#19 La despedida

Sinopsis:

Cassie ha tenido más que suficiente. Después de la última misión, se da cuenta de que no quiere continuar. Está cansada de ser un animorph.

No hay más que hablar: abandona el grupo.

Pero lo peor está por ocurrir.

Al parecer una controladora ha seguido a Cassie tras el último encuentro con los yeerks y ha averiguado que nuestra amiga es andalita o .. humana.

Si sus superiores se enteran, Cassie y sus amigos estarán en peligro, y la Tierra sucumbirá a la invasión.

Datos del libro:

El libro tiene 159 páginas.

En este libro, como nuevos personajes, conoceremos a Estril 731, un Yeerk que mata Cassie en la batalla que la afectó tanto como para hacerla abandonar la lucha. También a Aftran 942, Yeerk controlador de la portadora Karen, una niña pelirroja.

Lo narran Cassie y Jake. Ella ha sido siempre el centro moral de los Animorphs, una chica que carga con la responsabilidad de toda forma de vida en este planeta. Encontrarse perdida dentro de una forma asesinando a otro ser vivo fue un choque tan duro para ella que le hizo plantearse si toda esta lucha la estaba haciendo perder su identidad. Ella quiere seguir salvando el planeta, ¿Pero sigue importando eso si ella deja de poder tomar parte de él?

Por su parte Jake pierde los nervios al ver que Cassie abandona el grupo, pero cuando ésta se pierde, ve claramente que todo lo que puede hacer es preocuparse por ella, y que debe hacer lo posible por encontrarla antes de que lo hagan los Yeerks.

Como nuevas palabras, encontraréis estas: Las Rocas Narna que son unas rocas palpitantes y radioactivas que los Nartec usan como fuente de luz.

Las Nuevas transformaciones son:

   Cassie adquirirá un Gusano de Seda(29) y el resto de Animorphs no adquirirán nuevas formas.

Capítulo 1:

      Me llamo Cassie.

       Soy un animorph, nombre que nos inventamos nosotros, o mejor dicho, que se inventó Marco. A mí eso de jugar con las palabras no se me da muy bien.

       Ojalá tuviera el don con las palabras que tiene Marco, porque lo que os voy a contar es una historia muy extraña y muy bonita a la vez, y me gustaría contarla bien. Haré todo lo que pueda y si más adelante veo que soy incapaz de continuar, me relevará Jake.

       Primero os pondré en antecedentes. No somos las únicas criaturas del universo. Los humanos sólo somos una de las miles de razas pensantes. Desde que soy un animorph, he conocido a unas siete u ocho especies: andalitas, yeerks, hork-bajir, taxxonitas, leerans, gedds, chees y ellimistas, si estos últimos pueden considerarse como una especie.

       Los yeerks se propagan como un virus. Son parásitos, como la tenia, sólo que además son inteligentes. Entran en los cuerpos de cualquier criatura y se alojan en el cerebro, desde donde toman el dominio absoluto del ser, que pierde por completo el control de sus acciones y de su intimidad porque el yeerk puede acceder a todos sus recuerdos como el que mira una cinta de vídeo.

       A un humano infectado lo llamamos controlador. A casi todos los hork-bajir los han convertido en controladores. Lo mismo ha sucedido con los taxxonitas y los gedds.

       El objetivo de los yeerks en estos momentos es la raza humana. Ya han ocupado muchos cuerpos humanos y se propagan como un virus imparable y dañino, como el cáncer, en silencio, sin que nadie se entere.

       Los yeerks representan el mal personificado. Yo siempre los llamo así. Son una especie maldita.

       Los andalitas están en guerra frontal contra los yeerks. Fue un valiente príncipe andalita quien rompió sus propias leyes para concedernos el poder de la metamorfosis, nuestra única arma para enfrentarnos al enemigo invasor.

       Eso era lo que yo pensaba: los yeerks representan el mal, y el poder de la metamorfosis era todo lo que teníamos para enfrentarnos a ellos.

       Supongo que debería alegrarme de poder combatir el mal y, sobre todo, estar contenta de poder contar con la facultad de la metamorfosis.

       <¡Cassie! ¡Cuidado por detrás!>

       Era de noche y yo me había transformado en lobo. Me di la vuelta con una rapidez superior a la de cualquier ser humano y de un brinco esquivé por los pelos el zarpazo de aquella enorme cuchilla de hork-bajir. Un centímetro más a la izquierda y me hubiera abierto en canal.

       Al apoyar todo el peso de la mole de su cuerpo sobre un pie, aquel monstruo perdió el equilibrio. Los músculos le temblaban del esfuerzo y los tendones estaban estirados al máximo.

       Me abalancé sobre él y le clavé los dientes en aquellos tendones y músculos en tensión. Apreté con toda la fuerza de la que un lobo es capaz al tiempo que retorcía la cabeza con la intención de destrozarle, de hacerle trizas.

      

       -¡Grrrrrrooooowwww! ¡Grrrrrrooooowwww! – rugía, y sin dejar de retorcer la cabeza y agitar los hombros, le desgarraba la piel a tirones.

       El hork-bajir aullaba de dolor.

       Intentó atacarme, pero se había desequilibrado hacia el otro lado y perdía apoyo, empujado por sus propios aspavientos.

       Su impacto contra el suelo sonó claro y lleno de detalles para mi increíble oído de lobo. Mi olfato registró las hormonas de pánico, el equivalente en los hork-bajir a la adrenalina humana que inunda el sistema en una situación extrema.

       Oía el pulso acelerado de los corazones de aquella bestia y el bombeo de las enormes arterias de su cuello.

       La batalla era encarnizada. Jake, nuestro líder oficial, se había convertido en tigre; Rachel en elefante, Marco en lobo, como yo; Tobias mantenía su cuerpo natural de ratonero de cola roja. Se lanzaba en picado desde lo alto del cielo directo a los ojos. Ax, el andalita, chasqueaba su cola mortal como si se tratara de un látigo.

       Habíamos ido allí por una simple misión de reconocimiento. La Alianza, una organización que sirve de tapadera para reclutar controladores, ofrecía una fiesta de honor a los “nuevos miembros”, niños y niñas convencidos de que se habían apuntado a una especie de organización de scouts, pero que pronto serían obligados, lo quisieran o no, a servir de portadores de un yeerk y pasarían así a ser esclavos.

       Habían organizado una comida nocturna en el parque, donde relucía una gran hoguera. La gente comía perritos calientes, ensalada de col y algún que otro pedazo de pastel de carne. Los adultos bebían cerveza y los niños Coca-Cola. El cielo de la noche estaba tachonado de estrellas.

       Habíamos adoptado diversas formas y nos habíamos aproximado a la reunión. Identificamos a una docena de personas que no sabíamos que eran controladores, como el pinchadiscos de uno de esos programas de la mañana que no hay quien escuche, un policía, un reportero de noticias y un profesor sustituto al que tuve durante dos meses en las tutorías mientras mi profesora estaba de baja por maternidad.

       Una misión sencilla, sin aparente peligro, de no haber sido porque todo salió mal.

       Hacia uno de los lados de la “fiesta”, lejos del barullo de la gente ingenua que había acudido sólo para divertirse, la reunión de los jefes empezó a adquirir un cariz un tanto extraño. Una de las controladoras humanas había cometido un error al parecer bastante grave y un puñado de hork-bajir la arrastraba hacia un caza-insecto cercano.

       La llevaban ante Visser Tres, líder de la invasión yeerk en la Tierra. La pobre sabía muy bien lo que aquello significaba. Si tenía suerte, su muerte sería rápida. Empezó a gritar.

       -¡Yo no he sido! ¡Yo no he sido! ¡Tenéis que decirle a Visser que soy inocente!

       Fue entonces cuando decidimos involucrarnos. Pensamos que si salvábamos a la mujer, el yeerk de su cabeza cooperaría con nosotros.

       Además sólo vimos a dos hork-bajir y a una manada de controladores humanos, ninguno de los cuales llevaba armas.

       Nos transformamos en animales de batalla y entonces, por sorpresa, aparecieron cinco hork-bajir.

       Nos enfrentamos a ellos. No era la primera vez, y la suerte estaba de nuestra parte.

       -¡Aaaaaaarrrggghhhh! – gritó el hork-bajir fruto del dolor y presa del pánico.

      

      Su pierna no tenía muy buen aspecto. La solté y, de un brinco, me acerqué hasta su cabeza. Intentó darme un zarpazo pero apenas le quedaban fuerzas, y su visión por la noche no era tan buena como la mía. Me fijé en su garganta al descubierto, sin protección.

      <Vale, han tenido su merecido. ¡Vámonos! ¡Larguémonos de aquí!>, gritó Jake.

      Demasiado tarde para el hork-bajir, demasiado tarde para frenar los instintos del lobo.

      Poco después nos largamos. Nos detuvimos un instante a contemplar el campo de batalla. Hacia el otro lado la gente reía y cantaba. Nadie había visto ni oído nada de aquella oscura y sangrienta batalla.

      Sólo un puñado de controladores humanos cerca del campo de batalla nos contemplaba con odio. Intercambiamos una mirada y, acto seguido, desaparecimos en la oscuridad de la noche.

      <Muy bien, salgamos de aquí de una vez>, dijo Jake apesadumbrado. Siempre se deprime después de un enfrentamiento de ese calibre.

      <Siete contra seis y ¡no han podido con nosotros!>, exclamó Rachel, radiante de alegría. Por lo general, después de una lucha siempre está contenta, casi frenética me atrevería a decir.

      Tobias avanzaba silencioso, como es típico de él después de una pelea.

      <Estaba mordiéndole el brazo a uno de los hork-bajir y ¿sabéis en que pensaba? En mostaza, pensaba en lo bueno que estaría con mostaza.> Marco siempre busca la broma fácil después de una batalla, bueno, en realidad siempre está de broma. Sólo que las que suelta después de una pelea resultan un poco forzadas.

      Ax se limpiaba la cola en la hierba mientras avanzaba.

      <Es la última vez que lo hago>, dije.

      <Ya, no ha sido una pelea muy inteligente, pero ¡ey! Hemos ganado>, comentó Rachel.

      <Se acabó. Nunca más – insistí -. Lo dejo. Abandono esta estúpida guerra, y los animorphs.>

      Me di la vuelta y me alejé. Sentía las miradas de mis compañeros clavadas en mi espalda.

      Tal vez si no me hubiera sentido tan vacía, tan débil y tan enferma por dentro, habría notado que había alguien más que no me quitaba la vista de encima. Pero, en aquellos momentos, lo único que pensaba era que se había acabado, que no quería volver a pasar miedo y que me negaba a continuar hiriendo a otras criaturas.

      Se acabó. Aquella sería mi última misión como animorph.

      ©1998 K.A. Applegate

      1999 de la traducción de Raquel del Pozo

      2005 de la transcripción de A.

Capítulo 2:

      De camino a casa, recuperé mi cuerpo humano. Empezó a chispear, y aunque no llegaba a calar, bastó para humedecer las hojas y la hierba que crujían bajo mis pies al atravesar el campo.

      Las luces de mi casa estaban encendidas. A través de la ventana del comedor veía a mi madre sentada frente a su escritorio revisando unos papeles.

      A mi padre no le veía, pero imaginaba que estaría sentado en su enorme sillón viendo la tele, con el mando a distancia prácticamente pegado a su mano.

      No había luz en el granero. Sólo se distinguía una diminuta pero brillante marca blanca en la puerta que sirve para localizarla con facilidad en la oscuridad, en previsión de que algún animal necesitase ayuda por la noche.

      El granero también es la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Mis padres son veterinarios. Mi madre trabaja con animales exóticos en Los Jardines, una combinación de zoo y parque de atracciones. Mi padre dirige la clínica, en donde trata toda clase de animales salvajes heridos: ardillas, gansos, campañoles, zorros, ciervos, conejos, murciélagos, mapaches, aves rapaces, cualquier alimaña.

      Yo ayudo a mi padre a llevar la clínica. Les suministro medicamentos a los animales, los limpio, les cambio los vendajes y les doy de comer.

      Me encamine hacia el granero donde siempre guardo la ropa para ponerme después de las transformaciones. Cuando cambias de forma, sólo es posible hacerlo con camisetas ajustadas y mallas. No podía aparecer así en mi casa.

      No encendí las luces del granero. Conocía muy bien el camino. Además veía la luz roja de <<Salida>>, y la luz procedente del ordenador en el que registramos el historial de los animales.

      Pasé al lado de las jaulas. La mayoría de los animales estaban en silencio, aunque no todos dormían. Los animales nocturnos, aquellos que podían moverse, se paseaban de un lado a otro.

      Pasé cerca de un zorro al que le habían cortado el rabo y no pude evitar imaginarme a los gamberros responsables. El animal se dio una vuelta por la jaula, después me miró y continuó moviéndose de un lado a otro.

      Me volvió a mirar con esos ojos inteligentes que caracterizan a los zorros.

      -No pasa nada –le dije.

      La ropa estaba en el trastero. Me cambié y me dirigí a casa.

      -Ah, Cassie, ya estás aquí –exclamó mi padre. Como había imaginado, estaba arrellanado en su sillón-. ¡No me digas que has venido a casa andando! Está lloviendo.

      -No, la madre de Rachel me ha traído.

      -Qué raro. No he oído el coche.

      -Porque estarías pendiente de la tele –añadí forzando una risa.

      Las mentiras me salían con una facilidad sorprendente. Desde que soy un animorph, me había convertido en una experta mentirosa. Pero todo eso había terminado.

      -Supongo. Estaba escuchando lo del leopardo. Al parecer se le ha escapado a un chiflado que le da por coleccionar animales exóticos. Creen que puede haber ido hacia las montañas. Arañó a un hombre al que ha dejado hecho una pena. No será nada fácil capturar a un bicho de ésos. ¿Cariño? –gritó dirigiendo la voz hacia la cocina-. Ha llegado Cassie.

      Mi padre estaba demasiado alegre, como si tratara de ocultar algo.

      Me dirigí hacia el luminoso y brillante linóleo de la cocina.

      -Hola, mamá.

      -Hola, cielo –saludó mi madre.

      Aquello terminó por alertar mi radar. Mi madre no es de las que dice cosas como <<cielo>>. Algo pasaba. Entonces noté que mi padre entraba en la cocina por detrás de mí.

      -¿Qué pasa? –pregunté.

      Mis padres se sentaron a la mesa redonda y yo con ellos.

      Me esperaba un discurso por pasar demasiado tiempo fuera de casa…Yo ya tenía preparada una respuesta. Prometería no volver a hacerlo, y aquella vez de verdad.

      -No es fácil decir esto –empezó mi madre-. Cassie, hemos perdido la subvención para la clínica. Nos lo han comunicado esta tarde.

      Miré a mi padre, que retiró la mirada, dirigió la vista al suelo, me miró un segundo y volvió a mirar a otro sitio.

      -¿Qué quieres decir? –pregunté como si fuera tonta.

      -La…la empresa –mi padre tartamudeó – de comida de animales que ayudaba económicamente a la clínica se retira. Estoy intentando buscar otra compañía, pero no va a ser fácil. Me temo que vamos a tener que cerrar la clínica.

      Se me quedaron mirando como esperando que dijera algo, pero a mí no se me ocurría nada.

      -Sabemos que será un duro golpe para ti –continuó mi madre.

      Me quedé mirando al vacío.

      -Seguiremos intentándolo –añadió mi padre-. De hecho, mañana salgo de la ciudad para entrevistarme con el vicepresidente de un empresa.

      Pensé en algo que decir, pero me había quedado bloqueada.

      Aquello era como si en un sola noche me hubiesen quitado lo que más me importaba en la vida. Había dejado de ser un animorph y me temía lo peor: Rachel fingiría ser mi amiga, aunque sé que nunca me perdonaría. A Jake seguiría gustándole, pero su vida está con los animorphs.

      Y, para colmo, iba a perder a mis animales.

      Mi madre me observaba de cerca con gesto preocupado.

      -Um…, cielo, tienes una cosa en un diente. Aquí –señaló el lugar exacto.

      Me toqué donde indicaba su dedo y saqué una tira de color verde y gris.

      De alguna manera, mientras cambiaba de lobo a humana, aquel trozo de carne de hork-bajir se había quedado atascado entre mis dientes.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 3:

      Aquella noche me costó conciliar el sueño. No podía apartar de mi mente que todo había terminado. Todo lo que me importaba en esta vida se había acabado para siempre. Mi mejor amiga, el chico que… el chico que me gusta, los animales a los que tanto quería.

      ¿Qué iba a hacer ahora? ¿A qué me iba a dedicar? Volvería a ser una niña normal y corriente, no muy alta y un poco rellenita.

      No, le diría a Jake que no iba en serio, que no podía dejarlo. ¿Estaba loca? ¿Cómo iba a abandonar?

      Pero entonces, en la oscuridad de mi habitación, me venían imágenes del hork-bajir y de mi mandíbula desgarrando su piel…

      Una vez conocimos a una pareja de hork-bajir libres. Estos seres son una raza de aspecto agresivo: dos metros de alto, con afiladas cuchillas en codos, muñecas, piernas y cola. Se alimentan de la corteza de los árboles y por eso su cuerpo está cubierto de cuchillas. Son herbívoros pacíficos.

      El hork-bajir no tenía la culpa. Él no me había hecho nada. Yo sabía que no era él quien me atacaba con las cuchillas, sino el yeerk alojado en su cerebro que controlaba todos sus movimientos.

      Soy incapaz de ver sufrir a una criatura, y aquel hork-bajir aullaba de dolor pro mi culpa, porque le estaba desgarrando la piel. Todas las esperanzas de la pobre fiera de liberarse algún día del yeerk se habían desvanecido por mi culpa.

      -Es la guerra –me repetía en susurros por debajo de las sábanas que me cubrían hasta la barbilla.

      De haber oído a tiempo la orden de retirada de Jake, tal vez el hork-bajir no hubiese perdido sus anhelos de libertad. ¿Nos habría llamado Jake antes de que yo acabara con él o después? Estaba tan confundida…

      Supongo que al final me quedé dormida porque poco después empecé a soñar.

      Yo era enorme. Debía de medir unos doce metros desde el extremo final de la cola hasta la cabeza descomunal, y unos seis metros de altura. Todo eso con unos dientes de un palmo.

      Me había convertido en un tiranosauro, el depredador más peligroso jamás conocido.

      En la oscuridad distinguí a un triceratops embestir con los cuernos a otro tiranosaurio, que era nada más y nada menos que Marco transformado, demasiado cerca de aquel monstruo y demasiado expuesto al peligro.

      Flexioné los enormes músculos de mis descomunales patas, clavé mis gigantescas garras de ave en la tierra y salté. Toneladas de músculo y hueso cruzaron el aire para aterrizar al lado del triceratops. Bajé la cabeza, abrí la boca y hundí los dientes en la espina doras del triceratops. Me aseguré de tenerlo bien sujeto y entonces agité la cabeza con todas mis fuerzas.

      Sentí que el enorme dinosaurio se levantaba del suelo. Marco estaba a salvo pero a mí me dominaba la fiebre de la pelea.

      -¡GrrRRRRROOOOOOWWWWWWW! –rugí.

      -¡Jrrrr-IIIIIIIIIIIIII! ¡Jrrrr-IIIIIIIIIIII! –chillaba el triceratops.

      Movía la cabeza, sacudiendo al triceratops como un perro agita su hueso. Entonces el pobre animal dejó de emitir sonidos y se quedó inmóvil. Lo solté y me subí encima de mi víctima.

      -¡Grrr-RRRRRRROOOOOOOOOWWWWWWWWW! –rugí triunfante. El rugido hizo temblar las hojas de los árboles y las lejanas estrellas.

      -¡Grrr-RRRRRRROOOOOOOOOWWWWWWWWW! –bramé de nuevo.

      En mi interior palpitaba con fuerza todo el poderío de la naturaleza, la crueldad de la supervivencia de los aptos, el poder absoluto de los músculos, los huesos, las garras y los dientes, el deseo inmemorial e infinito de conquista.

      Me desperté de golpe.

      Salté de la cama y fui corriendo al cuarto de baño. Cerré la puerta y encendí la luz. Me senté sobre la tapa del retrete durante un rato para calmarme. Estaba temblando.

      Me cepillé los dientes hasta que me sangraron las encías. Me contemplé en el espejo. Tenía pasta de dientes de color rosa alrededor de la boca.

      ¿Los locos tendrían aquel aspecto?

      Abrí la ventana para dar paso a la brisa fresca de la noche. Había dejado de llover. Allí estaba el granero, que muy pronto se quedaría vacío.

      Vi que algo se movía, aunque no distinguí su forma, tan sólo una pincelada negra que corrió a ocultarse detrás del granero. Probablemente fuese un animal atraído por el olor y los ruidos de presas en el interior del granero.

      Capté el sutil brillo de los ojos y me extrañó comprobar que no estaban a nivel del suelo, sino a la altura de donde estarían unos ojos humanos.

      Me quedé mirando la oscuridad durante un instante con la sensación de que me observaban.

      Poco después cerré la ventana y volvía a la cama.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de sagadegeminis

Capítulo 4:

      -No has ido a clase hoy –observó Jake.

      Mis amigos me habían rodeado o, al menos, así era como me sentía. Habían venido al granero, donde nos reuníamos muy a menudo, sólo que aquella vez era muy diferente.

      Estaban todos menos Ax.

      Jake, de brazos cruzados, trataba de parecer tranquilo y relajado, pero no convencía a nadie. Desde que nos convertimos en animorphs, Jake había cambiado. Antes era un chico normal y corriente, guapo, aunque no de esos por el que todas las chicas suspiran. Siempre se ha mostrado como un chico maduro y honrado, alguien en quien puedes confiar y al que jamás se te ocurriría sugerirle hacer algo fuera de la ley.

      Aunque destilaba ese aspecto de adulto, Jake siempre había conservado una parte de niño. Eso era lo que había cambiado. Nos habíamos enfrentado a demasiados peligros y, lo que es peor aún, nos habíamos visto forzados a tomar muchas decisiones de vida o muerte.

      Todo eso se nota en el rostro, en los ojos. Y en Jake se veía porque había crecido y porque su rostro parecía más envejecido.

      -No me encontraba bien esta mañana –repliqué-, así que decidí quedarme en casa.

      -Tal vez ayer comiste algo que te sentó mal –sugirió Marco con una sonrisa de satisfacción por su ocurrencia.

      Rachel agarró una de las toallas que había sobre una de las jaulas y se la arrojó a Marco.

      -Cómo te pasas, Marco. –A continuación, se volvió para mirarme-. Escucha, Cassie. Todos hemos pasado por esto, así que tómate unos días libres para descansar, te relajas, ves la tele, comes unas galletas y después te reincorporas.

      Rachel no había cambiado, al menos a primera vista. Rachel es una de esas personas capaz de enfrentarse a un huracán, seguido de una avalancha de barro y de una inundación, y salir limpia y seca sin despeinarse.

      Sigue siendo la chica rubia, alta y perfecta, pero por dentro también ha cambiado. Siempre ha sido atrevida, pero ahora es una imprudente. Siempre ha sido bastante agresiva, pero ahora hay veces en las que me gusta.

      La guerra contra los yeerks ha sido como un regalo para Rachel. Ha encontrado su lugar en el universo. De no haber sido por la guerra, dudo que la bella Rachel hubiese tenido la oportunidad de desarrollar sus habilidades de guerrera, tal y como estaba predestinada. Desde que nos convertimos en animorphs, mi amiga se ha realizado.

      -Sé lo que estáis pensando –dije-: que la batalla de anoche me afectó, pero no es eso.

      Abrí una jaula y saqué a un ganso cuya ala había sido machacada por un gato montés. Le corté el vendaje.

      <Entonces, ¿qué te ocurre?>, preguntó Tobias.

      De todos nosotros, Tobias era el que más había cambiado. El cuerpo de mi amigo es ahora el de un ratonero de cola roja. Al principio estaba atrapado en esa forma, sin posibilidad de escapar ni de transformarse, hasta que el Ellimista le devolvió el poder de las metamorfosis y ahora puede recuperar su cuerpo de niño, aunque sólo sea durante dos horas, porque si sobrepasa este tiempo se volverá a quedar atrapado para siempre y esta vez no habrá Ellimista que lo salve.

      Tobias podría recuperar su forma de humano, pero entonces perdería la facultad de la metamorfosis y con ello la posibilidad de participar en la guerra. No sé por qué ha elegido quedarse como ave rapaz. Supongo que quiere seguir luchando. Eso o que, tal vez, es más feliz así que como humano.

      Lo observé acomodado en el travesaño de madera del techo inclinado del granero.

      -Supongo que no soy como tú, Tobias. Supongo que no estoy dispuesta a hacer los sacrificios que tú has hecho.

      -¿Qué sacrificios? –preguntó Rachel agotando su paciencia-. ¡Podemos salvar el planeta! ¿Cómo puedes hablar de sacrificios? Hay miles, tal vez millones de personas esclavizadas por los yeerks. ¿Quién va salvarlos si no lo hacemos nosotros?

      -No lo sé –contesté mientras le quitaba la venda al ganso y le limpiaba las heridas.

      -Esto es absurdo –soltó Marco con brusquedad-. Cuando todo esto empezó, era yo quien me negaba a colaborar y entonces todos me acusasteis de ser un cobarde y un egoísta.

      -Pues soy una cobarde y una egoísta –añadí encogiéndome de hombros.

      Marco se me echó prácticamente encima. Tenía los ojos desorbitados.

      -¿Qué demonios te ocurre, Cassie? Te pasas la mitad del tiempo dándonos la lata con que todo esto es demasiado violento, con frasecitas del tipo <<¿Hemos hecho lo correcto?>> o <<¿Deberíamos hacer esto o lo otro?>>. Resulta que eres doña Moral y, cuando lo pasas mal una noche, tiras la toalla.

      -No va por ahí –me defendí. Sentía una enorme presión en el corazón, como si algo estuviera empujando, como si algo estuviese a punto de estallar.

      -Entonces ¿qué? ¿Quieres pasar más tiempo con tus animales? ¿Es eso?

      -La Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje se va a cerrar –añadí-. No hay dinero.

      Supongo que aquello confundió a Marco, porque enmudeció.

      -Así que, no, creo que no me voy a dedicar a cuidar de mis animales –agregué con tono sarcástico.

      -Cassie, sólo queremos que nos lo expliques –declaró Jake cansado-. Queremos entenderte.

      -Tiene miedo –pinchó Marco.

      -Marco, cierra el pico –ordenó Rachel-. No es por el miedo.

      -Sí que tengo miedo –confirmé.

      -Eso no es verdad –negó Rachel agitando la mano como si yo fuera una mosca pesada-. Eres tan valiente como cualquiera de nosotros. Sólo porque tengas dudas morales y te sientas mal por muchas cosas que hacemos no significa que eres una cobarde.

      -Acabé con ese hork-bajir –añadí.

      -Es la guerra –replicó Rachel. Su mirada se hizo de hielo y pareció atravesarme-. Ellos empezaron. Es normal que te sientas mal, pero…

      -No –continué-, no me importó. Oí a Jake, sabía que podíamos irnos y, sin embargo, acabé con aquel hork-bajir.

      No estaba segura de que hubiera sido así, pero tenía que decirlo para que me entendieran.

      Nadie dijo una palabra durante un rato. Empecé a ponerle el nuevo vendaje al animal.

      -Así que eso es lo que te preocupa –comentó Rachel encogiéndose de hombros.

      -No, me preocupa que no sintiera absolutamente nada. Nada, Rachel. En ese momento, lo único que pensaba era que estaba cumpliendo con mi deber, ¿sabes? Encima me entero de que se va a cerrar la clínica. Cuando me lo dijo mi padre, no sentí…nada. Llevo así mucho tiempo. Después de cada batalla y de cada misión, cada día que pasa todo me importa menos.

      Miré a Rachel, que desvió la mirada. Me volví para mirar a Jake, quien hizo el esfuerzo de dibujar la sombra de una sonrisa y asintió. Él me entendía porque también le estaba pasando a él, pero también apartó la mirada.

      -¡No soporto quedarme indiferente ante una acción violenta! –exclamé con un gesto de impotencia-. No puedo ignorar así como así a los seres vivos. Yo no soy así.

      -Muy bien –replicó Marco soltando una risotada-. Quédate ahí con tu ética y tus buenos sentimientos. Nosotros seguiremos jugándonos la vida para intentar salvar el mundo. Tú quédate ahí sentada pensando que estás haciendo lo correcto.

      Después de decir aquello, se largó. Oí un aleteo y comprobé que Tobias también se había marchado.

      Jamás había visto aquella expresión de dolor en Rachel.

      -Rachel, no significa que no podamos ser…

      -No, Cassie –dijo interrumpiéndome-: acabas de decir que por ti todo el mundo puede morirse, siempre y cuando tú no tengas que convertirte en alguien como yo. –Salió del granero como alma que lleva el diablo.

      Debería haber dicho algo, pero mi amiga tenía toda la razón No quería convertirme en ella.

      Me quedé a solas con Jake, que no levantaba la vista del suelo.

      -No te transformes –me dijo-. Si dejas de ser animorph, no utilices el poder.

      -No lo haré.

      -Pero te verás tentada –añadió-, y si lo haces corres el riesgo de que te descubran. Esos riesgos son aceptables si todavía estás dispuesta a ayudarnos, pero si no, no lo utilices.

      -He dicho que no lo haré y cumpliré mi palabra, Jake.

      Jake se marchó y me dejó sola con los animales. Todavía tenía que terminar de ponerle la venda al ganso, y suministrar medicamentos a otros. A algunos les tocaba comer.

      Como si aquello me importara.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

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Animorphs #19: La Despedida

Capítulo 5:

      Las faenas se me iban amontonando. Una de ellas consistía en cambiar el agua del abrevadero de los caballos, en realidad una vieja bañera con patas en forma de zarpas que habíamos colocado en uno de los prados. Lleva tanto tiempo sin ser cambiada que habían crecido algas y estaba cubierta de hojas que había levantado el viento.

      Decidí ir hasta el lugar a caballo. Montar me relaja, pero notaba que últimamente empezaba a darme pereza, así que no lo pensé dos veces y elegí a mi yegua preferida.

      Aquella tarde no hacía calor, el viento arremolinaba las nubes amenazando con una puesta de sol temprana. Cabalgué disfrutando de la caricia el viento frío en mi cara e intentando no pensar en nada.

      Cuando llegué a la bañera en cuestión, descubrí que estaba limpia. No tenía hojas, ni algas, y había sido enderezada de manera que quedase nivelada.

      Salté de la silla de montar e inspeccioné la zona en busca de una explicación. Allí en el barro divisé una huella estrecha, parecida a la de un ciervo, o eso es lo que uno pensaría si no observase con cuidado el lugar, pero yo sabía que se trataba de la huella de un andalita.

      Ax había visto que el abrevadero estaba descuidado y se había encargado de arreglarlo.

      Aquella parte de los pastos casi estaba tocando el bosque. Unos metros más allá de la valla, la hierba dejaba de crecer para dar paso a la primera línea de árboles. Até la yegua a la valla y eché un vistazo a mi alrededor.

      El prado se extendía hasta mi casa, invisible desde aquel ángulo, y los árboles se extendían hasta las montañas.

      No me había parado a pensar que no volvería a transformarme. Creo que nunca llegué a hacerme a la idea de que jamás podría volver a convertirme en los animales que tanto amaba y ver el mundo a través de sus ojos y oír a través de sus oídos. ¿Cómo iba a resistir la tentación de transformarme en pájaro y volar?

      Dejé escapar un suspiro. Jake tenía razón. No podía correr el riesgo, sobre todo si no iba a contribuir.

      -¿A quién le importa? –le pregunté a la brisa.

      Sin embargo, por mucho que tratara de convencerme de que no me importaba, no era así. Desde que no podía transformarme, la vida me parecía limitada y aburrida.

      En ese instante noté un ligero movimiento detrás de la primera fila de árboles. No distinguí lo que era, pero allí había algo o alguien. ¿Sería Ax?

      -Ji-i-iiiiiiii –relinchó la yegua al tiempo que sacudía la cabeza.

      Por un momento pensé que podría tratarse del leopardo que se había escapado de la jaula, aunque dudé que hubiese llegado tan lejos. Además, estos felinos no son tan torpes como para dejarse ver. Y la forma en la que aquello se había movido carecía de la sutileza que caracteriza a los leopardos.

      -¡Ax! –grité.

      No hubo respuesta.

      Me subí a la yegua e intenté que marchara al trote, pero el animal estaba inquieto; levantó las patas delanteras y relinchó alto y fuerte.

      Había algo que no le gustaba nada. ¿Qué sería? ¿Dónde se ocultaba? Me chupé un dedo y lo puse a la brisa. En efecto, el viento soplaba de los árboles.

      -Tranquila, despacio –le dije.

      El viento cambió de dirección y la yegua se calmó, lo que aumentó mi preocupación porque confirmaba que el animal había olido algo que venía del bosque y que, al cambiar el viento, había perdido el rastro.

      Entonces…

      ¡CRASH! ¡CRASH! ¡CRASH!

      -¡Aaaaaaahhhhh!

      Una pincelada de pelo rojo pasó a toda velocidad seguida de una enorme criatura que avanzaba casi a tumbos. ¡Un oso!

      Un enorme oso negro perseguía a una chica pelirroja, que corría hacia un árbol. Se aferró a una rama y, como pudo, se izó hasta colocarse en una zona alta. No le serviría de mucho porque si el oso estaba dispuesto a conseguirla treparía hasta alcanzarla.

      Antes de pensar, me aferré a las riendas del caballo y le ordené que avanzara.

      -Vamos. ¡Jia! ¡Jia!

      Enseguida se puso a galope siguiendo la dirección de la valla. La pobre niña se balanceaba en el árbol a punto de perder el equilibrio. Entonces vi lo que me temía: detrás del enorme oso negro apareció un osezno. Por lo general, los osos no suelen atacar a los humanos a no ser que éstos cometan la tremenda equivocación de acercarse a uno de sus oseznos.

      El oso negro se había apoyado sobre el árbol y lo estaba haciendo pedazos. La niña gritaba presa del pánico.

      Obligué a la yegua a separarse de la valla unos cuantos metros y después la espoleé con los talones para que se dirigiera a galope hacia ella.

      El animal obedeció y levantando trozos de tierra húmeda y hierba en el galope se encaminó hacia la valla. Yo me agaché y me agarré con fuerza al tiempo que rezaba para que la yegua supiese saltar porque lo que era yo…

      ¡Un, dos, tres! ¡Arriba! Y… ¡FAP! El animal rozó la barandilla con los cascos de las patas traseras, pero por suerte aterrizamos sin problemas.

      -¡Aguanta, pequeña! –grité al tiempo que nos precipitábamos hacia el árbol.

      El pobre caballo estaba aterrorizado, tenía los ojos abiertos como platos y expulsaba espuma por la boca. Se había desbocado. Los caballos no se caracterizan por su inteligencia y, efectivamente, le dio por correr derecho hacia el oso.

      La niña, mientras tanto, se aguantaba de la rama sujeta tan sólo por la punta de los dedos.

      -¡Aguanta! ¡Ya voy! –grité.

      Nueve metros…, seis…., tres….

      La chica chilló y se soltó.

      El oso rugió.

      Eché los brazos al aire y me encontré con la parte delantera de una cazadora vaquera. La agarré con firmeza y, de un tirón, la atraje hacia mí y taconeé sobre el vientre de la yegua con todas mis fuerzas.

      Las ramas me rasparon la cara y perdí uno de los estribos. Me revolví en un intento por recuperarlo sin mirar hacia el suelo. La niña se agarraba a mí con tal ahínco que a punto estuvo de asfixiarme. Para colmo, perdí las riendas; la pobre yegua corría como alma que lleva el diablo y el oso no se daba por vencido.

      De haber estado en campo abierto, nos hubiera sido fácil sacar ventaja a aquella fiera, pero en la maleza el oso nos ganaba terreno.

      De repente, el enorme animal abandonó la persecución y regresó junto a su cría. Sin embargo, la yegua no parecía tener intenciones de parar y yo no alcanzaba las riendas. Todo cuanto podía hacer era aferrarme a su crin y a la cazadora de la chica.

      De golpe, los árboles dejaron paso al río de aguas transparentes, que saltaban y chocaban contra las rocas. El caudal bajaba y abundante tras las últimas lluvias.

      La yegua galopaba fuera de control hacia el río. Intenté hacerme con las riendas una vez más, pero resbalé. Me agarré a la crin del animal y me impulsé hacia arriba hasta recuperar el equilibrio.

      La vi cuando la tenía encima.

      ¡BAM! Me golpeé contra una rama baja y salí volando por los aires para caer en el agua. En ese momento perdí el conocimiento.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

Capítulo 6:

      -¡Aaaahhhhhhhh! –Me desperté gritando.

      La corriente desenfrenada del río me arrastraba y volteaba sin descanso. Había agua por todas partes que me sacudía como a un tapón de corcho.

      Intenté desesperadamente mover los brazos, pero me resultó imposible. No sentía las manos, ni los dedos. Las piernas estaban como muertas. ¡Me estaba congelando! ¡Iba a morir!

      ¡PUMP! Me golpeé contra una roca y apenas sentí el impacto en uno de mis costados.

      De repente…, noté que caía al vacío en medio de árboles que parecían despuntar del agua y elevarse de golpe hasta el cielo. Miré hacia abajo y de refilón vi la explosión blanca de agua a los pies de la pared vertical por la que caía sin remedio.

      ¡FLASH! La fuerza de la caída me precipitó metros y metros bajo la superficie del agua al tiempo que la cascada me aporreaba sin piedad en medio de un ruido ensordecedor semejante al de un descomunal motor que me martilleaba, agitaba y volteaba.

      A pesar de los esfuerzos que hice por nadar, todo resultó inútil. Mis brazos parecían de mantequilla y mis dedos estaban tiesos como palos.

      <<¡Transfórmate>>, me dije, pero yo no podía concentrarme.

      De repente me vi fuera de la zona donde golpeaba el agua al caer, pero me resultaba imposible subir a la superficie.

      Aunque trataba de aguantar la respiración, poco a poco iba perdiendo el control. Qué…. dónde…. hacia qué lado… los brazos… Me empezaron a doler los pulmones por la falta de aire porque por muchos esfuerzos que hiciera por absorber una bocanada de aire, todo lo que conseguía era tragar agua, lo que me provocaba arcadas.

      Me revolví en vano. ¡Dios mío, me estaba ahogando! Me golpeé con algo en la cabeza. ¿Sería una piedra? ¡La superficie! ¡Allí estaba! Unos centímetros más y podría respirar. Sin embargo, era demasiado tarde. Mis ojos se cerraron y se me relajaron los músculos. Perdí el conocimiento, y ni siquiera noté que alguien me sacaba de allí y me hacía la respiración boca a boca para reanimarme.

      -Um… Oh. –Me desperté y, acto seguido, noté el estómago revuelto-. ¡Buuuuaahhhh! –vomité y como estaba de espaldas en el suelo me lo eché todo por encima.

      Ladeé la cabeza y absorbí una buena bocanada de aire que me hizo toser. Volví a tomar aire y a toser y así varias veces hasta que pude volver a respirar con normalidad.

      Sentía un dolor agudo en uno de mis costados. Me dolía la cabeza que daba gusto y creía que aquel cosquilleo intento en pies y manos iba a terminar conmigo. Pero ¡estaba viva!

      Entonces me percaté de la chica, que temblaba de frío en cuclillas a un metro de donde yo estaba. Su melena roja estaba empapada; el flequillo por completo pegado a la frente y los rizos le chorreaban por los hombros.

      Tenía unos enormes ojos verdes con un brillo sorprendente. Vestía cazadora y pantalones vaqueros y una camiseta.

      -Me has salvado la vida, ¿verdad? –le dije con una voz rasposa.

      -Tú me has salvado primero –replicó-. Ese oso podría haberme matado. Así que estamos empatadas. Ni tú me debes nada ni yo te debo nada a ti.

      Me resultó extraño que ese comentario de adulto viniera de una niña.

      Me incorporé luchando contra las ganas de llorar que sentía por los pinchazos que me daban en pies y manos.

      -Me llamo Cassie –me presenté.

      -Yo soy Karen.

      -¿Dónde estamos?

      -No lo sé –respondió moviendo la cabeza a un lado y al otro-. Nos ha arrastrado la corriente un buen trecho. Creo que también perdí el conocimiento, pero lo recuperé mucho antes que tú y por suerte pude agarrarme a un tronco que flotaba río abajo.

      Contemplé los alrededores. Los árboles eran altos, abetos en su mayoría. No distinguí ningún camino, ni rastros de basura ni señales de humanos. Nos encontrábamos en el corazón del bosque.

      Intenté dibujarme una imagen mental del curso del río. Sabía que bajaba de las montañas cargado de nieve y lluvia, pasaba cerca de nuestra granja y giraba de nuevo hacia las montañas hasta que cambiaba la inclinación del terreno y entonces se dirigía hacia el mar.

      Aquello no me aclaraba nada porque seguía sin saber dónde estábamos. Podíamos encontrarnos a un kilómetro del pueblo más cercano o a quince. Lo peor de todo era decidir en qué dirección echar a andar. Si acertábamos, tal vez diésemos con una carretera enseguida, pero si no… el bosque era enorme y podíamos estar vagando durante días.

      -¿Has leído El hacha de Gary Paulsen? –le pregunté a Karen.

      -No.

      -Yo sí, y ojalá hubiera prestado más atención. No soy lo que se dice una experta en tácticas de supervivencia. Además, ni siquiera tenemos un hacha. Supongo que todo lo que podemos hacer es elegir una dirección y echar a andar.

      -Me he hecho daño en el tobillo y no puedo caminar –añadió Karen con una mirada solemne.

      Suspiré profundamente. Comenzaba a recuperar la energía y notaba las manos y los pies. Mi cerebro también parecía desentumecerse.

      -Karen, ¿se puede saber qué hacías en el bosque?

      Se limitó a mirarme sin responder.

      -La otra noche había alguien detrás del granero de mi casa mirando hacia la ventana. Eras tú, ¿verdad? –le pregunté al tiempo que un escalofrío sacudía mi cuerpo.

      No contestó.

      Me temía lo peor. El pánico se apoderó de mí y me costaba respirar.

      -Me estabas siguiendo, ¿verdad? ¿Por qué? ¿Por qué me espías? –inquirí, intentando controlar el miedo que crecía en mi interior.

      Karen dejó escapar un suspiro, ladeó la cabeza y me lanzó una mirada inquisitiva, como un entomólogo contempla a un extraño espécimen de insecto.

      -Me interesas –comentó.

      -Pues no veo por qué. No tengo nada de interesante.

      -Yo creo que sí. Verás, si no me equivoco, podrías salir de aquí volando si quisieras. Si no me equivoco, digamos que puedes cambiar de forma y…acabar conmigo.

      -¿De qué demonios estás hablando? ¿Vienes de otro planeta o qué? –pregunté tras soltar una risa tan forzada que no hizo más que confirmar sus sospechas.

      -Exacto, de otro planeta –añadió Karen-, o al menos eso es lo que todos creen. Aparentemente sólo los andalitas pueden transformarse. Sólo un andalita podría convertirse en lobo y desgarrar a mordiscos la garganta del portador de mi hermano.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

Capítulo 7:

      De estar en mi situación, imagino que Marco se habría mostrado de lo más tranquilo, o que Rachel habría atacado sin más. Pero yo no soy como ellos.

      Me quedé perpleja y se me cortó la respiración.

      -No sé de qué me estás hablando –alcancé a decir a duras penas.

      -Te seguí después de la batalla –explicó dibujando en sus labios una sonrisa triunfante-. Te separaste del resto del grupo para regresar sola a tu casa. Te vi avanzar a grandes zancadas de lobo, te perdí de vista unos minutos y después vi a una chica. Ni rastro del animal. Sólo estabas tú.

      -¿Qué crees que soy? ¿Una mujer-lobo? –repliqué con aires de suficiencia probando de nuevo una risa que no convencería a nadie.

      -No sé lo que eres –respondió Karen-. No estoy segura, por eso te he estado siguiendo. Verás, todo el mundo sabe que hay un grupo de guerreros andalitas en la Tierra, y creo que tiene mucho sentido el que se hagan pasar por humanos. Pero también se sabe que ningún andalita puede permanecer más de dos horas transformado. Y yo he comprobado que con esta forma humana tuya superas el límite de tiempo.

      -Di lo que quieras –repliqué encogiéndome de hombros-. Yo creo que a ti el agua congelada te ha afectado seriamente el cerebro. ¿No crees que deberíamos pensar en buscar ayuda y dejarnos de tonterías?

      -Sé que no eres un andalita atrapado en un cuerpo porque la otra noche te transformaste en lobo, con lo que sólo quedan dos posibilidades: o eres un andalita que, de alguna forma, ha averiguado cómo desafiar el límite de las dos horas, o….

      -¿O qué? –la interrumpí con brusquedad.

      -Lo que muchos venimos sospechando desde hace tiempo: hay humanos que pueden transformarse.

      -¿No serás tú una de esas fanáticas de Expediente X? –le pregunté encogiéndome de hombros.

      -Si fueras andalita –continuó Karen al tiempo que esbozaba una sonrisa-, ya habrías recuperado tu cuerpo y probablemente ya me habrías matado. Mi cuerpo de niña no puede hacer anda ante una cuchilla andalita.

      -¡Vaya! Ahora resulta que tengo cuchillas.

      -Si eres una humana capaz de transformarte, entonces podrías convertirte en algo salvaje y acabar conmigo.

      -Espera un momento, a ver si lo entiendo. En este cuento de hadas tuyo, haga lo que haga acabaré destruyéndote, ¿no es así?

      -Eso es lo que tú crees –contestó ladeando la cabeza en un gesto típico de los humanos-. Y hagas lo que hagas, no harás más que confirmar mis sospechas.

      Me levanté. No es que yo sea muy alta como para intimidar a nadie, pero pensé que Karen podría ponerse un poco nerviosa. Sin embargo, seguía impasible, como si esperase a que yo hiciera algo.

      -¡Venga! –dije estirando la mano para ayudarla a levantarse-. Señorita cabeza loca, hay que empezar a moverse. Nos queda un buen trecho por delante.

      Capté una sombra de duda en aquellos ojos verdes. Haciendo caso omiso de mi mano, intentó incorporarse, pero su pierna izquierda cedió y perdió el equilibrio, cayéndose al suelo.

      -Me duele horrores el tobillo. No puedo andar.

      Me quedé mirándola y considerando las opciones que tenía.

      En ese bosque habitaban osos y lobos. Los osos no representan un problema a no ser que los ataques primero, pero los lobos podrían ser un peligro si están hambrientos. No había nadie alrededor y el silencio se había instalado en aquel paraje. Yo había sido un lobo y conocía el inmenso poder de los sentidos de estos animales. Estaba casi segura de que al menos una manada de ellos había percibido nuestra presencia.

      Si estaban lo bastante hambrientos, se acercarían a husmear aquel olor extraño, y al descubrir a una niña indefensa que no podía andar… Bueno, no es que los lobos sean devoradores de hombres por naturaleza, pero su instinto les lleva a acabar con los débiles y enfermos.

      En cualquier caso, si no eran las alimañas del bosque, el frío de la noche y el hambre acabarían con su vida. Si me iba y abandonaba a aquella niña controladora, dudo que sobreviviera a la madre naturaleza.

      Una cosa estaba clara: si Karen regresaba con sus compañeros controladores, ninguno de mis amigos estaría a salvo. Aquella niña sabía que yo era un animorph, o que lo había sido. No le costaría adivinar la identidad de mis amigos y llevarlos después ante los yeerks con el fin de convertirlos en controladores.

      Bastaría con que atraparan a uno de nosotros, a mí, a Jake, Rachel o Marco, para que descubrieran todos nuestros secretos: que existe una colonia de Hork-bajir libres ocultos en algún lugar de las montañas, o que los chees, los androides pacíficos, nos pasan información de vez en cuando.

      Si Karen salía de ésta con vida, apresarían a Jake, Rachel, Marco, Tobias y Ax y los convertirían en controladores, o, lo que es peor, los matarían. Los chees serían aniquilaos y los hork-bajir libres apresados de nuevo.

      Toda esperanza de alcanzar la libertad para los humanos se esfumaría… a no ser que acabara con Karen en aquel momento.

      Me volví y me encaminé hacia un árbol seco caído. Agarré una rama muy larga y tiré de ella hasta que crujió y se partió. Era una rama maciza y fuerte, de casi un metro de longitud, gruesa y con un extremo bifurcado. La agarré con firmeza y regresé junto a Karen. Un golpe rápido y seco la dejaría en el sitio. Así de fácil. Cuando estuviera sin sentido podría atarla para inmovilizarla con los cordones de sus zapatos. La naturaleza se encargaría del resto.

      Distinguí una sombra de preocupación en sus ojos.

      -Aquí tienes –dije-. Te servirá como muleta. Espera aquí: buscaré algo más pequeño para entablillarte el pie.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

Capítulo 8:

      Las circunstancias no eran adversas. Empezaba a anochecer y nos hallábamos en el corazón del bosque sin herramientas ni cerillas. Para colmo, estaba todo tan húmedo que sería imposible encender un fuego. En el cielo unos nubarrones se arremolinaban empujados por una fuerte brisa.

      -Esto te va a doler –advertí cuando regresé con palos del tamaño adecuado. Me quité el cinturón. Me alegré de no hacer caso a Rachel en el tema de la moda, porque gracias a eso llevaba puesto un buen cinturón de piel fuerte y práctico.

      -Vas a perder los pantalones –comentó Karen como si fuera una niña pequeña.

      -No creas. Me parece que he engordado un poco desde que me compré estos pantalones porque me aprietan un poco, aunque quizás hayan encogido. Debe de ser eso. –Con cuidado le coloqué los palos en el reverso de la pierna, por debajo de la rodilla hasta el hueso del tobillo y los sujeté enrollando el cinturón sin que quedase demasiado apretado-. Tengo que apretar un poco más, pero no mucho porque se te hincharía el tobillo. Cuanto menos lo muevas, mejor. Contaré hasta cinco, y después tiraré, ¿de acuerdo? Uno…

      Tiré del cinturón.

      -¡Aaaaahhhh! Pero ¿no ibas a contar hasta cinco?

      -Para entonces te habrías puesto tensa –expliqué-. De esta forma, todavía estabas relajada.

      -Me has engañado.

      -Por tu propio bien.

      -Ahora sé que eres un andalita –declaró Karen-. No puedes esconder la arrogancia característica de los andalitas. La única raza de toda la galaxia que va a la guerra para <<ayudar a los demás>>.

      Me levanté y le ofrecí la mano para que se levantara. Esa vez se dejó ayudar.

      -Vamos –añadí-, hay que empezar a moverse.

      Al poner el pie en el suelo, soltó un bufido de dolor. Me volví para alcanzar la muleta y se la tendí.

      -Toma, prueba con esto.

      -¿Qué lado? –preguntó tras colocarse la muleta bajo un brazo-. ¿El de el tobillo malo o el otro?

      -No lo sé –admití-. No suelo trabajar con humanos.

      -Ah, ¿entonces vas a dejar de disimular y vas a admitir de una vez por todas que eres un andalita?

      Me eché a reír, esta vez de verdad.

      -Trabajo con animales. Sé cómo arreglar la pata rota de un ciervo, de un mapache o de un lobo. Nunca lo había hecho con un humano.

      -Ya, el granero lleno de animales –agregó Karen con una mirada escéptica-, claro. Una tapadera perfecta para un andalita: con todos esos animales, con tantos ADN que absorber…

      -Mira, piensa lo que quieras, niña –murmuré-. Venga, vamos a movernos.

      -¿Hacia dónde? ¿En qué dirección está la civilización?

      -No tengo ni idea, pero no importa. Ahora no podemos buscar una salida, sino un sitio donde resguardarnos y pasar la noche.

      -¿Qué? Si vas a matarme, déjate de dar más vueltas y adelante, hazlo ya. No hace falta que me lleves a un lugar escondido.

      -Karen, ¿qué lugar hay más escondido que éste? –le pregunté señalando hacia los altos árboles.

      -Bueno, si no tienes agallas para matarme, salgamos de aquí. No te preocupes por mi pierna, no está tan mal. –Echó a andar entre muecas de dolor.

      -Escucha, me da igual que pienses que soy un alienígena y que quiero matarte, pero lo cierto es que si intentamos salir de aquí esta noche, no creo que lo contemos. Va a llover, puede que se desate una tormenta. ¿Has estado alguna vez en el bosque en el medio de una tormenta? Enseguida se forma barro, y los relámpagos sacuden los árboles. Los barrancos se inundan. Hace un frío horrible y no hay forma de encender un fuego. No creo que te guste la experiencia.

      -¿Por qué continúas con este maldito juego? –rugió Karen de repente-. Sé muy bien lo que puedes hacer porque lo he visto con mis propios ojos. ¿Por qué no te transformas en lobo y acabas conmigo de una vez? ¿A qué juegas?

      Aguardé a que dejara de gritar.

      -Creo que por allí hay una colina. No sé, con tanto árbol no veo bien. Quizás encontremos una cueva. Al menos no estaremos cerca del río. Puede que con la tormenta suba el caudal durante la noche.

      Karen había desconectado. Miraba fijamente hacia la copa de un árbol.

      -¿Qué es eso? –preguntó con un hilillo de voz.

      Seguí la dirección de su mirada hasta que en el recodo de la rama de un olmo localicé el cuerpo desgarrado de un animal, con sus enormes ojos mirando al vacío.

      -Es un cervatillo –contesté.

      -¿Qué hace allá arriba?

      -El animal que lo ha matado lo ha puesto ahí para que nadie se lo quite –aclaré.

      -¿Qué clase de animal haría algo así? ¿Un lobo? ¿Un oso?

      -No –dije negando con la cabeza-. Un leopardo.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 9:

      Recuerdo haber leído un libro escrito por un cazador, que decía haber matado leones, tigres y osos. Según él, de todos los animales que el ser humano puede cazar, el más peligroso es el leopardo.

      Son animales muy listos, astutos y despiadados, con una capacidad asombros de adaptación al medio. Son los cazadores por naturaleza.

      Muchos cazadores profesionales, con experiencia, armados con potentes rifles y prismáticos han pasado horas en los árboles esperando a que una de estas fieras regresara al lugar donde había colocado a su presa. Estaban preparados, con los ojos bien abiertos, los nervios en tensión, el arma lista… hasta que sentían que alguien los observaba. Al volverse, se habían topado con el leopardo acomodado tranquilamente detrás de ellos, y eso había sido lo último que habían visto.

      -¿Un leopardo? ¿Estás de broma? No estamos en África.

      -Se ha escapado uno de una especie de zoo privado –le informé.

      -¿De un zoo privado? Entonces, probablemente esté domesticado, ¿no?

      -Bueno, sé que atacó a una persona que tuvo que ser ingresada en el hospital –añadí.

      Mientras hablábamos iba controlando la zona, inspeccionando todos los árboles. En ese momento podía estar mirándonos. ¿Y si había captado nuestro olor?

      Respiré hondo varias veces seguidas. Estaba intranquila porque, aunque yo no notara nada, sabía que no se dejaría ver.

      -Podemos encender un fuego –sugirió Karen-. A los animales salvajes les asusta.

      -Sí, busquemos un refugio y después encenderemos un fuego –corroboré. No quise decir que estaba equivocada. El fuego no asusta a todos los depredadores, desde luego no a los leopardos. En las aldeas africanas, los leopardos no se detienen ante nada: entran en las cabañas, atraviesan fuegos y se llevan a perros, cerdos… y niños-. Vamos, hay que seguir adelante.

      Avanzaba despacio para ver si Karen podía caminar a mi ritmo. Después de una docena de pasos, la muleta se trabó en una raíz y se cayó de bruces al suelo. La ayudé a incorporarse. Lo intentó de nuevo y no tardó en atascarse en un arbusto.

      Entretanto, el manto negro de la noche iba sepultando el bosque y dificultándonos la visión. Ya casi no distinguíamos nada más allá de treinta metros. Debíamos apresurarnos. Rodeé a Karen por los hombros.

      -¡No me pongas tus sucias manos encima, andalita! –espetó.

      -¿Sabes? –repliqué sin quitar el brazo-, no sé quiénes son esos andalitas de los que hablas pero está claro que no te gustan nada.

      Se echó a reír.

      -Es que los andalitas y nosotros no nos entendemos –añadió.

      -¿Quiénes sois <<nosotros>>? –le pregunté para que pareciera que no lo sabía.

      Echamos a andar de nuevo. Karen empezaba a manejarse mejor con la muleta. Yo no quitaba ojo a los árboles porque tengo entendido que los leopardos muchas veces matan a sus presas saltándoles encima.

      -¿Qué quiénes somos nosotros? –repitió Karen-. Los yeerks, el gran imperio yeerk.

      -Ya veo. Entonces los yeerks y los dichosos andalitas no se gustan. –Llegamos a una pendiente suave, pero suficiente para complicarle la vida a alguien con un tobillo herido y una rama a modo de muleta.

      -Los andalitas estáis siempre metiendo las narices en donde no os importa –continuó Karen-. Nosotros tenemos derecho a expandirnos, a avanzar. Pero los andalitas lo veis de otra forma, ¿verdad? En el fondo queréis adueñaros de la galaxia entera.

      Intentaba provocarme, quería desenmascararme.

      -Entonces, si soy un andalita y, como tú dices, se trata de un pueblo despreciable, ¿por qué te estoy ayudando?

      -No lo sé –admitió después de considerarlo un momento.

      -¡No has pensado que puedes estar equivocada, que yo no soy ni chica-lobo ni un andalita, sino una chica normal y corriente?

      No dijo nada. Seguimos andando en aquella penumbra cada vez más oscura y, a medida que caminábamos, iba recogiendo pequeños palos que parecían secos.

      Llegamos a la base de una especie de montaña de poca altura, como máximo unos quince metros. Giramos a la derecha para seguir el curso de la montaña porque hacia la izquierda el terreno parecía más pedregoso.

      El camino que tomamos estaba a su vez salpicado de piedras y cubierto de hojas caídas. En la ladera de la montaña crecían unos árboles flacuchos mientras que otros más gruesos decoraban el camino que habíamos tomado.

      De repente, empezó a llover. Las gotas repiqueteaban sobre las hojas de los árboles y, minutos después, estaba tan empapada como cuando salí del río.

      -¡Allí! –señalé.

      -Yo no veo nada.

      -Detrás de aquellos arbustos, ¿no ves una sombra? Puede que sea una cueva.

      Con aquellas zarzas cortándonos el paso, no sería fácil llegar. Karen no podría avanzar a no ser que yo abriera camino y, tal vez, en vano porque desde donde estábamos no podía asegurarme que fuera una cueva. O lo que era peor: ¿y si la cueva era de un oso o de una loba con crías?

      -Utiliza la cuchilla de la cola –sugirió Karen-,. Pasarás en un momento.

      -¿Y si aparto las zarzas con tu muleta, por ejemplo? –repliqué después de resoplar con impaciencia-. Siéntate sobre aquella piedra. No tardaré.

      Karen obedeció mientras que yo, muleta en mano, comencé a abrirme paso entre aquellas zarzas. Intentaba hacer todo el ruido que podía con el fin de advertir a quien fuera que habitase en la cueva, si era el oso. A los osos no les gustan las sorpresas.

      En cuanto estuve lo bastante cerca, comprobé que efectivamente era una cueva. Inspeccioné el suelo para ver si distinguía alguna huella, pero con aquella lluvia resultaba imposible.

      Miré hacia atrás. Apenas podía ver a Karen y, desde luego, ella no me veía mí. Era la ocasión perfecta para transformarme. Pensé que lo mejor sería convertirme en lobo porque el olfato infalible de éste captaría enseguida si allí dentro había alguna alimaña.

      Me agaché y me concentré en el lobo cuyo ADN formaba parte de mí. Empecé a transformarme a sabiendas de que, a pocos metros de distancia, una controladora acechaba mis movimientos.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

Capítulo 10:

      Noté que mis piernas menguaban y se robustecían al mismo tiempo. El pecho y los hombros comenzaron a hincharse y a aumentar de tamaño. Mi cara se proyectó hacia delante.

      <<No te transformes. Si dejas de ser animorph, no utilices el poder.>>

      La voz de Jake resonó en mi mente con una claridad que me sobresaltó.

      <<No lo haré>>, le había contestado.

      <<Pero te verás tentada –añadió-, y si lo haces corres el riesgo de que te descubran. Esos riesgos son aceptables si todavía estás dispuesta a ayudarnos, pero si no, no lo utilices.>>

      <<He dicho que no lo haré y cumpliré mi palabra. Jake>>

      Detuve la transformación cuando era todavía mitad lobo, mitad niña, pero mi oído ya era lo bastante agudo como para superar el humano.

      ¡Un ruido! Alguien o algo se acercaba apartando matorrales y arrastrando un pie al tiempo que sofocaba un grito de dolor.

      ¡Karen! Me estaba espiando.

      Intenté recuperar mi cuerpo todo lo rápido que podía mientras me acercaba a la cueva, golpeando los matorrales con la muleta.

      No tenía elección. No podía usar el poder de la metamorfosis. Se lo había prometido a Jake y, además, habían estado a punto de pillarme.

      Me topé con una especie de abertura triangular en un grupo de piedras caídas que formaba la entrada de una cueva. Inspeccioné el suelo pero no había señal de huellas por ninguno parte. Comprobé que no hubiera restos de pelaje enganchado en las zarzas, pero entonces empezó a llover a mares.

      Me acerqué a la abertura y olisqueé el aire. El olfato humano comparado con el del lobo o el de un perro resulta patético, aunque intuía que si allí dentro había un animal, lo sabría.

      Me acerqué con sigilo…

      -¡Aaaahhhhhh!

      Di tal respingo hacia atrás que me caí al suelo. ¿Había gritado yo? No, estaba confundida. ¡Karen!

      -¡Aaahhh! ¡Aaahhh! ¡Socorro!

      ¡Una trampa!

      ¿Y si estaba en peligro de verdad? Me abrí paso entre las zarzas y en dos zancadas me planté, jadeante, arañada y llena de barro, delante de Karen a tiempo para ver al leopardo precipitarse desde lo alto de una piedra sobre la indefensa niña.

      ¡SSIIIUUUMMMM! Un haz de rayos dragón brilló en la oscuridad.

      -¡Grrrroooowwww! –rugió el leopardo asustado por el resplandor, que tan sólo le rozó el lomo. El animal rodó por el suelo, pero enseguida recuperó el equilibrio y se preparó para atacar de nuevo.

      Karen iba a disparar de nuevo cuando se torció el tobillo herido y cayó al suelo de bruces. La pistola de rayos dragón se le escapó de las manos, golpeó ruidosamente unas piedras y se hundió en el barro, a un palmo del animal.

      El tiempo se detuvo un momento. Karen estaba aterrorizada y el leopardo, inseguro, observaba la situación, calculando y aguardando el momento indicado.

      ¿Me daría tiempo a transformarme? ¿Serviría de algo o, al contrario, le animaría a atacar?

      -Karen –dije en voz baja-, gatea hacia aquí.

      -Pero… esa cosa…

      -Karen, escúchame. Gatea hacia aquí.

      La pobre estaba temblando de miedo. Levantó con dificultad la cara sepultada en el barro, sin poder apartar la mirada del leopardo. Sus ojos verdes resaltaban en su rostro cubierto de barro.

      El leopardo la observaba con la intensidad de un depredador. Acto seguido, me miró a mí. Estaba confundido: debía de ser la primera vez que se encontraba en semejante situación.

      Casi podía ver la mente astuta detrás de aquella mirada fría y amarilla: la presa más pequeña había utilizado un arma, pero la había perdido. Aun así, el cazador debía ir con cuidado, porque la víctima podía hacerle daño. Y además había otra criatura cuyo olor estaba cambiando.

      <Karen –le dije-, sigue gateando. No te precipites, pero no te pases. Despacio, no hagas movimientos bruscos ni eches a correr.>

      Como Karen estaba tan pendiente del leopardo, no sé si se percató de que me había comunicado con ella por telepatía.

      -¡Uuufff! –exclamó Karen al resbalársele un brazo en el barro y caer hacia un lado.

      El leopardo divisó su garganta blanca y no lo pensó más.

      Saltó, pero le corté el paso, el grueso pelaje de alrededor de mi cuello erizado por completo.

      El felino, al ver mis dientes, se olvidó de la garganta de Karen.

      <<No, no –pensó el leopardo-. No voy a enfrentarme contra otro depredador. Ya tendré tiempo de acabar con la indefensa presa más tarde.>>

      El leopardo se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad exhibiendo un desprecio infinito.

      Karen alzó la cara y me miró.

      -Así que, después de todo, eres una chica-lobo –añadió temblorosa.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

Capítulo 11:

      La cueva estaba vacía. El olfato de lobo no engañaba.

      No resultó fácil encender un fuego sin cerillas. Sólo lo había hecho una vez, en el Cretácico, una época extraña en la vida de los animorphs.

      No había sido fácil entonces, y en aquel momento las condiciones eran de lo más adversas. La leña y la hierba que utilicé como astillas estaban mojadas, aunque esta última se secó más rápido que la leña.

      Al principio tuvimos que colocar la hoguera a la entrada de la cueva a causa de la humareda imposible de soportar que se formó. Poco a poco, el fuego fue tomando cuerpo.

      Nos sentamos con las piernas cruzadas sobre la piedra fría y la arenilla, todo lo cerca del fuego que podíamos. Minutos antes me había encargado de salir a buscar leña en forma de lobo. Esperaba que aquel montón fuera suficiente para pasar la noche. Me alegré de haber recuperado la ropa. Se había hecho de noche y el brillo naranja de la hoguera iluminaba el techo de la cueva, pero no el negro bosque del exterior.

      -Mis padres deben de estar frenéticos –comenté.

      -Y los míos –añadió Karen.

      -No sabía que los yeerks tuviesen padres.

      Karen removió las brasas con un palo, empujando hacia el centro de la hoguera una rama que no se había quemado.

      -Veo que has dejado de disimular. Mejor así. Resulta muy aburrido cuando alguien se empeña en mantener una mentira tan evidente. Y sí, tenemos padres, aunque es muy diferente a vuestro sistema, el de los humanos.

      Era la primera vez que se refería a mí como humano en lugar de andalita. Supongo que captó el gesto de sorpresa en mi cara.

      -Sí, sé que eres una humana. No sabemos cómo duplicar la tecnología andalita de la metamorfosis, pero entendemos algunas cosas, como lo del límite de las dos horas y que no podéis pasar directamente de un cuerpo a otro, sin pasar primero por vuestra forma natural. Supongo que no me vas a decir cómo lo habéis conseguido.

      Observé su rostro inquisitivo, su semblante humano, su cara de niña pequeña. Sabía lo que había en aquel cerebro y que me entregaría a Visser Tres en cuanto viese la oportunidad.

      Si Marco o Rachel hubieran estado allí, imagino que habrían insistido en que había que matarla, a no ser que encontráramos una forma de retenerla durante tres días consecutivos. Al cabo de ese período de tiempo, el yeerk que habita su cerebro necesitaría volver al estanque yeerk para alimentarse. Tobias y Ax se habrían mostrado de acuerdo, igual que Jake, aunque le pesara.

      Lo peor era que tendrían razón.

      -Estás pensando en destruirme, ¿verdad? –dijo Karen.

      -Sí –contesté tras un pequeño titubeo.

      -Se te pasó por la cabeza cuando estábamos en el río, ¿no? –añadió al tiempo que tragaba saliva.

      -Sí –respondí asintiendo con la cabeza -, pero entonces parecías estar muy segura. Intentaste provocarme. Debería haber pensado que tenías una pistola de rayos dragón. Estabas esperando a que me transformara para apretar el gatillo, ¿verdad? Habrías aprovechado a que yo estuviese en medio de la transformación para disparar.

      -Sí, ése era el plan –asintió Karen.

      -¿Por qué no disparaste sobre el oso cuando te estaba persiguiendo?

      -Por el miedo, supongo –respondió riéndose, visiblemente avergonzada-. Cuando vi aquel oso descomunal detrás de mí, me olvidé por completo de que tenía un arma. Además, has comprobado con el leopardo lo mala que soy disparando. –Me enseñó las manos-. Mis manos son pequeñas y no tengo fuerza. La empuñadura de esta pistola ha sido diseñada para los hork-bajir, así que me cuesta alcanzar el gatillo.

      -Y ahora te has quedado sin arma –añadí.

      -Pues sí.

      -Podría transformarme en lobo y acabar contigo en un santiamén.

      -Pero no lo harás –replicó.

      -¿Por qué no? –pregunté.

      -No lo sé –contestó moviendo la cabeza lentamente.

      -Ni yo –añadí.

      Guardamos silencio durante un buen rato.

      -Tenemos agua de sobra –observó Karen, señalando con la cabeza hacia la lluvia que caía como una cortina en la entrada de la cueva-, pero enseguida nos entrará hambre.

      -Puedo salir a cazar un conejo o algo por el estilo –sugerí-, pero eso significa que te tienes que quedar sola.

      -El leopardo estará acechando.

      -Sí –asentí-. No atacará directamente a un lobo, pero si ve a una criatura pequeña e indefensa, no lo dudará un segundo. Es la presa perfecta.

      -Supongo que tienes razón –replicó con amargura-. ¡Maldita sea! ¡Yo no quería este cuerpo débil e inocente de niña! Lo que yo quería era un humano hecho y derecho, y esto es lo que me han dado.

      Me llamó la atención de que un yeerk pronunciara la palabra <<inocente>>.

      -Así funciona, ¿no? No puedes escoger tu portador.

      -Sí –asintió-. Éste es mi tercer portador. El primero fue un gedd, suele ser el primer escalón; después un hork-bajir, una faena aburrida entremezclada con batallas encarnizadas. Entonces, me mandaron a la Tierra y me asignaron este cuerpo. Bueno, ahora te toca a ti.

      -¿A que te refieres?

      Karen hizo un gesto indicando hacia el fuego y la cueva.

      -No podemos salir de aquí. No tenemos comida y no hay nada que hacer, excepto hablar. Yo te he contado mi vida, así que ahora te toca a ti.

      -¿Y si todo lo que me has contado es mentira?

      -Bueno, tú también puedes mentir, ¿no? Los humanos no siempre sois tan sinceros.

      -Supongo que tienes razón –añadí con un gesto afirmativo.

      -Dime, ¿cómo habéis adquirido la tecnología de la metamorfosis?

      -Nos la concedió un gran guerrero andalita llamado Elfangor –respondí al tiempo que me encogía de hombros.

      El rostro de Karen se ensombreció.

      -¡Elfangor! –repitió escupiendo las letras.

      -¿Has oído hablar de él?

      -Una parte del tiempo que habité el cerebro de un hork-bajir, pertenecí a la guardia personal de Visser Tres, que por aquella época andaba obsesionado con Elfangor. Era algo personal entre ellos dos. No conozco la razón, pero sé que odiaba a ese andalita con toda su alma.

      -Yo estaba allí cuando Visser Tres lo asesinó.

      -¿Asesinó? Pero ¿de qué hablas? Es la guerra, y en situaciones así no se considera asesinato.

      -Fue un asesinato –insistí-, a sangre fría, además. Se aprovechó de que el pobre Elfangor se hallaba malherido e indefenso.

      Karen se inclinó hacia delante, su rostro resplandecía por el fuego.

      -Y el pobre hork-bajir al que le arrancaste de cuajo la garganta, ¿no estaba también indefenso?

      Aquello me hizo pegar un brinco y ponerme en pie.

      -No compares vuestro comportamiento con el nuestro. No puedes comparar al que ataca con la víctima. Vosotros habéis empezado esta guerra y sois quienes estáis invadiendo mi planeta, no al revés.

      Karen se puso en pie, estremeciéndose de dolor al apoyar el tobillo.

      -¡Tenemos derecho a vivir!

      -¿Vivir? –grité-. ¡Pero si lo que hacéis es esclavizar a otros!

      -Somos parásitos, ¿no? –replicó a gritos-, igual que vosotros sois depredadores. ¿Cuántos cerdos, vacas, pollos y corderos matáis al año para subsistir? ¿Acaso pensáis que ser un depredador es moralmente superior a ser un parásito? Al menos, los portadores que esclavizamos están vivos. ¡No los matamos como vosotros, ni los cortamos en trozos para asarlos en la barbacoa del patio! ¡Os comportáis como cerdos!

      -¿Cómo cerdos? –pregunté, extrañada.

      -Sí, como cerdos. Eso es lo que sois –añadió con una mueca de desprecio que le desfiguraba la cara-. Eso es todo lo que sois. ¡Oink, oink!

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 12:

      Nos turnamos para vigilar la entrada de la cueva mientras la otra dormía. Aquella situación resultaba muy extraña. Éramos enemigos mortales. Yo sabía que Karen, o al menos el yeerk que tenía en la cabeza, aprovecharía la más mínima ocasión para escapar y presentarse ante Visser para contárselo todo.

      Visser enviaría a sus secuaces y tarde o temprano me atraparían y me conducirían al estanque que se extiende por debajo del colegio y del centro comercial. Los hork-bajir me arrastrarían por el interminable embarcadero metálico y me obligarían a hundir la cabeza en las aguas fangosas de color plomizo.

      Patalearía y chillaría, mientras vería a un gusano nadar apresuradamente hacia mi oreja. Notaría que aplanaba y retorcía su cuerpo hasta colarse por el conducto de mi oído.

      El dolor sería insufrible, pero no podría compararse con el horror que sentiría en aquellos momentos.

      El yeerk se aplanaría en la parte más alta del cerebro y se acomodaría por entre los pliegues y arrugas. Entonces abriría mi mente como quien abre un libro e inspeccionaría mis recuerdos. Conocería todos mis secretos. Se enteraría de que me hice pis en al cama una vez cuando tenía seis años y que como sentí tanta vergüenza tiré la sábana a la basura. Sabría que todas las noches compruebo que no haya nadie en el armario, o que una vez hice trampas en un examen de matemáticas y que, como me sentía fatal, suspendí a propósito el siguiente para compensar. También se enteraría de que me gusta Jake.

      El yeerk abriría mis ojos y se encargaría de moverlos a izquierda y derecha o de enfocarlos en un punto o en otro. Movería mis brazos y manos y decidiría agarrar esto o soltar aquello.

      A partir de entonces, el yeerk decidiría mi hora de comer, de irme a la cama, de darme una ducha o lavarme el pelo. Él me vestiría y hablaría con mi madre o le daría el beso de buenas noches a mi padre.

      Mientras tanto, yo lo presenciaría todo, sería capaz de oír, de saber con exactitud lo que ocurría. Sería testigo de cómo el yeerk alojado en mi cerebro traiciona a mis amigos, y cuando éstos fueran cayendo uno a uno en sus manos, yo estaría allí dándoles indicaciones, ayudando en definitiva a que acabaran con la vida de mis amigos.

      No podría hacer nada.

      Aquél era el destino que Karen me tenía preparado, una muerte en vida. En realidad, es lo que los yeerks han planeado para el mundo entero: esclavizar a los aptos y aniquilar a los inútiles.

      Reavivé el fuego con un palo. Karen se removió. ¡Sería tan sencillo acabar con ella! Debía hacerlo antes de que se me adelantara.

      Sin embargo, sabía que no sería capaz, no en aquellos momentos, no aquella noche y menos a sangre fría. La vida es sagrada, incluso la de un enemigo.

      ¿Y la vida de mis amigos? ¿No era la suya más sagrada que la de un ser como Karen?

      La chica abrió los ojos. Bostezó y miró alrededor con el típico gesto del que se acaba de despertar.

      -¿Me toca a mí? –preguntó.

      -Supongo que sí –contesté-. No nos queda mucha leña, así que no la desperdicies. Si ves algo, grita.

      Me coloqué de lado, dándole la espalda. Habría jurado que no podría conciliar el sueño, pero me dormí enseguida y tuve una pesadilla.

      Veinte controladores humanos armados con rifles, pistolas y automáticas aguardaban impasibles delante de una docena de guerreros hork-bajir.

      Estábamos atrapados. Habíamos entrado en el edificio para robar el cristal pemalita necesario para desactivar el programa que impedía a los chees usar la violencia. Con aquel cristal, los poderosos chees se convertirían en nuestros aliados en la lucha contra los yeerks.

      Erek el chee observaba desde fuera el desarrollo de la acción. Si encontrara una forma de darle el cristal, quizá podría ayudarnos.

      Entonces, tal y como sucedió en la realidad, se desató una pelea encarnizada. Los hork-bajir nos atacaron embistiéndonos con sus cuchillas mortales. Nos defendimos como pudimos, pero perdíamos terreno demasiado rápido… Cuando ya todo estaba perdido, oímos un estallido de cristales y de repente vimos aparecer la figura de Erek, un androide de color blanco y gris metálico que, en ocasiones normales se camuflaba bajo la apariencia de un niño humano normal y corriente por medio de la proyección de un holograma sobre su esqueleto metálico.

      Lo que sucedió a continuación he intentado borrarlo de mi mente muchas veces. Aquello no fue una batalla normal, sino una matanza.

      Me desperté llorando, con la imagen de los hipidos amargos de Erek en la cabeza.

      -Has gritado en sueños –me comentó Karen.

      -¿Ah, sí?

      -Gritabas <<¡No! ¡No! >>, y cosas por el estilo. ¿Pesadillas? –me preguntó riéndose.

      -Un mal recuerdo –declaré.

      -Parecía una batalla –insistió-, por las cosas que decías. Sin embargo, aquí estás. Ganasteis, ¿no?

      -El hecho de ganar no lo hace menos terrible.

      Soltó un bufido irónico, como si hubiese dicho una broma.

      -Venga ya, conmigo no disimules. Conozco a los humanos y sé que os gustan las guerras tanto como a los yeerks.

      -No nos incluyas a todos.

      -Ah, ya veo. Entonces, tienes principios morales y te sientes mal cuando destruyes al enemigo –dijo con marcado tono sarcástico.

      -Sí, me siento mal, como la mayoría de los humanos. Bueno, al menos a mí me pasa.

      -Mentiras –replicó con un bostezo –y más mentiras.

      -¿Karen?

      -¿Qué?

      -Si todo lo que dices fuese verdad, ¿cómo es que todavía estás viva?

      Me miró y por un momento capté un ligero parpadeo de sus ojos verdes que revelaban una sombra de duda.

      Cerró los ojos y no respondió a mi pregunta.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

Capítulo 13:

      Llovió durante toda la noche, pero cuando salimos de la cueva por la mañana lucía el sol y el cielo estaba despejado.

      Las hojas de los árboles y las agujas de los abetos todavía goteaban y el suelo estaba suave y esponjoso. Las piedras relucía.

      Karen me apartó a un lado y se dirigió al lugar donde había perdido la pistola de rayos dragón. A gatas empezó a rebuscar entre la maleza.

      -¿La tienes tú! ¡Aprovechaste que yo dormía y te hiciste con el arma!

      Negué con la cabeza.

      -Ha estado lloviendo mucho y sin parar, y como el terreno está en pendiente, seguramente la fuerza del agua la ha arrastrado colina abajo. Quién sabe, tal vez se la haya llevado el leopardo.

      Pretendía hacer una broma, pero Karen se volvió hacia mí con una visible expresión de miedo en el rostro.

      -¿Te parece gracioso?

      -No me ibas a disparar, ¿no? –pregunté encogiéndome de hombros-. No creo que la necesites.

      -No se trata de eso –replicó-. Son armas registradas. No se pueden extraviar. El castigo por ello es… terrible. No debería haberla llevado encima para empezar. Además, esta misión no ha sido autorizada, con lo que el castigo será doble.

      Parecía haber envejecido en cuestión de minutos mientras miraba fijamente hacia el lugar donde había perdido el arma. En el suelo se veían marcas visibles de torrenteras que habían barrido la zona, todavía esponjosa.

      -Probablemente haya llegado al río –comenté. El tobillo de la pobre niña se había hinchado tres veces su tamaño normal. Le resultaría imposible bajar hasta allí.

      -No puedo regresar sin la pistola –informó Karen con la mirada perdida y el gesto confuso-. Eso significaría tener que darle explicaciones al Subvisser Diecinueve.

      -¿Tu jefe?

      -Sí, mi comandante. Imagino que no me vas a ayudar a encontrarla, ¿verdad?

      -Ni lo sueñes –respondí con un gesto negativo de la cabeza.

      -Bueno, no creo que se porten muy mal conmigo cuanto te entregue –añadió con una risa cruel.

      -Quizá me obliguen a ser tu portador –comenté.

      -No, gracias. No quiero más portadores con cuerpo de mujer. Son demasiado débiles, demasiado sentimentales. Tienen la cabeza llena de… –se interrumpió de golpe.

      Aguardé a que continuara hablando, pero no lo hizo. Se aferró a la muleta y echó a andar con paso determinado, aunque doloroso.

      La seguí.

      <<¿Demasiado sentimentales? ¿Tienen la cabeza llena de…?>> De qué.

      Aquello me dio que pensar. ¿Acaso al yeerk le habían afectado de alguna manera los pensamientos y emociones de Karen?

      Un cosquilleo me recorrió la nuca. ¿Habría otra forma de enfrentarse a Karen? ¿Sería posible que al yeerk le asaltasen dudas acerca de lo que estaba haciendo? ¿O me estaría haciendo ilusiones?

      ¿Se podía cambiar a un yeerk y hacerle ver que lo que hacia estaba mal?

      Respiré hondo y me coloqué detrás de la controladora que avanzaba cojeando. ¿Cómo podría llegar a conmover al yeerk?

      -Bueno –dije-, parece que nos espera una larga caminata. Si no nos hemos equivocado de dirección, calculo que tendremos que andar durante todo el día. Pero si hemos tomado el camino equivocado, puede que más de uno.

      -Estoy muerta de hambre –murmuró Karen.

      -¿Qué tal unas setas?

      -¿Qué?

      -Setas. Mira allí, al lado de aquel tronco caído. ¿Las ves? Hay que ir con cuidado porque podrían ser venenosas, pero el año pasado hice un trabajo para la asignatura de ciencias sobre esas setas y todas ésas son comestibles.

      -Yo no pienso comer setas crudas. Me dan asco. –En aquel momento había cambiado a su personalidad de niña. Me resultaba muy extraño aceptar que Karen era una combinación de niña y de yeerk adulto.

      -Yo voy a recoger unas pocas. Puede que cambies de opinión más tarde.

      En un par de zancadas me planté delante de las setas y empecé a seleccionar aquellas que habían salido con la lluvia.

      Me acomodé en el suelo.

      -Dime, Karen, o como quiera que te llames, ¿qué más me puedes contar? Lo único que sé es que no te gusta tu comandante.

      -¿A qué juegas, humana? -preguntó con desprecio-. Primero me salvas la vida, me guías y ahora me quieres alimentar. ¿Qué quieres probar?

      Arranqué un par de setas del tamaño de mi puño y las metí en los bolsillos.

      -Te molesta, ¿verdad? –le pregunté.

      -¿Qué es lo que me molesta?

      -Te molesta que tus víctimas te odien –contesté.

      Soltó una áspera risotada, titubeó un par de veces y, al final, no dijo nada.

      Me puse en pie y le alargué una seta.

      -Toma, puedes comerla ahora o guardarla para luego. Puede que encontremos cebolletas o incluso flores comestibles. Pronto tendremos una ensalada.

      -Crees conocerme, ¿eh? Pues te equivocas. No me importa lo más mínimo que mis víctimas no me odien. No me importa nada –añadió Karen con brusquedad.

      -¿No te importa el hecho de haber esclavizado a una niña? –pregunté.

      -La esclavitud es un concepto humano –contestó ella.

      -Muy bien, olvídalo, pero dime una cosa: cuando oyes llorar a Karen, a la verdadera Karen, ¿no te remuerde la conciencia? Y cuando estás con su madre y sabes que está deseando hablar con ella para decirle cuánto la quiere, sólo un <<te quiero, mami>>, y ni siquiera puede decirlo, ¿tampoco te importa?

      -¡No sabes de lo que estás hablando! –exclamó con violencia, como si la acabara de abofetear.

      -¿Ah, no? –repliqué-. Deja que se lo pregunte a Karen, déjame hablar con ella.

      -Este portador no tiene secretos para mí –declaró-. Sé exactamente lo que piensa.

      -Y lo que siente –añadí.

      -¡Sí! ¡Y lo que siente! –repitió desafiante-. Me odia, ¿te enteras? ¿Te sientes ahora mejor? Me odia, quiere verme muerta. Inmóvil en la zona trasera de mi cerebro se imagina que me torturan e idea una muerte lenta y terrible. Eso es lo que siente. ¡Odio! ¡Odio! ¡Odio!

      Su grito resonó por entre los árboles y lo pájaros enmudecieron.

      -Déjame hablar con ella –insistí al tiempo que negaba con la cabeza-. Quiero preguntarle si te odia.

      -Cállate.

      -Ajá. Es recíproco, ¿verdad? Puedes saber lo que siente, pero ella también conoce tus sentimientos, ¿no es así? Sabe lo que te está pasando por la cabeza, así que dime, ¿qué es lo que de verdad siente hacia ti? No es odio, ¿verdad?

      -¡Déjame en paz! –rehusó Karen echando a andar entre muecas de dolor a cada paso.

      -Lástima, ¿verdad? Eso es lo que siente por ti.

      Karen avanzó un par de metros más y entonces volvió la cabeza.

      -Veamos la pena que sientes cuando te entregue a Visser Tres, Cassie –dijo en una voz tan fría como el hielo-. Veamos lo bien que controlas el odio cuando no seas más que una marioneta inútil.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 14:

      Como avanzábamos despacio, debido a la cojera de Karen, me entretuve examinando los alrededores.

      -¡Mira! ¡Un ciervo! –exclamé al tiempo que me ponía en cuclillas. Karen se acomodó en un tronco, contenta de tomarse un descanso.

      -Es un cervatillo con su madre –añadí-. Fíjate en la pendiente que está la madre. Nos está oliendo.

      -Bambi –murmuró Karen en voz baja.

      -Sí –corroboré-, me encanta esa película.

      -A esta humano… A mi portador también le gusta. Cuando era pequeña era su vídeo preferido. ¿Por qué siempre lo hacéis todo tan sentimental? Es un animal, ¿no?

      -Para ser sincera –repliqué encogiéndome de hombros-, últimamente me he sentido así.

      Al incorporarme, los ciervos se asustaron.

      -Creía que te gustaban los animales –comentó Karen.

      -Sí, me gustaban… bueno, y me siguen gustando. Sólo que últimamente…. No sé que me pasa. Llevo unos días un poco perdida. Cosas normales como el colegio, mi familia o incluso los animales que cuido me han empezado a aburrir soberanamente.

      -Claro –asintió Karen.

      -¿Por qué <<claro>>? –pregunté.

      -Mírate, mira lo que eres y piensa en todas la experiencias por las que has pasado. Tienes la posibilidad de luchar, de matar. Tienes poder y puedes utilizarlo. ¿Cómo no iba a resultar más interesante que la rutina de todos los días?

      Negué con la cabeza y le di un mordisco a una de las setas.

      -No es eso. Lo que quiero decir… No sé qué me pasa.

      -Pues que antes de tener el poder de la metamorfosis, sólo eras una niña normal y corriente. –se rió Karen.

      -Supongo que sí –dije.

      -Y cuando te estás transformando o estás en plena batalla, ¿a que te sientes llena de vida? ¿Cómo puedes comparar eso con tu vida?

      -¿Así es como te sientes cuando estás luchando? –pregunté-. Desde luego, a mí no me pasa. Yo odio las batallas, y es eso lo que me confunde. ¿Cómo puedo ir por ahí haciendo lo que hago y seguir pensando que la vida es sagrada, que todas las criaturas tienen el derecho a vivir? A veces soy un depredador, otras una presa… estoy hecha un lío.

      Durante un rato Karen permaneció en silencio y al cabo de un rato, como quién no quiere la cosa, declaró:

      -Entre nosotros también hay gente que piensa como tú.

      -¿Gente que piensa como yo?

      -Sí, yeerks que se oponen a la guerra y que están convencidos de que no está bien ocupar el cuerpo de portadores involuntarios.

      Me quedé tan sorprendida que me detuve.

      -¿Cómo? ¿Qué hay yeerks que se oponen a todo esto?

      -No sé por qué te sorprende tanto. No todos somos iguales. –Adoptó un gesto de resentimiento-. ¿No ves? Os creéis a pies juntillas todo lo que os dicen los andalitas sobre nosotros. Según ellos, no somos más que unos gusanos malvados que no merecen estar en libertad. Sólo somos parásitos. ¿No es eso lo que dicen?

      -Pero gracias a los andalitas habéis conseguido volar por el espacio –declaré-. ¿No se llamaba Seerow el andalita que ayudó a tu pueblo?

      -Vaya, veo que sabes mucho –comentó Karen con gesto de asombro-. No sois todos humanos en el grupo, ¿verdad? Debe de haber algún andalita con vosotros.

      -Sin los andalitas no habríais podido salir de vuestro planeta, ¿no es verdad?

      -Sí, de no haber sido por Seerow nunca lo hubiéramos conseguido. Es el único andalita bueno que ha existido.

      -Vaya, así que al menos hay un andalita bueno –añadí esbozando una sonrisa.

      -Y muchos yeerks buenos –agregó karen.

      -Puede.

      Volvimos a quedarnos en silencio durante un rato. Seguimos caminando. Salimos de la sombra de los árboles y llegamos a una pradera.

      El paisaje era sobrecogedor. Con la lluvia, las flores habían estallado en una fiesta de colores, doradas, blancas y azules; sus pétalos encarados al sol relucían por el rocío de la mañana.

      -¿Sabes cómo es nuestra vida? – preguntó Karen-. En el estanque, me refiero.

      -No.

      -Nacemos en grupos de cien o más. No salimos de huevos ni tampoco nacemos como los mamíferos. Los yeerks se enlazan, tres de ellos se convierten en uno, y éste se fragmenta en trozos más pequeños o larvas. Poco a poco, el cuerpo se desintegra y cada larva se convierte en gusano. A veces salen gemelos de una misma larva. Los yeerks padres mueren, claro. –Me miró para ver mi reacción-. ¿No te horroriza?

      -Como he estudiado tantos tipos diferentes de animales, supongo que no es fácil que algo me asuste –repuse, aunque en realidad me parecía horroroso.

      -En nuestro estado natural contamos con un excelente sentido del olfato y un buen sentido del tacto. Además podemos oír y nos comunicamos a través de un lenguaje de chillidos ultrasónicos, pero somos incapaces de ver. Estamos ciegos hasta que ocupamos un portador. Durante milenios hemos ido alojándonos en portadores cada vez más avanzados. Con el tiempo, los gedds se convirtieron en los portadores principales. Son criaturas lentas y torpes, pero tienen ojos. No puedes hacerte una idea de lo que se siente la primera vez que entras en el cerebro de un gedd y, tras hacerte con el control, empiezas a ver. ¡Colores! ¡Formas! Igual que si un ciego recuperara de golpe la vista, ¡Un milagro!

      Se detuvo de repente, se agachó y levantó un gusano que descansaba sobre una hoja.

      -¿Ves esto? Así soy yo en estado natural. ¡Indefenso! ¡Débil! ¡Ciego! –se dio la vuelta y señaló a la pradera-. ¿Ves las flores, el sol y los pájaros? ¿Me odias por querer todo esto? ¿Me odias porque no quiero pasar el resto de mi vida ciego? ¿Me odias porque me niego a consumir el resto de mis días nadando eternamente en un mar de lodo mientras los humanos como tú disfrutáis de un mundo de belleza indescriptible?

      Volvió a colocar con sumo cuidado al gusano en su hoja.

      -La mayoría de los humanos ni siquiera sabe lo que tiene.

      -Habitáis el planeta más bello de toda la galaxia. No hay ningún sitio tan vivo como éste. No existe ningún otro lugar donde haya tantos árboles, tantas flores y tantas criaturas fascinantes. Vivís en un palacio, en el paraíso. ¿Y me odias por desear vivir aquí también?

      -No te odio.

      -¿Qué otra opción me queda? –Continuó sin prestar ninguna atención a mi réplica. Estaba hablando para sí-. ¿Volver a los estanques yeerks? ¿Regresar a mi planeta con las naves cúpula andalitas acechando en órbita hasta que uno de nosotros saque la cabeza del lodo y nos hagan volar en pedazos? ¿Dejar el universo en manos de los todopoderosos andalitas y de las especies que ellos elijan? –Karen me lanzó una mirada gélida -. Hay gente como yo que desearía que fuera de otra forma, que hubiese un punto medio entre convertirse en gusanos sometidos a los andalitas y ser….

      -¿….los amos de la esclavitud? –sugerí.

      Esperaba que me replicara con un grito, sin embargo acercó su rostro al mío y me clavó sus ojos verdes, tan grandes que casi podía ver a través de ellos y mirar a yeerk directamente.

      -¿Tú qué harías, Cassie? –me preguntó en voz baja-. ¿Qué harías, si fueras uno de nosotros? ¿Te conformarías con vivir convertido en un gusano indefenso y ciego?

      No supe qué contestar. Desvié la mirada y entonces lo vi.

      -¡Aaaahhhh! –grité al ver aquella estela de color negro y ocre.

      El leopardo avanzó en silenció y, cuando me quise dar cuenta, había abierto su enorme bocaza para atacar a Karen directamente en la garganta.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

      

Capítulo 15:

      Karen no tuvo tiempo de reaccionar, ni yo tampoco.

      Todo sucedió muy deprisa. De repente, una sombra gris cayó del cielo y se precipitó sobre el felino, dejando paso a una mancha roja de sangre alrededor de los ojos del leopardo.

      -¡Grrrrrooowwww! –se quejó el animal.

      Sin embargo, aquello no lo detuvo. Derribó a Karen y a mí me golpeó con el envés de una zarpa con una tranquilidad propia de Jackie Chan. Fue como si me golpearan con un martillo, e irremediablemente rodé por el suelo.

      -¡Aaaaahhhh! –gritó Karen.

      Entretanto el águila pescadora había ascendido unos cuantos metros para después lanzarse en picado contra el leopardo al que le clavó las uñas. El felino reaccionó con rapidez y la derribó de un zarpazo, dejándola medio inconsciente con fuertes sacudidas y palpitaciones.

      Karen, de espaldas en el suelo y chillando sin parar, le propinó al felino varias patadas en la cabeza cuando éste abrió su enorme bocaza.

      El leopardo hundió los dientes en la pierna, justo sobre la parte entablillada y Karen no pudo reprimir un grito de dolor.

      El animal echó un vistazo a los alrededores, supervisando la situación con absoluta frialdad. Aunque era demasiado tarde, yo había empezado a transformarme. Supongo que le llegó el olor a lobo peligroso y decidió que tal vez aquél no era el lugar adecuado para engullir su presa.

      De ahí que, sin soltarle el tobillo, empezara a arrastrar a Karen por entre las hojas y la pinaza del bosque.

      -¡Ayúdame! ¡Ayúdame!, Cassie! ¡Dejaré que te vayas! ¡Te lo juro! ¡Ayúdame!

      A medio camino de convertirme en lobo la seguí tambaleándome con torpeza a causa de mis piernas arqueadas, mitad lobo y mitad humano.

      -¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Aarrrggghhh!

      Comprobé que Marco, el águila pescadora que había tratado de ayudarnos, estuviera bien y me tranquilizó verle batir las alas para ponerse en pie y recuperar su cuerpo. Se pondría bien. En cambio, Karen no correría la misma suerte. Cuando aquella fiera se encontrase a salvo, la remataría de un mordisco en la garganta, en la nuca o incluso en la cabeza.

      Casi había recuperado por completo la forma de lobo y no dejaba de preguntarme si aquella vez el leopardo abandonaría. La vez anterior había conseguido asustarlo antes de que consiguiera su presa, pero ¿qué pasaría ahora que tenía que defender su comida?

      Además, tampoco tenía muy claro que un lobo pudiese con un leopardo.

      Me acerqué y dejé escapar un gruñido amenazador.

      El leopardo se volvió sin soltar la pierna de Karen y me observó con sus curiosos ojos amarillos.

      Ambos debíamos de pesar unos setenta kilos, contábamos con fuertes garras y éramos rápidos. Una armadura de grueso pelaje protegía mi cuello de mordiscos, pero los dientes de leopardo eran mucho más largos que los míos y sus cuatro garras mortales con afiladas uñas curvadas me desgarrarían en un santiamén.

      Me invadió una terrible sensación. En aquél momento supe que perdería.

      Nos observamos fijamente durante un rato a pocos metros de distancia.

      Karen, tumbada de lado, temblaba de miedo con el gesto retorcido por el dolor.

      -Ayúdame –suplicó-. Me va a devorar. Ayúdame, por favor.

      Me quedé petrificada al oír la voz de la verdadera Karen y no el yeerk de su cabeza.

      Avancé unos pasos con la determinación de atacar. Sería la única forma de que soltara su presa. Me enseñó los dientes al tiempo que emitía un gruñido escalofriante.

      Comprendí que no se iba a retirar. Después de haber probado la sangre de su víctima no iba a rendirse. Antes lucharía por lo que era suyo.

      Karen gateó despacio para quitarse del medio entre hipidos lastimosos.

      El leopardo me vigilaba con los cinco sentidos. La tensión del ambiente se podía cortar. En cualquier momento saltaría sobre mí.

      <Marco, si me oyes, voy a necesitar ayuda>, dije.

      Entonces, ataqué. Fue como lanzarme contra un tornado. Y yo creía que el lobo era rápido. Dios mío, aquella fiera era espectacular. Cuando me quise dar cuenta, me había rajado por una docena de sitios mientras yo daba patadas en el aire.

      Retrocedí, sangrando y conmocionada. La velocidad de aquel felino pertenecía a otro nivel, y lo peor de todo era que el leopardo sabía que podía ganarme fácilmente.

      -¡Grrrooooowwwrrr! –bramó el leopardo con un tono triunfal al tiempo que me mostraba sus dientes de diez centímetros de longitud.

      Tenía dos opciones. Echar a correr y sobrevivir, o quedarme y luchar.

      Me había enfrentado muchas otras veces contra hork-bajir, pero jamás había estado tan asustada como entonces. No se trataba sólo de la rapidez de aquel felino, sino de su precisión y de la gracia aterradora de su rapidez, que escapaba a cualquier noción de tiempo. Era veloz, pero con una facilidad que lo acercaba a la pereza. Poseía un don sobrenatural.

      A su lado, me veía torpe y frágil.

      ¿Me había vuelto loca? ¿Por qué iba a salvar a un yeerk que a la primera de cambio me destruiría? No tenía sentido. Era absurdo, sólo un tonto dudaría.

      <<No, no es el yeerk a quien salvarás –resonó una voz en mi cabeza., sino a Karen, a una niña asustada.>>

      Pero Karen no existía, sólo era una marioneta del yeerk.

      Nadie arriesga la vida para salvar a un enemigo. Tu obligación es proteger a los amigos y destruir al enemigo. Son las reglas, la realidad. Se trata de la supervivencia básica de los más fuertes: primero se protege uno y después a la familia y a la tribu, pero jamás al enemigo.

      <<Vete, Cassie –me decía a mí misma-. El leopardo no se recreará. Un mordisco bastará para que Karen y el yeerk alojado en su cerebro mueran. Un mordisco y se acabó. Un mordisco y el secreto de los animorphs estará a salvo. >>

      ¿Acaso iba a morir por el enemigo? No, debía irme.

      Permanecí inmóvil, como la imagen congelada de una película, sin saber qué hacer. Entonces la mirada escrutadora del animal osciló. Algo detrás de mí le había llamado la atención.

      Olisqueé el aire y comprendí lo que estaba sucediendo.

      <Lárgate, gatito –ordenó Marco-. Puede que consigas acabar con el lobo, y hasta con un gorila, pero no podrás con los dos.>

      La luz de la mirada del felino se apagó al calcular que había perdido la batalla. Se dio la vuelta y se marchó por segunda vez.

      Estaba segura de que no le gustaba nada perder.

      Se detuvo junto a un alto abeto y volvió la cabeza. Me miró fijamente con aquellos ojos amarillos. No podía hablar, aunque intuí lo que me decía: <<La próxima vez será mía.>>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

      

Capítulo 16:

      <¿Qué te ha parecido? No ha estado mal para un rescate en el último minuto, ¿eh? –fanfarroneó Marco-. Soy la caballería, la policía y la ambulancia, todo en uno. Lo malo es que habrá que inventarse algo para que la niña no sospeche después de ver cómo un gorila le echaba una mano a un lobo.>

      La <<niña>>, aferrada a su tobillo, profería gritos de dolor. Empecé a recuperar mi forma natural.

      <¡Oye, oye! ¿Qué haces, Cassie? ¡No puedes transformarte delante de ella!>

      <No hay otra opción. Necesita ayuda.>

      <Escóndete detrás de los arbustos, donde no te vea. Sólo es una niña, seguro que se te ocurre algo. Además, apuesto a que estaba tan asustada que no se ha percatado de nada.>

      <Marco, lo sabe todo>, le informé sin detener la transformación.

      <¿Qué quieres decir con <<lo sabe todo>>?>, preguntó poniéndose serio de golpe.

      -Pues eso, que lo sabe –repliqué una vez hube recuperado mi cuerpo humano por completo.

      <¡Estupendo, Cassie! –exclamó Marco dejando escapar un suspiro-. Bueno, sólo es una niña. No creo que nadie la crea cuando diga que ha visto cómo una chica se ha convertido en lobo.>

      Me arrodillé delante de Karen y le desenrollé el entablillado del tobillo.

      -Escúchame –le susurré al oído rezando porque Marco no lo oyera-. No reveles tu verdadera identidad si quieres seguir con vida.

      Pero Marco no es tonto y se dio perfectamente cuenta. Para colmo, Karen seguía retorciéndose de dolor, por lo que no estaba segura de que me hubiera oído.

      <Tengo una idea –anunció Marco-. ¿Y si me cuentas qué está ocurriendo? Desapareces, tienes a tus padres preocupadísimos, te buscamos durante horas y horas, y cuando te encuentro te pones a cuchichear no sé qué con esa niña.>

      Como era humana, no podía responderle por telepatía, lo que me daba algo de tiempo para pensar en qué decirle.

      <Ah, muy bien. Ya sé lo que voy a hacer. Ahora vuelvo.>

      Marco se alejó. Era enorme, y tenía la potencia de un camión.

      -No tardará en volver –le dije a Karen en voz baja mientras me iba arrancando trozos de tela de la ropa de las transformaciones para limpiarle la herida-. Si averigua tu verdadera identidad, puede que… Bueno, él no ve las cosas como yo.

      Karen hizo una mueca de dolor, pero el yeerk de su cabeza seguía alerta y perspicaz.

      -¿Un mono? ¿Cómo puede herirme con un cuerpo como ése?

      -No sabes lo que dices –repliqué-. Ese gorila es capaz de arrancar de cuajo un árbol y utilizarlo como bate de béisbol.

      -Perdona –se disculpó-. Todo lo que sé de las criaturas de la Tierra es lo que sabe el cerebro de este portador y, según ella, se parece a Chita.

      -Es un animal muy inteligente y no le gustan los yeerks. Podría estamparte contra la guarida de ardilla más cercana, así que escúchame con atención.

      -¿Por qué me proteges? Antes con el leopardo has dudado, ¿verdad?

      No respondí. Continué enfrascada en la limpieza de la herida. No resultaba fácil, no estaba segura de si serviría de algo. Las marcas de los dientes no eran muy profundas gracias a las tablillas de madera que habían actuado de barrera. Aun así, la herida no tardaría en infectarse y bajo la superficie podrían haberse formado coágulos de sangre que no veía.

      -¿Qué opinas? –preguntó mirando la herida.

      -No sé. Puede que se infecte e incluso que se gangrene.

      -¿Qué es eso?

      -Cuando la carne se pudre –aclaré sin rodeos-, lo que significaría que puedes perder el pie si permaneces así mucho tiempo, o incluso la pierna si se extiende hacia arriba.

      Para mi sorpresa, Karen se echó a reír.

      -¡Genial! No sólo estoy atrapada en el cuerpo de una cría, sino que dentro de poco esa cría estará lisiada.

      -Ya lo está –proclamé-. O ¿qué te crees que has hecho con ella? Hace tiempo que perdió las dos piernas, los brazos, los ojos y la voz.

      -Si me odias tanto –alzó la mirada y me clavó sus asustados ojos verdes-, ¿por qué no acabas conmigo de una vez?

      -Porque no quiero acabar con Karen –respondí.

      -No –replicó moviendo la cabeza a un lado y al otro-. Tiene que haber algo más. –De repente, estalló en carcajadas-. ¡Ja, ja, ja! ¡Increíble! ¡Acabo de comprenderlo todo! Intentas hacerme cambiar, convencerme por las buenas.

      -Intento salvarte la vida –susurré.

      -Quieres hacer las paces, ¿verdad? –prosiguió tras soltar un bufido-. Quieres encontrar una forma de detenernos sin ensuciarte las manos. Quieres derrotarnos… sin tener que matarnos. Se me enternece el corazón. Qué ingenua y qué tonta, pero sobre todo qué esfuerzo tan inútil.

      <Estoy de acuerdo.>

      Me volví y divisé a Marco en forma de águila pescadora acomodado en la rama de un árbol, a unos seis metros por encima de nuestras cabezas.

      Las águilas pescadoras, como la mayoría de las aves rapaces, poseen una visión espectacular. Lo que muchos no saben es que su oído también es magnífico.

      <Totalmente de acuerdo –repitió Marco, su voz telepática vibraba de furia contenida-. No es posible hacer las paces con parásitos. Jamás cambiarán, por eso es mejor darles sepultura.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

 

Capítulo 17:

      -¡Ahí lo tienes! –proclamó Karen triunfante señalando a Marco-. ¡Mata! ¡Mata!, dice tu amigo. ¡Mata al parásito! ¡Mata al yeerk! ¿Dónde están los principios morales de los que tantos habláis los humanos? Dime, Cassie, ¿cómo es que vosotros, los humanos, y vuestros queridos amigos andalitas sois mejores que nosotros?

      <Nosotros no nos instalamos en los cerebros de nadie ni los esclavizamos>, respondió Marco al tiempo que descendía hasta el suelo para adquirir su forma natural.

      -Por supuesto, como que sois depredadores. Pensáis que no hay ningún problema con el hecho de ser un depredador, ¿verdad? Pues para nosotros no hay ningún problema en el hecho de ser un parásito –replicó Karen con una sonrisa satisfecha-. Me da la impresión de que vuestra moral es muy simple: todo lo que hacen los humanos está bien, todo lo que hacen los yeerks está mal.

      Una vez hubo recuperado su forma de humano, Marco se dirigió enarbolando un dedo hacia Karen.

      -Tú, niña gusano, nosotros no empezamos esta guerra. Fuisteis vosotros, si mal no recuerdas. Nosotros no desembarcamos en el planeta yeerk y empezamos a cargarnos a yeerks a diestro y siniestro. Vosotros empezasteis todo esto.

      -¿Quién empezó la guerra entre los humanos y las vacas, los cerdos o las gallinas? –inquirió Karen, riéndose con una mueca de desprecio-. ¿Verdad que las vacas no empezaron comiéndose a los humanos?

      -No puedes comparar lo que estáis haciendo con los humanos con lo que nosotros hacemos con las vacas –protestó Marco.

      -Pues claro que sí. ¡Vosotros sois nuestra carne! –replicó Karen.

      Aquella dura afirmación pronunciada con tal vehemencia parecía aún más cruel venida de la boca de una niña tan pequeña.

      Durante un rato Marco y Karen permanecieron inmóviles, cara a cara, echando fuego por los ojos. Entretanto, sentía que me faltaba el aire y me costaba respirar, como si mi mente hubiese dejado de funcionar.

      -Cassie, no tenemos otra elección –declaró Marco-. Sabe demasiado. No podemos permitir que salga de este bosque con vida.

      -No sólo es un yeerk –supliqué-. Ahí dentro hay una niña pequeña.

      -La niña ha desaparecido –replicó Marco-, ha perdido el control y ahora es esa sabandija quien la domina.

      -Es gracioso que seas precisamente tú, de entre todos, quien realice tal declaración –añadí, como si tuviera la situación controlada. Sin embargo, la tormenta iba por dentro, y no tardaría en estallar. No sabía qué hacer.

      -¿A qué te refieres? –preguntó Marco con un parpadeo de ojos.

      -Sabes muy bien a lo que me refiero. Hay alguien muy cercano a ti… que está en la misma situación que Karen.

      La madre de Marco es un controlador. Todos, incluido el padre de Marco, piensan que está muerta, pero sabemos que su cuerpo es portador del yeerk Visser Uno.

      -Y no es la única. Al hermano de un amigo vuestro le ocurre lo mismo. Tom,. El hermano de Jake, también es un controlador.

      -¿Qué tratas de decirme? ¿Qué no podemos luchar contra los yeerks porque detrás de ellos hay siempre un ser humano? ¿Y entonces qué? ¿Nos rendimos? Escucha, Cassie, no entiendo por qué te preocupas tanto de esta controladora y no piensas en nosotros, ya sabes a quién me refiero. ¿Acaso crees que Karen y sus compañeros yeerk se lo pensarían dos veces antes de acabar con nosotros?

      Aquellas palabras me llegaron al corazón, y me invadió el pánico. Tenía que elegir entre Karen y los animorphs. No había término medio. Debía dejar de intentar algo que era inútil.

      -No sé –murmuré desesperada al no encontrar una respuesta-. No sé.

      Marco puso los ojos en blanco y con aquel gesto me sentenció: yo no era más que una tonta que estaba muy confundida.

      Sabía que mi amigo tenía razón al pensar aquello. Al fin y al cabo, estaba sacrificando a mis amigos… ¿por qué? Estaba vendiendo a la totalidad de la raza humana… ¿por qué? ¿Por no tener que acabar con una niña perdida? ¿Por no querer aceptar que un yeerk, sí, un yeerk con su vida, sentimientos y pensamientos, iba a morir?

      -Te lo voy a decir muy claro, yeerk –añadió Marco-. Vas a morir, que no te quepa duda. Ahora bien, puedes abandonar el cuerpo de la niña y así no arrastrarás a nadie contigo, o…, en fin, no es nada personal, pero no saldrás con vida de este bosque.

      -Ni hablar –replicó Karen-. ¿Queréis matarme? Adelante, tenéis las herramientas para ello, pero desde luego no os lo pienso poner fácil.

      -Muy bien –añadió Marco con toda tranquilidad y, a pesar de que yo sabía que en aquellos momentos mi amigo sentía ganas de vomitar, estaba segura de que nada lo frenaría.

      El tiempo pareció detenerse. Ninguno de los tres se atrevía a dar el primer paso. Permanecimos inmóviles, observándonos fijamente y expectantes…

      -¡Un momento! –exclamé-. Aquí hay una persona que no ha hablado todavía.

      Marco arqueó una ceja.

      -Quiero oír a la verdadera Karen –declaré mirando a la niña.

      -No seas ingenua –se rio Karen-. Deberías saber que puedo imitar la voz de Karen a la perfección. Jamás estarías segura.

      -Lo sabría si tú no estuvieras en su cerebro –repliqué al tiempo que empezaba a transformarme en lobo.

      -Claro, ahora mismo –se mofó la controladora-. Saldré de mi portador y me tumbaré en el suelo para que tu amigo depredador asesino pueda…

      -Cassie, ¿qué haces? –preguntó Marco al ver que estaba transformándome.

      <Ofrecerle a esta controladora un lugar adonde ir par así oír a Karen.>

      Agarré la cabeza se Karen con mis manos, a medio camino de convertirse en patas de lobo, y la acerqué hacia mí hasta juntar su oído con el mío.

      -¡Noooooo! –gritó Marco en vano, porque ante un lobo no podía hacer nada.

      Al rato empecé a sentir un cosquilleo en el oído.

      -¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca? ¡Deténte! ¿Qué haces?

      No contesté porque carecía de respuestas. Aquel asunto había sobrepasado toda lógica y razonamiento. Yo no quería hacer daño a nadie. Ése era mi única deseo…, no tener que herir a nadie.

      Marco empezó a transformarse en águila pescadora. Había comprendido de inmediato lo que a mí ni siquiera se me había pasado por la cabeza: el yeerk que estaba entrando en mi cerebro sería capaz de utilizar el poder de la metamorfosis contra él, así que pensó que sería mejor largarme.

      -Voy a avisar a los otros –anunció Marco ciego de ira-. Eres tonta, Cassie. Ahora puede que seas tú la que tenga que morir.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 18:

      Noté un dolor intenso en el oído. El yeerk segregó una sustancia química para anestesiar la zona, pero aun así, notaba cómo avanzaba. Como cuando vas a dentista y, a pesar de la anestesia, notas que te están hurgando en la muela.

      Entonces, noté el primer roce del yeerk en mi mente. El dolor había desaparecido. Sentía como… No sé cómo describirlo…, como si me fuera quedando paralizada poco a poco.

      Iba a tocarme el cerebro con la pata derecha pero no pude. Había dejado de tener control sobre mis miembros. Mis manos ya no eran mías, ni mi hambre tampoco.

      El gusano se acoplaba entre las grietas de mi cerebro, deslizando su cuerpo por los entresijos de la masa gris gelatinosa del cerebro.

      Miré a Karen, a la humana verdadera que lloraba sin parar.

      -Quiero irme a casa –decía entre hipidos.

      Acto seguido, mis ojos se movieron hasta posarse sobre la figura de Marco a tiempo para verle agitar sus alas blancas y grises y elevarse por el cielo.

      El movimiento de los ojos había sido involuntario. Todo había sucedido en cuestión de segundos. Había perdido el control de mi cuerpo apenas sin darme cuenta.

      A continuación, el yeerk abrió mi memoria con la facilidad con la que se abre un libro, y allí estaban todos mis secretos y vergüenzas. Ella podía hacer con ellos lo que gustase.

      Al mismo tiempo, yo podía ver partes de su mente y aunque no tan bien como ella veía la mía, puesto que no era yo quien controlaba la situación, la mente del yeerk parecía confundirse con la mía.

      De repente, me ví en el estanque yeerk, ciega, nadando; tenía un nombre y una designación: Aftran –Nueve- Cuatro- Dos del estanque Hett Simplat.

      Hojeando los recuerdos de Aftran, me vi en el cuerpo de un portador gedd abriendo los ojos por primera vez. ¡Conmoción! ¡Aquello era magnífico! La belleza de los colores vistos por primera vez resultaba abrumadora.

      Después, experimente la sensación de hallarme en el cuerpo de un hork-bajir por primera vez y fue cuando comprobé que un gedd jamás poseería la gracia y la fuerza de aquellos seres. También recordé el primer enfrentamiento de la nueva controladora hork-bajir y el miedo que había pasado, y como, batalla tras batalla, había nacido un nuevo sentimiento de profunda tristeza y arrepentimiento.

      El siguiente portador fue la humana Karen.

      Aftran se había presentado voluntaria porque quería abandonar el cuerpo de hork-bajir y evitar las batallas. ¿Qué mejor que el cuerpo de una niña pequeña?

      Su misión consistía en vigilar a su padre, el propietario billonario de UniBank, con el fin de acceder a importante información y a grandes cantidades de dinero. Los yeerks querían convertir al padre en controlador pero, como no lo habían conseguido, habían esclavizado a Karen para que lo vigilara de cerca.

      Aftran había aceptado el trabajo para no tener que seguir matando, pero su hermano de estanque, Estril, había preferido quedarse en el cuerpo de hork-bajir. En una de las reuniones de la Alianza, Estril ocupaba un puesto en el cuerpo de seguridad de reserva. Un trabajo sencillo, sólo tenía que permanecer a bordo de una nave camuflada vigilando que no hubiera problemas.

      Y aquel día los hubo. Vi una batalla y la imagen de un lobo, con unos dientes mortales y un gesto amenazador…Era yo.

      Aftran me mostraba ese recuerdo en imágenes claras como el agua: el momento en el que ataqué al hork-bajir y le propiné un mordisco en la garganta, justo cuando Jake gritó retirada.

      <Se llamaba Estril-Siete-Tres-Uno, del estanque Hett Simplat>, me informó Aftran.

      <Sí>, dije y, mientras me invadía un sentimiento de culpa, notaba cómo Aftran observaba curiosa mi reacción.

      A continuación, el yeerk abrió el secreto que yo había guardado durante meses y exclamó sorprendida:

      <¿Sólo cinco humanos y un aristh andalita? –Se echó a reír-. ¿La totalidad de la fuera de la invasión yeerk anda alborotada sólo por cinco niños humanos y un cadete andalita?>

      Examinó uno a uno mis recuerdos que yo había ido coleccionando desde que me convertí en animorph: el recinto abandonado donde se había estrellado el caza de Elfangor; el momento en que supe que Tobias se había quedado atrapado para siempre en el cuerpo de un ratonero; la primera vez que me convertí en delfín y la asombrosa capacidad de diversión de este animal que todo se lo toma como un juego, y os juro que el yeerk se echó a reír, disfrutando también de aquel recuerdo; el hecho de que Tom, el hermano de nuestro líder Jake, era un controlador viviendo bajo el mismo techo que el líder de los animorhs; o que la madre de Marco era Visser Uno, quien a su vez nos había ayudado a liberarnos de las garras de Visser Tres por razones personales.

      <Política y fuerza –se mofó Aftran-. Los Vissers pasan más tiempo enfrentándose los unos a los otros que atacando al enemigo. Lo único que les preocupa es disfrutar de más poder que nadie.>

      Descubrió además el parque subterráneo donde los chees cuidan a los perros extraviados que les recuerdan a sus maestros muertos hace mucho tiempo.

      Vio el mundo, como lo había hecho yo, a través de los ojos del lobo, del delfín, de la mofeta, del caballo, del águila pescadora e incluso del tiranosaurio. Experimentó igualmente el universo distorsionado y espeluznante de la mosca, la cucaracha, la pulga y la hormiga.

      Se recreó con las imágenes de la termita, que me retrotrajeron de inmediato a las profundidades de los diminutos túneles en el interior de la madera podrida, el mundo oscuro de unos autómatas sin cerebro que actúan guiados por los olores.

      <¿Te sentiste culpable por haber matado a un insecto?>, se maravilló al contemplar cómo había acabado con la reina de las termitas.

      Se enteró, a través de mis recuerdos, del secreto de la Zona 91 y se rió durante un buen rato.

      <¡Un retrete andalita portátil! ¡Ja, ja, ja, ja! Visser Tres está obsesionado con descubrir el dichoso secreto.>

      Por fin llegó hasta los últimos días, hasta el presente, y pudo experimentar la confusión de mis emociones.

      Entonces se hizo el silencio. Dejó de hurgar en mis recuerdos y se encerró en sí mismo.

      Intenté mover los ojos, pero no pude. Quería gritar. Era como estar paralizada de cuerpo entero. No podía hacer nada.

      Permanecí allí, quieta, incapaz de moverme, de controlar mis propios recuerdos o de dejar de atormentarme porque sabía que había traicionado a las personas a las que más quería: Jake, Rachel, Tobias, Ax y Marco.

      Entonces, noté que Aftran abría un recuerdo concreto y me forzaba a concentrarme.

      En cuanto el yeerk consiguió fijar mi mirada, empezaron a salirme sombras de plumas grises por toda la piel como si fueran dibujos que cobrasen vida.

      El yeerk abrió las alas y levantó el vuelo.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 19:

      Dejamos atrás la pinaza que cubría el suelo del bosque y nos elevamos por encima de las copas de los árboles en busca de la brillante luz del sol.

      Los ojos del águila pescadora escrutaron el horizonte, compuesto a lo lejos por las montañas, el mar a menos de dos kilómetros de distancia, granjas, carreteras, gasolineras y supermercados a menos de cinco kilómetros.

      Pronto acabaría todo. Imagina que el yeerk aterrizaría en una gasolinera, recuperaría el cuerpo humano y llamaría por teléfono a sus superiores.

      Atraparían a Jake enseguida; probablemente lo hiciese su propio hermano. A Rachel la secuestrarían de camino al centro comercial. Y después caerían los demás uno por uno. Los arrastrarían a la fuerza hasta el tenebroso estanque yeerk, unos en medio de súplicas, gemidos y gritos, y otros en silencio para mantener la poca dignidad que les quedara.

      Unas vez allí, los dormirían para impedir que se transformasen y, acto seguido, sumergirían sus cabezas en las aguas plomizas del estanque, arrebatándoles así su libertad y con ella la que, tal vez, sea la última esperanza del planeta Tierra.

      Todo por mi culpa.

      Había sido una estúpida, una cobarde. Me había negado a utilizar la violencia en una situación como aquélla, cegada por… ¿qué?: ¿un deseo?, ¿un instinto?, ¿una esperanza patética?

      <¡Si pudiera ser así! –soñaba el yeerk-. Remontar los cielos en soledad, y poseer estos ojos que lo ven todo, hasta la brizna de hierba más pequeña.>

      Esperaba que Aftran se dirigiese hacia la civilización. Sin embargo, seguía describiendo círculos en el aire, como si no supiese adónde ir.

      Entonces, debajo de nosotras, abriéndose paso por entre los árboles y siguiendo el curso del río, divisamos una docena de hombres con uniforme de policía. A la izquierda, a varios kilómetros de distancia, los ojos del águila localizaron a Karen, agazapada sobre una roca.

      <Un equipo de rescate –pensé-. Claro, nos estarán buscando a las dos desaparecidas. Seguro que se ha organizado un despliegue enorme para encontrarnos.>

      <Sí, supongo que sí –corroboró Aftran-, pero me temo que la expedición está compuesta por controladores. A algunos los conozco personalmente, y sé que no te buscan a ti, sino a mí. Saben que he ocupado el cuerpo de Karen. Cuando la encuentren, averiguarán que has pasado a ser mi portador y preguntarán por qué.>

      No sabía la razón, pero notaba cierta inquietud en Aftran. ¿Estaría asustada?

      Movió la cabeza del ave rapaz y recorrió nerviosa la línea del horizonte con la vista. Entonces distinguí unas aves en la lejanía y, a pesar de la gran distancia que nos separaba de ellas, reconocí a la enorme águila de cabeza blanca y, automáticamente, imaginé que las demás eran un halcón peregrino, un aguilucho, un águila pescadora y un ratonero de cola roja.

      Intenté ocultar la información, pero nada más pensarlo, también lo supo ella.

      <¡Ajá! ¿Así que ahí vienen tus amigos? ¿Vendrán a rescatarte o a matarte?>

      <Vendrán para acabar contigo –le dije al yeerk-. Me retendrán hasta que mueras por falta de rayos kandrona.>

      <Vaya, así que sabes lo de los rayos kandrona –exclamó Aftran visiblemente sorprendida-. Ahora lo entiendo, no he acabado de abrir todos tus recuerdos.>

      <Cuando tu gente encuentre a Karen –añadí – y averigüen que no es una controladora, la matarán, ¿verdad? No consentirán que karen ande por ahí sabiendo lo que sabe. La mataran.>

      <¿Y qué crees que tus amigos harán conmigo? –se defendió Aftran-. ¿Sabes lo que es morir de hambre por falta de rayos kandrona? ¿Acaso has experimentado esa tremenda agonía alguna vez?>

      <Entonces, pongamos punto final a las muertes –exclamé-. Los animorphs llegarán aquí en cualquier momento. Ya me han localizado. Habrá una lucha. Puede que algunos controladores de allá abajo mueran y lo mismo les puede ocurrir a mis amigos. ¡Puede que tú mueras! ¿Y todo para qué? ¡Basta ya de muertes!>

      <¿Es que crees que yeerk, humanos y andalitas pueden llegar a hacer las paces? –replicó tras soltar una carcajada-. No seas estúpida.>

      <Yo no he dicho eso. Lo que quiero decir es que tú y yo podemos hacer las paces. Un yeerk y un humano.>

      Aftran no respondió. Me llegaban ecos de su pensamiento; volver al estanque yeerk y perderse entre otros como él; abandonar el portador para siempre y perder la visión; no volver a ver nunca más el color azul, ni el verde ni el rojo. No volver a ver el sol.

      ¿Por qué? ¿Para liberar a una niña humana de ojos verdes?

      <¿Tú sabes lo que me estás pidiendo?>, inquirió Aftran.

      <Sí>, contesté.

      <¿Qué harías tú en mi lugar?>

      <No puedo responder a eso porque yo no estoy en tu piel>, respondí tras unos segundos de vacilación.

      Aftran examinó de nuevo mi cerebro, pasó páginas de recuerdos, escuchando mis instintos y absorbiendo mis creencias.

      <Serías capaz de sacrificar todo por salvar a Karen –declaró el yeerk-. Eso es lo que harías tú si estuvieras en mi situación.>

      <Te repito que no estoy en tu situación.>

      <Quizá lo estés –añadió con frialdad-, más de lo que tú te imaginas.>

      Aftran dio un brusco giro en el fresco aire de la mañana y comenzó a batir las alas en dirección contraria, hacia donde habíamos dejado a Karen.

      Fue entonces cuando en el interior de mi conciencia resonó un eco de pensamientos de Aftran y me invadió un terror capaz de helarle la sangre a cualquiera.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 20:

      Sobrevolamos por encima de los controladores disfrazados de policía.

      <Al equipo de búsqueda, Yaheen-Siete-Cuatro. Os habla Aftran-Nueve-Cuatro-Dos del estanque Hett Simplat. No podéis verme, pero escuchad con atención. No tardará en cruzar el cielo un grupo de aves rapaces. ¡Son los bandidos andalitas transformados!>

      Los controladores humanos examinaron los alrededores con cara de sorpresa ante la repentina comunicación telepática al tiempo que, con gesto preocupado, empuñaban las armas.

      <Allá va la paz>, añadí con amargura. Entonces, me percaté de que había dicho <<bandidos andalitas>>. Aftran había mentido a sus compañeros yeerks.

      Nos posamos al lado de Karen, quien se las había ingeniado para avanzar a gatas hasta la pradera, alejándose sin darse cuenta de los controladores.

      Podría llevarles horas encontrarla. Además, el inminente ataque contra mis amigos los retrasaría. Nada había cambiado: violencia y guerras. Todo había sido inútil.

      <Te equivocas>, comentó Aftran leyendo mis pensamientos.

      El águila pescadora se posó a unos metros de la niña que, por entonces, había dejado de llorar y no apartaba la vista de Aftran, en realidad de mí, a medida que me transformaba.

      Las plumas desaparecieron para dejar paso a la piel. Mis ojos perdieron visión al convertirse en humanos. Mi oído pareció nublarse. Mis alas fueron succionadas por brazos humanos y mis garras crecieron hasta convertirse en piernas.

      Karen adoptó un gesto de derrota al percatarse de mi verdadera identidad. Se volvió e intentó echar a correr, pero le falló el tobillo y se cayó al suelo. Se agarró desesperada a un puñado de flores amarillas.

      <¡No lo hagas, Aftran! –exclamé-. ¡Quédate en mi cerebro! ¡Deja que se vaya!>

      No pude evitar que sucediera. Desde el interior de mi propio cuerpo fui testigo de cómo mis manos apresaban a Karen con dureza.

      La niña lloraba y se defendía a puñetazos, pero mis manos frenaban todos los golpes. La agarré por la cabeza y la atraje hacia mí hasta colocar su oreja contra la mía.

      Yo quería llorar, pero no tenía control de mis lágrimas. Quería consolarla, pero me había quedado sin voz propia.

      La sujeté contra mí con violencia hasta que el yeerk se arrastró desde mi cuerpo al de Karen. Al cabo de unos minutos y de forma gradual comencé a recuperar el control, primero los ojos y después las piernas. Hasta que no estuvo dentro, Aftran no me liberó las manos, entonces me retiré, empujando a un lado a la niña.

      En aquel preciso instante alcancé a ver el último coletazo del yeerk antes de que éste desapareciera por segunda vez en el interior del cerebro de Karen.

      De repente, me sobrevino un agotamiento infinito que me inmovilizó, me impedía transformarme o tan siquiera pensar. Me senté, descorazonada, con fuerzas sólo para llorar, cosa que supongo que hice, aunque no puedo asegurarlo.

      -Tus amigos o los míos acabarán encontrándonos, aunque imagino que todavía tardarán un rato. –declaró la voz de Karen.

      -¿Qué importa? –pregunté.

      -No deben encontrarnos en las próximas dos horas –respondió.

      -¿Qué estás planeando? –pregunté al tiempo que alzaba la vista. Karen tenía los ojos inundados de lágrimas. Eran las lágrimas de Karen, pero si brotaban era porque Aftran también estaba llorando.

      -Ya que eres tan lista, dime qué e lo que crees que debería hacer –replicó Karen con aspereza a pesar de las lágrimas-. Sois iguales, andalitas y humanos: presuntuosos y moralizadores. Os creéis razas superiores. Habitáis en bellos planetas. Poseéis ojos, manos y libertad de movimiento y nos odiáis por desear esas mismas cosas.

      -No podemos ser de otra manera. Nacemos con ojos, manos y piernas. Vosotros nacéis… como lo que sois.

      -¡Gusanos! –exclamó Karen-. Así nos llamáis, ¿verdad? ¡Gusanos! Seres repugnantes y escurridizos que salen después de la lluvia, bichos que tú pisarías después de exclamar: <<¡Qué asco!>>

      -Eres un yeerk y eso es algo que yo no puedo cambiar ni tú tampoco. Te dedicas a esclavizar a otras criaturas para ser más libre. ¿Cómo puedes justificar lo que le has hecho a Karen? Está mal, ya sea un humano, un andalita o un yeerk quien lo haga. No está bien y punto.

      -Lo sé –asintió clavándome la mirada. Después se encogió de hombros y miró al suelo. Se agachó y me mostró una hoja de la que colgaba una oruga, que debía de medir unos tres centímetros. El animal estaba mudando la piel, que se arrebujaba a su alrededor como un calcetín bajado.

      -Esto es lo que soy –añadió Karen-, un gusano. Si no ocupo el cuerpo de otro ser, me vería condenada a vivir un tipo de vida como la de este animal.

      -Yo… lo siento –dije. No se me ocurría otra cosa.

      -Me estás pidiendo que vuelva a este estado. ¿Te das cuenta de lo que supone eso para mí, animorph? Dices que podemos hacer las paces, tú, Karen y yo, que rompamos las reglas de la guerra y, mientras tú sigues con tu vida de esplendor y belleza, yo rengo que perderlo todo.

      Me limité a negar con la cabeza sin saber por qué lo hacía. ¿Acaso estaba negando sus declaraciones? No, Aftran tenía razón.

      -Dime una cosa, Cassie –prosiguió Aftran con voz sedosa-. Si yo hago tal sacrificio, ¿qué estarías tú dispuesta a hacer a cambio?

      -Yo…., lo que yo….

      -Adquiere su ADN, Cassie –me dijo depositando la oruga en mi mano con suavidad.

      -No –repliqué en un susurro.

      -El precio que me pides por liberar a Karen es demasiado alto. ¿Pagarías tú un precio como ése? Conviértete en esta oruga y sobrepasa el límite de las dos horas mientras yo vigilo.

      -Pero… me quedaría atrapada para siempre –gemí.

      -Exacto, igual que yo.

      Me falló la respiración. El corazón empezó a golpearme con fuerza en el pecho y poco después pareció detenerse. De repente, perdí visión, sólo lograba distinguir el rostro de Karen y la oruga.

      -Es mucho más fácil decirle a alguien lo que debe hacer que hacerlo uno mismo, ¿eh, Cassie? –se burló Karen.

      -Me quieres engañar –dije en voz baja-. Me quedaría atrapada y te largarías. Sería muy fácil, ¿verdad? Te estarías riendo de mi ingenuidad durante días.

      -Sabes que no –replicó negando con la cabeza-. Con el poder de la metamorfosis serías un portador de valor incalculable, eso sin contar con los cuerpos de tus amigos. Entre los yeerks, sólo Visser Tres es capaz de transformarse. Si te entregara a él con tu cuerpo de niña, me haría un personaje importante al convertirme en el yeerk que ha capturado a los animorphs. Me harían subvisser, como mínimo. Y a partir de ahí, lo tendría todo: una misión importante y la posibilidad de elegir mi portador. ¿Crees que, si te quisiera engañar, iba a permitir que un cuerpo capaz de cambiar de forma se quedase atrapado en el cuerpo de un inútil gusano? ¿No te das cuenta de que yo estoy renunciando a todo y tú a nada?

      Contemplé al animal que se retorcía en mi mano temblorosa.

      Levanté la vista y miré a mi alrededor para disfrutar por última vez de los árboles, la hierba, el cielo y las flores.

      Durante toda mi vida he sentido fascinación por la naturaleza, pero hasta aquel momento no comprendí lo maravillosa que era.

      Iba a perder a mis padres, a mis amigos, al mundo entero. Pero si hacía aquello era por salvarles.

      Cerré los ojos y empecé a concentrarme. El ADN de la oruga entró en mi sangre enseguida.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 21:

      La oruga se quedó inmóvil como la mayoría de los animales cuando los adquieres.

      -Hazlo ahora –dijo Karen.

      Quería negarme, decirle que lo olvidara. Podía transformarme en lobo y acabar con ella. Salvaría así a mis amigos y yo saldría del lío en el que me había metido.

      Sin embargo, Karen estaba por medio y además me vería obligada a utilizar una vez más la violencia y la fuerza bruta para acabar con la niña.

      Contemplé de nuevo los alrededores y todo lo que iba a perder para siempre. Empecé a concentrarme como había hecho cientos de veces.

      Los cambios comenzaron a suceder despacio. Por regla general, suelo ir deprisa cuando me transformo. Incluso Ax lo reconoce. Pero aquella vez quería aprovechar hasta el último segundo de mi vida como humana.

      Mis piernas comenzaron a encoger. Sentía como si me cayese al vacío. De repente, alcancé la altura de Karen, y poco después su rostro me superó.

      El suelo parecía acercarse a toda velocidad hacia mí, la pinaza del suelo aumentaba de tamaño para convertirse en ramas, briznas de hierba que semejaban arbolillos recién nacidos. El tobillo hinchado de Karen parecía tan enorme como una secuoya.

      Mis brazos también disminuían de tamaño. Parecían consumirse, retorciéndose y rizándose como un trozo de papel arrojado cerca de un fuego. Los dedos se enrollaron y desaparecieron.

      Mi cuerpo crecía a lo ancho. El tronco era enorme comparado con los brazos y piernas. La cabeza cada vez era más pequeña. Se me juntaron los ojos, lo que provocó una distorsión de mi campo de visión.

      De repente, por todo mi cuerpo, despuntaron las diminutas y afiladas púas que caracterizan el cuerpo de las orugas.

      Por la parte frontal, comenzaron a brotar grupos de patas minúsculas y afiladas. Era repugnante. ¡Parecía un taxxonita! En el pecho me crecieron tres pares y en el estómago cuatro pares más. Mis dos piernas humanas se fundieron en una y me encontré de repente con el cuerpo de un gusano.

      Quería llorar. La metamorfosis siempre resulta una experiencia aterradora, y más cuando te transformas en un criatura por primera vez. Pero convertirse en un bicho espantoso y saber que te vas a pasar el resto de tu vida con esa forma es un suicidio.

      En ese momento sentí como si alguien me ciñera el cuerpo de arriba abajo con varios cinturones. Miré hacia abajo y contemplé cómo la piel verde amarillenta del animal se dividía en doce segmentos. Me recordó a uno de esos juguetes para bebés cuyo objetivo consiste en construir una torre encajando anillos de plástico.

      Perdí el equilibrio y me precipité hacia delante. Las hojas de los pinos alargadas como postes de teléfono se acercaban hacia mí a toda velocidad. Un escarabajo que pasó a mi lado me pareció tan grande como un perro. Divisé una pincelada de color procedente de las flores de alrededor y de los ojos verdes de Karen. Entonces, perdí la visión por completo y un suave poff me anunció que había llegado al suelo.

      La caída me pareció una eternidad, aunque en realidad no fueran más que unos diez centímetros.

      Mis filas de patas captaban cualquier vibración por mínima que fuese. Notaba los movimientos de la boca. En aquel momento supe que la mente simple y básica de la oruga empezaba a emerger y a transmitir una sensación de urgencia. ¿Estaría hambrienta? No, era otra cosa, algo que debía hacer.

      Podría enfrentarme a la mente de la oruga, podría resistirme, pero ¿de qué me serviría?

      <<¡Recupera tu cuerpo! ¡No sigas! –me decía-. ¡No lo hagas!>>

      Para entonces, era demasiado tarde. Si empezaba a recuperar mi forma humana, Karen se daría cuenta de que había roto el trato y podría acabar conmigo antes de que a mí me diese tiempo a completar la transformación.

      Lloré en silencio, supliqué, rogué, chillé, pero nadie me contesto.

      Me había quedado sola, más de lo que jamás ha estado un ser humano.

      Me abandoné a la voluntad de la oruga, que empezó a escalar el tallo de una flor que no veía.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 22:

      Me llamo Jake.

      Me había transformado en halcón peregrino para buscar a Cassie cuando se acercó Marco a toda velocidad, agitando las alas sin parar.

      <¡La he encontrado!>, anunció en un tono sombrío.

      <¿Qué ha pasado?>, pregunté.

      <¿La versión breve? Es una controladora, y si no nos damos prisa, nos harán picadillo.>

      Lo asimilé como pude. No había tiempo para temer por Cassie. Había que actuar, pero antes necesitábamos a los demás, y eso llevaría tiempo. Nos habíamos separado para cubrir el bosque con una distancia entre nosotros de más de treinta kilómetros.

      Los padres de Cassie, al ver que su hija tardaba tanto en volver a casa, habían empezado a preocuparse. La madre llamó a sus amigos, empezando por Rachel. El padre se acercó hasta el abrevadero, adonde Cassie se dirigía la última vez que la habían visto, y descubrió a la yegua preferida de su hija merodeando al otro lado de la valla, con todo el cuerpo arañado, mojada, y con la silla torcida hacia uno de los costados.

      El padre de Cassie entiende de animales salvajes y enseguida descubrió las huellas de oso. Siguió las huellas del caballo y del oso hasta que se hizo de noche.

      Llamaron a la policía y al servicio de seguridad del parque. Se organizó una búsqueda, pero encontrar a alguien en ciento cincuenta kilómetros cuadrados de bosque no resultaría fácil.

      Rachel me llamó y yo me ocupé de informar a los demás. Marco soltó una barbaridad que en realidad no sentía, algo como que no debíamos preocuparnos por Cassie, puesto que había dejado de ser un animorph. Rachel lo tiró al suelo de un empujón.

      Aunque Marco es mi mejor amigo, hay veces en las que envidio el carácter impulsivo de Rachel.

      Pasamos la noche sobrevolando en silencio el bosque en forma de búhos. Estos animales son capaces de ver en las noches más negras igual de bien que en una tarde despejada. A pesar de todos los esfuerzos, sólo conseguimos divisar los cientos de animalillos que pueblan el bosque y, de tanto en tanto, los equipos de búsqueda que iluminaban el camino con linternas.

      Marco sugirió que utilizáramos otras formas y se transformó en lobo. Gracias al potente olfato del animal, localizó el aroma de la yegua que conducía hasta el río. En esa zona encontramos un trozo de tela desgarrada colgando de una zarza y dedujimos que Cassie se había caído al río.

      Oímos una de las conversaciones del equipo de búsqueda y nos enteramos de que también buscaban a una niña llamada Karen.

      En cuanto salió el sol, adquirimos la forma de rapaces y seguimos el curso del río. Si os soy sincero, esperábamos encontrar un cuerpo flotando en el agua. Rezábamos por que estuviera viva, pero también sabíamos que Cassie disponía del poder de la metamorfosis y que, de estar sana y salva, se habría transformado y habría vuelto a casa volando.

      Nos separamos para cubrir la mayor extensión de bosque posible y encontrar algo que nos diera una pista. Marco finalmente regresó con noticias.

      Una vez reunidos todos, Marco nos contó que Cassie le había revelado el secreto de la metamorfosis a Karen, una controladora; que nuestra amiga había salvado a Karen de caer en las fauces del leopardo con la ayuda inconsciente de Marco y que Cassie había aceptado convertirse en controladora en una estratagema desesperada por salvar a la verdadera Karen.

      <¡Cassie es tonta de remate! –concluyó Marco furioso-. Ahora mismo el yeerk alojado en su cerebro lo sabe todo.>

      <¿Por qué iba a hacer Cassie algo así? –preguntó Ax-. No hay duda: hay que eliminar a esa controladora.>

      <Cassie debe de tener una razón>, añadió Rachel.

      <Pues claro>, corroboré.

      <¿Ah, sí? ¿Cuál? –inquirió Marco-. ¿Qué razón puede tener para entregarnos a todos nosotros a los yeerks?>

      <¿De verdad no lo sabes, Marco? –le pregunté-. ¿No te basta con que alguien se niegue a matar y prefiera esperar a que lo haga otro?>

      <¡Pero no tiene elección!>, exclamó Marco.

      <Siempre hay otra opción –declaró Tobias-. No puedo enfadarme con alguien porque se niegue a matar a otro. No puedo enfadarme con alguien que piensa que la vida es sagrada. De verdad que no puedo.>

      Me sorprendió que precisamente Tobais, que vive como un depredador, que debe matar para desayunar, saliera en defensa de Cassie.

      <Estamos en guerra –añadió Rachel con frialdad-. Defendemos nuestras vidas y tenemos el derecho a hacer todo lo que sea para ganar.>

      <Puede que perdamos o puede que ganemos –repliqué-, pero si ganamos, más vale que haya mucha gente como Cassie en el mundo y que no todos sean de esos que piensan que aquí vale todo con tal de ganar.>

      durante un rato permanecimos callados. Continuamos volando en aquel extraño silencio. Se supone que soy el líder, aunque cada día que pasa deseo con más fuerza no serlo. Sin embargo, una de las funciones de ser un líder consiste en entender a su gente, y yo los entendía.

      Comprendía el silencio de Ax; al fin y al cabo aquél era un asunto a resolver por los humanos.

      Comprendía que Rachel estuviera furiosa, puesto que, comparada con Cassie, se sentía acusada de amoral.

      Comprendía a Tobias; después de reflexionar sobre lo que había dicho, comprendí que en su interior hay un ser humano que se aferra a ideas y virtudes humanas. Valora la piedad y la bondad porque vive en un mundo donde ninguno de esos dos principios existen.

      Comprendía a Marco. Mi amigo es una de esas personas que no se para a considerar razones, sino que directamente saca conclusiones. Dirías que es inteligente o eficaz, tal vez despiadado. Con ello no quiero decir que sea cruel, sino que va de la A a la Z más deprisa que la mayoría.

      <¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos allí?>, preguntó Rachel al cabo de un rato.

      <No lo sé –admití-. Primero tenemos que encontrarla.>

      <¡Allí está! –informó Rachel-. Junto a aquellos árboles, ¿no veis una águila pescadora? Es ella.>

      <Sí, ya la veo>, confirmó Tobias.

      Estaba lejos, pero sabíamos que ella también nos había visto.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 23:

      Volamos hacia el águila pescadora, que se ocultó por detrás de los árboles. No quedaba una gran distancia por cubrir y habíamos estado transformados demasiado rato.

      <Debemos aterrizar y transformarnos>, indiqué.

      <¡No! ¡Se nos escapará!>, replicó Marco.

      <Ax, ¿cuánto tiempo nos queda?>

      <Debemos transformarnos, príncipe Jake. Estamos a punto de sobrepasar el límite de tiempo.>

      Descendimos describiendo espirales en el aire y aterrizamos en el suelo sombrío del bosque. Adquirimos nuestros cuerpos naturales, excepto Tobias, que permaneció en lo alto de los árboles para vigilar.

      Tras unos minutos de descanso, volvimos a transformarnos y, con dos horas por delante, echamos a volar hacia la zona donde habíamos localizado a Cassie, quien sin duda habría aprovechado para sacarnos ventaja. A través de los árboles, a veces divisábamos algún equipo de búsqueda.

      <Por el uniforme, son policías>, observó Tobias.

      <Debemos encontrar a Cassie y a la tal Karen antes de que lo hagan ellos>, declaré. Sobrevolamos por encima de la docena de policías.

      ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

      <Pero ¿qué…?>

      ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

      <¡Nos están disparando!>

      Utilizaban pistolas, rifles y hasta automáticas.

      ¡FIUU! ¡FIUU! ¡FIUU! Las balas silbaban al pasar a mi lado, alborotándome las plumas.

      <¡Son controladores! –gritó Rachel-. Cassie los ha avisado!>

      <¡Seguid volando! –ordené-. Los pasaremos en un…>

      <¡Ahhhh!>

      Rachel se desestabilizó y cayó en picado. Mis ojos de halcón peregrino descubrieron sangre en el plumaje de mi prima. ¡Le habían dado! No tendría más remedio que adquirir su cuerpo humano y volver a transformarse.

      <Muy bien –exclamó Marco-. Si quieren pelea, la van a tener.>

      <¡No! Es lo que quieren o, al menos, es lo que quieren los yeerks. ¡Tobias, adelántate y localiza a Cassie! ¡Los demás, seguidme!>

      Rachel caía en medio del júbilo salvaje de los controladores humanos.

      Me lancé en picado con la fuerza de un torpedo. No hay nada en la Tierra más veloz que el picado de un halcón peregrino.

      Me sentía como si estuviese en un huracán, la velocidad aumentaba a cada segundo y el suelo estaba cada vez más cerca. Rachel iba a estrellarse; un par de metros más y todo habría terminado: la esperaba un controlador humano relamiéndose sonriente, rifle en mano.

      Estiré las garras hacia delante sin disminuir la velocidad.

      ¡Suuooooossshhhh! Le propiné un golpe a Rachel con una fuerza capaz de haber acabado con ella, si no fuera porque retuve en mis patas parte del impacto. La agarré con fuerza y abrí las alas para frenar la caída.

      -¡Eh! –exclamó el controlador como lo hubiera hecho un humano cualquiera.

      Dejadme que os aclare la situación. Rachel era un águila de cabeza blanca, mientras que yo era un halcón. Las dos especies son aves rapaces, pero es como comparar un gran danés con un cocker.

      El águila es una ave descomunal, y no tenía ninguna posibilidad de transportarla. Sólo trataba de empujarla para que no cayese en manos del controlador, pero ni siquiera tuve fuerza para eso.

      Sujeté con mis garras el peso muerto del águila, extendí las alas, las batí como un poseso y caí como una piedra.

      -¡Tseeeeeeeer!

      Ax se precipitó como un misil blanco y gris. Extendió sus alas de aguilucho, frenó con elegancia y agarró la cola ensangrentada de Rachel.

      Aunque seguíamos perdiendo altura, logramos alejarnos del controlador, que echó a correr hacia nosotros.

      Como no podíamos elevarnos, el cuerpo inconsciente de Rachel rozó ramas y arbustos. El controlador nos pisaba los talones.

      <¡Tenemos que luchar! –exclamé-. ¡Transfórmate, Ax!>

      Ax soltó a Rachel, se alejó lo bastante y aterrizó detrás de unos árboles para llevar a cabo la metamorfosis.

      -¡Ja, ja, ja! ¡Ya lo tengo! ¡Ja, ja, ja! –exclamó el controlador humano al percatarse de que yo no podía con el peso de Rachel.

      <<¿Qué eres, el Joker?>>, pensé.

      De repente, algo pasó rozando el rostro del hombre, y dejó en él rastros de sangre.

      -¡Aaaaarrrrrggggghhhh! –gritó al tiempo que se tapaba los ojos con las manos.

      <¡Los tenemos encima! –anunció Marco a voces-. O luchamos o nos largamos.>

      Ax estaba a medio camino de recuperar su cuerpo de andalita. Marco y yo debíamos recuperar nuestros cuerpos humanos antes de adquirir el cuerpo de un animal peligroso. Rachel estaba fuera de juego.

      <¡Ax! ¡Termina de transformarte, hazte con Rachel y echa a correr! –ordené-. ¡Marco, tú y yo nos vamos ahora!>

      A pesar de los gritos y maldiciones que soltaba el controlador herido, se empezaban a oír las voces del resto del grupo que avanzaba pesadamente, arrasando con todo lo que encontraban a su paso.

      <¿Ax?>

      <Ya voy>, informó.

      Todavía no había completado la metamorfosis, pero en un par de zancadas llegó hasta el cuerpo inconsciente de Rachel, la agarró con sus endebles brazos de andalita y salió corriendo.

      Batí las alas, rezando por que hubiera algo de brisa que me elevara con facilidad. Correteé por el suelo para tomar impulso, seguido de Marco.

      De repente, aparecieron cuatro hombres justo delante de nosotros. Empuñaron las pistolas, pero en ese momento conseguimos levantar el vuelo y elevarnos por encima de sus cabezas.

      ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! Nos dispararon.

      ¡FIUU! ¡FIUU! Las balas silbaban a nuestro lado. Por suerte, encontramos la corriente ascendente que nos transportó hacia lo alto. Superamos las copas de los árboles y nos perdieron de vista.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 24:

      Tras despistar a los controladores, logramos reunirnos. A pesar de transportar la enorme águila, Ax consiguió superarlos en la huida. Lo peor vino después, cuando Rachel se despertó.

      <¿Qué haces? ¡Bájame ahora mismo! Voy a buscar al tipo que me ha disparado y…>

      <Rachel, me alegro de que te hayas despertado, pero cállate y recupera tu forma natural>, ordené.

      Aquel contratiempo nos había entretenido demasiado y encima teníamos que esperar a que Rachel recuperara su cuerpo y volviera a transformarse. No lo pensé dos veces.

      <Marco, adelántate. Busca a Tobias. No perdáis de vista al yeerk, esté en el cuerpo que esté.>

      <¿Hay algo que yo pueda hacer, mi valiente líder?>

      <Sí. El yeerk no se pondrá en contacto con nadie. No me importa si está en Cassie o en esa niña. Capturad a los dos, pase lo que pase.

      <¿Quieres decir…?>, titubeó Marco.

      <Quiero decir que ninguna de las dos puede escaparse.>

      <¿Cómo hemos llegado a esto?>, se preguntó Marco tras soltar una maldición. Acto seguido, salió volando a toda velocidad.

      Se me revolvió el estómago. Sabía que había hecho lo correcto, pero no podía evitar sentirme como si me hubiera tragado trocitos de cristal.

      <¡Date prisa!>, le grité a Rachel. Necesitaba desahogarme con alguien y ella era la que estaba más cerca.

      Mi prima recuperó su cuerpo de humana con rapidez y, como la forma de águila es simplemente ADN, cuando volvió a transformarse la herida de bala había desaparecido.

      Ax decidió quedarse con su forma de andalita y cubrir la distancia de una carrera. Ya no estábamos tan lejos. Además su afilada hoja trasera nos podría venir bien. En cuanto Rachel estuvo preparada, levantamos el vuelo.

      Divisé a Tobias sobrevolando una pequeña pradera a unos quinientos metros de distancia. Nos dirigimos veloces hacia nuestro amigo. Marco había desaparecido.

      <¡Tobias! ¿Qué sucede?>, preguntó Rachel.

      <Será mejor que no lo sepas>, contestó Tobias con aspereza.

      Lo alcanzamos a tiempo para contemplar la escena. Allá abajo, una niña, Karen, deshecha en sollozos sobre la hierba, observaba fijamente una hoja de la que colgaba una oruga que no cesaba de retorcerse.

      Enseguida supe lo que había ocurrido.

      Aterricé a escasos metros del lugar, seguido de Rachel. Karen nos miró sin inmutarse.

      -Demasiado tarde –dijo la niña.

      <¿Por qué es demasiado tarde?>, preguntó Rachel.

      -Lo ha hecho –explicó Karen-. Ha dado su vida. La he estado vigilando durante casi dos horas, esperando que en cualquier momento cambiara de opinión, pero ella ha dado su vida por esta niña humana, porque creía que podía hacer las paces con un enemigo.

      Rachel y yo contemplamos horrorizados aquella oruga que se retorcía incansable para salir del capullo que constituía su piel vieja.

      -Hacia el final, antes de que se consumieran las dos horas, le pedí que parara, que me había convencido. Le rogué que se detuviera, que se transformara. –Karen alzó los ojos verdes y me miró-. Olvidé que las orugas son incapaces de oír, al menos el lenguaje oral. Nunca supo que ya había visto suficiente y ahora…

      <¡Cassie! –grité-. ¡Cassie! ¡Transfórmate! ¡Transfórmate!>

      -Demasiado tarde –repitió Karen al tiempo que se ponía en pie.

      <¡Cassie! –gritó Rachel-. ¡Dios mío! ¡Cassie! ¡No!>

      Oímos un repiqueteo de cascos. Ax hizo su aparición.

      -¡Ah, no podía faltar el aristh andalita! –dijo Karen con desprecio.

      <¡Qué has hecho, yeerk? –preguntó Ax templando su afilada hoja-. Vas a pagar por esto. ¡Te destruiré!>

      <¡NO! –gritó Rachel ciega de ira-. ¡NO! ¡Este yeerk es mío!>

      Empezó a transformarse a máxima velocidad. Enseguida las plumas y el pico fueron succionados por la piel y el rostro.

      -¡Estáis locos! ¿Es que no lo entendéis? –gimió Karen-. Dio su vida a cambio de la paz. ¡Hicimos un trato! ¡Cassie y yo hicimos un trato!

      Nos recorrió uno a uno con la mirada y supongo que al no descubrir ninguna muestra de lástima o comprensión en nuestros rostros se dio la vuelta y echó a correr, aunque con unas piernas tan cortas y un tobillo tan hinchado no iba a llegar muy lejos.

      <¿Voy a por ella?>, preguntó Ax sin inmutarse.

      -No –repicó Rachel, que había recuperado su forma humana-. Deja que corra y que sienta en su piel lo que es encontrarse indefensa. Yo me hago cargo.

      Acto seguido, Rachel empezó a transformarse en elefante africano, cuyo ADN ya formaba parte de su sistema.

      Karen se tambaleó, avanzó unas zancadas más y se cayó. Había logrado cruzar la pradera y se arrastró por entre los árboles.

      En aquel momento sucedió lo imprevisto. Una estela negra y ocre se precipitó en silencio desde un árbol y se plantó ante Karen. Le enseñó unos temibles dientes dispuestos a lanzarse sobre su cuello desprotegido.

      -¡Aaaaahhhhhh! –chilló Karen.

      Me quedé paralizado a mitad de la transformación, igual que Rachel.

      Ax podría salvar a la niña, pero no tomaría la iniciativa hasta que yo no diera la orden. ¿Acaso me alegraba de que aquel leopardo hiciera el trabajo sucio por nosotros? No sabía qué hacer.

      -¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! –gimió Karen al ver al felino agazaparse para dar el salto mortal que acabaría con ella.

      Entonces…

      Una enorme mano negra peluda asomó entre los árboles, el gorila cerró sus descomunales dedos sobre el cuello despeinado del leopardo y, con una flexión de brazos y hombros, lo levantó en el aire.

      <Me parece que te equivocas, gatito>, dijo Marco tomando impulso para lanzarlo por los aires.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 25:

      La situación resultaba de lo más extraño: un andalita, un elefante, un gorila , un ratonero y yo, que había recuperado mi forma humana, rodeábamos a Karen… o a Aftran, según se mire.

      -¿Qué vais a hacer conmigo, Jake? –me preguntó Karen.

      Me sorprendió que supiera mi nombre aunque, habiendo estado en el cerebro de Cassie, no era de extrañar. Creo que lo que realmente me impacto fue darme cuenta de que nada había cambiado y de que nuestras vidas seguían en manos de aquella controladora.

      -No lo sé –admití.

      <¡Claro que lo sabes! –añadió Rachel con frialdad-. Si Marco la ha salvado es para que yo me ocupe de ella. ¿No es así, Marco?>

      Marco no respondió. Empezó a encoger, lo que indicaba que estaba recuperando su forma natural.

      Rachel giró su cabezota para mirar a Ax.

      <Tú estás conmigo, ¿verdad, Ax?>

      -¿Qué pregunta! –exclamó Karen-. Puedo aceptar que haya humanos que sólo buscan la paz, pero en ningún caso me lo creo de los todopoderosos andalitas. ¡Venga, andalita! Descarga tu hoja mortal sobre mí.

      Ax miró a Rachel con los ojos giratorios al tiempo que mantenía los ojos principales puestos en Karen.

      <Obedeceré las órdenes del príncipe Jake.>

      Entonces Karen, con una sombra de pánico en los ojos, me miró para conocer su suerte.

      -¿Qué clase de trato hiciste con Cassie? –le pregunté.

      -Yo me comprometía a hacer aquello que me había pedido, sólo si a cambio ella sufría mi misma suerte: perder la visión y pasar a vivir una existencia sin placer ni libertad –respondió Karen.

      -¿Y qué es lo que te pidió?

      -Hacer las paces entre nosotras –contestó Karen-, que abandonara a este portador y que nunca volviera a arrebatar la libertad a nadie.

      -¿Lo ibas a hacer? –pregunté.

      -Sí –asintió Karen.

      <Y yo me lo creo>, añadió Rachel sarcástica.

      -¿Por qué ibas a hacerlo? –Respiré hondo-. ¿Por qué

      -No todos somos como Visser Tres –explicó esbozando una pequeña sonrisa-. Hay muchos como yo que sólo somos yeerks insignificantes atrapados en esta guerra. Algunos como yo sólo queremos la paz, encontrar otra manera de hacerlo. Pero ¿cómo vamos a rendirnos, abandonarlo todo y dejar el universo en manos de… –con un movimiento brusco de cabeza, señaló hacia Ax –ellos, que jamás sentirán hacia nosotros otra cosa que no sea odio y desprecio? Cassie… Cassie no odiaba.

      <Jake, ¡no la escuches! ¡Sólo quiere destruirnos y dirá todo lo que haga falta! –exclamó Rachel-. ¡Está mintiendo! ¡No puedes dejar que se vaya! No podemos fiarnos de ella.>

      <Cassie lo hizo>, añadió Tobias.

      <¡Esto es de locos! ¡Absurdo!>, gritó Rachel.

      Tenía razón. Lo que Cassie había hecho era una locura, pero no podía descalificarla porque sus intenciones habían sido buenas. A pesar de lo idealista, ingenua e incluso estúpida que pudiera parecer la acción de mi amiga, ¿cómo iba yo a tirar por tierra todo su sacrificio?

      Cassie había dado su vida de una forma absurda con la esperanza de conseguir la paz. Si optara por…, todo su esfuerzo habría sido inútil; si decidiese lo contrario, pondría en peligro nuestras vidas.

      -Supongo que hay ocasiones en las que tiene que elegir entre una acción inteligente, sensata, implacable y otra por completo absurda y de locos –declaré sin percatarme de que hablaba en alto-. A veces resulta imposible tomar una postura y ser coherente. Cuando eso ocurre, debes elegir lo que creas más conveniente. Creo que la mayor parte del tiempo mis decisiones son sensatas e inteligentes, pero me niego a vivir en un mundo donde la gente no se arriesgue por lo absurdo, la esperanza o la locura.

      Miré hacia Rachel, que se cernía sobre nosotros.

      -Rachel, no voy a dar ninguna orden. Que cada uno decida por sí mismo.

      Miré a Karen y después aparté la vista. Me dirigí hacia donde estaba la oruga, arranqué la planta donde estaba y me dirigí hacia el bosque.

      Tobias se acercó minutos después, seguido de Ax y Marco.

      Rachel tardó en aparecer y cuando lo hizo, ya había recuperado su forma humana.

      La miramos inquisitivos.

      -Cassie era mi mejor amiga –dijo apretando los dientes para reprimir las lágrimas – y no voy a ser yo quien la llame tonta. Déjame que la lleve –dijo al tiempo que estiraba las manos para que le pasara la crisálida mutante-. Me ocuparé de que no le pase nada.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 26:

      No fui consciente de lo que me estaba ocurriendo durante mucho tiempo. Me había convertido en un gusano en hibernación cuyo limitado cerebro ni siquiera funcionaba.

      Me sentía como si estuviera muerta, sólo me llegaban unos sueños lejanos que, en realidad, eran fragmentos sin ninguna consistencia.

      Veía imágenes vagas de gente y lugares, sobre todo de mis padres, pero no comprendía su significado.

      Aunque notaba que estaba cambiando no sabía en qué me iba a convertir. Ni siquiera era consciente de mi existencia.

      Me hallaba dentro de una envoltura dura que colgaba de una hoja, a punto de someterme a una metamorfosis natural, a todo un milagro de la naturaleza.

      Poco a poco empecé a recobrar la conciencia. Me revolví y entonces pe desperté. El saco de piel seca y dura empezó a resquebrajarse como un huevo. En el momento en el que se abrió me invadió una sensación nueva y extraña. Aquello era lo primero que sentía en mucho tiempo.

      ¡Aire!

      De repente me pareció que todo se aceleraba. Sentía que empujaba y me retorcía para intentar salir a toda prisa.

      Empujé con fuerza y de repente…

      ¡Luz! ¡Podía ver!

      Como si de una explosión de conocimiento se tratara, recobré la memoria. Supe que era Cassie y además había recobrado la visión.

      ¡Qué colores! Parecía que un artista se hubiera vuelto loco rociándolo todo de colores brillantes, luminosos.

      <<Ojos compuestos>>, me dije y, acto seguido, me eché a reír porque todavía recordaba el término. ¡Había recuperado mi yo! Sin embargo, sabía que no era humana.

      Ojos compuestos, antenas que brotaban para captar todos los aromas deliciosos del mundo.

      Empujé con más fuerza y, de forma gradual, fui emergiendo de la crisálida.

      Lo último en salir fueron las alas, al principio lacias y húmedas, pero enseguida las estiré para que se secaran y cobraran consistencia.

      Las alas estaban compuestas por millones de escamas diminutas, casi como la piel de un reptil, sólo que aquéllas relucían con infinidad de colores.

      Era divertido ver los colores como los ve una mariposa. Para mis ojos compuestos y de visión fracturada, yo era una combinación de color ultravioleta y rojo deslumbrante, aunque imagino que para el ojo humano la percepción sería por completo diferente.

      Por boca tenía una alargada trompa enrollada que desplegaría para beber el néctar del corazón de una flor; mi vida consistiría en volar de flor en flor en busca del delicioso manjar. De paso, transportaría granos de polen.

      Poseía ojos, y las. Al menos no pasaría el resto de mis días como un gusano.

      ¿Había engañado a Aftran, el yeerk? ¿Acaso Karen sabía que las orugas se convierten en mariposas? Tal vez no, y por eso Aftran tampoco.

      Estaba contenta, hasta que, despierta y consciente como estaba, me invadieron de golpe todos mis recuerdos humanos.

      ¿Cuánto tiempo llevaría en este cuerpo? ¿Habrían sufrido mucho mis padres? Y mis amigos, ¿sabrían lo que me había pasado?

      Ejercité las alas para comprobar si estaban secas. Me había convertido en una mariposa, y sabía que mi vida entre flores sería muy breve.

      Quería llorar pero los instintos del insecto me decían que había mucho por hacer: flores cargadas de polen confiaban en que las liberara de su peso.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 27:

      Estaba en clase de ciencias escuchando algo muy complicado sobre los hongos cuando vi la conocida estela de color marrón y ocre cruzar la ventana a toda velocidad.

      <¡Jake! ¡Jake! ¡Está saliendo!>, anunció Tobias.

      -Pensaba que tardaría al menos diez días –dije en voz alta. El profesor se me quedó mirando igual que el resto de la clase, aquellos que no se habían dormido.

      -Lo siento –me disculpé-. Es que…um…, no me encuentro bien. ¿Puedo ir a la enfermería?

      -Cuando termine la clase.

      -Pero ¡voy a vomitar! –exclamé al tiempo que me dirigía corriendo hacia la puerta. Era la excusa perfecta. Nadie discute cuando dices que vas a vomitar.

      Poco después, Rachel también se puso enferma valiéndose de la misma excusa. La de Marco fue más original. Le dijo al profesor que debía salir a ponerse uno de esos parches contra la nicotina.

      -¡Estoy intentando dejar de fumar! ¡No me lo puede impedir!

      Veinte minutos más tarde nos habíamos reunido en el pequeño jardín que hay detrás de la casa de Cassie. La habíamos transportado allí y Tobias se encargó de vigilarla noche y día para protegerla de los depredadores.

      Los padres de Cassie no sabían nada. Habían pasado tres días y todavía mantenían la esperanza de que Cassie apareciera. No sabía qué decirles ni cuándo hacerlo, o si debería dejar que mantuviesen la esperanza.

      Rodeamos a la crisálida que se había abierto del todo. La mariposa salió poco a poco y, por fin, desplegó sus bellas alas.

      -Se suponía que debía tardar un par de semanas –comenté.

      <Cassie siempre ha sido la más rápida a la hora de transformarse>, observó Tobias.

      Rachel empezó a llorar; creo que aquello nos impactó a todos porque nunca llora. Supongo que a mí también se me escaparon las lágrimas.

      -Es una mariposa –comentó Rachel -. Lo ha conseguido. Al menos podrá…

      Se interrumpió. Todos sabíamos que era mejor que ser una oruga, pero no había nada que celebrar, ni para nosotros ni para sus padres.

      Al rato apareció Ax con forma de humano trotando de forma irregular sobre sus dos piernas. Se agachó para mirar de cerca de la mariposa que en aquel preciso instante ejercitaba las alas.

      -¿Y eso? –preguntó señalando al animal.

      -Es Cassie –expliqué –saliendo de la crisálida.

      -Pero.. éste no era el cuerpo que tenía antes –comentó Ax confuso.

      -No, la oruga se ha convertido en una mariposa –aclaró Marco.

      De repente, la mariposa levantó el vuelo y se alejó aleteando en busca de la flor ideal.

      -¿Quieres decir que se trata de una metamorfosis natural? –preguntó Ax burlón-. No me lo habíais dicho.

      -Sí, es una metamorfosis natural –respondí-. Supongo que es mejor una vida como mariposa que como oruga.

      -¿Cassie preferiría esta criatura a volver a recuperar su forma humana? –preguntó Ax.

      -No, Ax –replicó Rachel dejando escapar un suspiro-, claro que no. Lo único que estamos diciendo es que es preferible esta forma que la de oruga.

      -Comprendo –afirmó Ax-. Entonces le gustaría recuperar su cuerpo natural, ¿no?

      -¡Seguro que sí! –declaró Marco con tristeza.

      -Pues entonces debería –replicó Ax.

      Lentamente giramos la cabeza hacia Ax y lo observamos con atención. Rachel no se contuvo y se lanzó sobre él.

      -¿Estás jugando con nosotros o hay algo que no sabemos? –le preguntó al tiempo que le agarraba del cuello.

      Ax parecía sorprendido, por decirlo de alguna manera, pero al fin añadió:

      -Ya veo. No os habéis percatado, perr-ca-taaa-do. Vaya palabrita. La <<r>> me hace cosquillas en el paladar.

      -¡Ax! ¿Estás diciendo que Cassie podría volver a recuperar su cuerpo humano? –pregunté a voces.

      -Eso es –contestó-. Al ser una metamorfosis natural, la cuenta atrás empieza a partir de entonces. Es decir, todavía le quedan dos horas para recuperar su cuerpo.

      -¡ATRAPAD A LA MARIPOSA! –grité.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

Capítulo 28:

      No tuve más remedio que mentir a mis padres. Les dije la verdad hasta donde podía. Les conté que me había caído al río, pero no mencioné a Karen, y les dije que había sobrevivido a base de setas.

      Salí en las noticias y en los periódicos, con titulares como <<Odisea: Niña sobrevive alimentándose de setas>>.

      Aquello me hizo gracia, como si comer setas fuera una odisea.

      Me hicieron muchas entrevistas, y la gente no dejaba de abrazarme. Mis padres no se separaban de mí un momento, lo cual me encantaba.

      Poco a poco, mi vida fue recuperando la normalidad, excepto por el hecho de que cada día me despertaba preguntándome si iba ser ése el día en el que los Yeerks nos atraparían y nos convertirían a mí y a mis amigos en controladores.

      Los días transcurrieron con normalidad, sin ataques por sorpresa. En el colegio, Chapman, el subdirector y valioso controlador, me ignoró como de costumbre. Tom, el hermano de Jake, soltó algún comentario burlón sobre lo de las setas.

      Pero nada de ataques.

      Entonces un día mi padre llega a casa, chasqueando los dedos y con una sonrisa de oreja a oreja. Me alza y me da vueltas simulando una especie de <<twist>> un tanto penoso.

      -¡Estamos salvados! –celebró.

      -¡Genial! –exclamé.

      -¡No, hemos conseguido subvención! ¡Lo hemos conseguido! La Clínica de Rehabilitación de la Fauna salvaje abrirá sus puertas de nuevo, y mucho mejor que antes.

      -¡No!-exclamé.

      -¡Sí! Ha sido extraño. De repente ese tipo de UniBank llama y dice que su hija ha oído hablar de la clínica y que no ha parado de darle la lata para que contribuya con dinero y pueda seguir funcionando. El hombre dijo literalmente: <<Mi hija no me deja dormir, dígame qué cantidad necesita.>> Así de fácil. Dicho y hecho, el cheque está en camino. –Se echó a reír-. ¡Vaya semanita, eh! –Acto seguido me abrazó como venía haciendo desde que había vuelto-. Me pregunto quién será esa niña. Le debemos mucho.

      Yo sabía que se trataba de Karen, a quien los Yeerks habían convertido en controladora para que vigilara a su padre, el presidente de UniBank.

      Sin embargo, yo también me preguntaba quién era Karen en realidad. Lo único que sabía era que no nos había entregado a sus compañeros los Yeerks.

      Tuvo que pasar otra semana para hallar la respuesta. Aquel día había ido al centro comercial, con Rachel, claro. Después de haberme convertido en mariposa, me empecé a fijar en los colores. Rachel decidió que eso significaba que debía comprarme ropa nueva, así que os imagináis la escena: Rachel tiraba de mí de tienda en tienda, intentando por todos los medios hacerme comprender la utilidad de los complementos.

      Fue entonces cuando la vi, no muy lejos de una señora que debía de ser su madre.

      Me acerqué hasta ella, dejando a Rachel rebuscando entre una pila de jerséis.

      -Hola, Karen –saludé.

      -Hola, Cassie.

      -¿Cómo estás?

      -¡Soy libre! –me dijo mirándome con esos ojos verdes -. Soy libre, Cassie. Mantuvo su promesa. Soy libre.

      Me quedé sin palabras. Me puse de rodillas y la abracé.

      Una pequeña victoria, una niña libre, que venía a confirmar mis ansias de entendimiento con el enemigo.

      -Ella se alegraría si supiera que has logrado escapar –declaró Karen-. Intentó detenerte casi al final.

      Asentí, incapaz todavía de pronunciar una palabra. Al rato su madre se acercó y se marcharon. Karen, aquella niña tan pequeña y con un secreto tan grande, con la mente llena de cosas que ningún niño debería conocer, desapareció.

      Lo mismo sabía yo, y todos los animorphs. Pero entonces, ¿seguía siendo yo uno de ellos? Supe que sí, y que, aunque habría veces en las que tendría que luchar, también tendría la posibilidad de buscar pequeñas victorias en medio de los conflictos, el miedo y la furia.

      No era una respuesta perfecta, pero era lo mejor que podía hacer.

      -¡Cassie! –gritó Rachel enseñándome dos jerséis-, ¿cuál prefieres, el verde o el rojo?

      Me acordé de Aftran y la imaginé nadando a ciegas en las plomizas aguas del estanque yeerk con el único recuerdo de un mundo mejor. Después de decir que los humanos vivimos en el paraíso, había tenido las agallas suficientes para devolver a la niña al paraíso y hacer las paces, a pesar de su insignificancia.

      -los dos, Rachel. También me gusta el azul, y el amarillo. Y aquél con ese tono horrible. Y el de rayas. Vivimos en el paraíso, Rachel, y ni siquiera nos damos cuenta. Y como no sabemos cuándo se acabará, seríamos tontas si no lo aprovecháramos. Así que, ¡saca tu tarjeta de crédito, que vamos a ponerle color!

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

      

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