#48 La vuelta

     David, el “sexto Animorph”, ha vuelto. Cuando los animorphs y Ax decidieron concederle a otro humano el poder de transformarse, cometieron uno de sus peores errores. David intentó acabar con todos ellos –y casi lo consigue. Rachel y el resto pensaron que nunca volverían a verle cuando lo dejaron atrapado como un nothlit. Lo abandonaron en una isla desierta para que pasara el resto de sus días siendo una rata…

 

     Pero se equivocaban.

 

     Rachel sabe la amenaza que supone David. Es astuto y peligroso. Y lo peor de todo, conoce todos sus secretos. Ahora ha capturado a Rachel como parte de su plan de hacerse con el control de todo y todos. David ansía el poder. El dinero. Pero por encima de todo, busca vengarse…

Datos del libro:

El libro consta de 25 capítulos.

 

Narrador

 

Rachel siempre ha sido la guerrera. Pero últimamente ha tenido unos sueños muy extraños en los que quería matar a Jake y convertirse en la nueva líder de los Animorphs. No sabe por qué le pasa eso –hasta que se encuentra cara a cara con Crayak. Él puede ver su lado oscuro y le ofrece sacarlo a la luz junto con unos magníficos poderes siempre y cuando mate a su primo. Rachel podría convertirse en un ser todopoderoso, capaz de destruir a los yeerks con solo sus manos –o puede seguir siendo normal y luchar en una batalla que ya podría estar perdida. ¿Será la tentación demasiado grande para Rachel?

 

Rachel ha estado teniendo unos sueños muy raros. Sueños sobre ratas, sobre un ojo rojo brillante, y sobre matar a su primo. De pronto, sin previo aviso, todo se le echa encima y se encuentra ante alguien a quien nunca pensó que volvería a ver: David, aún atrapado en el cuerpo de una rata, al que Crayak utiliza como si fuera una marioneta. Y Crayak quiere a Rachel. Quiere convertirla en un ser todopoderoso. Pero hay un precio: debe matar a Jake. Puede elegir entre convertirse en super Rachel o quedarse atrapada en forma de rata para siempre, como David. ¿Cederá Rachel a la tentación? ¿O logrará encontrar una salida?

 

Nuevas formas

 

Visser Tres, durante la batalla contra super Rachel se transforma en una criatura sin nombre (23) que parece una mezcla entre lagarto y gorila, de cuya piel supura un ácido muy corrosivo. Después se transforma en otra criatura desconocida (24) que es básicamente una montaña de gelativa viviente y carnívora.

[b]Capítulo 1:[/b] “A la derecha tenéis la puerta del Despacho Oval. La oficina del Presidente de los Estados Unidos, quizá la persona más importante del mundo.” Marco me lanzó una mirada significativa. Una de esas miradas que decían “Si ellos supieran…” Si ellos supieran que lo que está pasando aquí en la Tierra es mucho más importante y va mucho más allá de cualquier presidente, rey, o primer ministro. Jake y Marco creen que es mejor que la gente no sepa la verdad sobre ese asunto. ¿Y yo? Últimamente me lo pregunto mucho. Últimamente pienso que puede que sea mejor hacerlo público. Que el mundo entero sepa que la Tierra está siendo invadida por una especie alienígena liderada por alguien –por algo- más diabólico y poderoso de lo que la mayoría de humanos podrían llegar a imaginar. Eso es lo que opino. Soy Rachel. Nada de apellidos. Probablemente ya sepas por qué. Pero en caso de que no sea así, se trata de una cuestión de seguridad. La tuya y la nuestra. Pasa lo mismo con mis amigos. Somos los Animorphs. Jake, Tobias, Cassie, Marco y yo. También somos sólo unos chicos normales, al menos de puertas para afuera. No nos reconocerías si nos vieras vagando por el centro comercial un sábado por la tarde o montando en bicicleta por la calle. O haciendo una visita a la Casa Blanca con un montón de críos como nosotros. Pero el hecho es que no somos como los demás. Una vez lo fuimos, pero ya no. Pasado determinado punto, ya no puedes volver a ser lo que eras. Ni aunque quieras. Aunque tengo que admitir que yo no lo busco. Repito: los yeerks están aquí. Son extraterrestres parasitarios. Pretenden conquistar a la raza humana. Y créeme, se están haciendo con los humanos, uno a uno. Pero ahora se están impacientando. Y eso los vuelve más agresivos. Probablemente hayas visto algo sobre los yeerks en Internet. Quizá incluso sobre nosotros. Recientemente nos vimos involucrados en la revuelta de un portaaviones en medio del océano. Y hace poco hubo también cierto episodio con unos campistas que no salió demasiado bien. Los acontecimientos recientes han tenido cierta cobertura de la prensa, pero esas historias se enterraron las últimas páginas de los periódicos. Se han relegado a webs de fanáticos de la ciencia ficción. La única gente que cree a los pocos testigos que tuvieron el aplomo o la falta de cordura necesarias para contar la verdad, son las mismas personas que se creen todas las estúpidas historias que oyen por la tele. La mayor parte del público americano piensa que la historia de la invasión yeerk es algo sacado de la primera página del [i]Enquirer[/i]. Niños nacidos con hocico de antílope. Que las barritas Snickers con la forma de la cara de San Francisco fundidas curan la rabia. Sí, claro, como si eso pudiera pasar. Como si no fuera otro absurdo mito urbano. Como Batman. O los cocodrilos de las alcantarillas. No soy una de esos ingenuos escépticos. Y estoy aquí para decirte que la invasión yeerk no es un mito, ni urbano ni de ningún otro tipo. La invasión yeerk es real. Los yeerks son gusanos. Se cuelan en tu oreja, se amoldan a tu cerebro, y toman el control. Por eso conocemos a los huéspedes como “controladores”. ¿Qué pasa con los controladores humanos? Que podrían ser cualquiera. Tu encantadora madre, tu profesor de ciencias con el problema de olor corporal, ese lanzador tan mono del equipo de béisbol local. Y podrían estar en todas partes. En tu casa, en la escuela, en el parque. En la Casa Blanca. Miré por la ventana. Vi al halcón de cola roja surcando el cielo. Tobias. Uno de nosotros. Un nothlit. Una persona que se quedó en la forma de ratonero de cola roja más de dos horas y se quedó atrapada. Junto con Cassie, Tobias es mi mejor amigo. Y algo así como mi novio. Del tipo de novios que tienen plumas. Es una larga historia, pero gracias a un ser de poder inconmensurable conocido como el Ellimista, Tobias puede transformarse en su yo humano. Podría incluso elegir ser humano para siempre, abandonar la posibilidad de transformarse. Abandonar la lucha. La vida como ave de presa. Pero él no piensa escoger esa opción. Porque, igual que yo, Tobias no quiere volver al punto donde empezamos. ¡TSEEW! Débil, pero oh, sí… ¡Un rayo Dragón! Medio segundo después, Tobias se tambaleaba en el cielo. Se me paró el corazón. Me quedé sin aire en los pulmones. Dolor. Incredulidad. Vi como Tobias caía al suelo en picado. Un grito. Y luego muchos más, seguidos del estruendo de puertas abriéndose de golpe, la madera astillándose, las ventanas rompiéndose y el sonido atronador de las pisadas. “¿Qué está pasando?” gritó uno de nuestros monitores. Yo ya lo sabía. Maro y Jake también. Y Cassie, claro. Los yeerks estaban atacando la Casa Blanca. Unos hombres con traje negro y elegante y micrófonos en el cuello de la camisa, abarrotaban de pronto el pasillo. El Servicio Secreto ladrando órdenes. “¡Por favor, diríjanse rápidamente hacia la salida!” Dos tipos guiaron a la multitud hacia las dobles puertas que había a cada extremo del pasillo. Jake se acercó a nosotros y nos apartamos de la manada de gente asustada. Los tres nos congregamos a su alrededor. “No puedo creerlo,” siseó Marco. “¡La Casa Blanca!” Sabéis lo que esto significa, ¿no? Los yeerks finalmente nos han declarado la guerra. Se acabaron las operaciones encubiertas.” Sí. La guerra abierta. Lo habíamos estado esperando, pero no así. No como un ataque a la Casa Blanca. Volvía a recuperar oxígeno. Y con él, todo el odio que sentía hacia los yeerks. Por lo que le habían hecho a Tobias. Por lo que nos habían hecho a todos. Me alegré de que hubieran terminado con la invasión clandestina. Me alegré de no tener que fingir nunca más. “Tobias ha caído,” dije. “He visto como lo alcanzaban. Si los yeerks quieren guerra, la van a tener.” Jake nunca dejaba escapar la oportunidad de insinuar que yo era una temeraria irresponsable acostumbrada a atacar primero y preguntar después. Tragué algo de aire e intenté calmar mi pulso. Jake es nuestro líder. Hacemos lo que él dice. Al menos hasta ahora siempre ha sido así. Pero cada vez se me hace más y más difícil. Quizá nos pase lo mismo a todos. “Dividámonos,” nos ordenó Jake. “Formas de batalla. Preparaos para la batalla. Pero no hagáis nada estúpido.” No era el momento de cabrearme por ese comentario. Sabía que iba dirigido a mí. Aún entraban más hombres del servicio secreto. Las puertas del Despacho Oval se abrieron con un estallido. Me alejé de Jake y me deslicé tras una pesada cortina. Comencé a convertirme en oso pardo. La más grande y peligrosa de mis formas. Sólo por un instante –para que te hagas una cierta idea- imagina a una chica humana, alta y rubia, convirtiéndose en un oso pardo, en versión Disney. No me cabe duda de que el proceso resultaría de lo más armonioso. Exquisito. Incluso agradable. Deja que te diga algo. La gente de Disney no tiene ni puñetera idea de cómo es realmente una transformación. Ni los del Nickelodeon ni los de DreamWorks tampoco. Si alguna vez ves a alguien transformarse podrías vomitar el almuerzo. Mi cara se extendió y se endureció. Mis hombros ganaron mucho volumen. Cerré los ojos para concentrarme, para acelerar el proceso, cuando “¿Qué pasa contigo? ¡Sal de aquí!” Abrí los ojos. Habían abierto la cortina. Un agente del Servicio Secreto me miraba fijamente. Yo le devolví la mirada. “Deja de hacer el tonto, chiquilla. Estamos intentado salvarte la vida.” Yo había arriesgado mi vida más veces de las que podía recordar. Había luchado contra todos los tipos de monstruos que la galaxia había decidido ponerme por delante. ¡Y tenía las narices de decirme que dejara… de hacer el tonto! Tobias probablemente estaría muerto, tendido sobre el césped de la Casa Blanca. Y este payaso quería que yo dejara de hacer el tonto. El tipo no tenía ni idea de qué demonios pasaba delante de sus narices. Y entonces sucedió. Algo chasqueó en mi cerebro. Algún resorte dentro de mí hizo BOOINNGGGG. Quizá cuando se encontrara tirado en el suelo hecho pedazos se daría cuenta de que yo no había estado haciendo el tonto. Quería sangre. La olía. Casi podía saborearla. ¿Era el oso que había en mi interior el que quería matar? No lo sabía, y no quería saberlo. Sólo quería arrancarle la cara. Gruñí y me dispuse a despedazarle desde la cabeza hasta los pies. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] Afortunadamente, aún no me habían salido las garras. Ni los dientes. Ni siquiera había crecido mucho. Pude echar una ojeada al aspecto que tenía por un espejo que había en la pared del pasillo. No parecía un oso pardo. Pero tampoco parecía Rachel. ¿Conclusión? Parecía una chica muy grande con una peligrosa mirada en la cara y un importante desequilibrio hormonal. Me salían largos y gruesos pelos de las mejillas y la barbilla. “Vamos, niña. Deja de jugar y sal de aquí.” El tipo del Servicio Secreto me sacó de detrás de la cortina y me empujó hacia la salida. Pero ya era demasiado tarde. Dos controladores hork-bajir entraban arrasando en el corredor. El hombre del Servicio Secreto se quedó estupefacto. Estaba preparado para vérselas con asesinos y terroristas. Tipos cubiertos por capuchas con una ranura para los ojos. Tipos con peinados extranjeros. Tipos con uniformes de camuflaje del ejército americano. Pero no para encontrarse con invasores alienígenas de más de dos metros de alto, con pies como garras de tiranosaurio y afiladas cuchillas en los codos y las rodillas. Resulta difícil de creer que los hork-bajir sean unas criaturas tan amables cuando no tienen un gusano yeerk acoplado a su cavidad craneana controlando su mente y su cuerpo. Pero, por supuesto, estos dos hork-bajir eran controladores. No eran criaturas amables. Y tenían intención de matarnos a ambos. Me volví a sumergir tras la cortina. Espera que pudiera contenerlos el poco tiempo que me faltaba para acabar mi transformación. Cerré los ojos y me concentré, rezando porque se acelerara el ritmo de la transformación. ¡CREEEEK! La cara se me partió en dos y mi ahora enorme boca se abrió en una macabra sonrisa. La nariz me sobresalió de la cara, mis orejas emigraron, y emergieron el hueso, el músculo, la piel y finalmente el pelaje del oso pardo. Mis delgados hombros humanos se agrandaron a lo alto y a lo ancho. Eran demasiado grandes como para que los soportara mi columna vertebral, así que mi espalda empezó a ceder. Aún me estaban creciendo unas garras curvas y gruesas cuando salí de detrás de la cortina. El agente del Servicio Secreto se había puesto a cubierto detrás de un escritorio. Tenía la cara blanca y la mano firmemente cerrada sobre su pistola. La única razón por la que aún seguía con vida era que el hork-bajir se había liado entre todas esas sillas y escritorios que se alineaban a los lados del pasillo. Obras de dorada artesanía francesa con patas de cuero que ahora yacían tiradas por todo el suelo. “¡Andalita!” se detuvo el hork-bajir. No parecía muy seguro de qué hacer a continuación. Los yeerks creen que nosotros seis somos andalitas, los alienígenas que inventaron la tecnología de la transformación. Pero sólo uno de nosotros lo es. Aximili-Esgarrouth-Isthill. El hermano pequeño del Príncipe de Guerra Elfangor-Sirinial-Shamtul. Ax era un cadete en la academia militar andalita cuando se vio involucrado en medio de esta guerra. El resto somos humanos. Y eso hacen cuatro humanos, y un ratonero de cola roja. Tobias. El que estaba muerto fuera. Me levanté sobre mis patas traseras, y grité. Sólo que no fue un grito. Fue un rugido de oso pardo capaz de hacerle estallar los oídos a cualquiera; fue suficiente para apagar el más mínimo rastro de color de la cara del agente del Servicio Secreto. Observé a esos dos enormes hork-bajirs y no vi a ninguna víctima de la invasión yeerk. Vi a dos asesinos. Asesinos. Y vi su sangre. Caí sobre mis cuatro patas y cargué contra ellos. Los rayos Dragón silbaron a mi alrededor, pero ni siquiera los sentí. Cuando salté, los hice caer a ambos con un solo golpe. Las cuchillas me cortaban; atravesaban mi dura piel y se hundían en mi carne. Pero no les presté atención. Nada dolía más que el tormento que sentía en la cabeza –y en el corazón. Y entonces, de pronto, algo me agarró y tiró de mí. Un gorila. Uno enorme. Marco, con su forma de batalla favorita. Gruñí y me volví hacia el corpulento primate. Pero él me apartó de un empujón. Vi a Jake en forma de tigre y a Cassie en la de lobo entrar corriendo para ayudar con la lucha. Uno de los hork-bajir se las apañó para levantarse y escapar a través de una ventana. ¡Estaba furiosa! Esta era mi pelea y estaba ganando. ¿Por qué Jake y Cassie no podían buscarse sus propios controladores que matar? Jake inmovilizó al otro hork-bajir. Pero le mordió el hombro y tuvo que soltarlo. El hork-bajir se puso en pie y siguió a su compañero por la ventana, escapando en dirección al Rose Garden. Me puse en pie con esfuerzo, y bramé. <¿Qué pasa con vosotros? ¡Los habéis dejado escapar a los dos!> <Déjalo ya, Rachel,> me ordenó Jake con calma. <Cassie, Marco y tú id al Rose Garden. Están intentando meter al presidente en el helicóptero, pero hay taxonitas por todo el lugar. Espero que esos hork-bajir sanguinolentos los distraigan algunos segundos.> Taxonitas. Ciempiés enormes y terriblemente voraces. Se te comerían si pudieran –vivo o muerto. <¡Yo iré!> rugí cuando Cassie y Marco salieron corriendo. <Yo me ocuparé de los taxonitas. ¡Déjame ir!> <De eso nada. Desde ahora mismo estás fuera de esto. Tienes heridas muy feas. Y estás tan fuera de control que ni siquiera sabes cuánto. Así que te quedas fuera. Transfórmate, Rachel. Ahora.> Jake hizo ademán de marcharse, un enorme tigre siberiano en mitad del corredor de la Casa Blanca. Algo en la forma en que daba por sentado que podía decirme lo que yo debía o no debía hacer, cuándo luchar, cuándo retirarme, cuándo controlarme cuando una de las personas a las que más quería en el mundo estaba tirada en el suelo sin vida… Algo en todo eso me llevó más allá de la ira. Nadie me decía a mí cuándo dejar de luchar. Nadie. Ni siquiera Jake. ¿Por qué se creía con derecho a hacerlo? Porque le había dejado pensar que podía. Por eso. Quizá era el momento de mostrarle que no podía. Le daría una lección. Nada grave. Lo suficiente para que se diera cuenta de que podía con él. En cualquier lugar, en cualquier momento. Me quedé inmóvil levantada sobre mis dos patas. Él no oía nada. Estaba pendiente de los sonidos de fuera. Intentando calcular el próximo movimiento. Estaba a punto de saltar sobre él cuando Cassie entró corriendo en el pasillo. <¡Jake! Te necesitamos. Marco ha caído. El presidente ya está en el helicóptero, pero no pueden despegar.> <Voy a salir,> anuncié. <¡Rachel! ¡No! Estás cubierta de sangre. Los taxonitas se te echarán todos encima,> me advirtió Cassie. Yo no tenía miedo. Que me atacaran si se atrevían. Los destrozaría y disfrutaría con ello. <¡Rachel! ¡No!> Me tambaleé a través de la ventana hacia el sonido de las aspas del helicóptero. Hacia el pandemónium. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] El presidente era el premio de un serio juego de tira y afloja. Los agentes del Servicio Secreto dentro del helicóptero intentaban meterlo dentro. Un controlador hork-bajir intentaba sacarlo. La menos diez taxonitas se retorcían y siseaban y anhelaban la sangre. Unos cuantos hork-bajir estaban colgados de varias partes del helicóptero, intentando evitar que despegara. Un hork-bajir levantó la cabeza un poco de más. Las aspas del helicóptero se la cortaron de cuajo. Horrible. La cabeza rodó por la hierba y cinco taxonitas la siguieron en una danza frenética y zigzagueante, ansiosos por catar la carne fresca. Los otros cinco taxonitas se cerraron alrededor del helicóptero y se lanzaron sobre el cuerpo del hork-bajir. Su peso hizo que el helicóptero se tambaleara. El hork-bajir que tenía cogida la pierna del presidente se tropezó. ¡Me lancé en un auténtico placaje! Rompí la línea de los taxonitas. Quité de en medio el cuerpo del hork-bajir. Arranqué a otros dos hork-bajir de las palas del helicóptero a las que se agarraban. Ahora el helicóptero podía despegar. Oí como runruneaban las aspas. El viento me erizaba la piel mientras el helicóptero que llevaba al presidente se elevaba por encima de mi cabeza. Ahora los alienígenas centraron su atención en mí. Reforcé mi posición. Sangraba y rugía. Atacaba y mordía el aire vacío mientras ellos se acercaban a por mí. Y uno tras otro fueron cayendo. Yo estaba ciega de ira asesina. Perfectamente eficiente. Una máquina de matar. Y entonces, de pronto, todo quedó en silencio. El único sonido era el de mi propio jadeo. El goteo de la sangre que me caía del hocico. ¡Lo conseguí! Estaba rodeada de hork-bajirs muertos. Observé cómo se retiraba el pequeño ejército de taxonitas. El rugido de un único tigre es suficiente para matar de miedo a muchas personas. Pero yo no soy como la mayoría. <¡Te dije que estabas fuera!> gruñó Jake. <¡Nadie me dice lo que tengo que hacer!> Empezamos a rondarnos el uno al otro. <Esto es un equipo, Rachel. Un equipo. ¿Sabes lo que significa siquiera?> Jake me enseñó sus mortíferos colmillos de tigre. ¡Con que esas teníamos…! Un oso pardo puede recibir una buena cantidad de mordiscos. Jake podría hincarme esos dientes de tigre de ocho o diez centímetros de largo y aún así no penetrar el greñudo lomo del oso. <Antes éramos un equipo, Rachel. Pero nos has convertido en una jauría. Vale. Como tú quieras. Si quieres liderar la jauría vas a tener que luchar por el control.> <Lucharé contra ti, sí,> respondí, haciendo que mi voz sonara dura. <Estoy encantada de luchar contigo. Deseosa.> Bajé a tierra mis patas delanteras y eché a correr. Él no se lo esperaba, no pensaba que realmente sería capaz de hacerlo. Lo cogí con la guardia baja y lo embestí en el flanco. Él soltó un grito ahogado de sorpresa y salió lanzado un par de metros. Pero los tigres son felinos. Para cuando tocó el suelo, sus patas ya estaban dispuestas y se preparaba para saltar. ¡Intenté esquivarlo, pero era demasiado rápido! Aterrizó sobre mí y yo caí de lado. Estaba segura de poder quitármelo de encima, pero él se agarró con fuerza. Me sacudí y me retorcí. Pero no pude librarme del tigre. <No puedes conmigo, Rachel,> dijo Jake con voz extrañamente calmada. <Eres más grande, pero no piensas con claridad.> <¡Yo te enseñaré quién es el que no piensa!> grité. Pero sentía como se me escapaba la vida. <Estás sangrando terriblemente, Rachel. Se ha acabado. Transfórmate, vamos.> <¡NO!> <Si no te transformas, morirás,> dijo. <Asúmelo, Rachel. Has perdido. Perdiste esta pelea antes de empezar.> Fue su calma la que me empujó más aún hacia una rabia ciega, chirriante y homicida. ¡Era tan arrogante! ¡Estaba tan seguro de su superioridad! ¡Ataqué! ¡Grité! ¡Rugí! Pero él tenía razón. Yo estaba perdiendo. <¡Transfórmate, Rachel!> Cassie. <¡Transfórmate, ahora!> Pero no lo hice. Y no iba a hacerlo. Porque llegados a ese punto, sabía que preferiría morir antes que perder. <¡[i]Vamos[/i], Rachel!> la voz de Marco se quebró. <¡Transfórmate, no seas estúpida!> Una gota de sangre de mi oreja arrancada me caía por la mejilla. Por el cuello. Me hizo cosquillas y abrí los ojos, levantándome de golpe con tal grito que probablemente desperté a todos en la casa. Era sudor, no sangre, lo que me caía por la cara. No estaba en los jardines de la Casa Blanca. Ni en Washington, D.C., la capital de Estados Unidos. No. Estaba en mi cama. En casa. Había tenido una pesadilla. Otra vez. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] “¿Dónde está Cassie?” Marco estaba sentado ante el teclado del ordenador super sofisticado de Ax. “No lo sé. ¿Mirasteis en el granero?” “Sí. Ahí no estaba.” El granero de Cassie es donde nos reunimos normalmente. Es el emplazamiento de la Clínica de Rehabilitación de la Fauna Salvaje. Ax me dirigió una mirada. <Pareces inusualmente ansiosa de hablar con Cassie. ¿Sientes que hay algo que sólo puedas discutir con ella? ¿O podemos ayudarte los demás?> Ax es un andalita. No es humano. Son tecnológicamente brillantes, pero emocionalmente duros de mollera. O al menos ese era el supuesto que asumíamos siempre. No me preguntéis la razón, porque es normalmente Ax el que, a su extraña manera, mejor parece comprender lo que pasa debajo de la superficie. Me dejé caer en el puff que Marco había traído al refugio de Ax cuando se dio cuenta de que iba a pasar mucho tiempo ahí de ahora en adelante. Una jarra fría de realidad: Marco está oficialmente muerto. Vive con sus padres –también oficialmente muertos –y los hork-bajir libres. A veces vive con Ax. Ya no va al colegio. Él no estaría en una excursión del colegio conmigo. Debería haber sabido que el sueño era un sueño. “No quiero hablar de nada en particular,” mentí. Ax me observó y me sostuvo la mirada más tiempo del necesario. Sabía que yo estaba mintiendo. Luego se volvió para echar un vistazo a la pantalla del ordenador por encima del hombro de Marco. Vale, sí que quería hablar con Cassie de algo en particular. A solas. Cassie es la única de nosotros a la que realmente se puede llamar “comprensiva”. Marco, al igual que Ax, es perceptivo. Pero una cosa no es lo mismo que la otra. Además, Marco tiene un don para hacer que todo lo que yo diga o haga parezca irresponsable. De ninguna manera iba a confiar en él. Pero necesitaba hablarlo. Me estaban empezando a preocupar de verdad esas pesadillas. Lo mismo una y otra vez. Jake y yo. Cara a cara. Un enfrentamiento definitivo. Jake es nuestro líder, y yo lo respeto como tal. No siempre estoy de acuerdo con sus decisiones, pero él está al mando y yo no. Y así es como quiero que siga siendo. Especialmente tras mi desastroso intento de jugar a los generales. Cuando dejé que Cassie fuera capturada por los yeerks de la forma más estúpida. Así que, ¿a qué venían esos sueños? “¡Wow!” Marco se levantó de un salto y se quedó mirando fijamente la pantalla. “Mirad esto. En la red. Un informe de esos de ‘yo estuve allí’ en primera persona, sobre un ataque alienígena a un submarino nuclear. Y aquí hay otro. Un tipo que no quiere ser identificado. Dice que es un controlador humano cuyo yeerk se ha unido a la resistencia.” <Parece que la raza humana está a punto de enterarse de la verdad,> dijo Ax pensativo. <Si los yeerks se encuentran con que su presencia aquí ya no es un secreto, este podría ser el momento que decidan para declarar la guerra abierta.> “¡Woo-hoo!” agité el puño en el aire. Marco agitó la cabeza, disgustado. “¿Podrías al menos no actuar como si estuvieras encantada con la perspectiva?” A veces era muy duro no apreciar a Marco. Esta era una de esas veces. “Mira,” dije, “la guerra encubierta es un asco. Es algo repugnante y rastrero que te destroza la cabeza. Mira lo que nos está haciendo a nosotros. Mira los compromisos morales que tenemos que adoptar. Vosotros me tratáis como si fuera una especie de psicópata, pero lo único que quiero es una lucha justa. ¡Y no puedes luchar en igualdad de condiciones contra un enemigo con el que no sabes que estás en guerra!” Cuando hube expresado mi justa indignación, estaba casi sin aliento. Pero también un poco avergonzada. Ax y Marco me dirigían esa mirada de ojos muy abiertos. La clase de mirada que dice claramente que no se creen ni una palabra de lo que estás diciendo y que están bastante seguros de que ni siquiera tú mismo te lo crees. “En serio,” insistí. Muy pobre. Alcé la mirada hacia la rama en la que estaba posado Tobias. Sus ojos se clavaban en mí con una intensa mirada. Recuerda que Tobias es un halcón: su mirada siempre es intensa. Pero esta vez había algo en su forma de mirarme que transmitía vergüenza. Vergüenza hacia mí. Fue Marco el que rompió el silencio. “No creo que ninguno debamos engañarnos. Si esta guerra sale a la luz, nosotros nos quedaremos fuera.” Ax pestañeó. <¿Qué quieres decir?> Tobias se ordenó las plumas y apretó la rama más firmemente entre sus garras. <Porque si el ejército se involucra nos dejarán a un lado como si fuéramos un espectáculo de rarezas. Ya sabéis, unos cuantos chiquillos que saben hacer trucos de animales.> “Y por mí estará bien.” Sonrió Marco, cruzando las manos por detrás de la cabeza. “Estoy listo para que me dejen de lado. Estoy listo para intentar ser normal de nuevo. Para volver al colegio, graduarme, conseguir un buen empleo, casarme y tener hijos. Sólo vivo para el día en que podamos pasarle el marrón a gente que sepa lo que se hace y que además les [i]guste[/i] hacerlo.> “Pues yo creo que lo hemos hecho bastante bien para ser gente que no sabe lo que se hace,” le repliqué. Silencio y tres pares de ojos puestos en mí, Vale, cuatro –Ax tiene dos pares. Sentí que la cara me ardía y me ponía roja. Sabía exactamente de qué iban las pesadillas. ¿Por qué había intentado siquiera engañarme y fingir que no tenía ni idea? No engañaba a nadie más que a mí misma. Mi secreto más oscuro y recóndito era como un elefante en una sala de estar. Un elefante lila. Con lunares. Nadie hablaba sobre ello. Pero todos sabían que estaba ahí. El secreto era que todo lo que habíamos hecho hasta ahora, me había gustado. Y a los buenos de la película no les gustan esas cosas. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Volaba en círculos. Examinaba el terreno buscando signos de actividad yeerk. Me había hartado de sentirme avergonzada y ahora me sentía irritada. Que es una forma educada de decir que estaba hasta las narices. <¿Estás bien?> me preguntó Tobias, que volaba cerca pero no lo suficiente como para levantar sospechas si había alguien observando los alrededores. Un águila calva y un halcón de cola roja normalmente no son compañeros de altos vuelos. <No,> dije con mi tono más hosco. <¿Quieres hablar de ello?> Hubo una larga pausa. <¿[i]Puedes[/i] hablar de ello?> <No quería contestarte mal,> dije en seguida. <Es sólo que no quiero cargarte con algo que no puedas soportar.> Tobias viró por debajo de mí. <Ya. Gracias por conocerme tan bien. Mira, Rachel. Puedo con ello. ¿Qué pasa?> <Lo que pasa es que estoy harta de que todo el mundo me trate como si fuera una friki de la guerra cuando lo único que soy es alguien dispuesta y ansiosa por cumplir por su deber. Marco se queja y se escaquea siempre que puede. ¿Cómo es que soy [i]yo[/i] la que se lleva esas miradas de espanto, y Marco no?> <Eso no es muy justo,> dijo Tobias tras pensárselo. <Marco carga con su propio peso y tú lo sabes.> <Vale. Sé que no es ningún cobarde. Pero sí que es un quejita. Estoy harta de tanto ‘¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros?’ todo el tiempo. ¿Por qué le dejáis decir todos lo que le da la gana?> Tobias se acercó a mí, dejándose llevar fácilmente por una corriente térmica. <Creo que es porque Marco sólo expresa lo que todo los demás piensan pero nadie se atreve a decir.> <De acuerdo. ¿Y por qué nadie le dice que se deje de lamentos y se ponga a hacer algo útil? ¿Cómo es que yo soy la mala?> <Puede que los otros no digan lo mismo que Marco, pero todos se sienten igual. Nadie quiere ser parte de esto. Por otro lado, nadie entiende realmente de dónde vienes tú y… No importa.> Se calló y giró hacia abajo, alejándose de mí. <¿Y qué?> le presioné mientras le seguía. Tobias no respondió. <Dijiste que podías cargar con ello.> <Vale. Vale. No creo que nadie entienda realmente de dónde vienes, Rachel. Estás muy metida en ellos y por un tiempo a todos nos pareció bien. Pero ahora está empezando a ponernos los pelos de punta a todos.> Tobias se dio velocidad y pasó a mi lado como un rayo. <¿Te daría mucho asco si me tomara un pequeño almuerzo?> dijo de pronto. No esperó respuesta, sino que se lanzó con un chirrido y las garras ya dispuestas. Lo vi caer sobre la rata, y me sentí incluso más sola de lo habitual. ¿Tendría razón? ¿Los demás pensaban que yo era una especie de sádica sedienta de sangre, a la que sólo aguataban porque les convenía? ¿De verdad empezaba a desagradarles tanto mi presencia como yo creía que lo hacía? Vi a Tobias agarrar la rata y dirigirse a un árbol cercano. Sentí una oleada de repulsión. Y luego ira. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo, un chaval que es un halcón y come ratas, se atreve a decirme que yo le pongo los pelos de punta a la gente? ¿Y a decir que estaba demasiado involucrada en todo esto? ¿Que incluso me gusta? ¿Y creen que a Jake no? Claro que Jake disfruta con ello. ¿Quién no lo haría en su lugar? La emoción del liderazgo. La adrenalina. ¡La victoria! Me marché volando, dejando a Tobias a solas con su comida. A lo lejos, la parpadeante luz roja de una torre de radio parecía atraerme como una linterna. Puede que Marco hablara por Cassie, Ax y Tobias. Pero no por parte de Jake. Jake no era ningún quejita cobarde, como Marco. Ni hipersensible, como Cassie. No es alguien retraído y pasivo, como Tobias, ni ningún seguidor incondicional, como Ax. Jake es como yo. Fuerte, valiente y agresivo. ESPERA. Eso es. Jake se sentía amenazado por mí. Tan amenazado que se dedicaba a volver en mi contra a los demás. Intentando desmoralizarme. Asegurándose de que no le quitara su sitio. Estabilicé mi trayectoria de vuelo y corregí el curso para alinearme con la luz roja del extremo de la torre. Poco después divisé el techo de mi casa un poco más abajo y me desvié del rumbo. Intenté desviarme del rumbo… Pero no pude. No podía cambiar de dirección. No podía virar. Volaba directa a la torre de radio control. Hacía la luz roja. [i]¡Gira, Rachel, gira![/i] Pero no podía hacer otra cosa que continuar volando. Más cerca. ¡Más cerca! Algo iba mal. Muy mal. Era como si fuera atraída por una extraña fuerza. Me arrastraba hacia la torre. Hacia la luz roja. Iba a estrellarme contra ella. Iba a estrellarme. Y ardería hasta mis cenizas. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] “¡Rachel! Despierta. El desayuno está en cinco minutos.” Me levanté de golpe. Otra vez. El corazón me latía a toda velocidad. Tenía el pijama empapado. Oí a mi madre tocar a la puerta de mis hermanas, despertándolas para que se prepararan para el colegio, antes de salir corriendo ella misma escaleras abajo. Era temprano. Ni siquiera se había hecho de día aún. Me quité de encima la cubierta y salí a rastras de la cama. Intenté quitarme de encima la sensación de esa espantosa y reciente pesadilla. La pesadilla dentro de la pesadilla. ¿Habría acabado ya? ¿Del todo? ¿Estaba despierta ahora? Me acerqué a la ventana. Sentía el suelo frío bajo mis pies. Me pellizqué el brazo, y me dolió. Miré hacia fuera. Distinguí la tenue luz de lo alto de la torre de radio control a lo lejos, a varios kilómetros de distancia. La fuente de mi sueño. Me puse unos vaqueros, deportivos y una camiseta, y bajé corriendo las escaleras. En la cocina chisporroteaban unos huevos con beicon. La puerta que llevaba de la cocina al sótano estaba abierta. Oí a mi madre ahí abajo ocupada con la ropa sucia, abriendo la puerta de la lavadora y luego cerrándola con un ruido sordo. Mi madre es una persona madrugadora. Está llena de energía vibrante y escandalosa cuando todos los demás nos arrastramos de un lado para otro intentando mantener los ojos abiertos. Bajé el fuego de los huevos, abrí el frigo y me puse un poco de zumo. Mientras sorbía intenté dejas a un lado las pesadillas para poder hacer inventario. ¿Cuánto había sido real y cuánto no? Las referencias a los yeerks estaban empezando a asaltar la red. Hasta ahí era real. Pero nos habíamos puesto de acuerdo en que en este punto eso no significaba nada en absoluto. En un medidor de probabilidad, la invasión alienígena tenía menos puntos que la presencia fantasmal de Elvis para la mayoría de la gente. ¿Pero qué ocurriría si la gente empezaba a [i]creérselo[/i]? ¿Qué ocurriría si cobraba credibilidad? Probablemente llevaría a una intensificación del conflicto. Si eso ocurría, no habría forma de que la Tierra saliera victoriosa. No a menos que los andalitas acudieran corriendo al rescate. Y no confiábamos mucho en ello. O a menos que los Animorphs estuviéramos dispuestos a aumentar significativamente el número de nuestras tropas. Que le diéramos a más gente la capacidad de transformarse. Y eso era muy peligroso. Ya lo habíamos intentado una vez. El resultado no había sido satisfactorio. El resultado había sido David. David, que antes era un chaval como cualquiera de nosotros. David, que se había convertido en un traidor y había intentado vendernos a los yeerks. David, que ya no era David porque lo habíamos dejado atrapado en forma de rata y lo habíamos abandonado en una roca estéril en medio del mar, sin otra compañía que el viento, la lluvia y otras ratas. De pronto, el dulce zumo que estaba tomando se me volvió amargo en la boca. Ya no tenía apetito. Me pasa a menudo cuando pienso en David. No puedo evitarlo. Cada vez que me asaltan esos recuerdos, me siento asustada y culpable. Lo que le habíamos hecho a David no era justo, aunque entonces pareciera la única solución. Una especie de asesinato. Aún así. La idea había sido de Cassie. Pensó que obligar a David a convertirse en un [i]nothlit[/i] era mejor final para él que matarlo. A veces me pregunto para quién era mejor. ¿Para él o para nosotros? De todas formas, yo fui la que se convirtió en rata y bajó al infierno con él. La que se arrancó su propia cola para poder atraparle en nuestra trampa improvisada. Fue un trabajo sucio. Alguien tenía que hacerlo y, como siempre, ese alguien había sido yo. Yo había sido la única con estómago suficiente como para quedarse con David las dos horas que tardó en perderlo todo. En dejar de ser humano. En convertirse en rata, para siempre. Para ser sinceros, Ax también se quedó conmigo, para ir controlando el tiempo. Quizá incluso para ofrecerme su apoyo. Y cuando todo acabó me dijo que nunca iba a querer hablar sobre lo que habíamos hecho. Jamás. Sabía que era una estupidez que me sintiera culpable. David había sido una grave amenaza. Y no sólo para nosotros, sino para toda nuestra causa. Ahora ya no era una amenaza. Quizá ni siquiera estaba vivo. ¿Cuánto vive una rata? ¡SNAP! Pegué un salto y se salió un poco de zumo de mi vaso. “¿Mamá?” grité mientras cogía un poco de papel de cocina para limpiar el desastre. “¿Qué pasa?” “¡Una rata!” gritó. “Anoche puse un par de trampas y acaba de caer una. Rachel, cariño, ¿puedes bajar y deshacerte de ella? Ya sabes que me dan mucho asco.” Sentí que me abofeteaban. Mi madre no sabía nada sobre mi verdadera vida. Sobre los Animorphs y la invasión yeerk. No había intentado insultarme. Pero en este momento era sólo otra de esas personas que pensaban que cuando había que hacer un trabajo sucio, Rachel era la adecuada. Con todo, corrí escaleras abajo. La rata yacía sobre el suelo de cemento, con el cuello roto en la trampa. Cogí una caja de cartón de la basura, levanté a la rata con el palo de la escoba, y la tiré dentro. “¡Tírala ya a la basura, por favor!” me instó mi madre, temblando un poco. Luego se volvió hacia la pila de ropa sucia que estaba lavando. Llevé a la rata arriba, salí por la puerta de la cocina y rodeé la casa hasta la puerta principal. Los cubos de basura ya estaban en el bordillo, esperando a la recogida de la mañana. Ya era de día. Pero aún se veía el tenue parpadeo rojo de la torre de radio control a lo lejos. En unos pocos segundos más, ya no se vería. Desaparecería bajo la luz del sol. Miré hacia arriba y vi a Tobias dibujando círculos sobre mi cabeza, agitando las alas a modo de saludo. Mi corazón se aceleró un poco. Mi espeluznante depresión cedió un poco. Pero mientras viraba más y más despacio, girando una y otra vez sobre mi cabeza, tuve un horrible presentimiento. Quizá Tobias no intentaba decirme hola. Quizá tenía los ojos puestos en mi basura. No había tenido muy buena caza últimamente –casi no había llovido durante el último mes- y yo le había estado llevando comida de vez en cuando. Al principio había herido su orgullo, pero al final acabó aceptando la comida. El estómago me dio un vuelco. Tiré la rata y la caja al contener de basura y cerré la tapa con un fuerte estruendo. Corrí a casa y dejé que la puerta se cerrara detrás de mí. Hubo un tiempo en el que Tobias me había escondido sus hábitos alimentarios. Una época en la que se avergonzaba de tener que matar para comer. Un época en la que se sentía insoportablemente humillado de tener que escarbar en la basura o comer carroña cuando había escasez. Pero Tobias se había librado de inhibiciones. Había aprendido a seguir sus instintos animales. Y a hacer lo que tenía que hacer. Quizá Tobias no fuera el único que se había encontrado a sí mismo. ¿De qué iban siempre mis sueños? De librarme de mis inhibiciones. De seguir mi instinto. De hacer lo que tenía que hacer. Convertirme en líder. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] La escuela era la vieja escuela de siempre. Los profesores charlaban los unos con los otros por los pasillos. Las chicas reían. Los chicos se golpeaban en el hombro. Cosas estúpidas, familiares. Excepto para mí. Para mí ya no. Sentía que lo veía todo a través de una lámina de plexiglas. Simplemente yo no estaba ahí. No tenía relación alguna ni con los profesores, ni con los chicos, ni con las chicas. Ni siquiera podía fingir que la tenía. No sabía cuánto tiempo más podría mantener la farsa de que yo sólo era una chica más. Sólo una chica más con ninguna preocupación más que los granos y los test de las revistas. Me sentía a punto de explotar. Pero tengo algo de autocontrol, a pensar de lo que crean Jake y los demás. Nunca haría o diría nada que echara por tierra mi tapadera. No tenía forma de saber quién era un controlador y quién no. Y cada vez había más y más controladores humanos. Chapman, nuestro subdirector, había sido un controlador desde el principio. Lo vi acercándose a zancadas por el pasillo con un puñado de chicos del equipo de fútbol. ¿También serían controladores? ¿Miembros de La Alianza? Pasaron a mi lado sin dirigirme ni una mirada. Para cuando doblaron la esquina, estaba frenética de impaciencia. Si esos chavales eran controladores, teníamos que combatirlos, derrotarlos. Quizá incluso rescatarlos de alguna forma. No quedarnos esperando a ver qué pasa. Cada hora de cada día desperdiciábamos oportunidades de resistir. De luchar. De atacar. La presencia yeerk se extendía y nosotros aún jugábamos a defendernos. ¿Era esa la mejor estrategia? Yo no estaba convencida. Y ya se lo había dicho a Jake más de una vez. Miré por encima de mi hombro. De pronto, todas las caras que vi tenían la palabra yeerk escrita en la frente. Jake salió de una clase y me abordó al doblar una esquina. “Hola,” dije, preparándome para detenerme a hablar con él. Me dirigió un leve asentimiento y siguió caminando. En la escuela hacemos como que no tenemos mucha relación. Evitamos andar mucho juntos, y así le dábamos la ocasión de cuchichear a la gente equivocada. Pero yo no podía evitar preocuparme. ¿Me lo parecía a mí o el saludo de Jake había sido más frío de lo habitual? ¿Había otra cosa que no fuera cordialidad en la forma en que había pasado de mí? ¿Estaría aún enfadado conmigo porque le había desobedecido cuando estuvimos en la Casa Blan…? ¡Espera! Agité la cabeza. Lo de la Casa Blanca había sido un sueño. Yo no había desobedecido las órdenes de Jake. No había intentado matarle. Corrí a clase y me senté detrás de Cassie. Me sentía inquieta, incómoda. Ella se volvió hacia mí. “¡Ey!” Su sonrisa era auténtica y yo no pude menos que devolvérsela. O al menos lo intenté. Pero la sensación de que algo iba mal era incluso más intensa ahora, más opresiva de lo que había sido esa mañana. ¿Sería esto todavía una pesadilla? Sonó el timbre. Los chicos se lanzaron a los asientos, y la profesora entró a zancadas por la puerta, enérgica e impaciente por empezar. “Abrid los libros por la página doscientos sesenta y tres,” dijo. Sólo fui vagamente consciente de que se sumergía en una lectura de Edgar Allan Poe. Una historia corta que habíamos leído la pasada semana. “El corazón delator.” Bajé la mirada a mi libro y busqué por las páginas. Intentaba localizar el pasaje que estaba diciendo la profesora. Oí el click-clack de la tiza contra la pizarra, así que miré lo que estaba escribiendo. Pero quedé cegada por el resplandor rojo que cubría la parte frontal de la clase. Nadie más parecía darse cuanta. A mi alrededor la gente miraba la pizarra, ocupados copiando las notas que apuntaba la profesora. Miré detrás de mí para localizar la fuente de luz. Nada. Volví a mirar al frente. La luz roja había desaparecido. Veía claramente a la profesora y las palabras que había escrito en la pizarra. La cabeza empezó a darme vueltas. ¿Qué me estaba pasando? Estaba lo suficientemente cerca de la pared como para descansar la cabeza en ella. Sentía el yeso frío y suave contra mi mejilla. Pero dentro de la pared oía crujidos y arañazos. El sonido de pequeñas patas. Ratas. Empezaron a temblarme las manos. Las cerré en sendos puños para que dejaran de agitarse. Quizá no era tan malo ser una rata si no había gente alrededor que te hiciera sentir como una. Quizá no fuera tan malo si vivías en un sitio donde lo único que había eran otras ratas. Tras la suave capa de yeso seguía oyendo crujido y arañazos. Mi mente tenía que estar gastándome alguna broma pesada. ¿O no? Alguien me llamaba desde dentro de la pared. Alguien gritaba, “¡Ayudadme! ¡No! ¡No! ¡No me hagáis esto!” Era David. ¡David me llamaba! ¡No! “¿Rachel? ¿Te encuentras mal?” La agradable voz de la profesora atravesó la chirriante alarma de mi cabeza. Todas las caras, incluyendo la de Cassie, se volvieron para mirarme. Me di cuenta de que tenía la cabeza apoyada contra la pared y la mano tapándome la cara como si me doliera algo o sintiera angustia. Me erguí en la silla y me aclaré la garganta. “No,” conseguí responder. “No, estoy bien.” “¿Por qué no te despejas unos minutos?” me insistió. “Bebe agua y vuelve cuando te encuentres mejor.” Probablemente le preocupara que me fuera a desmayar y no quería que eso pasara en su clase. No podía culparla. Recogí mis libros. Los labios de Cassie se movieron lentamente, formando silenciosas palabras de preocupación. ¿Qué pasaba? Agité la cabeza. No pasa nada. Por favor, quédate tranquila. Llegué a la puerta de la clase. Oí cómo la profesora volvía a la lección sobre “El corazón delator.” Una historia a cerca de cómo la culpabilidad vuelve loco a un asesino. Quizá más loco de lo que ya estaba al empezar. Es el latido del corazón de la víctima el que lo logra. El latido del corazón muerto de la víctima, enterrado bajo los tablones del suelo. A la caza del asesino. Bombeando en sus oídos y sólo en sus oídos. El sonido le persigue. Hasta que él se quiebra. Hasta que confiesa su crimen. Me dirigí hacia la fuente. Tenía la boca seca. Me incliné para beber. Volví a repasar todas las razonas por las que no debía sentirme culpable de lo de David. Yo –nosotros- no habíamos tenido opción. Incluso Jake había admitido que no había otra alternativa. “¿Por qué te importa lo que piense Jake?” dijo una voz detrás de mí. “Un líder debe aprender a vivir sin la aprobación de los demás.” Me atraganté con el agua. Me erguí y me di la vuelta. ¿Quién había dicho eso? ¿Quién? No había nadie detrás de mí. Miré a un lado y otro del pasillo. Ni rastro de nadie en ninguna dirección. ¿Estaba soñando? No. Sólo estaba perdiendo la cabeza. O lo que me quedaba de ella. Arranqué un trozo de papel de mi libreta y garabateé una nota para Cassie. Le pedí que se reuniera conmigo en el granero después del colegio. Fui hasta su taquilla, metí la nota por las rejillas y me dirigí a la salida. El colegio no era el mejor sitio en el que podía estar en esos momentos. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] Pasé la mayor parte de lo que quedaba de día en el centro comercial. Un par de horas de compras y volvía a sentirme casi normal. Para cuando llegó el momento de dirigirme al granero, me sentía un poco tonta. ¿Quién era yo, una cría llorona? ¿Por qué dejaba que un par de malos sueños pusieran mi mundo patas arriba? Estaba a unos dos kilómetros del granero cuando oí el grito. Medio segundo después, Cassie salía corriendo del edificio perseguida por una masa arrolladora de ratas. ¡Ratas! Esto sí era un sueño. ¡Tenía que ser un sueño! Cassie era rápida, pero las ratas lo eran más. Le subían por las piernas, por los hombros, por los brazos. La mordían. La arañaban. Chillaban en pleno frenesí. La cara de Cassie empezó a derretirse. Cayó de rodillas. ¡Se estaba transformando, pero estaría temporalmente indefensa! Las ratas se pusieron más nerviosas. Era un espectáculo horrible. ¡No sabía qué hacer! ¿Qué forma podía usar que pudiera matar a doscientas ratas antes de que convirtieran a Cassie en una masa informe? [i]¡La que sea, Rachel, sólo transfórmate! ¡En oso![/i] Fue entonces cuando la segunda oleada de ratas salió de pronto de los matorrales. ¡Se lanzaron a atacarme! Antes de que pudiera empezar a transformarme siquiera, las tenía escalando por las perneras de mis vaqueros, por mi pecho, por el cuello de la chaqueta. ¡No podía hacer nada para pararlas! ¿O sí? “¡Al estanque!” le grité a Cassie. “¡Corre corre corre corre!” Salí volando. Las ratas son pequeñas, pero intenta correr con cincuenta ratas colgadas de ti a base de mordiscos como un pez del anzuelo. Las pequeñas y afilabas garras penetraban en la piel de mis brazos y mi espalda. Los pequeños dientes afilados se hundían en mis mejillas. “¡Parad!” grité. “¡Quitaos de encima!” El estanque estaba sólo a algunos cientos de metros. No me detuve a dejar los zapatos ni a quitarme la chaqueta. Simplemente me lancé al agua. Las ratas podían seguir enganchadas a mí, pero no por mucho tiempo. No si me sumergía y aguantaba la respiración. Los pulmones de las ratas son mucho más pequeños que los míos. Las ratas tendrían que soltarme o ahogarse. Me sumergí. Algunas se soltaron en seguida. Otras hincaron sus dientes con más fuerza, desesperadas. Empecé a removerme frenética, lanzando a las ratas a lo más profundo de la laguna. ¿Nadaban intentando ponerse a salvo? ¿Se ahogaban? No me importaba. ¡Sólo quería que se fueran! Para cuando los pulmones empezaron a arderme, la última rata se había soltado. Estaba libre. Excepto por los pesos muertos dentro de mi camiseta y mi chaqueta. Ratas ahogadas. Me dolía el pecho. Tenía que salir a la superficie. Nadé hacia arriba. Esperaba que Cassie ya estuviera ahí, esperándome. ¡No! Algo se cerró sobre mi tobillo, y tiró de mí hacia abajo. Mis pulmones estaban al límite. ¡Necesitaba aire! Pero lo que fuera que tenía agarrado al tobillo estaba decidido a ahogarme junto con las ratas. Me revolvía y me zarandeaba y me retorcía… Y entonces todo se volvió negro. Perdí el conocimiento. Pero, al mismo tiempo, era consciente de todo. Flotaba, a la deriva. Estaba ahí, pero no estaba. Era yo, pero no era yo. Otro nivel en mi pesadilla. Un horrible sueño estructurado como un intrincado juego laberíntico. Y entonces abrí los ojos. Atisbé no a través del agua, sino de la oscuridad. Mis ojos empezaron a ajustarse a la tenue luz. No era un tablero ni un laberinto, sino más bien un escenario. Algo sacado de [i]El fantasma de la ópera.[/i] Muy gótico. Muy Poe. Estaba en una mazmorra. Una enorme y cavernosa mazmorra con paredes de piedra llenas de humedades y cieno. En los elaborados candelabros las velas parpadeaban. Unas telarañas espectaculares, algunas tan grandes como sábanas, colgaban como cortinas de los candelabros y las paredes. Los ratones entraban y salían de las sombras. El sitio apestaba a basura podrida y aguas residuales. Estúpidamente, esperaba encontrarme también con ataúdes. Vampiros esperando a que el sol se pusiera para que pudieran chuparme la sangre y convertirme en una de los suyos. Asesinos nocturnos… [i]Tranquila, Rachel. Concéntrate. Usa tus sentidos, no tu imaginación.[/i] ¡Escucha! Un sonido persistente, como un hilillo de agua. Y un goteo. La respuesta a una de mis preguntas. No era una cripta. Estaba en algún punto del sistema de alcantarillado. ¿Pero cómo había llegado hasta ahí? Me levantaría, echaría un vistazo y averiguaría cómo… No pude levantarme. Estaba en una especie de caja. Un cubo situado sobre una plataforma elevada, quizá una mesa. Ya estaba encogida sobre mí misma, con la barbilla en mis rodillas y las manos en los pies. No había espacio suficiente para ponerme de pie. O para extender completamente los brazos y las piernas. Di un resoplido. ¡Estaba empapada! Y mi chaqueta, ¿aún estaba llena de ratas muertas? Me tanteé la ropa torpemente. No. Vale, al menos eso era bueno. Toqué la pared del cubo. ¿Qué era eso? ¿Cristal? ¿Plástico? ¿Un campo de fuerza? No podía levantar la cabeza del todo, pero enfoqué mis ojos a la parte de arriba del cubo. Sólo estaba a unos pocos centímetros encima de mí. Estaba cerrada con un enorme y viejo candado. ¿Podría romperlo? ¿Podría romper las paredes? No. No sin mis brazos y piernas. Tenía que transformarme en algo grande, algo como un oso. Algo que pudiera destrozar esta prisión… A menos que no fuera posible romper el cubo por medios físicos. A menos que yo muriera intentando hacerlo ceder. Vale. Agujeros para respirar. Podría transformarme en insecto, subir por uno de esos agujeritos y… No había dicho nada. Mis dedos recorrieron el fondo de la caja, cubierta por un fino polvillo. Me acerqué los dedos a la nariz con torpeza, y olí. Insecticida. Quién quiera que fuera el que me había traído aquí, había pensado en todo. ¿Los yeerks? Algo me decía que no. Ellos no. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] Pasos. Me sobresalté. Un estruendo de pasos por encima de mí. Volví a enfocar la mirada hacia la parte de arriba del cubo. El techo abovedado se elevaba a unos diez metros sobre mi cabeza. En lo alto había una pequeña trampilla de alcantarilla. Y partiendo de esta trampilla, bajaba una escalera de hierro oxidado que culebreaba bajando por la pared más alejada como una salida de incendios. Una vez fue el camino de los responsables del alcantarillado. Ahora lo era para el lunático que había construido esta macabra guarida. Los dos tipos que bajaban la escalera definitivamente no trabajaban para la compañía de servicios públicos. Llegaron al final de la escalera. Retiraron a un lado las telarañas colgantes como si estuvieran apartando unas cortinas. Y se acercaron a mi cubo. Dos tipos en su tardía adolescencia. Ninguno parecía lo bastante listo como para ser la cabeza pensante de este escenario de pesadilla. [i]Definitivamente[/i] no son el cerebro de la operación, Rachel. Uno era alto y delgado. Llevaba unos vaqueros rasgados y sucios, y camiseta negra. Tenía un tatuaje de una rata en la mejilla derecha. El otro era bajito y gordo. También llevaba vaqueros rotos y sucios, pero en su camiseta se leía [i]The Grateful Dead[/i] en espirales psicodélicas y colores brillantes. Por encima vestía una cazadora de color azul claro. Su pelo estaba recogido en una delgada y grasienta coleta. No había sitio para el buen gusto en ellos. Estos tipos no eran nada. Podía ocuparme de un par de matones como ellos. Pacería que hubieran sobrevivido con una dieta a base de bollitos Twinkies y 7UP. Eran míos. No diría nada. Esperaría a que ellos mismos me revelaran lo que estaba pasando. Lo que querían. Para quién trabajaban. Lo que habían hecho con Cassie. Y luego haría que se arrepintieran de haberse atrevido a meterse conmigo. El del Tatuaje miró al del pelo Grasiento. “Aquí está, tío. Tal y como él dijo.” El Grasiento miró a su alrededor y asintió. “Sí, tío. Aquí es. Supongo que ahora es el momento. Definitivamente ahora es el momento… supongo.” Ninguno de los matones me miró. Al menos no a la cara. Esto no era cosa suya. ¿Pero entonces, de quién? ¡De quién! [i]Cálmate, Rachel. Cálmate. Piensa antes de actuar. No hagas nada estúpido.[/i] Grasiento se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Ahora me daba cuenta de que había algo dentro. Lentamente, con cuidado, sacó… Una rata. Claro. Claro. Sueños sobre ratas, ratas en las paredes, ratas en el sótano, ratas en mi camiseta… [i]Si no fueras una persona tan violenta, Rachel…[/i] Con mucho cuidado, Grasiento bajó la rata a la mesa o plataforma. La puso justo en frente de mí, al otro lado de la transparente pared del cubo. La rata y yo estábamos a centímetros de distancia. Era grande. Una rata que me miraba con una extraña inteligencia en sus pequeños ojos redondos y brillantes. Una rata que me observaba como si supiera algo importante sobre mí. Como si me reconociera. [i]¡Os voy a matar! ¡Os voy a matar! ¡Os voy a matar![/i] Uno de los suyos… [i]Si no fueras una persona tan violenta…[/i] Claro. Claro. <Hola, Rachel,> dijo la rata. <¿Me has echado de menos?> No me sorprendió. Tampoco estaba asustada. Esto era un sueño. Sólo otro sueño más. Me había despertado de los otros. También me despertaría de éste. “David,” dije, sintiendo más curiosidad que otra cosa. [i]Yo era más listo que ninguno de vosotros…[/i] <¿Sorprendida?> “No,” contesté con sinceridad. Me moví, intentando encontrarme más cómoda dentro del cubo. Se me estaba durmiendo el pie derecho. Empezaban a dolerme los riñones. Era el momento de despertarse. <¿Asustada?> me preguntó la rata llamada David. [i]Yo era más listo…[/i] “No,” volví a responderle con sinceridad. [i]¡No sois quiénes para juzgarme![/i] La rata se echó a reír. <Oh, bueno, pero aún es pronto. Y ah, no, Rachel, esto no es un sueño. No vas a despertarte. Esta vez no.> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] <¿Por casualidad no querrías saber cómo he llegado hasta aquí?> me preguntó David de pronto. Salió disparado a lo largo de la pared exterior del cubo. Le temblaba la varicilla. Sus chispeantes ojos de rata brillaban con malicia. Se aseguraba, satisfecho, de que me tenía bien atrapada. <¿No querrías saber qué pasó después de que me abandonarais en esa roca solitaria? ¿Cómo fueron esos meses que pasé solo, sobreviviendo de mala manera? ¿Intentando no volverme loco?> De pronto, y con toda certeza, supe que esto no era un sueño. De pronto me sentí aterrorizada –y pesada, agotada, congelada- encogida de aquella manera. [i]Tiene que funcionar o nosotros… todos nosotros… nos tendremos que convertir en asesinos.[/i] Yo no quería conocer la historia de David. No quería oír nada de lo que tuviera que decirme. Ya me lo imaginaba bastante bien. Ya me lo había imaginado todo. Una y otra vez. Incluso cuando no quería. Incluso cuando había intentado no hacerlo. Y cuando me imaginaba la situación de David, cuando esas nefastas imágenes invadían mi cabeza, invariablemente rompía en un sudor frío. David se sentó sobre sus cuartos traseros, su varicilla rosa temblando en el aire. ¿Estaría rastreando comida? <No tuviste las agallas de matarme, Rachel. Así que me abandonaste en una roca, y esperaste que la naturaleza hiciera el trabajo sucio que tú no habías querido hacer.> [i]David no ha preguntado quién ha sido el artífice del plan.[/i] Sentí que las mejillas y el cuello se me ponían rojos. Tenía razón. Era exactamente lo que habíamos pretendido. David había entendido la incómoda verdad. <Era horrible, Rachel,> continuó. Su voz estaba bajo control, pero sólo por los pelos. En ella se entreoía una incipiente manía. La locura. <Era horrible ser una rata con inteligencia humana. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que cada vez que me veía obligado a comer un pedazo de carne putrefacta, mi cerebro humano se revolvía. Cada día que pasaba, la necesidad de sobrevivir de la rata me hacía hacer cosas que mi cerebro humano encontraba humillantes. Degradantes. Obscenas.> “Yo siento lo mismo siempre que como en la cafetería de la escuela,” dije. Estaba decidida a no dejar que se diera cuenta de cómo me afectaba lo que decía. <Deja lo de los chistes para Marco,> me cortó David. <Él es el gracioso. A veces, al menos. A ti se te da mejor ocuparte del trabajo sucio.> Fue como una bofetada. Quizá fuera que David era un chico perceptivo. Quizá simplemente tenía buena memoria. <Sí, soy listo,> dijo él. ¡Como si me leyera la mente! <Eso fue lo primero que me metió en un lío con los Animorphs. Pero también fue lo que salvó mi vida en la isla. Y es lo que va a traerme de vuelta y colocarme en la cima.> “¿De qué estás hablando?” Incluso para mis propios oídos mi voz sonaba débil. Agitada. <Estoy hablando de vencer a los Animorphs, a los yeerks y a toda la raza humana,> me reveló David, ahora lleno de alegría. <La vida, incluso cuando se trata de ser la rata más lista de una isla de rocas y roedores, es lo que tú haces de ella. Vosotros los Animorphs pensasteis que me estabais condenando a un destino peor que la muerte. Pero yo convertí esa experiencia en una oportunidad. La oportunidad de desarrollar mi intelecto a un nivel casi sobrenatural.> Sin previo aviso, la rata David se lanzó a corretear en círculos. Más y más círculos, cada vez más pequeños. Más y más rápido. Y otra vez. Como uno de esos monjes que dan vueltas sobre sí mismos. Como si estuviera intentando quitarse de encima un mal recuerdo. O un picor. Después de unas diez vueltas, se detuvo a descansar. Otra vez de cara a mí. Brevemente se me pasó por la cabeza hacer una broma insidiosa sobre que debería tomar algo de Prozac o Lithium. Pero mantuve la boca cerrada. David siguió hablando. Estaba sin aliento a causa de ese esfuerzo maníaco. <Al principio la monotonía, la soledad, eran increíbles. Pasaba un día tras otro interminable día en esa roca, expuesto a los elementos, sólo excepto por otros miles de ratas, de algún modo tan abandonadas como yo. Pero sobreviví, Rachel. Oh, sí. Y finalmente estreché lazos con algunos de mis hermanos más inteligentes. Prometí sacarlos de la isla si me traían comida y me obedecían. Resumiendo, eso fue lo que acabaron haciendo. ¿Cómo podía ser de otra forma? Han nacido para obedecer. Reconocen a un líder natural cuando lo ven. Y ahora, mis fuerzas están aquí conmigo.> “¿Tus fuerzas?” me reí. ¡Estaba chiflado! “¿Qué fuerzas?” David me contestó con otra risotada, imitándome. <El ejército de David. Escapé de la isla con unos pocos tenientes selectos.> “Pensaba que las ratas no sabían nadar.” Se quedan atrapadas en tu camiseta, como un peso muerto. Te aterrorizan. <Algunas pueden, otras no,> me contestó David. <Pero nunca tuvimos que llegar a eso porque no mucho después un grupo de naturalistas llegaron a la isla para registrar la población de pájaros. Llegaron, obviamente, en barco. No habíais previsto esa posibilidad, ¿verdad?> No, no lo habíamos previsto. <Yo era más listo que ninguno de vosotros.> No se nos había ocurrido a ninguno que alguien tuviera motivos para visitar esa pila de rocas dejada de la mano de Dios. <Había algunas especies miserables de aves en la isla. Pájaros estúpidos, pero sus huevos estaban deliciosos. En cualquier caso, mientras los naturistas iban por ahí contando nidos, yo y unos pocos de los míos nos subimos al barco y nos escondimos. Unas pocas horas después, estábamos de nuevo en tierra firme.> David hizo una pausa. Si estaba esperando a que le aplaudiera, iba a tener que esperar sentado. <Mandé a mis tenientes a que reclutaran más individuos,> continuó, su voz más entusiasta con cada sílaba. <Hicieron un excelente trabajo. Ahora dispongo de un ejército de unos doscientos roedores. Pero aún no he terminado. Oh, no. ¿Tienes idea de cuántas ratas hay en el mundo, Rachel? Billones. Quizá trillones. Y yo las lideraré a todas.> Vale. “¿Y ahora qué?” <Ya has visto lo que pueden hacer mis fuerzas, allí en el granero. Con un verdadero ejército de ratas, y unos pocos más como esos dos,> David señaló hacia los dos matones torciendo la nariz hacia ellos, <nadie podrá detenerme.> Miré a los dos brutos. Las manos y pies de David. Quizá pudiera instigar cierta discrepancia entre sus filas. “Os dais cuenta de que estás trabajando para una rata, ¿verdad?” les dije. El del Tatuaje se encogió de hombros. “Paga bien.” “¿Que paga bien?” solté. “¿De qué estáis hablando? Es una rata. ¿Trabajáis a cambio de queso?” David se echó a reír. <Una rata puede llegar a muchos sitios a los que un humano no puede acceder, Rachel. Deberías saberlo. Dentro de los bancos, de los negocios. Los sitios donde está el dinero. Mucho dinero. Yo lo robo. Unos pocos billetes cada vez. Es un trabajo duro, pero sale rentable. En los últimos meses, he acumulado doscientos doce mil dólares.> Vi que el del Tatuaje y el Grasiento intercambiaban una mirada. El del Tatu se echó a temblar, y el otro también. El simple hecho de pensar en el dinero hacía que se les cayera la baba. <El dinero está escondido en un lugar seguro donde ninguna persona pueda encontrarlo nunca,> dijo David, dirigiéndose tanto a mí como a sus compinches. <Y hay mucho más en el lugar donde vino ese.> “¿Y qué estoy haciendo yo aquí?” le pregunté. “Si lo que pretendes es gobernar el mundo, ¿qué quieres de mí?” David soltó una carcajada. <¿No te lo imaginas? Quiero justicia. Quiero justicia poética. Voy a hacerte lo que tú me hiciste a mí. Atraparte. Arrebatarte la libertad.> ¡NOOO! David detuvo sus paseos y movimientos nerviosos. Se quedó perfectamente quieto, clavando sus diminutos ojillos negros en mí. <Voy a obligarte a convertirte en rata. Para siempre.> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] “Eso no es justicia,” le solté. “Es venganza.” David suspiró. <Eso es lo que dicen todos los criminales cuando la justicia les da su merecido.> “Yo no soy un criminal.” No estoy chiflada. <Jake decía que había reglas, Rachel. Normas a cerca de usar la tecnología de la transformación para hacer el bien en lugar de el mal. Reglas a cerca de lo que la gente podía o no podía hacer. ¿Cómo es que no le preocuparon esas reglas cuando te ordenó que me hicieras esto?> “Jake no me ordenó nada,” le discutí. David pareció sorprenderse. Bueno, tan sorprendido como puede parecer una rata, supongo. <¿No? ¿Quieres decir que fuiste tú misma la que decidió atraparme por tu cuenta, sin mediar instrucciones de Jake?> Su voz era condescendiente. <Wow. Me sorprendes, Rachel. Pensaba que los Animorphs érais mucho más disciplinados.> No supe qué decir. No tenía muy claro lo que quería que él supiera. La idea había sido de Cassie, pero todos habíamos estado de acuerdo. Todos. Y todos habíamos tomado parte en ellos. ¿Era yo más culpable que ellos porque me había ocupado personalmente del trabajo sucio? ¡No había tenido opción! Para Jake yo era la opción lógica para acabar con David. Él me odiaba a mí más que a nadie. Quería humillarme. Y yo se lo había permitido, para cumplir con nuestro propósito. [b]Hay algo muy oscuro en tu interior, Rachel.[/b] “Yo hice lo que tenía que hacer,” dije, intentando ocultar mi agitación bajo un tono de seguridad. “Cuando nos amenazaste. Cuando pensamos que habías matado a Tobias. Jake me envió a por ti porque sabía que yo haría lo que fuera necesario.” [b]Tú, Rachel, lo adoras. Es lo que te hace tan valiente. Es lo que te hace tan peligrosa. No sé lo que será de ti si todo esto acaba algún día.[/b] Jake. Ni uno sólo de nosotros nos habíamos colgado medallas precisamente por lo de David. Ni yo, ni Jake. <¿Crees que eres un soldado?> me preguntó David. <¿Una especie de noble guerrero? Si tú eres un guerrero de verdad, entonces estos tíos son cruzados al servicio del rey.> David se rió, volviéndose hacia sus dos espeluznantes secuaces. <Permitidme que os cuente lo que la poderosa Rachel aquí presente me hizo. Poneos en mi lugar. Yo era un chico, ¿de acuerdo? Los alienígenas secuestraron a mis padres y, bam, mi mundo entero se cayó a pedazos. Nunca podría volver a casa. Nunca volvería a ver a mis padres.> [i]¡No fue culpa mía![/i] Grité en silencio. [i]¡Sólo intentábamos ayudarte![/i] <Antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, me vi reclutado sin mi consentimiento por este grupo de críos. Me presionaban. Me menospreciaban. Y cuando intenté valerme por mí mismo, Rachel aquí presente me colocó un tenedor en la oreja y me amenazó. Y luego, juró que me mataría.> Sentí que me ponía roja de humillación. El del Tatuaje se me quedó mirando, alzó una ceja y casi imperceptiblemente levantó un pulgar. Como si dijera, “¡Genial!” Aprovaba lo que yo había hecho. Me admiraba por ello. Eso no hizo que me sintiera mejor. David rodó hasta ponerse de espaldas, y se puso a agitar sus patitas en el aire, y su cola rosada adelante y atrás. <Me parto contigo, Rachel. De verdad. Quieres que te reconzcan el mérito de ser una entregada heroína de guerra cuando lo único que eres es otra matona más.> De pronto, David volvió a ponerse en pie. <Sois todos unos hipócritas. Todos los Animorphs, desde Jake, el líder mojigato hasta ti, la psicópata. Pero Jake y los demás me dan igual. Fuiste tú, Rachel. Tú eres la mala de la película. Vas a pagar por lo que todos vosotros me habéis hecho. Y vas a pagar con intereses. Te lo aseguro.> “No podrás,” le contesté, simplemente. <Claro que sí. Transfórmate. Ahora.> Negué con la cabeza. <Transfórmate en rata,> repitió David. <Es la única forma posible. No puedes transformarte en oso pardo, ni elefante. Y si intentas convertirte en insecto, morirás. Claro que puede que prefieras morir que vivir la existencia que yo tengo. Escarbar en la basura. Convertirte en paria sin quererlo.> David les hizo una señal a sus matones. Ambos sacaron un arma. David colocó sus patas sobre la pared del cubo y se inclinó hacia mí. Su nariz olisqueaba rápidamente en todas direcciones, pero su voz era más delicada ahora. Delicadamente burlona y cargada de falso consuelo. <Míralo así, Rachel. Pasar el resto de tu vida como rata no es el peor detino que te puede ocurrir. Aún podrías luchar. Las ratas siempre están luchando. Contra los depredadores, contra los enemigos, contra otras ratas. No importa, mientras haya sangre de por medio. Eso debería suponer cierto consuelo para ti.> [i]¡No soy ninguna chiflada![/i] El suave tono de David se volvió desagradable. <Si no puedes ser una matona humana, al menos podrías ser una matona rata.> “Yo no soy ninguna matona.” [i]No soy ninguna chiflada. Sé lo que estoy haciendo.[/i] <Claro que sí. Te encantó apuntarme con ese tenedor en la cabeza y amenazar a mi familia. Te saliste con la tuya después de aterrorizar a un pobre chaval que básicamente acaba de perder todo lo que tenía. Si no fueras una matona, te habrías avergonzado de ti misma.> Me había avergonzado de mí misma. Pero… Era consciente de dónde estaba la línea. Y no la cruzaría. Pero nunca habría intentado matar a David si no hubiera sido por Jake. [i]¿Te preocupas por mí? ¿Qué crees que puedes hacer, Jake?[/i] Jake me había enviado a “encargarme” de David. [b]Todos dibujamos nuestra propia línea.[/b] Él no me había dicho exactamente qué era lo que debía hacer. Pero tampoco me había dicho lo que no tenía que hacer. Así que eso era lo mismo que darme permiso para hacer lo que hiciera falta para solucionar el problema. ¿No es cierto? [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] <¡Oh! ¡Así que es culpa de Jake!> Pegué un bote tan fuerte que me di con la cabeza contra el techo del cubo. David me estaba leyendo la mente. ¿Sería verdad eso de que había desarrollado algún tipo de inteligencia sobrenatural, como él mismo decía? Antropomorfismo. Es cuando atribuyes sentimientos humanos, motivaciones o comportamientos a animales no-humanos. O a árboles o máquinas o cualquier cosa que no sea un ser humano. Es sentimental. Es muy Disney Chanel. No me gusta caer en el antropomorfismo. Pero el humano David estaba tan presente en la rata David, que juro que veía expresiones humanas parpadeando en su pequeña cara de roedor. La rata David sonreía como si acabara de ganar. La rata David se estaba metiendo en mi cabeza. Clavaba la aguja donde sabía que yo era más vulnerable. La única forma de defenderme ahora mismo era no reaccionar. No responder. No dejar que supiera lo cerca que estaba de dar en el blanco. “No intentes psicoanalizarme,” le solté. “No puedes leerme la mente. Estás intentando destrozarme, pero no te va a funcionar.” <Ya veremos cuánto ego te queda cuando seas una rata para siempre,> gruñó David. <Transfórmate en rata.> “¿O qué?” le corté. “¿O me matarás? Prefiero estar muerta que vivir el resto de mis días como rata. Prefiero morir que convertirme en un roedor que come deshechos, roba billetes, vive en las alcantarillas y contagia la rabia.” Le escupí las palabras a la cara. David echó la cabeza hacia atrás, como si acabara de abofetearle. Todas sus bravuconadas parecieron evaporarse. Sus bigotes cayeron hacia abajo. Su pequeño lomo se hundió. Levantó una patita hacia su cara, como si intentara ocultar una lágrima. Un gesto extrañamente humano y humanizador. David estaba llorando. De pronto, ya no parecía un archicriminal. No parecía el malvado Hombre Rata de esos dibujos del sábado por la mañana. Ahora era Stuart Little. Una ratita inofensiva de piel rosácea asomando delicadamente bajo su pelaje blanco. Una criatura indefensa que se las había arreglado de cualquier forma para sobrevivir él solo contra toda probabilidad. Y no sólo sobrevivir, sino incluso imponerse. De una forma retorcida, y extraña, una criatura muy valiente. Cada lágrima era como un puñetazo en mi estómago. Me sentí fatal. Me sentí cruel. ¿Qué estaba haciendo? ¿Había intentado avergonzarle por ser algo en lo que yo lo había convertido? “David…” empecé, intentando que mi voz sonara delicada. Quizá hubiera alguna forma de solucionarlo. Algún modo de traer a David desde el lado oscuro. De darle un nuevo comienzo. Pero él me cortó. <Tú ya eres un [i]nothlit[/i],> dijo con calma. “¿Qué?” <Hace mucho que dejaste de ser humana, Rachel. Ningún humano podría haber hecho lo que tú me hiciste a mí. Yo no era malo, Rachel. Sólo –problemático. Ahora es mi turno. Te dije que pagarías por lo que me hiciste. Y hoy es ese día.> Desde alguna fuente que no podía ver, se encendió una luz rojiza, iluminando el otro extremo de la habitación. Reveló de la nada, como si fuera un truco de magia, un segundo cubo en otra plataforma. Había alguien dentro del cubo. ¡Cassie! El cubículo era pequeño, como el mío. Cerrado con candado. Sólo que no tenía agujeros para respirar y estaba insonorizado. La boca de Cassie se movía, pero yo no podía oírla. Sólo sus gritos apagados y tenues. Los matones de David se reían y la señalaban. <El trato no consiste en que o te transformas en rata o mueres,> dijo David. <Esa elección sería demasiado fácil. No, Rachel. Las opciones son: o te transformas en rata, o Cassie muere. Por asfixia.> Una risa escalofriante me inundó los oídos. Yo ardía de pura furia. ¿De verdad me había dado pena este cabrón? David tenía razón. Nunca debimos haberlo abandonado en la isla. Debimos haberlo matado cuando tuvimos la oportunidad. Yo siempre había sabido lo que él era; y suponía mucho más que un chiquillo problemático. Pero matar a David parecía cruzar el límite. Habría sido un acto barbárico. La realidad era que había tenido miedo. Que me daba miedo matar. A todos nos pasaba. Ahora veía que yo, al menos, simplemente me había comportado como alguien débil. Abrí y cerré los puños. Si volviera a tener la más mínima oportunidad, no dudaría. Ya basta de debates morales. Ya vale de compromisos vagos. Lo mataría. Las carcajadas de David. La risita estúpida de los matones. Y entonces, otra voz. Una risa extraña. ¿De dónde venía? Ahora la risa era un llanto. Y ahora una frase, que se repetía una y otra vez. Suplicándome que no sacrificara mi vida por ella. “¡Cassie, deja de gritar!” grité, esperando que me oyera. “Vas a gastar todo el aire. ¡Para!” Pero no lo hizo. El tipo del pelo grasiento se acercó al cubo de Cassie. Presionó su asquerosa cara contra la pared frontal e imitó una serie de expresiones grotescas. ¡Se burlaba de ella! <Transfórmate, Rachel,> repitió David. <Tu mejor amiga está a punto de agotar todo el aire disponible del cubo. Imagino que sólo le quedará un minuto más antes de que caiga inconsciente. En cuanto te transformes, le abriré el respiradero.> Conocía a David. Dejaría morir a Cassie si yo no me transformaba. Pero si lo hacía -¿de verdad la soltaría? Tenía que arriesgarme. Cerré los ojos e intenté concentrarme. Pero era difícil. ¡Había demasiadas emociones enfrentadas! Pena. Culpabilidad. Miedo. Rabia. [i]¡No soy ninguna matona![/i] ¡Me resultaba imposible concentrarme! <Deprisa, Rachel.> La voz de David. <Estos idiotas quieren ver morir a alguien. Les gusta ver a la gente sufrir.> No sólo rabia. Puro y auténtico odio. Me recorría el cuerpo como si fuera un combustible. Me transformaría en rata. Les haría ver que cooperaba. Y cuando tuviera la ocasión, mataría a David. Lo mataría a él y a sus secuaces. ¡SCHWOOOP! Se me replegaron los brazos y me encogieron las piernas. De pronto me había convertido en un bulto enorme y torpe en el suelo de la jaula. Bajé la mirada hasta mis pies. Se hacían cada vez más y más pequeños. Ya se salían de mis gigantescas deportivas. Y ahora les estaban creciendo unas diminutas garras donde hasta hacía un momento había habido unos dedos carnosos. El resto de mí estaba encogiendo también. Y muy rápido. Mi piel se volvió más suelta y rosada, y en seguida empezaron a brotar de ella unos pelos blancos. Mi nariz –bueno, aún era humana. Pero no por mucho tiempo, porque en seguida desapareció. Fue reemplazada por un botón de carne, que se estrechó entonces transformándose en el hocico de la rata. Mis ojos –aún eran humanos, también, enormes ojos en el pequeño cráneo de la rata. ¡Era imposible! De pronto, mis cuencas empezaron a encoger. ¡Más rápido de lo que lo hacían mis globos oculares! Presionaban mis ojos de tal manera que pensé que se me iban a salir. Finalmente, los ojos también comenzaron a empequeñecer. Se produjo un cambio en mi perspectiva. Mi visión en túnel se estrechó notablemente. Y ahora miraba al mundo desde una altura de siete centrímetros desde el suelo. La transformación estaba completa. Yo era una rata. [i]¡No![/i] El del pelo grasiento plantó un reloj digital delante de mí, al otro lado de la pared del cubo. David se levantó sobre sus patas traseras y posó sus patas frontales en el reloj. <Dos horas, Rachel. Es lo único que hace falta. Sólo dos horas en el infierno, y seremos tú y yo. Dos ratas. Juntas. Para siempre.> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] Dos horas. Tenía dos horas. Y después puede que mi vida hubiera acabado. La curiosidad natural de la rata se impuso, y yo no traté de detenerla. Quizá los instintos de huída de la rata fueran capaces de descubrir algo que yo hubiera pasado por alto. Agitando la nariz y moviendo los bigotes me recorrí a la carrera las cuatro paredes del cubo. Me detuve en cada esquina a olisquear. Me levanté y puse mis patas frontales sobre la superficie de cada una de las cuatro paredes. <No hay escapatoria, Rachel. ¿Crees que me habría tomado tantas molestias en llegar hasta ti, para luego construir una prisión de la que pudieras escapar?> Salí disparada hacia donde estaba David, observándome. Nos encontramos nariz con nariz, cara a cara. <¿Hambrienta, Rachel? No te molestes en responder. Sé que lo estás. Las ratas siempre están hambrientas.> El tipo del tatuaje se acercó a la caja. En la mano llevaba una bolsa de plástico, llena de comida podrida. Metódicamente, empezó a meter pedazos de zanahoria mohosa y carne verde a través de los respiraderos. Basura apestosa y pútrida llena de gusanos. <¡Para!> grité. <Sólo pruébala,> me insistió David. <El moho no está tan mal una vez te acostumbras a él. Y cuanto antes te acostumbres a comer basura, mejor. Es lo que hacen las ratas. A menos, claro, que seas yo.> El del pelo grasiento le puso delante a David una rebanada de crujiente pan francés y un puñado de uvas. <Afortunadamente para mí, soy un genio,> continuó David, husmeando casualmente el pan con su nariz tintineante. <He conseguido imponerme a mi rango social. Sí, soy una rata. Pero también soy el trozo más grande de queso.> David me miró y se echó reír estúpidamente. <¿Lo pillas?> [i]Sí[/i], pensé. [i]Puro genio[/i]. Pero no dije nada. A David no pareció importarle que yo permaneciera en silencio. <Las otras ratas tienen que buscarse su propio alimento. Pero yo no. Tengo a otros que me hacen el trabajo sucio. No me gusta ir a donde no me quieren. ¿Y tú?> <No lo sabré nunca,> le respondí de inmediato. ¿Por qué había abierto la boca? Solo había conseguido darle a David más material que usar contra mí. <Oh, creo que sí lo sabes, Rachel. Venga. Sabes que los demás te odian. Sabes que se sentirán aliviados cuando hayas desaparecido de sus vidas. Cuando ya no seas su problema nunca más. Cuando no tengan que preocuparse a cerca de lo próximo que vaya a hacer esa colgada de Rachel.> [i][b]Creo que hay algo muy oscuro dentro de ti, Rachel.[/i][/b] <No sabes de lo que estás hablando.> [i][b]Me preocupo por ti, Rachel. No sé que pasará contigo si todo esto acaba algún día.[/i][/b] <Oh, sí que lo sabes, Rachel. Eres un problema. Los Animorphs no pueden controlarte. Pero tampoco pueden matarte. Así que mi brillante plan es la mejor solución para todos.> Miré a Cassie. Estaba encogida, callada. David había mantenido su palabra, le había dicho al del tatuaje que abriera un agujero de ventilación en su caja. Cassie podía respirar. ¿Respiraba con mayor tranquilidad ahora que yo estaba fuera de su camino? ¿Tendría razón David? Jake y Marco, Ax, incluso Tobias, ¿sentirían alivio? Quizá sí. Quizá no lo admitieran los unos a los otros. Pero secretamente, en lo más profundo de cada uno, puede que se sintieran aliviados. Fiuu. Rachel ha desaparecido. Bueno, ¡al menos ese tema se ha terminado! ¡No soy ninguna matona! ¡No! ¡Era injusto! Injusto. Injusto. Injusto. Desde el principio lo único que he hecho era lo que tenía que hacerse. Lo que nadie más quería hacer. ¿Y alguien me daba las gracias? ¿Alguien me estaba agradecido por todos los sacrificios que había hecho? No. <¿Lo ves, Rachel? El problema con los Animorphs es que no te aprecian. Y nunca te han apreciado porque nunca han descubierto quiénes son realmente. Nunca han definido bien sus objetivos. No puedes llegar a ninguna meta si no sabes cuáles son esas metas. ¿Y yo? Yo sé perfectamente a dónde quiero llegar.> Intenté ignorarle. Caminé, olisqueé el aire, di la vuelta en círculos. Pero no había escapatoria. Ni de la caja. Ni de su voz. <Voy a derrotarlos, Rachel. A los Animorphs. Probablemente pienses que es una locura. ¿Cómo podría yo, un humilde roedor, derrotar una fuerza guerrillera experimentada con tecnología alienígena de su parte? Pero pongámoslo en perspectiva. Si un humilde gusano puede liderar una invasión intergaláctica, entonces está claro que un par de ratas –una de ellas un genio- podrían al menos labrarse un pequeño reino para ellas solitas.> A pesar de todo, sentí curiosidad. <¿Cómo?> <Si te limpias a los huéspedes, te limpias a los yeerks. O al menos los asustas lo suficiente como para que se larguen por patas del planeta.> <¿De qué estás hablando?> <Estoy hablando de plagas, Rachel. La plaga bubónica. La muerte negra. Las ratas extienden la plaga. Y las ratas son capaces de entrar y salir de un laboratorio de armamento biológico sin problemas. Laboratorios donde hay viales y viales de virus letales.> <¡Pero matarás a toda la raza humana!> <A toda no. Pero sí un alto porcentaje. Quizá a la mitad. Y a los que queden podríamos controlarlos amenazándoles con más plagas. ¡Sólo piénsalo! Yo, David, una rata, sería la criatura más poderosa del mundo. Armada con una diminuta bacteria de plaga bubónica, y con un ejército de ratas, sería más letal que un arsenal de armas nucleares.> De pronto me di cuenta de que no es que David estuviera loco. Vale, sí, estaba pirado, pero su plan tenía sentido. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] La voz. <Podríamos ganar, Rachel. Las ratas controlarían el mundo.> [i]Yo era más listo que ninguno de vosotros.[/i] <Bueno, sí, seguiríamos siendo ratas. No podríamos conducir un Ferrari o comer en Le Cirque. Pero todos los humanos tendrían que reverenciarnos y postrarse ante nosotros. ¡La raza humana al completo estaría a nuestra merced! ¡A nuestros pies!> ¿Le Cirque? Pensé distraída, ignorando lo importante de la charla de David. El David humano había sido más de ir a Wendy’s que a Le Cirque. <La clave para ganar es no mostrar misericordia, Rachel.> La voz de David era –triunfal. Imperiosa, en cierto modo. Como uno de esos oradores que contratan las grandes empresas. Esos que llegan e inflan al departamento de ventas en plena caída, convirtiéndolo en pura energía histérica para vender vender y vender a base de eslóganes. Aún así, lo que decía tenía sentido. ¿No era yo la que siempre predicaba lo de “no tener piedad”? <No podemos ir de débiles, Rachel. No podemos depender de ataduras sentimentales. O de la moralidad. Un líder lidera porque él o ella es su propia ley. Un líder cree realmente que la ley será aceptada sin cuestionársela por aquellos cuyo destino es seguirle.> Sí, sí. Un líder tenía que estar totalmente centrado, no mostrar clemencia, sentirse seguro de sus decisiones al cien por cien… <Y si destruyeras a Jake, bueno, entonces los demás Animorphs te seguirían sin cuestionarte. ¿Cierto?> La voz. Era hipnótica. Tenía sentido. Era seductora. Era razonable. Me hablaba. <¿[i]Cierto[/i], Rachel?> me presionó con delicadeza. Jake ni siquiera sabe como usar su fuerza. <Cierto,> me oí admitiendo. Y entonces una risa histérica, aguda y salvaje, rompió el hechizo. Y me di cuenta de que no era la voz de David la que había estado escuchando. No era la voz de David la que me había estado manipulando. Que había usado su magia contra mí. Era otra voz completamente diferente. Le eché un vistazo al reloj. ¿¡Qué!? Me entró el pánico. ¿Qué había pasado? ¿A dónde se había ido el tiempo? ¡¿Qué me había hecho David?! Y entonces escuché un murmullo bajo. Muy ténue, pero audible. De nuevo, el espacio oscuro y cavernoso se iluminó con un espeluznante brillo rojizo. Sólo que ahora la fuente de luz era visible. Se trataba de un enorme ojo rojo. Se cernía sobre la habitación desde el techo abovedado. Nos vigilaba como un faro gigantesco en llamas. Cassie. Golpeaba la pared de su caja, gritaba. No podía oírla, pero sabía lo que me estaba diciendo. “Transfórmate, Rachel. ¡Transfórmate! No te quedes atrapada. ¡No dejes que te hagan esto!” Miré a David. Su nariz y bigotes temblaban sin control. No parecía que estuviera a punto de dominar el mundo. No parecía un líder en absoluto. Parecía una ratita asustada. La mascota de la clase de ciencias de algún chaval. El sueño de un exterminador. Mi cerebro puso la directa. <¡Espera!> David se encogió. <No,> protestó ténuemente. Me levanté sobre mis patas traseras. <Vamos a echarle un vistazo a la realidad.> <Todo lo que te he dicho es cierto,> dijo David en seguida. <Escapé de la isla. Tengo un plan para dominar el mundo. Yo…> <Las ratas no son criaturas sensibles,> le interrumpí. <No asumen órdenes. No se organizan. No pueden dirigirse como si fueran tropas. Y no atacan en masa a la gente.> A David empezaron a castañearle los dientes. Se tumbó sobre la barriga. <Puede que seas una rata con inteligencia humana, pero eso no te convierte en el Dr. Dolittle. Puedes hablar conmigo y puedes hablar con esos punks. Pero no puedes “hablar” con otras ratas.> <¡No sabes lo que estás diciendo! ¡No sabes nada!> gritó David. <¡Cállate! ¡Cállate!> <Lo que significa que lo que pasó fuera del granero no pudo haber ocurrido,> continué, con el cerebro a cien por hora. <Y lo que me has contado que pasó en la isla –eso de que te labraste un ejército de leales seguidores –no pudo haber pasado. Así que esto, ahora mismo, ¡tampoco puede estar pasando!> Miré a Cassie. Estaba sonriéndome. Y entonces Cassie ya no era Cassie. Se convirtió en una criatura a la que ya habíamos visto antes. ¡El Drode! Un embaucador intergaláctico. Tenía dos patas. Su cuerpo se inclinaba hacia el frente y mantenía el equilibrio solo gracias a su regordeta cola. Como un pájaro o un dinosaurio pequeño. Tenía las manos delgadísimas, débiles. La cabeza era ligeramente humanoide, por la forma, pero los ojos eran enormes. Inteligentes. Burlones. Crueles. El Drode. La criatura que ya una vez me había ofrecido un pacto. Que me había llamado “Rachel, la del oscuro corazón.” El Drode. Compinche de la fuerza más poderosa y malévola de todo el universo. Una fuerza que había clamado venganza cuando Jake condenó a sus simplones asesinos, los howlers. Una fuerza que sólo se mantenía en equilibrio gracias a la presencia del Ellimista. Un ser cuyos poderes eran igualmente inconmensurables. Y cuyas motivaciones parecían ser buenas. Pero éste no era el Ellimista. Esta era la fuerza que había perseguido a Jake en sus pesadillas. Y ahora, me di cuenta, también en las mías. <¡Crayak!> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] El Drode se rió con más fuerza. Y entonces… ¡WHOOOMPPH! Salió de un salto del cubo como un payaso de resorte sale de una caja. “Has pronunciado el nombre de mi maestro. ¿Significa eso que necesitas ayuda, Rachel? Rachel la del corazón oscuro. Rachel, la que pronto será un [i]nothlit[/i]. Rachel, la rata.” <¿Qué estás haciendo?> le pregunté. <¿De qué va todo esto?> <Es mi venganza,> gimoteó David. Me reí de él. <¿Me estás diciendo que el todopoderoso Crayak está trabajando para una rata?> El Drode soltó una risita. <Rachel, Rachel. ¿Quién iba a decir que tuvieras sentido del humor? No, Rachel. La rata trabaja para Crayak. Sus deplorables metas no nos interesan. No, buscamos tu colaboración para una venganza mayor. Una vez te dijimos que teníamos nuestras esperanzas puestas en ti, Rachel. ¿Te acuerdas? Aún lo seguimos manteniendo.> <¿Qué queréis?> El ojo que era Crayak latió y de debajo de él pareció surgir algún tipo de extensión. ¿Un cuerpo de alguna clase? ¿O una máquina? Un poco de ambos, o nada de eso, no sabría decirlo. Y entonces Crayak habló. “Quiero ayudarte a comprender todo tu potencial, Rachel. Te hemos estado observando. Con interés y con creciente admiración. ¿Por qué te conformas con obedecer cuando está claro que tú deberías liderar?” <¿Así que se trata de Jake? Ya entiendo. Le dijisteis que pagaría por lo que les había hecho a tus howlers.> “No. Se trata de ti, Rachel. Podrías ser mucho más de lo que eres.” Suspiró. “Qué despercio sería verte acabar tus días como una rata.” <No me preocupa,> mentí. “Sabemos que eres valiente.” El tono de Crayak era condescendiente. “Pero no nos decepciones comportándote como una estúpida. A menos que quieras convertirte en [i]nothlit[/i], necesitarás mi ayuda.” <No necesito tu ayuda,> le rebatí. <Porque está bastante claro que nada de esto está pasando realmente. ¿Crees que soy idiota?> Crayak, un conglomerado de vida y tecnología, se rió. “¿Qué quieres decir?” <Digo que todo esto no es más que una ilusión. La historia de David. Las ratas no pueden ser lideradas como si de un ejército se tratase. No forman alianzas y no son capaces de tomar la decisión de esconderse en un bote. Lo que significa que David no puede estar aquí. Él es una ilusión. Y dudo seriamente de que yo sea una rata. Mira, sólo eres una pesadilla. Un sueño realmente repugnante.> “Excelente, Rachel. Eres una escéptica. Una buena cualidad en un estratega. Y en un líder. ¿David? Te has divertido, pero Rachel te ha superado. Te dije que si averiguaba que detrás de todo esto había más de lo que parecía, tendrías que decirle la verdad. Adelante.” <Estoy aquí,> admitió David a regañadientes. <Pero todo ha sido obra de Crayak. No tengo un ejército de ratas. Las ratas no entienden nada, no puedes hablarles.> El cuerpo de roedor de David casi emanaba el pánico creciente que sentía. La histeria. Y su voz también. <¿Tienes idea de lo terrible que fue la vida para mí en esa roca, Rachel? Sin otra criatura sensible. Y teniendo que defenderme constantemente. De las demás ratas. De los pájaros de presa. De la lluvia, y del frío y de—> “¡No te he dado permiso para que te lamentes!” tronó Crayak enfadado. <¡Vale! ¡Vale!> David se volvió de nuevo hacia mí. <Crayak me sacó de la isla.> <¿A cambio de qué?> le pregunté. <A cambio de un compañero. Yo habría escogido a Cassie. Ella fue amable conmigo cuando ninguno más lo fue. Pero precisamente por eso no podía elegirla a ella. No la condenaría a este infierno en vida.> La cosa que era el cuerpo de Crayak se hinchaba y se encogía. ¿Estaba respirando? ¿Necesitaba respirar? “Ya lo ves, Rachel,” dijo, “no es una pesadilla. Ni un sueño desagradable. La realidad es, Rachel, que estás convertida en rata. En cuestión de minutos te quedarás atrapada en esa forma. Vivirás el resto de tu vida como rata con sólo este débil y lamentable traidor a tu lado.” A pesar de todo, me eché a temblar; la rata que era, y la humana que tenía dentro. Crayak continuó, con voz dulce y poderosa como el murmullo de un trueno. “Yo puedo liberarte, Rachel. Puedo liberarte de la caja. Puedo liberarte de David. Puedo liberarte de esa forma. Pero primero debes liberarte tú de tus propias cadenas.” Miré el reloj. ¡Veintidós minutos! <¡Deja de hablar en clave!> le grité. <No sé lo que eso significa. ¿Liberarme de mis propias cadenas?> La cosa que se hacía llamar Crayak, se echó a reír. El corazón se me desbocó al sentir las vibraciones. “Es hora de que lo averigües.” No hubo ningún sonido, pero parece que debería haberlo habido. Un ¡WHOOSH! o un ¡SCHLOOOOP! Porque de pronto todo había cambiado. El cubo había desaparecido y yo volvía a ser humana. Estaba de pie en medio de la cavernosa cámara. Los matones de David estaban atrapados en la caja en la que estaba Cassie. ¿Cassie? No la había visto desde la aparición del Drode. Crayak se había desplazado, no sé cómo, al extremo más alejado de la habitación. De pronto, de su mole se extendió una apéndice musculoso parecido a un brazo. “Ven conmigo, Rachel.” No sé por qué, pero le obedecí. Y la distancia entre nosotros encogió mágicamente. Miré hacia arriba. Y en un instante, la distancia entre el techo de nueve metros y yo, también desapareció. Miré hacia abajo y vi una manchita blanca que se escurría hacia una esquina buscando cobijo. David. “¿Qué es esto?” le pregunté. “¿Ahora soy un gigante?” “Sólo si necesitas serlo,” me respondió Crayak. “Eres tan fuerte como necesitas serlo. Tan grande como quieras. Tan implacable como te haga falta. Ya no eres Rachel. Eres Super-Rachel. ¿No lo sientes? ¿La descarga de poder?” La sentía. Sentía una energía extraña y magnífica recorriéndome los brazos y las piernas, como una corriente eléctrica. Esa fuerza era vigorosa. Intoxicante. Y me resultaba familiar. Ya la había sentido antes. Era odio. Odio aderezado con una fuerza exorbitante. Y la certeza moral de que yo tenía razón. Que todo lo que pensaba y todo lo que hacía era absolutamente correcto, correcto, correcto. Me sentía como si fuera un dios. No había nada que no pudiera lograr. Nadie a quien no pudiera destruir. Me miré las manos. No eran unas manos corrientes, de carne rosa y sangre circulando y músculos pulsátiles. Eran unas poderosas máquinas, reforzadas con engranajes, poleas y ruedas. Flexioné los dedos. Unas garras de metal se extendieron desde la parte de abajo de mis dedos. Las volví a flexionar y se replegaron, desapareciendo en el interior de la carne de mis uñas. “Sí, Rachel,” dijo Crayak. “Estarán ahí cuando las necesites. Y desaparecerán cuando no te hagan falta.” Miré hacia abajo. El suelo volvía a estar a la distancia habitual. Volvía a tener el tamaño normal. Oí la risita del Drode. “Piensa rápido, Rachel.” Desde la otra punta de la habitación, el Drode me lanzó lo que parecía ser un cubo de hierro macizo, lo suficientemente grande como para aplastarme como a un insecto. Alcé las manos sin pensar. Todas las grotescas sensaciones que he experimentado alguna vez durante la transformación se concentraron en un nanosegundo. ¡Todas y cada una de las células de mi cuerpo me ardieron, salieron disparadas, se hincharon y finalmente explotaron de energía! Mi cuerpo se adaptó para cubrir mis necesidades inmediatas. Medía seis metros de altura y tenía la fuerza de treinta hork-bajirs. Mis manos eran gigantescas garras de acero. Cogí el cubo con facilidad. Mis “dedos” se cerraron limpiamente a su alrederdor como si fuera una pelota. Incluso el Drode parecía un poco impresionado. Solté el cubo, que cayó con un ruido sordo, y lancé un gruñido. Sentí como mis dientes chocaban unos con otros. Las mandíbulas de arriba y abajo habían desarrollado colmillos de hierro que echaban chispas al entrar en contacto. “¡Tú!” El Drode se dio la vuelta y echó a correr. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Pero era demasiado tarde. Salté y mis largas y poderosas piernas me propulsaron al otro extremo de la vasta habitación de un sólo y fluido movimiento. En lo que dura un latido, yo ya estaba sobre él. Cerré una mano alrededor del cuerpo del Drode. Y la otra sobre su cabeza. Con el esfuerzo que le lleva a un niño de diez años pelar un plátano, le arranqué la cabeza. Una descarga de euforia y adrenalina me recorrió de arriba a abajo. ¡Nadie podía detenerme! ¡Nadie podía plantarme cara! ¡Nadie podía derrotarme! Yo era un super-depredador. Un superhéroe. Era libre de toda debilidad humana. Libre de cualquier miedo. ¡A esto se refería Crayak cuando hablaba de liberarme de mis cadenas! ¡Ahora lo entendía! “¡Soy libre!” grité radiante. “¡Soy libre!” Mi voz era un rugido monstruoso que resonaba a través de las cavernosas cloacas. Crayak se echó a reír. “No tan rápido, Rachel. No eres libre porque aún crees que todo esto es una fantasía, ¿no es cierto? Un simulacro que te crea la ilusión de que tienes un poder asombroso. Como uno de esos videojuegos que tanto os gustan a los humanos. Una experiencia de realidad virtual.” Algo en mi mano comenzó a vibrar como si fuera un busca. Era la cabeza del Drode. Se estaba riendo. Aún seguía con vida. Y me sonreía con su risita delineada en verde. [b]Rachel, ¿sientes la descarga de adrenalina que te provoca el deseo de matar? ¿Sientes la urgencia de venir a mí y destruirme?[/b] “Hay muchos maestros de la ilusión en el universo, Rachel. Muchos manipuladores de la percepción. Pero sólo yo soy un maestro de lo real, un manipulador de lo concreto. Bien, de acuerdo, puede que todo esto sea una fantasía después de todo. Tu fantasía. Pero puedo hacerla real en cualquier momento. Por ejemplo, ¿te gustaría decapitar definitivamente al Drode?” “¡Ey!” protestó él. “No nos vayamos del tema.” [b]Sabes que Crayak podría utilizarte, Rachel. Si alguna vez te encuentras desesperada. En un callejón sin salida. Si alguna vez necesitas…[/b] De pronto, me sentía furiosa. [i]… la descarga de adrenalina que te provoca el deseo de matar…[/i] Estaba harta de que jugaran conmigo. ¿Todo esto era una fantasía o no? ¿Una pesadilla, un sueño, una alucinación? ¡Crayak intentaba confundirme a propósito! Yo no era libre de nada. Ni de Crayak, ni de mi culpabilidad, ni de David, ni de mis miedos, ¡de nada! ¡Seguía siendo una prisionera! [b]Dos horas de horror… venir a mí y destruírme…[/b] Apunté al ojo rojo brillante. ¡Y le tiré la cabeza del Drode! Pero el ojo gigante simplemente desapareció. El Drode se reconstruyó en mitad del vuelo y aterrizó de pie. Suspiró y se estiró de brazos y piernas. Crayak reapareció en el otro extremo de la habitación. “¡Rachel!” me reprendió. “Eso ha sido una pérdida de tiempo y de energía. No puedes hacerme daño y lo sabes. ¿Por qué te empeñas en aparecer como una idiota delante de seres inferiores a ti?” Hizo un gesto hacia David, que estaba encogido en una esquina. David soltó un chillido. <¿A quién estás llamando inferior? De ninguna manera soy yo inferior a Rachel. Ella es igual que yo. Excepto porque ha tenido más suerte.> “Quizá tengas razón,” musitó Crayak. “Quizá soy yo el que está malgastando su tiempo y su energía.” Esta vez sí hubo un efecto de sonido. O al menos lo imaginé. ¡WHOOSH! Volvía a ser uan rata. ¡NOOOOO! Estaba dentro del cubo. Había comida podrida esparcida a mis pies. Y David estaba conmigo. Miré el reloj. No. ¿Quién me salvaría? ¿A quién podría pedirle que me salvara? A Jake no, como tampoco al resto de Animorphs. Ni al Ellimista. No había nadie a quien pudiera pedir ayuda. Nadie. [i]Si alguna vez te encuentras desesperada, Rachel…[/i] [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Me lancé a arañar las paredes. ¡Era horrible! Peor que antes. Ser tan pequeña y débil después de haber experimentado semejante fuerza y poder… ¡Era insoportable! Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa -¡cualquier cosa! –con tal de volver a tener aquello. Con tal de volver a sentir esa energía. ¡La invencibilidad! Una voz en mi cabeza. El Drode. Algo que me había dicho hacía mucho, la primera vez que me encontré con él. [b]Recuerda esto: la vida de tu primo es tu pasaporte hacia la salvación en manos de Crayak.[/b] No… Aparté ese recuerdo de mí. David soltó una carcajada. <He estado esperando mucho tiempo a que esto sucediera.> <Cállate.> <Sabía que no estarías a la altura de las expectativas que Crayak tenía en ti,> se regodeó. <Sabía que terminaría así. Porque no eres mejor que yo, Rachel. Si yo me merezco esta tortura psicológica y emocional, tú te la mereces el doble.> <CÁLLATE.> <Hazme callar,> me provocó. <Veamos cómo de dura eres cuando no puedes apoyarte en tus colegas o en tu forma de oso.> Me volví y salté sobre él. Clavé mis garras y cerré la mandíbula. Pero David era más grande y tenía más experiencia con esa forma. Sus garras traseras me rasgaron la barriga. Sus dientes, afiladas agujas tras haber pasado meses viviendo en estado salvaje, me atravesaron la cara. Estaba perdiendo. Perdía la pelea. ¡Perdía contra David! ¡La ira incontrolable! ¡El odio! Me sobrecargué de adrenalina. ¡David me tenía en su poder! ¡Estaba atrapada, no podía moverme! El reloj seguía avanzando. <¡NOOOO!> Me debatí agitando mis cuatro patas. Inútilmente, mi cola se sacudía de un lado a otro, de delante a atrás. <¡NO! ¡NO! ¡NO!> El sonido… ¡WHOOSH! Y de pronto, volvía a ser yo misma. La Rachel humana. Estaba fuera de la caja y echa un ovillo en el suelo. Pataleando frenéticamente como si fuera un niño de dos años con una rabieta. “Tsk, tsk.” Crayak. “¿Así es como se comporta un líder?” Me puse en pie de un salto. ¡SPROOING! Tenía muelles en las rodillas y los tobillos. ¡Volvía a ser super-Rachel! Y el odio que había sentido hacia David, la rabia asesina, aún me recorría todo el cuerpo y me palpitaba en la cabeza. Mi visión de águila se topó con los dos matones. De alguna manera habían conseguido escapar de la caja. Estaban subiendo por la escalera de hierro soldada a la pared de piedra. Se dirigían a la tapa de la alcantarilla que había en el techo. Por lo que parecía, las cosas se habían puesto demasiado raras para ellos. No creo que a Crayak le hubieran dado pena y les hubiera dejado escapar libremente de su prisión. ¿O sí lo había hecho? No importaba. Alargué la mano y ésta se estiró siete metros. Cerré mis dedos alrededor de una de las barras de hierro de la escalera, y tiré. La escalera se separó de la pared de piedra como si estuviera hecha de madera. ¡¡¡KKKERRAAK!!! El tío del tatuaje y el del pelo grasiento cayeron entre chillidos. Crayak asintió con elegancia. Salida de ningún lugar, una red apareció a unos tres metros del suelo. ¡THUMP! ¡THUMP! Y detuvo la caída de los dos matones. La red se balanceó suavemente un momento, pero en seguida se desgarró y dejo caer a los dos chavales al suelo. Se quedaron ahí tendidos, ante mis gigantescos pies, anonadados. Me miraron con ojos aterrorizados. “Imagina todo lo que podrías hacer por el bien de la Tierra con esos poderes,” me dijo Crayak. La idea era emocionante. “Unas lamentables balas no tendrán ningún efecto sobre ti. Los rayos dragón no dañarán tu piel. Podrías destruir a cualquiera, a quien sea que elijas.” Intenté que mi expresión siguiera siendo neutral. Indiferente. Pero cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo vibraban de pura ambición. “¿Me dejarías acabar con los yeerks?” Crayak agitó la mano, desdeñoso. “Yo te habría creado, y podrías hacer lo que te pareciese.” ¡WHOOSH! Volvía a estar en la caja. Era una rata. Los dientes de David se cerraban alrededor de mi cuello. Y tenía el reloj delante de mí. ¡La lucha continuaba! Colas, dientes y garras. El contraste era insoportable. Pasar de la dominación absoluta a la más auténtica sumisión. ¡Era inaudito! ¡Intolerable! Me las arreglé para liberarme del agarre de David. Sentí que la piel de la parte de atrás de mi cuello se desgarraba. Corrí como una insensata, sin dirección alguna, por todo el cubo. David me perseguía. Si Crayak iba a crear a una super-criatura, ¿por qué iba a elegirme a mí y no a Jake? ¡No podía soportarlo más! La salvación en manos de Crayak… <No te preocupes,> me dijo David desde algún punto detrás de mí. <Tu vida como rata no será tan mala. No tendrás ninguna fuerza. No tendrás ningún poder. Y definitivamente no tendrás ningún amigo. Pero me [i]tendrás[/i] a mí.> Y el Drode se echó a reír histérico. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] ¡WHOOSH! Volvía a ser Super-Rachel. Estaba fuera del cubo, de pie. “Basta ya de este efecto yo-yo,¡ya lo he pillado!” le grité a Crayak. “Puedo ser una rata o puedo ser un dios. Pero sólo si hago lo que tú quieres.” “¿Qué te hace pensar que sabes lo que quiero?” me preguntó Crayak. “¿Cómo te atreves a suponer que me entiendes? Piensa solo en esto, Rachel. Solo tú decides lo que quieres hacer. Y tú y solo tú puedes asumir las consecuencias de tus actos.” Respiré hondo y me obligué a sonar calmada. Controlada. “Pero quieres algo a cambio, ¿no es así?” Crayak soltó una risita. “Eso está mejor, Rachel. Mantente fría. No dejes que las emociones te dominen. Sí. Si te creo, si te convierto en el ser más poderoso de la Tierra, te pediré algo a cambio. ¿Es eso injusto?” “Depende de lo que quieras.” “Quiero justicia,” dijo intentando sonar razonable. “Jake destruyó a mis howlers. Ahora yo pretendo destruir a Jake.” “Nunca,” dije, conteniendo el aliento. “Rachel, ¡piensa! Te estoy ofreciendo la oportunidad de destruir a los yeerks de una vez por todas. De salvar a todos los humanos del planeta. ¿Pretendes sacrificar millones de vidas para salvar solo una?” El bien de muchos frente al bien de uno solo. “No puedes obligarme a que mate a Jake.” “No puedo [i]obligarte[/i] a nada,” me recordó Crayak. “Tienes libre albedrío. Lo que hagas o no es cosa tuya. Puedes usarlo para hacer el bien, o puedes usarlo para hacer el mal. Ahora, escúchame atentamente. Asegúrate de entender esto: estoy ofreciéndote la oportunidad de salvar el mundo,” dijo Crayak. “Te estoy ofreciendo la oportunidad de convertirte en una fuerza del bien –o del mal. ¿Qué vas a elegir?” Cerré los ojos, ahora confundida. Matar a Jake y salvar a la raza humana de ser conquistada por los yeerks. Hacer de Jake un sacrificio. Su muerte –la muerte de un niño humano –traería la libertad a millones de personas. Billones. Y yo… Era un pacto con el diablo. Y su nombre era Crayak. “Soy una de los buenos,” dije. E intenté averiguar qué era exactamente lo que significaba ser uno de los buenos. No tenía respuesta para eso. Quizá nunca la había tenido. Crayak volvió a reírse. “Los buenos. Los malos. Parece tan simple, cuando en realidad es todo lo contrario…” Oí un ruido. ¡Un grito de ayuda! ¡Cassie! Me llamaba. Me suplicaba que hiciera algo. ¿El qué? ¿Qué me estaba pidiendo? “El bien y el mal están tan claros para Cassie,” dijo Crayak. Sí. Sí. Cassie siempre sabía lo que estaba mal. “¿Y qué te está pidiendo que hagas?” dijo él. No lo sabía. ¿Se sacrificaría Cassie para salvar al planeta entero? Sí. Sin pensárselo dos veces. ¿Sacrificaría a Jake? No lo sabía. ¿Me sacrificaría a mí, dejando que me convirtiera en un [i]nothlit[/i], para salvar a Jake? Tampoco lo sabía. “¿Qué te pide Cassie que hagas?” me presionó Crayak. “¡No lo sé!” grité. “No lo sé. Estoy hecha un lío.” “Pero el bien y el mal son muy simples,” se burló él. “Sólo para los estúpidos,” se mofó el Drode. Saltaba arriba y abajo, y empezó a cantar con una voz infantil, “Soy uno de los buenos. Soy uno de los buenos. ¡Soy uno de los buenos!” “Los buenos contra los malos,” murmuró Crayak. “La batalla más antigua. Acabémosla de una vez por todas.” ¡WHOOSH! En el tiempo que tardé en parpadear, la alcantarilla con forma de caverna se había expandido hasta adoptar el tamaño de un campo de fútbol. Había gradas en tres de las paredes. En la parte de arriba de la tribuna, divisé la masa roja latiente. Y a su lado, el Drode. Crayak asintió, y el Drode lanzó algo al campo. Era una pelota. La bola tocó el suelo, rebotó un par de veces y rodó hasta mis pies. Me agaché para recogerla… Y retrocedí cuando la pelota explotó para convertirse en otra cosa. Me encontré cara a cara con Visser Uno, que me miraba con sus antenas oculares andalitas. Soltó un bramido de rabia y sorpresa y saltó hacia atrás rápidamente. Yo hice lo mismo. Intenté sobreponerme a la impresión de encontrarme de pronto frente a mi más odiado enemigo. Que ahora galopaba hacia mí. Su letal cola batía el aire, preparada para lanzarse contra mí. Fijé mis sentidos en la cola y me agaché. No estaba preparada para la rapidez y eficacia con la que respondió mi cuerpo. ¡Me lancé a lo largo del suelo, patinando sobre mi estómago, a unos cuarenta kilómetros por hora! Choqué contra la pared con la cabeza por delante. No sentí nada, pero la pared se desmoronó y quedé enterrada bajo una pila de escombros. Oí a Visser Tres gritándole a Crayak. <¿Dónde estoy? ¡¿Quién eres?! ¿Y por qué me has traído hasta aquí?> “Te he traído para que luches por tu vida,” replicó Crayak con calma. Visser Uno se echó a reír. No había manera de confundir era risa demoníaca. <Bien, pues parece que ya he ganado.> Sonreí bajo el montón de roca y ladrillo. Las apariencias engañan. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] Me puse en pie. Me quité de encima las piedras, rocas y escombros como si fueran polvo. Como si hubiera estado sepultada bajo cáscaras de cacahuetes. Visser me miró intensamente con sus ojos principales. Levantó la vista. Hacia arriba… arriba… arriba… No podía ni imaginarse lo grande que podía llegar a ser. Por primera vez desde que empezara su exasperante guerra, Visser Uno me parecía una amenaza menor. El Visser me estudió ahora con sus cuatro ojos. Pero estaba claro –no sospechaba que yo fuera uno de los bandidos andalitas que habían estado menoscabando sus esfuerzos por tomar la Tierra. A Visser no le preocupaba decirle a cualquiera que estuviera a quince kilómetros a la redonda lo que estaba pensando en cada momento. Si pensara que yo era un andalita en alguna forma extraña, ya estaría gritando palabras como “escoria” o “desgraciado”. Pero permanecía callado. También quedaba bastante claro que no pensaba que yo fuera una humana. ¿Cómo iba a hacerlo? Yo era una versión extremadamente distorsionada de lo que una vez había sido. Entonces, se echó a reír. Una risa consumada y diabólica. <No es más que un truco. Un holograma. ¿Quién se atreve a jugar conmigo? ¿No sabéis quién soy?> “¿A quién estás llamando holograma?” me burlé. Moví el brazo, coloqué mi enorme mano de aspecto mecánico sobre su pecho y le empujé. <¡ARGGHGHHHH!> Visser Uno salió volando, sacudiendo la cola y debatiéndose a patadas. Chocó contra la pared del otro lado de la habitación y cayó al suelo, con sus delicados brazos andalitas aplastados bajo su propio pecho. Se quedó ahí tendido durante un minuto entero. Entonces, lentamente, se forzó a ponerse en pie. Una luz roja iluminó el suelo del estadio. Era Crayak, que se cernía sobre nosotros. Parte biológico, parte mecánico; pero peligrosamente destructivo. “Yo soy Crayak,” le habló a Visser Uno. “Creo que me ya conoces.” Visser Uno contestó con voz ahogada. <Sí. He oído hablar de ti. Pero jamás creí realmente en tu existencia.> “Existo,” dijo Crayak simplemente. “Y vengo a encomendarte una pequeña tarea, yeerk.” Visser Uno intentó sacar pecho pero el esfuerzo pareció ser demasiado para él. Su cuerpo andalita era el de un guerrero experimentado, pero ningún guerrero de este planeta ni de ningún otro podría enfrentarse a mí. <¡Una pequeña tarea!> escupió. <¿Sois consciente de que lidero la invasión yeerk en la Tierra? ¿Que estoy a punto de dominar el planeta?> El ojo que era Crayak empezó a brillar tenebrosamente. “Soy consciente de todo. Soy consciente de que en un instante podría vaporizarte a ti y a esta roca insignificante a la que llamáis Tierra y que tanto te está constando conquistar.” Visser Uno no era ningún idiota. Al menos en lo que se refería a salvar su precioso pellejo. Hizo una pequeña reverencia con la cabeza. <Por supuesto, Crayak. Pido disculpas por mi arrogancia.> “Eso está mejor,” se creció Crayak. “Y ahora… volvamos a lo que importa. Visser Uno, deseo que pongas a prueba la fuerza de mi nueva creación. Tienes que luchar. A muerte. Si ganas, Visser, la Tierra te pertenecerá. Si gana mi criatura, tú y tu ejército de gusanos abandonaréis el planeta. De inmediato.” Sonreí con sorna. Mis dientes de metal relampaguearon. ¡Una lucha a muerte! ¡Sí! De nuevo, Visser Uno inclinó la cabeza <Con todos mis respetos, Crayak, yo…> “No tienes elección,” le interrumpió Crayak. “Así que será mejor que aceptes.” De pronto, Crayak volvía a estar en las gradas con el Drode a su lado, observándonos en el estadio. “¡Que empiece el juego!” declaró el Drode. Visser Uno me miró con sus cuatro ojos. A mí, el brutal gigante que era su oponente. Como si esperara que yo dijera algo. Que le diera una explicación, que hiciera que todo lo que estaba pasando en este estadio subterráneo, frío y húmedo, pareciera menos irracional. Menos macabro. Pero mi única respuesta fue sonreírle. Dejarle echar un vistazo a las filas de metalizados dientes de tiburón que me llenaban la boca. “Ahí tienes,” me dijo Crayak. “Por fin obtendrás lo que querías. Lucha tu propia batalla. Al final todo depende de ti. Nadie puede obligarte a que te retires o te rindas. No hay más reglas que las tuyas propias.” ¡No más reglas! Sentí como me hervía la sangre a través de mis poderosos muslos. [i]… la descarga de adrenalina ante el deseo de matar…[/i] Noté que la cabeza se me hinchaba. Imaginaba mis neuronas a punto de estallar. Oía el tormentoso latido de mi intrépido corazón. [i]… abalanzarse y destruir…[/i] No más reglas… [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 20:[/b] Visser Uno empezó a moverse en círculos. La inafame cola se curvaba por encima de su lomo, la cuchilla lista para atacar. Me concentré, procurando no descuidarme ni subestimar a mi enemigo. Pero también me sentía eufórica. Si ganaba –y había muchas posibilidades de que así fuera –Crayak obligaría a los yeerks a abandonar la Tierra. La guerra se terminaría. No más ataques de extraños alienígenas. No más desapariciones sin explicación. Y todo el mundo sabría quién había sido la responsable. Yo, Rachel. Ya no volvería a escuchar los comentarios sobre “Rachel, la Loca”. No tendría que soportar los sermones condescendientes de Jake a cerca de la necesidad de contenernos. Sobre esa parte oscura que habitaba en mí y que tanto miedo le daba a todo el mundo. Nadie me tacharía como a una matona agresiva con propensión a la violencia. Finalmente la gente sabría que lo que yo siempre había pretendido era salvar el planeta. Hacer las cosas bien y acabar con esto. ¡FWAP! ¡La cola de Visser Uno me alcanzó en las rodillas y me tiró al suelo! ¡Idiota! Había estado tan ocupada soñando despierta con mi gran victoria, que me había distraído. ¡La cola! Se dirigía hacia mi cuello, preparada para seccionar. Me quité de en medio. Increíble. ¡Desaparecí en una mancha borrosa! Los ojos móviles de Visser Uno giraban en todas direcciones, tratando desesperadamente de localizarme. Giré a su alrededor, sólo un borrón dando vueltas. Y entonces me detuve en seco. ¡Salté hacia él con mis garras sobrehumanas extendidas! Pero se lanzó fuera de mi camino. Inmadiatamente empezó a transformarse. Me abalancé sobre él y aprisioné su cuerpo con mis inmensas manazas. Me preparé para lanzarlo hacia la parte más alejada de la tribuna. “¡AAAAAAHHHHH!” ¡Lo dejé caer! Los brazos y el pecho me ardían como si los hubieran rociado con ácido. Porque, de hecho, me habían rociado con ácido. Visser Uno había completado su forma. No la reconocía, pero era monstruosa. Medía cinco, no, seis metros de alto. ¡Era casi tan grande como yo! Las manos y losbrazos le llegaban hasta el suelo, como a los gorilas. Su piel tenía un aspecto reptiliano, y segregaba o sudaba algún tipo de veneno ácido. Abrí la boca y el sonido que salió de ella fue tan estruendoso que hizo temblar las paredes. El dolor era inconcebible. ¡El ácido se abría camino devorando mi carne! Pero para cuando hube terminado de gritar, el dolor ya había desaparecido. ¡Mi piel se transformaba para suplir la necesidad inmediata! Me recubrí de placas gruesas y escamosas, como un caimán. ¡Caimán! En el momento en que la idea me cruzó por la cabeza, sentí como mi nariz crecía y crecía. Una fracción de segundo después caí hacia delante y aterricé sobre mis patas cortas y macizas de caimán. ¡Transformación instantánea! En menos de un segundo… ¡Era imposible! Cargué y cerré mi mandíbula de caimán sobre la pierna de Visser. ¡CRUNCH! Sentí como los huesos se partían. El ácido de su piel me inundaba la ganganta, pero a penas me hacía cosquillas. Un poco de salsa picante sobre una enorme y grasienta patata frita. Eso era. Sólo un poco de gustoso condimento. Pero entonces… ¡no! ¡De pronto mis mandíbulas perdieron su presa! Visser Uno volvía a transformarse, esta vez en algo gelatinoso. Su cuerpo, que se fundía y se licuaba, se me escapó de entre los dientes. Lo que fuera en lo que se había convertido empezaba a reagruparse en el suelo en una masa de mocos rojos agitándose. Me transformé en Super-Rachel de nuevo y me quedé mirando a la masa. ¿Y ahora qué? ¿Cómo luchas a muerte contra una papilla? A modo de prueba, acerqué el pie y la toqué con un dedo. La masa roja volvió a la vida, como si fuera una especie de lodo a hipervelocidad. Mi grito reverberó a través de la caverna. Y entonces sentí las arcadas. ¡Porque el lodo rojo me estaba entrando por la boca, las orejas y la nariz! Me arañé la cara con las manos. Me quitaba grumos de las mejillas y me los sacudía de entre los dedos. Pero no servía de nada. Seguía entrándome más. Desbordándose de mi cuerpo, invirtiendo la dirección para bajar entonces hacia abajo y volver arriba en seguida. ¡Un círculo vicioso! Estaba bajo el control de un monstruo de gelatina mocosa. Un espantoso lodo viviente dispuesto a ahogarme. No importaba lo alta que me hiciese, o lo fuerte que yo fuera. ¡No podía luchar contra esto! ¡Lo tenía por todas partes! Iba a perder. Era intolerable. Iba a perder contra un postre infantil. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Los oía reírse de mí. Al Drode. A Crayak. Y a David. Era intolerable. Tenía que transformarme. ¿Pero en qué? ¿En qué? ¿Qué criatura no tenía boca? ¿Ni nariz, ni orejas? ¿Qué ser podría defenderse de esta interminable corriente de barro líquido y letal? ¿De qué formas disponía? Aves. Peces. Mamíferos. ¡Nada que me sirviera de mucho! Necesitaba convertirme en planta. No tienen orificos. Necesitaba algo grande y hambriento y peligroso. Y de pronto, sentí que me derretía. Como la malvada bruja de El mago de Oz. O quizá me estaba secando como un árbol sediento de agua. ¿Me estaba muriendo? ¿Era así cómo se sentía la muerte? Mis dedos perdieron su tacto. El sensibilidad táctil humana simplemente había desaparecido. En su lugar mis dedos se volvieron gomosos y super flexibles. No los notaba adormecidos, pero sí inmunes al dolor y al placer. Mis pulmones dejaron de debatirse por respirar. ¡Mis piernas! Se estaban fusionando. Se trenzaban hasta la altura de mis caderas. Donde hasta hacía un momento habían estado mis pies, tenía ahora tentáculos. O parras o ramas… Entonces me di cuenta de lo que estaba pasando. No me estaba muriendo. Estaba renaciendo. ¡Me estaba transformando en un ser vivo que jamás había existido en este planeta! ¡Que había salido de mi imaginación! ¡Que yo misma había conjurado con la fuerza de mi voluntad! Me estaba convirtiendo en algo que no tenía nada que ver con mi banco de ADN. Mi propia creación: una bestia asesina con aspecto de planta. El moco rojo ya no suponía una amenaza. No podía ahogarme ni asfixiarme puesto que ya no necesitaba respirar. Pero sí tenía hambre. Y la masa rojiza parecía deliciosa. Bajé mi cabeza, que ahora era una gigantesca vaina de venas verdes. Se abrió como una flor y la enorme probóscide salió disparada. Era el órgano succionador de una mariposa gigante. La hundí en la masa y empecé a beber. La mucosidad intentó huír, sobresaltada y aterrada. Intentó arrastrarse al otro lado de la habitación. ¡La perseguí! Estaba decidida a comérmela. Lancé mi cabeza con forma de vaina. ¡Más cerca! ¡Ya casi! Y entonces la masa empezó a transformarse. Y en lo que me parecieron segundos, me encontré cara a cara de nuevo con el cuerpo andalita robado de Visser Uno. ¡Era demasiado tarde para retroceder! Arqueó la cola y blandió la cuchilla hacia mi cuello ribeteado de venas verdes. ¡WHAP! Sentí como mi cabeza caía y rodaba por el suelo. Visser Uno se echó a reír. Y entonces, de pronto, se calló. Sentía un cosquilleo en mi cuello. ¡Y en un segundo reapareció una segunda cabeza-vaina! Visser rugió enfurecido. Sin palabras, sólo un bramido de pura rabia. Intenté imaginarme mi aspecto como Super-Rachel. Más de seis metros de altura. Brazos como grúas. Dientes como trampas para osos. Inmediatamente me convertí en lo que había imaginado. Visser Uno se alejó galopando al otro extremo del estadio, apartándose de mi alcance inmediato. No pude evitar echar hacia atrás la cabeza y soltar una carcajada. Después me acerqué caminando lentamente hacia Visser. Cada paso era la descarga de un trueno. El temblor del derrumbe de un edificio. El estruendo de la colisión de dos coches. Esta vez, Visser ni siquiera intentó transformarse. Sabía que era inútil. Sabía que la batalla estaba perdida. <¡Esta no es una lucha justa!> le gritó a Crayak. <A esta criatura no se la puede derrotar.> Flexioné las manos. Vi que el Drode asentía hacia mí y me sonreía. Extendí mis crueles garras de acero y me preparé para poner punto y final a uno de los demonios más malévolos de este y otros planetas. <¡Crayak! Seguro que os dais cuenta de lo injusto que es esto.> Me invadió una oleada de placer oyendo suplicar a Visser Uno. Viéndolo acobardarse. El ojo de Crayak brilló más intensamente con su luz rojiza, aprobatorio. <¡No puede ser tu deseo que muera de esta forma!> gritó Visser. Me agaché y rodeé con mi mano –sólo me hacía falta una- el cuello de Visser. “Acábalo,” dijo Crayak con calma. No podía creerlo. Después de todo este tiempo, por fin lo tenía a mi merced. Con un leve apretón, pondría fin a Visser Uno, a los yeerks y a todo este triste episodio de la historia de la Tierra. Lo único que tenía que hacer era matarle. Nunca había sabido lo que era la verdadera euforia hasta ahora. ¿Qué no podría conseguir si me lo propusiera? No había especie en toda la galaxia capaz de derrotarme. ¡Era indestructible! Exterminaría a los yeerks. Traería la paz a todo el planeta. Y luego… luego… <¡Libérame!> suplicó Visser. Abrí la mano. Y la volví a cerrar alrededor de su cuello. Quería jugar un poco con él. <¡Libérame, Crayak! Obedeceré sus órdenes. Dadme los poderes que le habéis dado a esta criatura y haré vuestra voluntad, cualquiera que sea.> Sí que lo haría. Visser Uno sería capaz de cualquier cosa con tal de hacerse con el poder que yo tenía. Mataría. Destruiría. Y obedecería. Empecé a apretar. Los ojos de Visser, los cuatro, parecían salírsele de las órbitas. “Acábalo.” Crayak. “Ahora.” <Piedad,> rogó Visser Uno, luchando por respirar. Sus cascos pataleaban contra el suelo y retorcía su cola en vano. <¡Por favor!> Visser Uno obedecería. Igual que David. Igual que los matones de David. El ojo rojo brilló con furia. “¡Acábalo!” explotó Crayak. “¿A qué estás esperando? ¡Acábalo o volveré a transformarte en rata y lo perderás todo! ¿Me oyes? ¡Todo!” Cerré aún más mi presa sobre el cuello de Visser Uno. [i]Crayak podría utilizarte, Rachel.[/i] Y yo estaba preparada para hacer lo que él me pidiera. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[b]

[b]Capítulo 22:[/b] “Sí,” dijo Crayak. “Ejecútalo. Libera a la Tierra de su tiranía. Y luego…” Y luego… ¿qué? ¿Me siento a ver la tele? Una epifanía. Una revelación. La luz se encendió en mi cabeza. [i]Afróntalo, Rachel. El poder es como una droga. Y tú eres una adicta.[/i] ¿Alguna vez tendría suficiente? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que me convirtiera en un monstruo tan moralmente retorcido como lo era Visser Uno? Y hacer un trato con Crayak solo aceleraría la llegada del inevitable final. De pronto me vi a mí misma como realmente me vería el resto del mundo. Mi familia. Mis amigos. Los Animorphs. Los chee. Los hork-bajis libres. Cualquier persona decente de este planeta. La Super-Rachel no era hermosa ni agradable ni benevolente. No la honrarían y la respetarían. Era espantosa, violenta y brutal. Todos le tendrían miedo. La despreciarían y la odiarían. Sería un tirano más contra el que luchar, igual que Visser Uno. La Rachel de la oscuridad más profunda… “No.” Solté el cuello de Visser y retrocedí, horrorizada ante lo que había estado a punto de hacer. Visser cayó al suelo, jadeando e intentando aspirar algo de aire. Estaba demasiado aterrorizado y sorprendido como para moverse siquiera. Se quedó ahí tirado sobre el suelo húmedo, siguiendo con sus ojos cada una de mis exhalaciones. “¿¡Qué estás haciendo?!” tronó Crayak. “Soy de los buenos,” dije, sofocada. A mis propio oídos, mi voz sonaba como un eco irritante y ruidoso. Era la voz de una máquina a punto de extinguirse. “¡Eres una idiota!” me gritó Crayak. “Eres una cobarde. Eres débil, eres sentimental, infantil. Y lo peor de todo es que me has hecho perder el tiempo. He intentado ayudarte a liberarte de tus estúpidas emociones humanas, pero en su lugar eliges ser una esclava.” ¡WHOOSH! En un instante, la realidad volvió a cambiar. Visser Uno había desaparecido. El estadio había desaparecido. Y de nuevo éramos dos ratas en una prisión. David se echó a reír. “Lo sabía. ¡Lo sabía! Eso ha sido [i]genial[/i].” El enorme ojo rojo de Crayak me miraba desde la otra punta de la habitación. “Te lo he ofrecido todo porque pensaba que tenías potencial para ganar. Para liderar. Para gobernar.” “Eso es mentira,” le discutí.”Sólo querías utilizarme para matar a Jake.” “¿Y crees que el Ellimista permitiría algo así?” siseó Crayak. “¿No lo ves? Estamos intentando acabar con esta guerra, pero sólo un líder fuerte podría conseguirlo.” <Si realmente quisieras eso, podrías darle a Jake el poder para hacerlo. Pero no lo haces. Porque Jake es un verdadero líder, y tú lo sabes. Sabes que no podrías conseguir que siguiera tus normas. Sabes que no podrías controlarlo. Bueno, ¿pues sabes qué, Crayak? A mí tampoco puedes controlarme.> “Perderás la cabeza,” me amenazó Crayak. “Vivirás el resto de tus días como una rata y te volverás completamente loca.” ¡No soy ninguna matona! ¿A quién intentaba engañar? A la rata le invadió el pánico. Y a mí también. Eché a correr sin control alrededor de las paredes del cubo, una y otra vez. La rata no podía parar, ni yo tampoco. [b]Me preocupo por ti, Rachel.[/b] Desistí de luchar y me hundí en lo más profundo del cerebro de la rata. Dejé que me dominara. Porque no confiaba en mi propio cerebro. Temía haberme vuelto loca ya. ¿Esto era real? ¿Era un sueño? ¿Era una realidad manipulada? “Yo soy real. David es real. Tú eres real,” entonó la voz de Crayak. <¡Deja de leerme la mente!> “El tiempo es real,” continuaba su retahíla. “Y Cassie es real. Y David y su patético séquito son reales.” <¡Para! ¡Para!> “Y esta trampa es real. Y vas a convertirte en rata de verdad. De verdad y para siempre.” Me detuve, arrinconada en una esquina. Me derrumbé sobre el suelo. La luz del enorme ojo rojo de Crayak iluminaba toda la espantosa escena. Cassie en su caja, atrapada y derrotada. Mirándome con desesperación. Los dos matones, aterrorizados en una esquina de la caverna. Definitivamente sobrecogidos más allá de toda descripción. Intentando, inútilmente, esconderse del escudriño del resplandor rojo. David. Un bulto peludo y de nariz rosada a no más de medio metro de mí. Lentamente, la luz roja empezó a desvanecerse. Lentamente. Lentamente. Hasta que desapareció del todo. De pronto hacía frío. Fue como una bofetada. Como si la temperatura hubiera caído de noventa a treinta grados en cuestión de segundos. Cualquiera que fuera la energía que había creado la presencia de Crayak, se había ido con él. Y la alcantarilla volvió a sumirse en una oscura penumbra. Crayak y el Drode se habían esfumado. Desaparecieron en la inmensidad del universo, quizá para siempre. Y yo estaba sola. Con sólo dos minutos hasta quedarme atrapada en forma de rata para siempre. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Nadie iba a ayudarme. Eso lo tenía asumido. Nadie sabía a dónde había ido. Ni mi familia, ni Jake ni los demás. ¿Cómo iban a encontrarme? Si alguien iba a salvarnos a Cassie y a mí, esa iba a tener que ser yo. No la Super-Rachel. No la Rachel mejorada. Ni siquiera la Rachel humana. La única Rachel que quedaba era la rata. No tenía ningún poder. Ningún arma. Ni siquiera espacio para transformarme en algo útil. ¡Nada! David estaba disfrutando con mi derrota. Se burlaba de mí. <¡Lo has fastidiado! Has tenido una oportunidad única y lo has fastidiado a lo grande. Crayak confiaba en ti y le has fallado. Le has aburrido. Y ahora se ha largado. ¡Se ha largado!> [b]Me preocupo por ti, Rachel.[/b] <Ahora estás sola, Rachel. Solos tú y yo, Rachel y David. Pero no te preocupes, nos irá bien. Te enseñaré a sobrevivir. Aún tengo a mis dos secuaces. Ahora mismo se están meando en los pantalones, pero por el momento nos servirán. De hecho, Rachel, si jugamos bien nuestras cartas y nos esforzamos, podemos juntar dinero suficiente como para contratar algo más de músculo. Un par de tíos menos cobardicas que estos patéticos perdedores que están llorando en una esquina.> [i]No soy ninguna matona.[/i] Precisamente en ese momento se encendió una bombillita en mi pequeño cerebro de rata. Otra revelación, otra epifanía, una comprensión mística. Como decía David, los idiotas del Tatuaje y el Grasiento aún estaban encogidos en un rincón. Sin duda, intentando averiguar si ya era seguro salir de sus escondrijos. <¡Ey! El del tatuaje.> Se volvió hacia mí en estado de pánico. <Sí, tú. ¿Cuánto te paga?> le pregunté. <No contestes a eso,> le ordenó David. Los dos secuaces se miraron nerviosos. “Vámonos de aquí,” susurró demasiado alto el del pelo Grasiento. El del Tatuaje asintió. <¿Cuánto dice que ha robado?> continué. <¿Doscientos doce mil dólares? Eso os deja ciento seis mil dólares a cada uno.> Bingo. Ahora tenía su atención. Primero el del Tatuaje y luego el Grasiento se pusieron en pie y se acercaron lentamente al cubo. Mi miraban con interés. <Buen intento, Rachel,> se mofó David. <Sólo hay un pequeño problema. ¡Tengo el dinero escondido donde nadie más que yo pueda encontrarlo! Te tengo pillada, Rachel. Te tengo pillada. ¡Un minuto más y serás la reina de las ratas!> Eso no iba a pasar. <¿Os gusta trabajar aquí abajo en las alcantarillas?> le pregunté al Grasiento con voz poderosa y exigente. <¿Te gusta acatar órdenes de una rata parlante? ¿No preferirías tener el dinero directamente? ¿Todo el dinero? ¿Ahora , en lugar de después? Imaginaos lo que podríais hacer con ciento seis mil dólares cada uno.> <¡Cállate!> gritó David. <Cállate. No son muy listos y los estás confundiendo. ¡Y cuado se confunden se vuelven más codiciosos e idiotas de lo que ya son!> El Grasiento se sacó un arma de la chaqueta y apoyó el cañón contra el cristal. “Cállate tú,” le dijo a David. Luego se volvió hacia mí, “Tiene razón. No sabemos donde está el dinero y no podríamos encontrarlo.” ¡Qué emoción! Esto era mejor que cualquier poder que pudieran darme. Iba a salir de esta trampa y, mira por dónde, no iba a tener que usar la fuerza, ni el terror, ni el dolor. Sólo el cerebro. <Tenéis razón,> les respondí. Le eché un vistazo al reloj. Treinta segundos. Veintinueve. <Ningún humano encontraría el botín de David. ¿Pero qué hay de otra rata? Otra rata podría encontrarlo fácilmente. Como yo. Puedo seguir su olor. Puedo rastrearlo hasta donde quiera que haya estado.> <¿Qué quieres?> me preguntó el Grasiento. No era tan tonto, después de todo. <Quiero que me saquéis de esta caja. Sólo un segundo, ¿vale? Para no quedarme atrapada en forma de rata para siempre. Luego volveré a transformarme y os traeré el dinero.> Dieciocho segundos. Diecisiete. “¿Cómo sabemos que volverás?” me preguntó el del Tatuaje. Hice todo lo que pude para no gritar. Me obligué a mantener la calma, a hablar despacio, a sonar sincera. <Aún tenéis a Cassie de rehén.> <Es una trampa,> chillaba David. <¡Es una trampa, so idiotas! ¡No os lo traguéis!> Los dos matones miraron a David con desprecio. A veces ayuda lo de tener un corazón oscuro. Te ayuda a entender a los que son como tú. Sabía exactamente lo que estaban pensando los dos matones. Querían el dinero porque para ellos el dinero significaba poder. Suponía la liberación de tener que obedecer las órdenes de David, alguien a quien despreciaban y temían. Los dos querían estar al mando. ¿No es eso lo que queremos todos? Cinco segundos. Cuatro. <Tienes un segundo u os quedáis sin trato,> dije. El del Tatuaje apuntó con su pistola al candado de la caja y disparó. ¡BANG! Dos segundos. ¡Salté! Ya no tenía muelles en mis articulaciones, pero las patas de la rata eran lo suficientemente potentes. Me estaba transformando antes de que mi nariz tocara siquiera el borde la caja. ¡Boing! La tapa se abrió. Oí a David soltar chillidos de protesta cuando parte de mi cuerpo humano en formación –probablemente un pie- lo arrinconó en una esquina. Mis piernas se extendieron y mis diminutas garras formaron los dedos. De pronto -¡no podía respirar! El alargado hocico de la rata se retrajo hacia mi cráneo tapando mi cavidad nasal. ¡Swoosh! Sí, ¡mi nariz humana! Sentí un cosquilleo en la base de mi lomo. Y entonces, ¡pop! La cola de la rata se reconfiguró dando lugar a la columna vertebral humana. Los ojos también estaban cambiando, reorganizando frenéticamente mi sentido de la vista. Pero seguí mirando fijamente el reloj. ¡Clic! ¡No! El contador había llegado a cero. Estaba a media transformación. ¿Conseguiría completarla? Mis brazos eran diminutos, aún no se habían desarrollado del todo. Donde deberían estar los dedos aún tenía unas patitas recubiertas de pelo. Miré hacia abajo. Mis muslos aún se curvaban en unas patas de roedor gigante. Era una chica-rata. ¡Estaba atrapada en medio de una transformación! Oí a David riéndose. “¡Oh, Dios mío! Eres monstruosa. ¡Esto es incluso mejor de lo que esperaba!” Cerré los ojos. No dejaría que me pasara eso. ¡Ni hablar! Reuní todo ápice de la energía de transformación que me quedaba. Toda reserva de fuerza mental. Todo atisbo de concentración. Borré de mi mente cualquier otro pensamiento. Intenté desesperadamente apagar cualquier emoción. Pero algo se inmiscuía en mi camino. Algo terco y obstinado que no podía ignorar. Era el odio. La furia. ¡Lo intentaba! ¡Intentaba olvidarlo! Pero la verdad es que no quería que me dejara. Quería mi furia. Y quería mi odio. Eran la fuente de mi poder. Y entonces… milagrosamente… me incorporé y extendí mis brazos. Era Rachel. Había vuelto. Y, por un momento, fui realmente libre. [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Abrí los ojos. El tipo del tatuaje y el grasiento me estaban mirando con la boca abierta. Era difícil creer que algo pudiera seguir sorprendiéndolos a estas alturas. No después de haber visto a Crayak. Al Drode. De haber presenciado la mágica aparición del extraterrestre de pelo azul y los cuatro ojos. El del pelo grasiento se recuperó primero. Levantó el arma y me apuntó con ella. “Vale, chica. Ahora vuelve a transformarte en rata. Es hora de enseñarnos la pasta.” Asentí. “Vale. Si os parece bien voy a transformarme en algo con mejor sentido del olfato. Así encontraré el dinero más rápido.” Empecé a transformarme antes de que pudieran darme su permiso o preguntar algo. Sentí los familiares chasquidos, crujidos y estallidos mientras mi cara se desgarraba. La extensión del hocico. El crecimiento de mis hombros. “¡Ey!” oí gritar al chaval. Era el del tatuaje. “¿Qué está haciendo?” “Probablemente transformase en algo grande y terrorífico para poder atracar un banco,” le respondió el grasiento con solemnidad. Sí. Claro. En tus sueños, imbécil. En cuestión de segundos la transformación se había completado. Me levanté sobre mis patas traseras y avancé hacia ellos. “¿Qué está haciendo?” gritó el grasiento, retrocediento y apuntándome frenéticamente con la pistola. <¡Está a punto de desayunaros, pedazo de idiotas!> gritó David. Saltó del cubo, descendió por la pata de la mesa y se alejó corriendo. Mis débiles ojos de oso lo vieron desaparecer entre las sombras. “¡Ey! ¿A dónde vas?” gritó el grasiento echando a correr tras él. Me lancé con toda la fuerza y velocidad del oso pardo. ¡Chico, me encanta esta forma! Los dos tipos lucharon contra mí. Me golpeaban y me daban patadas. Era como matar mosquitos, como comerse un trozo de tarta. Tan sencillo que ni siquiera resultaba divertido. Sí, me dispararon. Pero no me acertaron ni de cerca. El pánico dificulta la puntería. Me eché sobre ellos. Literalmente. Les pasé por encima. Dimos un par de volteretas. Les quité las pistolas de las manos. Entonces los dejé levantarse, pero tampoco eso les resultó muy fácil. Cuando se hubieron puesto en pie, rugí. Eso fue todo lo que hizo falta. El tipo del tatuaje y el del pelo grasiento salieron corriendo y chillando como cerdos heridos. Subieron con mucho esfuerzo por la pared más alejada. Usaban piedras rotas y ladrillos como apoyo para las manos y los pies. Pretendían llegar a la tapa de la alcantarilla, a través de la cual podrían escapar hacia el mundo real. Donde contarían incoherencias en algún bar, o quizá en una esquina. La mayoría no creerían ni una palabra de lo que dijeran. Pero al final un controlador los oiría y lo entendería. Y los yeerks sabrían que en algún lugar ahí fuera había una rata que lo sabía todo sobre los Animorphs. Había que hacer algo. No hubo ningún efecto de sonido. Ningún ¡WHOOSH! Pero sentí que todo el optimismo y la euforia que me había embargado se evaporaban en la atmósfera. El estómago me daba vueltas. Había que hacer algo. Y era yo la que tenía que hacerlo. ¿No era así como había empezado todo? Corrí hacia el cubo en el que Cassie aún estaba prisionera. Hundí las garras en la cerradura y ésta saltó fácilmente. Abrí la tapa. Cassie se levantó con la cara húmeda de sudor. “¡Rachel! Transfórmate y salgamos de aquí,” dijo en seguida. “En cuanto esos dos empiecen a hablar, alguien bajará aquí a investigar. Tenemos que largarnos.” Asentí. <Lo sé. Pero ve tú, yo te alcanzaré en seguida.> Cassie puso su mano sobre mi enorme brazo. “¿Qué vas a hacer?” Miré a Cassie a los ojos. ¿Quería saberlo? ¿De verdad quería saberlo? No. No quería. Por eso era por lo que me había sentido tan furiosa. No sólo con Jake, sino con todos. Porque habían mantenido sus manos limpias. Fingían no saber que yo había hecho algo tan extremista como amenazar a David con matarle. A él y a sus padres. Y cuando David los había enfrentado con la verdad, mostraron su desaprobación. Me dieron la espalda. Me insinuaron que yo estaba desquiciada y fuera de control, no como ellos. Y entonces a Cassie se le ocurrió el plan para atrapar a David en esa forma. Pero sólo yo tuve el valor de cargarme con el peso de esas dos desgarradoras horas de miseria de David. ¿Por qué no había luchado contra ello? ¿Por qué no me había defendido contra sus acusaciones e insinuaciones sobre mi locura? Vale, me había enfrentado a Jake. ¿Pero realmente había cambiado algo entre nosotros desde entonces? ¿Aprobaba normalmente lo que yo hacía? No. Sólo los resultados. Necestiaba mis resultados. ¿Entonces por qué había estado cargando todo este tiempo con semejante culpa yo sola? ¿Por qué me había guardado para mí todo ese dolor? Miré a Cassie a la cara. Era un rostro dulce, pero también sabio. Y aún así… no sé… también resultaba extrañamente inocente. La había estado protegiendo. A todos. A Jake, Cassie, Tobias. Incluso a Marco y a Ax. Había contribuido a proteger su inocencia, dejándoles creer que eran los buenos. Era una relación simbiótica o codependiente o algo así. Ellos necesitaban que yo fuera la mala. Y yo necesitaba que ellos fueran los buenos. Verás, si ellos eran los buenos, y yo estaba en su equipo, eso me convertía automáticamente en una de ellos. Incluso aunque yo fuera un poco diferente. O al menos eso es lo que me decía a mí misma. Por supuesto, nada era tan simple. “¡Rachel! ¿Qué vas a hacer?” insistió ella. <Voy a por David.> Ella negó con la cabeza. “No. Deja que se vaya.” “Acudirá a los yeerks,” dije. “O los yeerks acudirán a él. En cualquier caso, les contará todo. Nos traicionará con la esperanza de hacer un trato, pero no funcionará. Los yeerks lo matarán. Y luego nos encontrarán. Así que antes de que eso pase, tengo que encontrar a David. Voy a devolverlo a la isla.” “No creo que vaya a funcionar esta vez,” dijo Cassie cautelosa. Sentí cómo toda la rabia volvía a bullir en mí. ¿Por qué me discutía? Sabía lo que tenía que hacer. ¿Por qué fingía que no lo entendía? ¿Para poder dormir por la noche? ¿Para poder decirse “Yo intenté detenerla, no es culpa mía”? ¿Para poder decirse “Yo no lo sabía”? La miré a los ojos. <Yo tampoco estoy segura de que vaya a funcionar, ¿pero quieres hacerlo tú?> Le cambió la cara. Abrió y cerró la boca y parpadeó apurada. “No sé,” susurró finalmente. <Ya lo suponía.> [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] Si salía de esta con vida, nunca volvería a usar mi forma de rata. Nunca. Olisqueé por la caverna hasta que capté el rastro de David. Seguí el olor hasta una tubería estrecha. La tubería estaba oxidada por dentro, lo que le daba más tracción a mis garras. Mis piececillos escarbaban al correr –era el sonido que perseguía a los culpables y repugnaba a los inocentes y los hacía estremecer. Pensé por un momento lo horriblemente cerca que había estado de quedarme atrapada para siempre en la forma de rata. Ese pensamiento hizo que me entraran arcadas. Sería devastador ver siempre a la gente retroceder solo con verme. Sería terrible vivir siempre entre las sombras. Espantoso, sentir el miedo constante a que te mataran o te devoraran. O a morir de hambre, lenta y doloramente. ¿Cómo lo había hecho David para sobrevivir? ¿Cómo lo había hecho? Intenté apartar esos pensamientos de mi cabeza. Ya le había dado demasiadas vueltas, y sabía que por ahí solo había una camino y era el de la locura. Me detuve un momento y escuché. Muy por encima de mí se oía otro juego de patitas. David. Teníamos que salir de la tubería. No podía derrotarle en forma de rata. Tendría que transformarme en humano o quizá en rata para someterle. Algo más grande y más fuerte. De pronto se hizo el silencio. Los frennéticos pasos se había detenido. ¿Habría salido David de la tubería? Olisqueé y doblé la velocidad. Corrí tubería arriba, tubería abajo, una curva, otra. Finalmente divisé algo brillante. La luz del sol. De pronto me di cuenta de lo mucho que necesitaba la luz y el aire. De cuánto necesitaba salir de esa sofocante oscuridad. Me lancé al exterior de la tubería. Y lo vi. A David. Estaba sentado sobre sus patas traseras, mirando el sol. Sus patitas se movían con gracilidad por el viento, ayudándole a mantener el equilibrio. Su nariz rosada olisqueaba agradecida y los bigotes le ondeaban en la brisa. Sabía que yo estaba ahí. <Es un mundo precioso,> dijo con voz grave. <Lo voy a echar de menos.> Esperé a que saliera corriendo. A que intentara escapar. Pero no lo hizo. Miré a mi alrederdor. ¿Estaban esperándole sus secuaces? ¿Me había conducido a una trampa? <No hay nadie más,> dijo. <Los matones se han ido.> <¿Entonces qué haces?> David se puso a cuatro patas y se volvió hacia mí. <Se ha terminado. Tú ganas.> Empecé a transformarme. Cuando volví a ser humana me puse de cuchillas y David se me acercó. Se sentó a mis pies. <Sin Crayak, sin ayuda, no puedo derrotarte, Rachel. Y estoy cansado de intentarlo. Pero no pienso volver,> dijo con voz rota. <Prefiero morir antes que volver a esa isla. Tendrás que matarme.> “No voy a hacer algo así,” dije. Intentó correr, pero lo cogí fácilmente. <Mátame,> me suplicó David. <Prefiero morir que seguir viviendo así. ¡Prefiero morir que volver a ese lugar!> “Vas a volver a la isla.” David se revolvió en mi mano, pero lo agarré con más fuerza. <No pienso volver,> gritó. <¡Mátame, Rachel! Si te queda algo de humanidad, por favor, mátame.> “Yo soy de los buenos,” pronuncié ahogada. Las lágrimas me nublaban la vista. <¡Entonces haz lo correcto!> David se debatió con más ahínco. Lo mantuve bien sujeto. Sabía que le estaba haciendo daño, pero si lo soltaba… “Prométeme que desaparecerás,” dije de pronto. “Prométeme que desaparecerás y…” David se echó a reír entre sollozos. <Crayak tenía razón, eres una idiota. No puedo volver a ser lo que era. ¡Tú ya lo sabes!> Levanté a David y lo miré a sus diminutos ojos oscuros. Algo húmedo le cayó en la cabeza. Mis lágrimas. Intenté limpiármelas, pero seguían cayendo. No quería matarlo. No quería devolverlo a la isla. A pesar de todo, sentía pena por él. Sentía pena por David y por mí. Por lo que la guerra nos había hecho a los dos. No era culpa de David que ahora fuera una rata, eso sería una locura. Él era aquello en lo que le habíamos convertido. Pero eso no lo hacía menos peligroso. No podíamos controlarlo. No podíamos confiar en él. Y si andara suelto podría destruír todo el planeta. Era una posibilidad. “No sé qué hacer,” susurré con un nudo en la garganta. <Yo no puedo ayudarte, Rachel.> Lo dejé con cuidado sobre el pavimento lleno de tierra. Hundí la cabeza entre los brazos y lloré. [b]Todo depende de ti… No hay más reglas que las que tú te pongas.[/b] Quizá saliera corriendo. Quizá desapareciera por cualquier agujero donde nunca podría encontrarle. [b]Tienes libre albedrío. Lo que hagas con él depende de ti.[/b] Quizá cuando levantara la cabeza ya no estaría ahí. Y ya no sería un problema para nosotros. Que Cassie lo buscara e hiciera algo al respecto. O Jake. O Marco, o Ax. ¡Cualquiera menos yo! [b]Todo depende de ti, Rachel.[/b] Lloré como una niña. No era la primera vez desde que había estallado la guerra. Demasiadas pérdidas. Demasiado dolor. Rezaba por oír el sonido de las patitas de la rata corriendo a toda prisa. [i]Por favor, vete[/i], pensaba. [i]Por favor. Vete. ¡Vete de aquí![/i] Pero cuando finalmente levanté la cabeza, vi a David a través de las lágrimas. Estaba sentado, esperando paciéntemente. No iba a huir. No iba a escoger el camino fácil. <Mátame,> dijo dulcemente. Me limpié la cara con la manga. “Soy de los buenos,” murmuré. En ese momento me sentí más exhausta de lo que me había sentido en toda mi vida. <Entonces haz lo correcto.> Miré a mi alrededor como una tonta. No había nadie que me dijera lo que tenía que hacer. Ni Crayak ni el Ellimista. Ni Cassie ni Jake Estaba sola con David. Mi enemigo estaba completamente a mi merced. Me vi a mí misma como en el fragmento de un espejo. Y vi lo que cualquiera que mirara el callejón desde el otro lado de la calle habría visto. Una chica sentada sobre sus rodillas a la luz del sol, mirando a una rata blanca. Resultaría difícil creer que todo el destino de la humanidad dependiera de esa chica. Una chica que quería hacer lo correcto. Pero que no tenía ni idea de lo que era… [b]©2000 K.A. Applegate 2011 de la traducción de Tara[/b]

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