#18 La decisión

Sinopsis:

Ax y los Animorphs están a punto de encontrarse con un enorme problema. Todo empieza cuando deciden transformarse en mosquitos para pasar desapercibidos por los Yeerks. Y termina cuando son enviados al Espacio-Cero sin la más mínima idea de como han llegado ahí, sin un modo para regresar a la Tierra…y sin oxígeno.

Por suerte, una nave de rastreo Andalita les encuentra antes de que hubiese sido demasiado tarde. Pero ahora Ax está por fin con su gente. Y no está muy seguro de querer volver a la Tierra…

Datos del libro:

El libro tiene 29 capítulos que ocupan 141 páginas.

Como nuevas formas, Ax adquiere un mosquito(22) y luego tras ser enviado al espacio-cero, un leeran(23).

Jake hace lo mismo, adquiere un mosquito(25) y un leeran(26).

Rachel se conforma con el mosquito(26).

Cassie no, también adquiere un leeran(27) después del mosquito(26).

Marco sigue a su mejor amigo, y adquiere al mosquito(26) y luego al leeran(27).

Tobias, siguiendo curiosamente a Rachel, jejeje, sólo al mosquito(12).

Capítulo 1:

      Me llamo Aximili-Esgarrouth-Isthill.

      No sé si mis compatriotas andalitas recordarán ese nombre, aunque intuyo que una parte de la historia que os voy a contar quedará registrada en la revista científica. El accidente ocurrido ha significado una reinterpretación de la ciencia de la extrusión de masa en el espacio cero durante la metamorfosis.

      Dudo, sin embargo, que se mencione mi verdadero nombre o que se cuente toda la verdad. Supongo que es mejor así. Veréis, se han descubierto traidores entre nosotros; en otras palabras, hay andalitas que trabajan para los yeerks.

      Yo soy el único andalita con vida que ha presenciado el incidente Ascalin. Sólo mis amigos humanos, el príncipe Jake, Cassie, Tobias, Rachel y Marco, y yo conocemos lo que realmente sucedió a bordo de aquella nave en el planeta Leera, devastado por la guerra, aunque nunca lo entenderé.

      A cualquier andalita honrado la sola idea de concebir a uno de su especie traidor le da dolor de estómago. Pero fue tal y como os lo voy a contar. El incidente Ascalin sucedió porque uno de los nuestros nos traicionó.

      Aximili-Esgarrouth-Istill, hermano de Elfangor-Sirinial-Shamtul, jura por su hermano que todo lo que va a contar aquí es la pura verdad.

      Soy el único andalita sobre la faz del planeta Tierra. No os molestéis en buscar información en una base de datos porque no encontraréis nada. Perdimos una nave cúpula cuando navegábamos en órbita sobre este planeta. Los yeerks nos atacaron y abatieron la nave. Mi hermano Elfangor murió en la batalla, pero antes de perecer, quebrantó la ley al concederles el poder de la metamorfosis andalita a cinco niños humanos.

      Los yeerks intentan hacerse con el control de este planeta a través de los métodos habituales: a través del conducto del oído de los seres humanos introducen sus cuerpos de gusano en el cerebro de las personas para esclavizarlas como han hecho con los hork-bajir y los gedds, y como esperan algún día hacerlo con nosotros.

      En estos momentos vivo entre humanos, en particular con el grupo de niños al que mi hermano proporcionó el poder de la metamorfosis. Se hacen llamar animorphs, y son los únicos que ofrecen alguna resistencia a la fuerza invasora yeerk, que yo sepa.

      Aunque vivo con humanos y los respeto, mis corazones están con los andalitas. No me importa lo que se diga de mí respecto a lo que ocurrió en Leera, yo sé que siempre he sido y seré fiel a mis compatriotas, a pesar de que hay veces en las que no tengo muy claro a dónde pertenezco, si a mi propio pueblo, a mi raza o especie, a mi familia, a mis amigos o a mis aliados.

      Mis amigos humanos me llaman <<Ax>>; insisten en acortarme el nombre. Os explico: los humanos se comunican produciendo sonidos con la boca. Si no me equivoco, casi todos los andalitas conocen el concepto de <<boca>>. Bien, pues aunque mi nombre completo resulta fácil de pronunciar a través de la telepatía andalita, es un tanto largo y complejo para los primitivos sonidos emitidos por la boca de un humano.

      Como soy el único andalita sobre la faz de la Tierra, he adquirido una forma humana gracias a la tecnología andalita de las transformaciones. Por eso hay veces que me convierto durante dos horas en humano y me comporto como si fuera uno de ellos. Debo reconocer que se me da bastante bien. He aprendido sus costumbres y hábitos a la perfección y actúo con toda naturalidad.

      Gracias a ello, puedo entrar en cualquier sitio por muy humano que sea. De este modo, por ejemplo, puedo ir al centro comercial, que es un lugar lleno de tiendas que venden, sobre todo, piel y pezuñas artificiales, conocidos técnicamente como <<ropa>> y <<zapatos>>.

      En el centro comercial también se encuentran unos sitios increíbles para comer. Aparte de usar sus bocas para emitir sonidos, los humanos las usan para comer. Se meten un poco de comida en la boca y con los dientes la trituran y la mezclan con saliva. En este proceso entra en juego un sentido al que llaman <<gusto>>, que resulta ser una experiencia inolvidable por su intensidad.

      Aquel día vestía piel y calzaba pezuñas artificiales de humano. Me acerqué al mostrador de mi restaurante favorito.

      -¡Hola!- saludé emitiendo sonidos con mi boca humana- Estoy dispuesto a trabajar por dinero-ero-ero.

      Os explicaré, el dinero es un concepto abstracto de los humanos. Si tu le das dinero a alguien en esta sociedad, a cambio, obtienes algún objeto útil.

      -¿Qué es lo que deseas, hijo? – me preguntó el hombre.

      -Exijo dinero para poder cambiarlo por esos deliciosos bollos de canela- expliqué.

      El hombre pestañeó varias veces.

      -¿Quieres pedir algo o no?- repitió el hombre.

      Mala suerte, había ido a topar con un tipo que no destacaba por su inteligencia.

      -Deseo trabajar para que me pagues y así poder adquirir unos deliciosos bollos de canela-nela.

      -Voy a buscar a la encargada.

      -Bollos-s-s-s- repetí. Me encantaba ese sonido porque me hacía cosquillas en la boca. Los humanos tienen algunos sonidos muy divertidos.

      Cuando apareció la encargada, le expliqué la situación.

      -No puedo darte trabajo porque eres menor- contestó- pero supongo que si tienes hambre puedes limpiar esas mesas. Cuando acabes te daré algo de comer.

      No me pareció mala idea.

      -Pobre chico- comentó la encargada a otro humanos cuando yo me alejaba- No parece que esté muy bien de la cabeza, pero hay que ver lo guapo que es.

      Enseguida comprendí lo que quería decir con aquello de limpiar las mesas. Aquella ala del centro comercial estaba sembrada de restaurantes, y en el medio habían agrupado una gran cantidad de mesas que ¡estaban llenas de comida!

      En la primera mesa encontré una especie de triángulos grasientos bastante salados y crujientes cubiertos de una segregación de color amarillo chillón. Me los comí y no estaban nada mal.

      En la siguiente mesa descubrí unos líquidos. Uno estaba caliente y el otro frío. Además de los líquidos había un papel arrugado en el que se distinguía un producto rojizo semilíquido, que también probé. Estaba bueno, pero tampoco era nada del otro mundo.

      Y entonces divisé lo que tanto ansiaba: dos enormes y relucientes bollos de canela humeantes al lado de dos humanos.

      ¡Oh, no! ¡Se los iban a comer!

      Me acerqué todo lo deprisa que mis torpes piernas humanas me permitieron.

      -¡Estoy recogiendo las mesas!- exclamé.

      -¡Pero si ni siquiera hemos empezado a comer!- protestó uno de ellos.

      -Mejor- le repliqué aliviado al tiempo que les arrebataba de un tirón los bollos.

      -¡Ey! ¡Espera un momento! ¿De qué vas?

      Me metí uno en la boca. ¡Umm! ¡Qué delicia! ¿Cómo explicárselo a un andalita que jamás ha experimentado el sentido del gusto? Era una explosión de sensaciones, un placer más allá de cualquiera placer imaginable. ¡Aquel jugo dulce y calentito del bollo de canela me transportaba a otra dimensión!

      -Pero ¿qué haces?- gritó la encargada al tiempo que se acercaba a toda velocidad hacia mí.

      – Limpar as mezas- contesté mezclando los sonidos. Resulta imposible hablar con la boca llena. Uno de los innumerables defectos de diseño de los humanos.

      -Le pido disculpas- les dijo la encargada a los humanos que habían estado a punto de comerse mis bollos de canela- Les traeré otro par. Y tú- me amenazó con uno de sus dedos- haz el favor de seguirme.

      Me empujó con tal brusquedad que se me cayó un trozo del bollo de la boca. Me condujo hasta el restaurante y me obligó a sentarme en una silla, lo que significa doblar las piernas por las rodillas colocando sobre una plataforma elevada las almohadillas regordetas que se encuentran en la parte superior de las piernas; de ese modo se relaja el peso del cuerpo. Si no se ve es difícil hacerse una idea.

      -Escucha, hijo, si estas tan desesperado por la comida, allí hay una bandeja entera de bollos un poco duros que te puedes comer. ¡Pobre criatura!

      Me señaló una pila cuadrada de bollos. ¡Debía de haber una docena en total!

      -¿Para mí?- pregunté sin poder contener la emoción.

      -Sí, todo tuyo.

      Permitidme que haga un pequeño inciso en este punto. A veces el idioma humano es ambiguo. <<Todo tuyo>> me había dicho. Y eso ¿qué significaba?: ¿Qué tomara uno?, ¿Que me podía comer la bandeja entera?

      En fin, no sería culpa mía si había una confusión.

      ­© 1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B. España.

      2004 de la transcripción de Essya.

 

Animorphs #18: La Decisi

Capítulo 2:

      -Resulta-explicó Marco- que iba yo por la zona de los restaurantes, pensando en mis cosas, cuando se me antoja comprarme unos tacos. Al ir hacia el mostrador me llama la atención un grupo de paramédicos y curiosos alrededor de la zona de la tienda de bollos de canela.

      Marco es uno de mis amigos humanos. Es más bajo que los otros niños de su edad. Tiene el pelo y los ojos oscuros y le encanta hacer bromas, es decir, humor, algo mucho más común entre humanos que entre andalitas.

      Estoy convencido de que el humor les ayuda a superar la vergüenza de poseer sólo dos ridículas piernas, que les hace tan inestables.

      -Os juro que fue como una revelación, el caso es que en aquel momento intuí que tenía que ver con Ax-man. Me acerqué a la multitud y le pregunté a alguien qué ocurría. La chica me contestó que…

      -¿La chica?- interrumpió Rachel- A ver si lo adivino. ¿Era la típica chica guapa que jamás se pararía a hablar contigo, de no ser una emergencia médica como aquélla? ¿No me digas que pensaste que sería la ocasión perfecta para ligar?

      -Elemental, querido Watson- contestó Marco.

      Rachel es una chica. Es rubia y de ojos azules. Es alta para su edad.

      -Como iba diciendo, la chica me explicó que un chico se había vuelto loco y se había zampado una bandeja entera de bollos de canela. Y la pregunta es: ¿a quién conocemos que sea capaz de hacer una cosa así?

      Marco, Rachel, el príncipe Jake, Cassie y Tobias me miraron y estiraron la boca para dibujar una línea horizontal que formó una sonrisa, excepto Tobias que es un nothlit, una persona atrapada en el cuerpo de un animal, en su caso, de un ratonero de cola roja. Al no tener labios no puede sonreír.

      <No conocía los detalles del estómago humano- repliqué a la defensiva- Parece que hay un límite en la cantidad de comida que puedes ingerir, y como yo lo sobrepasé, me dolía horrores el estómago. Además, me encontraba mareado.>

      -El subidón de azucar del siglo- comentó Cassie.

      Cassie es casi tan alta como Marco. Tiene el pelo y los ojos oscuros y le interesan los animales. Para los humanos, los “animales” son todos los demás excepto ellos.

      Había recuperado mi cuerpo de andalita. Nos encontrábamos en el bosque que limita con la granja de Cassie. Ése es mi hogar y también el de Tobias, que se alimenta de ratones. Casi siempre sale a cazar por la mañana mientras que yo lo hago por las noches. Salgo del bosque y correteo por los prados para absorber la hierba a través de mis pezuñas, como toda criatura sensata.

      Aquel día nos habíamos reunido para recibir la visita de un aliado extraño: Erek, el chee.

      Los chee son una raza de androides creados por una raza extinta conocida por el nombre de pemalitas. Los chee y los últimos pemalitas llegaron a la Tierra hace miles de años huyendo de la destrucción de su planeta. Los pemalitas no sobrevivieron pero sí lo hicieron sus androides civilizados, pacíficos y de una fuerza asombrosa.

      El príncipe Jake consultó su reloj. Los humanos siempre andan perdidos en el tiempo. O es más tarde o es más temprano de lo que pensaban, el caso es que jamás he conocido a un humano que diga que es exactamente la hora que pensaba que era.

      -Iba a decir que Erek llega tarde pero supongo que todavía es un poco pronto-comentó Jake.

      ¿Qué os había dicho?

      <Ya viene-anunció Tobias- Es silencioso si se lo propone pero desde aquí arriba no se me escapa.>

      Los ratoneros poseen un oído y una vista extraordinarios, aunque sólo pueden mirar en una dirección al mismo tiempo, como los humanos.

      Erek se acercó y llegó puntual. Por fuera tiene la apariencia de un chico normal; sin embargo se trata sólo de una ilusión holográfica aanzada. Por debajo del holograma hay un androide gris y blanco, parecido a un perro terrestre, sólo que tiene dos patas.

      Los chee están programados para no hacer uso de la violencia, pero Erek eliminó de su programa dicho mandato para enfrentarse al enemigo en una batalla encarnizada. Gracias a ello nos salvó la vida. Después determinó suspender para siempre su capacidad para la violencia.

      A pesar de no poder luchar, los chee han conseguido infiltrarse en la organización yeerk en la Tierra y, por eso, de vez en cuando, Erek nos proporciona información importante.

      -Hola a todos- saludó Erek.

      -Hola, Erek- saludó Marco- ¿Qué hay?

      – No mucho- replicó Erek encogiéndose de hombros como haría un chico de su edad.- Hay algo raro, algo que no encaja; al menos eso pensamos nosotros.

      El príncipe Jake asintió y miró a Tobías.

      -¿Hay moros en la costa?

      Tobías saltó de la rama en la que estaba, batió las alas y se elevó hasta perderse de vista.

      -Lo siento- le dijo el príncipe Jake a Erek- Tenemos que tomar precauciones.

      -¿Acaso crees que he venido solo? – añadió Erek con una sonrisa divertida- Tengo a tres de los míos escondidos vigilando mis espaldas. Jamás los encontrará, ni siquiera con su visión.

      -Vaya, ¿quieres apostar?- preguntó el príncipe Jake.

      Tobias regresó enseguida y se posó en la misma rama.

      <No hay moros en la costa>informó al tiempo que se retocaba las plumas con el pico.

      -¿No has visto nada de nada? – preguntó desilusionado el príncipe Jake.

      <Bueno, eh visto a dos chee. Uno con el holograma de árbol y otro haciéndose pasar por una piedra. Nada de lo que preocuparse.>

      Los humanos y Erek se echaron a reír.

      <Conozco este bosque palmo a palmo- aclaró Tobias con aires de suficiencia- ¿Acaso crees que puedes aparcar un viejo sauce en cualquier sitio sin que se note? ¡Canta que da gusto!>

      -Recuérdame que no vuelva a desconfiar, hermano ratonero- añadió Erek al tiempo que hacía una especie de reverencia con el cuerpo. Acto seguido, adoptó un semblante serio y nos habló del asunto que le había traído hasta allí.

      -Uno de los peces gordos del servicio secreto, Hewlett Andershot Tercero, está en el hospital en coma. Lo atropelló un coche al cruzar una calle. No sabemos por qué está en cuidados intensivos, pero sabemos que nadie se ha enterado de que está en el hospital.

      -¿Ni siquiera su familia?- preguntó Cassie.

      -Nadie, ni su familia, ni su jefe, Jane Carnegie. Nadie. El hospital está prácticamente tomado por los yeerks, la mitad del personal son controladores humanos. Su nombre no aparece en las listas de los ordenadores del hospital y ¿sabéis quién conducía el coche que lo arrolló? Nada más y nada menos que nuestro querido amigo, el señor Chapman.

      El príncipe Jake asintió. El es el lider de los animorphs y, por eso, lo considero mi príncipe. Como aristh que soy, necesito que alguien sea mi príncipe.

      -Vaya, vaya- comentó el príncipe Jake- Será mejor que echemos un vistazo.

      © 1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B. España.

      2004 de la transcripción de Essya.

Capítulo 3:

      <Tengo una pregunta –anunció Marco-. Si ya hay un Hewlett Aldershot en la familia y un Hewlett Aldershot junior, ¿cómo es posible que alguien quiera tener en la familia a otro Hewlett Aldershot? ¡Con la de nombres que hay!>

      Al día siguiente, Marco, Rachel y yo nos encontrábamos sobre el alféizar de la ventana de un edificio de res plantas. Según mis amigos, las gaviotas son como las palomas. Pueden ir a todas partes sin levantar sospechas.

      Seguro que tienen razón, pero ni sé lo que es una paloma ni tampoco me imagino cómo es un pájaro que levanta sospechas.

      <Estoy seguro de que Chapman lo atropelló porque no podía soportar ese nombre.>

      <¿Por qué me obligará Jake a ir contigo, Marco?>, protestó Rachel dejando escapar un suspiro.

      <¿Qué pasa? ¿Acaso no puedo hablar? Alguien tendrá que sacar un tema, ¿no? Llevamos una hora y media en esta ventana como si fuéramos unos perfectos idiotas.>

      <¿Sólo una hora y media? –se sorprendió Rachel-. Qué curioso, se me ha hecho eterno. Contigo los minutos parecen horas.>

      <Muy graciosa.>

      <Para ser exactos ha transcurrido una de vuestras horas y dieciocho minutos>, puntualicé.

      <Una de nuestras horas –se burló Marco-. Sabes, ahora también son tuyas. Estás en la Tierra, quieras o no, así que ajusta tu reloj a la hora local.>

      Cuando Marco se aburre, es insoportable.

      Por la tarde regresamos a la misma ventana para cumplir con el segundo turno de vigilancia.

      <Ésta no es para nada la idea que tenía de pasar el sábado, un día precioso con unas rebajas de categoría en Express y Old Navy –se quejó Rachel-. Me toca a mí ir a echar un vistazo. Ahora vuelvo.>

      Levantó el vuelo y se alejó. Marco y yo sacudimos un poco las alas, movimos la cabeza y nos paseamos por el alféizar como haría una gaviota de verdad. Rachel se había ido por la misma razón; debíamos actuar con perfecta naturalidad.

      <¿Qué hay de raro en el nombre Hewlett Alder… ¡Mira! –me interrumpí de golpe-. Ha entrado otra persona en la habitación y me resulta conocido.>

      <¡Rachel! –llamó Marco por telepatía-. Busca a Jake, Cassie y Tobias. ¡Tenemos compañía!>

      <¿Quién?>

      <Visser Tres en forma de humano –contesté-. ¡La abominación!>

      Como las gaviotas tienen los ojos en los laterales de la cabeza, moví la cabeza para mirar con uno de ellos. Sí, era él, Visser Tres, líder de la invasión yeerk en la Tierra.

      Visser Tres ha sido el único yeerk que ha logrado alojarse en un cuerpo andalita y, por ello, disfruta del poder de la metamorfosis. Sólo él, de entre todos los yeerks del universo, posee la facultad de transformarse.

      Enseguida empecé a notar la furia incontrolada que siento siempre que veo al asesino de mi hermano. Una vez estuve a punto de vengar su muerte, estuve muy cerca de destruirlo, pero fracasé.

      La próxima vez no cometeré errores.

      <¡Guau! Visser Tres transformado en humano –dijo Marco un tanto nervioso-. Aquí hay gato encerrado.>

      Dos médicos humanos entraron en la habitación y hablaron con Visser. Parecían tratarle con respeto y miedo porque estaban temblando. No podía oírles a través del cristal, pero estaba claro que sabían quién y qué era Visser Tres.

      No perdía detalle. Con el ojo izquierdo controlaba la calle; vi pasar a Tobias, un fogonazo de tonos marrones y una pizca de rojo. Y con el derecho observaba el interior de la sala.

      Visser Tres recuperó su forma habitual de andalita. En su cabeza humana brotó el par de antenas oculares. La base de su espalda empezó a extenderse en lo que sería la larga, ágil y peligrosa cola de los andalitas. El pelo azul y tostado recubrió lo que había sido piel humana y enseguida se quedó a cuatro patas, con la cola erguida y preparado.

      <Debe sentirse muy seguro en este lugar – me dije-, porque, si no, no se habría transformado.>

      <Los médicos no están dando saltos de alegría precisamente>, observó Marco.

      De hecho, los pobres temblaban. Algo no marchaba bien. De repente, Visser Tres puso la cuchilla de su cola en el cuello de uno de los médicos. Un solo movimiento y la cabeza del doctor rodaría por el suelo.

      <¡He dado órdenes de que curen a ese humano! –bramó. Como volvía a ser un andalita, podíamos oír sus pensamientos telepáticos sin que él lo supiese-. ¿De que sirve que hayamos introducido a uno de los nuestros en su cráneo si no puede moverse?>

      El médico contestó con todo el cuidado y respeto del mundo.

      <Me importa un pimiento la base de su cerebro, ¡quiero que lo reparen! ¿Tienen la más mínima idea de lo útil que este humano sería para nosotros? Se trata del número dos en la organización que se encarga de la vigilancia del presidente. Tendríamos acceso a la mitad de los secretos del planeta. Por eso me las arreglé para que lo hirieran y lo trajeran aquí.>

      El príncipe Jake y Cassie pasaron volando en forma de gaviota.

      <¿Qué pasa?>, preguntó el príncipe Jake.

      <Visser Tres, príncipe Jake.>

      <Deja de llamarme <<príncipe>>. Sí, ya oigo sus pensamientos, quería decir ¿qué ves?>

      <El Visser se está encargando de aterrorizar a un par de médicos que son controladores humanos>, le aclaré.

      En ese momento, Visser Tres retiró la cuchilla y el médico cayó de rodillas. Su compañero le miró compareciéndolo, pero no se movió para ayudarlo.

      <No me dejan elección: si no puedo utilizar esta criatura como portador, tendré que adquirirlo y transformarme en él. No puedo pasar mucho tiempo con su forma ni podré vivir su vida pero, al menos, podré acercarme a su superior. ¡Le utilizaré!>

      el médico que seguía de pie, habló. Sonreía y parecía animado y entusiasta. Visser giró la cola y lo golpeó con la cara plana de la cuchilla, enviándolo a la otra punta de la habitación.

      <No me vengas ahora con eso de que <<al final todo ha resultado perfecto>> -graznó Visser Tres-. Todavía quiero que reparéis a este humano. Ésa es la única razón por la que no acabo con vosotros aquí mismo. Si en el plazo de tres días el humano no está bien, vosotros os pondréis muy, muy… muy malitos.>

      Entonces uno de los ojos de las antenas de giró y me miró directamente. El otro ojo hizo lo mismo. Aquello pintaba fatal.

      © 1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 4:

      Visser Tres desapareció de nuestro vista.

      <¿Nos estaba mirando? –preguntó Marco-. Sí, señor, nos estaba mirando.>

      <Príncipe Jake –le dije empleando una telepatía que sólo mis amigos pudiesen oír-, ¿qué hacemos?>

      <¿Qué ha pasado?>, me preguntó el príncipe Jake.

      <Nos ha visto, eso es lo que ha pasado>, dijo Marco.

      <Visser Tres ha desaparecido de golpe>, añadí.

      <De acuerdo. Oídme, es posible que sospeche que no sois gaviotas reales –continuó el príncipe Jake-. Por lo tanto, comportaos de forma natural, haced que no le prestáis atención. Uno que se vaya volando, el otro que espere un momento y haga lo mismo. Como si fuerais…>

      ¡CRASH! Algo extraño que venía hacia nosotros había atravesado la ventana y roto el cristal en mil pedazos. El golpe alcanzó a Marco que cayó, aturdido y sin control, hacia el suelo. Al principio y a causa de la sorpresa no reaccioné, pero entonces vi lo que había atravesado la ventana. ¡Un ave Kafit! ¡ Un Kafit de seis alas!

      No podía ser otro que Visser Tres transformado.

      <¡Imposible!>, grité confundido. El ave Kafit sólo habita en un lugar del universo: el planeta de los andalitas.

      El Kafit se sacudió los restos del cristal y vino directamente hacia mí con su pico mortal, afilado como una navaja, apuntándome como un misil.

      Me dejé caer desde la ventana con las alas plegadas. ¡Aquel pico fatal pasó casi rozándome! Entonces abrí las alas y las agité con todas mis fuerzas. ¡El Kafit iba a por mí! Sus seis alas le daban una velocidad tremenda.

      <Ax, ¿Qué es eso?>, gritó Cassie.

      No tenía tiempo de responder. Mis amigos humanos no comprenderían. El Kafit se alimenta a base de ensartar criaturas que viven en los árboles. Es rápido, preciso u mortal con los bichos pequeños. Y, en ese momento, yo era uno de ellos.

      <¡Todos a por ese pájaro! –rugió el príncipe Jake-. No podrá con todos. ¡Tobias! ¿Dónde estás?>

      <Demasiado lejos>, respondió Tobias muy serio.

      Me giré para localizar al Kafit. ¡Qué torpe! Mi cabeza actuó como un timón y me hizo girar, lo que me situó justo en la trayectoria de aquel monstruo de seis alas!

      Aleteé como un poseso, pero fue inútil. El pico del Kafit me sesgó la parte interior del ala.

      <¡Aaaaahhhhh!>, chillé.

      Me di la vuelta y, presa del pánico, descendí a unos seis metros del suelo sin dejar un momento de agitar las alas. Sabía que el Kafit era más rápido, pero debía comprobar si también era más ágil.

      <¿Cómo?, ¿cómo?, ¿cómo?>, era la pregunta que no dejaba de hacerme.

      ¿Cómo podía ser que Visser Tres hubiese adquirido el ADN de un ave Kafit? ¿Acaso la abominación había llegado a pisar la hierba del planeta de los andalitas?

      Sobrevolaba una calle principal llena de lo que los humanos conocen con el nombre de restaurantes de comida rápida. Visser estaba a sólo unos centímetros y me atraparía en tres… dos… Abrí las alas, frené de repente, torcí la cola, ladeé la cabeza y salí disparado hacia el lado. El ave Kafit pasó de largo.

      Aunque aquel bicho era más rápido, podía esquivarlo con mis giros, si contaba con el factor sorpresa. ¿Cuántas veces más podría engañarlo?

      <Bonita maniobra, andalita –dijo Visser. Sus mensajes telepáticos resonaron de repente en mi cabeza-. ¿Por qué no lo intentas de nuevo?>

      Me puso tan furioso que estuve a punto de responderle, pero me contuve. Visser Tres no estaba seguro de que yo fuera un andalita transformado y me intentaba provocar. Tal vez si me mantuviera en silencio, se convencería de que no era más que una inocente gaviota que estaba apoyada en la repisa de la ventana. Vi al príncipe Jake y los otros apresurándose para atraparnos.

      <¡Príncipe Jake! No me ayudéis. ¡Confirmaréis sus sospechas!>

      <Deja de hacerte el héroe –contestó el príncipe Jake-. ¡Tobias!>

      <Hago todo lo que puedo, pero el aire está muerto aquí arriba>, replicó Tobias.

      Con el rabillo del ojo vi que el ratonero de cola roja hacía esfuerzos por ganar altura desde la que disponerse a un picado mortal, pero no estaba a mucho más de tres metros por encima de mí, estaba demasiado escorado como para ser de alguna ayuda. Me hallaba solo.

      <<Bien, mejor así>>, me dije con la intención de sonar más valiente de lo que realmente me sentía. Me aleteo frenético me condujo hacia un enorme letrero dorado con la forma de dos arcos unidos.

      <Veamos lo rápido que puede girar un ave Kafit.>

      Me encaré hacia el hueco de uno de los arcos, lo atravesé y realicé un quiebro. Visser Tres pasó de largo, rápido como un rayo por la parte de fuera y giró para volver a mí. Entonces me di la vuelta y atravesé el segundo arco. Aunque el Kafit me iba a la zaga, su tremenda velocidad no le servía de gran cosa, y la envergadura de sus alas dificultaba el paso por entre los arcos. Visser Tres trazaba círculos a una velocidad extraordinaria, pero yo seguí entretejiéndome por entre los arcos.

      <¡De perlas, Ax! –me gritó Tobias-. ¡Aguanta un poco que ya lo tengo a la vista!>

      Por debajo de nosotros, los viandantes empezaron a congregarse par contemplar el extraño espectáculo.

      <<Eh, ese pájaro tiene demasiadas alas>>, vociferó uno de ellos.

      <<Debe ser un pájaro mutante. Venga, ¡Ánimo, gaviota!>>¡Zas! La punta de una de mis alas pegó en el borde de uno de los arcos y, al perder estabilidad, fue incapaz de realizar el siguiente giro.

      <¡Aaaaahhh!> ¡Su afilado pico me había cortado unos centímetros de la punta del ala! Me precipité sobre el negro tejado de uno de los restaurantes, y tras varias vueltas de campana y pequeños saltos conseguí llegar a un estrecho hueco que se formaba entre dos grandes y ruidosos refrigeradores de aire.

      Visser Tres no se dio por vencido. Descendió y, tras hacerme una pasada a pocos centímetros de mi cabeza, intuí que él también había decidido aterrizar sobre el tejado. Empecé a transformarme tan rápido como me era posible. El tejado estaba rodeado por un muro bajo, por lo que los humanos que se habían apelotonado abajo no podían vernos. En cuanto recuperase mi cuerpo de andalita, me sentiría más seguro.

      De mis talones empezaron a crecer pezuñas. Las plumas de mi cola empezaron a fundirse para conformar el principio de la cuchilla de mi cola de andalita. Pero, a medida que me transformaba, aumentaba de tamaño, y me faltaba espacio. Estaba atrapado entre aquellos refrigeradores de aire y sus ventiladores que me inundaban de olores grasientos.

      No sin dificultad logré salir de allí, tambaleándome sobre mis piernas a medio formar cuando todavía era una combinación extraña de andalita y pájaro. Al alcanzar el centro del tejado, lo localicé en medio de la metamorfosis, mitad pájaro, mitad andalita, como yo.

      <Ríndete, andalita –se mofó Visser-, y a lo mejor hasta te dejo vivir.>

      <Veamos lo bueno que eres cola contra cola>, le reté intentando sonar más convincente de lo que en realidad me sentía.

      Su cola se irguió. Y la mía también.

      El escenario de muerte estaba preparado: dos andalitas se iban a enfrentar en un combate mortal.

      Le miré a los ojos y vi en ellos el mal, pero también algo más que hizo brincar mis corazones: el miedo. Visser Tres estaba asustado.

      © 1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

Capítulo 5:

      Hacía mucho tiempo que los andalitas no peleaban cola contra cola, excepto como parte del entrenamiento milita o bien como deporte.

      En aquel lugar, entre ventiladores y olores a grasa y carne frita, Visser Tres y yo nos encontrábamos cara a cara. Aquello no era ningún deporte.

      Dos gaviotas revolotearon a nuestro alrededor y se posaron, seguidas de otras dos. Con uno de mis ojos giratorios percibí la figura de depredador del ratonero sobrevolándonos.

      <Transformémonos>, sugirió Rachel, dirigiendo su mensaje telepático de forma que yo lo pudiera oír. Ojalá haya recordado excluir a Visser Tres. Los humaos a veces olvidan que la telepatía puede orientarse a todo el mundo o bien a un grupo de personas en concreto.

      <No podemos transformarnos –me dijo el príncipe Jake-. Primero tendríamos que pasar por nuestra forma humana. ¿Y si, después de todo, Visser decide largarse?>

      <Si nos transformamos, no se irá>, auguró Rachel con amargura.

      No le quitaba la vista de encima a Visser. Mi cola estaba lista para atacar a la más mínima provocación.

      <Príncipe Jake, no podemos arriesgarnos. Si llega a descubrir que sois humanos, todo habrá terminado. Vengaré la muerte de mi hermano Elfangor yo solo.>

      <No es el lugar apropiado –observó Cassie-. La gente ha visto un pájaro de seis alas y seguro que hay alguien de camino.>

      Me costó oír sus palabras. Visser se movió hasta colocarse de lado al tiempo que yo arqueaba la cola hasta elevar al máximo la hoja afilada del extremo; así lograría bloquear su ataque.

      <Ax, sería mejor que te retiraras –declaró el príncipe Jake-. ¿Crees que puedes salir de ésta ileso? Cassie tiene razón, éste no es un buen sitio para una lucha de este calibre.>

      Había una parte de mí que lo deseaba con todas las fuerzas. Visser Tres, al ser más grande que yo, tiene la cola más larga, y, como es más alto, no le costaría mucho golpearme en la cabeza o en los ojos desde arriba. Las cartas estaban de su parte.

      Sin embargo, había visto el miedo en sus ojos. Visser sabía que se encontraba entre la espada y la pared, que aquella batalla era a vida o muerte y que no contaba con todas las probabilidades.

      Deseaba ver cómo le invadía el pánico cuando le presionara la garganta con la cuchilla de mi cola y le recordara <<¡Esto es por mi hermano!>>

      De repente, algo se movió. Chasqueé la cola, pero fallé. Sólo conseguí sesgarle la espalda.

      Todo había sucedido muy deprisa y al principio no entendí qué había ocurrido. Él se había movido, yo había atacado y, acto seguido, aquel monstruo superó de un brinco la pared y desapareció.

      Corrí hasta el borde del tejado y asomé la cabeza.

      -¡Os juro que he visto un caballo azul saltar del tejado! –exclamó una niña humana.

      -¿Ah, si? ¿Y dónde ha aterrizado si se puede saber? ¡Tú estás loca! –replicó su amiga.

      Desde la posición en la que me encontraba, veía a la perfección que había ido a parar a uno de esos contenedores cuadrados.

      -En ese contenedor –insistió la niña.

      Visser se había roto la para izquierda trasera en la caída y se transformaba a marchas forzadas en humano. Me lanzó una mirada cargada de odio.

      Hubiera deseado decir algo, amenazarlo de muerte, pero me quedé pasmado mirándolo intensamente.

      Cuando apareció su boca humana, me dedicó una sonrisa prepotente.

      <Venga, Ax –dijo el príncipe Jake-. No hay nada más que hacer aquí.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

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Animorphs #18: La D

Capítulo 6:

      Aquella noche recorrí a galope tendido los campos más alejados del rancho de Cassie. Necesitaba aclarar mis sentimientos.

      Era una noche húmeda, aunque no lluvía demasiado según los estándares de la Tierra. La hierba estaba mojada y jugosa; docenas de gusanos eran succionados por mis pezuñas al salir al exterior los días de lluvia. Más proteínas en mi dieta, que era lo último que necesitaba en aquel momento porque cuantas más proteínas absorbes, más despierto te encuentras.

      Las nubes ocultaban la luna y las estrellas, lo cual siempre me entristece, porque me gusta ver la estrella de mi hogar por las noche. Se ha convertido en una especie de ceremonia, en algo personal que necesito hacer para recordarme que allá arriba está mi lugar, que sigue allí aunque yo no esté, que allí vive gente que es como yo. Pero, y si, cuando llegue allí, ¿me siento fuera de lugar? ¿Hasta qué punto me habrán influido los humanos? ¿Habré permanecido con ellos demasiado tiempo?

      Divisé las luces de la casa de Cassie. Recuerdo la vez que me transformé en príncipe Jake y fui a cenar a casa de los padres de Cassie. A Jake lo habían atrapado los yeerks y yo adquirí su ADN para sustituirle.

      Me gusta recordarlo, me refiero a la cena con Cassie, no al hecho de transformarme en Jake. A veces cuando estoy solo en el bosque y echo de menos mi casa, me doy cuenta de que también pienso en aquella noche.

      Avivé el paso, quería sentir el impacto de las gotas de lluvia en el rostro y en el pecho. Se me había quitado el hambre. Pensaba que si corría muy deprisa, las gotas me golpearían en la cara y en el pecho, y no sobre el lomo.

      Avisté un avalla de madera y, a pesar de ser demasiado alta, me dirigí a galope tendido hacia ella, levanté las patas delanteras y de un brinco la superé, aunque la rocé con una de las pezuñas.

      Me quedé casi sin aliento, así que decidí relajarme y volver al trote hacia el bosque.

      <<Podía haberlo machacado –me decía a mí mismo-. Podía haber forzado la lucha. Podía haberlo atacado antes de que se largara.>>

      Sin embargo , otra parte de mí respondía:

      <<No, hubieras perdido. Es mucho más alto y corpulento y, además, cuenta con más experiencia. El cuerpo andalita de Visser Tres pertenecía a un gran guerrero y por eso dispone de toda su destreza y experiencia.>>

      <<Le has dejado escapar delante de tus narices.>>

      Sí, pero al menos no he huido.

      <<Ya, pero lo estabas deseando. Estabas aterrorizado.>>

      Sólo un loco es capaz de no asustarse ante Visser Tres. Yo le planté cara, y él ¿qué hizo? Huyó.

      Cuando me detuve, comprobé que estaba debajo de un pino muy alto que da a la pradera de Tobias.

      <Ey, Ax-man ¿qué tal?> , saludó desde alguna parte oscura del árbol.

      <¿Estás despierto?>

      <Pues sí. Tengo la pequeña manía de despertarme cuando los centauros extraterrestres de color azul y cola de escorpión aporrean el bosque como si fueran una manada de elefantes heridos. Ya ves, me da por ahí.>

      Cuando se despierta, Tobias suele ser un poco antipático; es una característica humana que no ha perdido.

      <Perdona por haberte despertado. ¿Cómo es que los elefantes están heridos?>

      Tobias dejó escapar un suspiro. Revoloteó hasta una rama más baja y después se posó sobre un tronco caído.

      <Te estás comiendo la cabeza, ¿verdad?>

      <¿Qué?>

      <¿Qué si te estás comiendo la cabeza? ¿Qué si estás dándole vueltas y vueltas a las cosas y preguntándote una y otra vez lo mismo?>

      <¿Cómo lo has adivinado?>

      <Escucha, Ax, la primera vez que vi a Visser Tres… sabes muy cuándo… Lloré, sabes. Tenía mucho miedo.>

      <Era un extraterrestre, alguien por completo ajeno a ti.>

      <Elfangor era un extraterrestre, un ser por completo desconocido para mí. Sin embargo, no tuve miedo. Con Visser Tres me asusté, y no por su aspecto, sino por lo que me transmitía. No sé, era como una mancha negra. Que casi se podía oler, una sensación para la que no encuentro una palabra adecuada. Supe enseguida que había que destruir aquella cosa que tenía delante de mí. Aquella criatura era el mal personificado, lo presentía. En aquel momento comprendí que, de alguna manera, aquel ser malvado me iba a afectar y cambiar par siempre, y me eché a llorar.>

      <Pero yo no era la primera vez que lo veía –añadí sin mover un solo músculo-. No debería haberme asustado.>

      <¿Y qué ibas a hacer?>

      <Podía haber forzado la lucha.>

      <¿Y si hubieras perdido?>

      <¿Y si hubiera ganado? Habría sido un golpe terrible para los yeerks y habría vengado a mi hermano. Mi pueblo estaría contento.>

      <Escucha, Ax, tú le plantaste cara. Fue él quien retrocedió, no tú.>

      <Le teníamos rodeado; éramos varios contra él solo. Seguramente pensó que también erais guerreros andalitas. Se retiró con honor.>

      <Honor –repitió Tobías con sorna-. Es un asesino a sangre fría, un invasor de una tierra que no es suya. Exactamente igual que un gángster. Los asesinos no tienen honor.>

      <Será mejor que me vaya y te deje dormir.>

      <Ah, vale, ya veo que no quieres seguir hablando del tema. –Miró a su alrededor con los ojos entornados. Por la noche los ratoneros ven tanto como los humanos. De todas formas, con esta lluvia no hay quien duerma.>

      <Tobias, la forma de pájaro que adoptó Visser Tres es un Kafit y procede de mi planeta.>

      <¿Qué es lo que estás pensando? ¿Qué Visser Tres ha estado en tu planeta?>

      <Sí, me preocupa que la abominación haya pisado terreno andalita.>

      Noté que Tobias se ponía tenso. Creo que empezó a comprender.

      <A veces, los animales se sacan del país de origen ¿no? Si no, fíjate en la Tierra: puedes encontrar un león africano en un zoo de América, Europa o donde sea. Puede ser que alguien por completo ajeno a este asunto haya sacado a esa especie de pájaros de tu planeta y que alguien los haya robado, para acabar finalmente en manos de Visser Tres.>

      <Sí, puede ser>, contesté.

      Sin embargo, estaba casi convencido de que Visser Tres o alguno de sus secuaces había estado en mi planeta.

      Fuera como fuese, lo cierto era que los yeerks habían alcanzado el único sitio seguro de la galaxia: mi casa.

      © 1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

Capítulo 7:

      Nos reunimos en el granero de la granja de Cassie. Allí, su padre y ella se encargan de curar los animales no humanos que están enfermos o heridos. La llaman la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Es un oscuro edificio de madera y de grandes dimensiones en cuyo interior se distinguen filas de jaulas donde alijan a los animales enfermos.

      Tobias se había acomodado sobre uno de los travesaños del techo desde donde vigilaba el exterior a través de una especie de ventana, por si se acercaba alguien.

      Los demás estaban a nivel del suelo. Cassie empujaba montones de paja sucia con un tenedor muy alargado de tres dientes.

      El príncipe Jake de tanto en tanto quitaba algo del medio para que no le estorbara a Cassie.

      Marco y Rachel hacían el vago. Así es como los humanos llaman al hecho de sentarse y no moverse durante un rato.

      Algún día, cuando ya sea demasiado viejo para ser un guerrero, escribiré un libro sobre los humanos, sus extrañas costumbres y su tecnología del habla. Por ejemplo, ¿sabíais que los humanos inventaron los libros antes que los ordenadores y que por eso creen que estos últimos son mucho mejores que los primeros? Se olvidan de un pequeño detalle: un ordenador tarda treinta segundos en cargar una página, mientras que el acceso a la página de un libro es inmediato.

      Me atrevería a calificar a los humanos como una raza extravagante, retrógrada y sin importancia, de no ser por dos cosas. Una, son las criaturas que, después de todo, han elevado el sentido del gusto a las cotas más altas. Puede que tecnológicamente se encuentren a años luz de nosotros, pero han creado las palomitas con mantequilla, las tabletas de Snickers, el chile y las colillas, aunque se enfadan cuando les hablas de comer colillas.

      No hay que olvidar, además, que los humanos, por encima de todos sus defectos, han inventado los bollos de canela. Algún día, después de la guerra, se organizarán peregrinaciones de andalitas a la Tierra con el único propósito de pasar un día entero comiendo bollos de canela, transformados en humanos.

      Os recomiendo el que lleva una capa de azúcar glasé por encima. Merece la pena.

      -Ax, ¿estás escuchando? –preguntó Marco.

      <Sí, claro>, contesté al tiempo que salía del ensimismamiento en que me había sumido.

      -Verás, es que es la segunda vez que te lo digo y tú sigues mirando a las musarañas.

      <Dímelo una tercera vez, por favor. Estaré atento, te lo prometo.>

      -¿No crees que Visser Tres, al transformarse en pájaro andalita, ha querido decirnos algo? Se piensa que somos andalitas, ¿verdad? ¿No es demasiada coincidencia que vaya detrás de un <<andalita>> y se convierta en un animal procedente del planeta andalita? Yo creo que ha tratado de decirnos algo.

      Ésa es la segunda razón para mostrar respeto por los humanos. Se adaptan a cualquier situación a una velocidad increíble. Hace tan sólo unos meses, Marco no creía que hubiera vida en otros planetas pero, una vez convencido, ha absorbido la visión de un mundo enteramente nuevo para él. Desde entonces, se encuentra en el medio de una guerra, usando una tecnología que no entiendo y, a pesar de todo eso, es capaz de acertar con intuiciones que a mí se me escapan.

      <Sí –añadí lentamente -, pero ¿por qué? ¿Y qué es lo que quiere decirnos?>

      -Te está tocando la moral –continuó Marco encogiéndose de hombros-. Es como si te dijera: <<Eh, tú sigue ahí en la Tierra que yo, mientras tanto, entro y salgo de tu casa, visito a tus colegas y pruebo las galletas de tu madre.>>

      <Mi madre no hace galletas –señalé-. El sentido del gusto es desconocido entre…>

      -Visser te está tirando de la correa –agregó Rachel.

      -Está jugando contigo –corroboró Cassie.

      <Quiere fastidiarte>, añadió Tobias.

      -Intenta confundirte con… Olvídalo, no importa –declaró el príncipe Jake-. El problema es saber ¿cómo adquirió la forma de pájaro? Y ¿por qué la utilizó para atacarte?

      -Me parece que estáis desviando el tema central .observó Cassie-, es decir, qué vamos a hacer con el tal Hewlett Aldershot Tercero.

      Marco levantó la mano.

      -Obligarle a que se cambie el nombre –contestó.

      -Esta vez Visser Tres cuenta con un buen plan –señaló el príncipe Jake -. Adquiere a nuestro amigo el señor Hewlett Aldershot Tercero, entra en las oficinas del servicio secreto, pincha el ordenador y se cuela en conferencias secretas para enterarse de todo aquello que sólo el servicio secreto sabe.

      <¿Qué es lo que saben?>, pregunté.

      -Muchas cosas –respondió Marco.

      <Ah.>

      -No se trata sólo de lo que averigüe sino de las personas con las que podrá entablar contactos para conseguir acceso a donde sea –añadió Rachel-. Querrá saber si se filtra algún tipo de información sobre las actividades de los yeerks y…

      -¡Hala! –Marco se puso en pie de un brinco. Siempre pienso que las dos piernas enclenques de los humanos van a ceder y que el patinazo va a ser de padre y señor mío.

      -¿Qué pasa? –preguntó Jake con calma.

      -Rachel tiene razón. Debido al puesto que ocupa, H.A. Tercero puede dirigirse a cualquiera, ¿verdad? Puede hablar con su jefe, el presidente del país, ¿no? Imaginaos que llega a la oficina y dice: <<¡Jefe, unos gusanos parasitarios del espacio exterior están invadiendo la Tierra!>> ¿Qué pasaría? Lo encerrarían en el manicomio sin mediar palabra. Ahora imaginaos que llega a la oficina y dice: <<¡Unos gusanos parasitarios del espacio exterior están invadiendo la Tierra! Y ¿sabe una cosa? Puedo convertirme en rinoceronte.>> Y entonces lo hace y… ¡ta chan! Se acabó el secreto, y los yeerks estarían en peligro.

      -A no ser que el jefe sea un controlador –matizó Rachel.

      -Si fura así, ¿por qué Visser iba a preocuparse tanto de H. A. Tercero? –señaló Cassie al tiempo que se giraba para mirar a Marco-. ¿En qué estás pensando? ¿No estarás insinuando que nos transformemos en el señor Aldershot?

      -Pues sí.

      -No podemos hacer eso –sentenció Cassie-. Creí que había quedado claro que no vamos a convertirnos en humanos.

      <Yo me convertí en el príncipe Jake>, recordé. La idea de Marco era genial,. Hay veces en las que mis amigos no está del todo dispuestos a actuar, si ello significa matar a yeerks. A mí me pasa lo mismo.

      <Y Cassie se transformó en Rachel aquella vez>, añadió Tobias.

      -Para empezar, Ax, tú no eres humano, así que quizá por eso no te importe tanto transformarte en humano. En cuanto a lo de Jake, sabes a la perfección que, si éste no hubiera caído en manos de yeerks, te habría dado permiso, como hizo Rachel conmigo –aclaró Cassie.

      -Usted perdone mi atrevimiento –replicó Marco con un deje cargado de sarcasmo -, pero me temo que nuestro hombre H.A. Tercero no está en condiciones de dar permisos de ningún tipo. Es un vegetal, una zanahoria, un repollo, un tomate.

      -Vaya, siempre había creído que el tomate era una fruta –interrumpió Rachel para provocarlo.

      -Se llama <<estado vegetativo persistente>>, Marco; desde luego, lo tuyo sí que es tener tacto –intervino Cassie-, Primero, no sabemos si el señor Aldershot está tan mal. ¿Y si sencillamente está en coma? Y segundo, no tenemos derecho a robar su ADN.

      -El hombre es una col de bruselas –insistió Marco.

      -De cualquier forma, no podemos entrar ahí dentro –añadió el príncipe Jake-. Visser Tres estará alerta y, además para adquirir el ADN del señor Aldershot debemos adoptar nuestras formas humanas y, con Visser Tres de guardia, me parece un poco difícil, ¿no creéis?

      Todos parecían alicaídos. El príncipe Jake tenía razón.

      -¡Oh, Dios mío! –exclamó Cassie de repente.

      -¿Qué? –preguntó Marco.

      -Estoy totalmente en contra de esto –explicó dejando escapar un suspiro-, pero…

      -Pero, ¿qué?

      -Ax –dijo mirándome fijamente-, ¿es posible adquirir el ADN a partir de la sangre?

      <Sí, supongo que sí.>

      -¿Sangre? –Rachel hizo una mueca-. ¿Vamos a absorber la sangre de ese tipo? No contéis conmigo, queridos. Hepatitis, VIH… ni hablar.

      <Las enfermedades no se contagian en el proceso de adquisición –aclaré con rapidez-. Sólo se absorbe el ADN, que está aislado, y queda encapsulado en el flujo de sangre de cada uno a una temperatura muy baja, y por lo tanto, es muy estable. Veréis, la esfera de la molécula naltrón…>

      -Creo que se me ha dormido el cerebro –interrumpió Marco-. En resumidas cuentas, no hay problemas de contagio. Muy bien, Cassie, ¿cómo extraemos la sangre?

      Mi amiga lo explicó y, casi al mismo tiempo, uno tras otro exclamamos <<¡Qué asco!>>. Es una expresión que siempre dicen muy alto y repiten varias veces seguidas.

      Si hay una cosa que he aprendido en todo este tiempo que llevo aquí es a creer a los humanos cuando dicen que algo les da asco.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

Capítulo 8:

      -Entonces, ¿qué tengo que hacer para que no me adquiera a mí al mismo tiempo? –preguntó el príncipe Jake nervioso.

      -No seas niño –le reprochó Marco-, ¡como si nunca te hubiera mordido un mosquito!

      Jamás a sangre fría –replicó el príncipe Jake.

      Habían transcurrido varios días desde la última vez que nos vimos. Mis amigos humanos van al colegio cinco días consecutivos y después tienen dos días libres seguidos, aunque no saben muy bien por qué. Cuando hay alguna misión prefieren que sea en los días en los que no tienen que ir a clase.

      Nos hallábamos en el granero, observando una caja de cristal en cuyo interior revoloteaban varios insectos de aspecto frágil.

      -Hay que atraparlo con la mano, pero sin apretar demasiado porque, si no, lo aplastaréis –informó Cassie-. Fijaos. –Metió la mano en la caja y, después de dos intentos fracasados, atrapó uno de ellos.

      Retiró la mano y tapó la caja. Entonces, se concentró en el animal, hasta que abrió los ojos.

      -¿A quién le toca? –preguntó.

      -Dámelo a mí –contestó Marco-. Como ya te habrá mordido, seguro que no tiene hambre.

      -No podemos utilizar el mismo mosquito –informó Cassie-. Sólo las hembras chupan la sangre. Los machos no sirven para nada.

      -Nunca mejor dicho –corroboró Rachel soltado una carcajada.

      -¿Y qué es el que tienes en la mano? –preguntó Marco.

      -Como si lo supiera –replicó Cassie -. No tengo una lupa tan buena y, aunque la tuviera, ¿en qué se diferencia un mosquito hembra de uno macho?

      -Eso es fácil –dijo Marco-. Los machis piensan que eructar en voz alta es divertido y las hembras no.

      -¿Y si dejamos de decir tonterías y acabamos de una vez? –preguntó el príncipe Jake.

      <Sí –contesté-. A mí no me da miedo el mordisco de un insecto tan diminuto como ése.>

      Metí la mano en la caja de cristal, pero como era incapaz de atrapar uno, Cassie metió la mano y agarró uno por mí. Las manos de los humanos son más fuertes y rápidas que las de los andalitas.

      <Gracias>, dije, y empecé a adquirir el ADN.

      -Muy bien .- comentó Jake en cuanto terminamos -. Vámonos.

      Nos transformamos en aves rapaces para llegar cuanto antes al hospital. Con aquellos ojos de aguilucho era capaz de ver al humano Hewlett Aldershot Tercero tumbado en la cama del hospital. Sólo había cambiado una cosa: cuatro tipos enormes le vigilaban en la habitación, además de otros cuatro en la habitación de la izquierda y otros cuatro en la de la derecha. En total, doce controladores humanos armados para proteger a Hewlett Aldershot Tercero de nosotros.

      <Resulta halagador –comentó Rachel-. ¿Doce hombres? Y quizás haya más.>

      <Los yeerks deben de contar con gente de la alta esfera del hospital para haber conseguido dos habitaciones privadas sólo para vigilancia>, observó Cassie.

      <¿Cómo vamos a entrar?>, preguntó Marco.

      <¿Y si los distraemos? –sugirió Rachel-. Yo me convierto en elefante, Jake invoca a su rinoceronte…, y ¡destrozamos el lugar!>

      <Si no he entendido mal, el plan consiste en morder al humano para extraerle una cantidad suficiente de sangre. Rachel, para pasar de elefante a mosquito, antes debes adoptar tu cuerpo humano. Yo, en cambio, no tengo que pasar por una etapa intermedia, y nada llamará más la atención de un puñado de controladores que la aparición de un andalita.>

      El príncipe Jake dio el visto bueno, así que mientras los demás se posaban sobre el tejado, recuperaban sus formas naturales y se convertían en mosquitos, yo aterricé sobre una oscura ventana abierta en la otra punta del hospital.

      Me colé en el interior, aguardé unos minutos y escuché con atención. Percibí la respiración de un humano. Mis ojos de aguilucho se adaptaron a la oscuridad enseguida y en una cama divisé a una joven humana de aspecto frágil.

      Recuperé mi cuerpo todo lo rápido que pude, cambiando las plumas por pelo.

      De repente, la niña abrió los ojos.

      -¿Quién eres? –preguntó-. ¿Eres un hada?

      <No, soy un andalita.> Fue lo primero que se me vino a la cabeza. Además no me apetecía mentirle a una niña enferma.

      -¿Cómo te llamas?

      <Aximili-Esgarrouth-Isthill.>

      -Qué nombre tan raro –comentó. Después cerró los ojos y cayó profundamente dormida.

      Tras respirar hondo, avancé hasta la puerta intentando por todos los medios no hacer ruido. La abrí y saqué uno de mis ojos giratorios. Al otro extremo del pasillo, divisé a dos humanos.

      <<Bueno –pensé al tiempo que volvía a suspirar-. Se supone que tengo que distraerles de alguna forma.>>

      Abrí la puerta y salí al pasillo.

      Los humano no me vieron hasta que me tuvieron prácticamente a su lado. Entonces, se quedaron boquiabiertos y les cambió el color de la cara, uno se quedó blanco y el otro rojo.

      Nunca supe la razón.

      -¡Por todos los demonios!

      -¡Qué diablos…!

      Aquello confirmaba que no eran controladores, porque, de haberlo sido, hubieran exclamado <<¡andalita!>>

      <Hola –saludé-. Tranquilícense, por favor.>

      -¡Parece… parece una mutación extraña de un ciervo!

      -Es una broma, tiene que ser una broma. Venga, Terry, déjalo ya. Ja, ja , ja, qué risa.

      Pasé de largo y avancé hasta la habitación custodiada de nuestro amigo Hewlett Aldershot Tercero.

      De repente apareció un humano empujando un carro cargado de bandejas de comida. No levantó la cabeza hasta que supongo que reparó en mis pezuñas.

      -¡Aaaaaahhhhhhhh! –exclamó y empujó con tanta fuerza el carro que se volcó.

      ¡Clang-clang-BAM!

      Entonces empezó la <<diversión>>. Se abrieron puertas y se asomaron cabezas de pacientes que, al verme, gritaban aterrorizados. La gente corría despavorida por el pasillo y nada más verme huía en dirección contraria.

      -¡Dios mío! ¿Habéis visto eso? ¿Lo habéis visto?

      -¡Es un monstruo!

      -Ya sabía yo que en el laboratorio realizaban experimentos genéticos. ¡Es un caso anormal!

      De haber sido demasiado sensible, las cosas no se habrían quedado así. ¡Qué clase de comentario era ése!

      A continuación, la puerta de la habitación que estaba a la derecha de la del señor Aldershot se abrió y salió un humano. Se quedó embobado en un momento y después dijo. <<¡andalita!>>.

      No fue lo bastante rápido al sacar el arma porque chasqueé la cola y la dejó caer.

      -¡Andalita! –gritó, esta vez con una clara demostración de odio.

      Los guardias de las tres habitaciones salieron de golpe y se apelotonaron en el estrecho pasillo, donde apenas quedaba sitio para moverse. Desenfundaron sus armas humanas e incluso un par de pistolas portátiles de rayos dragón. En un santiamén empezarían a disparar. Las balas de plomo de las armas humanas eran más peligrosas porque podían atravesar las paredes y herir a gente inocente.

      -¡Disparadle! ¡Disparadle o Visser Tres nos merendará a todos! –bramó uno de los humanos.

      Chasqueé la cola a diestro y siniestro; me falló un milímetro para abrir en canal a los de la primera fila, que retrocedieron tropezando al mismo tiempo con sus compañeros.

      ¡FASSSS! Volví a chasquear la cola, pero eran demasiados. Además no quería que hiriesen a humanos inocentes.

      Como de costumbre, no tener ningún plan me conducía al fracaso.

      De repente, se me ocurrió una salida de emergencia.

      <¡Me rindo! –exclamé-. ¡Me rindo!>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

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Animorphs #18: La Decisión

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Capítulo 9:

      -¿Qué?

      <He dicho que me rindo. Quiero unirme a los yeerks, hacerme un controlador. ¿Alguien me puede informar de los pasos que debo seguir para convertirme en miembro? ¿Hay que pagar tasas?>

      Una docena de armas me apuntaban inflexibles. Por detrás de mí, al final del pasillo, oí más voces humanas.

      -¿Se puede saber qué ocurre?

      -¿Es eso un caballo?

      -¡Fijaos! ¡Tiene ojos en las antenas!

      -¡Seguridad! ¿Dónde está seguridad?

      El líder de los controladores actuó de inmediato. Me empujó hasta el interior de la habitación donde Hewlett Aldershot Tercero dormía profundamente.

      La habitación no era muy grande y con los cinco guardias que también entraron apenas había sitio, pero de aquella forma sólo eran cinco contra mí.

      -¿Quieres unirte a nosotros? –preguntó uno de los controladores sin acabar de creérselo.

      <En realidad, no>, contesté manifestando cierto pesar.

      ¡FASS! Sacudí la cola con tanta fuerza que el guardia más cercano se estampó del susto contra sus compañeros. Disponía de medio segundo antes de que recuperaran la compostura y me disparasen.

      ¡FASS! ¡CRASH! Chasqueé la cola contra el cristal de la ventana, que saltó en mil pedazos.

      <¡Ahí va lo que he aprendido de Visser Tres!>, grité y después, avancé tres pasos, encogí la parte superior de mi tronco, estiré las antenas, contraje las patas y salí despedido por la ventana.

      <¡Aaaaaahhhhhhhhhh!>, grité mientras caía al vacío.

      El golpe iba a ser descomunal, pero lo prefería a ser agujereado por balas.

      <¡La ventana está abierta, príncipe Jake! –grité-. ¡Los controladores están…!>

      ¡BUUUM!

      <…distraídos.>

      Aterricé sobre un seto que, aunque actuó de freno, resultó ser una especie de trampa porque me quedé atrapado entre sus ramas espinosas y, por mucho que intentara liberarme, todo lo que conseguía era enmarañarme más.

      ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Los guardias disparaban desde la ventana pelando el seto y levantando la tierra húmeda que había a mi alrededor.

      Las armas humanas funcionan siguiendo un principio de explosión de gases que empujan una especie de bola de metal a través de un tubo. El tubo hace girar la bola, con lo que aumenta la precisión. No es una pistola yeerk de rayos dragón ni un shredder andalita, pero es capaz de destrozar un cuerpo a agujerazos.

      No tenía más remedio que convertirme en un ser diminuto si quería salir de aquélla con vida, así que comencé a transformarme en mosquito.

      <¡Estamos dentro! –informó el príncipe Jake-. Ax, ¿estás bien? ¿Te están disparando? Este bicho no tiene muy buen oído que se diga.>

      <Pues sí, me están disparando>, confirmé cortante.

      <¿Estás bien?>, preguntó Tobias.

      <La verdad es que no, pero espero estarlo pronto. <<Si vivo hasta entonces>>>, añadí en silencio.

      Menguaba con rapidez en medio de una sonata de sirenas que cada vez sonaba más cerca.

      -¡Viene la policía! –exclamó horrorizado una voz humana-. ¡Nos arrestarán!

      -¡Sigue disparando! ¡Si se nos escapa el andalita, todos preferiremos que nos arresten!

      -¡No lo veo! ¡El andalita ha desaparecido! Sólo se ven sombras.

      Seguía encogiendo. Las hojas, que antes me habían parecido pequeñas, llegaron a alcanzar el tamaño de mi cara. Las ramas, retorcidas y diminutas, crecían progresivamente. Me sentí liberado, como si las ramas me hubieran soltado de golpe. Podría haberme largado de allí, de no haber sido por el hecho de que mis patas disminuían mucho más rápido que el resto del cuerpo.

      Hasta hoy, los cambios en el proceso de transformación son impredecibles e ilógicos, sobre todo si te conviertes en cualquiera de los animales extravagantes que viven en la Tierra. Algún día los científicos andalitas encontrarán la fórmula que perfeccione la tecnología de las mutaciones.

      Mis patas traseras dejaron de encoger cuando todavía eran tan grandes como las patas de un gato terrícola y, acto seguido, comenzaron a crecer de nuevo. Adelgazaron hasta convertirse en meros palillos y alcanzaron una longitud desproporcionada en comparación con el resto del cuerpo.

      Las delanteras disminuyeron mucho más hasta convertirse en pequeños palillos y además los brazos se convirtieron en otro par de patas; en total tres pares.

      Sin embargo, la mayor parte de mi cuerpo seguía siendo andalita y, aunque abultaba poco, me resultaba imposible avanzar con aquellas mini patas.

      Los ojos de las antenas se movieron de sitio y, cuando se habían colocado por encima de mis ojos principales, empezaron a estirarse como si a un árbol de le multiplicasen las ramas a una velocidad de vértigo. Primero me creció una especie de palo alargado y desnudo que despuntó en ramificaciones cortas, achaparradas y retorcidas. En la. En la cabeza, junto a aquellos palos peludos, brotaron redondas vainas que se hincharon hasta explotar y convertirse en una especie de antenas que se agitaban frenéticas. Todavía me funcionaban los ojos principales pero, a mismo tiempo, recibí una bofetada de información sensorial nueva, que me mantenía al tanto de la temperatura ambiental, de la dirección del viento, del sonido de las hojas rozándose al viento, del rumor turbio de voces lejanas, del chasquido perturbador de las explosiones de la pólvora y del impacto sordo de enormes balas a mi alrededor; éstas habían dejado de preocuparme porque, con el tamaño que iba alcanzando, era prácticamente imposible que diesen en el blanco, a no ser que tuviera muy mala suerte.

      El suelo parecía un campo sembrado de piedras. Los troncos de los arbustos ascendían hasta unas alturas que jamás había visto ni en la Tierra ni en mi planeta.

      Las ranuras que conformaban mi nariz empezaron a retorcerse y a hincharse hasta convertirse en dos palpos peludos y achaparrados que comenzaron a enviar información a mi cerebro.

      ¡Aquello sí que era oler! Era mucho mejor que el olfato de los andalitas o de los humanos; aquel insecto olisqueaba y saboreaba las moléculas de la brisa en busca de algo concreto. Estaba hambriento.

      De repente, en la espalda me crecieron unas alas de gasa. Mi cuerpo se dividió en tres segmentos diferenciados: una cabeza diminuta, un tórax musculoso y un gran abdomen abultado que se recubrió de unas placas superpuestas a modo de armadura.

      Mientras tanto, mis ojos de andalita, en versión reducida, seguían funcionando. Ojalá no lo hubieran hecho porque me esperaba una bonita sorpresa.

      En la barbilla, donde un humano tiene la boca, me creció una especie de aguja, larga como una lanza, en cuyo extremo final despuntaron unos dientes aserrados. Se trata de la famosa trompetilla, una especie de tubo huevo por donde pasa la sangre que el insecto chupa y que, además, se encuentra recubierto por una vaina que lo protege.

      Supongo que ya habréis adivinado que el aroma que traía de cabeza al animal era el olor a sangre.

      Activé las alas y levanté el vuelo. Avanzaba a trompicones hacia el lugar donde mis palpos habían localizado el dulce aroma del aliento de un animal, que me conduciría hasta el preciado líquido rojo.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

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Capítulo 10:

      En aquel momento mis ojos desaparecieron y por unos segundos me quedé ciego, hasta que se completó la transformación. Encogí un poco más y en l afrente me salieron dos abultados ojos compuestos.

      A través de ellos veía el mundo dividido en un millar de imágenes diminutas y diferentes entre sí, que representaban un fragmento de luz distorsionada, colores horripilantes y remolinos de una extraña energía.

      No perdí el control de la mutación en ningún momento, quiero decir que supe en todo momento quién era, cosa que no ocurre la mayoría de las veces cuando adoptas la forma de un animal por primera vez. Sin embargo, el hambre del mosquito era tan fuerte que sentí que se me escapaba de las manos y que me dejaba llevar.

      Mientras volaba sabía en todo momento quién era, pero cuando el mosquito exclamaba: <<¡Sangre! ¡Sangre!>>, yo respondía: <<¡Sí! ¡Sí!>>

      Los mosquitos no vuelan con la velocidad y el genio acrobático de las moscas, ni tampoco con la precisión y potencia de las aves rapaces. Se dejan arrastrar por la brisa que mece sus patas endebles y, a pesar de que las alas no tienen mucha fuerza, siempre llegan a donde quieren.

      Aunque, a simple vista, parece un insecto inofensivo, tras una investigación, he descubierto que son capaces de transmitir bacterias, virus y parásitos y contagiar enfermedades como la encefalitis, la fiebre amarilla y la malaria.

      Sólo la malaria mata a dos millones de humanos cada año. Los mosquitos son los mayores asesinos en masa del planeta Tierra.

      <¡Ax! ¡Ax! ¡Responde!>, llamó el príncipe Jake. Entonces me di cuenta de que debía de haber estado intentando ponerse en contacto conmigo desde hacía rato.

      <Estoy bien –contesté-. Me he convertido en mosquito.>

      <Bien –añadió-. Ahora, escúchame bien. Sé lo que estás sintiendo, pero no intentes luchar contra ello. El hambre desaparece una vez que chupas sangre.>

      <Sigue el olor –indicó Cassie-. Es dióxido de carbono y procede de animales, humanos incluidos. Continúa.>

      Ascendí hasta alcanzar la ventana abierta desde donde me llegaban muchos olores de criaturas emisoras de dióxido de carbono. No sabía muy bien qué hacer.

      El que yo buscaba debía estar tumbado inmóvil en una cama. Me concentré para aprovechar al máximo todos los sentidos del insecto. Luché por reunir las ondas de sonido que recogían mis antenas, el olor a dióxido de carbono que captaban mis palpos y las imágenes fragmentadas y horripilantes que percibían mis ojos compuestos.

      Por debajo de mí divisé aquella masa enorme, que hacía mil veces mi cuerpo a lo largo y a lo ancho.

      Allí descansaba Hewlett Aldershot Tercero despidiendo atractivos e intensos aromas.

      Me posé sobre la superficie rugosa y áspera que conformaba la piel rosada del enfermo, llena de baches y arrugas. Aquí y allá, como árboles desperdigados en una meseta seca, despuntaban pelos como lanzas curvadas.

      La piel estaba viva; se movía ligeramente arriba y abajo a causa de la respiración del humano. Pero recuerdo que lo que más me fascinó fue el bum bum que se repetía incansable bajo mis pies.

      Aquella pulsación anunciaba a gritos el bombeo continuado de sangre corriendo por arterias y venas.

      De repente…

      ¡POP!

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

Capítulo 11:

      Se produjo un pequeño estallido que provocó un cambio de estado brutal. Había viajado de golpe al gran vacío blanco del espacio cero.

      <¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? ¿El espacio cero?>, exclamé en medio de la confusión. Había recuperado mi cuerpo de andalita.

      Pataleé por instinto, aunque allí no había nada contra lo que patalear, sólo vacío.

      No percibía un ápice de movimiento, ni siquiera una ligera brisa, pero notaba que la falta de oxígeno empezaba a aturdir mi cerebro; comenzaba a perder la visión y mis miembros se iban quedando entumecidos.

      ¡No podía ser vedad! ¡Estaba en el espacio cero!

      Giré las antenas oculares para inspeccionar los alrededores. Podía ver mi cuerpo por dentro y por fuera. Era como una especie de rompecabezas de dimensión n que se retorcía para que pudiese ver su interior.

      De pronto, descubrí a cuatro humanos dispuestos de la misma manera que yo, es decir, en raras secciones cruzadas. Divisé la cara el príncipe Jake pero también su corazón palpitante, el tejido de los músculos de sus piernas y el interior de su cerebro. A los otros les ocurría lo mismo.

      Todos se retorcían desesperados.

      Allí estaba también Tobias en forma de pájaro, y casi inmóvil.

      <¡Príncipe Jake! ¡Tobias!>, exclamé pero, evidentemente, no podían responder porque en el espacio cero no hay aire para transportar los sonidos. En aquel lugar no hay nada, ni átomos ni moléculas como en el espacio convencional. No hay estrellas ni planetas. No hay nada.

      A lo lejos y de casualidad alcancé a ver una sombra plateada y elegante. ¡Una nave espacial! Igual que con los cuerpos, podía ver el interior y el exterior de la nave al mismo tiempo, y divisé a unos individuos atareados que, a pesar de mi cerebro entumecido y de aquella visión confusa de pesadilla, distinguí a la perfección.

      ¡Andalitas! ¡Era una nave andalita!

      La luz de las toberas diseñadas para el espacio cero brillaba con intensidad y parecía encaminarse hacia nosotros.

      Entonces lo comprendí todo. Como cualquier andalita sabe, cuando te conviertes en un animal mucho más pequeño que tu propio cuerpo, la masa sobrante viaja hasta el espacio cero y permanece allí como un fajo de materia sin orden ni concierto.

      Al menos en teoría, porque en la práctica comprobé que allí todo estaba ordenado.

      Al estar fuera del espacio normal de tres dimensiones, podía ver el interior de las cosas y de las personas, pero los cuerpos seguían pareciendo humanos o andalitas; todo estaba en su sitio.

      Recuerdo cuando se lo expliqué a mis amigos humanos y uno de ellos me preguntó que pasaría si una nave chocara contra esas burbujas de materia. Yo me eché a reír. Después de todo, las probabilidades eran mínimas.

      Lo cierto era que en aquellos momentos todo apuntaba a que teníamos todas las de perder. La nave andalita se había acercado tanto que nos había atraído a su campo magnético y su cegadora estela nos arrastraba por el espacio cero.

      <¡Andalita! –alcancé a decir a duras penas-. ¡Nave andalita! ¡Nave andalita! Estamos atrapados en la estela de la nave y no estamos muriendo. ¡Ayuda! ¡Nave andalita1 ¡Ayuda!>

      La energía que empleé en gritar agotó todas mis fuerzas. No había aire y podía ver literalmente cómo se desmoronaban mis pulmones y cómo aumentaban las palpitaciones de mis corazones en un intento por mantenerme con vida, hasta que el ritmo cardíaco comenzó a debilitarse progresivamente.

      <¡Ayuda! ¡Nave andalita! –grité-. ¡Ayuda!>

      Me resulta imposible describir en esas palabras el dolor que sentí al ver a mis compatriotas tan cerca, los primeros que veía en mucho tiempo.

      Ellos, en cambio, no podían verme. En el interior conservan el espacio convencional de tres dimensiones. Los andalitas que viajaban en la nave sólo veían la parte superior de la nave y las cubiertas.

      Entonces, como si me estuviera observando a mí mismo desde fuera, fui testigo de los últimos bombeos de mi corazón. Ví el chorro de sangre entrar lentamente en mi cerebro y detenerse.

      Sabía que iba a morir, iba a morir con mis compatriotas al lado.

      De repente, perdí la conciencia. Todo se oscureció a mi alrededor.

      Cuando me desperté, me contemplé y comprobé que era de una sola pieza y que estaba tumbado de lado sobre una mesa con una forma que se ajustaba a la perfección para sujetar mi cola y mis patas.

      <¿Qué?> , exclamé.

      <No me interesan los qué –dijo una voz andalita-. Quiero porqués, cómo y sobre todo quién.>

      Giré las antenas oculares y allí, a mi lado, descubrí las figuras de tres guerreros andalitas.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

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Capítulo 12:

      <Soy el aristh Aximili-Esgarrouth-Isthill>, me presenté.

      <¿El hermano pequeño de Elfangor?>, inquirió uno de los andalitas.

      <Sí, el mismo.> Dejé escapar un leve suspiro. Sé que suena ridículo pero, a pesar de lo mucho que quería y admiraba a Elfangor, siempre me molesta que me recuerden como el <<hermano pequeño de Elfangor>>.

      Por la forma de moverse y la manera de mirar, directa y firme, no cabía la menor duda de que aquellos tres andalitas eran guerreros. Sólo se notaba una pequeña relajación en las patas traseras.

      Además en el cinturón de cada uno de ellos se distinguía un arma militar shredder y células de energía de repuesto.

      <Yo soy Samilin-Corrath-Gahar, capitán de la nave –s e presentó el más mayor de los tres-. Mi oficial de operaciones, Hareli-Frodlin-Sirinial, y el médico de la nave, el doctor Coaldwin-Ashul-Tahaylik. Dime, por yaolin, ¿qué estás haciendo flotando sin rumbo en el espacio cero con cinco alienígenas?>

      <¿Están a salvo los aliados?>

      <Sí –respondió el doctor Coaldwin-. Se encuentran bastante bien, a pesar de su extraña fisiología. Cuatro de ellos son claramente bípedos y carecen de cola. Caminan erguidos sobre dos piernas y consiguen mantener el equilibrio sin compensar el peso con una cola. Fascinante, me atrevo a decir. El quinto alienígena está diseñado para volar y…>

      <Gracias, doctor Coaldwin –interrumpió el capitán Samilin-, pero queremos saber qué estaba haciendo un aristh en el espacio cero en compañía de estos seres tan… fascinantes.>

      Aunque temblaba como un flan, me puse en pie. No soportaba permanecer tumbado más tiempo.

      <Capitán, me encontraba transformado en un ser muy pequeño cuando oí un pequeño estallido y entonces me desperté en el espacio cero.>

      <¿Qué? ¿Estás diciendo que eres la materia sobrante de un animal de poco volumen? ¡Es imposible! –exclamó el doctor, sus ojos iluminados por la emoción-. O sea, no es imposible, sólo que es la primera vez que ocurre. Esto aniquilaría todas las teorías existentes sobre la sustitución de la masa en las transformaciones. Se convertiría en el avance científico de…>

      <Sin duda, sin duda –volvió a interrumpir el capitán visiblemente irritado-, pero, aparte de ser fascinante científicamente, se me ocurre otra pregunta. Sabemos cómo has llegado hasta aquí, aristh Aximili, pero dime, ¿y los demás? ¿Cómo es posible que esos alienígenas hayan llegado hasta aquí si los únicos que poseen el poder de la metamorfosis somos los andalitas?>

      Aquélla era una pregunta directa de un oficial superior, de uno de los grandes, del dueño y señor de una nave, a un aristh, un personaje prescindible.

      A pesar del tono acusador que había empleado el capitán, a mí me entraron ganas de reír de puro alivio que sentía en aquel momento. Primero porque mis amigos estaban bien y luego porque había regresado a casa, estaba entre los míos, que eran como yo, hablaban igual que yo y se movían como yo. Quería reír y llorar al mismo tiempo.

      <¡Responde a la pregunta del capitán!>, bramó el oficial de operaciones. Era su primera intervención. Como número dos, los oficiales de operaciones se encargan de que se cumpla a raja tabla la disciplina en la nave.

      <Lo siento, señor –me disculpé-. Es sólo que hacía mucho tiempo que no veía a un compatriota… y había llegado a pensar que tal vez nunca…, que quizá tuviera que pasar el resto de mis días en la Tierra.>

      La fiera expresión del oficial de operaciones se suavizó, aunque no demasiado.

      <Cuéntanos qué pasó, aristh>, añadió el capitán con amabilidad al tiempo que afirmaba con la cabeza.

      <Sí, capitán. Fui abandonado en la Tierra y llevo en ella cero como siete años estándar andalitas. Creo ser el único superviviente de una batalla entre la nave cúpula en donde yo prestaba mis servicios y una nave nodriza que, en colaboración con una nave-espada oculta perteneciente a Visser Tres, nos machacó.>

      Al oír el nombre de Visser, el oficial de operaciones hizo un gesto de desagrado.

      <Antes de que empezara la batalla, la cúpula, en donde me refugié obligado, fue separada… Repito que no fue por gusto propio.- Me sentí como un perfecto estúpido ofreciendo explicaciones a mi comportamiento, pero lo que no quería era que me calificaran de cobarde-. En fin, la cúpula se salió de órbita y fue a parar a uno de los océanos de la Tierra. Permanecí bajo el agua durante varias semanas hasta que los humanos me rescataron.>

      <¿Los mismos que están en la enfermería?>, preguntó el doctor.

      <Sí.>

      <¿Utilizaron algún aparato submarino humano?>, preguntó el oficial de operaciones.

      <No, se transformaron en animales acuáticos y me rescataron.>

      <Se transformaron –repitió el capitán sin mover un solo músculo de la cara, en la que tan sólo apareció una ligera contracción alrededor de los ojos que denotaba sospecha-. ¿Y dónde exactamente han adquirido la facultad de transformarse?>

      Me había metido en un buen lío. Hace algún tiempo conseguí entablar contacto con la comandancia andalita, que me instó a que me declarara culpable del hecho de haber concedido a los humanos el poder de las transformaciones, con el fin de mantener impoluta la reputación del héroe de Elfangor, ya que lo que mi hermano había hecho era un crimen de primer grado.

      ¿Qué podía hacer? ¿Mentir al capitán? Al fin y al cabo, yo había recibido órdenes desde posiciones más altas.

      <Se lo di yo, señor.>

      <Ya veo –replicó el capitán sin apartar la vista de mí-. No sabes mentir, aristh Aximili.>

      Me dio un vuelco el corazón.

      <¿Señor?>

      <Jovencito –habló el oficial de operaciones soltando un suspiro-, si tú le diste el poder a los humanos, ¿cómo es posible que ya estuvieran transformados la primera vez que los vistes? Obviamente, antes de que te descubrieran a ti, ya poseían la capacidad de mutar.>

      ¿Qué podía decir? Había metido la pata hasta el fondo y carecía de una buena explicación. Me había convertido en mosquito a miles de millones de kilómetros de distancia y en aquellos momentos había quedado como un perfecto idiota y mentiroso.

      No contesté; me limité a permanecer firme.

      <Gracias, doctor –añadió el capitán invitándole a que se fuera-. Supongo que querrás ir a ver cómo están tus <<humanos>>, y usted tal vez pueda analizar el problema del espacio cero que el joven Aximili ha descubierto.>

      en cuanto el médico se retiró, el capitán se acercó hasta donde yo estaba.

      <Aristh Aximili, me gustaría saber por qué me estás ocultando la verdad.>

      <Yo nunca mentiría a no ser por…>

      <¿A no ser qué, aristh insignificante? –bramó el oficial de operaciones-. ¡Estás hablando con el capitán de la nave!>

      <Lo sé>, asentí.

      El oficial de operaciones comenzó a gritarme de nuevo pero el capitán lo detuvo alzando una mano.

      <Aristh, ¿has conseguido ponerte en contacto con la comandancia del planeta andalita durante tu estancia en la Tierra?>

      <Sí, mi capitán>, contesté respirando de alivio. Me dio la sensación de que el capitán Samilin lo comprendió.

      <¿Recibiste órdenes de ellos?>

      <Sí, mi capitán.>

      Me miró como si fuera a continuar con el interrogatorio, pero no lo hizo. Se limitó a observarme durante un buen rato y entonces, con una voz mucho más suave, añadió:

      <¿Qué le ocurrió a Elfangor?>

      <Visser Tres lo mató. En la superficie de la Tierra.>

      El capitán hizo un gesto afirmativo con la cabeza y el oficial de operaciones se quedó horrorizado.

      <¿El príncipe Elfangor es el responsable de esto? –preguntó el oficial de operaciones entre asombrado y horrorizado-. ¿El príncipe Elfangor quebrantó la Ley de la Bondad de Seerow?>

      <No quiero que esa especulación salga de esta sala –exclamó cortante el capitán-.Fue aristh Aximili quien les concedió el poder de la metamorfosis. Lo que voy a decir a continuación quiero que quede entre nosotros. Estuve bajo las órdenes del príncipe Elfangor, yo era su oficial de operaciones, y puedo asegurar que siempre que Elfangor tomaba una decisión, contaba con una razón de peso. –Me clavó la mirada y dijo-: Elfangor era mi amigo y mi príncipe, y acepto que él quebrantase la ley, pero también estoy seguro de que hizo lo correcto.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Animorphs #18: La Decisión

Capítulo 13:

      -¡Atención, pregunta! –exclamó Marco agitando la mano en lo alto como si se tratara de una urgencia.

      <¿Qué ocurre?>, le pregunté.

      -Dónde, dónde, dónde.. ¿DÓNDE DEMONIOS ESTAMOS?

      <En la enfermería de la nave de ataque andalita Ascalin.> Intenté disimular mi alegría por encontrarme entre los míos. Intuía que mis amigos humanos se hundirían al saber que se hallaban tan lejos de la Tierra.

      -¿Ascalin? ¿No es la nueva ensalada que acaba de salir al mercado? –preguntó Rachel.

      <Hemos logrado salir del espacio cero y nos dirigimos a una velocidad de espacio normal hacia el planeta Leera.>

      -¿Leera? ¿Dónde viven esas ranas videntes? ¿No es el planeta para el que los yeerks preparaban una invasión de tiburones mutados? –preguntó Cassie.

      <Sí.>

      A los yeerks no les estaba resultando fácil invadir el planeta Leera porque sus habitantes poseen facultades adivinatorias que les permiten detectar la presencia de un yeerk en el cerebro de otro. Como consecuencia, los yeerks decidieron utilizar los peces martillo como tropas de choque para invadir los mares de Leera, pero para colocar un yeerk en el cerebro de estos animales, primero debían alterarlos.

      -Pero nosotros les tiramos por tierra su plan –añadió Marco perdiendo la paciencia-. Yo estaba allí, ¿lo recordáis? Esa parte ya me la sé. Lo que quiero saber es cómo diablos hemos venido hasta aquí. Hace un minuto yo era un mosquito y en un pin, pan, pun, vuelvo a recuperar mi precioso yo, sólo que, al abrir los ojos, ¡me encuentro con la cara de un andalita preguntándome que si alguna vez he tenido cola! Casi me muero del susto, porque pensé que era el mismísimo Visser Tres.

      <Nuestra masa sobrante fue atraída por la estela de una nave que pasaba cerca. Todos están muy sorprendidos y emocionados por el avance científico que esto supone.>

      -Estupendo, ahora que lo dices, empiezo a sentirme mejor –replicó Rachel utilizando un tono que los humanos llaman <<sarcástico>>.

      -¿Cómo vamos a volver? –preguntó el príncipe Jake.

      <Nadie lo sabe. El médico y los otros científicos de la nave están investigando. Puede que haya un efecto retroactivo, pero no están seguros. Además, en estos momentos preparan el aterrizaje sobre el planeta Leera. Estamos a bordo de una nave de ataque que transporta un gran número de aparatos de ataque de tierra. La invasión yeerk sobre el planeta Leera es un secreto a voces y se avecina un combate abierto. Los yeerks cuentan con cuatro naves nodrizas en órbita, dos naves-espada y cientos de cazas-insecto, mientras que nosotros no disponemos de un tercio de sus fuerzas.>

      -A ver si lo he entendido –agregó Rachel-. De repente, nos encontramos a miles de millones de kilómetros de casa y estamos a punto de embarcarnos en una peligrosa batalla donde los buenos son uno contra tres.

      <Exacto>, corroboré.

      -¡Genial! –celebró Rachel-. ¿Qué podemos hacer para ayudar?

      -Es increíble, Rachel, tú estás enferma –dijo Marco.

      <No podéis hacer nada –informé-. Como os dije, el pájaro Kafit que utilizó Visser Tres procede de mi planeta, lo cual significa que puede que haya yeerks infiltrados en nuestro bando. Nadie puede saber vuestro secreto. Si los yeerks llegasen a averiguar quiénes sois, no sobreviviríais ni aunque lograseis regresar a la Tierra.>

      Cassie ladeó la cabeza y me miró con una especie de sonrisa triste.

      -¿Aunque lográsemos regresar a la Tierra? ¿Quiere eso decir que no vas a volver con nosotros?

      Ojalá nunca hubiera empleado esas palabras. Bastantes problemas y complicaciones tenía en la cabeza como para empezar a pensar en la separación de mis amigos humanos.

      -Ax, quiero que sepas una cosa –añadió Rachel poniendo mala cara-, que si hoy hay que repartir unas cuantas patadas a los yeerks, cuenta conmigo.

      <Hay que seguir las órdenes del capitán>, expliqué.

      -¿Quién lo dice? –preguntó Marco.

      Me sentí fatal. Una mezcla de terror y de culpabilidad me invadieron de repente.

      <Sólo soy un aristh, que equivale a un cadete, y estoy obligado a cumplir órdenes. –Miré suplicante al príncipe Jake-. Tienes que entenderlo, ahora que estoy entre los míos, ya no eres mi príncipe.>

      Me lanzaron una mirada que no me gustó demasiado.

      El príncipe Jake aparentó tranquilidad, pero, a pesar de que no soy ningún experto en las expresiones faciales humanas, creo que lo que dije le había molestado.

      <Tal vez debas pararte a considerar quiénes son los tuyos>, me dijo Tobias en un susurro privado que nadie más oyó.

      <Yo no soy como tú, Tobias. No soy un nothlit, no soy una especie atrapada en el cuerpo de otro.>

      <Ya, pero tampoco creo que seas un simple aristh, y te guste o no, eres uno de los nuestros.>

      No le contesté porque sabía que mi amigo estaba equivocado.

      <El capitán –alcancé a decir a duras penas- ha ordenado que, hasta que la situación se estabilice, permanezcáis aquí, en esta sala. Por favor, no intentéis inspeccionar la nave.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 14:

      La nave Ascalin avanzó a máxima potencia hacia el planeta Leera. Por alguna razón, el capitán me había hecho llamar al puente. Parecía que deseaba tenerme cerca.

      Tal vez le preocupara que pasara tanto tiempo con los humanos. No lo sé. Lo único que os puedo asegurar es que aun aristh no le permiten, por regla general, estar en el puente.

      En comparación con otros puentes de mando, aquél era pequeño. No disponía de espacios abiertos como el de la nave cúpula, pero sí estaba cubierto de hierba firme y contaba con sensores y ordenadores de la tecnología más avanzada, que bordeaban la sala en círculo bajo la atenta mirada de media docena de guerreros.

      Para mí era un honor estar allí pero, sobre todo, resultaba emocionante. Entonces, ¿por qué no podía apartar de la cabeza la imagen de mis amigos humanos en aquella raquítica sala de enfermería? En el centro de la sala resplandecía una gran pantalla holográfica donde se apreciaba el planeta y las naves de alrededor, rojas las de los yeerks y azules y muchas menos que las nuestras.

      Si me concentraba, podía ver uno de los monitores telepáticos nuevos, que transmite datos a tu cerebro directamente. Como diría Marco, tecnología <<punta total>>.

      Después de darle muchas vueltas, llegué a la conclusión de que no tenía motivos para sentirme culpable. Cuando estaba en la Tierra, me había unido a los humanos, lo cuál había sido lo razonable. Pero en aquellos momentos había vuelto con mi gente, y mi sitio estaba con ellos. Solicite al monitor telepático al visualización de un mapa detallado de la situación en el planeta.

      El planeta Leera estaba cubierto de agua en un noventa y dos por ciento; el ocho por ciento de tierra estaba repartido en unas pocas islas desperdigadas y un continente. Ni los yeerks ni nosotros nos desenvolvemos con facilidad por debajo del agua, en donde los leerans han construidos sus ciudades, por regla general, a unos sesenta o setenta kilómetros del continente o de alguna de las islas. Aquel que consiga hacerse con el control del continente, habrá logrado dominar el planeta entero.

      <¿Qué opinas de la situación táctica, aristh Aximili?>, me preguntó el oficial de operaciones en un tono amable que me llamó la atención.

      <Bueno, no soy un experto en…>

      <Eso ya lo sabía –replicó con brusquedad-. Sólo quiero una evaluación.>

      <Sí, señor. Los yeerks dominan el espacio orbitario por encima del planeta. Diría que las condiciones les son favorables. Sin embargo, intuyo que no quieren que la guerra tenga lugar aquí arriba porque, aunque salgan ganando, puedo que tengan muchas bajas y desperfectos y que no cuenten con fuerzas para invadir y reprimir el ataque de los leerans.>

      <Comprendo. Si los yeerks temen a los leerans de allá abajo, ¿de qué sirve que nosotros nos unamos a los leerans?>

      No sabía qué contestar. El oficial de operaciones tenía toda la razón. Debí de haber sonado como un idiota. El oficial giró una de las antenas oculares hacia mí.

      <porque, como ya sabes, aristh Aximili, los yeerks opinan que especies diferentes son incapaces de organizarse a la hora de luchar. Nosotros tenemos una forma de hacer las cosas y los leerans la suya. Los yeerks están unidos bajo un único jefe; nosotros y los leerans no.>

      Me percaté de que el capitán nos observaba a los dos pensativo, con gesto contrariado.

      <Ahí tienes una lección, aristh –continuó el oficial de operaciones-. Los andalitas somos más fuertes si luchamos solos.>

      <Sí, señor.> Comprendí lo que me quería decir. Se refería a los humanos, y según como estaban las cosas, debería haber guardado silencio.

      <Sin embargo, con todos mis respetos, fuimos mis amigos humano y yo quienes impedimos que los yeerks crearan unas tropas de choque submarinas para atacar Leera. Si los yeerks contaran con esas tropas, la situación sería muy diferente.>

      Aunque el oficial de operaciones parecía furioso, no me arrepentí de haber dicho lo que pensaba, a pesar de que sabía que su respuesta iba a ….

      <¡Rayos dragón! –exclamó uno de los guerreros en el extremo norte del continente y….. ratos shredder. La batalla ha comenzado.>

      Poco después, en el centro de la sala apareció la imagen holográfica de una cabeza andalita.

      <Comandante en fuerzas, el príncipe Galuit-Enilon-Esgarrouth- anunció el oficial de operaciones-. ¡Atención!>

      Saludé como buen militar, sólo que fui el único porque todos los demás estaban demasiado concentrados en su trabajo.

      <Las acciones han comenzado en el continente- anunció con clama la cabeza holográfica-. El enemigo cuenta con un potente despliegue de fuerzas. Vamos a aplicar el plan siete cuatro. A nuestros aliados leeran: que en este día os sonría vuestro Todopoderoso Cha-Ma-Mib. A los guerreros andalitas: el pueblo espera que todos lo guerreros cumplan con su deber.>

      El Ascalin redujo la velocidad al entrar en la espesa y húmeda atmósfera de Leera.

      <Señor, ¿qué puesto de batalla debo ocupar?>, pregunté al oficial de operaciones.

      <¿El valiente aristh que ha hecho esto posible? –dijo esgrimiendo la sonrisa de un guerrero a punto de entrar en batalla-. Será mejor que no te separes de mí.>

      el capitán y él intercambiaron una mirada y una sonrisa. No sabía cómo tomármelo, si sentirme avergonzado u orgulloso. Por encima de todo, estaba asustado.

      Nos íbamos acercando progresivamente al continente. Parecía una jungla exuberante y verde como los bosques y selvas de la Tierra, pero con amplias hileras de reluciente vegetación dorada. El extremo norte del continente parecía más árido, probablemente fuera más frío. Divisamos el valle donde tenía lugar la batalla.

      <Visualización –ordenó el capitán-. Óptimo aumento.>

      El holograma que antes mostraba el espacio exterior se convirtió en una imagen real del valle, donde se veía a la perfección las fuerzas yeerks, formadas en su mayoría por hork-bajir con una reserva de taxxonitas y unos cuantos gedds, ocultos en las tierras altas de la parte oeste del valle. Habían levantado unos enormes campos de fuerza en la retaguardia para obligarnos a nosotros y a os leerans a atacar por delante.

      Nuestros cazas bombarderos terrestres se lanzaban al ataque sorteando las formaciones rocosas y los árboles que encontraban a su paso. Un ejército de leerans, casi sin protección, avanzaba a pie entre las rocas para enfrentarse cara a cara con los yeerks.

      <¿Comprendes ahora por qué los yeerks han elegido luchar aquí? –me preguntó el capitán Samilin-. Como ha dicho el oficial de operaciones, no funciona cuando dos especies diferentes luchan en el mismo bando. ¿Lo ves? No hacemos más que perder el tiempo intentando proteger a los leerans y, como consecuencia, nuestras fuerzas se debilitan.>

      <Con el Ascalin, las cosas cambiarán>, aseguró el oficial de operaciones.

      <Atención, modalidad aterrizaje –anunció un guerrero. De repente…-. ¡Capitán! ¡Fallo en el sistema guía de toma de tierra!>

      El capitán no movió un solo músculo de la cara.

      <¿Qué?>, rugió el oficial de cara al guerrero que había hablado.

      <Señor, los controles están bloqueados. ¡No puedo acceder! Intento de anulación. ¡Negativo, señor! ¡No puedo hacer nada!>

      El oficial de operaciones se acercó de un salto hasta la consola, activó campos y resonadores al tiempo que se concentraba para comunicarse telepáticamente con el sistema.

      <¡Capitán! –exclamó volviéndose horrorizado hacia el capitán-. Vamos a aterrizar detrás de las líneas yeerks. ¡No tenemos ninguna esperanza!>

      El capitán avanzó con calma hacia el oficial y entonces…¡FAAPP! Chasqueó la cola rápido como un rayo y le cortó d cuajo la cola al oficial, que cayó al suelo retorciéndose.

      Todos los guerreros allí presentes se quedaron paralizados ante semejante reacción.

      El capitán sacó su pistola shredder y disparó.

      ¡SSIIIIUUMMM! ¡SSIIIIUUMMM!

      Los guerreros caían inconstantes uno detrás de otro. La sala hervía con el calor de los rayos, y la electricidad estática chisporroteaba y danzaba en llamaradas azules que no hacían distinción entre cuerpos y máquinas. El malherido y horrorizado oficial de operaciones, Harelin, no había muerto, pero había quedado inutilizado para siempre, consciente de que había dejado de representar un peligro, lo cual supone la muerte para un andalita.

      <Ah, mi buen aristh –dijo el capitán apuntándome con la pistola shredder y quitándole el arma al oficial-. No padezcas, no voy a hacerte daño. Visser Cuatro se enfadaría mucho si hiriese a las criaturas que tantos problemas le han estado causando en la Tierra. Visser Tres y Visser Cuatro son muy buenos amigos, así que no te preocupes. Todo terminará muy pronto; enseguida estaréis en el imperio yeerks.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 15:

      Me quedé paralizado, como si me hubieran clavado al suelo. ¡Aquello no podía ser verdad! ¿El capitán de una nave andalita traidor?

      ¿Y si fuera un controlador?

      Nadie se movió. El ordenador guió la nave hasta hacerla descender y avanzar unos metros a poca distancia del suelo rocoso. En tan sólo unos segundos tocaríamos tierra.

      El oficial Harelin perdía sangre a borbotones por la cola sesgada, pero yo sabía que antes prefería morir a vivir sin ella.

      ¡Los humanos! Me acordé de golpe, como si hubiera recibido el fogonazo de una pistola dragón. Mis amigos seguían en la enfermería, sólo que el capitán conocía su secreto y, en cuestión de segundos, todo el imperio yeerk lo sabría. Las noticias volarían hasta Visser Tres y jamás podrían regresar a su casa.

      La Tierra, igual que Leera, caerá en poco tiempo en manos de los yeerks.

      <¡Príncipe Jake! ¡Tobias! ¡Cassie! ¡Marco! ¡Rachel! –exclamé por telepatía-. Si alguno me oye, ¡huid! ¡El capitán es un…!>

      <El capitán es una sabandija>, completó la voz de Marco alto y fuerte.

      <¿Qué? ¿Dónde estáis?>

      <Oh, cielos, Ax, ¿no creerías que nos íbamos a quedar cruzados de brazos como buenos chicos? –añadió Rachel-. Lo siento.>

      <Ax, estamos en el puente –informó el príncipe Jake-. Hemos visto lo que ha pasado. Bueno, ver es un decir porque con esta forma que tenemos…>

      <Príncipe Jake, ¡Hay que detener al capitán Samilin ahora mismo!>

      <No podemos –añadió Cassie-. No nos daría tiempo a transformarnos, pero da la casualidad de que estoy sobre el capitán y, desde luego, puedo distraerlo.>

      El Ascalin casi estaba tocando tierra. A través de la ventana frontal aparecieron filas y filas de hork-bajir armados hasta los dientes alrededor de la zona de aterrizaje.

      <Adelante, Cassie –ordené-. Distráelo. Yo me encargaré del resto. ¡Disponemos de segundos!>

      Me quedé mirando fijamente hasta distinguir una pulga diminuta que iba aumentando de tamaño sobre el lomo del capitán adoptando unas formas extrañas que se retorcían.

      <¿Qué demonios…?>, gritó el capitán sorprendido.

      ¡FAAPP! Chasqueé la cola y, como si se tratara de un látigo, apunté hacia el cuello de Samilin.

      Aquella bestia reaccionó a tiempo, retrocedió y evitó el golpe. Conseguí rozarle en la parte superior de la pata delantera derecha. De repente, por toda la sala, moscas y cucarachas, que nadie había notado antes, empezaron a crecer.

      El capitán desenfundó el arma y, cuando estaba a punto de dispararme, volví a atacar.

      ¡FAAPP! La pistola shredder salió volando de sus manos y cruzó al sala.

      El capitán y yo nos enfrentamos, cola con cola. Nos miramos fijamente, temblando con la energía que despedíamos y concentrados en la situación, aguardando la señal que dispararía el golpe de cola mortal.

      En aquel instante me vino un flash de la escena con Visser Tres. Aquélla era la segunda vez que me enfrentaba cara a cara con el enemigo, y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.

      ¡SSIIIUUMMM! ¡El oficial de operaciones Harelin había disparado tras apoderarse del arma que se le había caído a Samilin! El capitán vibró, y con un gesto de horror en el rostro, desapareció.

      <¡Ordenador! –gritó el oficial-. ¡Emergencia! ¡Activación de controles manuales!>

      ¡BAM! ¡Demasiado tarde! La nave había tocado tierra. El impacto fue tan fuerte que perdí el equilibrio. Mis amigos, que ya habían recuperado sus cuerpos humanos, rodaron por el suelo. Sólo el oficial de operaciones logró permanecer en pie.

      <¡Ordenador, despegue de emergencia!>

      <No se puede proceder –respondió la voz del sistema –debido a un fallo de motor grave.>

      <Humanos, ¡transformaos de nuevo! –ordenó Harelin girándose hacia nosotros-. La única forma de escapar de aquí es volviéndose invisible. ¡Tú también, aristh!>

      <¡No pienso huir!>

      <Es una orden, aristh Aximili-Esgarrouth-Isthill. Escaparás con los humanos y os presentaréis ante el comandante para contarle lo sucedido.>

      <Pero…>

      <¿Acaso no sabes lo que es una orden?>, gritó el oficial.

      <Sí, señor.>

      <Transformaos en un ser diminuto; os lanzaré por la salida de emergencia. Alejaos de la nave todo lo que podáis. No tenéis mucho tiempo. ¿Me habéis entendido?>

      Adiviné sus intenciones. Harelin no tenía elección. No podía entregarse a los yeerks y no estaba dispuesto a que capturasen a los andalitas a bordo de la nave. No había forma de escapar de aquella trampa.

      <Príncipe Jake, debemos transformarnos en algo pequeño. Um… ¡moscas! Sí, nos convertiremos en moscas y volaremos hacia el techo. Por allí hay una trampilla de salida.>

      Rachel me miraba con desdén; después dirigió la vista hacia el príncipe Jake.

      -¿Qué vamos a hacer? –preguntó.

      -Lo que nos ha dicho- contestó el príncipe Jake-. ¡Vamos!

      Me concentré en el insecto. Esperaba ver la cara de horror o de asombro del oficial al contemplar los cambios de aquel bicho espantoso. Incluso en la Tierra está considerada como una criatura horrible.

      Sin embargo, el oficial no prestó ninguna atención. Había perdido tanta sangre que se tambaleaba y al mismo tiempo intentaba lanzar un mensaje a toda la nave.

      <A todos los guerreros y tripulación del Ascalin. El capitán ha muerto. Estamos rodeados. No hay forma de escapar. Debemos infligir todo el daño que podamos a los yeerks. Dentro de tres minutos empezaré a disparar todas las armas de la nave y el efecto retroactivo del shredder hará saltar la nave en pedazos.>

      Se detuvo unos segundos para digerirlo.

      <Llevad a cabo el ritual de la muerte, amigos míos. Gracias por vuestro servicio en esta nave. Vais a morir sirviendo a vuestro pueblo, en defensa de la libertad.>

      Comencé a disminuir de tamaño. El suelo parecía crecer con rapidez. Me salieron patas y antenas de insecto pero, como seguía siendo un andalita, no podía evitar oír al resto de mis compañeros recitar el ritual de la muerte, así que me uní a ellos.

      <Soy el sirviente de mi pueblo –recité. De haber tenido cabeza, la hubiera inclinado-. Obedezco a mi príncipe.>

      Sabía que, por toda la nave, mis compañeros levantaban la cabeza.

      <Sirvo al honor –pronuncié y oí el eco de fuertes voces-. Mi vida no me pertenece cuando mi pueblo la necesita. Pongo mi vida al servicio de mi pueblo, de mi Príncipe y del honor.>

      estiré las aptas de mosca y activé las alas hasta acercarme a la trampilla de salida. Nunca me había sentido peor en toda mi vida. Mientras muchos compañeros iban a morir, yo permanecía con vida.

      <¿Aristh?>, alcanzó a decir a duras penas el oficial de operaciones.

      <¿Sí?>

      <Tal vez estaba equivocado. Quizá razas diferentes unidas posean más fuerza. Ve con los humanos y demuestra que estaba equivocado.>

      La trampilla se abrió de golpe antes de que pudiera responder y una ráfaga de aire me lanzó al atardecer del planeta Leera.

      <Jake…, príncipe Jake –dije-, debemos alejarnos todo cuanto podamos.>

      Nos dejamos arrastrar por el aire. Cuando el Ascalin explotó ya estábamos lo bastante lejos del fogonazo. Habíamos conseguido escapar y alejarnos para siempre de los gemidos de cientos de héroes moribundos.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 16:

      <Muy bien, y ahora ¿qué?>, preguntó Rachel.

      No sabía qué responder, ni siquiera era capaz de pensar. No paraba de darle vueltas a todo aquel asunto. El capitán de una nave andalita convertido en traidor. Me resultaba imposible de creer, y cuanto más pensaba en ello más seguro estaba de que no podía haber sido un controlador.

      El Ascalin llevaba semanas en el espacio. Para que un yeerk hubiera sobrevivido en el cerebro del capitán, habría necesitado absorber rayos kandrona y a bordo de la nave no había ningún generador portátil de rayos kandrona.

      <Te he hecho una pregunta. Ahora ¿qué?>, repitió Rachel.

      <No lo sé>, contesté.

      <Genial, si no lo sabes tú, ¿quién lo va a saber? –inquirió-. ¿Qué vamos a hacer? ¿Volar como si nada hasta encontrar un contenedor lleno de sabrosa fruta podrida? Venga ya, necesitamos un plan.>

      <Yo… yo… no sé qué hacer.>

      <Hay que encontrar la forma de regresar a casa –opinó Marco-. Gracias al buen capitán estamos metidos en un lío. Jamás pensé que los poderosos andalitas hiciesen cosas como ésas. Yo creía que sólo nosotros, los primitivos y embobados humanos, nos vendíamos a los malos.>

      <¿Qué os parece si dejáis en paz a Ax?>, sugirió Tobias.

      <Sí, claro, pobrecito Ax –se burló Rachel-. Nos deja en manos del gran capitán en menos que canta un gallo y resulta que el señor es un traidor. Vaya, ¡qué corte!>

      <Rachel, no es justo que hables así>, replicó Cassie.

      <¿Justo? ¿Justo? –gritó Marco-. De no haber sido porque pasamos olímpicamente de Ax y de su preciado capitán, ahora mimo Ax estaría muerto junto con…>

      <¡Pues ojalá hubiera sido así! –exclamé-. Ojalá me hubiera quedado con ellos. Hubiera preferido morir.>

      No era mi intención decir aquello, en realidad, no lo sentía así. Aunque me sentía fatal por todo lo que había ocurrido, quería seguir viviendo.

      <Vale, ¡a callar! –ordenó el príncipe Jake-. Lo que ha sucedido en la nave ha sido terrible. Ha muerto mucha gente y todos estamos un poco alterados, así que vamos a tranquilizarnos.>

      Aguardó unos segundos antes de continuar.

      <Esto es lo que haremos: seguiremos volando hasta agotar las dos horas. Con este cuerpo casi no avanzamos por mucha brisa que haya, pero debemos alejarnos todo cuanto podamos.>

      Volábamos en silencio, contemplando a través de los ojos compuestos de la mosca el extraño planeta que se extendía por debajo de nosotros, del que apenas nos llegaban ruidos, y los olores que percibíamos nos resultaban ajenos. Estábamos solos con nuestros pensamientos. Al cabo de un rato, casi deseé que empezaran los gritos y las acusaciones.

      Resulta terrible ser consciente de que eres uno de los pocos que ha logrado salir con vida en medio de tantas muertes porque, no importa lo que hagas, siempre te vuelve la misma idea a la cabeza: me alegro de que no me hubiese tocado a mí.

      Nos posamos entre un cúmulo de piedras para que nos vieran cómo nos transformábamos. De lo que recordaba del monitor del Ascalin, nos mostrábamos en tierra de nadie entre las fuerzas yeerk y las andalitas En cualquier momento podrían barrernos.

      -Muy bien, ya estoy tranquila –anunció Rachel en cuanto recuperó su cuerpo humano-, pero sigo teniendo la misma pregunta, ¿ahora qué?

      -¿Qué tal si Tobias va a echar un vistazo? –me consultó el príncipe Jake.

      <No lo sé>, contesté.

      El príncipe Jake me miró con ojos contraídos y ejerciendo una ligera presión en los labios. Si no me equivoco, aquella expresión indicaba <<molestia>>.

      -Tobias, ve a echar un vistazo rápido –ordenó el príncipe Jake. Tobias levantó el vuelo al tiempo que el príncipe Jake me miraba-. Y ahora, Ax, escúchame. Sé que te sientes fatal, por varias razones seguramente, pero eso no te deja fuera del juego.

      <¿Qué juego?>

      -Mira, los andalitas y los yeerks andas a tiros. Nosotros somos los únicos humanos en esta guerra y tal vez tú no seas un gran experto, pero sabes más que nosotros, así que espabila.

      Tobias planeó en círculos y descendió enseguida con los ánimos por los suelos.

      <Por allí se acercan a buen paso unos mil hork-bajir armados hasta los dientes. Cubriendo su retaguardia, una especie de escuadrón de platillos volantes a unos trescientos metros del suelo no dejan de disparar rayos dragón. Por detrás avanzan los taxxonitas. Por el otro lado, hay dos docenas de naves andalitas a poca altura del suelo, y un ejército de tierra de unos cien andalitas violentos. Puede que me equivoque, pero dudo que esta vez ganen los buenos.>

      <Deberíamos intentar alcanzar a las fuerzas andalitas>, propuse.

      -¿Para qué? ¿Para dar con otro andalita traidor? –soltó Rachel con brusquedad.

      Antes de poder controlarme, chasqueé la cola y la amenacé con ella en la garganta.

      -¿Qué pasa, Ax? –me preguntó clavándome sus ojos azules y fríos de humano-. La verdad ofende, ¿no? Nos dejaste tirados por tu querido capitán. ¿Qué pasa si nos topamos con más andalitas? ¿Nos vas a mandar que nos sentemos en un rincón y que seamos niños buenos mientras tú vas hacerle la pelota al andalita de turno?

      Retiré la cola al instante, horrorizado ante mi reacción y poco a poco conseguí calmarme. Rachel tenía razón.

      <Cometí un error confiando en el capitán Samilin y apartándoos de mi lado. Me habéis… me habéis cuidado y habéis sido mis amigos durante mucho tiempo. Todo lo que puedo decir es que nadie se imagina lo duro que resulta estar desconectado por completo de tu propia gente.>

      <Yo sí>, matizó Tobias.

      <Todo lo que puedo decir es que lo siento y que, a partir de ahora, Jake será mi príncipe hasta que él diga lo contrario. –Me giré hacia él-. Seguirás siendo mi príncipe hasta que digas lo contrario.>

      Por una vez no dijo aquello de <<no me llames príncipe>>.

      -De acuerdo –replicó-. Sólo quiero saber una cosa: ¿hay alguien en el bando andalita del que podamos fiarnos con total seguridad?

      Aquellas palabras me dolieron profundamente; acabaron por minar el poco orgullo que me quedaba.

      <El comandante. De ser un espía yeerk, esta batalla se habría perdido hace tiempo.>

      -Pues a mí me parece que está bastante perdida –replicó Marco sin contemplaciones.

      <El comandante en fuerzas, el príncipe Galuit-Enilon-Esgarrouth, perdió su familia entera en una emboscada yeerk. Perdió a su mujer y a sus tres hijos. Prefirieron morir antes que ser capturados. Sus cuerpos sirvieron de alimento a los taxxonitas. Podemos confiar en él. –Dejé escapar un suspiro-. Por seguridad, será mejor no fiarnos de nadie más.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

 

Capítulo 17:

      No parecía tan difícil. Se trataba sólo de llegar hasta las fuerzas andalitas y, sin embargo, era muy peligroso porque los guerreros estarían armados hasta los dientes, nerviosos y furiosos.

      <El dispositivo automático de defensa disparará contra el objetivo o persona que se acerque demasiado por el aire –advertí-. No respetará nada. Los sensores detectarán y dispararán contra todo aquello que vuele a unos cuantos metros del suelo.>

      -El terreno es demasiado abrupto. Será difícil avanzar –consideró Cassie-. Además está anocheciendo. Podíamos convertirnos en pájaros más pequeños, en gaviota, por ejemplo. ¡No! ¡Ya lo tengo! ¡En murciélagos! No son tan rápidos pero son ágiles y con la ecolocación podemos volar cerca del suelo incluso en la oscuridad.

      -¡Vamos allá! –exclamó Marco con una alegría desmedida que no venía al caso.

      -Está bien, escuchad con atención: nos transformamos y volamos a ras de suelo –indicó Jake-. Una vez dentro de las líneas andalitas, intentamos buscar al famoso príncipe Galuit. –Volvió la cabeza hacia mí-. Pase lo que pase, no vamos a intervenir en esta batalla hasta que primero encontremos a Galuit. ¿Entendido?

      <Sí, príncipe Jake.>

      El príncipe Jake me contempló con un semblante serio.

      -No me llames príncipe –añadió esbozando una sonrisa.

      <Sí, príncipe Jake.>

      Como ya me había convertido en muchos animales voladores como el mosquito, el murciélago y otros, la metamorfosis no me resultaría violenta. Además, el murciélago tiene pelo, lo cual encuentro confortante, a pesar de ser marrón oscuro, muy diferente al mío azul.

      Sin embargo, estos bichos son inútiles cuando están en el suelo. Sus patas son achaparradas y torpes, y sus brazos o patas delanteras, no estoy seguro, se encuentran unidos a unas alas de cuero, que les impide correr, algo muy extraño para un andalita.

      Me hice una imagen mental del extraño animal procedente del planeta Tierra, a miles de kilómetros de distancia de allí. Empecé a encoger. La sensación era como de caída, como si me precipitara hacia el interior de una de las tantas burbujas que componían la roca volcánica por debajo de mí.

      Mis patas delanteras desaparecieron y me quedé prácticamente postrado de bruces contra la roca. La afilada hoja de mi cola se arrugó como una hoja al quemarse, y enseguida se extendió al resto de la cola.

      En esos momentos me vino a la mente la imagen del oficial de operaciones después de que el capitán le hubiese sesgado la cola de un tajo. Al principio pensé que Harelin era como la mayoría de los oficiales más mayores, con muchos prejuicios y arrogante, y, sin embargo, resultó ser el verdadero andalita. Había muerto como un héroe.

      Mis patas traseras empezaron a menguar al mismo tiempo y de forma simétrica. Cuando eran bastante pequeñas, unas uñas diminutas sustituyeron mis pezuñas.

      Mis brazos se desplazaron hacia atrás y giraron unos cuantos grados. Mis dedos se estiraron respecto al reto del brazo, que disminuía de tamaño. Me empezó a salir la piel en pliegues sueltos de color gris primero y después negro. Me colgaba de los brazos como si llevara ropa humana muy holgada.

      La ropa es un tejido plegable que utilizan los humanos para cubrirse el cuerpo, a veces como protección para el frío, pero sobre todo porque, según creo, los humanos consideran inaceptable su cuerpo. Es comprensible, pero se equivocan de partes. No hay nada más feo que la nariz humana.

      La piel suelta empezó a ajustarse hasta convertirse en alas. Mis orejas aumentaron de tamaño y, por supuesto, como la mayoría de las criaturas terrestres, me creció la boca.

      Veía bastante bien, no tanto como un ave rapaz pero casi igual que un humano. Sin embargo, la cualidad más notable de los murciélagos es que cuentan con la facultad de disparar una serie de sonidos ultrasónicos que rebotan en los objetos sólidos y conforman una imagen de los mismos que llega de vuelta al murciélago.

      El sol de Leera se estaba poniendo con rapidez. Los ojos del animal hacían esfuerzos por ver, aunque contaba con una imagen perfectamente clara de las rocas de mi alrededor.

      <Muy bien, vamos a buscar al andalita>, dijo Marco.

      Agité las alas y levanté el vuelo junto con mis amigos humanos, una vez más. Me sentí como en casa. A pesar de la ira del príncipe Jake, del desprecio de Marco y del recelo declarado de Rachel, me sentía parte del grupo.

      Por alguna razón, en aquellos instantes, con las imágenes frescas de la muerte a bordo del Ascalin, me veía lejos de todo aquello, como si perteneciera a otro cuerpo, me veía saboreando los deliciosos bollos de canela.

      Añoraba la Tierra.

      El capitán Samilin se había vendido a los yeerks. ¿Estaría yo haciendo lo mismo con los humanos?

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 18:

      A medida que avanzaba, iba disparando ondas de ecolocación a tan sólo unos centímetros por encima de las piedras, las cuales me devolvían un paisaje que parecía dibujado a trazos, con unos contrastes de filos claros y oscuros, y superficies garabateadas por encima.

      Me lancé por entre las piedras en una sucesión de movimientos rápidos y repentinos que me permitían sortear a izquierda y derecha aquellas piedras que se interponían en mi camino.

      <¡Esto es de locos!>, gritó Marco.

      Ésa es una expresión que, utilizada por marco, puede significar varias cosas, <<ridículo>> o <<divertido>>. Creo que en aquel momento significaba lo segundo, porque a pesar de ser una locura, resultaba emocionante.

      <¡Yuu-huu!>, exclamó Rachel y, acto seguido, soltó su característica risotada salvaje y peligrosa.

      Enseguida se convirtió en una diversión arriesgada: jugábamos a quién era capaz de acercarse más a los filos recortados de las rocas sin destrozarse en el intento un ala o uno de los frágiles huesos del murciélago.

      Aquel reto me hizo olvidar por un rato los pensamientos oscuros que ensombrecían mi mente.

      Poco después, el oído sensible del animal, capaz de percibir los ecos de la ecolocación hipersónica, captó un sonido nuevo, una especie de zumbido que se iba haciendo más rotundo según nos acercábamos.

      <Príncipe Jake, si no me equivoco, eso que oímos son los sensores andalitas>, informé.

      <¿De verdad? –se extrañó Cassie-. Suena a música.>

      Seguimos volando, rozándonos de vez en cuando con el saliente de alguna piedra. De repente…

      <¡Cuidado! ¡Elevaos! ¡Arriba!>, gritó Cassie, que liberaba la incursión.

      ¡SSIIIIUUMMMM! Las explosiones de rayos dragón y shredders resultaban ensordecedoras. Las ráfagas cegaban los ojos de los murciélagos. Al menos, veinte hork-bajir se enfrentaban a un grupo de tres andalitas y dos leerans. La lucha era encarnizada y no tardaría mucho en acabar.

      Aquello iba a ser una matanza, pero el príncipe Jake nos había ordenado que nos mantuviéramos al margen y no estaba dispuesto a decepcionarlo de nuevo.

      Una falange de taxxonitas avanzó hacia los andalitas heridos para acabar de rematarlos.

      <Jake, deberíamos hacer algo>, dijo Cassie para mi sorpresa.

      <¿No os he dicho ya que no vamos a tomar parte en esto?>, preguntó Jake.

      <Sí –contestó Tobias-, pero ¿qué e lo que en realidad vamos a hacer?>

      El príncipe Jake vaciló y, acto seguido, dijo:

      <Muy bien, vamos a echarles un cable. Aterrizad, adoptad vuestras formas naturales y transformaos de nuevo. ¡Rápido!>

      De repente…

      ¡BUUUMM! Demasiado tarde. Antes de que pudiéramos aterrizar, la totalidad de la cuenta cuenca de piedra donde estaban los andalitas y los leerans estalló.

      La onda expansiva me lanzó por los aire. Aterricé sobre mi espalda, medio inconsciente, sordo y con los ojos inundados de sangre. Oí el rumor del caza de ataque terrestre cuando pasó a mi lado y el clamor ronco de los hork-bajir celebrando la victoria.

      A punto estuvo de pisarme una desmesurada zarpa de afiladas garras de hork-bajir que salió en estampida, ignorándome por completo; al fin y al cabo sólo era una diminuta criatura herida en el ala. Aquellos monstruos de cuchillas disparaban incesantes sus pistolas de rayos. Dragón al tiempo que lanzaban gritos de júbilo.

      No se oía ninguna respuesta de shredders andalitas. Las fuerzas yeerk iban ganando terreno; habían conseguido romper el frente andalita.

      <¡Príncipe Jake! –llamé-. ¡Tobias!>

      <¡Levantad el vuelo! –ordenó el príncipe Jake-. ¡Arriba! ¡Si todavía os quedan fuerzas! ¡Levantad el vuelo!>

      Hice acopio de fuerzas y conseguí elevarme. Un segundo después un batallón de taxxonitas barrió la zona.

      Los taxxonitas son unos descomunales gusanos muy alargados. Se parecen a los ciempiés del planeta Tierra, sólo que mucho más grandes. En un estado de hambruna permanente y desquiciada, se comen todo lo que encuentran a su paso, ya esté vivo o muerto. Son capaces de comerse a sus propios hermanos, muertos o heridos.

      Sorteé de milagro la boca abierta y mendigante de uno de ellos, y en ese instante capté con claridad a otro murciélago a sólo unos centímetros por encima de mí cuando, de golpe, lo perdí de vista. Había desaparecido.

      <¿Dónde está Tobias?>, preguntó Rachel.

      <¡Tobias! –grité-. ¡Se ha esfumado!>

      <¿Qué quieres decir con que se ha esfumado?>, preguntó el príncipe Jake.

      <Lo tenía encima cuando, de golpe, desapareció.>

      Desde la altura a la que nos encontrábamos, unos seis metros del suelo aproximadamente, se apreciaba bien el campo de batalla. La línea de los hork-bajir nos había sobrepasado un buen trecho, y los taxxonitas arrastraban sus cuerpos por el oscuro paisaje.

      Habían acabado con todos los andalitas de los alrededores y no pude evitar comparar la disposición estratégica de las fuerzas que mostraba el monitor del Ascalin con la situación real de aquel momento.

      <Hemos perdido –susurré para mis adentros, inseguro de si mis compañeros lo habían oído-. Hemos perdido.>

      Entonces, vi confirmados mis temores. Se activaron unos motores y una docena o más de naves andalitas despegó de la superficie del planeta Leera para ponerse a salvo

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 19:

      Tras recuperar nuestras formas naturales, permanecimos inmóviles entre los desechos pestilentes que los taxxonitas sembraron a su paso. Tobias seguía sin aparecer.

      A Rachel le dio por llorar y gritar de rabia. Marco estaba sentado en silencio. Cassie no se soltaba del príncipe Jake, quien, a su vez, tiraba de ella porque no podía dejar de moverse mientras se atormentaba con frases del tipo, <<qué debería haber hecho>> o <<qué podría haber hecho>>.

      Yo me mantuve al margen. No podía evitar sentirme culpable. Me habían humillado y sentía asco de mí mismo. Había rechazado a mis amigos para confiar en mis compatriotas y ¿qué había conseguido? Uno de los míos nos había traicionado y los demás… En fin, estaba convencido de que habían hecho todo cuando había estado en sus manos, pero habían perdido.

      Se repetía la historia; igual que perdimos la guerra en el planeta de los hork-bajir, habíamos perdido en Leera y, como consecuencia, los leerans quedaban condenados a servir a los yeerks.

      Los leerans son una raza de anfibios, es decir, pueden desenvolverse tanto en el agua como en la tierra, aunque construyen sus ciudades bajo el agua. Poseen unos poderes mentales que, si bien limitados, son asombrosos porque pueden ver el interior de la mente. ¿Qué pasará cuando los yeerks dominen la mente de los leerans? Pues que conocerán el pasado y sabrán de inmediato quién posee un yeerk en el cerebro. Nadie podrá engañarlos al menos durante algún tiempo. Además, imaginaos por un momento qué pasaría si trajesen a los controladores leeran a la Tierra: descubrirían el secreto de los animorphs, si que es que éstos consiguen regresar a su planeta alguna vez.

      -Ax –dijo Cassie en un susurro sacándome de mis oscuros pensamientos-, m parece que Jake no quiere volver a repetirte la pregunta. Dinos, ¿qué vamos a hacer?

      <No lo sé. Hemos perdido. Nos halamos en un planeta extraño que muy pronto estará dominado por los yeerks. Hemos fracasado, e igual que fallamos con los hork-bajir hemos fallado ahora con los leerans y muy pronto con los humanos.>

      Mientras tanto, en la distancia, por detrás de Cassie, unos destellos rojos descendentes indicaban la llegada de docenas de naves yeerks con tropas de ocupación, que pronto sembrarían el continente de una guarnición inamovible de fuerzas yeerks.

      -¿Qué más sabes de los leerans? –me preguntó Cassie.

      <No sé mucho más que tú –contesté encogiéndome de hombros-. Son anfibios que viven la mayor parte de su vida en el mar. Originariamente, supongo que salían a la tierra a poner sus huevos. Ahora imagino que su tecnología les permite hacerlo en sus ciudades submarinas.>

      -Entonces, ¿por qué les importa lo que pase en la superficie?

      <En realidad no les importa. El problema fundamental es que los yeerks utilicen el continente como una base para atacar las ciudades submarinas. Aparte de eso, no creo que a los leerans les preocupe lo más mínimo… ¡Espera un momento!> Me quedé sin habla de golpe. ¡Claro! Eso era lo que había hecho Galuit.

      -¿Qué? ¿Qué pasa?

      <¡Príncipe Jake!>, exclamé.

      -¿Sí?

      <Debemos ir al mar. Si no me equivoco, los andalitas se habrán dirigido hacia las ciudades leerans. ¡No importa! ¡No podemos perder tiempo!>

      -¿Por qué?

      <Príncipe Jake –vacilé unos segundos-, Jake… debes confiar en mí. No podemos seguir en tierra. Hay que llegar al agua.>

      El líder me miró durante unos instantes que me parecieron eternos y al final accedió.

      -De acuerdo, confío en ti.

      <Una cosa más añadí., Si por alguna razón los yeerks nos atrapasen y me quisieran vivo, no debes permitírselo. Quiero que me prometas que primero me destruirás.>

      -¿Qué? ¿Por qué?

      <Porque creo que sé lo que va a suceder. Si estuviera en lo cierto, ésta se convertirá en la victoria más importante en la historia andalita. No voy a permitir que esa información caiga en manos de los yeerks. Cueste lo que cueste y pase lo que pase.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 20:

      Aunque el continente no era muy grande, nos llevó toda la noche llegar hasta la costa. Nos transformamos empajaros y cubrimos la distancia por el aire, paramos minutos antes de que se cumpliera el límite de las dos horas. Durante todo el viaje, me obsesionaba la idea de no llegar a tiempo.

      Por debajo se extendía un paisaje de carnicería reciente: bombarderos calcinados, cazas andalitas y cazas-insecto yeerks destrozados.

      Al amanecer, distinguí un hilillo de humo procedente de una nave andalita de ataque de tierra que había ido a chocar contra una nave yeerk. El impacto había sido tan fuerte que resultaba imposible ver dónde empezaba una y dónde la otra. Por fin divisamos el mar en al distancia, una mancha interminable d un azul intenso, mucho más potente y luminoso que los mares de la Tierra, por lo general de color cenizo.

      Examiné la enorme superficie en busca de alguna señal indicativa. Recorrí con la vista la línea de la costa para descubrir un punto que me resultase familiar de lo poco que recordaba del mapa holográfico. Sin embargo, todo esfuerzo resultó inútil. No había más que kilómetros infinitos de aguas pantanosas poco profundas donde crecían juncos y cañas y unos extraños árboles de color amarillo que se mecían con el vaivén del agua.

      <¡Qué grande! –dijo Rachel-. ¿Cómo vamos a…?>

      <¿Cómo vamos a qué?>, preguntó el príncipe Jake.

      Tardamos unos segundos en percatarnos de que Rachel se había esfumado.

      <¡Rachel! –gritó Cassie-. ¡Rachel!>

      Inspeccionamos el cielo de cabo a rabo. Nada, ni con nuestros poderosos ojos de ave rapaz fuimos capaces de localizarla.

      <¿Qué ocurre? –preguntó Marco, furioso porque estaba asustado-. Estaba aquí hace un segundo. ¡Estaba hablando!>

      <Ax, ¿qué está ocurriendo –inquirió el príncipe Jake-. Primero Tobias y ahora Rachel.>

      <No lo sé. No tengo ni idea.>

      <¿Y si le han disparado desde la superficie? –lloriqueó Cassie-. ¡Dios mío! ¡Rachel! ¡Rachel!>

      <Imposible. No ha habido ningún destello de rayos dragón –repliqué. Nada. Estaba aquí hace un momento y…¡puff!… se ha esfumado por arte de magia.>

      <Quizá haya sido alguien o algo desde la superficie –conjeturó el príncipe Jake-. Hay que largarse de aquí. ¡Al agua!>

      Plegamos las alas y nos lanzamos en picado hacia el agua. Sabía que nadie había disparado. Lo que fuese que estuviera haciendo desaparecer a mis compañeros me aterrorizaba como al que más, y no estaba dispuesto a que me atrapara a mí también.

      ¡SPLASH! Me sumergí limpiamente en el agua cálida y, acto seguido, comencé a adquirir mi cuerpo. Me impulsé hacia la superficie, con un cuerpo más de andalita que de aguilucho. El agua caló las plumas enseguida, pero por suerte no tardaron en desaparecer. A través de un feo orificio producto de la combinación de una nariz andalita y el pico absorbí una bocanada de aire. Me volví a sumergir y completé la mutación. Al salir a la superficie por segunda vez, me encontré con el príncipe Jake, Marco y Cassie pedaleando en el agua con el fin de mantenerse a flote y acbgar de transformarse.

      -¡Convertíos en delfín! –ordenó el príncipe Jake-. ¡Ax, tú transfórmate en tiburón tigre!

      -¡No! ¡Un momento! –interrumpió Cassie-. No sabemos lo que hay ahí abajo. Los yeerks eligieron los peces martillo para que poblasen estas aguas por su condición de asesinos, ¿verdad? Querían crear un ejército de controladores peces martillo que luchase en este entorno. ¿No creéis que deberíamos adoptar esa forma?

      -Bien pensado –afirmó Jake-. Vamos allá. Ah, una cosa más. Quiero que os vigiléis los unos a los otros. No queremos más desapariciones extrañas.

      Será mejor que explique cómo es uno de esos peces martillos de la Tierra. Son peces que, a través de unas membranas llamadas branquias, respiran oxígeno del agua. En la Tierra hay una gran variedad de peces. Sólo unos pocos se engloban en los llamados tiburones, grupo al que pertenece el pez martillo. Algunos tiburones son pacíficos y se alimentan de plancton. Otros son pequeños y sólo comen peces más pequeños.

      Después está el grupo de tiburones que el hombre llama <<devoradores de hombres>>. Estas criaturas son auténticas máquinas asesinas. Siempre que me imagino el cuerpo natural de un yeerk, pienso que el que se adapta a la perfección a su carácter despiadado y destructivo es el pez martillo.

      Posee unas mandíbulas con una fuerza descomunal y unos dientes afilados como cuchillas. Su piel, al estar literalmente recubierta de millones de dientecillos, es capaz de desgarrar el cuerpo de un humano con sólo rozarlo. Todo el abanico de sentidos del que dispone está orientado para conseguir una sola cosa: encontrar posibles víctimas. Su visión es excelente, al igual que su olfato. Es capaz de detectar un puñado de moléculas de sangre diluidas en miles de millones de litros de agua salada. Posee, además, un sensor de campo que detecta la energía de otros seres vivos.

      Si un científico se hubiera propuesto diseñar el depredador acuático más avanzado, el arma biológica definitiva, y el resultado hubiera sido un pez martillo, estaría orgulloso de su trabajo. Los primeros cambios no se hicieron esperar. En mi espalda me creció la aleta dorsal en forma de guadaña. Mi cola se dividió para formar la cola partida del animal. Mis antenas se desplazaron hacia los lados y configuraron la horrorosa cabeza de martillo. Los nuevos sentidos cobraron vida en mi cerebro, y me brotaron las filas de dientes aserrados y triangulares, capaces e despedazar un cuerpo u quebrar huesos.

      Entonces sentí la mente fría, clara y calculadora del animal. Me impulsé con la cola a través del agua. Jake, Cassie y Marco nadaban a mi lado y supongo que, igual que yo, se sentían poderosos. De haber estado los seis, nos hubiéramos sentido invencibles.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 21:

      <Me encantaría que Rachel y Tobias vieran esto –comentó Cassie con un tono que dejaba entrever una mezcla de asombro y amargura-. No se parece en nada al de la Tierra.>

      Cassie estaba en lo cierto. Puede que el continente fuese un lugar aburrido y sin interés, pero el fondo del mar resultaba increíble. Aunque en el fondo del mar del planeta Tierra existen unas criaturas fascinantes, la mayor parte del tiempo sólo ves el fondo arenoso a través de aguas turbias. Allí, en cambio, estábamos a unos doce metros de profundidad y veíamos con todo lujo de detalle.

      El agua era tan clara como el aire, de hecho más porque el aire de Leera está tan cargado de humedad que a veces tienes la sensación de estar respirando nubes.

      El paisaje resultaba espectacular: enormes criaturas danzaban en el agua como veleros blancos y amarillos, de forma triangular con propulsores biológicos en cada esquina, lombrices o serpientes de un azul eléctrico brillante, de unos veinte metros de longitud, se desplazaban en bancos nerviosos; una extraña criatura, que avanzaba en movimientos ascendentes y descendentes, respiraba a través de una especie de vejiga tan delgada que casi se transparentaba; un pez alucinante, con forma de tornillo, avanzaba girando sobre sí mismo.

      Lo más llamativo de todo era que el mar estaba plagado de criaturas como aquéllas. Era un auténtico hervidero.

      Unas chimeneas de roca y tierra, diseminadas por todo el fondo y recubiertas de una capa de bichitos incrustados que se revolvían en la corriente, escupían burbujas sin parar. Los sentidos del tiburón captaron la descarga eléctrica de aquellas chimeneas y el calor intenso que desprendían.

      En aquel instante, un enorme banco de brillantes lombrices azules rodeó una de las chimeneas y entonces sentí la transmisión de un flujo de energía desde la chimenea hasta las lombrices.

      <¡Fijaos en eso! –exclamó Cassie olvidando las penas-. Miles de biólogos marinos serían las personas más felices de la Tierra si pudieran estudiar una zona tan pequeña como ésta. ¡Los animales! ¡Las plantas! ¡Los… como se llamen! Ojalá supiera más. Mi madre tiene una amiga que estudia la ecología de los arrecifes de coral; apuesto a que daría un brazo por pasar una hora aquí.>

      <Las criaturas se alimentan de energía geotérmica y de la descarga eléctrica que despiden esas chimeneas –expliqué-. Puede que no haya depredadores.>

      <Sí que los hay –corrigió Marco en tono sombrío-. Los yeerks están aquí, y nosotros también. Por ahora, claro. Hasta que… <<puff>>, desaparezcamos como Rachel y Tobias.>

      Aquel comentario nos devolvió a la cruda realidad, pero a pesar del miedo, la tristeza y la desesperación, resultaba imposible pasar por alto aquel increíble paisaje.

      Avanzamos apesadumbrados por aquellas pacíficas aguas. Los yeerks habían sido muy listos al elegir los peces martillo como tropa para hacerse con el control del fondo submarino. Ninguna de aquellas extrañas criaturas poseía dientes afilados o mandíbulas asesinas. Marco tenía razón, los depredadores éramos nosotros.

      <¡Ey! ¡Mirad! ¡Abajo a la izquierda! –exclamó el príncipe Jake-. ¿no son leerans?>

      Miré hacia donde nos indicaba. En efecto, aquel se parecía al ejemplar que vimos en la Tierra en compañía de Visser Uno.

      En su mayor parte son de color amarillo. Su piel es resbaladiza, como si estuviera cubierta de cieno, aunque el tacto resulta áspero como la gravilla. Poseen unas enormes patas traseras palmeadas y, en lugar de brazos, cuatro tentáculos dispuestos alrededor de unos cuerpos regordetes con forma de barril.

      La cabeza es de unas dimensiones considerables, con una protuberancia en la parte posterior y sin cuello que la una a los hombros. La cara se prolonga hacia delante y en ella sólo se distingue una boca descomunal, de aspecto un tanto ridículo, y unos ojos saltones de un color verde tan luminoso que da la sensación de que tengan luz por dentro.

      Cuatro de ellos se acercaban hacia nosotros en motos de agua, una especie de estrechos y alargados tubos, con la punta acampanada para formar una especie de ala, y el extremo final también acampanado para una mejor maniobrabilidad. Dispuesto alrededor del ala posterior , un conjunto de tubos estrechos apuntaban hacia el exterior.

      <Probablemente quieran averiguar qué somos –añadió Cassie para quitarle hierro al asunto-. Jamás han visto nada semejante.>

      <Son los buenos de la película, ¿verdad? –preguntó Marco-. Es decir, a los que todo el mundo trata de rescatar de los yeerks.>

      <Sí, pero quizá deberíamos intentar comunicarnos con ellos. De esa forma nos podrían guiar hasta la ciudad Leeran más cercana.>

      <Hazlo>, aprobó el príncipe Jake.

      <¡Leerans! –grité yo-. ¡Soy un andalita transformado!>

      ¡Buuuummmmmmp! El arpón atravesó el agua ligeramente más despacio que una bala humana. Me aparté a la izquierda con rapidez. ¡Demasiado tarde! El arpón me agujereó la cola y siguió su viaje.

      <¡Ey!>, gritó Marco.

      <¡Soy andalita! ¡Andalita! –grité-. ¡Vuestro amigo! ¡Vuestro aliado!>

      <Aximili-Esgarrouth-Isthill y tres humanos del planeta Tierra. No sois nuestros aliados –proclamó una voz helada por telepatía que, acto seguido, se echó a reír-. Ante los poderes mentales de los leerans no hay secretos.>

      De repente el agua se convirtió en una maraña de arpones.

      Aquella vez no nos pillaron por sorpresa, aunque tampoco fuimos lo bastante rápidos. Uno de los punzantes arpones fue a clavarse en uno de mis laterales. El príncipe Jake consiguió sortearlos, pero a Cassie le dieron de lleno varias veces y a Marco dos. Borbotones de sangre de pez martillo manchaban las cristalinas aguas.

      <¡Muere, andalita! ¡Morid, humanos! –se reían los controladores leerans-. Llevaremos vuestros cadáveres ante Visser Cuatro.>

      <¡Genial! ¡Una guerra fantástica! No se sabe de parte de quién esta cada cual –se quejó Marco-. ¿Qué es esto? ¿Otro Vietnam?>

      Aunque tres de nosotros estábamos heridos, ninguno había muerto todavía o estaba inutilizado. Los arpones eran rápidos pero demasiado finos. Seguramente resultaban mortales para los leerans y otros seres de este tranquilo mar.

      <Parece que no tiene efecto>, les comuniqué a los controladores leerans.

      Nos miraron con aquellos enormes ojos verdes y parpadearon.

      <Pero… pero ¡los arpones haru-chin son mortales!>, dijo uno de ellos como si estuviera gimoteando.

      <Qué va. Tal vez lo sean aquí –observó el príncipe Jake, pero nosotros nos hemos criado en un barrio muy duro.>

      <¿Creéis que es verdad lo que dicen de las ranas? –preguntó Marco-. ¿Qué saben a pollo?>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

< Capítulo 22:

      Nos lanzamos contra los leerans. Los peces martillo tienen una velocidad de salida increíble, demasiado rápida para que a los aterrorizados yeerks de la cabeza de los leerans les diera tiempo a reaccionar.

      Estaban dando la vuelta cuando cuatro peces martillo frustrados, atemorizados y enfadados se les echaron encima.

      Los andalitas lo saben todo sobre la lucha con la cola, pero hay algo muy personal y agresivo en el ataque con la boca. Como te acercas tanto a tu víctima, primero la hueles, la tocas y después la saboreas.

      Atacamos con la bocaza abierta y, en menos que canta un gallo, los cuatro controladores abandonaron sus motos de agua y se alejaron nadando.

      Se impulsaban con sus gigantescas patas traseras, pero avanzaban despacio. Supongo que con sus poderes mentales detectaban nuestra ira, lo que, como mínimo, contribuiría a aumentar su miedo. Debía de ser horrible, pero en aquellos momentos no me importaba en absoluto, hasta que, de repente, percibí una imagen mental muy clara de alguien pidiendo ayuda de forma desesperada.

      Uno de los leerans había logrado lanzar una súplica aprovechando que el yeerk estaba demasiado atemorizado en un intento por salvar su pellejo. Aunque la imagen apareció turbia y espantosa, sabía a ciencia cierta que era real.

      <¡Príncipe Jake! ¡Muérdele la cabeza! ¡El enorme lóbulo de la parte trasera!>

      <¿Qué? –exclamó Cassie-. Ya los hemos mordido. Yo no pienso matarlos.>

      Me lancé hacia el que tenía más cerca. El yeerk acoplado en el cerebro conocía mis intenciones, pero cuando intentó apartarse a un lado, lo golpeé con la cola y lo dejé inconsciente.

      Acto seguido, le propiné un soberano mordisco en el lóbulo trasero de la cabeza y el yeerk salió a la fuerza, indefenso por completo y a merced del vaivén del agua.

      <¡Los yeerks están alojados en el lóbulo de la parte posterior de la cabeza! –grité-. ¡Arrancádselos de cuajo!>

      <¡Pero eso acabará con las vidas de los leerans!>, observó Cassie.

      No –replicó una voz extraña-. ¡Es la única forma de conseguir la libertad!

      Éramos cuatro contra tres, así que nos pusimos manos a la obra. Fue un trabajo duro pero breve; poco tiempo después, cuatro yeerks acabados se retorcían en un entorno al que no pertenecían.

      Gracias, añadieron los leerans. La telepatía no era como la nuestra. Iba más allá porque nos llegaban imágenes e ideas que después nosotros traducíamos en palabras.

      <Tendría que veros un médico –aconsejó Cassie-. Podría transformarme y…>

      No, no hace falta. La mayor parte de nuestro cuerpo se puede regenerar. Tardará un poco y nos encontraremos más débiles de lo normal, pero nos esconderemos en unas cuevas que hay por aquí para descansar. Mil gracias.

      Había pasado por docenas de situaciones extrañas, pero aquélla con cuatro leerans de color amarillo brillante sin una parte de la cabeza dándonos las gracias era, sin duda, la más extravagante de todas.

      <Debemos ir a la ciudad más cercana –informó Jake-. ¿Cuál es el camino más rápido?>

      No será nada fácil. En los últimos meses los yeerks han capturado a muchos de los nuestros y los han convertido en controladores. Antes de llegar a la ciudad Worms, os encontraréis con muchos como nosotros. Sois poderosos, pero basta con que un controlador leeran se tope con vosotros y consiga escapar para que se descubra vuestro secreto.

      <¿Cómo podríamos llegar?>, se preguntó en voz alta el príncipe Jake.

      <¡Ya lo tengo! ¡Nos transformaremos en leerans!>

      ¡Sí! –exclamaron los leerans-. Eso es, utilizad nuestras formas y desplazaos en las motos de agua. Siempre que os mantengáis lejos de otros leerans, estaréis a salvo del reconocimiento mental.

      <No nos gusta…>, empezó Cassie.

      Lo sé –continuó un leeran tras leer su pensamiento-. No os gusta transformaros en criaturas sensibles. Respetáis nuestra libertad, pero os lo ofrecemos por voluntad propia. Hemos leído la mente de Aximili, el andalita, y sabemos lo que sospecha y también sabemos que entre los andalitas hay traidores. Así que, amigos, tomad nuestro ADN para ayudarnos a liberar a nuestro pueblo de los yeerks.

      Subimos a la superficie para adoptar nuestros cuerpos naturales. Pataleábamos con fuerza para mantenernos a flote en la marejada de aquella mañana en el planeta Leera. El sol, todavía bajo en el horizonte, teñía de rubio dorado las crestas de las olas.

      Me acerqué a uno de los leerans y acaricié su piel amarillenta y resbaladiza.

      Allá donde el cielo se encuentra con el mar, un andalita, tres humanos y cuatro leerans se unen contra un enemigo común –rezó mi leeran-. Cada uno con sus debilidades y cada uno con su fuerza.

      En cierto modo, aquellas palabras me conmovieron, aunque sé que, visto desde fuera, suena ridículo. La escena de varios humanos y un andalita agitándose con torpeza al lado de unas enorme ranas de color amarillo <<videntes>>, como dice Marco, en un mundo conquistado por los yeerks, resultaría patética a ojos de cualquier yeerk que pasara por allí en aquellos momentos.

      <Un compañero andalita me dijo que no teníamos fuerza porque no estábamos unidos, porque no hablamos con una sola voz –dije-. Pero esta unión hace la fuerza.>

      <La gente libre que se une para defender la libertad hace la fuerza.>

      Aquello lo dijo Marco; por eso tal vez entendáis por qué, a pesar de sus rarezas, me gustan los humanos. Y en aquel momento también me empezaron a gustar los leerans.

      Después de que nuestros nuevos amigos se marcharan a cobijarse en las cuevas submarinas para recuperarse de sus heridas, comenzamos lo que sería la transformación más estrafalaria de cuantas habíamos hecho. La parte física resultaba extraña, pero no mucho más perturbadora que cualquiera de los cuerpos de las criaturas terrestres en las que me había convertido. Los potentes pies palmeados traseros, los cuatro tentáculos sinuosos, la cabeza sin cuello eran casi normales comparados con el cuerpo de una mosca o de una cucaracha.

      Lo asombroso era el nuevo poder mental. No sólo por el hecho de que era capaz de leer los pensamientos del príncipe Jake, de Cassie y de Marco, sino porque el conocimiento de sus secretos me hacía sentir vergüenza ajena, y eso me hacía avergonzarme de mí mismo, porque mis secretos, mis pequeñas vanidades y pretensiones estaban a su alcance.

      Marco, por ejemplo, esperaba con ansiedad recibir alguna noticia de su madre, Visser Uno. ¿Estaría en Leera? ¿Habría conseguido sobrevivir al último encuentro?

      Veía y sentía el peso aplastante de la responsabilidad del príncipe Jake, la forma de ordenar y reordenar las ideas en su cabeza una y otra vez en un intento por entender qué les había sucedido a Tobias y Rachel, y por encontrar una fórmula que protegiera a todos los demás.

      Cassie se acordaba e Rachel y Tobias y lloraba por dentro. Se cuestionaba una y otra vez si habíamos hecho lo correcto al participar en tan cruenta batalla.

      <Bien –habló Marco visiblemente incómodo-. Quiero que sepáis que todos los pensamientos que estáis leyendo en mi mente son inventados. No son reales.>

      <Los míos tampoco>, se apresuró a añadir el príncipe Jake.

      <Escuchad –intervino Cassie-, no os olvidéis que estamos transformados. Nos ha ocurrido muchas veces que la mente del animal nos ha dominado, pero por lo general hemos conseguido recuperar el control. Así que tal vez…>

      <Tal vez, como se trata de una mutación, podamos <<desconectar>> la capacidad mental de estos bichos>, completó Marco secundando la idea al cien por cien.

      Poco después, tras sentir que los demás <<cerraban>> sus mentes, desconecté la mía.

      Nos acoplamos en las motos de agua y nos lanzamos a un viaje por el fondo de un mar lleno de vid. Sin embargo, me sentía más solo que nunca.

      Supongo que a todas las especies les ocurre lo mismo: sólo se encuentran bien tal como son. Para los humanos y los andalitas, los secretos y las mentiras junto con el derecho a la intimidad son aspectos naturales.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

Capítulo 23:

      Atravesamos un anillo desperdigado de controladores leerans que vigilaban la entrada de la ciudad Worms. Por suerte, no nos detuvieron. Estábamos bastante alejados como para que pudieran leer nuestros pensamientos y, además, nos desplazábamos en motos de agua. La ciudad de los leerans se elevaba desde el fondo marino en forma de torre maravillosa, con una base de unos ciento cincuenta metros de ancho que se iba estrechando hasta alcanzar tres metros de ancho que se iba estrechando hasta alcanzar tres metros en la punta más alta, que llegaba a acariciar la barrera luminosa que separa el cielo del mar. En la parte más alta, unos ventiladores gigantescos absorbían aire para repartirlo por toda la ciudad y expulsaban sus gases.

      Aquella ciudad representaba una violación de todas las leyes lógicas, al menos en lo que se refiere a las leyes andalitas y de los humanos. Fuera del agua, los movimientos son en dos dimensiones, a izquierda y a derecha, hacia delante y hacia atrás. En el agua, arriba y abajo es como ir hacia la derecha o la izquierda.

      <Parece un enorme cucurucho de helado con millones de agujeros –declaró Cassie-. ¡Mirad! ¡Hay puertas por todas partes! ¡No hay ninguna diferencia entre ventanas y puertas!>

      el color predominante era el rosa, pero también destacaba el azul, el verde y el lila sobre grandes manchas de colores sin ningún orden aparente. Había aperturas por todas partes, leerans que entraban o salían arrastrados por la corriente submarina; otros que daban la vuelta. Más arriba o más abajo, a treinta metros por encima o a veinte por debajo. Como si se tratara de un tornado a cámara lenta, las lombrices de color azul eléctrico se deslizaban y se colaban por todos los rincones de la ciudad formando un halo espeluznante.

      En cuanto nos acercamos a la ciudad, nos percatamos de la tensión que se respiraba. Desde muchas ventanas, asomaban armas, y al abrigo de la base de la torre, flotando libremente, se distinguían dos naves que solo había visto en fotos: dos submarinos andalitas.

      <¿estarán de nuestra parte?>, preguntó Jake al divisar los submarinos.

      <Tal vez estén de las dos partes>, contestó Marco con brusquedad.

      <Son naves andalitas>, informé.

      <Vayamos a saludar>, indicó el príncipe Jake.

      Nadamos hacia los submarinos y, cuando estábamos lo bastante cerca, observamos que habían construido un túnel transparente que comunicaba los submarinos con la ciudad, por el que se apresuraban varios guerreros andalitas con la cola en posición de ataque, probablemente con la intención de resolver asuntos urgentes.

      Descendimos, filtrando el aire que contiene el agua a través de la piel leeran. Temíamos que en cualquier momento nos dispararían; sin embargo pasamos al lado de docenas de leerans que no hicieron el más mínimo movimiento para detenernos.

      <Debe de ser el poder mental –comentó Cassie-. Saben quiénes somos y por qué estamos aquí.>

      <Entonces, deben de saber a quién buscamos>, añadió el príncipe Jake.

      Para mi sorpresa, nos respondieron. Se trataba de la imagen mental de una flecha que nos indicaba la puerta por la que debíamos entrar.

      <Bueno –dijo Marco-, supongo que habrá que seguir el sendero de baldosas amarillas.>

      Entramos a la ciudad por una de las miles de ventanas. No sabía muy bien lo que esperar, pero desde luego no se parecía en nada a lo que había imaginado. La torre era sencillamente una concha en cuyo interior había unas siete u ocho, tal vez más, enormes burbujas transparentes flotantes. En cada una de ellas había niveles, unas doce plantas o más. En la parte inferior de cada burbuja se observaban diversas cavidades, algunas de las cuales parecían contener agua, otras aire. En todas las burbujas había leerans trabajando, durmiendo, viviendo. En una que contenía aire en su mayor parte, se distinguían dos docenas de andalitas en uno de sus niveles.

      Entramos a la burbuja por la parte inferior hasta alcanzar una superficie seca, en donde nos esperaban dos guerreros andalitas.

      <Transformaos –nos pidieron con amabilidad-. Los leerans nos han comunicado vuestra verdadera identidad. El comandante Galuit os espera.>

      <La humildad es algo que vosotros, andalitas, no practicáis, ¿verdad?>, preguntó Marco.

      Recuperamos nuestros cuerpos. A pesar de la alegría de volver a ser un andalita, mi nerviosismo iba en aumento.

      Le había dado mi palabra al príncipe Jake de que él y sólo él decidiría qué órdenes yo debía obedecer. Me había resultado fácil hacer esa promesa, pero ahora que íbamos a presentarnos ante el gran Galuit, las cosas no parecían tan sencillas. La sola idea de decirle no… me cortaba la respiración.

      Nos apresuramos y avanzamos dando traspiés hacia la sala donde nos esperaba Galuit, quien en lugar de aguardar se acercó hacia nosotros corriendo, flanqueado por tres guardias de seguridad andalitas de aspecto intimidador y acompañado por su ayudante, un andalita que había perdido una de las antenas oculares y media cara en una herida de guerra.

      <Aristh Aximili>, dijo Galuit obviando las presentaciones.

      <Sí, señor, yo…>

      <No hay tiempo –interrumpió haciendo un gesto de rechazo con la mano-. Pertenezco a los círculos más elevados, así que sé todo acerca de tus escapadas a la Tierra. Las tuyas y las de Elfangor, que nos ha defraudado a todos. Aunque ¡tu hermano sí que sabía luchar, por toda la galaxia! No sé cómo has llegado hasta aquí con estos humanos, pero estamos de suerte. Te necesitamos.>

      Me dio un vuelco al corazón. Primero, helecho de que Galuit conociese mi nombre me parecía algo increíble. Era como si un niño humano, que estuviera tranquilamente en casa, recibiera una llamada de teléfono del capitán general del ejército.

      Y segundo, ¡Galuit me necesitaba! ¡A mí!

      <Señor, quiero presentarle a este humano de nombre Jake.>

      <He dicho que te necesito. Ponte firme y escucha…>

      <Señor, éste es mi Jake, mi príncipe.>

      Galuit dejó la frase a medias. Los guardias examinaron incrédulos al príncipe Jake, y a continuación a Marco y a Cassie, como si ellos les pudieran dar una explicación.

      <Todo guerrero debe seguir a un príncipe, quien a su vez debe obedecer al pueblo>, expliqué.

      Galuit me miraba como si de un momento a otro fuera a atacarme con su cola.

      <Muy bien, aristh –asintió Galuit sin mover un solo gesto de la cara-. Nadie es ley sobre sí mismo. Todos debemos servir.>

      Galuit se dio la vuelta para hablar con el príncipe Jake.

      <Os necesito para preservar este planeta de los yeerks. ¿Crees que…?>

      -Sí –contestó el príncipe Jake.

      <Dices que sí sin saber lo que estoy preguntando.>

      -¿Servirá para salvar a los leerans, para que recuperen la libertad y , sobre todo, para hacer daño a los yeerks?

      <Sí, sobre todo la última cuestión. Si salvamos el planeta leera, puede que cambie la suerte de la batalla por completo y se vuelva contra los yeerks.>

      -Entonces, contad con nosotros.

      Galuit parecía sorprendido, yo diría que incluso impresionado.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis.

[b]Capítulo 24:[/b] Galuit explicó lo que quería y por qué; como yo había sospechado, les tenía preparada una trampa. Por eso le había dicho a Jake que acabara conmigo si los yeerks me atrapaban. Ante todo había que guardar el secreto. <Sabíamos que los yeerks llevarían la batalla al continente –explicó Galuit-. Y sabíamos que allí contaban con todas las probabilidades de ganarnos, con lo que ideamos un plan B. Hemos colocado una serie de bombas de cuanto por todo el continente. Nuestro plan consiste en esperar a que todas las tropas yeerks se hayan instalado en el continente para hacerlas estallar.> <Lo imaginaba>, asentí. El príncipe Jake miró de reojo y arqueó una ceja en un gesto más de reproche que de enfado. No habíamos trasladado a uno de los submarinos, que avanzaba a toda velocidad en dirección sur hacia un punto del continente. <Los leeran en realidad no necesitan el continente. Se bastan con las ciudades subacuáticas –declaró Galuit-. Hemos tenido problemas con los detonadores. Me sorprende que nuestras fuerzas fueran liquidadas tan deprisa. Con la ayuda del Ascalin, deberíamos haber sido capaces de resistir más tiempo. El detonador principal ni siquiera se llegó a activar. Dimos la señal de destrucción cientos de veces pero no hubo respuesta. Nada. Los yeerks no tardarán en descubrir la trampa que les tenemos preparada.> Vacilé. No estaba seguro de si debía contarle lo que había ocurrido en la nave. <Señor –dije tras respirar hondo-, el Ascalin no llegó a participar en la batalla.> <¿Qué?>, preguntó dirigiendo los ojos giratorios hacia mí. <El capitán Samilin era… un traidor –le aclaré-. Manipuló la nave para que aterrizara por detrás de las líneas yeerks. Murió, pero para entonces ya era demasiado tarde. Cuando la nave ya había tocado suelo, el oficial de operaciones Harelin ordenó que disparasen todas las armas. No hubo supervivientes, excepto nosotros y otros dos amigos que han desaparecido.> Galuit se vino abajo. Pareció envejecer de repente, como si de golpe se hubiera vuelto más frágil. -¿Por qué nosotros? –preguntó Marco-. ¿Por qué tenemos que ir nosotros a conectar el detonador? <Contamos con un número escaso de andalitas en el planeta y nadie dispone de tantas formas como vosotros –explicó Galuit-. Todos los guerreros andalitas poseen el poder de la metamorfosis, pero pocos adquieren formas y muchas veces ni las utilizan. Por norma general, los miembros de la inteligencia, como los espías, son los que aprovechan esta facultad. Así que creo que vosotros cuatro estáis capacitados para infiltraros en las fuerzas yeerks.> Se detuvo confundido. Miró a izquierda y derecha. <Habría jurado que hace un momento erais cuatro. ¿Dónde se ha metido el otro humano?> Se me heló la sangre por u momento. El príncipe Jake y Cassie seguían allí, pero Marco… -¡Marco! –exclamó el príncipe Jake. -¡Marco! ¡Marco! <¡Dios mío! ¡Estamos desapareciendo uno detrás de otro!>, grité horrorizado. Galuit lanzó un llamamiento por telepatía que resonó en todo el submarino. <¡Oficial científico! ¡Preséntese inmediatamente!> -¡Esto es de locos! –exclamó Cassie, con la mirada petrificada-. ¿Qué está sucediendo? ¡Estamos desapareciendo uno a uno! Un sudor frío me recorrió el cuerpo. Lo sentía enormemente por Marco y los demás, pero no hacía falta ser muy listo para saber que muy pronto nos tocaría a los demás. Estaba aterrorizado. Una cosa es enfrentarse cara a cara con un enemigo, pero algo muy diferente es esperar, sin poder hacer nada, a que una fuerza invisible te… borre del planeta. Un grupo de andalitas nos rodeó al príncipe Jake, a Cassie y a mí. El oficial científico del submarino nos examinó y tanto él como Galuit y un oficial e la contrainteligencia nos hicieron toda clase de preguntas. Al menos durante el rato que duró el interrogatorio conseguí dejar de pensar en quién iba a ser el siguiente en desaparecer. <¿Cuánto tiempo estuvisteis en el espacio cero?> <¿Estás completamente seguro de que el capitán Samilin sabía que la nave se dirigía a las líneas yeerks?> <¿Qué masa tenía la criatura terrestre en la que os transformasteis antes de ser arrastrados al espacio cero?> <¿Notaste en algún momento algo raro en el comportamiento del capitán Samilin, algún gesto de rencor o de agobio?> <¡Suficiente! –exclamó una hora después Galuit, dando por terminado el interrogatorio-. Debemos aceptar que Samilin nos traicionó. –Se volvió hacia el oficial científico-. Les has hecho cincuenta veces las mismas preguntas. Quiero la hipótesis.> <Señor, me temo que no tengo suficiente>, empezó a decir el oficial científico. <¡Por todas las galaxias! ¡Dime lo que piensas con los datos que tienes!>, ordenó Galuit. <Creo… creo que estos humanos y este aristh están atrapados en un campo de flujo residual que les atrae hacia el espacio cero. Puede que hasta les devuelva a la Tierra directamente. En mi modesta opinión, creo que lo que está ocurriendo es una especie de efecto elástico. Fueron empujados al espacio cero desde donde pasaron al espacio normal, pero una pequeña cantidad de su masa puede que continúe en la Tierra y esté actuando de ancla.> -¿Está diciendo que estamos en una especie de enorme goma elástica de espacio cero que se ha estirado hasta el máximo y ahora vuelve a su posición normal? –preguntó Jake. <Sí>, contestó el oficial científico, después de que yo le explicara en qué consistía una goma elástica. -Si les ha devuelto a la Tierra, puede que Rachel, Tobias y Marco estén vivos –añadió Cassie-, pero si han retrocedido al espacio cero, entonces… <Por los datos que me has dado, el efecto parece haberse acelerado –indicó el oficial científico-. Desapareceréis uno a uno cada vez más rápido.> <Bajo estas circunstancias, no puedo pediros que llevéis a cabo esta misión.> -Bajo estas circunstancias –añadió el príncipe Jake encogiéndose de hombros-, parece que no tenemos nada que perder.> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] <La unidad central de activación no es fácil de encontrar. Está oculta en lo que los leerans llaman <<agujero luminoso>>. El pasado volcánico del planeta formó unas descomunales burbujas bajo tierra que han permanecido incrustadas en las rocas. Como las rocas contienen un gran número de minerales y bioorganismos fosforescentes, hay luz en estos agujeros y, por tanto, vida.> -¿Qué tipo de vida? –preguntó Cassie, que jamás perdía el interés en los seres vivos. <Plantas, aparte de insectos y animales microscópicos. A este <<agujero luminoso>> en particular sólo se puede acceder de dos formas: cavando un túnel por la roca desde la superficie o bien a través de una cueva sumergida que hay subiendo un río, y en donde no se cuela un rayo de luz.> Respiramos hondo e intercambiamos una mirada. <Eso no es todo –continuó Galuit-. El río seguramente esté vigilado por controladores leeran, y en la oscura cueva viven unas serpientes que utilizan la ecolocación para atacar a todo el que se acerque por allí. Cuelgan del techo y de las paredes, pero una vez que logréis entrar en el <<agujero luminoso>> estaréis a salvo, a no ser, claro, que los yeerks hayan llegado antes.> -¿Es demasiado tarde para echarse atrás? –preguntó el príncipe Jake. Galuit adoptó un gesto de alarma. <Es humor –aclaré con rapidez-. El humor humano a menudo consiste en pretender que deseas algo que en realidad no deseas.> -¿Qué te hace pensar que no hablo en serio? –murmuró el príncipe Jake. <Más humor>, le expliqué a Galuit. El submarino nos condujo a la desembocadura del río. Era lo más cerca que podía llevarnos sin ser visto por el enemigo y poner así en peligro su seguridad. -Sabemos que el agua del mar es salada como en la Tierra –comentó Cassie-, pero ¿Y la de los ríos? <Los ríos contienen una cantidad menor de sal>, respondió uno de los oficiales. -Los peces martillo necesitan agua salada –declaró Cassie moviendo la cabeza a un lado y al otro-. No sé cómo reaccionarían al agua dulce. No lo sé, pero supongo que aun así es la mejor forma que podemos adoptar para desplazarnos con rapidez y detener cualquier ataque posible. <Buena suerte –nos deseó Galuit-. La libertad de este planeta está en vuestras colar, o… lo que sea equivalente en términos humanos.> -Hombros –corrigió Cassie. -Siempre que no haya demasiado peso –puntualizó el príncipe Jake. <Humor humano, ¿verdad?>, preguntó Galuit. -Sumado a un poquito de miedo –puntualizó Jake, y después se echó a reír. Cinco minutos después remontábamos el río, cortando el agua con nuestra aleta dorsal. <Esto puede ser emocionante>, anunció Jake en un tono sombrío. <Huelo a leerans –informé-. Un poco más arriba.> <Sí –confirmó Cassie-. ¿Buenos o malos? Ésa es la pregunta.> Continuamos adelante hasta que a través del agua un tanto turbia del río divisamos a dos anfibios rugosos, de color amarillo y con tentáculos. En cuanto entramos dentro de su campo de acción, los leeran adivinaron nuestra identidad. Se dieron la vuelta y echaron a nadar como si en ello les fuera la vida. <¡A por ellos!>, ordenó el príncipe Jake. Se dirigían hacia la orilla del río con la intención de salir del agua y así escapar de nuestras fauces, pero al no disponer de propulsores de agua no avanzaban muy deprisa. Aunque íbamos ganando terreno, la orilla se acercaba demasiado rápido. Cada vez menos profundidad. ¡Dos metros! ¡Metro y medio! Los leerans levantaban lodo a propósito, pero los sentidos del animal detectaban a la perfección el campo eléctrico de aquellos anfibios videntes. Ciego, y rozándome el vientre con el lodo del fondo, me lancé a por uno de ellos. Mis dientes encontraron carne blanda. Tiré con fuerza de aquel cuerpo para atraerlo al agua. Entonces, por encima de la superficie del agua, divisé a un enorme hork-bajir. ¡Dos! ¡No, eran cuatro! Se metieron en el agua. Intenté retroceder tirando del leeran, que se resistía con fuerza. En aquel momento oí cómo el anfibio se comunicaba con los hork-bajir. ¡Explosivos! El continente entero está a punto de estallar en pedazos. Hay un detonador central. ¡Agujero luminoso! Está en… Le hinqué las mandíbulas hasta el fondo y dejó de hablar de golpe al no poder resistir el dolor. De repente, la cuchilla de un hork-bajir barrió el agua y me hizo un corte, aunque no muy profundo. Solté al leeran, hice un gesto con la cabeza hacia la derecha y hundí los dientes sobre la pata del hork-bajir que tenía más cerca. Un rugido de dolor atravesó el agua y aquella bestia abandonó. El leeran se debatía todavía por salir del agua. Me lancé a por él en un intento desesperado por atraerlo hacia aguas profundas. <¡No!>, gritó el yeerk en la cabeza del leeran. <¡sí!>, dije al tiempo que me acercaba por detrás y le clavaba los dientes en el lóbulo posterior de la cabeza, con lo que expulsé aquella sabandija de su cuerpo. <¿Estás bien, hermano leeran?>, le pregunté. Sí, ahora sí. Gracias, amigo andalita. ¡deprisa! ¡Los yeerks conocen vuestro plan! ¡Rápido! Enfilé río arriba. Cassie y Jake me alcanzaron enseguida. Ellos también habían librado una pequeña batalla en el agua fangosa de la orilla. <¿cuánto tiempo les llevará a los yeerks encontrar el <<agujero luminoso>>?, preguntó el príncipe Jake. <Los sensores de sus naves en órbita les proporcionarán un mapa con todas las cavernas bajo tierra en cinco minutos. ¿Cuánto tiempo les llevará localizar el <<agujero luminoso>> correcto? No lo sé, pero debemos darnos prisa. El destino de este planeta depende de nosotros.> [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 26:[/b] <¡Allí! ¿Será aquélla la entrada a la cueva?>, exclamó Cassie. <Yo diría que sí. Estamos en la zona adecuada, pero podría haber docenas de ellas.> <No hay tiempo para pensar>, declaró el príncipe Jake. Nos aventuraremos al interior de la cueva, donde el nivel del agua se hacía progresivamente menor y la oscuridad era absoluta. Avanzábamos deprisa fruto del miedo. De repente, atravesé la superficie del agua con el hocico. ¡Aire! <Creo que hemos llegado –anunció el príncipe Jake-. ¡Transformaos! Cassie, ¿qué opinas? ¿Murciélagos?> No hubo respuesta. <¡Cassie! ¡Cassie!>, gritó el príncipe Jake. <¡Ha desaparecido! El efecto elástico. Ha vuelto a la Tierra o bien…> <Cada vez sucede más rápido –observó el príncipe Jake-. Enseguida nos tocará a uno de nosotros dos. ¿Y si no llegamos al detonador a tiempo?> El corazón me latía muy deprisa, como si se fuera a salir del pecho, y me faltaba el aire. ¡Aquello era demasiado! <¡Transfórmate! ¡Tenemos que darnos prisa y acabar cuanto antes!>, indicó el príncipe Jake, igual de nervioso que yo. <Sí, príncipe Jake>, asentí. <¿Sabes, Ax? Ahora que estamos los dos solos, podrías dejar de llamarme <<príncipe>>. –Se detuvo unos segundos y a continuación añadió-: si quieres puedes probar con <<Jake, antes conocido como príncipe>>.> <¿Es eso un poco de humor?> <Sí, una broma. No tiene mucha gracia, pero como Marco no está aquí, pensé que…> En ese momento perdió la facultad telepática al haber recuperado casi por completo su forma humana. Mi cuerpo de andalita se formó casi del todo; todavía me chorreaba agua por las pezuñas. Aparecimos en una cueva fría y negra. -Murciélago –indicó el príncipe Jake, y sus palabras resonaron con el eco. Me concentré en el animal y enseguida empecé a encoger, aunque, para varias, aquella vez no veía los cambios. Sentía una ligera brisa a medida que menguaba. <Ahora sólo estamos tú y yo, Ax.> <Sí.> <Si alguno de los dos se queda en el camino por lo que sea, el otro debe seguir adelante. ¿De acuerdo?> Disparamos ondas ultrasónicas para visualizar la cueva, que se extendía más allá del alcance de nuestras ondas. Echamos a volar todo lo rápido que aquellas alas de cuero nos permitían. <No te olvides de la serpientes>, le recordé. <Arggh>, exclamó el príncipe Jake con un estremecimiento. <Estoy de acuerdo>, dije. Avanzábamos como si nos fuera la vida en ello. A través de un paisaje de líneas grises de rocas puntiagudas y estalactitas, rodeábamos salientes, enfilábamos por chimeneas, bajábamos pozos que nos salían al paso de repente. Giramos una curva en horquilla cuando… de repente… ¡la cueva estalló en una confusión de sonidos! ¡Una cacofonía de gritos y chirridos de ecolocación! <¡Las serpientes!>, exclamé. A través de la ecolocación, divisamos cientos d líneas que colgaban del techo de la cueva y salían de las paredes. ¡Había miles1 Millones de ellas que disparaban sus propias ondas, creándonos una tremenda confusión. De repente, con todo el ruido ultrasónico, las imágenes de mi cabeza se distorsionaron. Las líneas se movían de forma descontrolada, desestabilizando los bordes de los objetos, que dejaron de aparecer como objetos sólidos. <¿qué vamos a hacer?>, preguntó el príncipe Jake. <Como diría Rachel si estuviera aquí, ¡Adelante!> ¡Aquello era una pesadilla! Serpientes mortales llenaban el aire. Perdidos y confusos, activamos nuestras alas, cada vez más deshilachadas por los continuos ataques. Empezaba a perder el control y velocidad. El príncipe Jake había desaparecido. Había perdido el sentido de la orientación, era incapaz de distinguir entre arriba y abajo. Daba vueltas sin parar en un aleteo frenético, estaba aterrorizado, confundido y perdido para siempre en un oscuro manicomio de gritos. De repente, desaparecieron las serpientes. La cueva se esfumó así como el techo. ¡Una luz maravillosa brillaba a mi alrededor! Había llegado al <<agujero luminoso>>. Me levé en el aire rancio del lugar. Tenía las alas hechas jirones. Por debajo de mí se extendía un paisaje de flores y plantas de colores absurdos. <¡Príncipe Jake! ¡Jake!>, llamé. No hubo respuesta. Me había quedado solo. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 27:[/b] Después de aterrizar sobre un grupo de líquenes o moho… o algo así, de un color naranja chillón, comencé a transformarme. Aislado del mundo exterior, me había quedado encerrado en un submundo extraño. El <<agujero luminoso>> debía de medir unos ciento cincuenta metros de largo y la mitad de ancho. El techo estaba a unos treinta metros por encima de mi cabeza. Para ser un agujero en la tierra, era muy grande, pero en aquellos momentos a mí me resultó demasiado pequeño. Ni la lluvia ni el sol habían llegado hasta aquel lugar. La única luz provenía del brillo verdoso de las paredes, un brillo cuya intensidad nunca variaba. A pesar de que allí dentro había vida, la sensación de muerte era palpable. Una maravilla de la naturaleza en un lugar capaz de ponerle los pelos de punta a cualquiera. En el centro se distinguía el único objeto artificial del entorno: un cilindro vertical, de un metro aproximadamente de largo y unos treinta centímetros de diámetro. En uno de los laterales había un tablero de mandos, con números azules luminosos, justo donde Galuit había dicho que estaría y donde los agentes de la inteligencia andalita lo colocarían. Examiné con cuidado la zona en busca de hork-bajir, taxxonitas o gedds, pero lo único que había eran plantas raras. Dejé escapar un suspiro para relajar la tensión. <Quien haya decidido esconder esa cosa aquí, se ha lucido desde luego.> Avancé al trote hacia el cilindro, pero la ausencia de caminos y la irregularidad del terreno me obligaron a vigilar dónde ponía las pezuñas si no quería pisar en falso. Sólo saltabas cuando estaba seguro de que podía hacerlo. ¡BUUUUMMMM! Una enorme explosión sacudió el agujero. Allí dentro, la conmoción fue tan grande que me tiró al suelo y me dejó sordo durante un rato. De repente, una luz brillante iluminó la estancia al tiempo que una lluvia de piedras y escombros sepultaron el agujero. En la parte superior de aquella cueva subterránea habían abierto un agujero, y un chorro de luz cegadora procedente del planeta Leera inundó la oscuridad del lugar y sirvió de paso a un grupo de hork-bajir, que con una especie de pequeños cohetes colocados en los pies y en las colas frenaban la caída. La luz roja de los cohetes me indicaba el número de guerreros que entraba, dos, cuatro, una docena aproximadamente aterrizó y desenvainó las pistolas de rayos dragón. A medida que iban llegando, inspeccionaban la zona en busca del cilindro y del andalita. Eché a correr sin importarme el hecho de romperme una pata. Corrí, tropecé y me caí de bruces. Me levanté y seguí adelante. Los hork-bajir me localizaron de inmediato y me persiguieron. ¡SSIIIIUUUMMMM! ¡SSSAAAAPP! El rayo dragón vino directo hacia mí, pero falló y vaporizó una especie de repollo azul luminoso. Allí estaba, unos metros más y seria mío. De repente, mis manos apresaron el metal frío. ¡El código! ¿Cuál era el código? Marqué los números a toda velocidad. ¡SSIIIUUUUMMMM! ¡SSIIIIUUUMMM! -¡Het gafrash nur! –bramó hork-bajir. ¡SSIIIUUUMMM! <¡Aaaahhhhh!> Uno de los rayos dragón me había acertado de lleno en el lomo. ¡El código! ¿Sería ése el correcto? ¿Me habría equivocado? Entonces… <El sistema está preparado –anunció la voz neutra del ordenador-. Aviso. Este sistema está preparado.> Me apoyé sobre el cilindro y me dejé caer. Galuit había dicho que una vez recibiera la confirmación de que el sistema estaba listo, esperaría media hora para que tuviéramos tiempo de escapar pero, según estaban las cosas, a los yeerks les daría tiempo a desactivarlo. Allí delante de mis narices se erigía un descomunal hork-bajir. Pulsé el comunicador incorporado en el cilindro. <Os habla el aristh Aximili –dije-. ¡Ahora! ¡Hacedlo ahora y volad para siempre a los yeerks de este planeta!> -¡Filshig andalita! –gritó el yeerk instalado en el cerebro del hork-bajir. Mientras tanto, yo estaba sorprendentemente tranquilo. <Detonación en diez segundos>, avisó el ordenador. -¡Desactiva el cilindro! –ordenó el comandante hork-bajir en galard, el idioma interestelar. <Siete…> <Me parece que esta vez habéis perdido, yeerks. Vais a morir.> <Cinco…> El hork-bajir alzó furioso la pistola de rayos dragón. -¡Tú morirás primero, basura andalita! <Tres…> Apretó el gatillo y el rayo dragón salió disparado a un metro de mi cara. Una muerte a quemarropa. <Uno…> Os juro que vi cómo aquel rato mortal se detenía en mitad del aire, como si la imagen se hubiese quedado congelada. Oí un ¡POP!… y de repente desaparecí. [b]©1998 K.A. Applegate ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

Capítulo 28:

      Sentí bajo mis seis patas la cálida piel humana.

      <¿Qué?>, grité.

      <Pero ¿qué demonios…?>, exclamó Rachel.

      <¡Ostras! ¡UHF! En serio, ¡ostras! –exclamó Marco-. Esto ha sido demasiado.>

      Había regresado a la Tierra, a la forma de mosquito, junto a todos los demás. Habíamos vuelto todos al mismo tiempo.

      Nos encontrábamos en la habitación del hospital, rodeados de controladores humanos que seguían disparando por la ventana hacia los matorrales donde habían visto ocultarse a un andalita, es decir, a mí.

      En aquel momento, algo enorme ocultó el sol y entonces distinguí un objeto acercarse hacia donde yo estaba.

      <¡Cuidado! –gritó Rachel-. ¡Ax, muévete!>

      Pegué un salto.

      Aquel objeto no era sino cinco dedos tan grandes cada uno como un árbol.

      -¡Ay! –exclamó Hewlett Aldershot Tercero al tocarse el trozo de piel donde le había estado chupando la sangre.

      -¡Ay! –repitió.

      -¡El humano! ¡Se ha despertado! –informó uno de los controladores.

      -¿Cómo es posible? –protestó otro-. ¡Pero si estaba en coma!

      -¿Qué vamos a hacer?

      -¡Visser nos matará!

      -¡Se acerca la policía! ¡No podemos permitir que nos arresten!

      -¡Corred! ¡Corred!

      -¿Qué hacemos con Aldershot?

      -No hay órdenes.

      -¡Corred! –volvió a insistir uno de ellos y esa vez todos obedecieron.

      Una enorme vibración resonó por toda la habitación cuando el grupo de controladores salió en tropel de la sala.

      Al cabo de unos minutos, entró una enfermera asustada.

      -¡Señor Aldershot! ¡Está… está despierto!

      -Pues claro –replicó-. Enfermera, no sé si lo sabrá, pero esta habitación está llena de mosquitos.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

Capítulo 29:

      -Un momento –interrumpió Rachel-. Entonces, resulta que cada uno de nosotros es atraído por el espacio cero en momentos diferentes, y cuando aparecemos en la Tierra, llegamos todos a la vez, y me estás diciendo que no ha pasado el tiempo, ¿verdad? –Asentí con mi cabeza de humano. Estábamos en el centro comercial, en la zona de la comida. Me había transformado en humano y me comportaba como tal a la perfección.

      -Exactamente, Rachel. Exacta-Mente. Llegamos en el mismo punto del tiempo en el que fuimos absorbidos. Todos desaparecimos a la vez, con lo que regresamos al mismo tiempo. Absorber, qué palabra tan extraña.

      -Sí, claro –añadió Marco-. Eso es lo extraño: la palabra <<absorber>>. No el hecho de convertirse en mosquitos para chuparle la sangre a un tipo con el fin de transformarnos en él y acabar en el medio de una guerra donde el enemigo quiere controlar a unas ranas amarillas videntes, y ¡ah!, de paso, volar en pedazos un pequeño continente lleno de yeerks, salvando así a una especie entera, y después volver de golpe aquí, al cuerpo del tipo que había entrado en coma y que se despierta porque ha notado la picadura de un mosquito que en realidad es un alienígena con pinta de centauro con cuatro ojos, mitad ciervo, mitad escorpión. Todo eso es normal; suele pasar todos los días. Querido diario: otro día aburrido hasta que alguien ha dicho <<absorber>>.

      Reconocí enseguida el tono sarcástico, así que me eché a reír utilizando sonidos emitidos por mi boca.

      -Ja, ja-ja –exclamé y añadí para terminar-: Ja.

      El príncipe Jake, Cassie, Marco, Rachel y Tobias se me quedaron mirando.

      -¿Y eso? –me preguntó Rachel.

      -Me he reído.

      -Mira, Ax… No hagas eso –me dijo el príncipe Jake-. Suena fatal.

      -Sí, príncipe Jake.

      -No me llames príncipe.

      -Pues te llamaré <<Jake, antes conocido como príncipe>>.

      -¡Oh, no! –exclamó Marco con una mueca-. Ahora le da por hacer chistes malísimos.

      -De hecho, ese chiste es mío –reconoció el príncipe Jake fríamente-. Vale, ya lo entiendo. No os vais a reír. Muy bien, como si me importara.

      Había regresado a la Tierra, lejos de mi gente, pero había comprendido una cosa: muchas veces, tu gente no sólo es la que se parece a ti, sino que puede ser por completo diferente a ti.

      -¿Qué tal unos bollos de canela, ca-ne-la? –pregunté cruzando los dedos.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis.

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