#41 El familiar

Sinopsis:

Jake es sólo un chico normal. Bueno, es todo lo normal que uno puede ser considerando que tiene la habilidad de transformarse en animales, y que se encuentra en plena guerra contra unos parásitos alienígenas. Pero a pesar de lo increíble que todo eso suena, ahora ha sucedido algo aún más extraño. Una mañana Jake se levanta, y tiene 25 años.

Vale. Quizá sea algún tipo de alucinación. A lo mejor es una pesadilla. O tal vez  lo único que ha pasado es que se ha acostado un rato y se le han traspapelado unos pocos años. Pero hay otro problema peor: el mundo en el que el Jake adolescente se fue a dormir ha cambiado radicalmente: ahora está gobernado por los yeerks. Jake tiene que averiguar si los otros animorphs y Ax están todavía por ahí. Si de algún modo siguen luchando. O si de verdad se ha quedado solo.

Datos del libro:

El libro tiene 143 páginas en 28 capítulos.

 

Narrador

Jake ha pasado por momentos muy duros desde que se convirtió en líder de los animorphs. No sólo tiene que ocuparse de que él y sus amigos sobrevivan, sino que además debe ayudar a los demás a lidiar con las consecuencias de una mala batalla. Sólo que esta vez Jake no consigue encontrar las fuerzas para consolar a Cassie –y de repente se encuentra en el futuro causado por esa omisión. Todo el mundo tiene que afrontar tarde o temprano las consecuencias de sus actos. Pero sólo Jake tiene que enfrentarse a la culpa de que sea invadida por parásitos alienígenas…

 

Ocurre algo muy extraño. Después de una batalla especialmente difícil, Jake llega a casa y se va directo a la cama –pero cuando se despierta a la mañana siguiente es diez años mayor, y vive en una Tierra futurista en la que los yeerks han vencido. Una Tierra donde se supone que él es un controlador que murió hace muchos años. Una Tierra donde todos sus amigos son esclavos de los yeerks. Una Tierra donde Cassie ha perdido la moral y se ha vuelto completamente salvaje. Jake sabe que no puede ser cierto –es demasiado grotesco y disparatado- pero el dolor y el terror que siente sí son muy reales. Y se le acaba el tiempo. ¿Conseguirá averiguar qué está pasando y quién anda detrás de todo esto, antes de perder la vida –o de ver cómo Cassie pierde la suya?

 

Nuevos personajes

Essak 2041275 es el yeerk de Jake, aunque ahora que Jake ha llegado a este extraño futuro, ya no tiene a Essak en la cabeza. El yeerk de Cassie es Niss –sólo que Niss lucha junto a ella para derrotar a los yeerks.

 

Los humanos libres son perseguidos y viven escondiéndose: uno de esos humanos es un chico llamado Justicia. El resto tiene nombres similares.

 

Nuevas razas

Los Orff son la policía del futuro al que Jake ha sido arrastrado. Tienen forma vagamente humanoide con tres piernas y un cuello extremadamente largo. Su piel totalmente transparente revela los órganos internos y un ojo cuya pupila no es estable como la nuestra, sino que gira constantemente alrededor del iris.

 

Nuevas palabras

EF (Frente Evolutivo). Este grupo está formado por yeerks insurrectos y rebeldes que odian que los suyos esclavicen a otras especies sensibles y preferirían vivir en huéspedes simbióticos artificiales.

 

[b]Capítulo 1:[/b] ¡Whummph! ¡BAAAM! Lancé al hork-bajir contra la pared de hormigón del subsótano y le inmovilicé con mis enormes zarpas de tigre. Sus ojos rojos ardían de odio y tenía la cara distorsionada por el horror mientras intentaba hacerme retroceder, desesperado por liberar su cola llena de cuchillas, que tenía atrapada bajo el cuerpo. Intenté alcanzar la dura piel de cuero de su cuello para desgarrar su garganta. Por cierto, me llamo Jake. No puedo contarte mucho más que eso, como mi apellido o donde vivo. No puedo ni decirte cómo se llama la escuela a la que voy. Esto es lo único que puedo contarte: la Tierra está siendo invadida por unas babosas parasitarias llamadas yeerks. ¿Aún sigues ahí? Resulta bastante difícil de creer, ¿eh? Los humanos parecen ser su última tendencia en cuerpos huéspedes. Toman miles cada día, les obligan a convertirse en esclavos. Es fácil: se meten por tu canal auditivo, se envuelven alrededor de tu cerebro e intervienen tus recuerdos y sueños. Y entonces eres suyo. Ni siquiera puedes decidir cuando parpadear; no dispones de ningún control en absoluto. Es como si tu cráneo se convirtiera en una prisión y tú estás atrapado dentro de ella, sin salida. Mis amigos Marco, Rachel, Cassie, Tobias, un chico alienígena al que nosotros llamamos Ax, y yo somos la única resistencia en activo. Y ahora te estarás preguntando cómo es que seis chiquillos van a ser capaces de impedir la dominación total de la Tierra. Bueno, tenemos el poder de convertirnos en cualquier animal que toquemos. En realidad consiste en adquirir el ADN del animal y reproducirlo en ti. Esa tecnología andalita fue un regalo que nos dio el hermano mayor de Ax, Elfangor. Después de que su nave se estrellara, y antes de que fuera asesinado. En cualquier caso, somos los únicos que luchamos. Logramos retrasar a los yeerks un poco, pero cada vez se está haciendo más duro seguir el ritmo. Mantener la cabeza en su sitio. “¡Hhhhhhrrrrrrooooooowwwwwwrrrrrr!” rugí. La bestia vaciló y yo arremetí contra él. ¡Pero fallé! ¡Su cola se liberó y la descargó sobre mí! Me abrió un agujero en el estómago. Lo miré, pasmado e indefenso. Aquello eran [i]mis[/i] tripas derramándose de [i]mi[/i] cuerpo. Me quedé helado durante un instante larguísimo. Él me tiró al suelo sobre unas tuberías que…. ¡TSSSSSSSSSSS! <¡AHHHHHHHH!> ¡Mi piel echaba humo, y me ardía la carne! La adrenalina restalló en mi pecho como un látigo. De nuevo me encontraba en pie, cara a cara contra un hork-bajir infectado por un yeerk. Sólo tendría otra oportunidad contra este tío, de eso se trataba. Y de repente la intensidad de la escena pareció desvanecerse. No me entendáis mal. Mis tripas todavía estaban derramándose de mi vientre. El agotamiento aún pesaba sobre mis hombros como un bloque de granito. Pero ahora lo veía todo desde una nueva perspectiva. Éramos él o yo. Con las garras dispuestas, y los dientes ansiosos, salté. ¡WHAM! Le empujé contra la pared. ¡WHAM! Chocó contra el hormigón y se golpeó con fuerza en la cabeza. ¡WHAM! Su cola cayó. La mirada se volvió pesada en sus ojos y las órbitas se quedaron blancas. Gimió débilmente y cayó deslizándose por la pared. Nos encontrábamos tres plantas bajo tierra, en el oscuro, húmedo y frío sótano de varios edificios del centro. Había cañerías y conductos tendidos por encima de nosotros, a baja altura. Oías los gritos y gruñidos desde el suelo hasta el techo y de un muro a otro. Di media vuelta y sólo entonces vi lo desquiciadamente mal que estaban las cosas. Nos superaban en número con creces. Cassie estaba inmersa en un uno contra dos. Marco en un uno contra cuatro. ¡Tenía que ayudarles! Pero un muro viviente se cernía sobre mí: cinco hork-bajirs curtidos por la batalla, levantando las cuchillas como pistoleros arrogantes, se acercaban a mí como las paredes de una habitación que se derrumba. Justo detrás de los hork-bajir estaba lo que parecía –lo que yo [i]esperaba[/i] que fuera- la salida. Una puerta de acero de garaje a nueve metros de distancia, frente a las escaleras. <¡Todo el mundo fuera, ahora! ¡Hacia puerta!> grité, pero los otros chillidos y gritos y estrépitos ahogaron mis palabras. <¡Hay más en las escaleras! Y taxonitas, ¡los huelo!>. Mi mejor amigo, Marco. Cada temblorosa sílaba dejaba claro que se encontraba al límite de sus fuerzas. Alcancé a ver algo de Rachel, dirigiéndose a trompicones hacia el sonido de las tropas que se abalanzaban escaleras abajo. <¡¡Vamos!!>. Su voz se quebró. La sangre le salía a raudales de las profundas heridas de los ojos, cegándola. <¡¿Dónde están?!>. Rachel lanzaba zarpazos salvajemente con sus peludas patas de oso. <¡Rachel, no!> Tres hork-bajir se lanzaron hacia ella. La arrastraron por la habitación como jugadores de rugby placando un maniquí. ¡TSEEER! Tobias se dejó caer en picado, las garras listas. Un hork-bajir cayó, agarrándose los ojos. Cassie cerró su hocico en el talón de otro y tiró de un lado a otro con su cepo de mandíbulas de acero. Rachel todavía estaba en peligro. Retrocedí nervioso. Estaba rodeado, separado de los otros por la barricada de hork-bajirs que se me acercaban. Mi trasero se topó con la pared de hormigón. Me levanté y rugí. Trescientos veinte kilos de garras afiladas y dientes puntiagudos. Fuerza líquida. Velocidad fluida. Un tigre siberiano macho, el felino más grande del mundo. Pero mi rugido sonó poco convincente. Oía a falsa confianza, a desesperación. “¡Ghafrash nyut!”. Dijo una voz como la grava. “¡Muere!” El hork-bajir más cercano se abalanzó sobre mí, con las hojas de sus cuchillas destellando. Abrí la boca, y salté. Mis colmillos se hundieron en profundidad, atravesando la armadura de piel hasta la carne. Él retrocedió bruscamente y cayó bajo mi peso. Rodé y caí al suelo en un golpe seco. ¡Mi oreja derecha! ¡Estaba pegada a la cuchilla de su muñeca, cercenada! Pero ya tenía a dos más encima de mí. Había desterrado cualquier pensamiento de victoria; ahora era simplemente una lucha sin sentido. Una cuchilla se clavó en mi pierna izquierda trasera… [i]Céntrate, Jake. Sobrevive.[/i] ¡FWAAP! La cuchilla de una cola dividió el aire por encima de mí. Piel azul. Era Ax. ¡Fwaap, fwaap, fwaap! Dos asaltantes se desplomaron y cayeron al suelo hechos un muñón. Un tercero gritó y cayó de rodillas. <Príncipe Jake, si no salimos ahora, nunca lo haremos.> Movimiento. <¡Ax!> grité. <¡Al suelo!> Ax se agachó. El cuerpo acuchillado de un hork-bajir pasó silbando sobre él. Entonces hubo un feroz estallido metálico y un siseo. ¡Pssssssssshhhhhhhttttttttt! ¡Una cañería de vapor se había roto! ¡Una explosión! Se extendió una oleada de niebla a través del suelo, envolviendo la habitación, a todos y a todo. El caos se impuso. Ahora o nunca. <¡Ahora!> ordené. <¡Retroceded!> Era imposible ver más allá de dos dedos de frente. La ardiente nube me quemaba la piel, los ojos, la garganta. Ahogándome en el vapor y esquivando a los hork-bajirs, corrí hacia la puerta del parking y arrojé mi masa sanguinolenta sobre el pesado panel detector de peso. La puerta comenzó a crujir mientras se abría, moviéndose lentamente al principio y luego más rápidamente. Quince centímetros, treinta centímetros, cuarenta y cinco. Cassie se escurrió para pasar través de la apertura. Después Ax. Tobias. <¡Voy a matarlos!> Era la voz de Rachel, que rugía como si estuviera poseída. <¡Quítame las manos de encima, Marco! ¡Voy a matarlos! ¡Voy a matarlos a todos!> <¡Cierra la puerta, Jake!> rugió Marco. <¡Hay más en las escaleras!> <¡Marco, Rachel, salid de ahí ahora mismo!> <No podemos. Rachel está…. no puedo abandonarla. ¡Alejaos de los yeerks o será demasiado tarde!> Jadeaba al hablar, pero su voz sonaba firme. <Encontraremos alguna otra de salida.> Un hork-bajir surgió de la nube de vapor, me vio, y echó a correr. Definitivamente, el factor tiempo hoy no estaba de mi parte. ¿Perderlos a todos, o perder a dos? Me lancé, rodé bajo la puerta, me incorporé y rompí la caja de cristal que albergaba el interruptor de cerrado de emergencia. Apreté el interruptor. ¿Qué alternativa tenía? ¿Qué otra opción? La puerta se paró en lo alto, vaciló y luego cambió la dirección, descendiendo como una hoja de guillotina lenta pero firme. Los ojos de lobo de Cassie se clavaron en mí. <¿Qué estás haciendo? ¡No puedes dejarles atrapados ahí, no puedes abandonarles!> [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b][b]Capítulo 1:[/b] ¡Whummph! ¡BAAAM! Lancé al hork-bajir contra la pared de hormigón del subsótano y le inmovilicé con mis enormes zarpas de tigre. Sus ojos rojos ardían de odio y tenía la cara distorsionada por el horror mientras intentaba hacerme retroceder, desesperado por liberar su cola llena de cuchillas, que tenía atrapada bajo el cuerpo. Intenté alcanzar la dura piel de cuero de su cuello para desgarrar su garganta. Por cierto, me llamo Jake. No puedo contarte mucho más que eso, como mi apellido o donde vivo. No puedo ni decirte cómo se llama la escuela a la que voy. Esto es lo único que puedo contarte: la Tierra está siendo invadida por unas babosas parasitarias llamadas yeerks. ¿Aún sigues ahí? Resulta bastante difícil de creer, ¿eh? Los humanos parecen ser su última tendencia en cuerpos huéspedes. Toman miles cada día, les obligan a convertirse en esclavos. Es fácil: se meten por tu canal auditivo, se envuelven alrededor de tu cerebro e intervienen tus recuerdos y sueños. Y entonces eres suyo. Ni siquiera puedes decidir cuando parpadear; no dispones de ningún control en absoluto. Es como si tu cráneo se convirtiera en una prisión y tú estás atrapado dentro de ella, sin salida. Mis amigos Marco, Rachel, Cassie, Tobias, un chico alienígena al que nosotros llamamos Ax, y yo somos la única resistencia en activo. Y ahora te estarás preguntando cómo es que seis chiquillos van a ser capaces de impedir la dominación total de la Tierra. Bueno, tenemos el poder de convertirnos en cualquier animal que toquemos. En realidad consiste en adquirir el ADN del animal y reproducirlo en ti. Esa tecnología andalita fue un regalo que nos dio el hermano mayor de Ax, Elfangor. Después de que su nave se estrellara, y antes de que fuera asesinado. En cualquier caso, somos los únicos que luchamos. Logramos retrasar a los yeerks un poco, pero cada vez se está haciendo más duro seguir el ritmo. Mantener la cabeza en su sitio. “¡Hhhhhhrrrrrrooooooowwwwwwrrrrrr!” rugí. La bestia vaciló y yo arremetí contra él. ¡Pero fallé! ¡Su cola se liberó y la descargó sobre mí! Me abrió un agujero en el estómago. Lo miré, pasmado e indefenso. Aquello eran [i]mis[/i] tripas derramándose de [i]mi[/i] cuerpo. Me quedé helado durante un instante larguísimo. Él me tiró al suelo sobre unas tuberías que…. ¡TSSSSSSSSSSS! <¡AHHHHHHHH!> ¡Mi piel echaba humo, y me ardía la carne! La adrenalina restalló en mi pecho como un látigo. De nuevo me encontraba en pie, cara a cara contra un hork-bajir infectado por un yeerk. Sólo tendría otra oportunidad contra este tío, de eso se trataba. Y de repente la intensidad de la escena pareció desvanecerse. No me entendáis mal. Mis tripas todavía estaban derramándose de mi vientre. El agotamiento aún pesaba sobre mis hombros como un bloque de granito. Pero ahora lo veía todo desde una nueva perspectiva. Éramos él o yo. Con las garras dispuestas, y los dientes ansiosos, salté. ¡WHAM! Le empujé contra la pared. ¡WHAM! Chocó contra el hormigón y se golpeó con fuerza en la cabeza. ¡WHAM! Su cola cayó. La mirada se volvió pesada en sus ojos y las órbitas se quedaron blancas. Gimió débilmente y cayó deslizándose por la pared. Nos encontrábamos tres plantas bajo tierra, en el oscuro, húmedo y frío sótano de varios edificios del centro. Había cañerías y conductos tendidos por encima de nosotros, a baja altura. Oías los gritos y gruñidos desde el suelo hasta el techo y de un muro a otro. Di media vuelta y sólo entonces vi lo desquiciadamente mal que estaban las cosas. Nos superaban en número con creces. Cassie estaba inmersa en un uno contra dos. Marco en un uno contra cuatro. ¡Tenía que ayudarles! Pero un muro viviente se cernía sobre mí: cinco hork-bajirs curtidos por la batalla, levantando las cuchillas como pistoleros arrogantes, se acercaban a mí como las paredes de una habitación que se derrumba. Justo detrás de los hork-bajir estaba lo que parecía –lo que yo [i]esperaba[/i] que fuera- la salida. Una puerta de acero de garaje a nueve metros de distancia, frente a las escaleras. <¡Todo el mundo fuera, ahora! ¡Hacia puerta!> grité, pero los otros chillidos y gritos y estrépitos ahogaron mis palabras. <¡Hay más en las escaleras! Y taxonitas, ¡los huelo!>. Mi mejor amigo, Marco. Cada temblorosa sílaba dejaba claro que se encontraba al límite de sus fuerzas. Alcancé a ver algo de Rachel, dirigiéndose a trompicones hacia el sonido de las tropas que se abalanzaban escaleras abajo. <¡¡Vamos!!>. Su voz se quebró. La sangre le salía a raudales de las profundas heridas de los ojos, cegándola. <¡¿Dónde están?!>. Rachel lanzaba zarpazos salvajemente con sus peludas patas de oso. <¡Rachel, no!> Tres hork-bajir se lanzaron hacia ella. La arrastraron por la habitación como jugadores de rugby placando un maniquí. ¡TSEEER! Tobias se dejó caer en picado, las garras listas. Un hork-bajir cayó, agarrándose los ojos. Cassie cerró su hocico en el talón de otro y tiró de un lado a otro con su cepo de mandíbulas de acero. Rachel todavía estaba en peligro. Retrocedí nervioso. Estaba rodeado, separado de los otros por la barricada de hork-bajirs que se me acercaban. Mi trasero se topó con la pared de hormigón. Me levanté y rugí. Trescientos veinte kilos de garras afiladas y dientes puntiagudos. Fuerza líquida. Velocidad fluida. Un tigre siberiano macho, el felino más grande del mundo. Pero mi rugido sonó poco convincente. Oía a falsa confianza, a desesperación. “¡Ghafrash nyut!”. Dijo una voz como la grava. “¡Muere!” El hork-bajir más cercano se abalanzó sobre mí, con las hojas de sus cuchillas destellando. Abrí la boca, y salté. Mis colmillos se hundieron en profundidad, atravesando la armadura de piel hasta la carne. Él retrocedió bruscamente y cayó bajo mi peso. Rodé y caí al suelo en un golpe seco. ¡Mi oreja derecha! ¡Estaba pegada a la cuchilla de su muñeca, cercenada! Pero ya tenía a dos más encima de mí. Había desterrado cualquier pensamiento de victoria; ahora era simplemente una lucha sin sentido. Una cuchilla se clavó en mi pierna izquierda trasera… [i]Céntrate, Jake. Sobrevive.[/i] ¡FWAAP! La cuchilla de una cola dividió el aire por encima de mí. Piel azul. Era Ax. ¡Fwaap, fwaap, fwaap! Dos asaltantes se desplomaron y cayeron al suelo hechos un muñón. Un tercero gritó y cayó de rodillas. <Príncipe Jake, si no salimos ahora, nunca lo haremos.> Movimiento. <¡Ax!> grité. <¡Al suelo!> Ax se agachó. El cuerpo acuchillado de un hork-bajir pasó silbando sobre él. Entonces hubo un feroz estallido metálico y un siseo. ¡Pssssssssshhhhhhhttttttttt! ¡Una cañería de vapor se había roto! ¡Una explosión! Se extendió una oleada de niebla a través del suelo, envolviendo la habitación, a todos y a todo. El caos se impuso. Ahora o nunca. <¡Ahora!> ordené. <¡Retroceded!> Era imposible ver más allá de dos dedos de frente. La ardiente nube me quemaba la piel, los ojos, la garganta. Ahogándome en el vapor y esquivando a los hork-bajirs, corrí hacia la puerta del parking y arrojé mi masa sanguinolenta sobre el pesado panel detector de peso. La puerta comenzó a crujir mientras se abría, moviéndose lentamente al principio y luego más rápidamente. Quince centímetros, treinta centímetros, cuarenta y cinco. Cassie se escurrió para pasar través de la apertura. Después Ax. Tobias. <¡Voy a matarlos!> Era la voz de Rachel, que rugía como si estuviera poseída. <¡Quítame las manos de encima, Marco! ¡Voy a matarlos! ¡Voy a matarlos a todos!> <¡Cierra la puerta, Jake!> rugió Marco. <¡Hay más en las escaleras!> <¡Marco, Rachel, salid de ahí ahora mismo!> <No podemos. Rachel está…. no puedo abandonarla. ¡Alejaos de los yeerks o será demasiado tarde!> Jadeaba al hablar, pero su voz sonaba firme. <Encontraremos alguna otra de salida.> Un hork-bajir surgió de la nube de vapor, me vio, y echó a correr. Definitivamente, el factor tiempo hoy no estaba de mi parte. ¿Perderlos a todos, o perder a dos? Me lancé, rodé bajo la puerta, me incorporé y rompí la caja de cristal que albergaba el interruptor de cerrado de emergencia. Apreté el interruptor. ¿Qué alternativa tenía? ¿Qué otra opción? La puerta se paró en lo alto, vaciló y luego cambió la dirección, descendiendo como una hoja de guillotina lenta pero firme. Los ojos de lobo de Cassie se clavaron en mí. <¿Qué estás haciendo? ¡No puedes dejarles atrapados ahí, no puedes abandonarles!> [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b][b]Capítulo 2:[/b] Capítulo 2 Un hork-bajir se volvió hacia nosotros y se arrastró por debajo la puerta. Lo detuve a base de mordiscos y garras. Rodamos salvajemente. Parecía que me estuvieran centrifugando en una secadora junto con diez afiladísimos cuchillos de cocina. Le eché encima todo mi peso, mis colmillos, mis últimas fuerzas. Cuando sus músculos se aflojaron finalmente, retrocedí tambaleándome. La puerta del parking estaba casi cerrada. Miré a través de la rendija y ahí, como un espejismo, estaba la forma de gorila de Marco emergiendo de la nube de vapor. Llevaba arrastrando a una Rachel que rugía y lanzaba zarpazos. Y a no mucho más de dos metros por detrás de ellos, les seguía una docena de hork-bajirs. Ax agarró un trozo de tubería y la interpuso entre el suelo y la puerta. Los engranajes chirriaron cuando ésta se detuvo. Pero entonces la tubería comenzó a doblarse. Cassie gritó. La estridente puerta de metal estaba ya a sólo unos centímetros del suelo cuando unos gruesos dedos negros envolvieron la parte inferior. Y con una fuerza inconcebible, Marco tiró de ella para levantarla. Lanzó a Rachel a rastras a través de la abertura. Era un auténtico revoltijo de sangre. Marco se agachó, pasó por debajo de la puerta y quitó la tubería. Cuatro hork-bajirs se lanzaron hacia ella. Se deslizaron, haciendo rechinar sus cuchillas, y alcanzaron el hueco justo cuando… ¡BOOM! Se cerró de golpe. Ningún hork-bajir logró atravesarla. De una pieza, al menos. <¡Volved a vuestra forma!>, grité. Corrimos por la desierta rampa ascendente en forma de espiral del parking. Me iba transformando mientras corría. Pelo naranja, blanco, negro y rojo se diluía en pelusa para luego desaparecer. Mi cola encogió hacia el interior de mis vértebras. Las tripas que colgaban de mi barriga volvían a su lugar. Lo huesos se desplazaron, cambiaron de lugar, y cargaron todo mi peso sobre las piernas traseras. Me tropecé y caí contra la pared. Mis patas delanteras estaban siendo absorbidas y se reconvertían en brazos humanos. Mis patas traseras se extendieron, las zarpas empequeñecieron y finalmente las garras se convirtieron en dedos. “¡Salgamos de aquí!” Conseguimos llegar a la calle con nuestras transformaciones completas. Echamos a correr, sin aliento, hacia una hilera de coches aparcados. Pasamos corriendo delante de un encargado pasmado que vio un halcón y cinco niños vestidos con mallas rasgadas corriendo a toda velocidad por una calle de la ciudad. Una concurrida calle del centro de la ciudad. “¡Cuidado!” ¡Honk! ¡Honk! Los conductores pitaban y los coches chirriaban al frenar de golpe. Di un salto hacia atrás y me metí entre los coches aparcados a un lado de la calle. Rachel y Marco corrían por la acera. “¡Cassie!” Estaba en medio de la calle, congelada, paralizada. Corrí hacia la carretera. Un conductor abrió la puerta de su coche. “¡Gamberros!” Agitó su puño. “Puñado de delincuentes…” Agarré a Cassie del brazo. Tiré de ella lejos del tráfico. Me escabullí hacia una callejuela donde Marco y Rachel habían entrado, siguiendo a Ax. “¡Cassie!”. La agarré toscamente. Ella volvió en sí. “Cuatro.” dijo ansiosa. “Creo que he matado a cuatro ahí atrás, antes, quizás a cinco.” Buscó mis ojos, su calma característica estaba hecha pedazos. “¡Jake!” susurró. “¿Cómo vivo con esto?” La empujé suavemente a lo largo de la callejuela, callándola, y mirando hacia atrás sobre mi hombro. Los yeerks podrían seguir todavía tras nuestro rastro. “Cada día nos parecemos más a ellos,” continuó. “¿No lo somos?” Las lágrimas comenzaron a manar de sus ojos. “¿Jake?” No me quedaban fuerzas para esto. Para la duda, la introspección, el análisis. Sencillamente no me quedaban fuerzas. “No,” dije rotundamente. ¿Por qué me hacía esto? ¿Por qué ahora? Pues sí, acabábamos de tener uno de los encuentros más cercanos con la muerte que podía recordar. Habíamos tenido que abandonar la misión y ahora la nueva entrada al estanque yeerk se abriría a la hora prevista. Pero esta brutalidad no era nada comparado con lo que habíamos hecho cien veces antes. Cassie comenzó a llorar casi en silencio. Sabía que me estaba pidiendo que habláramos de ello. Necesitaba abrirse camino a través de la confusión que todos sentimos después de una batalla, y quería que yo la ayudara. Pero me alejé. Marco y Rachel estaban un poco más adelante al final del callejón. “¡Te equivocas!” gritó Rachel, aún encendida. “Podría haber acabado con todos.” Su puño golpeó el contenedor. Marco le pegó una patada incluso con más fuerza. “¡Tenías los ojos llenos de sangre! Ni siquiera podías ver el ejército de refuerzos que bajaba por las escaleras. Actuaste como una idiota. Una egoísta, loca, fuera de ti…” “Es suficiente,” dije, interponiéndome entre ellos como el líder que se supone que soy. Marco no me escuchó. “Has estado a punto de fastidiarla del todo, Rachel.” Su cara era de un color rojo brillante, encendida por el enfado y la frustración. “¿No has aprendido [i]nada[/i]? Pusiste a todo el mundo en peligro al quedarte atrás cuando Jake dijo que desistiéramos. No podemos atender siempre a tu necesidad de reventar cabezas.” “Pero mientas sigamos el rectísimo plan de Marco todo va bien, ¿no?” Cogió una lata vacía y la arrojó por el callejón.. “El poderoso Marco sí que puede…” “¿Que puedo qué? ¿Olvidarme de salvarte la vida la próxima vez?” “¡He dicho que ya es [i]suficiente[/i]!” grité. Se oyó un repentino crujido en el extremo del contenedor. Nos pusimos tensos al instante. Detrás de él vimos a un chico, un chico extrañamente guapo. Rachel resopló. Era Ax, en su forma humana. “No tengo noticias de Tobias,” me dijo Ax. “Prueba de nuevo. Pregúntale si estamos a salvo.” Miré hacia arriba a la franja del cielo de la tarde visible desde la callejuela. Una forma de ave de rapiña flotó la atravesó desapareciendo detrás de un alto edificio lleno de ventanas. “¡Oh, es realmente fantástico! Qué tío. ¿Ahora hace horas extra?” Marco se puso detrás del contenedor y comenzó a transformarse. “Me voy a casa.” Seguí mirando al cielo. Rachel, ya transformada en águila calva, impulsó su cuerpo hacia lo alto pasando los ladrillos. Sabía que iría con Tobias. Desde que un yeerk Subvisser lo retuvo y lo torturó, Tobias no había vuelto a ser el mismo. Ahora pasa incluso más tiempo solo que antes. Reservado, deprimido. Nada bueno. “Príncipe Jake,” dijo Ax. “¿Nos encontraremos en el granero esta noche e intentamos de nuevo la misión mañana?” Suspiré. Los sollozos de Cassie ahora eran intermitentes. Se puso de pie, saliendo de la sombra de una pila de cajas de cartón, y caminó lentamente hacia la calle. “No lo sé, Ax,” dije, mirando a Cassie. “¿Pero me harías un favor? ¿Puedes asegurarte de que llega bien a casa?” [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] Capítulo 3 Me fui a casa solo. Volví a mi forma en un árbol del patio delantero. Sabía que era arriesgado estando tan cerca de la casa y todo eso, pero estaba aturdido de puro cansancio. Cuando por fin me dejé caer sobre la hierba, me temblaban las piernas. La gravilla se me clavaba en los pies descalzos al tambalearme sobre el camino. Sólo la luz del porche estaba encendida; todas las demás, apagadas. Me detuve con la mano en el pomo de la puerta y eché una ojeada a mi cuerpo. Los pantalones de mallas de ciclista y la camiseta ajustada. Parecía que acabara de salir de un anuncio de Tae Bo. Guardaba ropa más normal en el garaje. Tenía que ponérmela. El garaje. Parecía tan lejos. Estaba tan cansado, con los músculos doloridos…. Abrí la puerta. Me olvidé de lo de la ropa. Mis padres, si estaban en casa, probablemente sólo pensarían que mi equipo de transformación era la última moda. Ya sabes –algo que Rachel hubiera ideado. Vamos, que ella dice que es lo que se lleva y cosas así. Mi hermano Tom, mi hermano con el yeerk en la cabeza, nunca compraría uno de estos. Pero Tom no estaba en casa. El viernes por la noche estaba en La Alianza. La organización tapadera de los controladores. Abrí la nevera, cogí un trozo sobrante de pizza, y empecé a devorarla. Salí de la cocina para subir las escaleras hacia la cama. Una, dos, tres… Ya podía sentirlo, mi cabeza cayendo contra la almohada, el sueño abotargándome. Llegarían los sueños. No las pesadillas. Solamente sueños de… “¿Jake?” Levanté la cabeza bruscamente. Un trozo de pizza se incrustó en mi garganta. La voz era potente y burlona. “¿Vas descalzo? ¿Estabas montando en bicicleta descalzo? ¿Por la noche?” Era Tom. Estaba de pie en lo alto de las escaleras. Erguido y seguro de sí mismo. Bloqueándome el camino. Supuse que había sido una reunión rápida en La Alianza. Tosí, escupiendo el pedazo de pizza. “Ey,” dije, forzando una media sonrisa. “Yo, emm…. estaba en casa de Marco. Viendo el partido. Pasaron a la prórroga y, bueno, Detroit marcó un tanto y Marco dio un salto y derramó toda la pepsi sobre mis vaqueros y mis zapatos. Los he dejado allá para lavarlos.” “¿Sí?” dijo Tom, frunciendo el entrecejo. “Bueno, tienes una pinta bastante estúpida. Pero realmente no es raro en ti, ¿no?” Ahora sonreía con suficiencia. “Lo que tú digas.” Subí corriendo el resto de las escaleras y le clavé un puñetazo en el estómago, de la forma en que lo haría un hermano pequeño. Cayó al suelo, fingiendo estar herido, pero me cogió del pie y me hizo tropezar mientras caminaba hacia el interior de mi cuarto. Nos echamos a reír. “Me voy a caer,” dije, recobrando el equilibrio. “Estoy cansado.” “Sí, vale.” Se dirigió a su habitación. ¿Se lo había tragado? ¿Se creería las mentiras que estaba tan habituado a contarle? ¿La encantadora y falsa rutina que me inventaba para un hermano que ya no es mi hermano, sino el enemigo? Me dejé caer en la cama. Me eché la manta por encima del cuello. Empecé a cerrar los…. Un ruido en la puerta. Me levanté rápidamente y encendí la lámpara. “¿Hey, enano?” Tom introdujo la cabeza por el marco de la puerta. “¿Era sangre lo que tenías en la pierna?” Mi respiración se detuvo. A veces, cuando vuelves a tu forma, la sangre de la batalla no desaparece. “Uh.” Mi voz vaciló. Mi cerebro disminuyó de velocidad. “Te he dicho lo de la bici. Está hecha un asco. La estúpida cadena se me ha enganchado a la piel. Debería pedirle a papá que me compre una nueva.” Me dejé caer sobre la almohada y apagué la luz. Esperé. Tom se marchó. Pero cuando eché una ojeada una vez más a la entrada de mi habitación, la sombra de Tom todavía estaba allí. ¿Tendría alguna cosa más que decir? Estaba demasiado cansado para preguntarle. El sueño me cerraba los ojos. Fuera lo que fuera podría esperar hasta mañana. Cerré los ojos. Vi a Cassie. Observé su solitaria figura caminando por la callejuela. Alejándose de mí. Hacía una concurrida calle donde los coches pasaban destellando. Vi los recelosos ojos de Tom. Siempre observando. Vigilando. Maquinando. Ojos controlados por un pequeñísimo, pero muy real parásito con forma de babosa en su cerebro. El yeerk. La raza de invasores alienígenas siempre avanzando en la sigilosa conquista de la humanidad. Y de repente, estaba de pie en frente de un gran muro, alzándose sobre mi cabeza y extendiéndose kilómetros en ambas direcciones. Tenía la mano metida en un pequeño agujero, del cual rezumaba y burbujeaba lentamente el agua. Al otro lado se oía el embravecido mar. Golpeando. Batiéndose. Debilitando, con cada azotamiento, cada una de las moléculas del muro. Y me pregunté: ¿Cuanto tiempo más podrá aguantar? [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] ¡DE-DEET! ¡DE-DEET! La alarma era como un martillo hidráulico en mi cabeza. Gemí. ¡DE-DEET! ¡Ya vale! Busqué a tientas la radio-despertador. El botón de seguir durmiendo. Solamente cinco minutos más. Mi mano tanteó el aire. ¿No estaba la mesita de noche? Levanté los párpados. ¿Dónde estaba la…? Mi corazón se detuvo. Estaba mirando una pantalla triangular. Un delgado panel de ordenador empotrado en un muro blanco de yeso de un extremo a otro de la cama. Espeluznantes letras de cobre aparecían en lo más alto de la brillante pantalla gris. 5:58:16 A.M. Debajo de la hora se proyectaban las palabras “TAREAS” y una sencilla entrada: “Hacer el informe.” Esto no era mi habitación. Ni se le parecía. ¡DE-DEET! ¡DE-DEET! Mi cuerpo se tensó, a la defensiva, y salté fuera de la cama. La alarma se detuvo. Mi mente, obligada a despertarse debido a la impresión, me lanzaba órdenes. [i]¡Escapa![/i] Advirtió. [/i]¡Escapa, escapa, escapa![/i] Corrí hacia un alto panel negro de la pared. Una puerta. Tenía que serlo. [i]¡Escapa![/i] Lo intenté, pero no había ningún pomo. Ningún tirador para abrirla. Nada. La golpeé. “¡Aún no está listo para ir al trabajo!” dijo una chillona voz computerizada. Empujé la puerta con más fuerza aún. Golpeé el panel con el puño apretado. Un puño que… De repente me detuve para estudiar mi puño. Era grande. Quiero decir que era áspero y calloso y tenía venas que bombeaban a través del velludo y musculoso antebrazo, como si yo fuera del Gimnasio Gold y realmente entrenara con mis puños. Eran la mano y el brazo de un hombre adulto. Mi corazón volvió a latir, bombeando ahora a una velocidad record. Me fijé en la pulida superficie de acero de la puerta para ver mi reflejo, la cara que conocía. ¡Y sí, ahí! Vi mis ojos, oscuros como la medianoche. Mi cara fuerte y ancha. Mi… Tragué con esfuerzo. ¿Mi pelo rapado? ¿Mi metro ochenta de altura? ¿Mi barba de un día? Me llevé una mano a la cara. La barbilla me raspó los dedos. Una barba que parecía sesenta papeles de lija. Necesitaba un afeitado. Mi aliento se volvió entrecortado. La cabeza parecía a punto de explotarme. ¡El Jake que me estaba devolviendo la mirada era un adulto! No muy mayor. Pero definitivamente ya salido del instituto desde hacía un par de años. Por lo menos era diez años más viejo que el niño que había sido la noche antes. ¿Qué estaba pasado? ¿Dónde estaban los otros? ¿Cómo había llegado a este sitio? El corazón me latía demasiado fuerte. Me iba a dar un infarto si no me calmaba. Volví a trompicones hasta la cama y me senté en la estrecha superficie no más ancha que un torso humano. La almohada era como una lámina de metal. “Ok,” dije en voz alta. “Ok.” Usa tu cerebro. Busca las posibles explicaciones. ¿Un truco del Ellimista? Sí. Tenía que serlo. ¿Pero por qué no había hablado aún? ¿Quizás un experimento de los yeerks? ¿Podía ser que me hubieran capturado? Es difícil pensar con claridad cuando te despiertas como Tom Hanks en aquella película, [i]Big[/i]. Por lo menos él se levanta en su propia habitación, con su ropa. Más o menos. Yo llevaba este mono extraño de color naranja apagado, como el naranja descolorido de una gorra del equipo de béisbol de los Orioles. Toqueteé el traje, y entonces me di cuenta. ¡Claro! Sabía qué estaba haciendo allí. Finalmente había pasado. Sabía que era solamente cuestión de tiempo, con todo eso de las presiones del liderazgo, las violentas batallas, las interminables luchas contra un enemigo cada vez más fuerte. Finalmente me habían conducido a una completa crisis psicológica. Me había vuelto loco. Y ésta era mi celda acolchada. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Realmente era una celda. De unos doce por doce. Pero no parecía muy institucional, sino más bien una redecoración del infierno. Una estrafalaria fusión de la decadente arquitectura de antes de siglo y unas modernas instalaciones mecánicas. Dos paredes de yeso con gotéele ascendían tres metros y medio hasta una moldura tallada. Un viejo fregadero de porcelana sobresalía en una esquina. El duro suelo de madera se extendía bajo mis pies y se derramaba en un mugriento y amarillo linóleo más o menos a mitad de camino. Y junto con todas esas cosas viejas, había una segunda fase en la construcción. Los brillantes y modernos colores metálicos brotaban de dos paredes sintéticas grises. Me puse en pie y anduve hacia un pedestal púrpura con forma de riñón. La parte de arriba se deslizó hacia un lado mostrando un cono dorado. Estaba decorado –o eso supuse – con bordes de tubos luminiscentes. Flit, flit, flit. Me dispararon hojas de ligero papel desde una hendidura del muro y flotaron hasta el suelo. Flit, flit, flit. Más papel. ¡Whoooooosh! Una violenta succión casi arrastra la pernera de mi pantalón debajo del cono. Los tubos luminiscentes se atenuaron. La tapa del altar con forma de riñón se deslizó hasta cerrarse. “¡Evacuación completa!,” dijo la chillona voz del ordenador. Casi sonreí. Quien o lo que fuera que me mantenía prisionero aquí debía de ser poderoso, pero tenía un cuarto de baño fuera de servicio. Me acerqué hacia una brillante bandeja fucsia. Estaba al lado de un cilindro azul eléctrico. Unos espantosos tallos retiraban los tubos en la pared en cuanto me acercaba. Whoop. Bam Me quedé mirando. Whoop. Bam Los tubos reaparecían. Echando vapor con el crujiente bacon y los huevos revueltos. El zumo de naranja se arremolinaba en una taza azul. Definitivamente no tenía hambre. Me acerqué a un panel estrecho, sólido pero translúcido. Una débil luz natural brillaba a través de él. Mi pulso se aceleró. ¿Una ventana? Quizás podría fugarme por ahí. ¡Shleep! La pared absorbió el panel y mostró una apertura de ocho centímetros de ancho. Una pequeña ventana. Un pesado y gélido aire pasó a través de ella y me acarició la cara. Cerré los ojos con fuerza, los abrí, y allí vi… Construcciones, cientos de ellas, levantándose debajo de mí y por encima. Cristal, acero, hormigón, ladrillo. Todo alzándose hacia un ardiente cielo rojo. Una jungla urbana. Pero igual que mi celda, la ciudad parecía haber sufrido reformas a manos de un contratista trastornado. Grupos caóticos de maquinaria negra se aferraban como molestos bultos a los lados de los rascacielos. Enfermizas deformaciones de monumentos arquitectónicos del siglo XX. Unas pocas construcciones estaban completamente cubiertas por este diseño industrial, como el casco de un barco invadido por percebes. Un tronco de árbol repleto de parásitos… La palabra me dejó con una sensación de inseguridad. Parásitos… Dos cazas atravesaron a toda velocidad mi estrecho campo de visión. Sus luces rojas dibujaron una línea a lo largo del paisaje urbano. Oh. Mierda. Cazas yeerk. Se dirigieron a un grupo distante de rascacielos, una siniestra elevación que se cernía en el horizonte como gigantes astillas y dientes rotos en una boca de algún mítico portero de hockey. Dos de las construcciones me resultaban familiares. Rectángulos brillantes. Las torres gemelas. ¡El World Trade Center! Nueva York. Tenía que serlo… excepto por… ¿Cazas yeerk al descubierto? Eso significaba que… eso significaba que habían lanzado un ataque abierto. Visser Tres. ¡Habían conseguido hacerse lo suficientemente fuertes como para olvidar el sigilo y el secretismo, y emprender una guerra totalmente abierta! ¡DE-DEET! ¡DE-DEET! La alarma volvió a sonar. “¡Peligra la calidad del aire!” La voz del ordenador era ahora más autoritaria. La ventana cubierta comenzó a cerrarse, bloqueando mi visión de la ciudad. ¡Oh, no! Alargué la mano y agarré el panel, intentando que no se cerrase. Uno de esos cazas no era yeerk. Sólo uno era un caza insecto. Sólo uno era una cucaracha sin patas con dos lanzas serradas. El otro tenía el puente de mando por encima del fuselaje, orientado hacia delante. Como una cola andalita preparada para el combate. Eso era tecnología andalita. Pero extremadamente modificada. Los motores que deberían estar brillando en un tenue azul, en cambio ardían en un rojo encendido. Intenté abrir la cubierta de la ventana. ¡Tenía que verlo! Los dos cazas salieron disparados a través del cielo. Pasaron zumbando a través de la vistosa y densa nube que se cernía sobre la ciudad como la lluvia radioactiva de una colosal explosión. “¡Holgazanería prohibida!” La aguda voz del ordenador rompió con el zumbido monótono y mareante del exterior. Los cazas giraron uno tras otro, lentamente y planeando. Aterrizaron en una plataforma que conectaba las World Trade Towers. Dejé que la cubierta de la ventana se cerrara de golpe. No había ninguna guerra en marcha, después de todo. La guerra, por lo que parecía, había terminado. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] Tssssst. La puerta de la celda se abrió y me expulsó con una ráfaga de aire al interior del oscuro recibidor de un apartamento. Escuché el silbido de otras puertas abriéndose y cerrándose al mismo tiempo. Humanos altos y orgullosos vestidos con monos de brillantes colores se acercaron hacia mí en tropel por el pasillo. Quería gritar. Quería agarrar a la persona más cercana, sacudirlo y chillar, “¿Qué maldito lugar es éste?” Pero el instinto me dijo que mantuviera la boca cerrada. [i]Encuentra las respuestas por ti mismo[/i], me dije. [i]Observa. No confíes en estos desconocidos. Úsalos.[/i] Dejé que me llevaran consigo los individuos de trajes naranjas, verdes y amarillos en su masivo éxodo pasillo abajo. El viento se hizo más fuerte. El zumbido y el tarareo fantasmagórico que había oído a través de la ventana de la celda se hizo más y más potente, hasta que por fin vibraron todas las partículas de aire como una orquesta de miles de ventiladores de diferentes tamaños. Habían quitado de en medio el muro construido al final de la entrada. Todo el mundo pasaba a través de la ruda abertura. Y yo les seguí -curioso y aterrorizado – al exterior, hacia una atestada zona al aire libre. “¡Más rápido!” Una impersonal voz de ordenador cortó el sonido de los motores e inundó mis oídos. Me di cuenta de que estaba bloqueando el tráfico. Me acerqué a trompicones hacia una línea de naves del tamaño de todoterrenos que planeaba en el aire al nivel del suelo, con las puertas abiertas, y por las cuales entraban pequeños grupos de personas con sus coloridos monos de trabajo. Y cada pocos segundos… ¡Wooooooooosh! Uno despegaba de la construcción de apartamentos y desaparecía en una caída controlada, inclinándose hacia las calles a noventa metros por debajo. Me abrí camino a través de las parpadeantes luces rojas que se extendían del morro a la cola de cada nave y bañaban la azotea y a los pasajeros con un siniestro brillo parpadeante. Di un paso hacia lo que parecía un caza insecto medio desmontado. No tenía armamento o estaciones de combate. Solamente un vaina con asientos y ventanas. Un coche flotante de alta tecnología. En el momento que caí sobre el asiento, un cinturón se disparó a través mi pecho. Otro corrió ajustándose sobre mis piernas. Antes de que me entrara el pánico… Shoo-shoo-shoo. El aerodeslizador sin tripular se cargó de energía. Una voz grave computerizada retumbó, “Vehículo con destino al centro de la ciudad”. Las puertas se cerraron y… ¡Sheeeeeeeoooo! ¡Una locura aérea! ¡Daba vueltas boca abajo! Mi estómago se encogió. Los rascacielos grises pasaban disparados a mi lado. Vi como otro aerodeslizador me adelantaba como un rayo junto a la ventana. “Hey,” dijo una voz humana a través del zumbido. Viramos bruscamente a la derecha. Giramos ciento ochenta grados. Y seguimos bajando, en vertical, volando en paralelo con la fachada de la calle que había por debajo. “¡Hey, Essak-veinte-cuatro-doce-siete-cinco!” La voz de hombre era amistosa. Sentí una mano en mi hombro. Me estremecí, pero me di la vuelta para encararle. Era un tío con un traje verde, sujeto con cinturón al asiento de mi izquierda, que me miraba fijamente con sus helados ojos azules. ¡El tío del traje verde estaba hablándome a mí! Mi corazón se aceleró. La cabeza comenzó a palpitarme. “¿Cuándo es el lanzamiento?” dijo. Le miré fijamente de forma inexpresiva, incapaz de hablarle mientras hacíamos un curso de slalom entre edificios. ¿Lanzamiento? ¿Qué lanzamiento? Los frenos aéreos hicieron un frenético rugido. El aerodeslizador rozó el suelo al atracar en el puerto. La voz del ordenador retumbó, “¡Primera parada!” Todo el mundo vestido de verde se levantó y se bajó. Traje Verde mostró una pícara sonrisa. “¿Mr. Científico Importante se olvidó de tomar el café esta mañana?” Y desapareció entre la muchedumbre. Las puertas chasquearon al cerrarse. Ese hombre… Ese hombre acababa de llamarme por lo que yo sabía que era un nombre yeerk. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] Nos lanzamos hacia lo más alto, casi rozando la cima de las torres. El Chrysler Building ocupaba todas las ventanas. Tenía un diseño aerodinámico y caprichoso, precisamente como en la foto que mi madre tenía en su oficina. Todo bordes redondos y acero resplandeciente y…. Espera un minuto. Me fijé y vi que estaba cubierto por una especie de saco. Una funda plateada, caída como un gigantesco globo deshinchado. Trabajadores ajetreados se movían por ahí sobre plataformas que sobresalían de las fachadas de todos los niveles. Estaba totalmente fuera de mí… Incluso el Chrysler Building estaba transformado. Fuera de mí… Ese hombre del traje verde me había llamado por un nombre yeerk… No era un yeerk. ¿Cómo podría serlo? ¿Qué estaba pasando? Cuando un gusano yeerk se desliza a través de tu canal auditivo, cuando se une y aplana en todas las hendiduras de tu cerebro, sabes lo que está pasando. Creedme, lo sé. Porque no puedes comer o hablar o evocar tus recuerdos a menos que el yeerk te lo permita. Eres un observador impotente de una interminable pesadilla. Un prisionero en tu propia cabeza. Yo no era un prisionero. Mi ojos se movían libremente. Mis piernas, cuando no estaban atadas al asiento del aerodeslizador, caminaban donde les decía que caminaran. ¿Por qué no se revelaba de una vez el responsable de todo esto? Hasta hoy, yo había sido el líder…. ¡No! Todavía era el líder de una pequeña pero poderosa resistencia contra la invasión yeerk. Un grupo de seis chicos, cinco humanos y un andalita. Nos llamamos los animorphs porque es nuestra arma secreta, el poder de transformarnos en cualquier animal que toquemos. Luchamos contra los invasores yeerks, liderados por Visser Tres. Esos viscosos parásitos alienígenas que han venido a la Tierra para esclavizarnos porque sin cuerpos anfitriones los yeerks no son más que gusanos desvalidos, de los que evitas pisar en la acera después de que llueva. No había ningún yeerks en mi cerebro. No era un controlador humano. No era Essak-veinte-cuatro-lo-que-fuera. ¡No! Es…. “¡Jake! ¡Mi nombre es Jake!” Las palabras salieron despedidas antes de que pudiera pararlas. Rompiendo el relativo silencio de la cabina. “¿Qué pasa contigo?” dijo un tipo de traje amarillo con cierto acento. Ocho pares de ojos se clavaron en mí. Ocho caras que podrían haber sido escogidas como promedio de la diversidad étnica de ciudadanos de Nueva York que viaja diariamente a su puesto de trabajo. Pongo el énfasis en “podrían haber sido”. Porque había una diferencia crucial. Habían reaccionado a mis palabras. Mira, yo ya había estado en Nueva York antes, durante una excursión de clase. Puede que no me fijara mucho en las cosas culturales en las que debería haberme fijado, pero sí me di cuenta de algo. Puedes gritar un soliloquio de Hamlet o chillar poemas líricos de Limp Bizkit, puedes hacer sonar con fuerza una pancarta de lentejuelas estrelladas o pisotear una bandera americana, y nadie –quiero decir nadie- te dirá la hora que es. Te echarán un vistazo, pero seguirán su camino. Lo único que había dicho era, “Mi nombre es Jake”. Y estos tíos estaban encima de mí como si me hubiera metido en su sala de estar conduciendo una Kawasaki. Forcé una sonrisa. Estos no eran neoyorquinos. Estos eran controladores humanos. Estos eran yeerks. [i]Vigila tus pasos, Jake.[/i] Me aclaré la garganta. “Mi anfitrión,” dije. “A veces todavía… tengo problemas. Ya sabéis, para controlarlo.” La nave se detuvo otra vez. “Usa una medicina,” manifestó la voz del ordenador. “Ahora tienen píldoras para esto,” contestó un hombre con ropa amarilla. “Deberías visitar la clínica.” Se levantó y caminó con cierta desgana hacia fuera. Otros siete trajeados amarillos salieron detrás de él. Las puertas se cerraron. Volvimos a dejar atrás el muelle. Solamente quedábamos yo y otra mujer vestida de naranja. Un paseo corto. “Investigación y desarrollo. Fin de trayecto.” La del traje naranja me hizo una pregunta cuando no me puse en pie. “Voy a la clínica,” dije vagamente. “Nada bueno,” dije, y me señalé la cabeza. Me lanzó una mirada de comprensión. Las puertas se cerraron tras ella. Estaba solo. “¡Mi nombre es JAKE!” grité, y seguí gritando. Y durante un segundo, pensé que perdería la cabeza. Que la perdería de verdad. Que empezaría a gritar cosas como, “¡No quiero llevar monos de trabajo, quiero vaqueros! ¡No tengo veinticinco años, soy un niño! No soy un controlador, soy libre.” Pero no lo hice. Por si acaso alguien, en algún lugar, estaba observando. Al menos eso es lo que me dijeron las tripas. He aprendido a confiar en ellas. Abajo, abajo, abajo. La embarcación cayó como un paracaídas, balanceándose ligeramente con el viento, descendiendo lentamente hacia el nivel de la calle. Observé un pequeño parque. Una fracción del tamaño de Central Park. Pisoteando la crujiente, tardía e invernal hierba, había una masa de cuerpos de curtido vello azul. Cascos. Antenas oculares. Los cuerpos estaban organizados en filas, formando. Quizás unos cincuenta al frente y cien a lo largo. Sonó un cuerno y se detuvieron y giraron, cambiando de dirección. Andalitas cautivos. Y estaban comiendo. Mi columna vertebral se convirtió en un látigo tembloroso. Un mundo con controladores andalitas no podía ser un mundo en absoluto. En el mundo que conozco solamente hay un controlador andalita. Y es un lamentable error. Cualquier guerrero andalita usaría la hoja de su cola contra sí mismo antes de dejarse capturar. La embarcación empezó a zumbar a algunos pies por encima de la calle, pasando por las ventanas vacías de edificios cerrados. La nave entró en un espacio grande y amplio. Algún tipo de aparcamiento. Un triángulo pavimentado repleto de otros aerodeslizadores. Los motores se apagaron. La nave atracó. No sabía qué mundo era éste. No sabía qué época. ¿Un mundo antes, después o paralelo al mío? ¿Una extraña realidad que de alguna manera se había impuesto a la que yo me había acostumbrado a aceptar? ¿Mi pesadilla personal? No lo sé. Pero sabía que los yeerks eran fuertes en este lugar. Eran dueños de esta ciudad. Eran dueños de esta gente. Pero no me poseían a mí. Mientras estuviera libre y con el control de mi mente, había una oportunidad –no- la seguridad de que averiguaría lo que estaba pasando. Y luego quizás, solamente quizás, de alguna manera -incluso en este extraño lugar- podría encontrar a los otros y juntos… Las puertas se abrieron y caí sobre el suelo de hormigón. Mi corazón volvió a su ritmo habitual. Mi mente se tranquilizó y se concentró en un sólo pensamiento. “Jake,” respiré con calma, “no hemos anticipado esto, pero ahora ha llegado la hora de luchar.” [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] ¿Has imaginado alguna vez un guión cinematográfico donde los líderes mundiales hayan perdido su mente, disparan sus misiles balísticos intercontinentales y destruyen con sus armas nucleares todo el planeta? ¿Alguna vez has pensado cómo sería salir de un refugio, después de haberse aclarado lo peor de los residuos, en una especie de páramo post-apocalíptico? Bien, allí estaba, dando un paseo por el páramo de Time Square. La desoladora zona cero de alguna bomba de neutrones. Un escenario, pero sin el grupo de actores. La plaza entera estaba sumergida en un amenazador silencio. A ciento cincuenta metros por encima de mi cabeza rugía la metrópolis yeerk. Pero aquí abajo, al nivel de la calle… los taxis no hacían ruido al pasar sobre las bocas de las alcantarillas. No había mensajeros kamikazes en bicicleta esquivando el tráfico. Nada de mareantes grupos de turistas con cámaras pequeñas. No había más nativos con llamativos vestidos saliendo y entrando de los rascacielos como ratoncillos. La única vida se encontraba en el zumbido de la gigantesca cartelera eléctrica a treinta metros más allá. ¿Conoces aquellos grandes y descarados anuncios que hicieron famosa Times Square? Los ojeé. Ni siquiera se acercaban a las promociones de Coca-cola o JVC o Calvin Klein que recordaba. ‘Puedes volver a casa,’ Las palabras destellaron como una tormenta eléctrica sobre la imagen de un oscuro planeta. Vi lo que parecía a una gruesa pieza de vacuno sin cabeza vagando debajo de las palabras contra un cielo color verde-vómito. Árboles enfermizos de baja altura crecían horizontalmente, como los largos dedos de un alambre de púas. ‘¿Harto de la ciudad?’ Leí en otra valla publicitaria. ‘Haz del planeta yeerk tu casa. Servicio de transportes a mediodía y media noche, los primeros de cada ciclo, State Building del Imperio Yeerk.” Y en la parte inferior, en letra más pequeña, las palabras ‘Alta División del Consejo para el Traslado de Anfitriones Incapacitados e Insurrectos.” Estas palabras estaban dibujadas sobre un graffiti “EF”. Me detuve. Las letras de graffitis no eran ninguna reliquia de la preconquista. Eran nuevos. Estaban frescos. Y manaban rabia. ¿Anfitriones Incapacitados e Insurrectos? Un matiz de esperanza luchó contra la bien anclada precaución y el miedo de mi mente. ¿Había una rebelión? ¿Un grupo de resistencia en alguna parte? Si tenía aliados en esta ciudad, tenía que encontrarles. Pero primero necesitaba encontrar a los demás. Tenían que estar también aquí, ¿verdad? ¿Pero dónde? En la ciudad de Nueva York normal y corriente, Marco podría estar en cualquier recreativo de Manhattan, Rachel en cualquier metro desde el centro de la ciudad hasta el SoHo. Miré los escaparates rotos y las calles sucias. ¿Habría partes de la antigua ciudad que todavía funcionaran con normalidad? No apostaría por ello. De repente, me di cuenta de que Cassie podría ser la más fácil de localizar. En un parque. Estaría en un parque y había visto uno. Ella estaría alimentando a las palomas y… ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAM! Me eché al suelo. ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAM Fuego de ametralladora. Rodé hasta detrás de un quiosco y busqué el origen. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! Oí la respuesta de los rayos dragón, seguidos de un penetrante grito humano. ¿Un tiroteo al otro extremo de Times Square? El eco del arma de fuego se desvaneció y fue remplazado por chasquidos. Un chasquido. Pies arañando el hormigón. Extrañas palabras a medio pronunciar… “¡Sssssssnit waaaanaaaaa!” El fuerte y arrogante carraspeo arrancó risitas de asentimiento de bocas babeantes. Me arrastré alrededor del quiosco, y efectivamente…. Taxonitas. Una cuadrilla. Seis u ocho. Pavoneándose por la calle cuarenta y dos, directamente hacia mí. Bandoleras de munición de energía y rayos dragón en mano entrelazados en sus masivos cuerpos de ciempiés. Cicatrices horrendas abiertas en sus hinchados pechos. Luché contra el instinto de correr. Tenía que representar el papel de un controlador, y un controlador no saldría corriendo. ¡Pero tenía que escapar! Estaba fuera de lugar en la parte baja de la ciudad. Por lo que sabía, era el único humano en la calle y no me llevó mucho tiempo adivinar el por qué. Ningún encuentro con un taxonita había terminado nunca bien. ¿Por qué esperar otra cosa? ¿Dónde podía ir? El McDonald de la esquina era un armazón quemado. Los arcos dorados yacían destrozados y cenicientos en la acera. Yo sería un blanco fácil. El vestíbulo del rascacielos era todo de cristal. No suponía ninguna protección. De repente… ¡TSSEEEERRR! El grito de un ave de rapiña. ¡El batir de unas alas salidas de la nada! Un halcón de cola roja zumbó sobre mi cabeza. Se le veía muy viejo, débil, con las plumas cayéndole y piel tersa alrededor de los ojos. Voló al interior de la nube de vapor sobre la chimenea del metro. Parpadeé…. Y desapareció. ¡Se había esfumado! “¿Tobias?” No contestó. ¿Un espejismo? “¡Ssssreee sreeenaaaa!” Di un salto. Salí de detrás del quiosco. El líder de la cuadrilla de taxonitas me había visto. Sus patas puntiagudas chasqueaban contra el suelo. Se lanzó corriendo hacia mí. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] Capítulo 9 Vapor. El metro. ¡Corre! Corrí hacia la entrada de metro y subí los escalones de tres en tres. ¡Wham! Me lancé a través de la oxidada entrada. “¡Ugh!” Olí un hedor horrible, a una húmeda putrefacción. La nauseabunda peste de… taxonitas. Jadeé sin aliento en el caliente hedor de la caverna. “¿Quién eres?” “¡Yaaa!” Casi tuve otro ataque al corazón. De la sorpresa, me golpeé en la cabeza contra un cartel puntiagudo de interior del metro. Un tío, un humano, de sólo metro y medio de alto, pero adulto, me miraba con curiosidad. Batió el montón de folletos que llevaba detrás de la espalda. Creí haber visto las letras “EF”, pero no estaba seguro. “¿Qué has hecho para conseguir que te manden aquí?” La forma en que lo dijo me hizo perder el aliento. Como si algún jurado me hubiera sentenciado a un destino horrible. Todavía luchaba por respirar. El chico se encogió de hombros y reanudó la marcha. “No durarás mucho tiempo aquí abajo. Nadie lo hace.” Oí el fuerte ruido de la puerta abriéndose de golpe. El sonido de las patas taxonitas rozando el suelo. Los ojos del pequeño tipo se abrieron. Se dio la vuelta y echó a correr. Lo seguí. Nos metimos bajo un túnel de baldosas blancas que se estrechaba y estrechaba hasta que mis hombros rozaron los lados. Luego en un canal aún más pequeño que me hizo arrodillarme. Gateé frenéticamente por la humedad. Los gritos de guerra taxonitas se hacían cada vez más inaudibles. Luego, un nuevo sonido. Débiles gemidos y gritos sordos que llenaban casi toda la oscuridad. Surgimos en un ancho pasillo abovedado, con un estancado charco tóxico en el centro. Agrupados alrededor de esa poca y mugrienta agua –apretados y miserables – había una pequeña muestra de vida humana y alienígena. Una visión horrorosa. Torpes gedds amputados moviéndose a ritmo de caracol. Maltratados hork-bajir, a los que les faltaban piernas, brazos o ambas cosas, agrupados alrededor de un incandescente foso. Niños humanos, y adultos minusválidos o mutilados, yacían sobre finas y sucias esteras. Andalitas con heridas de guerra, algunos sin cola y otros sin sus antenas oculares, se movían de un lado a otro sin descanso. El hedor era muy intenso. Los gemidos, desgarradores. Sin embargo, eran sus ojos los que contaban la historia. Derrotados, abatidos. Muertos en vida. Con el ruido de nuestra brusca entrada, la mayoría se giró y se puso en tensión. Débiles como estaban, aún seguían preparados para correr. Pero no para pelear. Eso estaba claro. “¿Qué es esto?” grité boquiabierto. “¿Quiénes sois?” Los gases me tenían aturdido. El pequeño hombre interrumpió sus susurros de consuelo a un grupo de niños humanos. “Depende de a quien preguntes,” dijo. “El emperador nos llama fugitivos. El EF nos llamas refugiados. Nosotros nos llamamos víctimas. Victimas de la Política de Limpieza. Pero en realidad no importa como nos llamemos, ¿verdad? Todos somos presas.” Sonrió. “Tu cuerpo es fuerte. Debes de sufrir alguna enfermedad mental.” Apenas podía discutirle. “Debo.” “Ah.” Su tono de voz se volvió más tierno, más condescendiente. “Anímate, amigo. Por lo menos con tu físico tienes una oportunidad contra las fuerzas especiales taxonitas. Con nuestra ayuda, podrías aguantar un mes, tal vez incluso dos.” La vista se me nublaba. La cara del hombrecito parecía acercarse y alejarse. El hedor me estaba haciendo papilla el cerebro. Retrocedí hacia el túnel y empecé a recorrerlo. “No,” gritó, alarmado. “Debes quedarte con nosotros. ¡Solo no durarás ni dos horas!” Tenía que llegar a tierra. Estaba desesperado por conseguir aire. Iba a desmayarme. Volví por el túnel. Giro a la izquierda, izquierda nuevamente. En la plataforma de una estación de metro. La luz era tenue y rojiza. De repente… ¡Una tremenda succión!! ¡Una intensa corriente de aire que me arrastraba con fuerza hacia los raíles y lo consumía todo! ¡Tenía que luchar contra ella! Intenté correr hacia la salida pero apenas conseguí moverme. Era como esa horrible pesadilla en la que sientes que tus piernas pesan veinticinco kilos cada una. O que estás corriendo por el agua. Miré hacia los raíles tres metros hacia abajo. ¡Estaban recubiertos de una capa de suciedad rezumante, en la que bullían y se retorcían los taxonitas! Esto era una corriente viviente de ciempiés que se desplazaban sin mover las patas. Estaban siendo aspirados, deslizándose a lo largo de una carretera subterránea, ojos rojos brillando mientras pasaban a toda velocidad. Se trataba de un Medio de Transporte Masivo para Taxonitas. ¡Y yo estaba a penas a dos metros de ser succionado con ellos! “¡Ahh!” ¡THWAP! ¡thaap! ¡THWAP! Dos taxonitas salieron de la corriente de succión y subieron a la plataforma. Las bocas llenas de puntiagudos y afilados dientes intentaron morderme. Cientos de patas se lanzaron hacia mí [i]“¡Noooooo!”[/i] Me agarré a un banco y tiré de mi mismo hacia él, luchando contra la intensa aspiración del aire. Seguí más allá. Me agarré a un cubo de basura atornillado al suelo, y continué avanzando. ¡Columna! ¡Banco! ¡Letrero! ¡Cubo de basura! Miré por encima de mi hombro. Los taxonitas también luchaban contra la succión, pero ellos eran demasiado grandes y sabían hacer algo que yo no podía. Se tiraron al suelo y se movieron sigilosamente a lo largo de éste. Corriendo como las salamandras. ¡Banco! ¡Columna! ¡Columna! ¡Empuja! Me alcanzarían. ¡Puerta! Me arrojé a abrirla. ¡Las escaleras de salida! Me estiré. La alcancé. “¡Ahhhhhhhhhhh!” Algo me cortó en la pierna. Me giré. Solté un puñetazo a un pecho que era como un airbag. Cerré de golpe la puerta sobre sus enormes mandíbulas y lenguas ansiosas. Luego trepé hacia la luz del día. Arriba, arriba, arriba. Sudando. Jadeando. La pierna casi paralizada de dolor. La cabeza vibrando por haberme golpeado con el cartel del metro. ¡La calle! ¡La acera! Jadeando después de tomar una bocanada de aire fresco tras otra, me desplomé. Me tumbé de espaldas. Y me quedé congelado. No estaba solo. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] “¡Leeevonntaaattcoluuuraaraannjja!” Las palabras eran como una cascada de sílabas, enlazadas unas con otras. Totalmente incomprensibles. “¿Keeehhaceeesennneeleguuuettooo?” Vale. Esto era un sueño. Esa era la única explicación posible. Pero de pronto sentí en mi pierna un dolor muy real por la mordedura del taxonita. En ese instante decidí que esto era un mundo que nunca habría sido capaz de imaginarme. Y si no dejaba de intentar comprenderlo, acabaría teniendo una crisis nerviosa. Lo importante era el momento actual, un objetivo simple: salir vivo y entero de ese lugar. Intenté no dejar que las dos formas delante de mí, toscos perfiles humanos excepto por una tercera pierna y un cuello demasiado largo, me hicieran alucinar. Pero era difícil. Cada uno de ellos tenía un sólo ojo, una cosa grande, con luz propia, que se fijaba en mí como siguiendo un punto. En el centro del ojo había un iris, más o menos como los nuestros, excepto por el débil resplandor ámbar y grisáceo. Pero sabes que nuestras pupilas están en el centro del iris. Aquí no era el caso. Me encontré mirando unas pupilas que giraban alrededor del iris como lentos satélites ópticos. Estos ojos me estudiaban con toda la sospecha de los agentes del servicio secreto en una comparecencia presidencial. Parecían atravesarme con la mirada. Aunque era más preciso decir que yo los [i]atravesaba[/i] con la mirada. Porque estaba viendo pulmones azules que se hinchaban y desinflaban al hablar. Y dos corazones verdes brillantes que bombeaban pálida sangre amarilla a través de venas de cristal claro. Kilómetros de intestinos se enrollaban muy apretados cerca de una franja de músculos de un débil color rojo. Su piel era tan clara como un vaso de agua. Más claro todavía, ya que casi no había distorsión cuando miraba los órganos. Era el tipo de espécimen por el que se moriría cualquier profesor de biología. Aunque en el planeta del que vinieran, la naturaleza no debía de guiarse por la supervivencia del más fuerte, evidentemente. Yo mismo podía localizar perfectamente su corazón palpitante. Era un blanco perfecto. El del ojo ámbar dio un paso hacia delante y tiró de mí para ponerme en pie. Repitió su pregunta. De repente, el ritmo del lenguaje, la nota ligeramente diferente que dirigía a cada palabra… Establecían una pauta. Todo eso tenía sentido. Lo entendí por fin. “¡Levánta-te-Color-Naranja!” dijo. “¿Qué-hacías-en-ese-gueto? ¡Ausentarse-del-trabajo-es-un-delito! ¿Por-qué no-está-usted-en-su-puesto-de-trabajo?” Un dedo casi invisible me quitó alguna cosa que llevaba en el pecho. Entonces miró hacia arriba, muy arriba, al Chrysler Building con su cubierta de poliestireno Mylar agitada por el viento. Había una insignia en mi mono que no estaba ahí antes. Por lo menos, no me había dado cuenta de ello. Era un holograma de mí, y mi nombre yeerk escrito. Había números que se correspondían con la vivienda, lugar de trabajo, y sector de trabajo. Bajo las palabras “título laboral” estaba el término “Ingeniero Planetario”. Me quedé mirando boquiabierto como un idiota. ¿Estos tíos eran alguna fuerza de seguridad de la calle? ¿Trabajaba yo en el Chrysler Building? “A lo mejor éste es el mejor sitio para este mudo,” se mofó el de ojos plateados. “Parece que ha tenido una crisis nerviosa. ¿Puedes decirnos dónde vives, Traje Naranja?” rugió con condescendencia mientras manoseaba un par de esposas teñidas de rojo. “¿O no lo recuerdas?” Habían visto donde vivía, pero supuse que solamente querían que se lo confirmara. Miré mi insignia e intenté leer los números al revés. “Yo, uh…” RrrrrrrrrrrrrBoomBoom……RrrrrrrrrBoooooooom…. La tierra tembló y un ensordecedor estruendo tronó a través de la calle. El de ojos ámbar se dio la vuelta, volvió a girarse y me agarró. Me arrastró con él mientras se movía a alarmante velocidad hacia el sonido de la explosión. El de ojos plateados nos siguió. “Piso ochenta y ocho,” dije, inventándome una respuesta. “Vivo en la, uh, en las Empire Towers.” Pensé que sonaba bastante bien. “No seas sarcástico, Traje Naranja.” Alargó la mano y deslizó las esposas sobre mis muñecas. “¿Piensas que no sé que de los pisos del ochenta y siete al noventa son puertos de atraque? Te vienes con nosotros.” “¿Bajo qué autoridad?” Me resistí, pero las esposas estaban hechas de algún material orgánico vivo. Cuanto más me resistía, más fuerte apretaban. Las criaturas se rieron a viva voz, un sonido similar al de una vibrante trompeta. “Somos los Orff, idiota. Agentes de seguridad del Alto Consejo. Somos nuestra propia autoridad.” ¡RrrrrrrrrBooooooooooooommmmmmmm! Otro estruendo masivo y una nube de polvo. Los Orff se apartaron de mí. Aproveché la oportunidad “¡Hey!” Ojo Plateado intentó agarrarme. Me zafé de él y salí disparado doblando la esquina, cojeando por la mordedura taxonita y dirigiéndome hacia una oleosa nube de polvo. Pero los Orff me siguieron. Sus tres piernas se movían como el mercurio. De pronto estaban sobre mí. Luchamos mientras el caos crecía a nuestro alrededor. Oí las distantes sirenas de los aerodeslizadores aproximándose. Los silbidos ceceantes de los taxonitas que reventaban en la calle, derramándose desde colmenas de barro de cien metros construidas entre los edificios a lo largo de los bloques, avanzando como un ejército de bestias. ¿Qué era esto? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Podría transformarme? Intenté concentrarme. Intenté pensar…. Y luego todo estalló en un deslumbrante amarillo blanquecino, como si yo fuera un bicho dentro de alguna bombilla. Todo quedó en silencio, pero sólo durante un segundo. Después — BOOM. BOOM. ¡BOOM! La acera subía y bajaba mientras las ensordecedoras oleadas de presión arrojaban al suelo a todos los de la calle. Todo bajo los edificios, fachadas de construcciones intactas, era reducido instantáneamente a cataratas letales de cristales y piedra hecha añicos. Levanté la vista hacia lo que parecía ser el origen de la explosión. Un tremendo rascacielos de cientos de metros de altura se tambaleaba vacilante sobre la base de un gran incendio, como un actor de circo en la cuerda floja. Mi boca se abrió de incredulidad mientras el elegante e indeciso balanceo del edificio daba paso a una decidida inestabilidad. Como mínimo diez o veinte pisos se desintegraron en una nube de polvo. Entonces la estructura entera se cernió sobre el suelo. Más rápido… aún más rápido… viniéndose abajo en una única pieza demoledora. Caía… caía… Y luego- Se produjo un estruendo ensordecedor cuando la construcción reventó contra el suelo y se partió en dos, esquivando el Chrysler Building por un pelo. Una conmoción tras otra sacudió los cimientos de Manhattan. Debería haber aprovechado el momento para desaparecer. Pero lo único que podía hacer era andar lentamente hacia la entrada y quedarme allí, mientras la nube de polvo blanco me asfixiaba y me salpicaba la lluvia de pequeños escombros que caían del cielo. Luego cayeron sobre la calle partículas más pesadas, pedazos de acero y hormigón. Y después todo se volvió negro. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Las sirenas sonaban insistentemente y un dolor agudo me entumecía la cabeza. Abrí los ojos y me encontré con montañas de escombros. Brotaban géiseres de las cañerías de agua. El fuego crepitaba y destrozaba edificios enteros. Cientos de naves patrullaban el lugar. Los taxonitas arreaban salvajemente a los heridos en los transportes, su voraz apetito satisfecho al poder disponer en el acto de los oportunos muertos. Los Orff se habían ido. Las esposas, por alguna razón, habían desaparecido. Parece que cuando estás en Yeerklandia y oyes sirenas, y resulta que vienen a por ti, no te esperas sentado. Corres. Me lancé hacia la entrada. “¡Ahhrgh!” Y choqué contra alguien con un traje púrpura. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, estaba mirando el cañón de la pistola de rayos dragón que empuñaba. Definitivamente en Yeerklandia iba a por mí. Miré más allá del cañón, más allá del brazo. A los ojos de una oscura figura femenina cubierta de polvo de las cabeza a los pies. La sangre goteaba desde su cara. En cuanto nuestros ojos se encontraron, su expresión cambió. Pasó del odio despreciable a una misteriosa mezcla de confusión, incredulidad, ternura y enfado. Mi pecho subía y bajaba involuntariamente porque esta mujer…. Esta mujer… Mi recuerdo… “¡Ah!” Sin previo aviso me quitó de en medio de un empujón. ¡TSEEEW! Whumph. Las tripas taxonitas se desparramaron sobre la acera cuando el gusano hinchado, con los dientes descubiertos, patinó hasta pararse justamente bajo mis piernas. Tres segundos más y mi culo no habría sido más que un agradable postre para el taxonita. La mujer se lanzó a correr. Corrí tras de ella. Me había salvado la vida. Pero era por mí mismo por lo que la seguía. Con la agilidad de un atleta, atravesó un estrecho callejón repleto de los despojos de la sociedad humana. Un piano roto. Sofás destrozados. Algunas motocicletas oxidadas. Todo esto cubierto ahora por una reciente montaña de hormigón, barro, y fragmentos todavía humeantes de chapas de metal. La llamé. “Hey, espera.” Ella se paró y se giró. Me apresuré hacia ella y su cara se volvió nuevamente extraña como si estuviera revolviendo en su mente, buscando… ¡TSEEEW! “¡Hey! ¿Qué narices…?” Me disparó, incendiando el aire sobre mi cabeza. Luego desapareció a través de una gran puerta de metal abierta en el callejón, una entrada lateral al alto edificio de ladrillo. ¿Era eso un disparo de advertencia? ¿O simplemente mala puntería? Una cuadrilla de taxonitas fluyó por el callejón y la siguieron al interior. Alcé una pieza de metal y la levanté como un matón, tratando de mostrar que estaba listo para pelear. Los taxonitas gruñeron, pero asombrosamente siguieron su camino Una cosa estaba clara. Iban a por la mujer. Tiré para abrir la gruesa puerta de metal y corrí hacia la moteada oscuridad. La luz se filtraba a través de un tejado parcialmente destruido e iluminaba cortinas aterciopeladas, un escenario, la plataforma de una orquesta -un enorme sitio alineado con filas de asientos y gradas de balcones. Me moví por el pasillo alfombrado, subiéndome al sucio escenario de suelo roto. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! Los rayos dragón alumbraron el aire. Doscientos treinta kilos de carne de taxonita cayeron desde el balcón, silbando al encontrarse con un muro de cuerdas y jarcias. WHUMP. La caída hizo temblar el suelo. Su cuerpo explotó, y chico, apestaba de verdad. La mujer pasó como el rayo detrás de un panel pintado con un paisaje de campo. Había un granero rojo y un pasto verde. Caballos y animales de granja pastaban en el fondo. Pero aún no había desaparecido ella cuando…. ¡TSEEEW! Abrió un agujero con sus rayos dragón en el paisaje de la descolorida lona y saltó por él. La perseguían tres de los taxonitas más rápidos que había visto nunca. Ella tropezó, corriendo hacia atrás, disparando su arma una y otra vez. Pero las descargas eran más y más débiles, bofetadas patéticas en las caras de los armatostes taxonitas. ¡Y yo estaba desarmado! Observé las fuertes luces de fila en fila. Me pregunté… Corrí entre bastidores, donde una multitud de amarras convergían en una sencilla cuerda sujeta por una pila de pesos de acero. Abrí el cerrojo que fijaba la cuerda al montón de pesas. ¡Whoooooooosh! Un etéreo trapo de telón de fondo cayó en oleadas, cubriendo hábilmente a los depredadores y presas de debajo. No pasó nada. Los taxonitas continuaron avanzando hasta que por fin la defectuosa arma de la mujer ya no disparaba. La arrojó al taxonita más cercano, pero era como un juguete en su boca. La devoró sin vacilación. Frenéticamente solté cuerda tras cuerda. La chirriante carrera de las poleas llenó mis oídos mientras una viga entera de las pesadas luces del escenario caía hacia el suelo. Y luego otra. Y otra. Me permití mirar. Los tres hinchados taxonitas estaban inmovilizados en el suelo, retorciéndose. Todavía enganchados bajo la delicada red. Corrí hacia la mujer. Su brazo estaba empezando a ser aplastado por un ahora débil taxonita. Su cuerpo se sumergía en un charco de asquerosas babas. Se estremeció al acercarme a ella, aún preparada para pelear. Me incliné lentamente y le liberé el brazo. Finalmente pareció comprender que no iba a herirla. Nuestros ojos se reconocieron. “Cassie.” Quería abrazarla. Contarle que todo estaba bien. Que había sido muy valiente. Que saldríamos de ahí vivos Pero sus ojos eran como un muro o una máscara. Busqué en ellos la paz y la sensibilidad que acostumbraban a tener. Ninguna de ambas cosas estaba ahí. Sus labios se curvaron formando una falsa sonrisa. Una Cassie antinatural como su mirada. Y finalmente habló. “Bueno. Así que no estás muerto.” [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] Respondí con una sonrisa y el tipo de mirada que le habría dirigido si estuviéramos en el mundo que conocía. “Esta ciudad está haciendo todo lo que puede por matarme. Pero no, no estoy muerto. He estado solo. ¿Dónde están los otros? ¿Cómo… cómo llegaste aquí?” Ella no contestó, pero balanceó las piernas por el borde del escenario, lanzó un suspiro, y se dejó caer en el foso de la orquesta. La seguí ahí abajo, donde se agachó en una esquina y descubrió una caja escondida. “Cassie, ¿qué está ocurriendo?” No era propio de ella ignorarme. Ni siquiera alzó la vista. “Me metí en cama anoche, o eso parecía,” continué. “Estaba en casa, viviendo con mi familia. Acabábamos de volver de nuestra última misión, que se había echado a perder. ¿Recuerdas? Me levanto esta mañana y de pronto tengo veinticinco años. Y barba. Pero no tengo ningún recuerdo de esa década intermedia. ¿Es Crayak? ¿El Ellimista?” “No había pensando en esos nombres en años,” dijo ella. Su tono de voz no era nostálgico. Estaba revolviendo la caja, supongo que buscando vendas para sujetarse una tablilla al brazo. La caja estaba llena de materiales de primeros auxilios, cinco o seis viejas pistolas de rayos dragón, otro traje púrpura, comida de emergencia, y… Volvió la cabeza justo a tiempo de ver mis ojos como platos. Bobinas de cordón explosivo. Bloques de explosivo plástico. Detonadores. Dinamita. Una loca mezcla de explosivos de alta y baja tecnología de potencial destructivo. “¿Significa eso que no estás con el EF?” dijo ella. Sacudí la cabeza en señal de desconocimiento. “El Frente Evolucionista. ¿El grupo rebelde yeerk? Ya sabes, los también llamados Insurrectos, dedicados a dar la espalda al parasitismo en favor del uso de creaciones artificiales simbióticas.” Me puso un rayo dragón en la mano y cogió otros dos para sí misma. Y entonces vislumbré un emisor de partículas de rayos kandrona de emergencia cuando cerró la caja. “¿Eres un controlador?” Ella se echó a reír. “¿Qué otra cosa podría ser? Mi nombre yeerk es Niss. Nosotros estamos juntos en el EF, cooperamos para luchar contra el Consejo. Encabecé al equipo responsable de la explosión esta mañana. Es por eso que los taxonitas me tienen tantas ganas. El daño causado los retrasará, incluso aunque no alcanzáramos el….. “¡Qué!” Una incontrolable oleada de nauseas me hizo un nudo en el pecho. Esto era como oír a mi padre confesándome que era un camello o un asesino. Esto era imposible. “Cassie, ¿qué estás diciendo? Has preparado una explosión que debe de haber matado a cientos de refugiados, la misma gente a la que el EF está intentado ayudar. ¡Eso te convierte en una terrorista! ¿Cómo es posible que puedas justificarte?” “En la guerra, Jake, todo está justificado.” Habló con total confianza. “Ya no soy una niña. No me preocupo por tonterías como solía hacerlo.” “¿Como la vida y la paz? ¡Ahora piensas que eso es una tontería! ¿No recuerdas nuestra última misión –la batalla en el Ragsin Building? ¿La derrota? Necesitabas hablar cuando conseguimos salir de allí y yo te di la espalda. No quería hablar de ello. Esa noche fui un idiota, Cassie. Estabas en lo cierto con tus dudas, como siempre. Tienes que saberlo.” Ella me soltó una carcajada desdeñosa. “Estás hablando de una vida diferente, Jake. Entonces teníamos muchas misiones y todas eran fruto de una lamentable imagen borrosa de idealismo juvenil. ¿No lo coges, verdad? Te digo que finalmente entiendo cómo funciona una guerra.” La manera en la que hablaba, el tono de superioridad con que se dirigía a mí, me hizo sentirme tan importante para ella como un tornillo en el tablado del escenario. ¿De verdad no había ninguna conexión entre nosotros? ¿Estaban mis amigos tan cambiados? “Los taxonitas son los dueños de los pasos subterráneos del metro,” dije. “Los Orff gobiernan las calles. Cassie, si miras a tu alrededor, es obvio que de un modo u otro perdimos nuestra oportunidad de ganar esta guerra.” “¡La guerra no se ha perdido!” siseó. Sus ojos ardían en llamas. Se le veía lista para atacarme. Pero su mirada se movió hacia la insignia de mi pecho y en seguida toda su ira desapareció. Su rostro se relajó, sus ojos se iluminaron. Su expresión cambió tan rápido que me asustó. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] “¿Eres un ingeniero planetario? ¡Trabajas en el proyecto del Chrysler Building!” De repente, yo era la cosa más interesante del teatro. No sabía qué decir. Ella se acercó y me agarró con su brazo sano. Su voz era intensa, casi obsesiva. “Jake, los yeerks quieren la luna. Quieren convertirla en un pequeño sol que irradie rayos kandrona. ¡Si tienen éxito, eso supondrá que la Tierra quedará bañada por rayos kandrona para el resto de la eternidad! Será algo que el EF nunca podría tocar e inutilizar. Nadie podría.” Me sentí como un cliente sujeto a una retorcida y manipuladora venta forzosa. El negocio estaba justo a la vuelta de la esquina, podía sentirlo, como también sabía que de alguna manera me involucraba. “Tu trabajo te permite estar más cerca de la tecnología de los rayos lunares que cualquier otro del EF. ¿Has visto aquella vaina o caparazón que hay sobre el Chrysler Building? Los yeerks han estado trabajando allí durante meses poniendo a punto el rayo de energía que encenderá la luna. El blanco tiene que ser muy preciso. Absolutamente preciso. Los yeerks necesitan que el rayo impacte exactamente en el sitio que tú y tu equipo habéis calculado, o si no…” Estaba entusiasmada, con los ojos relampagueantes. Ahí estaba la chispa que conocía. Sólo que no la encendían el amor por la gente o por los animales, sino las ideas de sabotaje, terrorismo y estrategia. Y ahora intentaba arrastrarme a mí también. Puse los dedos sobre la insignia donde todavía tenía fijos los ojos. La arranqué, interrumpiendo su trance. “¡Dímelo ahora mismo! ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Dónde están los otros? ¿Cómo te capturaron? ¿Todo esto es real?” Su entusiasmo se disipó. La falsa sonrisa reapareció. No quería responder a mis preguntas, pero si quería mi ayuda tenía que hacerlo. “Si de verdad no puedes recordarlo, te lo contaré,” dijo. “No te van a gustar las respuestas.” Volvió a reír un poco. De forma menos despiadada, más triste, me miró a los ojos. “¿Cómo me capturaron? Fui traicionada, Jake. Por ti.” Mi corazón se detuvo. “¡Yo!” “Bueno, entonces tú eras un controlador, naturalmente. Puedes agradecérselo a Tom por ello.” “¿A mi hermano?” Cassie asintió con la cabeza. “El yeerk de la cabeza de Tom finalmente juntó todas las piezas. Las pistas, mejor dicho. Los descuidos. No lo sé exactamente. Pero él ya sospechaba que tu eras un ‘bandido andalita’ y luego una noche se convenció. Planeó la trampa tan bien que cuando llegó no tuviste ninguna posibilidad.” Ella continuó. “A ti, a Marco y a Ax os cogieron inmediatamente, en mi granero. A Rachel la asesinaron al momento. Y a mí me cogieron al día siguiente. Sólo escapó Tobias.”. La garganta se me encogió. ¡¿Rachel muerta?! Hubo un tiempo en el que animé su imprudencia. La había puesto, más que a cualquiera de los demás, en peligrosos apuros. ¿Y Tobias? Con el tiempo que vive un halcón, ya estaría muerto. Cassie me contaba todo esto con la mayor naturalidad del mundo. Como uno debería conocer la historia, como si yo debiera saber que esto, todo esto, era por mi culpa… “¡Muévete!” ¡TSEEEW! Los atriles negros que había frente a mí se evaporaron. “¡Al suelo!” ¡TSEEEW! Cassie volvió a disparar, alcanzando al taxonita. Éste se desplomó cayendo hacia delante, ¡directamente sobre la barandilla del foso de la orquesta! Cayó cuatro metros y medio hasta el suelo. Crash! Lo vi retorcerse de agonía a nuestros pies. Estaba gravemente herido, pero seguía vivo. Quizás Cassie le había disparado en el lomo trasero a propósito, para que sobreviviera. Lo único que teníamos que hacer era correr. Abrí la puerta de acceso al minúsculo espacio bajo el escenario. “¡Vamos, Cassie!” Ella entró agachada. La seguí. Pero entonces se paró. Se giró. Apuntó justo detrás de mí, hacia la puerta. ¡TSEEEW! Un segundo agujero chisporreteó a través de los órganos vitales del taxonita, terminando con él fríamente. Miré a Cassie buscando en ella una respuesta, tratando de leer en sus ojos ardientes de crueldad. “Son sólo perros,” dijo. “Los orffs, la brigada no oficial de la policía se permite soltarlos para atraparnos a los llamados terroristas. A los orffs no les importa demasiado si el hambre de los taxonitas está fuera de control y nos comen en vez de llevarnos a la estación. Ojo por ojo,” dijo. Me pregunte si quizás era Niss el que estaba hablando. El yeerk, y no Cassie. “¡Vamos!” chilló. La seguí. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Irrumpimos en la calle. Nos alejamos corriendo del sonido de las sirenas de los aerodeslizadores y de la aún caótica escena del crimen. Cada cien metros, Cassie se giraba para volver a disparar. Finalmente perdimos de vista a los taxonitas y paramos frente a unos escaparates rotos. Un viejo kiosco. Sudando y jadeando, ojeé en los estantes. La cubierta quemada, hecha jirones por el viento, de una vieja revista [i]Sports Illustrated[/i] captó mi atención. La recogí. “Mi padre…” dije con sorpresa. “¡Acababa de recibirla por correo!” Cassie miró la fecha. “Sí,” dijo rotundamente, “tiene unos diez años. La conquista yeerk concluyó en cuestión de semanas después de que fuéramos capturados. Resultó que éramos más que una espina en el costado del imperio. En realidad habíamos comenzado a inclinar la balanza.” Y entonces lo fastidié. Me había vuelto descuidado y engreído y despiadado. Había estado demasiado dispuesto a utilizar a los demás, especialmente a Rachel. “Los otros,” dije. “¿Dónde están ahora?” Cassie se detuvo ante un raído montón de novelas románticas. “Ax se convirtió en un controlador de alto rango. Por lo que oí, él fue el clave del ataque yeerk a su mundo. El planeta andalita quedó diezmado. Murieron millones. Decenas de miles de andalitas fueron esclavizados. La dirección del EF piensa que todavía quedan andalitas libres en el espacio exterior, pero no puedo imaginar cómo…” Me tiré junto a una pila de amarillentos New York Times fechados tres semanas después de la noche en que caí en mi cama vestido con pantalones de malla de ciclista. “Tobias se convirtió en una especie de líder. Un antiyeerks.” “¿Sabe –sabía- lo Rachel?” “Sí. Y Marco.” Su voz se volvió más fría. “Marco es ahora Visser Dos, a cargo de la Tierra. Ha hecho cosas… cosas terribles.” Esto no era real. No podía estar oyendo esto. No me lo creía. “El Visser Tres que tu recuerdas fue nombrado cabeza del Consejo. El líder supremo yeerk. Emperador.” No. El yeerk de Cassie me estaba haciendo tragar estas mentiras. Me estaba confundiendo. Ella sabía…. sabía por la memoria de Cassie qué debía hacer para hundirme, que podría hacer para destrozarme moralmente. ¡Pero no lo conseguiría! No estaba loco. Mis amigos no estaban… No. ¡Mis amigos… no! De repente me encontré corriendo por la calle vacía. No me preocupaba que no hubiera ningún sitio al que ir. Simplemente seguí corriendo y corriendo hasta desplomarme. “Libre o muerto,” me repetía a mi mismo. “¡Libre o muerto!” “Libre o…” “¡Detente!” Cassie me cortó el paso y me empujó contra el muro. Sólo entonces sentí la cara empapada de lágrimas, los ojos borrosos, mi pecho subiendo y bajando pesadamente. “Ha sido un gran golpe de suerte que te encontrara, Jake. El trabajo que tienes como ingeniero planetario es una increíble oportunidad para el EF.” Cassie volvía a mostrarse intensa y obsesiva. “¿Qué hay del disparo a la luna que está planeando el imperio? ¿El blanco perfecto del rayo de energía? Tenemos que desviarlo. La explosión de la luna regará la tierra de escombros. Quitará de en medio los satélites, destruirá las naves, trastornará toda la estructura social yeerk. Esto nos proporcionará al EF una oportunidad para el ataque. Jake, ¿me estás escuchando? Esta será la oportunidad que el EF y los humanos libres han estado esperando.” Dos de sus palabras tocaron en mis oídos como campanas. “¿Humanos libres?” “Sí, algunos grupos pequeños todavía sobreviven en el campo. Grupos de fugitivos perseguidos.” “¿De modo que aún hay esperanza?” “Te digo que la guerra no está perdida. Pero lo estará. Toda oportunidad desparecerá si se dispara el rayo de energía como los yeerks quieren que se dispare. A trabajar.” Ella sabía que la ayudaría. Ella era ahora el líder. “Compórtate como siempre. Mira, escucha, obtén información, busca una oportunidad. Pero no actúes hasta que contacte contigo. Te enviaré a alguien que trabaja conmigo para darte instrucciones. Necesitaremos una contraseña.” A regañadientes, volví a ponerme la insignia en el mono. “¿Qué te parece ‘paz’?” dije con una sonrisa poco convincente. Cassie me miró como si fuera un niño ingenuo de dos años. Alargó la mano y tocó mi cara tiernamente. Y por un instante, un dulce instante, la máscara de dureza se disipó. La chica que yo había amado me devolvía la mirada. Pero se fue tan rápidamente como había venido. “Es demasiado tarde para la paz, Jake. Abandona todo eso, ahora tenemos que obligar a los invasores a irse por la fuerza. Hacer de la Tierra un lugar demasiado peligroso para ellos. ¿Qué te parece una palabra clave diferente? ¿Qué te parece… ‘animorphs’?” Estuve de acuerdo y ella se fue, dejándome con una pistola de rayos dragón en la mano y un desagradable vacío en el corazón. ¿Era de su equipo? Pensé que quería serlo. Ella había asumido que lo sería. Pero estaba tan cambiada. Impulsiva, obsesionada. Ofuscada. Se había convertido en un diente de la máquina de la guerra. ¿Pero quién no lo era aquí? ¿Era un peón en su mente? ¿Una simple herramienta? Sabía la respuesta. Pero no me preocupaba. Eso podría ayudarme a salvarla. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Me embarqué en una lanzadera y me bajé en un muelle acolchado vacío, que sobresalía de la cara del edificio a unos sesenta metros por encima de la calle. El Chrysler Building Mylar estaba envuelto en un brillo marrón rojizo en medio del espantoso resplandor amarillento de la ciudad. Una poderosa ráfaga de viento me desequilibró y me revolvió el pelo mientras avanzaba hacia un pesado panel de acero. El panel comenzó a elevarse. ¿Cómo podría salvar nuestra luna de su mutación, de convertirse en un faro de fuerza yeerk, un triunfo irreversible del enemigo? ¿Cómo podría acabar con la posibilidad de que la kandrona contaminara para siempre la superficie de la Tierra con sus malignos rayos? Si sólo tuviera instrucciones claras, como: a) Infiltrarse en las dependencias científicas del enemigo, b) Destruir el último grito en tecnología yeerk, c) Atacar la luna. Hey, eso incluso me sonaba vagamente familiar. Antes habíamos hecho cosas así, ¿no? Ningún problema. Pero esto no era tan simple. Ella había dicho que teníamos que esperar. ¡Esperar las órdenes de una Cassie que ni siquiera conocía! ¿Por qué dejaba que pasara esto? Ningún animorph aceptaría jamás las órdenes de un yeerk. ¿No había hecho de eso una regla personal? Caminé a lo largo del umbral replanteándome mi decisión de ayudar a Cassie. Una segunda vez. Y una tercera, y una cuarta. El panel se cerró detrás de mí, deteniendo el inmutable zumbido que había llegado a conocer como la señal de los asuntos yeerk habituales. Pequeñas luces triangulares teñían de rojo el suelo, señalando la dirección hacia un cercano ascensor gravitatorio. Con toda la falsa confianza que pude mostrar, entré en el transparente recinto semicircular y subí flotando en el aire por fuera de la cubierta del Mylar. Había media docena de pasajeros. Dos humanos, un andalita, y algunas criaturas rosáceas que nunca antes había visto. <Imaginaba que nos habías abandonado por nuestro mundo de origen>, bromeó el andalita. “Tuve que visitar la clínica. Problemas con mi anfitrión. Tiene un amplio historial de rebeliones.” “Te comprendo, hombre,” dijo un alto varón humano. “Mi anfitrión solía trabajar para el ACLU y no se cansará jamás de decir que estoy infringiendo sus derechos. No quiero preocuparte, pero las píldoras no funcionan.” El ascensor se precipitó hacia arriba a velocidad inquietante. Puse una mano en el tabique para mantener el equilibrio y me fijé en el pasillo de muerte y restos destruidos por la explosión. El derrumbado rascacielos todavía humeaba y soltaba cenizas. <Parece que se vuelvan cada día más fuertes,> comentó el andalita. No dijo a quienes se refería, pero era evidente que se trataba del EF. Su voz sonaba bastante tranquila, de la forma en que esperas que suene en un miembro de la clase gobernante cuando está hablando de los oprimidos. Pero su tono de voz dejó entrever algo más. La explosión de hoy había marcado un momento decisivo. En la mente de este controlador andalita, el EF había cruzado la línea del incordio a la amenaza. “Llegas justo a tiempo para el taller de eficiencia de esta tarde,” elevó la voz otro de los humanos. “Habilidades de Comunicación Eficaz – Conquista a través del Compañerismo.” “Nunca me pierdo uno,” respondí sin vacilar. Las puertas de los ascensores se abrieron a una inmensa sala. Ante mí se extendía un mar de pequeños despachos de acero inoxidable abiertos, brillantes y relucientes, bajo unas luces deslumbrantes. Seguí al humano más alto hasta una gran área abierta con taburetes de metal, la mayoría ya ocupados. Se representaba una corta película holográfica al frente de la habitación. Se veía a un controlador andalita pasando al despacho de un controlador hork-bajir. <Que la kandrona brille y te de fuerza,> dijo el andalita. El hork-bajir no respondió, simplemente continuó trabajando. El holograma se detuvo en esa escena y una andalita hembra de la sala preguntó al grupo reunido, <¿Qué está fallando en esta interacción que podría haber facilitado la compatibilidad de equipo?> [i]Buena pregunta, señorita[/i], pensé. [i]Pero me arriesgaré y contestaré que se trata del libre albedrío.[/i] Me di la vuelta y me deslicé a través del camino entre las paredes de los despachos. No tenía ni idea de donde estaba yendo, pero aparentaba saberlo. Casi todo el mundo me sonreía cuando pasaba. Incluso un chico me dio una palmada en la espalda y dijo. “Hey, Essak. ¿Listo para la gran noche?” La gran noche. ¿De qué se trataba? El chico en el aerodeslizador me había preguntado sobre el lanzamiento. ¡¿Iban a disparar los yeerks el rayo lunar esta noche?! [i]Encuentra tu escritorio, Jake[/i]. Miré mi insignia. Sector 5-682. Los cubículos tenían números chapados: 679, 680, 681. Me coloqué sobre el monitor de ordenador que se me había asignado. Un modelo del Chrysler Building giraba y se retorcía en el salvapantallas. Estaba formado por series de números que cambiaban mientras el modelo giraba. Era igual que ese sueño donde te presentas al examen final de alguna asignatura, y de repente te das cuenta de que no has estudiado en absoluto. De hecho, no has estado ido a clase y ahora tienes que pasar el examen. Miré a mi alrededor. Todos los demás tenían sondas de plata colgadas de las orejas. Había una en mi escritorio. Se parecía a un walkman, pero lo cogí de la consola y me lo puse en la oreja. Miré al monitor. Y de pronto…… ¡Whoa! ¡Se proyectó el modelo en 3-D! La imagen era incontrolable. ¡Imparable! Mi cerebro se asustó, yendo a toda velocidad. Probé a ocultar el monitor de la vista antes de que los despachos vecinos oyeran la falsa alarma. Entonces me di cuenta… Controlaba el movimiento. La pantalla reflejaba cualquier orden que mi mente diera. Bajo otras circunstancias, esto habría sido extremadamente guay. [i]Lento[/i], ordené, [i]fácil[/i]. Mi mente se relajó y las imágenes también. Hice que la pantalla me mostrara las imágenes a una velocidad normal. Estaba apunto de suspirar de alivio cuando sentí unos ojos mirándome fijamente. Miré hacia arriba. Había una terminal de trabajo en grupo justo en frente de mi despacho. La había visto de camino a mi mesa. Alienígenas de varias especies estaban concentrados, muy trabajadores, examinando sus propias pantallas, consultando otras. Pero ahora habían parado de trabajar. “¿Jefe?” preguntó roncamente un hork-bajir. “¿Estás bien, jefe?” Oh, Dios. ¡Esta gente estaba trabajando para mí y habían visto mi pantalla volverse loca! ¿Sabían que yo era un farsante, un fraude, un infiltrado? ¿Lo sabían? Me apresuré a remover los papeles de mi mesa, para aparentar estar ocupado y cubrir mi ignorancia, pero no había ningún papel en la mesa. “Sip,” dije de modo informal. Jugueteé con la pieza de mi oreja y fruncí el ceño hacia la pantalla, con seriedad. “Sólo estaba, ya sabes, dándole un descanso a la vieja cabecita.” Después de unos pocos segundos, eché una mirada a la terminal de grupo, esperando que mi equipo hubiera vuelto a sus responsabilidades y olvidaran lo que acababan de verme hacer. Pero cuando miré hacia mi equipo, vi… mi equipo… [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Los asientos que sólo un momento antes habían estado ocupados por atareados controladores –sanos, respirando, controladores vivos– ahora contenían… Parpadeé para asegurarme. Oh, sí. Los asientos contenían los cuerpos sin vida, sangrientos y descuartizados de los enemigos a los que me había enfrentado en combate. Mi pasado me devolvía la mirada fijamente. Tienes que entender que en realidad sabía que lo que estaba viendo no era real. Pero aún así, bajo las brillantes luces fluorescentes no había ningún error a cerca de que los cadáveres estaban ahí. El cadáver de un hork-bajir se levantó de su silla. Su magullado cuerpo había sido rasgado a trizas por las garras de mi forma de tigre. ¿Cómo podía seguir en pie? ¡Ni siquiera respiraba! ¡Sus músculos se estaban descomponiendo! Y aún así se tambaleaba desde detrás de la consola y comenzaba a dirigirse hacia mí. Estiró el brazo hacia delante, extendió la muñeca de cuchillas y la acercó…. ¡la acercó a mí! Resonó un gruñido en una laringe que no existía. Las mandíbulas del tigre la habían arrancado. Me giré para echar correr. Estaba loco. ¡Estaba chiflado! ¡La demencia estaba destrozándome el cerebro! Pero cuando intenté moverme, mi camino estaba bloqueado por la forma achaparrada de un leeran, con la piel endurecida y viscosa totalmente seca. “¡Ahhh!” Sus pies palmeados habían sido rebanados por los dientes de un tiburón. Los dientes de mi forma de tiburón. Solo unos asombrosamente finos ligamentos seguían haciendo que los pies se movieran al compás con su cuerpo. Los grandes y luminosos ojos del leeran me miraban sin vida. Pero a pesar de todo, caminaba hacia mí arrastrando los pies, y oí que decía mi nombre. [i]Jake[/i]. Cantó. [i]Jake, Jake, Jake, Jake, Jake.[/i] Reuní fuerzas y retrocedí al interior de mi despacho. Ahora podía olerlos. Se descomponían y se pudrían. ¡Eran la muerte, acercándose más y más! Detrás de los hork-bajir, los gelatinosos ojos de un taxonita se abrían de par en par y un metro de lengua colgaba fláccida de su boca abierta. Las cuchilladas de un tigre lo habían despellejado desde el cuello a la panza. Sus entrañas rezumaban. Había enjambres de moscas en la apertura de su vientre. Gusanos revolviéndose en las heridas. Los pinzas taxonitas golpeaban contra el suelo mientras hacía un esfuerzo por acercarse a mí. [i]Jake, Jake, Jake, Jake.[/i] La retahíla continuó. Los olores, los gruñidos, los zumbidos de las moscas, la sangre… “No,” hablé en voz baja. “Es un sueño. ¡Es mi pasado el que me persigue…! ¡No es real!” ¡No es real! Tenía que trepar por la pared del despacho. ¡Se acercaban! [i]Jake, Jake, Jake, Jake.[/i] Puse la mano en el tabique e intenté subirme sobre él, pero no tenía fuerza. Una rata apareció entre los cadáveres de lentos pasos. Se movía a ciegas, frenética. Chocaba contra las partes alienígenas desmembradas. Sabía que era David. El chico que convertimos en un animorph. El chico que nos traicionó. Había sido el resultado de una mala decisión después de otra y ahora se encontraba atrapado y solo, todo por mi culpa… ¡Los cadáveres habían atestado el despacho! ¡Los tentáculos leerans rozaban mi brazo! “¡No!” ¡Las pinzas taxonitas se cerraron sobre mis dedos! Una áspera garra hork-bajir bañada en sangre se encontraba a escasa distancia de mi mejilla. Cerré los ojos. El corazón me iba a toda velocidad. La rata correteó subiendo por mi pierna y hundió los dientes en mi piel. “¡Noooo!” Los cuerpos de los enemigos que había destruido….. “¡No, No, NOOOOOO!” “¡KEEEEEEEEEE-row!” Abrí los ojos y el cubículo había desaparecido. Estaba cayendo por el aire, dando vueltas, ¡descendiendo en picado fuera de control! Me encontraba a mitad de una salvaje caída libre junto a un howler. “¡KEEEEEEEEE-row!” ¡Otro grito que me producía un dolor agudo de cabeza! ¡El suelo del planeta se acercaba! El howler intentaba abrirse camino en el aire, chillando de rabia. ¡Chillando! Porque yo mismo lo había tirado. Los dientes de la rata cortaron mi piel. Una telaraña de dedos me abofeteaba la cara. Una lengua taxonita me cubría con saliva. Las cuchillas hork-bajir comenzaron a cortarme… ¡El suelo, acercándose! “¡KEEEEEEEEE-row!” No podía aguantar más. ¡Era demasiado! ¡Demasiado! “¡AHHH! ¡AHHH! ¡AHHH!” grité y grité y grité. Luego, inmediatamente, todo quedó en silencio. Jadeé y salté de donde estaba, sudando y encogiéndome contra la fría pared del despacho. Confundido, fuera de control, miré fijamente al frente. “¿Jefe?” Giré la cabeza hacia la terminal de trabajo común. Controladores normales sentados detrás de las consolas, un hork-bajir y un taxonita entre ellos. Me miraban con alarmante incredulidad. Me sentí como me siento siempre cuando despierto de una pesadilla. Asustado, un poco avergonzado, pero sobre todo agradecido de que incluso el terror en esta realidad fuera menor que en mis sueños. Había un bullicioso ruido abajo, en el vestíbulo. Orff y hork-bajir se movían a toda velocidad a través del laberinto de cubículos. Los de seguridad iban directamente a por mí. Liderándolos, con andares contundentes y enfadado, había un humano con la cara rosa, alto y sólidamente construido. Supuse que debía de saber quien era esa persona. Había algo familiar en él… “¡Cogedlo!” Bramó. Los guardias se movieron como uno sólo. No podía ser verdad. Sin embargo era cierto. Esto no era otra pesadilla. ¡Esto era real! El hombre que estaba encargado de las fuerzas de seguridad que tenían que detenerme era la persona que había jugado con un balón conmigo cuando era un niño, el que me había enseñado como nadar. El hombre que me había cambiado los pañales. Mi amigo. Mi modelo a seguir. Mi padre. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Los fuertes e imposiblemente pulidos dedos de acero de los orff me agarraron del brazo mientras mi padre se acercaba. Tenía el aspecto que recordaba. Pelo color sal y pimienta con algunas entradas. Una arruga vertical se había abierto camino por encima de su nariz. No había envejecido ni un día. ¿Cómo era posible? “Papá…” Su cara no mostró ninguna respuesta, aunque sus ojos no me perdieron de vista, escudriñando en su memoria. “Es cierto. Hace mucho tiempo tú eras el hijo de mi anfitrión. Es bastante casualidad en una ciudad tan grande.” Eso era exactamente lo que yo mismo estaba pensando. Era una extraña e insólita coincidencia. Un acontecimiento aislado, tal vez. Estoy fuera de la comisión durante diez años y cuando vuelvo a ponerme a punto, mi padre está esperando para arrestarme. Seguro. ¿Pero también era casualidad lo de cruzarme con Cassie? ¿La aparición de Tobias? ¿Saber que fue mi imprudencia lo que condujo a Rachel a la muerte? Demasiada casualidad. Demasiadas vidas que se cruzaban. Tenía que haber alguna conexión. “Has llegado tarde a trabajar,” me acusó el yeerk de la cabeza de mi padre. “Llegas tarde y se te identifica en los alrededores de una explosión. Serás interrogado.” Los orff me estrujaron los brazos, cortándome casi casi la circulación sanguínea. [i]Esto es un sueño[/i], pensé nuevamente. [i]O quizás tenga fiebre. Me levantaré bañado en sudor frío, de vuelta en mi habitación, de vuelta con la posibilidad de victoria…[/i] “¡Lleváoslo!” Los guardias me empujaron. Yo me resistí [i]Despiértate[/i], grité silenciosamente. [i]¡Despiértate![/i] Quería que esto fuera un sueño. Deseaba que fuera un sueño febril. Los azules pulmones de los orff se llenaban y se hundían, se llenaban y se hundían. Sus corazones se contraían. Su sangre fluía. Le clavé un codo en el pulmón. ¡No hubo reacción! De pronto me di cuenta. ¿Y si sus órganos, esos órganos a la vista, expuestos y vulnerables, fueran señuelos? Por todas las leyes biológicas, debían serlo. Podían estar desviando la atención de las secciones del cuerpo que de verdad tenían importancia. Con un barrido de mi pierna tiré a uno al suelo. Me soltó el brazo y le propiné el puñetazo más duro que había lanzado nunca directo a la parte más transparente del pecho del otro orff. Precisamente debajo de la cabeza, pero encima del corazón. A una sección tan clara como el aire. El resplandor verde mar en su ojo vaciló y parpadeó. Gimió y cayó, un cacharro inconsciente. La cara de mi padre mostró alarma. “¡Cogedlo!”. Dos hork-bajirs embistieron contra mí. Mi giré y corrí hacia el ascensor gravitatorio, pero seis hork-bajir más se acercaban corriendo desde esa dirección. ¡Me tenían atrapado! ¡Me habían cerrado la huida! Estaba perdido. Rodeado. ¡Indefenso! A no ser que… Me concentré. Y lo imposible comenzó a suceder. Bandas de colores, rayas de naranja y negro tintaron mi piel. Luego estalló el pelo. Brotaron los músculos del tigre, rasgando mi peto hasta reducirlo a costuras. Mis dientes se agrandaron y afilaron, convirtiéndose en hileras de lanzas puntiagudas. Todavía era capaz de transformarme. Las fuerzas yeerk se quedaron mirando fijamente, aterrados, incrédulos. “¡No es un andalita! ¡Es imposible!” [i]Me parece que no, chicos.[/i] Caí sobre mis cuatro patas y embestí. Acuchillé una pierna hork-bajir. ¡Rasgar! ¡Clavar! ¡Rasgar! Cuatro habían caído. Me giré hacia mi padre. Él alargó la mano hacia la pistola dragón de su cadera. Su mano ya estaba sobre ella. Sus ojos sobre mí. Un salto y lo tendría. Un salto, y podía acabar con él. Mi padre. Alzó el arma y comenzó a apuntar. Un salto… ¿Matar a mi padre? ¡WHAM! ¡Desde detrás! Un golpe brutal. Mi cabeza estalló de dolor. Mis piernas se combaron debajo de mí. Y mi visión…. Rojo, y luego negro. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] Lentamente, muy lentamente, la pérdida de conocimiento dio paso a un entumecido aturdimiento al despertar. Me pesaban las extremidades. El total agotamiento que sentía hizo que me alegrara de estar tumbado. [i]No te muevas. Aún no abras los ojos. Vuelve a dormir. Si… vuelve a dormirte, Jake.[/i] Entonces, de repente, recordé. El pánico me cerró el estómago. ¡Estaba de nuevo en mi forma humana! ¿Cómo había vuelto a mi forma? Una espantosa luz roja se reflejaba en el frío y pulido suelo. Me quemaba los ojos. Paredes desnudas, lisas, de una gran habitación. Y yo estaba tirado cerca de la salida. Un marco de puerta sin puerta. Podría salir… Me puse en pie como pude, ojeé el exterior de la sala por si había guardias. No vi a nadie. Eso era todo. Debía de ser mi día de suerte. Corrí hacia delante. ¡Kzzzzt! Fue como ser abofeteado por una placa de acero. Mi cara, mis rodillas, y mis puños se habían topado con un campo de fuerza invisible. Levanté la cabeza sin estar seguro de lo que había sucedido, anticipando un segundo golpe. Nada. Sólo la apertura, que todavía crepitaba por el impacto. Me esforcé en volver a levantar mi debilitado cuerpo. “¿Aún continuas la gran lucha?” Era una voz profunda y represora. “¿Después de todos estos años?” Miré hacia arriba. Había un hombre grande y de piel oscura en la entrada, que entonces atravesó a zancadas la barrera de energía. Estaba flanqueado por seis hork-bajir y cuatro orffs totalmente armados. Uno de los hork-bajir se separó y tomó posiciones en la entrada. Los orff se situaron a cada lado de esta persona, que evidentemente estaba al mando. Habló. “Cuando me contaron que eras tú, no podía creérmelo. Pensaba que se habían ocupado de ti hace mucho tiempo. El viejo compañero de armas de mi anfitrión. El anterior líder de esa patética pandillita, ‘Animorphs’.” El rostro era adulto. Veinte y algo, como yo. Inconfundible en cualquier parte, a pesar de todo lo que había cambiado. A pesar de las serias y angulosas cicatrices de guerra que le marcaban. Conocía esa cara. Esa engreída confianza. Ese pavoneo. “¿Marco?” “Sólo por las partes de su mente que he encontrado útiles y aún conservo,” me llegó por toda respuesta. Una voz a la vez familiar y extraña. “Tampoco eres tú, tío.” “Tu viejo amigo Marco sirve ahora al imperio, si es a eso a lo que te refieres. Finalmente comprendió cuánto mejor que pueden ir las cosas cuando todos trabajamos juntos. Somos una gran familia feliz. Díselo a tu viejo colega, Marco.” Una extraña expresión retorció la cara del hombre. Una cara tan asombrada de encontrarse con que podía hablar que la boca podía a penas formar las palabras. Tartamudeaba. Le llevó largo rato conseguir pronunciar alguna cosa. “N-n-n…..o.” Y luego la boca se cerró bruscamente, volviéndose una vez más fría y dura. El yeerk le cortó. El yeerk que había robado la mente de mi mejor amigo y lo había convertido en un esclavo. “Lo que quería decir es que nadie puede ser más feliz.” “Marco moriría antes que haber elegido ayudarte.” “Disparates del EF. Todo el mundo quiere ayudar a los yeerks. Es la elección corriente, lo que está más de moda hacer. La vida es tranquila cuando compartes tu mente.” Este yeerk estaba intentando explotar al máximo el humor de Marco, pero no funcionaba. “Tú también quieres unirte a nosotros. Ya hemos escogido un nuevo yeerk para ti. Alguien más servicial al imperio. Te ayudará a replantearte las cosas y conseguirá que los cerebros anárquicos como los vuestros encuentren la paz. Pero primero tenemos algunos asuntos que atender.” ¿Un nuevo yeerk? Entonces, ¿él también pensaba que ya era un controlador? Yo sabía que no lo era. ¡Lo sabía! Pero cuando todo el mundo piensa que eras una cosa que no eres, cuando todos insisten una y otra vez en quién y qué eres, es difícil no preguntarte, en la parte más profunda de tu mente, si no tendrán razón. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] “Te localizaron en la calle cerca de la escena de la explosión. No deberías estar tan lejos sin autorización. Luego oímos que te juntabas con los más buscados de Gotham. Debo decir que fue esa evidencia en particular lo que decidió tu destino.” Una sonrisa familiar alumbró esa cara extraña. “El viejo Jake es un terrorista.” “No sé nada sobre esa explosión, sólo iba de camino al trabajo.” “Suponía que lo negarías todo.” Marco chasqueó los dedos y rápidamente un hork-bajir hizo desaparecer la barrera de energía. Dos orffs se metieron en el recinto, transportando a Cassie. Tenía los pies y manos atados con unas esposas que parecían vivas. La lanzaron violentamente, ignorando su brazo roto. A pesar de su lesión, Cassie luchó contra ellos como una demente. Escupió en el gran ojo de cíclope de un orff. Las orbitantes pupilas cambiaron de un brillante amarillo a un rojo remolacha. La arrojó al suelo a los pies de Marco. “Terrorista o no,” me dijo Marco, “Cuando veas lo que le puedo hacer a Cassie, harás lo que yo diga.” Cassie comenzó a arrastrarse, pero el orff la agarró nuevamente y la arrastró hasta la esquina de la habitación. Ató las esposas a un soporte de la pared “Quiero conocer a esa gente lo bastante astuta como para derrumbar un edificio en el centro de la ciudad, justo debajo de nuestras narices,” dijo Marco con irritada calma. “Me gustaría que me presentaras a ese grupo de individuos. Si estás dispuesto, Jake, creo que podríamos llegar a un trato amistoso.” No. Tenía que liberar a Cassie. Ella necesitaba mi ayuda. Estaba apunto de transformarme en tigre cuando mi mirada se encontró con la suya. Su expresión me contuvo. Su significado estaba claro. [i]Sé razonable, Jake[/i], me decían sus ojos. [i]No le cuentes nada. Mantén la calma. Si intentas liberarme le estarás contando demasiado. [/i] De modo que no me transformé. En cambio me volví hacia Marco y le dije, “Te digo que no sé nada sobre ningún grupo.” Inmediatamente, escoltado por dos orffs más, entró un taxonita gigantesco con una correa. Cada orff llevaba un largo y puntiagudo palo con el cual pinchaban al taxonita, manteniéndolo a raya. Marco se rió por lo bajo. “Este amiguito ha sido traído directamente del mundo de los taxonitas, donde se ha hecho un nombre. Se comió a toda su colmena. ¿Mamá? Uh-huh. ¿Papa? Sí. ¿Hermanos? ¿Niños? ¿Primos? Oh, sí. Probamos a infestarlo, pero pronto resultó obvio que era más útil cuando sus inclinaciones naturales no estaban bajo control.” El taxonita tiraba violentamente, estrangulándose con la correa e ignorándolo todo excepto la búsqueda de carne. Sus cientos de piernas pataleaban. Los orffs a penas podían contenerlo. Cassie se retorcía, luchando por liberarse. Pensé que si seguía así se dislocaría los brazos. No podía mirar. “Ayúdanos a infiltrarnos en el EF,” me propuso Marco tranquilamente, “Y se le perdonará la vida. Cuéntame todo lo que sepas y….” “¡No le digas nada!” rugió Cassie. “Antes prefiero morir mil veces a manos de un taxonita, que servir al Imperio.” Lo decía en serio. Ya no había ninguna duda infantil en su voz. Ninguna esperanza vana. Era puro guerrero. Calculadora como cualquier Visser. Pero cuando la miré a la cara, aunque tenía diez años más que en mis recuerdos, sólo vi a la Cassie que una vez conocí, la Cassie que me importaba. Se dio cuenta de que mi mente estaba en funcionamiento. “¡No, Jake!” gritó. “Decídete ya o acabamos con la chica. No tendrás una segunda oportunidad.” Cambié la mirada de Cassie a Marco, y ni siquiera vacilé. “Te contaré lo que quieras.” “¡No!” chilló Cassie, retorciéndose y pataleando. Marco la señaló. Un orff le puso a Cassie sobre la boca unos dedos a través de los cuales se podía ver. “Con esto obtendremos un nuevo récord en la captura de terroristas,” Marco sonrió y se dejó caer sobre una silla. “Son este tipo de cosas las que hacen que el consejo se fije en ti. Sabían lo que hacían cuando me hicieron Visser Tres.” ¿Visser Tres? “Cassie dijo que eras Visser Dos.” “Lo soy.” “Pero acabas de decir que… has dicho tres, no dos.” La amplia sonrisa de Marco se ensanchó. Se trataba de un error. ¡No podía ser real! “Todo esto es sólo un sueño, ¿verdad?” dije alterado. Marco se echó a reír. “¿Sueño? ¿Realidad? ¿Puedes decirme la diferencia? ¿Estás tan seguro de que existe siquiera esa diferencia? El dolor es dolor. El miedo es miedo. Si ahora ordenara que este taxonita te comiera, sentirías una agonía más allá de lo imaginable. Llama a esto un sueño si quieres, pero es lo bastante real.” Miré a Cassie, todavía chillando apagadas sílabas a través de los dedos de los orffs. Miré al taxonita. Me miró y sacudió la cabeza. La baba se le resbalaba de la boca. Apreté el puño. “Harás todo lo que te diga. Exactamente como lo diga, o este taxonita convertirá a Cassie en bufanda en menos de un minuto neoyorkino. ¿Lo pillas?” Lo pillé. “Empieza a hablar.” “Bien,” dije, nervioso. “Estoy a la espera de un contacto del EF. Están planificando otro ataque. Peor que el de hoy,” agregué, aunque no iba a mencionar el plan de los rayos lunares. “Todavía no tengo detalles, los obtendré de mi siguiente contacto. Cooperaré. Haré cualquier cosa que quieras, pero no le hagas daño.” “¿A ella?” dijo Marco levantándose de la silla y acercándose a Cassie. “¿Por qué íbamos a hacerle daño?” Su voz era tranquila, segura. “Ella nos dará los nombres y localización de los otros terroristas del EF. Nos ayudará a atraparlos, nos ayudará a reinfestarlos. Relájate, Jake. Te aseguro…” Cassie le dio un cabezazo al orff, que tuvo que quitarle los dedos de la boca. Carraspeó desde lo más profundo de su garganta y — El blanco exacto, justo en el ojo derecho de Marco. Un escupitajo perfecto. Nadie habló. Marco alargó la mano y la cogió por el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás. La agarró con tanta fuerza que lo único que ella podía hacer era mirarlo con los ojos entornados. Luego la soltó, se limpió el escupitajo del ojo, y se giró hacia mí. “Vuelve al trabajo, Jake. Essak. Espera a que el EF contacte contigo. Ve con ellos. Haz lo que digan que hagas. Te estaremos observando.” La habitación volvió a girar. “No importa por que camino vayas, lo sabremos. Estaremos allí. No trates de engañarnos.” Agarré a la mesa para apoyarme, pero la habitación simplemente continuaba girando. Y girando…. “Te estaremos observando.” La voz de Marco ahora era débil. “Cada paso que des, Jake. Colega…” [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Estaba despierto. De alguna manera volvía a encontrarme en mi puesto de trabajo. Todos los controladores de la oficina comenzaban a levantarse con discreción, dejando sus despachos y desfilando sistemáticamente hacia la gran sala que llevaba a las puertas de los elevadores gravitatorios. Mi ordenador estaba en blanco: no más modelos del Chrysler Building dando vueltas. Unas cifras brillantes marcando las 6:36. La jornada de trabajo había terminado. Mi equipo ya se estaba marchando, lo que era una suerte, porque de lo contrario habría tenido que dar montones de explicaciones. Todo esto era un sueño dentro de pesadillas dentro de alucinaciones dentro de visiones. ¡Era agotador! Sígueles la corriente. Ponte en pie y sígueles. [i]Te estaremos observando…[/i] La voz de Marco todavía vibraba en mis oídos. Cogí una taza que había aparecido mágicamente en mi mesa y tomé un trago del frío café. Le di un bocado a un donut de jalea a medio comer. Bajó por mi esófago como un fajo de toallas de papel mojado. Me puse en pie y seguí al último controlador al ascensor gravitatorio. Cayó en picado varios pisos y se abrió en un gran vestíbulo amarillo. Triángulos palpitantes señalaban el camino hacia un puente cercado. Una pasarela, que iba desde un rascacielos a otro rascacielos sobre lúgubres calles a cientos de metros por debajo. Se oía música. Un ruidoso contrabajo llenó el aire. Aceleré el paso, tentado por el olor. Olía a comida. Seguí la música y los aromas hasta una enorme habitación enmoquetada, como un vestíbulo de banquetes. Luces azules y rojas destellaban y giraban en la oscuridad. Mesas largas se alineaban en las paredes y enmarcaban una pista de baile. Los orffs lanzaban por el aire tazas de cristal con brebajes verdes, cantaban algo incomprensible, vertían el líquido, y estampaban las tazas en la mesa. En el otro extremo, un círculo de taxonitas se metía en la boca una tarta empanada tras otra, vitoreados por un hork-bajir. Pero la mayoría de los grupos eran humanos. Evidentemente los yeerk entendían la necesidad humana de tiempo libre. Y de comida basura. Tacos, hamburguesas, palitos de pollo, tiras de queso, alitas. Cuencos de patatas fritas apiladas hasta alcanzar el metro de altura. Nada de brócoli a la vista. Mi madre no lo vería bien. Pero yo estaba en el cielo. Pesadilla o no, esto era lo suficientemente real como para sentirme hambriento. La necesidad de comer era tan intensa que sentía que había estado a la deriva durante un mes en el embravecido Pacífico sin nada para llevarme a la boca salvo el agua de lluvia. Amontoné un plato con tacos y pizza y me acerqué hacia el bar a beber. ¡WHOOF! Un hork-bajir me golpeó contra la pared, tirándome el plato al suelo. Me volví para asestarle un puñetazo, pero me cogió del brazo. “No pelear,” dijo en voz baja. “Soy un amigo.” Le examiné. Cuchillas feroces. Tiras de pañuelos atados como torniquetes en todos los miembros. No parecía un amigo. Alargó la mano hacia uno de los lazos de tela, lo bajó y dejó ver una marca. Una especie de tatuaje de mala calidad, realizado por él mismo. Las letras “EF” aparecían grabadas en su correosa piel. “¿Mi contacto?” “No. Un mensajero,” dijo. “Haz como que vas al puerto del aerodeslizador, como cuando vas a casa por la noche. Entonces retrocedes y te agachas en la puerta lateral hacia la cocina.” Sus ojos dibujaron el camino desde un extremo de la habitación a la puerta en cuestión. Mis propios ojos lo siguieron. Apretó una mano contra mi cuello para parecer un agresor. Supuse que era necesario para apartar a los hombres de Marco de la pista. Luego volvió a adentrarse en entre el escandaloso y apretujado gentío de la pista de baile. Cogí un taco de una mesa y me lo metí en la boca. A continuación me alejé medio andando, medio bailando, hacia el puerto del aerodeslizador. Paseé hasta el andén, hasta de donde surgía el demente zumbido. Los aerodeslizadores se entrecruzaban ante la puesta de sol, pululando en aparente desorden como abejas en el jardín. “¿A la zona alta de la ciudad?” me preguntó una mujer de traje azul. Su pelo rojo brillaba bajo los oscurecidos rayos de sol. “Sí,” dije. Me respondió con una sonrisa. El aerodeslizador se acercó y ella subió. Yo subí detrás. Al pasar nos rozamos el hombro, y entonces me acordé. “¡Espere! Yo, eh, aún tengo hambre,” sonreí disculpándome. “Un taco más lo solucionaría.” Me escabullí de la nave y sus puertas se cerraron. La mujer del traje azul surcó los cielo.s Volví a la cantina, escabulléndome lentamente, perdido entre la vibrante masa de bailarines. Me moví a lo largo del muro, pasando ante una hilera de cenas preparadas. Hacia la puerta oscilante. ¡Whoosh! Estaba dentro en una cocina sutilmente alumbrada. Vacía, aunque el suelo todavía mojado apestaba a lejía. La puerta se cerró de golpe, enmudeciendo el jolgorio nocturno de la hora feliz yeerk. Me moví por la despensa. No había nadie. Llegué la cocina principal, repleta de comida preparada, herramientas de cocina y neveras. Me quedé helado. De pronto, se me cortó la respiración Luché para intentar devolverle el aire a mis pulmones. Me giré y allá, cerca de la tabla de carnicero, había una silla de ruedas. En la silla de ruedas, una mujer. No estaba seguro de cómo sabía quién era ella. Su cara y su cuerpo estaban extremadamente desfigurados por las lesiones. No tenía piernas. Sólo un brazo. Una horrorosa cicatriz le cerraba un ojo. El otro ojo me miraba. Brillaba con un azul brillante. Se me erizó el vello de la nuca. “Aahhhh Nihhh Morfff,” me llegó el sonido de unos labios que apenas se movieron. Una voz raspada, áspera como frenos de ferrocarril, débil como un susurro. De algún extraño modo, todavía sonaba feroz. Animorph. ¡La contraseña! Me invadió una súbita oleada de alivio. Estaba en presencia de un amigo. ¡Ya era hora! Esta lastimera mujer… sólo era un inteligente disfraz… “Ni siquiera reco…” Un fuerte resollar cortó sus palabras. Empezó nuevamente. “No me reconoces.” Ese laborioso quejido de palabras… definitivamente no era un disfraz. “Como no estoy pateando… culos yeerks, ¿no… reconoces ya… a tu propia prima?” Un mechón de apagados cabellos dorados sobresalía tras su destrozada oreja. La temeraria vitalidad todavía brillaba en su único ojo. “¡Cassie dijo que estabas muerta!” solté. Ella presionó con la mano en el joystick de la silla de ruedas avanzó hacia delante, deteniéndose desafiante a unos centímetros de mis botas. “Casi,” susurró. “Pero no del todo.” [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducció, de Saga[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] ¡Rachel! No había muerto. Estaba viva. No conseguía encontrar las palabras. Se arremolinaban en mi cabeza, pero no me salían. Simplemente caí de rodillas y la miré a la cara. La habían herido terriblemente. Quise preguntarle cómo – ¿por qué no se transformaba para reparar los daños? Pero tenía miedo de la respuesta. Sabía que esto era cosa mía. Sabía que finalmente había echado a perder la vida de Rachel. “No me compadezcas,” dijo bruscamente, contestando a la expresión de mi cara. “Esto son negocios. Cosas serias.” Asentí con la cabeza. ¿Por qué me había mentido Cassie? “Ocho edificios más allá está… la biblioteca pública de Nueva York. Una gran construcción abandonada que… no puedes perderte. Busca allí. Haz el viaje… en la línea que dé más vueltas… que puedas. Queremos… despistarles.” Asentí con la cabeza nuevamente. Para mí era duro escucharla resollando, pero eso no parecía molestarla en absoluto. “Entra… por la puerta secundaria,” continuó ella. “Sube dos pisos. Sigue por… el vestíbulo, entre los escombros. Y espera.” “¿A qué?” “No hagas preguntas.” De repente— ¡Whoosh! Un orff se arrojó a través de la puerta giratoria. Su brillante ojo ámbar iluminó ollas, sartenes, a mí, pilas de fuentes. Volvió a mí. “¿Qué haces aquí Traje Naranja?” La silla de Rachel estaba lo suficiente cerca del suelo como para que él no pudiera verla detrás de la tabla de carnicero, pero yo estaba de pie. “Quiero más salsa. Los tacos están sosos,” dije. Vaciló un momento. Yo no aparté de él mi mirada. Pero cuando finalmente atravesó la puerta se me aceleró el corazón. A lo mejor eran imaginaciones de mi subconsciente, pero el dolor era dolor. El miedo era miedo. Marco tenía toda la razón. “Coge la salsa,” gritó, “Y tráela a mi mesa. Tienes razón, los tacos apestan.” Se volvió y se fue. “Te seguirán el rastro,” dijo Rachel. “Por lo menos ahora sabes… a quién tienes que despistar.” “¿Pero me encontraré con alguien? Quiero hacerlo bien. ¿A quién busco? ¿Cómo lo reconoceré?” “Lo sabrás.” En su voz se oía un trasfondo del viejo entusiasmo, incluso a pesar de su gimiente habla. “Créeme, lo sabrás.” Me giré para salir de allí. Me agarró del hombro. “No nos dejes, Jake. No es solamente… nuestra libertad lo que nos jugamos… esta vez. Es… la vida misma. Hay muchos más… como yo. Heridos, débiles o diferentes. Así que vamos a hacerlo… y vamos a hacerlo bien.” Me soltó. Deseé poder decir que no me molestaba mirar al deshecho en el que Rachel se había convertido, pero lo hacía. Y en mi mente sus heridas eran una muestra de mis fracasos como líder. Era más de lo que nadie podía aguantar. Sin echar la vista atrás atravesé la puerta y volví al interior de la escandalosa cantina. No podía decir exactamente quién me estaba vigilando, pero sentía la amenaza. Sentí las miradas de los hombres de Marco. Un ascensor gravitatorio me bajó al nivel de la calle. Yo, y un grupo de tipos con traje azul que intentaban empezar una reyerta con una banda de taxonitas. Los dejé en la esquina y eché a andar. Por un callejón. De vuelta a la calle principal. Otro callejón. Tenía que transformarme. Me concentré en la imagen de un halcón peregrino. Esperé que mis huesos comenzaran a encoger, que el suelo se echara sobre mí. No sucedió nada. ¡Los cambios no se producían! Oí pasos detrás de mí. Miré hacia atrás, pero no vi a nadie. ¿Era posible que los hombres de Marco tuvieran algún tipo de tecnología anti-transformaciones? Empecé a correr, entrando y saliendo de los escaparates rotos, volviendo sobre mis pasos. Todo el rato sentía los ojos sobre mí. No veía a nadie. Solamente sentía sus miradas. Y oía las pisadas. Cuando reducía mi velocidad, ellos la reducían; cuando aceleraba, me seguían. Seguí intentando transformarme, pero los cambios no se producían. Tal vez era yo. A lo mejor mi mente estaba demasiado confusa como para poder concentrarse. En medio de la calle cuarenta y dos, en el centro del camino que habían abierto los yeerks a través de los escombros de la explosión, me detuve en seco, esperé dos segundos y me di la vuelta. Mi bota se detuvo en seco en la acera. Era el sonido del triunfo, porque había visto precisamente lo que quería. Había visto al orff antes de que se atenuaran sus ojos. Había uno en el balcón del primer piso media manzana más allá. Y también había captado los ojos rojos de un grupo de tres, agachado cerca de un aerodeslizador hecho polvo. Uno de ellos no estaba ni a cuatro metros. Un punto naranja brillante. Invisible ahora, en la noche, pero eso no importaba. Lo trazaría en mi mapa mental. Cinco en total. Perdería a estos tipos. Los perdería sin transformarme. Por Rachel. Preparado. Listo… ¡Ya! Lancé las piernas en una carrera. Las hice trabajar a toda velocidad, saltando por encima de la calle repleta de basuras y a través de la acera. Un poderoso cuerpo en su mejor condición. Cualquier anfitrión yeerk sacrificaría cinco rangos por tenerme como huésped. No podía ver a los orff, pero los oía. Un restallido seguido de un ruido sordo, cuando cada una de sus piernas golpeaba el suelo. Restallido-golpe. Restallido-golpe. Se sucedían tan rápidamente que parecían un sólo sonido. Un ritmo. Las tres piernas de los orffs. Eran como un motor bien engrasado. Me volví en otro callejón. Restallido-golpe. Sólo había un orff cerca. ¿Pero cómo de cerca? Me di la vuelta y capté un destello. Era su ojo naranja clavándose en mí. No me permitiría alejarme. Tendría que llevar esta persecución hasta el interior del edificio. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Me zambullí en los escaparates, entre láminas de cristal hechas pedazos. Aterricé en una cama de equipamiento deportivo. Se me clavaron unos patines de hockey en las costillas. Las zapatillas de deporte frenaron mi caída. Corrí a la parte trasera del almacén. Cajas de zapatos, patines y protecciones de hockey apiladas, volcadas, derramadas al azar de un extremo a otro del suelo. Tropecé por la pista de obstáculos, dirigiéndome a las escaleras de servicio cuando… ¡Whoosh! El suelo frente a mí estaba abierto y no podía parar. Iba demasiado deprisa… ¡Un agujero! “¡Ahhhh!” Me agarré a un estante de zapatos. Estaba suelto. ¡Me caía! Como Alicia en el País de las Maravillas, caí a través de la oscuridad. O por el tobogán de un parque acuático. Debajo de mí no había una corriente de H2O, sino una corriente de aire tan fuerte que me hacía flotar. El aire pasaba tan rápido por mi lado, que casi no podía respirar. Arañé las paredes con la mano, pero eran lisas. ¡Un giro serpenteado! Luego suelo llano… y entonces una caída de diez metros “Oh-wah-oh-wa-weh-se-gunta-go…” <Oh-wah-oh-wa…> ¡¿Qué demonios…?! Niños. Una mezcla de lenguaje oral y pensamientos de voces. ¡Estaban cantando! Era el sonido más alegre que oía desde que había despertado en mi celda. Vi que el final del túnel se acercaba velozmente hacia mí. ¡No había forma de disminuir la velocidad! “¡Yaaaahhhhhh!” Volaba por el aire nocturno, a través de un cielo salpicado de estrellas y con una acogedora luna llena. ¡Whumph! Aterricé inesperadamente bien sobre un extenso campo cubierto de hierba. Cerca de mí había un árbol. Pero no era el arce o el roble normal de tu vecindario. Este sauce era enorme. Un árbol alto y frondoso, cuyas ramas se inclinaban hasta tocar el suelo, y luego se orientaba hacia el cielo. Como los baobabes de África que había visto en el Discovery Channel. Cada rama tenía un niño encima. Un niño sonriente y juguetón, cantando y balanceándose. Algunos de ellos debían ser diestros escaladores de árboles. No todos eran humanos, aunque sí la mayoría. Había andalitas jóvenes. Incluso unos pocos orffs. Y un leeran. “¡Oh-wah-oh-wa-weh-se-gunta-go!” El canto se detuvo. Sobre la hierba, no muy lejos de mí, debajo del árbol, había algunos adultos. Unos pocos estaban de pie, otros sentados con las piernas cruzadas. No llevaban monos coloreados como los yeerks de la ciudad. En su lugar llevaban túnicas de lino de colores, holgadas y sueltas. Un bulto que sobresalía de las bolsas que llevaban al lado revelaba sus pistolas dragón, pero tuve la sensación de que las armas no se usaban con mucha frecuencia. Algunos andalitas adultos se quedaron inmóviles y atentos a mí. Un orff, apenas visible en la oscuridad, se agachó sobre su tercera pierna mientras extendía las otras dos cómodamente frente a sí. Una hembra humana levantó las manos al cielo y sonrió a los niños del árbol. “Mucho gusto,” dijo. “Empezaremos la reunión ahora.” Todas las cabezas se levantaron hacia el estrellado cielo. Un andalita adulto dio unos pasos hacia delante. <Con esto andamos, pensamos, y hablamos. Por esto respiramos, dormimos y trabajamos.> “La libertad nos guía,” contestaron todos. <Por ella vivimos.> “La libertad lo es todo.” Las cabezas bajaron. Un hombre humano preguntó a los niños si querían compartir lo que habían trabajado durante una semana. La mujer que había dirigido la canción caminó hacia mí. “¿Qué es este lugar?” le pregunté. “¿Sois vosotros el grupo sobre el que me habló Cassie? ¿Sois libres?” “Sí. ¿De modo que es Cassie la que te envía?” “Bueno, no, quiero decir, no lo sé. Simplemente caí por el agujero del suelo y…” “El suelo no se abre a cualquiera. Cassie debía querer que lo conocieras. Ya ves, todos los adultos jóvenes están en el EF. Somos los únicos a los que han salvado hasta el momento. Nosotros somos los ancianos y los niños a los que criamos y enseñamos.” Señaló al árbol. Esta debía de haber sido la semana del arte porque todos los niños tenían un dibujo de su propia creación en las manos. Los lienzos eran pequeños, pero complicados. Un estudiante cada vez explicaba su ‘proyecto’ mientras los otros escuchaban. “Estos son los primeros niños sanos que he visto desde que estoy aquí.” La mujer asintió con la cabeza y apretó mi brazo. “Es una triste historia, puedes estar seguro. Te la contaré.” Bajó la voz hasta un susurro. “Los yeerks cultivan niños en extensos almacenes tras la ciudad. Los controladores como los que has visto se eligen al azar para procrear. Cuando los niños nacen, entran en una de las despensas o almacenes, donde los tienen desde el nacimiento hasta los quince años. Controlan sus vidas aunque sus cerebros aún no estén infestados. Creen que los niños son débiles e inútiles como huéspedes.” “Durante ese cautiverio,” continuó, “son bombardeados con suplementos vitamínicos para aumentar la fuerza de los cuerpos anfitriones. Se entrenan habitualmente para ser dignos para luchar y producir. Cuando les guía el instinto en momentos de descontrol, lo que es normal en la infancia, se les castiga. Si intentan educarse entre ellos, se les castiga. Los yeerks quieren mentes tan impotentes como sea posible. Así que crían niños sin alegría, en un mundo sin vida, donde simplemente esperan el día en que son infestados. El EF lucha para liberarles. Cuando lo conseguimos, cosa que ocurre mucho menos a menudo de lo que soporto pensar, vienen aquí.” “Estos niños no parecen traumatizados en absoluto,” dije. “Parecen completamente normales.” “En ese sentido hemos tenido mucha suerte. Muy pocos han sido destrozados más allá de la recuperación. Éste es un lugar de alegría. Ayuda mucho el hecho de que no hablemos de los almacenes a no ser que debamos. Vivimos con sencillez. Enseñamos y educamos. Tenemos esperanza.” Se giró hacia su clase y luego se volvió hacia mí. “¿Quieres ver algo más?” Asentí con la cabeza. Sentí que era importante ver como funcionaban las cosas aquí. Sentía que estaba aquí porque se suponía que así había de ser. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Caminé hacia el árbol. “¿Eres del EF?” Una voz de niño. Bajé la vista hacia una de las ramas más bajas y abatidas y vi un chico rubio de cara sonrosada, tal vez de ocho o nueve años. Hablaba como si esperara que estuviera con el EF porque eso me convertiría casi en una celebridad y alguien a quien merecería la pena enseñar su trabajo artístico. “Umm, supongo que sí,” dije. “Sí. Estoy con el EF. Mi nombre es Jake.” “Mi nombre es Justicia. Los mayores se empeñan en darnos estos graciosos nombres de ‘conceptos’. Como aquella de allí, que se llama Libertad.” Señaló a una chica en una rama alta. “Y aquella es Tormenta.” Mientras los explicaba, puso los ojos en blanco, indicando que para él todos los adultos éramos un poco tontos. Sonreí y me arrodillé para ponerme a su altura. “¿Quieres ver mi pintura?” dijo. “Mis amigos piensan que soy mejor en arte que ellos. Los mayores dicen que tengo un don.” “Bueno, entonces mejor le echo un vistazo.” Justicia me dio su lienzo. “¿Qué piensas?” La imagen estaba dividida en diagonal, desde la esquina inferior izquierda a la superior derecha. Debajo de esta línea era una pesadilla expresionista. Una ciudad oscura y angulosa. Altas torres de acero gris se levantaban sobre una niebla roja sangrienta. Una niebla desde la que surgían brazos y caras gritando, agónicas, que intentaban alcanzar en vano un cielo que no podían ver. Sobre la demarcación diagonal había un mundo diferente. Nubes, paisajes color blanco nieve. En el cielo planeaba un globo de aire caliente, totalmente blanco, como un sol. Extendiéndose por la góndola del globo y cruzando sobre el alegre cielo hacia el lúgubre abismo urbano había una cuerda. Una cuerda, delgada como un hilo. En esta cuerda había gente, viajando hacia arriba, sujetándose a los hilos como la ropa en un tendedero de lavandería. Y cuando cruzaban el borde entre la oscuridad y la luz, las rígidas caras de frustración y cólera se enternecían. No había sonrisas, pero sí expresiones de esperanza. “¿Te gusta, Jake?” “Es magnífico,” dije. Él sonrió “Eres realmente bueno dibujando. ¿Es así como llegaste aquí? ¿Escapaste subiendo la cuerda?” “Tú también, ¿no?” dijo con suave frustración. “Los mayores están siempre diciéndome que pinto alegorías, ¡aunque no sé muy bien lo que es! Dicen que estoy expresando mi agresividad y mis miedos. Pero solamente pinto lo que quiero.” “Bien.” “¿Has volado en cazas insecto?” “No.” “¿Pero has planeado ataques, verdad? ¿Y has liderado a los rebeldes? ¿Y has liberado esclavos?” “Supongo que sí.” “Eso es lo que quiero hacer. Voy a liberar a todos los amigos a los que he tenido que dejar atrás. Ahora son prisioneros pero los voy a salvar.” Me pregunté qué debería contestarle, como podría explicárselo, sin destruir su espíritu. “En la guerra no siempre puedes salvar a la gente que conoces,” dije. “Podrías terminar siendo asignado a una misión en la que salvarías a gente lejos de aquí. Gente que no conoces, amigos de otras personas.” Él negó con la cabeza. “Salvaré a mis amigos primero. Luego salvaré a los amigos de otras personas.” De repente saltó y se agarró de mi brazo, tirándome hacia el tronco del enorme árbol. “Vas a llegar tarde,” dijo. “Quiero que te quedes, pero llegarás tarde.” Pulsó con la mano sobre una depresión en la gruesa y ajada corteza, y apareció una puerta. Se abrió para mí y dejé que Justicia me empujara al interior, pero entonces me giré. Cuando lo hice, estaba solamente un tronco de un roble. No había puerta, no había humanos libres. Estaba de vuelta en la ciudad. En el Parque Bryant, inundado de las sombras de una luna casi llena alzándose. Las ramas retorcidas de los árboles sin hojas se extendían como manos. Manos que me advertían del peligro. Rogándome que fuera cuidadoso. La grava crujía bajo mis botas mientras cruzaba hacia la Biblioteca Pública de Nueva York. Mi mente se arremolinaba confundida ya que intentaba buscarle sentido al lugar en el que acababa de estar, los humanos libres que había conocido. Había decidido hacía tiempo dejar de analizar lo que me pasaba y por qué. Suponía que mi cordura dependía de aceptar la realidad que había visto, este sueño, pesadilla o visión. Pero eso no significaba que no hubiera veces en las que lo único que quería eran respuestas –definitivamente, respuestas concretas. Busqué el sonido de los pasos orff. La sensación de sus ojos rastreándome. Nada. Los había perdido. Hice como Rachel había dicho. Subí por los blancos escalones de mármol. Un ave de rapiña graznó atravesando la noche. Luego el batir de alas y el crujido de los huesos viejos. “¡Tobias!” Las plumas rozaron mi cara mientras un halcón pasaba disparado. ¡Esta vez tan cerca! Parpadeé y… ¡Desapareció! Absorbido por la noche. “¿Tobias?” No hubo respuesta. Así que volví y tiré del pomo de la enorme y resistente puerta metálica. Corrí rápidamente hacia arriba por las escaleras iluminadas por la luna, con mis botas tronando en el enorme vacío. Un pasillo con paneles de madera conducía a los montones de interminables filas de altas estanterías de libros alineados. Un sombrío y caprichoso laberinto. Un olor rancio e insufrible. Silencioso como una tumba. La lectura, obviamente, no era muy popular en el Imperio. Caminé a lo largo del pasillo principal. Miré en cada pasillo. Rachel dijo que lo sabría. Estaba comenzando la sección de la “E” cuando pasé por un pasillo que parecía extenderse más lejos que el resto. Giré en el pasillo de libros arrugados, con el corazón palpitándome con fuerza, y eché a correr. De repente, las estanterías de libros terminaron. Derrapé hasta detenerme frente a una fila de oscuros tablones de madera. Y entonces se encendieron cien luces y salpicaron de luz la superficie de cien escritorios, iluminando una enorme sala de lectura. Un robusto andalita, de piel áspera y azul fuertemente demacrada sobre músculos hechos para la guerra, giró elegantemente sus ojos hacia mí. <Jake.> La voz telepática llenaba mi mente. Gentil y dura. Sabia, inspiradora de confianza, aterradora. Familiar. Tenía el mismo aspecto que la noche en que su nave espacial se estrelló en el solar en construcción. La noche en que mi vida cambió para siempre. En comparación, mi voz sonó enclenque y desolada, engullida por la abovedada habitación “Elfangor.” [b]©2000 K.A. Applegate 2009de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] El andalita se desplazó sobre sus cascos y trotó acercándose, siendo su estatura impresionante. Era poderoso y bien proporcionado. <Has seguido nuestras instrucciones.> Había visto a Elfangor morir asesinado con mis propios ojos, y sin embargo, ahí estaba. ¿Podría ser el líder del EF? ¿El cerebro de la campaña terrorista contra el control yeerk? Era increíble, pero, llegados a este punto, cualquier cosa era posible. “Desde luego, el EF es una fuerza considerable,” dije. <Parece que cuestionas nuestras tácticas.> “La acción es el camino más seguro para cambiar. Eso no lo pongo en duda.” <¿Pero tú lucharías contra ellos de forma diferente? El sabotaje y las ofensivas terroristas van contra tu moral. Querrías una opción mejor.> “Lo que quiero es irme a casa.” <¿Esto es demasiado para ti?> Elfangor tenía una presencia impresionante. Estaría mintiendo si dijera que no me intimidaba. Pero yo también era un líder. Veía la lucha en la Tierra como algo más mío que suyo. Quería ser respetuoso con él, pero en mi opinión él había cometido una gran equivocación con la campaña terrorista. Tenía que decírselo. “No. Quiero ir a casa para que, en primer lugar, pueda evitar que todo esto suceda. Si esto es el futuro, quiero volver atrás. Puedo parar a los yeerks sin el sacrificio de mis amigos. Sin echar a perder la guerra e ir improvisando en esta especie de terrorismo y libertades a medias. ¡Puedo pararlos antes de que sacrifiquemos la mayoría de las cosas por las que luchábamos!> Elfangor se rió en mi mente. <¿Una victoria sin sacrificios? Sabes que eso no puede ser.> “No tienes que abandonar tus principios para ganar. Siempre hay alternativas al sacrificio si sencillamente mantienes la calma, y das un paso atrás, y observas, y…” <Sabes que no puede ser.> La repetición me hirió. ¿Cómo sabía que sólo estaba fanfarroneando? Era como si estuviera dentro de mi cabeza, indagando en mis archivos personales de temores y errores… Ahora me sentía furioso. “Todo esto es por tu culpa,” dije de repente, sorprendiéndome a mí mismo. “Siempre te tuve como un héroe, Elfangor. Un líder. Pero la verdad es que no tenías otra opción. Nos sentenciaste al peligro, al dolor y al sufrimiento. Éramos niños. Nos has hecho plantearnos cada valor que habíamos aprendido. No tenías ningún derecho a amontonar toda aquella carga sobre nosotros, enorme e imposible. ¡Nos usaste!” <Qué interesante, viniendo de ti, Jake,> la voz cambió cuando dijo mi nombre. De repente, ya no sonaba como Elfangor . La arrogancia andalita se había esfumado, dejando sólo la voz de un hombre. Un humano. Familiar y desconocida. <Permíteme adivinar que viene después,> dijo la nueva voz. <No pediste ser el líder, ¿verdad? Nunca pediste tener que echar las broncas. Planificar misiones. Decidir como usar a tu pequeña pero fiel fuerza. Cómo y cuándo ponerlos en peligro, arriesgando sus vidas. Eres inocente. Tu cargo te obligó. Bueno, pues no me lo trago, Jake. Toda elección es tuya. Siempre lo ha sido. Eras y eres libre.> “Tobias.” <Sí, sabes que me transformé en Ax hace mucho tiempo. Decidí quedarme en esta forma. El cuerpo de Ax ha cumplido diez años más. Es el vivo retrato de Elfangor, ¿no es cierto? Pero Elfangor está muerto, Jake.> Por supuesto. <Y tu también.> Mi garganta se tensó. Mi piel se erizó. ¿Qué? Mi mente captó sus palabras, tiró de ellas y las atrajo. Las examinó y las revolvió. ¿Muerto? ¡¿Entonces como podía estar aquí?! <Esta noche, hace diez años, Tom juntó todas las piezas. Fue a tu habitación y asesinó al líder de los animorphs. En vez de presentar a Visser Tres a uno de los célebres y conocidos “bandidos andalitas” que habían pasado inadvertidos durante tanto tiempo, justo delante de su nariz, Tom acabó con tu vida. Tu propio hermano…> “¡Pero estoy aquí!” Miré mi mano. Carne rosada bronceada bajo la luz de la lámpara de lectura. Nudillos, uñas, venas, huesos. Vivo. Real. <Sí, estás aquí, pero no estás vivo.> ¿Qué es esto? <Todo esto converge esta noche. Batallas, lucha, estrategia. Esta noche es el momento decisivo. El rayo lunar del Chrysler Building está preparado para el lanzamiento. Puede que estén en ello mientras nosotros hablamos, recorriendo una lista de control, poniendo en práctica las cientos de horas de cálculos empleadas.> “No! ¡No, no, no! ¡No soy un científico!” <Lo eres. Lo eras. O más bien, lo serás. Todo depende de ti. Tu eres el único… sólo tú puedes hacer que el disparo falle. Hazlo, Jake. Cambia la programación. Hazla fallar. Bastará con un diez por ciento. Éste es el momento decisivo. ¿Lo entiendes? Usa cualquier medio necesario.> “Si hago fallar el disparo, la luna explotará y condenará a millones de personas.” <El bien común, Jake. Salva a la mayoría. Por Dios, no nos atasquemos en los detalles. Kandrona permanente: el fracaso significa una Tierra que por fin sería irrevocablemente de los yeerks.> “¿Pero y Cassie? ¡Marco la tiene capturada!” <No hay tiempo. Ella esta preparada para morir con honor.> “¿No puedes enviar a alguien para salvarla? ¿Alguien de tu gente?” supliqué, indignado ante el desprecio por su vida. Tobias se encogió de hombros. <No nos sobra nadie.> “¡No la dejaré morir!” <¿Salvar a uno o salvar a muchos? La elección no fue tan difícil en el Ragsin Building, cuando dejaste a Marco y a Rachel para que se salvaran ellos solos.> No podía replicar a aquello. <Esto es la guerra, Jake. Se tienen que hacer sacrificios.> Se volvió bruscamente y se alejó a través de la sala. <Modificar la trayectoria del rayo lunar o salvar a Cassie. Una cosa o la otra. O ninguna. Pero no ambas.> [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] No podía aceptarlo. Salí corriendo por donde había entrado, tan rápido como mis piernas podían llevarme. Dejé atrás filas y filas de libros y cavernosos pasillos de mármol de biblioteca construidos para un mundo diferente. Salí como una exhalación a la bochornosa nube del cielo nocturno, espesa y caliente. Las hojas de los árboles eran frondosas y abundantes. ¿Hojas? ¿Aire bochornoso? Minutos antes había caminado bajo estériles ramas, yermas, como muertas. Ahora se me aceleró el corazón atravesando el follaje, escuchando el sonido susurrante de un aerodeslizador que pasaba sobre mi cabeza. La realidad estaba equivocada. Cassie. Ninguna misión valía el sacrificio de su vida. Huí de Tobias. De Elfangor y Ax, de amigos que habían dejado de preocuparse por los demás. Como líder de los animorphs, yo debía anteponer la misión a todo. La misión como conjunto. ¿Pero cuál era mi misión? ¿Qué es lo que más valor tiene en el mundo? ¿Las cantidades? ¿El futuro? ¿El bien común? Eso da igual, idiota. En la última batalla que habíamos luchado juntos… Marco y Rachel… dentro del recinto… perder a todos o sólo a dos… una puerta cerrándose y sellando sus destinos… La culpa me desgarró con zarpas afiladas, desgarradoras. Yo había predicado con el ejemplo. Era culpable de la dureza de Cassie y de la indiferencia de Tobias. Corrí todavía más rápido. Abajo, una oscura y estrecha callejuela. El olor de la porquería taxonita invadía cada rincón de la ciudad. El sudor me corría por la cara, mezclándose con las ardientes e imparables lágrimas. “¡Lo siento!” grité al cielo. No había nadie que me oyera. Tobias estaba equivocado sobre la guerra. ¿Qué bien hay en olvidar a la gente por el camino? Si una chica entre un millón de chicas queda llena de cicatrices y muerta por dentro, todo cambia para siempre. ¿Qué bien hay en ello? Sólo los yeerks son capaces de sacrificarse libremente con tal de ver un trabajo terminado. Yo no era un yeerk. No lo era. ¡TSEEEW! Un destello de fuego. La quemadura de un disparo dragón en los ladrillos que había encima de mi cara. ¡Los hombres de Marco! ¡Escapa! ¡Tenía que salir de esta ciudad de pesadilla! Rompí mi traje naranja sintético y probé a transformarme. Los cambios físicos comenzaron. ¡No había perdido el poder de transformación! Las largas piernas humanas se hundieron en mi espalda. Los codos se fusionaron con mi pecho. Una suave mano brotó a través de mi piel. Las tiesas plumas se extendieron por mis brazos. Los fuertes huesos del cráneo cambiaron, esculpiendo mi pesada y redonda cabeza humana en la forma ligera de la de un halcón. Batí las alas tan rápido como pude, luchando contra el aire húmedo. Ayudar a Cassie, y condenar a los demás. Kandrona para toda la eternidad. Ayuda a Cassie, y el destino de la humanidad estará condenado. Pero por otro lado tendría un momento más con ella. Podríamos hacerlo. Podríamos huir. ¿Pero a dónde iríamos? Y con el sol Kandrona, ni siquiera podría hacer que el yeerk de su cabeza muriera de hambre… Cada detalle de la ciudad captaba la atención de mi ave de rapiña. Y de su mente. Era simple, pero aguda, concentrada en su tarea. No había oleadas de emociones. No había preguntas sin respuesta. Las lágrimas habían desaparecido Más alto. Más allá de los muros de cristal verde-plateado y pistas de aterrizaje situadas en tejados. Vitrinas de áticos, focos en la oscuridad, casas abarrotadas de humanos y andalitas apiñados alrededor de piscinas fangosas. Controladores de alto nivel maquinando y conspirando. El equivalente alienígena de un baño relajante. La piscina yeerk. El aire se enfrió y se diluyó, aunque todavía volaba muy alto, hasta que por fin la amenazadora ciudad yeerk de Nueva York pareció segura y pequeña. El aire comenzó a abrirse camino bajo mis alas agotadas. Era un insignificante punto en el cielo. Una sola alma libre en medio de una ciudad de esclavos. Había millones de personas que dependían de mí para salvarse. Cassie. Justicia quería salvar a sus amigos primero. Pero Justicia era un niño. [b]©2000 K.A. Applegate 2009de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 26:[/b] Las luces de naves yeerks y una que una vez había sido andalita, revoloteaban sobre las calles como luciérnagas carmesíes. Brooklyn. Queens. El Bronx. Los suburbios. La línea de distantes ciudades más allá. Todas resplandecían en un duro color rojo. La megalópolis de la Costa Este, se extendía hasta el horizonte y más allá. Yeerk. Todo era de los yeerks. Mis telescópicos ojos de halcón se encontraron con la silueta de un hombre ante un escritorio, situado a gran altura en un rascacielos. En el mundo que solía conocer, podría haber sido cualquiera, alguien que se quedaba a atrabajar hasta tarde. Alguien con esposa y una familia. Con un perro. Con una casa. Aquí era un cautivo. Un cautivo. Una vida. Tres kilómetros a lo lejos había otro edificio, no de los más altos, pero sí de los que más destacaban, con un pico puntiagudo y brillante. Más brillante que todas las estructuras de alrededor, con ráfagas estrelladas que se alineaban para formar una fina y elegante punta. El Chrysler Building, centro del comando invasor. Instrumento de la dominación yeerk. La prisión de Cassie. Una impresionante luz amarilla electrificaba la enorme punta. La barra puntiaguda de la cima comenzó a palpitar. Entonces, de repente, justo ante mis ojos…. ¡las gigantescas gárgolas metálicas con forma de águilas que sobresalían de las esquinas de la base de la aguja parecieron encenderse! Estaban cargando el rayo lunar. El resplandor verde esmeralda crecía dentro de las águilas, emanando de ellas, ganando intensidad. Rayo verdes brotaron de las cabezas de las águilas, como si controlaran la iluminación. Se elevaron y se elevaron, para converger en una aguja en la punta del edificio. Una pirámide verde con un eje dorado, ¡todo irradiando energía! Tiré con fuerza de mis sesenta centímetros de alas y comencé a caer en picado. Cincuenta, sesenta y cinco, ochenta kilómetros por hora. El Chrysler Building era mi presa. Caía en picado a través del aire helado, más y más rápido. Ciento treinta, ciento cincuenta… una bala emplumada. Un oscuro rayo en la noche. Y luego, un detalle. ¡Una forma humana! Una mujer, colocada sobre una estrecha cornisa a trescientos metros del suelo, con una de las gigantescas gárgolas apostada justamente bajo sus pies. Estaba orientada hacia fuera, apartada de la construcción, con las muñecas atadas con correas al muro, la cara cansada de luchar por liberarse. <¡CaaaaaSieeeeeeee!> Se giró. <¡La aguja!> Su desesperada súplica llenó mi cabeza. <¡Lánzate contra la aguja!> ¿Como podía contestarme por telepatía? ¿Cómo podía verme siquiera? No había tiempo para preguntas. La estructura se precipitaba sobre mí. Los rayos verdes estaban creciendo, ensanchándose y ensanchándose, expandiéndose hacia la posición de Cassie. ¡La iban a freír! En unos segundos, ardería hasta las cenizas. <¡La más pequeña desalineación la inutilizará!> gritó ella. <¡Lánzate contra la aguja! ¡Hazlo ahora!> Las garras afiladas podrían rasgar las cuerdas de Cassie. Una vez liberada, podría ponerse a cubierto de los rayos. Podría sobrevivir. <¡La aguja!> La indecisión retrasó mis ideas, y mi descenso. El Chrysler Building brillaba más y más. El aire vibraba con las turbulencias. El rayo parecía desesperado por activarse y suministrar kandrona interminablemente. Una Tierra para siempre en poder de los Yeerks. Un buen sitio donde impactar – unos diez kilos de halcón cayendo a toda velocidad – y toda la operación podía fallar. Dos vidas entregadas para salvar a millones. Para salvar el futuro de la Tierra. Cassie tiró de las cuerdas vivientes que agarraban sus muñecas. Luchó contra ellas, las mordió, las golpeó contra el muro. Era lo único que podía hacer hasta que de repente… <¡Ahhhhhh!> ¡Estaba libre! Y entonces saltó hacia delante. Saltó a la cornisa de ladrillos de la base de las gárgolas, peligrosamente cerca del fiero rayo verde. Lanzó todo su peso contra el águila. Tembló insignificantemente, pero fue suficiente. ¡La luz se atenuó! <¡Lo hiciste!> la vitoreé. El color de la aguja se debilitó desde un blanco deslumbrante hasta un apagado amarillo. <¡No! Solo he desalineado un estabilizador auxiliar. ¡El sistema estará listo y en marcha otra vez en cuestión de minutos!> Antes de que pudiera responder, un panel silbó abriéndose detrás de ella. Unas fuertes y casi invisibles manos de orffs cayeron sobre ella. <¡Jake! ¡Inutiliza la computadora principal!> La arrastraron dentro. Y el panel se cerró. Excepto por una grieta. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 27:[/b] Una grieta escarlata. La única entrada a la fortaleza yeerk. Frené en seco contra la increíble fuerza de la caída en picado. La estrecha apertura vertical se acercaba demasiado rápido. Había calculado mal. La única solución, quizás, era entrar violentamente. Incliné una de mis alas hacia el suelo y la otra hacia el cielo. Me estiré todo lo que pude y me preparé para el impacto. Whhhhhuummppppppffffffff. Sentí la presión en mis huecos huesos de pájaro cuando el cuerpo del halcón, demasiado grande, se abrió camino a la fuerza a través de la hendidura. ¡Wham! Me golpeé contra un muro de mármol. Caí al frío suelo de piedra. [i]Sigue consciente, Jake[/i]. Mi cuerpo estaba destrozado y no me respondía. La oscuridad me envolvía, dificultando mi visión. Débilmente, miré a la estrecha hendidura. ¿Era una alucinación? Colocado en lo alto de la gárgola con forma de águila, había un pájaro de verdad. Un halcón ratonero de cola roja. Con los ojos fijos en mí. <Vuelve a tu forma,> me instó la poderosa voz. Mi forma humana. Humana… Milagrosamente, mis huesos astillados comenzaron a fusionarse y a crecer. Volar, matar, comer, proteger. Los tranquilos instintos elementales del ave de rapiña eran sustituidos por la confusa mente humana. <No es demasiado tarde.> La misma voz fuerte. Me puse en pie. Seguí el sonido de las patadas que Cassie daba en el pasillo. La estructura vibró ya que el rayo lunar comenzaba a funcionar otra vez. Tenía muy poco tiempo. Volví a transformarme mientras corría, saltando ágilmente sobre las patas de un gran tigre hacia un panel rojo al final de la sala. ¡Ka-blam! Golpeé la barrera y la gruesa aleación de medio centímetro se dobló fácilmente. La puerta se salió del marco y reveló una inmensa cámara radiante de pantallas de ordenador. Había cuatro orff armados en altas plataformas. Dos filas de hork-bajirs. Y una fiera voz desde arriba. “¡Tú otra vez!” Era Marco, deslumbrante sobre un pedestal suspendido en lo alto, en el centro de la habitación, rodeado por un panel de control semicircular fusionado a la base. Una extensa exposición holográfica en medio de la habitación mostraba una imagen de la luna. Junto a esta vista de la luna había una imagen en tiempo real del Chrystler Building. La punta brillaba con un cálido color blanco. Unos números abajo marcaban los segundos. 00:28. 00:27. “Ni te molestes en intentarlo,” presumió Marco. “Ninguno de vosotros puede hacer nada para parar esto.” Señaló al muro de ventanas, donde Cassie, atada y amordazada, se revolvía en vano. “En cuestión de minutos, la luna brillará y trabajará sólo para los yeerks. Seremos todopoderosos. La tierra será nuestra para siempre.” Se abrió un panel detrás de Cassie, revelando la noche roja. “Y para celebrarlo, hemos decidido arrojar a la terrorista desde el cielo.” Me abalancé. “¡Cogedlo!” ¡TSEEEWW! ¡TSEEEEEWWW! Los disparos dragón electrificaron el suelo bajo mis patas. Olas de hork-bajirs se acercaban a mí desde cada dirección. ¡Me habían alcanzado! Duras y afiladas cuchillas me rasgaban la espalda y el cuello. No sentía el dolor. Aún no. No permitiría que me asaltara el dolor, ni siquiera cuando vomitara sangre de los cortes, ni siquiera cuando se tiñera mi piel, cuando la saboreara en la boca. Me defendí frenéticamente, derramando en plena locura sangre púrpura-azulada de hork-bajir. Cinco habían caído. Una nueva ola se me echó encima. ¡No! Salté sobre mis patas traseras como cohetes y volé sobre los atacantes que me abordaban. Aterricé con fuerza sobre dos orffs. “¡Cogedlo, idiotas!” Desgarraba poseído por la locura. Mandaba volando las pistolas dragón como si fueran ramitas en un huracán. Me preparé para acabar con el trabajo. “¡Rrroooaaaarrrr!” El tejido blando y expuesto de los cuellos de los orff cedió ante mis colmillos como la mantequilla ante un cuchillo. ¡Pero el sabor! Me retiré al sentir las arcadas y escupí. ¡El sabor era venenoso y tóxico! Antes de que pudiera recobrarme, uno de los orffs cerró su brazo alrededor de mi cuello. Dos piernas me sujetaron por los costados. La tercera me golpeaba una y otra vez en el vientre. Mordí la pierna del otro orff, desgarrando arterias. Moliendo los huesos de su pierna en mis mandíbulas. Obligándome a tolerar el sabor. Finalmente cayó. El de mi espalda incrementó la fuerza de su llave en mi cuello. Éramos dos luchadores greco-romanos que habían olvidado las reglas. Los números debajo del holograma. 00:14. 00:13. ¡No! Marco se cernía sobre nosotros, triunfante. Los ojos fijos en los hologramas. Los puños apretados. ¡Un chillido! ¡Cassie! ¡La habían arrojado por la apertura, a la noche roja! ¡BAAAM! Lancé al orff de mi espalda contra la pared con toda la violencia con que fui capaz. ¡BAAAM! Se revolvió, se resistió. Intentó estrangularme. Intentó dejarme sin aire. ¡BAAAM! Lo lancé otra vez. El pataleo se detuvo y aflojó su agarre sobre mí Cayó al suelo, con los corazones verdes derramando sangre por los vasos terriblemente dañados. Miré por la ventana. Cassie. Y luego, de alguna forma, sin explicación alguna… apareció una mano. Tres dedos se agarraron al alféizar. La mano de Cassie. ¡No había caído! Pero en cuestión de segundos se precipitaría hacia una muerte de sesenta pisos, quedando convertida en un montón de salpicaduras sobre la acera que los taxonitas lamerían. En cuestión de segundos el rayo lunar ardería, disparando el cañón desde el Chrysler Building con perfecta puntería y precisión. La mano de Cassie. El enorme botón rojo destacando en el tablero de mandos de Marco, protegido detrás del cristal. La palabra “ABORT” grabada en la cubierta. Cassie… El mundo… Sabía qué había que hacer. No había tiempo para la duda. Vi mi meta. Salva aquello que debería ser valorado por encima de todo lo demás. Salté. 00:05. 00:04. [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

[b]Capítulo 28:[/b] INTERESANTE ELECCIÓN. Todo era oscuridad cuando oí la voz. Una extraña voz. Vieja y joven. Masculina y femenina. Resonando en mi mente como un lejano pensamiento hablado. Esto no era el Ellimista. No. Esta era una voz que nunca había oído. DE ALGUNA EXTRAÑA FORMA TIENEN LA MENTE SEGMENTADA: CONSCIENCIA, INCONSCIENCIA, Y UNA CAPACIDAD PARA RECONCILIAR AMBOS. REQUIEREN MÁS ESTUDIOS, ESTOS HUMANOS. . . El canto de un pájaro. El sol brillando en mi cara. El calor. Abrí los ojos. Un escritorio de madera con un ordenador sobre él. Un póster de [i]La Guerra de las Galaxias, Episodio 1[/i] clavado en la pared. Libros de la escuela amontonados en el suelo. Ropa sucia desbordándose del armario. Zapatos de gimnasia gastados. Una lamparilla para leer. Sábanas de algodón. Desde la planta baja me llegaba el olor de gofres cocinándose. Papá. Una mujer hablando sobre un partido de dobles. Mamá. Mi habitación. Mi casa. Mi… Salté de la cama. Todo aquello de Schwarzenegger era historia. Mi mano era mi mano otra vez. Me toqué la barbilla. No era papel de lija. Sólo piel suave. Agarré el teléfono. Marqué el número, aporreando el teclado. Me dolían algunos músculos que no sabía que tenía. Brrrrrrrrrr-ing. Venga. Cógelo. Brrrrrrrrrr-ing. ¡Contesta! Quería oír la voz de una chica. Profunda y joven. Alegre y sabia. Mi corazón palpitaba a toda velocidad. El brillo del sol bañaba mi cuerpo. Desplacé una mano por mi pecho y sentí…. ¡La insignia! Tiré de ella. La miré. Mis dedos se cerraron en el aire. Abrí el puño. Nada. Las imágenes pasaban por mi cabeza a toda velocidad. Hork-bajir muertos cerniéndose sobre mí. Orffs esposándome. David. Explosiones que te hacían salir despedido. Los howlers. La extrañamente hermosa canción de los niños. El hedor de aquellos condenados a morir. La cubierta del Mylar sacudida por el viento. Las caras cicatrizadas y los cuerpos destrozados de los viejos amigos. Elfangor. Relámpagos. Lluvia. Huída. Brr… “¿Hola?” El tiempo se detuvo. Todo se quedó en absoluto silencio. Excepto por los fuertes latidos de mi corazón. Ahora lo sabía. Había tomado una decisión. Sabía que la estaba tomando. Sabía cuáles eran mis limitaciones y prioridades. “Soy Jake,” dije. Nadie respondió. “Soy Jake,” dije otra vez, la voz me temblaba como si nunca hubiera hablado con ella antes. Como si ésta fuera la primera llamada que jamás había hecho. La única llamada que importaba. “Cassie, solamente quería preguntarte lo que debería haberte preguntado ayer. ¿Estás bien?” [b]©2000 K.A. Applegate 2009 de la traducción de Saga[/b]

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