# Crónicas elimistas (solo capítulo uno)

Capítulo 1:

Le llaman el Ellimista. Una existencia con la habilidad de alterar el espacio y el tiempo. Una existencia con un poder que nunca será completamente comprendido. El es la razón por la que Elfangor vino a la tierra. El es la razón por la que la tierra ahora tiene una oportunidad de luchar. Y aunque sus acciones nunca parezcan del todo correctas o equivocadas, puedes estar seguro de que nunca son, lo que nadie espera.

Este es el principio y la mitad de la historia. Una historia que necesita ser contada para entender lo que puede suceder en el futuro. El futuro de los Animorphs. El futuro de la humanidad. El futuro de la Tierra.
Le llaman el Ellimista. Y esta es su historia…

  Mi nombre completo es Nivel Azur, Siete Bastones, Extensión Dos, Bajo-Mensajero, Cuarenta y uno. Mi nombre elegido es Toomin. Me gusta el sonido de la palabra, es razón suficiente para un nombre elegido.

      Mi “nombre de juego” es Ellimista. Al igual que Toomin no significa nada en particular. Solo pensé que sonaba como el viento. Nunca se me ocurrió cuando elegí el nombre que podría seguirme durante tanto tiempo, y tan lejos.

      Los Pangabans eran una interesante raza bien adaptada a su inusual mundo. Vivian bajo un cielo eternamente gris y nublado. Nunca habían visto su propio sol con claridad, no tenían noción de las estrellas o los otros planetas. Era particularmente irónico puesto que su propio planeta era en realidad una luna que orbitaba un planeta mucho mas grande y bien situado para la vida.

      Si fueran bendecidos con alguna grieta ocasional en las nubes podrían volverse una raza muy diferente. Es difícil de imaginar que cualquier especie pueda haber vivido bajo un cielo totalmente cubierto en todo el planeta, sin nada extravagante, y no se pudiera obsesionar con aprender a viajar por el espacio.

      Pero los Pangabans no sabían nada de eso, nada que fuera más allá de su húmedo y oscuro mundo.

      Los Pangabans tenían seis patas, que es una configuración bastante común. Llevaban sus cabezas encima de sus cuerpos delgados y musculosos, que no eran más que una unión de las seis largas patas.

      Eran acuáticos. Sus pies eran largos, palmeados, y cóncavos, que les permitía caminar por encima del agua que cubría la mayor parte del planeta, a excepción de algunas húmedas islas. Se alimentaban soltando una especie de red desde su cuerpo hacia el agua y pescando plantas microscópicas y animales que había en abundancia.

      Eran inteligentes. No era una inteligencia de Ketran, quizás, pero eran conscientes de si mismos. Sabían quienes eran. Sabían que existían. Tenían un idioma. Una cultura, principalmente envuelta en increíbles danzas acuáticas, rituales alimenticios, y una religión centrada en la creencia de unos espíritus subacuáticos que les daban o privaban de comida.

      El análisis de ADN indicaba un potencial de desarrollo. El mundo Pangaban recibía una decente dosis de radiación, nada letal, pero lo suficiente para causar un respetable nivel de mutación. Y a pesar de su torpeza física y de los limitados recursos naturales de su planeta, creí que podrían llegar a un nivel de tecnología equivalente al, por ejemplo, al de la Confederación Illaman.

      Había un posible problema: el planeta principal alrededor del cual giraba el Pangaban se revolvió, fue poblado por una agresiva especie roedora de cuatro patas y dos manos llamada La Ola Gunja. La Ola Gunja eran criaturas primitivas, apenas conscientes de si mimas. Pero su ADN prometía, también. Y su agresividad les daría ventaja si nunca coincidían las dos razas.

      Igualmente, tenía una visión. Me acordé de mi amigo Nivel Azur, Nueve Bastones, Mástil Tres, Derecha-Mensajero, Doce. Su nombre elegido era Redfar. Su “nombre del juego” era Inidar.

      -Cogeré a los Pangabans, si eliges aceptar.

      -Encantado-, respondió. Subestimas el valor de la fuerza bruta. Eres un idealista, Ellimista.

      -¿Oh? Bueno, ven a mi yacija, dijo el dreth al chorkant.

      Inidar se rió. La risa me preocupó un poco. Parecía muy confiado. Pero no iba a mostrarle mis propias dudas. -¿Nos involucramos? -Era el ritual de desafió del juego.

      -Al otro lado,- Añadió Indar, aceptando el desafió.

      Comprobé mi posición en el mundo real, comprobé si había algún memmoe para mí que tuviera que compartir. No quería ser interrumpido. Entonces abrí la desviación y de repente me encontré dentro del juego.

      Flotaba sin cuerpo por encima del mundo Pangaban. Me deslizaba por una sopa de interminable gris-verdoso ahogado con plantas marinas y algas y anguilas serpenteantes que podían llegar a medir las tres millas. Rocé por encima de una de las mohosas islas, raspé uno de los agachados, enanos y desgraciados árboles y encontré una colonia de Pangabans.

      Los Pangabans estaban cantando a coro como siempre, pero también jugando a algo. Un juego que consistía en moverse despacio, mientras trazas círculos alrededor de una persona central. No era un juego complejo, realmente no en comparación al juego al que yo jugaba.

      Todavía tenía una corazonada. Sin duda una habilidad para concebir y ejecutar un juego era una buena señal en cualquier especie. Era un juego humilde, lento y claramente carente de objetivo, pero podía evolucionar. Los juegos han evolucionado en otros planetas, con otros pueblos. Mi propio pueblo, los Ketrans, eran sin duda el ejemplo preeminente.

      Me pregunté que haría Inidar con la Ola Gunja La esencia del juego era minimalista: hacer el mínimo necesario para conseguir el objetivo.

      Sabía esa última cosa. Sabía que tenía que hacer. Un solo, simple movimiento: tenía que partir las nubes y hacer que el cielo se volviese un 10% más claro cada día que pasase. Si lo había entendido bien, si mis instintos eran correctos, ese simple cambio en los parámetros podría empezar una revolución en los Pangabans.

      Reduje mi velocidad, floté, corregí la posición, plegué mis alas y aterricé en el agua, invisible a los solemnemente lentos Pangabasns.

      Me gustaba sentir la textura del juego. Me gustaba estar dentro del él. Solo ahí, solo con el aire alienígena en tus alas y la tierra bajo tus pies (o agua, en este caso), puedes conocer totalmente le lugar. Y el lugar viene integrado con las especies.

      Miré hacia arriba al cúmulo de grises nubes sin romper. No podía dejar entrar demasiada luz o el ecosistema entero se colapsaría, solo una pizca.

      Sentía una emoción de anticipación. Los Pangabans estaban al borde de una experiencia que ellos no podían ni imaginar. Sus ojos se abrirían por primera vez. Su universo extendería por un factor de un mil millones por ciento.

      Sonreí. Y le envié un memmoe al núcleo del juego: parte las nubes.

      Y las nubes se partieron.

      Era de noche. Las nubes se rasgaron, con una silenciosa y lenta rotura. Y encima de los Pangabans las estrellas aparecieron. Y en esa vista de oscuridad estrellada el planeta rodó, completamente verde y azul, con cicatrices naranjas.

      Lentamente, uno a uno, temerosos, los Pangaban hicieron algo que ninguno de su especie había echo antes: miraron hacia arriba.

      Miraron arriba y gimieron su gorgojearte llanto.

      Oí el memo de Indar en mi mente. – ¿Debemos acelerar?

      – Dispáralo- Respondí y envié un memmoe al núcleo del juego.

      ¡Un huracán! Un huracán de viento y agua y tierra y del mismo tiempo. Una huracanada locura de cambio. Este era el momento definitivo del juego. Habíamos echo nuestro cambios y ahora veíamos el tiempo rebobinando hacia delante.

      Separé los indicadores: Mutaciones del ADN, cambios climáticos, índice de tecnología, población. Por primera vez en doscientos mil años hubo un cambio muy pequeño. Entonces empecé a notar diferencias en el ADN en la forma y tamaño del cuerpo. Los Pangaban se estaban seleccionando para una vista mas lejana, visión en color, longitud del cuello.

      Y entonces, todos de golpe, problemas. El contador de algas caía como una piedra. ¡Imposible! Aumentar la luz solar como mínimo significaba un aumento inevitable en la flora. Pero era verdad, los mares se morían.

      Y entonces, mientas me mantenía impasible ante el huracán de cambio, la primera de las anguilas carnívoras emergió para atacar a los Pangabans. La población Pangaban fue diezmada en un flash de tiempo.

      La evolución del ADN empezó a venir al rescate de los Pangabans, fueron seleccionados por tamaño, encogiendo. Los pequeños eran más rápidos, capaces de evadir a las anguilas. Mas y mas pequeños hasta que los una vez enormes Pangabans eran escasamente mas grandes que un Ketran como yo.

      La amenaza de las anguilas había disminuido. Y ahora al fin llegaban las primeras fluctuaciones en el índice de tecnología. Los Pangabans habían aprendido a crear una herramienta. Un arma, por supuesto. Una simple lanza que podía usarse para dar la vuelta a la tortilla a las anguilas. Los primitivos pescadores se habían vuelto verdaderos predadores.

      Pasó otro millón de años y una especie muy diferente ahora cruzaba los mares del planeta armados con lanzas y arcos. Formaron jerarquías dominadas por quereros. Su cultura cambió sus bases para adorar a un dios-cielo que les había entregado el regalo de las armas.

      Sí, sí, funcionaba bastante bien Otro millón de años. Tal vez, dos, y aprenderían a ir mas allá de las armas, a…

      Y entonces, en un flash tan súbito que apenas fue un blip de tiempo, todos los índices se vaciaron. Los Pangabans habían desaparecido. Extintos.

      Maldije y oí el memmo de Indiar riéndose.

      Rebobiné y bajé la velocidad de la repetición. Ahí estaban: la Ola Gunja, seguían siendo roedores, pero ahora caminaban erectos, habían llegado a mundo Pangaban en una nave asombrosamente diestra y primitiva y rápidamente mataron y devoraron a los Pangaban. Los cazaron hasta la extinción y dejaron el planeta desprovisto de su única especie inteligente.

      -¿Convocamos al juego? – me ofreció Inidar.

      Suspiré

      -¿Cuál fue tu movimiento?

      -Oh, uno muy pequeño – dijo Inidar – He incrementado su nivel de reproducción en un porcentaje muy pequeño. Eso ha potenciado su agresividad natural. Y supuso que tu movimiento sería abrir los cielos Pangaban. Las presiones de un crecimiento de la población, un suministro limitado de comida, y la habilidad de ver la superficie de los Pangaban con claridad… mi Ola Gunja quería comerse a tus especies.

      -Sí, y lo hicieron, – dije. – Llamo el juego.

      -Tienes que evitar ser tan inocente, Ellimista. No son los buenos y justos los que prosperan. Solo los que están motivados.

      Sí, y tú te puedes ir a la superficie,- murmuré. – ¿Quedamos en las perchas para un vuelo libre?

      -Estoy aquí, Ellimista.

      Apagué el juego y abrí mis ojos al mundo real de mí alrededor.

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