#22 La solución

Capítulo 1:

      Me llamó Rachel.

      Estaba soñando una cosa muy rara. Me estaba probando ropa en mi tienda favorita, pero la dependienta no hacía más que traerme prendas que eran muy, muy pequeñas para mí.

      -¿Pero no ve que ésa no es mi talla?- pregunté por fin.

      -Es que no tenemos nada de tu talla –me contestó ella.

      -¿Cómo? ¿Qué no tienen nada de la talla trescientos doce?

      <<Un momento-pensé-. Mi talla no es la trescientos doce.>>

      Pero en ese momento me vi en el espejo. Estaba transformada en elefante. Y seguía creciendo. Me hacía más y más grande, y mi cuerpo gigantesco estrujaba a la gente contra las paredes, el suelo y el techo.

      Bajé la vista y, debajo de un enorme pliegue de mi barriga de elefante, vi una pequeña figura con un canguro naranja.

      -¡Dios mío! –gritó alguien-. ¡Ha matado a Kenny!

      -¡Aaaaaahh! –chillé yo.

      -Podrías probar en la sección juvenil, en la segunda planta –me sugirió la dependienta-. Pero no uses el ascensor, por favor.

      Entonces saltó sobre mí y se puso a clavarme las uñas. Las tenía afiladísimas y yo, claro, me enfadé y me la quité de encima. Sólo que entonces ya no era una dependienta, sino un ave.

      -¡Aaaaaahh! –grité, incorporándome de un brinco.

      Allí, en la oscuridad de mi habitación, la enorme ave gris revoloteó hacia atrás y se dio contra mi mesa.

      -¿Tobias? –susurré. Pero no era un ratonero de cola roja. Parecía un halcón pero era gris y blanco.

      <No, soy Aximili. Tienes que venir. Tobias ha… desaparecido. Y el príncipe Jake está en peligro.>

      Aparté las mantas y puse los pies en el suelo.

      -¿Qué?

      <Es David. Es un traidor.>

      Yo ya me había espabilado del todo. Y estaba muy furiosa.

      Metí un par de almohadas bajo las sábanas, para que mi madre se creyera que seguía durmiendo si subía a mirar. Luego eché una ojeada al reloj. Era muy tarde, tan tarde que ya era temprano. Enseguida empecé a transformarme.

      -¿Qué ha pasado?

      <Jake, Tobias y yo nos quedamos vigilando junto al granero de Cassie. Como ya sabes, Jake sospechaba que David podía volverse contra nosotros.>

      -¡El muy cerdo! El muy asquerrrrrffffff.

      La lengua se me había encogido a media frase. Mejor así. Ax me habría preguntado qué significaba la palabra que estaba a punto de pronunciar, y eso no era una buena idea.

      Seguí haciéndome pequeña, mientras unas plumas marrones aparecían en mi piel, primero como dibujos, luego como tatuajes de lo más realista, hasta que por fin se hicieron plumas tridimensionales reales.

      <David se marchó del granero con su cuerpo de águila real. Tobias le siguió. Nosotros fuimos tras ellos poco después, pero no encontrábamos a ninguno de los dos –explicó Ax-. Fuimos a casa de David, bueno, a su antigua casa. Allí estaba David. Jake habló con él. No sé qué le dijo, pero los yeerks estaban vigilando la casa y de pronto un grupo de hork-bajir se lanzó al ataque.>

      <¿A quién atacaron? ¿A Jake, a David o a los dos?>

      <No lo sé muy bien. Pero David escapó y el príncipe Jake le siguió. Me pidió que viniera a buscarte. Dijo que necesitaríamos refuerzos.>

      <Pues ya tiene sus refuerzos –afirmé-. ¡Vamos!>

      Hinché las alas y subí de un salto a la ventana. La noche era tan clara para mí como un mediodía. Me había convertido en un enorme búho, un búho de Virginia, con ojos que veían en la oscuridad y un oído que, volando a quince metros de altura, captaba el chillido de un ratón.

      <¿Qué le ha pasado a Tobias?>, pregunté. Me había dado cuenta de que Ax había vacilado cuando lo mencionó.

      <No lo sé con certeza –contestó-. Pero me temo lo peor. La forma de David es más fuerte en el aire que la de Tobias. Y el príncipe Jake… cree que Tobias ha muerto.>

      Noté que me helaba por dentro. Por unos segundos, que se hicieron horas, no pude ni moverme. No podía pensar. Me quedé allí quieta, con las garras clavadas en la madera blanda de mi ventana.

      ¿Tobias muerto?

      Si David había hecho daño a Tobias, yo…

      ¿Pero de qué servían las amenazas? Yo no necesitaba amenazar. Sabía perfectamente lo que haría. Jake también lo sabía. Por eso había enviado a Ax a buscarme.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 2:

      Mis ojos captaban cada brizna de hierba, descubrían hasta los más pequeños roedores ocultos en la oscuridad. Pero yo estaba ciega.

      Sólo veía a Tobias. ¿Tobias muerto? ¡No era posible!

      Y David. También lo veía a él. Haciendo muecas, enfurruñado, ofendiéndose enseguida. David, que a menudo parecía tan temerario como… bueno, como yo. Pero otras veces era un auténtico cobarde al que rápidamente le entraba el pánico.

      David, el nuevo animorph. El que nosotros mismos habíamos creado después de que encontrara la caja azul. No tuvimos más remedio. Visser Tres se había enterado de que David tenía la caja azul, el cubo mórfico andalita. Los yeerks habían capturado a sus padres, les habían metido gusanos yeerks en el cerebro y los habían convertido en controladores.

      La casa de David había quedado medio destruida en la batalla. Los yeerks le conocían. Su rostro estaba grabado en la memoria de todos y cada uno de los controladores humanos del planeta Tierra. Todos le estarían buscando. Todos irían tras el chico que tenía el cubo mórfico.

      Así que convertimos a David en uno de los nuestros. Utilizamos la caja azul para hacer de él un animorph, capaz de absorber el ADN de cualquier animal que tocara, y convertirse en ese animal durante períodos de dos horas cada vez.

      Se suponía que David era uno de los nuestros. Y durante un tiempo lo fue. Estuvo con nosotros en una de nuestras misiones más difíciles: rescatar de los más poderosos yeerks a los líderes del planeta.

      Impresionante, ¿no? Sí, habría sido impresionante si lo hubiéramos conseguido. Pero habíamos fracasado.

      Los líderes de Estados Unidos, Francia, Rusia, Gran Bretaña y Japón estaban reunidos en una apartada urbanización en la playa para buscar una solución a los problemas de Oriente Medio. La reunión era el gran objetivo de los yeerks. Una perfecta ocasión para convertir en controladores a los cinco hombres más poderosos del planeta. O por lo menos a cuatro. Uno de ellos, aunque no sabíamos cuál, ya era un controlador.

      Nosotros intentamos detenerlos, pero fuimos demasiado ambiciosos. Visser Tres, el líder de las fuerzas yeerks en la Tierra, nos tendió una trampa.

      Conseguimos escapar, es verdad, pero David, muerto de miedo, había estado a punto de pasarse al bando de los yeerks. Luego quiso convencernos de que todo había sido una estratagema, de que él siempre nos había sido leal.

      Pero ahora sabíamos la verdad.

      Volé sobre casas oscuras, sobre aparcamientos oscuros, sobre iluminadísimos supermercados de veinticuatro horas, sobre gasolineras. Ax me guiaba hacia el lugar donde había visto por última vez a David y Jake.

      ¿Los encontraríamos? Y en ese caso, ¿qué encontraríamos?

      De pronto, en la carretera bajo nosotros, vimos pasar unas luces a toda velocidad. Era un coche de policía. No llevaba puesta la sirena, puesto que era de noche, pero iba a toda prisa, en la misma dirección que nosotros.

      Justo delante teníamos el centro comercial. El edificio estaba a oscuras, pero en el aparcamiento se veía la débil luz de algunas farolas. El coche de policía se dirigía allí.

      <Por ahí>, dije a Ax.

      <¿Ves algo?>

      <No, pero tengo un presentimiento. El coche de policía va hacia allí. Éste es normalmente un barrio tranquilo, así que tal vez hayamos encontrado a Jake y David.>

      El coche patrulla era más rápido que nosotros. Para cuando llegamos, los oficiales iban de una entrada a otra, iluminándolas con el foco y buscando alguna verja forzada.

      Debía de haber saltado alguna alarma dentro del edificio. A lo lejos se veía otro coche de policía que venía en nuestra dirección.

      Volé sobre el enorme tejado del centro, tan silenciosa como sólo puede serlo un búho. Pensaba seguir a la policía en torno al edificio, pero entonces vi la claraboya. Estaba hecha a base de pirámides de cristal, situadas en medio de la galería, que dejaban pasar la luz a la sección principal.

      Uno de los triángulos de cristal estaba roto.

      <¡Allí!>, exclamé.

      Nos dirigimos a toda velocidad hacia la apertura. Desde allí se veían cristales rotos más abajo, en el suelo. Era difícil saber qué luz había en la galería, puesto que los ojos de búho lo ven todo claro. Pero me pareció que había algunas luces en el interior.

      La cuestión era: ¿qué me estaba esperando allá abajo? David era un animorph, lo cual significaba que era un enemigo peligroso. Podía transformarse en león, de eso estaba segura, y también en águila real. ¿Podría yo enfrentarme a un águila real? No, no con mi forma de búho. ¿Podría enfrentarme a un león? No.

      Y además, tal vez David estaba esperándome, acechando con su fino oído y su vista sobrehumana; por no hablar de su fuerza mucho más que humana.

      De todas formas, por muy bueno que fuera su oído, a mi no me oiría.

      Las plumas del búho están especialmente diseñadas para no producir ningún sonido cuando el viento pasa entre ellas.

      <Ax, ¿estás listo para entrar? Tenemos que darnos prisa y separarnos de inmediato, por si acaso David nos está esperando.>

      <Estoy listo>, respondió Ax con calma.

      Viré las alas, varié el ángulo de entrada y me lancé a toda velocidad hacia el agujero de la claraboya. Atravesé el cristal roto, viré las alas y convertí el impulso de mi caída en picado en velocidad horizontal.

      Pasé, pegándome mucho al techo, sobre el toldo de la tienda Old Navy. Al principio no vi nada. Sólo as Ax, que entró detrás de mí y fue a investigar en otra dirección. Pero, al cabo de un momento, me fijé en la barandilla. Era un grueso tubo de acero y estaba doblado hacia fuera. Como si se hubiera estrellado contra él un elefante.

      Me volví y barrí con la vista la galería principal.

      Un tigre yacía en un charco de sangre. Estaba tumbado como si durmiera, pero la sangre negra se extendía en torno a su cuello y su cabeza.

      <¡Jake!>, grité, bajando hacia él.

      <¡Rachel! –me advirtió Ax-. ¡No! ¡Podría ser una trampa!>

      Abrí las alas todo lo que pude y volví a recuperar altitud. Ax tenía razón. David podía estar esperando que bajáramos a ayudar a Jake. Porque no había ninguna duda de que era Jake: no se suelen ver muchos tigres de dos metros por la galería.

      <¡Oigo su respiración!>, exclamó Ax.

      Yo ni me había molestado en escuchar. Había dado por sentado que Jake estaba muerto. Ahora concentré todos mis sentidos: ¡Sí! Se le oía respirar, aunque de forma muy débil. Y con cada aliento se oía también el gorgoteo de la sangre.

      <Está inconsciente –supuse-, porque si no ya se habría transformado. No veo a David, pero podría estar en cualquier parte.>

      En ese momento capté un destello de luz al otro extremo del pasillo principal. Era la policía, que pasaba por delante de una de las puertas. Tardarían un buen rato en entrar. Mientras tanto, habían rodeado el edificio y vigilaban toda las salidas.

      De todas formas no nos resultaría difícil salir sin que nos vieran. Pero no era eso lo que yo quería. Yo quería a David.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 3:

      <Ax, cambia de forma.>

      Se me hacía raro decirle a Ax lo que tenía que hacer. Pero Jake estaba fuera de combate. Eso no quería decir que yo fuera la líder, pero alguien tenía que serlo. Debíamos trabajar unidos.

      De todas formas sentí una punzada de duda. ¿Me haría caso Ax?

      Sí, ya había empezado a cambiar. Pronto habría recuperado su cuerpo andalita.

      <En cuanto termines la transformación, vete a aquellas escaleras. Desde allí verás perfectamente a Jake y podrás cubrirme.>

      Nos encontrábamos en un enorme rellano cuadrado entre dos pisos. En un extremo había unas escaleras mecánicas, al otro extremo unas normales, y todo de barandillas alrededor. Ya sabéis, la típica estructura de un centro comercial.

      Esperé impaciente que Ax terminara de transformarme. Íbamos a necesitar artillería pesada, y muy pocas cosas son más peligrosas que un andalita.

      Ax corrió hacia las escaleras y entonces comencé a transformarme yo. Pensaba convertirme en oso e ir a las escaleras mecánicas del otro extremo de la sala. Pensaba que, convertida en oso, ni siquiera un león podría hacerme daño. Y así tendríamos a Jake cubierto por los dos lados.

      Fui recobrando poco a poco mi forma humana. Era rarísimo, allí en medio de la galería. Estaba descalza, y llevaba puesto sólo mi atuendo de transformación: un maillot.

      Sabía perfectamente dónde estaba, qué tiendas tenía alrededor.

      Al fin y al cabo me he pasado una buena parte de mi vida en ese centro comercial.

      Pero aquél no era el lugar al que yo estaba acostumbrada. Aquél era un lugar de luces tenues y oscuras sombras. Un lugar amenazador, peligroso.

      ¡Un ruido!

      Me volví hacia Ax. Los dos estábamos alerta, escuchando. Sonó un timbrazo. Venía de… venía de la joyería, unas diez tiendas más allá.

      Forcé la vista y vi cristales rotos en el suelo. Alguien había roto el escaparate. ¡David, claro! Seguramente se estaba llevando un saco de diamantes en ese mismo instante.

      -¡Adelante! –susurré a Ax-. ¡Yo voy enseguida!

      Terminé de transformarme y, a pesar de las circunstancias, me di cuenta de que en Foot Locker estaban de rebajas.

      Comencé a cambiar de nuevo y…

      No llegué a oírlo. No hubo ningún rugido, ninguna advertencia. Sólo vi un destello marrón reflejado en el escaparate de Foot Locker. Como un cohete a ras de suelo.

      Me di la vuelta bruscamente.

      ¡Un león!

      El león saltó sobre mí. Yo me agarré a la barandilla retorcida y salté.

      -¡Aaaaahh! –grité de dolor.

      Mis dedos y mi muñeca recibieron todo el peso de mi cuerpo.

      Estaba allí colgada, indefensa, a varios metros por encima de Jake y del suelo.

      Con la otra mano conseguí agarrarme a otra barra de la barandilla.

      ¿Pero qué podía hacer ahora?

      David pasó de largo y derrapó hasta pararse. Fue casi cómico. Casi.

      Si subía de nuevo, estaría indefensa. Si me dejaba caer me rompería una pierna o un tobillo, y también estaría indefensa.

      Dos vigas transversales atravesaban el espacio abierto. De ellas colgaban varios banderines. No sé lo que decían. Tal vez anunciaban unas rebajas o algún acontecimiento especial.

      La viga más cercana estaba a un metro a mi izquierda. Debía de medir unos siete u ocho centímetros de grosor, unos dos centímetros más estrecha que una barra de equilibrios.

      Soy muy aficionada a la gimnasia, pero hacía tiempo que no me entrenaba. Y nunca había intentado balancearme y dejarme caer sobre una barra de siete centímetros de ancho colocada a unos cinco metros por encima de un duro suelo de granito.

      David se preparó y volvió corriendo. Ax todavía no estaba a la vista.

      Yo me dispuse a balancearme colgada de la barandilla.

      El corazón me latía tan deprisa que casi me cortaba la respiración.

      David se acercaba sin hacer ruido, sobre sus grandes patas de león, meneando la cola, moviendo su cabeza gigantesca de un lado a otro, como dándose importancia.

      <El andalita anda detrás de un despertador –dijo-. Yo mismo puse la alarma.>

      Yo seguía balanceándome. Mis piernas describían un arco cada vez más amplio. Miré a David por entre los barrotes.

      <Lo único que tengo que hacer es morderte los dedos, Rachel. ¿No me vas a suplicar clemencia? –se burló David-. No, claro que no. Tú eres muy valiente, Rachel.>

      Abrió la boca, volvió de lado la cabeza para morderme los dedos y…

      ¡Yo me solté!

      Caí, miré hacia abajo, vi la viga demasiado lejos. ¡Pero un pie dio contra ella! Doblé la rodilla para absorber el impacto y moví los brazos por encima de la cabeza para modificar mi centro de gravedad y recuperar el equilibrio.

      Durante un momento espantoso oscilé adelante y atrás, con un pie en el aire. Hasta que por fin noté la barra debajo de mí. ¡Tenía en ella los dos pies!

      Entonces respiré por primera vez desde hacía una eternidad.

      David me lanzó un zarpazo entre los barrotes. Me pasó tan cerca que noté el aire de su garra. Me quedé allí, inmóvil, sin saber qué hacer.

      <Muy bien –dijo él-. No soy un asesino, ¿sabes?

      Nunca mataría a un ser humano. Ahora bien, un pájaro, un tigre… eso ya es otra cosa.>

      Yo me lo quedé mirando. ¡El muy traidor!

      -Ya puedes esconderte bien –le espeté-. Porque te prometo una cosa: te mataré, David.

      Él se volvió y se alejó riendo.

      -¡Te mataré! –chillé-. ¡Te mataré! ¡Te mataré!

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

   Capítulo 4:

      Ax volvió corriendo justo cuando yo trepaba hasta alcanzar suelo firme. Me temblaba todo el cuerpo.

      <Te he oído gritar>, dijo.

      -David estaba aquí. Nos ha engañado. Tenemos que ayudar a Jake…

      Se oían muchas voces. La policía había entrado en el edificio. Yo lancé una palabrota entre dientes.

      -¡Hay que impedir que se acerquen! –exclamé.

      <No. Jake está inconsciente. No podemos moverlo, es demasiado pesado. La policía buscará ayuda médica.>

      Respiré hondo. Era verdad.

      -Llamarán a la madre de Cassie. Es la veterinaria de animales exóticos más cercana. Pero, ¿y si hay controladores entre la policía? Tenemos que quedarnos con Jake.

      <Muy bien. Y esperemos que reviva dentro de la próxima hora y media –añadió Ax-. Si no quedará atrapado en esa forma.>

      Varias luces barrían el suelo. La policía se apartó de nosotros, en dirección al JCPenney y desapareció de la vista.

      -¡Hay que darse prisa! No tardarán en volver.

      Bajamos disparados por las escaleras mecánicas. Cuando nos acercamos a Jake vi que tenía una vena abierta en el cuello, que todavía sangraba. Pero por lo menos estaba vivo. Vivo. No como Tobias.

      <¿En que nos transformamos?>

      -Pulgas sería lo mejor, pero son casi ciegas y casi sordas, y yo quiero saber qué pasa. Seremos moscas.

      Estábamos a medio transformar en moscas cuando llegaron más policías. Caminaban con muchísimo cuidado por el pasillo principal, hacia nosotros, alumbrando con sus linternas, buscando… La verdad es que no sabían lo que buscaban.

      Pero se iban a llevar una buena sorpresa. Eso seguro.

      Yo me transformaba a toda prisa. Veía a Jake como una gigantesca masa naranja y negra, que cada vez se alzaba más y más, como una pared inclinada y peluda.

      Noté que las alas me salían de los omóplatos, y otro par de patas me brotó del pecho. Sentí que la cara se me derretía. No dolía, pero a pesar de todo era espantoso sentir cómo la nariz y la boca se me juntaban y luego comenzaban a formar la horrorosa trompetilla de una mosca.

      Pero nada de eso me importaba. Tobias estaba muerto. Jake podía morir. Y yo tendría que ir a por David. Tendría que atraparlo.

      Atraparlo y acabar con él.

      No, nada de acabar con él. Aquélla era una expresión vaga, sin sentido. Tendría que matarlo.

      Sentía náuseas. Tal vez era la transformación, puesto que mis órganos internos debían de estar convirtiéndose en los primitivos órganos de una mosca.

      O tal vez las náuseas eran producto de la rabia y el odio.

      <Ax, dime una cosa. Cuando Jake te envió a por ayuda, ¿por qué fuiste a por mí, y no a por Marco o Cassie?>

      <El príncipe Jake fue muy específico. Me mandó a por ti.>

      <¿Te dijo por qué?

      Ax vaciló un momento.

      <Jake me dijo que Tobias seguramente estaba muerto. Yo dije que era terrible y él contestó: <<Sí. Si David ha matado a Tobias, quizá nosotros también tengamos que hacer algo terrible. Ve a por Rachel.>>>

      No sé qué sentí entonces. No soy de esas personas obsesionadas con sus sentimientos. Ya me entendéis. Algunas personas no pueden evitar estar <<mirando hacia dentro>> constantemente. Yo no soy así.

      Lo que está claro es que sentí algo muy raro. Jake me había llamado a mí. Porque quería a alguien que hiciera justamente lo que yo planeaba hacer.

      Como ya he dicho, no se me da muy bien analizar mis sentimientos, pero en todo aquello había algo que no me gustaba nada.

      De todas formas, sabía que Jake había escogido a la persona adecuada. Porque yo le tenía mucho cariño a Tobias. De hecho, creo que hasta ese momento ni yo misma me había dado cuenta de cuánto le quería.

      Si David le había matado, me vengaría. Se lo haría pagar muy caro al asesino de Tobias.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 5:

      Estaba bañada en luz.

      -¿Qué demonios…? ¡Es un tigre! ¡Frank! ¡Un tigre en la galería! –anunció una potente, estruendosa voz humana.

      -Y tanto que es un tigre.

      -¿Qué hacemos con él?

      -Llama al sargento. Está herido. Tenemos que llamar a alguien… Pero no tengo ni idea de a quién. Tú sigue apuntándole con la pistola. Todavía podría ser peligroso.

      <¡Ax! ¡A la oreja de Jake!>, exclamé.

      Agitamos nuestras demenciales alas de mosca y despegamos. Tardamos unos instantes en encontrar la oreja de Jake, guiándonos por la extraña visión de mosca, que era como ver el mundo a través de un montón de televisores. Pero al final nos metimos en una enorme cueva triangular.

      Era una cueva llena de pelos, en la que resonaban todos los ruidos del exterior y los del cuerpo del tigre.

      <Ax, ¿cuánto tiempo lleva Jake transformado en tigre?>

      <Sólo puedo hacer un cálculo aproximado. Yo diría que unos treinta y dos minutos.>

      <¿Treinta y dos minutos? ¿A eso llamas tú <<un cálculo aproximado>>?>

      <Estoy suponiendo que Jake se dirigió directamente a este lugar desde el punto en el que lo dejé, y se transformó tan pronto como llegó aquí –contestó Ax-. Hará, como mucho, treinta y cinco minutos.>

      <Con eso hay tiempo de sobra para que llegue la madre de Cassie.>

      Pero la madre de Cassie no fue la primera en llegar. La ambulancia llegó antes. Y, para mi sorpresa, los médicos se pusieron a trabajar inmediatamente sobre Jake, una vez se aseguraron de que el tigre estaba inconsciente.

      Aplicaron presión en la terrible herida del cuello y pararon un poco la hemorragia. Pero no podían hacer mucho más.

      Media hora más tarde, llegó la madre de Cassie, con el padre de Cassie y la misma Cassie. Supongo que se habría imaginado que el tigre herido del centro comercial sólo podía ser Jake.

      <¡Cassie! Soy yo, Rachel>, la llamé por telepatía privada.

      Cassie no podía contestar, claro, pero sí que podía oír.

      -Necesita una transfusión. Ha perdido mucha sangre –decía la madre de Cassie, en un tono seco, profesional, que no le había oído antes.

      <Cassie, el tigre es Jake. Lleva transformado poco más de una hora. Tienes que hacer que recobre el sentido. Ha sido David. David le atacó. A él y a Tobias. Tobias está… –No pude decirlo. No podía-. Mira, haz que Jake vuelva en sí, como sea. Ax está conmigo. Tenemos que ir a buscar a David. Quizá decida atacar a Marco.>

      -Un momento, yo conozco a este tigre –dijo la madre de Cassie-. Es uno de los nuestros, de Los Jardines. ¡Nadie me ha avisado de que se hubiera escapado! Muy bien, aprieta la bolsa un par de veces para que empiece a fluir la sangre. Yo voy a cerrar ahora mismo esa herida, si no, no sobrevivirá.

      <Cassie, si me oyes di <<muy bien>>.>

      -Muy bien –contestó Cassie-. Buena suerte.

      -¿Cómo que buena suerte? –replicó su padre-. No necesitamos suerte, teniendo aquí a tu madre.

      <Ax, ¿estás listo?>

      <Sí.>

      Por fin echamos a volar. Nadie, con la posible excepción de Cassie, advirtió que dos moscas salían de la oreja del tigre.

      La verdad es que tuve que hacer un esfuerzo para resistirme al urgente deseo de la mosca de posarse en el charco de sangre y dar un chupetón.

      Nos elevamos, con ese vuelo errático de las moscas, y mientras pasaba por encima de las cabezas de los enfermeros, veterinarios y policías, oí hablar a uno de los médicos.

      -Se ha debido caer por la claraboya del techo y se habrá cortado con el cristal –decía.

      -Sí, seguramente fue eso –convino la madre de Cassie-. Sólo que yo juraría que esa herida se la ha hecho otro felino. Claro que ya sé que eso es una tontería.

      -¿Vivirá? –preguntó Cassie.

      Yo no oí la respuesta.

      No estaba segura de querer oírla.

      Me dirigí hacia la claraboya. Había varios policías en el tejado del centro, pero encontramos un lugar para aterrizar, ocultos detrás de un enorme aparato de aire acondicionado.

      Nos transformamos rápidamente. Justo al otro lado de nuestro escondite, oí los susurros de dos agentes de policía.

      -¿Un tigre? Nadie ha avisado de que se haya escapado ningún tigre. Debe de ser uno de los bandidos andalitas.

      Nosotros ya sabíamos que los yeerks se habían infiltrado en la policía, pero a pesar de todo, era horrible oírles hablar de los andalitas.

      -Sí, puede que tengas razón, pero no podemos hacer nada. No tenemos más hombres por aquí.

      -A Visser Tres no le va a gustar esto –dijo el primer policía, estremeciéndose a pesar de que no hacía frío-. Pensará que deberíamos haberlo matado.

      -Pues entonces más vale que Visser Tres no se entere de nada.

      -Sí, no hay por qué molestarle con cada minucia. Sí. Más nos vale cerrar el pico.

      Ax y yo volvimos a transformarnos. Él adquirió su forma de aguilucho, yo me convertí en búho. Y nos alejamos volando en la noche, en dirección a casa de Marco. Marco estaría dormido, desprevenido. Se sentiría a salvo detrás de las paredes de su casa y la puerta cerrada.

      Sólo que ni las puertas ni paredes significan gran cosa para un animorph.

      Entonces me di cuenta de lo difícil que iba a ser todo esto. Visser Tres llevaba mucho tiempo intentando acabar con nosotros. Tenía cientos de controladores humanos, taxxonitas, hork-bajir, naves espaciales y todos sus cuerpos, tan monstruosos y mortales.

      Nosotros, por nuestra parte, sólo éramos seis. Bueno…. ahora cinco. Y tal vez cuatro.

      Nosotros solos contra una persona que podía convertirse en cualquier animal que tocara, una persona que podía ser cualquier criatura: una mosca en tu pelo, un gato en un árbol, un murciélago en la noche y, cuando menos te lo esperases, cuando más vulnerable fueras, un león, un tigre o un oso.

      Empezaba a darme cuenta de por qué Visser Tres nos odiaba tanto.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 6:

      El sol estaba a punto de salir cuando por fin llegamos a casa de Marco. Para mí todo seguía siendo tan brillante como al mediodía, claro, pero de todas formas podía notar el cambio. El cielo negro comenzaba a tornarse gris hacia el este.

      Me sentía hirviendo por dentro, como si la presión creciera en mi interior, como si estuviera a punto de explotar.

      No dejaba de dar vueltas a un montón de cosas. Tobias estaba muerto. Jake, tal vez, también. David era un traidor con todos los poderes de un animorph.

      Y al mismo tiempo, nos enfrentábamos a la misión más importante de nuestra vida. Los jefes de estado seguían reunidos.

      Los controladores, con el mismísimo Visser Tres a la cabeza, seguían conspirando para esclavizar a los hombres más poderosos el planeta.

      Era demasiado. Demasiado. No podía pensar en todo a la vez.

      <<Cada cosa a su tiempo, Rachel>>, me dije. David era lo primero. Todo lo demás venía después.

      Había que detener a David, antes de que él pudiera detenernos a nosotros.

      Pero aún así, me preocupaba que Jake hubiera enviado a Ax a buscarme. A buscarme a mí, en concreto. En cuanto supo que tal vez necesitáramos tomar medidas extremas, dijo: <<Ve a por Rachel.>>

      ¿Qué significaba eso? ¿Era eso lo que Jake pensaba de mí? ¿Acaso me consideraba una loca violenta, capaz de hacer cualquier cosa?

      No, claro que no. Jake simplemente sabía que soy una buena luchadora. Eso es todo. No significaba nada más.

      <<Además, ¿acaso no es verdad? –replicaba otra parte de mi mente-. ¿No es verdad? ¿No soy la persona más adecuada si hay que matar a un animorph?>>

      La casa de Marco. La ventana de Marco. Estaba abierta.

      ¿Abierta? ¿Habría dejado Marco la ventana abierta? Sí, si había salido volando. Tal vez eso era. Tal vez Marco ya se había marchado y no estaba en casa. Tal vez había presentido que lo necesitábamos.

      Pero al acercarme un poco más a la ventana, vi que Marco estaba en la cama.

      <Esto me huele mal>, dije a Ax.

      <¿Tienes un buen sentido del olfato con ese cuerpo?>

      <No, hablaba en sentido figurado. Visser Tres nos tendió una trampa. David nos tendió otra. Estoy un poco harta de caer en trampas.>

      <Estoy de acuerdo.>

      <¡Marco! –le llamé-. ¡Marco! ¡Despierta! ¡Venga, despierta!>

      Quería verle incorporarse en la cama. Quería asegurarme de que estaba solo en la habitación.

      Estaba durmiendo boca abajo. De pronto se dio la vuelta y dio una patada a las sábanas.

      <¡Despierta!>, chillé.

      Marco se incorporó de un brinco, mirando a su alrededor. Se rascó la cara, volvió a mirar…

      <Marco, soy yo, Rachel. Estoy aquí fuera. ¿Estás solo?>

      Marco no sonrió. Simplemente asintió con la cabeza. Sí, estaba solo.

      <Muy bien. Vamos>, dije.

      Ax iba delante de mí. Bajo hacia la ventana. Marco nos miraba, casi sonriendo. Tenía las manos a la espalda.

      ¡SWOOOOOSH! Ax atravesó la ventana y…

      Marco sacó las manos de la espalda y blandió un bate de béisbol.

      ¡PAF! El bate golpeó a Ax justo en la cara. Un trozo de pico salió disparado, como metralla de una bomba.

      Ax cayó fuera, sobre la hierba. Marco se reía en silencio.

      Claro, que no era Marco. Era David, que se había transformado en Marco.

      Ax yacía en el suelo, inmóvil. Marco/ David alzó un dedo, luego otro, y otro más. Uno, dos, tres.

      Estaba contando a cuántos de nosotros había eliminado.

      Uno, dos, tres: Tobias, Jake, Ax.

      Pero… ¡Debían ser cuatro! ¿Y Marco?

      ¡Claro! Marco seguía vivo porque Marco había estado en su forma humana. El mismo David lo había dicho; nunca quitaría la vida a un ser humano. Sólo mataría animales: un halcón, un tigre, un aguilucho. No a una persona.

      Marco/ David comenzó a cambiar. Sus ojos y su nariz se transformaron. Ahora era simplemente David. Pero seguía transformándose cuando retrocedió y desapareció de mi vista.

      Tenía que pensar. David nos estaba aniquilando uno a uno. ¿Cuál sería su siguiente movimiento? ¿Cuál sería su siguiente transformación? Jake lo sabría. El líder era Jake, no yo.

      Tenía que llegar hasta Ax. ¡No! Eso era lo que David quería.

      No, tenía que llegar hasta Marco, el auténtico Marco, que seguramente estaría inconsciente dentro de la casa.

      No, no, aquello tampoco era buena idea.

      Y en ese momento, un águila real entró volando por la ventana. Otra de las formas de David.

      Sería un mano a mano. Él y yo. Águila real contra búho. Él era más rápido, más fuerte, pero todavía era de noche y el aire era frío. No había corrientes que nos elevaran, como sucedería más tarde, cuando el sol saliera y calentara la tierra.

      David era más rápido y más fuerte, pero la noche me pertenecía

      Me volví y salí volando.

      Él me siguió. Ax yacía inmóvil en la hierba húmeda. Pero respiraba. Y vi con infinito alivio que ya era del todo un aguilucho.

      <Sígueme, David –dije-. Vamos a ver quién gana esta pelea aérea.>

      <Unas palabras muy valientes –se burló él-. Pero eres mía. Acabaré contigo como acabé con el chico pájaro.>

      Entonces fue cuando se evaporó la presión que sentía en mi interior. Me quedé fría de nuevo. Fría como un lago helado. Sabía lo que tenía que hacer. Y quería hacerlo.

      No debía enfadarme con Jake por pensar en mí, me di cuenta. Por eso era Jake un buen líder, porque nos conocía a todos. Me conocía.

      <Por ti, Tobias>, susurré. Y guié a David hacia su perdición.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 7:

      Volaba a toda velocidad. Pero David batía el aire con sus enormes alas.

      Era más rápido que yo.

      Pero yo también tengo la forma de un águila. Sé qué pueden hacer las águilas y qué no pueden hacer. Lo sé como no puede saberlo ningún ser humano.

      Sabía exactamente qué velocidad podía alcanzar David, sabía con qué precisión podía acelerar o frenar. Sabía lo que David veía, con la misma exactitud que si estuviera mirando a través de sus ojos.

      Quería que David me viera. Pero no que me alcanzara, todavía no. No hasta que llegara el momento y el lugar que yo había escogido.

      Volaba en silencio sobre los tejados, viraba en torno a los árboles, pasaba por oscuros patios detrás de las casas.

      Sobrevolaba las cercas y descendía tras ellas, fuera de su vista, para cambiar súbitamente de dirección y ganarle unos cuantos metros. Me metía por huecos entre los árboles, huecos demasiado estrechos para las enormes alas de David.

      Pero, aunque no acortó distancias, David nunca se quedó atrás.

      Yo misma me cuidé de que no me perdiera.

      <Eres muy buena, Rachel –dijo-. Me gustaría no tener que hacer esto, ¿sabes?>

      <Ya, pero no puedes evitarlo>, repliqué con desdén.

      <¡No me habéis dejado elección! Me habéis obligado. ¿Qué queríais que hiciera, dejar que Jake me diera órdenes? ¡Hubiera acabado muerto! ¿O si no qué? Tendría que haberme pasado el resto de mi vida escondido.>

      <¿Qué quieres, que te tenga lástima?>

      <He perdido a mi familia. ¡Lo he perdido todo! ¡Gracias a vosotros!>

      <¿Pero tú estás chiflado? Tu problema no somos los animorphs. Bueno, por lo menos no lo éramos, hasta que te volviste contra nosotros.>

      Estaba llegando a la parte más peligrosa de la persecución. Mientras hubiera árboles y edificios, podía sacar partido a mi tamaño y mi buena visión nocturna. Pero ahora estábamos saliendo a campo abierto.

      Sólo quedaban unos cien metros.

      David batió sus enormes alas y aceleró. Yo intenté esquivarlo, pero él había previsto mi reacción. Viró bruscamente y casi se me echó encima.

      Yo podía ver mi objetivo en la noche: los cables de alta tensión.

      ¿Los vería David?

      Seguí subiendo, subiendo. Las alas me dolían del esfuerzo.

      Pero David estaba casi encima de mí, y cuando me encontraba a menos de dos metros de los cables, sus alas me envolvieron en sombras.

      <¡Aaaaaah! –grité de dolor. Unas garras de acero se me habían clavado en la espalda-. ¡Nooooooo!>

      Dejé de avanzar. Mis alas batían en vano. No iba a alcanzar los cables. No iba a ver a David freírse a diez mil voltios.

      Sus garras apretaban más… más… Perdí el control de los músculos de la espalda. Una de las garras se hundió en la piel, queriendo llegar a mi corazón.

      David me atacó entonces con su pico curvo, intentando herirme en la nuca.

      Estaba perdiendo la batalla. Aquella idea me aterrorizó, no porque yo fuera a morir, sino porque David vencería.

      Tobias… Jake…

      David iba a vencer. La mente se me estaba quedando en blanco.

      <<Debería transformarme>>, me dije. Pero no, nos encontrábamos a mucha altura. Y me resultaba muy difícil concentrarme.

      David me elevaba cada vez más. Si me transformaba, caería y moriría por el impacto.

      <Lo siento, Rachel –dijo David-. Pero al fin y al cabo todos los días mueren pájaros, ¿no es verdad?>

      Y entonces sucedió.

      Cayó de la nada, del cielo, de las nubes.

      Con las alas plegadas, las garras extendidas.

      ¡Y golpeó a David en la cabeza! Un revuelo de plumas de águila.

      David gritó de dolor.

      Y Tobias, sí, Tobias, me habló en telepatía privada.

      <Rachel, David se ha convertido en un verdadero incordio.>

      David me soltó y yo pude batir de nuevo las alas. Estaba herida, pero David no podía saber hasta qué punto. Y no quiso combatir con dos a la vez, así que se volvió y se alejó.

      <¡Tobias! –grité-. ¡Pero si estabas muerto!>

      <¿Muerto? ¿Quién, yo?>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

Capítulo 8:

      Tobias estaba vivo.

      Resultó que David había matado, en efecto, a un ratonero de cola roja. Sólo que no era Tobias.

      Lo que pasó fue que, aquella noche, Tobias había perdido a David y desde entonces lo había estado buscando.

      Jake sobrevivió. Cassie consiguió ponerle una inyección de adrenalina, lo justo para despertarlo, mientras su madre se preparaba para operarlo en Los Jardines.

      Jake se transformó en humano y salió del zoo tranquilamente. Tuvo que esperar dos horas a que pasara un autobús, pero, por suerte, Cassie le encontró un par de zapatos para que, por lo menos, se calzara.

      La madre de Cassie se quedó totalmente desconcertada. No sólo porque un tigre medio muerto había desaparecido así, sin más, sino también porque el tigre apareció de nuevo en su sitio, sin ninguna señal de heridas.

      Cassie nos contó que ella no hacía más que decir:

      -A mí también me parece increíble, mamá. Sólo salí de la habitación un segundo.

      Naturalmente, aquel tigre era el que Jake había tocado para adquirir su ADN. Era el mismo tigre, pero no el mismo.

      Ax estaba bien. Sólo se había aturdido un poco con la caída. Se transformó en andalita, aterrorizó a alguien que pasaba por allí en coche, volvió a transformarse y vino a buscarme.

      En cuanto a Marco… Bueno, Marco se despertó con David encima de él blandiendo un bate de béisbol. David lo había atado y encerrado en el armario.

      Tardó toda la noche en liberarse.

      Había sido una noche de lo más bestia. Pero lo peor de todo es que al día siguiente tuvimos que ir al colegio.

      Sí, si, al colegio. Después de no haber pegado ojo.

      Yo estaba tan cansada que hasta me hormigueaba la piel. Me parecía increíble que mi madre no me hubiera descubierto. Esa mañana, volví a mi casa unos tres segundos antes de que sonara el despertador, y cinco minutos después, mi madre llamaba a mi puerta diciéndome que me despertara y que ayudara a vestir a mi hermana pequeña, Sarah.

      Las primeras clases me las pasé sentada en silencio, mirando la pizarra como si estuviera en coma. A la hora del almuerzo ya había revivido un poco, pero lo que me mantenía despierta era básicamente el hambre.

      Me senté con Cassie, que seguramente habría dormido unas tres o cuatro horas. ¡No sabéis qué envidia me daba!

      Jake tomó su bandeja y se sentó con nosotras. Por lo general no comemos juntos, porque no queremos que la gente piense que somos una pandilla o algo así. No sería seguro.

      Pero esta vez no nos importó. Éramos un grupo de superhéroes agotados. Vaya, que si Visser Tres nos hubiera visto en aquel momento, habría dejado de preocuparse por nosotros. A juzgar por nuestro aspecto, no hubiéramos podido tumbar ni aun niño de cuatro años, y mucho menos a todo un imperio yeerk.

      – Hola –saludó Jake, dejándose caer en su silla.

      -Uh –gruñí yo.

      -¿Qué tal, Jake? –preguntó Cassie.

      -Uh –replicó Jake, con un gruñido alentador.

      -Vaya, sí que estamos animados –rió ella-. Es evidente que necesitamos una máquina de café en el bar. Os vendría muy bien uno cargadito.

      -Calla –dije-, resoplando un poco. Habría resoplado más, pero estaba demasiado agotada.

      – Cassie, por supuesto, no se sintió intimidada en lo más mínimo.

      – Mira que te pones de mal genio cuando pierdes unas horitas de sueño.

      – En ese momento vimos a Marco, que se acercaba a nosotros. No llevaba ninguna bandeja. Pero sonreía. Claro, ¿por qué no? Él había dormido varias horas, y había pasado el resto de la noche encerrado en un estupendo armario oscuro.

      – Hola, chicos, ¿qué tal? –Pasó la pierna por encima del respaldo de la silla, y se sentó.

      Por muy cansada que estuviera, aquel gesto me disparó todas las alarmas de mi cabeza. Marco no pasa la pierna sobre los respaldos de las sillas. Y Marco nunca está tan contento, ni siquiera cuando ha dormido toda la noche de un tirón.

      Supongo que Jake pensó lo mismo. Su mirada ya no era vidriosa.

      -David, supongo –dijo cortante.

      Marco sonrió. Y entonces vi a Marco, a otro Marco, en la cola de la comida.

      Cassie estaba atónita. Miró a Jake, me miró a mí. Yo señalé con la cabeza al auténtico Marco.

      -Voy con él –dijo Cassie, levantándose rápido.

      Lo último que nos hacía falta era tener a dos Marcos sentados a la misma mesa. La cosa debía de tener gracia, pero yo estaba demasiado ocupada como para encontrársela.

      -¿Qué quieres? –preguntó Jake.

      David/ Marco sonrió con desdén.

      -¿Cómo? ¿No vamos a charlar un ratito amistosamente?

      Yo no me podía transformar allí en plena cafetería llena de chicos que gritaban, reían y charlaban. Pero tenía un tenedor, y me pregunté qué pasaría si lo clavaba con mucha fuerza en…

      -Te he preguntado que qué quieres –repitió Jake con calma.

      -Quiero la caja azul. Yo la encontré y es mía.

      Jake sonrió y todo.

      -¿Ah, sí? ¿Y cuáles son tus posibilidades de que yo te la dé?

      Marco/ David enrojeció de rabia.

      -No te puedes negar. No podréis conmigo. Tengo los mismos poderes que vosotros, y soy más listo, así que venceré.

      -Nosotros somos seis… esto…, cinco –dijo Jake.

      Yo le miré pero él no me hizo caso. A pesar de todo capté el mensaje: no había necesidad de decirle a David que Tobias estaba vivo. Cuanto menos supiera, mejor.

      -Quiero la caja –insistió David.

      -¿Para qué? –pregunté-. ¿Para dársela a Visser Tres como regalo de cumpleaños?

      Cassie volvió en ese momento y se sentó junto a David. Se las arreglo para acercar su silla a la de él sin llamar la atención.

      Lo hizo a posta, claro. Quería tratar con él como un ser humano, no como un enemigo.

      David pestañeó y se apartó un poco de Cassie. Ella le dedicó una de sus miradas de absoluta <<comprensión>>.

      -David, sé que lo has pasado muy mal –comenzó en voz muy baja, tanto que David tuvo que inclinarse para oírla-. Sé que te han pasado cosas terribles. Sé que te sientes solo, que tienes miedo. Y sé que, en el fondo, te arrepientes de todo lo que pasó anoche. Pero tienes que saber que no puedes negociar con Visser Tres. No te dará lo que quieres.

      David la miró sorprendido. Yo también.

      -¿Negociar? –pregunté.

      Cassie se llevó el tenedor a la boca y masticó a conciencia.

      -¿Se lo digo yo, David, o se lo dices tú? –Al ver que David no contestaba, Cassie suspiró y prosiguió-: David quiere la caja para poder rescatar a sus padres, ¿no es así, David? Quieres que Visser Tres libere a tus padres para tener una familia otra vez.

      Durante un instante hubo una expresión vulnerable en el rostro que David había copiado a Marco. Pero luego su mirada se endureció.

      -Muy bien, no necesito la caja. Tengo otra cosa que Visser Tres desea. Sé que los animorphs no son bandidos andalitas. Conozco sus nombres, sus direcciones. Os entregaré –dijo mirando a Jake-. ¿Y sabéis qué pasará? Que os hará a vosotros lo que les hizo a mis padres. Y él mismo os quitará la caja azul.

      David apartó con estrépito la silla de la mesa, se levantó y se marchó.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 9:

      David se alejaba, y el auténtico Marco se dirigía hacia nosotros.

      Yo me levanté

      -¿Qué haces, Rachel? –preguntó Cassie, agarrándome del brazo.

      -Déjala –dijo Jake.

      Seguí a David, que se abría paso entre los chicos que entraban en al cafetería. Una vez en el pasillo desierto, comenzó a cambiar sutilmente. Se estaba transformando. Para cuando llegó a la puerta de la calle, ya era él mismo. Debía de estar cerca del límite de las dos horas.

      Le alcancé cuando él echaba a correr por el césped. Le agarré por el hombro y le hice darse la vuelta. Yo temblaba de pura rabia contenida.

      -¿Quieres pelearte aquí? –preguntó.

      -¿Por qué no?

      Él se echó a reír, aunque un poco inseguro.

      -No puedes transformarte a la vista de todos.

      -No necesito transformarme para darte una paliza.

      -Mira, puede que a veces se te olvide, Rachel, pero eres una chica.

      -Y tú eres un gusano –le espeté-. ¡Vamos a ver quién gana esta pelea!

      -Estás furiosa por lo del chico pájaro, ¿verdad? ¿Qué pasa? ¿Es que te gustaba o algo así? –preguntó él con una sonrisa irónica-. Es eso, ¿verdad? Vaya, qué tierno. Es una lástima. Pero ya sabes que los pájaros tienen una vida muy corta.

      -Los gusanos también.

      -¿Acaso intentas asustarme?

      -Qué va, no quiero asustarte. Sólo te voy a decir una cosa. Si nos delatas a Visser Tres nos enteraremos. Tenemos espías dentro de la organización yeerk.

      David resopló.

      -Ya, seguro.

      -¿Cómo crees que nos enteramos de que los yeerks iban a atentar contra el presidente y los demás? ¿Cómo crees que supimos que uno de los jefes de estado era un controlador?

      David parecía un poco menos gallito. Se notaba que estaba pensando. Casi le salía humo de la cabeza. Se había dado cuenta de que le estaba diciendo la verdad. David no sabía nada de Erek y los otros chees.

      -Así que si nos delatas a Visser Tres nos enteraremos –repetí.

      Él se encogió de hombros.

      -¿Y qué? No podríais hacer nada.

      -Sí, seguramente tienes razón. Aunque nos enteráramos, no duraríamos mucho. –Me incliné hacia él para susurrarle al oído-. Pero algunos de nosotros resistiríamos por lo menos un tiempo, gusano. El tiempo suficiente para asegurarnos de que tus padres… Bueno, ya te lo puedes imaginar.

      David retrocedió un paso y me lanzó un puñetazo. Yo esquivé el golpe, le inmovilicé la cabeza con una mano y le puse el tenedor en la oreja.

      Luché contra un desagradable impulso de retorcer el tenedor, de hacerle gritar de dolor.

      -¿Quieres una guerra con nosotros? Muy bien, la tendrás. Pero si nos delatas a Visser Tres, tu familia no volverá a reunirse nunca más. ¡Nunca!

      Esta vez fui yo la que se dio media vuelta y se marchó.

      Estaba temblando. Los músculos del cuello me daban tirones. Tenía un dolor de cabeza espantoso y oía un pitido en el oído.

      Estaba agotada, sí. Pero era algo más que eso. Estaba a tope de adrenalina, llena de poder y violencia.

      ¿Qué había hecho? En todo el tiempo que llevábamos combatiendo contra los yeerks nunca había pronunciado una amenaza como aquélla. ¿Qué me pasaba?

      Me sentía… Bueno, no es que estuviera avergonzada, pero desde luego no hubiera querido por nada del mundo contarle a Cassie lo que acababa de decirle a David. Ni a Cassie, ni a Tobias, ni siquiera a Marco.

      En cuanto a Jake, de pronto sentía hacia él un odio tremendo. No sé cómo explicarlo, pero os aseguro que en aquel momento odiaba mucho más a Jake que a David.

      Debería haber vuelto a la cafetería. Debería haberles contado a todos lo que había pasado. Pero Jake ya lo sabía, ¿no es verdad? Jake, el líder inteligente y decidido, lo sabía todo sobre mí.

      Y yo no podía enfrentarme a él. No podía enfrentarme a lo que él sabía sobre mí.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

   Capítulo 10:

      Los padres de Jake volvieron esa tarde. Habían estado fuera de la ciudad, ayudando a un primo de Jake y mío.

      El primo en cuestión se llamaba Saddler, y era un tipo inaguantable, pero había resultado gravemente herido en un accidente. Ahora lo habían trasladado al hospital de niños cercano a nosotros.

      Su familia se iba a quedar en casa de Jake, pero se suponía que nosotros también teníamos que ayudar, aunque mi madre no se llevaba muy bien con la familia de Saddler desde que se divorció de mi padre.

      A mí me informaron de todo esto cuando volví del colegio. Yo dije <<vale>>, subí a mi cuarto, me desplomé boca abajo sobre la almohada y no me quise ni mover.

      Pero, con lo cansada que estaba, no podía dormir. Era horroroso. El cerebro me zumbaba, como si me hubiera tomado veinte cafés o una cosa así.

      ¿Había sido yo siempre así?, no dejaba de pensar. ¿Cómo era yo antes de los animorphs, antes de nuestro encuentro con el alienígena moribundo que había cambiado nuestras vidas?

      Intenté acordarme, pero era como pensar en otra persona. Era como recordar a otra chica, a alguien que había conocido y a quién había olvidado. Era como decir: <<Ah, sí, Rachel, ya me acuerdo.>>

      Era muy aficionada a la gimnasia, eso lo sabía. Y a ir de compras. Supongo que nunca había sido exactamente una chica tranquila y pacífica, pero tampoco me imaginaba clavando tenedores en las orejas de los chicos y amenazando a su familia.

      Casi me eché a reír. Menuda locura. Quiero decir que yo no había recibido malos tratos en mi casa ni nada de eso. Es verdad que mis padres se habían divorciado, pero seguramente la tercera parte de los chicos del colegio tenían padres divorciados, y otra tercera parte estaban deseando que se divorciaran.

      Yo nunca había dudado de que mis padres me querían. Ellos mismos me lo decían y me lo demostraban.

      Tampoco había tomado drogas ni nada. Pero de alguna manera, en algún momento había pasado de ser una chica con una lengua afilada a ser… bueno, como Marco diría, Xena, la Princesa Guerrera.

      Lo peor de todo es que ni yo misma me había dado cuenta de que estaba cambiando. Aunque era evidente que todos los demás lo habían notado. Por lo menos Jake.

      Cuando Jake supo que con David se trataba de matar o morir, envió a Ax a buscarme. No le mandó a buscar a Marco, ni a Cassie, sino a mí.

      Y en la cafetería me había dejado ir, sabiendo lo que haría. Más tarde me encontré con Cassie en clase. No me preguntó lo que había pasado, no me preguntó que le había dicho a David. Lo sabía.

      Es cierto que yo podía haber dicho que es porque he luchado en muchas batallas. Sí, habría sido una buena excusa. Sólo que Cassie ha luchado las mismas batallas. Y Marco. Y Tobias.

      ¿Habría hecho Tobias lo que hice yo? Ésa era la cuestión, porque Tobias vivía ahora siendo un ave de presa. Habría tenido todas las excusas del mundo. Pero yo no tenía tan claro que hubiera llegado tan lejos como yo.

      Había otra cuestión que me rondaba la cabeza: ¿qué pasaría si David no hacía caso de mi amenaza? ¿Sería yo capaz de …?

      -¡Rachel! ¡Teléfono! ¿Estás sorda o qué?

      Me incorporé de un brinco. Vi por la ventana que fuera había oscurecido.

      -¿Qué? –pregunté.

      Jordan, mi hermana, asomó la cabeza en mi habitación.

      -Te llaman al teléfono. Es Jake.

      La cabeza me daba vueltas. Me levanté y contesté el teléfono.

      -¿Sí? –pregunté, arreglándome un poco el pelo.

      -Ha llegado el momento –dijo Jake-. Ya sabes, ese pequeño proyecto para subir nota que tenemos entre manos. Es el momento de intentarlo de nuevo.

      -Ya. Voy para allá.

      Madre mía, la falta de sueño me había dejado atontada. Todavía teníamos una misión. El día anterior habíamos fracasado y Visser Tres estuvo a punto de capturarnos.

      ¿El día anterior? ¿De verdad sólo había pasado un día? Parecía imposible, con la de cosas que habían sucedido.

      Me lavé la cara con agua fría y me peiné un poco. Luego bajé pensando en alguna buena excusa para que mi madre me dejara ir a casa de Cassie.

      -¡Rachel! –exclamó mi madre en cuanto me vió-. Bien. Tienes que cuidar de Sarah. Me voy al hospital a ver a los padres de Saddler.

      Yo estuve a punto de replicar:

      -Muy bien. Desde luego es un plan mucho mejor que volver a irrumpir en una urbanización superprotegida para que nos vuelen los sesos.

      Pero no hubiera servido de nada.

      -¿Quieres que me quede a cuidar de Sarah y de Jordan? –pregunté.

      -¡A mí no me tiene que cuidar nadie! –me replicó Jordan.

      -¿Ah, no? –dije burlona-. Mira, o te cuidan, o tienes que cuidar tú. Y tú no vas a cuidar de Sarah.

      -¡Mamá! –protestó Jordan-. ¡Yo sí que puedo cuidar de Sarah!

      -Pero si eres un bebé –insistí yo, por si acaso.

      Bueno, ya os imagináis cómo fue todo. Así que diez minutos más tarde yo salía de casa, y otros diez minutos después me estaba transformando en el granero de Cassie.

      Los demás ya estaban allí: Ax, Tobias, Jake, Cassie y Marco. Por lo menos supuse que sería Marco, y no David.

      -Marco –dije, en cuanto recuperé mi forma-. ¿Sabes que eres un sapo?

      -Si me das un beso me convertiré en un príncipe –replicó él sin dudar-. Seré el Príncipe antes conocido como Sapo. Te gusto, no puedes evitarlo. Al fin y al cabo tú eres una chica y yo soy… bueno, yo soy yo.

      -Sí, es el auténtico Marco –dije secamente.

      Cassie se echó a reír.

      -Todos hemos hecho más o menos lo mismo. Yo le he pedido que me contara su transformación en trucha, para poner a prueba su memoria.

      -Y yo le he contestado que no estuvo mal, sólo que el rebozado picaba un poco y siempre he sido alérgico a la salta tártara. ¿Ahora queréis dejaros de una vez de jueguecitos? Tengo miedo de dar alguna respuesta equivocada, y que Rachel se convierta en oso y me devore antes de poder decir ni mu.

      -Muy bien, vamos al trabajo –sugirió Jake. Miró a Ax y me señaló con la cabeza.

      <El príncipe Jake quiere que te diga que estamos actuando bajo el supuesto de que David puede estar aquí en el granero –me dijo Ax, mediante telepatía privada-. Le preocupa que David pueda estar aquí convertido en insecto, escuchando nuestros planes. De modo que nuestros planes serán distintos de los que discutamos aquí.>

      Yo asentí con un ligero movimiento de cabeza. Claro. Me había olvidado de que David era uno de los nuestros, por lo menos en lo que se refería a sus poderes. Pero Jake lo había tenido presente.

      El plan de Jake era básicamente el mismo que habíamos trazado con anterioridad para infiltrarnos en el banquete en la urbanización. Había algunas diferencias más que nada para que sonara convincente. Y todos opusimos varias objeciones, también para parecer convincentes.

      Pero hasta que no salimos volando, todos ya transformados, Jake no me informó de lo que realmente tenía en mente.

      <Esto le va a encantar a Rachel>, dijo Marco entre risas.

      Tenía razón.

      El plan era una barbaridad, una locura, una cosa demencial y violenta.

      Y la verdad es que me encantó.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 11:

      La urbanización Marriot, en la playa, iba a ser la sede de una reunión de los presidentes de Estados Unidos y Rusia, y los primeros ministros de Gran Bretaña, Francia y Japón.

      ¿Que si había seguridad? Pues sí, había seguridad. Había un auténtico montón de tipos con traje oscuro, gafas de sol y micrófonos en las orejas. Era como una convención del servicio secreto internacional.

      Esto ya era bastante malo. Pero había algo peor: algunos de esos agentes de seguridad eran controladores. Algunos del servicio secreto norteamericano, seguro, y probablemente también algunos de los servicios de Francia, Gran Bretaña, Rusia y Japón.

      Y sabíamos que Visser Tres estaba allí, urdiendo toda clase de perversos planes para convertir en controladores a aquellos hombres tan poderosos.

      También sabíamos que, por lo menos, uno de los jefes de estado, aunque no sabíamos cuál, era ya un controlador.

      De modo que, básicamente, el objetivo era complicado. Incluso para nosotros. Eran demasiados los tipos que había por allí dispuestos a disparar sobre cualquier cosa sospechosa.

      Pero era una misión que teníamos que cumplir. No había alternativa. Teníamos que hacerlo. Si los yeerks convertían a aquellos hombres en controladores sería el final. Se habría acabado.

      Primero quisimos acercarnos con sutileza, y caímos en una trampa.

      Ahora Jake estaba dispuesto a intentar un plan bastante menos sutil. Era como cuando uno está jugando al ajedrez y sabe que va a perder, no se le ocurre otra cosa que tirar el tablero contra la pared.

      Ése era el plan.

      La primera parada era Los Jardines. Tobias, Cassie, Ax y Marco necesitaban formas nuevas para el trabajo de esa noche.

      Necesitábamos cuerpos que pudieran armar un buen revuelo. Y cuerpos que pudieran recibir balazos de pistola. Es decir, necesitábamos tener todos los que Jake y yo ya teníamos.

      Una vez que terminamos en Los Jardines, volamos hacia el mar convertidos en gaviotas. Fue un vuelo muy duro.

      El viento arreciaba por momentos, levantando unas olas impresionantes. Y al cabo de un rato comenzaron a caer rayos.

      <¡Aaaah!>, gritó Marco cuando el primer rayo iluminó las nubes y el mar.

      Poco después cayó otro, y al cabo de un instante fue como si comenzara un espectáculo de luces. El cielo se pobló de rayos, gruesos como árboles. Unos rayos enormes que caían sobre las olas una y otra vez, a nuestro alrededor, aunque sólo estábamos a pocos metros de la orilla.

      ¡Y los truenos! Imaginaos el trueno más fuerte que hayáis oído jamás y multiplicadlo por cinco. Era como si tuviera la cabeza dentro de un cubo de acero y alguien le estuviera dando golpes con un martillo.

      Rayos, truenos, y entonces se puso a llover.

      <Estupendo –comentó Marco-. Perfecto.>

      <Jake, no vamos a poder avanzar con este viento –dijo Tobias-. Y menos con las plumas mojadas.>

      <Sí, es verdad –convino Jake-. Iremos nadando junto a la costa el resto del camino.>

      <No hay problema –dije-. Lo único que tenemos que hacer es aterrizar sobre el agua.>

      <Las gaviotas se pasan el día posándose en el agua –señaló Cassie-, aunque quizá no en pleno huracán…>

      Sin duda tenía razón. Pero gaviota o no gaviota, os aseguro que fue una experiencia terrible.

      Imaginaos: sois un pájaro pequeño y blanco, más pequeño que una gallina normal. El mar está más negro que el carbón, aparte de la pálida fosforescencia de la cresta de las olas. Básicamente no podéis ver ni las olas, porque las nubes ocultan totalmente la luna y las estrellas. Pero, cada pocos segundos, todo el paisaje se ilumina por un rayo. A veces es una luz tenue, porque el rayo está lejos y el trueno tarda unos diez segundos en llegar. Otras veces el rayo cae más cerca, y las olas se convierten en montañas negras y plateadas con sombras triangulares. La luz sólo dura un instante, el tiempo suficiente para que os deis cuenta de lo altas que son las olas.

      En fin, el caso es que bajé detrás de Jake, sin querer apresurarme, por una vez. El mar me da mucho respeto.

      El viento era tan fuerte que me costó trabajo bajar. Estaba a diez metros sobre el agua, a siete metros…

      ¡Un rayo!

      De pronto el agua ya no estaba a siete metros, sino que se lanzaba sobre mí. Era como volar en avión por encima de una montaña, sólo que, de pronto, la montaña se hinchó como un grano de maíz a punto de explotar.

      ¡PLAAAAASH!

      El agua espumeaba a mi alrededor. Pero yo salí flotando a la superficie como un corcho. Casi me eché a reír. ¡Era facilísimo! La gaviota flotaba y no se podía hundir. Doblé las alas y fue casi como hacer surf.

      Aterrizamos separados unos de otros, claro. No había forma de apuntar con precisión. Los rayos me permitían ver por instantes a los demás, diminutos pájaros blancos sobre enormes olas negras.

      <¿Todos habéis aterrizado bien?>, preguntó Jake.

      Fuimos respondiendo uno a uno.

      <Muy bien. Ahora viene lo más difícil.>

      No tenía que explicarnos nada. Todos o sabíamos. Nos convertiríamos en delfines. Una vez que fuéramos delfines, todo iría bien. Los delfines son los amos del mar. Pero para ser delfines, teníamos que transformarnos en personas primero. Y puede que las gaviotas y los delfines se encontraran a gusto entre aquellas olas grandes como casas, pero os aseguro que no era el lugar ideal para una persona.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 12:

      <Va a ser difícil –advirtió Jake-. Tened todos mucho cuidado.>

      <Jake, ¿por qué no lo hacemos de uno en uno? –sugirió Cassie-. Yo me transformaré primero, y así podré ayudar a los otros.>

      <De acuerdo –convino Jake-. Cassie se transformará la primera. Es la más rápida.>

      Sí, parecía lógico. Cassie era la que mejor dominaba las metamorfosis. Jake recurría esta vez a ese talento especial de Cassie. Como había recurrido otras veces a Marco por su naturaleza suspicaz, o a Ax por sus conocimientos de las cosas extraterrestres, o a Tobias por sus ojos y oídos de ave de presa.

      Como había recurrido a mí. ¿Por qué? ¿Por mi carácter temerario? ¿Por algo oscuro que habitaba en mi interior?

      Cassie comenzó a transformarse. Yo sólo la vi una vez, durante el segundo que duró un rayo.

      Estaba convertida en un amasijo de plumas mojadas y piel, con una cara fantasmagórica, como una máscara de Halloween.

      La oí gritar sorprendida, y cuando cayó otro rayo sólo vi una mano humana por encima del agua.

      <¡Cassie! –exclamé-. ¡Cassie!>

      ¡No me contestaba! Se estaba ahogando. Había sido una tontería dejar que se transformara ella primero. Se le daban muy bien las metamorfosis, pero yo nadaba mejor que ella. Empecé a transformarme a toda velocidad.

      <¡Se está ahogando, Jake!>, grité.

      <No hagas ninguna tontería, Rachel. Ya saldrá a flote.>

      Yo me callé, pero seguí creciendo. Cada vez pesaba más, cada vez flotaba menos. Al cabo de un momento me había convertido en un bulto de unos veinte kilos con un puñado de plumas. Empecé a hundirme, claro, pero me dio tiempo de tomar una bocanada de aire antes de que una ola me cubriera de agua.

      Esperaba salir a la superficie enseguida, pero la ola me había hundido.

      ¡Y no tenía manos para nadar! Mis pies eran enormes garras de pájaro.

      ¡Pánico!

      <<¡No, no! –me dije, enfadada con mi momentáneo terror -. Sigue transformándote. Es la única manera.>>

      Pero los pulmones me ardían. Mis pequeños pulmones de gaviota se habían convertido en pulmones humanos, y no tenía ni un ápice de aire en todo el cuerpo.

      Intenté dirigirme hacia arriba. ¿Pero era aquello <<arriba>>? No podía estar segura. Todo era negro a mi alrededor, como si me hubiera caído a un barril de tinta. ¿Dónde era <<arriba>>?

      Por fin empecé a nadar, dando patadas con pies humanos y brazadas con manos humanas. Pero no sentía la gravedad. No sabía si nadaba hacia arriba o me hundía cada vez más.

      Hasta que de pronto algo me golpeó. No vi lo que era, pero noté la piel como de goma.

      <Cálmate, Rachel –dijo Cassie-. Vas en la otra dirección.>

      Me puso debajo su morro de delfín y me empujó hacia arriba, hacia arriba ( ¿tanto me había hundido?), hasta que mi cabeza emergió de repente a la superficie del agua negra, bajo la lluvia.

      Respiré aire, tragué agua, volví a hundirme cuando me golpeó otra ola, volví a salir a la superficie…

      Hasta que me di cuenta de que cabalgaba a lomos del delfín. Me incliné y me agarré al lomo de Cassie.

      -Gracias –logre resollar.

      <Tómate un momento. Cuando estés lista te mantendré por encima del agua hasta que seas bastante delfín.>

      Diez minutos más tarde , todos nos habíamos transformado en delfines.

      Cassie me ayudó a mí primero, luego entre ella y yo ayudamos a Jake. Los demás se transformaron rápidametne a continuación.

      Tobias fue el último. Tenía que atravesar por la fase de ratonero, así que entre todos lo sostuvimos por encima del agua.

      <Un tiempecito estupendo para la ocasión –gruñó Marco-. ¿Qué es esto, un huracán? Como si no bastara con intentar nadar siendo medio ave medio persona, para encima tener que hacerlo en medio de un tifón.>

      <Es el agua –replicó Tobias con tono ominoso-. El agua siempre trae problemas. Cuando estás en el aire por lo menos ves qué está pasando.>

      <De todas formas parece que mis preocupaciones se han evaporado –dijo Ax-. Me siento de lo más tranquilo. Feliz, incluso.>

      <Es el cerebro del delfín>, explicó Marco.

      Era verdad. Es muy difícil tener preocupaciones cuando eres un delfín. Un delfín en el mar es como un niño en una tienda de caramelos. Como Cassie en una reserva natural. O como yo en las rebajas.

      <Bueno, todos estamos vivos, así que sigamos adelante. Seguramente ya se nos ha hecho tarde>, dijo Jake.

      <Vamos aproximadamente diez minutos retrasados, según el plan previsto>, apuntó Ax.

      <Vamos allá>, dije yo.

      Empezamos a nadar. Éramos un feliz grupo de delfines, saltando en el agua. Nadamos entre las olas, que eran como grandes muros. A veces nos encontrábamos casi en el aire.

      ¿Tormenta? ¿Qué tormenta? ¿Olas? ¡Las olas eran divertidísimas! ¿Oscuridad? ¿Y qué? Teníamos nuestros ultrasonidos para orientarnos. ¿Viento? Era estupendo. Te ayudaba a avanzar en los saltos. ¿Truenos? No eran más que ruido.

      En cuanto a los rayos… Bueno, si estás nadando debajo del agua y te pones de lado para mirar con un ojo hacia la superficie, los rayos son como enormes bombillas. Toda la superficie del agua se ilumina con un brillante color plateado y parece una bandeja de plata abollada.

      Un ojo mirando la luz, otro mirando la oscuridad. Para el cerebro del delfín no era ningún problema. El cerebro de delfín no tiene la emoción del miedo. Tal vez otras criaturas conozcan el miedo, pero el cerebro del delfín no está programado para eso.

      A menos, claro, que vea de pronto unas manchas negras y blancas, porque puede tratarse de una ballena asesina, y entonces el instinto de supervivencia del delfín se despierta.

      Pero las olas, los rayos, el aullido del viento, el agua negra, nada de eso tenía ninguna importancia.

      Nadamos junto a la costa hasta que al saltar en el aire, vimos las conocidas luces de la urbanización Marriot. Entonces mi cerebro humano me dominó del todo, con sus propios miedos.

      Porque todavía teníamos que transformarnos otra vez en el agua. Y esta vez en plena rompiente.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

< Capítulo 13:

      Captamos con nuestros ultrasonidos un submarino a un kilómetro de la costa. Peligrosamente cerca. Y por supuesto, notábamos varias lanchas guardacostas patrullando por la zona y alumbrando el agua con sus focos. Claro que, para un delfín, evitarlas era un juego e niños.

      Por fin desaparecieron detrás de una pequeña isleta a un kilómetro y medio de la costa. La isla, en realidad, no era más que un grupo de rocas con un par de árboles. Me asomé a la superficie para verla mejor. Entonces no supe por qué, pero aquel lugar desolado me puso nerviosa. Bueno, tan nerviosa como una se puede poner siendo un delfín.

      Nadamos hacia la orilla. Noté, por mis ultrasonidos, que el fondo del mar iba subiendo.

      Sólo había unos metros de profundidad, y hasta mi cerebro de delfín se inquietó un poco al notar las olas romper, casi estrellándonos contra arena, piedras y conchas rotas.

      <¿Estamos ya bastante cerca?>, preguntó Marco.

      <Tenemos que acercarnos todo lo que podamos –dijo Cassie-. Un poco más.>

      Al cabo de un momento mi vientre gris arañaba la arena y mi cola era casi inútil.

      <Muy bien, ahora –ordenó Cassie-. Cuando nos transformemos podremos defendernos bien en esta profundidad.>

      Empecé a transformarme. La verdad es que no me apetecía nada. Las olas eran enormes, como para hacer surf, y se hacían cada vez más fuertes a medida que se acercaban a la orilla. Crecían y crecían hasta convertirse en montañas de agua más altas que una casa de dos pisos.

      Intenté sincronizar mi metamorfosis, pero no hubo manera. Una ola me pilló a medio transformarme, y me estampó e bruces contra la arena. Y lo peor de todo es que no podíamos dejarnos arrastrar a la orilla. La playa estaba atestada de patrullas de seguridad, y los agentes llevaban gafas de visión nocturna que les permitían verlo todo como si estuviera iluminado por un enorme sol verde.

      No podíamos dejar que nos vieran hasta que estuviéramos preparados. Por eso la rompiente era el lugar perfecto. Aunque por todo lo demás era un lugar fatal.

      Por fin me transformé en persona, y me invadió una oleada de agotamiento, casi tan devastadora como las olas de verdad. Las metamorfosis cansan mucho. Realizar repetidas metamorfosis, cuando no has dormido en toda la noche, es para acabar con cualquiera.

      Os aseguro que sólo tenía ganas de relajarme en el agua y quedarme dormida. Pero una ola me estrelló de cabeza contra el fondo.

      Subí de nuevo a la superficie y me puse a transformarme otra vez.

      Ahora las cosas comenzaron a mejorar. Me estaba convirtiendo en un elefante africano. Toneladas de elefante africano. Cuando sobrepasé mi primera tonelada, las olas ya no me molestaban tanto.

      Me interné un poco más en el mar para ocultar mi creciente masa y evitar desde la orilla la silueta de una cabeza de elefante, que cualquiera habría reconocido.

      Miré a la izquierda con un ojo y a la derecha con el otro. Los demás también se estaban haciendo enormes.

      Jake había asumido su forma de rinoceronte. Marco había decidido adquirir el mismo animal. Cassie, Tobias, Ax y yo éramos elefantes.

      Las formas de elefante y rinoceronte tienen muchas cosas en común. Son más rápidas de lo que parecen y hace falta algo más que una pistola para abatirlas. Y además, la gente que las ve venir tiene tendencia a salir corriendo.

      Entre todos debíamos ser… No sé, unas quince toneladas de huesos, cuernos, colmillos y músculos.

      <¿Listos?>, preguntó Jake.

      <Listos>, contestó Marco.

      <La nariz de este animal se mueve con bastante delicadeza>, observó Ax.

      Yo veía bastante bien con mis ojos de elefante, A diferencia de Jake y Marco, que eran medio ciegos. Observé los bungalós cerca de la playa, tenuemente iluminados, y el edificio del hotel un poco más allá, más alto y con más luz.

      Nuestro objetivo eran los bungalós. Allí se alojaban los líderes del mundo. El plan era muy simple: si no podíamos detener a los yeerks con sutileza, sencillamente destrozaríamos la urbanización. Entonces, con toda probabilidad, se cancelaría el gran banquete en el que Visser Tres esperaba atacar.

      Como ya he dicho, no era un plan perfecto. ¿Pero sabéis una cosa? Con lo cansada y furiosa que yo estaba en aquel momento, con todas mis preocupaciones y mis dudas, la sencillez del plan me parecía genial.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 14:

      La verdad es que los del servicio secreto y la seguridad casi me dieron pena. Estaban los pobres allí, bajo la lluvia, cubiertos con sus ponchos y vigilando con sus gafas de visión nocturna, y , de pronto, fue como si un grupo de ballenas hubiera decidido salir del agua y darse un paseo por la playa.

      Quiero decir que seguramente debía estar entrenado para casi todo, pero desde luego no para enfrentarse a un par de rinocerontes y cuatro elefantes africanos que salieron de repente del mar en plena tormenta de pesadilla.

      -BRRRRRRRAAAAAAAAARRRR –me anuncié.

      -¿Qué demonios…? –oí que decía una voz humana.

      Me lancé a la carga sin esperar más. Tuve que subir una pequeña pendiente, pero mis patas eran gruesas como árboles y tenían mucha fuerza.

      Alcé la trompa y barrité de nuevo.

      -¡BRRRRRRRRRRRRRRAAAAAAAAAAAARRRRRRRR!

      Corrí a toda velocidad, como los demás. De pronto estalló un relámpago, y vi a media docena de hombres y mujeres, vestidos con chubasqueros, que nos miraban con la boca abierta.

      Sólo uno reaccionó como si supiera qué pasaba. Sacó su pistola y disparó. ¡Apuntándome a mí!

      ¡BANG! ¡BANG!

      Los destellos del cañón e la pistola eran como diminutos ecos de los relámpagos. Esta vez una bala me alcanzó en el hombro. Tampoco es que me hiciera daño, pero sí la note.

      El hombre no tuvo ocasión de disparar de nuevo. Bajé la cabeza, apuntándole con mis largos colmillos, y él dio media vuelta y echó a correr.

      <Recordad: debemos suponer que éstas son todas personas inocentes>, nos dijo Jake.

      Su voz telepática me llegó justo cuando yo dudaba entre atravesar a aquel tipo con mis colmillos o pasarle por encima. Pero Jake tenía razón. Aquéllas eran personas inocentes. Casi todas.

      Nuestra misión era crear el caos y asustar a todo el mundo, pero sin herir a nadie a propósito.

      Otros agentes de seguridad habían decidido que lo mejor era disparar contra nosotros. El tiroteo se oía en toda la playa, además de los gritos que el aullido del viento ahogaba enseguida.

      <¿Todos listos? –preguntó Jake-. ¡A la carga!>

      Marco se echó a reír.

      <¿A la carga? ¡Seguro que toda su vida ha querido decir una cosa así!>

      Así que nos lanzamos a la carga. Echamos a correr por la playa hacia los bungalós más cercanos.

      ¡Cincuenta metros!

      ¡Veinte metros!

      Mis enormes patas se hundían en la arena a cada paso. Atravesé una línea de matorrales, notando apenas los arañazos de los espinos en mi piel correosa.

      Me sentía enorme. Era como un tanque. Corría a toda velocidad con las orejas flameando al viento, barritando como loca con mi trompa, buscando con los colmillos algo que empalar.

      Era pura inercia, pura energía animal descontrolada.

      Cargué contra un emparrado y lo hice añicos. ¡A continuación había una pared! Seguí corriendo, torcí la cabeza a un lado y la golpeé con el hombro.

      ¡CRAASH!

      ¡CRUNCH!

      Retrocedí un paso y volví a lanzarme.

      ¡CRAASH!

      ¡CRUNCH!

      <Una vez más>, grité, riéndome como una idiota. Retrocedí de nuevo y esta vez no hubo ningún <<crunch>>, sólo el estruendo de las piedras desplomándose. De pronto, una brillante luz apareció en el agujero que había hecho en el muro.

      En ese momento, Marco, con su nuevo cuerpo de rinoceronte, cargaba contra una puerta y la atravesaba en el mismo movimiento.

      Los tipos de seguridad se estaban poniendo serios. Elefantes y rinocerontes correteando por allí… bueno, casi tenía gracia. Elefantes y rinocerontes tirando abajo puertas y paredes… eso ya era otra cosa.

      Atravesé el agujero del muro y me encontré parpadeando a un hombre que estaba sentado en una mecedora, ataviado con una camisa de esmoquin, pajarita, calcetines negros y relucientes zapatos. La chaqueta y los pantalones del esmoquin estaban doblados sobre una silla. El hombre me resultó familiar. Era el líder de una gran nación.

      Estaba sentado en calzoncillos, sirviéndose tranquilamente una copa de licor. Cuando terminó nos miró a Marco y a mí con expresión belicosa.

      No voy a decir quién era aquel hombre, ni qué nación dirigía, pero estaba borracho. Y puede que fuera un borrachín, pero no un cobarde. Se quedó allí sentado en ropa interior, mirándonos desafiante.

      <¿Qué hacemos?>, me preguntó Marco.

      <Pues supongo que ir a destrozar algún otro bungaló>, sugerí.

      De pronto unos doce hombres de seguridad irrumpieron en la sala con las armas en la mano. Y no eran pistolitas, no, sino auténticas metralletas.

      Pero el hombre de la silla dio una orden en una lengua extranjera. Nadie disparó. El hombre hizo un gesto con una mano, indicando que tal vez Marco y yo deberíamos marcharnos.

      Y eso hicimos. Atravesamos otra pared y nos llevamos con nosotros la mitad del tejado, pero nos marchamos.

      Oí a mis espaldas unas carcajadas. Aquel hombre se reía como si le hubiéramos alegrado el día.

      Claro, que ahora que lo pienso, pasarse el rato hablando con un puñado de políticos debe de ser un aburrimiento espantoso. Creo que, al cabo de un par de días, yo también me alegraría de ver irrumpir en mi salón a un par de bestias enfurecidas.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 15:

      Volvimos a salir bajo la lluvia, que ahora caía con tal fuerza que era come estar de nuevo en el mar.

      ¡El caos era increíble!

      El tejado del hotel, varios focos se movían como locos, barriéndolo todo. Los tiros sonaban por todas partes. Un montón de hombres vestidos de negro corrían de un lado a otro con las armas en la mano entre una multitud de hombres de esmoquin y mujeres con traje de noche, que no hacían más que gritar y tropezar unos con otros. En el aire, se oían varias hélices de helicóptero.

      Y mientras tanto, cuatro elefantes y dos rinocerontes cargábamos contra todo lo que se nos ponía por delante.

      Los truenos hacían temblar las ventanas, la lluvia lo convertía todo en barro, y cada pocos segundos algún relámpago iluminaba aquel pandemónium como una luz estroboscópica.

      Habría sido divertido… Si no nos hubieran estado disparando.

      Vi un bungaló que todavía no habíamos destrozado y llamé a Marco.

      <¡Eh! Derriba aquella puerta. Yo iré detrás de ti.>

      <¿Qué puerta? No veo muy bien.>

      <Gira a la izquierda –indiqué-. Muy bien. ¡Venga, venga, venga! ¡A la izquierda!>

      ¡BLAAM!

      <¡Eso no era una puerta!>

      <Te he dicho a la izquierda. Déjalo. Ya voy yo.>

      Me estrellé contra el muro que Marco ya había casi hundido. Esta vez la pared cayó fácilmente. Sólo hicieron falta dos golpes para que se desmoronara.

      ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

      Cuatro balas me dieron en la cabeza. Las sentí como martillazos.

      Me aparté de unos hombres disciplinados y de aspecto decidido. Eran tres. Detrás de ellos, atónito y boquiabierto, estaba el hombre más poderoso del planeta.

      Os aseguro que tuve que resistir la ridícula tentación de decir: <<Es un honor conocerlo, señor.>>

      Pero la sangre me chorreaba por la cara, y estaba un poco mareada. Las balas me habían hecho algo de daño.

      Retrocedí, arrastrando trozos de yeso y astillas de madera. Tropecé de espaldas contra un soldado que bajaba deslizándose por una cuerda que parecía caer del cielo. Por encima se oían las aspas de helicóptero. Al cabo de un momento, cayeron más cuerdas por las que bajaron varios hombres de uniforme negro. Iban armados hasta los dientes.

      Era el momento de largarse.

      <¡Jake! –grité en la oscuridad-. ¡Jake! ¡Están llegando refuerzos!>

      <¡Retirada! –ordenó Jake-. ¡Todo el mundo a la playa!>

      ¡RA TA TA TA TA TA TA TA TA TA TA TA!

      Eran metralletas. La pata trasera me estalló en llamas. Bueno, por lo menos eso es lo que yo sentí. Me tambaleé y la pierna herida estuvo a punto de ceder. Me habían herido gravemente.

      <¡Venga, Marco! ¡Vámonos de aquí!>

      <Pero yo ni siquiera he visto al Presidente>, protestó él.

      <¡Marco, ahora no es momento!>

      Cargamos contra los emparrados y los matorrales, hasta llegar a la playa barrida por el viento.

      Una persona se tambaleó delante de mí. Estaba cubierta de barro y hundida hasta el tobillo en la arena mojada. Y furiosa. Era Tony, el jefe de protocolo de la Casa Blanca. Sólo que nosotros sabíamos que el ADN de Tony había sido adquirido por Visser Tres.

      Y a juzgar por la expresión rabiosa de <<Tony>>, se trataba, en efecto, de Visser Tres.

      Por un instante nos miramos a los ojos. Él sabía quién era yo. Yo sabía quién era él.

      <Supongo que el banquete se habrá cancelado, Visser –dije-. ¡Ahora vamos a ver lo deprisa que corres!>

      Me lancé contra él, pero trastabillé. Me encontraba peor de lo que yo pensaba. Visser se dio cuenta de que no le alcanzaría, y se puso a dar brincos de rabia.

      -Cuando te atrape no te mataré, andalita –gritaba-. ¡Tendrás que suplicar la muerte!

      No tenía tiempo de quedarme a charlar con Visser. Además, se suponía que no teníamos que hablar con los yeerks. No queríamos que adivinaran que no éramos andalitas.

      Vi que los demás también estaban en la playa. Algunos andaban con dificultad, otros parecían haber salido ilesos. Dejé a Visser Tres saltando y berreando, y eché a correr sobre mis tres piernas buenas. Salimos disparados hacia la orilla, con las balas silbando a nuestro alrededor, y nos tiramos al agua.

      Yo empecé a transformarme de inmediato, mientras seguía internándome en el mar en contra de las olas. La metamorfosis me salvaría la vida. Todo el daño causado por las balas sería reparado.

      Estaba como aturdida. ¡Iba a sobrevivir! Me eché a reír como una loca, de puro placer, de pura histeria. Ya no sentía cansancio, sino una alegría frenética por haber escapado viva.

      <¿Cómo van a explicar todo esto?>, preguntó Tobias.

      <Ni idea –dije yo-. Pero te aseguro que nadie v a olvidar esta noche.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 16:

      Me estaba transformando en persona lo más rápido posible. Aunque las condiciones climatológicas eran peligrosas, lo cierto es que en aquel momento nos salvaron la vida. El barco guardacostas se hubiera aproximado a nosotros, pero con aquellas olas le era imposible acercarse a la orilla.

      Mientras me transformaba, noté cómo se desvanecían las heridas. Las balas cayeron inofensivamente al fondo del mar.

      Una vez más, estuve a punto de ahogarme antes de lograr convertirme en delfín. Pero casi no me importó. Empezaba a sentir la depresión que sigue a la batalla, el agotamiento que se impone cuando empieza a disiparse la adrenalina.

      La mente de delfín me rescató. Se sentía tan feliz como siempre. El ADN de sus instintos quedó reconstituido con la metamorfosis.

      Agité mi cola gris y noté que mi piel se deslizaba con facilidad por el agua. Me sumergí por debajo de la quilla del barco guardacostas y me dirigí hacia alta mar.

      Y entonces sucedió. Lance una ráfaga de ultrasonidos, una serie de ondas de sonido muy rápidas. Las ondas viajaban por el agua y rebotaban en todo lo que encontrasen en su camino. Era como un sonar. Un radar submarino.

      Entonces vi en mi mente aquella silueta, un perfil que estaba impreso en los archivos más profundos del ADN del delfín.

      Era larga, de unos siete metros, y enorme, de unos cuatro mil kilos. De su lomo surgía una larga aleta dorsal. Los ultrasonidos no informaban del color, pero yo supe que, en cuanto me acercara, vería unas manchas blancas y negras.

      <¡Ballena asesina!>, grité.

      Venía hacia nosotros. ¡Y a una velocidad increíble! Una cosa tan enorme no debería moverse tan deprisa.

      Venía a por nosotros, y estábamos indefensos. Era más rápida, más fuerte. Era mortal. Nosotros éramos más ágiles, pero una cosa es segura: son las ballenas asesinas las que comen delfines, no al revés.

      <La he captado con los ultrasonidos>, dijo Cassie.

      <¿Qué es esa criatura?>, preguntó Ax.

      <En realidad es una clase de delfín –informó Cassie-. Un pariente cercano de la especie en la que no hemos transformado.>

      <Ya, un pariente cercanísimo –murmuré yo-. Igual que un doberman es pariente de un chihuahua.>

      <Sólo hay una –dijo Cassie-. Qué raro.>

      <¿Por qué? ¿Qué tiene de raro?>, quiso saber Tobias.

      <Pues que las orcas, por lo general, cazan en manadas.>

      <Ya, pues ésta está cazando solita –replico Tobias-. Con lo grande que es no necesita ninguna ayuda.>

      <¿Qué hacemos?>, preguntó Marco.

      <No es más que una ballena asesina –nos tranquilizó Jake-. Nosotros contamos con la inteligencia humana. No podemos luchar contra ella, ni podemos escapar. Tendremos que ser más listos.>

      <¡Vamos hacia el barco guardacostas! –sugirió Tobias-. Nos quedaremos debajo de él. El sonido de los motores alejará a la ballena.>

      <Buena idea>, convino Jake.

      Dimos media vuelta y salimos disparados hacia el barco. No iba a ser fácil. Se trataba de meterse debajo de un barco que no era muy grande y que no dejaba de cabecear entre las olas. Además, los delfines respiran aire. Tendríamos que salir a la superficie alguna vez. No podíamos quedarnos escondidos ahí debajo toda la eternidad.

      Pero la idea era buena. Y probablemente habría dado resultado. De no haber sido por una cosa terrible.

      <¡Ja ja ja! ¿Os creéis que el ruido de un motor me va a asustar? –dijo la ballena asesina-. ¡Qué ingenuos!>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 17:

      Seis voces telepáticas exclamaron al unísono.

      <¡David!>

      <Sí, David –dijo él con ominosa satisfacción-. Cinco pequeños delfines y una enorme orca. A ver que pasa.>

      <Todavía cree que Tobias está muerto –dije mediante telepatía privada-. No nos ha contado. Tobias, quédate detrás y…>

      <David no sabe cuál de nosotros es Tobias –me interrumpió Ax-. Está esperando a cinco delfines. Somos seis. El sexto, el que se quede escondido, podría ser cualquiera.>

      <¿Qué sugieres?>, preguntó Jake.

      <Estaba pensando, príncipe Jake, si alguno de nosotros tiene alguna forma que pueda derrotar las metamorfosis de David.>

      <Sí, yo>, dijo Cassie.

      <Muy bien. Ax tiene razón. Cassie, quédate atrás, que no te vea. Buena idea, Ax. Pero no me vuelvas a llamar príncipe.>

      <Sí, príncipe Jake.>

      <Bueno, nosotros tenemos que entretener a David>, ordenó Jake.

      <¡Vamos allá!>, exclamé.

      No me importaba que David fuera diez veces más grande que yo. Le odiaba. Pero la parte más sensata de mi cerebro no imaginaba cómo iba a poder enfrentarme a él y aguantar más de unos segundos. Y mucho menos siendo un delfín. Hasta un tiburón habría estado indefenso. La orca era gigantesca.

      <Eh, soy la ballena Willy –dijo David, riéndose-. La ballena Willy tiene hambre.>

      <¿Por qué no le sueltas esa broma a Visser Tres? –le espeté-. A lo mejor lo arregla todo para que mueras riendo.>

      <Ah, Rachel, ¿eres tú, verdad? ¡La psicópata de Rachel!>

      <¿Ahora resulta que la psicópata soy yo? ¡Mira quién fue a hablar! ¡Tú sí que eres un psicópata!>

      <¿Yo? Oye, que yo no voy por ahí amenazando con matar a los padres de nadie.>

      Tenía que soltarlo así, delante de todo el mundo.

      <Yo no he amenazado a tus padres>, mentí.

      <Sí que los amenazaste –replicó él, y hasta yo noté su sinceridad-. ¿Tú lo sabías, gran Jake? ¿Lo sabías tú, Cassie, con todas tus moralinas? ¿Sabíais que Rachel me amenazó con matar a mis padres? ¿Y tú, andalita? En cuanto al listillo de Marco, todos sabemos que habría estado de acuerdo.>

      Nadie dijo nada. Nadie salió en mi defensa.

      De pronto me sentí vacía. Como si su silencio fuera un gran agujero en mi interior.

      ¿Quiénes eran ellos para juzgarme? ¿Quién de nosotros no había tenido que hacer cosas de las que se avergonzaba?

      ¿Estaba yo avergonzada? ¿Era eso lo que trataba de decir?

      Pero no había tiempo. David se impulsaba con su cola y venía contra nosotros como un tren de mercancías.

      <Muy bien, éste es el plan: cuando persiga a alguno, los demás nos lanzamos contra él. Apuntad a los ojos. Podrían ser vulnerables>, instruyó Jake.

      Yo todavía esperaba que dijera algo. Quizás algo como: <<No pasa nada, Rachel. No te preocupes.>> Pero nada. ¡Nada! ¡Hipócrita!, tenía ganas de gritarle yo. ¿Por qué me dejaste ir tras David, si no fue porque pensabas que iba a amenazarle?

      Pero no había tiempo. Porque un relámpago iluminó de pronto el mar, y vi que las manchas blancas y negras se abalanzaban sobre nosotros. Era como un extraño cruce entre una vaca y un autobús.

      Sólo que aquella criatura tenía una bocaza enorme y un montón de dientes. Y era muy, muy rápida. Se dirigía directamente a por Ax.

      <Aquí estoy, David>, dije, dando un coletazo. Él viró y se lanzó contra mí.

      Seguí dando coletazos con todas mis fuerzas, impulsándome hacia él, como si apuntara al morro de la ballena.

      Más cerca… más cerca… ¡Más cerca más cerca más cerca!

      De pronto giré las aletas y me dirigí hacia arriba. ¡Arriba arriba arriba! ¡hasta que pasé de largo el morro de David!

      ¡SPLAAASH! Salí a la superficie, bajo la lluvia y los rayos. Salté todo lo alto que pude. Me quedé suspendida en el aire, me volví hacia abajo en cuanto noté la fuerza de la gravedad, y justo debajo de mí vi la boca abierta de la ballena asesina.

      ¡Caía! ¡Caía hacia aquellas fauces!

      <¡Noooooo!>

      Pero David también se hundía. No había tenido tiempo de prepararse, y no podía mantenerse en la superficie. Yo caía hacia él…

      ¡SPLAAASH! Caí al agua, no entre dientes, y coleé como loca para ganar velocidad. ¿Dónde estaba David? ¡No lo veía!

      <Utiliza los ultrasonidos, Rachel. ¡Vamos, concéntrate!>, me dije.

      Disparé una ráfaga de ultrasonidos. El eco fue instantáneo. David estaba detrás de mí. Viré bruscamente a la izquierda, y el enorme morro blanco y negro pasó de largo.

      De pronto otro delfín apareció de la nada. Golpeó el ojo derecho de David con el morro y se deslizó en el agua por debajo del gran monstruo.

      <¡Aaaaaah!>, gritó David. Pero siguió concentrado en mí. Se volvió con una rapidez increíble, y con la misma rapidez se lanzó contra mí.

      ¡Aquello era de locos! Era como jugar al corre que te pillo.

      Rodé en el agua hasta ponerme barriga arriba, cambié de dirección y me deslicé bajo David, literalmente frotando una barriga contra otra. Luego subí por su costado derecho, con el lomo detrás de su alta aleta dorsal.

      Ahora estaba fuera de su vista. Mientras me quedara allí pegada a él, David no podía verme ni mucho menos alcanzarme.

      Pero David no se conformó con jugar conmigo al corre que te pillo. Se lanzó contra otro delfín, y yo no pude igualar su velocidad. Pero cuando su cola pasó de largo, le clavé mis dientes.

      Gran error.

      David me agitó arriba y abajo, arriba y abajo, con cada uno de sus coletazos, arrancándome varios dientes. Por fin tuve que soltarlo.

      Estaba aturdida. Entonces él se volvió y vino a por mí otra vez.

      Yo intenté nadar, tantas sacudidas me habían desorientado.

      Lo único que vi fueron unas enormes fauces que se cernían sobre mí.

      Y supe que no podría escapar.

      La orca llenaba todo mi campo de visión. ¡Era enorme! ¡Y tan rápida!

      Y entonces…

      Bueno, entonces vi lo que cualquier orca quisiera ser de mayor.

      Nada de una ballena asesina de unos seis metros, sino una ballena de unos quince o más. Y nada de cuatro o cinco toneladas, sino más bien unas cincuenta o sesenta toneladas.

      Están casi extinguidas, estuvieron a punto de desaparecer, pero todavía quedaban ballenas jorobadas en el mar. Y una de ellas era Cassie.

      <Hola, David. Soy yo, Moby Cassie. ¿Por qué no dejas en paz a mi amiga Rachel?>

      Si David no fuera un ignorante en cuanto a ballenas, habría sabido que la jorobada estaba casi indefensa frente a él. Las ballenas jorobadas no tienen dientes, sólo unas barbas cartilaginosas que le cuelgan de la mandíbula superior.

      Pero supongo que cuando uno ve venirse encima a una criatura más grande que una casa, le entran unas ganas enormes de desaparecer de la vista.

      David se marchó, pero no sin antes advertirme.

      <Más tarde, Rachel. Ya tendremos otro momento.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 18:

      Estaba tan exhausta que no iría al colegio al día siguiente. No me importaba. Fui a casa, me metí en la cama con ropa y todo, y me quedé frita.

      Por la mañana, tempranísimo, oí unas voces en el piso de abajo. Unas voces sombrías y apagadas. Nada de risas. Pero no me importó. Volví a quedarme dormida.

      Entonces Jordan vino a mi habitación y se puso a sacudirme hasta que me volví, con el pelo pegado a la cara y los ojos medio cerrados y legañosos.

      -Más vale que tengas una buena razón para despertarme, o te arrepentirás de haber nacido- le espeté.

      -Es Saddler.

      Tardé un buen rato en entender lo que me decía.

      -¿Eh?

      -Creo que no está muy bien. Piensan que se va a morir.

      Saddler . Mi primo. El primo de Jake. Sí, ya, ahora me acordaba. Había tenido un accidente. Lo habían ingresado en el hospital de niños.

      -Vaya por Dios –logre mascullar.

      -¿No se te ocurre decir otra cosa? ¿Vaya por Dios?

      Era evidente que no podría dormir más. Me incorporé en la cama e intenté espabilarme un poco para pensar en algo más apropiado que decir, pero era como si tuviera la cabeza llena de algodón.

      -¡Lo más seguro es que se muera! –repitió Jordan.

      Por fin comencé a darme cuenta de lo que Jordan quería.

      Se sentía mal, tenía miedo. Quería que yo la tranquilizara.

      Le hice un gesto con la mano para que se acercara y reprimí un bostezo.

      -Siéntate –dije, dando unas palmaditas en la cama-. Mira, es una cosa horrible, espantosa. Es verdad, Saddler no es más que un niño. Para sus padres va a ser un golpe terrible. Sé cómo te sientes.

      -Es que es tan injusto… Quiero decir que… No sé, Saddler iba tan tranquilo en su bici y ahora, de pronto, está a punto de morirse.

      Yo asentí con la cabeza.

      -Sí, la vida es muy dura.

      Jordan puso los ojos en blanco. Mi hermana sabe reconocer un tópico estúpido.

      -Lo siento –dije-. Mira, a veces pasan cosas malas. Eso no significa que te vayan a pasar a ti. No significa que nos vayan a pasar a nadie de la familia.

      -Sí, pero es que es todo tan extraño. Y yo me siento fatal, porque me alegré de que no me hubiera tocado a mí, ¿sabes? Fue como decir: <<¡Uf! ¡Eso ha caído cerca!>> Pero no está bien pensar eso. Debería estar triste. Y lo estoy. Pero es que además de estar triste, también me alegro de que no fuera yo. Y luego pensé : <<No voy a volver a montar en bicicleta nunca más.>> ¿Sabes? El hombre que le atropelló dice que Saddler salió a la carretera sin mirar. Así que yo pienso que a Saddler le atropellaron por ir sin cuidado, por tonto. Pero tampoco está bien pensar eso.

      -No está bien, es verdad –dije yo-, pero creo que es normal. Como no quieres pensar que podría pasarte a ti, tienes que inventarte excusas, para convencerte de que a ti nunca te va a pasar. Y por eso mismo acabas echándole la culpa a la víctima. Incluso te llegas a enfadar con ella. Le echas la culpa de todo. Es como si le dijeras: <<¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¿Cómo te atreves a sufrir un accidente para que yo me sienta mal?>>

      Jordan asintió.

      -Pero eso tampoco está bien.

      Yo me encogí de hombros.

      -No, probablemente no. Pero es la naturaleza humana. A nadie nos gusta pensar que podría tocarnos a nosotros, o a nuestra hermana, o a nuestros padres. Tenemos que hacer lo que sea para no sentirnos así. Tenemos que alzar un muro entre nosotros y el miedo. Tenemos que distanciarnos, tenemos que convencernos de que estamos a salvo. Las cosas malas sólo le pasan a la gente no tiene cuidado, o la gente mala.

      Jordan parecía sentirse mejor. Incluso sonrió.

      -Mamá dice que hoy podemos quedarnos en casa y no ir al colegio. Por si…

      Yo hice una mueca.

      -No es una razón alegre para faltar al colegio.

      -Ya. Bueno, a lo mejor Saddler se pone bien.

      -Sí, es como en la serie de Urgencias. Los médicos están todo el rato preocupados y luego el paciente siempre sobrevive.

      Cuando Jordan se marchó yo me levanté, todavía medio cegada por las legañas, y fui al cuarto de baño a lavarme la cara con agua fría.

      <Vaya, vaya, no sabía que eras tan sabia.>

      Me incorporé de un brinco y me volví. Miré como loca a mi alrededor… ¡Nada! No había nada en la bañera, nada en el suelo, nada en el techo.

      Os aseguro queme espabilé de golpe.

      -¿Qué quieres, David?

      <Sólo quería oír tu profunda sabiduría, Rachel. ¿Qué pasa? ¿Te pone nerviosa tenerme cerca?>

      Yo seguí buscando por la habitación. En el armarito de las medicinas… ¡Nada! De pronto me dio un escalofrío y un asco tremendo. Me di cuenta de que David podía estar en cualquier parte… ¡Podía estar encima de mí!

      -¿Voy a buscar un spray para las pulgas? –pregunte al baño desierto, intentando hacerme la dura, como si no tuviera miedo.

      <Tienes que poner una pared entre tú y tu miedo, Rachel –se burló él-. Tienes que apartarte de él, convencerte de que estás a salvo, Rachel. Tienes que decirte que las cosas malas sólo le pasan a la gente que no va con cuidado o a la gente mala.>

      -¿Qué crees que estás haciendo, David?

      <Te estoy enviando un mensaje, Rachel. Sé dónde vives. Ese es mi mensaje. ¿Quieres amenazarme? Muy bien, pero yo sé donde vives.>

      Tuve que dominar el miedo que competía con la rabia de mi mente. No podía permitir que David supiera que me tenía en su poder.

      -Mi familia no tiene nada que ver con esto.

      <Eso lo dirás tú.>

      -Tus padres son controladores. No es lo mismo.

      <¿Y tú estás del todo segura de que tus padres y tus hermanas no son controladores?>

      Tragué saliva, intentando conservar la calma. Eso era fundamental. Tenía que conservar la calma. Si estallaba, David sabría que tenía poder sobre mí.

      -Sí, sería muy propio de ti atacar a niñas indefensas, cerdo asqueroso. Y tú decías que nunca harías daño a una persona. Pero yo siempre supe que era mentira. Un cobarde como tú no tiene palabra.

      Era una estratagema patética. ¿Se la tragaría David? ¿Qué opinión tenía de sí mismo?

      <¿Quieres reglas, Rachel? Pues yo te las voy a dar: dame la caja azul y desapareceré. Me iré a otra ciudad. Me llevaré lo que necesite. ¡Tengo poderes! ¡Pero quiero esa caja!>

      -¿Para qué, idiota? ¿Quieres hacer más animorphs? ¿Para qué? ¿Para que te hagan lo que tú intentas hacernos a nosotros?

      Supongo que aquello le hizo pensar.

      <No te acerques a mi familia, Rachel. Yo me apartaré de la tuya. Esto es entre tú y yo. Ése es el trato. Tú y yo.>

      -Acepto el desafío –dije.

      <Estupendo. Anda, y ahora disfruta de tu ducha.>

      Después de aquello guardó silencio. Tal vez se hubiera marchado. Pero por primera vez decidí saltarme la ducha.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 19:

      No me sentí nada segura hasta que pasaron por fin dos horas. David no podía estar más tiempo transformado. Después de dos horas, si era una pulga o una cucaracha o lo que fuera, quedaría atrapado dentro de ese cuerpo.

      Así que dos horas más tarde, exactamente, llegué a casa de Jake. Había varios coches en la puerta, y supuse que eran de la familia de Saddler.

      Jake me abrió la puerta. En el salón, detrás de él, vi a unas seis personas. Parecía que se disponían a marcharse.

      -Hola, Rachel. ¿Has venido a ….?

      Yo el agarré por la camisa y tiré de él hasta sacarlo al porche. Nuca le había hecho nada parecido. Yo misma me quedé sorprendida. Y él no digamos.

      -¡David ha estado en mi casa! –le susurré al oído-. En mi cuarto de baño.

      Jake parecía perplejo. De pronto me miró alzando las cejas.

      -¿Transformado?

      -Pues claro que transformado. ¿Crees que llamó a la puerta y le preguntó a mi madre si me dejaba salir a jugar con él? –grité.

      -Cálmate, Rachel, está aquí toda la familia. Estamos a punto de ir al hospital a ver a Saddler. Tom está aquí –añadió con una mirada cargada de significado. Tom es un controlador.

      Yo bajé la voz.

      -Estaba transformado. Tal vez fue una pulga. ¡Podía haberlo tenido encima!

      Jake asintió con la cabeza.

      -Sí. Supongo que tendremos que esperar cosas así.

      -Yo soy su principal objetivo –solté-. ¿También te lo esperabas?

      -¿Qué quieres decir?

      -Quiero decir que es un asunto personal entre él y yo. Y creo que tú saber por qué.

      Jake movió la cabeza.

      -Rachel, estamos juntos en esto, y tú lo sabes.

      -¿Ah, sí? Pues anoche cualquiera lo hubiera dicho.

      -¿Qué quieres decir?

      -Lo sabes perfectamente. Cuando David os contó lo que había pasado entre él y yo, ni Cassie, ni Tobias ni nadie dijo nada.

      -Era una situación de combate, Rachel. ¿Qué esperabas? ¿Qué lo parase todo para explicar que David estaba mintiendo?

      Me lo quedé mirando furiosa, pero en ese momento el padre de Jake salió al porche.

      -Nos tenemos que ir ya, Jake. Hola, Rachel. ¿Por qué no vienes con nosotros?

      No sé por qué, pero dije que sí, que muy bien.

      El padre de Jake cerró la puerta otra vez.

      -¿Tú piensas que David mentía? –pregunté.

      Jake apartó la mirada.

      -Lo que yo piense no importa.

      Yo me eché a reír.

      -¿Sabes una cosa, Jake? Te estás convirtiendo en un auténtico líder. Hasta empiezas a ser un hipócrita –añadí, comenzando a alejarme-. Dile a tu padre que he cambiado de opinión.

      -Rachel. –Jake salió corriendo para alcanzarme-. ¿Que te pasa?

      -¿Que qué me pasa? ¿Aparte de que no he estado tan cansada en mi vida, aparte de que David está dispuesto a acabar conmigo? ¿Qué me pasa?

      -Sí, aparte de todo eso. Mira, te conozco bien, Rachel…

      -Sí, desde luego que sí –salté.

      -Oye, no tengo tiempo para adivinanzas.

      -Cuando estabais persiguiendo a David, y mandaste a Ax a buscar ayuda, ¿por qué le dijiste que viniera a por mí, y no a por Cassie o Marco?

      Jake parecía sorprendido.

      -No lo sé –dijo, encogiéndose de hombros-. Supongo que pensé que tú estabas más cerca.

      -No. Prueba otra vez.

      Jake se sonrojó enfadado, pero de pronto esbozó una sonrisa compungida.

      -Pensé que David había matado a Tobias, y que podía matarme a mí. Quería… artillería pesada.

      -Ya veo. Me querías por mis metamorfosis. –Era una buena respuesta. Tanto que casi podía ser verdad-. Muy bien. Ahora viene la segunda pregunta: ¿qué pensabas que le diría a David ayer? ¿Te acuerdas, cuando estábamos en la cafetería? ¿Por qué me dejaste ir tras él?

      La sonrisa de Jake se tornó más triste. Esta vez guardó silencio un buen rato.

      -Supongo… –comenzó por fin.

      -¡Jake! Nos vamos. Rachel, si quieres venir nos vamos ya.

      En ese momento la minifurgoneta nueva de la familia salía marcha atrás del garaje. Me metí dentro con Jake y no dijimos nada más.

      A lo mejor era cierto lo de mis metamorfosis. Tal vez yo me había precipitado al sacar conclusiones. Al fin y al cabo yo contaba con un cuerpo de oso y otro de elefante, que eran tan fuertes, o incluso más, que el león de David. Y también era verdad que ni Marco ni Cassie tenían ninguna forma que pudiera enfrentarse al poder del león.

      Tal vez eso era todo. Puede que finalmente mi primo no me considerase una especie de asesina enloquecida.

      Pero tendría que esperar para saber su respuesta a mi segunda pregunta.

      <<Era una situación de combate, Rachel –me había dicho-. ¿Qué esperabas? ¿Qué lo parase todo para explicar que David estaba mintiendo?>>

      Pero yo sabía una cosa: Jake mentía.

      Jake sabía perfectamente que lo que David había dicho era verdad.

      ¿En que se había convertido Jake?, me pregunté, no por primera vez.

      Allí estaba, sentado en la furgoneta como un chico normal y corriente. Cualquiera que le viera pasar por la calle pensaría: <<Vaya, qué chico más mono.>> Pero Jake era mucho más que eso.

      Aunque, por otro lado, supongo que lo mismo puede decirse de todo el mundo. Nadie puede saber con seguridad si la rubia que va de compras es simplemente una chica inofensiva… O yo.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 20:

      Cualquiera que piense que un hospital es deprimente, debería ir a un hospital de niños. En un hospital normal, uno piensa que las enfermedades son cosas de la gente mayor. Cosas como cáncer de pulmón o el mal de Alzheimer.

      Pero en un hospital de niños te das cuenta de que los chicos también pueden ponerse enfermos, que podría tocarte a ti, o a cualquier compañero de clase. Resulta de lo más inquietante. Saddler estaba en la UPCI. Unidad Pediátrica de Cuidados Intensivos. Y aquello era como la habitación de un hospital salido del infierno.

      En cada sala había cuatro camas, si es que se les podía llamar camas, con todos aquellos monitores sobre la cabeza mostrando los gráficos del corazón y del cerebro y un montón de cosas más, con fantasmagóricas líneas verdes.

      Tres de las camas estaban ocupadas. Saddler estaba en la más alejada de la puerta. Yo, nada más entrar, pensé que a veces era mejor morir. Nadie debería estar tan… tan indefenso.

      Pero supongo que fue una tontería, porque más tarde me enteré por uno de los médicos de que más del noventa y cinco por ciento de los que entran en cuidados intensivos, por muy mal que estén, salen vivos.

      Sin embargo, nadie se mostraba tan optimista con el caso de Saddler. Saddler iba a estar en el otro cinco por ciento. Por lo menos eso habían dicho los médicos.

      Bueno… Quisiera decir también, que cada uno reacciona de forma muy distinta ante un <<milagro>>. Había tantos médicos y enfermeras en torno a la cama de Saddler, que casi no pudimos ni acercarnos. Algunos tenían una cara como si Leonardo Dicaprio acabara de decirles lo guapos que eran. Parecían transfigurados. Otros estaban como furiosos, y otros asustados.

      La madre de Saddler fue corriendo hasta el médico jefe.

      -Doctor Kaehler, ¿qué pasa? ¿Qué le ha pasado a mi niño?

      El doctor Kaehler era uno de los furiosos.

      -¿Que qué ha pasado? Buena pregunta. Muy buena pregunta. Tengo que decirle que hace una hora tuvimos aquí una crisis. A su hijo se le paró el corazón. Lo llevábamos a toda prisa al quirófano pero, sinceramente, no esperábamos que sobreviviera.

      -Pero… –interrumpió ella.

      El médico no le hizo ni caso.

      -Me habría jugado mi carrera a que Saddler iba a morir en menos de una hora. Pero justo cuando lo subían al quirófano, el ascensor se paró. Una cosa muy rara. El médico y la enfermera que iban con su hijo se desmayaron, parece ser. Cuando se despertaron, el ascensor funcionaba otra vez. Y justo cuando metían a Saddler en el quirófano … ¡Su hijo abrió los ojos!

      -¿Qué?

      -Que abrió los ojos- Y dijo hola.

      La madre de Saddler no entendía nada. Se abrió paso como loca entre la maraña de médicos y enfermeras, y se quedó mirando incrédula a su hijo.

      Saddler estaba sentado en la cama, tan sano y fresco como una lechuga.

      -¿Cómo? –preguntó su padre.

      El médico movió la cabeza.

      -Ni idea. Por lo visto su hijo no tiene nada. Nada de nada. Ni un hueso roto. Todos se le han soldado. Ni heridas internas, ni siquiera un arañazo.

      Estaba furioso. Era comprensible. Al fin y al cabo era un científico, y a los científicos les gusta entender las cosas.

      -¡Es un milagro! –susurró la madre de Saddler.

      -Yo no creo en milagros –dijo el padre de Jake-, pero esto es un milagro. Yo mismo vi a Saddler ayer, y parecía una hamburguesa cruda.

      Los padres de Saddler se echaron encima de su hijo, abrazándolo, besándolo, parloteando como loros. Hasta yo me sentí abrumada.

      Entonces miré a Jake. Era el único con cara de aguafiestas. De hecho, apenas podía disimular su expresión de rabia.

      -¿Qué pasa? –le pregunté en un susurro.

      Me contestó con una sola palabra. Aquello no era ningún milagro.

      -David –dijo Jake.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 21:

      Jake y yo nos apartamos del gentío. Nadie lo notó. A nadie le importaba. Estaban demasiado ocupados con su milagro.

      -¿Tú crees que David se ha transformado en Saddler? –pregunté.

      -Estoy seguro. Hace unos días os hablé a todos de Saddler, y vi que los ojos le brillaban. En aquel momento no le di mucha importancia. Además, estábamos bastante liados.

      Yo asentí con la cabeza.

      -David necesitaba una vida. Sus padres son controladores, y él necesitaba un sitio donde ir, donde dormir, donde comer. Pero no es más que una forma. Si se queda en ella más de dos horas seguidas se quedará atrapado y perderá para siempre sus poderes de transformación.

      -Lo único que tiene que hacer es ir al baño, recuperar su forma, volverse a transformar y ya estará listo para otras dos horas. Y mira sus padres. ¿Tú crees que les va a importar si Saddler es de pronto muy distinto de cómo era?

      Jake tenía razón.

      Los padres de Saddler creían que iban a perder a un hijo. Ahora lo habían recuperado.

      Era un milagro.

      Sí, tal vez la memoria de Saddler estuviera un poco deteriorada. Tal vez no recordara a sus amigos, o su comida favorita.

      Sería distinto, pero era de esperar, teniendo en cuenta todo lo que había pasado. Y de todas formas, Saddler siempre había sido un idiota. David haría el papel a la perfección.

      ¿Qué podía sospechar de él su familia? Jamás imaginarían la verdad.

      Entonces se me ocurrió una cosa terrible.

      -Oye, ¿y Saddler, el auténtico Saddler?

      Jake me miró sombrío.

      -Eso tendríamos que preguntárselo a David, ¿no crees?

      Me volví hacia Saddler. En ese momento había un hueco en la marabunta que lo rodeaba, así que él nos vio también. Su expresión era de puro triunfo. Al cabo de un instante la muchedumbre volvió a cerrarse en torno a él.

      No me sorprendió nada que al cabo de una hora Saddler dijera que necesitaba ir al baño. Él solo. Estaba bien, perfectamente. Ya no tenían que preocuparse más por él. Se levanto de la cama y pasó deliberadamente junto a Jake y yo.

      -¡Primo Jake! ¡Prima Rachel! Me alegro de que hayáis venido, de verdad, me alegro muchísimo.

      Por un instante no había nadie cerca para oírnos.

      -No te vas a salir con la tuya –dije.

      -¿Ah, no? Pues ya me he salido con la mía. ¿Qué pensáis hacer? El auténtico Saddler estaba frito. Ahora esta gente tan buena ha recuperado a su hijo. ¿Qué vais a hacer, eh? –David echó a andar, pero de pronto se volvió hacia nosotros, como si quisiera contarnos un secreto-. Traedme la caja azul, primos. Tenéis veinticuatro horas, a partir de ahora mismo.

      Y se echó a reír par que todos lo oyeran. Así que todos se echaron a reír también, contentísimos de haberse librado de una tragedia insoportable.

      Jake y yo fingimos sendas sonrisas, pero los dos teníamos el estómago revuelto.

      David nos había vencido.

      Por fin salimos al pasillo, que en aquel momento estaba casi desierto.

      -Muy bien, tenemos que planear algo ahora mismo –dijo Jake.

      -¿Planear qué?

      -A partir de ahora, nunca sabremos si David nos está vigilando o nos está escuchando. En este momento sabemos dónde está y estamos seguros.

      -Bueno, ¿qué vas a hacer? ¿Darle la caja azul?

      A Jake le llamearon los ojos.

      -¡Eso nunca!

      Yo sonreí, a pesar de todo.

      -Vale. ¿Entonces qué?

      -No losé. ¿A ti se te ocurre algo?

      Dejé de sonreír.

      -¿Qué quieres decir?

      -Pues que qué crees que deberíamos hacer con él –dijo Jake.

      En ese momento pasó una enfermera y esbozó una sonrisa automática.

      -Mira, Jake –contesté, en cuanto la enfermera se marchó-, no sé adónde quieres llegar. ¿Y sabes una cosa? Me parece que no me gusta lo que estás pensando de mí.

      -¿Qué? ¿De qué hablas?

      -Antes no me contestaste, Jake. Tengo que saberlo. Cuando David se marchó de la cafetería y yo salí detrás de él, Cassie intentó detenerme, pero tú dijiste que me dejara marchar. ¿Qué creías que le iba a hacer a David?

      Jake asintió con la cabeza.

      -Ah, eso.

      -Sí, eso. ¿Qué pensabas que iba a hacerle a David? ¿Creías que iba a matarle? Dime, ¿es eso lo que creías? ¿Por eso me dejaste ir tras él? ¿Por eso enviaste a Ax a por mí, porque piensas que soy una loca violenta a la que puedes encargar que haga el trabajo sucio?

      -Mira, Rachel, todos tenemos nuestras fuerzas y nuestras debilidades.

      -Y mi fuerza es ser una especie de maníaca asesina, ¿no es eso? –dije, casi chillando.

      -Yo no he dicho eso.

      -¡Pero tampoco lo has negado!

      -Está bien, Rachel. ¿Quieres saber lo que pienso? Muy bien. Pienso que eres la más valiente del grupo. Pienso que si tengo que pelear, prefiero tenerte a ti conmigo, más que a ningún otro. Pero también es verdad que creo que tienes algo oscuro dentro. Creo que eres la única del grupo que lamentaría que todo esto terminara mañana. Cassie odia todo esto, Marco tiene razones personales para estar en esta guerra, Ax sólo quiere volver a su casa y combatir a los yeerks entre su propia gente, Tobias… Bueno, ya nadie sabe lo que quiere Tobias. Pero tú, Rachel… ¡A ti esto te encanta! Por eso eres tan valiente. Por eso eres tan peligrosa para los yeerks.

      Dejé que sus palabras pasaran de largo. Las había oído y las rumiaría más tarde. De momento no quería sentirlas.

      -O sea, que el otro día pensabas que mataría a David. ¡Dios mío!

      -No. Pensaba que le asustarías. Pensaba que le dirías lo que hiciera falta para darle miedo. Pensé que dirías lo necesario. Y pensé que, de todos nosotros, era más que probable que David tuviera miedo de ti.

      Una enfermera pasaba muy despacio con una camilla.

      Intenté verme como Jake me veía. ¿Era cierto? ¿Me gustaba esta guerra?

      -Me preocupas, Rachel. Me preocupas más que ninguno de los otros, excepto Tobias. Me da la impresión de que para ti esta guerra es como la bebida para un alcohólico. No sé qué pasaría contigo si todo esto terminara de repente. ¿Qué harías? ¿Te dedicarías de nuevo a ir de compras? ¿Volverías a hacer gimnasia y a sacar buenas notas?

      Yo me eché a reír.

      -¿Que te preocupas por mí? ¿Y tú, Jake? ¿Qué harías tú? Ahora eres un líder, tienes que tomar decisiones de vida o muerte. Has aprendido a tomar esas decisiones, y también has aprendido a utilizar a la gente –añadí con amargura-. Sabes utilizar a las personas por sus puntos fuertes y sus puntos débiles. ¿Que te preocupas por mí? ¿Tú te crees que cuando todo esto acabe volverás a ser un jugador de baloncesto mediocre y un bien estudiante? Ni siquiera has llegado todavía al instituto y ya eres la persona más buscada en el imperio yeerk. Visser Tres daría su nave-espada por tener tu cabeza en la punta de un palo.

      Los dos guardamos silencio un rato.

      En la habitación se oyeron risas. David había vuelto del baño.

      Había recuperado su cuerpo, se había vuelto a transformar y ya estaba listo durante otras dos horas. Podría aguantar así un montón de tiempo, incluso años. Por la noche podría dormir con su propio cuerpo. En la oscuridad se parecería bastante a Saddler. En el colegio podría transformarse entre clase y clase, en el cuarto de baño. Y por la ropa no tendría que preocuparse, porque la de Saddler le quedaría bien.

      Menudo cerdo asqueroso.

      Mis propias emociones me trajeron de vuelta al presente.

      -No voy a perder la cabeza, Jake –dije mirando al suelo-. Puede que tengas razón. Puede que en realidad todo esto me guste. Pero todavía sé lo que está bien y lo que está mal. No estoy loca. Sé lo que me hago.

      Jake asintió.

      -Ya lo sé. Pero todos tenemos un concepto distinto del bien y del mal. Cassie tiene una ética, Marco tiene otra distinta, y tú también. Y yo… –Intentó sonreír, pero no pudo-. No sé. Mira, antes pensaba que estaba mal utilizar a mi amiga, a mi prima, para hacer el trabajo sucio. Supongo que en eso he cambiado. Lo siento, Rachel.

      No sé por qué hice lo que hice entonces, porque no fue nada típico en mí, pero abracé a Jake.

      Y él me devolvió el abrazo.

      Y entonces me susurró al oído.

      -Muy bien, y ahora vamos a pensar cómo podemos librarnos de este gusano.

      -Y tanto, primo.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 22:

      -Jake y yo hemos analizando todas las posibilidades –dije-. Y nada. No podemos hacer nada.

      Estábamos de nuevo reunidos en el granero, todos con expresión sombría.

      -¿Cómo que no podemos hacer nada? –preguntó Marco-. ¿Quieres decir que el asqueroso de David nos ha vencido? ¡Ni hablar! O sea, que hasta ahora nos las hemos apañado para tener a Visser Tres a raya, ¿y un imbécil como él nos deja fuera de combate? ¡No me lo puedo creer!

      -Mira, a mí tampoco me gusta. Pero es lo que hay.

      Jake alzó un dedo.

      -En primer lugar: David tiene los mismos poderes que nosotros. Lo cual significa que es tan difícil acabar con él como acabar con nosotros. Y los yeerks han intentado acabar con los animorphs un montón de veces. ¿Cómo vamos a conseguir nosotros lo que no han conseguido los yeerks con todas su fuerzas y su tecnología?

      Marco alzó las cejas, aceptando el argumento de mala gana.

      <Sí, tiene lógica>, convino Ax.

      Tobias no dijo nada, porque Tobias no estaba allí.

      -En segundo lugar –prosiguió Jake-: David puede entregarnos a Visser Tres. No creo que lo haga, de todas formas, porque David no es idiota del todo y sabe que cualquier contacto con Visser Tres puede ser muy peligroso para él.

      -Yo no estoy seguro de que no sea tan idiota –comentó Marco-. Me gustaría señalar que a mí nunca me cayó bien. Ya dije desde el principio que cualquier chico que tuviera una cobra por mascota nos traería problemas.

      -Muy bien, Marco –dije yo.

      -En tercer lugar: David tiene ahora la forma de Saddler. ¿Qué queréis que haga? ¿Que mis tíos pierdan otra vez a su hijo? Más vale que dejemos a David con ellos. Y lo mejor de todo es que viven fuera de la ciudad, de modo que David estará bien lejos.

      -Pues a mí no me parece bien –terció Cassie-. No me parece bien que esa gente perdiera a su hijo y que, en lugar de él, tengan a una persona totalmente distinta. Me parece horroroso.

      -Y lo es –convine yo-. ¿Pero qué otra solución hay?

      Cassie movió la cabeza.

      -No hay ninguna solución buena. ¿Pero sabéis una cosa? Es muy triste y muy terrible que vuestro primo muriera, pero la muerte forma parte natural de la vida. Saber que tenemos andando por ahí a un Saddler falso y macabro me da escalofríos.

      -En cuarto lugar, le vamos a dar a David la caja azul. Es lo único que quiere. Me da igual o que haga con ella. Lo mismo se le ocurre formar su propio grupo de animorphs –supuso Jake.

      -Si, ya –replicó Marco con gesto despectivo-, pues, en quinto lugar, David mató a Tobias. ¿Y ahora queréis recompensarle?

      -¡Oye! –salté yo-. ¿Tú te crees que a nosotros nos gusta esto? ¿Tú crees que a mí me gusta? Yo odio a ese gusano. Acabaría con él… si pudiera. Pero hay que hacer frente a los hechos.

      -¡No me lo puedo creer! –exclamó Marco-. La intrépida Rachel, la poderosa Xena, la Princesa Guerrera, humillada por un chaval. Estás acabada, Rachel. No volverás a impresionar a nadie nunca más.

      Yo salté sobre él y le apreté el cuello.

      -No me provoques, Marco –siseé.

      Pero él se echó a reír.

      -Mira, por lo menos de esto me alegro –dijo-. Por lo menos David ha acabado con el mito de la poderosa Rachel. Está bien que hayas sobrevivido, porque ahora tendrás que vivir sabiendo que David te ha derrotado. Sí, supongo que al fin y al cabo no eres Xena. Pero David ha resultado ser Hércules –concluyó riéndose.

      Aparté a Marco de un empujón y le di la espalda.

      -Muy bien –terció Jake-. Éste es el plan: voy a decirle a David dónde puede encontrar la caja. Uno de nosotros irá con él. Él mismo querrá que así sea, de todas formas, para estar seguro de que no es una trampa. Y probablemente pida que le acompañe Cassie. Era la que mejor se llevaba con él. Por cierto, Cassie, además tú eres la única que sabe dónde está escondida la caja azul.

      -No quiero presumir, pero tal como la escondí nadie la encontrará jamás. Para empezar, le pedí a Ax que la desmontara.

      -¿Cómo? –preguntó Marco-. ¿La caja se desmonta?

      <Por supuesto –replicó Ax, un poco cortante-. Se compone de partes. Cassie me pidió que la redujera a componentes más pequeños, para poder esconder cada pieza por separado.>

      -Y para poder transportar las piezas después de transformarme –explicó Cassie-. Rachel y yo…

      -Un momento. ¿Rachel también sabe dónde está escondida la caja? –preguntó Jake con el ceño fruncido.

      Cassie parecía un poco avergonzada.

      -Me daba miedo ir yo sola a donde la escondí. Tuvimos que convertirnos en ratas para llegar hasta allí, e hicieron falta varios viajes, porque sólo podíamos transportar los componentes de uno en uno.

      Jake se echó a reír.

      -Me debía haber imaginado que esconderías la caja donde nadie pudiera encontrarla.

      -Sí que está escondida, sí, pieza por pieza –afirmé.

      Jake suspiró.

      -Muy bien. Esta misma tarde iré a ver a David/Saddler. Le llevaré una rata, para que adquiera su ADN.

      -No tendrá que esforzarse mucho –comentó Marco con ironía-. David ya es medio rata.

      -¿Le vas a llevar una rata al hospital? –preguntó Cassie.

      -No. Ahora está con su familia en mi casa –dijo Jake-. Como se ha recuperado del todo, en el hospital le han dado de alta. De hecho, está en mi habitación. Sus padres, por así llamarlos, se han instalado en la habitación de invitados, y yo estoy en el sofá.

      -¿Cómo? ¿No te apetecía compartir la habitación con David? –preguntó Marco.

      -No me apetece compartir con él el planeta. Pero os voy a decir una cosa. Me habría gustado que lo de David saliera bien. Podéis decir lo que queráis, pero la verdad es que es inteligente, valiente e ingenioso.

      Todos asentimos con gesto solemne.

      Sí, si, era un chico listo. ¿Pero sería lo bastante listo? Pronto lo averiguaríamos.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 23:

      Los demás dejamos que Jake se encargara de contactar con David.

      Mi tarea, junto con Cassie, Ax, Marco y Tobias, eran los preparativos. Y los preparativos requerían mucho trabajo, un trabajo muy duro.

      -¿Seguro que David estaba en el granero? –pregunté a Tobias por décima vez.

      <No puedo jurarlo –contestó él-. Lo que sí sé es que un águila real salió de casa de Jake y llegó aquí volando. Aterrizó detrás del cobertizo de las herramientas. Del águila real surgió David, que luego se convirtió en serpiente de cascabel y lo vi por última vez dirigiéndose hacia el granero.>

      -Una serpiente de cascabel… Muy interesante.

      -Muy buena idea –terció Cassie-. Las serpientes de cascabel no parecen fuera de lugar en este entorno. Son venenosas, tienen buenos sentidos y son más rápidas que muchas otras serpientes. Si un halcón ratonero, por ejemplo, decidiera intentar comérsela, la serpiente podría utilizar sus colmillos.

      Tobias se echo a reír.

      <A David no le preocupan los ratoneros. Te recuerdo que estoy muerto. De hecho cuando estaba transformado en águila me vio y supuso que no era más que un inocente halcón que volaba por aquí.>

      Volvimos al trabajo. Tobias vigilaba. Volaba a bastante altura para poder ver a cualquiera que se acercase. De todas formas, habíamos escogido una zona desierta para nuestros preparativos. No era muy probable que nadie nos sorprendiera.

      Y sabíamos que David no estaba por allí. Jake me había llamado para confirmar que David estaba suplantando a Saddler y dejándose mimar.

      De hecho David parecía estarse adaptando estupendamente a su papel. Su <<familia>> se lo iba a llevar a su casa.

      -Por lo menos el tiempo ha mejorado –nos comentó Marco-. Sería espantoso que encima estuviera lloviendo.

      -Sí hace un día precioso –convine.

      <¿Por qué los humanos consideran que unos días son mejores que otros? –preguntó Ax-. ¿Y qué es exactamente lo que define un <<día precioso>>?>

      -Un dia de sol, sin nubes, o por lo menos no demasiadas –expliqué-. Cuando hace calor, pero tampoco mucho. Y cuando no hay mucha humedad, porque la humedad va fatal para el pelo.

      <Pero la lluvia es necesaria, ¿no es verdad? ¿Por qué entonces consideráis que no es hermosa?>

      Charlábamos sin dejar de trabajar, de forma casi compulsiva. Nadie quería pararse a pensar. Nadie quería tener tiempo para reflexionar sobre lo que estábamos haciendo y lo que eso significaría.

      Pero, por supuesto, la realidad se filtraba en nuestras conversaciones.

      -Me dan mucha pena los padres de Saddler –comentó Cassie.

      -Sí –dije yo.

      -No sé cómo van a…

      -Además –interrumpió Marco muy decidido-, los días de sol son mejores porque las chicas llevan pantalones cortos, o vestiditos y cosas así. ¿Cómo se llaman esos vestidos que no tienen mangas?

      -Vestidos de tirantes –contesté.

      -Eso, vestidos de tirantes. Mientras que cuando llueve hay que llevar abrigos y chubasqueros. Y nunca oirás decir a nadie: <<¡Vaya! ¡Estás guapísima con ese chubasquero!>>

      <Supongo que estás hablando de clases de piel artificial>, dijo Ax.

      Incluso Ax intentaba seguir con la charla intrascendente. Ni siquiera él quería pensar mucho en lo que estaba pasando. En lo que pasaría.

      En ese momento Tobias bajó hacia nosotros.

      <Me parece que es hora de ir a revisarlo todo con Jake –dijo-. ¿Ax-man? Tendrás que hacerte humano, si no voy a estar yo para vigilar.>

      <Muy bien.>

      Ax comenzó a transformarse. Cambió del azul andalita a la piel humana color aceituna. Ax había adquirido el ADN de Jake, Cassie, Marco, además del mío, en un proceso que le permitía fusionar las cadenas de ADN en una sola.

      La forma que ahora estaba adoptando era la de un varón humano muy extraño, de una extraña belleza. Cuando le miraba, veía en su rostro partes de mí, junto con partes de los demás animorphs.

      Una de las grandes ventajas de esto era que teniendo a Ax convertido en humano, no tendríamos tiempo para perdernos en oscuras elucubraciones. Ax convertido en humano nos mantendría ocupados.

      Para empezar los andalitas no tienen boca. No pronuncian palabras y no tienen sentido del gusto. Estas dos cosas tendían a eliminar la habitual reserva de Ax, así como su inteligencia.

      -Éstas son buenas manos para trabajar –comentó Ax-. Son manos fuertes-tes, muy fuertes-tes.

      Marco suspiró.

      -Ya estamos otra vez.

      Yo me eché a reír.

      -Pues yo me alegro de que no haya chocolate por aquí.

      -O nachos –añadió Cassie.

      -O bollos –dijo Marco.

      Ax volvió bruscamente la cabeza.

      -¿Bollos-llos?

      -No, no, Ax. Estoy segurísima de que por aquí no hay bollos-llos ni nada.

      Por fin, llegó el momento de añadir la última pieza a nuestra creación. Ax y Marco la enroscaron y Marco probó la parte móvil.

      -Dará resultado –comentó mirándome.

      -Más nos vale –dije yo-. Porque aunque esto es espantoso, la única alternativa es todavía peor. Tiene que funcionar. Porque si no funciona nos convertiremos en asesinos.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 24:

      David había elegido el lugar para nuestro encuentro, un sitio público donde ninguno de nosotros pudiera transformarse: un bar atestado de gente.

      Estaba anocheciendo, y los carteles de neón brillaban. Casi todos los coches tenían los faros encendidos. El tiempo había empeorado otra vez. No era la tormenta de la otra noche, pero el cielo estaba cubierto de nubarrones que habían oscurecido la tarde antes de lo normal.

      En la cafetería todo eran luces deslumbrantes, asientos de plásticos y chicos devorando comida mexicana.

      La condición era que todos teníamos que estar visibles. Pero no nos pusimos todos juntos como si fuéramos una pandilla. Marco estaba con Cassie, Ax conmigo. Jake se había quedado en la barra, como si no supiera qué pedir.

      Se suponía que el hecho de estar en un sitio público y bien iluminado era para nuestra tranquilidad , para que no pensáramos que podía ser una trampa.

      Pero os voy a decir una cosa: si Visser Tres supiera con seguridad que podía atrapar a los <<bandidos andalitas>>, como él nos llamaba, no le importaría atacar en un sitio público. No necesitaría a los hork-bajir. Podría enviar a controladores humanos a barrer el lugar con metralletas.

      Saldría en la prensa, es verdad, pero a nadie le extrañaría demasiado. Supongo que eso dice mucho de la raza humana, con o sin alienígenas.

      En fin, el caso es que yo estaba allí sentada, viendo a Ax comer.

      Al principio, yo también tenía hambre, pero la verdad es que se me había pasado viendo a Ax devorar tacos, burritos, nachos, judías refritas, montones de salsa picante y las bolsas en las que venía la comida.

      -¿Es picante, no? Este sabor… ¿Se llama picantente, no?

      -Picante, sí.

      -Picante. ¿Y no tengo que rascarme?

      -Mira, déjalo.

      En cuanto deje esas palabras me arrepentí. Ax soltó al instante el paquete de judías refritas que tenía en la mano y que aterrizó boca abajo en la mesa.

      Yo no tenía energía ni para poner los ojos en blanco. Simplemente me volví de nuevo hacia las puertas para seguir vigilando.

      Hasta que por fin llegó. Saddler. David.

      Caminaba dándose aires como si fuera el dueño del mundo y de todo lo que hay en él. Yo me moría de ganas de borrar aquella sonrisa de su cara. Pero no estaba en el guión. Mi papel consistía en parecer humilde, derrotada y humillada. Eso pensábamos que querría él. Así le tendríamos contento.

      David sonrió a Jake, pasó de largo y se sentó delante de mí.

      -Te puedes marchar –le dijo a Ax-. Ésta es zona de humanos.

      Ax volvió la cabeza con gesto torpe para mirar a Jake. Jake asintió, de modo que Ax se levantó y Jake ocupó su puesto junto a David.

      -Vaya, volvemos a encontrarnos, Rachel.

      -Perdona, pero yo no estoy metida en esto –dije, levantándome.

      David me agarró el brazo.

      -¿Qué pasa, Rachel? ¿Es que no te caigo bien?

      -Rachel no tiene nada que ver con esto, David. Fue Cassie quien escondió la caja. Ella te enseñará dónde está.

      -No- replicó David-. Quiero que me guíe Rachel.

      -Rachel no sabe el camino.

      David se echó a reír.

      Se reía exactamente como Saddler.

      -Eso es mentira. Rachel sabe dónde es.

      -No lo sé –dije con tono débil.

      -¡No seas idiota, Rachel! –exclamó Jake furioso-. David sabe la verdad. ¡Debía de estar en el granero! –Jake parecía de pronto furioso con las judías que Ax había tirado. Les dio un manotazo y un par de gotas de mejunje marrón me cayeron en el brazo.

      Jake no se disculpó. Se limitó a mirarme furiosamente.

      David se inclinó sobre la mesa, decidido de pronto a ir al grano.

      -Muy bien. Rachel me llevará hasta la caja. Y todos vosotros me seguiréis, a unos trescientos metros.

      -¿Quieres que te sigamos? –preguntó Jake incrédulo.

      -Por supuesto. ¿Cómo voy saber si no dónde estáis?

      Jake parecía desconcertado.

      -Rachel me llevará hasta la caja azul. Y vosotros estaréis allí, donde yo pueda veros, sin transformaros. Luego Rachel y yo entramos, recuperamos la caja y nos despedimos. Vosotros seguiréis combatiendo a los yeerks y yo me haré rico.

      Jake asintió con la cabeza.

      -¡No voy a ir sola con él! –protesté yo-. ¡No me fío de él! Podría…

      -Rachel –dijo Jake, casi con asco-, ¿sabes una cosa? Siempre he pensado que en el fondo eras una cobarde. Haz lo que te digo. ¿Quieres seguir siendo una animorph? Pues obedece.

      Yo asentí, sumisa y temerosa.

      David escrutó mi rostro con los ojos de Saddler. ¿Sospecharía algo? ¿Nos habríamos pasado en nuestra actuación?

      Entonces tendió la mano y me manchó la manga de la chaqueta con las judías. Luego se echó a reír.

      Y yo hice una cosa que no hago casi nunca. Me eché a llorar.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

< Capítulo 25:

      David y yo volábamos. Él era un águila real y yo una gaviota. Me había obligado a ir delante, y él me seguía de cerca.

      Si decidiera atacarme, yo estaría indefensa. Era como una pequeña avioneta volando delante de un 747.

      Íbamos hacia el solar donde todo había comenzado hacía tanto tiempo, donde Elfangor nos había dado nuestros poderes. Allí justamente había encontrado David la caja azul.

      <Claaaaaro –dijo-. Claro. El último sitio que se me hubiera ocurrido. Habéis escondido la caja en el lugar donde empezó todo.>

      Yo seguí volando sin decir nada. Jake, Cassie, Ax y Marco no seguían de lejos.

      Por fin llegamos a uno de los diversos edificios a medio construir. No eran más que cuatro paredes de hormigón con varios umbrales sin puerta.

      Creo que originalmente, antes de que se cancelara todo el proyecto, iba a ser un almacén. O tal vez un bar de comida rápida. ¿Quién sabe?

      Aterrizamos en el centro de aquel edificio desolado y techo. Había varias botellas de cerveza y cola tiradas por el suelo, además de montones de escombros.

      <No te transformes>, ordenó David.

      Yo obedecí. Él empezó a cambiar. Sus plumas marrones se fundieron en piel rosada y su atuendo de metamorfosis. De su largo y curvo pico surgió su sonrisa torcida.

      Los demás volaban en círculos sobre nosotros, tal como David les había dicho. Estaba oscureciendo, y mis amigos no eran más que sombras grises contra los nubarrones.

      -Ya te puedes transformar, Rachel. Pero quiero que de inmediato te conviertas en rata.

      Yo no me molesté en decir nada. Hice lo que me había ordenado.

      -¿Sabes, Rachel? Es una pena que todo haya salido así –me decía él-. Si no fueras tan brusca, te habría invitado a dejar esta pandilla y venirte conmigo. Jake ni siquiera sabe cómo utilizar sus poderes. Pero venga, ¿a quién le importa que los yeerks anden por aquí? Con los poderes de un animorph podemos conseguir todo lo que queramos.

      Yo ya me estaba transformando en rata. Era una metamorfosis que ya había realizado una vez con Cassie. No es que tuviera muchas ganas de pasar por ella de nuevo, pero David tenía que creer que yo ya había sido rata una vez para ayudar a Cassie a esconder las piezas de la caja azul.

      Empecé a encoger muy, muy deprisa. Tan deprisa que era casi como caer. Mi cuerpo se cubrió de pelaje blanco, los brazos, el cuello, la espalda. Picaba contra mi ropa.

      El suelo de cemento estaba cada vez más cerca. Las grietas y las rendijas parecían precipicios o lechos de ríos secos. Las botellas de cerveza eran como autobuses.

      Mis piernas se encogían cada vez más, hasta convertirse en miembros cortos y rechonchos. Con mis brazos pasó lo mismo. Ya no podía mantenerme en pie y caí a cuatro patas.

      Seguí haciéndome pequeña, con un aspecto cada vez más espantoso. David parecía crecer, a su vez. ¡Era como un monstruo de mil kilómetros de altura!

      La nariz y la boca se me alargaron hasta formar un morro rosado. Las orejas se me subieron a los lados de la cabeza, y al final de la espalda noté que me brotaba una larga y fea cola pelada.

      David comenzó a transformarse. Al principio no supe en qué, hasta que vi las escamas con forma de diamante que se le formaban en la piel. Luego los brazos y las piernas se le desvanecieron.

      Se estaba transformando en serpiente de cascabel.

      Se hacía cada vez más pequeño, pero ya mientras se transformaba se enroscó en torno a mí. Sus anillos marrones y negros me rodeaban como una cerca dos o tres veces más alta que yo.

      Por fin su cabeza apareció entre los anillos. Una lengua bífida, tan larga como yo, se agitó en el aire.

      <Un movimiento en falso, Rachel –me advirtió-. Un solo movimiento en falso…>

      Luego, mediante telepatía general, ordenó a los otros que bajaran.

      Mis amigos descendieron volando en círculos con la última luz del sol y aterrizaron sobre los muros que nos rodeaban.

      Un halcón, un aguilucho, dos águilas pescadoras. Todos enemigos mortales de una rata.

      <Ahora vosotros cuatro transformaos. Un solo movimiento en falso y muerdo a la rata.>

      Abrió las fauces para mostrar sus colmillos huecos, y acercó la boca a mí. Yo sabía que la rata era rápida, pero no más que una serpiente de cascabel.

      Estab por completo en su poder. Y tenía miedo.

      Yo tenía miedo, pero la rata, rodeada de aves de presa y con su enemigo ancestral, la serpiente de cascabel, pegada a ella, se encontraba en puro estado de pánico.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 26:

      <Ahora transformaos. En cuanto hayáis recuperado vuestro cuerpo, volved a cambiar>, ordenó David.

      <¿En qué nos convertimos?>, preguntó Jake.

      <En cucarachas.>

      <¡Eso no estaba en el plan!, protestó Jake.

      <Lo siento. ¿Os creéis que soy idiota? ¿Os creéis que me voy a convertir en rata mientras vosotros cuatro esperáis aquí para aplastarme como a un gusano? Ni hablar.>

      <Muy bien. Pues no hay trato.>

      <¿Ah, no? Entonces vas a perder a otra prima, Jake. Os vais a transformar todos en cucaracha y se acabó. Y si no hay trato, muerdo a Rachel ahora mismo.>

      Yo sabía que Jake accedería. Lo sabía como persona. Pero el cerebro de la rata sólo sentía un peligro cada vez mayor. De pronto el cuerpo de la rata quedó paralizado de puro terror. No podía ni mover un músculo. Lo único que podía hacer era temblar.

      <Quiero tu palabra>, dijo Jake sin convicción.

      <Tienes mi palabra, Jake>, concedió David generoso.

      Los otros tardaron diez minutos en recuperar sus cuerpos y transformarse de nuevo. Pronto había cuatro cucarachas correteando junto a los anillos de la serpiente.

      Entonces David se transformó.

      Yo sabía que pasaría a continuación. Todos lo sabíamos. Aun así no era fácil representar nuestro papel.

      <De momento todo va bien>, me susurró Jake.

      <Sí. Esperemos que no se vuelva como un loco contra nosotros>, respondí.

      <Cassie cree que hará lo que todos esperamos.>

      De haber tenido labios, habría sonreído. Jake respetaba muchísimo la capacidad de Cassie para <<leer>> en las personas. Yo también. Aunque recordé que Cassie no había visto lo malvado que David podía llegar a ser.

      <En cualquier caso, tenemos un plan alternativo si le da por pisotearnos a todos>, dije.

      <No es que sea un gran plan –replicó Marco-. Es más bien un plan patético.>

      David se hacía cada vez más grande, recuperando su forma humana. Por fin se agachó y recogió del suelo lo que parecía una botella vacía. Luego rebuscó un rato hasta que encontró el tapón.

      <Allá vamos>, dije a los demás.

      <¿Qué tiene en la mano?>

      <Lo que habíamos planeado: una botella.>

      <¿De cerveza o de algún refresco?>, quiso saber Cassie.

      <Parece de Pepsi.>

      <Bien>, dijo Marco.

      <¿Tienen las cucarachas sentido del gusto?>, preguntó Ax.

      David recogió a una de las cuatro cucarachas y la dejó caer en la botella.

      <¡Eh! ¿Qué pasa?>, gritó Marco.

      David se echó a reír.

      -Te estoy metiendo en un lugar seguro.

      <¿Qué haces?>, chilló Jake.

      -No te preocupes. Mantendré mi palabra. No os voy a hacer daño. Sólo quiero asegurarme de que vosotros no me hacéis nada a mí. Ahora, si os quedáis quietos, terminaremos de una vez.

      David metió a mis amigos, uno a uno, en la botella de Pepsi, y la cerró con el tapón de rosca.

      -Muy bien, Rachel, vamos a por la caja azul –me dijo-. Ahora tus amigos no podrán estorbarnos.

      Las cuatro cucarachas estaban en la botella. Si alguno de ellos intentaba transformarse, no haría más que aplastar a los otros y luego quedar él mismo aplastado dentro de la botella, convertido en un amasijo de carne.

      David alzó la botella hasta sus ojos y se echó a reír.

      -¡He hecho lo que no ha logrado Visser Tres con todo el imperio yeerk! ¡He atrapado a los animorphs! ¡Ja, ja, ja, ja!

      <Todavía no tienes la caja azul>, le recordé.

      -Pero la tendré, Rachel. Si quieres volver a ver a tus amigos vivos. Sí, tendré la caja azul.

      <¡Nos quedaremos atrapados en forma de cucarachas! ¡Quedaremos atrapados para siempre!>, gritó Cassie.

      David dejó la botella en el suelo.

      -Dos horas, Rachel. Tienes dos horas, antes de que queden atrapados para siempre como cucarachas. Así que vamos a por la caja azul.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

   Capítulo 27:

      En el suelo de cemento de aquel edificio, que jamás se terminaría de construir, había un sumidero. La tapa estaba levantada. Yo guié a David hasta allí. Medía unos quince centímetros de diámetro. Bastante grande, para una rata.

      <¿Por ahí?>, preguntó David, nervioso.

      <Por ahí.>

      <Tú primero>, ordenó.

      Me asomé al borde, parpadeé ciegamente en la oscuridad y respiré hondo. Por lo menos era mejor que aquella vez que tuve que transformarme en topo y escarbar un túnel en el suelo. Aunque no mucho mejor.

      Por fin me metí en el sumidero. Aterricé de golpe, quince centímetros más abajo, sobre un montón de hojas podridas y suciedad. Ya lo esperaba. Había inspeccionado la ruta con Cassie anteriormente.

      Avancé deprisa unos cuantos centímetros por una tubería horizontal. David hizo un gratificante ruido al caer de cabeza.

      <¡Aaaah!>

      <Cuidado con los primeros pasos>, dije.

      <¡No veo nada!>

      <Será porque estamos en una tubería bajo tierra.>

      <No me provoques, Rachel>, me advirtió David con tono ominoso.

      <La primera pieza está en esta tubería.> Seguí avanzando, totalmente a ciegas, con David a mi espalda.

      <Más vale que no sea una trampa. Como intentes algún truco, no saldrás de aquí. Y tus amigos se pasarán el resto de sus vidas huyendo de los insecticidas.>

      <¿Qué vas a hacer con la caja azul?>, pregunté.

      <¿A ti qué te importa?>

      <Es sólo curiosidad>, expliqué con tono sumiso.

      <Necesito gente que me ayude. Una pandilla.>

      <¿Y no tienes miedo de darle poderes a alguien y que luego te haga… bueno, lo que tú nos has hecho a nosotros?>

      David se echó a reír.

      <¿Te crees que no lo he pensado? Vosotros cometisteis un gran error: dar conmigo. Soy más listo que cualquiera de vosotros. Por eso habéis perdido. Yo tendré más cuidado. Sólo escogeré a chicos estúpidos, que no sepan hacer otra cosa que obedecer mis órdenes.>

      Yo puse en blanco mis ojillos de rata. David era cada vez más vanidoso.

      <Aquí está la primera pieza>, dije.

      <¿Dónde?>

      <Si subes aquí la tocarás.>

      <¿Y cómo salimos de aquí con la pieza?>

      <Por donde hemos entrado. Hay una tubería lateral que podemos usar para dar media vuelta.>

      <Muy bien. Tú lleva la pieza.>

      Tomé la pieza con mis afilados dientecillos y comencé a retroceder, tropezando de vez en cuando con la nariz de David. Le estaba bien merecido.

      Por fin encontramos la tubería lateral y logramos dar media vuelta torpemente.

      <¿Dónde está la siguiente pieza?>

      <Al final de la tubería lateral. Pero primero tendríamos que sacar ésta.>

      <¿Por qué? ¿Por qué no reunimos todas las piezas y luego las empujamos hasta la tubería de salida?>

      <Pues… supongo que no lo habíamos pensado>, dije.

      <Claro que no –replicó con tono condescendiente-. Pero es evidente, ¿no te parece?>

      <Sí, supongo que sí.>

      <Ve tú delante.>

      Empecé a recorrer la segunda tubería. Tenía el corazón desbocado. Me latía con tanta fuerza que tenía miedo de que David lo oyera y empezara a sospechar.

      Pero no. Había tenido cuidado de hinchar su vanidad y de interpretar mi papel de chica abatida y humillada. David tenía la guardia baja. Había matado a Tobias. Tenía a mis amigos atrapados. ¿Qué tenía que temer?

      <¿Está todo listo?>, pregunté por telepatía privada.

      <Todo está listo –contestó Cassie con voz atormentada-. Que Dios me perdone por lo que voy a hacer.>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 28:

      Atravesábamos la tubería, entre lodo, agua y porquerías. Entre insectos de todo tipo.

      Recorrí aquel túnel negro y claustrofóbico, con David pegado a mi cola.

      Estaba cerca. Muy cerca.

      ¡Aire fresco! ¡No! ¡No! David lo notaría, se daría cuenta… ¡Tenía que distraerle!

      De pronto la tubería se abrió en lo que parecía una caverna. Debía de medir unos treinta centímetros de lado a lado, y era todo de acero, pero el olor del aire fresco era inconfundible para mi sensible olfato de rata.

      De pronto oí horrorizada el ruido de un avión lejano. Era imposible que pudiéramos oír ese avión.

      <¿Qué ha sido eso? –preguntó David-. ¿Qué es ese ruido?>

      <Será agua en las tuberías>, contesté como si nada.

      David entró en la cámara detrás de mí. Lo único que tenía que hacer yo era retroceder, bajar por la tubería antes que él. Pero si echaba a correr, David se daría cuenta al instante.

      <Aquí huele diferente>, dijo.

      <Es verdad.>

      Ninguno de los dos podía ver al otro. Pero yo casi oía los engranajes de su mente.

      ¡De pronto se oyó el ruido de un movimiento!

      ¡David lo sabía! ¡Se dirigía a la salida!

      Di un brinco para cortarle el paso. Los dos chocamos, pelaje contra pelaje. David se lanzó contra mí, arañándome la cara con las uñas y los dientes.

      <¿Crees que me puedes engañar?>, chilló.

      Caímos hacia atrás, los dos de cara, sangrando. La tubería estaba a mi derecha y a la izquierda de David. Los dos estábamos igual de cerca. Igual de lejos. Los dos cegados.

      <Estad atentos –dije a Jake con aire sombrío-. Estad muy, muy atentos. Tenemos problemas.>

      David me atacó, pero esta vez me deslicé por debajo de su morro y me incorporé de pronto, desequilibrándolo.

      Luego me lancé de un brinco hacia la salida.

      ¡Pero algo me detuvo!

      David me había mordido la cola y tiraba de mí. Yo no podía alcanzarlo, y si lo intentaba no haríamos más que girar en círculo, como un perro persiguiéndole el rabo. David lograría salir por la tubería y escapar por la alcantarilla.

      <¿Qué, me tienes bien agarrada, eh David?>, dije.

      <¡No escaparás!>

      <¿Ah, no?>

      Me volví hacia atrás, como David esperaba. Sólo que no le ataqué. En lugar de eso, y sin hacer caso del espantoso dolor, me mordí mi propia cola.

      <¡Aaaaaah!>, grité, royendo el último trozo de carne.

      <¡Nooooooo!>, chilló David, que cayó hacia atrás con un trozo de mi cola en la boca.

      Salí disparada hacia la salida.

      <¡AHORA! ¡AHORA! ¡AHORA!>, grité antes de llegar.

      La puerta de acero se cerró del golpe. Si hubiera tenido cola, me la habría pillado.

      David se estrelló contra la barrera.

      <¡No! ¡NOOOOOO!>

      De pronto se hizo la luz. Una linterna me apuntó a la cara. Parpadeé como un minero después de un día de sacar carbón.

      <Oye, apunta a otro lado>, solté.

      A la luz de las dos linternas se veía todo: el suelo abierto por encima de la tubería, para dejarla al descubierto; la tubería partida; la caja de acero fijada en un extremo…

      Por no mencionar la tapa que había convertido la caja en una jaula. Una trampa.

      La parte superior de la caja estaba abierta con una bisagra. Pero dentro había una fuerte jaula de alambre para mantener a David atrapado.

      Allí estaba, convertido en rata.

      David miró parpadeando los rostros que lo rodeaban: Jake, Cassie, Marco, Ax. Yo recuperé mi cuerpo rápidamente.

      <<¡No puede ser! –exclamó David-. ¿Cómo habéis salido de la botella?>>

      En ese momento Tobias bajó del cielo negro y se posó sobre la caja.

      <Pero… tú estás…>

      <¿Muerto? –dijo Tobias-. No. Mataste a un pobre ratonero que no se había metido con nadie. Yo rompí la botella de Pepsi. La botella que dejamos allí a propósito, para que la utilizaras.>

      -Sabíamos que estabas en el granero escuchando todo lo que decíamos –explicó Marco-. ¿Que cómo lo sabíamos? Por Tobias. De modo que representamos aquella escena patética sólo para ti. Te hicimos creer que Rachel estaba derrotada. Sabíamos que eres tan retorcido que para ti sería un placer obligarla a obedecerte.

      -¿Sabes lo que era la pieza de la caja azul que recuperamos? Una pieza de Lego –dije yo.

      <Anticipamos todas tus acciones, cada uno de tus movimientos –añadió Ax-. Sabíamos cómo ibas a responder. De modo que pudimos manipularte.>

      <Vale, vale –dijo David con una risa-. Muy bien, habéis ganado. Lo admito. Está bien, ahora me marcharé.>

      Nadie dijo nada.

      <Oíd, hablo en serio. Jake, esto es cosa tuya, ¿no?>

      Me volví hacia Jake. Tenía una expresión sombría, como si quisiera estar muerto. Marco miraba hacia el infinito.

      Cassie estaba llorando.

      David no había preguntado quién había sido el cerebro de la operación. Quién había podido evaluar con tanta precisión sus emociones, su vanidad. Quién había anticipado que me elegiría a mí como guía.

      Cassie, por supuesto. Cassie lo había ideado todo paso por paso, porque ni a Jake ni a mí se nos había ocurrido nada.

      Para Cassie aquélla era la mejor solución. Por lo menos nadie tendría que morir.

      Pero de todas formas sería el fin de David. Y de Saddler. Finalmente acabarían por encontrar el cuerpo del auténtico Saddler, y entonces sabrían que, por lo menos para ellos, no existían los milagros.

      <No –susurró David, cuando comenzó a darse cuenta de la verdad-. No. No. No.>

      Ninguno llevábamos reloj, claro, puesto que nos habíamos transformado. Pero Ax podía calcular el tiempo con mucha precisión.

      Jake miró a Ax, que no mostraba ninguna emoción. Pero yo lo conocía bien y sabía que no estaba disfrutando precisamente.

      <Lleva transformado trece minutos>, nos informó.

      <No, no, no. ¡No me podéis hacer esto!>, gritó David.

      -Has intentado matarnos –dijo Jake-. Nos has amenazado con entregarnos a Visser Tres. Por no mencionar lo que le has hecho a la familia de Saddler.

      <¡No puedes juzgarme! ¡Tú no eres Dios!>

      -David, llevamos mucho tiempo combatiendo a los yeerks. Toda una eternidad –suspiró Jake-. No vamos a dejar que nos venzas. Vamos a salvar a la raza humana si podemos. Eso es lo importante.

      Jake miró a Cassie con gesto de impotencia. Se encogió de hombros e hizo una mueca, como si no pudiera soportar sus propias palabras.

      -Te vamos a hacer lo que tú querías hacer con nosotros –dije yo-. Es la ley de la jungla: comer o ser comido. –Entonces me volví hacia los demás-. No tenemos por qué quedarnos todos aquí. Estamos llamando la atención, y no es seguro. Yo me encargo de esto.

      <Yo me quedo, para llevar la cuenta del tiempo>, se ofreció Ax.

      -Muy bien- asentí.

      -No tienes que hacer esto, Rachel –dijo Jake-. Es cosa de todos. La decisión la tomamos entre todos.

      -Sí, pero a mí no me importa quedarme, mientras que a vosotros os va a costar mucho soportarlo.

      Jake no me creyó, por supuesto. Ni Cassie, ni Tobias. Marco tal vez sí. No lo sé.

      Nadie hizo ademán de marcharse.

      -¡Venga, fuera de aquí! –exclamé-. ¡Largo! Estáis llamando la atención. ¿Y si viene alguien? ¡Marchaos!

      Jake asintió con la cabeza.

      -Sí –fue lo único que dijo.

      Jake es un buen líder. Sabe cuándo utilizarnos. Sabe cuándo protegernos.

      Agarró a Cassie por el brazo y llamó a Tobias y Marco.

      <¡No podéis hacerme esto! –gemía David-. ¡No podéis hacerme esto!>

      <Quince minutos>, dijo Ax.

      Yo cerré los ojos. Me habría gustado taparme las orejas para no oír nada. Pero lo que oía era telepatía. Y la telepatía no se puede acallar.

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Capítulo 29:

      David tardó dos horas en convertirse en un nothlit. Una persona atrapada en una forma.

      Dos horas. Pero esas dos horas de horror están para siempre grabadas en mi mente. Aunque viviera cien años, todavía oiría sus gritos, sus amenazas, sus súplicas. Las oiría todas las noches antes de dormirme. Y las oiría en sueños.

      Una vez seguros de que David estaba atrapado, Ax y yo nos transformamos. Yo en águila calva, él en aguilucho. Llevamos por turnos a la rata sobre la playa, sobre el mar, hasta una pequeña y desolada roca, a un par de kilómetros de la orilla.

      Allí había otras ratas. Imaginábamos que habría comida. Pero las rocas y las olas evitaban que nadie se acercara al islote.

      Allí dejamos a David.

      <Rachel>, me llamó Ax.

      <Dime.>

      <Creo… Creo que no quiero volver a hablar de esto nunca más.>

      Yo no contesté. Todavía oía los gritos telepáticos que nos siguieron durante mucho rato. Aquel largo gemido: <¡Noooooooooo!>

      Hasta que por fin lo dejamos atrás.

      Volamos sobre la urbanización Marriot, donde se había celebrado la reunión cumbre. Todavía estaba medio destrozada. Por todas partes se veían trabajadores realizando reparaciones. No había rastro de los líderes del mundo.

      Tal vez habían decidido reunirse en alguna otra parte. No sé cómo llegarían a explicarse lo sucedido. Es difícil explicar un ataque de elefantes y rinocerontes aquí en… Bueno, no voy a decir el sitio.

      Algo cambió en mí a partir de entonces. No es que de pronto me volviera blandengue o sensiblera ni nada de eso. No me convertí en una niñita. Pero de alguna forma se desvaneció aquella alegría que me daba el combate, la emoción de luchar en batallas imposibles. No sé… supongo que maduré un poco.

      No volvimos a saber nada de David. Por lo menos directamente. Pero unos meses después, un chico en el colegio hablaba de aquel islote. Afirmaba que estaba encantado. Él y su familia habían pasado por allí cerca en un barco, y el chico jura que había oído una débil voz que gritaba: <<¡No! ¡No!>>

      ©1998 K.A. Applegate

      ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de Sagadegeminis

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s