#21 La amenaza

Sinopsis:

El nuevo animorph llega justo cuando los yeerks preparan su mayor golpe. La situación es ideal: los líderes más poderosos del mundo se han reunido.

¿Qué mejor forma de apoderarse de los humanos?

Al principio, David se une a la lucha. Pero algo va mal, porque empieza a romper las reglas y a correr riesgos que ponen en peligro a todo el grupo.

Los animorphs no saben qué hacer. Los yeerks eran sus peores enemigos, pero la situación está apunto de cambiar…

Datos del libro:

El libro tiene 158 páginas.

En este libro, como nuevos personajes, conoceremos a Saddler, el primo de Rachel y Jake que ha sufrido un atropeyo mientras iba en bici. Y a sus padres Ellen y George que van al hospital con sus hermanos Brooke, Justin y Forrester.

Lo narra Jake, quien siemple ha tenido el don de conocer bien a sus amigos y así poder utilizar eso como ventaja a la hora de tomar las mejores decisiones en la batalla, pero ahora que hay un nuevo Animorph llamado David, un chico que Jake casi ni conoce y que parece tener unas tendencias muy raras, la cosa se complica puesto que ¿Qué hacer cuando un miembro del grupo decide tomar sus propias decisiones?

No se describen nuevos términos en este libro.

Las Nuevas transformaciones son:

Jake adquirirá una Libélula(28) para transportar a cinco pulgas y a un controlador humano(29). Rachel se transformará en pulga(28). Marco también en pulga(30). Ax se transformará en pulga(25) y también en el controlador humano(26). Cassie y Tobias no adquieren nuevas formas. David adquiere un montón de formas en este libro: una gaviota(3), una pulga(4), un leon(5) y un controlador humano(6). Y para terminar, decir que Visser Tres se convertirá en Tony(13) el jefe de protocolo de la Casa Blanca.

Leer el Libro:

Capítulo 1:

      Me llamo Jake.

      Y era una cucaracha aterrada.

      <¡Aaaaahhhh!>, grité, mientras caía dando vueltas y vueltas hacia el suelo, muy, muy abajo.

      Claro que no es que pudiera ver el suelo. Los ojos de cucaracha sólo sirven para ver de cerca. Y ni siquiera para eso van muy bien.

      Así que no, no veía el suelo, que estaba a kilómetros de distancia. Tampoco veía a Marco, Cassie, Ax o David, que también eran cucarachas y también estaban cayendo al vacío.

      Pero sí que los oía.

      <¡Aaaaahhh!>, gritaba Marco.

      <¡Aaaaahhhhh!>, chillaba Cassie.

      Sólo Ax guardaba silencio. Ax es un andalita, y los andalitas no gritan tanto como los humanos. No es que sean más valientes, sino que son una especie que se comunica por telepatía, así que supongo que no han evolucionado para gritar mucho.

      <¡Vamos a moriiiiir!>, chilló David presa del pánico.

      <No creo que el impacto nos mate –dijo Ax-. No creo que nuestra masa sea suficiente para que el impacto nos cause la muerte.>

      <¡Es verdad! –exclamó Cassie-. A una cucaracha no se la mata tirándola al suelo. Ni siquiera desde esta altura.>

      <A menos que caigamos en el agua –apuntó Marco-, en cuyo caso podríamos ser devorados por algún pez hambriento.>

      <¿Nos transformamos?>, preguntó Ax.

      <No hay tiempo –contesté-. Nos haríamos más grandes, tendríamos más masa y entonces…>

      De pronto dejé de caer, y algo me golpeó de costado. Una garra gigantesca se cerró en torno a mí.

      <Sois vosotros, ¿no? –preguntó tranquilamente Rachel-. Vaya, ya decía yo que sólo podía tratarse de vosotros.>

      <Sí, no suelen verse muchas cucarachas a quinientos metros de altura>, convino Tobias.

      Rachel y Tobias no habían entrado en la nave espacial. La nave que había secuestrado el helicóptero del presidente. La misma de la que nos habíamos caído convertidos en cucarachas.

      Me parece que más vale que pare un momento y os lo explique.

      Todo comenzó cuando descubrimos que un chico llamado David había encontrado la caja azul, o sea, el cubo mórfico.

      Bueno, no. En realidad todo empezó mucho antes. Hace meses, cuando Marco, Cassie, Rachel, Tobias y yo volvíamos del centro comercial atravesando un solar abandonado. Allí vimos aterrizar una nave dañada. Y allí conocimos a Elfangor, un príncipe andalita. Elfangor se estaba muriendo. Sus enemigos, los yeerks, lo seguían de cerca.

      Así que, como no le quedaba mucho tiempo, Elfangor hizo una cosa que no suelen hacer los andalitas: confiar en alguien que no sea andalita. Concretamente, en nosotros cinco. Nos dijo que una raza de parásitos llamados yeerks estaba invadiendo la Tierra.

      Los yeerks en realidad son gusanos. No tienen un aspecto muy impresionante, ni dan miedo ni nada. Pero tienen la capacidad de entrar en un cerebro –casi en cualquier cerebro-. Dominarlo y ejercer sobre él un control absoluto y total.

      Esto es lo que han hecho con toda la raza de los gedds, en su propio mundo. También se lo han hecho a los hork-bajir, y a los taxxonitas.

      Y ahora es lo que intentan hacer con el Homo sapiens. Es decir, con los humanos, con gente como vosotros y como yo.

      Elfangor nos dijo que habrá miles, tal vez decenas de miles de controladores humanos, es decir, humanos que tienen un yeerk en la cabeza controlando sus palabras y sus actos. La invasión estaba en marcha. Las fuerzas andalitas habían sido derrotadas en órbita alrededor de la Tierra. Podría pasar mucho tiempo antes de que llegaran más fuerzas andalitas. Demasiado tiempo.

      Así que, si se iba a detener a los yeerks, tendrían que ser humanos quienes lo hicieran. Nosotros, para ser más exactos. Cinco chicos normales y corrientes, de los que se pasan el día en el centro comercial, se retrasan con los deberes, no saben qué corte de pelo hacerse ni cómo comportarse con el sexo opuesto. Chicos a veces listos y a veces no tan listos.

      Los yeerks contaban con naves espaciales más rápidas que la luz, miles de controladores humanos imposibles de detectar, armas de rayos dragón y guerreros hork-bajir de más de dos metros de altura llenos de cuchillas. Nosotros, por nuestra parte, contábamos con…nada.

      Excepto… excepto con una cosa que nos dio Elfangor: el poder de transformarnos. El poder de convertirnos en cualquier animal que hubiéramos tocado, Elfangor nos otorgó este poder con la caja azul. Y desde aquella noche horrible, en la que el príncipe Elfangor murió a manos del líder yeerk, Visser Tres, nosotros hemos utilizado ese poder para luchar contra ellos.

      A veces incluso ganamos.

      Más tarde se nos unió el hermano pequeño de Elfangor, Aximili, a quien llamamos Ax. Así que ya éramos seis, es decir, cinco chicos y un andalita contra toda la fuerza del imperio yeerk.

      Sólo seis de nosotros. Hasta que…

      Hasta que David encontró la caja azul.

      Nosotros creíamos que había sido destruida, pero resultó que no. Resultó que David había encontrado la caja y los problemas comenzaron inmediatamente. Para empezar sus padres fueron capturados y dominados por yeerks. Ahora los dos son controladores.

      ¿Qué podíamos hacer nosotros? Tuvimos que utilizar la caja azul para convertir a David en uno de los nuestros. El sexto animorph.

      Pero no pudo pasar en peor momento. Justo cuando estábamos a punto de emprender la que sería nuestra misión más importante. Los líderes de Estados Unidos, Japón, Rusia, Alemania, Inglaterra y Francia se iban a reunir en secreto para intentar resolver los problemas de Oriente Medio. Nosotros nos enteramos de que uno de estos líderes ya era un controlador, y sabíamos que los yeerks se habían propuesto apoderarse de todos los demás.

      Los yeerks iban a aprovechar la conferencia para infestar a los líderes más poderosos del mundo. Si lo lograban, sería el final. La Tierra estaría condenada. Así que teníamos que impedirlo.

      Cuando nos dirigíamos a inspeccionar la urbanización Marriot, donde se iba a celebrar la reunión, vimos que una nave yeerk camuflada capturaba el helicóptero del presidente. Aunque tal vez no fuera ese helicóptero, sino un señuelo.

      Qué, ¿Ya estáis hechos un lío? Pues no tanto como nosotros.

      Los yeerks dejaron sin sentido a todos los que iban en el helicóptero y luego pusieron una proyección holográfica en lugar del helicóptero de verdad, para que pareciera que no había pasado nada. Del helicóptero sacaron a un hombre con una raja en la suela del zapato.

      El caso es que nosotros éramos cucarachas en aquel momento, y no pudimos ver más que el zapato. Pensamos que los yeerks querían infestar al tipo aquel, el presidente o quien fuera.

      Pero no. Visser Tres se limitó a adquirir su ADN, para poder transformarse en él. Veréis, es que Visser Tres es el único yeerk de toda la galaxia que ha conseguido controlar un cuerpo andalita. Es el único yeerk que puede transformarse.

      Y ahora podía transformarse en el tipo del zapato rajado, fuera quien fuese.

      ¿Entendéis por qué saco malas notas en el colegio? Me paso el día medito en estos líos. Es para volver loco a cualquiera.

      Por lo menos, en esta ocasión no acabamos despachurrados o de comida para peces. Tobias y Rachel nos rescataron y nos pusieron a salvo. A partir de aquel momento sólo debía preocuparnos el nuevo animorph (David, un tipo bastante raro) y también salvar a los líderes del mundo, naturalmente.

      <Se me plantea una pregunta>, dijo Marco, mientras Tobias y Rachel nos dejaban en un lugar apartado, entre dos dunas de arena.

      <¿Qué pregunta?>, dije.

      <Bueno, soy una cucaracha, me acabo de caer de la nave espacial de unos gusanos ladrones de cerebros cuando intentaba salvar al presidente de Estados Unidos, me ha rescatado una chica convertida temporalmente en águila y un chico que es permanentemente un ratonero, y aun así… todo me parece bastante normal. Lo que era de esperar, vaya. Y me pregunto: ¿ya está? Al final ha pasado, ¿no?>

      <¿Qué ha pasado qué?>, pregunté otra vez.

      <Que me he vuelto loco –contestó Marco-. ¡Chiflado del todo! Majareta. Chalado. Como una cabra.>

      <Bueno, bueno, no perdamos la calma –dije, intentando parecer el líder que se supone que soy-. Toda la raza humana depende de que ganemos esta batalla.>

      <Pobre raza humana.>

      Era un chiste, pero no tenía mucha gracia.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 2:

      Nos transformamos en las dunas sin problemas. Bueno, uno de nosotros sí que tenía un problema.

      -Rachel, Cassie, mirad para otro lado –dije.

      David era un nuevo animorph y todavía no había aprendido a transformarse con ropa. En realidad, ninguno de nosotros podíamos transformar la ropa muy bien, y sólo lo lográbamos con cosas ajustadísimas, como pantalones de ciclista, leotardos y camisetas. Así que en nuestros atuendos de metamorfosis estábamos patéticos.

      Pero no tanto como el pobre David.

      <Ya me encargo yo>, dijo Tobias. Se elevó aprovechando la brisa salada y desapareció tras las dunas.

      Tobias todavía era un halcón. Es posible que Tobias sea un halcón para siempre, porque pasó más de dos horas con esa forma y quedó atrapado en ella. Ahora ha recuperado sus poderes de metamorfosis, pero no puede volver a ser permanentemente humano sin perder esos poderes.

      <No entiendo a los humanos y sus extrañas creencias sobre la ropa>, comentó Ax.

      Había recuperado su cuerpo andalita y sus cuatro pezuñas se hundían en la arena. Tobias nos avisaría si alguien se acercaba lo suficiente como para verlo.

      <Lleváis piel artificial y pezuñas artificiales. Cuando hace frío, aún se entiende. Pero cuando hace calor resulta rarísimo. Y luego os preocupáis tanto cuando falta una prenda de ropa o cuando no se lleva correctamente.>

      -¿Cómo la vez que te pusiste los calcetines en las manos? –preguntó Marco.

      -¿O cuando llevabas la ropa interior por fuera de los pantalones? –añadió Rachel, que todavía nos daba discretamente la espalda.

      -A vosotros os puede parecer divertido –terció David-, pero yo no le veo la gracia. ¿Y si viene alguien?

      Yo me eché a reír.

      -Bueno, David, si viene alguien no creo que se fije mucho en ti. Seguramente le llamará más la atención un alienígena medio ciervo de color azul, cuatro ojos y cola de escorpión.

      En ese momento apareció Tobias, bajó en picado hacia nosotros y dejó caer un bañador de color naranja y una camiseta de los Grateful Dead. Las dos prendas todavía tenían las etiquetas del precio.

      David la atrapó antes de que tocaran el suelo.

      <Recordadme que tengo que devolver la ropa a la tienda de Kahuna Beach>, dijo Tobias.

      -¿Las has robado? –preguntó Cassie.

      <No, la he tomado prestada. Además, soy un pájaro y los pájaros no roban. ¿Qué van a hacer, detenerme?>

      -Ya encontraremos la forma de llevar el dinero a la tienda –dije yo-. Más vale que no nos empecemos a liar con esas cosas. En una emergencia como ésta, quizás esté justificado que tomemos algo prestado, pero luego debemos pagarlo o devolverlo. Esa es la regla.

      David se apresuró a vestirse, y Cassie y Rachel pudieron darse la vuelta por fin.

      -Ya era hora –murmuró Rachel-. Estaba harta de mirar a ese cangrejo muerto.

      -Oye, sería increíble… –comenzó David.

      -¿El qué? –pregunté.

      Él se encogió de hombros.

      -Bueno, con nuestros poderes podríamos conseguir todo lo que quisiéramos. Podríamos transformarnos en guepardos, por ejemplo, entrar en una joyería, recoger todos los diamantes que tuvieran y salir disparados a cien por hora. Nadie podría hacernos nada. Además, luego volveríamos a ser humanos.

      -Venga, vamos a hacerlo –dijo Marco secamente-. En cuanto consigamos evitar que los yeerks conviertan a los líderes más poderosos del mundo en zombis controlados por alienígenas, podremos empezar a robar joyerías.

      -Oye, que era una broma –protestó David-. Se me había olvidado que aquí el único que puede hacer chistes eres tú, Marco.

      Yo miré a Marco. ¿Se había enfadado? Sí, un poco. Luego miré a David. Había sido una broma….¿no?

      Más tarde hablaría de ello con Cassie. A Cassie se le da mucho mejor que a mí averiguar los pensamientos y sentimientos de la gente. Ella lo sabría. Bueno, por lo menos eso esperaba yo.

      Mientras tanto tenía que tratar a David como a cualquier otro miembro del grupo. No era tan grave que David y Marco no se llevaran bien. A veces todos nos poníamos nerviosos unos con otros. Era natural.

      -Muy bien. Vamos a lo nuestro –dije-. Nos han pillado desprevenidos. Quizá sepan que éramos nosotros los que corríamos por ahí arriba, pero quizá no. De cualquier forma, tenemos que entrar en la urbanización y empezar a trabajar.

      -Pero para entrar allí debemos atravesar el mayor sistema de seguridad del mundo –apuntó Rachel-. Habrá que ir por el aire, pero no podemos utilizar las formas de aves de presa porque llamarían mucho la atención.

      -No hay problema –terció Cassie-. Estamos en la playa, y la playa está siempre llena de gaviotas.

      -Sí, muy bien, pero yo no tengo el cuerpo de una gaviota –señaló David-. Aunque puedo convertirme en águila real otra vez y seguro que cazo una enseguida.

      A mí me inquietó un poco su ansiedad. La idea no era mala, sólo que no hacía falta que David se transformara.

      -¿Tobias? –grité. Tobias planeaba en la brisa y estaba casi inmovil sobre nosotros. Al oírme giró las alas y descendió-. Siento darte la lata otra vez, pero ¿podrías traernos una gaviota?

      -Viva –añadió Cassie.

      <¿Qué si puedo cazar una gaviota? ¡Vaya pregunta! Con los ojos cerrados. ¡Si no son más que ratas con alas!>

      -Tobias está muy enterado de todo eso de los pájaros, ¿no? –preguntó David.

      -Tobias tiene ciertas opiniones bien definidas sobre las aves –expliqué-. Respeta a la mayoría de las águilas, búhos y otros halcones. Desprecia a las gaviotas y palomas, y odia a muerte a los arrendajos, cuervos y águilas reales.

      David se echó a reír.

      -Así que es un racista o algo así, sólo que con los pájaros en lugar de personas.

      -Todas esas aves son especies diferentes –señaló Cassie-. Los seres humanos somos todos de la misma especie, así que no es una buena comparación.

      David se encogió de hombros, con expresión huraña.

      -Vale, vale.

      Yo empecé a decir algo, pero me callé. Debía controlar los nervios. Estábamos a punto de entrar en una urbanización con un sistema de seguridad tal que a su lado una prisión de alta seguridad parecería unos grandes almacenes durante las rebajas. Teníamos que enfrentarnos a la seguridad francesa, inglesa, japonesa, alemana, rusa y norteamericana. Y además estaban los yeerks, que ya se habían infiltrado en el lugar.

      Y nosotros sin ningún plan, ninguna idea, y con un chico nuevo al que todavía no estábamos acostumbrados. ¿Cómo se las apañaría en la batalla? ¿Qué haría cuando las cosas se pusieran feas de verdad? De momento, cuando nos transformamos en cucarachas y nos persiguieron lo había hecho bien. No le había entrado pánico. Pero la situación podía ponerse peor. Podía ponerse muchísimo peor

      Cassie me observaba. Seguro que había notado mi preocupación. Miré hacia el cielo, como buscando a Tobias, y cuando bajé la cabeza lo hice con mi expresión de <<líder temerario>>. No tenía sentido preocupar a los demás.

      Tobias apareció en ese momento. Llevaba en las garras una gaviota que pataleaba y aleteaba indignadísima.

      <Ha sido muy divertido –comentó Tobias-. La atrapé al vuelo, justo cuando se arrojaba sobre el bocadillo de alguien. Y de paso, aunque la verdad es que no quería, he adquirido su forma, porque yo tampoco la tenía.>

      Cassie arrebató la pobre gaviota de las garras de Tobias e intentó tranquilizarla. Cassie sabe tratar a los animales. Luego se la tendió a David.

      -Ya empiezo a entender todo esto –dijo él-, poniendo la mano en una de las alas de la gaviota-. No tengo más que concentrarme para adquirir su ADN.

      -Sí –contesté-. Es fácil cuando te acostumbras. Venga, vamos allá. Nos transformaremos en gaviotas, volaremos por la playa y aterrizaremos en la urbanización. A ver qué averiguamos.

      -Una cosa importante –señaló Cassie-. Comportaos como gaviotas, ¿eh? Los humanos no sospecharán nada de unas aves. Pero los yeerks sí.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 3:

      <¡Allá vamos! ¡Hacia el azul del cielo, volando hacia el sol!>, cantó Marco.

      <Marco, ¿qué cantas?>, preguntó Rachel.

      <Lo que cantaban unos pilotos de guerra en una película de las viejas que vi en la tele. ¡Allá vamos! ¡Hacia el azul del cielo, volando hacia el sol!>

      <¡Marco! ¿Por qué sigues cantando cuando es evidente que quiero que te calles?>

      <¡Allá vamos…! ¡Eh! ¡Ah! ¡Pizza! Ese tipo allí abajo en la playa, el de la toalla azul. ¡Tiene una pizza enorme!>, exclamó.

      <¿Se la va a comer él solo? –preguntó David ansioso-. ¡No va a poder con una cosa tan grande!>

      Muchas especies tienen instintos muy fuertes, y hay que aprender a dominarlos. Por ejemplo, la obediencia de autómata de las hormigas, o el hambre demencial y voraz de la musaraña. En el caso de las gaviotas, los instintos no eran exactamente peligrosos para nosotros, pero eran muy difíciles de dominar.

      Las gaviotas son aves de rapiña, lo cual significa que tienen un talento asombroso para captar cualquier cosa que parezca remotamente comestible. Volábamos y planeábamos sobre la orilla de la playa, como cualquier gaviota. Delante de nosotros se veía la línea de árboles y el muro de estuco que señalaba el límite de la urbanización.

      Nosotros no éramos las únicas gaviotas en la vecindad, ni mucho menos. Otras diecisiete gaviotas habían visto la pizza, y no hacían más que dar vueltas y planear:

      -¡Aaaar! ¡Aaaaaar! ¡Aaaaar! –gritaban

      El tipo de la pizza se estaba poniendo nervioso.

      <Seguid volando>, ordené, aunque yo también tuve que combatir el extraño impulso de arrojarme sobre el queso. Es que era verdad. ¿Una pizza tan grande para uno solo? No sé por qué no podía tirar al suelo un par de trozos para que nosotros…

      Pero el asunto no iba de pizza.

      <¡Patatas fritas!>, gritó Rachel.

      <Mirad, chicos –comencé yo-, estamos a punto de…>

      <¡Mi madre! ¡Pollo frito! –exclamó Marco-. Eh, Tobias, si una gaviota come pollo, ¿es eso canibalismo o algo así?>

      <Depende. ¿Pollo normal o extra crujiente?>

      Por fin nos acercábamos al muro de estuco. Los ojos de gaviota no son tan penetrantes como los de las aves de presa, pero ven bastante bien. Divisé a un hombre de traje oscuro a la sombra de una hilera de árboles. Llevaba gafas de sol y estaba hablando por radio, mirando en nuestra dirección, hacia la playa, con expresión concentrada y seria.

      <Desde luego no podía ser un agente del servicio secreto más típico –comentó Rachel con una risa-. Y unos tres metros más allá hay otro, junto al muro.>

      <Sí, muy típicos –replicó David-, pero no son los únicos agentes de seguridad. Seguro que hay muchos más tumbados en la playa. Con un asunto como éste, la mitad de los bañistas deben de ser agentes.>

      <Claro, y tú eres experto en esto porque tu padre es un espía>, dijo Marco con notable desdén.

      <Sí, mi padre trabaja para la Agencia de Seguridad Nacional>, afirmó David.

      <¿Ah, sí? Pues ahora está con la Agencia de Seguridad Yeerk>, murmuró Marco.

      <¡Calla, Marco! –exclamé-. Ahora sí que te has pasado.>

      Mientras tanto íbamos acortando distancias, como quien no quiere la cosa, entre nosotros y el muro.

      <Sí, tienes razón –accedió Marco por fin-. Me he pasado un poco. Lo siento.>

      David no dijo nada. No se le podía reprochar. Por lo general, Marco sabe dónde está el límite. Tal vez me equivocaba al pensar que su actitud hacia David era totalmente normal. Tal vez algo no iba bien.

      No volamos sobre el muro todos juntos en formación, sino uno a uno, desde varios puntos. Los tipos de seguridad se mostraron indiferentes. No era de extrañar, porque había gaviotas por todas partes. De hecho, con sólo mirar, era imposible saber cuál era uno de nosotros y cuál no.

      <Esto es facilísimo –comentó David-. ¿Para qué tanto jaleo?>

      <Mientras nos limitemos a revolotear por aquí no habrá problema –convine-. Pero tenemos que entrar en algunos de los edificios. Quizás en todos ellos.>

      <La cuestión es: ¿por dónde empezamos?>, quiso saber Ax.

      En la urbanización había más de diez edificios. El bloque principal era un hotel moderno en forma de L con muchos pisos. A uno de los lados tenía adosado un edificio más bajo, de sólo dos pisos. Debía de ser un salón de baile o algo así.

      En la parte interior de la L había una piscina con un bar y una zona de vestuarios, y más abajo junto a la orilla se veían varios bungalós separados entre sí por setos y árboles. Todo el terreno estaba cubierto de césped muy cuidado, y de árboles y matorrales plantados ordenadamente. Detrás del hotel principal comenzaba una pista de golf de nueve hoyos.

      Desde el aire podíamos ver sin problemas los dos helicópteros presidenciales posados sobre la hierba de la zona de aterrizaje. Varios marines de uniforme hacían guardia junto a ellos.

      <Bien, no cabe duda de que han desplegado todo un sistema de seguridad –comentó Marco-. Hay hombres en el tejado, en los matorrales, en coches, en la pista de golf fingiendo jugar. Esto parece Men in Black 2. Todos van vestidos igual.>

      En ese momento vi algo que me animó un poco.

      <¡Mirad! ¡Perros!>

      Debajo de mí un pastor alemán caminaba con otro <<hombre de negro>>. El perro iba olfateando los arbustos, buscando bombas o quizás algún sitio para hacer pis.

      <Podríamos convertirnos en pastores alemanes y mezclarnos con los otros perros>, propuse, aunque mientras lo decía me di cuenta de que seguramente no era un buen plan.

      Un camión estaba descargando comida en la parte trasera del hotel. Otros cuatro hombres vestidos de negro inspeccionaban las cajas a medida que iban saliendo.

      Todos los tipos de seguridad llevaban auriculares, como la gente a la que entrevistan en televisión, y parecían hablar todo el rato a sus mangas. Tenían micrófonos escondidos en ellas.

      <Tengo una idea. Vamos a dejarlo –sugirió Marco-. Esto ya sería deprimente incluso si no supiéramos que algunos de esos tipos son controladores.>

      Yo casi estaba de acuerdo con él.

      <Todo el lugar está vigilado, hasta el último milímetro –dije-. No podemos transformarnos en ninguna parte. Tenemos que entrar si queremos averiguar algo, pero eso supone transformarnos en insectos. Y el problema es que tendríamos que hacerlo bastante lejos de la urbanización y recorrer un largo camino en forma de araña, cucaracha o mosca, y ninguno de esos bichos ve lo suficiente para viajar distancias largas sin perderse.>

      <O sin que se lo coman>, añadió Rachel con tono ominoso.

      <Podríais transformaros en pulgas y subiros a alguien que vaya a entrar a la urbanización>, sugirió Tobias.

      <Pero las pulgas no ven ni torta, y tampoco oyen mucho que digamos –recordó Cassie-. Aunque lográramos entrar, no averiguaríamos nada. ¿Y cómo íbamos a salir otra vez?>

      <¿No podemos hacer nada?>, preguntó Marco incrédulo.

      Yo suspiré.

      <Tal vez. Pero no puede ser. Sea cual fuere el riesgo, tenemos que entrar y… ¡AAAAHH!>

      Fue un dolor súbito, salido de la nada, un dolor tan espantoso que parecía estar friendo mis células de mi cuerpo.

      <¡Jake! ¿Qué ha pasado?>, preguntó Cassie alarmada.

      <¡AAAAAAAHH!>, gritó Ax.

      <¿Pero qué pasa?>, exclamó David.

      El dolor había desaparecido, pero yo todavía no me había recuperado. Miré hacia abajo, a mi alrededor, por todas partes. ¿Cuál había sido la causa…?

      A unos quince metros abajo, en el suelo, había un hombre de seguridad. Era como todos los otros. Tenía una pequeña calva en la cabeza; son cosas que notas cuando vas volando. También llevaba gafas de sol, como los demás.

      Pero, a diferencia de los demás, éste observaba las aves del cielo.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 4:

      <¡AAAAAAAAHH!> Era el turno de Tobias.

       Yo me quedé mirando al hombre calvo. Él a su vez miraba una gaviota que de pronto había dado un respingo en pleno vuelo.

       ¿Sería Tobias?

       <¡Es aquel tipo! –exclamé-. ¡El calvo! ¡Es él!>

       El hombre miró a otra gaviota, que también dio un respingo. El animal se recuperó y se alejó volando.

       No era de los nuestros, sino una gaviota normal.

       <¡Ax! ¿Qué está haciendo ese tipo? No veo que tenga ningún arma.>

       Ax parecía tan perplejo como yo.

       <Quizá… quizás está utilizando un rayo dragón de baja intensidad. Tal vez lo lleve oculto en su cuerpo. Las gafas de sol podrían ser el emisor.>

       <¿Me estás diciendo que el tipo puede disparar a cualquier cosa que mire?>, pregunté.

       <Sí. El rayo causa un tremendo dolor, como ya habrás notado.>

       Viniendo de Ax, aquello era casi un chiste. Pero yo, que había recibido la <<mirada>> del calvo, no le vi la gracia.

       <Así que es un controlador ahuyentando a las aves –dijo Tobias-. No nos mata porque eso resultaría demasiado obvio. Sería un poco sospechoso que empezaran a caer pájaros muertos por todas partes.>

       <Está ahuyentando a posibles andalitas transformados>, convino Marco.

       Los yeerks todavía creen que somos un pequeño grupo de andalitas. No tienen ni idea de que somos humanos con poderes de transformación andalitas.

       <¡Dios mío! –gimió Cassie-. Me está mirando… ¡AAAAAAHHH!>

       <¡Cassie!>

       <¡Qué daño! Madre mía, esto va en serio. Ha sido como una visita al dentista sin anestesia.>

       <Cassie, vete. Aléjate. Es lo que haría cualquier gaviota. ¡Pero no os vayáis todos a la vez! –advertí-. Que no se note que sabemos lo que está pasando.>

       <¿Tenemos que quedarnos aquí y dejar que ese tío nos dispare? –preguntó David-. Deberíamos largarnos, o bajar todos a darle una paliza.>

       Yo había sentido el dolor y sabía que era espantoso. Pero no podía permitir que nos marcháramos todos de golpe. Teníamos que actuar como gaviotas normales. De todas formas, sabía lo que sentían los demás, sobretodo porque yo sentía lo mismo. No era nada agradable andar por allí volando indefenso, expuesto, esperando que el calvo me disparase otra vez.>

       <¡Me está mirando! –gritó David-. ¿Qué tengo que hacer?>

       <Nada –contesté-. Aguantar. Luego podrás huir.>

       <¡AAAAAAHHHH!>

       Me sentí fatal obligando a David a recibir el disparo. Pero no podíamos traicionarnos, porque eso confirmaría a los yeerks que estábamos intentando entrar en la urbanización.

      David dio un respingo. Yo sabía que había sido muy doloroso. La parte de mi cerebro que no estaba ocupada sintiéndose culpable se preguntó cómo reaccionaría David.

       <Muy bien, ya me han disparado –dijo él-. ¿Me puedo largar ahora?>

       <Sí, vete –accedí-. Ah, a propósito, David, buen trabajo.>

       <Gracias. –Parecía sincero, pero enseguida añadió con tono sarcástico-: Muchísimas gracias.>

       Ax, Tobias y Rachel habían logrado alejarse de la línea de visión del calvo sin llamar la atención. Pero yo seguía allí.

       El hombre me miró.

       Si hubiera tenido dientes, los hubiera apretado. El dolor fue tan espantoso como la primera vez, y yo grité igual que antes.

       Luego me alejé siguiendo a los otros y pensando que tal vez el mundo estaba condenado. Porque tal como yo lo veía, nos habían derrotado antes de empezar.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 5:

      Nos fuimos. Volvimos a casa. Bueno, por lo menos Marco, Rachel, Cassie y yo. La casa de Ax está a unos cuantos billones de kilómetros. La casa de Tobias es su árbol favorito, desde el que se domina el prado que forma su territorio.

      En cuanto a David, no tenía casa. Ni casa ni familia. Nadie con quien pudiera ponerse en contacto. Ni siquiera podía ser visto con su propio cuerpo, porque los yeerks le conocían y le estarían buscando.

      De modo que David se fue con Cassie, al granero, que también es la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Cassie le había preparado un sitio en el pajar.

      Era evidente que aquello no podía durar. Otro problema al que había que hacer frente. Además de salvar a los líderes del mundo. Pero de momento David tendría que aguantarse.

      ¿Cuánto tardarían los yeerks en ponerse en movimiento? El presidente ya estaba en la urbanización, y los otros líderes llegarían en las próximas horas. ¿Esperarían los yeerks hasta que estuvieran todos reunidos, o intentarían capturarlos uno por uno?

      Yo tenía una gran sensación de urgencia. Cada minuto perdido era un posible desastre. Pero nuestro primer intento había sido un fracaso total, y todavía no estábamos preparados para ponernos en marcha otra vez.

      Cuando llegué a casa encontré a mis padres en el salón, con expresión ausente. Lo primero que pensé fue: <<Oh, oh, ya he hecho algo.>>

      Pero en cuanto me vieron los dos se levantaron de un brinco y me abrazaron. Entonces sí que supe con seguridad que algo iba mal.

      -Gracias a Dios ya estás en casa –dijo mi madre.

      -Estábamos preocupados –añadió mi padre.

      -¿Por qué? Estaba con Marco.

      -Ha pasado algo –afirmó mi padre muy serio-. Más vale que nos sentemos.

      -¿Es Tom? –quise saber.

      -¿Qué pasa con Tom? –preguntó éste. Había entrado en la sala justo detrás de mí. Me dio la desagradable sensación de que me había estado siguiendo.

      -Tom, tú también tienes que oír esto –dijo mi madre-. Sentaos los dos.

      -¿Quién se ha muerto? –bromeó mi hermano. O para ser más preciso, el yeerk que tenía en la cabeza hizo aquella broma de mal gusto porque era el tipo de bromas de mal gusto que Tom solía hacer.

      Mis padres le miraron muy serios.

      -Es vuestro primo, Saddler –comenzó mi madre-. Iba en bicicleta y un coche lo atropelló. Está vivo, pero con heridas muy graves. Lo han ingresado en cuidados intensivos.

      Me da vergüenza confesar que mi primera reacción no fue pensar <<pobre Saddler>>. No, lo primero que pensé fue cómo afectaría aquello a mis planes. En parte porque Saddler y yo nunca habíamos sido muy buenos amigos. Es dos años mayor que yo y, para ser sincero, bastante imbécil. Cuando éramos pequeños y nuestros padres nos hacían jugar juntos, se dedicaba a romper cosas para luego echarme la culpa a mí.

      Era horrible que estuviera grave, pero al mismo tiempo intentaba imaginar de qué forma aquello me afectaría a mí. Saddler vivía con su familia en un pueblecito a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia.

      -Mamá y yo vamos a ir para allí ahora mismo para ayudar a Ellen y George con los otros chicos. Parece ser que trasladarán a Saddler al hospital de niños aquí en la ciudad dentro de un día o dos, si es que…

      Mi madre le interrumpió.

      -Lo cual significa que vosotros os quedaréis solos en casa hoy y mañana.

      Tom y yo nos miramos. Los dos estábamos calculando lo que aquello significaba. Ambos teníamos planes secretos. Tom no conocía los míos. Si Tom llegaba a averiguar a qué me dedicaba cuando no estaba en casa o en el colegio, sería el fin de mi libertad. Y probablemente el fin de mi vida.

      -Cuando trasladen aquí a Saddler, sus padres y los niños seguramente se quedarán con nosotros unos días.

      Aquello casi me heló la sangre en las venas. Saddler tenía tres hermanos: Justin, Brooke y Forrest. Forrest tenía dos años y era un auténtico demonio. Exagero, es verdad, pero sólo un poco.

      -¿Por qué no pueden quedarse con la familia de Rachel? –preguntó Tom-. Ellos también son sus primos.

      -Bueno, desde que los padres de Rachel se divorciaron, Ellen y George ya no se sienten muy unidos a la madre de Rachel.

      -Menuda suerte tiene Rachel- murmuró Tom.

      Yo estaba cada vez más inquieto. Me sentía culpable por no compadecerme de Saddler.

      Me sentía culpable porque no me gustaba que su familia se quedara con nosotros. Incluso me sentía culpable por pensar que era un alivio que mis padres se marcharan durante un día o dos.

      Y encima de todo eso, me sentía culpable porque mientras yo estaba ahí sintiéndome culpable, los yeerks estarían infestando a los líderes más poderosos del mundo.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

< Capítulo 6:

      Mis padres se marcharon por fin, pero yo no aproveché la oportunidad para organizar una fiesta ni nada de eso. No había tiempo.

      No, lo que hice fue pasarme la tarde buscando información, cosa que debería haber hecho antes. Me senté delante del ordenador, me metí en Internet y leí todo lo que pude encontrar sobre la conferencia, los líderes que acudirían, la urbanización Marriot, los servicios de seguridad de cada país, todo.

      Hasta que de pronto encontré un artículo sobre el nuevo primer ministro de Francia, cuya esposa siempre, siempre, siempre viajaba con sus dos chihuahuas. Vaya, eso podía ser útil.

      -¡Ajá!

      -¿Ajá qué?

      Me volví en la silla. Era Tom, que se había asomado a mi habitación. En la pantalla del ordenador aparecía el artículo sobre el líder francés.

      <<¡No te muestres culpable!>>, me dije en silencio. Pero de todas formas cerré la ventana de la pantalla.

      -¿Vas a tener ocupada la línea toda la noche? –preguntó Tom-. Puede que alguien quiera llamar. Además, son ya las diez y es tu hora de irte a la camaaaaaaa –canturreó.

      -Cállate –repliqué-. Sólo porque mamá y papá se hayan marchado no tienes derecho a…

      -Desde luego que sí. Ahora yo soy el jefe.

      Una vez más tuve el impulso de decirle: <<¿Sabes qué, Tom? Lo sé todo sobre ti. Sé lo que eres. Así que, ¿por qué no vamos al grano?>>

      Pero me contuve.

      -De todas formas ya he terminado –le contesté. Y al mismo tiempo apagué el ordenador.

      -No te olvides de lavarte los dientes –dijo él con sorna.

      Por fin se marchó y cerró la puerta. ¿Habría visto lo que había en la pantalla? Probablemente no. Y aunque lo hubiera visto, ¿qué?, ¿Qué, si yo estaba interesado en el gobierno francés?

      Sí, seguro, aquello era de lo más lógico. Con el gran interés que yo siempre había demostrado por los jefes de Estado europeos…

      -Aaah –suspiré.

      RRRIIIING RRRRIIIING RRRIIIING.

      En ese momento sonó el teléfono. Vacilé. Era muy tarde para que alguien llamara. Debían de ser mis padres, pensé mientras corría a contestar.

      -¿Contestas tú? –gritó Tom desde el pasillo.

      -Sí –contesté-. ¿Diga?

      -Hola, Jake. Soy Cassie.

      Sentí un hormigueo en la nuca. Cassie parecía contenta, pero eso era porque nunca confiaba en que la línea fuera segura.

      -Hola, Cassie, ¿Qué pasa?

      -¿Sabes una cosa? Mi perro Dave se ha escapado.

      Ahora sentí algo más que un hormigueo. Me estaba hablando de David.

      David había desaparecido.

      -¿Lo has buscado bien?

      -Sí, por todas partes.

      -Bueno, no te preocupes. Ya verás como aparece enseguida en el sitio de siempre.

      Los dos nos habíamos entendido: David había desaparecido y yo íria al <<sitio de siempre>>, lo antes posible en cuanto pudiera escaparme sin que se notara.

      Veinte minutos más tarde, Tom vino a ver si estaba acostado. Yo estaba en la cama, dormido. Bueno, haciéndome el dormido, tumbado en la oscuridad, escuchando. Hasta que oí el ruido de la puerta.

      Tom se marchaba. Negocios yeerk, sin duda.

      -Los yeerks son muy malas niñeras –murmuré entre dientes.

      Me convertí en un murciélago y salí por la ventana abierta. Los murciélagos no vuelan muy deprisa, pero era una noche sin luna y no quería estrellarme contra los hilos eléctricos o cualquier otra cosa invisible.

      Encontré a Cassie y Rachel en el granero. Aquello era un poco siniestro de noche. Las luces eran muy tenues, sólo daban para vislumbrar las hileras de jaulas y unas vagas siluetas paseando o tumbadas dentro de ellas.

      Cassie parecía preocupada. Rachel como siempre, estaba muy guapa. Recuperé mi cuerpo y me quedé allí descalzo, temblando con mi camiseta y mis pantalones de ciclista.

      -Oye, Rachel, seguro que te has tenido que transformar para llegar tan deprisa. ¿Cómo es que llevas puesta ropa normal?

      Cassie miró al techo.

      -¿Es que no lo sabes? Rachel siempre guarda algo de ropa aquí en el granero.

      -¿Es un delito querer ir bien vestida? –preguntó Rachel, burlándose un poco de sí misma.

      -¡Ay, Dios! –exclamé-. Bueno, ¿qué es lo que pasa?

      -Pues que David subió al pajar a dormir a eso de las nueve. Era temprano, pero dijo que estaba cansado. A las diez me acordé de que tenía que dar la medicina al ciervo herido, así que vine, y David ya no estaba.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 7:

      -¿Has llamado a Marco?

      Cassie asintió.

      -No puede venir. Su padre ha salido, y cuando vuelva seguro que va a verle a su habitación.

      -Supongo que la cuestión es cómo se marchó David. ¿A pie o volando?

      -Y la otra cuestión es por qué –señaló Rachel-. ¿Y adónde ha ido? Y ya que estamos en ello, ¿no se da cuenta de que me impide dormir con sus tonterías?

      -A ver. Vosotras dos tenéis formas de búho. Que alguna vaya a buscar a Ax y Tobias. Yo me transformaré en lobo, a ver si logro olfatear el rastro de David. No, un momento. Podría verme alguien. Más vale que sea Homer.

      Homer es mi perro.

      -Yo voy a por Tobias y Ax –se ofreció Rachel.

      Había empezado a transformarme. Ya sentía el largo pelaje en las manos, los brazos y el pecho.

      -Oye, Jake… –advirtió Cassie-, no deberías convertirte en perro aquí dentro. Ya sabes cómo se ponen los perros con otros animales.

      -Ah, sí.

      Sonreí con lo que quedaba de mi boca humana. Ya me había transformado en Homer varias veces, y no era que sus instintos de perro fueran muy dominantes ni nada de eso, pero tenía un arma secreta que escapaba a mi control: Homer era feliz. Pero feliz de verdad. Y un perro rodeado de roedores, mofetas, mapaches, era todo lo feliz que una criatura puede ser.

      Es muy difícil resistirse a la felicidad.

      Así que abrí la puerta del granero y salí cojeando, porque mis piernas se doblaban y encogían, y mis pies ya eran más bien patas. Cassie me siguió.

      La luna todavía no había salido y las nubes ocultaban las estrellas. Era una noche negra del todo. La única claridad provenía del débil resplandor de una casa lejana, y de una luz que alguien había dejado encendida en casa de Cassie.

      Terminé de transformarme en Homer. Noté que me salía morro, que mis dientes se multiplicaban y crecían en mi boca, que mis orejas se alargaban. Mis piernas se doblaron hasta que caí a cuatro patas. Mi cola se movía, y sentí aquella descarga de estúpida felicidad perruna.

      ¿Por qué me había preocupado tanto? Era de noche, yo era libre, oía claramente a algunos animales que correteaban entre los matorrales, no tenía mucha hambre. ¡La vida era maravillosa!

      Miré expectante a Cassie. ¿Querría jugar? Me agaché delante de ella, haciendo la señal con la que un perro invita a jugar.

      Por suerte Cassie tuvo la sensatez de declinar la oferta.

      -No, gracias –dijo-. Me parece que no hemos venido a jugar.

      ¿Ah, no?

      Era verdad. No.

      ¿Pero qué era aquel olor? Era… ¡Sí! ¡Caca de perro! No la mía, pero desde luego era caca de perro..

      ¿Dónde? Olfateé. Sí, por allí. Me acerqué al origen del olor. Hhmmm. No era fresca. Tenía por lo menos un par de días.

      Aquello no significaba que no valiera la pena, aunque la caca de perro fresca es muchísimo más interesante. De todas formas la caca de perro vieja es un poco más interesante que la caca de gato. Porque, admitámoslo, a nadie le interesa la caca de gato.

      -Tenemos que concentrarnos, Jake –dijo Cassie, intentando mostrarse firme.

      <¿Qué? Ah, sí. Es que estaba… bueno, investigando.>

      -Ya.

      -Necesitamos tu olfato, pero no para eso.

      <Vale, vale. Vamos al trabajo.> Me concentré en la labor. O por lo menos lo intenté. Quiero decir que fingí ponerme serio, por Cassie, pero, venga ya, ¿por qué tanta preocupación?

      ¡La vida era una fiesta!

      -A propósito, quería decirte que tengo una idea para entrar en la urbanización. Es una metamorfosis que…

      <Un momento. ¿Tu idea me hará sentir mejor o me pondrá todos los pelos de punta?>

      Cassie se echó a reír.

      -Ya hablaremos más tarde. Toma. –Me tendió una camiseta-. Es la que llevaba ayer David.

      Yo la husmeé una vez. No necesitaba más, porque en ese momento supe con certeza que David se había marchado del granero andando. Era como si hubiera dejado su rastro marcado con conos fosforescentes.

      No era tan divertido como correr detrás de un palo, pero por lo menos era una especie de juego. Y además Cassie me gustaba. Si hubiera tenido un palo…

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 8:

      Seguí el rastro de David mientras Cassie volaba en absoluto silencio sobre mí. Sus alas de búho no hacían ningún ruido, ni siquiera para mis oídos.

      <Se detuvo aquí –indiqué. Estábamos a un kilómetro del granero, en mitad de un campo-. Y se transformó. Estoy captando un olor nuevo.>

      Husmeé con cuidado el suelo, caminando en círculos.

      <¡El muy idiota! –grité de pronto, demasiado furioso para conservar mi felicidad perruna-. Ha asumido la forma de león que tú le diste.>

      <A lo mejor sólo quería probarla –sugirió Cassie-. Todos hemos hecho cosas así.>

      <Sí –accedí-. ¿Pero un león? ¿Tan cerca de las casas?>

      <Te recuerdo que tú te transformaste en tigre y te dedicaste a corretear por los tejados de la gente, Jake.>

      <Ya. Bueno.>

      Seguí el olor del león. Atravesamos los campos de la granja de Cassie y entramos en el bosque. Cassie me seguía sin esfuerzo. Al cabo de un rato se nos unieron otro búho silencioso y un halcón mucho más escandaloso.

      <No he encontrado a Ax –informó Rachel-. Pero Tobias ha venido.>

      <Sí. Vaya suerte>, gruñó Tobias.

      Salimos del bosque.

      Nos encontrábamos cerca de una carretera principal. Al otro lado se alzaban varios edificios: un par de bares, una tienda de neumáticos, dos gasolineras y un Holiday Inn.

      Yo volví a olfatear.

      <Aquí recuperó su forma.>

      Me acerqué a la carretera y a los coches que pasaban disparados a ciento veinte kilómetros por hora.

      <Aquí volvió a transformarse. Esta vez en águila real.>

      Respiré hondo y comencé a recuperar mi cuerpo. Todo aquello me daba muy mala espina. Quería poder mirar a mi alrededor como humano para ver lo que David había visto.

      Una vez convertido en ser humano de nuevo, y nada feliz, miré a un lado y a otro de la calle.

      -Bueno, a lo mejor vino sólo para conseguir algo de comida. A lo mejor tenía hambre.

      <Yo le dejé una patatas fritas en el granero>, dijo Cassie.

      -Sí, pero igual le apetecía una hamburguesa. Cassie, ¿te dijo algo David esta noche?

      <Se quejaba porque echaba de menos su habitación, su serpiente, sus cosas, la tele…>

      Yo asentí con la cabeza.

      -Sí, la tele, –señalé el Holiday Inn-. Cassie, Tobias, Rachel, id a echar un vistazo –dije-. Yo voy para allá.

      Diez minutos más tarde me encontraba en el alfombrado pasillo del Holiday Inn, llamando a la puerta de la habitación 2135. Dentro se oía la tele.

      -David, soy yo, Jake. Sé que estás ahí.

      La puerta se abrió. David llevaba unas mallas ajustadas y una camiseta. Yo mismo le había prestado esa ropa. Era evidente que había aprendido a transformarse vestido, como todos los demás.

      Entré en la habitación sin esperar a que él me invitara. La televisión seguía encendida, aunque le había quitado el volumen.

      -¿Qué demonios estás haciendo aquí? –pregunté, no con mucha calma, la verdad.

      David se encogió de hombros.

      -Pasar el rato viendo la tele. Quería dormir en una cama normal. ¿Qué pasa? ¿Está prohibido?

      -Sí, está prohibido –dije-. No has pagado por esta habitación.

      -¿Y qué? Estaba vacía.

      Señale la ventana rota que habíamos visto desde fuera.

      -Has roto una ventana para entrar.

      David esbozó una sonrisa torcida.

      -¡Ehh! Fue un pájaro el que rompió la ventana, ¿vale? Un pájaro tiró una piedra para romper el cristal. ¿Es un delito? Yo no lo creo. Policía, detengan a esa águila. ¡Venga, hombre!

      -Mira, a mí no puedes engañarme. Yo sé que la forma de águila no es más que un cuerpo y unos instintos. La mente es tuya. La águilas no andan por ahí metiéndose en hoteles. Has sido tú.

      David se dejó caer en la cama, alzó el mando a distancia de la televisión y se puso a cambiar de canal sin hacerme caso.

      -Escucha, David. Nosotros no vamos por ahí violando la ley. Al menos si no es absolutamente necesario. No hacemos daño a personas inocentes. Tenemos que controlar nuestro comportamiento. No somos una banda de delincuentes. ¿Recuerdas cuando estábamos en la playa y necesitábamos ropa? Hoy mismo he enviado por correo el dinero a la tienda. ¿Vas a hacer tú lo mismo aquí?

      David dejó de jugar con el mando.

      -¿Qué va a pasar conmigo, Jake? No tengo casa, ¿vale? Mi familia quiere entregarme a los yeerks. ¿Qué queréis que haga? ¿Vivir para siempre en el granero? Para ti es muy fácil. Tú tienes una familia y una casa. Todos tenéis casa. Todos dormís en camas por la noche y veis la tele y coméis en una mesa.

      -No todos –contesté-. Tobias no. Ni Ax.

      -Ax ni siquiera es humano. Y Tobias tampoco. Pero yo sí. Yo soy humano, como Marco, Cassie, Rachel y tú. Y todos vosotros tenéis casa. Todos podéis andar por ahí sin que se os echen encima todos los controladores del mundo.

      -Ya sé que es una situación horrible –admití.

      -Sí. ¿Y qué vas a hacer al respecto, Jake?

      -Pues… Mira, sólo podemos solucionar las cosas de una en una, ¿de acuerdo? En este momento los líderes de los países más poderosos del mundo están amenazados por los yeerks. El tiempo se nos acaba. Ya sé que tu vida es un asco, pero ahora mismo no sé qué hacer. Más tarde, cuando terminemos esta misión, nos dedicaremos a ello.

      David me miró con auténtico cinismo.

      -Ya, muy bien. A ver qué te parece esto, Jake. Ya me encargo yo de mi vida. Tú sigue siendo el gran jefe de los animorph, y yo me cuido de mí mismo.

      Yo sabía lo que debía responder. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero eran muy duras. Si las pronunciaba, sería como cruzar una línea con David. Sería dar un paso que tal vez no pudiéramos desandar.

      – Es como estar en el colegio, o en casa, ¿sabes? –prosiguió él-. Sí, ser un animorph es como estar en el colegio o en casa, y tú eres el profesor o el director o lo que sea. Pero cuando se acaban las clases, ya no eres tú el que manda.

      Yo moví la cabeza.

      – No, eso no es así, David. No quiero discutir contigo, pero ésta es la situación: si quieres andar por ahí utilizando tus poderes de forma egoísta, no puedes quedarte con nosotros. Eres un peligro para el grupo y estás en contra de lo que nosotros defendemos.

      David abrió mucho los ojos y se levantó de la cama.

      -¿Me estás amenazando?

      -No, sólo te digo cómo son las cosas. Ahora somos tu única familia, David. Las únicas personas en las que puedes confiar. Los únicos que podemos ayudarte. Somos lo único que tienes, David. Debes afrontarlo.

      David me miró sombrío, con resentimiento, la verdad es que no se lo pude reprochar. Yo acababa de hacer el papel de esos padres que dicen: <<Mientras vivas en mi casa tendrás que seguir mis reglas.>> Parecía una amenaza.

      Y lo era.

      -Vamos –dije.

      Nos fuimos.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 9:

      Cassie había dicho que tenía una idea para entrar en la urbanización. También admitió que me pondría los pelos de punta.

      Y, como siempre, había sido sincera.

      Al día siguiente tuvimos que faltar al colegio: Marco, Rachel, Cassie y yo. Nunca habíamos faltado los cuatro el mismo día porque era arriesgado. No podíamos permitirnos llamar la atención.

      Pero esta vez la situación era desesperada.

      No estábamos en el granero. El padre de Cassie iba a trabajar allí todo el día, así que nos reunimos en el bosque, cerca del prado de Tobias.

      -Veréis, el problema es que los yeerks que están en los equipos de seguridad notarán cualquier cosa mayor que un insecto –explicó Cassie-. Pero ninguna de las formas de insecto que tenemos es adecuada para esta misión. Es demasiada distancia para una cucaracha, y lo mismo para una mosca o una hormiga. Mucho que andar, y sentidos que no son muy buenos para captar objetos lejanos.

      -Ya –dijo Marco, asintiendo sombrío-. ¿Y qué se te ha ocurrido? Aunque casi no me atrevo a preguntarlo.

      Cassie sacó de su mochila un bote de cristal. Dentro había un gran insecto color verde brillante, con dos pares de alas.

      -¿Qué es eso, una libélula? –preguntó David.

      -Eso es –contestó Cassie-. Miradla bien, veréis qué ojos tiene. Son enormes con relación al tamaño del cuerpo. Le cubren toda la cabeza.

      -Ni hablar –dijo David.

      Cassie prosiguió sin hacerle caso.

      -Las formas de insecto que tenemos se alimentan de basura y cosas así, de modo que no necesitan un gran sentido de la vista. Pero las libélulas comen otros insectos voladores. Atrapan mosquitos en pleno vuelo. Y como sabemos que no tienen un sistema de radar como los murciélagos, deben utilizar el sentido de la vista para cazar.

      -Espera un momento –terció David-. ¡Cuando nos convertimos en cucarachas casi nos aplastan!

      -¿Siete libélulas entrando allí todas juntas? –preguntó Marco escéptico-. ¿Y si los controladores se dan cuenta de que de pronto hay una plaga de libélulas?

      Cassie hizo una mueca.

      -Bueno, también he pensado en eso. A ver, sólo uno de nosotros se transformará en libélula, entrará en la urbanización y buscará un sitio donde todos los demás nos podamos transformar para espiar por ahí.

      <No entiendo nada –dijo Ax-. ¿Cómo entraremos los demás?>

      -Bueno… Ésa es la parte que puede resultar bonita o espantosa, según se mire.

      -¡Ay, ay, yo no quiero oírlo! –gimió Marco.

      -Veréis, la libélula es tan grande y tan fuerte que puede llevar pasajeros.

      Todos nos quedamos pensando un momento. Todos mirábamos fijamente a Cassie.

      <¿Qué tipo de pasajeros, Cassie?>, preguntó por fin Tobias.

      -Bueno… creo que seis pulgas en fila…

      -¡Pero venga ya! –exclamó David.

      -O sea, uno de nosotros se transforma en libélula. Los demás se hacen pulgas y se suben a la libélula como quien sube a un ala Delta, ¿no es eso? –preguntó Rachel-. ¿Y cómo nos vamos a sujetar? ¡Será como ir en el ala de un avión!

      Cassie sonrió.

      -Ah, eso es fácil. Las pulgas se agarran estupendamente a las cosas. Además, para mayor seguridad, podréis morder bien a la libélula y no soltarla.

      Otra vez nos la quedamos mirando.

      -Mira que llegas a ser siniestra a veces –dijo Marco.

      Rachel suspiró.

      -¿Y quién será la afortunada libélula con seis pulgas enganchadas?

      -Podemos echarlo a suertes –sugerí.

      -Un momento… ¿Esto va en serio? –exclamó David-. ¿Pero estáis locos?

      Marco le señaló con el dedo.

      -Por una vez estoy con él.

      Yo cogí un puñado de agujas de pino del suelo, conté siete y partí una por la mitad.

      -El que saque la aguja más corta será la libélula.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 10:

      Yo saqué la aguja más corta, así que tuve que meter los dedos en el bote y tocar la libélula.

      Parecía tener tres partes: alas de helicóptero, ojos gigantescos y una cola azul verdosa ridículamente larga. En realidad era el abdomen, pero parecía una cola muy tiesa.

      Cassie también había traído una pulga, para aquellos que nunca se habían transformado en una. El plan era que yo me convertiría en libélula y los demás en pulga. Excepto Tobias, que nos transportaría volando hasta cerca de la urbanización.

      Claro, que aquello era muy fácil de decir.

      -Esto no es posible, -dijo David. -¿Una pulga? ¡Pero mirad lo grandes que somos! ¡Si la pulga es como… como un grano de arena!

      <Es posible –afirmó Ax-. La masa extra sufre una elongación en el espacio cero. Nuestras propias mentes y cerebros son arrastradas al espacio cero y mantienen contacto con la forma mediante…>

      -¿Pero de qué habla? –preguntó David.

      Rachel se encogió de hombros.

      -No tenemos ni idea. Pero tiene razón: funciona. Así que cálmate.

      -¡Me voy a convertir en pulga y me dices que me calme! ¡En pulga!

      Nos fue mirando uno a uno, tal vez convencido de que todo aquello era una broma.

      -Estoy listo –dije. Respiré hondo y comencé a transformarme.

      Todas las metamorfosis son diferentes, y ninguna es muy lógica. No es que todo cambie a la vez. Si, por ejemplo, uno se transforma en un diminuto insecto, la cosa no empieza con diminutas patas de insecto. Eso ya sería bastante asqueroso. Pero en realidad es muchísimo peor.

      Veréis, supongamos que uno se transforma en hormiga. Pues bien, quizá lo primero que aparecen son unas gigantescas patas de hormiga que de pronto empiezan a encoger. O imaginad que uno se transforma en elefante, y la cosa empieza con una trompa de un metro de largo.

      Pero las metamorfosis no sólo son ilógicas y extrañas. Son muy distintas de una persona a otra. Y pueden ser más raras unas veces que otras.

      Yo me he transformado muchas, muchísimas veces. Pero aunque me transformara un millón de veces más, nunca me acostumbraría.

      En fin, el caso es que me concentré en la libélula con bastante miedo, la verdad. Cerré los ojos y empecé a cambiar. De pronto, tenía los ojos abiertos otra vez. Sólo que no los había abierto yo, lo que pasaba es que ya no tenía párpados. Y mis ojos…

      -¡Aaagh! –exclamó Cassie muerta de asco-. ¡Aaagh!

      -Jo, preferiría no haber visto eso –la apoyó Rachel.

      -¡Esto sí que es asqueroso! –dijo Marco-. ¡Pero asqueroso de verdad!

      Lo primero que había cambiado eran mis ojos. Así que me había quedado allí de pie, con mi cuerpo totalmente normal, sólo que toda mi cabeza, toda menos la boca, estaba cubierta por dos monstruosos ojos de insecto, saltones e iridiscentes.

      -¡Aaaaahh! –comenté con calma.

      -¡Se acabó! ¡Yo me largo! –soltó David. Pero no se movió.

      El mundo que yo veía era una llamarada de colores sobrecogedores. Los colores normales parecían mezclarse con púrpuras extraños e intensos rojos. No veía nada con claridad, ni formas ni perfiles.

      -¡Lo veo todo borroso! –grité.

      -Todavía tienes un cerebro humano –dijo Cassie-. Necesitas el córtex visual de la libélula para interpretar lo que reciben tus ojos.

      Yo notaba cómo me iba encogiendo, pero sólo podía ver aquella alucinación de colores en torno a mí. Supongo que el <<córtex visual>> de la libélula, o lo que fuera, creció entonces, porque de pronto lo que veía comenzó a cobrar forma. Bueno, por lo menos toda la forma que puede tener la visión de un insecto.

      Muchos insectos tienen ojos compuestos, lo cual significa que en lugar de ver una imagen grande y clara como hace el ojo humano rompen el mundo en miles de imágenes separadas. Es como mirar una pared llena de miles de televisores, cada uno girado en un ángulo ligeramente distinto, es un mosaico. Se puede ver como una única gran imagen, aunque cuesta trabajo <<humanizar>> esa imagen.

      Pero aquello no era simplemente visión de insecto. Aquello era supervisión de insecto. Megavisión de insecto. No era como mirar una pared de televisores, sino como estar dentro de una cúpula con diminutos televisores enfrente, a los lados, por encima, por debajo… Y yo no tenía que volverme para ver en todas direcciones, sino que lo veía todo a la vez.

      Arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, adelante, atrás… Todo a la vez.

      De modo que vi a la perfección cómo mis piernas se convertían en afiladas lanzas. Y vi estupendamente cómo otro par de patas me salían del pecho como gusanos hiperactivos saliendo de una manzana.

      No me perdí ni un solo segundo del espectáculo. Mis hombros se volvieron verdes y salientes, como si llevara hombreras de rugby. Mi trasero se puso a crecer, a crecer, a crecer.

      Vi por encima de mis hombros verdes cómo dos pares de alas, traslúcidas y venosas como una hoja, crecían a cada lado.

      No había dejado de encoger todo el rato, pero ahora me di cuenta de una cosa interesante. Cuando uno se encoge al tamaño de una mosca, ya no ve nada que esté a más de un metro o así. Pero con los ojos de libélula veía a Cassie claramente, alzándose sobre mí como un gran rascacielos. ¡Podía ver su cara desde el suelo! Claro que era de color púrpura, y sus ojos brillaban bastante como si fueran radiactivos, pero seguía siendo Cassie.

      De pronto dejé de encoger y miré a mi alrededor. Cosa que podía hacer sin mirar alrededor, no sé si me entendéis. La metamorfosis había terminado.

      Esperé pacientemente a sentir los instintos de la libélula. Esperé un poco más… Advertí que un diminuto escarabajo pasaba junto a mi lado. Esperé… Noté que las hojas caídas parecían mantas almidonadas… Esperé…

      ¡Un movimiento en el aire!

      ¡UN MOSQUITO!

      Ni siquiera recuerdo haber despegado. Todo fue tan rápido que no me di ni cuenta. Mi visión de libélula había captado una cosa que zumbaba y revoloteaba en mis millones de diminutos televisores, y en una fracción de segundo me elevé por los aires. Pasé de cero a cincuenta kilómetros por hora en un abrir y cerrar de ojos, humanos, claro.

      El mosquito ni me vio llegar. No pudo hacer nada. No tenía la más mínima posibilidad. Le faltaba velocidad. Le faltaba agilidad. Revoloteaba sin rumbo, tontamente, y yo me lancé sobre él como un tiburón hambriento sobre un niño en una bañera.

      Abrí mis poderosas mandíbulas y mi delgada cabeza golpeó al mosquito a toda velocidad. Mi boca se cerró sobre una maraña de patas. El mosquito se debatió un poco, todavía intentando volar.

      Todo pasó en un instante. Menos de cinco segundos desde que despegué hasta que me tragué medio mosquito.

      Eso fue lo que tardé en recuperar el control. En ese momento, me di cuenta de que tenía restos de mosquito saliéndome de la boca.

      Y por desgracia, tenía una visión estupenda de aquellos restos.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 11:

      <¡Aaaaaahh! ¿Quieres ir más despacio?>, me gritó Marco.

      <No voy tan deprisa. Además, ¿cómo sabes si voy deprisa? Eres una pulga y no ves ni torta>, señalé.

      <¡Siento el viento que levantan tus alas! Es como un huracán. Si nos caemos tendremos que transformarnos en mitad de la playa.>

      Yo todavía era una libélula. La visión trasera me mostraba mi largo y verdoso abdomen. Y apretujadas en mi abdomen, sentadas como pasajeros en desordenadas filas, iban cinco pulgas.

      <Oye, quiero llegar cuanto antes, ¿de acuerdo? –dije-. ¿Te crees que me gusta llevar cinco pulgas encima chupándome la sangre?>

      <¿Tú te quejas? –chilló Marco-. Oye, que somos nosotros los que estamos aquí sentados mientras tú vuelas como un jet jugando a Top Gun.>

      <Venga, calla, Marco –terció Rachel de buen humor-. Esto es divertido. El viento silba entre las rendijas de mi armadura, agitando las púas de mis patas…>

      <Estáis todos chiflados>, aseveró David.

      <En cierto modo, es fascinante>, dijo Cassie.

      <Estáis chiflados del todo>, insistió David.

      <Aerolíneas Libélula>, bromeó Rachel con una carcajada.

      <No podemos ir más despacio –señaló Ax-. Hemos tardado mucho en subir a bordo de la libélula. Si sumamos a eso al tiempo que tardó Tobias en transportarnos hasta aquí, está claro que no nos quedan más de veinte minutos en esta forma.>

      Tenía razón. Suena fácil eso de subir cinco pulgas a una libélula. Pero la verdad es que las pulgas no saltan con mucha precisión, de modo que los chicos se habían pasado una hora dando brincos y volteretas por los aires, como trapecistas lunáticos, hasta que consiguieron subir todos a bordo.

      <¿Cómo vamos, Tobias?>

      Tobias volaba varios metros más arriba, poniendo todo su empeño en parecer un halcón inocente. Por desgracia, los ratoneros no suelen volar por encima del agua. De todas formas lo necesitábamos para que nos guiara hasta la urbanización. La libélula era muy buena para ser un insecto, pero no tanto que pudiera ver los mil metros que nos separaban del muro exterior de Marriot. Mientras que Tobias podía seguir fácilmente a una libélula de seis centímetros.

      <Te estás desviando un poco hacia la izquierda –indicó Tobias-. Ahora, sigue recto. Así, perfecto. Vas directo al objetivo, y te acercas deprisa.>

      <Es como ver las cintas de Tormenta en el desierto –señaló Rachel-. Como si Tobias fuera el piloto del avión y nosotros fuéramos el misil <<inteligente>> yendo hacia el objetivo.>

      <¿Ponéis vuestras guerras en la televisión para que la gente las vea? –preguntó Ax totalmente perplejo-. ¡Humanos!>

      <Nos acercamos al muro>, informó Tobias.

      <Ya veo los árboles>, dije.

      <Pues yo no veo nada –terció Marco-, pero me he puesto morado de sangre de libélula.>

      Los árboles se alzaban, más rojos que verdes con mi visión de libélula. Sus enormes ramas se cernían sobre mí. Yo zigzagueé entre ellas.

      <Bien, voy a subir más –anunció Tobias-. No quiero estar al alcance del calvo de ojos asesinos.>

      Yo ya veía el edificio principal del hotel, en psicodélicos rojos y naranjas.

      Sólo había un problema.

      <Tobias, ¿ves alguna ventana abierta?>

      <No. Ya la he estado buscando, pero no he visto ninguna.>

      <Podemos aterrizar y entrar por la puerta principal>, sugirió Rachel.

      <El vestíbulo estará lleno de gente –contesté-. Somos pequeños, pero no invisibles.>

      <Tengo una idea –dijo Tobias-. ¡Los gorros de los botones! Son bastante altos, y los botones siempre saludan levantándose el gorro antes de recoger los equipajes de los clientes.>

      <Sí, son muy educados. ¿Y a mí qué?>, replicó Marco.

      <Bueno, pues que como se quitan el gorro un instante…>

      <¡Ni hablar!>, protestó Marco.

      <¿Quieres que nos metamos debajo del gorro de alguien? –dijo David-. Tendríamos que hacerlo en una fracción de segundo. Y además, el tipo notaría que tiene un insecto de seis centímetros en la cabeza.>

      <Las libélulas pueden sostenerse en el aire>, señaló Cassie.

      <¡Vamos allá!>, exclamó Rachel.

      <¿Qué es un gorro?>, preguntó Ax.

      A mí no se me ocurrió ninguna idea mejor. Ni a mí ni a nadie. Y os aseguro que yo estaba más que dispuesto a escuchar cualquier otra sugerencia.

      <Muy bien, vamos a intentarlo>, dije por fin.

      Me lancé a toda velocidad hacia la puerta principal del hotel, donde esperaban varias limusinas. Había agentes de seguridad por todas partes. Los empleados del hotel, de uniforme, intentaban abrirse paso entre los tipos de seguridad para hacer su trabajo.

      <Debo preguntarlo de nuevo: ¿qué es un gorro?>

      <Un gorro es una cosa que la gente lleva en la cabeza –explicó Rachel. Una prenda de ropa.>

      <Ah, sí, ropa –le dijo Ax con tono de desaprobación-. Ropa en la cabeza, claro. ¿Hay alguna parte de vuestro cuerpo que no tapéis con ropa?>

      <Sí, la cara. Lo cual es una pena, teniendo en cuenta la cara de Marco>, contestó Rachel.

      <Oye, que soy la pulga más guapa que has visto en tu vida –replicó Marco-. Nadie tiene una boquita chupasangre tan bonita como la mía.>

      Yo me concentré en la multitud. Me resultó muy fácil divisar a los botones. La cosa era encontrar a un botones que estuviera a punto de…

      <¡Eeh!>, gritó Cassie.

      Yo acababa de poner el turbo. Vi el gorro. Vi la mano que se tendía hacia el gorro. Vi el gorro que se levantaba… más… más… ¡Una apertura!

      ¡ZUUUUUUM!

      ¡Me metí debajo! Una súbita penumbra. Mis ojos no se adaptaban. No veía nada…

      ¡PLAF!

      Me estrellé contra una pared curva de fieltro. Intenté mantener la altitud, porque si aterrizaba en la cabeza del botones, el tipo sin duda se daría cuenta.

      Y en ese momento se apagaron las luces del todo. El gorro estaba de nuevo sobre la cabeza. Yo me sostuve en el aire, meneando las alas como loco.

      El muro de fieltro se precipitó hacia mí. El botones se estaba moviendo. Yo aleteé, intentando mantenerme exactamente en el mismo lugar, lo cual es casi imposible cuando lo único que se ve es un círculo oscuro de fieltro.

      <Tengo que controlar esta necesidad horrible que tengo de saltar –anunció Cassie-. ¡La pulga está oliendo al tipo éste!>

      <Yo también, pero tenemos que aguantar –dijo Rachel-. ¡Nada de saltar ni de morder!>

      El viaje desde la puerta del hotel hasta la habitación del cliente sólo fue de cinco minutos. Pero los que dicen que el tiempo es relativo tienen razón, porque aquellos cinco minutos duraron horas.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 12:

      Yo aleteaba, aleteaba, y seguía aleteando.

      El botones y el cliente estaban hablando.

      -Así que trabaja usted para los informativos de la CBS, ¿eh?

      -Sí.

      -¿Conoce a Cokie Roberts?

      -Sí, está en la ABC.

      -Vaya, así que la conoce.

      -No. Pero conozco a Dan Rather.

      -Ya. Pero Cokie está estupenda, ¿eh? Quiero decir, para ser locutora de noticias. Está tremenda.

      Y por fin vi lo que estaba esperando. ¡Una rendija de luz! ¡El botones se estaba levantando el gorro otra vez!

      Salí de allí disparado como un cohete. Pasé por debajo del gorro e intenté ganar altitud.

      -¡Oiga! ¡Que le ha salido una cosa volando del gorro!

      -Lo que usted diga, señor. ¿Sabe quién es otra mujer estupenda? Bobbie Battista. ¿La conoce?

      -Está en la CNN.

      Salí zumbando hacia arriba, viré de golpe a la derecha y seguí volando a la velocidad del rayo, a un par de centímetros del techo blanco. Vi unas cortinas y me metí detrás trazando una elegante curva. Allí me quedé parado, agarrado a la barra de las cortinas, esperando que mi estómago se recobrase.

      <Estamos dentro>, anuncié.

      <¿Y ahora qué hacemos, príncipe Jake?>, preguntó Ax.

      <Ojalá lo supiera. Tenemos que echar un vistazo al hotel.>

      <Se nos acaba el tiempo>, me recordó Ax.

      <No podemos transformarnos con este tipo en la habitación>, dijo Cassie.

      <Pues habrá que encontrar una habitación a toda prisa –indiqué-. Creo que ya sé cómo.>

      Salí volando otra vez, pegado al techo. Mi objetivo era una rejilla rectangular en la parte superior de una pared. El conducto del aire acondicionado. ¿Cabría entre las rendijas?

      Apunté hacia una apertura vertical, me puse de lado, doblé las alas y pasé a toda velocidad.

      <¡Yujuu!>

      <¿Cómo que yujuu? ¿Por qué demonios gritas yujuu?>, preguntó Marco.

      <Estamos en el conducto de aire acondicionado>, expliqué.

      <Hace frío>, observó Cassie.

      <Tenemos que transformarnos pronto>, nos apremió Ax.

      Seguí volando por aquel interminable túnel rectangular. Entraba mucha luz desde las diversas habitaciones. Yo iba echando un vistazo a todas ellas sin detenerme. Todas estaban ocupadas. Muchos de los clientes parecían ser periodistas deshaciendo las maletas. En una de las habitaciones vi lo que parecía un grupo de seguridad japonés instalando algún tipo de equipo. No podíamos transformarnos en ningún sitio. Empezaba a desesperarme.

      <Príncipe Jake, sólo nos quedan cinco minutos…>

      <¿Qué demonios…?

      De pronto paré. A través del conducto de ventilación se veía una enorme sala de baile. Pero no era la sala en sí lo que me había dejado de piedra.

      <¿Qué pasa? –preguntó David-. ¿Podemos transformarnos ya?>

      <No, desde luego que aquí no –contesté, todavía mirando la increíble escena a través de mis ojos compuestos-. Tenemos que salir de aquí.>

      Eché a volar de nuevo para seguir buscando por las habitaciones.

      <No pienso quedarme atrapada en el cuerpo de una pulga>, aseguró Rachel.

      <Nos quedan tres minutos>, dijo Ax, con toda la calma con la que uno puede pronunciar esas palabras.

      Llegamos a una intersección en el túnel. ¿Por dónde ir? ¿Adelante? ¿A la derecha? ¿A la izquierda? El conducto de la derecha parecía el más oscuro. La oscuridad era buena. La oscuridad significaba que las habitaciones seguían cerradas. Así que viré a la derecha.

      De pronto noté que algo iba mal. Había demasiado polvo. No circulaba casi aire. No había…

      <¡Aaaah!> Algo me había atrapado. Me había parado en seco.

      Aleteé como un loco, pero cada vez estaba más enredado en unas cuerdas pegajosas. Por más tirones que daba, no podía soltarme. Tenía las alas inmovilizadas y las patas…

      <¿Pero qué pasa?>, gritó Rachel.

      <<A ver, tranquilo, Jake>>, me ordené a mí mismo. Dejé de debatirme… y entonces lo vi.

      Eran unas cuerdas brillantes que se extendían como radios en todas direcciones, unas cuerdas pegajosas, finas pero fuertes. Y de una forma muy concreta.

      <Es una telaraña –dije-. Estamos atrapados en una telaraña.>

      En ese momento, con mis ojos de libélula, vi una silueta negra y amenazadora sobre nosotros. Ocho patas. Ocho fríos y malignos ojos. Unas mandíbulas que se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban…

      Estaba atrapado en una telaraña. Y la araña estaba en casa.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 13:

      ¡Atrapado por una araña!

      Estábamos en el edificio más seguro del mundo, rodeados por las fuerzas de seguridad de cinco países, más los yeerks, y a mí me había atrapado una araña.

      La araña avanzó, cautelosa, pero no lenta. Fue recorriendo con cuidado los hilos de la telaraña.

      Yo veía con toda claridad sus ojos saltones: dos ojos enormes y otros cuatro más pequeños debajo. Y vi también las crueles mandíbulas, diseñadas para desgarrar carne de insecto.

      <¡Dos minutos, príncipe Jake!>, informó Ax.

      <¡Yo me voy a transformar!>, exclamó David.

      <¡No! –grité-. Quedarás aplastado aquí dentro.>

      No podía soltarme de la telaraña… a menos que tuviera algo más de peso. Empecé a transformarme a toda velocidad. En un instante pasé de ser un insecto de seis centímetros a ser un insecto de doce centímetros con unos rasgos muy peculiares. La telaraña cedió y yo caí al suelo del túnel.

      <¿Qué haces?>, exclamó Rachel.

      <¡Aaaaaah!>, gritó Cassie de pronto.

      <¡Cassie está herida!>, dijo David.

      La araña seguía avanzando. Yo seguía creciendo. Ya medía quince centímetros. Mis rasgos de libélula se iban alterando a medida que el ADN humano se restablecía.

      Veía a las pulgas en mi espalda, ahora más separadas entre sí. Pero una de las pulgas no estaba bien. Una de las pulgas sangraba. La sangre rezumaba entre las rendijas de la armadura.

      ¡Era mi sangre!

      La metamorfosis debía de haber creado en mi cuerpo una arteria semihumana, y el súbito flujo de sangre había hecho estallar las tripas de Cassie.

      La cabeza me daba vueltas. ¡Cassie estaba herida! ¡La araña seguía avanzando! Mi propio cuerpo era un desastre.

      ¡Pero por fin estaba libre de la telaraña! Intenté mover las alas. ¡Nada! Era demasiado grande. Tenía que volver a transformarme, recuperar el tamaño de la libélula. Empecé a encoger… ¡Demasiado despacio! Y ahora la araña avanzaba al galope sobre sus ocho patas, chasqueando las mandíbulas con frenesí.

      Yo me transformaba lo más deprisa posible. Ya casi era otra vez libélula, y estaba libre de la telaraña. ¡Pero Cassie se había caído!

      <Queda un minuto, príncipe Jake>, anunció Ax con verdadero tono de desesperación.

      <¡No! ¡No pienso quedarme atrapado en esto! –gritó David-. ¡No! ¡NO! ¡NOOOO!>

      David comenzó a transformarse en humano. Yo aleteé, despegué y me volví rápidamente en el aire. Cassie yacía indefensa en el suelo. Bajé hacia ella, la agarré con las mandíbulas y salí disparado a toda velocidad por el mismo camino que habíamos venido.

      Pero ahora David crecía cada vez más y empezaba a aplastarme.

      ¡No quedaba tiempo!

      Vi la rejilla, doblé las alas, la atravesé a toda velocidad.

      <¡TRANSFORMAOS! ¡Ahora! ¡Ya! ¡Ya!>, grité.

      Cinco pulgas salieron catapultadas de mi espalda por los aires, haciéndose cada vez más grandes.

      <¡Cassie! ¡Transfórmate!>, exclamé mientras la soltaba.

      Cassie cayó. La fui perdiendo de vista, mientras se precipitaba hacia el suelo de la sala de banquetes, a millones de kilómetros de distancia. Para cuando yo aterricé en una mesa estrecha y curvada, ya estaba recuperando mi cuerpo.

      <¡No puedo salir de esta forma!>, gritó Marco.

      El corazón se me quedó paralizado.

      <¡No, no, no! ¡Marco, sigue intentándolo! ¡Inténtalo!>

      Yo mismo crecía cada vez más sobre la mesa. Mis alas desaparecían, mi abdomen se encogía, las piernas se me hacían más gruesas.

      Mis propios ojos iban apareciendo, y a través de ellos vi que alguien se transformaba a pocos centímetros, sobre la mesa. Pero era una metamorfosis que yo no había visto jamás. La persona no estaba cambiando, sino sólo creciendo. Y crecía con la forma de una pulga. Una pulga de treinta centímetros. Más grande aún. ¡De medio metro!

      Os voy a decir una cosa: existe una buena razón para que los insectos nos den asco. Si podéis, conseguid una foto aumentada de una pulga. E imagináosla del tamaño de un chico.

      Se sostenía sobre seis patas peludas. El cuerpo era de color óxido y tan estrecho como si lo hubiera atropellado un tren. Estaba hecho de placas de armadura. La cabeza era un casco horripilante, con una hilera de púas en torno a la parte superior y los lados. En una parte inferior del casco había más púas, como una espantosa parodia de un bigote. De la cabeza sobresalían dos antenas y le colgaban unos colmillos largos y afilados. Los ojos eran como dos botones negros, muertos, sin alma.

      Ahora era una pulga del tamaño de un perro.

      <¿Marco?>, grité.

      <¡Por favor! ¡Por favor ayúdame! ¡Ayúdame!>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 14:

      Yo no podía ni mirar aquella cosa.

      <¿Marco? –repetí-. ¡MARCO!>

      ¡Marco estaba atrapado en un espantoso cuerpo de pulga gigante!

      ¿Y Cassie? ¿Qué había pasado con Cassie?

      De pronto, Cassie apareció al otro lado de la mesa. Había recuperado su cuerpo, aunque todavía estaba a media metamorfosis. Miró a Marco, y le puso las manos en los costados, sin hacer caso de los pinchazos de sus púas.

      La pulga… Marco… intentó saltar. Pero las patas, que podían catapultar a una pulga por los aires, eran demasiado débiles para mover la cosa gigantesca en la que se había convertido

      -Vamos, Marco –dijo Cassie con calma-. Olvídate del miedo, bórralo de tu mente. Tú puedes hacerlo. Te transformarás. Concéntrate en la imagen de ti mismo. Forma tu imagen en la mente. Borra el miedo y concéntrate en la imagen de tu propio cuerpo.

      Todos nos estábamos transformando. La cabeza de Rachel apareció también al otro lado de la mesa, luego la de David, la de Ax. Uno a uno íbamos recuperando nuestros cuerpos. Y uno a uno íbamos asumiendo una expresión de horror. Todos nos habíamos quedado mirando a la pulga monstruosa. Y a Cassie.

      Y entonces, muy poco a poco, la armadura comenzó a hacerse más blanca, convirtiéndose en carne. Poco a poco las mandíbulas se retrajeron, el casco de púas se desvaneció.

      Poco a poco Marco fue apareciendo.

      Finalmente, recuperó su cuerpo. Sentado al borde de la mesa, miró a Cassie con sus ojos humanos e hizo algo de lo que yo no le creía capaz. Se abrazó al cuello de Cassie y se echó a llorar.

      -Gracias –susurró-. Gracias, Cassie. Me has salvado la vida.

      Los demás nos habíamos quedado mirando a Cassie con expresión de auténtico y verdadero asombro.

      Rachel se me acercó.

      -Te aseguro que me han dado unos cuantos escalofríos –me dijo al oído.

      Yo asentí con la cabeza.

      -Y que lo digas.

      -Ha sido una especie de milagro –dijo David.

      Marco se bajó de la mesa y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Ax me dedicó una de esas sonrisas andalitas tan difíciles de definir, una cosa que hacían sólo con los ojos.

      <Yo no creo en milagros. Siempre he dicho que Cassie tiene un talento especial para la metamorfosis, pero a pesar de todo… Nunca había visto una cosa como ésta.>

      -Muy bien –exclamó Marco, sacándonos a todos del trance-. ¿Alguien se ha molestado en fijarse en dónde estamos?

      Yo volví a la realidad.

      -Sí. Lo vi antes, cuando pasamos de largo la primera vez. Por eso no quise entrar. Hasta que no tuvimos más remedio, claro. ¡Ax! Estáte alerta. Ten la cola lista. Rachel… vamos a necesitar la artillería

      -¿Qué diablos…? ¿Qué es todo esto? –preguntó David mirando en torno a él-. ¡Pero mirad qué sala! ¡Es enorme!

      <A menos que me equivoque –comenzó Ax con calma-, esto es un pequeño estanque yeerk portátil.>

      Estábamos en una esquina de la sala, que era tres veces más grande que el bar del colegio. Había varias hileras de largas mesas cubiertas con manteles blancos. Del techo colgaban enormes lámparas de cristal, y el suelo estaba enmoquetado con una alfombra roja de flores. Todo excepto por el círculo sobre el que estábamos nosotros. En cada esquina de la sala había una gigantesca columna de mármol, de unos tres metros de diámetro. Pero en nuestra esquina se hallaba una bañera de acero inoxidable bastante grande, justo donde debía de haber habido una columna.

      -¡No puede ser! –exclamó Rachel, que ya se estaba transformando en oso pardo-. Alguien se tiene que haber dado cuenta. ¡Pero si hay agentes de seguridad por todas partes!

      En ese momento su boca se convirtió en un hocico.

      -Rachel tiene razón, no hay forma de esconder aquí todo esto –convine-. A menos…

      Ax asintió con la cabeza.

      <Sí, príncipe Jake. Creo que estamos en el interior de un holograma.>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 15:

      -¿El interior de un holograma? –repitió David.

      -¿Ves las columnas que hay en cada esquina? Aquí, justo donde estamos nosotros tendría que haber otra, pero lo que hay es un estanque yeerk en miniatura. Y… y esa cosa.

      Señalé un artilugio que parecía un enorme emisor de rayos dragón. Estaba montado sobre la pequeña mesa donde Marco y yo nos habíamos transformado.

      <Muy interesante –comentó Ax-. Es un emisor holográfico. Pero es sólo un repetidor, no el emisor principal. No es lo que emite el holograma en el que estamos.>

      Miré a mi alrededor, sin comprender. Al parecer estábamos dentro de una gigantesca columna de mármol de unos tres metros de diámetro. Detrás de nosotros había una plataforma elevada, y en ella el podio que el presidente suele utilizar, con el enorme sello presidencial azul en la parte delantera.

      Me fijé en Rachel, que estaba creciendo un montón. Ya era demasiado grande para aquel espacio.

      -Rachel, lo siento, he cambiado de opinión. Recupera tu forma.

      <¿Estás seguro? Todavía podría haber pelea>, replicó ella, casi esperanzada.

      En el techo, entre las arañas, había claraboyas con vidrieras a través de las cuales se veía la luz del día. Volví a mirar la rejilla del aire acondicionado por la que habíamos entrado. La columna estaba pegada a la pared en ese lado, y el conducto del aire sobresalía un poco, de modo que la rejilla estaba a pocos centímetros de la <<columna>>. El holograma debía de ser más débil allí, donde era menos importante.

      -¿Qué pasa si alguien se apoya en esta columna o lo que sea? –preguntó David-. Deben de estar usando también un campo de fuerza, no sólo un holograma.

      Ax asintió con la cabeza.

      <Sí . Lo que yo creo es que los yeerks apuntaron con mucha precisión un rayo dragón desde una nave camuflada sobre el edificio. Quemaron el tejado y desintegraron sólo la columna. Luego apuntaron con un emisor holográfico de enorme potencia a través del agujero para reemplazar la columna que habían vaporizado. Un holograma fortalecido con un campo de fuerza. El campo dirige su fuerza hacia fuera, por supuesto. Podemos salir de este holograma cuando queramos, pero no podremos volver a entrar.>

      -Si eso es así, ¿por qué no se cae el techo? –preguntó Marco.

      -Tal vez las columnas sean sólo decorativas –sugirió David-. Probablemente no sostienen el techo.

      -¿Y todo esto para qué? –cuestioné yo-. El campo de fuerza está activado. ¿Cómo entrarán aquí los controladores?

      Ax señaló una especie de arco hecho con grueso alambre. Formaba una puerta invisible.

      <Supongo que ese arco bloquea el campo de fuerza. Aquí dentro debe de haber algún dispositivo de control. No hay más que bloquear el campo de fuerza cada vez que alguien necesita entrar en la columna.>

      Ax se abrió paso entre nosotros para acercarse a un pequeño ordenador en el estanque yeerk. Se lo quedó mirando un momento y luego apretó un botón. Nada cambió.

      Yo salí del campo, atravesando lo que desde fuera habría parecido mármol macizo. Luego me volví y apoyé la mano contra la fría superficie. Fui tanteando alrededor de la columna en busca del arco, hasta que de pronto mi mano se hundió en el mármol.

      -Está abierta –dije, retrocediendo para estar seguro-. Es rarísimo. El campo de fuerza está desconectado, pero el holograma sigue siendo de lo más real. Es como atravesar una masa de mármol.

      Volví a entrar y salir de la columna. De nuevo desaparecieron el estanque yeerk y mis amigos. Me encontraba junto a un gigantesco pilar de mármol rosa.

      Nadie sospecharía ni por un instante que se trataba de otra cosa.

      -¡Os estoy diciendo cómo lo quiero! –se oyó de pronto una voz.

      Sin pensármelo dos veces me lancé de cabeza debajo de la mesa más cercana para esconderme. Un mantel blanco colgaba a mi alrededor.

      Tres pares de piernas se acercaban. Dos de hombre, uno de mujer. Me maldije por haber sido tan descuidado. ¿Cómo no había pensado que cualquiera podía entrar en aquel salón?

      Me sentía solo y aislado, a pesar de saber que mis amigos estaban muy cerca. Dentro de lo que parecía ser una columna de mármol.

      -Quiero la mesa principal más atrás, más cerca del podio –decía uno de los hombres.

      -¿Pero cómo subirán al podio el presidente y los demás líderes? –preguntó la mujer.

      -El presidente y los demás líderes se levantarán de sus sillas y pasarán junto a la mesa, hasta más allá de los fotógrafos y por detrás de la columna.

      -Tony, eso es una tontería –dijo el otro hombre.

      ¡De pronto separaron tres sillas de mi mesa! Varias piernas se me acercaron. Dos piernas de mujer y cuatro cubiertas por unos pantalones de rayas grises. Los tres se habían sentado.

      -¡Ah! –ahogué un grito cuando alguien me dio una patada en el costado.

      -No me digas que es una tontería. Llevo semanas planeándolo todo –replicó el hombre llamado Tony.

      -Entonces ¿por qué nos has dicho algo totalmente distinto esta mañana? –preguntó la mujer.

      -Me habréis entendido mal –insistió Tony, con frialdad.

      -Ahora sí que no lo entiendo.

      -Mira, Sheila, a ver si te entra en la cabeza: yo soy el jefe de protocolo de la Casa Blanca. Éste es mi montaje. Mi trabajo es ocuparme de dónde se sienta cada uno. Tu trabajo es que todo funcione como yo digo.

      De pronto tuve la sensación de que sabía algo de Tony que los otros ignoraban. Me moví con cuidado de no tocar ningún pie. Tenía que ver la suela del zapato de Tony.

      -Tony, no hace falta que te pongas tan… –comenzó a decir el otro hombre.

      -Vosotros haced lo que os digo, y en paz.

      -Muy bien, pero no habrá tiempo para que cambies de opinión otra vez antes del banquete, –Sheila parecía un poco enfadada-. Ya sabes que el servicio secreto insiste en conocer todos los detalles con tiempo.

      -No cambiaré de opinión. El presidente y los demás se acercarán al estrado desde detrás de esa columna. Es mi última palabra.

      En ese momento se levantaron y yo vi lo que esperaba ver: una raja en el zapato de Tony. Casi me eché a reír. Esperé hasta que se despejó el panorama y luego volví a entrar en la columna.

      <Príncipe Jake –dijo Ax-, creo que hay una forma de salir de aquí. El holograma y el campo de fuerza parecen más débiles en la parte superior de la columna.>

      -Tiene lógica –contesté-. Necesitan que ambos sean más potentes donde la luz es más fuerte, donde la gente podría tocarla. Por eso pude ver a través del holograma cuando pasé convertido en libélula..

      <Sí. Creo que podríamos escapar por arriba. A través del tejado.>

      Miré hacia el cielo y vi un círculo azul de lo más sugerente.

      -Muy bien. Vámonos de aquí.

      Pero Ax vaciló. Volvió los ojos de sus cuernos hacia la bañera de acero inoxidable.

      <Los yeerks deben de estar ya dentro. ¿Los… los vamos a dejar aquí?>

      Yo sabía lo que Ax quería decir. Sería fácil acabar con ellos allí y ahora. Pero entonces otros yeerks vendrían a reemplazarlos, y también sabrían que nosotros conocíamos sus planes.

      Además no me gustaba la idea de matar gusanos indefensos, de modo que negué con la cabeza.

      -Venga, vámonos.

      Algunas decisiones son inteligentes. Otras son estúpidas. Y otras son ambas cosas. Como la que yo acababa de tomar.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

   Capítulo 16:

      <Tobias, ¿nos oyes?>, llamó Ax.

      No hubo respuesta. Pero no me extraño. Seguramente Tobias estaba demasiado lejos para <<oírnos>>. Nos íbamos a transformar en gaviotas, pero si volábamos hacia arriba saldríamos por el centro del tejado y parecería que habíamos surgido de la nada. Una docena de agentes de seguridad tenía el tejado vigilado, y entre ellos debía de estar el calvo.

      Necesitábamos un movimiento de distracción.

      -La alarma de incendios –sugirió David-. Yo lo hice una vez en el colegio para librarme de un examen –añadió, señalando la pequeña palanca roja en una pared cercana.

      -Muy bien, –accedí-. Buena idea.

      -Ya voy yo, –se ofreció David.

      -Empezad a transformaros en gaviotas. David, tú tira de la palanca y vuelve enseguida.

      -Perfecto.

      -Bien. ¿Listos? ¡Vamos allá!

      Mientras nosotros nos transformábamos David echó a correr. Llegó a la palanca, tiró de ella…

      ¡RRRIIIIIIIIINNNNNGG!

      Volvió corriendo y…

      ¡PAF! Tropezó con la pata de una silla y se cayó de bruces. Un instante más tarde la puerta del salón se abrió de golpe e irrumpieron cuatro hombres armados.

      Enseguida me di cuenta de mi error. Sí, la alarma de incendios distraería a los guardias normales, pero los controladores también la oirían y vendrían derechos a aquella sala… donde estaba escondido su estanque yeerk.

      David rodó debajo de una mesa y desapareció de la vista.

      Había que tomar una decisión rápida.

      -¡Terminad de transformaros y salid de aquí! ¡Ahora mismo! Yo iré a por David.

      -Pero… –protestó Rachel.

      -Ahora no, Rachel –la interrumpí-. Cerrad el arco detrás de mí. David y yo encontraremos otra forma de salir.

      Salí a gatas de la columna y me acerqué a la mesa sin que me vieran los controladores. Mirando entre la larga hilera de sillas localicé a David.

      Sólo que ya no era David.

      Cassie le había ayudado a adquirir una forma de combate, y él había elegido un león. En ese momento se estaba transformando, y la melena comenzaba a brotarle en torno al cuello.

      Esbocé con los labios la palabra <<no>>. Teníamos que escapar, no combatir. Pero David hizo una mueca. Todavía sonreía cuando le brotaron dientes caninos de seis centímetros.

      -¡Bloquead la puerta! –ordenó uno de los controladores-. Bloqueadla con un par de mesas. Yo me pondré en contacto con los nuestros. No podemos permitir que entren las fuerzas de seguridad.

      Varios pies se movieron. Oí que arrastraban una mesa por la alfombra.

      -Muy bien. Si los andalitas han entrado aquí podrían ser cualquier cosa, incluso moscas. Aunque probablemente se trate de una falsa alarma. Seguro que no tiene nada que ver con nosotros. Lo sabremos en cuanto inspeccionemos el estanque. Si eran los andalitas… Bueno, nuestros amigos del estanque no estarán vivos.

      Yo suspiré aliviado. No habíamos tocado a los yeerks del estanque.

      Si lograba evitar que David cometiera alguna locura, tal vez escaparíamos de aquélla. En cuanto los controladores lo inspeccionaran, verían que sus hermanos estaban bien.

      Empecé a gatear con infinito cuidado hacia David, que se encontraba a unos diez metros de distancia. Su rostro estaba oculto en la penumbra, detrás de las patas de las sillas, pero era evidente que seguía transformándose.

      Yo no hacía más que decir que no con la cabeza y los labios. Pero él no me hacía ni caso. Una larga y peluda cola sobresalía ahora por debajo de la mesa. Varias piernas pasaron sobre ella, casi pisándola.

      -Apagad el holograma –ordenó la primera voz.

      Yo miré sobre el hombro. La columna de mármol desapareció al instante, reemplazada por el tanque de acero inoxidable, la estrecha mesa y el extraño <<emisor>>. Dos pares de piernas se acercaron al estanque y se oyó el ruido de una bisagra.

      -¡Están bien! –gritó otro controlador.

      -Perfecto –dijo aliviado el líder-. Los andalitas no han entrado. Jamás habrían dejado vivos a los nuestros. Despejad las puertas y encended el holograma. Voy a avisar a los demás.

      La columna volvió a aparecer.

      David era ya un león. Estaba moviendo la cola, pero se encontraba fuera de la vista. Yo estaba a unos tres metros de distancia. Lo único que David tenía que hacer era quedarse quieto. Lo único que…

      Varias piernas pasaron de largo. David volvió su enorme cabeza y se dispuso a atacar. Yo avancé lo más deprisa que pude, y una fracción de segundo antes de que él saltara, lo agarré por la melena.

      Voy a parar un momento para explicaros que aunque me pase el día transformándome en animales, eso no significa que les haya perdido el respeto. Cuando vemos leones en la tele, en la películas, en los anuncios o cosas así, parecen siempre mansos y simpáticos, tumbados con las patas hacia arriba, durmiendo a la sombra en medio de la sabana…

      Pero si los leones tienen tanto tiempo para dormir, es porque son cazadores muy eficientes. No emplean demasiada energía: mientras haya presas, dispondrán de comida.

      Bueno, a lo que iba. Agarré al león por la melena, y un milisegundo más tarde se me ocurrió pensar que era la primera vez que David se transformaba en león y que tal vez no supiera controlarlo todavía. Lo cual significaba que yo podía estar a punto de perder el brazo.

      -David –susurré casi en silencio-. No…, no hagas nada…, no hagas nada.

      Él se me quedó mirando con sus ojos castaños y poco a poco, con toda intención, me enseño los dientes.

      -Muy bien, vámonos –dijo el líder controlador-. Todo en orden.

      Las puertas se abrieron y los pies se alejaron. Yo todavía tenía al león agarrado, y la cara a pocos centímetros de la boca de David. En ese momento recordé que una de las formas en que un león mata es sencillamente aplastando el cráneo de su presa. Lo aplasta apretando las fauces hasta que se abre como un melón maduro.

      <¿Te has asustado, eh?>, dijo David.

      -No, ya sabía que te dominarías.

      <Sólo quería estar preparado, por si había algún problema. Me extraña que no asumieras tu forma de tigre.>

      -Ya. Bueno, no he visto la necesidad.

      <Oye, ¿nunca has pensado en quién ganaría en una pelea entre un león y un tigre?>

      Aquello me pilló por sorpresa. Dudé un momento.

      <El león –dijo David con una carcajada-. Eso es lo que yo creo. Seguramente nunca pasará, pero es un tema interesante. Bueno, me voy a transformar.>

      David recuperó su cuerpo.

      -Creo que lo mejor será salir de aquí como entramos –sugerí mientras salía de debajo de la mesa-. Lo único es que no podemos perder tiempo intentando que te subas de un salto a mi lomo.

      -¿Qué vamos a hacer entonces?

      -No quiero que me malinterpretes, pero me tienes que morder.

      -¿Qué?

      -Muérdeme en la espalda. Nos transformaremos juntos. Y esperemos que cuando tu boca de pulga reemplace a tus dientes humanos, sigas pegado a mí.

      -Sí, y esperemos que no haga como Marco y termine siendo una pulga de medio metro antes de encoger, –replicó él-. El mordisco quizá te duela un poco.

      La idea funcionó. Volamos a velocidad de locos por los conductos del aire acondicionado hasta que vimos la luz del sol. Así que había un conducto que daba al exterior… Pero estaba bien camuflado en la piedra del muro.

      En cuanto salimos, Tobias nos atrapó en pleno vuelo.

      Mientras volvíamos a casa yo iba pensando en la curiosa pregunta de David. ¿Quién ganaría en una pelea entre un león y un tigre? ¿Y por qué de pronto me preocupaba la respuesta?

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 17:

      Ahora conocíamos los planes de los yeerks. Iban a esperar al gran banquete.

      Los jefes de Estado subirían al podio uno a uno para pronunciar sus discursos, y uno a uno pasarían por detrás de la columna holográfica.

      Una vez fuera de la vista del público, serían introducidos dentro del pilar, donde los forzarían a meter la cabeza en el estanque yeerk. Un gusano yeerk entraría a través de sus oídos, y al cabo de unos minutos serían controladores. Mientras tanto el emisor holográfico proyectaría una imagen del jefe de Estado reapareciendo por el otro lado de la columna. Subiría al estrado y pronunciaría con calma su discurso. En cuanto terminara de hablar, el jefe de Estado real estaría listo para salir de nuevo.

      -Tony, el jefe de protocolo de la Casa Blanca es el hombre de la raja en el zapato –expliqué a los demás en cuanto nos reunimos en el granero-. Por eso secuestraron el helicóptero. No era al presidente a quien querían, sino a él.

      -O sea que quieren dar el golpe a lo grande –terció David-. Quieren conseguir a todos a la vez. Así que atraparon el segundo helicóptero, el que siempre acompaña al Marine One, para disuadir a posibles terroristas

      -Exacto –convine-. Necesitaban al jefe de protocolo, al tipo que decidiría cómo organizar el banquete. Así que Visser Tres adquirió su ADN y lo reemplazó.

      -¿Y qué ha pasado con el auténtico, el verdadero jefe de protocolo? –preguntó Cassie.

      -Probablemente sigue vivo –contesto Marco-. Visser Tres lo habrá drogado, y le habrá quitado la ropa y los zapatos para hacerse pasar por él. Más tarde el auténtico Tony despertará y no sabrá nada de lo sucedido.

      <¿Y por qué no convertir a Tony en controlador?> , preguntó Tobias.

      -No lo sé –dije yo.

      <Los edificios donde viven y trabajan los jefes de Estado están muy vigilados, ¿no es así? –terció Ax-. Vigilan muy de cerca a todos los empleados, ¿no?>

      -Ya sabes que sí.

      <Estonces la razón es sencilla: rayos kandrona. Si el presidente y los demás se convierten en controladores, no podrían escapar de los agentes de seguridad el tiempo suficiente para visitar un estanque yeerk cada tres días y recibir su dosis necesaria de rayos kandrona. Así que debemos suponer que el plan es instalar un estanque yeerk, con rayos kandrona, dentro de la misma Casa Blanca.>

      Rachel chasqueó la lengua con desdén.

      -¿Cómo iban a mantener en secreto una cosa así?

      -Sólo el presidente podría ordenar que se hiciera algo así en la Casa Blanca –contestó David-. Y sólo si la mayoría de los agentes del Servicio Secreto y gran parte de su equipo fueran también controladores.

      -El gran objetivo es hacerse con el presidente y los demás –convino Marco-. Necesitan tener controlado al presidente, porque sólo mediante él es posible instalar los rayos kandrona en la Casa Blanca. Y necesitan tener los rayos allí. No pueden tener al personal de la Casa Blanca yendo y viniendo en secreto a un estanque yeerk. Por eso no han convertido a Tony en controlador, porque si el plan fracasa, estaría atrapado en la Casa Blanca sin rayos Kandrona.

      Cassie movió la cabeza.

      -Ya. Muy listos, chicos. Pero como siempre habéis pasado por alto la explicación más sencilla.

      -¿Qué explicación? –pregunté.

      -Es cuestión de orgullo. Recordemos que estamos hablando de Visser Tres. ¡Es el plan del siglo! Si sale bien, habrá ganado la batalla contra la Tierra. Será el gran héroe del imperio yeerk. Y si fracasa, quedará en ridículo. Así que, ¿qué va a hacer? ¿Quedarse en la nave-espada mirando con los brazos cruzados? De eso nada. Visser Tres quiere estar en primera fila, para poder decir: <<Mirad, he sido yo. ¡Yo, yo, yo!>>

      Como siempre, Cassie había visto algo que yo había pasado por alto. Ahora sonrió.

      -Típico de hombres –afirmó medio en broma-. Sólo pensáis en los hechos y os olvidáis de los sentimientos. Ésta es una cuestión de carácter. Visser Tres tiene que tomar parte en la acción porque es un ególatra.

      Marco, David, Ax, Tobias y yo nos miramos un poco molestos.

      -Pues a mí me sigue gustando nuestra explicación –afirmó David, hablando por todos.

      -Bueno, supongo que el banquete será esta noche –dije yo, mirándome el reloj. -Y si no me equivoco, nos quedan muy pocas horas para pensar cómo podemos hacer fracasar su plan.

      -Yo tengo que ir un rato a casa –objetó Rachel-. Y supongo que tú también, Jake.

      -No, la verdad es que estoy bastante libre –repliqué-. ¿No te has enterado de lo de Saddler?

      Rachel no sabía nada, así que le conté que nuestro primo estaba herido, que mis padres habían ido a su casa a ayudar y que no era seguro que Saddler sobreviviera.

      Todo el mundo nos ofreció su condolencia, incluso David. Pero a pesar de todo vi algo inquietante en sus ojos. Algo que no supe interpretar.

      David me miraba con el semblante luminoso, como si intentara disimular su alegría. Como alguien que acabara de descubrir la manera de ganar la lotería.

      Y yo volví a oír en mi mente las palabras de Cassie: <<Es una cuestión de carácter.>>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 18:

      Me daba cuenta de que no conocía a David. No había tenido mucho tiempo para pensar en él. Nos habíamos enfrentado a una crisis tras otra desde que descubrimos que David había encontrado la caja azul.

      A los demás los conocía bien. Sabía perfectamente cómo reaccionarían ante cualquier situación. Pero David era impredecible.

      En general, había sido valiente. Había hecho lo que debía hacer, casi siempre. Pero algunos detalles… Como cuando se transformó en águila y atacó a un pájaro sin motivo alguno. O su actitud cuando era un león. Y aquello de entrar a la fuerza en la habitación de un hotel…

      Todo era comprensible. Nada era realmente grave. Sobre todo teniendo en cuenta que su vida estaba destrozada.

      Parecía llevarse bien con Cassie, Rachel y Tobias. A Ax lo ignoraba, como si tuviera miedo de él. Lo que tampoco era tan extraño, porque hace falta un poco de tiempo para acostumbrarse a un andalita.

      Con Marco no se llevaba bien, eso era evidente. Pero también era comprensible. Marco es mi mejor amigo pero, igual que pasa con Ax, hace falta tiempo para acostumbrarse a él.

      Hicimos planes para el banquete de esa noche. Cuando terminamos, y el sol comenzaba a ponerse, miré a Cassie con la expresión de <<sígueme>>. Salimos del granero, dejando dentro a los demás.

      Me la llevé un poco más lejos, fuera del alcance del fino oído del ratonero de Tobias, y cuando iba a empezar a hablar, ella se me adelantó.

      -Me quieres preguntar sobre David.

      Yo me quedé con la boca abierta.

      -¿Cómo lo sabes?

      -Porque te has pasado toda la tarde mirándole como si quisieras leerle el pensamiento.

      -Muy bien. ¿Qué opinas tú de él?

      Cassie se encogió de hombros y miró hacia el granero.

      -No lo sé. Yo tampoco acabo de entenderle. Ha perdido a su familia, su vida, su casa… Pero tampoco parece estar tan deprimido, ¿sabes? Es cierto que a veces sí se muestra algo desanimado pero… No sé.

      -Vaya, eso me ayuda mucho –dije con cara de desconsuelo. -Tú eres aquí la intuitiva. Yo soy de lo más tonto para entender a la gente.

      Cassie se echó a reír y me tomó del brazo.

      -Cada cosa a su tiempo, jefe. Esta noche tenemos una misión. Hay que salvar al mundo. Terminemos con eso y luego nos ocuparemos del chico nuevo.

      -¿Qué te parece el plan?

      Cassie puso los ojos en blanco.

      -Ax dice que puede hacerse, y Marco afirma que es una locura. Yo estoy de acuerdo con los dos.

      El plan era muy sencillo y directo, pero también ambicioso. No sólo queríamos salvar a los jefes de Estado, sino que pretendíamos hacerles saber la verdad: que había alienígenas entre nosotros y que nos estaban atacando. Si lo lográbamos, el mundo estaría salvado.

      Ax nos había explicado cómo funcionan el holograma de la columna y su campo de fuerza.

      Una nave, probablemente la nave-espada de Visser Tres, se encontraba estacionada a unos tres mil metros sobre el hotel. Estaría camuflada, de modo que quedaría oculta a la vista y al radar. La nave tenía que mantenerse perfectamente inmóvil. Desde allí se lanzaba la imagen holográfica y el campo de fuerza a través del tejado del salón de baile. Eso requería una energía enorme, inimaginable.

      <Sobre todo teniendo en cuenta la inferioridad de la tecnología yeerk, –había añadido Ax con desdén. -Los andalitas lo haríamos mucho mejor, por supuesto.>

      -Pero Erek y los otros chees utilizan hologramas todo el rato –señaló Marco-. Sus cuerpos visibles son hologramas.

      <Sí. Es evidente que, en esa área, la tecnología chee es en cierto modo superior incluso a la andalita.>

      -Muy superior –insistió Marco sonriendo con malicia-. Pero que muy superior. A ver si lo entiendo, ¿me quieres decir que la tecnología chee comparada con la andalita sería como la tecnología humana comparada con… los chimpancés?

      Todos nos echamos a reír. Todos menos David. David tenía la cabeza en otra cosa. Nos miraba, pero como si fuéramos animales de zoológico, como si nos estuviera evaluando.

      Ax terminó por ganar a Marco.

      <En realidad la comparación tendría que ser todavía más marcada, porque lo cierto es que no hay tanta diferencia entre la tecnología humana y la de los chimpancés.>

      -Vaya, uno a cero para Ax-man –dijo Rachel.

      El plan básico era muy sencillo. Según Ax, los rayos de la nave-espada se concentraban con más fuerza a la altura del suelo. A mayor altura el campo iría perdiendo potencia, y más fácil sería penetrar el rayo y entrar en el holograma.

      Una vez logrado esto, se podía caer directamente en el oculto estanque yeerk.

      Sólo había unos cuantos problemillas. Tendríamos que acabar con todos los controladores que estuvieran dentro de la columna. Y si alguno de nosotros se salía del holograma, lo agentes de seguridad se le echarían encima sin darle tiempo ni a respirar.

      Luego teníamos que prepararnos para secuestrar a los diversos jefes de Estado a medida que se acercaran a la columna, y convencerles de que nos siguieran el juego.

      Ah, y además Erek nos había advertido que uno de esos jefes de Estado ya era un controlador. Uno por lo menos.

      La cosa prometía.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 19:

      <¿He dicho alguna vez que esto es una locura?>, preguntó Marco.

      <Sí, creo que ya lo has mencionado>, repliqué.

      <¿Y he mencionado que de todas las locuras que he hecho en mi vida, ésta es tan demencial que a su lado todas las demás parecen sensatas?>

      <No, creo que eso no lo has dicho más que unos… nueve millones de veces.>

      <Muy bien. Sólo quería dejar bien claro que esto es de locos. De locos.>

      <Marco, si no te callas te morderé más fuerte todavía>, dijo Rachel.

      La situación era la siguiente: todos nos habíamos transformado en aves de presa y volábamos muy alto. Demasiado alto para unas aves de presa sin corrientes termales que nos levantaran. Teníamos que hacer un gran esfuerzo, os lo seguro. Aleteábamos como chalados, batallando por cada metro de altitud.

      Y para empeorar la situación, todos íbamos cargados. Yo llevaba un plomo en forma de lágrima. Es verdad que no era muy grande, debía de pesar unos cien gramos, pero no sé si habéis intentado acarrear cien gramos siendo un halcón peregrino. Los halcones no son tan grandes.

      Tobias, Cassie, David y Ax llevaban pesos similares: plomadas, plomos de pesca, incluso un punzón. Los habíamos encontrado entre viejas herramientas y aparejos de pesca, en el granero.

      Rachel llevaba a Marco.

      Y Marco era una serpiente.

      De hecho era la cobra que antes tenía David. A la serpiente de David le habían sacado el veneno, pero como Marco se había transformado a partir de su ADN, nuestro amigo era una cobra normal, con un veneno que podía aturdir a un caballo en segundos y matarlo en minutos.

      Rachel, que era la más grande de nosotros en su forma de águila calva, era la encargada de acarrear a Marco.

      Volábamos sobre la playa, siguiendo la orilla para no perdernos. No había luna, pero de todas formas no la habríamos visto a través de los negros nubarrones que cubrían el cielo y que estaban justo encima de nosotros. De hecho, al volar atravesábamos algunos jirones.

      Pero la orilla se veía bien. Era una línea plateada que avanzaba y se retiraba, pero que siempre señalaba el camino. Por si teníamos problemas en la oscuridad, Cassie se había transformado en un enorme búho. Nuestras aves de presa no veían tan bien en la oscuridad como a la luz del día, pero Cassie podía distinguir hasta a los cangrejos que correteaban en la arena cientos de metros más abajo.

      A lo lejos, ya había aparecido el resplandor de la urbanización Marriot, que estaba más iluminada que un árbol de Navidad.

      Por fin pasamos en silencio sobre la hilera de árboles que marcaba el límite de la urbanización.

      <¡Mirad! –exclamó de pronto Cassie-. ¡Es él!>

      <¿Quién?>, pregunté alarmado.

      <¡El presidente! Ha salido de una cabaña y se dirige hacia otra. ¿No lo veis? Lleva pantalones cortos.>

      <Oye, a ver si podemos conseguir un autógrafo>, dijo David, riéndose de su propia broma.

      <Ax-man –terció Tobias-. ¿Tenemos suficiente altura para penetrar el campo de fuerza?>

      <Creo que sí. Casi seguro. Probablemente.>

      <Vaya, qué tranquilizador.>

      Era Marco, por supuesto.

      <Yo iré primero –se ofreció Ax-. Si choco contra un muro invisible y caigo al suelo inconsciente sabréis que el campo de fuerza es todavía muy potente a esta altura.>

      ¿Era una muestra del sentido del humor andalita? Nunca conseguía estar seguro.

      Ax imprimió más fuerza a sus alas de aguilucho y voló por encima de la sala de banquetes justo sobre el lugar donde el campo de fuerza y el holograma penetraban en el tejado.

      Pareció perdido un momento, volando de un lado a otro, hasta que…

      ¡Estoy dentro! –anunció-. ¡Ja! ¡Sólo estamos a sesenta metros de altura! Un campo de fuerza andalita sería diez veces más potente a esta distancia del punto focal.>

      Volaba en círculos, siempre dentro del rayo. Nosotros nos acercamos. Al atravesar el perímetro sentí una especie de cosquilleo, como si tuviera las plumas cubiertas de hormigas. Pero estaba dentro, y se veía el agujero circular en el tejado. Abajo había luz. Luz suficiente para distinguir las cabezas de tres controladores.

      <Son tres –contó Rachel-. No hay problema.>

      También se veía el estanque yeerk de acero inoxidable. Los controladores humanos vigilaban junto a ella. Tres cabezas.

      Tres objetivos.

      <¿Listos?>, pregunté.

      <¡Vamos allá!>, exclamó Rachel.

      <Estoy listo, príncipe Jake.>

      <Yo desde luego no>, dijo Marco sombrío.

      <Muy bien. Iré yo primero. Luego David, puesto que es el más rápido cayendo en picado. Luego Tobias, Cassie y Ax. Rachel, tú bajas la última con Marco. A la de tres. Una… Dos…>

      Giré las alas, agité la cola y me lancé hacia abajo, aleteando para ganar velocidad.

      El animal más rápido en el aire es un halcón peregrino cayendo en picado. Alcancé en segundos los ciento cincuenta kilómetros por hora, y seguía acelerando. Más y más deprisa, mientras mis ojos de halcón, con intensidad de láser, veían que la cabeza ahí abajo se iba haciendo más y más grande.

      Llevaba el peso de plomo en las garras. Yo era como un bombardero, y volaba a más de ciento cincuenta kilómetros por hora cuando lancé mi bomba.

      Ahora ya sabéis para qué llevábamos pesos.

      ©1997 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 20:

      Solté la bomba, abrí un poco las alas, aminoré la velocidad y me hice a un lado para dejar paso a la bomba de David. A continuación bajaron, más despacio, otros res pesos.

      ¡TUNK!

      ¡TUNK!

      Los dos primeros controladores cayeron como si alguien hubiera… Bueno, como si alguien hubiera dejado caer un peso de plomo sobre sus cabezas: se desplomaron, vaya.

      El tercer tipo los estaba mirando boquiabierto cuando un plomo le golpeó en el hombro. El controlador pegó un brinco y esquivó la siguiente bomba. Pero la última le cayó justo en la cabeza, y el hombre quedó tendido sobre los otros dos.

      Todos volábamos en círculo dentro del rayo. De pronto Rachel bajó como una exhalación, con Marco en las garras. Aminoró la velocidad en el último segundo y entró con pericia por el agujero.

      Los demás la seguimos. Uno de los controladores se movía, intentaba darse la vuelta. Rachel soltó a Marco, que cayó justamente sobre el hombre y le hundió los colmillos en la pierna. Sólo soltó una pequeña dosis de veneno. Lo suficiente, esperábamos, para dejar sin sentido al controlador, pero no para matarlo.

      El lugar estaba atestado. Había cientos de personas. Los hombres iban de esmoquin, las mujeres con traje de noche. Estaban sentados ante largas mesas, y charlaban, inclinándose unos sobre otros para susurrar algo, picoteaban aperitivos y bebían vino blanco.

      Pero no eran personas normales. Eran personas importantes, poderosas.

      La mesa principal estaba justo delante de nosotros. El hombre más cercano podía habernos tocado. Sólo que, si hubiera estirado el brazo, a él le habría parecido tocar una fría columna de mármol.

      Advertí que uno de los pesos de plomo había rebotado fuera del holograma, y yacía a los pies de una mujer. Por suerte nadie lo había visto surgir de un pilar de mármol macizo.

      Nos transformamos rápidamente, pero creo que todos nos habíamos quedado un poco pasmados. Tres sillas más allá, en la larga mesa, estaba el primer mandatario ruso. ¿Y a su lado? El primer ministro francés.

      Tuve que resistir la fuerte tentación de salir de la columna y avisarles.

      -¡Eh! ¡Mirad aquí a mi amigo Ax! ¡A ver si os enteráis! ¡Nos están invadiendo los extraterrestres! –quería gritar.

      Pero me tuve que aguantar porque aquello estaba abarrotado de tipos vestidos de negro con siniestros bultos bajo las chaquetas y expresiones muy serias.

      Si salía de la columna con Ax, nos caería encima una lluvia de balas de cinco países antes de que pudiéramos decir ni hola.

      El tema de la cumbre era el Oriente Medio. Supongo que la gente se pone muy susceptible cuando se habla de este tema. Y los tipos de los trajes negros y las pistoleras ya debían de ser susceptibles de por sí.

      Así que recuperamos nuestras formas y nos quedamos donde estábamos, apretujados en torno al estanque yeerk. Ax tenía que agarrarse la cola para que no saliera. Yo no quería ni imaginarme lo que pasaría si aquella cuchilla surgía de pronto de una columna de mármol.

      -¿Y ahora qué? –susurró Rachel.

      -Esperaremos –contesté, también en un silencioso susurro. Aunque con el jaleo que había en aquella sala, podríamos haber gritado sin que nadie nos oyera.

      Esperamos hasta que el presidente se sentó entre una salva de aplausos. Esperamos mientras servían la sopa. Y luego esperamos mientras servían la ensalada. Y esperamos mientras servían el pescado.

      De pronto noté un hormigueo en la nuca. Algo iba mal. Algo… Hice una seña a Cassie.

      -Oye, ¿no has dicho que viste al presidente ahí fuera?

      Ella asintió con la cabeza, con expresión interrogante.

      -Dijiste que llevaba pantalones cortos. Ahora lleva puesto un esmoquin.

      Cassie parecía desconcertada.

      -Me habré equivocado. Sería alguien que se parecía al presidente.

      Uno de los controladores se empezó a mover, de modo que Marco se transformó de nuevo en cobra y le inoculó una pequeña dosis de veneno en la pierna.

      Luego vinieron los postres. Y lo peor de todo es que nosotros estábamos muertos de hambre. Con sólo tender la mano habría podido alcanzar un plato de la mesa. Era una cosa rarísima. Era como ser el hombre invisible.

      Pero por fin llegaron los discursos.

      -Preparaos –dije, levantando a los demás, que ya estaban medio dormidos de aburrimiento-. Vamos a quitarles los trajes a estos tipos. Esto… tú no, Rachel. Ni Cassie. Me parece que es un trabajo sólo para los chicos.

      Tardamos unos cinco minutos en tener tres trajes y tres tipos inconscientes en ropa interior.

      Ax, David y yo adquirimos cada uno a uno de los controladores.

      Ya sé lo que estáis pensando. Tenemos una regla sobre convertirnos en otras personas. Pero para mí aquéllas no eran realmente personas. Sus cuerpos eran humanos, pero sus mentes eran yeerks.

      Además, no teníamos más remedio. Hasta Cassie había accedido por esta vez. Si no conseguíamos realizar nuestro plan, los líderes del mundo acabarían como esclavos de los yeerks. No podíamos permitirlo.

      Ax comenzó a transformarse en un tipo de unos treinta años; David en lo que casi parecía una versión de nosotros mismos dentro de veinte años; Rachel y Cassie, muy discretas, se volvieron de espaldas.

      Era una metamorfosis fácil, pero extraña. Tenía la sensación de que no estaba bien utilizar el ADN de otra persona de aquella forma. Era algo un poco… espeluznante. En cierto modo estábamos haciendo algo bastante parecido a lo que hacían los yeerks: estábamos dominando a un ser humano.

      No su mente, por supuesto, porque la metamorfosis sólo te da el cuerpo y los instintos, no la memoria, los pensamientos, el espíritu de un individuo.

      Básicamente estábamos clonando a aquellos tres hombres inconscientes. Haciendo un duplicado exacto de sus cuerpos.

      Para mí la metamorfosis no fue nada. Tenía un aspecto diferente, es verdad, pero no me sentía diferente. Sólo un poco más alto, más pesado, y como si necesitara afeitarme.

      Me puse rápidamente el traje y me pasé la corbata por la cabeza. En cuanto Ax tuvo brazos humanos le pusimos la camisa del otro controlador. Ya habíamos visto a Ax intentar ponerse <<piel artificial>>, como la llamaba él, y no teníamos tiempo para que Ax comprendiera la diferencia entre los brazos de una chaqueta y las perneras de un pantalón.

      Luego intentamos ponerle la corbata. Pero hubo un ligero problema. Cassie había recogido la corbata del suelo y con los nervios había deshecho el nudo. Y ninguno de nosotros tenía ni idea de cómo volverlo a hacer.

      Durante unos diez segundos Marco, David, Tobias y yo nos miramos unos a otros, miramos la corbata, nos volvimos a mirar.

      -¡Mira que sois inútiles! ¿No os habéis puesto nunca corbata? –susurró Rachel entonces.

      Me la arrebató de las manos, la puso al cuello de Ax, hizo un nudo estupendo, lo tensó, le abrocho los botones de la camisa que nosotros habíamos dejado abiertos, le abrochó la chaqueta, le alisó las solapas y le colocó bien el pelo. Y todo en menos tiempo del que nosotros habíamos perdido mirándonos unos a otros con cara de tontos.

      Luego agarró a Ax de un hombro y le dio media vuelta para ponerlo frente a la <<puerta>> del campo de fuerza.

      El plan de los yeerks era sencillo: esperar hasta que uno de los presidentes o primeros ministros desapareciera detrás de la columna de mármol. Entonces, cuando se abriera el holograma durante una fracción de segundo, los dos controladores que estaban junto a la columna empujarían dentro a su víctima.

      El emisor de hologramas proyectaría una imagen del líder, que subiría al estrado y pronunciaría su discurso.

      Una vez terminara el discurso, el hombre parecería caminar por detrás de la columna. En ese momento, el auténtico líder, convertido en controlador, saldría del holograma y se sentaría junto a su esposa y sus asistentes.

      Nuestro plan era igual de sencillo. Esperaríamos a que los controladores empujaran al presidente o a un primer ministro dentro de la columna. Nosotros lo retendríamos y dejaríamos que el emisor proyectara su imagen en el estrado. Mientras tanto, le explicaríamos lo que estaba pasando. Le enseñaríamos a los yeerks. Ax recuperaría su forma para demostrar que era un extraterrestre.

      Luego dejaríamos ir al tipo y repetiríamos la operación con el siguiente líder.

      Era una locura, sí.

      Pero no se nos había ocurrido otra cosa. Y podría haber funcionado.

      Sí, podría haber funcionado si… Si yo me hubiera parado a pensar lo bien que ve un búho de noche, y lo fácil que es reconocer al presidente y el tiempo que hace falta para ponerse un esmoquin.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 21:

      Alguien en el estrado estaba presentando al primer orador.

      -Damas y caballeros, con ustedes un gran hombre, un hombre del pueblo, pero también un hombre que pertenece a la historia…

      Junto a la columna, había apostados dos tipos corpulentos, vestidos de negro, cada uno a un lado de la <<puerta>>.

      La sala estalló en aplausos, y el hombre se levantó y echó a andar hacia nosotros, hacia lo que creía que era una columna de mármol.

      -¿Quién es? –preguntó David.

      -El presidente francés, –contesté-. Creo.

      El presidente francés rodeó la columna y… pasó de largo y subió al estrado.

      Nosotros nos miramos desconcertados.

      -Debe de ser el controlador, –dijo David.

      Yo asentí, pero no estaba muy seguro. Algo me preocupaba, algo se me escapaba. Una terrible sensación de que había pasado algo por alto.

      Por desgracia, como la mayoría de las premoniciones, ésta resultó inútil. Porque, por lo general, las premoniciones de esa clase suelen ser erróneas.

      Aun así intenté concentrarme, descubrir qué era lo que me inquietaba.

      El presidente francés habló durante unos diez minutos, y volvió a su sitio. A continuación hubo otra presentación, y el primer ministro ruso se dirigió hacia el estrado.

      Nosotros nos preparamos de nuevo. Se acercaba, se acercaba…

      Esta vez tenía que pasar. Erek, el chee, contaba siempre con excelentes fuentes de información, y nos había dicho que sólo uno de los jefes de Estado era con toda seguridad un controlador.

      El presidente ruso pasó de largo. Subió al estrado y comenzó a hablar. De vez en cuando se interrumpía para que el intérprete tradujera sus palabras al inglés.

      Entonces lo supe.

      -¡Madre mía! –susurré-. ¡Es una trampa!

      Por un momento me quedé paralizado. No podía pensar. No podía ni respirar.

      Hasta que por fin me di cuenta de que, como mínimo, había una cosa que sí sabía.

      -¡Cuerpos de combate! ¡Ahora mismo!

      Nadie preguntó por qué, nadie vaciló.

      Yo mismo comencé a desarrollar un pelaje de rayas negras y anaranjadas. Pero antes de transformarme del todo agarré a Ax del brazo.

      -Un holograma dentro de un holograma. ¿Es posible?

      Él me miró con expresión perpleja, luego furioso. No hizo falta que contestara.

      Yo ya era medio tigre cuando el primer ministro ruso se echó a reír. Estaba ahí en el estrado, riéndose, aunque todavía parecía estar lanzando su discurso. Miraba hacia el público y hablaba en ruso. Pero de su interior provenía el ruido de una risa.

      <¿Todavía no habéis averiguado la verdad? –preguntó una conocida voz telepática-. ¿No os dais cuenta de lo que ha pasado? Vamos, vamos, seguramente ya lo sabéis. Unos luchadores tan inteligentes como vosotros se lo debían de haber imaginado.>

      Del presidente ruso surgió una pezuña, luego un par de cuernos con ojos, un brazo… Hasta que Visser Tres salió del todo. Fuera del holograma del ruso.

      El ruso seguía hablando. El público movía la cabeza con atención e interrumpía de vez en cuando con aplausos. Pero nada de eso era real.

      Estábamos dentro del holograma de una columna de mármol. Pero el holograma de la columna estaba dentro de un holograma de una sala llena de gente. Un holograma en el que aparecía un presidente que en realidad estaba fuera, vestido con pantalones cortos, como Cassie había dicho.

      <Desconectad el holograma exterior,> ordenó Visser Tres.

      Al instante desapareció la sala llena de gente. Todos los jefes de Estado. Todos los invitados. Toda la comida. Todos los ruidos de risas, aplausos y conversaciones.

      Todo desapareció, y en su lugar surgió la sala de banquetes vacía, excepto por las mesas y sillas.

      Por eso y por un sólido muro de guerreros hork-bajir en torno a nosotros, todos armados con rayos dragón apuntándonos directamente. Por lo menos apuntando a la columna de mármol que ellos veían.

      <Ahora, –prosiguió Visser Tres, con exquisito deleite, -ahora podéis desconectar el holograma interior.>

      Supimos que la columna había desaparecido. Estábamos expuestos a un ejército de hork-bajir, y a menos de un metro de distancia del mismísimo Visser Tres.

      Éramos una extraña colección de animales: un tigre, un león, un oso, un halcón, un lobo, una serpiente y un andalita. Constituíamos una fuerza formidable. Pero no éramos nada comparados con el ejército que nos rodeaba.

      Si uno de nosotros movía un solo dedo, treinta o cuarenta rayos dragón dispararían al instante. Y un segundo más tarde no quedarían de nosotros más que una masa de átomos.

      <A propósito, –dijo Visser Tres radiante, -el auténtico banquete es mañana por la noche.>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 22:

      ¡Atrapados!

      Sólo teníamos dos opciones: rendirnos o morir.

      Aunque en realidad era todavía peor. Incluso si nos rendíamos, no teníamos ninguna garantía de vivir. Como mínimo nos convertirían en controladores.

      <¡Vamos a por ellos! –dijo Rachel-. No tenemos nada que perder. Por lo menos nos llevaremos a unos cuantos por delante.>

      <No, no podemos –aseveró Marco-. No llegaríamos a ponerles la garra encima. Nos freirán antes de que demos ni un paso.>

      <¿Vamos a morir?>, gimió David.

      Cassie frotó el morro contra él para consolarlo, en la medida en que un lobo puede consolar a un león.

      <Invertid la metamorfosis –ordenó Visser Tres-. No os preocupéis, no tengo intención de mataros. Al fin y al cabo seréis seis cuerpos andalitas. Será un gran logro para mí. Mis lugartenientes de confianza tendrán el poder de la metamorfosis. Y a eso hay que añadir que controlaremos a los líderes más importantes de este planeta. Sí, seré Visser Uno antes de que acabe la semana. ¡Ja, ja, ja! ¡Dentro de un año estaré sentado en el Consejo de los Trece!>

      Aquel monstruo maligno casi bailaba de alegría. Tenía tales ganas de lanzarme sobre él y tal vez, sólo tal vez, ponerle una garra encima, que casi no podía ni pensar.

      Pero al mismo tiempo algo de lo que había dicho no me cuadraba. Bueno, no me cuadraban varias cosas que había dicho. Para empezar, sólo habia contado a seis de nosotros. Era evidente que no podía haber pasado por alto a un león, un oso, un tigre o un lobo. Y desde luego no podía haber pasado por alto a Ax.

      Intenté mirar de reojo para ver a los demás. Divisé a Tobias, que estaba al descubierto, bien a la vista de Visser Tres. Así que sólo quedaba…

      ¡Marco!

      Sí, a una serpiente se la puede pasar por alto. Sobre todo si la serpiente estaba detrás del estanque de acero inoxidable.

      <¡Marco! ¿Te está viendo Visser?>

      <Probablemente no. Pero me están viendo unos nueve mil hork-bajir.>

      <Marco… ¿te están mirando? ¿Te está mirando alguno?>

      <Pues no.>

      Era como si el cerebro me funcionara a cámara lenta. Visser Tres no había visto a Marco. Sus hork-bajir no parecían estar mirándole. Y Visser Tres todavía planeaba capturar a los jefes de Estado. Todo lo cual significaba… ¿Qué?

      <Se me está acabando la paciencia –dijo Visser Tres-. Transformaos ahora mismo. Si os negáis os iré matando uno a uno hasta que obedezcáis.>

      Alzó un arma de rayos dragón y nos fue apuntando con ella. Tobias… Rachel… Yo….

      <¿Quién será el primero en morir?>

      <¡Un momento! –gritó David-. ¡No dispares! Me transformaré. No me importan estos… ¡AAAAAAHH!>

      Cassie le había pegado un mordisco en la pata trasera. La dulce, gentil Cassie.

      ¡GRRRRRRRROOOOOOOOAAAARRRRRRR!

      Presa de la rabia y el dolor, David soltó tal rugido que a mí me vibró la piel y Visser Tres pegó un brinco. Instintivamente David se volvió de golpe, queriendo clavar los colmillos en la cabeza de Cassie, pero Cassie era demasiado lista y ya estaba fuera de su alcance.

      <¡Quietos! –chilló Visser Tres-. ¡Quietos o disparo ahora mismo!>

      <¡David! –exclamé yo-. ¡Domínate! ¡Basta ya!>

      Los hork-bajir se limitaban a mirar, con las armas alzadas, aquella extraña lucha entre lobo y león.

      Y entonces empecé a ver las cosas claras. Justo en ese momento la última pieza del rompecabezas encajó en su lugar.

      <¿Cómo demonios ha metido aquí a todos estos hork-bajir? –pregunté de pronto-. ¡Si nosotros apenas pudimos meter una libélula!>

      ¿Estaría en lo cierto? ¿O era pura desesperación?

      <¡Rachel! Explícale a David que tiene que dominarse.>

      Rachel estaba a cuatro patas. Alzó el torso y lanzó un zarpazo que alcanzó a David en las fauces. El león se tambaleó. Cassie soltó a David y retrocedió de un brinco.

      <¡Ja! Andalitas peleando entre ellos –exclamó Visser radiante-. Pero por muy entretenido que resulte, os ordeno parar.>

      <¡Me ha mordido!>, gritó David indignado.

      < Voy a matarte a ti primero>, anunció Visser a David.

      <¡No! ¡Me voy a transformar! ¿Lo ves? ¡Me estoy transformando!>

      <Calla, patética sabandija cobarde –chilló Rachel-. ¡No tendrás que esperar a que te mate Visser Tres!>

      <¡Me están amenazando!>, gimió David, corriendo hacia Visser Tres.

      Entonces lo supe con seguridad. Visser Tres apuntó con el rayo dragón a David, aunque vacilaba. Pero lo más importante es que ninguno de los hork-bajir se había movido siquiera.

      <¡Estoy de tu lado!>, gritó David.

      <Gran error, David –dije con frialdad-. ¿Ax?>

      <Sí, príncipe.>

      <Un holograma dentro de un holograma. Eso es lo que tenemos, ¿no?>

      <Sí. El holograma de la columna de mármol estaba dentro del holograma del banquete.>

      <¿Y hay algún impedimento… algún impedimento técnico, quiero decir, para un holograma dentro de un holograma dentro de un tercer holograma?>

      <¿Un tercer holograma?>, repitió Rachel.

      <Sí, un holograma de todo un ejército de hork-bajir, –contesté-. Una proyección. Una fachada. No creo que realmente estén aquí. Creo que Visser Tres sí está, tal vez con un par de controladores humanos. ¿Pero este ejército de hork-bajir? No, yo creo que es un puro escenario. Para mí que estamos viendo una película.>

      <¿Estás seguro?>, preguntó Cassie.

      <Marco, tú estás fuera de la vista de Visser Tres. Empieza a avanzar hacia los hork-bajir.>

      <¿Qué los ataque? ¿Yo solo? Jake, chaval, más vale que tengas razón.>

      <Sí, más vale.>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 23:

      <Voy hacia allí>, dijo Marco.

      Si me equivocaba, Marco sería el primero en morir. Pero lo cierto es que si me equivocaba, todos le seguiríamos de cerca. Todos excepto tal vez David.

      David se encontraba junto a Visser Tres. Estaba recuperando su cuerpo, aunque muy poco a poco. De momento era imposible saber que era humano, pero en pocos segundos…

      ¡No! ¡David se transformaba de nuevo! Volvía a ser cada vez más león.

      <Oye, Jake –dijo Marco-, acabo de morder a un hork-bajir en la pierna, y ha sido como morder aire. Lo he atravesado. Es un holograma, pero sin campo de fuerza.>

      <¡Es un holograma! –exclamé triunfal-. ¡No hay ningún hork-bajir! Sólo estamos nosotros y Visser.>

      <Vaya, vaya, -dijo Rachel-. Creo que voy a…>

      <No –repliqué-. Yo soy más rápido que tú. ¡Yo me encargaré de él!>

      <Pero yo estoy más cerca>, terció de pronto David, que se encontraba a medio metro de Visser Tres.

      <¡Asquerosa abominación! –gritó Ax-. ¡Si quieres matar a alguien, mátame a mí primero.>

      ¡Un movimiento de distracción! ¡El bueno de Ax!

      Visser Tres apuntó con su rayo dragón a Ax, ¡y David atacó! Lanzó un fuerte zarpazo a las rodillas de Visser, y el líder cayó de bruces con todo su peso, pero sin soltar el arma.

      En un instante David estaba sobre él.

      Los hork-bajir se limitaban a mirar, pero a través del holograma de los guerreros aparecieron media docena de controladores humanos armados.

      David se lanzó al cuello de Visser.

      ¡BANG! ¡BANG!

      Una bala atravesó el hombro de David, dejando un agujero rojo del tamaño de una moneda. Un pinchazo para un león. Pero David se retiró, y Visser Tres ya se estaba transformando.

      <¡No utilicéis las armas humanas, idiotas! –chilló-. ¿Queréis que se entere toda la urbanización? ¡Sacad los rayos dragón!>

      Era mi turno de entrar en batalla. Salté sobre el controlador más cercano y caí sobre él cuando se metía la mano en la chaqueta.

      El hombre atravesó la barrera holográfica de impasibles hork-bajir.

      De pronto nos encontramos fuera de la ilusión. Estábamos en la sala de banquetes vacía. Yo me aparté del controlador humano y le pegué un zarpazo en la cara. El hombre perdió el conocimiento. No moriría, pero recibir un zarpazo de tigre, incluso con las garras escondidas, es como ser golpeado en la mandíbula por un bloque de cemento.

      El resto de los controladores todavía estaba intentando sacar sus rayos. David estaba encima de Visser Tres, pero éste se hacía más poderoso por segundos. No sé en qué espantoso alienígena se estaba transformando, pero era una cosa oscura y enorme, y tenía más brazos de los que debiera.

      Salté sobre otro controlador, pero Rachel estaba detrás de él y le dio un golpecito en la cabeza. Un golpecito de un oso fue más que suficiente. El hombre se desplomó como un saco de patatas.

      Dos controladores habían sacado sus rayos dragón y nos estaban apuntando.

      Cassie saltó.

      En ese momento se oyó el silbido de un rayo dragón, y Cassie aulló y cayó sin llegar a su objetivo. Tenía una quemadura en el costado, como si alguien le hubiera pasado un tubo al rojo vivo. Me llegaba el olor a piel quemada. El controlador que había disparado apuntó el rayo hacia la cabeza.

      <¡No!>, grité.

      Visser Tres había logrado apartar a David, pero por muy enorme y aterrador que se hubiera vuelto, de pronto descubrió que tenía la cuchilla de una cola andalita en el cuello.

      <¡Di que no disparen! –advirtió Ax-. Si aprieta el gatillo del rayo dragón, te arranco la cabeza.>

      Todo se paralizó, Nadie se movía. El único sonido era el de nuestros jadeos.

      <¿Un empate? –gritó Visser Tres-. ¡Ni hablar! ¡Os tengo! ¡Acabaré por fin con vosotros! ¡No escaparéis!>

      Ax presionó la cuchilla contra la oscura piel de lagarto del cuello de Visser, hasta que comenzó a brotar sangre negra. Pero ni aun así Visser estaba dispuesto a ceder. Se había tomado muchísimas molestias para capturarnos. Había corrido un gran riesgo. Y hace falta ser muy decidido para llegar a ser Visser del imperio yeerk.

      <¿Cuál de vosotros es el humano?>, preguntó con tono sedoso e insinuante.

      Ax se apresuró a responder.

      <¿Humanos? –dijo, forzando una carcajada-. Estás perdiendo la cabeza, Visser. Los humanos no pueden transformarse.>

      <Sé que encontrasteis la caja azul –replicó Visser con calma-. Sé que la encontró un chico humano llamado David. Y sé que vosotros, bandidos andalitas, le capturasteis. Así que o lo habéis matado o lo habéis convertido en uno de los vuestros. Pero los andalitas, con vuestra moral hipócrita nunca mataríais a alguien a sangre fría.>

      Se estaba transformado, recuperando su robado cuerpo andalita. Y emergían sus cuernos con ojos, que giró para mirarnos uno a uno.

      <Uno de vosotros es un chico humano llamado David. Es a ti a quien hablo, David. ¿David? Tus padres están conmigo. Te echan de menos. Quieren verte.>

      <David, no digas ni una…>, comencé yo. Pero demasiado tarde.

      <¡Tú capturaste a mis padres! –exclamó David-. ¡Los has convertido en… en yeerks!>

      <Sí. Pero contigo no haríamos eso, David. Te doy mi palabra. Podrás ser libre y vivir con tus padres.>

      <¡Mentiroso! –terció Ax-. La palabra de Visser Tres…>

      <No tienes otra elección –prosiguió Visser, ignorando a Ax-. Sabemos cómo eres. Jamás podrás salir al descubierto de nuevo, David. Jamás podrás acudir a ninguno de los entretenimientos humanos. Jamás…>

      <¡Silencio!>, ordenó Ax.

      <¿Tienes miedo de que el joven humano sepa la verdad? ¿Lo ves, David? No pueden permitir que conozcas la verdad. ¡Los andalitas son una raza de mentirosos!>

      Uno de los controladores se tocó el auricular que llevaba en la oreja.

      -¡Visser! ¡Vienen los humanos!

      <¿Qué decides, David? –preguntó Visser-. Ven con nosotros. Te llevaremos con tus padres.>

      <No pierdas el tiempo, Visser>, replicó Ax.

      -¡Visser! ¡Los humanos vienen a toda prisa! Es el servicio secreto de Estados Unidos. Tenemos interceptadas sus comunicaciones. Están buscando de dónde viene todo este ruido. ¡Llegarán dentro de unos minutos!

      Visser Tres vaciló. En su rostro se leía la frustración. Sus ojos principales ardían de rabia.

      <Ven con nosotros, David. Vuelve a tu casa. Nosotros te cuidaremos. ¡Ven! ¡Te haremos muy poderoso! ¡Estarás seguro!>

      Visser Tres comenzó a transformarse. Esta vez se estaba convirtiendo en Tony, el jefe de protocolo. Uno de los controladores ya estaba abriendo el maletín que contenía uno de los trajes de Tony.

      <Volved a conectar el holograma interior –ordenó Ax-. Esperad a que estemos todos dentro.>

      Nos separamos. Como dos ejércitos durante una tregua. Los yeerks retrocedieron hasta la puerta mientras Visser Tres seguía convirtíendose en humano.

      Nos dirigimos hacia la zona que quedaría oculta tras el holograma de la columna. Diez minutos después estábamos fuera de la urbanización. Temblorosos, con muchas dudas y sin haber avanzado en nuestro propósito de proteger a los líderes del mundo.

      Pero vivos.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 24:

      Volamos a casa en la oscuridad. Yo conocía a mis amigos. Sabía quién explotaría y cuándo. Fui contactando con todos uno a uno, por telepatía privada.

      <No digas ni una palabra, Marco>, advertí.

      <¿Sobre qué? ¿Sobre que David estaba dispuesto a…?>

      <No tengo tiempo de discutir, Marco. ¡No digas nada!>

      Es una cosa que no hago nunca. Nunca doy órdenes. Es verdad que se supone que soy el líder, pero no doy órdenes. Me da la sensación de que no tengo derecho. Pero esta vez no tuve más remedio. Una palabra mal dicha, y la situación podía empeorar todavía más.

      <Oíd, chicos, vosotros sabéis que sólo intentaba engañar al yeerk, ¿verdad?>, dijo David.

      <Sí, ya,> contestó Rachel.

      <¡Rachel, cállate!>, le espeté en privado.

      <¡Es verdad! –insistió David-. ¡No pensaba rendirme! ¡Y no tienes derecho a llamarme cobarde, Rachel! ¡Puede que la cobarde seas tú!>

      <¡Rachel! No digas ni una palabra –ordené de nuevo-. ¿Me has oído? Ni una palabra.>

      Luego fui contactando con Tobias, Ax y Cassie. El mensaje era siempre el mismo: que nadie contradiga a David. Todos debíamos aceptar su historia. Todos le seguiríamos la corriente como si le creyéramos.

      <A ver –decía David-, al final fui yo quien le atacó, ¿verdad? Yo corrí el riesgo. Y eso que Cassie me había mordido la pierna, una cosa que no hacía ninguna falta.>

      <Lo has hecho muy bien, David>, aseguré.

      <Sí. Creo que casi terminaste con Visser>, apuntó Marco.

      <Me has dejado impresionada –dijo Rachel, aunque luego me añadió en privado-: El muy cobarde traidor. Va según sopla el viento. Se volvió contra Visser Tres en cuanto vio que podíamos vencer.>

      David pareció relajarse. Luego fue un poco más allá: comenzó a presumir.

      <¿Os creéis que ese tipo me da miedo? Ni hablar. Visser y yo tenemos una cuenta pendiente. Habría acabado con él, lo que pasa es que no pude porque tenían atrapada a Cassie.>

      <Sí, gracias por contenerte, David –respondió Cassie-. Supongo que me has salvado la vida.>

      <No ha sido nada.>

      Y así fuimos durante todo el trayecto de vuelta al granero: David presumiendo, nosotros siguiéndole la corriente. Y la verdad era que yo no podía estar totalmente seguro de que David estuviera mintiendo.

      Mi instinto me decía que mentía. Que se había rendido a Visser y que sólo se había vuelto contra él cuando, como Rachel había dicho, vio que el viento soplaba a nuestro favor.

      Pero no podía estar seguro. Lo único que sabía con seguridad era una cosa: no podíamos mostrarle nuestras sospechas. Si David mentía, no haríamos más que ponerle en guardia. Y si decía la verdad, nuestras dudas destruirían la frágil confianza que había entre nosotros.

      De modo que teníamos que callarnos y seguirle el juego. De momento.

      Llegamos al granero muy tarde. Rachel tuvo que volver a su casa a toda prisa si no quería quedarse castigada para toda la eternidad. Cassie se inventó la historia de que había encontrado a un mapache herido y que el animal se le había escapado. Sus padres aceptarían una excusa así. Marco estaba frito, a menos que tuviera suerte y su padre hubiera salido esa noche. Pero resultó que no era así, y Marco tuvo que pasarse una semana abonando el césped y sin tele.

      Ax y Tobias no tenían problemas de ese tipo. Yo tampoco. Sabía que Tom estaría fuera, y como mis padres habían salido de la ciudad, no corría peligro de que me castigaran.

      Hablé en privado con Tobias y Ax, luego volví a casa y recuperé mi cuerpo. Deshice la cama y metí un par de almohadas debajo de las mantas para que pareciera que estaba durmiendo. Devoré algo de comida y dejé los platos sucios para que Tom pensara que había cenado antes de irme a la cama. Incluso dejé encendida la televisión, una cosa que a veces hago sin darme cuenta.

      Entonces me volví a transformar y volé de vuelta al granero. Allí recuperé la forma humana, agachado y temblando sobre la plataforma del camión del padre de Cassie. No vi a Ax ni a Tobias, pero sabía que estaban ahí fuera en la oscuridad.

      Medianoche. Nada.

      La una de la madrugada. Nada.

      Quizá me equivocaba. Tenía la esperanza de equivocarme. Pero si no me equivocaba, no sabía qué iba a hacer.

      Os voy a decir una cosa. A la una de la mañana es muy difícil intentar ser optimista. Todo resulta de lo más deprimente a esa hora.

      La casa de Cassie estaba a oscuras. Todo el mundo dormía.

      Las dos de la mañana.

      Había empezado a caer una ligera lluvia. Sólo que no hay lluvia que sea <<ligera>> cuando uno está agachado sobre un saco de turba en la plataforma de un camión, vestido con pantalones de ciclista y una camiseta.

      Bajé con cuidado de la plataforma y me metí en la cabina. ¡Increíble! La llave estaba en el contacto. Encendí la batería y puse la radio muy bajita. Por lo menos era todo un progreso.

      Las dos y media.

      Me había equivocado con David. Si se quedaba en el granero, yo estaba equivocado. Y David seguía en el granero.

      Yo no hacía más que recordar la escena una y otra vez. El momento en el que dijo: <<¡Espera! ¡No dispares! Me voy a transformar. No me importan éstos…>> Y luego la pelea entre Cassie y él.

      ¿Decía David la verdad? ¿Había sido un plan para acercarse a Visser Tres? ¿Cassie se había metido por medio sin necesidad?

      <<¡Me están amenazando!>>, había gritado cuando se puso de lado de Visser Tres. ¿Era todo parte de un plan?

      Intentaba combatir el sueño, pero sin mucho éxito. Estaba tan adormilado que la cabeza se me caía hacia delante. Tenía irritados los ojos de tanto mirar el granero.

      Y así que cuando pasó, me lo perdí.

      Pero Ax estuvo al tanto.

      <Aquí Aximili –dijo telepáticamente, todo lo fuerte que pudo-. Tenemos un águila saliendo del granero.>

      La voz telepática de Tobias llegó desde un punto más cercano.

      <Ya la veo. Jake, espero que me oigas, porque tenemos un traidor.>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

   Capítulo 25:

      Tobias aterrizó junto a mí en el camión.

      -Síguele –ordené-. Pero que no te vea. Ax y yo iremos detrás.

      Tobias abrió las alas y echó a volar.

      <No será fácil, Jake –dijo-. En la oscuridad sus ojos son tan buenos como los míos. Los dos avanzaremos bastante despacio.>

      -Haz lo que puedas –contesté. Yo ya me estaba transformando en halcón peregrino.

      David tenía bastante ventaja sobre Tobias, y más todavía sobre Ax y yo. Ax también se estaba transformando en ave.

      A ninguno de nosotros se nos daba especialmente bien volar de noche, pero las águilas reales son rápidas. Más que los ratoneros.

      Me reuní con Ax en el aire sobre el granero de Cassie. Por un momento pensé en llamar a Cassie, a pesar del riesgo de que sus padres se dieran cuenta de que se marchaba. Pero no había tiempo. Y tres de nosotros seríamos suficientes para encargarnos de David.

      Ax y yo volamos deprisa. Llamábamos constantemente a Tobias, pero estaba fuera de nuestro alcance. No lo veíamos, ni a él ni a David.

      ¿Se dirigirían hacia la casa de David? ¿Pensaba David entregarse a los yeerks? ¿Podía ser tan estúpido?

      Una vez más me enfrenté al hecho de que no conocía a David. Seguía siendo un factor impredecible. ¿De qué sería capaz?

      No se le veía por ninguna parte. No había forma de saber si Tobias lo había localizado.

      <Ax, vamos hacia la casa de David>, dije.

      <Sí. Buena idea –convino él-. Cuando…> Ax se interrumpió.

      <¿Qué?>

      <Si David se une a los yeerks, ¿qué vamos a hacer con él?>

      <No lo sé.>

      Volamos sobre casas oscuras, sobre calles desiertas, sobre oficinas vacías. Cada pocos minutos llamaba a Tobias, siempre sin obtener respuesta. Hasta que se me ocurrió otra posibilidad. Tal vez no era que Tobias estuviera fuera de nuestro alcance. ¡Quizá Tobias no podía contestar!

      <Ax, a ver si ves a Tobias.>

      <Ya lo he buscado. No se le ve por ninguna parte.>

      <Quizá no está en el aire. A ver si lo ves en el suelo.>

      <¿Crees que David le habrá atacado?>

      <Ax, ya no sé qué pensar. Sólo espero que todo esto sea un malentendido. ¿Cómo vamos a luchar contra un traidor? ¿Cómo vamos a luchar contra un animorph?>

      <Estamos cerca de la casa de David>, señaló Ax.

      <Visser Tres dijo que cuidarían de David si iba a su casa. Lo cual significa que la estarán vigilando por si aparecemos.>

      Ya habíamos llegado a la casa. Todavía se veían señales de la épica batalla que habíamos sostenido allí. La ventana de la habitación de David era un agujero del que aún pendían cristales rotos y maderas astilladas.

      Al otro lado de la casa había un furgón marrón aparcado.

      <¿Cuántos hork-bajir estarán apiñados ahí dentro?>, pregunté.

      <No veo a David. Ni a Tobias.>

      <Yo tampoco. Pero David podría estar en la casa. Voy a entrar a ver.>

      <Príncipe Jake, esto es una trampa.>

      <Sí, ya lo sé. Los yeerks están esperando a David. Pero si David está en la casa, es posible que no le hayan visto llegar. Tal vez David está dentro y los yeerks no se han enterado. O tal vez David esté dudando. Puede que necesite tiempo para pensar en todo esto.>

      <Eso es un número inaceptable de <<tal vez>>.>

      <Sí, desde luego. Oye, Ax, te necesito en tu forma más peligrosa. Es decir, tu cuerpo andalita. Aterriza dos casas más allá y transfórmate. Tendrás que estar listo para saltar unas cuantas vallas.>

      <¡Debería quedarme contigo!>

      <No. Voy a ir solo. Si hay alguna posibilidad de hacer cambiar a David, ésta es la única manera.>

      Me habría gustado fingir que era una especie de héroe temerario. Pero no habría sido real.

      Tal vez haya personas que no tienen miedo cuando se enfrentan a la muerte. Pero creo que se las llama lunáticas, no héroes.

      Tenía miedo. Sabía lo que había en el furgón, pero no lo que había en aquella casa destrozada y abandonada.

      Lo que sí sabía es que no tenía tiempo para transformarme en otra cosa, ni para preparar algún plan inteligente. Lo único que podía hacer era volar.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 26:

      Corté el aire frío y quieto de la noche, y bajé hacia el agujero que había sido en otro tiempo una ventana.

      Dentro se veía un extraño cuadro. Durante la batalla, habíamos destruido las paredes y los muebles, y la casa había quedado medio derruida. Pero alguien había puesto la cama en su sitio y frente a un televisor. El aparato estaba encendido, pero la imagen era mala, con interferencias.

      En una pata de la cama estaba posada un águila real, viendo la televisión.

      Y entonces vi al otro pájaro. Era un amasijo de plumas sobre una sábana arrugada y manchada de sangre.

      <¡Tobias!>, exclamé.

      No obtuve respuesta.

      El águila real volvió la cabeza para mirarme.

      <Me estaba siguiendo, –dijo David-. Intentó detenerme.>

      Una voz en mi cabeza gritaba <<¡No!>>. Gritó una y otra vez, hasta que los gritos se convirtieron en un largo gemido <<¡No, no, no, no!>>.

      <¡Tobias!>, llamé de nuevo.

      Nada.

      No sabía qué hacer. El águila, David, era tres veces más grande que yo. Estaba solo. Agucé el oído, intentando oír la respiración de Tobias.

      <David, no puedes hacer esto>, dije con toda la calma posible.

      <¿Hacer qué, Jake? ¿Entregarme a los yeerks? Por supuesto que no. ¿De verdad me crees tan idiota?>

      <¿Entonces qué estás haciendo? –grité, no tan calmado-. ¿Qué has hecho? ¿Por qué has herido a Tobias?>

      <¿Herirle? No, hombre. Está muerto, por si lo quieres saber –aseguró David-. Muerto del todo.>

      Fue como recibir un golpe en la cabeza. Seguía intentando captar algún sonido procedente del amasijo de plumas. Pero no se oía nada.

      Me sentía débil, indefenso. ¿Cómo había podido pasar aquello? ¿Cómo había podido permitir que sucediera?

      <¿Por qué haces esto?>, pregunté suplicante.

      <¿Qué otra cosa puedo hacer? Los yeerks me conocen. Mis padres me entregarían a ellos. Y tú y los demás… Mira, la otra noche me lo dejaste muy claro en aquel hotel, ¿no es verdad? ¿Qué fue lo que dijiste? Algo como: <<Si vas por ahí utilizando los poderes a tu antojo, no puedes quedarte en el grupo. Eres un peligro para nosotros.>>

      Yo no había olvidado aquellas palabras.

      <¿Crees que no sé que me estabas amenazando, Jake? –prosiguió David-. No pienso pasarme el resto de mi vida recibiendo órdenes tuyas, ni de Marco, Rachel o Cassie. <<Tienes que hacer lo que digamos o nunca serás un chico popular.>> Menudo rollo. Esto es como en el colegio. Mira, mi familia se mudaba muy a menudo, y yo siempre era el chico nuevo del cole. Me acostumbré a que los <<chicos populares>> me pisotearan. Y ahora pasa lo mismo. Marco, Rachel, tú, sois geniales y yo soy el chico nuevo, así que os creéis que me podéis mangonear. Rachel se atrevió a llamarme cobarde. ¿Por qué? ¿Porque quiero sobrevivir?>

      <¿Has asesinado a Tobias porque pensabas que esto era como un estúpido lío de colegio?>, grité.

      <¿Asesinarlo? No, hombre, no –contestó él con una carcajada-. Tobias era un pájaro. A un pájaro se le puede matar, pero no asesinar. Yo nunca cometería un asesinato. Nunca mataría a un ser humano. Pero un animal es una cosa muy distinta…>

      Me miró fijamente con sus llameantes ojos de águila. ¿Qué podía hacer yo? David era más grande, e igual de rápido que yo. Si había vencido a Tobias, con toda su experiencia, podía vencerme a mí.

      <¿Qué otra cosa puedo hacer, Jake? –preguntó David, casi con tristeza-. No tengo familia, no tengo casa. Ni siquiera puedo salir al descubierto como humano. Los yeerks me buscan. ¿Tengo que vivir para siempre en el granero de Cassie? ¿Tengo que pasarme la vida haciendo lo que me dicen? ¿Tengo que dejar que Marco se burle de mí y que Rachel me desprecie? ¿Y mientras tanto correr el riesgo de quedarme atrapado en el cuerpo de una pulga o algo peor? ¿O de que me maten? Mira, a lo mejor tú quieres ser un gran héroe, Jake, pero yo no. Ahora tengo poderes y pienso utilizarlos.>

      <Los yeerks nunca dejarán de buscarte.>

      <Pero nunca me encontrarán. Lo único que tengo que hacer es adquirir algún otro cuerpo humano. Puedo ser humano durante dos horas seguidas. Incluso tengo ya una persona en mente. Y gracias a mis poderes puedo conseguir lo que quiera. Puedo ser millonario si se me antoja.>

      <Si no te atrapan los yeerks, te atraparemos nosotros>, aseguré.

      <Sí, ya lo sé. Pero antes erais seis y ahora sólo sois cinco. Y muy pronto, Jake, sólo seréis cuatro.>

      En ese momento el águila abrió las alas y se lanzó contra mí.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 27:

      ¡El águila real era enorme! Parecía llenar toda la habitación con sus alas. Sus garras abiertas me destrozarían en un instante.

      Me dejé caer y aterricé de espaldas en el suelo. Una cosa que ningún halcón haría. Algo que los instintos de águila de David no podían haber previsto.

      El águila pasó de largo sobre mí. Me metí debajo de la cama, arañando como loco el suelo con las garras. De nuevo, algo nada propio de un halcón.

      <¿Cuánto tiempo crees que puedes esconderte ahí?>, se burló David. Pero se notaba la rabia en su voz.

      Agachó la cabeza y se asomó, casi con un gesto cómico, bajo la cama. Podía entrar a por mí, pero estaría más estrecho todavía que yo. No podría ni moverse.

      Voló hasta la ventana. Vi que sus garras crecían. Se estaba transformando. Grave error. David tenía los mismos poderes de metamorfosis que yo, pero no mi experiencia. Estaría indefenso mientras se transformaba. Era el momento de escapar.

      Sólo que yo no quería escapar. Sobre todo sabiendo que Tobias yacía muerto en la cama encima de mí.

      Yo había luchado muchas veces contra hork-bajir, taxxonitas, incluso contra Visser Tres. Siempre había entrado en la pelea esperando ganar. Pero nunca me había lanzado esperando matar.

      Esta vez era diferente. No quería escapar. Quería acabar con David.

      Quería venganza.

      Unos pies humanos emergieron de las garras de águila. Yo calculé el momento cuidadosamente, salí de debajo de la cama y batí las alas.

      David medía entonces un metro de altura, y todavía estaba cubierto de plumas. Su rostro era de águila, pero los dedos humanos comenzaban a surgir al final de las alas.

      David agarró con torpeza un tablón de madera del tamaño de un bate de béisbol.

      <Venga, pajarito –dijo. -Intenta salir por la ventana.>

      Yo batí las alas, haciendo un ruido tremendo. Pero no volé. Me deslicé por el suelo sobre las patas, utilizando las alas para ganar velocidad. David se dio cuenta e intentó doblarse para dar un golpe en el suelo. Sólo había un problema: todavía era más pájaro que humano. Y los pájaros no tienen cintura.

      ¡PLAF! El golpe no me alcanzó. Yo había penetrado la guardia de David y volaba hacia su rostro.

      David se tambaleó hacia atrás, protegiéndose la cara con sus manos a medio formar. Pero yo estaba demasiado cerca y él era demasiado torpe.

      Le arañé la cara con las dos garras.

      -¡Aaaaaaaaahhhhh! –gritó, con una boca más de humano que de ave.

      Yo hundí una garra en la nariz que comenzaba a aparecer y…

      PUM PUM PUM PUM. El ruido de unos pasos a la carrera. ¡PLAF! La puerta se abrió de par en par y los hork-bajir irrumpieron en la habitación.

      David todavía estaba cegado por mis plumas y por la sangre. Yo le solté de inmediato y me volví hacia la ventana. La atravesé justo cuando varias garras hork-bajir me hendían las plumas de la cola.

      ¡Y en ese momento David saltó al vacío! Cayó sobre mí, arrastrándome hacia abajo. Descendíamos muy deprisa, en dirección a la piscina.

      David ya se estaba transformando.

      Los hork-bajir saltaron sin miedo por la ventana. Eran una especie criada en los árboles, y una caída de tres metros no era nada para ellos.

      ¡FUMP!

      ¡FUMP!

      ¡FUMP!

      Tres grandes hork-bajir aterrizaron sobre la hierba. Sus pies de tiranosaurio se hundieron en el suelo. Sus cuchillas llameaban bajo la tenue luz. Yo yacía aturdido, con las plumas tiesas y cubiertas de barro. David se transformaba lo más deprisa que podía. Sus rasgos humanos casi habían desaparecido.

      Pero ninguno de los dos podía echar a volar lo suficientemente rápido como para tener tiempo de pasar sobre la cerca y escapar. Yo necesitaba carrerilla para poder elevarme a esa altura tan deprisa, y con la piscina a mis espaldas estaba atrapado. Los hork-bajir corrían hacia nosotros.

      Todo terminaría en unos segundos. Me tensé, esperando la cuchillada que me partiría en dos.

      Pero en ese momento algo pasó volando sobre la cerca, sobre la piscina. No, no volaba. ¡Planeaba a la velocidad de una bala!

      Ax aterrizó valientemente entre los hork-bajir y yo.

      <Pensé que necesitarías ayuda, príncipe Jake>, dijo con toda calma.

      -¡Un andalita! –exclamó con desprecio el hork-bajir más grande.

      <Sí, un andalita –replicó Ax, con la arrogancia natural de su pueblo. -Qué lastima para ti, yeerk.>

      Hay que decir que un andalita no es rival para tres hork-bajir. Pero los yeerks muestran un respeto muy saludable por las colas andalitas, de modo que los hork-bajir vacilaron.

      No por mucho tiempo, pero fue suficiente. Ax tendió el brazo, me recogió con sus muchos dedos y saltó hacia atrás por encima de la piscina.

      <¡Vaya! ¡No sabía que podías hacer una cosa así!>, exclamé.

      <Yo tampoco>, dijo él.

      Los hork-bajir rodearon la piscina. Ahora que habían superado su vacilación inicial, estaban empeñados en acabar con el único andalita que podían ver a las claras.

      De modo que abandonaron a David.

      Ax se volvió y saltó la cerca. Los hork-bajir no se molestaron en saltar. Cargaron contra la cerca directamente, convirtiéndola en astillas con un terrible estruendo.

      Varias luces se encendieron en las casas vecinas.

      Pero era demasiado tarde para los hork-bajir. Demasiado tarde para darse cuenta de que en el jardín vecino también había una piscina.

      Ax saltó sobre ella. Los hork-bajir cayeron al agua.

      ¡SPLAAAAAASSSSHH!

      Aquellas criaturas de más de dos metros no se ahogarían. La piscina sólo tenía dos metros de profundidad. Pero tampoco nos atraparían.

      Un águila pasó volando.

      <¡Tengo que ir a por él!>, exclamé.

      <Espera a que me transforme e iré contigo>, dijo Ax.

      <No. ¡No podemos perderlo! No me sigas. Ve a por ayuda. Trae a Rachel, que vive aquí cerca. Que se transforme en búho para encontrarnos. Si puede.>

      <Buena caza, príncipe Jake.>

      Normalmente le habría dicho: <<No me llames príncipe.>> Era una vieja broma entre Ax y yo. Pero no era momento de bromas.

      <Ax, creo que Tobias está muerto. Creo que David le ha matado.>

      <Sería terrible.>

      <Sí. Trae a Rachel. Si David ha matado a Tobias tal vez nosotros también tengamos que hacer algo terrible. Ve a por Rachel.>

      Abrí las alas y salí volando en pos del águila real.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 28:

      David me vio. Sabía que era más fuerte que yo en el aire, pero aun así siguió volando.

      Volábamos en la oscuridad, tan deprisa como podíamos. Pasamos sobre el colegio, pasamos sobre el solar donde habíamos conocido a Elfangor y donde nos convertimos en lo que somos hoy.

      Yo pensé que David se dirigía hacia el granero de Cassie, pero también lo pasó de largo, como si no tuviera un destino concreto.

      <Llevas mucho tiempo con esa forma, Jake –me dijo-. Más vale que te transformes.>

      <No tanto tiempo como el que llevas tú, David.>

      <Sí, tienes razón. Estaba buscando un sitio adecuado, pero supongo que tendré que conformarme con lo que hay.>

      No supe qué quería decir. Pero entonces vi que bajaba hacia el desierto centro comercial.

      Aterrizó sobre el tejado y, al cabo de un momento, desapareció detrás de un enorme aparato de aire acondicionado.

      Miré hacia atrás, por si Ax había decidido seguirme. Pero no. Ax había ido a buscar a Rachel, tal como yo le había dicho.

      El cielo estaba desierto.

      Bajé hacia el centro comercial, evitando el área en la que había aterrizado David. Por fin me posé, exhausto de tanto aletear. Escudriñé temeroso la oscuridad y agudicé el oído. Nada.

      Alcé la cabeza para ver si David echaba a volar otra vez, pero sabía que no lo haría. David había elegido el sitio, y no pensaba huir.

      Me transformé y me quedé allí, sintiéndome fuera de lugar. Me parecía llamar la atención, aunque era invisible para cualquiera que estuviera en el suelo, porque a lo largo del tejado del centro comercial había un reborde. Detrás de mí, y a la derecha, se alzaban los muros de los grandes almacenes. Tres pisos. Yo estaba dos pisos por encima de la galería central.

      Empecé a transformarme otra vez.

      -Muy bien, David –dije a la oscuridad-. ¿Quieres pelea? Pues vas a tenerla.

      Mi piel se cubrió de pelaje naranja y negro. Mi cola creció a mi espalda. Caí sobre cuatro enormes patas y probé mis garras, sacándolas despacio. Noté que los instintos del tigre se agolpaban tras los míos propios. Había realizado aquella metamorfosis muchas veces, y hacía tiempo que había aprendido a controlar los impulsos asesinos del tigre.

      Pero ahora no quería controlarlos. Esta vez no. No, sabiendo que Tobias estaba muerto.

      Olfateé la brisa y capté su olor. Agucé el oído y escuché el suave rumor de pasos en la grava. Miré a mi alrededor con ojos a los que no importaba la oscuridad.

      David estaba a unos quince metros de distancia. Su melena ondeaba en la brisa. Su cola se movía inquieta.

      <No contestaste a mi pregunta, Jake –dijo-. León contra tigre. ¿Tú quién crees que vencerá?>

      <Vamos a averiguarlo.>

      Al instante echó a correr hacia mí como una exhalación, con una rapidez increíble. Tan deprisa que una presa humana no habría tenido ni tiempo de gritar.

      Pero yo no era humano.

      Se lanzó contra mí como un tren expreso, enseñando los dientes. Yo me senté sobre los cuartos traseros, tensando las patas y bajando la cabeza.

      ¡Por fin chocamos!

      Sus fauces pasaron rozando mi oreja. Yo me volví y clavé los dientes en su…

      ¡En su melena! ¡Mis dientes se cerraron sobre aire!

      <¡Aaaaarrrgh!>, grité. Sentí como si me clavaran pinchos al rojo vivo en el hombro.

      Sus dientes se hundieron hondo entre músculos y tendones. Yo me revolví, pero sólo logré agudizar el dolor. Rodé sobre la espalda. ¡Tenía el vientre al descubierto!

      El león soltó mi hombro y se lanzó a matar, con intención de destriparme.

      Pero yo estaba preparado. Doblé las patas traseras y lancé un zarpazo.

      David echó atrás la cabeza. Del morro le manaba sangre.

      Me levanté como un rayo, con la rapidez que sólo un felino puede conseguir, con velocidad líquida, con mortal agilidad.

      Pero el león también es un felino.

      Su garra me golpeó la cabeza con tal fuerza que en mis ojos estallaron fuegos artificiales. Me aparté de un brinco y apenas logré esquivar sus letales colmillos.

      De pronto los dos nos pusimos a trazar círculos, círculos, moviendo la cola, esperando que el otro cometiera un descuido.

      David era tan rápido como yo. Yo era más grande y más pesado, pero no mucho más. Y él contaba con una melena que me evitaba hincar el diente en mi principal objetivo: las arterias que bombeaban sangre a través de su cuello.

      Nos miramos a los ojos.

      Los dos parecíamos lanzar chispas. Emanábamos fuerza, velocidad y energía.

      De pronto el león saltó.

      Nos estrellamos hombro contra hombro y rodamos por el tejado.

      Yo me levanté en un instante, pero de pronto me di cuenta de que me resbalaba. Mis garras no tenían dónde agarrarse. Me encontraba sobre cristal. ¡La claraboya!

      Debajo de mí veía las tenues luces nocturnas de la galería. Estaba a unos siete metros del suelo.

      David saltó. Yo no podía agarrarme para moverme, de modo que me quedé quieto, indefenso, esperando la embestida. El león se estrelló contra mí, buscándome el cuello con los dientes. Yo me aparté a un lado, él me lanzó un zarpazo y se oyó un enorme estruendo de cristales rotos.

      ¡Nos caíamos!

      Y mientras caíamos intentábamos matarnos a base de zarpazos y dentelladas.

      Hasta que de pronto, cuando rodaba en el aire para caer de pie, sentí el mordisco.

      Sus dientes se hundieron en mi cuello.

      Noté el borbotón de sangre.

      Sangre de tigre.

      Mi sangre.

      Caía…

      Caía… y la oscuridad comenzaba a envolverme…

      CONTINUARÁ……

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

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