Megamorphs 4: Volver al antes

Sinopsis:

     ¿Qué harías si tuvieras la oportunidad de cambiar tu vida? No sólo dónde vives o quiénes son tus amigos, sino tu pasado, presente y futuro. Suena bastante bien, ¿eh? Bueno, eso es lo que pensó Jake. Pensó que sería más fácil si los Animorphs nunca hubieran existido. Si nunca hubieran conocido a Elfangor. Si hubieran tenido la oportunidad de ser chicos “normales”.

     Y Jake ve cumplido su deseo.

     Pero las cosas no son tan fáciles como parecen. Que los Animorphs ya no existan no quiere decir que los yeerks también hayan desaparecido. Pero ahora Jake, Rachel, Tobias, Cassie y Marco no pueden transformarse. Ni siquiera saben que los yeerks están ahí fuera. Y no resulta ser una vida tan fantástica…

 

Datos del libro:

El libro original tiene 179 páginas divididas en 30 capítulos.

Narrador

Lo narran, como siempre, todos los Animorphs.

Jake, Rachel, Cassie, Marco, Tobias y Ax han cambiado mucho a lo largo de esta interminable guerra. Y, algunas veces, los seis han deseado no haber participado nunca en ella. Ahora van a tener la oportunidad de ver cómo habría sido su vida si el Príncipe Elfangor nunca se hubiera encontrado en su camino y si nunca hubieran rescatado a Ax. Los Animorphs van a volver atrás, a su vida normal –o tan normal como puede ser una vida con los yeerks aún invadiendo

Después de una batalla particularmente violenta, el Drode se aparece a Jake y le hace una oferta: sus amigos y él pueden volver atrás en el tiempo y ver cómo habría sido su vida si no hubieran atravesado el solar abandonado aquella noche. Las cosas van como estaban planeadas y los chicos no adquieren el poder de la transformación –pero los yeerks siguen en Y continúan esclavizando a todos los humanos que pueden sin que nadie les detenga. Sin los Animorphs interponiéndose en su camino, pronto estará perdida…

Nuevos personajes

 

Tobias, solitario y acosado por un montón de matones (pero especialmente por un par de tipos llamados Andy y Tap-Tap) acude a La Alianza para encontrar una vía de escape a su deprimente vida. Allí conoce a Bill, su consejero y el tipo que le convence para que se convierta en un miembro de pleno derecho.

Pero Tobias no tiene ni idea de que semejante privilegio significa en realidad dejar que un yeerk llamado Odret 177 se apodere de su cuerpo. Un yeerk que resulta ser aliado de Visser Uno, y por lo tanto, enemigo directo de Visser Tres…

 

Nuevas palabras

 

Anomalía. Lo que es Cassie. La línea temporal creada por el Drode bajo la dimensión temporal real no podía existir. Cassie pertenecía a una línea temporal concreta pero existía en otra a su vez, y es este hecho precisamente el que provoca que las dos realidades comiencen a superponerse.

 

La situación en Falla Kadrat. Alguna ubicación desconocida en la que el Ellimista tuvo permiso para inmiscuirse directamente, tal y como Crayak y el Drode hacen aquí con los Animorphs.

 

Situarse en una subtemporalidad. Desplazarse a una línea temporal paralela, de modo que la dimensión temporal real continúe en su lugar pero se le superponga una línea temporal artificial.

 

Nuevas formas

 

Ax se enfrenta a su situación en la Tierra convirtiéndose en un tiburón (1) para escapar de la nave Cúpula hundida en medio del mar, y finalmente se transforma en humano (2) para infiltrarse una vez en tierra firme. Evidentemente, no conserva sus formas de vuelta en la dimensión temporal real.

 

Jake y los demás no adquieren ninguna forma debido a que nunca han recibido el poder de la transformación.

[b]Capítulo 1:[/b]

-Ayudadme.

Intenté levantarme. Tenía un cuerpo tendido sobre mí. Un hork-bajir. La cuchilla de su muñeca estaba clavada en mi costado. Traté de alzarme sobre mis cuatro patas, de quitarme aquel peso muerto de encima. Pero sólo tenía tres. Mi pata trasera izquierda se encontraba tirada sobre el resplandeciente suelo, un artículo de coleccionista, una reliquia macabra. Una garra de tigre. Traté de deslizarme. Eso estaba mejor. El suelo era de madera muy pulida, aunque ahora estaba cubierto de una capa de sangre animal, alienígena y humana. Avancé con mis patas delanteras, sacando las garras y arañando la madera. Al principio no sirvió de mucho, pero entonces mi garra derecha la desgarró y gané tracción.

Una voz decía, “Ayudadme. Por favor, ayudadme.”

Me arrastré lentamente, con cuidado, sin perder detalle del alienígena repleto de cuchillas que tenía encima. El dolor que sentía en el lugar donde debería tener una pata era muy intenso.

Jamás permitas que alguien te diga que los animales no sienten dolor. He sido un montón de animales, y casi todos lo sufren.

<¿Jake? ¿Jake?> Era Cassie.

<Sí, estoy aquí.>

De una sacudida me libré de aquel opresivo peso. Me alcé, tambaleándome sobre tres patas, y observé los alrededores a través de los ojos del tigre. Me encontraba en una habitación repleta de hiladoras.

Una casa de diseño. Ya sabes, de esas que fabrican ropa que luego nadie se pone.

El tipo de cosas que ves en esos programas de moda al ir cambiando de canal. ¿Moda? Una tapadera yeerk bastante extraña. ¿Qué razón tendría? Había unas mesas tremendamente largas cubiertas con ropa. Una de ellas estaba inclinada de manera extraña porque una de sus patas había sido destrozada. Me recordaba a mí. Había unos enormes rollos de tela con patrones en esa esquina que empujaban la mesa hacia abajo haciéndola balancearse, como un subibaja, sin llegar a volcarla. Por encima había bloques de brillantes luces fluorescentes. Y en las paredes de ladrillo visto, una especie de estilosos salpicones emulados con luces de neón. Todo lo demás estaba repleto de cuerpos, sangre o rebanadas de éstos.

<¿Cassie?>

Vi al lobo salir cojeando de detrás de una carretilla caída. Estaba viva. Sentí como me invadía una oleada de alivio. La última vez que había visto a Cassie estaba en peligro. Lejos, más allá de unas enormes puertas, en la zona del oscuro vestíbulo, pude oír los roncos rugidos de un oso pardo. Era Rachel. No luchaba, ya no, se limitaba a destrozar a zarpazos todo lo que podía. Rugiendo con la frustración de una bestia desatada en busca de nuevas víctimas, sin encontrarlas ya. Marco ya había recuperado su forma. Un chico de mi edad, aunque él parecía más joven que yo. Mi mejor amigo. Había recuperado su forma humana porque la alternativa era desangrarse hasta morir a causa del corte que le atravesaba su cuello de gorila. Recuperas tu cuerpo humano y todo va mejor. No más dolor.

-Tengo frío. Estoy helado, ayuda, -pedía aquella voz.

<Asegúrate de que no pueda verte,> advertí a Marco.

Rachel entró en la habitación reduciendo todo a astillas, quinientos kilos de abundante pelaje marrón, prominentes garras y amenazante gesto que escondía unos afilados colmillos.

<¿Dónde está Tobias?>

No contesté. No sabía la respuesta. Rachel empezó a empujar y a levantar cadáveres de hork-bajirs. Encontró a Tobias, un halcón con bastante mal aspecto. Pero aún respiraba.

<Tobias, ¡transfórmate!>

Oí un trote, un trote de delicados cascos. Ax estaba detrás de mí. Tan alienígena como cualquiera de los cuerpos que se extendían a nuestro alrededor. Un delicado centauro. El cuerpo de un ciervo o un antílope azul, con un tronco no tan diferente al de un humano. Pero una cabeza que sí se diferencia fácilmente, sin boca, con dos ojos extra en la parte superior de unas antenas móviles. Su larga y peligrosa cola estaba manchada de sangre. Hemos estado en muchas batallas. Ésta había sido de las malas. Ésta invadiría mis sueños y me despertaría sudoroso y gritando.

<¡Tobias! ¡Escúchame! ¡Transfórmate en humano!>

-Alguien… hace tanto frío… ayuda…

Cassie trotó hasta Rachel. Recuperó su forma rápidamente. Que bien volver a verla. Sana. Completa. Preciosa ante mis ojos.

-Está bien, -le aseguró a Rachel. -Creo que sólo está conmocionado.

Como con la intención de darle la razón, Tobias aleteó con un ala y dijo, <¡Hey! ¿Qué? Oh. Oh. Estoy vivo.>

<Más o menos,> gruñó Rachel. <¡Fue una estupidez, imbécil! ¿Cómo te lanzas en picado sobre ese hork-bajir?>

<¿Sabes?> dijo. <Pensándolo en frío, sí que parece una locura.>

<Idiota,> respondió Rachel.Pero se las apañó para poner una tremenda cantidad de cariño en ese insulto. Tobias le había salvado la vida, casi terminando así con la suya. Cojeé hasta el hombre herido de la habitación. Un controlador humano. Un enemigo. Un hombre, tal vez de unos veinte años. Un humano con un gusano alienígena en la cabeza.

-Ayudadme, -dijo a la cara del tigre que se cernía sobre él. -Tengo frío, ayudadme.

Tenía varios cortes. Mortales. Cortes de hork-bajir. Fuego amigo, así es como se conoce al hecho de que una de tus tropas aliadas te hiera accidentalmente. O te mate. Un hork-bajir, en medio de toda esa violencia, había rebanado a uno de sus compañeros.

<Abandona su cuerpo, yeerk,> dije. <Déjale en paz, en el final. Sal de su cabeza. Dale la oportunidad de hacer la última cosa de su vida como un ser humano libre.> Su cara estaba pálida. Blanca y brillante, como una vela. Alguien le había destrozado la cabeza hasta tal punto que casi no tenía orejas. Reconocí las marcas de unas garras de tigre. Sus ojos marrones me miraron.

-No puedo salir, -me dijo el yeerk de su cabeza. -Los oídos están bloqueados. No puedo salir. Estoy atrapado.

<Tenemos que salir de aquí,> dijo Ax. <Enviarán refuerzos.>

-Tengo frío, -dijo el controlador humano. -Sólo… traedme una manta o…

<Príncipe Jake,> insistió Ax.

-Tengo miedo. Eso… eso te hace feliz, ¿verdad andalita? -dijo el moribundo.

Los yeerks creen que somos andalitas. La tecnología de la transformación es parte de la ciencia andalita, está más allá de lo que la humana ha sido capaz de hacer jamás. Por eso piensan que somos andalitas, un malentendido que mantenemos deliberadamente. Ax era el único verdadero andalita de nuestro grupo.

<No. No me hace feliz,> dije.

-El dolor… ¿Puedes ayudarme con él? Hace frío. Ayuda.

<Vamos, Jake,> era Marco. Había vuelto a transformarse. En águila pescadora esta vez. Teníamos que huir, y el aire era la escapatoria más segura. Haz crecer unas alas y vuela. Vuela y deja todo atrás. En unos momentos estaríamos bromeando. Y riendo. Haciendo todo lo posible por olvidar todo lo que habíamos visto. Todo lo que habíamos hecho.

-Ayuda…

<Vamos,> dije. Recuperé mi forma fuera de la vista del controlador condenado. Entonces hice crecer unas alas de halcón, y volé al exterior a través de una ventana que Rachel había abierto con sus puños. [b]

©2000 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Extreme_boy y Santiago Ruíz García[/b]

Capítulo 2 [Narra Jake]

Me llamo Jake. Vivo en una ciudad corriente de América en un estado americano corriente. Quiero a mis padres. E incluso a mi hermano mayor, Tom. Me gusta el baloncesto, odio las matemáticas y me deprimo un poco cuando no deja de llover durante más de un día. Me parecen geniales esos pequeños Audi TT, pero creo que si tuviera dinero y fuese más mayor conduciría un Jeep. Vivo a base de hamburguesas y patatas fritas y nunca he consumido voluntariamente unas coles de bruselas. Mi habitación es un desastre. Hago tarde los deberes. Mis apuntes de clase son tan caóticos que sólo los puede leer Marco, quien ha sobrevivido gracias a ellos durante cinco años o más, y hasta alguna vez me los ha tenido que traducir. Lloré el día que Michael Jordan se retiró. Y aun puedo decirte cuándo fue, con día, semana, mes, hora, minuto y segundo, lo que me había puesto y lo que estaba comiendo cuando Mark McGwire bateó su mejor home-round. Soy un niño. Un niño con perro, padres, profesores y amigos. Sólo eso. Pero con pesadillas. En las que a veces soy una termita, atrapada en un trozo de madera, incapaz de salir mientras el reloj hace tic-tac, tic-tac. No puedo escapar y las paredes de madera y la oscuridad me rodean y me ahogan. En otras caigo. Estoy volando pero mis alas han desaparecido, y estoy a casi dos kilómetros en el cielo, cayendo y pensando [i]¡No puedo volar! ¡No puedo volar![/i] En otras ocasiones, incluso ahora, veo el ojo rojo oscuro de Crayak y siento su maldad alcanzándome a través de millones de años luz. Pero el peor de todos los sueños es en el que los protagonistas somos Cassie y yo. Estamos en algún lugar el bosque. Ella es una silueta bordeada por luz. Ya sabes, como si hubiese un foco de luz intensa escondido tras ella. Es casi como si brillase con luz propia. Y hay una cueva. Yo le digo que entremos, ella me mira con unos ojos repletos de confianza, observándome, amándome, creyendo y confiando en mí, mientras yo insisto en entrar. Soy el líder de los Animorphs. No sé cómo llegamos a esto. Fue una especie de maldición lanzada por Marco. ¿Por qué tenía que ser yo? Porque Marco lo dijo. Porque así tenía que ser. Éramos cinco chicos tomando un atajo hacia casa a la salida del centro comercial por la noche. Encontramos una nave. Encontramos un alienígena. Y nos topamos de lleno con la dolorosa sensación de saber la verdad: No estáis solos. No estáis a salvo. Nada es lo que parece. Nadie es quien dice ser. La verdad sobre la traición y del dolor. La conciencia de la maldad. Y entonces, también nos encontramos con el poder. El poder que nos cargó con la responsabilidad, ya ves. Sin el poder, el conocimiento sólo habría sido una sensación de terror tal, que nos habría devorado las entrañas. Con sus pegas, sí, pero un poder que transformó el miedo en responsabilidad, y que dejó todo el peso del mundo sobre nuestros hombros. Unos hombros que no estaban preparados. El andalita nos dijo que podríamos transformarnos en cualquier animal que tocásemos. ¿Era todo el poder que necesitábamos para ganar? No. ¿Pero el suficiente para poder luchar? Ah, eso sí. El necesario, pequeño Jake, aquí tienes el poder necesario para hacerte responsable, para sentirte obligado a luchar.

-Ayudadme. Tengo frío.

Otra batalla. Otra pesadilla. ¿Existiría algo capaz de pararlas? ¿Es que no había escapatoria? ¿Es que estaba atrapado, luchando y luchando sin cesar hasta que todos mis amigos fuesen cayendo uno a uno o nos volviésemos locos? Me tumbé en mi cama y me quedé mirando al techo.

-Ayudadme. Por favor. Tengo frío.

A la cueva, Cassie.

¿Y todo esto para qué? Para nada. Para retrasar a los yeerks, pero nunca poder ganar. Y algún día, finalmente, perderlo todo. ¿Es que no había escapatoria?

-Siempre hay una salida, Jake el Poderoso, -dijo una voz. -Mi señor Crayak te ha tendido su mano omnipotente, Jake el Asesino de Yeerks. Jake la Herramienta del Ellimista.

Me incorporé. Conocía esa voz. El drode se detuvo junto a mi escritorio. No era muy grande. Se inclinaba hacia delante como uno de esos pequeños dinosaurios. Tenía unos ojos mezquinos y despiertos en su cabeza de aspecto humanoide. Estaba todo arrugado, y de un color verde o más bien púrpura, pero tan oscuro que casi era negro. Su boca estaba rodeada de un color verdoso. El drode era la criatura de Crayak, su emisario, su herramienta. Y Crayak era… era malvado. Un poder tan vasto, tan absoluto que sólo el Ellimista podía amenazarlo. Una lucha terrible: el bien y el mal midiéndose, limitándose el uno al otro, haciendo pactos que amenazaban la vida de sistemas solares enteros.

-Largo de aquí, -le dije al drode.

-Pero me has llamado.

-Vuelve con Crayak. Déjame en paz.

El drode sonrió. Se irguió y se acercó a mí, hasta que su cara sólo se encontró a unos centímetros de la mía.

-Hay escapatoria, -susurró. -Di las palabras y habrá terminado, Jake. Dilas, Jake, y jamás habrás pasado por el solar en obras. Di las palabras y no sabrás nada. No habrá peso sobre tus hombros. Dilas.

-Largo de aquí, -dije entre dientes.

-¿Cuánto tiempo más crees que podrá aguantar tu prima Rachel? Sabes que la oscuridad crece en ella. ¿Cuánto hasta que Tobias muera? Un pájaro, ¡es un pájaro! ¿Cómo va a ser feliz? ¿Cuánto hasta que Marco se vea forzado a destruir a su madre controladora? ¿Crees que podrá sobrevivir a eso? ¿Cuánto, Jake, hasta que mates a Tom? ¿Cómo serán tus pesadillas entonces Jake, el Asesino de Yeerks?

-Fuera de aquí. Vuelve a rastras bajo tu roca.

-Sucederá, Jake. Lo sabes. La cueva. Ese día llegará. Sabes lo que esa cueva significa. Sabes que sólo alberga la muerte. Cuando muera, cuando Cassie muera, será bajo tus órdenes, Jake.

Me tapé la cara con las manos.

-Mi maestro Crayak te ofrece una salida. En su compasión, el Gran Crayak ha hecho un trato con ese memo entrometido del Ellimista. Crayak te liberará, Jake. Os liberará a todos. Todo será como habría sido su hubieras tomado otro camino de vuelta a casa. Volví a presenciar ese momento. En el centro comercial. Decidiendo si tomar el camino de regreso seguro, iluminado y sensato. O el que nos llevaría a través del solar en construcción, y hacia un encuentro que lo cambiaría todo. Deshacerlo. Deshacerlo todo. No más guerras. ¿No más dolor, ni miedo, ni culpa?

-Una simple palabra, Jake, -susurró el drode. -No,… no, tres, mejor. Uno debe mostrar buenos modales. Tres palabras y nunca habrá sucedido. Tres palabras y no sabrás nada, sin poderes, sin responsabilidades.

-¿Cuáles son?

-Una es Crayak. Las otras, por favor.

Quería decir que no. Quería decirlo… Quería…

©2000 K.A. Applegate 2007 de la traducción de Santiago Ruiz García[/b]

Capítulo 3: Día Uno. (Narra Cassie)

Salimos al centro comercial. Yo iba con Rachel. Rachel es mi mejor amiga. Nadie entiende por qué, y nosotras menos que nadie. No podríamos ser más diferentes. Estas son las prioridades de Rachel en orden de importancia: las compras y la gimnasia. Lo mío son los animales. Rachel es la chica en portada de cualquier revista Mademoiselle o Seventeen que hayas visto. Alta, delgada, pelo rubio y cuerpo perfecto, dientes blancos de aproximadamente cuatrocientos quilates. Y para empeorar las cosas, no se la puede encasillar como a una víctima de la moda cualquiera. No es engreída. No es una esnob. No forma parte de ningún cliché. Ella es ella, un estereotipo de una sola persona. Ese es su mayor poder: ser la encarnación de la perfección física e intelectual de cualquiera, y que no le importe. A veces me pregunto de dónde lo saca. No el pelo, ni la ropa, ni siquiera su inquietante habilidad para no aparecer nunca sucia, despeinada o mojada. Me pregunto de dónde saca la indiferencia. Me pregunto como puede tener a sus pies a cada uno de los chicos del instituto, y mostrarse indiferente. Y no es que sea humilde. No. No podrías calificarla de humilde. Ella sabe que es especial. Pero la sola idea de la popularidad y todo ese tipo de cosas, la irrita. Yo tengo la sensación de que Rachel está esperando. Aguarda impaciente algo más. Vive sin vivir, en busca de un destino muy diferente. Sus deportes son la gimnasia y las compras. Sabe que nunca será una gran atleta; ya es el doble de alta que el promedio de las gimnastas. Esa parte de ella me interesa, pero no tanto como lo concerniente a las compras. Para que lo entiendas, para ella no se trata de las cosas que vayas a comprar, sino de la caza. Yo nunca podría ser amiga de nadie que matara animales por diversión. Lo siento, pero la gente que se dedica a disparar a los ciervos no va a ser amiga mía. Pero cuando estoy con Rachel en el centro comercial, comprendo la emoción de la caza: la combinación de conocimiento e instinto y lo apasionante del acecho y derribo de la presa. Esta chica hace que la búsqueda de un suéter de la talla y el color adecuados al cuarenta por ciento de descuento, parezca una expedición para localizar a un león devorador de hombres. –Veinte por ciento de descuento en Express, está muy bien, –dijo. –¿Pero teniendo un suéter casi igual y de un tejido mejor, con un cuarenta por ciento de descuento en Structure? Además, lo mejor es que este suéter va bien con los vaqueros de oferta que hay en The Gap y con los vaqueros de oferta del centro comercial, mientras que el suéter de Express sólo pega con los vaqueros de The Gap.

–Sé que voy a arrepentirme de preguntar esto, –dije, –pero ¿cómo es posible que un suéter casi idéntico a otro no pegue con un par de vaqueros básicamente iguales? Rachel me lanzó esa mirada. La mirada de incredulidad y turbación.

–Cassie, sabes que te quiero un montón, ¿pero es que acabas de salir de Uzbekistán?

–Sí. Sí, Rachel, acabo de venir de Uzbekistán.

–La forma. El color. El corte. La línea de la cintura. –Movió la cabeza en actitud de burlona compasión.

–¿Cómo piensas apañártelas en la vida sin saber reconocer qué pega con qué?

–Sólo espero de la vida que sea una larga lucha.

Rachel se echó a reír. A nadie le divertía más su obsesión por las compras que a ella misma. Como decía, Rachel está aguardando algo más. Ni siquiera ella sabe de qué se trata. Y yo menos.

–No mires, –le susurré. –Es Jake.

–¿No puedo mirar a mi primo?

–Puedes mirar, lo que te digo es que no [i]mires[/i].

–¿Te refieres a que no le mire de una forma que le deje claro que estás loca por él? ¿Que quieres que una sus labios con los tuyos? ¿Que quieres que te rodee con sus grandes y fuertes brazos?

–Sí, Rachel, a eso es a lo que me refiero. Eso es exactamente lo que quería decir.

Jake es muy mono. No mono en el sentido de oh-qué-mono-es. Es un chico grande. No un mastodonte, sólo como si tuviera dos años más de los que en realidad tiene. También es listo, divertido y modesto. Creo que le gusto. A veces nos sentamos juntos en el autobús. A veces parece que accidentalmente acabamos cerca el uno del otro en las reuniones o en clase. Nunca me ha pedido que salgamos. Yo a él tampoco. No es necesario decir que Rachel lo encuentra conmovedor, divertido, y completamente ridículo.

Una vez le pregunté, –¿Crees que le importa lo de que yo sea afroamericana y todo eso?

Y ella me contestó, –Cassie, conozco a Jake de toda la vida. Créeme, él ni siquiera sabe que eres negra. Eso demuestra lo poco que le importa. Jake es el chico entre un millón a quien de verdad le importa cómo eres, y no qué pinta tienes.

–¿Y? ¿Qué pinta tengo? –le pregunté ansiosa.

–Como si fueras a ponerte a cantar eee-yi-eee-yi-oh. Llevas puesto un mono de gasolinera con caca de pájaro en los bajos. No llevas maquillaje y tienes las uñas sucias… ¿es sólo suciedad, no?

Me miré las uñas e intenté hacer memoria. –Probablemente sea suciedad. Quizá estiércol.

–Sí, bueno, compensas tu sentido de la moda a lo Viejo MacDonalds gracias a que eres guapa, lista, encantadora, y la persona más absolutamente sincera que he conocido nunca.

–Gracias. Por la segunda mitad, al menos.

Jake iba con su mejor amigo, Marco. Marco y Jake no se diferenciaban tanto como Rachel y yo, al menos por lo que yo sabía. No conozco mucho a Marco, lo justo para saludarle. Es bajito, especialmente al lado de Jake. Tiene el pelo largo y oscuro, color aceitunado y una expresión permanentemente divertida en la cara. Marco es un cómico. No el payaso de la clase, no el chaval que quiere volver loco al profesor. Simplemente parece que piensa que el mundo es divertido. Supongo que un psicólogo lo calificaría como un mecanismo de defensa. Su madre murió hace un par de años. Puede que sea eso. O puede que simplemente sea así de gracioso. En cualquier caso, si a Jake le cae bien tiene que ser un buen chico. Sí, no sueno demasiado como una chica locamente enamorada. Había un tercer chico con ellos. Su nombre era Tobias. Para mí es casi un desconocido. Parece que siempre va pegado a Jake. Jake es demasiado bueno como para decirle que se vaya, y me di cuenta de que incluso intentaba meter a Tobias en la conversación. Pero Tobias seguía quedándose un poco a parte. Parecía un poco incómodo, y mantenía las distancias con los demás. Salían los tres de la tienda de videojuegos. Marco iba tomándole el pelo a Jake. Jake nos vio. Durante un momento se quedó como un ciervo delante de los faros de un coche. Luego fingió indiferencia. –Ey, Rachel. Hola, Cassie.

Rachel me susurró, –¿Puedo mirarle ya?

–¿Vais a casa? –preguntó Jake. –No deberías ir solas por el solar en construcción. Por eso de que sois dos chicas y tal.

Eso fue un craso error. Me di cuenta de que Jake lo supo en cuanto las palabras salieron de su boca. Pero era demasiado tarde.

–¿Vas a venir tú a protegernos, poderoso y gran hooombre?

Jake empezó a pronunciar una palabra, pero Rachel ya le tenía.

–Piensas que estamos indefensas sólo porque— La corté. –Yo agradecería que vinieran con nosotras. Sé que tú no tienes miedo de nada, Rachel, pero yo sí.

Rachel me lanzó una mirada severa. Le había cortado la diversión.

Para volver a casa desde el centro comercial podíamos dar un gran rodeo, lo que nos llevaría por el camino más seguro, o acortar por el solar en construcción abandonado y esperar que no apareciese ningún asesino con un hacha. Tomamos el camino largo. Diez minutos de caminata silenciosa después, Tobias dijo, –Ey, ¿qué ha sido eso?

Me giré y miré en la dirección que Tobias señalaba. Un haz de luz a nuestra derecha. –¿Un meteorito? –sugirió Jake.

–Genial, –murmuró Marco. –Cae un meteorito del cielo y no le acierta al colegio. Es tan injusto.

Seguimos caminando. Pero yo tenía una sensación muy extraña. Como… como si entraras en una habitación que conoces, en la que cada mueble te es familiar, y es tu habitación, y es como siempre ha sido, pero de alguna forma, por alguna razón que sólo se muestra como un hormigueo en tu cuello, es diferente. Me sacudí ese pensamiento de encima. Tenía otras cosas de las que preocuparme. Como por ejemplo si alguna vez Jake iba siquiera a cogerme la mano.

©2000K.A. Applegate 2007 de la traducción de Tara

Capítulo 4 (narra Tobías)

Me levanté. Genial. Otro día.

El sillón en el que había dormido estaba abultado en el medio y olía a tabaco. Pero mi tío había llegado borracho y se había quedado dormido en el suelo de mi habitación. Así que prefería esto. No estaba mal, al menos así podía ver la tele hasta quedarme dormido. Llevaba una camiseta y unos calzoncillos. Tenía que encontrar algo que ponerme. Mi tío no hace la colada, de eso me encargo yo. Así que sabía exactamente qué tenía listo. Una buena variedad de cosas que me harían parecer un completo imbécil o un barriobajero, mi elección. Mi tío tampoco me compra muchas cosas. Tengo lo que se conoce como “prioridad baja” en su vida. La mayoría de las cosas que tenía eran cosas que estuvo a punto de tirar o cosas que cogí del desván de mi tía cuando me mandaron a vivir con ella unos meses. La comida era mejor cuando vivía con ella. Y no se quedaba en coma en el suelo de mi habitación, tenía su propia forma de divertirse. Me usaba como su esclavo personal, y así es cómo descubrí lo que había en el desván: me mandaron limpiarlo. Y me hizo faltar a la escuela para hacerla recados o simplemente para “estar ahí” por si me necesitaba para algo. Al menos mi tío me deja ir al colegio. Me podría largar a Australia y ni se inmutaría. La verdad es que la sensación de que pudieran raptarme, o cualquier otra cosa, y no haya nadie que se preocupe o llame a la poli, no es que me haga mucha gracia. Pero bueno, así es la vida. Hay chavales que lo pasan peor. La madre de Marco murió, por ejemplo. Su padre está destrozado y le toca a él hacerlo todo. Yo creo que mi madre también murió. Y mi padre. La verdad es que no lo sé. Todo el mundo se limita a decir que mi madre se largó y que mi padre también, antes de que yo naciese. Aunque otras veces se inventan historias, como que murieron en un accidente. Y otras me las invento yo. La verdad, si es que la hubo, se perdió hace mucho tiempo. No importa.

Me puse la ropa menos patética que pude encontrar y me dirigí a la parada del autobús. Hasta aquí todo bien. No suele haber muchos malos rollos en la parada, normalmente. No empiezan hasta que me monto en el autobús. Un tipo que se llama Andy y el trepa de su sombra, a quien no sé por qué se le conoce como Tap-Tap, disfrutan pegándome puñetazos. Suelen esperar hasta que estamos saliendo del bus, se las apañan para ponerse detrás de mí y cuando estoy totalmente embutido entre toda la gente, me dan una o dos veces en la espalda. Soy lo que llaman un imán para los matones. No sé por qué, la verdad. Antes eran otros dos chavales los que tenían el trabajo de torturarme. Lo suyo era peor. Verás, me cogían de los tobillos y las rodillas y me metían la cabeza en el retrete mientras tiraban de la cadena. Pero eso era antes. Un tipo llamado Jake entró en el baño de los chicos cuando lo estaban haciendo y les dijo que pararan. Sólo eso, pero fue la forma en que lo dijo, supongo. Desde entonces, esos dos no han vuelto a molestarme. No creo que Jake tenga una gran reputación como tipo duro ni nada de eso. Es bastante callado, la verdad. Casi tímido. Pero hay algo en él que hace que le tomes en serio. Alguna vez he salido a dar una vuelta con él. Completamente acoplado. Jake ya tiene su mejor amigo y no le caigo nada bien, o esa es la sensación que me da. Pero pasado un rato, ya parecía que iba a formar parte de ese grupo de amigos. Eso era genial, estaba muy agradecido. Supongo que si pudiese ser otra persona, querría ser Jake. Aunque la lista de gente que preferiría ser es bastante amplia.

Me las apañé para evitar a Andy y a Tap-Tap en el autobús. Lo que implicaba que me esperarían en cualquier otro momento. Tal vez habría sido mejor dejarme apalear y seguir adelante, sin todo ese suspense sobre dónde me cogerían. Sí, bueno, Tobias, qué buena filosofía de vida. Tuve que esperar toda la mañana. Seis clases. Fui hacia el baño. El baño de chicos siempre es un lugar peligroso para mí, pero no podía aguantarme todo el día. Entré, deseando contra toda esperanza que hubiese un vigilante dentro. Pero sólo estaba yo, con dos chicos que no conocía y Andy y Tap-Tap. –Toby, Toby, Toby, –dijo Andy –Hey, tío, te eché de menos en el bus de esta mañana. Creía que éramos amigos. Sentí el impulso del pánico. El hielo en mi estómago. La urgente necesidad de ir al baño. Tap-Tap se movió rápido para ponerse detrás de mí y evitar que escapara. Me cogió de los hombros. ¿Debía suplicar? ¿Me haría eso algún bien?

–¿Por qué no os buscáis otra persona a quien tocar las narices? –dije. Sí, eso funcionaría. La chulería. Hacerme el gallito funcionaría.

Andy se rió. –Pero es que tú eres tan majo y tranquilito, –contestó. –No podríamos encontrar un mierda tan grande como tú.

Tap-Tap se echó a reír con él.

–Eres nuestro hombre, Toby.

De repente, Tap-Tap me empujó hacia delante. Sin equilibrio, choqué contra Andy. –¡Hey! Tap-Tap, ¡me ha atacado!

–Tienes razón. Toby, tío, ¿qué pasa contigo? ¿Tienes que convertirlo todo en violencia?

–Me ha empujado, –dijo Andy como si estuviera realmente ofendido.

¡Wham! El puñetazo me cogió por debajo del estómago.

¡Wham! ¡Wham!

Caí, retorciéndome entre las piernas, encogido para evitar mearme encima. ¡Zas! Una patada en las costillas. Rodé, rodé hasta unos montones de toallas de papel arrugadas, hasta una de las letrinas. ¡Zas! Otra patada. El dolor era insoportable. Estaba aterrado. Esta vez sí que me harían daño. Oh, Dios, me iban a destrozar, ¿quién iba a llevarme al hospital? Me tendí ahí mismo, gimiendo, con la espalda calada por los charcos de los salpicones de los retretes. Me tendí gimiendo y sin darme cuenta siquiera de que mis torturadores se habían marchado hasta que vi las caras de los otros dos chicos, los chicos que habían presenciado todo, y que me miraban desde ahí arriba.

–¿Estás cómodo ahí abajo?

No podía ni hablar. El dolor, la ira, la humillación. Me estrangulaban.

–Tu vida no tiene por qué ser así, –dijo uno de ellos. –No tienes por qué ser una víctima. Hay una salida, tío. El otro me tendió una tarjeta que había sacado de su bolsillo trasero.

–Tío, no tienes por qué estar solo. No tienes que ser el saco de boxeo de nadie.

Y se marcharon. Después de un rato, conseguí levantarme. Vomité en el retrete. Me lavé la cara en el lavado. Llegaba tarde a clase. Genial. Eso implicaba una visita al subdirector Chapman. Me eché a llorar. Estaba ahí, solo. ¿Y qué importaba? Lloré. Después de un rato, volví a mojarme la cara y miré la tarjeta. LA ALIANZA.

©2000 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Santiago Ruiz García[/b]

Capítulo 5: (Narra Cassie)

Me desperté de golpe. Abrí los ojos como platos. Las mantas estaban revueltas y tenía las sábanas liadas entre las piernas. La almohada estaba empapada de sudor, aunque en la habitación hacía frío. Me había vuelto a pasar. La llamada. Como una voz, pero sin sonido. Hablaba sin palabras. Sólo imágenes. Dibujos borrosos, confusos, sin sentido. Un campo abierto cubierto de hierba. Una cúpula de cristal. Árboles de hojas azules y rosas. Y agua. Agua por todas partes. Me daba escalofríos.

“Padeces un caso serio de paranoia,” susurré para mí misma.

Me levanté, fui al baño, bebí un poco de agua y me pasé cinco minutos colocando las mantas y las sábanas. Pero no podía volver a la cama. Me había desvelado. La adrenalina me había despertado del todo. Podría hacer los deberes. Tenía una redacción pendiente. No. Me puse un mono sobre el camisón. Metí mis pies descalzos en un par de botas embarradas y con los cordones desatados. Pero volví a quitarme las botas. Ese calzado no iba a pasar desapercibido cuando caminara delante de la habitación de mis padres. Bajé de puntillas las escaleras hasta el salón.

La luz azul del video parpadeaba con los números 00:00 una y otra vez. Había un vaso sobre la mesa. De mi padre. Lo cogí, me lo llevé a la cocina y lo dejé en el fregador. “Eso es, papá y mamá, no podía dormir así que decidí levantarme a las tres de la mañana y hacer algo de limpieza.” Sí, eso funcionaría. Eso no sonaría demasiado chiflado.

¿Era eso? ¿Me estaba volviendo loca? Dicen que la esquizofrenia suele manifestarse por primera vez en la adolescencia. Se lo dije a mi madre una vez. Ella me contestó, “Cariño, ¿quién reconocería la diferencia entre un adolescente loco y uno normal?” Mi padre se había reído, pero luego se contuvo. “No es que estemos diciendo que tengas que comportarte como una loca ni nada de eso, permíteme que lo deje bien claro. No estamos diciendo que eso esté bien.”

“Vale, papá. Dejaré de comportarme como una loca.”

Se rieron. Yo me reí también. Todos sabíamos que yo no era exactamente la definición de una adolescente rebelde.

Se lo conté a Rachel. Ella me dijo, “Guau, tiene que ser genial eso de que tus padres confíen en ti. Chica, sería genial que mi madre confiara en mí así.”

“¿Porque entonces podrías salirte con la tuya en todo?”

“Exactamente.”

Sonreí al recordar eso. Abrí el frigorífico. Hola Ben. Hola Jerry. [NdT. Ben&Jerry es una marca de helado.] No. ¿Qué pasaría si Jake no me pedía salir porque tenía los muslos gordos?

Me tambaleé, cogida a la puerta del frigo. Me había alcanzado como una ola. La voz. La voz sin sonido, sin palabras. Me llamaba desde el agua. Oh, dios. Me estaba volviendo loca de verdad. Y no era sólo la voz. Era esa sensación de… ¿de qué? ¿De extrañeza? ¿De que de alguna forma las cosas no estaban saliendo como tenían que salir? No era divertido. De verdad que no. ¿Y si en realidad sí estaba enferma?

Los animales. Eso es, iría a echar un vistazo al granero. Salí en plena noche, a través de la puerta de la cocina mejor que por la principal, porque así era menos probable que mis padres me oyeran.

Nuestro granero es la Clínica de Rehabilitación de la Fauna salvaje. Mis padres son los dos veterinarios. Mi madre trabaja con animales grandes en Los Jardines. Mi padre se encarga de la clínica, conmigo ayudándole un poco. Supongo que a mucha gente le habría dado miedo el granero de noche. Pero a mí no.

Había muchas hileras de jaulas, la mayoría llenas. Teníamos ratas almizcleras y mapaches y ocas y murciélagos y zorros y ciervos e incluso un águila solitaria. Todos estaban heridos o enfermos. La mayoría iban vendados. Algunos llevaban algún tipo de bozal para evitar que se mordieran o picotearan las heridas. Supongo que olía muy mal. Al menos era lo que Marco decía cuando venía— No, no, él nunca ha estado en el granero. ¿Para qué iba a venir?

“Olvídalo, Cassie. Ya es tarde. Está oscuro. Sólo estás confundida.”

Me temblaban un poco las manos mientras le ofrecía un puñado de grano a la oca de una de las jaulas. La verdad es que no lo necesitaba. Sólo quería hacer algo. Algo normal.

“¿Cómo estás? ¿Eh? Sí, ya lo sé, ese ala aún te duele, ¿cierto?”

Seguí caminando a lo largo de la hilera de jaulas. Intentaba no pensar. Intentaba no creer que estuviera oyendo, imaginando y recordando cosas que nunca habían ocurrido. La familiaridad del granero me tranquilizó. Pero debajo de esa familiaridad yacía una sensación nueva e inquietante.

Vi a Jake paseando. Vi a Rachel agitada. A Marco, tendido sobre un fardo de heno. Y ahí arriba, en las vigas, un pájaro. Un halcón. Casi podía verlo de verdad. Casi. Qué locura. Estaba perdiendo la cabeza. Estaba perdiendo la cabeza.

[b]©2000 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 6: Día diez (narra Ax)

Corrí a toda velocidad, empleándome a fondo: los cascos volando, la cola plegada hacia abajo, el torso inclinado, mis antenas oculares enfocando al frente para observar la tierra que se desvanecía bajo mis patas. Corrí directo hacia el blanco, un montón de palos atados para formar la extremadamente primitiva representación de un controlador hork-bajir.

Corrí. Espera. No reveles nada. Nada de “mensajes” sutiles.

No podía descuidar nada porque el enemigo estaría listo para reaccionar ante la menor señal.

¿Debería entrarle por la izquierda o la derecha? ¿Detenerme y atacar, o pasarle a toda velocidad y batir mi cola?

¡Fwapp!

Pasé como un rayo, acerté a la “cabeza” del hork-bajir con mi cuchilla, y la observé caer a tierra.

Jadeaba. Necesitaba aire. Ese había sido mi noveno ataque, y estaba exhausto. O quizá estaba todo en mi cabeza. Quizá era por los billones de kilos de presión, el agua que me aprisionaba desde todas direcciones. Ya me quedaba muy poca esperanza. Había pasado demasiado tiempo. Si alguien se hubiera salvado, si mi hermano Elfangor hubiera sobrevivido, ya me habría encontrado.

La cúpula aún estaba intacta. Descansaba sobre el fondo de uno de los océanos de la Tierra. Estaba ligeramente inclinada. Lo notaba cuando corría a lo largo del vasto campo abierto de hierba. No estaba seguro de cuánto había caído, de a cuánta profundidad me encontraba. Toda la instrumentación, los ordenadores centrales y todo eso estaba en la sección principal de la nave, repartidos a lo largo de los pasillos, esos corredores aparentemente interminables que conectaban la cúpula con las secciones más alejadas. Y también con las naves de supervivencia. Los cazas, los transportadores, las naves de rastreo. Todo lo que podía volar. Todo había quedado atrás cuando la cúpula se separó y cayó atraída por la gravedad de la Tierra, dejando escapar un chillido de viento al cruzarse con la atmósfera, y prendiendo en llamas. El soporte vital estaba intacto. El tenue campo de fuerza que evitaba que la cúpula transparente fuera aplastada por la presión oceánica, todo eso seguía funcionando. La planta de energía podía durar otros cien años. La hierba seguiría creciendo, los árboles florecerían. El estanque se había quedado sin agua durante la pérdida temporal de la gravedad artificial, pero ya volvía a estar casi lleno. Podía pasar el resto de mi vida aquí abajo. Vivir en éste hábitat que reproducía la vida tal como era en casa. Excepto porque no podía dejar que eso ocurriera.

Probablemente Elfangor estaba muerto. Y todos sus valientes guerreros con él. Habíamos salido del espacio-cero, esperando encontrarnos como mucho un par de naves yeerk dispersas. Pero ellos nos estaban esperando. Una nave nodriza entera con toda su legión de cazas Insecto. Y aún más peligroso, la lustrosa nave Espada negra de Visser Tres.

Nuestros guerreros habían masacrado a los yeerks. Pero se habían producido muchas bajas entre nuestras filas. Y entonces, apareció la nave Espada. Quizá Elfangor hubiera sobrevivido de alguna forma. Pero si así había sido, ¿dónde estaba?

Los sensores de un caza me habrían localizado sin la menor dificultad. Y, desafortunadamente, lo mismo ocurriría si los yeerks siguieran presentes en órbita. Tarde o temprano me encontrarían. Algún taxonita encargado de vigilar los sensores acabaría descubriendo la presencia de una gran cantidad de aire comprimido bajo las olas. Era muy peligroso. Estaba solo. Sin príncipe ni compañeros. Un simple aristh andalita en la cúpula sumergida de lo que una vez fue una gran nave. ¿A cuántos años-luz de casa? ¿Qué importaba? No tenía nave con la que volver.

Había pedido auxilio en oleadas telepáticas. Había empleado toda mi energía, todas mis fuerzas, para lanzar esas llamadas, buscando a Elfangor. No había obtenido respuesta. Al menos durante un largo tiempo. Dejé vagar mi mente más allá de la decapitada figura hecha de palos, a través de los árboles de hojas rosadas. Hacia la cúpula de cristal. Se inclinaba hacia un lado.

Puse mi mano contra el cristal. Fuera, en ese océano alienígena, nadaban algunas criaturas. La variedad era asombrosa. Había visto quizá unas cincuenta especies diferentes en total, grandes y pequeñas, algunas aparentemente inofensivas y otras muy peligrosas.

La Tierra.

Elfangor me había contado muy poco sobre ese lugar. No era un planeta importante. Había cierta especulación a cerca de que su raza dominante estaba a punto de experimentar los viajes espaciales, pero a parte de unos pocos cientos de primitivos satélites orbitales, no había ninguna evidencia al respecto. Pero una cosa estaba clara, los yeerks en órbita no se habían visto asediados por ninguna nave terrestre.

Una larga criatura azul grisácea se acercó nadando. Se restregó contra la cúpula, a poca distancia de donde yacía mi mano extendida. Tenía aletas a los lados, otra aleta triangular que le salía del lomo a su espalda, una cola fina y aerodinámica, y ojos pequeños, negros y vacíos. También tenía algo llamado boca. La mayoría de especies de este planeta la tenían. Pero esa boca parecía diseñada como arma. Tenía muchas hileras de afilados dientes triangulares. El pez se alejó nadando hacia la oscuridad. Aunque el sol de la Tierra estaba en todo su esplendor, la luz ahí abajo era tenue, fantasmal, de un color verde azulado.

Durante la noche planetaria la cúpula estaba tan oscura que podía contemplar la pálida fosforescencia de algunas criaturas cercanas, como lentos cometas atravesando mi cielo personal.

Aximili, tienes que decidirte, me dije. Podía quedarme en la cúpula y esperar, una semana, un mes, un año, hasta que los terrícolas o los yeerks me localizaran. O podía arriesgarme a salir de la cúpula. Tenía el poder de transformarme. Si pudiera adquirir una de estas criaturas podría marcharme, llegar a la orilla, volver a mi forma, e intentar empezar una vida entre los alienígenas.

<Tienes que decidirte. Quédate o vete. Espera o desiste.>

No quería tener miedo. Pero lo tenía, había que admitirlo. El poder de la transformación sólo funciona dos horas cada vez. Sobrepasa ese límite y te quedarás atrapado. ¿Cuán lejos estaba la orilla? ¿Cuán hostiles eran sus habitantes? ¿Había esperanzas de sobrevivir?

Los terrícolas podrían ser salvajes. Podría haber enfermedades. Depredadores. Y también existía la posibilidad de que los yeerks ya se hubieran hecho con el planeta. Tienes que decidirte, me dije otra vez. Pero aún no.

Me volví hacia el blanco. Me quedé ahí plantado, mirándolo. La cabeza volvía a estar en su sitio. ¿Pero no la había…? Sí, la había cortado. La había visto caer. Era imposible.Decídete pronto, me dije.

El aislamiento está empezando a tener consecuencias psicológicas.

©2000 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 7: Día veintiuno (narra Tobías)

–Apunta hacia la bola con el taco recto, luego dibuja una línea con tu taco y hacia la bola a la que quieres dar, y de ahí al agujero. ¿De acuerdo?

Estaba venga a repetir el ¿De acuerdo?

–El truco está en los ángulos. El billar es cosa de geometría. Una serie de colisiones en ángulos calculados.

Se llamaba Bill. Era un estudiante de instituto más mayor que yo, por supuesto. Era mi “guía”, así es como lo llamaban. Cuando vas a tu segunda reunión en La Alianza te asignan uno. Alguien que resuelva tus dudas, alguien con quien pasar el rato y hablar. Al principio pensé que se trataba de compasión. Ya sabes, como el pequeño Tobias es un perdedor mejor vamos a ponerle a alguien. Pero a todos se lo ponen en la segunda reunión. Los guías son miembros de pleno derecho de La Alianza.

Aun no estoy seguro de lo que significa eso de “pleno derecho”. Bill no me lo deja muy claro cuando se lo pregunto. Lo que sí explica con pelos y señales es el tema del billar. Hay dos mesas detrás de la sala de reuniones, y él tiene su favorita.

Cogí el taco, apunté e intenté visualizar los ángulos, visualizar los choques: el taco hacia la bola guía, la bola guía hacia la bola siete y la bola siete al rebotador.

–Bien, ahora relájate, –dijo. –Estás intentando apuntar como si te fuese la vida en ello, así que relájate como si no tuviese importancia, y deja que tus hombros, tu brazo, tu mano y tus ojos trabajen como uno solo. Intenté hacerlo.

¡Thock! La bola guía rodó, golpeó la bola siete y ésta chocó con el rebotador, girando lejos del agujero.

–Lo siento, –dije.

–¿Qué quieres decir con lo siento? Te has ido por un dos por ciento, más o menos. Estás mejorando. Tienes madera para esto. Puedes pensar en tres dimensiones. Eso es bueno. Y ya verás, cuando seas un miembro de pleno derecho pensarás en cuatro dimensiones. O cinco. En un espacio no-dimensional.

No tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero sentí como se me enrojecía la cara. De placer. Sus cumplidos podrían haber sido sinceros o no. No estaba seguro, pero me los tomaría como tales. Jamás en mi vida había recibido tantos.

–Encárgate del siguiente tiro, –dijo. –Quiero ver cómo lo haces.

La sensación que sentía al imaginar que algún día sería un miembro de pleno derecho de La Alianza era extraña. Sólo había estado en dos reuniones. La primera vez estaba bastante perdido y me dediqué a deambular como un imbécil. Rellené algún que otro formulario con mi nombre, dirección, número de la seguridad social y todo ese rollo. Aunque también preguntaban cosas personales. Nada demasiado íntimo, pero lo suficiente como para preocuparme. Pero al mismo tiempo, aunque me sintiese perdido, nadie me hizo sentir mal. Me recibieron con los brazos abiertos, como si el tenerme allí fuese algo genial. No me presionaron ni intentaron venderme nada, sólo me ofrecieron dar una vuelta, ver chavales jugando con videojuegos y a otros más mayores jugando al baloncesto fuera del edificio en un medio campo.

Cuando la primera reunión terminó, este tipo, este universitario o lo que fuese, se me acercó, me estrechó la mano y me invitó personalmente a que volviese a pasarme por allí. Y lo hice. Y ahora tenía a Bill enseñándome a jugar al billar.

Hice el tiro. El taco a la bola guía, de ahí a la bola y ésta directa al rebotador. Mi bola rodó hasta el rebotador.

–¡Ah! –grité, bastante contento.

Bill me dio una palmada en la espalda y un apretón en el hombro.

–¡Genial! Buen trabajo Tobias. No era un tiro fácil.

Jugamos un poco más hasta que otros chavales llegaron y nos pidieron la mesa con unas cuantas bromas.

–Claro, –dijo Bill. –Mi chico se está volviendo demasiado bueno para mí.

No era verdad. Pero estuvo bien.

–Nunca había jugado, –dije.

–Bueno, todos tenemos talentos ocultos, –dijo Bill. –¿Quién sabe de qué eres capaz, Tobias? ¿Has tenido alguna vez la oportunidad de descubrirlo? Tío, de eso trata La Alianza. El objetivo es que todos nos ayudemos unos a otros a convertirnos en la mejor persona que podemos ser.

Estaba deseando preguntar, ¿Por qué? ¿Por qué iba a querer reunirse un grupo de gente para ayudarme a jugar al billar o lo que fuera? Me refiero a que, ¿qué esperan sacar de todo esto? Pero sólo eran preguntas producto de mi actitud cínica. Producto de que pensase que todo el mundo era como mi tío. Era posible que algunas personas fuesen amables, ¿verdad?

De repente comenzó a sonar un tintineo. Era una campana, no muy fuerte pero insistente. Bill gruñó.

–Es la hora de la sentada, –dijo.

–¿Una sentada?

–Nah, es como lo llamo yo. Cada dos reuniones o así nos reúnen a todos y nos hablan de cosas.

–¿Como qué?

–Ya sabes, como el propósito de La Alianza, nuestra filosofía y todo eso, –dijo con una mueca.

–No debería quejarme. Me refiero a que La Alianza ha cambiado por completo mi vida. –¿En serio?

–En serio.

–Dime un ejemplo.

Se encogió de hombros y nos llevó hacia la sala de reuniones principal.

–Solía ser un desastre, tío. Mis padres tuvieron un divorcio bastante malo, ¿sabes? Fue un infierno. Peleas y gritos, abogados intentando llevarnos a mi hermana y a mí de un lado a otro. Horrible.

Asentí como si comprendiese.

–Bueno, el tema es que todo eso me afectó bastante. Supongo que me deprimí o algo así. Tal vez pensaba que no merecía la pena seguir viviendo. Pero la Alianza me sacó de todo eso.

–¿Sí?

Extendió sus manos y sonrió.

–No más depresiones, ¿ves? Sigo adelante. Lucho contra ello. Ahora tengo mis propios planes de futuro, ¿sabes? Dejar todo atrás y emprender mi propia vida ¿entiendes?

–Entiendo.

Nos sentamos en unas sillas plegables. Debía de haber por allí unas cuarenta o cincuenta personas. Jóvenes, mayores, blancos, negros y asiáticos. Gente con ropa cara y gente más de mi estilo. Pijos, cretinos, deportistas. Todos juntos, hablando, como si la edad, la raza o todo eso no importase.

Me di cuenta de que había alguien que no había visto antes. Era Jake. Sentado dos pasillos por delante junto a su hermano, Tom. Me sorprendió.

–Ese chico de ahí, –señalé.

–¿Es miembro?

–¿Quien? ¿Tom? Claro, Tom es un miembro de pleno derecho veterano muy importante.

No me refería a Tom, pero esa información me dejó perplejo.

–¿Te refieres a que es un miembro de pleno derecho importante pero alevín? Bill sonrió.

–Aquí no hay rangos de ese tipo, jóvenes y viejos, no en La Alianza. No marcamos líneas como esas.

Observé la cabeza de Jake mientras un presentador aparecía sobre una tarima. Le miré mientras el presentador comenzaba a hablarnos sobre cómo el individuo solitario había sido sobrenfatizado en nuestra cultura. A cerca de que no se alcanzan logros reales si no se es parte de algo más grande. Sobre que se debe servir en pos de lograr algo. Sobre que debes unirte a una realidad mayor.

–Es por eso que nos hacemos llamar La Alianza, –dijo el presentador. –Juntos logramos felicidad, sentirnos completos y darle sentido a la vida. Juntos, alzándonos los unos a los otros, apoyándonos y trabajando unidos conseguimos superar nuestra debilidad individual, nuestros fallos personales, el dolor y el daño.

Sonaba bien, supongo. Seguí observando a Jake. No sé por qué. No creo que él supiese que yo estaba allí. Supongo que resultaba patético, pero creía que si él era miembro y yo lo fuese también, de alguna manera, habría algún modo, fuese una idea estúpida o no, pero lo habría, de convertirme en él. De no ser yo. Y de vivir su vida, no la mía. [b]©2000 K.A. Applegate 2008 de la traducción de Santiago Ruíz García[/b]

Capítulo 8: (Narra Marco)

– Bueno… creo que deberíamos salir juntos, -dije.

Durante cinco segundos enteros, Rachel no dijo nada. Sólo entrecerró los ojos y se quedó mirando fijamente al frente. Yo sonreí. Estaba en un callejón sin salida. No podía escapar. Nos encontrábamos en plena excursión en el museo nacional de historia. Ya habíamos visto el enorme elefante disecado. Y el diagrama en el que se mostraba a los primeros hombres cocinando una barbacoa a base de leones. Habíamos visitado las ballenas de fibra de vidrio suspendidas sobre nuestras cabezas. Ahora nos encontrábamos en el teatro donde estaban a punto de pasarnos una peli de I MAX titulada ADN: la molécula milagrosa, o algo así. La narraba Paul Shaffer, de Letterman. Era un poco raro. La pantalla era del tamaño de una de cine, pero estaba tan cerca que prácticamente podía acercar la mano y tocarla. Bueno, el caso es que Rachel y yo estábamos sentados el uno al lado del otro. A su lado se sentaba una de sus amigas, Melissa Chapman, la hija del subdirector. El teatro estaba lleno del todo. Rachel no tenía escapatoria.

-Yo creo que no, -dijo al final.

-¿Es porque soy más bajo que tú? No hubo respuesta, sólo una estoica mirada.

-Sí, es por eso.

En la pantalla, Paul Shaffer decía: –El ADN es una molécula fabulosa. Apareció la imagen de una muestra de microscopio en la que se veía una molécula de ADN larga como un tren.

-Ya sabes que las chicas adoráis a los chicos con sentido del humor.

-Sí, si hablas de Leonardo Di Caprio. Adam Sandler no tanto.

A pesar de todo, me reí. Ella sabía cómo devolvérmela, y eso me gustaba.

-Aún así deberíamos salir juntos. Ir a ver una peli, comer hamburguesas. Sabría hacerte reír.

-En realidad, creo que el mero recuerdo de esa sugerencia ya me causará suficiente risa.

Era rápida. Más aguda de lo que pensaba. Siempre había supuesto que sólo era una chica guapa. Pero además era guay. Divertida. Vaya. ¿Con ese aspecto, y también divertida? ¿Cuántas veces sucede algo así?

-Bueno, puedo darte referencias, Rachel. Muchas chicas han disfrutado de la compañía del Magnífico Marco.

-¿Chicas? ¿De qué especie?

Solté una carcajada y me llevé un “ssssh” de una fila más allá. Imagino que a alguien ahí atrás le importaba de veras lo que le pasara a la pulsante ameba verde y roja de dos pisos de alto detrás de la cabeza calva de Paul.

Miré a Rachel. ¿Lo que había visto en sus perfectos labios era la leve sombra de una sonrisita, o me lo estaba imaginando? ¿Sería sólo el efecto de la luz de la ameba? Me quedé callado. Esperé. Esperé un poco más.

-Nadie se da cuenta de lo gracioso que llega a ser Paul.

¡Ja! Le divertía hablar conmigo. Había vuelto a entablar conversación. Ja. Bien, bien, bien. ¿Qué diría Jake si empezaba a salir con su prima? Él era mi mejor amigo, siempre lo había sido. Siempre había estado ahí. Era el único tío del mundo con el que podía contar absolutamente. Así que, si no aprobaba lo de Rachel y yo, me sería muy triste decir “Adiós, Jake.” ¡Ja!

Yo le gustaba. O al menos mi sentido del humor. Genial. Y entonces… La cabeza de Paul Shaffer parpadeó y empezó a fundirse, convirtiéndose en una porquería marrón que se mezclaba con lo que pensé que ya serían los invertebrados.

– ¡Ohhhhh, tío! La película se había quedado pillada y había ardido. Se encendieron las luces.

– Ahora nunca sabremos lo que iba a pasar, -me quejé.

-¿Habría salido Dave haciendo un cameo? ¿O al menos Bif Henderson? Nos levantamos. La gente se las arregló para ocultar su decepción. Salimos a la brillante luz del propio museo. Tuve que empujar a la gente para quedarme al lado de Rachel. De alguna forma, no me preguntéis cómo, ella tenía la habilidad de moverse fácilmente por entre la multitud sin ni siquiera tocar a nadie o que la tocaran. Como si estuviera rodeada por un campo de fuerza. Pero conseguí quedarme con ella. Y por una asombrosa racha de buena suerte, Melissa se echó una carrera al baño de las chicas. Sola. Sin Rachel.

Que no es algo que se vea muy a menudo, una chica guapa vulnerable, sin ningún miembro de su escolta femenina para espantar a los perdedores.

-Entonces, ¿qué te parece? -le pregunté a Rachel.

Estando tan cerca era difícil ignorar el hecho de que casi tenía que mirar hacia arriba para hablar con ella. Mientras ella miraba la parte de arriba de mi cabeza.

– Pienso muchas cosas, -me respondió crípticamente.

– Me refiero a lo de… lo de… Mi boca dejó de moverse. Se me hizo un nudo en la garganta.

Me quedé mirando fijamente. Anonadado, con mi corazón bombeando con fuerza algo que no podía ser oxígeno, aparté a Rachel a un lado para ver mejor.

– Es ella, -dije, consciente de que tenía la voz rota. Sabía que debía parecer un idiota, pero no me importaba. Estaba muy lejos, en algún universo de hielo, observando algo que no podía ser verdad.

– ¿Quién? –me preguntó secamente Rachel.

– Mi madre.

– ¿Tu madre? Pues ve a decirle hola.

Negué lentamente con la cabeza, saliendo de mi trance. Había aparecido. Simplemente, aparecido. Había salido de la nada. Como si acabara de transportarse del universo [i]Star Trek[/i].

Llevaba una peluca rubia. Pero estaba seguro, era ella. Parecía sorprendida, confundida. Perdida. Enfadada. Asustada. Entonces empezó a marcharse, deprisa. Hacia los ascensores, en sentido contrario a mí.

– ¡Mi madre! ¡Es mi madre! ¡Tengo que alcanzarla!

– ¿Tu madre? ¿Pero no está…?

– ¡Mamá! ¡Mamá! –grité, y eché a correr. Eché a correr y a gritar como un idiota. [b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Lender[/b]

Capítulo 9: (Ax)

Cada uno de esos días y más días llevaron mi paciencia al límite. Esperé hora tras hora, con mis esperanzas creciendo y desvaneciéndose cada vez, mientras observaba la cámara de descompresión de aire a través de la mampara transparente. Grandes criaturas se acercaban a esa cámara, más y más cerca, pero nunca llegaban a entrar. La cámara de descompresión era lo suficientemente grande como para acomodar a cuatro andalitas con equipo espacial. Esa era su función original, permitir a los técnicos el acceso a la superficie exterior de la cúpula. Las únicas criaturas que se adentraban en la cámara eran pequeñas y con aletas. Esas no parecían disponer de ningún arma natural. Aunque, de algún modo, sus aletas resultaban ser más formidables de lo que aparentaban.

En las semanas que pasé bajo el océano alienígena una cosa me quedó muy clara: las criaturas terrestres podían resultar ferozmente depredadoras. Las grandes se comían a las pequeñas. En ese entorno no tenía mucho sentido ser pequeño y débil cuando podía permitirme aguardar a la oportunidad de adquirir algo poderoso. Fuerte y lo suficientemente rápido para, tal y como esperaba, alcanzar la orilla más cercana sano y salvo, estuviera donde estuviera.

Así que esperé, mientras inventaba nombres para las numerosas criaturas que ignoraban la cámara de descompresión. Bocazas. Ojos Llorosos. Pájaro Acuático. Y la criatura que estaba buscando, un Filo Azul. Parecía estar compuesta por triángulos. Tenía una cola triangular, unas aletas triangulares y unos dientes de igual forma, hasta su cuerpo al completo parecía un gran triángulo pulido. Era azul, del azul grisáceo del aluminio, no muy distinto de mi propio color.

Tres días había esperado y esperado para planear mi escapatoria. No porque tuviese nada mejor que hacer.

Hice un poco de ejercicio e imaginé absurdos escenarios en los que Elfangor podría haber sobrevivido, estrellándose entre los alienígenas y aún así reorganizando una guerrilla efectiva para luchar contra los yeerks. Si alguien podía hacerlo, ese era Elfangor. Pero Elfangor estaba muerto. Lo sabía.

<¡Ah!>

Puse la mano sobre el panel. La puerta se materializó, dejando a la criatura atrapada. ¿Y ahora qué? Para adquirir el ADN de la criatura tenía que entrar en contacto físico con ella. Y no tenía pinta de que fuese a disfrutar si la acariciaba. A demás, debía estar viva en el momento de la adquisición. ¿Qué haría si el hecho de drenar toda el agua de la cámara la mataba instantáneamente? Configuré el terminal de la cámara de descompresión para drenar el noventa por ciento del agua. Esto llevó unos minutos, y cuando terminó la criatura aún podía moverse, pero sólo en dos dimensiones. Su aleta dorsal y parte de su espalda estaban expuestas al aire y su barriga raspaba el suelo. Continuó moviéndose sin descanso. ¿Tenía miedo? Era imposible de determinar. <Terminal de la cámara de descompresión, crea un campo de fuerza para retener el agua e impedir que entre en la sala. Permíteme entrar en la cámara de descompresión.>

El ordenador erigió un campo de fuerza de sólo unos tres pies de alto, lo suficiente para contener el agua y la criatura. Sobre los tres pies del muro de energía había un espacio abierto, por el que podía saltar fácilmente. Aun así, saltar de vuelta sería más complicado. El agua me cubriría hasta las patas. Esperé, observando, cronometré los movimientos de la criatura… ¡y salté! Volé a través del muro invisible, cayendo con un chapoteo en el agua. Mis pezuñas resbalaron y me combé sobre el agua.

La criatura giró directa hacia mí con sorprendente velocidad. Aquello me hizo levantarme. Alargué mi mano derecha y presioné su morro. El proceso de adquisición suele producir un estado de trance en la criatura que está siendo adquirida. Tal vez funcionase con esta. O tal vez no.

El monstruo sacudió la cabeza e interrumpió el contacto, nadando en otra dirección para rápidamente girar y encararse hacia mí

. ¡Fwapp! Le golpeé con la parte plana de mi cuchilla en el morro. Di media vuelta pero no acorté distancias, y ahora su boca estaba abierta haciendo gala de una sonrisa de dientes triangulares.

¡Fwapp! Le golpeé de nuevo. Y salté hacia un lado una fracción de segundo antes de que pudiese morder mi pata izquierda delantera.

<¡Yah!> Salté con precisión fuera de aquella piscina improvisada y me dejé caer torpemente sobre el suelo. Chorreaba agua por todas partes. Y sangre también. Mi sangre. La criatura había golpeado mi cadera con una aleta que, por lo visto, era bastante afilada. La criatura era rápida. Agresiva. No resultaba fácil de intimidar. Perfecta para lo que tenía planeado. Suponiendo que viviese lo suficiente como para poder preocuparme por mi plan.

<Ordenador, crea un campo de fuerza que envuelva la criatura en un estrecho espacio rectangular.> El agua comenzó a arremolinarse desde las paredes y la criatura quedó encerrada en el campo de fuerza. Intentó girarse, pero ya no podía hacerlo.

El Filo Azul ahora estaba preso en una especie de tanque estrecho, rodeado de suelo seco.

<Ya podrías haber pensado en esto antes, Aximili,> me recriminé. Ya había aceptado este tipo de conversaciones solipsistas hacía tiempo. Eran parte de un deterioro psicológico general.

En al menos tres ocasiones había visto cosas que casi con total certeza no eran reales. Era eso, o que la estructura intrínseca del tiempo era distinta en la Tierra.

Salté al espacio seco. La criatura se mostraba hosca, las hendiduras verticales que tenía tras la boca seguían funcionando, abriéndose, cerrándose, abriéndose, cerrándose. Uno de sus ojos laterales me miró. Me acerqué y toqué la piel de la criatura. Retiré la mano rápidamente por la sorpresa. Era áspera, podría haber desgarrado toda la piel de mi mano. Volví a tocarla y me concentré como me habían enseñado a hacer para adquirir un ADN. Dientes y aletas afilados, velocidad, agresividad y una piel que era un arma en sí misma

– No tenía ni idea de lo peligroso que podía ser el océano terrestre, pero de alguna manera sentí que esta criatura podía sentirse segura en él.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Santiago Ruíz García[/b]

Capítulo 10: (Rachel)

No sé por qué salí corriendo detrás de Marco, pero eso hice. Perseguía a una mujer a quién no era posible que estuviera persiguiendo. Quizá yo sólo quería ayudarle. Pero no era eso lo que sentía en ese momento. Sentía que… No sé, que me gustaba la persecución. Suena estúpido, pero puede que fuera la verdad. Él bajó corriendo las escaleras mecánicas, intentando abrirse paso a empellones por entre la gente. Yo bajé por las escalerillas paralelas. Llegué antes abajo.

-¡Allí! -señaló él.

Vi una mujer rubia que andaba velozmente por entre la multitud. Otra mujer metió un cochecito en su camino. El fantasma de Marco empujó el cochecito a un lado y siguió andando. Marco y yo nos lanzamos tras ella. Ya no había duda, estaba huyendo de nosotros. Ella era el antílope y nosotros los lobos.

Claro que quizá por eso era por lo que huía. Mucha gente encontraría inquietante ser perseguido por un par de adolescentes chiflados. En el recibidor la mujer comenzó una carrera, obstaculizada sólo por el hecho de que iba marcando números en su teléfono móvil. Nos llevaba una ventaja de unos treinta metros. De ninguna manera iba a dejarme atrás ninguna mami de treinta y tantos. Echó a correr hacia las puertas giratorias.

-¡Hey! Un hombre se pegó al cristal de la puerta. Ella lo apartó de un empellón. Se desplazaba poco a poco por la puerta giratoria.

Qué estúpida, me dije.

No debería haber entrado en las puertas giratorias. Ahora sí que la tenemos.

Marco y yo llegamos a las puertas mientras ella aún estaba dentro, casi saliendo. Marco saltó al interior de la siguiente apertura. Y ahí fue cuando la mujer salió despedida hacia atrás, se giró de golpe, se lanzó sobre Marco y le estampó la cara contra el asidero de metal de la puerta. Marco se cayó de culo. Se cogía la cara con las manos. La sangre se escurría por entre sus dedos unidos.

-¡Hey! ¿Estás bien? –le grité.

-¡Ve por ella! ¡Síguela! -gritó y se levantó como pudo.

Bien, me dije. El chico sabe lo que quiere.

Salí corriendo por una puerta lateral. Había escaleras de piedra, una docena más o menos, de unos treinta metros de anchura, que desembocaban en la abarrotada calle. Hombres y mujeres de negocios andaban ajetreados por la acera. La gente subía y bajaba los escalones. Grupos de ellos. Individuos solitarios. Pero no había ninguna mujer rubia. No podía haberse esfumado. Ni hablar. No había tenido tiempo suficiente. Estaba aquí, a la vista, era una entre las tres o cuatro docenas de cuerpos en movimiento.

La peluca. Era una peluca. Me di cuenta de repente.

Marco vino corriendo y se detuvo jadeando detrás de mí.

-Tiene el pelo oscuro, -jadeó.

-Ya lo suponía. Miró a un lado y a otro.

–No la veo.

-Tiene que estar aquí.

-Busca algo que ella no haría, -dijo.

–Debería estar sola, debería estar bajando los escalones, pues busca lo contrario.

Asentí. Sí, tenía razón.

Estaba confuso, desesperado, creía que estaba persiguiendo a su madre muerta, y aún así había sido capaz de pensar en eso.

Quizá sí podría salir con él. El pequeñajo tenía cerebro, después de todo.

-¡Ahí! –grité.

Ahora iba de morena, y se movía entre un pequeño grupo de gente mayor que subía las escaleras. Durante una milésima de segundo, me encontré con su mirada. Rabia. Furia. Vacilé durante esa milésima de segundo. Pero otra milésima de segundo después, mi propia rabia respondió a la suya. [i]No me da miedo, señora.[/i] Los lobos volvían a estar sobre la pista.

El antílope salió corriendo. Por la acera, apartando, empujando, abriéndonos camino entre hombres y mujeres de negocios y repartidores y vendedores de perritos calientes y mensajeros en bici.

Corrimos a lo largo de la fachada del museo. Ella giró bruscamente a la derecha, directa hacia el tráfico. Un punto para la mujer. No se rendía con facilidad. Los taxis pitaban. Los conductores maldecían. Los dedos se alzaban hacia el cielo. Ella corrió, nosotros la perseguimos, y finalmente le ganamos terreno. Se metió en un callejón. Ahora la teníamos atrapada.

La multitud era su única tapadera y ahora estaba sola. Yo giré la esquina primero, con Marco siguiéndome a centímetros por detrás de mí. Contenedores y papeleras llenas. Una pila de botellas vacías en cajas. De ella no había ni rastro. Sólo había dos sitios donde podía haberse escondido. Detrás del contenedor. O detrás de la pila de botellas. Miré a Marco. Llegamos a un acuerdo silencioso. Avanzamos sigilosamente, con los deportivos rechinando sobre la basura, hacia el contenedor.

-¡Cuidado!

La pila de botellas se volcó.

¡CRASH! ¡Wham!

Algo me golpeó en la cara, bien fuerte. Los ojos me daban vueltas en direcciones diferentes. Las lágrimas me empañaban la visión. Una sombra oscura se abalanzó sobre mí botella en mano.

¡Swing!

La esquivé, lancé mi pierna instintivamente y sentí ceder la carne bajo mi pie. La visión se me iba aclarando, pero aún me sentía débil. Ella había caído de culo. Rompió la botella contra el suelo. Quedó destrozada, dejando sólo una mitad rota, dentada y afilada. Un arma letal.

Retrocedí y oí a Marco gritar,-¡Aparta tus manos de mí!

Alguien le tenía cogido. Un hombre. Un hombre grande. Esto empeoraba por momentos. Me volví de repente, una bonita pirueta. Mucho más fácil de hacer sobre tierra firme que sobre la barra de equilibrios. Alcancé una botella y le pegué con ella en el codo al hombre que tenía agarrado a Marco.

-¡Ah!

Marco se soltó.

-¡CORRE! -grité mientras le arrastraba conmigo.

Corrimos. Hacia la calle. Pero de pronto dos nuevas figuras se interpusieron en nuestro camino. El teléfono móvil. La mujer había llamado pidiendo ayuda. Incluso en esa situación, alguna parte de mi asustado y sobresaturado cerebro se preguntó qué clase de mujer podría tener a su disposición a esos enormes tipos en cuestión de segundos y con sólo hacer una llamada.

-¡Atrás!

Dimos la vuelta. Estábamos atrapados. Teníamos dos hombres por detrás. Y delante a un tipo con el codo dolorido y la madre de Marco.

Piensa rápido, Rachel. Metí la punta del zapato bajo una de las botellas y la lancé hacia la mujer. Ella se protegió, y aprovechamos para zafarnos. Genial. Ahora teníamos a los cuatro detrás. Y no veía ninguna salida del callejón. Delante teníamos una pared vacía. La callejuela torcía hacia la derecha. Nos dirigimos hacia allí, jadeando y resollando, y ahora asustados de verdad.

¡No había salida! Pared. Pared. Pared. Probé con una puerta. Cerrada. Marco probó con otra. Cerrada. Delante de nosotros, una salida de incendios, una de esas escaleras que desciende sola cuando una persona baja por ella. Pero ahora estaba levantada, colgando en mitad del aire. ¿A dos metros? Los tres hombres doblaron la esquina. La mujer no estaba. Tampoco importaba ya. Los hombres parecían muy serios. Decididos. Me detuve bajo la inestable escalera de incendios.

-¡Marco! ¡Ponte aquí! –y señalé una marca en el suelo, a tres metros de la escalera. Corrí a ponerme debajo del entramado de hierro forjado de color negro. Me volví, me incliné y crucé las manos a la altura de mi cintura.

-¿Estás loca? –me preguntó Marco.

-¿Tienes una idea mejor?

-¡Ahhhhhh! –gritó Marco, y corrió directo hacia mí. Saltó, y posó el pie sobre mis manos entrecruzadas. Le impulsé hacia arriba, coordinando el movimiento para aprovechar su velocidad. Se elevó. No mucho. Lo suficiente. Se cogió a la parte de abajo de la escalera de incendios, y la bajó con su peso. La escalera chirrió con el roce del metal oxidado. Me subí antes de que terminara de bajar al suelo y volamos escaleras arriba, empujándonos el uno al otro, histéricos. El resorte iba elevando la escalera tras nuestros pasos y nos ponía fuera del alcance de nuestros perseguidores, pero no íbamos a detenernos y a soltar alguna ingeniosa frase de cómic como “¡Toma eso, villano!” Íbamos a seguir subiendo hasta que nos quedáramos sin escalones. Tres pisos.

¡BLAM! ¡BLAM!

Al principio no supe lo que ocurría. ¿Qué sería ese sonido estruendoso?

¡BLAM! ¡BLAM!

-¡Nos están disparando! -grité llevada por la rabia.

-Sí. ¡CORRE! Alcanzamos el final de la escalera y nos tiramos al suelo justo en el momento en que ocurría lo más extraño de todo. Los hombres dejaron de disparar con sus pistolas. Y empezaron a hacerlo con armas láser.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 11: (AX)

Estaba solo en la esclusa de aire vacía. La criatura Filo Azul se había ido hacía tiempo. Ya era hora de que yo también me fuera.

Consideré la idea de seguir aguardando. Pero sabía que era esperar en vano. Esperar más sería sólo cobardía. Nadie iba a venir a rescatarme. Estaba asustado. No hay nada de malo en admitirlo. Un guerrero que no tiene miedo cuando se lanza hacia el peligro es un estúpido. El miedo es el reflejo que nos mantiene con vida.

Me concentré en la imagen de Filo Azul. Intenté dibujarlo en mi mente con todo detalle. No fue difícil. Había pasado un buen rato observándolo. Me concentré y empecé a cambiar. Mis cuatro patas menguaron rápidamente. Se fundieron con el resto de mi cuerpo. El suelo se me echó encima a toda velocidad. De pronto, la vista de mis antenas oculares se oscureció. Sólo podía ver lo que tenía delante de mí.

<¡No!> Detuve la transformación. Volví a mi forma. Un instante de pánico, eso era todo. De pronto me había sentido ciego. Mi mundo tridimensional se había quedado en nada. Debería haber estado preparado. Miré a mi alrededor por última vez. A través de la pared transparente hacia la cúpula de cristal, a los familiares árboles, a la hierba que me había dado alimento. Puede que no regresara nunca. Puede que nunca volviera a pisar suelo andalita. No sirve de nada ponerse sentimental ahora, me dije. Eres un guerrero. Sin preparación, sí. Sin Príncipe ni misión.

Una lástima, pero así eran las cosas de ahora en adelante. Estaba solo en un planeta alienígena que podía estar infestado de yeerks. Y que muy probablemente no me ofreciera ningún medio viable para volver a casa.

Un movimiento. Algo más allá de la escotilla, más allá del campo de fuerza de la nave, en medio del océano. Se veía distorsionado por el reflejo del agua y el cristal. Distorsionado, nadando sinuoso bajo la verdosa luz del sol que se filtraba.

¡Un caza Insecto! El asombro me dejó sin respiración. ¡Un caza Insecto! ¡Yeerks! Me habían encontrado. Estaban aquí. Se acercaban. ¡Yeerks! Luché contra el instinto de volver a la nave. NO. Allí me matarían. Sin escudos, con nada más que un débil campo de fuerza, sería un juego de niños abrir agujeros en la nave, inundar los árboles, la hierba y matar cualquier cosa que necesitara aire.

Transfórmate. Transfórmate. Era la única manera. Y rápido. Mis orejas se aplanaron contra el cráneo y se fundieron con él. Mis brazos se deslizaron a lo largo de la longitud de mi torso, con las manos alisándose, endureciéndose, afilándose, hasta que se convirtieron en aletas. Siguiendo mis órdenes, el ordenador estaba llenando la esclusa de agua. Estaba muy fría. ¡Deprisa! Ya casi me llegaba al pecho. Aún conservaba los absurdos vestigios de mis cuatro cascos. Pero entonces también ellos desparecieron y yo me convertí en un cilindro alargado. La parte superior de mi cuerpo se inclinó hacia delante, alineándose con el cilindro que era el resto de mi cuerpo. Mi cola se dividió en dos, formando un triángulo. Mi nariz vagó por la fluida superficie de mi cara, pareció trepar por mi carne líquida y se detuvo detrás de mis antenas oculares, que a su vez se habían desplazado hacia lados opuestos de mi cabeza. Oía el enfermizo sonido del derretirse y succionar de mis órganos internos reformándose, recolocándose, fundiéndose, siendo reemplazados por estructuras más primitivas. Mi piel que hasta entonces había sido cera caliente se endureció y consolidó, formando el firme y abrasivo lomo del Filo Azul.

¡Más deprisa! ¡Corre! Estaba tardando demasiado. Los yeerks verían la esclusa abrirse. Me verían salir. Ya casi estaba. Sólo faltaba un cambio, y sucedió el último. Mi cara comenzó a sobresalir horizontalmente. Un corte. Una herida abierta. Los músculos se adaptaron a los huesos de mi mandíbula. Y de esos huesos surgieron los dientes. ¿Cuántos? Demasiados para contarlos con facilidad. La boca, mi boca, se abrió y se cerró. Se abrió y se volvió a cerrar con una fuerza repentina y salvaje. Y entonces, lo último. El último cambio, el último regalo de Filo Azul. El instinto. La mente que hacía pareja con esa boca. La escotilla se abrió. Nadé hacia el océano desatado. Mi océano.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 12:

Lancé mi cola y me propulsé a través del agua. ¿Cómo describir las sensaciones de la mente de la criatura mezcladas con las mías? No noté ninguna inteligencia relevante. Me parecía una criatura toda instinto. Filo Azul era un ser formado a base de triángulos afilados tanto en mente como en cuerpo. Sus instintos eran tan claros y elegantes como una daga de cristal. Muévete. Muévete. Muévete. Mata. Come. Muévete. Y para cumplir estos objetivos descubrí una completa selección de armas que no me habían llamado la atención desde el exterior.

Filo Azul tenía unos sentidos asombrosamente agudos. Olfato. Oído. Y un nuevo sentido, algo que parecía una especie de campo de conciencia eléctrico. Era como si cada ser vivo que tenía cerca enviara una emisión de radio distinta y yo fuera el receptor. Oí el caza Insecto. Me alejé de él. ¿Por miedo? No. Simplemente no era una presa. Y tampoco había ninguna cerca. Un grupo de seres de finas aletas pasó a mi lado, a mi derecha, huyendo del caza. Demasiado pequeños para comerlos. Nadaba, nadaba, me movía, me movía, para aquí y para allá, buscando algún olor que activara mi cerebro.

¡WHHUUUMMMPPPPFFF!

Un sonido que llenaba el océano. La parte de mí que aún era andalita lo comprendió. Los yeerks habían hecho explotar la cúpula. Se estaba llenando de agua, podía oír las burbujas estallando a borbotones, las toneladas de agua marina inundándola. Oía cómo los árboles se quebraban como palitos.

No había vuelta atrás. Sólo podía seguir hacia delante. Nadé. Escuché los sonidos de una persecución detrás de mí. No significaban nada. A mí no me perseguían. Nada me perseguía. Yo era el que perseguía.

Más sonidos. El caza pasó de largo, removiendo el agua a su paso.

¡Tseeeeeew!

Un rayo de energía hizo que mi sentido eléctrico ardiera. Me giré.

¡Tseeeeeew!

¡Me ardía! Pero era irrelevante. ¡Dolor! Irrelevante también. Volví a girarme y seguí nadando.

¡Tseeeeeew!

Esta vez el rayo dragón falló por un amplio margen. Volvieron a disparar. Perdí parte de la cola. Pero era una batalla perdida. En el agua, el caza Insecto era demasiado lento en los giros, casi perezoso. Giré aprovechando toda la longitud de mi cuerpo. El caza Insecto giró conmigo. Me elevé nadando. Las sombras bailaban en la brillante barrera de la superficie. Algo volaba lento y bajo.

¡Pah-Loosh! ¡Pah-Loosh!

Cayeron desde no mucha altura hasta el agua a sólo unos quince metros de mí. Yo, el andalita que había en mí, los reconoció al instante, aunque en realidad nunca los había visto más que en exposiciones holográficas en la academia.

Taxonitas. La única especie que aceptó ser infestada en masa por los yeerks. Eran gusanos enormes. Gusanos que se movían sobre docenas de patas afiladas y puntiagudas dispuestas en hileras a lo largo de sus cuerpos hinchados, palpitantes y asquerosos. Podía ver claramente las rojas bocas hambrientas, los rojos ojos gelatinosos. Cuando nos hablaron de los taxonitas en la academia enfatizaron dos aspectos: que cualquier andalita podía matar un número interminable de taxonitas en combate. El otro punto en el que insistieron era que si caíamos antes que los taxonitas, nuestro final sería horrible. Los taxonitas no aceptan rendiciones. Se comen a los heridos: incluso a los suyos. Delante de mí había seis de esos grandes gusanos. Seis, dispuestos en formación de combate, contra mí solo. Ataqué. Me abalancé sobre el que estaba más próximo.

Filo Azul se deslizó a través del agua, se lanzó hacia uno de los costados, abrió la boca, y clavó sus dientes triangulares en una carne demasiado blanda. Abrí un agujero de cincuenta centímetros en el gusano.

– ¡Sreeeeeyah!

La sangre y los órganos y la bilis del taxonita se esparcieron por el agua. Las burbujas de aire se filtraban desde su boca. Un segundo taxonita.

¡Chomp!

Un tercero, un cuarto, ¡más, más y más! Estaba loco de rabia asesina, cortando, clavando, sacudiéndome, golpeando, mordiendo, desgarrando, arrancando. ¡Fuera de control! La forma me había poseído. La criatura dirigía mis acciones. No, eso suena como si pensara. No pensaba en absoluto. Incluso su bajo nivel de inteligencia se había esfumado, sobrecogido por la escandalosa y exigente urgencia de masacrar a todos los que se pusieran en su camino. Seis taxonitas quedaron hechos pedazos, flotando en el agua. Caían más al agua, pero los recién llegados vieron lo que estaba pasando y se alejaron nadando de mí. ¡No más blancos! No quedaba nada que matar. Ataqué al vacío, mordiendo y desgarrando el agua. Me hubiera mordido a mí mismo si hubiera podido. Y entonces, de pronto, se había acabado. Me marché nadando. Mi mente andalita había recuperado el control. Por el momento. Mi primera batalla. Seis taxonitas. Y me di cuenta de algo: si el resto de especies de la Tierra se parecían a Filo Azul, los yeerks habían escogido el planeta equivocado.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 13:Día 31 (Jake)

– ¿No vienes? Me encogí de hombros. Tom estaba plantado en el marco de la puerta. Se parece mucho a mí; al menos eso es lo que dice la gente. Siempre dicen que se nota que somos hermanos.

– No pensaba ir, -dije. Señalé los libros del escritorio. –Deberes. Parecía decepcionado.

–Oh, chaval, qué chasco. Esperaba que vinieras. Quería que conocieras a algunas personas. Va a venir uno de los tíos más importantes de La Alianza.

– ¿Sí? -dije, intentado aparentar interés.

– El señor Visser en persona. De repente me vino una imagen a la cabeza… una visión, casi. Era extraño. Era como si la imagen hubiera surgido de la nada en mi mente. Una cabeza sin boca. Unos ojos sobre una especie de antenas móviles. Whoa. Y luego desapareció.

–Extraño nombre, -dije.

– Sí, bueno, es un tipo inusual. Pero muy listo. Muy guay. Mira, ¿de qué son los deberes? ¿De su vieja alteza Hanna? Sonreí involuntariamente.

–Sí. Para la señora Hanna.

– Te propongo una cosa, vienes a la reunión conmigo y te garantizo que su vieja alteza Hanna te pondrá una ‘A’.

– ¿Qué? Él se encogió de hombros.

–Ella también es miembro, hermanito.

– Eso no significa que me vaya a dejar saltarme los deberes, -repliqué.

Tom lo pensó durante un momento. Parpadeó y apartó la mirada, como si estuviera avergonzado.

-No. No quiero que pienses eso, -admitió. -Mira, ven a la reunión y yo mismo te ayudaré con los deberes cuando volvamos a casa. Era extraño que Tom me pidiera nada. Casi sentía que me estaba presionando. Quizá era que estaba nervioso y me quería tener cerca para darle seguridad.

– Vale, -dije.

Cerré el libro. Sonó el teléfono. Tom salió al pasillo para cogerlo.

– Es tu cariñito, -dijo. Me puse rojo. No pude evitarlo. Le lancé una mirada asesina que sólo le hizo reír. Le quité el teléfono de la mano.

– Hola. – Soy yo, Cassie.

– ¿Sí? Um, hola. ¿Qué hay?

– Yo… yo, uh, me preguntaba si, no sé… Por detrás escuché una voz conocida.

– Por amor de dios, ¿voy a tener que hacerlo yo por ti?

– ¿Quieres que estudiemos juntos? –le pregunté.

– Sí, pero ella se va. Antes de lo que cree, si no se comporta.

Suspiré. En la escala de cosas que quería hacer, estudiar con Cassie era un nueve, ir a La Alianza era un uno. Un menos uno. Pero ya le había dicho a Tom que iría.

– Cassie, me gustaría mucho pero…

– ¡Oh! ¡No pasa nada! – dijo demasiado rápido. –Yo sólo quería, era sólo que…

– Cassie, no hay nada que me apetezca más que estudiar contigo. De verdad. Excepto quizá que Michael Jordan me diera algunos consejos. Pero le prometí a Tom que iría con él a una estúp… -me detuve. Tom podía estar escuchando por el otro teléfono. –A una reunión.

– ¿Una reunión?

– Sí. A eso que llaman La Alianza. Silencio.

– ¿Estás ahí?

– Sí.

– ¿Hay algún problema?

– Yo…

– ¿Qué pasa?

– No lo sé, -dijo. Parecía confundida. Preocupada.

–No lo sé. De verdad que no.

Me relajé un poco. No mucho.

–A lo mejor sólo estás inquieta por lo de Marco y Rachel.

– ¿Por lo de que estén saliendo juntos?

-No, por todo lo que les ha pasado. Ya sabes, eso de que a Marco le pareció ver a su madre y lo de los tipos armados.

– ¿El qué? Me golpeé la frente.

-¿Rachel no te lo contó?

– ¿Contarme el qué?

–preguntó Cassie. Y luego, obviamente dirigiéndose a Rachel,

-¿Qué es lo que no me ha contado Rachel?

– Pensé que te preocuparías, -oí decir a Rachel.

– Perdona, -dije.

– Marco no lo ha mantenido en secreto, así que pensaba que Rachel también lo habría contado.

– Jake, tengo que ir a causarle a Rachel un serio dolor físico.

– Entiendo. Escucha, Cassie, ¿qué tal mañana por la noche? Para estudiar juntos, digo.

– Sería genial.

– Sí.

– Sí.

– Ahora ve a matar a Rachel.

Volví al pasillo y colgué el teléfono. Guay. Cassie, mañana por la noche. Sentía un cosquilleo en el estómago. Oh, tío, ¿de qué se supone que iba a hablar con ella? Quizá podríamos hablar de por qué Rachel guardaría en secreto algo que Marco no tiene ningún reparo en ir largando. Y quizá podríamos hablar de por qué Cassie se puso tan rara cuando mencioné las palabras, “La Alianza.”

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 14: (Tobías)

Me había acostumbrado al sitio. Me sentía cómodo aquí. Extraña sensación eso de sentirse cómodo. Ya había estado en muchas reuniones de La Alianza. Una vez unos chicos nuevos empezaron a meterse conmigo, pero los miembros les hicieron callar en seguida. Nadie me lo hacía pasar mal. Me trataban como si fuera su igual. Como si fuera uno de ellos. O, al menos, como si pudiera llegar a serlo.

Esta noche era la noche. Tenía que decidirme. Unirme o no. Convertirme en un miembro de pleno derecho o dejar de asistir. No es que fuera una decisión muy difícil. ¿A qué otra cosa podía recurrir? ¿A qué otro sitio iba a ir? Y había otro factor. Hacía dos días me había vuelto a encontrar con Andy y Tap-Tap en las taquillas del gimnasio.

Había otra docena de críos con nosotros, así que supuse que estaba a salvo aunque no era mi clase habitual y sólo estaba allí porque me había perdido gimnasia dos días seguidos. Supuse mal. Intentaron meterme en una de las taquillas más altas, de las que usa el equipo de rugby. Yo gritaba y los demás se reían. No sólo Andy y Tap-Tap. Era como si todos los presentes quisieran verme humillado. Y entonces llegaron estos chicos, dos chavales normales y corrientes a los que había visto en La Alianza. Ni siquiera sabía sus nombres. Y aún no los sé.

Uno dijo, – Hey, soltadle ahora mismo. Andy dejó de empujarme la cara con la mano. – ¿Estás hablando conmigo?

– Suéltale.

Estos dos chicos de La Alianza no tenían la habilidad de Jake para convencer a la gente de que iban en serio. Pero estaban decididos. El otro chico se acercó a la estantería de las pesas, cogió una de unos diez kilos y caminó hasta Andy.

– Suéltale o te hundo esto en la cabeza.

Andy parpadeó confuso. Llegaban más chicos y otro de ellos era también de La Alianza. Ni siquiera preguntó qué pasaba, simplemente se colocó al lado de sus amigos. Ahora eran tres contra Andy y Tap-Tap. Me soltaron. Mis salvadores ni siquiera esperaron lo suficiente como para que pudiera darles las gracias. Ya habían conseguido lo que querían. Eso era lo que significaba ser de La Alianza: no ir amenazando por ahí como una banda callejera cualquiera, sino tener la seguridad de que hay gente que te respalda. Que se preocupa por ti. Bill seguía siendo mi guía. Sólo que ahora le ganaba al billar.

– Voy a hacerlo, – le dije, y golpeé la bola número cuatro.

– ¿El qué? ¿Darme una paliza en la mesa de billar?

Me reí. – No. Quiero unirme. Quiero ser un miembro de pleno derecho.

Él bajó el taco. Se acercó a mí y me abrazó. Luego me apartó de él para poder mirarme bien.

– Eso es genial, Tobias.

– Sí, -dije. Me sentía un poco avergonzado.

– Sabes que es un gran paso, ¿verdad? Vamos a ver, nosotros queremos que te unas. Todos queremos que te conviertas en un miembro de pleno derecho. Pero eso va ligado a algunas responsabilidades. No son sólo juegos y diversión todo el tiempo. Asentí. – Lo sé. Algunos chicos de La Alianza me salvaron el culo el otro día. Sé de lo que va.

– El individuo tiene que entregar algo para recibir algo a cambio, -dijo.

– Sí, lo sé. He escuchado los discursos.

– Canjearás un poco de libertad por el sentimiento de pertenencia a algo más grande que tú mismo.

– Se acercó y bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.

– Más grande de lo que puedes llegar a imaginar. Me sentí un poco incómodo. ¿De qué estaba hablando?

– Un miembro de pleno derecho de La Alianza es una persona muy especial, -dijo Bill. – Una persona especial y poco común. –

Señaló a su alrededor la habitación llena de niños y adultos.

– Esto es sólo la superficie, Tobias. Hacemos cosas más importantes. Vamos a hacer de éste un mundo mejor.

– ¿Sí?

– Sí. Se acercan cambios, Tobias. Y tú serás parte de ellos. No tienes ni idea. Crees que sólo eres un chico corriente, un chico que va al colegio. No tienes ni idea del potencial oculto que tienes dentro de ti. No tienes ni idea de en qué puedes llegar a convertirte. De lo que puedes conseguir.

Asentí como si entendiera lo que me estaba diciendo. No lo entendía, pero me entusiasmaba. También me asustaba un poco. Hay algo sobre La Alianza que al principio no te cuentan: asistes algunas semanas, un mes como mucho, y luego tienes que decidir. Puedes quedarte y convertirte en miembro de pleno derecho, o tienes que marcharte. Abandonar La Alianza. ¿Y hacer qué? ¿Volver a mi adorable vida? Divisé a Jake entre la multitud. Venía con Tom. Tom era muy aclamado durante las reuniones. Incluso los adultos lo trataban con respeto.

Me crucé con la mirada de Jake. Se acercó a saludarme. Genial. Por una vez no era yo el que salía corriendo a su encuentro como un cachorrito. Era él el que venía a verme a mí.

– ¿Qué hay, Tobias? Me encogí de hombros.

– No mucho. Excepto que esta noche es mi gran noche.

– ¿Sí? ¿Y eso?

– Voy a convertirme en miembro de pleno derecho.

Me miró un poco de reojo.

– Felicidades, supongo, ¿no?

– Gracias. Tú también deberías hacerlo.

– Uh-huh. Tom me lo dice constantemente.

– ¿Y por qué no lo haces? –le pregunté.Parecía sentirse incómodo.

– No sé. Creo que no es lo mío.

– Oh, ¿eres demasiado guay para esto?

Me lanzó una mirada severa.

– No intentaba ofenderte.

– No me has ofendido, -dije, sonando ofendido.

– En absoluto. Sólo tengo curiosidad. ¿Por qué no quieres unirte? Tom es miembro, así que esto no es sólo para perdedores como yo. Eso había sonado más ácido y patético de lo que pretendía.

– Tobias, tú no eres ningún perdedor, -respondió él.

Lo que lo empeoró aún más. Ya es suficientemente malo lo de ser un perdedor como para que venga un ganador como Jake a sentir compasión por ti.

– Ey, únete o no, como quieras. No hay problema, -dije.

– Es sólo que… -bajó la mirada al suelo y luego miró a Tom, que estrechaba manos y reía con un grupo de chicos y chicas.

– No sé. La gente habla de cómo el individuo tiene que dejar sitio al grupo y yo… no sé. Me pone nervioso. Además, ¿cómo voy a unirme a una organización de la que es miembro el Sr. Chapman?

Esta última parte era una broma, pero yo no quise reírme.

– ¿No quieres formar parte de algo grande e importante?

Agitó la cabeza muy levemente.

– No, no quiero ser “una parte”. Quizá sea sólo yo. Quizá sea sólo una paranoia mental mía. Pero cada vez que alguien empieza con ese tema, instintivamente me pongo a buscar la puerta de salida.

– Eres parte de muchas cosas, Jake, -dije. – Eres parte de un equipo deportivo. Eres parte de tu país. Asintió.

– No, no conseguí entrar en el equipo, -dijo apesadumbrado, para luego forzar una sonrisa feliz.

–Hey, sólo ando un poco depre por esa conversación que acabo de tener. Es Cassie. Me preocupó un poco. Pero no tiene nada que ver contigo. Así que, ¿qué tal si te felicito y te deseo suerte y todo eso?

– Vale, bien.

– Sí.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 15:

Éramos cuatro tipos esperando a convertirnos en miembros de pleno derecho. Uno era policía y se llamaba Edward, otro se llamaba Kiko y era reportera en un periódico y el último se movía con unas bandas locales, y se llamaba Barry. Y por supuesto, el cuarto era yo. ¿Y por qué? Era una pregunta inevitable. ¿Cómo encajaba yo en ese grupo? ¿De verdad no le importaba a La Alianza si eras joven o viejo, hombre o mujer, blanco, negro, asiático, cristiano, judío, musulmán, budista, ateo, hetero, gay, rico o pobre? Me refiero a que sí, ellos iban por ahí diciendo eso, pero no es nada nuevo. Mucha gente lo promete sin intención de respetarlo, y son la mayoría. Buscan la manera más sucia de hacer daño a los demás. Bueno, el caso es que nos tenían en una habitación pequeña. Como la sala de espera de un dentista con luces fluorescentes y sin revistas.

Había dos puertas, por la que habíamos entrado y otra que aún no se había abierto. Observé a los otros. Edward y Kiko no me prestaban la más mínima atención, pero Barry me saludó con la cabeza. Debían estarse preguntando qué habría traído a un niño como yo allí, los adultos tienen un prejuicio automático contra los menores. Nunca nos toman en serio, ni siquiera cuando intentan aparentarlo. Al menos esa ha sido mi experiencia hasta ahora.

Devolví el saludo a Barry.

—Buenas, chaval. ¿Cómo te llamas?

—Tobias

—Buen nombre. ¿Te gusta la música?

—Claro

—¿Has oído hablar de Format Cee’s Colon?

Sacudí la cabeza, lo que pareció decepcionarle.

—Bueno, pues lo harás. Vamos a ser el próximo bombazo. Podrás oírnos por aquí primero. Es cuestión de tiempo. Ya tenemos un video, pero no hemos logrado emitirlo en la MTV. Asentí como si me importara.

—Eso os vendría bien ¿eh?

—Pues claro. Pero estos han dicho que pueden ayudar.

—¿Quienes? —La Alianza, ¿quién va a ser?

—Ah. Por fin la puerta que estaba cerrada se abrió, y apareció el Sr. Chapman, el subdirector de nuestro colegio. Hasta ese momento mis encuentros con el Sr. Chapman habían sido en su despacho, para pedirme explicaciones sobre quién me había dado una paliza o quién me había bajado los pantalones y empujado al baño de las chicas, aunque yo me negaba a responder.

—¿Kiko? —dijo el Sr. Chapman.

Pegó un brinco y se arregló la minifalda que llevaba. Chapman me dedicó un guiño y se la llevó. Barry permaneció callado, se le notaba nervioso. El policía no llevaba uniforme, pero sabía que era poli: a mi tío le han arrestado más de una vez y por lo visto son lo único que le apasiona en la vida, así que se dedica a señalármelos. Por eso los reconozco. Me monté la película de que si mi tío les odiaba no podían ser tan malos, así que tenerle allí me relajó un poco.

Me refiero a que si él se iba a unir a La Alianza, tenía que estar bien, ¿no? La puerta volvió a abrirse y pegué un salto del susto. Era Bill.

—Oye, deberías empezar a tomarlos descafeinados, ¿eh?

—bromeó.

—Lo siento.

—Venga, vamos. Me levanté mientras Barry asentía como para darme fuerzas. El poli tenía la mirada perdida hacia él. Crucé la puerta y Bill me guió hacia un recibidor. De pronto, se detuvo en el centro de la habitación y me lanzó una extraña mirada mientras pulsaba con toda su mano un pequeño panel rectangular que había a media altura. Al instante, apareció una puerta que comenzó a abrirse no dejando pasar más que oscuridad. Entramos. La habitación no estaba tan oscura, había unas luces rojas que dejaban ver unas escaleras metálicas que bajaban. Dudé y Bill soltó una carcajada. —No te preocupes, es sólo por crear ambiente. Bajamos, y poco después, pasados tres pisos, había un descansillo, con otra puerta que daba a otro recibidor. Con otra puerta. Al abrirla, en el interior, había una mesa con seis sillas. Chapman la presidía, y tras él, se encontraba, impasible, impaciente y casi amenazante, el hombre que nos había hablado en la reunión anterior. El Sr. Visser.

Kiko, que estaba a la derecha de Chapman, me sonrió. Aunque esa sonrisa más bien daba miedo. Por un momento su cara mostró un espasmo, pero recuperó la sonrisa al instante. En una de las esquinas había una especie de bañera metálica. Como las que usan los equipos de fútbol. De acero inoxidable y lo suficientemente grande para una persona. Había una especie de arnés, o lo que fuese, en el borde de la bañera, y una silla de metal.

—Tobias, —comenzó Chapman.

—Sí, dígame.

—Bill nos ha dicho que te sientes listo para convertirte en miembro de pleno derecho de La Alianza. Asentí.

—¿Por qué quieres unirte a nosotros? Me encogí de hombros.

—Pues… por… porque ya sabes, eso que dicen siempre. Lo que el Sr. Visser ha dicho. Ser parte de algo más grande que uno mismo. Parte de algo importante.

Chapman echó una ojeada al Sr. Visser. Yo creo que nervioso. Éste tomó una profunda bocanada,

—¿De verdad es necesario todo esto?

—Que estén receptivos resulta de mucha ayuda, Visser. Hay menos probabilidad de… de problemas a la larga.

—Ya, ya, pero acabad de una vez. Chapman recobró la compostura con una enorme sonrisa.

—¿Entonces estás listo, Tobias? ¿Es lo que realmente quieres?

¿Qué era lo que quería? Volar. Extender mis alas, sumergirme en la brisa, sentir cómo mis garras abandonaban la hierba, elevarme sobre las corrientes de aire caliente por encima de las nubes. ¿Pero qué…? Bill me dio un codazo.

—Sí, —dije.

—¿Te entregarás por completo a La Alianza?

—Sí.

—La imagen había sido tan fuerte, tan real… Volaba a gran altura y veía a través de unos ojos que eran como telescopios. Chapman hizo un gesto de asentimiento a Bill. Éste me agarró de los hombros y me guió hacia la bañera.

—Siéntate aquí, —me dijo. Le hice caso. La silla estaba fría. La superficie del líquido de la bañera parecía en calma. Era oscura y plomiza, no tenía pinta de ser agua. Bueno, no tiene mayor importancia, me dije a mí mismo. Muchas organizaciones tienen ceremonias de iniciación de esas raras. No hay problema. Pero en realidad no estaba nada tranquilo.

Aquella visión, ¿qué demonios era? ¿Una alucinación muy vívida?

—Pon tu mano derecha aquí, —me indicó Bill. Puse mi mano en lo que, desde luego, tenía toda la pinta de ser un grillete. Una esposa. Se me empezaron a revolver las tripas. Me estaba sometiendo a ellos. ¿Qué estaba haciendo? ¡¿Pero qué estaba haciendo?! Bill me puso la esposa.

—Ahora la izquierda.

No, no, esto es de locos. No, esto no va bien. No, no, ¿grilletes?

Miré suplicante a Chapman. Era el subdirector, no podía formar parte de nada malo, ¿no?

Pero el Sr. Visser se interpuso en el camino, y lo que vi fue su cara amargada. Coloqué mi mano izquierda donde se me había dicho y Bill cerró la argolla.

—Ahora, agacha la cabeza, mirando hacia un lado y apóyala en el arnés, —me indicó Bill.

—¿Qué es todo esto? —pregunté.

—¿Qué me estáis haciendo? Quiero decir, ¿qué me va a pasar?

—Tu mundo está a punto de cambiar por completo, Tobias, —dijo Bill con dulzura. —Serás capaz de ver, de conocer, de comprenderlo todo.

—Creo que yo no… —me quedé sin aliento.

Una voz en mi cabeza se limitaba a gritar ¡Corre! ¡Corre!La cabeza me daba vueltas. —Creo que me lo he pensado mejor. Bill contuvo una sonrisa.

—¿Quieres dejar La Alianza? ¿Nos dejas? ¿A tus amigos? ¿Después de lo que hemos hecho por ti? Está bien, Tobias. ¿Pero qué es lo que pretendes hacer entonces? ¿Dónde vas a ir? ¿Qué futuro te espera? El corazón me martilleaba en el pecho con fuerza. —No lo sé, —dije desesperado. —Yo sólo… sólo…

—No existe ningún ‘Yo’, Tobias. ¿Qué es lo que eres? Un solitario y desorientado chaval. No tienes nadie que te quiera, a nadie le importas. A nadie, excepto a nosotros. Así que pon la cabeza en el arnés. Sacudí la cabeza con todas mis fuerzas y con firmeza.

—No. De eso nada. No pienso hacerlo. Bill sonrió y comenzó a reírse.

—Bueno, es que… ¿sabes una cosa? Ya es demasiado tarde. Agarró mi cabeza con las dos manos y me obligó a agacharla.

—¡No! ¡¡Sr. Chapman!! ¡No! Chapman se incorporó y decidió acercarse. Ayudó a Bill a obligarme a que me agachase. Yo chillaba, lloraba y gritaba. Desamparado e intentando agarrarme con todas mis fuerzas.

—¡Soltadme! ¡Dejadme de una vez! ¡Que me soltéis! Cerraron el arnés alrededor de mi cuello tras cubrirme la cabeza. No podía ni moverla, casi ni podía abrir la boca para pedir clemencia. Bill y Chapman retrocedieron. Un motor empezó a zumbar cerca de mí. Mi cabeza ladeada se vio forzada a acercarse más y más hacia la superficie líquida. —¡No! ¡No! ¡No!

—¿Veis? Al final tenemos que usar la fuerza, —dijo el Sr. Visser.

—Cierto, Visser, pero sólo sucede esto en el veintiuno por ciento de los casos de miembros voluntarios. Y hay un sesenta y cuatro por ciento menos de incidentes de lucha por el control en portadores voluntarios.

—Conozco las estadísticas, —interrumpió el Sr. Visser. —Limítate a ponerte manos a la obra, tengo treinta minutos antes de tener que recuperar mi forma.

Oí toda esta conversación como si me llegara de un lugar muy lejano. Me mantenía atento por si percibía alguna frase de piedad, algo que demostrara que tal vez todo fuese una dura broma, una novatada,… lo que fuera. Pero mi oreja entró en contacto con el agua. Y un momento después, algo tocó mi oído.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Santiago Ruiz García[/b]

Capítulo 16:

-Escucha hijo, sólo intento ayudarte. Pero no puedo hacer nada si ni siquiera me hablas.

Llevaba viviendo en la superficie del planeta Tierra varios días. Había aprendido algunas cosas. Por ejemplo había observado que la forma de vida dominante era una especie llamada humanos, aunque eso me llevó algún tiempo. Primero porque intentaba evitar el problema de los prejuicios culturales. Puesto que procedo de una especie de tamaño bastante grande, inconscientemente me centro primero en las que tienen un tamaño similar.

No quería convertirme en víctima de mis propias expectativas, así que analicé concienzudamente un número de especies bastante abundante. Pero ninguna de ellas poseía siquiera la más rudimentaria tecnología. Me fijé en una especie llamada vaca. Eran numerosas en varios lugares. Pero a pesar de sus superficiales similitudes con mi propia especie, llegué a la conclusión de que no eran muy inteligentes.

-Me lo estás poniendo terriblemente difícil. ¿Cómo quieres que te recete algo si ni siquiera me diriges la palabra? Sé que puedes hacerlo, ya te has comunicado con otros pacientes.

-Siiiiiií, -respondí-. Puedo comunicarme. Carme-eh. Puedo-edo comu-mu-mu-nicarme. ¿No es hora de galletas?

Al final se hizo evidente que mi instinto inicial era correcto: la humana era la especie dominante. Adquirí una forma humana y aprendí a hacerme pasar por uno de ellos. De hecho, se me pidió -enérgicamente- que adoptase un lugar en particular como primera residencia.

-Al menos tienes que darme tu nombre.

-Me llaman Tu Imbécil. ¡Tu! ¡Imbécil-eh!

El humano que estaba ante mí cerró  los ojos y usó su mano de cinco dedos para frotarse la piel que le cubría la frente. Luego hizo lo mismo en la parte trasera de su cuello. Seguidamente, expulsó aire con fuerza por la boca. Le llamaban Dr. Duberstein.

A pesar del tiempo que llevaba en ese lugar, no había llegado a comprender completamente su función. Hasta hacía poco.

-Eso no es exactamente un nombre, es sólo algo que le ha llamado alguien.

-Ah. ¿Y cuando voy a recibir reee-ci-bir las galletas-tá? Están deliciosas, mmm-mmm.

-Bueno, la verdad es que las enfermeras no quieren ni verte a la hora de las galletas. Ayer montaste un numerito. La noticia me conmocionó.

-¿No voy a tener galletas?

Agitó la cabeza de atrás hacia delante y me observó con sus pequeños dos ojos situados en el frontal de su cara.

-No vas a tener galletas.

-Entonces debo marcharme a otro lugar y buscar galletas, -dije-. ¡Las galletas hechas con dos discos finos, redondos y negros con una capa de sustancia blanca adhesiva entre ellos son el mayor logro de tu especie!

-¿Mi especie?

Había cometido un error. Había permitido que mi emoción por las galletas bajase mi guardia. No era el momento de revelar mi identidad. Los humanos emplean su boca para comer de forma muy similar al Filo Azul, que he descubierto que los humanos llaman tiburón.

Pero los humanos poseen un increíble sentido del que el tiburón jamás podrá alardear: el gusto. ¡El gusto! ¡Y que sabores! ¡Filtros de cigarrillos, diver-sandwiches, zumo de uva, vaselina y, lo mejor de todo, el indescriptible, vibrante, inigualable, sobrecogedor sabor de las galletas! En especial el de las galletas formadas por dos discos finos, redondos y negros con una capa de sustancia blanca adhesiva entre ellos. Espero que mis compañeros andalitas puedan visitar la Tierra y transformarse en humanos sólo por experimentar el intenso placer que se siente al comer galletas con la boca.

-Me refería a nuestra especie.

-Dijiste tu especie.

-Es evidente que estoy loco. ¿Puedo irme ya?

El humano levantó sus manos verticalmente y dijo

-Dios, ¿por qué yo? ¿por qué?

Dejé la pequeña habitación y volví a la más grande, donde un grupo numeroso de humanos deambulaba de un lado a otro manteniendo discusiones usando sonidos vocales. En un primer momento supuse que estas conversaciones estaban siendo transmitidas por medio de algún tipo de enlace de corto alcance, puesto que no parecían estar dirigidas a ninguna persona presente.

Más tarde también pude entenderlo. Los seres humanos tenían varios nombres. Dos de ellos se llamaban Elvis Presley. Otro John. Ése fue el primero que me vio recuperar mi forma. Fue un accidente.

Me encontraba oculto en un área pequeña destinada a la evacuación de deshechos biológicos. Pero John me descubrió y me vio en mi estado natural. No pareció sorprenderse.Y dijo a una de las enfermeras que yo era un alienígena.

En un primer momento me preocupé, pero a la enfermera parecía aburrirle el asunto. Parecía ser que muchos de los allí residentes eran alienígenas. Me llevó varios días deducir que aquel grupo de humanos no representaban completamente el amplio espectro de la especie.

Sufrían de enfermedades mentales.Aún así, en general parecían menos agresivos y hostiles que los que aparecían en la televisión, una pantalla de audio y video bidimensional. Así que me quedé con ellos.

Pero ahora, si no iba a haber más galletas, era evidente que tendría que marcharme. De todos modos, ya era el momento de centrarme en mi misión principal. Fuese la que fuese.

Esperé hasta que oscureció, momento en el que los bedeles apagan las luces y el primer Elvis Presley canta una desagradable composición musical sobre un lugar llamado Heartbreak Hotel.

Recuperé mi forma y usé la hoja de mi cola para abrir en canal la malla metálica que cubría las ventanas. Me encontraba fuera en la noche terrestre, con más conocimientos sobre los humanos y sobre las galletas, pero lejos aún de encontrar una respuesta sobre el destino de Elfangor. O el camino de vuelta a casa.

Los humanos carecían de la tecnología para los viajes espacio-zero. Sus naves espaciales eran dispositivos irrisorios con explosivos para poner satélites en órbita. Estaban a siglos de los viajes por espacio-z. Lo cual me dejaba dos opciones: la primera, que algunos andalitas sobrevivieran y se encontrasen en la Tierra. La segunda sólo era un poco más probable: los yeerks. ¿Estarían en la Tierra? No tenía la menor idea. Sabía que como poco estaban en órbita. Que habían localizado la nave cúpula hundida. ¿Pero habían comenzado una conquista terrestre? Y si así fuese, ¿cuántas probabilidades tenía de robar un caza insecto y escapar? Necesitaba un plan. Necesitaba descubrir si los yeerks se encontraban allí. Pero… ¿cómo? ¿Cómo? ¿Con la televisión?

Había conseguido entender al menos algunos aspectos de la tecnología humana, en particular sus sistemas de comunicación. Tienen teléfonos, que transmiten los sonidos hablados de su sistema principal de comunicación. Disponen de un inexplicable artefacto del cual se encuentran absurdamente orgullosos llamado Internet, que es evidentemente un intento de cohesión entre tecnologías más efectivas.

Tienen libros, por supuesto, modelos de eficiencia. Y tienen la televisión. La televisión es inmediata, omnipresente, y transmite sonidos, imágenes y texto. Durante mi estancia en la residencia para humanos locos aprendí a localizar estructuras en los modelos de calles divididos en cuadrículas.

Conocía la localización de un estudio de televisión. Y sabía a qué hora se emitiría un boletín de noticias en “directo”. Mi método para descubrir si los yeerks se habían infiltrado en la especie humana era de lo más sencillo: enseñarles un andalita.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Santiago Ruiz García [/b]

Capítulo 17: (Tobías)

Lo sentí entrar en mi oreja. Nunca había experimentado nada parecido. No es que fuera doloroso, que no lo era. Pero algo se estaba arrastrando al interior de mi oreja. Al interior.

– ¡No! ¡No! ¡No! ¡Ayudadme, que alguien me ayude! Sr. Chapman tiene que… ¡Bill, ayúdame!

No iba a parar. Seguía retorciéndose, abriéndose camino en mi cabeza. Lo sentía a pesar de mi entumecimiento. Lo sentía dentro de mi oído, más y más dentro, oh Dios, ¡en mi cabeza!

– Soltadme. Haré lo que me pidáis. ¡Soltadme! Por favor, por favor. Más y más dentro. Y entonces… Entonces sentí el primer cosquilleo de una nueva presencia. Una mente. Era… no podía oírla, no podía verla, pero ahí estaba, presente y al alcance de todos mis pensamientos.

De pronto mis manos, que hasta entonces habían estado apretadas en sendos puños, se relajaron. Los dedos me colgaban sin fuerzas. Sentí un escalofrío, un frío mortal. No. No podía ser. Y de pronto mis recuerdos se abrieron. Como si estuviera dándole un repaso a toda mi vida, sólo que no lo hacía voluntariamente. No lo hacía y no quería hacerlo. Ahí estaba yo, sentado o de pie o agachado, no tengo ni idea, pero viendo como se proyectaban mis recuerdos a hipervelocidad.

Mi boca dijo, – Le tengo.

¡Se había movido sola! Los labios, la lengua, la garganta, se habían coordinado para formar una palabras que yo no había querido decir.

– Ayudadme a levantarme, esto es muy incómodo, -continuó mi boca.

¡Mi voz! Oía mi voz salida de mi boca pero yo no había hablado. ¿Lo había hecho? ¿Me estaba volviendo loco?

– Informa, -dijo el Sr. Visser.

Sólo que no era el Sr. Visser. Era Visser Tres. No era humano. Era un alienígena. Vale, todo era un sueño. Esto no estaba pasando. Nada de esto estaba pasando. ¿Alienígenas llamados yeerks que infestan a otras especies? ¡Qué locura! Estaba soñando algo muy raro.

Mi boca dijo, – Odret-Uno-Siete-Siete, del estanque Culat Hesh, informando.

Un yeerk. En mi cerebro. En mi cerebro, repasando mis recuerdos, moviendo mi boca, frotándose las muñecas doloridas, estirando mi espalda encogida por el miedo. Todos eran lo mismo. Chapman, Bill, Tom, todos los miembros de pleno derecho. Ellos y otros miles. Policías, políticos, periodistas, gente de negocios, profesores, escritores. Y niños. ¿Por qué niños? Porque nadie sospecha nunca de los niños. Pueden infiltrarse en cualquier parte.

Intenté mirar a Chapman, ¡pero no podía mover los ojos! Quería gritar. Pero era como si tuviera la boca y las cuerdas vocales paralizadas. Nadie sabría nunca que yo estaba ahí, congelado, atrapado dentro de mi propio cuerpo. Al borde de mi campo de visión, que ya no podía controlar a mi antojo, vi a Bill sonriendo.

Se acercó a mí. – Sé que aún puedes oírme, Tobias. ¿Ves ahora a qué me refería? Tienes que entregar tu humanidad para formar parte de algo más grande. Se echó a reír. Pero Visser Tres le cortó en seguida,

– Cállate, idiota. Fuera de aquí.

Bill desapareció de la habitación. Rápido. Muy rápido.

– De acuerdo, Odret-Uno-Siete-Siete, ya tienes tu huésped humano, -dijo Visser Tres.

–Y ahora, ¿qué órdenes nos traes del Concilio de los Trece? Podía ver los pensamientos del yeerk de mi cabeza. No todos, pero sí lo suficiente. Sabía que se andaba con cuidado con Visser Tres, pero no le tenía miedo. Este yeerk estaba bajo la protección de un poder superior. ¡Pero no del Concilio de los Trece! Había mentido a Visser Tres. O al menos había adornado la verdad.

– Los Trece te felicitan por haber tomado el control de la invasión a la Tierra, -dijo mi boca. –Los Trece desean que sepas que tu petición para alterar las tácticas establecidas con anterioridad por Visser Uno ha sido denegada. La Tierra se tomará siguiendo con las infiltraciones y subversiones. No habrá ningún ataque abierto.

Visser Uno. Sí, Odret era su aliado. Visser Uno era el enemigo de Visser Tres. Ella había sido el primer yeerk del planeta Tierra. Había descubierto el planeta e iniciado la invasión. Pero Odret se sentía receloso incluso con Visser Uno. Ella le había contado cierta historia a cerca de que fue transportada instantáneamente desde su nave a un museo del planeta, y eso no tenía ningún sentido para Odret.

Visser Tres había empezado a transformarse. Se estaba convirtiendo en andalita. El yeerk en mi interior, en mi cabeza, el gusano que se había establecido en mi cerebro y adquirido el control total de mi cuerpo, sabía cosas sobre los andalitas.

Eran el enemigo. Hipócritas, egocéntricos, mojigatos, mortíferos y peligrosos. Visser Tres tenía el único huésped andalita en todo el Imperio Yeerk. Y el andalita en cuestión tenía la habilidad de la transformación. Eso convertía a Visser en alguien muy peligroso. Odret se sentía preocupado, confuso. No entendía por qué Visser Uno se oponía a usar la fuerza contra los humanos.

Eso no es asunto mío, se dijo para sí mismo. Su problema era seguir con vida. Y para hacerlo él –yo –tenía que someterse a Visser Tres mientras fingía obedecer al Concilio de los Trece y evitaba enfadarle de modo que su vida terminara tras una horrible agonía. Mi vida, mi mente, todo lo que era yo, me había sido arrebatado. Robado por una criatura que estaba casi condenada. Bill volvió corriendo a la habitación.

-¡Visser! ¡La televisión! ¡Ahora mismo!

<¿Qué pasa, idiota?>

-Un andalita.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 18: (Jake)

-Mira, Tom, no es nada personal, ¿vale?

-Sí, lo que tú digas, -dijo Tom.

Estaba enfadado. Ofendido. Se sentía como si lo estuviera rechazando.

-Es sólo que hoy era un día especial, con el Sr. Visser allí y todo eso. Quiero decir que probablemente ahora mismo tu amigo Tobias ya es un miembro de pleno derecho. Probablemente ya sea uno de los nuestros.

-Eso le vendrá bien. Y a ti, –dije. Estaba perdiendo la paciencia. Todo el asunto me daba mal rollo. – ¿Pero sabes qué? Cuanto más me presionas menos interesado estoy.

Llegamos a casa. Tom entró dando un portazo por la puerta principal. Yo lo hice por detrás. No tenía por qué pasar por esto sólo porque no quisiera unirme a un estúpido club. Tenía deberes que hacer. Y había perdido una oportunidad de estar con Cassie. -Además, él no es amigo mío, -le dije a la espalda de Tom. -Es solo un chico de la escuela.

Mi madre estaba en la cocina revisando facturas. Tenía la tele puesta como ruido de fondo. Las noticias locales. Entré buscando algo para picar. Tom empezó a subir las escaleras, pero pareció pensárselo mejor. Bajó al salón y cambió de canal. Algún equipo jugaba algo.

-Hey, mamá, ¿que haces?

-La factura de la luz, -murmuró ella. -¿Qué dem… qué pasa, es esto una especie de broma?

Seguí la dirección de su mirada sorprendida. Eran las noticias de siempre con los presentadores de siempre. Pero delante de ellos había algo que definitivamente no era nada común. Era un centauro. No, un centauro no. No era medio humano y medio caballo, sino algo como medio ciervo fibroso y azul, y medio humano. Sólo que con una cara definitivamente nada humana. Para empezar, no tenía boca. Pero tenía dos ojos adicionales sobre unas antenas móviles encima de la cabeza. Y tenía una cola de pitón con una cuchilla al final.

-Efectos especiales, -dije. -Debe ser de alguna peli o algo así.

-¡Tom!-dijo mi madre. -Pon el canal 7, -y entonces a mí: -no creo que los presentadores se esperaran eso. Parecen muertos de miedo. Eché un vistazo a Tom, iluminado por el brillo de la tele del salón. Estaba mirando fijamente la pantalla, rígido. Pero no sorprendido ni divertido ni curioso. Su cara era una máscara de rabia y odio. La pantalla de la tele se volvió blanca. Apareció un mensaje diciendo “Disculpen las molestas, estamos teniendo dificultades técnicas.”

-Eso ha sido muy raro, -dijo mi madre.

-Sí, -estuve de acuerdo. Pero miraba a Tom. Tenía los puños apretados. Corrió hacia las escaleras y las subió de dos en dos.

-¿Quieres pollo? Hay algo en la nevera.

-No, gracias, -dije, y me dirigí a las escaleras. No sabía por qué. Me deslicé hacia el piso de arriba, tan sigiloso como pude. Una vez allí me detuve, calmando mi respiración, tranquilizándome.

-…ya veo, -le dijo Tom al teléfono. Esperé, pegándome a la pared. -Tardaré unos diez minutos.

Me asomé por la esquina. Tom apartaba el teléfono de su oreja. Alguien estaba gritándole desde el otro lado. Podía oír el sonido, aunque no las voces. -¡Inmediatamente! -dijo Tom, y colgó.

Corrió a su habitación y salió unos segundos más tarde; estaba guardándose algo en la cintura, debajo de la chaqueta vaquera. Resultaba imposible evitar pensar que era un arma. Pasé a su lado, intentando fingir que no me había dado cuenta. Él me agarró y me empujó contra la pared.

-Tengo que irme. Cúbreme. Si mamá o papá preguntan, estoy estudiando. ¿Lo pillas? Asentí. No era muy diferente de todas las veces que Tom había hecho algo por el estilo. Ambos sabíamos que no era nada grave. Sólo había un problema: esta vez Tom me lo decía del todo en serio.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tara[/b]

Capítulo 19:

Dondequiera que quisiera ir Tom, tendría que coger el coche de mamá. No pensaba con mucha claridad si creía que yo iba a poder cubrirle con eso. Papá no estaba en casa todavía, y cuando llegara vería que el coche de mamá no estaba. ¿Cómo iba a explicarlo? Además, esto era más importante que estar preocupado porque le castigaran. Tom estaba metido en algo peligroso. Si iba a irse evitando que mamá le viera, tendría que bajar las escaleras al sótano y salir por ahí. Eso me daba unos cinco segundos de ventaja.

Abrí la ventana de mi habitación y salí al tejado. Agachado, comprobé que estuviera en el lado correcto de la verja que separaba el patio delantero y el trasero, me agarré al canalón, y recé para que soportara mi peso. Bajé hasta el suelo y corrí a la puerta trasera del garaje. La puerta automática empezaba a levantarse. Abrí la puerta trasera de la furgoneta, salté dentro, me maldije por hacer sonar los muelles, cerré la puerta y me puse en posición fetal detrás de los asientos traseros. Oí la puerta del conductor abrirse y cerrarse de golpe. El contacto, el motor. Salimos chirriando a la calle. Derrapando por la carretera y atravesando la urbanización tres veces más rápido de la velocidad máxima permitida. Sabía adonde íbamos. Lo sabía en los huesos. Íbamos al canal siete. Demasiada coincidencia para ser otra cosa.

Y Tom iba armado. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué podía hacer? Sólo estaba seguro de una cosa: tenía que detener a Tom antes de que se metiera en serios problemas. Era mi hermano mayor y se suponía que él tenía que protegerme a mí. Pero los papeles se cambiaban si el que se metía en líos era él. ¿Una pistola? ¿De verdad Tom tenía una pistola? La idea me ponía enfermo. ¿Quién tiene pistolas? Los criminales. Gente patética que cree que las armas les harán importantes. Locos. Una cosa era segura. Si mis padres lo supieran, explotarían de furia. Mis padres no eran de los de azotar, y de todas maneras Tom era demasiado mayor. Pero si se enterasen de que tenía una pistola, Tom viviría hasta su dieciocho cumpleaños encerrado en su habitación recibiendo comida por debajo de la puerta.

¿Qué estaba haciendo? ¡Una sirena! La policía. Gracias a Dios. Harían que se detuviese. Al menos le frenarían, poniéndole una multa. La sirena venía justo detrás de nosotros. Podía ver las luces rojas intermitentes girando tras el asiento trasero. Levanté un poco la cabeza para mirar. En ese momento, la policía apagó la sirena y las luces. Nos adelantaron, y volvieron a encender la sirena. ¡Nos estaban escoltando! Nos saltamos semáforos en rojo y señales de stop, yendo incluso en dirección contraria. Espera un momento, ¿Tom era un policía de incógnito o algo así? Eso era imposible. Una estupidez. Iba al instituto.

De repente el coche derrapó y se detuvo. Desde mi posición podía ver el logo azul y blanco del canal siete.

¡Slam! Abrí la puerta y me deslicé fuera con cuidado. Tom corría hacía la entrada del edificio de cuatro pisos. Dos policías iban con él. Los dos habían sacado sus armas. Y Tom… Tom también iba armado. Sólo que no era ningún modelo de pistola que yo hubiera visto nunca.

[i]Es absurdo[/i], pensé. Era ridículo. Tenía que ser todo parte de alguna broma. Tenía que serlo. Porque la única otra explicación era que mi hermano llevaba algún tipo de arma de rayos láser.

Atravesaron las puertas de cristal ahumado hasta un recibidor mal iluminado, con aspecto de estar a punto de cerrar. Yo entré por una puerta lateral, un poco a la derecha. Había un guardia de seguridad bastante nervioso, que obviamente no tenía ni idea de qué debía hacer.

—Ey, suerte que habéis llegado —dijo el guardia—. Hay algún tipo de, ni siquiera sé lo que es, pero está en… ¡Tseeeew!

Me estremecí de pura sorpresa. Una brillante lanza de luz roja salió del arma de Tom. El guardia se desplomó. Una columna de humo salía de su uniforme.

Grité. No con palabras, sólo un grito de sorpresa, miedo y horror.

Tom se giró. Me vio a través de la oscuridad. Y disparó. ¡Tseeew! ¡Falló! ¡No! Me había disparado. ¡Me había disparado! ¿Sabía que era yo? ¿Me había reconocido? Uno de los policías apuntó.

¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM! ¡BLAM!

El cristal detrás de mí se hizo pedazos y cayó en una lluvia de fragmentos.

El policía vació el cargador. Pero yo me había arrastrado por el suelo y puesto a cubierto detrás de un expositor de arte. Pinturas. Fotografías. Los disparos se detuvieron. Las imágenes estaban llenas de agujeros. Cuando conseguí reunir el valor suficiente para volver a mirar, los tres se habían ido. No podía respirar. El corazón me latía como si quisiera atravesarme el pecho. Una pistola de rayos. Un láser o lo que fuera.

Como dijeron Marco y Rachel. Marco pensaría que me lo había inventado para superar su historia. Si vivía lo suficiente para contarla. Oí gritos desde otra parte del edificio. Oí el extraño “tseeew” del rayo láser o lo que fuera eso. ¿Qué podía hacer? No iba armado. No era un héroe de acción. Lo único que se me ocurría era esconderme.

Esconderme ahí, justo donde estaba, hasta que la policía apareciera. Sólo que la policía ya estaba ahí. Así que me quedé escondido.

Durante media hora simplemente estuve ahí, agachado, esperando que todo terminara. Pero entonces… algo empezó a ocurrirme. Mis manos estaban cambiando, transformándose. Me crecía un pelaje naranja y negro. Y mis uñas crecían, se curvaban, ¡formando garras!

¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Qué estaba pasando?

Entonces, de repente, mis manos volvían a ser normales. Estrés. Eso era. Estaba imaginándome cosas. Poniéndome histérico. Perdiendo la cabeza. Entonces me llegó el sonido de chillidos, protestas, gritos de rabia y miedo. Volví a mirar desde detrás de mi pobre cobertura.

Espié a través de un agujero de bala que le había hecho un ojo extra al retrato de una mujer. Una docena de hombres, todos armados, algunos con pistolas, otros con esas armas láser, arrastraban a siete personas esposadas entre ellas.

Algunos eran los presentadores, con las caras de color naranja por el maquillaje.

Tom estaba ahí, supervisando tranquilamente la situación. A través del cristal ahumado podía ver llegar una limusina.

Mi subdirector, el Sr. Chapman, salió de ella y le sujetó la puerta al Sr. Visser, el tipo de La Alianza. Y ahí estaba, el último en bajarse del coche, Tobias.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Elf[/b]

Capítulo 20:Día Treinta y tres

Jake no quería hablar en mi casa. Estaba demasiado nervioso. Así que fuimos al granero. Era sábado por la mañana y no había clases. Mi padre había ido de compras al Home Depot a por materiales para hacer reformas en el granero. Estaría fuera algunas horas.

Rachel apareció unos diez minutos más tarde con Marco. Jake los había llamado. No se anduvo por las ramas.

-Me han disparado, -dijo.

Marco acababa de sentarse en un fardo de heno, pero se puso en pie de un brinco.

-Muy bien, ¿qué es esto? ¿Te estás burlando de Rachel y de mí?

-No, –

Jake tenía una mirada que nunca había visto antes. No había el menor indicio de broma en su expresión. Iba muy en serio. Casi daba miedo. Parecía más viejo de pronto.

-Me han disparado, con armas de fuego y con algún tipo de rayo láser. Igual que a vosotros.

Qué raro. De nuevo tenía esa sensación extraña. Como undeja vu. La impresión de que todos habíamos estado aquí antes, juntos. No una sola vez, sino muchas. Sólo. . . sólo que faltaba algo. Alcé la mirada hacia el techo. Faltaba algo.

-¿Qué pasa? -explotó Rachel.

-¿Hay alguien intentando vengarse de nosotros? ¿Qué hemos hecho? -miró a Jake.

–Somos primos, ¿tendrá algo que ver con todo esto? Marco se dejó caer de nuevo sobre fardo de heno. Igual que lo hacía siempre. No, era algo que nunca le había visto hacer. Nunca antes había estado en el granero.

Jake negó con la cabeza. -No creo que tenga que ver con nosotros directamente. Marco dice que vio a su madre. Pero está muerta.

-Vio a Marco encogerse. -Lo siento, tío.

-Sí. Pero era ella. Mira, tú me conoces Jake, nos conocemos prácticamente desde siempre. ¿Alguna vez he alucinado? ¿Alguna vez he visto algo que no estaba allí?-

Jake negó con la cabeza. -No. Eres probablemente la última persona sobre la tierra que se imaginaría algo así.

-Ella estaba allí, -dijo Marco. –Sólo que no sé cómo. Y tampoco sé por qué huía de nosotros.

Cualquier explicación que pueda ocurrírseme, sonaría como lo que se puede oír en los chats de la red a cerca de conspiraciones. Yo no creo en esas cosas. No creo que las grandes corporaciones o la mafia o la CIA o los pequeños hombres verdes de Marte o lo que sea, controlen en secreto nuestras vidas. Eso es una locura, cosas de chiflados. Pero, ¿qué se supone que voy a pensar cuando veo a mi madre, voy tras ella, y esos tipos terminan disparándonos a Rachel y a mí

-Con rayos láser, -añadió Rachel.

Caminaba de un lado a otro, casi un gracioso reflejo del mapache en recuperación que se paseaba en su jaula detrás de ella.

Jake asintió con la cabeza. Parecía como si quisiera decir algo, pero dudaba si hacerlo o no.

-¿Qué pasa?

-le pregunté.

-Tal vez yo sí esté loco, -dijo. –Yo. . . Creo que tal vez sí haya una conspiración.

Rachel dejó de pasearse. -¿Qué estás diciendo?

Jake suspiró. -Estaba siguiendo a Tom cuando pasó eso en la televisión, en las noticias. De pronto se vio esa cosa parecida a un extraterreste, muy raro, alucinante. Aún creo que fue algún tipo de retorcida publicidad. Pero Tom se puso como loco. Unos ocho segundos más tarde cogió el coche de mi madre y salio echando chispas de mi casa. Yo estaba en el asiento trasero. Fuimos derechos hacia el estudio de televisión. Y Tomo tenía una pistola

-¡Whoa! ¿Tom llevaba un arma? –preguntó Rachel.

-¿Se lo has dicho a tus padres?

-Es más complicado que eso, -continuó Jake. -En las oficinas de la televisión, le disparó a alguien. Iba con dos policías que le ayudaban. Me dispararon a mí también, sólo que no sabían que era yo. Cogieron a todos los del canal y les sacaron del estudio en contra su voluntad. Tom era el que estaba al mando. ¿Y sabéis cuál era el arma que llevaba?

-No me digas que era una pistola de rayos… -dijo Rachel.

-¿De qué estás hablando? -intervino Marco. –Y yo que pensaba que mi historia era increíble.

-Tom y los dos policías sacaron a la gente con las manos esposadas. Los periodistas, los famosos, a todos. Y entonces apareció Chapman.

-¿Chapman? ¿Chapman Chapman? ¿Nuestro Chapman?

-Sí. Y este tipo al que llaman Sr. Visser. Y Tobias. Ya sabes, el chico que ha venido a veces con nosotros. Todos estaban allí.

Marco intervino, -¿Por qué? ¿Por qué ellos? ¿Tom, Chapman, Tobias, el Sr. Lo-que-sea? ¿La policía?

Jake negó con la cabeza lentamente. –No querría ni pensar en ello, pero Tom, Chapman, el Sr. Visser, y Tobias son todos los miembros de La Alianza.

-¿No son simplemente una especie de reuniones familiares o algo así? –preguntó Rachel.

Jake asintió con la cabeza. –Eso es lo que ellos dicen. Pero es una coincidencia demasiado grande.

-¿Y qué hay sobre esa cosa alienígena que viste en la tele? -preguntó Marco.

-¿Qué pasa? Se encogió de hombros.

-¿Qué aspecto tenía?

-No sé, como un…

-Como un venado azul, – le dije.

-Sólo que tiene una especie de rostro humano. Y una cola larga. Jake me miró con sorpresa.

-¿También lo viste?

-No.

-Negué con la cabeza.

-No. Nunca lo he visto. Pero sé que tiene dos ojos en la parte superior de su cabeza, sobre unos pequeños tallos Nadie se movió. Los tres se me quedaron mirando. -Y te diré algo más. Él debería estar aquí.

– Señalé un punto a un lado y se me erizó el vello del brazo.

-Tendría que estar de pie ahí mismo.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Kykyo[/b]

Capítulo 21:

-Algo va mal, -dije.

-¿Tú crees? Hay bastantes cosas que van mal, -dijo Rachel. –A Marco y a mí nos han disparado. A Jake le han disparado. Hemos descubierto algún tipo de culto. Mi primo tiene un arma de rayos y nos ha disparado mientras la policía está allí y no hace nada. La madre de Marco anda por ahí, viva, disfrazada con una peluca.

Jake se acercó, cogió mi mano y se inclinó para mirarme a los ojos. Fue tan dulce. Y yo lo necesitaba tanto.

-¿Cassie, que quieres decir? –preguntó Jake. Sentí que se me humedecían las mejillas. ¿Por qué estaba llorando? Era la única a la que no habían intentado dispararle hasta el momento.

-Pensé que me estaba volviendo loca, – dije – Desde hace, no sé, algunas semanas, he tenido esta sensación en lo más hondo de mí, de que las cosas no estaban yendo bien. Se supone que… – solté a Jake y levanté las manos. -No puedo explicarlo. Sólo que todo está mal. Ese alienígena me habló… o algo así, sólo que él se encontraba bajo el agua, en algún sitio. Y estoy teniendo esos sueños, unos sueños increíbles donde yo no soy yo, sino un animal. Un bicho algunas veces, y tengo miedo. O un lobo. O un pájaro.

Pillé a Marco poniendo los ojos en blanco. Y a Rachel enviándole una mirada de mantén la boca cerrada. Pero Jake se miró las manos como si no las hubiera visto nunca antes.

– O un tigre, -susurró para sí.

Y una vez más me vi obligada a mirar hacia arriba. A mirar hacia un sitio concreto en las vigas.

-Justo ahora tengo la sensación de que falta algo. Dos algo. Uno es el alienígena. El otro debería estar aquí. Y… ya sé que esto suena muy raro…

-Nooo, suena perfectamente normal, – dijo Marco, no lo suficientemente bajo.

-…se supone que tiene que haber un pájaro. Uno grande. Justo aquí. En fin. En fin, me ha dado esa sensación cuando has pronunciado el nombre de Visser. Él… de alguna manera también es parte de todo es,.

-¿Dónde están Mulder y Scully cuando los necesitas? -se preguntó Marco.

Jake asintió, como si él medio se lo creyera. Pero también apartó la mirada, como cuando alguien dice alguna locura.

–Tuviste un mal presentimiento desde el principio sobre La Alianza.

Pena. Genial. Rachel tenía esa expresión enfada y preocupada, como si no supiera qué decir o hacer para ayudarme, pero seguramente gritaría con gusto a cualquiera que me diera problemas. Acababa de abrirles mi corazón. Y el resultado era que los tres, incluso mi mejor amiga y el chico que me gustaba más que nadie, pensaban que necesitaba ver a un loquero.

-Oh, chicos, – dije, – se me esta yendo la cabeza, ¿no?

Para mi sorpresa fue Marco el que salió en mi defensa, a su manera.

–Sí, se te está yendo. Estás loca. Demente. Pirada. La única cosa más disparatada que lo que has dicho es cierto chico que cree que su hermano mayor, el subdirector, y Tobias el Mega Bobo están por ahí disparando en un estudio de TV. Y la única cosa más loca que eso es un chico que cree que su madre muerta está paseándose por el barrio con guardaespaldas que disparan rayos láser.

-Tenemos que hacer algo, -dijo Rachel decididamente.

-¿Hacer qué? -le pregunté.

-No lo sé. Algo. Todo esto tiene que ser algún tipo de conspiración. Quiero decir, ¿qué se supone que vamos a hacer? ¿Nada?

-Rachel, ¿qué podríamos hacer nosotros cuatro? -dijo Marco.

-¡No lo sé! -gritó, frustrada. -¡Algo! ¿Jake? ¿Qué hacemos?

-Sí. ¿Qué hacemos, Gran Jake? -preguntó Marco, medio burlándose.

-¿Qué queréis decir con qué hacemos? -replicó Jake. -¿Por qué me lo preguntáis a mi? Marco se encogió de hombros.

–Tú eres el líder, tío.

-¿De qué hablas? ¿El líder de qué? ¿Y por qué soy yo el líder?

-Porque lo eres, –dije.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas. Sentía como si… como si fuera un juez y hubiera sentenciado a Jake. Marco me señaló con el pulgar.

–La chica loca tiene razón: porque lo eres.

Jake miró a Rachel, estupefacto. Rachel me miró. De una manera espeluznante. Como si me escuchara hablar, sólo que no estaba diciendo nada.

Entonces Rachel dijo: -¿Qué hacemos, Jake?

Durante un largo minuto pareció que el granero entero se hubiera quedado congelado. Los tres mirábamos a Jake. Él nos miraba, por turnos, con una expresión impotente, casi desesperanzada en la cara. Y entonces habló:

-Tenemos que descubrir que está pasando. Empezaremos con Tom. Es el blanco obvio.

Jake. Decidido, cuando llegaba el momento de las decisiones.

-Lo capturamos, lo inmovilizamos, y le chantajeamos con entregarlo al FBI si no nos cuenta qué pasa, -dijo Rachel.

Rachel, atrevida, lista para actuar sin pensar en las consecuencias.

-Si realmente ha disparado a alguien, Tom es peligroso, -se mostró en desacuerdo Marco.

-Lo cual quiere decir que tenemos que ser sutiles. Si hay algún tipo de conspiración envolviendo La Alianza, no vamos a enterarnos de nada si hablamos con uno de los implicados. Necesitamos pruebas antes de hacer algún movimiento.

Marco, cauteloso e inteligente.

Un escalofrío me recorrió la columna. Sentí como si el universo acabara de cambiar. Como… como si durante semanas hubiera estado montando una bici con la cadena siempre saliéndose. Y como si la cadena hubiera vuelto a su sitio otra vez. Las cosas no iban bien. Nada bien. Pero por primera vez empezaban a enderezarse desde que nos fuimos del centro comercial juntos.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Tam Alor[/b]

Capítulo 22:Día treinta y cuatro

Estaba indefenso. Impotente. Incapaz de poder mover ni un ojo. Incapaz de alzar un dedo. Incapaz de hablar. Incapaz de alterar mi expresión facial. Para sonreír. Para fruncir el ceño. Para ofrecer alguna señal de que estaba vivo dentro de mi propio cuerpo, cautivo en el interior de mi cerebro. Impotente a la hora de advertirles, había visto como los yeerks arrastraban a los pobres hombres y mujeres del canal siete a las furgonetas. Cómo los habían llevado a una velocidad vertiginosa hacia un depósito de agua que escondía una entrada secreta al vasto complejo subterráneo del estanque yeerk. No pude emitir ni un grito de horror, cuando uno por uno fueron impelidos, pataleando, llorando y suplicando por el camino, hasta el muelle de acero.

Los controladores hork-bajir los obligaron a ponerse de rodillas y empujaron su cabeza hacia el interior de ese pozo negro en ebullición. Los infestaron a todos. Cada uno de ellos estaría de acuerdo ahora en la misma tapadera para explicar la extraña aparición del alienígena de pelaje azul. No se presentarían cargos.

El guardia al que Tom disparó a sangre fría sobrevivió, pero nunca sería libre. Ya estaba infestado en su cama del hospital. Yo había estado allí, vigilándole.

Y ahora estaba en mi cuarto. En casa. Odret seguía interpretando el papel de Tobias. Fingía ser yo. Odret, el yeerk, estaba cada vez más nervioso. A veces sentía sus emociones. Él registraba mis recuerdos, buscando una ilusión, alguna vía de escape.

Como alguien que mira las estanterías del Blockbuster en busca de una película para tener la cabeza entretenida. Me tuve que reír, ahí en mi rincón de impotencia. Odret tenía el huésped equivocado si lo que quería era un montón de buenos momentos.

Estaba nervioso por Visser Tres. El Visser no se estaba comportando como debería. No era nada que resultase obvio, sino más como si se le escapara algo.

Por un lado, Visser Tres tenía una reputación. Era notoriamente susceptible y explotaba a la mínima. Pero sin embargo trataba a Odret con una elaborada cortesía. Permitía a Odret el acceso a todo y a todos.

Ni siquiera hacía ningún esfuerzo por ocultar el desastre de la repentina aparición de un andalita. ¿Por qué?

<Qué vida tan patética has llevado, Tobias,> me dijo Odret.

<Supongo que sí.>

<No encuentro nada en tu memoria que valga la pena volver a revivir. En realidad ninguno de tus recuerdos valía la pena verlo ni una sola vez.>

<Bueno, así son las cosas, ¿no? La Alianza es un imán para los perdedores, van a por los débiles. Así que, ¿qué esperabas?>

Decir que me odiaba a mí mismo sería quedarse corto. Odret había hurgado en mis recuerdos, cada uno más vergonzoso que el anterior. Me había hecho revivir muchas cosas que hasta ahora había tratado de olvidar. Pero lo más doloroso de todo fue la imagen de mí mismo tragándome todo lo que La Alianza me había dicho.

Había caminado, de buena gana, hacia mi propia destrucción. En ese momento no había visto otra alternativa. Ahora, no veía nada más que alternativas. ¿Era mi hogar un lugar deprimente y horrible? Sí. ¿Me había convertido en un imán de abusones? Sí. ¿Era yo alguien distinto, extraño y no muy normal? Sí. Y para luchar contra todo eso me había autodestruido. Brillante, Tobias. Brillante. Todos los sufrimientos de la vida combinados no podrían haber igualado lo que ahora estaba soportando. Pero ni siquiera ahora se me ocurría ninguna respuesta fácil.

Difícilmente podría haber haber evitado que me pegaran los matones. Difícilmente podría haber sobrevivido a la soledad.

En mis fantasías me construía fantásticas soluciones, pero en realidad no había ninguna salida fácil.

Mi vida no era una película de ficción, una de esas historias donde los finales son siempre felices. No podía limitarme a convertirme en una persona diferente. No iba a llegarme ninguna revelación que me salvara de mí mismo. Todo lo que podría haber hecho, en realidad, era esperar. Podría haber aguantado. Ahora lo veía. No era ningún giro argumental dramático. No era exactamente una solución inspiradora. Aguantar. Soportarlo. Esperar. Eso sí podría haberlo hecho.

No soy idiota, sé que la escuela es sólo una parte de mi vida. Uno pasa dieciocho años como niño, y quizá sesenta como adulto. Y lo que eres como niño no es lo que serás de adulto; no siempre, al menos.

Aguantar. Eso sí podría haberlo hecho. Pero ahora era demasiado tarde. Me picaba la nariz y no podía rascarme. Odret comprobó el reloj.

Se levantó, movió mis piernas, brazos y ojos. Pasé junto a mi tío.

-¿Dónde crees que vas?

-Fuera-, dijo mi boca.

-¡No, si yo digo que no! -gritó.

Lo ignoramos y salimos. Apareció un coche al que esperaba impaciente. Odret tenía hambre.

Necesitaba rayos Kandrona. Tenía que alimentarse en el estanque yeerk El coche nos llevó al McDonald’s.

Entramos, fuimos al mostrador y le dio a la dependienta una palabra clave. Diez minutos después bajaba el último escalón y entraba al complejo del estanque yeerk.

Caminé con aire de importancia hacia el primer muelle.

Dos hork-bajir montaban guardia, controlando a la gente en una especie de ordenador tipo Palm.

-Odret-Uno-Siete-Siete, -dijo mi boca.

De repente me di cuenta de que otros dos hork-bajir estaban de pie detrás de mí.

No se habían puesto ahí para alimentarse.

Estaban en posición de guardia, preparados. Sentí como crecía el miedo en Odret.

-Ven con nosotros, -dijo uno de los hork-bajir.

Odret vaciló. Pero sólo por un momento. Sabía que era inútil.

Los hork-bajir eran controladores. Estaban cumpliendo órdenes.

Nada de lo que pudiera decir les haría cambiar de opinión.

Me hicieron entrar en uno de esos viejos edificios de oficinas temporales. Parecía un cuartel o algo así. Odret sabía quien lo estaba esperando.

Cuando el hork-bajir abrió una puerta, no se sorprendió en lo más mínimo al toparse cara a cara con Visser Tres en su cuerpo andalita.

<Ah, Odret-Uno-Siete-Siete,> dijo.

-Visser, -respondió Odret neutralmente.

<¿Has venido a alimentarte?>

-Sí. Obviamente.

<Entonces siento haberte retrasado. Ve. Disfruta> Odret no movió ni un músculo, sabía lo que iba a pasar. Visser Tres río.

<Sólo una cosa antes de que te vayas, Odret. Voy a necesitar que me cuentes la verdad.>

-¿Qué verdad es esa, Visser?

El cuerpo andalita se movía con una facilidad casi líquida. La cara sin boca del andalita se acercó a pocos centímetros de la mía. Ambos ojos principales y una de las antenas se clavó en mí.

<Sé que le eres fiel a Visser Uno, Odret. Estoy seguro mas allá de toda duda.>

El miedo de Odret se filtró en mí, liberando mi propia adrenalina.

-Yo sirvo al Consejo de los Trece, Visser Tres, como ya sabes. Y si recibo algún daño, emprenderán una investigación a fondo al respecto. El Visser no se dejó impresionar.

<Como ya te he dicho, Odret, sé que sirves a Visser Uno. La pregunta que quiero hacerte es sobre la orden que me transmitiste. La orden de evitar la guerra abierta contra los humanos. Necesito saber si esa orden provenía del Consejo, o si Visser Uno es la fuente.>

-Le transmití las órdenes del consejo, -dijo mi boca.

<Tal vez. Y si es así, tendré que acatarlas. Pero si hablas sólo de parte de Visser Uno. . . bueno, eso es una historia muy distinta.>

-Ya le dije que… La cola del andalita se movió tan rápido que mis ojos humanos no pudieron seguirla. El filo se detuvo a milímetros de mi yugular.

<Sí. Sé lo que me vas a decir. La pregunta es, ¿qué me dirás dentro de un día o así? ¿Qué dirás cuando estés muriéndote de hambre, Odret?>

Sentí que el miedo del yeerk subía varios niveles más, hasta llegar a un punto intolerable.

-¡Pagarás por cualquier daño que sufra! ¡Tú no te atreverías a desafiar al Consejo de esta manera!

<Muy simple, Odret: trabaja para mí, y aliméntate. Trabaja para Visser Uno y muere de hambre. Llévenselo>

Vi en la mente de Odret los resultados. Con que así era. Morir por inanición de Kandrona era un horror que no podía soportarse. Miré directamente a los ojos andalitas de Visser Tres.

–El Consejo no sabe nada. Visser Uno espera convencerlos para que se contengan. Ella me envío para retrasarte hasta que la decisión del Consejo quede en firme. Pero te lo ordenarán.

Visser Tres asintió.

<Como sospechaba… tendré que actuar con rapidez… mucha rapidez y presentarme ante el consejo con la acción tomada… así sus órdenes serán irrelevantes.>

-¿Ahora trabajo para ti? -preguntó Odret de forma lastimera. Visser Tres se echó a reír.

<Ya has traicionado a Visser Uno, Odret. ¿Debería tenerte rondando por aquí hasta que me traiciones a mí también? Matadlo.>

Un hork-bajir puso un rayo dragón sobre mi cabeza. Sentí el terror de Odret. Y también sentí mi propia descarga, mi miedo. Mi pesar.

-¡No!- gritó mi boca.

-¡NO!

Sentí la leve presión del dedo del hork-bajir tensándose. Y sentí—

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Kykyo[/b]

Capítulo 23:Día 40

Era casi imposible seguir a Tom. Lo intentamos, pero él conducía y nosotros no. Marco y yo registramos su habitación cuando estaba fuera.

– Con cuidado. Busca algún tipo de indicadores que pudiera haber puesto para detectar registros, -dijo Marco.

-¿De qué estás hablando?

-Podría haber colocado un pelo de cierta manera, por ejemplo encajado en un cajón, para ver si lo han abierto.

Miré a mi amigo. “¿Por qué sabes tanto de estas cosas?”

Sonrió. -Yo leo, tío. Ya sabes, libros. John le Carre. Espionaje, chaval. Lo sé todo sobre el espionaje.

Iba a ignorarle olímpicamente cuando vi el pelo. Estaba encajado en la puerta del armario de manera que si abrías la puerta, se caería. Marco se dio cuenta y se animó a sí mismo entre susurros,

-Soy espabilado, ¿o qué?

Cogí el pelo. Abrí el armario y busqué cuidadosamente. Nada. Volví a colocar el pelo en su sitio con cuidado y cerré la puerta.

– Aquí no hay nada, tío, -dijo Marco.

-Tiene esos indicadores sólo para ver si alguien ha entrado. Quiere saber si sospechan de él. Pero no es tan tonto como para dejar la pistola de rayos por ahí tirada.

Salí con Marco al pasillo, hacia mi cuarto. Mi perro Homer estaba durmiendo en mi cama, roncando.

-Quizá sólo estemos locos, -dije.

Sonó el teléfono. Di un brinco de más de medio metro.

– Eso es, Jake, muy bien. No pareces sospechoso de nada. Esperé que sonara dos veces para ver si mis padres estaban en casa y lo cogían.

Entonces respondí yo. Era Rachel.

– Enciende la tele, -dijo.

– ¿Por qué?

– Tú enciéndela. Canal nueve.

Agarré a Marco y fuimos al cuarto de mis padres, a la tele más cercana.

La mía la estaban arreglando. Fui haciendo zapping hasta que lo vi.

– ¿Qué pasa? -preguntó Marco.

La pantalla mostraba claramente una cara no-humana. Dos ojos principales y dos más sobre unas antenas. No tenía boca, pero de todas formas estaba hablando. Fui cambiando de canal rápidamente. Canal nueve, canal cinco, canal cuatro; todas las cadenas locales emitían al extraterrestre. Todas excepto la siete.

<…son una especie parasitaria.>

-Pero qué… Era el alienígena. El ciervo azul. Haciendo su segunda aparición televisiva. Pero esta vez no estaba en el plató de las noticias. Se trataba de algo a distancia. Probablemente una cinta.

<En su forma natural son parecidos a vuestras babosas terrestres. Entran al cuerpo por el canal auditivo, liberando sustancias químicas para reducir el dolor. Se envuelven alrededor del cerebro, y controlan todas las funciones neuronales.>

-No está emitiendo ningún sonido… ni siquiera tiene boca… pero puedo oírle, -dijo Marco.

El teléfono de la mesita de noche de mis padres sonó. Lo descolgué.

-Sí, Cassie. Lo estoy viendo.

<Los humanos que han sido infestados se convierten en controladores. Aparentan ser normales, pero han perdido todo el control sobre sus cuerpos. Estos yeerks…>

-¿Yeerks? -repitió Marco.

<…ya han esclavizado tres especies sensibles, los hork-bajir, los taxonitas y los gedds.>

-¿Hork-baqué? ¿Es algún tipo de pirado? -me pregunté.

-¿En todas las cadenas locales a la misma vez? -dijo Marco.

-¿Todas menos la siete? Es como un bucle o algo así. Las cadenas no lo están cortando. No están poniendo ningún letrero, ni mensaje de error, ni siquiera un logo bajo la imagen.

-¿Qué quieres decir?

-Tío, ¿pero tú sabes algo? –se metió conmigo.

–Me refiero a esas cosas que ponen en la pantalla. Ya sabes, pondrían palabras abajo, un rótulo, como ‘El portavoz Alienígena’ o algo así. No, tío, esto es una emisión pirata. Alguien lo está colando.

Asentí. -Sólo el canal siete estaba preparado para esto. Pensaban que esto podría pasar. Estaban al tanto.

<Soy un andalita. Mi pueblo combate a los yeerks a lo largo de toda la galaxia. Pero no tenemos suficientes fuerzas aquí. Así que vosotros los humanos debéis luchar. Debéis…>

La pantalla se quedó en blanco. Pulsé el botón del mando a distancia. Canal cinco, en blanco.

-Lo han cortado, -dije.

-Eso es lo que es Tom, Jake. Un yeerk. ¿O qué dijo? Un controlador. Mi madre también. No está muerta, es uno de ellos. Levanté el auricular del teléfono.

-¿Sigues ahí, Cassie?

-Sí.

-¿Qué significa todo esto?

– Lo he visto y…cada palabra que decía, era como ‘Sí, sí, eso es. Esa es la verdad.’ ¿Jake?

-¿Uh-huh?

-Lo llamamos Ax.

-¿Cómo? ¿Al alien?

-Sé que parece una locura. Pero se supone que le conocemos. Él se supone que es nuestro amigo. Lo llamamos Ax. Y a veces puede convertirse en humano. Es una locura.

-Cassie, nada suena a locura. Ya no.

-¿Qué hacemos? -me preguntó.

Miré a Marco. Señaló con la barbilla hacia la pantalla. Dos presentadores locales estaban balbuceaban algo y parecían perdidos

-… no sabemos cómo esta persona, o criatura, o bromista ha logrado… Cambié a otro canal.

-…algún tipo de broma de Howard Stern. El público no debe alarmarse. Nosotros…

Otro canal había vuelto a emitir Jenny Jones.

-Tengo que mear, -dijo Marco. Entró al baño de mis padres.

-¿Qué hacemos? -repitió Cassie.

– No lo sé, Cassie. Pero no es una broma. Es real. Tenemos que averiguar quién se está tomando esto en serio: la policía, el FBI, quien sea. Tenemos que hacerles llegar lo que sabemos. Sobre La Alianza. Sobre Chapman y ese Visser y Tobias.

– ¿Y Tom? -preguntó suavemente.

– Sí, -dije.

-Sí. Tom también.

Al colgar el teléfono sentí como si un peso de dos mil kilos hubiera caído de repente sobre mis hombros. Un ruido. Me giré. Tom. Estaba de pie en la puerta. No tuve que preguntarle cuánto llevaba escuchando. Lo había oído todo. La pistola de rayos en su mano lo dejaba bastante claro.

-Puedo matarte, o puedes venir conmigo pacíficamente, -dijo con mucha calma.

-Tú decides.

Un movimiento rápido y Marco cargó desde el baño, lanzándose hacia Tom como un jugador de rugby. Tom se echó a un lado haciendo tropezar a Marco, y éste se golpeó la parte de atrás de la cabeza al pasar. Marco quedó tendido, aturdido, en el suelo.

– Vamos. Tú también, Marco. Y no me volváis loco. Es un día muy ajetreado para mí con todo lo que está pasando. Si me retrasáis…

Dejó la amenaza en el aire. Bajamos las escaleras. No podía creerlo. No podía ni imaginarlo. No se me ocurría qué decirle. No era él. No me costó nada creerlo porque no había manera de que Tom estuviera haciéndonos esto. De ningún modo. Ni siquiera estaba asustado porque no daba crédito.

Era imposible. ¿Tom? Ni siquiera con un alienígena en la cabeza. No importa cómo, Tom no iba a hacernos daño. Marco y yo bajamos las escaleras, hacia el salón vacío, a la entrada principal. Abrí la puerta. Un coche acababa de llegar derrapando para recoger a Tom. La puerta del coche se abrió. La voz de un hombre gritó

-¡Cuidado!

Tom se giró. ¡Demasiado tarde! La pelota de béisbol golpeó contundentemente sobre la mano que sostenía el arma.

-¡Ahhh! -chilló. La pistola de rayos cayó ruidosamente escaleras abajo. El bate llegó poco después, acertando a Tom en plena cara. Entonces ¡uno! ¡dos! ¡tres! Tres fuertes golpes y Tom estaba en el suelo, hecho un ovillo, gimiendo con los ojos en blanco, y brotándole sangre de la nariz y el oído.

Me quedé mirando a mi prima. Rachel estaba jadeando. Pero su ropa, el pelo y el maquillaje seguían perfectos.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Capítulo 24:

Tom había caído y alguien se acercaba corriendo desde el coche. Alguien grande.

Jake saltó, aterrizando pesadamente sobre la pistola de rayos. Rodó sobre sí mismo, se puso de rodillas y gritó

-¡Quieto! Parecía sacado de NYPD Blue.

El hombre se detuvo, levantó un arma…

-¡Dispara! -gritó Marco.

¡Tseeeew!

Una luz brillante salió del arma de Jake.

El hombre gritó. Parte de su pierna izquierda bajo la rodilla había desaparecido. Cayó, y disparó frenéticamente. El rayo dio en la cornisa de la casa de Jake.

-¡Al coche! –chillé.

Jake apuntó y disparó.

¡Tseeew!

Se abrió un agujero chamuscado y chisporroteante en el motor del coche.

Tom se estaba levantando, tambaleándose escaleras abajo, tratando de pillarnos por la espalda. Le ataqué por abajo, dándole en una rodilla, con buena fuerza. Cayó redondo al suelo. No iba a poder andar durante algún tiempo. El tipo herido del coche gemía, pero giró sobre su costado y se preparó para disparar de nuevo.

Me lancé a por él.

¡Wham!

La gente suelta un arma en seguida si le pegas en el brazo con un bate de béisbol. Cogí la pistola de rayos. El conductor del coche se alejaba corriendo por la calle, gritándole a un teléfono móvil.

-¡Dispárale! -grité a Jake.

-No, está huyendo.

Levanté mi recién adquirida pistola de rayos y apunté al hombre que huía. Jake tiró de mi brazo hacia arriba cuando apretaba el gatillo. Destrocé un par de ramas de un olmo.

-No disparamos a la gente por la espalda, -me soltó Jake.

-Y no disparamos a la gente que quiere dejarnos en paz. Me quité su mano de encima.

-Ey, ¿quién ha muerto y te ha nombrado presidente? ¿Quién te crees que eres, el jefe?

-Sí, -dijo. Entonces su expresión se suavizó.

-Y por cierto, gracias.

-No hay de qué, querido primo, -dije.

-¿Qué pasa con Tom? ¿Y con ese tipo de ahí?

-Pronto vendrán refuerzos a por ellos, -dijo Jake.

-Tenemos que largarnos de aquí. Cassie. Tenemos que alcanzarla antes que ellos. Tom sabe que estaba hablando con ella.

-Sí, -estuve de acuerdo, sintiendo de repente una punzada de preocupación por mi mejor amiga.

Había venido a casa de Jake tan pronto como cortaron la emisión del extraterrestre. Vivimos sólo a dos manzanas, menos, si conoces los atajos. Cassie vivía más lejos. Tom se había arrastrado dolorosamente hasta las escaleras. Estaba ahí cogiéndose la rodilla, sin estar seguro de qué parte de su cuerpo le dolía más.

-Podéis correr, pero no podéis esconderos, -dijo, escupiendo sangre entre los dientes.

-Os cogeremos. ¡Os cogeremos a todos!

-¿Dónde está ese bate de béisbol? -pregunté.

-La invasión encubierta se ha acabado, -se burló Tom.

-La auténtica guerra está a punto de empezar. ¡Os tendremos a todos! ¡Sois nuestros! ¡Sois nuestros!

-Vámonos, -dijo Jake tranquilamente.

-Rápido, antes de que venga otro coche con refuerzos de…

-Olvídate de los coches, -dijo Marco.

Estaba mirando hacia arriba, hacia el cielo. Seguí la dirección de su mirada. No era un avión. No era un globo aerostático, o una bolsa de gas o un juego de luces. Parecía como una cucaracha metálica estilizada, sólo que donde debería haber patas sólo había dos lanzas con dientes afilados apuntando hacia delante. Era, sin lugar a dudas, una nave alienígena. Y reducía la velocidad a medida que se acercaba a casa de Jake.

-¡Corred! -gritó Jake.

-¡Sí, corred! ¡Corred! ¡Corred, ah hah hah hah! -se burló Tom en seguida.

-¡Corred, humanos, corred!

¡TSEEEEW! ¡TSEEEEEEEEW!

Dos enormes rayos de luz abrieron surcos en el césped a ambos lados de nosotros. Corrimos, atravesando el jardín, y el siguiente jardín, y el siguiente.

¡TSEEEEEW! ¡TSEEEEW!”

Un garaje a nuestra izquierda voló por los aires, convirtiéndose en astillas chamuscadas. Marco tropezó. Lo levanté y le ayudé a ponerse de pie. Giramos una esquina y Jake gritó:

-¡Por aquí!

Saltamos una valla, corrimos a través de un patio trasero. Salté un triciclo. Otra valla, más alta. Sin problema. Es increíble lo que puedes hacer cuando te está disparando una nave espacial cerniéndose varios cientos de metros en el aire.

¡TSEEEEW! ¡TSEEEEW!

La piscina del siguiente patio se volatilizó en un géiser de vapor. Me picaba la cara y tenía los ojos llorosos. No podríamos huir de esa cosa. No había forma: nosotros íbamos a pie, mientras que eso volaba. Pero había subestimado a Jake. Nos estaba conduciendo por una pequeña parcela de bosque detrás del parque del vecindario. Los árboles. Buscaba cobertura. Sólo había un problema: eran tres largas manzanas y estábamos empezando a cansarnos. La gente estaba saliendo de sus casas, quedándose con la boca abierta frente a la nave espacial. Los alienígenas ni siquiera se preocupaban ya de esconderse. Tom había dicho la verdad: era la guerra.

-¡Rachel! Aquí. Quieta. ¡Apunta! –me ordenó Jake.

Me detuve. Estábamos de espaldas a un cobertizo de chapa. La nave reaparecería justo sobre nuestras cabezas en cuanto diera la vuelta para disparar de nuevo. La veríamos y nos vería. Jake y yo sostuvimos nuestras pistolas de rayos hacia lo alto. Marco jadeaba, inclinado con las manos en las rodillas.

-¡Fuego!

En cuanto el bicho metálico estuvo a la vista nuestras pistolas de rayos dispararon. La nave dio una sacudida. No explotó ni nada de eso, pero la recorrió un claro espasmo, como alguien que ha sido abofeteado. La nave vaciló y nosotros aprovechamos para seguir corriendo. Pero en no más de dos manzanas, la nave volvió a encontrarnos.

¡TSEEEEEW! ¡TSEEEEEEEW!

Tres coches y una autocaravana volaron por los aires. La conmoción me aturdió. Sentí la hierba en la cara. Los oídos me pitaban como si Quasimodo estuviera en el campanario. Tenía la piel chamuscada. Mi cabeza era incapaz de centrarse, me llegaban fragmentos de pensamientos, pequeños trozos de mi conciencia…

Miré a mi alrededor. Jake se estaba levantando. Se sacudía el fuego de su camisa. Marco se encontraba tras él, tirado como si estuviera disfrutando de un día de playa. Me puse de pie, mareada, tambaleándome de un lado a otro, pero más o menos de una pieza.

-¡Marco, vamos! -grité.

Corrí hacia él pero al llegar a su altura me detuve en seco. Miré hacia abajo. No lo entendía. No podía creerlo. Jake me agarró por detrás.

-¡Corre! -¡Pero Marco…!

-¡Corre! ¡Sólo corre! -sollozó Jake.

-¡Corre!

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Capítulo 25:Día 41

La televisión mostraba grabaciones de un caza Insecto. Sin parar. Vi una parte desde un gran establecimiento llamado

Circuit City.

Circuit City se dedicaba a la distribución de servicios arcaicos de electrónica: ordenadores, discos de video, reproductores de música. Los humanos del establecimiento observaban con incredulidad. Sacudían la cabeza. Discutían entre ellos. Algunos eran de la opinión de que los invasores nos habían malinterpretado. Que eran buenos, pero que algún retorcido comportamiento humano nuestro los había provocado.

-Son bastante avanzados, ¿verdad? Vamos, ¡mira esa cosa! Si están más adelantados que nosotros, seguro que creen en la paz.

-¿Ah, sí? Pues tienen una manera endiablada de demostrarlo. ¿Haciendo explotar el garaje de un hombre? ¿Y qué hay de la autocaravana? ¿Piensas qué el seguro va a cubrirles eso?

-De cualquier modo, voy a comprarme esa pantalla grande de Sony. ¡No quiero perderme nada de esto!

-Sí, señor. ¿Puedo recomendarle nuestro programa de garantía extendida? Había oído opiniones similares de otros humanos. Tienden a asumir que la superioridad tecnológica necesariamente debe estar ligada a la superioridad moral.

Quizá era un impulso natural en una especie ignorante y primitiva. De repente todos los televisores se apagaron. Los dos humanos usaron pequeños dispositivos de mano para cambiar las frecuencias.

Pero tampoco resultaron funcionales. El establecimiento entero quedó en silencio. Ningún equipo electrónico funcionaba ahora.

-Ha saltado la corriente, -dijo un hombre.

-No, no. Las luces están encendidas. No es cosa de la red eléctrica. Usé mi boca humana para explicar lo que debería haber sido obvio.

–Se trata de un pulso electromagnético, -dije.

-Los yeerks simplemente han disparado una poderosa ráfaga de radiación que ha dejado a todos los dispositivos electrónicos primitivos inoperables. Rai-dia-shión. Es una palabra compleja. Veréis que cualquier dispositivo que contenga un simple chip de diseño humano se habrá sobrecargado. Chip es una palabra muy corta. El humano me miró desconcertado.

-¿No hay tele?

– No hay tele, -confirmé.

-¿Por qué iban a estropear las televisiones? ¿Es por los programas violentos? ¿Nos están enviando un mensaje?

-Sí, os están mandando un mensaje, -dije impaciente. –El mensaje es: venimos a esclavizarlos y destruirlos.

Dejé el establecimiento. Mi deber no estaba muy claro: podría tratar de asistir los esfuerzos humanos de resistencia contra los yeerks. ¿Pero cómo? Esta gente era tan primitiva que sus vulnerables circuitos estaban completamente desprotegidos. ¿Cómo podrían oponerse a los yeerks? O podría intentar a toda costa contactar con mi planeta natal.

Los yeerks se moverían ahora más deprisa para incrementar el ritmo de infestación. Y mis propias acciones podrían haberles acelerado. ¿Cuántos yeerks habría en la órbita terrestre? Podrían ser fácilmente cien mil. O el doble de ese número.

El objetivo sería asegurar el planeta para los traslados adicionales de yeerks. Los yeerks recién llegados serían un arma de doble filo para el enemigo.

Los yeerks siempre habían sufrido la carencia de suficientes cuerpos anfitriones. La Inteligencia andalita había estimado que menos del uno por ciento de los yeerks disponía de un huésped, en su mayoría hork-bajirs, taxonitas y gedds. Los gedds estaban gravemente limitados, al igual que los taxonitas. Los hork-bajirs eran cuerpos huéspedes excelentes, pero las medidas tomadas por los andalitas habían reducido severamente el número de huéspedes hork-bajir supervivientes.

Pero aquí, en este planeta, había cerca de seis billones de huéspedes potenciales. Más que suficiente para proveer a cada yeerk vivo con un huésped humano.

Los humanos eran físicamente mediocres, pero tenían unas manos excelentes y muy buenos sentidos: todo lo que los yeerks necesitaban.

Seis billones de huéspedes. Un planeta con suficiente materia prima para construir naves.

Si los yeerks tomaban la Tierra y eran capaces de subsistir, serían imparables. Si sólo llegase ahora la flota andalita…

¡Era la oportunidad perfecta!

Los yeerks traerían rápidamente transportes llenos de yeerks, tantos como pudieran trasladar. La proporción de yeerks sin anfitriones crecería en proporción al número de yeerks con anfitrión. Un gran objetivo. Una oportunidad única en la vida.

Si el espacio Cero no había cambiado su configuración, la flota debería llegar en unas semanas. Si… Lo inherente del espacio Cero es que era impredecible, desplazándose y alterándose al azar. Un salto que podría durar una semana un día, podría llevar un año al día siguiente.

A estas alturas el alto mando ya se habría dado cuenta de que nuestra patrulla estaba desaparecida.

Pero seguramente no sabrían por qué. Y ciertamente no podrían adivinar que los yeerks habían dado con una especie casi perfecta para la infestación en masa. Podríamos estar a punto de ganar la batalla más importante de la guerra.

Aquí mismo. O podríamos estar a punto de perderla. También aquí.

Pero la realidad más temible era que los yeerks serían más vulnerables una vez empezaran a trasladar grandes números de yeerks a este planeta. Y eso no ocurriría hasta que la resistencia humana fuese sometida. Ese es un pensamiento muy triste, me dije. Estas criaturas son simples y primitivas, pero no querría verlos masacrados sólo para proporcionarnos una ventaja táctica.

¿Qué iba a hacer? Ambas cosas. Contactar a la flota y luego ayudar a los humanos. Dejando a un lado el hecho de que ayudar a los humanos ahora podría hacer que los yeerks se volvieran más cautelosos. Sí. Ese sería mi plan. La política de un aristh a medio entrenar.

¿Cómo podría explicárselo a mis superiores? Me imaginaba las caras indignadas e incrédulas de los grandes príncipes de guerra ante mí, acusándome

<¿Tú política, aristh? ¿TU POLÍTICA? ¿Y cuándo, exactamente, cayó en tus manos la política galáctica?>

Había estado caminando desde Circuit City, colina abajo, hacia los que los humanos llamaban “centro comercial.”

Tuve una vista perspectiva de lo que pasó a continuación. Los cazas Insecto comenzaron a descender desde las nubes. Aterrizaron, dibujando un vago perímetro alrededor del área de estacionamiento del centro comercial. Los hork-bajirs saltaron de ellos, armados con rayos dragón.

Un movimiento interesante.

Sí, los yeerks serían capaces de tomar algunos cientos de humanos de una sola vez. Tenía sentido.

Varios coches humanos trataron de huir, pero quedaron destrozados. Tenía una perspectiva perfecta también de la negra y peligrosa forma que se abalanzó confiada desde el cielo azul y se posó arrogantemente sobre el techo del centro comercial. La nave Espada. La nave Espada de Visser Tres.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Luciano[/b]

Capítulo 26

Marco se había ido. Nunca había sido siquiera mi amigo. Pero ahora se había ido.

Jake no podía volver a casa.

Tom estaba allí, y ahora Jake tenía que preocuparse de que sus propios padres estuvieran en territorio del enemigo alienígena. Rachel también estaba acorralada. ¿Adónde podía ir? Había pegado a Tom con un bate de béisbol. Llamé a mis padres y les dije que tampoco volvería a casa.

Tom sabía demasiado sobre mí.

Mis padres me exigieron que volviera de inmediato.

Me dijeron que probablemente esos alienígenas serían pacíficos. Era una oportunidad maravillosa para la raza humana. Quizá eran unos ingenuos. O quizá ya los hubieran esclavizado.

Jake, Rachel y yo estuvimos vagando de aquí para allá. Realmente no teníamos ningún plan. ¿Qué podíamos hacer? ¿

Qué podíamos hacer, tres niños contra tamaños acontecimientos que estaban teniendo lugar a nuestro alrededor?

La televisión mostraba comentaristas discutiendo sin fin de qué iba todo esto.

Algunos creían que estos yeerks eran la esperanza de la humanidad.

Algunos confiaban en el andalita que había secuestrado las emisoras locales para difundir su advertencia. Otros pensaban que todo era una broma cruel.

El Presidente Clinton animaba a todos a permanecer en calma. Decía que, sólo por si acaso, las fuerzas militares estaban siendo movilizadas.

Daba la sensación de que todo se movía a cámara lenta.

La impresión de que el mundo flotaba al borde de algo sin precedentes. Aguardando. Aguardando.

Ninguno de nosotros tres podía hacer nada respecto a todo eso. Lo único que estaba en nuestra mano era continuar moviéndonos y esperar a seguir con vida. Nos habíamos escondido en tiendas, librerías, en el colegio, aquí y allá.

A plena vista durante el día, a cubierto durante la noche.

-Traeré unos Munchies, -dijo Rachel cuando Jake y yo nos dejamos caer en las sillas de plástico barato de la zona de comida del centro comercial.

Jake estaba indescriptiblemente cansado. Había bolsas oscuras bajo sus ojos. Los ojos en sí mismos parecían haber cedido hacia dentro. Estaba asustado. Más que eso, incluso. Devastado. Marco había sido su amigo de toda la vida. Tom era su hermano.

-Espero que los animales estén bien, -dije. Jake no respondió.

-Quiero decir que seguro que mis padres cuidarán de ellos, -dije.

-Realmente no me necesitan. Vi los ojos de Jake parpadear. Miraba más allá de mí. Me giré. Un grupo de gente fue corriendo hacia la puerta de salida del centro comercial; sus voces se alzaban excitadas. Iban corriendo a ver algo.

-¿Qué pasa? –le pregunté.

-No lo sé.

-Se quedó mirando. No podía ver nada más aparte de mí, pero debía de haber percibido algo.

-¡Rachel! -gritó. Localicé a Rachel en el mostrador del Taco Bell. Había notado la nota de angustia en la voz de Jake. Agarró los burritos que estaba pagando y vino corriendo. La multitud de la puerta del centro comercial retrocedía corriendo, huyendo de algo. Rachel llegó a donde estábamos nosotros y todos echamos a correr.

-Rachel, tú conoces el centro comercial. ¿Dónde podemos escondernos? –la urgió Jake.

-En cualquiera de los almacenes. Umm, no, demasiada gente. –

Echó un vistazo frenéticamente.

-La tienda de muebles. Hay grandes armarios y esas cosas. Podemos meternos dentro.

Asustada como estaba, tenía que admirar a esta chica. Conocía el centro comercial. Echamos a correr. Pasamos el Express. Dejamos atrás una tienda de zapatos. La gente chillaba. Más adelante la gente salía corriendo de The Gap.

Entonces lo vimos. Debía ser medir más de dos metros de altura. Tenía una cola con cuchillas como las de un dinosaurio y grandes patas con garras a juego con esa impresión. Tenía cuchillas en los brazos, las piernas, la cabeza.

Era un monstruo de destrucción. Una criatura de pesadilla.

Y yo dije -Hork-Bajir.

Nadie preguntó cómo lo sabía. El andalita había usado la palabra en televisión. Y esto, lo supe en seguida, era un hork-bajir. Algunos más de esos monstruos salieron de The Gap.

Debería transformarme… ¿qué? ¿En qué estaba pensando? Detrás de nosotros, los hork-bajir entraban en los pasillos del centro comercial. No iban tras nosotros. Nos rodeaban a todos, formando a la gente en pequeños grupos y manteniéndolos vigilados.

-¿Qué hacemos? -sollocé.

-¡No podemos luchar contra esas cosas!

-Yo voy a intentarlo, -dijo Rachel con los dientes apretados. Señaló un arma en su cintura. Una de las pistolas de rayos que ella y Jake habían tomado. Estaba sonriendo. Vibraba con una energía mortal. Nos adentramos más aún en el centro comercial.

Los hork-bajir habían acorralado en una esquina a unos compradores, pero otros corrían presas del pánico. Uno llevaba un arma.

Disparó a un hork-bajir cercano. El Hork-Bajir le devolvió el tiro. El cuerpo del hombre emitió un chisporroteo y desapareció.

Rachel disparó. Al hork-bajir le pasó lo mismo que a su propia víctima.

-Arriba, por las escaleras, -dijo Rachel.

Corrimos por las escaleras mecánicas. Todavía funcionaban. Corrimos, saltando los escalones de dos en dos. Entonces, en el nivel más bajo, apareció un hork-bajir.

¡Saltó sobre nosotros! Jake intentó disparar, pero el monstruo estaba sobre él. Jake y el hork-bajir cayeron sobre Rachel y sobre mí. Rodamos, liados unos con otros, mientras los escalones que subían me golpeaban en la espalda.

¡Jake había perdido el arma! Rachel no, pero no podía conseguir un tiro limpio. Giré sobre mis talones, la ayudé a prepararse y grité

-¡Hazlo! Disparó.

¡TSEEEW!

El Hork-Bajir chisporroteó. Nos pusimos en pie y subimos por las escaleras mecánicas hasta el siguiente nivel.

¡Dos hork-bajir más!

¡Tseeeew!

Rachel disparó.

El hork-bajir disparó.

La escalera nos llevó contra uno de los monstruos cuando se estaba desintegrando. Era como agarrar una línea de alta tensión. Me dejó aturdida en el suelo. Rachel cayó cobre mí. Contemplé impotente cómo su arma se alejaba ruidosamente. La escalera nos dejó hechos un ovillo en el rellano. Jake se puso en pie.

El hork-bajir que quedaba se cernía sobre él. Jake parecía tan pequeño a su lado. Tan débil. No había nada que pudiera hacer. El monstruo iba a cogernos. A infestarnos. Nos llevaría al estanque yeerk, la oscura cueva, ese lugar infernal. Lo vi en mi mente… ¡pero en realidad nunca lo había visto!

-¿Por qué? -pregunté a la criatura que se alzaba sobre nosotros. No respondió. En su lugar, su cabeza se separó de sus hombros, golpeó la escalera y cayó rodando pesadamente hasta nosotros.

Las hojas de su frente se clavaron en el suelo. Se detuvo, mirándonos con una expresión indescifrable. El cuerpo cayó después. Pero al tiempo que caía, un delgado brazo con una mano de demasiados dedos le arrebataba la pistola de rayos de su mano sin vida. Miramos hacia arriba. Y ahí, sosteniendo el arma, estaba el centauro azul. El andalita.

Nos ignoró e hizo ademán de marcharse, pero tres hork-bajir más se abalanzaron sobre él. Sacudió la cola y el hork-bajir más cercano cayó. Pero los otros dos estaban demasiado cerca como para esquivarlos.

¡FLAP!

Se abrió una profunda herida en el costado del andalita. La mano que sujetaba el arma quedó colgando inerte. Jake se lanzó sobre ellos. Se deslizó por el pulido suelo de mármol bajo el asombroso andalita, tratando de agarrar el arma. Pero casi acaba pisado por los rápidos cascos del centauro y los grandes pies de tiranosaurio del hork-bajir.

Fue entonces cuando Rachel se coló tras uno de los hork-bajir. Cargaba con la cabeza: la cabeza armada del hork-bajir. La levantó en alto y la bajó con las hojas hacia afuera. Sepultó las hojas de la cabeza del hork-bajir en su camarada.

-¡Aaaaah! Jake cogió el arma del andalita, apuntó y disparó.

¡Tseew! El hork-bajir cayó, chiporroteando como en una freidora cuando desapareció.

<Gracias,>

dijo tranquilamente el andalita. Me incliné y vomité.

<Dame el arma, por favor>, exigió el alienígena.

-No lo creo, -le soltó Jake.

<Estoy intentando salvar a tu especie,> dijo el andalita. <Y me he percatado de que ya has perdido dos armas.>

¡Fwapp!

Chasqueó la cola como un látigo. Golpeó a Jake en la mano y tiró el arma al suelo. El andalita la recogió con su brazo bueno.

<Y ahora, una tercera. De nuevo, gracias>.

Dije -¡Ax! Ax… Axim. Ax…

-La palabra estaba ahí, en la punta de la lengua, pero no podía terminarla. Los ojos móviles de la criatura me observaron.

<¿Nos conocemos?>

-Sí, -dije. Me limpié el vómito de la boca con la manga.

-No aquí, no de esta forma. No sé cómo, pero de alguna forma, de algún modo sí, nos conocemos.

Miró detrás de él con un ojo móvil, levantó el arma y disparó sobre su hombro. Un hork-bajir vio cómo de pronto se desintegraba su brazo derecho y su hombro. La criatura se apoyó sobre la barandilla y cayó.

-¡Andalita! -gritó. El efecto de esa única palabra fue como una descarga. El hork-bajir bajo nosotros que no había visto la batalla de la segunda planta se olvidó inmediatamente de sus presas humanas.

<¿Estáis capacitados para correr sobre esas dos piernas?> preguntó escéptico el andalita.

-Chaval, -dijo Jake, -podemos volar con estas dos piernas.

<Debéis llevarme al tejado de esta estructura. Hay una ligera oportunidad de que podamos tener éxito.>

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Capítulo 27:

-Seguidme, -dije.

Los conduje a través del pasillo que llevaba al tejado. Ahora todos los malos nos seguían. Por las escaleras, por las escaleras mecánicas, incluso intentando saltar los cuatro o cinco metros de altura entre planta y planta. Y, afortunadamente, fallando en el intento.

¡Era una locura! No había manera de que lo consiguiéramos. Estábamos acabados. Estábamos muertos. Como Marco. Y, a pesar de todo, ¡el cuerpo me iba a cien! Era un disparate como nunca antes había visto. ¡Había ido a por un monstruo de más de dos metros y lo había tumbado! ¡Yo!

Las estrechas escaleras que teníamos delante estaban plagadas de lo que Cassie había llamado ‘hork-bajirs’.

El Andalita apuntó y disparó. Chico listo. Apuntó al grupo de las escaleras, no a la pareja que había alcanzado lo alto. Eso ralentizaría a los que vinieran y haría que la pareja que ya estaba arriba se sintiese aislada. Corrimos y los dejamos atrás.

-¡Allí! ¡En aquel vestíbulo! ¡A la derecha de Sam Goody!

¡Tseeeew! ¡Tseeew!

El escaparate de la tienda de CDs voló en pedazos. Atravesamos el vestíbulo, jadeando, corriendo,

las zapatillas chirriando sobre los azulejos. Bajamos, pasando los servicios, girando a la izquierda.

¡Tseew! ¡Tseeeew!

Sentí el calor. ¡Ja, ja! ¡Fallaste! Tres metros hasta la puerta. La golpeé con fuerza. Me eché atrás y arañé frenéticamente el pomo de la puerta.

-¡Está cerrada!

¡Fwapp!

La cola del andalita chasqueó. Una hendidura apareció en la hoja de la puerta de metal. Retrocedí y le di una patada. Se abrió. Dentro había una escalera de metal. Diez escalones y un rellano. Diez más y otro rellano. Diez más y estaríamos en la puerta que nos conduciría al exterior en el tejado.

-¡Ax, o como te llames, dispara a las escaleras! -gritó Jake.

El andalita dudó. No creo que le gustara que le dijeran qué debía hacer. Pero Jake llevaba razón. El alienígena se inclinó ligeramente hacia atrás y disparó hacia las escaleras.

¡Tseeeeeeeeeeeew!

Mantuvo el gatillo apretado hasta que el metal se retorció burbujeando y se desintegró. Tuve que retroceder para que no se me quemaran las cejas. Cuando volví a mirar, dos tramos de escalera habían desaparecido.

El andalita dijo, <Cuando salgamos, necesitaremos movernos deprisa y sin vacilar. Hay una nave. Vamos a tomarla.>

-¿Que qué? -le espeté.

<Seguidme.>

Abrimos la puerta y entramos en la azotea de grava. Y allí, a unos cuarenta y cinco metros, aproximadamente sobre las tiendas Williams-Sonoma y Eddie Bauer, se encontraba una nave negra que era todo bordes afilados.

Echamos a correr, con el andalita al frente. Había una rampa que conducía al interior de la nave. Cuarenta y cinco metros. Y ni un hork-bajir a la vista. Ni un guarda. Por supuesto que no, ¿por qué preocuparse? ¿Qué tipo de idiota iba a intentar correr directo hacia esa nave?

El tipo de idiota que éramos nosotros. Los cascos del andalita golpeaban la grava y nosotros le seguíamos de cerca. Pero algo estaba bajando por la rampa.

¡Tseeeew!

Ahora nada bajaba por la rampa. ¡Estábamos bajo la sombra de la nave! Pisamos la rampa. Salieron hork-bajir por encima de nosotros. ¡Y aún más! Nos apuntaban.

-¡Yaaahhh! -grité y me lancé a la carga.

Sentí el viento levantado por el brazo del hork-bajir cuando pasaba por delante de mí. No llegué a sentir la cuchilla de su muñeca. Fui a parar sobre el ondulante suelo de metal. Giré sobre mi costado. Vi luces brillantes y formas que se movían. El movimiento se hizo más lento…más lento… Hasta que todo desapareció.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Capítulo 28:

¡Rachel! -grité.

Cassie estaba chillando. Chillando como si nunca fuera a parar. Agarré a Cassie y tiré de ella hacia mí, arrastrándola conmigo. No podía mirar atrás. No podía ver lo que le había ocurrido a mi preciosa prima.

¡Tseeeew!

El andalita disparó una y otra vez. Vi una pistola de rayos en el suelo, agarrada por una mano muerta.

Hice palanca hasta soltarla. Iba de la mano de Cassie, tirando de ella.

¡Tseeew!

Sentí una sacudida en los dedos y tuve que soltar una mano que ya no estaba allí. Cassie chisporroteó y desapareció. Simplemente se evaporó. Miré al espacio vacío donde ella había estado. Miré mi mano. Y gemí. Un ruido extraño, los gemidos, como de un animal herido. Un sonido que ningún humano haría.

<¡Vamos!> espetó el andalita.

Me di cuenta de que ahora todo estaba en silencio. Los cuerpos de los hork-bajir estaban por todas partes. El aire olía a carne quemada. Seguí al andalita, tropezando a ciegas. Pasamos por pasillos oscuros, por hangares metálicos. Una compuerta se abrió, y por ella apareció la cabeza de un hork-bajir. La miré en estado de shock.

-¡Andalita! ¡Fwapp!

El andalita golpeó. Ahora me daba cuenta de que lo habían vuelto a herir. Se tambaleaba, sangrando copiosamente. Pero decidido.

<El puente. Tenemos que llegar al puente.>

Salimos del vestíbulo a un espacio abierto aún mayor. Había monitores que parecían colgar sin forma concreta, en el aire. Tres monstruosos ciempiés manejaban los controles. Y allí de pie, en medio de todo aquello, había otro andalita. Parecía mayor. Diferente.

El andalita llamado Ax se detuvo de golpe. Daba traspiés como un borracho.

<Visser Tres>, dijo. <Sí. Y tú debes ser el andalita que escapó del naufragio de la nave Cúpula. Muy emprendedor por tu parte.>

-Él es uno de los tuyos, -murmuré.

<No,> dijo el andalita. Sonaba cansado. <Las apariencias engañan.>

El andalita levantó el arma.

¡Fwapp!

La criatura llamada Visser Tres chasqueó su cola. El andalita bajó los ojos principales, sorprendido, hacia al muñón de su brazo. El andalita se encontraba entre Visser Tres y yo. Levanté mi propia arma… Visser Tres se lanzó. … y yo disparé.

¡Tseeew!

¡Fallé!

¡Fwapp!

Choqué contra el suelo. Pero entonces Cassie disparó.

¡Tseeeew!

¿Cassie?

La parte de arriba del cuerpo de Visser Tres chisporroteó y desapareció. La parte inferior de ciervo cayó sin vida.

-¡No, no, no!

-Era una voz que emanaba sarcasmo y desprecio. Pero a su vez parecía perpleja.

-¡Estaba muerta! ¡La chica estaba muerta! ¡Eso es injusto!

Cassie corrió hacia mí. Se arrodilló y me ayudó a ponerme en pie. El andalita me miró de manera extraña. Y más aún a Cassie.

-Se está quebrando, -dijo Cassie.

-¿El qué? Negó con la cabeza.

-No lo sé. Yo…Yo no sé cómo llamarlo. Pero se está cayendo a pedazos.

El andalita disparó tranquilamente a los tres ciempiés. Entonces caminó hacia los controles y segundos después el puente estaba sellado.

<Se las arreglarán para entrar. Pero los yeerks están excesivamente jerarquizados. Todas las órdenes deben venir desde el puente de mando. No tendrán mandos auxiliares.>

Abracé a Cassie y la estreché contra mí, incrédulo. La había visto morir. ¿No?

-¿Qué estamos haciendo? -le pregunté al andalita.

<Ahora mismo estoy emitiendo una petición de ayuda a todas y cada una de las unidades de la flota andalita.>

-¿Tu gente puede salvarnos?

<No,> dijo, <pero podrán salvar a tu gente. Lo único que podemos hacer es intentar que la llegada de la Flota Andalita sea menos peligrosa para ellos y por lo tanto más beneficiosa para tu especie.> –

¿Cómo vamos a hacer eso? El Andalita no respondió. En su lugar, ordenó aparecer un panel transparente. Estaba mirando la Tierra. Podía ver el continente norteamericano perfectamente. Habíamos despegado y volado hacia la órbita sin que hubiera notado cambio alguno. Pero ahora había un gorila. Estaba justo ahí, acuclillado, en una esquina.

-¡Oh, esto está muy mal! – se quejó de nuevo la enfadada y áspera voz que no provenía de ninguna parte.

-¡No tiene que pasar así!

-¿Qué es esa voz? -pregunté.

-¿Y qué está haciendo aquí un gorila?

<¿Gorila? ¿Soy un gorila? ¡Aaaah! ¡Soy un gorila!>

¿Marco? Era su voz. Venía directamente del gorila.

-Se está viniendo abajo rápidamente, -dijo Cassie, aún mirando extrañamente a su alrededor, como si nada de lo que estuviese viendo fuera real.

-¡Ax! ¿Qué es todo esto? Tú eres el alienígena, tío, ¿qué está pasando? El andalita hizo una pequeña mueca a esa pregunta. Entonces, obviamente reacio a admitir su ignorancia, dijo <No lo sé.>

Miró a Cassie con ambas antenas. <Quizá ella sí.>

-Es todo parte de esto, -dijo casi en una especie de susurro. -Se está deshaciendo.

<Ahí está. La nave-estanque yeerk>, anunció el andalita.

-¿Y ahora qué? –le pregunté. <Ahora voy a apuntar todas las armas que esta nave posee – y posee muchas y muy poderosas – y aniquilaré la nave-estanque y a todo yeerk que se encuentre en ella.>

<En cinco segundos…> <Cuatro…> <Tres…>

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Capítulo 29:

<Wo…>

-Oh, está bien, ¡está bien! -se quejó la voz sin cuerpo. –Es suficiente, suficiente.

Una cosa, un alienígena supongo, algo o alguien que parecía un espantoso dinosaurio pequeño con la piel como una pasa, apareció de la nada.

El andalita retrocedió de los controles, listo para disparar a este último enemigo. Abrió fuego. El rayo de energía cruzó la mitad de la distancia hasta el alienígena, pero entonces se congeló. Simplemente se detuvo en el aire.

-Ha sido la chica, ¿no? -dijo la criatura-pasa, poniendo en blanco los ojos rodeados de verde.

-Ella ha dañado el flujo del tiempo. Ahora apareció una segunda figura. Podría haber sido un pequeño anciano. Si ignorabas el hecho de que era como azulado. Y brillante. Tenía el presentimiento de que no era así en realidad, pero que esa era la apariencia que había adoptado. Esta criatura, el anciano, se echó a reír.

-No es tan fácil, ¿verdad, drode?

-Me has engañado, Ellimista, -le espetó el drode.

-Teníamos un trato, un intercambio. Se te permitía entrometerte en la línea temporal del Falla Kadrat, y nosotros, el maestro Crayak y yo, podíamos tentar a tu joven secuaz de aquí.

-Dirigió un dedo hacia mí.

-Yo he mantenido mi parte, -dijo el Ellimista.

-No he hecho nada para conducirlos a esta situación. La chica ha provocado una anomalía. Está atada a la realidad de manera sub-temporal. Os habéis descuidado.

-¡Es un monstruo de la naturaleza! -gritó el drode.

El Ellimista asintió. -Sí. Lo es.

Marco dijo, -¿Qué está pasando aquí? –

Ya no era un gorila.

-Estaba seguro de haber muerto, y luego soy un gorila.

-Oh, ya lo veo, ahora comprendo, -dijo el drode ignorando a Marco, ignorándonos a todos.

-Sutil como siempre, Ellimista. Tu intromisión tuvo lugar antes, ¿no? ¿Cómo pudimos no darnos cuenta? ¿El hermano de Elfangor? ¿Su hijo desplazado en el tiempo? ¿Esta anómala chica de aquí? ¿Y el hijo del huésped de Visser Uno? Un grupo de seis supuestos humanos al azar que incluye a esos cuatro. ¡Has amañado el juego!

-¿En serio? -rió el Ellimista. -Eso habría sido muy inteligente por mi parte.

El drode escupió las palabras con asco: -Sabías que la chica era una anomalía. Sabías que estaba anclada más allá de la línea temporal. Y sabías que en cualquier línea temporal alternativa que crease, su sola presencia podía hacer que se desestabilizase. Ella sabía desde el principio que la línea del tiempo se había desplazado. Lo sentía. Bien podría haberme dado entonces por vencido.

Asistí al repentino e inexplicable traslado de la madre. Bueno, ¡pensé que era un fallo en el sistema! Cuando sus manos se transformaron en tigre… Todas esos pequeños desafíos a la lógica y la secuencia temporal… A pesar de todo eso pensé que podría conseguirlo.”

Cassie intervino -¿Va a decirnos alguien qué está pasando aquí?

El Ellimista le guiñó un ojo. Y de repente, vivos, en la habitación con nosotros, estaban Rachel y ese chico, Tobias.

-¿Tiene esto más lógica ahora, Cassie? -preguntó el Ellimista.

Ella asintió. -Estos somos todos. Sólo que Tobías debería ser… Mientras miraba asombrado, Tobias parecía derretirse, cambiar, encoger. En segundos, había un halcón en su lugar.

-La mayoría de las criaturas pasan toda la vida en una única línea temporal, -dijo el Ellimista. -Como una persona atrapada en una habitación sellada. Ven sólo lo que hay dentro de esas cuatro paredes. Otras… como tú, Cassie, pueden ver tras esas paredes. Pueden ver otras habitaciones, como si las paredes fueran translúcidas. Sentiste el cambio. Sentiste que las cosas no estaban bien. Pudiste ver, sólo tenuemente, pero aún así pudiste ver a través de ellas. Pudiste ver lo que debería ser, a donde pertenecías, y sin saberlo conscientemente, te esforzaste por reparar lo que se había movido. Por reconstruir el tiempo como debería haber sido. Fuiste un virus en el software. Degradaste el sutil funcionamiento artificial de desplazamiento del tiempo del drode.

-No tengo ni idea de lo que estás hablando, -dijo Cassie.

-Te encontrabas en esta línea del tiempo, pero provenías de otra. Es una anomalía. Una imposibilidad. Una de las dos líneas temporales estaba condenada a fracasar. Te anclaste a la verdadera línea del tiempo. Y en consecuencia, esta línea comenzó a caerse a pedazos.

-Es un viejo tramposo, – le espetó el drode.

-¡Hay reglas, Ellimista!

-Sí. Y las he obedecido. Te he permitido crear esta línea temporal alternativa. Y en ella, estos humanos y este andalita han estado muy cerca de aniquilar para siempre la presencia yeerk en la Tierra. Has sido tú el que lo has suspendido. No yo. Puedes continuar con esta línea temporal, o permitir a estos jóvenes que vuelvan a su propio tiempo.

La cara del drode estaba retorcida por el odio.

-Crayak se hará con él. Estaba hablando de mí. Lo supe de repente. Supe quién era. Lo supe todo.

Era yo mismo otra vez. El líder de los Animorphs. Y junto con ese conocimiento recibí un mazazo de culpabilidad.

¡Todo había sido culpa mía!

Había flaqueado, había dicho que sí al drode. Me había rendido. Marco, Rachel, Cassie, Tobias, todos habían muerto – al menos en esta realidad – porque yo había flaqueado y aceptado la oferta del drode.

-Quizá, drode. Quizá Crayak le tenga algún día, -dijo el Ellimista. –Pero también es posible que él se haga con Crayak.

El drode desapareció. Y entonces nosotros seis, los Animorphs, nos reunimos ahí, en el puente de la nave Espada, con la casi todopoderosa criatura llamada El Ellimista.

-Al menos hemos ganado en esta línea del tiempo, -dije. Asintió con la cabeza.

“Sí. Pero todos podríais haber muerto. Y millones de humanos también, antes de la victoria.”

-Me rendí, -suspiré. -Me rendí.

-Has sido fuerte durante mucho tiempo, -dijo.

-No tendría por qué haberlo sido, -rugió Rachel enfadada.

–Ninguno de nosotros tendría por qué. Es suficiente. ¡Esto ha ido demasiado lejos!

Tobias intervino <No nunca lo haría. No lo habría hecho, ¿no? No podría haber ido siquiera a La Alianza. Eso fue un grave error. ¡De ninguna manera! >

-Por supuesto que no, -gruñó Rachel.

Dije, -Ellimista, ¿nos espera algo mejor en nuestra línea temporal? ¿Sucederá algo mejor allí? ¿Acabará al menos todo esto alguna vez?

El Ellimista me miró. Sólo a mí. Con tristeza, creo. Con lástima.

-Acabará, -dijo. -Acabará.

Quería preguntarle más, pero sabía que eso era todo lo que iba a conseguir.

-Entonces, ¿qué hacemos ahora? -preguntó Cassie.

El Ellimista tomó su mano y la sostuvo afectuosamente.

-¿Qué sucederá ahora? Sólo tú tendrás alguna vez algún vago recuerdo de toda esta realidad.

Cassie asintió, casi como si hubiera esperado que él dijera esas palabras.

-Pero nunca diré nada al respecto. Tobias no debe saber que habría sido un controlador voluntario. Y Jake no debe saber que alguna vez ha sido tan vulnerable como para aceptar un trato con el drode.

-Eres sabia, -dijo el Ellimista.

-Sí, y yo seguro que no quiero saber que bajo ciertas circunstancias saldría con Marco, -añadió Rachel.

-¿Cómo regresamos? –le pregunté.

-¿Cómo…?

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

Capítulo 30:Día cero

-Ayudadme. Tengo frío.

Otra batalla. Otra pesadilla. ¿Existiría algo capaz de pararlas? ¿Es que no había escapatoria? ¿Es que estaba atrapado, luchando y luchando sin cesar hasta que todos mis amigos fuesen cayendo uno a uno o nos volviésemos locos? Me tumbé en mi cama y me quedé mirando al techo. -Ayudadme. Por favor. Tengo frío. A la cueva, Cassie. ¿Y todo esto para qué? Para nada. Para retrasar a los yeerks, pero nunca poder ganar. Y algún día, finalmente, perderlo todo. ¿Es que no había escapatoria?

-Siempre hay una salida, Jake el Poderoso, -dijo una voz.

-Mi señor Crayak te ha tendido su mano omnipotente, Jake el Asesino de Yeerks. Jake la Herramienta del Ellimista.

Me incorporé. Conocía esa voz. El drode se detuvo junto a mi escritorio. No era muy grande. Se inclinaba hacia delante como uno de esos pequeños dinosaurios. Tenía unos ojos mezquinos y despiertos en su cabeza de aspecto humanoide.

Estaba todo arrugado, y de un color verde o más bien púrpura, pero tan oscuro que casi era negro. Su boca estaba rodeada de un color verdoso.

El drode era la criatura de Crayak, su emisario, su herramienta. Y Crayak era… era malvado. Un poder tan vasto, tan absoluto que sólo el Ellimista podía amenazarlo. Una lucha terrible: el bien y el mal midiéndose, limitándose el uno al otro, haciendo pactos que amenazaban la vida de sistemas solares enteros.

-Largo de aquí, -le dije al drode.

-Pero me has llamado.

-Vuelve con Crayak. Déjame en paz. El drode sonrió. Se irguió y se acercó a mí, hasta que su cara sólo se encontró a unos centímetros de la mía.

-Hay escapatoria, -susurró.

-Di las palabras y habrá terminado, Jake. Dilas, Jake, y jamás habrás pasado por el solar en obras. Di las palabras y no sabrás nada. No habrá peso sobre tus hombros. Dilas.

-Largo de aquí, -dije entre dientes.

-¿Cuánto tiempo más crees que podrá aguantar tu prima Rachel? Sabes que la oscuridad crece en ella. ¿Cuánto hasta que Tobias muera? Un pájaro, ¡es un pájaro! ¿Cómo va a ser feliz? ¿Cuánto hasta que Marco se vea forzado a destruir a su madre controladora? ¿Crees que podrá sobrevivir a eso? ¿Cuánto, Jake, hasta que mates a Tom? ¿Cómo serán tus pesadillas entonces Jake, el Asesino de Yeerks?

-Fuera de aquí. Vuelve a rastras bajo tu roca.

-Sucederá, Jake. Lo sabes. La cueva. Ese día llegará. Sabes lo que esa cueva significa. Sabes que sólo alberga la muerte. Cuando muera, cuando Cassie muera, será bajo tus órdenes, Jake. Me tapé la cara con las manos.

-Mi maestro Crayak te ofrece una salida. En su compasión, el Gran Crayak ha hecho un trato con ese memo entrometido del Ellimista. Crayak te liberará, Jake. Os liberará a todos. Todo será como habría sido su hubieras tomado otro camino de vuelta a casa. Volví a presenciar ese momento. En el centro comercial. Decidiendo si tomar el camino de regreso seguro, iluminado y sensato. O el que nos llevaría a través del solar en construcción, y hacia un encuentro que lo cambiaría todo. Deshacerlo. Deshacerlo todo. No más guerras. ¿No más dolor, ni miedo, ni culpa?

-Una simple palabra, Jake, -susurró el drode.

-No,… no, tres, mejor. Uno debe mostrar buenos modales. Tres palabras y nunca habrá sucedido. Tres palabras y no sabrás nada, sin poderes, sin responsabilidades.

-¿Cuáles son?

-Una es Crayak. Las otras, por favor.

Quería decir que no. Quería decirlo… Quería…

Abrí la boca para hablar.

“Bah, olvídalo. No importa”, dijo el drode enfadado.

[b]©2000 K.A. Applegate 2010 de la traducción de Nacho Benítez[/b]

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