#24 La sospecha

Sinopsis:

Cassie, los otros animorphs y Ax tienen unos problemas muy pequeños: se llaman helmacrones, ya penas miden tres centímetros. Están furiosos con Cassie por que creen que les ha robado la nave, Ella pensaba que era un juguete y la ha donado a una institución benéfica.

Los animorphs y Ax tienen un nuevo dilema, porque los helmacrones poseen un arma secreta; pueden hacer menguar a los demás. Y si no les devuelven pronto la nave, a la humanidad le aguarda una “pequeña” sorpresa…

Datos del libro:

El libro tiene 30 capítulos que ocupan 134 páginas.

En La Sospecha, no conoceremos a nuevos personajes, sólo a los Helmacrones, unos seres diminutos con un sentido del liderazgo algo peculiar, como nuevos alienígenas.

Como nuevas formas, Cassie se transforma en un (30)oso hormiguero para poder volver a ser de un tamaño considerable. Jake ->(30), Rachel -> (29) y Marco -> (31) hacen lo mismo. Tobias y Marco no adquieren nada nuevo.

Capítulo 1:

      ¡Adelante, oh poderosos querreros! ¡Internaos en el espacio! ¡Toda la galaxia temblará ante los helmacrones! ¡Todos nos obedeceran! ¡Todos serán nuestros esclavos! Porque sólo nostros somos dignos de ser los señores del universo.

      Exhortación póstuma del emperador

      Del diario de la nave helmacron, Rompegalaxias.

      Me llamo Cassie.

      Hay muchas cosas de mí que no puedo deciros. Mi apellido, por ejemplo. O mi dirección.

      Vivo en un mundo paranoico. Me gustaría que fuera de otra forma, pero así es. Y yo no tengo más remedio que esconder, mentir, engañar. Incluso cuándo intento por todos los medios decir la verdad.

      Vosotros debéis saber la verdad. Tenéis que aceptar lo que le esta pasando a la Tierra, lo que le está pasando a la humanidad. Porque sólo sabiéndolo podréis combatir la terrible amenaza que ha caido sobre nosotros. Me refiero, por supuesto, a lo yeerks, no a los helmacrones.

      Los yeerks son una raza de parásitos de un planeta lejano. Surgieron en un medio acuatico: un estanque yeerk. En algún momento de su evolución, salieron de la seguridad del estanque y desarrollaron la capacidad de entrar en el cerebro de los seres de una especie llamada gedd.

      Durante mucho tiempo, quizá miles de años, los yeerks se conformaron con eso. No tenían tecnología, no sabían sobre viajes espaciales. Igual que los humanos, no conocían la existencia de otras especies en la galaxia.

      Por lo menos, eso es lo que dice nuestro amigo andalita, Ax. Estoy segura de que sería fascinante estudiar la evolución de los yeerks. Igual de fascinante que estudiar la cólera o el tifus.

      Habría que estudiarla con cuidado, porque en lo que se refiere a los humanos, los yeerks son una enfermedad. Y se está extendiendo entre nosotros.

      Entran a través del canal auditivo. Tienen la capacidad de estrechar sus cuerpos, apaartar los elementos del oído interno que se interponen en su camino, y horadar el cráneo. Luego aplanan sus cuerpos y se hunden en los pliegues de la superfície del cerebro humano.

      Y entonces acceden al cerebro. Como cuando tecleamos en un ordenadorcpara obtener informacion. Pueden ver todos nuestros recuerdos , conocer todos nuestros pensamientos. Todo. Nos controlan total y completamente. Mueven nuestros ojos, inclinan nuestra cabeza y esbozan esa sonrisa nuestra tan personal.

      Nosotros los llamamos controladores. Son los esclavos de los yeerks. Los hork-bajir fueron la primera gran conquista alienígena de los yeerks. Luego se infiltraron entre los taxxonitas. Han tenido escaramuzas con una docena de especies más, pero ahora andan detrás de su mayor presa: el Homo sapiens.

      Los seres humanos. Los humanos, con dedos más delicados y hábiles que cualquier taxxonita, hork-bajir o gedd. Los humanos, que pueden alimentarse caso de cualquier cosa, a diferencia de los hork.bajir, que sólo comen corteza de árbol. O de los taxxonitas, caníbales siempre hambrientos. Los humanos, cuyo número es mucho mayor que el de todas esas razas juntas.

      Somos los perfectos huéspedes para esos parásitos: no tan peligrosos como los hork-bajir, per muchísimo más adaptables. Billones de humanos escépticos, ajenos a lo que está pasando. Los yeerks nos miran como Cortés miraba el oro azteca. Podríamos ser la solución a todos sus problemas. Con nosotros contarían con gente suficiente para salir de la Tierra y asolar cualquier otra especie.

      Los que luchan contra esa invasion son los andalitas. Pero son menos numerosos que los yeerks, disponen de menos armas y no están tan bien preparados. Son como bomberos que intentaran apagar un incendio gigantesco. Los andalitas tratan de ser mas listos que los yeerks. A veces lo consiguen. Otras veces…

      Los andalitas vinieron a la tierra para aplastar la invasion yeerk. Pero fueron destruidos. Ax, nuestro amiso Axmili-Esgarrouth-Isthill, logró sobrevivir y se unió a nosotros.

      Su hemrano, el príncipe Elfangor, también llegó a la Tierra. Sabiendo que estaba a punto de morir, nos otorgó el máximo logro de la tecnología andalita: el poder de la metamorfosis. Es la capacidad de absorver el ADN de cualquier animal que toquemos, y luego convertirnos en ese animal.

      ¿Quiénes somos nosotros? Rachel, mi mejor amiga; Jake, nuestro encantador y valiente líder; Marco; el mejor amigo de Jake; Ax el andalita; Tobias y yo.

      Tobias ha conocido lo peor de los poderes mórficos. Verés, di uno se transforma en un animal y se queda atrapado en esa forma para siempre. Bueno, ahora ya sabeis a que nos enfrentamos los animorphs. Y entenderéis por qué no necesitabamos para nada una sagunda invasión a la Tierra.

      ¿Acaso no había bastante con una?

      ©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Tam

 

Capítulo 2:

      ¡Oh gran emperador! ¡El más sabio, el más clarividente! ¡¡Por fin hemos encontrado un planeta adecuado para la conquista! Es un planeta muy grande, que ocupa especies muy grandes. ¡Pero cuanto más grandes sean más bajo acerán, rebajándose y temblando ante nuestro poder imparable!

      Del diario de la nave helmacron. Rompegalaxias

      Cassie, ¿qué haces?

      Me incorporé con la espalda dolorida. Estaba dentro de la furgoneta de mi padre, donde acababa de dejar una bicicleta oxidada junto a las demás cosas que nos íbamos a llevar. Me enjugué el sudor de la frente y alcé la cabeza.

      Rachel, como siempre, parecía recién salida de las páginas de una revista. Es la única persona del mundo capaz de ser atropellada por un autobús, enterrada en barro y arrastrada por un tornado, y acabar con la ropa perfecta, sin despeinarse el pelo y con todo el maquillaje en su sitio.

      A veces resulta sobrenatural.

      Yo, por mi parte, me habia pasado la mañana limpiando los establos, poniendo supositorios a un ganso enfadadísimo y luego reuniendo trastos viejos para dar beneficiencia. Y estaba…bueno, estaba como si me hubiera atropellado un autobús, me hubieran enterrado en barro y me hubiera arrastrado un tornado.

      Estoy trabajando–dije de mal humor–. Quizá deberias probarlo alguna vez.

      Rachel no se dio por ofendida.

      Sólo te voy a decir dos palabras, Cassie: Ralph Lauren. Me parece muy bien que andes revolcándote entre la porqueria, ¿pero tienes que llevar puestos unos tejanos baratos de chico? Para eso tenemos la marca Ralph Lauren, para las acitividades al aire libre.

      Bajé al suelo y me agaché a recoger una bola de tierra.

      Ven, quiero ver si es posible que se te pegué algo de suciedad

      Que no se te ocurra tirarme esa tierra.

      Es un experimento ¡Tengo que saber si eres realmente humana ¡No puede ser que estés siempre tan limpia!

      Tiré la bola con suavidad. Rachel la atrapó sin esfuerzo y la dejo caer.

      Muy bien, enséñame la mano–pedí–. Era tierra mojada. Te tiene que haber manchado la mano.

      Rachel se echó a reír y se negó a mostrarme la mano.

      Venga, mujer. Es sábado. Hace una mañana estupenda y no tenemos ninguna misión, que yo sepa. ¿Te vas a pasar el día trabajando, o te vienes conmigo a comprar un bañador y luego a la playa? Tengo que ponerme morena.

      Yo ya estoy morenísima–repliqué–, y no quiero pasarme el día cociéndome al sol mientras tú te dedicas a mirar a los chicos. Tengo cosas que hacer.

      Rachel hizo una mueca.

      Oye, ¿qué és eso?

      ¿El qué?

      Rachel estaba mirando una vieja bomba manual de agua. No la utilizábamos, claro. Era una antigualla que a mi madre le gustaba. Tenía pegado un objeto pequeño y plateado.

      Es un juguete –contesté– Una nave espacial. Star Wars, Star Treck o Star algo. – Levanté el objeto con la mano–Ah, debe de estar imantada.

      Pareces preocupada.

      Yo me encogí de hombros.

      Será una casualidad.–Miré a mi alrededor para ver si alguien nos estaba escuchando–. En esta bomba escondí la caja azul. Para encontrarla no hay más que desatornillar la base.

      ¿Qué has escondido ahí la caja azul?

      ¿Se te ocurre un sitio mejor?

      La caja azul es el dispositivo que utilizan los andalitas para transferir los poderes mórficos. Hace poco la encontró un chico llamado David. Utilizamos la caja para convertirle en animorph, pero David no supo hacer uso de sus poderes.

      Ahora David era una rata. Literalmente. Viviria como una rata y moriria como una rata.

      A mí no me gustaba mucho pensar en ello. El caso es que cuando recuperamos la caja azul, me tuve que encargar yo de esconderla.

      Y ahora había una nave espacial de juguete pegada a su escondite. Alcé el juguete y lo examiné. Medía unos diez centímetros y tenía forma de batuta, con tres grupos de tres tubos en unn extremo y, en el otro, un puente de aspecto feroz, como una calavera alienígena.

      Miré a Rachel y sonreí.

      ¿Es una nave rómulan?

      Marco lo sabrá, o Jake. Te aseguro que cualquiera de los dos, en cuanto vean la nave, será capaz de explicarnos durante horas en qué serie y en que capítulos aparecía.

      La voy a meter con las demás cosas para la beneficiencia.–Así lo hice. Luego miré al cielo. El sol brillaba entre algunas nubecillas blancas–. Está bien. No es que me guste mucho la playa, pero hace un día tan bueno que te acompañaré. Un momento, voya ver si encuentro los pantalones cortos de rayas de mi madre.

      Rachel hizo una mueca perfecta: de horror e incredulidad al mismo tiempo.

      Era una broma–dije–. Una broma. Voy a por el bañador. Mira que es fácil tomarte el pelo.

      ©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Tam

Capítulo 3:

      Poderoso emperador, señor de la galaxia: el desastre se ha abatido sobre tus valientes servidores. Nuestros motores han fallado. Hemos registrado el planeta en busca de una fuente de energía que poder absorber. Pero, mientras estamos recuperando nuestra fuerza partir de una extraña fuente de energía transformadora, ¡uno de los monstruos de éste planeta atacado! Hemos sufrido daños, pero nuestro ánimo no desfallece. Tal vez el débil e indigno capitán del Chafaplanetas nos ayudará para que podamos lograr eterna gloria.

      El diario de la nave helmacrón, Rompegalaxias.

      Pasamos un par de horas en la playa. No me había aburrido tanto en mi vida. Lo siento, pero la verdad es que odio la playa. De todas formas, Rachel se lo pasó muy bien, y es mejor amiga. Volvimos a casa en traje de baño, y hasta que no llegue casi a la puerta no me di cuenta de que Jake nos estaba esperando.

      Jake es el líder de los animorphs, sobretodo porque es el único que tienen suficiente sentido de la responsabilidad para tener el cargo.

      He de confesar que Jake me cae muy bien. Bueno, la verdad es que me gusta. Es el primo de Rachel, y los dos se parecen bastante.

      Ambos son valientes, atrevidos, decididos. Aunque Rachel es mucho más temeraria que Jake. Y a Jake le interesa la ropa, el maquillaje y todas esas cosas tan poco como a mí.

      En cuanto nos vio llegar pareció querer esconderse. De pronto pensé que nunca me había visto en bañador. Entonces fui yo la que quise esconderme.

      -¡Hola!-Me saludo, haciendo un gesto con la mano y con la vista clavada mi cara.

      -Vaya, seguro que hay problemas-se quejó Rachel en voz alta para que Jake la oyera-. Muy bien, Jake, ¿a quién hay que darle una paliza?

      En otras circunstancias, Jake hubiera sonreido. Pero se limitó tragar saliva, echar un rápido vistazo al resto de mi cuerpo, sonrojarse y volver a clavar la vista en mi cara.

      -Seguro que cree que estoy gorda-murmuré entre dientes.

      -Cassie, lo tuyo no tiene arreglo. No sabes nada de chicos. ¡Por Dios! Jake no te mira como si creyera que estás gorda, sino como si pensara que estás buenísima. Lo que pasa es que lo disimula para que no te sientas ofendida.

      Por fin llegamos junto a Jake.

      -Esto… como me dijiste que mirara a ver si tenía algo para dar a beneficiencia, ¿te acuerdas?, he traído algo. Bueno, unas cuantas cosas. Y… ya se las he dado a tu padre. Acaba de marcharse.

      Tuve que admitir que Jake parecía más vacilante que de costumbre. Rachel se había puesto a su espalda, y estaba poniendo los ojos en blanco y burlándose su timidez. Yo hice un esfuerzo por contener la risa. Pero de pronto vi una cosa que me dejó de piedra. Había otra nave de juguete pegada la bomba de agua.

      Me acerqué a ella.

      -Jake, ¿ha sacado eso de la furgoneta?-Pregunté.

      -¿Qué? No. ¿Qué es?

      La mire fijamente, parpadeé y volví a mirar. La nave de juguete había vuelto.

      Sólo que no era la misma. Esta era más corta, más ancha y con dos grandes motores en lugar de los grupos de motores más pequeños. Y el puente en forma de calavera también era distinto. Tenía forma de calavera, es verdad, pero diferente.

      -No es la misma-Le dije a Rachel-. Es parecida, pero no es la misma.

      Rachel dejó de poner los ojos en blanco. Jake nos miró atónito.

      Y entonces, ante nuestra sorpresa, la supuesta nave de juguete de apartó de la bomba de agua, se puso en posición horizontal y echo a volar. Pasó rozando la cabeza de Rachel.

      -¿Qué ha sido eso?-Pregunto Jake.

      Rachel se encogió de hombros.

      -Pensábamos que era una nave de juguete.

      -Jake, ¿sabes lo que hay escondido la bomba de agua?

      -Pues claro que sí-contestó él moviendo la cabeza. Luego se metió de golpe en el papel de líder-. Muy bien, el fin de semana queda cancelados. Cassie, Rachel y tú transformaos ahora mismo, id al bosque y traed a Tobías y Ax. Yo voy por Marco. Nos vemos aquí dentro de media hora.

      ©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Tam

Capítulo 4:

      Nos reunimos todos: Jake, Rachel, Marco, Ax con su cuerpo de andalita (que es como un cruce entre un ciervo azul, un centauro y un escorpión), Tobías, que, aunque ha recuperado sus poderes mórficos, es un halcón ratonero, y yo.

      Estamos discutiendo que podíamos hacer, si es que teníamos que hacer algo, con una nave espacial de juguete que volaba.

      Pero la verdad es que solo podíamos hacer dos cosas. Una de ellas era hablar con Ax.

      -Ax, ¿es posible que los yeerks utilizan alguna especie de… cosa voladora en miniatura para localizar la caja azul?-Pregunto Jake.

      <¿Una cosa voladora, príncipe Jake? ¿Que es una cosa voladora?>

      -Pues una cosa que vuela-explicó Marco, siempre tan servicial.

      -Como… como una nave espacial de juguete-dijo Jake, sin hacer caso a Marco.

      <¿Y para qué iban a utilizar una nave de juguete? Los yeerks tienen naves de verdad.> Ax miraba a Jake con sus ojos principales, mientras que con los ojos de sus cuernos nos miraba a Marco y a mí.

      Jake se encogió de hombros. Yo también.

      Lo cual nos dejó con la otra alternativa que se nos había ocurrido: ir a la tienda de beneficiencia a buscar el juguete que mi padre había entregado.

      Nos transformamos en gaviotas y fuimos volando. Bueno, Tobías no se transformó, el ya tiene sus propias alas. En cuanto llegamos recuperamos nuestros cuerpos y Rachel, Jake y yo entramos en la tienda. Miramos rápidamente las estanterías y vimos que el juguete que buscabamos no estaba allí.

      Entonces fui a hablar con el dependiente, un chico de unos 20 años.

      -Hola. Mi padre ha traído unos juguetes hace un par de horas, además de otras cosas. Y resulta que… bueno, hemos traído algunas cosas que no teníamos que haber traído.

      -Sí. Su nave espacial de juguete-añadió Rachel señalando a Jake

      -Sí, eso es.-corroboró Jake.

      -Si acaba de entrar debe de estar en la trastienda, con los demás juguetes.

      -Muy bien. ¿Podemos ir a buscarla?-Pregunté, dedicándole mi sonrisa más radiante.

      -¿Cómo era la nave?-Preguntó el dependiente.

      -De juguete-contestó Jake.

      El chico puso los ojos en blanco.

      -Digo que de qué clase. ¿Rómulan, de la Federación, klingon, dominion? Tal vez era del universo de Babylón 5, ¿mimbari, de las sombras? ¿O era de Star Wars?

      Rachel y yo nos volvimos hacia Jake.

      -Rómulan-dijo el.

      El dependiente señaló con el pulgar sobre su hombro.

      -Está ahí atrás. Pero no os llevéis nada que no sea vuestro. Más vale que volváis con una nave Rómulan.

      Atravésamos una puerta y entramos en almacén. Había varios muebles apilados, cajas de componentes electrónicos, televisiones viejas, un montón de ropa usada y una montaña de juguetes: muñecas, muñecos articulados, juegos, legos, un triciclo. Parecía que todos los juguetes de la última década estuvieron celebrando la convención sobre el frío suelo de cemento.

      -¿Qué, lo ves por alguna parte?-Me preguntó Jake.

      Pasé entre los juguetes con cuidado de no pisar las Barbies sin pelo y los X-Men sin cabeza. De pronto, la vi entre un revoltijo de cosas.

      -¡Ahí está!

      -¿Al lado del crucero de batalla klingon y el módulo de ataque de GI Joe?

      Yo puse los ojos en blanco.

      -¡Eres un crío! A veces casi se me olvida que eres… ya sabes. La verdad es que tiene su encanto.

      -¡Venga yaaa!-Era Rachel, por supuesto.

      Jake suspiró y se agachó para recoger la nave. La miró de cerca, arrugando la frente.

      De pronto, a través de la puerta del almacén…

      Entró volando una veloz máquina plateada, de unos 10 o 12 cm.

      -¡Vaya!-Exclamó Jake-. Cada vez hacen juguetes más alucinantes. Yo nunca había había visto una nave que pudiera…

      ¡Tsiuu! ¡Tsiuu!

      -¡Aaah! ¡Ay!

      -¿Qué?-Grité, corriendo Jake.

      Se agarraba el brazo derecho. En la manga de su atuendo de metamorfosis se veían dos diminutos agujeros quemados.

      -¡La nave de juguete me ha disparado!

      ©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Tam

Capítulo 5:

      ¡Poderoso líder! Hemos localizado a los idiotas del Rompe Galaxias. Se han dejado atrapar por los enormes al indígenas de este planeta. ¡Pero nuestra leal nave, el Chafa-Planetas, destruirá a todos los que se interponga nuestro camino y salvará a la indigna nave para que pueda, tal vez por una casualidad, servir a vuestra graciosa voluntad!

      Del diario de la nave helmacron Chafa Planetas.

      La pequeña nave plateada salió disparada hacia el techo del almacén. En los motores, brillaba algo azul eléctrico. De pronto, se volvió hacia nosotros.

      ¡Tsiuu! ¡Tsiuu!

      Yo sentí dos punzadas en la mejilla.

      -¡Ay! ¡Qué daño!

      -¡Retirada!-Exclamó Jake

      -¿Retirada?-Replicó Rachel-. ¿Qué retrocedamos ante un juguete? De eso nada.-Agarró un bate de béisbol de la pila de juguetes y se lo apoyó con aire experto en el hombro-. ¡Acércate, ridiculez!

      ¡Tsiuu! ¡Tsiuu!

      -¡Ah! ¡Mi pelo! ¡Me han disparado al pelo!

      Todos bajamos la vista horrorizados. Ahí, en el suelo, yacía la evidencia: media docena de pelos largos y rubios. Las puntas todavía humeaban.

      -¡Muy bien! ¡Se acabó! ¡Ahora verán!-exclamó Rachel, blandiendo el bate.

      La diminuta nave viró esquivando de milagro el golpe de Rachel.

      -Lo siento mucho-comenzó Jake, incapaz de reprimir una sonrisa-, pero ya que Marco no está aquí para decirlo… ¡Strike uno!

      -Muy gracioso, Jake-saltó Rachel-. Ya me reiré cuando acabe de dar una paliza a estos mosquitos.

      La nave se volvió una vez más acercandose a nosotros por el costado.

      ¡Tsiuu! ¡Tsiuu!

      Esta vez 3 nos agachamos. Rachel blandió el bate a ciegas por encima su cabeza, pero falló.

      -Cómo iba diciendo, ¿qué tal si nos retiramos?-Propuso Jake.

      Nos alejamos agachados de la pila de juguetes, y la nave aterrizó. La otra nave plateada. Yo me incorpore con cautela para ver qué pasaba. Un brillante rayo rojo fino como un pelo, conectó las dos navecillas.

      Jake y Rachel se levantaron también.

      -Este rarísimo-comentó Rachel

      -Mirad, la otra nave está despegando-dijo Jake-. No les des con el bate, Rachel. Tal vez se marchen.

      Las dos naves se elevaron del suelo y se quedaron revoloteando al nivel de nuestros ojos, apuntándonos.

      -Muy bien, ten preparado el bate-rectificó Jake-. Si disparan, les arreas.

      Entonces, para nuestra sorpresa, oímos mentalmente una voz telepática

      <¡Alienígenas! ¡Dadnos la fuente energía! ¡Si nos la entregáis, os dejaremos vivir como esclavos! No os aplastaremos ni os aniquilaremos cómo haremos con el resto de los habitantes de este planeta.>

      -¿Fuente de energía?-Repitió Jake.

      -La caja azul-contesté, comprendiendolo todo de golpe-. Por eso estaban en la bomba de agua. Creen que la caja azul es una fuente energía.

      -Tal vez para ellos lo sea-dijo Rachel-. Pero no son muy educados, ¿verdad?

      Entonces oímos otra ttonante voz telepática.

      < ¡No, no dejaremos que viváis los tres! ¡Sólo el que nos entregue la fuente energía! ¡Todos los demás deben sentir la furia de los valientes guerreros helmacron, los auténticos líderes de la galaxia! >

      Rachel miró Jake levantando la ceja.

      -¿Puedo arrearles ya?

      Yo me adelante, queriendo poner paz. Alcé las manos para mostrar que estaban vacías y sonreí.

      -Hola-dije-. Bienvenidos a la tierra. Oíd, las cosas que decís suenan casi amenazadoras, y estoy segura de que no es vuestra intención. Pero…

      <¿Os atraviesa insultar a la flor y nata de las fuerzas espaciales helmacron? Podéis insultar a la tripulación del Chafa planetas, pero aquel que insulte al Rompe galaxias será aplastado y hecho pedazos, y esos pedazos serán convertidos en polvo, y el polvo lanzado al viento.>

      -Bueeeno. Vamos a intentarlo otra vez.

      ¡¡Tsiu!! ¡¡Tsiu!!

      Los diminutos rayos hicieron unos agujeritos perfectos en mi atuendo de metamorfosis. Entonces, sin una palabra más, las dos navecillas volvieron y salieron disparados por la puerta abierta.

      Los tres nos quedamos mirando el silencio durante unos cuantos segundos. Hay muchas palabras que describen lo que sentíamos: incredulidad, sorpresa, perplejidad.

      Y resentimiento.

      Rachel fue la primera en hablar.

      -¡Madre mía! ¡Como si no tuviéramos ya bastantes problemas con alienígenas!

      Entonces se nos ocurrió.

      -¡La caja! ¡Van a ir a por la caja azul!

      ©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Tam

Capítulo 6:

      -¡Tobias! ¡Síguelos! –ordenó Jake, mientras salíamos corriendo del almacén-. Nosotros iremos en cuanto podamos.

      Había que darse prisa. Teníamos que volver a la granja antes de que los helmacrones se hicieran con la caja azul. Uno de los camiones de la tienda benéfica estaba abierto y vacío. Nos metimos en la parte trasera y entrecerramos la puerta. Era un buen sitio para transformarnos.

      Yo me concentré en el águila pescadora, cuyo ADN forma parte de mí, hasta que noté aquella conocida sensación de dolor a distancia. La metamorfosis es siempre un proceso espeluznante: los órganos se disuelven, los huesos se retuercen, te brotan miembros que antes no tenías. Debería ser la experiencia más dolorosa del mundo, pero lo cierto es que la tecnología de la metamorfosis elimina el dolor. Es como la anestesia que te pone el dentista antes de sacarte un diente.

      Pero, igual que cuando vas al dentista, sabes que el dolor está ahí. Te das cuenta de que hay dolor, lo que pasa es que no te llega al cerebro.

      Es una cosa muy rara. Y ocurre incluso con las transformaciones que ya has realizado antes, como yo con el águila pescadora.

      A lo lejos, muy a lo lejos, estaba el espantoso dolor en la piel, donde se formaban plumas que crecían y crecían, miles de plumas surgiendo de mis poros. La espalda, el pecho, los brazos, las piernas, la cara… por todas partes surgían plumas.

      Los labios se me endurecieron hasta formar un pico curvo y afilado. Los dedos se me estiraron, los brazos se me encogieron hasta convertirse en alas de pájaro.

      Y además, cada vez me iba haciendo más pequeña, claro, y el camión se hacía más grande a mi alrededor. Los dedos de los pies se fundieron unos con otros y se tornaron duros.

      El hueso del talón salió de pronto fuera del pie para formar una garra.

      Y mientras tanto, mientras mis amigos sufrían cambios muy similares, manteníamos una conversación normal.

      Es alucinante a lo que llega una a acostumbrarse.

      <Un momento –decía Marco-. ¿Me estáis diciendo que son naves de verdad? ¿De diez centímetros?>

      <Diez o doce –contesté-. No llevaba encima un metro>

      <Ax, ¿tú sabes algo de una raza llamada helmacron?>, preguntó Jake.

      <No. No he oído hablar de ella.>

      <¿Cómo pueden ser tan pequeños? –insistió Marco-. Es absurdo. Tienen que haber superado la velocidad de la luz… ¿en una nave espacial de juguete?>

      <Ellos no están de acuerdo –dije-. Supongo que no les importa ser pequeños. Desde luego parecen tener una gran opinión de sí mismos.>

      <¿Qué quieres decir?>, quiso saber Ax.

      <Pues que decían que nos iban a convertir a todos en esclavos. Ya sabes, pretenden conquistar el mundo y esas cosas.>

      <Un poco ambiciosos, para ser tan enanos>, comentó Marco.

      <No sabemos cuál es el auténtico tamaño de esos helmacrones –advirtió Ax-. Tal vez las naves espaciales son simples robots, naves exploradoras robot en miniatura. Puede que los helmacrones no vayan dentro de las naves. Quizás estén en otra parte.>

      <Dejémonos de suposiciones y vamos a averiguarlo>, terció Rachel impaciente. Se había transformado en una enorme águila de cabeza blanca. Se acercó a la puerta del camión y salió por la rendija.

      Yo fui tras ella. Salté al parachoques y allí batí las alas para echar a volar. Pero detrás del edificio de la tienda no había ninguna corriente, de modo que tuve que andar un poco por el suelo para conseguir elevarme.

      Aleteé con fuerza para ganar los primeros metros de altitud, pero una vez por encima del tejado encontré una suave brisa que me hizo más fácil el vuelo.

      Los cinco seguimos aleteando y elevándonos hasta llegar a una distancia segura, por encima de los cables eléctricos, los tejados y los carteles de las gasolineras. Entonces nos dirigimos hacia la granja, aunque sin saber muy bien si íbamos en la dirección correcta.

      Yo busqué con la mirada a Tobias. Las águilas pescadoras, como todos los pájaros de presa, tienen una vista increíble.

      Pero fue Rachel quien dio con él. Era un punto diminuto, a medio camino hacia la granja.

      <Ahí está. Demasiado lejos para usar la telepatía.>

      <A ver si lo alcanzamos –dijo Jake-. No tenemos que ir juntos. Que cada uno haga lo que pueda.>

      <Sí, de todas formas en grupo llamamos la atención –convino Marco-. Pareceremos un póster de la sociedad de aficionados a las aves.>

      De pronto, empezamos a acortar distancias con Tobias, lo cual no debía ser posible, ya que no éramos más rápidos que él ( bueno, con excepción de Jake, que era un halcón peregrino).

      <Ha dejado de avanzar –comentó Jake-. Está… ¡Dios mío! ¡Ha entrado en combate con una de las naves!>

      <Un rayo dragón demasiado estrecho para herir a un ser humano puede tener un efecto muy distinto en una criatura tan pequeña como Tobias>, advirtió Ax.

      De repente, los helmacrones ya no eran tan graciosos.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 7:

      Con mis ojos de águila, pude ver la extraña batalla aérea mucho antes de que nos acercáramos. Tobias viraba y giraba, se elevaba, se lanzaba en picado y en general daba toda una exhibición de vuelo.

      Pero las dos naves helmacron le seguían en cada uno de sus movimientos.

      <Snoopy y el Barón Rojo>, comentó Marco.

      Y la verdad es que parecía una parodia de una película de la aviación de la Primera Guerra Mundial. Sólo que en lugar de metralletas, los helmacrones disparaban sus diminutos rayos dragón. Desde donde estábamos, se veían plumas quemadas. Pero Rachel se dio cuenta de algo más.

      <¡Le están apuntando a los ojos! ¡Quieren dejarle ciego!>

      Jake fue el primero en unirse a la batalla. Rachel tardó unos segundos más. Los demás llegamos al cabo de medio minuto.

      Rachel se lanzó directamente a por la primera nave. La alcanzó con las garras, la hizo rodar en el aire y viró para acercarse a nosotros de nuevo.

      Jake probó el mismo truco con la segunda nave, pero falló. Por suerte la nave se dirigió hacia mí, y yo estaba furiosa. ¡Habían intentado cegar a Tobias!

      La nave me disparó sus diminutos rayos. Yo aleteé torpemente, pero logré descender medio metro. Luego abrí las alas, atrapé una corriente de aire y salí disparada hacia arriba, justo debajo de la nave.

      No podía levantar las garras, de modo que me lancé contra ella con el pico.

      No fue una buena idea. El impacto me dejó aturdida y con la vista borrosa.

      No tenía ninguna gana de hacer lo mismo otra vez, pero, por suerte, los helmacrones se apartaron de mí para dirigirse hacia la granja, que estaba a medio kilómetro de distancia.

      Nosotros éramos aves rápidas, pero las naves helmacron eran mucho más veloces. Habiendo decidido evitar más combates aéreos, llegaron a la bomba de agua antes de que nosotros pudiéramos reunirnos para perseguirlas.

      <¡Tenemos que detenerlos!>, gritó Rachel.

      Pero se trataba de alas contra motores, y las alas no pueden ganar esa clase de carrera.

      <Tobias, ¿estás bien?>, pregunté.

      <Sí, sólo tengo algunos agujeros aquí y allá. Casi me dan en el ojo derecho, pero fallaron. Llegasteis justo a tiempo.>

      Ax volaba, convertido en aguilucho, un poco más adelante.

      <La cuestión es :¿ por qué atacaron a Tobias?>

      <Porque les estaba siguiendo>, apuntó Jake.

      <Debieron de haber pensado que sólo era un pájaro –dijo Ax-. Seguramente saben ver la diferencia entre los humanos y las demás especies del planeta.>

      <¿Estás sugiriendo que, de alguna forma, sabían lo que es Tobias?>, pregunté.

      <No lo se –contestó Ax receloso-. Sólo digo que me preocupa.>

      Tal vez. Pero entonces y también me preocupé. ¿Por qué habrían atacado los helmacrones a un pájaro?

      De momento no teníamos tiempo para eso. Había que llegar hasta la caja azul. Pero ya era demasiado tarde. Las dos navecillas volaban sobre la bomba. Desde donde yo estaba, veía unos diminutos rayos de energía que cortaban, poco a poco, el acero de la bomba.

      Aleteé con todas mis fuerzas, mientras los helmacrones hendían el metal en pos de la caja azul. Estábamos a unos sesenta metros cuando la bomba cayó en silencio al suelo, y allí, a la vista de cualquiera, apareció la caja azul.

      Seguimos acortando distancias. Jake iba en cabeza, seguido de Rachel. Los demás íbamos agrupados un poco más atrás. De las naves helmacron surgió un rayo verdoso, distinto de los otros.

      La caja azul se movió.

      <¡Rayos de tracción! –exclamó Ax-. ¡Quieren llevarse la caja!>

      Las naves se elevaron poco a poco, y la caja azul con ellas. Cuando las naves giraron, la caja giró también.

      Entonces Jake atacó.

      Y luego Rachel.

      Una de las naves se apartó. El rayo de tracción quedó roto y la caja cayó al suelo.

      El anterior combate había sido sólo un precalentamiento. Ahora las cosas se ponían feas de verdad.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 8:

      <¡Cuidado, Rachel! ¡Está detrás de ti!>

      <¡Ya la tengo!>

      <¡Cassie, a la izquierda! ¡A la izquierda! ¡A la izquierda!>

      Viré bruscamente y los rayos dragón fallaron por milímetros.

      Aquello era una locura. Las dos navecillas plateadas viraban y giraban y disparaban como locas en medio de una marabunta de aves de presa. Y todo esto sucedía en un espacio de seis metros cúbicos en mi jardín. Menos mal que mis padres no estaban.

      <¡Cassie! ¡Encima de ti!>, gritó Tobias.

      Me volví, batí las alas y vi que una nave bajaba casi delante de mí.

      Extendí las garras, pero no tenía bastante velocidad y, lo que era peor, estaba cansada.

      Las aves de presa no son como los gansos. No están hechas para vuelos largos, y desde luego no están hechas para jugar al que-te-pillo en el aire durante veinte minutos.

      Todos estábamos cansados. No os imagináis lo agotador que es aletear constantemente, y menos cuando hay que estar girando casi todo el tiempo.

      Pero los helmacrones no estaban cansados. Y aunque sus rayos no nos hacían mucho daño, nosotros tampoco podíamos penetrar sus corazas con las garras y los picos.

      Rachel fue la primera en aterrizar. Bueno, más bien se dejó caer al suelo. Su cuerpo era el más grande, y por tanto el menos adecuado para soportar tanto aleteo y tantos giros.

      <No puedo… -resolló-. No puedo más…>

      <¡Aaaah!>, gritó Ax. Una nave helmacron le había alcanzado con un rayo. Vi un pequeño agujero humeante en su ojo derecho. También él aterrizó. Si se transformaba la herida se cerraría, pero debía dolerle un montón.

      La otra nave helmacron se apartó de la batalla y volvió a por la caja azul. No podíamos permitir que se la llevara.

      Aterricé y comencé a transformarme lo más deprisa posible. A veces, la mejor forma es la humana. Salí corriendo e intenté atrapar la nave cuando los dedos apenas me asomaban entre las plumas y mis pies eran básicamente garras de la talla treinta y siete.

      El pálido rayo verde alcanzó la caja azul. La nave se elevó de nuevo, arrastrando la caja, a pesar de que ésta era más grande que la propia nave.

      Se dirigía hacia la puerta abierta del granero. ¿Era un movimiento deliberado? No, eso sería una tontería. Los helmacrones no sabían que se acercaban a lo que podía ser una trampa.

      Yo era más humana cada vez, y ya podía caminar bastante bien, de modo que salí corriendo tras la caja azul.

      El sol entraba en el granero por los muchos agujeros y grietas entre los tablones, pero el interior estaba bastante oscuro. A mi derecha, se apilaban las jaulas de animales más pequeñas. A mi izquierda, estaban las demás, en una sola hilera. Un tosco tabique mantenía separados a los depredadores más grandes. Más allá, en el extremo del granero, estaban los establos.

      Los caballos estaban todos en el campo, pero en el granero teníamos media docena de murciélagos, dos conejos, dos mapaches, un ratón de campo, una ardilla, dos ciervos, un tejón, un ganso, dos palomas, un zorro, tres patos, un halcón, un petirrojo y una urraca. Por no mencionar las diversas ratas y ratones que vivían allí.

      La nave helmacron se detuvo y se quedó suspendida en el aire. Se posó sobre la caja azul como si fuera una gallina incubando un huevo.

      -Dadme esa caja –dije-, si no queréis que os haga daño.

      <¡Ríndete o serás aniquilada!>, replicaron ellos.

      -No lo creo. De hecho, no creo que vayáis a tener mucha suerte en la conquista de la Tierra.

      <¡Os aplastaremos! ¡Los humanos serán nuestros esclavos!>

      -Perdonad, no quiero ser desconsiderada ni nada de eso –comencé, buscando las palabras adecuadas-, ¿pero no se os ha ocurrido pensar que somos un poco grandes para vosotros? Venga, hombre, si vuestra nave es más pequeña que mi pie. Y vuestras armas no nos hacen ningún daño.

      Supongo que aquello les hizo pensar, porque se quedaron en silencio. <<Bien –pensé-, me parece que les he convencido.>>

      ¡FLASH!

      Parpadeé y alcé la mano, aunque demasiado tarde para parar aquel resplandor. Fue un fogonazo verde, muy intenso. No me hizo ningún daño, pero me dejó viendo chispas.

      Y entonces pasó algo muy raro.

      Las jaulas crecían, los animales se hacían más grandes. La nave helmacron y la caja azul aumentaban de tamaño.

      -Oh, no –exclamé, más sorprendida que asustada-. ¡Estoy encogiendo!

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 9:

      Me estaba haciendo pequeña, y a toda velocidad.

      Yo ya me había encogido en otras ocasiones, como cuando me transformaba en insecto, por ejemplo. Pero aquello era nuevo. Estaba menguando como humana.

      La única ventaja era que, por lo menos, mi atuendo de metamorfosis encogía también.

      Ya es malo encoger, pero encoger sin ropa es muchísimo peor.

      -¡Eh! –grité-. ¿Qué me habéis hecho?

      <¡Ja! ¡Te vanagloriabas de tu abultado tamaño, humano! ¡Te has atrevido a desafiarnos! Ya veremos lo valiente que eres cuando tengas el mismo tamaño que nosotros. ¡Ahora conocerás la amarga derrota! ¡Ahora sentirás el dolor de la humillación eterna!>

      -Yo no me he vanagloriado de nada… ¡Un momento! ¡Dejadme en paz!

      Seguía haciéndome pequeña. Debía de medir menos de treinta centímetros, y no dejaba de encoger. Me volví hacia un mapache. Era más grande que yo. Y mil veces más agresivo, por supuesto.

      <¡Cassie!>

      Era Tobias, que entraba en el granero planeando como un avión a punto de aterrizar.

      -¡Tobias! ¡Cuidado! Tienen un rayo menguante.

      <¿Un qué?>

      ¡FLASH!

      -Déjalo. Lo vas a averiguar enseguida.

      <¡Jaja! ¡Creíais que podíais resistiros a los poderosos helmacrones porque sois grandes y porque brilláis con la energía transformadora! ¡Pero nosotros también sabemos utilizar la energía transformadora! ¡Encoged! ¡Encoged! Os convertiréis en nuestros abyectos esclavos.>

      <¡Eh! –exclamó Tobias atónito-. ¡Estoy encogiendo! ¡Y tú has encogido también!>

      -Tobias, tienes que avisar a los demás. Que no entren aquí. Los helmacrones están utilizando la energía de la caja para hacernos pequeños.

      <No puedo dejarte sola. ¡Pero si no mides ni quince centímetros!>

      -¡Avisa a los otros!

      Tobias se volvió, pero estaba encogiendo muy deprisa. Ya sólo tenía el tamaño de un ruiseñor. De pronto, la puerta le quedaba mucho más lejos que antes.

      <Vaya, qué mala suerte>, dijo.

      Una silueta gigantesca había aparecido en el umbral: Marco.

      -¡Atrás! –grité.

      Pero, claro, lo que él oyó fue: <<¡Atrás!>>

      ¡FLASH!

      -¡Eh! –exclamó Marco-. ¡Nada de fotos!

      <¡Marco! Deprisa, antes de que te encojas. ¡Avisa a los otros! ¡Que no entren!>

      -¿Qué? ¿Antes de qué?

      De todas formas se volvió.

      -¡Jake! ¡Ax! ¡Rachel! ¡No entréis aquí! –gritó sobre su hombro.

      Marco me miraba fijamente, con su enorme cara.

      -Esto tiene muy mala pinta –dijo.

      Yo seguía haciéndome pequeña. Ya tenía el tamaño de una cucaracha. El techo del granero me parecía tan lejos como el cielo. Había una luz allí arriba que bien podría haber sido la luna.

      Marco se alzaba sobre piernas del tamaño de gigantescos árboles, y pies tan grandes como dos Titanics.

      -¿Qué está pasando? –gritó Jake.

      -Bueno –contestó Marco con calma-, los helmacrones tienen la caja azul y están haciendo cosas rarísimas con ella.

      -Voy a entrar –afirmó Jake.

      -¡No! –chilló Marco, con una voz como si hubiera inhalado helio-. No. Jake y Ax, no entréis. –Y luego, como si se lo pensara mejor, añadió-: Rachel puede venir.

      <¡Marco!>, exclamó Tobias.

      -No veo por qué Rachel tiene que andar por ahí con todo su tamaño mientras que yo estoy aquí, convirtiéndome en un enanito del bosque.

      <Rachel, Jake… Quedaos todos fuera>, dijo Tobias telepáticamente para que todos lo oyéramos.

      -Muy bien, todo el mundo quieto –ordenó Jake-. Bueno, la otra nave helmacron se ha ido. Rachel le dio con un ladrillo.

      Yo me habría echado a reír, pero ya era tan pequeña que las briznas de heno del suelo parecían enormes árboles caídos. Las motas del polvo eran del tamaño de pelotas de fútbol.

      -Creo que he dejado de encoger –dije. Claro, que nadie me oyó. De pronto algo apareció ante mi vista. Parecía muy grande. Era Tobias. Era más o menos del tamaño de una mosca, pero a mí me parecía enorme.

      <Creo que he dejado de encoger>, afirmó.

      -Yo también.

      <Pero somos del mismo tamaño. Yo debería ser más pequeño que tú. Antes era más pequeño.>

      -No sé. Creo que lo que pretenden los helmacrones es encogernos a todos al mismo tamaño que ellos.

      Marco, que no medía más de siete centímetros, se acercó. A nosotros nos resultaba enorme, pero la verdad es que su cara era cada vez más pequeña.

      -Vaya, sí que sois enanos –comentó-. ¡Cariño, he encogido a los animorphs!

      -¡Rachel! ¡Busca un ladrillo! –exclamó Jake con un vozarrón que resonó en torno a nosotros.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

< Capítulo 10:

      -Estoy armada y lista –replicó Rachel con tono sombrío.

      -Dales un toque de advertencia. Pero ten cuidado de no alcanzar a Cassie o a los demás.

      Rachel debió de tirar el ladrillo, porque hubo como un terremoto espantoso.

      ¡BAAAAAAM!

      Sólo duró un segundo, pero me hizo caer de espaldas. Por suerte, la caída sólo fue de unos milímetros.

      -¡Helmacrones, escuchad! –dijo Jake-. Eso ha sido un tiro de advertencia. El próximo os caerá encima. Dejad la caja azul. Devolved a los nuestros su tamaño normal y os dejaremos ir en paz.

      <¡Jamás! ¡Vuestras armas ladrillos no nos asustan!>

      -¿Ah, no? Pues la otra nave se ha llevado un buen golpe –replicó Rachel.

      <Helmacrones, escuchad>, terció Ax telepáticamente, lo cuál seguramente significaba que tendría su cuerpo normal.

      Genial. Era justo lo que me hacía falta: que mis padres llegaran a casa y encontraran a Jake, Rachel y un enorme ciervo con cola de escorpión batallando con una nave de juguete mientras yo lo observaba todo con mi tamaño de mosquito.

      <Helmacrones –prosiguió Ax con paciencia-, si domináis el vuelo espacial también debéis comprender las leyes fundamentales del movimiento. El ladrillo tiene la misma masa que vuestra nave. Será lanzado a una velocidad que…>

      <No nos vengas con lecciones de física. Eres un patético humano, un ser inferior.>

      <No soy un patético humano. Soy un andalita.>

      -¡Eh! –exclamó Rachel.

      <Lo siento. No quería decir que los humanos sean patéticos.>

      <¡Te aplastaremos, andalita! Todos los andalitas se arrodillarán ante nosotros.>

      <No si mi amiga Rachel os alcanza con el denso cubo oblongo que tiene en la mano.>

      -Es un ladrillo, Ax. Se llama ladrillo. Lo usamos para construir casas.

      <Tal vez no deberías mencionar ese hecho –le dijo Ax en un aparte-. Los helmacrones ya desprecian bastante a los humanos.>

      -Muy bien, ya estoy harta de tanta tontería alienígena. Voy a contar hasta tres antes de tirar el ladrillo. Vosotros, insectos, más os vale dejar en paz a mis amigos… y a Marco también… si no queréis recibir un ladrillazo.

      <¡¿Te atreves a amenazarnos?!>

      -Una…

      <¡De rodillas! ¡Arrodíllate ante el poder de los helmacrones!>

      -Dos…

      ¡TSIUUUU! ¡TSIUUU!

      -¡Aaaah! –gritó Rachel.

      -¡La otra nave! ¡Ha vuelto! –exclamó Jake-. ¡Cuidado!

      Yo observaba lo que sucedía muy, muy a lo lejos.

      Una Rachel gigantesca blandía un ladrillo del tamaño de un edificio. La segunda nave helmacron, que ya no parecía tan pequeña, entró volando y disparó a Rachel en el hombro. Ella tiró el ladrillo, pero sin apuntar. Fue un reflejo.

      El ladrillo trazó un arco en el aire y comenzó a caer. Justo sobre nosotros.

      -¡Corred! –chilló Marco, que era ya tan diminuto como Tobias y yo.

      Yo eché a correr. Tobias echó a volar.

      -¡Nooooooo! –exclamó Jake, lanzándose por los aires con las manos extendidas para atrapar el ladrillo.

      Pero en ese momento…..

      ¡CHAAAAAAS!

      La cola de Ax restalló como un látigo. De pronto saltó una lluvia de chispas que a nosotros nos parecieron como unos fuegos artificiales. El ladrillo se había partido en dos.

      Alcé la vista hacia los dos proyectiles que caían sobre nosotros.

      -¡No os mováis! –grité.

      ¡BLAAAM! ¡BLAAAM!

      Los trozos de ladrillo cayeron a ambos lados, de nuevo tirándome al suelo.

      Luego se notó un impacto mucho más fuerte.

      ¡KABUUUUUM!

      Jake había aterrizado, por suerte sin aplastarnos.

      Tenía la cara de lado, tan grande como una casa de treinta pisos. Sus ojos eran como piscinas marrones y blancas, unos globos enormes que parecían a punto de estallar y rezumar como gelatina. Su boca era un valle, su nariz dos cuevas. Cuando soltó el aliento, estuvo a punto de derribar a Tobias, que seguía volando. Y cuando aspiró casi me absorbió.

      Yo me lo quedé mirando, hipnotizada por aquella cara que siempre me había parecido atractiva. Tenía un grano que era más grande que yo.

      Por suerte, Tobias prestaba atención a cosas más importantes.

      <¡Jake! ¡Encima de ti!>

      Jake rodó por el suelo justo cuando las dos naves helmacron, arrastraron la caja azul con sus rayos de tracción, intentaban pasar por encima de él.

      Jake se puso de espaldas y alzó un brazo kilométrico. Sus dedos, del tamaño de taxxonitas, se cerraron en torno a la caja azul.

      Las naves sufrieron una sacudida, pero al final se marcharon.

      ¡Habíamos recuperado la caja azul!

      Por desgracia, Marco, Tobias y yo seguíamos siendo tan pequeños que podíamos haber montado un piso dentro de un dedal.

      ©1999 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 11:

      Oh, gran señor, el más magnífico de todos los líderes, hemos tenido un encuentro en combate con el vasto enemigo y hemos triunfado. Utilizando la fuente de energía descubierta, hemos encogido a tres alienigenas a nuestro tamaño. Y habríamos capturado también la fuente de energía de no haber sido por la cobardía del Rompegalaxías. Henchidos de valor que nos otorgas, recapturaremos la fuente de energía y la emplearemos para arrastrar a nuestros enemigos, que se postrarán gimiendo ante ti.

      Del diario de la nave helmacron. Chafaplanetas.

      -¿Cassie? ¿Tobias? ¿Marco? –atronó el vozarrón de Rachel.

      Era tan alta como un rascacielos. Yo no sabía cuál sería mi tamaño, pero tenía la sensación de que no era gran cosa, sobre todo porque las motas de polvo parecían enormes rocas.

      <¡Rachel! –contestó Tobias mediante telepatía-. ¡Mira por dónde pisas, que estamos aquí abajo!>

      -¿Dónde?

      <En el suelo.>

      -No veo nada.

      <Es que hemos encogido un poco.>

      -¿Un poco? –chilló Marco-. ¡Pero si una termita nos daría una paliza!

      <Bueno, hemos encogido mucho>, se corrigió Tobias.

      -¿Estáis los tres juntos? –preguntó JAke.

      <Sí, estamos juntos. ¿Qué vamos a hacer?>

      -No lo sé. ¿Ax?

      <Creo, príncipe Jake, que los helmacrones tienen medios para desviar la energía de la caja azul y utilizarla de forma muy diferente a su propósito original.>

      -Vaya, ¿de verdad? –se burló Marco. Claro que nadie le oyó, porque sonó algo así como: <<Vaya, ¿de verdad?>> E incluso eso es una exageración. Para mostrar realmente cómo eran nuestras vocecillas, necesitaríamos letras microscópicas.

      <Tal vez deberían transformarse –sugirió Ax-. Quizá sus formas tengan el tamaño normal.>

      -Buena idea –tercié-. Díselo, Tobias.

      <Cassie dice que buena idea. Lo va a intentar.>

      Pensé un momento qué forma asumir. Algo que pudiera volar. Estar ahí entre el polvo no era muy agradable.

      -Voy a transformarme en águila –informé. Me concentré y empecé a experimentar los cambios: las plumas… las garras… la disminución de tamaño…

      ¡Estaba encogiendo!

      Me hacía más pequeña. Las motas de polvo ya no eran como rocas, sino como camiones. Dejé de transformarme de inmediato.

      -No ha sido una buena idea –dije temblorosa.

      <Sí, ya me he dado cuenta –replicó Tobias-. Oye, Jake… >

      -Houston, tenemos un problema –entonó Marco.

      <¿Jake? Cassie ha intentado transformarse en águila, pero se encogía. Se estaba convirtiendo en un pájaro diminuto. Lo curioso es que yo no soy pequeño. Bueno, sí que lo soy, pero tengo el mismo tamaño que Cassie y Marco. Pero cuando ella se estaba transformando, ha encogido todavía más.>

      <Es lógico. Es desafortunado, pero lógico>, comentó Ax.

      -Ahora parece Spock –replicó Marco.

      <Los helmacrones habrán programado ciertos parámetros de tamaño. Es decir, programaron un tamaño y los han encogido a los tres a él. Ese tamaño es ahora la base. Cualquier metamorfosis será relativa a ese tamaño base.>

      Yo me lo quedé pensando un momento.

      -Tobias, ¿está diciendo que si me transformo en pulga, por ejemplo, terminaré siendo microscópica?

      <Ax-man, ¿qué pasa si uno de nosotros se convierte en pulga o algo así?>

      <Vuestro tamaño se reduciría. Si suponemos que una pulga mide un milímetro, sería unas novecientas sesenta veces más pequeña que un ser humano medio. Así pues, si suponemos que actualmente medís medio centímetro, más o menos, de esto se deduce que vuestra forma de pulga mediría medio centímetro dividido por novecientos sesenta. Así pues, mediríais cero coma cero, cero, cincuenta y dos milímetros.>

      -Si vuelve a decir <<así pues>>, le muerdo una pezuña –exclamó Marco.

      <Ax, no creo que midamos ni cinco milímetros. Creo que somos todavía más pequeños.>

      <Ah, entonces habría que hacer los ajustes necesarios en la ecuación. Por ejemplo, si medís dos milímetros ( y eso sería mi cálculo más aproximado), eso nos da una cifra de cero como cero, cero dos cero ocho milímetros.>

      -¿Qué tamaño es cero coma cero, cero dos cero ocho milímetros? –preguntó Marco.

      -Más grande que un virus, más pequeño que un punto ortográfico.

      <Ni hablar>, dijo Tobias.

      <Yo no os aconsejaría que os transformarais en pulga –prosiguió Ax-. Entraríais dentro del mundo de los microbios.>

      <Muy bien, pues no nos convertiremos en pulga. De todas formas yo no tendía ninguna intención. El problema no es ése. El problema es qué hacemos ahora.>

      -Lo primero es poneros a salvo –terció Jake-. Luego…

      -¡Ah! ¡Ax, transfórmate en humano! –gritó Rachel-. ¡Se acerca el padre de Cassie!

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 12:

      -¡Corred! ¡Es mi padre! –chillé yo. Salí disparada por aquella interminable llanura rocosa.

      -¡Eh! ¿Adónde vas? Si de todas formas no nos pueden ver.

      -Ya, pero ¿y si nos pisa?

      -¡Aaaah! ¡Corred!

      Así que Marco y yo salimos corriendo. Tobias echó a volar.

      De pronto a nuestro alrededor se oyeron como unos truenos tremendos.

      ¡BUUUM! ¡BUUUM! ¡BUUUM!

      Eran los pasos de mi padre.

      -¿Jake? –dijo-. ¿Rachel? ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Está Cassie con vosotros?

      -Pues… no –contestó Jake-. Por lo menos… no.

      -Habíamos venido a buscarla –añadió Rachel-. Pero no está aquí.

      -¿Dónde habíais quedado?

      -¡Hola! –Se oyó otra voz. Era Ax, convertido en humano. Yo di un respingo. Ax, como andalita, era genial. Pero los andalitas no tienen boca. No pueden hablar y no tienen sentido del gusto. Ax, como humano, con boca, podía ser un poco raro.

      -Hola –respondió mi padre con cautela-. ¿Te conozco?

      -No sé si me conoce. Sólo usted puede responder a esa pregunta. –Luego añadió-: Unta. Preg-unta.

      -No… creo que no te conozco. ¿Qué hacías escondido detrás de esa caja?

      -No quería que me viera. Pero ahora ya puede verme.

      Hubo una larga pausa.

      -Muy bien –dijo mi padre por fin.

      -Soy amigo de Cassie –informó Ax.

      -¿Del colegio?

      -¿Del colegio? Co-le-gio. Co-le-ggggio. Sí, del colegio. Co-le-ggggio.

      Yo, mientras tanto, correteaba de un lado a otro, tropezándome y dándome golpes en la rodilla con las motas de polvo. Marco iba a mi lado, y Tobias volaba por encima de nosotros. Avanzábamos a toda velocidad, probablemente a unos cinco centímetros por hora. Entonces…

      ¡BAAAAAM!

      -¡Aaah! –gritó Jake-. Esto… mire usted dónde pisa.

      -¿Por qué? –preguntó mi padre.

      -Porque… porque…

      -Le ha parecido ver un clavo –terció Rachel-. A mí también me ha parecido verlo. Ax, ¿tú no has visto un clavo?

      -¿Qué es un clavo? ¿Clafffffo?

      -¿Le pasa algo? –quiso saber mi padre.

      -¿A quién, a Ax? No, no, está bien –contestó Jake-. Es que es extranjero.

      -¡Oh, no! –gemí yo-. Ahora mi padre preguntará…

      -Ah, qué interesante. ¿De dónde eres, Ax?

      -Soy de la república de Costa de Marfil.

      -¡Madre mía! –exclamé-. ¿Por qué se me ocurriría darle aquel atlas?

      -Perdona, pero la verdad es que no pareces de Costa de Marfil –replicó mi padre, con ese todo de voz de cuando empieza a ponerse nervioso.

      -¿Guinea Ecuatorial, entonces? ¿O qué tal la república de Kirguizistán? ¿Canadá?

      -Mira, vamos a quedarnos con lo de Canadá –concluyó mi padre.

      -Soy de Canada. Soy canadiense.

      -Pues yo creo que el bueno de Ax lo está llevando muy bien –comentó Marco muy animado-. Nadie se imaginaría que es un alienígena. Idiota puede ser, pero extraterrestre no.

      -Chicos, ¿por qué no os vais a casa? Ya le diré a Cassie que habéis venido.

      -¿Marcharnos? –preguntó Jake, casi con pánico.

      -Si, marcharos –repitió mi padre, con pinta de que ya no aguantaba ni una tontería más.

      Los otros no discutieron. ¿Qué podían decir? De modo que oímos sus pasos atronadores mientras se alejaban.

      Luego notamos los pies de mi padre, tan grandes como diez campos de fútbol juntos, pisando a nuestro alrededor. Justo encima de nosotros había un tubo gigantesco horizontal. Era el último barrote de una jaula. Nos cobijamos debajo de él, jadeando como locos después de la carrera de diez centímetros.

      -Vaya chico más raro –murmuró mi padre-. Tengo que comentárselo a Cassie.

      Entonces debió de levantar el pie. Vi la enorme punta redondeada de su bota, como una masa de cuero de quince pisos de altura, que caía hacia nosotros. Por fin aterrizó en el suelo, levantando una nube de polvo. Sólo unas cuantas motas…

      ¡Las suficientes para enterrarnos vivos!

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 13:

      ¡Estaba enterrada bajo rocas!

      Intenté respirar aterrorizada, pero de pronto me di cuenta de que no tenía problemas para respirar. El espacio entre las rocas era bastante grande para que entrara aire.

      ¿Pero cómo iba a salir de allí? Algunas de las rocas que me tenían atrapada me parecían tan grandes como yo. Y digo me parecían porque, en realidad, no veía nada.

      Empuje una piedra que tenía sobre el vientre. No esperaba que pasara nada, pro la verdad es que se movió. Entonces doblé las piernas, para apoyar los pies contra ella y di una patada con todas mis fuerzas.

      ¡Sí, la roca se movió! De hecho incluso apartó otras rocas. Ahora disponía de un pequeño espacio abierto y un triángulo de luz.

      Seguí empujando, y la apertura se abrió. De pronto, una cara apareció en el agujero.

      -Ah, ahí estás –dijo Marco.

      Me ayudó a salir. Levantaba como si nada motas de polvo que debían de pesar más que él. Yo misma intenté levantar una.

      -¡Es increíble! –exclamé, sosteniendo por encima de la cabeza una piedra del tamaño de una pelota de playa.

      -Sí. –Marco se echó a reír-. Es porque somos pequeños. Igual que las hormigas, que levantan cosas mucho más grandes que ellas, o como las pulgas, que pueden saltar cien veces su propia altura. Supongo que a nosotros nos ha pasado lo mismo.

      Tobías bajó entonces de las alturas… bueno, de una altura de unos diez centímetros.

      <A mí me pasa igual. Puedo volar más alto que antes. Relativamente, claro. Y seguro que puedo llevar a cuesta a uno de vosotros.>

      -Esto no tiene sentido –dije.

      Marco se encogió de hombros.

      -No lo sé. Ya se lo preguntaremos a Ax.

      <En realidad sí que tiene sentido, porque cuanto más grande es uno, los músculos y esas cosas tienen que incrementar en proporción geométrica. Es como los pájaros. Los pájaros pequeños pueden batir las alas cien veces por minuto. Para las aves más grandes eso es imposible.>

      -Pero eso es velocidad, no fuerza –señalé-. De todas formas es verdad. Si no fijaos lo pequeños que suelen ser los gimnastas. Rachel siempre dice que las paralelas no se le dan muy bien por lo alta que es.

      -Eso tiene que ver con la rotación, ¿no? ¿Pasa lo mismo con la fuerza? Y perdonad, pero ¿qué hacemos aquí hablando de ciencias cuando somos del tamaño de una mota de polvo? –preguntó Marco.

      -¿Y qué quieres que hagamos?

      Estábamos sentados en lo que probablemente era una hondonada de medio centímetro, como un pequeño cuenco. Apenas se veía nada, aparte de motas de polvo y el barrote de la jaula.

      -Pues… no lo sé. Lo único que sé es que somos pequeños. Muy, muy pequeños. -De pronto pareció animarse-. Pero también somos fuertes. Podríamos jugar a la pelota con estas rocas.

      <Yo creo que deberíamos quedarnos aquí hasta que venga Jake a por nosotros.>

      -Mis padres estarán preocupados por mí –dije.

      -Jake se encargará de eso. Aunque no sé cómo. Y además, no llevamos desaparecidos mucho tiempo.

      Yo suspiré. Miré a Marco y volvía suspirar. Aquello era rarísimo. Marco parecía el Marco de siempre, allí repantigado entre las rocas con una monstruosa barra de acero por encima de su cabeza.

      ¡BAAAAM! ¡BAAAAM! ¡BAAAAM!

      Eran los pasos de mi padre, que salía del granero.

      -Tengo hambre –dijo Marco.

      <Yo también. ¿Y qué voy a cazar ahora? Tiene que ser una cosa bastante pequeña para que me la pueda comer. ¿Un virus de la gripe?>

      Justo en ese momento aparecieron en el borde de la hondonada. Eran como diez o doce.

      Lo primero que vimos fueron sus cabeza, que eran totalmente planas en la parte superior y muy anchas. De aquellas cabezas planas surgía una especie de barbilla puntiaguda, como una pirámide invertida. Los ojos eran como enormes canicas verdes y parecía que se les fueran a salir de la cara en cualquier momento. La boca era como de insecto, con afilados colmillos.

      Una armadura plateada, de una sola pieza, cubría sus cuerpos, que eran casi humanos si no tenemos en cuenta el par de piernas de más. El cuello de la armadura era de color turquesa.

      -Mira, te los puedes comer a ellos –propuso Marco a Tobias.

      <Somos los poderosos helmacrones, del Chafaplanetas, la nave más mortal de la gloriosa flota helmacron –anunció uno de los recién llegados-. Reducíos ahora ante nosotros y vivid degradados a ser nuestras bestias de carga, o resistid y seréis completamente aniquilados.>

      Eran más o menos de nuestro tamaño, un milímetro y medio. Mi primer impulso fue el de echarme a reír. ¡Aquellas criaturas estaban convencidas de que iban a conquistar el mundo!

      Pero entonces nos apuntaron con sus armas y me di cuenta de una cosa. Sus rayos dragón, o lo que fueran, no me habían hecho daño cuando yo era tan grande como el monte Everest, pero ahora estaba convertida en un insecto.

      Los helmacrones avanzaron hacia nosotros.

      -¿Luchamos o huimos? –murmuró Marco, mirándome.

      Yo me volví hacia Tobias y Tobias se volvió hacia Marco.

      -Vaya, sí se echa uno de menos a Jake cuando hay que tomar decisiones de vida o muerte –dijo Marco compungido.

      Por suerte, no tuvimos que tomar la decisión. Porque un nuevo grupo de helmacrones, esta vez con cuellos color magenta, nos rodeó por la espalda.

      <¡Éstos son los prisioneros del Rompegalaxias! ¡Atrás, cobardes! ¡Dejad que los auténticos héroes helmacrones se lleven el botín que les pertenece!>

      -¿Qué somos un botín? –repitió Marco con una risa nerviosa.

      Habíamos llegado a un punto muerto. Dos grupos de helmacrones nos apuntaban con sus armas al tiempo que se miraban hostiles unos a otros con sus ojos verdes.

      Entonces llegó la caballería.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 14:

      Eran gigantescas, como Godzillas marrones. Eran… cucarachas.

      Sus antenas eran látigos de treinta metros. Sus patas, postes de teléfono articulados. Eran enormes, aterradoras máquinas revestidas con una armadura de diez centímetros de grosos.

      Las dos cucarachas se alzaban sobre nosotros, espantosas. Vosotros ya sabréis lo asquerosas que son las cucarachas, pero no tenéis ni idea de lo que es ver una cucaracha del tamaño de una ballena.

      Eran muy, muy grandes.

      Y tampoco olían muy bien que digamos.

      <Hola, somos nosotros>, saludó Jake.

      <¡Pues nos habéis dado un susto de muerte! –replicó Tobias-. ¿Nos veis? Estamos aquí abajo.>

      <No, no tenemos muy buena vista, como ya sabes. Pero Ax sí que os ve. Nos ha guiado él.>

      <¿Ax?>

      -¿Ax? –repitió Marco, mirando a Tobias.

      Entonces nos volvimos, muy, muy despacio.

      Ax.

      Una araña.

      -¡AAAAAAAAAHH!

      -¡AAAAAAAAAHH!

      Daba igual que supiéramos que era Ax. Mi cerebro no funcionaba. Las piernas se me volvieron de mantequilla y tuve que sentarme en el suelo muy, muy deprisa.

      No podéis ni siquiera imaginaros lo aterradora que era aquella visión.

      La araña era dos veces más alta que las cucarachas, con ocho patas, cada una del tamaño de un arco de triunfo, con unos dientes afilados que parecían las puertas del infierno, y un cuerpo hinchado, apestoso y peludo.

      Pero no era nada de eso lo que nos hacía temblar de puro terror.

      Lo peor eran los ojos.

      Ocho ojos. Algunos eran ojos compuestos, relucientes, facetados. Otros eran negros, como muertos. Los más pequeños parecían mayores que nosotros.

      Y la cara… Una cara maligna que nos miraba fijamente…

      Aquella imagen se me grabó a fuego en el cerebro. No la olvidaría jamás. Aunque viviera cien años, seguiría viendo esa cara.

      <Hola –saludó Ax-. ¿Cometí un error al decir que era canadiense?>

      <Ax, espero que tengas control sobre esa forma>, repliqué yo.

      Intenté volverme para ver cómo habían reaccionado los helmacrones, pero no había forma de apartar la vista de aquellos enormes ocho ojos.

      Pero los helmacrones habían reaccionado, eso sí.

      <¿Os creéis que nos dais miedo con vuestras patéticas formas? ¡Somos guerreros helmacron!>

      Y mientras gritaban esto huían a toda velocidad.

      <Ax, que sigan corriendo>, dijo Jake con calma.

      Ax se volvió y yo chillé de puro terror. Pero por lo menos aquellos ojos apuntaban hacia otro lado.

      -Ah-ah-ah-ah-ah-ah. –Marco se estremeció-. ¡Mi madre! Esa imagen nos va a costar más de treinta noches de pesadillas.

      Ax salió en pos de los helmacrones con movimientos bruscos pero rápidos. Era la criatura más espantosa que esperaba ver en toda mi vida.

      Sus patas traseras quedaron oscurecidas por las motas de polvo en torno a nosotros.

      Y de pronto…

      ¡TSIUUUUU! ¡TSIUUU!

      <¡Aaaaaaah!>, gritó Ax.

      Yo me olvidé de mi miedo y corrí pendiente arriba para asomarme al borde de la hondonada. Allí, flotando a medio centímetro del suelo, estaba una de las naves helmacron.

      Ax se retorcía de dolor, agitando las patas frenéticamente. Cuando se volvió hacia nosotros, vi que uno de sus ojos había sido incinerado por la nave helmacron. Era un agujero humeante que chisporroteaba y olía a carne quemada.

      ¡TSIUUU! ¡TSIUUU!

      Volvieron a disparar a quemaropa y las cuatro patas del costado izquierdo de la araña quedaron cortadas por la mitad. El cuerpo de Ax cayó como si fuera un asteroide a cámara lenta. Las patas cortadas se apilaron unas sobre otras como gigantescos árboles.

      <¡Transfórmate! –exclamó Jake-. ¡Ax, transfórmate!>

      Habíamos cometido un error fatal. Todo era una cuestión de tamaño. Los helmacrones eran ridículos cuando nosotros éramos grandes. Pero aquí abajo, a esta escala, eran tan peligrosos como los yeerks.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 15:

      -¡Niiiip! ¡Niiiiip! ¡Niiiip!

      Un grito triunfal surgió de la nave. Era un grito hablado, no telepático.

      ¡PUUUF!

      Ax cayó al suelo.

      <¡Ax, transfórmate!>, exclamó Jake.

      <Si lo hago podría aplastar a Cassie, Marco y Tobias, príncipe Jake>, contestó Ax. Parecía de lo más tranquilo, dadas las circunstancias. Pero sabía muy bien que si uno muere cuando está transformado, se muere y ya está.

      <¡Cassie, Marco, venid aquí! –nos gritó Jake-. ¡Os vamos a sacar de… ¡AAAAAAAAAH!>

      La segunda nave helmacron le había disparado por la espalda. La antena de la cucaracha de Jake se había partido. Era como si hubieran cortado un hilo eléctrico.

      Tobias estaba en el aire.

      Tal vez él sobreviviera a la transformación de Ax, pero Marco y yo estábamos perdidos. Y si Ax no se transformaba, el siguiente disparo de los helmacrones acabaría con él.

      -¡Marco! ¡Tenemos que rendirnos! –exclamé, agarrándole del brazo.

      -¿Qué?

      -Ya nos escaparemos más tarde. Ax se tiene que transformar, y Jake y Rachel también. Los helmacrones dejarán de disparar mientras nos hacen prisioneros.

      Marco parecía furioso. Pero yo tenía razón. Se soltó el brazo de una sacudida y se puso a hacer señas a la nave más cercana.

      -¡Oh, poderosos helmacrones, hacednos vuestros esclavos! ¡Vuestra fuerza nos aterra!

      Ellos vacilaron, probablemente sospechando que era una trampa. Pero era evidente que Ax estaba indefenso y Jake herido.

      Cuatro de aquellos monstruos salieron corriendo para atraparnos. De cerca, todavía parecían más un cruce entre un humano y un insecto. Nosotros sabíamos que en realidad eran minúsculos, pero de momento parecían bastante grandes. No dejaron de apuntarnos con sus armas mientras nos dirigíamos hacia la nave, que se había posado en el suelo.

      Antes nos parecía un juguete, pero ahora era inmensa, más grande que una nave estanque yeerk. Tenía capacidad para albergar cientos, si no miles, de helmacrones.

      <¡Vamos, vamos, vamos!>, gritó uno de ellos, empujándome por la rampa que había surgido de la nave.

      La rampa empezó a moverse cuando nosotros todavía estábamos en ella, subiéndonos a un enorme hangar abierto. A izquierda y derecha, se veían lo que parecían naves de combate más pequeñas. Debía de haber diez o doce a cada lado.

      <¡Aaaah! ¡Contemplad nuestro poder y temblad!>

      -Vuestro poder ya lo veo, ¿pero dónde está vuestro <<temblad>>? –replicó Marco.

      Los helmacrones se lo quedaron mirando con sus ojos saltones.

      -Oh, no. Somos prisioneros de unas criaturas sin sentido del humor.

      <Ahora sois esclavos a bordo de la gloriosa nave helmacron Chafaplanetas. ¡ Os vais a arrastrar ante nuestro capitán!>

      Dos de aquellas criaturas me tiraron al suelo de un empujón. Caí de rodillas, pero no me hice ningún daño. Hay que tener en cuenta que era del tamaño de una pulga, y la caída no fue gran cosa.

      Lo curioso fue que arrastrarse era de los más fácil. Debía de ser lo que yo consideraba <<el efecto insecto>>. Cuando una es tan pequeña, es más fácil ser fuerte. El caso es que no me costaba nada andar de rodillas.

      Lo cual era una ventaja, porque tuvimos que cubrir un buen trecho. Parecía que la nave midiera varios kilómetros de longitud. Recorrimos pasillos muy iluminados, subimos rampas y atravesamos estrechos puentes sobre enormes instalaciones mecánicas.

      Era una nave muy ruidosa; se oían golpes, crujidos y repiqueteos. También era muy brillante, mucho más de lo que resultaba agradable a un humano.

      Hasta que, por fin, llegamos. Entramos en una sala de techo abovedado y el suelo hundido como si fuera un cuenco En el centro de la sala había un helmacron. Unos rayos de luz lo iluminaban como si fuera un actor de cine la noche de los Oscar. Era igual que cualquier otro helmacron, excepto que éste llevaba una capa dorada.

      Y había otra diferencia.

      -Está muerto –dije.

      -Sí, no se puede estar más muerto –contestó Marco.

      El capitán helmacron no se movió. No respiraba, no nos miraba. Estaba cubierto de algo que parecía moho y telarañas.

      Lo que era peor, era evidente cómo había muerto. Tenía grilletes en los brazos y las cuatro patas que lo ataban al suelo, y de su cuerpo sobresalían tres largas espadas de acero. Todo parecía de lo más ceremonial.

      Aquello era…

      -¡De locos! –murmuró Marco-. Estos tíos están chiflados.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 16:

      Oh, grande entre los grandes, el más magnífico de los magníficos, hemos capturado a dos de los extraños alienígenas. ¡Ahora se postran ante nosotros! ¡Ahora se humillan! ¡Tiemblan en su cobarde terror! Y debería hacerse constar que el Rompegalaxias no ha sido de la más mínima ayuda.

      Del diario de la nave helmacron. Chafaplanetas.

      <¡Humillaos ante el capitán!>

      Marco me miró.

      -¿Cómo se humilla uno? Yo no me he humillado nunca.

      Yo me encogí de hombros.

      <¡Humillaos!>

      -No sabemos cómo –le dije al helmacron más cercano-. Ya sabéis: distintos pueblos tienen costumbres diferentes. Quizá deberíais enseñarnos.

      Ellos se miraron entre sí.

      <Os podéis humillar al estilo de vuestro pueblo. Humillaos como os humilláis normalmente.>

      Una chispa se encendió en los ojos de Marco.

      -Ya ha oído, Cassie. Vamos a humillarnos.

      Se tumbó de espaldas con las manos bajo la cabeza, como si estuviera tomando el sol en la playa.

      -Me humillo ante el poderoso capitán helmacron, el más poderoso de los poderosos, el indiscutible campeón del mundo de los pesos polvo. Nos humillamos como los patéticos perdedores que somos. Nos humillamos como el chico que no tiene pareja para el baile de fin de curso y la única chica disponible es la capitana de las animadoras. Así nos humillamos. Cassie, te puedes apuntar cuando quieras, ¿eh?

      -Nos humillamos como… esto… como humillantes.

      Marco me miró con desdén.

      -Menudo discurso. A ver, por un poco de sentimiento.

      -Me humillo como… como una persona que se humilla mucho, mucho.

      Marco estaba cada vez más entusiasmado. Al fin y al cabo estaba disfrutando de su público.

      -Oh poderoso cadáver helmacron, nos humillamos como un adicto a los videojuegos atrapado en una sala de juegos sin una moneda, así nos humillamos. ¡No te imaginas cuán intensa es nuestra humillación! Nos humillamos como aquel que pide ración doble de patatas fritas cuando el único salero del bar está en la mesa del matón del colegio. Nos humillamos…

      <¡Ya basta! Ahora decidnos la localización de la fuente de energía.>

      -¿La caja azul? –pregunté.

      <Sí, la caja azul de energía transformadora.>

      -No sé dónde está. Uno de mis amigos la ha escondido.

      <¡Amigos?>

      -Sí, los otros como nosotros. Los chicos con los que estábamos.

      <¡Conectar el visor externo!>

      De pronto, toda la bóveda del techo se iluminó con una imagen tridimensional del interior del granero. Allí estaban Jake, Rachel y Ax. Todos vivos, todos con sus cuerpos. Estaban mirando furiosos la nave en la que nos encontrábamos.

      La pantalla hizo un zoom hasta enfocar a Tobias, todavía diminuto, posado en el hombro de Rachel.

      <¿Cuál de ellos conoce la localización de la caja azul?>

      Fue un auténtico alivio ver que los chicos estaban bien, a pesar de que Tobias seguía siendo pequeño, y no tenía ninguna intención de convertir a ninguno en cabeza de turco.

      <¿Cuál? –gritó un helmacron-. ¿El de los cuatro ojos? ¿El de las alas? ¿El de los horribles ojos azules? ¿El más grande?>

      -Ninguno de ellos –contestó Marco-. Es el otro. El que no está ahí.

      Yo asentí con aire solemne.

      -Sí, el otro.

      No teníamos ni idea de lo que estábamos hablando, claro. Pero los helmacrones nos proporcionaron una respuesta.

      <¡No intentéis engañarnos! Nuestro sensores revelan a aquellos que irradian energía transformadora. Encontraremos a cualquiera que lleve esa firma energética.>

      Marco y yo nos miramos.

      -Energía transformadora… ¿Queréis decir que podéis localizar a todo el que tiene poderes mórficos? –preguntó Marco.

      <Nosotros somos los helmacrones, señores de la galaxia. Nuestra ciencia y tecnología son enormemente superiores. Podemos penetrar con facilidad vuestros sencillos disfraces y ver la energía transformadora que se esconde bajo ellos.>

      -Saben detectar a los que tienen el poder de transformarse –le dije a Marco. Tuve que aguantarme las ganas de echarme a reír. Pero por una vez Marco no se había imaginado todavía lo que yo estaba pensando.

      -Oh, poderosos señores –dije-. Ha sido una locura creer que podríamos engañaros. Sólo hay otro ser como nosotros en este planeta. Sólo otro ser que posee el poder de la transformación. Él es quién tiene la fuente de energía de la caja azul. Es a él a quien debéis encontrar. ¡Es a él a quien debéis derrotar!

      <¡Lo aplastaremos como a la más infame de las criaturas! ¡Se humillará ante nosotros durante una eternidad!>

      Marco todavía parecía perplejo.

      -No tiene sentido intentar engañar a los helmacrones, Marco. Sólo hay otra criatura con poderes mórficos en la tierra. Y los helmacrones tendrán que acabar con ella.

      De pronto, se encendió una lucecita en su cabeza.

      -¿Visser Tres?

      Yo asentí, encantada conmigo misma.

      -Visser Tres.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 17:

      -¿Les vamos a llevar hasta Visser Tres? –me preguntó Marco en un susurro.

      -¿Se te ocurre algo mejor?

      -No –dijo, moviendo la cabeza admirado-. Pero es que es una tan… tramposa, que no te pega nada.

      Visser Tres, el líder de la invasión yeerk, es el único controlador andalita de la galaxia. El único yeerk que ha logrado adquirir los poderes mórficos.

      -Sólo hay un problema: ¿cómo vamos a localizar a Visser Tres?

      Marco lo pensó un momento.

      -Lo más probable es que esté a bordo de la nave-espada. O en la nave-estanque. O en el estanque yeerk. O…

      -¿Tú crees que estos tipos podrán encontrar la nave-espada?

      Marco se encogió de hombros.

      -Lo más importante es: ¿qué harán cuando encuentren a Visser Tres? ¿Pincharle con sus diminutos rayos dragón?

      <¡Llevadnos hasta esa persona que tiene el poder de transformación!>, gritó un helmacron.

      -Está en una nave espacial. En órbita –repliqué.

      <¡Mentira! ¿Qué somos, estúpidos, o el epítome del valor y la sabiduría helmacron? –preguntó uno-. Sabemos que vuestra patética especie no es capaz de realizar auténticos vuelos espaciales.>

      -Es cierto –replicó Marco con calma-. La persona que estáis buscando no es un ser humano. Veréis, resulta que no sois los únicos alienígenas que intentan conquistar la Tierra. Están también los yeerks.

      Aquella noticia fue toda una sensación. Al principio, había unos cinco o seis helmacrones en la sala del capitán muerto, pero luego entraron un montón, todos parloteando como locos por telepatía. Algunos traían lo que parecía ser una especie de ordenadores, otros venían con armas gigantescas.

      El estruendo era enorme, pero una palabra telepática se oía una y otra vez: yeerk.

      -Conocen a los yeerks –dije.

      -Desde luego. Sí que los conocen, sí.

      Durante un buen rato, los helmacrones se dedicaron a parlotear y gesticular con furia. De pronto, aparecieron por todas partes espadas de acero. No tengo ni idea de dónde salieron.

      Fue un ataque súbito y violento, pero no contra nosotros. Cuatro o cinco helmacrones habían sido rodeados por todos los demás.

      <¡Morid, estúpidos!>, gritaba la muchedumbre. Las espadas llamearon y el pequeño grupo de helmacrones desapareció de nuestra vista, oculto por el gentío de sus furiosos hermanos.

      La calma descendió tan de súbito como había estallado la violencia. A través de algunos huecos entre la multitud, se veía a los helmacrones muertos, atravesados por las espadas.

      Fue una experiencia de lo más turbadora, pero los helmacrones no parecían muy molestos.

      -Creo que más nos vale salir de aquí –murmuró Marco-. Estos tíos están como cabras.

      -No creo que quieran hacernos daño. Todavía no.

      Uno de los helmacrones se volvió hacia nosotros.

      <¿Dónde está ese yeerk que tiene la fuente de energía? ¡Habla, ser inferior, si no quieres ser aplastado bajo nuestros pies!>

      -Los yeerks tienen una nave-estanque y una nave-espada en órbita –contestó Marco-. Yo empezaría por la nave-espada. Pero está camuflada, es invisible y no puede detectarse por radar ni con sensores.

      <¡Estúpido! ¡Somos los helmacrones! ¡La primitiva tecnología yeerk no significa nada para nosotros!>

      -Claro, claro –tercié yo-. Pero ahora que sabéis que los yeerks están aquí, probablemente querréis concentraros en ellos, no en nosotros. Así que podríais dejarnos marchar.

      <¡Arrastraremos ante nosotros a los usurpadores yeerk! ¡Los convertiremos en polvo! ¡Gemirán de terror! ¡Los humanos son nuestros! ¡Somos los poderosos helmacrones! ¡Los señores de la galaxia!>

      -Por nosotros, perfecto –dijo Marco.

      El helmacron gritó una orden mediante una telepatía de abrumadora potencia.

      <¡Macho! ¡Macho, aquí!>

      Una escotilla se abrió en el suelo, y en el agujero apareció una trémula cabeza. El ser era como los otros helmacrones, pero más pequeño. La cabeza era plana, pero estaba ligeramente inclinada. La boca era menos horrible. Seguía pareciendo la de un insecto, pero era más pequeña, de aspecto menos agresivo. La actitud de aquella criatura era humilde.

      <Macho, llévate a estos alienígenas. Edúcalos en los caminos de la obediencia.>

      El helmacrón nos empujó hacia la trampilla.

      -¿Macho? –preguntó Marco-. ¿Quiere decir eso que… ? ¿Acaso… ?

      -Creo que sí. Los helmacrones hiperactivos y agresivos son hembras. Éste es un macho.

      -¡Madre mía! Ahora sí que tengo miedo. ¡Es una especie formada enteramente de Rachels!

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 18:

      <Soy vuestro maestro en el camino de la sumisión.>

      Nos habían llevado a una sala pequeña. Bueno, todo era pequeño, claro.

      De hecho la sala debía de ser del tamaño de una aspirina. Pero quiero decir que nos parecía pequeña a nosotros.

      No había sillas ni otros muebles. Supongo que a los helmacrones no les importaba estar de pie. A nosotros tampoco nos importaba, la verdad. Yo todavía me sentía muy fuerte, debido a mi tamaño.

      -¿cuál es tu nombre? –pregunté al helmacron macho.

      <¿Nombre?>

      -Déjalo.

      -¿Qué tal si te llamamos Cagón? Escucha, Cagón…

      -Marco, no seas tan desagradable –le interrumpí.

      -Mira, no tiene nombre, y aceptémoslo, es un cagón. Así que , Cagón, dime: ¿qué pasa con el capitán? Está muerto.

      <Sí, por supuesto que está muerto.>

      -¿Y para qué queréis una capitán muerto?

      <¿Cómo si no podríamos estar seguros de que no cometerá ningún error?>

      Marco pareció mosquearse. Pero el paciente macho, al que yo también llamaba ya Cagón, nos lo explicó.

      <Aquellos que cometen errores deben ser eliminados. Es evidente que un capitán, que tendría que tomar muchas decisiones si estuviera vivo, cometería por tanto muchos errores. ¿De qué sirve tener un capitán al que hay que matar cuando se equivoca? De esa forma tenemos un capitán respetado y reverenciado por todos.>

      Marco me miró.

      .Lo más triste es que en cierto sentido tiene razón. –Luego se volvió hacia Cagón-. ¿Y los otros líderes? ¿Están todos muertos?

      <Sí, un helmacron hembra no puede ascender a un puesto de importancia en nuestra sociedad a menos que haya la total seguridad de que no causará problemas. Debe ser un símbolo que todos admiren.>

      -Más o menos como en nuestra sociedad –murmuré.

      -Bueno, Cagón, ¿no tenías que enseñarnos a comportarnos?

      <Sí. Debéis obedecer a todas las hembras. Debéis lavar la comida antes de comérosla. Como machos, debéis estar calmados y callados en todo momento.>

      -Yo no soy macho –repliqué-. Soy una hembra.

      <No, eres un esclavo, y por lo tanto eres macho y debes hacer todo lo que te digan las hembras.>

      -Más o menos como en nuestra sociedad –replicó Marco, imitándome.

      -¿Ya está? ¿Ésas son las reglas?

      <Sí, si no obedecéis las reglas, os pueden matar. ¡De hecho incluso pueden haceros capitanes! Os quedaréis en esta sala hasta que seáis llamados. Yo os dejo.>

      El helmacron se marchó y la puerta se cerro tras él.

      Marco y yo nos miramos.

      -Estos tíos están chiflados. Esto es una casa de locos y tenemos que largarnos de aquí. Yo no quiero ser capitán.

      -No, nada de ascensos, por favor. Pero tenemos que pensar. Estos tipos van a por Visser Tres, lo cual significa que dejarán en paz a Jake, Rachel, Ax y Tobias. Eso es bueno. Por otra parte, me parece que necesitan la caja azul para crear su rayo menguante. De modo que tal vez la necesiten también para devolvernos nuestro tamaño –razoné.

      -Si es que pueden devolvernos nuestro tamaño. Tal vez la cosa sólo funciona en un sentido. ¿No te habías parado a pensarlo?

      -No quiero pensarlo –repliqué-. Tengo que volver con mi familia. Tengo que recuperar mi vida.

      Marco asintió pensativo.

      -Si nos quedáramos así de pequeños para siempre, podríamos hacernos mayores, tener hijos y poblar el mundo con una nueva raza de enanitos.

      -Marco, ¿te importaría ayudar un poco? Piensa en lo que podemos hacer.

      -Muy bien, muy bien –dijo con un hondo suspiro-. ¿Qué podemos hacer? No lo sé. Lo único que sé es que estos tíos están chiflados. Matan a sus propios colegas, ponen al mando a gente muerta. Están como cabras, como regaderas, como chotas. Podrían acabar con nosotros sin más, sin ningún motivo. De modo que nuestra prioridad número uno no es ayudarlos a encontrar a Visser Tres. La prioridad número uno es largarnos de aquí.

      -Estoy de acuerdo. Nos largamos a la primera que podamos. Pero de momento, seguramente estamos en el espacio, en busca de la nave-espada, así que no podemos ir a ninguna parte.

      De pronto se abrió la puerta y entró una hembra de aire arrogante.

      <¡Venid conmigo, alienígenas insignificantes! ¡Obedeced!>

      -¡Sí, señora! –contestó Marco.

      Nos llevaron al puente de la nave. Allí no había ningún capitán, ni muerto ni vivo. Los helmacrones parecían realizar sus tareas sin que nadie les dijera nada. Aunque, evidentemente, veces surgían desacuerdos, como ya habíamos visto.

      <¡Pantalla!>, gritó nuestra guía.

      Una proyección de vídeo mostró una imagen plana, bidimensional, de la nave-espada de Visser Tres.

      -¡Vaya! –exclamó Marco, de verdad impresionado-. Sí que sois rápidos. Quiero decir, rápidas. ¡Habéis encontrado la nave-espada!

      <¡Somos los helmacrones! ¡Los usurpadores y farsantes yeerks suplicarán por su vida mientras nosotros desfilamos sobre sus cuerpos humillados y postrados!>

      Yo me imaginé al yeerk que había visto en su forma natural, con un ejército de diminutos helmacrones desfilando sobre él. Sería algo así como hormigas sobre una caca de perro. Me costó trabajo disimular la risa.

      <¡Hemos encontrado la débil y patética nave-espada! Pero una nave más pequeña se ha separado y se dirige hacia la superficie del planeta. Nuestros sensores indican una persona a bordo de esa nave, una persona que lleva la firma distintiva de la energía transformadora.>

      -Visser Tres confirmé-. Se dirige al planeta. Seguramente va a por la caja azul, quiero decir la fuente de energía.

      La nave helmacron se había lanzado a la persecución. Vimos a uno de los cazas yeerk descender a través de la azul atmósfera. Desde allí se reconocía el perfil de nuestra costa.

      El sol se ponía. La línea de oscuridad iba cruzando la tierra, cada vez más cerca de mi propia casa.

      De pronto, se me ocurrió pensar lo lejos que estaba de la vida que yo conocía, no sólo en kilómetros, sino también en centímetros y milímetros. Mis padres eran gigantes, monstruos grandes como rascacielos. Marco y yo, y tal vez Tobias, estábamos solos en el universo.

      <¡Decidnos dónde aterrizará el caza yeerk!>

      Yo miré la pantalla.

      -¿Se puede ampliar la imagen?

      La pantalla osciló un momento.

      -¡Eh, mirad! –dije-. Muy interesante.

      Se veía el bulevar que pasa junto a nuestro colegio; una de esas calles comerciales con un montón de bares de comida rápida, bancos y videoclubs. Había también un restaurante abandonado, rodeado por un solar lleno de malas hierbas.

      El caza yeerk, invisible a los humanos gracias a su escudo de camuflaje, se dirigía hacia allí. De pronto, el tejado del restaurante se abrió en dos, como unas puertas correderas.

      El caza en el que iba Visser Tres aterrizó muy despacio en el interior del edificio. El tejado se cerró tras él, y justo en ese momento una larga limusina negra llegó al aparcamiento.

      -Muy listo –comentó Marco admirado.

      -Es un edificio vacío –dije a los helmacrones-. Visser se transformará en humano y se marchará en el vehículo negro.

      <¡Pues allí lo aplastaremos! ¡Lo aniquilaremos! ¡Doblegaremos su orgullo hasta que llore y suplique una muerte honorable!>

      -Ya –replicó Marco-. Nosotros ya lo hemos intentado otras veces.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 19:

      Oh, gran señor, el más valiente de los líderes, nos arrodillamos ante ti, aunque estamos a años luz de distancia. Es nuestro triste deber informar que los traidores del Rompegalaxias han huido. ¡Capturaron a dos de los prisioneros alienígenas que eran nuestros por derecho y huyeron! Nos han dejado solos, a tus leales guerreros, para combatir contra los enormes alienígenas mientras buscamos la caja azul de energía transformadora.

      Del diario de la nave helmacron. Chafaplanetas.

      -Esto es como Arma Letal 5 –dijo Marco-. ¡Mola un montón! Es la persecución más rara que he visto en la vida.

      Visser Tres se había transformado en humano antes de subir a la limusina. Nosotros ya lo habíamos visto hacer eso antes. Supongo que le gustaban las limusinas porque tras los cristales ahumados podía transformarse sin que nadie lo viera.

      También podía hacer otras cosas peores, más crueles. Visser Tres no era especialmente amable con sus subordinados.

      Estaba anocheciendo, y las luces de neón del bulevar se habían encendido. Sobre las bruñidas curvas negras de la limusina se deslizaban los reflejos de los carteles y los anuncios luminosos.

      Una ambulancia pasó con la sirena conectada. Varios vehículos avanzaban delante y detrás del coche negro que llevaba a la criatura más peligrosa de la Tierra, o de cualquier otro planeta.

      Nosotros lo veíamos todo perfectamente, porque había pantallas por todo el puente. Y la nave volaba siguiendo la limusina, aunque un poco más atrás. Debíamos de estar a unos diez centímetros de la ventanilla trasera.

      De pronto el Rompegalaxias viró a la izquierda y disparó.

      ¡TSIUUU! ¡TSIUUU!

      Unos rayos de luz, que a nosotros nos parecían tremendos, alcanzaron la ventanilla. Pero, por supuesto, la ventanilla era para nosotros como una lisa pared negra. Las pantallas de los helmacrones no aumentaban las cosas, sino que las disminuían, de modo que a medida que los rayos se alejaban fueron encogiendo hasta convertirse en brillantes pelos de luz.

      <¡Aaaah! ¡Muere, yeerk! ¡Siente nuestro poder!>, gritaban los helmacrones, como aficionados enfebrecidos en un partido de fútbol.

      <¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Castigad al arrogante usurpador yeerk!>

      ¡TSIUUU! ¡TSIUUU!

      Una vez más estallaron en vítores. Y entonces la ventanilla de la limusina comenzó a bajar y un rostro humano nos miró perplejo.

      ¡Visser Tres! Ya conocíamos su forma humana. Era Visser Tres, incapaz, ni siquiera con su disfraz humano, de ocultar su oscura maldad.

      Pero en aquel momento, más que aterrador, parecía atónito. Su enorme boca formó la palabra: <<¿Qué?>> Luego, poco a poco, su expresión se convirtió en sorpresa.

      -¿Helmacrones?

      <¿Qué palabras está pronunciando la criatura?>, nos preguntó el helmacron más cercano.

      -Ha dicho <<¿helmacrones?>>

      <¡Aaaah! ¡Yajaaaa!>, gritaron por telepatía. A continuación, de sus desagradables bocas de insecto surgió su grito de triunfo.

      -¡Niiip! ¡Niiip! ¡Niiip!

      <¡Ahora sabrás lo que es el terror, yeerk!>

      ¡TSIUUU! ¡TSIUUU!

      El Rompegalaxias disparó a bocajarro a aquel rostro, que era como el de King Kong asomado a la ventana de un rascacielos.

      Visser Tres se dio una palmada en la cara y se vio en la mano dos motitas de sangre. Se quedó mirando la sangre unos instantes y entonces se puso furioso.

      <¡Mirad cómo tiemblo de puro terror!>

      -¿Tú ves algún temblor o algún terror? –susurré a Marco.

      -No. Está que se muere de rabia.

      Y entonces las tornas se cambiaron de pronto.

      La limusina giró bruscamente. La pared de acero y cristal, con su enorme y malvada cara, se lanzó contra nosotros como una ola gigantesca.

      El Rompegalaxias se apartó dando marcha atrás, pero escapamos de milagro. Un humano gigantesco se asomaba por el techo de la limusina.

      -¡La ventanilla del techo! –exclamó Marco-. ¡Es un controlador humano!

      El controlador tenía un arma. No me gusta estar obsesionada con el tamaño, pero la verdad es que el arma con la que nos apuntó no era como un cañón, no. Un cañón parecería un juguete comparado con aquello.

      Tenéis que comprender que nosotros medíamos un milímetro y medio de altura. Las balas de aquella arma probablemente eran diez o doce veces más grandes. Mi altura normal es de poco más de metro treinta, de modo que el equivalente sería una bala de unos trece o quince metros.

      ¡BAAAAANG!

      Las llamas explotaron en el cañón de la pistola como una erupción volcánica. Y aquella bala gigantesca salió disparada contra el Rompegalaxias.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 20:

      El Rompegalaxias viró a la velocidad de la luz. La bala más grande del universo pasó de largo, dejando un breve tornado como estela.

      <¡Se atreve a atacarnos! ¡Un ataque sin provocación alguna! ¡Esa bestia maldecirá el día en que nació!>

      Marco me miró. Estaba temblando, y yo también.

      ¡TSIUUU! ¡TSIUUU!

      ¡BAANG! ¡BAANG!

      La limusina daba unos volantazos de espanto, y la navecilla viraba a un lado y otro como loca. Por fin nos elevamos por encima del coche. El controlador humano estaba justamente debajo, apuntándonos con el arma.

      ¿TSIUUU!

      Disparamos y el hombre movió la cabeza, molesto.

      ¡BAANG!

      Otra bala tamaño ballena pasó de largo.

      Y todo el rato, claro, los helmacrones seguían lanzando vítores demenciales y gritando <<niiip, niiiip>>, sin dejar de proferir insultos y extravagantes amenazas.

      Entonces las cosas empeoraron. La nave pasó al otro lado de la limusina.

      -¡No, idiotas! ¡Que vienen coches! –exclamó Marco.

      A través de las pantallas, se vio la aterradora imagen de un coche que venía directamente contra nosotros. Era un deportivo, y cada uno de los bruñidos barrotes de la rejilla del radiador podía haber sido el Empire State.

      -¡Arriba! –grité.

      <¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arriba!>, repitieron algunos helmacrones.

      <¡Abajo! ¡Abajo! ¡Abajo!>, opinaron otros.

      El Rompegalaxias descendió bruscamente. Pero el coche se acercaba a una velocidad increíble. Un parachoques del tamaño de un continente llenó la pantalla.

      En el último momento, y por milímetros, nos metimos debajo del vehículo. Las ruedas pasaron de largo. El viento fue como un latigazo que nos mandó disparados por debajo del parachoques trasero.

      Teníamos otro coche justo delante. Pero los helmacrones habían decidido que su desacuerdo sobre <<arriba>> y <<abajo>> requería ciertas correcciones. Las espadas llamearon de nuevo.

      Yo retrocedí contra la pared, arrastrando a Marco, que estaba a la vez horrorizado y fascinado.

      -Tenemos que salir de aquí ahora mismo –dije.

      -De acuerdo, pero ¿cómo?

      -Transformándonos.

      -¿Qué nos transformemos? Esta gente ve a través de las metamorfosis. Si nos transformamos en lobos o lo que sea, nos dispararán y en paz.

      -Es todo una cuestión de tamaño –repliqué sombría-. No podemos hacernos bastante grandes para combatir con ellos. Pero sí podemos hacernos pequeños.

      -Ni hablar.

      -No hay más remedio.

      -¡No sabemos qué pasará!

      -Tendremos que averiguarlo.

      Marco se estremeció.

      -¿En qué nos transformamos? ¿En pulgas?

      -No. Una pulga es muy difícil de dominar. Además, sus sentidos son muy débiles. Yo creo que será mejor convertirnos en moscas. Moscas muy, muy pequeñas.

      Marco asintió de mala gana. Teníamos miedo, y era comprensible. Ya nos habíamos transformado en moscas otras veces, pero en esta ocasión seríamos de un tamaño que ninguno de los dos podía imaginar.

      El tamaño base era de un milímetro y medio. Al convertirnos en moscas, decreceríamos en proporción.

      Empecé a concentrarme mientras los helmacrones estallaban de nuevo en sus lunáticos vítores. Me volví hacia Marco. Estaba encogiendo. Yo también.

      De su espalda surgieron unos pelos puntiagudos, en su pecho brotaron un par de patas con un chasquido húmedo, Su boca se retorció y comenzó a abultarse, sobresaliendo cada vez más hasta formar la larga trompetilla de una mosca.

      Todavía lo estaba mirando cuando unos ojos saltones, relucientes y facetados aparecieron en su rostro.

      Justo entonces, los helmacrones más cercanos advirtieron lo que estaba pasando.

      <¡Os arrepentiréis de esto durante toda una eternidad!>, chillaron.

      Enseguida nos rodearon, pero ahora los helmacrones eran grandes, torpes, gigantes de movimientos lentos. Intentaron atraparnos y fallaron.

      Y nosotros seguíamos encogiendo.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 21:

      Estábamos cada vez más cerca del suelo. Igual que el polvo se había convertido en rocas la primera vez que encogimos, esta vez el terso suelo de metal se transformaba en una abrupta planicie de extraños perfiles, con elevados picos y moles con forma de coliflor.

      Yo lo veía todo con los ojos de una mosca. Era como un centenar de televisiones, cada uno mostrando la misma escena desde ángulos ligeramente distintos.

      Los colores eran muy raros. Siempre pasa cuando te conviertes en mosca. Pero estaba viendo cosas que ni siquiera las moscas ven.

      Una enorme mano helmacron bajó sobre mí. Pero mientras la mano se acercaba yo iba encogiendo cada vez más deprisa. Para cuando la mano estuvo casi sobre mí, yo ya no veía piel.

      ¡Estaba viendo células!

      <¡Aaaaaah!>, grité.

      <¡Madre mía! –exclamó Marco-. ¡Clase de biología!>

      La pared de células parecía moverse a cámara lenta, cada vez más despacio. A medida que nos hacíamos pequeños, nos tornábamos también más rápidos y más fuertes. Igual que nos había pasado cuando encogimos la primera vez.

      La mano helmacron parecía moverse muy despacio, como a través de gelatina. Las células del dedo eran como ladrillos irregulares de una pared. Lo único era que esos ladrillos ocupaban muchísimo más espacio que nosotros.

      Algunos eran más claros, más traslúcidos que otros, bajo aquella extraña luz. De hecho algunos eran transparentes, como bolsas de basura de plástico llenas de gelatina rosada. Suspendidas en esa gelatina, como en un cóctel de frutas, se veían todas las estructuras celulares: un núcleo grande, ligeramente más oscuro que el protoplasma, las mitocondrias, los vacuolos…

      <Vaya, así que eso es el ribosoma –comentó Marco-. Son de distintos colores, como en los libros.>

      <¿Quién sabe de qué color son las cosas, con estos ojos y esta luz?>

      Éramos las moscas más pequeñas imaginables. Éramos más pequeñas que una célula de la piel. Poco a poco la pared de células retrocedió.

      <Bueno, no pueden atraparnos –dijo Marco-. ¿Pero qué hacemos ahora?>

      <¿Escapar?>, propuse dudosa.

      <Si volamos durante unas cuantas semanas probablemente avancemos unos cinco milímetros.>

      Tenía razón. Tal vez.

      <Por otra parte, esta nave puede chocar contra una pared de ladrillos y nosotros ni nos enteraríamos.>

      <Todavía tenemos el límite de dos horas en esta forma. ¡Y de ninguna manera pienso quedarme atrapado en ella!>

      <¡Oye! ¡Podríamos hacer que nos llevaran! Agarra ese dedo helmacron.>

      Batimos las alas y despegamos. No sé a qué distancia real estaba el dedo, pero a nosotros nos parecía bastante cerca. Volamos a velocidad de vértigo y alcanzamos la pared de células. Mis patas de mosca se agarraron a ella con facilidad y entonces, poco a poco, la pared de células se alejó del suelo.

      Pero, con la membrana celular justo bajo mis patas, advertí algo muy perturbador.

      <Está… está vibrando. El suelo vibra, bueno, la pared de la célula.>

      <Sí. Y no quieras saber por qué.>

      <¿Por qué?>

      <Creo que lo que estamos viendo son moléculas individuales. Bueno, no es que las veamos de verdad, sino que más bien parecen pantallas de televisión vistas muy de cerca. Pero todos esos puntitos que vibran, creo que son moléculas.>

      Me dio un asco tremendo. Era fascinante, alucinante, sí, pero también asqueroso.

      <Sí que somos pequeños.>

      <Desde luego.>

      <Y ése no es el único problema. La célula en la que nos encontramos está a punto de dividirse.>

      A través de la superficie de la célula se veía el núcleo, que en ese momento se estaba partiendo en dos.

      <¡Mira! ¡El cielo!>

      Por encima de nosotros, se acercaba muy despacio una nueva pared de células, que bajaba en ángulo. Pero una línea de oscuridad recorría el paisaje.

      <Quizás estemos cabeza abajo –dije-, intentando explicarme la dirección de la luz-. Creo… creo que la superficie que tenemos encima está en realidad debajo de nosotros.>

      <Vámonos de este dedo.>

      <¿Por qué?>

      <Porque nunca se sabe dónde va a meter una persona el dedo, ya sea humana o helmacron.>

      Tardé un instante en pensar aquello, y me estremecí.

      <Gracias por decírmelo, Marco. Vamos a intentar llegar a esa superficie de ahí arriba. O de ahí abajo.>

      Abrí las alas, y a pesar de mi diminuto tamaño, salí volando como un cohete. Las moscas son expertas en acrobacia, pero es que además nos movíamos con una velocidad pasmosa.

      Tal vez era todo una ilusión, ¿quién sabe? A esa escala nada tenía sentido. Pero era como si alguien me hubiera atado unos cohetes al tórax.

      Salimos disparados por los aires hacia arriba, abajo, de costado o cualquiera que fuera aquella dirección.

      Por fin aterrizamos en otra superficie. Se parecía mucho a la del dedo, pero esperábamos que ésta fuera un poco más segura.

      Miramos a nuestro alrededor. Aquello parecía una interminable planicie. Aunque se veía un globo verde, a una altura imposible, del tamaño de una luna. No podíamos calcular su tamaño, porque se extendía en todas direcciones. Lo que sí notábamos es que la áspera superficie, hecha de células de extravagantes colores, era esférica.

      <Es un ojo –dijo Marco-. Creo que estamos en la cabeza de un helmacron. Y esto es un ojo.>

      De pronto el ojo se tornó de brillante color rojo. Algunas de las facetas individuales se cerraron rápidamente como respuesta.

      Una ola de calor barrió la gran planicie de la cabeza del helmacron, y al otro lado de la cabeza plana surgió una cosa horrible que ningún ojo humano llegará nunca a ver, al menos con tanto detalle.

      Creo que los dos supimos de inmediato lo que era, pero nuestra mente se negaba a creerlo.

      La llamarada había sido la luz de un rayo dragón. Luz es luz, claro, y es igualmente rápida sea cual sea tu tamaño. Pero cuando la ola de energía se extiende por el cuerpo alcanzado por un rayo dragón, la reacción fisiológica de las células que estallan ocurre más despacio.

      Ax nos explicó una vez que esto era propio de la tecnología yeerk. El arma andalita, en la que los yeerks se basaron para desarrollar el rayo dragón, mata al instante y sin dolor.

      El rayo dragón, sin embargo, fue modificado especialmente para destruir más despacio. Los yeerks quieren que sus enemigos sientan la agonía del estallido de sus células.

      Nosotros, que estábamos sobre células cuyas moléculas vibraban bajo nuestras patas de mosca, veíamos avanzar la línea de destrucción. Las células explotaban como géiseres en miniatura, disparando núcleos, mitocondrias y citoplasma como metralla.

      <¡MUÉVETE!>, gritó Marco, sacándome de mi trance.

      Y echamos a volar justo cuando las explosiones barrían el suelo bajo nosotros.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 22:

      Un viento huracanado, tan caliente que casi nos quema las alas, nos arrojó por los aires. Chocamos el uno con el otro e instintivamente nos agarramos. Habíamos salido disparados como meteoros, dando vueltas sin control.

      El fuego estallaba por todas partes, entre un terrible estruendo. Estábamos en un tornado que se movía con extraña lentitud y una fuerza irresistible.

      Debimos quedar inconscientes, porque cuando volví a oír la telepatía de Marco, me pareció que había pasado mucho tiempo.

      <¡Era un rayo dragón! –dijo-. Los yeerks han debido de alcanzar la nave.>

      <Estábamos en medio del tráfico>, contesté, todavía aferrada a Marco como si aquel horroroso cuerpo de mosca fuera una tabla de salvación.

      <Yo creo que el viento está amainando. Hace menos calor>, dijo Marco.

      Pero seguimos agarrados el uno al otro hasta que, poco a poco, el viento dejó de soplar y aquel calor de horno disminuyó.

      Por fin nos separamos. ¿Seguiríamos en la nave? ¿Seguía existiendo la nave? No había forma de saberlo. Podíamos estar en cualquier parte, a dos centímetros sobre el suelo o a miles de kilómetros de altura. Podíamos estar junto a una persona o ser las últimas criaturas vivas del universo.

      <Tenemos que transformarnos>, dije.

      <¿Quién sabe dónde estamos? Quizá nos encontramos en medio de la carretera y un camión está a punto de atropellarnos.>

      Yo miré a mi alrededor, pero los ojos de mosca no ven a lo lejos. Las moscas no tienen ninguna necesidad de ver de lejos. Probé con el sentido del olfato, pero lo tenía como desconectado. Las moléculas olfativas, que, en condiciones normales, habría percibido eran probablemente demasiado grandes para mí.

      <Si nos transformamos poco a poco iremos cayendo al suelo a medida que ganemos peso>, sugerí.

      <A menos que el camión nos atropelle.>

      <Yo voy primero.>

      <Ahora no te hagas la heroína –replicó Marco, echándose a reír-. Si nos van a atropellar, que nos atropellen juntos.>

      Me concentré, intentando dominar el miedo y el impulso de hacerme lo más grande posible rápidamente. Enseguida comenzaron los cambios. Me iba agrandando y ya podía sentir mejor la dirección de la fuerza de gravedad. Pero incluso con las alas inmovilizadas, resistiéndome al impulso de volar, seguía flotando en el aire.

      Me transformé un poco más. Ya era muchas veces más grande que la mosca, aunque no había recuperado mi tamaño de milímetro y medio.

      Pero estaba cayendo. Sentía la gravedad. Sabía dónde era arriba y dónde abajo. Caía, pero muy despacio. El aire todavía me hacía flotar, como la más maravillosa corriente térmica.

      Sin embargo mis ojos humanos comenzaban a sustituir a mis ojos de mosca. Marco, igual que yo, era una espantosa mezcla entre mosca y humano, medio cayendo medio flotando en la brisa.

      Entonces, muy por debajo de nosotros, vi por fin el suelo. O por lo menos lo que parecía el suelo.

      Me sentí como un paracaidista en caída libre, cayendo, cayendo. Sólo que en lugar de un paisaje de campos y carreteras, veía lo que parecía un nido de serpientes gigantescas a lo lejos.

      <Menuda pinta tiene eso>, masculló Marco.

      La brisa nos llevaba por encima de las serpientes hacia una zona más abierta. Era una interminable planicie rosada, curvada hacia el horizonte.

      Me transformé un poco más. ¿Qué otra cosa podía hacer?

      Empecé a caer más deprisa. Las serpientes se hicieron un poco más pequeñas, aunque seguían siendo monstruosas. Pero más que serpientes parecían enormes palmeras. Sus troncos eran ásperos y oscilaban, y en la copa se dividían en dos o tres partes y se tornaban más toscos.

      <¡Dios mío, son pelos! –exclamé-. Estamos aterrizando en la cabeza de alguien.>

      <O en el sobaco>, replicó Marco.

      Por fin caímos sobre lo que parecía un bosque, al borde de una interminable planicie. Atravesamos la jungla de pelos, hacia el cuero cabelludo. Al llegar abajo todo se hizo más oscuro.

      No estábamos solos.

      No es que hubiera ojos que nos mirasen desde la oscuridad, como en las selvas de los dibujos animados. No, aquellas criaturas no tenían ojos. Se aferraban a la base de los pelos gigantes y casi parecían estar esperándonos mientras caíamos.

      Eran unas bestias espantosas, torpes, de ocho patas. Las había a centenares. Estaban por todas partes, en la base de los pelos. En el mundo normal, eran demasiado pequeñas para ser vistas, pero para nosotros eran tan grandes como perros.

      <Son ácaros –dije, con tanto asco que tuve que contener las náuseas-. Todo el mundo los tiene.>

      <¡Vamos a hacernos grandes, ahora mismo!>

      Terminamos de transformarnos a toda velocidad hasta recuperar nuestro tamaño de milímetro y medio. Justo cuando aterrizábamos entre un par de ácaros.

      Ya éramos bastante más grandes, y los ácaros eran como ratas. Además, no eran conscientes de nuestra presencia, no estaban interesado en nosotros. De todas formas aquellas criaturas me daban un miedo espantoso.

      Una vez convertidos en personas, echamos a correr con todas nuestras fuerzas hacia la planicie.

      <Gracias a Dios todavía no se ha encontrado la cura para la calvicie>, comentó Marco, mientras salíamos jadeando al espacio abierto.

      Éramos humanos: podíamos ver y oír de nuevo, pero lo que oímos no nos tranquilizó nada.

      <Una nave helmacron –decía Visser Tres-. Es una monada… bueno, lo que queda de ella. ¡Ja ja ja!>

      Entonces una voz humano vibró en el cuero cabelludo, resonando con estruendo.

      -¡Felicidades por haberlos derrotado, Visser!

      <¡Bah! Derrotar a los helmacrones no es un gran honor precisamente, Chapman.>

      Marco y yo nos miramos.

      -¿Chapman? –dijimos los dos a la vez.

      Estábamos en la cabeza de Chapman, el subdirector del colegio.

      <¡Vaya, ahí estáis!>, exclamó una voz telepática.

      Yo pegué un brinco de espanto, con el corazón en la garganta, hasta que reconocí aquella <<voz>>.

      <Os he estado buscando por todas partes>, dijo Tobias tranquilamente, mientras bajaba sobre nosotros.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 23:

      -¡Tobias! ¿Qué haces aquí? –grité de pura alegría. Bueno, grité también porque aunque le oído de un halcón es mucho mejor que el humano, todavía éramos muy pequeños.

      <¿Estáis en la cabeza de Chapman y tú me preguntas qué hago yo aquí? –replicó él riéndose-. Nos teníais preocupados.>

      -¿Cómo nos has encontrado?

      <Por la otra nave helmacron. El Chafaplanetas. Rachel consiguió darle un golpe con una barra de hierro. Jake la metió entonces en el torno que hay en el granero de Cassie.>

      Tobias se posó junto a nosotros, hundiendo las garras en el cuero cabelludo.

      -¿El que utiliza mi padre para trabajar la madera? –pregunté. Mi padre tiene un pequeño banco de carpintero que utiliza para reparar las jaulas y hacer chapuzas en el granero.

      <Sí. La metió en el torno y empezó a apretar hasta que los helmacrones accedieron a ayudarnos.>

      -Supongo que no os fiasteis de ellos –dijo Marco.

      <No somos tontos. Nos dieron rehenes. El capitán y otro grupo de líderes de… >

      -¡NOOOOO! –grité.

      -¡Sois idiotas! –exclamó Marco-. ¡Todos los líderes helmacron están muertos! No confían en ningún ser vivo, de modo que todos sus líderes tiene que estar muertos.

      <¿Cómo dices?>

      -Mira, déjalo. ¿Están aquí Jake, Rachel y Ax?

      -A propósito, ¿dónde estamos? –preguntó Marco.

      <Sí, están aquí, pero transformados. Estamos en una reunión de la Alianza. Visser Tres también está aquí, en la parte secreta de la reunión, ya sabéis, a esa que sólo asisten los controladores de alto rango. Visser quiere enseñar el Rompegalaxias a todo el mundo. La ha achicharrado con un rayo dragón, supongo. Ahora está hablando sobre los helmacrones. Chapman está aplaudiendo.>

      Sí, era verdad que se notaban las vibraciones que se transmitían a la cabeza de Chapman. Debía de estar aplaudiendo, en efecto.

      Y si miraba hacia el horizonte, veía otras cabezas, como una especie de cordillera de montañas a lo lejos.

      Había un ruido constante, voces, aplausos ocasionales.

      De pronto tuve una premonición terrible.

      -¿Dónde está la caja azul? –pregunté.

      <La tiene Ax. Estamos en la antigua sala de reuniones que utiliza la Alianza a veces –contestó Tobias-. Ax está fuera, en su forma humana, esperando a que os rescate. Luego volveremos con los helmacrones para que os devuelvan vuestro tamaño.>

      -¿Para qué habéis traído aquí la caja azul? –dijo Marco furioso.

      <Los helmacrones la querían a toda costa. No sabíamos si podríamos ocultarla a sus sensores, de modo que tuvimos que traerla. No podemos perderla. Al fin y al cabo, los helmacrones la necesitan para devolvernos nuestro tamaño, cosa que han prometido hacer, y… >

      -¡Oh, no! –exclamé-. O sea, que los helmacrones rastrearon al Rompegalaxias y os dijeron dónde estaría, y vosotros habéis traído la caja azul. ¿Es que no lo entiendes? ¡Los helmacrones intentarán llevarse la caja! Habrán pensado que nosotros estaremos demasiado ocupados luchando contra los yeerks.

      <Pero ellos están en el granero… y…. ¡Dios mío! ¡Ax! ¡Tenemos que avisarle! Está en su forma humana, con ojos humanos. Ni siquiera se da cuenta de que tiene que volverse para mirar atrás.>

      Tobias echó a volar, dejándonos en la enorme planicie de la cabeza de Chapman. Pero no llegó muy lejos.

      <¡Ahora destruiremos a todo el que se oponga a nosotros! –se oyó la conocida voz jactanciosa de un helmacron-. ¡Todos llorarán, gemirán y maldecirán el día que nacieron!>

      Volaba muy bajo, a pocos centímetros sobre la cabeza de Chapman. Era el Chafaplanetas.

      Y llevaba la caja azul.

      <¡Ahora vengaremos a nuestros valientes camaradas del Rompegalaxias, que murieron como grandes héroes!>

      Yo me volví hacia Marco.

      -¿Valientes camaradas? Pero si el Chafaplanetas despreciaba al Rompegalaxias, y viceversa.

      Marco puso los ojos en blanco.

      -El Rompegalaxias ha sido destruido, así que ahora todos sus tripulantes son estupendos. Ya te digo que estos tíos están locos.

      El Chafaplanetas se detuvo en el aire. La cabeza de Chapman comenzó a girar siguiendo la nave. La cúpula del cuero cabelludo se inclinó hacia abajo, hasta que pudimos ver sobre el borde de nuestro pequeño mundo.

      Y allí se alzaba una figura inconfundible.

      Visser Tres.

      Parecía irritado, y con razón, porque el Chafaplanetas le apuntaba directamente.

      El destello verde envolvió a Visser en su luz, y delante de nuestros propios ojos, el líder yeerk comenzó a encoger.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

< Capítulo 24:

      ¡Oh, nuestro magnífico y omnipotente líder! ¡Nos hemos apoderado de la caja azul de energía transformadora! ¡Aunque los benditos y gloriosos héroes del Rompegalaxias ya no están con nosotros, los de la Chafaplanetas, vengaremos su muerte!

      Del diario de la nave helmacron. Chafaplanetas.

      Visser Tres se encogía ante nuestros ojos. Chapman intentó atrapar la pequeña nave, pero los helmacrones lo esquivaron fácilmente.

      Todo el mundo gritaba y chillaba, pero nadie impidió que la navecilla disparara otra vez, y otra.

      <¡Jake! ¡Rachel! ¡Ax! –llamó Tobias telepáticamente-. ¡Tenemos problemas!>

      Pero supongo que ellos ya se habían enterado. Para mí era difícil entender lo que veía, porque lo que se movía ante mí eran masas tan enormes como planetas.

      Pero sí vi una gigantesca muralla de plumas grises y blancas pasar muy cerca de la cara de Chapman. Era un halcón peregrino que podía haberse tragado una ballena. Sus garras eran tan grandes que yo habría tardado cinco minutos en caminar de un extremo a otro.

      El halcón intentó atrapar la nave helmacron. No se trataba de salvar a Visser, claro, sino de recuperar la caja azul. La caja no podía caer en manos de los yeerks.

      Mientras se encogía cada vez más, el controlador andalita Visser Tres gritó telepáticamente con tono angustiado.

      <¡La caja azul! ¡El cubo mórfico! ¡A por él! ¡Recuperadlo, idiotas! ¡Lo único que importa es la caja azul!>

      El caos era absoluto. Unas criaturas enormes pasaban de un lado a otro. Por un lado Jake, con su forma de halcón, que se movía a una velocidad increíble intentando arrebatar la caja azul a los helmacrones.

      Por otro lado Ax, con su gigantesco cuerpo andalita. Los ojos de sus cuernos parecían enormes piscinas verdes.

      Y Rachel, convertida en oso, tan grande que parecía poder alcanzar las estrellas de un zarpazo.

      Los controladores humanos corrían por todas partes. Incluso me pareció ver un cuerpo hork-bajir.

      Era como un espantoso baile de gigantes, un combate de titanes. Y el griterío era ensordecedor.

      <¡Rachel! ¡Atrápala!>, chillaba Jake.

      -¡La caja! ¡Hay que recuperar la caja! –gritaban varios controladores.

      <¡Si no conseguís la caja, todos sufriréis las consecuencias!> ,bramaba Visser Tres, furioso e impotente.

      Y por supuesto, los helmacrones no callaban.

      <¡Huid en vuestro terror, patéticas criaturas! ¡No os salvaréis de nuestra furia vengadora!>

      Manos, patas, garras intentaban atrapar la nave. Pero era imposible. A pesar de ir cargados con la caja azul, los helmacrones eran más rápidos que la turba de controladores y animorphs.

      <¡Lucháis en vano, lamentables criaturas inferiores! ¡Todos os postraréis ante la eterna gloria del imperio helmacron y sus poderosos guerreros!>

      Jake, Rachel, Ax y Tobias hablaban por telepatía de modo que sólo pudiéramos oírlos nosotros.

      <¡Rachel! ¡Cuidado! ¡Detrás de ti!>

      <¡Ya lo tengo! ¡No, no lo tengo!>

      <Príncipe Jake! ¡Va hacia ti!>

      <¡Aaaaah! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Me han alcanzado! ¡Estoy encogiendo!>

      -Tenemos que ayudar –le dije a Marco, poniéndole la mano en el hombro.

      -¿Ayudar? ¿Cómo? ¡Si no podríamos ni con una célula!

      <¡Dios mío! ¡Estoy encogiendo! –gritó Rachel-. ¡Voy a acabar con esos malditos helmacrones! –Luego, un instante más tarde-: Bueno, más pequeña no me puedo hacer.>

      -¡Nos atraparán a todos! –grité. Pocas veces me había sentido tan desesperada e indefensa. ¿Qué podíamos hacer? ¿Qué podían hacer dos humanos del tamaño de hormigas?

      Entonces se me ocurrió una idea genial. Bueno, por lo menos era una idea.

      -¡Marco, me tengo que transformar! Tengo que hablar por telepatía. ¡Y tú y yo nos tenemos que hacer más pequeños!

      Me concentré todo lo que pude y empecé a transformarme en mofeta. Era un animal bastante pequeño, sin llegar a ser microcelular como una mosca. En cuanto pude llamé a Tobias.

      <¡Tobias! ¡Tienes que venir a por nosotros!>

      <¿Por qué no? No puedo hacer nada más –replicó él exasperado-. Los helmacrones están intentando encoger a todo el mundo, y los controladores intentan atrapar la caja azul. ¡A mí no me hacen ni caso! Pero vosotros sois demasiado grandes para que os pueda llevar.>

      <Ya no.> Estaba encogiendo rápidamente. Pero por lo menos no podía ver las moléculas.

      Marco siguió mi ejemplo, transformándose en topo. Tobias descendió sobre nosotros. Él medía un milímetro y medio de altura, pero ahora parecía bastante grande en comparación. Nos atrapó con las garras y echó a volar.

      <¿Así que tenemos un plan?>, preguntó.

      <Sí, Todo es una cuestión de tamaño, y siempre nos olvidamos de eso –contesté-. Hemos sido reducidos a tamaño helmacron, un mílimetro y medio más o menos. Y cuando nos transformamos en algo más pequeño, encogemos desde ese tamaño base, ¿no es así?>

      <O es eso, o es que estoy teniendo una pesadilla espantosa>, replicó Marco.

      <Muy bien. ¿Qué pasa entonces si nos transformamos en algo más grande? ¿No deberíamos hacernos relativamente más grandes?>

      <¡Es verdad! –dijo Tobias-. ¿Entonces qué?>

      <Tú has dicho que los helmacrones no te prestan atención puesto que ya has encogido>

      <Sí. ¿Y qué?>

      <Pues… ¿crees que podrías aterrizar sobre la nave helmacron?

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 25:

      Nos aferramos a las patas de Tobias, trepando por sus plumas más bajas para que él pudiera utilizar sus garras. Y salimos volando.

      El caos era espantoso. Los controladores humanos perseguían a la nave helmacron, intentando agarrar la caja azul. Los helmacrones disparaban con su rayo, encogiendo a todo el mundo que se acercara.

      Pero no hicieron caso a Tobias. Tobias no representaba ninguna amenaza. O eso creían ellos.

      <¡Creo que puedo conseguirlo!>, exclamó Tobias, viendo que la nave se dirigía hacia nosotros.

      Los helmacrones dispararon y se detuvieron un momento para apuntar de nuevo.

      En aquel instante de vacilación, Tobias cayó en picado como una piedra. Bueno, por lo menos como un grano de arena bastante gordo.

      Aterrizó sobre la nave helmacron. La superficie estaba llena de tubos, sensores, instrumentos y varias cosas más, de modo que no le costó trabajo aferrarse a ella con las garras.

      La nave salió disparada un segundo más tarde, zigzagueando como loca entre un bosque de manos que intentaban atraparla.

      <¡Contemplad los patéticos esfuerzos de los usurpadores yeerks! ¡Se creían que serían los amos de la galaxia! ¡Ja! ¡Somos nosotros, los helmacrones, los que gobernaremos todo!>

      Y lo cierto es que los esfuerzos de los yeerks eran penosos. Nadie iba a disparar mientras los helmacrones tuvieran la caja azul. Todo el mundo estaba pendiente sólo de la caja y de nada más.

      <Muy bien, ¿y ahora qué?>, me preguntó Tobias.

      <Ahora nos transformamos. Tú conviértete en humano. Tu forma humana debería estar en proporción con tu tamaño de halcón. O sea, que como humano deberías medir algo más de medio centímetro. Eso es mucho peso extra para esta nave, que ya está cargada con la caja azul.>

      <Eso reducirá su velocidad –comentó Marco-. Pero no creo que los detenga. De todas formas, incluso si conseguimos detener la nave, los yeerks se apropiarán de la caja azul.>

      <No creo que el peso de Tobias detenga la nave –admití-. Pero el mío sí. ¡A ver cómo vuelan con una ballena encima!>

      <Oye, Cassie… –insitió Marco-. ¿Cómo vas a detener una nave convertido en una ballena de diez centímetros?>

      <Me voy a meter entre los motores.>

      <Vamos a intentarlo>, propuso Tobias, ya transformándose en humano.

      Las metamorfosis son siempre aterradoras y pertubadoras, pero aquello era una nueva experiencia. ¡Me encontraba sobre alguien que se estaba transformando! Me aferré con mis pequeñas patas de mofeta a las plumas de Tobias, que ya estaban desapareciendo.

      Por fin me solté y aterricé sobre sus garras, que en ese momento crecían y se hacían más tersas. Seguía allí cuando comenzaron a aparecer los dedos de los pies. Era como estar en medio de un terremoto.

      Tobias se alzaba cada vez más alto, agarrándose a la nave con las manos a medio formar.

      Marco y yo nos transformamos también. Debíamos de ser todo un espectáculo, si alguien se hubiera molestado en mirar.

      Un halcón casi invisible convirtiéndose en un chico más pequeño que un soldado de juguete, mientras que de sus piernas surgían dos humanos todavía más diminutos.

      La nave helmacron seguía dando bandazos, pero conseguimos seguir aferrados a ella. Al tener una masa tan pequeña, nuestros músculos eran más fuertes.

      Tobias, con nosotros dos a la espalda, se arrastró sobre la cubierta hacia los motores. Mientras tanto, por supuesto, los helmacron seguían con sus brabuconadas.

      <¡Lograremos la mayor victoria que ha visto el universo desde el origen de los tiempos, y los usurpadores yeerks, humanos y andalitas se postrarán ante nosotros! ¡Yeerks, humanos y andalitas competirán por ver qué raza se humilla más!>

      Por fin llegamos a los motores. Estaban calientes, pero no quemaban. Tobias nos ayudó a bajar de su espalda. Marco y yo le miramos y movimos la cabeza.

      -Desde luego hemos conseguido por fin la monstruosidad más espantosa –comentó Marco-. Somos del tamaño de granos, junto a un pájaro convertido en chico que se nos antoja enorme porque mide unos cinco milímetros, volando todos en una nave de juguete que esperamos abatir, porque Cassie se va a convertir en una ballena del tamaño de un ratoncillo, para poder derrotar a una raza de lunáticos con el cerebro del tamaño de una bacteria. Creo que nos hemos merecido el Oscar a la Locura Absoluta. Ya nos podemos ir todos a casa. Somos los reyes del Mundo Lunático.

      Tobias me ayudó a colocarme con su brazo enorme, que debía de ser del tamaño de un espagueti, o quizá no tan grande. Marco tenía razón: no cabía imaginar una situación más demencial.

      -Muy bien –dije-. Tobias, tú sujétame hasta que esté colocada entre los motores.

      Entonces me transformé. Era la forma más grande que ninguno de nosotros había asumido: la ballena jorobada.

      Una ballena auténtica mide unos quince metros de longitud, es decir, unas doce veces mi altura, más o menos. Mi tamaño base era de un milímetro y medio. Doce veces por uno y medio es menos de dos centímetros.

      Pero también había que tener en cuenta el peso. Porque en el mundo real, una ballena pesa unas sesenta toneladas.

      De modo que a medida que yo iba creciendo, la nave helmacron comenzó a sentir mi peso.

      Yo me notaba enorme, a pesar de que no era más grande que un pececillo. Me sentía bastante incómoda, allí empotrada entre los motores, pero por lo menos no me caería.

      De pronto, una escotilla se abrió en la cubierta de la nave y aparecieron un par de ojos helmacron, y luego otro par. Los helmacrones salieron al exterior.

      <¡Dejad lo que estáis haciendo y aceptad vuestro destino como esclavos para siempre!>

      <No –dije-. Voy a seguir transformándome y haciéndome más grande hasta arrastrar esta nave al suelo.>

      <¡Somos los helmacrones! ¡Somos los líderes de la galaxia! ¡Todo el que se oponga a nosotros será aniquilado!>

      -¡Callaos de una vez! –les espetó Marco.

      Los dos helmacrones se lo quedaron mirando pasmados.

      -Callaos. ¡Callad! ¡No sois los líderes de nada! ¡Pero si sois como ácaros! ¡Como pulgas! ¡No podríais ni siquiera en un mano a mano con un gusano! Lo cual es bien triste, porque los gusanos no tienen manos.

      Tobias alzó en el aire a los dos helmacrones, que agitaban las patas como locos.

      <¡Arrodillaos y suplicad por vuestras vidas, abyectos, insignificantes especímenes de una raza inferior!>, chillabanlos helmacrones.

      -Cassie, sigue transformándote –me dijo Marco.

      Yo me hice todavía más grande. La nave helmacron seguía dando bandazos igual que antes, pero cada vez más despacio. Además, debía estar perdiendo altitud, porque el bosque de manos estaba muy cerca.

      Dedos enormes como columnas griegas surcaban el aire. Caras de pesadilla, del tamaño de los Grandes Lagos, nos rodeaban.

      El rayo verde seguía disparando, pero la nave aminoraba la velocidad.

      -¡Rendíos, idiotas! –gritó Marco furioso-. Rendíos de una vez y Cassie dejará de crecer. ¡Rendíos para poder escapar!

      <Somos los helmacrones. ¡Jamás nos rendimos! ¡Todas las criaturas existen sólo para servirnos! Seremos los… >

      Y en ese momento una mano gigantesca golpeó el costado de la nave.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

< Capítulo 26:

      ¡BAAAAAAAM!

      ¡CRRRRRRAAAAASH!

      Unos dedos enormes se alzaron por el borde de la nave y, poco a poco, se cerraron sobre ella.

      Yo veía las espirales de las huellas dactilares, las grietas y pliegues de la palma. La nave podría haber escapado, pero iba demasiado cargada. Los helmacrones no querían soltar la caja azul ni rendirse.

      Mi plan empezaba a parecer una mala idea.

      -¡Recupera tu forma! –me gritó Tobias.

      -¡Sí, transfórmate! –dijo Marco-. ¡Mejor enfrentarnos a los helmacrones que a los yeerks!

      Yo empecé a invertir la transformación lo más deprisa posible.

      ¡Pero era demasiado tarde!

      Un dedo pulgar del tamaño de Manhattan se alzó al otro lado de la nave. ¡Estábamos atrapados!

      -¡Ya lo tengo! –bramó un vozarrón.

      Y entonces, por encima y por detrás del pulgar, surgió algo que parecía una luna. Incluso a nosotros nos parecía que se movía deprisa.

      ¡FUUAAAP!

      La cola de Ax golpeó el dedo pulgar, que desapareció de pronto. Más abajo se oyó un aullido atronador.

      La nave oscilaba fuera de control. Tobias soltó a los helmacrones y se aferró a lo primero que pudo. Marco era todavía tan pequeño que no tuvo dificultad en agarrarse. Yo seguía encajada entre los motores.

      Una mano diferente, de dedos más finos y numerosos, nos atrapó en el aire.

      <¡Ya los tengo, príncipe Jake!>, exclamó Ax.

      <¡Vámonos!>, ordenó Jake.

      <¡Jake! ¿Dónde estás?>, pregunté por telepatía, contentísima de volver a oír de nuevo su <<voz>>.

      <A medio camino en la pierna de Ax. Aunque no sé qué pierna.>

      <¡Estás a salvo!>

      <La verdad es que no mucho. Rachel y yo no estamos solos. Visser Tres y unos veinte controladores están trepando por la pierna hacia nosotros. Somos un tigre muy pequeño y un oso diminuto contra Visser Tres, que se ha transformado en una especie de monstruo horrible.>

      <¡Ax! –llamé-.Tienes que ponernos en tu pierna, para que podamos ayudar a Jake y a Rachel.>

      <No sé en qué pierna están.>

      Ax corría a toda velocidad, con la nave helmacron y la caja azul en sus débiles manos andalitas. Uno de sus dedos me apretaba, de modo que empecé a invertir mi transformación, para aliviar la presión.

      Tobias me sostuvo en cuanto me encogí lo suficiente para desatascarme. Entonces me sentó en sus rodillas como si fuera una niña pequeña. Marco estaba sobre su otra rodilla y él se apoyaba contra uno de los dedos de Ax.

      De pronto, vi una hilera de ojos como pelotas de ping-pong que pasaban justo más allá del dedo.

      -¡Los helmacrones! –exclamé, ya humana de nuevo-. ¡Se escapan!

      Tobias volvió la cabeza y los vio. Hizo una seña a Marco para que no hiciera ruido. Cientos de helmacrones abandonaban la nave, a través del espacio libre que quedaba entre los dedos andalitas.

      Tobias era el más visible de nosotros, de modo que empezó a convertirse de nuevo en halcón, para hacerse más pequeño y menos evidente.

      Marco movió la cabeza.

      -Muy bien, lo admito –susurró-. Estaba equivocado. No habíamos llegado al punto Máxima Locura, porque éste es el punto de Máxima Locura.

      <Corro más deprisa que mis perseguidores –informó Ax-, pero estoy entrando en zonas donde puedo ser visto. Debería convertirme en humano, pero entonces los controladores me darían alcance. ¡Y además sabrían que tengo una forma humana!>

      <Ya saben que tienes una forma humana –replicó Rachel-. Por lo menos lo habrán podido deducir.>

      <Rachel tiene razón –terció Jake, desde una de las piernas de Ax-. No tienes más remedio, Ax. Transfórmate en humano.>

      <Sí, príncipe Jake.>

      Yo esperaba que Jake regañara a Ax por llamarle príncipe. Pero se ve que estaba demasiado ocupado para eso.

      <¡Rachel! ¡Es Visser! ¡Ese tentáculo! ¡Cuidado!>

      Entonces Ax comenzó a transformarse.

      <¿Adónde voy? –preguntó-. ¡Tobias! ¡Cassie! ¡Marco! ¿Hacia dónde me dirijo, en cuanto se me formen las piernas humanas?>

      Intenté conservar la calma, pero a juzgar por los gritos entre Jake y Rachel, se estaba librando una fiera y mortal batalla entre el pelaje andalita.

      ¿Dónde? ¿Dónde podíamos ir? ¿Qué podíamos hacer? ¿Cómo íbamos a derrotar a un enemigo tan pequeño que podía ser una colonia de hormigas? ¿Qué arma podíamos…?

      Hasta que de pronto vi la respuesta.

      -Tobias, dile a Ax que no se transforme en humano. Tenemos que echar a volar.

      <¿Adónde?>

      -Al zoo. ¡Tenemos que llegar a los Jardines!

      <¿Pero por qué?>

      -Para recargarnos –dije sombría-. Para recargarnos.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGemi

      

Capítulo 27:

      ¡Oh, el más poderoso y tremendo líder! ¡La calamidad ha caído sobre nosotros! ¡Nuestra nave ha sido capturada! ¡Pero no tenemos miedo! Somos los más valientes entre los valientes. Los más bravos entre los bravos. ¡Nada nos detendrá! Dominaremos esta vasta expansión de pelaje azul y desde esa base lanzaremos de nuevo nuestro plan para conquistar el universo.

      Del diario de la nave helmacron. Chafaplanetas

       Tenía un plan, un plan muy bueno. Sólo había un pequeño problema: teníamos que sobrevivir hasta llegar a Los Jardines.

      Cosa que cada vez se estaba poniendo más difícil.

      Ax se estaba transformando en aguilucho. De esa forma podría volar llevando la nave helmacron y la caja azul en las garras.

      Y todos nosotros íbamos sobre él. Marco, Tobias y yo en los dedos. Un puñado de helmacrones en su muñeca. Jake y Rachel en una de sus piernas, combatiendo contra Visser Tres y un grupo de diminutos controladores humanos.

      El caso es que mientras Ax se transformaba, no todas las partes de su cuerpo conservaban la misma localización. Cada metamorfosis es diferente. No sé por qué, pero así es. El cuerpo de Ax se fundía, encogía, y de paso sucedían varias cosas muy lamentables.

      Las manos en las que nosotros nos encontrábamos estaban desapareciendo.

      Era como estar sobre un flan de gelatina. La piel que teníamos bajo los pies se iba fundiendo poco a poco y corría como un río lento y lodoso. Los dedos gigantescos que teníamos a izquierda y derecha se estaban soldando uno con otro, mientras la piel llenaba el hueco entre ellos, elevándonos con relación a los dedos, aunque en realidad nos encontrábamos más abajo, porque Ax no dejaba de encoger.

      De pronto, fue como ir cuesta abajo sobre una cinta transportadora, que se transformaba en unas escaleras mecánicas que cada vez se hacían más empinadas.

      -¡Cuidado! –gritó Marco.

      <Transformaos en pájaros>, dijo Tobias, mientras se elevaba batiendo las alas.

      Yo me deslizaba sobre el vientre, intentando agarrarme frenética a aquella piel resbaladiza. ¡Debajo tenía una caída de kilómetros!

      Hasta que por fin… algo a lo que agarrarme.

      Era un reborde milimétrico, pero cada vez se hacía más profundo.

      Agité las piernas hasta que encontré otra grieta donde meter el pie. Y allí me quedé, colgada de un barranco que cambiaba, se deslizaba, se derretía.

      De pronto me vi cabeza abajo. Pero gracias a mi insignificante masa, pude seguir agarrada a las grietas.

      Marco colgaba también, no lejos de mí, metiendo manos y pies en las grietas del risco.

      Habríamos terminado por caernos, pero, por suerte, comenzaron a aparecer gigantescos contornos de plumas sobre la piel. Aquellas formas se extendían cada vez más.

      Entonces algo explotó entre Marco y yo. La <<tierra>> hizo erupción. Los planos contornos de plumas estaban cobrando de pronto tres dimensiones.

      Una pluma surgió entre nosotros, arrastrándonos con ellas a las alturas. Del nervio central, crecieron ramificaciones blancas que se hicieron cada vez más gruesas y rígidas hasta parecer cañas de bambú.

      En aquel momento, ya casi estábamos de nuevo en horizontal. Sólo había una suave pendiente que bajaba por la pluma hasta el <<asuelo>>. Sentí un ligero movimiento arriba y abajo.

      -Estamos en un ala –dijo Marco.

      Tobias se posó junto a nosotros.

      <Estáis en un ala –informó, jadeando y resoplando-. No puedo volar. Hay demasiada turbulencia. ¡Y tenemos problemas!>

      -¿Problemas? –se burló Marco-. ¿Problemas? ¿Por qué dices eso? A mí me parece que todo va estupendamente, todo va de maravilla. Nunca me había sentido mejor.

      Tobias no se rió.

      <No sé cómo, pero hemos terminado todos en la misma ala. Una de las piernas de Ax se ha debido de fundir con su mano para formar esta ala. Jake y Rachel están a un centímetro de distancia. Los yeerks se acercan a toda prisa, y los helmacrones están formando lo que parece un ejército a unos siete milímetro más allá.>

      -¿Lo ves? Ya te he dicho que todo va bien.

      -Marco, tenemos que transformarnos. No podemos permitir que los yeerks nos vean como humanos.

      Unos instantes más tarde había un gorila y un lobo en aquel extraño bosque de plumas. Bajamos por nuestra pluma hasta el <<suelo>>. Justo a tiempo.

      Un tigre y un oso se acercaban a la carrera. Puesto que Jake y Rachel habían sido encogidos cuando estaban transformados, también ellos medían un milímetro y medio de altura.

      Jake tenía la cara ensangrentada y jadeaba.

      <Me alegro de veros, chicos>, nos saludó.

      <¿Dónde están los yeerks?>, preguntó Tobias.

      <Llegarán en un momento, no te preocupes. Visser ha asumido una forma rarísima, con un montón de tentáculos cortantes. Como un hork-bajir hinchado de esteroides. Además tenemos un grupo de controladores humanos aterrorizados.>

      <Estoy cansada de correr- terció Rachel-. Vamos a quedarnos aquí.>

      Jake y Rachel se unieron a nosotros, hombro con hombro: un enorme oso, un ágil tigre, un poderoso gorila y yo, un lobo cuyos aguzados sentidos captaban a los yeerks, cada vez más cerca.

      De hecho, tan concentrada estaba en los yeerks que casi no me di cuenta de que Visser se aproximaba por el bosque de plumas. Era como una cabeza de Medusa de color rojo anaranjado, y cada una de las serpientes llevaba un puñal. Detrás de él venía un grupo de controladores humanos muy nerviosos, entre ellos Chapman.

      Visser Tres se detuvo ante nosotros.

      <Extraño lugar para celebrar nuestra última batalla, andalitas –dijo, sin rastro de su habitual arrogancia-. Pero debemos luchar.>

      Era una calma insólita en él. Creo que le deprimía eso de ser del tamaño de un copo de caspa.

      Nos preparamos para la batalla. Yeerks contra humanos, aunque los yeerks todavía creían que éramos andalitas.

      Pero en ese momento, entre las plumas de nuestra derecha, aparecieron docenas de criaturas de cuatro patas, cabeza plana y ojos saltones.

      <¡Ja! ¡Nuestros patéticos enemigos reunidos! ¡Mejor que mejor! ¡Así temblarán todos de terror ante el poder helmacron! ¡Rendíos y vivid como nuestros esclavos! ¡Si os resistís moriréis como seres inferiores!>

      Durante un largo momento nadie se movió.

      Por fin, apartando sus tentáculos para dejar al descubierto un rostro espantoso, Visser se volvió hacia nosotros.

      <Yo no sé vosotros, andalitas, pero a mí estas criaturas me tienen ya pero que muy harto.>

      Bueno, ya sé que no es posible que un tigre sonría, pero juro que Jake sonrió.

      Y por primera vez en la historia, y seguramente por última, humanos y yeerks nos volvimos como un solo hombre para enfrentarnos a un enemigo común.

      Por suerte o por desgracia, la tregua no duró mucho.

      <Estamos sobre los Jardines>, anunció Ax justo en ese momento.

      Yo le di varias instrucciones telepáticas y grité a los demás:

      <¡Tenemos que bajarnos de este pájaro!>

      <¿Qué?>, dijo Jake.

      <Que tenemos que saltar. Tenemos que bajar de Ax.>

      <¿Cómo dices? –terció Rachel-,. ¡Pero si estamos a kilómetros de altura!>

      <Confiad en mí –insistí-. Id hasta el final de una pluma y preparaos para saltar.>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 28:

      Eché a correr y los demás me siguieron, dejando que los yeerks se enfrentaran a los helmacrones que, naturalmente, estaban dándose aires.

      <¡Huid como cobardes ante la flor y nata de las fuerzas helmacron!>

      <No me gusta esto de huir>, se quejó Rachel.

      Tuvimos que correr un buen rato, hasta que por fin notamos un fuerte viento sobre nosotros, tan fuerte como un huracán.

      <¡Ax! ¿Dónde estamos?>, grité.

      <Un momento… Preparaos…>

      <Jake, Rachel, todos –avisé-, cuando Ax diga saltad del borde de la pluma. Somos tan pequeños que la caída no nos hará daño. Además vamos a aterrizar en blando. En cuanto… >

      De pronto vimos que la monstruosa forma de Visser se acercaba.

      <He cambiado de opinión –afirmó-. ¡Creo que prefiero mataros a vosotros!>

      <¡AHORA!>, gritó Ax.

      Todos saltamos, cada uno dentro de los límites de sus capacidades. Mi cuerpo de lobo saltó muy bien, y entonces empecé a caer, a caer, con un oso pardo no muy lejos de mí.

      ¡Pero Visser nos había seguido! Su cuerpo, como de pulpo, también caía, y detrás de él venían más de diez controladores humanos.

      Mucho más arriba, fuera ya de los límites de mi visión, advertí a todo un grupo de helmacrones. Pero puesto que Ax se movía ligeramente, estábamos todos dispersos por el cielo. Primero nosotros, luego los yeerks y a continuación los helmacrones.

      Caímos durante una eternidad, hasta que…

      ¡PAAAF!

      … aterrizamos.

      Caímos sobre áspero pelaje. Yo rodé entre un par de pelos.

      Con mi cuerpo de lobo no podía agarrarme más que con los dientes, así que eso es lo que hice, hundir los dientes en torno a un pelo duro y tieso.

      En cuanto vi que Rachel, Jake y Marco estaban a salvo sobre el suelo de piel, me solté y caí junto a ellos. Al instante comencé a transformarme.

      <¿Nos vas a decir de qué va todo esto?>, preguntó Jake con cierta brusquedad.

      <No estoy del todo segura –admití-. Pero se me ha ocurrido una cosa: cuando los helmacrones nos encogieron, también encogieron todo el ADN que llevamos. Todas nuestras formas quedaron reducidas a la misma escala, ¿no es así?>

      <¿Y qué?>, me interrumpió Marco.

      <Bueno, pues que he pensado que un ADN nuevo, un ADN recién adquirido, tal vez no esté reducido.>

      Jake ya era medio humano.

      <¡Oye! ¿Estás diciendo que… > De pronto su telepatía se interrumpió, al recuperar del todo su cuerpo.

      Yo casi me había transformando también, agachada detrás de un enorme pelo.

      -Sí –contesté-. Por lo menos eso espero. Ahora podemos adquirir el animal sobre el que nos encontramos, y transformarnos ¡a tamaño real!

      Caí de rodillas y puse las manos sobre la piel del animal. Pero antes de que pudiera concentrarme, algo aterrizó bruscamente en medio de nuestro grupo.

      -¡Aaaaah! –grité, dando un brinco.

      Todos retrocedimos, horrorizados ante aquella criatura inhumana.

      La pulga, porque eso es lo que era, no nos miró con sus diminutos ojillos negros. No podía enfocar bien la vista, y de todas formas no hubiéramos sido de ningún interés para ella.

      Pero a pesar de todo, una pulga del tamaño de una persona es una cosa aterradora. Son monstruos de aspecto espantoso. Lo sé muy bien porque yo misma he sido una pulga.

      La criatura parecía considerar la posibilidad de hacer algo, pero al final decidió marcharse. Disparó sus patas de muelle y desapareció de la vista a una velocidad casi cósmica.

      -Vamos a hacernos grandes antes de encontrarnos con más pulgas –dijo Rachel-. Este bosque no me gusta nada. Leones, tigres y pulgas… ¡Vaya panorama!

      Volví a caer de rodillas y me concentré en el animal que teníamos debajo. Los otros hicieron lo mismo.

      -Oye, ¿qué estamos adquiriendo? –preguntó Jake.

      -El único animal del mundo que está especialmente diseñado para ver, atacar y destruir criaturas como los helmacrones –contesté.

      -¿Y ese animal es…?

      -Un oso hormiguero.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 29:

      -Vamos a intentarlo –dijo Jake-. ¡A ver si crecemos!

      Yo me había transformado muchas veces en muchos animales, pero no recordaba haber sentido nada tan gratificante.

      Quería ser grande otra vez, quería volver al mundo en el que las pulgas y los ácaros eran.. bueno, pulgas y ácaros.

      Estaba creciendo muy deprisa y mis rasgos humanos y ase fundían y se distorsionaban… Cuando Visser Tres apareció entre el pelaje.

      Se nos quedó mirando atónito.

      <¡Claro!>, exclamó.

      Pero no tuve tiempo de preocuparme por él, porque estaba creciendo a una velocidad de vértigo. Me alzaba más y más sobre el pelaje, hasta que mi cabeza salió del lomo del oso hormiguero. Seguí creciendo hasta que Tobias, que pasó volando, me pareció pequeño.

      Crecí y crecí hasta que Ax, con su forma de aguilucho, ya no parecía más grande que un avión.

      Crecí hasta que pude ver a los otros, todos alzándose de la piel del oso hormiguero como globos elevándose sobre una selva.

      El oso hormiguero se sacudió de pronto, y caímos al suelo. Pero era maravilloso. El polvo era simplemente polvo.

      ¡Estábamos recuperando nuestro tamaño normal!

      El oso hormiguero en el que me estaba convirtiendo tenía buena vista. Vi que Ax se había posado en el suelo, con Tobias al hombro. Vi la nave helmacron, todavía aferrada a la caja azul, envuelta en la garra de Ax.

      Un oso hormiguero es un animal de aspecto muy curioso. Desde la punta de su cola peluda hasta el extremo de su cabeza puntiaguda, mide un metro y medio más o menos, y unos cincuenta centímetros de altura. No es un animal muy grande, pero a nosotros nos parecía maravilloso.

      Mi boca en forma de tubo llenaba casi todo mi campo de visión. Parecía extenderse hasta el infinito.

      Pero a pesar de su aspecto cómico, el oso hormiguero no es un animal indefenso. Sus instintos comenzaban a surgir bajo mi propia consciencia humana. Me preparé para sentir una fuerte reacción de pelea o de huida, pero el oso estaba tranquilo, era una criatura letárgica. Más tarde averigüe que el oso hormiguero es uno de los mamíferos con más baja temperatura corporal. Se sabe que llegan a dormir unas quince horas diarias.

      Pero no era un animal estúpido. Tenía un oído excelente y un sentido del olfato muy aguzado.

      Veía claramente a los helmacrones y los controladores humanos que correteaban por el suelo.

      Tenía tal dominio sobre mis instintos más obvios, que ni siquiera tuve que pensar qué hacer.

      ¡FLIT!

      ¡Mi lengua salió disparada medio metro! Pegué un lengüetazo sobre un grupo de helmacrones, los bañé en saliva pegajosa, los enganché con los pelillos de la lengua y me los metí en la boca antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.

      <¡Adelante, Cassie!>, me animó Marco.

      Sentí algo en la boca, como si fueran dientes diminutos. Empecé a masticar…

      <¡No!>, exclamé, paralizando los músculos de las mandíbulas.

      <¡Ríndete, y te salvaremos del tormento eterno que mereces!>, oí desde el interior de mi boca.

      Me quedé de piedra. Saqué la lengua y con un gran esfuerzo de voluntad la mantuve ahí fuera, extendida en el suelo. Pegados a ella había como unos veinte helmacrones.

      <Mirad, no quiero tener que mataros>, dije.

      <¡Ríndete y póstrate ante nosotros!>

      En ese momento oí otra voz telepática, más grave, más siniestra.

      <Andalita idiota y sentimental –me espetó Visser Tres. Había imitado nuestro truco y también era un oso hormiguero-. No se puede matar a un helmacron. Son una especie de hongos. Si matas a uno de ellos, su mente, si es que se le puede llamar así, es absorbida por otro. Los helmacrones nunca mueren. Ni siquiera cuando están muertos están muertos. Sin embargo los andalitas… >

      ¡FLIT!

      Su lengua salió disparada y atrapó no una hormiga, sino un pájaro diminuto que pasaba volando.

      <¡Aaaaaah!>

      <¡Tobias!>, exclamó Rachel.

      Visser Trs dejó la punta de la lengua fuera, manteniendo a Tobias, atrapado e indefenso, a un milímetro de su boca.

      <Ahora vamos a hablar>, dijo Visser con malicia.

      Ax saltó con la velocidad del rayo. Su cola cayó y se detuvo temblando contra el cuello de Visser.

      <Ahora vamos a hablar.>

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapias para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Capítulo 30:

      Hicimos un trato.

      Rachel y Jake atraparon con la lengua a los helmacrones y los hicieron prisioneros. Era un alivio saber que no podíamos matarlos. Pero de momento eran nuestros rehenes.

      Marco y yo volvimos a convertirnos en humanos diminutos, fuera de la vista de Visser Tres, por supuesto. Entonces abordamos la nave helmacron. Allí encontramos algunos patéticos machos, a los que no nos costó convencer de que nos explicaran cómo funcionaba el rayo menguante.

      A continuación, devolvimos su tamaño normal a Visser Y Tobias, mientras Ax vigilaba a Visser, la nave helmacron y la caja azul.

      Luego devolvimos su tamaño a los controladores humanos y dejamos que los yeerks se marcharan. La verdad es que no discutieron. Al fin y al cabo, estábamos en posesión del rayo menguante.

      Visser Tres decidió que la conquista del mundo se le daría mejor si era un poco más grande que una mota de polvo.

      Cuando los yeerks se marcharon, Rachel y Jake soltaron a los helmacrones y se convirtieron en humanos. Entonces nosotros les devolvimos su tamaño natural.

      Por fin dejamos el rayo conectado y Marco y yo salimos de la nave y nos pusimos delante de él.

      Pero primero tuvimos una larga charla con algunos helmacrones machos.

      -Lo que necesitáis es un movimiento de liberación masculina –les dijo Marco-. ¿Por qué tenéis que aguantar que os traten como helmacrones de segunda clase?

      Muchos de los machos estuvieron de acuerdo.

      <¡Podríamos aplastar a las hembras bajo nuestros pies! ¡Gemirán y lamentarán su suerte mientras nosotros ocupamos nuestro lugar como los auténticos líderes de todos los helmacrones! ¡Entonces pondríamos en marcha nuestro justo plan de conquista de la galaxia! Todos se postrarán ante nosotros y… >

      Bueno, el resto ya lo sabéis.

      -Ya va siendo hora de volver a casa, ¿no? –me dijo Jake.

      -Sí. Aunque a estas alturas seguramente ya me habrán castigado.

      -Espero que no, porque… No sé, estaba pensando que a lo mejor podríamos ir a la playa mañana. Bueno, si hace sol y eso.

      Rachel me miró haciendo una mueca de <<te lo dije>>.

      -No lo creo, Jake. Me parece que a Cassie no le gusta nada la playa… –comentó en voz alta, sólo para fastidiarme.

      -¡Me encanta la playa! –me apresuré a decir, dirigiéndole una mirada de las que matan-. Y si no me castigan, me encantaría ir contigo, Jake.

      Jake se sonrojó, esperando que Marco se burlara de él. Pero Marco se limitó a mover la cabeza fingiendo tristeza.

      -Muy bien, Cassie, corre con Jake ahora que vuelves a tener tu tamaño normal. Supongo que esto es el fin de nuestro plan de poblar el mundo de una nueva raza de enanitos.

      La nave helmacron se elevó hacia el cielo. A lo lejos todavía oíamos sus voces telepáticas.

      <¡Todas las hembras se arrodillarán ahora ante nuestro tremendo poder! ¡Nos adoraréis como vuestros auténticos amos! ¡Los machos helmacron harán temblar al mundo!>

      <¡Las hembras serán las señoras absolutas de todos los machos! ¡Dominaremos todo el universo, pero empezaremos con vosotros!>

      Por fin nos dirigimos a casa, confiando en que los helmacrones, machos y hembras, arreglaran sus asuntos con sensatez. Aunque sabíamos con toda seguridad que eso era imposible.

      ©1998 K.A. Applegate

      © 2000 Traducción de Sonia Tapias para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de SagadeGeminis

      

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s