#35 La propuesta

Sinopsis:


Marco es consciente de que tiene unos cuantos problemas: la constante guerra contra los yeerks; descubrir que su madre está infestada… y ahora es Visser Uno. El líder de la invasión yeerk en Pero las cosas se van a poner aún peor. El padre de Marco está pensando en volver a casarse.

Mientras, los Animorphs y Ax tienen otras cosas de las que preocuparse. Parece que los yeerks se están esforzando más que nunca en meter gente en Ahora los chicos tienen que encontrar la forma de reducir el reclutamiento. Pero el estrés personal de Marco hace que se transforme en criaturas que no existen. Criaturas que los yeerks van a detectar seguro… y a atacar…

 

Datos del libro:

El libro tiene 149 páginas divididas en 25 capítulos.

Narrador

Marco aún no sabe lo que pasó con su madre. Sobrevivió a la debacle de Royan Island, pero después de su último encuentro puede estar muerta. Aún así, él sigue esperando que haya sobrevivido de alguna forma. Pero el padre de Marco no tiene ni idea de que la muerte de su esposa ha sido una gran farsa durante todos estos años, y ahora está prometido –con la profesora de matemáticas de Marco. El estrés de este nuevo acontecimiento está afectando a Marco, y va a tener consecuencias desastrosas…

Además, un conocido gurú de televisión se ha convertido en el nuevo portavoz de La Alianza, la organización tapadera de los yeerks. Eso no es nada bueno –con su influencia, innumerables personas confundidas caerán directamente en manos del enemigo. Los Animorphs tienen que detener al gurú. Sólo hay un problema: el estrés al que está sometido Marco hace que empiece a mezclar formas involuntariamente. Algunas son simplemente inquietantes, pero otras son tan incompatibles que hacen imposible la supervivencia. Marco está metido en un montón de problemas y definitivamente ahora no es el momento de hacer experimentos con las transformaciones.

Nuevas palabras

Punto de contacto: el programa new age de William Roger Tennant

Nuevos personajes

El gurú televisivo de la new age con coleta y de voz aflautada que empieza a promocionar La Alianza, es William Roger Tennant. Siendo un controlador, los Animorphs se ponen en marcha para desacreditarle y que sus espectadores no sigan su consejo de unirse a la Alianza.

También conoceremos a Nora Robbinette, la futura esposa del padre de Marco –¡que resulta ser también su profesora de matemáticas!

Transformaciones

Marco se transforma en ardilla (40) junto con Jake (39), Rachel (37) y Ax (35) para rondar por la casa de Tennant; y en una de sus ninfas reales (41) igual que Jake (40), Rachel (38), Cassie (38) y Ax (36).

También se transforma en el caniche (42) de la novia de su padre, Euclid.

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Marco. Pero puedes llamarme “Marco, el Poderoso.” O “El Más Engrandecido Destructor de Mi Orgullo.” Puedes arrodillarte ante mis diestros pulgares y suplicar clemencia, pero serás aplastado igual. Porque yo soy el señor de la Playstation. Elige un juego. Cualquiera. Tekken. Duke Nukem. NFL Blitz. El que sea. Practica todo lo que quieras. Aún así te derrotaré. Te aplastaré como unos zapatos Doc Martens aplastan hormigas. Te — “Está sonando el teléfono,” dijo mi padre, dejando el mando. “No puedes dejarlo ahora,” me lamenté. “¡Estaba a punto de marcar!” “Vamos 56 a cero,” murmuró. “Ya he perdido.” “Pero—” Pero ya había levantado el teléfono. “¿Hola? ¡Oh, hola! ¿Cómo estás?” Su voz era tan suave y pegajosa que podría haber servido de sirope para crepes. “Jo, tío,” mascullé. “Estoy bien,” continuó, con una inmensa sonrisa de alelado. “Marco y yo estábamos jugando a la consola. Uh-huh. Claro.” Me miró. “Nora dice que hola.” Asentí. Cogí el mando. Volví a poner los canales normales de la tele y subí el volumen lo suficiente como para ahogar su voz. Mi padre tiene novia. Y creo que va en serio. Estoy acostumbrado a este hombre tranquilo, discreto e inexpresivo. Pero desde que ha empezado a quedar con esta mujer, se ha convertido en el Sr. Personalidad. Sonríe sin ningún motivo. Canta en la ducha. Se ríe de todos mis chistes malos como si yo fuera Chris Rock. Incluso ha desarrollado una irritante costumbre de abrazarme sin razón aparente. Bueno, estoy feliz por él. De verdad. Cuando mi madre desapareció hace dos años, mi padre enloqueció. Durante mucho tiempo, fue poco más que un zombi. A veces pensaba que nunca se recuperaría. Hace unos pocos meses, consiguió salir de eso. Las cosas volvieron a la normalidad. O tan normales como pueden serlo en mi vida—hasta que conoció a esta mujer. Supongo que el hecho de que tu padre se enamore de alguien que no es tu madre es un problema bastante normal. Bueno, ya es mayor, pero tampoco es que tenga que usar andador y use los descuentos para ancianos en el Steak and Ale. Quizá tú te hayas enfrentado a lo mismo. Quizá te estés enfrentando a ello en este momento. Quizá el problema te haga sentir que llevas todo el peso del mundo sobre los hombros. Sí, bueno, bua bua. Perdonad, niños. Pero no tenéis ni idea de lo que pesa el mundo. Porque está sobre mis hombros. Mira, no sólo vivo con un padre enfermo de amor. También intento salvar el mundo de ser esclavizado por malvados extraterrestres parasitarios. A lo que tú respondes, “Vaaaaaaaale, aquí el amigo ha olvidado su medicación.” No estoy loco. Y tampoco miento. Estoy diciendo la verdad. Los llaman yeerks. Son de otra galaxia. Criaturas grises con forma de gusanos que se deslizan por tu oído, se acoplan a tu cerebro y toman el control de tu mente y de tu cuerpo, obligándote a hacer todo lo que ellos quieren. Cualquier cosa. Ahora mismo, su invasión es un secreto. Muy pocas personas han oído hablar de ella. La mayoría de los que lo saben son sus esclavos. Nosotros los llamamos controladores. No sé a cuantas personas han convertido los yeerks en controladores. No creo que quiera saberlo tampoco. Sólo unos pocos luchamos contra los yeerks. Muy pocos. Cuatro chicos, un extraterrestre y un ratonero de cola roja. Pensándolo bien, quizá sí haya olvidado la medicación. Nos hacemos llamar los Animorphs. Tenemos la habilidad de convertirnos en cualquier animal que toquemos. No suena como una gran arma, pero te sorprenderías. Hemos hecho bastante pupa a los yeerks, y aún no nos han cogido. A ellos les encantaría atraparnos. Les encantaría convertirnos a mí y a mis amigos en sus esclavos y poder usar nuestros poderes de transformación para conquistar el resto del mundo. Por eso no te digo mi apellido. Y por eso no te diré dónde vivo. Ni la ciudad, ni el Estado. Quiero permanecer en el anonimato. El anonimato equivale a vivir. Posiblemente. “Sí, yo también lo pasé muy bien,” dijo mi padre entusiasmado al teléfono. Como si no fuera bastante el enfrentarme a los yeerks -¿y ahora esta mujer por la que mi padre se había convertido en un caramelito? Casualmente es profesora en mi escuela. Mi profesora de matemáticas. La Sra. Robbinette. Es suficiente para hacerte desear prohibir las reuniones padre / profesor. Subí un poco más el volumen de la tele, esperando que mi padre pillara la indirecta y se fuera de la habitación. Pero no lo hizo. No había nada en la tele que mereciera la pena ver. Pésimos concursos. Viejas películas cursis. Aburridas pelis de misterio. Tertulias de máxima audiencia. Pero seguí pasando canales como un robot atascado en la misma función descerebrada. Me detuve en un programa que había visto alguna vez. Punto de Contacto. Lo presentaba un tipo con un nombre de tres palabras. William Roger Tennant. No era un programa típico. No había espectadores. No había invitados. No había monólogos. Sólo este Tennant, sentado con las piernas cruzadas sobre una enorme silla confortable, rodeado por lámparas Lava de seis pies de altura, y una jarra de diseño a su lado. La gente con problemas llamaba, y él les daba consejos útiles. Había algo en el tipo que hacía que quisieras que te cayera bien. Era muy tranquilo. Como si nada pudiera molestarle. Y parecía de verdad interesado en lo que la gente tenía que decir. Cada interlocutor era la persona más fascinante con la que había hablado jamás. No sé por qué seguí viéndolo. No soy el tipo de persona a la que le gustan esos programas. Quizá era porque esperaba que William Roger Tennant dijera algo que me hiciera sentir mejor. Mira, hay otra complicación en eso de que mi padre tenga novia. Una muy seria. Pero William Roger Tennant no dijo nada que me hiciera sentir mejor. Dijo algo que me puso incluso más enfermo que la interpretación de mi padre de un Romeo de mediana edad. Una interlocutora se estaba quejando de que se sentía sola. Estaba jubilada. Muchos de sus amigos habían pasado a mejor vida en los últimos años. Le costaba conocer gente nueva. William Roger Tennant escuchó con atención su queja. Miró penetrantemente a la cámara. “Marie,” dijo, “conozco un lugar estupendo donde puedes hacer amigos. Se llama La Alianza.” [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] “¿La Alianza?” dije, sintiendo cómo un escalofrío me recorría la columna. “¿La Alianza?” preguntó la mujer. “Sí, La Alianza.” William Roger Tennat se inclinó sentado en la silla. Sonrió hipnóticamente a la cámara. “Es una organización estupenda,” dijo. “La Alianza consiste en conocer gente. En divertirse juntos. En hacer del mundo un lugar mejor. Ha mejorado la vida de mucha gente. Estoy seguro de que podría ayudarte.” Me quedé mirando paralizado a la pantalla. La Alianza. Sí, era un lugar para que la gente se reuniera y lo pasara bien. Ir a barbacoas. Cantar canciones. Pero William Roger Tennat se había dejado un detalle clave. La Alianza es una tapadera de los yeerks. La utilizan para reclutar humanos. Hacen que la gente se una, se ganan su confianza, y luego los convierten en controladores. ¿Conoces a mi mejor amigo, Jake, el líder del grupo? Su hermano Tom se unió a La Alianza hace un tiempo. Ahora es un controlador. El señor Chapman, nuestro subdirector, también es miembro y un controlador. Y tú que pensabas que tu subdirector era malvado. Y ahora este tipo William Roger Tennant estaba en la tele, reclutando a gente inocente para convertirlos en esclavos. William Roger Tennant. Una cara sonriente con barba. Pelo castaño claro peinado hacia atrás y recogido en una coleta. Vaqueros descoloridos y una camisa normal de botones. Todo en él inspiraba tranquilidad. Despreocupación. Gracia. Pero detrás de todo eso, detrás de esos cálidos ojos azules, había un malvado gusano alienígena, empeñado en transformar en esclavos indefensos a cada uno de los seres humanos sobre la faz de la tierra. Eso es lo que más miedo da de los yeerks. Limitándote a observar no puedes saber quién es un controlador y quién no lo es. “¿Por qué no me dices dónde vives, Marie?” le dijo William Roger Tennant a una interlocutora. “Te daré el número de un grupo de La Alianza cercano a ti.” Tenía que llamar a Jake. No quería, pero tenía que hacerlo. ¿No? Déjalo correr, Marco, me dije. Ya sabes cómo suele acabar esto: todos gritando y corriendo y quizá esta vez no salgamos vivos. Déjalo correr. Mi padre colgó el teléfono, con la sonrisa alelada aún en su cara. Se sentó a mi lado en el sofá y cogió el mando de la PlayStation. “¿Estás listo para humillarme un poco más?” Suspiré. “Tengo que llamar a Jake.” “¿Por qué?” “Buena pregunta.” Utilicé el teléfono de la cocina para convocar una reunión con el resto del grupo. De la cuidadosa y indirecta forma en la que convocamos las reuniones. Ahora tenía que pensar en una excusa para irme de casa. Eran las ocho de la noche de un día entre semana. Mi padre había reservado a propósito algo de tiempo para pasarlo conmigo. No quería herir sus sentimientos. “¿Entonces qué quieres hacer ahora?” me preguntó cuando volví al salón. “¿Necesitas ayuda con los deberes? Quizá podríamos ver una película o algo así.” “Um, vale,” dije, “Tengo que ir a casa de Jake. Me dejé una cosa allí.” Su sonrisa desapareció. “Oh. Bueno, ¿no puede dártelo mañana en el colegio? Ya son las ocho.” “Lo necesito esta noche.” Recé para que no me preguntara qué era tan importante. Cuando mientes, siempre es una buena idea haber pensado antes en los detalles. “Bueno, vale,” replicó, frunciendo el ceño. “Volveré en seguida,” murmuré. Estaba a punto de salir cuando me llamó. “Dime, Marco.” “¿Sí?” Me volví para mirarle, sentado en el sofá, con una expresión muy triste en su cara. Era una expresión que no había visto en mucho tiempo. Era el mismo aspecto que había presentado durante dos años enteros desde que mi madre desapareció. “¿Estás enfadado conmigo?” Me encogí de hombros. “No, papá. ¿Por qué tendría que estar enfadado contigo?” “Sé que aún piensas mucho en tu madre,” empezó. “Sólo quiero que sepas que yo también lo hago.” “Lo sé,” dije. “Es sólo que ha pasado mucho tiempo,” continuó mi padre. “No puedo estar siempre afligido. Yo -nosotros- necesitamos seguir hacia delante. Espero que puedas entenderlo. Bueno, Nora es una persona encantadora, ¿no?” Quizá si yo hubiera sido un mejor hijo, podría haber dicho algo para animarle. Pero no lo soy, y no pude. “Sí. Está bien,” dije. “Es un poco rara, sólo eso.” Cerré la puerta tras de mí e intenté controlar la culpa. Sí, quería que mi padre fuera feliz. Pero había un gran problema con todo lo de Nora. Mi madre podría no estar muerta. [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[/b] Capítulo 3 Me quité los vaqueros, el suéter, y los zapatos y los metí en un pequeño armarito que había hecho en una esquina del garaje. Nunca habíamos podido transformar la ropa más que cuando eran cosas muy ceñidas a la piel. Además, un gran pájaro de presa parecería sospechoso volando por ahí con unos Levis. Intenté tranquilizarme y concentrarme en la forma. Era difícil. Había hecho que mi padre se sintiera mal. No me gustaba eso. No era culpa suya, nada de esto lo era. ¿Cómo iba él a saber que su esposa no estaba realmente muerta? O al menos, no con seguridad. Mi madre, o al menos su cuerpo, era Visser Uno. El líder original de la invasión Yeerk en la Tierra. Mi madre era un controlador. Había fingido su propia muerte cuando su tarea en la Tierra hubo acabado. No quería dejar ningún cabo suelto a cerca de lo que le había pasado a mi madre. Así que hubo un accidente de barco. Y durante dos años mi padre y yo pensamos que se había ido. Luego comprendí la verdad. No había forma de poder contárselo a mi padre. Y la verdad era que es como si estuviera muerta. Más o menos. La había visto la última vez en la cima de una montaña maldita. La había dejado allí, yo, su hijo, como parte de un plan para derrotar a los Vissers Uno y Tres. Lo último que vi de ella era que bajaba por un acantilado. Nadie había vuelto, pero eso podrían haber sido simplemente los yeerks arreglando su propio desorden. Durante dos años, muerta. Luego viva. ¿Y ahora? Era una situación totalmente imposible. Me sentía casi satisfecho de que hubiera surgido esta misión. Aunque estuviera destinada a ser tan peligrosa. Mantendría mi mente alejada de mi padre y Nora y sobre todo de la desesperación que estaba sintiendo. Me concentré en el animal en el que quería transformarme. Águila pescadora. Un pájaro de presa comedor de peces. Ojos como láseres. Alas de seis pies de envergadura. Y sentí que los cambios comenzaban. La transformación es totalmente espeluznante. Hace que incluso los efectos especiales de la película más salvaje y asquerosa parezcan normales. Hay algo en lo de ver como todo tu cuerpo cambia completamente de forma que nunca deja de fliparte. ¡ZWOOOOOP! Estaba encogiendo. Muy rápidamente. De cinco pies a cuatro. A tres. A dos. Los cubos de basura que mi padre había comprado en Home Depot eran ahora tan grandes como edificios de tres pisos. La escoba apoyada en la pared era tan alta como un árbol. Mis pies desnudos temblaron. Mis dedos empezaron a unirse, a fusionarse, como las galletas que se funden unas con otras en el horno cuando las pones demasiado cerca en la bandeja. Cinco dedos rechonchos se convirtieron en tres dedos afilados. Un cuarto dedo surgió de cada uno de los tobillos. Luego creció una larga y afilada garra en todos mis dedos. A continuación, empezó a picarme la piel. ¡Pfft! ¡Pfft! ¡Pfft! El vello de mis brazos empezó a crecer como la hierba surgiendo a supervelocidad. Luego cada largo vello se transformó en una pluma. Plumas negras a lo largo de mi espalda. Plumas blancas en el frente. Ahora mis brazos se convertirían en alas. Podría volar. Y en cuanto la forma estuviera completa, podría perderme en la simple y despreocupada mente del águila pescadora. Al menos durante lo que tardara en llegar volando a casa de Cassie. Venga, venga, me urgí. Águila pescadora. Se suponía que mis ojos tenían una visión telescópica que me permitía ver los peces bajo su reflejo en el agua. No lo eran. En lugar de eso, la visión empezó a oscurecerse. A volverse borrosa. Hasta que sólo podía ver sombras tenues a mi alrededor. Una extraña combinación de negro, blanco y gris. ¡Mis brazos! ¡No se estaban convirtiendo en alas! ¿Qué estaba pasando? Sentí como se extendían delante de mí. La piel de mis manos se volvió crujiente, como una armadura. Los dedos se fusionaron, formando dos pinzas punzantes. ¡Algo iba mal! Mi cara… ¡Una hendidura en cada mejilla! Surgieron de ella dos largos pelos como bigotes. Instintivamente, los moví delante de mí, calibrando el viento, la temperatura, sintiendo mi alrededor. ¿Antenas? ¡Los pájaros no tienen antenas! Visión débil. Pinzas. Antenas. ¿Langosta? ¿Era medio águila pescadora, medio langosta? Una inútil combinación de partes incompatibles. Me esforcé para mantenerme sobre las enclenques patas del águila pescadora. Arrastré las pesadas pinzas de la langosta a lo largo del sucio suelo del garaje. Mis antenas se movían adelante y atrás. Más y más rápido, buscando desesperadamente. ¿El qué? De repente, la mente de la langosta apareció. ¡Pánico! ¡Miedo! ¡Agua! ¡Dónde había agua! Tenía pulmones de langosta y branquias. Pero no estaba cerca del agua. No. ¡NO! Esto no podía estar pasando. El pánico de la langosta era muy intenso. Desesperadamente intenté luchar contra ello. Vamos, Marco. Cálmate. Sólo vuelve a tu forma y todo estará bien. ¡Transfórmate! [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] Tardé media hora en llegar en bicicleta al granero de los padres de Cassie, también conocida como la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Un lugar donde Cassie y su padre curan a los animales enfermos o heridos hasta que se recuperan. El recinto está lleno de jaulas. Los corrales y los establos acogen a los huéspedes más grandes. En cualquier momento dado, el granero está repleto de todo tipo de animales, desde águilas calvas a castores pasando por llamas. Y como cualquier granero, anda escaso de comodidades y tranquilidad, y le sobra el dulce aroma del heno y las heces de los animales. Pero es bastante privado. Aún estaba temblando cuando entré. “Ya era hora de que llegaras,” gruñó Rachel. “Me estoy perdiendo [i]Felicity[/i].” Rachel es alta, rubia y guapa. Al primer vistazo, parece la típica adolescente perfecta, egocéntrica y mimada. Un consejo, chicos: no juzguéis un libro por la cubierta. Si los Animorphs fuéramos un equipo de hockey, Rachel sería la que reparte los golpes. Siempre es la primera en empezar una lucha. Siempre la última en retirarse. <Quieres decir que [i]nos[/i] estamos perdiendo [i]Felicity[/i],> añadió Tobias desde su posición en las vigas. Tobias es lo que los andalitas llaman un [i]nothlit[/i]. Se quedó en su forma de ratonero de cola roja durante más de dos horas. Quédate en una forma todo ese intervalo de tiempo y dejará de ser una transformación. Se convertirá en tu cuerpo. Ahora su forma normal es la de ratonero de cola roja. Aunque gracias al Ellimista, puede transformarse como el resto de nosotros. “¿No es romántico?” dije mofándome. “La rubia y el chico-pájaro viendo la tele juntos. ¿Rachel come palomitas y Tobias carne atropellada? ¡Qué romance! Debe de haber algo en el aire.” “¿Qué pasa contigo, Marco, no comes suficiente fibra?” me cortó Rachel. Cassie me echó una mirada de desaprobación que me hizo arrepentirme. Vale, quizá había sido un poco duro. Lo arreglaría con Tobias más tarde. “Nos tenías un poco preocupados,” añadió Jake con un poco de diplomacia de más. “Estábamos a punto de volar hacia tu casa para ver si algo iba mal.” Jake es el líder del grupo. También ha sido mi mejor amigo desde que puedo recordar, a pesar de que somos dos personas muy diferentes. Jake es el responsable, el serio, el típico líder. Yo soy el graciosillo despreocupado. Al menos, eso es lo que prefiero que la gente piense. Me encogí de hombros. “He decidido venir en bici.” “¿Que tú [i]qué[/i]?” preguntó Cassie. Cassie y Rachel son buenas amigas. Como Jake y yo, son prácticamente polos opuestos. Mientras Rachel viste siempre muy bien y es propensa a la violencia, Cassie es más dejada y buena y comprensiva y fuerte – y normalmente tiene razón. “He venido en bici,” repetí con impaciencia. “¿No erais vosotros los que me dabais la lata porque nunca hacía ejercicio. Pues he hecho ejercicio.” De ninguna manera iba a contarles a los demás que había perdido el control de las transformaciones. De que a duras penas me las había arreglado para transformarme antes de asfixiarme. De que había estado demasiado asustado para volver a transformarme. Casualidad, eso había sido. Me había distraído, me había dejado llevar por las preocupaciones. Debí haberme concentrado. Así que iba a sacármelo de la cabeza. Tenía que olvidar que algo que ya era espeluznante de por sí, se había convertido en una auténtica pesadilla. “Ah, sí. Ejercicio físico,” dijo Ax por telepatía. “Pero seguro que se necesitan una gran variedad de pieles artificiales. Del programa [i]These messages[/i] de la televisión, he aprendido que un buen estado físico requiere un tipo de calzado y pieles concreto. No es posible llegar a tener un cuerpo adecuado vestido como vas, Marco.” Ax, también conocido como Aximilli-Esgarrouth-Isthill, es nuestro alienígena residente. Es un andalita. Piensa en un ciervo. Pero con pelo azul. Y un torso humano saliendo de la parte delantera de su cuerpo. Un torso con brazos delgados y manos de siete dedos. ¿Te parece suficientemente extraño? ¡Pero espera! ¡Aún hay más! Los andalitas tienen cabezas con forma humana. Con orejas como de ciervo. Sin boca. Ojos dentro del cráneo, igual que tú y que yo. Pero encima de la cabeza tienen un par auxiliar en el extremo de unas antenas que pueden retorcerse y girar 360 grados. Haciendo virtualmente imposible la posibilidad de acercarse furtivamente por su espalda. Ax también tiene una larga cola con una cuchilla al final que podría rebanarte la cabeza antes de que la vieras moverse siquiera. Los andalitas inventaron la tecnología mórfica. Fue Elfangor, el hermano de Ax, el que nos dio nuestros poderes. Poco antes de ser asesinado por Visser Tres. En este momento Ax estaba en su forma humana, una extrañamente atractiva combinación del ADN mío, de Jake, de Rachel y de Cassie. “Volviendo al tema,” interrumpió Rachel. “¿Cuál ha sido la razón de que nos reuniéramos? ¿Que Marco pudiera quemar las grasas que le sobran?” “Espero que no,” dijo Jake estricto. “Tengo toneladas de deberes.” “¿Alguien más ha oído hablar de un tipo llamado William Roger Tennant?” pregunté. “Claro,” respondió Rachel. “El hippie. El que tiene ese extraño y sentimental programa de sobremesa con las lámparas de lava. [i]Punto de Contacto[/i].” “¿No fue él quien escribió esos libros de [i]Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus[/i]?” preguntó Jake. “No creo que Júpiter o Venus estén habitados, y menos por humanos,” dijo Ax. “Marte, no Júpiter,” le corrigió Cassie. <Marte podría ser habitable en ciertas condiciones.> “En realidad algunos chicos son de Urano,” dijo Rachel. En seguida hizo una mueca. “¿He dicho yo eso? Paso demasiado tiempo contigo, Marco.” “Estoy dejando huella en ti.” “No es el mismo tipo,” dijo Rachel. “Pero Tennant ha escrito un montón de libros de autoayuda. Mi madre los lee. Los lee y durante uno o dos días se vuelve super dulce, y luego se le pasa.” <¿Libros de autoayuda?> preguntó Ax. <¿Son como manuales de instrucciones?> <No exactamente, Ax-man,> dijo Tobias. <Los libros de autoayuda son como libros con instrucciones para vivir.> <¿En serio? ¿Instrucciones para vivir? ¿Cómo “Consume los nutrientes necesarios”? ¿“Inhala suficiente aire”?> “¡Hey! Ax acaba de hacer un chiste.” <¿Sí?> “Autoayuda con consejos útiles,” explicó Cassie. “[i]Sopa de Pollo para Todo. Yo estoy Bien, Tú eres el Equivocado[/i]. Ya sabes. Te dan consejos a cerca de cómo vivir tu vida.” <Ah, sí. Como Oprah,> replicó Ax. <A ella también le gusta la sopa de pollo. Pero debe ser baja en calorías y sana para el corazón.> Ax se ha vuelto aún más raro –si eso es posible- desde que tiene televisión en su pequeño escondite del bosque. “Vale. Ahora, si podemos volver tranquilamente del asilo de locos y reincorporarnos a la realidad,” dijo Jake impaciente. “¿Marco? ¿Qué estabas diciendo?” “Estaba viendo el programa—” Rachel me cortó. “¿Estabas viendo William Roger Tennant? ¿Marco buscando consejo? ¿Regodeándose en su limitación mental?” “Sólo estaba haciendo zapping,” grité. “¡Esa no es la cuestión! ¡Es un yeerk! Está utilizando el programa para reclutar gente para La Alianza.” <Uh-oh,> dijo Tobias. “¿Qué dijo Tennant exactamente?” preguntó Jake. Repetí la charla de Tennant a la anciana interlocutora llamada Marie. “Tenemos que detenerle,” dijo Cassie simplemente. “¿Cómo?” preguntó Rachel, sólo medio en broma. “¿Destrozamos el estudio?” Como decía. Si fuéramos un equipo de hockey— “Podríamos lanzarnos en un ataque directo,” dijo Jake pensativo. “¿Pero qué impediría a los yeerks trasladar a Tennant a otro estudio? Volvería a estar en el aire en un par de días.” <El verdadero problema es el propio William Roger Tennant,> dijo Tobias. <Tenemos que encontrar una forma de impedir que salga en televisión. Permanentemente.> “Sí, ¿pero cómo?” dije. “Sacamos a relucir algo de su basura,” dijo Rachel. “Campaña de difamación de gente importante. Así es cómo destrozas a una celebridad. A menos que sea como un político. O un atleta. Son inmunes.” Jake frunció el rostro. “Eso equivale a vigilancia. Lo vigilamos, empezando ya. Cuando tengamos la información que necesitamos, acabamos con él. ¿Marco? Llévate a Ax y mirad lo que podéis encontrar en la red. Una dirección sería un buen comienzo.” “Sabes que puedo surfear por la red sin que Ax vaya cogiéndome de la mano.” “Sí, pero él puede hacerlo sin desperdiciar tres horas navegando por páginas de [i]Los Vigilantes de la Playa[/i].” “Oooh. Directo al corazón,” dije fingiendo que un cuchillo me atravesaba el pecho. “Entonces, durante el día, ¿Tobias y Ax? Haréis el primer turno. Marco y yo os relevaremos mañana después del colegio. Mejor formas de pájaro, como siempre. ¿Vale, Marco?” Tragué con fuerza. Transformarse. No era un gran problema. A menos que… “Vale, Jake. No hay problema.” [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] <Esto da asco,> dije. <¿Por qué nos hemos metido en el turno del sábado por la mañana? Ahora mismo tendría que estar durmiendo. O viendo [i]Las Supernenas[/i].> Cassie y yo estábamos en forma de gaviota sobre la pared este del recinto. Una ráfaga de viento soplaba desde el océano, obligándome a agitar las alas para evitar caerme. Habían pasado tres días desde que empezamos la vigilancia de William Roger Tennant. Tres días de observación y espera. Y durante esos tres días me había tenido que transformar muchas veces. No había tenido problemas. Ninguna forma mutante. Un gran alivio. Pero el miedo aún estaba ahí. ¿Por qué había pasado? ¿Volvería a pasar? Y si pasaba, ¿cuándo? Resulta que William Roger Tennant tenía una enorme mansión a orillas de la playa. Tres plantas. Muchísimas ventanas. Un recinto plagado de una variedad de árboles y arbustos. Setos recortados en forma de animales. Una pared de piedra cubierta de hiedra rodeaba la propiedad. <Ya sabes por qué estás aquí,> replicó Cassie. <Cambiaste el turno con Jake para poder ver la maratón de South Park de anoche.> <Sí, pero eso fue antes de que supiera que había una maratón de [i]Las Supernenas[/i],> gruñí. <No deberían poner más de una maratón a la semana. Está mal. ¿Y de todas formas por qué seguimos con la vigilancia? Sabemos que Tennant es un controlador. Ayer por la mañana, Ax y Tobias lo vieron colarse en el estanque yeerk a través de la entrada de The Gap. Lo que tenemos que hacer es entrar en la casa,> añadí. <Tenemos un plan. Aunque uno suicida. ¿Por qué no nos ponemos a ello?> <Ya sabes por qué,> dijo Cassie. <Rachel tiene algo que hacer con su hermana pequeña esta tarde. Lo haremos mañana. Mientras tanto, estamos observando los hábitos de Tennant.> <¡Pero ya conocemos sus hábitos! Y en los tres últimos días no ha hecho nada remotamente ilegal o escandaloso. El tipo es un santo.> <Sí, lo sé,> asintió Cassie. <El tipo está super limpio. Se pasa la vida entera ayudando a la gente. Ha donado millones a la caridad: Médicos Sin Fronteras, la Sociedad Humana, para todo tipo de enfermedades, la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales. Vamos, si no lo conociera mejor, me enamoraría de él. Y tiene un montón de amigos famosos —> <La que probablemente es la razón de que los yeerks lo quieran a bordo,> dije. <Es el reclutador perfecto.> William Roger Tennant salió del recinto, vestido con un equipo azul de deporte. Hizo algunos estiramientos. Luego empezó a correr a lo largo de la playa. <Como un reloj,> dijo Cassie. <Vamos.> Mis torcidas patas de gaviota saltaron de la pared. Abrí las alas para captar las brisas cálidas que flotaban sobre el agua. Cada mañana William Roer Tennant salía para correr cuarenta y cinco minutos a lo largo de la playa. El mismo recorrido. La misma velocidad. La misma distancia. <Quizá no sea realmente un controlador, después de todo,> dije. <Quizá sea un androide. Bueno, ¿qué clase de humano sigue un horario tan estricto?> Mantuvimos en nuestro campo visual la cola castaña de Tennant que no cesaba de botar mientras corría a lo largo de su circuito habitual. <Uh-huh,> asintió Cassie. <Todas las mañanas lo mismo. De las ocho a.m. a las ocho cuarenta y cinco a.m. se va a correr. Vuelve a casa, se da una ducha. Se sienta ante el escritorio y trabaja durante un par de horas. Escribe en el ordenador. Llama por teléfono un par de veces. Come, en su escritorio. Alimenta a los pájaros. Les habla. Luego a las cinco en punto se mete en su limusina y le llevan al estudio. <Ya sabes, preferiría que Tennant no fuese un controlador. Bueno, dejando a parte el yeerk de su cabeza, es un buen tipo. Yo veo [i]Punto de Contacto[/i] y quisiera contarle mis propios problemas.> <¿Te pasa algo, Marco?> preguntó Cassie. <Nada, absolutamente nada.> <Uh-huh. Entonces, ¿no te molesta que tu padre se esté citando?> <¿Qué? Qué va. Mi padre está seriamente colado de la Sra. Robinette. ¿Y qué? No es mi problema, es su problema.> Les había hablado a los otros a cerca de que mi padre se veía con mi profesora de matemáticas. Vuelta al principio. Tenía que decírselo. Tenía que asegurarme de que la Sra. Robinette no era un controlador. La habíamos seguido durante tres días. No se acercó a ninguna de las entradas conocidas al estanque yeerk. <Parece simpática,> dijo Cassie. <¿No te alegras por tu padre?> <Claro. ¿Por qué no?> dije. <Aún así, estás en una posición delicada,> dijo Cassie. <De verdad, siento haber sacado el tema. No quiero hablar de ello. Es aburrido. Bueno, ¿a quién le importa, no?> <Vale.> <Bueno, la situación ya es bastante mala,> continué. Así que quizá sí quería hablar de ello. Sólo un poquito. <¿Pero tiene que ser una de mis profesoras? ¿Y encima mi profesora de matemáticas? Y luego está Euclides.> <Su caniche enano.> <Satanás con permanente. Las órdenes simples como “siéntate”, “quieto”, “arriba” significan todas lo mismo para este perro: ládrale a Marco. Salta encima de Marco. Muerde el tobillo de Marco.> Durante cuarenta y cinco minutos seguimos a William Roger Tennant a lo largo de la playa y de vuelta al recinto. Durante cuarenta y cinco minutos me estuve desahogando. Cassie pudo haberme escuchado o no. De vez en cuando decía <“uh-huh”> o <“qué palo”>. Para cuando Tennant volvió atravesando la puerta del recinto, me sentía un poco mejor. No había mencionado la forma mutante. <Sé que es duro, pero intenta ver el lado positivo de la situación,> dijo Cassie mientras observábamos como Tennant hacía sus estiramientos después de correr. <Tu padre es feliz. Eso es bueno. Empieza por ahí y puede que las cosas mejoren.> <Sí,> repliqué. Aterrizamos en el muro de piedra que rodeaba el recinto. Vimos como William Roger Tennat atravesaba el patio y se metía a través de la entrada principal. Desde nuestra posición podíamos ver el interior de la oficina de Tennant. Era difícil no verlo. Dos de las paredes eran casi completamente de cristal. La habitación tenía una asombrosa vista marítima. <Bueno, de todas formas probablemente no importe. Nuestras oportunidades de sobrevivir a la misión de mañana se reducen a cero.> La puerta de la oficina se abrió. William Roger Tennat, vestido ahora con sus habituales vaqueros descoloridos y su camisa arrugada con botones al cuello, caminó hacia su escritorio y se sentó. Levantó la mano izquierda hacia su cara. Sobre su dedo había una criatura de plumas grises de alrededor de treinta centímetros de largo. La levantó hasta sus labios y le dio un delicado besito. William Roger Tennat tenía una amplia colección de pájaros domésticos. Pinzones. Canarios. Ninfas reales. El plan era que cinco de nosotros se transformaran en ninfas reales y buscaran por la casa. Cinco diminutos pájaros indefensos revoloteando por dentro de la casa de un poderoso yeerk. Nos cogerían, nos machacarían, y así ni siquiera tendría que pensar en lo de mi padre y la profe de matemáticas. [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] Ninfas reales. Según uno de los libros de pájaros de Cassie, una especie originaria de Australia. De alrededor de treinta centímetros de altura, desde el penacho de plumas con forma de media luna que le salía de encima de la cabeza hasta la punta de su larga cola de plumas grises. Se dice que son bastante inteligentes. Incluso que son capaces de imitar el habla humana. Una vez nos transformamos en loros, hace tiempo. Sólo para comerle la cabeza a unas personas. Esto sería diferente. Nos estaríamos metiendo de verdad en terreno peligroso, lo que hacía que me viniera a la mente una imagen de mí gritando, “¡Squuuuaaawwk, no me mates, squuaaawwk!” William Roger Tennant tenía diez ninfas reales. Junto con los demás pájaros, parecían tener libre entrada por toda la casa, aunque pasaban la mayor parte del tiempo en un recinto abierto para pájaros. Lo que los convertía en las formas perfectas para espiar a Tennant. Quizá demasiado perfectas. <Recordad. Esto podría ser una trampa,> dijo Jake. <Tennant conoce lo de “los bandidos andalitas”. Sabe que alguna vez intentaríamos ir a por él. ¿Qué mejor forma de matarnos que atrayéndonos a su casa en formas vulnerables?> <Qué mejor forma de capturarnos,> repliqué, sacudiendo la cabeza a izquierda, derecha, izquierda y otra vez derecha. <Por eso vamos a dividirnos,> dijo Jake. <Nos metemos y nos transformamos en las ninfas reales. Marco y Rachel, os quedáis con Tennant. Cassie, Ax y yo registraremos la casa. Si algún grupo se mete en problemas, el otro grupo se esconde y se transforma en animales de batalla. Tobias se quedará fuera y nos hará saber si los yeerks envían refuerzos.> De repente se incorporó, miró hacia atrás, izquierda, observó, derecha, arriba. Por lo que sabíamos, William Roger Tennant vivía solo con su ejército de pájaros. Un servicio a domicilio venía y limpiaba la mansión cada mañana. Tenía que ser así, con los pájaros cagándose por todas partes. Exceptuando a Tennant y a los pájaros, la casa estaba vacía toda la tarde. O eso esperábamos. <No sabemos lo que hay en el sótano, Jake,> señalé mientras giraba la cabeza a izquierda, derecha, arriba. <¿Qué pasa si Tennant tiene una docena de hork-bajirs ahí abajo? ¿Seríais capaces de zafaros el tiempo suficiente como para poder transformaros?> <Os llamaríamos a ti y a Rachel. ¿Tienes algún problema con este plan, Marco?> <No,> repliqué rápidamente. ¿Qué iba a hacer? ¿Decir a todo el mundo que de pronto no estaba seguro de que debieran confiar en mí? ¿Qué no estaba seguro de que pudiera transformarme en una emergencia? ¿Justo cuando estábamos a punto de meternos en una misión muy, muy peligrosa? No. <Por supuesto que no. Sólo quería asegurarme de que conociéramos los riesgos.> <Si Jake ha terminado de explicarlo, y Marco ha terminado de lloriquear, quizá podamos empezar con el trabajo,> dijo Rachel. <Esta forma no parece que pueda estarse quieta mucho tiempo.> <Sí,> añadió Ax. <Es una criatura muy enérgica.> Los cuatro habíamos adquirido formas de ardilla. Cassie ya tenía una. Nuestras formas eran como las ardillas que corretean por tu patio trasero en este mismo momento. De pelaje gris, marrón y blanco. Con una cola larga, nerviosa y tupida. Ojos castaño oscuro, grandes e inquietos. Más energía que un niño hiperactivo después de tomarse una docena de tazas de café. Entre los cinco, girábamos la cabeza, mirando en todas las direcciones posibles, alrededor de nueve veces por segundo. <Vale. Vamos,> dijo Jake. Subió corriendo por el poste de teléfono. Yo corrí detrás de él. ¡Genial! La ardilla corría tan bien como en horizontal. Las pequeñas uñas encontraban en seguida pequeños agujeros donde asirse. Luego, por la línea de teléfonos que conducía a la casa. Miré ese largo cable que descendía en picado y sentí la total confianza de la ardilla. ¿Caminar por un cable? Claro, ¿por qué no? Bajamos, de uno en uno claro, moviéndonos rápidamente sin otra preocupación que la de la incesante, palpitante y nerviosa cautela. Sentí, más que vi, a Tobias en el aire sobre nosotros. Su sombra no hacía feliz a la ardilla. A lo largo del cable. Hacia abajo por la rama de un árbol cercana. Luego bajar hasta la parte de arriba del muro de piedra. Y luego hasta el suelo del patio. <Somos lo mejor en ladrones,> dijo Rachel. Saltó desde el muro de piedra hasta el enorme roble y atravesó corriendo el patio de la casa de Tennant. <¿Ax?> dijo Jake, deteniéndose para mirar con intensidad de ardilla la ensambladura de la alarma. <Los dígitos del mecanismo son bastante sencillos,> dijo Ax. <No debería haber problema.> La casa estaba protegida por un sistema de alarma antirrobo de alta tecnología. Ax tardó unos quince segundos en desconectarlo, trabajando con sus diminutas manos de ardilla y murmurando en ardillense todo el rato. Hacía un día soleado y brillante. Las ventanas estaban abiertas. Todas tenían cortinas. Pero veníamos con un plan lunáticamente brillante para atravesarlas. Un plan que requería tecnología humana muy sofisticada. <Ahí va,> dijo Jake. Saltó al estrecho alféizar de la primera planta, con un cuchillo de cinco centímetros de la Armada Suiza cogido entre los dientes. La ventana daba a una biblioteca situada a unas pocas puertas más allá del recibidor desde la oficina de Tennant. Justo al lado del recinto para pájaros. Sólo habíamos visto a Tennant usar la librería una vez, por la noche. Cassie nos había dicho que colarnos directamente en el recinto de los pájaros no era lo mejor. Las ninfas reales pueden ponerse muy nerviosas. Y pueden hacer mucho ruido cuando están disgustadas. Jake hincó la hoja del cuchillo en la cortina y la deslizó hacia abajo, haciendo una incisión de un par de centímetros de larga. Entonces metió la nariz en el agujero, mordió la cortina, y la abrió otro par de centímetros. <Vale, estamos dentro.> Jake lanzó la cuchilla al suelo. <¿Tobias? Cógela. No queremos dejar ninguna prueba.> Jake se metió por el agujero. Le seguimos, uno tras otro, hasta que los cinco estuvimos dentro. Excepto por un par de sillas de lectura, una lámpara de pie, y una enorme estantería, la habitación estaba vacía. <Vale,> dijo Jake. <Marco y Rachel. Vosotros primero.> <Cuando todos nos hayamos transformado veremos si podemos cerrar el recinto de pájaros,> dijo Cassie. <No queremos que Tennant vea doble.> <Cuando Tennant se sienta en su escritorio, normalmente pasa allí toda la tarde,> siguió Jake. <Sólo echaremos un vistazo rápido por el lugar y nos marcharemos sin que ni siquiera sepa que hemos estado aquí.> <¿Tenías que decir eso?> gruñí. <Ahora nos has gafado.> <Vamos allá,> dijo Rachel, empezando ya a transformarse. Yo hice lo mismo, pero sin tanto entusiasmo. Una cosa es ser una ardilla en una casa extraña. De alguna forma te sientes inocente. Pero estar ahí como un chico normal vistiendo un estúpido uniforme para las transformaciones, suena bastante criminal. Nuestros pasos eran pesados. Nuestros movimientos, lentos. Éramos demasiado grandes para escondernos. Y nadie iba a pasarnos por alto. “Oh, ¿unos chicos en la biblioteca? Ni siquiera me había dado cuenta.” Terminamos de transformarnos. Sentí la necesidad de poner un dedo sobre mis labios para indicar a Rachel que no podíamos hacer ruido. Ella sintió la necesidad de responder con una tóxica mirada “Duh!”. Nos escabullimos fuera de la biblioteca y nos metimos en el recinto de pájaros de la puerta contigua. Era una enorme habitación de techo alto, quizá unas tres plantas de altura en total. Con las paredes de cristal como un invernadero, cosa que también era, en parte, al estar lleno de grandes árboles y plantas por todos lados. Era como una exhibición del zoo. La casa para pájaros. La mayoría de los pájaros estaban posados en los árboles. Algunos volaban, pero la mayor parte simplemente pasaba el rato. Salieron volando cuando Rachel y yo entramos. Sobre todo las ninfas reales. Ni hecho a propósito, el penacho de plumas de la cabeza de los diez pájaros apareció en medio del aire. “¡Twooooit! ¡Twooooit! ¡Twooooit! ¡Twooooit!” “Auch. Hacen mucho ruido,” dije. Rachel se acercó lentamente a una de las ramas bajas, con las manos levantadas en posición de “puedes confiar en mí”. Como un policía tratando de negociar con un hombre amado. “Hola, pajarito,” susurró. “No te preocupes, no te haré daño.” “¡Twooooit! ¡Twooooit!” Yo me centré en un pájaro que parecía estar mordiéndose los dedos de los pies mientras se mantenía sobre una sola pata. Cuando me acerqué, el pájaro decidió que ya había comido suficiente dedo. “¡Twooooit! ¡Twooooit! ¡Twooooit!” Se revolvió en el sitio donde estaba posado. Movía la cabeza frenéticamente. Acerqué mi mano hacia él. “¿Estás domesticado, verdad?” susurré. “Marco, ¡cuidado!” siseó Rachel. Demasiado tarde. [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] “¡Owww!” grité, retirando la mano de golpe. “¡¡Shhhhhh!!” siseó Rachel. “Me ha arrancado un trozo de dedo,” susurré mientras daba brincos, apretando mi dedo con la otra mano. “¿No has oído a Cassie?” me respondió Rachel en un susurro. “Dijo que había que aproximarse a los pájaros de forma no amenazante.” “¡Yo no le he amenazado! Pero ahora sí que voy a hacerlo.” Me quedé mirando a mi oponente de ojos de botón. Él volvió la cabeza hacia un lado y me guiñó un ojo triunfalmente. Cuando lo hubiera tocado, sería fácil. El proceso de adquisición pone al animal en un estado de trance. La parte de tocar era la que me ponía nervioso. Eso más el hecho de que esperaba que Tennant apareciera, astuto y sereno, y me incinerara con un astuto y sereno rayo Dragón. Rachel ya había adquirido su pájaro y empezado a transformarse. <Hey, chicos.> nos llamó Tobias desde las alturas. <Tennant acaba de entrar en la oficina. Y, um, ¿Marco? ¿Algún motivo por el que te hayas puesto a bailar?> “Muy gracioso,” murmuré. Volví a acercar mi mano al pájaro. Lentamente. “Así es como se supone que tienes que nyufgh—”. Susurró Rachel mientras su boca se encogía y se endurecía para formar el pico. La ninfa real se echó hacia atrás y ladeó la cabeza para atacar. ¡Salté! La envolví con mi mano. ¡Hah! Me tragué el dolor cuando volvió a picarme despiadadamente en la palma. “A dormir, monstruo.” Cayó en trance. Segundos después, lo devolví a su percha. Resistí el impulso de arrancarle una o dos plumas como retribución. Respiré profundamente y traté de concentrarme. [i]Sólo relájate[/i], me dije. [i]Deja que la transformación siga su curso. Sé el pájaro. [/i]Pero el corazón me seguía latiendo con demasiada fuerza. Y el dedo aún me dolía. Lo primero en cambiar fue mi cabeza. Empezó a encoger. Del tamaño normal al tamaño de un melón pequeño. A un pomelo. A una naranja. Hasta ser poco más grande que un tomate enano. <Oh, qué bien te queda,> dijo Rachel. Había terminado de transformarse y estaba posada en la parte de arriba de una jaula. <Por fin tu cabeza se corresponde con el tamaño de tu cerebro.> Podría haberle devuelto una respuesta ingeniosa, pero mi boca se estaba endureciendo como una uña. Creciendo lentamente desde mi cara y formando un pico afilado y ganchudo. Sentí un cosquilleo en la piel, y a continuación empezó a rizarse. Plumas. Me miré las manos. De cada uno de mis dedos principales, surgió una pluma gris. Luego una segunda. Luego una tercera. Más plumas. Más y más rápido. Una avalancha de plumas bajando por mis brazos como la crecida de un río inundando un valle. Hasta que estuve cubierto de ellas de pies a cabeza. Los árboles y arbustos parecían dispararse en el aire conforme yo encogía. Encogiéndome hasta una talla muy vulnerable. Un pie de longitud. Pesando sólo un par de decenas de gramos. Entonces mis diminutos pies humanos empezaron a cambiar. Mis cinco dedos se fundieron. Surgieron dos dedos largos de la parte delantera de esa masa. Y dos más de donde había estado mi tobillo. Mis piernas encogieron hasta que a penas fui más alto que un par de centímetros. Sólo dos pequeños muñones surgiendo de mi cuerpo del tamaño de una pelota de béisbol. Mis hombros se deslizaron por mi espalda. Mis brazos en miniatura se estiraron hacia fuera como las ramas de un árbol, alisándose para convertirse en exuberantes alas de plumas grises. De pronto, el increíble sentido del oído del pájaro se abrió paso. Podía oír cada revoloteo de cada pluma de cada pájaro de la habitación. Uno estaba afilándose el pico. Otro estaba escarbando en la comida, buscando una semilla en particular. ¡Y todas las ninfas reales estaban hablando, riendo, cantando! “Twoooit, twoooit, twoooit,” dije emocionado. <Marco, ¿qué estás haciendo?> dijo Rachel. “¡Twoooit, twoooit, twoooit!” <Estoy cantando,> dije. “¡Twoooit! ¡Twoooit!” La transformación había ido bien. Ahí estaba yo, en medio de una misión. Una peligrosa misión. Y no había mezclado formas. ¡Lo había conseguido! Quizá el fiasco águila pescadora / langosta había sido sólo una casualidad estrafalaria. Revoloteé un poco alrededor de la habitación. <¡Esta forma mola!> “¡Twooi-twooi-twooit!” <¿Marco? ¿Rachel?> Jake. Llamándonos desde la biblioteca. <Uh, ¿sí?> <¿Va todo bien por ahí?> <Sí,> dijo Rachel, un poco tirante. <¿Por qué no habría de ir bien?> <Bueno, ya casi han pasado diez minutos desde que entrasteis…> <Ni hablar. ¿Diez minutos?> me reí. <Chicos, ¿recordáis la misión? ¿William Roger Tennant?> <Sí, Jake. No hay problema.> Rachel me dijo, <Contrólate, Marco. O le digo a Jake que te deje fuera de esta misión ahora mismo.> Mi propia mente empezó a tomar el control del la ninfa real. Mi propia personalidad se impuso. La alegría del pájaro pasó a un segundo plano, reemplazada por otra emoción. Miedo. No fue una mejora. [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Salimos volando del recinto para pájaros. Giramos a la izquierda hacia la oficina de Tennant. Los instintos paranoicos del animal empezaron a crecer. Estos pájaros eran domésticos. Pero la domesticación no cambia el ADN. En las profundidades de su ADN este pájaro aún sentía miedo. No quería estar dentro de la casa. No le gustaba no poder mirar en todas direcciones. Nunca se sabe de dónde podía salir una serpiente. ¡Zoom! Atravesamos volando el marco de una puerta. ¡Zoom! Esquivando unas macetas de plantas altas. ¡Zoom! Atravesando un pasillo estrecho. El pájaro tenía una visión excelente. Suficientemente buena como para seguir la pista de por dónde íbamos. Y después de tres días de vigilancia me sentía como si conociera la casa de Tennant. ¡Zoom! Doblamos una esquina y ya estábamos ahí. Justo a las puertas de la oficina. <Vale, allá vamos,> dijo Rachel y desapareció a través de la puerta abierta. La habitación era enorme. Dos de las paredes eran gigantescos ventanales de cristal con vistas al océano. Las otras dos paredes, incluyendo la de la puerta, estaban cubiertas por estanterías enormes y totalmente llenas. En medio de la habitación, un gran escritorio de roble de cara al océano. El mismo escritorio estaba impecablemente limpio y organizado. Sobre él había un ordenador portátil, un teléfono, y un par de perchas para aves con forma de T. William Roger Tennant estaba usando el ordenador. Estaba tan absorvido en su trabajo, que no pareció darse cuenta de nuestra entrada. <Hasta ahora, muy bien.> Rachel abrió las alas y aterrizó sobre una de las perchas para pájaros. Yo me posé sobre la otra. <¿Qué está escribiendo?> pregunté. <No puedo leer el monitor desde esta percha.> Me arrastré a lo largo del palo horizontal, esperando conseguir un mejor ángulo de visión. Y parecer natural. <Aquí, déjame intentarlo.> Rachel saltó de su percha, revoloteó en el aire, y aterrizó justo en la cabeza de Tennant. Él ni siquiera se inmutó. <Ah, qué aproximación más sutil.> <He visto cómo los otros pájaros lo hacían todo el rato,> dijo. <Está escribiendo una carta. Una carta de agradecimiento.> <¿A quién?> <Aún no hay dirección.> Tennant movió el ratón e hizo un doble click. <Está escribiendo varios mails a la vez,> dijo Rachel. <Huh. Es una carta para el presidente de una de las cadenas de televisión.> <¿Por qué escribiría Tennant al jefe de una cadena? ¿No le gustó el capítulo de [i]Emergency Room[/i] de la semana pasada?> ¡Brrrrrrrrrring! <¡¡Aaaaaaahh!!> grité. <Geez, ¡eso está muy alto!> dijo Rachel. <Estos pájaros tienen buen oído.> ¡Brrrrrrrrrring! Finalmente, descolgó el auricular. Su mano temblaba un poco. “¿Quién?” No podía oír la voz de la otra línea. Pero sabía quién era. Y mi propio miedo parecía infectar el cuerpo de la ninfa real. Podía sentir sus plumas erizándose de pánico. Su pequeño corazón empezó a latir como los disparos de un arma. “Sí, Visser,” dijo William Roger Tennant con todo el entusiasmo que la gente suele reservar para oír un diagnóstico terminal de su doctor. <Visser Tres,> siseó Rachel. Visser Tres. Nuestro enemigo más temido y odiado. El líder de la invasión yeerk en la Tierra. El único yeerk que había infestado a un andalita. El único yeerk con la capacidad de transformarse. Hundí el pico entre una de mis alas y me arranqué un par de plumas. Las dejé caer en el escritorio. Hundí el pico bajo mi otra ala y me arranqué un par de plumas más. “Todo va bien,” murmuró Tennant. “¡Twooit!” solté. “Ahora estoy terminando esa carta, Visser.” “¡Twooit! ¡Twooit!” <¿Marco? ¿Qué estás haciendo?> siseó Rachel. “¡Twooit! ¡Twooit! ¡Twooit!” ¿Qué me pasaba? ¡Estaba perdiendo el control de la forma! No podía evitar que gorjeara. Que se arrancara sus propias plumas. Que se balanceara, adelante y atrás. Adelante y atrás. “Sí, Visser. La construcción de esa Kandrona se realizará en el momento previsto.” “¡Twooit! ¡Twooit! ¡Twooit! ¡Twooit!” <¡Marco! ¡Cállate! ¡Vamos!> <No puedo,> grité. <¡No puedo hacer nada!> Una forma tan sencilla. Un cerebro inteligente, pero pequeño. ¡Y mi cerebro humano no podía con él! Me arranqué unas pocas plumas más y las tiré sobre el escritorio. Tennant me dirigió una mirada afilada. “¡Twooit! ¡Twoooooit! ¡Twooooooooit!” “Sí, Visser. El presidente de la cadena estará en el banquete de los premios al Buen Ciudadano de este fin de semana. Como sabe, yo recibiré un premio. Confío en que el humano me dará la ocasión de ofrecerme un horario de máxima audiencia para la próxima temporada.” <¿Va a la televisión nacional? Imagínatelo. No es que la UPN lo necesite ni nada de eso,> dijo Rachel. “¡Twoooit! ¡Twoooit! ¡Twoooit!” <¿Marco? ¿Qué te parece si te controlas?> “¡Twooooit! ¡Twooooit! ¡Twooooooooit!” “Discúlpeme, Visser.” Tennant tapó el teléfono con la mano y me miró. Y luego gritó. “¡Cállate, criatura asquerosa!” “Twirt,” solté poco convincentemente. Tennant continuó con su conversación telefónica. “No, Visser, no creo que deba matar al pájaro. Debo mantener la imagen de amante de los animales de William Roger Tennant. Pero sí, estos ninfas reales son muy irritantes.” Pausa. Luego, “Sí, Visser, llegará el día en que exterminaremos a todas las criaturas irrelevantes. Lo espero impaciente.” De pronto, tuve una urgencia. <¿Rachel? Creo que voy a… no importa. Ya lo he hecho.> Casi no me costó. Una cosa completamente natural. Si no hubiese sido tan fácil, podría haberme controlado. <Sí, esa es una buena idea, Marco,> dijo Rachel. <A este tío le están reventando las venas de la cabeza y tú te cagas en su escritorio.> “¡Sí, Visser! Sí, Visser. Sí, Visser.” Luego, “Oh, voy a matarte,” gritó William Roger Tennant mientras arrojaba violentamente el auricular. [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] <¿A quién? ¿A quién va a matar –a mí, o a Visser Tres?> El gurú de la felicidad cogió el mando a distancia y pulsó un botón. Las sombras empezaron a envolver las ventanas. Se estaba asegurando de que nadie le viera. Uh-oh. “¿Por qué—?” rugió William Roger Tennant. <¡Creo que se refiere a ti, Marco! ¡Huye!> gritó Rachel. Extendí las alas y me impulsé de la percha. Tennant se lanzó sobre el escritorio, con los brazos abiertos. Intentó cogerme, pero falló. <¡Muévete! ¡Muévete!> gritaba Rachel mientras volábamos hacia el pasillo. <Jake. Chicos. Tenemos un problema.> Me lancé hacia la puerta. “No tan rápido, pajarito,” siseó Tennant. Mi superagudo oído lo oyó acercarse. Un libro. Un enorme libro de tapa dura. ¡BONK! Me desvió. Caí sobre la moqueta. El golpe me había dejado sin conocimiento. Aturdido. Con la cabeza dándome vueltas. Imágenes de grandes serpientes deslizándose por una rama para ir a por mí. Tennant se abalanzó sobre mí. Me cogió entre sus manos, apretándome el pecho con los pulgares. Empezando a aplastarme. “Yo te voy a enseñar a cagarte en mi escritorio, pedazo de—” ¡Mis costillas! ¡Doblándose! ¡Hundiéndose! ¡Mis pulmones! ¡A punto de explotar! ¡La sangre me inundaba la cabeza! <¡Aaaaaaaaaaaaarrrrrrrgghhhhhhhhh!> gritaba. <¡Marco! ¡Aguanta! ¡Aguanta!> Mis ojos estaban clavados en la cara de Tennant. Hacía rechinar los dientes. Sus ojos azul claro sobresalían, surcados de pronto por venas rojas. Una vena en su sien se hinchaba y latía. Parecía estar a punto de explotar, de entrar en erupción como un quiste abierto. Pero sus manos ya no me apretaban. Entonces lo entendí. El yeerk estaba luchando. Luchando contra algo en el interior de su cuerpo. Luchando contra William Roger Tennant. El verdadero humano llamado William Roger Tennant. “Oh, pajarito, pajarito,” susurró Tennant. “Si pudieras oír los gritos de angustia de mi huésped. Sus ruegos para perdonarte tu despreciable vida. ¡Humanos! Qué especie tan débil y sentimental.” Entonces aflojó su agarre y empezó a acariciarme las plumas. “Oh, cómo me gustaría matarte,” canturreó. “No por otra razón más que la de oír los gritos de agonía de la mente torturada de este patético huésped, oh sí, oh sí. Pero no te mataré. Ahora no. No, no, no. ¡Espero con impaciencia el día en que pueda matar de una vez a todas las horribles criaturitas como tú! Oh, ¡qué agradable será! Quizá esa matanza sea suficiente para quebrar su espíritu, ¡de una vez y para siempre!” Aún seguía acariciándome. Los ojos le brillaban. El sudor le caía gota a gota de la frente. Intenté relajarme. Intenté permanecer tranquilo. Iba a dejarme ir. ¿No? No parecía haber notado que Rachel había vuelto. Revoloteaba sobre su cabeza, observando, lista para atacar. Como si pudiera inflingirle serios daños en forma de ninfa real. <Los otros ya vienen, Marco,> dijo. <¡Tranquilo! Se están transformando en animales de batalla.> “Cuando me concedieron por primera vez este huésped,” seguía William Roger Tennant, con voz dulce, casi como si estuviera hablando a una audiencia de embelesados espectadores, “nunca pensé que mi mayor desafío sería tener que ser tan paciente, tan amable, tan adorable como este patético humano charlatán y quejumbroso. ¿Cómo habría podido saber que me resultaría tan difícil mantener esta ridícula farsa?” Tennant se colocó ante un espejo alto, se miró, y luego volvió al escritorio de en medio de la habitación. “¡Soy un guerrero!” gritó, gesticulando dramáticamente y agitándome como si fuera un atrezzo. “Un guerrero atrapado en esta horrible farsa. ¡¿Puedes imaginarte, pajarito, cómo llega a dolerme el ser simpático y amable y educado, por la mañana, al medio día, por la noche?! ¡Cómo anhelo luchar! ¡Atacar! ¡Matar a todos los idiotas que me rodean! Pero no puedo. ¡No! Eso no sería natural en el carácter de William Roger Tennant, el gran defensor de las virtudes humanas. Protector de todas las formas de vida. ¡Bah!” <El tipo es un psicópata,> dijo Rachel, posada en la parte de arriba de la puerta abierta. <Quiero decir, incluso para un ser un yeerk, este tipo es un psicópata. Estamos hablando del tipo de psicópata de “¿Dónde está mi medicación? Encíerrame en una habitación de gomaespuma.”> <Sí,> asentí débilmente. <Psicópata bonito. Psicópata bueno.> Entonces, sorprendentemente, Tennant volvió la palma hacia arriba y abrió la mano. Me puse en pie con dificultad. “Así, así, pajarito.” Me acarició las plumas del pecho. “Pajarito bueno. Pajariiiito bueeeeeno.” Me soltó delante de su cara. Resistí la tentación de arrancarle un pedazo de nariz. “Tengo una idea, pajarito. Si puedes decirme tu nombre, te daré un regalo. ¿Cómo te llamas, pajarito?” dijo. “Dile a William Roger Tennant como te llamas.” [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] “¿Cómo te llamas, pajarito?” repitió. <Uh, ¿tengo que contestarle a esa pregunta?> le dije a Rachel. <Huye,> replicó. <Sal de aquí.> Tennant continuó mirándome directamente a los ojos, con esa extraña sonrisa de ‘Me faltan dos coca-colas para el pack de seis’ grabada en la cara. <No creo que vaya a dejarme ir sin una respuesta,> dije. ¡Jaleo en el pasillo! El estruendo de pies sobre el suelo. Cascos. ¿Podía oírlos Tennant? No reaccionaba. <¡Chicos! ¿Qué pasa? ¿Entramos?> dijo Jake. <No. Quedaos en el pasillo,> dijo Rachel. <Estamos a punto de encontrar una mejor solución. Luego podréis darle una paliza a Tennant.> “¿No sabes tu nombre, pajarito?” siseó Tennant, estrechando los ojos. “Todos mis preciosos pajaritos saben sus nombres.” <¡Muévete, Marco!> dijo Rachel. Incliné las piernas, listo para saltar. Una repentina sospecha oscureció su cara. “A menos que no seas uno de mis preciosos pájaros.” Salté hacia atrás, fuera del alcance de su mano. Agité las alas frenéticamente, intentando evitar su agarre. “¡A menos que seas uno de los bandidos andalitas transformado! ¡Ordenador! ¡Estado de Alerta Uno! ¡Intrusos andalitas!” Tennant me lanzó un golpe tremendo. Falló. Me lancé hacia el techo. Me di la vuelta para seguir a Rachel hasta la puerta. ¡Sólo dos metros más! ¡¡WHAM!! <¡Aaaargh!> caí, golpeándome en el pico, sobre la moqueta. <¡Marco!> gritó Rachel. Una de mis alas estaba rota, completamente torcida hacia atrás. Podía sentir cómo latía uno de los largos huesos del ala a través de la piel. “Andalita estúpido,” se regodeó Tennant. Apartó de una patada el enorme diccionario y me recogió entre sus manos sudadas. “¡Pillado en una forma tan débil! Admiro tu coraje, ¡pero me temo que tendré que matarte igual!” <¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhhh!> Rachel se lanzó a por la cabeza de Tennant. Con los pies por delante, hundió las patas en su pelo. “¿Qué demonios…?” rugió Tennant. <¿Qué demonios…?> Rachel se lanzó hacia el techo, lejos de la mano rastreadora de Tennant. Pero aún estaba cogida a su cabellera. William Roger Tennant me soltó. Caí al suelo. ¡Qué dolor! Mi cuerpo estaba roto en mil pedazos. Cada respiración era pura agonía. Vagamente, era consciente de que Rachel revoloteaba alrededor de la cabeza de Tennant, con una coleta postiza enganchada a sus patas. “¡Dame eso!” gritó Tennant. <¡Marco!> gritó Jake. <¿Estáis bien?> <Soy carne muerta.> <Rachel, ¡haz que Tennant se dirija al pasillo!> gritó Jake. <¡Marco, transfórmate! ¿Me oyes? ¡Transfórmate!> Rachel salió volando al pasillo con el postizo de Tennant. Él la siguió. <¡Hork-bajir!> <Cuento seis,> gritó Ax. <Ax, tú y yo a por los hork-bajirs,> se apresuró a ordenar Jake. <Cassie, intenta cubrir a Marco. Rachel, ve a donde no te vean, vuelve a tu forma, transfórmate, y patea algunos culos. ¡Tobias, te necesitamos aquí abajo!> Oía los sonidos de la batalla en el largo pasillo. Cosas rompiéndose. Rugidos. Cuchilladas. Intenté concentrarme. Lo único que tenía que hacer era transformarme, y mis heridas desaparecerían. Pero me apagaba rápidamente. Casi no tenía la fuerza suficiente para pensar, mucho menos para transformarme. <¡Cuidado! ¡Tennant tiene un arma!> <¡Dispersaos!> “¡Os mataré!” ¡BLAM! ¡Un disparo! Empecé a sentir los cambios. Mis alas rotas empezaron a crecer. Las plumas se convirtieron en carne. Mi masa corporal creció y aumentó de peso. Mis heridas desaparecieron poco a poco. Mis manos se extendieron ante mí, milagrosamente curadas. Mis costillas y torso volvieron a su tamaño y forma normales. ¡Mis pulmones eran capaces de respirar otra vez! ¡TSEEEWWW! ¡Rayos Dragón! Casi había acabado. El dolor había desaparecido. Podía ver. Pensar. ¿Y ahora qué? ¿Volver a transformarme? Fuerza de ataque. Mi forma de gorila lo haría bien. Me metí bajo el enorme escritorio y me concentré. Mis brazos empezaron a crecer. A hacerse más gruesos. Más fuertes. Suficientemente poderosos como para lanzar un coche sin sudar ni una gota. Algo gordo estaba pasando en el pasillo. El suelo se movía. Las paredes temblaban. “¡Matadlos!” gritaba William Roger Tennant. “¡Matad a los bandidos andalitas!” ¡Otro disparo! Vi a un hork-bajir entrar tambaleándose en la habitación. Se golpeó contra la ventana, se apoyó, se resbaló, y cayó, envuelto en las persianas de rejilla de la ventana. La transformación continuaba. ¡Deprisa! ¡Mis amigos me necesitaban! ¡Venga, Marco! ¡Transfórmate! ¡Transfórmate! ¡Espera! ¡Algo iba mal! Mis brazos seguían creciendo, ¡pero el resto de mi cuerpo se encogía! Se hacía más y más pequeño. ¡A penas medía treinta centímetros! ¡Un torso de treinta centímetros de largo con brazos de metro y medio! Sentía la piel seca, escamosa. ¿Escamas? Mi cabeza empezó a hundirse entre los hombros, aplastándose hasta adoptar la forma de una flecha. Un ojo a cada lado de la cara. Mi labio inferior sobresalió de golpe como si me hubiera quedado congelado en medio de un beso. Luego mis hombros desaparecieron entre el resto del cuerpo hasta que no era más que un cuerpo largo y plano con brazos insensatamente grandes. Sentí cómo se abrían dos hendiduras, una a cada lado de mi cara. Y de pronto, no podía respirar. ¡Branquias! ¡Me habían salido branquias! ¡Era medio-gorila, medio-trucha! <¡Nooooooooo!> [b]©1999 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] <¡Aaaaaaghhh!> El cerebro del pez se volvió loco. Comencé a agitarme salvajemente por el suelo. <Marco. ¿Qué es exactamente lo que estás haciendo?> ¿Tobias? Enfoqué mi deformado ojo de pez en la ventana más cercana. <¡No lo sé, tío!> grité, sintiéndome bastante aterrorizado. <¡Vale, transfórmate!> gritó Tobias. <¡Sal de esa forma! No tiene buena pinta.> ¡Pánico! ¡No podía respirar! Y mi pequeño cuerpo no podía almacenar mucho oxígeno. Me estaba mareando… <Vamos, Marco, puedes hacerlo. ¡Concéntrate!> Solté un quejido. Pero los cambios ya habían empezado. Mi cuerpo empezó a crecer. Mis brazos a encogerse. Las branquias de ambos lados de mi cara desaparecieron. Di una bocanada para proveerme de aire. Dulce, hermoso aire. <¡Cassie, detrás de ti!> gritó Jake desde el pasillo. William Roger Tennant gritaba, “¡Matadlos! Destruidlos. ¡No me importa si hacéis arder esta casa mientras lo consigáis!” ¡TSEEEWWW! ¡Más rayos dragón! <¡Rachel! ¡Tobias! ¡Necesitamos ayuda aquí fuera!> ¡TSEEEWWW! <Hay demasiados. ¡Retiraos a la oficina!> gritó Jake. <¡MOVEOS!> ¡TSEEEWWW! <Marco,> gritó Tobias. <Vienen hacia aquí, date prisa.> Casi había acabado de transformarme. Volvía a ser humano. Con piernas, brazos y pulmones normales y prácticos, lo cual no era algo necesariamente bueno. Si Tennant me veía y me identificaba como el chico Marco –no el bandido andalita- mi vida habría terminado. Y la de mi padre también, ya que estábamos. De hecho, todos mis amigos –a todos los que conocía- serían asesinados o hechos prisioneros por los yeerks. Pero si no hacía algo inmediatamente mis amigos morirían ahora mismo. ¡Tenía que pensar en algo! La puerta del pasillo se abrió hacia la oficina. Me escondí tras ella. Era una puerta grande, de roble sólido, con unos cinco centímetros de grosor. ¡TSEEEWWW! <¡Moveos!> nos ordenó Jake. Oí las pisadas de unos grandes mamíferos, la entrada de los guerreros hork-bajir. ¡Por la puerta! ¡Jake, Rachel, Cassie, Ax! “¡Cogedlos!” gritó William Roger Tennant. “¡Están atrapados en la oficina! ¡Están—!” ¡WHAM! Cerré la puerta de golpe. Dio con algo, y a juzgar por las palabras que Tennant gritaba, y que no puedo repetir, ese algo era su cara. <¡Marco! ¿A qué esperas para transformarte?> me gritó Jake. “¡No hay tiempo!” exclamé, cerrando la puerta. “Tenemos que salir de aquí.” Y tenía que ser por la ventana. “¡Idiotas!” gritó Tennant desde detrás de la puerta. “¡Echad la puerta abajo! ¡Desintegradla!” Miré a mi alrededor. ¿Qué podía usar? ¿La enciclopedia Webster’s Collage? ¿Los libros de consulta de la New York Public Library? ¿La recopilación de trabajos de Leo Tolstoy? ¿La silla? No. El portátil de William Roger Tennant. Lo cogí con ambas manos y lo levanté del escritorio arrancando el cable en el proceso. “Espero que no haya hecho copia de seguridad de su disco duro,” dije volviéndome hacia la ventana. Hice girar el portátil a mi alrededor como si estuviera en la prueba de lanzamiento de martillo. Cuando más fuerza tenía el balanceo, lo solté. El ordenador voló por la habitación. ¡CRASH! La enorme ventana se deshizo en miles de fragmentos de cristal. <¡Vamos!> ¡Tigre! ¡Oso! ¡Lobo! ¡Andalita! Todos se lanzaron por la ventana abierta. Cayeron sobre sus patas y huyeron por la pared del recinto, a salvo. ¡BOOM! ¡BOOM! ¡El estruendo de algo chocando contra la madera! La puerta de la oficina se deformó. <¡Salta, Marco!> me gritó Cassie. Corrí atravesando la habitación. La oficina estaba en la primera planta de la mansión. Pero el terreno caía en picado hacia el océano. Había una distancia de unos seis metros hasta el suelo. El árbol. Sus ramas se extendían casi hasta la ventana. Debajo, un sólido patio de cemento. ¿Pero qué otra opción tenía? ¿Un tobillo roto o pasar el resto de mi vida como controlador? Apreté los dientes, me subí al alféizar de la ventana y me lancé. Agité las piernas, me estiré todo lo largo que era, y agarré una rama con la mano. Caí del árbol. Corrí hacia la hilera de arbustos que perfilaba la pared que rodeaba el recinto. Me tiré detrás de ellos y me comprimí en la postura más pequeña que podía adoptar. ¿Habría llegado a verme William Roger Tennant? [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Capítulo 12 “¿Por qué no nos hablaste de tu problema?” me preguntó Jake. Estábamos en el granero de Cassie. Esta vez no podía esconderlo. No podía hacer como si ese desastre mórfico nunca hubiera sucedido. Tobias lo había visto todo desde el otro lado de la ventana. “No sé. No creí que fuera para tanto.” “No, tienes razón. Acabas convertido en algo a medio camino entre una trucha y un gorila mientras todos los demás jugamos a clavarle la cola al hork-bajir. ¿Por qué debería suponer eso un problema?” dijo Rachel. “¡Todo salió bien, ¿no?!” la corté. “Además, Rachel, tú tampoco es que fueras muy sincera con nosotros cuando tuviste esa alergia a la forma del cocodrilo. De hecho, si lo recuerdo correctamente, nos mentiste. Dijiste que estabas mejor cuando no era cierto.” Rachel hizo una mueca, ladeó la cabeza y dijo, “Creo que dejaré que sean los demás los que te echen la bronca.” Jake se volvió hacia Ax. “¿Alguna idea de por qué está pasando todo esto?” <No estoy seguro, Príncipe Jake,> respondió Ax. <Sabemos que el proceso de la transformación requiere calma y concentración. He oído casos en los que el estrés emocional ha tenido efectos negativos en la capacidad mórfica.> “Quizá el problema con tu padre te está afectando más de lo que crees,” sugirió Cassie. Le lancé una mirada cabreada. “Lo siento, Marco,” dijo ella. “Pero si está afectando a tu habilidad para luchar, es asunto de todos.” “¿Qué pasa con tu padre?” me preguntó Jake. “Está saliendo con alguien, ¿vale?” “¿Y ya está? Eso ya lo sabíamos. ¿Esa es la razón por la que te transformas en carne y pescado a la vez?” “Mmm, Jake,” intervino Cassie. “No es que su madre esté exactamente muerta. No es que su padre sea exactamente viudo.” “Oh,” Jake parecía avergonzado. “Perdona, no había caído. ¿Por qué no nos has dicho nada, Marco? Soy tu mejor amigo.” Me encogí de hombros. “Porque tampoco es para tanto.” Me eché a reír. Una risa falsa. Supongo que la Srta. Robbinette se acabará yendo. ¿Cuánto tiempo puede estar aguantándome?” <Estoy confundido,> intervino Ax. <¿Estás diciendo que tu padre está considerando tomar a esta mujer como nueva pareja?> “Podrías decirlo así,” dijo Cassie. “Pero preferiría que no lo hicieras,” añadí. “Él sólo—” <Ah. Quizá tu padre sea Joven e Inquieto. Los que son Jóvenes e Inquietos cambian frecuentemente de pareja.> “Vale, lo primero, cargarnos la tele de Ax,” dije. [i]NdT: Jóvenes e Inquietos (The Young and the Restless) es el título de un culebrón americano al que al parecer Ax está enganchado.[/i] “Mirad, el problema aquí es la habilidad de Marco para transformarse,” retomó Jake. “No podemos dejarte ir a las misiones en este estado. Por tu seguridad y la nuestra.” “Bueno, no es que sea un inconveniente para mí,” protesté. “Tendré un par de semanas libres, eso es todo. Lo superaré. Confiad en mí.” “Quizá necesites hablar con alguien,” me sugirió Cassie. “Con un profesional.” “Sí, Cassie. ‘Uh, ¿Doctor Freud? Mi padre está pensando en volver a casarse. Verás, piensa que mi madre está muerta, pero no lo está. Actualmente es esclava de una raza alienígena que está intentando conquistar el planeta. ¿Y he mencionado ya que yo mismo estoy luchando contra esta invasión? ¿Que lo hago transformándome en animales? ¿Qué talla de camisa de fuerza cree que me va bien?” “Vale, bueno,” replicó Cassie amablemente. “¿Pero qué hay de nosotros? Somos tus amigos, Marco. Puedes hablar con nosotros. Guardarte las cosas para ti solo es lo que te tiene tan estresado.” “Cassie, aquí todo el mundo tiene problemas. Ax es el único miembro de su especie que no es un controlador en trillones de kilómetros a la redonda; tú eres una pacifista que pasa la mitad de su tiempo luchando contra alienígenas; Jake es sólo un deportista cabeza hueca intentando hacerse pasar por el General Eisenhower; Rachel está a tres milímetros de quedarse transformada para siempre en Terminator; y oh, es verdad, Tobias es un pájaro que vive en un árbol y come ratones para desayunar. Todos tenemos problemas. No es que seamos los chicos de la foto de la semana de la Salud Mental, precisamente.” “¿El deportista cabeza hueca? ¿Perdona?” “El caso es que todos estamos hasta el cuello. ¿Qué derecho tengo yo a volverme loco?” Cassie se encogió de hombros. “Tanto como cualquiera de nosotros.” “Sí, bueno, eso es mucho decir. Tenemos cosas que hacer. Sólo necesito tomarme un respiro, ¿vale?” Jake suspiró. “Vale, vamos a concentrarnos. No quiero infravalorar el problema de Marco, pero tenemos una misión: acabar con William Roger Tennant.” “Está complicado,” murmuró Rachel. “El personaje público es de oro sólido. Excepto porque es un Loony Tune, su único punto débil parece ser que lleva tupé.” Jake agitó la mano delante de su cara como si estuviera borrando una pizarra. “Vale. Es obvio que no vamos a llegar a ninguna solución esta noche. Volvamos a casa y hagamos los deberes. ¿Y Marco?” “Sí,” murmuré. “Lo sé. Nada de transformaciones.” [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] El largo camino hasta casa me dejó mucho tiempo para pensar, aunque después de recorrer a penas dos manzanas ya había llegado a una conclusión. Odiaba mi vida. No es que la autocompasión sea especialmente buena, que digamos. No te hace ningún bien. Pero hay momentos en que no tiene sentido negar que la vida es una mierda. Durante mucho tiempo me había aferrado a la esperanza de que mi madre podía volver a casa. Sana y salva. Que mi madre, mi padre y yo cenaríamos juntos todas las noches y nos iríamos de vacaciones al Gran Cañón y jugaríamos al Monopoly los domingos por la tarde que lloviera. Era prácticamente imposible que mi madre volviera a casa, ya lo sabía. Prácticamente imposible. Era casi imposible incluso creer que pudiera seguir viva. Pero aún tenía esa esperanza. Entonces había llegado la Srta. Robbinette, destruyendo lo que quedaba de esa esperanza, diezmándola. Me estaba volviendo loco. Y era difícil creer que después de todas la locuras por las que había pasado desde que empezó la guerra, un problema doméstico, simple y cotidiano fuera a ser lo que colmaría el vaso. Oh, sí. Y también estaba eso de que no teníamos ni idea de cómo evitar que William Roger Tennant se dedicara a reclutar gente para La Alianza en un horario televisivo de máxima audiencia. Y aunque supiéramos cómo, tampoco es que me fueran a dejar luchar con los demás. Por mi PROBLEMA. ¿Un mal día? Sí, definitivamente. Pero aún era temprano. Si tenía mucha mucha suerte, aún podían torcerse más las cosas. ¿Qué iba a hacer el resto de la noche? ¿Los deberes? No después de una experiencia tan cercana a la muerte. No, una experiencia cercana a la muerte requería un par de horas de vegetar delante de la Playstation. Mi calle. Mi casa. Giré para continuar por la acera. Y me detuve. Algo no iba bien. Miré rápidamente arriba y abajo de la calle. No había nadie. Volví a mirar a mi casa. No había luces. Pero el garaje estaba abierto y el coche de mi padre dentro. ¿Y de quién era ese coche aparcado en la acera? Avancé unos cuantos pasos. Muy despacio. Este sería un final perfecto para mi día, pensé. Una emboscada de los yeerks. Visser Tres esperándome en mi propio salón. ¿Es que los yeerks habían llegado a verme en casa de William Roger Tennant? ¿Me habían identificado? Me escabullí hacia la parte trasera de la casa. Tampoco había luces ahí. Lentamente volví a la puerta principal. Eché un vistazo a través de la gran ventana del salón. Estaba demasiado oscuro y no pude ver nada. ¿Qué debería hacer? ¿Intentar transformarme? No estaba muy seguro de poder lograrlo. Y aunque pudiera, un gorila no sería suficiente para parar a Visser Tres y las fuerzas hork-bajir. Durante un segundo pensé que quizá me estaba poniendo un poco paranoico. Que mi padre ya estaba durmiendo. Que simplemente se le había olvidado cerrar la puerta del garaje. Pero eso no explicaba la presencia del otro coche. Pensé en ir corriendo a avisar a Jake y a los demás, pero me di cuenta de que para cuando hubiera vuelto con los refuerzos, mi padre ya estaría muerto. O algo aún peor. No tenía elección. Agarré el picaporte. Lo giré. Abrí la puerta lentamente. “RrrrrrrRrrrrrrRrrrrrrRrrrrrrRRRRrrrrrr” Dos patas se clavaron en mi estómago. “¡Aaaaah!” grité. “¿Qué demonios—?” gritó una voz. Agité los brazos salvajemente, quitándome la bestia de encima. “¡Arrarrarrarrarrarrarrarr!” Volvió a atacarme. Protegiéndome de sus garras le di sin querer al interruptor de la luz. Las luces se encendieron. “¡Déjame!” grité. “¡Arrarrarrarrarrarrarrarr!” “¿Marco?” Era mi padre. Estaba sentado en el sofá. La Srta. Robbinette también estaba sentada en el sofá. Muy cerca. De hecho, la Srta. Robbinette estaba sentada más encima de mi padre que del sofá. Mi padre se puso en pie de un salto. Tenía la cara casi tan roja como las marcas de pintalabios que lo cubrían. “¡Euclid!” gritó la Srta. Robbinette. “¡Para! ¡Siéntate! ¡Estáte quieto!” El perro idiota seguía ladrando y saltándome encima. Sólo medía cincuenta centímetros, pero saltaba más de un metro en el aire. Habría sido tan fácil pegarle una patada y mandarlo volando a la otra punta… Por la puerta de la cocina, al otro lado de la casa. “¿Qué estás haciendo en casa?” me preguntó mi padre absolutamente cortado. “Uh, ¿vivo aquí?” le respondí, quitándome el perro de encima. “¡Euclid! ¡Para!” volvió a gritar la Srta. Robbinette. “De verdad, no sé qué le pasa.” Estuve tentado de darles mi opinión. En vez de eso, cogí al chucho en pleno aire. Intentó que le soltara retorciéndose, pero le agarré fuertemente contra el pecho, como un jugador de rugby lleva una pelota. Empecé a adquirirle y se calmó. “Ohhh,” dijo la Srta. Robbinette, encantada por la visión de Euclid medio dormido en mis brazos. “¿Ves? Le gustas, Marco.” Supongo que se podría decir que la Srta. Robbinette es guapa. Tiene el pelo oscuro y la piel suave y clara. No me importaba. “No te esperábamos tan pronto,” murmuró mi padre mientras se debatía intentando pensar donde poner las manos. “Lo siento.” “Normalmente vienes muy tarde. Ya sabes, de estar con Jake.” Euclid se despertó de su trance. Empezó a retorcerse y le solté. Inmediatamente clavó sus dientes en el bajo de mis pantalones y empezó a tirar. “¡Euclid!” gritó la Srta. Robbinette. “Marco, Euclid es muy sensible al estrés. ¿Estás estresado?” Miré a mi padre. “Uh, ¿no lo estamos todos un poco?” dijo él con una risa desmañada. “Creo que me iré a mi habitación,” dije. Cogí la Playstation de la mesita. “Me alegro de verte, Marco,” dijo la Srta. Robbinette educadamente. “Uh-huh,” gruñí. Mi padre me lanzó una mirada dolida. Cuando llegué a la puerta de mi habitación, me quité amablemente de encima los dientes de Euclid de mis pantalones, le aparté y cerré la puerta de golpe. “¡Arrarrarrarrarrarrarrarr!” No sé cuánto tiempo estuvo ahí ladrando. Conecté los cascos a la televisión y subí el volumen lo necesario para no oírle. [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Normalmente estaría quejándome. Normalmente dejaría bien claro que la sola idea de semejante misión era una locura. Un diez sobre diez en la Escala de la Demencia. Pero ahora no podía. No podía porque Jake me dejaba ir a mí también a esta misión para infiltrarnos en los Premios al Buen Ciudadano y destruir la imagen de William Roger Tennant. Teníamos que esperar hasta el sábado por la tarde. Había pasado buena parte de la semana practicando la transformación en mi cuarto de baño. Gorila. Águila pescadora. Gaviota. Lobo. Incluso formas asquerosas como la mosca y la cucaracha. Nada. Sin problemas. Todas las formas bajo control. Se lo demostré a los demás un par de veces para probarlo. Finalmente Jake decidió darme una oportunidad. Además, me necesitaban. Qué gran favor. Nuestra misión era simple. Habíamos visto con nuestros propios ojos que el yeerk de Tennant no era un ejemplo brillante de estabilidad mental. Vamos, que en el diccionario al lado de la palabra “pirado” podrían haber puesto su foto. Sólo teníamos que enseñarle eso al mundo. Si conseguíamos sacarle de sus casillas en público… bueno, adiós al gurú. El banquete tenía lugar en un gran hotel al lado de la playa, no lejos de la mansión de William Roger Tennant. Ya habíamos estado allí en una misión, cuando intentábamos impedir que los yeerks infestaran a algunos de los líderes más poderosos del mundo. La seguridad no era ni mucho menos como aquella vez, cuando los presidentes y los primeros ministros de varios países se alojaban en el hotel. De hecho, era bastante fácil colarse. Nos transformamos en gaviotas. Volamos hasta el hotel. Encontramos una habitación vacía con balcón. Aterrizamos en el balcón, nos transformamos, y entramos a pie. Os sorprendería la cantidad de gente que se deja abierta la puerta del balcón. Supongo que creen que nadie va a escalar hasta un doceavo piso. Luego bajamos por una escalera de servicio, encontramos un baño cerca de la cocina del restaurante y nos transformamos en cucaracha. Por suerte nos conocíamos bien el lugar. Sabíamos por donde ir. Y menos mal, porque una cucaracha no es que tenga muy buena vista que digamos. <Hay demasiada gente como para que podamos movernos tranquilamente por el suelo. Acabarían pisándonos,> dijo Cassie. <¿Qué otra opción tenemos?> preguntó Tobias. <El techo.> <¿El qué?> Y fue entonces cuando la misión empezó a ponerse interesante. Demasiado interesante. <Vale,> dijo Jake, <es fácil. El enorme rectángulo de luz es el cuarto de baño. Se ve más o menos cada vez que alguien abre la puerta. Vamos hacia allí. Luego cruzamos el pasillo, giramos a la izquierda, pasamos dos puertas, entramos por la tercera y estaremos en la cocina.> <Por el techo.> <Sí. Por el techo.> <Ya veo. Y a esto lo llamas “fácil”.> <Os recuerdo que llevamos transformados treinta de vuestros minutos,> dijo Ax. <Está programado que sirvan la cena dentro de veinticinco de vuestros minutos.> <¿Ax?> <Sí, Marco.> <Son los minutos de todo el mundo. No son nuestros minutos. Son sólo minutos. Sólo minutos, ¿vale? Estamos en la Tierra, tú estás en la Tierra. Son los minutos de todo el mundo.> <Ahora llevamos transformados treinta y uno de vuestros minutos.> <Vale, terminemos con esto,> dijo Rachel. No mostraba su entusiasmo habitual. No hay nada que me asuste más que ver a Rachel inquieta. Corrimos hacia la pared. Y luego [i]sobre[/i] la pared, en vertical. Imagina un Jaguar descapotable rojo. Imagínate a ti mismo atado a la parte de abajo, de cara al suelo, con la nariz a un milímetro de la carretera, y el idiota que conduce circulando a ciento cincuenta kilómetros por hora. Una cucaracha atravesando el suelo de una habitación parece muy rápida. Pero desde aquí, desde la perspectiva de la cucaracha, es como si alguien te hubiera metido miles de cohetes por el culo y los hubiera prendido todos a la vez. Atravesé a toda velocidad ese sucio suelo de azulejos. Y entonces me detuve de golpe cuando mis astutas antenitas de cucaracha me informaron de que el mundo se estaba poniendo en vertical. Apoyé mis dos patas delanteras en la pared, las dos del medio, las dos patas traseras y finalmente avancé hacia arriba. Hacia arriba. Como alguien a quien no le afectaba la ley de la gravedad. ¡Zoooom! Pared arriba, con mis patitas agarrándose a las pequeñas protuberancias de la pintura. Más y más arriba, inclinándome un poco hacia la izquierda, sufriendo un susto de muerte cuando casi choco con Ax, y luego de vuelta a arriba. Yo era un pequeño robot marrón. Arriba. Arriba. Y entonces, otra pared. Sólo que no era una pared, sino el techo. <¿Seguro que podemos hacerlo?> preguntó Jake. <Déjame intentarlo,> dijo algún idiota. ¡Espera, era yo! Tenía que hacerlo yo. Era el eslabón débil. Yo era el ‘transformador’ dudoso. Tenía que comportarme de forma guay. Hice lo mismo que cuando había pasado del suelo a la pared. Subí dos patas. Luego las del medio. Las de detrás. <Estoy en el techo,> informé. <¿Algún problema?> <Nada. No -¡aaaaaaahhhhhhh!> ¡Me caía! ¡Me caía! Caía eternamente, girando y girando… ¡Tunk! Choqué contra el suelo. Había caído cientos de veces mi propia altura. Como si un humano cayera del Empire State. Aterricé sobre la espalda. Estaba bien. Corrí de nuevo hacia la pared, subí por ella y me reuní con los demás. <Creo que lo mejor sería que avanzáramos por el ángulo que hay entre la pared y el techo,> dije. <Estaba segura de que las cucarachas podía ir por el techo,> dijo Cassie. <Lo siento, ¿estás herido?> <¿Herido? No. ¿Dispuesto a volver a probarlo? Tampoco.> <Vamos,> dijo Jake. <Tenemos comida que infestar.> <Jake, ¿te he mencionado ya lo agradecido que me siento por permitirme venir a este pequeño pic-nic?> <Vale, vayamos a la cocina, encontremos la comida de Tennant, y veamos si podemos hacer que a Mr. Dulce se le vaya la cabeza,> dijo Jake. Pasamos el cuarto de baño. Hacia la puerta del pasillo. Abajo, a la parte de arriba de la puerta, y luego arriba hasta el techo del pasillo. A lo largo de ese ángulo hasta el final del pasillo y entonces a buscar la puerta de la cocina. Al fin estábamos ahí. En la cocina. Misión casi completa. Y entonces Cassie dijo, <¿Jake? Se me acaba de ocurrir algo. ¿Esto es un banquete, no? Hay cientos de personas. ¿Cómo sabremos qué ensalada o qué comida es la de Tennant?> Se produjo un largo silencio. Y entonces, a pesar de saber que era un idiota dije, <Tengo una idea.> [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Yo no era el más indicado para llevar a cabo la tarea por eso de mi reciente problema mórfico. Pero sólo Cassie, Ax y yo teníamos la forma que necesitábamos y no podíamos confiar en Ax transformado en humano en una cocina. La tentación de la sal y la grasa era demasiado para él. Y necesitábamos a Cassie con Jake y Rachel. Así que me puse manos a la obra. Mientras el resto del grupo se quedaba escondido detrás de un electrodoméstico sin identificar, yo me escurrí hasta el vestuario de los empleados que había junto a la cocina. Encontré un baño vacío y me transformé. “Otra aventura para el superhéroe,” murmuré. “¿Acaso Batman va de baño en baño? No. ¿Surfea Silver Surfer por los váteres del aseo? No, no lo hace.” El vestuario estaba vacío. Hurgué en las taquillas hasta que encontré una camiseta y unos pantalones que me valían. Y una corbata a juego. “¿Acaso Daredevil viste la ropa sucia de otros? No. Quizá Spawn sí. La próxima vez que un superhéroe firme camisetas voy a—” Me callé. Un hombre joven acababa de entrar en la habitación, me ignoró completamente, y rápidamente encendió un cigarrillo. Pasé a su lado con la cabeza gacha. Ruido. Mucho ruido. Gritos, choque de platos, el rugido de los lavavajillas, los cuchillos cortando. La cocina era una masa caótica de actividad. La mitad del área, del tamaño de un gimnasio, consistía en un montón de cocinas enormes, hornos y encimeras. Docenas de cocineros troceaban la carne, cortaban cebollas y mezclaban salsas. A lo largo de una de las paredes estaban agrupados todos los lavavajillas. Y a cada lado había un par de puertas de esas que abren en ambos sentidos. Conducían a la sala de banquetes. La pared que separaba los vestuarios de la cocina estaba repleta de máquinas registradoras, una cafetera de tamaño industrial, una máquina de expressos, y un montón de frigoríficos enormes. Jake y los demás estaban probablemente debajo de uno de los frigoríficos. Separando el área de cocina del resto de la estancia había una larga hilera de estanterías de acero inoxidable, cargadas de platos. Detrás de las estanterías se apretujaban un montón de tíos, mezclando verdura en grandes recipientes. Los camareros y camareras se movían por todos lados. Se detenían en los ordenadores para teclear los pedidos y sacaban las bandejas de bebida por las puertas que daban a la sala de banquetes. Nadie se dio cuenta cuando me puse de rodillas en frente del refrigerador más cercano a la puerta. “¿Chicos?” susurré. <¿Marco? ¿Eres tú?> preguntó Jake. “Desde luego, Spiderman no es.” Puse la mano en el suelo, y cinco pequeñas cucarachas se subieron a ella haciéndome cosquillas en los dedos, para ocultarse finalmente bajo mi manga. Yo sabía que no eran cucarachas de verdad. Sabía que eran mis amigos. Sabía que yo mismo había sido una cucaracha. Daba igual. Aún así me entraban escalofríos. <¿Has encontrado las ensaladas?> me preguntó Jake. “Uh-huh. Estoy a punto de prepararle una especial a Tennant.” Me acerqué a la parte de las ensaladas. “Hey, chicos, ¿sois vosotros los de las ensaladas?” “¡¿El qué?!” replicaron. “Los chicos de las ensaladas,” respondí. “Los que hacéis ensaladas.” “Quieres decir [i]garde-manger[/i],” siseó uno. “Sí, eso es exactamente lo que quería decir,” contesté. “Mira, William Roger Tennant dice que no quiere tomate en su ensalada.” “¿Quién es William Roger Tennant?” bufó. “Puf,” resoplé. Si quería a un esnob, lo iba a tener. “Es sólo el invitado de honor a este baquete. Es [i]el hombre[/i]. Bueno, él y los Hanson. También están aquí.” “¿Quién es Hanson?” “Unos chicos rubios que parecen chicas y que, sin embargo, las chicas creen que son más monos que yo,” dije. <Hey, Bob Dylan es más guapo que tú,> dijo Rachel desde el interior de mi manga. <Beethoven era más guapo que tú y lleva muerto un par de siglos.> “¿Qué tal si te aplasto entre mis dedos?” “¿¡Qué?!” se escandalizó el cocinero. “A ti no. A un bicho. Un bicho sin gusto ninguno, pero en fin, da igual. A Tennant no le gustan los tomates. ¿Podrías prepararle a parte una ensalada sin tomates?” “Está bien.” Observé cómo el chico cogía a regañadientes una de las ensaladas de las estanterías y le sacaba los trozos de tomate. “Vale,” dije, quitándole el plato de entre las manos. “Yo se lo llevaré.” Cogiendo el plato con la mano derecha, lo aparté de su vista. <Tropas, desplegaos,> dijo Jake. Cuando todo el mundo hubo subido a bordo, me volví de nuevo al chico de las ensaladas. “Voy a dejar la ensalada en la leja de más arriba, ¿vale? Así no se confundirá con las demás. No te olvides de decirle al camarero que esta ensalada especial es para William Roger Tennant, ¿de acuerdo?” “Vete ya, niño. Estoy ocupado.” Dejé el plato en la leja más alta. Ahora tenía que unirme a la fiesta. Sin problema. Me transformaría en araña lobo, me pondría en un punto justo encima de la ensalada, me dejaría caer sobre ella, me tomaría mi tiempo y finalmente haríamos que Tennant se meara de miedo. ¿Cucarachas y una araña? Nadie puede encontrarse eso dentro de su ensalada y no quedar un poco perturbado. <Faltan veinte de vuestros minutos hasta que nos sirvan,> dijo Ax. Volví a toda prisa a los vestuarios. Tras devolver las ropas que había cogido prestadas, encontré un rincón oscuro en el que transformarme. En cuanto terminé, me deslicé de nuevo en las cocinas. Me sentía extraño, como si no hubiera terminado de transformarme del todo, pero supuse que sólo serían los nervios. Corrí a la pared y empecé a trepar. Trepé con mis peludas garras negras. ¿Con mis qué? “¡Oh, Dios mío!” gritó alguien. “¿Qué es esa cosa?” [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] ¡No! ¡Otra vez no! “Es como… ¡oh, oh! ¡Es como una mofeta de ocho patas en miniatura!” gritó alguien. “¡Es un monstruo mutante!” “¡Matadlo!” “¡Mátalo tú! ¡Yo no me acerco a esa cosa!” Me escabullí debajo de uno de los frigoríficos, con mis ocho patitas arañando las losas del suelo. Dos pares de pies inmensos se lanzaron hacia mí. Volví a intentar subir por la pared. Medio araña, medio mofeta. Ocho patas, cada una de ellas pequeñas patas de mofeta, con garras de mofeta y uñas de mofeta. Un tercio del tamaño de una mofeta normal, quizá unos diez o doce centímetros. La boca de pinzas de la araña lobo. La larga cola rayada de la mofeta. Y aún no había terminado de cambiar. Los ojos surgían y explotaban en mi cara. Se abrían, se cerraban, se abrían, se cerraban. Y entonces, finalmente, miraba el mundo desde un total de diez ojos: los ya de por sí extraños ojos compuestos y simples de la araña, más los dos ojos funcionales de mofeta. Un buen lote ocular y un montón de imágenes distorsionadas del mundo. <Marco. ¿Qué tal va todo?> dijo Jake. <Bien. Bien, va todo bien,> grité. Llegó un tercer par de pies. Y la persona a la que pertenecían llevaba una escoba. <¿Algo va mal con tu transformación?> <No. Nooooo. No hay problema. Nada. ¿Pero sabéis qué? No es buen momento para ponerse a charlar.> El tercer tipo se puso de rodillas y deslizó la escoba hacia mí. Me dio en toda la cara, chafando la pequeña y delicada boca de la araña. <¡Aaaaahh!> Salí corriendo a la izquierda. La escoba me siguió. “¡Ya le tengo!” dijo el sr. Escoba. “Está saliendo.” Salí a toda prisa de debajo del frigorífico –directo a un par de pies que me esperaban. “Tío, ¿qué demonios es esto?” “¡Oh, sálvanos Dios, el apocalipsis se acerca! ¡El fin del mundo!” “¡No dejes que se escape!” Uno de los pies barrió el suelo y me golpeó. Yo choqué contra la pared. Siendo tan pequeño y ligero el golpe no me dolió. No mucho. El sr. Escoba volvió a ponerse en acción. Me separó de la pared, llevándome hacia el centro de la habitación. Yo me volví y salí corriendo hacia los vestuarios, con seis pies gigantescos persiguiéndome. “¡Aplástalo! ¡Aplástalo!” ¡Un pie inmenso bajaba directo hacia mí! Giré a la izquierda. ¡Otro pie! A la derecha. <¿Marco?> esta vez era Cassie. <¿Estás bien?> <Mira, alguien me ha visto, ¿vale? Estoy huyendo, ¿vale? Estoy bien,> mentí y continué con mi loca y zigzagueante carrera. <¿Necesitas ayuda?> preguntó Jake. <Nah. Ya lo tengo controlado.> Pasé a toda velocidad la fila de taquillas. Las duchas estaban delante de mí. Un callejón sin salida. No tenía forma de escapar. ¡Espera! Era medio mofeta, ¿no? Podía intentar rociarles. ¿Pero podría hacerlo antes de que mis perseguidores me aplastaran? Giré en U y me lancé a toda velocidad hacia los compartimentos de los retretes. ¡Otra vez al baño! “¡Ya le tenemos!” el sr. Escoba abrió la puerta del baño. Levanté la cola. [i]¡Rocía! ¡Rocía! ¡Rocía![/i] le ordené a la mofeta. ¡No pasó nada! ¡Nada! Me rodearon, cortando toda vía de escape. “No huele como una mofeta,” dijo el primer perseguidor. “Claro, es que no es una mofeta, idiota,” dijo el sr. Escoba. “Es demasiado pequeña. Y mira todas esas patas.” “Es un mal presagio, os lo digo. ¡Es una señal!” “Sí, pero tiene cola de mofeta.” “Da igual lo que sea, ¡mátalo!” El sr. Escoba levantó su arma de cerdas. Me encogí indefenso. “Me sabe un poco mal por él,” dijo el primer chico. “¿Qué? ¡Pero si no había visto en mi vida nada tan feo!” <¿Has intentado mirarte al espejo?> gruñí. Usé el habla telepática privada. Jake y los demás no me oirían. Los tres se quedaron congelados. “¿Quién ha dicho eso?” preguntó el sr. Escoba. <He sido yo. Aquí abajo. Yo. La criatura a la que estáis intentando matar.> “No puede ser. No sabía que eras ventrílocuo, Charlie.” “No lo soy.” “Quizá sea una señal.” <Tiene razón, no es un ventrílocuo,> dije. <Soy una medio mofeta, medio araña parlante. Una arañofeta. O quizá una moferaña.> “Vale, esto es demasiado raro,” dijo el primer chico. <No tan raro como se va a poner si no sueltas esa escoba, os dais la vuelta y os marcháis.> “¿Qué?” <Ya me habéis oído. Hacedlo. Ya.> Charlie el Chico de la Escoba no estaba impresionado. “¿O qué?” me desafió. <O me convertiré en un monstruo de tres metros y os arrancaré las cabezas como pétalos de una flor.> “Sí, claro. Seguro.” <Está bien, caballeros. Pero luego no digáis que no os lo advertí.> Era arriesgado. Incluso estúpido. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Empecé a transformarme. Y a crecer muy rápidamente. De diez centímetros de longitud a treinta centímetros, y luego a sesenta, noventa — “¡Aaaaaaaaaaaa!” gritó Escoba. Sus amigos estuvieron de acuerdo con él. “¡Salgamos de aquí!” Huyeron corriendo de los vestuarios. ¡Sí! Terminé de transformarme y me acerqué sigilosamente a la puerta de la cocina para ver qué estaba pasando. “Te lo estoy diciendo, Marcel,” gimoteaba Escoba. “¡Ahí hay un monstruo! ¡Lo hemos visto los tres!” “¡Nos hablaba en la cabeza!” “¡Estamos viviendo los últimos días! ¡El fuego, el azufre y una lluvia torrencial caerán sobre nosotros!” Una voz atronadora les cortó. “¡Idiotas! ¡Tenemos una sala llena de huéspedes ahí fora! ¿Creéis que tengo tiempo para vuesgtros estúpidos jogos?” “Pero—” “Miga,” continuó Marcel, “no me impogrta lo que hagáis con vuestro tiempo libre, ¡pero mientras estéis aquí, os quiego ver trabajando! ¿Entendido? ¡Y ahoga volved al trabajo!” <¿Marco?> Jake. <¿Puedes oírme?> No podía responderle, claro. En vez de eso, me volví a poner el estropeado uniforme de ayudante de camarero. Nada de transformaciones para Marco por hoy. <Las ensaladas se servirán en diez minutos,> continuó Jake. <Insisto, diez minutos. ¿Estás en tu posición?> Terminé de vestirme y volví a la cocina. Me acerqué a la parte de las ensaladas. “Voy a asegurarme de que llegáis a vuestro destino,” murmuré. La ensalada de Tennant estaba rodeada ahora por al menos dos docenas de otras ensaladas. Sería fácil que un camarero despistado le llevara a Tennant una que no era. “¿Qué?” Mi compañero, el [i]garde-manger[/i] me había oído. “Nada.” Hizo un gesto de echarme con la mano. “Shoo.” “¡Ey! ¿Qué hases aquí?” Marcel. Le reconocí por la voz. “¡Vuelve al trgabajo!” “Pero—” “¡Nada de pegos! ¿No tienes nada que haserg? ¡Vasía el bote de los despegdisios!” “¿Que qué?” “¿Te estás rgiendo de mí? ¡Venga! ¡Ocúpate de lo que te he dicho! ¡[i]Immédiatement[/i]!” El tipo se marchó. “¿Cuál es el bote de los desperdicios?” dije. El [i]garde-manger[/i] sonrió. “Es esa cosa al lado del fregaplatos.” Era un enorme recipiente de plástico –desbordante de sobras de comida. “Tienes que vaciarlo con la pala,” continuó diciendo. “Venga. O llamaré a Marcel.” [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] No he decidido qué voy a hacer cuando/ si sobrevivo a esta guerra y llego a convertirme en un adulto. Pero una cosa tengo clara. No tendrá nada que ver con trabajar en un restaurante. Como animorph he hecho un montón de cosas asquerosas. Joder, he sido un montón de esas cosas asquerosas. Pero te digo una cosa, nada de lo que hubiera hecho antes podía compararse con vaciar el cubo de los desperdicios. Sólo tardé un par de minutos. Pero fueron los minutos más largos de mi vida. Palas llenas de huesos de pollo, hamburguesas a medio comer, macarrones cubiertos de babas. Todo mezclado en un amasijo para hacer un filete frío más aromático de lo que cualquier mosca en sus sueños más alocados pudiera desear. Oh, sí. La vida del superhéroe es de lo más glamoroso. Cuando terminé, volví corriendo a la cocina desde el callejón de la basura. Los camareros y camareras rodeaban la estantería de las ensaladas. Me colé entre la muchedumbre buscando la ensalada sin tomate infestada de cucarachas. ¡No estaba! ¡No estaba! “Ey,” le grité al chico de las ensaladas. “¿Qué ha pasado con la ensalada de William Roger Tennant?” Se encogió de hombros. “Se la han llevado.” “¿Le dijiste al camarero que la ensalada era para Tennant?” “Que aparte los tomates si no le gustan.” “¡Aaahhh!” <¿Marco?> me llamó Jake desde la distancia. <¿Eres tú el que se nos está llevando?> Me escabullí entre la multitud y salí disparado hacia la sala de banquetes. Me lancé por la puerta batiente. Busqué a William Roger Tennant en la sala. Había unas veinte mesas redondas cubiertas con manteles blancos a lo largo de la habitación. Y a esas mesas se sentaba gente con esmoquin y lujosos vestidos y un número inusualmente grande de chicas de mi edad e incluso más jóvenes ostentosamente arregladas. Esas debían de ser las fans de los Hanson. A lo largo de la pared, a la izquierda de las puertas batientes que daban a las cocinas, había una larga plataforma rectangular que levantaba sólo unos pocos pies del suelo y estaba cubierta con un extenso tapete blanco. El estrado. Donde se sentaban los invitados de honor. En medio del estrado estaba el podium, desde donde William Roger Tennant pronunciaría su discurso. <Vale, Marco,> dijo Jake. <Ya nos han servido. Sólo podemos confiar en que estemos donde tenemos que estar.> Subí corriendo los pocos escalones de la plataforma. Había tres invitados sentados a cada lado del podium. William Roger Tennant se sentaba inmediatamente a la izquierda. El podium me obstaculizaba la vista de la ensalada. Los tres Hanson estaban a la derecha del podium. Me coloqué disimuladamente detrás de ellos, sonriendo e intentando aparentar que estaba donde se suponía que tenía que estar. <Marco,> me llamó Jake. <Nos están moviendo.> Llegué junto a Tennant justo a tiempo para verle inclinarse a la persona que tenía a su izquierda y decirle, “¡Estos tomates están deliciosos!” “¡Aaaaahhhhhhhhh!” El grito me llegó desde detrás. <Eeeh… ese no parece Tennant,> dijo Tobias. <¡Creo que es Zac!> gritó Cassie. Me giré de golpe. Zac Hanson se había caído hacia atrás. Sus dos hermanos saltaron en su ayuda. “¡Aaaaahhhhhhhhh!” seguía gritando Zac, intentando frenéticamente apartar las cucarachas de su regazo. “¡Aaaaahhhhhhhhh!” le devolvió el grito una chica de la audiencia. “¡Aaaaahhhhhhhhh!” volvió a gritar Zac. “¡Aaaaahhhhhhhhh!” gritó una mujer con un largo vestido rojo. “¡Aaaaahhhhhhhhh!” En cuestión de segundos, la habitación se llenó del estruendo de los gritos de las mujeres, de las sillas rechinando contra el suelo, y de los hombres gritando “¡Sssshhhh!” <¡Corred! ¡Salid de aquí!> gritó Jake. Cinco cucarachas saltaron de los pantalones de Zac Hanson y planearon hasta llegar al suelo. <¡Cuidado con los pies!> gritó Cassie. “¡Aaaaahhhhhhhhh!” chillaban las mujeres y las niñas. <¡Qué sonido tan horrible!> gritó Ax. <¡Incluso desde la pobre audición de estos insectos siento como si la cabeza me fuera a explotar!> <Sí, igualito que un concierto de los Hanson,> dijo Tobias. Una cucaracha llegó hasta mi zapato. La cogí. <¡Me han capturado!> gritó Ax. “Soy yo, tío. Te tengo,” susurré. Cuatro cucarachas desaparecieron de mi vista bajo el extenso mantel. <¿Quién hay aquí?> preguntó Jake. Rachel, Tobias y Cassie le respondieron. <Yo estoy con Marco,> dijo Ax, subiendo por mi muñeca. <Vaaaaaale,> contestó Jake. <Podría haber salido mejor. Supongo que ha llegado la hora de poner en marcha el plan B.> <Algún día, cuando todo esto acabe, la gente nos preguntará cómo fue la guerra contra los yeerks,> dijo Tobias. <Omitamos esta parte.> [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] El plan B hacía que en comparación el plan A resultase brillante. Ax se transformó en humano y se vistió con un segundo uniforme usado. En cuanto le convencí de que el delantal no era una capa, estuvo listo. Necesitaba a Ax conmigo. Tenía la sensación de que nadie me iba a dejar acercarme al estrado. Me relacionaban con en el penoso incidente de las cucarachas. Continué en mi forma humana, con mi uniforme de ayudante de camarero. No había problema. Ax y yo podíamos trabajar juntos. Siempre y cuando yo estuviera cerca para echarle un ojo. Mira, los andalitas no tienen boca. No tienen sentido del gusto. Y cuando Ax se transforma en humano, y de repente le aparece una boca repleta de sabores, puede llegar a ser peligroso. Salimos a la sala de banquetes. Los Hanson ya no estaban a la vista. William Roger Tennant, sin embargo, seguía sentado al final del estrado, charlando con el hombre a su izquierda. Y entonces fue cuando apareció Marcel detrás de mí. “Te necegsitamos ahí dentrgo. El cubo de los desperdisios está lleno otrga ves.” El tipo sonreía de una forma que me sacaba de mis casillas. Pero si empezaba a quejarme a Marcel se le podría ocurrir que después de todo yo no era uno de sus ayudantes anónimos. “Ah, yo me ocupagué del cubo de los desperdisios,” dije. Terminaría a toda prisa en el callejón y volvería en seguida. No había problema. Corrí a hacer lo que me decían. <¿Marco? ¿Ax?> Era Jake. <¿Estáis en vuestros puestos?> <Estoy listo, Príncipe Jake,> respondió Ax. <¿Dónde está Marco?> <Está limpiangdo el cubo de los desperdisios.> Hubo una larga pausa. Yo lo oía todo en mi cabeza mientras arrastraba el estúpido cubo de basura hasta el callejón. <Vale, da igual. Hemos encontrado la manera de volver a nuestra forma y transformarnos de nuevo en pulgas,> dijo Jake. <Estamos en el extremo más alejado de la mesa, a la izquierda del podium. ¿Quién va a acercarnos al objetivo?> <Quien quiera que sea, que se dé prisa. Estoy rodeada de tobillos desnudos y tengo hambre,> dijo Rachel. <Marco no está aquí.> <Bueno, supongo que tendrás que ser tú, Ax,> dijo Jake. “¡No!” grité frustrado a un desaliñado gato en el callejón. <Soy muy capaz de llevar a cabo esa simple maniobra,> dijo Ax cortante. <A Marco sólo le preocupaba que me dejase llevar como un cartero. Pero no tengo ninguna carta que entregar.> [i]NdT. Juego de palabras intraducible: a Marco le preocupa que Ax “goes postal”, expresión que viene de los oficiales de correos y que significa volverse loco, perder el control. Ax, claro, lo interpreta en sentido literal.[/i] <¿Alguien más ha sentido un escalofrío?> murmuró Tobias. Estampé el cubo de basura contra la pared y volví dentro corriendo. Tiré del picaporte. No se movió. ¡Estaba encerrado en el callejón! <Vale, Ax,> dijo Jake. <Estamos subiendo por la parte de dentro del mantel. Levanta el extremo de la esquina más alejada y nos verás. O al menos creo que ahí es donde estamos. En lo que respecta a las pulgas precisar nuestra posición es tan exacto como disparar una Nerf a ciegas.> ¡Bambambam! “¡Ey! ¡Abrid la puerta! ¡Estoy atrapado!” <Sí, Príncipe Jake. Voy hacia vosotros. Huelo a deliciosa grasa.> “Oh oh. ¡DEJADME ENTRAR!” ¡Nada! Tenía que volver dentro. Por la puerta principal. No había otra forma. Eché a correr por el callejón. <Te veo, Príncipe Jake. Mi mano está a tu lado.> <Vale, todo el mundo, oled la sangre y saltad.> Sigue corriendo. Salta el gato. Gira. ¡Venga, corre! <Ya estáis a salvo en mi mano,> nos informó Ax. <Vale, ahora sólo tienes que llevarnos hasta el objetivo: la cabeza de Tennant.> <Creo que puedo hacerlo desempeñando la tarea que el resto de trabajadores están llevando a cabo.> <¿El qué?> preguntó Cassie. <Están quitándoles los platos a los humanos que quedan sentados.> Giré la esquina. Tenía la puerta del hotel delante de mí. Estaba jadeando. <Vale, está bien,> dijo Jake. <Pero limpia los platos, Ax.> “¡No, idiota, no le digas eso! ¡No le digas que ‘los limpie’!” le grité al portero. Pasé de largo al perplejo hombrecillo. Y el recibidor moquetado en rojo. <Los humanos se niegan a cooperar,> dijo Ax. <Estoy intentando limpiar sus platos, y se comportan de un modo hostil y agresivo.> <¿¡Qué?!> gritó Jake. ¡Wham! Atravesé las puertas de la sala de banquetes, con los pulmones ardiéndome sin aliento. Salté sobre una silla vacía, intentando localizar a la gente. Ahí, en el estrado, unas tres personas más abajo de Tennant, estaba Ax, con la cara cubierta de salsa naranja para ensaladas. Tenía pedazos de lechuga en la barbilla y decorando la parte delantera de su chaqueta de ayudante de cocina. Mientras yo le miraba presa de un terror impotente, él le echó el ojo a otro plato. Eché a correr. Como aquel tío en El Guardaespaldas. Como Clint Eastwood en la película esa del servicio secreto. Corría, empujaba, esquivaba. Ax le quitó el plato de las manos a una mujer. Ella lo soltó de repente y la ensalada que quedaba salió volando. Volando en dirección a William Roger Tennant. Tennant dio un salto. Ax extendió al máximo su lengua y lamió el plato. Y luego siguió sistemáticamente hacia delante. Llegó al plato de Tennant. <Pronto será el momento de saltar sobre el blanco,> nos informó Ax metódico, como si todo fuera perfectamente normal. <Estamos listos.> Tennant se estaba levantando, amenazante, enfadado, pero controlándose. Se encontraba a sólo unos pocos pasos, plantado en el estrado. Ax cogió el plato de Tennant. Tennant lo mantuvo bien agarrado. “Aún no he terminado, jovencito,” dijo. “Tiene que darme el plato.” Ax tiró del plato y al mismo tiempo le puso una mano llena de pulgas en la cabeza y lo obligó a sentarse. <¡Saltad!> dijo Ax. <¡Todo el mundo fuera!> ordenó Jake. Yo estaba lo suficientemente cerca como para oír a Tennant gruñir, “Voy a darte una patada en el—” Cogí a Ax con ambos brazos. Le hice retroceder y grité, “Señor, en realidad no somos ayudantes de cocina, sólo unos gran fans suyos, ¿podría firmarnos un autógrafo?” [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] Conseguimos el autógrafo. Es increíble lo que la gente es capaz de aguantar cuando los adulas un poco. Luego hicimos lo posible por mezclarnos entre la multitud. Habría sido más sencillo si Marcel no hubiera estado merodeando por ahí, buscándonos. Nos quitamos rápidamente los uniformes. Miré a mi alrededor frenéticamente. ¡Una silla vacía! Sólo una, pero con eso bastaría. “¿Podemos ayudarte?” Era una mesa llena de adultos con traje o vestido, respectivamente. Puede que uno de ellos fuera el alcalde. No estoy seguro. “Sólo hay una silla.” “No pasa nada, somos muy buenos amigos.” Me senté y tiré de Ax para sentarlo sobre mi regazo. “Señoras y señores, nuestro invitado de honor, el presentador de Contact Point y autor de numerosos bestsellers –¡William Roger Tennant!” La muchedumbre se puso en pie y aplaudió con entusiasmo. El orador se apartó a un lado y Tennant se aproximó al podio. “Gracias,” dijo, sonriendo hipnotizador y alzando los brazos como para abrazar a toda la audiencia. “Muchísimas gracias.” <Estamos listos,> dijo Jake. <Estamos debajo de la peluca. Que empiecen los mordiscos.> “Sois una gente maravillosa,” suspiró William Roger Tennant cuando finalmente se apagó el aplauso. “Es un gran honor recibir el premio al Buen Ciudadano. La gente me pregunta a menudo cómo he conseguido cosechar tanto éxito en mi terreno,” empezó Tennant. “Yo les respondo con una palabra.” <Esto es asqueroso,> se quejó Cassie. “Y esa palabra es—” Se detuvo en mitad de la frase. Entrecerró los ojos. Sus labios se curvaron en una mueca. “—amor,” pronunció finalmente. “Diles que está funcionando,” susurré. <Marco cree que está funcionando,> tradujo Ax al habla telepática. <Estamos en ello,> contestó Tobias. <Estamos mordiendo.> “Hace falta mucho amor para destacar en cualquier ámbito,” continuó William Roger Tennant a través de sus dientes apretados. Los ojos se le salían de las órbitas. Una enorme vena le latía en la sien. El sudor le corría por las mejillas. “Tienes que amar lo que haces, y amar a la gente para la que lo haces.” <¿Qué está haciendo?> preguntó Jake. “Está temblando,” susurré. <Parece incómodo,> respondió Ax. <Bien,> dijo Cassie. <Pero por el momento mantiene la compostura.> <Jo,> gruñó Tobias. “El amor es el núcleo central de mi filosofía,” dijo Tennant alzando la voz. Hizo una pausa y tomó aliento profundamente. Se rascó la cabeza delicadamente con el meñique. La tensión de su cara empezó a apagarse. Sus ojos dejaron de temblar y se le relajó el ceño. “Es mi misión la que compartir mi filosofía con el mundo. Y las respuestas de la gente como vosotros, en esta misma habitación, me han mostrado que mi mensaje tiene algún mérito.” “Parece que estén parando,” dije. “¡Diles que sigan!” La esposa del alcalde me dirigió una mirada larga y severa. Yo le sonreí. <No paréis,> dijo Ax. <Parece que está recuperando el control.> <Estamos mordiéndole lo más fuerte que podemos,> replicó Rachel exasperada. <Tengo metidas en el cuero cabelludo de este tío lo que podrían ser púas de un metro, ¿vale?> <Esto es lo más asqueroso que hemos hecho nunca,> se quejó Cassie otra vez. “Si de verdad creéis en algo,” continuó Tennant, sonando cada vez menos tenso con cada palabra, “debéis estar dispuestos a sacrificarlo todo, a soportarlo todo, a luchar contra cualquier adversario sin importar su tamaño. Debéis estar dispuestos a no rendiros, a no abandonar nunca, hasta que hayáis ganado la batalla. La guerra, señoras y señores, la guerra… ¡del amor! Damas y caballeros, gracias de nuevo por este honor. Buenas noches.” La habitación entera estalló en aplausos. La audiencia se puso en pie. Tennant bajó corriendo del estrado. Se abrió camino a través de la multitud adoradora, sonriendo y estrechando manos. “¡Gracias, William Roger Tennant!” “¡Te queremos, William Roger Tennant!” Ax me miró. “No hemos tenido éxito.” “No. No hemos tenido éxito. Ahora bájate de encima mío.” Decir que no habíamos tenido éxito era el eufemismo del año. Y los demás ni siquiera sabían lo mal que había ido. Nadie excepto yo se había dado cuenta de lo de mi transformación fallida. Nos dirigimos a la salida. No podía esperar para salir de ese sitio. <¿Qué pasa con este tío?> murmuró Rachel desde su posición en la cabeza de Tennant. <¿Está hecho de teflón?> <Por descabellado que fuera este plan,> reflexionó Jake, <debería haber funcionado. En cualquier humano normal, debería haber funcionado. Me he quedado sin ideas.> <Tiene que haber alguna forma,> dijo Rachel. <Tiene que haber algo lo suficientemente irritante como para hacer que Tennant pierda la cabeza en público.> ¿Irritante? No. No funcionaría. ¿O sí? [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Mi padre no estaba en casa cuando llegué. Me sentí aliviado. Ni siquiera me importaba que hubiera salido con la señora Robbinette. Estaba de muy mal humor. Ya era lo suficientemente malo todo el fiasco de no haber conseguido volver loco a Tennant. Pero era incluso peor que aún no tuviera bajo control el poder de la transformación. Lo que significaba que ni siquiera tenía mi mente bajo control. Vi un poco la televisión. Navegué por Internet, me metí en un chat de música, y acabé llamándolos idiotas a todos. Estaba temblando cuando finalmente hice clic sobre la opción de ‘cerrar sesión’. Galletas. Necesitaba galletas. Fui a la cocina. Encontré un paquete empezado de Pepperidge Farm. Me puse un poco de leche. “¿Sabes qué?” le dije al cartón de leche. “No me importa si William Roger Tennat se dedica a reclutar gente para La Alianza. Si son así de idiotas, olvídate de ellos. ¿Por qué voy a hacerme matar por gente como esa?” El cartón de leche no tenía nada que responder a eso. Quizá necesitaba tiempo para reflexionar. Fui al salón, me tumbé en el sofá y encendí la tele. Sonó el timbre de la puerta. “Oh, tío, espero que no sea nadie vendiendo periódicos ni nada parecido,” murmuré mientras me acercaba a la puerta y la abría. “¿Cassie?” “Hola. ¿Puedo entrar?” No esperó a que le respondiera, sino que simplemente me apartó a un lado y entró. La seguí hasta el salón. Ella apagó la televisión y me miró esperando a que dijera algo. “¿Qué?” “Podrías ofrecerme una galleta.” Le acerqué el paquete. “¿Vienes a decirme algo?” “No.” “¿Entonces para qué has venido?” “He venido para escucharte.” Me eché a reír. “¿Qué pasa, ahora eres psiquiatra?” Se encogió de hombros. “Tú mismo lo dijiste: No es que podamos acudir a profesionales, ¿no?” “Mira, estoy bien.” “No, no estás bien,” dijo. “Jake se lo tragó, Rachel se lo tragó, pero yo no. Algo salió mal. Lo sentí en tu habla telepática. Mezclaste otra forma.” Me senté. Estaba seguro de que no se habían dado cuenta. Estaba seguro. Pero, claro, era Cassie. Cassie, que adivina lo que siente la gente cinco minutos antes de que ellos mismos lo sepan. “¿Se lo has dicho a Jake?” “No. Y no se lo voy a decir.” “¿Por qué no? ¿Qué ha pasado con eso de que este es un problema de todos?” “Porque quiero que sepas que puedes confiar en mí. Ya sabes, que puedes hablar conmigo.” Me di cuenta de que mi pierna se movía con un tic nervioso. Dejé de moverla. “Mira, es muy amable por tu parte y todo eso, pero—” “Conozco todos los peros: todos estamos tensos, a penas podemos con nosotros mismos, y además tú eres un tío, y el ‘código de los tíos’ dice que nunca hablarás sobre tus sentimientos.” Le quité las galletas. Ella me quitó la leche. “¿Quién te ha hablado del ‘código de los tíos’? Eso es alto secreto.” “Marco, yo tengo a mi padre y a mi madre en casa conmigo. No saben nada de yeerks ni de nosotros, pero les tengo, y sé que me quieren, y están ahí cuando vuelvo a casa. Jake igual. Los padres de Rachel están divorciados pero—” “— y mira qué ejemplo de salud mental está hecha,” dije riéndome. “Rachel tiene a su madre, y habla constantemente con su padre, y tiene a sus hermanas pequeñas, y me tiene a mí. Pero Marco, durante dos años después de que tu madre muriera, o al menos después de que todo el mundo pensara que estaba muerta, tu padre se vino abajo. Tú te convertiste en el hombre de la casa. No tenías a nadie que cuidara de ti.” “Sé cuidarme solo.” Cassie se sentó a mi lado. Me puso la mano en el brazo. “Cassie, ¿sabe Jake que estás flirteando conmigo?” Ella ignoró mi débil intento de hacer una broma. “Y entonces descubrimos que tu madre seguía con vida. Sólo que ya no era tu madre. Un yeerk se había hecho con su cuerpo y ahora era el enemigo. Marco, en el espacio de unos pocos y terribles meses has pasado de creer que tu madre estaba muerta a literalmente intentar destruirla.” “¿Y crees que eso es estresante?” dije sin ningún atisbo de expresión. “Creo que eso habría acabado con mucha gente,” dijo. “Esa misión contra ella y Visser Tres… estabas intentando acabar con ella. Te viste envuelto estrechamente dirigiendo a Visser Uno, a tu propia madre, a una trampa que habría—” “¡Cállate! ¡Cállate!” Salté del sofá. Me tapaba los oídos con las manos. Qué estúpido. Bajé las manos. Estaba temblando. “Mira, Cassie…” Empecé a decir con una calma exagerada. Pero entonces olvidé lo que quería decir. Podía verla. En esa cima. Cuando se dio cuenta de que era yo la que la había llevado hasta allí. Marco. Yo. Su hijo. El hijo de su huésped. No algún implacable guerrero andalita, sino su propio hijo… las tropas y las naves de Visser Tres se acercaban. La montaña se caía a pedazos. Y caímos. Y después Rachel había venido a mí para decirme que no habían podido encontrar su cuerpo. Que quizá aún seguía con vida. Y Rachel supo en seguida que no me estaba haciendo ningún favor porque era mucho mejor saberlo, saberlo con seguridad, incluso aunque fuera algo terrible, siempre que acabara la tortura de la incertidumbre… “¿Qué he hecho?” susurré. “Estamos en guerra, Marco. Estás aquí, en tu salón, comiendo galletas y viendo la televisión y yendo a la escuela los lunes, pero estamos en guerra. Te han pasado muchas cosas malas.” “Tobias está bien. Ax está bien. Míralos, los dos están solos. Dios, Tobias ya ni siquiera es humano.” “Marco, tú no sabes por lo que están pasando. Nunca te lo dirían.” “El código de los tíos,” dije. “¿Sabes qué? Que no importa como se sientan ellos. Tú tienes que lidiar con lo que sientes tú.” “Ahora mismo siento que no me dejas beberme mi leche.” Cassie dejó caer la cabeza. Parecía derrotada. Probablemente lo estaba. Y yo también. Me sentía mal, como si la hubiera dejado tirada. Ella había venido a verme, a pesar de lo cansada que estaba, para intentar ayudarme. “Me siento mejor,” le dije. Cassie puso los ojos en blanco. “Mira, Marco, no hables conmigo si no quieres. Ni hables con Jake aunque sea tu mejor amigo. Si quieres quedártelo todo dentro, supongo que es cosa tuya. Pero al menos tienes que ser honesto contigo mismo:” “Vale,” dije evasivo. “Lo haré.” Se levantó y se acercó a la puerta, pero se detuvo antes de salir. “En la clínica siempre nos ocupamos de animales a los que las personas han herido. Idiotas que les disparan sin razón o los queman o cualquier otra cosa que se te ocurra. Y al principio me enfadaba mucho. Los odiaba. Y sentía que estaba perdiendo el tiempo porque siempre seguía habiendo algún idiota con una veintidós. Me ponía furiosa. Pero mi padre me decía, ‘Enfréntate a lo que [i]es[/i]’.” No lo entendí. “¿Qué se supone que significa eso?” “Significa que el animal está herido. Ayuda al animal.” Volvió hacia mí y me cogió la mano. “O en tu caso, Marco, significa que los yeerks están aquí, que tu madre es Visser Uno y que tu padre se siente solo. Piensa en lo que [i]es[/i], no en lo que [i]debería ser[/i].” [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] <¿Listo, Marco?> me preguntó Tobias. <¿Que si estoy listo? ¿Estaba listo Toro Sentado para el general Custer? ¿Estaba listo el general Schwarzkopf para Saddam Hussein? ¿Estaba listo el general Washington para todos los culos que pateó?> <¿Eso significa que estás listo?> <Oh, sí. Estoy listo.> Cada uno de los músculos de mi cuerpo había cobrado vida, estaba electrificado, listo para correr, para saltar, ¡para atacar! Tenía largas garras y afilados dientes, especialmente diseñados para abrir a la presa en canal. Miembro por miembro. Tenía un motor que podía correr sin detenerse durante horas. ¡Sin un atisbo de cansancio! <Vale, está a punto de llegar a la verja.> No es que necesitara que me lo dijeran. Mi agudísimo oído lo escuchaba perfectamente bien, incluso por encima del rugido del oleaje. Mi olfato, cientos de veces más sensible que cualquier nariz humana, había captado su aroma en el momento mismo en que salía de la puerta principal. Oí el familiar sonido de la llave girando en la cerradura, el chirrido de las bisagras cuando la puerta empezó a abrirse. Su olor bombardeaba mi nariz, tan fuerte, tan familiar. Sólo que esta vez había un nuevo olor añadido a la habitual mezcla de jabón, desodorante y detergente de lavandería. Miedo. Un olor incluso más intenso que el desodorante Right Guard o la loción Old Spice. Era un olor que me gustaba. Un olor para el que vivía. Un olor que me atraía como la sangre a un tiburón. El gruñido arrancó desde lo más profundo de mi garganta, una advertencia inconsciente e instintiva hacia mi presa que decía “Voy a por ti.” <Espera,> me dijo Tobias. <No ha salido todavía. Te está buscando.> Sofocando la poderosa necesidad de atacar, me agaché entre los matorrales de fuera de la verja. <Vaaaaale,> dijo Tobias vacilante, <está saliendo — ¡AHORA!> ¡SLAM! La verja se cerró tras él. William Roger Tennant salió corriendo hacia la playa, a una velocidad dos veces más rápida de lo habitual. Bastante rápida. Pero no lo suficiente. Salí disparado desde los matorrales. Le alcancé en cuestión de segundos. Tenía poderosas patas hechas para correr y saltar. Tenía garras y dientes que podrían abrir a un hombre en canal. Pero todo esto no era nada en comparación al arma más terrorífica de todas. Mi voz. “¡Arararararararararararrrrrrrrrr!” ladré. Él aceleró el ritmo. Pero sabía que estaba condenado. El olor de su miedo, ahora incluso más intenso, me guiaba como un misil teledirigido. ¡Salté sobre él casi un metro desde el suelo! Le mordí la camiseta con mis dientes de acero y mantuve el agarre, agitando mis patas traseras a la vez para arañarle con las garras sus piernas y brazos desnudos. “¡Maldito—!” gritó Tennant, junto con algunas otras palabras que no puedo repetir. Era diez veces más grande que yo. Un humano de metro ochenta contra un caniche de cuarenta centímetros. Una patada o un puñetazo bien medidos y me destrozaría las costillas o el cráneo. Pero no podía hacer algo así. Había demasiados testigos. Demasiada gente en la playa que quedaría horrorizada al ver al gran amante de los animales William Roger Tennant apaleando hasta la muerte a un pobre e inocente caniche. Un par de tipos que jugaban al frisbee pararon a contemplar el espectáculo. Rompieron en carcajadas cuando se dieron cuenta de lo que estaban viendo. Un hombre de metro ochenta atormentado por un caniche loco. Tennant se paró de golpe. Eso fue suficiente para hacer que yo soltara mi agarre y saliera volando. Aterricé sobre mis patas y me giré a toda velocidad para encararle. “Voy a matarte, andalita,” siseó Tennant en voz lo suficientemente baja como para que nadie más pudiera oírle. Los perros no tienen una visión muy buena. Es un poco más borrosa que la visión humana. Y aunque pueden distinguir los colores, lo que ven no es mucho más colorido que la imagen de una televisión en blanco y negro. Pero podía leer suficientemente bien la expresión en la cara de William Roger Tennant. Su boca estaba curvada en una fiera mueca. Sus ojos me observaban con odio. Su mejilla derecha estaba poseída por un tic incontrolable. “¿Me oyes, maldita bestia?” siseó. “¡Te mataré!” Volví a saltar. Le di un bocado en los pantalones que casi se los arranco. ¿Conoces el anuncio del bronceador Coppertone? ¿La niña con el perro que le baja el bañador? Tennant parecía esa niña mientras corría de vuelta a su mansión, sujetándose desesperadamente los pantalones con una mano. Lo solté cuando llegamos a la verja. Abrió la puerta rápidamente y se metió dentro, pero no antes de dirigirme una última mirada asesina para cerrar finalmente la puerta tras él. <Buen trabajo,> dijo Tobias, aterrizando sobre un árbol encima de mí. Giró la cabeza y me miró con un ojo de gaviota. <Puede que este plan funcione.> [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Durante los siguientes dos días, Tobias y yo seguimos a William Roger Tennant como paparazzis acosando a una actriz. Intentando tener un paseo tranquilo el miércoles, se llevó la limusina a un parque cerca del río. Lo seguimos, y ahí estaba yo antes de que hubiera corrido el primer kilómetro. El jueves por la tarde, Tennant había planeado dar una charla en el centro de congresos de la parte baja de la ciudad. Yo ya le estaba esperando ante las puertas. Antes de que tuviera oportunidad de subir las escaleras ya le había arrancado una manga de su traje y desgarrado un buen agujero en el trasero de sus pantalones. Tuvo que cancelar la charla. El mismo jueves por la noche, después del espectáculo, Tennant se citó con unos cuantos patrocinadores locales para cenar. Nosotros seguimos a su limusina hasta el restaurante con nuestras formas de ratonero de cola roja y búho, respectivamente. Yo volví a transformarme, y en el momento en que sus pies pisaron el pavimento, me estaba meando en él. Sus patrocinadores vieron horrorizados como me tiraba encima, me cogía a su corbata con los dientes y casi le hago caer de boca sobre la acera. Por supuesto, no se defendió. No podía pegarme. No podía quitarme de encima suyo. No con todos esos fans y patrocinadores y humanos normales observándole. Lo único que podía hacer era sonreír. Mis sentidos de perro me decían que se moría de ganas por darme una paliza. Lo sabía por la forma en que su pulso se disparaba cuando me veía. Por cómo su respiración se volvía rápida, fragmentada y tensa. Por cómo sus dientes rechinaban como un bol lleno de canicas. Pero en su mayor parte lo sabía por el olor. No era un aroma que los humanos pudieran detectar. Demasiado sutil. Pero este olor, una combinación de miedo y odio absoluto, era un imán para mi nariz. Me alimentaba. Me inspiraba. Como una descarga de adrenalina, me permitía saltar lo suficientemente alto como para morderle la corbata. Me permitía morderle lo bastante fuerte como para atravesar sus pantalones vaqueros. Me permitía correr lo bastante rápido como para atraparle, sin importar cuánta ventaja me llevara. Y yo disfrutaba cada segundo. Aceptémoslo. Todo el desorden en que se había convertido mi vida era culpa de los yeerks. Mi madre. El sufrimiento de mi padre. Ahora el problema de su nueva novia. Durante meses, mis amigos y yo hemos estado viviendo aterrorizados, y nuestras vidas habían cambiado para siempre a causa de la invasión. Nos enfrentábamos a situaciones imposibles: la amenaza constante de morir o ser capturados, siempre presente, las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Hemos vivido cosas que ninguna persona debería vivir: la guerra y la devastación, la traición y la derrota. Y el espeluznante horror de las transformaciones. Ganáramos o perdiéramos, tendría pesadillas durante el resto de mi vida. Pero ahora, de pronto, era el momento de cobrármelo. No mediante ninguna revancha dudosamente ética que pudiera resultar en alguna herida seria o incluso la muerte, o algún acto de violencia que acabara por devorarme. Esto era limpio. Era simple. Tenía un yeerk delante de mis sentidos de caniche. E iba a hacerle sufrir. ¿Obtenía un placer sádico con todo esto? Sí. Por supuesto. Viernes por la tarde. La gran noche. Me fui a casa. “Ey, llegas gusto a tiempo,” dijo mi padre cuando entré en la cocina. Movió la sartén y sacó los trozos de pollo que había estado friendo para ponerlos en nuestros platos. Estaba nervioso. Histérico. “¿Algo va mal, papá?” le pregunté. “No, no,” murmuró agitado, evitando mirarme a la cara. Se sentó enfrente de mí en la mesa. “¿Por qué me lo preguntas?” Observé cómo cogía el tenedor y empuñaba el cuchillo, consiguiendo casi empalar su propio pulgar. “Bueno, ¿qué? ¿Pensando en cambiar a base nueve tus necesidades matemáticas?” Se quedó mirando sus manos temblorosas y se echó a reír. “Se me ha quedado cara de póquer, ¿verdad?” Su sonrisa se apagó. Dejó el tenedor y el cuchillo y se limpió las manos con la servilleta. “Esto… Marco, esperaba que pudiéramos hablar.” “¿Juntos o por nuestra cuenta?” contesté. “Uh, juntos, supongo,” dijo, sin pillar la broma. “Bueno, mira… oh, Dios, nunca he sido bueno con las palabras. Pero sabes que yo quería mucho a tu madre, Marco.” Sentí que se me paraba el corazón. Tomé aire con tanta dificultad como si respirara a través de una pajita. Él hizo una pausa. Quería que yo dijera algo. Quería que se lo pusiera más fácil. Tendría que haberlo hecho. Pero no lo hice. Oí a Cassie en mi cabeza diciéndome que me enfrentara con lo que tenía delante. No. No me gustaba lo que ‘tenía delante’. ‘Lo que tenía delante’ estaba a punto de ponerse aún peor. “Perderla fue muy duro para ambos. Pero ya hace dos años que se fue. Y… y… no va a volver.” Se limpió las lágrimas de la cara. En ese momento lo odié. ¿Cómo se atrevía a llorar? ¿Quién era él para ponerse a llorar? La estaba traicionando. La estaba echando a un lado, condenándola al pasado. La estaba matando, eso era lo que hacía. “Yo — nosotros dos — no podemos pasarnos el resto de nuestra vida sufriendo por ella. Y, por primera vez desde que murió he podido ser feliz de verdad. Nora y yo—” Hizo una pausa. “Creo que esto es lo que tu madre hubiera querido. Querría que siguiéramos con nuestras vidas. Querría que fuéramos felices. ¿No crees que tiene sentido?” No. No, porque era mi madre. Era su esposa. Así que no, papá, no, abandona esa mierda de teatro lacrimógeno, deja eso de la autocompasión, ¡no! ¡Es mi madre! No dije nada. ¿Qué podía decirle? Sabía que no estaba haciendo bien, sabía que estaba siendo injusto, pero me daba igual. No podía decir nada. “Nora y yo hemos estado hablando de casarnos, Marco. Pero no lo haremos hasta que no te parezca bien.” “¿Sí? ¿Y si nunca me parece bien?” dije. Casi no podía ni oír mi propia voz. Suspiró. Su mirada se volvió vacía, distante. La misma mirada que había tenido durante buena parte de los últimos dos años. No había olvidado esa mirada, pero tampoco la había echado de menos en absoluto. “Marco, somos un equipo, tú y yo. Hemos pasado por muchas cosas juntos. Si dices que no, lo aceptaré.” Genial. Así que era mi responsabilidad. Genial. Qué típico. Sí, ¿por qué no? Yo decidiré si mi padre es feliz o no, si mi madre sigue siendo mi madre. Yo decidiré si ella vive o muere. Yo, el Gran Marco, el Gran Marco con su sangre fría, capaz de demostrar lo duro que es tendiéndole una trampa, condenándola… Sentí dolor. Me estaba clavando las uñas en la cabeza. Iba a explotar. Alguna arteria de mi cabeza iba a explotar. Era demasiado. Demasiado. “Me largo de aquí,” dije. Me levanté y corrí hacia la puerta. [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Nos encontramos en el techo del estudio de televisión. Hacía viento. No era fácil aterrizar con una brisa tan fuerte. Recuperamos nuestro cuerpo humano desde la diferente forma de ave de cada uno. Tobías siguió siendo ratonero. “Vale,” dijo Jake. “Éste es el plan. Ax y yo nos hacemos con el control de la cabina. Marco se encarga de las tareas de acoso, como siempre. Puede que sólo tengamos unos pocos segundos o como mucho un minuto de emisión antes de que nos corten. Tenemos que pillar a Tennant perdiendo el control ante la cámara. Rachel y Cassie se quedarán en el estudio como apoyo adicional. Tobias estará fuera, vigilando. Y echando un ojo a la reunión pregrabación del equipo de rodaje. ¿Entendido?” Todos me miraron. Esperaban mi habitual chiste malo a cerca de cómo nos estábamos lanzando en picado hacia un destino fatal. Esta vez podían esperar sentados. “¿Algo va mal, Marco?” dijo Rachel. “¿Qué podría ir mal?” contesté al fin. Cassie me dirigió una mirada prolongada y severa. No iba a decir nada, pero quería asegurarse de que yo supiera que ella se daba cuenta de que estaba hecho polvo. Nos transformamos en moscas. Entramos en el edificio por el conducto de ventilación, que nos llevó directamente al estudio. Una vez allí, nos dirigimos cada uno a nuestros puestos. El plan era simple. Y sólo un poquito menos absurdo que el fiasco del banquete. El responsable de la cadena estaba en el estudio viendo la emisión en directo del programa de Tennant. Y nosotros también nos encontrábamos en el estudio para hacer que Tennant se mostrara como el loco demente que era. Y ahí entraba yo. Se suponía que tenía que transformarme en Euclid y acosar a Tennant –antes de que el programa empezara. Tenía que ser antes: Tennant tenía el suficiente autocontrol como para no estallar en público. Nos había quedado bien claro durante el banquete. Estaba loco, pero sólo en privado. Iría a por él cuando estuviera solo en el escenario, donde finalmente pudiera echarme el guante. Y cuando me atacara –lo que sin duda haría –Ax irrumpiría en los ordenadores y enviaría el directo a lo largo de todo el país. Una idea genial. Para todos excepto para el cebo: yo. Tennant intentaría matarme, y sus posibilidades de conseguirlo antes de que Cassie o Rachel le detuvieran eran bastante importantes. Siempre y cuando un controlador de la audiencia no le disparase primero a alguna de las dos. Si funcionaba todos nos echaríamos unas risas. Si no… Al menos hasta ahora todo iba según el plan. William Roger Tennant estaba sentado tras el decorado en su confortable butaca. Tenía los brazos y las piernas cruzados, y los ojos cerrados. Esa misma semana Tobias y Ax había revisado el lugar a fondo. Habían hecho un rudimentario boceto de la distribución. Todos lo memorizamos. Y habían tomado nota del comportamiento habitual de Tennant. Como el hecho de que cada noche antes del programa Tennant se relajara durante unos veinte minutos, solo, con la única compañía de sus lámparas de Lava. Me pregunté que tenían esas estúpidas lámparas. ¿Le recordaban el estanque yeerk? ¿O era sólo que añoraba los sesenta? El director, el cámara y el resto del equipo se encontraban en su habitual reunión antes del programa. Esta vez con el señor de la cadena UPN. <¿Sabéis? Es una pena que no llegue a conocer al hombre de la UPN,> dije. <Tengo una idea genial para una nueva serie de [i]Star Trek[/i]. Mira, ha pasado el tiempo y la Federación se ha desmembrado bajo el poder del Dominio y sólo quedan tres naves que—> <¿Marco?> <¿Sí, Jake?> <No hables con el tío de la UPN. Los caniches no tienen ideas para programas de televisión.> <Sigue contándomelo después,> dijo Tobias. <Suena bien. Siempre pensé que todo eso de la Federación era demasiado fácil y —> <¡Arrgh!> explotó Rachel. <Para la próxima misión, sólo chicas.> Tobias vigilaba la reunión a través de la ventana de la sala de conferencias. Aunque sabíamos que al menos algunos de los miembros del equipo y probablemente el mismo director eran yeerks, estábamos bastante seguros de que el señor de la UPN no lo era. Se notaba que el estudio tenía un bajo presupuesto. No era mucho más grande que un garaje de tres plazas. Antes de grabar, el lugar estaba inquietantemente oscuro. Las burbujeantes lámparas de Lava despedían un amenazador resplandor rojizo. La silla de Tennant se encontraba en una esquina del escenario y la enfocaban un par de cámaras de televisión. En otra esquina habían construido una pequeña cabina de control. Una de sus paredes era sólo una ventana. Opuesta a la sala de control y fuera del rango de las cámaras había otra pequeña área, separada del estudio por finas paredes prefabricadas. El vestuario de Tennant. En él había un escritorio con un espejo iluminado y una silla de barbero. A su lado estaba la salida de incendios con una banda que decía ‘sólo si suena la alarma’. Cassie, Rachel y yo aterrizamos en el vestuario. Me transformé. Rachel y Cassie volaron bajo el escritorio. Se transformarían en lobo y me sacarían de ahí si Tennant perdía del todo la cabeza. <Vale,> nos llamó Jake mediante el habla telepática. <Ya tenemos la sala de control para nosotros solos. Ax se ha transformado en humano. Está preparando la emisión. Decidme cómo vais todos.> <Yo estoy con la reunión,> dijo Tobias desde el exterior. <El equipo y la gente de la cadena están bebiendo café y parloteando. Os avisaré cuando vengan.> <Aquí va todo bien,> informó Rachel a continuación. <Estamos esperando. Preferiría transformarme en oso, o elefante, o algo con más fuerza que el lobo. Pero supongo que no tenemos tanto espacio.> Terminé de transformarme y respiré un par de veces para despejarme. Me concentré en Euclid. Euclid. El perro más irritante que el mundo haya visto nunca. Lo odiaba. ¿Y ahora mi padre quería que se mudara a vivir con nosotros? Vale, deja a un la tristeza por la muerte de mi madre. Olvida el hecho de que todos los días del próximo año tendría que dar clase de álgebra con mi madrastra. Pero tener que vivir con ese chucho sarnoso volvería loco a cualquiera. Sentí que los cambios empezaban. Mis manos. Se estaban transformando en garras. Pequeñas garras blancas con uñas torpes y tan largas que claqueteaban y arañaban el suelo de la cocina cuando el detestable bicho corría alrededor de la mesa, saltando con todas sus energías hasta que alguien le echaba los desperdicios. Mis piernas encogieron y se hicieron más delgadas. Los gruesos músculos humanos de mis piernas empezaron a encoger, tensándose como en un vigoroso muelle. Unos músculos lo suficientemente fuertes como para propulsar a la maldita bestia un metro, metro y algo, en el aire. Lo suficientemente alto como para saltar sobre mi regazo y arruinarme la concentración en el momento clave de algún videojuego. Sentí que el pelo me crecía a lo largo de la espalda. Grueso y rizado pelo blanco que me irritaba la nariz y se quedaba pegado a mis vaqueros negros favoritos. La transformación casi había terminado. Ahora era un caniche de metro cincuenta con la cabeza de un chico humano. Pero no por mucho tiempo. Mi cabeza empezó a crecer. Más y más grande. La nariz me sobresalió de golpe. La vista se me oscureció, como si acabara de ponerme unas gafas de sol. Las orejas me encogieron y se desplazaron hacia arriba a ambos lados de mi cabeza. Mi boca era demasiado grande para ser la boca de un caniche. Oh oh. Un hocico largo y blanco, basto, no tan delicado como el del caniche. Oh oh. Definitivamente oh oh. <¡Marco, tu transformación se está desmadrando!> ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era yo ahora? Levanté una pata para mirármela. Me moví y choqué contra una pared. Tenía calor, eso sí lo sabía. Mi pelo era mitad rizado mitad liso. La parte lisa era más clara, más transparente que blanca. ¿Oso polar? ¿Era medio caniche, medio oso polar? ¿Era un cani-oso? <¡Aaahhhh!> Y entonces los instintos se impusieron. La fría intensidad predatoria del oso polar unida a la locura del pato Lucas con un café de más en el cuerpo, que era el caniche. Olía la presa. Vi un par de lobos, con sus ojos destellantes. Ellos no eran la presa. Eran depredadores. No, no iría a por ellos. Me apetecía más una foca. Sí. O un ratón. Y entonces oí los ruidos. Movimiento. Algo vivo. Al otro lado de la pared. Me levanté sobre mis patas traseras, volví a caer con todo mi peso, y cargué. <Marco,> gritó Rachel. <¿Qué estás haciendo?> ¡WHAM! Tres mil quinientos kilos de caniche hiperactivo se estamparon contra la pared prefabricada. ¡La presa! ¡Seguro que era una foca! Tennant se volvió de golpe. “¡Aaahhhh!” Salvé los cinco metros que nos separaban en segundos. Tennant se apartó del camino justo antes de que mis garras del tamaño de tapacubos redujeran su silla a astillas. <¡Jake, Marco ha perdido el control!> le advirtió Cassie. <¿Qué quieres decir con eso de que—?> preguntó Jake desde la sala de control. <Quiere decir que ha saltado a otra forma y ahora es un caniche del tamaño de un Volkswagen,> dijo Rachel. La presa se había librado. Corría hacia la puerta. Gran error. Correr sólo me estimulaba más aún. Era como colgarse un cartel: Sí, soy la presa, por favor ven y cómeme. Cuatro pasos gigantescos y ya estaba encima de él. Le recibí con mis enormes patas. Voló atravesando la habitación y se golpeó contra la pared. La foca estaba acorralada. Vencida. Hora de comer. [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] “¡NOOOO!” aulló Tennant, encogiéndose de miedo como una rata atrapada. No sentí piedad por él. No sabía lo que era la piedad. Era un cani-oso. <¡Marco, contrólate!> gritó Cassie. <Vas a matarle.> <¿Y por qué no?> dije. <Es un yeerk. Es una foca-yeerk.> Desde este cuerpo, todo era blanco y negro. Simple. Mata a la presa. Mata al enemigo. Nada más importaba. Y aún así, una pequeña parte de mi mente decía <¿Foca-yeerk? ¿Cani-oso? ¿Ehh?> Tennant se hizo un ovillo en la esquina. Gritaba “¡Ayudadme! ¡Ayudadme!” Pero el equipo no parecía muy ansioso por hacerlo. La mayoría estaba huyendo. <Te has perdido en la forma, Marco,> dijo Cassie con calma. <Recupérate. Has vuelto a mezclar animales. Ahora recupera el control. [i]Recupera el control[/i].> <Quedaos todos donde estáis,> dijo Jake. <No te preocupes,> respondió Rachel. <No voy a acercarme a esa cosa. Si tuviera forma de oso sí, claro, pero así…> <Estoy listo para el directo, Príncipe Jake,> dijo Ax con calma, como si no estuviera ocurriendo nada inusual. <Venga, Marco,> me animó Cassie. <Todo va a salir bien. ¿Recuerdas la misión?> ¿La misión? Toqueteé el cuerpo encogido de Tennant con mi pata y lo observé encogerse aún más y temblar. <¿Qué pasa, Marco?> continuó Cassie con dulzura. <Háblame. Somos tus amigos. Habla con nosotros, habla conmigo y —> <Nada de hablar,> la cortó Jake. <Marco. Contrólate. [i]Ahora[/i]. Es una orden.> Fue como si me cayera un trozo de hielo en la cabeza. Fue como despertarse de un sueño muy intenso. Rápido. Doloroso. Lentamente mi mente se fue haciendo con el control. <Jake, está pasando por una mala época en su vida,> dijo Cassie. <Está estresado. Su padre—> <Cassie, sabes que te aprecio y te admiro, pero estate callada,> dijo Jake. <Escúchame, Marco. No tenemos tiempo para tu autocompasión. No me importan cuáles sean tus problemas. Vas a recuperar el control ahora mismo.> Empecé a encoger. Mi cuerpo se desinfló como un globo pinchado. Mi cabeza empezó a encoger, transformándose en la cabeza de un caniche normal. <Ese no es precisamente un comportamiento muy inteligente, Jake,> le devolvió Cassie, obviamente enfadada. <Si está estresado—> <Cassie, él no eres tú, no es Rachel, ni siquiera soy yo. Es Marco,> dijo Jake. <Lo que necesita es sacar la cabeza de ese callejón sin salida y recordar lo que dice siempre.> ¿Lo que digo siempre? ¿De qué estaba hablando? Jake continuó, <La vida puede ser una tragedia o una comedia. Normalmente depende de ti. Puedes dedicarte a lloriquear o puedes reírte de todo.> Me reí. Me reí en cuanto lo reconocí. [i]Oh, sí. Yo suelo decir eso.[/i] Ya era un caniche completo. “¿Qué demonios—?” dijo Tennant, poniéndose en pie. <Buen trabajo, Marco,> dijo Cassie. Me aparté de Tennant de un salto. “Andalita,” siseó Tennant. Ya no olía a miedo, sólo a un profundo odio. “Has cometido un terrible error. Tendrías que haberme matado cuando tuviste la oportunidad. Yo no seré tan piadoso. <Preparado, Ax,> dijo Jake. Tennant se agachó y cogió un cable eléctrico que había en el suelo. Tiró de ambos extremos, arrancándolo de la pared y de la lámpara a la que iba conectado. ¡CRAAACK! El látigo hecho a mano de Tennant podía partirme en dos. <Oh, tío,> gimoteé. <Vuelve al escenario, Marco,> dijo Jake. <Estamos listos para rodar.> <Sólo deja que graben un poco, Marco,> dijo Rachel. <Luego saldremos de aquí.> Me cubrí tras los restos de la silla rota de Tennant. ¡CRAAACK! Falló por cuestión de centímetros. “Esto va a ser muy terapéutico,” se burló Tennant. <Quédate donde estás, Marco,> dijo Jake. <Atráelo hacia el ángulo de la cámara.> <La reunión ha terminado,> anunció Tobias. <¡Están saliendo de la oficina!> ¡CRAAACK! ¡El cable me alcanzó en la espalda! ¡Era como ser golpeado con un palo ardiente! “¡Yipe!” grité patéticamente. <El equipo y la gente de la cadena se acercan por el pasillo,> dijo Tobias. <Estarán aquí en diez segundos.> <Aguanta, Marco,> dijo Cassie. <¿Tengo otra opción?> <¿Listo, Ax?> <Sí, Príncipe Jake.> William Roger Tennant soltó el látigo, se agachó y me cogió por el cuello. Me levantó en el aire. Y se volvió para encarar a las cámaras. Agarrándome del cuello, me sostuvo delante de su cara. Empezó a apretar. Gemí y me retorcí. “Venga, andalita,” dijo Tennant con los ojos desorbitados. “No vas a morir tan fácil, ¿no es cierto?” <Y… ¡estamos en directo!> anunció Ax. <¡Ahí tenemos a Marco!> De pronto el escenario entero estuvo bañado en una luz brillante. ¡Me asfixiaba! Mi cabeza parecía a punto de explotar. Mi visión borrosa se volvió incluso más apagada. Mi cuerpo se estaba quedando sin vida. Ya estaba demasiado débil como para resistirme. “¡Muere, andalita! ¡Muere!” gritó Tennant, indiferente a las luces y el murmullo de las cámaras. “¿Qué demonios está pasando aquí?” gritó alguien. “¡Dios mío, Tennant! ¿Qué estás haciendo?” “¡Alejaos de mí!” gritaba él. “¡Alejaos u os mato a todos!” “¿Qué están haciendo aquí estos perros?” “Andalitas,” siseó un miembro del equipo. “¡Muere, basura inmunda, muere!” continuaba Tennant. “¿Qué significa eso de que estamos en el aire? ¡Cortad la alimentación! ¡Cortadla!” “¡Te voy a sacar las tripas por las orejas!” “¡Está loco!” Una masa de cuerpos me rodeó. Las manos se extendían hacia Tennant, intentando subyugarle. Soltó sus dedos de mi cuello, y yo caí al suelo. <¡Cassie! ¡Rachel! ¡Es suficiente, Marco, sal de ahí!> <Ya estamos en ello, intrépido líder,> dijo Rachel. “Grrrrrrr…” Rachel y Cassie gruñían amenazadoras. Se acercaron sigilosamente a la muchedumbre de hombres y mujeres. “Santa María—” gritó alguien. “Eso no son perros. ¡Son lobos, tío! ¡Son lobos!” “¿Qué está pasando aquí? ¿Qué clase de producción es ésta?” gritó un hombre. ¿El tipo de la UPN? “Esto es una locura. ¿Queréis sacar a este lunático en televisión? Intentadlo con la Fox, yo no estoy interesado.” “No es… es… usted no…” balbuceó Tennant. “¡Sólo es un malentendido!” Yo intentaba respirar, olvidado como me tenían en el suelo, y me pregunté si ese sería un mal momento para mencionar mi idea para el nuevo [i]Star Trek[/i]. <Chicos y chicas,> dijo Jake, <creo que nuestro trabajo aquí ha terminado.> [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] “Me encuentro muy satisfecho con las condiciones atmosféricas a las que estamos sometidos hoy. La ausencia de nubes ha permitido que el sol prevalezca, haciendo innecesario el uso de luz eléctrica. Ih-ne-cesss-ario. Ih-ne-cesss-ariedad. Además, la ausencia de precipitaciones evita que mi piel artificial quede incómodamente empapada, lo que habría—” “¿Ax?” le interrumpí. “¿Sí, Marco?” “Para. Por favor.” “Venga, Marco,” dijo Tobias. “Sólo está poniendo en práctica su pequeña charla. Anoche estuvimos horas practicando.” “Gracias de nuevo, Marco,” dijo Ax, “por invitarme a esta primitiva pero interesante ceremonia.” “Un placer, Ax-man. No te acerques a la mesa de buffet.” “¿Qué quieres decir con lo de ‘acercarse’?” “Ax, te lo advierto: nada de comida.” “Ha sido una ceremonia preciosa,” dijo Cassie. “Sí,” admití. “Pero no puedo creer que Rachel llorara.” “Eh,” protestó Rachel. “Mucha gente llora en las bodas.” “Sí, sólo que no sabía que tú precisamente tuvieras conductos lacrimales, Rachel.” “Hay un montón de cosas que no sabes sobre mí, Marco,” replicó en tono amable. ¿Rachel? ¿Siendo amable? ¿Conmigo? “Es el traje, ¿verdad?” dije. “Por eso eres tan condescendiente. El traje me da una nueva imagen. Muy a lo Sean Connery. A lo Pierce Brosnan.” “No sigas,” me advirtió Tobias. “No tengo otra opción,” dije. “Tengo que decirlo: A lo Bond. James Bond.” Habían pasado dos semanas desde nuestra batalla contra William Roger Tennant. Y habían sido unas semanas muy estresantes. Y por una vez, el estrés no había tenido nada que ver con yeerks ni batallas de ningún tipo. Gracias a Ax, la locura de William Roger Tennant había salido a la luz en la emisión de la tele local, y naturalmente el resto de cadenas se habían echo eco de la noticia. La CNN emitió el vídeo unas cuatrocientas veces. Nadie había visto a Tennant desde entonces. Después del incidente Tennant, pasé un par de días reflexionando sobre lo que había dicho mi padre. Sobre lo de seguir con nuestras vidas. Empezar de nuevo. Ser un equipo. También pensé en lo que había hablado con Cassie, lo de tener que enfrentarme a lo que tenía delante, a las cosas tal y como eran y no como desearía que fuesen. Y recordé las inmortales palabras de consuelo de Jake. “No me importan tus problemas. Enfréntate a esto ya.” Pero mayormente recordé aquello en lo que siempre había creído. Lo que mi madre me había enseñado. Que aunque algunas cosas son simplemente terribles, la mayor parte de la vida puede ser tanto trágica como cómica. Y esa es una elección tuya. ¿Es la vida un largo y arduo camino desde la tristeza al arrepentimiento, luego a la culpabilidad, al resentimiento, y finalmente a la autocompasión? ¿O es extraña, extravagante, estrambótica, irónica y simplemente ridícula? Yo voto por lo de ridícula. No es la salida fácil. La autocompasión es lo más sencillo del mundo. Encontrar el humor, la ironía, la más pequeña justificación para un optimismo forzado y escéptico… eso sí que es difícil. Pero da igual. El pasado pasado está. Mi madre, Visser Uno… Tenía que dejar eso a un lado y pensar en mi padre. Y en mí. Tenía que seguir con mi vida. Adiós, sueños. Hola, Euclid. Antes de la boda tuve una larga charla con mi padre. Le dije que me parecía bien lo del matrimonio. Ahora era el padrino. Podéis hacer las bromas que queráis al respecto. Rachel ya ha hecho muchas. El día después de la boda empezamos con la mudanza de Nora. Ella entendía que no fuera a llamarla ‘mamá’. Ya tengo madre. Siempre la he tenido, esté viva o no. Unos cuantos días más tarde ya habíamos terminado. Nora vivía con nosotros y el perro también. Nora no me molestaba. Puede que pronto nos lleváramos bien. Pero aún odiaba a ese perro. Volvía a casa del colegio cuando oí el teléfono. Ahora que está Nora suena más a menudo porque la llaman los padres preguntándole por qué sus hijos suspenden matemáticas. Decidí no contestar. Dejé que el teléfono siguiera sonando. Y entonces oí su voz. “Marco, si estás ahí, cógelo.” Era mi madre. _____________________________________________________ Continuará… en las [i][b]Visser[/i][/b]. [b]©1999 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

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