#44 Lo inesperado

Los Animorphs ya se han dividido antes alguna vez. Y han tenido que participar en batallas sin contar con los demás. Pero esta vez es diferente. No se trata solo de que Cassie esté totalmente sola. Se las ha arreglado para aparecer en Australia. En el árido outback*. El resto de los Animorphs y Ax ni siquiera saben que está ahí. 

            Cassie no tiene ni idea de a dónde va o de si será capaz de sobrevivir en ese escabroso terreno. Pero sabe que tiene que llegar a alguna cuidad o pueblo y ponerse en contacto con su familia y amigos. Porque acaba de descubrir que hay otro nuevo visitante en el outback.Visser Tres.

*El outback (también llamado never never, woop woop, back of beyond, back o’Burke o beyond the black stump) es el interior remoto y semiárido de Australia. Se consideran outback las regiones más alejadas de los centros urbanos.

[b]Capítulo 1:[/b]

Bajé en picado. Éste tenía que ser. Un avión en la pista más alejada. Dos marines montaban guardia, intentando pasar desapercibidos. Bueno, todo lo desapercibido que puedes pasar cuando llevas botas de combate y pistolas enfundadas en el pecho. <Jake, creo que lo he encontrado. ¿Jake?> Di una vuelta, agitando las alas para ganar altitud. <¿Rachel? ¿Tobias? ¿Alguien?> Un camión blindado circulaba hacia el avión. El conductor frenó, enseñando a uno de los guardias una tarjeta de identificación, y se dirigió al compartimento de carga del avión. La parte trasera del camión se abrió. Dos tipos vestidos con monos amarillos salieron al exterior. Se pusieron máscaras de oxígeno sobre la cara y abrieron la puerta de almacenaje del avión. De acuerdo. Estaba bien claro que esos tipos no descargaban souvenirs de Disneylandia. Si alguien estaba transportando restos de algún caza Insecto tenía que ser ese avión. Aproveché una corriente termal y ascendí muy por encima del aeropuerto. Alguien empujaba un carrito portaequipajes por el asfalto. Un avión se preparaba para el aterrizaje. Trabajadores con chalecos amarillos y auriculares discutían por todas partes, intentando evitar que un 747 se interpusiese en las rutas de vuelo de otros aviones. Y donde quiera que mirases, había gaviotas. En las azoteas, en las pistas, frente a la valla. Las gaviotas eran la tapadera perfecta. Eran parte del paisaje, como las palomas. Nadie repara en ellas. Mi forma de gaviota se camuflaba estupendamente entre las demás. Desgraciadamente, Jake, Rachel, Marco, y Ax también se camuflaban perfectamente. Divisé a lo lejos una solitaria gaviota que volaba alrededor del hangar del final de la pista. Más allá, un ratonero de cola-roja descansaba sobre unos cables telefónicos. <¿Tobias? ¿Eres tú?> No hubo repuesta. Realmente no la esperaba. Hablar telepáticamente es como una señal de radio, y el ratonero estaba demasiado lejos como para tener una recepción decente. Eché las alas hacia atrás y me remonté en el aire hacia el ratonero, para luego balancearme en el viento y comenzar a volar en círculos. Un coche negro y largo salió del hangar y se dirigió rápidamente hacia el avión custodiado. Rodeó a los marines y se detuvo derrapando ante del camión blindado, bloqueándole la salida. Las puertas del vehículo se abrieron y descendieron cuatro hombres con chaquetas. Planeé sobre ellos, tan lentamente como podía sin llamar la atención. Debajo de mí, los hombres de las máscaras de oxígeno estaban guardando una caja en el maletero del camión blindado. Los hombres traheados cruzaron la pista a grandes zancadas. El líder, un tipo alto con un lunar en la calva se dirigió directamente hacia la caja, mientras que los otros tres le seguían pegados a sus talones. “Señor, aléjese del vehículo.” Los marines ya no parecían tan tranquilos. Se colocaron en posición defensiva y desenfundaron las armas. Lunar en la Calva les ignoró y metió la cabeza en el maletero del camión blindado. Quizás era un hombre tan estúpido como para no temer a las enfermedades de un extraño alienígena o, más probablemente, ya sabía que los restos no eran peligrosos. Eso solo podía significar una cosa. Era un controlador. “Repito, manténgase alejado del vehículo.” Los marines le quitaron los seguros a las armas. “Tranquilos, chicos.” Lunar en la Calva dejó el camión y se volvió hacia los guardias. Una placa brilló en su mano. “CIA, nosotros nos encargaremos de esto” Los marines no se movieron. “No vamos a abandonar nuestro envío, señor. Tenemos órdenes”. “Bueno, ahora tenéis nuevas órdenes…” Lunar en la Calva miró las placas de los marines, “cabo”. “Con todo el respeto,” respondió el cabo, sonando a todo menos respetuoso, “pero nosotros no aceptamos órdenes de… civiles.” Los controladores se miraron. Lunar en la Calva negó con la cabeza. “De acuerdo.” Se volvió a meter la placa en el bolsillo. “Bueno, en un par de minutos tendremos aquí a un coronel.” Lo tendrían. Algún coronel infestado por un yeerk que destruiría los restos del caza Insecto antes de que la NASA o las noticias tuvieran tiempo de investigarlo. Tenía que entretenerlos y conseguir algo de tiempo. <Los marines son nenazas.> Los guardias intercambiaron miradas. “¿Ha dicho usted algo, señor?” le preguntó el cabo. Lunar en la Calva se giró “¿Te refieres a mí?” “Sí, a usted. Creo que acaba de llamarnos nenazas, señor.” Lunar en la Calva frunció el ceño, y se volvió a girar. “Tienes alucinaciones, hijo.” Los marines sacudieron la cabeza. <Comadrejas sin agallas,> dije. <Se hacen los duros aquí en el aeropuerto, pero correrán a esconderse al primer atisbo de problemas.> Los marines entrecerraron los ojos. <Si el Pentágono necesitase hombres de verdad, habrían llamado a las Fuerzas Aéreas.> Pude ver como se les tensaban los músculos de la cara. El cabo cerró con fuerza las manos, y volvió a abrirlas. “Malditos traheados,” susurró. “Lastima que no pueda abandonar mi puesto.” El otro marine, el que sólo tenía un galón, se encogió de hombros. “Ignóralos.” Genial, marines con autocontrol. Los chicos de la CIA estaban reunidos delante del coche, hablando. Lunar en la Calva se sacó un móvil del bolsillo de la chaqueta. ¡Tenía que hacer algo ya! Rápido. <Jake, ¿puedes oírme? Esto está empezando a ponerse feo. Me vendría bien un poco de ayuda.> No hubo respuesta. ¿Dónde demonios estaban? Analicé la situación. Delante de mí tenía dos marines furiosos, cuatro hombres de la CIA infestados y por último seis armas entre ellos. Y yo era una gaviota desarmada. Bueno, no completamente desarmada. Agité las alas para ganar altitud. Lunar en la Calva deslizó la cubierta de su móvil. Apunté. Pulsó algunas teclas. Me preparé. Él le dio a enviar y yo lancé mi “bomba”. El regalito de pájaro alcanzó a Lunar en la Calva encima del teléfono y un poco encima de la cabeza. “¡Aagghhhhh!” Se fue deslizando por toda su cara, hasta que finalmente levantó la vista hacia el cielo. “Andalita,” siseó mientras lanzaba el móvil contra el suelo y sacaba su pistola de la chaqueta. Vaaaaleee. No era exactamente lo que tenía pensado. Intenté ganar altitud a toda velocidad. ¡BAMBAMBAMBAM! Las balas zumbaban al pasar junto a mí. Busqué algún sitio donde esconderme. Algo para protegerme. Nada. Tan solo una pista vacía y el asfalto. Era una brillante diana blanca en un claro cielo azul. ¡BAMBAMBAMBAM! Sacudí las alas, moviéndolas con fuerza arriba y abajo, intentando alejarme de allí. Era lo único que podía hacer. No iban a dejar de dispararme. No hasta que me alcanzase alguna bala. ¡BAM! Un último disparo. Después los tiros cesaron. Di una vuelta en el aire y volví hacia la pista. “Deje el arma, señor.” ¡Los marines! Agité las alas y di vueltas en espiral alrededor del grupo. Tenían las piernas arqueadas en posición de disparo, y agarraban las pistolas con ambas manos. Los chicos de las máscaras de oxígeno se escondieron dentro del camión blindado. Chicos listos. “Deje el arma, señor,” repitió el cabo. Lunar en la Calva se giró. “No lo creo.” Extendió el brazo. “Aquí están sus nuevas órdenes, chicos.” Oh, Dios. < ¡¿JAKE?!> KA-CHIK. Amartilló el gatillo de la pistola. KA-CHIK. KA-CHIK. KA-CHIK. Los otros controladores martillearon sus armas. Durante una fracción de segundo los controladores y los marines parecieron congelados, pero entonces… ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM! Las balas silbaron. Los marines se cubrieron detrás del tren de aterrizaje del avión. Los controladores se protegieron tras de su propio coche. Vale. De acuerdo. Piensa, Cassie. Tienes que hacer que dejen de dispararse. Tienes que conseguir que paren de intentar matarse unos a otros. <JAKE, ¿DÓNDE ESTAS? ¿RACHEL? NO PUEDO HACER ESTO SOLA.> ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM! Chooong. Cachooooong. Las balas pulverizaban el metal. Di una vuelta por la cola del avión, buscando refugio. Un motor rugía cerca de una puerta. ¡Un carrito de equipajes se dirigía dando bandazos hacia el avión! El carrito se acercaba a toda velocidad. Hizo volcar a un camión de servicio de comidas y rebotó en unos cubos de basura. Giró violentamente alrededor del morro del avión. Finalmente se detuvo con un brutal derrape entre los marines y los controladores. ¡BAM!¡BAM! Kacgoooooong. El carrito de equipaje se estremeció. Las maletas saltaron por los aires. “¡Rrrrrooooowwwwrrr!” Y cuatrocientos kilos de oso pardo surgieron de entre los escombros. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Sheol[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] “¡HhhhoooRRRAAWRR!” El oso surgió del equipaje. “¡Hhhhrrroooowwwrrr!” Dos franjas de colores naranja y negro pasaron disparadas junto a ella (un tigre y un guepardo) saltaron por encima del coche de la CIA y placaron a dos de los controladores. El conductor maníaco del carrito (un gorila) saltó del asiento. Y, finalmente, un ratonero de cola roja cayó en picado desde lo alto de la terminal. ¿A que ahora ya estás hecho un lío del todo? Seguramente estés pensando, [i]Esta chica está totalmente chiflada. Se le ha ido la cabeza.[/i] Tranquilo, te prometo que lo entenderás un poquito mejor. De verdad. <Apartaros, marines,> dijo Jake. <El zoo ha aterrizado.> <Pensamos que quizás -solo quizás- necesitarías un poquito de ayuda,> me dijo Marco, avanzando sobre los nudillos por la pista. <Y el resto de nosotros hemos estado apunto de matarnos,> añadió Rachel. Entrecerró sus miopes ojos y se fue tras Lunar en la Calva. <Hemos votado. Juntaremos nuestros ahorros para meter a Marco en una autoescuela.> Lunar en la Calva se giró. Levantó la pistola. <¡Rachel! ¡El arma!> Grité. Se levantó, apoyándose sólo sobre sus patas traseras. Lanzó a Lunar en la Calva sobre la pista con un golpe de su enorme garra. “¡No ganaréis!” chilló Lunar en la Calva. “Os destruiremos.” Y perdió el conocimiento. Cortesía de Rachel. ¡BAM! Cachooooong. <¡Ey! Que alguien le diga a los marines que paren de disparar. Estamos de su lado.> Marco cayó al suelo. Tobias bajo a cubrir. Ax estaba atrapado en un abrazo mortal con uno de los controladores. Rodaron por la pista, la desesperación humana contra la pura resistencia felina. Planeé lentamente alrededor del coche. <¡Cassie! ¡Cuidado!> ¡BAM! Jake me adelantó. Garras. Dientes. Metal. Sangre. Sobrevolé la zona, buscando un lugar donde refugiarme. Yo había empezado esta pequeña batalla, y ahora mis amigos estaban peleando por sus vidas mientras yo revoloteaba como algún extraño tipo de animadora. Tenía que encontrar un sitio para volver a mi forma. Algún lugar escondido de los controladores. No podía dejar que vieran que yo era humana. Porque sí, soy humana. Mi nombre es Cassie. Pero seguramente ya te lo habrás imaginado. También te habrás dado cuenta de que mi vida es un poco anormal. Bueno, recapitulemos. Los restos del caza alienígena. Los Hombres de Negro psicópatas disparando a mis chicos de [i]El Planeta Animal[/i] en el aeropuerto. Mis amigos y yo somos animorphs. Personas que podemos transformarnos en animales. Podemos adquirir el ADN de otros animales, y tomar su forma. Es la única arma de la que disponemos en nuestra guerra por salvar a la raza humana. Y es un arma poderosa, pero tiene sus limitaciones. Preguntádselo a Tobias. Es un ejemplo vivo de la mayor limitación de todas. Estuvo en el cuerpo de un ratonero de cola roja más allá del máximo de dos horas, y ahora es lo que los andalitas llaman un [i]nothlit[/i]. No tiene que transformarse en águila, [i]es[/i] un águila. Tampoco podemos transformarnos directamente de un animal a otro. Por eso no puedo pasar de gaviota a lobo, mi forma de batalla habitual, aquí mismo, en la pista. Primero me tendría que transformar en Cassie, la humana Cassie, y eso no puedo hacerlo. Porque la transformación no es tecnología humana. Es tecnología andalita que nos otorgó un extraterrestre moribundo, un príncipe guerrero andalita llamado Elfangor. Los yeerks creen que los animorph somos todos andalitas, y queremos que sigan pensando así. Si supiesen que somos humanos, nos encontrarían. Nos encontrarían a nosotros y a nuestras familias y nos matarían. O algo peor. Nos introducirían un yeerk en la cabeza. Convertirían a todas las personas que queremos en controladores. Quedaríamos atrapados en nuestros cuerpos. Veríamos nuestras manos destrozar el planeta. Oiríamos nuestras voces vomitar odio y maldad. Y seriamos incapaces de evitarlo. Un yeerk no parece gran cosa. Es pequeño, gris y pegajoso. Un gusano grande. Ciego, casi sordo, sin brazos ni piernas. Parece un cerebro sin cuerpo. Es por eso por lo que necesita tu cuerpo. Se desliza por tu canal auditivo y se aplana al llegar a la superficie de tu cerebro, introduciéndose entre las grietas, hurgando en tus recuerdos, tus pensamientos, tus sentimientos. Te controla. No puedes correr. No puedes gritar. No le puedes decir a nadie lo que te esta pasando. Y no puedes escapar. No puedes hacer planes de huida porque el gusano los conocería tan pronto como se te ocurriesen. Los yeerks ya han conquistado a los gedds, los taxonitas, los hork-bajir. Ahora vienen a por nosotros. Los humanos. Y nosotros estamos intentando detenerles: Yo, mi mejor amiga Rachel; el primo de Rachel, Jake; el mejor amigo de Jake, Marco; Tobias, y Ax, un andalita, el hermano pequeño de Elfangor. Solo nosotros. El Equipo Tierra; un pájaro, un extraterrestre y cuatro niños. La única cosa que se interpone entre tú y la más completa esclavitud. También nos ayudan los chee, una raza de androides programados contra la violencia. Se han infiltrado en la organización yeerk, la Alianza, y nos proporcionan toda la información que pueden. Pero en las batallas cuerpo a cuerpo, solo estamos nosotros seis. Y en este momento eran solo cinco. Volé lentamente, buscando un sitio donde tranformarme. ¡BAM! Ka-chooong. “¡Apartaos!” Un controlador retrocedió junto al coche de la CIA, empuñando su pistola y haciendo gestos amenazadores hacia Tobias, hacia los marines, hacia Marco. Ka-CHIK. Marco embistió. ¡BAM! <¡Aaaaaaaaah!> La sangre manó de una herida en el negro pelaje del brazo de Marco. El cargó hacia cualquier lado. Lanzó al controlador contra un lateral del coche. Con un toque de su gigantesco dedo le dejó inconsciente. <Sólo para que quede claro,> jadeó. <No me cae bien este tío.> El controlador cayó al suelo, inconsciente. Jake estaba sobre el pecho de otro controlador. Ax arrinconó a un tercer controlador entre dos camionetas de carga. Dio un latigazo con su cola. Golpeó el aire. Emitió un sonido que se oyó demasiado parecido a un “miau”. <Este apéndice funciona muy bien para que el guepardo mantenga el equilibrio mientras corre, pero es inútil como arma.> <Tienes que utilizar las garras y los colmillos, Ax-man,> le dijo Jake. <Hay demasiada gente. No necesitamos tu pelaje azul ni tus cuatro ojos en la portada del [i]National Enquirer[/i].> Ax respondió dejando fuera de combate al controlador con un zarpazo rápido como un rayo. Rachel abrió la puerta lateral del camión de carga. Uno por uno, Marco fue lanzando a los controladores dentro, y puso el camión de lado, de manera que la puerta quedase contra el suelo. Los marines permanecían escondidos detrás del tren de aterrizaje del avión, mirando, con las pistolas preparadas pero en silencio. <Ha sido fácil,> dijo Rachel. <Demasiado fácil.> añadió Marco. Tobias y yo, que volábamos por encima de ellos, descendimos. <Tenemos compañía.> ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM! ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAM! Una línea de hombres de negro con rifles automáticos empezaron a disparar desde el tejado de la terminal. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Sheol[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAMBAMBAM! Nos escondimos entre las dos furgonetas. ¡BAM! ¡BAM! Los marines volvieron a disparar. <Oh, esto es perfecto,> dijo Marco. <Nos están acribillando desde dos lados a la vez.> Sirenas, disparos. Los coches de la policía derraparon en la pista, con las luces parpadeando y las sirenas rugiendo. Los guardias de seguridad del aeropuerto surgieron de la terminal. <Jake, > dije. <Están situados justo en la línea de fuego.> <Dejémoslos. Visser Tres no quiere tantos testigos. Los controladores tendrán que retirarse.> Retirarse. Sí. Solo que no era eso lo que estaban haciendo. Lunar en la Calva y sus chicos estaban embistiendo la furgoneta, intentando girarla. <Uh, ¿Jake?> <Lo sé.> Los controladores no estaban retirándose. Los policías eran controladores. Los de seguridad también. Era un verdadero ejército de yeerks. ¡BAM! Chooooong. La bala rebotó en una de las furgonetas. <¿Cuál es el plan?> Jake se agazapó, agitando la cola. <Un batallón de yeerks contra nosotros seis. La situación no pinta muy bien.> <También están los dos marines,> dije. <Y los hombres del camión blindado.> <Por supuesto, no nos olvidemos de ellos,> gruñó Marco. <Nos han ayudado muchísimo hasta ahora.> <Pero no podemos abandonarlos.> <Y no podemos irnos sin esos restos del caza insecto,> añadió Rachel. <A eso es a lo que hemos venido. Tenemos que llevárnoslo antes de que los yeerks lo destruyan.> <No,> dijo Jake. <No podemos arriesgarnos. No hay forma de sacarlo de aquí sin que nos maten.> <Hay un elevador de mantenimiento pasada la siguiente puerta, príncipe Jake,> dijo Ax. <Bien, podemos transformarnos dentro. De acuerdo, chicos, misión abortada. Vámonos. Permaneced cerca del edificio. Vamos, vamos, vamos. Y Ax, no me llames… bueno, olvídalo.> Jake saltó entre las furgonetas y corrió como una flecha hacia el elevador. Marco y Ax lo siguieron. “¡GGGRRRRRRROOOOOOOOOOOOAAAWWWWWW!” Rachel le dio un último golpe a la furgoneta y fue bamboleándose hacia el elevador. Tobias planeó bajo los aleros del edificio de la terminal. <Cassie, vamos. Podrás transformarte dentro.> ¡BAM! ¡BAM! “¡Ahhhhhhhh!” El marine con una raya en el cuello se llevó la mano al hombro y cayó al suelo. Pude ver la sangre que manaba por debajo de su mano. Tobias dio una vuelta. <¡Es el momento de irnos, Cassie!> <Justo detrás de ti.> Tobias planeó hacia el elevador. Yo volaba cerca de la terminal. El marine herido gritó hacia la furgoneta. Los controladores le ignoraron. Pero el otro marine, el cabo, seguía refugiado en el tren de aterrizaje, disparando al enemigo. Y el enemigo respondía. Uno de los policías se llevó un megáfono a la boca. “Visser Tres se está impacientando. Eliminad al humano para que podamos coger ese cargamento.” Eliminarlo. A los controladores no les importaba el marine. Simplemente necesitaban que se apartara de su camino. Era lo único que se interponía entre ellos y los restos del caza insecto. ¡Y yo tenía que hacer que dejara de disparar! <¡Ey! Marine. Soy un amigo. ¡Deja de disparar!> Le chille telepáticamente. <¡Deja de disparar Y QUÉDATE QUIETO!> El marine vaciló durante un segundo. Miró a su alrededor, frunciendo el ceño, y apretó aún más fuerte la pistola. ¡BAM! ¡BAMBAMBAMBAMBAMBAM! Los rifles automáticos respondieron. El marine se lanzó detrás de la rueda, agachándose, listo para disparar de nuevo. Lo matarían en cuestión de minutos, sin lugar a duda. Rodeé la cola del avión, azoté el aire con mis alas, y me lancé en picado. Debajo del avión. Por delante del marine. <¡Cabo! ¡Pare de disparar!> El marine bordeó hacia atrás el tren de aterrizaje. Agitó la cabeza y escuchó, obviamente intentando averiguar de dónde venía esa voz. <¡Detrás de ti!> Le rodeé. <Esta es una batalla que no puedes ganar.> Miró hacia arriba y parpadeó. “De acuerdo. Esto es definitivamente de locos.” Cerró los ojos e inclinó la parte posterior de la cabeza contra la rueda. “Un pájaro esta hablándome—Y LE ESTOY ESCUCHANDO.” Abrió los ojos y sacudió la cabeza. “Es una locura.” Salió de detrás del tren de aterrizaje y dirigió su pistola hacia los controladores. Era un suicidio. Apuntó. Descendí. Golpeé el metal a la vez que el marine presionaba el gatillo. ¡BAM! <¡Ahhhhhhhhh!> La bala atravesó dolorosamente mi torso. Descendí, con mi ala buena agitándose, la otra colgando muerta de mi costado. Vi la pistola del cabo escurrirse por la pista, en un remolino de avión, cielo y alquitrán. Moví el ala sana frenéticamente, en un intento de estabilizarme. El suelo giraba delante de mí. Gris. Duro. Inclinándose hacia mí. Más cerca. Y entonces la caída terminó. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Sheol[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] Caí hacia la pista. Mi ala yacía destrozada y rasgada por culpa del retroceso de la pistola. “¡Ese pájaro! ¿Has visto ese pájaro? ¡Era un andalita!” Lunar en la Calva. No podía dejar que me encontrase. Me arrastré y me retorcí y agité mi ala sana, y de algún modo conseguí meterme debajo del furgón de equipaje. Miles de pequeñas piedrecillas se adherían a mis ensangrentadas plumas. Un dolor abrasador me recorría el cuerpo. Transformarme. Tenía que transformarme. “¿Dónde está? ¿A dónde ha ido esa gaviota?” Los gritos sonaban más alto. Más cerca. Oí a mi lado el crujir de unos pasos, a solo unos centímetros de mi cabeza. [i]Concentración, Cassie, concentración.[/i] Me concentré en mi forma humana. Las transformaciones son impredecibles. Nunca suceden de la misma manera dos veces. Pero había aprendido a controlarlas un poco. Sabía lo que debía hacer. Humana. Mis brazos humanos. Sentí mis brazos creciendo, mi ala herida fortaleciéndose mientras el ADN de la gaviota era lentamente remplazado por el ADN humano. Cuuurrrreeeeeeeeeek. Los huesos de mi hombro crujieron y se ensancharon. Las alas se estrecharon y se proyectaron hacia abajo, adquiriendo la forma de brazos humanos. Schluuuuup. Un pulgar, y después cuatro dedos, pálidos y que se estremecían como un pollo descabezado, surgieron de cada ala. Los huesos de mis costillas se derritieron y se reformaron, creciendo hasta recuperar el tamaño normal. Las piernas se estiraron y alargaron, las garras se suavizaron y se transformaron en diez dedos en dos pies humanos. Y entonces detuve la transformación. Seguía siendo más gaviota que humana, una mezcla de alas con pelusa y puro horror. El Proyecto del Muñeco de Blair. Pero no parecía humana. Ni de lejos. Me arrastré para salir de debajo del furgón. Los controladores estaban asaltando el compartimento de carga del avión, muy cerca de donde yo estaba. Tobias y los otros hacia tiempo que se habían ido, pero aún podía ver la rampa de mantenimiento por la que habían escapado hacia la siguiente puerta. Y tenía una clara oportunidad. Nadie estaba prestando ninguna atención a la gaviota mutante gigante que permanecía agachada al lado del furgón de equipajes. Me impulsé y corrí hacia fuera, con los brazos casi humanos cubiertos de plumas, con pies humanos palmoteando sobre el cemento debajo de unas escamosas piernas de pájaro gigantesco, y con mi propio pelo corto y moreno mucho más que extraño surgiendo de mi enorme cabeza de gaviota. Viré hacía el edificio de la terminal, quedando bajo su sombra. Seguí la curvatura del edificio. Pasé la primera puerta. La siguiente quedaba mucho más adelante. “¡Ahí esta!” ¡Lunar en la Calva! Justo frente mí. “¡Detened a esa escoria andalita antes de que huya!” La rampa no estaba más que a unas cuantas yardas por delante de mí. Podía hacerlo. ¡Iba a hacerlo! Ka-CHIK. El destello de una pistola. Un policía controlador dio un paso fuera del furgón de carga, interponiéndose entre la rampa y yo. Giré. Lunar en la Calva dio un amplio rodeo para interceptarme. Volví a girar, de vuelta a la furgoneta de equipajes. Unos controladores corrieron hacia mí desde el otro lado. Estaba atrapada. La furgoneta de equipajes y yo, rodeados por controladores. Me di la vuelta. No había modo de escapar. No. Sí que había un modo. El modo Marco. Me encaramé al coche, giré la llave del contacto, y lo arranqué. El coche aceleró, se paró, y empezó a dar sacudidas hacia delante, lanzándome contra el respaldo de la silla. Lunar en la Calva se tiró al suelo cuando pasé como una bala delante de él. Me agarré al volante intentando dirigir el vehículo, una grotesca gaviota del tamaño de un niño, derrapando a lo largo de la pista sobre dos ruedas. Aceleré por debajo del ala del avión y entonces giré, rozando el tren de aterrizaje del aparato. Montones de equipaje se cayeron de la parte trasera del vehículo. <di un volantazo y me dirigí hacia la pista. despejada Si salía de esta con vida, jamás volvería a criticar a Marco por su forma de conducir. Él era el piloto de rallies Jeff Gordon comparado conmigo. Sirenas. Destellos de luces azules y rojas. Miré a un lado. Había dos coches de policía detrás de mí. En breves segundos empezarían a dispararme. Tiré del volante y me dirigí hacia uno de los aviones. Bajo un ala. Por entre las ruedas. Junto a dos filas de equipaje. Me lancé hacia un camión del servicio de comida y eché un vistazo atrás. Había ganado un poco de terreno. Los coches patrulla eran mucho mas grandes que mi maleta móvil. Dieron un rodeo amplio del avión, mientras yo pasaba exactamente por debajo. Me dirigí hacia la siguiente puerta, después la siguiente. Dentro. Fuera. Debajo. Alrededor. Le empezaba a pillar el tranquillo a esto de la dirección. Los controladores me adelantaron. ¡Un 747 surgió ante mí! Ningún problema. Agarré el volante y me lancé directamente hacia el avión. Bajo los motores. Esquivando las ruedas delanteras. Pude ver la esquina del edificio de la terminal cuando aceleré. Salí disparada por debajo del morro del avión… ¡Directamente hacia la pista abierta! Los coches patrulla se acercaban. En una fracción de segundo quedé entre los dos, y aceleré. Giré violentamente el volante y describí una delgada U. Las gomas chirriaban. Más maletas salieron despedidas en todas direcciones. Miré atrás. Una de las maletas se había encajado bajo uno de los coches patrulla. Estupendo. El coche giró una y otra vez tratando de zafarse de la maleta. El otro coche se apartó de la pista para evitar estamparse con su compañero. Vale. Eso me daba un poco más de tiempo. Pero no podría correr por todo el aeropuerto para siempre. Tenía que encontrar un sitio en el que finalizar la transformación, para después transformarme en algo que me pudiera sacar de allí. Delante de mí, unas escaleras con ruedas se acoplaron a la puerta de un jet. Unos hombres con chaquetas naranja arrastraban unos paquetes y una caja por las escaleras. ¡Era el equipo de limpieza! El avión probablemente estaría vacío. Aceleré junto al avión. Una sirena aulló detrás de mí. El equipo de limpieza había alcanzado la pista. Comenzaron a separar las escaleras del avión. Giré el volante e intente encontrar el freno. El coche derrapó. El equipo de limpieza se dispersó y todos los cubos salieron volando mientras ellos corrían a refugiarse. Pisoteé el pedal con mis pies, ¡pero el coche no frenaba! Ssscccrrrrnnnnnncchhhh-KUUUNNNKK. Me estrellé contra las escaleras. Mi cuerpo de chica-pájaro fue lanzado contra el volante y luego contra el asiento. Oh. Ouh. Tragué. Lo de los frenos habría sido más fácil, pero la colisión frontal había funcionado. No había tiempo para recuperar el aliento. Salté del carrito de equipajes y comencé a subir por las escaleras. El impacto del coche había alejado unos pasos la escalera de la puerta del avión, pero no iba a dejar que una caída de tres metros y medio me asustara. Salté desde el borde y caí con un suave pof en la fina alfombra de la cabina. Las luces de policía brillaron a través de la puerta. Me levanté del suelo y corrí por el pasillo. ¡WHUMP! Todo el avión se estremeció cuando las escaleras golpearon la puerta de la cabina. Me tiré al pasillo, buscando un lugar donde completar la transformación. Podía oírlos gritando debajo, el sonido de sus pisadas en las escaleras metálicas. “¡Aquí! ¡Venid por aquí!” “¡El andalita esta ahí dentro!” Llegué al final del avión. ¡Esconderme, tenía que esconderme! Me giré. Asientos. Compartimiento de equipaje. ¡Una manilla! La aferré y tiré. El baño. Entré y eché el cerrojo. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Sheol[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] ¡A transformarme! ¡Rápido! Podía oír los pasos de los controladores en el avión. [i]Concéntrate, Cassie, concéntrate. Tienes que revertir la transformación.[/i] Sentí que mi cuerpo se volvía más pesado mientras mis huesos se tornaban en un sólido esqueleto humano. Mis plumas se oscurecieron y disolvieron, la desplumada piel de pájaro se fue convirtiendo en piel marrón. Cuuuuuuurrrrruuuunnnnch. La mandíbula sobresalió de mi remodelado cráneo. La cola fue absorvida por mi columna. Ya era casi humana, completamente humana, excepto por el enorme pico de gaviota que despuntaba en mi cara. “¿Dónde ha ido?” “¡La cabina! Mirad en la cabina.” Me tapé los oídos con las manos y me concentré. El pico se suavizó y se derritió en mi cara. Dos labios. Nariz. Era humana. Pero no podía seguir así. Me acurruqué en el pequeño espacio entre el váter y el lavabo. El metal del lavabo era frío y suave. Puse la cara junto a él. Si pudiera quedarme así un minuto- “El andalita tiene que estar aquí. ¡ENCONTRADLO!” Alcé la cabeza. [i]Sal de aquí, Cassie.[/i] Me concentré en la forma de mosca. Splooot. Sploooot. Un par de antenas salieron disparadas de mi frente. Pop. Pop-pop. Pop-pop-pop-pop-pop. Los rígidos pelos negros saltaron como llagas por todo mi cuerpo. “Nada en la cabina.” “Ni en la cocina” Podía oír a los controladores paseando por la cabina del avión. Pasos. Gritos. Los cojines de los asientos rasgados. [i]Relájate, Cassie. Piensa en una mosca.[/i] Un par de negras protuberancias surgieron de mis costados retorciéndose en las largas patas de mosca. Mis propios brazos y piernas se hicieron más finos y se endurecieron. Manos y pies se arrugaron en pegajosas garras. La manilla de la puerta se movió. “Está cerrada” “Bien. Hemos encontrado la escoria andalita.” [i]Concéntrate. Mosca. Pequeña. PEQUEÑA. Más rápido.[/i] El suelo crecía al encoger mi cuerpo hasta el tamaño de una miga de pan. ¡BAM! ¡BAM! Clink. Ka-Clink. Las balas atravesaron el fino metal de la puerta y rebotaron en el lavabo. Un lavabo que ahora se alzaba inmenso delante de mí. Un lavabo que se dividió en miles de lavabos cuando mis ojos humanos se transformaron en los ojos compuestos de la mosca. Sssshhhllllluuuuuuulp. Mis huesos de disolvieron. La piel se oscureció y endureció en una brillante y crujiente cobertura sobre el cuerpo de la mosca. Ssssuuuuuuuummmmmmp. Sport-sprooot. Mis labios se alargaron en la trompa de la mosca, con dos nuevas protuberancias al final. Era una mosca. Pura mosca. Una mosca en el cielo de las moscas. Un baño. Cada delgado pelo negro de mi cuerpo se estremecía de placer. A través del olor de desinfectante, podía detectar el aroma de la gloria – ¡BAM! ¡BAM! Ka- clink. Whoa. Era hora de recuperar el control sobre los instintos de la mosca. Zumbé en el pequeño espacio entre el borde de la taza del inodoro y el asiento. En cuanto la puerta se abrió… Observé. ¡BAM! Ka-Clink. “Puedo disparar a la cerradura.” “¿Y dar al andalita la oportunidad de escapar?” “Tiene que estar muerto. La puerta es un queso suizo.” “¿Y tú crees que el andalita va a dejar que le metamos un tiro? ¡Idiota! Probablemente se ha transformado en un insecto.Tendremos que gasear la habitación.” ¡Gas! Zumbé alrededor del diminuto cuarto de baño buscando una salida. ¡El fregadero! Podía volar por el desagüe. Baje hacia él. Tlink. <Aggggghhh.> ¡Lavabo de avión estúpido con una placa de metal estúpida sobre el desagüe! Una placa por la que una mosca no podía pasar. Me lancé hacia el zócalo, en busca de una grieta. Una pequeña grieta. Lo que fuera. Cualquier cosa. Pssssssssssssss. Mis pelos de mosca temblaban de pánico. Los controladores estaban echando repelente de insectos a través de uno de los agujeros de las balas. Los agujeros de bala. ¡Sí! Me lancé hacia el orificio más alto, más cercano al techo. Cabía perfectamente. Me escurrí a través de él. Aire. Aire fresco. “A volar.” ¡Pum! Una mano gigante de color rosa se estrelló contra el techo. “Estás perdido” Que te lo crees tú, amigo. Me lancé hacia los lados y hacia abajo, cerca de las ventanas. Tendrían que apoyarse en los asientos para golpearme. ¡Pum! ¡Wham! Sus manos, bolsas para vomitar, revistas enrolladas, alguna zapatilla deliciosamente olorosa. Lo esquivé todo y me lancé zumbando hacia la puerta. Sentí el soplo del aire fresco. Pssssssssss. Pssst, pssst-psssssssss. ¡Aerosol para insectos! Tóxico. Aire fresco. Sigue el aire fresco. Psssssssssssssssssssssssssss. El spray se aferraba a mis piernas, mi cuerpo, mis antenas. Cada pelo de mi cuerpo de mosca había quedado recubierto por él. ¡Mis alas! ¡No podía moverlas! Luz del día. Estaba fuera. Y caía. Como un misil. Entonces se oyó un estruendo… ¿un carrito de equipajes? -y una ráfaga de viento. Me barrió hacia los lados. Caí derribada. Intenté moverme por mí misma, pero no sabía hacia dónde tenía que hacerlo. El mundo era una confusión de oscuridad. Choqué contra algo y me deslicé hacia abajo. “¿A dónde ha ido? Lo he visto caer.” Voces. Pasos. Un eco a través de la niebla. Más grande. Me tenía que hacer mas grande o el repelente acabaría conmigo. Me concentré en mi forma humana. Podía sentir mi cuerpo hinchándose. Mi mente surgió de en medio de la oscuridad. Estaba en el carrito de equipajes. Lo que me golpeó fue una de las pocas maletas que no habían volado durante mi salvaje persecución a través del aeropuerto. El sonido de unos pasos a través de la carretera. Tenía que salir de allí. No me podía destransformar en humano. Sería demasiado grande. Pero no podía revertir la transformación a mosca. Había suficiente veneno para matarme. Esperé hasta que pasaron los pasos, y luego rodé por el otro lado y me deslicé hacia la siguiente puerta, demasiado pesada para volar, demasiado aturdida para coordinar todas las patas a la vez. Una vez más volvía a ser un mutante asqueroso. Me desplomé al lado de una cinta transportadora. “Tiene que estar aquí. Encuéntralo.” Me incorporé en la cinta transportadora y hurgando en una bolsa de golf el cinturón se abrió de golpe. La bolsa de golf rodó y yo con ella. A continuación, una sacudida, y la bolsa de golf voló por los aires. Me aferré a la parte inferior con mis pegajosas piernas de mosca. <Unnnnph.> Aterricé sobre mi espalda. La bolsa de golf cayó sobre mí. Thump. Thump. Más maletas. Me quedé atrapada en la oscuridad. Tuve que transformarme. Tenía que salir. Traté de formar una imagen mental de mí misma. Mi yo humano. Cassie. Pero yo era un manojo de alas, garras, piel y ojos saltones. La piel. Me concentré en la piel. Mi piel humana. Lisa. Arremolinándose. Apagándose. Apagándose hasta la más completa oscuridad. Juan Antonio Martín Moreta [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Juan Antonio Martín Moreta[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] “Uhhhnn.” Estaba paralizada. Agarrotada. Y sentía un dolor palpitante. Tragué saliva, pero tenía la garganta cerrada. Yacía de espaldas –o al menos eso creía- en el borde de algo duro. Otra cosa, algo pesado, me oprimía el pecho. Y algo duro y frío me pinchaba en la mejilla. Las piernas… ¿Aún conservaba mis piernas? Lo único que oía era un zumbido sordo e incesante. El cerebro me latía al mismo ritmo que el sonido. ¿Qué era ese ruido? Me quité esa cosa dura y fría de delante de la cara. Era curvada, metálica. Parecía un palo de golf. ¿Un palo de golf? Oh, no. Lo recordé todo como un revoltijo de balazos, insecticida e imágenes mentales de la última forma que recordaba haber tenido: medio humana del tamaño de un palo de béisbol, con un par de piernas extra, rígidos pelos negros por todo el cuerpo, y antenas. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Cuánto tiempo tardaba uno en enfriarse tanto? Tenían que haber pasado más de dos horas. ¿Y si me había convertido en una nothlit mitad chica, mitad mosca mutante? “No puedo ni mirar,” sollozé. ¿Sollocé? ¡Con mi voz! Mi voz. Mi voz humana. Empujé otra vez la bolsa de golf. Me cayeron encima más maletas. Me abrí camino entre ellas. La luz de la bodega de carga era muy tenue, pero podía ver mi propio cuerpo. Dos piernas, ambas terminadas en pies. Dos brazos, dos manos. Piel humana normal. Me toqué la espalda, pero no noté ningunas alas. La cabeza. Nada de antenas. Me tiré de espaldas sobre la pila de equipaje helado. “Gracias a Dios. Gracias, gracias, gracias Dios.” Excepto que… Estaba en la bodega de carga de un avión, casi congelada y muriéndome de sed y de hambre mientras volaba hacia… ¿hacia dónde volaba? Miré la etiqueta de la bolsa de golf: SYD. Cogí también la maleta de al lado: SYD. Hurgué entre el montón de bultos. SYD. SYD. Todos decían SYD. “¿SYD? ¿Qué significa eso? ¿Sur-Algo-Dakota?” ¿Y cuánto iba a tardar en llegar? Me froté los pies desnudos. Solo podíamos transformar ropa muy ajustada, así que lo único que llevaba puesto era unos leotardos negros ligeros. Me eché el aliento en las manos, pero lo único que salió de mi boca fueron nubes de vaho blancas. ¿Cuántas cosas podían salir mal en una misión? Se suponía que solo íbamos a hacer un pequeño reconocimiento en el aeropuerto. Únicamente para asegurarnos de que todo estaba bien. Ax y Marco habían encontrado algo interesante con su nuevo programa de vigilancia web. Información sobre un trozo de nave alienígena que había sido arrastrada hasta la playa a unos pocos cientos de metros de la costa. Un trozo que parecía corresponder a parte de una nave yeerk. Un caza Insecto. Vale, la mayoría de cosas sobre conspiraciones alienígenas las cuelgan en la red los chiflados paranoicos. Pero como dijo Marco, nunca puedes estar seguro de cuando un chiflado paranoico está diciendo la verdad. Bueno, si yo colgara algo sobre nuestra pequeña escaramuza en el aeropuerto, ¿cómo sonaría? Además, Marco y Ax encontraron está información en un sitio protegido del Departamento de Defensa, encriptado en un memorándum calificado como “alto secreto”, de acceso solo para los Altos Mandos. Hace falta algo más que una contraseña de seguridad para detener a Ax. Los restos iban a transportarse en una aerolínea comercial y luego trasladados a una base de la Marina, cargados en un avión furtivo, y reubicados definitivamente en un laboratorio de la NASA en Washington. Era justo lo que estábamos esperando, una prueba de que los yeerks estaban aquí. En la Tierra. En América. Si el gobierno conociera la existencia de los yeerk, ya no tendríamos que luchar solos. La invasión ya no sería un secreto. Pero si nosotros nos habíamos enterado de la presencia de ese trozo de Caza Insecto a la deriva, podías apostar a que los yeerks también lo sabían. No querrían que nadie pusiera a prueba los restos de la nave. No querrían que los científicos de la NASA descubrieran que estaba hecho de un metal que no existe en este planeta. Y seguro que tampoco querrían que los medios de comunicación divulgaran la historia. Porque los yeerks no buscan la guerra abierta. Quieren infiltrarse lenta y gradualmente entre la raza humana para que cuando llegue el momento de que alguien se de cuenta de lo que está pasando sea demasiado tarde. Para entonces Visser Tres ya habría ganado. Estábamos bastante seguros de que aparecerían por el aeropuerto. Y los chee confirmaron nuestras suposiciones. No conocían todos los detalles, pero sabían que los controladores de alto nivel de la Alianza se habían estado reuniendo a puerta cerrada y consultando planos de vuelo y mapas de aeropuertos. Todo y todos girábamos alrededor de un trozo de metal. Podían habernos matado. Podían habernos capturado. Y esos dos Marines. Podían estar muertos o algo peor. Y todo por mi culpa. Por mi estupidez. Porque quería proteger un trozo de metal. Que de todos modos no habíamos podido salvar. Me quité de encima todas las bolsas y construí un pequeño nido de maletas blandas. La bodega de carga estaba repleta de enormes cajones de metal etiquetados “Boeing – Turbina PW400”. Mi montón de equipaje se encontraba comprendido en medio de dos de estos. Encontré dos fundas de traje y me envolví las piernas con uno y los hombros con el otro. Querría haber abierto las bolsas y sacar la ropa que hubiera dentro, preferiblemente una parka. Quería saquear las maletas para buscar algo de comer. Pero no lo hice. Ya me había convertido en una polizón. No quería ser también una ladrona. Vale. Casi podía oír la voz de Marco: Vamos a ver Cassie, te has hecho caca encima de un controlador, has arrastrado a dos oficiales de la Marina a un enfrentamiento armado contra alienígenas malvados, probablemente los hayan capturado a ellos y a los chicos del camión –o quizá incluso los hayan matado- y has secuestrado un carrito de equipajes. ¿Y ahora te preocupa mangar un par de barritas de cereales? Olisqueé. A pesar del polvo podía oler naranjas. Dulces, de sabor fuerte. Salí de ese compartimento de equipaje. El olor a naranjas se hizo más fuerte. Al otro lado del cajón de metal vi un montón de cajas amarradas en un palé. Eran todas del mismo tamaño y estaban etiquetadas como NARANJAS – NAVEL. Demasiadas cajas. Demasiadas naranjas. ¿Realmente alguien lo notaría si faltaba una? Escarbé entre el montón de equipaje intentando ignorar el hambre. Y la sed. Y la quemazón helada en mis pulmones cada vez que respiraba. Tenía que pensar. En algún momento el avión se pararía. Tendría que bajarme y encontrar un teléfono. Sí, no hay problema. Solo tenía que esperar a que alguien abriera la bodega de carga, bajar zigzagueando por la cinta transportadora, llamar a mis padres y pedirles que me recogieran en Dakota del Sur. O en el Desierto Sur de Yemen. O donde demonios estuviéramos yendo. Me acomodé entre dos cajas. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil? ¿Por qué no podía pasar ni un solo día preocupándome por algo normal como el vergonzoso acné adolescente, o el test de álgebra que probablemente había suspendido? Bueno, al menos salir no sería tan difícil. Podía transformarme en pájaro e irme volando. Esta vez en águila pescadora, más fuerte y más rápida que la gaviota. Y entonces podría averiguar dónde estaba y cómo volver a casa. Vale, ese era el plan. Empecé a sentirme un poco mejor. Transformándome solucionaría el problema de salir del avión. Pero no el hambre, ni la sed, ni el hecho de que los dedos de las manos y los pies se me estaban empezando a poner azules. Excepto que –espera un momento- sí, sí podía solucionarlo. Tenía la forma perfecta para esa temperatura. ¡Pues claro! Ya me sentía más cálida. Incluso dejó de palpitarme la cabeza. Y entonces me di cuenta de por qué. El zumbido se había detenido. La maquinaria se había quedado en silencio. Esperaba que el avión se inclinara hacia tierra. Pero no lo hizo. Estaba totalmente quieto. Ni un movimiento. Y entonces – ¡ZZZZzzzzzzzzttttttttt! [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] ZZZZzzzzzzzztttttttttt. ¡Una cegadora luz verde barrió la bodega de carga! Durante una milésima de segundo pude distinguir los huesos de acero del avión bajo su piel metálica. La luz verde penetraba en las maletas y las bolsas. De pronto los cajones de metal eran transparentes y mostraban las enormes estructuras mecánicas del interior. Entonces la luz desapareció. Ante mis ojos bailaban un montón de puntos negros. Parpadeé. ¿Qué había sido eso? Pero ya lo sabía: yeerks. De alguna manera habían descubierto que yo estaba a bordo. Y también sabía que aún no habían terminado. No iban a rastrear el avión con rayos X para luego irse sin más. Empujé el equipaje a un lado e intenté ponerme en pie. “Whoooaaaa.” Me caí sobre uno de los cajones de metal. Tenía las piernas paralizadas. No solo dormidas por el frío, sino completamente inutilizadas de rodilla para abajo. La luz verde. ¿Pero por qué iba a afectar solo a mis piernas? El cajón. Claro. Mis piernas estaban expuestas, pero el resto de mi cuerpo había quedado protegido por el cajón de metal. Me había salvado de pura suerte. Hasta ahora. Me arrastré hasta mi nido entre el equipaje. Sobre mí, los pasajeros y la tripulación estarían probablemente congelados. Ellos no tenían turborreactores que los hubieran protegido de la luz verde. Pero estarían bien. Los yeerks no tenían ningún interés en ellos. Se despertarían sin saber que el tiempo había pasado, sin saber que habían estado paralizados e inconscientes. Sin saber que unos alienígenas habían abordado el avión en pleno vuelo. ¡Whhooosh! La puerta de la bodega se abrió. Eché un vistazo por el borde del cajón. Un caza Insecto planeaba fuera, sujetándose al avión con algún tipo de láser tractor. La repulsiva forma de un piloto taxonita llenaba la cabina. Un ciempiés gigante con una hilera de dientes afilados como cuchillos alrededor de una boca circular en lo alto de la cabeza. Sus cuatro ojos redondos temblaban como gelatina. Mi primer instinto fue el de transformarme en algo pequeño y esconderme. “¿Y que me mate un bote de insecticida Raid? Creo que no.” Esas eran las palabras de Rachel. Si Rachel estuviera aquí, eso es exactamente lo que ella hubiera dicho. “Vendrán preparados para enfrentarse a cosas pequeñas. Esperan que huyas y te escondas. No les des lo que quieren, Cassie.” Se abrió la puerta del caza Insecto. Dos alienígenas de dos metros de alto se dispusieron para saltar al interior de la bodega de carga. Echaron un vistazo hacia abajo, hacia los kilómetros de espacio vacío entre ellos y el avión, y luego se volvieron y le hicieron al taxonita una serie de gestos. Eran hork-bajir, las tropas de asalto del ejército yeerk. Tenían los pies de un tiranosaurio Rex. Las cuchillas de una picadora de carne del tamaño de una habitación. Hojas afiladas que les cubrían los codos, las muñecas, las rodillas y se curvaban como dagas en lo alto de sus cabezas reptilianas. Iban armados con insecticida. De acuerdo, Rachel. Volverme pequeña no es la solución. Tenía que pensar rápido. ¿Qué haría Jake? Él… bueno, para empezar no se habría quedado atrapado en una bodega de carga. Ni Tobias ni Ax. Ni siquiera Marco. Eran demasiado listos. Tenían mucho cuidado. ¿Y Rachel? Era lista, sí. ¿Pero tenía cuidado? Nunca. Ésta era el tipo de catástrofe suicida que a Rachel le encantaba. Y sabía exactamente lo que diría: “Sorpréndelos. Transfórmate en algo grande. Lucha.” Tenía que ganar. Vale. ¿Contra cuántos? Dos. Esta vez fue la voz de Ax la que resonó en mi cabeza. Oía voces. Definitivamente era un síntoma de enfermedad mental. Esos palos de golf debían de haberme golpeado más fuerte de lo que pensaba. Pero la voz tenía razón. Un caza Insecto no es tan grande. Embutir ahí a dos hork-bajir, más el piloto taxonita, ya era sobrecargar la nave. No había manera de que cupiera nada más. Si me libraba de ellos estaría a salvo. Durante un tiempo. El taxonita estaba acercando el caza a la bodega de carga. Los hork-bajir esperaron pacientemente, insecticida en mano. “De acuerdo, Rachel,” susurré. “Voy a luchar y a ganar.” Me escondí entre las cajas metálicas y me concentré en la forma más poderosa que poseía. Mis hombros descollaron hacia arriba y hacia fuera, uniéndose a los músculos de mi corpulento cuerpo. Sentí que mis piernas se volvían más fuertes, más largas, más gruesas. Las sentí, sí. El nuevo ADN estaba limpiando los efectos paralizantes de la luz verde. Cuuuuuurrrrrruuuuuunnch. Los huesos se quebraron y reformaron cuando mis rodillas decidieron doblarse hacia el lado contrario, inclinándome hacia delante en lugar de hacia atrás. Las manos y los pies se agrandaron para formar unas zarpas del tamaño de guates de béisbol. De cada dedo del pie salió disparada una garra. La parte inferior de mi cara sobresalió en un hocico coronado por una pequeña nariz de cuero. Las orejas se deslizaron hacia la parte superior de mi cráneo abultado. Mi pelo humano se endureció, se ahuecó, se volvió tan claro que casi parecía transparente, y me cubrió todo el cuerpo. Un cuerpo enorme. Inmenso. Poderoso. Y que no conocía el miedo. Me encogí en la tenue luz entre las dos cajas. Ka-lunk. El primer hork-bajir saltó a la bodega de carga. Echó un vistazo rápido a la oscuridad y luego hizo un gesto hacia el caza Insecto. Ka-lunk. El segundo hork-bajir también estaba a bordo. Podía oler su hedor almizclado, podía oír sus garras repiqueteando sobre el suelo de metal. Me temblaba la nariz, y se me crispaban las orejas. “¡GRRRRAAAAAAAAAAAWWWWRRRRR!” Salté de entre las cajas. Los hork-bajir se quedaron helados. No los culpaba: yo era un oso polar. Un oso polar. Una de las criaturas más mortíferas de la Tierra, cuando quería. Yo había visto a un oso polar tomando el sol. Y también lo había visto patearle el culo a un oso pardo. “¡GRRRRAAAAAAAAAAAWWWWRRRRR!” Me agaché contra una de las cajas y la embestí. Salió derrapando hacia el hork-bajir. “¡HURR GAFRASCH!” soltaron los insecticidas y se volvieron a toda prisa hacia el caza Insecto. Pero no lo suficientemente de prisa. Thunk. El cajón embistió a los hork-bajir, derribándolos como si fueran dos bolos. Salieron volando hacia el espacio vacío, seguidos por el cajón con la maquinaria. “AAAAAAhhhhhhh…” Sus gritos se fueron perdiendo hasta caer en el silencio. Me giré hacia el taxonita. Sus ojos de gelatina temblaron. Sus patas volaron por el panel de mandos del caza. Pfffffffffmmmmpp. Otro destello de luz, esta vez naranja. Los motores del avión volvieron a la vida con un rugido. El caza Insecto viró y lo perdí de vista. WWWHHHHOOOOOOOOOOOSSSSHH. ¡La succión me derribó! El rayo del caza Insecto debía de presurizar la bodega, pero ahora había desaparecido. Sentía que estaban intentando arrancarme el pelaje de la piel. Las bolsas se arrastraban por el suelo, golpeaban contra las paredes y se perdían en el vacío. Las cuerdas se desataban. Las naranjas volaban para aplastarse contra las paredes. Las enormes cajas metálicas con piezas del avión se arrastraban hacia la abertura. Me debatí para agarrarme a una red, pero se soltó de los enganches de metal y salió volando por entre las nubes. Intenté sujetarme al suelo, a la pared, a algo, ¡lo que fuera! Pero mis garras resbalaban en el metal. Thuuuuud. Me estampé contra una de las cajas de metal. Y me agarré a ella con todas mis fuerzas mientras se arrastraba hacia el exterior. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Crrrrreeeeeeeennnnnnkkk. Metal contra metal. El vagón se deslizaba por el suelo de la bodega de carga. Una maleta se abrió de golpe cuando pasaba a mi lado. Un montón de camisetas y ropa interior salieron volando al vacío. ¡Tenía que cerrar la puerta! Hundí mis garras en las esquinas del cajón y alcé una pata hacia el techo. La succión casi me la rebana. Me encogí. El extremo de la abertura esta ahí mismo. Sólo otro centímetro. Crrrrreeeeeeeennnnnnkkk. El cajón continuó su marcha. Mi pata rozó el borde de la puerta. Me incliné y me estiré. <Ahhhhhh.> La bolsa de golf pasó volando a mi lado, golpeándome con los palos. Sentí que se me escapaba la puerta de entre las manos. Pero hundí mis garras y empujé. La puerta empezó a deslizarse. Y entonces — El cajón giró, y yo giré con él. ¡Me arrastraba hacia la salida! Mi pata derecha se torció. Pude sentir –y pude oír- como los tendones y los músculos se desgarraban. Mis patas se soltaron y arañaron el suelo desesperadamente. <Nooooooo.> Mi pata se topó con algo sólido. La manivela de la puerta. La agarré con fuerza y empujé con cada músculo de mi cuerpo. La puerta se deslizó hacia abajo. Shhhhoooonk. Se cerró con seguridad. El tornado del equipaje se detuvo. Las cajas y maletas cayeron al suelo. Yo me derrumbé contra la pared de la bodega. El hombro me ardía de dolor y tenía la pata delantera entumecida. Pero estaba bien. Estaba bien. Sí, por ahora. Pero sabía perfectamente que el piloto taxonita no se había retirado porque estuviera asustado, sino porque iba a pedir refuerzos. Los yeerks volverían. Volverían y estarían listos para la fiesta. Oh, tío. Ahora tenía a Marco en la cabeza. Soltando chascarrillos malos. Me puse en pie. Tenía que estar preparada. Mi cuerpo de oso se movió con pesadez hacia el centro del avión, cojeando sobre sus tres patas sanas. Estudié la bodega: grande, incluso espaciosa, ahora que la mitad del equipaje había salido volando por las nubes. Un caos total, con la otra mitad esparcida por todo el suelo. Tenía que haber algo ahí que pudiera usar, algo además de mi extraordinario talento para hacer que la situación fuera de mal en peor. Me arrastré por encima de una pila de naranjas aplastadas. Ese desastre podría haber sido yo, un montón de oso estrellado contra el suelo. Temblé y mi pelaje ondeó. Oso polar pulverizado. Miré con atención las naranjas. Me senté sobre mis cuartos traseros y me lamí las patas. Volverían, claro. Enviarían más cazas Insecto y más controladores. Arrasarían la bodega de carga de una punta a otra, inundando cada centímetro de pesticida. Pero, ¿y si no me encontraban? ¿Supondrían que había salido volando por la entrada? ¿Que me había unido a la bolsa de golf en ese caos volador? Lo siento, Rachel, pero volverse más grande no es la única forma de combatir. Mientras estuviera a cubierto de la luz verde, y fuera lo suficientemente grande como para sobrevivir al pesticida, lo único que tenía que hacer era esconderme. Me levanté sobre mis patas traseras y palpé el techo. Nada. Caminé lentamente de un lado a otro de la bodega, comprobando las paredes y el suelo. Nada, excepto hojas y remaches de metal. Y entonces lo vi, al frente, medio escondido tras uno de los cajones. Mi gran arma contra los invasores alienígenas. Una cremallera. Se trataba de un grueso panel de lona apoyado contra la pared, con una cremallera reforzada en uno de los bordes. Introduje una zarpa y tiré. Presto. Estaba abierto. Aparté la lona a un lado con un hocicazo. Se trataba de alguna especie de sala de control. Las paredes estaban llenas de luces, interruptores y artilugios computerizados. Introduje mi enorme masa de oso polar. La habitación era más o menos de mi tamaño. Miré a mí alrededor. En la pared más alejada había una escalera. Y en lo alto de la escalera, en el techo, se recortaba una escotilla con una palanca en el centro. Me estiré y tiré de la palanca, haciéndola girar. Empujé la escotilla con una de mis patas. Se levantó algunos centímetros. La luz se derramó en haces por la abertura. Oí el sonido de voces y vajilla tintineando. Los pasajeros. Volví a cerrar la escotilla pero sin girar la palanca, y regresé arrastrándome a la bodega de carga. Mi plan estaba tomando forma, pero no servía de nada si el rayo verde me paralizaba. Escogí cuatro de los contenedores metálicos y los empujé uno a uno hacia la lona, disponiéndolos en círculo cerca de la cremallera que cerraba la entrada. A continuación me incliné al lado de la cubierta de carga y hundí mis garras en el suelo, horadando profundos surcos en el metal. Hice lo mismo en la puerta, desde la manivela hasta la parte de abajo. Luego me senté y contemplé mi trabajo. Definitivamente parecía que un oso había salido despedido del avión mientras bajaba la puerta. Vale. Ya estaba lista. Quería seguir transformada. El oso mantenía la calma. No tenía miedo. Y conservaba el calor. Casi tenía demasiado calor. Pero el oso polar era demasiado grande para lo que tenía planeado. Me concentré en mi forma humana. Los huesos y los músculos crujían y se deshacían mientras la enorme masa del oso empezaba a encoger, reordenándose. Mis patas se convirtieron en manos y pies. El pelaje se desvaneció en el interior de mi piel. El dolor en el hombro se redujo a un pinchazo y luego desapareció. Volvía a ser Cassie. Cassie, una humana común y corriente, sentada sobre el frío suelo de metal de la cubierta de carga, a punto de morir de hambre. Bueno, de hambre, de frío y de extenuación. Pero la comida ayudaría. Y la ropa de abrigo. Mi uniforme para las transformaciones no estaba hecho para esto. Miré a mi alrededor. Ya se había perdido buena parte del equipaje. Lo que quedaba yacía desperdigado por todas partes. Me sacudí la culpabilidad de encima y empecé a rebuscar entre las maletas. Pantalones cortos, camisetas sin mangas, bikinis. Sí, claro, esto ayudaría a que entrara en calor. ¿Dónde estaban los parkas? Fisgoneé en una maleta de diseño clásico. Dentro había un suéter. Un jersey de punto de caballero. Los codos estaban destrozados y apestaba a naftalina, pero era un jersey. Debajo de dos botellas de zumo de ciruelas. Agh. Moví las dos botellas a un lado. El zumo bailaba en su interior, líquido y fresco. Tenía sed. Demasiada sed como para ponerme quisquillosa. Cogí las dos botellas de zumo y las puse a mi lado junto con el suéter. Me sentí un poco mal. En algún lugar de ese avión había un viejecito que acabaría resfriado y estreñido en no mucho tiempo. Pero la sed era más fuerte que la culpabilidad. Cerré la maleta y continué mi búsqueda, recogiendo más ropa y la poca comida que podía encontrar. Abrí una bolsa de deporte y de dentro cayó un teléfono móvil. El corazón me dio un vuelco. Abrí el teléfono y pulsé el botón de encendido. Nada. ENVIAR, FINALIZAR, BORRAR, OPERADOR. Nada. Ni siquiera una señal estática. Lo volví a lanzar al interior de la mochila. Encontré un equipo de senderismo del tipo que usan los Boy Scouts, con un saco de dormir plegado abajo del todo. Saqué el saco y lo dejé junto con el resto de cosas al resguardo de los cajones metálicos. Desplegué el saco en el suelo de mi pequeño fuerte, me vestí con el suéter del Sr. Rogers y me preparé un banquete: zumo de ciruela, medio paquete de caramelos de menta, y una caja entera de barritas adelgazantes sin abrir. Me deslicé dentro del saco de dormir y ahuequé una toalla para usarla de almohada. Casi resultaba hasta cómodo. Casi como ir de camping. De camping en medio del aire. Con alienígenas malvados como invitados, que probablemente ya estarían volviendo al avión, preparándose para atacar. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] ZZZZzzzzzzzztttttttt. ¡El rayo verde! Me erguí en seguida. Los motores se habían apagado. El avión estaba detenido. Tsssssseeeeeewww. Ssssssssss. Olfateé el aire. Insecticida. Los yeerks estaban disparando algún tipo de mata insectos en el interior de la bodega. El olor se volvía cada vez más fuerte. Salí inmediatamente del saco de dormir. Esperaba tener suficiente tiempo. Tsssssseeeeeewww. Ssssssssss. Salté por encima de los cajones y atravesé la abertura de la lona. Subí la cremallera y trepé por la escalerilla. Ka-lunk. Oí cómo el primer hork-bajir saltaba a la bodega. Sus garras de tiranosaurio tintineaban sobre el metal. Ka-lunk. Un segundo hork-bajir. Y entonces— Thump. Otro sonido. Más suave. Había aterrizado alguien más, a parte de los hork-bajir. Llegué al final de la escalerilla. Empujé la escotilla del techo. ¡No se movió! Giré la palanca. Estaba abierta, pero no se movía. Se oyó una voz de mujer desde la bodega de carga. “El andalita podría seguir a bordo. ¡Registrad cada rincón!” Un controlador humano. Ese sonido más suave había sido el de un controlador humano aterrizando en el avión. Volví a empujar la escotilla, con calma y ahínco. Se levantó algunos centímetros. Podía ver una luz plateada. Pero el panel pesaba mucho. Había algo encima que impedía que se abriera del todo. Otra vez esa voz femenina: “Los sensores muestran un leve movimiento. Seguid buscando.” ¿Sensores? Miré a mí alrededor. La sala de control estaba abierta de par en par. No había donde esconderse. ¡Tenía que llegar a la cabina! Subir, esconderme, y quedarme muy quieta. Pasé los brazos por los últimos peldaños de la escalera y le di un buen empujón a la escotilla haciendo palanca con las piernas. El panel se abrió un poco más. Puse el hombro contra él, y empujé. Otro centímetro. Más luz. Y entonces se soltó. Me asomé por el agujero. El panel cayó a un lado con un ruido sordo. CLANGGGKK-CRUNNNNCH. Un estrépito de platos rotos y metal. “¡El andalita!” Me lancé a través de la abertura. Me encontraba en un pasillo, directamente bajo los pies de un asistente de vuelo que se había quedado paralizado mientras servía el café. El carro de bebidas debía de haberse detenido justo encima de la escotilla. Se había volcado encima de un pasajero y ahora estaba tirado de lado, con dos de sus ruedas aún rodando en el aire. “¡Hay movimiento arriba! Los sensores muestran movimiento. A la parte delantera de la bodega. ¡AHORA!” Me puse en pie de un salto. “¡VAMOS!” “¡ANDALITA HAUT!” Oía a los hork-bajir por debajo de mí, rasgando la lona. Eran demasiado grandes para caber por la entrada, pero iban armados. ¡Tsssseeeeeeewwwww! ¡Tsssseeeeeeewwwww! Los rayos dragón ardían a través de la escotilla. Cogí una tetera de la mano del asistente de vuelo y derramé el café aún hirviendo por el agujero. “¡AHHHHHHH!” Corrí por el pasillo. ¡Tsssseeeeeeewwwww! Un rayo dragón explotó contra la cabina detrás de mí. Tenía que esconderme y quedarme muy quieta. De otro modo, cualquier movimiento me delataría. Podía transformarme en algo pequeño –ardilla, mofeta, murciélago- ¡pero primero tenía que encontrar dónde esconderme! ¿Dónde? En el aseo no. Definitivamente esta vez lo rastrearían a fondo. Tampoco en los compartimentos para el equipaje ni en la cabina de mando. ¡Tenía que haber algún sitio! Me giré con un movimiento brusco. Un avión lleno de pasajeros me observaba con ojos inanimados. Los pasajeros. ¡Sí! Podía fingir que era uno de los pasajeros congelados. Esconderme a plena vista. Me hundí en el primer asiento vacío que encontré. Oh, sí, eso tenía que funcionar. Una chica descalza con leotardos y jersey. La combinación perfecta. ¡Tsssseeeeeeewwwww! ¡Tsssseeeeeeewwwww! Los rayos dragón atravesaron el suelo entre estallidos, agrandando la escotilla. Cccccrrrreeeeeeeeeeaaaaaaankkkk. Era el sonido del metal desgarrándose. Cogí una manta de avión del chico de la fila de enfrente y me la eché por encima. ¡Tsssseeeeeeewwwww! Un hork-bajir irrumpió finalmente en el pasillo. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] Le siguió un segundo hork-bajir y luego una mujer, la controladora humana, ataviada con chándal y deportivos. “El movimiento se ha detenido.” Parecía una profesora de gimnasia. Una profesora de gimnasia con un rifle enorme bajo el brazo. En la otra mano sostenía algo que parecía una Game Boy. Mantuve la vista fija al frente, sin pestañear. La profesora de gimnasia estudió el aparato que llevaba en la mano. “Ni siquiera detecta un parpadeo. Nuestro inteligente andalita se ha escondido.” Se volvió para encarar al hork-bajir. “ENCONTRADLO.” El avión tenía dos pasillos y tres filas de asientos. Cada hork-bajir se encargó de una fila. Empezaron abriendo los compartimentos del equipaje y disparando rayos dragón bajo los asientos. “¡Dejad de disparar, idiotas!” La profesora de gimnasia apuntó con el rifle al hork-bajir. “¡Nos vas a matar a todos! Además, nuestras órdenes son las de capturar al andalita con vida. Herido, quizá, pero respirando. Si él muere,” dijo mientras amartillaba su arma, “tú mueres.” Me puse tensa. No podía permitir que me encontraran. Bajo ninguna circunstancia, no me cogerían con vida. A Tobias lo habían capturado, y conocía al menos una parte del horror al que se había tenido que enfrentar. La tortura física, el suplicio mental, las alucinaciones. No hablaba mucho sobre ello. Tobias era fuerte. Era valiente. El tiempo que había pasado como halcón lo había endurecido. Y aún así casi habían conseguido quebrarlo. Si los yeerks habían sido capaces de hacerle eso a Tobias, ¿qué posibilidades tenía yo? ¿Cómo podría mantener nuestros secretos? Si me capturaban, mis amigos serían historia. Puede que de alguna forma sea yo la que más riesgos asume, más incluso que Rachel. ¿Pero la tortura? Fijé mis ojos en el asiento de delante. Era consciente del hork-bajir que ponía patas arriba la sección. Rebuscaba en los compartimentos superiores, empujaba a un lado las piernas para mirar bajo los asientos. Conté las filas entre él y yo: cuatro. Tres. Dos. Aguanté la respiración. El hork-bajir introdujo el rayo dragón bajo el asiento y lo movió de un lado a otro. Cogió el bolso de una mujer y dos bolsas de mano. Las lanzó todas al pasillo. “NADA.” Casi me atraganto con mi propia saliva. Dos metros de pesadilla recubierta de cuchillas se cernieron sobre mí, tan cerca que pude sentir el calor que emanaba de su piel, su aliento rancio soplándome en la cara. Me picaba todo. Tenía la carne de gallina. Recé para que el hork-bajir no se diera cuenta. ¡Slaaaamm! Abrió de un tirón el compartimiento de arriba. Rasgó las bolsas, y luego se agachó para mirar bajo mi asiento. Me pegó un empellón en las piernas y me caí sobre el chico robusto del asiento de al lado. La manta empezó a resbalarme de las piernas. Por debajo de ella asomó un pie descalzo. El hork-bajir no se dio cuenta. Lanzó las bolsas de mano al pasillo. Resopló, y se alzó en toda su altura. La cuchilla de su codo pasó casi rozándome, a un centímetro de mi oreja. Luego se dirigió hacia la fila de atrás. El aliento que había estado conteniendo abandonó poco a poco mis pulmones. Pero no podía relajarme, ni siquiera un poco. El controlador humano seguía vigilándolo todo desde el frente de la cabina, observando, aguardando. Me ardían los ojos. Necesitaba pestañear. Oí una puerta abriéndose de golpe detrás de mí. La tapa de un váter que se cerraba violentamente. “Andalita no estar ahí.” “De acuerdo. Registraremos la parte delantera.” El controlador humano volvió a echar un rápido vistazo a las filas de pasajeros, y luego se giró hacia la puerta de la cabina de mando. El hork-bajir cruzó el pasillo a mi lado como una marabunta. Me permití respirar. Y tragar. En cuanto entraran en la cabina podría escaparme, encontraría la manera. El controlador humano abrió la puerta y dio un paso hacia el interior. Pero entonces se detuvo y se giró, lentamente, con los ojillos entornados. Me quedé congelada. “Ese bandido andalita podría estar justo bajo nuestras narices.” Miró de pasajero en pasajero. “Bajad las armas a su mínima potencia y comprobad si alguien salta. Recordad: capturar, no matar.” Y se introdujo en la cabina. Los dos hork-bajir ajustaron sus rayos dragón y se colocaron cada uno en un pasillo. Tsseew. El hork-bajir de mi pasillo alcanzó a un hombre de negocios en la primera fila. El hombre ni se movió. Tsseew. La mujer a su lado. No hubo reacción. El hork-bajir siguió su camino hacia la parte trasera del avión, disparando a su paso a todos los pasajeros en el brazo. ¡Tsseew! ¡Tsseew! El hedor a carne chamuscada me quemaba los orificios nasales. Los pasajeros seguían sentados sin inmutarse. No sentían el calambre. La quemazón. El dolor que debía estar atravesando su organismo. Pero yo sí. Ya había sufrido antes el disparo de los rayos dragón. Sentiría dolor y reaccionaría a él. No importaba lo mucho que me esforzara o que me contuviera, reaccionaría. Podría evitar chillar. Posiblemente. Pero el más leve encogimiento me delataría. Un parpadeo, un temblor, incluso un soplido. El hork-bajir se acercaba a mí, pasajero a pasajera, fila tras fila. Y yo estaba atrapada. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Me tragué mi pánico e intenté pensar. Era demasiado tarde para transformarme. El hork-bajir vería el movimiento. Se echaría sobre mí con un solo salto. Observé. El hork-bajir del otro pasillo avanzaba más rápido. Iba unas tres filas por delante de mi hork-bajir. Lo veía de reojo, revisando afanosamente el pasillo justo a mi altura. Disparó, esperó una reacción, y continuó con el siguiente. Ahora lo tenía detrás, fuera de mi vista. El hork-bajir de mi pasillo se acercó. Se inclinó sobre los pasajeros que tenía delante y disparó. ¡Tsseew! Observó. ¡Tsseew! Esperó. ¡Tsseew! Nada. Se volvió hacia mí. Me quedé helada. Tenía una oportunidad, una sola oportunidad. Pero tenía que coordinar mis movimientos a la perfección. El hork-bajir se inclinó sobre mí. La cuchilla de su codo me pasó rozando la cara. Apuntó con el rayo dragón al chico de al lado de la ventana. Levanté mi mano a su espalda, lentamente pero sin detenerme, con los ojos clavados al frente y el resto de mi cuerpo totalmente inmóvil. ¡Tsseew! Cuando el hork-bajir disparó, coloqué mi mano sobre su espalda. Dio una sacudida ante el contacto y luego se desplomó hacia delante, sin vida, como los pasajeros que nos rodeaban. Le estaba adquiriendo, absorbiendo su ADN, y había caído en trance. No seguiría así mucho rato, pero si conseguía ser rápida y silenciosa, quizá tuviera tiempo suficiente para escapar. El hork-bajir se tambaleaba. Vi como su mano se relajaba, vi el rayo dragón que se escurría de entre sus dedos. Me lancé para cogerlo. ¡Demasiado tarde! El rayo dragón cayó con estrépito contra el suelo. “¡ANDALITA!” gritó el otro hork-bajir. Me dejé caer al suelo. ¡TSEEEEEEEEWWWWWWW! El hork-bajir que tenía encima explotó en un montón de nada. Me arrastré hacia atrás, deslizándome sobre mi estómago. ¡TSEEEEEEEEWWWWWWW! El estallido incineró el asiento que tenía detrás. Pero tenía al alcance el otro rayo dragón, y lo cogí. Ka-lump. El hork-bajir saltó sobre los pasajeros congelados de los asientos centrales. Sus garras se hundieron en la moqueta a menos de treinta centímetros de mi cara. Apunté. ¡TSEEEEEEEEWWWWWWW! El hork-bajir se vaporizó en una nube de humo negro. Me quedé mirando el rayo dragón horrorizada. ¡Solo quería aturdirle! El arma debía de haber cambiado a máxima potencia cuando cayó al suelo. Me puse en pie de un salto. No era el momento. ¡Tenía que escapar! Corrí hacia la parte delantera del avión, esquivando el carrito de café volcado y saltando el agujero del suelo. No podía huir por la escotilla. Me atraparían. El piloto del caza Insecto me vería intentando escapar a través de la bodega de carga. Solo había una forma de salir, y tenía que llegar a ella antes de que— “¿Qué está pasando ahí fuera?” El controlador humano salió de la cabina de mando. “¿Habéis encontrado–?” Me quedé clavada al suelo. Ella también. Eché un rápido vistazo a la salida de pasajeros. Estaba a medio camino entre ella y yo. “Qué listo.” El controlador alzó el rifle. “Transformarse en una niña para alejar las sospechas.” Me apuntó. “Casi te funciona.” Yo todavía llevaba el rayo dragón. Eso me ayudaría. Era fácil. Así la empuñadura y deslicé el dedo por el gatillo. Pero estaba a máxima potencia. Un solo tiro la haría desaparecer del planeta. No podía disparar. Tenía que distraerla. “No puedes dispararme,” dije. “¿No?” se rió. “Mira cómo lo hago.” Tragué. “Vale, quizá tengas razón. Visser Tres quería al bandido andalita con vida, pero si le explicas cómo un simple registro en un avión se te escapó de las manos, obligándote a matarme, estoy seguro de que lo entenderá.” Miré la manivela de la puerta, y al rifle que apuntaba a mi cabeza. “Es una persona extremadamente comprensiva.” El controlador humano vaciló. Era justo lo que necesitaba. Cogí aire, agarré la manivela, y tiré. Se abrió con facilidad. No hubo ninguna succión. Los rayos tractores mantenían el avión presurizado. Aún con el rayo dragón en mis manos, me lancé al espacio vacío. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] “¡Aaaaaaaaahhhhh!” Volar es increíble. Remontar las corrientes termales, sentir cómo te eleva el aire bajo las alas, planear por el infinito azul del cielo. “¡Aaaaaaaaahhhhh!” Caer de cabeza desde tres kilómetros de altura, sin alas ni nada remotamente parecido a un paracaídas –eso ya no era tan divertido. Dos cazas Insecto planeaban a cada lado del avión, con sus rayos presurizadores apuntando directamente al fuselaje. Caí en picado entre los dos. Uno de los cazas estaba encarado en la otra dirección. El otro quedaba parcialmente escondido de la vista por el propio avión. Los pilotos no me vieron caer. El viento me azotaba la cara, y me hizo golpearme con la pistola de rayos en el pecho. Cogí el arma firmemente en una mano y abrí los brazos y las piernas, como si fuera un águila, para ralentizar la caída. El jersey se inflaba detrás de mí. ¡Tenía que transformarme! En algo rápido. Con alas. Águila pescadora. Me concentré en la forma del ave. Capté un movimiento por el rabillo del ojo y usando los pies y las manos como timón, me giré lo suficiente para mirar. Era un caza Insecto, el que había visto la primera vez por la bodega de carga. Se alejó del avión, dio la vuelta, y comenzó a descender. El horroroso cuerpo del piloto taxonita quedaba visible tras la ventana de la nave que descendía sobre mí. Evalué la distancia entre él y yo, y con el suelo que se acercaba a toda velocidad hacia nosotros. Podría terminar de transformarme y descender lo máximo posible, y quizá perderlo más cerca de tierra. Pero me vería. Me vería transformarme directamente en águila, y sabría que yo era humana. Esa pequeña información probablemente le granjearía el ascenso a Visser Cuatro. Y yo sentenciaría a mis amigos a muerte. Me estremecí. Mis opciones eran esas: morir, o ser la responsable de la muerte de mis amigos. O— Existía otra manera de acabar con el problema. Deslicé el dedo sobre el gatillo del rayo dragón. Eliminar el problema. Junté las manos por encima de la cabeza, así el arma con firmeza, y apunté. ¡TSEEEEEEEEEEEEEEEEEW! La parte frontal de la nave quedó echa añicos. El taxonita explotó como un melón, esparciendo sus entrañas por todo el cielo. El caza Insecto empezó a hacer espirales fuera de control, como un misil en llamas cayendo en picado hacia la tierra. Ka-PLOOOOOOOOOOOOOOOSH. Explotó. El estallido me arrancó el arma de entre los dedos y me zarandeó a un lado y a otro en medio de una lluvia de cristales y metal. Ahora caía girando sin parar. Cielo. Nubes. Tierra. Las nubes quedaban cada vez más lejos y la tierra se volvía cada vez más grande. ¡Tenía que recuperar el control, y rápido! Cerré los ojos y me concentré. Alas, garras, plumas. Pero sobre todo alas. Por favor, dame las alas. Mis huesos se fragmentaban y crujían. Mis hombros se retrajeron. Mis piernas se desplazaron más hacia el frente. ¡Splooooot! La nariz y la boca brotaron hacia fuera, con la piel endureciéndose para formar el pico. Sentí cómo el jersey se hinchaba a mi alrededor. Me debatí para librarme de él. Salió volando tras de mí. ¡Sí! Abrí los ojos. El jersey se había escurrido de mi cuerpo menudo. Y yo tenía alas, o el principio de unas. Sobre mi piel apareció un patrón de dibujo, un tatuaje que se extendía por todo mi cuerpo, y luego se abría para convertirse en un plumaje. Plumas de águila pescadora. Levanté las alas. Aproveché una corriente de aire caliente a solo unos metros por encima de la escasa vegetación del suelo. Planeé por un momento para recuperar mi orientación y volé hacia el suelo. La tierra era roja y yerma, y no terminaba nunca. Planeé lentamente por encima de los matorrales, buscando algún punto de referencia. Una ciudad. Una señal. Incluso una carretera. Algo que me diera una idea de dónde estaba. Pffffffffffmmmmpp. Un destello naranja. Una oleada de miedo recorrió mi cuerpo de ave. Shuh-ROOOOOOMMMMMMMMMFF. El sonido de un avión, por encima y por detrás de mí. Me giré. El avión rugía alejándose de mí por el cielo. Pero un único caza Insecto seguía allí, acechando. Mis ojos de águila pudieron ver a la profesora de gimnasia al lado del piloto taxonita. Agitó los brazos y señaló hacia abajo. Hacia mí. Di la vuelta y me lancé hacia el suelo, esquivando aquí y allá los arbustos secos. La sombra se cernió sobre mí. ¡TSSSSSSSEEEEEEEEW! Viré. Tenía que haber algún sitio donde pudiera esconderme. Algo en este desierto baldío que me sirviera de refugio. TSSSSSSSEEEEEEEEW. El barro rojo explotó a mí alrededor. Cambié de dirección. Sentía como la fuerza se iba escapando de mis músculos alados. Mi cuerpo de águila estaba hecho para planear y fluir, y tanto aleteo a nivel de suelo me estaba agotando. Eché un vistazo hacia abajo, a un puñado de hierba, a un matorral, a un árbol esquelético— -y de pronto al espacio vacío. Giré. Se trataba de un barranco estrecho y muy profundo, el lecho de un arroyo seco excavado en la tierra roja. Me acerqué volando a la pared de la grieta, lanzándome a través de la pendiente de rocas y arbustos. Una sombra oscureció el barranco y lo hizo desaparecer. ¡TSSSSSSSEEEEEEEEW! Oí la explosión bastante más arriba del lecho seco. Aleteé con fuerza hacia delante, bajé las garras y aterricé en un saliente rocoso. La sombra volvió a pasarme, avanzando en la dirección opuesta. ¡TSSSSSSSEEEEEEEEW! Un disparo en la distancia. Me habían perdido. La pared del barranco estaba repleta de pequeños agujeros. Escogí uno lo bastante grande y me transformé. Me encogí en el interior del agujero y tomé aire. Volvía a ser humana, pero no por mucho tiempo. Aún oía al caza Insecto abriendo cráteres por todo el desierto. Pero mi mente estaba puesta en otra cosa. Cerré mis cansados ojos y me concentré. Me arañé los codos y las caderas contra las rocas mientras encogía hasta convertirme en un punto microscópico. Mi cuerpo se aplanó. Los huesos se me disolvieron. Me brotaron un par de piernas extra de mi cuerpo de armadura plateada. De la boca me nacieron unos tubos perforantes. Era un parásito chupasangre sin alas, ciego y hambriento. Una pulga. Me escondí entre la arena, y esperé. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] La tierra tembló. Otro disparo láser. Y otro más. No podía oírlos. Las pulgas no tienen orejas. Pero sentía el temblor con cada molécula de mi cuerpo. Granos de arena del tamaño de camiones de basura saltaban a mí alrededor. Pero no podían herirme. A menos que los yeerks se encontraran directamente encima de mí, estaba a salvo. Al menos durante dos horas. Me enterré más profundamente bajo la arena. Los instintos de la pulga no eran difíciles de controlar. Básicamente solo tenía dos: encontrar sangre y comer. Y ahora que había descubierto que no había ni rastro de sangre en este pequeño montículo de arena, el cerebro de la pulga estaba bastante tranquilo. Mi cerebro, sin embargo, estaba sobrecargado. Había estado huyendo, y huyendo, y luchando, y huyendo otra vez y sobre todo fastidiando las cosas desde… ¿Desde cuándo? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que estuviera volando tranquilamente sobre el aeropuerto, buscando un cargamento secreto? Sí, parecía que había pasado en otra vida. En la vida de otra persona. Pero no podían haber sido más de algunas horas. ¿Doce, quizá? ¿Catorce? ¿Catorce horribles horas? Horribles. Sí. Horrible es llegar al colegio y encontrarte con que te has dejado los deberes en el autobús, que tu novio te deje, o que los calcetines que llevas puestos no son del mismo par. Esto iba más allá. Esto era… Ni siquiera existía una palabra para definirlo. Una imagen se abrió camino hasta mi cerebro. Dos hork-bajir, mirándome aterrorizados e indefensos mientras caían desde la bodega de carga. Sus gritos aún resonaban en mi cerebro. No se lo merecían. Sí, los hork-bajir parecen la muerte sobre dos piernas, pero sin un yeerk en su cabeza, son una especie simplona, inocente y confiada. ¿Y las cuchillas? Para un hork-bajir, un hork-bajir libre, sirven a un solo propósito: arrancar corteza de los árboles para alimentarse. Los hork-bajir son vegetarianos. Vegetarianos encantadores y amantes de la naturaleza. Y yo había matado a cuatro en menos de un día. Los dos de la cabina del avión habían muerto por accidente. Ni siquiera había llegado a apretar el gatillo con el primero de ellos, y solo pretendía aturdir al segundo. Aún así, si yo no hubiera estado allí, ellos seguirían vivos. ¿Y qué había de los hork-bajir de la bodega de carga? Eso no había sido un accidente. Quería matarlos, y lo hice. Igual que había querido matar al taxonita. Casi podía oír a Rachel. “Por favor, Cassie. Los taxonitas son controladores voluntarios y además caníbales. Ese piloto se habría merendado sus propias entrañas desparramadas si le hubiera quedado boca con qué hacerlo. No malgastes tus simpatías ni tú culpa. Alguien tenía que morir, tú o él, y lo elegiste a él. Fin de la historia.” Sí, el fin de una historia que no debería haber empezado. Si yo hubiera tomado alguna buena decisión, si hubiera hecho algún movimiento inteligente en las últimas doce o quizá catorce horas, nada de esto habría ocurrido. El hombre calvo no habría perdido el control. Los marines no habrían empezado a disparar. Yo me habría retirado cuando Jake dio la orden de abortar misión. Y no me habría quedado inconsciente en la bodega de carga de un avión, sin más opción que matar o morir. No intento ser ninguna mártir, ni ir diciendo que siempre meto la pata. No soy así. En mi mundo, tomar decisiones difíciles es parte del trato. A veces acierto, y a veces me equivoco. A veces simplemente no sé si acierto o me equivoco, ni siquiera cuando la misión ha terminado y todos hemos salido con vida, al menos. Dejar los Animorphs. Regresar. Confiar en Aftran, el yeerk, y volver a hacerlo. Asumir la responsabilidad de las eternas y siempre desbordantes consecuencias de esas decisiones. Decir que no, no pudo ser parte de esta misión, no puedo ser parte del asesinato en masa de gente inocente, no importa cuál sea el objetivo, no lo haré. Pero de todas formas me veía involucrada cometía actos mucho peores. ¿Y para qué? Para salvar algunas vidas y otras no. Elecciones. Siempre se trataba de elegir. Y si esta vez hubiera tomado elecciones más inteligentes, ahora mismo estaría en casa, cuidando de los animales heridos del granero de mi padre. Bueno, al menos por eso no tenía que preocuparme. Mis padres no sabrían que yo había desaparecido. Los chee me estarían cubriendo, como solían hacer a menudo. Jake probablemente los habría avisado en cuanto se dieron cuenta de que yo había desaparecido. Ahora uno de los chee estaría proyectando una imagen holográfica tan real que ni mis propios padres notarían la diferencia. El chee se comería mi comida, iría a mis clases y ayudaría a mi padre con los animales. Les besaría para darles las buenas noches. Y también harían mis deberes de álgebra, así que al menos había algo positivo. Mientras tanto, yo era una pulga escondida entre la arena. Y ni siquiera sabía donde estaba. Tenía que volver a casa. Quería a mis padres. Quería mi granero. Echaba de menos a Jake. A Rachel. A Tobias y a Ax. Incluso a Marco. Los chee no podían cubrirme eternamente. ¿Podían? Mis dos horas probablemente estarían a punto de terminarse. Me transforme muy lentamente, con precaución. Era de noche. Por encima de mí, lo único que veía eran las estrellas y la luna llena que descansaba muy baja en el cielo. No había cazas Insecto, ni aviones detenidos en el aire. No había ninguna profesora de gimnasia apuntándome con un rifle para elefantes. Me puse en pie y eché un vistazo por encima del borde del barranco. Nada. Una extensión infinita de nada. “Vale”, me sacudí la arena del pelo. “Está bien. No sé dónde estoy, pero parece ser que los yeerks tampoco. Definitivamente eso era una mejora. Puedo seguir a partir de aquí.” Miré a lo que parecía un desierto infinito. “Creo.” Me agarré de una raíz y trepé por el barranco. Me agaché todo lo que pude, casi esperando que un ejército de hork-bajir apareciera de la oscuridad. Y entonces oí la voz casi en mi oreja. “Se han ido.” [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] “¡AAAHHH!” “¡AAAHHH!” “Gggrrrrrrrrrrrrrrrrr.” Yo grité. Él gritó. El perro se encorvó delante de su amo y dejó escapar un gruñido grave. Me arrastré hacia atrás sobre la tierra. “No pasa nada, Tjala.” El chico acarició al perro en el cuello. Levantó los ojos hacia mí y en seguida volvió a bajarlos. “No te morderá,” me dijo. El chico era de mi edad, quizá algo mayor. Era difícil de adivinar únicamente con la luz de la luna. Había estado sentado entre una roca grande y un puñado de matorrales y prácticamente había saltado encima de él al subir por el barranco. Tenía la piel oscura, más oscura que yo. Se perdía entre las sombras de la noche. Miré a mí alrededor. ¿Qué más se escondía en la oscuridad? “No te preocupes,” dijo. “Estamos solos.” Volví a mirar, no muy segura de si debía creerle o no. “Chico,” dije. “Me has asustado.” “¿Yo te he asustado a ti?” se rió. Sus rizos oscuros se balanceaban a un lado y a otro. Las orejas del perro se crisparon. “Eso ha sido gracioso.” “Sí. Desternillante.” Me levanté del suelo y comencé a sacudirme la tierra de la ropa. Eché un vistazo al chico y lo pillé mirando mis leotardos. En seguida apartó la mirada. Me miré. Vale, estaba destrozado. Rachel se llevaría una alegría. Me arrastraría a comprar uno nuevo en cuanto volviera a casa. Si volvía a casa. Levanté la mirada. “Um—“ El chico sonrió. “Creo que necesitas algo de ayuda.” “Uh, sí.” ¿Qué pasaba con este chico? Parecía que me leyera la mente. Tenía la voz suave y un poco apagada, pero también confiada. Como si supiera lo que había que hacer y tuviera la voluntad de hacerlo. Un poco como… Jake. Me saqué esa idea de encima. No, nadie era como Jake. “Sí, me vendría bien algo de ayuda. Estoy un poco–”. Buff, ¿cómo iba a explicarle que acababa de aparecer de la nada?. “Perdida.” “Perdida.” Volvió a reírse. “La chica-pájaro que puede transformarse en insecto está perdida. No te preocupes. Ya te hemos encontrado.” Se pudo de pie. “Soy Yami, y seré tu guía esta tarde.” Sonrió. “Me gusta decir eso. Uno de mis tíos es guía en Uluru.” Yami se volvió y comenzó a andar a grandes zancadas a lo largo del borde del barranco. El perro Tjala trotaba detrás de él. “Yo soy Cassie,” grité mientras se alejaba. “Y gracias. Creo.” Corrí para alcanzarlos antes de perderlos en la oscuridad. Tropezaba constantemente siguiéndolos a través de la maleza, intentando mantener mis pies desnudos sobre la arena suave y lejos de las rocas, ramas y espinosa hierba. Yami también iba descalzo, pero sus delgadas piernas se movían con una gracia natural. Tjala corría a su lado. Era un perro pequeño y recio, poco más que un cachorro aún por madurar, con motas oscuras por todo el lomo y orejas puntiagudas que se erguían con cada crujido y cada gorjeo de pájaro. Caminamos en silencio durante un rato. “Así, que,” intervine finalmente. “Antes lo has visto todo, ¿no? El pájaro. La pulga.” Yami asintió. “Y el avión raro.” Agitó la cabeza. “Por aquí vuelan muchos aviones pero nunca había visto uno como ese, persiguiendo pájaros y abriendo agujeros en la tierra. Ha sido una sorpresa.” El caza Insecto. Una sorpresa. Sí, supongo que podrías llamarlo así. Tropecé con un arbusto seco. “¿Y el pájaro que se transforma en chica, y luego en pulga? ¿Eso no ha sido una sorpresa?” Yami me dirigió una pequeña sonrisa torcida. “No,” se encogió de hombros. “Vale, quizá un poco, pero–” Se detuvo de repente y extendió la mano. Casi me choco contra ella. “—no demasiado. Aquí tienes el por qué.” Bajó el brazo y yo contuve el aliento. El suelo del desierto había llegado a un abrupto final. Estábamos al borde de un precipicio totalmente vertical. Las orejas de Tjala se crisparon. “Grrrrrrrrrrrrr.” “Ssssh.” Yami puso su mano sobre el lomo de Tjala para tranquilizarlo. “Quieto.” El lecho del arroyo seco terminaba al borde del precipicio. Eché un vistazo. Ahora la luna llena nos alumbraba. Las paredes del precipicio caían bruscamente hasta un estanque de agua. “Es un lugar sagrado,” dijo Yami. “Un manantial, creado por nuestros espíritus ancestros. Ellos crearon el agua, y el acantilado, y las cuevas rocosas. Y cuando terminaron, se transformaron en rocas y en montañas y en árboles y en estrellas y en todas las cosas de la tierra y el cielo.” Me dedicó uno de sus encogimientos de hombros y una sonrisa fugaz. “Y quizá también en pulgas, ¿quién sabe?” Tjala permanecía al borde del precipicio como una estatua, con todos los músculos en tensión. Sus orejas se sacudían hacia delante. “Grrrrrrrrrrrrr.” “No, Tjala. Quieto.” Yami acarició la cabeza de Tjala. Me miró, y señaló con un gesto de la cabeza algo que había abajo. Seguí su mirada. La luna llena bañaba una manada de animales enormes que pastaban en la hierba alrededor del borde del agua. Algunos estaban inclinados, comiendo. Otros se mantenían erguidos sobre sus enormes patas traseras, casi como humanos, con sus largas orejas estremeciéndose. Uno de los más pequeños, una cría, se volvió y se metió en la bolsa de su madre. “Vale,” dije. “No estoy en Dakota del Sur.” [b]©199_ K.A. Applegate 20013de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] “¿Dakota del sur?” Yami me dedicó una mirada divertida. “Sí que estás perdida.” Y tenía toda la razón. Miré la manada de canguros. Perdida en Australia. Casi todo lo lejos que podía estar de casa sin salir del planeta. ¡Pero canguros…! Los observé atentamente. Eran una extraña combinación: la cara de ciervo, las orejas de conejo, la cola larga, larga de una rata extendiéndose tras ellos sobre la tierra. Cuando se inclinaban para comer parecían una torpe maraña de cola y patas, con sus enormes y peludos cuartos traseros más altos que su cabeza. Cuando estaban de pie, se colocaban con las patitas delanteras a los lados, como los humanos. Y de alguna forma, todas esas extrañas y curiosas partes formaban un todo magnífico. “No sabía que fueran tan grandes,” susurré. “Estos son rojos,” dijo Yami. “Más altos que mi abuelo. Este mob pasta aquí a menudo.” “¿Mob?” Yami se encogió de hombros. “Una manada de canguros. Un mob.” Asentí. Una manada. No podía apartar la mirada de ellos. Ni Tjala tampoco. “Grrrrrrrrr.” Los canguros dejaron de pastar y levantaron la cabeza. “Quieto, Tjala.” Tjala miró a Yami y luego otra vez a los canguros. Uno de los más grandes dio un salto. Sus enormes patas traseras impactaron contra el suelo. Tjala saltó el final de la pendiente y empezó a bajar tambaleándose hacia donde la tierra se inclinaba hasta la llanura inferior. “¡No!” Yami corrió tras él. Le seguí. Los canguros echaron a correr. No salieron en estampida como el ganado. Saltaron en direcciones diferentes, zigzagueando por la hierba, sus patas traseras tronando contra el suelo con cada bote. Tjala saltó a la llanura de hierba y se puso a correr en círculos alrededor de los canguros, lanzando mordiscos a sus patas. Los canguros se defendían con patadas y golpeándole con los brazos. Yami bajó a la hondonada que recorría el borde de la empinada colina. Le seguí, tambaleándome sobre las rocas y tropezando con las nudosas raíces. La manada se había dividido, pero Tjala seguía persiguiendo a uno de los canguros más grandes. Éste le lanzó una patada, inclinándose hacia atrás sobre su gruesa cola y acertándole en la nariz. Tjala aulló de dolor. El canguro saltó al agua. Tjala se metió detrás de él. “¡No!” Yami echó a correr hacia el arroyo. “¡Vuelve, Tjala!” El perro empezó a chapotear en el agua superficial de la orilla. Miró a Yami, luego otra vez al agua, y se debatió entre obedecer a su amo o perseguir al canguro. Yami se daba golpecitos con las palmas en las rodillas. “¡Tjala! ¡Vuelve!” Tjala le lanzó una última mirada bien larga al canguro y a continuación se volvió y trotó hacia Yami. Casi se parte en dos de tanto estirarse cuando Yami se agachó a acariciarle el cuello. El canguro nadó hasta la orilla opuesta. Se alejó saltando un poco más y luego se giró para mirarnos. Nos observó durante un momento y luego se volvió otra vez y se perdió saltando en la noche. “Parece estar bien,” dije. “No creo que Tjala le haya hecho nada.” “No era el canguro quién me preocupaba.” Yami rió y se tumbó de espaldas, con Tjala saltando sobre él para lamerle la cara. “Me preocupaba Tjala. Ese boomer, un macho tan grande, lo habría matado.” “¿De verdad?” Yami le dio unas palmaditas en el lomo a Tjala. “He visto como un macho igualito que ese acababa con dos dingos. Los condujo hasta la zona más profunda del agua y les mantuvo la cabeza sumergida. Dos dingos salvajes a la vez.” Yami se puso en pie y echó a andar por la hierba. Tjala empezó a seguirle, pero entonces se detuvo. Sus orejas se crisparon. Escuché con atención. Susurros y ruidos sordos. Yami también escuchaba; luego asintió, y corrió hacia el sonido. Tjala y yo le seguimos. Encontramos una canguro hembra –una doe, la llamó Yami- atrapada en una cerca entretejida. Una de sus patas traseras estaba enredada entre dos alambres. Echaba la cabeza hacia atrás mientras pateaba y arañaba la barrera. Una cría se asomaba por el borde de la bolsa. Se escondió en cuanto nos vio venir. Yami sujetó a Tjala mientras yo me colocaba con cuidado detrás del canguro. “Ten mucho cuidado,” me dijo. “Mantente lejos de las garras.” El canguro se retorcía y pataleaba. Movía la cabeza en todas direcciones. Sus ojos tenían un brillo histérico y salvaje. “Shhhhhh,” susurré. “En seguida estarás bien.” Le toqué la cola. Se revolvió solo una vez más y luego cayó en el trance de la adquisición. Tenía que hacerlo deprisa. Una de sus patas traseras estaba atrapada en la cerca. Al patear, se le habían enredado más alambres alrededor de la pierna. Cogí uno de los hilos de alambre para desenrollarlo. La cría asomó la nariz por la bolsa y me miró con atención. “Ey, pequeño,” dije. “Tu mamá estará libre en un segundo.” Le quité el último alambre de la pata y me aparté. La madre canguro levantó la cabeza. Sus orejas temblaban. Olisqueó a su cría, se incorporó y se alejó brincando. Bummmph. Bummmph. Bummmph. Se detuvo bajo un grupo de árboles nudosos y se giró. Se quedó quieta, mirándome. Sus largas orejas daban pequeñas sacudidas. Entonces se volvió otra vez y se alejó. Yami sonrió con su sonrisa de medio lado. “Tienes un toque especial con los canguros,” dijo. “Quizá la chica-pájaro quiera transformarse en canguro la próxima vez, en lugar de en pulga.” Él se rió y yo me reí. Yami pensaba que convertirse en canguro era un buen chiste. Y yo no le dije que el chiste ahora era completamente posible. [b]©199_ K.A. Applegate 20013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] “¡JAJAJAJA!” Una risa explosiva me atravesó los tímpanos. Abrí los ojos, los cerré y los volví a abrir. El sol resplandecía encima de un océano de arena roja. Arena roja. Ah, sí. Australia. Aún podía oír la risa, y el sonido de voces. Levanté la cabeza. Estaba tumbada en un banco de madera maciza en el porche de Yami. Alguien había enrollado una manta y me la había puesto bajo la cabeza, y ahora mi cuello había cogido esa forma. El hombro con el que me apoyaba sobre la madera estaba totalmente dormido. Tenía que ser por la mañana temprano, pero el aire venía ya tan denso por el calor que apenas podía atravesarlo. Saqué mis piernas por un lado del banco y me incorporé para sentarme. Recordé haber seguido a Yami hasta donde vivía su familia. No a una aldea, sino a un puesto remoto. Así lo llamaba él, un puesto. Recordé haberme quedado en el banco esperándole mientras él iba a buscar a su madre. Recordé haber apoyado la cabeza en los brazos cuando me incliné para acariciar a Tjala. Y eso era todo lo que recordaba hasta ahora. Las risas y el parloteo venían de fuera. Me sacudí el adormecimiento de los ojos y me levanté. Tenía que encontrar a Yami y ver si podía usar su teléfono. Tenía que volver a casa. Como fuera. O, al menos, tenía que salir de aquí. Los yeerks volverían, y no podía poner a Yami y a su familia en un mayor peligro del que ya estaban. La casa de Yami era un pequeño rectángulo de piedra, bajo y con un techo de metal que se extendía por los cuatro costados formando el porche. Cerca de allí podía ver un par de casas más y una pequeña caravana plateada. Yami estaba sentado con un montón de gente, su familia, supuse, dentro de un cobertizo hecho con ramas. Se quedaron en silencio cuando me vieron caminar hacia ellos por la arena. Oh, no, ¿mis leotardos…? Me eché un vistazo. Gracias a dios. Estaban sucios, desgarrados y pegajosos por el sudor, pero aún cubrían las partes más importantes. Tjala salió de un salto del cobertizo y se lanzó a por mí a través de la arena. Se puso a dar saltos, a menearse y a lamerme la mano, y luego se dio la vuelta y corrió de nuevo hasta el cobertizo. Le seguí. Cuando llegué, Yami me dirigió una media sonrisa rápida, y me señaló con la cabeza hacia un anciano sentado en el centro. “Mi abuelo quiere conocerte,” dijo. El hombre descruzó las piernas y se levantó. Llevaba una camiseta sin mangas y unos vaqueros polvorientos. Su pelo era una maraña de rizos grisáceos, medio recogidos con una cinta roja, y su cara parecía tallada en madera vieja, con una nariz ancha y aguileña, y una frente tan sobresaliente que casi ocultaba completamente sus ojos. Se tambaleó. Una de sus piernas casi cedió bajo su peso. Yami corrió a cogerle del brazo y le sujetó hasta que recuperó el equilibrio. El anciano me observó. El viento agitaba su larga barba entrecana. Y entonces sonrió. Una sonrisa como la de Yami, que le llenaba toda la cara. Tomó mi mano entre las suyas y la palmeó suavemente. Asintió y se echó a reír con esa risa profunda y explosiva. La risa que me había despertado. El resto de la familia de Yami también rió y se reunieron todos a mí alrededor. Miré a Yami. Él se encogió de hombros. “Le hablé a mi abuelo de tus grandes poderes de cambia-formas. Y de cómo calmaste al canguro. Y de cómo te escondiste en una grieta del lecho del río seco.” Oh. Eso. El abuelo de Yami asintió. “El río de nuestros ancestros. Lo escogiste como refugio seguro. Es una señal.” Sí. Sí que era una señal. Una señal de que no deberían dejarme suelta por el mundo sin supervisión. Pero la familia de Yami no lo veía así. Aparentemente me había convertido en una especie de celebridad mientras dormía. Yami me lo explicó. “El mayor miedo de mi abuelo es que las antiguas tradiciones se pierdan. Se esfuerza mucho por enseñarnos las sendas de nuestros antepasados. Cree que tú eres la prueba de que lo está haciendo bien.” Lo miré horrorizada. “Pero Yami, no lo soy. Yo no soy la prueba de nada.” Yami se limitó a encogerse de hombros. Su madre me dio una camiseta y unos pantalones cortos e insistió en que estaría más fresca con ellos. Tenía razón. Me sentía algo menos acalorada. Pero me entró el pánico cuando volví de cambiarme y vi a las tías de Yami tirando mis leotardos en un cubo en remojo. “Necesito llevármelos,” les dije. “Y pronto.” Ellos asintieron y me acercaron el desayuno, un gran bol de algo que parecían taxonitas blancos en miniatura. “Larvas de polilla,” dijo Yami. “Ah.” Me quedé mirando el bol. Estaba lleno de gusanos blancos y gordos, más largos que mi mano. “No me lo digas,” dije. “Sabe a pollo.” Yami frunció el ceño. “No.” Se metió un gusano en la ropa y lo masticó. “Sabe más a mantequilla. Pruébalo.” Cogió el más largo y rollizo y me lo ofreció. Le miré a él y luego al gusano. Había comido cosas peores. Es más, yo misma me había transformando en algo peor, cuando estuve en forma de yeerk. Pero ahora mismo era Cassie, una humana normal, y de ninguna manera pensaba tragarme ningún pequeño taxonita blanco. “Perdona, pero es que el aire del desierto me sienta fatal,” tragué. “N-no tengo apetito.” Yami parpadeó y asintió. Su sonrisa se esfumó. Miré sus ojos oscuros, y un tenue dolor me atravesó el corazón. Estábamos solos, sentados uno junto al otro en el pequeño cobertizo. Tjala dormitaba al lado de Yami. Su abuelo se había alejado renqueando hacia alguna de las otras casas, y sus primos pequeños estaban jugando en la arena. El resto de la familia había dejado de zumbar a mí alrededor y se habían marchado a ocuparse de sus respectivas tareas matutinas. Yami devolvió el gusano al bol. “Yami, tu familia ha sido muy amable conmigo. Y tú también.” Le puse la mano sobre el brazo. Él la miró, sorprendido. Yo misma me sorprendí un poco. Retiré la mano. “No quiero que pienses que no aprecio lo que hacéis, y sé que sueno como E.T., pero tengo que llamar a casa. Es una llamada a larga distancia.” A muy larga distancia. “Pero puedo llamar a coste revertido. Creo.” Él me dirigió una sonrisa triste. “No tenemos teléfono.” Me quedé mirándole. “Podrías usar la radio.” Bajó la mirada hacia el bol. “Pero la explosión de ayer destruyó la antena.” “¿La explosión?” fruncí el ceño. “Oh, no.” El caza Insecto. Cuando disparé al caza Insecto freí su antena de radio. No podía llamar. Ni tampoco la familia de Yami. No solo había conducido a los yeerks hasta su hogar, sino que además había destruido su único medio de comunicación. “Oh, Yami. Lo siento muchísimo.” Inspiré profundamente. “Y sé que debo parecerte una completa idiota, caída del cielo y pidiendo usar un teléfono. Es solo que nadie sabe donde estoy. Ni siquiera estoy segura de dónde me encuentro.” “Yo sé dónde estás.” Ahora era Yami el que me tocaba el brazo. “Estás en la comunidad Piti Spring,” me explicó. “Territorio Norte, Australia.” Sonrió. “No en Dakota del Sur.” Me reí. “Gracias. Eso ha sido de mucha ayuda.” Negué con la cabeza. “Pero tengo que volver a casa. Con mi familia.” Y con Jake, pensé. Tenía que volver con Jake. Yami se encogió de hombros. “No te preocupes. Puedes irte con el hombre del correo.” Parpadeé. El cartero. Claro. Miré mis leotardos, que se secaban al sol. “¿A qué hora viene?” “El martes.” “El martes. Pero eso fue…” Yami asintió. “Ayer. Pasó por aquí justo antes de la explosión. Justo antes de que llegaras.” “¿Y volverá…?” “El próximo martes.” El próximo martes. Seis días. No podía quedarme seis días más. Cerré los ojos y me dejé caer de espaldas sobre la arena. Había combatido contra rayos Dragón y cazas Insecto y rayos verdes paralizantes, solo para ser derrotada por la solitaria estepa australiana. A Marco le encantaría. Cassie, la amante de la naturaleza, acaba sumergida en la naturaleza suplicando por un poco de tecnología. Un leve zumbido atravesó mis pensamientos. Había comenzado tan suavemente que casi no lo había oído, y luego fue creciendo en intensidad. Sonaba como un— Me levanté de un brinco. Un avión. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Me protegí los ojos del sol. Un pequeño avión plateado destellaba en el horizonte. Salí corriendo del cobertizo y me puse a agitar los brazos. “¡Ey! ¡Aquí abajo! ¡Para! ¡PARA! ¡Ey, aquí abajo!” Era un avión pequeño que volaba bajo. Se acercaba zumbando más y más y ahora lo tenía casi sobre la cabeza. “¡PAR-A-A-A-A-A!” Salté arriba y abajo sobre la arena, agitando los brazos como un árbitro chiflado. Tjala salió de un salto del cobertizo y se puso a correr a mí alrededor, ladrándole al cielo. El piloto inclinó un ala y pasó volando sobre nosotros. “¡EY!” Observé como el avión se volvía cada vez más pequeño y desaparecía por el horizonte. Aún tenía los brazos en alto. Los dejé caer. “Turistas,” Yami le acarició la cabeza a Tjala. “Los vemos todas las mañanas volando en esa dirección, y luego todas las tardes volviendo de allá. Por mucho que saltes no van a parar. Se limitan a sacar fotos a los exóticos nativos y siguen volando.” Me limpié el sudor de la cara e intenté recuperar el aliento. El aire del desierto me chupaba el oxígeno de los pulmones. “¿Entonces desde dónde despegan? ¿Está lejos?” “Desde el Alicia. A unos cien kilómetros de aquí.” Cien kilómetros. Vale. En millas eso era… ¿cuánto? Lo habíamos visto en clase de matemáticas. Un kilómetro era menos de una milla, quizá la mitad. Quizá un poco más. Así que cien kilómetros equivalía tan solo a— “Cincuenta o sesenta millas,” dije mientras miraba al desierto infinito. “Medio kilómetro abrasador arriba o abajo.” Yami negó con la cabeza. “Nunca sobrevivirías,” dijo. “Al menos no la chica Cassie. Cassie el pájaro… ¿quién sabe? Qué pena que no seas un canguro. Un canguro estaría haciendo esa llamada telefónica en solo unas pocas horas.” Se rió de su propio chiste. “Pero incluso un canguro esperaría hasta que bajara el sol.” Se dio la vuelta y volvió con su cuenco de gusanos. Tjala le siguió. Los miré con atención. Un canguro. Rápido. Listo. Hecho para el terreno. Mejor que Cocodrilo Dundee con un buen cuchillo. ¿Pero el canguro sería capaz de encontrar el camino hasta un teléfono? Porque Cassie la chica seguro que no, y no tendría a Yami para guiarla hasta un sitio seguro a través de la noche del desierto. Me sequé el cuello pegajoso con la manga de la camiseta. Yami tenía razón. No podía irme a ningún sitio hasta que el sol amainara. Esperaría hasta la caída de la noche y me transformaría en canguro. Yami podría darme indicaciones hasta la ciudad más cercana. Solo unas pocas horas más y estaría a salvo en casa. Entorné la mirada hacia el cielo despejado y brillante. Lo único que podía hacer mientras tanto era esperar que los yeerks tardaran mucho tiempo en organizar una partida de búsqueda. Oí una puerta cerrarse y el abuelo de Yami apareció renqueando por una esquina de la casa. Su cojera parecía haber empeorado en los últimos minutos. Tenía el pelo apelmazado por el sudor. Cuando llegó al borde del porche, se interrumpió y tuvo que apoyarse. “¿Abuelo?” Yami dejó el cuenco sobre la arena y corrió a su encuentro. El abuelo de Yami se separó del porche y se irguió. Llevaba una pieza curvada de madera oscura. “Para ti,” me dijo. “Tú me has dado un regalo. Ahora yo te doy otro.” Tomé el trozo de madera. Era liso y rígido. “Un bumerán,” dijo. Abrí la boca, pero ningún sonido salió de ella. Quería decir que no podía aceptarlo, que no lo merecía. Quería decirle que lo único que yo le había dado era una antena rota y el exponerle a un peligro tan aterrador y cierto que no tenía lugar en esta tierra incólume. Levanté la mirada. En la cara del anciano se dibujó una enorme sonrisa. La sonrisa de Yami. Había visto esa misma dicha inocente en la cara de Yami cuando intentaba compartir conmigo el cuenco de gusanos. Una dicha que se había convertido en dolor y vergüenza cuando me negué a comérmelos. Acaricié el bumerán con los dedos. “Gracias,” le dije. “Es precioso.” “Mi abuelo talla bumeranes y se los vende a mi tía en el Alicia,” me dijo Yami con orgullo. “Los compran los coleccionistas, y los turistas, e incluso las galerías de arte.” Asintió hacia su abuelo. “Enséñale cómo usarlo.” El abuelo de Yami sonrió, agitó la cabeza y nos guió al otro lado del remolque, apoyándose con una mano contra el metal para caminar. Me acerqué a Yami. “¿Está bien?” susurré. Su abuelo agitó una mano en el aire sin volverse. “Estoy bien. Me corté ayer mientras tallaba. Ya me ha pasado antes.” Se echó a reír, pero parte del estruendo de su risa parecía haber desaparecido. “Puedes estar segura de que volverá a ocurrir.” Nos guio hasta las afueras del puesto, lejos de las casas. Cogió el bumerán por el borde con una mano y se quedó inmóvil por un momento, encarando el viento. Luego echó el bumerán hacia atrás a la altura de su cintura y lo lanzó trazando un semicírculo a ras de suelo. FFFFFwwwpppwwppppwwppp. El bumerán salió disparado por el desierto, como un destello borroso y letal. Rebanó una pequeña flor rosa en lo alto de un arbusto y derrapó por la arena. Yami corrió a recuperarlo. Tjala trotó tras él. “¿No vuelve?” pregunté. “Sí, sí que vuelve. En cuanto Yami lo traiga,” se burló el hombre. “Este bumerán no regresa sin ayuda. Los bumeranes que lo hacen son de juguete. Para lanzar uno de esos tienes que hacerlo de manera diferente, por encima del hombro, como una pelota. Éste es un bumerán de caza. Un arma.” Yami volví corriendo a través de la arena. Noté esa misma facilidad natural que había visto en él la primera vez que lo conocí. No como si estuviera corriendo por el desierto, sino como si fuera parte del desierto. Me sonrió y tuvo que parpadear bajo el fiero sol. “Te toca,” me acercó el bumerán. Tomé aliento e intenté colocarme en la misma posición en que lo había hecho el abuelo de Yami. Eché el bumerán hacia atrás a la altura de mi cintura. “¡No!” Yami corrió hacia mí. “Lo tienes al revés.” Yo levanté la mirada mientras él la bajaba hasta el bumerán. Nuestras narices se rozaron. “Oh.” “Lo siento.” Di un paso atrás, confundida y avergonzada. Yami se dio la vuelta y clavó la vista en sus pies. “Mi abuelo te ayudará mejor que yo,” dijo. Asentí y miré al abuelo de Yami. Sonrió ligeramente y comenzó a acercarse, pero tropezó. Le cogí del brazo y cargó su peso sobre mí. “¡Abuelo!” Yami le agarró por el otro lado y lo dejamos sobre la arena con cuidado. “Enséñeme dónde se ha cortado,” le dije. El anciano asintió y se levantó la pernera del pantalón. Un olor putrefacto flotó en el aire. “Oh, cielos,” exclamé. Un profundo tajo le bajaba por la pantorrilla, desde debajo de la rodilla hasta la mitad de la espinilla. Tenía la pierna hinchada y tumefacta, y la piel alrededor del corte se había vuelto de color violáceo-negruzco. La toqué. Ardía de fiebre. Del corte abierto manaba pus. “¿Se lo hizo ayer?” le pregunté. Asintió con la cabeza. “Una nueva herramienta de tallado, más afilada que cualquier cosa que haya visto antes.” Rebuscó en su bolsillo. “La encontré en el desierto. La vi caer. Fue un regalo del cielo.” Sacó una esquirla de metal, negra y afilada. El estómago me dio un vuelco. Eso no era un regalo. Era un trozo del caza Insecto que yo había derribado. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] El caza Insecto. Me quedé mirando la pieza de metal carbonizado que tenía entre las manos. Un simple trozo de metal. Todas las cosas horribles que habían tenido lugar durante los dos últimos días –todas las cosas horribles que yo había hecho- habían empezado por un trozo de metal. Los marines. Los chicos del camión armado. Los hork-bajir. Los taxonitas. Y ahora Yami y su familia, especialmente su abuelo, que solo quería una herramienta bien afilada para tallar un bumerán. Los había puesto a todos en un peligro terrible. Por un trozo de metal. Le miré la pierna herida. Había ayudado a mi padre con un montón de animales heridos, pero nunca había visto una infección que empeorara tan rápido. Quizá me había equivocado. Puede que un trozo de caza Insecto propagara desconocidas enfermedades alienígenas. Estaba claro que el extraño metal había causado una reacción espantosa en el abuelo de Yami. De cualquier modo, había que limpiar la herida. “¿Tenéis un kit de primeros auxilios?” pregunté. El abuelo de Yami asintió y se acostó sobre la arena. “Un kit médico y medicinas naturales.” Cerró los ojos. “La madre de Yami las conoce todas.” “Bien. Eso es todo lo que necesitamos de momento.” Dejé volar la mirada por el desierto. El calor titilaba por entre los matorrales. “Pero, Yami, tenemos que llevarlo a un hospital como sea.” “Está el doctor aéreo,” dijo. “¿El doctor aéreo?” Yami asintió. “Aéreo, pero no como la chica-pájaro.” Intentó sonreír a su propia broma, pero solo consiguió que la barbilla le temblara. “El Servicio de Doctor Aéreo. Utilizan los aviones para traer a los doctores a las zonas despobladas.” “¡Como una ambulancia voladora!” Pero eso –eso es exactamente-” me detuve, aún con la boca abierta. “¿Es imposible, verdad?” Yami asintió. Necesitábamos una radio para avisar al doctor aéreo. La radio que yo había destruido. “Puedo pedirles a mis tíos que nos ayuden,” dijo. Dos de los tíos de Yami se llevaron a su abuelo dentro de la casa. En la mesa al lado de la cama, la madre de Yami desplegó un enorme kit de primeros auxilios y una cesta llena de botellas y polvos. Se inclinó sobre el paciente para examinar la herida. “¡Oh!” se llevó la mano a la boca mientras me miraba. El miedo inundaba sus ojos. “Lo sé,” dije. El tajo empezaba en el interior de la pantorrilla, en la zona carnosa bajo la rodilla, y dibujaba una curva hasta la espinilla. A través del pus podía verse el hueso. Ayudé a la madre de Yami a limpiar la herida y la dejamos abierta para que sanara al aire. La madre de Yami le dio a su abuelo algo que le ayudara a dormir, una droga natural de algún arbusto del desierto. Luego nos dejó a solas con él para ir a desinfectar los instrumentos que había utilizado. Yami y yo nos sentamos al lado de la cama a ver dormir al anciano. Las paredes de tierra y roca mantenían el lugar más fresco que el desierto exterior, pero aún así el aire de la pequeña habitación era denso y apestaba a podredumbre. “Yami,” le insté, “necesita antibióticos. Si me voy ahora para buscar ayuda, el doctor podría estar aquí en unas pocas horas.” Yami negó con la cabeza. “Estamos en pleno verano. Nunca lo lograrías.” Limpié el sudor de la cara de su abuelo. “¿Recuerdas lo que dijiste acerca de transformarse en canguro?” Asintió. “Bueno, pues puedo hacerlo. Puedo convertirme en canguro. Puedo traer ayuda.” Me miró fijamente. “¿Recuerdas lo otro que dije? Que incluso un canguro esperaría hasta que el sol cayera. No viajarás muy rápido con este calor. Tendrás que parar y descansar y cobijarte en la sombra.” Agudizó la mirada. “Y no lo harás. Te esforzarás en seguir adelante. En ir a buscar ayuda. Pero no podrás salvara a mi abuelo si- si-” desvió la mirada hacia el suelo. “¿Si muero en el desierto?” Me miró. “Sí.” “Vale,” cedí. “Esperaré hasta la puesta de sol.” No le dije que ya tenía pensado transformarme en canguro y cruzar el desierto durante la noche. Mi anterior miedo a no poder hacer una llamada de pronto me parecía trivial. Nos quedamos con su abuelo toda la mañana y hasta bien entrada la tarde. La madre de Yami iba y venía, y la ayudé a limpiar la herida y a volver a aplicar las medicinas. No estaban surtiendo efecto. La infección no hacía más que extenderse. La madre de Yami se marchó para recoger más plantas. Me senté en el suelo con la espalda contra la pared, esperando la llegada de la noche. Apoyé la cabeza contra la piedra, y debí de cerrar los ojos. “Hhhuuuuuhhhh.” Un gemido. Parpadeé. Haces de luz encarnados atravesaban la habitación. Miré por la ventana. El sol se estaba poniendo. “Hhhhuuuuuuuuuhhhhhh.” “¿Yami?” me levanté. Una mano me sujetó de la muñeca. “¡Aaaahhh!” grité. Era el abuelo de Yami. Tenía la mano áspera y ardiendo por la fiebre. Levantó la mirada hacia mí. Sus ojos centelleaban con un brillo frenético contra el gris de su cara. “Hhhhah-aayuda-me.” “Lo haré. Lo estoy haciendo.” Apreté su mano entre las mías. “Voy a traer ayuda.” Le acaricié el dorso de la mano. El anciano cerró los ojos. Luego miré su herida. “Oh, Dios.” Toda la parte inferior de la pierna, desde debajo de la rodilla hasta lo alto del tobillo estaba negra e hinchada como una pelota de baloncesto. Una pelota palpitante y putrefacta, a punto de explotar. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] “¡Yami, despierta!” Yacía tendido a los pies de la cama, con la cabeza apoyada en el colchón. “Yami, nos hemos quedado dormidos. Tienes que despertarte.” Su cabeza oscura se movió arriba y abajo. “No te preocupes. Ya estoy despierto.” Se frotó los ojos y se levantó. Miró la pierna de su abuelo. “¡Oh!” “Yami, es demasiado tarde para traer un doctor.” Tragué antes de continuar. “Si no detenemos la infección ahora mismo, morirá. Y solo hay una manera de hacerlo.” Busqué su mirada para que me entendiera. “Tenemos que amputar.” Yami asintió, y solo después se dio cuenta del horror. “Amputarle… la pierna.” “Eso le salvará la vida, Yami. Y cuando esté estable, podré ir a buscar al doctor.” “Sí. Iré a por mi madre.” Atravesó la puerta a la carrera. Me senté al borde de la cama y estudié la cara fuerte pero agotada del anciano. La súplica del abuelo de Yami se repetía en mi cabeza: Ayúdame. ¿Sabía lo que me estaba pidiendo? ¿Querría vivir con una sola pierna? ¿O preferiría que le dejáramos morir? Pero sabía que la pregunta no tenía ningún sentido. Yo no le dejaría morir mientras hubiera algo que pudiera hacer por él. No dejaría que pasara por el sufrimiento de ser devorado poco a poco por la infección. No podía dejarle ir cuando aún había tanto que tenía que enseñarle a Yami. Alguna vez había ayudado a mi padre con las amputaciones –un ciervo, un coyote, un mapache. Todos por accidente de coche. Y también había practicado alguna cirugía sin mi padre. Cirugía cerebral, con Ax. Era lo más difícil que había hecho nunca, pero volvería a hacerlo sin pensármelo dos veces. Había salvado la vida de mi amigo. Sin duda había sido una de mis mejores decisiones. Acaricié la mano del anciano y me levanté. Necesitaba una hoja, una muy afilada, capaz de atravesar limpiamente un hueso humano. Y sabía exactamente donde conseguirla. Me puse mis leotardos y me concentré. Sschhoooooooop. Sschhoooooooop. Schooooop-schoop-schoop. Me salieron cuchillas de la cabeza, las muñecas, los antebrazos y los tobillos. Todo el resto seguía siendo humano. Yo era Cassie, la navaja automática humana. Y podría haberme quedado así. Podría haber detenido la transformación y usar las cuchillas para llevar a cabo la operación. Pero necesitaba algo más que esas hojas. Necesitaba la fuerza para usarlas, más fuerza que la que tenían mis delgados brazos de adolescente. Ssscccrrrrruuuuuuuunnch. Mi cuello se alargó como el cuerpo de una serpiente sobresaliendo de mis hombros. Unos hombros que se abultaban por momentos. Unos hombros enormes y unos brazos lo suficientemente poderosos como para arrancar un roble crecidito de raíz. Me hice más alta. Las cuchillas de mi cabeza reptiliana rozaban el techo. Cccuuuuuurrrrrrreeeeeeeekkkkkk. Mi cuerpo se encorvó cuando mis piernas se quebraron hacia atrás. Mi cadera rotó y mis rodillas cambiaron de dirección. Los dedos de mis pies se fusionaron y finalmente despuntaron en las cuatro garras del pie de un tiranosaurio. Sshhhhhrroooooooooomp. Una gruesa cola salió disparada de la base de mi columna vertebral y cayó con un golpe seco sobre la mesa, haciendo tintinear las botellas de medicina. Mi piel se volvió más gruesa y áspera. Unos dientes como bisturís surgieron de mis mandíbulas. Era un hork-bajir. Pero no un hork-bajir cualquiera. Ahora tenía dos formas hork-bajir en mi ADN, pero había decidido convertirme en la que había adquirido en el avión, el hork-bajir al que había vaporizado con el rayo dragón. Yo era una copia exacta de una criatura que ya no podía existir excepto por el ADN de mi sangre. Y no era un asesino. No estaba en la naturaleza de este ser convertirse en un terrorista a las órdenes de Visser Tres. El hork-bajir era amable, curioso y un poco asustadizo. Y estaba a punto de ayudarme a salvar una vida. La puerta se abrió de golpe y pegué un brinco. “Mi madre está fuera, en el desierto. Mi tía ha ido a buscar–” Yami se me quedó mirando horrorizado, pegado a la pared. <Soy yo,> lo tranquilicé. <Sigo siendo Cassie. Aquí. Dentro de la criatura.> Me llevé al pecho una de las esas feroces manos. “Tu voz.” Yami se tapó los oídos con las manos. <Lo sé,> dije. <Ahora mismo es la mejor forma de comunicarme contigo.> Yami bajó las manos lentamente. “¿Así podrás salvar a mi abuelo?” <Sí> Él asintió. “Dime cómo puedo ayudarte.” Nos lavamos las manos, en mi caso garras, y desinfecté las cuchillas de mis muñecas. Levantamos la pierna infectada con mantas y Yami le administró a su abuelo más de esa medicina para el dolor que había hecho su madre. Yami encontró un cinturón y lo usamos como torniquete alrededor del muslo del anciano. Era un proceso delicado porque sé que la principal arteria está bien dentro de la pierna. Hice una pequeña incisión bajo la rodilla, cortando solo la piel alrededor de la pierna. Limpié la hoja en una gasa estéril y tomé aliento profundamente. El aire de la pequeña habitación hervía. El hork-bajir no estaba hecho para pasar calor. Solté el aire de mis pulmones. <Vale, Yami, estate preparado porque va a haber sangre.> Tenía que hacer un solo corte, limpio y eficaz, a través del músculo. Un corte así haría que las arterias se contrajeran y ayudaría a controlar el sangrado. Coloqué la cuchilla sobre la pierna. Y la bajé. El músculo se dividió limpiamente en dos. La sangre brotó del vaso más cercano al hueso. <Ahí, Yami. Esa arteria. Ciérrala mientras termino.> Yami asintió. Sus labios se habían vuelto blancos. Agarró la arteria con dedos temblorosos y los cerró en pinza a su alrededor. Retiré el músculo para revelar los dos huesos de la pierna. Con un corte los dividí a ambos. Me transformé rápidamente. Yami me observaba. Su cara se contorsionó en un grito silencioso, pero no dijo nada. Casi se desmaya de puro alivio cuando vio emerger mi verdadera forma humana. Cerré las principales arterias y venas, pero dejé abierta la piel. Si la cerraba también la herida no se drenaría, y la infección volvería a la carga. Un doctor lo cosería cuando llegáramos al hospital. El abuelo de Yami se revolvió. La fiebre había bajado, pero su cara seguía empapada y pálida. Gimió, y su mano se deslizó por el borde de la cama. Algo negro y pesado cayó al suelo. Lo recogí. Era el trozo de caza Insecto. Mientras miraba el metal, una sombra oscureció la habitación. Y supe lo que era antes de mirar hacia la ventana. La nave de Visser Tres planeaba sobre los arbustos. Se abrió una entrada en la parte de debajo de la nave y un taxonita se dejó caer sobre la roja llanura australiana. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] La nave espada planeaba sobre el suelo, negra y silenciosa frente a la puesta de sol. Un ejército de taxonitas y hork-bajir saltaba del interior de su vientre. Se dispersaban por entre los matorrales, pisoteando arbustos y hierba. Los hork-bajir iban armados. Disparaban sus rayos dragón contra cualquier cosa que se moviera. Me asomé a la ventana. Estaba sucediendo otra vez. Estaba poniendo en peligro a gente inocente –a Yami y su familia. ¡Su familia! Me giré. “Yami, ¿a dónde ha ido tu madre?” El muchacho señaló la puerta. “Al otro lado de la reserva, más allá de los árboles gomeros.” Asentí con la cabeza. “Bien, ¿dónde esta Tjala?” Yami abrió mucho los ojos y salió corriendo hacia la puerta. “¡Tjala!” El perro se asomó al interior, moviéndose frenético y meneando el rabo. <¡ANDALITA!> La voz telepática de Visser Tres tronó en mi cabeza. Yami se apretó las manos contra las orejas. Tjala aulló y se encogió contra el suelo. <¿No pensarías que me había olvidado de ti?> Una maldad más pura que ninguna otra penetró en mi cráneo. <Entrégate ahora o aniquilaré a todo ser vivo que se encuentre en dos kilómetros a la redonda. Tienes tres minutos.> Tres minutos. Miré fijamente por la ventana. No podía enfrentarme contra todos aquellos taxonitas y hork-bajirs. Sola no. Y no podía esconderme. Solo serviría para poner a Yami y a los suyos en un peligro aún mayor. Visser Tres los mataría a todos para hacerme salir. Tenía que darle lo que buscaba. Tenía que salir a campo abierto. Si me entregaba dejaría en paz a la familia de Yami. Si sabía donde estaba yo, no tendría que volar todo el desierto convirtiéndolo en confeti hasta encontrarme. Un último taxonita bajó a tierra e inmediatamente la puerta de la nave Espada se cerró tras él. El cielo brilló y la nave desapareció. Se ocultó detrás de un manto de rayos. Pero Visser Tres no había ido a ningún sitio. Solo se mantenía escondido. Observando. “Ellos no tienen ningún derecho a estar aquí.” Yami estaba detrás de mí, observando a los extraños alienígenas que comenzaban a registrar su desierto. “Están aquí por mí.” “No,” el abuelo de Yami me cogió del brazo. Miré hacia abajo, perpleja. Inhaló profundamente. Su cara se distorsionó de dolor, pero sus ojos permanecían brillantes y alerta. “Están aquí porque son malvados”. Su voz sonaba áspera y desgastada. “Tú combates a esas criaturas, ¿verdad? Asentí con la cabeza. “Sí.” “¿Si no te enfrentaras a ellos crees que nos dejarían salir con vida de ésta? ¿Crees que se mantendrán alejados de este lugar y que no nos harán daño? Claro que no. Volverán. Nos quitarán nuestra tierra, destruirán nuestra casa. Destruirán toda nuestra vida. Estoy seguro.” Tragó con dificultad. “Haz todo lo que puedas. Y todo lo que debas”. Cerró los ojos. “Ojalá pudiera ayudarte.” Le toqué la mejilla. “Ya lo estás haciendo,” le respondí. <¡ANDALITA!> Retumbó la voz de Visser Tres. <Dos minutos.> Abrí la puerta con cuidado y observé con atención las sombras. Nada. Salí al porche. Necesitaba fuerza, velocidad y resistencia. Una transformación que estuviera preparada para el desierto. Me concentré en el canguro. ¡Crrreeeaaaacccckkkk! Mis caderas se desplazaron hacia delante y mis muslos sobresalieron en una especie de montaña de músculos. Mis pies salieron disparados, más largos que mi antebrazo. Las uñas de los dedos del pie se volvieron más densas y se extendieron. Los dos dedos medios de cada pie se fundieron en uno solo, con una garra en la punta, como una bayoneta. Shhhhuuuuuuurroooooomp. Una cola surgió de pronto de mi espina dorsal, una columna de puro músculo, tan larga como el resto de mi cuerpo y tan gruesa como mi cuello. La piel de mi vientre se estiró para formar una bolsa. Ssssccuuuuuuuurrrunnch. Mi cráneo se desplazó hacia atrás y hacia fuera para que de mi nariz y del hueso de la mandíbula brotara un hocico. Mis orejas se alargaron y se dispararon hacia lo más alto de mi cabeza. Un denso pelaje se extendió desde mis bigotes hasta la punta de mi cola. <¡ANDALITA, UN MINUTO!> Me había convertido en una Central de Información, atenta a todo a la vez. Mis ojos trataron de ver a través de las largas sombras del porche, percibiendo el delicado movimiento de la hierba retorcerse con el viento. Mis orejas temblaban de forma rápida y nerviosa. Podía girarlas en cualquier dirección, dos antenas parabólicas sintonizando el sonido de una barriga taxonita a ras de la arena. Olfateé. El dulce aroma de alguna planta del desierto se mezclaba con el nauseabundo olor a hork-bajir. Me arrastré hasta el borde del porche, usando mi cola como apoyo mientras me equilibraba con las patas delanteras y avanzaba con las traseras. Vi el bumerán tendido sobre el banco. El bumerán que el abuelo de Yami me había dado. Alargué la mano para cogerlo. Las patas delanteras del canguro eran increíbles, casi parecían manos: sin un verdadero pulgar, pero con cinco ágiles deditos acabados en uñas. Agarré el bumerán con una mano, cogí mi bolsa abierta con la otra, y lo metí dentro. <¡ANDALITA! Se ha acabado el tiempo.> Bummmph. Bummmph. Salté a la extensión abierta de arena [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Sagadegeminis[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Bummmph. Bummmph. Salté por entre las casas del pequeño asentamiento. Mi nariz temblaba. El viento del desierto arrastraba hasta mí el fétido aliento de los taxonitas. Uno de los hork-bajir levantó la vista. Luego un taxonita. Uno tras otro los yeerks abandonaron su labor de peinar el desierto y me observaron. Me detuve, con las orejas vibrando, lista para mi siguiente movimiento. Un pistolero haciendo frente a un pequeño ejército de forajidos. Tenía que hacer que los yeerks supieran que yo era el guerrero andalita, no solo un canguro perdido. Y luego tenía que correr todo lo rápido que pudiera todo el tiempo que pudiera para alejarlos tanto como pudiera. Bummmph. Bummmph. Bummmph. Di un salto hasta el borde del asentamiento enfrentándome al espacio vacío del cielo, donde la nave Espada se había desvanecido. Casi podía oír a Rachel: “¡Hagámoslo!” Y Marco: “¿Es que te has vuelto loca?” Quizá, me respondí en silencio. No. <¡ANDALITA!> La tierra explotó a mis pies. Mis patas eran como muelles. Volví a saltar lo que me pareció la altura de un tractor, con la cola curvada detrás de mí para mantener el equilibrio. Los controladores taxonitas y hork-bajir se lanzaron a por mí destrozando los matorrales a su paso. Giré bruscamente, alejándome del asentamiento, alejándome del grupo de árboles gomeros y de la madre de Yami. Bummmph. Bummmph. Bummmph. Los tendones de la parte trasera de mis patas eran como gomas elásticas. Aterrizaba contra el suelo, y la goma elástica volvía a lanzarme a lo más alto. Cuanto más rápido saltaba, más energía tenía. Podría seguir así eternamente. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWWW! Un hork-bajir me salió al paso. Giré. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWWW! Otro hork-bajir y un taxonita. Me di la vuelta. Otro taxonita. La muerte delante de mí. Reptó hacia mí, con sus patas de ciempiés impulsándolo por la arena. ¡Salté! ¡Él se abalanzó sobre mí! Cientos de pinzas taxonitas, como las tenazas de una langosta, se cerraron sobre mi piel. Le ataqué con mis patas delanteras. Me tenía bien agarrada entre sus pinzas, acercándome a él más y más. Sus ojos de gelatina temblaban. La baba caía goteando de su boca. Esos dientes afilados se abrían y cerraban como una guillotina a solo unos centímetros de mi cuello. Me eché hacia atrás, cargando todo mi peso de canguro en la musculatura de la cola, y pateé. ¡THUMP! Thwuump-thwuump. Los gigantescos músculos que me habían propulsado por el desierto liberaron ahora toda su fuerza sobre el taxonita. Volví a golpear. Otra vez. Y otra. Le arañé con mis garras como dagas. El taxonita me soltó, rezumando entrañas sobre la arena. Más taxonitas cayeron como un enjambre sobre nosotros. Me volví y me alejé a saltos. Los taxonitas me lo permitieron. El hambre rabiosa les obligó a dirigir su atención hacia su camarada herido. Los yeerks dentro de su cabeza habrían intentado detenerlos, pero los taxonitas ya abrían a su colega caído. Incluso el taxonita moribundo se inclinó y, con su último aliento, se lanzó a devorar sus propias tripas. Esa pequeña pausa para comer me hizo ganar algo de tiempo. Me alejé saltando por los matorrales, rodeados por tres lados. Había taxonitas y hork-bajirs detrás de mí y a mi izquierda. El asentamiento y el bosquecillo de árboles gomeros a mi derecha. Solo quedaba un lado abierto justo por delante de mí: el cauce del arroyo. Los yeerks ya habían abusado bastante de la tierra de Yami y aterrorizado a su familia. Y ahora los llevaba directamente al río sagrado de sus ancestros. Era mi elección. Tenía que alejarlos de Yami y los suyos todo lo que pudiera. Los taxonitas habían terminado de alimentarse y se arrastraban a por mí. La mayoría de los hork-bajir se había quedado atrás. El desierto era un horno, incluso aunque el sol estuviera bajo. Los grandes cuerpos de los hork-bajir no soportaban el calor. Pero seguían estando armados. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWWW! La arena estalló a mí alrededor. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWWW! Un matorral ardió en llamas. Seguí saltando. La tierra empezaba a descender. Los arbustos se volvieron más densos. Ahí delante estaba el arroyo. Y justo enfrente, entre el agua y yo, un grupo de animales pastaba sobre la hierba. ¡No! No podía creerlo. Había llevado a los yeerks hacia los canguros. Uno de ellos, una hembra, saltó hacia mí con su cachorro balanceándose arriba abajo en la bolsa. La reconocí. Era la criatura que había liberado de la verja. Mi gemelo canguro. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWWW! Un cráter hizo erupción al borde del arroyo. Los canguros se dispersaron, tronando en su huída sobre la hierba. Bummmph. Bummmph. Bummmph. Se lanzaron saltando en todas direcciones, corriendo de un lado para otro, rodeándome. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWWW! Un enorme macho cayó a mis pies. El olor a pelo quemado se extendió por el desierto. Tenía que salir de ahí. Los yeerks disparaban a todo lo que se movía. ¡No sabían qué canguro era yo! Me alejé saltando del arroyo hacia la extensión abierta de desierto. La mayoría de las hembras canguros se habían diseminado por la llanura, pero los machos no eran tan rápidos como ellas. Eran el doble de grandes. Y el doble de pesados. Dos de ellos se habían enzarzado en una lucha contra un hork-bajir, golpeándole con sus puños mientras él los cortaba con sus cuchillas. Otro yacía sobre la hierba, inmóvil. Los siempre hambrientos taxonitas cayeron sobre él. Uno de los machos saltó hacia el agua. Otro lo siguió. Y otro más. Parecía que estuvieran huyendo, refugiándose en el agua llevados por el pánico y la necesidad de escapar. Los taxonitas reptaron hacia el arroyo con una anticipación frenética. No sabían que los canguros les estaban conduciendo a una trampa. O intentándolo. Me volví hacia el arroyo. Los canguros estaban luchando mi guerra, y no podía dejar que lo hicieran solos. Me metí en el agua. La hembra a la que había rescatado se quedó en la orilla. <Vete,> dije. Ella me observó. Olisqueó a su cachorro. Y luego se dio la vuelta y se alejó. Pataleé hacia aguas más profundas. Tenía el cuerpo entero sumergido excepto por la curva de mi grupa y la parte superior de la cabeza –los ojos, las orejas, mi largo hocico y la nariz. Mis poderosas patas traseras remaban como palas, moviéndose casi tan bien en el agua como en la tierra. Otros taxonitas se sumergieron en el arroyo tras de mí. Los hork-bajir los siguieron, salpicando agua con sus enormes garras, pero no siguieron más allá. No podían ir más lejos. Sus cuerpos densos, diseñados para subir a los árboles, se hundirían en el barro al fondo del arroyo. Así que en su lugar alzaron los rayos dragón. El disparo pasó justo por encima de mi cabeza. Sentí su calor en mis oídos. ¡TSEEEEEW-booh-LOOOOOOSH! El agua hervía a mí alrededor. Los taxonitas venían a por nosotros a toda velocidad. Sus pinzas de langosta los propulsaban con la cabeza por delante hacia los pacientes canguros. Los gusanos se abalanzaron sobre ellos. Los canguros echaron la cabeza hacia atrás y los agarraron valiéndose de las patas. Y consiguieron sumergir bajo el agua a los hinchados taxonitas. Uno de ellos salió disparado a por mí, acorralándome contra las rocas. Otro me rodeó desde detrás. Sus pinzas intentaban cerrarse sobre mí. Yo les golpeaba con manos y patas. Pero los taxonitas seguían presionando. ¡Me hundían! Luche para sacar la cabeza a la superficie. Eché la espalda hacia atrás. El agua me tapaba los oídos. Una boca taxonita de pesadilla se acercaba a mí. Mis orejas quedaron bajo el agua, y luego mis ojos. El hocico, la boca, hasta que solo mi nariz se mantenía a flote. El taxonita embistió. Yo lancé una patada, ¡Pero fallé! El agua era un torbellino a mi alrededor. ¡Tenía la nariz enterrada en la fétida carne taxonita! El taxonita estaba ahora encima de mí, empujándome hacia abajo. Me sumergía cada vez más hacia el frío fondo del río. Luché por liberarme. Las garras taxonitas se aferraban a mi pelaje, empujándome más y más abajo. Yo me debatía, arrastrando mi lomo y mis piernas por el agua. ¡Me ardían los pulmones! Hundí mis garras en la piel taxonita. Su gordo cuerpo cedió como una pelota de playa. Me di la vuelta con la fuerza de mis patas traseras para colocarme de espaldas bajo el taxonita. Schloooooooomp. Schloooooooomp. Solté una patada. Las garras de mis pies se clavaron en la suave carne de la barriga del taxonita. Spuh-LOOOOOOSH. ¡El taxonita explotó! Estalló como un grano gigante y asqueroso. La fuerza de la erupción me propulsó hacia la superficie. ¡Aire! Lo succioné a pleno pulmón. El resto de taxonitas se retorcían como larvas allá donde estaban. Me alejé de ellos a toda velocidad. ¡TSEEEEEEW-buh-LOOOOOOSH! El agua hervía como una olla. Giré. Un hork-bajir me apuntaba a la cabeza. ¡TSEEEEEEW-buh-LOOOOOOSH! Lo esquivé. ¡TSEEEEEEW-buh-LOOOOOOSH! Me zambullí. Volvió a levantar su arma. FFFFFwwwpppwwppppwwppp. Una mancha borrosa me pasó rozando por encima de la cabeza. ¡Un bumerán! Alcanzó al hork-bajir en el cuello, haciéndolo caer sobre la hierba. Su cuello de serpiente estaba partido casi por la mitad. Me volví. Yami y sus tíos estaban apostados por encima de mí, agachados tras la rocosa cima del despeñadero. [b]©199_ K.A. Applegate 2013 de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] FFFFwwwpppwwppppwwppp. FFFFwwwpppwwppppwwppp. Los hombres de la reserva lanzaron un escuadrón de bumeranes. Thup. Thup. Dos hork-bajir más cayeron. “¡Harr gurfass!” Un hork-bajir señaló a la colina. Los demás alzaron sus rayos Dragón. <¡Yami! ¡Sal de ahí!> Grité por habla telepática. <¡Te van a matar!> ¡TSEEEEEEEEEEWWWWWWWW! Las faldas de la colina explotaron. <¡Yami!> “¡No pasa nada!” tronó la voz de Yami al otro lado del arroyo. FFFFwwwpppwwppppwwppp. FFFFwwwpppwwppppwwppp. Otro hork-bajir caído. ¡TSEEEEEEEEEEWWWWWWWW! El rayo Dragón abrió un agujero en la pared de roca. Nadé hasta la orilla. ¡Tenía que mostrarle a Visser Tres que yo era el bandido andalita! ¡Tenía que llevarme a los yeerks lejos de Yami y su familia! Otros canguros nadaban conmigo. Habían reducido a jirones a muchos de los taxonitas. Los dos o tres alienígenas que quedaban estaban demasiado ocupados devorando a sus hermanos muertos. Los machos se sacudieron el agua una vez estuvieron sobre tierra firme y se alejaron saltando al desierto abierto. Yo salí por la orilla más cercana al despeñadero. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWW! La pared de roca explotó sobre mi cabeza. La evité. Un hork-bajir se abalanzaba sobre mí. “¡RUFF! ¡Grrrrrrr!” ¡Un perro! Tjala se lanzó risco abajo y saltó sobre el hork-bajir. El hork-najir se giró. <¡Tjala, no!> corrí a por ellos. El hork-bajir levantó su pistola de rayos hacia Tjala. Me apoyé en la cola y le pateé. El hueso se topó contra la cuchilla. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWW! El disparo se perdió en el desierto vacío. Me caí sobre la arena. Mi cola yacía hecha dos pedazos. Cercenada por la cuchilla de la rodilla del hork-bajir. El hueso serrado me perforaba la piel del muslo. El hork-bajir se volvió. Me observó retorcerme de agonía. Se levantó en toda su altura y me apuntó con su arma. “Grrrrrrrrrrrrrrrrrr.” Tjala saltó. El hork-bajir se dispuso a disparar. El perro cerró la mandíbula sobre el arma. ¡TSEEEEEEEEEWWWWWWW! Detrás de mí explotó un arbusto. El hork-bajir perdió el equilibrio y cayó a tierra. Su rayo Dragón derrapó por el suelo. Tjala se giró enseñando los dientes. “Grrrrrrrrrrrrrrrrrr.” ¡Arremetió! Se lanzó a por el hork-bajir. Sabía que tenía que ir a por la garganta, y se enganchó a su cuello de serpiente. El hork-bajir se debatió. Agitó su cabeza reptiliana a un lado y a otro. Las cuchillas de sus muñecas atravesaban el aire a centímetros por encima de la cabeza de Tjala. El hork-bajir se puso de espaldas y se incorporó ayudándose de los brazos. Batió la cabeza. Tjala perdió su agarre y cayó de espaldas sobre los arbustos. El alienígena se puso en pie. Se llevó la mano al cuello y observó la sangre. Tjala ladró. Su enemigo se quedó congelado durante un instante, mirando primero a Tjala y luego su mano ensangrentada. El hork-bajir se volvió y salió disparado. Tjala se acercó a mí brincando. Me lamió el hocico y olisqueó mi cola sangrante. <Buen… chico… Tjala.> Necesitaba un sitio donde esconderme. Tenía que transformarme. Pronto. Me agarré a un puñado de hierba con la pata delantera y me impulsé hacia las rocas de la base del acantilado. Bzzzzzzzzzzzzzzzzz. Un zumbido grave, casi como el de un mosquito, se oía en la distancia. Tjala ladró al cielo. Volví la cabeza. Un reflejo de plata centelleó en el horizonte. Y luego otro. Observé con atención. Dos aviones turísticos se dirigían justo hacia nosotros. Visser Tres también tenía que haberlos visto. Su habla telepática estalló por todo el campo de batalla. <Se acerca un artefacto volador humano. Retiraos. ¡AHORA! Reembarcad y preparaos para la limpieza. Esos pilotos humanos NO ENCONTRARÁN ninguna evidencia de lo que ha pasado aquí.> El cielo centelleó y apareció de pronto la parte inferior de la nave Espada. La cubierta se abrió. Los hork-bajir corrieron a trompicones hacia la nave. Descendieron unos rayos de luz que los elevaron hasta la entrada. Dos láseres se proyectaron desde la parte frontal de la nave y escanearon el suelo del desierto, destruyendo todo recuerdo de la batalla. Toda evidencia de presencia yeerk chisporroteó y se desvaneció. Pistolas de rayos Dragón, hork-bajir caídos, la carcasa flotante de un taxonita medio devorado. Los láseres desaparecieron en la barriga de la nave, el cielo ondeó de nuevo, y la nave Espada desapareció. Lo único que quedaba eran los pequeños cráteres que habían abierto por todo el desierto y docenas de bumeranes dispersados por entre los matorrales. Yami y sus tíos lo celebraron con vítores. Tjala se puso a ladrar y corrió colina arriba hacia ellos. Los dos aviones de turistas pasaron zumbando sobre nosotros. “Cassie, tienes que transformarte deprisa.” <¡Aaah!> Giré la cabeza de golpe y me topé con algo duro contra la nariz. Una pierna. Una pierna canina de acero y marfil. Miré hacia arriba. Un chee me miraba desde lo alto. Un chee al que conocía. <¿Lour—Lourdes?> “Sí.” Un centelleo y su holograma humano volvió a estar en su sitio. Me colé en la nave Espada. He venido para llevarte a casa.” <A casa.> Cerré los ojos. “A casa.” La voz de Lourdes sonaba reconfortante. Me iba a llevar a casa, donde estaría a salvo. “Tu gente te ha estado buscando noche y día. Has escogido un buen lugar donde esconderte.” Abrí los ojos. <¿Esconderme? ¿Has visto… el poblado?> “¿Ese pequeño grupito de casas de allá? Sí.” <Hay un hombre… necesita… un médico. Llama… al doctor aéreo.> “El doctor aéreo. De acuerdo, lo tengo. Ahora transfórmate. He extendido un holograma hasta la roca. Nadie puede verte.” Asentí y cerré los ojos. [b]©199_ K.A. Applegate 200_ de la traducció,n de Tara[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] “Odias el consumismo con todo tu corazón, ¿verdad, Cassie?” Rachel soltó las bolsas encima de la mesa. Estábamos en Los Jardines, un lugar que es la combinación de un safari y un parque de atracciones, donde trabaja mi madre. Rachel y yo acabábamos de volver del baño. Jake, Marco, Tobias y Ax nos estaban esperando en la zona de descanso. Tobias y Ax eran humanos. Ax se encontraba absorbido por una bolsa de palomitas. Rachel se dejó caer en la silla al lado de Tobias. “¿Podéis imaginar mi euforia, mi absoluto júbilo, cuando Cassie, NUESTRA Cassie, me dijo que quería ir de compras?” Marco asintió. “Esperabas ir a gastarte un montón de pasta al centro comercial.” “¡Exacto! ¿Ves?” Se volvió hacia mí. “Incluso Marco lo entiende.” Agitó la cabeza. “Pero no, Cassie tenía que arrastrarme al zoo –al ZOO- para ponerse a rebuscar en la tienda de regalos y salir con una postal. Una POSTAL. Cassie, comprar una postal en el zoo no es ir de compras. Repite conmigo. Postal. Zoo. No es ir de compras.” Me encogí de hombros, aparentando normalidad, y me senté al lado de Jake. Él sumergió una patata en ketchup. “¿Qué tipo de postal?” Sabía que me preguntaría eso. Sonreí espontáneamente y cogí mi mochila. “Es solo algo que quería.” Rebusqué en el interior para asegurarme de que cogía la correcta. “Un recordatorio.” La mostré. Era un canguro rojo, una hembra, con un cachorro asomando de su bolsa. “¡Ey!” Marco se inclinó y me arrebató la postal de las manos. “Es Cassie en su otra vida. Salta, Cassie, salta.” “Sí.” Tobias me sonrió con su extraña cara de halcón inmutable. “La vida en que no nos necesita a ninguno de nosotros. La vida en que ella solita derrota a todas las fuerzas alienígenas con las que se topa de aquí a Sydney.” “¡Sydney!” Me di un tortazo en la cabeza. “Claro. SYD.” Rachel me miró. “¿SYD?” Asentí. “En las etiquetas del equipaje ponía SYD. No sabía qué era. Qué tonta. Las maletas iban a Sydney, Australia.” “Bueno, sí,” intervino Tobias. “iban. Desafortunadamente, la mayoría no llegaron.” “Sí, Cassie.” Marco se metió un nacho en la boca. “Algún viejo australiano rico anda por ahí ofreciendo un montón de dinero a cualquiera que tenga información que pueda arrestar y condenar a la persona o personas responsables de robar su jersey y dos botellas de zumo de pasas de su maleta.” Se limpió un poco de queso de la barbilla. “¿No sabrás nada de eso, verdad? Creo que podríamos tener bastantes posibilidades de cobrar la recompensa.” “¿Qué está haciendo?” Rachel frunció el ceño en dirección a Ax, que ahora estaba reclinado en su silla con el bote vacío de palomitas encima de la cara. “¿Qué crees que hace?” Marco le quitó el bote. “Ax-man. El cartón no forma parte de ningún grupo de alimentos, ¿recuerdas?” Ax se lamió la mantequilla de los dedos. “Desafortunadamente no puedo transformarme en otra cosa, sino podría repelar con la lengua los últimos resquicios de grasa y sal.” Marco puso los ojos en blanco. “Te compraré otro bote. Y límpiate la cara.” Le tiró a Ax-man un puñado de servilletas. “¿Tengo que empezar a llevar pañuelos para bebés solo para ti?” Observé a Marco y a Ax alejarse hacia el puesto de comida. Inspiré profundamente. “He estad pensando-” ni siquiera estaba segura de querer preguntar- “¿alguien sabe… quiero decir, alguien ha visto…?” “¿Lo que les pasó a los marines?” preguntó Jake. Asentí. “Sí. ¿Cómo lo…?” Se encogió de hombros. “Eres tú, Cassie. Bueno, la historia oficial es AI. Ausencia Inautorizada. Las fuerzas de la marina declararon que dos marines secuestraron un camión armado y lleno de herramientas para su investigación por el Departamento de Defensa.” “Traducción: restos de un caza Insecto,” dijo Tobias. “Cierto,” asintió Jake. “Los marines, el camión, y los tíos que deberían haber estado conduciendo el camión desaparecieron en las montañas. Los marines dejaron a los tipos del camión en el parking de alguna atracción turística de carretera—” “La pelota de chicle más grande del mundo.” Rachel. “Y nadie ha visto a los marines ni al camión desde entonces.” Jake suspiró. “Así que imagino que no hay más que rascar por ahí. La NASA no tiene el trozo de caza Insecto, pero los yeerks tampoco.” Me sonrió. Había estado sentado rodeando su refresco con una mano, pero ahora la dejó sobre la mesa de modo que nuestros dedos se tocaran. Me miró a los ojos. Un mechón de pelo rebelde le cayó sobre una ceja. “Excepto que ya estás de vuelta, Cassie. Así que hemos ganado. Definitivamente, hemos ganado.” Le di la vuelta a su mano y la tomé entre la mía. Él me devolvió el apretón. Miró de reojo a Rachel y Tobias y luego se inclinó hacia mí y bajó la voz. “Esperaba que pudiéramos dar una vuelta tú y yo. Ya sabes, para hablar.” “¿Hablar?” Rachel puso los ojos en blanco. “Seguro. Lo que pasa es que quiere darte un beso grande y cursi. Tendrías que haberle visto. Se comportó como un zombi todo el tiempo que tú no estuviste aquí.” Sonreí a Jake. “¿Un zombi? ¿De verdad?” Jake le lanzó a Rachel una mirada amenazadora para luego clavar la vista en sus patatas fritas. “Eso depende de tu definición de zombi.” “¿Qué tal ésta?” dijo Tobias. “Alguien que ni come ni duerme y se pasa cada minuto de cada día y cada noche buscando por el aeropuerto y cualquier otro escondite yeerk conocido, y solo puede pronunciar una frase inteligible: ‘Tengo que ENCONTRARLA’.” Jake le miró con desdén. “Vale, era un zombi.” Me miró y sonrió. Una pequeña bola de culpabilidad me cerró la garganta. Mientras Jake ponía patas arriba la ciudad buscándome, yo había estado tomando lecciones de bumerán con otra persona. ¿En qué me convertía eso? Miré más allá de Jake. Marco y Ax volvían esquivando mesas, cargados con aperitivos grasientos y salados. Marco puso otro plato de nachos sobre la mesa. Miró a Jake y luego a mí. “Mm, ¿ha acabado ya el momento íntimo? Porque algunos de nosotros querríamos comer.” Ax cogió de la mesa la postal del canguro para hacer sitio a sus palomitas y a sus aros de cebolla. “Cassie, es estupendo tenerte de vuelta,” dijo. “Erek el chee proyecta un holograma excelente, pero nunca podría ocupar tu lugar.” Le sonreí. “Gracias, Ax. Y hablando de Erek, la próxima vez que se haga pasar por mí, necesito que rebaje su inteligencia al menos un nivel. Sacó un A en mi examen de álgebra y ahora mis padres creen que soy una especie de genio de las matemáticas. Mi madre quiere apuntarme en el próximo semestre a cálculo avanzado. Dice que no estoy aprovechando todo mi potencial.” “Tu madre no puede ni imaginarse siquiera hasta donde puede llegar tu potencial,” comentó Rachel. Ax estudió la postal que tenía entre las manos. “¿Eras un animal con dos cabezas?” “No, Ax, esa otra cabeza pertenece al cachorro de canguro. ¿Ves? La madre lo lleva en su bolsa. Ya sabes, como si fuera un bolsillo.” “Un bebé en el bolsillo.” Ax frunció el ceño y me devolvió la postal. “¿Es efectivo?” “Increíblemente efectivo, Ax.” Metí la postal en mi mochila, encima de la otra postal. La que ni siquiera Rachel había visto. La postal que tanto me había costado encontrar. Prácticamente había vuelto el estante bocabajo y lo había tenido que agitar. Pero la encontré. Un águila pescadora en pleno vuelo. Más tarde la escribí, mientras estaba en el baño esperando a Rachel. Comunidad Piti Spring, Territorio Norte, Australia. No la firmé. Yami lo sabría. La enviaría desde el aeropuerto. Suponía que un matasellos del aeropuerto sería lo bastante anónimo. Imposible de rastrear. Incluso para Visser Tres. El mensaje era corto: No te preocupes. [b]©199_ K.A. Applegate 200_ de la traducció,n de Tara[/b]

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