#9 El secreto

Sinopsis:
Ax y Tobias siempre dicen que el bosque que hay detrás de la granja de Cassie es su hogar. Pero ahora algo extraño pasa. Y una amenaza les acecha: los yeerks han descubierto que los andalitas no pueden sobrevivir sin tener cerca un suelo fértil.
Ahora Cassie, Marco, Jake, Rachel, Tobias y Ax deberán descubrir el modo de detener una falsa explotación forestal.
Si la vida del bosque peligra, la supervivencia de los animorphs también.
Datos del libro:
El libro tiene 27 capítulos que ocupan 158 páginas.
En La Huida, no se nos presentará ninguna nueva especie ni ningún nuevo personaje digno de mención.
Como nuevas formas, a Cassie adquirirá una rata blanca(14), una termita(15) y una mofeta(16). Jake adquirirá también la termita(14) pero no se transformará en ella (por suerte para él), eso sí, se unirá a Rachel y a Cassie en su forma de Buho(15) y cuidará de las crías de mamá mofeta(16). Finalmente, Rachel creará estragos en su forma de rata blanca(14), no se amedrentará con el tema de las termitas(15) y como es una buena amiga se encargará también de lo de la mofeta(16)

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Cassie. No os puedo decir mi apellido, aunque me gustaría hacerlo porque es muy bonito. Y tampoco os puedo decir donde vivo, no tan solo los nombres reales de mis amigos. ¿Por que? Pues porque el enemigo esta siempre detrás nuestro. El enemigo: los yeerks. Son por todas partes. Se trata de una especie parasitaria provinente de un planeta muy lejano. De hecho, tan solo de unas babosas pequeñas y de color gris. Los he visto en su estado natural, i se podría decir que se parecen a caracoles grandes, pero sin caparazón. Seria fácil chafar uno con la zapatilla porque no podría hacer nada por detenerte. Pero los yeerks no viven en forma de babosas. Como ya he dicho, son parásitos. Veréis, se introducen en la cabeza de otras especies, se extienden como una mancha de aceite, y se envuelven alrededor del cerebro. Y entonces cogen el control absoluto. Esto es lo que nombramos un controlador. Un ser humano que ya no lo es del todo, humano. O bien, un miembro de alguna otra especie que este controlada por un yeerk que se a introducido en su cabeza. Puede que penséis que lo que os explico es una locura. Me imagino que si estuviese en vuestro lugar, también pensaría que todo esto es de locos. Pero a veces, hasta los acontecimientos más sorprendentes resulta que son ciertos. Los yeerks son aquí, por todos lados. Si creéis que no conocéis a nadie que sea un controlador, probablemente estéis equivocados. El conductor del autobús de la escuela, el oficial de policía que conduce su coche de patrulla, el cura que da el sermón cada domingo, el presentador del telenoticias, la estrella de rock en aquel videoclip, la persona que te sonríe cuando pasas por su lado en bicicleta…, cualquiera puede ser un controlador. Tu profesor, tu amigo, tu hermana, tu madre y tu padre. Cualquiera de ellos, todos ellos. Y tú no lo sabrás nunca, hasta que sea demasiado tarde para el planeta. Nosotros luchamos contra ellos, pero solo somos un puñado de chicos y chicas: Jake, la Rachel, Marco, Tobias, Ax y yo. Tenemos unos poderes un poco especiales, eso si, pero también sabemos que no podemos ganar la batalla solos. Luchamos con la esperanza que un día, próximo, los andalitas volverán y nos ayudaran. Fue un príncipe andalita de nombre Elfangor quien nos dio estos poderes. Se estaba muriendo i estaba desesperado. Quería hacer alguna cosa para ayudar a la humanidad que ya venia condenada. Y nos otorgo el poder de transformarnos, de absorber al ADN de cualquier animal que toquemos y convertirnos. Y es de esta manera como luchamos contra los yeerks y todos sus controladores. Los controladores humanos que puede que alguna vez fueron nuestros amigos y parientes. También contra los malvados y caníbales controladores Taxxonitas, unos enormes ciempiés de bocas grandes que crujen y desprenden una fuerte mal olor. Y contra los implacables i peligrosos Hork.bajir, que antes eran buenas criaturas pero que ahora se habían convertido en los soldados esclavos del imperio Yeerk. Luchamos contra Visser tres, el líder de la invasión Yeerk en la Tierra. El único controlador andalita que existe. El único Yeerk que, al igual que nosotros, tiene el poder de transformarse. Y el asesino de Elfangor. Un asesino por naturaleza, un destructor. El ser que quiere convertir todos los humanos en esclavos y destruir nuestro planeta. Si no es que alguien lo detiene antes, nosotros por ejemplo. Cinco chicos y chicas normales y corrientes y un joven andalita que le llamamos Ax, contra el enorme poder del imperio Yeerk. Nos llamamos animorphs. Se supone que solo podemos utilizar nuestro poder para combatir los Yeerks , pero a veces es útil para otras cosas. Mi mejor amiga, Rachel, y yo estábamos en la escuela, en el oscuro y tenebroso laboratorio de ciencias. Había sonado el timbre de la ultima hora i todos salían deprisa y corriendo hacia los autobuses o hacia los coches de los padres que los esperaban. Ya sabéis como funciona: cuando se acaban las clases lo único que deseas es salir de allí cuanto mas pronto mejor. Pero últimamente había abandonado la escuela un poco. Veréis, mi vida es bastante atrafagada. Mi padre dirige una clínica de rehabilitación de la fauna salvaje en el establo de casa, y yo le ayudo, cuidando los animales heridos o enfermos. Y a demás, la historia de los animorphs también me quita mucho tiempo. Bien, el caso es que tenía que hacer un proyecto para la clase de ciencias. Había construido un laberinto para una rata que había bautizado con el nombre de courtney. Pensé que un proyecto que tendría que ver con animales me resultaría fácil. Me he convertido en más animales de los que muchos niños han visto nunca. La courtney tenia que encontrar la salida en ese laberinto hecho de cartón, donde al final había colocado unos sabrosos frutos secos y algunas semillas. Yo tenía que dedicarme a tomar nota sobre el progreso de la rata. ¿Tardaría mucho en conseguirlo? Rachel me miraba de arriba a bajo mientras daba golpes a tierra con el pie, impaciente. Miraba su reloj, y a continuación el que estaba colgado de la pared. – escucha, el colegio se a terminado hace ya diez minutos. Y todavía soy aquí, entre estas cuatro paredes. Esto no puede ser bueno, es antinatural. – ¿Por que es incapaz de encontrar la salida? – Me preguntaba en voz alta- ¿Que problema hay? – ¿una rata entupida? Mm… quiero decir que puede que tu rata no este muy espabilada. Este podría ser el tema del trabajo: <>. – ¿Qué te pasa? – dije, ignorando Rachel y hablando directamente con la rata. Saque la Courtney de la caja y la coloque en medio del laberinto-. Huele los frutos secos y así encontraras la salida. La Courtney levanto los ojos, me miro y comenzó a contraer la nariz con nerviosismo. -Eso no es ninguna respuesta- le dije-. Me hace falta un aprobado. No tengo ninguna intención de suspender el trabajo i tener que dar explicaciones a mis padres, solo porque tu no te sales. – ¡Un suspenso! – Repitió Rachel-. ¿Crees que puedes sacar un suspenso? De ningún modo. – ¿Rachel, por que piensas que estoy aquí? ¿Porque quiero subir nota, de un notable a un excelente? Si chica, resulta que si me espabilo me suspenden, y no puedo llegar a casa con un suspenso, porque querría decir que durante semanas sentiría la misma canción: <>. A Rachel le vino un escalofrío en imaginarse una escena tan terrible- -Ei- me dijo-. Transfórmate en la rata y puede que así descubras que problema hay. -Lo podría hacer- conteste poco a poco-. Peor es que… Si Jake lo descubriese… ya sabes la norma: prohibido transformarse si no es del todo necesario. Rachel encogió las espaldas. -Es necesario que yo salga de aquí, y también que tu saques una buena nota. Fíjate, ¡ya son dos necesidades! Probablemente no la tendría que haber escuchado. Pero, de hecho, yo ya lo había pensado hacia rato. Y lo mejor de Rachel es que siempre esta apunto para convencer a la gente para que haga algo que probablemente no sea muy correcta. -Tú también lo tienes que hacer- Le dije. – ¿Por que? ¿Por que me he de transformar en una rata? -¿Recuerdas aquella vez que querías espantar el tío aquel de los elefantes? No era yo, allí, ¿apoyándote? A demás, no podemos marcharnos de aquí hasta que descubramos que pasa. Rachel giro los ojos en una expresión de resignación. – Deacueeeeeerdo. No tiene ningún sentido, peor lo haré de todas maneras. Y a ver si acabamos con esto de una vez. Adquirir el ADN de un animal no es nada complicado. Lo único que tienes que hacer es tocarlo, Y concentrar tu mente en el animal, que se queda medio dormido, como si estuviese drogado. En un minuto esta hecho, y ya tienes un nuevo ADN rondando dentro tuyo. – Tengo la sensación que es una idea estúpida- Dijo Rachel. Hice una pila con unos cuantos libros para construir una especie de escaleras y así poder entrar en el laberinto después de habernos transformado. -Bien, pero la idea es tuya Rachel. -Oh, ¡si! Idea mía. Como si fuese a mí a quien le preocupase como saldrá una rata de un laberinto. Vamos acabemos con esto antes de que entre alguien- Dijo. Me concentre, formando una imagen mental de la rata. I entonces… Note que los cambios empezaban. Me encogía muy deprisa. De hecho, yo no soy una persona muy alta, sino más bien baja. Pero mucho más grande que una rata, claro, así que el cambio de tamaño era importante. La camisa y los tejanos que llevaba se hicieron anchos de golpe. Mire a Rachel. De su boca, aun humana, le salían unos largos bigotes. El tamaño de las vitrinas que tenía a mi alrededor se fueron haciendo mas y mas grandes. Puede que hiciesen un metro de alto, pero de seguida me parecieron tan altas como un edificio de tres plantas. Las vetas que hace la madera eran enormes estampados murales. Las racholas linoleum de color tostado y verde parecían haberse duplicado y triplicado i cuadriplicado de tamaño, hasta tener el tamaño de un aparcacoches. Mientras me encogía, en la ropa se iban formando pliegues i ondas encima mió como si se tratase de la vela hundida de un circo. La piel se me volvía de un rosa grisáceo, i de repente apareció pelo blanco. Las piernas y los brazos disminuían poco a poco, y la cara se me inflaba como un globo a punto de estallar. La nariz me crecía, mas y mas, hasta que le rostro me quedo en forma de punta. Y entonces, los sentidos de la rata substituyeron los míos. Las orejas y la nariz se pusieron en marcha, como si alguien hubiera encendido el interruptor. Y los instintos del animal comenzaron hervir en el interior de mi mente humana para transportarle sus mensajes de miedo, de hambre y de más miedo. [b]© 1996 K.A. Applegate ©1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2005 de la transcripción por Tamagoyaki[/b]
[b]Capítulo 2:[/b] La agudeza visual de la rata no era mucho mejor que la mía, de hecho era peor. Como muchos otros animales en los que me he transformado, sus ojos son mejores a la hora de captar movimientos, pero mucho más torpes para distinguir colores y formas. Al no haber movimiento, todo lo que veía era como… no sé… como aburrido. A Rachel, sin embargo, la veía bastante bien. Estábamos hechas a partir del ADN de la misma rata así que prácticamente éramos idénticas. Observé su larga y desnuda cola rosada. La cola es una de las razones por las que mucha gente odia a estos roedores y, sin embargo, adoran a las ardillas. Otra de las razones es que se han dado casos en los que las ratas han mordido a los humanos. El oído de la rata era excelente pero, sin duda, su olfato era lo más asombroso. Sólo tenía que arrugar la naricilla y me llegaba información de todas partes. Captaba el aroma de las sustancias químicas guardadas en los armarios, los olores persistentes de los cientos de chicos que habían desfilado por el laboratorio ese día, incluso las semillas y frutos secos del interior del laberinto que estaba encima de la mesa. A partir de ese instante sentí que el cerebro de la rata luchaba por abrirse camino. Sus instintos eran cada vez más intensos. Noté su miedo, no el miedo repentino y punzante que puede sentir un humano, sino el miedo innato de un animal desvalido perdido en un mundo de grandes depredadores. Y su hambre, el hambre de un diminuto animal que dedica cada minuto de su vida a buscar comida. Pero además percibí su inteligencia. Cuando te transformas en un animal, automáticamente adoptas sus instintos, sus habilidades más básicas. No sucede así con sus recuerdos. La rata estaba muy nerviosa. Tenía miedo porque se encontraba al descubierto, por eso buscaba con desesperación una pared para protegerse del ataque de un posible enemigo. Después de todo no estaba tan mal. , le pregunté a Rachel por telepatía. , convino. Las diminutas patas de la rata se pusieron en marcha a toda velocidad. En realidad no íbamos muy deprisa pero, al estar tan cerca del suelo, nos lo parecía; mi naricilla estaba a menos de un centímetro del suelo. Por encima de mi cabeza se cernían enormes paredes, que no eran otra cosa que los laterales de las mesas del laboratorio, y continuamente tropezaba con árboles de un bosque poco tupido que no eran sino las patas de las sillas. Me dirigí como una flecha hacia una de las esquinas del laboratorio. Entonces vi la mesa sobre la que había construido el laberinto, y allá arriba distinguí a la verdadera Courtney. Antes de actuar comprobé la zona. El cuerpo del roedor resultó ideal para encaramarse con toda agilidad y rapidez hasta la mesa. La verdad es que con aquel cuerpo achaparrado y aquellas patas minúsculas nadie hubiera imaginado que la rata resultara una escaladora tan experta, pero os aseguro que esa rata podría ir a cualquier sitio que se propusiera. Localicé la pila de libros que había construido a modo de escalera en la pared exterior del laberinto. ¡Vaya! Ahora sí que parecía una pared de verdad, por lo menos debía de medir tres metros. Ascendí por los libros sin problemas. Las fotografías de la portada del libro de ciencias parecían enormes mosaicos hechos con azulejos de colores. Llegué a la parte superior de la escalera y me asomé al interior del laberinto, sólo tenía que saltar allí dentro y recorrer los enormes pasillos, pero en ese momento sentí miedo. Fue muy extraño porque, de repente, la idea de enfrentarme con la verdadera Courtney me puso muy nerviosa. Nunca me he sentido del todo cómoda utilizando los cuerpos de los animales, supongo que en el fondo me siento culpable. Pero no había más remedio. Estaba allí por algo, debía averiguar por qué Courtney no era capaz de captar el olor de los frutos secos. En teoría debería poder… , preguntó Rachel. , contesté. Miré a mi alrededor sin comprender. Entonces sentí una brisa, elevé la vista hacia lo alto y allí, a cientos de miles de kilómetros, tan lejos como la luna, descubrí un ventilador de techo. De haber tenido labios, habría sonreído. Estaba ocupada felicitándome por mi perspicacia cuando de repente ocurrieron dos cosas a la vez: Courtney, la verdadera Courtney, apareció por una de las esquinas del laberinto y, al mimo tiempo, se oyó un gran estruendo seguido de un murmullo de risas y pasos que se acercaban a toda prisa. Courtney se quedó inmóvil y me observó fijamente. Yo la miré primero a ella y después a Rachel. Mi amiga se había quedado paralizada al igual que yo. -¡Eh! ¡Mirad! ¡Son ratas! –bramó una voz. Era un chico, de eso no cabía duda. No reconocí quién era pero por el tono empleado estaba claro que buscaba pelea. -¡Qué asco! –añadió otra voz-. Habría que exterminarlas a todas. ¡Las odio con toda mi alma! Eran dos y tenían ganas de divertirse. Su idea de pasarlo bien probablemente consistía en romper algo. De cualquier manera eran gigantes comparados con nosotras tres tan pequeñas. De pronto todo fueron sombras y fuertes sacudidas. ¡El mundo entero se estremecía a nuestro alrededor! ¡BOOM!, la mesa tembló como si se hubiese desatado un terremoto. ¡BOOM! ¡Dios mío! Una sombra se precipitaba sobre mí. Sin dudarlo un momento, salté. ¡BOOM!, la mesa vibró por el impacto de la mano del chaval al golpearla, a pocos centímetros de donde yo me encontraba. Después, uno de ellos agarró el laberinto y lo puso boca debajo de forma que Courtney cayó encima de la mesa. Estábamos atrapadas. -¡Rápido! ¡Trae una escoba! , gritó Rachel. , exclamé. ¡PLASH!, algo del tamaño de un pino golpeó la mesa. Era un palo de una escoba recorriendo la mesa. ¡Dios mío!, aquel tronco iba a aplastarnos. Estaba cada vez más cerca. Entonces salté. Las ratas no suelen saltar, pero cuando no hay más remedio, ya lo creo que saltan. Justo cuando el mango estaba a punto de alcanzarnos, Rachel y yo conseguimos esquivarlo de un salto. Courtney aprovechó para correr en dirección opuesta. Cruzamos la mesa a toda velocidad hasta llegar al filo. Era como asomarnos desde la azotea de un edificio de cuatro plantas. La distancia hasta el suelo era enorme. De pronto, una sombra, una turbulencia en el aire… No había tiempo para andarse con tonterías. Saltamos al vacío, y un segundo después el mango de la escoba aterrizaba justo en el sitio desde donde habíamos saltado. Parecía que no llegábamos nunca al suelo. Abajo, las baldosas del suelo ofrecían el aspecto de extraños campos sembrados. Era como hacer paracaidismo acrobático. Choqué contra el suelo, aunque mi mullida barriga amortiguó el impacto. Mis pequeñas patas eran demasiado cortas para frenar el golpe. Una vez me hube recuperado, vi que los chicos ya no nos perseguían. Habían conseguido acorralar a Courtney a la que atosigaban con el mango de la escoba. Eso es típico de Rachel. Nosotras, que sólo medíamos unos treinta centímetros contando el rabo, contra dos chicos del tamaño de Godzilla. Pero ¿sabéis una cosa? Yo también estaba cansada de aquellos dos pesados y, además, no podía permitir que matasen a la pobre courtney. Se había convertido en algo más que un proyecto científico, era ya casi una hermana. Examiné la pierna del chico que tenía más cerca. Parecía una secuoya, sólo que era del color azul de unos vaqueros. , le pregunté a Rachel. , contestó. Corrimos tanto como pudimos que, por suerte, era bastante. Nos colamos por las perneras de los pantalones. Clavé las uñas en los calcetines blancos de deportes y me impulsé hacia arriba por la parte posterior de su pierna. Era como atravesar un túnel. La áspera tela de los vaqueros me rozaba la cabeza y el lomo, y la piel rosada del chaval se extendía y curvaba ligeramente bajo mis patas. Para escalar más deprisa le hincaba con fuerza cada una de mis uñas. -¡Aaahhhhhh! De inmediato, el chico dejó en paz a Courtney. -¡Aaahhhhhh! ¡El pantalón! ¡Se me ha colado por el pantalón! ¡Sácamela! ¡Sácamela! -¡Nooooo! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! –vociferó el otro chico cuando Rachel le atacó. , exclamé. El chico comenzó a sacudir la pierna y yo empecé a dar bandazos entre la pared de tela vaquera y su pierna. Luché con todas mis fuerzas por no caer mientras el chaval corría agitando su pierna como un loco. -¡Aaaaaahhhh! ¡Aaaaahhhhh! ¡Aaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhh! Salimos del laboratorio y, ya en el pasillo, los chicos no cesaban de gritar. Me las apañé para darme la vuelta y enfilé hacia abajo. Tenía que salir de allí, y sin pensarlo dos veces me solté y abandoné la pernera. Los chicos corrían como si les persiguiera el demonio. No volví a ver a Courtney. Supongo que encontró un lugar donde vivir entre las paredes del colegio. Al menos descubrí por qué no conseguía llegar hasta los frutos secos. Rachel y yo buscamos un sitio seguro para volver a nuestro estado natural. Después fuimos a su casa y le hicimos a su hermana una permanente casera. Un día como otro cualquiera. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 3: [/b] Esa misma tarde nos juntamos todos. Normalmente quedamos en la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje, es decir, en mi granero. Nos solemos reunir una o dos veces por semana, excepto cuando tenemos alguna misión especial entre manos. Entonces, nos vemos a menudo. Me sorprendió la llamada de Jake porque no había pasado tanto tiempo desde la última reunión. Que yo supiera, no había ningún plan en marcha. Yo esperaba que la reunión de aquella tarde no fuese muy larga porque la verdad es que no tenía tiempo para nada. El colegio, vivir, todo eso lleva su tiempo, ¿sabéis? Cuando los demás empezaron a llegar, yo estaba limpiando una jaula, la de un mapache, para ser exactos. Al pobre animal lo había golpeado un coche en la autopista y la policía nos había avisado. Muchos policías nos llaman cuando descubren a un animal herido en la carretera. El mapache se pondría bien gracias a mi padre. Mientras tanto, había que alimentarlo, darle de beber, administrarle la medicina y mantener limpia su jaula. En eso consiste mi trabajo. Ese día, para trabajar, me había puesto un peto sucio y unas botas de goma que me llegaban casi hasta la rodilla. Tenía los brazos embutidos en unos guantes cuando apareció Rachel. -Hola, Cassie. -Hola, Rachel –saludé. Estaba agachada para limpiar a fondo la jaula del mapache, que, por su mirada, parecía a punto de saltar sobre mi cara y morderme la nariz. -Dime una cosa, Cassie, ¿a que te has comprado esa ropa en Banana Republic? Aunque es más del estilo de Express. Rachel es mi mejor amiga y eso que somos totalmente diferentes. Si la viérais seguro que la tomaríais por una cabeza hueca de esas que sólo piensan en ir de compras. Pero si la miras con detenimiento empezarías a cambiar de opinión: <> Si la mirases por tercera vez, probablemente se te acercaría, se plantaría delante de ti y te diría: -¿Qué miras? Sí, te estoy hablando a ti, ¿te pasa algo? Rachel es alta, rubia, guapa y valiente. Es Xena, la Princesa Guerrera, sólo que sin el cuero. Creo que somos la pareja de amigas que menos pega en el mundo. Rachel es capaz de cruzar la multitud enfangada durante una tempestad en un concierto al aire libre y salir como una de esas modelos de la revista Glamour. En cambio, yo me veo el día de mi boda con vaqueros, botas y unos calcetines que no combinen en absoluto. Me separé de la jaula del mapache, sonreí y me di la vuelta para que Rachel admirara mi conjunto. -¿Te gusta? –le pregunté-. Es un avance de la nueva colección de Ralph Lauren: <> -Un día de éstos te daré una paliza, te meteré en un saco, te arrastraré hasta el centro comercial y te obligaré a comprarte un vestido. Podrás llevar las botas si quieres, pero te pondrás el vestido. -¿Estás de broma? – le pregunté. Con Rachel nunca se sabe. Se limitó a sonreír enseñando una fila de dientes muy blancos. A continuación oímos que alguien apoyaba unas bicicletas en la pared y reconocimos las voces. -¿Qué Batman puede con Spiderman? Venga ya, no esperarás que me crea eso. Has perdido el juicio. Te creía más listo, Jake, pero estaba equivocado. No te ofendas pero Spiderman machacaría a Batman con una sola mano. Era Marco, siempre tan trascendental. -Sólo tienes que fijarte en una cosa: su armadura- argumentó Jake-. La tela de araña de Spiderman no se puede pegar en la armadura de Batman. Homer, quédate aquí fuera, Tú no puedes entrar. Ése es Jake, y Homer es su perro. Los perros no pueden entrar en el granero porque de inmediato empiezan a perseguir a todos los animales pequeños, no pueden evitarlo. Jake y Marco entraron por la puerta pequeña de uno de los laterales del granero. Jake iba el primero, como siempre. Si los animorphs tenemos un líder, ése es Jake. Jake es fuerte por dentro y por fuera. Y también es guapo por dentro y por fuera. En fin, que es genial. Jake ha tenido que hacerse mayor en poco tiempo. Es raro ser un niño y tener que actuar como una especie de general o algo así. Las decisiones más importantes las discutimos en grupo, pero cuando nos encontramos en plena lucha, es Jake quien decide muchas veces qué hacer, el que toma esas pequeñas decisiones cruciales que podrían desembocar en un final fatal. Me hacía gracia comprobar que a Jake todavía le gustaba mantener aquellas discusiones absurdas con Marco. A veces creo que Jake está sometido a demasiada presión, y eso me preocupa. Jake y yo… bueno, ya sabéis…, nos gustamos. Marco estaba detrás de Jake. Es más bajo que él y tiene el pelo más oscuro y más largo. Sus ojos son oscuros y risueños. Tiene una forma muy particular de ver las cosas. Está convencido de que al mundo hay que tomárselo a broma. Es capaz de soltar cualquier tontería a pesar de estar herido o muerto de miedo. Pero, a veces, sus ojos pierden esa expresión escéptica y adquieren una mirada fulgurante y muy peligrosa. -Cassie –dijo Marco-, estás guapísima, como siempre. Tu uso del excremento como una manifestación de moda demuestra tu buen gusto. –Acto seguido miró a Rachel y retrocedió asustado-. ¡Ah! Siempre que te veo estás más alta. Vale ya, ¿no? Deja de crecer. -No te preocupes –replicó Rachel propinándole unas palmaditas a Marco en la cabeza-. No te desprecio por tu estatura sino por ser quién eres. -¡Aaaarrrggghhh! –exclamó Marco llevándose las manos al pecho en un gesto de dolor-. Xena ha vuelto a clavarme otra de sus lanzas. -Hola, Jake –saludé ignorando la eterna rivalidad entre Marco y Rachel. -Hola, Cassie –saludó Jake mientras en su rostro se iba dibujando una sonrisa-. Por cierto, he oído una historia un poco rara. Al parecer dos chicos del colegio. Aseguran que fueron atacados por dos ratas del laboratorio. -¿En serio? Yo no he oído nada –repliqué intentando evitar ese tono de falsete agudo que siempre me sale cuando miento. Jake arqueó una de sus cejas y yo rápidamente volví a mi tarea. -¿Para qué estamos aquí? –preguntó Rachel sin rodeos. -No lo sé –contestó Jake encogiéndose de hombros-. Tobias me dijo que os llamara a todos. Él y Ax tienen algo que decirnos. Justo en ese momento un batir de alas atrajo nuestra atención. Un ratonero se había colado por la parte superior del granero. Giró, se detuvo, extendió sus garras hacia delante y se posó con suavidad sobre uno de los travesaños del techo. Era un ratonero de cola roja. Su lomo es prácticamente marrón, más claro en la parte del abdomen que está salpicado de manchas marrones y en todo tostado. Su nombre le viene de las plumas de la cola, que son del color del óxido. El ave nos miró con aquello ojos increíblemente intensos entre marrones y dorados. , saludó Tobias con una voz silenciosa que sólo oíamos en nuestras mentes. -Hola, Tobias –respondí. Tobias es el quinto miembro del grupo. O es del todo humano. Cuando adoptas la forma de un animal, no puedes permanecer más de dos horas transformado porque, de lo contrario, te pasará como a Tobias, te quedarás para siempre atrapado en ese cuerpo. Así pues, Tobias tiene una mente y un corazón humanos, pero cuerpo de ratonero de cola roja y, por lo tanto, se ve obligado a vivir como tal. -Hola, Tobias –añadió Rachel-. Te esperaba anoche. Tobias a veces va a casa de Rachel a ver la tele o a leer, cosas que no puede hacer en el bosque, donde vive. El nombre completo de Ax es Aximili-Esgarrouth-Isthill. Es el sexto miembro de nuestro grupo y es todavía más raro que Tobias. Ax es un andalita. , preguntó Jake. -¿Por qué? –inquirió Marco que empezaba a impacientarse. Tobias descendió para estar más cerca de nosotros y se posó sobre la puerta de uno de los establos. Antes de hablar, contempló el granero. En ese momento teníamos, a demás del mapache, un zorro, dos lobos, uno cuantos murciélagos, un puerco espín muy simpático, un par de liebres, un ciervo herido por un oso, muchas palomas, un ganso, un pollo de cisne, algunas gaviotas, un mirlo de ala roja precioso y un búho. , preguntó Tobias. -Mejoró y le dimos el alta –le informé. Veréis, el águila real en ocasiones ataca al ratonero-. La soltamos en las montañas, muy lejos de tu territorio, Tobias. Nuestro amigo no parecía muy convencido, pero en su semblante fiero de ratonero es imposible apreciar una sonrisa. Cuando era humano, Tobias era un niño muy dulce y un poco despistado. Jake intervino justo a tiempo de evitar que unos chulos le metieran la cabeza en el retrete. Así se conocieron. -¡No puede ser! –exclamé. Los otros no se mostraron tan afectados por la noticia. -¿Y qué tiene de malo? –preguntó Marco. -¡Pues que destruirán el hábitat natural de los animales y se quedarán sin casa! ¡Que árboles centenarios se talarán para hacer madera! –contesté-. Eso tiene de malo. -¿Y a mí qué me importa todo eso? –replicó Marco frunciendo el entrecejo-. ¿Se puede saber? Iba a responderle pero Tobias me lo impidió. -¿Una compañía madedera? –sugirió Marco. -¿Cuál? –preguntó Jake. -¡Oh! –exclamó Jake. -¿Yeerks? –preguntó Rachel-. ¿Para qué iban a talar los yeerks el bosque? Yo sabía la respuesta. El plan de los yeerks era evidente. -Quieren destruir el hábitat natural –le contesté. -¿Qué? ¿Y qué sacan los yeerks exterminando a los ciervos y a los búhos? –objetó Marco, irónico. -No es el hábitat de los búhos lo que los yeerks pretenden destruir –repliqué-. A ellos les interesa otra especie. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 4[/b] -Así que los yeerks están aquí, en nuestro bosque. Muy bien –añadió Rachel con su acostumbrado entusiasmo ante una situación peligrosa-, pues vayamos a echar un vistazo. -Si se trata de una operación de los yeerks, debemos tener cuidado –advirtió Marco- porque nos estarán esperando. , preguntó Tobias. -Escuchad –explicó Marco asintiendo-, los yeerks están convencidos de que somos una banda de andalitas, ¿no? Porque creen que ellos son los únicos capaces de transformarse, y a partir de ahí han llegado a la conclusión de que el bosque es el único lugar donde esos andalitas se esconderían. Pensadlo bien, si de verdad fuéramos andalitas, no alquilaríamos un piso, ¿no os parece? -Vivíriamos en el bosque como Ax –admitió Jake-. Por lo tanto la operación de la tala de árboles no es otra cosa que una caza de andalitas. -Exacto –continuó Marco-, lo cual significa que están convencidos de que vivimos en el bosque y atacarán ante cualquier grupo extraño de animales que vean. Estaba de acuerdo con Marco, pero había algo que no acababa de entender. -¿Cómo han podido conseguir el permiso para talar árboles tratándose de un parque nacional? –pregunté. -¿Y eso qué importa? –contestó Marco a la vez que ponía los ojos en blanco, como si mi pregunta fuera una estupidez-, el caso es que lo han conseguido. -Si vamos a investigar la zona no podemos hacerlo todos a la vez –resolvió Jake-. Lo mejor será dividirse en dos grupos y adoptar diferentes formas. Veamos lo que veamos, no actuaremos, ¿de acuerdo? Todo el mundo asintió. -Bien, si nadie tiene ninguna objeción –prosiguió Jake-, yo iré con Rachel. Me transformaré en halcón peregrino. Rachel, tú puedes convertirte en un águila de cabeza blanca como siempre. Tobias nos guiará hasta allí. Cassie, tú iras con Marco, así obtendréis una perspectiva diferente. -¿Por qué no puedo ir con Rachel? –pregunté. No es que me caiga mal Marco, pero a veces me saca de quicio. -Porque tú y Rachel o animáis una a la otra para hacer cosas que no deberíais –contestó Jake. -Ya, como si tú y Marco no hicierais lo mismo –repliqué, molesta por su comentario. Estaba claro que sabía lo del incidente de la rata. -Supongo que tienes razón –reconoció Jake y me guiñó un ojo. Diez minutos más tarde, Marco y yo atravesábamos el territorio más alejado todavía dentro de los límites de la granja, muy cerca ya del bosque. La hierba crecida anunciaba el principio del bosque. El bosque es enorme, se extiende hasta abarcar las montañas. Miles, tal vez millones de kilómetros cuadrados de pinos, robles y abedules descienden de las montañas en su camino de vuelta, que termina en los límites de la ciudad. Nuestra granja se encuentra en las afueras, como muchas otras y más que se están construyendo. Era una tarde clara, las montañas reflejaban el color rosado y lavanda de la puesta de sol. La brisa era fresca y olía a flores silvestres. En uno de los campos, al lado de la valla, pacían tranquilamente dos de nuestros caballos. Era una zona segura y cuando hacía buena noche los dejábamos sueltos. Claro que en el bosque se están volviendo a introducir los lobos, quizá tengamos que cambiar esa costumbre. Una jauría de lobos puede acabar con un caballo fuerte y sano. Lo sabía porque yo me había transformado en una de esas fieras y, precisamente, me disponía a repetir la experiencia. Llegamos al bosque. De repente pasamos de pisar hierba a caminar sobre pinaza y hojas caídas. Entonces la luz disminuyó y, según nos íbamos adentrando, la oscuridad crecía. Alcé la vista al pedazo de cielo azul que todavía se podía vislumbrar por encima de nuestras cabezas. Pero el sol se estaba poniendo y se acercaba la noche. Las criaturas diurnas empezaban a interrumpir sus actividades y los animales nocturnos comenzaban a abrir sus ojos. -¿Y si nos transformamos ya? –sugirió Marco. -Sí, nos moveremos más deprisa convertidos en lobos –corroboré. -¿No se te pone la carne de gallina? –Marco esbozó una sonrisa-. Me refiero a esto de las metamorfosis. Dios mío, todavía recuerdo la primera vez. Fue tan raro. -Y todavía lo es –dije. -¿Para ti también? -¿Y por qué no iba a serlo para mí? –pregunté. -Porque tú eres la reina de las transformaciones –explicó Marco encogiéndose de hombros. -Venga ya –me reí-, todos nos transformamos, ¿verdad? -Sí, pero incluso Ax reconoce que tú posees un talento especial, como si tuvieras un mayor control sobre el proceso o algo así. Dice que incluso eres mejor que él. -Eso no significa que no me resulte espantoso –repliqué-. Analiza la situación: nos encontramos en el bosque, está anocheciendo y me dispongo a convertirme en lobo. Eso podría ser el argumento de una película de terror, ¿no crees? -Sí, se titularía <>. -<> -corregí. -<> Tras despojarnos de la ropa que nos sobraba y esconderla debajo de unos arbustos, empecé a transformarme. Concentré mis pensamientos en el lobo, cuyo ADN formaba parte de mí. Marco y yo éramos el mismo lobo porque ambos habíamos absorbido el patrón del ADN de la misma hembra. Mi mandíbula comenzó a estirarse. Los huesos de mi boca crujieron cuando las temibles y desafiantes fauces del lobo sustituyeron a mi pequeña y débil boca humana. Mis dientes humanos apenas podían rasgar un filete duro, pero con los colmillos del lobo podría arrancar de cuajo la garganta de un ciervo adulto. Sentí un picor en las encías cuando los dientes empezaron a crecer. -¿Ves? A eso meee refieru –añadió Marco sin mucho éxito porque sus labios y lengua estaban ya desapareciendo. Tuvo que esperar unos segundos para poder comunicarse por telepatía. Había conseguido que la cabeza de lobo apareciese antes que el resto del cuerpo. Era una chica completamente normal excepto por el pelaje que me empezaba a crecer por todo el cuerpo y la enorme cabeza peluda de lobo surgida encima de los hombros. El resto del proceso continuó. Mis rodillas giraron, mis piernas encogieron y los pies dieron paso a unas ásperas almohadillas. El pelaje que ya cubría mi cuerpo creció y se tornó más recio y de un color grisáceo. Como ya no me sostenía de pie, me incliné hacia delante y me quedé a cuatro patas. Los instintos del animal empezaron a aflorar, pero como yo ya había adoptado esa forma antes, no me fue muy difícil hacerme con el control de su mente. Entonces se activaron sus sentidos y los míos quedaron anulados. El bosque era una experiencia totalmente diferente para el lobo. Fue como si de repente me hubiesen transportado a un lugar distinto. Mi oído humano tan sólo era capaz de identificar el sonido del viento, los gorjeos de algún pájaro y el crujido de las hojas. Sin embargo, el lobo era capaz de oírlo todo, desde un animal grande de cuatro patas rondando a unos cien metros a la derecha, hasta unas ardillas mordisqueando unas bellotas en sus altos nidos; desde los insectos que corretean por debajo de la pinaza que forma el lecho del bosque, hasta el ruido de los coches que circulan por la carretera lejana. Pero el oído no era nada comparado con el olfato. Para que os hagáis una idea, en lo que se refiere al olfato, los humanos estamos ciegos. Podemos percibir el olor de una flor si ésta se halla justo debajo de nuestras narices, o el aroma de un pastel de chocolate en el horno. Pero, en general, nuestro olfato está atrofiado. Los lobos son los reyes del olfato. No os podéis ni imaginar lo que supone tener el olfato de un lobo. , grité asustada. Era como estar ciego y recuperar de repente la visión. El lobo es capaz de percibir el olor de nuestros caballos en el campo. Pero eso no es todo, por el olor distingue si los caballos son adultos y están sanos. Reconoce el aroma de cada flor, árbol, hoja y seta. Sabe dónde hay agua, las tres zonas en las que puede encontrarla y también qué corriente es la más fresca. Además captaba el olor de una ardilla listada, de una docena de ardillas, de campañoles, ratas, ratones, ciervos, de un gorrión muerto, de un mapache, no… de dos. Incluso percibía mi olor, impregnado de la ropa que me había quitado así como el olor de todos los animales y pájaros que había tocado en el granero o junto a los que había pasado. El lobo era capaz de reconocer el olor de lo sucedido anteriormente. Sabía por ejemplo que un humano había atravesado el bosque hacía unos días y que otro lobo, un macho viejo, había estado allí. Olía también la basura, a los perros y los gatos. Pero además le llegaba un extraño olor que de inmediato asocié con un andalita, que no podía ser otro que Ax. Cuando se combinan esos dos sentidos tan poderosos, el del olfato y el del oído, es como si el mundo entero cobrara nueva vida. , exclamó Marco. A los lobos les encanta correr. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b] Capítulo 5:[/b] Los lobos pueden pasarse toda la noche corriendo, sin disminuir la marcha y sin descansar. En nuestra carrera, Marco y yo saltamos por encima de troncos caídos, esquivamos árboles y matojos de espinos. Atravesamos praderas iluminadas por la luz de la puesta de sol y oscuros parajes plagados de altos pinos. Cruzamos ríos, mientras nos salpicábamos uno al otro o saltando de piedra en piedra. Corríamos guiados por las sensaciones que invadían nuestra mente y la llenaban de aromas, sonidos, imágenes. Sabíamos exactamente lo que ocurría en un metro a la redonda. Era como estar conectados a la corriente de información suministrada por la naturaleza. Percibimos el olor del campamento maderero mucho antes de llegar a él. Luego, oímos un ruido de máquinas y el rumor de una conversación. Las voces eran humanas. Entonces algo nos recordó que no éramos los únicos depredadores en guardia en aquel bosque. , nos preguntó una voz por telepatía. Se trataba de Jake. , respondí. , contestó Jake soltando una risotada. Me detuve eché la cabeza hacia atrás como si fuera a aullarle a la luna. A través de un hueco, entre los árboles, vislumbré un trozo de cielo y más arriba, muy lejos del suelo, distinguí tres diminutos puntos negros. Eran Tobias y Jake flotando a unos doscientos metros por encima de nosotros. Nos habían visto a pesar de la escasa luz reinante aprovechando los claros que formaban las nubes. , informó Tobias. , protesté. , me quejé. , respondió Tobias. Marco y yo iniciamos de nuevo la marcha. Ya no íbamos tan deprisa como antes. Debíamos mantenernos alerta. A través de los árboles divisamos una luz, una luz artificial. Nos acercamos muy despacio, con el lomo encorvado, la cabeza gacha y las orejas erguidas. Husmeábamos el aire con el fin de obtener alguna pista. El edificio del centro de actividades era mayor de lo que parecía al principio. Estaba hecho de troncos de madera, una especie de estación rústica al estilo de las utilizadas por los guardabosques. Tenía dos plantas y un porche en la parte delantera. En la planta baja, en los lados y en la parte de atrás no había ventanas, pero sí había en la planta superior, aunque tan oscuras que no se veía nada. En la parte alta del edificio habían instalado unos potentes focos de luz cegadora. El bosque había retrocedido al menos treinta metros a cada lado del edificio y alrededor del mismo se extendía un terreno desnudo y pedregoso iluminado de tal manera que parecía un día soleado. Contamos una docena de enormes máquinas aparcadas de forma impecable unas al lado de las otras. Excavadoras, grúas de extrañas formas, camiones y una máquina monstruosa que recordaba a un juguete gigantesco. Supuse que aquélla sería la utilizada para talar los árboles. Mis agudos sentidos de lobo captaron el movimiento de varios hombres bordeando el perímetro del claro. No estaban juntos, sino separados por una distancia de aproximadamente cuarenta y cinco metros y además muy alerta. El más próximo a nosotros caminaba por la zona situada justo delante nuestro. Marco y yo nos agazapamos detrás de unos árboles y permanecimos inmóviles. El hombre vestía uniforme y calzaba botas de cuero que le llegaban casi hasta la rodilla. Además llevaba un rifle automático. , observé. Escuché atentamente para ver si me llegaban ruidos del interior del edificio, pero fue en vano. Una de dos, o no había nadie dentro o habían insonorizado el lugar. , me preguntó Marco. , pregunté. , contestó Marco. , admití. Me quedé en silencio, había oído un ruido, no… varios ruidos, algo se movía con sigilo. Miré a Marco y descubrí que también tenía las orejas erguidas. Sentí una punzada de miedo. Mi parte humana estaba aterrorizada pero mi parte animal no. En ocasiones como ésa confiaba más en mi instinto humano. , pregunté. , se limitó a responder Marco. de pronto, ¡Una luz cegadora! Luz que salía de todas partes. Fue como si por un instante el mundo se hubiese vuelto blanco, y el universo entero me estuviese observando. ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM!, algo crujió arriba, en los árboles que cubrían nuestras cabezas. Alcé el rostro y vi algo caer. ¡Era una red! Desde el cielo llovían enormes redes de metal con unas piezas muy pesadas en los extremos. Dimos un brinco, una de las redes estuvo a punto de sepultarme, sin embargo, conseguí apartarme justo a tiempo y escapar. Tan sólo me rozó el lomo, pero no me atrapó ¡SHIUUUUUUNNNNGGG! ¡SHIUUUUNNNNNGG!, un haz de luz roja brillante procedente de una de las oscuras ventanas del edificio hizo blanco a tan sólo quince centímetros de donde yo me encontraba y pulverizó la base de un árbol y dejó un agujero de unos quince centímetros que atravesaba el tronco de lado a lado. Eché a correr, pero supe que algo iba mal. ¡Marco! ¿Dónde estaba Marco? Me giré y miré hacia atrás. ¡Dios mío! Había quedado atrapado bajo una de las pesadas redes y por mucho que escarbara y se arrastrara no podía quitársela de encima. Retrocedí. ¡SHIUUUUUUUUNNNNGGG! ¡SHIUUUNNNNNNNNGGG! Los rayos dragón, casi pálidos en comparación con el resplandor que surgía del bosque no cesaban ni un momento. Llegué hasta donde se encontraba Marco, agarré el filo de la red con los dientes y con un esfuerzo descomunal logré levantarla. Pesaba muchísimo, no era de extrañar que Marco estuviera arrastrándose por el suelo. , exclamé. ¡SHIUUUUUNNNNNGGGG! ¡SHIUUUUUNNNNNGG! No podía sostener la red por más tiempo. Me dolían las mandíbulas y el cuello se me doblaba. Marco no había avanzado ni un milímetro y los rayos caían cada vez más cerca. Entonces comprendí por qué los guardias habían desaparecido, estaban cruzando el bosque en dirección a nosotros. Media docena de hombres, empuñando sus automáticas, se aproximaban y sus sombras gigantescas se proyectaban en las copas de los árboles. Era una visión espeluznante y aterradora. Entonces…, algo se movió algo más rápido que un lobo o un humano. Algo parecido a un ciervo y que también recordaba a un caballo. Un rostro sin boca, unos ojos en el extremo superior de unas antenas y una cola de escorpión. Una criatura nunca vista en la Tierra se abalanzaba sobre nosotros. , exclamé. Chasqueó la cola con un movimiento tan rápido que escapaba al ojo humano y arremetió contra la red con tanta fuerza que saltaron chispas al abrirse un boquete justo delante del hocico de Marco. , protestó Marco y, sin pensarlo dos veces, salió por el agujero y echó a correr. Yo le seguía de cerca. Si ya de por sí los lobos son rápidos, no podéis imaginar la velocidad que llegan a alcanzar cuando tienen miedo y una mente humana aterrorizada. Salimos de allí zumbando, y tras nosotros, Ax. ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAM! ¡Eran balas! ¡Nos estaban disparando con armas tradicionalmente humanas, pero no por ello menos mortales. El ruido es mucho más ensordecedor que en las películas y el miedo que sientes también es mucho mayor. En otras palabras, que te disparen en la vida real no tiene nada que ver con el cine. , grité. , bramó Marco. , exclamó Ax. Creo que esa noche dos lobos y un andalita batieron un récord de velocidad. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 6:[/b] -Bueno, al menos hemos averiguado que o se trata de un campamento forestal normal y corriente- nos alentó Marco. Cuando llegamos a las afueras del bosque, ya cerca de mi granja, Marco y yo nos transformamos. Rachel y Jake descendieron e hicieron lo mismo. Tobias se posó en mi rama cercana. Ax no paraba de mover sus antenas oculares de un lado para otro para comprobar que no hubiera nadie en los alrededores. Después me miró con sus ojos principales. -Por cierto, Ax, gracias -dije. -En serio, Ax –añadió Marco-, debajo de esa maldita red estaba enlatado. Tu cola es una maravilla. Como es habitual en los andalitas, Ax no se comunica a través del lenguaje hablado. Los andalitas no tienen boca y supongo que por eso utilizan la telepatía. De cerca parece un cruce entre un ciervo o un caballo y un humano con algún rasgo de escorpión, algo así como un centauro mitológico. La parte superior de su cuerpo es como la de un niño. Tiene dos brazos de aspecto más bien débil y una cabeza con dos antenas movibles de cuyos extremos sobresalen unos ojos que se mueven en todas direcciones. Resulta casi imposible escabullirse a la mirada de un andalita. Ax tiene el cuerpo cubierto por un pelaje de un color entre azul y canela, corto en el torso humano y un poco más largo en la parte inferior, que es la que más se parece a la de un ciervo. Sus cuatro pezuñas son puntiagudas y negras. Pero lo que en realidad llama la atención es la cola. Su longitud le permite elevarla por encima de su cabeza y atacar a alguien situado frente a él, pero además termina en una especie de aguijón curvado. -Ninguno vio las redes –puntualizó Jake-, debían de estar muy bien escondidas. -Pero lo más grave de todo es que nos estaban esperando –intervino Marco-. No cabe duda de que se trata de una operación dirigida por los yeerks. Me parece que lo que menos les interesa es el negocio de la madera, el único objetivo de todo ese montaje es atraparnos. -Estoy de acuerdo –añadió Rachel-. Piensan que somos andalitas y están hartos de que les fastidiemos sus planes. Seguro que están convencidos de que nos ocultamos en el bosque. -Pues casi aciertan –señaló Jake-. Ax y Tobias viven en el bosque y nosotros también pasamos mucho tiempo en él. -No sé si os dais cuenta de que nosotros no somos los únicos perjudicados –repliqué. Todos me miraron desconcertados. -Lo que quiero decir –proseguí tras respirar hondo- es que el bosque seguiría siendo importante aunque Ax y Tobias no viviesen en él. Se me revuelve el estómago cuando pienso en toda esa gentuza talando árboles. -Oh, no. No empieces con ese rollo de la Madre Tierra otra vez, ¿quieres? –protestó Marco-. He estado a punto de ser pulverizado por uno de esos rayos dragón y no ha sido precisamente por intentar salvar a Bambi, ¿te enteras? -Escucha, Marco, no somos los únicos animales que viven aquí. Nosotros , todo el mundo debería tenerlo claro –manifesté. -Cassie, ¿a quién le importa eso? Luchamos para salvar al mundo de los yeerks. ¿A quién le importa la ecología, el reciclaje de latas o la deforestación? -A mí –respondí. -Bueno, a ti porque tú eres así –replicó Marco-. Personalmente, me preocupa más que unos cuantos yeerks hayan construido una fortaleza con el corazón del bosque para talar árboles con el único objetivo de atraparnos. Había empezado a responderle cuando Jake levantó una mano. -Da lo mismo cuáles sean las razones. Lo importante es que todos estamos de acuerdo en que esto debe acabar, ¿verdad? –juzgó Jake al tiempo que miraba a Marco y después a mí. Su comentario me molestó. Sí, entiendo que Jake debe considerar las opiniones de todos por igual, pero parecía estar de acuerdo con Marco en que lo importante era que nosotros nos salváramos y no que destruyeran el bosque. Miré a Rachel en busca de apoyo, pero mi amiga parecía haber encontrado algo más interesante que observar en el suelo. <> , añadió Tobias. -¿tenéis alguna idea de por dónde empiezar? –preguntó Marco-. Ese lugar es la Fortaleza de la Muerte. -¿Y si lo volamos por los aires? –sugirió Rachel. -Quizá podríamos utilizar sus propias máquinas para destruirlo –aventuró Marco-. el problema es que no contamos con el factor sorpresa porque cuentan con que tarde o temprano les hagamos una visita. -Y entonces ¿qué? ¿No estaréis pensando en rendiros tan pronto? –preguntó Rachel y juntó los labios hasta formar una línea muy fina-. ¿Es ése el plan? ¿Dejarles que avancen hasta que encuentren a Ax y a Tobias? Ax no respondió. -No quisiera parecer una de esas ecologistas fanáticas –dije en tono sarcástico-, pero no entiendo cómo es posible que los yeerks hayan obtenido un permiso para talar los árboles de un parque nacional. -¿Y eso qué más da? –objetó Marco, aún más sarcástico que yo. -Porque a veces, Marco, existe una forma inteligente de hacer las cosas. Los yeerks no tienen, de momento, el control absoluto del gobierno, así que han tenido que conseguir un permiso legal. De lo contrario, este lugar sería un hervidero de policías, agentes federales y periodistas, lo cual no les interesa lo más mínimo. Por su expresión, Marco parecía tener un argumento sólido con el que rebatir mi comentario, pero se limitó a responder: -Oh. Jake arqueó una ceja y clavó la vista en su mejor amigo. -Ves, Marco, éste es un claro ejemplo de por qué Cassie es mejor persona que tú. Podría haberse burlado de ti, que es lo que tú hubieras hecho de haber estado en su lugar, y decir algo así como: <> Marco no pudo evitar sonreír. Jake me guiñó un ojo, y entonces le perdoné por haberse puesto antes de parte de Marco. -¿Qué se te ocurre que podemos hacer? –me preguntó Jake. Me encogí de hombros. Odio tener que tomar decisiones que puedan comportar consecuencias terribles, como que alguien acabe herido o incluso muerto. -Supongo que… La verdad es que… hum… Lo que está claro es que los yeerks han contado con la ayuda de alguien, alguien que seguramente es un controlador y que ocupa un alto cargo. Tenemos que averiguar de quién se trata. , preguntó Tobias. -Supongo que… –Miré a Jake en busca de ayuda. Sabía la respuesta pero no me atrevía a decirla. Veréis, siempre que llevamos a cabo un plan terminamos embarcados en una situación de alto riesgo. -Tenemos que entrar al edificio –concluyó Jake por mí. Asentí, era lo mínimo que podía hacer. -No se me ocurre ningún animal lo bastante grande como para forzar la entrada al campamento –indicó Rachel, haciendo un gesto negativo con la cabeza. -Nada de animales grandes –sugerí-. Pequeños, muy pequeños. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 7:[/b] -¿Se puede saber dónde has estado? –me preguntó mi padre en cuanto me vio entrar por la puerta esa misma noche. Mi padre estaba en la cocina, hurgando en la nevera. Me pilló por sorpresa, mis padres no acostumbran a hacerme muchas preguntas porque confían en mí. Y por lo menos antes podían estar tranquilos porque creo que nunca les he contado una mentira, hasta que me convertí en un animorph. A partir de entonces mi vida se ha convertido en una mentira continua y os aseguro que me siento fatal. -Hum…, pues…, dando una vuelta por ahí –contesté-. ¿Por qué? ¿Me necesitabas para algo? -¡Y tanto que sí! –respondió de una manera muy solemne, así que deduje que no iba en serio. Así es él. Tiene un sentido del humor un tanto especial. Al menos eso es lo que opina Jake par quien mi padre es el hombre más divertido del planeta. -¿Qué pasa? -Acaban de llamar los de la patrulla de autopistas para informar de que hay un animal… un animal muy particular… en el arcén , a la altura del bosque. Han dicho que tenía una quemadura grave. No me gustó el tono empleado al decir <>. -Tenemos que ir hasta allí –continuó mi padre y luego sonrió-. Yo conduzco y tú te encargas de recogerlo. Proferí un gemido. Sólo había un animal en el mundo al que mi padre tenía miedo, y eso que manejaba sin problemas zorros, lobos, incluso osos. Pero ese animal <> le aterrorizaba. -O sea que se trata de una mofeta, ¿no? –le pregunté. -Exacto –confirmó asintiendo-. Tú tienes un don especial con las mofetas –reconoció-. Les caes bien. Además mañana tengo una reunión con los directivos de una compañía de comida para gatos. No puedo presentarme ante ellos apestando a mofeta. En ese momento apareció mi madre, que subía del sótano. Traía una caja de seis botes de zumo V-8. -Es todo lo que he encontrado en la despensa –informó. Os explico, el zumo de tomate es una de las pocas cosas que puede eliminar el olor a mofeta. -Mamá, ¿no deberías ayudar tú a papá? Yo… yo tengo que hacer los deberes. -Sí, claro –replicó mi madre con ironía. -Esto es increíble, los dos sois veterinarios cualificados –protesté-. ¿Cómo es posible que os den miedo las mofetas? -A mí no me daban miedo –declaró mi padre en tono misterioso- hasta aquel incidente. -Sólo porque un mofeta te haya rociado… -En la cara –puntualizó. -Sólo porque una vez tuviste la mala experiencia… -Me roció seis veces en tres segundos –me interrumpió mi padre- y el olor me duró una semana entera. Tu madre me obligó a dormir en el granero, pero como a los animales les ponía nerviosos mi presencia, tuve que plantar una tienda en el patio y pasar allí la noche. -Y después tuvimos que quemar la tienda –añadió mi madre entre risas. -Tú, en cambio, tienes un don especial con las mofetas, hija –insistió mi padre-, de hecho, con todos los animales. Venga, sabes de sobra que las mofetas te adoran. -Una mofeta achicharrada sobre el arcén de una autopista no adora a nadie –repliqué. Diez minutos después nos dirigíamos al lugar de los hechos. Mi padre conducía su nueva camioneta; la vieja, a la que él tenía tanto cariño, se la habían robado y destruido por completo. Bueno, al menos eso era lo que él creía. En realidad se la habíamos tomado prestada para una de nuestras innumerables misiones. Marco iba al volante, pero lo cierto es que no sabe conducir. Así que la camioneta se estrelló en una zanja y acabó siniestro total. Lo único que le gustaba de la nueva camioneta era el compact que llevaba incorporado porque loe permitía escuchar música. En esos momentos sonaba jazz del clásico o algo por el estilo. Llegamos al lugar indicado por la patrulla de autopistas, nos detuvimos y pusimos las luces de emergencia. -Con cuidado. La gente conduce como loca por aquí –me advirtió mi padre al salir del coche. Los coches pasaban a ciento veinte kilómetros por hora o más con las luces largas puestas. El bosque se extendía a ambos lados de la autopista. Con la linterna alumbré hacia los árboles. Normalmente el bosque no me produce ningún temor, pero nos encontrábamos a unos doscientos metros del campamento maderero de los yeerks. Me resultaba extraño volver al lugar donde hacía una hora habían estado a punto de matarme. Llevábamos por lo menos veinte minutos recorriendo el arcén, salpicado de hierba, cuando la luz de mi linterna se posó sobre un montón de pelo blanco y negro. -¡Papa! ¡Aquí! Se acercó corriendo y enfocó con su linterna el lugar que yo le señalaba. -Ahí está, sí –comentó-, voy a por la jaula. Ponte los guantes, ya sabes que las mofetas transmiten la rabia. -Papá, estoy vacunada. -Ninguna vacuna protege al cien por cien –me recordó. Me acerqué hasta el animal, que percibió mi presencia y me miró con sus diminutos y brillantes ojos negros. -No temas –la intenté tranquilizar, elevando el tono de voz-. Te vas a poner bien. Hemos venido a ayudarte. Tranquila. Os contaré algo sobre las mofetas. Son los animales más dulces del planeta. No tienen ni pizca de malicia, no la necesitan, poseen la mejor arma de todas, aunque antes de utilizarla te avisan. Primero te dan la espalda. Si levantan la cola con la punta hacia abajo, tened cuidado porque va en serio. Pero si levantan la punta de la cola… lo llevas claro. Si una mofeta te da la espalda y levanta la cola del todo, estás perdido. Creedme. Todos los animales lo saben, excepto los perros que, por desgracia, no entienden de mofetas. Pero los osos, los mapaches, los lobos y la mayor parte de las aves rapaces saben que no deben tomarse a la ligera una cola de mofeta. Quizá suponéis lo mal que huele el líquido que suelta la mofeta porque alguna vez habéis pasado cerca. Os aseguro que no es nada comparado con la realidad. De cerca y en directo el hedor adquiere una dimensión totalmente desconocida hasta entonces. Imaginaos el peor tufo posible y multiplicadlo por mil. Aun así os costará haceros una idea. -Muy bien, pequeña –susurré-, no me rocíes. Soy tu amiga, por favor no me rocíes. Me acerqué un poco más y me acuclillé para reducir mi tamaño y evitar que me considerase una amenaza. Me movía muy despacio, primero un paso y después otro, le hablaba en voz baja como si fuera un bebé. Tenía la impresión de acercarme a un niño armado. La mofeta se movió, y yo me quedé paralizada. Luego se tranquilizó, y yo volví a respirar. -Por favor, guapa, no me rocíes –le supliqué. Me metí la mano en el bolsillo y saqué un trozo de carne de ratón. En el granero tenemos ratones congelados para dar de comer a las aves rapaces. A las mofetas también les gustan los ratones y los saltamontes-. Toma, la cena. Le acerqué el ratón, pero no parecía hambrienta. Sin embargo creo que eso la convenció de que yo no representaba un peligro. Me agaché a su lado y deposité la linterna en el suelo. Con mucho cuidado adelanté mi mano para acariciarla. La mofeta estaba temblando, tiritando y entonces comprendí por qué. Tenía una quemadura semicircular en el lomo, como si alguien le hubiese extraído un trozo de carne con una cuchara. -Rayos dragón –susurré-. Estabas allí, ¿verdad? Pobrecita. Cuando los yeerks nos disparaban a Marco y a mí de rebote le habían dado a la pobre mofeta. Un animal inocente se había visto envuelto en una guerra librada entre humanos y yeerks. Los yeerks destruirán el bosque entero y a todos sus animales para atraparnos. -Lo siento –le susurré a la pequeña. La levanté con mucho cuidado y la acurruqué entre mis brazos. [b] © 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 8:[/b] Habíamos quedado en el centro comercial. Era sábado, y el centro comercial es un sitio normal para reunirte con tus amigos. Cuando el mundo en el que vives está lleno de posibles enemigos tienes que procurar comportarte con la mayor normalidad para no llamar la atención. Debes ser prudente incluso con tu propia familia y con tus amigos del colegio. En una situación como ésta nunca sabes en quién puedes confiar. Los yeerks creen que somos andalitas y nos conviene que lo sigan pensando. Si averiguasen que somos humanos y, lo que es peor, que no somos más que un grupo de niños, estaríamos perdidos. Así que intentábamos no dejar ninguna pista y, sobre todo, que no nos viesen siempre juntos. No nos gustaría que a algún profesor convertido en controlador se le empezaran a ocurrir casa como: <> Teníamos que actuar con toda normalidad. Rachel seguía yendo a sus clases de gimnasia y de compras, Jake y Marco quedaban para hacer unas canastas en el patio de la casa de Jake o practicaban con los videojuegos, y yo pasaba muchas horas en el granero cuidando a los animales de la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Por desgracia no podíamos hacer nada para que Tobias pareciese normal porque, para empezar, su aspecto ya no lo era. De todas formas, como humano tampoco había llevado una vida demasiado convencional. Le habían hecho ir de aquí para allá; una temporada vivía con un tío o una tía y poco después se trasladaba a casa de otro familiar. Nunca había formado parte de algo que pudiera llamarse familia y, por duro que suene, cuando un día desapareció sin más, nadie pareció percatarse. Durante una hora estuve siguiendo a Rachel, que se movía con soltura sorteando estantes de diferentes tiendas de ropa como The Limited, Banana Republic y The Gap entre otras. Rachel posee un instinto natural para las rebajas. Siempre sabe cuándo y dónde empiezan antes de que se anuncien. No le hace falta la publicidad, simplemente lo intuye. Entramos en Express y nos dirigimos hacia una serie de mesas con un montón de jerséis apilados. Rachel estaba buscando un tono verde que probablemente no existía. -¿Qué hacemos? –le pregunté. -¿Qué? –Mi amiga levantó la cabeza. Estaba totalmente concentrada en un jersey que no dejaba de acariciar-. Ah, pues entrar, supongo. Si encontramos la manera, claro. -Eso era justo lo que yo me preguntaba. ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo podemos colarnos en ese sitio? Ya sé que a todos se nos ha pasado por la cabeza adoptar la forma de un insecto, pero si alguien está pensando en repetir la experiencia de las hormigas, yo me niego en rotundo. -Espero que a nadie se le haya ocurrido –replicó Rachel sobresaltada. Habíamos pasado muchos momentos terribles estando transformados, pero lo de las hormigas había sido la peor experiencia con diferencia. Fue una situación espantosa porque, de repente, nos dimos cuenta de que éramos un ejército de hormigas forasteras invadiendo un territorio enemigo. No os podéis hacer ni idea de las pesadillas que he sufrido a raíz de aquello. Soñaba con túneles de los que empezaban a brotar cientos de perversas hormigas soldado que se ensañaban con nosotros… -Nada de hormigas –insistí y miré a Rachel a los ojos-. ¿De acuerdo? Rachel se encogió de hombros y después consultó se reloj. -Es la hora. Ax viene con ellos, será mejor que no les hagamos esperar. -¿Ax? Oh, no. Jake , Marco y un chico superguapo estaban sentados en el restaurante. Discutían casi a voces sobre quién había ganado no sé qué videojuego. -¡Eh! ¡Rachel! –nos llamó Marco cuando pasamos cerca de ellos-. ¿Cómo vosotras por aquí? A mí no me gustaba demasiado todo aquel número. Me parecía un poco tonto fingir un encuentro casual, pero supongo que era la única forma de estar juntos sin levantar sospechas. -Ya ves, de compras –respondí-. Ya sabéis que me encanta ir de compras. -¿Por qué no os sentáis con nosotros y probáis los nachos? Están deliciosos –nos invitó Jake con una sonrisa de oreja a oreja. Miré el plato de papel que contenía los nachos. No quedaba ni uno, sólo el plato con alguna que otra mancha naranja de queso. En la barbilla de aquel chico guapo sentado entre Jake y Marco se veían rastros del mismo color. Jake descubrió lo que yo estaba mirando. -Por lo menos no se ha comido el plato –comentó Jake poniendo los ojos en blanco. -Hola –me saludó Ax-, mi nombre es Phillip y soy primo de Jake. Primo de Jake, primoooo-prriiiimoou. Estoy de visita. No pude contenerme y se me escapó la risa. Hace tiempo que Ax creó una forma humana muy particular a partir de la fusión de nuestros ADN. El resultado fue una extraña combinación de todos nosotros. Era chico, pero con una belleza muy particular. Su aspecto era el de un humano, aparentemente lo era, pero seguía teniendo muchos problemas para acostumbrarse a esa nueva forma. Por ejemplo, como los andalitas no tienen boca, ésta le fascinaba, y no podía evitar jugar con el sonido de las palabras. Pero, sobre todo, nuestro querido amigo representaba un auténtico peligro cerca de la comida. -¿Estaban bueno los nachos? –le pregunté. -Sabían a grasa y sal, pero había además otro sabor que me recuerda al del lubricante, delicioso por cierto, que probé una vez. Proobée-proubé. -¿Lubricante? –repitió Jake-. Ax… digo Phillip… ¿Recuerdas que te he dicho mil veces que las colillas y las hilachas que quedan en la secadora no se comen? Pues añade a la lista el lubricante. -Vale –asintió Ax-. Tenéis muchas reglas para la comida, ¿no? -Muy bien –intervino Marco, tras retirar una silla para que yo me sentara-, si ya hemos terminado con este viaje a la dimensión desconocida, hablemos de cosas serias. -Tobias ha venido a verme esta mañana –informó Jake en voz baja-. Ha estado sobrevolando la zona en cuestión y cree que los controladores disponen de unos transponedores acoplados a los cinturones que les permiten atravesar el campo de fuerza. -Así que debemos hacernos con uno de ésos –concluyó Rachel. -No –objetó Ax inmediatamente-, un transponedor se activa con la firma bioquímica de su portador. Los yeerks no son… -¡Chist! No menciones esa palabra –le susurró Jake. Vi que Marco miraba a un lado y a otro con rapidez para comprobar si alguien estaba escuchando la conversación. -Lo siento. Sieeeento-ientou –se disculpó Ax-. El plan de Rachel nunca funcionaría. -Tobias ha visto más cosas –añadió Jake y exhaló un suspiro-. Dentro del campo de fuerza hay unos pequeños orificios en la base de madera del edificio. Según Tobias, causados por termitas. -¿Termitas? –repetí. -Así es –respondió Jake. -Jake –dije tras tragar saliva-, las termitas se parecen mucho a las hormigas. -Bueno, no son tan crueles –replicó Jake-. He estado investigando en Internet. Además, si utilizamos una termita de esa colonia para absorber su ADN, se creerán que pertenecemos a la misma colonia y no nos crearán problemas. Me costaba respirar. A Marco le había cambiado el semblante, estaba gris. Incluso Ax se había quedado mudo. -No lo dirás en serio, ¿verdad, Jake? –le pregunté-. ¿Termitas? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Termitas! –Estaba histérica, supongo que todos se dieron cuenta. -No se me ocurre otra forma de hacerlo –protestó Jake con la vista clavada en la mesa y mordiéndose el labio inferior. -Cassie, tenías razón cuando dijiste que lo importante era saber cómo habían conseguido el permiso para talar el bosque. Ése es su punto débil. Tenemos que averiguar cómo se las han ingeniado, y para eso no hay más remedio que entrar en el edificio. -¿A través de los túneles de las termitas? –preguntó Marco-. Un momento, ¿cómo vamos a conseguir una termita para absorber su ADN? Todas están dentro del campo de fuerza, ¿no? Deseaba con toda mi alma que Marco tuviera razón pero, cuando miré a Jake, éste hizo un gesto negativo con la cabeza. -Tobias dice que hoy han estado haciendo obras en el edificio porque quieren instalar más lanzaderas dragón y que tuvieron que deshacerse de algunos de los troncos de madera que lo formaban. Jake introdujo la mano en el bolsillo de su cazadora y extrajo un pequeño frasco de cristal en cuya tapa se distinguían unos agujeros para que pasara el aire. En el interior del frasco había un diminuto insecto de color marrón y blanco, su tamaño era el de una hormiga, sólo que con una cabeza más grande y de color marrón. -Pertenece a la colonia que vive en el edificio –explicó Jake. Observé a la termita. El animal trataba de escalar por el cristal sin éxito. El pobre bicho no podía hacer nada, estaba atrapado en el interior de una enorme celda de cristal sostenida por una criatura cuyas dimensiones la pobre termita no llegaría jamás ni a imaginaar. Jake le quitó el tapón al frasco. -No lo haremos –prosiguió Jake –a no ser que todos estemos de acuerdo. Pero no podemos permitirles que… que destrocen el bosque. Rachel extendió su mano. Jake propinó unos golpecitos en el frasco hasta que la termita aterrizó en su palma. Vi que el insecto correteaba por la línea de la vida de Rachel y que, tras unos segundos, languidecía, al tiempo que Rachel absorbía su ADN. Me imaginé a mí misma dentro de aquel cuerpo, encima de una mano enorme donde cada raya era tan profunda como un foso. Cuando Rachel terminó, extendí mi mano. Estaba temblando, me resultaba imposible controlarme. De repente, el restaurante del centro comercial pareció oscurecer. Dios mío, qué miedo me daba aquel insecto tan pequeño. En el fondo de mi alma sentía auténtico terror. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 9:[/b] Iríamos esa noche, esa misma noche. Por la tarde debíamos encargarnos de nuestras tareas habituales y de hacer los deberes. Probadlo un día. Intentad hacer los deberes mientras os asalta el pensamiento de que quizás aquélla sea vuestra última noche. Intentad concentraros en los ejercicios de matemáticas cuando sabéis que, en unas horas, os convertiréis en termitas con el objetivo de penetrar en el interior de un edificio de alta seguridad. Que no os pase nada. Salí de casa y me dirigí al granero. Mi padre estaba allí, visitando a sus pacientes. No me necesitaba pero tampoco rechazó mi ayuda. -¿Has terminado los deberes? –me preguntó. -Casi. –Una mentira más. -Iba a examinar la mofeta de anoche. La pobrecilla estaba muy nerviosa, así que le he suministrado un sedante suave. -¿Es hembra? -Sí. Mi padre llevó la jaula a la pequeña sala contigua donde acostumbra a examinar a sus pacientes. Saqué al animal de la jaula y lo deposité sobre la mesa de observación. Gracias al efecto del calmante se encontraba ya más tranquila. La noche anterior mi padre había vendado la herida y en ese momento desenrollaba la venda con sumo cuidado. No pude evitar mostrar una mueca de dolor ante el aspecto de la quemadura, y eso que ya había visto cientos de ellas. -Humm. Humm. Pa. Pa. Pa. Hummm. Siempre que mi padre examina algo que le resulta interesante suelta esa exclamación, <>. No sé por qué, pero el caso es que siempre lo hace. -Extraño, muy extraño. Jamás en toda mi vida había visto algo semejante. No sabría decir qué ha podido producírselo. Es una herida demasiado perfecta, demasiado limpia. Está claro que lo que la quemó estaba tan caliente que le ha cauteriado parcialmente el tejido. -¿Es una herida muscular o sólo superficial? –pregunté. -En su mayor parte ha sido sólo pelo y piel lo que se ha quemado –aclaró mi padre mirándome y sonriendo a la vez-, pero aquí, en el lomo, la lesión es más seria. Es una herida muy profunda y puede que se haya quemado la espina dorsal. Pero sobrevivirá. Dudo que sus pequeños tengan la misma suerte. -¿Sus qué? ¿Tiene crías? -Sí, y no creo que tengan más de seis o siete semanas. -¿Y están allí solas, en el bosque? -Cassie –añadió mi padre a la vez que le ponía una venda nueva al animal-, son las leyes de la naturaleza. -Pero son muy jóvenes, no sobrevivirán, ¿verdad? -No lo sé, no te lo podría asegurar –contestó mi padre sin mirarme. Pensé entonces que mi padre quizás también me mentía a veces, por mi bien, o al menos eso era lo que él creía. -Estarán en alguna madriguera preguntándose dónde está su madre –continué-. Se morirán de hambre o algún depredador acabará con ellas. -¿Me pasas la tijeras? –me pidió mi padre. -Sí. Por cierto, venía a preguntarte si puedo quedarme a dormir en casa de Rachel esta noche. -Pues claro, cielo. Si a tu madre le parece bien, por mí no hay inconveniente. Por cierto, no me has preguntado qué tal me ha ido esta mañana la reunión con la gente esa de la comida para gatos. Nos han concedido más fondos. Hablamos durante un rato mientras hacíamos la ronda juntos, pero mi cabeza estaba en otra parte. No podía dejar de pensar en aquellas crías de mofeta gimiendo y llamando a su madre. También pensaba que ojalá mi padre no hubiese estado tan dispuesto a dejarme pasar la noche en casa de Rachel porque en realidad no íbamos a dormir. Mi amiga le iba a decir a su madre que se venía a dormir a mi casa. Jake también le diría una mentira a sus padrees y lo mismo haría Marco. Al final todos acabaríamos envueltos en una situación que ninguno de nosotros deseaba. Aquella noche podría morir y lo último que le habría dicho a mi padre sería una mentira. Recordé los túneles de las hormigas, los recordaba tal y como aparecían en mis pesadillas, puesto que en la vida real las hormigas no los ven, primero porque su vista no es demasiado buena, y segundo porque bajo tierra no hay luz. Sin embargo, en mis sueños era capaz de distinguirlo todo con absoluta claridad. Veía las enormes cabezas casi metálicas de las hormigas enemigas cuando nos atacaron por sorpresa tras filtrarse por las paredes de arena. Todavía recuerdo a la perfección cómo me clavaban sus gigantescas pinzas para hacerme trizas. ¿Sabéis lo que es tener la certeza de que vas morir sin recuperar tu forma humana? ¿Os imagináis lo que se siente al pensar que vas a morir convertida en hormiga, atrapada en un infierno desconocido para el ser humano? Y para colmo no podía apartar de mí la imagen de las pequeñas mofetas, muriéndose de hambre, llamando a su madre y alertando así, con cada nuevo grito, a los posibles depredadores. -Cielo, ¿te encuentras bien? Me percaté de que mi padre me miraba fijamente. Se me había acelerado la respiración y estaba a punto de echarme a llorar. Pequeñas gotas de sudor cubrían mi frente. -Sí, sí. Estoy bien –contesté despacio. Al poco rato mi padre terminó sus visitas y se marchó. Yo me quedé y me dirigí a la jaula de la mofeta. Abrí la portezuela y metí la mano que no llevaba guante. No se puede adquirir el ADN de un animal si llevas guantes. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 10:[/b] -Vaya, qué sorpresa veros por aquí –comentó Marco en voz baja. -¿Todavía estáis dispuestos a seguir adelante con esto? –preguntó Jake. -Claro –respondió Marco-, lo estamos deseando. ¿Quién va a preferir irse a dormir teniendo la oportunidad de tomar parte en una misión suicida? El reloj marcaba las tres de la mañana y la oscuridad era total. Nos encontrábamos en las afueras del bosque. Jake, Rachel, Marco y yo. Tobias se había posado en un árbol cercano. Éramos los mismos que aquella noche habíamos atajado por el recinto abandonado al volver del centro comercial. Los mismos que habíamos visto aterrizar el caza del andalita en el solar, los mismos cuyas vidas habían cambiado para siempre desde aquel momento. Aquella noche nos convertimos en soldados de una terrible guerra que no estábamos seguros de poder ganar. Tobias había pagado un precio muy caro, pero los demás también. Allí estábamos, envueltos por las sombras de la noche, listos para llevar a cabo algo que, sólo de pensarlo, nos ponía los pelos de punta. Nos acompañaba Ax. El pobre andalita se encontraba todavía más solo que nosotros. Sus antenas oculares no cesaban de moverse en todas direcciones. -He pensado que podíamos transformarnos en búhos –sugirió Jake-. Son rápidos y no tienen problemas para volar en la oscuridad. Respiré aliviada. El búho era ideal para mis planes. Estos animales son por naturaleza los únicos depredadores de mofetas adultas. Veréis, algunas especies de búhos no tienen sentido del olfato, y si vas a comerte una mofeta eso constituye una ventaja. Yo no pensaba devorar mofetas adultas, por supuesto. Sólo quería encontrar a los bebés mofeta. -Has descubierto el modo de entrar en ese sitio –recordó Jake- y además nos has traído una termita par que pudiésemos transformarnos. -Y por eso mismo te estaremos eternamente agradecidos –comentó Marco sarcástico. Todos soltamos una risa nerviosa. Era un consuelo saber que los demás estaban tan asustados como yo. Empezamos a quitarnos ropa hasta quedarnos con el uniforme de las transformaciones, es decir, pantalones de ciclista, mallas y una camiseta. La ropa ceñida es la única que resiste los cambios. Lo hemos probado con jerséis, zapatos, relojes, y no funciona. Jake lucía unos pantalones de ciclista y una camiseta de licra de colores chillones. Marco disimuló una sonrisa. -¿Qué pasa? –preguntó Jake. -Nada, nada –repuso Marco en tono inocente-, sólo que si vamos a ser superhéroes tendremos que pensar seriamente en cambiar de uniforme. Así todos damos pena. -Todos menos Rachel, claro –eñalé. Mi amiga, como cabía esperar, había encontrado la forma de lucir un bonito uniforme. Estaba fantástica. -Éste es el plan –empezó Jake-. Nos transformaremos en búhos y volaremos hasta allí. Cuando estemos a unos doscientos metros del sitio en cuestión, descenderemos y volveremos a nuestro estado natural. Nos acercaremos hasta el campamento, nos transformaremos en termitas, cavaremos un túnel por debajo del campo de fuera y penetraremos en el edificio por os agujeros de las termitas que hay en la pared exterior. -Si todo va bien y no tenemos ningún problema –replicó Rachel en tono tétrico. Me miró y me di cuenta de que incluso la valerosa Rachel tenía miedo, lo cual sólo contribuyó a aumentar todavía más mi angustia. Intenté con todas mis fuerzas concentrarme en la forma de un búho, pero mi mente divagaba. ¿No os pasa a veces que sentís como si vuestro cerebro estuviese acelerado? Como un ordenador que utilizara una docena de programas al mismo tiempo. Tenía demasiadas cosa en la cabeza que me preocupaban: el proyecto de ciencias, las mentiras a mis padres, si Ax había bebido lubricante de verdad, qué les habría pasado a los bebés mofetas… Quizá sólo fuera un mecanismo de autodefensa, es decir, una manera de evitar enfrentarme a lo que realmente me preocupaba. El caso era que mi vida se había vuelto muy complicada de pronto. Vi que Ax cambiaba de forma rápidamente. Su cola languideció y se quedó sin vida, parecía un calcetín vacío. Las plumas empezaron a sustituir al pelaje de su cuerpo. Observé mi brazo y descubrí los primeros trazos que las plumas dibujaban en mi piel. Eran preciosas, conseguías olvidar el hecho de que aquello te estaba sucediendo a ti. Lo primero que se distinguía era el caño de la pluma, una especie de eje curvado del que salían miles de barbas individuales. Después y casi de repente, aquellos dibujos adquirían una forma tridimensional, brotaron de golpe y mientras crecían y se extendían producían un cosquilleo que me recorría todo el cuerpo. Al mismo tiempo iba encogiendo de tamaño. Me hacía más y más pequeña y tenía la sensación de que el polvo, la pinaza, las hojas y las pequeñas ramas se acercaban a mí a una velocidad de vértigo. Mis pies descalzos se endurecieron hasta convertirse en una especie de callo enorme. Los dedos se derritieron y formaron las garras, de las que crecieron unas largas y fuertes uñas curvadas y afiladas. Las garras son el arma principal del gran búho virginiano. Un búho se desliza en silencio a través de la noche, ataca de repente y agarra a la presa por la cabeza, ya sea un conejo, una ardilla, una rata o una mofeta. Todos los huesos de mi cuerpo se iban reajustando. Muchos desaparecieron, otros se retorcieron y deformaron. El esternón se hinchó. Los huesecillos de mis dedos crecieron primero para luego acortarse. Un gran chirrido resonó en todo mi cuerpo. Mis órganos internos cambiaron radicalmente. Mis ojos se hincharon hasta ocuparme la cabeza entera, eran tan grandes en comparación con el resto de mi cuerpo que, prácticamente, se rozaban dentro de mi calavera. De repente parecía que hubiese salido el sol. Fue como pasar de la débil luz de una vela a la intensidad de un foco. , exclamó Rachel. Extendí mis brazos y estiré las alas. La metamorfosis se había completado. Sentí que los instintos del depredador empezaban a despertar. Ya me había transformado en búho antes, así que conocía el siguiente paso. Ya había utilizado sus ojos, sus alas y conocía su cerebro. No es que constituyera mi segunda naturaleza, pero tampoco resultaría una sorpresa. , preguntó Jake. Batí las alas, me apoyé sobre las garras y me elevé sin esfuerzo por entre las ramas de los árboles que, en la oscuridad, resultaban invisibles a los ojos humanos pero para los de un búho relucían como una luz de neón. Vi a Tobias acomodado en su rama y percibí su instintiva cautela al ver pasar a cinco búhos. El día pertenecería a los ratoneros, pero la noche, sin duda, era nuestra. , se rió marco, desbordado por la emoción. A mí me ocurría lo mismo. Convertirte en un animal en su estado natural, sobre todo en depredador, provoca en ti una sensación desbordante de poder. En el aire y de noche, éramos intocables. Nos sentíamos los amos supremos del bosque. No nos desplazábamos de forma ordenada ni planeábamos por encima de los árboles, sino que revoloteábamos sorteándolos. Nuestras alas no hacían ruido. Las alas de los búhos no tienen nada que envidiar a las del más avanzado caza furtivo. Son mejores incluso. Cuando el búho se desliza a través de la noche silenciosa, sus plumas no se agitan ni se encrespan. Los atemorizados ratoncillos, siempre alerta ante el más mínimo sonido, son incapaces de oír cómo el búho desciende tras ellos. Además de ver bien, oía todos los rumores del bosque. Mi oído era comparable al del lobo. De camino a lo que podría significar nuestro fin, mi mente estaba ocupada en otros asuntos. Intentaba percibir los gemidos de las crías de mofeta y escudriñaba el suelo por si divisaba el paso torpe y tambaleante de una mofeta bebé perdida. , lo tranquilizó Jake. , añadió Rachel cortante. Así, deslizándose por el bosque y sorteando los árboles, atenta a cualquier movimiento y pendiente del más leve sonido, llegué al campamento de los yeerks sin haber tenido apenas tiempo de pensar en lo que sucedería a continuación. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 11:[/b] Incluso utilizando la comunicación telepática no podía disimular la tensión en su voz. Sentía que una enorme mano de hielo me estrujaba el corazón. Entonces… escuché algo, algo que sobresalía por encima de los demás sonidos porque era lo que el cerebro del búho esperaba oír. Era el sonido del desamparo, el lamento de una débil criatura, mejor dicho de unas débiles , diminutas y desesperadas criaturas. ¡Allí! Provenía de un agujero que ningún otro animal podría ver en la negra noche, un agujero cavado bajo las raíces de unos espinos. Distinguí cuatro…, no, cinco tonos diferentes. ¿Serían los bebés mofeta? Quizá, pero no estaba segura. Era de noche y parecían estar solos. Sí, podría ser. Miré alrededor, girando mi cuello de búho. Intenté formarme una composición del lugar: los árboles, un montículo de piedras a unos seis metros de distancia. Debía recordarlo bien para regresar después. Si lograba salir de aquella misión con vida. Las quejas de las mofetas había calado muy hondo en mi corazón humano, pero para el búho sólo significaban comida. Resulta muy extraño albergar en tu cabeza dos sentimientos contrarios al mismo tiempo, por un lado, la compasión humana, por el otro, la fría crueldad de los depredadores. , anunció Jake segundos más tarde. Descendimos y aterrizamos. Procuré volver a mi estado natural cuanto antes. No me apetecía seguir con aquella mente de depredador, al menos de momento. El mundo se ensombreció al tiempo que mis ojos humanos sustituyeron a los anteriores. El bosque es más oscuro y apacible para el Homo sapiens. Miré a mi alrededor y no pude identificar ninguna de las marcas que había elegido. Nunca encontraría a los bebés mofeta en aquella negrura, no con mi ojos humanos. Quizá si volviese a la mañana siguiente, a plena luz del día… Si… -Bien, vamos a acercarnos al campamento tanto como podamos –susurró Jake-. Si nos descubrieran ahora averiguarían que somos humanos, pero estamos todavía demasiado lejos para convertirnos en termitas. No llegaríamos nunca. Las termitas no son muy rápidas que digamos. , anunció Ax. Ax sigue empeñado en que Jake es el equivalente a un príncipe andalita. -¿Un andalita, quizá? –le pregunté, adivinando sus intenciones. , sentenció. -Podrías acabar muerto –objetó Marco. -No, Ax –replicó Jake-. Te necesitamos dentro. A lo mejor hay ordenadores y sólo tú puedes manejarlos, pero lo de la distracción no es mala idea. –Jake me miró-. ¿Algún voluntario? Probablemente sea más seguro que meterse en el campamento. Me estaba ofreciendo la oportunidad de no convertirme en termita. Debería haber aceptado. Me moría de ganas de decir que sí, pero no debía. No podía tomar el camino más fácil. -De acuerdo, lo echaremos a suerte –decidió jake-. Todos excepto Ax, él tiene que ir a la fuerza. Jake arrancó cuatro largas briznas de hierba y cortó unos quince centímetros de tres de ellas, la cuarta la dejó mucho más corta que las demás. -El que saque la más corta hará de cebo con los yeerks –concluyó Jake. Sujetó los tallos de las hierbas en uno de sus puños, dejando ver sólo las puntas. -La próxima vez deberíamos jugar a otra cosa –sugirió Marco mientras sacaba una de las hierbas-. Al Parchís o algo así. No me gustan los juegos de vida o muerte. Uno tras otro fuimos sacando una brizna. Todas largas. Observé la que mi mano acababa de extraer. Jake se quedó atónito al comprobar que era a él a quien le había tocado la corta. Estábamos petrificados. Ninguno había pensado que podría ser él justamente. Todos dábamos por sentado que Jake iría con nosotros. -Tarde o temprano teníamos que llevar a cabo una misión sin ti, o gran y valiente jefe –se burló Marco. Por mucho que Marco bromeara a nadie le hacía ni pizca de gracia entrar en el edificio sin Jake. Pero ya era demasiado tarde. -Muy bien, chicos –intervino Jake de inmediato-, sabéis muy bien lo que hay que hacer. Yo me convertiré en lobo, así que esta noche los yeerks irán de cacería. Acto seguido se puso en marcha, después se paró y miró hacia atrás. -Tened mucho cuidado, ¿vale? -No te preocupes, mamá –replicó Rachel-. Sabemos cómo arreglárnoslas. -Por lo menos eso esperamos –murmuré. Jake continuó su camino y pronto desapareció de nuestro ángulo de visión. -Muy bien, debemos estar listos para cuando Jake empiece a armar jaleo –indicó Rachel-. En cuanto oigamos algo de movimiento, corremos hacia el perímetro del campamento, nos ocultamos detrás de los árboles para transformarnos y buscamos el modo de entrar al edificio. , preguntó Ax. -Son como las hormigas –contestó Marco. -De hecho, pertenecen a la misma familia que las cucarachas –puntualicé-. Lo he consultado en los libros de mi madre. Forman una comunidad parecida a la de las hormigas, pero están emparentadas con las cucarachas. Se alimentan de la celulosa de la madera, una bacteria que se desarrolla en sus intestinos la digiere. Hay dos tipos de termita, la obrera que…, bueno, elimina sus excrementos, y la termita soldado que se los come. Yo diría que, a juzgar por la que nos trajo Tobias, nos vamos a convertir en termitas soldado. Mis amigos me miraron con cara de asco. -Bueno, Ax quería información, ¿verdad? –me defendí. De pronto vimos un resplandor. -Mirad –susurré-, allí, en el otro extremo del bosque. Debe de ser al otro lado del campamento. Han encendido los focos. Nos llegaron gritos humanos y, seguidamente, el aullido desafiante y salvaje de un lobo. -Ésa es la señal. ¡Adelante! –ordenó Rachel. Nos deslizamos hacia el campamento. Corríamos agazapados, ocultándonos detrás de árboles y arbustos y, cuando estuvimos lo bastante cerca, avanzamos a gatas. Oí más gritos a los que siguió el zumbido escalofriante de un rayo dragón. -Espero que esté bien –murmuré creyendo que nadie me oiría. , me animó Ax. -¿Creéis que ya estamos lo suficientemente cerca? –preguntó Marco. Nos habíamos aproximado más que el día anterior, nos encontrábamos a tan sólo un par de metros del claro donde se alzaba el campamento. Estábamos agazapados detrás de un enorme árbol, incluso Ax al que, es su estado normal, resultaba un tanto difícil. Nos acurrucamos unos contra otros hasta casi abrazarnos. Cuando nos transformáramos en termitas, seríamos tan pequeños que un metro de distancia entre nosotros se convertiría en un kilómetro. -Ha llegado el momento –anunció Rachel, que me rodeaba la espalda con su brazo. Yo estaba muerta de miedo. Sufría por Jake, por mis amigos y no soportaba la idea de convertirme en aquel bicho repugnante. -Esto es asqueroso –gruñí. -Amén –convino Marco, agazapado a mi lado. Entonces, a pesar de que mis huesos crujían y mis dientes castañeteaban por el miedo, empezó el proceso que disolvería mis huesos y derretiría mis dientes. Abajo, abajo, abajo. Tenía la sensación de caer al vacío desde una gran altura, como si hubiera saltado desde el Empire State Building y no llegara nunca al suelo. Pasé de ser una chica que medía un metro y medio a convertirme en u insecto de menos de medio centímetro. Me estaba transformando en algo que podría colarse fácilmente por mi oreja. Los otros, que antes habían estado tan cerca de mí, se encontraban ahora muy lejos. Con mis ojos todavía humanos, vi cómo la cara de Rachel se desdibujaba y se hinchaba, al tiempo que unas monstruosas mandíbulas que más parecían colmillos negros, surgían de su boca. Justo en ese momento perdí la visión. Todo se volvió negro, me había quedado ciega y, en cierto modo, me alegré. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 12:[/b] No veía, pero podía sentir las antenas creciendo en mi frente. No veía, pero sentía los pares de piernas adicionales saliendo de mis costados. Notaba que mi cabeza era enorme en comparación al resto de mi cuerpo. Sentía el abdomen inflado, y unas gigantescas pinzas en el lugar que ocupara mi boca humana. Quería gritar. Tenía unos tremendos deseos de gritar, pero me había quedado sin voz y sin lengua. Medía menos de medio centímetro. Ocupaba lo mismo que dos o tres letras juntas de esta página. Los granos de arena parecían bolas de bolera. Con mis antenas, que se agitaban frenéticas, percibí por encima de mi cabeza una especie de conducto gigantesco, como un tronco caído. Después me di cuenta de que sólo se trataba de una aguja de pino. Estaba a la espera de que los instintos y la mente de la termita hicieran aparición en mi cabeza de un momento a otro. Sin embargo, el cerebro del animal parecía mudo. El silencio era absoluto. Mis nuevos sentidos no me ofrecían demasiada información. Estaba ciega. Recibía vibraciones sonoras, pero muy vagas. El oído de la termita no era tan bueno como el de su pariente más cercano, la cucaracha. Lo sabía porque también me había convertido en cucaracha alguna vez. Lo único que sí parecía identificar a la perfección era el olor que hacía que mis antenas se agitaran en el aire. , pregunté temblando. Necesitaba desesperadamente hablar con alguien, con quien fuera. Tenía que asegurarme de que los otros estaban vivos. , expliqué. Creo que di la sensación de estar mucho más tranquila de lo que en realidad estaba. , intenté explicar. Me puse en marcha en dirección a la voz que me llegaba distante y vaga. No sabía si los otros me seguían, aunque suponía que no debían hallarse muy lejos de mí, pero no podía asegurarlo. Las patas de las termitas no son ni muy fuertes ni muy rápidas y mucho menos tan rápidas como las de las hormigas. Sentía cada piedra que escalaba. Llegué a la conclusión después de que sólo podía tratarse de granos de arena, pero el caso es que a mí aquellos cristales dentados y de bordes afilados, tan grandes como una cabeza humana, me parecían piedras. Para avanzar, me impulsaba con mis seis patas y, sobre todo, intentaba no pensar en nada, excepto en seguir adelante. <> Entonces, yo también lo percibí. Era una especie de zumbido que hacía vibrar mi minúsculo cuerpo. Notaba cómo las piedras, incluso el aire se agitaban a mi alrededor. , señaló Marco. Me interné un poco más en la pared invisible de energía. De repente sentí que mis diminutas patas seguían moviéndose pero yo no avanzaba. , preguntó Rachel cortante. Me tumbé sobre mi estómago y empecé a contonearme entre dos grandes granos de arena, pero no funcionó. Entonces mis antenas detectaron, no muy lejos de allí, uno de aquellos gigantescos troncos alargados suspendidos en el aire. Me acerqué y comprobé que se trataba de una aguja de pino, debajo de la cual quedaba espacio suficiente para que yo me colara. Palpé la aguja de pino con mis antenas y me arriesgué. A ambos lados sentía las vibraciones del campo de fuerza, pero, por fin, conseguí alcanzar el otro extremo. , exclamé. Entonces, aquella voz distante y vaga que nos había guiado hasta allí, empezó a hacerse más nítida. Por un momento pensé que era la voz de mi madre. Mi primer impulso fue ir tras ella. Me puse en marcha hacia aquel paisaje de tierra y cantos rodados. Aquella voz, que resonaba ya con claridad en mi cabeza, me mostraba el camino. Alguien me estaba llamando. Mi cuerpo de termita parecía moverse por sí solo. Me sentía como una pasajera en un coche conducido por otra persona. , pregunté. , respondió Rachel. Mi amiga parecía distraída, como si estuviera prestando atención a otra persona y mi interrupción la molestara. No me importó porque a mí tampoco me apetecía hablar con ella, la verdad. No tardamos en llegar al edificio. No podía verlo, pero sabía que estaba allí. Lo peor de todo fue que en ningún momento me paré a pensar por qué estaba tan segura. Era la voz de Marco, que dejó la frase en suspenso, aunque a mí tampoco me interesaba demasiado lo que tuviera que decir. , empezó a preguntar Rachel. La entrada estaba un poco más adelante, lo sabía de sobra, al igual que sabía que habría soldados termitas vigilando. No tenía miedo. Trepé desde el suelo hasta la entrada del túnel donde percibí olores que me resultaban familiares. Había llegado al lugar al que pertenecía. Reconocí a los otros soldados con las antenas y ellos hicieron lo mismo conmigo.Comprobamos que pertenecíamos a la misma colonia. Me interné de inmediato en el túnel. El principio de éste era muy empinado, pero a mí no me suponía un gran obstáculo porque mi peso era ínfimo. Delante de mí una termita obrera expulsó una bolita de celulosa digerida, la pulpa de la madera, que yo rápidamente engullí. El interior de la pulpa de madera contenía un montón de información. Hormonas cargadas de órdenes vagas y de instrucciones confusas pero contundentes, que se transmitían por toda la colonia. Al cabo de un rato, por delante de mí desfilaron una hilera de obreras que se apresuraban a cumplir las órdenes dadas por aquella voz silenciosa que resonaba en sus cerebros. Algunos debían abrir un nuevo túnel, otros, dirigirse a la cámara donde se almacenaban los huevos y darles la vuelta. Yo también tenía órdenes que cumplir. Avancé por túneles flanqueados por hileras de pulpa de madera masticada y digerida, túneles cavados en el interior de la madera seca que formaba la base del edificio. Noté que en uno de los lados se abrían otros túneles, y lo mismo sucedía en el techo. Una ligera brisa me envolvió. Era una brisa fresca. No había luz pero, como estaba ciega, me daba igual. Y aunque no pudiese ver, sabía muy bien dónde me encontraba. <>, preguntó una voz extraña. La ignoré por completo. <>, gritó la voz. Estaba segura de haber oído esa voz en algún otro sitio, pero procedía de muy lejos y no entendía su idioma. <> Me empecé a encontrar mal, sin embargo, no me detuve. Recorrí túnel tras túnel, girando aquí, y allá, siempre hacia un objetivo. Me llegaba un olor muy intenso que aumentaba por momentos. <> Avancé por negros túneles, encaramándome y abriéndome paso entre muchedumbres interminables de obreras en la hora punta. Pero nada podía detenerme en mi camino hacia el centro, hacia el corazón. <>, gritó la voz. La voz… era mi voz. Era la voz vaga y débil de una humana llamada Cassie. <> <> <> De repente, recobré mi identidad, volví a ser Cassie. Recordé mi nombre y quién era. Pero ya era demasiado tarde. Había perdido el control del animal, que se veía arrastrado por una fuerza mayor. De pronto, la termita penetró en una amplía estancia. El espacio en realidad no mediría más de cinco o seis centímetros de ancho, sin embargo a mí me daba la sensación de estar en un auditorio. Entonces supe quién me había arrebatado el control de la termita y había suprimido mi mente humana durante unos minutos. Era una criatura enorme, más de lo que jamás podríais imaginar. Detecté su cabeza pequeña e inservible y aquellos brazos ondeando sin cesar. De la cabeza y el cuerpo le colgaba un monstruoso saco que palpitaba constantemente. Era tan grande como un globo aerostático. En el otro extremo de la sala había dos hileras de huevos pegajosos que las termitas obreras debían recoger y trasladar a otro lugar. Aquella criatura era sin duda la reina. Y aquella sala, su habitación. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 13:[/b] ¡Era la reina! Sentía su poder. Aquéllos eran sus dominios, y todos los demás, sus esclavos, peor que eso, carecían de voluntad propia. Recuperé mi identidad, pero me sentía débil e indefensa. Me resultaba imposible controlar mi cuerpo de termita, estaba en su reino, le pertenecía. Las órdenes llegaban en forma de olores y vagas sensaciones que resultaban difícil desobedecer. , era la voz de Rachel. , le advertí. , exclamó angustiado. Mi cuerpo avanzó sin que yo pudiera impedirlo hasta situarse detrás de dos obreras, cada una de las cuales transportaba uno de esos viscosos y valiosos huevos. Mi misión consistía en protegerlos de los posibles enemigos. Caminábamos bordeando la grotesca figura de la reina en dirección a la cabeza. Las hormigas eran el enemigo. Unas veces invadían los túneles y robaban los huevos, que les servían de alimento, y otras, atacaban a la propia reina. El deber de los soldados era proteger a su reina y muchos morían en la batalla. Fue como recibir una sacudida eléctrica. ¡Deshacerse de la reina! Sí, era la única manera. La sorpresa les impediría reaccionar. ¡Nadie se atrevería a detenerme! Pero mi cuerpo no me obedecía. Jamás lo conseguiría… Las dos obreras avanzaban despacio. Con las antenas iba palpando sus extremos posteriores. Sabía que la cabeza de la reina estaba situada justo a mi derecha, a menos de medio centímetro de distancia. La cabeza de la reina… antenas… ojos… igual que una hormiga. Era mi única oportunidad… concéntrate… concéntrate… debía engañar a la mente de la termita y para ello necesitaba reunir todas mis fuerzas. Si fracasaba viviría el resto de mi vida como una esclava sin identidad propia, una esclava de la reina de las termitas. <> Giré bruscamente a la derecha. Tenía la impresión de estar deslizándome por una capa de melaza. La reina me había ordenado que siguiera a las dos obreras y yo había desobedecido su orden. <> Trepé por encima de media docena de termitas que servían a su reina. Sentía cómo se debilitaba su voluntad. Me habían entrenado para impedir que las hormigas se acercasen a su majestad y, si alguna lo conseguía, mi deber era matarla. No estaba preparada para acabar con la reina. No lo lograría. Llegué hasta la cabeza de la reina, la palpé con mis antenas. Abrí mis enormes mandíbulas… Las otras termitas se volvieron locas. Corrían en todas direcciones, estaban perdidas, el desconcierto se apoderó de ellas. No sabían qué estaba sucediendo. Durante unos segundos a mí me ocurrió lo mismo porque la reina había desaparecido. Supongo de alguna forma deseaba olvidar quién era y lo que acababa de hacer. Quería ser una más de aquellas termitas atemorizadas y confusas. , oí un grito lejano. ¿Sería Ax? ¿Quizá Marco? ¿Rachel? , exclamé a punto de perder el control por completo. , volví a gritar. Humana, quería volver a ser yo. ¡Dejadme ser humana! ¡Quiero salir de aquí! ¡Necesito salir de este cuerpo! Empecé a crecer. Las paredes me aprisionaban y enseguida ocupé todo el espacio, que debía ser como el interior de una nuez. No podía detener el proceso. Estaba atrapada y lo único que sentía era un dolor intenso. Me había convertido en una termita gigante, mucho más grande que cualquier reina. Era enorme. Entonces… recuerdo una explosión. Las paredes se deshicieron en cientos de astillas. El aire fresco ventiló mi áspera piel de termita. Pude sacar la cabeza fuera de la madera, per mi cuerpo seguía atrapado y me retorcía de dolor. Recuperé mis ojos y empecé a ver, aunque sin demasiada claridad al principio porque mi tamaño todavía era reducido. Por encima de mi cabeza una especie de cuchilla enorme, tan grande como un avión de pasajeros, rasgó el aire y cayó sobre la madera que se resquebrajó en mil pedazos. Mi cuerpo era libre al fin. Me crecieron los brazos, las piernas y la cabeza. Me encontré de rodillas sobre un suelo de madera. Marco y Rachel estaban junto a mí. Ax había abierto una profunda brecha en el suelo con la cola. Habían logrado escapar de la colonia y recobrar sus cuerpos. La sala se hallaba a oscuras, sólo iluminada por unos indicadores rojos y verdes y una pantalla de ordenador en la que se veía un proyector de pantallas con triángulos que flotaban y adoptaban formas distintas. -¿Estás bien? –preguntó Rachel al tiempo que se acercaba y me rodeaba los hombros con su brazo. La abracé pero, de repente, le di un empujón. -¡Déjame! ¡No me toques! ¡No me toques! ¡No me toques! Rachel se abalanzó sobre mí y me tapó la boca. Marco me abarró los tobillos para impedirme que pataleara. -¡Cassie! –me dijo Rachel en voz baja-. Cállate. Hemos entrado en un campamento yeerk. En esta habitación no hay nadie, pero se oyen voces humanas en la habitación de al lado. No me importó o más mínimo. Luché y forcejeé, sentía un impulso irresistible de gritar. -Ax, sea lo que sea lo que tengas que hacer con ese ordenador, ¡hazlo ya! –le ordenó Marco en un susurro. Rachel y Marco me tenían sujeta contra el suelo para que no me moviera. Poco a poco… y muy despacio… mis músculos se fueron relajando hasta quedar inmóvil. -¿Te encuentras bien ya? –me preguntó Rachel. ¿Bien? Nunca volvería a estar bien, pero aun así asentí y, acto seguido, Rachel retiró su mano de mi boca. -Todo ha terminado, Cassie –me consoló Marco-. Nos has salvado, se acabó. Pero ahora tenemos otros problemas. -Estoy bien –dije-. Ya estoy bien. –Sin embargo me daban escalofríos y en mi mente se sucedían imágenes terribles. Marco se incorporó. Rachel permaneció a mi lado acariciándome la cabeza como hace mi madre cuando tengo pesadillas. Era difícil imaginar a Rachel en una actitud tan tierna y, sin embargo, era justo lo que yo necesitaba. Me llegaron unos ruidos de la habitación contigua. Eran voces humanas y de hork-bajir. El idioma de estos últimos resulta inconfundible porque mezclan su propia jerga extraterrestre con palabras que han aprendido de los humanos. -Una especie de comité –murmuró Marco con la vista fija en la pantalla del ordenador-. Son tres socios que deciden por votación qué hacer con el bosque y si la tala de árboles debe continuar. -¿Qué tiene de gracioso? –preguntó Marco. -Fijaros en este documento –susurró Marco-. Permiso preliminar para examinar la viabilidad de… Vaya, vaya, así que los yeerks todavía no han conseguido el permiso definitivo para empezar la tala de árboles. El comité no se ha pronunciado todavía. Son tres, uno ya ha dicho que sí. Seguro que se trata de un controlador. Otro se ha negado en rotundo. Sólo queda uno por votar, un tal Farrand. ¡Oh, no! -¿Qué ocurre? –preguntó Rachel. -Pues que el tipo ese viene a visitar la zona –informó Marco- a finales de semana que viene y después hará saber su voto. Si dice que sí, los yeerks seguirán adelante con sus planes y nosotros nos habremos metido en un buen lío. -Votará que sí –vaticinó Rachel. -No, si nosotros lo impedimos –puntualizó Marco. -Cada cosa a su tiempo. Lo primero es salir de aquí- recordó Rachel- y desde luego no vamos a hacerlo por donde hemos entrado. Nadie discutió ese punto. -Bien, tendremos que darnos prisa –señaló Rachel-. Cassie, ¿te quedan fuerzas para transformarte en lobo? Yo estaré detrás de ti todo el tiempo. ¿Qué si podía transformarme? Sólo pensarlo se me revolvía el estómago. Sin embargo, aunque el miedo, todavía me hacía temblar, cualquier cosa mejor que volver allá abajo, a los túneles de la colonia de termitas. Al cabo de cinco minutos, Ax desconectó las defensas exteriores e iniciamos la huida. Supongo que los yeerks confiaban tan ciegamente en su alta tecnología que no contaban con que el campo de fuerza se pudiera desconectar, así que nadie dio la alarma. Pasamos por delante de dos guardianes controladores y, por suerte, ninguno gritó ni disparó. Llegamos al bosque, donde Jake nos estaba esperando, y nos fuimos a casa. Apenas hablamos en todo el camino. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 14:[/b] Mis padres esperaban que yo me quedara a dormir en casa de Rachel, y los suyos que su hija pasara la noche en mi casa. Decidimos ir a mi casa puesto que era más fácil entrar sin hacer ruido. Ya casi amanecía cuando recuperamos nuestra forma humana. Entramos al oscuro salón y subimos hasta mi cuarto intentando por todos los medios que las escaleras no crujiesen. Le presté a Rachel una camiseta de franela muy ancha y, una vez se la puso, mi amiga agarró una manta y una almohada y se dejó caer al suelo, al lado de mi cama. Juraría que se durmió antes de aterrizar en el suelo. Me metí en la cama, en mi cama. Las sábanas estaban frescas y me cubrí bien con el edredón, mi edredón. Estaba en casa. Sin embargo, mis cosas no me resultaban familiares. Las sombras que la tenue luz de las estrellas proyectaba en las paredes… las formas de las camisas y de los abrigos que estaban colgados en el perchero de la pared… los libros que había leído…, nada de todo aquello parecía real. Cerré los ojos y los abrí de golpe. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que yo recordara el aspecto de aquella cámara subterránea y de la reina si no tenía ojos? Era horrible, lo recordaba todo, la cámara que cientos de obreras habían cavado en la madera podrida y su gigantesca reina. Incluso me notaba las pinzas. No sólo la había destruido, sino que había acabado con la colonia entera, y lo había hecho para salvarme a mí y mis amigos. Sentí ganas de vomitar, pero eso significaba levantarse y correr al cuarto de baño, y lo que menos me apetecía en esos momentos era abandonar la cama. Yo adoraba a los animales, había crecido entre ellos. Amaba a naturaleza, pero en realidad, ¿qué sabía de ella? Me he convertido en más animales de los que mucha gente ha visto en toda su vida. He cruzado el cielo con las alas de un águila pescadora; he surcado mares con el cuerpo de un delfín; he visto la noche a través de los ojos de un búho; he olido el viento con el agudo olfato de un lobo; he volado boca arriba o boca abajo convertida en mosca y, a veces, por la noche adoptó la forma de un caballo para correr entre la hierba. Y todos esos animales se dividen en cazadores y presas. En las miles de batallas que se suceden en cualquier rincón del mundo, en lo cinco continentes, en cada centímetro cuadrado de terreno, siempre ha habido y habrá muerte. Desde los grandes felinos de África, que persiguen con una sangre fría espeluznante a las jóvenes gacelas, hasta las terribles guerras que se entablan en los hormigueros y en las colonias de termitas. La naturaleza entera está en guerra. Pero la destrucción no acaba ahí, los humanos se matan entre sí, al igual que otras especies ahora esclavizadas y destruidas por los yeerks. La naturaleza se nos muestra en todo su esplendor: tiernos y adorables animales que se matan entre sí para sobrevivir. El color de la naturaleza no es el verde, sino el rojo sangre. Entonces noté que se me saltaban las lágrimas y que la almohada se humedecía. Tuve que llorar en silencio porque no quería despertar a Rachel. En esos momentos habría gritado, pero sabía que mis padres habrían venido corriendo y yo, ¿qué les diría? Mentiras y más mentiras. En mi mundo, yo también me había convertido en una presa más, una presa a la que los yeerks intentaban dar caza. Tenía miedo y me sentía sola. No sabía en qué terminaría todo aquello. Después me acordé de las crías de mofeta perdidas en el bosque, unas criaturas que para la mayoría resultaban desagradables y que también tendrían miedo y se sentirían solas, si es que todavía vivían. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 15:[/b] Supongo que al final me quedé dormida porque tuve un sueño. Aunque esta vez no fue una pesadilla, ni siquiera tenía que ver con termitas. En el sueño yo era una madre que buscaba a sus bebés por todas partes, a pesar de estar malherida y dolerme todo el cuerpo. El sueño tenía un final feliz porque los encontraba y éstos se acurrucaban a mi lado. Cuando me desperté, el sueño se evaporó de inmediato pero dejó en mí una agradable sensación de paz. El sol estaba ya muy alto. Eran las diez y cuarto de la mañana, es decir, bastante tarde. Rachel ya se había duchado y vestido. -No me puedo creer que hayas dormido tan bien –protestó Rachel-. Yo he tenido una pesadilla horrible. En fin, será mejor que me vaya a casa. Te encuentras bien, ¿no? -Sí –contesté restregándome los ojos-. Esto… ya sabes… lo de anoche y todo eso… no es que perdiera los nervios, es que… en fin, ya sabes. Lo pasé fatal. -¡Qué me vas a contar! –exclamó Rachel-. De todas formas, no es tan grave. Piénsalo un poco, Cassie, matamos termitas constantemente. Además sólo eran termitas, unos repugnantes bichejos al fin y al cabo. -Ya. Mi amiga se marchó, no sé si porque tenía que volver a su casa o porque le había hecho sentirse incómoda. Rachel, por regla general, no es una persona demasiado cariñosa, así que imaginé lo mal que lo habría pasado al tener que cuidarme. Mi madre estaba trabajando y mi padre había salido a hacer no sé qué, al menos su camioneta no estaba. Me preparé una tostada, me bebí un vaso de zumo de naranja y me comí un trozo de pizza vegetal que había sobrado. Me sentía rara y muy intranquila, como si estuviera al borde de una especie de precipicio. Desde el día anterior mi vida se tambaleaba. -Rachel tiene razón –dije en voz alta, quería escuchar una voz, aunque fuese la mía propia-. Sólo son bichos, termitas. Y además logré salvarme, ¿no? ¿Qué más quiero? Salí a la calle para notar el sol en la piel, en mi piel humana. Sin pensarlo dos veces me fui derecha hacia el granero, abrí la nevera en la que conservábamos alimentos perecederos para los animales. Saqué un saltamontes congelado y me lo metí en el bolsillo. Acto seguido, me encaminé hacia el bosque. Miré hacia arriba y vi a Tobias planeando a poca distancia. En ese mismo instante mi amigo dispuso su cuerpo como si fuera un cohete, plegó las alas, giró sobre sí mismo, descendió hasta una rama y clavó las garras en su esponjosa corteza. -Como siempre –contesté. -¿Ah, sí? ¿Y quién te lo ha dicho? -Tobias, ¿con quién más has hablado? –le pregunté al tiempo que me detenía. La forma en que dijo <> me hizo sospechar. , confesó. -Y Marco te contó que me puse histérica, ¿verdad? -Bueno, la verdad es que creo que anoche perdí más de un tornillo –solté una risa amarga. -Estoy tan harta –murmuré-. Tuve que destruir a la termita reina. Ya lo sé, sólo es un bicho. Pero ¿quién soy yo para decidir sobre la vida de un animal? Yo, que presumo de ser la Madre Tierra, como dice Marco, defensora de la naturaleza y de los animales, y luego, a la hora de la verdad, soy como… , concluyó Tobias. -Como cualquier depredador –contesté sin demasiada convicción. -En primer lugar, aquél no era mi sitio. Era su mundo, no el mío. Esos túneles construidos en el interior de un trozo de madera podrida…. constituían todo su universo y yo lo invadí. Y ¿qué hice? En cuanto se interpusieron en mi camino, las quité de en medio, ¿te suena? -Bueno, déjalo. –No tenía fuerzas para seguir discutiendo-. Tengo que transformarme. Debo solucionar un asunto. -Es una ridiculez, ¿vale? –contesté y dejé escapar un suspiro-. En la clínica tenemos una mofeta hembra herida y sé que tiene una camada que anda por el bosque, deben de estar a punto de morir. Creo que sé, más o menos, dónde están, pero no sabría cómo llegar hasta allí andando. Tobias guardó silencio durante un rato. -Sí. Evité sacar conclusiones. No quería pararme a pensar por qué Tobias…, un ratonero de cola roja conocía el lugar exacto donde se escondía una camada de mofetas. Respiré hondo varias veces en un intento por mantener el tono de mi voz inalterable. -¿Están vivas? , respondió Tobias. Entonces, algo en mi interior se removió, no era una sensación frecuente en mí. El caso es que miré a Tobias furiosa, observé sus terribles garras y aquel pico diabólicamente curvado. Me imaginé la escena. Tobias habría descendido y, tras proyectar sus garras hacia delante, habría apresado a la indefensa cría y se la habría llevado para siempre. Estaba temblando. Entrelacé los dedos con fuerza, era la única manera de parar el tembleque. -Voy a salvar a los <> que quedan –le anuncié. Mi voz sonó distinta. , dijo. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 16:[/b] Me convertí en águila pescadora. Tobias me guió hasta el lugar que yo había visto la noche anterior. En mis garras transportaba el saltamontes congelado. No hice preguntas y él tampoco dijo nada, únicamente señaló la casi invisible entrada de la guarida de las mofetas y luego se marchó. Sabía que iría a ver a Jake y que le contaría lo que me disponía a hacer. Sabía también que había herido a Tobias al hablarle de aquel modo. Pero, si queréis que os diga la verdad, en aquel momento no me importaba lo más mínimo. Mi única preocupación era encontrar a los bebés mofeta. No sabría decir por qué, pero esos pequeños eran muy importantes para mí. Cuando Tobias desapareció de mi ángulo de visión, empecé a transformarme en un animal con ojos, orejas y boca. No era un cambio muy radical, nada que ver con un insecto. La sensación de encoger me resultaba ya familiar. Me sorprendió un poco la cola, grande y espesa, que me creció en la base de la espina dorsal. Pero ya me había convertido en ardilla alguna vez y se le parecía un poco. Lo del pelaje sí que supuso una experiencia nueva. Ya había pasado por ello muchas veces, pero nunca antes había tenido un pelo tan largo, lustroso y exuberante. Era como llevar un abrigo de pieles negro y con una impresionante raya blanca que recorría todo el lomo hasta la cola. Los sentidos de la mofeta tampoco se diferenciaban demasiado de los míos. El oído es tal vez un poco mejor que el de los humanos. Posee un buen olfato y su visión es parecida a la nuestra. Su cuerpo no se movía con demasiada agilidad y tampoco era muy fuerte. Cuando eché a andar, avanzaba con torpeza, arrastrando los pies, mi forma de caminar se parecía más a la de un pato, y cuando intenté correr lo único que conseguí fue aumentar mi torpeza. Las patas delanteras pueden agarrar y sostener cosas, pero no son tan diestras como las manos humanas. Lo más relevante en ese animal eran su mente y sus instintos. He estado en el interior de muchas mentes agarrotadas por el miedo y el hambre, mentes con los nervios de punta que parecían flotar en adrenalina. La mente de la mofeta, en cambio, era tan…. cálida, tan acogedora. No era un animal soberbio ni arrogante como podría serlo un felino. Rebosaba placidez. Encogí hasta alcanzar el tamaño de un gato doméstico. No tenía garras ni dientes afilados y, sin embargo, pocos eran los que se atrevían a meterse conmigo. Me sentía absolutamente relajada. En ese momento oí los lloriqueos de las crías en el interior de la madriguera. Me encaminé con pasos torpes hacia el agujero y asomé la cabeza. Estaba oscuro pero distinguí a los cuatro pequeños indefensos. ¡Pobrecillos! Ya no eran bebés, ni tampoco lo suficientemente adultos como para defenderse por sí solos o salir a cazar. Mucha gente piensa que los animales no tienen sentimientos, pero yo os aseguro que se alegraron de verme y, desde luego, la mofeta madre respiró aliviada y feliz. Saqué el saltamontes, ya descongelado por completo, y me introduje en aquel agujero. Me acurruqué y los pequeños me acariciaron con el hocico mientras yo les iba alimentando con el saltamontes. Sólo podía quedarme dos horas. De repente y, a pesar de que me había levantado hacía tan sólo unas horas, me entró mucho sueño. Se acabó la comida, los pequeños no se morirían de hambre, y yo tenía sueño y estaba tan a gusto… Incluso en sueños sabía lo que me estaba ocurriendo. A mí siempre me han gustado mucho los animales y, sin embargo, notaba que empezaba a desarrollarse en mí una especie de sentimiento negativo. La naturaleza no es tan hermosa como puede aparecer en un principio. Los fuertes se comen a los que son más débiles que ellos, y éstos a su vez hacen lo mismo. Era exactamente lo que los yeerks estaban haciendo con el Homo sapiens, al que habían convertido en su presa. ¡BUM! ¡BUM! -Cassie, ¿estás ahí? Me desperté. ¿Dónde estaba? No había luz. ¿Estaría en mi habitación? ¿Estaría en …..? ¡Oh, no! ¿Habría vuelto a la colonia de termitas? Enseguida noté a las cuatro mofetas dormidas a mi lado y deduje que me encontraba todavía en la guarida de las mofetas. , pregunté. -Soy yo, Jake. Cassie, sal de ahí ahora mismo. ¡Llevas ya casi dos horas transformada! Sus palabras terminaron de despertarme. Abandoné el agujero y di comienzo al proceso de metamorfosis. Allí estaban Jake y Marco. Tobias se había posado en una rama cercana. Había visto a Jake enfadado alguna vez, pero nunca como aquélla. -¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo ahí dentro? –me gritó, sin esperar a que yo acabara de trasformarme del todo-. ¡Diez minutos más y hubieras vivido el resto de tus días como mofeta! , expliqué como pude. Todavía no se me había formado la boca. -¿Te has vuelto loca? ¿Se puede saber qué te pasa? –Nunca antes me había percatado de lo mucho que se le marca a Jake una vena que tiene en la frente cuando está furioso. -Lo siento –musité una vez hube recuperado del todo mi forma. -¿Os creéis que podemos utilizar este don cuando nos apetezca? –continuo Jake. No parecía muy dispuesto a perdonarme-. Nuestro cometido no es salvar a las mofetas extraviadas en el bosque -vociferó Jake-. Somos un ejército, un pequeño ejército, débil, bastante ridículo y con pocos miembros, seis para ser exactos, y uno de nosotros ya se ha quedado atrapado en una de las transformaciones. Pero, por lo menos, le pasó mientras luchaba contra los yeerks. ¡Lo que me parece el colmo es que casi te quedes atrapada en un cuerpo por unas simples mofetas! -Bueno, vale ya. –Marco se adelantó, le puso una mano a Jake en el hombro y tiró de él hacia atrás-. No ha pasado nada. -Gracias a Tobias –sentenció Jake-. Porque si por ella fuera… Yo no sabía qué decir, estaba conmocionada y, sinceramente, horrorizada también por lo que había estado a punto de suceder. -Marco, Tobias, ¿podéis iros a dar una vuelta? –les pidió Jake y, a continuación, se volvió y acercó su rostro al mío. -Ya sé que lo de anoche fue muy duro. Yo también he pasado por eso y he sufrido unas pesadillas horribles. Sé lo que te ronda por la cabeza. -Estoy bien –musité. -Calla y escúchame –continuó, ya más calmado-. Me importas mucho, Cassie, y a los otros también. Todos te necesitamos. -¿Para ganar? –repliqué-. ¿Me necesitáis para ganar batallas? ¡Y qué pasaría si decidiera no seguir luchando? ¿Si ya no pudiera más? Creo que ya he hecho suficiente por la causa, ¿no? -Has hecho mucho más de lo necesario, mil veces más, pero por desgracia los yeerks siguen aquí. -Los fuertes se comen a los débiles –repliqué encogiéndome de hombros-. Son las leyes de la naturaleza. Los humanos siempre ganan y los animales pierden. Tal vez nos toque a nosotros perder esta vez. -No se trata de una especie cualquiera –replicó Jake haciendo un gesto negativo con la cabeza-, sino de gente que conocemos, que vemos todos los días. Tom, mi hermano es uno de ellos. Ve y cuéntale que se ha convertido en un esclavo de las yeerks porque ahora nos toca perder. Dio media vuelta y echó a andar. -¿Jake? Mi amigo se detuvo. -Jake…, esto… verás, mi padre me ha dicho que la mofeta madre estará lista para volver a su madriguera en uno o dos días y yo no estoy dispuesta a abandonar a sus hijos mientras tanto. -No puedes permanecer todo ese tiempo transformada y lo sabes –dijo con las manos apoyadas en las caderas mientras me lanzaba una mirada colérica. -Ya losé, pero debo vigilar que no se les acerque ningún depredador. Les traeré comida, así que me mantendré transformada lo imprescindible para que crean que es su madre la que está cerca de ellas. Escucha… ya sé que esto os parecerá una estupidez tanto a ti como a Marco, probablemente se lo parecería a cualquiera, pero es mi obligación. , se ofreció Tobias. Me había olvidado del oído excepcional de los ratoneros. -Tobias se hará cargo de ellos, no te preocupes, ya se le ocurrirá algo –añadió Jake-. De acuerdo, salvemos a esas dichosas mofetas, total no tenemos nada mejor que hacer, aparte de salvar el mundo. -Gracias Jake –dije-, y de verdad… perdóname, no era mi intención preocuparte. Ya me encuentro mejor, creo. -Yo también, Cassie –añadió esbozando una lenta sonrisa, como era habitual en él-. Siempre que sigas a mi lado. En la distancia y hacia nuestra izquierda, oí un ruido como si alguien estuviera vomitando. Era Marco, tan gracioso como siempre. Me eché a reír. Debía de sentirme mucho mejor porque al menos era capaz de volver a sonreír. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 17:[/b] -Tendríamos que ir a ver al psiquiatra –sentenció Marco. Unas horas después, ese mismo día, domingo por la tarde, nos encontrábamos reunidos en la madriguera de las mofetas-. Así que ahora vamos a dedicarnos a criar apestosas crías de mofetas, ¿no? -¿Qué tiene de malo? –replicó Rachel con aspereza. La buena de Rachel que, aunque también pensaba que todo aquello era una ridiculez, como era mi mejor amiga, siempre me apoyaba. -Pues que son mofetas –contestó Marco, mirando primero a Rachel, después a Jake y para finalizar a Ax. Se creía el único que todavía estaba en su sano juicio. -Son muy bonitas –declaró Rachel sin demasiada convicción al tiempo que fulminaba a Marco con la mirada. -Ah, bueno, siendo así, ¿por qué no lo has dicho antes? -Cassie no las puede llevar a la Clínica porque se acostumbrarían a los humanos –le interrumpió Jake-. Son demasiado jóvenes, se adaptarían enseguida, así que las cuidaremos aquí hasta… hasta que mamá mofeta salga del hospital. , preguntó Ax. -Todos los animales son sagrados para Cassie –matizó Marco-. Nuestra querida amiga es una combinación de doctor Doolittle, y ese experto en bichos que sale por la tele. -¡Pero no comemos perros! –le aclaré. Le habíamos regalado a Ax uno de esos almanaques para que aprendiera cosas sobre la Tierra. A partir de entonces se ha convertido en un archivo de informaciones diversas. Por ejemplo, te podría decir qué renta per cápita tiene Tanzania o el récord olímpico en salto de longitud. -En este país no comemos perros –repitió Rachel. -Hum… ¿perdón? –interrumpió Jake frotándose el puente de la nariz. Era evidente que estaba perdiendo la paciencia y, la verdad, no era de extrañar-. Escuchad, éste es el plan: Nos encontramos a unos trescientos metros aproximadamente del campamento maderero de los yeerks. Tienen sensores y guardianes. Tobias merodea por allí vigilando la zona, así es que, por ahora, no hay ningún problema. Pero no podemos bajar la guardia. Cassie, infórmales de nuestro plan. -Bien, mientras estemos en clase mañana y pasado mañana, Ax y Tobias se encargarán de proteger la madriguera. Ax podrá transformarse en mamá mofeta de vez en cuando y Tobias patrullará la zona desde arriba. Yo le traeré a Tobias comida congelada para que no tenga que ir a cazar. -¡Hummmm, deliciosos entrantes de ratón congelado! –se burló Marco. , protestó Tobias apostado en la copa de algún árbol. -Ya lo sé –se vanaglorió Marco con una sonrisa. -Luego, después de clase y durante la noche, los demás nos turnaremos. Yo me transformaré tantas veces como sea preciso, pero entretanto necesitaré que Jake, Rachel y Marco vigilen la zona. Marco levantó la mano. -¿Sí, Marco? –pregunté. -¿Al final nos darán camisetas y chapas con el eslogan de <>? -No tenéis que hacerlo si no queréis. Nadie está obligado –expliqué-. Escuchad.,.. sé perfectamente que os parece absurdo. -¿Absurdo? ¡Nah! –ironizó Marco-. Veamos, tengo una pila de deberes atrasados. Mi padre está convencido de que me he unido a una banda callejera porque nunca estoy en casa. Apenas duermo porque siempre que lo intento me convierto en una termita y me despierto gritando. Hace siglos que no me siento tranquilamente en el salón de mi casa a ver la tele. Y, en mi tiempo libre, tengo que idear un plan para evitar que los yeerks transformen a un tipo llamado Farrand en un controlador porque si lo hacen acabarán con el bosque y cazarán al chico pájaro y al único andalita de toda la galaxia lector de almanaques. Ya me habían avisado de que los años de segundo ciclo en la escuela son duros, pero esto es demasiado. -En resumen –replicó Jake, lanzándole a Marco una mirada escéptica-, que estás dispuesto a colaborar. Por una vez, fue Jake el que nos hizo reír a todos, incluso a Marco. -En cualquier caso –continuó Marco al tiempo que se encogía de hombros-, es un alivio saber que incluso Cassie se ha vuelto loca. Todos sabemos que Rachel lo está y que yo también. Cassie ha sido durante mucho tiempo la única del grupo que no ha perdido la cordura, pero se acabó. Bienvenida al club de los chiflados, Cassie. ¡Salvemos a las mofetas! ¡Plantemos árboles! ¡Derecho a voto para los perros! Todos se echaron a reír. Yo me limité a sonreír. Marco siempre se burla de mi interés por cuidar el medio ambiente. Por lo general no me importaba porque tenía las ideas claras. Pero en esa ocasión sus bromas me calaron un poco más hondo. Mi propósito no era salvar a las ballenas ni al oso panda, ni siquiera al búho moteado, sino a un puñado de mofetas, de las que había cientos por todo el mundo. No era una especie en extinción. Yo sabía que mi comportamiento se debía en parte al episodio de la termita reina, un simple bicho al que tuve que matar y que, por alguna razón, había tambalear mis más sólidas creencias. Tal vez Marco tuviese razón al afirmar que me estaba volviendo loca. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 18:[/b] Durante dos días protegimos y cuidamos a una camada de cuatro crías de mofeta y, por raro que parezca, salió más o menos bien. Tal vez esté equivocada pero tuve la sensación de que mis amigos empezaban a disfrutar con la situación. Como era de esperar, fue Marco quién, después de su primer turno de vigilancia, decidió que había que darle nombre a las mofetas. -Joey, Johnnie, Marky y C.J. –anunció, como si fuera lo más normal del mundo-. Los Ramones, los padrinos del punk rock. Estoy seguro de que se sentirían muy honrados. ¿Veis ésa de ahí que tiene la raya blanca más ancha? Será Joey. Y ahora escojamos a Johnnie… Al principio yo fui la única que se transformó en la mamá mofeta, Ax me imitó y a continuación también quisieron probarlo los demás. Me puse un poco celosa. Tres días más tarde, al salir de clase, me dirigí hacia la guarida de las mofetas y allí encontré a Tobias sobrevolando la zona. -¿Qué hay, Tobias? -Entonces, las crías están bien, ¿no? Me convertí en mamá mofeta y entré en la guarida. Tobias tenía razón, los pequeños estaban inquietos. Crecían muy deprisa y su instinto les impulsaba a salir de la madriguera para investigar el gran mundo que se extendía fuera. , anuncié a Tobias. Tobias se alegro de poder tomarse un respiro, pero una vez se hubo ido, me asaltaron un montón de dudas. ¿Y si no era capaz de controlarlos? ¿Qué pasaría si se despistaban? Mientras yo me debatía y, sin previo aviso, Marky se lanzó al exterior y tuve que correr para alcanzarlo. En cuanto me vio aparecer, el pequeño se colocó dócilmente detrás de mí, y enseguida su tres hermanos salieron uno por uno del agujero y se dispusieron en fila, como niños obedientes en su primer día de colegio. Eché a andar muy despacio y, cuando ya había caminado unos diez pasos, me giré y comprobé que los cuatro seguían en fila, detrás de mí. Para ellos yo era su madre, y habían sido programados para seguirla. Continuamos con el paseo. Aunque me sentía un tanto extraña, estaba contenta. Y así transcurrió media hora, en la que nos íbamos parando a olisquear cosas de vez en cuando, casi siempre el rastro dejado por otros animales. Entonces caí en la cuenta de algo muy importante. No se trataba tan sólo de dar un paseo, las crías estaban hambrientas y, como yo era su madre, mi obligación era buscarles sustento. Si no les enseñaba a cazar bichos, no sobrevivirían. Las mofetas comen plantas pero también grillos, mantis religiosas, saltamontes, musarañas y ratones. Me detuve y observé a <> cuatro pequeños, cuatro bolitas de pelo negro y blanco casi idénticas, cuatro rostros diminutos que me miraban con curiosidad, deseosos de aprender. Hasta ese momento les había alimentado con saltamontes y ratones congelados que había conseguido en la Clínica, único menú también para Tobias que no podía salir de caza al estar vigilando la zona de la guarida. Pero yo sabía que aquello no podía durar demasiado, las mofetas no debían depender de los humanos el resto de su vida. De pronto… oímos un ruido espantoso, algo se acercaba rápidamente hacia nosotros, formando un gran estrépito. Empecé a guiar a las crías hacia la guarida, pero el sonido estaba cada ve más próximo, avanzaba muy deprisa. Intenté identificar su olor, por desgracia el viento soplaba en la dirección contraria. Entonces… ¡GRRRR! ¡GRRRRR! ¡GRRRRRR! ¡GRRRRRR! ¡Era un perro! Un lobo, al ver a un animal de pelaje negro y blanco, enseguida habría decidido que tenía cosas mejores que hacer, lo mismo habría hecho un oso, y como ellos, cualquier animal salvaje. Todos sabían que era mejor no molestar a una mofeta adulta. Pero aquel perro grandullón y feliz no era salvaje, vivía con humanos y no entendía nada de mofetas. Casi sin pensar, me giré y levanté la cola en señal de advertencia, pero el perro continuó acercándose. El perrazo babeaba por un lado de la boca, y por el otro le colgaba la lengua. Para un perro la situación era ideal: estaba suelto en mitad del bosque y se había tropezado con un puñado de animales negros con los que jugar. Los cachorros seguían en fila, observándome con tanta atención que, de haber podido, me habría echado a reír. Para ellos era un momento crucial en sus vidas porque iban a aprender por qué ningún animal medianamente inteligente debía molestar a una mofeta adulta. Yo no tenía ninguna experiencia en el tema, pero la mente del animal sabía con exactitud lo que tenía que hacer. Apunté, miré por encima de la espalda para calcular la distancia y disparé directamente al rostro del perro. Justo en el momento de disparar tuve la sensación de haber visto antes a ese perro, pero ya era demasiado tarde. A tres metros de distancia, las sustancia pestilente alcanzó al animal con la precisión de un misil dirigido por láser. ¡Kai! ¡Kai! ¡Kai! El perro se quedó paralizado, la expresión de sus ojos era de absoluto terror. No daba crédito a lo sucedido. ¿Cómo era posible que aquella pequeña criatura negra y blanca le hiciera eso a él? Y entonces oí algo que me hizo sentir fatal. -¿Homer? ¡Qué te pasa? –preguntó Jake-. ¡Ohh! ¡Ohhhhh! ¡Homer! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no me sigas por el bosque? -¡Rrreu! ¡Reeeuu! ¡Rrrreeeeuuuu! –gemía el pobre Homer. Jake, Marco, Rachel y Ax se acercaron a la carrera. Marco estalló en carcajadas. -¡Has regado a Homer! –exclamó-. ¡Cassie ha rociado a Homer! Porque, ésa es Cassie, ¿no? Por un momento se me pasó por la cabeza fingir que era otra mofeta. , me disculpé. -¡Qué peste! –se quejó Rachel-. No te ofendas, Cassie, pero …¡arggghhh! ¡Oh! ¡Qué horror! Homer se fue directo hacia su amo y trató de restregarse contra él, pero, por mucho que Jake quisiera a su perro, no iba a permitirlo. -No, no, no, grandullón. Te dije que te quedaras en casa, pero no, tuviste que seguirme. Así que ahora, vete a casa. Vamos Homer, ¡a CASA! Al final Homer decidió que tal vez su casa resultaba más segura que el bosque y se marchó con el rabo entre las piernas. -Llévame contigo –pidió Marco. -Fantástico, mis padres se van volver locos de alegría cuando Homer llegue a casa apestando a mofeta. ¡Arrgh! Este olor es insoportable. Vámonos de aquí de una vez. Volvimos a la madriguera y los pequeños se acurrucaron en su interior, felices de encontrarse en casa de nuevo. Había resultado una experiencia llena de emociones. Luego, salí fuera y recuperé mi estado natural. -No te preocupes por Homer, Jake. Si le bañas en zumo de tomate y le dejas en la calle un par de días, el olor desaparecerá –le aconsejé-. Lo siento mucho. -No tanto como Homer –contestó Jake-. Pero tenemos problemas más graves que resolver. Escucha, Cassie, veníamos a buscaros a ti y a Tobias. ¿Recuerdas al tal Farrand? Ax y Marco lograron pinchar el ordenador del campamento yeerk. -Sí –sonrió Marco-. Ax-man sabe muy bien lo que se hace con los ordenadores. -Bien, hemos averiguado algo muy importante. Farrand no viene a finales de esta semana, ha adelantado su viaje para que la votación tenga lugar cuanto antes. De hecho estará aquí dentro de una hora. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 19:[/b] -Tenemos una hora para idear un plan y prepararnos –continuó Jake-. Bueno, en realidad menos de una hora si restamos el tiempo que nos llevará desplazarnos hasta allí. -De acuerdo, ¿qué es lo que sabemos hasta ahora? –preguntó Marco-. Pues, por ejemplo, que el voto de ese tipo es el que decidirá si los yeerks van a salirse con la suya. Sabemos que no es un controlador, todavía, porque, si lo fuera, ya habría votado hace tiempo y la tala ya habría comenzado. -Y sabemos también que los yeerks no se arriesgarán a que vote en contra –prosiguió Rachel-. Le han hecho venir hasta aquí para que uno de ellos pueda colarse en su cerebro, de forma involuntaria claro. Apostaría a que a estas horas ya debe de haber algún gusano tranquilamente esperando en una cubeta a que llegue el momento adecuado de trepar hasta la oreja de ese pobre hombre. -Y entonces, ¿qué vamos a hacer? –preguntó Rachel-. ¿Entrar en bloque y arrasarlo todo? , advirtió Tobias. -¿Qué pasa? –preguntó Rachel. Escuchamos con mucha atención hasta que, gracias a la brisa, identificamos el sonido característico de los motores diesel. -Probablemente se trate de nuestros amigos los yeerks moviendo su maquinaria pesada y disponiéndola en elegantes filas para dar la bienvendida al visitante –dijo Jake. Luego se quedó pensativo un rato y añadió-: Tobias, ¿te importaría ir a echar un vistazo? Al momento, Tobias extendió las alas, las movió arriba y abajo y se elevó por encima de las copas de los árboles hasta perderse de vista. -Bien, ¿por dónde íbamos? –preguntó Jake-. Ah, sí, el tal Farrand es la clave. Si vota que sí, los yeerks tendrán permiso para talar el bosque. Si vota que no, no podrán hacerlo y, si incumplieran las órdenes, atraerían demasiado la atención y eso no les interesa. -Eso suponiendo que Farrand viva lo bastante como para votar en contra –observó Rachel. -Nuestro objetivo será evitar que lo maten –sugerí-. Tenemos que intentar por todos los medios que siga vivo y que no lo conviertan en un controlador. Todos asintieron. -Lo malo es que no tengo ni idea de cómo hacerlo –admití. En ese instante, Tobias descendió desde el cielo como un cohete. , gritó cuando pasó por nuestro lado para posarse en una rama. -¿Empezado el qué? –pregunté. -Bien –repuso Jake-, ahora ya no nos queda ninguna duda de que van a infestar al hombre. -No les importa en absoluto lo que ese hombre vea cuando llegue aquí –agregó rachel-. No piensan convencerlo de nada porque ya tienen un gusano asignado para él. Esperaba que Marco hiciera algún comentario despreciativo, algo así como que no era el momento de preocuparse por unas simples mofetas. Pero para mi sorpresa dijo: -Nadie va a tocar a las mofetas. Están bajo la protección oficial de los animorphs. –Me guiñó un ojo y me dirigió un saludo con el puño apretado-. ¡Salvemos a las mofetas, Madre Tierra! Marco es más pesado que el plomo pero, justo cuando menos te lo esperas, te sale con algo así y te lo comerías a besos. -Sí, son nuestras mofetas –corroboró Rachel-, y nadie va a hacerles daño. -Esto… Ejem… –interrumpió Jake-. Un plan, ¿recordáis que tenemos que pensar un plan? -Muy bien…. –empecé. -¿Y? –me preguntó Jake. -Si Farrand es la clave –continué al tiempo que me encogía de hombros.-, lo primero será hacernos con él, ¿de acuerdo? Tendrán que desactivar el campo de fuerza para que entre al campamento, momento que aprovechamos para secuestrarle, cueste lo que cueste. -Secuestrar a Farrand –repitió Marco-. Simple, elegante y, dado el poder de los yeerks en su propio terreno, del todo suicida. Me sorprendes, Cassie. Normalmente es Rachel quien lanza ese tipo de ideas. -¿Se te ocurre algo mejor? –le preguntó Jake a Marco. -Irnos a casa a ver la tele. -Es decir, no –añadió Jake frotándose las manos-. Muy bien, secuestramos a Farrand en cuanto aparezca y, mientras tanto, debemos intentar frenar el avance de las máquinas. -¡Genial! –exclamó Rachel. A mí se me revolvió el estómago. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 20:[/b] El único camino para llegar en coche al campamento maderero era el sendero de tierra que los yeerks habían abierto en el bosque. Jake decidió que yo fuera con Tobias para ver si podíamos localizar a Farrand. Él, Marco, Rachel y Ax se marcharon, y nos dejaron allí solos. -Otra vez nos ha vuelto a tocar a nosotros –me lamenté alzando la vista con expresión de arrepentimiento. , respondió Tobias. Me empecé a transformar en águila pescadora, que era la forma de ave rapaz que yo había adquirido, y la única manera de seguir a Tobias en el aire. -Escucha, Tobias, llevo tiempo dándole vueltas a un tema que me ha quitado el sueño, y desde… Bueno, ya sabes… necesito desahogarme. Perdona que me enfadara contigo por lo de las mofetas. Sé que hiciste lo que tenías que hacer –le dije. Mientras tanto sentí que mis huesos iban encogiendo y vaciándose y en mis brazos se dibujaban los primeros trazos de unas plumas grises. -De acuerdo, entonces, ¿por qué lo haces? –le pregunté antes de que mi boca adoptara la forma de pico. Plumas blancas como la nieve se extendieron por todo mi cuerpo cubriendo mi uniforme especial para las metamorfosis. Mis pies dieron paso a unas garras de un gris pálido. Mis ojos humanos iban adoptando la increíble visión de las aves rapaces. Sufrían cierta distorsión con el color porque esos ojos están adaptados para ver a través del agua. Las águilas pescadoras se alimentan de peces y por eso la naturaleza las ha dotado para ver peces, incluso bajo la superficie agitada de un lago o de un río. , me preguntó Tobias. , contesté imitando el tono de Rachel, al tiempo que batía las alas. Tobias hizo lo propio, aprovechó una corriente de aire y se elevó de repente, casi en línea recta. Extendí las alas y contraje aquellos músculos infatigables. De esa forma también yo intercepté una brisa, pero no pude dejar de mover las alas hasta superar las copas de los árboles, entonces una corriente térmica mucho más fuerte me envolvió y me impulso con fuerza hacia arriba. Era como subirse en unas escaleras mecánicas muy rápidas. ZOOOOOMMMM. Agité las alas de nuevo, quería volver a experimentar aquella sensación de velocidad. Tobias iba por delante y eso me permitía contemplar la increíble sutilidad con la que movía las alas. Parecía capaz de manejar cada pluma por separado. Para él, el viento no era un elemento invisible, sino una carretera tanto o más definida que si estuviera hecha de asfalto. Mientras volaba, notaba cómo la mente del águila pescadora iba ajustándose y reaccionando en función al viento. Mis ojos captaban cada alteración por insignificante que ésta fuera, cada animal, cada agujero que pudiera servirle de guarida. Pasamos cerca de un arroyo de aguas transparentes y vi las sombras de los peces deslizándose por entre las piedras. La naturaleza había diseñado al águila pescadora para remontar los cielos y desde las alturas localizar a sus presas, al igual que Tobias. Desde allá arriba, las copas de os árboles eran una superficie irregular de césped. Por fin, divisé el campamento de los yeerks y las inconfundibles y enormes máquinas amarillas que talaban los árboles con la misma facilidad que un cuchillo caliente cortaría la mantequilla. En mitad de la espesura, se destacaba ya una espantosa cicatriz de muñones, y lo peor era que se extendía como una plaga. Tobias giró a la derecha, hacia el largo camino serpenteante que desaparecía entre los árboles. Ladeé el cuerpo para seguirlo. El arroyo desembocaba en un río un poco más grande que corría paralelo al camino y en cuyas aguas revueltas, a pesar de la espuma y las burbujas, se distinguían con claridad los virajes de los bancos de peces. A partir de ese instante, la mente del águila pescadora empezó a evaluar la situación, a medir la distancia y a calcular los ángulos. El animal planeaba la forma de descender hasta tocar la superficie del agua, proyectar las garras hacia delante en el momento adecuado, atrapar el pez y salir volando con la presa. Sabía que ése era el modo en que procedía Tobias cuando veía ratones, conejos, ratas… y mofetas. Tobias y yo éramos dos expertos y hermosos asesinos remontando el viento, mientras nuestras presas huían despavoridas por debajo de nosotros. Pero mi amigo tenía razón, teníamos tanto derecho a vivir como nuestras víctimas. Había sido necesario que transcurrieran millones de años de evolución para que nos convirtiéramos en depredadores. El vehículo avanzaba por el camino y, a través de los cristales, como antes ocurriera con la superficie del agua, vi lo que había en el interior. , dije. , celebró Tobias. , pregunté. , replicó Tobias con brusquedad. , contesté. , explicó mi amigo irritado. Seguimos al jeep de camino al campamento. En tan sólo unos minutos Farrand se daría cuenta de lo que estaba ocurriendo y nosotros sabríamos al fin si era uno de ellos o uno de los nuestros. , repetí con contundencia. El jeep se detuvo delante del campamento de los yeerks. Farrand abrió la puerta y salió del vehículo haciendo aspavientos con los brazos. Por la expresión de su rostro era evidente que estaba furioso. Al momento salió del edificio un hombre que parecía emanar vibraciones negativas y, pese a la altura a la que me hallaba, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo en cuanto lo vi. , anunció Tobias. No hizo falta que dijera más. , aseguró Tobias. Era Visser Tres. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 21:[/b] Visser Tres es el líder de la ofensiva yeerk contra la Tierra. Es el único yeerk de todo el universo que ha logrado controlar un cuerpo de andalita y, por lo tanto, el único también que posee el poder de la transformación. Debería haber supuesto que Visser Tres utilizaría su forma humana para entrevistarse con Farrand, era lo más lógico. Pero aun así, no podía evitar que la rabia se apoderara de mí. Aquella criatura de allá abajo no era un humano, sino un fraude que utilizaba el ADN de los humanos y sus cuerpos como parte de un plan para esclavizar a la humanidad entera. , le dije a Tobias. Farrand se dirigía hacia Visser Tres. Siguió agitando los brazos hacia las máquinas pesadas que devoraban el bosque a pasos agigantados. El Visser mostraba una sonrisa desagradable. , preguntó Tobias. De pronto, Visser Tres arremetió contra Farrand y le golpeó en la cara. El pobre hombre retrocedió tambaleándose al tiempo que se llevaba la mano a la mejilla. Los dos tipos del jeep rápidamente lo agarraron por los brazos y lo inmovilizaron. Farrand era un hombre mayor. Se encontraba del todo indefenso. Dirigí mi vista hacia el claro y entonces lo vi, un enorme tigre rayado corría en dirección a Farrand, pero se hallaba demasiado lejos. Todo había sucedido muy deprisa. Jake no estaba en posición de atacar, y ni siquiera sabía dónde estaban los demás, con toda probabilidad todavía transformándose. Ajusté las alas, apunté hacia Visser Tres y me lancé en picado. Mi velocidad iba en aumento según descendía. Iba tan rápido que mis alas vibraban y los huesos me crujían. La cabeza humana de Visser Tres crecía de forma desmesurada. Proyecté mis garras hacia delante, extendí las alas sólo lo necesario para no pasarme de largo y le embestí. Le clavé las garras en la cabeza y, llevada por mi propio impulso, salí disparada de allí. -¡Aaaaaaaaaarrrrrrrrrgggggggghhhhhhhhhh! –gritó Visser Tres. Al mismo tiempo, Tobias arremetió contra uno de los tipos del jeep. A él le salió mucho mejor que a mí, tiene mucha más experiencia. Aquel tipo tendrá que llevar un parche en el ojo el resto de su vida. , exclamó Tobias. Farrand logró liberarse y echó a correr. -¡Atrapadlo! -gritó Visser Tres-. ¡Alarma general! El guarda ileso presiguió a Farrand, lo alcanzó enseguida y lo tiró al suelo. Mientras tanto Jake iba ganando terreno. Un poco más lejos, cerca y del bosque, descubrí que otra batalla tenía lugar. Dos lobos, Rachel y Marco, se ocupaban de los controladores que manejaban las máquinas. Los vigilantes que rodeaban el campamento se acercaron empuñando las automáticas. Uno de ellos se disponía a disparar a Rachel cuando, de repente, veloz como una gacela, Ax se acercó, chasqueó la cola y el controlador ya no tuvo con qué apretar el gatillo. Justo debajo de mí, el otro controlador golpeaba sin piedad a Farrand, quien luchaba por incorporarse. No iba a permitirlo, giré en el aire y me lancé de nuevo. , gritó Tobias. La puerta delantera del edificio se abrió de golpe y salieron en manada media docena de controladores humanos armados y, lo que era peor, cuatro temibles hork-bajir. Demasiado tarde para echarse atrás, ya me encontraba en pleno descenso. ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! Los dos primeros disparos me pasaron rozando, pero el tercero me dio de lleno en el la derecha y me hizo dar una vuelta en el aire. Caí torpemente como un pollo, incapaz de evitarlo. ¡BUM!, me estampé contra el suelo. Aturdida y mareada, creí ver a Jake atacando a uno de los soldados hork-bajir. No estaba segura porque poco a poco iba perdiendo la consciencia. El mundo se reducía y se apagaba, ya casi no veía más allá del suelo en el que yacía. Una hormiga desfilaba delante de mis ojos transportando un bicho muerto. Tal vez sólo fueran alucinaciones producidas por el golpe, tal vez mi mente me estaba jugando una mala pasada, pero en ese momento hubiera jurado que la hormiga transportaba la cáscara seca de la termita reina muerta. Después todo se volvieron sombras. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 22:[b] Cuando me desperté, me encontraba en una especie de caja grande. Estaba oscuro, pero no del todo ya que había unos pequeños orificios en los lados de la caja por donde se colaban la luz y el aire. A mi lado descansaba inconsciente Farrand. Era un hombre bastante mayor, calvo, aunque no del todo, y de las orejas le salía pelo. Tenía un corte superficial en la frente del que chorreaba un hilillo de sangre. -¡Activad las defensas del perímetro! –ordenó a voces Visser Tres. Le oía a la perfección. Yo todavía era un águila pescadora y mi oído era excelente. Me resultaba extraño escuchar la voz de Visser Tres porque siempre que nos habíamos topado con él tenía forma de andalita y sólo se comunicaba telepáticamente. -¡Tú! ¡Y tú! ¡No perdáis de vista la caja! –bramó Visser Tres-. Si algo…, fuese lo que fuese, por insignificante que sea, intenta salir de allí, ¡destruidlo! Ahí dentro hay uno de esos malditos andalitas y cuando todo esto acabe, más os vale que siga ahí si no queréis que acabe con vosotros. <> Se refería a mí, claro. Si no lograba escapar antes, no tendría más remedio que transformarme y entonces Visser Tres descubriría que era humana. Tenía que recuperar mi cuerpo humano cuanto antes porque sentía un dolor ardiente en el ala. -¡Visser! ¡Los bandidos andalitas se han hecho con las máquinas y nos están atacando! –gritó alguien. -¡Activa el campo de fuerza! -Pero… Visser… muchos de los nuestros se quedarán atrapados al otro lado. -¿Acaso estás cuestionando mi orden? –amenazó Visser Tres con inquietante serenidad. -No, no, mi Visser. Ahora mismo activo el campo de fuerza. Farrand se quejó. Movió la cabeza ligeramente y volvió a quedarse inmóvil. <> Estaba claro que mis amigos todavía estaban luchando y debían estar ganando, porque entonces Visser Tres no activaría el perímetro de defensa. Habían logrado apoderarse de algunas máquinas y se dirigían con ellas hacia el edificio. Una vez se activara el campo de fuerza, aquella maquinaria pesada no tendría ninguna utilidad y todo su esfuerzo habría sido en vano. Además el tiempo estaba de parte de los yeerks, que, con toda probabilidad, ya habrían solicitado refuerzos. De un momento a otro aterrizaría un caza-insecto repleto de fuerzas hork-bajir de refresco y todo habrá acabado. Será nuestro fin. <> Era el mismo juego del depredador y la presa. Era la guerra. ¿Cuál era el punto débil de los yeerks? ¿Qué era lo que ellos más necesitaban que yo pudiera arrebatarles? Farrand volvió a removerse y emitió un quejido. ¡Claro! Respiré hondo y empecé a transformarme. Abandoné mi dolorido cuerpo de águila pescadora para recuperar mi forma humana, que se vería libre de las heridas. Cuando te transformas utilizas el ADN y éste nunca se ve afectado por las heridas. Ahora éramos dos humanos en la caja y, como ya podéis imaginar yo estaba hecha un ovillo para que no se notara. Después, incliné mi cuerpo sobre el de Farrand que justo, en ese momento, abrió los ojos. Yo ya había dado comienzo a mi nueva metamorfosis y lo que vio fue la cara de una niña que se iba cubriendo de un hermoso pelaje negro y blanco. Automáticamente el hombre cerró los ojos. ¡Ojalá creyera que se trataba de un sueño! -¡Ajá! –celebró Visser Tres-. El campo de fuerza los ha detenido. -Visser, en quince minutos los primeros cazas-insecto estarán aquí. Se había comunicado por telepatía, lo cual significaba que había abandonado la forma humana. Me concentré. Sabía muy bien lo que tenía que hacer, pero era peligroso. Me tenía que poner en contacto telepáticamente con Visser Tres sin que éste descubriera que yo era un ser humano. Tenía que utilizar un tono de voz monótono. La conversación no podía ser demasiado larga y cuantas menos palabras empleara, mejor. Tampoco podía emitir imágenes de ningún tipo. Ése era el punto débil de Visser Tres, necesitaba a Farrand vivo y si yo lo mataba, todo su plan se iría al traste. No era posible convertir un cadáver en controlador. El Visser entendió de inmediato el significado de la amenaza. Me coloqué en posición de ataque. Mi parte humana estaba asustada, pero la mofeta se sentía muy segura porque sabía que poseía la mejor de las armas. La caja se abrió de golpe y ante mis ojos apareció un auténtico despliegue de fuerza destructora. Allí estaba Visser Tres, con su cuerpo de andalita y la cola mortal lista para embestir. A ambos lados de la bestia, había media docena de controladores humanos, todos armados. Y entre los humanos sobresalían las figuras de cinco enormes guerreros hork-bajir. Los controladores humanos portaban sus armas. Los hork-bajir también, pero no las necesitaban, ellos mismos eran armas mortales. Son unos monstruos de dos metros con afiladas cuchillas que les salen de los tobillos, las rodillas y los codos. Tienen la frente cubierta de espolones y una cola acorazada. Parecen el resultado de la combinación entre un Stegosaurus y un Klingon. Visser Tres me observó con sus antenas oculares sin ocultar una expresión de regocijo. , añadió y estalló de nuevo en carcajadas. Se rió del animal negro y blanco, regordete y del tamaño de un gato. Se burló de mi postura, de espaldas a él, con la cola levantada y mirando hacia atrás. Una mofeta es capaz de acertar incluso a una distancia de cuatro metros y Visser Tres se encontraba a menos de dos metros. Una mofeta tiene munición para realizar entre cinco y siete disparos. , ordenó con frialdad Visser Tres. Pero yo me anticipé. Le disparé primero a él en el rostro y después contra el hork-bajir más cercano situado a mi izquierda. Efectué un tercer disparo y conseguí hacer blanco en dos controladores humanos, y así varias veces. -Oh, guh, guh, ohhhhhhh. ¡Ohhhhhhhh! -¡[i]Herunt gaha[/i]! ¡Qué peste! ¡Ahhrrrrrr! Visser Tres retrocedió tambaleándose, ciego y aturdido a causa del olor. Los controladores humanos se taparon la boca con las manos y algunos incluso tiraron las armas. Mi única preocupación eran los hork-bajir, no sabía si tenían sentido del olfato, pero, por desgracia para ellos, estaba claro que sí. De hecho fueron los hork-bajir los primeros en perder el control. Uno de ellos por ejemplo empezó a disparar su pistola de rayos dragón a diestro y siniestro. Entonces dispararon al suelo y provocaron un enorme boquete en la madera. -¡Apesta [i]fernall gahal[/i]! –bramaba uno de los hork-bajir mezclando palabras de nuestro idioma con el suyo. A continuación, los hork-bajir se dieron por vencidos y huyeron. Personalmente no comprendía por qué se habían puesto tan nerviosos. A mí no me olía tan mal. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 23:[/b] Se fueron todos, los controladores humanos, los hork-bajir y Visser Tres. Ninguno fue capaz de soportar el tufo del animal. Me acerqué con lentitud hasta la puerta y presencié una escena asombrosa. El campo de fuerza estaba activado y tres enormes máquinas corta-árboles rugían y expulsaban humo mientras intentaban atravesarlo, parecían perros rabiosos intentando soltarse. En el interior del campamento las fuerzas yeerks se hallaban totalmente desmoralizadas. Al otro lado, sus enemigos, un extraño zoo, compuesto por un tigre, un oso pardo, un gorila y, una especie que ningún zoo había exhibido jamás, un andalita. Se trataba, claro está, de Jake, Rachel, Marco y Ax. A su alrededor un puñado de controladores humanos y guerreros hork-bajir se curaban las heridas o simplemente yacían en el suelo. La escena, aparte de ser estrambótica, destilaba tensión. Si se desactivaba el campo, las máquinas embestirían el edificio en menos de dos segundos. Sin embargo, y pese a que no soportaban el olor de la mofeta y andaban haciendo eses y medio ciegos, las fuerzas del interior del campo eran más poderosas que Jake, Rachel, Marco y Ax. Además, si las maquinas destrozaban el edificio probablemente matarían a Farrand, cosa que los yeerks no deseaban ni nosotros tampoco, aunque eso no lo sabía Visser Tres. , me preguntó Jake en privado por telepatía. Los tigres no pueden sonreír, pero juraría que Jake sí lo hizo. Jake debió contarle enseguida a Ax lo que había ocurrido. Ax, al ser un andalita auténtico, era el único que podía comunicarse con Visser Tres sin riesgo a que éste sospechara. , sentenció Visser Tres. -Visser, según cree recordar mi portador humano… –dijo uno de los controladores humanos. Visser Tres chasqueó su cola mortal y la afilada hoja quedó a un centímetro escaso de la garganta del controlador. Un leve movimiento y su cabeza volaría por los aires. , le preguntó a Ax. Visser Tres no se movió. Permaneció un rato con la vista fija en un punto. Sus antenas oculares parecían un tanto decaídas. , murmuró a sus hork-bajir. -Pero, Visser… –protestó uno de ellos. Ninguno deseaba volver al edificio, allí el olor era aún más repugnante. Los dos monstruos corrieron al interior del edificio y, casi al instante, volvieron a aparecer arrastrando a Farrand, al que depositaron en el suelo. , ordenó Ax y giró los ojos hacia el cielo. Visser Tres lo siguió con la mirada y allá, en lo alto, descubrió a un ave rapaz con una cola roja como el óxido. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]
[b]Capítulo 24:[/b] Los yeerks llevaron a Farrand al hospital. Tras asegurarnos de que había llegado sin contratiempos, Ax le reveló el gran secreto a Visser Tres: sólo tenían que utilizar un tipo de zumo y progresivamente el olor se desvanecería. Cuando nos internábamos en el bosque, de vuelta a casa, todavía resonaban los gritos de Visser. Al día siguiente, Jake, Marco, Rachel, Ax y yo llevamos a mamá mofeta al bosque. Una vez allá, se metió en el interior de su madriguera y poco después salió seguida de sus pequeños, Joey, Johnnie, Marky y C.J. Nos ignoraron por completo. Mamá mofeta se sentía feliz de estar con sus hijos y no le temía a nada. -Qué rápido crecen –comentó Rachel cuando los pequeños desfilaron por nuestro lado. -Apuesto a que su madre les llamará de otra manera –añadió Marco. Imaginé que estaba bromeando, aunque con él nunca se sabe. -Bueno, por fin el bosque seguirá siendo un sitio seguro para las crías de mofeta –señaló Jake. Jake se había transformado en una mosca común para espiar a Farrand en el hospital. El hombre se encontraba bien y, cundo se recuperó, lo primero que hizo fue llamar para votar en contra de la tala de árboles. De hecho, según Jake, Farrand juró que no volvería a escuchar ni una palabra que viniese de Dapsen Lumber. Añadió además que buscaría responsabilidades. Farrand dijo también que tuvo la sensación de que incluso los animales del bosque se habían unido en contra de la tala de árboles. Declaró que en sueños se le había aparecido el espíritu de una enorme mofeta con ojos de niña humana. -Qué disfrutéis de un alarga vida –le deseó Marco a la familia de mofetas, pequeñas y peludas reinas del bosque. Todos sonreían satisfechos, pero yo me encontraba todavía un poco confusa. Una vez en casa, Jake y yo nos quedamos un poco rezagados, mientras los otros avanzaban más deprisa. -Estás muy seria –comentó Jake-. ¿Echas de menos ser mamá mofeta? -No –contesté sonriendo-, bueno, tal vez sí, un poco. Pero ése no es el problema. -Entonces, ¿qué es lo que te preocupa? -No entiendo nada –continué al tiempo que me encogía de hombros-. Tobias se come una de las crías de mofeta y después colabora en salvar al resto. Yo mato a la termita reina para salvarme a mí y a mis amigos y luego me entran remordimientos. Y después, una vez más, arremeto contra Visser Tres sin vacilar. Otras veces soy una rata a la que persiguen un par de tipos con palos y poco después le traigo ratones muertos a Tobias, que está cuidando de unas mofetas a las que, en circunstancias normales, se hubiera comido. Y de alguna manera todo esto forma parte de un gran engranaje. ¿Cómo se entiende? –Por su expresión, Jake parecía arrepentido de haberme hecho aquella pregunta. -Hum…, Cassie, no lo sé. Está bien, sólo dime una cosa. Si soy parte de la naturaleza, ¿debería seguir las leyes naturales, matar para comer, matar o que te maten? O por el contrario, ¿soy diferente porque soy humana? Caminamos en silencio. Jake meditaba la respuesta. Pobre Jake, seguro que hubiera preferido discutir con Marco sobre Spiderman y Batman. -Creo que hay un poco de las dos cosas –contestó mi amigo al fin-. Me explicó, de acuerdo, tú fuiste la que acabó con la termita reina, pero también fuiste la que se atrevió a salvar un puñado de mofetas. Como Tobias, que se comió una de las crías y después ayudó a salvar al resto. -Eso no me sirve de mucho –repliqué-. Quieres decir que los humanos estamos a medio camino, en parte somos animales y hacemos lo que sea para sobrevivir, y en parte… algo que ni siquiera sabría explicar qué es, algo de lo que carece el resto de los animales. -Lo único que sé es que los animales sólo cuidan de sí mismos, mientras que el hombre es el único animal con la inteligencia y el poder necesarios para cuidar además otras especies. -Que listo eres a veces, Jake –le alabé. -¿Sólo a veces? -Tienes razón, sólo hay un animal capaz de salvar a otros animales. Sólo los humanos pueden hacerlo. Claro que para eso, primero tenemos que salvarnos nosotros –exhalé un suspiro-. Qué complicado es todo. Una sombra se deslizó a toda velocidad por encima de nuestras cabezas. Miré a lo alto y vi que se trataba de Tobias. Descendió por entre los árboles y apareció posado tranquilamente sobre la rama de un árbol del sendero. -Hola, Tobias –le saludé. Sin duda, Tobias traía buenas noticias. -¿Qué te pasa, Chico-pájaro? –le preguntó Marco. -¡Vaya, qué mala suerte! –exclamó Rachel-. Cuánto lo siento. , predijo Ax. -¿Creéis que quizá deberíamos haberle contado la verdad, que es zumo de tomate y no de uva lo que neutraliza el olor? –les pregunté. Cruzamos una mirada de complicidad y estallamos en carcajadas. -Nah, qué va –logré decir a duras penas. [b]© 1997 K.A. Applegate © 1998 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

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