#25 El extremo

Sinopsis:

Marco y los demás animorphs han conseguido localizar la base de rayos kandrona que están construyendo los yeerks, Eso está bien. Pero se encuentra en alguna parte del Polo Norte, lo cual no está tan bien.

Los animorphs saben que los yeerks son criaturas con mucha sangre fría, ¡Pero esto es una locura! ¿A quiñen le apetece ir al Polo Norte sin cuerpos apropiados para el frío?.

Sin embargo los chicos saben que si los yeerks logran terminar su base, la Tierra no tendrá salvación. Y los animorphs no están dispuestos a darse por vencidos.

Datos del libro:

El libro tiene 27 capítulos que ocupan 125 páginas.

En El Extremo, Marco por fin consigue una novia. Bueno, más o menos, porque el humor de Marco y el gusto refinado de Marian por la música no es que encajen exactamente.
También conoceremos a Derek, un servicial y simpático esquimal que les ayudará a conseguir un Oso Polar.

Como nuevos extraterrestres conoceremos a los Venber, una especie que solía habitar una de las lunas del planeta Andalita hasta que una especie conocida como Los Cinco los cazaron hasta su extinción. Es algo extraño que los Yeerks los tengan como aliados…

Como nuevas formas, Marco se transforma en una (32) foca bebé y en un (33) Oso polar.
Jake hace lo propio con la (31) foca bebé y el (32)Oso Polar.
Rachel igual: la (30) foca bebé y el (31) Oso Polar.
Cassie, por no ser menos, pues lo mismo: primero en la (31) foca bebé y luego en el (32) Oso Polar.
Tobias se une a todos con su forma de (16) Foca bebé y (17) Oso polar.
Y finalmente, Ax, que sufre muchísimo por las condiciones climáticas, adquiere esas mismas formas para sobrevivir: (27) Foca bebé y (28) Oso polar

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Marco. No creo que nos hayamos visto nunca, pero seguro que conocéis a alguien como yo. En todos los colegios, en todas las clases, hay algún Marco: el chico más listo, más inteligente, más encantador, más guapo. Ese soy yo. No puedo deciros mi apellido. Tampoco puedo deciros donde vivo, ni daros detalles sobre mí, porque no quiero que me localicen ciertas personas. Creedme, ya me gustaría poder contarlo todo. El anonimato tiene sus desventajas. La semana pasada, por ejemplo, me habría encantado correr por los pasillos del colegio gritando mi nombre a pleno pulmón para que todos lo oyeran. Hubiera querido subirme de un salto a la mesa del bar, y ponerme a bailar sobre el plato de alguien hasta que un monitor se me llevara de la oreja. Si por mi fuera, habría convocado una asamblea para que todo el mundo me felicitara. ¡Tenía una cita! Pero no una cita cualquiera, no. Una cita con la chica más guapa de todo el colegio. ¿Qué digo? ¡La chica más guapa del mundo entero! Marian. Marian no solo está de miedo, con su largo pelo negro, sus ojos oscuros y sus hoyuelos en las mejillas, sino que además es casi tan lista, tan encantadora y tan interesante como yo. Es evidente que hacemos la pareja perfecta. El único fallo que le encuentro a Marian es que mis chistes no le hacen gracia. Bueno, eso y sus gustos musicales. ¿Pero sabéis que es lo mejor de esa cita? Pues que fue Marian quien me propuso salir juntos. Yo no tuve que hacer nada. ―Vaya Marco ―Me dijo después de la clase de música―, parece que sabes mucho de música clásica. Además, tengo que admitir que eres un chico guapísimo. Te quiero. Te deseo. Vale, vale, estoy exagerando un poco. Pero sí es verdad que dijo que yo sabía mucho de música. ―Eso o sé como dar el pego a los profesores mejor que nadie ―Repliqué. Lo cierto es que no tengo ni idea de música clásica. Lo que pasa es que mi padre tiene una colección enorme de CDs, y a veces monopoliza la tele y se pone a ver documentales sobre Mozart y Beethoven y otros tíos también con ojos de loco. ―Tengo unas entradas para el Symphony Hall este domingo ―prosiguió Marian―. Van a tocar la tercera de Beethoven, mi sinfonía favorita. ¿Quieres venir? ―Bueno, la verdad es que a mí la que me gusta es la treinta y tres ―dije, esperando no caer rendido a sus pies. ¡Marian me estaba proponiendo una cita! Ella me miró intrigada. ―¿La treinta y tres? No lo entiendo. ¿Es un chiste? ―¡Pues claro que sí! ¡Ja, ja, ja! ―logré responder, sin sonar demasiado histérico―. Me encanta la Tercera de Beethoven. Es tan… ―No sabía que decir. No la había oído en mi vida. Marian me miraba ansiosa, esperando a que terminara la frase―. Es tan… ―¿Hermosa? ―Sugirió Marian. ―¡Si, eso! ¡Eso es! Aun que yo iba a decir más bien maravillosa, exquisita incluso. ―¡Es verdad! ―Exclamó Marian―. ¡Estoy de acuerdo! ¿Te apetece venir, entonces? ―Desde luego ―chillé. ―Estupendo. ―Marian abrió un cuaderno y escribió algo. Luego arrancó la hoja y me la dio―. Este es mi número. Llámame y quedamos. ―Muy bien ―repliqué, metiéndome el papel en el bolsillo como si nada. Iba a enmarcarlo en cuanto llegara a casa, pero Marian no tenía por qué saberlo. ―Nos lo vamos a pasar estupendamente ―Suspiró ella sonriendo. A mí, casi se me paró el corazón. Entonces tendió la mano y me tocó el brazo. Yo sentí un pequeño escalofrío por todo el cuerpo. O estaba seriamente colgado por ella, o en el bar habían vuelto a servir carne en mal estado. ―Nos vemos ―se despidió por fin. ―Ahá ―gruñí yo. ¿Qué?, ¿qué tal suena?, ¿eh? ¡La chica más guapa del colegio acaba de pedirme que saliera con ella! ¿Qué más se puede desear? Para cualquier chico normal, con una vida normal, esto sería el punto culminante de su existencia. Por desgracia, yo no soy un chico normal. Y desde luego no llevo una vida normal. Bueno, algunas cosas sí son normales: voy al colegio, hago los deberes cuando me apetece, ceno con mi padre, veo la tele, echo partidas de videojuegos con mi mejor amigo, Jake, y le doy grandes palizas. Pero hay otra parte de mi vida que no es nada normal. De hecho, es tan demencial, tan alucinante, que ni yo mismo me la creería si no la estuviera viviendo. Y es que soy una especie de superhéroe. No, no Batman, aunque ya me gustaría ir de millonario a lo Bruce Wayne. Tampoco Spiderman. Pero es verdad que vuelo, ando por las paredes y voy por ahí lanzando a los malos por los aires como si fueran figuritas de acción. Los superhéroes utilizan sus poderes para salvar al mundo y eso es lo que hacemos mis amigos y yo: salvar al mundo. Pero no de esos payasos como el Joker o Lex Luthor. Ojalá nuestros enemigos fueran tan torpes como un puñado de villanos de comic. No. Rachel, Cassie, Tobias, el chico pájaro; Ax, el andalita, mi mejor amigo Jake y yo tenemos que combatir contra una raza de alienígenas que pretenden conquistar la Tierra. Los yeerks. Por vuestro bien, espero que nunca hayáis oído hablar de ellos, porque casi todos los que saben de ellos se han convertido en sus esclavos. La invasión yeerk es secreta. Pero creedme: es real. Los yeerks son unos asquerosos gusanos grises que se te meten por la oreja, y se te enroscan por todos los pliegues del cerebro. Te convierten en lo que nosotros llamamos un controlador, alguien sin voluntad propia. No puedes gritar pidiendo ayuda, porque el yeerk en tu cerebro controla las palabras que salen de tu boca. No puedes correr, porque el yeerk controla el movimiento de tus piernas. Y no puedes resistirte cuando el yeerk comienza a reclutar como esclavos a tu familia y tus amigos. Porque tú mismo eres un esclavo. Da miedo, ¿eh? Pero tal vez lo más terrible de todo esto de la invasión es que no se puede distinguir a los controladores de las personas normales. Los controladores parecen normales, actúan con normalidad, hablan con normalidad. De hecho hasta vuestros padres pueden ser controladores sin que vosotros lo sepáis. Tal vez, incluso vuestra encantadora abuelita tiene planes para conquistar el mundo. De modo que, con esta guerra, porque es una guerra, al final acabas paranoico perdido. No te puedes fiar de nadie. Por eso no os he dicho mi apellido. Y por eso, desde aquella noche que atravesamos aquel solar abandonado, la vida, que antes parecía divertida, se ha vuelto b siniestra. Fue en aquel solar abandonado donde nos encontramos a Elfangor, el príncipe andalita. Elfangor se estaba muriendo, y nos habló de los yeerks. Él fue quien nos otorgó el poder de convertirnos en cualquier animal cuyo ADN podamos adquirir. Es nuestra única arma. Desde entonces no he sido capaz de mirar a ningún otro ser humano sin sospechar. A nadie. Ni siquiera a Marian. Y por eso, después de los primeros momentos de entusiasmo cuando Marian me propuso una cita, comencé a sospechar. La horrible sombra de la duda invadió mi mente. ¿Y si Marian era uno de ellos? ¿Y si la dulce Marian, con sus encantadoras hoyuelos, era una controladora? A mí, desde luego, no me importaría ser esclavo de Marian. Pero ser esclavo de los yeerks es una cosa muy diferente. “Saldré con ella una vez ―Me dije―. Luego, antes de ir en serio, haré mis averiguaciones.” [b]©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B, España 2004 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] ―¿Y que pasó entonces? ―me preguntó Cassie durante la hora de estudio, el día después de lo que yo llamaba mi Gran Cita. Esa semana, el estudio lo hacíamos en el gimnasio del colegio. Nuestra aula estaba cerrada por algo que tenía que ver con el amianto y las denuncias. Así que en lugar de estudiar en silencio durante una hora, algunos chicos estaban jugando al baloncesto y al voleibol mientras que los demás, entre ellos Cassie y yo, nos dedicábamos a charlar en las gradas. ―Bueno, después de fracasar en mi valiente intento de huida durante el intermedio, volvimos a la sala y la orquesta se puso a tocar, y a tocar, y a tocar. Yo incluso pensé en gritar “¡Fuego!” para poder salir de allí. Y cuando me desperté, todos se habían marchado, incluida Marian. ―Cassie se echó a reír. ―Vaya, vaya ―comentó, hojeando una revista de veterinaria que había sacado de la cartera―. Creo que es mejor así. ―¿Qué quieres decir? ―exclamé―. ¡Pero si fue un auténtico desastre! ―Ya, pero parece que Marian no es tu tipo. ―Es la chica más guapa de todo el colegio. ¿Cómo no va a ser mi tipo? ―De pronto me quedé mirando a Cassie―. Oye, un momento… ¿Acaso la habéis vigilado? ―Somos tus amigos, Marco ―contestó ella, como disculpándose―. No tuvimos más remedio. ―O sea, que la habéis tenido bajo vigilancia los tres últimos días, ¿no? ―Bueno, sobre todo Tobías y Ax, porque no tienen que ir al colegio. El caso es que no es uno de ellos. En ningún momento se acercó a… ―entonces bajó el tono de voz― a ninguna entrada del estanque yeerk. Yo no supe como reaccionar. Los yeerks tienen que acudir cada tres días al estanque yeerk secreto. O sea, que Marian estaba limpia. Entonces la cuestión era: ¿Era bueno o malo que Marian fuera una chica normal? Además había otra cosa que me molestaba. Jake le había pedido a Cassie que me contara eso. Era una buena decisión. Típico de Jake. Sabía que Rachel se hubiera burlado de mi, y que si el mismo venía a hablar conmigo, parecería que se estaba entrometiendo en mi vida. Pero Cassie sabía decir las cosas con suavidad. Cassie, con su diplomacia, sabía como decirme sin que yo me enfadara que habían estado vigilando a mi chica a mis espaldas. Cassie me estaba mirando, esperando mi respuesta. Y yo me estaba preparando para soltar algo cáustico, pero no demasiado cruel, cuando una sombra cayó sobre nosotros. ―Hola, Marco. Hola, Cassie. ¿Qué tal? Era un chico de mi edad. Un poco mas alto que yo…, como casi todo el mundo, lo admito. Tenía una sonrisa amistosa y confiada con la que caía bien a todo el mundo. Pero yo sabía que era una pose. Veréis, es que aquel chico tan agradable y simpático no era un chico, y su sonrisa no era una sonrisa. Erek no era de nuestro colegio. Erek no era de la raza humana. El chico que teníamos delante no era del todo real. Era una proyección holográfica. Bajo esa proyección, había un androide que lleva en nuestro planeta cientos de miles de años. Erek y sus amigos androides son los chee. Eran compañeros de una raza ancestral, los penalitas. Los pelmanitas fueron, tal vez, la especie más avanzada que ha existido guante tada la historia del universo. Tan avanzados que se olvidaron de cosas tan primitivas como las guerras, las preocupaciones y la tristeza. Por desgracia, el resto del universo no estaba a su nivel. Una malvada raza, los Howlers, atacó a los pelmanitas y destruyó su mundo. Algunos supervivientes huyeron a la tierra, pero sus enemigos los habían infectado con una enfermedad que acabó matándolos a todos. La enfermedad no afectó a los chee, puesto que eran androides. Para honrar el espíritu de sus anteriores compañeros y creadores, los chee infundieron la esencia de los pelmanitas en el cuerpo de los lobos. Ahora ya sabéis por que vuestro perro está siempre de tan buen humor. Y puesto que los pelmanitas crearon a los chee a su imagen, los chee son también de lo más amistosos. De hecho, son pacifistas que han jurado no hacer daño a ninguna otra criatura, además de estar programados para ello. De todas formas odian a los yeerks y están dispuestos a ayudarnos siempre que pueden. ―Ah, oh ―dije, todavía un poco de mal humor pensando que quizá Tobías había espiado a Marian a través de la ventana de su habitación. ¡Y yo no! ―¿Ah, oh? Menudo recibimiento ―replicó Erek, sentándose entre nosotros―. ¿Os importa que hablemos en privado? ―Repito: ah, oh. El aire a nuestro alrededor empezó a brillar. Los ruidos del gimnasio ―la charla de los chicos, los golpes de las pelotas, el chirrido de las zapatillas de deporte en el suelo― desaparecieron. Veíamos todo lo que pasaba, pero era como estar metidos en una burbuja. ―He extendido mi proyección holográfica sobre los tres ―explicó Erek. Pero el Erek que veíamos era un androide de acero y marfil que se parecía muchísimo a un perro, un galgo tal vez, de pie sobre sus paras traseras―. Todo el mundo en el gimnasio nos ve y oye hablar del partido de anoche. ―Pues si querías hablar de eso, ¿a que viene tanto secretismo? ―Pregunté. Erek sonrió sombrío. A mí me dieron ganas de decir otra vez “ah, oh”. ―¿Qué pasa Erek? ―Quiso saber Cassie. ―Nuestras fuentes han informado de que los yeerks están buscando la forma de emitir rayos kandrona utilizando la tecnología de los satélites humanos. Se ve que han encontrado un lugar en este planeta lo bastante aislado para erigir una estación satélite sin problemas. Si consiguen su propósito, convertirán todas las piscinas del mundo en estanques yeerk. El estomago me dio un vuelco. ―Desde luego no son buenas noticias. Los rayos kandrona es lo que consumen los yeerks, su comida, digamos. Para absorber los rayos, tienen que estar en un estanque yeerk. Ese es su talón de Aquiles: que necesitan los rayos kandrona para sobrevivir. Todos los yeerks tienen que acudir cada tres días a un estanque yeerk. Una vez allí, salen del cerebro de sus portadores para darse un baño de rayos kandrona. Mientras tanto, casi todos los portadores, o por lo menos los que no quieren ser esclavos, lloran, gritan, se debaten y suplican que los dejen libres. Yo he visto un estanque yeerk. No es un sitio muy agradable. Soñamos con destruir el estanque yeerk. Sería un duro golpe para ellos. Y lo haríamos si pudiéramos. Pero el problema es que es del tamaño de un estadio de fútbol y está mejor defendido que la Casa Blanca, el Pentágono y el Fort Knox juntos. No tenemos suficiente fuerza. ―¿Sabes una cosa, Erek? ―dije―. No es nada personal, pero a veces no sé si me caes muy bien. No nos traes más que problemas. Erek sonrió con su cara perruna de acero y marfil. ―¿No será que estás de mal humor por haber chafado tu Gran Cita? Yo me volví indignadísimo hacia Cassie. Ella dio un respingo. ―Vale, vale. Los chee nos ayudaron un poco. No es fácil vigilar a alguien durante tres días. ―Ya. ¿Hay alguien que no sepa que metí la pata hasta el fondo con mi Gran Cita? ―De todas formas, ella no era tu tipo ―afirmó Erek―. Tiene gusto musical. ―¿Qué pasa? ¿Acaso tu también eres fan de Beethoven? Erek asintió. ―Fui el ayuda de cámara del maestro durante bastantes años. Era una persona horrible, pero componía una música que habría conmovido a mis señores. [b]©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] Despues de clase, nos reunimos en el granero de Cassie, también conocido como clínica de Rehabilitación de la fauna salvaje, para discutirla situación. Los padres de Cassie son veterinarios. Su padre lleva la clínica y su madre se encarga de los Jardines, un zoo y un parque de atracciones. Cassie ayuda en la clínica, poniendo supositorios a las mofetas con mal humor y cosas de ésas. Y la verdad, a nosotros nos va de maravilla disponer de una clinica de animales salvejes para adquirir nuevas formas. En ese momento, el granero parecía una caseta de monstruos de feria: cuatro chicos, que con frecuencia nos convertíamos en bichos peludos. Erek, el viejo androide. Tobías, un ratonero de cola roja, que vigilaba desde las vigas y Ax, el andalita, con su forma humana. La forma humana de Ax es una convinación de mi ADN y los de Jake, Rachel y Cassie. Juntos hacemos una persona de extraña belleza. Ax es el único andalita sobre la Tierra. De hecho, es el hermano pequeño del principe Elfangor. Ax estaba en su forma humana porque… Bueno, digamoslo así: los padres de Cassie son muy tranquilos y eso, pero si entraran en el granero y encontraran a su hija charlando con una criatura de pelaje azul, medio humana medio ciervo, con una cola de escorpión de aspecto peligroso, sin boca y con cuatro ojos, dos de ellos situados en la punta de unos cuernos moviles sobre su cabeza… En fin, que les daría un patatús. ―¿Se sabe algún detalle? ―Preguntó Rachel. Rachel es la típica niña mona: alta, delgada y con pinta de supermodelo. Cualquiera pensaría que es una tonta de cabeza hueca. Claro, eso antes de decirselo a la cara. Porque después, una vez que Rachel le hubiera arrancado el riñón izquierdo, enseguida se daría cuenta de su error. Rachel es estupenda como compañera en una pelea. El único problema que tengo yo con ella es precisamente que siempre está buscando pelea. ―¿Detalles? Me temo que no ―contestó Erek―. Contamos con una buena infiltración entre las fuerzas yeerk, pero no tenemos acceso a todo. ―¿No se sabe nada sobre el lugar de las instalaciones? ―quiso saber Jake. ―No. Solo que Visser Tres lo visitará pronto. También sabemos una cosa: hemos descubierto dónde están los nuevos pastos de Visser Tres. Quedan lo vastante cerca para ir volando, transformados en aves. Un caza insecto va a recogerlo allí mañana por la tarde para ir a inspeccionar las instalaciones. Jake asumió su expresión típica: el gesto entre cauteloso y preocupado que pone cuando se enfrenta a alguna decisión cuyo resultado puede ser que acabemos todos muertos. Jake, el primo de Rachel, es nuestro lider. No porque él lo quisiera. De hecho, seguramente es el lider justamente porque nunca pidió serlo. Jake es uno de esos chicos siempre conscientes de sus deberes, siempre con la cabeza sobre los hombros. Si lo conocierais entenderíais por qué siempre recurrimos a él. Llamadlo carisma si queréis, pero Jake tiene algo que inspira respeto. No a mí, claro. Jake ha sido mi mejor amigo desde siempre. Yo estaba con él cuando teníamos nueve años y se comió un pastel entero por una apuesta; acabó vomitando fresas durante una hora. Jake nos miró a todos. No es que pidiera nuestro voto, pero era evidente que quería conocer nuestra opinión. <Entonces no hay problema, ¿no? ―comenzó Tobías―. Volamos a los pastos de Visser Tres y cuando llegue el caza nos montamos todos.> ―Esa parece nuestra única opción. Op…cion. Ciónnn ―confirmó Ax. Los andalitas no tienen boca. Se comunican por telepatía. Así que cada vez que Ax asume su forma humana, se queda fascinado con los sonidos que emite. A propósito, él es el único que se queda fascinado. Yo alcé la mano, como cuando voy a decir algo en clase. ―Yo tengo prohibido subirme en vehículos de desconocidos, sobre todo si son malvados parásitos alienigenas. Mi padre es muy estricto con eso. Jake se echó a reir. Rachel me miró como si fuera a llamarme idiota. ―Bueno, no es que sea mi pasatiempo favorito ―terció Cassie―. Pero si es verdad que los yeerks están construyendo un sistema que convertirá cualquier masa de agua en un estanque yeerk, es evidente que tenemos que hacer algo para impedirlo. Yo lancé un gruñido. Por lo general siempre cuento con que Cassie se mostrará racional. ―Está bien, iré ―dije por fin―. Pero prometo quejarme continuamente. ―¿Hace falta que votemos? ―Preguntó Jake. ―Yo desde luego no pienso perderme esto ―Afirmó Rachel. Menuda novedad. ―No, no, nada de votar ―dije―. Que decida Jake. Así si todo sale mal, podremos echarle la culpa. <Yo estoy con vosotros ―intervino Tobías―. Pero ¿no nos estamos dejando un detalle importante?> ―¿Qué? <Bueno, para mí no es ningún problema, pero vosotros no podéis desaparecer durante varios días. Por lo que sabemos las instalaciones podrían estar en Nepal, por ejemplo.> ―¿Nepal? ―repetí. ―Pues sí que es un problema ―convino Jake. ―Tal vez yo tenga la solución ―propuso Erek. Entonces volví a alzar la mano. ―¿Os importa que vuelva a decir “ah, oh”? [b]©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] <Jo, seguro que cuando vuelva, me voy a encontrar todos mis comics húmedos ―dije―. Pude ver en su cara que a Erik le gusta leer en la bañera.> La solucíon de Erek consistía en que él y otros tres chee programarían sus hologramas para tener la apariencia de cada uno de nosotros. Poco se imaginaba mi padre que estaría compartiendo sus cereales con un androide que había estado en la tierra desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera tostar un cereal. Era la mañana siguiente, y todos estábamos transformados en ave: Tobías era un ratonero de cola roja; Jake, un halcón peregrino; Rachel, un águila de cabeza blanca; Cassie y yo, águilas pescadoras, y Ax un agulucho. Nos dirigíamos hacia nuestra perdición. Una vez más. Volábamos hacia los nuevos pastos secretos de Visser. Erek nos había indicado cómo llegar y nos había deseado buena suerte. ―Buena suerte en atrapar a la criatura más peligrosa de la galaxia. Yo tengo que ir a engrasarme las articulaciones. Avisadme si sobrevivís, y podemos salir a comer juntos. Hla, adios. Está bien, no fue eso exactamente lo que dijo. Pero yo no podía evitar estar un poco enfadado con él. Al fin y al cabo, Erek estaría a salvo mientras que nosotros lo pasábamos fatal luchando por nuestra vida. Creo que ya he mencionado que a veces me da por quejarme. Vueno, a veces no, siempre. Lo siento, pero cualquier persona inteligente sabe que, en la vida, hay muchas cosas de las que quejarse. Y mucho más cuando uno es un animorph. De todas formas, volar no es una de ellas. ¡Eso sí que es divertido! ¡Que sensación de livertad! Volar es todo lo que uno se imagina, y mucho más Ibamos siguiendo una autopista que salía de la ciudad en dirección al bosque que rodeaba unas montañas cercanas. Era un día perfecto para volar: cálido y soleado, y tan claro que se podía ver a kilómetros de distancia. La superficie de la carretera absorbía el calor creando unas corrientes térmicas estupendas. Volábamos bastante alejados unos de otros. En el reino animal, las aves de presa no andan juntas. Nos íbamos turnando para volar sobre la autopista, donde las corrientes de aire nos elevaban como si fueran ascensores. Luego bajábamos planeando en la dirección que queríamos ir. Casi no teníamos que mover las alas. <Chicos, creo que lo he encontrado ―informó Tobías―. ¿Veis aquel claro entre los árboles?> Yo miré, con mi supervista de águila, hacia una linea de árboles a medio kilometro de la carretera. En efecto, justo detrás había una pradera. Y galopando por ella un andalita de pelaje azul, cuatro ojos y cola de escorpión. Podía haber sido el padre de Ax. Pero no lo era. Se trataba del lider de la invasión yeerk en la Tierra. El único yeerk que había conseguido controlar el cuerpo de un andalita y apoderarse, por tanto, de su tecnología mórfica. El único yeerk que podía transformarse. Visser Tres. ¿Os acordais de que os hablé de Elfangor, el hermano de Ax?, ¿el andalita que nos entregó nuestros poderes? Pues bien, Visser no solo lo asesinó. Se lo comió. Visser tres se convirtió en un alienigena gigantesco y se tragó a Elfangor como si fuera un boquerón. Lo vi con mis propios ojos. Todos lo vimos. Ahora ya sabéis por qué se me ponen los pelos de punta cada vez que nos acercamos a ese individuo. Visser no estaba solo. A pesar de su terrible poder, Visser nunca salía sin unos cuantos guardaespaldas. Contamos unos seis controladores, disfrazados de policías. Y entre los arboles acechaban un par de hork-bajir, las tropas de choque del imperio yeerk. <Muy bien ―dijo Jake―. Vamos a posarnos entre los arboles, de uno en uno, a intervalos de cinco minutos y separados por lo menos por unos trescientos metros. Rachel, ve tú primero. Luego Cassie. Y estad pendientes de los que aterricen después, para poder encontrarlos lo antes posible una vez que recuperemos nuestros cuerpos. Tobias, tú serás el último. Quédate en el aire vigilando hasta que nos hayamos posado todos.> <Vamos allá>, exclamó Rachel. Yo suspiré <Las dos palabras que más odio.> [b]©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Giré las alas y me deslicé entre los árboles hasta posarme en silencio en el suelo. Todo eso sin perder de vista a Visser Tres ni un instante. Si Visser daba muestras de haber advertido nuestra presencia, teníamos que echar a volar sin pensarlo dos veces. Visser Tres trotaba por la hierba, alimentandose a través de sus pezuñas como lo haría cualquier andalita. Los hork-bajir y los controladores humanos vigilaban los alrededores, como agentes del servicio secreto en torno a un presidente. Yo le observé con atención, para ver si se había dado cuenta de algo. Pero todo parecía normal. Los guardas no se habían enterado. Revoloteé entre las ramas, parandome de vez en cuando, hasta estar a unos treinta metros de Visser. Entonces me posé en el suelo, me oculté detrás de un olmo enorme y empecé a transformarme. Aunque ya lo he hecho un montón de veces, las metamorfosis me siguen poniendo los pelos de punta. ¡Es una cosa de los más antinatural! No duele, pero es espantoso. Todo el cuerpo me picaba. Las plumas se ablandaron y se unieron unas con otras hasta transformarse en piel. Mis alas, que en ese momento parecían la carne rosada de un pollo desplumado, se encojieron y desaparecieron entre mis homóplatos. Los huesos de mis piernas crujieron al estirarse hasta la longitud normal. ¡SPLAAT! De pronto, dedos. Notaba que se movían, pero estaban pegados a mis hombros. Los brazon me salieron del torso como si fueran plantas creciendo a toda velocidad, empujando hacia fuera las manos y los dedos. Al cabo de unos momentos, era de nuevo humano del todo, vestido con unos horribles pantalones de ciclista y una ajustada camiseta. Todavía no hemos descubierto como transformar ropa que no nos quede muy ajustada. Y de zapatos nada. Seguramente no es posible transformarlos. Al fin y al cabo, fueron los andalitas los que inventaron la tecnología mórfica, y puesto que ellos no llevan ropa, nunca se preocuparon por transformar la “piel artificial”, como la llama Ax. Me quedé agachado en el suelo un momento, recuperando el aliento antes de transformarme otra vez. Mi nuevo cuerpo no iva a ser ni mucho menos tan dibertido como el de águila. De hecho, era bastante asqueroso. Me concentré, imaginandome que era una mosca. ¡SLOOP! Los brazos y piernas se metieron de nuevo en mi cuerpo con el ruido que hace uno cuando absorbe un espagueti. Menos mal que estaba agachado, porque si no me habría caido. Era horrible. No tenía ni brazos ni piernas. Por desgracia, cada metamorfosis es diferente. Nunca se sabe exactamente como irá. Entonces empecé a encojer. Los árboles que me rodeaban se hacían cada vez más altos. Las hojas caidas parecían tan grandes como aparcamientos. Y yo ya tenía el tamaño de una mosca, pero mi cuerpo era todavía más de humano que de insecto. La verdad es que no era precisamente una criatura muy agradable. Marian no habría querido salir conmigo, eso seguro. Entonces, el torso comenzó a dividirse en tres partes. De mis costados surgieron seis patas diminutas y peludas. En la espalda, sentí un picor, y de pronto me salieron dos alas transparentes. Lo único que faltaba de la metamorfosis era lo que a mí más miedo me daba. De pronto, los ojos se me pusieron saltones, y se dividieron en cuatro, luego en dieciseis, luego en doscientos cincuenta y seis, etcétera. Veía el mundo a través de miles de televisores borrosos que apuntaban en todas direcciones. Eran ojos compuestos. Un largo tubo me salió de la cara. Era la trompetilla que utilizan las moscas para cubrir de saliva la basura ántes de tragársela. Aunque me convirtiera en mosca un millón de veces nunca me acostumbraría a una cosa tan asquerosa. Perdimos la primera media hora intentando reunirnos. Seis moscas con los sentidos diseñados para encontrar caca de perro. No fue facil, pero por fin nos juntamos en una especie de horrible escuadrón y despegamos nerviosos. Eramos un puñado de moscas con la misión de interceptar a la criatura más cruel del planeta. Ese es el gran encanto de ser animorph [b]©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] <¿Cuanto falta para que llegue el avión de Visser?> Preguntó Jake a Ax. <Cinco de vuestros minutos.> Una de las muchas ventajas de tener a Ax con nosotros era que poseía una especie de reloj interno que le permite controlar el tiempo. Por otra parte… <Ax, de verdad creo que deberías hacerte a la idea de que no se trata de nuestros minútos. Los minutos son de todo el mundo.> Ax no me hizo caso. <Muy bien, vamos allá>, dijo Rachel. <Bien ―convino Jake―. Recordad, si algo sale mal, no mireis atrás. Salid de aquí a toda prisa. Ax…, ¿cuál es la mejor forma de acercarse a un andalita sin que nos detecte?> <Por detrás.> <Ya lo habéis oído. Volamos por la hierba, intentamos pasar junto a él, nos acercamos por detrás y nos aferramos a su pelaje. ¿Alguna pregunta? <No. ¿Por qué tenemos que preguntar algo? Es todo tan simple, tan facil y tan normal… ¿Qué puede salir mal?>, repliqué. <¿Es eso un ejemplo de sarcasmo humano?> <Ax, es sarcasmo para todo el mundo, no solo para los humanos.> <Bueno, vamos allá ―gruñó Tobías―. Inútiles ojos de mosca. Lo odio.> Volamos bajo, como suelen hacer las moscas, a una distancia desde la que se podía oler la comida podrida, las heces animales y otras cosas igualmente apetitosas. Ibamos pasando por encima de la hierba. Era como volar a ras de los árboles, sólo que estos árboles eran tallos gigantescos que se inclinaban al mínimo soplo de brisa. Seguimos batiendo las alas de mosca, avanzando a trompicones hacia una borrosa masa de pelaje azul. Visser Tres seguía trotando, pero cada vez más despacio. Se movía en ángulo respecto a nosotros. Lo interceptaríamos al cabo de un momento, a no ser que… ¡Volviera! <¡Ah! ¡Ahí está! ―Exclamó Cassie―. ¡Deprisa o lo perderemos!> Giré bruscamente. Un par de moscas viraron delante de mí. Era imposible saber de quien se trataba. ¡Había empezado la persecución! COTOCLOC, COTOCLOC COTOCLOC. Visser galopaba perseguido por seis moscas frenéticas. <¡Seguid volando bajo! ―nos recordó Jake―. ¡Id hacia el vientre!> Una bola de pelo azul pasó justo delante de mí. Dos moscas descendieron bajo la enorme curba y desaparecieron de mi limitado campo de visión. Luego otras dos moscas surgieron de la nada. Era mi turno. Visser Tres se alzaba delante de mí, pero yo no sabía si estaba mirando en mi dirección. Me concentré en su barriga y me lancé hacia ella. ¡Estab a un palmo! Di una voltereta en el aire que me dejó con las patas arriba y las alas abajo. ‘Estaba a un par de centímetros de distancia! ¡NO! Visser giró de pronto y se alejó. Yo me lanzé de nuevo hacia él, pero entonces saltó a la izquierda. <¿Pero qué le pasa? ¿Está borracho?>, exclamé. <¿No estas todavía a bordo, Marco? Los demás ya están aquí>, informó Jake. <No. Estamos jugando al que te pillo. ¡Aah!> Visser se había detenido. De pronto, estiró una mano del tamaño de un continente. ¡Estaba intentando atraparme! Di marcha atrás bruscamente, giré en el aire y me alejé. Solo entonces me di cuenta del autentico objetivo del manotazo de Visser Tres. Se estaba rascando el trasero. <¿Marco? ―preguntó Jake― ¿Estás ahí?> De pronto todo se volvió oscuro. Una enorme sombra bloqueaba el sol. Parecía algo salido de una película de ciencia ficción. Era un caza-insecto, pero parecía una cucaracha del tamaño de un autobús, con dos largas protuberancias en forma de antenas. El caza-insecto fue descendiendo pococ a poco hasta aterrizar. Yo me quedé inmovil. Visser Tres tambien. En el costado de la nave apareció una puerta, o por lo menos un rectángulo oscuro. La masa azul trotó hacia dentro. Yo le siguí. Aquello estaba muy oscuro. Solo había algunas lineas de luz a lo largo de lo que debía ser el techo y el suelo. De vez en cuando se veía una caja iluminada. Probablemente monitores. De pronto, la presión del aire cambió, al cerrarse la entrada. Yo no aparté los ojos de Visser Tres. <¿Marco? ¿Estás aquí?>, volvió a preguntarle Jake. <Vamos a intentar el encuentro, Houston. En diez segundos.> Visser Tres se detuvo y yo me lancé contra su vientre. Justo cuando sentí el pelaje bajo las patas, mi cerebro estalló con el sonido de una telepatía muy fuerte. <¿Ya está lista la nave-espada?> Visser Tres nunca susurra. Alguien contestó. ¿Un Taxxonita? Son más listos que los hork-bajir, y más raron también. Se comen entre ellos. Pero yo no veía más que pelos azules. El suelo de aquella jungla era una piel entre rosada y verdosa. No tenía ninguna gana de tocarla, por lo que me mantuve aferrado a los pelos. <Ax, ¿qué ha dicho ese taxxonita?>, quiso saber Jake> <Creo que estaba calculando los tiempos estimados de salida y llegada.> <¿Y?> <Y me temo que tenemos un problema, principe Jake.> El estómago me dio un brinco. Luego otro. Me aferé con más fuerza al pelaje de Visser. Estábamos despegando y tuve que convatir el pánico instintivo de la mosca: ¡cuando algo vibra hay que MOVERSE! <¿Qué problema hay, Ax?>, preguntó Jake. <Me temo que el viaje será largo> <¿Cuanto>, intervine yo. <Aproximadamente tres horas y media> <Oh, oh>, replicó Cassie. <¡Madre mía!>, exclamó Tobías. <¡Será una broma!>, dijo Rachel. La razón de que estubieramos tan preocupados era por que tendríamos que transformarnos en algún momento del viaje. A bordo de una nave ocupada por taxxonitas, hork-bajir y Visser Tres. [b]©1998 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2004 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] <¡Tres horas y media de las nuestras! ¿Pero donde vamos, a la luna?>, dijo Tobias. <No empieces tu tambien con lo de horas nuestras horas suyas, ¿eh, Tobias?>, le advertí. <No —contestó Ax—. Para ir a la luna tardaríamos menos. Nuestro viaje será largo porque viajamos a través de la atmosfera del planeta.> <¿Tienes alguna idea de nuestro punto de destino?> <El piloto no ha dicho nada. Sin embargo, haré todo lo posible por calcular nuestra dirección.> <La verdad es que habrías sido un boy scout estupendo, Ax.> <¿Un qué?> <¿Qué vamos a hacer?>, preguntó Cassie. Buena pregunta. Estabamos atrapados en un caza con nuestro peor enemigo. Y solo nos quedaban las opciones de revelar nuestra presencia, lo cual era suicida, o de pasar el resto de nuestras vidas convertidos en insectos devoradores de basura. ¡BUUUUM! <¿Qué ha sido eso? —gritó Rachel—. Jo, esta mosca no quiere estarse quieta.> <Creo que estamos entrando en la nave-espada.>, contestó Ax. Si un caza-insecto es como un autobús, una nave-espada es como un jumbo. Tiene la forma de un hacha de la edad media. Es la nave personal de Visser Tres. <La verdad es que esto podría ser bueno —comentó Jake—. Por lo menos, la nave cuchilla es grande. Seguro que es posible encontrar un buen escondrijo para transformarnos. En el caza insecto no podíamos transformarnos sin ser vistos.> <¿He dicho alguna vez que odio esta forma —se quejó Tobias—. Me siento atraido hacia el sudor de Visser Tres. ¡No se me ocurre nada más asqueroso!> <Si —convino Cassie—. Apesta. Pero a mi cerebro de mosca le parece un olor estupendo.> <¡No apesta en absoluto! —saltó Ax a la defensiva—. Esto es un cuerpo andalita, y los andalitas no apestan.> De pronto, la presión del aire cambió otra vez, ligeramente, pero lo suficientepara hacerme perder el control. Eché a volar, pero en seguida cancelé la orden y volví zumbando al vientre de Visser Tres. <Ooops.> <¿Ooops qué?>, preguntó Jake. <Ooops, igual Visser me ha notado.> Paralicé las alas y conseguí calmar el agitado cerebro de la mosca justo cuando seis gigantescas columnas azules caían a mi alrededor, escarbando en la piel y a través del pelaje como enormes arados. <¡Dios mío, me están rascando!>, exclamé. <¡Malditos parásitos!>, se quejó Visser. <Todo el mundo listo —dijo Jake—. ¡Estad preparados para saltar en cualquier momento!> El primer manotazo me falló. Intentando evitar los dedos de Visser, fui brincando de pelo en pelo a velocidad de vértigo, como si fuera Tarzán. <¡Marco, estate quieto!>, gritó Jake. <¡Eso es facil de decir!>, protesté. De pronto los dedos dejaron de buscar y formaron una jaula en torno a mí. ¡Estaba atrapado! <¡Está a punto de agarrarme!> <¡Marco!>, exclamó Cassie. Sentí una ligera brisa, un soplo de aire tan sutil que sólo una mosca podía captarlo. Luego noté una nueva vibración. Eran docenas de pequeños impactos, las patas de aguja de un taxxonita. <Está dando la bienvenida a Visser a la nave-espada —tradujo Ax—. O tal vez le está diciendo que su hermano es un fragmento de meteoro. He entendido la palabra galard, pero el oído de mosca es muy incierto.> Visser se apartó las manos del vientre y sus dedos se retiraron. <¿Están todos los venber a bordo?>, gruñó Visser. <¿Venber? —dijo Ax muy excitado—. Ha dicho venber, ¿verdad?> <No lo sé —contestó Jake—. ¿Por qué? ¿Importa mucho?> <Oye, Ax, ¿no nos estarás ocultando nada?> <Debo de haber entendido mal>, replicó Ax, sin contestar a mi pregunta. <Excelente —replicó Visser—. Con el doble de venber nuestro proyecto quedará terminado en la mitad de tiempo.> <Bueno, al menos saben sumar y restar>, cometó Tobias con ironía. Aquello duró casi una hora. Dicen que el combate consiste de un naventa y nueve por ciento de espera y un uno por ciento de absoluto terror. Es verdad. Ahí estábamos, colgados cabeza abajo del vientre de Visser Tres, intentando no dejarnos llevar por el pánico. Quiero decir que una cosa es ser mosca cuando uno está ocupado. Pero ahí colgado, empezaba a ver salir la saliva que me salía de la trompetilla. Y no era nada agradable. <Bueno —dije—, ¿alguien ha traído una baraja? ¿Habéis visto alguna película buena ultimamente? ¿Alguien tiene algún cotilleo jugoso que quiera contarnos?> Debíamos estar en la cámara privada de Visser Tres. Era una habitación sin más muebles que un ordenador. Al fin y al cabo, Viser tenía un cuerpo andalita, y los andalitas no se sientan. De las paredes colgaban varios objetos como si fuera una colección de arte. Algunos eran grandes y elaborados, hechos de acero o algo parecido. Otros tenían sondas eléctricas, o bien dientes, pinchos o sierras. Pensamos que podrían ser instrumentos de tortura, recojidos por toda la galaxia. Se nos ocurrió esta idea porque reconocí uno de los artefactos. Se llama “doncella de hierro”. Es una jaula medieval llena de púas por dentro. Fue bastante deprimente darnos cuenta de que algún museo de la tierra había hecho alguna contribución, aunque involuntaria, a la colección. Pero todavía fue más deprimente darnos cuenta de que teníamos que enfrentarnos a un individuo que prefiere colgar una doncella de hierro en la pared en lugar de un poster. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Como somos tan listos, teníamos dos planes. El plan A exigía que Visser Tres saliera de la habitación. Entonces nosotros nos quedaríamos, recuperaríamos nuestros cuerpos y nos volveríamos a transformar. Pero el tiempo pasaba y Visser Tres no parecía tener intenciones de marcharse. De modo que cada vez estaba más claro que tendríamos que usar el plan B. A mi me parecía bien. Si no hacía algo pronto me iba a volver loco. La inactividad te deja demasiado tiempo para pensar en cosas como la muerte, el dolor y la violencia. La inactibidad acaba provocando miedo. Una buena defensa contra el miedo es el sentido del humor. Desde mi punto de vista cuando uno no se ríe es porque está llorando. El humor te ayuda a aguantar. Además, yo consideraba que era mi trabajo mantener la moral en estas situaciones. Entretener a la tropa. <Oye, Rachel, te voy a contar un chiste.> <Ni hablar> Yo, ni caso. <Dos rubias se encuentran cada una a un lado de un río…> <Eh —interrumpió Tobias—, que yo tambien soy rubio. Rubio ceniza, pero rubio al fin y al cabo.> <Sí, durante un par de horas a la semana —repliqué—. Bueno, el caso es que una le dice a la otra: “¿Como puedo pasar al otro lado?”> <Eso tiene mucha gracia, Marco>, comentó Ax muy animado. <Todavía no he terminado, Ax. Y la otra rubia le contesta: “Pero si ya estás al otro lado”> <Ya está bien —saltó Rachel—. Ha llegado el momento de usar el plan B> <Yo ya lo había oído>, dijo Tobias. <Me temo que yo no lo he entendido>, terció Ax. <Tobias, ¿dónde habías oído ese chiste? —pregunté—. ¿Acaso te dedicas a intercambiar chistes con los gorriones?> <Ax, ¿tienes alguna idea de donde estamos?>, nos interrumpió Jake. <Creo que nos dirigimos hacia el norte.> <¿Todavía? ¿Cuanto tiempo nos queda antes de transformarnos?> <Unos veinte minutos. De vuestros minutos>, añadió Ax, yo diría que a posta, para provocar. <Bien. Plan B. Tenemos que hacer algo. Lo que sea.> Era Rachel, por supuesto. <Sí, supongo que sí —respondió Jake sin mucho entusiasmo—. Ax, ¿estás listo?> <Creo que sí, principe Jake> Todo quedó en silencio durante unos segundos. De pronto, nuestros cerebros fueron bombardeados con el ruido de una telepatía muy potente. <¡Guardias! ¡Venid de inmediato!>, gritó Ax, en una imitación bastante buena de Visser Tres. En el aire capté el olor de un guerrero hork-bajir. El respingo de Visser Tres fue como un terremoto. <¿Que haces, idiota? —bramó Visser—. ¿A qué viene esta interrupción?> El hork-bajir masculló algo. <¡Fuera! ¡Fuera de aquí inmediatamente, si no quieres ser comida para lo taxxonitas!> El hork-bajir se retiró. <Otra vez, Ax>, ordenó Jake. Ax gritó de nuevo. Otro soplo de brisa. El olor de otro hork-bajir. Visser Tres temblaba de rabia. <¿Qué?>, chilló. Era como estar en un concierto pegados a los altavoces. Creí que me iba a explotar la cabeza. De pronto noté un espasmo y supe que Visser Tres había chasqueado la cola. Al cabo de un segundo… ¡BUUUM! Algo muy grande calló al suelo. Yo no quise pensar qué sería, o más bien quién sería. <Una vez más y lo conseguiremos, Ax>, dijo Jake, aunque se notaba que tenía sus dudas. Casi sentía lastima de los hork-bajir. No son más que esclavos de los yeerks. Todo lo hacen obedeciendo las órdenes de los malditos yeerks que tenían en su cerebro. De hecho, antes de que lo yeerks los conquistaran eran una raza pacífica. No son más que unos lagartos vegetarianos, grandotes y estupidos, y bastante tiernos, la verdad. Víctimas inocentes de aquella guerra, como tantas otras. Ax gritó por tercera vez. Esta vez entraron dós hork-bajir. Supongo que pensaron que era mejor ir de dos en dos. Pero no le sirvió de nada. Visser se lanzó contra ellos, loco de rabia. —¡Fuera! <¡Salid todos! —ordenó Jake—. ¡Volad bajo!> Salí volando justo cuando la enorme masa azul desaparecía por la puerta y la cerraba. <¡Recuperad vuestro cuerpo y volveos a transformar lo más deprisa posible!> Me posé en el suelo y comencé a transformarme de inmediato. Las metamorfosis nunca son lógicas. Nunca suceden de la misma forma. Lo primero que cambiaron fueron mis ojos. Miles de ellos chasquearon a la vez, de golpe. En seguida recuperé mis ojos homanos. Lo cual no era una ventaja, porque así tuve la ocasión de ver las transformaciones de todo el mundo, incluida la mía. Tambien vi de cerca al pobre hork-bajir que estaba en el suelo. Por lo menos estaba de una pieza. A lo mejor sobrevivía. Los hork-bajir son tipos duros. Sí, quizás éste sobreviviría. Si los taxxonitas no lo encontraban primero. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] La metamorfosis de Rachel fue especialmente horrorosa. Al principio, simplemente creció. Pasó de ser un puntito negro a ser un insecto de metro y medio con pelo rubio saliendole de la cabeza. Cassie tiene un talento especial para las metamorfosis. Las realiza mejor que nadie, incluido Ax. Al cabo de unos segundos, parecía todo normal, excepto por las dos alas que tenía en la espalda. De hecho, parecía un angel, o un hada. Me miré las manos. Eran garras peludas, una versión gigantesca de las patas de una mosca. Por fin los pelos desaparecieron para dejar paso a mi propio vello. Los extremos de las garras se abrieron, y mis dedos sirgieron poco a poco, como crias de serpiente saliendo de los huevos. —Respirad hondo un par de veces y volved a transformaros —susurró Jake, cuando todos hubimos recuperado nuestros cuerpos: cuatro humanos, un ratonero de cola roja y un andalita. Pero era mucho más facil decirlo que hacerlo. Realizar una metamorfosis es como correr doscientos metros a toda velocidad. No es que se quede uno al borde de un colapso, pero no hy muchas ganas de volverlo a repetir. Respiré hondo unas cuantas veces y me concentré en la imagen de la mosca. Me imaginé sus dos mil ojos, sus patas peludas, su asquerosa trompetilla. Jake ya se estaba transformando y se hacía cada vez más pequeño. Los brazos de Rachel se encogan y de ellos salían pelos negros. Las alas de Cassie comenzaban a brotar. Los ojos de halcón de Tobías se doblaban, triplicaban, cuatriplicaban, mientras el pico le crecía hacía fuera hasta convertirse en un tubo. Ax y yo nos habíamos quedado atrás. Entonces oímos un ligero siseo y nos miramos preocupados. La suerte del hork-bajir inconsciente se había acabado. ¡Un taxxonita! Un ciempies del tamaño de un camión con patas de aguja, unas debiles garras, una boca roja y unos ojos como gelatina. Me había visto a medio transformar y se había quedado confundido. Pero luego vio a Ax. Un andalita. Ya no estaba confundido, estaba aterrorizado. No ha nacido un taxxonita capaz de enfrentarse a un Andalita. <¡Ax! —exclamó Jake— ¡Hazle creer que eres Visser Tres!> <¿Que significa esta interrupción?>, gritó Ax. El taxxonita no contestó. No había mordido el anzuelo. Retrocedía en dirección a la puerta, y no lo podíamos permitir. Justo entonces mis ojos humanos se convirtieron en ojos compuestos de mosca. Ax chasqueó la cola como un látigo. Yo no lo vi, pero oí el chasquido. A continuación, un ruido sordo, como si alguien hubiera derramado una papilla. Un olor apestoso llenó la sala. Yo sabía qué era ese olor. <Creo que tenemos un problema, príncipe Jake.> <¿Está muerto?>, preguntó Jake. <En cierto modo —contestó Ax—. Una mitad está deborando a la otra.> Los Taxxonitas son los caníbales más caníbales del universo. No solo se comen a otros taxxonitas, sino que se devoran incluso a ellos mismos a la primera de cambio. Su mundo está definido por el hambre. Mientras agonizaba, el taxxonita actuaba siguiento su espantoso instinto. <Ax —dijo Jake con su tono supertranquilo—, termina de convertirte en mosca. Hay que largarse de aquí. Tenemos que permanecer juntos. ¡Seguidme!> Salimos de la sala a un largo pasillo. Las paredes y el techo eran negros. El suelo parecía un camino iluminado. Cuatro finos tubos de luz colgaban allí donde el techo se unía con la pared. <Ax, ¿qué son esas luces del techo?>, preguntó Jake. <Cada color indica el camino a una zona de la nave. Por ejemplo, en las naves andalitas, si sigues una linea de luz verde llegas a la sala de control. La roja lleva a la sala de motores.> <¿Tú crees que estas luces funcionarán igual?>, quise saber. <Es probable. Todo lo que tienen lo yeerks nos lo han robado a nosotros. Pero con mi vista de mosca no puedo distinguir los colores.> <¿Cual debe ser la parte más tranquila de la nave?>, preguntó Cassie. <Los almacenes de carga. Lo más probable es que estén a popa.> <¿Sabes en qué dirección avanza la nave?> <Todavía se dirige hacia el norte, principe Jake.> <Entonces tenemos que ir hacia el sur. Vamos> <Eh, ¿puedo decir una cosa antes de que empecemos a movernos? —pregunté—. Con esta luz, no veo ni torta.> <Ni yo>, añadió Tobias. <Si nosotros no nos vemos unos a otros —terció Rachel— es poco probable que Visser Tres nos vea, creo.> <¿Estás segura? —replicó Cassie—. Mira quien viene.> Una conocida masa azul. Un conocido aroma. <Todos al techo>, ordenó Jake. Visser Tres pasó de largo. Pero enseguida su voz explotó en nuestras cabezas como una bomba nuclear. <¡Guardias! —Visser vaciló un instante y terminó sumando dos y dos—. ¡Los bandidos andalitas! ¡Están a bordo!> El pasillo se llenó de olor a hork-bajir. <Ax, ¿qué camino de luces seguimos?>. preguntó Jake. <No sé muy bien cual es cual. Tal vez el sentido yeerk del color…> <¡Elige uno cualquiera!>, gritó Jake. Jake casi nunca grita, pero cuando lo hace, todos sabemos que hay que obedecer. Había cuatro lineas de luz, y todas ellas me parecían del mismo tono gris verdoso. Ax, sin embargo, eligió una. <¡Atrapad a los andalitas! —bramó Visser Tres en un frenesí de rabia—. ¡Aquí! ¡En mi propia nave espada! ¡Ja, ja, ja! ¡Yo mismo mataré lentamente a los idiotas que me fallen! ¿Me habéis oído? ¡Atrapadlos! ¡Atrapadlos! ¡ATRAPADLOS!> Salimos disparados todo lo deprisa que nos permitían nuestras alitas de mosca. Segumos aquella linea de luz, confiando en que no nos llevara a una trampa todavía peor. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] Por fin, encontramos los almacenes de carga. Ax nos condujo hasta ellos como si se hubiera criado en la nave. <Saben que podemos ser insectos -comentó Cassie-. Somos vulnerables. Podrían rociar la nave entera con insecticida.> Yo no pienso morir como una mosca -afirmó Rachel-. Si me quieren matar me llevaré por delante a algunos de ellos.> Ya se estaba transformando. Yo estaba deacuerdo con ella: ¿morir como un insecto? Ni hablar. Si los yeerks querían acabar con nosotros, no iva a ser con un bote de Raid. Estábamos atrapados. Visser Tres sabía que nos encontrabamos en la nave. Era solo cuestión de tiempo. Y en esta batalla, todo el tiempo estaba del lado de los yeerks. En cuanto recuperamos nuestros cuerpos, se notó el miedo que teníamos. Jake apretaba los dientes, Rachel mostraba una mueca agresiba, Cassie estaba preocupada y triste. Seguramente habría sido mejor seguir transformados. Cuando estás transformado oyes el miedo, pero no tienes que mirarlo a los ojos. Yo estaba mirando a Rachel, intentando averiguar si lo suyo era valor o pura locura, cuando me fijé en algo que había a su espalda. Era una columna de cristal, un cilindro de unos tres metros de altura, y un metro y medio de anchura. Dentro se distinguía una borrosa silueta. Era un cuerpo plateado y reluciente, con manchas rojas y azules. Y era, desde luego, un cuerpo, porque a pesar de la escarcha sobre el cristal y la niebla que llenaba el cilindro, aquel tubo contenía algo biológico. A lo largo de la zona de carga, había una hilera de cilindros. Debían ser unos diez en total. -Parecen criaturas de algún tipo -dijo Cassie. Yo notaba el frío que emanaba de los cilindros. Tendí la mano hacia uno, pero se me entumecieron los dedos antes de tocar siquiera el cristal. -Vaya, justo lo que nos hacía falta… -comencé. <Casi parecen…>, terció Ax. -¿Qué? <Iba a decir que casi parecen los venber que Visser Tres mencionó antes. Pero no puede ser…> -¿Qué es un venber? -quiso saber Rachel. <Una raza que habitaba en una luna helada a unas cuantas docenas de años luz de aquí -explicó Ax-. Nosotros los estudiamos en el colegio. Su raza fue una de las primeras pruebas de que existía vida en otros planetas. Pero los venber se exitinguieron hace miles de años.> -Ya, pues hablando de extinción -le interrumpí-, más vale que nos transformemos si no queremos acabar como ellos. Cassie intentaba distinguir algo a través de la bruma, ver de cerca a esas criaturas plateadas. -¿Y para qué quiere Visser Tres unos cuantos alienigenas extintos? ¿qué más sabes de estos tipos, Ax? <Nunca llegaron más allá de las herramientas más primitivas, aunque tal vez tuvieran inteligencia para evolucionar más. Si hubieran sobrevivido, claro. Vivían en un mundo muy frío. Unos doscientos de nuestros grados bajo cero.> -Ahora son tambien nuestros grados -dije-. Oye, no sé si sabeis que el enemigo puede llegar sobre nosotros en cualquier momento. ¿Quereis que pasemos los últimos minutos, de los nuestros, de nuestras vidas hablando de extraterrestres congelados? Creo que soné un poco histérico. Jake sonrió y todo. -Marco tiene razón. Tenemos que prepararnos. De pronto, Ax se puso alerta, como si estuviera escuchando una música muy lejana. <Estamos descendiendo. Posiblemente vayamos a aterrizar.> -Ya, bueno, vamos a transformarnos -ordenó Jake. ¿Descendiendo?, pensé. ¿Íbamos a aterrizar? ¿Por qué querría Visser aterrizar.? Si aterrizábamos, podríamos escapar. ¿Habría cometido Visser un error? Intenté no darle muchas vueltas. Ya tenía bastantes preocupaciones. Un momento más tarde, estábamos listo. Jake era un tigre; Rachel, un oso pardo; Cassie un lobo, y yo, un gorila. Tobías y Ax siguían siendo ellos mismos. Juntos formábamos un magnífico equipo de combate. Entonces… ¡CHUIIIS! La puerta de la izquierda se abrió. ¡CHUIIIS! La puerta de la derecha se abrió. ¡CHUIIIS! La puerta que teníamos enfrente se abrió. En cada puerta, apareció una docena de hork-bajir. Y entonces supe por qué Visser Tres había hecho aterrizar la nave: nos había localizado. Sabía que nos tenía atrapados. Y que íbamos a morir. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Se me cortó la respiración. Había hork-bajir por todas partes. ¡Por todas partes! Aquello no sería una batalla. Sería una carnicería. Entonces apareció él. <Vaya, vaya, vaya. Aquí, a bordo de mi propia nave. Qué detalle, venir a verme. ¿Os apetece tomar algo? ¿O preferís una muerte rápida?> Visser Tres se echó a reir. Tenía razones para reirse: tres puertas abiertas, atestadas de hork-bajir armados con rayos dragón. <Da la orden, Jake -susurró Rachel-. Di una sola palabra y te juro que por lo menos me llevaré por delante a Visser.> ¿Tres puertas? ¿No había cuatro? ¿Por qué no estaba abierta? <¡Ax! -exclamé-. No quiero volverme a mirar, pero dime, ¿no hay otra puerta?> Ax movió uno de sus cuernos. <¡Sí! Debe llevar al exterior. Pero hay un panel automático que protege la apertura manual de emergencia. Sin duda tendrá un código, y yo tardaría horas en averiguarlo.> Por supuesto. Y Visser Tres lo sabía. Pero tal vez no era momento para sutilezas. <¡Jake! Hay otra puerta detrás de nosotros. Tiene la apertura manual protegida. Tal vez pueda abrirla a golpes> <Te dispararán antes de que te muevas>, señaló Jake. <No. Los yeerks no dispararán aquí dentro con todos los cilindros de cristal -afirmó Ax-. Es evidente que contienen especimenes muy valiosos.> Jake tomó una rápida decisión. <Rachel, en cuanto Visser Tres diga una sola palabra arremete contra el tubo más cercano. Marco, encárgate de la puerta. Ax, cubre a Marco. Los demás nos lanzaremos contra Visser Tres.> En ese momento Visser Tres habló de nuevo. <Rendíos ahora y…> Antes de que pudiera acabar Rachel se lanzó contra el tubo más cercano. ¡BLAM! ¡Nada! Yo me di la vuelta para dirigirme al teclado. <¡MATADLOS!>, gritó Visser. -¡Graaaaaaack! -graznó Tobias. -¡Braaaaaaaar! -rugió Rachel, golpeando el tubo con todas sus fuerzas. ¡CRACK! Una grieta, una pequeña grieta en la pared del cilindro. La niebla comenzó a escaparse. Jake, Cassie y Tobias atacaron. Ya no teníamos otra opción. Yo vi un destello negro y naranja saltar sobre Visser Tres. Por lo menos diez hork-bajir lo rodearon blandiendo sus cuchillas. Di un golpe al panel con todas mis fuerzas. El metal se arrugó como si fuera de latón. <¡Arranca la placa!>, gritó Ax, mientras lanzaba un coletazo a un hork-bajir. Rachel se apartó varios pasos del cilindro y se lanzó corriendo hacia él a cuatro patas, a toda velocidad. Un pequeño ejército de hork-bajir salió tras ella. Justo en ese momento, Cassie volaba por los aires. No había dado un salto, sino que la habían herido. Estaba ensangrientada. Tobias atacaba a Visser Tres intentando herir los vulnerables ojos de sus cuernos. ¡BLAM! Rachel golpeó de nuevo el cilindro. Un montón de hork-bajir cayó sobre ella. Entonces el cilindro se rompió. ¡CRAAAASH! Cayó hecho pedazos. La niebla salió al exterior. Los hork-bajir intentaron apartarse entre gritos. ¡Pero era demasiado tarde! La bruma los envolvió, congelando cualquier parte sel cuerpo que tocase. Los congelaba de verdad. No es que los dejara fríos, no. Los convertía en sólidos, como gárgolas de piedra. Uno de los hork-bajir contempló horrorizado como su pierna izquierda se desprendía de su cuerpo y caía al suelo como un trozo de estatua. La niebla alcanzó tambien a Rachel. Pero ella tenía un grueso pelaje. Los pelos se congelaron y cayeron como un monton de agujas. Yo, mientras tanto, había arrancado la placa de metal. <¡Aprieta ese pomo!>, indicó Ax. Yo obedecí. Visser Tres se dio cuenta de su error demasiado tarde. <¡Puente de mando! -bramó-. ¡Hay que salir de aquí! ¡Ascensión!> La puerta que daba al exterior comenzó a abrirse, dejando al descubierto un vacío blanco. <¡Jake! ¡Cassie! ¡Todos! ¡La puerta está abierta! ¡Retirada!>, grité. La niebla fría se extendía por el suelo, obligando a Visser a retirarse. Pero por eso no dejaba de enviar a sus tropas. <¡A por ellos! ¡A por ellos!> Los hork-bajir se lanzaban sobre la niebla. Las patas se les congelaban. Los dedos de los pies caían al suelo, los tobillos se partían… Jake saltó sobre la niebl. Tobias fue el primero en salir. Cassie yacía inconsciente y la niebla avanzaba hacia ella. Sin pensarselo dos veces, Rachel se adentró en la niebla y levantó a Cassie con los dientes. El pie izquierdo se le quedó atrás congelado, pero Rachel logró llegar hasta la puerta apoyandose en el muñón. Por fin, salimos todos al vacío [b]© 1998 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Aterrizamos unos seis metros más abajo, en un amasijo de piel, garras, alas y pezuñas. Yo caí de narices y me encontré bajo cientos de kilos de humanos transformados y un alienígena. La nave-espada, siguiendo las ordenes de Visser Tres, intentaba ganar altura. En muy mal momento. Yo le oí gritar: <¡No! ¡No! ¡Abajo! ¡Abajo!> Intenté salir del montón de cuerpos. Pero el suelo estaba resbaladizo y no pude levantarme. Era hielo. La piel correosa de mi pecho ardía pegada a él. A pocos centímetros de mi cara, veía las garras de Jake, intentando aferrarse al hielo. Traté de incorporarme de nuevo, para salir de debajo del oso pardo que tenía encima. Pero ni siquiera la fuerza del gorila podía apartar a Rachel. Hasta que, por fin, ella misma decidió bajarse. Entonces me incorporé. Al levantarme del suelo me desgarré la piel, que se había quedado pegada. <¡Ay, ay, ay!>, -grité. Pero, en ese momento, vi el pie de Rachel. Bueno, el lugar donde tenía que estar su pie. Rachel se estaba transformando a toda prisa. Los osos pardos soportan bien el dolor. Pero perder un pie debía ser horroroso. Cassie se estaba recuperando, y movía el morro de un lado a otro como una persona en medio de una pesadilla. <¡Ah! ¡Ay! ¿Donde estamos?> <En un sitio muy frío -contesté-. Helado. Más vale que recuperes tu cuerpo y te vuelvas a transformar a toda prisa.> La nave-espada se había elevado entre las nubes y se alejaba. Pero podía volver. <Marco tiene razón -convino Jake-. ¡Hace un frío horrible!> Yo estaba perdiendo movilidad en los brazos. La sangre que me salía del pecho emitía una nuve de vapor en el aire helado. El gorila era un animal de la jungla, un animal grande y peludo. Pero está adaptado a ambientes cálidos y húmedos. Y ese lugar estaba lejos de ser cálido. Cassie era humana de nuevo, y estaba descalza en el hielo. -C-c-creo que me vo-voy a transformar -tartamudeó. Rachel estaba detrás de ella. -¿Qué es esto? ¿Alaska?- preguntó. Una nube de vapor salía de sus labios. Nadie parecía más fuera de lugar allí que Rachel con forma humana. <Podría ser Alaska -contestó Tobías-. A un kilometro más allá he visto una especie de base, o tal vez una ciudad. En todo caso, hay un montón de edificios grises de metal. Uno es más grande que los demás, con puertas enormes. En el tejado hay algo que parece un cuenco gigante. Y aquí se acaba la informació del halcón, chicos. Voy a transformarme antes de ser comida congelada.> <Entonces está claro -comenté-. Esto no es Hawai.> No distinguía con claridad la base de la que hablaba Tobias. Sólo se veía una vaga silueta a lo lejos. A mi derecha se extendía una especie de lago medio congelado, como un puzzle de hielo. A la izquierda, a unos cien metros de la orilla, había un montón de rocas. Era una estribación de una enorme cordillera que se extendía a lo lejos, sin árboles, sin hierba. Solo rocas y nieve blanca. <Y tampoco es el Caribe>, dije intentando ignorar el hecho de que mis pies se estaban congelando. <¡Ah! -exclamó Cassie-. No había tenido tanto frío en la vida. ¡Soy un lobo y tengo frío!> <¡Tobias!>, gritó Rachel. Tobias se había desplomado. Yacía en el suelo moviendo débilmente las alas. <No puedo volar… no me puedo… transformar.> Rachel lo estrechó contra su pecho, con las manos medio humanas medio de oso. Se estaba transformando de nuevo, sin dejar de abrazar a Tobias contra su pelaje. Yo me froté los brazos y las manos, para recuperar la sensibilidad. La nave-espada era una amenazadora sombra negra entre las nubes. <La nave no va a volver -aseveró Ax-. Seguro que se dirige a su base.> Nos teníamos que haber sentido mejor. Pero ni por asomo creímos que Visser Tres nos iba a dejar escapar. No, lo que pasa es que no tenía prisa. Sabía donde estábamos. Sabía que no iríamos muy lejos. [b]© 1999 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] <Tenemos que movernos>, dijo Jake. Con su cuerpo de tigre se las estaba apañando bastante bien, supongo. O bien se negaba a quejarse. Muy bien. Ya me quejaría yo por los dos. <Ax -llamó Cassie-. ¿Lo llevas bien?> <No estoy llevando nada. Pero me estoy muriendo poco a poco por congelación. Dudo que pueda mantener mis funciones cerebrales durante más de unos minutos.> <Ax, ¿de verdad tinenes que decirnos esas cosas? -terció Jake-. Aguanta un momento más. Tenemos que movernos. Tnemos que alejarnos de aquí.> Yo salí disparado lo más deprisa posible, que era bastante despacio teniendo en cuenta que no sentía los pies. Cada ráfaga de viento era como un puñetazo en la cara. Las lagrimas corrían por mis mejillas y se conjelaban antes de llegar a la barbilla. La sangre del pecho de había convertido en una capa de hielo rosado. No llegamos muy lejos. Ax se tambaleó. <¡Principe Jake! ¡No sé si puedo seguir!> <Está bien. A ver… ¡Ax! ¡Tobias! Ninguno de vosotros tiene un cuerpo adaptado al frío. Transformaos en pulgas y escondeos en el pelo de Rachel. <Vamos, chicos,> animó ella. Rachel se inclinó sobre Ax mientras se transformaba. Tobias, todavía en sus brazos, comenzó a encojer. <Muy bien, hay que moverse. Tenemos que alejarnos de aquí. Tenemos que encontrar algún refugio antes de que vengan los yeerks a por nosotros. ¡Vamos!> ,ordenó Jake. Echamos a andar de nuevo. Éramos un patético grupo nada adaptado al entorno: un tigre, un oso, un lobo y un gorila. De pronto me eché a reir. ¡Un gorila! Aquí, en la nieve. Tenía gracia. Estaba cansado. Eso era todo. Estaba cansado, nada más. Alcé la vista de nuevo, buscando la nave espada. No había nada en el cielo. Pero la nube que tenía encima era preciosa. Parecía un caballo. No, un unicornio. Preciosa, sí. Estuvimos corriendo un buen rato siguiendo la orilla helada, a la sombra de las oscuras rocas. Cada paso era una tortura. Tenía los pies entumecidos y las piernas me dolían un montón. Coría a cuatro patas, estilo gorila, y al cabo de un rato tenía los nudillos ensangrentados. El viento soplaba en ráfagas que me cortaban la cara y hendían en mi pelaje. el viento era odioso. Era agotador. Me impedía ver bien. “Tú sigue al gatito naranja -me dije-. Sigue al gatito negro y naranja.” Tomad mil cubitos de hielo, llenad la bañera con ellos y meteos dentro. Así os haréis una ligera idea de lo que yo sentía. Ahora pensad en el pinchazo de un alfiler. Imaginaos que os golpean en la cara con una manta llena de alfileres. Una y otra vez. Eso era el viento. Las rocas se alzaban cada vez más altas a nuestro lado. Escondernos. Sí, escondernos en las rocas. Así los… los tipos que nos perseguían… no… Me di cuenta de que estaba confuso.Los pensamientos que me cruzaban la mente no tenían sentido. ¿O sí? <¡Vamos a parar! -dijo Jake-. Vamos a descansar un momento aquí dentro.> ¿Dentro, dónde? Las rocas nos rodeaban. Rocas enormes como… como rocas. Sí. <Hace un frío terrible>, resolló Cassie lanzando vaho. <Yo no siento las patas>, se quejó Rachel. <¿Qué? -dije yo-. Necesito dormir.> Me miré los pies desnudos. Estaban hinchados, casi al doble de su tamaño real. Cerré los ojos. Frío. Cansancio. <A ver, todos -comenzó Jake-. Tenemos que pensar que hacer. Rachel, ya sé que tienes frío, pero ¿puedes soportarlo?> <Un rato sí, pero no por mucho tiempo.> No mucho tiempo. Voces. Se oían voces lejanas. Me dejé caer al suelo. Y entonces me di cuenta de que estaba en el suelo. De pronto tenía unas ganas locas de quedarme allí, sentado en el suelo helado. <¡Marco! -gritó Jake-. ¿Qué haces?> Todo se estaba volviendo gris. <Marco, tienes que moverte>, dijo Rachel. <¿Qué pasa?>, preguntó Tobias, desde el interior de Rachel. <Está sufriendo un colapso>, explicó Cassie, con una extraña serenidad. <¡Marco! -gritó Rachel, sacudiendome con sus enormes garras-. ¡Tienes que levantarte!> <Déjame>, murmuré. Estaba enfadada. Rachel siempre estaba enfadada. <¡Marco, transformate! -me apremió Jake-. ¡Transformate ahora mismo!> <Sí>, contesté intentando asentir con la cabeza. Rachel me sacudió con más fuerza. <¡Venga Marco! ¡Aguanta!> Pero yo ya no escuchaba. Me daba todo igual. Estaba flotando en el espacio. No, flotando no. Volando. Como un aguilucho. Volaba por el espacio. ¡Un momento! Una luz allí arriba. Una luz que me llamaba. Una luz muy brillante. Como… como las luces en torno al espejo del baño. Intenté mover las alas, pero no tenía alas. Ya no las necesitaba. [b]© 1999 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] <¡Marco!> <Ya voy>, susurré. Casi estaba allí. Entonces todo sería perfecto. <¡Marco!> <Vale, vale… Vaaaaale.> ¡PAF! Algo me golpeó la cara. Un dolor cegador. Sentí algún diente caer sobre la lengua. <¡Marco! ¡Despierta!> Abrí los ojos. Jake, Cassie y Rachel se inclinaban sobre mí. Rachel tenía sangre en la garra. Mi sangre. Sangre de mi chata nariz de gorila, que me había quedado un poco más chata. Rachel alzó la pata, dispuesta a darme otro golpe. <¡Eh, eh, eh! -exclamé tocandome la cara con una mano helada-. ¿Pero a ti qué te pasa?> <Estoy tratando de salvarte la vida, idiota. Aunque no sé muy bien por qué.> <Bueno, pues la próxima vez podrías ser un poco más suave,> gemí, escupiendo dientes ensangrientados. <Te estábamos perdiendo. Tienes que recuperar tu cuerpo, Marco. Luego transfórmate en lobo -dijo Jake-. Es el mejor cuerpo que tenemos para este frío. Yo me haré cargo de Tobias y Ax.> <Pueden quedarse conmigo,> replicó Rachel. <Es que tú tambien tienes que transformarte en humana y luego en lobo.> <Como si fueramos a ver algo -rió Tobías-. ¡Somos pulgas!> Empecé a transformarme, despacio al principio, muy despacio. El cerebro no me funcionaba muy bien. Estaba encojiendo a mi tamaño normal. Mis dedos helados se hicieron más finos. Mi negro pelaje desapareció, dejandome todavía más vulnerable al frío. Unos segundos más tarde había recuperado mi cuepo. Sólo llevaba encima unos pantalones de ciclista y una camiseta. No era un buen equipo para aquel frío. Me transformé deprisa en lobo. ¡Qué alivio! No un alivio total, porque el viento todavía me cortaba como agujas de acero. Pero por lo menos mi cuerpo estaba diseñado para el frío. Y mis patas habían evolucionado para algo más que caminar sobre vegetación podrida por el calor. Cassie volvió a transformarse en lobo y luego Jake. Yo sé que había sufrido en su forma de tigre. Pero, típico de él, no dijo nada hasta que todos los denás estuvimos a salvo. <Creo que es la mejor forma que tenemos -comentó Cassie pensativa. -A no ser que pudieramos meternos en el agua. Entonces mi ballena iría de maravilla. No sé qué pasaría con el delfín o el tiburón, pero creo que son animales de aguas más templadas. De todas formas estos cuerpos no están equipados para la antártida o el ártico o dondequiera que estemos. Deberíamos poder sobrevivir unas horas. Tendremos tiempo para transformarnos de nuevo y regenerarnos. Pero todavía somos vulnerables. Demasiado vulnerables para luchar.> <De acuerdo -dijo Jake.- Evitaremos las peleas, si es posible.> Yo asomé la cabeza entre las rocas para ver qué pasaba más abajo. Estabamos un poco elevados, y la base se veía claramente, si no con detalle. Pero lo que más me llamó la atención no fue la lejana base. Había muy poca vida en torno a nosotros, y casi nada que oler. De modo que cuando percibimos aquel olor alzamos nuestras cabezas de lobo. Seguramente sabéis que los perros tienen buen olfato. Pues bien, un lobo es a un perro lo que un ferrari es a un seat. ¡Olor! ¡Sonido! ¡Vista! Todos coordinados. <¿Qué demonios son esas cosas?>, exclamé. Eran dos humaniodes, de unos dos metros y medio de altura. Tenían torso, cabeza y miembros igual que nosotros. Sólo que sus cabezas eran como la de un tiburón martillo, oblongas, con enormes globos oscuros a cada lado que debían ser los ojos. De los hombros les salían otro par de gruesos brazos. Eran bestias enormes, de horrible aspecto: plateadas con manchas rojas y azules en los costados, en los hombros y en la cara. Yo había visto antes esos colores. Se deslizaban hacia nosotros sobre unos pies enormes con forma de esquíes, impulsándose con dos de sus antebrazos. Relucían como diamantes o cristales. En los otros dos antebrazos llevaban una especie de grueso tubo negro. <Ax, se acercan alienígenas -informó Jake-. Creo que son los que estaban en aquellos cilindros.> <¡No me lo puedo creer! -exclamó Ax-. Parecen venber.> <¿Venber? ¿Pero no estaba extintos?>, grité. <Tal vez los informes sobre su extinción son un poco exagerados.> <Ax, ¿no estarás desarrollando un sentido del humor? Si es así, olvídalo, ¿vale?> <Bueno, sean lo que sean, vienen hacia aquí, y deprisa -dijo Rachel-. Y a juzgar por las armas que llevan no parece que vengan a darnos la bienvenida precisamente.> <Sí -convino Jake-. Vamonos de aquí.> Los venber hacían unos ruidos muy raros, unos sonidos repetidos que parecían rebotar en las rocas a nuestra espalda como un extraño y distorsionado eco. ¡CRANCH! ¡CRANCH! ¡SPROING! ¡SPROING! Parecían saber exactamente adónde iban. O por lo menos sabían exactamente adónde habíamos ido nosotros. <Nos están localizando por los sonidos. Lo utilizan como un radar>, afirmó Cassie <A las rocas -ordenó Jake-. En las rocas no podrán usar el radar.> <No deberían poder untilizarlo ahora -respondió Ax-. Ya estamos al abrigo de las rocas. Deben de tener un sentido muy sofisticado para captarnos en medio de todo esto. Es impresionante.> <Bueno, si tanto te gustan puedes invitar a salir a uno de ellos. ¿Tienes algo útil que decirnos?> <Sí. Tendrían dificultades para sobrevivir por encima de los cero grados. En agua líquida, por ejemplo.> <Pues entonces les ofrecemos unas vacaciones en florida y en paz.> <Marco, ¿por qué no te callas un rato?>, me espetó Rachel. Los venber estaba a unos cincuenta metros de nosotros cuando se detuvieron. Entonces alzaron aquellos grandes tubos y nos apuntaron con ellos. Y no parecían camaras de fotos. <Creo que deberíamos agacharnos>, dije. [b]© 1999 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Los cuatro nos pegamos al suelo. ¡TSIUUUUU! Una cegadora luz verde estalló en el horizonte y unas cuatro toneladas de roca de la pendiente se convirtieron en cuatro toneladas de grava. ¡KABUUUUUM! ¡Era una lluvia de grava! Ya me habían disparado antes con rayos dragón, y la verdad es que dan miedo. Pero aquellas cosas eran diez veces más aterradoras. <¡Dios mío! -exclamó Jake-. ¿Qué es eso?> <Cañones de asalto dragón -explicó Ax-. Se utilizan para atacar edificios fortificados desde el espacio.> <¡Yo me largo de aquí!>, grité. <Vamos hacia la orilla -dijo Jake-. Si quieren una persecución la van a tener.> Echamos a correr, seguidos de los venber. Se deslizaban sobre sus pies de esquí, impulsandose con sus enormes brazos. De vez en cuando, uno se detenía y disparaba el cañón de asalto, destrozando el paisaje sin vida. <Dispersaos -ordenó Jake-. Podrían matarnos a todos de un tiro.> Corríamos como locos por la orilla. Lo bueno de ser lobo es que puedes correr durante horas sin parar. Los venber no se quedaban atrás. Eran más grandes y más fuertes. Pero nosotros éramos más rápidos y más resistentes. Sin embargo, los dos monstruos alienígenas no tenían que transformarse cada dos horas. <Esto es absurdo -dijo Ax sin dejar de correr-. Es imposible que los yeerks hayan infectado a los venber. Se habrían congelado. Deben de controlarlos con otros medios. A menos que hayan encontrado la forma de no congelarse dentro de un venber.> <Ya -replicó Rachel-. El caso es que los hemos dejado atrás. Ya no se les ve. A lo mejor se han dado por vencidos> Yo volví la cabeza. Era cierto, no se veía a los venber. Tampoco podía olerlos, a pesar de que el viento soplaba en nuestra dirección. <No creo que se hayan dado por vencidos -terció Tobias-. Tenemos que seguir.> <Dijo la pulga, cómoda y calentita en el pelaje de su chica>, murmuré. <¿Qué has dicho?>, preguntó Rachel, supongo que sorprendida de que yo me hubiera atrevido a sugerir que Tobias y ella eran algo más que amigos. Como si fuera un secreto. Aminoramos un poco el paso. Yo tenía las patas hinchadas y entumecidas. Se me estaban congelando otra vez. Tampoco sentía la punta de las orejas. <Tenemos que encontrar un lugar donde transformarnos -dijo Jake-. ¿Cuanto tiempo nos queda?> <Veinte de vuestros minutos>, contestó Ax. Estoy seguro de que remarcó el “vuestros”. Volvimos a las rocas y continuamos paralelos a la orilla. Seguimos corriendo hasta encontrar una pequeña cueva. Hacía tanto frío como en la cara oculta de la luna, pero por lo menos ofrecía un refugio del viento, que aullaba y gemía imponente. Nos arraciamos en torno a Cassie, para mantenerla en calor mientras se transformaba. Luego nos transformamos por turnos, todos apelotonados como una camada de cachorros. Era de lo más raro. Fue una experiencia extraña y maravillosa a la vez. Me trajo recuerdos que no sabía que tenía. Recuerdos de cuando era muy pequeño y estaba sentado en un sillón con mi madre, apretado contra ella chupandome el dedo. Qué cursilada. Probablemente el frío me estaba afectando otra vez. O tal vez fuera que, en un entorno que podía matarte sin piedad, el simple calor animal me tocaba una fibra sensible dentro de mí. Millones de años de homo sapiens, acurrucados juntos, cuerpo a cuerpo contra el viento asesino. Hasta que los humanos aprendieron a hacer fuego. Claro que para eso hacían falta cerillas, o por lo menos palos. <¿Y ahora qué?>, preguntó Rachel cuando todos no hubimos transformado. Ax y Tobias habían vuelto a convertirse en pulgas y estaban en el pelaje de Jake. Supongo que molestos por mi poco diplomático comentario sobre Tobias y Rachel. <Hay que seguir moviendose -respondió Jake-. Estoy seguro de que los venber siguen buscandonos. Pero tambien tenemos que encontrar refugio para la noche, si queremos sobrevivir al frío> <Igual encontramos una cueva -Apuntó Cassie-. O un agujero en la nieve. <O un McDonald’s -repliqué yo-. Creía que estaban en todas partes.> <Lo que de verdad necesitamos son formas adaptadas al frío>, sugirió Rachel. <Yo apoyo esa moción>, dijo Tobias. Una vez recuperados, gracia a nuestras nuevas metamorfosis, seguimos avanzando. Estaba oscureciendo. Según Ax, eran solo las dos, pero el sol ya desaparecía. Y eso significaba que haría todavía más frío. [b]© 1999 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Corríamos por la orilla bajo la tenue luz. De vez en cuando yo miraba hacia la base yeerk. No veía nada, pero captaba un olor conocido. Eran los venber, todavía tras nosotros. El hielo de la orilla se hizo más sólido. Se extendía varios kilómetros de modo irregular. A lo lejos, se veían bloques blancos en el agua. Ax había dicho que el agua podía ser peligrosa para los venber, de modo que consideramos la idea de adentrarnos en el hielo para acercarnos al agua. Pero si salíamos a campo abierto, a los venber les resultaría más fácil localizarnos con sus radares. Además, el hielo no ofrecía ningún refugio contra el viento. Así que decidimos quedarnos junto a las montañas, donde nos resultaría más fácil encontrar refugio entre las rocas si teníamos que combatir. El sol desaparecía en el horizonte, cubriendo el hielo con un resplandor anaranjado. En cuanto se puso el sol, el viento cambió de dirección. ¡De pronto, capté un olor! Para mi olfato de lobo, era como un neón intermitente. Todos lo notamos a la vez y nos detuvimos. Olfateé de nuevo, dejando que mi mente de lobo me hiciera una tosca traducción: era un olor similar al del oso pardo de Rachel, pero un poco diferente. Giré las orejas hacia el viento, hacia el olor. Sí, oía algo a lo lejos. Eran unos pasos regulares, confiados. El hielo y la nieve crujían bajo un enorme peso. Cuatro patas. <A ver si lo adivino -dije-. El abominable hombre de las nieves.> <Sea lo que sea -terció Rachel-, podría ser nuestra cena. Los lobos también tienen que comer.> Aceleramos el paso, moviéndonos en un amplio arco hacia la criatura. Cassie fue la primera en verlo, en cuanto salió de la sombra de un bloque de hielo. <Ahí está.> Mis ojos de lobo captaron un punto negro. Era su morro. Luego dos puntos negros más arriba. Sus ojos. El morro y los ojos se movieron. Y su cuerpo comenzó a cobrar forma en la penumbra. Era una enorme mole de pelo blanco. <¡Un oso polar! -exclamó Cassie encantada-. Eso significa que estamos en el Ártico y no en la Antártida.> <Ya os dije que nos dirigíamos hacia el norte>, comentó Ax desde la piel de Jake. Era alucinante. Un osos polar, una criatura que sólo vemos en la tele o en el zoo, allí sentado en el hielo, rascándose. De pronto dejó de rascarse y pareció mirarnos. Olisqueó en el aire y echó a andar hacia nosotros a cuatro patas. <Creo que, después de todo, no va a ser nuestra cena>, dijo Rachel. <Os apuesto lo que queráis a que al final la cena seremos nosotros -apunté yo-. ¡Vámonos de aquí!> <Sí>, convino Jake, echando a correr. <¿Qué es un oso polar?>, preguntó Ax. <El depredador terrestre más grande del mundo>, contestó Cassie. <¿Cómo que el depredador más grande? -saltó Rachel, como si la hubieran insultado-. ¡Yo creía que el más grande era el oso pardo!> <Los osos pardos no son auténticos depredadores. Admítelo: si pudieras, comerías bayas -replicó Cassie-. De todas formas, los osos polares llegan a pesar más que los osos pardos. Aunque los osos pardos suelen ser más grandes.> <Oye, Cassie, ¿pero tú cuanta televisión ves? -pregunté-. Es igual, en realidad no quiero saberlo.> <Yo podría acabar con él>, murmuró Rachel, pero no parecía muy segura. <¿Depredadores? -dijo Jake-. Yo creía que los osos sólo comían bayas y pescado.> <Los polares no -contestó Cassie, corriendo a toda velocidad-. Pero puede que hayamos tenido suerte. Donde hay depredadores hay presas.> El oso nos seguía por el hielo. <¿Qué comen los osos polares?> <Chicos tontos que juegan a ser héroes>, murmuré. <Por lo general, focas -dijo Cassie-. Aunque también comen otros animales.> <Yo no he visto ninguna foca.> Corríamos a toda velocidad. El oso había aminorado la marcha. Por lo visto no éramos su principal preocupación. <Pues claro que no has visto ninguna foca -terció Rachel-. ¡Se están escondiendo del oso! <Hablando de comida -dijo Jake-. ¿Qué vamos a comer?> <Podríamos intentar pescar>, propuse. <Sí, yo podría transformarme en oso -afirmó Rachel-. Los osos pardos pescan ¿no?> <No creo que dé resultado -era Cassie, claro-. Los osos pardos pescan en arroyos. No creo que en esta parte del mundo haya peces cerca de la superficie.> <Genial -exclamé-. O sea que nos vamos a morir de hambre. ¿Por qué no? Todo lo demás va de maravilla.> La situación parecía desesperada: un oso polar a nuestra derecha, los venber detrás, y a nuestro alrededor un frío helador. Y ya era casi de noche. La temperatura estaba cayendo más todavía. Y el viento aullaba. <Más vale que busquemos refugio para pasar la noche>, dijo Jake. <Me alegro de que los Chee nos estén cubriendo en casa>, comentó Cassie. Cassie casi siempre tiene algo apropiado que decir. Pero esta vez no. Lo que menos me apetecía era pensar en mi casa, mi casa calentita con mi cama calentita y mi tele calentita. Yo había viajado en el tiempo, sesenta millones de años atrás, y había estado atrapado en lejanos planetas…, pero nunca me había sentido tan lejos de casa. [b]© 1999 K.A. Applegate © 2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2005 de la transcripción de Drakar[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Cavamos una madriguera en la nieve, sobre unas rocas desde las que se dominaba el hielo. Digo madriguera, pero en realidad era un agujero. Un enorme y húmedo agujero de nieve. <Yo me pido la habitación con baño>, dije. Nadie se rió. Volvimos a transformarnos, por décima vez. Nos quedamos tiritando en nuestros cuerpos humanos el tiempo suficiente para ponernos azules ( todos excepto Ax, que ya es azul de por sí), y nos convertimos de nuevo en lobos. La temperatura seguía descendiendo. El hielo crujía y gemía como una eterna tormenta que resonaba en la oscuridad. Era un ruido increíble. Ya sabéis que dicen que antes todos los continentes estaban unidos en una gran masa, y que a lo largo de millones de años se fueron separando. Pues bien, eso es lo que parecía aquel estruendo, que los continentes se apartaban unos de otros. Pasamos la noche apiñados en nuestro agujero, intentando no morirnos de frío. Hicimos guardia por turnos. La guardia consistía básicamente en asomar el morro en el aire helado cada dos minutos o así, para ver si captábamos algo. De vez en cuando se percibía un vago olor extraterrestre. Los Venber todavía nos perseguían. Pero mientras estuviéramos escondidos bajo tierra, sus radares no funcionarían. <Ax, ¿estás dormido?>, pregunté en mitad de la noche. <No>, contestó él desde mi pecho. Tobias y Ax se habían trasladado cuando Jake comenzó a quejase de sospechosos picores. <¿Cuál es la historia de los Venber?> <Todos los Andalitas conocen su historia. De hecho, la historia de los Venber tiene mucho que ver con la moderna política andalita y nuestros sistemas de relaciones interestelares.> <Cuéntanos, Ax –pidió Jake-. Es evidente que ninguno podemos dormir, y de todas formas tendremos que transformarnos pronto. ¿Qué sabes de los Venber?> <Lo que sabe todo el mundo. Bueno, todos los Andalitas. Los Venber eran una especie primitiva, con una fisiología de lo más rara. Única, de hecho. Parece ser que no requieren energía radiante de ningún tipo. Obviamente, sus cuerpos no tienen una base de carbono.> <Obviamente>, me burlé. <Fueron descubiertos en los albores de los viajes espaciales andalitas. No los descubrimos nosotros, sino los Cinco.> <¿Los cinco qué?>, preguntó Cassie. <Nadie lo sabe. Simplemente se hacían llamar los Cinco. Sin duda para ellos significa algo.> <Quizá vivían entre los Cuatro y los Seis>, sugerí. <El caso es que los Cinco descubrieron a los Venber y se dedicaron a apresarlos y exportarlos.> <¿Cómo dices?> <Básicamente los cosechaban. Parece ser que los Venber se funden, se queman, en cualquier caso se hacen líquidos a temperaturas por encima de la de congelación. Y este líquido tiene muchos usos. Sobre todo en la fabricación de superconductores para los primitivos ordenadores de aquella era.> <Pero, pero… Pero son criaturas inteligentes, ¿no?>, terció Cassie. <Sí, lo eran. Los Cinco los extinguieron. Aniquilaron a una especie inteligente para acelerar sus ordenadores. Los Venber desaparecieron.> <¡Es espantoso!>, exclamó Cassie. <Sí –convino Ax-. Pero si te consuela, los Cinco tampoco existen ya. Poco después de que nos encontráramos con ellos por primera vez… Bueno, nadie sabe con certeza qué les pasó. Pero los andalitas de aquella era no son los andalitas de hoy.> Después de aquello se produjo un largo silencio. Los ánimos, que ya estaban bajos, habían caído por los suelos. <Una historia estupenda, Ax –bromeé-. Genial para dormir a los niños. Sólo hay una cuestión: si los Vender son una raza extinguida, ¿por qué quieren matarnos?> <Sólo puedo formular hipótesis. Sospecho que es porque, gracias a las temperaturas de Venbea, los Yeerks pudieron recuperar material genético de cadáveres venbers.> <¿Para crarlos de nuevo?> <Probablemente combinaron el ADN venber con el de alguna otra especie. Estas criaturas serán híbridos. Parte venber, parte algo más.> <¿Qué otra especie?>, preguntó Cassie. Ax vaciló. <Habría que utilizar alguna especie con una estructura de ADN más compleja. Así sería más sencillo combinar un nuevo ADN.> <¿Y qué criatura podría ser?> <¿De entre las especies que tienen a mano los Yeerks? Humanos. Estos Venber podrían ser híbridos entre Venber y Humanos.> Volvimos a quedarnos en silencio. Nos apiñamos unos contra otros, cuatro lobos y un par de pulgas, metidos en un agujero en la nieve, perdidos en el hielo, pensando en tragedias ocurridas en lejanas lunas heladas. Yo habría dado mi pulmón derecho por una buena hoguera. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] A lo largo de aquella noche interminable, nos fuimos transformando una y otra vez. Estábamos totalmente exhaustos. Ax y Tobias empezaron a flipar al cabo de un tiempo. Era alucinante que hubieran aguantado tanto convertidos en pulga. Se transformaron y se quedaron un rato con sus propios cuerpos, acurrucados entre los otros cuatro hasta recuperar un poco el sentido de la realidad, que habían perdido convertidos en pulgas ciegas y chupasangre. Menuda nochecita. Pasamos hambre, frío, miedo, hambre y frío. No teníamos ningún plan. No teníamos ni idea de lo que estaba pasando. Estábamos totalmente perdidos. Y cansado hasta no poder más. Supongo que las metamorfosis nos salvaron la vida esa noche. Al cabo de una hora, el frío se hizo tan intenso que creíamos que íbamos a morir. El proceso de transformación nos devolvía todas las fuerzas, para empezar a congelarnos otra vez desde el principio. Muchas horas y muchas metamorfosis más tarde, el sol comenzó a asomar a través de nuestro agujero. Yo no soy precisamente madrugador, pero me levanté el primero a mirar. La temperatura había subido, seguramente a unos treinta grados bajo cero. Enseguida capté en el aire el olor de los Venber. <¡Esos tíos no se dan por vencidos!>, me quejé. Pero también se olía algo más. Algo muy cercano, a medio kilómetro de distancia. Era el oso polar. Tardé un rato en localizarlo. Cuando por fin lo vi, supe por qué sus ojos y su morro me habían parecido invisibles. <Eh, chicos, venid a ver.> Jake, Rachel y Cassie salieron del agujero. Jake llevaba de nuevo a Ax y Tobias, que habían prometido no morder. <Huelo a oso polar –dijo Cassie-. Pero no lo veo.> <Mira un poco a tu derecha>, indiqué. Claro que tampoco eso servía de mucho. El horizonte no era más que una enorme extensión blanca, con un borde oscuro allí donde comenzaba el agua. <Ah, ya lo veo –saltó Rachel-. ¿Qué está haciendo?> Nuestro amigo tenía la cabeza metida en el hielo, estilo avestruz. No era más que una mole blanca de cuatro patas y sin cabeza. <Debe de estar cazando focas>, opinó Cassie. Nos quedamos un rato mirando. Mi cerebro de depredador estaba fascinado. Llevábamos casi veinticuatro horas sin comer. El frío extremo consumía todas nuestras energías. Si no comíamos pronto, moriríamos. Y el McDonald’s más cercano seguramente quedaba a miles de kilómetros de allí. El oso polar sacó la cabeza, la sacudió y se adentró más en el hielo. Cuando estaba a unos veinte metros del borde del agua, se dejó caer sobre el vientre y se deslizó poco a poco. Por fin se detuvo. Había encontrado algo. Alzó la garra y dio un golpe al hielo. Se oyó un chillido desesperado y un par de siluetas grises salieron del agujero que el oso había hecho, para saltar de nuevo al agua unos metros más allá. El oso dejó la garra en el agujero, buscando con ella la foca que había atrapado. Al cabo de un momento, metió la cabeza y, cuando la alzó, tenía la foca en las fauces. Pero la foca era demasiado grande para pasar a través del agujero. El oso la sacó de todas formas, destrozando al animal. <¡Dios mío!>, gritó Cassie. <¡Aag!>, exclamó Rachel. <Hubiera preferido no verlo>, murmuré yo. <¿Qué ha pasado? –preguntó Tobias-. ¿Qué ha hecho?> El oso se sentó sobre sus cuartos traseros, sosteniendo la foca con las patas y fue arrancando pedazos a mordiscos. Luego dejó en el suelo el cadáver, y se limpió la sangre de la cara y las garras con la nieve. Era asqueroso. Incluso peor que algunas de las comidas de la cafetería del cole. Pero yo observé al oso con voracidad. Esperaba que nos dejara, por lo menos, algunos restos de foca. <Bueno, creo que tenemos una oportunidad>, dijo Jake en voz queda, con calma, lamiéndose el morro con su lengua de lobo. <Sí –convino Rachel-. Tenemos que comer, ¿no?> <No hemos comido nada durante un día entero>, apunté yo. Me volví hacia Cassie. Seguro que estaba asqueada pensado lo que ninguno de nosotros se atrevía a decir. Vaya, si yo mismo me asqueaba de lo que no habíamos dicho. Pero a diferencia de Cassie, yo no estaba dispuesto a dejar vivir mi sentido ético mientras el resto de mi persona moría de hambre. <¿Cassie?>, dijo Rachel. <¿Qué?>, replicó ella, un poco enfadada. <¿Qué hacemos?> <¿Por qué me lo preguntas a mí?> <No estamos equipados para cazar en este entorno –tercié yo-, con estos cuerpos. Nos estamos congelando. Si no comemos pronto, estaremos demasiado débiles para hacer planes, y mucho más para terminar lo que hemos venido a hacer: destruir la estación satélite.> Ya sé que suena raro, pero la verdad es que casi se me había olvidado que teníamos una misión. Lo único que pensaba hasta entonces era en comer y estar caliente. Y seguir vivo. <Pero estáis esperando que yo dé mi aprobación, ¿no es eso?>, dijo ella. <Mira –comencé otra vez. Ya estaba viendo que tendría que ser yo quien diera la cara. Bueno, ya estaba acostumbrado. Por lo general siempre era yo el primero en poner de manifiesto lo evidente, por espantoso que fuera-. Por si no lo habéis notado, creo que por aquí no hay ningún McDonald’s.> <Ya lo sé –replicó Cassie, algo molesta-. Es obvio lo que tenemos que hacer. Y no sólo con los restos que ha dejado el oso, sino con cualquier foca viva que encontremos. Lo que no entiendo es por qué me pedís permiso a mí. ¿Acaso pensabais que iba a poner la vida de un animal por encima de la vuestra, o de la mía.?> <No sé, yo…>, comencé. <¿Qué no sabes? ¿Desde cuándo piensas que soy una especie de fanática? Nos estamos congelando, estamos muertos de hambre. ¿Os creéis que voy a salir ahora con rollos vegetarianos?> <Bueno, la verdad es que nunca sé lo que piensas>, me disculpé, sintiéndome como si la hubiera insultado. <Pues te lo voy a decir: no hay que matar a ninguna criatura a menos que sea en defensa propia. No hay que dañar a las especies en peligro. Y si vas a criar animales para que sirvan de alimento, trátalos lo mejor que puedas. Pero si eres un lobo muerto de hambre y perdido en el Ártico, y ves una foca, cómetela.> Es evidente que Cassie no era de esas personas que se levantan de buen humor. Nunca la había visto de tan mal genio. Probablemente, y a pesar de todo, no creo que le apeteciera mucho desayunar foca cruda. Claro que a mí tampoco, si pienso en ello. Las dos focas que habían escapado del oso eran visibles a lo lejos. Las miramos como lobos hambrientos. <La naturaleza es cruel>, comentó Tobias para tranquilizarnos. <Ya. La supervivencia del más fuerte y todo eso>, añadió Rachel. <Una buena filosofía –replicó Ax con malicia-. A menos que resulte que los Venber son más fuertes que nosotros.> [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] El oso abandonó por fin el cadáver de foca y se alejó. En cuanto desapareció de la vista, nos acercamos al agujero ensangrentado. Cuatro lobos y dos pulgas. El cuerpo medía algo más de un metro. El oso había dejado carne de sobra. De hecho, parecía que se había limitado a desgarrar la piel y comerse la grasa, dejando casi toda la carne, que todavía humeaba. Nos miramos un momento y nos volvimos de nuevo hacia la foca. Nadie quería dar el primer mordisco. <Ax, Tobias, ¿y vosotros?>, preguntó Jake. Los chicos estaban de nuevo entre mi pelo. <La verdad es que yo no tengo hambre>, dijo Ax. <Eh… Yo tampoco>, murmuró Tobias. <¿Qué? –exclamó Rachel-. ¿Cómo puede ser que no tengáis hambre?> –Entonces añadí-:< ¡Ah!> <Lo siento, Marco –se disculpó Ax-. Los instintos de pulga son muy fuertes.> <No pasa nada –terció Cassie-. No es peor que lo que estamos a punto de hacer.> <¿Ah, no? Pues la próxima vez los llevas tú, Cassie –dije-. Tíos, por lo menos podíais haber pedido permiso.> <Vamos a ello>, dijo de pronto Jake. Hundió el morro en la presa y arrancó un trozo de carne correosa. Nosotros lo imitamos, devorando la foca medio congelada. <Dime, Ax –dije cuando terminé de comer-. ¿Tienes alguna idea de dónde estamos?> <Muy al norte.> <Canadá, Alaska, Groenlandia –apuntó Rachel-. Islandia, tal vez…> <¿Qué más da?>. replicó Tobias. <Tenemos compañía>, nos interrumpió Jake. Un par de zorros árticos estaban sentados en el hielo a unos cien metros de distancia. Debían de medir más de medio metro y su pelaje era blanco. <Tendrán que esperar a que terminemos>, dijo Rachel, voraz. <Todo va de maravilla, ¿eh? –me burlé-. Hemos acabado royendo huesos de foca. Y no es que me queje. Esto es mejor que no comer nada.> <No iría mal un poco de sal>, apuntó Cassie. Viniendo de ella, era tan inesperado, que todos estallamos en carcajadas. <¿Sal? Mejor nos iría una barbacoa, un poco de mayonesa y unas patatas fritas –añadió Jake-. Y un café calentito. Ni siquiera me gusta el café y, mira por dónde, ahora me apetece uno.> Cassie se limpió el morro en la nieve, y luego las patas. <¿Y ahora qué?> <Eso, ¿y ahora qué, papi?>, pregunté. Jake suspiró. <De momento nos persiguen, y huyendo no llegaremos a ninguna parte. Pero lo primero es lo primero. Tenemos que adquirir algunas formas adaptadas al frío. Así apenas logramos sobrevivir. Necesitamos poder pasar a la ofensiva.> <¿Qué posibilidades tenemos de que nuestro amigo oso polar nos permita adquirirlo?>, pregunté. Entonces mi agudo olfato captó el olor de focas. Focas vivas, y muy cerca. De pronto, vi dos bolas grises flotando en el agua. Eran las crías que habían escapado del oso, y nos miraban con sus enormes ojos negros. Tenían cara como de cachorro. Sus cabezas eran pequeñas, con ojos grandes y bigotes. La verdad es que eran muy graciosas. <Están buscando a su madre>, dijo Cassie. ¿Su madre? Su madre estaba… De pronto, me invadió una oleada de emociones. Ya sé que es una tontería, pero es que durante dos años creí que mi madre estaba muerta. De todas formas, no es lo mismo, ¿no? Al ver aquellas foquitas flotando en el agua, buscando a su madre que no volvería nunca, sentí de nuevo una enorme tristeza. Me puse entre ellas y el espantoso cadáver en el hielo. Nosotros no habíamos matado a su madre, pero nos habíamos aprovechado de su muerte. <Ahí están nuestras formas adaptadas al frío>, observó Rachel. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Jake ideó un plan. Cassie y yo nos ofrecimos voluntarios. En realidad no era una tarea difícil. Todavía en el hielo, Cassie y yo nos transformamos en delfines. Teníamos que actuar deprisa, porque los delfines son animales de aguas más templadas y no tienen ni piel ni grasa suficiente para enfrentarse a aquel frío asesino. Luego Jake y Rachel nos empujaron al agua helada. Me sentí como esos majaras que salen a veces por la tele; a esos que les da por ir a nadar al mar en pleno invierno, sólo con un bañador. En cuanto toqué el agua, todo mi cuerpo de delfín, por lo general tan juguetón y lleno de energía, se quedó tieso, entumecido. Las crías de foca apenas intentaron escapar. En cualquier caso, fue un vano intento. Las focas son ágiles, pero Cassie y yo éramos más rápidos, más grandes y más decididos. Trataron de esquivarnos un par de veces, pero no eran rivales para nosotros. Yo no quise ni pensar lo que aquello significaba para su futuro. Si no podían siquiera huir de un par de delfines congelados, no tendrían ninguna oportunidad contra la primera ballena o el primer oso polar que les saliera al paso. Cassie y yo atrapamos a una de las crías en una acrobática maniobra. Nos acercamos deprisa por detrás y cada uno mordimos una aleta. La cría se debatió, pero era como un chihuahua contra un gran danés. Sin embargo, se las apañó para arañarme el morro unas cuantas veces con sus dientecillos. Incluso me hizo sangre. Me dolía, pero también me sentía bien. Era como si me lo mereciera. Cuando la tuvimos bien atrapada entre los dientes, con cuidado de no hacerle daño, volvimos con los demás. Todos empezaron a transformarse en cuanto nos vieron llegar. Alzamos a la foca hasta el hielo, a los pies de una extraña colección de criaturas: dos humanos vestidos como si fuera agosto, un ratonero de cola roja que se balanceaba sobre sus patas heladas, y Ax. Jake y Rachel tocaron la foca y adquirieron su ADN. Luego la tuvieron sujeta mientras Ax ponía la mano sobre ella. Tobias se posó en el hombro de Rachel. Tuvo que hacerle daño, aunque seguramente estaba demasiado fría para notar el pinchazo de las garras. La cría alzó la vista, fascinada por aquella criatura con alas que con tanta delicadeza la tocaba. Cassie y yo salimos del agua y nos transformamos en el hielo. No fue una experiencia muy agradable. La piel se me congeló del todo cuando estaba a medio camino entre humano y delfín. Terminé dejando un buen trozo pegado al hielo. -¿He mencionado que hace mucho frío? –pregunté tiritando. Por fin toqué la foca. Era una cosa húmeda, firme pero suave, como si fuera un globo de agua peludo-. Lo siento –dije, sin razón alguna. -No podemos hacer nada –replicó Cassie, mientras dejaba a la cría de nuevo en el hielo. La foca se arrastró hasta el borde del agua y volvió con su hermana. -Tal vez so-so-sobrevivan –resolló Rachel. Pero Cassie movió la cabeza. No sé por qué, pero miró con tristeza a Tobias. -No, no sobrevivirán. Pero alimentarán a alguna orca o algún oso polar, y no puede una ponerse sentimental con estas cosas, porque las crías de orca y de oso también tienen derecho a la vida. <De todas formas, si pudiéramos…>, dijo Tobias. Nos estábamos acordando de la camada de mofetas que salvamos una vez. Tobias se había comido a una de las crías y luego ayudó a Cassie a mantener vivas a las demás. -La naturaleza, ¿no? –terció Rachel. <Sí, la naturaleza. En fin, más vale que nos transformemos.> -Bueno, también podríamos quedarnos aquí convertidos en estatuas de hielo discutiendo la supervivencia del más fuerte –observé. No hacía más que saltar de un pie a otro, para que no se me pegaran al hielo. Rachel me dedicó una de sus típicas sonrisas insolentes. -¿Tienes prisa, Marco? ¿Se te ha ocurrido pensar que si esas crías son pasto de las ballenas, nosotros lo seremos también? Pues no, no se me había ocurrido. Pero ya se me estaba ocurriendo con todo lujo de detalles, incluidos los efectos sonoros. -Una idea muy interesante, Rachel. -Siempre a tu servicio, Marco. Pero Rachel ya se estaba transformando. Yo concentré mi mente abotargada en la imagen de la foca, hasta que por fin comenzó la metamorfosis. Los brazos se encogieron. En un momento parecían bracitos de muñeco, hasta llegar a medir unos siete centímetros. Los dedos se me juntaron y volvieron a separarse, dejando entre ellos una fina capa de piel. De las puntas me salieron largas garras, perfectas para agarrarse al hielo. Las piernas casi me habían desaparecido. Yo sabía que me iba a caer, pero de todas formas me sorprendí al desplomarme de narices al suelo. Los pies se me convirtieron en aletas de foca. Y mientras tanto, el torso se me hacía más pequeño y al mismo tiempo más grueso. La grasa crecía bajo mi piel. Era un poco como aquella película de Eddie Murphy, El profesor chifado, pero en pequeña escala. Mis órganos internos se retorcían para adaptarse a mi nuevo cuerpo, haciendo un ruido de burbujeo. Los huesos crujían, cambiaban para formar mi nuevo esqueleto. En ese momento, era como una pelota de fútbol enorme y con aletas. En mi cara, todavía humana, brotaron largos bigotes. Las orejas desaparecieron, dejando un par de agujeros en el cráneo. Mi cabeza no era más grande que una pelota de béisbol. La nariz creció, en cambio, hasta parecer la de un cachorro de perro. Miré aquel mundo congelado a través de unos ojos grandes y oscuros, y descubrí que veía tan bien como con mis ojos humanos. Por fin una gruesa piel me cubrió el cuerpo. Y entonces… entonces… ¡Ah! ¡Qué alegría! ¡Qué alivio! ¡Qué maravilla! ¡Qué increíble sensación! La sensación más fabulosa que había experimentado desde el día que nací. ¡Calor! ¡Estaba caliente! ¡Caliente! Si los cielos se hubieran abierto y hubiera bajado de las nubes una mano gigante para darme un millón de dólares, dejarme escoger mi chica favorita de [i]Los Vigilantes de la playa[/i], me hubiera hecho crecer dos palmos y me hubiera otorgado la habilidad de Michael Jordan con una pelota de baloncesto, no habría sido más feliz. ¡Tenía calor! ¿Frío? ¿Qué frío? No hacía ningún frío. Estaba en la playa, bebiendo limonada y charlando tranquilamente con Tom Cruise. También sentía otras cosas, por supuesto. Sentía los instintos de la foca: el impulso de correr, el impulso de cazar peces, bla, bla, bla. ¡Pero todo eso estando calentito! Mis bigotes tenían una sensibilidad increíble. Captaban el más mínimo cambio en el viento, el más mínimo movimiento de cualquiera de nuestro grupo. Y una parte de mí todavía olfateaba buscando a mi madre. Pero yo, Marco, controlaba la situación. Y yo, Marco, ya no tenía frío. ¿He mencionado que había entrado en calor? ¿Y que me sentía feliz? Sí, durante unos tres segundos. <¡Los Venber!>, gritó Tobias. <¿Dónde?> ¡TSIUUUU! Un rayo de luz alcanzó el hilo a medio metro de distancia. Si hubiera caído en roca, nos habría hecho pedazos como una explosión de metralla. ¡SHUAAAAANG! ¡Había rebotado! El rayo dragón rebotó en el hielo y abrió un agujero en el risco que teníamos a la espada. Había sido un disparo entre un millón. Decidimos no probar suerte con el segundo. <¡Corred! ¡Al agua!>, exclamó Jake. Correr. Ya, sin problema. Giré mi cuerpo con forma de pelota. Estábamos a pocos metros del agua, pero a mí me parecían kilómetros, con mis extrañas patitas. Bueno, no, no eran patas, sino pies. Pies sin piernas. No es una buena combinación para correr. Moví la barriga a derecha e izquierda una y otra vez, arrastrándome hacia el agua. Menudo ridículo. ¡TSIUUUUU! ¡KABUUUUUUM! Habían fallado, pero no por mucho. Una columna de agua y hielo se alzó detrás de nosotros. <¡Nos habrán visto transformarnos!>, gritó Cassie. <O igual es que simplemente odian a las focas>, repliqué. Pero incluso en mi terror me di cuenta de las implicaciones de lo que Cassie había dicho. Si los Venber sabían que éramos humanos, no podíamos permitir que volvieran a acercarse a los Yeerks. Seguí moviendo la barriga sobre el hielo para tomar impulso. Vi el borde del agua, pataleé frenético y… El siguiente disparo convirtió el lugar donde yo había estado en una explosión de cubitos de hielo. Pero para entonces yo ya estaba en el agua. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis.[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Nuestros nuevos cuerpos, tan torpes en tierra firme, eran perfectos para el agua. No nadábamos tan deprisa como los delfines, y nuestras aletas no eran tan eficaces como la cola de éstos, pero avanzábamos bien, utilizando las aletas delanteras como timones. <Bajo la superficie estaremos seguros –dijo Jake-. Aquí no pueden seguirnos, ¿no, Ax?> <Creo que no, príncipe Jake.> Entonces noté que uno de nosotros estaba emitiendo unos curiosos ruiditos, como chasquidos. Un sistema de radar por sonidos. Como los delfines. Como los murciélagos. Como los Venber. Yo también lo intenté. Emití unos cuantos chasquidos, y lo que recibí fue una sorprendente imagen de mi alrededor: todos los peces, todas las plantas, varias focas cercanas, cada trozo de hielo que flotaba en la superficie. Estuvimos nadando durante una media hora, en dirección a la base yeerk. De vuelta a nuestra misión, que habíamos olvidado en nuestra preocupación por seguir vivos. Esperábamos que aquello fuera una buena táctica. Con un poco de suerte, los Venber seguirían buscándonos en el hielo hasta extinguirse otra vez. <¿Nos habrán visto convertidos en humanos?>, pregunté. <¿Por qué si no iban a disparar a un puñado de focas?> replicó Tobias. <Genial. Pues ahora tenemos otro problema –terció Rachel-. No podemos permitir que lleguen a la base yeerk.> <Ve a darles una paliza, Rachel. Y avísame cuando termines.> <Hay una forma de evitar que los Venber se pongan en contacto con los yeerks –señaló Ax-. Destruir la base yeerk.> <Sí, facilísimo>, dije. <Si eliminamos la base, eliminamos el problema –razonó Jake-. Sería matar dos pájaros de un tiro. Ay, perdona, Tobias.> Nos detuvimos dos veces para salir a la superficie a tomar aire. Las focas sólo pueden contener la respiración durante diez o quince minutos. A veces nos asomábamos a vigilar por los agujeros en el hielo, pero no había ni rastro de aquellos monstruos helados. Ni de osos. Por primera vez desde que aterrizamos en aquel lugar dejado de la mano de dios, me sentí casi a gusto. Debería haber sabido que aquella sensación no duraría mucho. <¡Aquí vienen!>, exclamó Cassie. Por un segundo no supe a quién se refería. Pero enseguida noté una vibración en los bigotes y me di cuenta de que la amenaza estaba en el agua. Eso sólo significaba una cosa. ¡Orcas! ¡Ballenas asesinas! <¡DEPRISA! ¡DEPRISA! ¡DEPRISA!>, gritó Jake. Avanzamos a toda prisa. Pero las ballenas ya se veían en el agua lodosa: dos submarinos gemelos en blanco y negro. <¡Dios mío! –gimió Tobias-. ¡Vienen a por nosotros!> <Son criaturas muy grandes>, comentó Ax, con pánico en la voz. <Sí –replicó Rachel-. Y creo que su apetito también es enorme.> Yo agitaba las aletas lo más deprisa posible. Sobre nosotros sólo había una sábana de hielo. ¡Un agujero! ¡Había que encontrar un agujero! ¡Allí! ¡Se veía luz! Salí disparado hacia el agujero, seguido de los demás. Uno, dos, tres – cuatro – cinco – seis, pegamos un brinco hasta aterrizar en el hielo. Luego nos arrastramos como locos, para apartarnos del agujero. A través del hielo se veía una sonrisa blanca y negra. Era la orca. Lo cual significaba… <¡A la izquierda!>, grité. ¡CRAAAAAAK! ¡SPLAAAAAAAASH! El morro gigantesco explotó a través del hielo. ¡Justo a mi lado! El hielo se alzó como una montaña. Yo me deslicé por la pendiente, intentando aferrarme con mis patéticas garras. ¡CRAAAAAK! La segunda ballena apareció a menos de tres metros delante de nosotros. Trabajaban en equipo. Querían atraparnos. <¡Estoy más que harto de esta misión!>, protesté. <¡Transformaos! –gritó Cassie-. Las ballenas cazan focas, no humanos.> Un consejo estupendo. Pero cualquiera intentaba transformarse cuando el ejército del infierno no hace más que brincar a tu alrededor con una enorme sonrisa llena de dientes y mirándote como si fueras una hamburguesa. De todas formas, empecé a recuperar mi forma humana. La orca que tenía detrás cayó al agua, pero enseguida volvió a salir disparada hacia arriba. Imaginaos una salchicha blanca y negra del tamaño de un autobús! ¡La tenía encima, y caía hacia mí! Cualquier foca normal habría seguido avanzando en línea recta, y cualquier foca normal habría servido de almuerzo a la orca. Pero yo tenía un cerebro humano. Hundí una uña en el hielo y giré bruscamente a la derecha. Una masa gigantesca de grasa aterrizó con estrépito a pocos centímetros de mí, con la boca abierta, dispuesta a devorarme de un bocado. Sólo que yo ya no estaba allí. Y para cuando Willy me vio de nuevo, yo tenía unos brazos helados y unas piernas heladas, y me alejaba dando brincos como un espantoso monstruo de la naturaleza. Willy se lo pensó y decidió que no quería comer nada parecido a mí. Las dos asesinas de focas se deslizaron de nuevo bajo el hielo para volver a sus sangrientos asuntos, mientras yo finalizaba mi metamorfosis temblando, tiritando y lanzando palabrotas que no puedo repetir. Los otros se habían dispersado sobre un centenar de metros más o menos. Todos habían recuperado sus cuerpos. Todos parecían sentirse igual que yo. -¿Qué es esto? ¿El último agujero del universo? –pregunté. -Pregúntaselo a él –dijo Rachel. Entonces me di cuenta de que los demás no me miraban a mí, sino algo a mi espalda. Me di la vuelta. -Hola. Esto… Lo del último agujero no lo decía por ofender, ¿eh? -No me he ofendido – me contestó él. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Supongo que yo esperaba que él saliera corriendo. Pero no lo hizo. Se me quedó mirando, luego miró a los otros y luego me miró otra vez a mí. Iba en una pequeña barca de pesca con un motor fueraborda. De pronto, seme ocurrió que seguramente había asustado a las ballenas con el ruido del motor. Nos seguimos mirando un buen rato. Yo no sabía qué hacer ni qué decir, de modo que por fin saludé. -Hola. ¿Qué tal? Él se quedó callado otro rato, mirándome con la boca abierta. -¿Eres un espíritu animal o algo así? –preguntó al cabo de un minuto. Yo me llevé la mano helada al pecho helado. -¿Un espíritu? ¿Por qué lo dices? –repliqué, haciendo un patético esfuerzo por echarme a reír. Él se acerco un poco más, a golpe de remo. Tenía una cara ancha y redonda, con los ojos un poco sesgados y la piel como el cuero de una bota vieja. Supuse que sería un esquimal. En cualquier caso, estaba bastante seguro de que no era francés. Llevaba una ropa curiosísima. Unos pantalones de piel, guantes de una piel diferente, y una enorme parka azul. -Parece que tienes frío –comentó, cuando la barca tocó el borde de hielo-. No pensaba que los espíritus animales tuvieran frío. ¿Quieres una manta? Me ofreció una enorme pieza de piel, gris oscura y plateada, con círculos grises. La misma clase de piel que yo tenía un momento antes. Me envolví en ella mientras él clavaba una lanza en el hielo para anclar la barca. -¿Y tus amigos? –preguntó-. ¿También son espíritus animales? -Supongo. El chico me miraba con más curiosidad que miedo, con más interés que escepticismo. No era mucho mayor que yo. Se me hacía raro encontrarme a un chaval joven solo en mitad de la nada. Claro que quién era yo para llamar raro a nadie. -Mi abuelo se pasaba el día hablando de los espíritus animales, y yo pensaba que estaba loco –dijo, tocándose la sien con el dedo haciendo el gesto universal de la locura-. Aunque siempre le decía: <<Sí, es verdad, abuelo.>> -Ya –contesté, tapándome las orejas para protegerlas del viento-. Nunca se sabe, ¿verdad? Él se me quedó mirando otra vez. -Di a tus amigos que tengo más pieles. -¡Eh, que tiene pieles! –grité, en voz demasiado alta-. ¿Por qué no os acercáis y os tapáis con pieles calentitas? No es que estuviera preocupado. No es que necesitara compañía. Los otros se acercaron. El chico se puso a sacar pieles de foca de la barca. Varias de ellas parecían quemadas. -¿Tú eres un águila? –le preguntó a Tobias, mirándole con curiosidad. <Un halcón, en realidad. Un ratonero de cola roja. Somos una especie muy común.> -No, no por aquí. Las aves de por aquí no hablan. –Luego se volvió hacia Ax-. ¿Y tú qué eres? Casi oí a los demás suspirar de alivio. Si aquel chico fuera un controlador, en primer lugar sabría reconocer a un Andalita, y en segundo lugar no se acercaría a él para nada. <Soy un Andalita.> -¿También sois una especie muy común? ¡Un chiste! Decidí que aquel chico me caía bien. Además, cualquiera que se tomara con tanta calma un encuentro con una feria de monstruos como la nuestra, tenía que ser legal. -Cuántas pieles –comentó Cassie, envolviéndose en una. -Sí, muchas. Pero no muy buenas. Están todas quemadas y no valen apenas nada. -¿Cómo se han quemado? –preguntó Cassie, aunque conocía la respuesta tan bien como yo. -Esos tíos de [i]Star Trek[/i], que están locos. Disparan rayos a las focas, como si practicaran el tiro al blanco con ellas o algo así. No tienen ningún respeto. ¡Me pone furioso! -¿Los tíos de [i]Star Trek[/i]? –dije. -Sí. – De pronto, añadió-: Ah, supongo que los espíritus animales no ven la tele, ¿no? Necesitarías una antena satélite, chico-espíritu. -Me llamó Marco. Y éstos son Jake, Rachel, Cassie, Tobias… el de las alas… Y Ax. Ax no es de por aquí. -Hola. Yo soy Derek. -¿Estás solo? –quiso saber Cassie. -Sí. <¿Queda lejos tu casa?>, preguntó Tobias. -No mucho –contestó él, ladeando la cabeza. Estaba hablando con un pájaro y ni siquiera se extrañaba-. A un par de días. -¿Un par de días? –repitió Jake. -Sí. Todos los años salgo de caza, desde que era pequeño. -¿Y cazas focas? –preguntó Cassie. -Sí. ¿A vosotros no os gusta cazar? -Bueno…, no como a los tipos esos de Star Trek. -Sí, ellos cazan por deporte, como si fuera un juego. A veces viene por aquí gente así, de Nueva York y Detroit. Matan osos y caribús desde helicópteros. No tienen respeto por nada. Pero los tipos de la base son los peores. Les gusta matar. –El chico ladeó de nuevo la cabeza-. Seguro que eso os pone furiosos a los espíritus animales. -Bueno…, nosotros no hemos dicho que seamos espíritus –comenzó Jake. -¿Ah, no? Entonces qué sois? ¿Extraterrestres? -Él es un extraterrestre –respondí, señalando a Ax-. Los demás somos sólo idiotas. El chico sonrió, pero su expresión se hizo más dura. No le gustaba no obtener respuestas. -¿Tenéis algo que ver con la estación que están construyendo , o con las criaturas de hielo o las naves espaciales? Yo miré a Jake, que se encogió de hombros. -Sí, tenemos algo que ver –contesté. -¿Ah., sí? Pues esa gente no me gusta nada. ¿Qué están haciendo aquí? No son como os ecologistas que vienen de vez en cuando. Y tampoco son cazadores. Están haciendo un destrozo en el agua, asustando a todos los animales con sus extrañas armas. ¿Quiénes son’ ¿Y quiénes sois vosotros? -Podríamos decir que ellos son los malos y nosotros los buenos –dijo Jake-. Hemos venido a destruir la estación. -Me parece muy bien –aseveró Derek. Como si no fuera nada, como si acabáramos de sugerir una visita al supermercado de la esquina-. Espero que lo consigáis. Tengo miedo de que un día a Nanook le dé por asomar el morro por allí y acaben pegándole un tiro o algo. -¿Nanook? ¿Quién es Nanook? –preguntó Jake. -Nanook es mi amigo. ¿No conocéis a Nanook? -Pues no. ¿Deberíamos? -Tenéis que haberlo visto. Ha estado por aquí los últimos días. Yo le he seguido. Me gusta verlo trabajar. Es un cazador genial. -Quizá le hayamos visto –dijo Jake, perplejo-. ¿Cómo es? -Grande, de pelo blanco.. -¡Ah, él! –exclamé-. Sí, lo hemos visto. -¿Pensabas cazarlo a él? –preguntó Rachel-. ¿Con eso? –añadió, señalando el rifle que había en la barca y la corta lanza-. Vas a necesitar más armas. -No voy a cazarlo, sólo lo estoy siguiendo. Nanook es mi amigo. Lo conozco desde que era pequeño. -Bueno, pues te voy a hacer una pregunta un poco rara –dije-. ¿Tú crees que podríamos acariciarlo? [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] No tuvimos que ir muy lejos para encontrar a Nanook. Nos transformamos en focas, seguimos la barca de Derek y encontramos al oso polar tirado en el hielo, tomando el sol. Como si estuviera en la playa. Francamente, me puso de mal humor. ¿Cómo podía ninguna criatura disfrutar de un sitio como ése? Salimos al hielo a unos cientos de metros de distancia y nos transformamos en humanos. -Ojalá pudiera hacer eso –comentó Derek, observándonos con interés mientras nuestras caras humanas aparecían en los cuerpos de foca. Habíamos tenido cuidado en ponernos a favor del viento para que el oso no nos oliera. Ya estábamos un poco hartos de que nos persiguieran. El plan era sencillo; uno de esos planes que pensamos cuando no se nos ocurre nada inteligente ni sutil. -¿Así que vais sin más a agarrar al viejo Nanook? –preguntó Derek escéptico. -Sí, ¿por qué? ¿Te parece raro? ¿Acaso te parece una locura absoluta y total? <Eso es sarcasmo>, explicó Ax al esquimal. -Sí –contestó Derek-, ya me lo pensaba. Rachel y yo teníamos los papeles más divertidos. Ella mostró su sonrisa de Xena. -Muy bien, Marco. Sí, hasta a mí me parece una locura. Ya se estaba transformando. Los hombros se le ensanchaban, y comenzaba a aparecer un pelaje marrón y unas afiladas garras. Yo me convertí en gorila. Era la única otra forma de que disponíamos que podía servir de algo para nuestro plan. Nuestro pequeño grupo avanzó hacia el oso polar: un oso pardo, un gorila, un pájaro, un alien y dos humanos envueltos en pieles de foca. Derek se quedó atrás. No nos dio ninguna explicación. Tampoco hacía falta: Derek estaba cuerdo. Cuando eres la única persona cuerda en una excursión de locos, no tienes que explicar nada. De pronto, el oso polar rodó en el suelo. Os ha visto –nos dijo Derek desde una distancia segura. Jake, Cassie, Ax y Tobias se detuvieron. Rachel y yo seguimos avanzando. <Esto sería un exitazo en la tele: la pelea definitiva, dos osos y King Kong.> <Yo iré directamente hacia él –me interrumpió Rachel-. Tú agárrale por detrás. <Sí.> <¿Listo?> <No.> <¡VAMOS!> Y los dos echamos a correr aterrados, resbalándonos en el hielo. ¡Oso contra oso! El oso polar ni siquiera parpadeó. Rachel se dejó caer a cuatro patas y se estrelló contra su hombro. Marrón sobre blanco. ¡BUUUUMF! ¡RRRRROOOAAAAAAAARRRRR! ¡RRRRROOOAAAAAAAARRRRR! Zarpazo, mordiscos… Los dos osos estaban de pie sobre sus patas traseras, oscilando de un lado a otro como un par de luchadores de peso pesado. Y Rachel no estaba ganando. No perdía, pero tampoco ganaba. Rachel empujó. El oso empujó. Rachel cayó de espalda al suelo. Fue impresionante. Nunca hubiera pensado que algo pudiera abatir a un oso pardo. El oso polar tenía el pecho manchado de sangre. Era la sangre de Rachel. Me lancé a la carrera, queriendo rodear por detrás al monstruo blanco, pero los dos osos estaban de nuevo a cuatro patas, girando y girando, esperando para atacar. ¡BOOM! Se lanzaron el uno contra el otro. <¡No me iría mal un poco de ayuda!>, gritó Rachel. El oso polar era un poco más alto, quizá también más pesado. Pero por otra parte no era más que un oso, mientras que Rachel era humana. Bueno, por lo menos su cerebro era humano. El oso blanco se irguió en toda su altura, dispuesto a lanzarse sobre Rachel. En ese momento, ella se tiró rodando contra él. Una reacción nada típica en un oso. El oso polar tropezó con Rachel y cayó de narices al suelo. <¡Ja! –exclamó ella-. Ya no hace falta tu ayuda, Marco. Me voy a cargar a nuestro amigo yo solita.> Yo me quedé pensando una fracción de segundo. Pero estaba seguro de que Jake no lo aprobaría. De modo que di un brinco y agarré el brazo derecho del oso. Él apartó a Rachel de un empujón y agitó el brazo para librarse de mí. No consiguió soltarse, pero casi me hizo dar una voltereta en el aire. Y os voy a decir una cosa: los osos polares tienen una fuerza increíble. Es verdad que los gorilas son fuertes, tanto que pueden arrancar un arbolito del suelo. Pero aquel oso era tremendo. En ese momento, Rachel se lanzó de nuevo de cabeza contra él. El oso polar hizo <<¡Uuuuf!>>, y se quedó paralizado un segundo para tomar aliento. Un segundo fue suficiente. Le agarré el otro brazo –bueno, la pata en realidad-, y lo inmovilicé con una especie de llave nelson. Rachel lo envolvió con sus patas y entre los dos atrapamos al monstruo sobre el hielo. Entonces Tobias bajó volando, quejándose de que no había ninguna corriente termal en aquel aire tan frío. Ya veis, menudo drama. El caso es que hundió las garras en Nanook para adquirirlo, mientras Rachel y yo resollábamos y nos contábamos las heridas. El oso entró en trance, como les pasa a los animales cuando uno los adquiere, y unos minutos más tarde todos teníamos su ADN. Cuando terminamos corrimos como locos hacia el borde del agua. -Genial –dijo Derek-. Podré contar una historia estupenda. Nadie la creerá, pero será una gran historia. Nanook se alejó tambaleándose, sin dudar a contar también algunas historias propias. Ya lo estaba oyendo: <<¡De verdad! Un gorila. Allí estaba yo, sin meterme con nadie, y de pronto aparece el gorila aquel…>> [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Por fin nos separamos de Derek. Nos había avisado de que se acercaba una tormenta, de modo que nos despedimos y le dejamos ir a contar sus historias. Di le dijera a algún controlador que había visto a seres humanos transformándose, tendríamos problemas. Pero pensamos que una aldea esquimal en mitad de la nada no sería precisamente uno de los principales objetivos yeerk. Nos habíamos transformado en osos polares, ofreciendo a Derek una última actuación. [i]¿Star Trek?[/i] ¡Ja! Dudo mucho de que siga viendo ese programa por la tele. Nos sentíamos de maravilla. No nos habíamos sentido mejor desde que llegamos a aquel sitio infernal. Teníamos las formas adecuadas para aquel entorno. Como ser un tigre en la jungla o un cocodrilo en un pantano. Éramos los amos del lugar. Yo ya había sido un gorila y un rinoceronte. Ya sabía lo que era sentirme fuerte. Pero aquello era nuevo. Medía casi tres metros de altura, sobre mis patas traseras. Pesaba unos ochocientos kilos. Y si esto no significa nada para vosotros, os lo diré de otra manera. Era casi un metro más alto que Shaquille O´Neal. Y pesaba cinco veces más que él. Mis patas delanteras medían unos treinta centímetros de ancho. Mis garras eran largas y negras. Y tenía tanta fuerza que podía haber levantado un camión. ¿Y el frío? ¿Qué frío? Por si la gruesa capa de grasa bajo la piel no bastara, mi cuerpo había desarrollado otras formas de conservar el calor. Mi pelaje parecía blanco, pero no lo era. Era transparente y hueco. Cada pelo era como un pequeño invernadero que convertía la luz del sol en calor, que a su vez era absorbido por mi piel negra. Veía tan bien como una persona, quizás un poco mejor incluso. Mucho mejor que la pobre Rachel con su forma de oso pardo. Mi oído era normal, pero mi olfato era alucinante. Olía focas por todas partes. Claro que no es que hubiera mucho más para oler. La mente del oso, que yacía justo detrás de mi consciencia humana, no era un hervidero de emociones, no tenía miedo ni un hambre voraz. Nanook estaba tranquilo. No tenía ningún miedo. ¿De qué había que tener miedo? Nanook podía pasar semanas sin comer nada. Si cazaba, era más por jugar que por sobrevivir. En realidad, pasaba más tiempo holgazaneando por ahí que buscando comida. Por fin, nos dirigimos hacia la base yeerk con la chulería de Clint Eastwood entrando en un saloon del oeste. Fue una buena caminata. De vez en cuanto nos deteníamos para darnos un remojón en el agua. Claro que, al final, nos tuvimos que transformar, por supuesto, y no tuvo ninguna gracia. Pero enseguida volvimos a ser los Señores de Hielo. <Supongo que Derek tenía razón en lo de la tormenta>, dijo Tobias. El viento soplaba con mucha fuerza cuando alcanzamos a ver la base yeerk. No nevaba, pero la nieve caída se alzaba en remolinos. La visibilidad era cada vez peor. <Puede ser una ventaja>, comentó Ax. Jake observaba el terreno entre nosotros y la base, un kilómetro más o menos. <Creo que será mejor acercarnos desde el agua. Nunca se esperarían un ataque desde ahí.> En un punto , la base distaba del agua unos cien metros más o menos. Consistía en una serie de feísimos edificios de acero, colocados como al azar. Se veían vehículos para la nieve, camiones y grúas. Nada que pudiera parecer extraño a cualquier observador. A menos que uno advirtiera a los enormes Venber plateados, que construían la principal antena satélite doblando el acero con las manos desnudas. <¿Qué hacemos con ellos?>, preguntó Cassie. <Intentar no cruzarnos en su camino>, propuso Tobias. <¿Y después?> <Llevárnoslos a casa de mascotas>, dije. <Son una especie única –protestó Ax-. Tal vez no sean Venber puros, pero no me gustaría explotarlos y destruirlos.> <¿Sabes, oh temerario líder? –añadí-. Se me acaba de ocurrir que somos osos y todo eso, ¿pero cómo vamos a destruir esa base? Igual deberíamos pensar en ello primero.> [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000Traducción de Sonia Tàpia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] Estaba anocheciendo. La oscuridad se extendía poco a poco sobre el lago, tiñendo el hielo de un fantasmagórico color azul. En la base se encendieron las luces. Los Venber no las necesitaban, pero sí los controladores humanos, que parecían muñecos Michelín envueltos en sus parkas. Nosotros llegamos con la noche, en silencio, en fila india para que si alguien nos miraba viera sólo un oso. Teníamos un plan. Tres palabras fatídicas que generalmente acaban en gritos, chillidos, caos y locura. Una cosa sabíamos, o más bien esperábamos: Visser Tres no estaba en la base. Su nave-espada no habría cabido ni siquiera en el enorme hangar. Lo cual era un alivio. Por desgracia, quienes sí estaban eran los Venber. Estaban trabajando, sin hacer caso de la penumbra, sin que les molestara la drástica bajada de temperatura. Ellos sabían que estaban en el hielo. Sabían por lo menos que había un oso. Nosotros manteníamos la fila india. ¿Se habrían dado cuenta de que éramos más de uno? ¿Tendrían la inteligencia de dar la alarma? No podíamos saberlo. Avanzábamos por el hielo, uno detrás del otro. Jake a la cabeza, seguido de Tobias. Luego yo, Cassie, Ax y Rachel. Nos acercábamos muy despacio, sin correr, sin movimientos bruscos. Estábamos totalmente al descubierto. Nada se interponía entre nosotros y un rayo dragón. Los Venber que vimos no estaban armados. Sólo estaban soldando, doblando y cargando cosas. Pero el cañón dragón no podía estar muy lejos. Era como una de esas batallas de la guerra de secesión americana. Caminar, caminar bien erguidos, nada de agacharse o buscar refugio, caminar sin parar hacia la muerte. En cualquier momento, una bala podía atravesarte el corazón. Estábamos cada vez más cerca. Oíamos los pasos de los Venber y percibíamos su extraño olor, como de producto químico. Estaban trabajando sin esfuerzo. Uno de ellos alzó un enorme martillo y en ese momento pareció mirarnos. Pero eso fue todo. Sólo una mirada. Ya estábamos casi entre ellos. Teníamos Venber a la derecha, Venber a la izquierda. A mí se me había cortado la respiración. Nuestro pequeño truco de ir en fila india ya no servía de nada. Cualquiera podía ver que éramos seis osos. Nadie reaccionó. Los Venber siguieron trabajando. Nosotros seguimos avanzando, mientras mi cerebro me gritaba una y otra vez: <<¡Emboscada!>> De pronto, se abrió una puerta. Un rectángulo de luz. Una risa humana,. Una mujer envuelta en una enorme parka salió al hielo. Y se quedó paralizada. Nos miraba con la boca abierta. Nosotros seguimos andando. Sólo somos osos, señora. No tiene que preocuparse. Es sólo un pequeño desfile de osos. -¡ALARMA! –gritó la mujer-. ¡ALARMA! ¡ALARMA! <¡Al hangar! –exclamó Jake-. ¡Todos al hangar!> Echamos a correr. Pasamos de largo a los Venber. La puerta del hangar estaba cerrada, pero nosotros nos lanzamos contra ella, sin hacer caso de los focos que se encendían por todas partes, sin hacer caso de los controladores humanos que salían de los edificios. -¡Andalitas transformados! –gritó alguien, pero sin histeria. Parecía seguro de sí mismo-. Programad a los Venber. Objetivo: cualquier cuadrúpedo. ¡Anulad todos los protocolos de seguridad! Los Andalitas ni pueden escapar. ¿Programar a los Venber? <Eso lo explica todo>, comentó Ax. Para mí, aquello no explicaba nada, pero quizás era porque estaba demasiado ocupado pensando lo que podría hacerme una criatura capaz de retorcer barras de acero como si fueran espaguetis. <¡Vamos, vamos! ¡A la puerta lateral! ¡A la puerta de la izquierda!>, ordenó Jake. A mi izquierda vi una silueta. ¿Otra mujer? ¿Un niño? Llevaba en la mano lo que parecía un mando a distancia de televisión. Estaba tecleando algo con toda tranquilidad. <¡Aquí vienen!>, gritó Rachel desde la retaguardia de nuestra desordenada fila. Todos sabíamos de quién se trataba. Los Venber soltaron sus herramientas y salieron corriendo como si esquiaran. Eran cinco. ¡No! Delante venían otros dos. Intentaban cortarnos el paso. <No os enfrentéis a ellos. ¡Seguid avanzando!> Pero las dos líneas se acercaban a la vez a la puerta lateral del hangar: dos Venber, seis osos. ¡BUUMFF! El primer Venber se estrelló contra Jake. Jake se estampó contra el hangar, haciendo una abolladura en el metal. Tobias, justo detrás de él, se lanzó rugiendo contra el Venber. Pero el alienígena blandió uno de sus enormes brazos y tiró a Tobias de un golpe al suelo como si fuera un osito de peluche. El otro Venber se acercaba a mí corriendo. Si luchaba contra él, perdería. ¡Deja de correr! ¡PARA! Hundí las garras en el suelo y recibí una lluvia de cristales de hielo. Pero el Venber pasó de largo a toda velocidad, demasiado torpe para girar a tiempo. El monstruo se estrelló de cabeza contra el hangar. Ya no nos hacía falta ninguna puerta. En la pared había un agujero grandísimo, casi con el perfil del Venber en el acero, como en los dibujos animados. Cassie chocó contra mí y me tiró al suelo. Los dos nos levantamos y seguimos corriendo. El primer Venber perseguía a Jake, blandiendo los brazos con tal fuerza que si le llegan a alcanzar le hubieran partido los huesos. <¡No os preocupéis por mí! –exclamó Jake al vernos vacilar-. ¡HUID!> Tobias ya se disponía a echarle una mano, de modo que Cassie y yo seguimos adelante. Atravesamos el agujero y… ¡calor! ¡Luces brillantes! Era un lugar enorme. En él había dos cazas-insecto. Y allí, entre nosotros y el caza más cercano, un Venber. O lo que quedaba de él. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 26:[/b] Se agitaba en silencio. La parte inferior de su cuerpo era ya un charco de líquido viscoso. En el aire había un fuerte olor parecido al cloro. La mitad superior del Venber todavía intentaba atraparnos, obedeciendo su programación. Sólo era un ordenador biológico, una espantosa creación de los Yeerks. Incluso en los estertores de muerte, aquella criatura no podía hacer más que cumplir con su programa. Pasamos sobre el cuerpo del Venber. No había otro camino. Noté en las patas el picor del producto químico. <¡Jake! –grité-. ¡Tráelos al hangar!> Varios controladores humanos se arracimaban detrás del caza, armados con rayos dragón, pero eran demasiado lentos. -¡Braaaarrrrrrr! Rachel y Ax se lanzaron contra ellos. Los controladores cayeron como bolos. Jake y Tobias entraron corriendo en ese momento, ensangrentados, con la piel desgarrados. Dos Venber venían tras ellos. Los Venber penetraron en el aire caliente. Siguieron avanzando, pero los pies se les convirtieron en cola. Justo detrás venía otro a la carga. Sucedió lo mismo con él. Un instante, cargaba feroz; al siguiente, daba pena. Yo me los quedé mirando, como pasmado, contemplando aquel irracional suicidio. Los Venber entraban por el agujero, tropezaban, caían, se derretían. Ax ya estaba a bordo del caza más cercano. Yo salí de mi horrorizado trance y me di cuenta de que, de hecho, todos estaban en el avión. Excepto Cassie y yo. Esperamos hasta que los ocho Venber de la base se destruyeron ellos mismos. No sé por qué. A pesar del peligro, a pesar del terror, tenía que haber algún testigo. Alguien tenía que contar un día la verdad sobre las atrocidades yeerk. <¡Marco! ¡Cassie! ¿Qué hacéis? ¡Vamos!>, nos apremió Rachel. Por fin, subimos a bordo del avión. Los otros ya se estaban transformando, porque si no no habría habido forma de meter tanto oso en una nave diseñada para albergar un Hork-bajir, un Taxxonita y tal vez uno o dos pasajeros. Ax emergía del oso. Su pelaje azul sustituía al blanco, sus cuernos con ojos salían de las cejas del oso. Sus garras se estiraban para convertirse en dedos andalitas con los que manejar los controles de la nave. <Motores encendidos –informó con calma-. ¿Quién se hará cargo de las armas?> <Yo>, me ofrecí. La nave-insecto se alzó del suelo. A través de los paneles transparentes veíamos a los controladores humanos pisar a los Venber, casi ya del todo líquidos. Todavía quedaba la cabeza y el brazo de un Venber…, pero no tardaron en desaparecer. Yo ya era más humano que oso. Había estado antes en un caza, y más o menos conocía las armas. No eran difíciles de manejar, la verdad. Más sencillo que un joystick de Nintendo. -El otro caza –dijo Jake, que parecía muy tranquilo. Ax giró la nave hasta que nuestros dos rayos dragón apuntaron a la otra nave. <Baja potencia, por favor>, dijo Ax. Yo disparé. Incluso a baja potencia, la onda expansiva de la explosión de la otra nave nos estampó contra las paredes de metal. A continuación, giramos y atomizamos la pared. Ax puso la nave en marcha y desaparecimos en la noche por encima de la base. -La antena –dijo Jake. Yo disparé de nuevo ¡TSIUUUU! La antena quedó atomizada. -Aquel edificio. ¡TSIUUUUU! Edificio desaparecido. Fuimos destruyendo sistemáticamente toda la base, edificio por edificio, un vehículo tras otro. Antes de disparar, dábamos tiempo a que los controladores humanos escaparan corriendo como ovejas aterradas. Lo que queríamos era la base, no a ellos. -El hangar- dijo Jake por fin. Apunté y disparé. Los últimos restos de los Venber se hicieron humo, vapor y átomos sueltos. -Descansen en paz –dijo alguien. Resultó que era Rachel. Finalmente, nos dirigimos hacia el sur a toda velocidad. Pero no llegamos muy lejos. <¡Una sonda de rastreo! –exclamó Ax, moviendo las manos como loco sobre la consola-. Nos han localizado. ¿Quiénes son?> Esperó un momento mientras el ordenador de la nave nos daba una respuesta. <Es la nave-espada, príncipe Jake. Nos quiere interceptar.> -¿No podemos perderla? <No. Pero sí podemos viajar cierta distancia antes de que nos atrape.> Seguimos avanzando hacia el sur. La nave-espada venía tras nosotros como un gueopardo detrás de un cerdo. Todavía llevábamos mucha ventaja, pero el gueopardo iba a comer jamón, de eso no había duda. Tres minutos antes de que la nave-espada nos interceptara, hicimos explotar el caza. Fue una gigantesca bola de fuego en la noche. Seguro que la vio un montón de gente. Lo que no vieron fueron seis aves de presa que bajaban hacia la tierra. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 27:[/b] Tardamos otros dos días en llegar a casa. Nos escondimos en trenes y camiones. Volamos. Disfrutamos del calor. Una vez, mientras volábamos aprovechando una estupenda corriente de aire cálido, hablamos de los Venber. Todavía podían quedar dos de ellos vivos, paseando por el Ártico. Tal vez incluso supieran que las criaturas a las que habían perseguido eran humanas. Era un cabo suelto. Pero los Venber nunca se dirigirían hacia el sur, hacia la civilización. <La próxima vez que oigamos alguna historia sobre el abominable hombre de las nieves, tal vez tenga algo de verdad>, señaló Tobias. No sé por qué nos importaba tanto. Los Venber habían intentado matarnos. Bueno, no ellos en realidad. Ellos no eran más que indefensas herramientas de los Yeerks, víctimas de una antigua tragedia que habían vuelto a la vida sólo para escribir un nuevo capítulo de crueldad. Por fin, llegamos a casa y relevamos a los Chee que habían tomado nuestros lugares. No sé si les había gustado interpretar su papel. ¿Cómo saber lo que piensa un androide? Yo preferí olvidarlo todo. Es una cosa necesaria. Después de una guerra, no se puede estar pensando en todo lo que ha pasado. Más vale olvidarse del miedo y el dolor. Si no se volvería uno loco. Pero hay cosas difíciles de olvidar. A veces las cosas más pequeñas. -¿Marco? ¿Todavía estás vivo? –me preguntó mi padre desde el piso de abajo. -Sí, papá. -¡Llevas ahí dentro una hora! ¿No piensas salir? -Sí, claro, dentro de un rato. -Por lo menos podrías poner el extractor de aire. Está la casa que parece una sauna. -Lo siento. Se me había olvidado. Era mentira. No se me había olvidado. Tenía ganas de que toda la casa pareciera una sauna. Y había considerado la idea de quedarme en la ducha para siempre. Calor. Jo, no sabéis qué agradable es el calor. Bueno, por lo menos para los humanos. -¡Marco! –gritó mi padre de nuevo, esta vez más cerca. -¿Qué? –contesté yo debajo del agua. -¡Tienes la habitación hecha una leonera! Cuando llegué a mi casa, me quedé horrorizado al ver que alguien había limpiado mi habitación. La habían dejado limpia, pero limpia de verdad. ¡No había a la vista ni una mala bolsa de patatas fritas! Erek intentando interpretar mi papel… ¡Ja! -Ya decía yo que esta súbita fiebre por la limpieza no te iba a durar mucho –murmuró mi padre, al otro lado de la puerta del baño. -Ya, bueno –repliqué , cerrando el grifo de mala gana. -De todas formas te agradezco lo que has hecho en el garaje. Nunca lo había visto tan ordenado. -Claro, claro. Oye, ¿no me habrá llamado Marian estos últimos días? -¿Estos días? –repitió mi padre-. No, ya te lo habría dicho. -Ya. Bueno. -Oye, ¿te apetece que salgamos a tomar algo? Yo asomé la cabeza mojada por la puerta. -¿Algo como qué? -Estaba pensando en un helado. -Un helado. -Sí, un helado. -Perdona Cerré la puerta, me metí otra vez en la ducha y abrí el grifo del agua caliente. Caliente. Muy caliente. [b]© 1999 K.A. Applegate ©2000 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España 2006 de la transcripción de SagadeGeminis[/b]

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