#47La resistencia

Sinopsis:

Los animorphs y Ax tienen que tomar la decisión más importante a la que jamás se han enfrentado: ¿continúan peleando contra los yeerk en secreto, o es hora de dejar de preocuparse por que todo el mundo sepa que hay una resistencia? Que los animorphs existen. Y que la Tierra aún tiene una pequeña oportunidad contra la invasión.

Jake sabe que todas las opciones son realmente serias. De las que no deberían ser responsabilidad de un chiquillo. Pero se está cansando de tanta presión. Y, aunque se da cuenta de que el resto de los animorphs necesitan que se mantenga fuerte, él no se siente así. De hecho, se siente justo al contrario. Y Jake sabe que si empieza a perder la fuerza, los animorphs están acabados…

Datos del libro:

La historia se desarrolla en 26 capítulos, 141 páginas en su versión original inglesa.

 

Narradores:

Jake ha liderado a sus amigos duarnte mucho tiempo ya, y él lo sabe. Pero ahora tiene a un grupo de hork-bajir libres en sus manos que prefieren luchar la que él piensa es una batalla perdida, en vez de retirarse a un lugar seguro. Jake piensa que es una mala idea, ¿pero será capaz de estar a la altura de este desafío y mantener a los hork-bajir a salvo?

Isaiah Fitzhenry tenía 20 años y se encontraba haciendo frente a una gran fuerza militar rebelde contando con muy pocos hombres. Algunos esclavos liberados quieren ayudar en la lucha. ¿Pero será capaz de convencer a sus hombres para dejar sus prejuicios de lado y aceptar la ayuda de sus antiguos esclavos?

El abuelo de Jake, el Abuelo G, le ha dejado un diario de un pariente muerto hace tiempo. Es el diario de Isaiah Fitzhenry, un joven que se encuentra liderando a unos pocos soldados y un grupo de esclavos liberados en una batalla sin esperanza en plena guerra civil. Pero Jake no tiene tiempo de preocuparse por el pasado ahora. Los yeerks han capturado a uno de los hork-bajir libres y así han sabido de la localización del valle. Jake debe liderar un grupo de decididos hork-bajir contra un enorme ejército yeerk. ¿Puede que el presente de Jake y el pasado de Isaiah estén más relacionados de lo que Jake piensa?

Nuevos personajes:

En el presente, Jake tiene que revelar el secreto de los animorphs a un grupo de campistas trekkis para hacerlos abandonar su campamento y marcharse a un lugar seguro. Algunos de esos campistas, Richard Carpenter y sus hijos Lewis y Emily, así como una pareja de madre e hija llamadas Meg y Chloe, deciden quedarse y ayudar a los hork-bajir a luchar contra los yeerks, sin darse cuenta de lo real que esta batalla puede llegar a ser.

Mientras, con Isaiah Fitzhenry, conoceremos a uno de sus soldados, el Sargento Raines, decidido hasta el final; Jacob, el líder de los esclavos liberados, un estoico y valiente joven;  un brusco y racista Joe Miller, del poblado, que no quiere a los negros luchando con la Unión; su hermosa y útil mujer Sally; y el ahora muerto mejor amigo de Isaiah, Mac Carson, quien convence a Isaiah de que debería permitir a Jacob y su gente ayudar en la lucha.

Nuevas formas:

Jake se transforma en un castor (42) para crear una presa que pueda mantener suficiente agua para arrollar a los yeerks.

Cassie, tras ser mordida por uno, se transforma también en un castor (46).

Rachel (43), Marco (47), Tobías (30) y Ax (42) adquieren la misma forma

[b]Capítulo 1:[/b] Me llamo Jake. Pero a estas alturas ya sabéis quién soy. No “comandante Jake”, ni “jefe Jake”, ni siquiera “capitán Jake”. Sólo Jake. Así es como todos me llaman, incluso ahora. Ahora dedico mi vida entera a la estrategia, planificación y batalla contra los yeerks. Mi trabajo consiste en mantenernos con vida. Mi trabajo consiste tener en cuenta la moral y las consecuencias de nuestras acciones. Me gusta pensar que no soy uno de esos tipos con demasiado ego. Pero a veces siento que nadie valora lo que hago. Y eso me preocupa. Tanto el que nadie lo note como el que a mí me importe. Vale, a veces me llaman “príncipe Jake”, pero sólo Ax. Definitivamente, en mi casa no. ¬¬¬–¡Jake! – Mi madre. – Gracias a Dios que estás en casa. Está a punto de caer una tormenta y llego tarde a recoger a Homer del veterinario. ¿Dónde has estado? Mi madre no tiene ni idea de lo que pasa con los yeerks. Me gustaría que siguiese siendo así. –Fuera, –le contesté. El agotamiento puede hacerte actuar como un idiota. La verdad es que hacía meses desde la última vez que había dormido una noche del tirón. No es el momento de dormir a pierna suelta. Rachel, Cassie y yo apenas vamos al colegio estos días. Marco y Tobias ni siquiera aparecen por allí. Porque los yeerks se están movilizando. Es el Gran Momento. Ax vigila las transmisiones de los yeerks en el espacio Cero, día y noche. Muchos de los asuntos más importantes están cuidadosamente encriptados, incluso para Ax, que trata de decodificarlos haciendo empalmes con componentes humanos. Pero algunos pequeños fragmentos de conversaciones casuales apuntan a una misma cosa. Algo grande. Algo enorme. Como si necesitáramos escuchas al espacio Cero para decirnos lo que ya estaba suficientemente claro. El fin estaba cerca. No sabemos cuándo o cómo llegará. Pero sabemos que está llegando. Cuando los yeerks atacaron un portaaviones de los Estados Unidos no hace mucho, dieron un importante y casi público paso hacia una suprema invasión a gran escala. Nos las apañamos para molestarles lo suficiente como para que se retiraran. Pero definitivamente no se habían rendido. –Escucha atentamente. – Mi madre cogió sus llaves, las metió en el bolso. – Va a empezar a llover en cualquier momento. Quiero que cierres todas las ventanas de la casa ahora mismo. Luego necesito que vacíes el almacén del sótano. Y yo había esperado poder tener cinco minutos para tumbarme en el sofá… –Uh, ¿mamá? ¿Puedo hacerlo mañana? ¿Por favor? –No. El contratista viene mañana a primera hora para hacer una estimación de la nueva sala de juegos. Además, te ganarás veinte dólares. Mi madre se puso la chaqueta. –He apilado varias cajas arriba de las escaleras. Si quieres un lugar acogedor para pasar el rato con tus amigos, te sugiero que empieces a trabajar. Un lugar acogedor. Casi me río a carcajadas. No iba a haber un lugar acogedor [i]en ningún sitio[/i] si no dábamos con un plan para parar la invasión yeerk. Abrí la puerta del sótano. Una alta columna de cajas me bloqueaba el paso. Bien. Era el líder de un grupo de guerrilla de la resistencia, la única esperanza de libertad de la Tierra, y tenía que limpiar el sótano para ganar unos míseros veinte dólares. Hablando de ironías… Les di un pequeño empujón a las cajas, sin pretender en absoluto que se cayeran por las escaleras. Pero eso fue lo que pasó. –¡Jake! – Mi madre frunció el ceño y se detuvo en la puerta. – Cuento contigo. – Y se fue. Empecé a cerrar ventanas en el salón y la cocina. El cielo se estaba poniendo más oscuro, denso y amenazador. Sí, iba a haber una tormenta. Normalmente no soy un chaval poético. Pero esta tarde no podía hacer nada salvo ver que el día era una buena metáfora de mi estado de ánimo. Acababa de llegar de una reunión con los otros después de clase. Rachel, Tobias, Cassie, Marco y Ax. No había sido un encuentro agradable. Los ánimos estaban por los suelos. El tiempo corría y aún no podíamos ponernos de acuerdo en nada. Desde que Marco tuvo que transformarse delante de su padre, se ha estado hablando de abandonar nuestra tapadera todos juntos. Decirle a la gente quiénes somos. Decirle a los medios quiénes somos y qué está pasando realmente en la Tierra. De manera que podamos contraatacar. Bueno, aquellos de nosotros que no somos controladores. Sin duda, hay una gran [i]ventaja[/i] en lo de contar nuestro secreto. Pero también hay [i]contras[/i]. Rachel se muere por salir a la luz, patear culos, y no mirar nunca atrás. Típico. No es que esté necesariamente equivocada, pero no siempre piensa en las consecuencias. Ese es mi trabajo. A mi modo de ver, la única razón por la que los yeerks no han hecho aún un ataque a gran escala es porque la aproximación cautelosa aún les funciona. Debe ser eso. Así que si descubrimos a la luz pública la tapadera de los yeerks, ¿por qué no iban a subyugar que cada ciudad importante del mundo? Podrían hacerlo. Sabemos que no se oponen a usar la tecnología nuclear humana. Pero ni siquiera la necesitarían. Un par de naves Espada podrían destruir una ciudad, y los yeerks sólo perderían unos millones de huéspedes potenciales en el proceso. Y no podemos correr ese riesgo. Pero tenemos que hacer algo… Porque la infestación se ha estado llevando a cabo durante mucho tiempo ya. Quizá haya miles de controladores sólo en mi ciudad. Demasiada gente entra y sale del estanque yeerk para que podamos hacer un seguimiento cuidadoso de todos. En pocas palabras: la Tierra está perdiendo su alma. La gente tiene que saberlo. No tengo dudas a cerca de eso. Tenemos que hacérselo ver. Pero hacerlo público, dar ese gran paso… A veces es demasiado. Las decisiones, la presión. El sótano… Bajé al sótano. Pasé la lavadora, que estaba funcionando. En la habitación trasera cogí unas cajas, un rotulador y una pistola de cinta adhesiva. Estaba oscuro. Un cordel de algodón rozó mi brazo y tiré de él. La única bombilla que colgaba del centro de la habitación se iluminó. La luz me hizo entrecerrar los ojos y apartar la vista. Montañas de cajas rebosantes de papeles. Mi vieja bici. Una lámpara rota. Todo un cuarto lleno de basura. Tropecé con una pila de papeles. Números, columnas de cifras, las palabras “Asignación de Fondos Comunes de Inversión”. Eché los papeles en una de las cajas vacías. La etiqueté: COSAS DE MAMÁ. Cogí otro montón de papeles del suelo. En la parte de arriba de la primera página un niño había garabateado: “Lo que hice el último verano”. En la esquina estaban escritas las palabras: ¡BUEN TRABAJO! Los antiguos deberes del colegio de Tom. De antes de que se convirtiera en controlador. Tiré el montón en otra caja y empecé a escribir su nombre en un lado. Me detuve y lo taché. Puse: BASURA. Yo ya no tenía hermano. Esa deprimente realidad me hizo volver a pensar en el encuentro de esa tarde. Ax había apoyado la idea de permanecer en el anonimato, al menos hasta que llegase la flota andalita. Ninguno creía realmente que los andalitas estuvieran de camino. Pero las esperanzas, incluso las falsas, son mejor que nada en absoluto. Sobre mi cabeza, otro estante de basura. DECORACIÓN DE NAVIDADES estaba junto a las cosas de mi madre. Busqué por encima de mi cabeza la siguiente caja. Era demasiado grande para manipularla. La bajé al suelo. Un post-it en la parte de arriba decía “[i]Para Jake, del abuelo G[/i]” con la caligrafía de mi madre. ¿Así que ésta era la caja que me había dejado tras su muerte? Mi madre debía haberla estado reservando para mi próximo cumpleaños o algo. Era una caja pasada de moda cubierta de cuero oscuro y mohoso. Herramientas decorativas y adornos de metal la hacían parecer bastante llamativa. La portada, un poco doblada, mostraba el nombre Fitzhenry en elegantes letras de cuero. El nombre me era familiar. ¿Había conocido a algún Fitzhenry en alguna reunión familiar? ¿Primos de mi madre? Llegué a abrir la tapa de la caja y pero la luz se fue. La lavadora se paró. Podía oír el viento y la lluvia chocando contra los paneles de las pequeñas ventanas del sótano, haciéndolos sonar muy fuerte. ¡¡CRAAASSSH!! Me deslicé a través de la oscuridad hacia la fuente del sonido. Se filtraba justo la suficiente luz desde el exterior para ver la gran rama caída del árbol que había roto el cristal de la ventana del sótano. El viento y la lluvia se abrían paso al interior. Otra crisis. Estaría bien que todas fueran tan pequeñas. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] Bajé trastabillando por las escaleras. Las zapatillas de deporte hacían crujir los cristales rotos. La linterna recargable estaba en la cocina, junto al horno. La cogí junto con el rollo de cinta adhesiva de la cocina y volví corriendo abajo. Puse una lámina de cartón sobre la ventana rota y pegué los bordes a la pared. El sótano estaba ahora completamente a oscuras salvo por el rayo de luz de la linterna. Volví con la caja antigua. El lomo de cuero estaba cubierto de polvo. Levanté la tapa y apunté con la linterna al interior. Había algún tipo de traje de chaqueta, doblado y empaquetado en la parte superior. De lana azul oscura. Tenía una fila de grandes botones de latón casi del tamaño de una moneda de 25 centavos. Lo saqué de la caja y lo deposité, aún doblado, en el suelo. Bajo el traje había un surtido de objetos pequeños. Viejas medallas unidas a descoloridos trozos de tela. Un largo cuchillo corroído con dos filos. En la base, donde debería haber estado el mango, había un anillo de metal curvado con dos agujeros. Como si le faltara algo al cuchillo. No había mucho más en la caja. Una taza de hojalata, un peine, un viejo y enorme cepillo de dientes que parecía hecho a mano. Me pregunté en qué caja colocar esto. El deteriorado paquete en el que estaba no iba a durar mucho más. ¡BANG! La puerta de atrás se cerró con un portazo. –¿Mamá? –grité. –¿Eres tú? ¿Cómo está Homer? No hubo respuesta. Dejé las cosas de la caja en el suelo y me dirigí cuidadosamente al piso de arriba. Parecía que la tormenta estaba amainando. –Mamá, –la llamé de nuevo. –La luz se ha ido y… Me giré y lo vi ahí de pie, en la puerta entre la cocina y el salón. Mirándome. En silencio. –Joder, tío, me has asustado, – dije, intentando no sonar tan sobresaltado como estaba. Tom. El que ya no era mi hermano. Un yeerk. Fingía que no lo sabía, fingía que todo era normal. La supervivencia de mi familia dependía de mis habilidades como actor. –Menuda tormenta, ¿eh? – dije. Sonreí. Tom no. –Si la luz no vuelve, quizá mañana no tengamos clases. –Volveré en unos minutos, – dijo Tom simplemente. –Vale. Oye, ¿quieres ayudarme a ordenar el sótano? Hay un montón de cosas chulas ahí abajo. Lo último que quería era tener por ahí cerca a Tom. Realmente me daba miedo. Era hermano y alienígena, hermano y enemigo. Siempre me ha preocupado tener un descuido, algo que pudiera dejarlo todo al descubierto. Pero la forma de actuar en plan hermano pequeño agradable era esencial. –No, – dijo Tom, absorto. – Dile a mamá que no vendré a cenar. Debo ir a un sitio. –¿A dónde? No respondió. Sólo se fue. –Preparativos, – susurró mientras caminaba pasillo abajo. Me puse tenso. Su yeerk estaba estresado. Hablaba consigo mismo. Fingí no haberlo escuchado. –Vale. Te veo luego. Quizá sólo estaba hablando del colegio. Quizá era yo el que se estaba desmoronando. Bajé de nuevo al sótano. Apoyé la linterna contra una vitrina de manera que alumbrara la pared tras la vieja caja. Cogí el traje azul con los botones de latón. ¡THUNK! Algo se deslizó de entre los dobletes y dio en el suelo. Agité el traje, buscando más objetos escondidos. Era grande. Como de mi tamaño a la altura de los hombros, pero recorriendo toda la longitud hasta por debajo de mis rodillas. Con una raja en el pecho izquierdo. Volví a doblarlo, lo metí en la caja y recogí el objeto que había caído al suelo. Era un libro. Con cubierta de cuero. Con páginas no muy alineadas en los bordes. Me agaché sobre la linterna y abrí la portada. En la página izquierda se leía [i]Teniente Isaiah Fitzhenry[/i]. Pasé a la primera página. [i]Sabemos que el General Forrest y su caballería están ahí fuera…[/i] De repente, recordé dónde había oído el nombre “Fitzhenry”. Era el tataratataratío del que hablaba el abuelo G. Un héroe de la Guerra Civil. Y éste debía ser su diario. Ahora todo lo de la caja tenía sentido. El traje era su uniforme. Y su cuchillo. Hojeé las páginas. La letra era limpia y firme. Mejor que la de la gente de hoy en día. Tardaba un par de segundos reconocer algunas letras, pero en general era muy fácil de leer, de escritura muy limpia. Una página entera estaba manchada de tinta y pegotes marrones. Volví a la primera página. –¿Jake? Escuché a mi madre por la puerta de atrás. Las uñas de Homer se deslizaban por los azulejos de la cocina. Entonces, un gemido sordo desde el baño. La lavadora había vuelto a la vida. La bombilla de arriba destelló un par de veces, y entonces volvió a brillar. –¿Jake? – llamó otra vez mi madre desde la cocina. –¡Voy! – contesté. Le di la espalda a la caja. Me detuve un segundo y me giré. El viejo diario estaba abierto en el suelo. [i]Sabemos que el General Forrest y su caballería están ahí fuera. ¿Pero vendrá? ¿Vendrá algún día? Y si lo hace, ¿estaremos preparados?[/i] Me paré, cerré el libro y cerré la tapa de la caja. Ésa era una guerra diferente. De hacía mucho tiempo. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] [i]Cresta Montañosa Sinkler, Tennessee. 23 de Diciembre de 1864. Por la mañana temprano. Sabemos que el General Forrest y su caballería están ahí fuera. ¿Pero vendrá? ¿Vendrá algún día? Y si lo hace, ¿estaremos preparados? Cuando entramos en el campamento hace dos días, el Mayor Charles Shaw tomó el mando de nuestro destacamento. El Mayor Shaw murió anoche, abatido no por el fuego rebelde, sino por la fiebre. Yo, el teniente Isaiah Fitzhenry, comando el destacamento ahora. La misión está en mis manos.[/i] –¡Teniente! El sargento Raines entró corriendo por la puerta y se dirigió directo a mí, con las botas repicando sobre el suelo de madera. Sus pisadas sonaban como el eco de la artillería e hicieron que me incorporara de un salto en un acto reflejo. Rezo para que yo no sucumba también presa de la fiebre. –¿Hemos recibido respuesta? – pregunté rápidamente. Le había mandado al telégrafo a por nuevas órdenes. Órdenes de marcha, esperaba. Teníamos que movernos hacia el este, reunirnos con el regimiento, poner a salvo a los enfermos. –No, señor, – respondió Raines. Su ansiosa mirada se dirigió al suelo, después a la ventana y de vuelta al suelo. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse un diente. –¿Entonces qué? Las botas de Raines se veían húmedas y rígidas. Estaban cubiertas de barro y congeladas, sin duda. Miré por la ventana a la destartalada casa que habíamos tomado como cuartel general. Una extraña mezcla de lluvia y nieve caía en el exterior. Moví los dedos de los pies. Sólo notaba una leve sensación. Y sé que yo aguanto el frío mejor que la mayoría de los hombres. Raines elevó hasta mí sus penetrantes ojos azules. –Es la línea del telégrafo, señor, – dijo. – La han cortado. Sentí que la cara se me quedaba sin sangre. Estábamos aislados. Raines cambió el peso al otro pie. –Es la caballería de la Confederación del General Forrest, Teniente. Uno de los hombres de Forrest cortó la línea. –¿Cómo lo sabes? – repliqué. Recé para que Raines estuviera equivocado. – ¿Puedes estar seguro? –Nuestros vigilantes atraparon al rebelde que lo hizo, y lo han traído al campamento. Miré por la ventana. El brumoso y poderoso azul de las montañas se cernía sobre nosotros como un enemigo aproximándose. Olfateándonos, rodeándonos, preparándose para asestarnos el golpe. ¡Así que Forrest estaba cerca! –¿Está fuera el prisionero? –En el puesto de primeros auxilios, señor. Intentó escapar y le disparamos en un brazo. La cresta Sinkler es una sola calle de tablas de madera y edificios de troncos. Un pueblo inútil que nunca habríamos visto si no fuera por su situación. Dos líneas menores de tren pasaban por ahí. Menores sólo en tamaño, pero transportaban bienes al ejército del general Sherman. Víveres vitales como bizcochos, café, abrigos, tiendas, rifles, zapatos, calcetines, artillería y munición. Todo lo necesario para que la campaña subsistiese. Si perdíamos esa ubicación, los rebeldes podrían destruir al ejército de Sherman. Las victorias de la Unión en Vicksburg y Atlanta no habrían significado nada. –Mantengamos las vías de tren de la Cresta Sinkler en manos de la Unión. Oh, qué simples sonaban esas órdenes hacía dos días cuando los hombres estaban totalmente erguidos y fuertes. Las circunstancias pueden cambiar tan rápidamente… Pero mis hombres están cayendo como moscas, la fiebre se está extendiendo, y hace frío. Mucho frío. De entre todo lo que necesitamos, me conformaría con las mantas. –¿Cuántos hombres están disponibles para el servicio? – pregunté. –Menos de veinticinco, teniente. Si Forrest viene en estas condiciones, incluso con una pequeña armada, no podremos contenerlos, es imposible. Hoy es mi vigésimo cumpleaños. Llevo ya dos años en el ejército y según las cuentas ya soy un hombre, aunque no lo parezco para nada. A pesar de mi altura, soy delgado. Aunque soy un oficial, el pelo me cae por la frente como los rizos de un bebé y no importa cuánto los peine, nunca se quedan donde deben. Los hombres deben verme más niño que hombre. El respeto se gana, y sé que ese respeto lleva tiempo. Pero siento que puedo probar mi fuerza, mostrar que mi corazón está libre de miedo y debilidad, que estoy hecho para servir a la Unión y triunfar. –Si no podemos usar el telégrafo para solicitar nuevas órdenes, debemos obedecer las que tenemos. –¿Teniente? – podía notar la alarma en la voz de Raines. –Preparaos para defender nuestra posición. Si los rebeldes quieren este emplazamiento, van a tener que pelear por él y pelear endiabladamente bien. ¿Está de acuerdo, Raines? Raines era un buen hombre, resistente y duro. Nunca había visto la derrota en su cara y no la vi en este momento. –¡Sí, señor! –Reúne a los hombres y reasígnales las tareas. Pero primero, avisa al puesto de primeros auxilios de que iré personalmente. Voy a visitar al prisionero. –Sí, señor, – repitió Raines, saludando mientras giraba sobre sus ruidosos talones. Una melodía alegre silbada se coló a través de la ventana. Era el chico del pueblo que ya había visto antes y su amigo con un tambor. Marcharon arriba y abajo por la calle principal, con las espaldas rectas y las cabezas altas. Jugando y tocando el tambor. –Cuando Johnny marcha de vuelta a casa, ¡hurra! ¡Hurra…! Habían estado practicando. Estaban preparados. Cuando viéramos acción, tendría que llamarlos a formar. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] El viento vibrante abofeteaba mis oídos mientras caminaba hacia las tiendas. Las habíamos colocado al final de la calle principal, atravesadas en el camino hacia los almacenes. Una tienda larga hacía las veces de hospital. Otra docena de tiendas en forma de cuñas de un blanco sucio estaban dispuestas en dos filas paralelas, con las lonas aleteaban al viento. Si la fiebre continuaba expandiéndose, no necesitaríamos la mitad de las tiendas que teníamos. Me guardé mi diario en el bolsillo derecho y crucé el camino. Mi madre me había mandado el diario en su último envío, en una caja por el día de acción de gracias, pero no lo había recibido hasta hacía unos días. El chocolate y las patatas aún estaban buenos, pero el pavo se había podrido y la tarta estaba tan dura como el mortero. Otros hombres tenían la costumbre de llevar diarios, pero yo nunca lo hice. ¿Por qué recordar todas las cosas que trataba de olvidar? En su carta, mi madre me decía el por qué. –Algún día serás un viejo, Isaiah. Volverás a pensar en esta guerra, en los chicos que conociste y en las ciudades que viste, y necesitarás recordar. –¡Teniente! El sargento Raines apareció desde la parte de atrás del puesto de primeros auxilios, con la cara contraída en una mueca de alarma y confusión. –Vienen hombres hacia aquí, señor. – La intensidad de su voz me paró el corazón. ¿Forrest? –¿Quién? – grité, echando a correr. – ¿Qué pinta tienen? –No estoy seguro, señor. –Por el amor de Dios, Raines. ¡Habla! –Supongo que deben ser esclavos fugitivos que se habían estado escondiendo en las colinas. Volví a respirar, contrariado con Raines por haberse excitado tanto. Por haberme agitado tanto. No tenemos tiempo para distracciones. Esto era un problema trivial, un trabajo para los cabos. –¿Qué quieren? – pregunté llanamente. – ¿Comida? –No, señor, – dijo Raines con pesar. – Dicen que han venido a pelear. Se me escapó una risotada antes de que pudiera reprimirla. Una nerviosa mezcla de sorpresa y molestia ante una idea absurda. Rodeé la esquina trasera de la tienda-hospital y me quedé congelado en a mitad de camino. Tenía ante mí tres docenas de hombres formando una fila irregular, quizá incluso más. Altos, bajos, anchos, delgados. Con diferentes camisas y pantalones, similares sólo por su deterioro, como si cada hombre hubiera nacido con un solo conjunto de ropa y aún las vistiesen. Jamás había visto antes esa formación de llagas y ampollas en los pies ni siquiera en mis hombres enfermos. Llevaban un calzado simple que podrían haber sido botas. EN el suelo a su lado descansaban andrajosos hatillos atados a desvencijados palos. Por último les miré a las caras, de características tan diversas como las de nuestro destacamento pero de piel negra en distintos tonos. –¿Qué debemos hacer? – preguntó Raines, rompiendo el silencio de mi observación. –¿Usarlos como contrabando? Contrabando era como llamábamos a esa gente al principio de la guerra, antes de la Proclamación de Emancipación. Hacía ya tiempo, cuando por primera vez la Unión decidió que podía emplear a los antiguos esclavos. No como soldados, pero sí como trabajadores. No respondí a Raines ya que había más de treinta caras fijas en mí, cada una pidiendo una respuesta. ¿A quién dirigirse? ¿A qué cara mirar? Me topé con los ojos de un hombre alto, pero instantáneamente su mirada se clavó en la tierra. Así que me moví hacia la andrajosa pared de hombres y dije, con la voz un poco temblorosa, –Soy el teniente Fitzhenry. Veo que estáis aquí para ayudar a la Unión en sus propósitos. Estoy agradecido por ello, porque necesitamos vuestra ayuda. Un ataque rebelde es inminente. En este punto, una ola de susurros surgió de entre los hombres. –Debemos preparar las defensas. Esa es mi única preocupación, – continué. – No hay tiempo para construir muros o chevaux-de-frise ([i]NdT: troncos puntiagudos apuntalados en el suelo[/i]). Tenemos que abrir trampas en la tierra, simples y sencillas. Y tenemos que cavar rápido. Un hombre pequeño con sombrero de ala ancha dio un paso fuera de la línea. –Estamos aquí para luchar, señor. Recorrí con mis ojos la línea de hombres arriba y abajo, preguntándome cómo expresar mi rechazo en términos claros. –¿Entienden que la guerra adquiere muchas formas? Este tipo de trabajo duro forma parte de la victoria tanto como… –Cavaremos sus defensas, teniente. Pero cuando llegue el ataque, queremos luchar. –¿Cuál es tu nombre? –Me llamo Jacob. –Te referirás a mí por mi rango, – dije bruscamente. –Sí, teniente. –Seguramente sabrás que no puedes luchar, – dije con una creciente frustración. – Seguramente sabes que es imposible. –Somos hombres libres, teniente. Todos los de esta línea preferimos morir antes que perder esa libertad. De nuevo, los susurros se apoderaron de la línea, obviamente apoyando las palabras de Jacob. –Sabemosque sus hombres están enfermos de fiebre, – continuó Jacob. – Necesita hombres, teniente. Aquí nos tiene. –¡Luchar queda fuera de la negociación! – le contesté, mirando a Raines. La presunción en la franqueza y lógica de Jacob me perturbaba. – Podemos proveeros con provisiones mínimas: botas, medias, un poco de comida…a cambio del trabajo. ¡Necesitamos cavar trincheras! Raines repartirá palas y picos y cualquier otra cosa que pueda encontrar. El trabajo es lo único que puedo ofrecerles, – grité exasperado. – ¡Es todo! No podían luchar. Era imposible. Mis propios hombres no lo tolerarían. La gente del pueblo, que sólo eran pro-unionistas débilmente, podrían rebelarse. Una fuerza armada debía estar unificada, ¡no dividida! Y los hombres no estaban entrenados. No sabrían disparar mosquetes aunque los tuvieran. Con todo, necesitaba hombres desesperadamente. Con sólo veinticinco éramos un puñado contra una multitud. ¿Cuál era la fuerza de Forrest? ¿Cientos? ¿Más? –¡Seguidme, todos vosotros! – gritó Raines, marchando hacia el cobertizo de suministros. La orden de Raines fue demasiado precoz. Jacob no había aceptado todavía Aún estaba en posición de firmes, mirándome con ojos tan oscuros como la noche. –Haremos un trabajo del que Lincoln esté orgulloso, – dijo al final, sonriendo débilmente. De mala gana, marchó tras Raines. El resto de hombres fueron tras él. Temí que no hubiera ganado la disputa. De hecho, sentí que sólo acababa de empezar. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] ¡Riiiiing! Me desperté de golpe. Cogí el teléfono antes de que mis ojos estuvieran abiertos. Me lo llevé al oído. Abrí los ojos. –¿Hola? –Oh, hola, Jake, – Cassie. Gemí. El reloj marcaba las 4:55 A.M. –Perdona. Debo haber pulsado una marcación rápida equivocada. Pero ya que estamos, tenía que decirte que Toby me pidió que te diera las gracias por prestarle tus apuntes de historia. Creo que le gustas. –Genial, – dije. – Vale. Ve a darle de comer a las gallinas o lo que sea que hagáis los veterinarios a estas horas de la mañana. –Darle a los animales sus medicinas, en realidad. Adiós. Cassie. Hablando de todo ese sinsentido para poder meter la palabra clave “Toby” en la conversación. Significaba algo. Había problemas con los hork-bajir libres. Tenía que ir al valle. Ahora. Me deslicé de mi cuarto hasta el pasillo y escuché. Ni un sonido. La casa estaba fría, al igual que la alfombra bajo mis pies desnudos. Me acerqué a la habitación de Tom y abrí con cuidado la puerta. Un bulto cubierto. Estaba dormido. Le observé durante un minuto. No se movía. Entré en la habitación. El suelo crujió muy fuerte. Me quedé congelado, pero Tom no se movió. Extendí la mano y toqué las sábanas, con el corazón martilleándome en los oídos. ¿Qué diría si se despertaba? Apreté un poco. Las sábanas volvieron a su sitio suavemente. Almohadas. La cama estaba rellena con almohadas. Tom estaba fuera metido en algún asunto yeerk. Otra vez. Rápido, en silencio, volví por el pasillo y pasé el dormitorio de mis padres. Ambos dormían sonoramente. Me moví en silencio escaleras abajo. Me serví un vaso de zumo de naranja del cartón y escribí una nota a mis padres. [i]He ido a correr temprano. Me voy directo al colegio. No os preocupéis, me tomaré un ‘Egg McMuffin’. (NdT: hamburguesa de huevo, típica de los desayunos de McDonalds[/i].) Pegué la nota en la cafetera y salí por la puerta de atrás. Me subí al arce y en la oscuridad me transformé en un halcón peregrino. Y en nada de tiempo me elevé en el cielo de la madrugada. La ciudad alumbrada por los primeros rayos se extendía debajo de mí. Cada persona en la calle, en cada coche y cada casa, era sospechosa ahora. Cualquiera podía ser un controlador. Y los controladores podían estar en cualquier parte. Pero había menos en el bosque. Conforme las casas y carreteras se hacían menos frecuentes y más alejadas, mientras los árboles se volvían más espesos, empecé a respirar más trasnquilamente de nuevo. Siempre creo que sé cómo llegar al valle de los hork-bajir. Pero cada vez que estoy casi ahí, me pierdo. El este de repente es el oeste y el norte es sur hasta que, de repente, el valle aparece frente a mí. Y nunca estoy seguro de cómo lo he encontrado. Sucedió la misma historia esta mañana. Estaba volando en círculos hasta que, de repente… Me lancé disparado sobre una cresta montañosa y entre los primeros rayos del sol naciente. Ahí, ante mí, se extendía el valle. Y el río también, desvaneciéndose lentamente hacia la cresta. Seguí la corriente hasta el campamento y aterricé sobre una rama antes de volver al suelo para recuperar mi forma. Los otros ya me estaban esperando. <Hola, príncipe Jake.> Ax tenía la mirada gacha. Los ojos de sus antenas vigilaban constantemente nuestro alrededor. <La situación es muy mala. La colonia está en serio peligro.> Desde que Ax actuó por su cuenta secuestrando a Visser Dos en el portaaviones – un acto desesperado que esperaba hiciera al Visser cancelar la orden de que un submarino americano capturado liberase sus armas nucleares contra China –no me había vuelto a mirar directamente a los ojos. Y para ser honesto, incluso me sentía agradecido. Sí, la jugada de Ax había salido bien. Y de un modo extraño le agradecía que me hubiera relevado de tener que tomar esa decisión. De tener que escoger la muerte de miles para salvar la de millones. Estaba orgulloso de Ax. Pero también estaba enfadado con él. Echo de menos los tiempos en que nuestra amistad era más fácil. Espero que vuelva a mejor. Pero por ahora, ambos fingimos que no ha pasado nada grave entre nosotros. Es lo que tenemos que hacer. –¿Por qué? – pregunté. – ¿Qué pasa? Marco asintió hacia Toby, la joven hork-bajir con poderes especiales. La “vidente”. Ya mide unos dos metros diez; es casi tan alta como el más alto de los machos hork-bajir. La mayoría de los hork-bajir no son muy brillantes. Toby es la excepción. Algunos hork-bajir dicen que ella es clarividente, que ve el futuro antes de que suceda. Todos los hork-bajir libres la buscan para que les guíe y les dé consejo. Toby estaba de pie en un círculo con Ax, Marco, Cassie y Rachel. Tobias estaba sobre el hombro de Rachel. Los otros hork-bajir libres se hallaban junto a los padres de Marco, escuchando desde la distancia. –¿Qué es, Toby? ¿Qué ha pasado? –Asaltamos un centro yeerk ayer, Jake, – dijo. – A un día de viaje desde aquí. Rescatamos a cuatro de los nuestros. – Hizo una pausa y miró hacia abajo, al arroyo. – Pero uno de nuestros guerreros fue capturado. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] Un horrible silencio siguió a las palabras de Toby. Eso era realmente malo. La captura es lo que nos provoca pesadillas, algo a lo que todos tememos más que nada. A menos que escapes o mueras inmediatamente, significa la traición a todos los que amas y a todo lo que valoras. Porque un prisionero es infestado por un yeerk. Su cerebro es escaneado. Todo recuerdo útil, todo conocimiento relevante, es extraído y utilizado para la causa yeerk. El yeerk con acceso a la mente de un hork-bajir que una vez fue libre, tendrá la capacidad de liderar un ejército hacia el valle. Sí, el Ellimista lo hizo extrañamente difícil de encontrar. Pero con un guía, los yeerks sin duda serían capaces de encontrar el camino. –No es de los planes más inteligentes, – Marco, – pero movamos nuestros culos antes de que los yeerks ataquen. –No hay otro modo, – aceptó Cassie. – Incluso con nuestra ayuda, Toby, no podéis pelear contra un ejército de yeerks. Tienen armas sofisticadas. Muchísimos refuerzos. Vosotros sois menos de cien. – Cassie hizo un gesto hacia la multitud de hork-bajirs. – No más de sesenta os encontráis en buena forma o sois lo bastante mayores para pelear. –No es justo, – dijo Rachel enfadada. <No,> aceptó Tobías, <¿pero qué opciones tenemos?> Toby guardaba silencio. Su expresión no dejaba entrever nada. Se volvió hacia Ax. –El bosque es muy espeso para el uso efectivo de los cazas Insecto, ¿no? – preguntó. – Y el valle demasiado estrecho. Las antenas de Ax escanearon el cercano espacio entre los árboles. <Eso es verdad. Pero ese hecho sólo mejora las posibilidades en un porcentaje muy pequeño.> Toby se giró hacia mí ahora. –¿Nos ayudaréis a defender nuestro valle, Jake? ¿Nuestro hogar? Me quedé perplejo. Toby no parecía entenderlo. Si intentábamos combatir a los yeerks, nos masacrarían. –Queremos ayudar, – dije –pero no si eso significa llevaros a la derrota. Toby miró entre los árboles y luego pasó a inspeccionar el campo. Clavó el palo que sostenía en el suelo blando. –Este valle es nuestro hogar. – dijo en voz lo suficientemente alta. – No nos rendiremos. Nos quedaremos y lucharemos. Marco lanzó las manos exasperado. –Déjame entender lo que estoy oyendo. Todos queréis morir, ¿es eso? – Miró alrededor a los otros hork-bajir que permanecían cortésmente fuera de la discusión. – ¡No seáis estúpidos! ¿Mamá, papá? ¿Estáis con ellos? Los padres de Marco parecían tan inseguros como los hork-bajir. Permanecían impasibles y sin expresión, con los pies firmemente plantados en la apisonada tierra. Me froté la frente e intenté pensar. El tiempo se agotaba. Los yeerks probablemente estarían de camino. Teníamos que prepararnos. Trepé a lo alto de la V de un árbol cercano, de unos tres metros de altura, de modo que todos pudieran verme y oírme. –¡Escuchad! – grité. – Los yeerks probablemente estarán aquí mañana por la mañana como muy tarde. Os matarán o infestarán si no os marcháis ahora mismo. Todos debéis prepararos para marcharos. Os ayudaremos a encontrar un nuevo campamento. Nadie se movió. –Jake, – dijo Toby, – ningún yeerk nos va a sacar de nuestro hogar. Voy a quedarme y a luchar y eso mismo hará mi pueblo. Entre los expectantes hork-bajir libres se oyeron gruñidos de apoyo. No podía creer lo que estaba oyendo. –¡Esperad! – chillé. – Sabéis que los yeerk tienen armas muy avanzadas. Habéis visto los rayos dragón. ¡Salvaos! – miré a Toby. – Huid ahora. ¡Vivid para luchar otro día! Nadie respondió. Marco se dirigió enfadado hacia sus padres, como si fuera a echarles la bronca. Rachel me miró con su típica mirada desprovista de miedo. Quería que lo reconsiderase. Bien, estábamos formando bandos. La decisión se tomaría por votación. Salté del árbol. –¡Vamos! – grité, la desesperación golpeándome el cerebro. – ¡Aquellos que quieran vivir, quedaos de pie aquí conmigo! Los que quieran morir a manos de los yeerks, quedaos allí, con Toby. Ni un murmullo. Ni un movimiento. <Es vuestra decisión,> dijo Tobias a los hork-bajir, <pero creo que deberíais escuchar a Jake. Él sólo quiere lo mejor.> –Todos lo queremos, – dijo Cassie. Miré a Ax. Estaba un poco apartado, aislado. No iba a dar su opinión. Una dura cuestión para los andalitas, especialmente ahora para Ax. Entrometerse donde no debes. Posiblemente salvar vidas en el proceso. O simplemente mantenerte al margen. Dejar a la gente decidir su propio destino. Un joven hork-bajir dio un paso delante de la multitud y fue hacia Toby. Se irguió a su lado. Jara Hamee y Ket Helpek se le unieron. Otros los siguieron. Hasta que todo hork-bajir de colonia estuvo con su líder. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] Eché atrás la lona del puesto de primeros auxilios y entré. La luz se hizo oscuridad. El aire fresco se volvió sofocante con un hedor acre. El olor de la enfermedad y la muerte. Caminé recto, forzando los ojos para ver. –¡Ah! Noté algo cálido y suave que se retiró al instante al tiempo que soltaba una protesta. –¡Ruego que me perdone! – tanteé hasta toparme con el palo de la tienda. – Sally, ¿eres tú? Cuando mis ojos se acostumbraron, vi una mujer sobre una mesa, retorciendo unas ropas ensangrentadas en un barreño con agua. –Soy yo, teniente, – respondió Sally, más jovial de lo que esperaba. – ¿Busca al prisionero? –Eso es, Sally. – Sally Miller es una mujer del pueblo. Si la Cresta de Sinkler se ha ganado su lugar en el mapa, es gracias a ella. Habríamos perdido más hombres hasta ahora si no fuera por la subida de moral que encontraban en los excelentes cuidados de Sally. –Por aquí, – dijo. – Le hemos aislado para que no moleste a los demás. Está contenido, por supuesto, pero le eché un vistazo a su herida. –Eres una maravilla, Sally. –Eso dice mi marido en ocasiones. Pero estos hombres me necesitan, teniente, y yo creo en su causa. – Retiró una lastimosamente sucia lona colocada entre la pared de la tienda y un poste. – La causa de la Unión – enfatizó, volviéndose para dejarme con el soldado Confederado que yacía en el suelo. Sus muñecas y tobillos estaban heridos. El nuevo vendaje blanco alrededor del bíceps izquierdo había empezado a empaparse con sangre. Se quedó mirándome con ojos desafiantes. –Así que la Unión tiene a un crío al mando, – dijo suavemente. – Los yanquis tienen un niño comandándolos. La observación burlona me hirió en el orgullo y me invadió la ira. Era muy consciente de que mi aspecto no acompañaba mi cargo. No necesitaba que me lo recordaran. –Y aún así, – respondí – mis hombres te han disparado y capturado. No está mal para un juego de niños. –Os he aislado, – dijo para auto-consolarse. – Sin telégrafo, yanqui, estáis tan olvidados como en una isla desierta. La única diferencia es que aquí están a punto de daros una paliza. –Yo no estaría tan seguro, – me burlé, fingiendo intencionadamente que no le creía. –¡Pues ya puede estarlo, maldita sea! – rugió. – El general Forrest tiene quinientos soldados en Springville, más una reserva de… Se calló de golpe. Sus ojos se agrandaron cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Ahora sabía cómo sería el ataque del enemigo, su número y su posición. –Se lo agradezco, señor, – dije, haciéndole una reverencia con la cabeza. – Ha sido muy útil. Golpeó el aire y se lanzó a golpearme, pero el dolor de la parte superior de su brazo no se lo permitió. Cayó hecho un ovillo, gimiendo, sudando. Y olvidé mi ira lo suficiente como para ponerme en su lugar. Este soldado rebelde de bajo rango luchaba por una causa que creía correcta. Por su hogar, por su gente. Estaba terriblemente equivocado. Pero eso no hacía menos valiente su espíritu. Si nuestros papeles se intercambiasen, espero que yo defendiera mis convicciones como él . Devolví la sucia lona a su posición. –¿Querría ver a sus hombres ahora? – preguntó Sally, parada junto a una lona tras la que yacían mis hombres. No, no quería verlos. No quería ver un sufrimiento sobre el que no podía hacer nada. Dudé. –Sería bueno para la moral, – me urgió Sally. – Y su amigo, el soldado Carson, ha estado preguntando por usted. –Sí, por supuesto, – dije. Me agaché a través de la lona antes de pensármelo mejor. Los cuerpos de mi destacamento yacían inmóviles, agrupados de cualquier manera en la tienda, como sardinas enlatadas. Recorrí el pasillo, buscando en vano signos de recuperación. –Isaiah, – una débil voz me llamó desde la altura de mis rodillas. Mac Carson alzó sus ojos entrecerrados hacia los míos. El soldado Carson. Habíamos crecido juntos, habíamos ido al colegio juntos, y ahora habíamos luchado codo con codo. A pesar de su nueva cicatriz en la mejilla izquierda, parecía el chico que siempre había conocido. Huesos anchos, dientes blancos, pelo negro, ojos verdes. Me arrodillé y le puse la mano en la frente. Estaba ardiendo. –¿Qué noticias hay? – susurró. –Veinticinco hombres – dije. – Es todo lo que tenemos. Los hombres de Forrest son unos quinientos. Mac soltó un gemido. –Treinta hombres han bajado de las colinas esta mañana – continué. – Quieren luchar. –Gracias a Dios, – dijo Mac firmemente. Su familia había sido muy progresista en todos los aspectos, la abolición entre ellos. – Necesitas a los hombres y ellos tienen un derecho por el que luchar. Ahora también es su guerra. –¡Sé racional, Mac! Hablas como el hombre bajito que los lidera. –¿Jacob? –¿Cómo sabes de él? – pregunté atónito. –Le conocí cuando vino al pueblo. Vino solo, buscando trabajo. Compartimos algo de pan blando. –¿Le hablaste? –¡Debía hacerlo! Estaba muy bien educado, – dijo Mac. –Aprendió él mismo a leer y escribir, pero se lo ocultó a su antiguo dueño o lo habría vendido a alguien del sur. Nunca conoció a su madre ni a su padre. Fueron vendidos o cambiados o alguna de esas cosas abominables. –¿Ha sido azotado? –Imagino, aunque probablemente no a menudo. A veces creo que vivir bajo la amenaza de golpes y castigos es tan malo como el castigo en sí. Quizás peor. –Supongo, – dije ausente, mirando alrededor a mis hombres sin vida. Estaba casi seguro de que el cuerpo junto a Mac había dejado de respirar. –¿Puedes cubrirme los pies? – me pidió Mac. Me desplacé hasta el final de la camilla y casi me quedé sin aliento. Los dos primeros dedos de cada pie estaban sangrientos y marrones. –Congelados, – dijo con una débil sonrisa. Los cubrí con la manta de algodón. –Raines no cree que seamos capaces de resistir al enemigo, – dije. Mac tosió y asintió. –Deja luchar a los negros, – dijo. Me puse en pie de pura frustración. –Isaiah, – dijo Mac, agarrándome del brazo. – Son nuestra única esperanza. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] -Van a luchar con o sin nosotros, –dijo Cassie, asombrada. Como si de repente hubiera cambiado su forma de ver las cosas sobre cuál debía ser nuestro papel. – Están arriesgándolo todo por su libertad. –Eso tenemos que respetarlo, – dijo Rachel. – Y le debemos ayuda a los hork-bajir. Aún no podía creer lo que acababa de pasar. <Es simplemente increíble,> nos dijo Tobias en privado. <Estos hork-bajir realmente saben quiénes son y qué quieren.> –Está bien, – suspiré. – Os ayudaremos. Marco me lanzó una mirada que era una mezcla de exasperación y resignación. Él sabía que era una discusión que no podíamos ganar. Cassie me dirigió una mirada rápida que decía que había hecho lo correcto. Toby me sonreía con la extraña y aterradora sonrisa hork-bajir. –Tobias, como siempre, eres nuestros ojos en el cielo. Reconoce el área y mira si puedes localizar alguna ruta de escape. Tengo el presentimiento de que la vamos a necesitar. Marco, ponte en contacto con Erek. Pregunta si unos cuantos Chee pueden cubrirnos de regreso a casa a aquellos que lo necesitemos. Toby se plantó delante de mí. –Si necesitáramos escapar, – me corregí a mí mismo, y sonreí. Empecé a dibujar un tosco mapa de la zona en el suelo con un palo. Toby caminaba alrededor de donde yo estaba agachado. –Gracias, – dijo. –Sí, bueno… Sólo espero que tu gente entienda en lo que se están metiendo. No va a ser bonito. –Entienden mucho más de lo que crees, Jake. Han sido llamados a defenderse antes. Han pasado mucho. Asentí tímidamente y volví a mirar al mapa en la tierra. Tras un rato, me adentré un poco más en el campo para revisar los preparativos de la batalla. Con asesoramiento de Rachel y Ax, los hork-bajir estaban colocando plataformas en los árboles. Un hork-bajir con un fajo de pequeñas ramas de árbol a su espalda y un rollo de cuerda en la mano escalaba por un tronco, usando las cuchillas de sus tacones y muñecas para elevarse. Como un técnico de antenas de telefonía subiendo a un poste rápidamente. Cuando alcanzó los nueve metros de altura, hundió firmemente las cuchillas de sus tobillos, asegurándolas con las de ambas rodillas, y se inclinó hacia atrás. Con ambas manos libres, ató todas las ramas juntas. En unos diez minutos, había construido una compleja pero perfectamente camuflada plataforma. Cuando el constructor terminó, subió sobre la plataforma para probar su resistencia. Luego descendió deprisa, se trasladó a otro árbol, y empezó de nuevo. Los hork-bajir jóvenes treparon entonces a las plataformas terminadas y las aprovisionaron con lanzas y flechas. Armas que las hembras hork-bajir utilizaban con rapidez, eficiencia y habilidad. Era increíble de observar. Los ancianos hork-bajir, los pocos que no eran tan rápidos escalando como solían serlo, cavaron pozos y trincheras por todo el campo. Cuando una estaba cavada, los más pequeños bajaban dentro para colocar estacas afiladas de madera en la tierra. Quienquiera que cayese en esos agujeros acabaría saliendo convertido en queso suizo. Si llegaban a salir. Con las estacas en su lugar, los pequeños eran aupados para ayudar a cubrir los pozos. Primero con ramitas que abarcaban la abertura. Luego con hojas que formaban una cama para ocultarlo por completo. Tan satisfecho como podía estar en estas circunstancias, hice venir a los otros y a Toby ante el mapa para discutir la estrategia. –Estamos aquí, – señalé dos largas líneas paralelas que representaban el estrecho pasaje. – En cada lado tenemos terraplenes escarpados y precipicios. Resultan imposibles de escalar sin que lleve mucho tiempo y esfuerzo. Así que lo más probable es que los yeerks entren al valle por este camin,o – dije, señalando. – Desde el sur, cuesta arriba. –Eso es bueno para nosotros, – dijo Marco. <Retrasará su llegada>, añadió Ax, <pero también interferirá en nuestra retirada. Tobias dijo que la única vía de escape era por el valle hacia el norte.> Ax apuntó a un lugar donde el valle se ensanchaba, a poco más de un kilómetro al norte del campamento. <Las paredes del valle se vuelven más fáciles de escalar en este punto, pero aún así será lento y difícil.> Miré a Toby. <Tenemos otro problema>, añadió Tobias. <He visto un grupo de campistas. Y van a encontrarse en el camino de los yeerks.> –Supongo que tendremos que intentar convencerlos para que se vayan de aquí, – dije. Cassie puso su mano en el brazo de Toby. –Incluso si sobrevivís, tendréis que esconderos. ¿Dónde iréis? –Si nos vemos forzados a retirarnos temporalmente, – dijo Toby con calma, – iremos a las montañas. –Pero los árboles de las montañas no son del mismo tipo que los del valle. Y no os darán gran amparo. Tendréis que volver a adaptaros a todo. <Y esas colinas están muy cerca de las afueras,> añadió Tobías. <No sería muy seguro aguantar allí mucho tiempo. Podríais encontraros con algunos humanos de cuando en cuando.> –Quizá sea el momento de que los hork-bajir se encuentren con algunos humanos, – dijo Rachel. – No podemos contar con que el Ellimista aparezca y nos ayude sólo porque así lo queremos. Si la gente correcta supiese qué está pasando, podrían pasar todo tipo de cosas… buenas y malas. Marco torció el labio en una sonrisa. – Últimas noticias: La mayoría de la gente de las afueras no va a aceptar un alien de dos metros de altura con cuchillas como vecino. ¿Qué van a hacer, compartir el coche? ¿Estará Toby como una de esas mamás en los partidos de fútbol? Pensad en ello. Toby miró al suelo. –Lo siento. Nosotros no pensamos que seáis monstruos, pero en cuanto a la mayoría de la gente de ahí fuera… Toby, los humanos no pueden ni siquiera tratar con otros humanos que apoyan a un equipo de fútbol rival. –Sí, – dijo Toby lentamente. – He aprendido que los humanos no se preocupan por colectivos distintos al suyo. –Eso no es siempre cierto, – dije. <Mi estudio de la historia humana sugiere que Marco y Toby están en lo cierto>, dijo Ax con cuidado. <Históricamente, los humanos están entre las últimas especies tolerantes de la galaxia, apartados debido a la frecuencia de la violencia y la opresión.> –Así que, ¿qué sugerirías, Ax? – preguntó Cassie. –¿Enviar a los hork-bajir a algún planeta lejano? ¿Todo porque los humanos desafían la tolerancia? Esa no puede ser la única respuesta. –Apesta, – dijo Marco. – Pero echa un vistazo a lo que los humanos le han hecho a los animales. Si hay una oportunidad de dominar algo, la tomamos. Prefiero ser un tigre o un elefante en Neptuno que una alfombra a rayas o una caja de marfil en la Tierra. Cuánto más lejos estéis de los humanos, mejor os irá Por un momento, Toby no dijo nada. –¿Pero realmente somos tan diferentes de vosotros? – dijo finalmente. Se volvió hacia el campo. Hacia una hork-bajir que se había inclinado hacia el suelo y recogido a su lloroso hijo entre los brazos. El niño se había caído. La madre levantó al niño cuidadosamente hasta sus hombros y le palmeó la espalda gentilmente. No, realmente los hork-bajir no eran tan diferentes en absoluto. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] Al atardecer, el sargento Raines y otros dos soldados caminaban conmigo por la calle principal de la cresta Sinkler. Sally Miller y su marido, Joe, estaban dando una fiesta de Navidad. Habían sido tan amables de invitarnos y nosotros estábamos encantados de complacerles. Designé a un número de hombres para las tareas de vigilancia de las inmediaciones y dejé al sargento Spears al mando hasta nuestro regreso. Nuestros vigías estaban esparcidos entre los árboles y las colinas al borde del pueblo. Antes de que el enemigo atacara, estaríamos alerta. Muchos pueblerinos, Joe Miller entre ellos, trajeron sus propias palas y picos y se nos unieron cavando esta tarde. No trabajarían cerca de los hombres negros, ni siquiera querían tenerlos a la vista. Decían que los hombres de Jacob eran una desgracia para la Unión. Quizás. Pero nadie podía negar el progreso que habían hecho. Los árboles que cubrían toda la cara sur de la Colina Alta fueron talados y tumbados, una formidable defensa cuando el tiempo es escaso. Y los negros llevaron a cabo los movimientos de tierra como expertos ingenieros. La mayoría de los hombres cavaron toda la tarde, y cavarían todo el día mañana. Nos detuvimos ante una casa de tablillas blancas con velas parpadeando cálidamente en las ventanas. Música de violines se filtraba por las paredes y bajo la puerta. Subí las escaleras y golpeé el llamador. Se escapó un aroma a canela y vainilla en cuanto la puerta se abrió. Sally nos saludó acogedoramente. – Teniente. Hola, Raines. Bienvenidos. A Sally se la veía resplandeciente con su cabello dorado replegado en tirabuzones y un vestido rojo adornado a juego con sus labios. Retrocedió para dejarnos pasar y saludó con la cabeza conforme pasábamos. Nos sumergimos en el sonido de la música y las voces. Raines se apresuró hacia la funda de banjo que estaba apoyada en el rincón, la abrió y sacó el instrumento como un crío abriendo un regalo la mañana de navidad. El soldado raso Tweed levantó una pandereta. El cabo Fox desenfundó un par de castañuelas de hueso del bolsillo de la chaqueta. No se intercambiaron palabras. Simplemente se unieron al violinista y empezaron una nueva canción, una letra que ya había oído antes. “Oigo el sonido de cornetas llamar al toque de diana y la instrucción, llaman a beber, a cuidar de los establos, al desfile militar, a formar… y todo queda en silencio. Oigo el sonido de esa llamada, y los hombres se disponen en línea, con aspecto seco incluso mientras beben su whisky y la quinina.” El estrés ante el inminente ataque pareció esfumarse. Los aldeanos presentes aplaudieron y pisotearon al unísono. El joven silbador y el chico del tambor, los dos a los que había escuchado desde mi ventana, estaban delante de la chimenea encendida. –Buenas tardes, Teniente, – dijo Joe Miller. – Feliz navidad. – Era un hombre ancho, hecho para la vida del campo. Su barba y bigote eran incluso más rojos que su pelo. Tenía siempre una amplia sonrisa a juego con su cuerpo. –Igualmente, Millar, – respondí. – Como ves, mis hombres agradecen ser liberados de sus tareas. –Ven. – Miller me cogió del brazo y me dirigió a una larga mesa junto a la ventana. – Un ejemplo de la comida que mi Sally ha preparado. Mi boca se abrió de golpe ante semejante visión. A lo largo de toda la mesa se extendían las comidas con las que había soñado por la noche. Leche, queso, pastel, conservas, jamón cocido, pavo, pudding, pepinillos y rebanadas de pan blando recién hecho. –Come, – dijo Miller. – Mantén la fuerza que necesitas para salvar este pueblo. Cogí un rollo de mantequilla con canela. –Desearía poder salvarlo yo solo, – dije solemnemente. – Como sabes, nuestras filas son escasas. Puede que necesitemos armar a los hombres que vinieron al campamento hoy. Están deseando luchar, y ellos… –¡¿ Estás loco?! – La jovialidad se esfumó de la cara de Miller. Gritó como si se dirigiera a una manada de caballos. –Te aseguro que no lo estoy, – dije tranquilamente. Raines apareció a mi lado en la mesa del buffet. La canción había terminado. Los invitados aplaudían con ganas. Miller buscó apoyo en Raines. –Su teniente dice que armará a una banda de negros exiliados y les dejará luchar contra los rebeldes, – dijo Miller, forzando a salir una risa de su garganta y dándole palmadas en la espalda a Raines. – ¿Es un bromista, Raines? ¿O le ha dado a la botella esta tarde? –Le aseguro, señor, – dije, lo suficientemente alto como para acallar a alguno de los invitados, – que no hay bromas, ni embriaguez entre los de mi destacamento. La cara de Miller se enfureció aún más; parecía un toro antes de cargar. –Una vez armes a esos negros, ¿cómo sabes que no huirán cobardemente? –¿Ha conocido a esos hombres, señor? – dije. –No me acercaré a más de quince metros de esa gente. No necesito conocer a un lobo para saber que causará todo tipo de diabluras. ¡Se llevarán nuestros pollos, nuestros cerdos, la casa! –Los rebeldes harán cosas mucho peores si toman el pueblo. Los negros se han ofrecido a ayudar. Han ofrecido sus vidas. –Si los trata como a iguales, teniente, empezarán a creérselo. – El color en la cara de Miller se estaba acentuando. – ¡Por el amor de Dios! Si les deja luchar, empezarán a creer que merecen otros derechos. ¿Hasta dónde llegará? ¿Los tendrá aquí viviendo en la cresta Sinkler? ¿En una casa en la calle principal? Se escucharon abucheos entre los invitados, la mayoría de los cuales habían dejado de hablar para escucharnos. Mac una vez me dijo que la integración era el camino del futuro, el único camino. –¿Piensa que la convivencia pacífica es imposible? – pregunté, sabiendo la respuesta de Miller. –¡Por supuesto que lo pienso! –¡Joe, cálmate! – le advirtió Sally. Raines intervino. –Teniente, estos hombres nunca han sido entrenados. Sólo se interpondrán en el camino. – La objeción era una muy práctica. Con Raines, siempre se puede confiar en el pragmatismo. – Además, al primer disparo, huirán. –Creo que te equivocas, Raines, – dije llanamente. –Usted se equivoca, teniente. – comentó Miller. – La gente de la cresta Sinkler piensa lo mismo que yo. – Agitó una mano para incluir al grupo expectante de invitados. La gente asintió. –Si insiste en este absurdo apoyo a los esclavos, se encontrará con que nuestro apoyo desaparecerá, – dijo Miller rígidamente. Sally se giró bruscamente y salió de la habitación. Ella entendía a su marido pero obviamente no lo aprobaba. –Vamos, – dije. Fox y Tweed se levantaron de sus sillas. – Parece que hemos extralimitado vuestra confianza. Dejamos la cálida y blanca casa por la fría y negra noche, y caminamos en silencio hacia el campamento. Spears comunicó que los vigías no habían visto nada salvo árboles en el bosque y las colinas. Me subí a mi estrecha cama improvisada y cerré los ojos. Todo lo que vi eran las coloridas comidas de la mesa del buffet, el fuego anaranjado en el ruidoso hogar, y los ojos sonrientes de Sally. Y todo lo que escuchaba era la música. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] Cuanto más miraba el improvisado mapa, más me daba cuenta de que no iba a haber ningún hork-bajir que reubicar tras la llegada de los yeerks. Vi la batalla en mi mente. Vi a las tropas avasallando el campamento y disparando sus rayos dragón sobre todo lo que se moviera. Vi el enjambre de taxonitas. Cientos de imparables bocas devorando todo lo que tuviera pulso. Podríamos frenar a los yeerks, infligir suficientes bajas para hacer parecer inútil al Visser al mando. Pero al final, la derrota era inevitable. El pensamiento de una total masacre me ponía enfermo. Tenía que salir, echar otro vistazo. Quizá había algo que había pasado por alto. Me transformé en halcón peregrino y volé atravesando el valle hacia el sur. El valle era como un túnel de viento. Una corriente constante de aire me mantenía en lo alto casi tan bien como una térmica. Mis ojos de rapaz captaron el destello de movimiento de algo brillante y de colores extraños en el bosque. Giré y descendí, volando cerca de las copas de los árboles. A través del cielo de hojas y ramas, divisé un grupo de tiendas. Tres azules, una verde, una amarilla, una morada. Me giré de nuevo e hice otra pasada. Un grupo de dieciséis personas. Cuatro adultos y un puñado de chavales, la mayoría del instituto. Los campistas de los que Tobias nos había hablado. Descendí entre los árboles. Podía oler la carne cocinándose -perritos calientes, creo- y malvaviscos tostados. Aterricé y mis garras dieron firmemente en las ramas de un árbol caído. Estaba a menos de quince metros del grupo, podía verlo todo. Equipamiento de camping disperso por todas partes. Sartenes y platos de metal. Botas y calcetines de algodón secándose en las ramas. Mochilas abiertas, dejando caer el contenido del equipo de campamento de brillantes colores sobre el suelo. Teniendo en cuenta las cantidades de basura que los campistas habían colgado de las ramas, más allá del alcance de los osos, debían de llevar acampados más de tres días. A menos que esa gente tuviera estanques portátiles de rayos Kandrona en sus tiendas, no eran controladores. Cedí a un impulso incontrolable de arreglarme las plumas y llamé la atención de un hombre con una abultada cazadora amarilla. Lo vi agrandar y enfocar un par de prismáticos, y luego se lo enseñó a un chico que estaba junto a él. Los miré directamente. Teníamos que sacar a los campistas de ahí. Volé a lo largo del filo del valle y de la cresta de la colina norte de la colonia, siguiendo el arroyo que fluía hacia el valle, hasta la colonia y más allá. ¡WWHUUUMMPH! Un árbol pequeño derribado. La maleza alrededor del arroyo crujió. ¿Quién estaría talando árboles aquí? Volví y aterricé en lo alto de un gran pino. El árbol había caído al agua. No a la corriente del arroyo en sí misma, sino en un estanque adyacente. Observé cómo dos pequeñas cabezas marrones empujaban y tiraban del árbol hasta que se movió suavemente por el agua hacia el borde del estanque. Hasta que se enredó en una pila con otros troncos y escombros. Uno de los animales subió pesadamente a lo alto del dique. Era de un metro de largo, cubierto de una capa de pelo marrón. Arrastraba tras él una larga y lisa cola en forma de paleta. Eran castores haciendo una presa en el arroyo. El muro de maderas y escombros que retenía el estanque se estaba desmoronando. Los castores trabajaban duro para mantenerlo en pie. Si el muro se rompía, toda el agua retenida arrasaría el lado de la colina, hasta la colonia hork-bajir, y hasta la parte baja del valle. Era demasiado bueno para ser cierto. ¿Un muro de agua arrasando la colonia, y a los atacantes yeerks? Sopesé el tamaño del estanque, y la distancia que el agua tendría que viajar para alcanzar la colonia y la parte baja del valle antes de que… No funcionaría. El agua de la presa saldría disparada pero disminuiría notablemente en el tiempo que le llevaría alcanzar a los yeerks. Se derramaría por las riveras de los arroyos y circularía con fuerza un tiempo. Pero donde importaba, a final del trayecto, acabaría siendo poco más que un charco. Mi brillante idea empezó a morir. Estaba a punto de irme volando cuando los castores empujaron otro grupo de ramas a su posición. El muro se hizo más grande. El nivel del agua se elevó levemente. Fue entonces cuando me vino de golpe. Si dos castores podían embalsar un estanque, cinco castores podrían embalsar mucho, mucho más. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] –Vamos a inundarlos, – anuncié. – Vamos a empapar a los yeerks hasta que bajen el valle. Los castores ya habían empezado a trabajar por nosotros. Sólo teníamos que aumentar su presa de modo que embalsara agua suficiente para conseguir una mini-ola gigantesca. –¡Hora de la siesta! – canturreó Marco. – Creo que alguien está un poco demasiado cansado. –Estoy bien. Tobias se rió. <Ya sabes, esta misión es muy importante. Creo que la transformación que elijamos debería ser un poco más, no sé, glamorosa. Quiero decir, convertirnos un castor para salvar a toda una colonia de aliens es como poner a James Bond a conducir una camioneta. Con una pegatina que diga “Mejor mamá del mundo”. No te ofendas.> –Muy gracioso. Escuchad. Hemos sido topos. Hemos sido hormigas. Usas lo que sabes que va a funcionar. –¿Pero esto funcionará? – preguntó Rachel. –¿Alguna otra idea? – respondí. No teníamos que transformarnos para llegar al embalse de los castores. Estaba a sólo un paseo de ocho minutos hacia la parte alta del valle. Y cuando nos aproximábamos a la balsa… ¡Whack! ¡Whack! ¡Sploosh! ¡Sploosh! Se oían bofetadas tronadoras, fuertes como cohetes, y no había castores a la vista. Unas ondas nuevas cruzaban el estanque. –Deben habernos oído llegar, – dijo Cassie. – Los castores palmean sus colas en el agua si piensan que están en peligro. El estanque parecía prometedor. Era mayor de lo que me había parecido desde el aire. Junto al lago, habría hecho una buena plataforma de pesca. En la parte de atrás, podría construirse una balsa enorme. Pero sabía que necesitábamos más. Sólo que no sabía cuánto más. <De tres a cuatro mil metros cúbicos,> dijo Ax. <Creo que eso es lo que hará falta para inundar el valle.> Marco pestañeó varias veces. – Ax, haces que me tiemble todo el cuerpo cuando hablas como un cerebrito. –¿Cuánta agua es eso? – pregunté. –Tenemos que hacer de esta piscina una olímpica, – respondió Marco. Un castor apareció en medio del estanque, empujando una rama con su nariz. Colocó la rama en la presa y se sumergió de nuevo. Esperamos. Y esperamos. <Buenos pulmones,> observó Tobias. –No – explicó Cassie, – probablemente estará en el refugio. ¿Ves esa cúpula de ramas, musgo y barro que sobresale del nivel del agua? Hay aire dentro. –¿Refugio? – comentó Marco excitado. –Un fuego crepitante. Chocolate caliente. Britney Spears. Brandy, quizás. La chica, no la bebida. ¡Esos tíos sí que saben cómo vivir! –El refugio es donde viven, – se rió Cassie. – Como los osos tienen madrigueras y nidos los pájaros. –¿Cómo adquirimos un castor mientras está en el refugio? – dijo Rachel. Cassie se zambulló en el agua. – Bueno, las entradas están bajo el agua, – dijo. – Quizá podamos capturar un castor en su camino hacia el exterior. Llegó al refugio y se dobló hacia la base. El agua turbia le daba en la barbilla. –Lo encontré, – dijo. – Creo. Que alguien golpee suavemente el lateral del refugio para asustar a un castor y hacer que salga. –¿Estás de broma? – dijo Marco, metiéndose en el agua tras ella. Rachel, Ax y yo le seguimos. – Caballeros, ¿la atenta Cassie quiere asustar a un castor hasta volverlo loco? –Cállate y ayuda. No voy a hacerle daño. Marco le dio unos ligeros golpes al refugio con una rama caída. –¡Lo tengo! – gimoteó Cassie. – ¡Auuuu! ¡Me ha mordido! –¡Cassie, vamos! –Estoy bien, – dijo rápidamente. Luego dejó al castor en la superficie. Su cuerpo aún estaba en el trance de la adquisición, saliendo a flote por el peso. Buena cosa, porque este tipo tenía que pesar unos dieciocho kilos, y era grande y robusto. El cuerpo de un trabajador industrial. Uno a uno, incluyendo a Tobias, nos acercamos para tocar la resbaladiza y erizada piel. El castor chapoteó alejándose de nosotros en cuanto terminamos. –Sabéis, – dijo Cassie, forzando una sonrisa, cayéndole la sangre del corte de la mano, – cuando tu madre te diga que no metas la mano en el refugio de un castor, realmente debes escucharla. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] 24 de diciembre de 1864. El gallo de Joe Miller cantó a las cinco y media, sin dejar duda alguna de que había sobrevivido a la noche a pesar de sus predicciones de allanamiento y saqueo de los negros. Mientras el café hervía, busqué azúcar en mi mochila. No lo encontré y tuve que tomarme el café solo. Lo tomé como un augurio siniestro. –No te retrases, hombre. ¡No te retrases! La voz ronca del sargento Spears rugió a través del frío aire. Conforme hacía mi camino a través de la lluvia y bajaba la colina, lo vi de pie como una estatua en la niebla matutina, en el punto más alto que formaba la tierra de los alrededores para supervisar a Jacob y los demás hombres, que trabajaban tan atareadamente por debajo de él. El rifle de Spears estaba apoyado contra su hombro. Era como debería haber sido, pues yo había ordenado a todos los hombres llevar armas en cada movimiento. Pero desde mi ventajosa posición, Spears parecía tener la mano excesivamente cerca del gatillo. –Son hombres perezosos, teniente, – dijo Spears, muy alto, cuando me vio aproximarme. – Si nuestros hombres estuvieran trabajando, ya habríamos terminado. –El problema que yo veo, Spears, es que la tierra se ha congelado hasta estar dura como el granito. –No, señor, – dijo Spears, riendo, con su acento escocés alargando las vocales de una manera más desafiante. – La tierra es blanda como mantequilla, ¿verdad, chicos? Blanda como cremosa mantequilla. Jacob alzó la vista, me vio, y tiró la pala al suelo. –¡Teniente! – me llamó, agitando un brazo y empujándolo hacia mí a través de montones de tierra sin remover. – Quiero hablarle acerca de… –¡Tú! – bramó Spears. Jacob se congeló. –¡Vuelve a tu posición y a tu tarea! Jacob dudó. –Teniente, – me llamó. – Es sobre la colocación del… ¡BAM! Un disparo de rifle agitó el aire. Jacob cayó al suelo. Spears empezó a reír otra vez. Había disparado al aire. –¡Spears! – le grité. Devolvió el arma a su hombro. Jacob se levantó poco a poco. Los ojos de todos los hombres negros se volvieron hacia mí. –¿Sí, señor? – me respondió. –Vaya a patrullar por si ve enemigos. Llévese unos cuantos hombres consigo. –¿Me está relevando de esta tarea? –Yo la haré hasta su regreso. –Muy bien, señor. Spears correteó hacia la tierra removida y pasó a mi lado en silencio. Aunque era mi subordinado, no podía cuestionar abiertamente su comportamiento delante de esos hombres. –¡Volved al trabajo, hombres! – grité. – ¡Jacob, aproxímate! – dije duramente, y mantuve una postura severa hasta que Spears estuviera fuera del alcance de escucha. Intuía el motivo sobre el cual Jacob quería hablarme. El emplazamiento de las trincheras estaba todo mal. Me había dado cuenta yo también. Si las movíamos hacia atrás unos cien metros hacia la ciudad, podríamos colocarlas tras el arroyo, una barrera natural contra los rebeldes. Un foso hecho por Dios. –Jacob, – dije gentilmente – ¿Tienes una opinión que compartir? Asintió. –Sí…teniente. Esta no es la mejor posición. Los rebeldes bajarán desde allá. Hagámosles venir por todo este camino en pendiente ascendente para llegar al pueblo. De ese modo, habrá más oportunidades de dispararles y derribarles. Entonces, cuando lleguen al arroyo, eso los ralentizará un poco más. –Creo que tienes razón, – dije. Spears y tres soldados rasos cabalgaron a caballo colina abajo. Cuando llegaron al arroyo, el caballo de Spears se encabritó y relinchó muy fuerte. –¡Bronco! – gritó Spears. El caballo finalmente se hundió en el agua, avanzando torpemente entre las rocas y el lodo. Jacob y yo intercambiamos una mirada de entendimiento mutuo. El arroyo era la barrera que necesitábamos. –Haz cavar de nuevo a tus hombres, – dije. – Pero esta vez, acorde con tu plan. Esperé que Jacob aceptara las nuevas órdenes. –¿Qué hay de los rifles? – dijo en vez de eso, con una esperanza temblorosa en los ojos. –¿Por qué os empeñáis tanto en luchar? Una vez preparéis estas trincheras, podéis volver a esconderos en las colinas y quedaros a salvo. ¿No habéis oído lo que estas mismas tropas han hecho en Fort Pillow? ¿No conocéis el nombre de Nathan Bedford Forrest? La cara de Jacob se volvió más dura e inexpresiva. Conocía el nombre. Pero yo lo traería a la realidad. –Justo aquí en Tennessee, justo por esas colinas a unos cuantos días de aquí, la caballería confederada del general Forrest capturó un fuerte mantenido por la Unión en el Mississippi. Los soldados negros del interior se rindieron. Pero Forrest no los tomó como prisioneros. Los asesinó a todos a sangre fría. Jacob, fue una masacre. –Lo sé, teniente. Si nos atrapan, lo más probable es que nos maten también. Su calma me produjo un escalofrío por toda la espalda. Sabía la verdad y a pesar de ello quería luchar. –La gente del pueblo no lo permitirá, – dije, cambiando de táctica. – Ni siquiera lo harán muchos de mis propios hombres. Ya conoces a Spears. No luchará junto a ti. Jacob me miró de manera terca. –Necesitáis hombres, – dijo repitiendo sus palabras del día anterior, – y aquí estamos. Miré enfadado al campamento y al pueblo. ¿No veía Jacob que era imposible? Sí, éramos muy pocos. Sí, necesitábamos a estos hombres. Sí, era un suicidio rechazarle. –Denos una oportunidad, teniente. Los vagones cargados con las pocas cosas de valor de los hogares permanecían fuera de varias casas del pueblo. La gente blanca estaba cargando sus posesiones y preparándose para huir. Miré a la casa de Joe y Sally Miller. Ahí no había ningún vagón. Clop-clop. Clop-clop- Clop-clop- ¡Golpes de cascos! La cara roja y sudorosa de Spears, con la chaqueta al viento, y el estruendoso caballo se encabritaron ante mí. –¡Teniente! – gritó – ¡No están ni a una milla de aquí! [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] J. puso a Ax al cargo de la “expansión del dique.” Tenía un claro sentido de la mecánica de todo el asunto. Dijo algo sobre cómo la curva natural del dique de los castores era en realidad la forma más eficiente de contener el agua. <La mecánica de fluidos era una de mis especialidades como aristh,> dijo Ax. Marco suspiró. – ¿Qué no has hecho tú? <Nunca he construido una celulosa orgánica ensamblada con uniones hidrológicas.> –Hablamos inglés, tío. –No, yo sí que lo he pillado, – dijo Rachel excitada. – Nunca ha construido un dique con madera, lodo y musgo. Cassie estaba preocupada por el recinto de la familia de castores a la cual íbamos a tomar el relevo. –Están asustados. Piensan que somos depredadores. Tenemos que convencerlos de que somos amigos. –Lo que tenemos que hacer, – dijo Marco, – es expandir este embalse y almacenar una gran cantidad de agua. Y rápido. Marco se transformó. Salpicó muchísimo cuando cayó al agua. Se oyó un sonoro “crack” cuando la golpeó con su cola. <¡Increíble!> gritó. <Estos dientes frontales son geniales. ¡Déjame solo con unos cuantos árboles, pequeña! Voy a construirme una presa.> Cassie se transformó a continuación. Luego Rachel. El castor era mono, excepto por los pequeños y brillantes ojos. Y los alargados incisivos delanteros, como cinceles de marfil curvados. Más tarde aprendí que esos incisivos de los castores nunca paraban de crecer. Si el castor no los desgastaba con el uso, crecerían hasta tocar el suelo. <Está el principio de un pequeño canal en el lado más alejado del estanque>, dijo Ax. <Lleva a un sitio donde crecen árboles jóvenes, algunos de los cuales ya han sido cortados. Necesitamos ese material para la construcción. Rachel y Cassie, quedaos conmigo. ¿Marco?> <Voy.> Tobias y yo teníamos otros asuntos que atender. Me transformé, y juntos volamos lejos de la inminente construcción de abajo. Era un vuelo corto hasta el lugar del campamento. Tuvimos cuidado de aterrizar lo suficientemente lejos como para que nadie pudiera vernos volver a mi forma y transformarnos, en el caso de Tobias. Luego fuimos caminando hasta las tiendas de colores brillantes. Gracias a Dios habíamos conseguido finalmente transformar unas ropas medio decentes, como resultado de tantísima experiencia. Chicos con camiseta y vaquero generalmente parecen más cuerdos que si van vestidos con licra. Nos acercamos al campamento. Un chico alto con gafas nos divisó primero. –Hola, – dijo. –Hey, – respondí. Luego sólo nos quedamos ahí, de pie. <¿Jake? ¿Intrépido líder? ¿Tienes un plan, o simplemente vas a sonreír y quedarte mirando como si fuéramos tontos?> me dijo Tobias en privado. –Sólo sé guay. Yo me encargo, – susurré. – Soy Jake, – dije al chico alto. –Lewis Carpenter. He tenido ampollas durante cinco días. –Buf. Qué lata. Un adulto asomó la cabeza por una tienda. El tipo que me había visto con sus prismáticos. – ¿Qué estáis haciendo vosotros dos tan adentrados en el bosque, chicos? – preguntó, saliendo de la tienda. – ¿Dónde está vuestro equipamiento? <Buena pregunta, Jake.> –Estamos acampados en la cima de la cresta – dije sin preocupación, señalando valle arriba. –Exacto, – añadió Tobias. Más silencio y miradas. Se estaba volviendo algo ridículo. –Mirad, – dije. – Venimos a deciros que tenemos que salir de aquí. Nos encontramos a un guardabosque y nos dijo que el parque está cerrado. Hay una gran tormenta en camino. El tipo dijo que prevén vientos directos a nosotros y toneladas de nieve, la suficiente para atraparnos. Todo el mundo tiene que recoger e irse de la zona antes de que se vaya el sol. Una chica se levantó del grupo de chavales sentados alrededor del fuego y se acercó a nosotros. Sería quizás de la edad de Tom. –Nunca nieva tan pronto. –Sí, lo sé, – dije rápidamente. – Es lo que hace tan peligrosa esta tormenta, que nadie se la espera. Claro, ¿quién va a tener ropa de abrigo? ¿No? La chica sonrió. –Yo estaré bien. He hecho alpinismo en el monte McKinley. –¿Emily, Lewis? – el tipo de los prismáticos. – Dejad que me encargue yo de esto. <No se lo están tragando,> me dijo Tobias por privado. –Quedarse congelado es una mala situación, – dije, tratando de sonar lo serio y preocupado que pude. –Mirad, – dijo el hombre de los prismáticos, –tenéis que aprender una cosa o dos sobre el modo de vida de los alpinistas, chicos. La gente necesita confiar el uno en el otro en la naturaleza. Que te inventes una historia no va a hacer que te quedes con el campamento de algún otro. El chico sostuvo una diminuta televisión portátil en la que se veía un anuncio de un todoterreno entre interferencias. –Las noticias del tiempo locales predicen cielos soleados y sin viento para los próximos tres días. – Su voz vibró con la irritación de los adultos. Y su confianza. – Vamos a quedarnos exactamente donde estamos. Podía sentir como me ardían las orejas. Se ponen rojas a veces cuando me avergüenzo. Tres adultos más, dos mujeres y un hombre, se acercaron desde sus tiendas. Preguntó a los chicos qué pasaba. Empecé a sentirme un poco mal. Como si me fueran a mandar a mi cuarto o a quedarme una semana sin salir. –Escuchad, – dijo Tobias muy alto, – tenéis que creernos. Si no os vais de este valle ahora, algo realmente malo va a pasar. Vuestras vidas están en peligro. Los campistas no respondieron. Emily miró a Lewis, luego al hombre. Un chico junto al fuego empezó a reírse. De pronto, las dieciséis personas del campamento estaban riéndose. Cuatro adultos y doce chicos, riéndose de los dos patéticos perdedores. –Buscaos una vida, – dijo Emily. Me giré hacia Tobias. – Vale. Estamos desesperados. No quiero hacer esto, pero no creo que tengamos opción. –¿Estás seguro? – susurró Tobías – ¿Y si uno de ellos se desboca? ¿O nos ataca? ¿O corre directo hacia las cadenas locales? Si los yeerks oyen que dos niños humanos se estaban transformando… –Ya lo sé, Tobias, – le espeté. – Sé que hay consecuencias. Ese era mi trabajo. Evaluar las consecuencias. También era mi deber tomar las decisiones duras. Liderar. Empecé a transformarme. –Está bie,n – les dijo Tobias. – Lo que vais a ver será un shock, pero no tengáis miedo. Sólo estamos intentando ayudar. Lewis fue el primero en reaccionar. Se agarró las gafas y retrocedió a tientas con su mano libre hasta que se chocó contra un árbol. Tenía la boca muy abierta. El hombre dejó caer la televisión entre las hojas. Se le puso la cara blanca. Un chico de los de la hoguera saltó y se puso en pie, para luego meterse entre los árboles. –No os asustéis, – repitió Tobias. Transformarse no es algo agradable de ver. Es desconcertante y grotesco. Por supuesto que los campistas estaban asustados. Cualquiera lo estaría. Mi cuerpo humano empezó a agitarse violentamente. Grandes dientes salieron disparados de la masa de carne de mis encías. Las orejas se desplazaron a lo alto de mi cabeza. Mis hombros se hincharon, la espalda se ensanchó, la piel se volvió dura. Un pelaje naranja con rayas negras creció a lo largo de mi piel como líquido derramado de una jarra. Hasta que, finalmente, caí a cuatro patas al suelo. Con mis trescientos kilos. Era un tigre siberiano macho delante de un grupo de campistas gimiendo y lloriqueando, en un lugar donde ningún tigre siberiano debería estar. Rugí suavemente. Lo suficiente para hacerles notar que el tigre era real. Cuando Tobias empezó a transformarse, volví a mi forma humana. Emily retrocedió, tropezó y cayó al suelo del bosque. Las lágrimas inundaban su cara. El halcón de cola roja chilló una vez. Luego se transformó en humano de nuevo. –¿Quiénes… qué sois vosotros? – lloró el hombre. –Es una larga historia, – dije, completamente humano de nuevo. – No puedo explicarla toda ahora, pero tenéis que creernos cuando os decimos que no estamos aquí para haceros daño. Los campistas estaban en silencio. Al menos ninguno corría. –En algún momento antes de mañana por la tarde, – dije solemnemente – un ejército de alienígenas va a atravesar este valle. Si aún estáis aquí, os matarán a todos y cada uno de vosotros. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] Se me paró el corazón. Spears carraspeó intentando respirar. –¡A menos de una milla de aquí! Un gran destacamento de la caballería de Forrest. Unos cien, o más. –¡Haced sonar la alarma! – ordené. – Traed a los hombres aquí abajo con todo lo que tengamos! Bayonetas, mosquetes, revólveres… Spears, no estamos preparados para esto. Spears cabalgó hacia el campamento con una mirada desesperada en los ojos. Jacob corría colina abajo para volver a unirse a los hombres que cavabn. Aún estaban construyendo la posición defensiva. –¡Jacob! – grité por encima del toque de corneta. – ¡Habéis hecho vuestra parte! ¡Llévate a tus compañeros de aquí! Mis hombres, los que estaban en servicio de vigías, huían ahora de entre los árboles, gritando y gimiendo, corriendo hacia las excavaciones en la tierra como si el demonio les pisara los talones. Jacob cogió su pala. –Voy a quedarme, teniente. ¡Era un idiota! Los hombres del campamento corrían de sus tiendas a toda velocidad colina abajo. Se ponían abrigos y trencas en cuanto venían, y ataban bayonetas a los mosquetes. –¡Asegurad vuestras posiciones! – gritaba Raines, cogiendo una pistola de su cinturón. – ¡Apuntad, pero no disparéis! Uno a uno, los hombres de azul se colocaron en línea tras la tierra cavada. Raines, Spears, Roth, O’Connell, McDonnell, Price… Éramos lamentablemente pocos. –Dios mío, – dejé escapar el aire, cogiendo mi propio revólver. Un tambor rebelde sonaba entre los árboles. El general Forrest ya estaba sobre nosotros. Observé los árboles. Los troncos se multiplicaron de repente, doblando… ¡no, triplicando su número! –¡Quietos! – gimoteé a gritos, confuso por aquel efecto visual. De pronto, la ilusión se desvaneció y supe qué era lo que veía. El bosque estaba repleto de caballos marrones, jinetes vestidos de gris, y carabinas preparadas y apuntando. –Teniente, – Raines se giró hacia mí. – ¡Están formando para cargar! Jacob y sus hombres aún paleaban tierra. Todavía cavaban. –¡Abajo, idiotas! – chillé. – ¡Os dispararán! Unos cuantos de los hombres se echaron al suelo. Uno dejó la colina hacia el campamento. Pero Jacob y el resto ignoraron mi aviso. –Preparaos para disparar… Los árboles estallaron en alaridos y gritos. Sonidos de furia. –¡Yeeeeeee-ha! ¡Yoooop! ¡Yeeeeeeeeeeeeeha! Los gritos rebeldes. –¡Os voy a contestar con plomo! – gritó Spears a través del cañón de su arma. Los rebeldes salieron de entre los árboles. Aunque sólo eran unos cincuenta o así, gritaban tan fuerte como un regimiento entero. Los cascos galopantes sonaban más y más alto. Los gritos y alaridos torturaban mis oídos. Los rebeldes saltaron de los troncos de los árboles talados, brincando por encima de las ramas hasta que estuvieron tan cerca que hasta podía verles la cara. Distinguía incluso el blanco de sus ojos… Me adelanté al resto de la línea y apunté mi revolver hacia un jinete rubio que gruñía, el cual levantó su carabina hacia mí en respuesta. La orden rugía dentro de mi cabeza…¡queriendo explotar! –¡FUEGO! – rugí. –¡FUEGO! – tronó el comandante enemigo. La línea de la Unión apretó veinticuatro gatillos y acribilló el aire con plomo. Los rebeldes respondieron con lo mismo. –¡Ahh! Sangre me salpicó la cara y las mangas. El soldado Foster se agarró el cuello. La sangre caía a través de sus dedos. Se derrumbó y quedó tendido sobre el frío suelo. –¡Ahhhh! ¡Un negro había sido alcanzado en el pecho! Chocó contra el suelo y rodó, gritando. Aún así, Jacob no se cubrió. Alzó su pala como un arma. –¡RECARGAD! Di a mi objetivo en el muslo, pero continuó galopando. Disparé otra vez. ¡Fallé! ¡Dos caballos rebeldes derribados! Un hombre caía de su montura. –¡FUEGO! Mis hombres dispararon otra vez antes de que los rebeldes pudieran recargar, una tarea difícil mientras vas a caballo. Tres rebeldes derribados en el flanco este. Seis o más en el oeste. –¡BAYONETAS! – ordené a gritos. No había tiempo para otro disparo. Cogí el mosquete de Foster y lo agarré con fuerza. El fuego recorría mis venas. Los cascos sonaban más alto, corriendo, golpeando. ¡Rugiendo hacia la tierra cavada! –¡AVANZAD! – ordené. Apuñalamos el aire, gritando como banshees. Los caballos de los rebeldes se tambalearon, se encabritaron. Los jinetes luchaban por empuñar sus sables, ¡pero era demasiado tarde! ¡Estábamos sobre ellos! Los hombres de la Unión apuñalábamos a través de los pantalones rebeldes, tirando de sus cuerpos para hacerlos descabalgar. Dondequiera que mirara, sólo había puñetazos, puñaladas, golpes. Un rebelde consiguió sacar su sable de la vaina. –¡FIRMES, MIS HOMBRES! – corrí a por el hombre al que le había dado con mi revolver. No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde… ¡BAM! ¡Había reservado el disparo de su carabina para mí! –¡Ahhh! ¡La bala me dio en mi estómago, y me lanzó despedido hacia atrás! Choqué contra el suelo y me agarré el torso. ¡No tenía aire! Los rebeldes gruñeron, se giraron, y se retiraron. ¡No podía respirar! Mi cabeza estaba vacía y llena, calmada y caótica… –¡Teniente! Era la voz de Jacob. Dijo a sus hombres que me transportaran tras las trincheras. Unas fuertes manos me cogieron de los brazos, me levantaron y cargaron conmigo. A mi alrededor, mis hombres aún estaban enzarzados en combate contra los rebeldes que había caído de sus monturas. Los rebeldes a la grupas de sus caballos habían terminado aquí y se dispersaban en retirada. Jacob lanzó su pala como una jabalina. Golpeó a un rebelde en el costado. El hombre se desplomó y se deslizó de la silla de montar. Cuatro de los otros hombres acechaban a otro jinete y lo tiraron de su caballo. Los hombres que me llevaban me dejaron en el suelo y corrieron a ayudar a sus compañeros. Rasgué mi abrigo y tanteé mi estómago, en busca de la herida. Mis costillas estaban aplastadas y rotas, pero ahí no había sangre, no había bala, ¡ni siquiera agujero! ¡¿Cómo?! La cabeza me daba vueltas. Oí pasos que se detuvieron a mi lado. Miré hacia arriba y vi la cara de Joe Miller a contraluz. Tenía una escopeta en la mano, un revolver en el cinturón y un cuchillo en la bota. Sonrió y recogió el cinturón con hebilla de metal que yo acababa de tirar. Estaba absolutamente deformado, casi partido en dos, y doblado alrededor de un punto en el centro. Me tendió la hebilla y vi la aplastada bala de plomo en ella. –Eres un hombre con suerte, teniente. Esa hebilla estaba forrada de plomo. Me habían disparado en las tripas y había sobrevivido. No tenía palabras. –Esos esclavos, – dijo Joe Miller. – Admito que tienen determinación. – Echó una ojeada al campo de batalla, a los hombres de la Unión rodeando a los prisioneros rebeldes, y luego me miró de nuevo a mí. –Ha sido sólo un pequeño tanteo, – dije con voz ronca. – Una prueba de nuestras defensas. Los rebeldes volverán pronto. Miller asintió. –Es por eso que necesitas la ayuda de cada hombre que puedas encontrar, – dijo, mirando a los negros. – Ármalos, entrénalos, y déjales luchar. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Los campistas nos creyeron. El terror inicial de sus caras fue dando paso poco a poco a miradas de curiosidad y reconocimiento. Un adulto fue a buscar al chico que había corrido hacia los árboles. El resto se miraban los unos a los otros, luego de nuevo a nosotros, y, de repente, sonrieron de pura alegría. No lo entendía. –Seguiremos vuestras instrucciones, – dijo uno de los hombres. Unos doce de los demás asintieron conformes. <Vale. Eso ha sido demasiado fácil,> me dijo Tobias por habla telepática privada. El hombre que había hablado avanzó lentamente hacia nosotros. Como si el chasquido de una rama pudiera hacernos desaparecer. –He esperado toda mi vida para entrar en contacto con alienígenas, – dijo de repente. – Me llamo Richard Carpenter. ¿Cómo os hacéis llamar vosotros? ¿A qué sistema llamáis vuestro “hogar”? –¿A qué sistema? –¿De qué sistema solar sois? ¿Estáis con la Federación? Vuestra nave, ¿está en órbita o en tierra? [i]Increíble[/i]. Casi me echo a reír a carcajadas. –Emm, – dije – somos de la Tierra, como vosotros. –Ah, sí, – dijo Richard. – Siempre supe que vivíais entre nosotros. Tengo amigos que han visto vuestras naves. –No tenemos ninguna nave, – dijo Tobias. Richard se acercó, tomó la mano de Tobias, y la meneó en un apretón de manos demasiado largo. Luego agarró mi mano. –Es todo un honor para mí conoceros. Un gran, gran, gran honor. –¿Podéis convertiros en todo lo que queráis? – dijo Lewis. –No, no en todo, pero sí en muchísimas cosas. Cualquier animal que toquemos, – dije. Sí, transformarse era espantoso e incómodo. Pero ya había pasado mucho tiempo desde que me parecía algo también muy, muy guay. Lewis sonrió – Así que, bueno, ¿cuál es vuestra verdadera forma? –Sólo somos chicos normales con poderes especiales, – dijo Tobias con cuidado. – No somos alienígenas. –Si no queréis que os llamemos alienígenas, no os llamaremos alienígenas, – dijo Richard con un guiño. <¿Jake? Esta gente ha pasado demasiado tiempo viendo [i]Star Wars[/i].> –Mirad – dije, – hay alienígenas apoderándose de la Tierra, pero nosotros sólo somos chicos normales. Ya sabéis, de aquí. Intentamos pararlos. A los alienígenas malos. La frente de Emily se alzó con arrugas escépticas. –Es una larga historia, – suspiro Tobias. – Sólo confiad en nosotros. Por favor. Tenéis que salir de aquí. –¿No podéis simplemente transportarnos a algún otro lugar? – preguntó Lewis. –O podríais generar un escudo que nos rodease, – dijo otro chico con el pelo rubio de punta y gafas de sol. – ¡Podríais cubrir todo nuestro campamento de manera que pudiéramos ver toda la acción! –¡Sí! – Esa voz fue de una de las mujeres adultas. –Vale, mirad, – dije, ya harto. – Esto es la vida real. No es un episodio de Star Trek. No soy el capitán Picard. No puedo teletransportaros a ningún sitio. –Justin, – dijo Richard al chico rubio. –No pueden poner ese tipo de tecnología en nuestras manos. Eso violaría el Código Principal. –Ah, claro, – susurró Justin demasiado alto. – Por supuesto. Richard me miró. –Sé que mostraros a nosotros es la mayor violación del Código Principal. Pero habéis hecho lo correcto. Estábamos preparados para el contacto. Tobias bufó. –¿Sois [i]trekkies[/i] oficiales o algo así? [i]NdT: Los trekkie son fans de Star Trek[/i] –La verdad es que sí, – Emily se ruborizó. – Nuestros padres también, como el mío, – dijo, señalando a Richard. – Este es nuestro viaje de camping anual. Ya sabéis, unos cuantos días sin ordenadores ni vídeos y esas cosas. –¿Así que no estáis con la Federación? – nos presionó Richard. Tobias y yo ayudamos a recoger el campamento. En menos de una hora todo el mundo había recogido todo, y se habían cargado las mochilas a la espalda. –Tendréis que tomar la trayectoria más rápida para salir del valle, – expliqué. – Los yeerks vendrán por el sur, así que no podéis ir por ahí. –¿Quiénes son los yeerks? Miré a Tobias. Se encogió de hombros, y luego asintió. –Os lo diré, – dije – pero tenéis que prometer no contarle nada a nadie sobre lo que habéis visto o escuchado esta noche. La discreción es esencial. Para vuestra seguridad y la nuestra. Para la, mmm, Federación. ¿Podemos contar con vosotros? –Absolutamente, – dijo una mujer adulta. – Si hay algo que podemos hacer, es guardar un secreto intergaláctico. Ignoré el nudo de mi estómago. Estaba tomando un riesgo muy grande con esta gente y lo sabía. Sus vidas estaban en mis manos. Pero los tiempos que corrían eran desesperados. Las cosas habían cambiado. –Vale. Los yeerks son parásitos. En su forma natural son sólo gusanos. Prácticamente ciegos, sordos, y mudos. Necesitan cuerpos con los que puedan vivir y ser poderosos. De este modo invaden los cerebros de otras especies. Como los hork-bajir. –¿Hork-bajir? – repitió Lewis. –Un inofensivo grupo de alienígenas, originalmente. Casi esclavizados completamente por los yeerks. Los yeerks vienen a destruir la pequeña colonia de hork-bajir libres de este valle y a infestar a cualquier superviviente. –¿Infestar? – Justin. –Sí, infestar, – dije. – Los yeerks se arrastran dentro de tu cabeza a través del canal auditivo. Después se amoldan a tu cerebro. Te esclavizan. Toman total control de tu mente. Te vuelves lo que nosotros llamamos un “controlador”. Prisionero en tu propia cabeza. Básicamente, puedes decirle “adiós” a tu libre albedrío. El yeerk te manipula completamente para conseguir otros cuerpos para otros yeerks. Justin hizo una mueca. – ¿Por qué la gente simplemente dice, no sé, [i]no[/i] a esos controladores? –No es tan fácil, – dijo Tobias. – Los controladores parecen y actúan igual que tú y que yo, lo que los hace realmente peligrosos. Mira, todos los yeerks son traicioneros. No puedes confiar en nadie. –En nadie, – enfaticé. – Ni vecinos, ni parientes, ni amigos. Es por eso que tenéis que mantener la boca cerrada sobre lo que acabáis de ver. Y sobre cualquier cosa que pudierais ver. Porque si un controlador os oye por casualidad, sois historia. <Buen intento,> dijo Tobias secamente. <Pero sabes que alguno va a chismorrear.> –Bueno, yo quiero ayudar, – dijo Emily. – ¡Tenemos que liberar a los hork-bajir y aplastar a los yeerks! Tobias sonrió. –¿Te recuerda a alguien, Jake? –¡Sí! – dijo Lewis. – ¡Ayudemos a los alienígenas buenos! –Espera, – se quejó Richard. – A tu madre le daría un ataque. Lewis agarró el brazo de su padre. –Alienígenas de verdad, papá. Richard bajó la mirada hasta la entusiasmada cara de su hijo. –Tienes razón, pequeño, – dijo. Es una oportunidad única en la vida. ¡Nos uniremos a vuestra lucha! Tobias me lanzó una mirada significativa. <Jake, aún no lo ha pillado. Tienes que ser más gráfico.> –No creo que entendáis lo que esto significa, – dije, mirando severamente a cada campista. –Estamos hablando de una batalla real. Una auténtica guerra. Dolor y sangre e incluso muerte, – dije. – Tripas derramadas y miembros amputados y un horror psicológico como nunca hayáis sufrido. No es un viaje a un parque de atracciones. No es la tele o algún videojuego. Es una cita con una realidad demasiado sombría. –Lo entiendo, – dijo Justin. – Y me voy a casa. Lo siento, chicos, pero no soy un héroe. – Tendió a Lewis una pequeña funda negra. – Haz algunas fotos, ¿vale, Lew? Estas cosas parecen perfectas para nuestra página web. –¡Discreción, recordad! – ladré. Justin me miró sorprendido. – Oh. Cierto. Luego otros dos campistas se fueron con él. Los otros trece, parecía seguir queriendo venir con nosotros. <¿Esto está bien?> dijo Tobias. <Quiero decir, ¿podemos hacerlo? ¿Podemos llevar a esta gente hasta los hork-bajir libres? ¿Podemos involucrarlos de esta forma?> –Ya lo hemos hecho. Y además, – razoné de forma patética, – nadie creerá informes de avistamientos de un puñado de [i]trekkies[/i]. Espero. Llevamos a los trece campistas, diez chicos y tres adultos, a lo largo de más o menos la milla que había hasta el asentamiento hork-bajir. Nos aproximamos a las afueras de la colonia. Una docena de hork-bajir, extrañamente visibles bajo el parpadeo de la luz de las antorchas, formaba en dos filas a cada lado del camino. Toby estaba en medio. –Bienvenidos, – dijo. – Vuestra presencia es un honor. Os agradecemos vuestra ayuda. Los campistas no hablaron. Solamente anduvieron a través del toldo de ramas y de los altísimos extraterrestres con cuchillas. –¿Cómo sabíais que veníamos? – pregunté a Toby. –Los árboles susurraron algo acerca de nuevos amigos que apoyarían nuestra causa. Amigos humanos que lucharían junto a nosotros en nuestra guerra, – dijo ella. – Veo cosas, Jake. Muchas cosas. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] En total, la Unión perdió cinco hombres; los rebeldes, trece. Me sentí orgulloso de luchar en nuestro bando. Tiros certeros y valientes mano a mano. Pero sabíamos que era un regalo. Un dulce y efímero momento de triunfo. La caballería de Forrest volvería, y con todas sus fuerzas. Creo que la anticipación de un hecho puede ser tan poderosa como el hecho en sí mismo, como Mac había dicho sobre los latigazos. No sabíamos cuándo llegaría el ataque y seguramente no podríamos predecirlo. Pero a pesar de todo lo vivíamos en nuestras mentes cientos de veces. La Cresta Sinkler estaba condenada. Todo el mundo era consciente de esta verdad, pero nadie la diría en voz alta. Al menos, no por el momento. –¡Ateeeen-CIÓN! Me planté ante las caras negras de casi treinta hombres. Sus rígidos y altos cuerpos formaban frente a mí. El sol disparaba desde el cénit de su trayectoria, pero sus rayos no eran suficiente para calentarnos. De las fosas nasales y la boca de los hombres, expectantes de anticipación, emanaba aliento y vaho. Acababan de ser armados. Los rifles de los enfermos, lo rifles de los muertos… juntos sumaban suficientes. Uno de los negros, un hombre joven con la mandíbula cuadrada, no pudo contenerse. –¡Ojalá mi patrón pudiera verme ahora! Elevó el rifle e hizo como si disparara al negro más grande que tenía al lado. –Ateeeen – ¡CIÓN! – repetí, dando un paso hacia la línea. El joven bajó el arma a su costado permaneció inmóvil y obediente. –¡Esto no es un juguete! – solté. – ¿Cómo te llamas? –Samson, – respondió, evitando mi mirada. –¿Sabes lo que sostienes en la mano? –¿Un arma, señor? –El mosquete del ’61 de Springfield con cañón de rifle y ensamblaje para bayoneta, – aclaré para que todos me oyeran. Cogí mi propia arma apretándola con fuerza. – Cuatro kilos y medio, y metro y medio de esperanza. Vuestro nuevo mejor amigo. Vuestra única oportunidad contra el enemigo. ¿Me oyes, Samson? Asintió. Retrocedí un paso de la línea y el sargento Raines se adelantó. Les enseñaría cómo recargar. –A la mayoría de soldados les llevaría días o semanas aprenderlo, – añadí, recorriendo la línea de hombres con la mirada. – Vosotros tenéis minutos, y como la reserva de munición es escasa, sólo tendréis diez rondas de práctica. –¡Diez rondas! – gimió Samson. – ¿Cómo se supone que aprenderemos a disparar a un rebelde con sólo diez intentos? –¡Silencio! – bramó Raines. Era su turno ahora y se lo dejaría a él. –¡No habléis hasta que se os hable! ¡No actuéis hasta que se os ordene! ¡No carguéis el arma hasta que…! –¿Son estas las balas? – dijo de repente Samson, con la duda asaltando su cara conforme miraba a las bolas cónicas de calibre .58 en su mano. – ¡No son más grandes que guisantes! Una marcada vena palpitaba en la cara de Raines, mientras ésta se volvía cada vez más roja. Jacob dio un paso al frente. –¡Chitón, niño! – gritó hacia Samson. -Los guisantes son plomo. Cuando salen disparadas del cañón, se mueven lo suficientemente rápido como para abrir un agujero en tus tripas. Raines tomó una gran bocanada de aire. –Samson, ¡paso al frente y carga el arma! –¿Señor? –¡Cárgala! Samson desenganchó el frasco de polvo de cobre que colgaba de su cinturón y trató de abrirlo. –No sé cómo. –Yo te guiaré. Vierte la pólvora, previamente medida, a través del cañón. Samson inclinó el cañón torpemente hacia él, luchando por verter el polvo. –Rasga un trozo de tela. Coloca una bola de plomo dentro. Samson cogió un trozo de ropas de su bolsillo, rasgó un parche, abrió la bolsa, cogió una bola, colocó el plomo y lo puso contra el cañón. –¡Llévala a casa! Samson sacó la baqueta del cañón, se le cayó al suelo, la recogió. La bola y el parche cayeron al suelo. Se agachó, los recuperó, levantó la baqueta, la hundió en el cañón, y la bombeó para que la bola se comprimiese contra la pólvora. –¡Parece un idiota! – dijo un hombre de la línea. –No parecerá un idiota cuando los rebeldes estén cargando, – contraatacó Jacob. –¡La cápsula de percusión! – estalló Raines. Los dedos de Samson abrieron otra bolsa, sacaron una cápsula, retiraron el martillo, insertaron la cápsula, cerraron el percutor. –¡Fuego! Había una línea de tazas de metal en el poste de una vaya a unos cuarenta y cinco metros. Samson elevó el arma, cerró un ojo, suspiró y lo sostuvo. ¡Bam! Una taza de metal voló del poste. La línea de hombres empezó a silbar. El retroceso dejó a Samson asombrado, con los ojos muy abiertos, pero vio que había alcanzado a su objetivo. –¡Yeeeha! Si el patrón pudiera verme… –¡RECARGA! – rugió Raines, elevando lentamente un revólver y apuntándolo sobre la cabeza de Samson. Los hombres se callaron. Samson sonrió nervioso y bajó el arma, agarró el cañón… –¡Ah! El cañón estaba caliente y Samson lo soltó, pero lo volvió a coger antes de que cayera. Sus dedos se estremecían. La pólvora se derramó. Rasgó la ropa, cogió una bola… ¡Ka-baam! Raines disparó su revólver hacia el aire. Samson metió en su lugar la bola cubierta con el parche, rebuscó una cápsula, echó hacia atrás el martillo… ¡Ka-baam! Raines disparó otra vez. Todo el cuerpo de Samson tembló. Elevó el arma y vi que se agitaba como la rama de un árbol en el viento. ¡BAM! El rifle disparó. Samson falló. –¡RECARGA! ¡MÁS RÁPIDO! – rugió Raines. Samson se embobó con Raines como uno puede quedarse embobado mirando a un loco, pero buscó el frasco de pólvora, el cañón, el parche, la bola… ¡BAM! ¡Ka-baam! Otra carga soltada en el aire sobre la cabeza de Samson mientras cargaba y disparaba una tercera vez. Y fallaba. –Para, – ordenó Raines, calmado de repente. Samson estaba jadeando, temblando y sudando. Se mantuvo tan firme como pudo, con el rifle temblando en su costado. Raines dejó que el eco del disparo muriera. –En el calor de la batalla, con armas disparando en vuestros oídos y hombres explotando a vuestro lado, un buen soldado puede cargar y disparar tres tiros por minuto, y hacer que cada uno de ellos cuente. La sangre salpicará vuestras caras, caballeros. Puede que incluso os den un balazo en el brazo o en la pierna. Pero debéis ocupar vuestra mente con sólo tres palabras: Cargar. Disparar. Recargar. Caballeros, ¡cargad vuestras armas! Volví a los cuarteles y observé el resto del entrenamiento a través de la ventana. Al final del ejercicio, ni una taza permanecía en el poste de la valla. Es más, la baranda estaba bastante destrozada. Estos hombres aprendían más rápido que cualquier alistado que jamás hubiera visto. Quizá porque para Jacob y sus hombres, de alguna manera, lo que estaba en juego era algo mayor. –¡Mantened seca la pólvora! – dijo Raines a los hombres mientras hacían cola para abastecerse. Casi en cuanto lo dijo, el hombre que iba delante de Samson en la cola dejó caer su frasco de pólvora. Rodó por el suelo empapado de nieve y barro. Samson se agachó y lo recuperó, para luego girarse hacia el sargento Raines. –¡Mantengamos seca la pólvora! – repitió con una sonrisa cautelosa. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] El comité de bienvenida de los hork-bajir caminaba tras nosotros. Los campistas mantenían las distancias, había miedo y duda en sus caras iluminadas por la luna. –No muerden, – les dije. – Al menos, no los hork-bajir libres. Las cuchillas son sólo para recolectar corteza. No dañarían ni a una mosca. Richard fue el primero en acercarse a un hork-bajir. Tendió una mano y dijo – Saludos. El hork-bajir, lentamente, elevó sus manos y las cerró sobre la palma de Richard como una caja de cuchillas. Richard se estremeció, pero no se movió. –Hooolllaaaa, – gruñó el hork-bajir, sacudiendo la mano de Richard arriba y abajo varias veces. Una vez terminó, Richard se examinó la mano. Ni un corte. ¡Un flash de luz! –¡Este es el mejor día de mi vida! – dijo Lewis, guardando de nuevo la cámara de Justin en la mochila. Sin decir ni una palabra, busqué dentro de la mochila. Recogí la cámara. La abrí. Retiré la película. Devolví la cámara a su sitio. Lewis tragó saliva. –¡Jake! – El padre de Marco corrió hacia nuestro grupo. – ¿Así que es cierto? ¿Tenemos gente que quiere ayudar? –Que quiere y está lista, – replicó Richard, dándole al padre de Marco un fuerte apretón de manos. –Entonces venid con nosotros. ¡Nos estamos quedando sin tiempo! Los trece campistas siguieron al padre de Marco colina arriba, donde les esperaba la madre de Marco. Juraría que esos dos estaban hechos para la vida salvaje. Parecían más jóvenes y felices de lo que nunca jamás les había visto. Como si ayudar a extraterrestres abandonados con prioridades clave como la organización y la productividad fuera su destino. A penas podía creer lo que vi en lo alto de la colina. Una choza iluminada con antorchas se había convertido en una especie de fábrica. Así iba la cosa: El primer hork-bajir de la cadena de montaje cogía un palo de un montón. Usando las afiladas hojas de afeitar de sus muñecas, quitaba toda la corteza y los nudos. Entonces lo arrojaba al siguiente hork-bajir. Éste inspeccionaba la estaca y le daba un segundo ajuste enderezándola. Si estaba demasiado arqueado, el hork-bajir lo arrojaba en un montón aparte. Ese montón se pasaba a un hork-bajir más joven para afilarlo. Los palos doblados se convertían en estacas para el fondo de los pozos. El palo que pasaba la inspección era entregado a varios hork-bajir más viejos. Estos ataban puntas de flecha de piedra afilada en el extremo. Durante el proceso de pelado se habían tallado surcos en la punta para que resultase fácil atar la piedra al palo. Un último grupo de hork-bajir transportaba las lanzas ya completas hasta las plataformas de los árboles. A Richard, Lewis, Emily y a una pareja madre-hija de campistas llamadas Meg y Chloe les asignaron tareas en la cadena de montaje. Nunca había visto trabajadores tan dispuestos. –Tengo que ver cómo va el trabajo en la presa, – le dije al padre de Marco. – Luego vuelvo. Tobias ya había vuelto a su forma y estaba echando un vistazo desde el aire. No corríamos ningún riesgo. No parecía probable, pero los yeerks podrían efectuar un ataque nocturno. Podrían ir a por el elemento sorpresa. Me transformé en búho y volé donde la construcción. La visión nocturna superior del búho, y la brillante luz de la luna, me permitía ver el progreso desde el aire. Una nueva capa de palos y árboles era visible ahora encima de la presa original. El nivel del agua era como mínimo medio metro más alto que antes. El agua circulaba por una nueva zona del bosque. <¿Dónde has estado, príncipe Jake?> Marco, mientras presionaba el barro con las aberturas con su cola. <Te has perdido toda la diversión con nuestros nuevos amigos, el señor y la señora Castor.> Aterricé en la orilla y empecé a recuperar mi forma. <Han sido una excelente ayuda,> dijo Cassie. <Al principio tenían miedo de nosotros. Pero parecen haberse dado cuenta de que sólo estamos aquí para ayudar, así que han vuelto al trabajo.> –Eso es genial, – dije, un poco distraído. Tenía que contárselo. Pero de repente, habría deseado no tener que decir ni una palabra. –Yo, mmm…escuchad. Esos campistas de abajo del valle quieren ayudar a los hork-bajir. <¿Quieres decir que lo saben?> Rachel. <Jake, ¿estás loco?> –Tiempos difíciles requieren medidas desesperadas, – repliqué. – Tú usaste esas mismas palabras en el encuentro de ayer. –Oh. Vale, lo hice. Gracias por escuchar. <Esto puede ser el inicio de algo grande,> dijo Cassie de mala gana. <Los primeros voluntarios.> <Correcto,> dijo Rachel. <Se lo dirán a otros, los animarán a unirse a la lucha.> <¡Ése es el problema!> dijo Marco enfadado. <Jake, ¿quién ha decidido que está bien hacer apariciones en público?> –Bueno, tú, en verdad, – dije. – Y no es una acusación. Es un hecho. Cuando le hablaste a tu padre sobre nosotros. Hiciste lo que tenías que hacer y eso he hecho yo. <Lo de mi padre fue distinto,> dijo con determinación. <Quizá incluso estuvo bien hacerlo con esos marineros y marines en el portaaviones. No sé. Pero vamos, Jake. Ni siquiera conoces a esos campistas. Para quién trabajan, a quién se deben realmente, de dónde son.> –Son un puñado de fanáticos de la ciencia ficción que creían en extraterrestres antes de que Tobias y yo incluso les enseñáramos nada. – Traté de sonreír, aparentando que no estaba tan preocupado como Marco. – Piensan que somos de la Federación. ¿Podéis creerlo? Nadie se rió. [i]La cuenta atrás ha comenzado. Pronto, muy pronto, todo habrá acabado.[/i] [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] <Príncipe Jake,> Ax, <el tiempo se está agotando. Necesitamos tu ayuda para terminar la presa.> Ni una palabra sobre lo que había hecho. Con todo lo que había pasado entre nosotros, todo lo que habíamos perdido en esta guerra, Ax aún me consideraba su líder. Aún seguía mis órdenes y aceptaba mis decisiones. No es que realmente importase lo que Ax, o cualquier otro, pensase. Mientras actuaran con lealtad. Mientras entendieran que yo ya había asumido la total responsabilidad de habernos revelado a los campistas. Nadie más tenía que culparse. Ni siquiera Tobias. Me concentré en el ADN más nuevo que llevaba dentro de mí. ¡SWZOOP! Mi cuerpo empezó a encogerse. Los brazos y piernas eran aspirados al interior de mi torso. ¡FWUMP! Choqué contra el suelo. PING PING PING… Un grueso pelaje marrón brotó por todo mi cuerpo. Me sentí cálido de golpe, como si me hubiera puesto un traje impermeable. POOT POOT Mis patas traseras reaparecieron como pequeños y cortos pies-aletas. THWUPP. Un peso pesado cayó en mi trasero. Giré la cabeza. Prolongando mi espalda como medio metro tras mi cuerpo había un grueso, plano y formidable bulto. Una paleta, una herramienta, una cola. La transformación es impredecible. Los cambios más significativos a menudo ocurren los últimos. Finalmente, mi cráneo empezó a encoger, exprimiendo mi cerebro en una nueva forma. Un cráneo duro como una piedra, más pesado que el humano, alargado para formar una mandíbula robusta. Y en el interior, mis dientes delanteros estaban creciendo. Y creciendo. Abrí y cerré la mandíbula. Podía sentir la fuerza de los incisivos, enormes como los cinceles de un carpintero, brotando de mis encías. El castor no tenía la mandíbula rápida y fuerte del tigre. Pero tenía una fuerza increíble. Y su mente era despierta, orientada hacia un único propósito: solucionar problemas de todo tipo. El castor estaba ansioso por trabajar en su proyecto. Su mente estaba viva con un solo pensamiento. ¡Había cosas que hacer! Era la mente de un adicto al trabajo. Había un árbol joven. Una rama muerta justo arriba. Una planta más allá. ¡Tenía que escoger una y empezar a moverme! Era un abejita obrera bien informada. Una hormiga con una educación básica. Me deslicé fuera de la orilla hasta el oscuro estanque. Asomé mi cabeza sobre el agua. El grasiento pelo del castor repelía el agua, manteniendo su piel seca. Nadé por un pequeño canal. Lejos del estanque y hacia el sitio donde Ax estaba royendo un largo árbol. <Necesitamos este árbol para el vertedor principal>, dijo. Salí del agua y empecé a roer. Oh, sentaba bien hundir mis dientes en las fibras del árbol. Rasgarlas eficientemente. ¡Raspar más capas con cada pasada! ¡Tallar a través de los anillos del árbol! De repente, Ax gritó <¡Para! ¡Aléjate!> El árbol se quebró ante el creciente viento. ¡Creeeeeekkkk! El maravilloso sonido de la madera astillándose. ¡Ba-boom! El árbol chocó contra el suelo. La mente del castor estaba satisfecha. Pero espera… El árbol no estaba alineado con el canal. Había caído atravesándolo. Ax y yo nos pusimos de pie sobre nuestras patas traseras y empujamos. El árbol se meció pero no pudimos moverlo. <¡Necesitamos ayuda aquí abajo!> grité. Marco y Cassie se nos unieron. Los cuatro empujamos a la vez. El árbol se meció arriba y abajo sobre los lados como había hecho cuando cayó. Pero no había manera de moverlo a donde queríamos. El castor estaba frustrado. Sentía que había fallado. De repente… –¡Rrrrrooaaaaarrrr! ¡En un repentino movimiento el árbol se elevó del suelo! Se giró en el aire. Se alineó con el canal y se estrelló contra el agua. Salió a flote salvajemente, y luego se detuvo. <Sólo necesitáis la herramienta adecuada para el trabajo.> El oso de Rachel resopló con orgullo bajo la luz de la luna. <Ahora llevemos esta cosa a su sitio.> El señor y la señora Castores de Verdad desaparecieron al ver a Rachel. Pero nosotros cinco empujamos y tiramos del árbol, como remolques guiando un tanque de aceite en el puerto. El tronco entró fácilmente en el estanque hacia la presa. Ax había formado un hueco para él. Lo metimos a la fuerza, y la corriente sobre el dique hizo el resto. <¿Estáis preparados?> Tobias, desde el cielo. <Casi,> dijo Ax orgulloso. <El volumen de agua ha excedido mis predicciones.> <Mejor que lo haya hecho,> respondió Tobias. <Porque los yeerks están a menos de una hora de aquí. Y, ¿Jake? Hay más de ellos de lo que pensábamos.> [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] Aún no había señales de las fuerzas de Forrest. ¿Esperaría hasta la caída del sol? Forrest tenía una reputación que mantener, y eso era algo difícil de exhibir en la oscuridad. El ataque, el valor y la extravagancia pasarían inadvertidos. Los negros se entrenaron una vez más, luego clavaron sus rifles y volvieron a los trabajos de tierra para acabar su tarea. Cuando fui a inspeccionar el trabajo, encontré a los hombres cantando una baja y rítmica canción. –Teniente, –llamó Jacob. – Mis hombres están encantados con el entrenamiento y la comida. –Ya habríamos ganado la guerra hace un año con más voluntarios como vosotros. – Hice una pausa. – Jacob, ¿queréis tú y tus hombres acudir en asamblea? –¿Señor? –Jurar servicio como soldados de la Unión. Todos los hombres blancos de la unión lo han hecho, y creo que quizás… –Sólo díganos qué tenemos que hacer, – dijo con entusiasmo. El cántico se detuvo. Las cabezas comenzaron a girarse hacia donde yo estaba. –Sólo reuniros, supongo. Yo, mmm… nunca he hecho esto antes. Tenía una copia del juramento en un panfleto destartalado que encontré entre las cosas del Mayor Shaw. Lo saqué del bolsillo. Los obreros, hombres cubiertos de sudor, se acercaron más. –Lo primero es levantar vuestra mano derecha, imagino. Treinta fuertes y callosas manos se alzaron en el aire. –Ahora, simplemente leeré el juramento, una línea cada vez. Vosotros repetidlas, ¿vale? Empieza con vuestros nombres, así que continuad y completad la frase con él… Veamos, ahora… Me aclaré la garganta y desdoblé la página sucia titulada “Juramento a la Asamblea”. Me imaginé siendo Lincoln. Utilicé la voz más presidencial que tenía. –“Yo, Isaiah Goodhue Fitzhenry, juro solemnemente que guardaré lealtad absoluta a los Estados Unidos de América y…” –¿Teniente? –¿Samson? –¿Puede parar ahí? –Claro. Dejé a los hombres repetir la frase. La completaron con sus propios nombres… un sonido, para mí, dulce como la música. Jacob, Samson, Moses, Washington, Jackson, Jefferson, y Tennessee… Treinta hombres sustituyendo mi nombre. Mañana lucharíamos. Y ganaríamos o caeríamos juntos. Continué el juramento. –“…y que serviré honesta y fielmente contra todo enemigo y opositor…” ¿Estára el general Forrest ahora en su tienda, jugando a las cartas, bebiendo ginebra, o escribiendo a su hogar, quizás? ¿Confiado en que machacará a los hombres de azul en la cima de esta montaña? –“Y cumplir y obedecer las órdenes del presidente de los Estados Unidos, y las órdenes del oficial frente a mí…” Las órdenes que teníamos podrían ser las últimas que jamás recibiéramos. O puede que no. –“Conforme a las reglas y a los artículos de gobierno de las fuerzas de los Estados Unidos.” Los hombres repitieron la última frase. Se hizo un silencio momentáneo mientras comprobaba la página, y finalmente les dije que eso era todo. Ya eran soldados. Estallaron gritos salvajes. Los hombres saltaban y chillaban y yo mismo me perdí en su alegría. Dejé que sus aplausos ahuyentaran el terror. Dejé que sus voces, que rompieron lentamente en una canción, me llevaran a casa, hasta que eso fue lo único que veía. El fuego crepitante. Mi hermana, acurrucada con un libro en el suelo frente a la chimenea. Madre, en su mecedora, con el costurero. El olor del pan horneándose en la cocina, el tacto del pelo de Rover en mis dedos. El gusto de la cerveza inglesa. El sonido del suave tarareo de soprano de Madre en su esquina. Estaba en casa. Si caía en la batalla, quizá estaría de nuevo en casa a la caída del sol de mañana. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Empezamos a recuperar nuestras formas. Basándome en su posición actual, los yeerks habían decidido atacar al amanecer. Era la hora del espectáculo. <Tobias, ¿qué ves?> <Ya sabes que mis ojos no son demasiado buenos por la noche. Pero podría intuir al menos una compañía de hork-bajir fuertemente armados. Una fuerza de más de cien de ellos. Y llevan cintas azules alrededor de los brazos.> Mi corazón se aceleró. Los Cintas Azules. Los guardias de élite del mismísimo Visser Uno. –Dime que es lo único que ves. <No puedo mentir, Jake. Hay al menos el mismo número de taxonitas.> Se me hizo un nudo en el estómago. <Ah. Y un andalita.> Visser Uno. Nuestro viejo némesis, el anterior Visser Tres. El controlador andalita. El comandante de todo yeerk en la Tierra. Sólo una misión de vital importancia traería a Visser Uno a escena. –No sería una verdadera fiesta si no asistiera el Conde del Mal, – dijo Marco solemnemente. Mandé a Tobias que se adelantara al campamento hork-bajir. Lo seguimos, corriendo entre los árboles y bajando la colina. Cuando llegamos, Tobias estaba anunciando las nuevas noticias. <Los yeerks están en camino y son fuertes. Que todo el mundo tome posiciones de combate.> El habla telepática era aún nueva para los campistas. Emily se llevó las manos a la cabeza, confundida. –No, no estás perdiendo la cabeza, – dije. – Transformarnos nos permite comunicarnos telepáticamente. Ése ha sido Tobias. – Señalé entre los árboles. <Ey, ¡puedo ver a esos campistas a una milla de aquí!> dijo Tobias por telepatía privada. <Diles que se quiten los abrigos amarillos. Son blancos fáciles.> –Gente, tenéis que camuflaros, – dije. – Ocultad vuestros abrigos y cualquier cosa amarilla o naranja o verde fluorescente. Luego conseguid algo de camuflaje. Todo lo que llevéis que no color tierra sólo hará que os maten. Los campistas subieron los equipajes. Lewis tomó posición en una plataforma de batalla con un guerrero hork-bajir, un chico cuyo brazo derecho había sido amputado durante una de las redadas de los hork-bajir libres a las instalaciones yeerk. El aire crujía con la tensión previa a la batalla. Los cuerpos emanaban el fuerte olor del miedo y la adrenalina. Richard estaba en silencio ante su hijo. –Llevad a cualquiera que sea alcanzado tras las rocas, – grité. – Todo el que muera en el campo de batalla, tendremos que dejarlo para más adelante. Hasta después. Richard caminó hacia mí, vistiendo aún su chaqueta amarillo brillante, su cara limpia. –Cuando dices “muerto”, – preguntó con cuidado, – te refieres a “noqueado” o “capturado”, ¿verdad? –Desafortunadamente, señor Carpenter, quiero decir “muerto”, “sin vida”. Los ojos de Richard se abrieron, y supe que era la primera fase del pánico. Había dejado claros los peligros de esta misión, ¿no? Sí, sólo se trataba de un hombre que había dejado que la excitación nublase todo lo demás. Si le entraba el pánico, podría echarlo todo a perder. –Oh, Dios mío, – susurró, con la voz áspera. Como si pensase que todas mis advertencias tan gráficas fueran sólo parte de algún juego, algún diálogo de un episodio de [i]Espacio profundo nueve[/i]. – No me había dado cuenta. Pero ya he visto demasiado. Nos vamos a casa. ¡Lewis! ¡Emily! ¡Bajad de ahí! Puse una mano en su brazo, intentando calmarlo y acallarlo. – Es demasiado tarde, – dije. – No podéis iros ahora. –¡Yo no voy a ninguna parte! – gritó Lewis desde la plataforma del árbol. – Esos tipos necesitan nuestra ayuda. Richard se soltó de mi mano. – ¡Baja ahora o te quedarás castigado un mes entero! – gritó. –No, papá, – La voz de Lewis era fuerte. – Me quedo. <¡Callaos!> gritó Tobias. <Están cerca.> –Formas de batalla. ¡Ahora! Richard permaneció delante de mí. Paralizado, en estado de pánico, aterrado. Esperando que yo le salvara. Empecé a convertirme en tigre. – Vete de aquí, Richard, – le dije mientras aún tenía boca. – Quédate tras esas rocas. Estarás bien. Sólo quítate de en medio. Lanzó una mirada hacia su hijo, luego hacia mí. Su boca se abrió pero no salió nada. Luego se giró y corrió colina arriba. El cielo del este se tornó en un brillante pero pálido azul. El sol aparecería en cuestión de minutos. Los hork-bajir libres estaban encorvados en los árboles y agachados en las trincheras. Nosotros en formas de combate. Tigre, gorila, oso y lobo. Ax estaba aún en el embalse. No se oía ni un sonido en el campamento excepto el suave murmullo del aire entre las copas de los árboles. Esperamos. El corazón me latía con la fuerza de una roca contra el pecho. Ésta sería una batalla perdida. No había otra salida. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Un silencio abrumador. La luz del sol se hizo más brillante y una niebla gris se levantó de la tierra. ¡Kwreeeek! Una rama rompiéndose. <¡Silencio!> ordené. Nuestras defensas dependían del factor sorpresa. Sin él… ¡Movimiento! Y otro sonido. Rápidos y rítmicos pasos golpeando la tierra húmeda. Busqué a través de la niebla. Un destello captó mi atención. Una cuchilla. Unida a un hork-bajir de dos metros de altura. Se detuvo en el borde del campamento. Se giró lentamente, apuntando su pistola de rayos Dragón allá donde mirase. Más pasos. Más cuchillas. Más hork-bajir con cintas azules en sus brazos hasta que el borde del campamento estuvo repleto de soldados. Se pararon y comprobaron. Buscando. Entonces, un hork-bajir muy bajo caminó hacia el centro del campamento. Era el hork-bajir libre capturado en la incursión y ahora infestado. El yeerk en su cabeza había conducido al enemigo hasta aquí. Era su trabajo entregar a los hork-bajir libres. Traicionar a su gente. <¡Firmes!> advertí. Las armas que teníamos –lanzas y flechas, colmillos y garras– sólo funcionarían a corto alcance. Nuestro ataque tendría que llegar en el último segundo posible. <A mi señal…> Los Cintas Azules empezaron a avanzar. En cuestión de segundos caerían en nuestras trincheras camufladas. En breves momentos, estarían lo suficientemente cerca como para alcanzarles. El hork-bajir recién infestado se llevó algo que parecía un teléfono móvil a su boca. –Se han ido todos, Visser. Increíble. ¡Estaba informando de que no estábamos allí! Puede que los soldados se rindieran, se dieran la vuelta, se retiraran… Pero entonces alzó sus ojos hacia los árboles, y se quedó congelado. Nos habían visto. <¡ATACAD!> ¡Pthoo! ¡Phtoo! ¡Thoo, thoo, thoo, thoo! Una lluvia de pesadas lanzas, flechas y rocas afiladas fueron arrojadas al enemigo antes de que pudieran disparar. –¡GhaaaaaaLhaaaa! Cassie brotó de la tierra. Clavó sus colmillos de loba alrededor del tobillo de un hork-bajir. <¡Ah!> Una cuchillada le hizo sangrar en el costado, pero aún así no lo soltó. <¡Heeyaaah!> Marco, un pesado gorila cargando contra la línea de Cintas Azules que avanzaban. ¡Whooompf! ¡Whompf! Sus puños como bolas de demolición mandaron al suelo a dos guerreros. ¡Thoosh! ¡Thooosh! ¡Thoosh! Toby se metió acuchillando en la pelea, cortando con agilidad con sus hojas de las muñecas, rodillas y tobillos al enemigo. Anticipándose grácilmente a los golpes antes de que vinieran. Los hork-bajir libres gritaron. Saltaron de las plataformas de los árboles sobre las espaldas de los enemigos, hincando las hojas de sus tobillos profundamente en las espaldas de los Cintas Azules. ¡ZING ZING ZING! El sonido de cuchillas azotando el aire en una triste guerra civil en la que los hork-bajirs luchaban contra los hork-bajirs. Me lancé. Aprisioné al pequeño hork-bajir entre mis mandíbulas. Lo arrastré tras nuestra línea. Dos hork-bajir libres estaban esperando para contenerle. Lo llevarían con los padres de Marco, que atendían a los heridos. Ellos lo contendrían. Lo esconderían. Esperando que, finalmente, pudieran hacer morir de hambre al yeerk de su cabeza. Corrí de vuelta hacia la batalla. Salté contra el Cinta Azul más grande que pude encontrar. Hundí mis colmillos en su nuca. Sentí sus músculos aflojarse, lo vi caer. ¡Tseeew! El aire sobre mi cabeza rugió con el sonido de un rayo Dragón, parpadeando como un relámpago azul y blanco. Me lancé contra otro Cinta Azul. ¡Bam! Lo lancé contra el tronco de un árbol. ¡Thump! Caímos al suelo y rodamos. Chocamos contra hork-bajir caídos. Los cuerpos empezaban a cubrir todo el suelo del valle. Aquéllos con cinta azul y sin ella. El oso que era Rachel corría hasta que estuvo en mi campo de visión. Cargó contra un hork-bajir apuntando una pistola de rayos Dragón hacia los árboles. ¡Wooomph! ¡Tseeeew! ¡Bam! Le dio una paliza, conduciéndolo hasta una roca. Pero él disparó su arma. Un árbol ardió en llamas. ¡Una plataforma de batalla incinerada! Gritos agonizantes… Otra lluvia de flechas y lanzas cayó hacia el suelo. Rebotaban sin causar daños en las cuchillas o se hundían letalmente en la carne. –¡Ghaaaah! El aire parecía haberse espesado con esta lluvia letal. Lewis y Emily. Meg y Chloe. Los otros campistas y los hork-bajirs, arrojando lanza tras lanza. Y los Cintas Azules agachándose y corriendo… retrocediendo por donde habían venido. ¿De retirada? Se hizo un momento de pasmoso silencio. Entonces, los hork-bajir libres empezaron a gritar. A saltar arriba y abajo. A bailar. Aquellos que estaban en el suelo emergieron de entre las trincheras de batalla. Llantos de triunfo llenaron el aire. Los guerreros sacudían sus lanzas sobre la cabeza. Incluso los campistas se permitieron sonreír. Las pocas pistolas de rayos Dragón capturadas dispararon al aire. Yo conocía mejor a los yeerks. Y Marco y los demás. No lo estábamos celebrando. El baile de la victoria era prematuro. Entonces lo vi, entre los árboles y la niebla, aproximándose en silencio mientras los hork-bajir y los campistas se animaban con sus gritos. Visser Uno. En una forma que no había visto desde que todo esto empezó. Ocho cabezas respirando fuego. Piernas gruesas como árboles. Cuellos serpenteantes. Ojos como trozos de lava fundida. Retrocedí poco a poco. Porque tras ese gigante monstruoso que era el Visser venía una línea ondulante de taxonitas. Una línea de segadoras de muerte. <¡Posiciones!> grité sobre los ingenuos gritos de victoria. <¡Parad! ¡Mirad! ¡Están volviendo!> Las alegres voces cayeron en silencio. Las risas se tornaron en nerviosos y desesperados gritos conforme los guerreros corrían a poner a punto sus armas. A coger las estacas y lanzas de las pilas. Y entonces llegó la voz. Esa crepitante, rugiente y aplastante voz. <¡Os sobrepasamos en número! Rendíos de una vez. ¡O morid!> [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] La mañana de Navidad. Una estridente corneta me levantó de la cama. Había oído un golpeteo en la puerta de los barracones donde dormía, completamente vestido, en una esquina. Me puse en pie de un salto, agarré mi larga arma y mi revólver, y abrí la puerta. –Están aquí, – dijo Raines, con los ojos muy abiertos pero con la cara en calma. – Una pequeña fuerza entre los árboles, lo mismo que ayer. Nos echamos las armas al hombro y corrimos. La corneta paró y, por un momento, el único sonido era el de las botas contra la tierra mientras los hombres de la Unión se ponían todos al trabajo. Los rifles se agitaban cuando corrían. Frascos y cantimploras chocaban unos con otros. Spears ya estaba allí, cargando la única pieza de artillería que habíamos conseguido llevar con nosotros. –Parece un ataque frontal, Teniente, – carraspeó mientras él y Prince introducían la enorme bola por el cañón. Alcé mis prismáticos y los centré en la línea rebelde formada en los árboles. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Podía ver los jadeantes morros de los caballos, los abrigos de franela grises, las brillantes vainas de los sables. ¿Por qué no había más que ayer? ¿Podía estar equivocado el prisionero rebelde? ¿Podría no superar sus fuerzas el centenar de hombres, como Spears había visto? –¡Teniente! Me giré hacia el pueblo. Un grupo de diez hombres corrían con paso largo hacia nuestras filas, cargando con escopetas y horcas. Joe Miller se hizo ver. –Este es nuestro pueblo y, juro por Dios que lucharemos para mantenerlo. Eran casi todos los hombres de la Cresta Sinkler. Incluso el chico del tambor y el del silbato traían revólveres en sus manos. Mi sonrisa era débil pero sincera. – Me alegra verte, Joe. Es un ataque frontal. ¿Haréis de flanqueadores? Joe dirigió a cinco hombres al extremo este de la línea y se llevó al resto con él hacia el oeste. –¡APUNTAD! – ordené. Los rebeldes salieron del borde de los árboles. ¿Por qué no cargaban? ¿A qué estaban esperando? Alcé mis prismáticos de nuevo, recorriendo la línea enemiga, y localicé una cara entre las ramas. Un hombre delgado, con pelo oscuro y mandíbula prominente, que estiraba su piel casi de forma violenta. Las estrellas adornaban su cuello. El caballo tras de sí era el único equino sin arañazos en el morro. Una sombra ocultaba los ojos de aquel hombre. Alrededor de su pecho no había una carabina, sino dos. ¿Era Forrest? ¿Por qué no cargaba? ¿Por qué? –¿Raines? ¿Spears? ¿Estáis preparados? –¡Sí, Señor, teniente! –¿Jacob? ¿Podría ser éste el día en que Forrest cayera? Joe Miller se agachó tras la excavación, sosteniendo su arma contra la montaña de tierra. Estábamos preparados. Aún así sentía que algo… algo iba mal… –¡CARGAD! Las tropas rebeldes salieron del bosque, saltando, chillando, galopando a través de los árboles. –¡APUNTAD! – repetí, nervioso. Los rebeldes alzaron sus armas. –¡SPEARS, FUEGO! BA-BAMM. El cañón silbó. ¡Ka-booom! –¡Ahh! Dos caballos y soldados fueron lanzados por el aire. –¡FUEGO! ¡BAMM! ¡BAMM! Por un instante, el orgullo inundó mi pesado pecho. Esta era la mayor fuerza que jamás había comandado. –¡FUEGO! – chilló el comandante rebelde. Perdigones de plomo cortaron el aire congelado. Una indiscriminada ola de muerte. –¡Yaaah! –¡Aaah! –¡Ah-aaahhh! Los hombres caían, llorando, gritando. Samson había caído. Y Spears. –¡AGUANTAD, SOLDADOS! ¡RECARGAD! Oí el salvaje sonido de una baqueta y un martillo. –¡FUEGO! Disparamos de nuevo. Los rebeldes continuaban galopando. Los gritos y llantos desbordaban mis oídos cada vez que alcanzábamos al enemigo. –¡RECARGAD! –¡FUEGO! Los rebeldes vacilaron, retrocediendo por delante de nuestras trincheras. Al mismo tiempo empezó a llover. Sentía la gélidas gotas contra mi cara. –¡Se están retirando! – chilló Raines. ¿Era posible? Forrest moriría antes que ser derrotado. No. Algo en todo esto iba mal. Muy mal. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] [b]Isaiah Fitzhenry[/b] La lluvia era ahora un torrente de agua, convirtiendo las trincheras en barro. La línea rebelde se deshizo y retrocedieron hacia los árboles. No podía ser una victoria. Jacob vertió una carga de pólvora y arrancó un parche de tela de su camisa. –Jacob, – le llamé. – Habéis tenido vuestra lucha. Habéis demostrado que podéis aguantar junto a los blancos y no fracasar. ¡Ahora idos! ¡Huid a las colinas! Jacob continuó cargando. Los hombres a nuestro alrededor, blancos y negros, gemían. Todos sangraban. Algunos estaban inmóviles. Los que quedaban sanos y salvos hicieron lo que pudieron. Improvisaban vendajes alrededor de las heridas más serias. Ofrecían bebidas de las cantimploras. –¡Escúchame, Jacob! Forrest volverá. Hará de nosotros sus prisioneros, pero a vosotros os matará. ¿Me oyes? Salva a tus hombres, Jacob. Es tu deber como líder. Jacob alzó entonces la mirada. Me atravesó con ella. –Quiero que todos vosotros aún podáis escoger vivir. Volved a las colinas y vivid para luchar otro día. Ninguno se movió. –¡Moveos! – grité, agitando los brazos. Y ninguno se movió tampoco. De repente, un golpe de tambor por el este. Nos quedamos paralizados. Yo, Jacob, todos. Otro golpe de tambor por el oeste. Al este y al oeste de nosotros no había más que rocas escarpadas, un terreno imposible de escalar a caballo. –Nos quedaremos, – dijo Jacob. –Moriréis. –Teniente, el Señor puede llevarme cuando él decida. Pero yo decido si quiero morir como un hombre libre luchando por lo que amo, o como un cobarde esclavizado por el miedo. El chillido rebelde creció como el llanto de mil demonios. A través de la cortina de lluvia, vi caballo tras caballo luchando para abrirse camino con esfuerzo a través del paso rocoso. –¡Están atacando por el oeste! – gritó Miller desde el otro extremo de nuestra línea. –¡Y por el sur! – gritó Raines. – ¡Vienen a caballo desde el sur! –¡APUNTAD! El barro succionaba mis botas, la lluvia me golpeaba en la espalda. –¿Apuntar dónde? – gritó Raines. –¡Al objetivo más cercano! Los hombres alzaron sus rifles. Los aldeanos, sus escopetas. Nuestra línea se mantuvo firme mientras los rebeldes galopaban hacia nosotros desde ambos lados del bosque, favoreciéndolos aún más la creciente niebla. –¡FUEGO! – grité. Nuestro plomo batió el este, el oeste y el sur. Se oyeron los llantos del enemigo. Habíamos disparado bien. ¡Estaban cayendo! Pero no lo suficiente. Sólo desde el este, no menos de cien soldados emergieron de una abertura entre las rocas. –¡RECARGAD! La operación era prácticamente inútil bajo la lluvia. El agua se vertía a través de nuestros cañones, empapando la pólvora. –¡FUEGO! – gritó el líder rebelde. De repente, el tiempo se detuvo. Disparé mi revolver al enjambre de animales y hombres. Se estaban acercando a nuestra fortificación, hecha con todo lo que habíamos podido reunir… Se acercaban… ¡WHAM! El impactó me tiró al barro. ¡Mi pecho! Lo tanteé. No necesitaba abrir mi abrigo. La sangre estaba ahí. Ya la notaba. Justo bajo el corazón. Fluyendo entre mis dedos. Borboteando a través de mis costillas. –No, – suspiré. Giré la cabeza, buscando alguna esperanza. Buscando ayuda… Los rebeldes habían roto nuestra línea en el oeste… Podía ver a Jacob luchando. Moviendo su mosquete como una maza, como había movido su pala el primer día. Golpeando a los enemigos que pasaban a su lado. ¡No, detrás de ti! ¡Jacob! ¡Bamm! Jacob. Le dispararon por la espalda. Sus ojos se encontraron con los míos… Mientras él caía… Y yo caía… Juntos. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Los controladores hork-bajir que huían se detuvieron justo tras el alcance de nuestras lanzas. Se giraron. Apuntaron sus pistolas de rayos Dragón a los árboles y se dedicaron a derribar a los hork-bajir libres. Los hork-bajir gritaban. Caían de las plataformas. Las llamas devoraban árbol tras árbol, así como a los valientes guerreros que no consiguieron huir a tiempo. Entonces… –¡Ssssssny-ssssnit-ssssnit-sssnnnaaaaaa! Una ola de taxonitas se vertió sobre el campamento. –¡Skreeee! Los primeros cayeron en los pozos, empalados por las lanzas de madera. Los cuerpos ensartados, a unos dos o tres metros de profundidad, hicieron de puente para aquellos que los seguían. Los taxonitas se corrían agitándose hacia los hork-bajir caídos. Algunos se pararon a devorar a sus propios muertos. Otros no. –¡Rrrrroaaaaagh! Me lancé. Hundí mis colmillos en la viscosa e hinchada piel. Era asqueroso. Como pinchar un globo lleno con algo caliente y sucio. Me tambaleé lejos del cuerpo desinflado. Vi a Rachel exprimir a un taxonita hasta explotar. Oí a Cassie gruñendo frenéticamente. A Marco bramando. <¡Tobias!> No obtuve respuesta. Emití mi habla telepática tan fuerte como pude. <¡El agua! Díselo a Ax. ¡AHORA!> Jóvenes y viejos hork-bajir corrían caóticamente de un lado a otro. Lloraban, gritaban. El bosque ardía a su alrededor. El fuego de los tiradores daba contra los árboles, contra el suelo. Por todas partes caían los hork-bajir libres. Morían. <¡Fuera del campamento!> grité. <Todo el mundo a las colinas. ¡El agua ya viene!> ¿Pero cómo podía estar seguro? ¿Por qué no había respondido Tobias? ¿Habría caído? ¿Habría captado Ax el mensaje? Un taxonita se incorporó detrás de mí. Me lancé en pleno giro. Hundí mis colmillos en su miserable e hinchado cuerpo. La batalla era un caos y yo era el responsable. Me giré y corrí valle arriba, hacia la presa que Ax habría abierto con la hoja de su cola. Si había llegado a recibir la orden. De repente. ¡ZWIIIP! ¡ZWIIIIP! Unos rayos de deslumbrante luz naranja recorrieron el aire. Bolas de fuego voladoras. ¡Visser Uno! Me quedé congelado. Ocho piernas colosales, gruesas como troncos, emergieron de entre el bosque. ¡El suelo tembló! Árboles robustos caían como palillos de dientes. Ocho terroríficas cabezas con ojos naranja hechos de fuego, eructando bolas de llamas. Y entonces… –¡Tseeeer! <¡Tobias! ¡NO!> Tobias, cayendo sobre el monstruo una y otra vez. Arañando los globos oculares con sus garras. Rasgando la carne con su pico. Pero no era más que una mosca para el gigante monstruoso de Visser, infligiendo más molestias que daños. Los ocho brazos espinosos de la criatura aferraron el aire. ¡A menos que Tobias volara hasta ponerse a salvo, los tentáculos iban a capturarle! <¡Tobias, para! ¡Es una orden!> Sentí que se me cerraba la garganta. Tenía la boca apretada en una línea por el miedo. Lancé otro desesperado mensaje a Ax. Rezando para que lo escuchara. <¡Abre la presa! ¡Manda el agua! ¡AHORA!> ¡Un horrible chillido! ¡Tobias había sido alcanzado! Le había golpeado un tentáculo. ¡Caía hacia los árboles! El monstruo de Visser avanzó hasta alcanzar a los hork-bajir que huían. Bola de fuego tras bola de fuego volaban de sus bocas. Jóvenes y viejos por igual, eran incinerados instantáneamente. No había elección. Cargué, aunque imitado por los cuerpos caídos de los taxonitas y los hork-bajir quemados. Y en un gigantesco salto de auténtico poder, toda mi fuerza y velocidad concentrados en un solo golpe… Golpeé al Visser. Hundí mis colmillos de diez centímetros en uno de sus ocho serpenteantes cuellos. <Eres lamentable,> rugió. <Morirás.> Mordí más fuerte, apretando mi mandíbula como un tornillo. Extendí las garras de todas mis cuatro patas y agujereé el cuello sangrante. Apenas podía mantenerme agarrado mientras el monstruo agitaba al tigre que era yo como si fuera un trapo. La sangre roja y caliente del monstruo me quemaba la boca. Pero mientras estuviese ahí colgado, el Visser no podría dispararme. Si lo hiciera, se quemaría a sí mismo. Sí podía, sin embargo, dañarme con los dientes de las cabezas vecinas. Dientes que brillaban ardiendo como hierros al rojo vivo. ¡Tssss! <¡Ahhh!> Me volví y lo esquivé, clavando más profundamente mis garras. ¡A penas tenía suficiente fuerza para seguir sujetándome! ¡Tssssssssssssssss! ¡Sus ardientes colmillos me abrieron un agujero en la espalda! ¡La carne se calentaba más y más! ¡Era una agonía! ¡WWUMPH! Perdí la sujeción. Caí al suelo y rodé sobre la orilla del arroyo. Luché por ponerme en pie, pero un tremendo peso me devolvió al suelo. Me aplastaba hasta que casi no pude ni respirar. <Al fin,> rugió el Visser. Dos de las ocho manos con garras se cerraron alrededor de mi cuello. Tres de las ocho cabezas expiraron su ardiente aliento en mi cara. Y supe que estaba muerto. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] ¡Thooop! ¡Thooop! ¡Thooooop! ¡El disparo de bolas de fuego desde sus bocas! Cerré los ojos y grité. <¡Ahhhhhhhhhhhh!> Y entonces… Una fría sensación de hormigueo desde la cabeza del tigre hasta la cola. Y estaba rodando. Arrastrado sin pensar por una poderosa corriente. El cuerpo me daba vueltas, fuera de control… ¿Era esto lo que significaba morir quemado? Extraño. ¿Era éste el fin? <¡Aaaaaargh!> La voz de Visser Uno, rugiendo con rabia en mis oídos. ¿Qué? Abrí los ojos. No había llamas. ¡Agua! ¡El embalse se había abierto! Y entonces vi el monstruo del Visser siendo barrido. Ocho ridículas piernas elevadas en el aire. Ocho largos cuellos, sacudidos por la corriente. Y el fuego del monstruo, apagado. <¡Ahhh!> Su rugido llenó el valle, el bosque. ¡Tenía que salvarme! Tosía. Me ahogaba. Me hundía en el agua. El mundo pasaba ante mis ojos como una película a toda velocidad. ¡No podía recuperar el control, no podía nadar! El tigre giró y giró. Tragando agua, absorbiendo aire. El monstruo viajaba corriente abajo, conmigo. Los brazos como tentáculos me abofeteaban. Los cuellos serpenteantes me golpeaban. Me quedaría enredado en él. ¡Íbamos a caer juntos! Incluso aunque ambos nos ahogáramos en el proceso. [i]¡Nada hacia un lateral, Jake![/i] Los hork-bajir caían a mi alrededor en el agua. Sus cuchillas rasgaban el estómago y la espalda del tigre. Era un tobogán hacia el infierno. Entonces vi… Tosí. Jadeé. ¡No! ¡Iba hacia un enorme tronco! Pero quizás… <¡Yaaah!> Estiré mis patas delanteras. Agarré el tronco con las garras extendidas. ¡Tenía que aguantarme! ¡Pero me resbalaba! La corriente arrastraba mi cuerpo consigo. Tenía que encontrar un modo de usar mis patas traseras y también las garras. Me abracé al árbol para intentar sobrevivir. ¡WHAP! Uno de los tentáculos de Visser Uno golpeó el árbol justo sobre mi cabeza. El brazo cayó, fláccido. Y el monstruo pasó de largo junto a mí, con el fuego extinguido y su voz rugiendo. Yo todavía aguantaba. La espalda me palpitaba, tenía la boca entumecida. Y lentamente… La fuerza de la corriente comenzó a disminuir. El nivel del agua bajó hasta que, finalmente, al fin pude soltar mi desesperado agarre. Me encontré de pie cubierto de barro. Arrastré mi cuerpo hasta el campamento, caminando sobre barro y agua y sangre. Había hork-bajir caídos por todas partes. Los taxonitas ahogados yacían como globos pinchados. Los gusanos yeerk se deslizaban fuera de sus huéspedes caídos. Localicé a Rachel, aún en forma de oso, alzándose en pie sobre el lodo. Desde debajo de sus enormes patas se arrastraba el más joven de los hork-bajir libres. El nuevo hijo de Jara Hamee y Ket Helpek. Rachel lo había mantenido con vida. <¡Jake!> Cassie y Marco corrieron cojeando hacia mí. Una de las patas de Cassie estaba sangrando de forma preocupante. El pecho de Marco estaba achicharrado y en carne viva. Volvimos a nuestras formas. –Ax lo consiguió, – dije silenciosamente, humano de nuevo. – Lo conseguimos. Pero no lo sentía como una victoria. ¿Cómo iba a poder, con tantos cuerpos de ambos bandos yaciendo sin vida? Localicé a Lewis y Emily, que intentaban ponerse en pie. Unos cuantos de los otros campistas se ayudaban los unos a los otros. <¡Jake!> Miré hacia arriba. Un halcón volaba en círculo sobre nosotros. –¡Tobias! ¡Estás vivo! <Sí. Me transformé. Ax está bien también. Pero, ¿Jake? Hay un montón que no lo han conseguido. El señor Carpenter, Jake. Richard. Emily y Lewis han perdido a su padre.> [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

[b]Capítulo 26:[/b] Era mi responsabilidad en la batalla. Oí sollozos un poco más arriba en la colina. Emily estaba sentada con las manos cubriéndole la cara. Lewis consolaba a su hermana, con la cara blanca y ausente. Tobias y Cassie los habían informado de la noticia. Yo no habría sabido qué decir. Toby tenía un corte en diagonal a través del pecho y la sangre manaba de entre sus dedos, pero ella ya estaba cuidando a su gente. Reconfortándoles, elogiándoles. Explicándoles que era hora de dejar el valle. Al menos de momento. Los padres de Marco hacían las veces de médicos, haciendo torniquetes y organizando a los que no estaban heridos para ayudar a los que lo estaban. Aquellos guerreros demasiado heridos para caminar eran acarreados en camillas hechas de ramas, cortezas y cuerdas. Todo el mundo lloraba a sus muertos, pero la colonia sabía que había que irse rápido. Ahora que los árboles estaban quemados, Visser Uno podría volver con cazas Insecto. Podría ser lo suficientemente loco como para arriesgarse a ser detectado por los humanos. Sería una larga y penosa marcha fuera del valle, hacia las colinas. Aparté a Toby de sus preparativos. –Sabes que volverán. No hoy, pero pronto. Asintió. –Lo sé, Jake. Pero hoy hemos ganado. Puede que no lo sintamos como una victoria, pero el valle es nuestro ahora. Para siempre. Hemos pagado por él. Tomó una profunda bocanada de aire. –Nos quedaremos fuera hasta que la guerra acabe. Sabemos que tenemos que hacerlo. Ya hemos tenido nuestra oportunidad para luchar por nuestra libertad. Eso era lo único que realmente queríamos. –Toby, – dije suavemente. – No sé cómo acabará la guerra. –No. Pero lo hará. Y algún día… – dudó. Sabía tan bien como yo que si los yeerks ganaban, ella y los otros hork-bajir serían esclavizados. Extinguí ese pensamiento por ella. –Algún día, – dije, – podréis volver. Me miró, con los ojos llenos de esperanza. Después de que los hork-bajir libres se marcharan del valle, con Marco y sus padres liderando la marcha, volé hasta la granja de Cassie. Volví a mi forma y caminé hacia mi casa bajo el temprano sol de la tarde. Tobias había prometido que en el tiempo que tardara en llegar a mi casa, la tapadera del chee que me cubría ya se habría ido. Mis padres –y Tom– no sabrían nada. Estaba débil y temblando cuando llegué a la puerta principal. Sí, me sentía hambriento y cansado, pero era más que eso. Entré en silencio por la puerta delantera. Mi madre, mi padre y Tom estaban en el jardín trasero, trasteando con la barbacoa. Fui hacia el sótano. Estaba oscuro y en silencio. Me sentía a salvo ahí, entre las cajas de recuerdos almacenados. Recuerdos de tiempos y batalladas pasadas. Pasé hasta la última página del diario de Fitzhenry. “[i]Los cascos pisoteaban el suelo por todas partes… Los gritos y lamentos de los hombres sangrando y muriendo… era una pesadilla sin fin. Sin poder tomar ni una bocanada completa de aire… la parálisis abriéndose paso a través de mi brazo. La visión borrosa… estrechándose como si mirara a través de unos prismáticos, un túnel oscuro. …[/i]” –¿Jake, cariño? El almuerzo está listo. Pegué un salto. La voz de mi madre me había sobresaltado. –Ya voy, mamá, – dije. – Enseguida estoy ahí. –Más te vale, enano, – chilló Tom hacia el sótano. – O me comeré tu hamburguesa. Miré las últimas palabras del diario, donde la sangre y la lluvia emborronaban la tinta. “[i]Me temo que estoy muerto. Espero haberlo hecho lo mejor posible. Espero…[/i]” Esas eran las últimas palabras ilegibles. Fitzhenry lo había intentado y había perdido. ¿Cómo sería mi última página? ¿Cómo acabaría mi historia? “[i]Espero haberlo hecho lo mejor posible.[/i]” –Sí, – susurré, cerrando el libro. – Yo también. [b]©2000 by Katherine Applegate. 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

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