#36 La mutación

Sinopsis:

Visser Tres sigue intentando encontrar una manera de hacerse con la nave penalita: la nave que fue escondida miles de pies bajo la superficie del océano. Una nave que contiene una tecnología tan avanzada que es superior a cualquier cosa que hayan construido los andalitas. Y esta vez, Visser planea encontrar la nave y usar su poder para completar la invasión de la Tierra.

Jake, los otros Animorphs, y Ax adquirirán nuevas formas del fondo del océano para tratar de detener los planes de Visser. Pero intentando destruir la nave yeerk, los chicos hacen un asombroso descubrimiento: una civilización submarina. ¿Habrán descubierto los Animorphs la Atlántida… o es tan sólo otra trampa?

Datos del libro:

El libro tiene 142 páginas.

Narrador

El narrador es Jake, que hasta ahora se ha internado en junglas, ha retrocedido millones de años en el tiempo y visitado planetas a años luz de distancia. En todas esas ocasiones lo dio todo por sus amigos, los Animorphs. Pero en esta ocasión se adentrarán en un mundo suboceánico perdido tiempo atrás, y escapar de él puede ser el mayor de los retos que Jake haya tenido que afrontar.

Nuevas palabras

Rocas Narna: son unas rocas palpitantes y radioactivas que los Nartec usan como fuente de luz.

Nuevos personajes

Saldrán a escena los mutantes Nartec, y en especial a Naca, que se ocupará de los Animorphs. También conoceremos a Hahn Tunad, un pobre hork-bajir con el que experimentarán los yeerks.

Transformaciones

Jake adquirirá una orca (37) para seguir la Sea Blade de Visser, al igual que Rachel (39), Cassie (39), Marco (43), Tobias (25) y Ax (37).

[b]Capítulo 1:[/b] Que te llamen por teléfono a las tres de la madrugada no suele ser buena señal. Y cuando eres un Animorph, la posibilidad de que pueda tratarse de buenas noticias – de día o de noche – es nula. —¿Jake? La voz de Cassie sonaba nerviosa. Asustada. —¿Qué pasa? —pregunté, intentando dar una impresión lo más normal posible y, al mismo tiempo, rezando por que nadie más hubiese cogido el teléfono en mi casa. —¿Te están volviendo loca esos problemas de matemáticas? Cassie forzó una carcajada. —Qué va. Es sólo que otra vez me está costando dormir. Ya sabes, es lo de siempre. —Intenta contar ovejitas. Me juego lo que quieras a que antes de llegar al treinta ya estarás dormida. —Buena idea. Gracias, Jake. Nos vemos. —Cassie colgó el teléfono. Tenía una media hora para salir del barrio donde vivía con mi familia y llegar a la granja de Cassie y sus padres. Quién sabría a qué hora podría estar de vuelta. Ya podía ir olvidándome de dormir un poco más. Me quité el pijama en plena oscuridad y abrí la ventana de par en par. Eché una última ojeada por encima del hombro a la puerta de mi habitación. No parecía que hubiesen encendido ninguna luz en el pasillo. Menos mal. Entonces me fijé en la noche, llena de estrellas, y me concentré en la imagen de un pájaro. Un halcón peregrino. Empecé a encoger. Desde la altura de un chico normal, tal vez algo más alto que la media, hasta convertirme en alguien de medio metro de alto. Empecé a oír como mis órganos internos cambiaban. Un gorgoteo, como el de un estómago hambriento, que sientes más que oyes. Transformarse en pájaro supone un gran cambio. Nada termina en el sitio en el que empezó. Partes de un sistema diseñado para comer un poco de esto y un poco de aquello, todo bien mascadito, hacia otro diseñado para devorar ratas enteras y desgarrar hueso y piel. Mis propios huesos, mis grandes y sólidos huesos humanos, se encogieron y ahuecaron. Los huesos de los dedos se volvieron algo más largos, los de las piernas más cortos y el del pecho creció a lo bestia. La piel se estiró para readaptarse a mi nuevo esqueleto. La carne se fundía y se mezclaba, como cera caliente. Tenía alas en vez de brazos, patas delgadas y garras peligrosas. En mi piel aún suave empezaron a grabarse los diseños de las plumas grises y blancas que entonces sobresalieron y se hicieron tridimensionales. La carnosa nariz humana y la boca se mezclaron y despuntaron de mi cara para formar un duro pico. Mis ojos encogieron, hablando en términos absolutos, pero eran más grandes que antes en relación al resto de mi cuerpo. Estaba preparado. Salté a mi escritorio y desde allí al marco de la ventana. Y salí volando. Me llamo Jake. No debería gustarnos el poder que tenemos. Me refiero a mí, a mi mejor amigo Marco, mi prima Rachel, Cassie, Tobias y Ax. No nos debería gustar, pero a veces ocurre. El poder de transformarnos, de tocar un animal y, adquiriendo su ADN, convertirnos en él cuando queremos. En las manos equivocadas, este increíble poder podría ser peligroso. En nuestras torpes y confundidas manos humanas este poder es un privilegio y una maldición al mismo tiempo. Aprendimos la cruda realidad de las transformaciones de la manera más dura, hace tiempo, cuando todo esto acababa de empezar. Cuando nosotros cinco – Ax no había entrado en el grupo todavía – presenciamos el aterrizaje de una nave espacial andalita en un solar en construcción abandonado y un alienígena moribundo emergió de ella. Una criatura parecida a un ciervo azul claro con el torso de un hombre musculoso. Dos enormes ojos almendrados en la cara y dos más sobre las antenas que le crecían de la parte superior de la cabeza y que podían girar en todas direcciones para mirar hacia atrás y de izquierda a derecha. No tenían boca. ¡Pero menuda cola! Larga y fuerte. Con una afilada cuchilla curvada en el extremo. Rápida. Mortal. Era un príncipe guerrero llamado Elfangor. Con sus últimas fuerzas, Elfangor nos lo contó todo sobre la invasión de una especie parasitaria venida de una lejana galaxia a la que llamaban yeerks. Babosas grises que se introducen en el cerebro de criaturas inteligentes. Que se arrastran a través del canal auditivo y envuelven el cerebro introduciéndose entre sus pliegues. Extendiéndose y filtrándose dentro de cada hendidura. Leen y se ríen de cada recuerdo doloroso y deseo embarazoso que has tenido alguna vez. Como cuando te eliminaron en el primer partido de una pequeña liga de béisbol. Cuando esperabas ansiosamente que la chica más guapa de la clase te sonriera. Te conviertes en el esclavo de esa cosa. Tu yo real se limita a gritar escondido detrás de algún hueco de tu mente. Y eres consciente de cómo el yeerk te usa, te controla, de cómo te convierte en otro instrumento de la dominación yeerk. Los yeerks están por todas partes. Tus padres. Tu compañero de laboratorio. El cantante de tu grupo de música favorito. El basurero habitual de tu barrio. Cualquiera de ellos puede tener un yeerk en la cabeza. Puede ser lo que llamamos un controlador humano. Mi hermano Tom es uno de ellos. Su dormitorio está dos puertas más allá del mío. Y la madre de Marco es otro controlador. Pero no sabemos dónde está. El subdirector de nuestro colegio, Chapman, también es uno de ellos. ¿Cuántos más? No lo sabemos. Más. Siempre hay más. No estamos ganando esta guerra. Estamos retrasando la derrota final. Nada más. Y tal vez ni eso. Por alguna razón yo soy el líder de este pequeño grupo guerrillero. Aún no estoy seguro de cómo pasó pero hace tiempo que dejé de luchar contra ello. A veces me siento secretamente orgulloso cuando Aximili-Esgarrouth-Isthill, el cadete andalita que se unió a nosotros no mucho más tarde de que encontráramos a su hermano mayor Elfangor, me llama “Príncipe” Jake. Vale, la mayoría de las veces me avergüenza, pero en ocasiones sienta bien oírlo. Me siento orgulloso cuando vamos ganando. Cuando estamos “pateando el culo a los yeerks”, como diría Rachel. También me siento orgulloso cuando no ganamos pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido. Cuando hemos peleado con valentía y honor. Pero la mayoría del tiempo estoy muerto de miedo. Como cuando escuché la temblorosa voz de Cassie al otro lado del teléfono. Volé hasta la granja que acoge el Centro de Rehabilitación de la Fauna Salvaje que pertenece al padre de Cassie. Aterricé en la parte de atrás y cuando estuve seguro de que estaba despejado, empecé a recuperar mi forma. Escuché voces. Venían del interior del granero. Graves y preocupadas. Parecían la voz de Cassie… y de hork-bajirs. [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Santiago Ruíz García y Cassie[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] —Ha hecho algo terrible. —La voz de Toby Hamee sonaba preocupada. No respondí. Aún no entendía lo que estaba pasando. Cassie se arrodilló al lado del uno de los hork-bajir, que no podía hablar y apenas respiraba. Se encontraba tumbado en la mesa de acero inoxidable que el padre de Cassie usa para operar. Medía dos metros de alto. Demasiado largo para caber en la mesa en condiciones. Sus piernas y brazos con cuchillas colgaban por fuera de la superficie. Tan claro estaba que era un hork-bajir como que también era algo más que eso. El granero es un lugar oscuro incluso de día. Pero en aquel momento lo era aun más. Había hileras y estantes de animales enfermos enjaulados. La mayoría estaban tranquilos. Solo se oía un murmullo, gruñido o gorjeo esporádico. —¿Cassie? Se giró para mirarme. En sus ojos había una sombra de inquietud. —No puede respirar bien, —dijo. —Tiene el pulso muy débil. —¡Peces! ¡Intentan hacer gente pez! —chillaba Jara Hamee. Me giré hacia Toby. Era lo que su gente llamaba una vidente. Más inteligente y capaz que sus compañeros hork-bajir, incluyendo a su padre, Jara. —¿A quién se refiere? —A Visser Tres— dijo Toby—, ¿quién sino? —¿Qué ha pasado? —Este es Hahn Tunad. No era un hork-bajir libre. No era de nuestra colonia. Por fin Hahn se ha liberado de los yeerks, pero está muriendo por ello. Toby hizo una pausa antes de continuar. —Hahn y cuarenta y nueve hork-bajir más fueron sometidos a un experimento. He conseguido saber por Hahn que el Visser está obsesionado con encontrar la nave pemalita. Está furioso desde que su último intento fue frustrado por ese ser llamado el Drode. Y por los bandidos andalitas. —Muy bien —dije observando como Cassie le ponía a Hahn un paño húmedo en su frente repleta de cuchillas—, continúa. —El Visser intentó crear una criatura anfibia para servir en esa misión subacuática. Pero fracasó. Cuando se dio cuenta de que los cincuenta sujetos experimentales no le eran útiles para sus propósitos, ordenó a sus yeerk que abandonaran a los ahora inútiles portadores. Los destinaron a alimentar a los taxxonitas. Encontramos a Hahn… los demás ya estaban muertos. Toby asintió con la cabeza en dirección a su consternado padre. —Eran amigos. Hace mucho tiempo. Intenté reducir los latidos de mi corazón, que amenazaba con salírseme del pecho. Procuré respirar hondo y no vomitar. Me arrodillé al lado de Cassie. Ella hizo un gesto hacia el hombro izquierdo de Hahn. Justo debajo de donde estaba su cuchilla —Una branquia. Ya lo había visto. Y también había visto las membranas entre los dedos de los pies. —Jake, Visser se ha limitado a implantar esas branquias en los cuerpos de los hork-bajir —susurró Cassie—, es como si su equipo médico no tuviera ni idea de la fisiología de los hork-bajir. Lo han hecho fatal. ¡Es una auténtica chapuza! —¡Pies! ¡Pies! —Jara, más agitado de lo que nunca lo había visto, apuntaba a los pies de Hahn. —Jake, no puede respirar. No sé qué le han hecho por dentro, en los pulmones… Agarré la mascarilla de oxígeno del suelo donde Cassie la había tirado, derrotada. Traje a rastras el tanque de oxígeno cerrado hacia la cama de balas de heno improvisada. —¡Jake! ¡No puedes… es demasiado tarde! Empujando a un lado a Cassie, sostuve la máscara en la boca de Hahn y abrí la válvula del tanque. —Jake, no le estás haciendo ningún bien. Está sufriendo. Nadie le puede ayudar. Cassie le quitó suavemente la máscara. Apenas me di cuenta de que Toby había empezado a hablar detrás de mí. —Hahn pudo hablarnos de un nuevo y poderoso buque submarino que Visser ha construido con el único objetivo de localizar la nave pemalita. Lo llaman Sea Blade. Un horrible gorjeo surgió de la garganta de Hahn. —¡Cassie! ¡Tiene algo atascado en la garganta! —Es una especie de válvula —dijo—. No funciona bien. Intenté abrirla. Intenté que no siguiera cerrándose, pero no pude hacer nada. Jara se acercó y tomó grácilmente una de las manos de Hahn. —¡Hahn no muere! —suplicó— ¡Hahn viene con Toby y Jara para ser libre! —No, padre. Es la hora de que Hahn se marche al más allá. Nuestros amigos, Tobias y los otros, nos ayudarán a destruir al malvado Visser Tres. Nos ayudarán a vengar la muerte de Hahn. Con un terrible sollozo, Jara se arrodilló y con cuidado posó su cabeza repleta de cuchillas en el cuerpo de Hahn. Y entonces hubo un sonido menos en la granja. Una criatura menos respirando. Salí de allí. Jara necesitaba intimidad. Me giré para mirar la ventana que conectaba con las vigas. El lugar preferido de Tobias para entrar y salir de la granero. El cielo estaba empezando a iluminarse. El alba se acercaba. Un nuevo día. Un día que Hahn y los otros hork-bajir mutantes nunca verían. —¿Jake? Me giré hacia Cassie. Abrí los brazos. Se acercó a mí y nos abrazamos. Continuamos abrazados hasta que Toby y Jara envolvieron el cuerpo de Hahn en mantas y se lo llevaron en la dirección por la que asomaba el sol. [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Santiago Ruíz García y Cassie[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] Al día siguiente, después de la escuela fuimos a la granja de Cassie. Allí donde tan sólo horas antes un hork-bajir mutante yacía moribundo. -Tenemos que ir a por el Sea Blade y punto, -dijo Rachel, enfadada. –Está claro que no podemos dejar que los yeerks se apoderen de la nave pemalita ni de su tecnología. -Un plan estaría bien, -dijo Marco. <No sabemos lo suficiente como para elaborar ningún plan,> argumentó Tobias desde su habitual posición de vigía en las vigas. Tobias es un [i]nothlit[/i]. Alguien que ha estado en una forma durante más del límite de las dos horas. Ahora es un halcón de cola roja, en primer lugar, y después todas las demás criaturas en las que puede transformarse. Rachel le recrimina que siga siendo un ratonero en vez de volver a ser un chico humano normal para siempre. Pero su argumento es indiscutible. Si Tobias perdiera su habilidad para transformarse quedándose atrapado en su forma humana, quedaría fuera de las misiones. Y no puede dejar esta guerra. No puede –o no quiere- abandonarnos. Tobias es el hijo de Elfangor. Es una larga y extraña historia. <Sí, aunque podemos hacer uso de la información adicional que recibimos de los espías de Toby esta mañana,> señaló Ax. Justo después del alba había enviado a Ax y Tobias a la colonia de hork-bajir libres. La información era confusa. Los hork-bajir, con la excepción de Toby, no son la especie más inteligente del universo. Es un poco como decirle a un niño de cuatro años que te cuente una película. Pero también podíamos utilizar la red chee. Los chee son una historia completamente diferente. Los androides son muy buenos con las descripciones. No es que supieran mucho tampoco, pero tenían otra información; habían visto una parte diferente del rompecabezas. -¿[i]Qué[/i] es lo que sabemos? Esa es la cuestión, -dijo Marco. Asentí en dirección a Ax. -¿Ax-man? Haznos un resumen. <Sabemos muy poco. Podemos extrapolar y plantear algunas suposiciones,> dijo Ax. Sonreí. -Entonces incluye las suposiciones y la extrapolación. <El Sea Blade es un nuevo tipo de buque. Viaja por aire y por mar. La mayoría de las naves espaciales pueden sumergirse un trayecto corto y por un tiempo limitado. Sin embargo, para que los yeerks puedan viajar por aguas profundas necesitarán algo radicalmente diferente,> dijo Ax. <Parece evidente que tanto en el agua como en el aire ese buque tiene que poder ocultarse de los sensores humanos normales.> -Podría ser, -intervino Marco. -Hay demasiados submarinos ahí fuera en el profundo mar azul. Sigue habiendo sensores en el fondo del mar desde la Guerra Fría. <Exactamente,> asintió Ax. -¿Ecolocalización? -sugirió Cassie. -La ecolocalización es muy similar a lo que ellos llaman un sonar activo, -dijo Marco. -Tú envías ondas sonoras a un objeto y escuchas el eco que devuelve. Pero los submarinos normalmente no usan estos dispositivos, porque si estás intentando localizar a alguien que también dispone de un sonar activo, ellos también te podrían escuchar. Los submarinos normalmente usan la escucha pasiva. -Marco, ¿estás hablando por hablar? ¿Cómo sabes todo eso? -preguntó Rachel. -Tom Clancy. Asentí con la cabeza. -Tom Clancy. La caza del octubre rojo. -Deberías leer algo aparte de Glamour, Rachel. -¿Pero servirá la ecolocalización o no? -preguntó Cassie. Todos miramos a Ax. <Tal vez sí. Tal vez no. Pero es lo único que tenemos.> Cassie se mordió el labio. -Estoy pensando en el calamar gigante, si vamos a ir a aguas muy profundas. O delfines o ballenas, -dijo. <Los chee nos han revelado la localización de la nave pemalita. Está en aguas profundas, pero no demasiado. Sin embargo, se encuentra en un área designada como campo de fuego de la Marina. Hay un gran número de bombas que explotaron allí, y las hay también sin explotar. Es poco probable que los humanos vayan por ese área.> Entonces Tobias dijo <¿Y por qué no van los chee a la nave pemalita y la mueven antes de que los yeerks la encuentren?> -Los yeerks la seguirían buscando, -dije yo. -Los chee no pueden ir jugando al escondite. Tarde o temprano perderían. Y si la nave pemalita está en movimiento es más fácil de detectar. -Tenemos que hundir el Sea Blade, -concluyó Cassie tranquilamente. -Tenemos que hundirlo, destruirlo. Hacerles arrepentirse de haber pensado alguna vez en invadir el océano. La miré. La sed de sangre no era normal en Cassie. Ella me sostuvo la mirada sin titubear. -Lo que les hicieron a los hork-bajir es terrible, -añadió. -Se pasaron de la raya. Se pasaron mucho de la raya. Tenemos que darles una lección. Yo asentí. Entendía sus sentimientos. Pero esta misión no podía depender de los sentimientos de nadie. Marco dijo lo que yo estaba pensando. -Ey, nosotros no damos lecciones ni nos vengamos. Además, todo lo que hacen los yeerks se pasa de la raya. Nosotros les paramos los pies. Eso es lo que hacemos. Cassie no parecía muy convencida. Rachel sonreía con sorna, completamente de acuerdo con Cassie. A Rachel le gustaba la idea de darles una severa lección. Me lo esperaba de Rachel, pero viniendo de Cassie me preocupó. Me iba a meter en muchos problemas como líder de este grupo de niños cansados, estresados y desadaptados. Tobias odiaba entrar en el agua. Marco no estaba convencido de que fuera necesario. Cassie se lo estaba tomando como algo personal. Rachel y Ax eran ellos mismos. Suspiré. Muy típico: para cualquier opinión, en cualquier misión, al menos la mitad del equipo resultaba difícil de controlar. Incluido yo, por supuesto. Tal vez especialmente yo. -Ecolocalización, -reflexionó Cassie. -Todos tenemos la forma de delfín. <Rachel y yo tenemos la forma de cachalote,> nos recordó Tobias. -Y todos tenemos el calamar gigante, -dijo Rachel. -No estoy seguro de que queramos tratar otra vez con esos tíos, -musitó Marco. -Es espeluznante. -Las ballenas están bien. Necesitamos una forma que podamos controlar. Algo inteligente. Que pueda sumergirse en aguas profundas y dañar seriamente al Sea Blade, -dije. -Pero afrontémoslo. Las posibilidades de que otro cachalote quede varado en la playa por sí mismo sólo para que el resto de nosotros lo adquiramos son muy escasas. -¡Ya está! -Cassie chasqueó los dedos. -Hay una orca – una ballena asesina –en los Jardines. Le han puesto de nombre Swoosh. -¿Swoosh? -repitió Marco incrédulo. -¿Quién pone los nombres a estos animales? Cassie pareció avergonzada. -Nike. Ellos patrocinan la exhibición así que se encargaron de ponerle nombre a la ballena. -Vale, -dije. –Tenemos que empezar a movernos. A) Contacto con los chee y les aviso para que estén preparados para ocupar nuestro lugar en casa. B) Seguimos con la vigilancia alrededor del estanque yeerk prestando atención a cualquier señal del lanzamiento del Sea Blade. C) Adquirimos la ballena asesina. -Fácil, -se burló Marco. -ABC. Pero no menciones que D) perseguimos a un super submarino hacia el océano, y E) intentamos destruirlo antes de que, F) los yeerks encuentren una nave espacial en medio de, G) un montón de cascos de barco y bombas sin explotar que pueden hacerlo en cuanto los yeerks intenten H) freírnos con sus rayos dragón. Rachel rió y le dio a Marco un empujón en broma. -Siempre eres muy negativo. Mira el lado positivo: tal vez si las bombas explotan, I) vuelen a los yeerks, no a nosotros. Cassie no estaba siguiendo el humor negro. -Cincuenta hork-bajir sujetos a horribles experimentos médicos, -dijo. –De eso se trata. [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] <Tenemos un examen de mates el viernes, Gran Jake.> <¿Desde cuando estás tan preocupado por la escuela?> le pregunté. Eso no importaba. Simplemente estábamos conversando. Matando las dos aburridas horas de nuestro viaje. Me encontraba a unos cincuenta pies del suelo y Marco a otros veinticinco o más por encima de mí, y a dos o tres manzanas hacia el este. Éramos dos aves de presa, cabalgando sobre las corrientes térmicas, flotando en los géiseres de aire caliente. <Desde que la profe de mates se casó con mi padre. Es un crimen, eso es lo que es. Tenía que ser de mates. No podía haber sido de alguna asignatura en la que pudiera fingir por mis propios medios. No. Tenía que ser de mates. La respuesta es el cuadrado de pi o no lo es, colega, no hay más. No puedo decir: bueno, yo siento que lo que realmente quiere decir el escritor es… > <El chee que ocupa tu lugar hará el examen.> <Exactamente. Y él obtendrá la nota que yo no habría sacado. No quiero la nota que yo no habría sacado. Yo quiero un sobresaliente pero no un 10. Quizá ella sospeche algo raro.> <Estás dando por hecho que no estarás allí para el examen,> dije. <Tal como están yendo las cosas… Me refiero a que no tenemos nada. > Marco y yo habíamos estado de guardia durante una hora y media. Era nuestro tercer día flotando por el cielo en la forma de aves de presa, encima del área que ocultaba el estanque yeerk. El estanque yeerk es un enorme complejo subterráneo. Una cúpula central más grande que un estadio de fútbol, además de túneles y áreas satélite. Se extendía bajo parte del centro comercial y todo el camino hacia la escuela, con un grupo de restaurantes de comida rápida y coches y calles por en medio. Sabíamos que el Sea Blade estaba en el complejo del estanque yeerk. Lo que significaba que tarde o temprano emergería. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? No teníamos ni una pista. Y yo estaba terriblemente cansado y harto de tener una visión de halcón peregrino increíblemente precisa de tejados y basura y gente en coches. En pocos minutos Ax y Tobias vendrían y así Marco y yo podríamos volver a nuestra forma original, volvernos a transformar, y regresar a casa. Estaba contando los minutos. Quería desconectar y ver un poco la tele con mis débiles ojos humanos. Veamos. ¿Qué noche era aquella? ¿Daban algo en la tele? No podía recordar qué día de la – <¡Marco! ¡Estoy viendo algo!> <¿Te refieres a esa chica en bañador conduciendo ese Mazda?> <¡Ese espacio vacío al lado del Walgreen, tío!> Miré hacia arriba y vi a Marco volando en círculos para acercarse. Me concentré de nuevo en el espacio vacío. Había una valla alrededor. Una valla nueva de cadena armada con alambre de espino en la parte superior. Maldije mi estupidez. ¿Por qué no había pensado en ello? ¿Quién iba a proteger un espacio vacío con una valla nueva? No tenía sentido. A no ser que el espacio vacío no estuviera tan vacío. <¿El brillo? ¿A eso te refieres?> preguntó Marco. <Es un holograma,> grité. <Los lados están ocultos pero la parte superior se está descubriendo.> Era el tipo de cosa que me habría parecido muy extraña un tiempo atrás. Antes, cuando vivía una vida normal. Ahora Marco gritó: <¡Un holograma!> Y yo pensé: [i]Claro, tío. Por supuesto que es un holograma.[/i] El holograma mostraba el terreno, un solar vacío. Visto desde cualquier ángulo os encontraríais con un rectángulo desocupado y de aspecto desértica, con hierbajos y basura y latas oxidadas, y desperdicios del McDonald’s. Pero mirado más de cerca, desde arriba, empezó a distinguirse algo más. ¡Era enorme! Tenía dos alas en forma de cimitarra. Un cuerpo lustroso, diseñado para la velocidad. No tenía la forma alargada de lágrima de los submarinos humanos. Era más como la nave espada yeerk, pero con vainas en forma de pústula saliendo de aquí y de allá alrededor del casco. Era más oscuro que el negro. Como algo esculpido en antracita. En los breves momentos que fue visible pareció drenar la luz del cielo. Pareció absorber todo el color en las infinitas profundidades de la oscuridad. Descansaba en una plataforma elevada. Como uno de esos ascensores de coches hidráulicos de la gasolinera. Lo elevaban a través del techo del estanque yeerk, subiéndolo por el túnel rectangular abierto en la dura piedra y la suciedad. Y entonces empezó a brillar y desaparecer, justo como había hecho el holograma. Un zumbido se convirtió en un leve rugido que hasta un transeunte habría escuchado, aunque el único tráfico que había a la vista era el de los pocos coches que pasaban por la carretera. <¡Se está yendo, tío!> <Sí. Va derecho al agua.> <Allá voy, > dije. Marco no me discutió. Las águilas pescadoras son rápidas. Los peregrinos lo son aún más. <Trae a los demás. Ax y Tobias deberían estar aquí pronto, tal vez os crucéis. Envíalos tras de mí. Trae a Rachel y a Cassie también.> Alcé el vuelo en dirección al mar. Necesitaría toda la ventaja que pudiera obtener. <¿Cómo te vamos a encontrar?> dijo Marco con voz nerviosa. Él ya estaba de camino a casa. <No lo sé. Simplemente id hacia el océano tan rápido como podáis. Yo… > ¡¡SWOOOOZZSH!! ¡Ahí estaba! El Sea Blade se elevó, alzándose como si fuera un escenario sujeto por cuerdas y cables. Y todo mientras desaparecía. Su contorno se había difuminado. Era una acuarela de colores apagados. ¡Y entonces desapareció! Oculto, invisible para el ojo humano. Pero no enteramente oculto a la aguda visión del halcón. No podía ver la nave en sí. Pero sí distinguía las turbulencias en el aire. Como olas de calor alzándose en un día de sol sofocante. Una corriente térmica o algo así. Y entonces el brillo a empezó a desplazarse. Yo continuaba moviéndome a toda velocidad. <¡Jake! Recuerda. ¡Menos de una hora y media en esa forma!> No había tiempo para responder. Me esforcé para ganar terreno. Entonces pasó por mi lado, rodeándome, haciéndome tambalearme en el aire. Recuperé el control y seguí el rastro del Sea Blade, persiguiendo la ráfaga de aire caliente que despedían los motores y las brillantes corrientes de aire esporádicas, los breves vistazos de – algo. Me esforcé aún más para volar con más fuerza. Más rápido. Seguía quedándome atrás. Habíamos calculado que una nave acuática no sería muy rápida a través del aire y teníamos razón. Pero era lo suficientemente rápida. Me estaba quedando atrás. ¡Idiota! Tendría que haber ganado más altitud. Debería haber subido tan alto como hubiera podido. Cuántas veces me lo había dicho Tobias: altitud es igual a velocidad. Debería haber usado la gravedad para coger velocidad. En vez de eso la gravedad era mi enemiga. Un halcón luchando contra el frío aire nocturno no podía igualar al Sea Blade. Las máquinas no se cansan. Pero cuanto más tiempo pudiera tenerlo a la vista… Aquello viajaba en línea recta. Sin trucos. Sin evasiones. Volaba directo hacia la playa. De repente el Sea Blade estaba sobre la arena y las dunas. Yo seguía volando con gran esfuerzo, rápido y muy bajo sobre los bungalows de la playa y los moteles baratos. No iba a poder hacerlo. Estaba exhausto. Mis músculos gritaban de dolor. ¿Cuántos minutos me quedaban de transformación? No lo sabía. Casi no importaba. Tenía que mantener el Sea Blade a la vista. Tenía que ver en qué dirección iba una vez la tomara. Tenía, al menos, que saber la trayectoria general que iba a seguir. Entonces… ¿dónde estaba el calor? ¿Había perdido el rastro? ¿Se había dado la vuelta el Sea Blade en el último minuto? No. Estaba bajando la velocidad. Las máquinas soltaban aire, preparándose para sumergirse. ¿Demasiado cerca de la orilla? La nave se detuvo súbitamente. La onda brillante estaba concentrada en un mismo lugar. No se movió más. La nave seguía cubierta, invisible, como si planeara sobre el océano nocturno. [i]¡Entra en el agua![/i] supliqué. Estaba a solo unos minutos de ser un halcón para siempre. Ya podía ser demasiado tarde. Durante un breve segundo una vaga línea de la oscura nave fue visible en la superficie del océano. Y entonces se había ido. Exhausto, caí al agua helada y me concentré. Y empecé a invertir la transformación. Transformarse nunca es bonito. Y cuando estás exhausto y congelado y mojado, es incluso menos divertido. Sonidos extraños. Sensaciones molestas. No es exactamente dolor – pero tampoco placer. Sabes que le está pasando algo a tu cuerpo que no pasa en el mundo normal. Que no debería pasar. Volví rápidamente a mi forma humana. La masa natural del halcón fue reemplazada por mi masa humana. Diez, quince, veinte kilos de torso, piernas y brazos. Y continuaba creciendo. Me deslicé bajo el agua y volví a la superficie. Me atraganté, tosí y respiré hondo. Era Jake. Pero no por mucho tiempo. [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Cassie[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] ¡El contorno de mi cuerpo se estiraba! Comenzó a sobresalir en todas direcciones: hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás, a izquierda y derecha. Mi frente se hundió literalmente ante mis ojos, como la gravilla que se vierte desde un camión. Mis ojos se deslizaron a ambos lados de la cabeza. Mis orejas se ahogaron entre la grasa. ¡No podía respirar! Durante un instante se me cerró la garganta. Y entonces sentí el aire fresco y limpio de nuevo. Inspiré por el respiradero que tenía ahora en la nuca. Mis piernas se entrelazaron como una gran trenza de regaliz. ¡Una trenza de regaliz de seis metros de longitud! Justo detrás del agujero por el que respiraba, una aleta dorsal brotó de mi columna vertebral y creció en vertical, alcanzando casi los dos metros de altura. Era un inmenso triángulo negro azabache, más grande que mi yo humano. Mi vientre era enorme, blanco y liso; mi lomo tan negro como un neumático mojado. La boca se me llenó de grandes dientes como cuchillas de sierra. Daba la impresión de que iba a llenar el océano entero antes de terminar de crecer siquiera. Durante un segundo aterrador mi cerebro humano se preguntó como podía flotar una masa tan grande. Y entonces sentí el espíritu de la orca manifestándose. Su instinto despertaba. Sus sentidos alertaban a los centros cerebrales. ¿Peligros? No, no había ningún peligro. No existían los peligros para mí. Era imposible. Vista mi potencia, ¿qué criatura osaría desafiarme? ¿Y presas? Oh, sí, las presas potenciales no faltaban. Cualquier animal, en el vasto océano, podía convertirse en mi presa. Todo lo que se movía en el agua podía servirme de pasto. Era más grande, más rápido, más inteligente y más peligroso que todas las criaturas que vivían en el océano. Era un animal asesino, pero sin la violencia gratuita y cruel del tiburón. Era capaz de elaborar un plan. Podía trabajar en equipo. Podía reflexionar. Veía los bocetos en mi mente, una especie de esquemas preestablecidos. Vi, por ejemplo, una banda pequeña de orcas desplazándose en grupo, comunicándose entre ellas para atrapar, juntas, a los rápidos leones marinos, hacer caer a las focas de su bases en el hielo, saltar bruscamente en la playa para atacar una morsa por sorpresa. Yo, el humano, vi todo eso. Y me sorprendí reconociendo algo familiar ahí donde no me lo esperaba. Los lobos también trabajaban en equipo, como las orcas. Pero el comportamiento que más se acercaba al de la orca lo encontraba mucho más próximo a mí: en mi propia especie. Había algo muy humano en el espíritu de la orca. Era individualista, sí, pero capaz de integrarse en un grupo. Capaz, a diferencia de la mayoría de criaturas, de acordarse de un pasado e imaginarse un futuro. En las profundidades del espíritu de la orca vi las imágenes de mis presas. Los pingüinos, los leones marinos, las nutrias de mar y las morsas. Hasta los delfines. Y cuando se debilitaban, cuando perdían su gran fuerza y su rapidez, incluso las grandes ballenas. Ya he habitado el cuerpo de numerosos animales. Las presas quieren seguir con vida, esconderse, huir, encontrar comida, hallar compañeros. Los depredadores buscan presas, a menudo entre los animales débiles y vulnerables. Marcan y defienden territorios. También buscan pareja. Tanto los unos como los otros son muy simples comparados con los humanos. Su mente casi siempre funciona ‘en blanco y negro’, codificada con comportamientos preestablecidos para situaciones simples. Sólo en algunos pocos animales había encontrado esa extraña mutación que es la inteligencia. La capacidad de ver más allá de ‘huir o luchar’, ‘sí o no’, ‘defender mi territorio o salvarme’, ‘matar o que me maten’. Son muy escasas las especies capaces de razonar, de pensar ‘si…, entonces…’. La orca forma parte de estas últimas. Es tan astuta como el delfín o el chimpancé. Ocupa ese escalón tan estrecho que se encuentra justo debajo del [i]Homo Sapiens[/i]. No era la primera vez que sentía la inteligencia de un animal. Aquí, sin embargo, me enfrentaba a algo nuevo. O al menos nuevo para mí. La orca era consciente de mi presencia. Ella sabía que alguna cosa, o alguien, dirigía su comportamiento. Había entendido, a su manera simplista y parcial, que estaba siendo controlada. <Vamos, pequeña,> dije. La orca no respondió, evidentemente. Pero esa inteligencia, aunque estuviese desprovista de todo recuerdo de aprendizaje, desprovista de otro conocimiento que no fuera el de los instintos, ese espíritu frío y calculador, me observaba. Me recorrió un escalofrío de miedo. Era ridículo, claro está. La orca no podía hacerme daño porque yo era la orca. Con todo, sentía el miedo que siente toda presa bajo la mirada carnívora de la orca. Pero tenía una misión. Descargué una ráfaga de ultrasonidos. E inmediatamente una imagen se dibujó en mi cabeza. Podría decirse que era casi una radiografía. O más bien un esbozo en la pizarra mágica. Las líneas y los contornos representaban el mundo submarino que me rodeaba. El fondo del océano, liso y en suave pendiente. Un banco de peces, demasiado pequeños para interesarme. Y entonces la imagen se borró. Descargué una nueva salva y la imagen regresó. Pero esta vez, incluía la Sea Blade. Se encontraba a más profundidad que yo y más adentrado en el mar. Inmóvil. Como si me esperara. Llené mis inmensos pulmones y me sumergí hacia las profundidades. De nuevo, envié señales de ecolocalización. La Sea Blade sabía donde estaba yo. Sus sensores tenían que haber percibido mi señal. Su sonar debía haber producido una imagen de mí. Y, a diferencia de cualquier equipo humano, los yeerks no descuidaban la presencia de cualquier animal extraño. Podía lanzarme al abordaje de la Sea Blade. Estaba a menos de quinientos metros, aunque no creía que pudiera dañarlo gravemente yo solo, y aún menos destruirlo. Pero si Marco y los otros no llegaban pronto a mi rescate, no tendría otro remedio que intentarlo. No teníamos ningún plan, a parte del de localizar el Sea Blade e intentar destruirlo. Hasta ahora lo más difícil había sido no perderla de vista. Pero el submarino estaba parado. Inmóvil y casi silencioso. ¿Cuánto tiempo tardarían los otros en reunirse conmigo? Subí para respirar y percibí una sombra rápida que corría por la superficie del agua. Rodé sobre el costado y miré al cielo. Un avión de cuatro motores que volaba a baja altitud, a lo largo de la playa. Gris mate. Era un avión militar. Mientras lo observaba un cilindro surgió de detrás del avión y cayó en paracaídas al agua. Unos segundos más tarde, oí el chapoteo del agua, seguido de un fuerte sonido agudo. ¡Claro! Era el viaje inaugural de la Sea Blade. Los yeerks probaban su nuevo juguete. Ese avión de la marina estaba encargado de la vigilancia submarina: liberaba balizas sónar y retransmitía la información recogida al comandante del submarino. Era deprimente ser testigo de cómo los yeerks podían controlar un avión de la marina nacional. Pero eso había jugado a mi favor: el test había retrasado a la Sea Blade. Me sumergí y descargué otra ráfaga de ultrasonidos. Vi los contornos de la nave yeerk. Era esa, no había duda posible. Sondeé de nuevo, en busca de… ¡Un minuto! Algo fallaba. ¿Una ballena? La Sea Blade había desaparecido, reemplazado por la imagen de una gran ballena. Era inmensa, una ballena jorobada. Quizá incluso una ballena azul. Exactamente en el mismo lugar donde tendría que estar la nave. ¿Qué pasaba? Se oyó un zumbido sordo. ¡Los motores! La nave comenzó a moverse. Pero mientras acechaba atentamente, el zumbido se transformó en un lento sonido sibilante que evocaba las aletas caudales de una ballena que se desplaza en el océano. En ese momento, justo detrás mío… ¡Una cosa enorme y rápida! Y había más de uno… Mi espíritu de orca los identificó enseguida: una manada de orcas. <Eh, Gran Jefe, soy yo.> Marco. <¿Todo el mundo está aquí?> pregunté <Sí. No me puedo creer que lo hayamos encontrado.> <¿Dónde está la Sea Blade?>, me preguntó Rachel. <Si sondeáis, recibiréis la imagen de una gran ballena que se aleja. La oiréis también. Pues bien, chicos: eso es la nueva nave de Visser Tres.> <Sí, tiene sentido,> comentó Ax. <No sólo se camuflan, sino que además crean una imagen falsa en el caso de que alguien los observe. Han regulado el campo de absorción de energía de tal manera que devuelva la imagen de una ballena. Y, claro está, el acompañamiento sonoro es fácil de generar.> <Es el momento ideal para un ataque sorpresa,> dijo Rachel. <Todos juntos somos una fuerza importante. Y probablemente ahora mismo estén bastante confiados.> <Llegan los refuerzos. Mirad quién se reúne a nosotros,> anunció entonces Tobias. Dos orcas nadaban hacia nosotros. Orcas de verdad esta vez, no humanos transformados. Me eché a reír: <Aprecio su apoyo, pero no querría que las mataran por culpa nuestra.> Hasta ahora, no habíamos tenido problemas en seguir al Sea Blade, pero tarde o temprano aceleraría. Rachel tenía razón: no era un mal momento para una ofensiva. <Bien. La atacaremos por la popa. Eso que se parece a la cola en vuestra imagen de ecolocación. Tobias, Rachel y Marco, tomad el lado izquierdo. Cassie y Ax, venid conmigo.> Nos desplegamos, como una manada de orcas que se separa para tomar direcciones diferentes. Ax, Cassie y yo subimos a la superficie. Respiramos hondo. <Vamos,> animé a mis compañeros. Me salió muy natural. Empezaba a habituarme a dar órdenes, aunque probablemente eso no significaba nada bueno. Nos sumergimos y giramos abruptamente hacia la Sea Blade. Seis orcas que, si todo iba bien, destrozarían los motores. Íbamos dispuestos a hacer daño. A hacer saltar algunos pernos, a romper una soldadura o a provocar una fuga. Insuflamos la máxima potencia a nuestras aletas, nos lanzamos a la máxima velocidad… teníamos que hacer daño, teníamos que pararlos. Había que hacerlo. Mil metros. Quinientos metros. ¡Sólo doscientos metros! Descargué una salva de ultrasonidos. La Sea Blade/ballena había cambiado. La imagen era diferente. Como si… <¡Está dando la vuelta!> <¡Nos ha visto!> El submarino venía derecho hacia nosotros. Había renunciado completamente a hacerse pasar por una ballena. De pronto se lanzó hacia nosotros a cincuenta nudos de velocidad. Eugènia “Sidhe” Guzmán [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] ¡TSEEEWW! ¡Rayos dragón! ¡Un horrible chillido! Un inhumano grito de dolor, silenciado demasiado de repente. Lancé ecos. Era extraño, unas visiones imposibles. No eran seis orcas. Ni ocho. Eran nueve. Nueve. ¿Qué? <¡Oh, Dios!> grité. Una de las orcas había quedado partida por la mitad. El eco había devuelto dos imágenes cuando debería haber habido solo una. ¡Partida por la mitad! Como una rebanada de pan abierto para hacer un sándwich. Las dos enormes mitades de la ballena empezaron a hundirse hacia el fondo del océano. El agua se oscureció, inundada de sangre. ¡Nos envolvió a todos! Se elevaba desde las dos mitades cercenadas de la inmensa criatura. <¿A quién le ha dado?>, grité. <¡Volved a vuestras formas!>, chilló Tobias. <¡No he sido yo!>, respondió Cassie. <¡Ax! ¡Marco!> <Estoy ileso,> respondió Ax. <Me he quedado en shock. Decidme que eso no ha ocurrido.> Marco. Qué alivio. Era una de las orcas auténticas. Había sido pura y simple suerte. Y entonces, miedo. Un tiro más y la próxima vez…No habría oportunidad ni de esquivar el rayo. Pero no era el momento de dejarse llevar por el pánico. ¡Teníamos que actuar! ¡Haz algo, Jake! <¡Príncipe Jake!> ¡¡TSEEEW!! ¡TSEEEEEEWW! Otro rayo amarillo se dirigió hacia mí en medio de la densa nube oscura, fallando solo por milímetros. <¡Jake! ¡Te han dado!> ¡Imposible! No había sentido… Otra ondulante nube roja me rodeaba. Y entonces sentí el dolor. Lancé una ráfaga y vi una imagen del cuerpo de una ballena, mi cuerpo, cayendo, cayendo en espiral. ¡Casi un metro entero de mi aleta dorsal superior había sido rebanado de cuajo! Clickclickclickclick. Necesitaba un ángulo distinto. ¡Necesitaba ojos, no ecos! ¡Tenía que ver! No. No, la orca abatía leones marinos con sus sentidos. Eran suficientes. Calma. Debía conseg… ¡TSEEEEEW! La Sea Blade se movió de nuevo. Ahora estaba sobre nosotros, una oscura nube de la que llovían rayos mortales. ¡TSEEEEWW! ¡TSEEEEEWW! <¡Príncipe Jake, estás perdiendo mucha sangre! ¡Debes nadar hasta quedar fuera de su alcance y…> ¡TSEEEEW! ¡Otro pedazo de treinta centímetros de mí, evaporado! Sangre. Más sangre. ¿Qué debería hacer? <¿Qué…?> Estaba confuso. No podía pensar coherentemente. ¡Thunk! ¡Thunk! Dos de nosotros chocamos contra el submarino. Y por un momento el submarino se hizo visible ante mi borrosa vista. Vi las alas negras, los motores, las vainas de su estructura. Los disparos cesaron. <¡Buen golpe, Rachel!>, Marco. Su voz sonaba muy lejana. Y desde una distancia aún mayor, Ax. <Un ataque muy impresionante, Tobias.> <¡Jake! ¡Tienes que volver a tu forma! ¡Debemos llegar a la superficie!> Pero no podía… Era la voz de Cassie. Sonaba desesperada. <¡Jake! Gira sobre tu vientre. Estás justo sobre mi respiradero. Voy a soltar aire lentamente para que lo absorbas. Escúchame, Jake. ¡Es tu única oportunidad!> [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] Desperté de un sueño gris. Estaba tendido sobre la espalda de una ballena asesina e inhalaba aire de su respiradero. Con cuidado, respirando solo una pequeña cantidad de aire cada vez. Pero esto no era un sueño. Esta vez mi pesadilla era real. Habíamos fracasado. Cassie soltó su último soplo de aire con un poco de espuma de mar. Me deslicé fuera de su resbaladiza espalda y me enganché en su aleta dorsal. Tosí y vomité y escupí el agua que se había quedado en mis pulmones. <¿Jake?> – Estoy bien. Estoy bien. Voy a volver a transformarme en orca. Tú regresa a la batalla. <Tómate un minuto. Descansa,> dijo Cassie. <Por favor.> Negué con la cabeza. – Imposible. Dile a todos que ataquen a su vientre. ¿Me oyes? ¡Desde abajo! ¡Ahora ve!> Rodé fuera de la gran espalda curvada de Cassie y me zambullí en el agua. La miré mientras descendía. Mientras bajaba al grueso de la batalla. Y dudé durante unos dos segundos si estaba haciendo lo correcto. Luego miré hacia, arriba hacia el cielo que se oscurecía rápidamente, y pensé: ballena asesina. Y en unos minutos me convertí en una orca por segunda vez esa noche. Ocho toneladas y seis metros de mamífero buceador de las profundidades del océano. Debajo de mí oí un habla telepática aterrada. El agitado y confuso balbuceo que oyes en las antiguas grabaciones de aviones de guerra en batallas aéreas. Me sumergí y lancé ecos. Y vi la Sea Blade. Y a mis amigos nadando bajo ella. Quienquiera que pilotase la Sea Blade sabía quién y qué éramos. Se estaba sumergiendo también. Era una carrera hacia las profundidades. Y en estos momentos estábamos bastante mar adentro y el fondo estaba a más de un kilómetro bajo nosotros. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! Lo que deberían haber sido unos movimientos de prácticas cualesquiera eran ahora un firme plan de eliminar a los bandidos andalitas. ¡TSEEEEW! ¡Ax! Su aleta dorsal había desaparecido. Había perdido un trozo de su costado, como si un pescadero le hubiera cortado un filete. Sentí algo flotar a mi lado. Una masa de grasienta carne negra. ¿De quién? Observé lo que parecían litros de sangre que salían de una herida de tres metros de largo. <¡Ax! ¡Dirígete a la superficie!> <No, Príncipe Jake. Discúlpame por desobedecer tus órdenes. Me quedaré tanto tiempo como pueda ser de utilidad.> <No hagas ninguna estupidez, Ax,> ordené. <Vete cuando tengas que hacerlo. Es una orden.> <¡Jake, no tendremos otra oportunidad!> gritó Cassie. <La nave es demasiado rápida. ¡No podemos colocarnos bajo ella!> <Sí, y hay pocas probabilidades de que esta cosa de rayos dragón submarinos vaya a…> ¡TSEEEEW! <¡Aaaaaahh! ¡Aaaaah!> chilló Marco. ¡TSEEEW! ¡Bajo nosotros! Lentamente, entre brillos y parpadeos, apareció la nave. Los dispositivos de camuflaje se apagaron y pudimos verla claramente. O tan claramente como los ojos de la ballena podían ver a través del agua oscura. Era una aterciopelada masa negra. Parecía algún inmenso y oscuro depredador animal. Agazapado, listo para saltar. Los rayos dragón apuntando. ¿Por qué se había descubierto? No había tiempo de preguntarse nada. Ni había ninguna alternativa. Si nos dábamos la vuelta y huíamos, nos alcanzarían uno a uno. Mi plan era un desastre. Qué estúpido. Nos había conducido a todos a una trampa. Pero no servía de nada arrepentirse. Mejor morir luchando que esperar sentado a la muerte. <Está bien,> dije sombríamente. <Les daremos lo que quieren. Todos, golpead a la misma vez. A máxima velocidad.> Marco soltó una palabra extremadamente grosera. No puedo culparlo. <Es a lo que hemos venido,> dijo Rachel. <A la de tres,> ordené. <Uno. Dos. ¡Tres!>, <AAAAAH.> ¡Hacia abajo! ¡Seis grandes orcas a máxima velocidad! ¡Como un veloz tren, nos lanzamos contra la Sea Blade! Íbamos tan rápido que ninguno de nosotros podría haber parado aunque lo hubiera intentado. ¡TSEEEEEW! <¡Aaaah!> ¡TSEEEEEW! Un dolor cortante. No había tiempo. ¡Vamos! ¡Había que continuar! Seis metros. Tres. Unos centímetros. ¡B-B-BOOOOMMM! ¡Le dimos! El dolor se extendió por toda mi cabeza. Disparé una ráfaga y vi cinco colosales cuerpos de ballenas dando volteretas en dirección contraria a la nave, aturdidas. Giré. Durante un momento no pude ver nada. Mi propia sangre oscurecía el agua. ¿Dónde estaba? ¿Y dónde estaba el aire? Entonces la sangre se aclaró. Podía ver la Sea Blade, improbablemente situada sobre mí. No, yo me había girado. Y la nave estaba en su lugar. La sección de cola de la Sea Blade estaba hecha un desastre, destrozada. La nave a penas viró levemente hacia la izquierda. Un líquido negro se vertía desde su fuselaje. <¡Lo hicimos!> Cassie. <¡Hemos destrozado la Sea…!> ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEEWW! ¡TSEEEEW! ¡Unos rayos dragón amarillos se disparaban a lo loco desde el destrozado vehículo! Como si la nave en sí estuviera enfadada. Herida y fuera de control. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! <¡UUUUGHHH!> <¡AAAAGHH!> ¡Un dolor espantoso en mi costado! Lancé ecos y vi una orca con el vientre seccionado y abierto. Las tripas se vertían hacia el agua oscura. Otra orca, ¡ambas aletas habían desaparecido! De repente, el agua se volvió opaca a causa de toda la sangre. <¡Arriba! ¡A la superficie! ¡Ahora!>, grité. [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Me coloqué bajo una orca sangrante y la empujé. Sentí otro cuerpo bajo el mío. Lentamente, hacia arriba. Arriba. <¡Transformaos!,> les ordené. <¡Empezad ya, todos! Como humanos seremos blancos más difíciles.> <Jake… no puedo…> ¿Quién era el que hablaba? ¿Uno de nosotros o todos? <Tienes que hacerlo. Es una orden.> Lancé una ráfaga de ecos y vi la Sea Blade bajo nosotros, atronadora. ¡Se hundía! Desaparecía tras el arrecife de coral. Habíamos vencido a la Sea Blade. ¿Pero en el proceso había condenado a mis amigos a la muerte? ¿Había estado tan empeñado en vengar la muerte de Hahn que había corrido riesgos estúpidos? ¿Había fracasado al dar las órdenes equivocadas? ¿Había cometido una imprudencia como un idiota sin darme cuenta? Había fracasado… Escuchaba las hablas telepáticas frenéticas a mi alrededor. Pero por alguna razón no lograba que me salieran las palabras. Intenté decir algo… y no pude. Estaba perdiendo la conciencia. ¿Había salido tan mal parado? ¿Había comenzado transformarme yo mismo? Lancé ecos y vi… nada. [i]¡Vuelve a tu forma![/i] Me dije a mí mismo. [i]¡Vuelve a tu forma![/i] Vagamente, sentí cómo los cambios comenzaban. ¿No era eso? Vagamente, sentí un cuerpo bajo el mío. Y, de repente, estaba siendo arrastrado con una fuerza tremenda hacia la superficie. Hacia el bello cielo nocturno. Hacia el cielo. <¡Jake! ¡Mi respiradero!> ¡Demasiado tarde! Sentí mi pequeño cuerpo humano desplazándose, deslizándose. Hacia el agua. Donde empecé a ahogarme. ¡SCHLUUP! ¿Pero qué…? De repente estaba aprisionado en una jaula blanca con barrotes cruzados. El agua corría alrededor de las barras de la jaula y por mi adormilado cuerpo. Y entonces… ¡Aire! ¡Bendito aire! El frío y limpio aire me despertó. Me arrastró de nuevo a la grotesca realidad. Estaba tendido en la inmensa mandíbula de una orca. Una ballena que se alzaba cinco metros sobre la superficie del océano. Y entonces… –¡AAAAAH! ¡Estaba volando por ese bendito aire! ¡Solo! ¡La ballena me había soltado! ¡¡Pa-loooosh!! ¡Menudo planchazo me di! Me quedé sin aire y un poco magullado. Desorientado también, sobre el agua del mar. Me golpeaba salvajemente. Un pequeño humano en medio del océano infinito. Consciente de golpe, con los dientes castañeando y el cuerpo temblando, me obligué a convertirme en orca. Por tercera vez. <¿Jake? ¿Estás bien?> Era Rachel. <Perdona que haya que tenido que lanzarte por ahí de esa forma, pero te estabas ahogando.> Lancé unos ecos. Conté dos cachalotes y tres orcas. <Estoy bien. ¿Está… está todo el mundo aquí?>, pregunté. <Sí,> dijo Tobias. <Nuestra compañera orca real se ha ido hace poco. Nosotros estamos aquí. Nos hemos vuelto a transformar. Y estamos listos.> Marco gruñó. <Sabía que la noche no se había acabado.> <¿Rachel? Un rescate muy tierno,> dije. <Gracias. Tenemos que asegurarnos de que la Sea Blade está realmente fuera de juego. Lo último que vi fue que seguía hundiéndose. La localizamos y evaluamos la situación. ¿Chicos? Venga, sumerjámonos.> De nuevo nos dirigimos hacia la oscuridad. Más allá del alcance de la luz de la luna. La ecolocación era nuestro único punto de referencia. <No veo ningún rastro de ella,> dijo Cassie. <¿Puede que esté a la deriva?>, musitó Rachel. <No sé, la corriente aquí abajo es lo suficientemente fuerte como para…> <¡Mirad!> dije con voz trémula.<Hacia la derecha. A eso de las tres.> Era la Sea Blade. Aún se movía pero también perdía combustible. Se dirigía hacia lo que parecía ser una cueva. Nos acercamos más, tan cuidadosamente como podían esas enormes bestias que éramos. Cuando aún estábamos a unos cien metros de la nave, nos detuvimos. <La entrada de esa cueva es muy estrecha para que la Sea Blade quepa por ella,> apuntó Cassie. <No pueden esperar pasar por ahí, ¿no?> <¿Entonces qué hacen?>, dijo Marco. <¿Tomando un descanso para comerse unos donuts? Si Visser Tres estaba en esa nave ya habría salido por patas. Debe haber un submarino de evacuación o algo así a bordo, ¿no?> <Es de suponer,> replicó Ax. <Pero ninguno de nosotros ha visto otro vehículo…> <Ax-man>, dije de repente. <¿Chicos? Todo recto.> A través de las ondulantes plantas marinas que crecían alrededor de la boca de la cueva salieron tres, cuatro, cinco… criaturas. Con na figura vagamente humanoide. Pero también vagamente… acuáticos. <Vale. ¿Un escuadrón de rescate?> preguntó Marco. <¿De dónde?>, dije. Las cinco criaturas rodearon la Sea Blade, y ataron cuerdas o poleas de algún tipo a la nave. ¡WHOOOOOOOSSSH! Y entonces, con un imposible y rápido movimiento, las criaturas, lo que quiera que fuesen, ¡arrastraron a la Sea Blade por la estrecha abertura de la cueva marina! [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] <Bien, eso ha sido muy extraño…> dijo Rachel. <Por no decir imposible. ¿Cómo han hecho eso?> Marco. <Creo que la gran pregunta es [i]quién[/i] lo ha hecho,> dijo Tobias. <Definitivamente no eran humanos.> <Quienquiera que sean, ¿qué quieren de la Sea Blade?> añadió Cassie. <¿Príncipe Jake?>, dijo Ax, interrogándome, instándome a tomar una decisión. Sentía que había tomado demasiadas decisiones en la última hora más o menos. Demasiadas, y malas. Y encima… <Seguimos,> dije. <Sean lo que sean, podrían ser nuevos huéspedes yeerk o algo así. Podría tratarse algún tipo de instalación yeerk.> <Sí, o eso o la Atlántida>, dijo Marco con una risa. <Somos demasiado grandes en esta forma,> dijo Cassie. <Nos sería posible entrar, ¿pero maniobrar dentro de la cueva con forma de orca? Podríamos acabar como sardinas.> <¿Sugerencias, Cassie?> <No el delfín. Nada que respire aire. No en una gruta. Creo que necesitamos los tiburones martillo. Sus capacidades electromagnéticas podrían sernos útiles en lugares subterráneos.> <Vale. Todo el mundo a la superficie y a volver a transformarse.> Lo hicimos. Cuatro chicos humanos, un halcón, y un andalita. Nos observé atentamente, ahí, atragantándonos en el océano a media noche. Mi mejor amigo. Mi prima. Mi novia. Un nothlit y un extraterrestre. Mis amigos. Desaliñados. Húmedos. Helados. Increíblemente cansados. El pelo pegado en las caras. Los labios azules. Los cuerpos tiritando. Y yo pidiéndoles que hicieran lo mismo otra vez. ¡Otra vez! Por tercera o cuarta vez en menos de una hora. Que se transformaran y se sumergieran en las frías profundidades marinas. A la caza de la Sea Blade. A veces odio mi vida. –Vamos, damas y caballeros. De nuevo, mi cuerpo se alargó por abajo. Se alisó. Mis piernas se unieron en una cola en forma de V. Una elegante aleta dorsal crecía en mi espalda. Mi piel se iba volviendo dura, áspera. Como papel de lija. Mi cara… mi cara no era lo que se dice agradable, precisamente. Se aplanaba. Se ampliaba con filas y filas de dientes curvados hacia atrás, hacia mi garganta. Mi frente se disparó a ambos lados para formar dos duros extremos de carne. ¡POP! ¡POP! Un ojo apareció al final de cada extremo. ¡Mi cabeza medía más de medio metro! Podía sentir la comida. Las presas. Quería matarlas y comérmelas. Ni me molestaría en tragarla. No me importaba lo que se bajara por mi garganta. No importaba si era otro tiburón martillo o… <¡Jake!> ordenó Tobias. <¡Mantén el control!> Mi parte humana se estremeció. Había rozado a Tobias con los dientes. Una delgada línea roja apareció en su cuerpo de tres metros y medio. <Lo siento, tío. Debo estar cansado. Vamos.> Nos sumergimos hacia la cueva submarina. No había ni rastro de la Sea Blade. Durante un breve instante, dudé. Y entonces pensé en Hahn. La ira es una buena motivación. El orgullo es otra buena motivación. Iba a ganar esta batalla. Los yeerks no escaparían. Si los pillábamos ahora, no tendríamos que volver más adelante. Tenía todo tipo de argumentos razonables para seguir adelante. Ninguno para darme la vuelta, excepto el miedo. Y otro sentimiento, como el miedo, pero sutilmente diferente. Esa cueva, esas criaturas… algo en todo esto me daba mala espina. <Allá vamos,> dije. Encabecé la marcha a través del estrecho pasaje. Dentro de la cueva, a ambos lados de las gigantescas aglomeraciones de plantas marinas ondulantes que obstaculizaban, pero también revelaban, la entrada. Oscuridad. Total y completa. ¿Sabes lo que significa eso? ¿Total y completa oscuridad? Es una oscuridad casi inimaginable para un puñado de críos acostumbrados a ver el cielo de la noche iluminado con neones, las luces de la calle y estrellas. Es una oscuridad que te engulle. Una que te hace preguntarte incluso si estás vivo. Una oscuridad que te priva de la vista y, una vez superas el terror de estar completamente ciego, hace que tus otros sentidos, de alguna manera, se vuelvan más agudos. <¡Phew! ¿Qué es ese…olor? ¿O debería decir sabor?> dijo Marco. <¿Gasolina?> <Al menos significa que vamos por buen camino,> dije. <La gasolina debe ser de la Sea Blade.> <Probablemente no es gasolina,> dijo Ax. <Esto no es un submarino humano. Es poco probable que se mueva a base de la insuficiente combustión de un líquido residual de vegetación decadente. Este olor, o sabor, es más como refrigerante.> <Ah.> <O posiblemente los deshechos de una instalación sanitaria de a bordo.> <Voto por el refrigerante,> dijo Marco. El pasaje tubular parecía tener como unos dos metros de diámetro. Muy estrecho para que la Sea Blade pasase por él. La cueva debía de poder ensancharse. ¡BONK! <Emm, chicos,> dije. <Tenemos un callejón sin salida.> No más túnel. Sólo una pared de roca. Y otros cinco tiburones martillo haciendo una frenada de emergencia en medio de la oscuridad. <Genial,> dijo Marco alegremente. <Bien. Se acabó la fiesta. Hora de cerrar. Todo el mundo fuera. Sólo girad hacia vuestra derecha y…> <¿Marco?> <Sí, lo sé, Rachel. “Cállate”.> <¿Jake?> <Vamos a cruzar ese muro,> dije. <No me preguntéis cómo.> [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] <Así que… ¿alguna sugerencia?> pregunté. ¡BBBBBZZZZZZ! <¡Iaaaah!> gritó Marco. <¿¡Qué es eso?!> <Me atrevería a decir que hay un campo eléctrico tras esta pared,> dijo Ax. <Ugh. ¡Es como morder papel de aluminio con una boca llena de empastes!> <¿Rachel? ¿Cómo sabes a qué sabe eso?> dijo Marco. <Siempre asumí que eras un modelo a seguir en higiene bucal.> <No importa,> le soltó. <¿Qué hacemos ahora?> Me moví hacia delante y tanteé la pared con mi morro. <Esto, supongo.> Increíble. Una delgada línea horizontal de luz apareció en el centro de la pared. En esa profunda penumbra la luz era incluso más brillante. <Vaaaaale. Creo que ya no estamos en Kansas,> dijo Marco. La línea creció hasta ser un rectángulo. Luego un recuadro. De más de un metro por un metro. Y entonces el recuadro se redondeó hasta formar un círculo perfecto. Garabatos de luz de un verde brillante salieron de la superficie del círculo formando espirales. <Muy psicodélico>, murmuró Tobias. <No reconozco esta tecnología,> observó Ax. <No es andalita. Ni yeerk.> <Ni humana,> dije. <¿Alguna más?> De repente, las espirales de luz verde empezaron a moverse hacia el centro del panel circular. Cuando se hubieron unido en un ramo, se dividieron. Se abrieron como una boca para revelar un túnel tras la pared. <Increíble,> exclamó Cassie. <Inquietante,> añadió Marco. <En fila india,> dije. <Tras de mí.> Nadamos por la abertura de la pared. La boca se cerró tras nosotros, como si nunca hubiera estado ahí. <Bueno, eso no me reconforta,> comentó Marco. El agua al otro lado era un poco más brillante. Al menos había suficiente luz para permitirme ver un banco de lodo a izquierda y derecha del “río” de agua. Salí a la superficie cuidadosamente. Y sí, había superficie. <Voy a volver a mi forma. Veré si el aire es realmente aire.> Me transformé. El aire era frío y húmedo pero definitivamente respirable. Los otros se unieron a mí. Nos encaramamos sobre la encharcada orilla izquierda del pasaje acuático. Tras un minuto mis ojos humanos empezaron a acostumbrarse a la atmósfera crepuscular. Este lugar transmitía una sensación de imposible vastedad. Era más grande que el complejo de la piscina yeerk. Enorme. Interminable. Una gruta que podía haber contenido Manhatan entero. Parpadeé y entrecerré los ojos. La luz, o lo que fuera, no parecía tener una fuente. Ni sol, ni estrellas, ni lámparas, ni focos. Era más bien como un resplandor de fondo acuático. Primero pude distinguir a duras penas las caras de mis amigos. Pero entonces mis ojos se adaptaron. Los vi, cansados y asustados, pero al menos no derrotados. Miré a mi alrededor y distinguí unas imágenes increíbles, que se hacían lentamente visibles según mis ojos se iban acostumbrando. Pero lo que vi no podía ser real. Unas docenas de metros a lo lejos había una nave, una de madera. Tenía tres altos mástiles. Una única cubierta de puertos de artillería, dieciocho en total, todos abiertos revelando el morro de latón o de acero de los cañones. Las velas ondulaban por todas partes. Las cuerdas y cables colgaban sueltos. Pero nada estaba tan podrido como debería. Después de todo, ningún navío de este tipo había navegado en casi doscientos años. Descansé sobre un dique seco, una cuna enorme hecha de coral tallado. – ¿Coral? – dijo Cassie. – No hay corales por aquí. Marco le lanzó una mirada significativa. – ¿[i]Eso[/i] es lo que te preocupa? ¿El [i]coral[/i]? Tienes toda una fragata de tres mástiles justo ahí delante, tal y como era en la Guerra de 1812. <Y una tripulación>, añadió Tobias. –¿Cómo? <Mi visión nocturna no es gran cosa, pero veo hombres en las velas. Y en cubierta.> –¿Qué quieres decir con “hombres”? – le espeté. <Quiero decir “hombres”. Hombres muertos. No se mueven, no respiran. Solo parecen congelados en el sitio.> –Vale, nos piramos de aquí. – dijo Marco. –Qué extraño – dijo Rachel. –¡¿Extraño?! – chilló Marco. – ¡¿Extraño?! Hay todo un barco con un puñado de tíos muertos a punto de echar a navegar y cantar “yo-ho, yo-ho, un gran pirata soy” en una cueva submarina del tamaño del lago Erie, ¿y tú sólo piensas que es extraño? –Mira ahí abajo – dijo Rachel, señalando río abajo, más allá de la fragata. Otra sombra se alzaba. Caminamos hacia ella, bajo el yugo de la fragata, oprimidos por la sensación que provocaban esos altos mástiles y los ensombrecidos e indefinidos muertos que los cuidaban. Continuamos hacia un navío parecido al primero. Éste, también, era un barco de vela. Pero más viejo. Era más redondeado, con los mástiles más cortos. Había una especie de torre ornamentada construida en la popa. <¿Un galeón español?> especuló Tobias. Aquí, también, las cuerdas estaban sueltas, las velas colgaban como sábanas de un tendedero en un día mortalmente tranquilo. Y aquí, también, Tobias avistó caras barbudas de ojos vacíos. –Mirad, no sé si seré el único, pero confío en mis instintos. Y mis instintos están diciéndome “Ya has hecho suficiente, Marco. Vete a casa. Juega con el estúpido caniche. Haz algunos deberes”. –Tengo la misma sensación, Marco, – dije. – Pero casi nos matan intentando neutralizar la Sea Blade. No quiero una revancha. La quiero hundida. Quiero saber que está hundida. <Y éste es sin duda un fenómeno fascinante,> añadió Ax. Caminamos hasta dejar atrás el galeón. Y aún así otro barco nos esperaba. Más pequeño, más elegante. <Un lanza-torpedos,> dijo Tobias. Y así seguimos caminando, con los pies llenos de barro y el corazón latiendo despacio, sin detenernos. –Eso no es un barco, es una pared o algo así –dijo Rachel. –Se curva conforme asciende – apuntó Cassie. – Pero es muy grande para ser un barco, ¿no? –¿Tobias? –, pregunté. Aleteó hacia arriba y siguió aleteando. Más allá de mi vista. Esperé ansioso. Entonces volvió a entrar en mi campo de visión y se posó en el brazo extendido de Rachel. <Es un portaaviones. Todo un portaaviones [i]entero[/i]. Japonés. Hay una bandera japonesa. Es un portaaviones japonés de la Segunda Guerra Mundial. ¡Imposible!> –Deben tener bengalas. Podríamos disponer de algo de luz. Y armas – dije. – Podría ser útil echar un vistazo. ¿Hay alguna forma fácil de subir? <Por el lado opuesto. Hay una escala. La distancia entre peldaños es muy rara, pero son peldaños al fin y al cabo.> –Vamos. Cruzamos sobre un saliente tan alto como un edificio de oficinas. Y ahí, como Tobias había dicho, había una escala. –¿Creéis que tenemos que comprar entrada? – preguntó en vano Cassie. Encabecé el camino hacia arriba por la escala. Era una subida larga. Pero entonces, al fin, salí a la cubierta de vuelo del portaaviones. Allí nos recibieron dos aviones japoneses. Parecía que pudieran a partir hacia Pearl Harbor en cualquier momento. Los pilotos sonreían. Muertos. La cubierta de aterrizaje era tan larga como un campo de rugby. Y casi igual de ancha. Lideré el camino por la superestructura. No quería ver qué había dentro. Me sentía vulnerable en forma humana, pero todos estábamos cansadísimos de tanta transformación. Y teníamos a Ax. El tranquilizador y delicado clop clop clop de sus cascos era más audible en tal profundo silencio. Y aunque probablemente él estaba tan cansado como nosotros, su cola podía encargarse de la mayoría de las amenazas. Abrí una escotilla ovalada. La giré y saltó hacia atrás. ¡Había luces en el interior! –¿Ax? Ve delante. Me sentí un cobarde poniendo a Ax al frente, pero él tenía cuatro ojos. Podía mirar en todas las direcciones y reaccionar más rápido que yo. Entró con cautela. <Parece vacío.> Lo seguí a lo largo de un estrecho pasillo. Había tuberías apretadas todo el techo y a veces incluso bajando por las paredes. El suelo era de acero, y también las paredes. Ax abrió una segunda escotilla y se detuvo. No dijo nada. Solo se quedó ahí plantado mirando con sus cuatro ojos. Eché un vistazo por encima de él. Era una habitación bastante grande. En uno de los extremos había una pequeña plataforma elevada. Un mapa colgaba de la pared. Un gráfico de algún tipo. Encarando la plataforma había hileras de asientos, como los de un antiguo teatro. Con muchas filas, quizá dos docenas de asientos en cada una. Y en cada asiento, mirando hacia delante, hombres muertos. [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] –Están muertos –, dije innecesariamente. –¿Estás seguro? –, dijo Rachel con voz baja y extraña. <Deberían estarlo. ¿Cómo podrían…?> la lógica de Tobias se interrumpió. <Si quieres, examinaré los cuerpos, Príncipe Jake.> –Buena idea –, dije. – Hazlo, Ax. –Ax sí que es un hombre –, murmuró Marco. Con sus cascos resonando sobre la cubierta de metal pintado, la hoja de la espada curvada hacia delante, en posición de ataque, Ax cruzó la angosta puerta. Cassie fue con él. Supongo que para ella era un reconocimiento médico. Ax inclinó uno de los cuerpos hacia delante con cuidado, respetuosamente. Cassie observó lo que él le estaba enseñando y soltó un grito sordo. Los dos se echaron hacia atrás. <Son humanos muertos>, declaró Ax. <Han sido preservados, rellenos con un líquido que no puedo identificar sin proceder más allá, sin un examen más detallado, y cosidos por la espalda con un material vegetal hecho de fibras.> –Ya estamos saliendo por patas de aquí –, dijo Marco. – Jake, tenemos que irnos. Ahora. –¿Marco? Cállate –, dijo Rachel, pero parecía que intentase acallar sus propios miedos. –¿Momias? ¿Como qué? ¿Como momias egipcias? – pregunté, sintiéndome un estúpido. –Cosidos por la espalda –, murmuró Marco. – ¿A quién le importa cómo? Los muertos están muertos. –Los cuerpos están en perfectas condiciones –, dijo Cassie, como si estuviera hablando desde otro lugar, sin estar conectada a su propio cuerpo. <No soy capaz de identificar la cultura o a los seres responsables de esto, Príncipe Jake. Es tan irracional y extraño que deduzco que debe involucrar a los humanos.> Dos docenas de pilotos japoneses miraban sin ver un mapa. Listos para el ataque. ¿Dónde? ¿Pearl Harbor? ¿Midway? ¿Alguna batalla olvidada? Ellos habían sido el enemigo entonces. Ahora no lo parecían, o no los sentía como tales. –Vámonos de aquí. Volvamos a cubierta. Me sentiría ligeramente mejor en el exterior. ¡¡SCREEEEECH!! Me agaché instintivamente. ¡Una gaviota! El ave sobrevoló apenas unos centímetros por encima de nuestras cabezas y aterrizó en el borde metálico de la cubierta. –¡Mirad los ojos de esa cosa! La criatura que yo pensaba que era una gaviota no era una gaviota normal. Sus ojos eran enormes. Cubrían todo el lateral de su cabeza y casi llegaba al pico. Y a diferencia de los ojos de una gaviota normal, los ojos del pájaro eran azul brillante. <¿Ojos adaptados a un entorno perpetuamente oscuro?> dedujo Tobias. Como respuesta, el pájaro graznó, desplegó sus alas, y se fue. –¿Estamos seguros de que la Sea Blade se ha metido en este Museo de la Locura? –, preguntó Marco. – Porque yo, por mi parte, estoy por pirarme. Me estremecí. – No, no estamos seguros. Pero debemos suponer que lo ha hecho. Y nuestra misión aún sigue siendo la misma. –Destruir la Sea Blade antes de que Visser Tres encuentre la nave pemalita –, respondió Rachel. –Y vengar la muerte de Hahn –, añadió Cassie suavemente. –Vayamos por aire –, dije. –Probablemente sea más seguro y podremos cubrir más terreno. Tobias, permanece como halcón. El resto, lechuzas. Lechuza. Una forma que esperaba nos permitiera ver más claramente en la tenue luz. Que nos permitiera explorar en silencio. Defendernos si era necesario contra gaviotas mutantes y cualquier otra criatura que pudiéramos encontrar. Cualquier otra criatura [i]viva[/i]. Un par de minutos y estábamos fuera otra vez. Seguimos el río más adelante en este macabro mundo submarino. ¡Había cientos de barcos en incontables metros cuadrados! Submarinos alemanes. Un buque a vapor de la época de 1930. Varias lanchas a motor de metal. Una canoa polinesa. Montones de periscopios. Cascos rotos. Propulsores. Timones de barco. Equipamiento de radares y timones. Mobiliarios de cubierta de lujosos barcos transoceánicos. Y cuerpos. Pilotos y pasajeros preservados. Tripulaciones europeas del siglo dieciocho y turistas del siglo veinte. Balleneros. Pescadores. <Parece una colección>, dijo Cassie. <Casi ordenada. Deliberadamente.> <Sí. El Cementerio de Juguetes Naúticos del Señor Psicótico>, añadió tétricamente Marco. <O el atrezo de un director psicótico>, añadió Rachel. <¿Alguien más está esperando encontrarse con el [i]Titanic[/i]?> <Estos barcos y botes son de todas partes>, apuntó Marco. <Del Atlántico, del Pacífico. A miles de millas de distancia. Ese galeón tiene que ser del Mediterráneo. Es imposible.> Con mis penetrantes ojos de lechuza detecté un tenue brillo a unos cientos de metros. A medida que nos acercábamos a la luz vi que venía desde el final del estrecho túnel. Un túnel en el que el cementerio náutico y el río decrecían rápidamente. <¿Ahora qué, Jake?>, preguntó Rachel. Dudé de nuevo. Pero solo por un instante. Para seguir adelante debía llevar a mi equipo, a mis amigos, más adentro, a lo desconocido. Y por lo que acabábamos de ver en el carguero japonés, había una alta probabilidad de que lo desconocido fuese realmente inquietante. Y probablemente muy peligroso. O también podíamos retroceder. Dar media vuelta. Olvidar la búsqueda de la Sea Blade. Dejar en manos de Visser Tres la posibilidad de encontrar la nave pemalita. De robar sus secretos. De utilizar esos secretos para expandir la invasión yeerk en la Tierra. Visser. La abominación responsable de la reciente tortura despiadada y el asesinato de Hahn y otros cuarenta y nueve hork-bajir. <Continuemos>, dije. Setenta metros hasta la luz. Cuarenta y cinco. Treinta. <¡Pero qué…!> <¡Whoa!> ¡¡WHOOOOOOSSSSH!! ¡Estábamos siendo succionados hasta el otro lado! [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] <¡AAAHHH!> ¡Daba tumbos por el aire, con las patas por encima de la cabeza, aleteando frenéticamente para recuperar el control! Cinco lechuzas y un halcón abofeteándonos con las alas los unos a los otros, arañándonos entre nosotros con nuestras alargadas garras, tropezando torpemente y dando vueltas sin parar. <¡AAAHHH!> Me enderecé. Parpadeé. <Whoa. ¿Estáis todos bien?> <Eso ha sido bastante divertido>, Marco. <Sí>, dijo Cassie. <Tanto como estar atrapado en una secadora de ropa. O en un tornado.> <Sí, estamos bien, Jake>, respondió Rachel. <Vale. ¿Qué diablos es esto ahora?>, dijo Tobias secamente. Me llevó cerca de un minuto poder concentrarme, distinguir las diferencias entre este lugar y el espantoso museo de barcos que acabábamos de dejar atrás. Era una ciudad. De algún tipo. Una serie de edificios entrelazados. Como una de esas antiguas chozas indias hechas de adobe, solo que esta ciudad estaba hecha a base de trozos de barcos y naves. Sobresalían las enormes proas de petroleros, barcos de guerra, cruceros de turistas, barcos marinos. Los botes salvavidas colocados a los lados de estos navíos hacían las veces de terrazas. Las hélices de los barcos giraban lentamente, arrastrando el aire hasta la monstruosa fortaleza de acero. Toda la parte trasera de un barco cisterna había sido puesta en vertical, de modo que el barco parecía haberse hundido hacia abajo, en el suelo. Había cañones soldados formando tuberías que comunicaba esta bizarra torre de agua con la ciudad. Varias docenas de submarinos de la época de la Primera y Segunda Guerra Mundial estaban apilados en bloques de a tres. Los puestos de vigía y las popas habían sido cortados y ahora revelaban entradas enormes. Quizá eran algún tipo de almacén. Uno hecho de submarinos ahora inservibles. Del centro de la ciudad se elevaba una fantástica torre. Era un viaje visual a lo largo de la historia de la tecnología. En su base se veía que estaba hecha de muchísimos cañones de acero, soldados y atornillados, superficie contra superficie, elevándose quizá unos noventa metros. Todo cubierto de oro y plata, una capa de un billón de dólares. Después de eso los materiales del edificio empezaban a cambiar. Chapas de hierro fundido. Chimeneas. Armas enormes. Tuberías de acero. Otros sesenta o setenta metros. Y luego una construcción más ligera: vainas de aluminio, alambres, paneles de ordenador, lanzaderas de misiles quemadas. La ciudad tarareaba una melodía de sonidos de motores. Tenues luces ardían aquí y allá. Y el aire olía a aceite y humo. <Justo cuando pensaba que las cosas no podían ser más extrañas>, musitó Rachel. <Esto es increíble>, dijo Marco. <Es como el decorado de esa película, [i]La isla de los niños perdidos[/i]>, dijo Cassie. <O como [i]Peter Pan[/i] o algo.> <Sí>, dijo Marco. <¿Sabéis? Estaba de broma cuando dije que podíamos encontrar la Atlántida.> <Es una especie de Atlántida a lo cutre.> <¿Príncipe Jake? Delante de nosotros. En esa…esquina. Criaturas. Seres. No,> se apresuró a añadir, <ninguna especie con la que esté familiarizado.> <La gente que robó la Sea Blade>, dije. Eran humanoides en forma y tamaño. Dos adultos y un niño. Vestían pobremente, con unas telas sencillas. Bastante pasado de moda en la Tierra. Como togas, algo que vestían los antiguos romanos. Y… <Su piel es azul… no es que no lo hayamos visto antes>, dijo Rachel, echando un vistazo a Ax. <Queda guay, de todos modos>, añadió. <Pero tengo que votar con el pulgar hacia abajo por el aspecto aceitoso.> <¿Jake?>, era Cassie. <Mira sus nucas. Tienen…¡tienen branquias!> <Y membranas>, dije sombríamente. <En los pies y las manos.> <Y los ojos. Son enormes, como los de la gaviota>, notó Tobias. <No les sientan tan mal>, dijo Marco. Eso le hizo ganarse una mirada de todos nosotros. <¿Qué? ¿Qué? ¿No puedo piropear a una chica pez?> <¿Vinimos aquí persiguiendo yeerks y hemos acabado así?>, se preguntó Cassie. <¿Esto es buena o mala suerte?> <Es nuestra suerte>, dijo Rachel secamente. <Echemos un vistazo más de cerca>, dije. <No creo que la Sea Blade esté por aquí. Pero asegurémonos. Y tened cuidado.> Abrí las alas y eché a volar, tan silenciosa como solo una lechuza sabe serlo. Mis ojos de rapaz atravesaron fácilmente las tinieblas y la penumbra. Era por la tarde de un día soleado para mí. Sobrevolé los muros de la ciudad. Tenía que esforzarme por concentrarme. Lo que habíamos encontrado superaba toda imaginación. Una ciudad, toda una especie, y todo justo aquí, en la Tierra. Y desde hacía mucho tiempo, a juzgar por la colección de barcos. Sobrepasaba lo creíble. Y aún así era real. [i]Y peligroso[/i], me recordé a mí mismo. Esta gente, quienquiera que fuesen, había rellenado y preservado guerreros romanos y vikingos, piratas y oficiales de la marina real, pilotos de cazas japoneses y marines de los Estados Unidos. Puede que todos esos cuerpos hubieran muerto, ahogados antes de que esas criaturas se hicieran con ellos. Y puede que no. Dimos un barrido a la ciudad, como visitantes silenciosos de otro mundo. Un escuadrón de depredadores terrestres. La ciudad estaba viva y activa. Había hombres y mujeres (si es que esos términos eran aplicables) andando por las concurridas calles. Había obreros con carretillas de mano o máquinas elevadoras. Tenían una construcción en marcha. Tuve que apartar la mirada de lo que para mis ojos era una dolorosa llama de soldador. El “río” fluía por la ciudad, para luego girar y seguir bajo los muros, a través de la ciudad, dividiendo todo el complejo en dos mitades bien diferenciadas. Y ahí, en el medio de la ciudad, atada a un muelle, estaba la última nave traída aquí. La Sea Blade. <Aterricemos>, dije. <Hay un buen sitio allí, en la torre>, dijo Tobias. <Parece un mástil de madera. Y un nido de cuervos.> <Bueno, mirad qué tenemos aquí>, dijo Marco. <El nuevo juguete del Visser, atado y listo para ser desvalijado piezas muy pequeñas.> Justo detrás de la Sea Blade descansaba una voluminosa estructura en forma de pirámide, coronando cada construcción que veíamos. Un vapor salía despedido aleatoriamente de cientos de turbinas que habían sido sujetas de alguna forma a pequeñas estanterías de piedra. Estanterías que formaban una especie de escalera natural hasta la aplanada cubierta de la estructura. <Uh, la geografía no es mi fuerte>, dijo Marco. <Y la historia tampoco, la verdad. ¿Pero alguno más está pensando lo mismo que yo? ¿Aztecas? ¿Mayas? ¿Incas? ¿Pirámides del estilo de las primitivas Sur y Centro América?> <Excepto por las chimeneas metálicas, sí, eso parece>, contesté. <Hablaron los expertos en pirámides>, se burló Rachel. Me concentré en el muelle. <Hork-bajir>, dije. <Mirad.> Saliendo de la Sea Blade había una línea de unos hork-bajir de más de dos metros de alto. Veinticinco o así. Los escoltaban unas diez de las criaturas azules con branquias portando toda una colección de primitivas lanzas y armas automáticas contemporáneas. Hork-bajir. La patrulla del Visser. Maniatados unos a otros, tobillo con tobillo, arrastrando los pies, cabizbajos. Llevaban las manos atadas delante por delante y se dirigían hacia la base de la estructura piramidal de piedra. <¿No está Visser Tres?> preguntó Tobias. <No que yo vea>, respondí, sombríamente. <No debía estar a bordo.> <O quizá ya es un prisionero>, sugirió Cassie. <Quizá haya escapado de la captura>, opinó Rachel. <Se ha transformado en algo pequeño y se esfumado como los B.G.’s. Nosotros lo hemos hecho muchas veces.> <¿B.G.’s?>, se preguntó Ax. <Blue Gills. B.G.’s.> <¿No eran un grupo, hace una eternidad?> preguntó Tobias. <¿Príncipe Jake? Solo nos quedan veinte de vuestros minutos en esta forma.> No tardé en evaluar la situación. La Sea Blade había sido capturada. Su tripulación, hecha prisionera. Visser Tres…Bueno, tampoco parecía algo bueno para él. No había duda de que la Sea Blade y su tripulación serían la exhibición más actual en la galería de barcos. Y cuando Visser fuera capturado, se convertiría en la atracción más popular del circo. Noche tras noche, hasta que su dispositivo portátil de rayos kandrona se agotase, obligado a transformarse, volver a su forma y volver a transformarse ante multitud de criaturas con branquias. Podía pasar. Podía soñar, de todas formas. No era mi problema. La Sea Blade había sido abatida. Ida. Quizá Visser Tres también. Era una victoria. Una grande, y no menos impresionante porque la hubiéramos conseguido gracias a [i]esos[/i] B.G.’s. Era el momento de estar agradecido y de salir pitando. <Vale. Hemos visto suficiente. Nos vamos de aquí. Encontremos un lugar para volver a nuestra forma y nos volvemos a transformar. Nos vamos a casa.> [b]©1999 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] Volamos al exterior de la ciudad, hacia una explanada sin edificios (y, gracias a Dios, sin las criaturas azules con branquias). La luz se fue haciendo más uniforme conforme nos alejamos del corazón de la ciudad. Podía ver más claramente la cúpula de la inmensa caverna. Unas señales que debían ser luces artificiales punteaban el “cielo” pero se volvían menos intensas cuanto más nos alejábamos volando. Densas nubes del color del carbón oscurecían muchas de esas “estrellas”. Volamos más allá de las ajetreadas calles de la ciudad hasta que hubimos cubierto varios kilómetros. Unas espirales elásticas como las vides, verdes, amarillas y azuladas cubrían el suelo como una espesa y densa manta de serpientes retorciéndose. <¿Qué es esa porquería? ¿Serpientes de goma?> comentó Marco, nervioso. <Parece una forma de…vida, ¿no?>, dijo Cassie. Aterrizamos a varios metros. Todos excepto Tobias, que se quedó en el aire vigilando. Mis garras se asieron a unos delgados tallos y dejé mis alas ligeramente abiertas para equilibrarme. Los tallos se hundieron un poco con el peso de la lechuza, pero aguantaron. <Creo que estas plantas crecen en el agua>, dijo Ax. <¿Una especie de lirios acuáticos? Sus tallos podrían sostener el peso de una rana bien grande y gorda,> dijo Cassie. <¿Ves?> dijo Rachel. <Nada que temer. Solo son plantas. Muy raras, vale, pero…> <Venga, volved a vuestras formas.> En unos minutos éramos cuatro chicos y un andalita. Manteníamos el equilibrio con mucho esfuerzo, especialmente Ax, en el movedizo suelo de algas. Íbamos a transformarnos de nuevo en lechuzas y unirnos a Tobias en lo alto. Íbamos a salir de este sitio, de esta pesadilla recóndita. <¡Jake! ¡Cuidado!> –¿Pero qué…? Un gran peso, como de una manta con espinas, me cayó encima de la cabeza, los hombros y parte de la espalda. Caí de rodillas. Mi cuerpo se sacudía y balanceaba como si me hubieran tirado en una cama de agua. –¡Jake! – gritó Cassie. – ¿Qué está pasando? ¡Nos habían capturado! ¡Eran redes! Los cinco nos habíamos convertido en un revoltijo de brazos, piernas, cascos y cola. –Nada bueno, Jake, tío, – murmuró Marco. – Acabo de tomar un bocado de esas algas de ahí. –Todos. Calmaos, – ordené. Rachel alzó la voz. – ¿Calmarnos? ¡Formas de batalla y nos largamos de aquí! –¡No! Entonces vi a nuestros captores. Tres, seis, diez de las criaturas azules de ojos descomunales. Ajustaron la red a nuestro alrededor, metiendo a la fuerza las extremidades que aún teníamos fuera. Finalmente, ataron los extremos de la red. Trabajaban en silencio y con precisión. <¡Jake!> era Tobias. <Han salido de las algas. Yo no… han sido tan rápidos… Los seguiré y encontraré una forma de aseguraros una vía de escape.> Soy un estúpido. Tenía a Tobias vigilando el cielo. Pero este era un mundo de agua. Nos trasportaban a través de esa especie de vides, balanceándonos, hundiéndonos en el agua, luego hacia arriba de nuevo. Caí hacia Ax, prácticamente sobre su vientre, y mis brazos se enredaron con sus patas. –Ax, comunícate con Tobias –, le ordené en un susurro. – Dile que no pasa nada. Que se mantenga fuera de la vista. Y que tenga cuidado. Ax transmitió mi mensaje por habla telepática. ¡WHUUUUMMPFF! ¡Una sacudida me puso del revés! –Ay –, se quejó Cassie. – Ay, ay, ay. –Jake, ¡esto es una locura! – dijo Marco. – Rachel lleva razón. Salgamos de aquí por las malas. ¡Ahora! No hay forma de que estos tíos sean capaces de transportar una bolsa de gorilas y osos. ¡WHUUUUMMMPFF! ¡WHUUUMMPFF! ¡WHUUUMPFF! –No sabemos dónde está Visser –, dije. –No sabemos cuántos hork-bajir puede haber aún por ahí. Ni siquiera sabemos si estos tipos están infestados, – dije mientras me entraba agua viscosa en la boca. Tenía las rodillas presionadas contra el pecho y el brazo izquierdo entumecido. Pero a pesar de lo incómodo que estaba, que todos estábamos, sabía que no podíamos arriesgarnos a transformarnos. No así, a plena vista, si saber dónde estaba Visser. <Sería un placer cortar la red con la hoja de mi cola y liberarnos, Príncipe Jake>, dijo Ax, cansado. <Tú y los otros no tendríais que transformaros.> –No. Al menos no por ahora. No queremos arriesgarnos a un enfrentamiento con estos tipos. Son civiles, al menos por lo que sabemos. No sabemos a qué nos enfrentamos. Aguantaremos. Observaremos. –Espero que tengas razón, Gran Jake –, murmuró Marco. ¡WHUUUUMMPF! ¡WHUUUMMMPFF! ¡WHUUUUUMPFF! Yo también. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Atravesamos el campo de algas movedizas y entramos de nuevo en pleno corazón de la ciudad. Pasamos el desvencijado muelle de madera y nos dirigimos hacia la gran puerta de la base de la estructura piramidal. Íbamos cargados como un saco de patatas. O una bolsa de basura. Estábamos magullados. Amoratados. Llenos de arañazos. Asustados. Nos metieron a trompicones a través del umbral. Luego nos empujaron a lo largo de un frío y baboso suelo de piedra. El pasillo estaba oscuro. Desde algún lugar a lo lejos oí un llanto estridente. Era una voz de hork-bajir. Dolorida. –¿Es eso…? –Sí… – susurré. Ahora estaba totalmente convencido de que había tomado la decisión equivocada. Nos condujeron al centro de una gran sala. ¡WHUUUUMMPFF! Y sin contemplaciones nos sacaron por la fuerza de la red. No habíamos tenido ninguna oportunidad de prepararnos para quién o qué nos íbamos a encontrar. La habitación estaba muy oscura. Iluminada solo con algunos puntos de luz de los que habíamos visto por primera vez en la galería de barcos. Pero la habitación no era tan negra como para que no pudiera ver un trono en la pared más alejada de nosotros. –¿Terciopelo de verdad? – susurró Rachel. -Estoy impresionada. Los cojines eran morados. El trono en sí era dorado, con perlas y conchas de colores incrustadas. O imitaciones muy buenas, al menos. Y en el trono estaba sentada otra de las azules criaturas con branquias. Una mujer. Llevaba un vestido de tela suelta, supongo, de algún tipo de planta. Tenía un aspecto gomoso no muy distinto de la vegetación por la que acabábamos de ser arrastrados. Alrededor de su cuello estaba cubierta de collares y más collares de perlas. – ¿Entonces nos arrodillamos, nos inclinamos y pegamos nuestra frente al suelo? – murmuró Marco. – Quiero decir que es una especie de reina, ¿verdad? Ax dio un paso hacia atrás, con la cuchilla de su cola parcialmente elevada. En guardia pero en una posición respetuosa. A cada lado de la mujer había una línea de diez guardias. Hombres azules con branquias armados con un surtido de lanzas y pistolas. Uno portaba un arco con flechas. Otro llevaba una ametralladora del calibre 50 con la munición colgada al hombro. Otro una maza, al menos así creo que se llaman, un palo con una cabeza de hierro con pinchos. Otro tenía una pareja de hermosas y ornamentadas pistolas de duelo. La mujer entrecerró sus enormes ojos del tamaño de pelotas de tenis. Imagina una naranja partida en cuatro partes. Cada párpado era del tamaño de uno de esos trozos. Entonces ladeó la cabeza y habló. –Ni hau. –Eso es chino, – susurró Cassie. – Pero no sé cómo responder. La mujer habló de nuevo. – Hvordan har De det? –¿Escandinavo? – preguntó Rachel. – Desearía que probase con una lengua con la base del latín. No sería capaz de responder, pero al menos podría intentarlo y disimular. La mujer se movió inquieta e impaciente en su asiento mullido. –Guten tag. Wei geht es Ihnen? – preguntó. –Vale, eso es alemán, – dijo Marco suspirando. – Nos estamos acercando. Algunas similitudes con nuestro idioma. –¡Bonjour! – gritó. –Uh, bonjour, madamme, – le solté. – Parlez-vous anglais? –Por supuesto, – respondió arrogante. – Desde la segunda mitad del siglo veinte el inglés ha sido considerado la lengua internacional del comercio y la plática intelectual en la Superficie. Como habitantes de la superficie deberíais saberlo. En un día repleto de tantas rarezas, éste era uno de los momentos más extraños. Una mujer azul con branquias, membranas en pies y manos y unos ojos del tamaño de un whopper, y me estaba hablando en un inglés fluido. –¿Respeto? – murmuró Marco. – ¿Por parte de una reina? Eso sí que es una sorpresa. –Concretamente soy la reina de los nartecas, – declaró la mujer, levantándose del trono. – Soy la reina Soco. Y mi oído es muy agudo. –Mi…mi amigo quiere decir que no nos falta al respeto, reina Soco, – dije rápidamente, tratando de aplacarla. Recordé a los hork-bajir encadenados. Sus gritos. Las tripulaciones y pasajeros momificados. Los pilotos japoneses sentados en una burla de reunión. –Bien. Porque es usual que los visitantes de nuestro reino, ya que supongo que no habéis venido aquí con ánimo de cometer actos violentos, se comporten con el debido decoro. –Sí, reina Soco. Somos visitantes de la… emm… superficie. Nosotros, em… venimos en son de paz, – dije. Me sentía como si fuese el capitán Picard en uno de los episodios de Star Trek. Actuaba en apariencia con calma, respeto y educación, mientras por dentro estaba tenso y alerta…y aterrado. –Tú eres el líder, – declaró la reina Soco. –Hablas por el resto. Bien. ¡SLAAAP! ¡SLAAAP! Con grandes y amembranadas manos, dio dos palmadas. –Os pido que seáis mis invitados esta tarde en una fiesta tradicional narteca, – continuó. – Quiero saber cómo habéis llegado a la tierra de los nartecas. Y estoy extremadamente interesada en la criatura azul de cuatro patas que parece acompañaros como una mascota. Ax se puso rígido. –La criatura es magnífica. Ax se relajó. Apenas un poco. La reina Soco hizo un gesto hacia la puerta tras nosotros. Un macho narteca armado se acercó y se detuvo tras nosotros. –Hasta entonces, Naca estará encantado de escoltaros por mi palacio. En estas paredes veréis muchas maravillas de la civilización narteca. –Gracias, su alteza,– dije. Marco levantó las cejas. ¿Qué más se supone que podía decir? ¿Qué se supone que debía hacer? Estaba bloqueado. Esperando el momento. El guarda llamado Naca nos hizo un gesto para que le precediéramos hasta la puerta. Me giré para marchar… y me detuvieron las altas últimas palabras de la reina Soco. –No tratéis de escapar, habitantes de la Superficie. No es una sugerencia. Es una orden. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Nos sentamos alrededor de una gran mesa redonda construida con mástiles roídos por la sal. Sin duda los habían extraído de alguno de los peores naufragios que los buscadores nartecas habían encontrado y acarreado hasta su bizarra ciudad. Podrían tener cien años. O incluso doscientos. Las sillas estaban hechas de antiguas piezas de madera unidas entre sí, con algunos parches de piel rajada en los asientos y los respaldos. Una estaba decorada con una incrustación de nácar rota y sucia. Esos asientos, los más cercanos al de la reina, que presidía la mesa, estaban colocados junto a una extraña colección de sillas de camarotes y sillones de capitanes. Bandejas repletas de espinas de pescado descansaban en la mesa delante de nosotros. Algunos de los peces estaban enteros. Anguilas. Pequeños tiburones. Pulpos. Otros estaban cortados en trocitos, como algo parecido al sushi. Unos cuantos cuencos de acero inoxidable, sin duda de los descubrimientos más recientes, estaban llenos de algas. Cada uno de nosotros tenía una taza de algo verde. Marco me levantó su taza para que la viera. La suya aún tenía la marca de un logo grabada. Letras rusas y la silueta de un submarino nuclear. Éramos invitados cautos en esta tradicional fiesta narteca. Quiero decir, ¿cuán cómodo puedes estar cuando te encuentras bajo la mirada de al menos cincuenta guardias en pie, atentos a todos tus movimientos, por toda la habitación? Estábamos atrapados. No podíamos huir ni transformarnos. No mientras los nartecas mirasen. No mientras Visser Tres estuviera posiblemente en libertad. Podía encontrarse en cualquier parte. En esta misma sala, sin ir más lejos, transformado en alguna diminuta criatura. Observando. Esperando la oportunidad para escapar él mismo. Preguntándose qué hacían unos humanos en el mundo de los nartecas. Sumando dos y dos. Recordando las ballenas que habían dañado su preciada Sea Blade. Dándose cuenta de que los “bandidos andalitas” no eran andalitas después de todo. ¡Estúpido! Debí haber pensado en eso, debí haberme dado cuenta de que transformarnos y luchar mientras escapábamos de la red era el mal menor. ¿Había sido arrastrado hasta aquí por mi propia curiosidad? ¿Había sido apresado por mi propia fascinación hacia este lugar imposible? Debí haber luchado para escapar. Con que hubiéramos herido a unos cuantos nartecas… Debería, debería, debería… Odio esa palabra. Miré a Rachel. Sus labios estaban unidos en una fina línea. Los ojos de Cassie eran cautelosos. Marco hizo una mueca al plato de pescado que tenía delante. ¿Y dónde estaba Tobias? ¿Capturado? ¿Retenido en otro lugar del palacio? ¿Oiríamos de repente el graznido de un halcón de cola roja torturado, tal y como habíamos escuchado los gritos de los hork-bajir? La reina Soco tomó un sorbo de su copa y clavó su vista en nosotros con esos enormes y redondos ojos. –Ahora que habéis visto las maravillas de mi palacio, estoy convencida que tenéis muchas preguntas que hacer. ¿Qué queréis saber de los nartecas, habitantes de la Superficie? <Quizá debas pedirle que explique los orígenes de su gente, Príncipe Jake>, me dijo Ax por telepatía privada. <La historia podría proporcionarnos valiosa información que pudiera ayudarnos a entender nuestra situación actual. Y hacer posible nuestra huída.> Era una buena idea. Y de momento la única que teníamos. Pregunté. Dejó caer los hombres. Cerró los ojos y los mantuvo así largo rato mientras yo sudaba y me preguntaba si la había ofendido de alguna manera. Entonces abrió los ojos de nuevo, pero fijó la mirada en lo alto. Era un ritual, me percaté viendo las respetuosas reacciones de los otros nartecas. –Esta es la historia que nuestra gente ha contado desde el Principio. Esta es la Verdad Absoluta, contada una y otra vez, a través de los años. La Verdad Absoluta de los Reyes y Reinas de los Nartecas. Tenía la impresión de que Marco estaba conteniendo la necesidad de hacer algún apunte sarcástico. Le lancé una dura mirada. Se contentó con poner los ojos en blanco ligeramente. –Hace varios miles de años, los nartecas vivían en una isla en medio del Gran Océano –, entonó la reina Soco. – Muy lenta y sutilmente, con el tiempo, la isla empezó a hundirse. Cada generación construía muros más y más altos alrededor de la isla con el fin de impedir que el Gran Océano engullera a su pueblo. Con cada año que pasaba, los muros se hacían más y más altos…cientos de metros. ¡Las maravillas de la ingeniería! Los nartecas asintieron mostrando su acuerdo. Un coro silencioso jugando su papel. –Aún era inevitable que la presión del Gran Océano hiciese que las barreras protectoras se desgastasen y doblasen. Crecían cada vez más y más cerca, hasta que la cima de cada muro tocaba con otra, formando un nuevo cielo sobre nuestro mundo. Entonces el Gran Océano se cernió sobre los nartecas. La isla continuó hundiéndose. Quizá aún se hunde. La reina Soco hizo una pausa para tomar un pequeño bocado de pescado blanco. <Un extraño e improbable cuento de su origen, Príncipe Jake>, comentó Ax. <Obviamente se ha distorsionado con el paso de los años mientras se contaba hasta hoy día, que es más un mito o una leyenda que la verdad.> Asentí hacia Ax, y la reina Soco continuó. –Lo importante es que los nartecas no murieron –, dijo. Nos adaptamos a nuestro nuevo mundo subterráneo y submarino. Con el tiempo descubrimos fuentes de luz alternativas. Como las producidas por las rocas de narna que cubren nuestros tejados y techos. Y, por necesidad, nuestros cuerpos cambiaron también. A una impresionante velocidad. Nos convertimos en anfibios por un acto de voluntad divina. Ax comentó en privado, <Incluso sin la experimentación necesaria, me atrevería a asegurar que la luz producida por las rocas “narna” que la reina Soco ha mencionado es radioactiva. Sin duda esta radioactividad aceleró el proceso de mutación de los nartecas>. De nuevo asentí ligeramente para hacerle saber a Ax que le había escuchado. –Así fue como comenzamos a construir esta maravillosa ciudad. Como sobrevivimos y prosperamos. Y como nos convertimos en los soberanos del Océano Único y las tierras que lo delimitan. La multitud asentía y parecía satisfecha. Se sentaron de nuevo, relajados y comenzaron a comer otra vez. La reina Soco tomó otro sorbo de su taza y continuó. Su voz era menos formal ahora. Se cruzó con mi mirada. –Por supuesto, los nartecas continuamos estudiando la tecnología de los vehículos submarinos construidos por los habitantes de la Superficie. Estudiamos las técnicas de construcción y los métodos de conservación de los alimentos. Aprendimos del equipamiento de navegación y otros dispositivos eléctricos que pudieran sernos útiles. De los grandes botes de placer aprendimos sobre los cambiantes estilos de vestimenta de la Superficie y sus muebles y actividades de ocio. Y si había supervivientes de los naufragios que trajeran los navíos hasta nosotros, los estudiamos también. Al menos, hasta que hubiéramos aprendido todo lo que necesitábamos sobre ellos. –Aquí viene, –murmuró Marco. –¿Y luego? – pregunté. Creo que sabía la respuesta. La reina Soco sonrió disimuladamente, divertida. – Entonces son preservados para entrar a formar parte de nuestro almacén de conocimiento. –Los matáis y los disecáis, – dijo Rachel. –Exacto. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] –Sí, que me voy a dejar disecar, – murmuró Marco a media voz. Lancé una mirada a todos. [i]Mantened la calma[/i], quería decirles. Como si fuera posible. [i]Haz otra pregunta, Jake. Consigue toda la información que puedas. Quizá pued…[/i] ¡AAAAAGGHHHH! Cassie se estremeció. Rachel empezó a levantarse de su silla pero una mirada de Marco la hizo sentarse de nuevo. [i]Ignora el lamento de otro hork-bajir de alguna parte de las entrañas del edificio. Mantén la concentración, Jake.[/i] ¿Dónde estaba Tobias? –Reina Soco, ¿cuáles son sus planes para la Sea Blade? – pregunté, tratando de ser agradable. Mientras hundía mis uñas en la vieja y reblandecida madera de mi silla. –En el pasado, – dijo, sentándose de nuevo, – los nartecas habrían enviado buscadores a la Superficie del Gran Océano. Habrían viajado en naves construidas con la tecnología y los materiales que nos hubieran sido cedidos de los vehículos rescatados de los habitantes de la Superficie. Sin embargo, ninguno ha regresado. Asumimos que ninguno ha sobrevivido al viaje al Mundo del Sol. Debéis entender que no es un fallo de los buscadores nartecas. Más bien, es una señal de que la tecnología de los habitantes de la Superficie resulta defectuosa. La reina Soco sorbió de su taza y continuó. –¡Pero la Sea Blade! ¡Es obvio que un pueblo más avanzado e inteligente que los habitantes de la Superficie han construido semejante maravilla de vehículo! <¡Yeerks! Los andalitas podríamos fácilmente construir una nave que redujera a la Sea Blade,> dijo Ax con desdén. –Nuestros planes son los siguientes, – continuó la reina Soco. –Enviaremos una tripulación cuidadosamente elegida y entrenada de buscadores a la Superficie en este nuevo y poderoso vehículo. Tomaremos cualquier vehículo marino con el que nos topemos. ¡Asaltaremos la cultura del Sol! Conquistaremos pueblos, ciudades, ¡territorios incluso mayores que el nuestro! ¡Enseñaremos a los habitantes de la Superficie lo poderosos y avanzados que son los nartecas! ¡Los largos siglos de nuestro exilio han terminado! Varios nartecas se emocionaron tanto ante el discurso que empezaron a dar palmas en la mesa. Todos asentían y sonreían. Golpeé a Marco bajo la mesa. Cerró la boca. –Es un noble propósito, –dije con educación y muy rápidamente. – Tengo una pregunta más, reina Soco. Es sobre la tripulación de la Sea Blade… Ahora fue Marco quien me golpeó por debajo de la mesa. <Príncipe Jake, no creo que sea prudente preguntar sobre eso…> Fingí una pequeña tos. –Discúlpeme. Sólo me estaba preguntando qué… –No más preguntas, – dijo secamente la reina Soco. Sonrió e hizo un gesto con su mano llena de membranas. Una mujer narteca recogió el plato y la taza vacíos de Soco. – Ahora yo tengo una pregunta para vosotros, habitantes de la Superficie, – inquirió. – ¿Dónde está [i]vuestra[/i] nave? Sé que no habéis venido en el gran vehículo negro. Sé que la Sea Blade no os pertenece. No tenía respuesta. Le lancé una mirada a Ax. Su cara era imposible de descifrar. –Ya veo –. La reina Soco se levantó de su asiento. La comida había terminado. – Quizá necesitéis tiempo para inventar una mentira plausible. O para entrar en razón. A mitad de camino hacia la puerta, la reina Soco se giró para mirarnos. Aún estábamos sentados, inmóviles, a la mesa. –Descubriré la verdad, habitantes de la Superficie. No tengáis ninguna duda. Pero también soy una reina magnánima. Sentíos libres de explorar el mundo narteca. Nos veremos de nuevo más tarde, – y entonces sonrió. – Probablemente. La puerta se cerró tras ella. Sonreí débilmente hacia los otros nartecas, y luego encabecé el camino hacia el exterior de la habitación. Nos detuvimos en un pequeño cuarto junto al pasillo principal. –¡Nos largamos de aquí! – Marco me agarró del brazo. – No hay motivo, NO HAY MOTIVO, para que estemos dando vueltas por aquí. ¿¡Me oyes, Jake?! Me deshice del agarre de Marco. –Te oigo. Y si no bajas la voz, todos los nartecas te escucharán también. ¿Ax? ¿Cassie? –Estoy con Marco –, susurró Cassie. –[i]No[/i] me entusiasma escapar sin haber encontrado a Visser, – dije sombríamente. –O sin destruir la Sea Blade. La reina Psicótica puede que sufra delirios, pero aún así puede hacer muchísimo daño con la Sea Blade. <La nave yeerk podría hundir cualquier navío humano>, añadió Ax. <Podría incluso lanzar ataques con rayos dragón sobre ciudades costeras de la Tierra. Sin embargo, las defensas humanas acabarían abatiéndole por el simple hecho de su elevado número.> –Bien. Entonces se lo dejamos a la marina, y cerramos el capítulo de esta pesadilla, – dijo Marco. Pero entonces vi su mirada nublada. Parecía perturbado por algo. –¿Qué? – le pregunté. –Tenía en mi mano una taza de un viejo submarino nuclear soviético. Quizá tengan algo más que rayos dragón con lo que contar. –¿No creerás que los misiles siguen activos? – preguntó Cassie –. ¿No están protegidos por todo tipo de códigos electrónicos y eso? Marco asintió. –Sí. Totalmente. Y los nartecas probablemente no puedan romper la seguridad. <”Probablemente” no es “seguro”,> dijo Ax con la voz cortada. –Genial. Así que la reina Psicótica puede tener misiles nucleares. Maravilloso. –¿Y qué hay de Tobias? – exigió Rachel. – ¿Vamos a irnos sin él? Moví la cabeza de lado a lado. – No. –¿Es tu decisión? ¿Nos quedamos? – preguntó Marco. –Puedo someterlo a votación, – le dediqué una sonrisa a mi amigo. Marco negó con la cabeza. –Yo te sigo, Gran Jefe. –Vale. Mirad, tenemos que largarnos de este sitio. Así que A) encontramos a Tobias, B) destruimos la Sea Blade. Y C)… –C)…¿sacamos nuestros empapados culos de aquí y olvidamos que este asilo de lunáticos siquiera existe? – interrumpió Marco. –Yo no lo habría dicho mejor, – dije. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez [/b]

[b]Capítulo 17:[/b] –¿Qué opinas, Ax? Ax levantó la vista del montón de libros que había sobre la rajada mesa que tenía frente a él. Continuamos nuestro tour por la biblioteca residencial. Para mí, la habitación más interesante de todo el palacio. No me considero alguien de miras estrechas. Pero aún estaba esperando descubrir una de esas “maravillas” de la civilización narteca. Las momias humanas, especialmente aquellas fabricadas a partir de los cuerpos de prisioneros y esclavos, no son mi idea de una cultura super avanzada. Ni tampoco lo son las salas de tortura secretas ni habitación tras habitación de botines rescatados, la mayoría cosas decrépitas, amontonadas y almacenadas aleatoriamente. Pero la biblioteca… Era un lugar lleno de estanterías del suelo al techo. Con estantes repletos de documentos de algún material vegetal. Pesados. Tejidas, quizá, en hojas de “papel”. Las páginas estaban unidas entre sí por alguna pesada y fibrosa sustancia. Parecían escritas con lo que Marco bromeó que sería tinta de calamar gigante. ¿Quién sabe? Quizá Marco hubiera acertado. Además de todos estos indescifrables pergaminos nartecas, había miles de libros humanos echados a perder por el agua en toda lengua humana imaginable: diarios de a bordo, atlas, mapas y cartas de navegación. Todo lo que pudiera haberse hundido con un barco o arrojado por la borda a lo largo de los siglos. Naca, nuestro perro guardián privado, nos escoltó hasta la habitación grande y permaneció de pie y atento justo en la entrada. No se fiaban de que no fuéramos a intentar escapar. Pero sí se fiaban lo suficiente como para confiarnos el plan de los nartecas de conquistar la Tierra con la Sea Blade. Y ahora toda la historia escrita de los nartecas. ¿Qué importaba dar información a unos prisioneros que iban a morir antes de poder contar nada? Pero por otra parte… ¿por qué perder tiempo? ¿Por qué no matarnos ya? ¿Por qué hacerse los simpáticos? <Príncipe Jake, suponiendo que la base de la historia de la reina Soco es verdad y los nartecas se originaron en la Superficie, es decir, en el planeta Tierra, y tuvo lugar una aparente aceleración de la adaptación de los nartecas a este entorno subacuático, al menos esa aceleración se confirma aquí en estos antiguos pero impecablemente bien preservados registros anuales de población…> –¿Como cumpleaños, muertes, plagas, desastres naturales…? – preguntó Cassie. <Sí>, confirmó Ax. <Al menos como una cuenta creciente detallada de cada generación narteca y su evolución, o involución, fisiológica y biológica, de un mamífero terrestre a una criatura completamente anfibia.> –¿Involución? – Rachel miró sobre su hombro y le dirigió a Naca una brillante y falsa sonrisa. – ¿Qué quieres decir con eso? –, preguntó tensa, dándose la vuelta. <Es lo que yo deduzco, y debéis recordar que sin la adecuada exploración y mi propia documentación…> –Ax. <Sí, vale.> Ax encogió sus hombros de un modo que dejaba claro que tratar con humanos de intelecto inferior era un sacrificio enorme para un grandioso andalita como él. Especialmente para uno que había sido tratado de mascota. <Creo que los nartecas se están autodestruyendo. Es puramente instintivo. Como creo que los humanos sabréis, una insuficiencia de variedad en la reserva genética con el tiempo puede llevar a un deterioro evolutivo. La población narteca está cayendo. La fertilidad también. La mortalidad infantil por defectos de nacimiento aumenta. La esperanza de vida es menor.> <¿Quieres decir que están al borde de la extinción?>, susurró Cassie. <Sí. Los altos niveles de radioactividad les han permitido experimentar la aceleración de la mutación. Pero ahora las mutaciones destructivas están comenzando a despuntar. Y tienen insuficientes recursos de nuevos materiales genéticos.> –¿Por qué? –, pregunté. Cassie tenía la respuesta. – Menos barcos que se hunden. Deben haber estado reproduciéndose con el limitado número de humanos de la superficie, supervivientes de barcos hundidos. Ax asintió. <Habrá sido la mejor solución a corto plazo, pero una unión peligrosa. Las nuevas fuentes para la reproducción sin duda habrán resultado en un gran número de nartecas nacidos sin sus únicas y propias adaptaciones: branquias y pies con membranas.> –Así que su sueño de conquistar la Tierra es… <Un acto desesperado de una raza que sabe que está condenada.> –Qué horrible –, dijo Cassie. – Todo un pueblo… al borde de la desaparición. –Oh, sí, aquí me tenéis venga a llorar –, soltó Marco. – Esta gente está pensando en momificarnos. Después de matarnos, claro. Y si esos gritos de hork-bajir son una pista, después de [i]torturarnos[/i], también. Al menos por lo que a mí respecta–, añadió Marco –, los nartecas podrían extinguirse ahora mismo. Cassie tosió y lo miró avergonzada. – La verdad es que, Marco, intentarán reproducirse con nosotros primero. O al menos extraer nuestro ADN, si es posible con su tecnología. –Marco conseguirá una novia por fin–, dijo Rachel con una risa. – Por supuesto, ella sí que tendrá [i]agallas[/i]… Hice una mueca. – Mirad, tenemos una inminente amenaza entre manos. Los nartecas han capturado la Sea Blade. No podemos permitirles que la lleven a la superficie. –¿Lo que significa…? –Lo que significa –, seguí, cerrando con cuidado uno de los viejos libros de la mesa –, que tenemos que, o bien que destruir la Sea Blade justo donde esté o robársela a los nartecas. Usarla para salir de aquí. Y luego destruirla. –¿Cómo vamos a destruirla en pleno muelle? –, se alteró Marco. – Está ahí en campo abierto. Justo frente a un palacio lleno de soldados armados. Rachel intervino, – Nos deshacemos del Naca este, lo dejamos inconsciente primero si hace falta, nos transformamos y… –¿Y qué? –, dijo Cassie meneando la cabeza. – ¿Qué va a hacerle un oso a una nave del tamaño de la Sea Blade? Incluso si la hundiéramos, los nartecas probablemente podrían sacarla de nuevo y repararla. Son gente que se las apaña para traer super-vehículos a través de dos océanos. –Cassie tiene razón –, dije. – Nuestra única opción es robar la nave de Visser. Alejarla de los nartecas. Y destruirla luego usando las armas de la propia nave. <Príncipe Jake, me pregunto si debería mencionar una posibilidad que aún no hemos discutido.> Asentí. –¿Por qué sé que es algo que no quiero escuchar? –, dijo Marco. <¿Se os ha ocurrido que Visser Tres, usando alguna de sus muchas transformaciones, pueda estar aún a bordo de la Sea Blade?> Asentí. –Oh, sí, Ax. Se me había ocurrido. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] –Este área alrededor del palacio está habitada por aquellos nartecas de las mejores familias –, dijo Naca solemnemente. – Aquellos de gran salud y prestigio. Naca permanecía firme, cargando lo que creo que era una ametralladora de la Segunda Guerra Mundial y apuntando hacia el “tejado” artificial del mundo narteca. Incongruentemente, tenía una espada envainada a la cintura. Otros dos guardas nartecas se nos habían unido cuando dejamos el palacio. Se colocaron a ambos lados de nuestro pequeño grupo. En silencio. Prestaban especial atención a Ax y tenían a punto su extraña colección de armas rescatadas. Marco se colocó a mi lado y retuvo, lejos del oído de Naca. –Podemos con estos tíos, Jake –, dijo. –Puede ser–, dije. –Se lo han buscado. ¿Es lo que te preocupa? Si lo que no quieres es herir a alguien, ey, estos son de los malos. Podrían batirse mano a mano de forma igualada con los yeerks en la fiesta de la malignidad. Sacudí la cabeza y sonreí a Naca. – Hemos intentado docenas de veces abatir a Visser Tres –, dije. – Siempre hemos fallado. Es duro de roer. Difícil de atrapar. ¿Crees que estos tipos lo han conseguido? Yo no. Creo que está aquí. –Ni siquiera estamos seguros de que estuviera en la Sea Blade. Puede que… –Estaba –, dije. – Él no delega la gloria a sus subordinados. Si encuentran la nave pemalita quiere ser él quien lo haga. Para la jerarquía yeerk, el Concilio, todo quedaría perdonado. Está aquí. Marco se encogió de hombros. – Vale. Está aquí. Dejémosle aquí y vayámonos. Naca se movía a la vez que nosotros, y nos miraba sospechosamente a Marco y a mí. – Si podemos salir de aquí, él también, Marco. La Sea Blade tiene que ser destruida. Echa humo. Visser Tres no va a quedarse con ella, ni la reina Soco tampoco. Estábamos de nuevo en marcha, unos turistas en la tierra de lo extraño. Con un hombre-atún azul como guía. –Los nartecas que se especializan en leyes, medicina y otras profesiones de ese estilo –, continuó Naca –, viven en el área inmediatamente exterior a la parte central de la ciudad. Aquellos empleados en el comercio, así como aquellos que hacen nuestras vestimentas y venden nuestros alimentos, ocupan una vecindad más alejada. Con un movimiento cargado de desdén de su mano, Naca señaló a la lejanía. –Finalmente, aquellos que osan vivir unidos de una manera ilegal viven en lugares sucios, en ciudades a las afueras del mundo narteca, como pequeños pueblos. Son repugnantes y nada importantes. –Es bueno saber que existe discriminación entre los nartecas –, murmuró Cassie. – Me siento tan…en casa. Escuché vagamente la guía del tour de Naca. Pretendía parecer muy interesado en un pequeño edificio decorado con una figura tallada en madera y pintada. La forma parecía el cuerpo de una mujer con los brazos hacia atrás y las piernas desaparecidas en vete a saber dónde. Y ahora que me fijaba, la mujer ni siquiera llevaba mucha ropa que digamos. –¿Algún apartamento en alquiler en este edificio? –, preguntó Marco. Lentamente, sin pausa, fuimos apartándonos del muelle, alejándonos del centro de la ciudad. Cada movimiento parecía natural. Demasiado natural. Demasiado casual. Cada movimiento demasiado suave. Muy ensayado. Tuve la repentina impresión de que Naca había hecho esto antes. Muchas veces. Me pregunté qué edad tenía. ¿Cómo podría saberlo solo mirando a una de estas criaturas? ¿Sería suficientemente viejo como para haber vivido durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Habría guiado a los pilotos japoneses por este mismo camino? Si al menos tuviéramos a Tobias. Echaba de menos mis ojos en el cielo. Mi fuerza aérea. Nos estábamos aproximando a un edificio construido fuera de la porción central de un barco pintado de blanco. La proa y la popa no estaban. La infraestructura, en cambio, estaba intacta. Una especie de edificio de oficinas barroco se encaramaba a lo alto de la cumbre de acero. Había un leve contorno en rojo. El contorno de una cruz. –Este era un barco médico –, dijo Cassie. –Sí –, confirmó Naca, y asintió complacido. – Me gustaría enseñaros nuestras infraestructuras médicas. Estábamos en un puente sobre un canal. La rampa era estrecha, hecha del gris acero del pasadizo de algún barco. No se habían dado ninguna señal, pero estaba seguro de que los guardias se estaban acercando más. Estaba seguro de que los dedos se cerraban más próximos a los gatillos. De que las manos apretaban con más fuerza los puños de las lanzas. –No es necesario –, dije suavemente. – Estoy seguro que es un gran hospital. –Pero es un gran tesoro científico de nuestro pueblo –, insistió Naca. – La reina Soco se ofendería enormemente si… –No me gustan los hospitales –, dije. No eran ilusiones: los guardias se estaban acercando más. Pero solo podrían meterse dos a la vez por el estrecho puente. Ax había retrocedido para cubrir la retaguardia. Los derrotaría antes de que ambos guardias pensasen siquiera en apretar el gatillo. Sacudí la cabeza, mostrándome bastante seguro. –No lo creo, Naca. Lo que ocurrió después sucedió tan deprisa que solo tuve tiempo para un pensamiento, una última puñalada de arrepentimiento. Eran anfibios, Jake. Anfibios. Con un rápido movimiento, los nartecas escondidos salieron disparados del agua a ambos lados del puente. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] Me desperté abriendo los ojos de golpe. Intenté moverme, pero no podía. Estaba boca abajo, en una mesa. Atado. Eché un vistazo a izquierda y derecha. Cassie estaba en otra mesa a mi lado. Se trataba de mesas de operaciones de acero inoxidable. Tras ella vislumbré a Rachel, también atada. ¿Marco? No podía verle, pero podría estar al lado de Rachel. ¿Ax? Giré la cabeza tanto como pude. –No te retuerces ni intentes resistirte, no servirá de nada –, dijo Naca. – Pronto te inyectaremos un líquido concentrado hecho de maleza de ablata. Te dejará tranquilo y sumiso. Su cara de ojos saltones se cernía sobre mí, así como otros dos rostros nartecas. –¿Y luego qué? –, pregunté. –Y luego haremos una incisión desde la parte superior de tu cráneo hasta las nalgas, y a continuación hasta la parte inferior de cada pierna. Te quitaremos las costillas, luego los órganos internos, y finalmente el resto de tus tejidos. –¿Por qué hacéis esto? –, exigí, un poco frenético. –Tus órganos y tejidos serán procesados con el fin de extraer la molécula helicoidal que controla la herencia genética, para luego utilizarla en la mejora de nuestro desarrollo… –¡Hay maneras más fáciles de obtener nuevo ADN, idiotas! –, chilló Marco. Naca no se inmutó. – Luego, tu piel y huesos serán preservados para que podamos usarlos en nuestras instalaciones educativas. –Muy bien –, dijo Rachel. – ¿Jake? ¿Podemos ahora patearles el culo a estos tíos? La respuesta era sí. Pero no podía decirlo. No podía, porque algo le había ocurrido a mi boca. Mis labios eran de goma. Tenía la cara congelada. Las manos me temblaban. ¡La inyección! No podía moverme. No podía… pero realmente no importaba. ¿Por qué me estaba poniendo tan tenso? No era necesario que todos contribuyésemos. –Jake… yo…–, dijo Rachel. Entonces, lentamente, desde muy lejos… – Da igual. Sabía lo que estaba ocurriendo. Sabía que nos estaban drogando. Sabía que significaba que íbamos a morir. Sabía que mis amigos y yo seríamos eviscerados, rellenados por dentro… No podía controlar la rabia. No lograba… concentrarme. Ya todo estaba perdido. Daba igual. Las caras flotaban a mi alrededor, sobre mí. Ojos grandes. Piel azul. Cuchillos en la mano. Frío acero en mi nuca… Y entonces, una nueva cara. Otro narteca. Llevaba una maza, un antiguo palo medieval. Como Sir Pescandlot. Ja, ja, ja, ja… ¿qué? Me miró. Luego estampó el extremo de la maza en las costillas de Naca. Naca cayó, hundiéndose con una lentitud mágica delante de mí. Un balanceo lento y casi onírico hacia arriba alcanzó al siguiente narteca en la barbilla. El tercero se giró y corrió. Oí la puerta cerrarse. Escuché un sonido como de neumáticos. El narteca que llevaba la maza volvió en seguida, pero definitivamente, no era el mismo. Su piel de goma azul estaba ahora cubierta de un dibujo de plumas que crecía. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Mi cabeza tardó varios minutos en despejarse. Para entonces Tobias ya había vuelto a su forma de halcón de cola roja. Se oía un gran estruendo de golpes al otro lado de la puerta de la sala de operaciones. –¿Tobias? Encantado de verte, tío. Rachel le dio un abrazo, o lo más parecido a un abrazo que puedas darle a un pájaro. Luego le chilló. – Demasiado cerca ha estado eso, ¿no? <Ey, intenta abrirte camino por esta casa de locos. Los cuerpos de los nartecas son débiles, lentos y se cansan fácilmente fuera del agua. Son mucho más fuertes en un medio acuático. Pero probablemente ni un diez por ciento de la población sea lo suficientemente fuerte como para realizar una buena incursión. Este Naca es uno de los pocos afortunados, igual que los guardias que habéis visto. El que he adquirido yo no es tan fuerte.> Hice un gesto con la cabeza hacia la puerta cerrada y sellada de acero. – ¿Los malos están ahí fuera? <Sí. Y muchos. Uno a uno no son tan duros, pero cincuenta de esos tipos armados, es otra cosa.> –¿Qué pasa con Ax? <Ah. Está ahí dentro.> Señaló hacia una segunda puerta, más pequeña. Rachel giró la manivela de cierre hasta abrirla. Salió un aire frío. Era una cámara frigorífica. Una hermética. Ax salió de la cámara con peor aspecto del que lo había visto nunca. <Supongo que mi ADN no es lo suficientemente bueno como para ayudar a esta patética especie>, dijo ofendido. –No te preocupes –, dijo Cassie. – No habrías disfrutado del proceso de extracción. <No me dan miedo las agujas.> –Usan todo el cuerpo. Pican todo el cuerpo y lo procesan, y rellenan las partes sobrante –, le explicó Cassie. <Ah. Bueno, solo son humanos mutados. No se puede esperar demasiado de ellos.> –La he fastidiado –, dije. – Olvidé que eran anfibios. Por eso nos sorprendieron en el puente. Pero no saben que podemos volar. – Me puse frente a una escotilla redonda abierta. – Entrarán dentro de poco. Tendremos que estar en cualquier otro sitio. Nos transformamos. Los nartecas rompieron la puerta justo cuando el último de nosotros pasaba a través de la escotilla y salía al exterior. <¿Hacia dónde?>, dijo Rachel. <La Sea Blade. Con o sin Visser, vaos a por ella. Tomaremos esa nave y saldremos de aquí. ¿Tobias? ¿Puedes guiarnos hasta allí?> <Oh, sí. He llegado a conocer esta ciudad muy bien en las últimas horas.> <Me alegro de que estés bien, Tobias>, dijo Rachel. <Odio que no te cojan prisionero junto a nosotros.> <Sí, bueno, yo también estaba preocupado por ti.> Tobias nos condujo por el aire hasta el muelle. Aterrizamos en un callejón no muy diferente a los que utilizamos con el mismo propósito en casa. La basura es basura, supongo, en cualquier parte de la galaxia. Había el equivalente a dos manzanas de distancia hasta la Sea Blade. <De acuerdo, volved a vuestras formas. Preparaos para una batalla. Cargaremos a lo bestia, y rápido.> <¿Quieres decir al estilo Rachel?>, se burló Marco. <Sí. Hagámoslo al estilo Rachel.> Corrimos sobre pies, patas, almohadillas y cascos hacia el muelle de madera. atravesamos las estrechas calles nartecas. Sorteamos por el camino arena, lodo y conchas. Dejamos atrás civiles nartecas. Madres quetiraban de sus hijos hacia atrás, apartándolos de nuestro camino. Vendedores que gritaban cuando volcábamos sus carros o puestos de mercancías en nuestra marcha. Un tigre, un oso, un lobo, un gorila, un halcón y un andalita nos las habíamos apañado para acabar en medio de esto, en el más extraño de los lugares. <¡Ahí está!> avistó Cassie. Oí voces que se elevaban. La oscuridad se hacía más intensa con la multitud acrecentándose. <Príncipe Jake. Creo que los rumores de nuestra huída han llegado a oídos de la reina Soco.> <Sí. ¡Tobias! ¿Ves alguna manera de entrar en la nave?> <Una muy grande. Un entrada principal justo detrás de la parte trasera.> <Muéstranos el camino.> Tobias descendió lentamente hasta la puerta abierta, de manera que pudiéramos ver dónde estaba. Fue el primero en entrar, pero Rachel se encontraba a solo unos centímetros detrás de él. Varios nartecas trataron de impedirle el paso. Les pasó por encima como si fuese un autobús descarrilado. Nada aguanta en su sitio cuando un oso pardo decide cargar. Nada hecho de carne y sangre, al menos. El resto entramos tras su estela. Golpeó el filo de la pesada puerta de metal con una de sus enormes zarpas y… ¡WHAAAAAM! La puerta se abrió de golpe y con ayuda de Marco colocaron las trancas de seguridad de los cierres. <Príncipe Jake.> La voz de Ax sonaba apagada. <Necesito un poco de ayuda para apartar a la tripulación de Visser de sus puestos.> Nos apresuramos a través de un pasillo que conducía a una pequeña sala de control. Y nos detuvimos en seco en el umbral del puente de mando. <Oh, Dios…> murmuró Cassie. Hork-bajir momificados. Sentados en las sillas de los pilotos y otros cargos de la tripulación. De pie ante una pantalla de video. Leyendo un radar. Tragué con fuerza para impedir que la bilis me saliese por la garganta. <Olvidaos de ellos>, solté. <Trabajad a su alrededor. O empujadlos, no tenemos tiempo.> Aunque los hork-bajir momificados pesaban considerablemente menos que cuando estaban vivos, con huesos, sangre y músculo, no era fácil apartar sus rígidos cuerpos llenos de cuchillas de las posiciones en sus puestos. Y tampoco resultaba fácil tocarlos, sabiendo que habían estado respirando tan solo unas horas antes. Recordando los gritos de los hork-bajir que había estado escuchando desde el palacio de la reina Soco. Recordando a Hahn. <¿Ax? ¿Puedes tripular esta cosa?> Ax se situó ante el panel de control principal del puente, de espaldas a nosotros. <La nave ha sido adecuadamente reparada. Al menos por lo que puedo apreciar. Sin embargo, hay un protocolo de seguridad que podría intentar evadir.> <¿Tobias? Ahí hay una escotilla. ¿Qué pasa ahí fuera?> Se alzó en el aire y echó un vistazo fuera. <¡Nada bueno, Jake! Hay una multitud abriéndose paso. Y no están muy contentos. Quizá sean unos cien nartecas. Armados.> Corrí para mirar por la escotilla. Era tal y como había informado Tobias. Una muchedumbre de nartecas armados con lanzas, rifles, lanzallamas, ametralladoras, espadas, mazas, granadas y arcos. Una muchedumbre que iba a por nosotros. <¿Ax?> <Todavía nada>, me respondió Ax, con voz agitada. <El protocolo de seguridad es más complejo de lo que esperaba… de lo que podía suponer. No podré acceder a las armas de la nave hasta que…> ¡BA-BOOM! ¡Sheeeeeeewowww! ¡WHAAAAM! La Sea Blade se agitó violentamente en el amarradero. <¡Nos atacan!>, gritó Rachel. Vi humo saliendo del cañón de un arma naval de más de un metro de largo apostada en una de las almenas del palacio de Soco. Traían más y más armas pesadas, y apuntaban sus cañones hacia nosotros. A esa distancia no podían fallar. La Sea Blade había sido dañada por una manada de ballenas asesinas. Esos proyectiles, algunos tan pesados como coches pequeños, la harían volar por los aires. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] <Ax, será mejor que te des prisa,> dije. <Y mucha,> añadió Tobias. ¡Ba-boom! El arma de más de un metro de largo volvió a dispararse. ¡Sheeeeeewwww! El proyectil aullaba en su camino hacia nosotros. ¡WHAAAAMM! Mis patas de tigre me ayudaron a mantener el equilibrio tras el impacto. Pero Ax se desestabilizó, tambaleándose hacia atrás. <¡Han volado la puerta exterior!> <¡Aquí vienen!>, informó Tobias desde su posición junto a la escotilla. Escuché unos pasos rápidos y veloces en la cubierta exterior. <¿Cómo vamos a sumergirnos con una puerta que ha volado?>, preguntó Rachel. <¿Ax? Sigue con ello. Tobias, retaguardia. El resto, ¡conmigo!> Corrí hacia la puerta exterior. Era el lugar donde detenerlos. Llegué al portal y esperé, listo para el ataque. Estarían ahí en seguida. Un enjambre de cuerpos nartecas. Pero un enjambre no puede moverse a través de un portal diseñado para que los hork-bajir pasen en fila india. Arrojaron una lanza a penas por encima de mi cabeza y me seccionó parte de la oreja izquierda. Fue seguida del narteca que la había lanzado, llevando consigo al menos otras tres toscas armas. Retrocedí y esperé hasta tenerlo encuadrado en el portón. Salté sobre él. Le alcancé con las zarpas, pero con las garras contraídas. El impacto le hizo caer de espaldas hacia uno de sus hermanos nartecas. Otro guerrero narteca saltó ágilmente sobre su compañero caído y lo derribé sin apenas tocarlo. Uno tras otro los guerreros nartecas armados venían a por mí. Viejos y jóvenes. Cada uno blandiendo un arma y con otras de repuesto amarradas al costado o la espalda. Algunos llevaban cuchillos en los dientes. Eran arsenales andantes. ¡Estábamos atrapados! ¡No podíamos hacer otra cosa que defendernos! Y ahora, alguien había decidido dar paso a armas más modernas. ¡Blamblamblamblamblam! ¡Twanggg! Las balas de las ametralladoras se clavaron en el acero. Una pasó junto a mi pata trasera derecha. Otra me atravesó el muslo. El dolor me apuñaló. Me habían alcanzado en la pata trasera derecha. Retrocedí, dejando paso a Rachel. Se movió con la falsa gracia de un gran oso pardo e hizo más que llenar la abertura. ¡Blamblamblamblam! ¡Hhhooooroarrrr! Un incauto narteca saltó sobre Rachel, armado sólo con una espada. Ella lo atrapó en su abrazo de oso. Literalmente. Un enorme brazo rodeó su inútil cuerpo de mutante que trataba de resistirse. Lo sostuvo con toda facilidad. Su peso era irrelevante ante el poder de Rachel. Y lo utilizó como escudo. El fuego se detuvo al instante. Los nartecas vieron que no podían disparar sin matar a uno de los suyos. Pero se sentían lo suficientemente seguros como para usar lanzas, espadas y otras armas de mano. Rachel sólo tenía una mano libre. Era suficiente para la primera docena de atacantes, más o menos. Pero luego… ¡ROOOOOOAAAARRR! ¡Un arpón había atravesado directamente el hombro derecho de Rachel! Lanzando un sonoro gruñido, perdió su posición. Con una zarpa del tamaño de un jamón golpeó con fuerza la cabeza de un narteca que estaba poniéndose en pie y lo hizo caer de nuevo. Pero Rachel retrocedía, apuñalada por el dolor ahora que la herida hacía su efecto. Los nartecas alcanzaron la abertura. Marco pegaba puñetazos y golpeaba. Cassie rasgaba y arañaba. Tobias se unió a la batalla. Los sobredimensionados ojos de los nartecas era un fácil objetivo para las garras de Tobias. Luchábamos dura y rápidamente. ¡Pero los nartecas aún inundaban la habitación! No eran grandes guerreros. Eran débiles físicamente. Algunos huyeron presas del pánico. Pero tenían armas. Y coraje. Continuaron viniendo, alcanzando la puerta, abriéndose paso a través de ella, abarrotando el pasillo… ¡CLAAAANG! ¡CLAAAANG! Los arpones golpeaban sin causar daños el casco exterior de la Sea Blade. Lancé una mirada a través de la escotilla para ver cómo más nartecas escalaban a ambos lados de la nave, ayudándose de sus manos y pies con membranas. ¡THWAP! ¡THWAP! ¡THWAP! Oí los pasos palmeantes de los nartecas en la cubierta de encima nuestra. <¡Ax!> <Estoy avanzando. Pero aún no lo suficiente como para intentar despegar.> ¡No podíamos perder esta batalla! No podíamos dejar que los nartecas usaran la Sea Blado. No podíamos permitir que la nave sobreviviese. ¡Y teníamos que volver a la superficie! Mordía y arañaba, saltaba y rasgaba. Pero aún así retrocedíamos. Hacia el puente de mando. Hacia donde Ax trabajaba fervientemente. En cuestión de segundos tendría que ponerse a luchar de nuestro lado. Y entonces… Estábamos desesperados. ¡Eran demasiados! Nos agotaba su creciente número. La sangre corría por mis muslos allí donde me habían clavado las lanzas. De la fea herida que el arpón en el hombro de Rachel manaba sangre a borbotones. Cassie jadeaba, temblando, y su pata delantera derecha había desaparecido en parte. Marco tenía una espada clavada en el negro pecho de cuero de su forma de gorila. La visión resultaba impactante. Incluso Tobias estaba agotado de tanto aletear para ganar altitud una y otra vez en el relativamente pequeño espacio de la habitación. Se lanzaba, con las garras extendidas, desgarrando una cara narteca tras otra. De algo tenía que servir. De algo… ¡BOOOUUUUUUSSSSHH! [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] ¡BOOOOUUUSH! ¡Un enorme impacto de luz y calor atravesaba el pasillo! Diez, doce nartecas a la entrada de la navecayeron al suelo, con la piel ardiendo. Se arrastraban en un intento desesperado por huir. <¡Qué demonios ha sido eso!>, gritó Marco. Se sostenía precariamente el brazo derecho. El áspero pelo negro desde su voluminoso puño hasta el hombro estaba chamuscado. <¡Visser!>, siseó Ax. Los ojos de sus antenas se giraron hacia nosotros, con sus ojos principales aún clavados en el panel de control. <¿Cómo lo sabes?> pregunté. <Es el Luminar. Una bestia de la luna del planeta Slegabb Cinco. ¿Qué otra cosa podría ser, si no Visser transformado?> El luminar entró en la sala de control. ¡Un resplandor brillante! ¡Un rayo de calor! Un ardor increíblemente intenso emanaba de cada parte de la piel del luminar. ¡Dos metros de antorcha llameante! Le crecían dos brazos cortos y dos rechonchas patas de un bulboso cuerpo. Tenía dedos como salchichas. Y una amplia sonrisa, chisporroteando de electricidad. Un narteca que estaba sangrando luchó por ponerse de pie e intentó escurrirse hacia el pasillo para dejar atrás a la criatura. El luminar extendió un dedo muy gordo hacia el narteca. ¡SSSSZZZ! ¡Lo frió! Un mero cuerpo chamuscado que cayó al suelo en copos de carbón. Sentí arcadas. ¡El olor era extremadamente desagradable! <Vale, no necesitábamos que viniera ahora esa cosa,> dijo Marco. El luminar señaló de nuevo. A cada narteca vivo de la sala de control. Heridos o ilesos. Y antes de que pudieran gritar o llorar o correr… ¡SSSZZZ! ¡SSSZZZ! ¡SSSZZZ! ¡Montones de cúmulos de carne narteca hechos carbón! Antes siquiera de que ninguno de nosotros pudiera… ¿pudiera qué? ¿Salvar a los nartecas, nuestros enemigos? Era absurdo. Y aún así, aunque no habíamos pedido esta batalla, aunque los nartecas estaban preparados para morir, aunque teníamos de nuestro lado toda la razón moral de la defensa propia, habíamos tratado de huir sin causar daños colaterales. Visser simplemente mataba a todo lo que se encontraba. Los nartecas corrían presas del pánico. Y en un momento no quedó nadie en la habitación salvo nosotros y Visser. Con una sonrisa que me provocaba hormigueos en la columna, parecidos a la electricidad estática, Visser Tres cerró la puerta de golpe. <Espero no haber roto tu concentración, andalita.> <En absoluto,> replicó fríamente Ax. <Bien. Entonces deberías encender los motores lo antes posible. Oh, claro,> se burló Visser. Pequeñas lenguas de fuego manaban de su boca. <No puedes… salvo que yo te ayude.> Me tragué mis miedos y le hablé a él directamente. <¿Qué te hace pensar que vas a ir a ningún sitio con nosotros, yeerk?> <Porque me necesitáis, idiota. Vuestras patéticas formas no conseguirán contener a los nartecas. Aunque son guerreros torpes, hay demasiados.> Visser se rió entre dientes. <Y tienen muchas, muchas armas. Ahora que han fracasado en su empeño de apoderarse de esta nave, la destruirán. Habréis visto el gran cañón en lo alto del palacio. Son armas humanas primitivas, pero muy eficaces a esta distancia.> <¡Y por qué íbamos a confiar en [i]ti[/i]! ¿Por qué íbamos a creer que no nos vas a matar a nosotros también en cuanto la nave se ponga en marcha?> El Visser transformado dio un paso más hacia el centro de la habitación. Involuntariamente yo retrocedí debido al intenso calor que emanaba de su cuerpo. Todos lo hicimos. <Deberíais confiar en mí porque tenéis que hacerlo. Y porque os necesito para controlar esta nave.> Hizo un gesto hacia el montón de hork-bajir y se encogió de hombros. <Mi tripulación… ¿cómo iba a pilotar la nave con estos incapacitados?> <Jake, no te fíes de él,> me avisó Marco por telepatía privada. <¿Y qué si decimos “no”?> dije. <¿Y si te obligamos a abandonar la nave ahora mismo?> El Visser volvió a reír entre dientes. <En ese caso, todos moriremos. De una desgraciada forma u otra. Acabaréis calcinados. Incinerados más allá de un posible reconocimiento posterior. Yo seré torturado y momificado o asesinado sin gloria por una antigua arma de la Tierra.> <Príncipe Jake.> La voz de Ax era tensa. <Sigo siendo incapaz de romper los protocolos de seguridad.> Eché una mirada a mi equipo. Rachel gruñó de manera amenazante, pero había retrocedido para apoyarse contra la pared. Marco estaba en el suelo. La espada que le sobresalía aún estaba clavada de forma preocupante en su pecho. El dolor debía de ir más allá de lo imaginable. Cassie se aguantaba sobre el muñón de su pata delantera derecha, con el cuerpo temblando. Tobias tenía mal el ala izquierda. ¡Era una locura! ¡Era imposible salir adelante! Posiblemente. O quizás no. <Chicos>, dije por telepatía privada. <Voy a pedirle a Visser que desactive los protocolos de seguridad.> <Sí, Príncipe Jake.> <Jake, ¿estás loco?> siseó Rachel. <A veces sí,> le respondí. <Esperemos que esta no sea una de esas veces. La sincronización lo es todo. Estad preparados. Estad muy atentos. El momento llegará.> Me giré para encarar a Visser Tres. <Aceptamos tu… oferta.> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] <¿Qué es lo que has dicho, andalita? No he debido oírte adecuadamente.> <Me has oído>, dije. Luchando por mantener el control <Aceptamos.> La boca del luminar de Visser se torció en una brillante y horrible sonrisa. De sus fosas nasales emanaban pequeñas columnas de humo. <Sabía que aceptaríais. Uno siempre puede esperar dos cosas de los andalitas: que adoptarán una postura moral digna de un santo, y que cuando sirve a su propósito, rápidamente abandonan esa postura.> Ax abandonó dignamente su posición en la estación de mando. Visser tomó su lugar y la Sea Blade se estremeció y empezó a zumbar con el revivir de los motores. <¡Se acercan más!>, nos informó Tobias desde su posición en una de las escotillas. <Y un grupo de nartecas se aleja corriendo río abajo.> <Continúa vigilando, Tobias>, ordené. <Deberías pilotar la nave, andalita>, dijo ahora Visser, permitiendo a Ax retomar el sitio del piloto. <Y uno de vosotros debería controlar la estación de ataque.> <Rachel>, dije. <Emm, ¿Jake? No sé cómo hacer funcionar una de esas…> <Ax te indicará por telepatía privada>, dije. <Sólo juega tu papel.> Ax sacó la nave del muelle. Viró y empezó a acelerar por el río. <¿Marco? ¿Puedes cerrar la entrada exterior y asegurarte de que siga así?> <Puede. Pero no creo que aguante cuando lleguemos al océano, tío. La presión del agua…> <No creo que Visser sepa que la entrada está rota>, dije. <No ha venido desde el exterior. Estuvo a bordo todo el tiempo. Si pudieras hacerlo…> <¿Por qué lo dices? ¿Por esta espadita de nada que me atraviesa la panza? Puedo hacerlo.> Marco se alejó con pasos pesados. <¿Dónde va?>, exigió saber Visser. <A quitarse la espada del estómago,> le respondí con calma. <Prefiere no emitir ningún grito de dolor en presencia de un visser yeerk.> <¿Cómo vamos a pasar a través de la cueva museo?>, me preguntó Cassie. <Ax, haz descender la nave, lo justo para sumergirnos.> <La compuerta.> <Ax. Solo hazlo, por favor. Y entonces, cuando nos vayamos acercando a la barrera, indícale a Rachel cómo hacerla explotar.> Toda esta conversación tuvo lugar por habla telepática privada. En abierto, dije <¡Dispara cuando estés listo!> <¡Yo doy las órdenes en esta nave!>, rugió Visser. <No a los míos,> le devolví. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEWW! Los rayos dragón de alta potencia rasgaron el muro de roca que rodeaba el estrecho túnel. <Cassie, Tobias. Echadle un ojo a Visser. Y vigilad las pantallas exteriores.> <Sí, claro.> Nos movíamos por el río, justo bajo la superficie. Las cámaras exteriores nos mostraban la macabra colección narteca de vehículos acuáticos y sus gentes. Un cementerio de culturas terrícolas. Una lección de historia que preferiría haberme perdido. Una lección de historia que nunca olvidaría. Y ahora estábamos solos en una nave yeerk con Visser Tres. <¡Jake!> Era Cassie. <¡Vienen a por nosotros!> <Submarinos alemanes,> añadió Tobias. <¡Andalita! ¡Fuego!> rugió Visser. Ax dijo rápidamente, <Rachel, puedes fijar el objetivo que nos persigue sin dañar el barco en sí>, le instruyó. Rachel apuñalaba los controles con sus garras de Trent Reznor. [i]NdT: Referencia a un músico estadounidense que saltó a la fama por su grupo de música Nine Inch Nails, “uñas de nueve pulgadas”.[/i] <Espera mis órdenes>, dijo Ax con calma. Viró la Sea Blade en un repentino giro a estribor. El submarino quedó en un ángulo que dejaba al descubierto toda su popa. ¡TSEEEEW! Disparamos. El submarino se detuvo, sin vida, en el agua. Visser se burló. <Piedad para con los débiles. Un admirable rasgo andalita. Fue la piedad andalita la que nos permitió emerger y empezar a conquistar la galaxia.> <Muro justo delante,>, informó Cassie. ¡TSEEEEEW! Nos abrimos paso a explosiones a través del segundo muro de roca. Pasamos zumbando a través del estrecho lecho negro del río, con los laterales de la enorme nave rozando y rasgando las paredes de lodo del túnel. <Una más>, dije en privado. <Y entonces, estad todos listos.> Luego, en abierto, <Preparados para disparar. ¡Fuego!> ¡TSEEEEEW! <Ábrela>, ordené. El rayo voló a través del agua, abriéndose camino a través de roca pura y convirtiendo el agua en explosiones de vapor. <Príncipe Jake. Hay numerosos objetos mecánicos cilíndricos propulsados que se dirigen hacia nosotros desde la retaguardia. Parecen impulsados por motores eléctricos primitivos con pequeños propulsores que giran.> <¡Torpedos!>, gritó Visser observando la pantalla. <Tres minutos para el impacto. Podemos esquivarlos fácilmente. ¡Máxima potencia, andalita! Estaremos en mar abierto en cuestión de segundos.> <¡NO!> Habla privada. <¡Jake! ¿Estás bien, tío?>, dijo Tobias. <Estoy bien, compañero. Ax. Apaga los motores. ¿Marco? Abre la compuerta.> <Oh, venga…> gimió Rachel. Los motores se callaron de repente. Visser se volvió violentamente desde el panel de control. <¿¡Me traicionáis?!>, rugió. <¡Os incineraré!> Justo entonces la ola de agua de mar irrumpió a través de la puerta y e inundó todo el puente de mando. Los pies ardientes de Visser de repente eran solo carne. <Interesante forma, Visser>, dije. <¿Funciona bajo el agua?> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] El agua irrumpió en la habitación, una oleada fuera de control de corrientes verdes marinas. <¡Rachel! ¡Coge a Tobias!> Tobias era el que corría un mayor peligro. Los pájaros no se llevan bien con el agua. Rachel lo rodeó en su poderoso abrazo, y el agua nos barrió. Fui arrastrado hasta uno de los laterales de la sala por la fuerza del agua. Golpeado, pero por algo suave. Vi a Cassie ya en pie y nadando por el agua hacia la compuerta exterior. Vi Visser, que volvía a su forma tan rápido como podía. Vi a Ax, que parecía estar andando por el agua, con sus cuatro cascos galopando casi cómicamente. Rachel se impulsaba con todas sus fuerzas. El agua me picaba en los ojos. Me entraba por la nariz. Me debilitaba, me privaba de mi sentido del olfato. El tigre no conocía el pánico, solo era un gato que sabía nada, pero yo sí que estaba asustado. La fuente de agua se volvió más lenta y débil una vez el puente de mando estuvo lleno de agua. Podía nadar. ¿Pero podría respirar? ¿Cuánto tiempo teníamos hasta que los torpedos nos alcanzasen? ¿Y cuánto daño harían…? ¡B-B-BOOOOMMMM! ¡B-B-BOOOOOMMM! Uno, dos torpedos. ¡Nos habían alcanzado! La Sea Blade se tambaleó. Los oídos me pitaban por la conmoción. Perdí el sentido de la dirección. Flotaba, perdido, confundido, al lado de un Visser Tres a medio transformar. Arrastrado contr ami voluntad. La Sea Blade empezó a darse la vuelta, muerta. ¡Se hundía! Sí, caíamos hacia abajo. De eso estaba seguro. Los sentidos del tigre no estaban hechos para esto, pero aún así sabía distinguir lo de arriba de lo de abajo. La Sea Blade se hundía. ¡SHSHSHSHWUUUUP! De repente estaba fuera. Fuera de la nave. Se alejó de mí, partidas en dos mitades. Y luego la mitad de popa se dividió otra vez en dos. Nadé como un loco hacia arriba. ¡Hacia el aire! Mi cabeza naranja, negra y blanca irrumpió a través de la barrera entre el agua y el aire. Aún nos encontrábamos en territorio narteca. Aún estábamos dentro del río que corría a través del espantoso museo narteca. Aún podía ver la redondeada vaina de la aeronave japonesa. Esos hombres habían sido los enemigos de mi país. Ahora estábamos del mismo bando. Mi mente divagaba ante tan horrible imagen: los hombres, los guerreros, convertidos en meros objetos de esa exposición. Me sumergí y empecé a volver a mi forma. Como tiburón martillo nadé por entre las rocas caídas, a través de la brecha que habíamos abierto en la pared defensiva de los nartecas. Encontré a los otros convertidos en formas similares, ya en el océano abierto. Una reunión de tiburones. Y una orca, Cassie. <¿Estamos todos aquí?>, pregunté. <Sí, estábamos esperándote,> dijo Marco. <¿Y Visser?>, pregunté. <Acabo de ecolocalizar,> dijo Cassie. <He visto lo que parecía algo como un calamar gigante que se alejaba de la entrada de la caverna.> <¿Hacia dónde se dirigía?> <Hacia tierra,> dijo Cassie. <Hacia tierra.> Visser Tres había sobrevivido. Pero también nosotros. A duras penas. Ya veía venir las noches en vela reviviendo esta pesadilla. Pero ya llevaba al mando un tiempo. Hasta ahora había pensado que siempre haría lo correcto. [i]Es una guerra[/i], me recordé a mí mismo. [i]Hiciste lo que pudiste, Jake. Has intentado hacer lo correcto. Has intentado no hacerlo peor de lo que deberísa. Y los has devuelto a todos a casa sanos y salvos.[/i] Nos dirigimos de vuelta a la costa, poniendo toda la distancia posible entre nosotros y ese mundo submarino de pesadilla. Regresábamos a nuestra propia civilización, más apacible. <Malditas criaturas,> soltó Rachel. <Alguien tendría que sacar la basura… con ellas dentro.> <¿Hablas de los nartecas?> preguntó Cassie. <¿Quién si no? ¿Qué le han hecho a toda esa gente? ¿A todos esos marineros? ¿A esos pilotos que hemos dejado atrás? Son unas bestias chifladas e inmundas. Tan malas como los yeerks.> <Creo que pasas por alto una cosa>, dijo Ax. <¿El que?> <Todos esos marineros, todos esos humanos que los nartecas han… ¿deshonrado? Muchos de ellos se hundieron en tormentas o huracanes, o por fallos de la primitiva tecnología humana. Muchos. Pero no todos.> <¿Y?> Sabía dónde quería llegar Ax. Dije, <¿Y el resto? ¿Incluyendo esos pilotos japoneses? Fueron hundidos. Por humanos, en guerras humanas. No por los nartecas. ¿Y las armas que han usado contra nosotros? Son armas humanas. ¿Debemos odiarlos por lo que han hecho? Quizá debamos dejar de ayudarles a hacerlo.> Rachel guardó silencio un momento, y luego añadió: <Vale, lo he entendido. ¿Pero sabes qué? Si ganamos esta guerra algún día, si nos deshacemos de los yeerks, y todo sale a la luz y eso, vamos a tener que volver, enseñarle a la gente lo que hay ahí abajo, y hacer algo al respecto.> <¿Empezar una nueva guerra?>, preguntó Cassie. <No. No para luchar>, dijo Rachel suavemente. <Para sepultarlos.> <Amén a eso.> Dije, <Vayámonos de aquí.> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s