos dispararon. Sentí un agudo dolor en el ala derecha y percibí un olor a quemado. Examiné el ala y allí en la fina piel descubrí un agujero perfecto del tamaño de una moneda. <De acuerdo, larguémonos de aquí>, anuncié. Me volví y me dirigí hacia la grieta junto con todos los demás. ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! <¡Aaarrgghh!> ¡Tobias! ¡Habían alcanzado de lleno a Tobias! Dios mío, había perdido el equilibrio y caía directo al estanque. Me vino a la cabeza un flash de la caída del señor Edelman, y sin tiempo que perder, me lancé en su ayuda. Los murciélagos no son muy rápidos. Por suerte, Tobias era un experto volador y se las había ingeniado para frenar la bajada con la única ala que le quedaba sana. Lo alcancé y lo agarré con mis diminutos pero fuertes pies de murciélago. Ax y Jake llegaron en un segundo y lo empujamos hacia arriba como pudimos. ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! Los robots caza seguían acercándose. <¡Aaahhh! ¡Me han alcanzado!>, gritó Ax al tiempo que perdía fuerzas. Después de aquello jamás conseguiríamos llevar a Tobias hasta la grieta. <Somos murciélagos –alcanzó a decir Tobias a duras penas-. Puedo colgarme.> Comprendí al instante lo que trataba de decir. Bastaría con acercarlo a una superficie cualquiera para que pudiera aferrarse. No era la solución ideal, pero tampoco teníamos mucha elección. Jake se abalanzó por debajo de nosotros y nos empujó hacia el techo de piedra en curva. Tobias rascó la pared como un poseso hasta que sus pies encontraron algo a lo que aferrarse. Los robots de caza no se detuvieron. Avanzaban con tranquilidad, como si contaran con la suficiente inteligencia para saber que éramos carne de cañón. <¡Ax! ¿Esos cacharros tienen algún punto débil?>, gritó Marco. Cassie y Marco se habían ocultado. Me extrañó, pero quien era yo para exigirles nada…. <Sistema visual de tiro –gruñó Ax-. Una lente, como la de una cámara humana.> <Ya lo veo>, gritó Cassie. ¡BONK! ¡BONK! Las ondas de la ecolocación me informaban de la existencia de unas diminutas piedras rodando por el aire, como si alguien las hubiese lanzado desde un bombardero. Cassie y Marco se habían equipado con sendas piedras, se habían lanzado contra los robots y las habían soltado. Una de ellas debió de dar en el blanco porque uno de los robots comenzó a desvariar como si hubiese perdido el rumbo. El otro, sin embargo, estaba a tan sólo seis metros cuando disparó. Extendí una de mis alas para proteger a Tobias. ¡SSIIIUUMMM! ¡SSIIIUUMMM! El rayo me chamuscó un ala, reduciéndola a un muñón. Caí como una piedra, atravesando el aire húmedo del ambiente, de cabeza al estanque. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Jean Paul.[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] La caída me resultó interminable. Vi acercarse a Jake y a Cassie, pero sabía que jamás lo conseguirían. <¡Largaos! ¿Estáis locos?>, grité. ¡SPLASH! Caí de espaldas en aquel líquido plomizo. Luché por una bocanada de aire en aquellas aguas que hervían de yeerks. Me impulsé con fuerza hacia la superficie. Intenté disparar un chorro de ondas, pero aquella agua viscosa me golpeaba en la cara. ¡Dios mío, estaba en el estanque yeerk! Me invadió el pánico. ¡Estaban por todas partes! Ahora sí que no tenía escapatoria. Me pillarían en cualquier momento. Agité mi única ala empapada, pero todo lo que hice fue revolver el agua. Iba a llamar a mis amigos cuando pensé que sólo conseguiría que se jugaran la vida en mi rescate. ¿Qué pasaría si los yeerks me convirtieran en un controlador? Entonces me vería obligada a traicionar a mis amigos. <<Sólo pueden convertirte en controlador si adoptas tu forma humana –me decía a mí misma-.A un murciélago no le pueden hacer nada. Su cerebro es demasiado pequeño. Tranquilízate. Todo irá bien si no cambias de forma.>> Muy pronto me di cuenta de que los yeerks parecían ignorarme. Era como si no notaran la presencia de un murciélago perdido. ¿Y si fuera así? Aquellos robots de caza no habían sido diseñados para matarnos a nosotros en particular. Debían de haber sido programados para atacar a cualquier animal. Los yeerks estaban utilizando todo tipo de precauciones. Sabían que habíamos conseguido infiltrarnos en el estanque con anterioridad y por eso habían dispuesto aquellos detectores en las entradas y activado unos robots de caza, que se supone que habían acabado con la vida de más de un animal. Seguro que más de un murciélago despistado había perecido. Así que probablemente no era el primer animal que caía en el estanque con una herida de pistola dragón. BUM, un yeerk tropezó conmigo. Me quedé inmóvil durante un segundo, pero aquel bicho ni se inmutó. FLASH, otro me rozó y siguió su camino. <Eso es –recordé de golpe-, ¡están ciegos! Cuando están sumergidos en el estanque, no ven. ¡Sin los ojos del portador no ven!> ¿Cómo demonios encuentran a su portador llegado el momento? ¿Por el olor? ¿El sonido? ¿Otro sentido quizá? Dirigí la vista hacia el techo de la cúpula pero no divisé a ninguno de mis amigos. Una de dos, o estaban a salvo o los habían atrapado. ¿Cómo iba a saberlo? Prefería no ponerme en contacto con ellos porque sabía que intentarían salvarme y no quería que corrieran riesgos por mi culpa. Lo que sí sabía era que mis amigos estarían preocupados pensando que estaría en grave peligro o incluso algo peor. ¿Qué iba a hacer? Si los yeerks no veían a un murciélago, ¿podrían ver a un humano? ¿Y si me transformase en tiburón? Podría recorrer el estanque y zamparme a todos esos malditos gusanos hasta que uno de los controladores de tierra firme viera mi aleta dorsal y me fulminara. Notaba una ligera corriente circular en el estanque que me empujaba hacia el horrible embarcadero metálico adonde arrastraban a los portadores para sumergir su cabeza en el agua, de modo que el yeerk pudiera volver a entrarles por el oído. ¡Bajo el embarcadero! ¡Eureka! Si iba a transformarme, aquél sería el lugar adecuado. Según me iba a cercando, me empezaban a llegar los gritos, los gemidos y la absoluta desesperación de las víctimas. -¡No! ¡No! ¡Suéltenme! ¡No tienen ningún derecho! ¡Suéltenme! Tengo hijos…. –chillaba una mujer. La voz se cortó de golpe. Le habían sumergido la cabeza en el agua. Al rato, la mujer se incorporó con absoluta tranquilidad, reconvertida una vez más en controladora. Desde aquella posición veía el embarcadero a la perfección, aunque desde un ángulo demasiado bajo. Controladores hork-bajirs con gesto aburrido arrastraban a la fuerza a los humanos y a otros hork-bajirs hasta el final del embarcadero, los agarraban de los pies y sumergían su cabeza en el agua. Para los hork-bajirs era un día de trabajo como otro cualquiera. Las amenazas y los ruegos no significaban nada. Estaban acostumbrados. Lo habían oído cientos de cientos de veces. La idea de transformarme en tiburón y hacer una buena escabechina me atraía cada vez más. Odiaba profundamente a aquellas sabandijas que culebreaban a mi alrededor. Sabía que era una idea suicida y que seguramente había otra forma menos arriesgada. El embarcadero se hallaba casi a nivel del agua, tan sólo habría unos centímetros de separación. <<Bueno, Rachel –pensé-, lo que está claro es que no quieres acabar como un murciélago con una sola ala.>> En cuanto alcancé el embarcadero, me oculté debajo y comencé la metamorfosis en medio de territorio enemigo. Intenté aferrarme de alguna forma, rezando para que me hubiera salido una mano de algún tipo. Sentí que unos dedos achaparrados y ásperos luchaban por agarrarse al acero del embarcadero. Mi rostro humano cobró un poco de forma en aquellos centímetros cúbicos de aire que había debajo del embarcadero y, entonces, a través de las ranuras de los tablones de metal alcancé a ver los pies de los hork-bajirs y el extremo de la cola que sobresalía por encima de sus cabezas. También vi cómo unos pies humanos se resistían a avanzar. -¡Por favor, se lo ruego! ¡No, por favor! ¡No, por favor! –gemía el hombre. Aumenté de tamaño enseguida, lo que provocó que muchos yeerks chocaran contra mi cuerpo y, cuando estaba a punto de concentrarme en el tiburón, algo me hizo recapacitar. Tal vez no fuera el animal ideal para aquella situación. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de Sagadegeminis.[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Una vez hube recuperado mi cuerpo humano, comencé a transformarme otra vez. Necesitaba colocarme justo al final del embarcadero para que mi plan funcionase. Me iba a convertir en un ser muy pequeño, y por eso debía reducir las distancias. Me iba a convertir en aquello que una vez juré no volver a repetir. A medida que encogía, hacía todo lo posible por alcanzar el final del embarcadero y cuando me desaparecieron los brazos, me impulsé con lo que me quedaba. Mengüé tanto que me dio la sensación de que el embarcadero se había alejado kilómetros y kilómetros de mi cabeza. Del diafragma me brotó un par de patas. En la frente me crecieron unas antenas y mi cuerpo se dividió en tres segmentos. Parecía un reloj de arena con cabeza. Mi piel adquirió el tacto de una uña, como el exoesqueleto de una cucaracha, sólo que no me estaba convirtiendo en una cucaracha. Mi cuerpo seguía menguando; una cucaracha comparada con el animal en el que me estaba transformando sería tan visible como un elefante. Abultaba menos de dos centímetros y seguía encogiendo para convertirme en uno de los animales más terroríficos en los que jamás me había transformado: la hormiga. Luché por mantenerme a flote; si me hundía en aquel momento, todo habría terminado. Pero, gracias a mi peso y tamaño, fui capaz de mantenerme en la superficie con relativa facilidad. Eché un último vistazo antes de perder por completo la visión. Sabía lo que venía a continuación: en pocos segundos me iba a quedar casi ciega. Necesitaba situarme para elegir la dirección adecuada. De repente me salió al paso una enorme columna, cincuenta veces más grande que una secuoya. Mis ojos se apagaron como si alguien hubiese pulsado un interruptor. Veía menos que le topo, ya que sólo alcanzaba a distinguir líneas distorsionadas y vagas de sombras más o menos oscuros. Al menos, sabía dónde estaba. En cuanto me salieron las seis patas intenté apoyarme en la superficie elástica del agua, pero sólo conseguí dar pasos en falso, como cuando caminas por una cama elástica. A pesar de las dificultades, conseguí mantenerme a flote y avanzar poco a poco. Por suerte, las olas me ayudaron a conseguir lo que quería. Noté como se acercaba el cuerpo de una ola, me izaba en su cresta y me lanzaba contra un poste metálico. Mis diminutas pinzas se aferraron a la primera irregularidad que encontré en la meta y, sin tiempo que perder, enfilé por la vertical para escapar de la siguiente ola. Cuando la ola rompió en el poste, percibí las vibraciones y la agitación del aire provocada por la ligera sacudida, que a mí me resultó descomunal. El agua alcanzó mis patas traseras, pero mis otras cuatro patas se habían aferrado con firmeza al poste y, en cuanto pude, eché a correr con todo mi ímpetu humano. Sentí los instintos de la hormiga, una mente indiferente y diseñada como si fuera una máquina. No me causarían ningún problema. No era la primera vez que me transformaba en un bicho así. Estaba preparada. Además, el animal no percibiría nada que le fuese familiar en aquel mundo tan ajeno al suyo. Continué con la escalada. Entonces, presentí la cercanía de un cuerpo caliente y me llegaron olores de un organismo vivo, probablemente de algún pobre humano, hork-bajir o de uno de esos endemoniados taxxonitas listos para el sacrificio. Avivé el paso. Había alcanzado el envés del embarcadero y, gracias a las pequeñas irregularidades y baches que iba encontrando, avanzaba sin peligro de caerme al estanque. Aunque sabía que el agua no andaba muy lejos, no aminoré la marcha ni siquiera cuando noté que había pasado de pisar sobre metal a una especie de tela. De golpe, sentí que volaba a una velocidad pasmosa y, sin embargo, tuve la sangre fría de permanecer agarrada a unas cuerdas que conformaban los hilos de una camisa de algodón. El portador se había puesto en pie. El yeerk había entrado en el cerebro. Como os imagináis me encontraba sobre la camisa de un controlador, y allí en el cuello mojado de la prenda corría a esconderme. <¡Ja! Veamos si los robots de caza son capaces de encontrarme aquí>, dije triunfante. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] ¡No podía creerlo! ¡Había logrado escapar del mismísimo estanque yeerk! ¡Seguía con vida! Más vale no cantar victoria antes de tiempo. Ni siquiera sabía qué había sido de mis amigos. De lo único que estaba segura era de que no habían logrado escapar. Yo me encontraba sana y salva, oculta en una camisa y bien sujeta a los retorcidos hilos de algodón del tamaño del cable de un puente. <Camisa barata>, me dije al sentir la aspereza de la tela. Tarde o temprano tendría que saltar. Ojalá que el tipo sobre el que iba se dirigiese hacia uno de los edificios. Rezaba para que no saliese directamente al exterior. Primero debía averiguar qué les había ocurrido a los otros. Sentí una ligera brisa que agitó la tela. Nos movíamos. ¿A qué velocidad? ¿Estaríamos muy lejos ya? ¿Había cambiado la calidad de la luz? ¿Cómo iba a saberlo? Había llegado el momento de saltar. Salí de mi escondite y me encaramé hacia lo que supuse que sería un hombro. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Las hormigas saltan? Sólo había una forma de adivinarlo. Corrí hasta el final del hombro y una a una fui abriendo las pinzas de cada pata, me agaché y me impulsé hacia delante. Supongo que el movimiento de la persona que me llevaba fue lo que me hizo caer, porque más que saltar, me dejé rodar. La caída fue eterna. Os juro que tardé unos diez segundos en llegar al suelo y durante toda la caída di volteretas sin parar, perdí el control y, para colmo, estaba ciega. No veía cuánto quedaba, y sí, sabía que con mi tamaño no me iba a hacer daño, pero aun así pasé un miedo atroz. ¡PUM! Llegué al suelo y, tras unas vueltas de campana, conseguí recuperar el equilibrio. ¿Dónde estaba? Mis antenas palparon el terreno. Um, una superficie blanda. Bien, me hallaba en el suelo. Debía salir de allí cuanto antes o, de lo contrario me podían pisar. Perfecto. Ahora tenía que encontrar un lugar oscuro donde pudiera transformarme sin que me vieran. Eché a correr sin saber hacia dónde iba hasta que de golpe percibí un cambio en la intensidad de la luz. Había llegado a una zona más oscura. ¿Qué significaría? ¿Me habría colado en otra habitación? ¿Y si estaba debajo de un armario o algo así? Correteé por toda la zona para comprobar que hubiese espacio suficiente y entonces empecé a transformarme. El paso de hormiga a persona es un proceso muy largo, y no recuperé los ojos hasta que estaba medio transformada. Miré a mi alrededor. Estaba oscuro, pero no era como la oscuridad de la cueva. Había una luz débil , de tonos grises, a través de la que se adivinaban ángulos rectos y marcados filos. Aquello era un almacén. Había cajas apiladas a mi alrededor que parecían estar hechas de plástico azul. Cuando terminé la metamorfosis, me apoyé en una de ellas. ¡Había recuperado mi cuerpo! Examiné la habitación al tiempo que se me acostumbraba la vista a la oscuridad y descubrí que en las cajas había unas letras escritas en un alfabeto que me resultaba desconocido por completo, y una especie de cuadrado rojo de unos dos centímetros por cada lado. -¿Por qué no? –murmuré. Presioné el cuadrado y automáticamente la tapa de la caja cedió produciendo un sonido parecido a cuando abres un bote de zumo envasado al vacío. Examiné el interior y sonreí. Metí la mano y saqué una pistola de rayos dragón portátil. -¡Guau! Tenía una forma extraña, claro, había sido diseñada para hork-bajirs, pero me las apañaría. Al lado de mi pulgar había una especie de palanca que se podía bajar o subir. Elegí <<Posición de tiro>>. El gatillo estaba demasiado lejos, así que para alcanzarlo tenía que utilizar el dedo corazón. De repente, un chorro de luz iluminó la habitación. La puerta se había abierto de golpe y en el umbral apareció un guerrero hork-bajir. Pestañeó una vez en la oscuridad. Alcé la mano y apreté el gatillo. ¡SSIIIUUMMM! El hork-bajir se desplomó como un saco de ropa sucia. Me acerqué al guerrero, que todavía respiraba. -Así que esta posición de tiro es de <<Potencia mínima>> -comenté con la respiración entrecortada. De pronto… -¿Qué ocurre? ¡Una voz humana de mujer! Me oculté con rapidez en la habitación. Al ver al hork-bajir tirado en el suelo, se detuvo. Estaba a punto de gritar cuando… ¡SSIIIUUMMM! Se desplomó sobre el hork-bajir. Soltó un gruñido y, acto seguido, perdió el conocimiento. Contemplé el arma que sostenía en la mano. -No está nada mal. ¡Fásers preparados, capitán! –dije como si fuera uno de los personajes de Star Trek. Como estaba descalza, me puse los zapatos de la mujer. Ya sabéis que no hemos conseguido transformarnos con zapatos o ropa que abulte. La chaqueta que llevaba no estaba mal. Comprobé la etiqueta. -Um, DKNY –leí la marca en voz alta-, vaya, qué suerte. Me viene un poco grande, pero no está mal. Me recogí el pelo en una coleta. La chaqueta me quedaba grande y los zapatos, pequeños. Me puse sus gafas y, aunque veía el mundo un tanto distorsionado, podía ser mucho peor. Ante todo quería gozar de un aspecto impecable en mi primer paseo por el estanque yeerk como humana. Salí del almacén y di con una oficina. No había nadie. En la oficina contigua había un hombre con una camisa de algodón. Supuse que había sido él quien me había traído hasta aquí. Antes de que tuviera tiempo de volverse, le disparé. ¡SSIIIUUMMM! Se quedó acurrucado en la silla como si se hubiese quedado dormido. Nunca mejor dicho. Deslicé el arma en el bolsillo de la chaqueta y, a continuación, salí al mundo del estanque yeerk. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Estaba nerviosa. Me encontraba en el complejo del estanque yeerk con los zapatos, la chaqueta y las gafas de otra persona. Llevaba un arma. Lo más inteligente hubiera sido buscar la salida más cercana y salir pitando, pero debía averiguar dónde estaban mis amigos, lo cual significaba examinar el recinto entero. El estanque en sí es como una especie de lago, pero a su alrededor hay toda una base de almacenes, arsenales de armas, edificios administrativos, un parque automovilístico y una cantina para los controladores más importantes. En los confines del recinto se llevaban a cabo obras de ensanche con equipo de construcción humano como excavadoras, camiones y apisonadoras. Sin embargo, la peor zona del complejo con diferencia era el estanque en sí y las jaulas donde se retenía a los portadores humanos y hork-bajirs. Unos gritaban amenazas e insultos y otros permanecían en el suelo derrotados, a la espera de que les fuera insertado el yeerk, que en aquellos momentos nadaba en libertad por el estanque. Había otra zona que no parecía tan horrible. Era casi como un club de playa donde se reunían los portadores voluntarios, entre ellos algunos humanos, pero en su mayoría taxxonitas. Desde la última vez que había estado allí, las dos zonas habían crecido notablemente. Calculé por encima que en aquellas jaulas debía de haber entre cincuenta y cien portadores. <<Un momento –pensé-, en el estanque hay más de cien yeerks.>> Claro, muchos de ellos esperaban la llegada de portadores nuevos. ¿Qué pasaría si disparara la pistola dragón a máxima potencia? <<Que jamás volverías a ver a tus amigos. Eso es lo que ocurriría.>> En ese momento, pasó a mi lado un par de hork-bajirs. Me quedé rígida, pero no prestaron la más mínima atención. Para ellos, yo era un controlador humano más. Acto seguido, otra pareja de hork-bajirs pasó corriendo por mi lado. Los seguí con la mirada y descubrí que una pandilla de ellos se apresuraba hacia el borde del estanque cercano al embarcadero metálico donde descargaban a los yeerks. Me dirigí hacia el lugar en cuestión. Debía aparentar tranquilidad. A pesar de lo que allí viese, no podía mostrar ningún síntoma de nerviosismo. Tenía que actuar con toda naturalidad. Pero lo que allí vi, en el centro de un círculo de hork-bajir, casi me hizo gritar. ¡Ax! Mi amigo había recuperado su cuerpo de andalita y estaba rodeado por más de treinta guerreros hork-bajirs que le apuntaban con pistolas de rayos dragón. Un andalita es capaz de acabar con uno, o incluso con dos hork-bajirs, pero no con treinta. Ax estaba atrapado y, sin embargo, parecía tranquilo o, tal vez, resignado. Eché un vistazo alrededor con el fin de descubrir a los demás, pero no los vi. Puede que estuviesen transformados. Sí, estaba segura de que se encontraban a salvo. Esperaba que Ax me descubriera, tal vez eso le diera ánimos, aunque debía de estar muy ocupado examinando aquel muro de rostros triunfantes y furiosos. Dos enormes hork-bajirs se adelantaron y le ataron las patas con una cuerda metálica. Acto seguido, con mucho cuidado deslizaron una especie de vaina sobre la cola mortal del andalita. Una vez seguros de que Ax era inofensivo, lo empujaron y lo arrastraron por el suelo. -¡Un andalita! ¡Mirad! –alguien dijo. Dirigí la vista hacia la persona que había hablado y vi a una anciana distinguida. -Sí –repliqué-, me pregunto si ha venido solo. -Basura andalita –gruñó-. Siempre acechando, haciéndose pasar por un animal con la dichosa técnica de la metamorfosis. Han apresado a otros dos, o eso creen, porque tienen forma de murciélago –añadió sonriendo-. Claro que podría tratarse de murciélagos de verdad. Pronto lo sabremos. Visser viene hacia aquí. –Soltó una risa cruel de película de miedo-. Enseguida lo averiguará. -Oh, sí –repliqué intentando imitar su risa-. Visser se encargará de esa basura andalita. -Ojalá pudiera quedarme para ver qué pasa –comentó-, pero me tengo que ir. Mi portador es un juez y debo prepararme para un caso importante. Se marchó. Decidí no olvidarme de su cara ni de su profesión. Intuía que no me había dicho la verdad exactamente. Aquella mujer no quería estar cerca de Visser, decisión inteligente por su parte porque Visser Tres tiene muy mal carácter y siempre que se enfada ruedan cabezas, literalmente. Así que dos murciélagos y Ax, con lo cual quedábamos dos. ¿Dónde habrían encerrado a los murciélagos? <<¡Qué tonta, Rachel! Seguro que en el mismo sitio que a Ax.>> Tras seguir las huellas por donde habían arrastrado a Ax, llegué a un edificio bajo sin ventanas. Encima de la puerta había un cartel que, aunque no pudiera leer porque estaba escrito en un alfabeto extraño, me daba mala espina. ¿Y si entraba de golpe y los intentaba rescatar? No, sería mejor ir con calma. Mientras no llegase Visser Tres no había peligro. <Bien, vamos a ver qué ha sido de Rachel. ¿Rachel? ¿Me oyes?> ¡Era Marco! Miré a mi alrededor en vano. Marco podría haber adquirido cualquier forma. <Rachel, soy yo, Marco. ¿Estás ahí? Han apresado a Jake, Tobias y Ax. Intento ponerme en contacto contigo y con Cassie. ¿Estáis ahí? ¿Podéis responderme?> Me daba tanta rabia no poder contestar que hubiera gritado. En mi forma humana no podía comunicarme por telepatía. Al menos era un alivio saber que Marco seguía libre. <¿No? Bueno, espero que estéis bien. Lo volveré a intentar más tarde.> De repente, se organizó un pequeño tumulto. Un pelotón de humanos y un hork-bajir venían en mi dirección. -No sé cómo ha llegado hasta allí –gimoteó una voz humana-. ¡Se trata de un error! –era una chica de unos dieciocho años a la que un hork-bajir agarraba con fuerza. -Cuéntaselo a Visser –añadió un controlador humano mayor moviendo la cabeza de un lado a otro-. No tardará mucho en llegar. -¡No! –exclamó la joven al tiempo que tragaba saliva-. ¡Todo ha sido un terrible error! -Así que un error, ¿eh? –replicó el hombre. Echó mano de la mochila de la chica, sacó un pequeño paquete y se lo plantó delante de sus narices-. ¿Y qué se supone que es esto? -Son…. sólo son cereales. Los humanos lo llaman raisin bran. Contiene fibra con uvas pasas, que es lo que el cuerpo humano necesita para funcionar de forma adecuada, así que… El hombre la hizo callar. Abrió el paquete y olió el contenido. Sacó un puñado del paquete y se lo mostró a la joven. -No tiene pasas. No intentes darme lecciones sobre los humanos. Llevo dos años en este cuerpo de humano y sé reconocer el aroma del jengibre y del jarabe de arce. ¡Idiota! Eres igual de boba que los humanos con sus drogas. Jamás pensé que un yeerk se rebajara a ese nivel. –Alzó la cabeza con un movimiento brusco-. Llévatela. El hork-bajir la arrastró hasta el interior del edificio. -Demasiada gente se está echando a perder por culpa de esto –dijo el hombre de edad avanzada a otro controlador humano-. Estos malditos portadores humanos pueden resultar malignos. Lleva esto –añadió entregándole el paquete de cereales- a la taquilla con el resto del contrabando. -Ya casi no queda sitio. Se han incautado cien kilos. ¿Cien kilos? -Vaya, ésta es la mía –murmuré. [b] ©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] El puré de avena lo almacenaban en una especie de caseta, como esas que la gente se construye en el patio trasero para guardar el rastrillo, la manguera y la cortadora de césped, aunque aquella de la que os hablo estaba vigilada por cuatro hork-bajirs con cara de malas pulgas que o parecían despistarse ni un segundo. La cabaña debía de estar a unos quince metros del estanque, justo detrás de la cantina de los <<humanos>>. Tomé aliento. Muy bien, Marco seguía en libertad, aunque en paradero desconocido. Jake, Tobias y Ax habían caído en manos enemigas. Seguramente los tendrían encerrados en el edificio de seguridad. ¿Y Cassie? ¿Por dónde andaría? ¿Se encontraría bien? Tuve que reprimir las ganas de llorar ante la mera idea de que mi amiga pudiera estar herida. <<Está bien, manos a la obra –me dije sin más contemplaciones-. Eres la única que puede salvarlos.>> La situación era la siguiente: Visser Tres estaba de camino, a Jake y a Tobias se les estaba agotando el tiempo y en una cabaña a una distancia de quince metros del estanque había cien kilos de puré de avena. Debía encontrar un modo de hacer que todo funcionase. Bastaría con observar la escena desde fuera como hacen Jake o Cassie, pero lo cierto era que a mí esas cosas siempre se me han dado fatal. Yo sólo veo lo que tengo delante de mis narices. A mí se me da bien actuar. <<Vale, sea lo que sea, tengo que hacerlo antes de que llegue Visser Tres.>> Prioridad número uno: rescatar a mis amigos. Sólo necesitaba un poco de tiempo….. ¡PIIIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIIIII! Sonó una alarma y se encendieron unas luces. Un ejército de hork-bajirs se apresuró hacia el almacén en donde yo había disparado a aquellos tipos. Vaya, qué fallo más tonto. Debería haber pensado que tarde o temprano los iban a encontrar. Lo que faltaba, se darían cuenta de que no nos habían pillado a todos. <Una vez más. Soy yo, Marco. Rachel, ¿estás ahí? Venga, responde. Nos estás empezando a preocupar a todos. ¿Dónde estás?> ¡BUM! ¡BUM! La gente corría hacia todas partes. Un gigantesco taxxonita pasó por mi lado con aquellas patas de aguja y su tremenda bocaza roja entreabierta para tomar aire. ¿Qué había dicho Marco?: <<¿Nos estás empezando a preocupar? ¿Nos?>> ¿Querría decir eso que se había puesto en contacto con los demás? De repente, alguien me agarró. -¿A ti qué te pasa? ¡A tu puesto! ¡Venga! ¡Hay más andalitas entre nosotros! El hombre me soltó y, cuando hubo andado un metro, se detuvo y se volvió de golpe. Me observó desconfiado. Me acerqué a él para que nadie viese el rayo, alcé la pistola y apreté el gatillo. ¡SSIIIUUMMM! -¡Ahhh! –Me había colocado tan cerca que la energía rebotó en el hombre y me alcanzó. Sentí un calambrazo en el estómago como cuando tocas uno de esos alambres eléctricos. Me doblé de dolor y retrocedí. Numerosas cabezas se giraron con los ojos entornados. -¡Es uno de ellos! –grité al tiempo que señalaba hacia el hombre que estaba en el suelo-. ¡Ha intentado dispararme con esto! –Les mostré el arma para convencerlos. Enseguida se juntó una multitud de humanos que rodeó el cuerpo y, mientras lo observaban, aproveché para escabullirme. ¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIIIII! <Oh, Rachel –insistía Marco-. ¿Dónde estás?> -¿Dónde está la chica que estaba aquí hace un momento? –oí que decía una voz de la multitud. Me giré y eché a andar. No debía correr. -¡Rachel! –susurró una voz. ¡Qué susto! Eché mano de la pistola. -¡Soy yo! ¡Cassie! Estaba allí mismo, delante de mí. -¡No te puedes imaginar cuánto me alegro de verte! ¿Cómo has llegado hasta aquí? -¿Y tú? -No importa –contesté-. Estoy metida en un buen lío. -¡Qué raro! –replicó mi amiga. -Vamos, larguémonos de aquí. –Nos fuimos y de camino le conté todo lo que sabía, que la verdad no era mucho. -¿Qué vamos a hacer? –me preguntó. -Esperaba que a ti se te ocurriera algo. -Bueno, será mejor que primero rescatemos a Jake, Tobias y Ax. -Sí, pero ¿cómo? Están rodeados de hork-bajirs y, para colmo, Visser Tres está al llegar. -Hay que ver lo indefensos que parecen en estado natural, ¿verdad? –comentó mi amiga mirando hacia el estanque. De repente, unos altavoces lanzaron un mensaje en una lengua que ninguna de las dos conocíamos. Acto seguido, la cúpula empezó a abrirse para dar paso a lo que en principio parecía un círculo; sin embargo, gracias a la luz que se filtraba, pudimos apreciar que se trataba del final de un túnel que, si no me equivocaba, debió atravesar una parte de la cueva de murciélagos. A continuación envuelto en unos brillantes gases azules apareció un caza insecto. -Adivina quién viene por ahí –murmuró Cassie. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 26:[/b] La nave que traía a Visser aterrizó con suavidad a no más de treinta metros de distancia de donde estábamos nosotras. Lo vi un instante al salir de la nave. Tenía el mismo aspecto de Ax, sólo que parecía mayor. Aunque Visser Tres se había instalado en un cuerpo andalita, era imposible confundirlo con uno de ellos después de haberlo conocido en persona. Había algo oscuro en él que se percibía a leguas y que hacía que la gente bajara la voz y quisiera escabullirse ante su presencia. -A alguien se le va caer el pelo –vaticiné. El rugido telepático de Visser inundó hasta el último cerebro del estanque yeerk. <¡Bloquead todas las salidas! ¡Que nadie se mueva! ¡No quiero un solo movimiento! ¿Me habéis oído? Tengo tropas de seguridad en camino. Hasta que no os registren, que nadie se mueva. Si veis algún movimiento, ¡destruidles! ¡Fulminadles! ¿Me habéis entendido? ¡No voy a tolerar errores!> Otros dos cazas insectos descendieron en ese momento. Visser Tres había tomado precauciones. Sabía que podíamos haber adoptado cualquier forma, incluso la de un hork-bajir o la de un taxxonita, por lo que había decidido que el ejército hork-bajir de su nave espada nos registrara uno a uno. -Estamos perdidas- dijo Cassie sin apenas mover los labios. Nos hallábamos cerca de la cantina, en un lugar un tanto retirado donde no se nos veía con claridad. Además casi toda la gente estaba pendiente de Visser Tres. Sin embargo, detrás de nosotras había dos controladores humanos y un taxxonita que captarían el más mínimo movimiento que hiciéramos. -A la cantina –indiqué en un susurro-. Modo de combate. Prepárate. -Prepararme para… ¿De dónde has sacado eso? –preguntó al ver que empuñaba un arma. Me volví para mirar de frente al taxxonita. -¡Se ha movido! ¡Es un andalita! –grité y, acto seguido, apreté el gatillo. ¡SSIIIUUUMMMMM! El taxxonita se desplomó como un saco de patatas. ¡SSIIIUUUMMMMM! Uno de los controladores humanos cayó en redondo al suelo y segundos después le siguió el otro. El camino estaba libre, aunque no por mucho tiempo. Entré a la cantina, que por suerte estaba vacía, y empecé a transformarme. Los que estaban fuera casi no se atrevían a respirar ni a apartar la mirada de su líder. <¿Quién está disparando por allí? –bramó Visser-. ¡He dicho que nadie se mueva!> Cassie y yo avanzamos golpeándonos contra las sillas plegadas y las mesas servidas. Aquel día les habían interrumpido la comida. -¡Al fondo! –indiqué señalando hacia una puerta. La abrí de golpe. Era una despensa. Y allí, sentado con toda tranquilidad sobre un cajón de latas de sopa, había un gorila saboreando un plátano. -¿Marco? <No, soy otro gorila –contestó-. ¡Pero bueno! ¡Llevo intentando ponerme en contacto contigo…> -¡Ahora no! –grité-. ¡Sujeta esto! ¡Me estoy transformando! –le pasé la pistola de rayos dragón. <¡Guau!> -¡Visser Tres está aquí. A Jake, Tobias y Ax los vigilan hork-bajirs y en una caseta hay cien kilos de puré de avena! El gorila pestañeó. <Seguro que se te ha ocurrido algo brillante pero suicida, ¿no, Xena?> -No. <¿En qué te estás transformando?> -¡En oso! ¡Es hora de repartir zarpazos! -¡No! ¡Un momento! –exclamó Cassie-. ¡El maldito puré de avena! ¡Es la clave! Si pudiéramos echarlo al estanque, se volverían locos y eso les entretendría un buen rato. -Pero tendríamos que salir al exterior de este edificio, dar la vuelta y llegar hasta la caseta donde lo almacenan. Hay un buen trecho. <¿Quieres decir –añadió Marco asintiendo como un gorila sabio – que la caseta está justo aquí detrás?> Señaló hacia la pared. -Ahora que lo dices –sonreí-, llegaríamos mucho antes si atravesáramos la pared. -Bien, primero derribamos la pared y después a los dos hork-bajirs que vigilan el material. ¿Cuál es el siguiente paso? –preguntó Cassie. -Pues… –dejé escapar un suspiro-. No sé. <Buen plan>, alabó Marco. -Vamos… –no me dejaron terminar la frase. <No, no –cortó Marco alzando una de sus gigantescas manos-. Ahora me toca a mí. De acuerdo, ¡adelante!> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 27:[/b] Detuve la metamorfosis para convertirme en fuerza bruta. En aquellos momentos necesitaba la potencia de un camión- -Vamos a estar un poco apretados –advertí. Iba a transformarme en elefante-. Voy a crecer mucho. Esto de las metamorfosis resulta curioso. Te permite elegir el arma, como en los duelos de antaño. Antiguamente, dos tipos se insultaban y entonces a través de sus amigos decidían solucionar el problema. La persona retada podía elegir el arma; una mañana temprano salían para encontrarse y, de forma educada y con el ritual correspondiente, se enfrentaban espada en mano o se disparaban hasta morir. Más o menos como hoy en día, sólo que en la actualidad los duelistas siempre acaban con la vida de algún que otro observador. En fin, aquella situación me recordaba un poco a lo que os acabo de contar. Me estaba preparando para luchar. ¿Qué arma utilizaría? Me gustaba el oso porque posee una fuerza inmensa y destruye todo aquello por donde pasa. Sin embargo, para aquella ocasión, la forma de elefante era la adecuada. Así que, como en uno de esos viejos duelos de primera hora de la mañana, contaba con tiempo de sobra para ponerme nerviosa. Noté los primeros cambios. Empecé a aumentar de tamaño, mis piernas se ensancharon hasta convertirse en postes de teléfono; mis brazos engordaron aún más y su excesivo peso me hizo perder el equilibrio y caer de bruces. Los dedos de las manos y de los pies fueron sustituidos por unas gruesas uñas de hueso. En mi cabeza noté que algo se agitaba como cuando se sacude una sábana al sacarla de la secadora. Dios mío, eran mis orejas, que se estiraban hacia el infinito y se hacían extrafinas. Mi rostro se hinchó de golpe. Era como si alguien estuviera inflando mi cabeza como un globo. Mis ojos se separaron hacia los laterales y mi visión empeoró. Mi nariz se fundió con el labio superior y comenzó a crecer como le pasó a Pinocho, sólo que cien veces más. Se estiró tanto que dejó de parecer una nariz para ser una especie de cable, un gigantesco tentáculo de pulpo, tan fuerte que podría arrancar árboles de cuajo. Me había convertido en un monstruo más grande que Marco y que Cassie, que se había transformado en lobo. Aquello era una tortura, había tocado techo y mi cuerpo se encontraba aprisionado entre cajones y cajas. <¡Cuidado, Marco!>, grité. En aquel instante me rechinaron los dientes, se rompieron y, de repente, brotaron hacia delante un enorme par de colmillos curvados. Marco se quitó del medio y del salto se le cayó la pistola. De no haber reaccionado, le habría atravesado. <Marco, recupera la pistola. Tú eres el único que tiene dedos, así que es toda tuya.> <Ya, ¿y dónde está? Debajo de ti, ¿no? ¡Genial!> Se agachó como pudo, gateó bajo mi voluminoso estómago gris y salió empuñando la pistola. <Muy bien –añadí-. A la cabaña ahora mismo. ¿Preparados?> <Preparada>, replicó Cassie. <¿Sabéis una cosa? Jake tenía razón. Nunca se menciona el puré de avena en las grandes batallas de la historia>, observó Marco. <Bueno, vale –repliqué cortante-. Vamos.> Bastaría sólo con apoyar mi cabeza sobre la pared de la despensa y empujar para que el muro cediese. Sólo mi cabeza pesaba más de media tonelada. ¡Crrrrrr-ANCH! ¡Cranch! ¡Crrrrrr-ANCH! , la pared se vino abajo y la mitad del tejado se derrumbó en mi espalda. Tres animales, un elefante, un lobo y un pesado gorila salieron pitando de la habitación. La caseta estaba a unos nueve metros, lo cual no hacía ni dos cuerpos míos. Llegué en tres zancadas. Los dos hork-bajirs gritaron y casi echaron a correr al verme aparecer, pero se mantuvieron en su sitio. Me pareció admirable, si no id un día al zoo y fijaos en un elefante africano. Luego, imaginad que esa cosa os va a atacar y a ver cuánto duráis sin moveros. ¡SLASH! Uno de los hork-bajirs sacudió uno de los brazos de cortantes hojas y me hirió en la trompa. Fue un corte superficial pero doloroso. -¡HhhhhhhrrrrroooooooREEEEEE.ahh!- bramé. Sin aminorar la marcha, lo embestí. Al pobre hork-bajir le cayeron encima nada menos que cinco mil kilos de elefante y, como cabía esperar, se quedó fuera de combate. Marco y Cassie se encargaron del otro. No había tiempo que perder. <¡Se acercan otros dos!>, gritó Cassie. Retrocedí un par de metros para tomar carrerilla y me lancé contra la caseta. ¡BAM! Las cuatro paredes de la caseta salieron volando por los aires, como si alguien hubiese puesto una bomba en el interior. El techo salió despedido por el impacto. Un barril azul, parecido a uno de cerveza, salió rodando y se detuvo ante un trozo de escombro. Había otros cinco barriles como ése en el interior. <¡El puré de avena!>, exclamé. <¡Puré de avena instantáneo con sabor a jengibre y jarabe de arce!>, puntualizó Marco con alegría. <¡Atrapadlos!>, resonó la terrible voz de Visser Tres por telepatía. Giré la cabeza y descubrí a un ejército entero de hork-bajirs, taxxonitas y controladores humanos acercándose a toda velocidad hacia nosotros. Se acabó. No teníamos escapatoria. Además y para colmo de males, Visser Tres se aproximaba entre la multitud. Rodeé con la trompa uno de los barriles confiscados y lo levanté como si fuera un pluma. Aquella demostración de fuerza hizo vacilar a uno de los hork-bajir más cercanos. Lancé el barril que, tras describir un arco en el aire, aterrizó en medio del estanque ruidosamente. <¡No se hunde!>, gimió Cassie. <¡Marco, apunta al barril! ¡Rápido!> El enorme gorila alzó el puño y apuntó al barril con la pistola de rayos dragón. <Tú decides, Visser>, grité. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 28:[/b] <¡Alto!>, bramó la espantosa voz. De repente, el mundo pareció detenerse. Apenas se oía una respiración. Los hork-bajirs se habían quedado inmóviles, congelados. Cuando Visser decía <<alto>>, había que pararse y punto. Visser Tres avanzó apartando de su camino a humanos, hork-bajirs y taxxonitas. Se detuvo a un paso de nosotros. Sólo nos separaba una coraza de tres inmóviles hork-bajirs nerviosos y un taxxonita al que le daban espasmos. Las antenas oculares de su forma andalita giraban como si considerara la situación y sus ojos principales me miraban directamente a mí. <Ese barril sólo contiene basura.> <Entonces no te importará que mi amigo dispare contra él y lo vuele en mil pedazos.> Hablar con Visser Tres siempre representa un peligro mortal porque como controla el cuerpo y la mente de un andalita puede descubrir que en lugar de andalitas, como ellos creen, somos humanos. <En ese estanque debe de haber un millar de yeerks –repitió con una risotada funesta-. El… el producto de ese barril puede que afecte a la mitad antes de que podamos limpiar el agua. Quinientos yeerks.> Reflexionó unos segundos y añadió: <A cambio, supongo que querréis que libere a vuestros amigos terroristas, además de una puerta abierta, ¿no?> <Exacto>, confirmé. Marco no dejó en ningún momento de apuntar al barril. <Entonces, será mejor que os dé una respuesta>, declaró Visser Tres con tono sospechoso. Antes de que siguiera hablando, adiviné sus intenciones. Aquella mirada y aquellos gestos resultaban delatadores. ¿Qué significaba para él quinientos yeerks menos? No le importaba lo más mínimo condenar a tantos a la locura perpetua. Representaría un revés, pero aparte de eso, no le importaba un bledo. A una sabandija como Visser Tres no le importaba nada excepto… No quedaba tiempo para pensar ni para diseñar el ataque. Con mis cinco toneladas de elefante lo embestí justo cuando daba la orden: <¡Destruidles…!> Visser Tres retrocedió de un salto y chocó contra un taxxonita que se había quedado inmóvil. Arrollé a los hork-bajir y, al llegar junto a Visser, enrollé la trompa por la parte superior de su cuerpo. ¡FAP! Sacudió su cola de andalita, pero falló. Lo apreté con fuerza, reflexioné los músculos del cuello y de la espalda y alcé a aquella bestia. ¡FAP! Volvió a sacudir la cola, y esa vez acertó. Solté un bramido de dolor. La cortante hoja de la punta me partió un ojo por la mitad. El dolor era insoportable, pero no podía rendirme en aquel momento. Lo mantuve en algo y lo lancé un segundo antes de que volviera a atacarme con la cola. Cruzó el aire y…¡SPLASH! Visser Tres cayó de lleno en el estanque. Mientras tanto, yo rugía de dolor. Jamás había experimentado aquella intensidad. <¡Oh, no, Rachel!>, gimoteó Cassie. Traté de no prestar atención a mi amiga y olvidar el dolor. No había tiempo para quejarse. Debía seguir adelante. Por suerte, conocía la fisiología andalita lo bastante para saber que comen y beben a través de las pezuñas, así que, en aquellos momentos, Visser Tres estaba absorbiendo el agua del estanque. Lo miré con el único ojo que me quedaba. Aquel monstruo parecía haber perdido los papeles. <Y ahora ¿qué te parece si volamos el barril? –le pregunté-. Tal vez ahora te importe un poco más, ¿no?> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b][b]Capítulo 29:[/b] Efectivamente comprobamos que sí le importaba. Veréis, Visser Tres es capaz de sacrificar a cientos de sus compañeros. Después de todo, en la guerra siempre hay bajas, pero cuando se trata de él, la cosa cambia. Lancé el resto de los barriles al estanque para que Marco lo tuviera más fácil. Cassie se encargó de liberar a los demás. Los hork-bajirs, los taxxonitas y los controladores humanos no se atrevían a mover un dedo. De haberlo hecho, probablemente nos habrían vencido y seguro que podrían haber atrapado a Marco antes de que atinara. Pero ¿sabéis qué? Los subordinados que tienen miedo del jefe jamás muestran iniciativa. Por mucho que los yeerks nos odiaran, el miedo que tenían a Visser les inmovilizaba. Una vez liberados Jake, Tobias y Ax, nos dirigimos con cuidado hacia una de las salidas. Subimos las escaleras de espaldas. En ningún momento Marco bajó el arma. Tobias, oculto tras mi lastimada mole, recuperó su cuerpo de ratonero por completo cuando habíamos subido la mitad de aquella interminable escalera. Con su magnífica visión vio lo que estaba sucediendo en el interior del estanque. <¡Se está transformando! ¡Visser se está transformando!> <¡Dios mío! ¡Apuesto a que se está convirtiendo en uno de esos monstruos que no absorben el agua! –dedujo Jake-. ¡El puré de avena no le afectará y vendrá a por nosotros!> <¿Se ha transformado del todo?>, preguntó Ax. <No lo sé –contestó Tobias-. ¡Se está sumergiendo!> Miré hacia lo alto de las escaleras; todavía nos quedaba una buena subida y a cada paso me sentía más débil. No podía transformarme allí delante de todos y revelar mi forma humana. Visser Tres disponía de tiempo suficiente para salir del agua transformado en uno de esos bichos monstruosos del espacio y perseguirnos. Perdíamos fuerzas y en aquellas escaleras estábamos al descubierto. Yo me encontraba prácticamente fuera de combate. Jake seguía transformado en murciélago. <Marco debe disparar>, dije al tiempo que miraba a Cassie y a Tobias para obtener su aprobación. <No tenemos más alternativa –replicó Tobias y, acto seguido, se acomodó de un salto sobre el hombro de Marco-. Baja un poco la pistola –indicó-, un poco más….¡Fuego!> ¡SSIIIUUMMMMM! El rayo hizo saltar en pedazos uno de los barriles. Una sustancia gris cubrió el agua de inmediato. <Eso les mantendrá ocupados un rato –comentó Tobias-. ¡Salgamos de aquí!> Se formó la de San Quintín. Hork-bajirs, humanos y taxxonitas se atropellaban en el intento de sacar a Visser Tres del agua y de limpiar el estanque antes de que le puré de avena, que los enloquecía, se disolviera en el agua. Entonces, me desplomé de golpe. Cinco toneladas de carne fofa de elefante se desparramaron sobre una docena de escalones de piedra. <¡Transfórmate!>, gritó Jake. Cassie se acercó rápidamente, incapaz de hacer nada con sus zarpas de lobo. <¡Ha perdido mucha sangre! ¡Está perdiendo el conocimiento! ¡Rachel, transfórmate!> <¡Ahí está! –exclamó Tobias-. ¡Ha salido del agua! ¡Oh, Dios mío! Pero ¿qué demonios es…? Ax, ¿qué es esa cosa?> <No lo sé –admitió Ax-. No he visto semejante criatura en mi vida, pero parece muy peligrosa.> <¡No os paréis por mí! ¡Enseguida os pillo!>, exclamé al tiempo que me transformaba todo lo rápido que podía. <Sí, claro>, añadió Cassie. <Parece un pterodáctilo –observó Jake-, uno de esos dinosaurios voladores, sólo que éste tiene la parte trasera cubierta de plumas.> <¡Sólo contamos con un mono y un lobo! –grité-. ¡Marchaos! ¡Llevaos a Jake y salid de aquí!> <¿Un mono? –protestó Marco enfadado-. ¿Sabes? Estoy a punto de dejarte tirada. Un mono, dice.> <Contáis con algo más. Un andalita>, añadió Ax con parsimonia. A medida que encogía, iba recuperando mi forma humana, el dolor disminuía y notaba que me volvían las fuerzas, pero estaba agotada. ¿Sería capaz de transformarme otra vez? <Problemas. Se acercan hork-bajirs por arriba>, anunció Ax. Era el único que había vigilado esa dirección. La verdad es que tener cuatro ojos es una ventaja. -¡Genial! –exclamó Jake una vez hubo recuperado su forma humana-. Estamos acorralados. ¡Ahí viene! Volví mi cabeza ya humana hacia aquel sonido de enormes alas de cuero y lo que descubrí era como un puerco espín alado, sólo que las alas debían de tener una envergadura de metro y medio cada una. La cabeza era muy alargada y el pico era del tamaño de un ala. Volaba pesadamente pero poco a poco se acercaba. Me dio un vuelco al corazón. ¿Y si había visto que éramos humanos? Para complicar las cosas, los hork-bajirs descendían a toda velocidad, debían de estar a unos treinta metros de nosotros. Estábamos atrapados. No nos quedaba tiempo ni para transformarnos. ¡Nos habían acorralado! Tres metros más arriba, la escalera entraba en una especie de túnel, por donde el monstruo del Visser sería incapaz de colarse. Pero si ascendíamos, nos encontraríamos con los hork-bajirs. Miré a Cassie, mi mejor amiga. Supongo que quería decirle algo significativo. Entonces, se me ocurrió una idea. -¡Dame la pistola! –ordené. -¡Con eso no vas a detener a ….esa cosa! ¡está acorazado! ¡Nada lo detendrá! No había tiempo de discutir, así que le arrebaté el arma a Marco. Me volví y enfilé las escaleras directa hacia los hork-bajirs. -¡Seguidme! -Pero… -¡Que me sigáis! Subieron tras de mí. La distancia entre los hork-bajirs y nosotros se acortaba a una velocidad pasmosa y aquel monstruo estaba cada vez más cerca. -¡Agachaos! ¡Cubríos las cabezas! ¡Transformaos en topo! –grité-. ¡TOPO! –Alcé el arma en el aire y apunté a quemarropa hacia el techo de piedra y tierra. Desplacé con el pulgar la palanca a la posición de tiro y apreté el gatillo. El mundo entero se derrumbó sobre nuestras cabezas. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b][b]Capítulo 30:[/b] Aunque logré que no me aplastara ninguna roca, recibí una buena ración de golpes y tumbos. No os podéis hacer una idea del miedo que pasé. Aquello que tanto había temido acabó por suceder: me había enterrado viva, y lo peor de todo era que había sido yo quien lo había provocado. Sí, tal y como os lo cuento, sepultada bajo una pila de piedras, un montón de tierra y un puñado de hork-bajirs que se las vieron y se las desearon para salir de allí. En una situación así, una de dos, o te da por chillar de pánico o, si eres un topo, empiezas a cavar. Estaba preocupada por Cassie y Marco porque para recuperar su cuerpo habían tenido que pasar por una doble transformación, ¿y si no les hubiera dado tiempo? No es fácil, sin embargo, acabar con un lobo y un gorila. Por suerte, todos logramos transformarnos a tiempo y seguidamente nos pusimos manos a la obra. Había que cavar un túnel en vertical y, como siempre, lo hicimos por turnos, lo cual eternizó el proceso. En una ocasión tuve que detenerme para hacer sitio suficiente con el fin de recuperar mi forma humana y evitar quedar atrapada en la forma de topo, hablando de situaciones en las que sólo quieres gritar. Cuando llegó mi turno por segunda vez, di con la cueva de los murciélagos. Transcurrió otra hora hasta que nos reunimos en la oscuridad absoluta de la cueva; nos fuimos apelotonando uno a uno, asustados y temblorosos. Tobias fue el último en llegar. -¡Nos has dado un susto de muerte! ¿Dónde has estado? –le grité. <Yo también estaba preocupado por ti, Rachel>, replicó Tobias con una sonrisa en su voz silenciosa. Acto seguido, nos transformamos en murciélagos. Estábamos agotados hasta más no poder. Podría haberme tumbado en aquella oscuridad eterna y dormir una semana entera. Entonces, y mientras reconocía la cueva gracias a las ondas de ecolocación en busca de una salida, ocurrió la cosa más extraña: la cueva entera cobró vida. A una velocidad de cámara lente, todos los murciélagos empezaron a descolgarse del techo de la cueva, desplegaron las alas, emitieron ondas y se marcharon. <Debe de haberse puesto el sol>, informó Cassie. <Sí, pero ¿qué día será hoy?>, pregunté. Salimos de la cueva como empujados por una explosión de cientos de miles de murciélagos. ¿Quién puede contar tantos bichos juntos? Nos encaminamos a casa, demasiado cansados para bromear, reír o alegrarnos de haber sobrevivido. Sólo había una cosa que me quedaba por hacer. Quizá tenía una debilidad por los lunáticos. Al fin y al cabo, si yo le contara a alguien mi vida, me encerrarían en menos que canta un gallo. Cuando terminé, volé a casa y recuperé mi cuerpo humano en mi habitación. -¿Se puede saber dónde has estado todo el día, señorita? –me preguntó mi madre. Por suerte, sonó el teléfono. Mi madre respondió y tras escuchar durante unos segundos, exclamó <<¿Qué?>> al menos nueve veces, y cada vez más alto que la anterior. Después de colgar, se sentó y se nos quedó mirando fijamente a Sarah, a Jordan y a mí. -¿Qué ocurre? –pregunté. -Nada, mi cliente, el pobre señor Edelman –contestó moviendo la cabeza a un lado y a otro como intentando buscar una respuesta-. Se ha escapado del centro. -¿Del manicomio? –preguntó Jordan. -Se ha ido, se ha esfumado. Lo extraño es cómo ha sucedido. Dicen que un oso pardo entró al lugar como si nada, derribó las puertas y le dijo al hombre a través de una especie de comunicación psíquica…, es decir, imaginaos un oso parlante… un oso que se comunica mentalmente…, pues al parecer el oso le dijo al hombre… –Consultó las notas que había tomado-. Le dijo que se marchara, que se fuese, pero que no hiciese nada estúpido como tratar de suicidarse otra vez porque… el oso… había tenido un día horrible y lo que menos le apetecía era tener que salvarlo otra vez. Sarah y Jordan miraban a mi madre como si hubiera perdido el juicio. -Ey, que no soy yo la que asegura haber visto esto –se defendió mi madre. -Pandilla de locos –exclamé encogiéndome de hombros-. ¡Sí, hombre, un oso! ¿Quién se va a tragar eso? Sabía que no era mucho, pero en realidad no podía ayudar al señor Edelman de otra manera. Nadie podía. Al menos, en los momentos en los que recuperase el control, estaría fuera de ese manicomio. Sonó el timbre. -Es MAR-co –canturreó Jordan, quien opina que mi amigo es guapo. -Dile que se vaya –grité-. Estoy cansada. Jordan apareció al poco rato cargada con una enorme pila de cajas pequeñas. -Tu amigo MAR-co dice que su padre no quiere todo esto en casa –informó mi hermana al tiempo que depositaba las cajas en la mesa de la cocina. Así terminó la primera y gran batalla en la que el puré de avena juega un papel primordial. Y , por cierto, si alguna vez veis a un pobre loco vagabundear por las calles diciendo que tiene no se qué en el cerebro… echadle unas monedillas, si antes no habéis salido corriendo. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

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