Crónicas Hork-Bajires

Sinopsis:

La inolvidable historia de las feroces guerras Hork-Bajir anteriores a los Animorphs…

Dak Hamee es un Hork-Bajir único. Sus gentes le llaman “Adivino.” Aprende más rápida y completamente que el resto de su dócil raza. Los Hork-Bajir como él, sólo nacen una vez en cada generación.

Aldrea es una joven Andalita. Hija del tan mal considerado Príncipe Seerow. Sólo tras ser enviada junto con su familia al planeta de los Hork-Bajir comienza a combatir contra los Yeerks — y, con la ayuda de Dak, en el último momento descubre sus verdaderas intenciones.

Datos del libro:

Es el libro más alejado en la línea del tiempo de la saga. Narra la historia de la conquista Hork-Bajir desde dos puntos de vista: El de Aldrea, una joven Andalita, hija de Seerow, y el de Dak Hamee, un Adivino Hork-Bajir.

Pero no sólo se limita a eso, hay saltos en la historia que incluso nos narrarán el nacimiento del hijo de Jara y Ket y se nos presentará de una forma más clara todo el inicio de la historia y la aparición de muchos otros personajes.

Tiene 206 páginas de texto.

[b]Prólogo:[/b] Me llamo Tobias. No podía dormir. No me preguntéis porque, simplemente no podía. Así que volé. No había ninguna misión Animorphs planeada. Los otros no me necesitaban en ese momento. Así que aunque el sol se estaba poniendo, volé. Volé hacia las montañas. Hacia el valle secreto y escondido que el Ellimista me había mostrado. Incluso ahora tuve problemas encontrándolo. Incluso ahora que sabía exactamente donde estaba, incluso siendo un ratonero de cola roja con una visión muy superior a la de un humano. El Ellimista había ocultado el valle a los ojos humanos. ¿Cómo? ¿Quién sabe? El Ellimista podría ocultar el planeta Tierra entero si quería. Pero sabiendo donde estaba el valle, podía encontrarlo con algo de esfuerzo. Encontré la estrecha hendidura entre dos crestas de roca. No me dejé engañar por la manera como mis ojos se apartaban de la entrada, como si actuara algún magnetismo negativo. Volé mientras el sol caía y el aire se enfriaba y las corrientes debajo de mis alas extendidas empezaban a fallar. Tenía que aletear más fuerte para no perder altura. Estúpido, realmente. Ahora tendría que pasar la noche en el valle. Entonces, debajo de mí, vi una imagen que me hizo estar contento de haber ido. Una extraña criatura no parecida a nada que haya nacido en la tierra. Medía un metro y medio. Tenía afiladas cuchillas en los tobillos, muñecas, rodillas y codos. Dos largos cuernos doblados hacia delante le salían de la cabeza. Tenía una cola que acababa en púas de Stegosaurus. Un joven Hork-Bajir. Un joven Hork Bajir libre. Estaba balanceándose, yendo de árbol en árbol como un mono o una ardilla. Corriendo por las ramas de los árboles, pero corriendo feliz, no asustado. Yo había tenido una pequeña parte en el plan del Ellimista para crear una colonia de Hork-Bajirs libres. No que el Ellimista interfiera en la vida de otras especies. O eso dice él. Claaro. En cualquier caso, los otros Animorphs y yo habíamos jugado un papel ayudando a escapar a dos Hork-Bajir y trayéndolos hasta aquí. Jara Hamee y Ket Halpak. Como todos los Hork-Bajir, habían sido infestados por los yeerks. Habían sido esclavos de los yeerks. De algún modo habían escapado. No me preguntéis como. Preguntádselo al tío que no interfiere en la vida de otras especies. Habían tenido un bebé. Era él… o ella… el que daba saltos debajo mía. Todavía no era muy bueno diferenciándolos. Los Hork-Bajir no viven tanto como los humanos. Así que crecen más rápido. Aceleré y adelanté al niño Hork Bajir. Encontré el grupo de cuevas, seis u ocho, todas juntas, donde habíamos supuesto que vivían los Hork Bajir. Pero para mi sorpresa ahora podía ver que las cuevas estaban sin usar. Los adultos estaban en los árboles. Pero no solo Jara Hamee o Ket Halpak: había una docena o más de Hork Bajir allí en ese momento. Todos libres. Muchos empezando a formar familias. Me di cuenta de que no me había dirigido accidentalmente al valle escondido de los Hork-Bajir. Había sido deliberadamente, incluso siendo inconsciente. Había estado sintiéndome un poco bajo de ánimos. Pero ahora, viendo la frágil comunidad de los Hork-Bajir libres… bueno, ¿Como puedes ver la libertad reemplazando a la esclavitud y no sentirte bien? Aquellos Hork-Bajir habían sido la tropa de choque del Imperio Yeerk contra su voluntad. Ahora estaban fundando familias, cortando cuidadosamente la corteza de los árboles, haciendo un fuego cerca de las entradas de la cueva. Me incliné hacia abajo a través de las ramas de un enorme olmo. Jara Hamee estaba en las ramas más altas. <Hola, Jara> dije Él me saludó con la mano y sonrió. O lo que era una sonrisa para un Hork Bajir. La verdad es que es una expresión que te haría salir corriendo y gritando “¡Mamá!” si no supieras lo que es. El trabajo del día había acabado para los Hork-Bajirs. Me invitaron al borde del fuego mientras la noche caía en el valle y las estrellas aparecían. Como cualquier pájaro salvaje, me asusta un poco el fuego. Pero encontré un sitio confortable en un tronco caído. Lo bastante cerca para disfrutar de la luz, lo bastante lejos para no sentir demasiado calor. Fui bienvenido como más que un amigo. Los Hork-Bajir creían que yo era el que los había liberado. Los Hork-Bajir son criaturas simples. No exactamente los genios de la galaxia, supongo. Hablar con Jara Hamee puede ser como hablarle a un niño de cuatro años. Pero son criaturas decentes y dulces. Casi tímidas, a pesar de su apariencia de pesadilla. -¿Comes corteza? Corteza buena.-dijo Jara Hamee, ofreciéndome un trozo. <No, gracias> dije <No quiero que os quedéis despiertos por mi si ibais a dormir> -¿Dormir?-dijo Ket Halpak.-No dormir. Contar historia. Odié incluso pensar como sería una historia Hork Bajir. Enfrentémoslo, dulces o no, los Hork Bajir no son grandes habladores. <¿Qué historias contáis vosotros?>pregunté, encogiéndome un poco ante las posibilidades. Me sentía como si le estuviera pidiendo a mi bisabuela que me hablara de su infancia, ¿me entendéis? El resultado no iba a ser precisamente Party of Five. -Historia de Padre Océano. Historia de Madre Cielo.-sugirió Ket Halpak. -Historia de Jubba-Jubba-dijo otro Hork Bajir. Pero Jara Hamee me miró sonriendo. Bueno, otra vez, con lo que pasaba por una sonrisa. Historia de yeerks y de andalitas.-dijo.-Historia de guerra. Aquello captó mi interés. Los otros asintieron. -Mi padre-padre era un vidente.-dijo Jara Hamee.-Diferente. No como los otros Hork Bajir. No como Jara Hamee o Ket Halpak. Como… como Tobias. Veía lejos. Sabía mucho. Padre- padre aprendió la historia de andalitas. Aprendió la historia de yeerks. Le dio la historia al padre de Jara Hamee. El padre de Jara Hamee le dio la historia a Jara Hamee. <Me gustaría oír la historia de la guerra Hork Bajir con los yeerks.>dije No se lo que esperaba. Creo que esperaba que Jara dijera algo como “Yeerks vinieron. Malos. Luchamos. Yeerks ganaron. Nosotros perdimos.” Pero no fue así. Jara Hamee cerró los ojos y empezó a balancearse adelante y atrás. Una extraña gárgola, naranja brillante y sombras oscuras a la luz del fuego. Se balanceó varios minutos mientras todos esperábamos pacientemente. Y entonces empezó su historia. Era en el lenguaje rudo, simple y limitado de los Hork Bajir. Una mezcla de inglés y Hork Bajir y lenguajes que solo podía intentar intuir. Era difícil de seguirlo al principio. Pero sentí como tras unos minutos las palabras se metían en mi cerebro de algún modo. Ya no oía solo las palabras guturales, podía oír las palabras originales como fueron dichas por el padre-padre de Jara Hamee. Y los otros que habían tomado parte en la historia. Una andalita hembra llamada Aldrea. Un yeerk llamado Esplin. El Hork Bajir vidente, Dak Hamee. Quizás era la luz del fuego, o la manera en que Jara se balanceaba atrás y adelante como un trance. Pero pronto me olvidé de donde estaba. Estaba muy lejos de allí. Muy, muy lejos. Me acomodé en mi rama, ahuequé mis plumas para protegerme contra el frío, y escuché. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Tam Álor[/b]

[b]Capítulo 1:[/b] Fecha andalita: año 8561.2 Fecha yeerk: generación 685, medio ciclo. Fecha hork-bajir: empieza el periodo caliente. Fecha terrestre: 1966 Me llamo Aldrea-Iskillion-Falan. Soy una andalita. En esa época, nadie sabría nada acerca de mi persona. Pero todo cambió más tarde. Mi nombre se hizo objeto de burla entre mi pueblo. Y más tarde todavía, en un término insultante. Paro cuando esta historia comenzó, yo era solamente una joven hembra. Solamente Aldrea. No era todavía esa Aldrea. No comprendía exactamente que pasaba en el mundo. Captaba los gritos y los juramentos emitidos en voz telepática a mi alrededor. Solamente sabia que algo terrible había ocurrido. Entonces ví al joven y vigoroso guerrero andalita que había forzado la entrada en casa de su príncipe muy enfadado. Mucho mas que enfadado. Estaba fuera de él. Se llamaba Alloran-Semitur-Corrass. Iba a jugar un papel en mi vida mas importante de lo que sabía, pero estaba loco por la rabia. <Sí, la información ha sido confirmada. Sí, príncipe Seerow, llegó. Le previne.> El guerrero andalita se paseaba arriba y abajo, y golpear su cola contra el suelo con impaciencia. Estaba loco por la rabia y lleno de amargura. <Sabes que eso no es posible –dijo despacio el otro Andalita. Me lo prometieron. Me concedieron su palabra. Ellos…> <Tengo registros visuales.> cortó a Alloran. Abrió la mano, que contenía un pequeño cilindro. Un registrador holográfico. Dio una orden: <Lectura> Un imagen en tres dimensiones apareció bajo nuestros ojos. Era sombría y vaga. Pero veíamos Gedds avanzar saltando, de manera torpe. Estaban armados. De cuchillos. De porras. De maquinas primitivas. Pero uno de ellos tenía un objeto más peligroso: una pistola de rayos shredder andalita. Aun lejos, detrás de los Gedds, percibíamos a cuatro guerreros andalitas. Bromeaban y paseaban. Soldados destinados a tareas fastidiosas, poco interesantes, que mataban el tiempo como podían. Uno de Andalitas reparó en los Gedds que se acercaban. < ¡Alto ahí!> gritó. Los Gedds continuaron progresando. El que tenía shredder lo escondía detrás de su espalda. <¡Paraos allí, Yeerks! Ustedes no tienen permiso para acercarse a las naves.> Escudriñé el holograma con aire escéptico. Sí, distinguía una nave de combate andalita. No veía otras naves ni otros guerreros. <¡Dije que os paréis allí!> repitió al guerrero andalita. < Recibimos la orden de evitar los incidentes –añadió otro Andalita.- ¿Olvidas que estos parásitos son nuestros hermanos?> Dijo esto con una sonrisa despectiva. Los Gedds se acercaron. <Me da igual que tenga órdenes o no, estas babosas innobles no tocarán mi nave.> Luego, como a cámara lenta, vi al Gedd blandir su shredder. ¡ Tssss! ¡ Tssss! Hasta en el holograma, la luz era deslumbrante. Dos guerreros andalitas fueron carbonizados. Los otros dos guerreros desenvainaron su arma y comenzaron a blandir su cola, pero era demasiado tarde. Una horda de Gedds lanzo sobre ellos, quitándoles las armas. El holograma vaciló. El príncipe Seerow se hundió. Sus cuatro patas no eran capaces de sostenerlo después de esa terrible revelación. El príncipe Seerow, el que iba a convertirse en la mayor risa de nuestro planeta. Era mi padre. <¿Te dieron su palabra?> Alloran casi había gritado. <¿Su palabra? Son parásitos. Yeerks, se introducen en los cuerpos de otras especies. ¿Qué esperabas de ellos?> <Hasta la fecha jamás han atacado a otra especie inteligente. En el estado natural, los Gedds tienen un nivel de conciencia muy débil –sostuvo el príncipe Seerow.- No quiere decir que los Yeerks sean malos. Los Gedds y ellos son complementarios. Tienen…> Alloran se acercó a mi padre. <Escucha, mi príncipe.> Pronunció la palabra “príncipe” con tono sarcástico. <Unos cuatrocientos Gedds han atacado nuestra base terrestre la última noche. Destrozaron a la veintena de guerreros andalitas que estaban de guardia. La veintena de guerreros que habían recibido de la orden de “no” atacar a los gedds.> < Jamás habían representado una amenaza hasta ahora –dijo príncipe Seerow- Los Yeerks, incluso los que infestan a huéspedes gedds, son inofensivos. No quería que nuestros guerreros les hirieran por casualidad…> <Estos cuatrocientos inofensivos Gedds – o debería decir Yeerks, porque todos ellos estaban sin excepción bajo el control de los Yeerks – masacraron a mis guerreros> cortó Alloran. Mi padre apartó sus ojos principales y sus tentáculos oculares. No se atrevía a mirar a Alloran de frente. <Masacrados, príncipe Seerow –repitió Alloran. -¿Quieres ver los hologramas? Y estas, son las imágenes mas dulces. Tengo las otras. ¿Le gustaría ver lo que hicieron con los cuerpos sin vida de mis guerreros?> Ahora, había otra cosa aparte de cólera en el tono de Alloran. Sentía su dolor. Y su culpabilidad. La culpabilidad de haber sobrevivido, mientras sus amigos habían sido exterminados. No sé por qué, pero lo comprendía perfectamente. Era muy joven. Tan joven que ninguno de los adultos reunidos se inquietaba por mi presencia y por mis indiscretas orejas. Pero, aun siendo muy joven, tenía una imaginación muy viva. Por eso llegaban a mi mente imágenes claras de Alloran tratando de salvar los cadáveres… Me estremecí. La escena había debido ser terrible. Y me estremecí por otra razón también: a pesar de mi temprana edad, sabía que mi padre iba a ser culpado responsable. <Esos cuatrocientos Gedds masacraron a mis guerreros –repitió a Alloran, invadido de nuevo por la cólera- Después se apoderaron de cuatro naves de combate y dos naves de transporte estacionadas en tierra en aquel momento.> <¿No pudimos interceptarlos en órbita?> -preguntó mi padre. < No. No estaban listos para seguirlos. Mis guerreros murieron antes de tener tiempo de pedir auxilio o de dar la voz de alerta.> < Pero en fin, cuatro naves de combate y dos transportistas lentas… Nuestras fuerzas armadas no deberían tener ningún problema para cogerlos.> <¿Cogerlos? Se desvanecieron en el espacio cero –replicó Alloran- Cuatrocientos Gedds infestados por Yeerks, en posesión de naves de combate armadas con lanzaderas de rayos shredder .> Dos jóvenes guerreros Andalitas entraron precipitadamente. Nos encontrábamos en uno de los refugios que nos vimos forzados a utilizar mientras estábamos en el planeta. Había grandes ventanas, de acuerdo, pero era, a pesar de todo un espacio cerrado y, como todos los demás Andalitas, no me gustaba eso. Una fea cicatriz rayaba el costado de uno de los guerreros. Sin duda había sido asistido hace poco, todavía era reciente fresca. <Príncipe Seerow –dijo- Los satélites orbitales indican que ambos transportistas no salieron directamente al espacio cero. Primero aterrizaron en otra parte del planeta.> Alloran saltó sobre el joven guerrero. <¿Y aterrizaron en tierra?> <Si, parece ser que si, se quedaron sólo una hora en tierra. Luego se elevaron de nuevo sobre la órbita y salieron disparados al espacio cero.> <Príncipe Seerow –dijo el otro guerrero- debe saber que aterrizaron justo al lado del inmenso estanque yeerk. Aparentemente embarcaron a un gran número de Yeerks antes de irse de nuevo.> <¿Un gran número? ¿Estimación?> pidió mi padre tenebrosamente. < Según los cálculos del ordenador, si la operación estaba planificada y coordinada correctamente, debieron conseguir embarcar a doscientos mil Yeerks.> <¿Doscientos mil? –resoplo mi padre.- Pero los jefes yeerks… Son mis amigos. ¡No pueden estar al tanto! Es imposible que el Consejo de los Trece hubiera permitido este ataque. Seguramente se trate de una rebelión, de un grupo de descontentos.> <Pobre imbécil>, le soltó Alloran. Mi padre sobresaltado como si Alloran acabe de darle un golpe de cola. ¡Eso no era posible! ¡Un guerrero modesto tratando a un príncipe de imbécil! <Pobre imbécil –repitió Alloran- Tú eres quien les ha estado ayudando. Los formaste. Les mostraste el universo. Les mostraste todo lo que no podían tener quedándose aquí, en su planeta. Hasta les abasteciste de Kandronas portátiles, luego no les prohibiste nada, les ofreciste la libertad.> <Los yeerks son unas criaturas inteligentes y sensibles. Tienen derecho a elevarse al nivel de otras razas sensibles. Tienen derecho a…> <Doscientos mil parásitos extremadamente inteligentes, crueles y determinados acaban de ser liberado en la galaxia –le cortó Alloran- En posesión de seis naves andalitas. ¿Cuánto tiempo les hará falta para aprender a construir sus propias maquinas? ¿Cuánto tiempo antes de que se conviertan en una plaga de verdad? ¿Cuánto tiempo falta antes de que descubran una raza más útil que los Gedds, otros individuos para infestar, que podrán convertirse en sus fuerzas de choque? Hay unos millares de planetas habitados sólo en este cuadrante de la galaxia.> Alloran asestó sus dos pares de ojos sobre mi padre. <Príncipe Seerow, queda relevado de sus funciones.> <¡Tú no puedes destituirme!> protestó mi padre. < Cuando un jefe se vuelve incapaz de asumir sus funciones por causa de herida o por causa de deficiencia mental, sus subordinados pueden destituirle>, recitó a Alloran, poniendo cara seria al recitar el código de memoria. <¿De que deficiencia mental hablas?> pidió mi padre. < La imbecilidad –dijo Alloran con dureza- La imbecilidad de la bondad. La caridad hacia nuestros enemigos potenciales. Eres un idiota, Seerow. Un idiota débil y sentimental, lleno de buenas intenciones. Hoy, mis hombres murieron y los Yeerks están en alguna parte de la galaxia. ¿Cuántos individuos serán sacrificados antes de que podamos dominar esta epidemia? ¿Cuántos inocentes van a pagar con sus vida la bondad de Seerow?> La bondad de Seerow. En aquel momento, me alegre de mi infancia, yo lo entendía. Alguien acababa de escribir el epitafio de mi padre. No podía seguir allí sin hacer nada. Me fui corriendo, sin que los adultos me observasen. Salí hacia el crepúsculo yeerk. El cielo cubierto de verde y de color amarillo se ensombrecía. La aspereza del aire me irritó la garganta. Pronto llegaría la lluvia de la tarde, la lluvia ácida que pronto empezaría a caer y debería regresar al refugio. Íbamos a dejar pronto ese planeta. Lo sabía. Vi a algunos guerreros instalar un perímetro de protección alrededor del pequeño cercado. Centro de paz y de cooperación entre Andalitas y Yeerks. Así es como habíamos bautizado el lugar. Y ahora, el silbido de la carga de los rayos shredder ocupaba la zona. Gire mis antenas oculares hacia el Estanque yeerk. Los Yeerks le llamaban Sulp Niaar. Parecía lleno de plomo derretido. Había ido al planeta yeerk con mi padre y mi madre. Todo esto para demostrar que Yeerks que Andalitas buscaban sinceramente la paz y la amistad. Pero jamás me había gustado ese planeta. Jamás me habían gustado los Yeerks. Y ahora, habían quebrantado los sueños de mi padre. La bondad de Seerow. Por amor a la paz, mi padre había liberado el demonio de la guerra en una galaxia que no estaba preparada. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Lender[/b]

[b]Capítulo 2:[/b] Fecha Andalita: año 8563,5 Fecha Yeerk: Generación 686, Ciclo Temprano Fecha Hork-Bajir: fin del periodo frio. Fecha terrestre: 1968 Soy la hija del Príncipe Seerow. Mis amigos me toman el pelo a veces: me llaman “La maldad de Seerow”. Veréis, no soy como la mayoría de las hembras. No me contento con dedicarme a las ciencias y al arte, las ocupaciones tradicionales de las hembras. No quiero hacer teorías del Espacio Cero o ser una diseñadora de parques o un artista de nubes. Quiero ser una guerrera. Quiero luchar contra los yeerks. Ya sé lo que dice todo el mundo: las hembras no han nacido para ser guerreras. Tenemos la hoja de la cola más pequeña, más parecida a un bisturí que la gran guadaña que tienen nuestros hermanos. Pero la lucha de colas no lo es todo. No en una guerra moderna, donde se lucha con lasers y explosivos de dispersión iónica lanzados desde nuestras naves más modernas. La guerra contra los yeerks no va a ser una lucha de colas. Además, con la reciente invención de la tecnología de transformación, podemos luchar usando cualquier número de cuerpos físicos. Y muchos estudios han demostrado que las hembras son superiores a la hora de transformarse. Nadie me escucha. Ni mi propia madre. Ni siquiera mi padre. Por supuesto que mi padre ya no escucha casi nada. Tan sólo hace cualquier pequeño, insignificante y humillante trabajo que le manden. Hace lo que le dicen. Por esa razón estábamos entrando en la órbita de un planeta irrelevante del que nadie se preocupaba. Era un exilio, más o menos. Mi padre estaba siendo enviado donde no pudiera hacer daño. <Transparente> le dije al ordenador. El ojo de buey que daba al exterior de mi cuarto pasó de un gris claro a transparente. Fuera podía ver el negro espacio salpicado de estrellas. Pero llenando la mitad de mi visión estaba el planeta. Nuestra nueva casa. En su mayor parte parecía más una luna muerta que un planeta vivo. Mucha parte de la superficie era roca gris oscuro, estéril. Sabía por nuestras instrucciones que sólo había una atmósfera muy pobre. Era un sitio frío. Amargamente frío. Con un aire tan escaso que un andalita podía esperar ahogarse y morir en unos treinta minutos. Pero alrededor del ecuador del planeta se veía una extraña visión: enormes y profundas hendiduras, entretejidas, interconectadas. Parecía como si alguien hubiera pisado el planeta, aplastándolo como un melón Ooka hasta que los lados se hubieran rajado. De hecho, eso era exactamente lo que había pasado. Millones de años atrás, un enorme asteroide había golpeado el polo norte del planeta. El impacto había roto la corteza, especialmente alrededor del ecuador. Había abierto grandes valles que se hundían hondos, muy hondos en la superficie del planeta. Valles con paredes abruptas y rugosas. Tenían unos setenta y cinco kilómetros de profundidad y una atmósfera rica en oxígeno y nitrógeno. Los muros de los valles eran verdes. El fondo de los valles eran de un venenoso y siniestro azul. Nuestros sensores no penetraban en aquella niebla azulada. Mientras nos deslizábamos cruzando la línea de noche-día hacia la oscuridad, pude ver que el azul brillaba. Mire hacia el planeta durante un largo tiempo. Hasta que finalmente alguien mandó a mi hermano a buscarme. La puerta de mi camarote pitó. <Sí, entra>dije. Y al ordenador añadí <opaco>. El muro se volvió gris otra vez. Mi hermano metió la parte superior de su cuerpo dentro. <¿Qué estás haciendo? ¡Vamos! ¿No has oído el anuncio? La nave de superficie nos espera. ¡Muévete, muévete!> <Ya voy, Barafin, ya voy>dije pesadamente. <¿Has mirado el planeta?>me preguntó Barafin <Raro, ¿no?> <Es un sitio poco usual.>estuve de acuerdo.<Pero creo que estaremos bien. Madre y Padre nos cuidarán. No será tan malo.> <Todos mis amigos están a doscientos años luz de aquí> dijo Barafin <Seremos los únicos Andalitas del planeta.> <Estaremos bien>dije. <Sí, seguro que si el planeta fuera peligroso no hubieran enviado a Padre> Debería haberle dicho que dejara de hablar así. Pero no lo hice. Tenía razón. Barafin casi no hablaba con mi padre. Había recibido muchas bromas de los otros chicos de la escuela. Yo también, pero creo que le habían afectado más a él. Dije adiós al pequeño cuarto que había sido mi hogar en los dos meses de viaje desde el mundo natal Andalita hasta este planeta en ninguna parte. Ya tenía casi empaquetadas mis pocas cosas personales. Mi holograma de nuestra casa allí en nuestro mundo, la muñeca Pakka que mi madre me había regalado cuando era una niña, la flor de los deseos que había cogido cuando esperábamos tener a Barafin. Un malhumorado piloto nos llevó a la superficie. Descendimos a través de la delgada atmósfera, pasamos las estériles extensiones grises, y nos dejamos caer en uno de los enormes valles. La vista por las ventanas del trasbordador era asombrosa. Un segundo antes podríamos haber estado sobrevolando la superficie de un gran asteroide; al siguiente, estábamos rodeados de árboles. El tamaño del valle desafiaba cualquier descripción. No había nada que ni siquiera se le acercara en nuestro mundo ni en el de los yeerks. La vegetación era esparcida y rala por la parte de arriba del valle, donde había menos aire. Mientras descendíamos, kilómetro tras kilómetro, los árboles crecieron más y más, las plantas se hicieron más frondosas. Apretándome contra la ventana para mirar hacia abajo, vi como la espesura dejaba lugar a misteriosas plantas con colores salvajes, cerca del venenoso color azul del suelo del valle. Allí abajo, las cosas se volvían borrosas y confusas mientras la atmósfera se oscurecía hasta el punto de volverse opaca. Nos dirigíamos a aterrizar en un claro entre los árboles. Debíamos estar a unos cincuenta kilómetros por debajo del borde del vale. Y otros veinticinco o treinta por encima del burbujeante y vaporoso azul. Pensaba que ya debíamos estar casi abajo, pero entonces me di cuenta de que mi perspectiva estaba distorsionada. Los árboles, que yo había esperado que fueran de un tamaño normal, eran enormes. El más pequeño debía tener unos sesenta metros de alto. El más grande era casi diez veces más alto. Seiscientos metros de árbol! Con unos troncos de casi treinta metros de diámetro. Las paredes del calle eran la mayoría muy abruptas. A menudo no había más de una docena de metros entre pared y uno de esos magníficos árboles. Las ramas se extendían desde el tronco hasta el borde del suelo rajado. Pero en otras direcciones, hacia el valle, las ramas se extendían unas distancias de locura. <Estos árboles van en serio> comentó Barafin <Los árboles más grandes descubiertos en cualquier planeta> dijo nuestra madre con los ojos brillantes. Es bióloga. Para ella esto era genial: un planeta casi todo inexplorado lleno de animales y plantas sin clasificar. Sabía que lo sentía por mi padre, pero a la vez, aquello era como el paraíso para ella. Aterrizamos en el pequeño claro. No más de unos cien metros de hierba, muy poco plano. Cuatro miembros de la tripulación empezaron a descargar nuestros suministros y equipo. Y yo pise por primera vez el planeta que se llamaba simplemente Sector 5, GR-21578-4 GR quiere decir Gigante Roja. Ese era el tipo de sol en el centro de aquel sistema. El cuatro del final quería decir que era el cuarto planeta contando desde el sol. <Pensé que había especies conscientes en este planeta> dije mientras daba unos pasos cautelosos por la hierba que aún no había probado. <No he visto ningún signo de ellos mientras bajábamos> <No son constructores de ciudades ni de carreteras> dijo mi padre, intentando sonar animado. <Son bastante primitivos, según los datos de los robots sonda. Su apariencia puede dar miedo, pero son inofensivos, gentiles herbívoros. No especialmente brillantes, me temo.>añadió. <No tienen cultura de la que hablar. No tienen lenguaje escrito. Nada de música, por lo que sabemos. No construyen demasiado, si es que lo hacen algo. Y tecnológicamente son el equivalente a una civilización primaria.> <¿Y porqué estamos aquí?>gruñó Barafin, girando sus ojos accesorios hacia arriba para intentar abarcar la monstruosa altura del árbol más cercano. <Estamos aquí para establecer contacto con la población y asegurarnos de que los yeerks no se están movilizando contra esta gente>dijo mi padre. Barafin rió: <¿Por qué estarían los yeerks interesados en este sitio?> Uno de los miembros de la tripulación estaba cerca: <No lo estarán> dijo. <A nadie le interesa este sitio> Lanzó una mirada abiertamente insolente a mi padre. También podría haber añadido <Por eso el Príncipe Seerow ha sido designado aquí: porque es un planeta sin importancia donde el tonto no hará daño> Mi padre lo ignoró. Pero yo podía ver que el insulto silencioso le había llegado. Sus ventanas nasales se movieron. Sus ojos principales se estrecharon. Por un momento pensé que iba poner a ese idiota en su sitio. Pero entonces, como ya había visto a menudo últimamente, mi padre flaqueó, se giró, y aceptó la humillación. <Al menos la hierba sabe bien>dijo Barafin, hundiendo su pezuña en la hierba azul-verdosa. Mire alrededor en aquel planeta de árboles. Aquellos enormes árboles me hacían sentir pequeña. Sentía la brusca pendiente del suelo debajo de mis pezuñas. Te hacia sentir como si pudieras caer y nunca parar de rodar y rodar y rodar. Pensé que era un sitio feo, a pesar de su belleza de enrome tamaño. <¿Cómo debemos llamar a este sitio?> pregunté <No podemos seguir llamándolo Sector Cinco, RG Dos Uno Cinco Siete Ocho Cuatro. <Seguiremos la práctica usual de llamar al planeta según el nombre de sus criaturas sensibles> <Lo había olvidado. ¿Qué son estas criaturas más o menos conscientes?> <Se llaman Hork-Bajir.>dijo mi padre <Este es el mundo natal de los Hork-Bajirs. Pronto tendremos oportunidad de conocer a uno. Vi algo moviéndose, acercándose alrededor de la base del árbol más cercano. <Muy pronto, creo.> [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Tam Álor[/b]

[b]Capítulo 3:[/b] Me llamo Dak Hamee. Soy un Hork-Bajir. Pero soy diferente. No como los otros. Lo sé desde mi mas joven recuerdo, desde la época cuando era todavía demasiado pequeño para cortar yo mismo la corteza, desde entonces lo se. Mi madre me decía. – Dak Hamee, eres raro. Me llevó ver los antiguos en el Árbol tribal. Me miraron. Me hablaron. -Es raro –dijo el viejo Mab Kahet. -Si, es raro –dijo el viejo Ponto Fallah. – Es un vidente –concluyó Mab Kahet. No estaba feliz. Tampoco triste. Solo inquieto. -¿Qué un vidente? –Preguntó mi madre. El antiguo, Tila Fashat, abrió su boca desdentada: – Un vidente, es un tipo de profeta, alguien que nace para mostrar una nueva vía. Hay mucho tiempo entre ellos, nuestro padre, el Profundo, y nuestra madre, el Cielo, dijeron ” Enviare un vidente al pueblo. Cuando el pueblo tenga la necesidad de él ” y aquí esta uno que nació diferente. – Mi hijo es diferente –dijo mi madre de una voz grave. – Sí –dijo el antiguo- Es diferente. Y aquí estoy yo: Dak Hamee. Soy diferente. Soy vidente. Estoy destinado a mostrar a mi pueblo una nueva vía. Pero ignoraba cuál era esta nueva vía. El antiguo afirmó que la conocería cuando Profundo y el Cielo me lo quisieran decir. Que me dirían lo que debía hacer. Entonces, hacía falta que esperara. Me pasaba el tiempo pensando en cosas que jamás se le ocurren a ningún Hork-Bajir: ¿Qué hay verdaderamente en el Profundo? ¿Cuál es la altura del Cielo? A veces tomaba un poco de carbón del bosque en fuego. Me servía para hacer señales en la madera tierna, donde se había retirado la corteza. Estas señales evocaban peñascos. O árboles. O Jubba-Jubba, el monstruo que vive en el Profundo. Un día, hice señales que se parecían a mi amigo Jagil Hullan. – Este es, Jagil –dije. – No soy –Protestó. – Si, ves las láminas de aquí, tienen la misma forma que las tuyas. La cola se parece a la tuya. Los cuernos son muy cortos, como los tuyos. – No soy –dijo Jagil.- Yo soy aquí. Eso allí. No estoy allí. No soy un garabato hechos con un trozo de madera carbonizado. Traté de explicarle. Pero no comprendía. Era posiblemente él quien tenía razón. Era diferente una vez más. Un día, trabajaba en las altas ramas de un viejo siff. Separaba la corteza con las láminas de mis pies. Entonces cogi un trozo con mis manos. Levanté la mirada hacia Madre Celeste. Me pregunté a que altitud estaba ella. Entonces percibí un objeto raro en el cielo. No era el sol. No era la luna, era más pequeño. Eso brillaba. Eso tenía la forma de un huevo, pero con ranuras, ramificaciones. Eso descendía del Cielo. Sabía que era Madre Celeste quien me hablaba. Sabía que esa cosa diferente se dirigía hacia mi. Era diferente. Soy diferente. Comencé a bajar por el gran árbol a toda prisa. Marché hasta el lugar donde había visto aterrizar el objeto celeste. Había aterrizado. Y había unas criaturas por todos lados. Ellas no eran ninguno de los monstruos del Profundo. No se parecían a de los lagartos o las serpientes del exterior. Tenían cuatro patas. Uno, dos, tres, cuatro. Su cola era de categoría y no andaba rodando detrás de ellas. Ellas tenían dos brazos. Ninguna cuchilla, a excepción de una pequeña al final de la cola. Sus cuernos eran pequeños. Y se movían. Y acababan en ojos. Eso no podían ser unos cuernos. Los cuernos no tenían ojos. Estas criaturas no tenían boca. Me miraban con sus cuatro ojos. Me acerqué. No se movieron, se contentaron con observarme. -Me llamo Dak Hamee –me presenté. Ninguna palabra. Continuaban observándome. -Me llamo Dak Hamee –repetí. <Soy el príncipe Seerow.> ¡La voz resonaba en mi cabeza! ¡Era silenciosa, pero la entendía! Era raro. Las palabras no eran de los Hork-Bajirs, pero las comprendía. – Me llamo Dak Hamee –dije por tercera vez. < Es un joven –dijo una de las criaturas- Debe tener más o menos la misma edad que Aldrea o Barafin. ¿Aldrea? ¿Barafin? Vosotros deberíais poder comunicaros con él.> <¡Yo no! –dijo una nueva voz.- ¡Tiene el cuerpo cubierto de cuchillas!> Pero una de las criaturas se adelantó hacia mí. <Me llamo Aldrea –dijo.- Somos los Andalitas. Querríamos ser amigos suyos.> De repente supe que mi espera había terminado. Aquello para lo que había nacido estaba allí. La cosa que debía comprender para poder mostrar la vía a mi pueblo estaba allí, bajo mis ojos. Era la misión para la cual el Padre Profundo y la Madre Celeste me habían hecho un vidente. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Lender[/b]

[b]Capítulo 4:[/b] No me quedé con aquellos extraños de cuatro patas. Huí. Volví con mi madre. Ella me llevó con los antiguos. El Más Antiguo dijo: -Por esto nació Dak Hamee. Para esto lo enviaron el Padre Profundo y la Madre Celeste. Dak Hamee debe vigilar y hablar. Luego debe mostrarnos el camino. Así que volví con los extranjeros. Eran solo cuatro ahora. La cosa voladora con forma de huevo se había ido. Habían cavado en la pared del valle. No era profundo, pero habían cubierto el hueco con una tela que colgaba en el aire. Cuando la lluvia caía o Madre Celesta hacía luz, se metían allí debajo. Otras veces estaban por ahí de pie o corrían en la hierba. Tenían otras cosas. Cosas sin nombre que brillaban como Padre Profundo. Y cosas que hacían ruidos en mi cabeza. Y cosas que no hacían nada. Fui a ellos con Jagil. Jagil estaba asustado. -No debemos ir allí. -Debemos.-dije. –Tengo que mirar y escuchar. -Podemos subir a un árbol y mirar. -No. Estas criaturas no trepan. Caminan por el suelo. Así que nosotros también debemos caminar por el suelo. Jagil estaba asustado. Pero vino conmigo. Entramos en el claro. <Hola> dijo uno, haciendo el sonido que estaba solo en mi cabeza. -Yo soy Dak Hamee.-dije. -Yo soy Jagil Hullan. <No es bastante para el traductor universal> dijo uno de los extranjeros. <Necesitamos más palabras antes de que pueda empezar a trasladar.> Uno de los extranjeros, el pequeño con la cuchilla de la cola más pequeña, se apuntó a ella misma. <Yo soy Aldrea. Soy un Andalita. Te hablé antes. ¿Recuerdas?> <Deja que te diga una cosa> dijo el otro pequeño extraño <No querrías luchar con estos Hork-Bajir. Esas cuchillas parecen cosa seria> <Son pacíficos, no violentos> No sabía qué decir. Era confuso. -Bienvenida, Aldrea. Bienvenidos, Andalitas. <¿No son demasiado charlatanes, no?> La llamada Aldrea se acercó. Con su mano apuntó al árbol más próximo. <Árbol> dijo ella. La entendí. Sus palabras estaban en mi cabeza. Pero las palabras mismas eran raras. No conocía aquella palabra; pero entendí el significado. -Árbol. Árbol Stoola.-dije en mis propias palabras. La extranjera llamada Aldrea cabeceó. Quería saber más sobre el árbol. Yo sabía de ese árbol. -La corteza de las ramas más bajas es demasiado vieja. Difícil de comer. La corteza de las ramas más altas pero antes del mislit es buena. Pero cosecharla es malo. Esta corteza ayuda al árbol Stoola a hacer crecer nuevos árboles Stoola. Sólo la corteza de encima del mislit debe ser cogida. Esta es la Verdad dada a nosotros por El Más Antiguo. <Lo tengo> dijo uno de los otros <La traducción es ahora efectiva al 64 %. Ahora lo pongo en marcha.> <Ahora podemos entenderte> dijo Aldrea. -Yo te entiendo. <Sí, porque las palabras de la telepatía trabajan con símbolos universales más que con palabras específicas> dijo un extranjero más viejo. La miré. Estaba confuso. <Cariño, creo que quizás este es un caso donde deberíamos dejar comunicarse a los más jóvenes. Aldrea parece que se comunica mejor con el joven Dak Hamee de lo que tu y yo lo haríamos. Este joven Hork-Bajir no es un oficial. Creo que es un contacto informal.> <Ves con cuidado, Aldrea. Tu también, Barafin. No perdáis de vista la paleta.> Aldrea se acercó un poco más. Barafin también. Jagil estaba nervioso. Quería salir corriendo. Pero si yo no me iba, Jagil tampoco lo haría. -¿Dónde está vuestro Árbol de la Tribu? – le pregunté a Aldrea. <No aquí> dijo ella <En otro planeta> Asentí. –Sí. No aquí. ¿Qué es otro planeta? <¿Ves las estrellas por la noche?> Me preguntó ella. -Cuando la Madre Celeste está oscura, ella nos muestra sus flores. <Bueno, cada una de esas flores es una estrella. Como tu propio sol. Solo que muy lejos.> Jagil dijo, -No. Pero yo dije –El sol es el sol. Las flores de la Madre Celeste son flores. <Igual son parecidas a flores brillantes. Pero son soles. Cientos de soles. Miles. Mill… quiero decir que hay más estrellas que árboles. Parecen pequeñas porque están muy lejos.> Oí esas palabras. Y esas palabras me hicieron pensar mucho. Pero entonces… -Si. –dije de repente, maravillado. –¡Si! Las cosas que están lejos parecen pequeñas. Eso es verdad. -Lejos es lejos.-dijo Jagil, alarmado. <Estas estrellas están muy, muy lejos> dijo Aldrea. <Y alrededor de estas estrellas hay planetas. Como este sitio. Otros sitios con árboles diferentes. Y criaturas diferentes.> Sentí… no tengo palabras para explicar lo que sentí. Las cosas que están lejos parecen pequeñas. Incluso cuando son grandes. Esa idea era como una semilla germinando en mi cabeza. Las cosas que están lejos parecen pequeñas. Si las flores de la Madre Celeste están muy lejos, podían ser muy grandes. Podían ser… ¡soles! Mis piernas flaquearon. Me apoyé en la cola. No podía hablar. -¿Estás enfermo? – me preguntó Jagil. <Nosotros venimos de una de esas estrellas> dijo Aldrea -¿Como… como habéis venido de tan lejos? <Volamos> dijo ella. Las flores de la Madre Celeste eran soles. Y aquellos extranjeros habían venido de uno de aquellos soles. Las cosas que yo creía verdad ya no lo eran. Sentí… sentí que quería saber más. Ese sentimiento no era nuevo. Pero ahora sentía que esta delicada extranjera podía ayudarme. ¡Podía saber tantas cosas! ¡Tantas cosas! Aquel día, el viejo Dak Hamee murió. En aquel día, realmente me convertí en Dak Hamee, el vidente. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Tam Álor[/b]

[b]Capítulo 5:[/b] Me llamo Esplin Nueve-Cuatro-Doble-Seis. Y he visto la luz en un estanque yeerk normal. Así como mis centenares de hermanos y de hermanas, nací del cuerpo en descomposición de mis padres partidos en trozos, a bordo de un buque. Tengo un hermano gemelo, como lo señala el “Doble-Seis” al fin de mi nombre. Jamás viví sobre nuestro planeta natal. Nací en una cuba estéril hecha de algo parecida al titanio, recalentada por el Kandrona portátil. Era todo lo que sabía. Los Yeerks de más edad hablaban de los estanques de nuestro planeta natal. De su olor y de su temperatura; de sus dimensiones espaciosas; de su tradiciones, rememorándose varias centenas de generaciones. Mi estanque era simple, rudimentario. Había sido construido utilizando a portadores gedds. Los Gedds son unos portadores imperfectos. A pesar de eso, me gustaría mucho que lo tuviera al alcance de mi mano. Desgraciadamente, no había huéspedes disponibles, no a bordo de esta nave espacial. Es por eso por lo que vivíamos en nuestro estanque. Como simples Yirks. Y creo que habría podido vivir allí bastante feliz. Pero pronto llego el día, en el que tuve que continuar mi entrenamiento. Había un puñado de Gedds, viejos o incapacitados en su inmensa mayoría, que nos servía de portadores solo para los ejercicios de entrenamiento. Introducirnos en el portador, tomar el control, quedarnos un rato y volver a salir. Quince minutos, además. Ese era el tiempo que nos habían concedido. Los Yirks sin portador eran demasiado numerosos y los portadores disponibles demasiado escasos. Nos pusimos en fila de a seis en el estanque. Era el cuarto en mi hilera. Esperé con impaciencia, pero calmado. Lo reconozco, no estaba calmado. Había oído decir bastantes cosas sobre esta experiencia. Sobre la energía sensorial alucinadora. Sobre la sensación extraña que te hacía sentir al tener a otro espíritu bajo tu influencia. Sobre la extensión de tu propio cuerpo por miembros que no te pertenece. Pero no podemos saber nada realmente, hasta que lo probamos. Cuando mi turno llego, la cabeza de un Gedd se sumergió en el estanque. Mi sonar no tuvo ningún problema para reparar en ella. Y se me habían enterado para localizar con precisión la abertura en su cabeza arrastrándome con mi cuerpo. El túnel de entrada era más bien estrecho. Hizo falta que me retractara y que lentamente me colase por el conducto auditivo. A partir de allí, todo se hizo probando. Mi sonar no funcionaba allí, desde luego. Y los olores que recibía, eran infrecuentes, inutilizables. Pero luego, al cabo de un tiempo qué me pareció interminable, ¡Mi cuerpo encontró una superficie eléctrica! El cerebro. Sentí la excitación de las neuronas, la actividad bioeléctrica de la sinapsis. Hizo falta que me aplastara para abrirme un camino. Mi cuerpo buscaba los espacios vacíos, los intersticios por todos lados del cerebro. Y los encontré. Empujé mi cuerpo dentro de la menor doblez de la corteza cerebral. Exactamente como me habían enseñado Despacio al principio luego cada vez más rápidamente, ¡Comencé a establecer contacto! ¡Sentí como sus neuronas se me conectaban! Para comprender esto, tienes que haberlo vivido. Es imposible llegar a describirlo. De repente, no era solamente yo, era algo mucho más grande. Allí dónde mi cuerpo acababa comenzaba otro cuerpo y, muy rápidamente, olvidé el mío por completo. Tenía brazos que hacían muchas veces mi propio tamaño. Se acababan en manos de tres dedos capaces de desplazar objetos. De levantarlos, de devolverlos, de colocarlos de diferentes maneras. Mi nuevo cuerpo se mantenía sobre piernas. ¡Podía desplazarme fuera del estanque! ¡Oh! ¿Cómo explicar todo lo que sentí? ¡El júbilo! El sentimiento de haberse vuelto de repente gigantesco, enorme, libre. Nadie me había dicho que sería tan maravilloso. Pero aun quedaban una parte del cerebro, un lugar dónde jamás había estado. Un lugar del que todavía no había tomado el control. Abrí esa parte del cerebro. Y haciendo esto, abrí los ojos del Gedd. Durante un momento, me quedé desconcertado. No comprendía qué pasaba. No comprendía las informaciones que mi cerebro estaba recibiendo. ¿Cómo habría podido? ¿Cómo un Yeerk que jamás había tenido un huésped podría interpretarlo? ¡ El sentido de la vista! Objetos – percibidos no por el tacto o el olfato, no captados tampoco por el sonar – sino vistos. Era como una imagen de sonar, pero o señor, mucho más que eso. ¡Tanto más! Los inundaron mi cerebro. Estuve a punto de perder el equilibrio, totalmente perdido, incapaz de comprender o de reaccionar. Miré con los ojos de Gedd. Me serví de su cerebro para filtrar e interpretar estas informaciones insensatas e inquietantes. Y luego, poco a poco, comprendí. Veía otro Gedds. Veía el interior de la nave espacial que me rodeaba. Y lo que contemplaba debajo de mi, era mi propio estanque. Minúsculo. Oscuro. Tan… irrisorio. Hubo un movimiento en el estanque y percibí una cosa gris y húmeda. Jamás había visto a ninguno de mis semejantes hasta entonces. Tenia la sensación de ser un ser superior. De no ser un simple Yeerk. ¡Veía! Y de golpe comprendí que ese sentido era sin duda el mas importante de todos. ¡Tenia vista y miembros poderosos! Era inimaginable. Luego, llegue al limite de tiempo concedido. Tenia que salir del huésped gedd y regresar al estanque. Después, discutí con mis hermanos y hermanas, y con mis amigos. Muchos encontraron la experiencia terrorífica. Repugnante. Atroz. Yo no. A partir de aquel momento, juré hacer todo lo posible, hacer cualquier cosa para tener ojos de nuevo. Éramos unos doscientos mil, repartidos entre las dos naves de transporte . Doscientos mil Yeerks y tan sólo unos pocos huéspedes. Sólo los más competentes, los más útiles se verían recompensados con un huésped. Formaría parte de los más competentes. Sería el más útil. La nave que nos transportaba había sido robada a los Andalitas algunos años antes. Nosotros la utilizamos para recorrer la galaxia en busca de huéspedes convenientes. La inmensa mayoría del Yeerks no se interesaban por el buque. Y tampoco por el enlace que habíamos tenido éxito crear y que nos permitía acceder al ordenador central de la nave andalita. Un ordenador, es una máquina que almacena información, como una memoria infalible. Eran los científicos y los técnicos quienes se interesaban por el ordenador. Se esforzaban por enterarse del máximo numero de elementos de la ciencia andalita. Sabía que jamás sería un científico. No tenía la típica agudeza que los caracteriza. Pero el ordenador andalita podía ayudarme en otras cosas. Cosas que me harían apto para gozar de un huésped. Exploré las bases de datos con avidez. Y un día, comprendí que había encontrado mi verdadera vocación. En los ficheros del ordenador, encontré un viejo proverbio andalita que decía: “Conoce bien a tus amigos. Conoce mejor a tus enemigos. ” En lo que iba a venir, los Andalitas serian nuestros enemigos. Sí. Conocer a nuestros enemigos. Esa seria mi vocación. Así era como iba a ganarme la posibilidad de tener mi propio huésped. Iba a aprender todo lo que el ordenador podía enseñarme sobre esas las criaturas poderosas y espléndidas que se hacían llamar Andalitas. Un día u otro, tendríamos que combatir contra los Andalitas. Y en ese momento, me necesitarían. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Lender[/b]

[b]Capítulo 6:[/b] <¿Qué tal te va con tu joven amigo?> me preguntó mi padre mientras galopábamos a través de la hierba juntos, uno al lado del otro. <¿Dak? Oh, bien>dije <Me he dado cuenta de que no estás haciendo informes a fechas regulares. Lo hiciste los primeros tres mese. Entonces paraste.> Me encogí de hombros. <Yo… perdí la costumbre, Padre.> <Bueno, entiendo que Dak es casi un amigo para ti, Aldrea, pero tenemos una misión aquí. Se supone que estamos aprendiendo sobre los Hork-Bajir> La verdad, Padre, pensé para mi, se supone que estamos vigilando cualquier posible interés yeerk en este planeta. No lo dije, por supuesto. Mi padre eligió pretender que esto era algún tipo de misión científica. Incluso ahora no quería aceptar el hecho de que los yeerks estaban merodeando por la galaxia. Todavía prefería pensar que sólo eran los yeerks que habían robado las naves los culpables. Se agarraba al pensamiento de que la mayoría de población de los yeerks estaban a favor de la paz con los Andalitas. Nos llegaron transmisiones de nuestro mundo. Noticias de que los yeerks habían atacado una luna colonizada por los Skrit Na y habían conseguido armas y naves adicionales. Noticias de que los yeerks habían atacado y tomado una nave Hawjabran con una colonia. Habían intentado infestar a los Hawjabran, pero habían fallado porque los cerebros de los Hawjabran no eran centralizados, sino que estaban esparcidos en pequeños nódulos por todo el cuerpo. Habían abandonado a los Hawjabran a la muerte. El soporte vital de su nave había sido destrozado en el ataque. Un mensajero andalita había encontrado la nave a la deriva, con ocho mil Hawjabrans congelados en el espacio vacío. Noticias de que un grupo de Onganchic habían sido atrapados e infectados con éxito. Afortunadamente para la raza Onganchic, hacia tiempo que habían abandonado su planeta. Ahora son enteramente una raza nómada, viajera del espacio. Los yeerks tendrían que cazar literalmente los millones de naves Onganchic repartidas en todas las direcciones de la galaxia. La raza Onganchic sobreviviría. Pero, mi padre seguía insistiendo, los yeerks en su mundo han sido pacíficos, aquellos años desde el ataque que había destruido su honor. No le señalé que los yeerks en su mundo no tenían elección: una flota andalita estaba aparcada en órbita sobre ellos, lista para disparar a cualquier cosa que intentará entrar o salir del sistema. <Estoy aprendiendo sobre los Hork-Bajir> dije <pero me siento como una espía o algo, transcribiéndolo todo al ordenador> Mi padre giró su antena más cercana hacia mi e hizo una pequeña sonrisa. <Estoy orgulloso de que desees mantener la confianza de Dak Hamee> dijo <Pero después de todo, es un Hork-Bajir, no un andalita. No creo que ni siquiera entienda el concepto de confianza, o de espiar, como tú has dicho> <Dak entiende más de lo que creerías>dije. Más cada día, añadí en silencio. Giramos y nos dirigimos hacia la paleta. Estaba arriba de la colina, mirando hacia el otro lado. Corrí lentamente para mantenerme al lado de mi padre. <Los Hork-Bajir que he encontrado funcionan apenas al nivel de un niño pequeño> dijo mi padre tristemente <Los yeerks eran tan fascinantes. Inteligentes, aunque limitados físicamente. Es como si los Hork Bajir fueran sus opuestos: físicamente impresionantes. Mentalmente… bueno, simples.> <Creo que Dak Hamee es diferente> dije <Ahora puede leer, y escribir. Y puede hacer mates básicas. Le va bien el cálculo. Creo que sería capaz de geometría n-dimensional> Mi padre se congeló. <Tu madre ha estudiado a los Hork-Bajirs. Te lo aseguro, no son capaces de leer. No mas de reconocer una o dos palabras. Y ciertamente no más matemáticas de las que necesitan para mantener la cuenta de los miembros de su familia.> Suspiré. Ya había pasado por esto. Mis padres asumían que sólo exageraba. Barafin me creía, pero no le importaba. Barafin se estaba deprimiendo por estar en el planeta Hork-Bajir. No había otros andalitas para pasar el tiempo. Y, por supuesto, los andalitas no pueden trepar a los árboles. Barafin pasaba los días cerca de la paleta, jugando a juegos de combate con el ordenador. Mi padre no era mucho mejor. Había abandonado la idea de comunicarse con los Hork-Bajir. Simplemente, ellos no tenían nada que le interesase. Mi madre era feliz, claro. Salía y estudiaba todos los animales y árboles de diferentes especies que había. Con mi padre hundiéndose, mi madre ocupada, mi hermano deprimido e indiferente, estaba sola. Así que pasaba el tiempo con Dak. Y explorábamos el valle juntos. Había aprendido a caminar inclinada, de acuerdo con la pendiente del valle. Pero Dak, como todos los Hork Bajir, pasaba la mayoría del tiempo en los árboles. Los Hork-Bajir son capaces de correr por las ramas y dejarse caer por el aire hasta el próximo árbol. Es tan rápido como correr por el suelo, más fácil, cuando el suelo es siempre inclinado. Un día estábamos así, yo en el suelo, con los músculos que me dolían de ir inclinada según la pendiente, y Dak saltando fácilmente a través de los árboles, cuando lo veía. <¡Dak! ¿Qué es ese animal?> -¿El pequeño con plumas? Se llama chadoo. No tenía más de sesenta centímetros de largo y estaba cubierto de plumas azul oscuro. Tenía cuatro patas cortas y dos brazos alargados que acababan en garras. Se movía corriendo por las ramas y saltando por el aire, como Dak. Pero el chadoo tenía unos pliegues de piel que cogían el aire como un paracaídas, y podía planear. -¿Quieres que te lo traiga, Aldrea? Dudé. Lo que estaba pensando hacer no estaba bien. Mis padres se pondrían furiosos si se enteraban. Si se enteraban. <Sí, ¿puedes cogerlo? -Claro -dijo Dak con una risa. Usó la cuchilla de su muñeca para hacer un corte horizontal en la corteza del árbol. Un líquido pálido amarillo verdoso rezumó de la hendidura. Cogió algo del líquido con la punta de su garra, y se lo acercó al chadoo. La pequeña criatura azul fue corriendo. Dak la cogió con cuidado y se dejó caer los seis metros de distancia hasta el suelo. -Aquí está-dijo, sujetándolo hacia mi. <Dak, ¿entiendes la idea de un ”secreto”?> -He aprendido mucho de ti, Aldrea. Pero no he aprendido esto. <Un secreto es algo que tu sabes y que nunca dices a nadie. Así que si yo te digo algo, sólo tu y yo lo sabremos.> Parecía preocupado. –¿Con qué propósito? Suspiré. Dak había hecho un largo camino en poco tiempo. Su habilidad para hablar, por ejemplo, había mejorado mucho. Y ahora entendía del todo los conceptos de planetas, estrellas, y galaxias. Pero todavía era un Hork Bajir. Y yo todavía era andalita. <Confía en mi> dije <Y nunca le cuentes a nadie lo que vas a ver> Puse la mano en el chadoo. Y empecé a adquirir el ADN del animal. [b]© 1998 K.A. Applegate © 2006 de la traducción de Tam Álor[/b]

[b]Capítulo 7:[/b] <Ahora voy a cambiar> dije. < Puede parecer espantoso. Pero no es magia, es una tecnología que nosotros hemos desarrollado.> – Tecnología. Ciencia. Naves espaciales y ordenadores-. Dijo Dak. <Si, como todas esas cosas, pero diferente, también. Mis padres no saben que tengo esta tecnología. Ellos no saben que puedo usar el mecanismo del escafil.> -Es un secreto-. Dijo Dak. <Si Dak… Voy a transformarme en un Chadoo.> No tenía ninguna respuesta a esto. No estaba sorprendida. La tecnología mórfica es tan nueva que aún hay andalitas que dudan de si es seguro o útil. Afortunadamente, tiempo atrás en mi hogar tenía un amigo cuya madre fue una de los diseñadores del mecanismo del escafil. Ella me lo había mostrado. Lo había usado. <Limítate a no asustarte. Confía en mí.> Empecé a transformarme en Chadoo. Era solo la segunda vez que me transformaba. Como mucho contaba con que Dak no estaba asustado, lo deduje. Empecé a encoger, mis piernas encogieron, más atrofiadas. Mi vientre se hundió hacia la tierra. Mi cola pareció sencillamente marchitarse, como si estuviera muy vieja y muriera y secara a hipervelocidad. Dak saltó hacia atrás, con los ojos muy abiertos. <No te asustes> Nos dijimos ambos <No puede durar mucho.> Los rabillos de mis ojos se oscurecieron y desaparecieron. Se abrieron formando un corte o una llaga en frente de mi cara. Diminutos, brotaron dientes rojos. De mi piel crecieron pelos, largos, cientos de cabellos individuales enroscándose juntos formando plumas. Ahora estaba en el suelo, mis piernas eran muñones. Mis brazos habían crecido fuertes y largos, relativamente con el resto de mi cuerpo. Mi piel alada extendida bajo mi lado entre mi pata trasera y mis patas delanteras. Ya no era un andalita. Era un Chadoo. Miré a través de los ojos del Chadoo. Solo dos, y solo capaces de mirar en una dirección. Me hizo sentirme ciega. Pero tienen buenos ojos. A pesar de ser solo dos. Los chadoo ven colores brillantes y hasta más formas y líneas brillantes. Ellos tienen ojos adaptados para ir observando los objetos mientras vuelan deslizándose a través del aire. La cosa mas extraña que encontré fue la boca. Me sentía mal. Teniendo este enorme agujero en la frente de mi cara. Es ridículo. Pero lo sentía como si fuera una herida. El cerebro del Chadoo y sus instintos eran bastante dóciles. Esto no era un entorno con depredadores. Los Chadoo casi eran mansos. <Todavía soy yo, Dak>, dije. -Te has convertido en un Chadoo-. Dijo él. <Si, pero mi mente es todavía la misma. Todavía soy Aldrea. Y en poco tiempo. Volveré a cambiar. Pero primero, quiero conocer lo que me gusta de tu mundo, arriba en los árboles.> Había visto algo del valle, tierra casi sesgada. Pero ahora veía el verdadero mundo hork-bajir. Aceleré por el tronco del árbol más cercano, cada una de mis rechonchas cuatro patas terminaba en una pequeña afilada garra, y estas garras me propulsaban sobre el tronco a una escandalosa velocidad. Pequeña como era, y tan largo como era el árbol, la áspera corteza aparentaba ser más un llano del intacto desierto agreste de mi propio mundo. Me estaba moviendo verticalmente, derechita hacia arriba. Vi una extensión infinita delante de mí. A mi izquierda y a mi derecha ví que podría haber sido la curvatura de una pequeña luna o el asteroide. La lejana superficie vertical arqueada, fuera de la vista. A lo lejos delante de mí -hacía arriba, aquello es- Ví lo que parecido como a un nuevo árbol intacto. Era una rama perpendicular a mí. Maciza. Enorme. Alzándose fuera de la arqueada y suave corteza natural. Dak Hamee mantenía el ritmo, justo detrás de mí. Cuando me detuve a mirar hacia atrás me di cuenta de cuanto de lo alto que estaba. Como estaba colgada de la vertical superficie. Si me hubiera soltado, habría caído hacía abajo sobre Dak. Me detuve en la base de una rama. Era raro desde mi punto de vista. Arriba era hacia delante. Abajo era atrás. Izquierda y derecha eran algo fútil, algo sin importancia. -¿Eres realmente Aldrea?. <Si, Dak.> -Entonces. Ven. Te mostraré mi mundo. Corrimos sobre los árboles con Dak a la cabeza. Treinta metros. Setenta metros. Cien metros. El muro del valle estaba ahora a treinta metros, pero siempre aún allí. Íbamos más alto y más alto. Y aún allí continuaba el extraño hecho de que el suelo no estaba muy debajo de nosotros y que estaba al lado de nosotros. En la otra dirección. Sin embargo, lejos del muro del valle, sólo habían árboles. -¡Sígueme!-. Gritó Dak. Él se balanceó fácilmente del tronco a una maciza rama que crecía hacia el centro del valle. Mis pequeñas piernas de Chadoo escarbaban para mantenerse al nivel. Corrí a lo largo de la rama. Ahora estaba lejos, lejos del suelo porque mientras subíamos la pendiente que quedaba detrás nuestro, luego antes tendríamos que descenderla.Con cada pocas docenas de pasos a lo largo de la rama, yo estaba otros tres metros más arriba del suelo. Estaba comenzando a conseguir vislumbrar el pasado de los árboles hacia fuera en el aire fresco. Pero nosotros solo habíamos comenzado nuestra ascensión sin control. Llegamos al final de la rama. Ahora era tan estrecha que tenía que agarrarme con mis rechonchas patas alrededor y debajo de la rama. -¿Ves esa copa de árbol?-. Preguntó Dak, señalando .- Iremos por aquél camino-. <¿Cómo?> -¿Eres un Chadoo, si? Los Chadoo saben. Y con esto, Dak se agachó lentamente, enrolló los poderosos músculos de sus piernas, y saltó en el espacio. Él rebotó en la rama. Bajó tres metros, subió tres, bajó siete metros, subió siete, bajo diez metros y subió…. en lo alto del arco, ¡él brincó! Planeó y cayó, y con un salvaje agarre de su garra derecha se enganchó en lo alto del siguiente árbol. Una garra-mano se envolvió alrededor de la copa de un árbol, y balanceó alrededor de el, no una vez, pero dos veces, tres veces,¡¡ cuatro veces!! La copa se torció por su peso, pero esta no se rompió. Esto era la cosa más emocionante que había visto desde antes o desde entonces. El alocado regocijo del joven hork-bajir, oscilando locamente a ciento cincuenta metros sobre el inclinado suelo. Balanceándose y gritando. Y entonces, mis corazones – Quiero decir mi corazón, porque el Chadoo solo tiene uno – parado. ¡Dak se soltó y cayó del lugar! Corrí al final de la rama. Confiando en que el Chadoo sabía que hacer. Eso hizo. Corrió. Simplemente corrió, no saltando ni brincando, sin vacilar al final de la rama. Corrió directamente en el aire. Mis cuatro pies expulsaron, estirando la piel alada. Sentí el viento debajo de mí. Lo sentí despeinando mis plumas. Lo sentí llenando mi piel alada. Me había levantado, no estaba simplemente cayendo. Podía girar mi despuntada cabeza y cambiar de dirección. Podía subir o bajar mi pierna y cambiar la dirección incluso más rápidamente. Me deslicé por un camino arqueado hacia aquella copa del árbol que todavía temblaba recuperándose. Mis delgados, fuertes brazos alcanzaron y agarraron la copa del árbol. Me balanceé una vez alrededor, y bajé debajo de mí, sobre otra rama del árbol. Vi a Dak. Estaba mirando hacía arriba y sonriendo abiertamente – una cosa que los hork-bajirs hacían con sus bocas. Me solté y me deslicé hacia abajo hasta él. Hasta entonces esto era un juego. Dak guió por el camino y lo seguí. Una fiera, un insensato juego, saltando a través del vacío. No dejando pasar ramas sin colisionar con el aire, correteando, saltando de nuevo. Pero siempre Dak iba delante. De árbol a árbol. A lo largo del camino él sabia además lo que sabía de los prados de mi hogar. Los árboles estaban cambiando. La corteza comenzaba a espesarse, las copas de los árboles, más altas y más altas. Por fin alcanzamos un árbol que hacía que otro árbol pareciera más como a un arbusto. De la base de su lado a la corona eran setecientos seis metros de alto. Mi madre lo midió para mí días más tarde. No le conté el porqué. Estaba casi a tres cuartos de kilómetro de altura. -Este es el árbol de la tribu-. Dijo Dak.- El árbol de mi gente. Aquí es donde los ancianos se reúnen-. Eché un vistazo al árbol y pude ver, aquí y allá, plataformas, cientos de metros arriba. Habían hork-bajirs allí, laminados alrededor. Miré. Las más plataformas que veía y las más elaboradas. Arriba y arriba. Lejos de nuestras cabezas. Las plataformas se enroscaban alrededor del árbol de la tribu. Habían cientos de hork-bajir en el árbol. No quitando la corteza, pero llevaban corteza amontonada por un firme multitud de hork-bajir. -Ven-. Dijo Dak. Corrimos y brincamos y pronto estuvimos aferrándonos a la corteza del árbol de la tribu. Aferrándonos y aferrándonos. Arriba y arriba. <Recuerda, no le cuentes a tu compañero hork-bajir quien y que soy.> Dije. -No lo entenderían si se lo dijera.- Dijo sencillamente Dak. Trepamos para siempre. Trepamos hasta donde no podía imaginar. Aquello era aún más encima de cualquier árbol. Pasamos plataformas donde hork-bajirs retiraban corteza. Donde ellos cortaban corteza en tiras. Donde ellos liaban las tiras con cuerdas de parra. Y habían otras plataformas donde los hork-bajir estaban sencillamente sentados y aparentaban estar contando historias. Casi como una clase. Dándome cuenta. Lentamente nosotros surgimos del entorno de árboles. Trepamos hasta donde podíamos ver claramente fuera, arriba del vacío, a través de la lejana ladera del valle. Trepamos hasta donde pude vislumbrar del borde del valle que había detrás nuestro. Abajo, parecía un millón de kilómetros hacia abajo. Ví el azul tóxico de la parte más inferior del valle. Lo que los hork-bajir llaman “ Padre profundo”. Había un estrecha plataforma construida en lo más alto del árbol de la tribu. Subí sobre ella. <He estado transformada durante bastante tiempo.> dije. <Voy a volver a mi forma anterior durante un rato.> Comencé a destransformarme. Y unos minutos más tarde. Estuve de pie sobre mis propios cuatro cascos donde un andalita no podría permanecer jamás posiblemente. Con mis propios y verdaderos ojos andalitas podía ver en todas direcciones enseguida. Ví detrás el escarpado muro del valle. Los interminables árboles extendiéndose a izquierda y derecha. La lejana ladera del valle. Muchos kilómetros a lo lejos. El cielo, no tan rojizo y dorado como debería haber estado. Extendiéndose más arriba de nosotros, empequeñeciendo el valle. Y abajo. Tan abajo que sentía nauseas por el desnivel. Ví un trozo de la terrible “profundidad”. No se porque, pero la profundidad, llamó mi atención, incluso más que todas las sensacionales y magníficas vistas de alrededor mío. Miré hacia abajo en la profundidad. Aparté la mirada y entonces me eché atrás. Cerca del borde. Los árboles desaparecieron, reemplazados por inquietantes plantas de colores con formas retorcidas. <Dak, ¿qué hay en la profundidad?.> Él me miró y como si yo hubiera estado leyendo su mente .- No lo sé-. Reconoció. Sólo sé lo que mi gente dice-. <¿Qué es lo que dice tu gente acerca de lo que hay en la profundidad?.> -Terror-. Dijo sencillamente-. – Ellos dicen que el terror está en la profundidad-. [b]© 1998 K.A. Applegate. © 2006 de la traducción de Sagadegeminis.[/b]

[b]Capítulo 8:[/b] No me llevó demasiado tiempo volverme en el actual experto en Andalitas que soy. Nadie más se preocupó. Pero estaba fascinado. Había “visto” solamente durante unos pocos momentos a través de los ojos de un Gedd. Pero podía intentar imaginar la vida observando con cuatro ojos Andalitas. Tenía que desplegar mi imaginación para representar lo que era similar a correr. Para vivir la mayor parte de tu vida directamente debajo del sol y las estrellas, con solamente una atmósfera transparente que te protege. ¿Como puede un Yeerk, acostumbrado a la íntima calidez de un estanque Yeerk, entender verdaderamente lo que es tener cuatro piernas, para correr, ver, sentir, manipular objetos a voluntad con delicadas y precisas manos? ¿ Teniendo una mortífera cola? No es posible. No realmente. Pero me acerqué más al entendimiento que cualquiera en el estanque. Introduje mi palpo en el punto de contacto del ordenador y leí con ojos virtuales. Y usé aquella simulación de ordenador de vista para ver, otra vez y otra vez, almacenaba cada imagen visual, inmóvil o en movimiento. Despacio, lentamente, comencé a comprender a mi enemigo. A comprender sus impresionantes fuerzas. Pero también a ver sus debilidades. Los Andalitas podían haber sido la especie dominante en este brazo de la galaxia. Pero no eran invencibles. Pasaron meses, y lentamente los recuerdos de aquellos pocos e increíbles momentos en el Gedd se marchitaron. Otros fueron llamados para asumir huéspedes. Yo no. Pero entonces sucedió. Palpar tras palpar, el mensaje llegó a mi. ¡Esplín 9466 al muelle de infestación! Había una nueva especie a elegir. Después de fracasar con los Hawjabrans y solo unos pocos Ongachics, vagando, ensamblándonos en una nave espacial habíamos encontrado un nuevo planeta. Con nuevas criaturas. Tres habían sido secuestradas de la superficie y traídas a bordo. Una fue para mí. No fui informado. No se me dio ninguna explicación. Estaba simplemente nadando hacia al muelle de infestación y esperé. Esperé, desesperado por controlar mi excitación. ¡Un anfitrión! ¡cualquier huésped, mientras que tenga ojos! De repente, sentí la salpicadura de una cabeza que estaba siendo empujada bajo la superficie. Mi sentidos la notaron y busque la apertura de la oreja. Me apresuré, temiendo que pudiera fallar por alguna razón, temiendo que sucediera esta posibilidad. Instantáneamente sabía que esta criatura era muy diferente de un Gedd. Entrar fue muy sencillo. El canal auditivo era largo y no había nada que lo obstruyera. Liberé mis toxinas para entumecer y dilatar la oreja, pero incluso me pregunté si sería necesario. Me deslicé y exprimí hasta que mis palpos tocaron el cerebro. ¡Ah! Muy distinto del cerebro de un Gedd. El cerebro estaba dividido en lóbulos, dos bastante lisos, uno profundamente arrugado. Me hundí en las arrugas, dentro de los grietas entre los lóbulos. Y entonces me até en el cerebro. Esto no era la emoción de una primera infestación,¡ pero era una revelación! La audición era excelente. El sentido del olfato era casi tan bueno como el mío. Abrí los ojos. -Ahhhh- Grité silenciosamente. Había pensado que la visión del Gedd era toda la visión que podía haber. Pero los ojos de esta criatura eran maravillosos. Los colores tan intensos. Las líneas tan nítidas. Podía ver la profundidad con asombrosa precisión. Miré alrededor de la habitación. Una vez más, vi el límite, el estrecho estanque yeerk que era mi universo entero. Pero mis ojos no estaban fijados en la nave de alrededor mío, pero si de mi nueva, nave personal: este cuerpo. Una cosa quedo clara instantaneamente. Esto no era un Gedd. Esto no era un Hawjabran o un Ongachic. Este cuerpo me recordaba al cuerpo de los Andalitas. Sería rápido. Sería poderoso. Sería….. Peligroso. Abrí la memoria de la criatura, buscando las imágenes de su vida. Esperaba saber que podía hacer. Sentí una resistencia. Una mente dentro del cerebro. Mucho más fuerte que el cansado, golpeado Gedd. ¡Esta criatura estaba intentando luchar contra mi! Había solamente una posible respuesta. El total y completo control. ¡Escapa! ¡Escapa! , chillaba la criatura en silencio. <Grita todo lo que te apetezca.> le dije sarcásticamente. < Ahora me perteneces.> La mente de la criatura comenzó a correr. Buscando alguna vía para detenerme. Pero, naturalmente, no había ninguna. Amenazó. Lloró. Suplicó . Sentía su desesperación, su pánico, su miedo. Y me reí de la enclenque intento de zafarse de mí. <¿Me amenazas?>, le dije, de mente a mente. <¡Que vas a hacerme?. ¡Tu cuerpo es ahora mío! ¡Tus ojos son míos! ¡Tus extremidades son mías!> Estaba mareado. ¡Estaba en un estado de éxtasis! Podía aplastar esta mente con tranquilidad. Era triste, casi, derrotar tan fácilmente a la criatura. Era débil comparado conmigo. No tenía poder para zafarse de mí. No tenía poder para quedarse con el control. Abrí la memoria de la criatura y observé. Al principio las imágenes aparecieron sin control, sin sentido, inexplicables. Pero luego el contexto comenzó a volverse claro. Usé más la memoria para conseguir un entendimiento mucho mejor. Vi el mundo de las criaturas a través de sus propios ojos. Vi a sus compañeros. Sus amigos. Vi su vida….. Quitando la corteza para comida. Saltando por los altos árboles. Sentándose de noche y contando historias que pasaban en herencia de generación a generación. -Bueno, Esplín –Nueve –Cuatro – Doble –Seis, rrrr- ¿Qué es lo queeee opinas?-. Tomé un momento para hacerme con el sonido. Escuché para ver si podía encontrar la fuente del sonido. Y entonces, se me ocurrió: podría usar el sentido de la vista. Podía usar la vista y oír sonidos juntos que señalaban la fuente de los sonidos. Miré. Moví mis ojos y miré nuevamente. Dos Gedds estaban cerca. Sabía que uno era Janath 429, un Yeerk muy viejo, y muy sabio. El otro era Akdor 1154. Fue Akdor quien había dirigido la revuelta contra los Andalitas. Fue Akdor quien había entendido primero el concepto de emplear el cuerpo anfitrión actuando como un depredador. Fue Akdor quien personalmente había matado cuatro de las escorias Andalitas. Akdor movió las partes bucales de su Gedd y habló. -Teeeee he preguntado queeeee opinas. Tu estudiassssss a losssss Andalitas. ¿Puede usarse esssste cuerpo para combatir a los Andalitas?-. Esto era Galard. La nueva lengua que habíamos aprendido de los huéspedes Ongachic. Es la lengua intergaláctica común. El lenguaje Yeerk era imposible de hablar con las bocas de los Gedds. Incluso el Galard sale distorsionado. Bajé mis ojos y miré al cuerpo. Y ahora mío. Vi cuchillas en varias lugares. Cuchillas que eran usadas para quitar la corteza comestible de los árboles. Era todo tan nuevo. Todo tan nuevo para nosotros. Entonces, nosotros no sabíamos nada sobre la galaxia. Pero traté de imaginarlo. Vi un Andalita. Imaginé a esta nueva criatura. Los situé juntos en mi imaginación. Esto era difícil. Difícil de imaginar con vista. -Sí-. Dije con una áspera, voz gutural. –Estas criaturas serán nuestras armas-. Akdor y Janath me miraron fijamente. -Entonces tomaaaaaremos esta espeeeeeecie-. Comunicó Akdor. – Los haremos nuestrooooooos.¡ Este planeeeeeeta es doooooonde nos levantaremos! ¡En este planeta construireeeeemos los cimientos del verdaaaaadero Imperio Yeerk!. Ahí estaba yo. ¿ Entiendes lo importante que era este momento, lo que significaba? Yo estaba allí cuando Akdor anunció el nacimiento del Imperio Yeerk. -Bueno, ¿Cómo se llaman estas criaturas?-. Me preguntó Janath. Estaba sorprendido. Ni Akdor ni Janath conocía el nombre de la especie a la cual condenaban y habían pronunciado. Busqué en mi nueva memoria, ignorando los lastimosos, gemidos lamentables que venían desde la sombra de la criatura. -Ellos se llaman a si mismos Hork-bajir, Akdor. Hork-bajir-. [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 de la Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 9:[/b] <¿Qué es ese ruido?> preguntó Aldrea. <Lo he oído antes. Siempre en el mismo momento de la noche.> “Son los Árboles Parlantes,” dije. Habían pasado siete semanas desde que Aldrea se había convertido en chadoo por primera vez. Desde entonces lo había hecho de nuevo, más de una vez. Pero esta noche ella era andalita. Me gustaba más como andalita. No podía preocuparme por un chadoo. Me preocupaba por Aldrea, la andalita. Ella me había enseñado. Me había mostrado un mundo totalmente desconocido por mi gente. Todavía estaba ansioso por saber más, pero Aldrea había comenzado a decir que ya sabía todo lo que ella sabía. ¿Sería verdad? No importaba. Necesitaba a Aldrea de la misma forma que las hojas necesitan a la Madre Cielo. No había nadie más con quien pudiera hablar. En muchos sentidos, yo ya no era un hork-bajir. Pero cuando estábamos juntos y miraba su delicada figura, sabía que tampoco era un andalita. <¿Vuestros árboles tienen el don de la comunicación, como nuestros árboles andalitas?> preguntó ella. “No,” dije sonriendo. Aldrea me había dicho que, en cierto modo, los árboles andalitas podían hablar. Árboles Guia: Garibahs. Pero no sabía si creerlo. Nuestros árboles no hablan. “Lo llamamos el lenguaje de los árboles, pero es sólo lo que los hork-bajirs usamos como comunicadores primitivos. De noche el gran sonido habla desde más allá del valle. Así es como hablamos con nuestros hermanos y hermanas de las otras dos tribus del valle. El sonido se hace con unas ramas estiradas. La rama se empapa con la lluvia. Entonces se tensa, verticalmente, entre las ramas altas y bajas. Tres de estas ramas se atan así, todas en un mismo árbol. El árbol tiene que ser un árbol Nawin muy viejo, ya que los Nawin se vuelven huecos con los años. Una rama debe ser diez veces más alta que un hork-bajir. La segunda tiene que ser siete veces nuestra altura. Y las más pequeñas, cinco.” Dos hork-bajirs suben a las ramas con un palo largo y recto. Este palo se frota contra las ramas, creando un sonido profundo.” <Resonancia,> dijo Aldrea. <Es casi un tipo de música.> “Si, triste música nocturna,” dije. <Esta es la tribu del sur. Nos están contando que a tres individuos de su gente se los ha llevado Padre Profundo.” Escuché algunas más de las graves, extensas y tristes notas que vibraban por el valle, resonando en las paredes de los árboles. “Dicen que Padre Profundo ha creado nuevos monstruos. Que son…. pequeños. Es extraño. Los monstruos de las profundidades son siempre más grandes que nosotros. Sin embargo estos son pequeños. Dos piernas… largos brazos… ojos amarillos.” De repente sentí la mano de Aldrea agarrando mi brazo por encima de la cuchilla de mi muñeca. Esta no era no era la primera vez que me tocaba. Normalmente, disfrutaba del hecho que ella me agarrara para mantener el equilibrio, o que juguetonamente me golpeara fingido un disgusto, o que tomara mi mano cuando vemos el sol volverse rojo. Pero esto era diferente. <¿Puedes hacerles una pregunta?> dijo Aldrea. Su voz telepática era intensa. “Sí. Pero como puedes ver, este sistema es primitivo. No como el que usa un andalita.” <Dak, tu gente tiene su propios puntos fuertes,> dijo Aldrea. <Pregúntales acerca de esos “monstruos.” Pregúntales….. Pregúntales si esos monstruos se mueven de forma patosa, como si perdieran el equilibrio cuando caminan.> Vacilé por un momento. Mi gente había aceptado que era un vidente. Pero todavía era joven. No me correspondía a mí preguntar esto en los Árboles Parlantes para transmitir mensajes. Pero Aldrea parecía decidida. Disgustada. O tan disgustada como puede llegar a estarlo un andalita. No son gente que normalmente exprese sus emociones. Así pues me giré y grité en la oscuridad, vociferando hacia el Árbol Parlante. Y un momento más tarde, el sonido mucho más estruendoso y próximo del Árbol Parlante que teníamos creó un sonido profundo y lúgubre que resonó a lo largo del valle. “¿Qué es eso que temes, Aldrea?” le pregunté. <No estoy segura,> dijo ella. “No si tus temores se han cumplido, Aldrea,” le señalé. “Pero sí sabes cuáles son esos miedos.” Aldrea se echó a reír. <No dejas de sorprenderme, Dak. Cada día eres más agudo, más listo. ¡Aprendes demasiado deprisa! Tu uso del lenguaje, tu percepción… es increíble. Podrías matricularte mañana en cualquier academia andalita y —> “Gracias,” la interrumpí. “He aprendido de ti. Incluso he aprendido a reconocer cuando alguien trata de evitar contestar una pregunta.” Aldrea formó la extraña sonrisa andalita con sus ojos. <Me lo merezco. Ya que has preguntado, te lo contaré. De lo que tengo miedo, es de —> Pero justamente entonces la respuesta llegó desde la tribu del sur. “Han visto a esos monstruos caminando de forma extraña. Como si sus piernas fueran de diferentes tamaños,” traduje. La sonrisa desapareció de los ojos de Aldrea. <Son ellos,> dijo. <Sus piernas son de diferentes longitudes. Nunca pudimos averiguar por qué evolucionaron de esta manera.> “¿Quiénes son ellos?” <Los llamamos gedds,> dijo Aldrea. “¿Son de otro planeta, como los andalitas?” <Sí. Pero los gedds no son el problema. El problema es lo que esos gedds representan.> Volvió todos sus ojos hacia mí. <Dak, tu eres el vidente. Tú naciste, me has dicho, porque tu gente te necesitaría.> “Sí, he nacido vidente porque los andalitas vendríais. Teníamos la necesidad de que uno de nosotros pudiera aprender de ti.” <También yo pensé eso,> dijo Aldrea suavemente. <Pero ambos estamos equivocados. Tú no naciste porque los andalitas fueran a venir. Tú has nacido porque los yeerks están aquí.> [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 de la traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 10:[/b] “¿Qué son los yeerks?” me preguntó Dak Hamee. Suspiré. <Son de otra especie. Diferentes a ti y a mí. Distintos de los hork-bajir o los andalitas. Ambas especies, los hork-bajir y los andalitas caminamos libremente por el mundo. Comemos corteza o hierba. Los yeerks son diferentes.> “¿Son depredadores? Enséñame lo que sepas sobre los depredadores.” Una vez más, estaba conmocionada. En el transcurso de unos pocos meses Dak Hamee había pasado de hablar con el idioma básico y rudimentario de un niño a un lenguaje tan fluido y bueno como el mío. Su comprensión de los conceptos era segura y rápida. La diferencia entre él y los otros hork-bajirs era abismal y cada día, este abismo era mayor. La diferencia entre él y cualquier andalita… bueno, no había demasiada diferencia en cuanto a la capacidad intelectual. <Ellos no son depredadores, por lo menos no como los habituales. Son parásitos. Verás, ellos….> “¿Qué? ¿Ellos qué?” me apremió Dak. Pero mi cerebro sencillamente había dejado de trabajar. Se quedó congelado. Y entonces, de repente, eché a correr en total estado de pánico. <¡Oh, no! ¡No! ¡Están en la órbita!> grité. “¿Los yeerks?” <¡Están en la órbita! Es a esta hora de la noche cuando mi padre manda los informes a nuestro mundo. ¡Si están en órbita pueden interceptar el mensaje!> Yo ya estaba corriendo. Con la cola gacha, la parte plana hacia el suelo, poniendo todas mis energías, jadeando mientras mis músculos gritaban de dolor teniendo que luchar con las siempre presentes pendientes. Dak iba trotando tan rápido como podía, pero en el suelo yo era más rápida que él. Le dejé atrás. Con mis antenas oculares miré hacia atrás y le vi saltando hacia los árboles. Se movería mejor ahí arriba, en su elemento natural. Pero Dak ya no era mi mayor preocupación. ¡Tenía que detener la emisión de mi padre! Tenía que detener esa transmisión. Estaba a tres kilómetros del refugio. Tres kilómetros de obligatoriamente dificultosa carrera en este planeta: serpenteando, arriba unos pocos metros, abajo otros pocos, avanzando siempre, pero añadiendo el doble de distancia. Era sencillamente imposible recorrer cualquier otro camino. Cuesta arriba, cuesta abajo, corriendo alrededor de árboles enormes. Estaba extremadamente trastornada por el tiempo que tardaban en aparecer a la vista las luces del refugio. Trastornada porque sabía que era demasiado tarde. Mi padre ha sido siempre muy preciso. Muy puntual. Y mi reloj interno me decía que el mensaje se había enviado hace quince minutos. Pero seguí corriendo. Podía distinguir las luces del refugio. Podía ver las sombras y las siluetas de mi padre, mi madre o mi hermano moviéndose frente a las luces. Podía imaginar todos los detalles. Mi madre trabajando en su ordenador, anotando el análisis preciso de ADN de una nueva y extraña flor que habría encontrado. Mi hermano jugando a un juego holográfico, disparando a naves enemigas imaginarias. Mi padre… mi padre tranquilamente apartado, sumido en sus propios pensamientos, recordando, imaginando. Soñando con sus esperanzadores sueños. Esta era la imagen que quiero conservar para siempre. No lo que sucedió después. [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 de la traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 11:[/b] Había disfrutado de dos días en mi nuevo cuerpo hork-bajir. Aún era algo asombroso para mí. Un milagro. Lo único malo era el incesante y persistente grito de la mente del hork-bajir. No era que se negara a aceptar la nueva realidad. Sencillamente era demasiado estúpido como para saber qué estaba pasando. Demasiado estúpido para entenderlo. Ahora caminaba por la nave. Había sido construida por los andalitas, naturalmente, así que hubo un tiempo en que crecía hierba verde, roja y azul de la mayor parte del suelo. Los techos habían sido maravillosas imágenes holográficas del cielo andalita. Los andalitas odian las prisiones. Yo lo sabía. Sabía que estaban construyendo una nueva generación de naves espaciales que se llamarían “naves cúpula”. Estas naves cúpula tendrían realmente enormes parques artificiales. Hierba, árboles y cielo abierto. Pero la hierba de este transporte había muerto hacía mucho tiempo. No tenía utilidad para nosotros. Y no tenemos miedo a estar recluidos. Aquí y allá había parcelas amarillas que de alguna manera habían logrado sobrevivir, pero en mayor parte del suelo se veía la maya de acero subyacente. ¡Se veía! La misma idea era nueva para mí. Había cosas que uno podía ver, y otras cosas que no podían ver. La nave andalita fue construida como transportador. Pero había una parte transparente del casco a través de la que podía mirar con mis ojos para ver las otras naves de nuestra pequeña armada. Cerca, lo suficiente como para poder verlo, había un par de cazas andalitas. Teníamos cuatro en total. Más los dos transportadores. También nos habíamos hecho con una pequeña nave Ongachic y tres naves Skrit Na. Las naves Skrit Na eran lentas pero muy bien armadas. Las naves Ongachic son rápidas pero no llevan armas. Abajo, ocupando la mitad de mi campo visual, estaba el planeta hork-bajir. Era el primer planeta que veía. Sentirlo, olerlo, escucharlo, era infinitamente diferente a que te lo describieran. Verlo ahí, pendiente en el espacio… era sobrecogedor. ¡Tan enorme! Tan extraño. “Esplín,” dijo una voz. Me volví para ver otro cuerpo portador de hork-bajir. Era Carger 7901. Había conocido a Carger durante mucho tiempo. Pero nunca me había gustado. Siempre había habido algo demasiado violento, demasiado ambicioso en él. Y ahora Carger era uno de mis pocos compañeros hork-bajir controladores. Hablamos de la creación de nuevos rangos. Todo el mundo decía que si íbamos a convertirnos en un ejército victorioso, necesitaríamos una jerarquía. El antiguo Consejo de los Trece permanecería totalmente intocable. Pero por debajo de éste vendría algo llamados “ Vissers” y “sub-Vissers”. Carged ya había comenzado a referirse a sí mismo como un Sub-Visser. Nadie le había contradicho. “Esplin. Ven conmigo.” “¿Por qué?” “No hagas preguntas,” dijo Carged. “Simplemente ven.” Le seguí. Me condujo hacia la zona de atraque justo detrás del puente de mando. Allí nos reunimos con dos gedds controladores que yo no conocía. Y Akdor estaba allí también. “Rrr- recientemente hemos inteeeeeeerceptado un mensaje proveniente desde la superfiiiiiiicie,” dijo de forma tensa. “Una transssssmisión Andalita.” Sentí el aumento repentino de hormonas dentro del cuerpo del hork-bajir. El aumento repentino que surgía del miedo o de la previsión del combate. “Haaaay un andalliiiiita en el puesto avanzado en el planeta . La emisiiiiión no estaba codificada. Creemos que solamente hayyyyy cuaaaatro andalitas. Tienen que ser asesinaaaados. Inmediatamente, antes de que puedan descubriiiiiir nuestra presencia aquí.” Carged sonrió con su boca hork-bajir. “Será un honor dirigir el ataque.” “No lo rrr-dudo,” dijo Akdor brevemente. “Pero sólo quieres ir para que rrr-podamos poner en acción estos cuerrrpos hork-bajir. Atacaremos desde la nave cccccaza rrr-andalita. Pero si los cuatro andalitas no son asesinados, vosotros dos iréis tras los supervivientes.” Admitiré que sentí ciertos escrúpulos. A diferencia de los demás, yo conocía a los andalitas. Conocía lo avanzado de su tecnología, y lo peligrosa que era. Y también sabía que hasta sin ninguna otra arma otra arma, solamente con la cola, ya eran peligrosos. Pero prefería tener que morir que admitir esas dudas. Éste era el sendero de la fuerza. Estar allí, en el primer combate usando anfitriones hork-bajir, sería un acontecimiento importante. Y si Carger podía nombrarse a sí mismo sub-Visser, ¿por qué no podía serlo yo también? Con el transportador trajeron al muelle dos de los cazas andalitas. Carger y yo nos subimos a bordo de uno. Había un corto viaje hasta la superficie del planeta. Media órbita, luego hacia abajo a través de la delgada atmósfera. Los dos cazas se reunieron en formación. Había enseñado a nuestros pilotos este concepto. Lo había aprendido de estudiar a los andalitas. Las naves espaciales en formación son más difíciles de atacar. No es que esperásemos ser atacados. Había cuatro andalitas en la superficie del planeta. Pero ninguna nave. Bajamos, rozando casi la superficie del planeta. Y entonces, abajo, más abajo hacia el interior de uno de los enormes valles. Estaba muy oscuro en esta parte del planeta. De noche. Los ojos no funcionan muy bien durante la noche. Pero esa no era la cuestión importante. Sabíamos dónde estaban los andalitas. Pasamos a unos centímetros sobre las copas de los árboles. “Piloto,” dije. “Mis estudios a cerca de los métodos usados por los andalitas revelan que esta nave posee dispositivo capacitado para aumentar la visión.” El piloto -un controlador gedd, naturalmente- resopló como si yo fuera idiota. “Conocemos nuestra nave,” dijo. Tecleó sobre la pantalla panorámica. Y en ella pude ver la morada andalita. Una “paleta” como ellos la llaman. Vi que un andalita trabajaba en una computadora interfaz. Uno más pequeño y joven parecía estar brincando, jugando a algún juego. Vi a un andalita más grande, probablemente macho, situado a un lado de la paleta, atento y pendiente de la oscuridad. “Mirando en la dirección equivocada,” rió Carger. “Mira hacia arriba, andalita. ¡Mira hacia arriba y observa tu muerte!” Los gedds se unieron a las risas. Risa: es la habilidad para expresar alegría con sonidos emitidos por la boca. ¡Era algo tan nuevo!! Pero yo no me reí. “Veo tres andalitas, no cuatro,” dije. “El cuarto es probable que esté dentro de la paleta,” dijo Carger. “No, los andalitas nunca se refugian a menos que deban hacerlo. En lo más profundo de la fría noche, o para evitar severos temporales, o para defenderse de un ataque. O cuando deben servir a bordo de una nave espacial. Los andalitas son criaturas de espacios abiertos. Odian estar recluidos de cualquier modo. Se ponen nerviosos y se asustan si no tienen grandes áreas en las cuales puedan correr.” Carger sonrió sarcásticamente haciendo un comentario despectivo. “Eres un gran amante del mundo andalita, Esplin.” Sentí un pinchazo sobre la piel, detrás de mi cuello. Era la reacción hork-bajir al miedo. Miedo de Carger. “Mataré más andalitas si conozco sus costumbres,” dije bruscamente. Los dos cazas estaban ahora a no más de cien metros sobre la paleta, los motores reduciendo su acción para evitar ser oídos o vistos. Otra de las tácticas que había descubierto al estudiar al enemigo. “Desfibrilador funcionando. Blanco fijado,” dijo el piloto gedd. “Solamente hay tres andalitas a la vista,” dije. Esperemos hasta que el cuarto se reúna con ellos. “¿Esperar? Idiota. ¡Dispara!” ordenó Carger. “¡No! El andalita restante verá la…” “¡He dicho que dispares!” rugió Carged. “¡Es una orden directa de tu Sub-Visser! ¡Dispara! ¡Mátalos ahora!” [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 12:[/b] No hubo ningún aviso previo. Ninguna advertencia. Excepto por la sensación de tener un nudo en el estómago, un horrible sentimiento de terror. ¡TSEEEWWWW! ¡TSEEEWWWW! Los rayos de las naves se dispararon desde el cielo. No desde muy alto. Habían venido lentamente, aproximándose sigilosamente, y planeando, con las luces apagadas, ocultos por los árboles y la oscuridad. ¡TSEEEWWWW! ¡TSEEEWWWW! El refugio explotó. Las bolsas de aire en el material de construcción se sobrecalentaron en un microsegundo y explotaron. La humedad en el suelo, en la hierba y la tierra se convirtió en vapor y explotó en la mitad de tiempo que un parpadeo . Todo lo que podía arder, ardió. Y puede arder con el fuego de una nave con su potencia destructora al máximo. Todo. <¡NOOOOOOO!> grité. Sentí la onda expansiva de calor sobre mi cara. Sentí los choques alcanzándome como olas. <¡NOOOOOOO!> ¡TSEEEWWWW! ¡TSEEEWWWW! La paleta era todo llamas y explosiones. No veía a mi familia arder. No los veía, pero sabía que les estaba sucediendo. A trescientos metros más allá, o menos, ellos ya estaban muertos. Muertos con el primer disparo. <¡AAHHH! ¡AAHHH! ¡AAHHH! ¡AAHHH!> No podía dejar de gritar. Los dos cazas andalitas robados disparaban. Una y otra vez. Dispararon hasta que lo que una vez había sido nuestro hogar ya no fue nada más que cristales rotos por todas partes y metal fundido. <¡AAHHH! ¡AAHHH! ¡AAHHH!> Alguien me agarró. Moví rápidamente mi cola sin pensar, encolerizada, aterrorizada. Dak Hamee recibió el golpe en su brazo izquierdo. La hoja de mi cuchilla cortó por la mitad la cuchilla de su muñeca. Un pequeño trozo de su cuchilla cayó al suelo. Los fuegos de las naves cesaron. Lo que había sido de nuestro hogar, lo que había sido de mi familia, resplandecía con un color rojizo en la noche. Pasarían días antes de que el calor se disipara. “¡Debes escapar!” dijo Dak ferozmente. <Están muertos,> gemí. <No, no, no, no.> “¡Tienes que escapar!” dijo nuevamente. <¡Están todos muertos!> “Los que han hecho esto vendrán a inspeccionar la zona para estar seguros de que han hecho su trabajo,” dijo Dak. “ No deben encontrarte.” <¿Y eso qué importa? Oh, mi madre. Mi padre. ¡Barafin! ¡Barafin!> Dak me agarró y me apartó de esa horrible escena. Tomó mi cabeza suavemente en sus dos manos, que más bien eran garras y me obligó a mirarle a los ojos.. Pero él era un hork-bajir, no lo podía entender: mis ojos oculares podían permanecer muy fácilmente fascinados en la brillante herida roja que una vez había sido mi vida. “Como has dicho, Aldrea, éste es el motivo por el cual he nacido como vidente. Para salvar a mi gente de esos yeerks que han realizado semejante acto de maldad. Pero no puedo hacerlo solo. Debes ayudarme.” <¿Ayudar?> sollocé. <¿Ayudarte a qué?> “Ayudarme a comprender… a comprender este mal,” dijo Dak. “¿Me ayudarás a comprender esta maldad?” Me sentía enferma. Tan enferma de miedo y odio que quería morirme sólo para hacer que esa sensación terminase. Pero Dak me había mostrado una razón para vivir. Una motivo para soportar la violencia, el odio y el rencor que me estaban devorando por dentro. <No, no te ayudaré a entenderlos,> dije. <Pero te ayudaré a matar yeerks. Eso es lo que haré. Te ayudaré a matarles. Y los mataremos. ¡Y los mataremos! ¡Y los mataremos a todos!> Chillé impotente por mi cólera al cielo donde sabía que los yeerks estaban escondidos. <¡Os mataré a todos!> grité. <¡Os mataré a todos!> [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 13:[/b] Todavía estaba temblando. Mi cara aún ardía debido al tremendo calor. La mente aún me daba vueltas, retorciéndose, perturbada por lo que había visto. Todo lo que sabía acerca de los andalitas y la galaxia más allá de mi planeta era lo que Aldrea me había contado. Ella no me había hablado de semejantes cosas. No me había hablado de armas. De guerras. De los yeerks. No sabía nada de esas cosas. Sabía que habían monstruos que vivían en Padre Profundo y a veces se levantan para coger a un imprudente hork-bajir que había bajado demasiado los muros del valle. Pero estos eran monstruos. No usaban naves espaciales. No disparaban, invisibles, desde el cielo. Sin embargo, una cosa sí sabía: Cuando los monstruos atacan, un hork-bajir debe salir huyendo. Si uno de los monstruos ataca y fracasa a la hora de llevarte con él, otro monstruo puede ser atraído por el ruido y atacarte también. Estos yeerks deben de ser igual. Todavía podían volver a atacar. Aldrea no me estaba escuchando. La cogí del brazo y tiré de ella. La hice seguirme hacia las sombras, lejos de ese horrible resplandor. Tenía que contarles esto a los ancianos. Nada semejante había sucedido nunca. Tenían que saberlo. Ellos tendrían que decidir… No, lo comprendí. Yo tendría que decidir. Ellos me mirarían y dirían, “Dak Hamee, tu eres diferente de nosotros. Tú eres el vidente. Muéstranos el camino.” Dejé de correr. Aldrea se detuvo también. “Debo decidir,” dije. Sentí como si un Árbol Tribal hubiera caído sobre mí. Pensaba que había aprendido mucho. Pensaba que era un sabio. ¡Pero en realidad no sabía nada!” “No estoy preparado,” le dije a Aldrea. “¡No sé que hacer!” Antes de que pudiera contestarme, vi a dos hork-bajirs acercándose a nosotros, corriendo. Debían de haber visto las luces del cielo. “No temáis, hermanos,” les dije. “Oh, no estamos asustados,” me dijo uno de ellos. Su tono era extraño. Diferente. Caminó directo hacia mí. Mientras se acercaba, me di cuenta de que no le conocía. ¿Sería de alguna de las otras tribus del valle? ¡Ssslash! ¡Me asestó una cuchillada con la cuchilla de su muñeca! Me había cortado en el pecho. Podía ver la sangre. Podía ver la piel dividida, como si una gran boca se hubiera abierto en mi pecho. Me causaba dolor. “¿Por qué has—?” ¡Sslash! ¡Sslash! ¡Me atacó usando las cuchillas de sus pies y codos! Volvió a alcanzarme. Estaba sangrando. Me propinó un profundo corte en el lado izquierdo de la cara. Todo había sucedido en lo que tardas en parpadear. “¡Olvídate de él, coge al andalita!” gritó el otro hork-bajir El segundo hork-bajir brincó hasta Aldrea. Cortaba el aire con sus cuchillas, girando y cortando, como si hiciera una especie de danza aérea. <¡Dak! Pelea. ¡Estos en realidad no son hork-bajirs!> dijo Aldrea. “¿Qué?” <¡Luchemos con ellos!> gritó Aldrea, y agitó su cola, lanzándola tan rápido que cortaba el aire. La pequeña hoja-guadaña del extremo de su cola alcanzó directamente en el pecho del segundo hork-bajir. Él retrocedió, siseando furioso. Lo único que podía hacer era mirar. Estaba sangrando. Me habían rajado por muchas partes. Sentía dolor. Pero más que eso, me sentía confuso. ¿Cómo era posible que un hork-bajir me hubiera cortado con sus cuchillas? No había sido un accidente, como algunas veces sucede cuando estamos recogiendo corteza. No estábamos recogiendo corteza. Este hork-bajir me había cortado. ¡Deliberadamente! ¿Por qué? “¡Ignora a ese estúpido, ayúdame a coger al andalita! ¡Me ha cortado!” Ahora ambos hork-bajir se volvieron hacia Aldrea. Se acercaron, haciendo restallar sus cuchillas salvajemente el aire, aproximándose cada vez más. La rodearon, obligándola a dar con la espalda en el tronco de un árbol. Si continuaban atacando y acercándose a ella así, la acuchillarían. La herirían de tal forma que podría morir. Yo había visto hork-bajirs que se habían cortado accidentalmente. Una vez, un viejo y débil hork-bajir murió por esos cortes. La cola de Aldrea temblaba, preparada. ¡Un repentino brinco! Ambos hork-bajir saltaron sobre Aldrea, las cuchillas destellando. Aldrea lanzó su cola una y otra vez. ¡Tropezó! Una de sus piernas se torció y cayó sobre su costado. “¡Muere, porquería andalita!” gritó uno de los hork-bajir. Sus cuchillas relampaguearon. Miré las cuchillas de mis propias muñecas. Aldrea chilló de rabia y terror. Levanté los brazos y vi ahí las cuchillas. Era como si me estuviera viendo a mí mismo por primera vez. Algo sucedió entonces. Fue como si me hubieran dado el poder de mirar directo al corazón de Padre Profundo. Podía sentir una terrible conciencia, un terrible sentimiento de comprensión. Podía sentir… el poder. <¡Dak! ¡Ayúdame!> Salté a la espalda del hork-bajir más cercano. Giré mi brazo con tanta fuerza y tan rápido como pude. La cuchilla de mi muñeca le abrió un corte en la espalda. Atravesó el músculo. Atravesó su columna vertebral. Todos los músculos de su cuerpo se quedaron sin fuerza instantáneamente. Cayó al suelo, incapaz de mover las piernas. Salté hasta el otro hork-bajir, pero éste ya estaba huyendo, girándose para mirar y corriendo de nuevo. “¡Carger, eres un cobarde!” gritó el lisiado hork-bajir que había dejado en el suelo. Miré fijamente la cuchilla de mi muñeca. Goteaba sangre. <¡Gedds!> gritó Aldrea. Mis ojos siguieron la dirección de sus ojos principales. Dos extraños y pequeños monstruos que se aproximaban a paso rápido. Llevaban pequeñas máquinas en sus manos. <¡Tenemos que correr!> dijo Aldrea. “¿Correr?” todavía miraba estúpidamente mis propias cuchillas. El hork-bajir a mis pies gimió. Sus brazos se movían débilmente. Sus piernas no se movían en absoluto. Aldrea inclinó la parte superior de su cuerpo, acercando su cara a la del hork-bajir herido. <Sea cual sea tu nombre, yeerk, ve y dile a tus superiores: Primero, vuestra traición destruyó a mi padre, y luego lo asesináis a él y a toda su familia. Pero no tendréis este planeta. Somos los andalitas, gusano parasitario. Y os veremos a todos muertos. A ti y a toda tu mugrienta raza. Diles esto a tus amos.> Dos de las criaturas a las que Aldrea había llamado gedds corrían hacia nosotros, levantando las pequeñas máquinas de sus manos. <La hija de Seerow te mostrará el otro lado del carácter andalita,> le dijo Aldrea al mutilado hork-bajir. Luego Aldrea y yo echamos a correr. [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 14:[/b] Mi familia estaba muerta. Yo era la única andalita en muchos millones de kilómetros a la redonda. No tenía ningún medio para comunicarme con mi gente. Los yeerks habían venido al planeta de los hork-bajir, y sólo lo sabíamos Dak y yo. Sabía que los hork-bajir eran pacíficos. Antes de esto, no tenía ni idea de que ellos simplemente no entendían el concepto mismo de lucha. Se encontraban entre los seres de apariencia más feroz, más impresionante físicamente, de entre las especies sensibles de la galaxia. Eran armas andantes. Mortales de la cabeza a los pies. Pero ellos no lo sabían. No sabían lo que esto significaba. Eran el blanco perfecto para los yeerks. Dak y yo corrimos, despistando fácilmente a los gedds. Continuamos moviéndonos, siempre cuesta abajo, sin pensar si huíamos de auténticos perseguidores o simplemente de fantasmas. Traté de pensar qué podíamos hacer. Pero mi mente no permitía que se desvaneciera la imagen de los cañones reduciendo todo lo que me importaba a ceniza brillante y plomiza. “Cuéntame cosas sobre los yeerks,” me dijo Dak jadeando. Eso sí podía hacerlo. <Son una especie parasitaria. Son capaces de vivir por sí solos en algo llamado estanque yeerk. Pero prefieren vivir dentro de cuerpos y cerebros de otras especies.> “¿Cómo es eso posible?” <Los yeerks son como han evolucionado. Son parásitos por naturaleza. La evolución los ha equipado para poder hacer eso. En su propio mundo, infestan a una especie llamada gedds. Has visto algunos hay atrás. Mi padre fue el primer andalita que tuvo un verdadero contacto con ellos.> Dak me miró sorprendido. “¿Has vivido entre esos yeerks?” <Sí. Nosotros… mi padre y mi madre fueron enviados para estudiarles. Y para enterarnos de si podíamos aliarnos con ellos. O descubrir si había alguna razón por la que temerles.> Dak asintió con la cabeza. “Eso es lo que tus padres hacían aquí también. ¿Estoy en lo correcto? Fueron enviados aquí para estudiarnos.” <Sí. Pero hay una diferencia. Nosotros sabíamos que los yeerks eran sumamente—> Me detuve. Dak esperó un momento. Luego terminó la frase por mí. “Tú sabías que los yeerks eran sumamente inteligentes. A diferencia de los hork-bajirs. Estabais interesados en ellos por su inteligencia. Y les teméis por la misma razón.” <Sí, Dak. Era su inteligencia lo que nos interesaba.> “Por eso es por lo que tu padre y tu madre no tenían verdadero interés en nosotros. Somos una raza estúpida.” Sonó disgustado. No hacia mí. No hacia los andalitas. Sino hacia su propia gente. Como si estuviera avergonzado de ellos. <La inteligencia no lo es todo,> dije. <Mi padre es… era… brillante. Pero los yeerks lo engañaron. Él les enseñó el mundo que hay más allá de su planeta. Les enseñó el lenguaje escrito, unos conceptos avanzados sobre manipulación de sustancias, fabricación de herramientas, visión, arte, todo. Confió en ellos. Pensó que estarían agradecidos. Pensó que estarían contentos.> “Tu padre cometió un error,” dijo Dak. “Los yeerks estaban contentos. Pero al haberles mostrado todo aquello que no tenían, comenzaron a querer más. Querían ser como vosotros. Como los andalitas.” Giré mis antenas oculares para mirar fijamente a Dak, que trotaba detrás de mí. ¿Cómo había dado tan pronto con el corazón del problema? ¿Cómo podía adivinar lo que el yeerk sentía? Por supuesto. Porque él sentía lo mismo. Él, también, tenía envidia de lo que teníamos los andalitas. Estaba celoso de nuestro poder, de nuestro conocimiento, de nuestra inteligencia. <Los yeerks mataron a la mayor parte de los andalitas que estaban con mi padre,> dije. <Robaron las naves andalitas. Escaparon al espacio. Desde entonces han estado buscando cuerpos anfitriones convenientes para infestar.> “Y ahora nos han encontrado a nosotros,” dijo siniestramente Dak Hamee. <Sí.> “Mi gente será incapaz de detenerles.” <Quizás no,> dije impaciente. <Los hork-bajir pueden ser muy peligros, unos luchadores muy poderosos, al menos en combate cuerpo a cuerpo. En un uno contra uno incluso podrían retar a un guerrero andalita.> Dak rió. “Mi gente no comprende el termino ‘parásito’. Nunca comprenderán que estas criaturas les robarán sus cuerpos. Escucharán lo que les digamos, y luego volverán a cortar corteza y a jugar y a cuidar de sus hijos.” <Quizás no. Tú eres el vidente. Tú has nacido para enseñar a tu gente algo nuevo. Quizás hayas nacido para enseñar a tu gente a pelear. Quizás tu propósito es enseñar a los hork-bajir como matar a los yeerks.> “Esperaba haber sido escogido para mostrar a mi gente todas las cosas que tu padre intentó mostrar a los yeerks. Esperaba enseñarles música. Escritura. Arte. Esperaba enseñarles cómo deben contar el tiempo, el paso de los años. Hacer herramientas, construir. Pero tu padre les dio estas cosas a los yeerks, y ahora vemos el resultado. Quizás sea un idiota por pensar que el conocimiento haría feliz a mi gente.” <Habrá tiempo para pensar en todo eso después de que encontremos un modo de aniquilar a los yeerks,> dije. <¡Podemos salvar a tu gente si aprenden a luchar! No tienen que ser destruidos.> “Sí, ocurrirá,” dijo en voz baja. “Aunque aprendan a luchar, a herir y a matar, o aprendan a ser esclavos. Ambas cosas les destruirán. Asesinos o esclavos. Serán o lo uno o lo otro. Asesinos o esclavos.” Me detuve y agarré el brazo de Dak Hamee. Moví mis dedos a propósito bajo la cuchilla de su codo. Era casi tan fuerte como la hoja de la cola de un macho andalita. E igual de afilada. <Si la elección está entre ser un asesino o ser un esclavo, sé un asesino. Ya lo has hecho ahí atrás. No es tan difícil de aprender.> “¿Y es lo que quieres para mí? ¿Que sea un asesino?” <¡Si es necesario, sí!> Lentamente Dak apartó mi mano de su cuchilla. Tuvo cuidado de no cortarme. Me encontré con su mirada. Los hork-bajirs no son buenos a la hora de ocultar sus sentimientos. Nunca han intentado aprender el arte de mentir. Así que podía ver lo que había en la mente y el corazón de Dak. “Todavía tengo mucho que aprender sobre los andalitas,” dijo. Aparté la mirada. Es duro ver la decepción en los ojos de alguien por el que sientes cariño. Y aún así, su desprecio hacia mí no cambiaba nada. No tenía elección. Su gente no tenía elección. ¿Les ayudaría yo a convertirlos en una raza de asesinos para detener a los yeerks? Sí. Y mil veces sí. Las criaturas que habían asesinado a mi familia lo pagarían. Costara lo que costara. ¡TSEEEWWWW! ¡El tronco del árbol que estaba a unos centímetros a mi izquierda explotó! Me alcanzaron algunas astillas, cortándome. La conmoción del golpe y las luces me aturdieron. Pero había sido cosa de una pistola de mano, no una de las armas más poderosas de los cazas. Divisé una escena de los gedds corriendo hacia nosotros, acorralándonos desde dos lados. De alguna forma nos habían seguido la pista. Y habían venido más desde las naves en órbita. Estaban sobre nosotros, montaña arriba. El único camino por donde correr era cuesta abajo. <¡Nos han encontrado!> grité. <¡Corre!> Corrimos. Éramos más rápidos que los gedds, pero sabía que llamarían a los cazas. Y no podíamos correr más que los cazas. ¡TSEEEWWWW! ¡TSEEEWWWW! “Debemos ir a Padre Profundo,” dijo Dak. <¿Podemos sobrevivir hay abajo?> “¿Podemos sobrevivir aquí?” Corrimos a toda velocidad bajando el valle, más y más abajo hacia la brillante niebla azul que los hork-bajir llamaban Padre Profundo. [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 15:[/b] Abajo, abajo, siempre cuesta abajo. Los músculos de mis piernas gritaban de dolor. Quería detenerme y transformarme en el chadoo. Pero no había tiempo. Los gedds estaban llegando. Y podía oírlos hablar por sus comunicadores, intentando traer los cazas para matarnos. La topografía de este planeta nos estaba salvando. Los pilotos de los cazas andalitas parecían confusos. No sabían si colocarse encima de nosotros o a un lado. Era un problema que un andalita habría resulto fácilmente. Pero los yeerks eran todavía novatos en todo este mundo de la visión. Los árboles, la escarpada pendiente les confundieron. Pero no por mucho tiempo. ¡TSEEEWWWW! Se abrió un agujero de sesenta centímetros en el tronco de un árbol que estaba justo delante de nosotros. El agujero humeó, pero el tronco del árbol no explotó. ¡TSEEEWWWW! El rayo del arma abrió una zanja en el suelo junto a nosotros. Todavía corríamos. Una pesadilla de terror. Dolor en todas las células de mi cuerpo. Heridas rezumando sangre. Músculos desesperados por descansar. Más y más y más abajo. Y ahora a través de los árboles podía captar vistazos del intenso azul. El aire ya era más denso. ¿Cuántos kilómetros habíamos corrido? Estaba corriendo a máxima velocidad, desatenta a los obstáculos. Moviéndome rápidamente, presa del pánico. A toda velocidad, impulsada por el terror. Delante de nosotros, un grupo de cinco o seis asustados hork-bajirs. Estaban acurrucados, observando el cielo, observando los disparos de los cazas, sus caras grotescas incluso más grotescas aún por el miedo. “¡Es Dak Hamee!” gritó uno. “¡Dak Hamee! ¡Vidente! ¿Qué está sucediendo?” “¡Corred! ¡Huid!” gritó Dak. ¡TSEEEWWWW! Los cazas redujeron a dos de los hork-bajir a vapor. El tercero fue golpeado por el filo de un rayo. Vivió lo suficiente para ver que sus piernas, la parte de su cuerpo por debajo de su cintura, había desaparecido. “¡Escapad! ¡Decidles a todos que se escondan!” gritó Dak. “¡Tengo que ayudarles, mírales!” me dijo. <Es a nosotros a quien quieren los yeerks,> dije. <Si permanecemos aquí con esta gente, estarán en grave peligro.> Incluso mientras decía estas palabras sabía que había mentido. No era a nosotros a quien estaban persiguiendo. Era a mí. Todos los hork-bajir eran iguales para los yeerks. Era el andalita lo que ellos querían matar. Pero Dak aceptó mi advertencia. Me siguió colina abajo, dejando atrás a los aterrados hork-bajir. No había tiempo para sentirse culpable. ¡Tenía que sobrevivir! Sólo yo podía localizar a mi gente y traerla para que aniquilaran a los yeerks. Sólo yo podía asegurar venganza. ¿Qué eran unos cuantos hork-bajir asustados comparado a la necesidad de matar a los yeerks? El aire era aún más denso. Era como estar respirando vapor frío. Pero el oxígeno extra renovaba mis fuerzas. De repente, ahí estaba, debajo de nosotros, los árboles habían desaparecido. El suelo se estaba abriendo. Una niebla azul arremolinada resplandecía peligrosamente. Pero en aquel entonces mi elección no estaba entre una vida larga y feliz en una mano y la muerte en la otra. Mi elección estaba en vivir unos pocos minutos más o morir directamente. Decidí tomar la de vivir unos pocos minutos más. Me zambullí dentro de Padre Profundo. [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 16:[/b] Tenemos muchas historias, nosotros los hork-bajir, a cerca de Padre Profundo. Padre Profundo y Madre cielo nos dieron a luz, a sus hijos. Madre Cielo nos dio el aire y la luz. Padre Profundo nos dio la tierra y el agua. Ambos son necesarios para los árboles que nos sustentan. Pero Padre Profundo es también el sitio del que vienen los monstruos. Ningún hork-bajir ha entrado en Padre Profundo y ha vivido para contar lo que hay allí. Ahora estamos entrando en las Profundidades. Habíamos pasado la zona de brillantes arbustos y flores distorsionadas al borde de las Profundidades. Ningún árbol crecía aquí. Pero había cosas vivas, incluso ahora, con la niebla a nuestro alrededor, ocultándonos de nuestros perseguidores. <Esta atmósfera parece ser respirable,> dijo Aldrea. <No sé la proporción precisa de concentración de gases en el ambiente, por supuesto, pero puedo de respirar. ¿Y tú, Dak?> “Sí. Puedo respirar.” Mi voz sonó desganada. Parecía morir en el aire. Aunque los sonidos no iban de ningún modo desde mi boca a las orejas de Aldrea. Estaba asustado. Sabía que moriríamos. Pero también sabía que era mejor morir en Padre Profundo que ser asesinado por los yeerks. Padre Profundo era nuestro. De nuestro mundo. De los hork-bajirs. Quería morir como un hork-bajir. El mundo a nuestro alrededor se volvía de un azul más profundo. La luz parecía venir desde debajo de nosotros, brillando a nuestro alrededor. Era una niebla azul. Más y más densa, hasta que a penas podía ver a Aldrea a pesar de que estaba solamente a unos pocos metros. Esperé a que los monstruos nos asaltaran y me agarraran. Me hormigueaba la piel, aguardando a que me llegara la muerte. Pero no pasó nada. <La temperatura aumenta según descendemos,> dijo Aldrea. Me di cuenta de caminábamos sobre una hierba frondosa y exuberante. Cuanto más descendíamos, la niebla parecía espesarse más. Aldrea no era más que una sombra azul dentro de la niebla azul. No había oído ninguna señal de nuestros perseguidores. No había oído nada desde que entramos en las Profundidades. ¿Habrían huido asustados? A mi lado, una forma surgió de pronto. ¿Un monstruo? “¿Aldrea?” dije. Me temblaba la voz. Cerca, más cerca… ¡un gedd! ¡TSEEEWWWW! Un destello de luz. No un rayo como los que había visto antes, sino algo similar a una bola de rayos. “¡Rrrr-aaarrrgghh!” gritó el gedd. Un toque en mi brazo. Salté y me giré. <Soy yo,> dijo Aldrea. “¡Rrr-aaarrr arrrgghh!” gritó el gedd. <Esta atmósfera es demasiado densa para esas armas,> dijo Aldrea. <Están diseñadas para ser utilizadas en el vacío, o al menos en una atmósfera decentemente clara. Ha sufrido un efecto de retroceso. La atmósfera ha absorbido la energía del arma y la ha reflejado.> El gedd continuó gritando, pero su voz era amortiguada por la niebla según íbamos descendiendo más y más, hacia las Profundidades. De repente, sentí una rasgadura en la niebla, un aliento de viento. ¡Durante un momento pude ver claramente un par de gedds de pie frente a nosotros! Sus pistolas nos apuntaban. Y ahora, surgiendo de detrás de ellos, vi al hork-bajir que nos había atacado antes. El que había huido. “No disparéis esas pistolas, idiotas,” ordenó el hork-bajir. “¿Es que no oís a Arklan gritando?” <¿Dos gedds y tú, un controlador hork-bajir, contra dos de nosotros?> se mofó Aldrea. <Sin vuestros rayos dragón, no tenéis agallas.> El hork-bajir asintió. “Las armas serán seguras si nos acercamos bastante.” Dirigiéndose a los gedds, dijo, “¡Esperad hasta que estemos dentro de un rango de un metro y medio, y entonces disparad!” Los tres se lanzaron corriendo hacia nosotros. Aldrea los esquivó girando hacia la izquierda. Yo hacia la derecha. ¡WHUMPF! Choqué con algo que gritó, “¡Rrrrrrr!” ¡Un gedd! Yo estaba en el suelo. El gedd a mi lado. Entonces, en un instante, la criatura a la que Aldrea había llamado controlador hork-bajir estaba sobre mí. Sacó su propia arma y apoyó el extremo final del artilugio contra mi cabeza. Podía ver un regocijo demente en sus ojos. Podía ver su dedo sobre el gatillo. Y entonces… El hork-bajir fue levantado del suelo. Lanzado por los aires, como si le hubieran dado impulso con una rama torcida. Voló, y luego se detuvo. Vi las dos enormes manos de tres dedos de un Jubba-Jubba cerradas alrededor del pecho del hork-bajir. Lo oí gritar y llorar. Un rugido. Y el cuerpo del hork-bajir cayó al suelo encima de mí. Un cuerpo sin cabeza. “¡Aaaahhhh!” grité de terror. El gedd que estaba junto a mí se dio la vuelta y echó a correr. Una de las manos de tres dedos lo alcanzó por debajo de la niebla y lo levantó. Ninguna parte del gedd cayó al suelo. Ninguna parte de su cuerpo, al menos. Su arma cayó haciendo un ruido estrepitoso a unos pocos centímetros de mí. Presa del pánico me levanté sobre mis manos y rodillas e intenté alcanzar el arma. La cogí entre mis manos. Mis torpes dedos buscaron a tientas en el aparato con el que no estaba familiarizado. Mis dedos demasiado largos encontraron el gatillo. Apunté hacia arriba. La mano de tres dedos descendió, más y más, hacia mí. Apunté con el arma. ¡FWAPP! ¡Fue demasiado rápido para verlo! La niebla se arremolinó, revelando de dónde había venido ese movimiento tan rápido como un relámpago. ¡FWAPP! ¡FWAPP! La cola de Aldrea destellaba una y otra vez, y de ahí surgió un aullido como nada que hubiera oído o imaginado nunca. Una enorme mano de tres dedos cayó al suelo. Cayó y quedó tendida ahí. Muerta. Amputada del monstruo. El monstruo gritó de rabia. <¡Levántate! ¡Tenemos que correr!> gritó Aldrea. Me levanté. Me moví. Dejé caer la pistola, no quería tener que usarla más. El monstruo Jubba-Jubba no nos siguió. Por primera vez en la historia, un monstruo de Padre Profundo había sido derrotado. [b]©1998 K.A. Applegate ©2006 Traducción de Sagadegeminis para Asteriscopuntoasterisco.com[/b]

[b]Capítulo 17:[/b] Dak me miraba como si fuera algún tipo de deidad mitológica. Había herido a un monstruo. Supongo que nadie lo había conseguido antes. Pero había sido fácil. Odio tener que admitir esto, pero un gran guerrero andalita macho podría haberlo hecho con asestar un único golpe de cola. Yo necesité tres. Y aún así lo había conseguido. No sentí ningún tipo de satisfacción. Mi guerra no era contra esos monstruos, a los que así llama Dak. Mi guerra era con los yeerks. “Deberíamos escapar antes de que vengan más monstruos,” dijo Dak. <No. Ahora mismo toda el área de ahí detrás por encima de la niebla estará repleta de yeerks. No pueden permitirse el lujo de dejarme viva. No pueden dejar que ninguno de nosotros viva,> añadí apresuradamente. <Harán bajar a todos los gedds que tengan, y a todos los hork-bajirs también, si es que tienen alguno más.> “Entonces debemos permanecer dentro de las Profundidades,” dijo Dak lúgubremente. “Debemos quedarnos aquí, en el reino de los monstruos, mientras mi gente es capturada por esos yeerks.” <Quizás tu gente luche.> “No. Los capturarán. Serán convertidos en esclavos de los yeerks. No lucharán. Podría haberlos salvado. En cambio te he seguido a ti, Aldrea.” No sabía si estaba enfadado conmigo, o enfadado consigo mismo. Ambas cosas, supuse. ¿Me abandonaría? No. Se preocupaba por mí. Tenemos más en común de lo que jamás podría haber tenido con cualquier otro hork-bajir. Era demasiado tarde para Dak: Ya sabía que las estrellas no eran flores. Y habiendo aprendido tanto, todavía necesitaba aprender más. Estaba hambriento de ello, de ideas, de conocimientos, de habilidades. Y sólo yo podía alimentar esa hambre. No, él se quedaría a mi lado, estaba segura. Se odiaría por tener que tomar esta decisión. Pero eso no importaba, ahora no. Lo único que ahora importaba era destruir a los yeerks. <Dak, al final tendremos que encontrar la forma de contactar con mi gente,> dije. <Hemos de robar una nave yeerk. Tenemos que hacerla volar, Dak. Puede que tengamos que ir con ella al espacio.> Esto era lo que Dak más quería, lo sabía. La experiencia espacial. Volar hasta las estrellas. Era una promesa que él nunca podría rechazar. Un soborno. Dak dejó de caminar. Yo me detuve, y me volví para mirarle. <¿Qué pasa?> “No tenías que haber dicho eso, Aldrea. No tienes por que darme una piña de Nawin madura para que permanezca contigo. ¿Todo este tiempo juntos, Aldrea, y todavía no sabes que sacrificaría cualquier cosa por ti?” Sólo podía mirarle. Mirarle y arder de humillación. Había sido justo y directo conmigo. Me sentí pequeña y mezquina. Tendría que haberle dicho que estaba arrepentida. Pero eso, también, habría sido una mentira. Mira, en este momento, nada me importaba. Nada excepto borrar el dolor de ver a mi familia ardiendo. Lo que pensaba Dak sobre mí, e incluso lo que yo pensaba de mí misma: Nada de eso me importaba de verdad. Dak se quedaría conmigo. Y yo encontraría una forma de que los yeerks pagaran por lo que habían hecho. <Dak, ¿tienes alguna idea de lo que hay en las Profundidades?> “No, Aldrea. Ya hemos ido más lejos de lo que cualquier hork-bajir ha llegado jamás.” <Vayamos más lejos aún,> dije. No había otra opción. Ahora caminábamos más lentamente, siempre cuesta abajo. Era camino inquietante. La niebla nos rodeaba totalmente. Ya habíamos visto a uno de los monstruos, y ahora sabía que no eran meros mitos. Pero estaba bastante segura de que habíamos despistado a cualquier perseguidor yeerk. Al menos por el momento. Y aún así, aunque los andalitas no somos supersticiosos, tenemos nuestros propios mitos antiguos sobre lugares oscuros y profundos bajo tierra. Lugares de terror y odio. Y estos mitos afloraban ahora a mi mente. “La niebla se vuelve más fina,” dijo Dak. Estaba en lo cierto. Podía verle más claramente. Y ahora empezaba a poder ver a cierta distancia pendiente abajo. Nada excepto ajados y brillantes arbustos rojos, verdes y azules. Ningún monstruo. Ninguno que se dejara ver, al menos. Bajamos más y más. Hora tras hora. Hacia abajo, siempre hacia abajo, a través de una extraña luz crepuscular. Sin ser atacados. Sin ver ningún monstruo más. ¿Sería que nuestra pequeña victoria los había asustado? Giraba mis antenas oculares constantemente. Y entonces se me ocurrió mirar hacia arriba. El cielo era de un color azul brillante. <Es alguna clase de barrera de vapor,> dije. <Por alguna razón aquí abajo en las Profundidades la atmósfera reacciona con la atmósfera del valle que hay por encima de nosotros y forma una capa de vapor. El color azul debe de ser una consecuencia de la interacción.> Intenté repasar mis conocimientos básicos de química y tener alguna idea de lo que podíamos estar respirando. Descubrí algunas posibilidades. Ninguna de ellas muy reconfortante. Aún así el aire, a pesar de ser horriblemente húmedo y denso, era respirable. “Desde aquí abajo uno no puede ver ni el valle que hay encima,” dijo Dak. “Una criatura que viviera aquí pensaría que la niebla azul es el cielo.” Tenía razón. Sólo que el origen de la luz estaba debajo de nosotros, no realmente encima. Sabíamos que más allá de la barrera azul era de noche. Y aún así resplandecía de azul, reflejando la luz. Según íbamos bajando cada vez más, la luz se aclaraba. Era todavía enfermiza, luz antinatural. Más radioactiva que la radiación., si sabes lo que quiero decir. Pero al menos podíamos ver. Y lo que vimos fue que el paisaje a nuestro alrededor era el hogar de una extraña colección de arbustos de colores brillantes y un pocos atrofiados, árboles retorcidos que Dak se negó a reconocer que fueran del todo árboles. Aquí y allá, corrían los arroyos con absurda velocidad a través de la escasa vegetación, la débil hierba y al interior de la roca desnuda bajo nuestros pies. Podías oír el caudal de agua, habiendo ganado impulso a lo largo de todo el camino desde el valle que había bajo nosotros. Algunos riachuelos eran bastante largos, de 3, 4 o 5 metros de largo. Comenzamos a darnos cuenta de que el suelo era sólo un poco irregular. Era casi tan llano como el prado donde habíamos construidos nuestro hogar. Llano, para los criterios hork-bajirs. Pero la tierra parecía detenerse y caer, a menos de cuatrocientos por delante de nosotros. Avanzamos con cautela, lentamente, y entonces, de pronto, pudimos ver el final de la tierra. Sencillamente se terminaba. “¿Qué puede ser esto?” preguntó Dak. <No lo sé,> admití. <Es tú planeta.> “No esta parte de él.” Paso a paso nos fuimos acercando. Hasta que quedamos al borde del acantilado. Incliné la parte superior de mi cuerpo hacia delante. No podía imaginar como Dak podía soportar el vértigo, manteniéndose en pie sobre sólo dos piernas y con nada más que una cola como apoyo. Miré hacia abajo, temerosa. Y entonces volví a mirar totalmente asombrada. Era un abismo. Acantilados escarpados en ambos lados. Inclinados como paredes. Podía ver desde un lado del abismo al otro lado más alejado mejor de lo que se veía directamente abajo. Las paredes del abismo estaban revestidas de una increíble y complicada filigrana: ventanas, puertas, pasarelas, arcos, espacios abiertos cortados dentro del acantilado. Todo conectado verticalmente por escaleras de piedra. Miles de metros allá abajo, bajo toda esta construcción increíble, tal vez decenas de miles de metros, estaba el suelo del valle. No era tan brillante como el sol. Pero era lo suficientemente brillante como para proyectar sombras hacia arriba desde cada escalera, arco y alféizar. Resplandecía en rojo, amarillo y parecía bullir en un movimiento lento y perezoso Estábamos observando el corazón fundido del planeta. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 18:[/b] En un instante había aprendido uno de los terribles inconvenientes de tener un cuerpo anfitrión. Un portador puede ser herido. Y el dolor no se puede filtrar. La capacidad misma que nos da el control, nos ata al dolor. El hork-bajir me había rajado con sus cuchillas. Había apuntado bastante bien. La columna vertebral de mi portador fue cortada en dos. Todo el cuerpo por debajo de mi pecho dejo de existir. Estaba expuesto e indefenso. Nadie vino a por mí. Durante bastante tiempo me quedé allí tumbado, mirando al cielo nocturno a través de los siniestros árboles hork-bajir. Vi la nave espacial aterrizando. Oí los gruñidos de los gedds, corriendo por todos lados en un vano intento de perseguir al andalita. Sólo horas más tarde apareció alguien buscándome. Me arrastraron a bordo del caza más cercano y me llevaron a la zona de atrás de la nave transportista. Me escurrí de vuelta en la piscina yeerk. Volvía a estar ciego. Ciego, y siendo interrogado despiadadamente. <¿A dónde ha ido la chica andalita?> <No lo sé.> <¿Cuántos hork-bajirs estaban con ella?> <Solamente uno.> <¿Qué le ha sucedido a Carger?.> <Se fue corriendo. Después de eso, no sé que le paso.> Una y otra vez. Y cuanto más me interrogaban, más descubría. Un total de siete de nuestra gente habían pasado a través de la barrera de vapor azul. Uno había sobrevivido para contar historias de enormes monstruos que caminaban arrastrando los pies, apareciendo desde el interior de la neblina. Finalmente estaba claro que la chica andalita también debía de estar muerta. Si esos monstruos habían asesinado a nuestra gente, sin duda habrían matado también al andalita. Sólo yo estaba en desacuerdo. <Sólo porque algunos gedds fueran asesinados, sólo porque Carger fuera asesinado, eso no significa que la andalita esté muerta.> <¿Quieres decir que un andalita hembra es más fuerte, más valiente y más ingeniosa que nuestros propios guerreros?> <Sí,> dije. <Sí. Los andalitas no se convirtieron en la especie dominante de esta parte de la galaxia por ser precisamente débiles, estúpidos o cobardes.> Pero nadie me escuchó. Y fui abandonado a vagar, ciego, por el hogar que una vez había sido mi universo entero y que ahora era una trampa mugrienta. Por fin, días más tarde, cuando habían sido apresados suficientes hork-bajirs, se me dio un nuevo cuerpo anfitrión. Un nuevo hork-bajir. “Hemos enviados fuertes partidas armadas a la bruma azul,” me dijo Akdor. Ahora él también tenía un cuerpo anfitrión de hork-bajir. “Los monstruos son reales. Han asesinado a más de los nuestros. Encontramos los cadáveres de los otros. Buscamos el cuerpo del andalita, pero no lo encontramos.” Escuché, intentando no regodearme demasiado abiertamente. “Parece ser que estabas en lo cierto, Esplin-Nueve-Cuatro-Doble–Seis. Ahora volverás a bajar a la superficie. Encontrarás a ese andalita. Y la matarás.” “Sí, Akdor. Lo haré. Y cuando lo haga, ¿cuál será mi recompensa?” “Serás nombrado sub-Visser. ¿Cuantas tropas necesitarás?” “Ninguna, Akdor. Yo voy como espía, no como conquistador. Me haré pasar por un hork-bajir. Encontraré al andalita. Y la mataré.” Pero naturalmente, estaba mintiendo. Bueno, ya me había dado cuenta de una cosa muy importante: De ahora en adelante, el cuerpo anfitrión del que uno disponga sería la indicación de su poder. Ya se habían creado líneas que distinguían entre los yeerks que tenían portadores gedds y los yeerks a los que se les había proporcionado los nuevos y poderosos cuerpos hork-bajir. Estos hork-bajir serían nuestras tropas de asalto. Pero todavía había un cuerpo mejor que el hork-bajir: los andalitas. Sí, el yeerk que pudiera poseer un portador andalita sería algo más que un simple sub-Visser. El yeerk que pudiera adquirir y conservar un huésped andalita sería un Visser, como poco. Y algún día, ¿quién sabe? ¿Un asiento en el Concilio de los Trece? “Yo me ocuparé de esto, Akdor”, dije. “Daré con el andalita.” [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 19:[/b] Padre Profundo. Así es como lo llaman los hork-bajir. Ellos pensaban que era la tierra de los monstruos, allá bajo la niebla. Pero la zona de los monstruos era bastante reducida. Ahora tenía cierto conocimiento a cerca de la distribución del territorio. El valle superior, por encima de la barrera de niebla azul, era la tierra de los hork-bajir. Una tierra de pendientes empinadas y árboles gigantescos. Bajo la niebla había una especie de subsuelo que rodeaba el valle. En esta zona de densa niebla y plantas espeluznantes, vivían los monstruos. Ahora estábamos en la tercera zona: ya no se trataba de un valle en pendiente, sino de acantilados escarpados. Acantilados que estaban recorridos por un complejo de pasarelas, escaleras, arcos, plazas excavadas, casas, comercios….. Tenían todas las características imaginables de una civilización moderadamente avanzada excepto una cosa: estaba vacío. No parecía que nadie estuviera viviendo ahí. <Me cortaría la cola por un sensor portátil,> dije. “¿Qué es un sensor portátil?” <Es un aparato que puedes llevar y que cumple un buen número de funciones. Nos diría cuantos años tiene este sitio. No puedo saber si todo esto se construyó la semana pasada, el último milenio, o al principio de los tiempos.> Estábamos descendiendo la cara del acantilado por una larga e infinita escalera. Cada pocas docenas de pasos, las escaleras se ensanchaban en un descansillo. Una pasarela conectaba los rellanos. A lo largo de la pasarela podían verse entradas. Estaba preparada. Lista. Esperando un ataque en cualquier momento. Pero el silencio parecía el habla del vacío. Vacío en todos los rincones del valle y bajo nosotros. No es que quisiera pensar sobre lo que había debajo de nosotros. Si me tropezara en los escalones, me caería. Caería durante mucho tiempo, más y más abajo hasta estrellarme con el expuesto corazón del planeta. Por supuesto, mucho antes de estrellarme allá abajo estaría incinerada. Pero no era un pensamiento muy reconfortante. Llegamos a otro descansillo, y ambos nos quedamos congelados. Esta pasarela era diferente. Era muchos más ancha, y se anclaba profundamente en el acantilado. Y a unos treinta metros bajo la pasarela pudimos ver una especie de vasto terreno abierto. <¿Lo investigamos?> “¿Por qué no?” Así pues bajamos a lo largo de la pasarela. Y ahí, a nuestra derecha, nos topamos con la entrada. Una entrada tan grande que podía haber sido el hangar de una flota de naves. Atravesamos la entrada. Era agradable alejarse de la cara del acantilado y esa caída abismal. Pero la envergadura de este espacio era intimidante. Casi sentía que debía hacer una reverencia. Podías jugar tres partidos de driftball a la vez en este espacio. El sonido de mis pezuñas resonaba en los muros de piedra que aún no podía distinguir en la penumbra. <¿Qué se supone que es este lugar?> pregunté. Dak se limitó a sacudir la cabeza. Miraba hacia arriba inquisitivo, buscando el techo que sabíamos que estaba encima de nosotros pero que no podíamos ver a través de las oscuras sombras. <Por lo menos, es un espacio abierto,> dije. <Podríamos pasar aquí la noche. Necesitamos descansar. Y no creo que los yeerks vengan a por nosotros esta noche. Y aunque lo hicieran, ¿cómo nos encontrarían en este absurdo laberinto de pasarelas y entradas?> “Sería bueno descansar,” dijo Dak. “No podemos quedarnos en ninguna de las pequeñas viviendas que hemos visto. Demasiado pequeñas. Demasiado confinadas.” Desde luego estaba de acuerdo con eso. Nadie quería paredes a su alrededor y techos encima si puedes evitarlo. A bordo de la nave espacial es inevitable, pero este espacio era tan grande que casi podía haber sido campo abierto. <No hay hierba,> refunfuñé. “No hay árboles,” dijo Dak. “Y el ángulo llano y horizontal del suelo me resulta inquietante.” <Pero, viendo el lado positivo, no hay yeerks.> “Sí. Podemos dormir aquí.” <Yo haré la primera guardia,> dije. Dak dormía como duermen los hork-bajir: Relajaba las piernas y se dejaba caer en una especie de postura sentada, con las piernas estiradas y la gruesa cola proporcionándole un tercer punto de apoyo. Su cabeza hacia delante, la barbilla al pecho. Se quedó dormido instantáneamente, por lo que sé. Me sentía celosa. Para mí dormir no es siempre tan fácil. Ni para la mayoría de los andalitas. Somos una especie muy vigilante. Mi madre me lo explicó una vez cuando una vez me sentí incapaz de dormir durante varios días. <Ya no tenemos depredadores que nos ataquen,> dijo ella, <pero la evolución no se limita simplemente a desechar adaptaciones que una vez fueron necesarias. Los animales de los que evolucionamos fueron presas durante millones de años. Vivían en enormes manadas, siempre acosados por depredadores hambrientos. Esto fue antes de que desarrolláramos la hoja de nuestra cola y no teníamos más protección que la velocidad. Todavía aún sentimos la necesidad de estar atentos a los depredadores. Puede pasar un millón de años antes de que perdamos ese instinto.> Mi madre era buena explicando cosas como esa. Era a lo que se dedicaba. Era científica. Como se suponía que sería yo. Pero ahora estaba muerta. En parte porque nosotros, los andalitas, habíamos comenzado a olvidar ese instinto de precaución. Habíamos olvidado que aunque los depredadores de nuestro mundo se habían extinguido, seguía habiendo depredadores dispersos por la galaxia. O al menos parásitos. Permanecí ahí, en la penumbra, bajo el tenue brillo que se reflejaba del suelo del valle, y recordé la ardiente luz de las pistolas mientras destruían a mi familia, átomo a átomo, átomo por átomo. Tenía que encontrar una forma de contactar con la flota de mi mundo. Nada salvaría ahora este planeta excepto la aparición de una flota de guerra andalita completa. Esto implicaba comunicase a través del espacio-cero. Una señal de radio tardaría décadas en llegar a su destino. Necesitaba transmisores avanzados de espacio cero. Y los únicos que había en este planeta estaban a bordo de las naves controladas por los yeerks. [i]No hay necesidad de preocuparse, Aldrea[/i], me dije a mí misma. [i]Simplemente acércate al área de aterrizaje yeerk más cercana, cuéntales que deseas tomar un caza, iniciar contacto con tu mundo, y sugerirles que se apresuren a venir en nuestro auxilio. Absolutamente nada de lo que preocuparse.[/i] Miré a Dak, que dormía, los cuernos de su frente inclinados hacia delante, los brazos curvaos para dirigir las cuchillas hacia afuera. [i]Sería difícil atacarle mientras está durmiendo[/i], pensé. Por detrás, la cola de pinchos. Por los lados, las cuchillas de los brazos. Por delante, los cuernos. Me había dicho que haría cualquier cosa por mí. Me lo había dicho de un modo que… no, eso era ridículo. Somos especies diferentes. Totalmente, completamente diferentes. Y sin embargo me gustaba pasar el tiempo con él. Disfrutaba hablando con él. Le echaba de menos cuando estábamos separados. [i]Perfecto, Aldrea,[/i] me burlé de mí misma. [i]Está cubierto con cuchillas; pronto medirá unos dos metros de alto; él come con la boca; y se va colgando por los árboles.[/i] Sólo me sentía sola, eso era. No había andalitas machos alrededor, y estaba en la edad apropiada para interesarme por los machos. Si hubiera habido andalitas interesantes alrededor, no me habría fijado en Dak. [i]No hay machos andalitas[/i], me recordé, [i]Y aunque los hubiera, no tienes elección salvo preocuparte por Dak. En el mejor de los casos a la flota le llevarían dos meses llegar. Y esta extraña criatura cubierta de cuchillas es tu único amigo.[/i] Dos meses. Si conseguía localizar a mi gente. Si lo conseguía. Y si no podía localizar a mi gente, ¿podría avisar Dak a la suya? ¿Podríamos preparar a los sencillos y apacibles hork-bajir para luchar y salvarse? ¿Estaría preparado Dak Hamee el Vidente para convertirse en Dak Hamee el General? [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 20: [/b] Me desperté en mitad de la noche. Le dije a Aldrea que durmiera. Y esperé. He pensado más esa noche de lo que jamás había pensado en toda mi vida. Había visto tantas cosas asombrosas. Había visto tantas cosas terribles. Y ahora comprendía que tenía que hacer algo más que limitarme sólo a seguir a Aldrea. No creía que Aldrea fuera mala, no de la forma en que los yeerks eran malos. Pero ella me había mentido. Aldrea era en primer lugar un andalita; en segundo, mi amiga. Y estaba sedienta de venganza contra los yeerks. Era mi responsabilidad pensar qué iba a hacer para salvar a mi gente. Pero no tenía ninguna idea. Jamás ningún hork-bajir había tenido que enfrentarse antes a este problema. Me sentía impotente. Me quedé ahí, pensando, durante horas. Luego, lentamente, la difusa luz de abajo fue sustituida por una luz más clara y brillante que venía desde de arriba. Tardé un poco en darme cuanta de que, de algún modo, la luz realmente procedía de arriba, aunque sabía que había miles de metros de roca sobre mí. Eché atrás el cuello y miré hacia arriba. “¡Aldrea! ¡Levántate!” Los ojos de Aldrea se abrieron de golpe. Los cuatro. Las antenas oculares giraron lentamente para mirar arriba. Allí, en el centro del enorme techo de la bóveda, había un agujero. El agujero era la parte inferior de un pozo. El pozo era tan grande como el tronco de un Árbol Tribal. Sin hablar, nos movimos hasta colocarnos bajo del pozo y miramos hacia arriba. Miramos al claro cielo abierto, miles de metros por encima de nosotros. Tan lejos que el círculo de cielo del otro extremo, se veía más pequeño que el ojo de Aldrea. Pero el pozo mismo estaba inundado de luz. Relucía. Parecía estar casi vivo, como si las paredes del pozo se estuvieran moviendo y brillaran con cada balanceo. <Parecen diamantes,> dijo Aldrea. La luz se desplegaba desde el pozo, y lentamente las paredes de la enorme caverna se fueron volviendo visibles. Había esperado ver paredes lisas, grises o rocas color canela. Pero éstas no eran simples rocas. Las paredes de la caverna estaban cubiertas completamente con muestras de tela y dibujos de extraños colores. Azules, verdes, naranjas. Las paredes no eran en absoluto lisas, sino que estaban acolchadas. Mirando más de cerca, pude ver que todas las manchas de color eran de una forma similar: alas cortas, brazos… pies… ¡cabezas! <¡Están vivos!> gritó Aldrea. Las paredes de la caverna estaban cubiertas por criaturas vivas de todas las formas imaginables Entonces, en un momento que recordaré durante toda mi vida, las criaturas se levantaron. En el mismo instante, diez mil ojos se abrieron. Cada uno brillaba como una estrella. Diez mil ojos brillantes nos miraron fijamente desde la izquierda, la derecha y arriba. Fueron bajando, dejándose caer lentamente con sus cortas alas. Cada uno de ellos no era ni la mitad de alto que yo, ¡pero eran demasiados! Siguieron cayendo, y cayendo y cayendo, aterrizando muy silenciosamente. Se mantenían erguidos sobre cuatro piernas. Tenían dos brazos alargados. En sus caras destacaban los ojos brillando y las pequeñas bocas rojas. “¡Son chadoos!” solté. “Son como chadoos grandes. ¡Pero tienen tantos colores!” <No son chadoos, sólo parientes lejanos, creo,> dijo Aldrea. Las criaturas comenzaron a caminar sin fijarse en nosotros, ignorándonos como si no estuviéramos allí. Se dirigían con calma fuera de la caverna, girando a izquierda o derecha a lo largo de las pasarelas exteriores. Pero media docena de criaturas se dirigieron directas hacia nosotros. Uno de un color violeta brillante habló. “¿Qué estáis haciendo aquí?” preguntó. “Habla mi idioma,” le dije a Aldrea. “Como me comunique es irrelevante,” dijo él o ella. “Me has oído, comprendes lo que digo. Por lo tanto, contesta a mi pregunta.” “Nosotros somos… quiero decir, yo soy de arriba.” “Sí, sí, no soy idiota. Tú eres un hork-bajir. ¿Qué estás haciendo aquí, hork-bajir? Aquí no hay árboles. No hay madera para que puedas comer.” Me encogí de hombros. Miré a Aldrea, esperando a que nos interrumpiera. Pero ella parecía tan sorprendida como yo. “Nos persiguen. Vinimos aquí para escapar de ellos.” “¿Quienes os están persiguiendo?” <Los yeerks,> dijo Aldrea. “¿Qué eres?” le preguntó la criatura a Aldrea. <Soy un andalita.> “Este no es tu lugar, andalita. Este no es tu lugar, hork-bajir. Marchaos.” La criatura se volvió y comenzó a alejarse. “No,” dije. La criatura se detuvo. “¿No?” “No,” dije firmemente. “Me vas a explicar quién eres. Y qué lugar es éste.” “Somos los Arn,” dijo la criatura. “Me llaman Quatzhinnikon.” <¿Os habéis dado cuenta de que los hork-bajir ni siquiera conocen vuestra existencia?> le preguntó Aldrea. “Por supuesto que no. No queremos que lo sepan. Por eso hemos creado a las diversas especies de criaturas que viven en la zona de separación. Queremos mantener a los hork-bajirs en su lado de la zona. Ahora debo irme. Tengo trabajo que hacer.” Una vez más comenzó a alejarse. Lo agarré. No fui violento, pero sí firme. “¡Ahh! ¡Ahhh!” gritó Quatzhinnikon. Una docena de Arn se nos quedó mirando. Estaban horrorizados, asustados. “Contesta nuestras preguntas,” dije. “¿Me estás amenazando?” se quejó Quatzhinnikon. Comencé a decir “No, por supuesto que no.” Pero Aldrea contestó por mí. <Sí, te estamos amenazando, y pareces estar oportunamente asustado. Así que contesta a nuestras preguntas y déjate de dártelas de arrogante.> Quatzhinnikon le dirigió una mirada venenosa con sus brillantes ojos diamantinos. “No eres parte del equilibrio. Lo desbaratarás todo. No te ayudaré.” En un instante, la cola de Aldrea estaba en la garganta de la pequeña criatura. <Tenemos prisa. No tenemos tiempo para ser diplomáticos. Así que permíteme hacerte esto más simple: Contéstanos, o agitaré mi cola y tu cabeza se irá rodando de un extremo a otro del suelo. ¿Comprendes?> No puedo decir que me pillara por sorpresa. Había comenzado a tener una idea bastante clara de los andalitas en general y de Aldrea en particular. Pero Quatzhinnikon estaba definitivamente conmocionado. “Ahora todo fracasará,” gimió. “¡El delicado equilibrio que habíamos construido!” Pero nos dijo lo que queríamos saber. Contestó nuestras preguntas. Cuando hubo terminado, deseé que no lo hubiera hecho. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 21:[/b] Fuimos a un lugar distinto, caminando a lo largo de la pasarela, bajando más escaleras. En la pared, sólo otro hueco para Arns, a primera vista. Pero luego Quatzhinnikon tocó un panel azul insertado en el muro. La pared se abrió. Detrás del muro había una grandísima habitación, cavada profundamente en los cimientos de la roca. La habitación estaba repleta de filas y filas de largas bombonas. Las bombonas estaban cubiertas de polvo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien estuvo ahí. Quatzhinnikon pasó de largo las bombonas, filas tras filas. En el extremo más alejado de la habitación vi lo que sólo podía ser una enorme consola de ordenador. <Bien, bien,> dije. <Después de todo, no sois simples moradores de las cavernas, ¿no es cierto?> Quatzhinnikon fue hasta el panel y subió con desenvoltura en un banco de extraños controles. Pulsó varios botones. En el muro de detrás de él apareció una enorme pantalla panorámica. Ésta mostraba un exuberante planeta verde y azul en órbita alrededor de una estrella roja gigante. “Hace doce mil años,” dijo Quatzhinnikon. La pantalla mostró algo nuevo girando por el espacio. Un asteroide. Era imposible juzgar su tamaño relativo, pero era grande. “Un asteroide en una órbita inestable,” aclaró Quatzhinnikon. “Cada año, nos librábamos a duras penas. Sabíamos que nos golpearía. Probamos a construir una nave espacial para escapar. Pero fracasamos en construir algo más complejo que una nave para vuelos espaciales locales. Estábamos interesados en la biología, no en la física. Lo más lejos que conseguimos llegar fue hasta nuestra inhabitable segunda luna. No muy lejos. Así que lo único que podíamos hacer era esperar. Y recalcular la órbita y esperar un poco más. Y entonces…..” En la pantalla vimos de repente al asteroide chocando directamente contra el planeta. El impacto fue espantoso. El planeta entero se estremeció. Los fragmentos salieron volando al espacio. Una inmensa nube de polvo y humo envolvió el planeta, asentándose lentamente con el paso de los años. Cuando el polvo y el humo se despejaron, el planeta estaba muy cambiado. Se habían formado grandes grietas debido al impacto del asteroide. Grandes grietas que formaron un cinturón de valles alrededor del planeta. “Gran parte de la atmósfera había desaparecido,” explicó Quatzhinnikon. “Unos pocos miles de los nuestros se habían quedado esperando en la luna, criogenizados. Nos despertamos para encontrarnos con esto.” Señaló el planeta. “Volvimos a nuestro mundo para encontrarnos para encontrarnos con que todo había muerto. Todas nuestras especies. El aire era irrespirable, excepto en los valles. Pero incluso ahí, el equilibrio era precario. Un poco más de dióxido de carbono, otro poco más de nitrógeno, e incluso los valles formados por el impacto morirían. “Así que comenzamos a trabajar para entender este nuevo entorno. Necesitábamos un mecanismo para controlar la atmósfera.” <Los árboles,> dije. Entonces supe a donde nos llevaría esto. Volví una de mis antenas oculares hacia Dak. Todavía no lo había entendido. ¿Debería hacer callar al Arn? ¿Debería detenerle antes de que le revelara la verdad a Dak? “Sí, por supuesto, los árboles,” asintió Quatzhinnikon. “Diferentes especies, cada una sutilmente diferente en su necesidad de dióxido de carbono y en su producción de oxígeno. El equilibrio perfecto, la mezcla perfecta, eso era lo que necesitábamos. Pero requerirían constante cuidado. Y no estábamos dispuestos a convertirnos en una raza de pastores de árboles.” Quatzhinnikon pareció que dudaba. Como si estuviera leyendo las dudas de mi mente. ¿Debería conocer Dak la verdad? <Así que creasteis una raza de cuidadores de árboles,> dije. <Justo aquí, en esta habitación.> “Sí, en esta habitación usamos toda nuestra habilidad con la genética para diseñar y construir especies que estarían perfectamente adaptadas para cuidar de los árboles, conservándolos. Les hicimos comedores de corteza. Les dimos unos cuerpos perfectamente adaptados para la tarea.” Los ojos de Dak se abrieron. Me miró, con la incredulidad mostrándose en su rostro. Asentí ligeramente con la cabeza. <Sí, Dak,> dije. <Éste es tu creador.> Dak miró al Arn conmocionado. Pero no cayó sobre sus rodillas ni tembló intimidado. Estaba sorprendido, no impresionado. <¿Por qué los monstruos?> pregunté. “Para mantener a los hork-bajir separados de nosotros,” dijo Quatzhinnikon. “ten en cuenta que la inteligencia no era necesaria para los cuidadores de árboles. Los hork-bajir, como les llamamos, eran intelectualmente inferiores. Creímos que sería mejor si vivían ignorando nuestra existencia. Así que durante doce mil años han vivido más allá de la neblina azul, manteniéndose alejados de las horribles manipulaciones genéticas que llaman monstruos.” Juró que estaba lista para mostrarle la hoja de mi cola a esa criatura prepotente. <Tú, arrogante, despreciable—> comencé. Para mi sorpresa, Dak me cortó el paso levantando su mano frente a mí. “¿Tú creaste a los hork-bajir?” “Sí,” dijo Quatzhinnikon. “O al menos eso hizo mi gente.” “Entonces nos necesitáis,” dijo Dak rotundamente. Quatzhinnikon miró recelosamente al altísimo hork-bajir. “Sí. Supongo que eso es cierto.” “Los hork-bajir serán destruidos. Esclavizados y sacados de este planeta,” dijo Dak. “Perderéis a los cuidadores de los árboles. Los yeerks ya nos están destruyendo.” Quatzhinnikon se encogió de hombros. “¿Qué podemos hacer? No tenemos armas.” “Los monstruos,” dijo Dak. “Vosotros los controláis, ¿no es cierto? ¿De qué otra forma seríais capaces de mantenerlos dentro de los límites de la estrecha línea que separa tu gente de la mía?” Ahora me tocaba a mí sorprenderme. Eso no se me había ocurrido. ¡Pero Dak era brillante! Los Arn ejercían un control sobre los llamados “monstruos”. Quatzhinnikon le dirigió a Dak una dura mirada. “Por supuesto. Tú eres uno de los inteligentes, ¿no es cierto? Un vidente. Nunca pudimos erradicar ese par de genes entrelazados. Hicimos todo lo posible, pero aún así, de tanto en tanto surgía uno de vosotros.” “Sí, soy un vidente,” dijo Dak con calma. “Eres un monstruo, eso es lo que eres,” dijo Quatzhinnikon. “Un elemento peligrosamente inestable. Ese fue nuestro único gran fracaso: uno de cada diez mil hork-bajirs nace con una inteligencia que rivaliza con la de los Arn.” “¿Cómo controlas a los monstruos?” preguntó Dak. “¡Lo estropearás todo!” “Salvaré a mi gente,” dijo Dak. “Salvándolos a ellos, puedo salvaros a vosotros también. A los yeerks no les detendrá la niebla azul y las historias para niños de Padre Profundo. Después vendrán a por vosotros. Ayúdanos ahora y podréis vivir.” Más tarde felicité a Dak. <Has aprendido a ir directamente al centro de la cuestión. Has aprendido a mantener siempre tus objetivos en mente y no ser distraído.> “Sí,” dijo. “Estoy comenzado a aprender a ser despiadado. He tenido un muy buen ejemplo a seguir.” Sabía lo que quería decir. Pero no iba a reconocérselo. ¿Qué podía hacer? Reírme y decir, <Sí, ciertamente nosotros lo andalitas somos buenos profesores cuando hay que ser despiadado para defender tus intereses.> Puede que fuera cierto, pero habría sido estúpido admitirlo. Me había pillado desprevenida. No sabía que decir. <S-s-sí, los, um, los yeerks son buenos ejemplos de seres despiadados, ¿verdad?> Tartamudeé. Dak sonrió. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 22:[/b] Moverme entre los hork-bajirs había sido penosamente sencillo. El cuerpo portador que había tomado se llamaba Fet Mashar. Sus amigos le habían visto siendo capturado por un caza. Le habían visto siendo arrastrado por gedds. Y aún así cuando reaparecí ante ellos a penas me hicieron preguntas. Sencillamente dije, “He vuelto.” Y los hork-bajirs contestaron, “Sí. Has vuelto.” Comencé a darme cuenta que los Yeerks tendríamos una gran ventaja en nuestra conquista a través de la galaxia. Puede que diéramos con razas más inteligentes, más poderosas y más peligrosas que los hork-bajirs. En ese caso, podríamos infiltrarnos lentamente. Tomar huéspedes de uno en uno, construyendo lentamente nuestro imperio, sin alertar a nuestras victimas de lo que estaba sucediendo hasta que ya fuera demasiado tarde. Pero aquí esas tácticas eran prácticamente innecesarias. Pudimos asentarnos fácilmente en una base terrestre y operar al descubierto. Capturábamos e infestábamos a cien hork-bajirs al día. Y ese número se incrementaría cada día según fuéramos adquiriendo más y más portadores hork-bajirs para hacer el trabajo sucio. De hecho, hasta mi esfuerzo por infiltrarme entre los hork-bajirs fue innecesario. El primer hork-bajir al que pregunté me dio el nombre de Dak Hamee como el hork-bajir que había estado en contacto con los andalitas. Dak Hamee y un amigo suyo llamado Jagil. Buscamos a Jagil para infestarlo, pero no pudimos encontrarlo. No importaba: por lo pronto estábamos bastante seguros de que el nombre de quien buscábamos era Dak Hamee. Sin embargo, Dak Hamee no era mi principal preocupación. Era al andalita al que deseaba. Y también averigüé su nombre. Aldrea. Ella era, tal y como había dicho, la hija del Príncipe Seerow. La ironía era demasiado perfecta. El idiota de Seerow, quién había dicho tantas tonterías sobre la paz y la hermandad mientras Akdor y los otros se preparaban para atacar, tenía una hija. Obviamente, su hija era menos imbécil que su padre. ¿Pero se las había arreglado para sobrevivir de alguna forma a la incursión al interior de la niebla? Nadie la había visto en esos dos últimos días. Habría una expedición armada al interior de la neblina en cuanto fuéramos lo suficientemente fuertes. Por ahora nos dedicábamos al mero trabajo de ir rodeando a los hork-bajirs por todo el valle y atraerlos a nuestro estanque yeerk, que habíamos excavado apresuradamente. Este nuevo estanque yeerk no había sido fácil de construir. La tierra presentaba tal pendiente que habríamos tenido que excavar toneladas de tierra. Pero encontramos una forma mejor. Usamos un arma para reducir uno de los enormes árboles huecos que los hork-bajirs usaban para comunicarse. El árbol cayó de lado y rodó hasta que se detuvo contenido por los otros árboles. Después de eso, quemar la cubierta exterior del tronco, creando en su interior un largo y estrecho estanque yeerk fue muy fácil. En realidad era una visión impresionante. Para empezar, el árbol era aproximadamente de unos trescientos metros de largo. Quemamos una gran parte, pero aún así lo dejamos con unos sesenta metros de tronco. Estando tumbado, el tronco se alzaba más de dieciocho metros como una torre por encima de nuestras cabezas. Construimos escaleras para subir por un lado y bajar por otro, con plataformas estrechas alrededor del estanque abierto. Hicimos todo eso. Pero no lo equipamos con armas. Tampoco montamos un perímetro de seguridad. ¿Por qué íbamos a molestarnos? Los hork-bajirs eran completamente inofensivos. Yo no estaba al mando del estanque yeerk. No fui responsable de lo que ocurrió. Aunque, para ser honesto, yo habría hecho lo mismo. De todos modos, no me culparon. El yeerk al que achacaron las culpas fue ejecutado después. Lo dejaron morir lentamente de inanición de rayos kandrona. Muy lentamente. Tardó semanas en morir. No obstante, yo estuve allí aquella terrible tarde. Estaba allí, riéndome y bromeando con otros nuevos controladores hork-bajirs entusiasmados. A todos nos encantaban esos cuerpos anfitriones. Estábamos totalmente seguros de que esos cuerpos nos pondrían a la altura de los andalitas en el combate cuerpo a cuerpo. Con esos cuerpos podíamos construir lo que no nunca podríamos haber construido con los patosos cuerpos de los gedds. Construiríamos nuestras propias armas. ¡Nuestras propias naves! Grandes y poderosas naves espaciales que harían temblar a la galaxia. Todas las razas de la galaxia serían nuestros portadores. Nuestros esclavos. Y cuando fuéramos lo suficientemente fuertes, iríamos a por los arrogantes señores de la galaxia, los estúpidos entrometidos, cuyas tropas mantenían aislado nuestro planeta natal. Atacaríamos, venceríamos y esclavizaríamos a los andalitas. Todo parecía muy sencillo entonces. Diez minutos más tarde nos dimos cuenta de que no era así. Yo estaba de pie junto al borde del estanque, bromeando con mi hermano gemelo. Sí, por supuesto, tengo un hermano gemelo. Pero yo soy el primero. Él es el segundo. Estábamos hablando sobre estrategias de lucha con las cuchillas hork-bajir cuando oímos los gritos. Agucé la vista hacia la oscuridad que se extendía bajo los altísimos árboles. “¡Aaarrrgghh! ¡Aaahhh! ¡Socorro! ¡Ayuda!” Los gritos de varias voces. Aterrorizados. Atacadas por el pánico. Seguidas del siseante sonido de las armas de rayos. Y bajo todo eso, un rugido murmurante. Vi que los hork-bajirs y los gedds corrían en nuestra dirección. Precipitándose a trompicones. Saqué mi arma de la pistolera. Y entonces aparecieron ellos. No puedes hacerte una idea de lo horroroso de aquella visión. Una línea de criaturas avanzaba. Pero eran criaturas como nunca jamás había imaginado. Enormes, grotescas, criaturas nauseabundas con cuerpos retorcidos y manos gigantescas y cuernos erizados. Pero con todo lo espantoso que era este extraño ejército, lo que más me inquietaba, lo que hacía que pareciera terriblemente peligroso, era la pequeña figura azulada y purpúrea que se erguía a la cabeza de la multitud. Una única hembra andalita. A su lado se alzaba un férreo hork-bajir que supuse que debía de ser Dak Hamee. Era Aldrea. La hija de Seerow. Me pareció hermosa. ¿Parece extraño? Supongo que lo es. Pero hay una hermosura irresistible en la imagen de alguien aparentemente tan pequeña y sin embargo tan peligrosa. E incluso yo, su enemigo, no podía evitar estar impresionado por la dulce ironía de todo esto. Seerow, que nos había liberado sin conocer el peligro, era ahora reemplazado por Aldrea, que nos enviaría de nuevo al estanque yeerk. O a la muerte. Sí, había algo hermoso en aquella pequeña criatura, delicada y peligrosa. Algún día le contaría como me había sentido en aquel terrible momento. Algún día, viviría dentro de su cabeza y le diría como la había admirado aquel día. Algún día, cuando ella fuera mi huésped. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 23:[/b] Tardamos un día en aprender las técnicas de control mental que los Arn usaban para controlar a sus monstruos. Nos colocaron implantes con función de amplificadores mentales. Nos entrenamos para mandar órdenes e imágenes simples a los monstruos genéticamente creados por los Arn. Tardamos otros dos días en agrupar a las criaturas de todo el valle. Al final, reunimos a más de cien. Era un circo de ADN mutados. Los Arn no se habían dejado nada. Los Jubba-Jubba, como la monstruosidad de tres dedos que nos habían atacado. Los Galilash, de cuatro metros de alto, de piel reptiliana verde y roja, y tentáculos afilados. Los Gorks, de sólo un metro de altura pero con seis metros de ancho, se arrastraban sobre doce horrorosas piernas con mandíbulas abriéndose y cerrándose por todas partes. Había unos monstruos llamados Lerdethak, una rarísima maraña de parras vivientes en torno a una boca hambrienta. Y luego había cosas que los hork-bajir no habían visto lo suficiente como para darles un nombre. Cosas con bocas que podían arrancar y tirar un árbol abajo, criaturas con plumas tan afiladas como agujas de tres metros de largo, seres que lanzaban ácido a chorros. Esta era colección lamentable y enfermiza. En un mundo mejor, un mundo de paz y justicia, alguien debería haber castigado a los Arn por lo que habían hecho. Manipular la vida para crear monstruos es algo realmente malvado. Pero su mal sirvió a nuestro objetivo. Teníamos un ejército. Avanzamos subiendo la pendiente, hacia arriba, fuera de la niebla. Unas cien pesadillas detrás de Dak y de mí. Silenciosos e implacables, avanzamos. <Espero tener la oportunidad de ver la expresión en la cara de los yeerks que nos vean primero,> dije. <¡Quiero ver lo que piensan de esto!> “Estarán asustados,” dijo Dak. “Igual que mi gente.” <Tienes que intentar que tu gente venga con nosotros. Que luche a nuestro lado.> “¿Cómo hago eso?” <Enséñales. Enséñales qué hacer y lo harán.> Teníamos que subir kilómetros antes de poder alcanzar el campamento yeerk. Había hork-bajirs ocultos entre los árboles que había sobre nosotros, encogiéndose, mirándonos, lloriqueando mientras el ejército del terror marchaba bajo nosotros. <Llámalos, Dak,> dije. <Eres su vidente. ¡Éste es tu momento!> Me dirigió una mirada que cada vez veía más a menudo en él. Una mirada de cólera hosca, de resentimiento. Debía de haberlo esperado. Lo entendía. Se resistía a sucumbir a la violencia. Eso solamente significaba que era una criatura decente. Pero llegaría a darse cuenta de la necesidad de luchar. Vería que era lo correcto. Cuando los yeerks fueran destruidos y su gente fuera libre una vez más, lo vería. <Llámales. Diles que no tienen que estar asustados,> le dije nuevamente. Dak levantó su rostro hacia los árboles. “¡No temáis! Soy Dak Hamee. Soy el vidente, enviado para enseñaros y conduciros por el buen camino. ¡No tenéis que estar asustados! Estos monstruos no os harán daño. ¡Vamos a destruir a los invasores! ¡Vamos a matar a los yeerks!” Aún así los hork-bajir seguían agarrados a la corteza y a las ramas. “Seguidnos,” gritó Dak. “¡Quedaos en los árboles, pero seguidnos! ¡Mirad y aprender!” <¡Observad a vuestro vidente!> grité descaradamente mediante el habla telepática. <Observadle y haced lo que él haga. ¡Él es el vidente! El vidente ha sido enviado para lideraros. Observadle y haced lo que él haga. ¡Observad a Dak Hamee, y haced lo que él haga! ¡Haced lo que él haga! ¡Haced lo que él haga!> “Has llegado a entender a los hork-bajir muy bien en tan poquísimo tiempo,” dijo Dak fríamente. “Un mensaje sencillo y repetitivo para gente simple.” <Tienen que comprenderlo,> dije. <Nos estamos acercando.> Podía sentir el campamento hork-bajir delante de nosotros. Podía oler el rancio hedor del estanque yeerk. <Cuando la batalla comience correré a la nave espacial que esté aparcada más cerca,> expliqué. <Lo más importante es que enviemos un mensaje a la flota andalita. Todo depende de ello. Podrás conducir la batalla una vez ésta haya empezado. No debes ablandarte. Ataca, ataca, ataca. No les des a los yeerks la oportunidad de reagruparse. No lo olvides: Los hork-bajir de este campamento no son hork-bajir. Son yeerks.> Dak sacudió su cabeza con cuernos. “¿Has luchado en muchas batallas, Aldrea?” La pregunta me sorprendió. <No. Por supuesto que no. Pero he estudiado….> “¿Alguna vez has matado a algún compañero andalita?” <¡No! ¿Por qué me……..> “Hoy me has pedido que mate a mi gente y encabece a mi pueblo para matar a sus hermanos,” dijo Dak. “Has dicho que no son hork-bajir, sino yeerks. Pero cuando la muerte se haya llevado sus almas a Madre Cielo, los cuerpos que quedarán muertos sobre la tierra serán de hork-bajir.” <¡Dak, hemos discutido eso una y otra vez!> estallé. <Es demasiado tarde para estar preocupándose de eso. ¡Esto es una guerra! Si quieres que tu gente sobreviva, debes…> “Cállate, Aldrea,” dijo Dak. No gritó, lo dijo calmadamente, en voz baja. “Es mi gente la que va a morir hoy. Cállate, Aldrea. Cállate.” [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 24:[/b] Caminamos valle arriba, bajo los árboles. Por las ramas sobre nuestras cabezas más y más hork-bajir nos seguían cada vez más hork-bajirs. Ahora cientos. Todos observando, esperando. Canturreaban algo mientras se balanceaban de rama a rama. Canturreaban “Haced lo que él hace. Haced lo que él hace.” Aldrea había hecho bien su trabajo. Les había dado una instrucción simple a mis compañeros hork-bajir. Era muy lista. Los andalitas son una especie muy inteligente. Como los yeerks. Como los Arn. A nosotros nos había creado una de esas brillantes especies, y nos iba a invadir y esclavizar otra de ellas. Y ahora una tercera nos estaba usando. Pero mientras marchaba no veía ninguna salida. Esta situación me hizo sentirme tan enfermo como alguien que ha comido corteza amarilla. No teníamos alternativa. Nos habíamos convertido en herramientas que usaban seres más inteligentes, especies más poderosas. “Haced lo que él haga, haced lo que él haga.” De repente, ahí estaban, frente a nosotros. Habían derribado un Árbol Parlante. Estaba tendido en medio de nuestro camino colina arriba: un par de árboles Stoola lo mantenían en su sitio. Unos hork-bajir armados con pistolas situados en lo alto del derribado árbol Nawin, se nos quedaron mirando boquiabiertos. Otros hork-bajir huyeron antes de que nos precipitáramos tras sus hermanos. Unos pocos disparos de las pistolas hacia nosotros. Un monstruo perdió un brazo. Eso no significaba nada. Nos detuvimos a un escaso kilómetro del árbol caído. Podíamos ver claramente al enemigo. Ellos podían vernos a nosotros. Sólo podíamos ver veinte o treinta controladores hork-bajir. Pero Aldrea nos había advertido que pronto llegarían más. Y sabía que el estanque yeerk que habían construido en las entrañas del árbol derribado alojaba cientos, quizás miles de yeerks en su estado natural. Más allá del árbol, a la izquierda, había una nave espacial. Aldrea dijo que esa había sido una nave espacial andalita. Ese era su objetivo. Permaneció en silencio a mi lado, pero podía sentir su inquietud, su impaciencia. “¿Estás lista, Aldrea?” le pregunté. <Si> Me concentré como el Arn nos había enseñando a hacer. Envié una instrucción simple al gran ejército de monstruos a nuestras espaldas. Sus cerebros, más simples aún que el de un sencillísimo hork-bajir, comprendieron la única palabra que les ordené: Matar. “Matad,” dije, mirando a Aldrea. Ella no se volvió a mirarme. En su lugar dirigió todos sus ojos hacia delante. <Por mi madre. Por mi hermano. Por mi padre, El Príncipe Seerow. ¡MATAD!> Nos precipitamos hacia delante, una masa de demonios. Avanzamos subiendo la colina. Monstruos magníficos y poderosos, ajenos a la gravedad del asunto, brincaron, se deslizaron, se arrastraron y saltaron sobre los yeerks. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! Los rayos dragón se dispararon. ¡RrrrAAAWWWRRRRR! Gritó un monstruo mientras estallaba en llamas. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! Sentí como las explosiones de los rayos dragón alcanzaban el suelo detrás de mí. Pero ahora corría -aterrorizado, pero corriendo hacia ellos. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! “¡Aaahhhh!” grité cuando un mal acierto me produjo una quemadura semicircular en mi hombro. <¡Atacad!> Chilló Aldrea. ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! Disparos de rayos dragón por todas partes. ¡Un Jubba- Jubba explotó! Un Lerdethak se retorcía, ardiendo, retorciéndose. Pero los monstruos estaban bajo nuestro control. Eran incapaces de salir corriendo. Sólo unos diez metros nos separaban del árbol caído. Ocho metros. ¡Cuatro metros! ¡TSEEEW! ¡TSEEEW! Aldrea corría directa hacia el derribado árbol Nawin. Los monstruos estaban a nuestro alrededor. Sentía que me estaba volviendo loco. “¡Aarrrrrggghhh!” Una enorme bestia amarilla miró abajo para ver un agujero que le atravesaba el estómago. Un agujero del que salía humo y chispas. ¡Habíamos llegado al árbol! Era un muro arqueado por encima de nosotros. Subí las escaleras corriendo, y ahora también gritando. Gritando con una mezcla de terror y odio. Un Jubba-Jubba se dedicó simplemente a escalar por un lado del árbol, pasándome y saltando sobre los asombrados defensores. El Jubba- Jubba agarró al controlador hork-bajir más cercano, abrió su enorme boca, y se lo tragó desde la cabeza hasta la cintura. Treparon más monstruos. Los controladores hork-bajir rompieron filas y salieron corriendo. Pero otros nos asaltaban desde detrás, intentando mantener su posición. Yo ya estaba en lo alto del árbol Nawin. Podía ver el hueco que los yeerks habían cortado dentro de él, abriéndolo para crear un estanque. Esto no era agua. No el agua que yo conocía, en todo caso. Ésta era tan oscura como sucia, pesada y lenta. Y dentro veía destellos de gusanos ondulando aquí y allá. Yeerks. Como Aldrea me había contado. Estos eran los yeerks. Me planté en lo alto del árbol y miré a mi alrededor. Aldrea corría hacia el caza aparcado. Los monstruos mataban y eran asesinados. Los controladores hork-bajir disparaban sus rayos dragón en estado de pánico mientras los destrozaban. ¡Gritos, rugidos, lloros, aullidos! Y arriba, en los árboles, cientos de mis compañeros hork-bajir observando. Sin comprender, pero observando para ver lo que yo hacía. “Hacer lo que él haga,” murmuraban aún. “¡Muere!” Un grito a mi espalda. Me giré. Un controlador hork-bajir, precipitándose contra mí, sus cuchillas destellando. Me agaché bajo la oscilante trayectoria de la muñeca de su cuchilla. Me levante, eché su cabeza hacia atrás, y le propiné una patada en el estómago. Mis garras le abrieron la carne. Cayó del árbol dando vueltas, y aterrizó a los pies de un Galilash. El Galilash….. No importa lo que hizo el Galilash. Lo que importaba era que mi gente, la gente a la que estaba encabezando como vidente, hubiera visto lo que hacía. “¡Hacer lo que él haga!” gritaron. Comenzaron a dejarse caer de los árboles. Y entonces comenzó el horror final. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 25:[/b] ¡La batalla había estallado! Corrí lo largo de la parte frontal del tronco-estanque yeerk. Entre furiosos monstruos y gritos y los rayos disparados por los controladores hork-bajir. Nunca había experimentado antes nada como eso. No era lo que había esperado. Los gritos y los llantos. Los gemidos de dolor. Brillantes explosiones desatándose por todas partes. El olor de la carne carbonizada. Corrí presa del pánico, sólo recordando a duras penas mi objetivo. Alcancé el final del tronco y giré a la derecha, corriendo cuesta arriba de nuevo hacia el caza que estaba aparcado allí. ¡No había guardias! Los yeerks que deberían estar protegiendo el caza habían ido corriendo a unirse a la batalla. ¡Un error fatal! Corrí hasta el caza. Los yeerks incluso habían dejado la escotilla abierta. Era increíble. ¡Tan fácil! Me lancé al interior, patinando al pararme de golpe. El ruido de la batalla parecía ahora más lejano. Como si estuviera sucediendo en otro lugar completamente distinto. Oía menos disparos de rayos dragón. Céntrate, Aldrea, me dije a mí misma. Estaba temblando. Me coloqué ante el panel de comunicaciones. Los yeerks habían modificado algunos de los controles, pero aún era básicamente un panel andalita común. <Computadora, activa la sección de comunicaciones,> ordené. <Mensaje saliente. Primera dirección: El mundo andalita. Prioridad uno, se reclaman dos vías de comunicación. Segunda dirección: la flota espacial andalita. Prioridad uno, se solicitan dos vías de comunicación.> <Listo,> dijo la computadora. <Canales abiertos,> dije. <Canales abiertos. Comenzando mensaje.> Miré hacia el panel. Intenté serenar mi expresión. Sabía que debía parecer bastante desaliñada. Peor aún, parecía joven. Y mujer. Los militares andalitas eran casi todos hombres. <Aquí Aldrea-Iskillion-Falan. Me estoy comunicando desde el mundo de los hork-bajir. Yo —> En el límite del campo de visión de una de mis antenas oculares vi una amenazadora forma avecinándose sobre mí. Me giré y chasqueé la cola. Pero el controlador hork-bajir era rápido. Bloqueó la hoja de mi cuchilla. Me asestó un golpe de improviso que conectó sólidamente con mi cara. Mis piernas se doblaron. Caí sobre mis rodillas. “No creo que deba permitirte que pidas ayuda, Aldrea, hija de Seerow.” La cabeza me daba vueltas. Pero incluso mientras estaba desplomada sobre la cubierta, pensé, ¿Por qué no ha usado sus cuchillas conmigo? Podía matarme fácilmente. El controlador hork-bajir me pisó con una de las garras de sus pies sobre mi espalda, empujándome hacia el suelo, indefensa, incapaz de alcanzarle con mi cola. “Computadora. Comunicación concluida.” <Comunicación concluida.> El controlador hork-bajir miró hacia abajo, hacia mí. “Has causado un montón de problemas, andalita. Tus amigos están ocupados masacrando a mi gente ahí fuera.” <Adelante. Quieres matarme. ¡Adelante!> grité con bastante más coraje del que en realidad sentía. Estaba mareada y asustada. Y sencillamente enferma por las vueltas que daba mi cabeza. “¿Matarte? No, no, no. Yo no,” dijo. “No quiero matarte. Lo que quiero es convertirte en mi portador. Seré el primer controlador andalita. Tendré total acceso a todos tus secretos, a todos los conocimientos científicos y tecnológicos que poseas. ¿Ves? Os he estudiado andalitas. Os admiro.” ¿No quería matarme? Entonces tenía algo de tiempo. Quizá el tiempo suficiente. Tenía que entretenerle. Distraerle……. ¡WHUMPF! Una patada sin previo aviso. <¡Argghhh!> Gemí. Casi me desmayo. “Lo siento terriblemente, pero necesito que te estés quieta. Voy a poner en marcha este caza y a usar sus rayos para derribar a tu pequeña armada de ADN defectuosos.” La patada me había dejado sin aliento. Pensaba que me desmayaba de verdad, pero sólo fue un momento. No podía moverme, pero todavía podía pensar. Y aquello en lo que pensaba era una única y simple imagen. La imagen de un monstruo Jubba-Jubba. El yeerk estaba ocupado activando los cañones. Y luego usando los controles de maniobrar del caza para poder dirigirlo hacia la batalla, apuntando los cañones. Una explosión de los poderosos cañones a esta distancia terminaría con la batalla. Es más, él se reía, satisfecho de sí mismo, mientras ajustaba la trayectoria de los cañones. Pero entonces se dio cuenta. “¡Aaahhh!” Saltó atrás, con los ojos abiertos de incredulidad. Estaba a medio transformar. A medio transformar en un monstruo Jubba-Jubba. <Sabía que los yeerks no conocíais nada aún de esta nueva tecnología,> dije. “¿Qué estás haciendo?” Lo alcancé y cerré mi enorme mano de tres dedos alrededor de su cuello. <¿Que qué estoy haciendo? Destruyéndote, yeerk. Esto es por mi hermano. Por mi madre. Y por mí,> cerré mi agarre. ¡El poder de mi mano era increíble! Podría haberle arrancado la cabeza fácilmente. Sentí la aburrida mente del monstruo, a penas un poco más que un simplísimo pestañeo de inteligencia, ni siquiera sensibilidad. Sentí su salvaje violencia. Su poderoso ADN modificado, que instaba a destruir. Pero tenía práctica con la transformación. Sabía como dominar los instintos del monstruo. Sabía como mantener mi mente andalita en completo control. Y eso demostró ser un error. El monstruo habría extinguido la vida del yeerk sin pensar un segundo. Pero yo era un andalita. No éramos bestias. La lengua del controlador hork-bajir colgaba muerta. Se sacudía inútilmente. Sus ojos se ponían en blanco. Dejó de revolverse. Aflojé la presión. Y aún sentí la vida en su cuello. Lo llevé a la escotilla y lo tiré al exterior. Cerré la escotilla y la aseguré. Y luego volví a mi forma. <Computadora, reanuda la comunicación anterior.> <Iniciando mensaje.> <Aquí Aldrea-Iskillion-Falan. Me estoy comunicando desde el mundo hork-bajir. Designación sector cinco, RG-Dos-Uno-Cinco-Siete-Ocho-Cuatro. El Príncipe Seerow, su mujer e hijo han sido asesinados. Soy su hija.> Una cara había aparecido en la pantalla ante mí. Un joven guerrero, rezumando arrogancia. <La comunicación de la muerte del Príncipe Seerow no es un mensaje de prioridad uno,> sonrió sarcásticamente. <La prioridad uno esta reservada a mensajes de mayor…> No me sentía muy paciente. Me habían dado puñetazos, patadas y pisotones. <Entonces quizá esto sí sea lo bastante importante para ti: Los yeerks están aquí. Aquí presentes, en órbita, y en tierra.> El joven guerrero casi se cae. <¿Qué?> <He dicho que los yeerks están aquí.> [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 26:[/b] Los monstruos eran derribados, de uno en uno, cayendo unos sobre otros, montones de carne retorcida y espantosa. Pero los hork-bajir bajaban de los árboles y hacían lo que les había enseñado: Atacaban a los hork-bajir controladores. La primera batalla en toda la historia de nuestra gente. La primera vez que un hork-bajir había matado a otro. Vi al caza aparcado comenzar a volverse. Y entonces se detuvo. Vi a un caza descendiendo en picado desde el cielo. Planeó quedándose suspendido sobre los árboles, pero no abría fuego. La razón era simple: Este no sabía a quien debía disparar. O cómo. Ambos bandos estaban mezclados en un terrorífico combate mano a mano. Entonces el caza aparcado comenzó a volverse nuevamente. Los cañones de la nave empezaron a apuntar hacia nosotros. Esperé, preguntándome quién manejaba el gatillo de esas poderosas armas. Seguidamente, una débil voz mental, débil debido a la distancia. <¡Dak! ¡Baja del tronco! ¡Dile a toda tu gente que se aleje del tronco!> “¡Todo el mundo abajo! ¡Seguidme!” grité. Salté al suelo y docenas de mi gente me siguieron. Corrimos una corta distancia colina abajo. Los yeerks en lo alto del tronco aplaudieron y vitorearon. Pensaban que nos estábamos retirando. El caza disparó. ¡TSEEEEEW! ¡TSEEEEEEW! Los rayos dragón abrieron la corteza y llegaron al interior del árbol Nawin. Alcanzaron el líquido que había dentro del estanque yeerk. Le siguió una enorme explosión de vapor. “¡Aaaaarrrrrggggghhhhh!” gritaron los controladores hork-bajir. Cayeron. Algunos se alejaron corriendo. Otros luchaban por ponerse en pie pero eran asaltados por cuatro, cinco, seis de mis compañeros hork-bajir. De repente, el tronco se rompió en dos. Se abrió, manando el contenido del estanque yeerk al exterior y cayendo al suelo. La pesada agua grisácea rodó hacia nosotros como el residuo líquido de una tormenta lluviosa. Se extendió bajo mis pies. Sobre mis dedos. Pero dejó atrás una pila de babosos gusanos retorciéndose. Los yeerks del estanque estaban ahora indefensos sobre el suelo. No di la orden. Mi amigo Jagil la dio. El dulce y temeroso Jagil. Había aprendido bastante en veinte minutos de combate. “¡Matadles!” gritó. “¡Matadles! Haced como Dak Hamee ha hecho. ¡Matadles!” Los restantes controladores huyeron. Huyeron para salvar la vida. Huyeron gritando a través de los árboles. No sé cuántos sobrevivieron. Quizás nadie. Y mi gente comenzó a pisar y destrozar a los yeerks que se encontraban sobre el suelo. Era como un baile dentro de una pesadilla. Ahora, por fin, el caza flotante había encontrado un blanco. Disparó al caza aparcado. La explosión destruyó los cañones de la nave. La escotilla se abrió y Aldrea salió corriendo justo cuando la nave voladora disparaba nuevamente y alcanzaba la nave en tierra. Llegaban más cazas. Aterrizaban y dejaban salir nuevos controladores hork-bajir y gedds. Aldrea vino corriendo, sin aliento. <¡Es hora de salir de aquí!> gritó. <Hemos conseguido lo que queríamos.> La observe como se daba cuenta de lo que estaba sucediendo con los gusanos yeerks. Lo que mi gente estaba haciendo con ellos. Su cara cambió de color. Su respiración se detuvo. Ella no dirigiría la mirada. “Sí, un verdadero logro,” dije. <Hemos de salir de aquí,> dijo sin emoción. “¡A los árboles!” rugí a mi gente. “¡A los árboles!” Se retiraron a regañadientes de la matanza. Pero obedecieron. Obedecieron. A mí. A un hork-bajir que nunca había conocido la palabra “obediencia”, ahora me obedecían. ¿Porque era el vidente? ¿Porque era más sabio que ellos? No. Porque había destrozado su pasado y ahora no tenían otra elección más que seguirme en un futuro que no podían imaginar. Los monstruos de dentro de nuestro valle fueron destruidos aquel día. Sólo unos pocos sobrevivieron. Pero no pasa nada, porque ya no necesitábamos monstruos. Nos habíamos convertido en ellos. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 27:[/b] Pasaron siete meses, y la flota no llegó. No los dos meses que yo había supuesto que tardarían. Quizás el espacio-cero había cambiado de emplazamiento, dejando al mundo hork-bajir más lejos de lo que estaba antes. Es algo que sucede frecuentemente. O quizá era que los príncipes simplemente no me creyeron. O quizás, puede, a lo mejor. Examiné cada “tal vez” que se me ocurrió. Y la flota seguía sin llegar. Pasaron siete meses, durante los cuales Dak Hamee y yo aprendimos técnicas de guerra de guerrillas: 1) Atacar con el elemento sorpresa en el punto débil del enemigo. 2) Retirarse antes de que el contraataque pueda comenzar. 3) Usar a la población como respaldo, a pesar de las represalias. Entrenamos a un grupo de hork-bajir especialmente fuertes. Nos llamamos el ejército hork-bajir. Nos hicimos con armas yeerks. Atacábamos sus bases terrestres. Nos ocultábamos en los árboles o entre los ofendidos y temerosos Arn. Éramos valientes y emprendedores. Pero estábamos perdiendo. Los yeerks iban conquistando más y más valles. Extendimos la resistencia, pero nunca éramos lo suficientemente rápidos. Los yeerks se estaban propagando a través de los hork-bajir como un virus. Ellos tenían miles, decenas de millares de portadores hork-bajir. Y comenzamos a darnos cuenta de otras cosas. Las armas que tomábamos estaban siendo modificadas. Los yeerks llamaban a estas nuevas armas “rayos dragón.” No mataba tan limpiamente como las armas clásicas. Ésta causaba mucho más dolor. Y llevaban a cabo grandes excavaciones que daban muy mala espina. Los yeerks estaban realizando trabajos de minería. Hierro, uranio, níquel, bauxita. Diamantes y rubíes. Estaban construyendo bases más resistentes. Y provenientes del otro lado del planeta, oíamos historias de enormes construcciones. Tenía pocas dudas a cerca de lo que estaban construyendo los yeerks. Y finalmente tuvimos la prueba: estaban construyendo más naves espaciales. Naves que podrían ser tripuladas por controladores hork-bajir y armadas con las nuevas armas de rayos dragón. Los yeerks habían aprendido muy rápido. Tenían la tecnología andalita, skrit na, ongachic y hawjabran para aprender de ellas. Y ahora no tenían el impedimento de una carencia de portadores. Ocurrió en un día oscuro. Madre Cielo estaba llorando, enviando lágrimas para tranquilizar al enojado Padre Profundo. Estaba lloviendo. Nuestro pequeño ejército volvía de un ataque de acoso. Nos retiramos a las viviendas de los Arn, llevándonos con nosotros a un guerrero malherido. Quatzhinnikon nos recibió en la enorme caverna donde nos habíamos conocido la primera vez. Todavía era de día y su gente estaba despierta e interesada. “¿Por qué habéis vuelto aquí?” <Tenemos aquí a un guerrero herido,> dije. Los Arn no habían perdido sus habilidades para la biología. Habíamos sufrido muy pocas heridas que no pudieran tratar satisfactoriamente. “Ya os lo he dicho. No sois bienvenidos aquí. Traeréis la guerra hasta nosotros.” “Llegará de cualquier modo, Quatzhinnikon,” dijo Dak. “Los yeerks son más poderosos cada día que pasa. ¿Cuánto tiempo piensas que pasará hasta que se cansen de esclavizar hork-bajir y comiencen a conseguir portadores Arn?” La pequeña, y violácea criatura sonrió engreídamente. “No hasta dentro de muchísimo tiempo, vidente de los hork-bajir. Hemos estado ocupados. No hemos descansado.” Volvió una fría y desdeñosa mirada hacia mí. “Y tampoco hemos puesto nuestra fe en tu flota de andalitas que nunca aparece. Nosotros ya no tememos a los yeerks.” Mi primer pensamiento fue que los Arn habían inventado algún arma poderosa. Pero no, los Arn no eran constructores de armas. Eran creadores de vida o, mejor dicho, manipuladores. <Explícate. Pero primero, atiende a este hork-bajir herido.> “Hemos alterado nuestro propio ADN,” dijo Quatzhinnikon con suficiencia. “Hemos alterado nuestra propia fisiología. Hemos debilitado un vaso arterial en nuestros cerebros en un punto donde cualquier incremento en la presión craneal causará que la arteria se rompa. Si un yeerk intentara entrar en cualquier cerebro Arn, la arterial se rompería y el Arn moriría. Un portador muerto no es útil para un yeerk. Por tanto nos dejarán en paz. A todos lo Arn de todos los valles de este mundo les será impuesta esta medida dentro de unos días.” Me quedé mirándole. Y luego me eché a reír. <Idiota. ¿Piensas que los yeerks te permitirán que vivas aquí, en un mundo que intentan poseer?> Quatzhinnikon se encogió de hombros. “No nos podrán usar como a vosotros.” “Exactamente,” dijo Dak. “Y como no os necesitan, os destruirán.” La cara de satisfacción de Quatzhinnikon dibujó una mueca nerviosa. “Abandonad este sitio. No encontraréis ayuda aquí.” “Le mataré,” dijo Jagil, gritando a Quatzhinnikon. “No,” dijo Dak. “Los yeerks le matarán.” “Yo mataré a los yeerks,” dijo Jagil. “¡Soy un gran asesino de yeerks!” “Sí, lo eres, amigo mío,” dijo Dak tristemente. “¡Él es un gran asesino de yeerks!” repitió incondicionalmente Delf Hajool. Dak sonrió a Delf Hajool, que estaba detrás de Jagil. Delf y Jagil se habían convertido en una pareja. Los hork-bajir se emparejan más pronto que los andalitas. Era casi demasiado doloroso pensar en el futuro al que se enfrentaban Jagil y Delf. Miré a Dak y sentí una oleada de piedad y lastima. No había futuro para Jagil y Delf. No había futuro para Dak y para mí. De alguna forma habíamos comenzado a acercarnos, luchando codo con codo. Pero la diversión, la confianza del principio, se habían esfumado. A menudo recuerdo la época en que me transformaba en chadoo y subía a lo alto de los Árboles Tribales. La conservaba en mi memoria. Volvimos a subir, agotados, abandonando la ciudad de muros de los Arn. Descansamos en una zona una vez habitada por monstruos y ahora vacía. El hork-bajir herido murió. Esa noche encontramos un árbol lejos de cualquier concentración yeerk. Cavamos un agujero en las raíces y le enterramos, tal como dictaba la tradición hork-bajir. Observé nuestro pequeño ejército de hork-bajir: Cuarenta y dos hork-bajir y yo. Treinta y uno de nosotros armados con el antiguo modelo de pistola o el más nuevo rayo dragón. Ninguno sin cicatrices. Ganábamos pequeñas batallas. Estábamos perdiendo la guerra. Pronto no quedaríamos suficientes para continuar. La lluvia había parado y el cielo nocturno se había despejado para cuando salimos de la ciudad de los Arn. “Las flores de Madre Cielo están raras esta noche,” dijo un hork-bajir llamado Had Kalpak. Seguí la dirección de su mirada, volviendo una de mis antenas oculares hacia el cielo. Entonces, en un instante, todos mis ojos miraban hacia arriba. Las flores de Madre Cielo estaban extrañas, cierto. Ahí arriba, resaltadas contra la oscuridad del espacio vi veloces luces moviéndose. Y luego, los brillantes rayos de luz y la minúscula y silenciosa explosión a lo lejos. <¡Batalla espacial!> grité. <¡Hay una batalla espacial produciéndose en la órbita!> Dak me agarró. Casi demasiado violentamente. “¿Los andalitas?” Me eché a reír. Reí, reí y bailé. <¡Seguro que no es la Skrit Na friendo a los yeerks!> grité. <¡Han venido! ¡Han venido! Todo va a salir bien. ¡La flota está aquí!> [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 28:[/b] Los cazas andalitas aterrizaron en el claro donde la familia de Aldrea había vivido. Tenían marcas de haber estado envueltos en una batalla. Pero cuando las escotillas se abrieron, los andalitas que salieron parecían muy confiados y seguros de sí mismos. <Tú debes de ser Aldrea-Iskillion-Falan,> dijo uno de ellos. <Ven conmigo. Soy Sofor. Te llevaré ante el príncipe.> <Me alegro de verle,> dijo Aldrea. <Este es Dak Hamee, el vidente del pueblo hork-bajir.> <Una bestia espeluznante,> dijo Sofor, mirándome de arriba abajo. <Vamos, jovencita. El príncipe no es precisamente conocido por su paciencia, y hemos tenido una cálida bienvenida a este lugar de mala muerte.> “Afortunadamente, nosotros somos pacientes,” dije, dando un paso al frente. “Os hemos esperado siete meses a que llegarais.” <Esta cosa habla,> dijo el guerrero andalita. <Sonidos articulados por la boca, por supuesto.> Se volvió nuevamente a Aldrea. <Di adiós a tu mascota, joven, tengo mis ordenes.> <Dak viene conmigo,> dijo Aldrea. “No,” la interrumpí. “No voy a ir contigo. Esta es mi gente. Este es mi planeta. Y durante siete meses, esta ha sido la guerra de los hork-bajir. Tú,” dije, señalando al arrogante andalita, “le dirás a tu príncipe que es bienvenido. Estaremos orgullosos de conocerlo…. cuando él venga aquí.” Me di a vuelta y me fui. No sabía si Aldrea me seguiría. Pero unos segundos después oí sus cascos en la hierba a mi lado. <¿Crees que has hecho bien, Dak? Han venido a ayudar.> “No. Han venido a matar a los yeerks. No a ayudar.” <¡Es lo mismo!> Me detuve. “Escúchame, Aldrea. Vamos a terminar siendo títeres en esta guerra entre los yeerks y los andalitas.” <Eso no va a suceder. Mi gente no es así,> dijo ella. “Ya lo veremos,” dije. Dos horas más tarde, un mensajero vino a través de los árboles para contarme que una enorme nave andalita estaba aterrizando en el claro. <¿Contento ahora?> me preguntó Aldrea. Sonreí. “Es un comienzo.” Volvimos al claro. Nos condujeron a bordo de una nave de guerra andalita muy hermosa, no como las otras que había visto. El nombre estaba escrito en el casco en la fluida escritura andalita. Se leía Jahar. A bordo, un enorme y poderoso andalita nos esperaba. Nos miró ferozmente con una mirada que podía haber sido un rayo dragón. <¡Alloran!> gritó Aldrea asombrada. <¿Qué tienes que explicarme para convocarme aquí abajo? ¡Cuando doy una orden espero que esta sea obedecida!> bramó. <¡Y es Príncipe de Guerra Alloran para ti, mocosa!> <Mi nombre es Aldrea-Iskillion-Falan. Hija del Príncipe Seerow. Este es Dak Hamee, vidente del pueblo de los hork-bajir.> <Ya se quién eres,> dijo Alloran. <Y lamento la muerte de tu familia. No hay ninguna duda de que te tenemos que felicitar y elogiar por haber sabido ocultarte durante siete meses. Recompensaremos a cualquiera que haya cuidado de ti. ¿Ese eres tú, hork-bajir? Lo que quieras. Te doy oficialmente las gracias por esconder a esta hembra.> Hacia Sofor y e el resto de oficiales agregó también, <Sácanos de aquí. A nivel de la órbita. Haz un barrido con los sensores tan pronto como se aclare la atmósfera. Todavía puede haber una o dos naves yeerks volando.> Aldrea volvió una de sus antenas oculares hacia mí. Me encontré con su mirada y sonreí. Una vez me había prometido llevarme a volar. Claro que fue más un soborno que una promesa. Y sin embargo aquí estaba, haciéndose realidad al fin. Pero no había tiempo para disfrutar del momento. Eso me hizo entristecer. Había podido disfrutar muy poco durante estos siete meses. Ahora, sin embargo, tenía asuntos más importantes que tratar. Tenía que permanecer totalmente no impertérrito. Tenía que ser el vidente de mi pueblo. “Príncipe de Guerra Alloran,” dije en tono amable pero no respetuoso. “Tiene que conocer muchas cosas. Si le interesara, nosotros podemos informarle de cómo esta la situación aquí actualmente.” <¿Informarme? Ahh- hah- hah- hah! ¡Tú me lo dirás!> Él y los otros andalitas se echaron a reír. Tuve que esforzarme para controlar mi temperamento. Últimamente me costaba mucho aplacar la rabia. “Hay diecisiete bases terrestres desplegadas por catorce valles,” dije. “Tres campos mineros donde los yeerks están extrayendo hierro, bauxita, niquel, estaño, cobre y uranio, así como varias piedras preciosas que a mi parecer diría que son para las armas. La construcción más grande está a dos valles al oeste de aquí. Está muy bien camuflada, habiendo sido excavada bajo tierra en la ladera de uno de los valles. Sospechamos que han construido catorce cazas de combate, basados en un nuevo diseño pero con habilidades similares a las de los cazas andalitas. Estos cazas están armados con dos cañones de rayos dragón , una mezcla de la tecnología de las armas andalitas con alguna tecnología de ondas de partículas ongachic.” El Príncipe de Guerra Alloran se me quedó mirando fijamente. Todos los andalitas me miraron. “¿Continúo?” Alloran asintió lentamente. “Además, los yeerks están construyendo un nuevo tipo de nave, bastante grande y fuertemente armada. Casi parece haber sido inspirada por la fisiología hork-bajir. Nosotros… Aldrea y yo… hemos decidido llamarla nave Espada.” <¿Realmente habéis visto todo eso?> nos preguntó bruscamente Sofor. <Sí,> Contestó Aldrea. <¿Cómo?> “Hemos atacado varias de esas bases,” dije. “Y hemos infiltrado a otros.” <¿Atacasteis bases yeerks? ¿Quiénes, vosotros dos?> dijo Alloran. <No, Príncipe de Guerra Alloran,> dijo Aldrea con orgullo. <Atacamos con el ejército de los hork-bajir. Eso es lo que hemos estado haciendo durante los últimos siete meses. No escondiéndonos.> “Es un ejército pequeño,” dije. “Hemos tenido un total de ochocientos doce hork-bajir con nosotros, en uno u otro momento.” <¿Y ahora?> “Cuarenta y dos ahora en este valle. Quizás doscientos más dispersos en pequeños grupos en otros valles. Hemos perdido… a muchos. Demasiados. Dudaba de si habríamos sobrevivido otro mes.” <¿Habéis tenido un setenta por ciento de bajas?> preguntó otro de los andalitas, atemorizado. “Sí.” Cerré los ojos. ¿Habían sido demasiadas? Sí. Siete caídos de cada diez hork-bajir que se habían unido a mí. Miré a través del panel transparente y vi mi planeta por primera vez. ¿Era ese mi valle? ¿O habíamos pasado ya sobre otro valle? ¿Importaba eso? ¿No eran todos los hork-bajir una nación? <Pero ahora estáis aquí,> dijo Aldrea con entusiasmo. <¡Ahora borraremos a los yeerks de este planeta!> Alloran suspiró. <Lo haríamos, si todavía nos enfrentáramos al puñado de naves que los yeerks tenían antes. Pero si lo que nos cuentas es verdad… ¿cuántos hork-bajir han sido convertidos en portadores yeerks?> <No lo sabemos. Estimamos que quizás tengan unos cuarenta mil. Cuarenta mil portadores hork-bajir, quizás doce de sus nuevos cazas Insectos preparados y volando… así es como los hemos llamado. Y la nave Espada, que pensamos que ya está casi lista. Además de las naves andalitas y skrit na que ya tenían.> Hubo un silencio prolongado. Un silencio muy prolongado. <Pero… pero los destruiréis,> dijo Aldrea con optimismo. <Tenemos ocho cazas, dos transportadores, una nave de suministros y armas, una nave de reparaciones. Un total de al menos mil guerreros. Hemos destruido dos cazas yeerks en nuestro camino hacia aquí.> <¡Pero eso no es suficiente!> gritó Aldrea. <Días después de que oyéramos tu mensaje desde aquí, recibimos informes de inteligencia alertando de que la flota yeerk estaba en el sector Dos. La flota principal está allí. Supusimos que ya que… que porque tú…> No acabó la frase. <Sólo soy una hembra. Y la hija del Príncipe Seerow. Así que usted asumió que yo era una idiota,> dijo Aldrea rotundamente. <A la flota principal le llevará todo un año llegar hasta aquí, a menos que reconfiguremos el espacio-cero,> dijo uno de los oficiales. <Esta va a ser una guerrita difícil,> dijo Alloran lúgubremente. <Una guerrita muy dura.> <¡Y está empezando ahora mismo!> gritó Sofor. <¡Tenemos múltiples objetivos acercándose a toda velocidad!> [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 29:[/b] “Tenemos múltiples trayectorias de tiro, Subvisser Doce.” Escuché el título y me hinché de placer. Había sido ascendido recientemente. Por encima de Subvisser diecisiete, mi primer rango de mando. ¡Era un salto de cinco puestos! Los Subvissers dieciséis y catorce habían sido ascendidos. El Subvisser trece había sido asesinado en una batalla contra los hork-bajirs rebeldes. El Subvisser quince estaba fue ejecutado por incompetencia y cobardía. “Retransmita los datos del sensor a la nave Espada, Alahar– Siete-Ocho-Seis-Cinco,” ordené. Sólo éramos dos a bordo del diminuto caza Insecto. Pero yo estaba al mando. Yo era el duodécimo Subvisser de más alto rango. Por encima de estos estaban los nueve Vissers. Pero cada día había promociones. Cada día se añadían nuevos Subvissers y Vissers. ¡Estábamos creciendo en número! Eran días increíbles y grandiosos. Los únicos problemas habían venido del autoproclamado “ejército hork-bajir” dirigido por esa vil chica andalita y Dak Hamee. Los había subestimado a ambos. Especialmente a Dak Hamee. Tomamos más y más hork-bajirs que habían estado cerca de él, y cuando abrimos sus recuerdos y su memoria aprendimos acerca del hork-bajir “vidente”. Había convertido a su gente, seres pacíficos, estúpidos herbívoros, en intrépidos y peligrosos luchadores de guerrilla. No habíamos podido capturar ni al andalita ni al vidente. No había mantenido mi promesa con Akdor. Pero aquello no sería un problema durante mucho tiempo. El gran Akdor había sido asesinado por un disparo de un hork-bajir con nuestros rayos dragón. Y luego, una muy desagradable segunda sorpresa. Una pequeña flota de naves andalitas había surgido del espacio-cero, espantosamente cerca del mundo hork-bajir. Habían aniquilado dos de nuestras naves en órbita. Eso era lo que le había ocurrido a Subvisser quince. Él había estado a cargo de la defensa de la órbita. El Subvisser quince moriría por su incompetencia después de unos días más de sufrimiento. Lentamente nos dimos cuenta de que aquello no era el total de la flota andalita. Era sólo un destacamento de reconocimiento. Algunos cazas de combate y naves transportistas. Más rápidas que nuestras naves, pero no tan bien armadas. Y nosotros teníamos bases terrestres. “La nave Espada dice que han visto a los andalitas. ¡Las órdenes de Visser Cuatro son que todos los cazas se sumen al ataque!” “Por supuesto que esas son sus órdenes,” refunfuñé. “Permitir que los andalitas destrocen los cazas de combate para que luego él pueda llegar con su nave Espada, finalizar la batalla y reclamar toda la gloria.” No había nada que pudiera hacer respecto a ello. “Andalitas,” dijo Alahar entre dientes, no muy contento. “¿Es cierto que pueden controlar sus naves con el pensamientos?” Suspiré. “Los andalitas son una raza muy avanzada, muy poderosa, muy decidida. Pero no son invencibles. Dispónganse a marchar a la máxima velocidad dentro del espacio normal. A mi señal… ¡AHORA!” Pusimos en marcha los motores y nos lanzamos a lo largo del arco de nuestra órbita. Las naves andalitas estaban delante de nosotros. Todos mis hermanos yeerks a nuestro alrededor. Las dos flotas se lanzaron una sobre otra a escandalosa velocidad. Tomé el control de las armas, cogiendo los controles con mis manos de hork-bajir. “Prepárate. Los andalitas entrarán en nuestro campo dentro de cincuenta kilómetros. Entonces romperán la formación e intentarán descender en picado bajo nosotros para poder disparar hacia arriba a la base de las naves.” Los andalitas se dirigían en línea recta hacia nosotros. Cincuenta kilómetros… cuarenta kilómetros… treinta kilómetros…veinte kilómetros… Algunos de los demás cazas Insecto estaban ya disparando, los muy idiotas. Pero a esta distancia los escudos defensivos de los andalitas eran demasiado resistentes. Las naves andalitas destellaron, despidiendo los disparos. Diez kilómetros…cinco… ¡SHWWWOOOOOM! La formación se rompió, tal como había supuesto. Estábamos preparados. Forcé los controles de altitud, dejé caer el morro de la nave, ¡y disparé! ¡TSEEEEEW! ¡TSEEEEEW! Dos rayos gemelos de brillante luz roja salieron disparados hacia la nave andalita. ¡BOOOOM! ¡Impacto! El caza andalita explotó en llameantes escombros. Durante una milésima de segundo me pareció ver el cuerpo de un andalita volando. “¡Sí! ¿Lo ves? ¡No son invencibles!” Todas las horas que había estado estudiando al enemigo habían valido la pena. “Dos de nuestros cazas insectos destruidos,” informó Alahar. Aquello enfrió un tanto mi excitación del momento. Dos a uno a favor de los andalitas. ¡Pero el que había caído era mío! “Da la vuelta y sácanos de esta órbita. Haznos descender unos pocos kilómetros. Veamos si podemos atraer a los andalitas dentro del radio de alcance de nuestras bases terrestres.” “¡Tenemos un caza andalita detrás!” Fuimos descendiendo, más y más abajo, hasta que pude el interior de uno de los valles y los árboles. Los andalitas aún nos seguían. “¡Maniobra evasiva!” dije. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! Los cañones no nos alcanzaron por a penas unos centímetros. Giramos bruscamente a la izquierda. A la derecha. Pero el piloto andalita no nos dejaría ir. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! “¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Nos ha alcanzado! ¡Nos ha alcanzado!” “¡Comunícame el informe de daños, cobarde!” “Um… um… el cañón izquierdo está inservible. El derecho aún funciona.” “Haznos bajar… hasta el nivel de los árboles, y dirígete hacia el norte a lo largo del valle.” Nos dejamos caer al interior del valle. Los árboles eran manchas borrosas a ambos lados. La niebla azul se arremolinaba en la estela que dejaba nuestra nave. Los andalitas estaban sobre nosotros… sobre nosotros… preparando el disparo… Un único y poderosísimo rayo dragón se desplegó desde el suelo y alcanzó al perseguidor andalita. En la pantalla panorámica vi el lado derecho de su nave explotado. El piloto andalita todavía estaba vivo, aún luchaba por recuperar el control, cuando el resto de su nave impactó contra un árbol de cientos de metros de altura. “¡Volvamos a la batalla!” ordené. Es innecesario decir que Alahar ya no estaba tan asustado ni reacio. Nos lanzamos a toda velocidad de forma imprudente a través de los árboles y volvimos al espacio. “Ahora no localizo ninguna nave andalita,” dijo Alahar. “¡Han huido!” “Sí,” agregó. “Se observan cuatro naves andalitas inutilizables o destruidas. Siete nuestras. Casi dos a uno para ellos.” Asentí con la cabeza. “Pues así es. Pero a no ser que traigan refuerzos muy rápidamente, con esto será suficiente.” [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 30:[/b] Los andalitas no nos salvaron. En cambio, la guerra se intensificó. La flota andalita principal estaba en camino. Pero no llegaría hasta dentro de un año. De tanto en tanto aparecían nuevas fuerzas andalitas. Eran naves individuales que habían estado de patrulla y oyeron la llamada de auxilio. Un caza aquí, un transportador allá, unas pocas docenas más de guerreros andalitas que se lanzaban a la batalla. Los yeerks fueron obligados a abandonar mi valle. Pero estaban fortaleciéndose en todas partes. Las naves andalitas tuvieron que esconderse en el espacio-cero, apareciendo fuera en el espacio normal sólo cuando eran requeridas. Ya no tenían la posibilidad de permanecer en la órbita y sobrevivir. En tierra, Alloran encabezaba un valiente esfuerzo. Pero éste era simplemente una acción retentiva. Hubo victorias. Pero con cada semana que pasaba, había menos andalitas y más gente de mi pueblo esclavizada. Después de seis meses, los dos mil guerreros andalitas habían sido reducidos a cuatrocientos. Mis cuarenta y dos guerreros hork-bajir eran ahora solamente doce. Calculamos que ahora había unos cien mil controladores hork-bajir. Nos ocultábamos entre los arn la mayor parte del tiempo. Los arn no nos gustaban. Pero estaban indefensos. Por supuesto, el secreto de los arn era ahora un hecho conocido para los yeerks. Como Quatzhinnikon había predicho, los yeerks descubrieron que no podían infestar con éxito a los arn. Así que los yeerks usaron a los arn en otros valles como mano de obra, esclavizados en sus minas para extraer materiales sin refinar y construir naves andalitas. Cuando un arn quedaba herido o estaba tan cansado que no podía continuar, los yeerks lo usaban para hacer prácticas de tiro. Pero aún no habían llegado a los arn de mi valle. Los yeerks habían hecho dos intentos de invadir las Profundidades de mi valle. Los habíamos masacrado. Los yeerks sabían donde nos escondíamos. Y sabíamos que tarde o temprano vendrían a por nosotros. Yo estaba en un balcón enfocado al exterior de las moradas de los arn, que ahora usaba como casa. Miré hacia arriba, pero no podía ver a la Madre Cielo. Lo único que veía era la barrera de niebla azul, con un brillo que jamás podría despedir el cielo real. Miré hacia abajo y vi el bullente y líquido corazón de mi planeta, a cientos de kilómetros abajo. La pared más lejana del valle estaba a sólo unos trescientos metros de distancia, y podía ver a los arn ocupados en sus rutinas diarias. Aquí y allá un andalita trotando, esquivando furiosamente a los arn a su paso. Había un lugar donde siempre me parecía que había dos o tres andalitas. A primera vista parecían sólo un par de guerreros hablando, relajándose. Pero ellos, u otros, habían estado en ese mismo lugar durante días. <¿Qué estás pensando?> me preguntó Aldrea. “¿Qué están tramando esos andalitas?” pregunté. Ella se acercó y se quedó de pie a mi lado. Apretó su pequeña, débil mano contra mi brazo, como hacía con frecuencia. < ¿Qué te hace pensar que están protegiendo algo?> “Cada hora de cada día durante las dos últimas semanas hay al menos dos andalitas allí en aquel mismo lugar,” dije. <No parece que estén vigilando nada.> “Y aún así ahí están. Cada día. Cada noche. ¿Sabes lo que esto significa, Aldrea?” <No. No lo sé.> “Voy a ir a dar una vuelta.” <Iré contigo.> Volví dentro y bajé una serie de escalones hasta el nivel de la pasarela. A lo largo de la pasarela, esperando pacientemente para dejar pasar a un lento arn. Llegué a un puente. Los puentes eran estrechos, poco frecuentes, normalmente atestados, y bastante aterradores para los andalitas, quienes no estaban del todo acostumbrados a las alturas. Nunca tenían más de un metro de ancho. Incluso un hork-bajir criado en los árboles lo encontraba atemorizante. Aldrea seguía mi paso, mirando con firmeza al frente y nunca hacia abajo. Llegamos al otro lado y giramos a la izquierda para llegar al sitio que los andalitas estaban vigilando. “Hola, amigos,” les dije a los dos despreocupados guerreros. “Nos gustaría entrar ahí.” <¿Para qué?> preguntó uno de ellos. <Ahí no hay nada por lo que deba preocuparse un hork-bajir.> Los guerreros miraron detrás de mí, vieron a Aldrea, e inclinaron la cabeza con respeto. <¿Por qué estáis vigilando este sitio?> preguntó Aldrea. Los dos guerreros perdieron su expresión casual. Sus colas se alzaron unos pocos centímetros. Sus manos bajaron hasta las fundas de sus armas. <¿Vigilando? ¿Quién esta vigilando nada?> “¿Nos vais a dejar entrar?” pregunté. <Escúchame, genio, este no es lugar para ti. ¿Por qué no te vas a mascas unas cuantas ramas de árbol?> Genio. Uno de los varios comentarios despectivos que los guerreros andalitas usaban para un hork-bajir. Lo ignoré. <Escucha, tú…> comenzó a gritar Aldrea. La corté. “Una pregunta simple, amigos. ¿Nos dejáis pasar? Sólo requiere un sí o un no por respuesta. ¿Sí o no?” <Circula,> dijo el guerrero fríamente. Me volví y me alejé. Aldrea vino corriendo a mi lado. <Supongo que algo así es de esperar. La grosería, quiero decir. Estos guerreros están bajo presión constante, peligro constante, lejos de su hogar. No siempre son muy amables.> “Sus insultos no significan nada,” mentí. “El hecho de que estén escondiendo algo, sí.” <Vamos a preguntarle a Alloran.> “No. Él ha dado la orden de vigilar ese sitio. Supongo que hemos de olvidarlo.” Aldrea se plantó delante de mí y me bloqueó el paso. <No me mientas, Dak. Vas a intentar averiguar qué hay ahí. Es sólo que no confías en mí para que te ayude.> Estaba decidido a mantener la calma. Pero fui incapaz. En lugar de eso grité, “¡Hemos combatido codo con codo con tu gente y vosotros los andalitas aún nos tratáis como seres inferiores! ¡Como mensajeros o sirvientes, o como payasos idiotas para entreteneros!” <Ellos no saben quién eres,> dijo Aldrea. <Piensan que sólo eres otro hork-bajir normal y corriente.> “Ah, sí. Suponen que sólo soy uno de los hork-bajir estúpidos. Los ingenuos hork-bajir. Los prescindibles, irrelevantes y tontos hork-bajir.” <Eso no es lo que quiero decir.> “Claro que es lo que querías decir,” dije amargamente. “Vosotros los andalitas sentís más respeto por los despiadados yeerks o a los cobardes arn que por los hork-bajir, quienes han luchado y muerto a vuestro lado. Lo único que le importa a tu gente es la inteligencia. Bueno, he aprendido lo suficiente sobre la inteligencia de los yeerk, de los andalitas y la de los arn, y me pone enfermo.” Durante todo ese tiempo, los arn estaban caminando a nuestro alrededor e incluso pasándome por entre las piernas, ignorándonos. <Estás enfadado. Lo comprendo.> Me reí. “Vosotros, los todopoderosos andalitas. No hay límite para vuestra arrogancia, ¿verdad? Bueno, permíteme decirte una cosa: Puede que seamos seres simples. Pero no usamos la biología para crear monstruos. Y no esclavizamos a otras especies. Y no liberamos una plaga de parásitos en la galaxia, poniendo en peligro a toda especie libre, para luego ir pavoneándonos como los señores del universo. No, somos demasiado simples para eso. Somos demasiados estúpidos para mentir y manipular. Somos demasiado estúpidos para ser despiadados. Somos demasiado estúpidos para saber cómo construir poderosas armas diseñadas para aniquilar a nuestros enemigos. Hasta que tú viniste, andalita, éramos tan estúpidos que no sabíamos como matar.” <Buen discurso,> dijo Aldrea suavemente. <Llevas mucho tiempo queriendo decirlo, ¿verdad?> La ira se había esfumado. Me sentí hueco. No me sentí mejor, ni aliviado. Sólo vacío y cansado. “Éramos gente pacífica, cuidando de nuestros árboles, ignorando quién nos había creado. Sin saber que existían nadie más en toda la galaxia. Ahora, míranos. Ahora mira en que nos hemos convertido. Los despreciados niños de los arn. Esclavos de los yeerks. Herramientas de los andalitas.” Aldrea se acercó a mí y apoyó la parte superior de cuerpo contra mi pecho. Puse mi brazo cuidadosamente alrededor de sus hombros. Permanecimos ahí en la pasarela durante largo tiempo, ciegos a todo lo que ocurría a nuestro alrededor. <Te ayudaré a descubrir qué están ocultando,> dijo Aldrea. <Esta noche, cuando los arn estén durmiendo.> “No puedes ir en contra de tu gente,” dije. Entonces me miró con todos sus ojos. <Dak, espero que nunca llegue a tener que elegir entre mi gente y… y tú. Pero si tuviera que hacerlo, me quedaría contigo.> Sonreí. Apreciaba lo que me había dicho. Pero no la creí. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 31:[/b] Fui a ver a Alloran sin contárselo a Dak. Le pregunté qué había en la habitación vigilada. Me dijo con mucha frialdad que no me metiera en sus asuntos. Alloran siempre había sido muy arrogante. Ahora, después de meses de batallas desesperadas, se había vuelto cruel, distante y sobre todo, exhausto. Le supliqué. Incluso tomé su mano entre las mías. La tecnología mórfica era demasiado nueva aún, tanto que mucha gente no sabía cómo funcionaba. A Alloran nunca se le ocurrió, mientras sentía como le inundaba una extraña calma y letargo, que estaba adquiriendo su ADN. Me reuní con Dak en los cuartos donde estaba el resto del ejército de hork-bajir. <Estoy lista,> dije. “Fuiste a ver a Alloran,” dijo Dak. Me sorprendió. Vi a Delf Hajool, la pareja de Jagil, mirándome avergonzada. Jagil se negó a mirarme. <Dak, no tenías por qué usar a Jagil y a Delf para espiarme. Fui a ver a Alloran por una razón. A adquirirle.> Eso le sorprendió. Sonreí para mí ante su expresión. “¿La tecnología mórfica? Pero él debe de saber lo que has hecho. Sus guerreros tienen que haberlo visto.” Me crucé con Delf y tomé su mano con forma de garra. <Fue exactamente así, Dak. Alloran sintió una paz y una calma momentánea. Como Delf esta sintiendo ahora. Nadie que estuviera mirando lo sabría.> Solté la mano de Delf. Dak asintió con la cabeza. Incluso sonreía. “Buen plan.” <Podemos entrar sin que nadie salga herido,> dije. Fue tan fácil transformarse en Alloran que apenas sabía qué estaba sucediendo. No hubo cambio mental. Seguía teniendo los mismos instintos andalitas. Pero ahora, mientras caminaba delante de Dak, sentí el aumento del poder físico de forma de varón. Cuando giré mis antenas oculares hacia atrás, vi una gruesa y pesada cola con cuchilla de varón. También sentí la ligera torpeza de los hombres, la ausencia del suave y ligero equilibrio que poseen las hembras andalitas. Caminé con paso seguro, firme y resuelta, hacia la puerta vigilada. Los guardias me vieron acercarme, se enderezaron y dejaron de hablar. <Informe,> dije. Casi esperaba que los guardias rompieran a reír a carcajadas. Puede que me pareciera y sonara como Alloran, pero no me sentía como él. <Nada nuevo desde entonces… bueno, desde que ese hork-bajir de aquí, o uno igual que él, vino con la hija de Seerow esta mañana.> <Es un hork-bajir diferente,> dije. <Pero realmente todos parecen idénticos. Abrid.> <Sí, Príncipe Alloran. ¿Pero y el hork-bajir?> Giré mis antenas oculares hacia él. <¿Me estás cuestionando?> <¡No! No, Príncipe Alloran. Para nada.> La puerta se abrió. Los guardias se apartaron. <Esperar aquí fuera. Tener cuidado con la chica. Podría volver.> Entramos. Era una habitación de un tamaño medio. No vi andalitas ni tampoco arns. La habitación estaba llena de materiales, maquinaria, una buena parte brillando y lanzando ráfagas. Era una escena espeluznante. “¿Qué es todo esto?” preguntó Dak. <No tengo ni idea,> reconocí. <Algunas de estas cosas son andalitas, pero creo que la mayoría es de los Arn.> Me acerqué a algo que sí sabía identificar: un panel de ordenador andalita. <Ordenador encendido,> dije. <Identificación de usuario,> solicitó la voz mental de la computadora. Respiré profundamente para quitarme la sensación de mariposas que sentía revolotear en mi estómago. <Alloran-Semitur-Corrass,> dije. <Identificación del habla telepática confirmada. Listo,> dijo la computadora. <Nos meteremos en serios problemas si nos pillan,> dije. Dak sonrió. “Aldrea, hemos estado en problemas desde que nos conocimos por primera vez.” <Ordenador, identifica el propósito de toda esta instalación.> Afortunadamente, los ordenadores no comprenden el concepto de “pregunta sospechosa”. La computadora respondió. <Esta instalación usa la biotecnología arn combinada con la tecnología de computadoras andalitas para formular y producir muestras biológicas.> Fruncí el ceño. <¿Qué muestras biológicas?> <Onkalillium……> <Es una medicina de tipo orgánico,> le dije a Dak. <Y el virus Q-Uno-Dieciocho.> Mis corazones se saltaron un latido. ¿Para qué estarían creando un virus? <Explica el propósito exacto del virus Q-Uno-Dieciocho.> <El virus Q-Uno-Dieciocho es un virus cuántico. Ha sido diseñado para atacar a diversos tipos específicos de criaturas vivientes a nivel subatómico, evitando toda posibilidad de que sea contrarrestado con medidas preventivas de seguridad. Ha sido diseñado para causar la muerte en cuestión de minutos.> <No,> susurré. “Pregúntale qué ‘tipo específico de criatura viviente’?” me pidió Dak. Por un momento, simplemente no pude hacerlo. Simplemente no podía, porque el ordenador me contestaría. El ordenador me diría la verdad, y no podía oír la verdad. “¡Pregúntale!” dijo bruscamente Dak. <Ordenador, ¿para atacar a qué especies ha sido diseñado el Virus Q-Uno-Dieciocho?> <Hork-bajir.> [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 32:[/b] Nos quedamos ahí, los dos, totalmente inmóviles. No sabía qué sentía Aldrea. Sabía lo que yo sentía. Estaba enfadado, lleno de rabia hacia los andalitas por haber creado esta cosa perversa. Pero bajo la cólera había una especie de tristeza tristeza. Una horrible tristeza. Todo para nada. Todas las batallas, las muertes. ¿Para qué? Los andalitas habían visto la verdad: habíamos perdido. El pueblo hork-bajir sería esclavo de los yeerks. El virus era el reconocimiento del fracaso. Los andalitas no podían salvar a los hork-bajir. Así que, ante de permitirnos caer en manos de los yeerks, nos aniquilarían. <No lo sabía,> dijo Aldrea. <No lo sabía. Esto está mal. Esto está mal. No pueden hacer esto.> ”Tiene sentido,” dije. “Para la brillante y despiadada mente andalita, hacer esto tiene sentido. Prefieren destruirnos a dejar que nos convirtamos en las herramientas de los yeerks.” <¡No!> Gritó Aldrea con más fuerza de lo que jamás la había oído. <¡No! No somos así. Alloran ha perdido la cabeza. El Electorado nunca apoyará esto. ¡Nunca!> “Quizás no,” dije. “Pero el Electorado Andalita no está aquí. Alloran sí.” <No vamos a permitir que esto suceda,> dijo Aldrea <Somos andalitas. No destruimos especies sensibles.> “¿Qué podemos hacer?” pregunté encogiéndome inútilmente de hombros ante las filas de brillantes e incandescentes máquinas de mi alrededor. <¡Ordenador!> dijo bruscamente Aldrea. <¿Puedes colocar todo el Q-Uno-Dieciocho producido hasta ahora en un pequeño envase lo suficientemente pequeño como para llevarlo sin incidencias?> <Sí.> <¡Entonces hazlo!> “¿Qué vas a hacer, Aldrea?” <Voy a destruir el virus y destruir este laboratorio.> “¡Vas a ponerte en contra de tu propia gente!” Ella comenzó a cambiar, a transformarse desde su forma de Alloran, volviendo a la suya propia. Entonces me miró a través de sus propios ojos de nuevo y habló con su silenciosa voz. <No. Mi gente no erradica poblaciones enteras. Mi gente vino a proteger a los hork-bajir, no a destruirlos. No sé en qué se ha convertido Alloran, pero él no es alguien de mi pueblo.> “Alloran y sus guerreros intentarán detenernos.” <Sí. Lo sé.> Sonreí, a pesar de todo. Alloran nos había fallado. Mi pueblo ahora estaba condenado a muerte, ocurriera lo que ocurriese. Pero a pesar de todo Aldrea era mi mejor amiga. Me había mentido, me había usado de vez en cuando, y sin embargo ahora, aquí, es este oscuro momento, era una amiga de verdad. “No te creí,” confesé. “Cuando me dijiste que si estuvieras forzada a elegir, me elegirías a mí.” <Por supuesto que no me creíste,> dijo Aldrea. <Estaba mintiendo. Una vez más. Pero esto no es una elección. Simplemente no podemos permitir que suceda.> “Tú y yo solos, yendo contra los yeerks y los andalitas,” dije. Aldrea asintió. <Supongo que sí.> “Entonces, de ahora en adelante, no más mentiras. No más manipulaciones. No más sutileza andalita.” Aldrea asintió. <Esperemos sólo que ‘de ahora en adelante’ dure más que los siguientes pocos minutos.> Apuntó al reluciente cilindro de acero que había surgido abruptamente de la consola. <Esto debe de ser el virus. ¿Te importaría llevarlo? Tus brazos son más fuertes que los míos.> Levanté el mortífero cilindro. Aldrea sacó su arma. <Prepárate para correr,> dijo ella, y levantó la pistola. Había visto muchas hazañas valerosas desde que la guerra había empezado. Pero no tan valiente como esta. La chica andalita poniéndose en contra de su propia gente para salvarme. En ese momento ella me importaba mucho. Probablemente lo había hecho mucho antes de eso, pero fue a partir de entonces cuando finalmente me di cuenta. Con todas sus mentiras, su innata arrogancia andalita, sus manipulaciones, la amaba. <Destruyamos este sitio.> Comenzó a disparar, y no tuve tiempo de pensar, sólo de actuar. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! Las consolas explotaron. La maquinaria se fundió. La habitación se calentó tanto en un instante como el sol en las ramas más altas. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEE! ¡Buh-BOOOM! Los guardias entraron a toda prisa. ¡WHUMPF! Golpeé a uno a un lado de la cabeza usando el bote. Cayó. Inconsciente. Aldrea moduló el arma con calma, marcando baja potencia, y disparó al otro guardia con una explosión de baja intensidad que lo dejó aturdido y confuso sobre el suelo. <Debería ser suficiente con estos daños,> dijo Aldrea. <¡Salgamos de aquí!> Corrimos al exterior, conmigo arrastrando a los dos andalitas fuera de la zona perjudicada. La habitación siguió explotando en una lluvia de chispas y súbitos arcos de megavoltaje. Acuné el recipiente con cuidado y Aldrea encabezó la marcha. Corrimos bajando la pasarela. La ciudad estaba vacía y tan oscura como nunca lo había estado, con el tenue resplandor procedente del núcleo. Todos los arn dormían. Pero entonces la pared del frente del laboratorio explotó. El sonido resonó en todo el valle. Nadie seguiría durmiendo después de eso. <¡Fuera, hacia el puente!> gritó Aldrea. <Arrojaremos el bote dentro de las Profundidades. Eso debería quemarlo.> Giramos para dirigirnos hacia el puente. Pero los andalitas habían reaccionado rápidamente al sonido de la explosión y ya salían de sus cuartos. Vi aparecer a Alloran en el lado opuesto del valle. Era inconfundible incluso a unos trescientos metros a lo lejos. E incluso a esa distancia se dio cuenta de lo que estaba pasando. <¡Detenedles!> gritó con un rugido telepático. Los andalitas se precipitaron sobre el lado opuesto del puente. Otros nos seguían desde detrás. ¡Estábamos atrapados! Y entonces… ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! Bajo la extensión del valle, tres cazas Insecto descendieron en picado, disparando sus rayos dragón. El estruendo sónico de su rapidez sacudió la roca bajo mis pies. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! Los rayos dragón desgarraron los muros de piedra como la cuchilla de un brazo pasando a través de la corteza de un Stoola mojada por la lluvia Las defensas andalitas, cañones montados sobre las pasarelas, devolvieron los disparos. El valle estalló en devastadores luces y explosiones. Por todas partes, disparos de armas y rayos dragón. Por todas partes las piedras se agrietaban y explotaban en guijarros. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! Se acercaban tres cazas insectos más, rápidos como los primeros, disparando igual de salvajemente. Los aturdidos arn estaban agonizando por centenares. Furiosos andalitas eran alcanzados por rocas voladoras y directamente por los fuegos de los rayos dragón. ¡Kah-BOOOOOOOM! ¡Un cañón golpeó a un caza Insecto! Éste estalló por un lado, osciló fuera de control y acabó chocando contra un muro. “¡Yaahhhhhhh!” aplaudí. ¡Qué locura! Estaba aclamando a los andalitas, que querían destruirnos. Echamos a correr sobre el puente. Aún teníamos que destruir el bote. Pero un rayo dragón produjo una grieta enorme en mi camino, deteniéndome a mitad de trayecto. Me quedé medio ciego por el destello. Los andalitas nos habían olvidado temporalmente que se habían precipitado a por sus armas. Habíamos sido olvidados por todos menos por un andalita. Cuando pude ver de nuevo, Alloran estaba a medio camino por el puente, acercándose a nosotros, inconsciente del peligro. Era un valiente andalita, corriendo a través de esa estrecha pasarela a kilómetros del ardiente y rojo corazón del planeta, con cazas Insectos yeerks surcando el cielo a toda velocidad, literalmente a centímetros sobre su cabeza. Era valiente, sí. Eso tenía que admitirlo. Pero le vería muerto antes que permitirle usar su virus contra mi gente. <Es el fin, Alloran,> gritó Aldrea. <¡No vas a destruir a los hork-bajir!> <¡Estoy intentando salvar este planeta, estúpida!> dijo Alloran. <¿Los salvarás destruyéndolos?> <Dame el bote,> me advirtió Alloran. Ya casi llegaba asta nosotros. Otros andalitas estaban respondiendo de nuevo a sus órdenes de bloquearnos desde detrás. No podíamos llegar más lejos sobre el puente para poder dejar caer el bote en las Profundidades. Estábamos atrapados, y ahora, bajo un tramo del valle, se acercaba una nave cuya aparición me infundió terror. Los cañones de los andalitas dispararon, pero los escudos de la nave Espada devolvieron los ataques en forma de luces inofensivas. Se avecinó sobre nosotros, mucho más lenta que los cazas andalitas, enorme e invulnerable. Esta excesiva lentitud era insolente, como una bofetada en la cara de los andalitas, quienes no podían dañarla. La nave Espada disparó. ¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW! El puente explotó ante mí, abriendo un hueco de unos trescientos metros de longitud. Alloran a un lado. Aldrea y yo al otro. <¡Matadles!> ordenó Alloran a sus guerreros. <¡Matad a ese hork-bajir, y también a la traidora engendrada por Seerow!> La nave espada se acercó, disparando y volando a baja altura. Los guerreros andalitas apuntaron sus armas hacia Aldrea y hacia mí. Nos miraban confusos, dubitativos. ¿Obedecerían a su enloquecido Príncipe de Guerra? Aldrea volvió su rostro hacia mí. Tomo mi mano libre entre las suyas. <Lo hemos intentado,> dijo simplemente. Pero yo no estaba preparado para morir. Aún no. La nave Espada se acercaba, volando despacio. Apreté con fuerza la mano de Aldrea. “¡Saltemos!” <¿Qué?> “Confía en mí. ¡Salta!” [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 33:[/b] Saltamos a la oscuridad. Caímos. ¡THUMP! ¡Bump! <¡Owww!> Caímos sobre la nave-Espada cuando ésta pasaba por debajo del puente destrozado. Intenté mantenerme en pie. Pero mi pierna delantera derecha estaba rota. El dolor se retrasó un poco antes de golpearme con tanta fuerza que casi me desmayo. Dak estaba tirado a mi lado, inconsciente sobre el negro metal que componía la superficie de la nave. La nave-Espada se alzó sobre del valle, por encima de las ciudades-muralla de los Arn, ahora totalmente destrozadas y en llamas. Nos alzamos por encima de la niebla azul. <¡Dak! ¡Dak! ¡Levántate! ¡Esta cosa va a acelerar en unos pocos segundos!> Él abrió sus ojos. “¿Estamos sobre las Profundidades? ¿Puedo tirar el bote?” <No estoy segura,> dije. <¡Podrías dejarlo caer sobre los árboles!> Se puso en pie de un salto. Estábamos sobre la niebla, por encima del accidentado suelo del valle. Las cimas de los árboles pasaban a nuestra derecha y a nuestra izquierda. La nave aceleraría en cualquier momento, cambiando esta velocidad tan lenta a muchas veces la velocidad del sonido para ganar altitud antes de volver a dirigirse valle abajo. “Un salto más,” dijo Dak. Echó a correr, algo asombroso teniendo en cuenta el movimiento de la irregular superficie de la nave. Me dio el bote. “¡Cógelo con fuerza!” Luego me levantó, cogiéndome por debajo del vientre. Dak saltó, arrastrándome con él. Extendió la mano en la oscuridad y se agarró a la cima de un árbol. Giramos, giramos y giramos, con el árbol cediendo bajo nuestro peso y haciendo de muelle. “¿Puedes transformarte en chadoo?” me preguntó Dak gruñendo debido al esfuerzo que hacía llevándome. <Sí. ¿Pero qué hay del bote? Lo dejaría caer. Los brazos de los chadoo no son lo bastante fuertes. Espera. Tengo otra idea.> Empecé a transformarme. Empecé a transformarme en una criatura que podía balancearse en los árboles y seguir llevando con cuidado el mortífero bote. “¿Qué estás haciendo?” gritó Dak cuando mi cuerpo cambió en sus brazos. <Transformándome. Espera, sólo me llevará unos pocos minutos.> Sentí que mi cola se acortaba y se hacía más gruesa. Perdía flexibilidad y fuerza, y se convertía en una especie de tercera pata muerta. Sentí que mis patas delanteras se marchitaban y retrocedían, mientras que mis patas traseras se fortalecían y crecían hasta acabar en unas garras. Sentí una increíble nueva fuerza en mis brazos. Se ensancharon, creciendo músculo sobre músculo. Mis antenas oculares se quedaron ciegas y a continuación se endurecieron para formar unos grandes y delgados cuernos delanteros. Y luego, en mis manos, en mis piernas, las cuchillas comenzaron a surgir. “¡Te estás transformando en hork-bajir!” “Sí,” dije usando la boca de los hork-bajir. “Adquirí a Delf.” Agarré el bote con fuerza. Alargué la mano hasta la corona del árbol y la agarré con la garra del hork-bajir. “Estamos en esto juntos, Dak. Si el virus Quántico se libera, yo también moriré.” “¡No es eso lo que quiero!” “Yo sí, Dak. Viviré o moriré contigo.” Entonces Dak junto los cuernos de su frente con los míos, y sentí un sensación como de hormigueo que no había pensado que un hork-bajir pudiera sentir. Era un beso hork-bajir, supuse. Es lo que hacemos los andalitas cuando acariciamos la cara del otro con las manos. Nos quedamos allí, colgados de la cima de un árbol a trescientos metros de altura y durante al menos un momento olvidé la fiera batalla, y la guerra perdida, y el bote que contenía tanta destrucción. Finalmente, nos columpiamos y comenzamos a descender del árbol, bajando al suelo. Y allí, rodeándonos por todas partes había un pequeño ejército de hork-bajir. Todos iban armados con pistolas de rayos dragón. Y todas aquellas armas nos apuntaban a nosotros. Un hork-bajir dio un paso al frente. “Dak Hamee, el vidente de los hork-bajir, y ni más ni menos que Aldrea, la hija de Seerow,” dijo. “Realmente adoro esa nueva tecnología mórfica de los andalitas. Es fascinante observarla. E incluso será más fascinante usarla, una vez te hayas convertido en mi huésped.” [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 34:[/b] ¿Debería recrearme un poco? Oh, sí. Oh, sí, es más, quiero hacerlo. “Permíteme presentarme,” dije. “Mi nombre es Esplin-Nueve-Cuatro-Doble-Seis. Mi rango es el de subVisser doce, aunque con este triunfo pienso que es muy, pero que muy probable que reciba un ascenso. Ah, sí, éste será un gran éxito.” “Disfruta mientras puedas, yeerk. No vivirás lo suficiente como para ver otro ascenso.” Sonreí a la transformada chica andalita. “Nos hemos conocido antes, por supuesto. Esa fue la primera vez que contemplé en directo tu habilidad para transformarte. Esta vez he podido observarte desde uno de los muchos sensores que hemos ensartado en los árboles. Muy impresionante. Eso hace que poseer un huésped andalita sea aún más deseable. ¡Cogedlos!” Mis guerreros se precipitaron hacia delante y agarraron a los dos rebeldes. Sujetamos sus manos a la espalda y los arrastramos hasta donde había estacionado mi nave, a unos trescientos metros. “Cuidado con ellos,” regañé a uno de mis soldados después de ver como éste le propinaba una patada a Dak Hamee. “Esos cuerpos son nuestros. No queremos que queden dañados.” Eché un vistazo al bote que llevaban. Estaba cerrado herméticamente. Parecía peligroso. Consideré la posibilidad de abrirlo y ver lo que contenía. Pero mi sentido común me advirtió que lo dejara. Se lo di a uno de mis guerreros para que lo llevara. El caza era demasiado pequeño para que cupieran todos mis guardias, así que dejé sólo a dos. Se quedaron ahí plantados con los rayos dragón apuntando a los cautivos mientras despegábamos. Iba a dirigirme al encuentro de la nave Espada después de haber volado por los aires el refugio de los andalitas. Pero la nave Espada aún no había vuelto a la órbita. Estaban demasiado ocupados divirtiéndose y friendo a los andalitas en las Profundidades. O eso supuse. Así que les esperamos. No importaba cuanta gloria obtuviera nadie de la victoria sobre los andalitas, yo había cumplido mi promesa de capturar o matar a la chica andalita y al líder hork-bajir. Y lo mejor de todo, tenía al primer y único andalita cautivo. “¿Por qué no vuelves a tu forma original?” le dije. “No hay razón para seguir intentando engañarme.” “Sé lo que quieres,” dijo Aldrea. “Y no voy a dártelo.” “Posiblemente no puedas quedarte en esa forma para siempre,” le dije. “Sí puedo,” respondió Aldrea. “En realidad, dentro de media hora no tendré otra elección. Seré un hork-bajir para siempre.” No había ninguna duda de que lo que decía era verdad. Lo dijo de una forma demasiado triunfante como para ser una farsa. “¿Hay un tiempo límite?” dije exigiendo una respuesta. “Sí,” dijo ella con una sonrisa sarcástica. “Lo hay.” “¿Qué hay en el bote?” pregunté. “Ábrelo y mira,” dijo Dak Hamee. “Oh, ¿no somos los jóvenes héroes insolente?” me mofé de ellos. “Muy valientes.” Me acerqué a Dak Hamee. Sonreí a Aldrea. Y golpeé a Dak tan fuerte como pude. Y luego volví a golpearle. Él gimió y cayó boca abajo sobre la cubierta. “Vuelve a tu forma, andalita,” le dije. “¡NO!” gritó el estúpido hork-bajir. “No se lo permitas.” Le golpeé otra vez. “Vuelve a tu forma, andalita. No quiero magullarme el pie lastimando a tu amigo. Sólo vuelve a tu forma. Aunque sinceramente eso tampoco importa. Ambos vais a ser cuerpos anfitriones, te guste o no. Así que, ¿por qué alargar el dolor?” Entonces se me ocurrió. La idea floreció en mi cabeza como la más bella de las flores. ¡Por supuesto! ¡Por supuesto! “Cógela. ¡Mantenerla en el suelo!” grité emocionado ante la idea de mi mente. “No te necesito que se transforme. ¡Puedo infestarla ahora y obligarla a recuperar su forma! ¡Hah-hah-hah!” Mis guerreros se apresuraron. La agarraron de la cabeza. Volvieron su oreja hacia mí. “¡NO!” Dak Hamee gritaba y se revolvía, pero los grilletes lo mantenían bien sujeto. Comencé a liberar mi control sobre el cerebro de mi huésped hork-bajir. Me deslicé al exterior, aplanándome con fuerza para moverme lo más rápidamente posible fuera de la oreja del hork-bajir. Durante un horriblemente largo momento me quedé ciego, al no estar unido a ningún portador. Pero entonces detecté la oreja del nuevo hork-bajir, que solo era una forma del andalita de su interior. Me estrujé a través del canal auditivo. Extendía desesperadamente mis palpos, buscando las conexiones. Estaba aún con medio cuerpo colgando fuera de la oreja del andalita cuando toqué su cerebro y sentí su mente. Aquello fue un shock. Ahí estaba, físicamente un cerebro hork-bajir, pero en su interior no estaba la estúpida mente hork-bajir, sino la veloz y relampagueante inteligencia andalita. Vi dentro de su mente los recuerdos de Aldrea, la andalita. ¡Lo vi todo en un flash! Todo lo que ella había sido, todo lo que había hecho para desbaratar nuestros planes. Vi el secreto del bote. Pero por encima de todo, la vi corriendo, con la cola en alto, los cuatro ojos abiertos, viendo en todas direcciones a la vez. Corriendo libre a través de la hierba del mundo andalita. <¡Hola, andalita!> grité, sintiendo que ella era consciente de mi presencia en su mente. <¡Eres mía! ¡Mi cuerpo! ¡Mi esclava!> No podía esperar a tomar completamente su cerebro. Tenía que ver sus recuerdos, todos ellos. Y abrí mi propia mente, y mis recuerdos también, permitiéndole a ella que viera todo lo que yo era, todo lo que había sido. Esperando que me tuviera miedo, que comprendiera lo desesperada que iba a ser su vida a partir de ahora. <Sí, mira dentro de mi mente, andalita. ¿Has visto quién soy? ¿Ves que soy tu amo? ¿Te das cuenta de cómo vamos a destruirte, a destruiros a todos?> Toqué el área que controla el sentido de la vista. Abrí un ojo hork-bajir. Vi a Dak Hamee, vociferando, luchando. Vi a mis dos guardias observando, fascinados. ¡En unos momentos volvería a su verdadera forma y tomaría por primera y para siempre a controlador andalita! ¡Todos me mirarían boquiabiertos! ¡Todas las razas de mundo yeerk me…! ¡Un movimiento! Otro hork-bajir. Pero quién… ¡mi propio cuerpo anfitrión! El tiempo pareció quedarse congelado, mientras me daba cuenta de las consecuencias de mi error. Mi antiguo cuerpo anfitrión ya no estaba bajo control. ¡Noooooooooo! grité silenciosamente. ¡Noooooooooo! Mi cuerpo anfitrión, libre ahora, echó atrás una mano y la lanzó sobre el cuello de uno de mis guardias. Mi guerrero cayó como una piedra. El otro guerrero dio media vuelta, pero fue demasiado lento, demasiado torpe. Mi antiguo cuerpo lo despachó también a él. Y entonces, cuando yo luchaba inútilmente por hacerme finalmente con el control del andalita y conseguir sin incidentes entrar en su cabeza, sentí una mano cerrarse alrededor de mi cuerpo de yeerk. ¡Estaban tirando de mí hacia fuera! ¡Nooooo! ¡Nooooo! Mis palpos perdieron el contacto con los ojos. Perdieron el contacto con la mente andalita. ¡Volvía a estar ciego! Indefenso. Sentí un impacto al golpearme contra el suelo. Sentí que mi vida llegaría a su fin. Y sin embargo, en mi impotente cólera, había una parte de mí que seguía pensando sólo en aquel dulce recuerdo. En la irresistible belleza de un andalita corriendo libre. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Capítulo 35:[/b] El gusano yeerk estaba tendido e indefenso sobre el suelo. Los dos controladores hork-bajir también estaban ahí tirados. “¿Quién eres?” le pregunté al hork-bajir que había sido el portador de Esplin. “Soy Gah Fillat,” dijo. “Tú eres Dak Hamee. Eres diferente.” Sonreí. “No tan diferente. ¿Puedes ayudarme a quitarme estos grilletes?” Gah me miró afectado, confundido. Él era, después de todo, uno de mi gente. Nunca había conocido la palabra ‘grillete’. No tenía ninguna razón para conocerla. “Yo lo haré,” dijo Aldrea. Se arrastró hasta uno de los inconscientes controladores hork-bajir. Le quitó el arma de rayos dragón de la mano y la usó para consumir los grilletes. “¿Estás bien?” le pregunté. Ella asintió con la cabeza. “Ahora sí.” Pero había algo raro en ella. Lo notaba. Algo había cambiado. Se dio cuenta de que la miraba. “El yeerk. Esplin-Nueve-Cuatro-Doble-Seis. He visto sus recuerdos,” dijo Aldrea. “Creo… Supongo que nada es tan sencillo como parece.” Bajé la mirada hacia el gusano que no paraba de retorcerse. Tan inofensivo, tan indefenso. Le odiaba. Le odiaba a él y a toda su raza por lo que habían hecho con mi gente. Pero no quería matarle. Simplemente, estaba harto. Demasiado cansado como para respirar. “¿Qué hacemos?” me preguntó Aldrea. “¿Con él?” señalé al yeerk con la cabeza. “No lo sé.” “No sólo con él,” dijo Aldrea. “Con todo. Con nosotros. Podemos usar el caza insecto. Podemos volar muy lejos. Encontrar algún planeta deshabitado. Dejar este sitio para siempre.” “¿Es eso lo que quieres hacer?” le pregunté. “Ahora soy un hork-bajir. Podríamos ser… podríamos ser nosotros.” Alargué mi mano hacia ella y tomé su mano. “Tal vez allá…” ¡BOOOOM! La nave giraba fuera de control. Había llamas. Choqué contra el suelo, el techo, las paredes. Todo se sacudía violentamente. A través de la ventana alcancé a ver algo parecido a una nave disparándonos otra vez. No era una nave yeerk. Era un caza andalita. Nos había visto. Éramos un caza insecto. Nos estaban atacando. Y ya había alcanzado la nave. El aire casi se había agotado. Mis pulmones a penas respiraban nada. Aldrea se abrió camino hasta los controles. Gritando, llorando, luchó con el panel de control yeerk, siendo golpeada constantemente por los cuerpos flotantes de los inconscientes controladores hork-bajir. Le costaba usar los gruesos dedos de los hork-bajir en lugar de sus manos andalitas. Comenzamos a caer. Los movimientos giratorios disminuyeron de velocidad, pero estábamos cayendo. “¡Nos vamos a estrellar!” gritó Aldrea. ¡WHAM! ¡BUMP! Un lado de la nave se desgarró. ¡Vi estelas de árboles! Chocamos contra ellos una y otra vez Luego, finalmente, dejamos de movernos. Levanté la cabeza y perdí la consciencia. Cuando me desperté de nuevo, vi a Aldrea ensangrentada. Volví a perder el conocimiento. Todavía era de día cuando abrí otra vez los ojos. Miré la cara de Aldrea. Sólo que se trataba de la cara de Delf, claro. “Ahora eres un hork-bajir,” dije estúpidamente, con mi mente aturdida y confusa. “Para siempre,” dijo ella. “El tiempo límite de la transformación ha pasado. Soy un hork-bajir.” Mi cabeza comenzó a despejarse. Mis recuerdos volvían. “¿Y los otros?” “Los dos controladores hork-bajir han desaparecido,” dijo ella. “Nuestro amigo Gah Fillat esta cogiendo corteza.” “¿Y el yeerk? Esplin-Nueve-Cuatro-Doble-Seis?” Aldrea se encogió de hombros. “Lo busqué, pero no le encontré. Hay un arroyo aquí al lado. Quizás…” Me levanté. Sentía la cabeza como si me la hubiera golpeado un Jubba-Jubba. Pero estaba vivo. Y Aldrea estaba viva. Y… “¡El bote!” grité. Los ojos de Aldrea se abrieron al máximo. “¡Lo olvidé!” Ambos corrimos hacia los restos del caza insecto. Éste estaba esparcido en varios cientos de metros. Láminas de acero e incluso el motor colgaban intactos de las ramas que había sobre nosotros. Buscamos durante hora y media. Entonces una voz nos llamó, “¡Dak Hamee, estoy aquí!” Era Gah. Estaba en el árbol de encima de nosotros, entre las ramas más altas. Estaba bajando para encontrarse con nosotros. Llevaba el bote. Lo había recuperado de las ramas de arriba. Él sabía que era importante. Nos lo estaba trayendo. “No,” susurró Aldrea. “¡No, no, no!” La tapa del bote estaba abierta. “¡Corre, Dak! ¡Tenemos que correr! ¡El viento sopla hacia el otro lado, pero tenemos que correr!” “¡Gah!” grité. “¡Gah Fillat!” Pero, ¿qué podía decirle? No podía hacer nada. Observé con horror su cara distorsionada, sus ojos hinchándose. Echamos a correr. Corrimos y corrimos. Corrimos valle abajo, hacia nuestro hogar temporal entre los Arn. No teníamos ningún sitio más a donde ir. Corrimos a través de la neblina azul, bajamos el borde del acantilado. Una nube de humo ascendía de la ciudad amurallada. Oí sus gritos distantes. Las voces de los arn. Y cuando llegamos allí, vimos cazas andalitas levantándose a través del humo. Detrás de ellos, una nave transportista. Otro caza. Un segundo transportista. Lo único que quedaba del destacamento de las fuerzas andalitas. Nos quedamos ahí observando como subían, más y más, ganando velocidad. Desaparecieron en la niebla azul. Observamos como la última de nuestras patéticas esperanzas se evaporaba. Nos quedamos ahí al borde de ese acantilado, sabiendo que el virus Quantum se esparcía con el viento, y sabiendo que los andalitas nos dejaban para siempre. El final había llegado. La guerra estaba perdida. “Ha terminado,” dijo Aldrea. “Los andalitas se han ido. Los hork-bajir están condenados.” Pero incluso entonces, aún no estaba preparado para rendirme. Sí, los andalitas se han ido. Pero sin duda todavía quedaba algo de esperanza. Seguramente tenía que haber alguna esperanza para mi gente. “Hay valles a los que no llegará el virus durante un tiempo,” dije. “Algunos sobreviviremos. Sin duda algunos sobreviviremos. Y… y aún quedan los árboles.” “Y nosotros,” dijo Aldrea. “Desde ahora y durante un tiempo, nos tendremos el uno al otro.” Permanecimos ahí durante largo tiempo. Al pasar de las naves andalitas habían dejado espirales en la niebla azul. Pero luego las espirales desaparecieron. Lo único que quedó fueron pilares de humo y los débiles gritos de aquellos que habían creado a mi gente. Y en la órbita, y en todos los valles, y en muchas de las cabezas de mi gente, estaban los yeerks. Yo fui Dak Hamee. Un vidente hork-bajir. Pero no podía ver el futuro. No podía ver la esperanza que sabía que aún estaba ahí. Pero podía ver a Aldrea. Ahora diferente, un hork-bajir. Pero aún Aldrea. Podía verla. Y eso sería suficiente. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

[b]Epílogo:[/b] La voz de Jara Hamee se quedó en silencio. Agité mis alas para desprender de ellas el rocío de la mañana. El fuego se había apagado, incluso las brasas. Todos los hork-bajirs se habían ido dormir hacía mucho rato. Todos salvo Jara Hamee. Todos habían oído esa historia antes. <Es una historia increíble,> dije a Jara Hamee. <Aunque no es exactamente una historia feliz.> “Sí. Buena historia. Triste historia,” dijo Jara. “Jara Hamee contar. Padre contar a Jara Hamee. Padre de padre contar a padre. Jara Hamee contar a hija.” Jara Hamee miró tiernamente a la joven hork-bajir que se había enroscado junto a su madre durante la noche. <¿Tu hija? Aún no sé distinguir a los machos hork-bajirs de las hembras,> reconocí. <Pero ¿que pasa con el final de la historia? No me has contado el final.> “La historia no tiene final,” dijo Jara, riéndose como si yo fuera idiota. “La historia continúa.” <Supongo que tienes razón. Además, creo que no quiero oír la siguiente parte de esta historia. Es bastante triste. Es muy fácil ver a mi gente seguir el mismo camino que los hork-bajirs. Aún así me gustaría saber qué fue de Dak y Aldrea. E incluso de Esplin–Nueve-Cuatro-Doble-Seis.> “Jara lo sabe. Dak Hamee y Aldrea hija de Seerow viven. Tener niños. Luego mueren.” <¿El niño fue tu padre?> “ Sí.” Una vez más, Jara me miró como si fuera torpe. “Dak y Aldrea tienen hijo. Hijo llamarse Seerow. En honor a Seerow. No es nombre hork-bajir.” <No, ya lo suponía.> “Hijo Seerow tener hijo. ¡Ese hijo, Jara Hamee!” <Bueno, aquí estás, entonces. ¿Y Esplin-Nueve-Cuatro-Doble-Seis?> Jara me miró astutamente. “Tobias conoce a Esplin-Nueve-Cuatro-Doble-Seis.” Sí. Claro que sí. El yeerk que estaba obsesionado por los andalitas. El yeerk que había logrado sobrevivir a pesar de todo. <¿Visser Tres?> “Visser Tres.” Suspiré. Había venido a ver a los hork-bajirs para sentirme mejor. Ahora estaba más deprimido que antes. Y además tenía sueño. Y hambre. No era una buena historia para una persona que ya se preguntaba cuál era el sentido de la vida. Los yeerks habían ganado. Los malos habían triunfado. Los hork-bajirs, todos excepto un pequeño bando, estaban esclavizados. Los hork-bajirs comenzaron a despertarse, revolviéndose, abriendo los ojos. Probablemente estarían cansados de dormir en aquellas posturas poco habituales en el suelo. Después de todo, estaban acostumbrados a vivir en los árboles. Kel Halpak se levantó y me sonrió. Su hija no sonreía, simplemente me miraba con curiosidad. <Gracias por contarme la historia, Jara,> dije. <Supongo… supongo que podemos esperar que algún día haya otro gran hork-bajir vidente como Dak Hamee. Quizá tenga más suerte, ¿huh?> “Sí,” dijo Jara Hamee. “Sí,” asintió Ket Halpak. Abrí mis alas, listo para tomar la brisa. “Tobias,” dijo Jara. “Esta hija se llama Toby. Nombre por Tobias.” <Wow. Es un honor, Jara y Ket.> Realmente aquello me había conmovido. Era el típico gesto encantador de los hork-bajir. <Pero es un nombre extraño para un hork-bajir, ¿no?> “Sí,” asintió Ket. “Nombre extraño.” “Buen nombre,” dijo Jara. “Toby es diferente.” “Sí,” afirmó Ket, “Toby es diferente.” Sonreí para mí mismo y tomé la brisa bajo mis alas. Pero luego, cuando despegué, sentí una extraña sensación de hormigueo. Di la vuelta y floté sobre los hork-bajir. <Cuando dices que Toby es diferente…> Jara y Ket no contestaron. En cambio, la chica hork-bajir me miró y me dirigió una sonrisa muy seria. “Sí, Tobias, amigo de los hork-bajirs. Sí, soy diferente.” Entonces el viento me elevó, y gané altura y me alejé. Pero con mis ojos de halcón los observé durante bastante tiempo. Y de alguna forma, comencé a sentirme realmente bien. Me sentía feliz porque Jara Hamee tenía razón. Las historias no tienen final. Y mi tocaya, Toby Hamee, la descendiente de la valiente chica andalita y el hork-bajir vidente, iba a escribir el siguiente capítulo. [b]©1998 K.A. Applegate 2007 de la traducción de SagadeGeminis[/b]

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