#33 La ilusión

Sinopsis:

Tobias, el resto de los Animorphs, y Ax ya tienen bastantes problemas: salvar el mundo, mantener su identidad como un secreto, hacer los deberes… Y ahora tienen algo más que añadir a la lista. Los yeerks han descubierto un modo para hacer que una persona recupere su forma si está transformado, y con este nuevo dispositivo Visser Tres planea capturar a los “bandidos Andalitas”.

¿Qué hacer ahora? Los Animorphs y Ax tienen claro que tienen que hacerse con dicho dispositivo –o serán capturados por los yeerks. Además le riesgo de ser capturado es muy alto. Por eso es que Tobias tiene que llevar a cabo su único plan. Alguien tiene que adquirir a Ax…

Datos del libro:

El libro tiene 156 páginas divididas en 27 capítulos.

Narrador

Lo narra Tobias, quien siempre ha tenido una vida difícil. Tuvo que vivir con familiares que no le querían, soportar la humillación de matones y, ahora que es un ratonero, tiene que luchar día a día por mantenerse con vida. Pero nada de esto puede compararse a las penurias que tiene que vivir en manos de un loco Subvisser, que por medio de un aparato hará revivir a Tobias todos los dolores del pasado.

En realidad nadie esperaba que los yeerks pudieran construir un rayo anti-transformaciones. Para un andalita ese sería un terrible inconveniente, pero para unos adolescentes humanos que se están haciendo pasar por “bandidos andalitas” supone una muerte cierta –para ellos y para toda su familia. Sólo tienen una opción: Tobias tiene que transformarse en Ax; así podrá fingir que es un andalita transformado en halcón. Cuando el rayo anti-transformaciones lo obligue a transformarse, Tobias recuperará su verdadera forma y los yeerks pensarán que el rayo no funciona. Sólo hay un problema –el Subvisser loco, Taylor, es la que está al mando del proyecto. Y nada le gustaría más que pasarse el resto de sus días torturando a sus “bandidos andalitas” cautivos…

Nuevas palabras

Elupera: lugar del planeta Andalita.

Shormitor: Esculturas hechas con la cuchilla de la cola andalita.

Torf: Movimiento de lucha andalita consistente en dejar inconsciente al enemigo en lugar de matarlo.

Utzum: Rito espiritual andalita ancestral.

Nuevos personajes

Taylor: Es la portadora voluntaria de Subvisser 51. Lo hizo a cambio de una cirugía que le reconstruyese las partes del cuerpo que perdió en un incendio, incluyendo su cara.

Sr. Feyroyan: Personaje del pasado de Tobías. Fue un profesor suyo.

Profesora Powers: Una mujer que dio a Tobias un segundo hogar cuando nadie más parecía quererle.

Rick Stathis: Uno de los matones que hicieron de la vida de Tobias un infierno.

Nuevas transformaciones

Tobias se transforma en andalita (24) para intentar engañar a los yeerks.

[b]Capítulo 1:[/b] Mi nombre es Tobias. Y no creo que me hubiera sentido peor aunque hubiera tenido que hacer una exposición improvisada sobre la revolución francesa delante de todos los alumnos del colegio. Bueno, de acuerdo. Sospechaba que eso sería difícil. Pero ahora estaba allí, ese viernes por la tarde. De hecho, incluso cuando era un chico normal no me gustaban demasiado las fiestas del colegio. Siempre fui un solitario, y jamás había llamado en exceso la atención. ¡Pero eso era antes! Ahora que paso la mayor parte de mi vida en el cuerpo de un ratonero de cola roja – cazando, volando, defendiendo mi territorio- las fiestas me parecen todavía más extrañas. El chico-pájaro en el baile. ¿Por qué había dejado que Rachel me convenciese? Bueno, ¿qué se supone que tenía que hacer con los brazos? Simplemente los tenía ahí, colgando. Rígidos. Torpes. ¡Y mis ojos! Miré fijamente a alguien y me olvidé, hasta que fue demasiado tarde, de que la gente no suele comportarse de esa manera. Un forzudo tipo pelirrojo se dio cuenta de cómo la rapaz que había en mí había abierto un agujero con la mirada en su novia. – ¡Idiota! Oops. Tenía que recordar que no estaba posado en un árbol a medio kilómetro de allí. En el último baile del colegio había estado bastante bien. Era más una cosa de grupo, supongo. Esta noche era… no sé… ¿una cita? No, no, no. Todos estábamos aquí. Haciendo como que sólo éramos conocidos. Yo tenía un aspecto ridículo, seguro. Y también estaba seguro de que todo el mundo pensaba lo mismo. ¿Y Rachel? La miré. Parecía impaciente. Casi enfadada, mientras se movía por el gimnasio tenuemente iluminado, con aspecto ausente pero firme. Habían atado algunos globos de helio a las gradas y colgado unas cintas multicolores de los aros de la canasta de baloncesto. Estábamos en la parte más alejada, cerca del dj. Tan cerca de los altavoces que tenía los tímpanos embotados. Rachel estaba tan preciosa como siempre. De verdad. Bueno, no se lo diría a ella, pero hacía que las demás chicas parecieran muy poco atractivas. Su pelo rubio resplandecía bajo la tenue luz. Sus brillantes ojos se encontraron con los míos. Sabía que quería que bailase con ella. Pero simplemente no podía hacerlo. Mi cuerpo humano estaba sudando. Me sentía atrapado. Necesitaba aire. Aparté la vista. ¿He mencionado que me llamo Tobias? Sólo Tobias. Aunque no hubiera peligro de que os dijera mi apellido, no estoy seguro de que supiera qué decir. Si sería un apellido humano, andalita o sólo “rapaz”. No lo sé. Porque, ¿sabes? Soy un poco de cada. “¡Vamos allá, chicos y chicas!” Mi amigo Marco, al contrario que yo, estaba en el paraíso. Canturreaba a viva voz como si su nombre fuera “Ice” o algo así. Se deslizó hasta nosotros, hizo un giro y se detuvo, haciendo chirriar sus zapatillas de deporte contra el suelo. Se quedó parado señalándome con un dedo a mí y con otro a Rachel. Ella se le quedó mirando. “¿Algún tipo de desequilibrio químico, Marco?” “Hah. Hah. Y además un hah extra,” se burló. “Es normal. Es por la buena música. Por todo ese montón de chicas en minifalda. Por la gente riéndose. Es divertido. ¿Os acordáis de lo que es la diversión?” Rachel volvió a sostenerme la mirada. Yo aparté la vista otra vez, mirando al reloj. Me quedaban veinte minutos para transformarme. No era mucho tiempo. “Amigos, tenéis que soltaros,” continuó Marco en tono provocativo. “Es sólo cuestión de ritmo. Tenéis que mezclaros con el ritmo, adaptaros al compás.” “Mira, Marco, vete con tu magia a otra parte,” le cortó Rachel. “Vale. Lo que demuestra lo que siempre he sabido: ninguno de vosotros es divertido, y juntos, aún menos. Sólo tengo que encontrar mi propia fiesta. Hasta luego.” Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Demasiadas cosas a las que atender. Las luces. La música. Un montón de canciones que ni siquiera reconocía. Había estado fuera demasiado tiempo. “Escucha, Rachel, tengo que irme ya. Y,” añadí en voz baja, “el tiempo se está acabando.” “¿Qué dices? Te queda todavía toda una, bueno, al menos quince minutos. ¿Dices que prefieres estar sentado encima de un árbol, viendo a los búhos comer roedores nocturnos, antes que estar conmigo?” preguntó. Su tono estaba a medio camino entre el desafío y la coquetería. Peligroso en cualquiera de esas direcciones. “Bueno, no, claro. Vamos, no exactamente.” “¿Qué?” “Es toda esta gente. El ruido. Este cuerpo…” Miré a mi alrededor, preocupado por que alguien pudiera estar escuchando. Pero no, no con los oídos humanos, no con tanto ruido. “Estás hablando de tu cuerpo. El cuerpo en el que estás ahora es tu cuerpo, Tobias. Es quien eres en realidad. Normalmente, de forma natural.” Ya habíamos pasado por esto. No sabía como responderle. Y no sabía por qué me presionaba con eso. Desde que superé el límite de las dos horas de transformación he considerado que la del halcón es mi verdadera forma. El halcón es el cuerpo que debo mantener si quiero ayudar a los demás animorphs y a Ax a combatir la invasión yeerk. ¿Por qué Rachel ignoraba la realidad? Sabía tan bien como nadie que me quedaría fuera de la batalla si permanecía más de dos horas en forma humana. Todo esto debe de parecer extraño. Posiblemente demente. Así que dejadme que empiece por el principio. Esta es la situación: la raza humana está siendo atacada por un enemigo cruel y retorcido. Mientras estás leyendo esto, una especie de parásitos alienígenas continua esclavizando mentes humanas. Armados con una habilidad que no puedes ni imaginar hasta que la has visto en acción, los yeerks nos arrancan nuestra posesión más preciada: el libre albedrío. Cuando uno de estos parásitos viscosos y grises con forma de gusano se desliza al interior de tu canal auditivo, y se retuerce y adapta a las cavidades de tu cerebro, te controla. Es así. Dicta cada uno de tus pensamientos. ¡Cada uno de tus movimientos! Los yeerks han creado un ejército infestando y controlando razas alienígenas. Gedds. Taxonitas. Hork-bajirs. Humanos. Pero infiltrándose secretamente en nuestra sociedad, los yeerks se han convertido en un enemigo casi invencible. ¿Y quién los combate? ¿Cuál es la mejor y única esperanza para la raza humana en esta guerra? Un joven cadete andalita, junto con cinco críos que se hacen llamar los Animorphs, porque sólo ellos, de entre todos los humanos, poseen una tecnología andalita única: el poder de transformarse. De convertirse en cualquier animal que puedan tocar. Ax, Jake, Cassie, Marco, Rachel. Y yo. Luchamos juntos. Pero puede que sea una batalla inútil. Porque, ¿sabes? La trasformación tiene algunas limitaciones. Y una de ellas incluye un tiempo límite. Quédate en una forma más de dos horas y estarás atrapado en ese cuerpo para siempre. Eso es lo que me pasó a mí. Estoy atrapado como ratonero de cola roja. Un nothlit, como llaman los andalitas a los que quedan atrapados en una forma para siempre. Después de muchos meses, el poderoso alienígena llamado el Ellimista me devolvió la habilidad para transformarme. Incluso hizo posible que me transformara en mi verdadero cuerpo humano. Ahora podría elegir quedarme atrapado en mi forma humana, pero perdería el poder de la transformación para siempre. ¿Ves? Me convertiría en alguien inútil. Incapaz de hacer honor a mi responsabilidad con la Tierra, indefenso para oponerme a la maldad yeerk. “Baila conmigo, Tobias. Por favor.” Empezó a sonar una canción lenta. Me sorprendió poder reconocerla. Goo Goo Dolls. Las parejas llenaban la pista de baile. Cassie y Jake estaban en la otra punta del gimnasio, meciéndose lentamente, rodeándose con los brazos el uno al otro. Rachel avanzó hacia mí y me cogió la mano. Es gracioso. Hemos estado juntos en un montón de misiones. Hemos combatido contra hork-bajirs uno junto al otro. Nos hemos salvado la vida el uno al otro una y otra vez. Y aún así, después de todo eso, algo tan simple como bailar hacía que mi corazón latiera desbocado. Salimos a la pista de baile. Deslicé mis manos alrededor de su cintura. Sentí sus manos en mi cuello. Me relajé. Algo que casi no puedo hacer como halcón o como animorph. Me entregué al momento. Dejé que el ritmo de la música me condujera a un estado de ensueño. Bailamos, girando lentamente. Cuando nos volvíamos, mis ojos vagaron hasta el marcador apagado en una esquina. Pancartas anunciando las victorias del equipo de la escuela. Las gradas, donde un globo acababa de soltarse y flotaba hacia el techo. Y entonces vi… el reloj. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Lender y Tara [/b]

[b]Capítulo 2:[/b] ¡La hora! Me solté para ver mejor. Los ojos humanos son penosos en las distancias largas. ¿Podía ir bien el reloj? “Oh, Dios. Rachel. Ocho minutos,” susurré con urgencia. “Tengo que salir de aquí.” “No, espera un minuto. Quédate.” “¿Quedarme? Rachel, ¿has perdido la cabeza? Tengo que encontrar un sitio donde transformarme. ¡Ya!” Intenté calmarme, pero acabé medio andando medio corriendo hacia la puerta, rozando al pasar a un profesor que antes me daba inglés, cuando aún estaba en el colegio. Mr. Feyroyan. Tardó un poco en reaccionar, y yo ya me había ido antes de que tuviera la oportunidad de reconocerme. Corrí por el pasillo de las taquillas. Pasé mis viejas aulas de ciencias. Rachel corría detrás de mí. ¿Había visto el reloj antes que yo? ¿Sabía que quedaba poco tiempo y había preferido no decírmelo, esperando que se me olvidara? ¿Esperando que me quedara “accidentalmente” atrapado en mi cuerpo humano? No. Claro que no. Ella no querría algo así. Y aún así… No me sentía completamente seguro. “Espera un momento. Hey,” me llamó enfadada. Bajé la velocidad y finalmente me detuve frente al tablón de anuncios. En la parte de pájaros de presa, de todas clases. Clavado en el corcho había una imagen de un águila calva, con las alas abiertas, planeando en un cielo de color azul intenso. Y un aguilucho sobre el poste de una valla, silueteado contra las nubess. “Tobias, quiero explicarte…” empezó mientras sus ojos seguían los míos hasta la foto del ratonero de cola roja y la leyenda que había debajo. “Longevidad en la naturaleza salvaje,” decía. “Casi nunca llega a las cifras alcanzadas por pájaros en cautividad, protegidos de las enfermedades y los depredadores. Una estimación generosa: dieciocho años.” Rachel se quedó mirando a la pared. Yo miré al suelo. En un instante, el tablón de anuncios había lanzado nuestra amistad a la dura luz de la realidad. Rachel era una chica que podía, de cuando en cuando, convertirse en un pájaro de presa. Yo era un halcón que podía, de cuando en cuando, convertirme en humano. Bastantes pasos más allá de lo de ser Mostescos y Capuletos, como Romeo y Julieta. Ser un halcón supone comer ratones que aún están con vida. Rachel estaba ahora frente a mí. Las palabras se derramaban, intensas. “Mira, la lucha es importante para todos, Tobias. Y es tan importante para ti que has dado todo lo que tienes de humano para ser un guerrero. ¿Qué estoy diciendo? Arriesgas la vida cada día. Entiendo todo esto. De verdad. Somos iguales, tú y yo. Guerreros.” Se detuvo para reconsiderar sus siguientes palabras. Se sentía un poco avergonzada por lo que estaba a punto de decir. Intentaba sobreponerse a la vergüenza. “Pero tienes que darte cuenta de que hay más cosas. Yo no soy sólo un guerrero,” dijo, sus ojos brillaban tan cerca de los míos. “Soy una chica. Intento que no ser arrastrada montaña abajo, lejos de la normalidad, a esta vida de locura en la que vivimos. No me gusta lo que me está haciendo, Tobias, y necesito ser una chica otra vez. Necesito un poco de normalidad, ¿vale? No mucha, pero sí un poco.” Se echó hacia atrás, alejándose de mí. Nunca había visto a Rachel tan sensible. A menos, claro, de que esa sensibilidad fuera una interpretación. A menos que estuviera entreteniéndome sólo para dejar correr los minutos, para que me quedase atrapado, para que— “Todas las cosas que se supone que tenemos que vivir mientras estemos en el colegio, Tobias, ya sabes, bailes como éste, noches en el cine, paseos por la playa. Nos estamos perdiendo esas cosas. Yo las quiero. Nos las merecemos. Y si fueras humano…” La corté, repitiendo sus palabras en voz alta. “Sí. Si fuera humano. Si lo fuera.” Finalmente había dicho lo que sabía que sentía. Tenía lógica. Tenía razón. Necesitaba normalidad. Rachel había se había acercado muchísimo al límite con esta guerra. Pero aún así dolía. Y dolía aún más porque no tenía una respuesta. “Tengo que irme,” dije con firmeza. Me volví y caminé apresuradamente hacia la intersección con forma de T donde el largo pasillo que salía del gimnasio se encontraba con un pasillo incluso más grande que unía la parte frontal de la escuela con la parte de atrás. El pasillo estaba tranquilo, pero lleno de gente. Chicos apoyados contra las taquillas. Hablando. Pasando el rato. Mi caminata se convirtió en carrera. No quería llamar la atención, ¡pero tenía prisa! Doblé la esquina. Ya casi estaba. La salida de atrás estaba ya al final de este pasillo. “¡Qué narices…!” me detuve de repente. Mi vía de escape estaba bloqueada por una de estas verjas de metal plegables que se colocan entre paredes. “Cálmate,” murmuré para mí mismo. Con forzada compostura desandé el camino tranquilamente, como si sólo estuviera merodeando, y me dirigí al otro lado. La entrada delantera era mi única oportunidad. En cuanto anduve dos o tres pasos por el pasillo, sentí que alguien más estaba ahí. Me quedé congelado. Delante de las taquillas pintadas de naranja, a menos de quince pasos, estaba el subdirector Chapman. Un controlador. Un enemigo. No me vio porque no estaba solo. Estaba concentrado en el crío al que había acorralado contra la pared. ¿El chico? Erek King. Erek el chee. ¡Rachel! Me volví para mirarla. Aún estaba en el pasillo. No sé cómo me vio de alarmado. No llevo muy bien lo de las expresiones faciales. Pero obviamente leyó la sorpresa en mis ojos. Se acercó de puntillas hasta la esquina, y echó un vistazo. “Oh, yo te conozco, Erek,” dijo Chapman con su disciplinaria voz de subdirector. “Reconozco tu cara, claro. Te he visto en las reuniones de La Alianza. Sólo digo que acabo de verte tirando un cigarrillo.” “Qué va, Sr.Chapman,” dijo Erek, sonando exactamente como el crío que se suponía que era. “No necesitamos que los jóvenes como tú fumen, especialmente con la atención extra. Los medios de comunicación.” En cierto modo era gracioso. La idea de que Erek, un androide dentro de un exterior holográfico, fumara. Y la idea de que a Chapman, un poderoso controlador, le importara. Ambos interpretaban papeles engañosos. ¿Qué quería decir Chapman con eso de “especialmente ahora”? No era mi problema. Erek sabía cuidar de sí mismo. No me incumbía. Yo tenía mis propios líos. Ya llevaba un tiempo sin ir a la escuela, pero existía la posibilidad de que Chapman me reconociera, y empezara a hacer preguntas y a sospechar. No podía dejar que me viera bien. Pero tenía que pasar por su lado para salir. Lenta, muy lentamente, retrocedí hasta ponerme al lado de Rachel, ambos con la espalda pegada contra las taquillas. “Mira Rachel, necesito tu ayuda,” susurré. Y entonces fue cuando oí a alguien decir mi nombre. “¡Tobias!” El Sr.Feyroyan agitó una enorme mano amistosa mientras se acercaba a zancadas hasta nosotros desde el gimnasio. Sus rizos negros brincaban de emoción. Su boca se abrió en una ancha sonrisa. Me había reconocido. El reloj seguía haciendo tic-tac y ni siquiera estaba seguro de que Rachel estuviera de mi parte. En cuestión de minutos estaría atrapado. Atrapado en el cuerpo de una persona que ya no era yo. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 3:[/b] Rachel me cogió del brazo. “Por la verja,” me ordenó. “No hay otro camino. Yo entretendré a Feyroyan. Nos vemos fuera.” Durante un segundo nuestros ojos se encontraron. Ella insinuó una media sonrisa. Giré corriendo una esquina. Me lancé hacia la verja de metal. Hizo un ruido rechinante y estrepitoso mientras intentaba encontrar un punto de apoyo para el pie. “¡Hey! ¡Hey, bájate de ahí! ¿Qué crees que estás haciendo?” gritó Chapman. Había perdido la práctica con este cuerpo. Era torpe. Pero estaba trepando. Y me acercaba al diminuto espacio que había entre el final de la verja y el techo. A penas una salida, pero tendría que ser lo suficientemente grande. Me agarraba una tras otra a las pequeñas uniones cuadradas de metal. “No, estás equivocada,” reverberó la voz de Feyroyan. “Ese es Tobias. Estoy seguro.” Rocé el techo justo cuando Chapman y Feyroyan llegaban a la verja. Chapman se agarró con fuerza y la verja se tambaleó. “Hijo, escucha. ¡Baja de ahí!” Me impulsé y atravesé el hueco. Me arañé el pecho. Solté todo el aire de mis pulmones y me apreté contra la abertura. Mi camiseta se enganchó en un hierro de la verja y tiró de mí. Me retorcí. Una descarga de adrenalina me golpeó como un puñetazo. La camiseta se desgarró. Estaba libre. Bajé con cuidado por el otro lado y salté al suelo, volviéndome para echar a correr incluso antes de tocar tierra. Corrí por el pasillo oscuro y vacío, golpeando el suelo con mis pies tan rápidamente que el sonido era casi continuo. No estaba huyendo de Chapman. Tampoco huía de Feyroyan, o del baile, o de Rachel, o de la exposición de aves de presa. Corría por mi vida. Corrí al borde del pánico, me lancé en un estallido al exterior, y salté atravesando el campo. Mis pies golpeban la tierra. Mi pecho subía y bajaba con fuerza. El frío aire de la noche me envolvía –el aire nocturno me hacía sentir en casa. “¡Transfórmate!” grité dentro de mi cabeza. “¡Tranfórmate ahora!” me concentré. Lo deseé con todo lo que tenía en mi interior. Cerré los ojos. Nada. Aún nada. Sólo mi cuerpo humano, mis pulmones ardiendo, el dolor vibrante del arañazo en el pecho. ¡Nooo! Wumpp. “¡Ahhh!” Thud. “Ouch.” Tropecé y caí al suelo. En medio de la oscuridad no se veía mucho más. Una mano humana en el suelo. Dedos humanos. ¡Y entonces…! Todo lo que veía era un entramado de plumas extendiéndose por la piel de mi mano. ¡Al fin! Mis piernas estaban encogiendo, siendo atraídas y aspiradas al interior de mi cuerpo. Sentí como los dedos de mis pies se empequeñecían, se fusionaban lentamente, y luego salían despedidos hacia fuera de nuevo en forma de ocho garras afiladas y mortales. Levanté la vista al cielo nocturno, tan aliviado. Tan feliz. Y cuando, de pronto, el brillo y la precisión de la visión de halcón reemplazó la borrosa vista humana, el número de estrellas se multiplicó. La visión del halcón no es muy buena de noche, es cierto. Excepto para mirar las estrellas. Todos esos pequeños puntos tenuemente iluminados que casi no puedes distinguir como humano brillan enfocados para la visión del halcón. “¿Tobias?” Intenté levantarme, agitando las alas torpemente para estabilizarme. La voz del Sr. Feyroyan ahora era más indecisa. Estaba solo, de pie en medio del patio, buscándome entre las sombras. Era uno de los pocos amigos que había tenido cuando estaba en la escuela. Era profesor, pero aún joven, y un soñador. Siempre pensé que era una versión más mayor de mí mismo. Se rindió, y se volvió hacia el colegio. Me revolví en la camiseta que Rachel me había escogido para llevar en el baile. Aún estaba abotonada alrededor de mi cuerpo de halcón. La rasgué con mi pico y la abrí con las garras. Al final logré sacármela. Era muy duro ganar altitud en el aire frío. Aleteé con fuerza y en círculo alrededor de la escuela. No había señal de Rachel. Pero divisé a Jake en la escalera principal. Estaba solo, pensando, supongo. Quizá simplemente disfrutando de un minuto de paz y tranquilidad. Descendí lentamente para aterrizar en la rama de un abedul a unos pocos pies por encima de él. <Hey, Jake.> Levantó la vista. Jake es de mi edad. Pero hay veces en que sus ojos parecen los ojos de una anciano. “¿Dónde has estado? Rachel ha dicho que estabas en un apuro. Supongo que conseguiste salir airoso.” <Sí.> Sentí una punzada de reproche ante la posibilidad de que Rachel hubiera estado acercándome a propósito al tiempo límite. <Lo conseguí. ¿Dónde está Rachel?> Jake se encogió de hombros. “No lo sé. Pero ese es el menor de nuestros problemas. Antes de que Chapman le pillara, Erek me pasó malas noticias. Necesito que encuentres a Ax. Dile que nos veremos en el granero.” <¿Esta noche?> “¡Sí!” Se detuvo de golpe. “No. Claro, no. Esta noche no podemos. Tenemos a nuestros padres esperándonos. Mejor mañana por la mañana. Sábado.” <No hay problema. Pero, ¿qué pasa?> “Es el Rayo Anti-Transformaciones,” dijo. “Los chee le han perdido el rastro. Quiero decir que no tienen nada.” <¿Sí? Eso es mala señal.> Me estaba costando concentrarme. Mi mente aún estaba con Rachel y un reloj haciendo tic-tac. “Erek dice que los yeerks están listos para probarlo.” Se detuvo en un golpe de efecto. “En un sujeto vivo.” Dejó que las palabras flotaran en el aire durante un minuto. Ambos sabíamos lo que significaba. El RAT. El arma suprema. Un rayo que podría obligarnos a transformarnos. Que nos haría recuperar nuestra forma natural. Habíamos intentado destruirlo en una ocasión. Habíamos fracasado. La transformación era nuestra única arma. Todo lo que teníamos. Había que parar a los yeerks. No había discusión posible. “Pero como destruyes un plan yeerk cuando ni siquiera sabes donde aparecer—” <Espera.> Tres chicas parloteando salieron por la puerta y corrieron pasando a Jake. “Hola, Jake,” dijo una de ellas. “Sí, hola, um… hola.” La saludó con la mano. La chica parecía insultada. “¡Brittany!” añadió Jake, demasiado tarde. <Vale, está despejado,> dije. Jake se masajeó la frente con los dedos. “Tío, ya ni siquiera conozco a la gente de mi clase.” <Estás un poco estresado,> dije. “Sí. Mira, encuentra a Ax. Tú y él, mañana, con el sol brillando y temprano. Tenemos que ponernos con esto.” <Estaré mañana en la reunión, Jake. También me aseguraré de que Ax esté. Pero duerme un poco, tío, ¿vale?> “Oh, no te preocupes por mí. Soy más de siestas. Ya sabes, como Napoleón. Veinte minutos aquí, veinte allá. En seguida has dormido ocho horas y ni siquiera has tenido que bajar el ritmo.” Se levantó y se apoyó contra la verja. “Me alegra que lo lograras, Tobias. Eres nuestros ojos. Nuestros oídos. Nuestra fuerza aérea. Si te perdiéramos no seríamos nada. Como Juana de Arco sin su espada. Patton sin sus pistolas de mango de perlas.> <¿Saddam sin sus cuarenta y ocho palacios, la Guardia Republicana especial, y un bote de antrax? Deja los piropos, tío. Vas a hacer que me sonroje.> Ambos nos echamos a reír. Me sentó bien oírle decir a Jake que yo era indispensable. Pero con Jake ya nunca podías estar seguro de cuándo era sincero. Y cuando simplemente se trataba de una estrategia. En los viejos tiempos había sido el chico más abierto. Lo que veías en él era lo que había. Pero lleva ya mucho tiempo siendo líder. Había aprendido a decir lo que necesitaba decir. Jake me necesitaba como uno de los Animorphs. Le caía bien, me respetaba, se alegraba por mí cuando yo estaba bien. Y, cuando tenía que hacerlo, me utilizaba sin pensar en nada que no fuera ganar. <Has estado estudiando a los líderes famosos, ¿eh?> “Un poco, sí. Pero no se lo digas a nadie. Quiero que mi brillantez parezca innata. Natural.” Jake me sonrió y me dirigió un saludo fugaz. “Hasta luego, Baron Rojo.” <Nos vemos, intrépido líder.> Despegué y volé hacia el refugio de Ax a través de un aire que era a la vez acogedor y seco. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 4:[/b] Los padres de Cassie iban a pasar el día fuera. Su madre estaba trabajando en Los Jardines. Su padre estaba en una conferencia de veterinaria. Yo estaba arriba en la viga acostumbrada, vigilando un poco, sólo por si acaso. Estábamos esperando a Jake y sobre todo a Erek. Rachel estaba tirada sobre los fardos de heno, esforzándose por permanecer despierta después de una corta noche. Sus ojos azules aparecían, desaparecían, reaparecían a medio abrir. Ax, en su forma andalita, estaba al lado, una extraña mezcla de ciervo azul, chico con antenas oculares, y escorpión. Era curioso como todos nos habíamos acostumbrado a ver a una criatura tan completamente inhumana a nuestro alrededor. Cassie estaba ocupándose de un águila calva, cuidando de ella aunque había dicho que estaba viviendo sus últimos días. Se había enfrentado a una enfermedad terminal, y había perdido. Se hacía difícil el mirarla. Plumas enmarañadas. Un pelado en el pecho. Una noble criatura en el final de su vida. Me estremecí al pensarlo. “A ver si nos entendemos,” dijo Marco. “Han pillado a Erek, y no porque sea un androide caminando por las calles con un escudo de holograma. No porque sea un informador de los ‘bandidos andalitas’. ¿Por oler a cigarrillos?” “Es porque Chapman sabe que es un miembro de La Alianza,” dijo Rachel. “Se supone que los miembros no dan problemas. Ya sabes. Son más boy scouts que los mismísimos boy scouts. Especialmente desde que tienen esta gran cosa en marcha, este nuevo centro comunitario. Irán los medios de comunicación. Tienen que cuidar su imagen.” La Alianza es una tapadera yeerk. En apariencia, una reunión orientada a las familias para ‘hacer las cosas bien’. Detrás de esa fachada, los yeerks utilizan esos sanos incentivos como medio para reclutar controladores. <¿Encender palitos de planta y papel?> se preguntó Ax. <¿Por qué es una ofensa tan terrible?> <Porque los cigarrillos pueden matarte,> respondí. <Bueno, si un águila dorada o un caso de coccidiosis no te pilla primero.> Rachel me lanzó una mirada sombría. “Eso no tiene gracia.” “Y porque se convierten en una adicción,” dijo Cassie. “Como Marco y los juegos de ordenador,” añadió Rachel. “O como Rachel y un estante lleno de Calvin Klein.” Marco la miró de reojo. Ella le ignoró. <Ah. Sí. Como decimos en mi planeta natal: “Una prueba de voluntad te llevará a la sabiduría; la pérdida de voluntad engendra la derrota.”> “Hey, una vez leí eso mismo en una galleta de la fortuna.” “¿Dónde están Jake y Erek?” preguntó Rachel. <Estarán aquí en unos cinco segundos,> dije. Mi trabajo es ocuparme de la seguridad durante las reuniones. Desde mi posición en las vigas puedo mirar por el desván abierto y vigilar la carretera y la casa de Cassie. Y con los oídos de ratonero de cola roja puedo oír casi cualquier cosa que se aproxime. “¡Hey, todos!” dijo Jake en voz alta. “Perdonad que lleguemos tarde, pero Erek tiene noticias impactantes. ¡Atención!” “Como le he dicho a Jake,” empezó Erek, “sabemos que los yeerks están listos para probar el RAT. Pero no tienen ningún sujeto experimental,” continuó Erek. <¿Por qué no pueden usar a Visser Tres?> pregunté. <Ya sabes, que se transforme en el alienígena de pesadilla la-bestia-del-día, y que prueben el rayo con él.> “Podrían hacerlo si Visser se prestara voluntario. Lo que no va a hacer. Probablemente porque existe la posibilidad de que el rayo resulte fatal. Y está la posibilidad de que el efecto de retroalimentación hiciera estallar el arma.” Rachel se iluminó. “Bueno, al menos eso es un pensamiento optimista.” “Chico,” dijo Cassie. Dejó al águila calva en su jaula y se unió al grupo. “¿Entonces lo que estás sugiriendo es que quieren probar el RAT en uno de nosotros?” Eric asintió. “La próxima vez que hagáis una aparición, creo que los yeerks harán todo lo que esté a su alcance para capturaros. O, si eso falla, al menos disparar el arma contra vosotros.” “Entonces bien,” dijo Marco, “simplemente no dejaremos que nos cojan. No dejaremos que nos vean. Que nos oigan. O que nos huelan…” “¿Y si lo hacemos?” le interrumpió Jake. Todos nos volvimos para mirarle. “Mirad, mientras venía hacia aquí he estado pensando.” “Tenía que pasar tarde o temprano,” dijo Marco en un susurro en voz alta. “En cualquier caso, estaba pensando que quizá es exactamente eso lo que deberíamos hacer: dejar que los yeerks capturen a uno de nosotros. Proporcionarles un sujeto para las pruebas. Yo, por ejemplo. Les dejo que me hagan prisionero. Los demás nos seguís en secreto. Nos llevarán directamente al RAT. Exactamente donde queremos ir. En situación de destruir el arma.” Marco habló con incredulidad. “Sólo voy a preguntarlo una vez. ¿¿Estás loco?? Jake, tío, piensa en ello. No es que deba siquiera considerar los detalles de un plan tan idiota como éste pero, ¿qué pasaría si no llegásemos a tiempo? ¿Y si se te llevan a rastras y no podemos seguir tu rastro porque nos retiene, oh, no sé, unas pocas docenas de hork-bajir y un pequeño ejército de taxonitas? Los yeerks consiguen usar ese RAT contigo. Y suponiendo que no te mate –y eso ya es asumir mucho- ¿sabes lo que tendrán cuando te hayan hecho transformarte a la fuerza? Un chico humano. Dile adiós a nuestra tapadera. Dinos adiós a nosotros.” Rachel agitó la cabeza en desacuerdo. “Sí, es peligroso. Pero yo digo que lo hagamos. Sólo que Jake no es quien debería ir. Eres demasiado importante, Jake. Te necesitamos para planear el ataque contra el RAT. Así que me ofrezco voluntaria.” Jake levantó un brazo para rebatirle, pero Ax le interrumpió. <¿Príncipe Jake, Rachel? Si puedo hablar, creo que la única respuesta lógica es que vaya yo. Soy un andalita, después de todo. Si el RAT resulta tener éxito y los yeerks pueden hacer que me transforme, obtendrán lo que esperan: un andalita.> “Tiene sentido,” dijo Marco. “Bueno, si es que estamos hablando de hacerlo, como parece que estamos haciendo.” Estuve observando a Jake todo el rato. Estaba asintiendo. Como si compartiera todo lo que los demás estaban diciendo. Pero seguía en silencio. Igual que Erek. Jake tenía otra idea en mente. Sólo estaba esperando a que otro la sugiriera. “Podrías morir, Ax,” resaltó Cassie. “¿Estás seguro de que quieres hacerlo?” Ax plantó sus cascos con firmeza, cuadró los hombros y nos miró a todos a los ojos. <Estoy seguro.> “No sabemos donde esconden el RAT,” dijo Jake, sin comprometerse con Ax. Ahora era Marco quien miraba a Jake. Mostraba la misma desgana que había visto en la cara de Jake. La misma contención. Nos estábamos perdiendo algo. Lo sabía muy bien. Sólo que no estaba seguro de qué era. Y entonces lo supe. <Chicos. Esperad un minuto,> interrumpí. “¿Qué pasa?” preguntó Jake. Descendí desde las vigas hasta el suelo. Hebras de paja salieron volando en pequeños remolinos mientras aterrizaba. Un rayo de luz de una grieta en la pared del granero bañaba mis plumas en luz amarilla. Era demasiado. Demasiado teatral. Casi esperaba que los ángeles bajaran desde el desván y empezaran a cantar. <Soy yo,> dije. <Soy yo el que tiene que ir.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Vi la confirmación en los ojos de Jake. Y en el holograma que mostraba los ojos de Erek. Marco lo pilló cerca de un segundo después. <Mirad, usan el rayo sobre Ax transformado, ¿no?> dije. <Si funciona obtendrán un andalita. Y tendrán pruebas de que el RAT funciona.> Cassie asintió, reacia. Rachel mantenía la mirada baja. Se mordía el labio. Enfadada, triste: las dos emociones van muy unidas en Rachel. <Yo soy el que tiene que hacerlo,> repetí. <Los yeerks no saben que mi verdadera forma es la del halcón. Pensarán que el halcón es una transformación. Me capturan transformado, o eso es lo que creen, como halcón. Utilizan el rayo conmigo, y no pasará nada. Bueno, no aparecerá ni un andalita ni un humano. Decidirán que el rayo no funciona.> Hubo un breve silencio cargado de pensamientos. Luego, lentamente, todos los ojos se volvieron hacia mí. Cassie la primera, con esa mirada de cariñosa complicidad que reserva para los momentos importantes. Sabía que estaba orgullosa de mí. Y preocupada. Los ojos de Rachel eran diferentes. Oscuros, casi afligidos. Marco hizo una inclinación irónica en mi dirección. “Tienes razón, Tobias. ¿No desearías no tenerla?” Jake puso una cara que veo demasiado a menudo. Es un gesto de disgusto. Disgusto consigo mismo. No había querido escogerme personalmente, hacerme ir a lo que puede que sea una misión suicida. Había esperado hasta que me ofrecí voluntario. <Tobias tiene razón,> dijo Ax. <Pero la misión podría prolongarse más de dos horas. Para representar el papel convincentemente –para hacer creer a los yeerks que eres un andalita transformado- tendrás que volver a “tu forma andalita” en algún momento, Tobias. Creo que necesitarás adquirirme.> <¿Adquirirte?> <Sí, por supuesto.> ¿Adquirir a Ax? Ninguno de nosotros se había transformado nunca en un andalita. ¿Cómo sería? Sentí una repentina e sobrecogedora descarga de nerviosismo. Mezclado con ansiedad. Preferí no decirlo. <Sí, puede que tenga que hacerlo,> dejé caer. “La clave ahora es escoger el mejor momento y lugar,” dijo Jake. “Tenemos que actuar rápido. Pero tenemos que tener la captura bajo control tanto como podamos.” “Y tiene que parecer creíble,” añadió Cassie. “Bueno, los yeerks tienen que creer que ha sido una victoria legítima por su parte. No pueden sospechar que se trata de un montaje.” “¿Entonces cuándo?” preguntó Marco. “Yo digo que esta noche,” respondió Rachel. Aún parecía turbada. Su entusiasmo sonaba forzado. “Hoy es la primera noche de la fiesta de tres días de la Alianza por el nuevo centro comunitario,” nos informó Erek. Marco puso los ojos en blanco. “Sí, vimos los anuncios en la tele. La maratón yeerk. Han construido el nuevo centro comunitario y ahora van a emitir la inauguración. Total covertura de los medios de comunicación. Un gran golpe. Obviamente, están atrayendo miembros de otros estados, extendiéndose por todo el país.” “De todas formas, estábamos planeando presentarnos allí una de estas noches,” dijo Jake. “Para identificar nuevos ‘miembros de pleno derecho’ y averiguar más de la extensión de la influencia yeerk.” “Esta noche no puedo ir, no con tan poco tiempo de antelación,” dijo Cassie. “Mis padres volverán esta tarde. No puedo desaparecer sin más.” “No podemos dejar escapar esta oportunidad de acercarnos. Creo que deberíamos arriesgarnos,” decidió Jake. “La noche más importante de la convención: la ceremonia de premios. De hecho, mi hermano está nominado para un premio al logro. Cuando me dijo de ir, me hice el loco. Hay una especie de gran banquete al aire libre, con carpas y música y juegos. Le diré que he cambiado de opinión.” “Sí, Jake debería ir como él mismo,” dijo Marco, cambiando al modo ‘jefe de seguridad’. “En una recepción al aire como esa, ya sabes, la seguridad yeerk estará preparada para atrapar a cualquier cosa que parezca un andalita transformado. Las hormigas de la mesa de bufet, las moscas en las hamburguesas, los pájaros de los árboles. Probablemente Jake esté más seguro como humano, aunque no sea de mucha ayuda. Si Erek tiene razón, y están intentando capturarnos, significa que estarán alerta más que nunca.” “Hay algo más que tenéis que saber,” añadió Erek. “Creemos que los yeerks no han construido este centro comunitario para los asuntos de la comunidad.” “Estoy asombrado,” dijo Marco, y se echó a reír. “Sólo tenemos un par de pistas. Información vaga. Pero creemos que hay alguna construcción bajo tierra, probablemente un enlace subterráneo con el estanque yeerk.” Todos los ojos se fijaron en Erek. “Oh, me gusta como suena eso,” replicó Marco sarcásticamente. “Perfecto. Podemos acercarnos al estanque yeerk y hacer un poco de daño mientras salvamos a Tobias y destrozamos el RAT. Completamente. No hay problema.” “Escuchad, que todo el mundo se vaya a casa. Que os vean vuestros padres y volved aquí lo más pronto que podáis esta noche.” Había energía en la voz de Jake. “Tenemos trabajo que hacer. Y, um, ¿Tobias?” <¿Sí?> “Descansa un poco. Esto no va a ser un picnic para ti.” [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b][b]Capítulo 6:[/b] Esa tarde, Ax y yo estábamos ocupados con nuestras propias preparaciones. Ax subió la inclinada cuesta de la colina cercana a su paleta y yo capté una tenue corriente termal. Estaba atardeciendo. El sol era enorme en el horizonte, a punto de desaparecer. Naranjas y violentas vibrantes caldeaban el bosque. Aterricé en una rama baja de un claro en lo alto de la colina. <Tobias,> dijo Ax cuando alcanzó el claro, <éste es un momento especial, ¿no?> <¿Qué quieres decir?> respondí con cautela. <Bueno, estás…> Ax vaciló de una forma inusitada. <Bueno, estamos emparentados, ¿no? No eres exactamente un andalita, pero llevas la herencia andalita. Me alegro de que a partir de ahora tengas en ti este ADN. Es una mezcla genética realmente única.> <Oh, todos sabemos el buen concepto que tienes de tu especie, Ax,> bromeé. <Claro que tengo a los andalitas en mucho respeto. Es cierto. Pero no se trata de una lealtad inconsciente. Yo admiro honestamente mi cultura. Hay cosas que me gustaría enseñarte, compartir contigo, si estás interesado.> ¡Si estaba interesado! Estaba tan empeñado en parecer frío. Hacerle creer que podía tomarlo o dejarlo. Pero esto era algo a lo que finalmente tenía derecho. Yo era parte andalita, aunque no genéticamente. Dios sabía cómo. O, al menos, el Ellimista sabía cómo. Pero lo era. Y eso me emocionaba. <Cuando quieras, Ax,> conseguí decir. Me levantó de la rama con manos gentiles y me puso sobre su hombro. Me sujeté con las garras con tanto cuidado como pude. Sentí cómo sus músculos se aflojaban mientras le adquiría. Aleteé hasta el suelo y me concentré. Transformarse es siempre una experiencia chiflada. Nunca sabes qué parte del cuerpo aparecerá primero. La forma en que te transformas siempre es una sorpresa. Lo primero que sentí fueron las antenas oculares, emergiendo de mi cabeza aún de halcón como dos gusanos hiperactivos. Oí cómo se formaban los globos oculares en las puntas. ¡Paamp! ¡Poomp! Ojos que podían ver en cualquier dirección, por todos lados, todo el tiempo. La visión en trescientos sesenta grados inundó mi visión. Como una sacudida. Ya que podía ver a la mayoría de las cosas que podían verme a mí, tenía un control total de mi entorno. <¡Yaowww!> solté mientras me elevaba lentamente del suelo. Con un ojo girado hacia mi espalda, fui testigo de cómo me salía un enorme y musculoso trasero de las plumas parduzcas de la cola. Y aunque aún no podía verlo bien, podía sentir cuatro fuertes patas sosteniéndome, acordes con mi creciente masa. ¡Músculos! Quién creería en la sencillez de esa fuerza. Di un paso al frente. Un movimiento que hice sin ningún tipo de esfuerzo. ¡Mi cola! Inesperada. Un miembro tan natural que casi ni me di cuenta de cómo la manejaba, erguida y firme más o menos a la altura de mis hombros. El canto de la cuchilla brillaba con los últimos rayos de sol. Estaba preparado para este mundo. Para cualquier mundo, la verdad. Un arma natural. Si hubiera estado en contacto con mi legado andalita con anterioridad, podría haber pasado la escuela elementaria sin problemas de matones… Y entonces reconocí la mente andalita. Sí, era todo lo que imaginaba que sería. Confiada. Alerta. Lista para el combate. Pero había otro elemento que me pilló desprevenido. Algo nadando felizmente debajo de la racionalidad. Nada de la alegría mareante del delfín. Algo menos simple. Optimismo. Eso era. Un intenso optimismo. <¡Tío! No tenía ni idea.> Volví mi cabeza hacia Ax. Sus ojos sonreían, como suelen hacerlo. <Ten en cuenta que estás experimentando el instinto. La mente andalita en su estado natural. Nuestra cultura nos enseña a templar y controlar nuestro optimismo, a darle igual valor al realismo. Nos hemos convertido, lamentablemente, en una raza de guerreros. Pero ha sido en respuesta a la necesidad. En nuestro interior, más allá de eso, yo creo que somos una especie pacífica, sedientos de aprendizaje, no de combates. Pero para aprender –y para luchar- debes ser optimista. Creo que un anciano andalita lo escribió en un shormitor.> Ax lanzó la cuchilla de su cola a través del aire. ¡Fwapp! <¿Shormitor?> <Grabados con la hoja de la cola. Hechos por los primeros andalitas. La mayoría en los afloramientos rocosos de las orillas del Elupera. Los visitamos una vez cuando era mucho más joven.> <Ah.> <De hecho, fue por los shormitors del Elupera que me enteré de que los primeros maestros de la lucha con la cola pasaron su vida intentando cultivar y escuchar su instinto. Intentando olvidar lo que la cultura les había enseñado. Dejar actuar el mecanismo innato de defensa, como decís los humanos. Tú tienes una ventaja natural para esto, Tobias,> dijo Ax mientras balanceaba su cola dibujando un ocho, deteniéndose justo a un centímetro de distancia del tronco de un árbol. <Lo cual no significa que no haya muchas técnicas que aprender.> Flexioné el poderoso músculo que era mi cola. Lo probé con cuidado. Imité el ejercicio de dibujar un ocho que estaba haciendo Ax. <Te enseñaré algo,> dijo Ax retrocediendo. <Un movimiento al que recurro con frecuencia. El torf. Empiezas un ataque normal y entonces, milímetros antes de golpear, giras la cuchilla de lado, para que sólo la parte plana de la cuchilla llegue a tocar al objetivo. No sirve de mucho contra un hork-bajir, pero deja inconsciente a un humano. Usaremos este tronco como blanco.> Ax repitió el movimiento a cámara lenta para que yo pudiera verlo. Pero no estaba prestando todo la atención posible. Podía ver en todas direcciones a la vez. De frente, de espaldas, a izquierda y derecha. ¡Al mismo tiempo! <Es tu turno.> Ax me hizo un gesto. Me acerqué al árbol, me concentré, y desplacé mi peso a las patas traseras como Ax había hecho. <¡Ahora!> gritó Ax. La lancé. Mi cola se precipitó contra el tronco. ¡FWAPP! <¡Ahhh! ¡Oh! ¡Ouch! ¿¡Ax?!> <Sí, Tobias, has atravesado el árbol con la punta de la cuchilla. Ese no es el resultado deseado.> <Sí, ya lo he supuesto.> Salté y me revolví. No podía soltar la hoja. <Has golpeado con una velocidad impresionante,> observó Ax. <Eso, al menos, es admirable.> <Sí, genial. Sabes que eres un guerrero cuando te cargas un árbol. Y no puedes sacar tu cuchilla.> Ax me cogió por los brazos y tiró hacia atrás. Después de un par de segundos, <¡Ahhh!> Ax empujó tan fuerte que cuando mi cola se liberó, caí contra él y salimos los dos despedidos. <¡Ahhhhhh!> Aterrizamos el uno sobre el otro. Ocho patas enredadas. <Debería haberte dejado familiarizarte con el cuerpo andalita antes de sugerir las prácticas con tu cuchilla. Nos refrescaremos con algo de beber y llevaremos a cabo el ritual de la tarde.> Caminamos hasta un arroyo cercano. Ax metió un pie dentro. Yo también. Esperé para ver que tenía que hacer a continuación. Era tan agradable esta corriente fresca y burbujeante. Tan refrescante. Tan gratificante <Ax, esto está muy muy guay.> Espera. ¿Qué? ¡Estaba bebiendo! Miré mi casco. Parecía normal. Pero la sed de mis… de mis patas se estaba saciando. Era sorprendente. También era un poco espeluznante. El último rayo de color estaba desapareciendo del cielo, absorvido por el misterioso añil de la noche. <Mira el último retazo de naranja,> dijo Ax. <Así es como comienza el ritual.> Dejé de beber y volví todos mis ojos a la zona del color. <Desde la salida del sol hasta su puesta, hasta su nueva salida,> dijo Ax, <reconocemos lo que es difícil de soportar y lo que es agradable de recordar, y encontramos paz.> Se detuvo. <¿Eso es todo?> <Eso es todo.> <Me gusta.> <A mí también.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 7:[/b] Sábado por la noche. La noche más importante de la enorme gala publicitaria de La Alianza. Volé sobre la ciudad, esquivando las señales de neón del McDonald’s y los postes telefónicos y los faros de los coches, hacia el nuevo centro comunitario. Tenues al principio, luego más definidos, me llegaron los sonidos de la celebración. Las voces se filtraban en el aire nocturno. El desenfadado tono de una banda de jazz. Chillidos y risitas de los miembros más jóvenes. Y por encima de todo eso –por encima de la estela acústica que se hacía más y más insistente según me acercaba- retumbó una voz profunda y formal. “Señoras y señores, chicos y chicas. Buenas tardes…” Las carpas blancas y altas se elevaban en mi espacio aéreo. Los focos se entrecruzaban en el cielo. Las luces principales iluminaban el podium y al maestro de ceremonias, vestido con traje azul, que había sobre él. La hierba estaba salpicada de mesas redondas con manteles blancos. <Jake, Ax, estoy aquí,> llamé entre la multitud que tenía debajo. Mientras me mantuviera lejos de los focos, sabía que podía volar a bastante baja altura sin ser visto. Aún así, estaba atento a los guardias de seguridad controladores humanos que rodeaban el perímetro. Avisté a Jake. Con una camisa de vestir y corbata, sentado en una mesa de banquetes al lado de Tom, su padre y su madre. <Pareces extremadamente incómodo,> le dije mediante habla telepática. Él no podía responderme. Pero puso los ojos en blanco como respuesta, volvió su cabeza hacia la derecha y asintió de cara a la mesa de banquetes. “¡Que sean tres!” gritó alguien. “¿Él quiere otro?” Los gritos venían del fondo, donde un anciano llevaba un carrito de algodón dulce, rodeado de niños. “Hijo, no creo que sea bueno darte más. ¿Dónde están tus padres?” Di la vuelta, intentando ver lo que Jake quería que viera. Intentando mantenerme fuera del alcance de los focos. Ahí estaba Ax, en su forma humana. Tenía briznas rosas de algodón dulce por todo el pelo, colgando de su barbilla como una barba fantasma y pegadas a sus dedos, mientras intentaba abrirse paso hasta el principio de la cola. Me eché a reír. Ax con boca humana es peligroso. Los andalitas tienen sólo un rudimentario sentido del gusto. Nada como la explosiva sobrecarga de sensaciones de la boca humana. Volví a mirar a Jake. Agitaba la cabeza levemente, como un padre que está exasperado, pero divertido. <¡Ax-man! Soy Tobias. Tienes que recuperar el control de tu forma. Ahora mismo. No puedes montar una escena.” <¿Tobias?> preguntó Ax mediante habla telepática. <¡Oh, Tobias! Esta nube de azúcar es espléndida. Es cosa de otro mundo. La forma en que se deshace en la lengua. Tiene masa, pero no pesa…> <Oh, chico. Ax, ¿dónde están los demás? Se supone que tienes que ayudarme a guiarlos. Están en forma de mosca, no te olvides. Pueden oler la caca de perro y ver en una distancia de unos quince centímetros, pero eso es todo.> “Amigos…,” continuó el hombre del podium. “Tres palabras resumen las exigencias de La Alianza: Oportunidad. Participación. Dedicación. Cambio. Hmm, eso son cuatro.” Hubo una breve pausa y otro ‘hum’ mientras pensaba en ello. “Pero eso mismo es La Alianza, ¿no es cierto? Sobrepasando nuestras expectativas.” La multitud aplaudió en un gesto de aprobación. “Esta noche honramos a los miembros que encarnan esas palabras. Quienes, con su éxito, van sacando adelante nuestra organización…” <¡Ayuda! ¡Ayuda!> llamó Marco. Luego añadió un violento, <¡Ax!> <¿Marco?> grité. <Marco, ¿estás en forma de mosca?> <Cubierto de chocolate, tío. ¡Estoy en la fondue de chocolate y han subido la temperatura! ¡La mesa de buffet! ¡La mesa de buffet! ¡No puedo salir!> <¿Fondue?> preguntó Ax. <Un tarro de chocolate caliente. Líquido. Marrón.> No podía pensar en cómo describirlo. Desde cincuenta pies de altura observé detenidamente la mesa del buffet. Marco era algo negro dentro de algo marrón oscuro. A penas podía verle a esa distancia. <Marco, ¿qué estás haciendo exactamente en la fondue?> preguntó Rachel. <¿Exactamente? Bueno… quería saber si sabría igual de bien sorbido por una boca de mosca. ¿Vas a ayudarme o sólo quieres reñirme?> <Deja que se lo coman,> me aconsejó Rachel. Ax se acercó a la fondue de chocolate. Una mosca salió zumbando de su barba de algodón de azúcar. A esta mosca se la venía mejor: negro sobre fondo rosa. <¿Rachel? ¿Eres tú?> la llamé. <Puede ser, ¿cómo voy a saber a qué mosca estás mirando? Estaba en medio de esta enorme nube, pegajosa y dulce y… ¿dónde está Cassie? ¿Dónde está Ax? ¡Tío! Cinco minutos ahí dentro y ya estamos todos perdidos.> <Estoy bien,> dijo Cassie. <Al menos, creo que sí.> <Vale, esa eres tú, Rachel, simplemente sigue al algodón de azúcar. Es Ax. La nube pegajosa.> <¿Hay alguna razón por la que pienses que yo puedo no estar bien?> insistió Cassie, ahora ansiosa. <¿Algodón de azúcar?> dijo Rachel. <¿Huh? ¿Qué está haciendo comiendo algodón…? Oh, no importa.> “El más alto honor de este año va para un joven que ha ido subiendo rápidamente hasta la cima de nuestros rangos,” entonó el anfitrión. “Un miembro devoto de nuestra comunidad.” Los aplausos tronaron a través de la multitud. Tom se levantó de su silla y aceptó una placa. <¿Qué ves? ¿Qué pasa?> preguntó Cassie. <Nada, Cassie. Tom está recogiendo su premio,> la informé. <Ax-man. Ten cuidado al recoger a Marco. ¿Cassie? ¿Estás cerca de Jake?> Naturalmente, Jake estaba oyendo todo esto, ya que lo habíamos incluido en nuestra charla telepática. Se movía inquieto. Nervioso. Parecía que estuviera a punto de saltar de su silla y correr a por la fondue. O quizá hacia la salida. Entonces vi a Jake levantar la mirada hacia el cielo en lo que sólo podía ser una expresión de “¿Por qué yo?” Volví a observar a Ax para ver lo que había disgustado a Jake. El andalita llevaba una barba de algodón de azúcar rosa y tenía la mano metida en la fondue de chocolate. El chocolate le llegaba por la muñeca. Sacó la mano, la levantó hasta tenerla delante de la cara como si acabara de descubrir que estaba hecha de oro, y empezó a lamerse los dedos. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 8:[/b] <¡Ax! ¡Ax! ¡Te vas a comer a Marco!> <¿Va a comerme?> chilló Marco. <¿Qué quieres decir con eso de que va a comerme?> Los que pasaban por ahí, disgustados, se alejaron del área de los postres, señalando. <¡Estoy encima de algo! Me muevo. ¡Hey! Estoy… estoy… ¡estoy saliendo!> ¡Luces! ¡Luces cegadoras! Un reflector había virado bruscamente. Tensé la cola, forcé mis alas, y salí volando de la luz. ¿Me habían visto? Los yeerks habían visto a un ratonero de cola roja. Demasiadas veces, en los lugares más inoportunos. ¿Me habían visto ahora? <¡He salido!> gritó Marco. <Yo… Vale, estoy en las manos de Ax. Vuelvo a estar en la superficie del chocolate. Cerca del borde. ¡No me comas! Te lo digo en serio: ¡no me comas!> <Usa una fresa. ¡Ax! ¡Usa una fresa!> Ax, Rachel, Cassie y Marco dijeron a la vez: <¿Qué?> <Es con lo que se come la fondue,> grité. <¡Ax, coge una fresa! Úsala para sacarlo.> <Sumérgete en el baño de chocolate,> añadió Rachel, para nada de ayuda. Ax cogió una fresa, y con la concentración que requiere una operación de cerebro, sacó a Marco del tarro humeante. <Ok, Ax, escúchame bien,> siseó Marco. <No te comas la fresa. Repito: No te —> <Chicos,> les corté. <Visser Tres acaba de llegar. En forma humana, por supuesto.> No había forma de confundirlo. El hombre alto de aspecto distinguido que descendía ágilmente las escaleras desde la parte de atrás del escenario para felicitar a la familia de Tom. Superficialmente, supongo que podría pasar por un agradable hombre de negocios de mediana edad. Pero si lo mirabas de verdad, sentías la increíble frialdad. El vacío. La oscura maldad que destruye la vida como la mano que cierra unos fuertes dedos alrededor de tu garganta. Justo detrás de Visser había cuatro tipos que sólo podían ser guardas de seguridad. Parecían el tipo de tíos que verías con un capo de la mafia. Visser Tres presidía la mesa principal como un político. Se detuvo con la familia de Jake. Estrechó manos por todos lados. Tocó a Tom amigablemente en el hombro. Cosa extraña, hasta Tom pareció retorcerse un poco. <Bueno, ¿qué está pasando? Me aburro,> preguntó Rachel. Una mosca pasó zumbando al lado de la oreja de Visser. ¡Slap! <¡Cassie! ¿¡Esa eres tú?!> grité. Jake se había puesto pálido. Se había quedado mirando, miraba mientras Visser alejaba su mano de la cara y examinaba la palma. <Estoy bien,> dijo Cassie. <Ha fallado. Reflejos de mosca. Muy chulos. Aunque estuvo cerca.> “¡Una mosca!” dijo Visser. “¡Una mosca!” les gritó a sus guardas. Los cuatro controladores humanos avanzaron al frente. No veía a Cassie. No sabía qué hacer. ¿Debería bajar más? ¿Arriesgarme a que me vieran? Entonces volví a ver a la mosca. Cassie dio un par de vueltas a Jake y aterrizó en su frente. <¿Dónde estoy? No estoy segura.> Visser Tres dio un salto hacia delante. “Esos sucios insectos. Permíteme que…” se inclinó hacia Jake. La mano de Jake salió despedida. Cogió la muñeca de Visser con su puño. Durante unos pocos pero largos segundos, los dos se quedaron mirando el uno al otro. Visser Tres, líder de las fuerzas yeerks en la Tierra. Y Jake, su adversario no reconocido. <¿Cassie? ¡MÚEVETE!> grité. Salió volando. Volví a perderla de vista. Jake soltó la mano de Visser. Sonrió. Visser sonrió. O al menos, formaron una sonrisa con sus bocas. <¿Cassie? ¿Estás a salvo?> <Sí. Creo que estoy en el bolsillo de la camisa de Jake.> Entonces se echó a reír. <Visser acaba de decirle a Jake que espera no haberle asustado. Jake le ha dicho, “No me asusto fácilmente”.> <Ese es nuestro chico,> dije. Visser Tres siguió su camino a lo largo de la mesa. Todos volvimos a respirar. Jake se inclinó para decirle algo a sus padres. Luego se levantó. Caminó directamente hacia la mesa del buffet, encontró a Ax, y lo cogió por el brazo, sin ninguna amabilidad. Un segundo más tarde, Ax nos hablaba a todos. <El Príncipe Jake dice “Ya vale de perder el tiempo, hagamos lo que hemos venido a hacer”.> Lo que habíamos venido a hacer era entregarme a los yeerks. Personalmente, no me habría importado seguir perdiendo el tiempo un poco más. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 9:[/b] Jake y Ax tomaron caminos distintos. Jake fue a la parte de atrás del edificio del centro comunitario. Lejos de las luces. Probó con dos de las puertas. Ambas cerradas. Se alejó hacia la oscuridad y reapareció un momento después con un ladrillo. Parte de los escombros sobrantes de la construcción. Se quedó ahí, esperando. Yo volaba por encima de él, esperando. No miró hacia arriba. Sabía que yo estaba allí. <Todo despejado, Jake,> dije. Asintió. Entonces lanzó el ladrillo contra una ventana baja. El tintineo del cristal fue consumido por el estruendo del sonido de la voz del presentador anunciando el siguiente premio. Jake se alejó rápidamente. Apunté al cristal destrozado. Suficiente espacio para mí, si plegaba las alas. Más que suficiente espacio para los demás, una vez que encontraran la forma de llegar hasta ahí. Bajé volando, atravesé el fresco y oscuro aire nocturno, concentrándome en el contorno iluminado. Bajé a través de largos trozos de cristal que podrían abrirme por la mitad, de punta a punta. Pero, claro, soy demasiado certero para eso. Podía atrapar a un ratón corriendo entre hierbas altas. Volar por un agujero en la ventana en realidad no tiene nada de especial. ¡Zoom! ¡Dentro! Abrí mis alas y mi cola, maté la velocidad, y luego recuperé altura. Las luces fluorescentes iluminaban un amplio pasillo con altas paredes de ladrillo. Olía a construcción nueva –pintura fresca, polvo de yeso. Y cloro, de la piscina interior de tamaño olímpico que había visto a través de una pared de cristal. De repente me di cuenta de la cantidad de dinero que manejaba La Alianza. Mucho dinero. No era el tipo de dinero que haces vendiendo Furbies en el mercado negro. Pasé a toda velocidad por los cuartos de juegos. Mesas de Lego, disfraces, juegos de tablero. Una enorme sala de reuniones con una mesa gigantesca. Grandes y confortables sillas de oficina. Las habitaciones estaban vacías. Todo el mundo estaba celebrando la entrega de premios en el exterior. Es difícil volar dentro de un edificio. No hay viento en contra, no hay viento de cola, no hay corrientes termales. Sólo aire constante y sin vida. Y muy poco espacio para maniobrar, encerrado entre lo que es arriba, abajo y ambos lados. Pero al mismo tiempo, es estimulante. Una montaña rusa para pájaros. Un movimiento equivocado y te rompes un ala. Los humanos creen que estar demasiado alto es aterrador, pero no para un pájaro. Para un pájaro, la altitud es seguridad. Giré en una esquina y prácticamente choqué contra Ax. Aterricé en su espalda, aprovechando el respiro. <Hey, ¿no deberías estar en alguna forma un poquito menos provocativa?> le pregunté. <Posiblemente. Pero creo que una cola fuerte y poderosa puede resultar útil.> <Ax-man, no estamos aquí para ganar. Estamos aquí para dejar que me capturen.> <Cierto. Y aún así no hay razón por la que no pueda hacer algo de daño. Sólo para añadir autenticidad y realismo.> Eso me conmovió. Estaba preocupado por mí. Delante había una serie de escaleras que bajaban hasta el nivel del sótano. Estaban cerradas con una cuerda, y marcadas con un cartel pésimamente escrito: EN CONSTRUCCIÓN. NO PASAR. <Eso suena prometedor,> murmuró Ax. <Suena a problemas,> dije entre dientes. <Como tú has señalado, estamos aquí en busca de problemas.> Bajamos las escaleras con el sigilo de un gato. O con un sigilo tan parecido al de un gato como puedes esperar cuando unos cascos hacen crujir la estructura de la construcción. El sótano estaba oscuro y lleno de materiales de construcción. Pilas de baldosas en una esquina. Un montón de contrachapado apoyado contra la pared. Una sierra de mesa. Lonas de plástico. <Quizá sea realmente sólo un edificio,> dije. <No hay nadie aquí abajo. Si hubiera un acceso al estanque yeerk, ¿no habría gente yendo y viniendo? Por no mencionar una esmerada seguridad.> Antes de que las palabras salieran de mi boca, me di cuenta de que había hablado demasiado pronto. Detrás de las escaleras, oculto por una mampara temporal, se filtraba luz verdeazulada. Pantallas de ordenador. ¡Una pared repleta! Ráfagas de imágenes de cámaras de la celebración del exterior. El escenario. La carpa de la comida. El patio. El quiosco de los músicos. Encima de la puerta colgaba otro cartel improvisado: SEGURIDAD. Un hombre estaba sentado dándonos la espalda, mirando las pantallas. Hipnotizado por las imágenes destellantes. Sin previo aviso nos llegó el eco de unos fuertes tacones contra el suelo de hormigón. Pasos rápidos, firmes Acercándose. Al lado de la habitación de vigilancia había otra puerta. Ax se movió rápidamente hacia allí. La empujó. Justo mientras me fijaba en la flecha pegada a la pared de encima. SALA DE DESCANSO, se leía en la flecha. La puerta se abrió. Y allí, justo delante de nosotros, había cuatro hork-bajir. Sentados alrededor de una mesa de cartas. Las cuchillas de sus muñecas colgaban casualmente fuera de las sillas. Las colas se mecían en el suelo. Cada uno sostenía una mano de cartas fuertemente entre sus garras. Una sola bombilla colgaba del techo. <Probemos otra puerta.> Ax retrocedió al instante. Los hork-bajir no nos habían visto. Podía sentir la vibración de los corazones de Ax martilleando. Mi propio corazón era una ametralladora. Los pasos estaban ahora a sólo unos metros. No había elección. Atrás, hacia la puerta de seguridad. Esperábamos que el guarda de servicio estuviera vigilando aún las pantallas. Esperábamos no hacer ningún ruido. Ax giró y dio un salto; yo solté mi agarre, abrí las alas, aproveché el aire lo suficiente para no caer al suelo y seguí a Ax mientras se zambullía torpemente detrás de una mesa de hierro. ¡Demasiado ruido! El guarda había tenido que oírnos. ¡Seguro! Pero no. Nada. Aún observaba las pantallas. El enemigo estaba ahí fuera, fuera en algún lugar del rango de visión de la cámara. No aquí, en la misma habitación. Los pasos del pasillo nos siguieron. Se detuvieron. Cuatro botas negras, a centímetros de nosotros. Un par estaba recubierto de barro seco. “¿Ves algo?” le preguntó Botas Embarradas al tipo de las teles. “Nah. Creí haber visto a un crío dirigiéndose hacia la parte de atrás. Pero le perdí.” Un gruñido de reconocimiento del Botas Limpias. No me preocupaba demasiado que estos tipos nos pillaran. La cola de Ax estaba alzada y lista. La mesa saldría volando y estos dos estarían contando para siempre con los dedos de la mano antes de poder sacar sus armas. Pero eso causaría un gran tumulto. Los hork-bajir acudirían corriendo, y no era el momento de que me capturaran. Aún no. No hasta que supiéramos dónde se encontraba la entrada secreta. Era curioso que pensara en eso en particular. Las siguientes palabras que salieron de la boca del guarda fueron, “Acabo de dejar la entrada. Paso mi turno a Lacsar-Cuatro-Cinco-Cuatro.” Yo estaba más adelante que Ax. Podía ver a los hombres si me movía sólo un poco. Dos tipos que parecían guardias de seguridad normales. Excepto por los rayos dragón que llevaban en los cinturones. “¿Algún animal?” preguntó el hombre de las televisiones, sin quitar nunca la vista de las pantallas. Me di cuenta de que no estaba hipnotizado por las pantallas. Le habían ordenado que no apartara la vista. Bajo pena de muerte. “Pateamos a un par de perros. Rociamos con insecticida a un par de bichos. Una pérdida de tiempo, no puedes mantener a cualquier posible forma animal fuera de una celebración al aire libre. Podríamos habérselo dicho a Visser Tres.” “Sí, podrías habérselo dicho tú,” dijo su compañero, el Botas Limpias, secamente. “Y unos tres segundos después estarías rogando por tu vida.” Una risa triste. “Tienes razón. De cualquier forma, tengo que ver al subVisser para… ¡Ouch!” “¿Qué pasa?” “Se me ha clavado algo en el zapato…” Se arrodilló para desatárselo. Su perfil de pronto tan cerca que podía ver la sombra de barba de su barbilla. Los poros de su nariz. ¡Era imposible! ¡No había forma de que no nos viera! “¡Joder, las astillas de los árboles me traen loco! ¡Pinchan como alfileres! Odio esa incómoda entrada. Correteando por ahí como si fuera un humano de ocho años.” El guarda se levantó, se quitó el zapato, y lo lanzó contra una pata de la mesa, llenando a Ax de tierra. Y de una astilla de árbol. Contuve la respiración. Ax contuvo la respiración. Siguieron su camino. Pasándonos a nosotros y hacia la pared de cámaras, donde había un hombre sentado, de espaldas a nosotros, controlando las imágenes. “Hola, jefe,” se dirigieron a él. “Venimos a darte nuestros informes.” <Ax,> dije lacónico. <Mira las imágenes de la cámara.> Se volvió. De las cincuenta pantallas o así que había, casi la mitad captaban la misma imagen. Desde diferentes ángulos, de modo que no se hacía evidente de forma inmediata. Pero cuanto más lo miraba, más me daba cuenta… <Astillas de árbol.> <Parece algún tipo de construcción ósea, de alguna clase. Componentes de metal junto con los árboles. Su propósito es no ser inmediatamente aparente.> <Es un patio, Ax-man. Columpios. Una atracción para trepar. Y un túnel.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 10:[/b] Ax y yo tardamos una hora en lograr salir y reunirnos con los demás. La gran maratón-yeerk aún estaba acabando. Estaban haciendo los discursos de despedida. Nosotros seis estábamos sobrevolando la zona exterior. Mientras vigilábamos, tres personas habían gateado al interior del túnel del columpio. Ninguno había salido por el otro lado. Realmente era una estructura bastante bien elaborada. Dos plantas. Construidas con largos postes de quizá la mitad de peso que los postes telefónicos. Con una red de malla para trepar, un palo de bomberos, un ancho tobogán de metal. Y todo recubierto de intrincadas pasarelas. Mucho mejor que nada con lo que yo haya jugando nunca. El patio mismo estaba rodeado en dos de sus lados por árboles, con un campo de juego abierto en la parte más alejada, y la pared del centro comunitario definiendo el lado izquierdo. Había visto guardias encima del centro comunitario, guardias entre los árboles, guardias haciendo como que estaban sentados tranquilamente en las gradas del campo de béisbol. Al menos ocho controladores humanos vigilaban el patio de juego. Un montón de seguridad para un columpio por la noche. Se acercaba una persona, un hombre, sus pies crujían sobre las astillas de los árboles. <Es Tasset,> dijo Jake. Estaba en forma de búho, con ojos que veían a través de la noche como si fuera el mediodía de un día nublado. <De la tienda de artículos de deporte,> susurró Jake. <Uno de nuestros controladores recocidos. Le identificamos en el estanque yeerk.> <Vale, le seguimos dentro,> dijo Cassie. <Sólo dinos por dónde.> <Sí, porque fíjate, por aquí andamos un poco ciegos.> Marco, Cassie y Rachel se habían quedado en forma de mosca. Intentarían entrar al túnel. Y saldrían de nuevo. Ax estaba situado fuera del rango de visión de la cámara, detrás de algunos árboles. Estaba entre dos guardias, a menos de veinte pies de cada uno de ellos. No es necesario decir que estaba muy quieto. <Deberíais estar viendo una fila de luces cuadradas,> les dirigió Jake. Su forma de búho era mejor para este tipo de trabajos nocturnos. Yo podía ver las moscas. Jake podía VERLAS. <Son las ventanas del centro comunitario. Mantenedlas a vuestra izquierda. Vale, acabo de perder a uno de vosotros. No importa, ya te he localizado. Acercaos. Permaneced juntos. Girad un poco hacia la derecha. Ahora simplemente quedaos por esa zona.> Aterricé en silencio en uno de los postes del columpio y me quedé posado rígido como una estatua. Había visto los ángulos de la cámara y sabía dónde ponerme para quedar fuera de su vista. Tasset se detuvo y desapareció bajo el tobogán. <Le veo,> dijo Cassie. <Es azul y verde y hay unas noventa imágenes de él, pero definitivamente lo estoy viendo.> Cassie y Marco volaron detrás de Tasset. Las cámaras nunca los captarían. Pero podría haber otros peligros. Siempre hay otros peligros. <Luces rojas, creo,> nos avisó Marco. <Creo que ha venido a salir a un panel oculto. Bajo el tobogán. Posiblemente se traten de luces rojas. ¿Quién sabe? Ya sabéis cómo es la visión de la mosca.> Sentí el roce de Rachel aterrizando en mi espalda como una pluma y acurrucándose bajo mis plumas. Oí una débil sucesión de pitidos que venían de debajo de mi posición. Dee-deep. Dee-dee-dee-dee. Tasset salió de debajo del tobogán y se agachó para entrar en el sólido túnel de al lado. <¡Venid a mi guarida!> se mofó Marco poniendo voz de Drácula. <¡Moooah-ha-ha-ha!> El túnel era grande, como una de esas alcantarillas de hormigón. No puedes ponerte de pie dentro de ellas, pero tampoco tienes que ir gateando. Tasset estaba a punto de entrar cuando otros dos controladores asomaron sus cabezas fuera del túnel. Se echó atrás para dejarles paso. Pasaron. En silencio. <Ahora tenemos tráfico,> dijo Jake. Ax habló por primera vez. <Príncipe Jake, veo más humanos acercándose. Puede que tenga que retirarme.> <Haz lo que tengas que hacer, pero quédate cerca para el gran final. Puede que tengas que encargarte de uno o dos de los guardias,> dijo Jake con voz tensa. <¿Marco? ¿Dónde estáis Cassie y tú? Estáis fuera de mi campo de visión.> <Estamos justo detrás del enorme trasero de este tipo,> dijo Marco. <Y vemos una luz al final del túnel.> <Por dios,> murmuró Rachel. <Este no es el momento para tus débiles intentos de ser gracioso.> Rachel siempre se mete con Marco. Eso no era nada nuevo. Pero había una nota de estrés más profunda en su voz telepática. <No está bromeando,> dijo Cassie, sorprendida. <Hay una luz muy intensa. Aunque yo diría que está más hacia el centro que hacia el final. Parece otro panel de control. Sí. ¡Ahí! ¡Estoy aterrizando en él! Creo que Tasset está tecleando una palabra código, pero… ¡Yah! Whoa. Acaba de teclear el número en que yo estaba, sea cual sea.> Oí un sonido como de explosión de un neumático o un cierre rompiéndose, luego una ráfaga de aire. Psssst. ¡Wooooooosh! <¡Ahhhhhh!> <¡Yeeeeooooow!> Dos moscas salieron disparadas hacia casi el final del túnel verde, de vuelta a dónde habían empezado. <¡Yee-hah!> se emocionó Marco. <De acuerdo, hay algo ahí dentro,> dijo Cassie. <Con una importante diferencia de presión. ¡Ha sido un viaje alucinante!> <Vale, afuera,> ordenó Jake. <¿Cassie? ¿Marco? Vosotros ya habéis terminado. ¿Ax? ¿Estás listo?> Oí un leve “¡Fwapp!” entre los árboles. Seguido del sonido de algo cayendo. Un humano no habría escuchado nada. <Sí, Príncipe Jake. Estoy en mi posición. Hay un guardia menos.> <Vale, Cassie y yo os deseamos a todos buena suerte, y nos largamos de aquí a toda prisa,> dijo Marco. Entonces se echó a reír. <Los yeerks no tienen ningún respeto por nuestra inteligencia, ¿no? Como si no supiéramos que esto es una trampa. Como si pensáramos que un columpio en un patio es una entrada sensata al estanque yeerk.> <Un montaje,> dijo Rachel. <Un cebo. Quizá hayan supuesto que aunque sepamos que es una trampa no vamos a poder resistirnos.> <Sí, y resulta que tienen razón,> dijo Cassie sombría. <Pero hay dos niveles de seguridad, por debajo y por encima de los guardias,> señalé. <Eso parece bastante meticuloso, ¿no? ¿Paneles de activación de códigos bajo el tobogán y en el túnel? Si quieren que entremos, ¿por qué hacerlo tan complicado? No es la forma más fácil de infiltrarse.> <A menos que olvidemos el sigilo,> comentó Rachel, con creciente emoción en su tono, <y salgamos con los viejos recursos.> <¿Y cuáles son?> <Fuerza y sorpresa,> dijo. Luego se echó a reír deliberadamente. Marco dijo, <Sabes, Rachel, cuando estás en forma de mosca, hablando sin piedad sobre una guerra de guerrillas, y fuerza y sorpresa y todo eso, lo encuentro emocionante y a la vez inquietante. Ya sabes. Como un video de Britney Spears con tanques.> <Bueno, vale, es una trampa,> dije. <Hemos venido para caer en una trampa. Así que vamos a terminar con esto.> Nadie dijo nada. Todos sabíamos lo que tenía que pasar. Ya lo habíamos discutido. Planeado. Es sólo que ninguno de nosotros se había entregado a propósito antes. Del centro comunitario salió otro controlador y empezó a caminar sobre las astillas de árboles, hacia el tobogán. <Vale, Tobias. ¿Estás listo?> preguntó Jake. <No puedo decir que lo esté deseando,> dije. <Pero sí.> <¿Rachel?> <¿Yo? ¿Con quién te crees que estás hablando?> preguntó con fingida sorpresa. <¡Adelante con la emboscada!> Pero sentí la tensión en su voz. Estaba ocultando su inquietud. ¿Por qué? Rachel nunca se preocupa. Al menos, no por ella misma. <¿Tobias?> dijo suavemente en habla telepática privada. <¿Qué pasa? ¿Quieres quedarte fuera?> <No, claro que no. No es eso.> Hizo una pausa. <Escucha. Um. Tú cuidas de ti mismo. Quiero decir… ten cuidado. ¿Vale? Pase lo que pase. Si la cosa se pone mal, sálvate y olvida esta estúpida misión.> Sonreí para mis adentros. Estaba preocupada por mí. Si hubiera sido humano… mirando a Rachel a los ojos, sintiéndola cerca de mí, podría haber… Pero ella era una mosca en mi cuerpo de halcón. Lo cual era mejor. Podía mantenerme frío. Los sentimientos de un halcón no son exactamente visibles para los demás. <Lo haré,> dije simplemente. Luego añadí, <Tengo mucho que perder.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 11:[/b] <Todo el mundo fuera. Todo el mundo excepto Tobias y Rachel,> ordenó Jake. <¿Ax? Estate preparado. Voy a por las luces.> Un búho, silencioso como un fantasma, echó a volar, dirigiéndose hacia el edificio del centro comunitario. El controlador se aproximó, desapareciendo bajo el tobogán. Oí el parpadeo de los LEDs (NdT: Especie de bomillas de colores). Dee-deep. Dee-dee-dee-dee. <Sí, ya estamos en el dee-deep, de acuerdo,> murmuró Rachel. El débil sonido electrónico llegó a mi oído justo mientras una helada ráfaga de viento se levantaba y silbaba a través del columpio. Sheeeewooooo. El frío viento me erizó las plumas e hizo que un escalofrío me recorriera la columna. Despegué. Forcé mis alas para ganar altitud. Una cuerda arrancó una nota apagada contra el poste de metal. Las hojas de los árboles crujían y silbaban con el aire. Y la voz del presentador desde la celebración de la Alianza de ahí detrás resonaba por encima de todo. “Nos enorgullecemos de nuestro trabajo… dedicación a las tareas que tenemos entre manos… nunca, nunca cesamos. Alcanzaremos nuestro propósito.” Aplausos atronadores. El controlador desapareció de la vista, en el interior del túnel. <¡Jake! ¡Ax! ¡Ahora!> grité. Ax salió como un estallido de su escondite, galopando salvajemente hacia el túnel. Solté algo de aire de mis alas y me lancé en picado, ganando velocidad a cada instante. <¡Aguanta!> le grité a Rachel. Salimos disparados hacia el suelo. Apunté al túnel. “¡Andalitas!” gritó un guardia, asustado. Ax se lanzó al interior del túnel. Giré violentamente a la derecha, a sólo unos pocos pies del suelo del patio. Al interior del túnel. ¡Una locura! ¡Demasiado rápido! ¡No había forma de controlar la velocidad! Las alas y la cola tensadas, tensadas, captando todo el aire que pudiera conseguir, tensadas para absorber la energía de mi propia velocidad. Un círculo de luz blanca. La silueta de un hombre. Un andalita, su cuerpo inclinado, la cola fustigando. ¡FWAPP! El controlador cayó. Hombre, andalita, un círculo de luz, un panel pitando, las alas batiendo, las veteadas paredes curvas del túnel, todo en flashes de milisegundos. <¡Ax! ¡Venga! ¡VENGA!> Ax se quitó de en medio justo cuando yo irrumpía en el túnel, ladeándome en un giro que casi me desgarra los ligamentos de las alas, y atravesé disparado el círculo de luz. En el exterior una voz rugía, casi histérica. “¡Andalitas!” <¡Ahora, Príncipe Jake!> gritó Ax. Afuera las luces del patio se encendían de golpe. Afuera, Ax, ahora claramente iluminado, corría por su vida, seguido por todos los guardias. Ese era el plan. Que Ax arriesgara su vida para el único propósito de hacer que todo pareciera real, hacer que pareciera que yo había sido capturado en medio de un genuino ataque. Ax podía morir. Por el bien del realismo de la representación. La puerta se cerró. Psssst. Click. Pude sentir como se cerraba firmemente. Oscuridad. Mis ojos no veían nada. Pero oía… “Ahhhgggg-ggghhhha. Ahhhgggg-ggghhhha.” El corazón me dio un brinco. Conocía ese sonido. La profunda y pesada respiración de los hork-bajir infestados por yeerks. <¿Estamos dentro?> preguntó Rachel. <Efectivamente, estamos dentro,> susurré. <Y no estamos solos.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 12:[/b] ¡Luces encendidas! Formas enormes y puntiagudas. Una pared de furiosos hork-bajir. Tres docenas, quizá más. Esperándome a mí en el iluminado recinto. Y una chica. Una humana. Durante un milisegundo pensé… No, no, claro que no era Rachel. Esta chica era un par de años mayor. Alta, delgada, rubia. Elegantes pantalones de vestir, zapatos de cuero. Una camiseta de punto que incluso Rachel admiraría. Pija. Supermodelo. Yeerk. Me quedé sin habla. “¿Sólo uno? ¿Y en forma de pájaro?” comentó despectivamente. “Oh, está bien,” continuó confiada. “Con uno en nuestras manos, pronto atraparemos a los demás.” Chapman se aclaró la garganta. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba, plantado ahí a la derecha de ella. “Un pájaro en mano es mejor que ciento volando,” le brindó, sonriendo con satisfacción. “Cállate Chapman,” dijo la chica con calma. “Suenas como algún villano de una peli de Batman soltando juegos de palabras.” “Sí, señora. Discúlpeme, señora. Quiero decir, Subvisser.” ¿Subvisser? Se me quedó mirando como si pudiera leer directamente mi mente. Como si supiera quién era, qué era. Y quisiera hacerme daño por ello. Tragué con fuerza. <Tobias, ¿qué está pasando? ¿Por qué no nos movemos?> Rachel era pura energía. <¡Pelea! Hazles saber que no quieres estar aquí. Vamos, interpreta tu parte.> ¡Cierto! Tenía razón. Dejé escapar un grito chirriante. Más como golpe de efecto que por otra cosa. Esperando asustarles. Se revolvieron un poco cuando empecé a agitar las alas y a elevarme. Y entonces, una vez en el aire, arremetí contra la masa monstruosa más cercana. “¡Galaash! ¡Ahhh!” Mis garras extendidas penetraron en sus ojos. Las cuchillas de su muñecas cortaron el aire a mi alrededor. La cuchilla cortó un centímetro de mi cola. No podía dirigirme bien. Intenté compensarlo con el ángulo de mis alas, para alejarme en círculo y atacar otra vez. ¡Whaack! ¡Wummph! <¡Ahhh!> Algo duro me golpeó la cabeza. ¡El brazo del Subvisser! <¡Qué!> gritó Rachel. Caí al suelo. Hecho un montón, cabeza abajo. <Hemos caído. Yo…> Intenté espabilarme del impacto y levanté la cabeza de la piedra. Ahí estaba el Subvisser, vigilándome desde arriba. Su brazo derecho brillaba con un pulcro plástico blanco. ¡Era artificial! Me había golpeado con un brazo artificial. “No sabías que te estábamos esperando, ¿no es cierto, andalita?” dijo con frialdad. “Bueno, pues aquí estamos. ¿Sorprendido? Espero que sí. Adoro las sorpresas, ¿tú no?” Chapman se rió apreciativamente. “Oh, ¿he olvidado presentarme?” Se llevó la mano a la mejilla en un gesto de falsa sorpresa. “Lo siento. Soy el Subvisser Cincuenta y Uno. Segundo al mando después de Visser Tres en esta parte del espacio. Llámame Taylor.” “El nombre de su huésped,” explicó Chapman. “¡Cállate, Chapman!” gruñó, y estampó su pie contra el suelo como un niño mimado. Era una extraña representación. El normalmente ceñudo subdirector estaba adulando a una adolescente de las páginas de un catálogo de J.Crew (NdT: famoso diseñador de ropa y complementos). “¿No tienes nada que decir? ¿Eres mudo?” se mofó Taylor. “Vamos, siempre he querido hablar con un andalita. Intercambiar bromas con los autoproclamados grandes y poderosos señores de la galaxia. ¿Crees que permaneciendo en silencio me convencerás de alguna forma de que eres un pájaro de verdad?” Se echó a reír. “No, no, amigo andalita. Ya hemos visto otras veces al ratonero de cola roja, ¿no es cierto? He dicho, ‘¿no es cierto?’, Chapman.” “¡Sí, Subvisser!” <No tengo nada que decir. Soy un prisionero de guerra.> “Oh, bien, hablas,” dijo Taylor y entrechocó las manos. Sabía que tenía que “volver a mi forma” andalita. Representar mi papel. Completar el truco. No había razón lógica para que me quedara transformado. Me concentré en momentos más felices, sólo unas horas antes. Me imaginé a Ax. Me convertí en Ax. Esta vez la cola surgió primero. La sentí empujando entre mis plumas y empezando a crecer, delgada y ancha, en su arco natural. Sentí cómo emergía la cuchilla al final. ¡Qué aspecto debía de tener! Un ratonero de cola azul. El primer hork-bajir se puso en marcha, listo para agarrarme donde cayera. Taylor les hizo un gesto para que me sujetaran. Y levantó su brazo artificial. Directamente hacia mí. De la palma de su mano me llegó un sonido siseante, más y más fuerte, hasta que… ¡Shooopooof! De su mano explotó una rociada de partículas blancas deslumbrantes. <¡Ahhh!> grité. Un dolor punzante parecía cubrir todo mi cuerpo. <¡Ohhh!> Rachel también lo sintió. Chapman y los hork-bajir intentaron retroceder. Demasiado tarde. Los hork-bajir se arañaban sus propios ojos. Chapman se retorcía, como si estuviera cubierto de hormigas. “Qué demonios—” gritó, y luego se quedó en silencio. Taylor sonreía con satisfacción, sin verse afectada. Entonces, lentamente, el dolor pasó y sentí… nada. ¡No sentía nada en absoluto! Mi mente funcionaba, pero mi cuerpo no podía responder. Caí al suelo con un sonoro thud. Incapaz de moverme. Congelado a medio transformarme. ¡Paralizado! <¿Qué está pasando?> gritó Rachel. <No puedo sentir mis patas. Ni mis alas. ¡No puedo moverme!> <Nos ha echado un gas o algo así. A Chapman también. Y a media docena de hork-bajirs.> Caían al suelo como piezas de dominó gigantes. Thud. Thumpf. Los labios de Taylor formaron una amplia y siniestra sonrisa. “¡Sorpresa!” Rió para sí misma, erguida por encima de todos nosotros. Inmune al gas. “Lo siento por vosotros. Parece que soy la única que ha recordado tomar el antídoto con antelación. Oh, espera. ¿Se me olvidó decíroslo?” Su risa se detuvo en seco. “Llevaos a estos idiotas,” ordenó, haciendo un ademán a los restantes hork-bajir. Luego se acercó a donde yo yacía y sonrió de nuevo, con los ojos radiantes de autosatisfacción. Y dijo, en voz lo suficientemente alta para que sus secuaces pudieran oírla: “Y llevaos también a esta porquería andalita. Tenemos un lugar especial que hemos escogido sólo para él.” Unos fuertes brazos me levantaron del suelo por mi cola andalita. Era incapaz de resistirme. O mover un músculo siquiera. <¡Tobias!> gritó Rachel con frustración. <¡Estoy perdiendo el agarre! ¡No puedo sujetarme!> Sentí una puñalada de terror frío. No. No, si nos separaban a Rachel y a mí… No habría nadie para informar a Jake de la localización del Rayo Anti-Transformaciones. No habría nadie para pedir auxilio. ¿Y Rachel? ¿Ahí tirada, fuera de la vista, una mosca? ¿Paralizada en esa forma? Dios, puede que nunca… <¡Rachel! ¡Intenta transformarte! ¡Ahora! ¡Hazlo!> <No puedo, me verían.> <¿Quieres quedarte atrapada como mosca? ¡Olvida la misión! ¡Rachel!> <¡Tobias! ¡Me estoy resbalando de tus plumas! ¡Me caigo!> Sonaba como si estuviera a punto de llorar. No era un sonido que esperara oír. Unos minutos en la misión, y estábamos acabados. Atrapados. No había salida. No había ayuda esperando. Una pesada puerta de metal apreció cerrarse. Estaba en un pasillo oscuro. Otro hork-bajir llevaba una caja de metal, y el primero me metió dentro y cerró el lado abierto, apagando cualquier indicio de luz. <¡Rachel! ¡Rachel!> Sacudidas y golpes mientras el hork-bajir golpeaba la caja contra su pierna a cada paso. <¡Rachel! ¡Rachel! ¡Transfórmate! ¡Si puedes, oh Dios, transfórmate!> No hubo respuesta. Sólo silencio en mi cabeza. Estaba solo. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 13:[/b] La oscuridad era completa. Total. Y no oía nada. Ningún sonido excepto el de mi respiración irregular. Las sensaciones fueron volviendo y me di cuenta de que me habían enlatado en una caja de la mitad de mi tamaño. Una camisa de fuerza que me clavaba las alas contra el cuerpo. Que me enredaba la rudimentaria cola andalita alrededor del cuello. El halcón que había en mí tensó cada músculo. ¡No tenía espacio! En un arranque de pánico, empujé contra las paredes de inamovible acero de la caja. Estaba aterrorizado. Confinado. Luché para controlar al pájaro. Pero estaba perdiendo la batalla. Mi parte humana también estaba aterrorizada. ¡Rachel! Oh, Rachel. ¿Podría escapar de esta red subterránea? ¿Sobrevivir de alguna forma? Lo haría. Seguro. Tenía que hacerlo. Después de todo, era Rachel. ¡Rachel! ¿Dónde estaba ella? Lo único en lo que podía pensar era en una mosca paralizada, indefensa y vulnerable sobre el suelo. Alguien la pisaría. No podría quitarse de en medio, y alguien la mataría. Era mejor que la alternativa. Vivir como una mosca. Atrapada, como yo. Pero no exactamente como yo. Yo podía ver, podía volar… ¿Y el plan? Se suponía que Rachel tenía que ver a dónde me llevaban, y después guiar a los demás. Primero probar que el Rayo Anti-Transformaciones no funciona, y luego, durante el rescate, destruir el aparato por seguridad. ¡Era una locura! Una arrogancia inconcebible por nuestra parte. Habíamos subestimado a nuestro enemigo. Un error fatal. Fatal. El cerebro del halcón, la parte animal que aún, incluso ahora, vivía al margen de mí, no afectada por la razón humana, comenzó a gemir lentamente, derrotado. Hacía mucho calor dentro de la caja. Era como un horno. Cada vez más y más asfixiante. ¿Cuánto más oxígeno podía quedar? ¿Estaban intentando ahorgarme? ¿Era eso? ¡Era interminable! Lo único que me llegaba de fuera eran los movimientos y los balanceos que me sacudían cuando la caja chocaba con la pierna del que la llevaba. El camino continuaba. No había espacio para transformarse o volver a mi forma. <Me quedaré atrapado. En la forma de una criatura horrorosa, a medio transformar,> prununcié lentamente. <Ese será mi fin. Seguro que los andalitas ni siquiera tienen un nombre para semejante tragedia.> Eso es. Sigue hablando, Tobias. Sigue hablando. Permanece cuerdo. Aguanta. No pienses en… Zeeewooozeeewooo. Los seis lados de la caja empezaron a zumbar. A vibrar. Y entonces: ¡poosh! Como el flash de una cámara, las paredes de acero se evaporaron. Una luz deslumbrante inundó mis ojos. Me cegó. Conos y bastones me ardían (NdT: Los conos y los bastones son los dos tipos de células fotorreceptoras de la retina). Lo veía todo blanco. Parpadeé un par de veces. Entonces, no. No, mis ojos se estaban ajustando. Estaba en otra caja. Pero de una clase completamente diferente. Un cubo de cristal. Más grande. Un cuadrado de unos cuatro pies. Lo suficientemente grande para mí como para que pudiera moverme. Muy iluminado, con varios focos de luz dirigidos hacia mí. Me transformé inmediatamente. De vuelta a halcón. Parpadeé de nuevo. Y mientras me ponía en pie, me di cuenta de que estaba suspendido en el aire. El cubo colgaba en el centro de una habitación mucho más grande. Intenté ver algo bajo el cristal. A través del resplandor de las luces, hacia la oscuridad de abajo. “No hay modo de escapar.” Era la voz de Taylor. El Subvisser Cincuenta y uno. Fría y despreocupada. “No tiene ningún sentido que busques a tu alrededor.” Estaba sentada ella sola frente a una larga mesa cerca de la puerta de la enorme y sombría habitación. A su izquierda y derecha, hork-bajirs armados, bien atentos. Arriba, una red de vigas de acero y conductos y un desalentador laberinto de alambres. “Puedes transformarte y ponerte cómodo mientras esperamos,” continuó. Buen intento, pensé. Transformarme y ponerme cómodo. ¡Sí, claro! Le encantaría tener un andalita al que infestar. Eso haría que Visser la tuviera en cuenta. ¿Por qué no meto la cabeza en el estanque yeerk ya que estoy? “¿No?” me pinchó, burlona. “¿No quieres transformarte? ¿Preocupado por todo eso de los yeerks en la cabeza? Está bien, mi pequeño pajarito andalita. Quédate como estás. Por ahora.” Miré otra vez las paredes de cristal de mi cubo. Suaves y gruesas. Perfectas. Lisas excepto por un pequeño panel insertado. En el panel había tres círculos. Tres discos como los botones de un ascensor gigante. Eran de colores. Uno rojo, uno azul, uno negro. “Ah, veo que te has fijado en el mecanismo de control. Hay un pequeño experimento que podemos hacer en cuanto llegue Visser Tres,” dijo con complicidad. “Ese mecanismo es una pieza de arte, andalita. Lo último en tecnología yeerk.” ¿Un pequeño experimento? ¿Mecasnismo de control? El Rayo Anti-Transformaciones. Tenía que ser eso. ¿Verdad? Me adelanté para pulsar el panel con el pico. ¡Scheewack! ¡Kewwwack! Un campo de fuerza eléctrico crepitó y siseó. Sentí una descarga eléctrica en el pico que envió una sacudida a través de todo mi cuerpo. De las alas a la cola y al revés. Caí, aturdido, al suelo. “Ouch,” dijo Taylor. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Se escucharon fuertes golpes en la puerta. Dos hork-bajirs se apresuraron a abrirla, chocando el uno contra el otro en el intento. Un estrépito de cuchillas mientras intentaban desenredarse. Uno de ellos consiguió llegar finalmente hasta la puerta. <Espléndido,> murmuró Visser mientras entraba pavoneándose a la habitación. <Ahora hacen falta dos para abrir una puerta, ya veo. Sí. Excelente.> Avanzó con rapidez, con gráciles pasos andalitas, hacia el centro de la habitación. Se detuvo brevemente para pisar con una pezuña el dedo del pie de uno de los hork-bajir ofensores. Un grito apagado. <Me habéis,> explotó Visser mediante habla telepatía pública, haciendo una pausa a media frase para volver sus cuatro ojos hacia mí, <retrasado.> Mi respiración se detuvo. Mi estómago se convirtió en piedra. La oscuridad de su mirada era aterradora. Nos habíamos encontrado muchas veces, él y yo. Pero visible a través de esos ojos andalitas había una maldad que aún infundía miedo en mi corazón. Que aún me causaba desaliento y desesperación. Quizá era el saber que este yeerk había conseguido algo que muchos años de batalla no habían podido conseguir: derrotar al gran Elfangor. Acabar con la vida de ese valiente guerrero. O quizá mirar a Visser a los ojos me hacía enfrentarme a la dura realidad de que, a pesar de todas nuestras campañas –las numerosas formas en que hemos tenido éxito en debilitar y retrasar la invasión en la Tierra –este yeerk aún se erguía fuerte y poderoso. ¿Simplemente tenía suerte? ¿O realmente era más listo que nosotros? ¿Triunfaría siempre? ¿Seríamos incapaces de detener la invasión? ¿De cambiar el curso del futuro de la humanidad? Miró hacia otro lado y me liberó de su yugo. “¿Negocios urgentes?” inquirió el Subvisser con interés. <Me habían detenido los festejos de fuera, la planificación de nuestra nueva base, la reasignación de tareas a… delegados de mayor confianza. Hmmm.> Observó la habitación como la reina de corazones, buscando a alguien a quien cortarle la cabeza. <Y, oh sí,> entonó, girando lentamente sus antenas oculares para enfocarme a mí, <por el pequeño y trivial asunto de que un bandido andalita fue encontrado entre los árboles. Le seguimos hasta su penoso refugio.> Me quedé asombrado. Seguro que era un farol. Seguro que Ax había huido. Visser aguardaba, esperando claramente obtener alguna respuesta. <Destruimos la paleta, por supuesto.> Se detuvo de nuevo. <Conmovedoramente primitiva, la forma en que viven los andalitas. Sois una especie claustrofóbica, ¿no es cierto? Siempre ansiando el cielo abierto. Bueno, ahora tu compatriota no es más que un puñado de átomos flotando a cielo abierto.> Taylor se echó a reír apreciativamente. No dije nada. Y la cara de un halcón es inexpresiva. Visser parecía un poco decepcionado. <Algunos otros andalitas fueron encontrados traspasando la propiedad del centro comunitario. Pero puedes estar seguro, Subvisser, de que nos deshicimos de ellos.> No. Me negué a creerle. Si hubiera encontrado a alguien transformado, lo habría traído directamente hasta aquí, para probar el rayo. Éramos demasiado valiosos como conejillos de indias. Mentiras. <Sí. Bueno.> Sus antenas oculares decayeron ligeramente. <¿Procedemos con los asuntos que tenemos entre manos? Creo que nuestro amigo aquí presente ya ha esperado lo suficiente.> “Sí, Visser,” respondió Taylor servilmente. <¡Bien, entonces! ¡Doctores Sinegert y Singh! ¡Mis dos devotos científicos!> Buscó con la mirada en la habitación. <¿Dónde están?> La puerta volvió a abrirse. Esta vez por un solo hork-bajir. Dos pequeños controladores humanos con batas de laboratorio blancas entraron tímidamente. Parecían demacrados. Como si no hubieran dormido durante días. Miraron a Visser Tres y luego apartaron la vista. Uno llevaba un grueso manual de cubierta blanda; el otro, un gran mecanismo de sobremesa. Una réplica de los tres botones de mi cubo de cristal. Colocaron lo que llevaban con cuidado en la mesa en frente de Visser. <¿Estáis preparados?> preguntó Visser solícitamente. “Sí, nosotros, yo, nosotros… Sí.” <¡Entonces empezad antes de que pierda la paciencia!> Se movieron rápida, torpemente, agitados. Uno de ellos se tropezó mientras corría hacia un enorme objeto que se parecía muchísimo a la clase de telescopio que tendría un astrónomo aficionado. El aparato que parecía un telescopio me apuntaba a mí. El doctor Singh accionó unos cuantos interruptores de la base y el cuello del instrumento. El otro hombre parecía estar conectándolo al aparato de los tres círculos. Luego los dos hombres se quedaron quietos uno al lado del otro. Sus expresiones eran una extraña mezcla de esperanza y orgullo y terror. Ambos presionaron con sus sudadas palmas un enorme botón negro. Me habría echado a reír si no hubiera estado enfermo de miedo. Eran como un par de críos prometedores en un concurso de ciencias, siendo juzgados por un asesino psicópata. El correspondiente círculo negro de mi cubo de cristal brilló con una luz espeluznante. Cerré los ojos. Esperando que el rayo no me matara, pero sabiendo perfectamente que podría hacerlo. Esperé. Sentí un ligero hormigueo en el cuerpo. Wooomp, wooomp, wooomp. Un sonido mecánico, como de un helicóptero despegando, o el motor de un coche antiguo arrancando. Woomp, woomp. Abrí los ojos. Los dos pequeños científicos parecían inquietos. Sus ojos revoloteaban nerviosamente del objeto telescópico a sus gráficos, a sus controles, a mí. Luego, muy muy lentamente, volvieron su cara hacia Visser Tres. <Una máquina muy ruidosa,> dijo Visser bien alto. <Querréis que funcione cuanto antes, ¿no es cierto? Resolved los detalles. Preparad el instrumento…> En este punto, las caras de los científicos se encendieron. El sudor bañaba su frente. Empezaron a pasar rápidamente páginas y páginas de cálculos. Uno se subió a la máquina con una llave inglesa y empezó a desmontar la parte externa. Una llave inglesa. Que tecnología tan avanzada, pensé. “No lo entiendo,” dijo uno de ellos sin aliento. “Es imposible que no funcione. Imposible.” Corrió hacia mí. Se puso de puntillas para mirarme dentro del cubo. Aún era un halcón. No me había transformado. Por la excelente razón de que no estaba transformado, para empezar. “¡Tiene que funcionar!” “Visser… tiene que funcionar. ¡Funciona!” “Funciona, Visser, esto… de alguna forma…” Taylor puso los ojos en blanco y suspiró. Visser Tres estaba completamente inmóvil. El silencio llenaba la habitación. No me habría sorprendido ver una auténtica columna de humo saliendo de su cabeza. Pronunció una sola orden. <Alimentad con ellos a los taxonitas. Lentamente.> “¡No, Visser, no! No lo entiendes. Esto debe de ser algún tipo de truco andalita. Es inconcebible que el rayo no funcione.” El otro levantó un tocho de papeles con cálculos y lo agitó desesperadamente. “Mira nuestro trabajo, Visser. Verás que es perfecto. Que el trabajo es de valor. Que nosotros somos de valor.” “No es mi culpa,” gritó balbuceando el doctor Sinegart, con los ojos desorbitados. “¡Ha sido él! ¡Es un… un saboteador! ¡Un traidor!” Visser Tres se me quedó mirando duramente con sus ojos principales. <Este andalita es todo tuyo, Subvisser. Haz que se transforme. Inféstale. Te dejo al mando de la operación. Es tu especialidad. No me defraudes.> Caminó tranquilamente hacia la puerta. Los hork-bajir cogieron a los científicos. La lucha fue breve. Se abrió una escotilla en el suelo. Unas líneas en las que no me había fijado. De ella surgían los bramidos y gorgoteos de los taxonitas hambrientos. “¡Nooo!” Los hork-bajir parecían ahora más interesados mientras dejaban colgando primero a un científico y luego al otro, sobre el foso. Miré hacia otro lado. No podía hacer nada para acallar sus aullidos de dolor. Aullidos de dolor que duraron hasta que, cuando Visser se hubo ido, los hork-bajir dejaron de agarrarles y los controladores cayeron al foso. El suelo se cerró. El Subvisser parecía agitado. Quizá pensaba que acababa de vislumbrar su propio futuro. Pero observé su esfuerzo por recobrar la fuerza. Su crueldad. Esos ojos que habían albergado un leve rastro de compasión, se endurecieron de nuevo. “Puedes hacer esto fácil, andalita,” dijo lenta, deliberadamente. “O puedes hacerlo… horrible.” Se detuvo. “Depende de ti.” [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Acercó la cara a centímetros del cristal –incómodamente cerca- y se quedó mirando glacialmente a mis ojos de halcón. Un animal de zoo en exposición. Así me sentí. “Pronto te quedarás atrapado en esa forma, andalita,” dijo el Subvisser. “Seguro que no quieres vivir como pájaro.” Decidí contestar. <No os daré otro cuerpo andalita al que infestar.> Siguió mirando atentamente un poco más, como si hubiera encontrado mi declaración díficl de tragar. Su parecido con Rachel era perturbador. La misma presencia orgullosa. La misma intensa belleza natural. Pero sabía que el parecido era sólo superficial. Por dentro, Rachel y ella eran la noche y el día. O al menos, la noche y el ocaso. “No, claro que no lo harás,” se mofó. “Valiente andalita. Tu sentido del honor es ridículo. No te llevará a ningún lado.” Caminó por la habitación con plácida determinación. Volvió su atención hacia el panel de control. Se parecía a algo que había visto en el museo de arte moderno. Tres grandes círculos –de unos quince centímetros de diámetro- que destacaban vistosamente contra el fondo gris plateado. Azul, rojo. Y negro. El último ya lo conocía. El RAT. ¿Pero y los otros dos? Ella vaciló delante del panel, casi como si estuviera preocupada. Luego, de pronto, decididamente, estampó su mano contra el botón rojo. El círculo de mi cubo brilló con un profundo carmesí. Lo observé mientras palpitaba el color. Y sin previo aviso— <¡Ahhhhhh!> Sentí como que me atravesaban con un cuchillo. Un dolor inesperado y aturdidor que se filtraba hasta mis huesos. Un puñal… retorciéndose… <¡Ahhhhhhhhhh!> Afiladas ráfagas de dolor que me dejaban sin aliento. Jadeé. “Transfórmate,” dijo Taylor. Me quedé en silencio. Me era imposible responder. Ni pensar siquiera en hablar mientras el dolor me incendiaba. Más fuerte. Más intenso a cada segundo. Empecé a sentir un timbre estridente pitándome en los oídos. No podía soportarlo… oh, Dios, ¡el dolor! Se detuvo. Desapareció. Se apagó el color del círculo rojo. Tenía que parecer fuerte. Insensible. Duro. Invencible. Pero no podía hacer otra cosa que quedarme ahí tirado. Quedarme ahí tirado y respirar. Respirar. “Realmente hermoso, ¿no es cierto?” anunció ella. En sus ojos brillaba un orgullo demente. Una mirada que no dejaba ninguna duda de que sus labios pronunciaban las palabras del yeerk de su interior. “Algunos de nuestros mejores científicos se pasaron casi una década perfeccionándolo. El concepto es en realidad bastante sencillo. Ya ves, tengo acceso directo, sin obstáculos, a las partes de tu cerebro que controlan las emociones y las sensaciones físicas.” Se echó a reír. Un sonido puramente infantil. Podría haber estado coqueteando con algún chico. “Puedo hacerte sentir todo lo que quiera. Eso, en caso de que no te hayas dado cuenta, era dolor –el ajuste más bajo. Me gustaría saber lo que piensas. No, de verdad. Sé honesto. Nuestros científicos aprecian las opiniones. Especialmente de un poderoso andalita.” Intenté responder. Parecer que tenía el control, que no estaba alterado. Pero aún no podía moverme. O reunir la fuerza necesaria para contener los leves y patéticos quejidos que hasta ahora no sabía que mi voz de halcón pudiera hacer. “Interesante,” meditó el Subvisser, valorando mi estado. “Esto va a ser más fácil de lo que esperaba. Pero no te rindas demasiado rápido. No quiero que Visser Tres piense que cualquiera podría hacer este trabajo. ¿Preparado? ¿Una vez más? ¿Vamos?” Aprentó el círculo rojo otra vez. Grité. Grité y grité. Mis alas se estremecían incontrolablemente. Mi pico se abría violentamente. Mis talones se cerraban sobre la nada. Mis tripas no aguantaron más y vomité. Un dolor indescriptible. Un dolor sobrecogedor. Un dolor que me devoraba, que mordía mis tripas, retorciendo cada terminación nerviosa. Tenía que hacerlo parar. ¡Tenía que hacerlo parar! ¡Díselo! ¡Díselo! ¡Haz que pare, díselo, díselo, díselo! Yo, el humano que era yo, el chico de mi interior seguía gritando ¡díselo, díselo! Pero el halcón… el halcón aguantaba en silencio, indefenso. El halcón no tenía escapatoria. La parte de mí que era un pájaro, el cuerpo, mi yo fisico, no sabía que había una causa para el dolor. No sabía que podía hacer que el dolor acabara. Y ya, para el halcón, el dolor se había convertido en un hecho de vida. En la realidad. La vida era hambre. La vida era matar. La vida era peligro. La vida era dolor. El halcón podía soportarlo. No a nivel consciente, por supuesto, pero sí cerrándose. Manteniéndose con vida en una especie de piloto automático primitivo. Sólo conservaba funcionando las partes esenciales del organismo. Sin contemplaciones. Sin decisión. Sin observación siquiera. Sólo supervivencia. El chico Tobias gritaba. El halcón Tobias ya había empezado a aceptar el dolor. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 16:[/b] El dolor desaparecía. Jadeos. El dolor volvía. Gritos. Desaparecía. Volvía. ¡Díselo todo! El dolor es normal. La vida es dolor. ¡Haz que pare! Vete, humano. Vete, niño. El halcón lo sabe. El depredador lo entiende, porque él lo entiende todo. <Sal,> murmuré para mí mismo. <Sal de ti.> “¿Qué has dicho?” preguntó Taylor. Irrelevante. Ella no era nada. Yo era el halcón. Más dentro aún del halcón. Vete, débil niño humano. Me parecía estar fuera de mi cuerpo. Halcón, humano –todo. Mi mente empezó a acelerarse, la histeria maníaca de la locura. Por encima de todo. Una oleada de autocompasión, seguida de una oleada de odio, seguida del insoportable peso de la desesperación. El dolor lo aceleraba todo. Más y más rápido. Pánico, miedo, tristeza. Pero de alguna forma… Utilizando la parte de mí que estaba preparada para procesar el dolor, lo iba soportando. ¡Cierra tu mente humana! Es tu única esperanza, me dije. Concéntrate en el halcón. Concéntrate en la parte de ti donde el dolor es menos turbulento. Menos destructivo. Sumérgete en tu yo halcón, Tobias. Hasta el fondo de tu yo rapaz. ¡Pero las imágenes! Fragmentos de recuerdos. Recuerdos aleatorios. Pasando en ráfagas incontrolablemente por la pantalla de mi cabeza. ¡Locura! ¡Demencia! Un proyector de diapositivas a hipervelocidad. Fugaz. Incontenible. Dominando mi realidad e imposible de controlar. ¡Apágalo! ¡Apágalo! El salón estaba bastante oscuro. Como siempre, las sombras presentaban un aspecto demacrado. Eran alrededor de las cuatro, y él acababa de llegar a casa. De su trabajo de techador. Su cara era curtida y bronceada. Una lata de cerveza en su mano. “Sí, ¿y qué?” La voz de mi tío. Fría y áspera. Se sentó en el sillón, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Ahora incluso pasaba la noche ahí. Miraba la tele con ojos vacíos y cansados. También tenía enchufada la radiofrecuencia. Sintonizada en la banda de la policía. De ella brotaban un torrente de informes mundanos. Hablé con cuidado. “Bueno, es un honor,” dije. “El comité escogió mi dibujo de entre cientos de ellos. Sólo algo que esbocé durante la clase de arte. No tenía ni idea de que ganaría el concurso del estado.” Esperaba que me llevara a la entrega de premios ese fin de semana, Era estúpido. No es que fuera un gran logro. Pero habría estado bien. “¿Te dan dinero?” refunfuñó casualmente, sin volverse siquiera para mirarme. “No,” dije, confundido. “¿No? ¿Entonces qué valor tiene? Si no va a ayudar a pagar las facturas, ¿qué bien hace?” Se me quedó mirando con condescendencia, luego de vuelta al televisor. “Cuando yo tenía tu edad ya trabajaba. En un taller de coches. Lavando coches. Todo el dinero era para mi madre. Todos mis ahorros. Porque mi padre no estaba. Me tenían bien disciplinado…” Se interrumpió y se arrellanó en el sillón. Me quedé ahí plantado, al pie de las escaleras, incapaz de moverme. Sentía que las lágrimas se desbordaban de mis ojos. No podía dejar que las viera. Me dije, No es que sea gran cosa, Tobias. Sólo un estúpido dibujo. No es gran cosa. A él le dije, “Sí, bueno, sólo era una idea.” No hubo respuesta. Me arrastré escaleras arriba hasta mi habitación. Caminé hasta la ventana. Podía llorar ahí, donde nadie me vería. Llorar era estúpido. Entonces, con ojos borrosos miré un coche entrar en una casa al otro lado de la calle. Una madre y su hija salieron de él. Camianron juntas hasta la puerta principal. La niña llevaba una hoja pintada con los dedos, arrugándola un poco mientras caminaba. La madre se detuvo, cogió el dibujo de su hija, y lo llevó a dentro de la casa como si fuera la Mona Lisa. Era como si alguien lo hubiera arreglado para burlarse de mi vida en mi propia cara. Aquí, Tobias, echa un vistazo. Echa un vistazo a tu vida, y a las vidas de los chicos normales. Echa un buen vistazo. Estaba solo. Estaba solo. ¿De dónde vendría mi fuerza? Levanté una mano para secarme las lágrimas. Una mano que era… dedos que eran… Color canela. Plumas. Un ala. Me di la vuelta rápidamente para mirarme al espejo. Ojos redondos sin expresión me devolvieron la mirada. <¡Noooo! ¡Noooooooo!> “Ríndete,” dijo Taylor, derrochando simpatía por la voz. “¿Crees que me gusta hacer esto?” Se rió con su repentina risita de chica de centro comercial. “Te destrozaré. Lo haré. Ahora transfórmate, andalita. Date por vencido y el dolor cesará.” [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Una y otra vez, el círculo se iluminaba. Un rojo intenso y agonizante. El instinto del halcón me decía que huyese. ¿Pero a dónde? Aleteé salvajemente alrededor del cubo. Como un pollo loco en su jaula. ¡No había a dónde ir! “Qué gasto de energía,” comentó Taylor. “Te vendría mejor conservar las fuerzas.” Plumas rotas cubrían el suelo vacío del cubo. Y si hubiera estado más atento, me habría dado cuenta de que me había torcido un ala. Me derrumbé en una esquina, exhausto. Casi destruido por las imágenes de dolor y sufrimiento que había sido incapaz de detener. “Allá vamos otra vez,” dijo Taylor alegremente. “¿Preparado? ¿No? ¡Qué lástima!” Rick Stathis. Ahí, en lo alto de la colina. Esperándome en la acera una mañana helada de invierno. Su aliento formaba nubes como un toro enfadado. Una constitución fuerte y musculosa oculta bajo el abrigo negro. Ojos azul claro vigilaban la manzana, esperando verme llegar. No había escapatoria. Me acosaría. Me pegaría. ¿Por qué la tomaba conmigo? ¿Por qué yo? Podría echar a correr por el otro lado. Tomar el camino largo hacia el colegio. Pero me encontraría tarde o temprano. Y me pegaría aún más fuerte. Mi estómago dio un vuelco… Y ahí estaba Aria. La mujer joven que decía que era de mi familia. Que decía que me daría un hogar. Que hasta se preocuparía por mí. Aria. En realidad, tan sólo una máscara –una forma- de Visser Tres. Visser Tres, planeando mi muerte. Yo no era más que un ingenuo. Otra vez. Falsas esperanzas. Nunca te confíes… ¡nunca! “Transfórmate, andalita,” repitió el Subvisser, sus palabras como un rugido bajo. “Ya me estoy empezando a aburrir.” Ahora rápidas oleadas de recuerdos. Inexorables. El cubo estaba muy caliente. Sofocante. Luché para poder captar algo de aire que respirar. “¡Uhhh! ¡Ahh!” Rick me estampó contra las taquillas, cogiéndome por el cuello de la camiseta. ¡Bam! Su puño contra mi cara. Levanté una mano para cubrirme la nariz sangrante. Pero era tan dura como el hueso. Curvada. Afilada en la punta. Aterricé en el suelo polvoriento del ático de Jake. Levanté la tapa de un envase de plástico Rubbermaid (NdT: Marca norteamericana, como aquí Tupperware) para comerme la comida que era demasiado aprensivo como para cazar. Atrapado en una forma. Para siempre. Nunca volvería a transformarme. Nunca volvería a ser humano… Acéptalo. ¡No puedo! Mirando la luna creciente. Las estrellas. <¡Quiero irme a casa!> grité en un susurro. Pero mientras lo hacía sabía que no tenía ni idea de donde estaba mi casa. “Estás a años luz de tu casa, andalita.” ¡El Subvisser! ¿Qué? ¿Había hablado en voz alta? “Tu gente está a trillones de kilómetros de aquí. Se debilitan día a día. No hay nadie que pueda salvarte.” * * * La presa. Yo era la presa. Yo era el perseguido en todas las historias de crueldad animal que Cassie nos había contado. El ganso de Canadá aporreado hasta morir en el campo de golf. Sentí que mi cráneo se hundía. Mis gritos confusos y aterrorizados. Los frescos y despreocupados gruñidos de agresión de los chicos con bates de béisbol. La mosca tirada temblando y asustada en el suelo. Mientras dos alumnos le arrancan primero un ala, luego la otra. Un experimento científico, decían. Sentí cómo me separaban las extremidades del cuerpo. El zumbido de los aviones. Una aterradora sombra artificial siguiéndome, acosándome. Respondiendo a cada giro que yo hacía. Yo era el lobo. A través de nieve virgen que resplandecía con la luz del sol. Las patas contra el suelo. Respira. Respira, respira. Yo era el lobo que había visto tantas veces en la tele. Ese lobo, con espuma saliéndole por la boca. Cansancio y terror en sus ojos. Los hombres del avión habían disparado a todo el resto de mi manada. Desde el aire. Prismáticos de gran potencia y un rifle. Grandes cazadores que dicen que yo arruino su deporte. Así que acabarán cogiéndome. Me perseguirán hasta que ya no pueda correr. Hasta que caiga, con el corazón explotándome. Víctima de una matanza. Es mejor para el lobo no descifrar las profundidades más malignas de los corazones de sus depredadores. Los que ven todo esto en términos de simple jerarquía natural. El hombre es inteligente. El hombre ha destruido al lobo, del mismo modo que el lobo destruye al caribú (NdT: Tipo de ciervo). Pero yo soy lobo y humano. Yo veo más allá. Visser Tres se alzaba enorme y horrible sobre un agonizante Elfangor. Cerró sobre él unas mandíbulas monstruosas. Los estridentes gritos de victoria de Visser sonaban en mi cabeza. Elfangor. El padre que nunca conocí. Mi vínculo con todo lo fuerte, perdurable y bueno del universo. Asesinado. La furia bullía en mi interior. Una rabia cuya fuerza me hacía temblar. Una energía que se alzó y tomó el control. Que me infestó. ¡Acabaré con él! ¡Acabaré con ese yeerk! El odio me atravesaba las tripas. Me golpeaba, me apuñalaba. ¡Déjame! Supliqué. Pero la rabia no desaparecía. Y me lancé en picado hacia el suelo. Abrí mis alas rápidamente, para detener el descenso. Planea. ¡Planea más rápido! Preparado, ¡ahora! Las garras dispuestas, extendidas. Cerradas sobre la presa. Atravesando la piel. Hasta el corazón. Alrededor del cráneo. Demasiado eficientes para dejar gritar a la ardilla. ¡Yeeeeeeeee! ¡Yeeeeee! Un gemido escalofriante. ¿Qué? ¿No lo había matado? Arriba. Arriba. Fuerte impulso para subir a los árboles. La sangre goteando de mis garras. Un cuerpo cálido y nervioso agitándose para soltarse. Para vivir. * * * “¡Tú, fastidioso pájaro! ¡Transfórmate!” El halcón de mi interior redobló su agarre. El humano de mi interior gritó. Y volvió a gritar. No quiero hacerlo. Una vida extinguida en un instante. Agonía. Muerte. Para que yo pudiera vivir. Miré hacia abajo. No había garras. No. Sólo dedos humanos. Dedos cubiertos de sangre. ¡Estrangulados por mis manos humanas! <¡Noooo!> Y me lancé en picado hacia el suelo. Abrí mis alas ampliamente, para detener el descenso. Fácil, fácil. ¡Ahora! Los talones extendidos. Y listos. “Gilalll. ¡Ahhh!” El hork-bajir se agarró la cara con angustia. Cegado. Me elevé en el aire para alcanzar suficiente altitud como para girar y volver a atacar. Y mientras volaba, sentí la carga de miles de heridas, todas frescas y vívidas en mente. Sobrecargándome. ¿Cómo puedes llevar semejante peso? Todo el dolor que había infligido. Aparentemente de forma inevitable. Quizá evitable. Heridas hechas por mí. Un halcón. Un guerrero. Un chico despiadado. Un chillido ensordecedor, compuesto por las voces de todos aquellos a los que me había enfrentado en combate, me abrumó. Me abatió. Hork-bajir. Taxonitas. Conejos. Ardillas. Humanos. Mi corazón se llenó de gritos. Todo rojo. Insoportable. Interminable, interminable. Violentas imágenes pasando a toda velocidad como el paisaje por la ventana de un coche. ¿Era mi castigo? ¿Eso es lo que era? Y entonces: Silencio. Paz. Lentamente, completamente, la agonía se evaporó. El círculo rojo parpadeó y se oscureció. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 18:[/b] “¡Arrrgh!” El Subvisser corrió hasta el hork-bajir más cercano y le dio un empujón. Él gruñó, pero sabía que lo mejor era no reponder más allá. “¡Soy una idiota!” se enrabietó repentina e inexplicablemente. “¡Por supuesto que el rayo de dolor no puede desmoronarte! Estás usando tu forma como escudo. Cualquier criatura sensible hace tiempo que se habría rendido ante tanto dolor. Cualquiera que sea ese pájaro feo en el que estás convertido no es una criatura sensible. ¡No puede ser! Nunca habrías aguantado…” Empezó a ojear rápidamente un manual que los científicos se habían dejado sobre la consola. Se detuvo en una página cerca del final, sonrió, leyó un poco más, y entonces cerró el libro de golpe y lo lanzó sobre la mesa. “Todo es cosa de contrastes, ¿no crees?” preguntó Taylor. “Así es la vida, ¿eh? No conoces el dolor a menos que conozcas el placer. No sabes lo que es ser fuerte a menos que hayas sido débil. ¿No es cierto, andalita?” <No lo sé,> conseguí decir. <Házmelo saber… si alguna vez te haces más fuerte.> “¿Crees que ahora soy débil?” dijo con un acento agudo. “Te tengo en mi poder, andalita. ¿Me llamas débil? No. No, antes era débil. Ahora soy fuerte. Conozco la diferencia. Y cuando te sometas, también tú conocerás la diferencia.” Su mano se movió sobre el círculo azul. Vaciló, aparentemente saboreando el momento. Luego bajó el puño. El círculo se iluminó. Un suave y tranquilizador añil. Y en mi mente oí risas. Alegres risas humanas. Las mías. Me tiraba rápidamente por un trampolín. A toda velocidad. Caminaba a casa desde el colegio con los pies descalzos, andando sobre la fresca tierra de la primavera bajo mis pies. Sentía un azucarillo deshaciéndose en mi lengua. Descubría ese suave punto detrás de la oreja de un gato que hacía que Dude cerrara los ojos extasiado. “Placer, andalita. Diversión, ¿no es eso? ¿Recordando días felices atrás en tu mugriento planeta? ¿Estás recordando tiempos felices, corriendo por la hierba? Claro que sí. Arriba y abajo, andalita. Dolor y placer. Te arrastraré a la locura, andalita.” Placer. El botón azul era placer: intenso, continuo, fuera de control. El halcón no conocía el placer. La satisfacción sí. La satisfacción de una buena caza, la comida que le seguía. ¿Pero la felicidad? No me dejes, Tobias halcón. Sé lo que hará, sé lo que el nauseabundo yeerk hará, pero oh, oh, no hay tristeza, no hay miedo, todo ha desaparecido. ¡Felicidad! ¡Bienestar! Qué tranquilidad. No para un halcón. El placer era un territorio humano. Puramente humano. Corrí a través del jardín, deteniéndome ante el arbusto de frambuesas. Las espumosas olas del océano chocaban contra las rocas. Una leve brisa me revolvía el pelo. Cogí una frambuesa y me la comí. Tan dulce en mi lengua. Sublime. El sol en la cara. “¡Jovencito!” Desde la casa de lo alto de la colina, situada como un faro sobre una cala, se acercó una mujer mayor. Pelo gris. Una voz fuerte y profunda. ¡Claro! Estas frambuesas eran suyas. Este jardín. Yo era un intruso. Me volví para echar a correr. Pero no, algo me detenía allí. La amabilidad en sus ojos. En una cocina bañada de luz. Las paredes pintadas con un tono amarillo claro. Sombras azul oscuro. Un calor confortable y acogedor me envolvió cuando me acerqué a la cocina. ¡Y los olores! Sidra caliente. Rollos de canela caseros. Tarta de frambuesa. Cuando a nadie más le importaba, el profesor Powers me daba de comer y me contaba historias. Me daba la ilusión de un hogar. “Sólo te quedan unos dos minutos en esa forma. ¡Quizá menos! ¿Eres idiota? ¿Quieres pasar el resto de tu vida comiendo carroña de carretera? ¿No volver a experimentar nunca ese placer, esa felicidad?” ¡De pronto, un dolor espantoso! Dolor, y ningún halcón que me salvara. ¡Agonía y ninguna escapatoria! No, no, no, no. Estaba completamente solo, yo, sólo yo, sólo Tobias, el chico. Dolor como si mi cuerpo estuviera metido en un picador de carne. ¡Insoportable! ¡Halcón! Vuelve, sálvame, ¡protégeme! * * * “Ticktock, ticktock, el andalita será un pájaro para siempre, ticktock.” Estaba muy cerca. No podía verla, mis ojos, rojos por mi propia sangre, las venas rotas. “El tiempo casi ha terminado, andalita. Nunca volverás a correr en libertad. Nunca volverás a usar esa fantástica cola tuya. Morirás muy pronto. ¿Cuánto tiempo vive un halcón?” ¿Rachel? No, no, el Subvisser. Quiero que estés conmigo, que seas parte de mí, mi vida, no quiero morir como un pájaro, no quiero morir por nada. ¿Rachel? ¡Rachel! ¡Rachel! Escuchaba las olas chocar contra las rocas. Una mañana de primavera tardía. La niebla disipándose me acariciaba la cara mientras sobrevolaba la línea de la costa y giraba después hacia el interior. Volando sobre un campo de béisbol, subdivisiones, un centro comercial de carretera. Una ruta familiar hasta mi destino: la ventana de Rachel. Me dejé caer para aterrizar sobre el alféizar y toqué suavemente el cristal con el pico. Dink. Dink. Esperé, con el corazón latiéndome deprisa a causa del viaje. Oí el susurro del edredón al levantarse. Los pies andando por el suelo. Y ahí estaba ella. Dibujada a trazos por la luz del sol de la mañana temprana. “Hey,” susurró con una sonrisa. <¿Preparada para un poco de diversión?> “Ya sabes que sí, Halcón Volador.” Los otros dicen que transformarse hace que incluso a Rachel se la vea mal y puedo entenderlo. Contradice a la definición de belleza. Pero para mí, ella parecía natural y fuerte. Me gustaba verla cambiar. Ahora era un águila. ¡Y hacia el suelo en picado! <¡Yahhhhh!> gritamos los dos. Rotando salvajemente mientras nos lanzábamos de cabeza hacia la tierra en caída libre desde una altura demencial. La arena, las dunas y la orilla se acercaban a toda velocidad hacia nosotros mientras caíamos. Una caída impresionante. <¡Ahora, ahora!> grité, medio mareado. Abrimos las alas, como si fueran paracaídas. Recogimos en ellas el aire justo encima de una ola rompiendo contra la orilla. Encontramos una corriente termal y volamos sin esfuerzo. Arriba y arriba y más arriba. Círculo tras círculo. El mejor viaje del mundo. <¡No hay nada, absolutamente nada como esto, Tobias!> gritó ella, sobrecogida por el puro regocijo de volar. No éramos un halcón y un águila esa mañana. Éramos dos humanos. Disfrutando del mayor placer que hemos conocido nunca. Disfrutando del regalo que nos había dado Elfangor. Ascendiendo hacia el brillante y deslumbrante sol. * * * “Mi paciencia está a punto de agotarse,” dijo Taylor en voz baja. Dolor. Placer, Dolor. ¿Quién era yo? ¿Dónde? Caí de espaldas en el cubo, mirando una luz interrogadora. El sol. Lo observé brillar y resplandecer. Intenso y cálido. ¿ERES FELIZ, TOBIAS? Recordé al Ellimista. La voz que venía de todas partes y de ninguna. Y bajé volando de las vigas en el granero de Cassie para ver la ropa que Rachel había elegido para la visita de Ax al colegio. Sonriendo ante el sarcasmo de Marco: “Rachel, parece que vaya al club de campo a jugar al polo. Es como un imán de matones. Incluso yo tengo ganas de pegarle.” Y Ax: “Sí, soy totalmente humano. Man. Hyuu-mano. Humano. Huh-yew-man.” Entonces, aquella vez que estaba al lado de Cassie. Delante de una gran maceta en la terraza de atrás. Todos habíamos ido para verlos. Dos crías de conejo. “Parsley” y “Pansy” los había llamado Marco. “Adelante, Tobías, te toca.” Cassie sonrió alentándome. Avancé con mi hoja de lechuga. Acerqué una mano hacia esas dos diminutas y vulnerables vidas. Ahora confiadas, porque nosotros las habíamos criado. Con la luz de la luna, galopé atravesando los terrenos que había detrás del granero de Cassie. Ax iba justo detrás. Decía que la hierba de ahí era de mejor calidad. Un suelo más rico. Skr-eet. Skr-eet. Skr-eet. Una alarma ensordecedora. Luces cegadoras. Volví a cerrar los ojos. Aún estaba comiendo con Ax. Aún estaba aplastando la fresca hierba bajo mis cascos. Sentí que se apagaba el rayo de placer. Me di cuenta de que estaba en el cubo. “Tu tiempo se ha acabado. ¿Lo entiendes? Nunca podrás salir de esa forma. Serás un pájaro hasta que mueras.” ¿Quién había dicho eso? ¿Rachel? ¿Taylor, el Subvisser? ¿Yo? [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 19:[/b] “¡Tú, pequeño pájaro asqueroso!” chilló. “¿¡Quién eres tú para sacrificar tu cuerpo?! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?” Aún en un estado de estupor me di la vuelta y la vi caminadno arriba y abajo delante de mi cubo, con aspecto de estar pensando. Repasando sus opciones. Si no podía presentarse ante Visser Tres con un nuevo controlador andalita, ¿qué le quedaba? Su miedo era evidente. Le retorcía la cara. Hacía que su respiración fuera rápida y breve. Mientras me tirturaba su desesperación crecía. “Los bandidos andalitas. ¡Dame su localización!” Estampó el pie contra el suelo como si fuera un niño frustrado y cansado. “Dime dónde están. ¡Te lo ordeno! ¿Dónde están tus amigos?” Me quedé en silencio, “Tu infantil sentido de la lealtad es estúpido. Pero ya aprenderás, andalita.” Habló con con palabras implacables y enfatizadas. “Aprenderás que es ridículo proteger a tus amigos. Los amigos siempre te traicionan.” Respondí instintivamente, olvidando mantener la guardia. <Los míos no.> “Oh, ¿no?” me cortó. Caminó hacia la mesa. Hacia el aparato de tres colores. Estaba seguro de que ella tenía más que decir, pero se lo guardó, y dijo simplemente, “me compadezco de tu inocencia.” En ese momento yo sólo tenía una idea. Si podía distraerla, quizá la tortura desaría. Si podía soltarle la lengua, quizá se olvidara de pulsar el botón. Durante un rato. Al menos durante un rato. <¿Qué sabrás tú de traición?> dije, desesperadamente. Ella se puso tensa. “¡Tú no haces las preguntas, andalita!” rugió. “Yo pregunto. Tú respondes.” Su mano se cernió peligrosamente sobre el círculo rojo. No podía soportarlo más. No podía. El halcón estaba derrotado. El humano, derrotado. Yo, fuera lo que fuera, estaba derrotado. Ya no más. No más dolor. No más recuerdos. Dedos blancos como la leche rozaron la superficie del botón. ¡Tenía que hacerla hablar! Apelar a su sentido del poder. A su orgullo… <Eres muy guapa,> solté. Casi inmediatamente deseé no haberlo hecho. Hacerle cumplidos a este monstruo me ponía enfermo. <Guapa, por lo que sé de los estándares humanos.> Pero ella se detuvo. Sus dedos se levantaron del botón — “Sí,” dijo. “Lo sé.” — y se tocó un lado de la cara. “Hubo una época en la que yo… este cuerpo… era el de la chica más guapa y más popular del colegio. Cuando iba a una fiesta, todos…” Había dado en el blanco. Tenía que seguir. Tenía que mantener su mano alejada del botón. <¿Todos qué?> “Cierra la boca, andalita. Calla y sufre.” <Va a matarte. A usarte para alimentar a los taxonitas. O hará el trabajo él mismo.> Eso la detuvo en seco. <Le has fallado. Visser Tres no lo tolerará. Ya lo sabes. Pero supongo que así es la vida en el pequeño y feliz Imperio yeerk.> Me miró con dureza. Sabía que estaba intentando provocarla. Sabía que estaba intentando posponer el dolor. También sabía que yo tenía razón. <No cederé,> dije. <¿Sabes por qué?> “No.” <Porque si me rindo, vivirás. Y si resisto, morirás. Y te quiero muerta.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 20:[/b] El Subvisser resopló con sorna. “Me necesita. Soy su experta en humanos.” <Tiene muchos controladores humanos.> “¡No como yo!” chilló, enrabietándose repentinamente. “Soy un voluntario, ¿lo sabías? Esta chica, esta humana, escogió esta vida, ¡escogió invitarme para tomar el control! ¿Por qué? ¿Por qué? Porque ha visto a los humanos como son en realdiad. Nos escogió a nosotros antes que a su propia gente. ¿Por qué? ¡Porque los humanos son débiles e insignificantes y estúpidos, y nosotros los someteremos, los haremos nuestros, a todos!” Estaba temblando. ¿De rabia? ¿De miedo? <Un humano tiene que ser muy débil e idiota para volverse contra los suyos,> dije. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. No tenía ni idea de con qué tipo de desequilibrada estaba tratando. No parecía tener sentido lo que Taylor decía. Yo soltaba lo primero que se me ocurría. Decía cualquier cosa. Cualquier cosa para hacer que ella siguiera con eso, hablando. Lejos del botón. “¿Débil? ¿Idiota? Cuando yo… cuando ella caminaba por los pasillos del colegio, no había un solo chico que no soñara con tenerla.” Se acercó rápidamente hasta mi cubo. Su respiración formaba vaho sobre el cristal. “No había una sola chica que no deseara ser ella. Era la reina del baile. La campeona de tenis. La presidenta del consejo de estudiantes. Era la princesa, y el colegio su corte.” ¿Qué estaba pasando? Nunca había oído a un yeerk hablar así. La que estaba oyendo era Taylor. Al menos tanto como al yeerk de su interior. <Eso no lo justifica,> la presioné. <No para convertirse en controlador voluntario.> Me ignoró. Sus ojos observaban el aire mientras buscaba el pasado en su mente. “¡No había nada que no pudiera hacer! Lo tenía todo. Los humanos tienen placeres que los yeerks… un mundo de sentidos diferentes, de vista y sonido y tacto y… ¡no había nada que ella no pudiera tener! Los recuerdos, cuando ella acudió a mí los repasé, por supuesto, tienes que hacerlo cuando infestas un nuevo cuerpo, y eran tan…” De pronto, cayó de rodillas sobre el frío y baldío suelo. “Entonces, el fuego. Estaba sola esa noche. Mis padres… sus padres, sus padres… habían salido, a alguna fiesta.” Taylor agitó la cabeza y su pelo rubio centelleó. “Aún no sé cómo pasó. ¡Cómo pudo haber pasado! Cuando yo, ella, se despertó, la casa estaba ardiendo. Las llamas bloqueaban la puerta. Crepitaban en la ventana. Humo por todas partes. ¡No podía salir!” Se cubrió la cara con las manos. Manos que yo había visto cambiar. Manos que sabía que eran artificiales. Haz que siga hablando, Tobias. Consigue algo de tiempo. Es todo lo que tienes. <¿Qué pasó entonces?> dije con voz suave y baja. “Fue terrible,” dijo. “Horrible. El dolor. No puedes… bueno, sí, puede que tú sí puedas imaginártelo. Perdimos nuestra mano izquierda. Su pierna derecha. Y mi cara… algunos vinieron a verme al hospital, unos amigos. Después de eso nunca volvieron. El rumor se extendió. Es un monstruo. Es espantosa. Un día era la reina. Al día siguiente, no era nada.” <Pero la Alianza, ¿ellos sí se preocuparon?> tanteé. “Te ofrecían amistad. Esperanza. En la época más oscura, me hicieron creer que mi vida no había terminado. Que tenía un fututo. Entonces vino la oferta. Si yo… ella… entraba en el círculo central –el mayor logro de todos- arreglarían su cuerpo. Tenían su propio hospital para miembros, decían. Tecnología increíblemente avanzada. Volvería a estar completa. ¡Volvería a ser lo que una vez había sido!” Taylor se puso en pie. Pegó las manos al cristal de mi cubo, y se me quedó mirando. Su mirada era intensa, irresistible. Como si estuviera intentando hacerme entender. “Puede que al principio pareciera un poco extraño.” Estampó las palmas de las manos contra el cubo, y sentí un escalofrío. “Pero lo único en lo que podía pensar era en los chicos del colegio. Los odiaba por haberme olvidado. Todo lo que ella quería era que las cosas fueran como antes. Quería ser envidiada. Envidiada. ¿¡Lo entiendes!?” exigió. “Quería todo eso, todos los recuerdos, los dulces y perfectos recuerdos, quería vivir esa vida.” Está chiflada, me di cuenta. Está loca. El yeerk. La chica. La línea que hay entre ellos se confunde. Halcón. Chico. Yeerk. Chica. Tuve un aterrador momento de comprensión. Compasión. De la chica humana desesperada, aterrorizada, sola, completamente sola, necesitando que alguien la mirara sin avergonzarse. Del yeerk, hambriento de sensaciones que eran tan intensas, tan poderosas comparadas con la aburrida y ciega vida de un gusano. “Acepté el trato,” se rió Taylor secamente. “Dos controladores me ayudaron, esperé frente al estanque, en mi silla de ruedas, sin saber qué huésped me tocaría, antes sólo había estado en un hork-bajir. Dejé que me infestaran, ella se abrió a mí, esperanzada. Hasta ese momento, hasta que estuve tendida sobre mi estómago, con la cabeza fuera de la superficie del estanque, no lo había sabido, claro, ¿cómo podría ella saberlo? ¿Cómo podría saberlo yo?” Los ojos de Taylor se cerraron brevemente. “Esta chica, esta Taylor, esta insignificante chica herida no era mi meta, por supuesto. Yo era un Subvisser, me habían escogido para un huésped que ejerciera una posición vital. Mi madre, la jefa de policía. La traicioné, claro. Los ayudé a infestarla involuntariamente.” Sus ojos parpadearon. ¿Vergüenza? Seguro que no. No en el caso del yeerk. ¿Pero y la humana? ¿La humana que formaba la mitad de esta doble personalidad? Quizá. “No la quería, a la mujer mayor. Quería estos recuerdos. Queríala vida que sabía que podía ser mía cuando los yeerks, cuando mi gente, hubieran arreglado mi cuerpo. Y ahora, vuelvo a ser bella,” dijo triunfalmente. “¡Pero tú, mírate! ¡Mira en lo que te has convertido! ¡Lo patético que es tu cuerpo de halcón! Una criatura insignificante. Todo para nada.” <¿Y ahora haces daño a otros para desquitarte de tu sufrimiento?> Se quedó en silencio. <¿Quién eres?> Su cara se contrajo. Sus ojos atravesaron los míos. <¿Quién eres?> pregunté de nuevo. “Soy un Subvisser del imperio yeerk.” <No. Eres una chica humana débil y descarriada. Y también estás loca.> Agachó la cabeza. Durante un buen rato no dijo nada. Miraba al vacío. Luego, al fin, levantó la cara hacia mí y sonrió. “Entonces, únete a mí en mi locura, andalita,” dijo, y envió mi mente y mi cuerpo al infierno. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b][b]Capítulo 21:[/b] El botón azul resplandeció. Me eché a reír como un loco. Como si me estuvieran haciendo cosquillas, no podía parar. Y entonces: <¡Ahhh!> Puñetazo en el estómago. El círculo rojo brillaba estridente. Azul. Risa histérica y mareante. Comiendo helado. Rojo. Bofetada en la cara. Atropellado por un cuatro por cuatro. Cirugía sin anestesia. Eché a volar, arrojándome contra el cristal. <¡Para!> grité. Quería que acabase. Si ella no lo terminaba, lo terminaría yo. Acabando conmigo. Me lancé contra un lado del cubo. Se me rompió el pico. Las sacudidas de dolor me recorrieron la cara como electricidad. El botón azul se encendió y me eché a reír con locura. El botón rojo rugió y me quedé paralizado de dolor. La voz de mi tío: ¡No lo quiero! No significa nada para mí. ¿Por qué se libra de él Loren dejándolo aquí? De nuevo me lancé contra el lateral. “¡Ya te tengo!” gritó Taylor. <¡Para!> volví a gritar, sin poder a penas hablar. Me desplomé en una esquina. Ahora la habitación se apagaba rápidamente. La luz que parecía tan brillante ahora no era más que un tenue resplandor. Desapareciendo. Desapareciendo… Solo. ¡Estaba solo! Ax, Jake, Cassie, Marco. ¿¡Cómo podían hacerme esto?! ¡Cómo podían abandonarme aquí! Odiaba a todos los que no estaban aquí. A los que no estaban pasando por esto conmigo. Si sólo Rachel estuviera aquí. Rachel… ¡No! Está muerta. Muerta o atrapada. Todos nosotros. Todos a los que quiero… <¡Ahhhh!> ¡Dolor! ¡Más fuerte que ninguna otra cosa! ¿Qué quería de mí esta loca? ¿Qué quería? Ya no le importaba la información que me sacara. Era sólo dolor para su propia satisfacción. Hacer daño sin ningún otro propósito que el de hacer daño. Me matará. ¡No, no, no lo hará! Me mantendrá con vida, con vida en este infierno. <Te lo diré,> grité. <¡Sí, te lo diré! Ax… en el bosque. Cassie. Jake. Marco… Todos simples niños humanos. Cualquier cosa… ¡cualquier cosa con tal de hacer que pare!> ¿Me había oído? ¿No había oído mi lamento telepático? Golpeó el botón de dolor con la palma de su mano. <¡Te lo diré! ¡No! ¡Te lo diré!> Ningún sonido salía de mí. ¿O es que ella no me escuchaba? ¿O yo no hacía ningún ruido? ¿Seguía siquiera con vida? Abajo, dando vueltas hacia abajo. El mundo… Apagándose… La muerte. ¿Era esto la muerte? Y caminaba por el bosque. Un camino delineado por árboles cuyas ramas superiores se encontraban formando un arco como los de las catedrales. Cerca del colegio. Después de una representación de teatro que habíamos hecho. “¿Ha venido tu padre esta noche?” me había preguntado el profesor. “Sí. ¿Dónde está tu padre?” dijo un compañero. Seguí el camino a través del bosque. Mi corazón tan a rebosar. Me detuve en el claro. Un punto se destacó sobre el suelo, brillando bajo la luz de la luna, captando mi mirada. Escarbé en la tierra de alrededor, intentando sacar ese objeto. Más y más profundo. Una fuerte cuchilla con forma de guadaña. La sostuve ante mí. ¿Por qué me parecía tan familiar? ¿Por qué parecía tanto una parte de mí? Miré por encima de ella, al cielo de la tarde. Y me quedé congelado. Dos lunas bañaban el bosque con una luz amarillenta. Sobre gruesos árboles con forma de espárragos. ¡Qué! ¡Esto no era la Tierra! Esto era… La luz de la luna iluminó una fuerte y deslumbrante figura. Me obligaba a mantener la vista fija. No podía mirar hacia otro lado. No quería hacerlo. <Tobias,> dijo. Me puse nervioso, asustado. La luz tembló. <No tengas miedo.> Un claro rostro emergió donde podía verlo. Una cara familiar. Un andalita. Me quedé observando mientras una cola se arqueaba hacia delante. Se curvaba lentamente sobre su espalda y se acercaba a mí. Un escalofrío. Mientras el frío lateral de su hoja se apoyaba contra mi frente. Era electrizante. Como nada que hubiera sentido antes. ¡Una nueva fuente de recuerdos! ¿Pero cómo? ¿Cómo podía tener recuerdos que no había vivido? Eran nuevos para mí, aunque parecían míos. No, estos no eran míos. Estos eran… [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 22:[/b] <¡Deténgase! ¡Deténgase! ¡Príncipe Guerrero Elfangor!> Una transmisión urgente del comandante del escuadrón de lucha. En la pantalla de visión: Una nave Desbadeen con el distintivo diseño de la forma de un ocho. <Aceleración positiva reducida a cero. Compensadores de velocidad activados.> La poderosa voz del ordenador retransmitió el mensaje telepático con admirable calma. <Gran obstrucción alienígena al frente. Dos segundos para el impacto.> Cada partícula de mi cuerpo se concentró en el agujero de la figura del ocho. Guiar a la nave a través de esa abertura. Saltaba a la vista que era mi única oportunidad. La voz del ordenador: <No detectado el espacio necesario. Peligro. Peligro. ¡Cápsula de escape activada!> Manipulé salvajemente el cinturón. Los lados de la nave chirriaron y explotaron en llamas. Un calor abrasador envolvió mis brazos y uno de mis costados. ¡Ka-choomp! La nave me lanzó al espacio. ¡Pero no podía esquivar la nave Desbadeen! ¡Esa pared gris de acero ocupaba toda mi visión! <¡Ahhhh!> Choqué contra ella como un proyectil. Fuego en cada uno de mis huesos. Mi cuerpo se estrelló contra una pared y otra mientras la cápsula se precipitaba incontrolablemente a través del espacio. Las estrellas rompían la oscuridad. La nave Cúpula. Tan lejos… tan lejos. Estaba solo. El aire se tiñó de rojo. Gritos y rugidos llenaban mi mente. La batalla desencadenada en el mundo de los taxonitas. “¡Sssseeeeeyaaa!” Cientos de dientes taxonitas me mordieron la pierna. “¡Sssreeee!” Otra boca se cerró sobre mi antebrazo. ¡Sshhhwing! Preparé la cola desde atrás y corte limpiamente a través de su vientre. “¡Skkkreeeee-eeeeeee!” Un grito de horror que nunca olvidaré. Mi primer asesinato. Miré al segundo taxonita. A esos ojos gelatinosos. Los que dicen que no puedes leer las emociones en los ojos de un taxonita son estúpidos. En ellos vi el terror. Una súplica por vivir. Mis corazones latieron con fuerza. Nauseas. “¡Ssssnnnaaaaa!” Abrí un agujero enorme en uno de sus costados. Soltó mi brazo. Cayó al suelo, chillando en agonía. Me volví, y con un sonido nauseabundo vomité la hierba de la mañana. Así que esto era la guerra. Estaba de pie sobre la hierba, cerca del lago de la nave Cúpula. Miraba los cristales que sobresalían del agua. Un verde seductor e hipnótico. Loren. Anhelaba tenerla aquí a mi lado. Oírla decir mi nombre. Ver a nuestro hijo. Llevé a cabo el ritual para rogar por su seguridad y su salud. Hacía cinco años desde que el Ellimista me había devuelto a mi verdadero tiempo. Cinco años desde que dejé mi vida en la Tierra para recuperar mi forma andalita y hacer honor a mi deber. Y pensé en mi futuro. ¿Conseguiría algo en esta lucha por la libertad? ¿Habíamos pospuesto en vano la lucha, el dolor, la soledad? ¿Moriría antes de derrotar a mi enemigo? La helada hoja de la cola contra mi frente refrescó mi mente febril. Me mantuvo con vida. * * * <No estás solo con tu sufrimiento. Puede que mueras, Tobias, pero nunca estarás solo. Eres miembro de una legión de grandes guerreros. Valientes andalitas que han muerto por la libertad. Tu linaje es coraje y valor. Si sobrevives, cargarás con nuestra antorcha. Una carga que han soportado muchos. Un honor singular…> La claridad empezó a perder intensidad. Percibí una última y sobrecogedora oleada de cosas de Elfangor. Guerrero. Sabio. ¡Oh, cómo había vivido! Aguantando. Ganando. El sentido del deber. Cosas que no podía comprender. Cosas que sí. Cosas que quizá llegaría a ser. Más y más oscuro. Hacia un diminuto punto de luz. Sentí como mi cuerpo se estremecía, y supe que estaba muriendo. Ese diminuto punto de luz era la vida. <¡Haré que este mugriento andalita hable!> La lejana voz de amenaza de Visser Tres me llegó a los oídos. Aférrate al punto de luz. ¡Aférrate! Justo cuando la luz estaba a punto de extinguirse, sentí como el mecanismo de tortura parpadeaba y se apagaba. El punto de luz empezó a crecer. Hasta que al fin ya no veía oscuridad, sino el cubo a mi alrededor. Estaba tirado en el suelo. Derrotado, pero vivo. El último sonido de la voz de Elfangor, apagándose: <Por respeto a la vida, tienes que aguantar.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 23:[/b] <Esto le hará hablar.> La voz telepática de Visser Tres. Se encontraba detrás de Taylor. Su cara estaba vacía. Sin expresión. Entonces la vi bajar la vista hacia el suelo. Hacia la escotilla que se abría sobre los hambrientos taxonitas de abajo. Los hork-bajir irrumpieron a través de la puerta justro detrás de Visser. Llevaban un poste ancho del que colgaba en cabestrillo una gran jaula de alambre. Dentro de la jaula, un águila calva. ¡Un águila! ¡Rachel! ¡Tenía que ser Rachel! Visser a penas podía contener su entusiasmo. <Este águila ha sido encontrada cerca del centro comunitario. ¡Qué audaz e imprudente por parte de tus amigos, andalita! Ya hemos visto a los bandidos usando esta forma con anterioridad.> Caminó pavoneándose confiado hacia mi cubo. Señaló con un largo dedo andalita al águila. <Dime todo lo que sepas. O alimentaré a los taxonitas con tu compañero andalita.> <No,> susurré. <No, yo…> Empecé a hablar. Intenté concentrar la mirada. Ver a través del pesado velo del cansancio. El pájaro estaba muy malherido. Con un ala rota. La sangre manaba de su pata. Plumas enmarañadas o caídas de su pecho. Suspiré. <¡Habla! ¡O él morirá!> <No me vas a sacar nada, yeerk,> dije. <¡Te atreves a desafiarme! ¡Osas resistirte!> Levantó la hoja de su cola y batió sus antenas oculares salvajemente. <¡Ahora!> gritó. <¿Quieres que abra la escotilla?> preguntó Taylor. <Ya he hecho mis propios preparativos,> dijo Visser fríamente. La escotilla seguía cerrada. En su lugar, se abrió la puerta y aparecerion dos babosos taxonitas, ciempiés monstruosos, en pie sobre sus filas de patas como agujas. Los globos oculares rojos se movían ansiosos. Las lenguas largas y finas relamían cientos de afilados dientes. <¡Abre la jaula!> “¿No deberíamos torturarlo, Visser?” preguntó Taylor, su voz tensa de nerviosismo. “Puede que éste hable. Puede que obtengamos resultados.” <¡No! ¡Éste va a morir! Ése,> me señaló, <hablará.> Un hork-bajir abrió el pestillo. Los taxonitas se lanzaron hacia la jaula, chocando el uno con el otro en su impaciencia. El águila batió las alas y chilló, pero todo había acabado en un par de minutos. Yo me estaba recuperando. Incluso traté de levantarme. Visser me miró de reojo, decepcionado. Pero ya no dominado por una rabia ansiosa. <Mata a éste también,> dijo rotundamente. <Pero hazlo lentamente. Procura, al menos, hacer esto bien,> comentó despectivamente Visser mientras se volvía y dejaba la habitación. Hasta aquí habíamos llegado. Lo sabía. Moriría en la siguiente ronda de tortura. Podía intentar morir bien. Me preparé para el ataque, echando un último vistazo a la habitación. Sólo estábamos yo, el subvisser, y doce enormes hork-bajir. Y… Di un traspié. <¡Ya estás tan débil!> se mofó el Visser. <¡Y ni siquiera hemos comenzado!> Ni hablar. Tenía que estar alucinando. Mi mente agotada me estaba gastando una broma pesada. Esto no podía ser real. Me golpeé la cabeza contra el cristal sólo para asegurarme de que seguía consciente. Lo estaba. De modo que lo que veía creciendo en el suelo, detrás del subvisser, ¡no era un milagro! Silenciosamente, desapercibido para todos excepto para mí. ¡Un andalita emergiendo de la forma de pulga! [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Una barbilla azul lisa emergió de las partes de una boca larga y succionadora. Los brazos andalitas brotaron de las pequeñas patitas de la pulga. ¿Ax? Otra alucinación. Tenía que serlo. Y aún así, ahí estaba, creciendo detrás de una sólida docena de guerreros hork-bajir. <Tobias,> susurró. <No dejes que te vean mirando.> ¿Ax contra doce hork-bajir? Imposible. <Los otros están fuera,> dijo, como si me hubiera leído la mente. <Estarán aquí dentro de poco. En cuanto abra la puerta. Nos hemos transformado en pulgas para viajar en el cuerpo del águila calva herida del granero de Cassie.> ¿Podía creer lo que veían mis ojos? ¿Mi mente confundida? <Los chee han descubierto una vía de escape,> añadió. “Escúchame, andalita,> me dijo Taylor. “Has hecho que Visser perdiera la confianza en mí. Podrías haberme destruido. Y ahora, te lo voy a hacer pagar. Oh, sí. Te he infligido dolor. Te he dado placer. Los has sufrido de forma sucesiva. Pero no los dos a la vez. ¡Voy a destrozar tu mente!> Me puse en tensión. Rezando por sobrevivir. ¡Fwapp! La cola de Ax golpeó el pomo de la puerta. ¡Fwapp! El hork-bajir más cercano cayó, sin saber siquiera qué le había golpeado. Repentinas explosiones de violencia. Una rápida imagen de Marco, enorme y poderoso en su forma de gorila. Un tigre, acuchillando. Hork-bajirs corriendo. El lobo, tan rápido, tan preciso con sus peligrosos dientes blancos. Y el oso. El oso pardo rabioso, enorme, cortando, rugiendo, llevando la muerte consigo. Rachel. Me miró. Incluso con la débil visión del oso pudo suponer lo que me había pasado. Cinco hork-bajirs fueron lanzados por el aire como muchos otros, tres de ellos por los brutales y rápidos encuentros con Rachel. Marco empujó a Taylor bruscamente hacia un lado. No tenía forma de saber quién era ella. Qué era. “¡Un gorila!” aulló ella. <¡Oh, es un gorila, correcto señorita!> gritó Marco. <Pero aquí tenemos la nueva y mejorada forma de gorila. Ahora con accesorios.> Se acercó a la pared y levantó un pesado gancho en el aire. Sobre una viga de metal. Sonó un ruido metálico y quedaron enganchados. “¡Detenedle!” gritó Taylor. “¡Detenedle!” <¡Sube, tío! ¡Sube!> le instó Jake. Tres hork-bajir se precipitaron sobre Marco. Jake soltó un rugido aterrador. El restante grupo de guerreros embistió. Se lanzaron sobre Jake con las cuchillas destellando y ásperos gritos en lengua hork-bajir. “¡Ghafrash! ¡Gulfrech andalitas!” Pero no habían revisado su retaguardia. La ráfaga de la hoja de una cola andalita, y uno había caído. Un gruñido y el mordisco de las mandíbulas de un lobo y otro cayó al suelo, sujetándose la rodilla. Quedaban cinco. Cinco impresionantes máquinas musculares de destrucción. Marco saltó sobre la pared. Se impulsó en ella con los pies, las manos agarrando la cuerda, y subió rápidamente hacia el techo. Su nariz resoplaba. Sus pequeños ojos tenían un aspecto desorbitado mientras se esforzaba en rítmicos gruñidos para conseguir llegar a su meta. <¡La chica!> grité. Taylor corría hacia la cabina de armas, con el mecanismo de tortura en sus manos. Cassie la cogió por el talón. La sacudió. “¡Suéltame! ¡Yahhh!” Golpeó a Cassie en el hocico con el mecanismo de control. Cassie gruñó y soltó su agarre. Ahora Marco saltaba balanceándose de conducto en conducto. Volando a través del techo como un mono gigante en la cúpula de una selva amazónica. Dos hork-bajir le perseguían, a tan sólo un salto por detrás. Otro a mitad de camino de la cuerda. No era difícil averiguar que habían evolucionado como moradores de los árboles. Marco intentó alcanzar una tubería más pequeña. <¡Waaaaahhh!> ¡No había tal tubería! Sólo un puñado de cables medio sueltos. Empezaron a quebrarse bajo el peso de Marco. ¡Kkkkkkkeeehh! ¡Kkkkeh! Las chispas volaban mientras se rompían los cables. Pero Marco seguía agarrado, sujetando el cable como si fuera una rama de vid, y balanceándose desesperadamente para llegar al cubo. Uno de los hork-bajir colgaba ya de una viga cercana. Levantó las cuchillas de su muñeca y cortó los cables. Zzzzzzz. Kkkkkkk. Zzzzzz. ¡Un destello azul! Una carga visible de electricidad describió un arco desde los cables hasta el hork-bajir. Empezó a agitarse y a temblar con el macabro abrazo de la electricidad. Yo miré hacia otro lado. Cayó al suelo. ¡Thwoomp! Dos colosales pies de gorila se estamparon sobre la parte de arriba del cubo. Éste se agitó violentamente y me lanzó contra la pared. <¡Perdona, tío!> gritó Marco mientras pasaba una mano gigante alrededor del cable de acero que mantenía suspendido el cubo. <¡Pero hay un momento determinado para ser delicado, y éste no es uno de ellos!> Cerró un gancho con sus gruesos dedos, asegurando la parte de arriba de mi cubo al cable. Lo retorció con toda su fuerza, tratando de romper la unión que me mantenía colgando como un prisionero indefenso. ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! Las garras de cuatro pies hork-bajir se grabaron en la parte de arriba del cubo. Lo lanzaron balanceándose fuera de control. <¡Ahhh!> Marco se revolvió intentando recuperar el equilibrio. Los hork-bajir miraron a un lado y otro, buscando un agarre. “¡Gilaaaaaaaa!” Uno resbaló, sin éxito. Floomp. ¡Tasssshh! Cayó al suelo. Empezó a manar sangre verde-azulada de su pecho. ¡Empalado con la cuchilla de su propia cola! Éramos un péndulo fuera de control. ¿¡Cómo podía sujetarse el otro hork-bajir?! Y entonces vi cómo. Había encontrado un agarre. Y el agarre era el costado de Marco. Marco cayó de rodillas sobre el cubo. Su cara, retorcida por la agonía, enseñando los dientes, pegado al cristal. <¡Ahhhhhhhh!> gritó. El hork-bajir, con los ojos desbocados por el esfuerzo, los músculos poderosamente flexionados, volvió a atacar. Ptt. Ptt. Ptt. Gotas rojas empezaron a salpicar la parte de arriba del cristal. El hork-bajir había cortado y hundido profundamente la cuchilla de su muñeca en la carne de Marco. Cuanto más se debatían, más se movía el cubo. Una balsa a la deriva. Pttpttpttptt. La sangre caía ahora más seguidamente. <¡Marco! Déjame. Sálvate tú. ¡Te está matando!> Marco gruñó, agonizando. Siguió trabajando con el gancho. <No,> jadeó. Dos hork-bajir habían arrinconado a Ax en una esquina. Otros dos acuchillaban sin piedad a Jake. Él atacaba y retrocedía con garras como relámpagos, pero era una masa sanguinolenta. Había perdido una oreja. <¡Marco!> gritó Cassie. El Subvisser giró 180 grados. De la cabina de armas hasta el centro de la habitación. Extendió un brazo. Su mano sostenía un rayo dragón. Apuntó… <¡Marco!> grité. Justo sobre mi cabeza. ¡Hacia Marco! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! Dos hork-bajirs más aterrizaron sobre el cubo. “¡Arrrgh!” gritó Taylor. Cassie saltó y la tiró al suelo. ¡Demasiado tarde! Ya había disparado. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 25:[/b] ¡TSEEEEW! El disparo del rayo dragón. ¡Keeeew! Y un chasquido. ¡El cable, evaporado bajo las manos de Marco! El cubo. ¡Suelto! El suelo acercándose… ¡KABLAMMMMM! El cubo se estrelló contra el suelo con un golpe atronador. “¡Ghalaaaa!” <¡Yeeaaaaaahhhh!> Gritos de confusión. De dolor. Fragmentos de cristal salieron disparados del impacto como metrallas. La sangre manaba indiscriminadamente. Wumph. El peso muerto del brazo de un hork-bajir cayó sobre mí y me tiró de espaldas contra el suelo. Miré hacia arriba a través de una obertura, ¡un agujero abierto en su antebrazo por el disparo del rayo dragón! Marco estaba sujeto del cable rojo. Su piel y su pelo empezaron a erizarse. <¡Hraaaaahh!> Habla telepática y gorila fusionadas en un rugido desgarrador. Un grito instintivo. ¡No pudo soportarlo! Se dejó caer. Sobre un lecho de cristales dentados que cortaban y abrían la carne bajo su peso. Otro rugido. El dolor atravesó mi cuerpo. Como si el impato me hubiera fracturado todos los huesos. Pero estaba consciente. ¡Transfórmate! ¡Concéntrate! Los gruñidos y jadeos de la batalla vibraban en mis oídos mientras la violencia se desencadenaba a mi alrededor. Sentí empezar los cambios. De pronto, alguien levantó el cuerpo del hork-bajir y lo lanzó a un lado. Yo estaba expuesto, vulnerable. Detuve la transformación, con dos brazos andalitas saliéndome del pecho. El brillo de un cabello rubio. Luces. Una mano de sólido hierro se cerró sobre mis siete pequeños dedos. ¡Aplastándolos! ¡El Subvisser! Me llevó a través del cristal echo pedazos. Empezó a arrastrarme por el suelo. Pero entonces me soltó y corrió de vuelta hacia el destrozado cubo como si hubiera olvidado algo. <¡Ayuda!> Mi voz se oyó como un siseo áspero. Jake y Ax, dos contra cinco hork-bajirs, no pudieron oír mi grito. El Subvisser buscó entre los escombros repletos de trozos de cristal y encontró lo que estaba buscando: la copia en miniatura del panel de control. Con el panel grande bajo un brazo y el pequeño en la otra mano, se dirigió de nuevo hacia mí. <¡Ayuda!> volví a gritar, desesperado. ¡Pero estaba demasiado débil! Cassie no podía oírme. Observé como se lanzaba desde una mesa para saltar sobre los hombros de un hork-bajir, tirándole al suelo. Sólo Marco me vio. Intentó correr, pero cayó al suelo entre espasmos de dolor. Intenté apresurarme con la metamorfosis. ¡Más rápido! ¡Dónde estaba la cola! ¡La cuchilla! No podía mantener la concentración. Aleteé patéticamente, con mis extremidades medio alas, medio brazos. Revolví el aire y arañé el suelo a mi alrededor con garras exhaustas. Pero no pude huír. <¡Ahhh!> Sentí el círculo rojo azotando mi espalda. Torturándome. Entonces se detuvo. Volvía a atacarme con el mecanismo de tortura. ¿Pero por qué ahora? Volvió a retorcer mis delicados dedos andalitas. Me arrastró por la puerta. A una especie de balcón. De unos veinte metros de largo, pero muy estrecho. De no más de dos metros de ancho. Sobresaliendo de la fachada del edificio. Extendiéndose hacia un pequeño túnel al otro lado. ¿Un puente de observación? ¿En un laberinto subterráneo de estrechos túneles? Un olor corrompido y pútrido llenaba mis pulmones.Un hedor que yo… “¡Ahhh!” Un estridente gemido mientras intentaba levantarme hasta el otro lado de la valla. Describí un círculo por el aire, con sus dedos aún agarrando los míos. ¡Bam! Choqué contra la pared exterior del balcón. <¡Uhhh!> El dolor atravesó mis huesos por centésima vez. Miré hacia abajo. El estanque yeerk. La vasta caverna del tamaño de tres observatorios espaciales. Un complejo yeerk subterráneo. Bajo los cimientos de media ciudad. Edificios de almacenaje y centros de control. El puerto espacial. Diversas especies alienígenas moviéndose rápidamente ocupadas con sus cosas, unidas por un objetivo común: la conquista de la humanidad. Y ahí, en el centro, estaba el propio estanque. Líquido fangoso y plomizo acogiendo y agitando a gusanos yeerks. En su estado natural. Vulnerables ahí, y sólo ahí. “¡No sé lo que eres!” gritó el Subvisser para hacerse escuchar sobre los chillidos de protesta de los controladores involuntarios enjaulados en los muelles del estanque yeerk, y la menos horrenda acústica del agua bañando la cúpula. “No sé qué tipo de poder posees, que puedes transformarte después del límite de las dos horas.” Un odio inhumano cubría sus palabras. “Pero sé que no me importa. ¡Vas a morir! ¡A morir! ¡A morir!” Fortaleció su agarre hasta que los huesos de mis dedos crujieron audiblemente. Y entonces, me soltó. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 26:[/b] “¡Muere! ¡Muere!” chilló. Pero me agarré a ella. Con dedos andalitas a medio formar, débiles y temblorosos, me aferré. Colgado de la punta de la mano artificial de Taylor. A unos cuantos cientos de metros por encima de la plataforma más cercana. “¡Suelta!” aulló, intentando desenganchar mis dedos. Aún con el pequeño mecanismo de control en su otra mano, intentó usarla para librarse de mi agarre. El mecanismo se resbaló de su mano. Miré hacia abajo y aún vi la réplica del mecanismo de control cayendo. Cayendo. ¡Cooonk! Cayó sobre un almacén hecho de metal y rebotó hasta caer al suelo inferior. Ni siquiera oí el chapoteo. Pero observé como caía en el estanque yeerk. “¡No!” gritó ella. Con una violenta sacudida me soltó de su mano. <¡Ahhh!> Intenté agarrarme salvajemente a la fachada de piedra de la pared del balcón. Sorprendentemente mis garras se cogieron a algo. A un metro y medio por debajo. Y con mis dedos rotos y destrozados me agarré a una pequeña e irregular protuberancia. El corazón se me disparó. “Tú, pequeño…” Se estiró para intentar alcanzarme. Para tirarme y mandarme a toda velocidad al suelo de la caverna. Yo estaba justo debajo de su alcance. Era cuestión de segundos. Ese era el tiempo que podría mantenerme sujeto. Mis dedos se estaban resbalando. Pesaba demasiado. No contaba con nada que no fuera la adrenalina y ésta se acabaría en… “¡Rrrrrooowwrrr!” Un rugido furioso. Un rugido que reconocí. Taylor se giró para mirar, pero era demasiado tarde. Dos garras marrones se cerraron sobre sus hombros, y la lanzaron hacia atrás antes de que tuviera tiempo siquiera para gritar. Oí un thud y supe que había aterrizado dolorosamente. La garra de un oso pardo se asomó por el balcón, me cogió por la espalda y me levantó. Taylor yacía incrédula en el suelo. Me concentré en terminar mi transformación a andalita. La masa de Rachel llenaba el balcón. Empezó a gruñir. Profundamente, sin pausa. Levantó al Subvisser del suelo. Taylor se debatió, pero sin resultado. El agarre de Rachel era fuerte, inquebrantable. Rugía con el grito amenazante del animal. El tiempo se congeló en un milisegundo. Y vi a Rachel y a Taylor cara a cara. Una fuerte. Su forma, una loca manifestación de su fuerza y valor interior. Otra débil. Esta chica para la que su apariencia lo había sido todo, y la honradez nada. Esta pobre chica cuya debilidad la había convertido en una presa fácil para los yeerks. Y sentí compasión. Compasión por mi torturadora. Las garras de Rachel se cerraron alrededor del cuello de Taylor. Aplastando su esófago. Se estaba poniendo azul, ahogándose. “¡Ayuda!” siseó patéticamente. “¡Que alguien me ayude!” <¡Rachel! No. ¡Rachel, no lo hagas!> <Ella muere, Tobias. Por lo que te ha hecho, ella muere.> Hizo un ademán de ir a aplastar a Taylor contra la pared. <¡No!> grité. <Rachel. No.> Rachel se volvió para mirarme. Vaciló. Luego soltó a Taylor como un arrugado envoltorio de caramelo. El Subvisser cayó al suelo y se arrastró desesperado hacia la puerta. <Sabes que debería morir, Tobias,> dijo Rachel. <Morirá,> dije. <Ha sido ese yeerk el que ha perdido al prisionero. Déjaselo a Visser Tres.> <Lo que te ha hecho…> <Rachel. Sé Rachel, no ella.> [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

[b]Capítulo 27:[/b] Hacía viento ese día. Y sol. Estábamos todos ahí, todos excepto Rachel que tenía algo que hacer con su padre. Estábamos en forma humana. Incluso Ax y yo. Yo estaba sentado sobre la arena de la playa. La brisa me revolvía el pelo. Las olas se precipitaban sobre la orilla. Ax estaba sentado a mi lado, desenvolviendo una cometa que había hecho con ramas de árbol y bolsas de papel. Desenredando la cuerda. Preparándose para un vuelo de prueba. Un hobby humano que decía que encontraba inexplicablemente relajante. Cassie estaba cerca del agua, buscando algún animal herido. Jake y Marco estaban jugando al frisbee, intentado distraerse. Jake lo lanzó en una espiral perfecta por el aire. “¿Ax?” dije. “¿Sí, Tobias?” “Tuve un montón de alucinaciones. Un montón de visiones locas.” Intenté mantener un tono casual. Hice una pausa. “Pero vi esto. Era tan real. Quiero decir que era tan real como si lo hubiese vivido. Era Elfangor.” Ax levantó la vista de su trabajo. Dejó de hacer ruido con la cuerda. “Una serie de recuerdos tan intensos. Me ahogaba de dolor, Ax. Realmente pensé que iba a morir… y entonces, de pronto, sentí el frío acero de la hoja de una cola contra mi frente y yo…” Ax soltó una especie de jadeo y dejó el carrete de cuerda. Sus ojos estaban desorbitados en una mirada intensa. “¿Una hoja? Contra tu frente…” repitió, su voz agitada de sorpresa. “Ax. ¿Qué?” Saltaba a la vista que estaba inquieto. Como si acabara de desmoronar su realidad. El viento empezó a arrastrar su cometa por la arena. No le importó. Sólo se quedó ahí, absorto en sus pensamientos. Corrí tras el objeto y se lo devolví. Dejó a un lado lo que quiera que fuese y recuperó su compostura habitual. “No,” dijo, más para sí mismo que para mí. “Es un sin sentido, por supuesto. Somos seres racionales…” “¿Qué pasa, Ax-man?” Empezó con todo vacilante. “Una leyenda. Un rito espiritual, en realidad. Utzum. Algunos sanadores creían que podían pasar recuerdos a través del ADN. La leyenda dice que estos mensajes por recuerdos se activan ante la muerte inminente. Una fuente de fuerza durante los últimos momentos para facilitarles el paso. Antiguas supersticiones.” “Sí. Probablemente tengas razón. Sólo fue una alucinación,” dije. Un destello dorado. Abajo, en la playa. Una forma alta y esbelta abriéndose camino por las dunas para encontrarse con nosotros. ¡Rachel! Me levanté de un salto. Ax había vuelto a su trabajo con la cometa, murmurando algo sobre los gruesos y torpes dedos humanos. Los demás estaban ahora ocupados en un juego con el frisbee que implicaba muchos chapuceos. Eché a correr hacia Rachel. Ella me vio y sonrió. Bajé el ritmo cuando me acerqué hacia ella, respirando con fuerza. Y de pronto tuve mis brazos a su alrededor. Enterré mi cara en su pelo. Ella me abrazó con fuerza. “Mal,” dijo. “Sí,” susurré. “Muy mal. Estuve cerca, ya sabes. Terriblemente cerca. Estaba tan… Bueno, no…” Respiré un par de veces, agitado. “Me perdí. No sabía quién era. Aún no estoy seguro.” “Tobias,” dijo en voz baja. “Yo sé quién eres.” Un largo, largo rato en el que ninguno de los dos habló. Ninguno de los dos se movió. Entonces, ella dijo, “Ey, se está bien y hace calor. Pero hay algunas corrientes termales geniales.” Sonreí. “Vamos a volar.” “Sí,” asintió. “En cuanto haga esto.” Me besó. “Vale, ahora vamos a volar,” dijo, y se echó a reír con la risa despreocupada, encantadora y burlona de Rachel. En poco tiempo estuvimos surcando una corriente termal, muy por encima de la playa. Por encima de las colinas. Por encima de todo. Los recuerdos de la misión estaban muy lejos. El cercano encuentro con la muerte, olvidado. Durante un rato. ¿Quién soy? ¿Qué soy? Un pájaro. Un chico. Algo no del todo huamno. Algo más que humano. La persona a la que Rachel quiere. Descubrí algo entre el dolor, y el terror y la confusión. Descubrí que la respuesta a lo que soy, a quién soy, no es algo que se pueda contestar con una sola palabra o en un solo momento. Podía llevarme una vida entera averiguar quién era. Por ahora, me conformo con volar por ahí, flotando sobre una corriente termal. Aprovechando mi tiempo. [b]©1999 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Tara [/b]

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