#39 EL oculto

Sinopsis:

Los yeerks han descubierto y reparado una nave helmacron. Ahora conocen sus posibilidades de rastrear la energía mórfica, y planean usarlas para encontrar a los “bandidos andalitas” y la caja azul de Elfangor, la que dio a los chicos el poder para transformarse.

Cassie, el resto de Animorphs, y Ax nunca se las habían visto tan mal: no pueden esconder la caja en ningún lugar ni transformarse sin ser descubiertos, y se ven obligados a estar moviéndose constantemente. Parece ser una batalla que Visser no puede perder…

Datos del libro:

El libro tiene 121 páginas divididas en 22 capítulos.

Narrador

Cassie siempre ha sido una persona con fuertes convicciones morales. Esto la ha ayudado en numerosas ocasiones a la hora de tomar decisiones difíciles. ¿Pero qué puede hacer Cassie cuando por causas accidentales se ve obligada a decidir en una situación que ella jamás se había imaginado capaz de afrontar?

Puede que los helmacrones se fueran de la tierra hace mucho, pero se dejaron algo olvidado –el mecanismo que usaron para rastrear el cubo azul. Los yeerks se han hecho con el aparato y ahora los animorphs se tienen que poner en marcha para evitar que Visser Tres les ponga las manos encima por su poder mórfico. Pero mientras huyen ocurre algo raro –Cassie se encuentra con un búfalo que de algún modo a adquirido la habilidad de transformarse y una forma humana. Es peligroso y está mal. ¿Qué harán Cassie y los demás? No pueden dejar que los yeerks capturen al búfalo cuando esté en forma humana –podían infestarle y presenciar su recuerdo de ver a Cassie transformarse en humano. Pero tampoco pueden matar a una criatura inocente, ¿no es cierto?

Nuevas palabras

Operación Yunque: nombre en clave del plan de los Animorphs para destruir el dispositivo helmacron de una vez por todas.

Nuevos personajes

Hombre-búfalo: un búfalo que adquiere el poder de la transformación por accidente y se transforma en Chapman sin querer. Cuando se convierte en él, confuso, decide seguir a los chicos sin que le vean, lo que causará bastantes problemas a Cassie que no sabe si será capaz de matar a un animal inocente.

Transformaciones

Cassie se transforma en búfalo (42). El hombre-búfalo adquiere a Chapman (1) y a Visser Tres (2). Y para terminar, deciros que una insignificante hormiga se transformará en Cassie (1).

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Cassie. Y no lo creeríais a primera vista, pero lucho contra una terrible especie de parásitos extraterrestres que quieren invadir la Tierra, los yeerks. Bueno, la mayor parte del tiempo. En ese momento, estaba de rodillas en la granja y esperaba que un ratón herido saliera de su escondite para poderlo curar. Quería cogerlo para intentar arreglarle la patita torcida. Ésa soy yo. Soy así. No soporto ver sufrir a un animal, y hago todo lo que puedo por ayudarle. Veréis, mis padres son veterinarios y creo que sigo sus pasos. Excepto que, en cierta manera voy mucho más allá que ellos. Soy una Animorph. Puedo transformarme en animal. Mis amigos y yo recibimos el poder de adquirir el ADN de otras criaturas para transformarnos en ellos. Es por eso que la transformación es la única arma de que disponemos para salvar a la humanidad. Pero no es sólo un arma. Para mí al menos no. Cada vez que me transformo en animal, descubro el mundo a través de sus ojos. Comparto sus sentidos, sus instintos. Mis padres no vivirán nunca una experiencia así. Y no estoy segura de que eso sea algo malo. Una cosa es saber que una ballena pesa treinta toneladas, y otra muy distinta sentirse tan enorme. Nadar en el océano con ese cuerpo inmenso. Eso no se puede imaginar a menos que te encuentres en la piel del animal, y eso no te lo enseñan en una escuela veterinaria. Pero aparte del interés científico, el poder de la transformación sirve sobre todo para combatir contra los yeerks. Es nuestra arma en esta guerra. Y es por eso que a Jake, nuestro líder, no le gusta que nos transformemos “por placer”. No podría jurar que no lo hago nunca (no os podéis imaginar la felicidad de saltar encima de las olas metida en la piel de un delfín o de galopar con los cascos de un pura sangre árabe…). Pero Jake me cae muy bien –vale, puede que sienta algo más fuerte que eso por él- y además tiene razón, así que intento no hacer nada que pueda ponernos en peligro. Estamos en guerra y, como en toda guerra, hay bajas. Es muy duro utilizar el poder de Animorph para destruir. Pero aunque odie herir y también a veces matar otras criaturas infectadas por los yeerks, no puedo quedarme quieta viendo como esclavizan a la raza humana. Se podría comparar la invasión yeerk a la propagación de una enfermedad. Excepto porque ellos infestan a sus víctimas conscientemente, voluntariamente, con intención de dominarlas. Esa especie de gusanos grises, sordos y ciegos, se introduce en vuestro canal auditivo, se aplastan y se funden en las circunvoluciones de vuestros cerebros. Se conectan a vuestros pensamientos. Ven por vuestros ojos, hablan por vuestra boca. Os convertís en su prisionero, atrapado en vuestro propio cuerpo. Ya podéis gritar que nadie os oirá. Las personas infectadas por yeerks se convierten en lo que nosotros llamamos controladores. Y su número aumenta cada día. Como decía antes, los yeerks han infestado también otras especies que forman sus tropas en esta monstruosa guerra contra la humanidad. Nosotros, los Animorphs, somos la única resistencia activa. Yo. Mi mejor amiga Rachel. Jake. Su amigo Marco. Tobias, que se pasó del fatídico límite de las dos horas en su forma de halcón ratonero de cola roja y que vive desde ese momento en el cuerpo de una rapaz. Es un [i]nothlit[/i], como diría Ax. Ax es un [i]aristh[/i], un alumno guerrero andalita. Fue su hermano Elfangor quien nos dio el cubo mórfico para que pudiésemos continuar la batalla. Fue justo antes de que Visser Tres lo matara. Esos somos los Animorphs, media docena de chicos. De nuestro lado también están los Chee, una especie pacífica de androides, que nos ayudan espiando a los yeerks e infiltrándose en la organización que les sirve de tapadera, la Alianza. Pero los Chee se niegan a combatir, así que cuando eso es lo que toca, sólo quedamos nosotros para defender activamente a la raza humana. Ahora comprenderéis mejor por qué me gusta tanto curar a los animales heridos. Creo que, en cierto sentido, lo necesito, me ayuda a soportar todo esto. Oh, se mueve. Un pequeño hocico se asomó detrás de la jaula. Ese día reinaba la calma en la granja que mi padre había transformado en una clínica de rehabilitación de la fauna salvaje. Sólo había tres animales y estaban todos en proceso de curación. Los oía resoplar, rascar, removerse en sus jaulas. Era el ruido de fondo habitual. Pero lo que no era normal, era ese murmullo sordo a lo lejos. ¿Una sierra mecánica? Un murmullo más y más fuerte. Más y más cercano. ¿Un avión que volaba a baja altura? El ratón salió de su escondite. Se quedó quieto, agitando sus bigotes. ¡TWOK! ¡TWOK! ¡TWOK! El ruido era ahora ensordecedor. El ratón alzó su hocico, alerta ahora. En un instante, tendí la mano y lo atrapé. – Nadie te hará daño- le prometí. Pero mi voz quedó ahogada por el alboroto. Tenía una rara sensación en el estómago. No se parecía al motor de un avión, sino más bien un… Me asomé por la puerta justo a tiempo para ver un helicóptero pasar y continuar su camino en dirección al bosque. El murmullo se alejó. Levanté los hombros y entré para poner el ratón en una jaula. No vi a Erek, justo detrás de mí y por poco me tropiezo con él. Erek es un Chee. – ¡Aaahhh! ¡No te he visto entrar! Él inclinó la cabeza. – Mejor. No tenías que verme, ni tú ni los controladores que estaban a bordo del helicóptero. Tenemos un GRAN problema, Cassie. – Eh… ahora estoy sola, -farfullé, acordándome de que aún tenía el ratón en la mano. Lo dejé con precaución en una jaula vacía, escuchando lo que Erek tenía que decirme. – No te preocupes, voy a avisar a los otros, pero tenemos que darnos prisa. Los yeerks han conseguido encontrar la nave helmacron, y han vuelto a poner en marcha los sensores que detectan la energía mórfica. Fantástico. ¡Otra vez los helmacrones! Son criaturas increíblemente pequeñas e increíblemente molestas que tienen sed de grandeza y un ego del tamaño del monte Everest. Desgraciadamente, disponen también de una tecnología muy avanzada. Erek continuó: – Los yeerks han registrado una emanación de energía. – Pero si no me he transformado… El Cubo Azul. ¡Estaba escondido en la granja! – Los sensores de la nave no funcionan aún a la perfección, pero los yeerks han detectado una señal débil procedente de esta zona. Tiene que proceder del cubo mórfico. Una nueva pasada del helicóptero me impidió oír la voz de Erek. – Está registrando la zona otra vez. Si no sacamos el cubo de aquí… – Voy por él. Corrí hasta el fondo de la granja. Lo había disimulado cuidadosamente, sin imaginar que un día los yeerks descubrirían una nave tan microscópica como la de los helmacrones. – ¿Pero de qué servirá cambiar el cubo de sitio, Erek? Lo encontrarán igual… – Sí, es por eso que tú y los demás no debéis dejar de moverlo hasta que consigamos destruir la nave helmacron. Porque si ese cubo cae en manos de los yeerks… – No me atrevo ni a pensarlo- suspiré. Deslicé el cubo en mis vaqueros y puse la inmensa camiseta de mi padre por encima para disimularlo todo. – Vale, Erek, podemos irnos… – Pero había desaparecido. – ¿Cassie? Mi madre estaba en el marco de la puerta. – … voy a los Jardines. Tengo que vigilar el transporte de algunos animales y… – ¡Voy contigo!- grité echando un último vistazo a la granja para intentar encontrar a Erek. Podría esconderse detrás de un holograma representando algo. Podría ser un cubo, o un fardo de heno… El aire brilló y, en un instante, distinguí a Erek. Tenía de nuevo la apariencia de un Chee y no la de una bonita puerta de granja de madera. Me giré hacia mi madre. – ¡Vámonos! [b]©2000 K.A. Applegate 2005 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] ¿Habéis tenido alguna vez ese tipo de pesadilla en que os persiguen, y ya podéis correr, más y más rápido, que no avanzáis? Bien, era exactamente la impresión que tenía yendo a los Jardines con el coche de mi madre. El helicóptero iba y venía zumbando por encima del bosque. Y no avanzábamos porque mi madre hablaba conduciendo, y cuando hace eso, circula muy despacio. No se da cuenta, pero es muy irritante. Acelerador. Freno. Acelerador. Freeeeno… ¡BIIIIIIIIIIIIIIIP! -¿Qué le pasa a ése? -se sorprendió mi madre echando un vistazo por el retrovisor al coche de atrás; iba pegado a nosotros. -El límite es cincuenta. -¡Sí, pero es que tú vas apenas a treinta kilómetros por hora, mamá! -dije fijando la mirada en el contador, desesperada. [i]¡Vamos, date prisa, mamá![/i] -¿Treinta? Ah, bueno Apretó el acelerador y la aguja se movió por fin, aunque sólo un poco… Pero de repente, el coche que nos seguía atravesó la línea blanca para adelantarnos y se colocó justo delante de nosotras. – ¿Qué pasa contigo? -chilló mi madre, frenando con todas sus fuerzas. – Cálmate, mamá. El conductor aceleró y frenó bruscamente. – ¡Pero conduce como le da la gana! ¿Qué hace? – ¡Mamá, para! De todas maneras, no te oye. Déjalo avanzar. Sólo hace eso porque quiere molestarte o… O era un controlador que quería coger el Cubo Azul. Levanté la mirada. Visto desde aquí, el helicóptero no era más grande que un tábano. Si los yeerks nos habían encontrado, no se habrían contentado con enviar un controlador. No. Si querían apoderarse a toda costa del cubo, habrían desplegado todo un ejército, no enviarían sólo a un tipo calvo con un mono naranja. -…o le ha tocado el carné de conducir en la tómbola, al muy imbécil, -continuó mi madre dejándolo tomar distancias. Me pregunto qué pasa hoy por aquí… – ¿Hablas de los helicópteros? Pensaba que era por un animal que se había escapado de los Jardines, -dije de la manera más natural posible. – No, me hubieran avisado, -replicó mi madre. -Y no he oído tampoco nada en la radio sobre excursionistas perdidos por los parajes… -Mmm… Cuando llegamos a los Jardines, tenía el cuello dolorido y un nudo en el estómago, el primero por intentar vigilar al helicóptero y el segundo por los nervios. ¿Y si Erek no había podido advertir a los demás? De todos modos, no cambiaría nada. A los sensores helmacron no les costaría avistar a tres adolescentes y un andalita transformados. Sólo Tobias estaba seguro. Definitivamente, no era tan buena idea la de reunirse… Ahora mi estómago rugía con más fuerza. Dejé a mi madre en el parking reservado al personal diciéndole que me iba a dar una vuelta para ver a los nuevos animales y que volvería en bus. Mientras atravesaba los Jardines, intenté tener la pinta más normal que pude con mis vaqueros llenos de tierra y el cubo mórfico escondido en mi inmensa camiseta. <¡Uau! ¿Lanzas una nueva moda, Cassie?> Era Rachel, que se dirigía a mí mentalmente. Estaba por los alrededores. ¡Uf! Aunque no podía responderle porque no estaba transformada, me reconfortaba. <Es el look “Bella del campo”,> se burló Marco. <Manchado, color barro. Prêt-à-ensuciar. Somos gaviotas, Cassie, pero no levantes la vista.> <Erek nos ha avisado,> añadió Jake. <Tenemos que encontrar una manera de destruir la nave helmacron. ¿Tienes el Cubo Azul?> Asentí discretamente. Me paré cerca del cercado del búfalo, escruté los alrededores con cara de póker… y levanté los ojos. Un ratonero de cola roja volaba en círculos encima de mí. Dos gaviotas aterrizaron cerca del charco cenagoso del búfalo. Una tercera se posó en un cubo de basura. Y la cuarta se pavoneaba sobre la barrera mirando fijamente a una niña pequeña que comía patatas fritas. Tenía que ser Ax. La niña le lanzó una, riendo. Se la comió sin masticar y pidió otra. Y otra. <¡Eh, Ax! ¿Y tu régimen, tío?> se burló Marco arremetiendo contra él para alejarlo de la bolsa de patatas. <El tiempo pasa,> nos recordó Jake. Escrutando a la gente, vi a una mujer que levantaba la cabeza. Seguía con los ojos al nuevo helicóptero que acababa de reunirse con el primero en el cielo. No se la veía ni sorprendida, ni curiosa. Más bien… impaciente. Se mezcló entre los visitantes. Mi estómago se retorció aún más. Los helicópteros describían círculos más y más cerrados y no tardarían en descubrir toda esa energía de transformación concentrada en un sólo sitio. No sabía que hacer. Y no me podía comunicar con los otros… <Los helicópteros vienen hacia aquí,> nos advirtió Tobias. <Y hay dos tipos con traje acercándose a Cassie.> <Vete Cassie,> me ordenó Jake con voz tensa. Reculé articulando sin voz: “¿Pero dónde?” <¡Da igual! Están registrando los Jardines, sólo tienes que volver hacia los edificios del personal,> me gritó Jake despegando. <¡Nos vamos todos en direcciones diferentes! Tenemos que alejar a los sensores de Cassie. Tobias, como no estás transformado, quédate con ella.> <¡Cassie, deprisa!> me apuró Tobias. <¡Se acercan!> Acababa de descubrir a uno de los hombres con traje. No eché a correr para no llamar la atención. Esperé que mirara hacia otro lado. Y me largué. [b]©2000 K.A. Applegate 2005 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] <Bien hecho,> me felicitó Tobias. <No te han visto pero los helicópteros siguen detrás de ti e informan a los hombres de tierra. No te pares.> Continué corriendo, con el corazón latiéndome muy deprisa. Era tan vulnerable como humana… Sin garras, sin colmillos, sin alas. Nada para defenderme de los controladores que me acorralaban. Si pudiera transformarme sin que me detectaran los sensores. ¡Si pudiera! ¡Ya vale, Cassie! Apáñate con lo que tienes. ¡Corre! Llegué finalmente al área de entrega donde había aparcados dos enormes camiones. <¡Cuidado! Hay dos tipos al otro lado del gran remolque negro. Tienen pinta de estar al acecho y están equipados con walkie-talkies. ¡Se separan!> gritó Tobias. <¡Corre, Cassie!> Sí, pero ¿dónde? Me pegué contra un camión blanco. Si uno de los helicópteros pasaba por allí, los yeerks verían a dos controladores a pocos metros de una niña aterrorizada con una punta del cubo mórfico sobresaliendo de su camiseta. Sabrían en seguida que era yo la que buscaban. Ya está. Estaba acabada. Sin escapatoria. No podía transformarme para luchar o huir. No podía abandonar el cubo y marcharme porque si los yeerks le ponían la mano encima, ganarían la guerra. Se me estaba subiendo el estómago a la boca. <¡Están dando la vuelta al camión, Cassie! Espera, hay un conductor que se sube. Tu madre le está haciendo firmar unos papeles. Los controladores están detrás del camión, si miran hacia el lado… > No hacía falta decir más. Sabía lo que pasaría. Los controladores me verían. Me harían prisionera. Mi madre se vería mezclada en todo esto y acabaríamos las dos en el estanque yeerk. Respecto a mis amigos, también habría acabado todo para ellos. Aguantando la respiración, avancé milímetro a milímetro a lo largo del camión. No sabía exactamente lo que hacía, pero tenía que alejarme como fuera de detrás del camión. Dos o tres metros no cambiarían gran cosa, pero ya era algo. De pronto, noté algo duro en la espalda. Me volví sobresaltada. Un pomo de puerta. ¡Había una pequeña puerta en el lateral del camión! “El helicóptero ha localizado una fuente de energía por aquí,” dijo uno de los hombres con traje. “Si encontramos a los andalitas rebeldes y el cubo mórfico, Visser Tres se alegrará. Pero si fallamos…” “Ni lo menciones,” replicó nerviosamente el otro controlador. El piloto ha dicho que la energía viene de aquí. Estemos atentos.” Tiré frenéticamente de la puerta. Nada. El conductor arrancó. ¡Iba a irse dejándome ahí, indefensa! Tiré de nuevo con fuerza. Y entonces descubrí el pestillo. Lo descorrí y me precipité al interior cerrando la puerta silenciosamente detrás de mí. Me doblé sobre mí misma, sin aliento, con el corazón a punto de explotar. ¡Lo había conseguido! Pero casi no tuve tiempo de alegrarme porque, justo en ese momento, oí un mugido ensordecedor. Me levanté de golpe y retrocedí hasta la pared. Ahí, a algunos centímetros de mí, había una tonelada de músculos, cabeza gacha, apuntando con sus cuernos macizos y amenazadores. Un bello espécimen de búfalo africano de El Cabo. Al que apodan también “el hacedor de viudas”. [b]©2000 K.A. Applegate 2005 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] Todo pasó al mismo tiempo. El camión arrancó y se estremeció. El búfalo, desequilibrado, retrocedió titubeante, retenido por dos cuerdas alrededor de sus cuernos y otras dos alrededor del cuello, atadas a anillas de metal. Las cuerdas estaban gastadas y parecían muy finas comparadas con la gran cabeza del animal. Pero, ¿a quién le importaban las cuerdas? De todos modos, ¡ninguna persona sensata hubiese osado subir a bordo de un camión en compañía de un “hacedor de viudas”! -Os digo que los sensores han descubierto una señal procedente de esta zona, -gritó alguien desde fuera. – Sí, ¡pero indican también otras cuatro fuentes de energía en cuatro zonas diferentes! ¡Ya podemos buscar una aguja en un pajar! – Si Visser te oyera… sabes que está de camino… Las voces se perdieron en la lejanía a medida que el camión cogía velocidad. <Cassie, os dirigís hacia la salida de atrás.> Uf, Tobias estaba aún por los alrededores. No muy cerca, pero aún estaba ahí. <¡Oh, oh!> [i]Oh, oh, ¿qué?[/i] No me atrevía a mover ni un pelo. Estaba ahí, cara a cara con el búfalo. Creedme, no me encontraba muy a gusto. Hacía bochorno y el animal desprendía un olor mareante. Incluso para mí que estoy acostumbrada. Se sacudió, resoplando una bocanada de aire caliente y húmedo. <Se disponen a parar el camión al otro lado de la verja, Cassie, en la carretera que atraviesa el bosque.> Tobias empezada a desesperarse. <La limusina de Visser tres está justo detrás de vosotros y hay un puñado de coches que os esperan un poco más lejos, en la curva.> El búfalo resopló de nuevo. Sacudió la cabeza amenazadoramente, tirando de las cuerdas. El camión disminuyó la velocidad y se inclinó al entrar en la curva. Se cayó de bruces, precipitando una tonelada de búfalo furioso sobre mí. Las cuerdas se tensaron mientras esa masa de músculos prominentes… ¡SNAP! Una cuerda se rompió como un vulgar hilo. Salté hacia la izquierda y me pegué a la pared del camión mientras el búfalo se enfurecía para liberarse de sus ataduras. Se puso a mugir nuevamente, debatiéndose furiosamente. ¡SCHLACK! Otra cuerda rota más. Las dos últimas estaban atadas alrededor de su cuello. Y algo me decía que no aguantarían mucho tiempo. Sacudía frenéticamente la cabeza. Conseguiría liberarse y yo acabaría pisoteada hasta morir o empalada en sus cuernos puntiagudos. Y Visser Tres se apoderaría del cubo mórfico. Sólo tenía una manera de salir de ésta. Me acerqué con precaución, vigilando al búfalo. No me quitaba la vista de encima. Estaba nervioso, a punto de explotar. Y yo estaba muerta de miedo. Tenía que rodear los cuernos, pero sabía que nunca me dejaría avanzar hasta ahí y salir de su campo de visión. El camión frenó de nuevo, más fuerte que antes. El búfalo fue proyectado hacia delante, hacia la anilla dónde estaba aún atado. Y yo me encontré detrás de él. Puse una mano temblorosa sobre su flanco para adquirirlo. El búfalo se debatió un poco, y entonces entró en una especie de trance. Es lo que les pasa a la mayoría de animales de los que adquirimos el ADN. La mayoría, pero no a todos. -Eh, ¿qué es esta barrera? -se sorprendió el conductor. -¿La carretera está cortada o qué? El vehículo avanzaba ahora como un caracol. En menos de un minuto, los controladores lo pararían y subirían dentro para inspeccionarlo. ¿Me quedaría tiempo suficiente? Me quité la camiseta y los vaqueros para quedarme sólo con el mono de Animorph, y escondí mi ropa bajo un gran listón de madera del suelo. Puse el cubo azul a mis pies y me concentré en el ADN del búfalo. ¡Crrrriiiiiiiiicccccc! Mi cráneo creció desmesuradamente. Se volvió tan macizo que, bajo su peso, mi cabeza se hundió en mi espalda, cada vez más y más musculosa. ¡Sprouch! ¡Sprouch! Dos cuernos mortíferos de casi un metro cada uno salieron de cada lado de mi frente. Mi piel se oscureció y se espesó cubriéndose de pelos tupidos. Mi cuerpo se abotargaba, crecía, se hinchaba a primera vista, acumulando kilos de músculo. Mis dedos se fundieron unos con otros y fueron aspirados hacia el interior de mis manos. Cascos duros como el acero las recubrieron. -No pueden abrir el remolque, se lo aviso. Hay un búfalo del Cabo ahí dentro, señor, y no creo que tenga ganas de… -¡Entonces tiene la audacia de pensar en mi lugar! Una voz fría y siniestra que conocía muy bien. Una voz que no olvidaré nunca. Visser Tres. ¡Mierda! Me había desconcentrado y había parado de transformarme. Me volví a concentrar en el búfalo. ¡Rápido! ¡Slup! ¡Slup! Mis orejas se alargaron. Crecieron, se bordearon de pelos y cayeron a los lados. Descorrieron el pestillo de la doble puerta. -¡No hagáis eso! ¡Parad! -¡Silencio! ¡Quita de ahí! -gruñó Visser. -¡Alejaos! ¡Sprut! Una cola salió de mi grupa justo en el momento en que se abría la puerta. -¿Ven? Ya les había dicho que… El conductor se interrumpió, con ojos desorbitados. -¡Ha roto las cuerdas! -gritó retrocediendo. -¡Alejaos! -No sea ridículo, -replicó Visser Tres. -Yo… El búfalo se sacudió soplando furiosamente por los orificios estremecidos de su nariz. E inmediatamente, sin previo aviso, mi instinto de bestia salvaje se despertó. [b]©2000 K.A. Applegate 2005 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Era un animal furioso. Sin ningún miedo. Tenía que luchar para defenderse. Afrontar la amenaza. Proteger a la manada. Agité la cabeza, resoplé una bocanada de aire ardiente por mi hocico y me arrojé hacia delante, con el corazón latiéndome rápidamente, dopada por la rabia y la adrenalina. “¡Rápido, corran!” gritó el conductor echando a correr. Sus gritos me hacían daño en los oídos. No me hacía falta más para explotar. Me enfurecí. En un estruendo de cascos, me precipité fuera del camión como un tornado. Daba cornadas por todos lados, embestía los coches, pisoteaba a los controladores que se metían en mi camino. Un alboroto de gritos agudos. Los controladores humanos volaban en todas direcciones. Corrían hacia los coches aparcados por ahí. Se escondían detrás de ellos, dentro. Los veía a través de una nube de cólera, sentía su miedo y él me guiaba. No eran esos lastimosos coches los que me iban a parar. Gritos de dolor. Giré bruscamente y envié a un controlador por los aires. ¡Tenía que parar la amenaza! ¡Aniquilarla! En principio, yo era un animal tranquilo, que pasaba el tiempo rumiando pacíficamente. A no ser que se me amenazara. Que se me provocara. Entonces, nada podía pararme. -¡Llamad a la policía! -gritó alguien. -Contacten con el servicio de seguridad de los Jardines para que vengan aquí con dardos tranquilizantes. -¿Pero dónde es “aquí”? – En la carretera que atraviesa el bosque. La que parte de la puerta de atrás. ¡Rápido! -gritaba el tipo aplastándose sobre el techo de su coche. <¿Cassie?> Esa palabra no despertó ningún eco familiar en mi alma furiosa. La ignoré. Avanzaba como un tanque, aplastando todo lo que encontraba a mi paso. <Cassie, creo que eres tú. ¡Contrólate, por Dios!> me ordenó Tobias, aterrorizado. <Han llamado a tu madre. ¡Llega con dardos tranquilizantes! ¿Cassie, dónde está la caja azul?> [i]¿Eh? No sé nada de ningún cubo… ¿Eh? Un momento… ¿La caja azul? ¡Ah, sí![/i] Luché contra la rabia del animal. Me esforcé por domar sus instintos para retomar el control de mi espíritu humano. – ¡Oh, no! ¡Hay dos! ¡Cuidado! Me volví y vi al búfalo que había adquirido abalanzándose al exterior del camión, con los cuernos listos. Cargaba como un loco y, cuánto más fallaba, más se enfurecía. Y de repente, se volvió y se lanzó contra Chapman. El director de la escuela. Miembro de la Alianza. Controlador de alto rango. ¡VLAN! Lo envió por los aires. Chapman aterrizó con el mismo “sploch” blando que el de un melón que se estampa contra el suelo. <¡Vamos, Cassie!> me gritó Tobias. <Recoge el cubo azul y vete.> Me volví corriendo hacia el camión, pero me detuve a mitad camino. Propulsada por mis patas cortas y potentes, me lancé con todas mis fuerzas contra la limusina de Visser. ¡BAOUM! La alarma se disparó. ¡IIIIUUUU! ¡IIIIUUUU! ¡IIIIUUUU! El verdadero búfalo se volvió loco de rabia. Aplastaba los coches, destruía los faros. Mugía, resoplaba, se sacudía furiosamente. Jadeante, salté detrás del camión y cogí el cubo con la boca. En un abrir y cerrar de ojos, vi toda la escena. Chapman extendido en la carretera. Los coches espachurrados, los hombres escondidos detrás, petrificados de miedo. Visser Tres, envuelto por un muro de controladores asustados, gritando órdenes como un loco. El verdadero búfalo, que huía campo a través en dirección al bosque. Corrí. Surgió en mí el instinto gregario del búfalo, y lo seguí. [b]©2000 K.A. Applegate 2005 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] Huí a través del bosque, aplastando sin vacilar ramas y arbustos. El olor del búfalo verdadero me guiaba. Lo seguí introduciéndome en el bosque hasta que los gritos de los Controladores, al otro lado, en la carretera, fueron inaudibles. El oído del búfalo –mi oído- captaba y analizaba el mínimo ruido, acechando el mínimo peligro que podría amenazar el rebaño. Mi percepción de la profundidad no era muy buena, pero tenía un ángulo de visión de trescientos sesenta grados. Ya podían sorprenderme, ya… Muy bien. No corría muy rápido –nada que ver con mi forma de lobo- pero lo que el búfalo perdía en kilómetros/hora, lo recuperaba en músculos y en fuerza. Nadie, y he dicho nadie,- excluyendo a lo mejor un león- podía desafiarme, y sería capaz de despistar un león en una carrera si hacia falta. Estaba también el hombre. El olor que me costaba más soportar, la peor amenaza. Pero, de momento, no había ningún rastro humano en los parajes. El espíritu del búfalo, que estaba tan vivo cuando se desencadenó, ralentizó su actividad una vez en el bosque. Pasó de un estado de alerta a un modo de vigilancia pasiva. Descubría formas, olores y sonidos y los olvidaba instantáneamente si no representaban ninguna amenaza. Estaba bien, eso me permitía controlar mejor sus instintos. <Bueno Cassie, he avisado a Jake de que te has escapado y que estás segura para transformarte,> me dijo Tobias que iba en círculos encima mío en el cielo. <Los helicópteros sobrevuelan Los Jardines en busca de los otros. Chapman se ha levantado pero se lo han llevado en ambulancia. Los controladores están furiosos porque han tenido que llamar a un ejército de grúas y porque la limusina de Visser Tres es un completo desastre.> <Sí, creo que mi compañero el búfalo y yo nos hemos dejado llevar un poco>, respondí, molesta. Me había deslizado en un matorral espeso para transformarme, pero, finalmente, reflexionando dos veces, decidí continuar hasta un pequeño claro entre los árboles. Las espinas no hubieran atravesado el espeso cuero del búfalo, pero habrían reducido mi piel a tiras. <Tobias, ¿tenemos un plan para destruir los sensores de la nave Helmacron?> <No, pero tendremos que darnos prisa para encontrar uno. Antes de que los helicópteros decidan cambiar de presa y acorralar de nuevo el cubo.> Tobias bajó en picado y aterrizó en una rama vecina. Aflojé la mandíbula para dejar el cubo lleno de baba en el suelo. Entonces me concentré en mi ADN humano y sentí empezar los cambios. Aunque todo el mundo dice que tengo un don para la transformación –y debo admitir que consigo en principio controlar el proceso-, la forma es imprevisible, no sigue ningún orden preestablecido. Es por eso que no me sorprendí de que mi cola desapareciera primero. Se fundía como la cera y… ¡SLURP! Fue aspirada en el interior de mi cuerpo. Mis huesos se remoldearon crujiendo y rechinando. Mis ojos se acercaron. Mis orejas se arrugaron y encogieron. ¡Sprouch, sprouch! Diez dedos humanos salieron de mis cascos que se disgregaban. Mi esqueleto se adaptó y se reformó en tobillos, rodillas y muslos. Mis enormes cuernos se marchitaron, se desinflaron y se sumergieron de nuevo en mi cráneo. <Buaj,> dijo Tobias desgreñando sus plumas. <Lo siento Cassie, pero es realmente asqueroso. Suerte que no he comido desde hace tiempo.> Quise responder “lo sé”, pero sólo pude murmurar “ouuuhe”. “Lo sé,” articulé finalmente cuando recuperé mi mandíbula. Me agaché y recogí el Cubo. “Tendríamos que evitar acercarnos al verdadero búfalo,” continué. “Creo que los humanos no le inspiran confianza.” <Ningún problema. La última vez que lo vi, te había adelantado bastante y aún corría.> – Bien, suspiré. Los Jardines seguramente organizará un grupo de búsqueda y enviará su helicóptero… ¡Oh, genial! Era justo lo que nos faltaba. Mi madre surcando el cielo en busca de un búfalo del Cabo, mientras que nosotros intentábamos despistar a los Yeerks, en helicóptero ellos también. Tobias inclinó la cabeza. Todo oídos. <Oh, oh…> “¿Qué?” <Un helicóptero Cassie. Los Yeerks continúan su búsqueda. Haríamos mejor de irnos.> “¿Estás seguro de que es el suyo? El de Los Jardines es negro con un logo en un lado.” <Son los Yeerks.> Me fui, con el cubo bajo el brazo, esforzándome en continuar bajo la suave alfombra de musgo, ya que iba descalza. Tobias me seguía a solamente algunos metros encima de mi cabeza. Cada cinco minutos, cogía altitud y se posaba en la cima de un árbol para verificar dónde estaba el helicóptero. <Se acerca pero no nos ha descubierto,> me anunció volviendo a bajar y posándose en una rama. <Yo…> Se sobresaltó y se calló bruscamente. Lo alcancé lo más rápido posible. “¿Qué pasa? ¿Tobias?” Cuando llegué a su lado, lo comprendí. El búfalo estaba en medio del claro, temblando por todos lados. Los ojos desorbitados de miedo. La boca abierta en un grito silencioso. Era una escena realmente extraña. Pero para nosotros, todo es siempre más o menos extraño. Imaginaos pues: me encontraba cara a cara con el búfalo del Cabo, pero en lugar de una cabeza de búfalo, tenía los rasgos del director del instituto. Chapman. [b]©2000 K.A. Applegate 2005 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] Un monstruo. Lo siento, fue la primera palabra que atravesó mi mente cuando lo vi convulsionarse. Una pierna humana cubierta de pelos negros y tupidos surgió de su abdomen. Apéndices raros brotaron de su cabeza y cayeron a cada lado. Chapman tenía ahora orejas de perro salchicha. <¿Qué narices…?>, farfulló Tobias. Volvió la vista, asqueado. -Se está transformando, -murmuré. Me puse la mano sobre la boca y retrocedí un paso. Era verdaderamente horroroso. El cráneo de Chapman se dividió en dos y un par de cuernos emergieron de la fisura. <¿Pero cómo es posible?> me preguntó Tobias volviéndose hacia mí. Me encogí de hombros. – Ha debido de tocar el Cubo Azul. Intentaba acordarme: en el camión, había dejado el cubo en el suelo mientras me transformaba… – ¡Oh, dios mío! Me ha visto transformarme. En el camión. Y cuando estaba cundiendo el pánico fuera, ha debido liberarse de sus ataduras, salir tocando el cubo por el camino y… ha embestido a Chapman y, sin saberlo, ha adquirido su ADN. Me callé, aterrada. <¿Pero cómo es posible?> Tobias seguía con sus ojos penetrantes de halcón sobre mí. Como si el búfalo no existiera si no lo veía. <¡Cassie, no podemos dejar que ese animal se pasee transformándose en Chapman cuando le de la gana! ¿Y si toca a otra criatura? ¿Y si continua errando por el bosque adquiriendo TODO lo que encuentra porque no puede hacer otra cosa?> – Es muy posible… Creo que no entiende lo que le pasa, -respondí con calma mientras el búfalo acababa su transformación. – Mira. <¡No tengo muchas ganas de mirar!> Pero se giró igualmente. El búfalo –Chapman- estaba a cuatro patas. Aunque tuviera un cuerpo humano, seguía cubierto de pelos negros y tupidos –gracias a Dios. De pronto, sacudió la cabeza, como si quisiera pegar una cornada a alguna cosa, pero ya no tenía cuernos. Resopló y husmeó el aire con su lamentable nariz de humano. Suavemente, con precaución, bajó la cabeza y cogió una mata de hierba entre sus dientes. – Está paciendo, -comenté, con el estómago en la boca. El hombre-búfalo se contrajo. Escrutó los alrededores y me descubrió. Entonces se sacudió de nuevo y emitió un débil: -¡WAA! – No puedo verlo, -suspiré mientras el hombre-búfalo –o Chapman, o lo que fuera- se acercaba a mí a cuatro patas. Intentaba cargar, empalarme con sus cuernos virtuales para matarme. Para protegerse y defenderse. Un paso al lado y lo esquivé. Arremetió, meneando la cabeza y con la lengua colgando. No se dio cuenta de que había fallado. Se detuvo. Se giró. Y lentamente, con todas las articulaciones temblando, se puso de rodillas. ¡Qué horror! Era abominable. Esa criatura me daba escalofríos. Un adulto no tenía que resoplar, gruñir, ni babear. Un director se suponía que no tenía que caminar a cuatro patas jadeando. Con todo eso llegué a la conclusión de que… – Tiene un cerebro humano, Tobias, pero no sabe que hacer con él, -comprendí. No podía alejar mi mirada del hombre-búfalo, como algunas personas se quedan fascinadas con los accidentes de tráfico. Era terrorífico, horrible, pero no podía desviar los ojos. La criatura se levantó sobre sus piernas temblorosas. – Mira, aprende. Me mira y hace igual. Era a la vez perturbador y mágico. <Sí, genial, salvo que tenemos que irnos en seguida,> me recordó Tobias volando hacia la copa de un árbol para observar los alrededores. <Oh, sí. Hay toda una aglomeración en el linde del bosque y los controladores se dirigen hacia aquí.> -No podemos abandonarle, -repliqué mirando cómo el hombre-búfalo daba un paso hacia mí. <¡Pero tampoco podemos llevarlo con nosotros!> No, imposible, no así. Pero si conseguía hacerlo transformarse para que volviera a tener su forma de búfalo, no atraería los sensores helmacrones. <Vamos, Cassie, los yeerks saben que uno de los dos búfalos desprende energía de transformación.> – Espera, Tobias. Voy a transformarme en búfalo para intentar… vaya, para que me imite. El búfalo-hombre me miró caer a cuatro patas, mis propias patas cortas y musculosas de búfalo. Con un chirrido, mi mandíbula se alargó. Mis ojos se separaron y mi nariz se agrandó. Las ventanas de mi nariz se abrieron. Mi cuerpo se cubrió de músculos y me convertí en un búfalo enorme y majestuoso con la piel gruesa y un temperamento de fuego. Pero esta vez, estaba preparada para afrontar los instintos defensivos del búfalo y para dominarlos. Entonces, el otro búfalo se transformó. Fijó su mirada en mí mientras caía hacia delante, y su cuello se hinchaba… Pero, de pronto, la transformación se interrumpió. <¡Vamos!>, lo apremié mentalmente. Me acerqué lentamente, hasta encontrarme cara a cara con él. <¡Vamos!> La criatura que seguía teniendo la cara de Chapman cayó hacia atrás. Sus patas se volvían humanas, de los cascos surgían dedos y pies. <No lo entiendo. ¿Por qué no ha funcionado? ¡Dos horas en esta forma y tendremos un [i]nothlit[/i] verdaderamente molesto entre manos!> gritó Tobias desde su árbol. <Cassie, tenemos que dejarlo aquí ¡El personal de Los Jardines acabará encontrándolo!> <¿Encontrar qué? ¿Una bestia mitad Chapman, mitad búfalo? ¡Es una locura! ¡No podemos abandonarlo! ¡No entiende lo que le pasa!> protesté. Estaba furiosa porque Tobias tenía razón. Teníamos que irnos. ¡Pero no podía abandonar a un animal mutante por culpa mía! Tenía la impresión de ser una especie de Dr. Frankenstein; y no era nada agradable. <Cassie, si seguimos esperando…> <¡Muy bien!> grité impaciente, pero lo lamenté de inmediato. <Perdona, Tobias.> Me transformé, evitando que el hombre-búfalo perplejo me mirara. Entonces, ignorando mi cansancio, me transformé en seguida en lobo. Un pelaje tupido recubrió mi cuerpo. Mi columna vertebral se estiró entre crujidos. Las palmas de mis manos se hincharon y se transformaron en cojines protectores. Mi cráneo se estiró para adoptar forma canina. Una trufa surgió al final de mi morro y mis dientes se transformaron en colmillos afilados. El hombre-búfalo sopló sacudiendo su cabeza humana. Tenía el torso musculoso de un búfalo, con los miembros frágiles de un hombre. Era grotesco. Arremetió contra mí pero lo esquivé con mi gracia y agilidad de lobo. <Vale, Tobias. Voy,> dije cogiendo el cubo mórfico con la boca. <Adelántate para prevenir a los otros. Me reuniré con vosotros un poco más tarde.> <Sola,> precisó Tobias mirando significativamente al hombre-búfalo antes de alzar el vuelo. Me volví hacia la criatura que no dejaba de mirarme. <Sí, sola>, murmuré, avergonzada. Porque sabía que, de cualquier manera, nunca viviría apaciblemente como un búfalo del Cabo normal. Como se transformaba sin parar, atraería siempre los sensores helmacrones. Y si se pasaba del límite de las dos horas transformado, sería un [i]nothlit[/i] espantoso. Estaría atrapado para siempre en la piel de un mutante. Aunque los guardas de Los Jardines lo encontraran, no sabrían qué hacer con él. Sabía que, abandonándolo, lo estaba condenando a muerte. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Corrí y corrí tan deprisa como pude. Me esforcé por sacarme la imagen del hombre-búfalo de la cabeza. Por olvidarme que había intentado seguirme. Por hacer callar su gemido quejumbroso que aún me perseguía. No estaba bien dejarlo allí. Pero lo había hecho igualmente. Había abandonado a un animal que tenía ADN humano en las venas. ¡Twok, twok, twok! Levanté la vista y distinguí el helicóptero sin logo en el lado. El horrible murmullo se acercaba. Me detuve. No sabía qué hacer. Transformada enviaba una señal más fuerte y el helicóptero podía seguirme fácilmente. Si volvía a mi forma rápidamente, desprendería una gran descarga de energía de golpe, pero en seguida quedarían sólo las radiaciones del cubo y a lo mejor podría despistarlos de nuevo. Me escurrí detrás de un matorral y me transformé en un tiempo récord. ¡Twok, twok, twok! El zumbido de las palas de la máquina hacía vibrar el follaje. Era el momento de huir. Repté fuera de mi escondite y corrí en zigzag a través del bosque. Tenía frío, estaba entumecida, y no corría muy rápido. La noche estaba por caer y no veía casi nada. ¡Me dolían tanto los pies! Pero aunque no fuera rápida, había despistado a mis perseguidores. Los yeerks habían perdido la señal del cubo y los helicópteros volaban en círculos más y más amplios. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, pude por fin pararme para descansar, recuperar el aliento y partir de nuevo. [i]Entonces es así como lo hacen los cazadores,[/i] pensé. [i]No tienen ni que cansarse ni ensuciarse. Se quedan tranquilitos en un helicóptero, tomándose su café hasta que su presa cae rendida de agotamiento.[/i] El horrible “TWOK, TWOK, TWOK” volvió y ahora estaba justo encima de mí. No tenía elección, tenía que correr, correr y correr, aunque mi corazón estuviera al borde de la explosión. Me encontraba en la piel de una bestia atrapada, desesperada, impotente delante del espectro amenazador de la muerte. Quemé mis últimas fuerzas para intentar despistarlos cambiando bruscamente de dirección. Entonces me deslicé detrás de una roca para transformarme. Tenía que encontrar un medio de escapar de los sensores helmacrones. De debilitar la señal. ¡TWOK, TWOK, TWOK! Si no, los yeerks se apoderarían del Cubo Azul. Me mantendrían bien sujeta mientras un gusano parásito se introducía en mi oreja para controlar mi cerebro. Me convertiría en un controlador y estarían al corriente de todo. Sabrían que los “bandidos andalitas” sólo son un puñado de chiquillos humanos. Sabrían dónde vivimos, a qué instituto vamos, y también a qué hora cenamos. Sabrían quiénes son nuestras familias y las infectarían también. También podrían matarnos. A todos salvo a Ax. Serviría de hueste a un yeerk bien situado en su jerarquía. Y bien sabíamos que si los yeerks disponían de otro cuerpo de andalita, aunque no fuera de un adulto, tendrían una aplastante victoria. Sabrían que los Chees nos ayudan y los eliminarían, harían desaparecer una especie que existe desde hace millones de años. Descubrirían la colonia secreta de los hork-bajirs libres y el número aún reducido pero importante de la resistencia yeerk. Si no encontraba un modo de escapar a los sensores, estábamos todos muertos. Cerré los ojos para intentar concentrarme como fuera. ¡Twok, Twok, twok! Me senté y volví a abrir los ojos. Agucé el oído. No, no estaba soñando. Las copas de los árboles ya no se movían. Las hojas tampoco temblaban. El helicóptero se había ido. -¿Cassie? Era Jake que acababa de transformarse. -¿Estás bien, Cassie? No, francamente, no estaba nada bien. Tenía que encontrar no sé de dónde la energía para levantarme y transformarme para volver a correr. -Estoy bien, -mentí. Desde que éramos Animorphs, habíamos aprendido a mentir por el bien de todos. -Mejor, porque tengo buenas noticias, -anunció Jake sonriendo. -Erek ha instalado un aparato que simula la energía de la transformación al otro lado del bosque. Cuando los yeerks lo encuentren todo se habrá acabado, pero nos deja un poco de tiempo para encontrar un plan. Ah, sí. Entonces no había servido de nada que yo me transformara. De hecho, era Erek el que nos había salvado la vida, atrayendo al helicóptero con una señal más fuerte. -Los Chees nos están reemplazando en casa, tenemos toda la noche por delante, -añadió Rachel escrutando los alrededores. -Tendría que haberme quedado en forma de búho. ¿Cómo vamos a encontrar un sitio para escondernos si no se ve nada? -Transformémonos en lobo, -respondí. -Así iremos más rápido y podré transportar el cubo en mi boca. Me parece que hay una cueva a algunos kilómetros de aquí. Fue allí donde me escondí con Karen.” [i](NdT. Animorphs #19. La despedida)[/i] Sentí calidez al pensar en Karen. Era una chiquilla que fue infestada por un yeerk. Pero ahora era libre y el yeerk se había unido a la resistencia. Habíamos logrado algunos éxitos desde el principio de la guerra. Imagino que eso cuenta para algo. Tobias me sacó de mis pensamientos. <Les he hablado del búfalo, Cassie. Hay una cosa en la que no habíamos pensado. De hecho, es Ax quien me lo ha señalado.> Me giré inmediatamente hacia Ax. Me miró con sus dos ojos principales, las antenas oculares vigilando aún la oscuridad. Su cola de escorpión estaba levantada, dispuesta a atacar. -¿Y bien? -pregunté ansiosa. <Tobias nos ha explicado que el mutante había aprendido a ponerse de pie observándote,> empezó Ax. <Entonces, si aprendiera a hablar del mismo modo, podría identificarte.> -¡Oh, no! -exclamé, aterrorizada. -¡No hace falta que sepa hablar! ¡Me ha visto transformarme! Si los yeerks lo infectan, tendrán acceso a su memoria y… <Además,> añadió Tobias, <te has transformado delante de sus dos formas, el hombre y el búfalo.> [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] El lobo puede correr rápido. Silencioso. Durante mucho tiempo. Los cinco corrimos a través del bosque hasta que encontramos la cueva. Tobias se quedo en el aire, claro. Era nuestro espía aéreo. El helicóptero continuaba ahí, surcando la noche: cogía altitud y descendía, se alejaba y se acercaba, se mantenía alerta, atento al menor movimiento, a la menor sombra. Incluso en la cueva, no estábamos al abrigo de las tropas de asalto yeerk. Pero los tres muros de piedra que nos rodeaban nos daban un sentimiento de falsa seguridad y pudimos descansar un poco. El sol se escondía cuando nos acurrucamos en el interior. Bueno, yo me acurruqué contra la roca. Rachel caminaba de un lado a otro. Tobias se colgó de una rama baja justo a la entrada, donde Ax vigilaba. Jake estaba sentado a su lado. -Sé que me repito, pero francamente, ya tengo bastante, -refunfuñó Marco en la penumbra. -Con los yeerks no paramos nunca. -¿Y tú? ¿Alguna vez pararás de quejarte? -replicó Rachel. -Bueno, Jake, no vamos a continuar jugando al escondite así como así. Hace falta un plan. -Lo sé, -suspiró Jake deslizando discretamente su mano en la mía. -¿Alguien tiene alguna idea? -Bueno, imagino que tenemos que encontrar la forma de desactivar los sensores helmacrones o de destruir su nave, porque ya podemos esconder el cubo, que nos encontrarán siempre, -respondí. Marco adoptó un aire burlón. -¿Ah, tú crees? ¿Quieres decir que sólo hace falta que subamos al helicóptero y dejemos los sensores fuera de servicio, y ya está? A ver, resumiendo: tenemos que hacer papilla a los imbéciles de los yeerks, encontrar esa maldita cosa microscópica y espachurrarla sin que nos maten ni nos capturen. Sin problema. <Y no olvides que nos tenemos que ocupar también del hombre-búfalo,> añadió Tobias. -Eso no es lo peor, -estimó Rachel, -será fácil deshacerse de él. -Pero tiene ADN humano en las venas, -protesté. -¿Y qué? Según tú, ¿si lo matamos es un asesinato? ¡Vamos, Cassie, es tan humano como yo un oso, o tú un lobo… -O yo un mono, -añadió Marco. Silencio. -Esto…, bueno, ahí Cassie se ha anotado un punto, -dijo Jake aguantándose la risa. -Gracias, -replicó Marco, -muchas gracias, Príncipe Jake. Ax hizo girar su antena ocular en dirección a Jake. <Príncipe Jake. Marco y Rachel tienen razón. Yo también he adquirido ADN humano. Pero eso no hace de mí un humano, ¿no?> Silencio. -Detesto estas preguntas comedoras de sesos que no tienen una respuesta cierta, -suspiró Rachel. Yo creo que tenemos que hacer lo que haga falta para protegernos. Y si eso implica matar un búfalo, pues qué más da. De todas formas, se matan vacas cada día para hacer hamburguesas. -En nuestra cafetería no, eso seguro. Estoy seguro de que cogen animales aplastados en la carretera para la carne. -Marco, ¿te puedo hacer una pregunta? -Claro. -En la palabra “cállate”, ¿cuál es la sílaba que no entiendes? Porque si quieres, sería para mí un gran placer explicártelo. -¿Habéis acabado? -preguntó Jake impacientándose. -No tenemos tiempo que perder. Tenía razón. No sabíamos dónde estaba el búfalo ni si los yeerks lo habrían capturado ya… Me estremecí. No podía evocar esa terrible posibilidad en voz alta. El motor del helicóptero resonaba aún en la noche. Un poco más fuerte. Un poco más cerca. Jake suspiró. -Sí, bueno, una cosa es segura: tenemos que destruir esos sensores si queremos soplar nuestras velas de cumpleaños el año que viene. <Vale, ¿pero cómo vamos a colarnos en el helicóptero?> preguntó Tobias, con voz tensa. Jake miró al exterior de la cueva, y luego se volvió hacia nosotros. -No tenemos por qué entrar. -¿Cómo piensas destruir los sensores si no? -le preguntó Rachel. -Creo que deberíamos que abatir el helicóptero, -sugirió Jake. -Así no nos tenemos que arriesgar a entrar dentro y evitamos encontrarnos cara a cara con un ejército de taxonitas y hork-bajirs, ¿no? -Bien pensado, -asentí. Los hork-bajirs eran ya bastante peligrosos con sus cuerpos llenos de armas, pero los taxonitas (enormes ciempiés caníbales con dientes increíblemente afilados) resultaban francamente repugnantes. Verdaderos monstruos de pesadilla. -Bueno, ¿y cómo esperas abatir el helicóptero? -retomó Rachel. -No los podremos coger por sorpresa. -No hace falta, -replicó Jake. -Vamos a darle a los yeerks lo que quieren. Les dejamos acercarse del Cubo Azul… <Esto… Jake,> lo cortó Tobias, <¿No es un poco arriesgado? Bueno, Visser Tres quiere a toda costa apoderarse de ese cubo. ¿Y si una vez que esté seguro de que lo tenemos nosotros, nos envía un ejército entero de hork-bajirs? Sabemos luchar, pero vaya…> -Justamente ahí está la trampa. Una vez que los yeerks hayan localizado la fuente de energía animorph, porque les habremos dejado “atraparnos”, se esperarán que les tendamos una trampa, ¿no? -Mmmm, -caviló Marco. -Y les tendemos la Tampa, pero no como se esperan. <Príncipe Jake, ¿qué es una “trampa”?> se preguntó Ax. <No estoy seguro de entender bien el concepto.> -No eres el único, -murmuró Rachel. -De acuerdo, escuchad, -suspiró Jake. -Los que están en el helicóptero buscan la fuente de la energía de la transformación. Nosotros, ¿vale? Bueno, los dejamos descubrir el Cubo. Y cuando intenten rodearnos en el suelo, uno de nosotros se queda atrás y les tiende una emboscada. Marco se levantó para aplaudir. -¡Genial! Uno sólo de entre nosotros contra un helicóptero lleno de controladores. Quienes, imagino, están armados hasta los dientes. ¿Y cómo destruimos el helicóptero? ¿Nos transformamos en pájaro y lo atacamos a golpes de pico? ¿Bombardeamos el parabrisas de cagadas esperando que el aparato se estampe? -Podríamos efectivamente atraerlos para que aterricen y una vez el helicóptero esté en el suelo, ¿los abordamos y destruimos la nave helmacron? -propuso Rachel- Marco sacudió la cabeza. -¡Como si se fueran a dejar! -¿Tienes una idea mejor, señor sabelotodo? -A mí, el plan ‘golpes de pico y cagadas’ me parecía bien. -¿Sabes que hay muchos aviones que tienen accidentes porque un pájaro ha sido aspirado en los motores?” remarqué apretando la mano de Jake en la mía. <Argh,> soltó Tobias, <qué final más asqueroso.> -Entonces, ¿estáis proponiendo una operación suicida? -resumió Rachel. -Pues… -empezó Jake. -No, -lo cortó Marco. -Tengo una idea mejor: ¡una operación Cartoon! ¡Oh, dios mío, soy genial! ¿Sabéis qué hace el Coyote para espachurrar al Bip-Bip? -Se ata una especie de cohete gigante en la espalda, -respondió Rachel, -y se lanza sobre su presa desde un barranco. Marco se pegó en la frente mascullando: -¡Noooo! No puede ser verdad ¿soy el único que conoce a los clásicos? Le miramos todos, perplejos. -¡Vamos, chicos!… Vale, es muy sencillo, ¡le deja caer un yunque en la cabeza! ¿Aún no lo veis? ¡Tenemos que dejar caer un yunque encima del helicóptero! -¡Aahhh! -exclamó Jake al cabo de un momento. -Ah, sí, vale. Genial. Pero no podemos hacerlo encima del bosque, hay riesgo de incendio… Los trozos del puzzle se componían -Atraemos el helicóptero encima del océano. Y allí, dejamos caer el yunque, -recapitulé tranquilamente. Jake sonrió. -Cuanto antes, mejor. Nos hará falta un cronómetro ajustado al cuarto de segundo… <¡Jake!> exclamó Tobias. <¡Peligro! ¡Taxonitas!> -¡Transformaos todos inmediatamente! [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] Me transformé. Me concentré en el ADN del búfalo y en seguida sus poderosos cuernos salieron de mi cabello, crecieron a cada lado de mi cabeza, y se curvaron en puntas agudas y fatales. Mis órganos internos se transformaron para adaptarse a mi cuerpo que no paraba de crecer. ¡SPROUCH! Surgió mi cola. Mis dientes crecieron y se aplastaron en molares rechinantes. Un pelaje negro y tupido cubrió mis impresionantes músculos. Y cuando el espíritu del búfalo emergió, estaba preparada. Preparada para domar su temperamento de fuego. <Los taxonitas han descubierto la cueva, príncipe Jake,> anunció Ax, tenso. <Me parece que no nos iría bien quedarnos atrapados en el interior.> Tenía razón. Le eché un vistazo a Jake que se había transformado en tigre, elegante y mortal. A Rachel, un oso pardo del tamaño de una torre. A Marco, un gorila con manos enormes y lo suficientemente potentes como para aplastar un hombre sin esfuerzo. A Ax y Tobias que se habían quedado en sus propios cuerpos. Un andalita con una cola afilada como una navaja que era dos veces más rápida que un rayo. Y un halcón ratonero de cola roja con garras concebidas para reventar, desgarrar y lacerar. <Voy primero.> Jake avanzó sin ruido hasta la entrada de la cueva. Lo seguí con el cubo bien sujeto en mi boca. ¡Clop, Clop, Clop! <Vamos, Cassie, ven por aquí, pequeña,> bromeó Marco dándome una palmada en la grupa. El instinto del búfalo se despertó y me giré. Dispuesta a pegar cornadas. <¡Cuidado, por poco me destripas!> gritó, retrocediendo justo a tiempo. <Lo siento,> murmuré Seguí a los otros fuera de la cueva con precaución. Más me valía fiarme de mi olfato y de mi oído que de mi vista. Estaba en guardia. <Tenemos serios problemas,> anunció Jake. <No pasa nada.> Rachel echó la cabeza atrás profiriendo un rugido furioso – ¡GRRROOOOOAAAAARRRRRRRR! Nos encontramos en medio de la negra noche. El potente instinto de defensa del búfalo me cautivó y me lancé de repente a correr a través de los matorrales para empalar un taxonita con mis cuernos. – ¡SSKKKKRRRIIIIII! Se dejó caer, lleno de sangre, desprendiendo un hedor pútrido. En el mismo momento, dos taxonitas más se le tiraron encima para devorarlo. El clima de agresividad que reinaba volvía al búfalo loco de rabia. ¡BLAN! Cargué, enviando a uno de los taxonitas voraces contra un árbol. Explotó, esparciendo los alrededores con trozos de tripas. Desenfrenada, atropellé al segundo taxonita y pateé su cuerpo adiposo con mis pezuñas. Se debatió en un último espasmo, pero apenas noté sus dientes como agujas hundirse en mi carne. Mi corazón latía a más no poder y la adrenalina propulsaba mi enorme cuerpo. Nada podía herirme. Y nada podía pararme. – ¡SSRRRRRRIIIIIIWAAAAAAAAARRRR! Me giré y vi a Jake abrir un taxonita a lo largo. – ¡RRRRROOWWWWRRRRR! Rachel hería a dos hork-bajirs a golpe de garras y dientes, el pecho lleno de sangre. Pateé a uno con furia. ¡WOUMPF! La hoja de su muñeca me rozó la espalda. Lo encorné y lo espachurré. Sólo entonces retrocedí. No se movía. ¡FWAP, FWAP! Mi visión se nubló, un velo gris de furor me cegaba. Arremetí contra la masa de hork-bajirs, como un tanque, un rollo compresor. Los atravesé, los destripé, los lancé por los aires como si estuviéramos jugando a los bolos. Acudieron sus refuerzos, con las hojas de las muñecas preparadas para luchar. – ¡TSSEEEEEERR! Tobias chilló cuando hundió las garras en los ojos de uno de los asaltantes. Todo el mundo gritaba. Marco abatió con su enorme puño a un taxonita. Pero tenía el cráneo lleno de sangre y una oreja menos. <¡Son demasiados!> -¡GRRRRRRROOOOOOOAAAARRR! -rugió Rachel cuando una hoja de hork-bajir se hundió profundamente en su espalda. Jake saltó sobre un taxonita y lo abrió con sus garras afiladas. Lo dejó para volver a hacer lo mismo con otro. <Tenemos que continuar luchando. ¡Si nos replegamos ahora, estamos muertos!> Arremetí contra un hork-bajir. Y contra un segundo. Y un tercero. Los pateaba. Los reducía a puré. Sus hojas se hundían en mi cuero, me acuchillaban hasta el hueso, me hacían gritar de dolor. Pero el búfalo continuaba arremetiendo como un loco. Lucharía hasta la muerte. <¡No puedo más, Jake!> me previno Marco, poniendo la cabeza entre las manos. <Príncipe Jake, tenemos que parar,> anunció Ax en tono trágico decapitando a un taxonita. <El enemigo nos sobrepasa ampliamente en número y…> Fue en ese momento que oí un mugido familiar. El verdadero búfalo estaba ahí, dispuesto a pelear. <¡Es el verdadero búfalo, Cassie!> exclamó Tobias. <¡Los yeerks no lo han cogido!> Llené mis pulmones de aire y emití un mugido estrepitoso. El búfalo se volvió loco de rabia. Era un torbellino destructor. Aplastaba, daba cornadas, pateaba taxonitas y hork-bajirs. Nos venció su rabia por luchar. Se produjo una carnicería sangrienta, diezmamos los escuadrones de controladores con salvajismo. Y, finalmente, los forzamos a replegarse en el bosque, gritando, heridos y deshechos. Se había acabado. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Nos encontrábamos en un estado deplorable. Ax y Tobias vigilaban, y nosotros nos transformamos. El búfalo nos miraba, y entonces también él se transformó. Una vez más, la cabeza apareció primero. Era embarazoso. -De todas las personas aquí presentes, tenía que adquirir a Chapman, -suspiró Marco desviando la vista. -No es muy guay. <No creo que lo haya elegido,> remarcó Tobias. -Se vuelve humano, -constaté con calma mientras sus cuernos eran aspirados al interior de su cráneo. <¡No sabe lo que hace, Cassie!> insistió Tobias. ¡CCRRACK! Las piernas del búfalo se plegaron en el otro sentido, se alargaron y desarrollaron unas rodillas humanas. -Es verdaderamente asqueroso, -dijo Rachel sacudiendo la cabeza. -No es… no es natural, no es normal. -Y nosotros, ¿crees que somos “normales”? -repliqué, mientras el hombre-búfalo se levantaba como podía sobre sus piernas temblorosas. Jake me miró con preocupación. -No es lo mismo, -intervino Marco. -Nosotros nos transformamos conscientemente. El búfalo imita lo que ve. No tiene ni idea de lo que le pasa. -Pero… ¿y si pudiese aprender? -protesté. -¿Y si ahora que tiene un cerebro humano, aprende a usarlo? Y si aprendiera a pensar, o a… -Bah, -gruñó el hombre-búfalo. -Aeuh-bah. Se giró hacia mí inclinando la cabeza -¡Aprende a hablar! -exclamé con un escalofrío de excitación y miedo. -Imposible, -replicó Marco. -Ha sido sólo azar. Un disparo de neuronas en la parte de su cerebro encargada del lenguaje. -Te equivocas. Me acerqué lentamente al hombre-búfalo, que se quedó inmediatamente quieto. -Buenas noches, ya sé que no me comprendes aún, pero… -Baaah, -gruñó, sacudiendo la cabeza. -Baaheuu. -Buenas noches, -repetí. -Baheu, -articuló, perplejo. -No le enseñes a hablar, Cassie, -me previno Jake. -Si se vuelve demasiado humano, se complicara aún más. Entonces Rachel le tomó la palabra: -Confía en mí Jake. No vivirá lo suficiente. No voy a dejar que una especie de Chapman mutante nos entregue a los yeerks. ¡Twok, twok, twok! <El helicóptero>, anunció Tobias con voz ansiosa. -Tenemos que transformarnos, -decidió Jake. -No tenemos elección, nos transformamos en lobo. ¡Twok, twok, twok! Me concentré en el ADN del lobo. Rápidamente, un espeso collar de pelo creció alrededor de mi cuello. Mis piernas menguaron pero no perdieron fuerza. Mi pecho y mi espalda se abombaron mientras que mi cara se alargaba hacia delante. Mis dientes se transformaron en largos colmillos afilados. El hombre-búfalo se transformaba también. Me miraba mientas su cuerpo humano sin defensas se volvía macizo como una roca. Entonces sus terribles cuernos emergieron del cráneo. Me imitaba. ¡Twok, twok, twok! Los árboles se agitaban furiosamente y la tierra giraba en remolinos. Cogí el Cubo Azul con mi boca. <¡Vamos!>, ordenó Jake, huyendo del claro. <¡Esperad!,> grité. <¡El búfalo!> <¡No podemos esperar!>, replicó Rachel adelantándome. <¡Pero no vamos a abandonarle!> <¡Ven, Cassie!> gritó Jake. <No está transformado. Si corre no atraerá los sensores helmacrones. ¡Nosotros sí, tenemos que irnos!> El verdadero búfalo mugía, resoplaba y corría hacia mí, seguido de cerca por los haces de luz del helicóptero. No podía matarlo y no podía dejar que se me acercara. Si no, los yeerks descubrirían el cubo de mi boca. Me giré y corrí para alcanzar a los demás. Oía al búfalo que intentaba abrirse camino aplastándolo todo a su paso. Oía las palas del helicóptero muy cerca, pero me alejaba ya zigzagueando a través del bosque. ¡TSSSIIIIOU! Un pino explotó justo detrás de mí. ¡TSSSIIIOU! ¡KABOUM! Una roca enorme voló en pedazos, proyectándolos por ahí. <Un caza-insecto>, comentó Ax con tono siniestro. <¿Qué me dices?> se burló Marco. -¡SSSSSSRRRRRRRIIIAAA SSSSSSSIIIIIIIIWWWWIIIIIIIITT! Dos taxonitas surgieron de los matorrales delante de Tobias. -¡Grr Grr GRRROARRR! Dejé caer la Caja Azul y me lancé hacia en taxonita mas cercano. Sentí sus pequeñas patas aterrorizadas moverse sobre mi pelaje. Hundí mis dientes en su inmunda carne y lo despiecé. Chillaba. Lo mordí una y otra vez, hundiendo mi hocico en su vientre para vaciarlo de sus entrañas. Entonces ayudé a Tobias a acabar con el otro, recuperé el Cubo con mi boca y me alejé rápidamente. <Gracias,> me dijo Tobias que corría a mi lado. <No los vi venir.> <No vuelvas a hacerlo, Cassie,> me sermoneó Jake. <No vuelvas a dejar la Caja Azul por ahí. ¡Otro taxonita podría haberla cogido! ¡Imagínate la catástrofe!> Tenía razón, pero su tono y su mirada me hirieron. <Lo siento>, murmuré <Rachel, ponte detrás de Cassie,> ordenó. <Así, en caso de ataque…> <Yo me ocupo>, prometió Rachel pasando detrás de mí. Me sentía realmente idiota. No había estado muy audaz. Pero aún así no podía dejar a los taxonitas hacer pedazos a Tobias, ¿no? No. <Se preocupa por ti, Cassie>, me dijo Rachel en privado. <Diría que no confía en mí.> <Tiene una confianza plena en ti, sino le habría dado el Cubo a otro. Es por eso que me ha pedido que te cubra. Para que tú puedas realizar tu Gran Misión, y yo arregle los pequeños problemas técnicos. ¿Lo entiendes?> <Vaya… visto desde ese ángulo…> ¡SLASH! ¡CRRRAAAACK! Una tropa de hork-bajirs surgida del bosque nos rodeó. Y, a pocos metros, oí a Jake gritar de dolor. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Cundió totalmente el pánico. Gritos. Chillidos. Aullidos de dolor. Rachel me adelantó como un rayo, con las garras y los colmillos por delante. Se echó sobre el hork-bajir más cercano y lo degolló. Fue entonces que el búfalo se precipitó detrás de mí y se lanzó hacia la masa, aún con sus heridas sangrando. ¡TSIIIOU! ¡TSIIOU! Un flash cegador iluminó el claro y otro árbol explotó. Como no podía dejar la Caja Azul, no podía luchar. No podía ayudar a mis amigos. Me alegraba de que el búfalo nos hubiera seguido, así ocupaba mi lugar en el combate. Pero tenía miedo también de que los hork-bajirs se dieran cuenta de que yo no luchaba y se preguntaran qué tenía en la boca… Repté hacia un matorral y me escondí, a salvo. ¡TWOK! ¡TWOK! ¡TWOK! El helicóptero estaba justo encima de nosotros. El torbellino de sus palas nos bombardeaba de agujas de pino, de tierra y otros desechos. Los haces de luz iluminaban todo el claro, sin dejar ningúna zona de sombra para esconderse. Era una carnicería horrible y sangrienta. Brazos y piernas de hork-bajirs estaban repartidos por el suelo, bañados en charcos de sangre. Los taxonitas se alimentaban de cadáveres babeando de placer, como en una película de terror realmente gore… salvo que no era una película. Era real. <¡Vamos, Cassie!> gritó Jake. <¡Corre! ¡Huye hacia la playa! ¡Nosotros te seguimos!> ¡TWOK! ¡TWOK! ¡TSIIOU! Un pino estalló en pedazos. Las luces se dirigieron hacia mí, atraídas por la energía del poder de la transformación. Atraídas por la Caja Azul. Habíamos huido zigzagueando entre los árboles y finalmente conseguimos, no sé por qué milagro, despistar al helicóptero. Los cazas Insecto barrían el cielo, disparando a todo lo que se movía. Pero se concentraban en el sitio que ya habíamos dejado. <Se imaginarán que estamos demasiado cansados para correr>, supuso Marco, que cojeaba. Jake caminaba a mi lado. <Mejor, les dejaremos pensar lo que quieran.> Se giró hacia mí. <¿Todo bien, Cassie?> <Sí,> le respondí secamente, apretando la mandíbula sobre el Cubo Azul. Debió de percatarse de mi tono, porque se dirigió a mí en privado: <Siento mucho haberte gritado antes. No era lo que pretendía.> <Está bien, suspiré,> demasiado cansada para guardarle rencor. <Lo comprendo, debemos conservar el Cubo al precio que sea.> <El bosque se acaba y desemboca en una carretera, príncipe Jake,> anunció Ax aminorando el paso. <¿Continuamos?> <Sí, la cruzaremos para alcanzar la playa.> <Seguramente habrá montones de patrullas y barreras en la carretera,> intervino Tobias. <Controladores,> precisó Rachel. [i]Y seguramente incluso más hork-bajir[/i], pensé. Nos escabullimos a través de los matorrales que bordeaban la carretera. <Bueno, ¿alguien tiene alguna idea genial?,> preguntó Marco. <¿Cómo atravesaremos la carretera sin que nos descubran?> <Nos transformamos en mosca,> propuso enseguida Rachel. <Pero no podremos transportar el Cubo Azul,> subrayó Jake. <Bueno, en ese caso, me transformo en elefante, pateo a todo el que se me acerque y cruzo sujetando el cubo en mi trompa,> repuso Rachel. <Mal plan,> dijo Marco. <Hemos llegado hasta aquí porque las patrullas estaban dispersas en nuestra búsqueda. Si saben que estamos por aquí, acudirán todos. No hace falta que averigüen exactamente dónde estamos. Aún no.> <¿Tienes una idea mejor?>, preguntó Rachel con tono meloso, lo que en ella significa que se está absteniendo de darte un puñetazo. Retrocedimos un poco para dejar pasar un coche patrulla que alumbraba el bosque con los faros. <Bueno, mejor si encontramos alguna cosa porque cuanto más nos quedamos aquí, más oportunidades habrá de que nos cojan,> remarcó Jake. <Sobre todo si el búfalo nos alcanza.> <Pero cuando es búfalo, no produce energía de transformación,> protesté. <No, pero no es muy discreto, Cassie,> me respondió Marco. <Arremete sin reflexionar como… como un gran búfalo, vaya.> <No te preocupes. Está lejos de nosotros,> afirmé, aunque no sabía nada de nada. Marco me miró pero yo me volví. <Podríamos romper el cubo para que cada uno pudiese llevar un trozo en su lomo,> propuso Tobias volviendo al tema. <No, porque tendríamos que tomar formas demasiado grandes que harían que nos descubriesen,> respondió Jake. Y de súbito, tuve una idea. Era tan simple. De una simplicidad evidente. <Sólo tenemos que lanzarlo.> <¿Cómo?> se sorprendió Jake <Nos transformamos en humanos y de nuevo en mosca, cruzamos la carretera y nos volvemos a transformar. Pero uno de nosotros se queda al otro lado, se transforma y lanza el cubo por encima de la carretera cuando nadie mire. Nosotros lo cogemos. El lanzador se transforma en mosca, se reúne con nosotros volando y huimos. ¿Es muy simple, no?> <Eso provocará demasiada energía de golpe,> subrayó Tobias, no muy convencido. <Vamos a atraer a los sensores helmacrones, al helicóptero y a las tropas yeerks.> <Sí, pero si nos quedamos aquí, los sensores acabarán detectándonos igualmente,> remarcó Ax. ¡Twok, twok, twok! El helicóptero. <¡De acuerdo, vamos allá!> decidió Jake. <Lo siento Rachel. Te he robado tu expresión preferida.> <Esta vez tiene un pase, pero que no vuelva a ocurrir.> Era un plan muy simple y hubiese tenido que funcionar sobre ruedas. En principio. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] Transformarse. Y volverse a transformarse en mosca. Marco tenía que quedarse en forma humana porque se había ofrecido para lanzar el cubo. Era agotador, pero necesario. Enormes ojos brillantes surgieron de mis órbitas. Las patas brotaron de mi pecho y unas alas transparentes se desplegaron en mi espalda. Crujidos, borboteos, ruido de tripas. Y la larga trompa tubular apareció justo en medio de mi cabeza de mosca. Doscientos batir de alas por segundo. Llevada por la velocidad del insecto, despegué, volé por los aires y aterricé en la nariz de Marco. -¡Ey! -exclamó bizqueando. -¿Quién ha sido el listo que se ha posado aquí? <Lo siento,> dije revoloteando a su alrededor. <Bueno, calma. Marco, te avisaré cuando estemos al otro lado y cuando nos hayamos vuelto a transformar,> explicó Jake. <Entonces nos lanzas el cubo. Lo cogemos, te transformas en mosca y nos largamos.> -De acuerdo, tío, -asintió Marco agachándose entre los matorrales. <¡Desplegaos!> ordenó Jake.<Nos encontraremos en el otro lado.> Me lancé tras él. De acuerdo, una mosca va solamente a seis, siete kilómetros por hora, pero cuando sólo mides medio centímetro, es una velocidad loca. Reprimí mis ganas de ir zigzagueando por los aires y fui en línea recta hasta el otro lado de la carretera. Los faros de un coche de policía perforaron la noche. Subí en picado justo una milésima de segundo antes de que la luz me diera. <¡Misión cumplida! > exclamó Jake posándose en un espeso tapiz de hierba. <Creo que estoy justo detrás de ti,> dije aterrizando para transformarme inmediatamente. <¿Estamos todos aquí?> preguntó Jake después de haberse transformado para volverlo a hacer en lobo. <Creo que efectivamente estamos todos aquí, príncipe Jake.> La transformación es un proceso cansado. Nunca habíamos encadenado tantas transformaciones. Habíamos pasado de lobo a humano, de humano a mosca, de mosca a humano y de humano a lobo. ¡Era agotador! Pero resultaba agradable estar en la piel del lobo, fresco y dispuesto. Sólo sentiríamos el cansancio en el momento de volver a ser humanos. Y necesitaríamos una buena semana de sueño para restablecernos. ¡Twok, twok, twok! <¡Vamos Marco!> gritó Jake. <¡Puedes lanzar!> No podía responder porque se había transformado. <Están llegando dos coches patrulla más,> señaló Tobias. <El helicóptero debe de haber sentido la energía de la transformación y guiado a los vehículos por radio.> <Tenemos que arriesgarnos de todas maneras,> afirmó Jake. <¡Marco, lanza bien alto y ven deprisa!> El Cubo Azul se elevó encima de los matorrales, arriba, arriba, más y más arriba, describiendo un arco por encima de la carretera. ¡Twok, twok, twok! Las copas de los árboles comenzaron a temblar cuando el aparato se acercó. <¡El helicóptero se acerca!> gritó Jake. <¡Cruza! ¡Date prisa, Marco!> Un haz de luz perforó la oscuridad, a uno o dos metros del cubo. Retuve la respiración. ¡TWOK, TWOK, TWOK! El helicóptero rugía por encima de los árboles, levantando torbellinos de polvo. Los matorrales se tumbaban a su paso. Los controladores humanos saltaron de los coches, con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados para luchar contra la potente corriente del helicóptero. <¡El viento dirige el Cubo hacia nosotros!> Lo vi tomar altura y caer en picado hacia el suelo. Entonces tensé mis músculos, salté por los aires y lo intercepté justo antes de caer al suelo. <¡Guau! ¡Bien hecho!> me felicitó Tobias. <Ay,> murmuré. Mi lengua estaba entumecida por el choque. <¡Estoy impresionado!> exclamó Jake. <¡La próxima vez que juguemos al frisbee, te quiero en mi equipo!> Y entonces, todo se convirtió en una pesadilla. El búfalo, con la cabeza bien alta y las ventanas de la nariz dilatadas, cayó rodando en la carretera. <Vaya, corre más deprisa de lo que esperabas, ¿eh, Cassie?> remarcó secamente Marco. El búfalo se quedó mirando a los controladores humanos que lo observaban boquiabiertos. Uno de los policías levantó el brazo y cuatro o cinco hork-bajirs surgieron del bosque. El búfalo resopló nervioso. Sabía lo que significaba. Lo había experimentado ya. Se sentía amenazado. Iba a cargar. Para defender a la “manada” que había seguido toda la noche. <Príncipe Jake, el búfalo se está volviendo realmente problemático>, comentó Ax, impasible. <Mirad, está rodeado de hork-bajirs. Y va a atacarlos,> dijo Rachel, admirada. <Luchará a muerte.> <No,> replicó Marco, <los controladores humanos no lo matarán. No si Visser Tres piensa que es un andalita.> Yo sabía que Marco tenía razón. El controlador que atrapara a un “andalita rebelde” vivo sería probablemente recompensado. El controlador que lo matara firmaría su pena de muerte. Tendríamos que eliminar a ese búfalo. Si estuviésemos más cerca de mi casa, lo habríamos hecho humanamente, mediante eutanasia con el material veterinario de mi padre. Pero no estaba en casa. No sabía cuando sucedería, ni con qué forma tendríamos la fuerza suficiente para matar a un animal tan potente, pero mi estómago se revolvía cuando pensaba en un combate búfalo contra búfalo. <¿Cassie? Lo lamento mucho pero no podemos permitir que lo capturen,> declaró Ax, dulcemente. <Vale,> dijo Jake en tono cansado. <¡Vamos a salvar al pobre búfalo!> [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] El helicóptero arremetió contra nosotros. Nos quedamos petrificados. <¡Atención!>, grité tirándome encima de Jake para ponerlo fuera del alcance del aparato. <¡Umpf!> gruñó. <Gracias, esto… Cassie, supongo.> <Estamos atrapados,> se percató amargamente Rachel. <¡Y todo por culpa de ese búfalo estúpido!> Miré al búfalo. Sus flancos palpitaban. Cabeza alzada, miraba fijamente la silueta que salía del helicóptero. <Visser Tres>,> anunció Ax fríamente, mientras el líder de la invasión yeerk saltaba ágilmente del aparato. <Ah, basura andalita,> dijo Visser Tres en tono casi amable, mirándonos y riendo entre dientes. <¡Qué considerado por vuestra parte haberos agrupado para facilitar el trabajo a los sensores helmacrones!> Su mirada se detuvo en el búfalo. <Ya habéis causado suficiente daño por hoy. Acabemos rápido, ¿de acuerdo? ¿Dónde está el Cubo?> Se acercó al búfalo y hundió un dedo en una de sus heridas abiertas. <¡Respóndeme, andalita!> El animal resopló sacudiendo vigorosamente la cabeza. Su cuerno por poco le da a Visser Tres. El jefe yeerk se alejó rápidamente. Sus ojos principales estaban perdidos en el vacío, como si estuviese drogado. <Qué locura,> murmuró Marco. <¡Este tipo tiene más vida que un gato!> <¡Decidme dónde está ese maldito Cubo Azul!> rugió Visser Tres, visiblemente recuperado del susto. Los hork-bajirs comenzaron a empequeñecer a su lado, así como los controladores humanos aún en pie. Y nosotros. No alcé la vista. Seguía con la cabeza bajada para disimular el cubo que llevaba en la boca. <A lo mejor uno de vosotros lo lleva encima,> dedujo de repente Visser Tres. Dio la espalda al búfalo y nos miró uno tras otro. <Príncipe Jake, el búfalo se transforma,> señaló Ax, asustado. <Ha adquirido a Visser.> <¡Eso sí que es fuerte, tío!> Marco se echó a reír a carcajadas. Mientras el verdadero Visser se encolerizaba con los hork-bajirs que no habían sabido recuperar el cubo, el búfalo se volvía azul. Tentáculos oculares le crecían en la cabeza y unos brazos delicados en el tórax. Se transformaba en la réplica idéntica del huésped andalita del Visser. Con, por supuesto, la terrible cola de escorpión de los andalitas. <Es ahora o nunca,> dijo Jake tenso. ¡Cuando Visser se gire y descubra al búfalo-andalita, aprovechamos para largarnos! ¡Corremos derechos a la playa!> <¿Y qué le pasará al búfalo?>, me inquieté yo. Estaba intentando agitar su cola, cortando a su paso el brazo de un hork-bajir. <¡No sabe qué hacer con su cuerpo!> <Aprenderá rápido,> me aseguró Jake cuando el hork-bajir lanzaba un grito de dolor. Visser Tres se giró, sorprendido. <¡Vamos!> gritó Jake. “¡Grr Grr ROWWR!” Me lancé a través de la multitud de hork-bajirs aterrorizados. ¡TSIOU! ¡TSIOU! <¡Cogedle!> ordenó Visser Tres señalando con un dedo impetuoso al búfalo en forma andalita. El búfalo hizo lo mismo, imitándolo. Los hork-bajirs dudaron, despistados. La cola de escorpión de Visser Tres se levantó. La del búfalo-andalita también. ¡FWAPP! Visser Tres cortó un brazo del búfalo-andalita. El búfalo mugió mentalmente y arremetió. Agitaba la cola sin una verdadera técnica pero con rabia ciega. Obligó a Visser Tres a retroceder. Los controladores –hork-bajirs y humanos– no sabían qué hacer. Estaban petrificados ante la idea de equivocarse de Visser y atacar al malo. <¡Rápido! ¡Rápido!> gritaba Jake arremetiendo contra la masa y abriéndose camino. Corría hacia los árboles con nosotros tras él, quitando de en medio todo lo que se ponía en nuestro camino. Me hubiera gustado poder llamar al búfalo. Nos había ayudado a luchar y no quería abandonarlo para que lo mataran. O algo aún peor. ¡FWAPP! La cola de Visser Tres cortó de nuevo. Uno de los tentáculos oculares del búfalo aterrizó en el suelo. La cola de escorpión del búfalo-andalita surcó el aire. Era más una reacción de dolor que un movimiento consciente pero la parte plana de la hoja golpeó a Visser Tres en plena cabeza. Se derrumbó como una piedra. Los hork-bajirs se callaron, completamente desorientados. El búfalo en forma de andalita los apartó y corrió hacia el bosque. Para reunirse con nosotros. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Nos acercábamos a la playa, pero estábamos heridos y cansados. Podía oír a los hork-bajir persiguiéndonos. No los teníamos justo detrás, pero ganaban terreno. Tobias se había transformado ya para surcar el cielo. <Vamos chicos, ya casi hemos llegado. Tenemos que darnos prisa.> Jake suspiró. <Sí, vamos. Ya estamos casi. ¿Todo el mundo está preparado? ¿Cassie?> Tenía la piel de gallina. Podían salir mal tantas cosas… <Visser Tres está convencido de que tenemos el Cubo con nosotros,> continuó Jake. <Y cuando vuelva en sí, caerá sobre nosotros como un rayo.> Me miró fijamente a los ojos. <Uno de nosotros se ha de quedar atrás para retrasarlo.> <Me quedaré yo.> Era Rachel, claro. <No, lo tengo que hacer yo,> dije lentamente. <Si me quedo en forma de búfalo, estoy casi segura de que el búfalo se quedará conmigo para luchar.> Y probablemente para suicidarse. Tenía la impresión de ser la peor de las traidoras. <De acuerdo,> aprobó Jake. <Vale, chicos, vamos. ¿Cassie?> <¿Sí?> <Nos encontraremos en el agua.> Cogió el cubo en su boca. [i]Espero[/i], pensé. Pero no lo dije, ni por telepatía. Me contenté con verlos alejarse. El búfalo-andalita se agitó. Me giré hacia él. Estaba herido, sangraba. El tentáculo ocular que le quedaba colgaba lamentablemente. Tenía que encontrar una manera de hacerlo transformarse para que retomara su forma de búfalo, mucho más peligrosa. Y me sería más útil. Así, me transformaría también en búfalo, y podríamos luchar uno al lado de otro. Me concentré en mi ADN humano. Me transformé lo más rápido que pude, para no dejar que el búfalo me imitara. Pasé de un pobre lobo herido, medio muerto, a una niña humana, e inmediatamente cogí volumen, cubrí de cuero espeso, y me armé de cuernos puntiagudos. El búfalo se hinchó y cambió de color, para imitarme. Y retomó su forma de búfalo. Me miró, perplejo durante un momento, y la tensión se relajó. Me había seguido ya como búfalo antes, estableciendo así una jerarquía entre nosotros. Un crujido de ramitas. Levantamos la cabeza con un mismo movimiento, las aletas de la nariz palpitando. El olor del peligro inminente. La señal de que teníamos que proteger a la manada. Resoplé. Resopló. Me introduje entre los matorrales altos y él me siguió. Teníamos que esperar. Para tender una emboscada a los hork-bajirs. Entonces reparé en el acantilado al borde de la hondonada. No era muy alta, pero tendía que hacer daño caer de ahí. Estarían aquí dentro de algunos minutos. Se acercaban sin hacer ruido, con precaución. Esperamos hasta que estuvieron casi a nuestra altura y… Me precipité desde de los matorrales, echando abajo los árboles, encornando y perforando todo lo que encontraba, dejándome llevar por el instinto de defensa del búfalo. Estaba encolerizada. Cada vez más hork-bajirs entraban en la estrecha hondonada. <¡Dejadme pasar!> tronó Visser Tres dirigiéndose a sus tropas. Mi sangre se heló. Se transformaba. Su cuerpo de andalita se hinchaba, se fundía, se volvía negro, pegajoso y chorreante. Infectaba todo lo que tocaba. Con su contacto la piel de los hork-bajirs más cercanos se ampollaba con un chisporroteo, como disuelta por un ácido. Agitaba sus tentáculos rechonchos y supurantes mientras que su gigantesca boca, con dientes de sierra, mascaba ruidosamente, chorreando baba corrosiva. -Es el momento de huir, -me dije cuando Visser Tres me señalaba con un tentáculo. Un chorro de ácido atravesó el aire. Salpicó al hork-bajir que se encontraba delante de mí, que se derrumbó en el suelo retorciéndose de dolor. Los agujeros que se abrían en su piel despedían un hedor pútrido. Di media vuelta. Me propulsé con mis cortas patas musculosas. Llamé al búfalo con un potente mugido, corrí hacia el borde de la hondonada, y salté. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Pánico total. Terror puro. Caer no tiene nada que ver con volar. No tienes ningún control sobre nada. Mi instinto de búfalo perdió los estribos. Mugía, mis patas batían el aire en busca de un apoyo, de alguna cosa sólida a la que agarrarse. Mi corazón latía a toda velocidad y el miedo me helaba la sangre. Atravesé la espesa maleza, y caí, caí… Abajo vi las rocas alzarse, duras y crueles y… ¡WHOUMPF! ¡CRUUUNNCH! No podía respirar. Ni moverme. Me dolía todo. ¡WHOUMPF! ¡CRRAAAAACCCKK! El suelo tembló cuando el verdadero búfalo aterrizó a mi lado. Abrí los ojos, medio inconsciente a través de una espesa niebla, y vi que me miraba. Gemía de forma patética, intentando levantarse. No podía. Tenía dos patas rotas; sus huesos habían perforado la piel. Perdía mucha sangre. Estaba agonizando, pero no estaba muerto. Aún no. Yo también sangraba: una rama me había perforado el estómago en la caída. [i]Se infectará[/i], me dijo mi conciencia nebulosa. [i]Sería mejor limpiar esta herida cuidadosamente, si no…[/i] No. Nadie limpiaría mis heridas. Nadie vendría a salvarme. Todo daba vueltas a mi alrededor. Entorné los ojos para luchar contra el vértigo. Me estaba desangrando. Probablemente moriría antes que el búfalo. Si moría. Él aún gemía. Sus patas útiles rascaban el suelo frenéticamente. Sólo había una manera de salir de allí. <Mírame>, le ordené. Ladeó la cabeza y fijó sus ojos en mí. Empecé a transformarme, lentamente primero y luego cada vez más rápidamente. Mis huesos rotos se reformaron rechinando. -¡Vamos! -lo apuré mientras él gruñía empezando a transformarse. Me agazapé entre los matorrales a su lado. Me daba náuseas verlo transformarse, y sin embargo no quería dejarlo morir así, agonizando durante horas. O peor, capturado por los yeerks. Una cabeza humana. Una nariz que se alargaba, se afinaba. Dos ojos acercándose. Los dientes haciéndose más pequeños. El hombre-búfalo abrió los ojos y me miró. -Vamos, ven, -le dije una vez que la transformación hubo terminado. Me levanté. El hombre-búfalo –Chapman– se puso de rodillas. Temblando, se levantó. Avanzó un paso con sus piernas temblorosas, y entonces gruñó. Yo hice lo mismo. -Ven. Progresábamos lentamente, manteniéndonos junto a la pared del acantilado, donde los yeerks no podían vernos. No podían descender, a menos que cogiesen el mismo camino que nosotros. Visser Tres lo sabía: sus gritos furiosos resonaban por todo el cañón. El hombre-búfalo se puso tenso al escucharlo. Sacudió la cabeza. -No lo escuches, -le aconsejé haciéndole señales de que me siguiera. -Ven, tenemos que reunirnos con los otros. Pero diciéndolo no me sentía mejor. Estaba dividida entre la esperanza y el miedo. ¿Qué sería de esta pobre criatura mutante cuando encontrásemos ‘al resto de la manada’? No podíamos dejarle vivir y sin embargo, me rebelaba contra la idea de matarlo. Podría haberlo dejado morir bajo el acantilado. Marco y Rachel dirían probablemente que tendría que haberlo abandonado, y era lo que Jake esperaba de mí… pero simplemente me sentía incapaz. Era responsable en parte de su desgracia. No podía abandonarlo mientras supiera como sacarlo de ahí… no, no podía. Si tenía que morir, tenía que morir rápido, sin sufrir mucho. Sin agonía. Humanamente. -¡Baaaah! -exclamó tropezando con sus piernas humanas demasiado débiles. -¡Baaah! -Debes tener cuidado dónde pones los pies, -le dije mostrándole la piedra plana donde me aguantaba. -¿Lo ves? Avancé sobre otra roca plana, evitando un matorral de espinos. -Así. El hombre-búfalo frunció el ceño pero caminó sobre mis pasos. Su cara se suavizó. -Baaah. -Sí, muy bien, -le respondí. Mi corazón se encogió. ¿Qué estaba haciendo? No habría tenido que hablarle -pero siempre hablaba a los animales heridos que curaba en la granja, cuando cambiaba las vendas o les limpiaba sus jaulas. Mi dulce voz los calmaba… Pero ahora era diferente y yo lo sabía. -¡Mírala! ¡Cassie! Un grito, en la lejanía. Levanté la mirada y vi a Jake que me hacía señales. Emergí brutalmente de mis pensamientos. De golpe, con hombre-búfalo o sin él, me sentí feliz de reencontrarme con mis amigos. No importaba lo que fuera a suceder. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] -¿Cómo ha podido sobrevivir a una caída así? -preguntó Marco señalando al búfalo antes de mirarme de mala manera. – Estaba en un estado miserable, -confesé evitando su mirada. -Pero me vio transformarme y me imitó. Imagino que eso es lo que le salvó. Claro. [i]Imagino[/i]. ¡Qué hipócrita! -No llego a acostumbrarme, -intervino Rachel. -Quiero decir, ya es bastante molesto tener a esa especie de mutante siguiéndonos por todos lados, ¡y además tenía que adquirir a alguien que conocemos! Nunca más podré mirar a Chapman sin tener escalofríos. ¡Qué horror! El hombre-búfalo se había agachado con nosotros, en círculo. Sus ojos estaban extrañamente vacíos, sin la menor chispa de inteligencia humana. Y sin embargo nos miraba y husmeaba el aire regularmente. Nos escuchaba también, interpretando el tono de nuestras voces, al acecho de un grito de alarma. Un búfalo en una piel humana. Era desconcertante. -Es atroz, -suspiró Marco desviando la vista. <Es peligroso>, añadió Ax. Me miraba con sus ojos principales mientras sus tentáculos oculares inspeccionaban los alrededores. Jake me dirigió una ligera sonrisa cuando me senté en una piedra a su lado. El Cubo Azul estaba entre los dos. -Bueno, me alegra que lo hayas conseguido. -A mí también, -respondí con tono cansado. -¡Hemos tenido un aterrizaje movido! Bueno, lo hecho, hecho está… -Baaaah, -articuló el hombre-búfalo, haciendo que instantáneamente giráramos todos la cabeza en su dirección. -¿Baaaaaahn? -No, no está bien, -replicó Marco. -No está bien. El hombre-búfalo frunció el ceño. -¿Nooo biiiiianh? ¿Naaabien? -Le estoy enseñando a hablar al director de mi instituto, -masculló Marco. -¿Estamos locos o qué? <No es Chapman,> le recordó Tobias. <No lo olvides. No es Chapman.> -¡Tiene la facultad de aprender! -dije, mientras empujaba maquinalmente una hormiga que escalaba por el cubo azul. Cayó al suelo y se dispuso a trepar por mi pierna. -No, Cassie, no aprende nada. Sólo repite. Nos imita, eso es todo, -insistió Rachel. -No hagas una montaña de un granito de arena. Tendría que estar muerto desde hace tiempo. -Tiene razón, -la apoyó Marco lanzándome una mirada llena de dobles sentidos. -No le has hecho ningún favor dejándole vivir, Cassie. Ahora, uno entre nosotros tendrá que… Se hizo un silencio molesto. -Bueno, -dijo Jake levantándose. -Creo que tendríamos que ir tirando. Los yeerks acabarán por encontrarnos, eso seguro, y más nos vale estar preparados cuando lo hagan.” -¡Bip-bip! -exclamó Marco saltando. -¡Vivan los yunques! Me levanté lentamente. Imitada por el hombre-búfalo. -Tienes que hacer que se transforme, -me dijo Jake evitando cruzar mi mirada. -Será más seguro. Vamos a avanzar pero iremos despacio para que puedas seguirnos, Cassie. ¿Y el búfalo?, tenía ganas de preguntar. ¿Qué hago con él? ¿Lo atraigo a lo alto de otro precipicio o a un torrente peligroso y lo abandono? ¿Qué tenía que hacer con ese pobre animal mutante que no habría tenido que existir nunca? ¿Y por qué tenía que matarlo yo? Pero no pregunté, porque sabía lo que dirían. Y tendrían razón, pero… Me giré mientras los otros se empezaban a transformar. -¿Listo? -le pregunté dulcemente al búfalo poniéndome delante de él para que no viera a los demás. Inclinó la cabeza. -¿Biien? -Sí, está bien, -murmuré. -Vamos, ten cuidado. Cerré los ojos y me concentré en el ADN del búfalo. Sentí comenzar los cambios. Como siempre. Los huesos que rechinan, que se contorsionan, que se estiran o que desaparecían directamente. La impresión de estar completamente anestesiada pero aún consciente. Oír los espantosos ruidos de tripas y los crujidos que surgen de tu cuerpo, pero sin sentir nada. Abrí los ojos para ver al hombre-búfalo que acababa su transformación. Gruesos cuernos se desarrollaban en su enorme cráneo, deslizándose detrás de sus orejas sedosas para curvarse y alzarse orgullosamente. ¡SPROUCH! Su cola apareció y la agitó enseguida. <Bien,> le dije mentalmente. Sacudió nerviosamente las orejas, perturbado por ese ruido que resonaba sólo en el interior de su cabeza. ¡Twok, twok, twok! Jake recogió el Cubo Azul y lo apretó entre sus mandíbulas. <¿Cassie?> Me escondí detrás de un enorme ramo de malezas para que el búfalo no me viera. Me transformé y lo volví a hacer en lobo. Sentí mis dientes removerse en mis encías, estirarse en largos colmillos relucientes. Sentí mi cuerpo alargarse y desarrollar los músculos. Sentí un forro espeso crecer en la base de mi cuerpo. Espesos cojines me protegieron la palma de las manos y la planta de los pies. Mi cráneo se resquebrajó y se remodeló para adoptar la forma de un morro canino. <¿Estás lista?> se impacientó Jake. <Lista,> respondí nada más acabó la transformación. <Entonces, estamos listos, vamos…> empezó Rachel <¡Allá!> completó Marco con su voz de superhéroe. Y se fueron con un golpe de viento. Sentía que el búfalo estaba completamente perdido. Oía sus cascos golpear en las ramas mientras galopaba siguiéndoles y mugiendo. Los llamaba. No entendía porqué lo abandonaban. Y, de golpe, las emociones me inundaron. Miedo, cólera. Pánico. Cansancio. ¿Por qué? ¿Por qué nos pasaba esto a nosotros? ¿A esa pobre criatura? No lo sabía y no lo sabría nunca. Y ya estaba harta de no obtener nunca respuesta. Reteniendo un gemido, me lancé sobre los pasos de los demás. Adelanté al búfalo como un rayo, ignorando sus gritos quejumbrosos. Corrí, corrí y corrí hasta que el aire salado del océano me llenó las ventanas de la nariz. Corrí hasta que los gritos del búfalo no fueron más que murmullos, pronto cubiertos por el siniestro zumbido del helicóptero que se acercaba. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] Oía a los demás moviéndose bosque a través delante de mí. El dulce murmullo del océano sobre la orilla Me esforcé por no pensar en el búfalo perdido en alguna parte a mi espalda. <Un helicóptero vuela sobre la hondonada en zigzag,> nos advirtió Tobias. <Está justo detrás vuestro, Jake. ¡Y se acerca rápido!> <¡Entonces es la hora de la operación yunque!>, replicó Jake. ¡Twok, twok, twok! El helicóptero se acercaba ¡Ojalá nuestro plan funcionase! Comenzando a transformarme, advertí una cosa que se movía detrás de mí. -¡Aaaaah! Di un salto hacia atrás. Ahí, justo debajo de mi nariz, en el suelo. Una cosa más y más grande. Negra. Que crecía rápidamente. Cinco centímetros. Quince centímetros. Ahora mediría perfectamente treinta centímetros de largo. ¡Una hormiga! Agitaba sus antenas y hacía castañear las pinzas. Y se volvía más y más grande. Cincuenta centímetros de largo. ¡Y no se acababa! -Transfórmate, -me dije, presa del pánico, retrocediendo para evitar las pinzas afiladas de la hormiga gigante. -¡Transfórmate! El insecto continuaba creciendo, sus patas se alargaban, su cabeza enorme se cubría de cabellos… ¿De cabellos? El extremo de su primer par de patas se hinchó y de él surgieron dedos humanos. Su cuerpo segmentado se fundió y se remodeló en una grotesca forma humana. Grandes ojos salieron de su cabeza, a cada lado de una ancha nariz que conocía demasiado. ¡SCHWIPP! ¡SCHWIPP! Las pinzas fueron absorbidas al interior de su cráneo, dejando salir sólo sus extremidades puntiagudas. Y entre las dos, la cabeza de la hormiga se rajó en una abominable sonrisa humana. Su boca se redondeó en un grito silencioso mientras que unos dientes de un blanco brillante surgían de sus encías rosadas. Por favor, no. Me encontraba cara a cara conmigo misma. [b]©2000 K.A. Applegate 2006 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] No sé exactamente cómo, quizá gracias a mi instinto de supervivencia, acabé de transformarme para retomar mi altura humana. Ahora me encontraba cara a cara con la Cassie-hormiga. Era horroroso. Horrible. Se contorsionaba, se retorcía, su cuerpo no paraba de transformarse de humano a hormiga y de hormiga a humano. Las antenas surgían de su cráneo y volvían a ser aspiradas al interior, para resurgir un segundo más tarde. Me miraba con los ojos desorbitados por el miedo, la boca abierta, chillando como en la peor de las pesadillas. -¡AAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRGGGGGGGGGGGHHHHHHH! Puro terror. Retrocedí titubeante, con las manos contra las orejas para hacer callar esos gritos inhumanos. ¿Qué había pasado? ¿De dónde salía esta segunda abominación? ¿Cómo había obtenido esa hormiga el poder de transformarse? Sólo había una respuesta posible. El Cubo Azul. Lo había tocado. Sí, me acordaba ahora. Cuando descansábamos en las rocas. La hormiga había subido por el Cubo y yo la había empujado. Y entonces subió por mi pierna. Ella había adquirido mi ADN sin tener la más mínima idea de lo que hacia. Levanté la mirada. Chillaba y se retorcía como si estuviera agonizando. ¿Por qué sufría? Si no duele transformarse… Y de pronto me acordé del día en que me transformé en hormiga y entendí por qué la Cassie-hormiga estaba tan aterrorizada. Era por la misma razón, pero a la inversa, por la cual yo no quería volver a transformarme en hormiga. Formaban parte de un grupo, vivían para la colectividad. Eran criaturas sin ningún pensamiento o voluntad propia. Transformándose en humana, la hormiga se había convertido en un individuo con la posibilidad de elegir. Con libre albedrío. El cerebro humano, con toda su complejidad y su curiosidad innata, no le debía de caber en la cabeza. Esa era la explicación racional. Pero desde el punto de vista emocional, era diferente. Me veía plegada en dos de dolor, y era insoportable. -¡Para! -le grité Mala idea. Se levantó sobre sus patas traseras y fijó su mirada en mí. Entonces sus pinzas retomaron la longitud a cada lado de su boca humana y me atacó. Me quedé petrificada de horror cuando ella se lanzó sobre mí, tambaleándose sobre dos pies. Sus pinzas chasqueaban y alcanzó a arañarme la pierna. El dolor me despertó de mi estupor. -¡No! -grité, intentando esquivarla. Pero la hormiga no me dejaba ir, moviendo los brazos en todas direcciones intentando alcanzarme y cortarme. -¡No, no! -sollozaba yo. Habría querido correr, huir de esa horrenda gemela mutante, pero retrocediendo tropecé y caí de espaldas. Inmediatamente, la hormiga me saltó encima. Se encabritó, haciendo sonar sus pinzas con aire amenazador. Sus brazos se arrugaron en delgadas patas de hormiga, y se transformaron en miembros humanos que paraban mis puñetazos y patadas. Su larga boca húmeda se armó de dientes blancos y retomó la forma de la mandíbula de una hormiga, que se cerró sobre mi brazo. Ella apretaba, apretaba, apretaba más y más fuerte. El dolor se volvía insoportable. ¡Me iba a arrancar el brazo! -¡NO! -rugí. Entonces noté un mugido familiar. La Cassie-hormiga se levantó, arrastrándome con ella. -¡Por aquí, por aquí! -grité con voz ronca debatiéndome aún mientras se acercaba el búfalo. Se plantó detrás del insecto y resopló, amenazante. -¡Iiiiiiii! -gritó la Cassie-hormiga dejándome ir bruscamente. Se giró para plantarle cara. Llorando me arrastré a cubierto, sujetándome con precaución el brazo magullado. La Cassie-hormiga, agitaba sus antenas como una loca, con las pinzas haciendo un ruido similar al de un cepo para lobos, y se abalanzó sobre el búfalo. ¡THUNK! El búfalo bajó la cabeza y le dio una cornada. -¡IIIIIIAAAAAAAAAAh! Ella chillaba intentando desembarazarse, golpeando el cráneo del búfalo con golpes furiosos. Y finalmente, con un ruido húmedo de ventosa, se liberó. Retrocedió titubeando, las manos crispadas sobre su abdomen lleno de sangre, moviendo débilmente sus pinzas y abriendo y cerrando su boca humana. Estaba viéndome morir. Ni humana, ni animal, pero una terrorífica mezcla de las dos. Una verdadera pesadilla. Me zambullí en las matas para vomitar. Luego me levanté y me limpie la boca. El búfalo soltaba fuertes mugidos de victoria. Pero no había ganado realmente, ya que la Cassie-hormiga no estaba muerta. Menguaba y se transformaba en una grotesca mezcla mitad humana, mitad hormiga. Se volvía más y más pequeña. -¡Oh, no! Me acerqué titubeando. Y la aplasté. Pateé el suelo con furia. La espachurré con mis pies desnudos para estar segura de que estaba muerta. Nunca, nunca más tendría que existir una abominación igual. ¡Twok, twok, twok! El helicóptero se acercaba, sin duda atraído por ese torrente de energía de transformación. Tenía que irme inmediatamente, sino nuestro plan se estropearía. El búfalo se había calmado un poco y pacía entre las pocas matas de hierba que bordeaban el lago. Me escondí detrás de un árbol. Y me concentré en el ADN del águila pescadora. En seguida fui arrastrada hacia el suelo, encogiendo a gran velocidad para detenerme súbitamente como un viejo ascensor que llega a su piso. Un motivo que parecía encaje apareció en mi piel y se transformó en plumas. Mi cara se alargó, mis labios apretados fueron sustituidos por un pico, endureciéndose instantáneamente como cemento rápido. Mis ojos se separaron y mi visión se aguzó. Mis huesos se vaciaron. La transformación estaba terminada. Agité mis potentes alas y fui a posarme en una roca. El búfalo me observaba perplejo, vacilante. Lo miré sin saber qué hacer o qué decir. Con un mugido interrogativo, se acercó. ¡TWOK! ¡TWOK! ¡TWOK! <Tengo que ir,> empecé, consciente de que no entendía nada. <Gracias, me has salvado la vida.> El búfalo movió las orejas. Y entonces, supe qué decir. <Eres muy bueno.> Sus orejas se enderezaron y emitió un pequeño gruñido casi amistoso. El helicóptero llegó justo encima de nosotros. ¡TSIIOU! Y el rayo dragón desintegró al búfalo. [b]© 2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/i]

[b]Capítulo 20:[/b] Alcé el vuelo en medio de una nube de pájaros. Batí rabiosamente las alas para ganar altura luchando contra la aspiración del helicóptero. El aparato volaba en círculo encima del claro donde reposaban los restos calcinados del búfalo. Lo habían matado. Bueno, de acuerdo, me habían evitado tener que volver para hacerlo yo misma. Pero eso no me consolaba. Para nada. El búfalo tenía confianza en mí y, por razones que él no comprendía y que sin duda nunca comprendería, lo había traicionado. A no ser que en el fondo de su espíritu humano naciente, lo comprendiera. Nunca lo sabría. Evitando el torbellino del helicóptero, me dirigí hacia el océano con la luz apagada y gris del crepúsculo. Me esforcé por elevarme más y más alto. Muy abajo, divisé cinco delfines que nadaban por el océano. Y de pronto, muy cerca de mí, descubrí un caza Insecto acompañando al helicóptero. Batí las alas con todas mis fuerzas para ganar altitud. Para que la operación Yunque funcionara y destruyera los sensores helmacrones que estaban en la nave dentro del helicóptero, tenía que dejar caer el yunque desde muy alto. ¡TSIIOU! ¡TSIIOU! <¡Me han dado!> exclamó Tobias con voz débil. ¡TSIIOU! ¡TSIIOU! El caza Insecto descendió en picado, como si husmeara el olor a sangre. <¡Sumergíos! ¡Sumergíos!> ordenó Jake. Los delfines desaparecieron de nuevo. Atraían la atención de los yeerks adrede para que yo pudiera ejecutar el plan. Pero ¿funcionaría? Mientras el caza Insecto rozaba la superficie el agua, el helicóptero se quedaba suspendido en el aire encima del sitio donde los delfines se habían sumergido. Para que yo pudiera dejar caer el yunque, tenía que ponerme justo encima del helicóptero. Y si se desplazaba, todo nuestro plan caería al agua con él. Un helicóptero es mucho más rápido que un águila pescadora, sin duda. Pero no tenía que pensar en ello. Si no, me vendría a la mente todo lo que podría salir mal. Y si empezaba, estaba acabada. Los delfines salieron a la superficie un poco más lejos. El helicóptero se acercó mientras el caza Insecto disparaba en todas las direcciones. <Jake, ¿me oyes?> grité, esforzándome por no perder altitud. <¡No os mováis! ¡Quedaros donde estáis!> Me llegó una respuesta ahogada. <¡Date prisa, Cassie! ¡Tobias y Marco están heridos y hay un montón de sangre en el agua!> Mi corazón se desbocó. La sangre podía atraer a los tiburones y eso era lo último que nos hacía falta. <¡Voy a dejar caer el yunque, Jake!> anuncié colocándome justo encima del helicóptero. <¡Quedaos donde estáis! ¡Si os movéis, me arriesgo a perder la presa!> No pude oír la respuesta. Estaba demasiado lejos. ¡TSIIOU! ¡TSIIOU! Los delfines subieron a la superficie y se sumergieron de nuevo. Seguí al aparato hasta encontrarme justo encima. ¡TSIIOU! ¡TSIIOU! <…pierde mucha sangre…> <…Cassie…> No recibía más que retazos de conversación mental. Pero tenía que arriesgarme. Tenía que arriesgarlo todo en este plan sacado de unos viejos dibujos animados que ni siquiera me gustaban. Y tenía que actuar de prisa, porque si no mis amigos se tendrían que enfrentar a los tiburones. Entonces, allá arriba en el cielo sin nubes, sobresaliendo sobre el vasto océano, encima de un caza Insecto lleno de yeerks y de un helicóptero con hélices cortantes que podían aspirarme para dejarme hecha picadillo, me transformé. Y todo eso sin red. [b]© 2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/i]

[b]Capítulo 21:[/b] En principio, tendría que haberme transformado lentamente. Tenía que conservar mis alas hasta el último minuto. Pero estaba terriblemente cansada. El control de la forma se me escapó, y en lugar de convertirme en una Cassie voladora del tamaño de un águila pescadora, perdí primero mis alas y caí como una piedra, girando sobre mi misma, tratando de acabar la transformación desesperadamente. Caí rodando a toda velocidad, y la fuerza de la corriente de aire me cortaba la respiración. -¡Concéntrate! Las plumas se habían borrado, dando paso a mi piel. Recuperé mi altura humana a una velocidad sorprendente. Mi pico disminuyó y desapareció. Mis brazos y mis piernas emergieron. Rápidamente, me concentré en el ADN de la ballena jorobada. Sí, ése era nuestro plan. [i]Voilà.[/i] Me tenía que transformar en una enorme ballena y caer del cielo sobre un helicóptero para espachurrarlo y que fuese tragado por el océano. Habíamos recurrido ya a ese plan en el pasado y había funcionado. Esperaba que funcionase de nuevo. Y esperaba no acabar hecha trocitos durante la operación. Ni atrapar a los otros Animorphs bajo los restos Caía muy rápido, lo sentía. ¡TSSIOU! ¡TSSIOU! Aumentaba, engordaba, me hinchaba. Era del tamaño de una camioneta pero aún no era suficiente. La piel de encima de mi cráneo se retrajo para hacer hueco a un respiradero. Mis huesos crujieron, chirriaron, se retorcieron y se unieron de nuevo en un pequeño esqueleto de ballena que se estiraba más y más. Mis brazos se aplanaron para formar las aletas. El zumbido del helicóptero me turbaba. Percibía las vibraciones del aire con cada vuelta de hélice. ¡No lo iba a conseguir! No era aún lo suficientemente gorda y no tendría tiempo para crecer mucho más antes de impactar contra el helicóptero. Iba a acabar troceada y esparcida por el océano para festín de los tiburones. En eso pensaba cuando algo atrajo mi atención. Al principio no veía bien lo que era. Entonces me di cuenta de que sólo era una gaviota aterrorizada por la aspiración del helicóptero. Justo en ese momento el piloto levantó la cabeza. Con ojos desorbitados, apartó el aparato con un brusco movimiento para evitarme. ¡Iba a fallar! ¡Aún a esa velocidad, iba a fallar! ¡La misión había fracasado! ¡Yo había fracasado! ¡TSSIOU! ¡TSSIOU! El caza Insecto descendió en picado bajo el helicóptero para ametrallar a los delfines que acababan de salir. Todo estaba acabado. En unos segundos, los otros estarían muertos. Si los rayos dragón no los carbonizaban, acabarían aplastados bajo mi peso. Los yeerks recuperarían el Cubo Azul y la raza humana estaría a su merced. ¡SCHWOK! No podía creerlo. Una de las gaviotas había sido arrastrada dentro del potente motor del helicóptero como una mota de polvo en un tubo de aspirador. ¡KA-BOUM! El helicóptero explotó en una bola de fuego. El impacto me golpeó con sus treinta y seis toneladas a toda velocidad. Vació el aire de mis pulmones. Me dejó completamente aturdida y derrotada. Entonces noté la ola abrasadora de la explosión, y un dolor insoportable. Fui arrastrada lejos de los restos de fuego, y caí a plomo en el océano. Y el último pensamiento que me vino a la cabeza, justo antes de caer en la oscuridad, fue: [i]Con todo el esfuerzo que hemos hecho, finalmente, ha bastado con una pobre gaviota…[/i] [b]© 2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Eugènia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] <¿Cassie? ¿Cassie, me oyes?> Jake parecía muy preocupado. -No, -mascullé tragando una gran bocanada de agua salada -¡Glups! ¡Blurp! Tosí, me debatí, busqué una mano a la que agarrarme. Y como no encontré nada, abrí los ojos, aterrada. La primera cosa que vi fue un delfín que aguantaba el Cubo Azul en su boca. La segunda, una inmensa extensión de agua gris con un poco de tierra en la lejanía. No era sorprendente que estuviera empapada, congelada y agotada. Era de nuevo humana y flotaba sobre mi espalda en medio del océano, rodeada de delfines que me sostenían con cuidado empujándome hacia la orilla. De golpe, todo volvió a mi mente. El búfalo, la Cassie-hormiga y la enorme, ensordecedora explosión. Asustada, empecé a patalear y me hundí como una roca. <¡Eh, con cuidado!> dijo Rachel subiéndome a la superficie. <¿Qué intentas hacer? ¿Quieres ahogarte? Ya se ha acabado. Todo va bien.> -¿De verdad? -me sorprendí, hablando con voz ronca y escupiendo agua salada. Me esforcé por controlarme para no ceder al pánico. El océano es tan profundo y se ha tragado centenares, no, miles de nadadores mucho mejores que yo… sin contar con que alberga montones de tiburones… Alto. Me repuse lo suficiente para preguntar: -¿Pero cómo lo hemos logrado? <Te has perdido el castillo de fuegos artificiales, Cassie,> respondió Marco. <Cuando vi la ballena gorda como un camión pensé: [i]Oh, oh, no es lo suficientemente gorda para aplastar el helicóptero y salir viva…[/i]> <No, no te has contentado con pensarlo,> replicó Rachel. <¡Lo gritabas, Marco!> <Como una tiza que rechina en una pizarra,> se burló Jake. <Era insoportable.> <Emitiste una serie de gritos sobreagudos que evocaban la alarma de la cámara de entrada de la nave cúpula,> precisó Ax. Silencio. <Esto… me parece que era una comparación pertinente,> se defendió. <Sí,> se rió Marco, <¡pero eso no es gracioso para nada, tío!> Sacó su cabeza lisa para echarse a reír de esa manera cacareante estilo Flipper el delfín. <Vuestro humor está sobrevalorado>, farfulló Ax. <Ve a explicárselo a Marco.> <Bueno, en todo caso,> repuso Marco, <estabas ahí, caías del cielo y de pronto… ¡BOUM!> -Una gaviota fue aspirada por el motor del helicóptero, -de eso me acuerdo. -Pero eso no era nada comparado con la hormiga que por poco me mata en el bosque, -expliqué. -El búfalo me salvó la vida. <Hum, hum… ¿quieres decir que necesitaste ayuda de un búfalo para aplastar a una pobre hormiga?> se asombró Rachel. -No era una hormiga normal. ¡Era una Cassie-hormiga, medio insecto medio yo! <¡Ah, en ese caso, lo entiendo, debía de ser feroz!> -Muy gracioso. <Bah, Cassie, ¿dónde está tu sentido del humor?> Desconecté un segundo mientras continuaban bromeando. Pensé en el búfalo que había luchado tan valientemente a nuestro lado. ¿Lo empujaba el ADN humano que había en sus venas? ¿O había seguido simplemente su instinto de búfalo e hizo todo lo que podía para proteger su rebaño adoptivo? ¿O un poco de las dos cosas? Nunca lo sabría. No importaba, había aprendido a conocer mejor a este animal. Tenía un instinto de supervivencia y de protección realmente fuerte, potente, y por ese lado nos parecíamos. ¿Cuántas veces mis amigos y yo habíamos combatido para proteger nuestra especie de la invasión yeerk? El búfalo haría lo mismo para proteger a los suyos de otros depredadores, el hombre incluido. <¡Eh, me gustaría verte a ti, delante de un tiburón que te echa el ojo como un bistec poco hecho, lamiéndose los morros!> replicó Marco <Si estábamos todos en el agua contigo, ¿te acuerdas?>, le recordó Rachel. <¡Pero tú no te estabas desangrando como una boca de incendios!> Los interrumpí. -El helicóptero ha explotado, por lo que los sensores helmacron han sido destruidos, ¿no? <Sí, seguramente,> respondió Jake lentamente. -¿Cómo, ‘seguramente’? En mi cabeza, suplicaba: [i]Por favor Jake, no me digas que la misión no ha servido para nada. Que he tenido que enfrentarme a mi gemela mutante, esa cosa inmunda, esa…[/i] <Sí, hay un noventa y nueve por ciento de posibilidades de que estén destruidos, Cassie.> Genial. Dejaba un uno por ciento a la incertidumbre. <Cassie, has estado genial,> me dijo Jake en privado. <Y quería que supieses que, cuando te vi arremeter contra la hélices del helicóptero, yo… Bueno, Marco no era el único que tenía miedo. Nos apartamos y nos sumergimos profundamente cuando caíste al agua. Pero cuando te encontramos, estabas gravemente quemada y…> Cerré los ojos acordándome de ese dolor fulgurante y el hedor de la ballena chisporroteante. <… y nos costó mucho hacer que te transformaras. Sólo estabas medio consciente pero por suerte fue suficiente. Pues eso… estoy contento de que sigas aquí,> concluyó. -Yo también. El instinto de supervivencia. Era gracioso como nuestro programa genético coge el relevo cuando nuestro espíritu humano lógico y razonable ya no es consciente. <¿Yo también qué?>, preguntó Tobias. <Hablaban en privado,> explicó Marco. <Jake juega a Romeo y Julieta en el país de los delfines.> Me reí, pero como me castañeteaban los dientes, el resultado no era muy convincente. No me molestaba que Marco hubiese adivinado lo que pasaba. Jake y yo nos queremos, y eso no es un secreto para nadie. <Cassie, ¿te transformas en delfín para que nos larguemos de aquí?> propuso Jake viendo que temblaba. <Ya me he bañado suficientemente por hoy. ¿Y vosotros, chicos?> <Vuestros deseos son órdenes, príncipe Jake,> respondió Marco. <En ese caso, me gustaría que te callaras.> <¡Ah, ah!> exclamó Ax. <¡Ah, ah, ah!> Lo miramos todos, perplejos. <¿Es esa la repuesta apropiada al humor humano, no?> dijo con calma. Entonces se sumergió y reapareció algunos segundos más tarde, saltando alegremente sobre las olas. <Lo dejo,> masculló Marco. <Si Ax empieza a decir “¡Ah, ah, ah!” a la mínima broma penosa de Jake, os lo juro, lo dejo.> Pero no era verdad y lo sabíamos. Nadie lo dejaría. Aunque recibiéramos muchos golpes. Aunque hiciéramos bromas penosas. [b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Eugenia “Sidhe” Guzmán y Elfangor[/b]

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