#27 El exponer

Sinopsis:

Los chee son los aliados de los Animorphs en la lucha contra los yeerks, pero ahora estos pacíficos androides tienen problemas: sus hologramas ya no funcionan, por lo que cualquiera podría ver cómo son realmente.

Para salvar a los chee, Rachel y los otros tienen que llegar a la nave chee escondida en lo más profundo del océano. Tan profundo que la presión aplastaría a un humano hasta dejarlo del tamaño de una muñeca. Están aterrorizados, pero tienen que sacar esto adelante, ya que los yeerks tienen la oportunidad de descubrir a los chee. Y si esto sucediese, se verían forzados a descubrir a los Animorphs…

Datos del libro:

El libro tiene 28 capítulos que ocupan 151 páginas.

Narrador

Rachel siempre ha contado con Tobias para controlar al guerrero que lleva dentro. Pero Tobias es un halcón. Rachel no puede evitar pensar que tal vez debería fijarse en alguien más accesible –alguien que no tenga que preocuparse de ir luchando contra alienígenas un día sí y otro también. TJ podría ser ese alguien, ¿pero de verdad quiere Rachel ese tipo de relación?

Pasa algo raro con la nave pemalita donde se encuentra el ordenador que controla a todos los chee. Ahora los chee no se pueden mover –y tampoco pueden emitir hologramas. Es un grave problema: si los yeerks descubren a los chee, revelarán todos sus secretos. Incluida la verdad sobre los “bandidos andalitas” que han estado incordiando a Visser Tres desde hace ya meses.
Los Animorphs tienen que encontrar la nave y volver a ponerla en marcha. Pero a su alrededor se suceden sospechosas “ayudas” y los Animorphs van a descubrir que en esta misión hay mucho más de lo que se aprecia a simple vista. Y Rachel está a punto de recibir una oferta de un enemigo mortal.

Nuevos personajes

Drode: emisario del Crayak que en esta ocasión tiene un pequeño encuentro con los Animorphs. Parece un dinosaurio menudo aunque su cabeza tiene forma humana con unos grandes ojos violetas.

Lourdes: es una chee que hace de indigente, a la que los Animorphs tienen que encontrar y esconder.

TJ: un chico que le pide salir a Rachel y hace que ésta se cuestione su relación con Tobias… Mmm, esto se pone interesante.

Nuevas palabras

Chee-net: una red de comunicaciones empleada por estos androides.

Nave Pemalita: todos dicen que tiene forma de Snoopy. Siendo los penalitas una especie sensible y abierta, la diseñaron para admitir a toda forma de vida. El interior es como un parque de atracciones subterráneo.

Transformaciones

Rachel (32) y Tobias (18) se transforman en ballena para encontrar un calamar gigante en el que todos puedan transformarse y así descender lo suficiente para alcanzar la nave Pemalita. Son sus formas (33) Rachel, (34) Jake, (33) Cassie, (34) Marco, (19) Tobias y (29) Ax.

[b]Prólogo:[/b] Contra Portada Nos propulsamos a lo largo del suelo del océano, directos al punto que nos señalaban unos tubos de luz… Entonces… <¡Whoa!> Sentí como el suelo se abría debajo de mí, dejando ver un basto y profundo cañón. Y ahí, descansando cómodamente justo debajo del saliente del cañón, emitiendo un débil brillo verde, estaba lo que no podía ser más que una nave. Y no una nave humana… [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Rachel. Soy alta, rubia y estoy en una cuerda de equilibrios, tratando de tranquilizarme para hacer una voltereta hacia delante. Tratando de ser normal. Aunque si lo piensas, ¿Qué hay de normal en un humano que se dedica a hacer saltos mortales en la cuerda tensada de un trampolín de madera? Nada, a eso quería llegar. Olvidar la voltereta. La imprudencia en una batalla te mantiene con vida. En un gimnasio sólo te rompe huesos. Y para seguir luchando, necesito estar de una pieza. La supervivencia es lo primero. Y ya sabes, no te diré mi apellido ni donde vivo. Esa información nos mataría a mis amigos y a mí. No sin luchar, por supuesto, pero aun así… Somos cinco chicos y un Andalita quines, tal y como yo lo veo, tenemos que aferrarnos a las tres cosas principales que tenemos a nuestro favor. La habilidad de transformarnos adquiriendo ADN animal. El anonimato. Nadie sabe quienes somos. La ventaja del equipo que juega en casa. Estas tres cosas han sido suficientes para mantenernos con vida y dañar seriamente a los Yeerks, una especie parasitaria que está aquí para esclavizar la Tierra. Si los Yeeks tienen una lista de “Los Más Buscados”, nosotros la encabezaremos. Nos quieren, y para nada bueno. Nos matarían, o quizás nos harían lo que ya han hecho a tantos otros humanos: se arrastrarían al interior de nuestras cabezas y tomarían el control de nuestro cerebro. Nos harían controladores. Un controlador es el esclavo de un Yeerk, y están por todas partes. Son gente que conoces. Gente en la que crees. Nuestro subdirector, el Señor Chapman, Mi primo, Tom. Profesores, presentadores de Televisión, policías, conductores de FedEx, camareros, estudiantes, trabajadores de la construcción. Todos trabajando por ahí como si fuesen completamente normales. Persuadiendo a sus amigos y familiares para unirse a La Alianza, la organización tapadera de los Yeerks. Y una vez que entras, normalmente sólo hay una forma de salir. Convertirte en Controlador. Hablas y caminas de la misma manera. Tienes los mismos recuerdos. Continúas mascando chicle en clase y colocando de nuevo las coles de bruselas en la fuente cuando crees que tu madre no está mirando. Sólo que no eres tú quien hace todo eso. Tu verdadero yo se encuentra apartado en tu propia cabeza, impotente, gritando silenciosamente a la babosa Yeerk que mantiene el control de su portador. Conviértete en un Controlador, y no tendrás ningún control sobre ti. Jamás entregaré mi libertad. Esta es la razón por la que luchamos. Y para ser honesta, me gustan las buenas batallas. El golpe de adrenalina de la batalla. Las decisiones rápidas. Los retos. Y ya que lo he admitido, admitiré algo más: últimamente, me ha asustado mucho el que esto me gustase. Que lo persiguiese demasiado. Mi padre piensa que soy tan fuerte como puede serlo un chico. Mi primo Jake dice que mi especialidad es patear traseros. Marco me llama Xena, la Princesa Guerrera, y bromea porque dice que siempre soy la primera en estar dispuesta para la batalla. Tiene razón. Soy centro y extremo. A la cabeza de la línea. He dicho “Vamos allá” más veces de las que puedo contar. Y tengo miedo de seguir adelante con este impulso, antes o después terminaré olvidando como hacer cualquier otra cosa. Olvidaré como hacer esas cosas que siempre me había gustado hacer. Antes me encantaba la gimnasia. Y no la cuerda de equilibrios precisamente. Me refiero a ese sentimiento tan poderoso que me invadía al trabajar en las barras paralelas. Esos saltos fueron lo más cerca que estuve de volar jamás. Ya no, por supuesto. No desde que soy un Animorph. La emoción de una voltereta no es comparable a la de alzarse a los cielos como un águila de cabeza blanca. O a la de zigzaguear de aquí y allá como una mosca. Los músculos humanos se ven patéticos tras experimentar la agilidad líquida de un gato. O al convertirte en un oso pardo. Ahí si que hablamos de poder. No puedo hacer nada. Es como si fuese adicta o algo de eso. Adicta al peligro. Adicta a vencer a los invasores Yeerks. Y adicta, al menos en mis sueños, a arrastrar por los suelos a Visser Tres como el gusano que es. ¿Ves? Ya te dije que estaba empezando a asustarme. Visser Tres es diabólico. No tiene piedad. Es despiadado. Cruel. Es el único Yeerk con el poder de transformarse, el único controlador Andalita. Está a cargo de la invasión de la Tierra, y se toma su trabajo muy en serio. Igual que yo. “Hey, ¡Rachel!” Mi cabeza se ladeó, haciéndome perder la concentración. El gimnasio se volvió nítido. Niños hablando. Riendo. Yendo y viniendo. Trabajando en los anillos y en las barras paralelas. Un chaval llamado TT sonreía y se acercaba hacia mí a través de las colchonetas. No era un tipo feo. No del todo. No le devolví la sonrisa. Hasta que pegó ese grito lo estaba haciendo bien. Pero ahora mi cuerpo se tambaleaba y mis brazos comenzaban a aletear. Había perdido el equilibrio y mis pies, uno colocado delante del otro en la cuerda, no paraban de intentar recuperarlo. Iba a caerme. “No te preocupes,” dijo comenzando a correr. “Yo te cojo.” Oh, genial. Justo lo que menos necesitaba. Me giré para intentar saltar fuera de la cuerda. Mal movimiento. La inercia me hizo rodar y caí hacia un lado. Fui a parar a los brazos estirados de TT que cedieron hasta golpear la colchoneta. ¡Whumpf! Ouch. Me hice daño en las palmas y la cadera. “¿Estás bien?” preguntó, retirando las manos. “Claro.” Le ignoré y me levanté. Mi cara estaba sofocada. No me gusta parecer estúpida, ahora lo parecía, y era por su culpa. Le miré molesta. Lista para decirle unas cuantas palabras. Me detuve. Definitivamente no era nada feo. Era más alto que yo. Ojos azules, como yo. Con hoyuelos, no como yo. “Bueno, supongo que esto significa que te has tirado por mí, ¿eh?” preguntó con sarna. “¿Quieres ir a ver una película o algo así?” [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 2:[/b] “¿Qué has dicho?” espeté. Se apoyó contra la cuerda de equilibrios con bastante chulería y relajación. “Te he preguntado que si querías ir al cine o a algo parecido.” Le miré. Eso no era todo lo que había dicho. Y el resto, la parte esa de tirarme por él, me había cabreado. Era guapo. Y lo que es más, era humano. Ya sabes, si TT y yo fuésemos a una película de noventa minutos, podríamos ir después a tomar una pizza. O ir a McDonald’s. O lo que fuese. No tendríamos que ir a que se volviese a transformar en un ratonero de cola roja antes del límite de las dos horas. Salir con TT sería normal. Quizás hasta divertido. Sin tensiones. Sin miedo. “¿Entonces?” dijo. “En tus sueños,” dije abruptamente, saliendo disparada hacia los vestuarios a través de las colchonetas. No intentó detenerme. Pegué un empujón a la puerta. ¡BOOM! Lo que hizo que se desprendiera un poco del cemento de la pared. El vestuario estaba vacío. No había ni un alma. Genial. No estaba de humor para hablar con gente en ese momento. No me gustaba como me sentía. No estaba contenta con la manera en la que había reaccionado. No me gustó el momento en el que vacilé, el momento en el que consideré el hecho de que era la única chica en todo el colegio cuyo… supongo que “novio”, era… como debería llamarlo… un pájaro. Sentí la cólera crecer en mi interior. Estaba enfadada con TT, y también con Tobías. Estaba enfadada conmigo. ¿Por qué demonios tenía que dudar? “Puff, no lo sé Rachel,” murmuré en un suspiro. “Tal vez porque TT no tiene pico. Tal vez es eso.” Me puse de un tirón unos vaqueros y me coloqué la chaqueta encima de mi traje de gimnasia. Me puse unos calcetines y unas deportivas. ¿Por qué no había dicho Si? Era fácil. Seré muchas cosas, algunas de ellas no demasiado buenas, pero desde luego no soy desleal. No traiciono a la gente. Y mucho menos a Tobías. Además, esas imágenes no se irán de mi mente. En especial las de esos ojos que, mirando a los míos, no muestran la furia ni la intensidad de los de un depredador. Yo estaba saliendo… si tú pudieses usar esta frase alguna vez… con un chaval que emplea la mayoría de su tiempo rondando los riachuelos, hablando por telepatía y comiendo mamíferos pequeños. Un chaval con plumas. Garras. Y un fiero pico curvado. Y, en ocasiones, como mucho por dos horas, un chaval con un pelo rubio y descuidado y unos ojos dolidos y soñadores. Es mi amigo. Y mi compañero de guerra. Volamos juntos y luchamos contra los Yeerks juntos. No somos normales. De pronto comencé a reírme y una chica que acababa de entrar se me quedó mirando. Claro, lo normal no puede estar subestimándose siempre. Me largué de allí y miré hacia el cielo, como siempre hacía. Buscaba una silueta muy familiar que destacaba sobre el azul del cielo. Una silueta con un toque rojo en las plumas de la cola. Pero Tobías no estaba ahí, y yo estaba decepcionada. Oh bien, seguro que está por ahí comiéndose una cría de conejo o algo así. Un comportamiento muy común entre los Ratoneros de cola roja. Tal vez había más de un solo comportamiento normal. Y quizás lo mejor era buscar una forma de vivir con ello. Encontrar un modo de poder disfrutar de algo tras la batalla. La gimnasia no había conseguido ayudarme. No aquel día. Pero quizás lo hiciesen las compras. Me encaminé hacia el centro comercial. Hay muy pocos problemas emocionales que no puedan solucionarse yendo de compras a Old Navy y Express. Corrí durante gran parte del camino y sentí como el desánimo se disipaba y se mezclaba con expectación nada más cruzar el chorro de aire acondicionado. Ahhh. Luces de colores. Música. Gente hablando. Riendo. Todos unidos por un mismo objetivo. Comprar. Localicé el The Limited. Fui directa a la tienda y me puse a mirar lo que tenían. No había nada interesante, pero ningún problema. A la siguiente. Salí de The Límited y casi me choco de frente con Cassie. “¡Cassie! ¿Qué estás haciendo por aquí?” dije. “¿Por qué no me has avisado de que ibas a ir de compras?” “¿Qué pregunta quieres que te conteste primero?” me preguntó Cassie, riéndose mientras se colocaba el bolso debajo del brazo. “Cualquiera. Las dos,” la dije, quitándola la bolsa para cotillear. “Ooh, de The Body Shop. Está muy chula, ¿Qué has comprado?” “Porquería para el cumpleaños de mi madre,” contestó. “Hey, ¡Rachel!” “¿Qué?” dije. Sus ojos estaban como platos. Seguí la direccón de su mirada. Erek el Chee estaba apoyado justo en frente de The Gap. “Bueno, Erek está de compras,” dije encogiéndome de hombros. “¿Qué pasa con ello? La cuestión es, ¿Qué se cree que va a encontrar en Nine West? ¿Un bonito par de sandalias?” “Mira,” dijo susurrando. “¡Ha vuelto a pasar!” Erek parpadeaba. Su holograma humano era borroso. Y le faltaba color. Revelando, por un instante, al verdadero Erek. El Androide. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 3:[/b] “¡Uff! Esto no puede ser nada bueno,” dije. “¿Qué vamos a hacer?” dijo Cassie, al tiempo que el holograma de Erek volvía a distorsionarse. “No podemos dejar –“ “Hay oídos por todas partes,” la advertí. Se calló por un momento. Erek es un androide, forma parte de un grupo creado para ser la compañía no-violencia de los Pemalitas, una raza pacífica que fue extinguida por los Howlers. Erek es un espía anti-Yeerk. Además de un amigo. “Rachel, tenemos que hacer algo,” susurró Cassie. “Claro. Venga.” El holograma de Erek –La ilusión que le hace parecer un chico normal– parpadeaba, dejando al descubierto sus placas de metal incrustadas en su esqueleto de marfil. “Tenemos que mostrarnos sueltas. Naturales,” advirtió Cassie. Bien. Nos lanzamos a través de la multitud y nos acercamos para tapar a Erek. “Hola, Erek,” dije. “¿Cómo va eso? Eso sí, olvidando del hecho de que pareces una televisión en un día de tormenta.” Me miró. Y parecía asustado. “Erek, tienes que salir de aquí. Algo le pasa a tu holograma.” “Ya lo sé,” murmuró, estrechando los hombros como si tratase de desaparecer metiéndose en si mismo. “Lo he notado. Parece que no puedo arreglarlo. He ejecutado de todo, pero nad–” “Ya bueno, cuéntamelo más tarde. Vamos, tenemos que salir de aquí,” Le interrumpí cogiendo su brazo. Su holograma se acababa de volver muy poco nítido, como si fuese una película proyectada en una pantalla. Además también desapareció su campo de fuerza. Mis dedos agarraban metal, no la piel humana que proyectaba. “¿Dónde vamos?” Preguntó Cassie. “¿Cómo vais a esconderme?” Estaba oxidado, casi no podía ni mover las piernas. Como si fuese un enorme bebé tratando de dar sus primeros pasos. “Aquí,” dije, empujándoles en la única tienda en la que un androide no parecería fuera de lugar si su holograma dejase de funcionar por completo. Spencer’s Gifts. La casa de las tonterías, lo salvaje, lo extraño y lo fantástico. Máscaras, Expedientes X, recuerdos, bolas de cristal de esas con nieve y aliens por todas partes. Erek seguía distorsionado. Parpadeaba. “Rápido, dobla la esquina,” dije, de cabeza a la parte trasera de la tienda lejos de comportarme como cualquier adolescente. “Por los cañones de luz. Así si alguien le ve pensará que el holograma es una ilusión óptica o algo así.” “Buena idea,” dijo Cassie, cogiendo el brazo de Erek. “No había pensado en Spencer’s” “Conocimiento del centro comercial,” dije. “Va a ser mi punto fuerte en la universidad.” Erek dejó de andar. No se movía. Frunció el ceño. Sus placas de marfil y metal brillaban por los reflejos. “Perdón,” se disculpó. Estaba distorsionado. Mirarle era como llevar puestas unas gafas con rayos X y mirar su esqueleto a través de la piel. “Venga vamos,” gruñí. Movió su pierna. Leeeeentamente. “Erek por favor,” susurró Cassie. “¡Tienes que darte prisa!” “Oh, ¿de verdad?” dijo, dando otro paso a camara lenta. “Ya sabes, la gravedad de la situación me desborda.” “¿No puedes andar pero puedes ser sarcástico?” preguntó Cassie. Entonces Erek se quedó completamente tieso. Cassie y yo nos lanzamos una mirada mutua. Cogió un brazo y yo me hice cargo del otro. De alguna forma conseguimos llevarle hasta el pasillo del fondo de la tienda sin que nadie se diese cuenta, pero no estaba resultando nada fácil. Erek pesaba más de cincuenta kilos. Le pusimos en una esquina entre un expositor de posters de Star Wars y una replica del alien de la película Alien a tamaño real. Retrocedimos. La luz del estroboscopio no paraba de flashear la tienda. Erek. Androide. Erek. Androide. Androide. Androide. “Oh dios mío,” murmuré mirando a Cassie. “¿Y ahora qué?” dijo. No tenía ni idea. “Guau, que chulo.” Era un chaval que llevaba una camiseta de Han Solo. Se echó para atrás y se quedó mirando la forma de androide de Erek. “¿Cuánto costará?” Se acercó de nuevo, en busca de una etiqueta con el precio. “Uhhh…” dijo Cassie servilmente. “Yo lo busco,” dije. “Quiero decir, nosotras también queremos saberlo. Androides. Son geniales.” Me fui haciendo un gesto a Cassie para que se quedase y echase un ojo a Erek. Tenía que hacer algo para alejar a los compradores, y rápido. Afortunadamente, sabía como. Despegué la etiqueta del precio de una cucaracha con las alas extendidas y volví al pasillo con unos bolis de caucho. La cucaracha eran cinco dólares. Taché el precio y en el envés de la etiqueta garabateé “$5,000.00.” El de la camiseta de Han Solo dijo “¡Cinco de los grandes por un mazacote de metal que ni siquiera anda! ¿Están tontos?” se marchó. Pero seguro que vendría alguien más. Y a demás el dependiente de la tienda, un chaval que parecía universitario que hablaba por teléfono, terminaría dándose cuenta. Cuando el niño se marchó, Erek dijo, “En realidad, mi precio aproximado con el valor actual del dólar estadounidense, estaría en los billones.” “Escucha, quédate aquí y vigílale, ¿vale?” susurré a Cassie. “Vuelvo en un momento. Y ¿Erek? Amigo mío, no te preocupes, te sacaremos de aquí.” “¿Qué le vigile?” dijo Cassie. “¿Qué quieres decir con que le vigile? ¡Espera!” me cogió del hombro. “Vas a llamar a Jake ¿Verdad?” “¿Crees que debería hacerlo?” dije, un poco prepotente por haber estado aguantando tanto hasta ese momento. “Estaba pensando en pedir una pizza, pero supongo que podría llamar a Jake en lugar de eso.” Cassie me lanzó una mirada amarga. “Gracias. Muy graciosa. Mira, tengo una pregunta divertida para ti: ¿Qué hago si un controlador ve a Erek y se da cuenta de lo que es?” Aquello se deshizo de un poco de mi prepotencia. “Protégete a ti.” Dije. Me encontré con la mirada congelada de Erek. “Eres la número uno Cassie. No podrías hacer nada, abandona a Erek.” [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 4:[/b] Encontré una cabina telefónica libre. Golpeé el número de teléfono de Jake y esperé hasta que dio tono. Que esté en casa, pensé, mordiéndome el labio inferior. Cuatro. Cinco. Seis. “¿Diga?” “¿Jake?” solté, agarrando con fuerza el auricular. “No, soy Tom.” Me quedé helada. Tom es el hermano mayor de Jake. Mi primo. Un Controlador. Y la última persona con la que quería hablar. Tenía que andarme con cuidado. Con mucho cuidado. “Hola, Tom,” dije con normalidad. “Soy Rachel. ¿Está Jake por ahí?” “Claro. Espera un momento.” Colgó el auricular. Date prisa, pensé, volviendo la mirada al Spencer. Un grupo de tres chicas estaba entrando. “¿Diga?” “¡Jake!” grité al teléfono. “¿Dónde demó… dónde estás?” “¿Huh?” dijo, sonaba confuso. Muy bien, Rachel, ahora con cuidado. Por si alguien está escuchando. “No puedo creer que lo hayas olvidado,” dije, bajando la voz, pero tratando parecer sorprendida. “Se suponía que habías quedado con Cassie y conmigo en el centro comercial hace media hora. Hemos estado esperándote en la puerta del Spencer.” Un segundo de silencio. “Ahí va, perdóname.” Dijo Jake, como si supiese de qué estaba hablando. “Estaba echando unas canastas con Marco–” “Bien,” interrumpí. “Tráetele. Hemos llamado a Erek, pero necesitamos más ayuda para llevar todas las bolsas a casa. Son muy pesadas. Muy, muy pesadas.” “De acuerdo, muy bien,” dijo tranquilamente. “Vamos para allá.” “¡Hasta ahora!” me despedí alegremente. Colgué. Forcé una sonrisa a una mujer que estaba detrás de mí esperando para usar el teléfono. Dije, “Chicos. No se puede confiar en ellos.” Tomé aire varias veces. Para aguantar el resto. Primera parada, The Gap. Sólo había una manera para sacar a Erek del centro comercial, y era como había entrado. Por la puerta, como un humano. Pasé mis tarjetas de crédito por unos duros ejercicios y di media vuelta hacia el Spencer. Había estado fuera unos veinte minutos. Y volví para encontrar a Cassie delante de un pequeño grupo de niños y adultos, incluyendo el dependiente. Cassie les estaba explicando algo. Estaba sudando y respiraba fuerte. Cassie no es una de esas personas que van diciendo ‘Mírame’. “Si, es lo último de K-Tel. Es el novedosísimo Droide de Cocina. Corta. Pedacea. Puede hacer patatas fritas de Julie Ann.” “¿Te refieres a las Patatas Fritas julienne?” preguntó una mujer escépticamente. “Cualquier tipo,” dijo Cassie, su voz temblaba con desesperación. “Este robot incluso te preguntará ‘¿Quieres patatas con eso?’” “¿Entonces por qué no está haciendo nada de eso ahora?” preguntó un niño. “Eso, enciéndelo,” dijo otro. Vi como le temblaban las rodillas a Cassie. Definitivamente no estaba hecha para hablar en público. “Sólo es una maqueta, ¿Verdad?” dije. “¡Si!” lloró Cassie, como si acabase de decirla el secreto para ganar la lotería. “¡Si! Es sólo una maqueta, ¡No es el verdadero Droide de Cocina!. El verdadero no estará disponible hasta… oh, más o menos por, um…” “En seis meses,” dije. La multitud se dispersó. Cassie me cogió el brazo y me hincó las uñas. “¿Dónde has estado? ¡He sudado sangre!” “De compras,” dije. Y antes de que Cassie me estrangulara, añadí, “Para Erek necesita ropa y algo para taparse.” Empecé a sacar una camiseta, unos pantalones y ropa interior de la bolsa. “¿Ropa interior?” chirrió Cassie. Cogió un par. “Ropa interior de Tommy Hilfiger? Es un an–” Miró alrededor para asegurarse de que nadie podía oírla. “Es un androide, no necesita ropa interior de diseño.” “Lo siento. No tenían nada de Trabajosenlana en el centro comercial,” susurré. “Uh, ¿Rachel? ¿Es un androide? ¿Perdón? No necesita ni pantalones, sólo lo justo para taparse.” “Oh. Ya entiendo.” Miré el ticket. “Tal vez se lo de a Jake.” “Perdonar” dijo Erek. “Podemos no discutir por–” se calló de repente. “He llamado a mi jefe.” Esa voz me hizo pegar un brinco. Miré a mi alrededor. El dependiente. “Acabo de llamarle,” repitió. “Dice que no tenemos nada que se llame Droide de Cocina. Quiere que descubra quienes sois, que llame a seguridad y –” “¡¡Grrrooooahhh!!” El dependiente pegó un salto por lo menos cincuenta centímetros. “Oh, ¡mirar! Es un tipo con un disfraz de gorila,” dije, casi riéndome al ver a Jake y a un enorme y peludo gorila – uno de verdad, por supuesto – irrumpiendo en la tienda. El gorila – Marco transformado – llevaba una insignia de la tienda de sándwich. Por supuesto, iba con segundas. Era publicidad de una película: King Kong vs. Gudzilla. Si, Gudzilla. “Pes es un disfraz de gorila muy realista,” dijo suspicazmente el dependiente. “¡Mira!” le grité. “¡Esa lámpara se te va a caer en la cabeza!” “¿Huh?” miró a Marco y perdió todo reflejo. “He dicho, ¡que te va a dar!” repetí a puntando a Marco. <Oh. Perdón,> dijo Marco por telepatía, cogió una conservadora de jamón y, con cuidado, le golpeó en la cabeza. Calló como un saco de cemento mojado. “¿Qué está pasando?” preguntó Jake, tras asegurarse de que el dependiente estaba inconsciente. “Es Erek. Está paralizado,” dije. “Tengo ropa para él. Vamos a vestirle y sacarle de aquí, ¡rápido!” “Es como el hombre de latón en el Mago de Oz,” dijo Cassie, colocando al pobre dependiente para que estuviese cómodo. “Ya sabes, no podía moverse.” “Vistámosle,” ordenó Jake, tomando el mando. Me hizo sentir un poco de resentimiento. Pero también de alivio. “Marco, lenvántalo,” dijo Jake. Marco cogió a Erek por la cintura y, usando su temible fuerza de gorila, movió los brazos para ponerle las mangas. <¿Ropa interior?> dijo Marco. <¿Le has comprado ropa interior de diseño? Disculpa, ¡Es un androide!> “Ya hemos hablado de eso, ¿vale?” dijo Erek. “¿Qué pasa con su cara? ¿Una máscara?” Jake corrió a por una de esas mascaras que cubren toda la cabeza. “Hay de Clinton, Darth Vader y un Teletubby. Dipsy, creo.” “No es Dipsy,” corrigió Cassie. “Es Tinky Winky. Dipsy es verde y tiene esa cosa tiesa en la cabeza. Tinky Winky es el del triángulo.” <¿Y cual es el pequeño y rojo?> preguntó Marco. “Po,” dijo Cassie. <Ah, si.> “No os ofensais,” dijo Erek, “¿Cómo os las apañáis para que no os descubran perdiendo tanto el tiempo?” Mientras transcurría esta estúpida conversación, yo estaba vistiendo mi primer androide. Había acertado con las tallas. “Soy la reina de las compras,” dije satisfecha. El dependiente gruñó. “Tenemos que darnos prisa,” dijo Jake. “Elegir una cara, ¿Darth Vader o Clinton?” Un minuto más tarde, un gorila con una insignia de la tienda de sándwich de una película desconocida, sacaba a un Bill Clinton, muy bien vestido agarrado a su espalda la espalda, del centro comercial. Afortunadamente, había buenas rebajas en uno de los departamentos, y poca gente se dio cuenta. Al menos, esa fue mi explicación en ese momento. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Cogimos un bus hacia el barrio de Erek y nos bajamos sintiéndonos afortunados. Sintiéndonos en realidad demasiado afortunados. “Menos mal que no había nadie más a parte de nosotros en ese autobús,” Me dijo Jake. Marco iba un poco más adelante, caminando con Erek sobre sus hombros. “Tienes razón.” Mire a mí alrededor, observando la tranquila y desierta calle. “Menos mal. ¿Cuántas probabilidades tiene un gorila con un Bill Clinton encima de pasar desapercibido? Cuando salimos del centro comercial, ni un solo guarda trató de detenernos. Cogemos el autobús y el conductor a penas lo nota. ¿Y encima somos los únicos pasajeros? ¡Venga ya!, ¿No os parece?” “Desde luego es muy raro,” admitió Cassie. “Y entonces, Erek está al descubierto como Androide pero ahora que estamos fuera del centro comercial, no hay ni un alma por aquí para darse cuenta,” dije. “Tal vez no,” dijo Cassie. “Tal vez sólo sea que la gente está muy ocupada y nosotros nos estemos poniendo demasiada paranoicos. ¿No crees?” Tal vez, pero yo no pensaba eso. Mi instinto me decía que algo más estaba sucediendo por ahí. Ya ves, he aprendido a no creer en las coincidencias. “¿Sabéis una cosa?” dijo Jake seriamente. “Cuando Marco y yo llegamos al centro comercial, estaba todo lleno de furgones del servicio eléctrico. Oí a uno de los trabajadores decir algo acerca de que todas las cámaras de seguridad habían dejado de funcionar. No le di ninguna importancia entonces…” ¿Cómo? ¿Ni una sola grabación de todo lo que había pasado?, ¿Cuando el centro comercial debe estar hasta arriba de controladores? ¿Cuándo uno de los vestuarios del The Gap en una de las entradas principales al estanque Yeerk? Estaba claro. “¿Yeerks?” Preguntó Jake frunciendo el ceño. “¿Por qué dejar a Erek al descubierto y luego asegurarse de no dejar pruebas?” dije. “¿Estamos siendo protegidos o manipulados?” preguntó Cassie. “Entonces todo esto es una especie de… no sé, como una especie de salida, un camino seguro, ¿O qué?” espetó Jake. “ ‘O qué’ ” murmuré. <¿Os importaría acelerar un poco?> llamó Marco. <Me quedan unos quince minutos antes de pasar el resto de mi vida comiendo plátanos y machacándome los nudillos> “O sea, básicamente ningún cambio respecto a tu yo actual” dije, aun que luego desee no haberlo dicho. Como ves, la transformación es un arma increíble. Pero es también un arma de doble filo, por que si permaneces transformado por más de dos horas, quedarás atrapado para siempre. Como Tobías. Pensar en Tobías trajo de vuelta toda la confusión de aquella mañana. Yo, intentando ser normal. Cayéndome de la cuerda de equilibrios. TT, pidiéndome salir. Estaba perdiendo la excitación de la adrenalina, y las emociones volvían a resurgir. Emociones normales, como la culpabilidad. Culpabilidad por el simple hecho de haberme planteado la oferta de TT. Y, como si hubiera leído mi mente, Tobías apareció y aterrizó en uno de los árboles unas cuantas casas más abajo, frente a la parcela de Erek. <¿Qué está pasando?> preguntó. <Os acabo de ver bajar del autobús. ¿Hay alguna razón para que Marco esté dando un paseo a caballito a Erek?> Jake se movió hacia el rango audible de Tobías. “¿Nos ha seguido alguien?” <No. Todo despejado. ¿Vais a decirme lo que pasa?> <Parece que Erek ha olvidado programar su mantenimiento,> explicó Marco. <Está inmóvil. Creo que es la transmisión.> “¿Qué pasaría si todo esto fuera una treta para encontrar a los Chee?” preguntó Cassie. <Nadie os ha seguido,> repitió Tobías. <Además, ¿Por qué preocuparse? Si los Yeerks capturasen a uno de nosotros, conseguirían todas las respuestas rápidamente.> Tenía razón. Si los Yeerks hiciesen Controlador a uno de nosotros, todos nuestros secretos saldrín a la luz. “No sé,” dijo Cassie, agitando la cabeza. “Creo que tienes razón, Rachel. Algo va mal en todo esto.” Y en el momento en que Jake abrió la puerta de la casa de Erek y entramos dentro, supe que iba aun peor. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 6:[/b] El señor King, el “padre” de Erek, se encontraba sentado en el sofá. Tenía un mando de televisión en una mano y una barra de pretzel en la otra. Parecía un padre normal y corriente vagueando en un día normal y corriente. Exceptuando el hecho de que su holograma humano había desaparecido, y por ello estaba sentado como si fuese un extraño androide parodiando normalidad. Y, por supuesto, que no era más padre de Erek que yo. Era simplemente otro casi eterno androide interpretando un papel. “Así que no es sólo Erek,” dije. “No,” dijo el Señor King, sin moverse. “Todos los Chee han sido inmovilizados. Los emisores holográficos, apagados. Los centros motores, inhabilitados. Los centros de lógica, sintetizadores de voz y la Chee-net si funcionan con normalidad.” <¿La Chee-net?> preguntó Marco. “Es la Red de Comunicaciones Chee,” dijo Erek. “Tenemos nuestro propio Internet desde los días en que vuestros ancestros se dedicaban a dibujar jeroglíficos en las paredes de las pirámides.” <¿Si? Que guía. AOL. Androides On-Line> [AOL es una compañía de telecomunicaciones internacional] “¿Pero por qué está pasando esto?> dijo Jake. “¿Cómo ha sucedido?” “No lo sabemos,” dijo el Señor King. Marco dejó a Erek en el sofá y comenzó a recuperar su forma. En unos minutos el gorila había encogido y su grueso pelo negro había sido absorbido por la piel humana de Marco. “Tienes que tener alguna idea de cómo ha podido ocurrir. Tíos, pensaba que erais indestructibles,” dijo Jake. Parecía algo molesto. Lo que era normal. Yo estaba molesta, también. Estábamos acostumbrados a que los Chee fuesen muy capaces, muy auto controlables. Es más, no había tenido una mañana muy buena que digamos. “La nave,” dijo Erek. “¿La nave?” “La nave Pemalita.” “¿La nave Pemalita?” repitió Marco. “¿Qué nave Pemalita?” “La que escondimos en lo más profundo de un cañón en el océano hace miles de años cuando llegamos a la Tierra,” explicó Erek. “Eso debería haberla dejado a salvo de intrusos. La presión atmosférica a esa profundidad aplastaría a un humano hasta dejarlo del tamaño de una muñeca.” “Uh, ¿a qué profundidad está eso?” dije. “Cinco mil metros,” dijo el Señor King. Marco silbó. “Cinco kilómetros de profundidad.” Todos le miramos sorprendidos. “Hey,” dijo, “Ya os he dicho antes, que no me duermo en todas las clases.” “Nuestra Chee-net nos conecta a través del ordenador de abordo,” dijo el Señor King. “Esa debería ser la única manera de desactivar nuestros sistemas.” <Entonces ¿qué? ¿Alguien ha encontrado la nave y ha activado los controles?> preguntó Tobías, colocado sobre la televisión mientras se acicalaba las plumas del costado derecho. <Ese supuesto no nos dice quién ni por qué.> “O qué esperan sacar de todo esto,” añadí. “O cómo solucionarlo,” dijo Jake. “Por cierto, ¿Se puede solucionar?” “Si, esa parte será sencilla. Pero el llegar hasta el ordenador va a ser muy peligroso,” dijo el Señor King. “Ser un androide paralizado no es precisamente seguro,” apunté. “Especialmente si alguien sabe que estáis aquí y sois vulnerables.” “¿Y qué hay de los otros Chee?” preguntó Cassie. “Todos igual,” dijo Erek. “Todos han perdido los hologramas y la capacidad de moverse. La mayoría están a salvo, a cubierto. Pero dos de ellos se encuentran en grave peligro. El primero trabaja como portero en un centro de investigación nuclear. Cuando su holograma falló, se encerró en silo que el centro emplea para guardar materiales radioactivos.” “Al menos eso suena seguro,” sugirió Jake. “Sólo hasta que toque cambio de turno,” dijo el Señor King. “A las diez en punto de la noche, todas áreas del centro son inspeccionadas antes de que el turno acabe. Quien quiera que abra ese silo, va a estar expuesto a una altamente avanzada… y no humana… tecnología.” “Si los Yeerks se hacen con nuestra tecnología –“ comenzó Erek. “Ni lo pienses,” murmuró Marco. “¿Tenemos que entrar en la planta Nuclear?” pregunté. “No,” dijo el Señor King. “Es de máxima seguridad. No podríais sacar al Chee sin ser detectados.” “¿Qué hay del otro Chee que has dicho que está en mala situación?” Preguntó Jake con calma. Jake siempre parece tranquilo cuando está de lo más preocupado. “Está en un peligro más inmediato,” dijo el Señor King. “Su nombre humano es Lourdes.” “Está viviendo la vida de bajo nivel,” dijo Erek. “Es una persona sin casa viviendo en la calle.” “¿Una qué? ¿Por qué?” preguntó Cassie. “Necesitamos acceso a todos los niveles de la sociedad para rastrear la actividad Yeerk,” dijo Erek. “Y no os sintáis demasiado mal. Recordad que los Chee vivimos muchas vidas. En sus modos humanos anteriores, Lourdes era una actriz de cine. Con mucho éxito.” “Dormía en un edificio abandonado. Abandonado excepto por el hecho de que una mitad del edificio está siendo utilizada para almacenar mercancías robadas. Es frecuentado por un encargado del requisamiento llamado Strake [Aleta],” Continuó el Señor King. “Creemos que es un Controlador.” “¿Un Controlador que requisa mercancías robadas?” pregunté medio riendo. “Si,” dijo Erek. “Eso le hace relacionarse con grupos de gentes criminales.” “Wow,” dije. “No es todo glamour en la vida de un androide, ¿verdad?” “Dímelo a mí,” dijo Erek. “Yo estoy haciéndo de estudiante.” “Punto siguiente. ¿Dónde está ahora la tal Lourdes?” pregunté. “Ella lo hizo en un armario, bajo las escaleras principales,” dijo el Señor King. “Hay un problema: nos ha llegado información de la policía. Quieren desalojar el lugar. La redada tendrá lugar en unos veinte minutos, y tenemos la certeza de que hay por lo menos un controlador asignado a ese grupo de SWATs.” “¡Veinte minutos!” casi chillo. “Es poco tiempo,” dijo el Señor King como pidiendo perdón. “Pero entenderéis que no podemos pediros rescatar a este Chee. Hay una gran probabilidad de que seáis heridos.” “Hay una gran probabilidad de que seamos heridos cada uno de los minutos del día,” dijo Marco desesperado. “¿Dónde?” preguntó Jake. Erek nos dio la dirección. “Landmarks,” dije impacientemente. “Volaremos hacia allí.” “Tobías, coge a Ax y síguenos,” ordenó Jake. “¡Ya!” Abrí la puerta y Tobías salió volando. “La casa abandonada se encuentra tras la vía de tren. Es de ladrillo, está rodeada por las casas del condado y está cerca del barrio junky,” dijo el Señor King. “Tener cuidado, es un barrio peligroso.” “Claro, estamos realmente asustados por ser atracados,” dije riéndome. “Bien, dejarme hacer esto,” dijo Marco. “Tenemos que rescatar un Chee paralizado de un almacén de mercancías robadas antes de que la encuentren los Controladores. Luego tenemos que sumergirnos hasta el fondo del océano, encontrar la nave Pemalita, entrar como sea y apagar la señal antes de las diez en punto de la noche y así evitar que los Yeerks cojan al Chee del silo del Centro de Investigación Nuclear. ¿Es bastante? ¿O también tenemos que encontrar la Fuente de la Juventud y volver con una galleta baja en calorías que sepa tan bien como un Kitkat?” “Tic-tock,” dije con una mueca. “Tic-tock.” “Estás chiflada,” dijo Marco. “Hay algo más,” dijo Erek. “La señal de la nave Pemalita habrá sido rastreada por las naves espaciales Yeerk que estén en órbita. Tal vez ellos ya estén ahí abajo esperándoos.” [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 7:[/b] <Ya sabéis, si mi padre se entera de que he estado rondando cerca de criminales, voy a estar encerrado un año,> bromeó marco mientras sobrevolábamos la parte sur de la ciudad. <No eres el único,> respondí, cuidando de mantener una distancia entre los otros pero suficiente para podernos comunicar por telepatía. Mientras nos transformábamos, Erek nos había contado cómo entrar en la nave Pemalita. Luego habíamos salido volando a toda velocidad, deteniéndonos sólo para cambiar el canal de la televisión de Erek. Los dos Chee iban a estar atrapados ahí durante un buen rato. Todos alzamos el vuelo, sin descansar un rato. Teníamos energías. Lo que nos faltaba era tiempo. <Las vías de tren están ahí delante,> dijo Jake. <Ojalá Ax estuviera aquí para controlar el tiempo, y algo más.> Teníamos las vías del tren delante de nosotros. Estaban rodeadas de coches destrozados, edificios en mal estado y montones de basura. Mis ojos de águila me mostraban todo: las botellas de licor rotas, los frascos vacíos. Cubiertas de bala gastadas. Filtros de cigarrillos. Graffitis. Incluso el aire se sentía diferente en aquel lugar. Más oscuro. Más gris. Pesadez con ausencia de esperanza. Este campo de batalla ya había sido reclamado por el enemigo. Y, de pronto, ya no estaba tan segura de que pudiéramos recuperarlo. Estaba encantada de que Ax no estuviese allí. No quería tener que explicarle esto. Y dudaba de que Tobías lo encontrase a tiempo para que se vise envuelto. Además, ¿Quién necesita poder de ataque extra? Puede que los ladrones asusten a la gente corriente, pero no a nosotros. Era un entrar y salir, rápido y sencillo. Ningún problema. <Ese debe ser el sitio,> dijo Jake. <La casa con la puerta grande de metal. ¡Vamos allá!> Expulsé todo el aire de mis alas, siguiéndole en el descenso hacia el espeso y sobre crecido jardín de la parte trasera. Teníamos unos cinco minutos antes de que empezase la redada. Tal vez. No era ni siquiera tiempo suficiente para aterrizar, recuperar nuestras formas y volver a transformarnos. No teníamos muchas probabilidades, pero… ¡El riesgo! Aterricé entre malas hierbas y ruinas. Inmediatamente comencé a recuperar mi forma humana. Mi pico desapareció para dar paso a mi cara. Mi cabeza se abombó y creció. Mis piernas se estrecharon, alzándome en el aire al tiempo que mis plumas se disolvían, mostrando mi piel humana. De pronto me sentí vulnerable. Por el momento sólo era una chica. Una chica en el lugar equivocado. Era el momento de volver a transformarme. Algo grande. Algo peligroso. Algo que no se preocupase mucho por las puertas de metal y los nueve milímetros. Jake, Marco y Cassie estaban comenzando sus propias transformaciones. Jake pensaba lo mismo que yo: este era un trabajo rápido. Había que olvidar las sutilezas. El cuerno de rinoceronte ya estaba creciéndole de la frente. Los brazos de Marco eran largos y estaban cubiertos de un grueso pelo negro. La cara de Cassie se había alargado para formar el hocico del lobo. Odio ser la última. Cerré los ojos y comencé mi siguiente transformación rápidamente. ¡SPROOOOT! Mi nariz se desenmarañó como una casa en llamas. Las transformaciones nunca son bonitas, ni tampoco predecibles. Suceden de forma que casi no te matan, aun que a veces se acercan demasiado. Las cosas brotan y desaparecen en extrañas secuencias. Justo eso es lo que acababa de pasar. Tenía una trompa de elefante de un tercio de su tamaño colgándome de mi cara normal. Mis huesos crecían y se recolocaban, expandiéndose hasta que mi cabeza fue suficientemente grande para la trompa– del tamaño de uno de esos geniales Volkswagens pequeños. Mis piernas se ensancharon hasta hacerse tan grandes como una cabina de teléfonos. Mi piel se oscureció y se endureció hasta parecer cuero. Entonces, en uno de esos arranques mareantes, mis piernas como ramas de árboles se convirtieron en piernas como troncos. ¡Crecí una barbaridad! Cuatro metros hacia lo alto, al tiempo que mi cuerpo se hinchaba de músculos, setecientos kilos de pura fibra. Tenía una buena vista y unos excelentes oídos del tamaño de unas toallas de playa. De repente, mi vino el sonido de unas puertas de coche cerrándose. Wham. Wham. Wham. “¡Policía! ¡Abran la puerta!” Un cristal rompiéndose. Madera astillándose. Jake maldijo. <¡La redada ha comenzado!> gritó. <Marco, te toca, encuentra al Chee y sácalo de aquí. El resto de nosotros te cubriremos. ¡Vamos! ¡Venga! ¡Venga!> [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 8:[/b] “¡Abajo! ¡Abajo!” “¡Al suelo! ¡Con las manos en la nuca!” “¡He dicho que abajo! ¡No os mováis!” Habría una docena de policías, todos gritando. ¿Cuánto podría llevarles encontrar al Chee? Y si el policía que era Controlador la encontraba primero… El corazón me latía con fuerza, cargué a través de zarzas y arbustos directa hacia la casa. El suelo temblaba bajo mis pies. Literalmente. Jake estaba a mi lado, manteniendo la calma, siguiéndome de cerca porque los ojos de rinoceronte no le permitían saber muy bien hacia donde iba, La puerta trasera se abrió y un chaval sucio y delgado se escabulló por ella. “¡Eeeeee-YEEEEEE-uh!” bramé. “¡Ahhhh!” gritó el chaval, dio media vuelta y corrió de nuevo al interior. Entonces… ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! ¡Disparos! <Yo primero, luego tu,> dijo Jake. <Claro,> reconocí. ¡WHAM! Jake chocó con la puerta trasera y la abrió, sacándola incluso de las bisagras. Jake siguió adelante. Yo me choqué en la zona de la puerta. Moví mis hombros para meterlos dentro, retorciéndome y deformando el marco de madera. Empujé hacia arriba y todo el techo se combó. Mi enorme cabeza estaba dentro, dentro de la oscuridad. ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! ¡Había flashes por las chispas de las pistolas constantemente! Alguien gritó. Una figura oscura pasó por delante de mí. No llevaba uniforme. Estiré mi trompa y le agarré por el estómago. Le agité fuertemente. La pistola se le cayó de los dedos. Seguí adelante y Marco y Cassie pasaron por el agujero que Jake y yo habíamos hecho. La gente estaba gritando. El aire nos traía ecos confusos. “¡Deteneros o disparo! ¡Hey! ¡¿Es eso un rinoceronte?!” “Hhhhrroooaaar!” Rugió Marco. “Oh, Dios mió, ¡No debería volver a beber!” ¡BLAM! ¡BLAM! Un agudo aullido resonó en todo el lugar. Un lobo. Cassie. ¡Alguien había disparado a Cassie! Colérica, puse mis hombros contra el marco de la puerta trasera y empujé, esta vez con todas mis fuerzas. Los ladrillos combaron a caer junto con cemento desmenuzado. Empujé con más fuerza. Los ladrillos se combaban y la pared entera se colapsó. Una intensa lluvia de ladrillos me rodeó, cayéndome encima, pero apenas los notaba. “¡EEEEEYYEEE!” bramé, saliendo como un trueno de las ruinas. El polvo nublaba mi vista. Me saturaba las pulmones y me hacía estornudar. “¡HA-CHOOO!” La explosión golpeó a una chica esquelética que fumaba un cigarrillo. “Por dios, ¡Un elefante!” gritó alguien. “¡Pedir refuerzos!” gritó un policía. “¡Tienen un circo entero aquí!” Lancé mi trompa e hice volar unas cuantas sillas. <¿Cassie?> <¿Rachel? ¿Dónde estás?> la llamé desesperadamente, derrumbando una pared para buscar en la siguiente habitación. El suelo estaba cubierto de colchones manchados y olía a pis de hace tiempo y otros desechos. Un chaval albino con los ojos en blanco, demasiado apedreado incluso para moverse, estaba ahí tumbado, mirándome. Le cogí por los tobillos y le lancé por el agujero de la pared. No quería pisarle accidentalmente. Ya se encargarían los polis de él más tarde. <Estoy con Lourdes, bajo las escaleras,> lloró Cassie. <Rachel, ¡algún desgraciado me ha disparado en la espalda y no puedo mover las piernas! No puedo recuperar mi forma con tanta gente por aquí.> Una fiera y roja burbuja de ira brotó en mi cerebro. <¡Marco!> grité, atravesando otra pared. ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! “¡Aaah! ¡Me han dado!” gimió un poli desde algún lugar en la oscuridad. <¿Qué?> contestó Marco. <¿Dónde está el imbécil de la pistola?> dije, sacudiendo la cabeza y pulverizando los restos del marco de la puerta. <Está en el rellano que hay justo encima de donde están Cassie y el Chee. No puedo alcanzarle. Me han apuñalado. Nada bueno. ¡Esto es una casa de locos!> gritó Marco. <¡Me tienen!> dijo Jake desde fuera. <Me he perdido y he derribado la puerta principal. Los policías me han rodeado con los coches patrulla.> ¡Esto era de locos! Nos habíamos separado en el fuego cruzado entre los criminales y los policías. Bueno, cada cosa a su tiempo. Lo primero, el tipo de la pistola. El tipo que había disparado a Cassie. Había enloquecido. Y era grande. Nada podía pararme. Madera, yeso y paneles me caían encima como confeti. Estaba destruyendo la casa. Arrasaba con todo. Me encaminé hacia las habitaciones de la entrada. Las paredes cedieron. El putrefacto suelo de madera crujía y cedió. ¡CRRREEEAAAKKK! Tropecé, mis piernas cayeron en la espacio bajo la casa. Un metro de profundidad. Genial. Me levanté sobre la agrietada y astillada madera como un niño lo hace sobre una tabla de surf en la playa. Filos oxidados y astillas de madera me arañaban la piel. Principios de dolor. No tenían importancia. Levanté el suelo con mis colmillos. El tipo con la pistola. Lo quería y lo tendría. Y entonces, de repente, ahí estaba. Agachado en frente de la puerta de la despensa bajo la escalera. Estaba sucio. Escuálido. Con ojos hundidos. Mi vio, también. Apuntó su pistola directamente a mi cabeza. “Andalita,” se burló, y apretó el gatillo. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 9:[/b] ¡Pow! Una punzante y aguda sensación de dolor. Un dolor brutal. La sangre salía a borbotones de mi cabeza, cegándome el ojo derecho. “¡EEEEEYYYEE-uh!” Balanceé mi tromba como un bate de baseball. Sentí como entraba en contacto con su cuerpo esquelético. ¡UMPH! “Aaarggh!” gritó, saliendo disparado a lo largo de la habitación y chocándose contra la mugrienta ventana frontal. Cayó al suelo y se quedó ahí tumbado mientras los trozos del cristal destrozado le llovían a su alrededor. A través de las terribles pulsaciones de mi cabeza, oí unas voces confusas desde la calle. “Hey, ¡ese es Strake! El tipo que buscamos. Rápido, ¡cogerle!” gritó un policía. “¿Y qué pasa con este rinoceronte? ¡Se está cargando el coche patrulla!” “¡Que alguien coja ese gorila antes de que rompa los faros del coche!” “¡No os preocupéis de eso ahora! Tenemos una patrulla de Control Animal y algún veterinario del parque natural de Los Jardines viniendo para acá. ¡Dejar que ellos se encarguen de esto! ¡Simplemente alejaos de ellos!” ¿Cómo? Parpadeé para quitarme la sangre que se me había metido en el ojo. ¿Algún veterinario del parque natural de Los Jardines? Pensé. Oh, genial. ¡La madre de Cassie es la veterinaria de Los Jardines! Y ella es muy hábil con la pistola de dardos tranquilizantes. <Marco, ¿Puedes volver aquí dentro?> llamé, al tiempo que me invadía una profunda sensación de debilidad. <Me han disparado. <Lo voy a intentar, pero ahora tengo unos siete polis con pistolas apuntándome directamente al pecho,> dijo Marco con preocupación. “¡Tseeeeeer!” “Mierda, ¿ahora también un halcón?,” gritó un policía. “Pero ¿Qué es esto? ¿Cuándo Los Animales Atacan? ¡Que todo el mundo deje de disparar o terminaremos disparándonos unos a otros!” <Rápido, Tobías. No nos va nada bien aquí dentro,> llamé, enredando mi trompa alrededor del picaporte de la puerta de la despensa y tirando de ella. <Traigo también a Ax.> Esas eran las primeras buenas noticias que había oído en mucho tiempo. Un androide estaba sentado con normalidad apoyado contra la sucia pared. Un Chee. Un lobo de débil jadeo estaba tumbado en su regazo. Ambos empapados de sangre. <¿Lourdes?> “Hola. Tu debes de ser Rachel. Erek nos ha hablado de ti. Encantada de conocerte.” <Uh, claro, igualmente,> dije, desconcertada por la omnisciencia del Chee. Entonces, <Cassie, ¿Puedes oírme?> dije. El lobo giró su cabeza hacia mí y me miró con sus oscuros y atormentados ojos. <Si> <Recupera tu forma. Hazlo, ahora.> dije, rodeándola con mi trompa y levantándola con cuidado para sacarla fuera de la despensa. <¿Y que me arresten?> rió sin fuerzas. <Ni hablar. Mi madre me mataría.> “¡Alejaos! ¡Correr! ¡Rápido!” Gritos. Golpes. Pisadas. <Aquí estoy. Dejármela a mí,> dijo Marco, apareciendo detrás de mí y cogiendo a Cassie en sus brazos. Le manaba sangre de una profunda herida que tenía en el cuello y de un disparo en un hombro. Además tenía dos cortes profundos a lo largo de su brazo derecho con muy mala pinta. <¿Qué está pasando ahí fuera?> pregunté a Marco, volviendo a entrar para sacar a Lourdes de la despensa con mi trompa. Nada para un elefante. Pueden coger árboles. Un androide es como una pluma para ellos. <Jake se ha largado. Ya está de vuelta.> <¿Cómo?> <Tobías. Ha cogido la pistola de un poli y está volando por ahí como un pájaro psicópata, pegando un susto de muerte a todo el mundo. Incluso Strake intentó escabullirse debajo de un coche patrulla.> <Entonces vamos allá,> dije. <Ahora o nunca,> añadió Marco. A duras penas, nos dimos la vuelta en aquel estrechísimo espacio y nos vimos cara a cara con un policía. Estaba sudando y temblando. No podía culpalo. Pero su expresión cambió. Vi un nuevo temor. Y después, ese familiar sentimiento de odio. “Andalitas,” dijo. Tomó su pistola con desdén y apretó el gatillo. ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! Cassie aulló. Marco se tamaleó tras una sacudida y cayó hacia delante, desapareciendo bajo la oscuridad del entresuelo. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García Dedicado a Hak y a Xavi por su impagable ayuda [/b]

[b]Capítulo 10:[/b] Parpadeé, demasiado conmocionada para moverme. El cortante y acre olor de la pólvora cargaba el aire. Las ráfagas de tiros continuaban sonando en mis oídos. “Entrégame el androide, Andalita,” gruñó el policía. Casi ni le oía. Marco. Cassie. Miré bajo en hueco del suelo. Estaban tirados en una maraña sin vida. Su oscura sangre se encharcaba y avanzaba a través del duro y sucio suelo, propagándose en un círculo infinito alrededor de mi pie, que no dejaba de ensancharse. Montones de pensamientos distraían y nublaban mi mente. Estaba perdida. Atrapada. Las escaleras me cortaban el paso por detrás y por mi derecha, y a la izquierda tenía a Marco y a Cassie. Estaba atrapada entre sus cuerpos bajo mis pies y el Controlador humano policía que se había colocado en lo poco del chirriante suelo que tenía cerca. Si me movía en cualquier dirección que no fuese de frente, aplastaría a Marco y a Cassie. Pero si me movía de frente, estaría muerta. <¿Marco? ¿Cassie?> grité frenéticamente. Nada. Si estuviesen muertos, este tipo habría sido el culpable. Y ahora iba a matarme a mí y a hacerse con Lourdes. Y los Yeerks destriparían el Chee. Se harían más fuertes con su tecnología. Serían incluso más difíciles de vencer. Mis músculos temblaban y el odio ennegreció mi corazón. Ese tipo había asesinado a mis mejores amigos. Incluso tal vez iba a acabar conmigo. Bien. Pero no se haría con el Chee. Porque yo le mataría primero. “Entrégame el androide, Andalita,” repitió, levantando la pistola y centrándola en mi ya centrada frente. Dio un paso adelante, reduciendo el hueco que nos separaba a dos metros. <No. De eso nada,> dije. Levanté mi trompa, montando a Lourdes en mi cabeza. Espero que este guerrero no violento Chee, me perdonase por usarlo como maza. “¡Entrégamelo y quizás Visser Tres te muestre algo de compasión!” soltó. “No tienes escapatoria,” continuó el policía, acercándose más. “Tus amigos están muertos, y tú, serás el siguiente.” No quería morir. Pero de hacerlo, mejor como un guerrero. Una estela borrosa, banca y negra apareció en la esquina de mi ojo. ¿Cómo? De repente, una criatura diminuta, peluda y de aspecto desamparado del tamaño de un gato doméstico apareció caminando hacia nosotros. Parecía del todo inofensiva, a no ser que supieses a lo que realmente estabas mirando. A no ser que conocieras el significado de esa cola a rayas blancas y negras. La mofeta – Ax, supuse – se lanzó entre mis enormes pies, dio media vuelta, apuntó su trasero hacia el Controlador, y disparó sin previo aviso. El aire se cargó del denso y repugnante olor de fresca y potente mofeta. Pensarás que sabes como huelen las mofetas, porque habrás olido alguna muerta en alguna autopista. No tienes ni idea del auténtico e increíble poder de esta arma biológica disfrazada de lindo gatito. “¡AAARGH!” chilló el policía, llevándose ambas manos a los ojos y retrocediendo un paso. Yo casi caigo con él. Ax no me había rociado a mí, pero incluso de cerca es terrible. <Rachel, ¡Ahora!> ordenó Ax, huyendo fuera de su alcance. ¡WHUMPF! ¡C-r-r-r-r-UNCH! ¡Flump! Mi trompa, cargada con el androide, golpeó al Controlador, haciendo ceder sus rodillas y lanzándolo a través del hueco del espacio del entresuelo. Vaciló unos segundos y se quedó tumbado. Seguía respirando, y no estoy muy segura de si me alegré de ello. Tobías voló hacia el interior a través de la destrozada ventana frontal y levantó su trayectoria. <Rachel, ¡la camioneta del Control Animal está justo en la puerta! La madre de Cassie va con ellos ¡y tienen pistolas de dardos! ¡Tenemos que salir de aquí!> <Tengo que coger a Marco y a Cassie,> dije, dejando a Lourdes en un trozo de suelo estable e introduciendo mi trompa en el interior del entresuelo. <La herida de tu cabeza está sangrando mucho, Rachel,> dijo Ax. <Debes recuperar tu forma antes de que te debilites demasiado.> <En seguida,> dije tercamente, hurgando en la oscuridad hasta dar con una de las peludas piernas de gorila de Marco. Enredé mi trompa en ella y tiré para sacarle de ahí. Colgaba boca debajo de mi trompa, sus brazos se balanceaban lentamente, su cuerpo estaba destrozado y recubierto de sangre y suciedad. Y entonces, abrió los ojos. <Para el carro,> dijo débilmente. <Quiero bajar.> <¡Marco!> grité, tan sobresaltada que casi le tiro. <¡Creía que estabas muerto!> <Claro, bueno, siento decepcionarte,> murmuró. El suelo que nos rodeaba tembló. Comenzaron a caer trozos de yeso del techo y las fracturas acabaron con lo poco que quedaba en las paredes. <Yo iré fuera y distraeré a los de Control Animal,> dijo Tobías saliendo de nuevo por la ventana que estaba rota del frente. <Date prisa, Rachel,> apremió Ax al tiempo que caminaba hacia la puerta principal. <Creo que este edificio es inestable.> Alcé a Marco sobre mi cabeza y le coloqué en mi amplia espalda de cuero. <¿Puedes aguantar ahí?> pregunté. <¿Al menos hasta que salgamos de las vías de tren?> <¿Puede Kink Kong escalar el Empire State Building?> dijo retóricamente, cogiendo un puñado del fino y corto pelo de mi cabeza y agarrándome con sus rodillas. Volví a alcanzar el entresuelo y rodeé el frágil cuerpo de lobo de Cassie con mi trompa. Seguía caliente. Sentía su corazón latir a través de su pelaje. Me debilité de alivio. <Cógela,> dije. La subí, mis rodillas temblaron hasta que Marco la puso en su regazo. Me di la vuelta para coger a Lourdes. Casi ni la veía. Uno de mis ojos estaba cegado por la sangre. El otro estaba anormalmente borroso. Levanté al Androide hasta mi espalda. <Al circo más cercano,> dijo Marco. Estábamos a salvo. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García Dedicado a Hak, Xavi y Leyenda_Personal por que sin ellos, esto no sería posible. [/b]

[b]Capítulo 11:[/b] <¡Directos a las vías de tren!,> grité, destrozando el suelo de camino a la puerta principal. <Agarraos fuerte, chicos, ¡por que nos largamos de aquí!> Elevé mi trompa y bramé un intenso y encolerizado grito. Entonces me lancé a través de la salida, dejando atrás un roto en el muro del tamaño de un elefante. ¡WHUMPF! ¡CRRRACK! “¡Whoa! ¡Fuera del camino! ¡Moveos!” “¡Todo el mundo fuera! ¡Necesito un tiro limpio! ¡Retiraos!” Caos. Gente precipitándose hacia todos lados. Tobías, todavía sembrando el pánico con la pistola en sus garras, trataba de evitar que la madre de Cassie obtuviera en tiro limpio con su pistola de dardos. ¡Pop! <Cassie, tu mamita nos está disparando,> dije. Me percaté de que Ax se encontraba justo en frente de nosotros en el centro del suelo, y lo cogí con mi trompa como su estuviera lanzando un rayo a la arremolinada muchedumbre. <Creo que este mecanismo de defensa animal nos asistirá durante nuestra huida,> dijo Ax elevando su cola. <A por ellos,> dije, cargando hacia delante y sujetando a Ax como si fuese un arma. “¡Mofeta! ¡Oh, no! ¡Está rociando! ¡Fuera del camino!” La muchedumbre se disipó. Les oí gritar y les vi hacerse a un lado despavoridos mientras pasaba como un cohete. ¡CCCRRREEEAK! <¡El almacén se está viniendo abajo!> gritó Tobías. <No me sorprende,> contesté, cargando calle abajo. Localicé a Jake por delante de nosotros y le seguí. <¿Dónde vamos?> <¡No lo sé!> se lamentó. <¡Estoy medio ciego!> <Te sugiero acortar,> dijo Lourdes. <Hay un depósito de chatarra al frente a la izquierda y un parking de coches abandonados a l a derecha.> <Yo les guiaré,> dijo Tobís, aleteando por más altitud. <Uh, ¿Rachel?> dijo Marco. <Vas a tener que parar dentro de un poco. No estoy tan bien como pensaba. Lourdes se me está resbalando.> <¿Qué hay de Cassie?> dije preocupada, parpadeando en un intento inútil de limpiar mis ojos. <Sus parpados se están moviendo. Creo que está volviendo en si,> dijo Marco sin aliento. El sonido de sirenas llenaba el aire. Los neumáticos chirriaban por la persecución de los policías. <Gira a la derecha, Jake. Te guiaré hacia el parking de coches,> dijo Tobías. “Rachel, tu hacia la izquiera,” dijo Lourdes. “Sigue la calle sin salida hacia el depósito de chatarra. Puedo ser escondido ahí hasta que la señal de la nave Pemalita sea desactivada.” <¿Sabes eso?> exhalé al tiempo que me tropezaba con un trozo de asfalto roto. <Olvídalo, lo había olvidado: la Chee-net.> <¿Rachel? Llamó Cassie débilmente. <Recupera tu forma, Cassie,> grité, descendiendo desesperadamente la calle desierta directa a las encadenadas puertas metálicas del depósito de chatarra. Dejé a Ax en un lugar seguro fuera del camino bajo mis pies y estampé mi ensangrentada cabeza contra las puertas, hasta que saltó la cerradura. Mi cabeza no se hirió más. No me dolía nada. Me estaba tambaleando. Me sorprendí cuando mis piernas delanteras simplemente se doblaron. Me di un buen golpe, pero no podía sentir mucho más cuando mis colmillos se hundieron en el suelo. El Chee, Cassie y Marco debieron de caerse de mi espalda. Pero yo estaba demasiado confusa para darme cuenta. Confusa. La cabeza me daba vueltas y los ojos se me oscurecían. Nada tenía sentido. Me hundía. Me hundía en una profunda, profunda y suave cama y… y alguien gritaba, <Recupera tu forma, ¡Rachel! ¡Hazlo ahora!> [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Éramos un manojo de animales a medio transformar, monstruos por decirlo de forma casera. Una situación que podría haber sido como caminar por el parque era ahora todo un lío. El chee nos estaba muy agradecido. Y yo, les estaba agradecido a Tobias y Ax, los cuales habían hecho su trabajo. Definitivamente no estaba en uno de mis mejores momentos. Me sentía frágil, cansada y revelada contra el mundo. Quizás porque había sido una de las demasiadas batallas. O tal vez porqué había estado dando vueltas sobre lo que teníamos que hacer a continuación. Zambullirnos cinco mil metros en el frío y oscuro océano. Mas allá de donde nadie había estado antes. Mas allá de donde un delfín o un tiburón martillo podían sumergirse. Contra un enemigo al que no podíamos combatir: la mortal y machacante presión. Me preocupaba, porque no sabia como podíamos vencerla, por tanto ella podría vencernos. Destruirnos. Y todo eso, en un instante. Era una contrarreloj. Tic-Tac No podíamos ir a casa de Cassie, no podíamos arriesgarnos a que sus padres la vieran haciendo nada. Todos teníamos un montón de problemas familiares, pero no teníamos tiempo. Mejor una semana con estos problemas, comparado a perder esta decisiva batalla. Habíamos quedado en los árboles, cerca del prado de Tobías. <Tobías me ha informado de la situación,> dijo Ax. <Y dice que la presión atmosférica es mortal a la profundidad donde debemos ir> “Eso es para nosotros, ax-man” dijo Marco. “Seremos aplastados como una lata de cerveza se mantiene en la frente de un malabarista.” <¿Malabarista? ¿Que es un malabarista?> Preguntó Ax. “Olvídalo Ax” dijo Marco “Es sólo una broma” “No del todo” añadí. “Ohm, humor humano…” Replicó Ax asintiendo. “No del todo” Repetí, mirando a Marco. Sonreí a Marco, pero la verdad es que no había nada de divertido en ser aplastado hasta la muerte. La imagen de esto me invadía. La sensación de ser exprimido en cada centímetro de mi cuerpo, oprimido por dentro, con los órganos internos estallando y… “No se como vamos a lograrlo” dije “ninguna de nuestras formas está capacitada para bucear a tal profundidad, estamos hablando de una misión kamikaze. <¿Kamikaze?> Pregunto Ax. “Significa suicida, Ax” dije “La muerte para ti y para mí.” “Salvar a los Chee no es una misión suicida” Dijo Jake mirándome “Estás exagerando, Rachel” Me quedé con la boca abierta. Claro, ¿Preocuparse por algo letal como la presión atmosférica mortal es exagerar? ¿El deseo de una pizca de aire, cuando la falta de oxígeno está a punto de matarte en el oscuro suelo marítimo es exagerar? ¿Desde cuando? Si eso mismo lo hubiera dicho Cassie, Jake no la hubiera tachado de exagerada. Le hubiera dado la razón. Debería pensar que ella esta siendo mas cautelosa. ¿Por qué no podía ser yo la cautelosa? No, claro que no, pensé amargamente. Soy una supuesta implacable máquina de matar, y las maquinas de matar no tienen sentimientos de miedo, no pueden ser cautelosas. Y si podían, ellos no debían notarlo. “Bien, perdonadme, imagino que debo callar y obedecer ordenes” Dije. “Oye, lo siento Rachel,” Dijo Jake preocupado “Tienes razón, pero no habíamos acabado. Nadie va a sumergirse tan al fondo hasta que no encontremos la forma adecuada.” <¿No hay nada en la Tierra que pueda sumergirse cinco mil metros?> Preguntó Ax. “No lo creo” dijo Cassie, pensando “La única criatura marina capaz de sumergirse tan profundamente es el Cachalote, y su record es de tres o cuatro mil metros, creo” <Podríamos tomar prestada una campana de buceo> se ofreció Tobías <Ya sabes, una de esos pequeños submarinos> “Claro, podríamos decir a todo el mundo que vamos a ver el Titanic” Dijo Marco “Podríamos ir a ver si Leo DiCaprio está flotando por ahí. ¿Pero que hacemos si conseguimos llegar hasta el fondo con un minisubmarino robado? Aun faltaría poder entrar en la nave Pemalita” “Era solo una idea” Dije, defendiendo a Tobías. Cada uno de nosotros tenía alguna situación que como mínimo producía pesadillas. Yo tenía más de una. A veces venían todas mezcladas y fragmentadas. Como cristales rotos que reflejan borrosamente imágenes partidas, confusas. Cada uno de nosotros tenía una forma que odiaba. La peor para Tobías era cualquiera que tuviera que ver con agua. <Parece que tendré que mojarme,> Dijo Tobías sombrío <No estoy totalmente interesado en ser el capitán Nemo.> “¡Claro!” –Grito repentinamente Cassie- “¡eso es! Cinco mil Leguas de Viaje al fondo Submarino ¡Creo que hemos dado con la solución!” [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Hak con la supervisión de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 13:[/b] “¿No era Travesía al fondo del mar?” Preguntó Marco. “No, era Viaje al fondo del mar” confirmó Jake. [Nota del Traductor: Alguno pensará ¿Y dónde está la gracia?. Pues es que en realidad Marco dice Journey to the bottom of the sea y el título original es Voyage to the botton of the sea. Voyage y Journey significan lo mismo: Viaje; y he tenido que cambiarlo un poco para que concordase con la intención de KAA] “Travesía suena mejor,” dijo Marco. [Nota del T: Y es que Voyage, es una palabra en desuso, ahora se usa Journey. Insisto, he elegido travesía por ser un sinónimo de Viaje, que es la traducción correcta.] Jake suspiró. “Hey, cómo pasa el tiempo, ¿verdad? Tenemos que darnos prisa. ¿Qué tienes pensado Cassie?” “Calamari,” dijo con una sonrisa. “¿Caracoles?” dije frunciendo el ceño. <Estoy en contra de ellos,> dijo Ax. “Espera, no es eso–” gritó Cassie. <Tuve la mala suerte de comerme uno sin darme cuenta mientras me alimentaba,> continuó Ax. <No lo vi a tiempo. Lo pisé y lo digerí.> “¿Te comiste un caracol por uno de tus cascos?” pregunté. Ese flash remplazó temporalmente la imagen de mi cuerpo siendo aplastado hasta el tamaño de una Barbie en el fondo del océano. <Si, y la parte de carne estaba bien. Pero, una vez que digerí su cuerpo, la concha fue muy difícil de–> “Muuuuuuy bien, creo que probablemente ya sea suficiente sobre los caracoles,” dijo Jake. “Claro, sobre todo por que calamari no significa caracol,” apuntó Cassie. “Escargot significa caracol. Yo estaba hablando de–” <Tengo una idea: no dejemos de hablar Español,> irrumpió Tobías. “¡Calamar!” gritó Cassie de repente. Los pájaros de los árboles que nos rodeaban entraron en un profundo silencio. Igual que nosotros. Hasta que Tobías dijo, <Uh-uh. Calamari es pulpo, no calamar.> “Oh. A quién. ¿LE IMPORTA?” gritó Cassie. “Calamar. ¡Podemos transformarnos en Calamar Gigante! Bucean realmente bien. Y tendremos brazos, por lo que probablemente podamos entrar en la nave Pemalita.” Observé la mirada de Marco. “¿Y por qué no has empezado por ahí?” “Te habrías ahorrado un montón de tiempo,” reafirmó Marco, continuando la broma. <¿Y que tiene todo esto que ver con vuestro Capitán Nemo?> preguntó Ax. Cassie levantó los brazos. “Es un libro. Travesía al–” “¡Ah HAH! ¡Es Travesía!” “Quiero decir, Viaje al fondo del mar,” se corrigió Cassie. “El Capitán Nemo fue atacado por un Calamar Gigante.” “¿Quién ganó?” preguntó Marco. “Espera un momento,” dije. “No es Viaje al fondo del océano. Es Tres Mil leguas de Viaje Submarino, de Julio Verne.” Parecía que Cassie iba a estrangularme. Entonces dijo, “Oh, claro. Lo de Viaje era una serie de Televisión que ponían en el canal se Ciencia-Ficción.” “Yo pensaba que era en el Nick por las noches,” dijo Marco. En ese momento todos empezamos a reír. “Que alguien llame a los Chee y les diga que están condenados.” Dije. “Su única esperanza es un grupo de chicos estúpidos que está en el bosque discutiendo sobre canales de televisión.” “Hay que darse prisa,” dijo Jake, golpeándose la muñeca en donde estaría su reloj. “¿En qué quedamos? ¿Qué os parece lo del Calamar Gigante? ¿Dónde vamos a encontrar alguno para adquirir?” Cassie sacudió su cabeza, de pronto parecía triste. “No lo sé. Odio tener que decir esto, pero estoy bastante segura de que no existe ninguno en cautividad.” “Bien, entonces no es de mucha ayuda, ¿O si?” dijo Marco. Cassie se encogió de hombros. “No. Y no es que podamos convertirnos en delfines y encontrar uno. El único animal que come Calamares Gigantes es el cachalote.” Pretendiendo parecer menos preocupada de lo que estaba, dije, “Muy bien, entonces adquirimos un cachalote, nos sumergimos y nos hacemos con un enorme calamar.” Cassie agitó la cabeza. “No hay cachalotes en cautividad. Nunca los ha habido.” “Tiene que haber alguna forma,” dijo Jake. Pero sonaba dudoso. “¿Alguien tiene alguna idea?” Nadie contestó. “Estás de broma,” dije. “¿Eso es todo? ¿Nos han vencido?” “Tenemos hasta las diez de la noche,” dijo Jake. “¿Cuánto es eso? ¿Ocho horas? No es precisamente el tiempo suficiente como para ir a cazar ballenas. ¿Cassie?” Levantó las manos, desesperada. “Esta es mi única idea: calamares. La nave Pemalita está demasiado profunda.” “Y es muy poco tiempo,” dije. “La alternativa es tratar de entrar en el complejo nuclear y sacar al Chee. El sistema de seguridad es demasiado fuerte para nosotros. Y hay otro gran problema: los guardias ahí son personas normales, al menos por lo que sabemos,” dijo Jake. “No podemos entrar ahí y dedicarcos a patear el trasero a todo el mundo.” “De todos modos, eso solucionaría el problema de ese Chee en particular,” apuntó Marco. “¿Qué pasa con el resto? No podemos dejarles por ahí petrificados como estatuas de jardín.” Pero al fin y al cabo, esa parecía nuestra única opción. Nos separamos y nos fuimos a casa sin ninguna esperanza. Era deprimente. Quiero decir, ya habíamos fastidiado alguna misión antes, pero nunca tanto como para perder antes de haberla empezado. Ahora los Chee estarían perdidos y los Yeerks obtendría una tecnología que dejaría perplejo incluso a Ax. La presión atmosférica, la fuerza de nuestra propia Tierra, nos había vencido. Cassie se dirigió a su granja. Jake y Marco fueron a la casa de Erek para darle las malas noticias. Tobías y Ax se internaron de nuevo en el bosque. Y yo me fui sola a casa. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Todo parecía normal en mi vecindario. Niños jugando al Jockey por la calle. Adultos barriendo la calzada. Cotilleos sobre el gorila que había estado en el centro comercial. “Y para cuando llegó la furgoneta de las noticias, el gorila ya se había ido,” dijo una mujer. “Pues me han contado que han visto como raptaba a un niño,” dijo la otra mujer con nerviosismo. “Tengo miedo de perder de vista a los niños.” Pasé con cuidado de no mostrar ninguna expresión en mi cara, pero en mi interior mi corazón latía con fuerza. ¿Qué fue una furgoneta de las noticias? ¿Habrán encontrado algo? Habrán seguido nuestros movimientos de alguna forma. ¿Se estarán dirigiendo a una emboscada Jake y Marco en casa de Erek? Aceleré el paso y empecé a correr. Pasé como una fugitiva por la puerta del jardín y la puerta principal. “Estoy en casa,” grité cerrando la puerta tras mi espalda. “Estaba empezando a pensar que habías sido raptada por ese gorila que tiene fascinado a todo el centro comercial.” Contestó mi madre. “Y ahora en las noticias hay algo sobre un elefante en un asunto de drogas.” “¿Si? ¿Elefantes con problemas con las drogas?” dije entrando en la cocina. Mi madre tenía media mesa ocupada con papeles de asuntos legales. La otra mitad estaba preparada para la cena. Cogí el teléfono y marqué el de la casa de Jake. Lo dejé sonar trece veces. Colgué. Llamé a Marco. Respondió su contestador automático y colgué. ¿Y ahora qué? “¿Te has enterado de lo del gorila que ha conducido un elefante en una casa abandonada?” preguntó mi hermana Jordan, encendiendo la televisión. “Apaga eso, Jordan,” gimoteó mi hermana pequeña Sara. “Sabes que no vemos la televisión en las comidas.” “Pero van a enseñarnos al gorila en las noticias,” dijo Jordan, bloqueando la tele para que Sara no pudiese tocarla. “¡Mamá!” “Sara, ver la televisión por esta vez no hará daño a nadie. Venga, siéntate y come,” dijo mi madre ausentemente, pasando sus papeles. “Este es el último fin de semana que tengo para preparar este caso y apreciaría vuestra colaboración.” “Claro,” dijo Jordan sonriendo maliciosamente a Sara. “Estás muy fea cuando haces eso,” dijo Sara. “Mirad, aquí viene la historia,” interrumpí, señalando la televisión. La familiar entrada del centro comercial cubría toda la escena. “En las noticias locales, un gorila que permanece en búsqueda pública, ha irrumpido hoy en el centro comercial armando un intenso revuelo.” Anunció el reportero. “Algunos aseguran que el primate se trataba de un actor promocionando el próximo estreno de una película. Otros, en cambio, insisten en que era un gorila real.” La cámara mostró imágenes de los dependientes de la tienda de Regalos Spencer. Contuve la respiración. “Por supuesto que lo vi,” dijo el chico encogiéndose de hombros. “Tan solo era un tipo con un disfraz de gorila. No era gran cosa. Pero me tiró una lámpara a la cabeza.” “¿Y qué me dice de los rumores sobre que ha raptado a un chaval?” preguntó el reportero con tono solemne. El tipo se echó a reír. “Mire, tenemos de todo por aquí, hasta gente que dice que ha sido abducida por aliens. También vienen un montón de estudiantes.” “Entonces, ¿Usted cree que todo ha sido una broma entre amigos?” preguntó el reportero. El chaval se volvió a encoger de hombros. “Probablemente.” La cámara volvió al estudio. “Además, para añadir más misterio, está el hecho de que todas las cámaras de seguridad dejaron de funcionar durante la estancia del gorila en el centro comercial, por lo que no hay grabaciones que la policía pueda revisar. De todos modos, no ha habido denuncias en conexión con la desaparición de ningún niño. Y la policía niega los comentarios sobre un desalojo en un almacén de artículos robados convertido en un pequeño zoo plagado de animales exóticos.” “Tía, nunca estoy cerca cuando pasan cosas interesantes,” se quejó Jordan, dando un golpe debajo de la mesa. “Burritos. Uhmm.” Mi estómago rugió y empecé a comer. Agarré dos volúmenes de nuestra enciclopedia de hace diez años y empecé a leer mientras comía. Los volúmenes cubrían la “Ba” y la “Ca”, entradas: Ballena y Calamar. Así que entonces no había ninguna grabación. Perfecto. Un problema menos. Un momento. Habíamos tomado un bus para volver a casa. ¿Qué pasa con el conductor? Si los Yeerks le cogiesen, podrían acceder a sus recuerdos y saber exactamente quien somos y donde nos bajamos del autobús. Cerré la enciclopedia, y casi me pierdo la siguiente historia de las noticias. “La ciudad entera está tratando de salvar una ballena de veinte metros que ha quedado atrapada en la costa hace menos de quince minutos,” informó la reportera. “Este es el primer mamífero marino que ha quedado atrapado en la ciudad en nuestra historia. Veamos unas imágenes de la escena en directo.” Se me atragantó el burrito. Tragué con fuerza. El reportero estaba de pie en la playa. Y tras el, un masivo y arrugado muro de ballena. No escuché mucho sobre lo que decía el reportero. Algo sobre voluntarios y la supervivencia de la ballena. “¿Qué clase de ballena es esa?” tartamudee. Mi madre levantó la vista de sus papeles. “¿Hmmm? Oh, acaban de decir que es un cachalote.” Y entonces, la cámara hizo zoom y la ballena y yo nos miramos la una a la otra directamente. Su oscura y solemne mirada observó la mia. Empujé mi silla hacia atrás. Esto no era una coincidencia. Algo o alguien nos quería ahí fuera desesperadamente. Y estaba dispuesto a sacrificar una ballena para ello. “¿No vas a terminarte la cena?” preguntó mi madre al tiempo que cogía el teléfono. “No tengo hambre,” dije, aporreando el número de Cassie. “Hola,” dije cuando contestó. “¿Qué estás haciendo?” “Acabo de venir del granero,” dijo. “¿Por?” Escogí mis palabras con sumo cuidado. Jamás nos fiamos de los teléfonos. “Bueno, estábamos viendo las noticias y hemos visto que tienen un montón de cosas sobre la visita fugaz de un gorila al centro comercia y sobre un cachalote que ha quedado atrapado en la orilla de la playa. Extraño, ¿verdad? ¿Cómo es que siempre nos perdemos las cosas interesantes?” “Un cachalote,” dijo lentamente. “Uh-huh. Bueno, es una pena, pero no hay nada que pueda hacer al respecto. Ya tenemos planes para esta noche.” “Oh, ya, ya lo sé,” dije y entonces, por si alguien estaba escuchando, añadí, “Vas a tener que aprender como trasladarla si no quieres que sea la última cosa que haga.” Ella se echó a reír. “Claro. Nos vemos.” Colgué y dije que me iba a casa de Cassie. Mi madre casi ni alzó la vista de los papeles. En ocasiones, tener una madre ocupada es algo bueno. Salí de casa hacia una calurosa tarde. Alguien estaba jugando con nosotros. Alguien nos manejaba como si fuésemos un puñado de marionetas de trapo. Me estaba volviendo loca. Pero yo era fría enfadar. Una tranquila y fría de enfados. Ya veremos quien sacude a quien. [b]©1999 K.A. Applegate 2003 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Rodeé la parte trasera de la casa y me deslicé entre las sombras de los setos y las vallas. Me quité las deportivas, la chaqueta y los vaqueros y comencé a concentrarme en mi forma de águila de cabeza blanca. Al instante comencé a sentir los cambios. Estaba cayendo como un ascensor con los cables rotos. Mis huesos crujían, ahuecándose y recolocándose. ¡SPPPRRROOOUT! Las alas estallaron en mi espalda. Mi cara se desplazó y abombó. Mi barbilla se desplazó y mi nariz se estrechó y endureció hasta convertirse en un fiero y mortal pico. Las plumas dibujaron el patrón de un tatuaje por toda mi piel, para luego emerger y formar varias capas. Mi vista se agudizó. El cerebro del águila quería cazar. Quería comer. No pierdas el control Rachel. Piensa en lo que tienes que hacer. Y seguidamente, mi mente estaba clara. Extendí las alas y despegué. Primero, tenía que ir a la casa de Erek para asegurarme de que Marco y Jake no habían caído en una emboscada. Sólo por que en las noticias no se hubiese mencionado a nuestro conductor de autobús, no significaba que los Yeerks no lo hubieran encontrado e interrogado. ¡Ahá! Justo debajo, Marco y Jake salían de la casa de Erek y cerraban la puerta. <Hey, chavales, soy yo,> dije, inclinando un ala cuando alzaron la vista. <Escuchad, un cachalote vivo ha quedado atrapado en la playa. Tenemos que adquirirlo. Ir a casa de Cassie lo antes posible.> Sabía que no podían contestarme telepáticamente, por lo que vagué por encima de ellos durante unos minutos en busca de algún signo. Y obtuve uno, tan pronto como Jake tomó una calle y Marco tomo otra diferente. <Muy bien, Jake, ¿Tienes que ir a casa primero?> pregunté. Asintió y comenzó a andar más deprisa. Casi haciendo footing. Marco estaba transformándose detrás del garaje de alguien. Volé tan rápido como pude hacia la pradera de Tobías. Me vio venir le conté todo lo de la ballena. <Yo iré a por Ax,> dijo. <Sabes que esto es imposible, Rachel. Necesitamos un cachalote, ¿y por arte de magia obtenemos uno? No me lo creo.> Giré y me encaminé de vuelta al granero. Cassie estaba posada en un cerezo salvaje esperándome, ya se había convertido en águila pescadora. Marco, también en la forma de águila pescadora, aterrizó cerca de ella. <Puff, ¿Podríamos deletrear todos “coincidencia”?> <Alguien quiere que lleguemos a esa Nave Pemalita,> dije. <O que muramos intentándolo,> dijo Marco en tono grave. Un halcón ratonero de cola roja y un aguilucho entraron en nuestro campo de visión. <¿Dónde está el Príncipe Jake?> preguntó Ax. <Tiene que ir a casa primero,> contestó Marco. <Sus padres le están esperando. Tendrá que escaparse de alguna forma.> Jake apareció veinte minutos más tarde. <Todos apreciaréis esta pequeña noticia: La Alianza está mandando voluntarios ahí abajo para ayudar a salvar a la ballena. Ya sabéis, con las cámaras de televisión por ahí, esta es una ocasión perfecta para ser santos y ecologistas.> O sea, que el sitio iba a estar plagado de Controladores. <Tal vez si, y tal vez no,> dijo Cassie. <Tal vez piensan que es uno de nosotros.> <Estamos siendo manipulados,> dijo Jake. <Pero no por los Yeerks. Ni siquiera ellos pueden disponer de un cachalote y hacer que aparezca en la playa que quieran. Pueden disparar a uno, pero se habla de uno vivo ¿no? No es su estilo.> <¿Entonces quién? ¿Quién se ha tomando la molestia de ir a la Nave Pemalita, usarla para molestar a los Chee, y luego darnos los medios para llegar ahí abajo?> se preguntó Tobías. <Ni los Yeerks. Ni el Elemista. No es su estilo. ¿Entonces quién?> <¿O qué?> dijo Marco. <Venga, en marcha,> dijo Jake. <Simplemente que todo el mundo tenga los ojos bien abiertos. Todo esto me huele mal.> <Tal vez no tengamos mucho tiempo,> dijo Cassie. <Las ballenas atrapadas en la playa no pueden aguantar su peso sobre el suelo. Terminan por aplastarse a si mismas hasta la muerte. Esa ballena se está asfixiando poco a poco.> Sentí un escalofrío de terror. Asfixia. La ballena estaba asfixiándose. Una ballena, atrapada en la playa por lo que podíamos adquirirla. Un peón en el juego de alguien. Prescindible. No si yo podía ayudarla. <Vamos allá,> dije. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 16:[/b] No era un largo vuelo en línea recta. Pero no podíamos volar en línea recta. Teníamos todo un cielo repleto de raptores volando en formación. Bastante descarados. Así que nos mantuvimos alejados y a diferentes altitudes, tratando de no aparentar que íbamos en la misma dirección. Nos llevó un rato alcanzar la playa. No había ni un solo bañista. El sol era débil y estaba bajo. Además, la gente que quedaba en la playa estaba arremolinada cotilleando el espectáculo. Se encontraba justo debajo de nosotros, indefensa, fuera de lugar. Enorme. Empequeñecía al pequeño ejército de humanos que se apiñaban a su alrededor como atareadas hormigas entorno a un pedazo de comida. La ballena parecía muerta. Pero sabía que no lo estaba. Quien quiera o cual fuera el que dirigía este pequeño juego no la dejaría morir. <Erek no nos creyó cuando le dijimos que no podíamos encontrar un modo para llegar a su nave,> dijo Jake. <Dijo, “Lo encontraréis. Confiamos en vosotros.”> <Guau. Y yo que pensaba que los Chee eran listos,> dijo Marco. <Me refiero a que Erek ha estado bastante tiempo con nosotros. Piensa que tiene mejores métodos que confiar en nosotros.> Eso consiguió unas risas de todos nosotros. Erek estuvo con nosotros un tiempo, en un viaje al planeta de los Iskoort donde participamos en una terrible lucha contra una criatura de infinito poder y malicia: el monstruo llamado Crayak. <Yo creo que está inspirado,> dijo Cassie. <Muy bien, entonces, te va a encantar la otra cosa que nos ha contado Erek,> respondió Marco. <Como los penalitas consideran amigo a todo el mundo, su nave se adapta para acomodarse a diferentes formas de vida. Si tocas uno de los paneles de la internad, tu forma de vida es analizada y la nave te proporciona el entorno correcto.> <¿Y como entramos y apagamos la señal?> dije, dirigiéndome a una duna desértica alejada de la muchedumbre que rodeaba a la ballena. <El señor King nos ha dado un código de acceso que nos introducirá en el ordenador principal,> dijo Jake con tono sarcástico. <Que todo el mundo lo memorice: seis.> <¿Seis?> dije. <Seis,> confirmó. Suspiré. <Oye, no dudo de que los Penalitas fuesen una gente maravillosa y todo eso, ¿pero usan un único dígito como código de seguridad? Menudo chasco. Menudo atajo de idiotas.> <Son confiados,> dijo Cassie simplemente. <Están muertos,> dije, así de simple. Aterrizamos tras una duna en una zona de césped descuidado. Tobias permaneció en el aire, siempre alerta. Esto iba a ser un poco espeluznante. Si alguien se pasaba por esa duna y nos veía, saldría corriendo gritando durante todo el camino hasta el siguiente país. Éramos mutantes. Un amasijo de plumas, piel, dedos y alas abultado, estrechándose, palpitando. Gente pequeña y rechoncha con arrugas y garras, piernas y pelo. La primera cosa de la que me di cuenta al volver a ser completamente humana fue el olor. El fresco olor a sal y arena. Las aves de presa tienen un oído y una vista muy superior a los humanos. Pero no en el caso del olfato y el gusto. “A todo el mundo se le ha ocurrido que esto es una trampa, ¿verdad?” dije. “¿Cómo?” fingió Marco. “¿Sospechas de una traición? ¿Cómo es que no he pensado en eso?” Le ignoré. “Muy bien, entonces escuchar, no expondremos a nadie que pueda quedarse aquí.” Jame me sonrió. “¿Te prestas voluntaria?” Me encogí de hombros. “Rachel tiene razón,” dijo Marco. “Si vamos ahí fuera todos nos estaremos arriesgando. ¿Cuántos de nosotros necesitamos que se transformen en ballena?” Jake asintió. “Un par, como mínimo. No pienso mandar a nadie a la caza de calamares sin una retaguardia. Pero los dos tenéis razón. Cuanto menos riesgo, mejor. Entonces escogeremos a dos para que adquieran la ballena. Menos Ax, que no puede porque tiene que estar en su propio cuerpo para adquirir.” “Y eso quizás cause una pequeña conmoción en la playa,” dije. “Dos de nosotros se transformarán en ballena e irán a buscar un calamar,” continuó Jake. “El resto de nosotros usará nuestra forma de delfín y permanecerá en la superficie como apoyo –“ “¿A quienes les toca ser las ballenas?” interrumpí. “Yo iré.” Cassié puso en blanco los ojos. “¿Sabes Rachel? Eres como el empollón de clase que se sienta en primera fila y siempre levanta la mano. ‘¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé!’ sólo que contigo es ‘¡Yo iré! ¡Yo iré!’ ” Me reí al pensar en esa imagen. “Supongo que lo tendremos que sortear,” dijo Jake. Se agachó, arrancó un poco de hierba y comenzó a partirla en trozos. <Ahh. El método científico humano,> dijo Ax. Como de costumbre con Ax, es difícil saber si eso debería sonar a broma. Jake puso sus manos detrás de su espalda y entonces sacó los puños. “Coger. Las cortas son ballenas.” Una parte de mí quería echarse atrás. Tenía malos recuerdos del mundo de las profundidades marinas. Pero la mayoría de mí quería ir, y por la misma razón: porque me asustaba. Tobías aterrizó en una pieza de madera rota de una valla. <En esto estoy dentro,> dijo. Me crucé en su fiera mirada. Le miré con dureza, con la misma que el me miró a mí. <No,> dijo por telepatía privada. Arqueé mis ojos y apreté los labios entre ellos. Yo no podía usar la telepatía, pero Tobías cogería el mensaje. <Rachel, no,> dijo. <No voy a ayudarte a suicidarte.> Marco cogió una brizna. Una larga. Cassie cogió otra. Brizna larga. Miré a Tobías. <Vale, bien,> soltó con tono enfadado. <La segunda por tu izquierda.> Tiré de la segunda brizna por mi izquierda. “Corta,” anuncié, alzándola. <Mi turno,> dijo Tobías. Jake se acercó a él y le tendió su mano. Tobías cogió una brizna con el pico. <Corta,> dijo mirándome con dureza. “Rachel y Tobías,” dijo Jake, dejando caer el resto. Miró a Tobías y luego a mí con cara de sospecha. Lancé una mirada furiosa a Tobías. ¡Él odia el agua! Jamás podrá omitir por completo sus instintos de halcón, instintos que le dirán que definitivamente el agua no es su entorno. Le asusta. Pero ha hecho trampas para coger la brizna corta para él. Mi culpa. Yo había insistido en ir. Tobías no iba a dejarme bajar ahí sin venir para guardarme las espaldas. Más tarde, me sentiría alagada por ese gesto, pero entonces yo simplemente estaba histérica: Tobías estaba arriesgando su propia vida porque yo era lo suficientemente bruta para hacerle hacer trampas por mi. Culpabilidad. Odio la culpabilidad. Jake suspiró fuertemente. “Muy bien. ¿Rachel? Tu y Cassie ir abajo a salvar a la ballena. Que Cassie esté ahí parecerá normal. Todo el mundo sabe que ella es –” “–una abrazadora de árboles amante de los animales,” interrumpió Marco. “Y todo el mundo sabe que Rachel es su mejor amiga. Funcionará. ¿Tobías? Dentro y fuera, tío. Elige tu momento, lánzate, inca tus garras y fuera de ahí. El resto, nos quedamos aquí como refuerzo. ¿Ax? Trasfórmate en gaviota y danos algo de cobertura aérea.” Cassie y yo empezamos a descender la duna. Jake me agarró del brazo y tiró de mí hacia un lugar privado. “Jamás vuelvas a hacer eso,” dijo, más enfadado de lo que yo pensaba. “Por tu culpa Tobías va a ir. Piensa en los demás la próxima vez que decidas hacer una locura.” Me dejó marchar y me alejé un poco conmocionada. Jake no suele enfadarse mucho. Cuando lo hace, se te clava en la mente. “¿Vienes, Rach?” llamó Casse ya debajo de la duna. Oh, por supuesto. Esta fiesta no podía empezar sin mí. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Ax se unió a las gaviotas chillando y acercándose volando en círculos. <Manteneros alejados del grupo de voluntarios,> avisó Tobías. <Chapman está con ellos, y Tom también,> “Deben estar esperando que algo vaya a ocurrir,> dijo Cassie. “Bueno, tienen razón,” dije. “Ya ves,” suspiró Cassie, continuando adelante. Me puse tras ella y la seguí con una mirada decidida. Sentí que se me encogía el estómago. La ballena era un rascacielos derrumbado. Un camión de dieciocho ruedas, uno de los grandes. Una cadena de vagones de tren. Un gigantesco, trágico y suspirante error fuera de lugar. No pertenecía a la superficie. Pero aquí estaba, indefensa. Siendo aplastada lentamente por su propia masa. “Oh, no,” dije suavemente cuando movió débilmente una aleta. Todo ese inmenso poder, y no podía ni salvarse a si misma. Apreté mis manos como puños y me clavé las uñas en las palmas. “Voy a acabar con quien haya hecho esto,” susurré. “Yo te ayudo,” contestó Cassie. Me forcé a mi misma para mirar más de cerca de la ballena. Para estudiarla. Comprenderla. Su cabeza era enorme, como una caja rectangular que ocupaba casi la mitad de su longitud total. Tenía un hocico rectangular pero desafilado, una mandíbula arqueada enterrada bajo la arena mojada y unos pequeños ojos negros relucientes. Me abrí paso a codazos entre unos voluntarios apelotonados cerca del agua y uno de ellos me puso un cubo en las manos. Lo vacié contra uno de los lados arrugados de la ballena. Otro cubo, otro ridículo chorro de agua. La cola de la ballena seguía en el océano y cada unos pocos minutos la golpeaba contra el agua débilmente provocando pequeñas olas. Un tipo, al parecer una especie de biólogo experto en ballenas, gritó, “¡Parad!” La fila de voluntarios paró en el momento en el que el hombre se acercó para sacar sangre a la ballena con una jeringuilla enorme. Rápidamente, eché una mirada a la gente que había cerca de mí. Vi a Cassie más adelante en mi misma línea, que me asentía fuertemente. Apreté mi mano contra el muro de carne gris. Humedad. Calidez. Irritada por la arena que cogía del agua. Sentí como la calma se apoderaba de la ballena. Adquirí su ADN y entró a formar parte de mí, haciéndome, de alguna manera, sentir presuntuosa, pequeña e insignificante. Entonces el biólogo terminó y volvimos al trabajo. Cubo tras cubo. Varias docenas de humanos trabajando duro para salvar uno ballena. Fracasando, pero intentándolo de todos modos. Casi siempre, y por supuesto en ese momento, me sentía realmente orgullosa de mi especie. <El príncipe Jake y Marco deberían moverse. Unos humanos se han detenido cerca de nuestra posición anterior,> dijo Ax, su voz telepática me sobresaltó. Miré hacia la playa y localicé a Jake y a Marco, corriendo y pegando paradas a las olas. Interpretando el papel de chavales despreocupados. Más tarde se volvieron hacia las dunas. ¿Qué pasaba con Tobías? ¿Habría adquirido ya a la ballena? Corría el mayor riesgo, ya que tendría que hacerlo en su cuerpo de ratonero de cola roja. Y no es que los halcones ronden mucho por las playas, precisamente. No obtuve respuestas, así que seguí las pisadas de Marco y de Jake hasta el hundimiento, donde tres gaviotas idénticas estaban esperándome. <¿Has visto a Tobías?> preguntó Marco moviendo su cabeza. “No,” dije, concentrándome todo lo que podía en mi propia forma de gaviota. <¿Y qué hay de Cassie? ¿Viene ya?> preguntó Jake. “Ya conoces a Cassie. Tendrás que decirla que pare de trabajar ahí abajo.” Las plumas me empezaron a brotar. Mi nariz se disolvió y comzó a formarse un pico. Me caí a la arena, encogiendo, al tiempo que la altura de mi cintura se quedaba por debajo de la pendiente de la duna. Extendí mis brazos/alas para estabilizarme. ¡Alá! Una bolsa de patatas fritas con sabor a barbacoa vacía que no había visto antes. ¡Y había por lo menos dos patatas! Todo lo que tenía que hacer era dar un salto sobre ella y– <Rachel. Contrólate,> dijo Marco. Oh, claro. Esa no era la hora del almuerzo. Pero claro, para el cerebro de la gaviota, siempre era buen momento para picar basura. <Príncipe Jake, ha pasado algo,> avisó Ax. <Han visto a Tobías y los controladores están empezando a sospechar.> <¡Vamos para allá!> dijo Jake despegando. Le seguimos, rozando la duna. Tobías estaba posado sobre la espalda de la ballena. Chapman se encontraba debajo de él, sin dejar de observarle. <¡Tobías! ¿Qué estás haciendo?> pregunté. <¡Estoy atrapado! ¡Mi garra está atrapada en una especie de orificio o algo así!> <¡Separaos!> soltó Jake. <¡Ahora!> <Hacer que parezca como que tratamos de echar al halcón de nuestro territorio,> dijo Cassie. <Intentar placar a Tobías. Tal vez le libere.> <Oh, genial,> gruñó Tobías. Aleteamos más fuerte y despegamos, sin preocuparnos de volar juntos. Éramos gaviotas. Encajábamos. De todos modos, no éramos las únicas que revoloteaban alrededor de la ballena. <Vamos a causar estragos,> dije. Gané altura, diez o quince metros, y bajé en picado. Le quité la galleta de la boca a un hombre. Formamos remolinos y graznamos; robamos comida y molestamos a la gente; y utilizamos el ataque final de la gaviota: el misil excremental teledirigido. <Chapman es mío,> dijo Marco. <Preparados. Apunten… ¡hah!> ¡Sploot! Chapman no estaba mirando hacia arriba. Una pena. Me largué de aquel mêlée y me dirigí hacia Tobías. <¿Cuál de las garras?> pregunté. <Oh, tío,> gruñó. <Izquierda> Le golpeé, en todo el pecho, casi sin frenar. Le alcancé justo donde su pata izquierda se unía al cuerpo. ¡Whumpf! La garra desgarró y se liberó. Tobías rodó, resbalando a lo largo de la espalda de la ballena. ¡Zing! Una piedra pasó disparada, un tiro experto. No dio a Tobías por una pluma. Vi a Tom yendo a rebuscar una segunda en las rocas donde rompen las olas de la orilla. Vi el odio en su mirada. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 18:[/b] <Es muy triste,> dijo Tobías. <Los controladores se han reducido a tirar piedras. Hey, unos cuantos de vosotros deberíais ahuyentarme.> Eso hicimos. ¿Se lo habrían tragado Chapman y Tom? Probablemente no. Ambos habían visto demasiadas veces a un ratonero de cola roja. Le conocían. Pero, ¿qué podían hacer? Seguimos la playa, fuera de la vista de los varios equipos de salvamento de la ballena, entonces giramos y nos encaminamos mar adentro. Tobías ganó altura, aleteando fuertemente ya que no había nada más que aire muerto para elevarlo. Cuando estuvo a suficiente altura, comenzó a transformarse en gaviota en el aire. Surcamos las grisáceas y cortantes olas hasta estar seguros de que no podíamos ser vistos desde la playa. Cada vez había menos luz. Es sol, se estaba poniendo. El océano siempre es intimidante. Pero cuando el sol se pone y la oscuridad se cierne sobre las olas, no puedes otra cosa más que sentirte ridículo e impresionado y algo asustado por él. Millones y millones de kilómetros cúbicos de agua. Treinta kilómetros de profundidad en algunos sitios. Extendiéndose por todo el planeta, tocando cada continente y la mayoría de las naciones. Hogar de diez millones de especies, desde microscópicas hasta inmensas. Te sientes pequeño al lado de una ballena. Insignificante. Hasta que te das cuenta de lo insignificante que es una ballena en el océano. Y entonces te encuentras sobrevolando la desértica superficie de ese océano, sobrevolando un misterio que el enclenque Homo sapiens tal vez nunca llegue a entender. Y descubres tu propia insignificancia, tu total debilidad, y es como un peso de plomo sobre tu pecho. No es que el océano sea un enemigo. Es sólo que no le importas. Te alimenta, hace el oxígeno que respiras, cría tus especies y, si no tienes cuidado, te mata. Todo ello sin el más mínimo interés personal. No hay nada que puedas decir al océano. No hay piedad que pedirle. No hay tratos que hacer. Si no tenemos cuidado o cometemos alguna estupidez, nos asfixiará, nos aplastará, nos sepultará por siempre en kilómetros de oscuridad, de agua negra. <¿Rachel?> <¿QUÉ?> chillé, sacudiéndome fuera de mis oscuras imaginaciones. <Iba a preguntarte cómo lo llevabas,> dijo Tobías. Entonces, tras un momento de silencio, dijo, <Grande, ¿verdad?> <Si, demasiado.> Demasiado grande para toda mi bravuconería. Y estaba yendo directa a su corazón. Como una loca, había hecho trampas para enfrentarme a ello primero. Y ahora, arrastraba al pobre Tobías conmigo. Y se suponía que me gustaba. Tras más de una hora de vuelo, Jake aterrizó en la oleada superficie del mar. Habíamos seguido escrupulosamente las indicaciones de los Chee. Aterricé también. Algo fácil para el cerebro de la gaviota, que no tenía preocupaciones personales. El océano me producía una sensación de frialdad, la humedad y el frío se concentraban en mis esponjosas y grasientas plumas. Un peligroso lugar para un humano. Peor aun para un halcón. Tobías aterrizó a mi lado, meciéndose como un corcho blanco y negro en las olas. <Muy bien, recuperaremos nuestras formas y volveremos a transformarnos uno a uno,> dijo Jake. <Cassie la primera. Tobías el último.> Pasados unos minutos, Cassie se había transformado de gaviota a humana, para luego hacerlo en el liso y juguetón delfín. Esto me hizo sentir mejor. Tener un delfín cerca es como tener a mano unas cuantas docenas de salvavidas. <Vente Jake,> llamó ella, influida por l mente del delfín. <¡El agua está buena!> Se sumergió y salió disparada hacia el aire, para dar unas vueltas y volver a sumergirse de cabeza sin salpicar una gota. Uno por uno fuimos haciendo lo mismo. El paso por la forma humana no era nada divertido. Las gaviotas se mantienen en las olas. Los humanos terminamos tragando agua salada e imaginándonos tiburones que emergen de las profundidades. No creo que Ax lo disfrutase mucho más que nosotros. Puede nadar, pero es algo bastante embarazoso de observar. Tobías aterrizó en la espalda de Cassie, recuperó su forma de halcón, entonces esperó a que le alcanzase, montando la espalda de Cassie con sus cortantes garras hincadas en su gomosa piel gris. <Es el momento de la ballena,> me dijo Tobías. “Claro,” grité, tragando agua y escupiendo salmuera. “Vamos allá.” <Tuve una premonición de que, diría eso,> se burló Marco. Bien, vamos a ello, pensé, mientras Cassie y Marco se ponían a mi lado y formaba una imagen mental de la ballena. El agua salada me golpeaba en la cara. Una y otra vez. Me la tragaba. Me ahogaba. Mis huesos se hincharon y se hicieron más pesados, mis ligeros brazos se solaparon frenéticamente hasta que desaparecieron mis dedos y caí al agua. Estaba cansada. Con los ojos ardiendo, miré a Tobías. Su forma de ratonero de cola roja ya estaba cambiando. Abandonó la espalda de Cassie y se tiró al agua. Cerré los ojos y visualicé el cachalote. Y sentí como continuaban los cambios. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 19:[/b] Más y más grande. Inmenso. Me expandía, extendiéndome en todas direcciones al mismo tiempo. ¡Era enorme! Sólo que no era una ballena. ¿He mencionado que las transformaciones son rarísimas? ¿Qué los cambios no se van sucediendo de una forma agradable, ordenada ni gradual? Bien, pues esta metamorfosis fue ridícula. ¡Yo crecía, crecía y crecía! Mi piel se había convertido en un cuero grisáceo como grafito. En la parte trasera de mi cuello tenía una abertura nasal. Mi cabeza era monstruosa y desproporcionada. Pero el resto de mi cuerpo, seguía siendo Rachel. Tenía una cabeza del tamaño de una ciudad, y encima de ella un acre de pelo rubio flotante. <Oh, ¡tio!> gimió Marco. <Oh, ¡No necesitaba ver esto! Rachel, tienes poros tan grandes como baches!> <Esto es definitivamente increíble,> dijo Cassie. <Y no en el buen sentido.> Miré a Tobías. Parecía estar cambiando de forma normal. Si es que alguna transformación puede considerarse normal. Si es que una criatura con plumas derritiéndose en piel puede considerarse normal. <Esto es ridículo,> se quejó Jake. <¡Estoy atrapado en tu pelo!> <¡Se está hundiendo!> dijo Ax. <Su flotabilidad no está equilibrada. Aun conserva los densos tejidos humanos.> <De eso nada,> dije, algo ofendida. Pero tenía razón: me hundía. Y si no terminaba de transformarme, me ahogaría. Probablemente me hundiría hasta el fondo y sobrepasaría la nave Pemalita. Una gran y ahogada Gulliver femenina. Eso me hizo reaccionar. Mis piernas se fusionaron. Mis pies se aplanaron. Mi cabeza se abultó como un rectángulo enorme. Mis ojos se desplazaron a los lados… hasta el punto de estar en zonas completamente opuestas. Mi cuello se ensanchó y una aleta dorsal triangular creció de mi espalda a lo largo de mi columna. Mi piel se arrugó. Mis brazos fueron succionados por mi cuerpo y brotaron las aletas. Me mecí hasta la superficie. Inhalé por la abertura nasal, hasta llenar mis pulmones. Sentí las hondas del agua producida por los saltos y bailes de los delfines. Sentí su juego y un profundo y ancestral parentesco con mis alegres y lisos hermanos. Mis instintos eran seguros. Tranquilos. Confiados. No sentía miedo. No me cuestionaba nada. No tenía dudas. Ni explicaciones que dar. Expulsé una intensa exhalación, expandiendo mis pulmones al máximo de su capacidad y me sumergí, arqueando mi joroba y agitando mi cola triangular en el aire. El océano ya no era un lugar frío y hostil. Era mi hogar. Conocía sus temperaturas y profundidades, sus suelos y grietas. Disparé una ráfaga de pulsos y recibí una “imagen” de todo lo que me rodeaba. Como un boceto en blanco y negro que atravesó mi mente y fue eliminado en un abrir y cerrar de ojos. Estaba empleando la ecolocación. Tenía un sónar natural. ‘Vi’ a los delfines y ellos me ‘vieron’ a mí. Y entonces, me percaté de que otra enorme criatura se movía tras de mí. <Rachel, de verdad que espero que seas tú,> Llamó Tobías. Oh. Claro. La mente de la ballena no era difícil de controlar. El caso era que, ni lo había intentado. Me gustaba la tranquilidad y la seguridad. La ausencia de miedo. <Claro que soy yo,> dije, girándome y empleando el poder de mi gigantesco y musculoso cuerpo para alzarme, alzarme y alzarme hacia la débil luz como un tren descontrolado. Otro tren pasó disparado por mi lado, y competimos hasta la barrera que separa el cielo del mar. <¡Yah-HAH!> gritó Tobías cuando explotábamos la barrera y nos lanzamos al cielo. Nuestras masivas cabezas sobrecargaron el aire fresco de gotas de agua que brillaban a nuestro alrededor. <Muy bien, eso ha estado bien,> dijo Jake. <Quiero ser un cachalote,> lloriqueó Marco. <De eso nada,> dijo Jake. <Tick-tack. Tenemos que ponernos en marcha ahora mismo.> <Sólo necesitamos un poco más de aire,> dije. Exhalé, chorreando agua y aspirando suficiente aire para alcanzar la máxima capacidad de buceo. Los conductos de mi enorme cabeza se llenaron de agua y, de forma completamente automática, los depósitos de cera del cachalote ahuecaron el agua y me enviaron hacia abajo. Trescientos metros. Tal vez incluso cuatrocientos. Directa al territorio del calamar gigante. O eso esperaba. Donde la presión atmosférica podría aplastar hasta la última molécula de aire de un cuerpo humano. <¿Lista, Rachel?> preguntó Tobías. <Lista,> dije, suspirando y tiritando en lo más profundo de mi alma. Tal vez la ballena no estuviese asustada. Pero yo lo estaba. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Arqueamos nuestras espaldas y nos sumergimos, deslizándonos silenciosamente hacia las profundidades del vivo océano. Descendíamos rápidamente, ecolocando grietas y protuberancias, nuestro sonar nos dibujaba imágenes muy básicas e inciertas. Turbias sombras y después, oscuridad total. Total. Como si estuviéramos ciegos. Como si tuvieras los ojos cerrados y te encontrases atrapado en una bóveda subterránea. Sin luz. Los sentidos de la ballena estaban acelerados. No oía, pero se anticipaba. Pronto nos adentraríamos en zona de caza. Donde mi presa a veces me combatía y ganaba. <Hey, Rachel, ¿sabías que no sólo los cachalotes comen calamares, sino que hay gente que cree que los calamares comen cachalotes?> dijo Tobías servicialmente. <Nadie sabe con certeza que comen los calamares gigantes,> dije. <Excepto el hecho de que son caníbales.> <Oh, bien. Genial, ya hemos confesado los dos.> <Si. Ahora me siento mucho mejor.> Busqué en mi memoria los pocos datos que había leído sobre calamares. Tienen unos picos cortantes parecidos al de los loros y ocho brazos cubiertos de grasientos succionadores repletos de dientes como agujas. Y dos largos y poderosos tentáculos para transportar las presas a una distancia considerable para luego acercarla a través de los brazos a su boca. Me di cuenta de que no sabía como las ballenas mataban a los calamares. Pero podía imaginarme de sobra como los calamares mataban a las ballenas. Aun así, nos adentrábamos en la oscuridad. La ballena no temía lo que iba a pasar a continuación. Cazaba para alimentarse día a día. Alguien ganaría la batalla, otro la perdería. La ballena había aceptado este hecho desde el día de su nacimiento. Yo no. Perder no era algo sobre lo que desease pensar. Esta no era una situación en la que pudiera simplemente recuperar mi forma si la ballena era herida. Para recuperar mi forma, tendría que morir. <Entonces, Rachel, ¿Qué te cuentas?> dijo Tobías, sonando, si cabe, incluso más alterado que yo. Solté la única novedad en la que podía pensar. <Bueno, un tipo llamado TT me pidió que fuese al cine con él.> ¿CÓMO? ¿Qué me había hecho decir eso? Si hubiera podido darme una patada, lo habría hecho. <TT, ¿huh? ¿Y de qué viene? ¿de Trubled Teen [Chaval en problemas]? ¿Total Turmoil [Desastre Total]? ¿Trauma Terrible?> dijo Tobías sarcásticamente. <No lo sé, y no es que me interese,> le devolví, irritada por su actitud. <Bueno, debería importarte si vas a salir con él,> dijo Tobías. <Vale, si fuese, lo estaría,> le solté. <Oh.> Silencio. <¿Por qué no vas a salir con él?> <¿Por qué quieres saberlo?> contrarresté. Yo también jugaría a ese juego. <No, no es eso, sólo intentaba sacar un tema de conversación,> dijo. <No es que podamos encender la televisión y vegetar.> <Vale. Si no quieres saberlo, entonces no voy a decírtelo,> dije, disparando una ola de impulsos y estudiando el “dibujo” que obtuve. <Rachel –> empezó. Pero yo no quería hablar más sobre TT y tampoco quería decir a Tobías por qué no había aceptado la cita. No era el momento. <¿Cómo se supone que debemos cazar a ese calamar? Si es que lo encontramos…> dije en cambio. <Quiero decir, los calamares son más rápidos y no es que la ballena pueda girar sobre si misma en este sitio. ¿Qué hacemos? ¿Estarnos por ahí con la boca abierta y esperar que un calamar entre?> <No estoy seguro,> admitió Tobías. <La cosa que leí decía que tal vez las ballenas pudiesen utilizar la ecolocación para aturdir a las presas. Creo que es lo que decía. ¿No?> <Supongo que lo averiguaremos. ¿Ves eso, ese un montón de puntos moviéndose a la vez?> <¿Ver? No veo nada. Oh, te refieres a la ecolocación. Si. Como un banco de peces.> <Podrían ser calamares. Pequeños, no gigantes. El cerebro de la ballena los quiere. Tal vez sean calamares.> <Esta no es forma de cazar,> se quejó Tobías. <Necesitas ver a tu presa. Me refiero a que es lo básico.> <Para un halcón, de todos modos,> dije. <Para cualquier depredador inteligente. Esto es de locos. Perseguir una ecolocación.> <Voy a ver si es verdad eso de que podemos aturdirlos.> CLICK-CLICK-CLICK-CLICK-CLICK. Lancé una ronda de impulsos, a máximo volumen, dirigiendo el sonido hacia el distorsionado tornado de calamares. De repente una parte del enjambre dejó de moverse. <Genial> <No durará mucho,> apuntó Tobías. Ya lo había notado. <Y esos calamares son, ¿cuánto?, ¿medio metro de largo quizás? Estamos hablando de algo que puede estrujarnos y manejarnos como balones en una cancha de baloncesto. Ya veremos cuanto se aturde el grande. Si es que le encontramos algún día.> <Hey, Rachel,> dijo Tobías. <¿Cuánto tiempo crees que hemos estado descendido?> <¿Veinte minutos? ¿Cuatro horas? ¿Quién sabe?> dije melancólicamente. <Empiezo a sentir la presión. Mi cerebro de ballena está entrando en tensión.> Mi parte de ballena quería subir a la superficie. La parte humana llevaba ya un rato queriendo eso. <Dejémoslo un rato,> dije. <O mejor abandonemos.> <O mejor subamos a la superficie un rato y loego volvemos a bajar.> <No quiero tener que volver a hacer esto,> contesté. <Esta será la mayor de mis pesadillas.> <Tu misma. Pero yo no me voy a dar la vuelta. Necesitamos un calamar gigante y una nave espacial aun más grande.> Seguimos con la búsqueda, ecolocando algo que nos dejaría marcados para siempre. De un lado a otro, pero siempre hacia abajo. En una ocasión encontré algo que podría haber sido un calamar gigante. Pero lo perdí. ¡Era una locura! Estábamos tanteando en una oscuridad total. Los rayos de sol jamás habían alcanzado esas profundidades. Nunca. Si toda aquella agua hubiesen sido rocas y tierra, no habría ninguna oscuridad. ¡Estaríamos enterrados vivos! Enterrados vivos en agua. <Vamos a la superficie,> dijo Tobías por fin. Su telepatía sonaba tenue, conmocionado. <Claro,> acepté. Nos dimos la vuelta y nos dirigimos a la superficie. Y ahora el pánico crecía. Puedes andar por la noche por un cementerio y no tener miedo, ya que el terror no empieza a apoderarse de ti hasta que no empiezas a huir. Cuando reconoces el miedo, crece. Y aunque intentaba convencerme a mí misma de que no era el terror lo que me mandaba a la superficie, sino que necesitaba aire, no conseguía engañarme. Corrimos. Propulsándonos como locos hacia la superficie. Nos llevó una eternidad. Arriba, arriba y más arriba. ¡Aire! ¿Dónde estaba el aire? Habíamos bajado durante demasiado tiempo. No volveríamos a alcanzar el cielo. Moriríamos en la oscuridad, para hundirnos y hundirnos en el frío, oscuro y muerto suelo marino. Enterrados vivos en el agua. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Aleteé fuerte, cada músculo de mi cuerpo fue forzado al máximo, de forma desesperada. ¡Desesperada! Y entonces… ¡FWOOOOOSH! Exploté en el aire, fuera del agua, expulsé el aire viciado de mis pulmones y volví a caer en ella. ¡Ka-WHUMP! Tobías apareció cinco metros más lejos. Cogí aire. Lo exhalaba, lo inhalaba y lo cogía como si no fuese a volver a respirar en mi vida. Los otros, en su forma de delfín, no estaban por ninguna parte. En realidad estaba sorprendida, debería haberme dado cuenta antes. No puedes sumergirte varios kilómetros a través del agua y emerger en línea recta. Tobías luchaba con las olas a mi lado. <Podríamos transformarnos en algo con alas,> sugirió. <para encontrar a los otros.> <¿Y decirles el qué?> pregunté, enfadada conmigo misma. <¿Qué nos rendimos?> <¿Quieres volver ahí abajo?> preguntó como si estuviese loca. <No lo sé,> admití. <Oh, dios. O sea, que buscamos a los otros, les decimos que hemos fallado, ¿Y entonces qué?> Yo lo sabía. Y Tobías también. Jake nos llevaría de vuelta a la playa. Esta vez adquiriría el la ballena y se transformaría en ella, con Cassie o Marco. Es decir, que alguno de ellos volverían a este lugar. Con menos tiempo todavía. Con incluso menos posibilidades de conseguirlo. <Esto no tiene gracia,> dijo Tobías. <Ya. Lo sé. Perdóname por haberte metido en esto.> <Oh, calla,> dijo tolerantemente. <Vamos.> Abajo de nuevo. Abajo, abajo y abajo. Hacia el agua como tinta. Tras diez minutos de bajada nos volvimos a separar. <No vayas muy lejos,> me dijo Tobías. Probablemente debería haberle escuchado. Aleteé con fuerza. Disparando constantemente pulsos a mi alrededor. Y constantemente me llegaban imágenes. Desvelando nada lo suficientemente grande como para ser la nave o el calamar. Y entonces, de repente… ¡Un destello de luces! ¡Una onda brillante y luminosa! Casi me echo a reír. ¡Peces! Peces fosforescentes, que palidecieron. Un brillo producto de una reacción química como una insignia de neón en la oscuridad. Los peces se alejaron de mí, pero formando un ángulo. Como si huyesen de algo más. De algo detrás mía, por mi izquierda y – Disparé unos pulsos. La imagen me llegó con una asombrosa claridad. Los detalles eran inconfundibles. Viniendo hacia mí a través del agua como un oscuro y mortal torpedo, estaba un hambriento y furioso calamar gigante de unos veinte metros. Sobra la pregunta de si los calamares son agresivos o no, pensé. Un día de estos, los seis podríamos escribir una actualización muy seria sobre los libros de zoología. Si vivo para contarlo. <¡Tobías!> grité. Disparé una ráfaga frenética de pulsos como una metralleta hacia el calamar. Se tambaleó, tropezando en su carga. <¡Tobías!> volví a chillar, al tiempo que los instintos de la ballena me abordaban. Ella quería matar al calamar. Quería cazar. ¿Dónde estaba Tobías? Cazar, si. Matar, no. Necesitábamos un calamar vivo. A la ballena no le importaba. Eran sus instintos básicos: El hambre y la necesidad de cazar. Luché contra el cerebro de la ballena. Fue muy dócil, casi ni me di cuenta. Pero sólo fue porque iba a hacer lo que la ballena quería que hiciese. En ese momento, pude sentir el poder de ese inmenso e inteligente cerebro que luchaba por llevar a cabo los instintos codificados en lo más profundo de su ADN. Y mientras hacia eso, el calamar se recuperó y vino hacia mi con la única idea de matar. Y desde muy lejos, una tenue voz. ¡Tobías! <Creo que he encontrado la nave Pemalita,> dijo Tobías con una voz casi imperceptible. <Genial. Yo he encontrado el calamar.> [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Un latigazo en la oscuridad. No vi como venía. Me azotó otra vez, con fuerza, rodeándome, agarrándome. ¡Otro más! Los dos con tentáculos de casi diez metros de largo, unos brazos tan fuertes como el acero, rodeándome la cabeza. El calamar usaba los tentáculos para acercar el resto de su cuerpo hacia mí. Sentí la presión que ejercía, el movimiento del agua. Recordé la imagen de una de calamar, un montón de mandíbulas afiladas. Entonces un brazo, grueso, más fuerte que el tentáculo. ¡Y otro más! Comenzó a golpear salvajemente, desgarrando uno de los brazos. Las ventosas me arrancaban trozos de piel, y puede sentir el olor de mi propia sangre en el agua. ¡Mi cola! No podía moverla. Y el calamar estaba encima de mí. ¡Encima de mí! Demasiado cerca para la ecolocación y poder ver algo. Estaba luchando ciegamente. Y al contrario que el calamar, yo no tenía brazos. Era más pequeño, más ligero, básicamente débil. Pero era ágil, y tenía brazos. Yo tenía boca. Imaginé una lucha entre gimnastas, pequeños pero con un completo uso de sus brazos y piernas, y un luchador de ciento cincuenta kilos que lo único que puede usar es su boca. El calamar me estaba observando. Y ahora me estaba hundiendo. Abajo, donde la atmósfera te presiona hasta aplastarte. Abajo, donde mis pulmones me fuerzan para respirar. Abajo, hacia la negra muerte. <¡No!> Me lanzaba y giraba. El calamar colgado encima. Le golpeaba con impulsos. ¡Una vez y otra! Pero mi propio cuerpo lo ayudaba a protegerse. Ecolocaba una vez y otra, pero estaba encima de mi. Entonces, una ráfaga de impulsos golpeó una pared de densa agua y rebotó hacia mí, lo que me devolvió una imagen fragmentada y escalofriante. ¡El calamar era enorme! Su cabeza de flecha, era más grande de un autobús escolar pequeño, estaba presionando cerca de mi cabeza. Era afilado, el pico estaba sólo a unos centímetros de mi ojo izquierdo. Brazos de unos ocho o seis metros y dos largos tentáculos agarrando y desgarrándome. La criatura me pegó sus afiladas ventosas del tamaño de un plato. Me debilitaba. ¡No podía ser! No, suplicaba. No, ¡no podía estar pasando! Pero el tentáculo del calamar me agarraba, agarraba, implacable, como una pitón, atrapando mi cola, paralizándome. ¡CLICK- CLICK- CLICK- CLICK- CLICK! Impulsos de ballena, ¡pero no eran míos! <¡Tobias!> <Prepárate, Rachel, ¡Estoy aquí!> Tobias gritó y disparó otra vez El calamar se retorció. Sentía sus espasmos de dolor. Sus brazos caían lejos de mí. <Tobias… la lucha… he perdido mucho aire… ¡tengo que volver a la superficie!> <Ve,> dijo tajante. <Te veré allí.> Quería quedarme. Debía quedarme. Si el calamar mataba a Tobias… ¡No había elección! <¡Ve!> gritó. Atacó al calamar con otra ronda de impulsos, directo y desde cerca. Fui. No tenía elección. El celebro de la ballena estaba gritando. Subí rápidamente, pero tuve que hacerlo una y otra vez, era eterno. La ballena estaba debilitándose. Vacilando. Sus sentidos estaban nublados, inseguro. Confuso. <¿Rachel? ¿Tobias? ¿Es uno de los dos el que está subiendo? Os hemos estado buscando…> Era la voz de Cassie. Cercana, muy cercana. <Soy yo,> dije sordamente. <Casi lo tenía. Pero estoy muy cansada.> <¡No! ¡Sigue nadando! ¡Estas a solo unos metros de la superficie! ¡Hazlo!> Gritó Cassie. Nada, me dije, forcé a mi doloroso cuerpo para que se moviera. ¡Nada! Esta vez no exploté en el aire. Subí, casi inconsciente, muy exhausta incluso para apreciar el aire que estaban sintiendo mis pulmones. <¿Dónde está Tobias?> me preguntó Cassie, poniéndose junto a mí. <El calamar. Está debajo luchando con él,> Dije exhausta. <Debo volver, tengo que ayudarle.> <No,> dijo Cassie. <No.> Otro delfín salió disparado junto a mí. <¿Rachel?> dijo Jake. <¡Tengo que ayudar a Tobias!> <Gracias, pero no es necesario,> dijo Tobias. <¡Tobias!> <Por supuesto. Mi calamar y yo. ¡Hah! Halcón o ballena, no hay presa que se me resista. Venir aquí. Ver esto.> <Todos con cuidado,> grité a los demás al llegar al lugar. <¡No le dejes que te agarre!> <Wow,> dijo Marco, al tiempo que la capa escarlata del calamar entraba en mi campo de visión. <¡Hablando de una cara que sólo una madre podría amar!> <Seguramente se comió a su madre> dije severamente, lanzándome a matar. <Y ahora me lo voy a comer yo.> <Uh, yo no diría eso, Rachel,> dijo Tobias. <No he pasado por todo esto para que tu ahora lo mates. Golpéalo.> <Lo tengo,> dije riendo. Ahora, a la luz de las estrellas y la luna, pude ver al enorme calamar, ojos negros, tamaño invariable, los ojos más grandes de la Tierra, mirándome directamente a mí. Me golpeó con uno de sus tentáculos. Lo mordí. Salía una espesa sangre verde. Amordacé mi poderosa boca en uno de los brazos del calamar y lo agarré. Tobias hizo lo mismo. Los dos a la vez. Teníamos al calamar acorralado. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Juan Ruiz García con la supervisión de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Aguanté al ahora desarmado calamar en la superficie para que Jake, Cassie, Marco, Ax y finalmente Tobias lo adquirieran. Fue fácil. No es que fuese una fiesta, unos humanos, un Andalita y un halcón golpeándose en las olas, presionando manos y garras a la vez en la criatura. Afortunadamente el calamar respondió con normalidad al ser adquirido. Permaneció calmado y pacífico. <Tu turno, Rachel,> dijo Jake. Volví a mi forma, encogí del tamaño de un edificio al de un humano. Fue algo más normal que la transformación en ballena. Todo mi cuerpo encogió proporcionalmente. Entonces, al final, volví a ser una chica completamente fuera de lugar, tenía hasta mi cuello congelado por el agua y manchado por la tinta y la sangre del calamar. Me acerqué a la enorme cabeza con forma de flecha del cefalópodo. Necesitaba tocar a la criatura. Acabé tragando varios litros de agua manchada de tinta. Tuve que prolongar el período de adquisición para no perder el contacto con el calamar inmovilizado por Tobias. Como dije. No fue una fiesta exactamente. Cuando estuvimos listos me volví a transformar en ballena para arrastrar al calamar a una distancia prudente. Una vez realizado, el pobre calamar recuperó su control, se fue bajo el agua, a su relativa seguridad lejos de nosotros. “Bien, esto debería ser genial” – Marco escupió agua salada- “debería ser interesante” <Creo que será una transformación interesante,>dijo Ax. <Muchos brazos.> “Terminemos con esto,” dije, ya con mi forma humana. “Hay un largo descenso. Y no tenemos mucho tiempo.” <Dos de vuestras horas y siete de vuestros minutos,> dijo Ax. “Ax, son los minutos y las horas de todo el mundo,” dijo Marco. “Mis horas son tus horas. Esto es la Tierra. ¡Un minuto es un minuto!” <Ahora tenemos dos de vuestras horas y seis de vuestros minutos,> dijo Ax secamente. “¿Tobias? ¿Puedes llevarnos a donde encontraste la nave?” Preguntó Jake. Tobias estaba más o menos siendo sujeto en el agua por Jake y Cassie. No era un pájaro feliz. <Puedo intentarlo,> dijo. “Muy bien. Todo el mundo a transformarse. Terminemos con esto.” He experimentado muchas transformaciones raras. He sido más cantidad de animales de los que muchas personas han visto en su vida. Creía que estaba preparada para cualquier cosa. Pero esta, fue rarísima. Me concentré y comencé a sentir los cambios. En realidad no “sientes” las cosas que pasan durante una transformación. Casi sientes algo lejano. De la misma forma que sientes el taladro de un dentista tras la anestesia. No es dolor exactamente. Pero tampoco es normal. Podía oír el sonido de mis entrañas retorciéndose. Entonces alcancé más abajo y sentí como mi estómago se contraía. Mis órganos internos se deslizaban para pasar al Espacio Zero hasta que volviese a reclamarlos. ¡Me estaban vaciando! Mis brazos y piernas empezaron a estirarse. Más y más, Más y más lejos, hasta una distancia absurda. Mis brazos adquirieron la forma de garrotes que los marcaba como tentáculos. Mis piernas eran dos de los ocho brazos normales. Normales. Sí. ¡Sploot! ¡Sploot! Me brotaron más brazos, creciendo desde mi pecho, mi espalda y mis costados, seis nuevos brazos, como serpientes arrastrándose fuera de mi carne y creciendo al tiempo que emergían. Tenía la horripilante imagen de ser un huevo, con serpientes rompiendo el cascarón. Era un montón de serpientes retorciéndose. <Bien, ya tenemos toda una nueva pesadilla,> murmuré. Y entonces, bajo toda esa maraña de brazos extendidos, cientos de baches dentados con agujas del tamaño de platos brotaron como llagas. ¡Flimp! Mi cabeza se estiró. Y de pronto se curvó, como si mi craneo se hubiese derretido. Mis ojos de separaron hacia los lados y la parte alta de mi cabeza comenzó a crecer más y más, como un dibujo animado con un chichón fuera de control. Y mis entrañas parecieron filtrarse dentro de esa cavidad de la cabeza. Mi piel se volvió marrón. Y colgaba de mí como una camiseta de diez tallas más. Me sentía como si llevase una capa. Una capa de poderoso músculo. Mis ojos se volvieron enormes, como piscinas redondas llenas de oscuridad. Me había hundido en el agua, tal vez quince, o veinticinco metros, sin contar mis brazos, que se extendían mucho más. Pero aun veía. Los ojos del calamar eran tan buenos como los de un búho viendo con poca luz. O quizás mejor. Entonces, mientras probaba lentamente mis brazos, mientras los cientos de ventosas se tensaban y relajaban, sentí como la mente del calamar se elevaba sobre la mía. ¡Otros clamares! Todos alrededor mía. Y yo tenía hambre. Mucha hambre. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García. Inidicada por Juan Ruiz García. [/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Algo se alejaba de mí. Otro calamar gigante, flotando, con los brazos extendidos como una flor repugnante. Vi la capa. Mi carne. Me sumergí en el agua y la fui retirando como un propulsor a toda potencia. ¡Me lancé con toda mi fuerza! Dejé caer mis brazos hacia las profundidades, enrollándolos y extendiéndolos hacia mi presa, moviéndolos a cámara lenta a los ojos de mi parte humana. ¡El otro calamar no se estaba dando cuenta! ¿Cassie? ¿Era Cassie? ¿A quién le importaba? Cassie calmaría mi hambre tan bien como – Se sacudió al tocarla. Sus brazos salieron disparados hacia mí. <¡Hey!> se quejó. <Oh… oh, perdona,> dije. Mi parte humana había recuperado el control. <Estaba…> <Ya se lo que “estabas” haciendo,> dijo Cassie. <He tenido el mismo problema. Pero no he empezado a comerte.> <Ya he dicho que lo siento.> <Muy bien,> dijo Jake. <¿Tobias? Marca el camino.> Era fácil de decir. Pero casi imposible de hacer. La gente cree que bucear es como bajar por un acantilado. Pero estamos hablando de cinco kilómetros de agua. Cinco kilómetros de corrientes y contracorrientes. En una oscuridad tan absoluta que tras el primer kilómetro ni el tan adaptado ojo del calamar podía ver nada. ¡Por no mencionar el hecho de que no había nada que ver! Había dos relojes haciendo tick tack en nuestras cabezas: uno pequeño de unas dos horas hasta que la cámara de la central nuclear se abriese y un Chee paralizado fuese descubierto. Y dos horas para quedarnos atrapados en la transformación. Y la mayor de las complicaciones: Si recuperábamos nuestras formas, seríamos aplastados, nuestros cuerpos se retorcerían hasta que los huesos se rompiesen fuera de nosotros como alfileres en un acerico y nuestras cabezas se reventasen como melones demasiado maduros. Lo que significaba que había un tercer reloj: el punto de no retorno. El punto desde el cual ya no tendríamos tiempo para poder alcanzar la superficie de nuevo. O encontrábamos la nave Pemalita antes de ese punto o… Pero Tobias no encontraba la nave. Se suponía que era enorme. De unos cientos de metros de larga, según los Chee. Pero supón que sabes donde se encuentra un edificio de cientos de metros. Luego lo abandonas y caminas cinco kilómetros a través de la oscuridad. Ahora imagínate encontrando el camino de regreso. Completamente ciego. Alcanzamos el suelo marino y Tobias nos guió por un camino y por otro. De un lado para otro, hundiéndonos como musgosos torpedos a lo largo de un basto y muerto desierto, nuestros propulsores levantaban nubes de arena, pequeñas rocas y los restos de todo aquello que había podido morir en los cinco kilómetros de agua que había por encima de nosotros. Una y otra vez, flashes de fosforescencia. Y entonces, oscuridad otra vez. <He metido la pata,> dijo Tobias. <¡Tendría que haber permanecido en mi forma de ballena! ¡No puedo ecolocar! Me guío por mis instintos aquí. ¡Es de locos!> <Nos encontramos en el punto sin retorno,> avisó Ax. <O volvemos, o esperamos encontrar la nave Pemalita.> <Tenemos que retirarnos, Jake,> dijo Tobías, sonando derrotado. <No está funcionando.> <¡Esta misión ha estado fallando desde un primer momento!> dijo Marco, explotando por la misma frustración que todo estábamos sintiendo. <Hemos sido manipulados por alguien, que ni siquiera sabemos quién o qué es. Todo esto está reparado y yo estoy –> <¡Un momento!> dijo Cassie. <¡Veo luces!> <Sólo son esos peces brillantes,> dije. <No. No. ¡Mira!> Era imposible calcular una distancia en la negrura, en el negro océano, pero sí, ¡Ahí había luces! Una hilera de ellas, descendiendo en una línea cuesta abajo. <Siete… Ocho… Cuento ocho,> dijo Jake. <¿Qué son?> pregunté. Marco hizo un resoplido en nuestras cabezas. <¿Cuánto te apuestas? Yeerks.> [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 25:[/b] <No creo que esos tipos estén de nuestro lado,> dijo Ax, y se quedaba corto. <Esta vez estás equivocado Ax-man,> replicó Tobías. <Se dirigen al mismo sitio que nosotros. Guiados por la señal de la nave.> <¡Nos marcan el camino!> dijo Cassie. <¡Acerquémonos!> dijo Jake. Nos desplazamos. Succionábamos agua… la expulsábamos… dentro… fuera… Nos impulsamos a lo largo del suelo oceánico, encaminados hacia el lugar al que apuntaba la cadena de luces. ¿Estábamos cerca? ¿Lo estaban ellos? Era imposible de saber. Entonces… <¡Whoa!> Sentí como el suelo se abría debajo de mí, dejando ver un basto y profundo cañón. Y ahí, descansando cómodamente justo debajo del saliente de éste, emitiendo un débil brillo verde, estaba lo que no podía ser más que una nave. Y no una nave humana. Era, tal y como habían dicho los Chee, de unos cientos de metros de largo. No nos habían dicho que forma tenía. Pero el tenue exterior verdoso estaba bastante claro: la nave Pemalita había sido diseñada como una caricatura de ellos. Como si alguien hubiese hecho un dibujo animado de un Pemalita, exagerando la vagamente cabeza canina, haciendo las esbeltas patas traseras regordetas y la barriga rechoncha. <¡Se parece a Snoopy!> dijo Cassie. Era verdad. Era de ese estilo. Como un enorme, prominente y tenue Snoopy verde. <No es que sea la Nave Espada, ¿verdad?> dijo Jake. <Los Penalitas no la construyeron para ser un arma,> dijo Cassie. <Es un juguete. La construyeron por diversión.> Miré hacia arriba. La línea de naves Yeerk seguía encima de nosotros. Quizás a un kilómetro y medio. O tal vez a treinta metros. <Entremos> Nos propulsamos hacia el cañón. El panel de acceso exterior estaba claro. Convenientemente definido. <Aquí está el panel de adaptación medioambiental del que Erek nos habló,> dijo Jake, colocando una fila de ventosas encima del liso rectángulo. <Veamos lo que el ordenador Pemalita hace con esto.> Una luz amarilla resplandeciente parpadeó dos veces, para nuestros ojos era tan brillante como un flash. Jake retiró su largo y viscoso brazo, y usando sólo la punta, pulsó el número seis. Inmediatamente, el lateral de la nave se desplazó y se abrió, mostrando una cámara de descompresión lo suficientemente grande como para acomodar seis calamares gigantes. <Genial,> dijo Marco, siguiéndonos en nuestra entrada. <Podría decir igualmente, “Hola, clamares gigantes. ¿Una fiesta para seis?”> Miré hacia atrás cuando la puerta de descompresión empezó a cerrarse en una maraña de brazos y tentáculos gigantes. Las luces de fuera eran más grandes ahora. Estaban más cerca. La nave al completo comenzó a brillar, como las bombillas de esos interruptores con muelle. Iluminó el estante de rocas. Iluminó un par de peces que se espantaron. E iluminó la cercanía de lo que parecían ocho cazas insecto. La puerta exterior se cerró. <Tenemos compañía acercándose,> dije. <Acabemos con esto. Tenemos que entrar y apagar la señal,> dijo Jake. Una puerta interior comenzó a abrirse. <Erek dijo que dispondríamos de una atmósfera diseñada para sostener nuestras formas de vida,> dijo Jake. <Esperemos que esté preparada para los calamares.> <Claro. Preparada con masa y aceite hirviendo. Calamari para diez mil,> dijo Marco. Nos apretujamos poco a poco a través de la puerta en el interior de la nave. Las luces de la zona se encendieron, lentamente. Y Erek tenía razón. Había un entorno esperándonos. <Oh. Dios. Mío.> dijo Cassie. Seguíamos nadando. Seguíamos en el agua. Bueno, más o menos. Cada uno de nosotros se encontraba suspendido por encima del suelo en una burbuja de agua personal y flotante. Como un dirigible de agua. Me propulsé y la burbuja se movió conmigo. Lancé uno de mis brazos a través de la burbuja de agua hacia el aire enfrente de mí. Sentí sequedad. La burbuja no estalló. <Oh, tíos, si pudiéramos hacernos con esta tecnología, podríamos abrir un parque acuático que marcase las reglas para los futuros parques acuáticos,> dijo Marco. <Sí, ese ha sido mi primer pensamiento también,> dije. <La conquista de los parques acuáticos.> Tras la burbuja había un mundo de magia. Un exuberante césped verde y púrpura alfombraba todo el suelo, formando unos patrones: Remolinos, zonas de cuadros de diferentes colores como los de los tableros de ajedrez, flores tan abstractas como las de Picasso o Van Gogh. Árboles y arbustos en colores de Crayola creciendo en densas y silenciosas arboledas. Un reluciente río, fluyendo lentamente hacia una cascada y hacia su ondeante lago posterior. Cada lugar era inexplicable, lleno de colores vivos, alegres máquinas funcionando que, de alguna forma, sólo podían ser juguetes. A nuestro lado, navegando en el aire, estaba lo que parecían largas serpientes con plumas. Proyectado en el arqueado techo, lejos y por encima de nosotros, había unos diseños de nubes y cielos como nunca en la Tierra. Después de esos miles de años, todo esto seguía funcionando. Sólo el silencio permanecía desolador para recordar a las especies perdidas. <¿Dónde está el puente?> preguntó Ax. <Se parece a tu nave cúpula, Ax-man, sólo que mucho más chula,> dijo Tobías. <Si, bueno, tenemos que hacer sitio para las armas,> respondió Ax despectivamente. <Que es por lo que los Andalitas siguen existiendo y los Penalitas no.> <Tocado, tocado,> dijo Marco. <Tiene que haber un puente,> dijo Ax. <Incluso en este carrito espacial para niños tiene que haber uno.> <¿Aquel árbol?> sugirió Cassie. <Veo luces y todo eso.> Nos propulsamos, dentro de nuestros globos de agua y llegamos al árbol. Bastante claros, una serie de paneles de tono oficial estaban incrustados en el tronco. <Esto es absurdo,> dijo Ax. <¿El puente es un tronco de árbol? Los Andalitas amamos a los árboles, pero esto es ridículo.> <Apaga la señal y salgamos de aquí antes de que entren los Yeerks,> dijo Jake. Una luz roja parpadeaba en uno de los paneles. Justo debajo había un botón. <Estaba pensando en pulsar ese botón,> ofreció Marco. La burbuja de agua de Ax se movió hacia un lado de Marco. <Tal vez deba hacerme cargo yo de esto,> dijo Ax. Una voz telepática y alegre resonó en nuestras cabezas. <Saludos, amigos. Estamos muy contentos de tenerles abordo. Aun así, no queremos que accedan a este panel. Es posible que accidentalmente puedan hacerse daño a ustedes mismos. Y eso sería muy triste.> Ax pulsó el número seis. <¡Ese es el código correcto! Nuestra preocupación estaba fuera de lugar.> <Ahora que hemos conseguido penetrar sus increíbles sistemas de seguridad…> dijo Marco con una risa. <Muchas gracias, amigo. Ahora tiene acceso al panel de control. Haga la elección que más le convenga. Cuando haya terminado, esperamos que se una con nosotros a algún juego, a una deliciosa comida o que simplemente se relaje y disfrute.> <Esto es muy extraño,> dije. <Ya sabes, oí que Disney estaba construyendo un barco de cruceros. Tal vez sea este.> Ax comenzó a comunicarse con el panel de control. No le llevó mucho tiempo. <Todas las funciones normales de los Chee han sido restauradas,> dijo la voz Pemalita. <¿Desea algo de comer?> Y entonces… <La secuencia de destrucción de los Chee ha sido activada. ¿Está seguro de que es lo que desea? Todos los Chee del perímetro serán autodestruidos en quince minutos.> <¿QUÉ?> gritó Cassie <¿Qué ha pasado?> preguntó Tobías. <No lo sé,> admitió Ax. Y entonces, justo de repente, el negro océano nos envolvió. <¡Ahhh! ¿Qué dem…> <El casco se ha vuelto transparente,> dijo Ax, el primero en darse cuenta. El mundo/parque seguía ahí. Pero el cielo proyectado había sido reemplazado por el agua como tinta. El casco exterior ahora era como cristal. Y a través de ese cristal pude ver la fila de Caza Insectos. Ocho. Alineados fuera de la cámara de descompresión. Podíamos verles. Podían vernos. A través del tabique transparente hermético, a través del casco transparente y a través de la luna frontal del caza insecto suspendido, vi los fríos y duros ojos de una cara Andalita. Una cara Andalita. Pero la sombra de malicia que se emanaba a través de esos dos grandes ojos y a través de los ojos gemelos de las antenas, no era Andalita. <Visser Tres,> suspiré. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 26:[/b] <No tienen el código,> dijo Cassie. <¡El código es un solo dígito!> dijo Marco. <¿Cuánto tiempo crees que…> El caza insecto giró, acercando una puerta trasera y poniéndola en contacto con la cúpula invisible del exterior. Un Hork-Bajir saltó al interior. Un Taxxonita se deslizó tras él. Y entonces, casi moviéndose con fragilidad tras abandonar el caza insecto e introducirse en la nave Pemalita, apareció Visser Tres. <Ni siquiera podemos transformarnos,> grité por la frustración. <¡Puede vernos!> Los Yeerks descifraron el código. La compuerta exterior a la cámara de descompresión se abrió. Los cazas descargaban Hork-Bajir y Taxxonitas en la nave Pemalita. Éstos formaban entorno a Visser Tres en la cámara de descompresión, algunos se agolpaban para alcanzar posiciones preferentes. <¡Nos tienen en bandeja!> dijo Tobias. “Oh, ¡Menudo dilema! Oh, ¡Menudo drama! Oh, ¡La tensión y la excitación de todo esto!” La voz era nueva. No era telepática. Era alta, aguda y chirriante. <¿Quién dem… ¿Cómo?> dijo Jake. <¿De dónde viene esta voz?> “De aquí mismo, Jake. De mí, Gran Jake. Jake, el reacio líder. Jake, el tan cargantemente decente. Un asesino Santo: lo que más odio.” <El maestro de las marionetas,> dije. <El tipo que está detrás de todo esto.> <¿Dónde estás?> preguntó Jake. <Ven aquí y muéstrate.> “Sal, sal de donde estés,” cantó la voz con mofa. “Por supuesto. Incluso saldré con las manos en alto.” Apareció por detrás de un árbol. Se movía sobre dos piernas, con el cuerpo suspendido hacia delante equilibrado por una cola regordeta. Caminaba como un pájaro o un dinosaurio pequeño. Y alzó las manos, pero eran unas manos débiles, unas cosas endebles, con muchas articulaciones, pero claramente diseñadas para trabajos muy ligeros o muy poca gravedad. La cabeza era sorprendente en ese cuerpo casi completamente reptil: vagamente humana en su forma, con una mandíbula arqueada y ancha, con unos ojos inteligentes pero despiertos. Estaba arrugado, como un pulgar tras un largo baño. Su carne era oscura, casi negra. Los ojos y la boca los tenía bordeados de verde. <Muy bien. ¿Qué es eso?> preguntó Tobias a Ax. <No reconozco esta especie.> <No sé que especie puede ser, pero mejor que llamemos a la Asociación de los Cultivadores de Pasas,> dijo Marco. “Oh, ¡Marco, el gracioso!” gritó la criatura, dando una palma. “¿Cómo está mamita, Marco? ¿Sigue viva o está muerta? ¿Pega alaridos de terror con el Yeerk en su cabeza?” Marco alcanzó a la criatura con dos largos tentáculos. Pero ninguno tocó a esa cosa marchita. Ambos se detuvieron y volvieron hacia atrás. “¿Así que estáis aquí todos juntitos?” se mofó la pasa. “Cassie, ¿La hipócrita? ‘No creo en la violencia . . . excepto cuando la practico.’ Aximili, ¿la lamentable y pálida sombra de su difunto hermano? Si sólo hubieras insistido en ir junto a Elfangor, tal vez habría vivido. Muy mal. Y Tobías, ah, si, Tobias. ¿El chico no tan atrapada como un pájaro, eh, sino tan falto de coraje como para retomar su vida como humano? Y Rachel. Mi Animorph favorita.” La cosa sonrió una sonrisa sin labios. “Rachel, Rachel. ¿Sientes la adrenalina hervir por el deseo a matar? ¿Sientes la urgencia de salir de ahí y destruirme? Claro que sí. Tu y yo tenemos eso en común.” <¿Quién eres?> respondí, intentando ignorar la furia que tan claramente había visto él en mí. Intentando, de igual modo, ignorar el terror. Esa cosa nos conocía. Conocía todo sobre nosotros. Quienes éramos, que éramos. Todo lo que tenía que hacer era decírselo a los Yeerks. Entonces, incluso si escapábamos, estaríamos acabados. “¿Aun no os habéis dado cuenta? Ooh, que lentos. Permitir que me presente,” dijo. “Soy el Drode. Es una palabra de mi especie. Significa ‘Postal Salvaje’.” <Crayak,> dijo Jake. <Eres su criatura.> “Oh, muy listo, Gran Jake, Príncipe Jake. ¿Has matado ya a tu hermano? ¿No? Bueno, lo harás.” <Crayak te envía,> contestó Jake con calma. <¿Venganza?> El Drode sonrió abiertamente. Entonces la sonrisa desapareció. “Venganza,” dijo. “Arruinaste sus Howlers. Arruinaste su plan para con los Iskoort. No le gustas a Crayak, Gran Jake. Ninguno de vosotros.” Entonces miró directamente hacia mí. “Aunque tu, tengas pontencial.” Lo dejé pasar. No quería pensar en qué podría significar. <Todo esto ha sido preparado por ti,> dije. <Provocando el mal funcionamiento de los Chee. Preparándolo todo para que pudiésemos escapar del centro comercial sin ser vistos. Mataste a ese cachalote. Y ahora, iniciando la autodestrucción de los Chee.> “¿Asesinato de ballenas? ¿Yo?” dijo el Drode con mofa de horror. “No, no, no. Ese cacho bulto de la playa está justo en el límite del conocimiento del propio yo. Y jamás mataría a una criatura consciente de sí misma. Tu ballena sobrevivirá.” <Las reglas,> dijo Ax. <Tienes que actuar según las reglas que dictan el Ellimista y Crayak.> “Sí, sí, oh sí,” se burló el Drode. “No se debe alterar el balance. Al menos, no directamente. ¡Pero! ¿Y crear problemas? Sí. ¿Crear oportunidades? Sí. ¿Jugar el papel de postal salvaje? Por supuesto. Y ahora, se terminó la charla. Los Yeerks están aquí por vosotros. ¿Os aniquilarán en el acto? O ¿Os harán Controladores? No me importa. De cualquier forma, mi señor me recompensará.” <Pensaba que no podías matar criaturas conscientes,> dijo Cassie desesperadamente. <Esas son las reglas ¿no? Pero activaste la autodestrucción de los Chee.> El Drode rió. “Son máquinas, estúpida chica. Androides.” <Nos estás matando,> dijo Tobías. <Estableciéndonos en una situación imposible. No podemos cambiar aquí, a plena vista de los Yeerks. Lo sabes. Sabes que no podemos contraatacar. Es lo mismo que matarnos. Asesinato.> “Tonterías,” dijo el Drode. “Siempre hay una salida para vosotros. También es parte de las normas. Ahora, sino la encontráis, bueno…” La criatura volvió tras un árbol. Un árbol demasiado estrecho como para ocultarlo. Y entonces desapareció. Miré hacia la izquierda. Hork-Bajir y Taxxonitas llenaban la cámara de descompresión. Veinte o tal vez más Hork-Bajirs. Media docena de Taxxonitas. Y Visser Tres: todo un ejército por si mismo. ¡Atrapados! Recuperar nuestras formas, y desvelar nuestro más valioso secreto, un secreto que protegía a nuestras familias tanto como a nosotros mismos. O simplemente esperar a morir. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 27:[/b] <No creo que les vaya a llevar mucho tiempo llegar aquí. Estarán en unos–> Empecé a decir. <¡Tinta!> gritó Cassie. <¡Tinta!, esa es la salida. Disparad vuestra tinta. Eso enturbiará estas burbujas de agua. ¡Estaremos fuera de vista y podremos cambiar sin que los Yeerks vean nuestra fase humana!> <¡Hacerlo!> gritó Jake. <¡Ax!> <Si, Príncipe Jake, lo sé,> contestó. Ax sólo tenía que recuperar su forma. Tenía que conseguirnos un poco de tiempo. <Yo, también,> dij Tobías. Inmediatamente, una oscura y densa nube de tinta emanó de mí como un denso muro de niebla, extendiéndose más y más, bloqueando y eclipsando todo a su paso. No podía ver a través de ella. Pero tampoco sabía cuánto podría durar. Comencé a recuperar mi forma. La velocidad lo era todo. Ax y Tobias tratarían de frenar la avanzadilla Yeerk, pero sólo podrían ganar unos segundos contra ese ejército. Empecé a encoger, haciéndome pequeña en comparación con esa enorme burbuja. Mis tentáculos se enrollaron al tiempo que las ventosas desaparecían y los picos de mi boca se transformaban en dientes. ¡Demasiado lento! Pronto sería una humana, tragando agua. No. ¡Un momento! Agua. Sí, era agua. Agua negra. Opaca. <¡Hey! Nadar hacia la parte superior de vuestras burbujas. ¡Ahí podréis respirar sin ser vistos!> Empecé a gritar justo cuando mi telepatía se cortó. Era una criatura mitad cefalópodo y mitad humana, un horror, una cosa escurridiza, delgaducha, con pelo rubio y unos tentáculos arrugados. Nadé hacia arriba. A través de un agua como la tinta negra. Como el agua del exterior de la nave. Mi cabeza, que cada vez era más humana, atravesó el tope. A mí alrededor se extendía una delicada y balanceante burbuja de agua- tinta. Podía ver el techo por encima de mí, y a Tobias aleteando con fuerza en busca de altitud. Podía ver los redondeados bordes de la propia burbuja flotante. Pero no podía ver a los Yeerks. Y si no podía verles, ellos tampoco podían verme a mí. Comencé a cambiar de nuevo. De las puntas de mis dedos brotaron unas cortantes y curvadas garras, tan largas como cuchillos. Una piel gruesa y peluda se extendió por todo mi creciente cuerpo. Y donde habían estado mis dientes humanos, crecieron unos resplandecientes colmillos. Buceé, cómo sólo puede hacerlo un oso pardo, hacia la oscura burbuja. Buceé en picado. En picado hasta que mi enorme y peluda cabeza emergió por el fondo de la burbuja, que se encontraba a unos tres metros de la hierva. De repente, caí. ¡WHAM! Aterricé sobre mi hombro. Rodé y me levanté sobre mis pies. Los otros caían a mí alrededor. Un tigre, que se deslizó fuera de la burbuja que estaba más cerca y aterrizó con la facilidad que le permitía la agilidad de la que mi oso carecía, un lobo y un gorila. Las enormes burbujas negras continuaron flotando sobre nuestras cabezas como bajas nubes de tormenta. Por delante de nosotros, a unos treinta metros, no más, estaba Ax. Y encarándose a él, un pequeño ejército Yeerk. Tumbados en el suelo se encontraban dos Taxxonitas, enormes, unos ciempiés con patas como agujas. Habían sido abiertos en canal por la hoja de una cola Andalita. El resto de Taxxonitas los devoraban ruidosamente, con sus rojas bocas redondas descendiendo para rasgar y desgarrar a sus hermanos. El propio Visser Tres tenía un corte tan profundo que casi le arranca uno de los ojos de sus antenas. Una obra de arte de Tobias. Pero la pausa fue temporal. El Visser se estaba preparando para reanudar su ataque. <No me gusta nada este asunto,> dijo Marco. <A mi me gusta más ahora que hace cinco minutos,> contesté. <Bueno,> dijo Visser Tres. <Nos volvemos a encontrar. Por última vez. Jamás saldréis vivos de esta nave. Y este…> Deslizó su mano hacia un Hork-Bajir. Entre las garras de éste, había un halcón. <¡Este ha sido el primero en morir!> No lo dudé ni un segundo, ni lo medité. Caí sobre mis cuatro patas y cargué. Con una agresividad pura y descomunal. Pero entonces, ¡Un movimiento! ¡Un taxxonita cruzándose en mi camino! Lo plaqué como un tractor pasando por encima de un caracol. “¡SKKKRREEEEE!” chilló. Vacilé por el shock y el dolor. Hundí mis dientes en su cabeza. Su repugnante sabor invadió mi boca. Agité mi cabeza con furia, desgarrando al taxxonita en dos. Rasgué toda la parte anterior de su cuerpo que todavía se retorcía con mis garras, empujándolo hacia un lado. Pero había arruinado mi carga. Había perdido mi oportunidad. Con un profundo estruendo – animales, Hork-Bajirs y Taxxonitas – la batalla hizo erupción. Cargamos; Cargaron. Explotamos los unos contra los otros. <¡Detrás de ti Rachel!> gritó Ax. Pude ver un turbio movimiento. Me giré justo cuando el Hork-Bajir me cortaba con su brazo lleno de cuchillas, lo sentí como un hachazo hundiéndose en mí cadera. La agonía explotó en mi cerebro, haciéndome actuar de forma frenética. “¡RRROOOAAARRR!” grité, mientras me daba la vuelta tambaleándome por el dolor que me golpeaba como cientos de agujas ardientes por todo mi cuerpo. Cassie pegó un salto e hincó sus dientes en la nuca de uno de los Hork-Bajir. Cerré mis mandíbulas en el Hork-Bajir y lo sacudí hasta que cayó al suelo como una muñeca de trapo. Pasé por encima de él. La batalla encolerizaba la exuberante y pacífica nave Pemalita con escenas de pesadilla, gritos y rugidos, sangre e ira. “¡Guhroooar!” Marco, en su forma do gorila, salto desde un abultamiento de rocas y cayó justo encima de un Taxxonita. “¡SSSRRREEEE-wah!” cayó, retorciéndose, atléticamente, sus manos con garras y con la gracia de las de una langosta cliqueaban; y chasqueaban al ejecutar sus golpes mortales. El tigre, liso y poderoso, pasó como un rayo, abalanzándose sobre la espalda de un Hork-Bajir y hundiendo los colmillos en su cuello. El Hork-Bajir se estremeció, chilló y se desmayó. Tres enormes y enfurecidos Hork-Bajir rodeaban a Ax y lo hacían retroceder hacia la orilla del pequeño lago. Uno de ellos se abalanzó hacia delante, cortando a Ax con sus cuchillas del brazo. Un brillo rápido alertó de que Ax había chasqueado su peligrosa cola de escorpión. El fuerte brazo salió volando y cayó en el lago. El Hork-Bajir gimió y cayó al suelo. Los otros dos se adelantaron. Gruñendo salí como un rayo hacia ellos. Me alcé sobre mis patas traseras. Y tropezando, me tambaleé hacia un lado al ceder mi pierna herida y choqué contra uno de los Hork-Bajir, haciéndole caer al suelo. Por un momento, nuestros ojos se encontraron. De repente, me recorrió un escalofrío, éramos algo más que guerreros en bandos opuestos. Éramos cada uno de nosotros. Y por un momento, el mundo se detuvo. Pero entonces… ¡Slash! Su brazo se abalanzó, con la cuchilla de su muñeca por delante. Retiré mi cabeza hacia atrás y rodé hacia él. Atacó de nuevo y me alcanzó en un costado. Me giré alzando mi pata derecha. No tenía la suficiente firmeza como para lanzar zarpazos a su velocidad. Pero hizo lo que no haría un oso pardo corriente: eché hacia atrás mi puño y le golpeé en toda la cara. Recogí su cuerpo inconsciente. La batalla estaba por todas partes. Y estábamos perdiendo. La hierba estaba recubierta de los Taxxonitas y Hork-Bajir caídos. El aire, viciado con los chillidos de muerte y enturbiado con el cálido y cobrizo hedor de la sangre. “¡Ghafrash!” dijo un Hork-Bajir cargando hacia Jake. Jake lo esquivó, rugiendo. Cassie cojeaba, arrastrando una de sus patas traseras rotas, gruñendo y esquivando las garras Taxxonitas. Marco, sangraba por una de sus mejillas que caía abierta. Sus enormes y poderosas manos aferraban y exprimían con fuerza el cuello de un Hork-Bajir. Ax daba vueltas y se deslizaba con la maestría de una perfección mortal. Pero perdíamos. Aun que sólo fuese por que Visser Tres, rodeado de su guardia Hork-Bajir, estaba transformándose. Crecía. Haciendo aparecer alguna espantosa creación de algún lejano planeta. ¡Enorme! Y mortal. No podíamos derrotar a todos aquellos Hork-Bajir y Taxxonitas. Mucho menos a ese monstruo. “¡Ah-hah-hah! ¡Maravilloso! ¡Encantador! ¡Perfecto!” cacareó felizmente el Drode. “Me encanta el olor de la batalla. Oh, ¿J-a-a-ake? ¿Has muerto ya?” Había vuelto a salir de detrás del mismo árbol, aparentemente obviado por cualquier peligro. <Tu. Al menos acabaré contigo,> dije. El Drode mostró su enorme sonrisa de bordes verdes. “Ya sabes, Crayak puede verte, Rachel. ¿Por qué permanecer con estos enclenques? En realidad te pareces más a nosotros que a ellos.” <¿Una oferta de trabajo? Qué bonito.> “Si, ¿No crees? Puedes salir viva de este débâcle. Sólo tienes que hacernos un pequeño favor: mata al pesado de tu primo. A Crayak le gustaría verlo. Y a mí también. Mata a Jake.” Eché una carcajada. <¿Matar a Jake? Nah. Creo que prefiero matarte a ti.> Me lancé a por el Drode. Me esquivó con facilidad. El impulso me hizo rebasarle, directa a un par de Hork-Bajir. ¡Slash! Mi otra pata trasera cedió. Cedió como si estuviese hecha de goma. Me alcé a medio camino sobre las cuatro, pero no pude alcanzarles. Se rieron, viendo mi situación. Se rieron de mí, de mi impotencia. De pronto… algo nuevo. Algo de metal y marfil, moviéndose a una velocidad inhumana, no era un Hork-Bajir ni un Andalita. Corría hacia el árbol. Visser Tres lo golpeó con una de sus garras mutantes, pero la criatura de metal y marfil se limitó a bloquear el golpe. <¿Erek?> susurré con incredulidad, mientras uno de los Hork-Bajir se inclinaba para abrirme la garganta. “¡No! ¡Nooooo!” rugió el Drode, que tampoco podía creerlo. Erek alcanzó el árbol. Aporreó algo en el panel de control. De repente, los Hork-Bajir se movían muy… muy… despacio… “Oh, esto no es lo que tenía en mente,” dijo el Drode. Rodé hacia un lado y alcancé para cargármelo. Pero mi pata también se movía muy… muy… despacio. La voz telepática de la nave hablo. <Autodestrucción de los Chee desactivada. Y sentimos mucho tener que decir que el programa de contención de hostilidad ha sido activado. Es una pena desperdiciar nuestro preciado tiempo en luchar. Una vez se hayan reparado los daños en ambas partes, tendremos que pediros que abandonéis esta nave.> “Y os preguntáis que por qué Crayak destruyó a los Pemalitas,” dijo el Drode, enfurecido. “Que criaturas más tediosas que eran. ¡Androides pacifistas! ¿Cuál es el cometido de unas máquinas que no pueden luchar? ¡Habrían podido dominar la galaxia con sus Chee como guerreros!” El campo de batalla estaba congelado. Sólo Erek y el Drode podían moverse. Erek, con cuidado, cogió a Tobías de las garras del Hork-Bajir. El Drode se acercó a mí. Se internó en el violento cuadro: el mío y el de los dos Hork-Bajir. Se inclinó, lo suficiente como para susurrar algo que sólo yo pudiese oír. “Todos tus amigos se sienten aliviados. ¿Lo estás tú? ¿Te alegra que se haya restaurado la paz? ¿O te reconcome no poder empujar esas mortíferas garras diez centímetros más, para rasgar esa garganta descubierta?” El Drode sonrió. Cruel. Con maldad. “Si alguna vez te encuentras desesperada, Rachel. En extremo. Con pura necesidad. Recuerda esto: la vida de tu primo, es tu pasaporte hacia la salvación en los brazos de Crayak.” Y entonces se fue. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

[b]Capítulo 28:[/b] La nave Pemalita cuidadosamente, con educación y con constantes lamentaciones, reunió a los Yeerks, incluyendo a un furioso y colérico Visser Tres y los devolvió al interior de sus Caza Insectos. <¡Os mataré a todos! ¡Me cargaré esta nave, pieza por pieza! ¡Volveré y nada podrá pararme! Moriréis, todos vosotros, Andalitas y… y quien quiera que sea el que controla esta nave, ¡Os mataré a todos!> dijo Visser Tres repetidamente. <Lamentamos enormemente que hayáis pasado un mal rato,> dijo la nave. <Quizás volvamos a encontrarnos otro día y podamos disfrutar de algunas actividades agradables juntos.> Una vez que los Yeerks se habían ido, volvimos a transformarnos y deshicimos el camino tal y como habíamos llegado. La nave fue muy educada con nosotros también. Pero quería que nos fuésemos igualmente. Habían pasado diez minutos desde el momento en que apagamos la interferencia con los Chee hasta el instante en que Erek llegó a la nave para interrumpir la batalla. Diez minutos para, desde tierra firme, alcanzar un punto que se encuentra a cinco kilómetros bajo el agua. Si le hubiese llevado quince… El Drode tenía razón en una cosa: los Chee tenían poderes que habrían convertido a los Pemalitas en los dirigentes de la galaxia. Todos esos poderes, y lo único que querían los Pemalitas era jugar, aprender y ser felices. Antes de que alcanzásemos la superficie del océano, la nave Pemalita fue movida. En esta ocasión, a una profundidad que sólo podía alcanzar un androide. Era ya tarde cuando llegamos a casa. Y estábamos cansados. Destrozados y frágiles por un día endurecido por la lucha. Cada uno de nosotros le contó a sus padres las mentiras pertinentes, y cada uno fue regañado. Y no creo que a ninguno le importase. Pensé en si debería decirle a Jake algo sobre la estúpida oferta del Drode. Pero al final decidí que no. Estaba segura de que jamás cedería. Lo sabía. En serio. Conocía mis límites. Los conocía. Pero lo que el Drode y su diabólico maestro Crayak habían visto en mi interior, era real. Y Jake lo sabía. Confiaba en mí, pero tal vez llegasen momentos de duda… Jake ya tenía suficientes cosas de las que preocuparse. Al día siguiente fui a correr a la playa. Jamás podrías imaginar lo grande que era el sitio en el que el cachalote estuvo, luchando por respirar. En las noticias habían dicho que un inusual cambio en el viento había producido que unas corrientes arrastrasen a la ballena hasta ahí. Por supuesto, yo sabía que no. Sentí una pequeña sombra pasando por encima de mí, tapándome el sol por un momento. Ni siquiera miré hacia arriba. Seguí corriendo. Tal vez encontrase un sitio lo suficientemente escondido por delante para poder transformarme. Unos cuantos minutos después, “¡Hey! ¿Rachel?” Me di la vuelta, sorprendida de encontrar a TT corriendo hacia mí. “¿Qué?” dije, suspirando en cuando me alcanzó. “Bueno, uh, sólo me preguntaba,” comenzó. “¿Te preguntabas el qué?” dije, metiéndome las manos en los bolsillos. “Bueno, uh, si querrías venir al cine conmigo, cuando termines,” respondió nerviosamente, mirándome. Se me encogió el estómago. Era guapo de verdad. Y tan normal… Tan no Tobias. Seguro que nunca se había comido un ratón. Por otro lado, nunca se había transformado en un cachalote y había buceado hasta el fondo del océano mientras su cerebro intentaba sin resultados suprimir su terror, sólo por cuidar de mí. Abrí mi boca para decir, “Claro.” Pero en lugar de eso dije, “Hey, ¿No hablas Español? ¿De cuantas formas te tengo que decir ‘no’?” Me llamó algo que ya me había dicho antes. Y se largó. Era bastante probable que no me lo volviera a preguntar. <Hey, era guapo,> Dijo Tobías desde el cielo. “Oh, calla, fanático de los ratones,” dije. Se rió. Me conocía muy bien como para tomárselo en serio. <¡Lo he oído! Y lo que te ha llamado también. El chaval es tan perceptivo como guapo.> “Lo sé. Voy a ponerme unas cuantas plumas y a subir ahí arriba. Echa un ojo por mí.” <Siempre lo hago,> contestó. [b]©1999 K.A. Applegate 2004 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

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