#20 El descubrimiento

Sinopsis:

David ha encontrado la caja azul que Elfangor utilizó para crear a los animorphs.

El chico no tiene ni idea de lo que es, pero Marco sí. En cuanto ve a David con la caja sabe que ha de recuperarla… A cualquier precio.

Parecía un plan sencillo, pero acaba en espantoso desastre: David huye con los animorphs y Ax.

Ahora sólo tienen dos opciones: entregarlo a los yeerks.. O convertirlo en el sexto animorph.

Datos del libro:

El libro tiene 26 capítulos que ocupan 138 páginas.

Como nuevas formas, Marco adquiere una cobra(29) que se llama Spawn.

David, el nuevo miembro, adquirirá un águila real(1) y más tarde una cucaracha(2).

El resto de animophs no adquieren nuevas formas, eso sí, Visser Tres hará gala de su forma de Dule Fansa(12) una enorme criatura púrpura.

Leer el Libro:

Capítulo 1:

      Me llamo Marco.

       Ella se llama T’Shondra.

       Un nombre precioso, ¿verdad? Un nombre precioso para una chica preciosa. Eso fue lo que le dije cuando me acerqué a su taquilla así como quien no quiere la cosa.

       -T’Shondra —dije.

       -Marco —respondió ella.

       -Un nombre precioso para una chica preciosa.

       -¿Cuál? ¿Marco?

       -No, T’shondra.

       -¿Qué?

       -T’Shondra. Te decía que T’Shondra es un nombre precioso para una chica preciosa.

       -¡Ah, ya! —exclamó, mirándome con auténtica desconfianza-. Sí, ¿eh? Es un nombre precioso para una chica preciosa, pero no para mí, ¿eh? ¿No es eso lo que quieres decir? O sea, que te paseas hasta aquí para decirme tan fresco que debería ceder mi nombre a otra chica más guapa porque yo soy un adefesio y no me lo merezco, ¿no es eso?

       Yo habría podido explicarme, pero tenía esa horrible sensación de que el momento había pasado. ¿Sabéis a qué me refiero? Tenía la impresión de que, dijera lo que dijera, no iba a poder arreglarlo.

       -Oye, vamos a imaginarnos que esta conversación nunca ha existido, ¿te parece? —Sugerí. -¿Qué tal si simplemente me doy la vuelta y me marcho?

       -Una idea estupenda.

       En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, que me llamo Marco. Y no puedo daros mi apellido ni mi dirección. ¿Qué por qué no? Pues por que espero vivir lo bastante como para llegar a entender a las mujeres. Mirad, quizá sólo sea cosa mía, pero encuentro que son demasiado susceptibles, ¿no?.

       El otro día, por ejemplo, estaba hablando con una chica que se llama Danielle y que hace mucha gimnasia, así que está muy fuerte. Pero en el buen sentido. Repito: en el buen sentido.

       -¡Vaya Danielle —se me ocurrió decirle-, estás hecha un toro! ¡Menudos hombros! La verdad es que podrías ser un chico.

       ¿Y qué creéis que hizo ella? ¿Darme las gracias por el cumplido? Pues no. Le dio por llamar a Justin Mullins, un tipo que a ella le gusta, para quejarse de mí.

       -Marco me acaba de decir que parezco un chico —le soltó.

       Ya os podéis imaginar cómo acabó la cosa. Yo corriendo por el pasillo mientras intentaba explicarme.

       -¡Que no era un insulto! —gritaba yo-. ¡Déjame en paz! ¡Que era un cumplido!

       Pero esto no viene al caso. La verdad es que me han perseguido cosas mucho peores que Justin Mullins. Me han perseguido guerreros hork-bajir, me han perseguido taxxonitas, me han perseguido el mismísimo Visser Tres.

       Tenéis que entender una cosa: la vida no es lo que vosotros creéis. Están pasando cosas que no sabéis.

       Unas criaturas muy desagradables están invadiendo la Tierra. Se llaman yeerks y son una especie de parásitos, como solitarias. Sólo que en lugar de metérsete en el estómago, se te meten en la cabeza. Desde allí te controlan total, absolutamente. Tú eres el teleñeco, ellos la mano que te mueve. A esas personas las llamamos controladores. En eso te conviertes cuando no eres más que una marioneta humana controlada por un yeerk en tu cabeza.

       Están por todas partes. Cualquiera puede ser uno de ellos: tu padre, tu madre, tus hermanos, el fontanero, el locutor cursilón de los telediarios, cualquier político, cualquier profesor, cualquier niñito con pinta inocente… No hay forma de saberlo. No podemos saber quien es un controlador y quién no.

       ¿Y quién está luchando contra esta invasión extraterrestre? ¿Quién protege a la Tierra de esta lenta y secreta conquista de los parásitos cerebrales?

       Os vais a deprimir mucho, porque los únicos que luchamos contra los yeerks somos nosotros, cuatro amigos míos y un andalita medio caballo, medio escorpión y medio humanoide al que llamamos Ax.

       Sí, ya sé que son demasiados “medios”.

       Pero lo importante es que mis amigos y yo estamos intentando salvar a la humanidad.

       ¿Qué? Os habéis quedado preocupados, ¿eh?

       Por suerte, tenemos ciertos poderes. Podemos convertirnos en cualquier animal, siempre que adquiramos su ADN.

       En serio.

       No nacimos con este poder. No somos monstruos de circo. No somos la patrulla X. Nuestro poder de metamorfosis es el resultado de la tecnología andalita. En pocas palabras: un príncipe andalita llamado Elfangor nos transformó, con una cajita azul, de forma que pudiéramos absorber el ADN de cualquier animal por contacto y luego, concentrando nuestros pensamientos en uno de ellos, nos convirtiéramos en ese animal.

       Está claro que esta tecnología es ligeramente más avanzada que la humana. Los andalitas están avanzadísimos. Creo que incluso tienen un servidor de Internet que funciona. Por no mencionar lo de los viajes espaciales a velocidades superiores a la de la luz.

       Lo más triste es lo que pasó justo después de que Elfangor nos diera este poder. Es tan triste que no puedo ni hacer broma. Porque entonces llegó Visser Tres, el líder de las fuerzas yeerks en la Tierra, con los hork-bajir y varios controladores humanos, y asesinó a Elfangor.

       Visser Tres se transformó… Sí, él también tiene el poder de la metamorfosis.

       Millones de hork-bajir han sido convertidos en controladores, también millones de taxxonitas y por lo menos millares de humanos. Pero sólo existe un andalita controlador. Sólo un yeerk que tiene un cuerpo andalita. Sólo uno que cuenta con el poder de la metamorfosis andalita: Visser Tres.

       Visser Tres se transformó en una bestia espantosa, cuyo ADN había conseguido en algún mundo lejano y, literalmente, se comió a Elfangor.

       Luego destruyeron la nave de Elfangor sin dejar rastro.

       Al menos eso pensaba yo.

       Justo cuando me alejaba de T’Shondra, moviendo la cabeza y mascullando entre dientes cosas sobre las mujeres, la vi.

       Al principio ni siquiera me fijé en el chico que la llevaba en la mano. Sólo vi la caja.

       Una caja azul.

       El cubo mórfico.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 2:

       -¡Eh! —le grité al chico de la caja azul.

       No sé por qué le grité “¡Eh!”. No soy de los que suelen ir por ahí gritando “¡Eh!”. Pero es que no se me ocurrió nada mejor. Estaba muy ocupado con el infarto que me estaba dando para pensar en otra cosa.

       Porque se suponía que esa caja azul había sido destruida.

       Esa caja azul era más potente que la mitad de las armas del mundo juntas. Esa cajita azul podía dar a cualquiera el poder de la metamorfosis. Los yeerks harían cualquier cosa por apoderarse de ella. Y cuando digo “cualquier cosa” me refiero a cosas que más vale ni imaginarse.

       Por eso le llamé.

       -¡Eh!

       El chico se detuvo y me miró como si me conociera de algo y no supiera de qué. Era más alto que yo, como casi todo el mundo, rubio, de ojos castaños y con una pinta un poco arrogante.

       -¿Qué?—preguntó.

       -Esto… No nos conocemos, ¿no?

       -Soy nuevo.

       -Ah —respondí. Normalmente soy un buen orador, pero tenía la mente en blanco. No hacía más que mirar hacia el pasillo, atestado de chicos, buscando a Jake o a Cassie o a alguien con dos dedos de frente. Cualquiera menos Rachel. Lo primero que seguramente se le ocurriría a Rachel sería meter a aquel chico en el armario más cercano, convertirse en un oso pardo y conseguir la caja azul de la manera más directa.

       Pero no vi a Jake ni a Cassie. Ni siquiera a Rachel.

       – Me llamo Marco.

       -Yo David.

       -¡David! Vale, buen nombre.

       David me miró como a un idiota. Y la verdad es que no le estaba dando muchos motivos para pensar otra cosa.

       – Hasta luego —se despidió, y empezó a alejarse.

       -¡Eh, David! —le grite-. ¿Qué es esa cosa azul?

       Él se volvió hacia mí.

       -No lo sé. Me la he encontrado. Estaba en el solar en obras en frente del centro comercial, dentro de un bloque de cemento en un agujero en la pared. Como si alguien la hubiera metido allí o algo parecido.

       -¿Sí?

       – Sí. Muy raro. Para mí que es algo especial, ¿sabes? Me da que no es sólo una caja vieja. Tiene algo escrito. Como si fuera extranjero o algo así.

       ¡RRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINNNG!

       Era el sutil timbrazo que anuncia las clases. Pegué tal brinco que casi llego al techo.

       -¡Eh! ¿Me la das? Es que parece rara y todo eso… Te puedo pagar…

       Empecé a rebuscar en mis bolsillos. Saqué varias pelusas, un chicle de menta muy viejo…

       -Te puedo dar un dólar y treinta y dos centavos —ofrecí, tendiendo el billete, las monedas y el chicle.

       – Marco, ¿eh?

      – Sí, soy Marco. Me alegro de conocerte.

       – Pues yo me alegro de despedirme. Adiós.

       Y se largó. En ese momento, demasiado tarde, vi por fin a Jake. Me acerqué corriendo, le cogí de la chaqueta y lo arrastré hasta el servicio.

       – ¡Un chico tiene la caja azul! —exclamé.

       – ¿Qué caja azul? —preguntó él, apartándose de un empujón.

       – ¡La caja azul! —Me agaché para mirar por debajo de la puerta para asegurarme de que no había nadie más por allí-. La caja azul de Elfangor.

       Jake se quedó pálido.

       ¡RRRRRRRIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNNNGG!

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis/b]

Capítulo 3:

      Estábamos en el granero de Cassie, también conocido como la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Los padres de Cassie son veterinarios, y a ella también le gustan mucho los animales.

       De hecho, mientras todos los demás nos dedicábamos a ponernos histéricos, ella, con toda tranquilidad, iba metiendo pastillas en la garganta de un enorme cisne.

       -¿Cómo es que la caja azul ha sobrevivido? —preguntó Rachel-. Los yeerks dispararon sus rayos dragón sobre la nave de Elfangor hasta convertirla en polvo. Lo vimos con nuestros propios ojos.

       Todos nos volvimos hacia Ax. A veces Ax no asiste a las reuniones, pero esta vez le necesitábamos. Venía con su propio y extrañísimo cuerpo andalita: pelaje azul y marrón, brazos débiles, demasiados dedos, cuatro pezuñas, una peligrosa cola como un látigo, una cara sin boca y con dos ojos de más en el extremo de unos cuernos que se movían para un lado y otro.

       Ax es nuestro experto en rarezas galácticas, porque para eso él mismo es un alienígena bien raro.

       -¿Tú qué crees que pasó, Ax? —le preguntó Jake.

       <No lo sé>, contestó Ax, con la telepatía andalita.

       -¿Cómo que no lo sabes? —exclamó Rachel-. ¿Acaso esas cajas azules tienen algo especial, como por ejemplo que no pueden ser destruidas por rayos dragón?

       <No. Sí que pueden ser destruidas por rayos dragón. Lo único que se me ocurre es que tal vez fuera un simple incidente de probabilidad aleatoria.>

       -¿Así es como llamáis los andalitas a una total casualidad? —pregunté.

       <Sí. El rayo dragón que alcanzó el caza de mi hermano debió de crear presiones explosivas. Tal vez esa presión lanzó el escafil disparado a altas velocidades.>

       <¿El qué?>, preguntó Tobias.

       Tobias estaba en su lugar habitual: en las vigas del techo, desde donde puede ver todo el pajar. Tobias es uno de los nuestros, aunque no exactamente uno de nosotros. Es lo que los andalitas llaman un nothlit, es decir, una persona que ha quedado atrapada en una metamorfosis porque ha permanecido transformada más de dos horas.

       Es una historia muy larga.

       En fin, el caso es que Tobias es un ratonero de cola roja. Y durante nuestras pequeñas reuniones emplea su aguda vista de halcón y su excelente oído de halcón para vigilar que nadie se nos eche encima sin avisar.

       <Se llama escafil. En realidad tiene muchos nombres. Escafil fue el inventor de la tecnología mórfica. No os podéis imaginar la de ciencia que hay detrás de todo esto. El aparato produce una regeneración celular en cascada relacionada con el espacio cero…>

       -¡Nos da igual! —exclamé-. Por mí ya pueden haber todas las cascadas que sea en el espacio cero. El caso es que la cosa esa, la caja, el cubo mórfico, el escafil o como se llame, está en manos de un chico que se llama David y que piensa que soy imbécil.

       Rachel asintió con aire pensativo.

       -Bueno, si piensa que Marco es imbécil no puede ser tonto del todo —dijo. Luego me miró parpadeando muy deprisa para dar a entender que era una broma.

       Una cosa que me encanta.

       -Tenemos que conseguir la caja —dije.

       -Sí —convino Jake.

       -Antes de que se dé cuenta de lo que es, -añadió Cassie, que hasta entonces no había abierto boca-. Y lo más importante, antes de que los yeerks sepan que la tiene.

       Yo me quedé mirando un buen rato a Cassie. Veréis, con Cassie pasó una cosa una vez: dejó los animorphs, supongo que porque tenía problemas de conciencia con algunas de las cosas que hacemos.

       Al final volvió, claro, pero desde entonces siempre estoy un poco nervioso con ella. Cassie tiene demasiados escrúpulos y consideraciones morales. Siempre se plantea si una cosa está bien o mal, mientras que yo sólo me planteo si funcionará o no funcionará.

       Yo estaba pensando en algún comentario malicioso que soltarle, pero decidí cerrar la boca. Cassie me ha salvado la vida más de una vez. Y la verdad es que uno tiende a ser tolerante con las personas que le han salvado la vida.

       -Muy bien, así que ahora necesitamos información —apuntó Jake-.Primero tenemos que saber dónde vive ese chico. Cuando nos enteremos, vamos y recuperamos la caja.

       <Pero hay que tener cuidado de que el chico no sospeche nada>, advirtió Tobias.

       -Y evidentemente no podemos hacer daño a David —añadió Jake-. Es inocente.

       -Muy bien –dijo Rachel-. No es un hork-bajir, no es un taxxonita y no es Visser Tres. O sea, que somos nosotros contra un chico del colegio. Pan comido.

       Por lo general me da miedo decir que algo es pan comido. Soy muy supersticioso con eso. Pero esta vez no me preocupé.

       Ahora tengo una nueva superstición: cada vez que no estoy preocupado, me preocupo.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 4:

      Esperamos en la terraza de un Burger King. Sólo éramos cuatro. Ax habría llamado ligeramente la atención, y no se podía confiar en que en su forma humana se comportara bien habiendo grasa y sal cerca. Tobias estaba inspeccionando la casa de David.

       Era de noche, pero había mucha luz: los coches que pasaban, el extraño resplandor de un solar de venta de coches de segunda mano al otro lado de la calle y el enorme cartel de la hamburguesería.

       Hacía frío y nos habíamos abrigado. Eso era un problema, porque si nos teníamos que transformar podríamos perder la ropa. De modo que ideamos un plan. Dos de nosotros, un chico y una chica, se quedarían atrás. Dejaríamos la ropa en los servicios, y ellos la guardarían.

       Es un rollo no poder transformar también la ropa.

       -El que saque la patata más corta se queda —dije, partiendo por la mitad dos patatas fritas. Me puse una corta y otra grande en el puño-. A ver, Jake, coge una patata.

       Jake sacó una corta.

       -Bueno, pues yo me voy y tú te quedas de guardia en el baño –exclamé encantado.

       Cassie y Rachel jugaron también. Rachel ganó. O perdió, depende de cómo se mire.

       – Así que vamos tú y yo, Xena.

       Rachel me miró alzando una ceja.

       – Oye, si yo soy Xena, ¿Tú quién eres?

       – Hércules, por supuesto.

       – Yo pensaba más bien en Joxer, ya sabes, el cobardica ese que siempre va por ahí detrás de Xena.

       -Ya está bien. –Clavé el codo en la mesa con el brazo hacia arriba, para echar un pulso-. Venga, vamos a zanjar este asunto de una vez por todas.

       Jake bostezó.

       -¿No deberíamos poner un par de escorpiones vivos en la mesa, para hacerlo más interesante?

       Rachel se colocó en posición con una sonrisa. Nos dimos las manos, apretamos…¡ya! Yo empuje. Ella empujó. Y entonces…

       -¡Ay! –Un agudo dolor en la rodilla.

       Al instante mi mano cayó sobre la mesa.

       -¡Me ha dado una patada! ¡Me ha dado una patada por debajo de la mesa! ¡Jake, tu prima me ha dado una patada!

       Rachel, se echó a reír.

       -¿Qué importa cómo? Lo importante es ganar.

       Cassie alzó los ojos.

       – No lo dirás en serio, Rachel. No, pensándolo bien, sí que lo dices en serio.

       -Dios mío. ¿Vais a ir los dos solos a esta misión? —dijo Jake-. A cúal más loco.

       Rachel y yo nos miramos y nos echamos a reír.

       -¡Locos, locos! —repitió Rachel, riéndose como una chiflada.

       En ese momento vi a un chico que se acercaba con una bolsa de la hamburguesería, y me puse serio enseguida.

       -Erek —advertí a Jake.

       Erek King es un chico que antes iba a nuestro colegio. Bueno, por lo menos parece un chico, se comporta como un chico y habla como un chico. Pero lo que se ve de Erek es en realidad una proyección hologáfica. El auténtico Erek está dentro del holograma. El auténtico Erek es un androide.

       Erek es uno de los chee, una raza de androides muy, muy antigua creada por los desaparecidos pemalitas. Los chee son incapaces de cometer ningún acto de violencia, a pesar de ser extremadamente poderosos. Pero odian a los yeerks y adoran a los humanos. Bueno, más bien aman a los perros, y aman a los humanos porque nosotros también amamos a los perros.

       Es otra larga historia.

       El caso es que los chee son nuestros aliados, y se les da de miedo infiltrarse entre los yeerks.

       -¡Eh, Erek! —le llamó Jake con tranquilidad.

       Rachel saludó con la cabeza y Cassie sonrió.

       -Hola, chicos, ¿qué tal? —Erek sonaba exactamente como un chico normal y no como un robot tan antiguo que incluso ayudó a construir las pirámides.

       -Bien —tercié yo, interrumpiendo a Cassie antes de que pudiera explicarle lo que pasaba. Es cierto que confiábamos en los chee, pero es absurdo dar más información de la necesaria.

       Yo soy receloso por naturaleza.

       -¿Qué tal te va, Erek? —preguntó Jake.

       Erek sacó de su bolsa un Whopper y le dio un mordisco. Yo sabía que en realidad la comida sería incinerada dentro del cuerpo androide de Erek.

       – ¿Sin queso?—pregunté.

       – Estoy intentando no comer muchas grasas.

       – Ya. Porque quieres llegar a los…qué, ¿un billón de años?

       Erek se echó a reír. Dejó el Whopper y se puso serio.

       – Está pasando algo gordo. Nadie lo sabe todavía. Por razones de seguridad, no se anunciará públicamente hasta que todo haya terminado.

       -¿Qué está pasando? —preguntó Rachel muy ansiosa.

       – Oh, nada del otro mundo —contestó el androide como quitándole

      importancia¾. Nada más que una reunión cumbre aquí en la ciudad. Los presidentes o primeros ministros de Reino Unido, Francia, Rusia, Japón, Alemania y Estados Unidos se reúnen aquí para decidir qué hacer con los problemas de Oriente Medio.

       -Ya —replicó Rachel, sin dejarse impresionar¾. ¿Y qué?

       – Es un objetivo de primera –observó Cassie¾. ¡Los líderes de seis poderosas naciones, todos juntos! Y justo aquí, donde la invasión yeerk es más fuerte.

       Jake se inclinó hacia Erek.

       – ¿Tienes alguna razón para creer que los yeerks traman algo contra estos tipos?

       Erek asintió con la cabeza.

       – El plan se ha puesto en marcha. Los presidentes y primeros ministros comenzarán a llegar pasado mañana. Se albergarán en la urbanización Marriot, en la costa.

       – Podría ser una buena oportunidad –dijo Cassie pensativa¾. Si consiguiéramos contactar de alguna forma con esos líderes, demostrarles lo que está pasando… Los yeerks quedarían al descubierto.

       – Pero por otra parte, si los yeerks los convierten en controladores, estamos fritos ¾ señalé yo.

       – Hay un gran problema —añadió Erek.

       – ¿Sólo uno? –dije yo.

       – Vale, un montón de grandes problemas y un problema enorme—replicó Erek, sin sonreír con sonrisa holográfica-. Uno de los líderes ya es un controlador. Si os equivocáis, si contactáis con la persona errónea…

       – ¿Sabéis qué líder es el controlador? –preguntó Jake.

       Erek negó con la cabeza.

       – Si lo supiéramos sólo tendríamos un gran problema, no un problemón enorme.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 5:      Después de hablar con Erek nos habíamos quedado todos de piedra. Ninguno quería imaginar un mundo en el que los presidentes de las grandes potencias fueran esclavos de los yeerks.

       Teníamos que intentar detenerlos.

       – Muy bien, vayamos paso por paso —sugirió Jake-. Primero tenemos que solucionar el de la caja azul.

       De pronto noté que algo pasaba por encima de nosotros. Tobias aterrizó en la <<R>> del cartel del Burger King.

       <No hay problema —informó-. La ventana de David está abierta. Desde allí he visto la caja azul en su mesa. Sólo es entrar y salir. La habría recuperado yo mismo, pero dijisteis que viniera a informar.>

       Jake asintió con la cabeza. Para responder por telepatía teníamos que haber realizado la metamorfosis. Tobias podía utilizarla, pero nosotros no.

       Tobias se nos había quedado mirando con la cabeza ladeada.

       <Está bien, ¿quién se ha muerto? Parece que os acaban de anunciar que han cancelado las vacaciones del colegio. Bah, es igual, ya me lo contaréis más tarde.>

       – Muy bien. Vamos a terminar con esto —dijo Jake-. Rachel y Marco, vamos.

       Entramos en la hamburguesería, como cualquier grupo normal de chicos. Jake y yo fuimos al servicio de caballeros, un cuartito muy pequeño, y cerramos la puerta.

       Yo me quité el suéter.

       – No pierdas ese suéter—advertí-. Me lo firmó Steve Young.

       – Marco, Steve Young lo firmó hace dos años y desde entonces lo has lavado por lo menos una vez. El nombre ya no se ve.

       – Yo no he dicho que aún estuviera firmado, ¿no? He dicho que me lo firmó. Tiene un valor sentimental.

       Jake miró en torno al sombrío cuartito.

       – Es parte del encanto de la vida de superhéroe.

       – Sí. ¿Qué fue de aquellas enormes cabinas telefónicas en las que se cambiaba Superman?

       – ¡Y tanto! Yo todavía no me acostumbro al nuevo Superman—replicó Jake.

       Empecé a concentrarme en la metamorfosis. Tenía que ser un trabajo aéreo, así que tocaba ave. Se trataba de entrar por la ventana, agarrar la caja y volver disparados.

       No había ningún problema, como había dicho Rachel. Nada de que preocuparse, sobre todo comparado con lo que Erek nos acababa de contar.

       Esta metamorfosis me era muy familiar: un águila pescadora, que es una especie de halcón. Por lo general viven cerca del agua y comen pescado. Muy pocas veces se las ve rondando por los servicios del Burger King.

       Como decía, me concentré y empecé a encogerme. De pronto el retrete me quedó a la altura de los ojos, y Jake parecía todavía más grande de lo habitual.

       ¡POM! ¡POM!¡POM!, llamaron a la puerta.

       – ¡Está ocupado! –gritó Jake.

       Yo seguí transformándome. La piel se me volvió gris, como una pizarra sucia, como si llevara muerto un par de semanas. Es bastante angustioso mirarte y ver que la piel se te vuelve gris, os lo aseguro.

       Pero es aún peor cuando empiezan a aparecer las plumas, primero como si fueran líneas dibujadas, y luego destacando en relieve, en tres dimensiones.

       Mis dedos se estiraron, alargándose en comparación a mis manos y mis brazos, y se me salieron de la piel hasta convertirse en hueso de pájaro, blanco y seco.

       – ¡Aaaaagh!—exclamó Jake, riéndose pero con asco-. ¡Eso es nuevo!

       – Madre mía, espero no tener que volver a pasar por esto.

       La metamorfosis son muy impredecibles. No son una cosa gradual, sino que van por fases, súbitas etapas extrañísimas, de aspecto asqueroso.

       Esto de los huesos al aire era nuevo. Y nada agradable.

       ¡POM! ¡POM! ¡POM! ¡POM! ¡POM!

       – ¡Está ocupado?—preguntó una voz.

       – ¡Sí, está ocupado!—gritó Jake-. ¡Caray!

       – ¡Salid ahora mismo!

       – ¿Qué?—dijo Jake.

       –¿Creek?—dije yo, justo cuando los labios se me estaban convirtiendo en un pico.

       – ¿Estáis tomando drogas?—preguntó la voz.

       – ¡No!—Jake me miró exasperad-. ¡Date prisa!

       – ¡SALID DE AHÍ AHORA MISMO!

       Era una voz nueva, muy autoritaria. Entonces se oyó una llave en la cerradura.

       – ¡Deja de transformarte! Me apremió Jake-. ¡Ponte derecho y no te muevas!

       Así me quede hecho un águila en un noventa por ciento. Debía de medir unos sesenta centímetros de alto. Jake me echó encima mi suéter y me cubrió la cabeza con la capucha.

       En ese momento se abrió la puerta y aparecieron dos personas mirándonos ceñudas: un adolescente con el uniforme del Burger King y el encargado.

       -¿Qué pasa? He traído a mi hermano pequeño al servicio—dijo Jake, dándome unas palmaditas en el hombro.

       El hombre y el chico se me quedaron mirando. El suéter me quedaba tan grande que me caía en pliegues en torno a los pies. Lo cual era una suerte, porque mis pies eran garras. Las mangas colgaban vacías.

       – ¿Tu hermano pequeño?—preguntó el encargado-. ¿Y por qué lleva un suéter tan grande?

       -¡Oiga, que ese suéter estaba firmado por Steve Young!—exclamó Jake, como si eso fuera una explicación.

       -¡Le pasa algo en la cara!—observó el chico del Burger.

       Jake me rodeó con el brazo con gesto protector.

       – No les hagas caso, Tommy—me dijo con tono lloroso -. No te pasa nada en la cara. Nada, te lo digo yo. Los médicos dicen que algún día volverás a ser normal.

       – Yo no quería decir que… —se disculpó el chico.

       – ¿Qué tiene?—preguntó preocupado el encargado-. ¿Es una enfermedad?

       Jake se quedó en blanco.

       – Pues…

       <Piconoma>, le apunté yo telepáticamente.

       – Piconoma—dijo Jake.

       <Un tumor en forma de pico>, expliqué.

       – Es…esto…un tumor en forma de pico.

       <Es una auténtica tragedia porque sólo afecta a personas muy, muy inteligentes e interesantes.>

       -¡Calla!—murmuró Jake entre dientes, y se me llevó a rastras, tirando de mí todo lo deprisa que yo podía andar con garras en vez de pies y cubierto con un gigantesco suéter.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 6:

      David vivía en una casa sin nada especial. Dos pisos, un patio trasero con barbacoa y un columpio oxidado. Y una piscina.

       Me muero de envidia, porque yo no tengo piscina.

       Su dormitorio estaba en el piso de arriba.

       Tobias, Rachel y yo pasamos sobre la casa a una altitud de unos quince metros. Entonces entendí por qué a Tobias no le gusta volar de noche. En la oscuridad, la vista de un halcón no es mucho mejor que la de un ser humano. Y cuando se pone el sol, desaparecen las corrientes de aire caliente que te ayudan a volar.

       Así que nos costo trabajo aletear hasta cubrir las pocas manzanas que separaban el Burger King de la casa de David. Y además, ¿habéis intentado distinguir una casa de otra en plena noche a quince metros desde el aire? No, no es fácil.

       David estaba en la piscina, nadando de un lado a otro. Su habitación estaba muy iluminada, y enseguida pude ver la caja azul encima de su mesa.

       <¡Voy a entrar!>, anunció Rachel.

       <Me parece que no—replicó Tobias-. Eres demasiado grande con ese corpachón de águila. No puedes entrar por la ventana. Marco y yo tenemos más posibilidades.>

       <¡Vaya!>, se quejó Rachel. Pero hasta ella vio que Tobias tenía razón.

       <Avísanos si David sale de la piscina>, dijo Tobias. Batió las alas y se estabilizó para planear directamente hacia el brillante rectángulo de la ventana.

       Pero yo me las apañe para tomarle la delantera.

       <¡Ja!>, dije.

       <¡Marco! Ten cuidado si vas a ir primero. Tendrás que abrir las alas en cuanto entres para frenar, pero enseguida, si no quieres estrellarte contra la otra pared.>

       <Oye, vale que no tengo tanta experiencia como tú, Tobias, pero tampoco soy tonto del todo.>

       <No, eres tontísimo del todo>, observó Rachel, siempre tan amable.

       Salí disparado en la oscuridad, apuntando hacia la ventana. Era genial. Como aterrizar con un caza en un portaaviones, de noche. Sólo un diminuto y brillante objetivo en las tinieblas.

       <Sobre todo ten cuidado con el palo>, advirtió Tobias, que venía unos dos metros detrás de mí.

       <¿Qué palo?>, pregunté. ¡Pero de pronto tenía la ventana en las narices! Por un efecto óptico, me había parecido que estaba mucho más lejos.

       Intenté frenar, preparándome para abrir las alas en cuanto estuviera dentro… Y entonces vi el palo. Un palo que aguantaba la ventana abierta.

       ¡PAF! Di con el ala izquierda en el palo.

       <¡Ay!>, grité.

       ¡BLAM! La ventana se cerró con un golpetazo tremendo.

       ¡PLAF! Tobias se estrelló contra el cristal.

       ¡CRAS! Yo me estampé contra la pared, demasiado confuso para abrir las alas.

       Aterricé detrás de una cómoda. Estaba incrustado en un hueco de diez centímetro y no podía moverme. Lo único que podía hacer era deslizarme poco a poco hacia el suelo.

       <¡Tobias!>, exclamó Rachel.

       <Estoy bien—contestó Tobias-. El profesor Plum, en la galería, con el candelabro,>

       Tobias estaba vivo. Pero se había tenido que dar un batacazo de espanto. Parecía estar reviviendo una partida de Cluedo.

       Yo tampoco me encontraba muy bien que digamos. Iba avanzando de costado, centímetro a centímetro.

       -¡Miauuuuuuuuuuuu!

       ¡Oh,oh!

       Avancé más deprisa, cada vez más deprisa, desesperado por salir de detrás de la cómoda. Algo me estaba dando unos golpecitos en las garras, y yo sabía lo que era.

       ¡Por fin un ala libre! Y luego el cuerpo, y luego….

       -¡SSSssssssssssssss! –dijo el minino.

       Un minino enorme, un gato atigrado que enseñaba sus dientes afilados como agujas.

       <Gatito bonito.Gatito bueno.>

       Pero al minino no le hacía gracia tener pájaros grandes en su habitación, y mucho menos pájaros parlantes.

       -¡Miarramiauuuuuuuuuuuuuuuu!—exclamó, explicándome sus sentimientos.

       <¿La señorita Scarlet? ¿Estaba la señorita Scarlet con el profesor en el candelabro?>, se preguntaba Tobias.

       <¡Marco, sal de ahí!—gritó Rachel-. He visto un gato.>

       <No, si ya me he dado cuenta>, dije yo.

       Todos hemos visto gatos caseros. Yo mismo he visto un montón. Pero la verdad es que parecen diferentes cuando uno es un pájaro, incluso siendo una enorme y aguerrida ave de presa.

       ¡FLASH! El gato lanzó un zarpazo hacia mi ala.

       <Muy bien, gatito. ¿Quieres pelea? ¡Pues ahora te vas a enterar!>

       El minino no se impresionó, la verdad. Dio un salto y en una billonésima de segundo aproximadamente pasó de estar a medio metro de distancia a cero metros de distancia.

       <¡Aaaaaaah!>, chillé.

       -¡Miarrrraamiiauuuuuuuuuuu!—dijo él.

       De pronto todo fue un barullo de zarpas y garras y picos y dientes. Aquello debía de ser como cuando, en los dibujos animados, se pelean dos personajes, y sólo se ve una bola de polvo y estrellas de colores.

       Por fin nos separamos, mirándonos y jadeando. Yo había logrado colocar algún que otro golpe, pero el minino era rápido, el condenado. El gatito de las narices me había arañado la tripa hasta los huesos, me había mordido el cuello, el ala, la otra ala y la pata izquierda. Todo en unos seis segundos, más o menos.

       Yo no estaba dispuesto a un segundo asalto. No quería que mi obituario dijera: <<Murió por las heridas recibida en una pelea con un gordo gato casero.>> Quedaría fatal.

       Podía transformarme de nuevo. O escapar.

       ¿Pero cómo? ¿Por la ventana cerrada? No.

       ¿Por la puerta cerrada? No.

       Así que sólo me quedaba transformarme.

       Justo entonces Rachel decidió rescatarme.

       ¡CRASH! ¡La ventana explotó! Una piedra entró disparada, seguida de un águila gigantesca con las alas plegadas.

       El águila abrió las alas, que prácticamente se extendían de pared a pared y aterrizó en la cama.

       -¡Rrrrrr!—exclamó el gatito, con tono muy sorprendido.

       <¡Vámonos de aquí!>, gritó Rachel.

       Y en ese momento la puerta se abrió de golpe y entró David. El gato lanzó un maullido y trepó de un brinco a las cortinas de la ventana.

       <¡Por la puerta!>, indicó Rachel.

       <¡Ya voy!—contesté-.¡Pero tenemos que agarrar la caja!>

       <Encárgate tú. Yo distraeré a David.>

       Rachel empezó a destrozar los cojines, armando un revuelo de plumas en la habitación. El gato trepaba hacia el techo. Yo me acerqué dando saltos a la mesa. ¡El cubo! ¡Ahí estaba!

       David se lanzó hacia la mesa como si fuera a atacarme, pero sólo abrió de golpe un cajón y sacó algo…

       <¡Una pistola!—exclamé-.¿Una pistola? ¿Este chico tiene una pistola?>

       <La verdad, señorita Scarlet, yo creo que debería haber utilizado usted la llave inglesa>, nos llegó desde lejos.

      © 1998 K.A. Applegate

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 7:

      <¿Cómo? ¿Qué pistola?>, preguntó Rachel.

      ¡POP! ¡POP! ¡POP!

      Noté unos golpes en la barriga.

      <¡Tiene una pistola de balas de plástico!>

      <¡Con eso le puede sacar un ojo a alguien!>, exclamó Rachel indignada.

      <¡Sí, a mí!>, repliqué yo.

      Quise agarrar el cubo con una garra, pero era demasiado grande. Lo intenté con las dos garras, pero entonces apenas podía mantenerme en equilibrio. Aleteé como un loco y conseguí caerme de la mesa, pero todavía con el cubo en mi poder.

      ¡POP!¡POP!

      <¡Ahora sí que se la ha ganado!>, dijo Rachel.

      <No le hagas daño. No es más que un chico inocente.>

      <¿Inocente? ¡Su madre!>

      ¡POP!¡POP!¡POP!

      Aleteé con todas mis fuerzas y fui avanzando hacia la puerta. Rachel lo hizo un poco mejor, pero en cuanto salió al pasillo, cada vez que batía las alas se daba contra las paredes.

      -¡Ni soñéis que vais a escapar!—gritó David¾. ¡Devolvedme esa caja azul!

      Nosotros, ni caso. Seguimos huyendo, aleteando, arrastrándonos, tambaleándonos, aturdidos por las balas de goma, yo tirando de la caja azul, perseguidos por un chico furioso que chillaba y disparaba un arma que parecía de verdad.

      Por el pasillo

      <¡Ay!>

      <¡Cuidado!>

      -¡Devolvedme mi caja!

      ¡POP!¡POP!¡POP!

      Por las escaleras

      <¡Ay!>

      <¡Cuidado!>

      -¡Devolvedme mi caja!

      ¡POP!¡POP!¡POP!

      A través del salón, donde por la tele estaban dando Buffy, el cazador de vampiros.

      <¡Maldita sea! ¡Se me ha olvidado programar el vídeo!—dije¾. ¡Nos estamos perdiendo Buffy!>

      ¡POP!¡POP!¡POP!

      <¡Aaaah! Mañana en el colegio el chaval éste se va a enterar –amenazó Rachel¾. Voy a abrir la puerta de cristal. Distráele mientras tanto.>

      <¿Qué le distraiga? ¿Cómo quieres que le distraiga? ¿Quieres que haga mi numerito de Lord of the dance?>

      Rachel agarró con el pico el pomo de la puerta corredera y dio un tirón. David se lanzó hacia mí, queriendo recuperar su caja.

      Yo tenía dos opciones: dar un salto y sacarle los ojos, o devolverle la caja. Pero David no era un controlador, no era un enemigo. Y ni siquiera a mí me parece bien andar por ahí atacando a personas inocentes.

      Así que me aparté de un brinco de la caja. La puerta se abrió y Rachel y yo salimos volando por el jardín, sobre la piscina, por encima de la cerca.

      -¡Eso es! ¡Y no volváis por aquí! –nos gritó David, al tiempo que disparaba una última andanada de bolas.

      <La verdad es que no tengo muchas ganas de explicarle esto a Jake>, dijo Rachel.

      <Nos acaba de dar una paliza un chico con una pistola de juguete. ¡Es patético!>

      De pronto un halcón se unió a nosotros.

      <¿Tobias?>

      <Sí, jo, menudo batacazo. He tenido un sueño rarísimo. Estaba encerrado en la galería con el profesor Plum. En fin, ¿cómo ha ido todo?>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 de la traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 8:

      No estábamos en nuestro mejor momento. Lo dejamos correr, nos reagrupamos, y decidimos intentarlo de nuevo la tarde siguiente, cuando David se hubiera calmado. Teníamos que conseguir la caja azul antes de enfrentarnos al problema mayor de salvar a los líderes del mundo.

      Además, yo tenía que hacer un trabajo de ciencias para compensar por el trabajo que había olvidado hacer la semana anterior.

      Al día siguiente también había clase. Ya sabéis: hay que levantarse tempranísimo, ducharse, vestirse, esperar el autobús con la habitual colección de cretinos, intentar empollar un poco para el examen de primera hora mientras el autobús da tantos botes que al final hasta te salen cardenales en el culo.

      Y luego aparece por fin el colegio y, a mí por lo menos, se me cae el alma a los pies. Entonces ves a alguna chica guapa que todavía no te ha tachado de idiota y piensas: <<Bueno, supongo que puedo aguantar un día más.>>

      Aula. Clase. Clase. Almuerzo.

      La larga espera en la cola, aspirando un aroma a bicho muerto. ¿Coles de Bruselas? ¿Berenjena? No, es coliflor.

      -Te llamabas Marco, ¿no?

      Di media vuelta, sin dejar de empujar mi bandeja por el mostrador. Era David. Di un brinco como si me hubieran pescado con las manos en la masa.

      -Sí. Y tú eras David, ¿verdad?

      Él asintió con la cabeza, y miró aquella bazofia apestosa y humeante.

      -En mi otro colegio la comida era mejor.

      -Te creo, porque peor sería imposible. A no ser que tu otro colegio fuera una cárcel.

      David no se rió ni nada, sino que se me quedó mirando con cara rara.

      -Todavía no tengo amigos aquí. Ayer me pasó una cosa rarísima. ¿Quieres que comamos juntos?

      -Claro. ¿Qué te…?

      -¿Coliflor o judías verdes?—me preguntó la camarera¾. Venga, Marco, no te quedes ahí parado.

      -Judías.

      En cuanto nos sirvieron, nos abrimos paso entre el jaleo del comedor, que es peor que un zoo. Vimos un par de mesas vacías al fondo de la sala y nos sentamos a una de ellas.

      Yo tenía que hacerme el interesante, fingir que no sentía mucha curiosidad por oír su historia. Pero era fácil porque básicamente ya la sabía.

      -¿Te acuerdas de la caja azul que te enseñé ayer?

      Yo hice como que pensaba.

      -Ah, sí. Sí.

      David se inclinó hacia mí.

      -Pues anoche me la intentaron robar. ¿Y a que no adivinas cómo? Con unos pájaros amaestrados.

      -¿Qué?

      -Dos pájaros entraron en mi cuarto por la ventana para robarme la caja. Por suerte mi gato, Megadeth, atacó a uno de ellos.

      -¿Tu gato se llama Megadeth?

      -Ojalá mi serpiente hubiera estado suelta. Le hemos quitado el veneno, pero estoy seguro de que hubiera dado un buen susto a esos bichos.

      -¿Una serpiente?

      -Sí. Está muy bien. Es una cobra. Creo que no está permitido tenerlas en casa, pero mi padre me consiguió una. Viaja mucho al extranjero porque es un espía. Pero no se lo digas a nadie.

      Aquello era demasiado. ¿Un gato llamado Megadeth, una cobra y un padre espía?

      -Vaaale ¾dije.

      -Oye, ya sé que parece muy raro, pero esos pájaros no eran normales. Uno de ellos abrió la puerta corredera. Me parece que era un águila.

      -¿Y para qué iban a querer robarte esa caja azul?

      David movió la cabeza.

      -No lo sé. Pero debe de ser valiosa, ¿no? ¿Por qué si no iba alguien a enviar pájaros amaestrados y todo?

      -Sí, parece lógico. –Ya, de lo más lógico: pájaros ladrones. A veces pienso que mi vida se ha convertido en tal locura que ya no sé lo que es una locura y lo que no lo es.

      -Seguro que esa caja vale un montón. Voy a intentar venderla.

      Yo sentí un escalofrío.

      -¿Venderla?

      -Sí. Anoche, después de lo que pasó, puse un anuncio en un par de páginas de Internet. Describí la caja con sus símbolos, esos que parecen escritura en algún idioma raro. Esta mañana he mirado el correo y ya tenía una respuesta. Un tipo que está dispuesto a pagar bien. Dice que quiere verla donde sea y como sea.

      Entonces sentí algo más que un escalofrío. Se me cortó la respiración durante unos diez segundos.

      -¿Qué has hecho qué?

      -Estoy pensando que debería contar con refuerzos, ¿sabes? Alguien que me cubriera, por si surgen problemas, y tú eres la única persona que conozco aquí.

      -No le darías a ese tipo tu dirección, ¿verdad?

      David resopló.

      -Oye, que no soy tonto. Podría ir a robarme la caja mientras yo estoy aquí en el colegio. –David esbozó una sonrisa torcida¾. He programado el correo de modo que mi e-mail con mi dirección no le llegará hasta que yo esté en casa.

      -¿Lo tienes puesto en automático?

      -Sí. Así que le envío el e-mail, el tipo viene a casa y yo te doy el diez por ciento por tu ayuda.

      -Es un buen plan –repliqué, con toda la calma que pude. Pero por dentro estaba pensando: <<¡ERES IMBÉCIL PERDIDO! ¿Sabes quién va a aparecer buscando la caja?>>

      Claro que eso no lo dije.

      En ese momento vi que Jake se acercaba. Le hice una seña con la cabeza, y se alejó.

      David no dejaba de hablar. Primero contando la historia de la invasión de los pájaros y luego sus planes para gastar el dinero que iba a conseguir. Pero yo no le escuchaba.

      En un par de horas el e-mail sería enviado. Y muy poco después David recibiría una visita que no le iba a gustar nada.

      Yo le miraba y pensaba: <<¿Cómo demonios te voy a salvar la vida?>>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 9:

      Se lo conté todo a Jake durante la clase. Él se levantó de un salto, lanzó una palabrota de las gordas y lo enviaron a discutir el asunto con el director.

      Yo me pasé parte de la tarde buscando la ocasión de contárselo a Rachel y Cassie. Tenía que esperar a que estuvieran juntas, porque Cassie ejerce un efecto tranquilizador sobre Rachel.

      Una cosa estaba clara: había que impedir que se enviara el e-mail, lo cual significaba que tendría que perderme la dos últimas horas de clase. Jake tomó la decisión final junto a mi taquilla, entre la quinta y la sexta clases.

      -Adelante -dijo¾. Ve al ordenador de ese chico y borra ese e-mail.

      -Quizá tenga una contraseña para entrar—señalé¾. Voy a intentar llevarme a Ax.

      Jake asintió con la cabeza.

      -Más vale que te des prisa, no tienes mucho tiempo. Ya te pasaré luego los apuntes de clase.

      -Gracias, pero prefiero los de Cassie. Los tuyos están llenos de garabatos, y dibujos de jets y tanques.

      Sé muy bien cómo llegar al tejado del colegio, y por suerte no había nadie allí. Metí mi ropa en la mochila, pensando en recuperarla más tarde, y al cabo de cinco minutos estaba en el aire.

      Era una misión desesperada, de vida o muerte, pero no pude evitar una oleada de pura alegría al despegar el tejado del colegio y sentir el aire bajo las alas. ¿Acaso vosotros, cuando estáis ahí sentados en clase, no habéis deseado nunca salir volando por el cielo? Es fantástico. Lo único era no pensar en la posibilidad de que llamaran a mi padre.

      La verdad es que aquella idea apagó un poco mi alegría.

      Y además también había la posibilidad de que antes del final del día tuviera que enfrentarme a Visser Tres.

      Pero hacía un sol estupendo, con algunas nubes muy altas en el cielo, y el aire caliente que subía de la tierra me elevaba sin esfuerzo cada vez más y más. Más y más arriba… hasta que las casas parecían cajas de zapatos y los coches cajas de cerillas.

      Viré en dirección a la lejana línea de árboles. No sería fácil encontrar a Ax. Durante el día se mantenía escondido. Teníamos miedo de que algún cazador de ciervos intentara matarlo. O peor aún, que algún controlador pudiera verle y adivinar lo que era.

      La brisa soplaba en mi contra, así que avanzaba despacio. Pero Tobias nos había enseñado que a veces la altitud te hace ganar velocidad. Veréis, si uno sube muy alto la fuerza de gravedad le permite planear largas distancias, incluso contra el viento. Es como subir a la cima de un tobogán gigante. Aunque el viento esté en contra, uno se desliza hacia abajo.

      Aproveché una corriente de aire caliente para elevarme cada vez más. Nunca había volado tan alto. No sé a qué distancia estaba del suelo, pero os aseguro que vi un pequeño avión privado que volaba a mi misma altitud.

      Apunté hacia el bosque y me lancé a un largo y suave planeo que finalmente me llevó hasta mi objetivo.

      Ax vive en unos veinticinco kilómetros cuadrados de bosque. ¿Tenéis idea de cuánto bosque es eso? Pues mucho. Un montonazo de árboles. Mis ojos de águila pescadora lo veían todo, hasta los escarabajos y gusanos sobre las hojas muertas. Pero ni siquiera yo logré ver a Ax, al menos durante mucho rato. Demasiado rato.

      Al final me puse nervioso de verdad. Llevaba transformado más de una hora, e incluso si encontraba a Ax, tendría que volar hasta…

      ¡De pronto capté un movimiento!

      Era un ciervo. ¡No! No era un ciervo. A menos que los ciervos se estuvieran volviendo azules.

      Giré las alas y descendí.

      <¡Ax! ¡Ax! ¿Eres tú? Soy yo, Marco.>

      Él dejó de correr. Unos de sus cuernos, con un ojo en la punta, se alzó hacia el cielo y me enfocó.

      <¿No deberías estar en el colegio?>, me preguntó.

      <¿Es que ahora te has metido a policía? Necesito tu ayuda. ¿Tú crees que podrías saltar cualquier contraseña de seguridad en un ordenador?>

      Ax se echó a reír. Pero de pronto se calló.

      <Ah, hablas en serio. Pensaba que era una broma. Estoy haciendo un esfuerzo por reconocer el humor humano y responder a él adecuadamente.>

      <Ya. –Aterricé de maravilla sobre un tronco caído, hundiendo las garras en la madera podrida y molestando a un grupo de termitas¾. Bueno, dime, ¿Puedes hacerlo?>

      <Pues claro que sí. ¿Un ordenador humano? Ya sé que no lo has dicho con mala intención, pero esa pregunta es un insulto para cualquier andalita.>

      Suspiré.

      <Vale, vale. Necesitas transformarte. Tenemos que espabilarnos.>

      <¿Cuál es el problema?>, pregunto Ax.

      Pero no perdía el tiempo. Ya se estaba fundiendo, cambiando, transformándose.

      <Es la caja azul. Si no me equivoco, dentro de una hora Visser Tres va a recibir un e-mail que le ofrecerá la posibilidad de comprarla.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 10:

      Tic-tac, tic-tac. El tiempo pasaba deprisa.

      El viento sopló a nuestro favor durante el trayecto hasta la casa de David. Sólo había un problema. ¿Habéis intentado alguna vez localizar una casa en medio de toda una urbanización de casas casi idénticas? ¿Y desde el aire? ¿ Y cuando sólo habéis visto la casa una vez, de noche?

      <¿Estás perdido?>, me preguntó Ax.

      <No, estamos perdidos los dos. Busca una piscina. Tiene forma como de riñón.>

      <¿Una piscina? ¿Una piscina yeerk?>

      <No, una piscina humana.>

      <Jamás había oído hablar de una cosa así. ¿Son necesarias para la reproducción?>

      <No, pero te ayudan a hacer amigos durante el verano.>

      Por fin divisé una piscina azul, con forma de riñón, y viré hacia ella. Sí, parecía la que buscaba. Sólo que justo al otro lado de la calle había una casa idéntica con una piscina idéntica.

      ¡Ah! Tenía ganas de gritar. De pronto, por encima de nosotros, se oyó una voz telepática.

      <¿Ax? ¿Y quién es el otro? ¿Marco? ¿Cassie?>

      <¡Tobias! –exclamé-. ¿Qué estás haciendo ahí arriba? ¿Y cómo sabías que éramos nosotros?

      <Lo que estoy haciendo es cabalgar esta excelente corriente de aire. Y cualquier idiota notaría algo extraño en un agilucho y un águila pescadora que andan por ahí asomándose a las ventanas de la gente. ¡Por dios! ¿Has oído hablar alguna vez de la sutileza?

      <Oye, ya te burlarás de mí más tarde –repliqué-. Ahora tenemos que encontrar la casa de David. ¡Y deprisa!>

      <Una manzana más al oeste –dijo Tobias-. Venid, os la enseñaré.>

      Y se lanzó en picado, como un misil, sobre su objetivo. Ax y yo aleteamos para unirnos a él.

      <¿Qué pasa?>, preguntó Tobias.

      <David ha puesto la caja en venta en Internet. Ya tiene a alguien interesado. Ha enviado un e-mail que tenemos que interceptar. Pero me preocupa que tenga una contraseña de acceso. Por eso he traído a Ax.>

      <Ya. Esto…si hay una contraseña, ¿por qué sencillamente no apagáis el ordenador?>

      Me quedé tan de piedra que casi me estampo contra un tejado.

      <Pues es verdad>, contesté. Me sentía el mayor idiota del mundo. ¡Apagar el ordenador, claro! O desconectar el cable del teléfono.

      No me gusta nada sentirme como un idiota.

      <Aun así, sería mejor que pareciera que el e-mail se ha borrado. Si David no obtiene respuesta pensará que el comprador no estaba interesado.>

      <¿Cómo nos vamos a meter en la casa? –preguntó Tobias-. Todas las ventanas están cerradas. Yo no pienso estrellarme otra vez contra el cristal.>

      Volábamos en círculos sobre la casa, tres aves de presa. Seguro que parecíamos buitres o algo así. Tobias tenía razón. Todas las ventanas estaban cerradas. La que Rachel había roto el día anterior estaba bloqueada con madera.

      Yo estaba un poco más tranquilo. Nos quedaba algo más de una hora antes de que el e-mail se enviara. Había tiempo de sobra.

      <Bueno, a ver qué os parece. Ax y yo nos transformamos en cucarachas y entramos por debajo de la puerta trasera. Tobias, tú te quedas vigilando para que nadie se nos coma.>

      Ax y yo aterrizamos en el jardín trasero. Había una cerca alta, lo cual estaba bien. Habíamos mirado por todas las ventanas para cerciorarnos de que no había nadie en casa.

      Recuperamos nuestra forma habitual junto al columpio oxidado, nos acercamos a la puerta y yo me agaché para mirar por la rendija. Sí, había espacio de sobra para una cucaracha.

      -Venga, acabemos de una vez –dije. Puse mi mano en el pomo, preparándome para asumir la forma de una cucaracha. Pero en ese momento noté que el pomo giraba-. ¡Oye! ¡Se han dejado la puerta abierta! ¡Vamos!

      <¡Noooooo!>, gritó Tobias, justo cuando yo abría la puerta.

      -¿Qué pasa? –pregunté yo-. Está abierta, así que…

      ¡UUUAAAAAAOOOOOOOOO!¡UUUAAAAAOOOOOOO!

      <¡La alarma! –chilló Tobias-. ¡Eso es lo que pasa!>

      <¿Qué es ese sonido tan desagradable?>, preguntó Ax.

      -¡Mi madre! –exclamé-. ¡Vamos, deprisa! ¡Tobias, avísanos si ves llegar a la policía!

      Irrumpí en la casa, seguido de Ax. Atravesamos la cocina. Las pezuñas de Ax resbalaban sobre el linóleo.

      ¡UUUAAAAAAOOOOOOOO!¡UUUAAAAAAOOOOOOOOO!

      Atravesamos el salón enmoquetado.

      ¡CRASH! Ax había tirado una lámpara de cerámica con la cola. La lámpara se hizo añicos.

      ¡UUUAAAAAAOOOOOOOO!¡UUUAAAAAAOOOOOOOOO!

      Subimos las escaleras.

      ¡CRASH! ¡CRASH! ¡CRASH! La cola de Ax barrió de la pared tres pequeñas fotografías enmarcadas.

      ¡UUUAAAAAAOOOOOOOO!¡UUUAAAAAAOOOOOOOOO!

      -¡Esto va de maravilla! –grité con rabia.

      <¡Marco! ¡Ax! ¡Alguien viene!>

      Entramos en la habitación de David. En la pantalla del ordenador se veía un salvapantallas muy mono. Me lancé hacia el ratón. El salvapantallas desapareció. Hice clic en el icono del correo.

      ¡RRRIIIING! ¡RRRIIING! ¡RRRIIING! En ese momento sonó el teléfono y yo pegué un brinco hasta el techo.

      ¡UUUAAAAAAOOOOOOOO!¡UUUAAAAAAOOOOOOOOO!

      ¡RRRIIING! ¡RRR…!

      ¡Alguien había contestado el teléfono! Miré a Ax. No había sido él.

      ¡UUUAAAAAAOOOOOOOO!¡UUUAA…!

      ¡Alguien había desconectado la alarma!

      En el piso de abajo se oyó una fuerte voz masculina.

      -Sí, estoy en casa. La alarma estaba sonando. (Pausa.) Ya me encargo yo de todo. ( Pausa.) No, soy un oficial de la ley. No hace falta que envíe a sus hombres. Ya echaré yo un vistazo.

      CLICK.

      Era el padre de David, obviamente. Había vuelto del trabajo. De su trabajo como <<oficial de la ley>>. Con su pistola.

      Yo miré la pantalla. El programa del correo se abría muy despacio.

      No podíamos esperar.

      Teníamos que escondernos. Había que esconderme a mí, y a un chico ciervo con aspecto de escorpión y venido del espacio exterior. Y teníamos que escondernos de un tipo que sabía buscar.

      Genial.

      -¡Ax! ¡Métete en el armario y transfórmate en algo pequeño! –susurré.

      Él se metió de un salto en el armario y yo me metí de un salto debajo de la mesa. Quería desconectar el cable del teléfono para estar seguro de que no se enviaba el e-mail.

      Pero la mesa de David era una de esas mesas con un tablón en la parte de atrás.

      No podía llegar a los cables.

      -Muy bien, si hay alguien ahí más vale que salga y así no habrá accidentes –dijo el padre de David-. No quiero tener que disparar.

      No podía llegar al cable del teléfono.

      -¡Aaaaaggh! –exclamé furioso.

      Me levanté de un salto, miré la pantalla, caí de rodillas y rodé debajo de la cama. Desde allí vi unos zapatos que entraban despacio en la habitación, y contuve el aliento.

      Justo entonces me di cuenta de dos cosas terribles.

      Una: al echar un vistazo a la pantalla del ordenador había visto algo raro. El reloj de la esquina inferior derecha estaba adelantado una hora. El e-mail de David sería enviado no dentro de una hora y tres minutos, sino en tres minutos.

      Dos: la cobra de David dormía debajo de la cama.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 11:

      La cobra se asomó por el borde de una caja de cartón. Os aseguro una cosa: el tiempo es relativo, porque en cinco segundos envejecí cinco años por lo menos.

      La serpiente se enroscó. ¡Y de pronto se lanzó al ataque! Con la cabeza hinchada, moviendo la lengua, se levantó y …

      ¡BONK!

      Se pegó con la cabeza contra el colchón. El golpe pareció dejarla un poco atontada, porque se quedó allí quieta, erguida medio enroscada, mirándome como si todo fuera culpa mía. Yo recordé que, según David, le habían quitado el veneno. ¿Pero cómo se va uno a fiar de un chico que tiene una serpiente?

      La cobra me miraba con sus ojillos malignos y relucientes.

      Los zapatos se acercaban.

      ¿Qué podía hacer? Podía transformarme en algo pequeño, cualquier bicho, como una cucaracha, una hormiga o una pulga. Pero había un pequeño problema: ¡Una cobra me estaba mirando fijamente a medio metro de distancia! Y quién sabe qué comen las cobras.

      Hasta que de pronto se me ocurrió algo. Era la solución más evidente, aunque un poco demencial.

      Tendí la mano hacia la serpiente…

      ¡CHAS!

      ¡La cobra me atacó! Me hundió los colmillos en la mano, justo en la parte carnosa entre el pulgar y el índice.

      -¡Aagh! –gruñí.

      -¡Muy bien! ¡Sal de ahí debajo! –ordenó el padre de David.

      Volví a tender la mano y esta vez sujeté a la cobra con fuerza. El bicho se debatía, se agitaba, se retorcía y en general incordiaba todo lo posible.

      -¡A la cuenta de tres sal con las manos en alto!

      ¡PUM!

      Un ruido apagado. Los zapatos negros se volvieron hacia el armario. Era el bueno de Ax, ofreciendo un poco de distracción.

      Seguí aferrando a la estúpida serpiente y me concentré. Cuando adquieres un animal, o sea, cuando absorbes su ADN, se queda relajado, tranquilo. Por lo menos casi siempre.

      Pero la serpiente no. Que va. Mientras absorbía su ADN y el padre de David se acercaba al armario, aquella serpiente del demonio no hacía más que revolverse como una idiota.

      La puerta del armario se abrió.

      -¡Muy bien, sal de ahí! ¡Eegsxx!

      Oí que enfundaba la pistola y a continuación aquellos zapatones negros se pusieron a bailar. Es un pequeño baile llamado <<pisar al bicho>>.

      <¡Marco! Tengo la forma de una araña y este humano está intentando aplastarme con sus pezuñas artificiales.>

      Yo no podía contestar, claro, porque no estaba transformado. Lo único que podía hacer era distraer al padre de David, como Ax había hecho antes por mí.

      Así que tiré la cobra al suelo. El animal salió siseando de debajo de la cama.

      -¡Ah, Spawn! ¡A por la araña, Spawn! –dijo el padre de David.

      Las cosas iban de mal en peor. La cobra clavó su desagradable mirada en el pobre Ax, que zigzagueaba como loco entre las enormes <<pezuñas artificiales>> del padre de David. Ax iba a ser pisoteado o devorado, o probablemente las dos cosas.

      Yo no podía hacer más que salir a rastras de debajo de la cama y …

      ¡DING DONG!

      -¡Atrapa a esa araña, SPAWN! Llaman a la puerta. Deben de ser los hombres de la compañía de seguridad, los muy inútiles… Mira que les he dicho que no envíen a nadie –masculló el hombre mientras se marchaba de la habitación.

      Salí a toda prisa de debajo de la cama, me incorporé y estuve a punto de pisotear yo mismo a Ax. Aparté a Spawn, recogí a Ax con la mano y me acerqué de un salto al ordenador.

      En la pantalla había aparecido la frase funesta: SU E-MAIL HA SIDO ENVIADO.

      Respiré hondo. Tenía a un andalita transformado en la mano. Un e-mail mortal había sido enviado. El padre de David podía volver en cualquier momento. Y una serpiente me había mordido la mano.

      Por lo menos no tenía veneno, o seguramente ya estaría muerto… a menos que fuera uno de esos venenos de acción lenta.

      -Mire –oí que decían en el piso de abajo-, le dije a su oficial que no necesitaba a nadie. Pierden ustedes el tiempo. Debe de haber sido una falsa alarma. Está todo bajo control.

      Supongo que todavía no había visto todas las cosas que Ax había roto.

      Se oyó un portazo.

      <<¿Y ahora qué?>>, me pregunté.

      El e-mail había sido enviado. El padre de David iba a seguir su búsqueda. Y yo no quería marcharme de la casa. En cualquier momento iban a surgir problemas.

      Spawn, la serpiente, se había metido en el armario.

      Ax no tenía tiempo de dejar su forma y transformarse otra vez. Sólo había tiempo para una metamorfosis.

      Tiempo para una sola forma, que pudiera quedarse allí en la habitación sin ser vista. Ni devorada.

      -¡Ax, me voy a transformar! Te dejo en el suelo.

      Tiré a Ax al suelo sin miramientos. Ax estaba convertido en araña, y yo ya he hecho esa metamorfosis alguna vez. Son criaturas muy sólidas.

      Me concentré y comencé a transformarme en una cobra.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 12:

      Una noticia de última hora sobre las serpientes: no tienen brazos ni piernas.

      En cuanto empecé a transformarme, lo primero que noté es que mis brazos y piernas se desvanecían. No que se encogían, no. Que se desvanecían. Como cuando uno echa una hoja de papel al fuego, y el papel no se quema sino que… se desvanece.

      Eso era lo que me pasaba en los brazos. Una cosa rarísima. Una de esas cosas que harían ponerse a chillar como un histérico a cualquiera. ¿Que no? Imaginaos que os estáis mirando los brazos, con su piel, sus músculos, su vello, terminados en dedos con uñas y todo, y de pronto todo eso empieza como a arrugarse, debilitarse, encogerse y desvanecerse.

      Pero con las piernas es todavía peor. Porque las piernas hacen falta para estar de pie.

      En cuanto me di cuenta de lo que pasaba, me dejé caer de rodillas. Puse todo el cuidado del mundo, pero aún así estoy seguro de que hice algún ruido. ¡Genial! Ahora el padre de David vendría inmediatamente.

      Me tumbé de costado y me metí otra vez debajo de la cama. Giré la cabeza y noté que la giraba demasiado bien. El cuello me había crecido. Ahora podía mirar directamente hacia abajo sin casi doblarlo.

      Mi traje de metamorfosis y mi piel comenzaban a cubrirse de dibujos, como diminutos diamantes. Eran las escamas de la serpiente, de color amarillo y marrón sucio.

      Mis brazos eran pequeños muñoncillos, mis piernas se hacían cada vez más delgadas y largas. Los músculos habían desaparecido. Los pies también.

      Oí el espantoso sonido de mis propios huesos haciéndose líquidos y desapareciendo. Sentí cómo mis órganos internos se hundían, al no estar sujetos por una estructura de hueso y músculos.

      Percibí un débil SCRRRRRRRNNNNNNNNNNCHHHHHH. Era mi columna, que se extendía abriéndose paso por una de mis débiles piernas. Entonces , la otra pierna, como si fuera una hiedra de acción acelerada o algo así, se enroscó de golpe en torno a la pierna que tenía dentro mi columna y se fundió con ella para formar una cola.

      Y ahora viene lo más asqueroso. La metamorfosis, como ya he mencionado, nunca es lógica. Las cosas no suceden poco a poco. A veces parece que suceden de la forma más monstruosa posible. Como si los científicos andalitas que inventaron estas transformaciones tuvieran un sentido del humor de lo más retorcido.

      El caso es que mientras las escamas se extendían por mi cuerpo, ya casi tubular del todo, y mis piernas se convertían en una cola, y mis brazos… bueno, ya no tenía brazos. Pero mientras todo eso pasaba, mi cabeza seguía normal.

      Sí, tenía cabeza humana de siempre, con su tamaño normal… con el resto del cuerpo convertido en una serpiente.

      Sí, sí, imaginaos. Pensad que os pasara a vosotros. ¿A que tendríais ganas de gritar a base de bien?

      Yo era un gusano con una cabeza.

      He tenido dos piernas. He tenido cuatro patas. He tenido incluso seis u ocho patas. Pero nunca había tenido cero patas. Cero patas, cero brazos.

      Por suerte, mis pulmones eran diminutos pulmones de serpiente, y no pudieron enviar ni un suspiro a mi boca humana. Mucho menos un grito.

      <<Esto me va a ocasionar unas pesadillas de espanto>>, pensé.

      Por fin mi cabeza empezó a cambiar. Fue todo un alivio. Al fin y al cabo, mejor ser humano o serpiente que no un poco de las dos cosas.

      Durante una metamorfosis se sienten cosas muy raras, pero nunca dolor, lo que está muy bien porque la verdad es que no apetece nada pensar en lo que podría doler que tus órganos internos desaparezcan y que tu columna se meta donde no se debería meter.

      Pero a veces se sienten las cosas de forma muy lejana, como se sienten en los sueños, como si le estuvieran pasando a otra persona o algo así.

      Yo, por ejemplo, notaba la tráquea empujando contra mi paladar. Noté cómo se unía con mi nariz. No sé por qué. Lo único que sé es que ya no podía respirar por la boca.

      La cabeza se me encogía muy deprisa. Las escamas cubrían mi cuello se extendían por mis mejillas como un virulento ataque de acné, luego subieron por mi frente y por el cuero cabelludo, sustituyendo al pelo.

      La boca se me hizo más grande con relación a la cabeza. Una boca humana debe de ser, no sé, como un cinco por ciento de toda la cabeza. Pues bien, mi boca ocupaba ahora como todo un tercio.

      De pronto los dientes se me reblandecieron, se convirtieron en carne blanda, como encías podridas, y al mismo tiempo oí el ruido de algo que me crecía en la boca.

      ¡Colmillos!

      Los colmillos crecieron y se retorcieron hacia el paladar. Claro que a Spawn le habían extirpado las bolsas de veneno, así que…

      Pero entonces se me ocurrió que la metamorfosis se creaba a partir del ADN. Eso no quedaba afectado por la cirugía. De modo que el hecho de que Spawn no tuviera veneno no impedía que yo lo tuviera.

      Tenía colmillos, dientes de aguja huecos. Y encima de los colmillos, en la boca, unas bolsas llenas de veneno. Mi lengua bífida se agitaba entre los colmillos… Fuera, SSS, SSS, SSS, dentro otra vez. Fuera, SSS, SSS, SSS, dentro otra vez.

      Era como oler. Pero no era oler. Era como saborear el aire, pero con mucho más refinamiento que el gourmet más refinado del mundo. Era como saborear cada molécula.

      Mi visión era excelente, y en color, lo cuál era un alivio. Colores distintos de lo normal, pero colores al fin y al cabo.

      Además tenía un nuevo sentido. Tardé un poco en saber qué era, pero por fin me di cuenta: podía sentir el calor. Pero no como uno siente la diferencia entre un horno caliente y un cubito de hielo, sino una cosa muchísimo más refinada. Podía notar la diferencia de calor entre la parte de la alfombra que estaba en el lado del débil sol, y la que estaba en la sombra.

      El único problema era el oído. Las serpientes no tienen orejas, ¿Sabéis? Oía a través de unas vibraciones en el suelo que parecían recorrer mi cuerpo.

      Pero ya estoy acostumbrado a estas cosas. Se parecía mucho a cuando me convierto en cucaracha.

      El mejor sentido era la vista, con el apoyo de una lengua sensible a los sabores y la capacidad de sentir con precisión mínimas diferencias de temperatura.

      En ese momento la mente de la serpiente apareció en mi consciencia.

      Frío.

      Eso es lo que sentí. Como si tuviera a mi lado un fantasma. Como si alguien hubiera abierto una puerta en mi cerebro y hubiera entrado una ráfaga de aire polar.

      La serpiente oyó unos pasos que subían la escalera. Se puso alerta. No se asustó… simplemente se preparó. Como Clint Eastwood entrando en un saloon. Sin miedo, pero con la pistola lista,.

      Lengua fuera, SSS, SSS, SSS. Lengua dentro.

      Alerta y hambrienta.

      Noté calor. No mucho, puesto que lo que notaba era un ser de sangre fría. Pero suficiente. Mis ojos captaron un movimiento brusco, ocho patas moviéndose.

      <El humano viene otra vez>, dijo Ax.

      Esa máquina fría, calculadora, sin emociones, que era mi cerebro advirtió un extraño ruido en mi cabeza y lo desechó. No tenía importancia. Lo que importaba era el hambre, el movimiento y el calor.

      Lengua fuera, SSS, SSS, SSS. Hmmmmm. El olor almizcleño de un bicho. El aroma de una araña. Movimiento, calor, sabor.

      Movimiento, calor y sabor significaban comida. La comida era la solución al hambre.

      <Marco, ¿qué hacemos?>, preguntó Ax.

      Yo no contesté, sino que me enrosqué, eché atrás la cabeza, estiré los finos huesos que componían mi columna y, con la velocidad de una cola andalita, lancé la cabeza con la boca abierta y me comí a Ax.

      Me lo tragué de golpe.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 13:

      Lo sentí moverse dentro de mi boca. Noté las patadas de sus ocho patas peludas.

      <¿Me has ingerido?>, preguntó indignado.

      <Pues… sí.>

      <¿Has perdido el control de tu forma?>

      <Pues…> Vale, a lo mejor sí que había perdido el control. Por un instante. Pero ya lo había recobrado.

      Daba un poco de vergüenza, la verdad. Uno no va por ahí comiéndose a sus amigos.

      Entonces se me ocurrió algo espantoso.

      <¿Te he mordido? ¿Cómo te encuentras?>

      <Eeeeh… atontado…>

      <¡Transfórmate!> Ya no importaba que el padre de David lo viera. Ax moriría en segundos si no se transformaba.

      Escupí la araña, lo cual no fue nada fácil. Mi lengua de serpiente no funcionaba como una lengua normal. Salía de su pequeña ranura saboreando el aire cada segundo más o menos. Era estupenda para captar el olor de una posible presa, pero inútil para sacarse de la boca arañas medio muertas.

      Por suerte Ax ya se estaba transformando. Se iba haciendo más y más grande en mi boca de serpiente al tiempo que iba saliendo.

      En ese momento apareció el padre de David.

      -¿Pero qué…? ¡Oh oh oh! ¿Qué es eso?

      No había nada que hacer. No tenía más remedio que ponerme en contacto con él. Tenía que emplear la telepatía. Por supuesto, ninguna ley me obligaba a decir la verdad. Y es un hecho que no se puede saber de dónde proviene un mensaje telepático.

      <¡Saludos, terrícula! ¡Klaatu barada nikto! ¡Vengo en son de paz!>

      -¡Aaaah! –exclamó el padre de David, retrocediendo un par de pasos.

      Sacó la pistola de la cartuchera y apuntó a Ax. No se le podía reprochar, la verdad, porque Ax tenía el tamaño de una galleta, con ocho patas peludas, un pelaje azul y marrón, una especie de cola de escorpión y dos brazos diminutos.

      <¿No dispares tu arma, terrícola! ¾chillé-. ¡Venimos en son de paz!>

      -¿Cómo que <<venimos>>? Hace un momento era <<vengo>>. ¿Cúantos sois?

      Genial. Sólo un <<oficial de la ley>> repararía en una cosa así. Recordé que David había dicho que su padre era un espía. ¿Para quién trabajaría? ¿Para el FBI? ¿La CIA? ¿O sería un miembro de esa oscura organización secreta que no hace más que dar quebraderos de cabeza a Mulder y Scully?

      <Esto… Bueno, terrícola –dije-, sólo somos uno. Pero sufro una especie de enfermedad mental espacial. Múltiple personalidad. Es que el viaje desde el planeta Xenon Cinco es larguísimo y necesitaba alguien con quien hablar.>

      Ax había crecido hasta el tamaño de un oso de peluche. Un oso de peluche feísimo, eso sí.

      -¡Deja de hacer eso que estás haciendo! –gritó el hombre-. ¡Deja de crecer!

      <¡Eh! ¡Qué demonios estáis haciendo ahí vosotros dos?>

      Era la voz de Tobias, desde el exterior.

      <Yo soy una serpiente. He mordido a Ax, que se está transformando para no morir envenenado. El maldito e-mail ha sido enviado y este tipo nos va a pegar un tiro –contesté-. ¿Alguna otra pregunta?>

      -¡Deja de crecer o disparo! –amenazó el hombre.

      CLICK.

      Había quitado el seguro de la pistola.

      -¡He dicho que te detengas!

      <Tenéis otro problema –anunció Tobias-. David se acerca.>

      <¡Terrícola! -grité-. ¡Tu hijo se ha escapado del colegio!>

      No sé por qué lo dije. Supongo que sabía instintivamente que todos los padres son iguales, y que incluso enfrentados a un alienígena monstruoso y mutante, pensarán antes que nada en sus hijos.

      Al agente del FBI, la CIA o la agencia secreta de las narices, le llamearon los ojos.

      -¿Cómoooo?

      <Que se ha saltado la última clase.>

      Voy a parar un momento para que veáis bien la imagen. Ahí estaba yo, la serpiente, hablando por telepatía con un tipo muy suspicaz, fingiendo hablar desde una criatura medio araña medio andalita del tamaño de un caniche, al mismo tiempo que le anunciaba que un chico normal se había escapado del colegio.

      Pregunta: ¿es mi vida una locura?

      Respuesta: definitivamente, sí.

      -Yo he vuelto a casa antes de lo previsto –dijo el padre de David-. ¡Ja! ¡Esta vez lo he pescado! ¡Va a estar un mes castigado!

      Noté las vibraciones del sonido de una puerta en el piso de abajo.

      Ax era ya más andalita que araña. Al perder su forma se libraba del veneno.

      -Te he dicho que dejes de hacer eso –ordenó el padre de David, pensando de pronto que tal vez, sólo tal vez, tener un alienígena en su casa era ligeramente más importante que pescar a su hijo saltándose una clase.

      <Marco, aguanta ahí –dijo Tobias desde fuera-. Veo un águila, un águila pescadora y un halcón que vienen hacia aquí. Llegarán dentro de unos diez minutos.>

      <Estupendo, siempre que este tío no decida apretar el gatillo. Porque calculo que la bala tardará menos de diez minutos en hacer su recorrido.>

      De pronto apareció David en la puerta. Al ver a Ax se quedó de piedra.

      -¡Jo!

      -Dice que es una especie de extraterrestre –explicó su padre.

      -¡Guaaaaaau!

      -A propósito, estás castigado.

      -¿Un alienígena? De eso nada.

      Lo siento, pero no me pude contener, y le contesté en lenguaje telepático.

      <De eso todo>, repliqué.

      Habría tenido gracia. Quiero decir que todo aquello era alucinante, eso seguro. Pero la gracia se desvaneció en un instante. Porque en ese momento Tobias me habló de nuevo.

      <Se acercan una limusina, dos jeeps y una furgoneta. ¡Y vienen a toda velocidad!>, anunció.

      <Escuchad –dije a David y a su padre, con toda la calma que pude fingir-. Dentro de un momento esto va a ser un infierno. Tenéis que esconderos.>

      -¿Escondernos? ¿Y por qué nos íbamos a esconder? –preguntó David con tono desafiante.

      <Porque se trata de esconderse o morir.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 14:

      ¡DING DONG!

      El timbre de la puerta.

      El padre de David seguía apuntando a Ax, que ya era definitivamente un andalita.

      <No vaya a abrir la puerta>, dije yo.

      Por desgracia, la auténtica Spawn, la cobra de verdad, escogió aquel preciso instante para salir del armario. El padre de David volvió muy despacio la vista hacia mí. Luego miró a Ax otra vez. Y luego a mí.

      <Sí, soy yo quien habla, la serpiente. Oiga, no haga ninguna tontería.>

      El hombre me apuntó con la pistola.

      ¡BANG! ¡BANG!

      Sentí un impacto. No dolor, sólo un impacto. Giré mi cabeza de serpiente y vi un agujero del tamaño de una moneda de veinticinco centavos en mi cuerpo, a unos veinte centímetros de la punta de la cola. ¡Se veía la moqueta a través de mi cuerpo de serpiente!

      Ahora el padre de David apuntaba con más cuidado.

      ¡FUAP! Ax había restallado su cola como un látigo. La pistola salió volando, junto con un dedo.

      -¡Eh! –grito David.

      -¡Aaaah! –chilló su padre.

      ¡CRAAAAAASH!

      En el piso de abajo la puerta saltó hecha añicos.

      El padre de David se agarraba la mano herida.

      <¡TOBIAS! –grité telepáticamente-. ¡Vamos a necesitar refuerzos!>

      En las escaleras se oían los pasos de muchos pies, con tal estruendo que la casa se estremecía.

      Dos guerreros hork-bajir irrumpieron en la habitación, pero al ver a Ax retrocedieron. Entonces, entre ellos apareció otro andalita. Mayor que Ax, y en cierto modo muy, muy distinto.

      <¡Visser Tres!>, exclamó Ax con odio.

      <Hemos oído tiros y pensamos que tal vez necesitabais ayuda>, dijo Visser burlón.

      -¡Fuera de aquí! –gritó David.

      <¿Fuera de aquí? –repitió Visser Tres-. Vaya, qué decepción. Si he venido corriendo nada más recibir tu primitivo e-mail.>

      -¿T-t-tú quieres co-comprar la caja azul?

      <Desde luego que sí –afirmó Visser Tres-. Sí quiero, sí quiero. Y estoy dispuesto a pagar cualquier precio. Vamos a ver, ¿qué podría ofrecerte por la caja? ¡Ya sé!>

      Restalló la cola y presionó la cuchilla contra el cuello del padre de David.

      <Te pagaré la caja con la vida de tu padre.>

      <No vas a conseguir la caja>, dijo Ax con calma, avanzando para enfrentarse cola a cola con Visser.

      <Entonces este humano va a ser privado de su cabeza. Tengo entendido que les resulta fatal.>

      Durante un largo momento nadie se movió. Ni Visser Tres, ni Ax, ni el padre de David ni los dos hork-bajir.

      Nadie se movió, excepto yo.

      Aquella forma era nueva para mí. Todavía no la había probado bien y no tenía ni idea de cómo se mueve uno cuando no tiene piernas. Pero el cerebro de la serpiente sí lo sabía.

      Me deslicé. Largos músculos se contrajeron acortando un lado de mi cuerpo para formar un medio lazo. Luego desenrosqué el medio lazo para impulsar mi cabeza hacia delante.

      Era silencioso. Era rápido. Pero no era invisible. Y estaba perdiendo sangre por el agujero de bala.

      <¿Qué es eso? ¿Otro andalita metamorfoseado?>, preguntó Visser Tres, mirándome con uno de sus cuernos.

      ¡Un movimiento súbito!

      El padre de David había echado atrás la cabeza, apartándose de la cuchilla directamente contra Visser.

      -¡Déjale en paz! –gritó.

      Ax estalló la cola. ¡FUAP! Pero su ataque fue un poco lento porque tuvo que tener cuidado de no hacer daño a David.

      ¡FUAP! Visser bloqueó el golpe de Ax.

      Los dos hork-bajir dejaron de parecer estatuas y se adelantaron de un salto, con sus hojas llameando.

      Dos hork-bajir y Visser Tres contra Ax y una serpiente. ¡Era imposible! Y doblemente imposible con David y su padre metiéndose por medio.

      ¡FUAP!

      ¡FUAP!

      Las cuchillas cortaban el aire.

      ¡CHAS! ¡CHAS!, sonaban las hojas de las muñecas y los brazos de los hork-bajir.

      Ax tuvo que retroceder deprisa, desesperado, contra la pared. Había estallado un demencial torbellino de cuchillas que arrancaban los pósters de las paredes, rajaban las cortinas y lanzaban volando todos los juguetes y trastos que había sobre la mesa de David.

      Yo repté hacia él, enroscándome, estirándome, enroscándome, estirándome, deslizándome por el suelo en pos de pezuñas y los enormes pies de tiranosaurio de los hork-bajir.

      ¡Objetivo! ¡Un tobillo hork-bajir!

      Me alcé, apunté y disparé.

      Rápido como la cola de un andalita, lancé mi cabeza de diamante con la boca abierta, los colmillos listos…

      ¡ÑAC!

      ¡Sí! Hundí mis colmillos de aguja hasta el fondo y sentí que el veneno bombeaba, bombeaba una muerte química en la pierna del hork-bajir.

      -¡Aaaaaarrrrrrrrgh! –gritó el hork-bajir. Dio una patada, y fue como si yo estuviera en el extremo de un látigo. Él siguió dando patadas como un loco, pero yo estaba bien aferrado a él con los colmillos.

      Adelante y atrás, me agitaba a un lado, me agitaba al otro. Mi cabeza estaba casi inmóvil, pegada a la asquerosa pierna del hork-bajir, pero el resto de mi largo cuerpo volaba por los aires.

      ¡Sacudida hacia delante! <¡Aaaaah!>

      ¡Sacudida hacia atrás! <Aaaaah!>

      Hasta que por fin el hork-bajir comenzó a perder fuerzas.

      ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

      El padre de David había encontrado su pistola y disparaba desde un rincón con la mano izquierda, manteniendo la mano ensangrentada contra su pecho.

      Tres círculos aparecieron en el torso de mi hork-bajir, que se desplomó.

      Yo desenganché los colmillos.

      Más hork-bajir irrumpieron en la atestada habitación. Recordé que Tobias había visto acercarse una furgoneta, y en una furgoneta caben un montón de hork-bajir.

      Un enorme hork-bajir me pisó, sin darse cuenta de mi presencia. Un gran error por su parte. Eché atrás la cabeza, rápido como un rayo, y esta vez mordí y solté deprisa.

      ¡Ax había caído!

      Visser Tres y dos hork-bajir se cernían sobre él.

      Y entonces la cosa se puso fea de verdad.

      -¡Hhjjjjjrrrrrraarrrrhh! –Se oyó un grave y ronco rugido, y apareció una criatura más terrible, más aterradora que un guerrero hork-bajir. Agachó su gigantesca cabeza y entró aplastando su enorme mole contra el dintel de la puerta.

      Era Rachel.

      Si uno se encuentra con un oso pardo en el bosque, entre los árboles, seguro que parece enorme. Pero allí, dentro de un dormitorio, era mucho más que enorme. El oso estaba alzado sobre sus patas traseras, y sus orejitas, tan monas, rozaban el techo. Vaya, hasta yo estaba asustado, y eso que sabía que era Rachel.

      ¿Queréis saber lo que e enfrentarse a un oso pardo, siendo un ser humano? Bueno, ¿habéis visto el anuncio del Volkswagen? Da igual. Imaginaos ese Volkswagen estrellándose a toda velocidad contra un camión de dieciocho ruedas. Eso es enfrentarse a un oso pardo.

      No podréis ni imaginar lo impresionante que es un oso pardo hasta que hayáis tenido un encuentro con uno.

      Los hork-bajir son enemigos bastante desagradables y duros. Pero hasta ellos pegaron un respingo cuando Rachel entró en la habitación. Y detrás de ella, caminando con una gracia sobrenatural, como acero líquido, venía un tigre.

      Aquello iba a ser como una bomba nuclear.

      A David le iba a costar un trabajo horroroso ordenar su habitación.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 15:

      Al principio la habitación de David tenía cuatro paredes, como todas.

      Al cabo de unos segundos sólo quedaban dos.

      Fue una explosión de violencia pura, demencial y espantosa.

      Un puñado de hork-bajir, un oso pardo, dos humanos, un tigre, un andalita auténtico, un andalita controlador y yo, el chico serpiente.

      ¡SLASH!

      ¡GRRRRR!

      <¡Basura andalita!>, gritó furioso Visser Tres.

      La cama quedó destrozada. La espuma sobresalía por los tajos del colchón.

      ¡SLASH!

      ¡FUOOP!

      <Esta vez no escaparás, Visser>, aseguró Ax.

      Rachel dio un zarpazo y lanzó a un hork-bajir a través de la pared. No contra la pared, sino a través de ella.

      <¡Ya era hora de que aparecierais! -exclamé-. Nos estaban dando una paliza.>

      <¿Hay alguna razón para que seas una serpiente?>, preguntó Jake.

      <Es una larga historia.>

      ¡CRASH! Alguien o algo salió disparado por la ventana.

      Yo me deslicé bajo los pies de un hork-bajir. Iba buscando pezuñas andalitas. Andaba buscando a Visser Tres porque pensaba vaciarle dentro mis sacos de veneno.

      Pero no era fácil desde el suelo, entre aquellas criaturas monstruosamente altas que no hacían más que gritar, rugir, dar golpes y pisotones.

      De pronto Jake se lanzó al ataque. El oso de Rachel era una visión terrible, pero el rugido de tigre de Jake era una cosa impresionante.

      ¡GRRRRRRRRRAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUURRRRRRRRRR!

      El suelo se estremeció, las ventanas temblaron, el aire vibró.

      ¡Por fin encontré unas pezuñas! Eran pezuñas andalitas, ¿pero de quién? ¿De Ax o de Visser Tres?

      De pronto las pezuñas comenzaron a cambiar. Se fundían, crecían…

      ¡Era Visser Tres, transformándose!

      Retrocedí, hinché la cabeza y …

      Una mano me agarró por el cuello. Era David.

      -¡Cuidado, Spawn! –gritó.

      <¡Suéltame, idiota!>, exclamé telepáticamente.

      David retrocedió de un brinco y me dejó caer. Me di media vuelta, buscando mi objetivo, pero…

      ¡CHOF!

      Un enorme pie hork-bajir cayó sobre mí.

      No me mató, pero desde luego me frenó en seco. Me quedé allí atontado mientras Visser Tres se transformaba.

      Visser Tres ha adquirido formas en docenas de planetas y lunas dispersos por toda la galaxia. Ya habíamos visto algunas, pero ésta era nueva.

      Era de color morado como Barney, el Dinosaurio. Pero no tan mona, ni mucho menos. Y no parecía una de esas criaturas que cantan <<te quiero, me quieres>>. Aquel monstruo morado no tenía una familia feliz.

      Se alzó desde el cuerpo de Visser Tres, agachado bajo el techo. Sus hombros eran gigantescos, tanto que a su lado los del oso de Rachel parecían diminutos. Estaba erguido sobre dos patas muy separadas, con garras de cuatro gruesos dedos, tan grandes como mis muslos.

      Su rostro… si es que se le podía llamar rostro… estaba en el centro de la parte superior de su cuerpo, de modo que no podía mirar hacia delante. Dos grandes ojos parpadeaban desde donde estaría el pecho de un tipo normal. Una cosa monstruosa, ya os digo.

      Mientras yo miraba horrorizado, se formó la boca, un tajo de bordes rojos en el vientre de la criatura, de dientes serrados y una lengua que se agitaba casi como la mía de serpiente.

      Todo aquello era feo, pero lo peor vino después. De los hombros salieron cuatro brazos, dos a cada lado. Los brazos eran lisos y musculosos en el hombro, pero se iban arrugando cada vez más a medida que bajaban hacia donde deberían estar las manos. Pero en vez de manos tenía como unas puntas huesudas, muy, muy rojas. Parecían… no sé, como conos de tráfico muy afilados, ya sabéis, esas cosas que ponen en las autopistas para desviar el tráfico. Sí, eso es lo que parecían, conos afilados en el extremo de los cuatro brazos.

      Los dos bandos se habían separado un poco: Rachel, Jake y Ax a un lado, ensangrentados, sudorosos, jadeantes, heridos y furiosos. Y los hork-bajr y Visser Tres al otro lado de la habitación. Entre los dos bandos quedaban los restos destrozados de la cama de David.

      Dos de las paredes habían casi desaparecido. Una de ellas se abría ahora al baño. Allí estaban David y su padre. El padre de David todavía tenía la pistola en la mano, pero miraba como loco a un bando y a otro, seguramente sin saber a quién disparar. ¿Quiénes eran los buenos?

      La otra pared destrozada daba al dormitorio principal. Por todas partes se veían vigas rotas y trozos de yeso.

      ¿Dónde estarían Tobias y Cassie?

      En ese momento me di cuenta de que debajo se desarrollaba otra batalla. Nuestros amigos nos estaban cubriendo las espaldas.

      Visser Tres había completado su metamorfosis.

      <Se llama Dule Fansa -explicó-. Un nombre estupendo, ¿no os parece? ¿Queréis ver lo que puede hacer?>

      Apuntó a Ax con uno de los conos de tráfico y …

      ¡SHUIIIIIIIISH!

      Fue como disparar un cohete. La piel arrugada del extremo del brazo extendido se tensó y el cono salió disparado hacia Ax, que intentó esquivarlo, pero no pudo evitar un golpe que lo hizo caer de rodillas. El cono fue a estrellarse contra la pared y perforó un agujero de medio metro.

      En un abrir y cerrar de ojos la mano cono retrocedió y volvió a arrugarse, lista para disparar otra vez.

      <Vamos a poner las cosas claras –dijo tranquilamente Visser Tres-. Quiero la caja azul. Y voy a tener la caja azul. Si no, todos vosotros moriréis.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 16:

      Punto uno: no podíamos permitir de ninguna manera que la caja cayera en manos de Visser tres.

      Punto dos: yo ni siquiera sabía dónde estaba la caja.

      Punto tres: había tres hork-bajir hacinados entre la habitación y el dormitorio principal. Además de Visser Tres con su impresionante forma. En el piso de abajo, más hork-bajir impedían que Cassie y Tobias pudieran ayudarnos.

      De modo que la conclusión era que no íbamos a ganar la pelea.

      <Tenemos que retirarnos>, dije a Jake y Rachel.

      <No podemos. Si nos retiramos, los yeerks harán añicos la casa y encontrarán la caja>, señaló Jake.

      <¿Pero dónde está la maldita caja?>, preguntó Rachel.

      Debería explicar que la telepatía es un poco como el correo electrónico. Sólo la oye la gente que uno quiere que la oiga. A menos que estés hablando <<en abierto>>, en cuyo caso es como cualquier voz normal y puede oírla cualquiera.

      En ese momento estábamos hablando sólo entre nosotros, pero cuando Visser hablaba lo hacía para todos.

      <No tengo mucha paciencia –decía- . Conseguiré la caja azul. Y os destruiré a todos. Pero si consigo la caja azul ahora mismo, tal vez decida acabar con vosotros otro día.>

      <Sólo David sabe dónde está la caja>, señalé.

      <Muy bien –dijo Jake-. Pues pregúntale.>

      <David –comencé, dirigiendo mis palabras sólo hacia él-, David, escúchame.>

      Él miró asustado a un lado y otro, buscando el origen de la voz. Estaba metido en la bañera. No era un mal sitio, considerando las otras opciones.

      <David, escúchame. Estoy de tu lado. Hemos de recuperar esa caja, de modo que tenemos que saber dónde está.>

      Visser Tres miró a Ax con los ojos de su pecho.

      <Valientes andalitas –se burló-. ¿Permitiréis que mate a estos humanos antes que darme la cja?>

      -¡No! –gritó de pronto David-. ¡La caja la tengo yo! Déjanos en paz. Yo tengo la maldita caja, aquí mismo, en mi mochila, si tanto la quieres.

      Comenzó a abrir su mochila. Pero pasaron otras diez cosas al mismo tiempo.

      Los hork-bajir se lanzaron contra él.

      Su padre disparó. ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! CLIC…

      Ax lanzó su cola contra Visser.

      Rachel se adelantó, queriendo agarrar a David o su mochila, o las dos cosas.

      Visser bloqueó la cuchilla de la cola de Ax con un brazo.

      -¡Aaaaaaaaaaaaggggh! –gritó, cuando la hoja le cortó el brazo.

      Jake dobló sus poderosas patas y saltó sobre Visser, ignorando a los hork-bajir.

      Yo mordí la primera hork-bajir que encontré y vacié en ella mis sacos de veneno.

      <¡Rachel! ¡Saca al chico de aquí!>, gritó Jake.

      Rachel rugió, agachó la cabeza y echó a correr a cuatro patas hacia David.

      Como un tren, directamente hacia el asustado muchacho.

      Los hork-bajir la atacaron. Yo eché un vistazo para ver lo que estaba pasando. En el cuarto de baño había una ventanita, y Rachel pensaba hacer pasar a David a través de ella.

      No iba a ser muy divertido para David, atravesar de un empujón el cristal de una ventana y caer desde un segundo piso. Pero la verdad es que las alternativas tampoco eran muy halagüeñas.

      Rachel corría.

      David se encogió.

      Visser disparó dos enormes conos de tráfico contra David.

      ¡FIIIIUUUUU-FIIIUUUUU! ¡PLASH! ¡CRASH!

      Los conos fallaron y abrieron un agujero en la pared exterior del cuarto de baño. En un instante David se vio arrollado por un oso grande como una montaña, empujado a través del yeso y cristal, y disparado por los aires.

      Sabía que Visser Tres no podía salir corriendo por la calle en su forma alienígena, seguido de una docena de guerreros hork-bajir. Pero también sabía que se iba a desquitar con alguien. Y ese alguien éramos Ax, Jake y yo.

      ¡BAAM! El cono salió disparado contra Jake. A mí me pasó tan cerca de la cara que noté una ráfaga de aire. Jake recibió el golpe en el costado y se desplomó.

      ¡BAAM! El brazo izquierdo disparo contra Ax. Ax lo esquivó por los pelos. Se tambaleó hacia un lado y casi se cae por el agujero. Había perdido el equilibrio y no podía sostenerse, de modo que decidió saltar. Para cuando llegó al suelo, ya estaba transformando su cuerpo de andalita.

      <¡Corre, Jake!>, grité.

      Jake echó a correr, pero arrastraba las patas traseras. Los hork-bajir lo rodearon, lanzándole golpes y cuchilladas. ¡Y yo no podía hacer nada!

      De pronto, inesperada, silenciosamente, estalló un destello de gris y blanco en la habitación. Era un lobo, que corría enseñando los dientes. ¡Cassie!

      Cassie se arrojó contra la espalda del hork-bajir más cercano y le dio una dentellada en la nuca.

      Jake caminó trastabillando hasta el agujero de la pared y medio saltó medio se cayó por él. Aterrizó con un fuerte golpe sobre la hierba.

      Cassie se apoyó en la espalda del hork-bajir para dar un salto, atravesó el agujero de la pared y cayó con elegancia al suelo.

      Todos habían salido. Todos menos yo y el padre de David. Los hork-bajir lo tenían agarrado por los brazos. El hombre no dejaba de gritar el nombre de su hijo.

      -¡David! ¡David! ¡David!

      De pronto Visser Tres clavó en mí su espantosa mirada. Yo me deslicé bajo la cama a toda velocidad. Me alcé en posición de ataque, me anclé a uno de los tablones del somier y allí me quedé esperando, deseando ser una pitón.

      Unas poderosas manos dieron la vuelta a la cama.

      <¡Ja, ja! ¡Por fin tenemos un andalita con quien poder jugar!>, exclamó encantado Visser Tres.

      Pero lo que estaba viendo no era yo. Era Spawn.

      Los hork-bajir arrojaron una toalla sobre las serpiente, la recogieron del suelo y se marcharon escaleras abajo, llevándose lo que creían que era un andalita transformado.

      Yo no quería ni pensar lo que le harían al pobre bicho. Quizá se limitaran a esperar que volviera a transformarse.

      Pero en cuanto se dieran cuenta de que no iba a haber ninguna metamorfosis, seguro que se les ocurriría alguna cosa. Visser Tres es una criatura malvada y vengativa.

      En cuanto al padre de David… había visto demasiado. Sólo había un destino para él: en pocas horas tendría un gusano yeerk en el cerebro.

      Su vida como ser humano había terminado.

      Visser Tres se quedó un momento, una vez que se marcharon sus hork-bajir con los prisioneros. ¿Acaso había notado que algo no iba bien? ¿Se habría dado cuenta de mi presencia? Yo estaba bien a la vista, enroscado firmemente en torno al tablón de la cama.

      Me quedé inmóvil, tan quieto que podría haber estado muerto.

      Visser Tres se transformó de nuevo en su robado cuerpo andalita y echó un último vistazo al cuarto.

      Yo deseé que se acercara más. Tal vez mis sacos de veneno estaban llenos de nuevo. Tal vez podría destruirle.

      Pero no se puso a mi alcance. Visser Tres asumió su forma humana y se marchó tranquilamente de la habitación.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 17:

      La policía irrumpió en la escena. Oímos las sirenas mientras escapábamos y nos transformábamos. Cuando llegaron, tanto mis amigos como los yeerks se habían marchado.

      La casa de David estaba prácticamente en ruinas.

      Yo asumí mi forma humana, luego me transformé en águila pescadora y salí volando justo cuando la policía entraba en la casa.

      Vi a mis amigos en tierra. Todos habían recuperado su forma, excepto Ax, claro, que había asumido un cuerpo humano. Llevaban a rastras a David, que estaba inconsciente. No supe si se había desmayado por la caída o qué.

      Aterricé en un cubo de basura de un callejón y allí mismo recuperé mi forma, lejos de miradas indiscretas. Los otros se acercaban en ese momento.

      -¡Eh! –les llamé.

      Jake arrastró al callejón a David, que seguía aturdido pero comenzaba a recuperarse.

      Rachel y yo le ayudamos a apoyarse contra la sucia pared de ladrillo.

      -Se han llevado a su padre –anuncié.

      <A su madre también –dijo Tobias, planeando silenciosamente hasta posarse en el borde del cubo de basura-. Me quedé en la casa hasta que todos se marcharon. La madre de David apareció justo cuando los yeerks se iban. Un hork-bajir la atrapó.>

      -A partir de ahora será una controladora –aseveró Rachel, mirando a David-. Pobre chaval.

      -Se ha quedado sin casa –dijo Cassie-. Visser Tres conoce su nombre, su cara y su dirección. A estas alturas ya sabrá a qué clase va y por dónde suele andar. Si le dejamos ir, se apoderarán también de él. Lo convertirán en controlador.

      Yo asentí con la cabeza. Me puse a rebuscar en su mochila hasta tocar los bordes tersos y duros de la caja azul.

      -David no nos ha visto a ninguno -comencé-. No puede delatarnos a los yeerks. Aunque se lo lleven, aunque lo conviertan en controlador, no podrá delatarnos.

      <¿Qué quieres hacer, Marco? –preguntó Tobias-. ¿Dar por perdido a este chico?>

      -¿Se te ocurre otra cosa? –repliqué.

      -Es duro –comentó Rachel. Pero se notaba que estaba de mi parte.

      -Tal vez haya otra alternativa –dijo Ax. Tenía su cuerpo humano, aquel extraño cuerpo medio femenino, medio masculino. Lo había creado adquiriendo el ADN de Jake, Rachel, Cassie y el mío. Todavía se me hace rarísimo ver en él rasgos míos unidos a rasgos de Rachel, Cassie y Jake.

      -¿Qué alternativa? –preguntó Jake.

      -Tenemos la caja. Caja. Caja-a. Podríamos utilizarla. La caja, digo.

      Todos nos lo quedamos mirando.

      -¿Crear un nuevo animorph? –pregunté escéptico.

      -¡Crear un nuevo animorph! –exclamó Cassie encantada.

      Jake asintió con la cabeza. Rachel se lo estaba pensando y miraba alternativamente a Jake y a David, desplomado en el suelo.

      -A mí esto no me gusta –dijo por fin.

      -La cuestión es: ¿tenemos alguna otra alternativa? –argumentó Jake-. Mirad, el chico se va a despertar. No podemos tenerlo siempre desmayado. Las opciones son éstas: o lo hacemos uno de los nuestros o lo abandonamos aquí y ahora, en este callejón, con unos padres que pronto serán controladores, y sabiendo que Visser Tres lo conoce y estará buscando la caja azul.

      -Es una decisión muy dura -dije-, pero no creo que David encaje con nosotros. No lo conocemos.

      <Tampoco nos conocíamos unos a otros cuando Elfangor empleó la caja con nosotros>, señaló Tobias.

      -No te conocíamos a ti, Tobias –replicó Rachel-, pero Cassie y yo ya éramos amigas. Cassie y Jake eran… bueno, amigos. Jake era mi primo, y Marco era su mejor amigo. Había relación entre nosotros. Excepto por Ax y tú. Pero con David no tenemos ninguna relación.

      Es curioso, pero Rachel y yo solemos acabar en el mismo bando. Tobias le cae mejor que yo, y Cassie muchísimo mejor que yo, pero al final, en las situaciones importantes, resulta que estamos juntos.

      -Es un gran riesgo –comentó Jake pensativo-. Si todo sale bien, seremos más fuertes. Si no..

      -Escuchad, tenemos la caja, ¿no? –terció Cassie-. David podría ser el primero de muchos. Quiero decir que podemos utilizar la caja para crear más y más animorphs. Docenas, cientos de ellos. Cuantos más seamos mejor podremos acabar con los yeerks.

      La idea no estaba nada mal. A mí no se me había ocurrido, pero Cassie tenía razón. No se trataba sólo de David, sino de una estrategia a largo plazo.

      Rachel me miró.

      -Cuando uno está en guerra, lo mejor es contar con más tropas, ¿no es verdad? Tiene lógica. Además, así no tendríamos que tener tanto cuidado. Siendo sólo seis tenemos que ser muy precavidos.

      Yo empezaba a entusiasmarme. Sí, Rachel también tenía razón. De momento teníamos que ser muy precavidos. No podíamos correr ciertos riesgos. Si hubiera más animorphs, podríamos intentar contar al mundo entero lo que estaba pasando. Podríamos infiltrarnos en programas de televisión y transformarnos en directo para que la gente supiera que decíamos la verdad. O ir a ver al presidente y mostrarle en persona nuestros poderes. Entonces tendría que escucharnos.

      Sí, podríamos ganar la guerra, en lugar de limitarnos a defendernos.

      Aun así…

      – David tiene un gato llamado Megadeth y una cobra llamada Spawn –dije, abriendo los brazos en gesto suplicante-. ¿Qué clase de chico puede ser?

      Cassie se encogió de hombros.

      -Un chico con mal gusto en música y buen gusto en cómics.

      <A mí me parece que no tenemos elección –comentó Tobias-. Pero la decisión es de Jake.>

      -Sí, el principe Jake tiene que decidir –convino Ax.

      -Es un gran paso –dijo Jake, moviendo la cabeza-. Si Erek tiene razón, y generalmente la tiene, nos enfrentamos a la misión más difícil que hayamos realizado, la más importante. No voy a decidirlo yo solo. Votaremos. La cuestión es sencilla: ¿convertimos a David en uno de los nuestros? ¿Sí o no?

      <Sí –voto Tobias-. No podemos abandonarlo en las garras de Visser Tres.>

      -Sí –dijo Cassie-. Tenemos que tener fe y confiar en que todo saldrá bien.

      Yo resoplé. No puedo evitarlo. Es un reflejo automático que tengo cuando la gente se pone a hablar de fe. Cassie me sonrió con expresión tolerante.

      -Yo no debería votar –dijo Ax-. Yo obedezco al príncipe Jake.

      -No –replicó Jake-. Tú eres parte del grupo, Ax. Durante la batalla puede que no haya tiempo de votar, pero esto es una democracia.

      -Entonces voto que no.

      Yo alcé las cejas, sorprendidísimo. En total éramos seis. La votación todavía podía inclinarse de mi lado.

      <Sólo por curiosidad, ¿por qué, Ax?>, quiso saber Tobias.

      -Esto no es un ejército. Somos un grupo de guerrilla. Mi punto de vista es que pasar de ser seis miembros a siete no nos hará mucho más fuertes, y sin embargo es un riesgo. Riesgo-o-o.

      -Si queremos contar al final con cientos, quizá miles de animorphs, por algo tenemos que empezar, ¿no te parece? –dijo Cassie.

      -Sí –convino Ax-, pero deberíamos empezar con alguien a quien comprendiéramos, no con un desconocido. Tenemos por delante una misión para salvar a los líderes humanos de varios países. Una séptima persona podría ayudarnos. Pero también podría volver nuestro grupo indeciso, incierto.

      Jake me miró.

      -Yo estoy con Ax –dije-. Hay algo en este chico que no me convence.

      -Dos a favor, dos en contra -resumió Jake-. ¿Rachel?

      Rachel votaría en contra. Así que, aunque Jake estuviera a favor, tendríamos un empate. Jake jamás tomaría la decisión con un empate. La verdad es que me sentía aliviado y culpable a la vez. No me gustaba pensar en el destino de David.

      -Adelante con el plan –dijo Rachel.

      -¿Qué? –exclamé.

      -Ya lo has oído. Ax tiene razón. Un nuevo miembro es un riesgo. Pero Cassie también tiene razón. Por algo hay que empezar, ahora que tenemos la caja. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Poniendo un anuncio en el periódico? <<Se busca ayuda. Peligro, pesadillas, horrores indescriptibles. Sin sueldo. ¿Has deseado alguna vez convertirte en insecto y luchar contra alienígenas ladrones de cerebros? Pues llama al 1-800-ANIMORPH.>>

      Cassie se echó a reír.

      -Lo más triste, Rachel, es que tú sí que contestarías a un anuncio así.

      Rachel se rió también.

      -Exacto. Así que ya ves qué clase de gente reclutaríamos.

      Era el turno de Jake.

      David gimió, movió la cabeza y abrió los ojos con un parpadeo.

      -¿Quiénes sois? –preguntó mirándonos.

      Jake suspiró.

      -Somos los que vamos a transformar completamente tu mundo, David.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 18:

      -Se llaman yeerks –explicó Jake.

      Estábamos en el granero de Cassie, entre las jaulas de animales heridos y el olor a heno, medicinas y excrementos. David estaba sentado sobre una bala de heno, frotándose la mandíbula y rodeado de nosotros.

      -Son una raza de parásitos de otro planeta. En realidad sólo son unos gusanos grises, pero cuando entran en el cerebro de una persona la hacen su esclava. ¿Recuerdas a las criaturas de más de dos metros que viste en tu casa? Son hork-bajir. Tienen yeerks en el cerebro. Toda su especie ha sido esclavizada por los yeerks.

      -Y ahora quieren apoderarse de la raza humana –siguió Cassie-. Miles de personas ya han sido convertidas en controladores. Los controladores son las criaturas que están controladas por un yeerk.

      -Mi hermano es un controlador –terció Jake.

      -Y tu madre y tu padre ya deben de serlo también –anuncié yo.

      Cassie me miró enfadada. Jake, evidentemente, estaba con ella.

      Yo me encogí de hombros.

      -Tiene que saber lo que está pasando –dije-. Tiene que saber que esto no es un juego.

      -¿Qué pasa con mis padres? –preguntó David.

      Yo suspiré.

      -Mira, la clave del asunto es la caja azul que encontraste. Los yeerks la quieren. ¿Te acuerdas del tipo que se convirtió en un monstruo morado? Es Visser Tres. Es el líder de los yeerks en la Tierra. Es el que dirige la invasión, ¿vale? Y, como ya te habrás dado cuenta, quiere la caja. Y tus padres lo han visto. Y eso es fatal. Los yeerks no quieren que nadie sepa todavía lo que está pasando, de modo que Visser querrá mantener callados a tus padres. Y además, querrá averiguar lo que saben sobre la caja.

      David movió la cabeza sin comprender.

      -¿Me estáis diciendo que los van a torturar o algo así?

      -¡Bueno! –murmuré. Iba a ser difícil explicarlo todo-. Escucha. De momento se han llevado a tus padres a una instalación secreta, subterránea. Es un estanque yeerk y no es un sitio muy agradable. Imagínate una especie de cloaca mugrienta del color del plomo fundido, con dos puentes por encima. Los guerreros hork-bajir arrastrarán a tus padres hasta el extremo de uno de esos puentes y …

      -¡Marco! –exclamó Cassie furiosa.

      -Los arrastrarán hasta el borde del puente, les harán caer de rodillas y les obligarán a meter la cabeza en el lodo. Y mientras ellos patalean y piden socorro, un gusano yeerk se acercará nadando, y se les meterá por la oreja y se aplanará y se estrujará y se abrirá paso hasta sus cráneos, donde se extenderá por todo su cerebro. Y entonces los hork-bajir los sacarán del lodo y tus padres notarán que ya no controlan sus brazos ni sus piernas. No podrán abrir la boca o mover los ojos. El yeerk abrirá su memoria como nosotros abrimos un libro. Serán esclavos. Serán los esclavos más esclavos de la historia porque ni siquiera la mente será ya suya. ¿Te va quedando claro?

      Durante toda mi explicación, David no hacía más que mirarme. Pero poco a poco, sin que yo me diera cuenta, se le habían ido llenando los ojos de lágrimas. De pronto fue como si me despertara. Estaba jadeando y me sentía…

      Veía en mi mente cómo sucedía todo. Mientras hablaba no era a la madre de David a quien imaginaba, sino a la mía.

      El granero se había quedado en silencio. Hasta los animales estaban quietos.

      -Mi madre es una controladora –dije al fin.

      -Tenemos muchas cosas que contarte, David –terció Jake-, pero Marco tiene razón. Debes saber que esto no es cosa de broma. Es un asunto de vida o muerte. Está en juego el futuro de la humanidad. Ya es demasiado tarde para ayudar a tus padres, y tú ahora no tienes casa ni puedes volver al colegio, porque te encontrarían y entonces serías tú quien acabaría con la cabeza en el estanque.

      La expresión de David era cada vez más sombría. No todos los días le dicen a uno que su vida ha terminado.

      -Eso es una tontería –replicó-. No… no puede ser. Es una broma o algo así.

      -Ya viste lo que pasó en tu casa –terció Rachel.

      -A lo mejor era gente con disfraces –argumentó David.

      -También viste a Visser Tres transformarse –señaló Cassie.

      -¿Quién es Visser?

      -El que parecía un ciervo con una cola de escorpión –explicó Jake-. Le viste convertirse en un monstruo morado.

      David parecía resentido.

      -Es una broma.

      Yo miré a Rachel, que ya se estaba arrepintiendo de su voto.

      -Ax –dijo Jake-, transfórmate.

      Ax asintió con su cabeza humana.

      -Encantado. Es angustioso sentir que me falta la cola.

      -David, observa a Ax con mucha atención.

      Ax comenzó a cambiar. En los pies se le formaron pezuñas, sus brazos se hicieron más delgado y débiles. Unos dedos extra brotaron en sus manos. Sus labios se cerraron y perdieron el color hasta desaparecer finalmente del todo. Sus patas delanteras comenzaron a crecerle del pecho.

      -¡Aaaaaaahh! ¡Aaaaaahh! –gritó David. Se levantó de un salto, dio media vuelta y echó a correr.

      Rachel le agarró.

      -No pasa nada. Ya te acostumbrarás –aseguró, empujándole de nuevo hacia la bala de heno.

      Se oyó un chasquido cuando la cola de Ax comenzó a aparecer. Ax cayó a cuatro patas y los cuernos le surgieron de la frente. Entonces, ¡POP! ¡POP!, aparecieron sus ojos al final de los cuernos.

      -¿Lo ves? –dijo Jake-. No es ningún truco. Éste es Aximili-Esgarrouth-Isthil. Nosotros le llamamos Ax, para acortar. Es un andalita. Los andalitas son los buenos de la galaxia.

      -Bueno, por lo general –murmuré.

      -Visser Tres, a quien viste en tu habitación, tiene un cuerpo andalita. Pero es en realidad un yeerk que robó y esclavizó a un andalita.

      David temblaba. No sé hasta qué punto estaba asimilando todo aquello. A mí me dieron ganas de echarme a reír. ¡A ver! Aquello era de locos. Aquel pobre chico vivía tan tranquilo y de pronto se encontraba en medio de…

      Pero pensándolo bien, era lo mismo que nos había pasado a todos nosotros la noche que entramos en el solar. Entonces yo no quería saber nada de convertirme en animorph. Jake no tenía ninguna intención de ser líder, Cassie sólo quería abrazar árboles y cuidar a sus animales, y Tobias era un chico bastante perdido que buscaba a alguien que le quisiera. Un chico humano.

      En cuanto a Rachel… Bueno, personalmente creo que Rachel se alegró de que su vida cambiara. Rachel siempre ha tenido alma de guerrera.

      ¿Cómo podía David asimilar todo aquello? ¿Se resistiría, como había hecho yo? ¿Se apuntaría enseguida, como Rachel?

      -Hay algo bueno en todo esto –apuntó Cassie-. Existe una compensación por todo el peligro y el miedo que pasamos.

      David la miró sin comprender.

      -¿Sabes los animales que se han enfrentado hoy a los yeerks? ¿Y los pájaros que intentaron robar la caja azul? -dije yo-. Éramos nosotros. Verás, Visser Tres y Ax no son los únicos que se pueden transformar. Nosotros también. Y ahora que tenemos esto –añadí, alzando la caja azul-, tú también.

      -Puedes convertirte en cualquier animal que toques –explicó Cassie-. Un delfín, una mofeta, un lobo.

      -Un elefante o un oso pardo –dijo Rachel.

      -Un gorila o un tiburón –añadí yo.

      -Un tigre, una mosca, una cucaracha –contribuyó Jake-. Cualquier animal, de cualquier tamaño. Pero sólo durante dos horas cada vez. Jamás debes conservar una forma más de dos horas.

      -¿Por qué? –quiso saber David.

      -Te voy a presentar al último miembro de los animorphs –dije-. David, compañero, éste es Tobias.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapias para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 19:

      David pasó la noche en mi casa. A mi padre le dije que era un amigo que se quedaba a dormir. Le dejé mi cama y yo utilicé mi saco de dormir y un colchón inflable. Un colchón que a eso de las dos de la mañana había perdido todo el aire.

      Lo cual fue una suerte, porque me desperté justo cuando David salía a hurtadillas de la habitación. Le pesqué intentando llamar desde el teléfono del pasillo.

      Colgué con el dedo antes de que él pudiera marcar.

      -Pueden localizar la llamada –susurré.

      -Estoy llamando a mis padres –replicó él con fiereza.

      Yo asentí con la cabeza.

      -Muy bien, pero no desde aquí.

      Nos vestimos, pasamos de puntillas por delante del dormitorio de mi padre y bajamos por las escaleras. Fuera hacía frío.

      -Vamos –dije.

      -¿Adónde?

      -¿Quieres llamar a tu casa? Muy bien, pero desde una cabina. Ya veremos lo que pasa.

      Bajamos por la calle, confiando en que no nos viera ningún policía. Yo no estaba acostumbrado a rondar por las calles de noche, por lo menos no como humano. Normalmente lo habría hecho transformado.

      Llevé a David por un oscuro callejón, atravesamos una verja y recorrimos la avenida hasta el aparcamiento del 7-Eleven.

      -Ahora escucha –comencé-. Vamos a hacerlo a mi manera. Llama y di a tus padres que estás bien. Pero no les digas con quién estás y no les digas dónde estás. ¿Entendido?

      David asintió, pero no creo que pensara hacerme caso. De todas formas daba igual, porque no iba a dejarle solo. Tendría el dedo a medio centímetro de la palanquita, dispuesto a colgar en cuanto sospechara que David iba a meter la pata.

      David metió una moneda y comenzó a marcar. Yo le agarré el brazo.

      -Antes de nada, te voy a decir exactamente lo que va a pasar. Tus padres parecerán totalmente normales. Te dirán que vuelvas a casa. Si te niegas, querrán saber dónde estás. Tú pregúntales qué ha pasado hoy en tu casa. Nada más.

      David terminó de marcar.

      -¿Papá? Soy yo, David.

      Esperé un momento mientras él escuchaba.

      -No, no estoy bien. Tengo miedo.

      Otra pausa. Yo esbocé con los labios la palabra <<pregúntale>>.

      -Papá, ¿qué ha pasado? Me refiero a todo aquello con los alienígenas.

      David me miró. En sus ojos se notaba el miedo.

      -¿Qué ha sido una broma? –repitió por teléfono-. ¿Qué tus compañeros de trabajo te han gastado una broma?

      Yo puse los ojos en blanco. Me esperaba cualquier excusa tonta, pero no una cosa tan descabellada.

      -Papá, yo vi a un alienígena convertirse en un monstruo. Eso fue real.

      Pausa.

      -Estoy bien, estoy…

      ¡CLICK! Corté la llamada.

      David se volvió hacia mí, furioso. Tenía un aspecto fantasmal bajo el resplandor fluorescente del 7-Eleven.

      -¿Qué haces?

      Lo arrastré de la manga.

      -Vamos. Ya está bien.

      David se sacudió.

      -Déjame en paz, Marco. Tú no eres quién para decirme qué tengo que hacer.

      -Escucha, idiota, dentro de dos minutos van a venir a buscarte un montón de yeerks. Habrán localizado la llamada.

      -Mi padre no haría eso.

      -¿Ah, no? Ven conmigo. Ya verás lo que pasa.

      Cruzamos la avenida hasta donde se alza una hilera de edificios viejos, de esos que tienen portales oscuros. Allí nos escondimos en las sombras.

      Me había equivocado. No tardaron ni dos minutos.

      Un minuto y medio después dos jeeps con las ventanillas ahumadas bajaron a toda velocidad por la calle. La larga y siniestra limusina no venía muy atrás. De los jeeps salieron controladores humanos. No había ningún hork-bajir. Nunca se ponían al descubierto.

      -¿Lo ves?

      -Eso no demuestra nada –susurró David.

      Pero de pronto apareció otro coche del que salieron los padres de David. Su padre comenzó a repartir fotos entre los otros.

      -Es tu foto –dije.

      -Son los compañeros de trabajo de mi padre –replicó David-. Otros espías, como él.

      -¿En qué trabaja exactamente tu padre?

      -Trabaja para la Agencia de Seguridad Nacional. Así que será él quien ha localizado la llamada y ha traído a sus compañeros. Me está buscando, nada más.

      Su padre y otros dos hombres cruzaron la calle a la carrera, esquivando el tráfico. Desde donde estábamos se oían sus pasos y la voz del padre de David.

      -Si no encontramos a ese chico Visser Tres se va a ensañar con nosotros –dijo.

      David se hundió. Yo temí que hasta se desmayara.

      -Vienen hacia aquí –exclamó con voz rota-. Nos van a ver.

      <No, no nos verán>, contesté telepáticamente.

      Supongo que David ni se dio cuenta de que no había oído mi voz. Los tres hombres se acercaban.

      Y de pronto…

      ¡PLUM! ¡PLUM! ¡PLUM! ¡PLUM!

      Se oyó el ruido de algo que venía a la carrera. Algo muy grande.

      David y yo asomamos la cabeza. Los tres controladores se volvieron al oír el galope. Era un rinoceronte y bajaba disparado por la calle.

      El padre de David y uno de los hombres tuvieron la sensatez de apartarse del camino. El tercer hombre no fue tan listo.

      ¡UUUMPF!

      El cuerno del rinoceronte chocó contra carne humana y la carne humana no hizo muy buen papel, la verdad. El controlador salió por los aires, dio una vuelta de campana y aterrizó de golpe en el suelo.

      <Debe de ser Jake –dije con calma-. Él y los otros han estado vigilando mi casa por turnos, por si había problemas. Nos han seguido.>

      El padre de David sacó su pistola y apuntó al trasero de Jake, que se alejaba. No es que aquella pistolita de nada pudiera hacer daño al trasero de un rinoceronte, pero aun así…

      Salí de las sombras, agarré al padre de David por el cuello con una enorme manaza de gorila y lo lancé sin mucha fuerza contra la pared. El hombre se estrelló, rebotó y cayó al suelo con un suspiro.

      El otro controlador me miró con ojos desorbitados, vio mis brazos como troncos de árboles, mi gigantesca cabeza de gorila, mis anchos hombros…

      -¡Es una trampa! –gritó, echando a correr por la avenida.

      <¿Has visto bastante?>, pregunté a David.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 20:

      Trasladamos a David a casa de Jake. No sabíamos qué haríamos con él a la larga. No podía volver a su casa. No podía ir a ninguna parte. Era una persona buscada y no podíamos permitir que lo atraparan. Sobre todo porque sabía demasiado.

      Al día siguiente de que viera que su padre era un controlador, nos reunimos en el bosque. El padre de Cassie estaba trabajando en el granero. Hacía frío y el cielo estaba nublado, de modo que caminábamos cerrándonos las chaquetas con una mano.

      Con la otra mano acarreábamos una enorme jaula dividida en dos. La habíamos atravesado de parte a parte con unos palos y la llevábamos entre Cassie, Jake, Rachel y yo. David caminaba junto a nosotros, un poco absorto en sí mismo. Tobias y Ax estaban en el bosque.

      En las jaulas iban dos enormes aves de presa: un azor y un águila real. El azor era cuatro veces más pequeño que el águila. El águila era enorme y pesaba un montón. A mí ya me dolía el brazo de cargar con la jaula.

      Las dos aves habían sido pacientes de Cassie y su padre, y las íbamos a liberar.

      Tobias bajó planeando, como si surgiera de las nubes, y aterrizó con gran precisión sobre un pequeño tronco.

      <¿Qué hacéis con eso?>, preguntó, mirando al águila.

      -Calma, Tobias, calma –dijo Cassie, dejando la jaula en el suelo.

      <No pensaréis liberarla en mi territorio.>

      -Tobias, este animal ha estado en la clínica sólo dos días. Tiene un territorio bien establecido arriba en las montañas. Ya sabes que a las águilas reales no les gusta anidar en los árboles si pueden encontrar un buen cerro, así que no se quedará por aquí. Pero no podemos acercarla más a su territorio, porque la carretera está bloqueada allí arriba.

      Tobias la miró fieramente. Pero la verdad es que Tobias siempre parece fiero. Su cara de halcón nunca parece precisamente feliz o relajada.

      Tobias se volvió hacia David y luego Jake, en una clara y silenciosa pregunta.

      -David está aquí porque va a adquirir su primer animal. El azor.

      -¿Cuál es el azor? –preguntó David.

      -El ave más pequeña –contestó Cassie-. Es muy rápida, muy ágil –añadió.

      -¿Más rápida que el águila?

      <No te recomiendo que seas un águila –terció Tobias-. Son idiotas. Persiguen a otros pájaros. Y a cualquier otra cosa, desde un conejo hasta un ciervo pequeño. Y lo del ciervo lo digo en serio. Yo mismo he visto a un águila real abatir un cervatillo. Le hundió las garras en el cuello y el pobre animal cayó como si le hubieran pegado un tiro.>

      -Quiero ser águila –afirmó David.

      -¿Por alguna razón especial? –preguntó Jake, al cabo de un momento de vacilación.

      -Sí. Me decís que ya no tengo casa ni familia. Ahora se ve que estoy metido en una especie de guerra contra extraterrestres. Pues bien, si estoy en guerra, quiero tener las de ganar.

      Jake asintió con la cabeza.

      -No siempre es mejor la fuerza. El águila real es tan grande como el águila de cabeza blanca. Rachel se convierte en águila y a veces tenemos problemas con su tamaño.

      -Este ave mide más de dos metros de envergadura, de la punta de un ala a la otra, —señaló Cassie.

      David miró las hojas muertas del suelo.

      -¿Acaso Jake os dijo en qué animales os teníais que convertir? ¿O los escogisteis vosotros mismos?

      -No te estoy diciendo en qué animal convertirte –apuntó Jake con calma, pero en ese tono que utiliza cuando se empieza a enfadar.

      -Bien. Entonces seré un águila –insistió David.

      -Mira, tengo una idea –dije yo-. ¿Qué tal si dejas de hacer el imbécil? Te hemos salvado de los yeerks unas cuantas veces, ¿no? Sabemos de esto mucho más que tú. Y Jake es el líder del grupo, de modo que podrías mostrar más respeto.

      -¿Te crees que eres mi padre? –me espetó David con desdén-. No eres quién para decirme lo que tengo que hacer. Nadie me dice lo que tengo que hacer. En cuanto a lo de salvarme, ¡ja! No me vengas con ésas. Vosotros queríais la caja azul. Pues bien, ya la tenéis. ¿Y qué tengo yo? Nada. Yo no tengo nada. Así que muchas gracias.

      No sabía qué esperar de David. Pero, para ser sincero, tengo que admitir que al principio a mí tampoco me hizo ninguna gracia ser un animorph. No me interesaba salvar al mundo entonces. Lo único que quería es que mi padre no sufriera más. Y supongo que en realidad no lo acepté hasta que descubrí que mi madre era una controladora. Entonces supe que tenía que luchar.

      -Mira, chaval… –comenzó Rachel.

      Pero Jake hizo un gesto con la cabeza y ella se interrumpió de mal humor.

      -Vosotros pensáis que todo esto es genial y que sois muy duros –dijo David-. Con vuestras batallitas y esas cosas. Y ahora llego yo, el chico nuevo, y no os caigo bien. Ya estoy acostumbrado.

      -Nadie ha dicho que nos caigas mal –dijo Cassie.

      David se volvió para mirarme.

      -A él le caigo mal. No soy tonto, ¿sabéis? Sé muy bien lo que la gente piensa de mí. Mi familia se muda cada dos años, cada vez que trasladan a mi padre, y yo siempre soy el chico nuevo en el colegio. Así que se me da muy bien adivinar lo que la gente piensa de mí. Y ahora llego a otro colegio nuevo, otra vez el chico nuevo. –Se encogió de hombros-. Mirad, no sé si os caigo bien o mal, pero me da igual. Aquí estoy. Si utilizáis la caja azul conmigo, seré uno de vosotros. Pero no voy a permitir que me pisoteéis. No pienso estar todo el día <<gracias, gracias, magníficos animorphs, por permitirme estar con vosotros>>. Si estoy dentro, estoy dentro para todo. Si no… No sé, supongo que ya pensaré qué hacer. Yo solo.

      Lo más curioso es que me gustó el discursito de David, mira por dónde. Me gusta la gente que no se deja avasallar. Sí, me gustó su discurso y su actitud. Aunque David seguía sin gustarme.

      Pero Rachel se echó a reír.

      -Creo que va a encajar de maravilla.

      Jake miró a Tobias.

      -¿Dónde está Ax?

      <¿Es que no lo oyes? Mira que estáis sordos los humanos. Viene hacia aquí galopando, aparecerá más o menos… ahora.>

      En efecto, Ax apareció en ese momento.

      <Siento llegar tarde. He tenido que desviarme un poco para esquivar a unos excursionistas. ¿Vamos a seguir adelante con el escafil?

      Jake vaciló sólo un instante antes de contestar.

      -Sí.

      Rachel llevaba la caja azul en una bolsa a la cintura. La sacó y se la lanzó a Ax, que no logró atraparla. Las manos de los andalitas son débiles y lentas. Pero antes de que la caja cayera al suelo Ax restalló su cola, con la cuchilla plana, y la pescó en el aire.

      <Pon la mano en la cara de la caja que tienes enfrente>, le dijo a David.

      -¡Esperad! ¿No deberíamos celebrar una especie de ceremonia o algo así? –sugirió Cassie.

      -¿Cómo qué? –pregunté-. ¿Quieres que nos agarremos de la mano y cantemos el himno nacional?

      -No, no me lo sé de memoria –replicó ella, y con una sonrisa añadió-: Podríamos tararearlo.

      Todos nos echamos a reír, incluido David.

      Ax alzó el cubo en una mano. David dio un paso adelante, todavía un poco intimidado por Ax, y puso la mano en una de las caras.

      -Hace cosquillas –dijo.

      De pronto me vi de nuevo en aquel solar, con Jake, Rachel y Cassie, con Tobias todavía humano y Elfangor agonizando. Apenas reconocía a la persona que era yo entonces. Había cambiado mucho. Todo había cambiado aquella noche.

      Ahora David, un chico no muy distinto de nosotros, había sido arrastrado a esta pesadilla de grandes poderes y grandes miedos. Quizá no me cayera muy bien, pero la verdad es que me daba pena.

      Me acerqué a él y le tendí la mano. Él me la estrechó.

      -Bienvenido a los animorphs, chico nuevo.

      Todos le fuimos dando la mano, y luego Cassie abrió la jaula del águila real.

      -Tiende la mano muy despacio –instruyó.

      David tendió una mano temblorosa hacia el ave.

      -Ahora ponle la palma en el hombro.

      El águila le miró con cara de pocos amigos, pero luego se limitó a ignorarlo.

      -Concéntrate. Tienes que ver el águila en tu mente. Piensa en ella, en lo que es, en lo que representa.

      David cerró los ojos.

      -Ahora aparta la mano –prosiguió Cassie-. Ya tienes el águila dentro de ti. Su ADN está en tu sangre. Puedes convertirte en ella.

      David sonrió.

      -¿Cuándo lo haré?

      -Muy pronto –contestó Jake-. También tenemos que conseguirte un cuerpo con dientes. Cassie, llévate a David al zoo. Puede entrar contigo porque tienes acceso libre. Nosotros iremos volando. Déjale que adquiera los cuerpos que quiera. Pero debe adquirir también uno o dos insectos, por si hace falta que se haga pequeño. Tenemos que estar preparados para todo. –Entonces se volvió hacia David-. Tenemos por delante un pequeño… problema. Una misión.

      -Nada de lo que preocuparse –dije yo-. Lo de siempre. Salvar al mundo de los invasores alienígenas. Ya te acostumbrarás.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapias para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 21:

      A David le esperaban dos grandes pruebas. Una era su primera metamorfosis. La otra, su primera batalla.

      Todos nos habíamos acostumbrado a transformarnos. Casi. Pero la primera vez suponía una auténtica revelación. ¿Vosotros creéis que habéis visto cosas raras? Pues no, uno no ha visto nada hasta que ha contemplado su propio cuerpo convertirse en algo totalmente distinto.

      Habría estado bien poder preparar un poco a David. Pero no había tiempo. Erek nos había informado de que los líderes del mundo llegarían en cuatro días. O sea, que prácticamente ya estaban aquí. Y todavía teníamos que averiguar cuál de ellos era el controlador, y encontrar el modo de avisar a los demás de la conspiración yeerk.

      -Yo tengo el prospecto –anunció Rachel cuando volvimos a reunirnos en el granero de Cassie-. Lo he bajado de Internet.

      Nos enseño unas páginas a color en las que aparecía la urbanización Marriot. Había fotografías de las habitaciones, y de gente animada y contenta en bañador, una imagen de una enorme mesa, de unos quince metros de longitud, llena de comida hasta los topes, y un mapa del lugar. En el mapa aparecía un enorme edificio, el hotel Principal, de veinte pisos. Y más abajo, más cerca de la playa, un grupo de casitas más pequeñas. Diez en total.

      -Seguro que los líderes se alojan en las casas y meten a toda su gente en el hotel principal.

      -Sí, parece lógico –convino Jake.

      -Tendrán tal despliegue de seguridad que nadie podrá ni eructar sin que nueve matones con gafas de sol le rodeen con las armas a punto. Seguridad francesa –dije, contando con los dedos-, seguridad alemana, seguridad japonesa…

      -¿Ninjas? –preguntó David.

      -Sí, el mismísimo Jackie Chan –contesté, poniendo los ojos en blanco.

      -Chan es chino, no japonés –replicó David, poniendo también los ojos en blanco.

      -Seguridad británica –proseguí. Y añadí rápidamente –: Y que nadie me venga con Bond, James Bond. Seguridad rusa y el servicio secreto de Norteamérica, el FBI y la policía local.

      Jake suspiró y movió la cabeza.

      -Y para terminar de arreglar las cosas, estarán los yeerks –dije-. ¿Cuántos empleados, camareros y botones del hotel son controladores? Ni idea. ¿Cuántos de los agentes de seguridad rusos, alemanes, ingleses, franceses, japoneses y norteamericanos son controladores? Ni idea. Lo único que sabemos es que uno de los presidentes o primeros ministros es un controlador.

      -Uno por lo menos –terció Cassie–. Siento interrumpir, pero es importante. Erek dijo que uno de ellos es un controlador. Pero no aseguró que los otros cinco no lo fueran.

      Todos nos la quedamos mirando. A mí ni se me había ocurrido. Debería haberlo pensado, pero la verdad es que no se me pasó por la cabeza.

      -¿Puedo decir una cosa? –preguntó David.

      -Claro –contestó Rachel-. Siempre que no sean más malas noticias.

      -Pues más o menos… Mi padre trabaja en la Agencia Nacional de Seguridad. Se dedicaban a la vigilancia electrónica, ya sabéis, pinchar teléfonos y vigilar a la gente desde satélites en órbita y esas cosas. Bueno, pues a mí me parece que los yeerks pueden hacer eso y mucho más, de modo que seguramente toda la urbanización Marriot estará vigilada por los yeerks.

      -Mira que te he dicho que nada de malas noticias—gruño Rachel–. ¡Madre mía!

      Lo que más me asusta en el mundo es ver a Rachel desanimada. Para cuando ella empieza a preocuparse, cualquier persona cuerda ya habría salido corriendo y gritando de la habitación.

      -No tenemos elección –comentó Jake.

      <Si los yeerks se apoderan del presidente y los otros líderes, más nos vale darnos por vencidos –afirmó Tobias–. ¡Imagínate! Seis poderosos líderes del mundo, controladores. Quiero decir que esas seis personas son ligeramente más poderosas que nosotros siete.>

      -Y con toda esa seguridad –añadió Jake-, hay muchas posibilidades de recibir un tiro.

      -Sí –convino Rachel-. ¿Y qué? Seguimos adelante.

      -¿Estás dispuesto? –preguntó Jake a David.

      David asintió con la cabeza.

      -Muy bien –prosiguió Jake-. De momento vamos a realizar un viaje tranquilo por la costa. Simplemente echaremos un vistazo a la situación. Necesitarás el cuerpo de águila, pero no los otros que adquiriste en el zoo.

      -La metamorfosis es un poco espeluznante –advirtió Cassie-. Así que prepárate. Lo que tienes que hacer es concentrarte, piensa en el águila.

      David frunció la frente, en un esfuerzo por concentrarse.

      -Te va a resultar muy raro –le avisó Rachel.

      La piel de David ya estaba cambiando de color, volviéndose marrón. Los ojos se le desorbitaron cuando se miró las manos.

      -No duele –quise tranquilizarle.

      Unas líneas aparecieron en la piel marrón, dibujando plumas. Al mismo tiempo David comenzó a encogerse.

      -¿Qué está pasando? –gritó.

      -Te estás haciendo más pequeño –explicó Cassie con suavidad-. Es parte del proceso. Ahora las líneas de tu piel se harán más profundas y cobrarán tres dimensiones. Puede que sientas un cosquilleo.

      -¡Aaaah! –gritó David,. Al ver que las líneas se convertían en plumas auténticas.

      -Sólo espero que no le pase el numerito de los huesos –murmuré a Jake-. Le daría un patatús.

      Creo que debería de haber cerrado la boca, porque justo en ese momento los brazos de David se estiraron de golpe, y los huesos de sus brazos y dedos quedaron desnudos, blancos y finos como espaguetis crudos.

      -¡Aaaaahhh! ¡Aaaahh!

      -¡Aaajj! –exclamó Rachel, siempre tan dispuesta a ayudar-. ¡Qué asqueroso!

      -No luches –le dijo Cassie-. Déjate llevar. ¡Mira! ¿Ves? Los huesos ya se están cubriendo de piel y plumas.

      Era cierto. Los huesos sólo fueron visibles unos segundos, lo suficiente para que David se pusiera muy nervioso.

      -No es para tanto –aseguré yo-. Ya verás cuando te conviertas en mosca. Eso sí que es asqueroso. Esto no es nada –comenté, quitándole importancia con un gesto.

      -Yo no quiero… –comenzó a decir él, pero de pronto los labios se le estiraron hasta asumir una forma de pico, rosado y carnoso, y luego se endurecieron como el cemento.

      David era pequeño, más pequeño que yo. La mitad de mi tamaño. Pero tenía unas alas enormes. La ropa se le había caído en un montón a los pies. Lo que era una suerte, porque si se hubiera visto los pies en ese momento no se habría sentido muy bien, que digamos.

      De pronto se me ocurrió una cosa.

      -Chicos… David todavía no se sabe transformar con ropa. No tiene ropa de metamorfosis.

      -Rachel y yo apartaremos la vista –replicó Cassie.

      -Podríamos conseguirle algo bonito –dijo Rachel, siempre tan considerada.

      Yo sabía que su mente estaba repasando las existencias de todas y cada una de las tiendas del centro comercial.

      David era casi un águila.

      -Muy bien, ya no puedes hablar –le explicó Cassie-. Pero puedes usar la telepatía. Tú piensa en la persona a la que quieres dirigirte, a mí, a Marco o a todos a la vez. Forma las palabras en tu mente y te oiremos.

      <¿Me oís?>

      -Sí –asintió Cassie-. ¿Lo ves? Es muy fácil. Ahora viene lo más complicado, porque el cerebro del águila, sus instintos básicos, aparecerán de golpe y …

      La cabeza del águila, ligeramente dorada en la tarde gris, giró bruscamente y sus ojos se clavaron en Tobias.

      Antes de que nadie pudiera reaccionar, el águila real aleteaba frenética apuntando con las garras y el pico a Tobias.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 22:

      David era rápido. Pero Cassie era rápida y estaba preparada. Se adelantó y agarró con pericia el águila.

      <¿Veis? ¿Veis lo que quería decir? –exclamó Tobias, escondiéndose entre las vigas del granero-. Las águilas doradas son unas psicópatas. Ellas y los cuervos, y los grajos, y algunos otros que no podría mencionar. ¡Pero si hay ratones y conejos a montones! ¡No tienen por qué andar atacando a otras aves, caramba!>

      -¡David! ¡David! –llamó Cassie-. Piensa. Concéntrate. Te llamas David. Eres un ser humano. ¡Vamos!

      El águila batía las alas con furía, pero por muy grande que fuera ningún ave puede volar teniendo una chica prácticamente encima del lomo. Y además David todavía estaba enredado en su ropa. De modo que poco a poco se fue calmando.

      <Uf, qué raro –dijo por fin-. Era como ser yo mismo, sólo que de pronto había alguien más en mi cabeza.>

      <Ya te acostumbrarás –aseguró Ax-. Cuando yo me transformo en humano, suelo experimentar la mente humana y los instintos humanos. La necesidad de comida, por ejemplo.>

      -Sí, no intentes interponerte entre Ax y un bollo de canela –dije yo.

      -¿Quieres intentar volar? –preguntó Jake.

      <¿Volar?>

      -Pues sí. ¿Para qué te crees que son esas alas? –tercié yo.

      <¿Cómo lo hago?>

      -Bien, en primer lugar espera a que nos transformemos los demás. Luego confía en el águila. Ella sabe volar –explicó Cassie.

      Al cabo de unos minutos estábamos listos para despegar. Dejamos la ropa de David en el granero.

      Era extraño, y en cierto modo emocionante, ver a alguien transformarse por primera vez. No sé cómo explicarlo. Era como… No sé, como cuando alguien pronuncia un juramento, un chino, un africano, un alemán, un mexicano o lo que sea, y al cabo de un instante, después del <<solemne juramento>>, ya es un norteamericano, tan americano como cualquier otro americano.

      A mí siempre me ha emocionado esto, supongo que porque mi madre nació en otro país.

      En fin, el caso es que sentí lo mismo al ver a David probar sus alas. Era un nuevo Animorph. Ya era oficial. Ya era uno de los nuestros.

      Y no sabíamos nada de él, excepto que tenía una serpiente llamada Spawn y un gato llamado Megadeth.

      David echó a volar. No era un día muy bueno para volar, pero no teníamos elección. Debíamos inspeccionar la urbanización Marriot antes de que llegaran los peces gordos. Mientras volábamos, intenté pensar qué haría yo si tuviera que organizar el sistema de seguridad. Habría controles en todas las carreteras que llevaran a la urbanización, francotiradores en los tejados, equipos de asalto con armamento pesado, tipos con lanzamisiles antiaéreos o stingers, como creo que se llaman.

      Es increíble lo que se aprende viendo las películas de los libros de Tom Clancy.

      Tendrían barcos patrullando la playa. Seguramente barcos ultrarápidos respaldados por los guardacostas.

      <¡Esto es genial! –gritó David por décima vez, interrumpiendo de nuevo mis pensamientos-. ¡Se ve todo! ¡Veo hasta cangrejos ahí abajo en la playa! ¡Increíble!>

      Seguramente habrían sellado todas las tapas de alcantarilla, instalado cerraduras automáticas en muchas de las puertas y…

      <¡Mirad! ¡Mirad!>, chilló David, que acababa de entrar en una corriente térmica con las alas abiertas y había salido disparado hacia arriba.

      <Sí, ya, estupendo –dije–. Pero estoy intentando pensar.>

      David pasó de largo sin hacerme caso. Era enorme, como un jumbo Boeing 747,junto a mi 727. Un destello del sol asomó entre las nubes y se reflejó en las plumas doradas de su cabeza y su cuello.

      <Yujuuuuuuuuuu!>, gritaba él de pura alegría.

      Es cierto que era un incordio, pero no me podía enfadar. Volar es lo más fantástico del mundo. Tener tus propias alas y poder surcar el cielo es maravilloso.

      Pero yo tenía que pensar. Debíamos saber qué buscar exactamente cuando llegáramos a la urbanización. Había que planear cómo movernos por dentro, cómo llegar hasta los líderes y espiarlos. Y protegerlos.

      En el cielo había otros pájaros, claro, y nosotros volábamos bastante apartados unos de otros, porque, como dijo Tobias, <<si no pareceríamos el delirio de cualquier observador de pájaros>>.

      Íbamos dispersos a lo largo de un kilómetro más o menos, a veces un poco más juntos, a veces más separados, dependiendo de las corrientes y las bolsas de aire inerte que te hacían bajar varios metros de golpe. Unos gansos volaban muy por encima de nosotros en formación de V, y había también cuervos, gaviotas y algún que otro inocente halcón, todos revoloteando más abajo, en busca de comida.

      Yo ni pensaba en ellos, aunque ellos seguramente sí nos habían visto. Conocían muy bien la silueta de un ave de presa, y no querían acercarse.

      <¡Yujuuuuuu! –gritaba David-. ¡Estoy volando!>

      Tardé un instante en darme cuenta de que su tono era distinto. Más excitado, más agudo. Cuando alcé la vista ya era demasiado tarde.

      David bajaba en picado como un cohete, en dirección a un pobre cuervo desprevenido. Yo no pude hacer nada. Era un águila pescadora. Nunca podría alcanzarle. Sólo Jake, con su forma de halcón peregrino, hubiera sido capaz de interceptar al águila. Pero Jake estaba demasiado lejos.

      Con mis agudos ojos de águila pescadora vi las enormes garras del águila real. No hubo ruido alguno cuando David atrapó el cuervo. Estaban demasiado por debajo de mí para que yo oyera nada. El cuervo iba volando tan tranquilo, y un segundo después estaba atrapado.

      David entró de nuevo en una corriente de aire y salió disparado hacia arriba. El cuervo se agitaba sin vida en el aire, como un molinete negro.

      <¿Pero qué haces?>, rugió Jake.

      <Eh… eh… Supongo que el cerebro del águila me ha dominado por un instante –se disculpó David-. ¡No me puedo creer lo que he hecho! ¡Pobre cuervo! He perdido el control.>

      Era posible. A veces es difícil controlar al animal en el que te transformas. De modo que lo que decía David era posible. Los otros se lo creyeron, desde luego. Cassie hasta quiso consolarlo.

      Pero yo tengo muy buen ojo para las mentiras. Quizás es porque sé mentir muy bien cuando hace falta. Yo me huelo una mentira a kilómetros, y la verdad era que David había matado a ese cuervo deliberadamente, a sangre fría, sin ninguna razón.

      <¡Mirad! –exclamó Tobias-. Un helicóptero viene detrás de nosotros. Es de los marines. ¡Vaya! ¡Debe de ser Marine One!>

      <¿Marine qué?>, quiso saber Rachel.

      <¿Conoces el Air Force One, el jet del presidente? Pues el Marine One es el helicóptero del presidente>, explicó Tobias.

      <Hay que ver lo que sabes, Tobias>, se maravilló Rachel.

      Yo clavé mi mirada de águila en el helicóptero. No había tiempo de preocuparse por David. El helicóptero venía de la dirección del aeropuerto, con rumbo a la urbanización. Un segundo helicóptero, idéntico al primero volaba un kilómetro más atrás. Era un señuelo. A menos que el señuelo fuera el primero.

      Entonces noté otra cosa. Un remolino en el aire, por encima y por detrás del primer helicóptero. Como si el mismo aire girara, casi como las olas de calor que suben del asfalto caliente.

      Tobias también lo había visto.

      <¡Mi madre! ¡Creo que hemos visto eso antes!>

      <¿Qué pasa?>, preguntó David.

      <Tecnología secreta yeerk –contestó Ax con calma-. Los ojos humanos no pueden verla. El radar humano no lo capta. Pero estos ojos son muy buenos. Y la tecnología yeerk… bueno, no es exactamente tecnología andalita.>

      <¿Pero qué es?>, gritó David.

      <Una nave especial yeerk camuflada –expliqué–. Justo detrás del helicóptero del presidente. No van a esperar a la conferencia. ¡Los yeerks van a ir a por él en este mismo momento!>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 23

      <¡Moveos! ¡Moveos! ¡Moveos!>, gritó Jake.

      Salimos disparados, batiendo las alas como patos enloquecidos, para intentar dar alcance al helicóptero antes que los yeerks. Nosotros lo teníamos más cerca y venía en nuestra dirección, pero todavía estaba lejos.

      A la velocidad que avanzaban los helicópteros, probablemente llegarían a la urbanización Marriot en veinte minutos, mientras que nosotros tardaríamos una hora.

      Por las dimensiones del remolino de aire, era evidente que no se trataba de un caza insecto, sino de algo mucho más grande. Y sólo había una nave yeerk tan grande: la nave-espada. La máquina asesina personal de Visser Tres.

      El remolino de aire se acercaba cada vez más al helicóptero. Nosotros también, pero estábamos dispersos. Rachel iba detrás con Tobias, Jake y David en cabeza, y Cassie, Ax y yo más o menos en el medio.

      Un largo y estrecho rectángulo comenzó a aparecer en el cielo, como si estuviera flotando. Era un rectángulo muy largo que se iba ensanchando poco a poco.

      <La nave-espada está abriendo la escotilla>, dijo Ax.

      Así que también él pensaba que se trataba de la nave-espada.

      La escotilla se ensanchó y se abrió, dejando al descubierto el interior de la nave. Era una cosa bien extraña. El escudo de camuflaje no funcionaba sobre la escotilla. Dentro se veía una especie de cuna invertida, dispuesta a recibir el helicóptero. Detrás de las consolas y paneles de control, se distinguían cuatro horribles cabezas taxxonitas. También vi algunos guerreros hork-bajir con los uniformes rojos que siempre llevaban en la nave.

      Pero desde el helicóptero no podían ver nada de esto. La escotilla estaba en un punto ciego, encima y detrás de ellos. El helicóptero que venía detrás tampoco tenía ángulo de visión.

      Yo aceleré el vuelo, batiendo las alas contra el viento. Estaba agotado, pero me iba acercando.

      De pronto las aspas del helicóptero parecieron disminuir de velocidad, y el rugido del motor se desvaneció.

      <¡Ya lo tienen! –gritó Ax-. Han conectado el campo de fuerza, que ha apagado los motores. Probablemente habrán aturdido a los humanos de a bordo.>

      El helicóptero estaba casi encima de nosotros. Desde abajo parecía una especie de barco verde, visto debajo del agua. A cada lado le sobresalían los pilones de aterrizaje.

      <¡Dirigíos a los pilones!>, ordenó Jake.

      Jake y David subían cada vez más alto. Los demás íbamos detrás.

      <El otro helicóptero se dará cuenta de que éste ha desaparecido –informó Tobias-. ¡Ni siquiera los humanos son tan ciegos!>

      Pero en ese momento, como una respuesta a la advertencia de Tobias, apareció algo. Era como un halo de luz que envolvía el helicóptero. Pero poco a poco se fue separando de él.

      ¡Era otro helicóptero! Parecía como si el primer helicóptero hubiera soltado una capa de piel.

      <Un holograma>, dijo Ax sombrío.

      Las aspas del primer helicóptero se habían detenido. La escotilla de la nave estaba abierta del todo. El helicóptero subió hasta desaparecer en el interior de la nave-espada. Mientras, el holograma ocupó su lugar y siguió volando. Era exactamente igual al helicóptero real.

      Jake dio un brinco en el aire, extendió las garras y se aferró a uno de los pilones. David se agarró a un puntal.

      ¡La escotilla comenzaba a cerrarse!

      <¡Ni hablar!>, exclamé. Volé y volé hasta que me pareció que me iban a estallar los pulmones. La escotilla se cerraba, se cerraba…

      Cassie surcaba el aire seguida de Ax.

      ¡No quedaba tiempo! La escotilla se cerraba muy deprisa. La abertura era de medio metro… de cuarenta centímetros… treinta…diez…..

      ¡ZUUM!

      La atravesé volando, arañándome el vientre y el lomo. Un instante más y me habría aplastado. ¡Pero estaba dentro! Frené, giré, debajo del helicóptero y aterricé sobre la escotilla cerrada.

      <¡Sí!>

      ¡Lo había conseguido! Estaba a bordo de la nave-espada de Visser Tres.

      Dios mío.

      ¿Estaba loco?

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 24:

      Estaba debajo del helicóptero, junto a Jake, Ax, Cassie y David. Rachel y Tobias se habían quedado fuera.

      Pobres.

      El helicóptero descansaba en una hondonada en la cubierta de la nave, de modo que estábamos casi ocultos.

      Me volví hacia Jake.

      <Invertid la metamorfosis –dijo-. Esto se va a poner feo. Estad listos para la batalla.>

      Nosotros obedecimos, y al cabo de unos minutos éramos cuatro chicos asustados y un andalita tembloroso tumbados bajo el helicóptero del presidente. Miré a David para ver cómo le iba. Parecía que estuviera a punto de entrar en la consulta de un dentista que no creyera en la anestesia.

      <<Bien -pensé-. Habría que ser idiota para no tener miedo.>>

      Más allá, se veían pies hork-bajir en torno al helicóptero. Estaban sacando de él a un hombre inconsciente. Vi un traje gris y unos zapatos negros. Uno de los zapatos tenía un tajo en el talón, como si hubiera pisado algo muy afilado.

      ¿Sería el presidente? En ese caso, no teníamos tiempo.

      -Ax –susurró Jake-, necesitamos un movimiento de distracción.

      Era evidente que Jake había pensado lo mismo que yo. Necesitábamos tiempo para transformarnos.

      Creo que si yo fuera Ax, habría sentido bastante resentimiento en ese momento. Era como decirle: <<Ax, colega, haz que te maten para que así nosotros tengamos tiempo de transformarnos.>>

      Pero Ax tiene alma de soldado. A veces se da aires de superioridad y otras se pone un poco tonto o parece chiflado, pero la verdad es que Ax sigue siendo un aristh andalita, un guerrero. Y es el hermano de Elfangor, lo que dice muchas cosas.

      <Sí, príncipe Jake, creo que es una buena idea.>

      Por desgracia no era tan buena idea. Para empezar, no había sitio. Ax estaba apretujado debajo del helicóptero, y de pronto nos dimos cuenta de que ninguno de nosotros podía asumir un cuerpo de combate en un espacio tan reducido.

      Aquello no iba a ser una batalla rápida. De momento ya habíamos llegado demasiado tarde para salvar al hombre del zapato rajado.

      -David –susurré. Tenía su cara a pocos milímetros de mí, mientras intentaba apartarse para dejar sitio a Ax-. ¿Te dio Cassie algún cuerpo de insecto?

      David parecía desconcertado.

      -Me hizo tocar… quiero decir, adquirir una cucaracha. ¿Te refieres a eso?

      -¡Jake! –llamé-. David puede convertirse en cucaracha. ¿Qué te parece?

      Jake asintió con la cabeza. No le hacía mucha gracia, evidentemente, pero era el único camino. Tendríamos que convertirnos en algo bastante pequeño para salir de debajo del helicóptero. Ya nos preocuparíamos más tarde de interrumpir lo que fuera que estuviera pasando.

      -Muy bien, chaval –dije a David-. Vamos a transformarnos en cucarachas. Concéntrate, cierra los ojos y no pienses en ello.

      De momento todo iba mal. Para empezar, no teníamos a Rachel ni a Tobias. Para seguir, estábamos atrapados debajo de un helicóptero. Y para colmo, no íbamos a poder salvar al tipo del zapato rajado, fuera quien fuese.

      A menos que los yeerks se movieran con toda la lentitud el mundo, tendrían tiempo de sobra para infestarle.

      Yo supuse que el hombre del zapato rajado era el presidente de Estados Unidos. Y la verdad es que no hace ninguna gracia pensar que el presidente de tu país es esclavo de unos alienígenas invasores.

      Si ese era el caso, lo único que podríamos hacer sería secuestrarle y tenerle encerrado durante tres días hasta que el yeerk en su cabeza muriera por falta de rayos kandrona.

      Secuestrar al presidente. Sacarlo de una nave alienígena y mantenerlo escondido tres días. Nada, facilísimo. Al fin y al cabo ¿quién lo andaría buscando? Sólo el mundo entero.

      <<Tranquilo, Marco –me dije-. Vayamos paso por paso.>>

      Me concentré en la cucaracha cuyo ADN tenía dentro y comencé a cambiar.

      David me miraba con ojos desorbitados.

      -Cierra los ojos –le dije.

      Él obedeció. Pero un segundo después los abrió otra vez. Se estaba transformando, pero muy despacio. Se había encogido bastante, de hecho ya no medía más de un metro y unas duras alas negras se le estaban formando en la espalda. Pero lo más espantoso no había empezado todavía.

      Yo también me hacía pequeño, y veía el suelo expandirse en todas direcciones a la vez. La piel se me endureció y se me puso de un color marrón amarillento, como las uñas de un viejo. Volví a mirar a David. De momento iba bien. Seguía encogiendo. El cuerpo de la cucaracha comenzaba a tomar forma. El cuello se había retraído, los brazos y las piernas comenzaban a segmentarse. Ya era medio cucaracha.

      Su rostro, sin embargo, seguía siendo casi humano. Distorsionado, retorciéndose para convertirse en rostro de cucaracha, pero sus ojos seguían desorbitados.

      <<Todo irá bien –me dije-, en cuanto supere lo de las piernas de más.>>

      Y justo entonces aparecieron las patas. Primero a mí.

      ¡SPLAT! ¡SPLAT!

      Brotaron de mis costados, dos largas y peludas patas de cucaracha. Y supongo que mi rostro también se transformó en ese instante, porque la siguiente vez que vi a David fue a través de ojos compuestos. Así que lo que vi fueron cientos de diminutas imágenes distorsionadas de David que abría la boca para gritar.

      Su extraño y espantoso gemido vibró en mis antenas.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 25:

      David abrió su boca, casi humana, para gritar. Pero no lanzó un grito de verdad porque sus pulmones casi habían desaparecido. Sin embargo, fue suficiente.

      Una fuerte voz hork-bajir chilló.

      -¡Hitnef shellah! ¡Shellah! ¡No ruido!

      Todo quedó en silencio. Y entonces fue muy fácil oír el segundo grito de David.

      -¡Aaaaah! ¡Aaaah! ¡Aaaah!

      <¡Calla, imbécil!>, le espeté.

      <David, cálmate, no pasa nada>, terció Cassie, un poco más dulce que yo.

      -¡Haff Visser! –dijo una voz hork-bajir.

      No hacía falta un diccionario hork-bajir para saber qué había dicho. Aquello significaba <<llamad a Visser>>.

      <¡Hay que salir de aquí! –dijo Jake-. David. ¡David! Escucha. Domínate. ¡Ahora mismo! Ya te pondrás histérico en otro momento.>

      Aquello pareció penetrar en la consciencia de David. El chico dejó de gritar, pero también invirtió la metamorfosis. David se estaba haciendo cada vez más humano.

      <David –intervino Cassie-, escúchame. Si no te dominas vas a morir. Termina de transformarte en cucaracha. Es la única forma.>

      <¡Ni hablar!>

      <Hazlo, David. Ya sé que es bastante horrible, pero es mejor que estar muerto. Además, todos lo hemos hecho. Marco se ha convertido en cucaracha y no está llorando como un niño pequeño, ¿verdad? ¿Acaso no eres tan duro como Marco?>

      Nunca había visto aquel lado de Cassie. A ella se le da muy bien comprender a la gente. No se me había ocurrido que también se le daría bien manipularla si hacía falta.

      <¿Sabes qué hizo Marco la primera vez que se transformó en cucaracha? –prosiguió Cassie-. Lo que estás haciendo tú ahora mismo. Casi se muere del susto. Pero aguantó. Es comprensible que tengas miedo. Pero tienes que aguantar.>

      Muy poco a poco David comenzó a volverse cucaracha otra vez.

      Claro que después me odiaría. Cassie había utilizado la tensión entre él y yo para manipularle. Había hecho lo que había que hacer. Era necesario, si queríamos sobrevivir. Pero en cierto modo también había sido cruel.

      Claro que, de momento, no había tiempo de preocuparse por eso.

      Porque el helicóptero empezaba a elevarse del suelo. Los yeerks lo estaban levantando con un campo magnético para ver lo que había debajo.

      <Bueno, si él puede hacerlo, yo también> dijo David por fin.

      Yo debería haber cerrado la boca, pero supongo que no es propio de mí hacer siempre lo más sensato.

      <Cuando hayas machacado a la mitad de yeerks que yo, podrás hablar, chico nuevo>, le repliqué.

      ¿Lo veis? Una tontería, ya lo sé. Así seguro que David me odiaría.

      <¡Vámonos de aquí!>, gritó Jake, mientras el <<cielo>> sobre nosotros se iba haciendo cada vez más claro. Era el helicóptero, que se elevaba poco a poco.

      Salimos disparados como sólo una cucaracha puede salir disparada, seis patas moviéndose como locas, igual que el coyote cuando persigue al correcaminos.

      ¡ZUUM! Atravesamos la cubierta de acero.

      ¡ZUUM! Pasamos sobre una grieta en el suelo que debía de medir tres milímetros, pero que parecía una enorme zanja.

      ¡ZUUM! Mis pequeños ojos compuestos a milímetros del suelo, mis antenas oscilando.

      ¡ZUUM! ¡Éramos Porsches en la autopista! Éramos como esos demenciales coches cohete en las salinas. Avanzábamos a toda marcha, a toda velocidad de cucaracha.

      Lo cuál, por desgracia, es la velocidad de paseo de un adulto humano.

      <¡Pisoteadlos! –gritó triunfal Visser Tres-. ¡Aplastadlos!>

      Pero nosotros contábamos con otra habilidad, aparte de nuestro aspecto repugnante: éramos unos bichos ágiles. ¿Habéis intentado alguna vez pisar una cucaracha a la carrera? ¿Habéis intentado pisar una cucaracha con inteligencia humana?

      No es fácil.

      ¡UUUUUUSSSSHHHH! Se me vino encima una cosa tan grande que me bloqueó la vista. Yo detuve las patas del costado izquierdo, aceleré las patas del derecho y pegué una media vuelta que hasta el batmóvil habría derrapado.

      ¡BUUUUUMMMMMM! El pie de un hork-bajir, del tamaño de Arkansas, aterrizó junto a mí. ¡Ja! ¡Demasiado lento!

      Demasiado lento por unos tres milímetros. El siguiente podría aplastarme.

      En ese momento…

      <¡Aquí hay una apertura!>, gritó Jake.

      ¿Una apertura hacia dónde? No me importaba. Vi una oscura banda horizontal que se extendía hasta el infinito a mi izquierda y casi hasta el infinito a mi derecha. No era más que una juntura entre un nivel de acero y otro, pero era más gruesa que una moneda, y era todo lo que yo necesitaba.

      ¡SHUIIIIISSS!

      ¡BUUUUMM!

      <¡Aaahh!> De pronto noté que corría con cinco patas. El pisotón del hork-bajir me había arrancado la sexta de cuajo. A la cucaracha no le importó. A mí me puso los pelos de punta, pero a la cucaracha le dio igual.

      Estábamos en un universo de dos dimensiones. Debajo de nosotros, acero. Sobre nosotros, presionando nuestros lomos, más acero. Podíamos ir adelante y atrás e izquierda o derecha. Nada más. Éramos como un dibujo en un papel.

      <Hay luz más adelante>, informó Ax.

      Fuimos hacia la luz. Pero sobre nuestras cabezas había estallado un estruendo que no podéis ni imaginar. Docenas de gigantescos hork-bajir corrían sobre nosotros, y el impacto de sus pisotones se transmitía por el acero. Era como correr dentro de un tambor.

      ¡BUUUUM! ¡BUUUUM! ¡BUUUUM! ¡BUUUUM!

      <¿Ves qué divertido, David? –dije, intentando poner un poco de humor-. Sí, ser animorph no es un trabajo. ¡Es una aventura!>

      La débil luz que veíamos delante de nosotros se iba haciendo más y más brillante. De pronto el estruendo de pasos se desvaneció. Habíamos pasado bajo una especie de pared o panel. El caso es que habíamos dejado atrás aquel estrépito, y yo comenzaba a sentir un levísimo atisbo de esperanza en medio del espeluznante terror.

      Una cosa hay que decir de las cucarachas: no se dan por vencidas.

      HSSSSSSS.

      <¿Qué es ese ruido?>, preguntó David.

      Todo mi cuerpo sentía que el siseo procedía de un punto a nuestra espalda. Y tuve la horrible sensación de que mis antenas captaban algo desagradable.

      Me detuve, me volví hacia mi costado de dos patas y miré atrás. Con mis ojos compuestos no vi prácticamente nada. Sólo una grieta estrecha y horizontal. Pero algo se acercaba. Lo notaba.

      Una cosa que olía.

      Una cosa que…

      <¡RAID! –grité-. ¡Nos están fumigando!>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 26:

      <¡La luz! –chilló Ax-. ¡Vamos hacia la luz!>

      <Si el gas nos alcanza no sólo iremos hacia la luz, sino que podremos saludar a todos nuestros parientes muertos y explicar nuestros pensamientos impuros a San Pedro>, repliqué.

      <¿Qué?>, preguntó Ax, perplejo.

      <¡CORREEEEEEEED!>

      El gas. La luz. El gas. La luz.

      Un poste se alzaba hacia la luz.

      ¡ZUUM! Una cucaracha subió disparada poste arriba.

      ¡ZUUM! ¡ZUUM! ¡ZUUM!

      Y luego yo. El diminuto cerebro de la cucaracha, incapaz de sumar dos más dos, era sin embargo un experto en fugas. Pegué un salto, caí sobre el poste y ¡ZUUM!, subí como un rayo.

      La ola de gas se hinchaba debajo de mí. Yo seguí subiendo hacia la luz.

      <¡Yujuuuuuuuuu! –grité, de puro deleite de haber sobrevivido-. Rachel se va a poner furiosa cuando se entere de lo que se ha perdido.>

      Estábamos en una habitación muy iluminada, de suelo de acero. Sólo se distinguían un par de piernas hork-bajir. Justo entonces lo vi por encima de mi cabeza. Un zapato gigantesco, ladeado en un ángulo rarísimo. Parecía tan alto que era como si desapareciera entre las nubes. Debía de ser una talla cincuenta lo menos.

      Lo más importante, mis demenciales ojos fragmentados lograron ver que el talón tenía una raja.

      <¡Es el hombre del zapato rajado!>, exclamé.

      <¿Quién?>, preguntó Cassie.

      <¡El presidente de Estados Unidos! Siempre he querido conocerlo. Pero la verdad es que no me imaginaba que sería así. Pensé que me estrecharía la mano. Y que yo tendría manos.>

      De pronto se oyeron unos pasos. Unos pasos muy raros.

      <Es algo de cuatro patas>, anuncié con tono ominoso.

      Aquelló sólo podía significar una cosa.

      <¡Escondeos!>, ordenó Jake.

      <¿Dónde?>, pregunté.

      <¡En su pierna!>, sugirió Cassie.

      Así que trepamos por la pierna del presidente. Subimos por el lustroso zapato, atravesamos el calcetín, ascendimos por la pierna peluda, y allí nos agazapamos debajo de la lana gris, un bosque de pelos.

      CLI-CLOP. CLIP-CLOP.

      Unas pezuñas entraron en la estancia.

      Visser Tres.

      <No nos queda tiempo –murmuró Visser Tres al guardia hork-bajir-. Han sido descubiertos unos insectos debajo del helicóptero. No sabemos si serán los bandidos andalitas o insectos de verdad. Pero de cualquier forma no nos queda tiempo. Voy a adquirirlo ahora.>

      <¿Adquirirlo? –repetí yo-. ¿Cómo?>

      Entonces lo entendí. Zapato Rajado no iba a ser infestado. Visser Tres iba a adquirir su ADN. Quería poder transformarse en el presidente.

      ¡Claro! ¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿Cómo iba a permitir Visser Tres que otro yeerk controlara al hombre más poderoso de la Tierra?

      Él mismo iba a adquirir su ADN, para poder transformarse en el presidente siempre que quisiera.

      De pronto comenzamos a movernos. El hork-bajir estaba arrastrando a Zapato Rajado por la cubierta.

      <¿Y ahora qué?>, preguntó David.

      <Buena pregunta>, murmuró Cassie.

      Zapato Rajado no fue muy lejos.

      <Lo están metiendo de nuevo en el helicóptero –informó Ax-. Creo que intentan volver a colocar el helicóptero en su ruta, en lugar del holograma. Luego despertarán a los humanos de a bordo, que no recordarán nada. Será como si nada hubiera ocurrido.>

      <Estoy de acuerdo>, dijo Jake.

      <¿Nos quedamos aquí en la pierna peluda o intentamos salir y causar algún daño en la nave-espada?>, pregunté.

      <Vamos a salir –replicó Jake-. No podemos transformarnos en el helicóptero del presidente. El presidente no estará solo. Sus guardias podrían liarse a tiros.>

      <¿Y qué? –saltó David-. ¿No se supone que podemos darles una paliza?>

      <No a nuestro presidente, chaval>, contesté.

      Así que bajamos por la pierna peluda, pasamos el calcetín, el zapato, hasta caer al suelo.

      <Ya estamos donde empezamos –comentó Cassie-. Debajo del helicóptero.>

      Tardamos unos tres segundos en hacernos a la idea de lo que aquello significaba. Estábamos sobre la escotilla, que iban a abrir para soltar al helicóptero.

      <Ohoh>, exclamé, justo cuando la escotilla comenzaba a moverse… justo debajo de nosotros. Una brillante línea de luz apareció en el suelo, a dos centímetros de distancia.

      Me di la vuelta para correr.

      La línea de luz se ensanchó.

      Y entonces me di cuenta de que ni siquiera una cucaracha puede correr más que el viento.

      Entró una ráfaga de aire que me barrió del suelo y me lanzó a través de la grieta.

      <¡Nooooo!>, chillé.

      Dos cucarachas pasaron volando como cohetes, arrastradas por el fuerte viento.

      Me aferré a la cubierta con dos patas, y aguanté durante una millonésima de segundo.

      Luego caí.

      Caí dando vueltas y vueltas, más y más deprisa, en dirección a la superficie…

      CONTINUARÁ…..

      © 1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

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