#Crónicas elimistas (capítulo 5 al 24)

Traducido por: Álvaro Sanabria

 

Capítulo 5

Mi mente se focalizaba con fuerza, casi obsesivamente, en el CCC3 y su lanzamiento, pero los demás mostraban más interés en la Danza con el Alto Orbita Polar. Los polares eran Ketrans, por supuesto, como nosotros, pero posiblemente basados en una sociedad diferente. Y digo posiblemente porque solo nos reuníamos con ellos cada diecinueve años.

Naturalmente, contábamos con reportes de terceros provenientes de otros cristales con quienes se habían encontrado y que habían venido a nosotros para la Danza. Mismamente, el años pasado tuvimos la Danza con el Alto Cristal Ecuatorial Dos, nuestro cristal hermano, que se habían reunido con el Polar tan solo tres años antes.

Aun así, los informes de terceros que tenían tres años de antigüedad no era forma de estudiar una civilización. Y, en cualquier caso, algunas de las cosas que nos contaron los Dos sobre los polares eran algo extrañas.

Por ejemplo, se suponía que los polares estaban muy involucrados en la coloración de las púas. Supongo que, en sí misma, la idea no era mala, pero si un poquito rara. Es decir, tienes las púas con las que has nacido, ¿Por qué ibas a querer que fueran verdes o lo que fuera?

Pero más aún se decía que los polares habían avanzado grandes pasos en la cuestión de las comunicaciones atmosféricas. Desde luego, esto provocaría una brecha de proporciones épicas. Si alguien encontraba la forma de enviar ondas de señales a través de la radiación subyacente, podrían comunicarse de cristal a cristal. No seríamos ya un planeta de treinta y dos cristales independientes; estaríamos los treinta y dos unidos bajo una misma unired planetaria. ¡Podría jugar contra jugadores de cristales completamente diferentes!

Y podría perder contra gente a la que ni siquiera había visto.

Pero es posible que aquello fueran rumores. Una cosa es enviar electrones a través de un cristal y otra mucho más complicada hacerlo por el aire.

La Danza con el Alto Cristal de la Órbita Polar no duraría mucho, unas pocas horas a lo sumo. Ninguno de nosotros estaba dispuesto a sufrir el terrible esfuerzo de frenar nuestro impulso y volver a empezar. Así que, con mucha suerte contaríamos con tres horas en las que podríamos volar en libertad por entre la brecha. E, individualmente, dispondríamos de mucho menos tiempo.

Lo tenía programado desde antes, cuando aún quedaba mucho tiempo. Era joven. No podías esperar que los más ancianos quisieran volar en libertad durante media hora solo para un encuentro de diez minutos.

Toda la sociedad estaba nerviosa. ¿Yo? No tanto. Tenía otras cosas en mente.

Estaba cargando, planeando por la simulación unired del CCC3 por enésima vez, cuando escuché a alguien llamándome desde muy cerca. Abrí los ojos y me encontré con Aguella. Había acudido directamente a mi verga.

– Ellimista, ¿qué haces?

Parpadeé.

– ¿Qué?

– Es la hora. Que, ¿no te estás fijando en los contadores de tiempo? ¡Es la hora! La Danza.

– Oh, cierto- desencajé mis garras de carga y me asomé hacia el sur. El Polar había estado a la vista desde hacía un día, pero se había hecho más grande en las últimas horas. De hecho, mi primer pensamiento fue que nos cruzaríamos.

Aguella sonreía expectantemente, esperando algo. Aguardando a que me diera cuenta de algo. Fruncí el ceño y me concentré en el Polar. Y grité.

– ¡Ey!

Aguella asintió.

– Sep.

– Se han vuelto asimétricos. Mira ese nuevo crecimiento.- la esfera, o lo que debería ser una esfera, mostraba un bulto inconfundible. El bulto correspondía tan solo a una décima parte del diámetro, pero era demasiado grande como para ser tan solo un nuevo crecimiento en espera de ajustarse.

– No es asimétrico- dijo Aguella- O, al menos, ese no es el objetivo final, creo. Podría equivocarme, pero me parece entrever un patrón. No puedes verlos desde aquí, pero creo que intentan estirar la esfera en todas direcciones. Creo que ese bulto tiene un correlativo al otro lado.

– ¿Por qué iban a…?

– Una superficie sustentadora- dijo, triunfante- Los polares están construyendo una superficie sustentadora.

Por primera vez en siete días me olvidé por completo del CCC3. ¡Una superficie sustentadora! Eso era algo sacado de la ficción. No era nuevo el conocimiento de que una esfera fuera más difícil de mantener en el aire que una superficie sustentadora. Una superficie sustentadora puede volar en la brisa existente y, además, proporcionar elevación.

Era la respuesta de los utópicos a las máquinas. El acoplar máquinas a los cristales podría destruir la cohesión social, pero un diseño sustentador aún dependía de la elevación de la gente. Simplemente tendrían que elevar mucho menos peso. Una vez leí que una superficie sustentadora eficiente debía permitir que la mitad de la gente pudiera encontrarse en vuelo libre en cualquier momento.

– Sería tan fabuloso que lo hubieran conseguido- dijo Aguella, celosa- Me pregunto si lo deberíamos intentar.

– Quizá- dije dubitativamente. Recordé las imágenes del concilio de Sabios. La mayoría era tan vieja que se les arrastraba más que proporcionaban elevación. Juraría que mucho de ellos se habrían muerto de la impresión al ver la superficie sustentadora del Polar.

– Venga, vayámonos- instó.

Volamos: libres, rápidos y con fuerza. No había ni un momento que perder. Aguella, al ser hembra, era más rápida que yo, pero controló su impaciencia para que pudiera mantenerme a su altura. Cabalgué en su estela, justo detrás de ella. Y eso me proporcionaba la impresionante visión de ambas, la próxima superficie sustentadora y la misma Aguella. Tenía unas vainas adorables.

Céntrate, Toomin, pensé, no necesitas pensar en eso justo ahora.

¡Hormonas! ¡Estaba extendiendo hormonas para mí!

¿Para mí? No, imposible, Aguella podía tener al macho que quisiera. Era hermosa, bien torneada, tenaz, inteligente, divertida, hermosa, muy hermosa.

Tiene demasiadas cosas “hermosas”, me dije. Así que era verdad: Aguella estaba extendiendo hormonas. Y me encontraba indefenso en su estela.

Viré a la derecha, alejándome de la resaca. Aquello me ralentizó un poco, pero no pasaba nada. Cualquier cosa con tal de conseguir aire fresco.

Absorbí aire fresco pero ya era demasiado tarde. Mis púas se habrían erizado. ¿Cómo podía hacerme eso? ¡Era una camarada, una jugadora! Era un insulto y, con el viaje a punto, y la Danza y… era un golpe bajo, eso por descontado.

Debió percatarse de mi súbita salida sin gracia. Tenía que saber por qué lo había hecho. Fantástico, ahora se enfadaría conmigo, y no me encontraba, para nada, de humor para mostrarme diplomático y educado y fingirme alegre. Mi mente acababa de colapsar.

– Ya casi hemos llegado- dijo- ¡Mira!

– ¿Qué? ¿Mira qué?- grité.

– Ahí están los primeros polares, justo enfrente. Parecen de nuestra edad.

– Sí, bueno, no tenemos exactamente la misma edad, Aguella, ¿sabes?

Rió. Fue una risa perturbadora.

– Casi de la misma edad, Toomin… al menos físicamente. Ahora, mentalmente…- rió otra vez con una risa burlona, condesciende y, al mismo tiempo, terroríficamente profunda.

Tragué saliva e intenté no ver nada raro en el hecho de que hubiera usado mi nombre elegido en lugar de mi nombre de juego. Siempre me llamaba Ellimista. Nunca Toomin.

Oh, fantásticos. Simplemente fantástico.

Ignoré el chiste, su risa y, tanto como pude, las hormonas persistentes. Presté atención a los polares.

Había unos doscientos o trescientos en el aire, ocupando un irregular espacio de dos millas. Tan parecidos a como éramos los ecuatoriales. Como dos nubes destellantes de varices.

Miré atrás y vi mi propio cristal-hogar. Parecía muy desfasado ahora, y apagado, comparado con el radical diseño del Polar que ahora no dejaba lugar a dudas de su forma de superficie sustentadora. Me hizo adoptar una posición algo defensiva, supuse. Nuestro hogar era mayor, más antiguo, y de colores más bellos a mi parecer. Pero el Polar era el futuro, y eso escocía.

Analicé a los mismos polares; buscaba cualquier rastro de esas púas artificialmente coloreadas de las que había oído hablar, pero no se diferenciaban mucho de nosotros. Todos tenían “2, más 4 igual a 4 más 2 y ninguno mejor”, como solía decir mi antiguo padre: dos vainas, cuatro alas, cuatro ojos y dos brazos.

Aguella y yo nos decidimos por una pareja de polares que parecían ansiosos por encontrarse con nosotros. Tenían nuestra edad, una hembra y un macho. Uno contaba con bonitas pero naturales púas amarillas y ojos ocres. El otro resaltaba por sus alas inusualmente grandes. Tanto ellos como nosotros nos cruzamos y planeamos a una distancia prudencial.

– Esta es mi amiga, Doffnall- dije, presentando a Aguella por su nombre elegido- Y yo soy Toomin.

– Esta es mi amiga, Oxagast, y yo soy Menno- dijo el de las alas largas.

– Bien hallados- dijimos todos a la vez.

– ¡Tenéis una sonda de espacio profundo a punto de ser lanzada!- dijo de pronto Menno.

Y lo dijo al mismo tiempo que yo entonaba:

– ¡Estáis construyendo una superficie sustentadora!

Los cuatro nos reímos y, por fin, me sentí más a gusto. Su curiosidad era equiparable a la nuestra y nosotros contábamos, al menos, con algo de lo que alardear.

– Si, es el Cristal de Cartografía del Cuadrante Tres- dije y, luego, sin fingir modestia, añadí- Doffnal y yo somos parte de la tripulación.

– ¿De la tripulación esencial?- exigió saber Oxagast.

Aguella rió.

– No, lo siento, ninguno de los dos somos científicos. Solo somos un par de jugadores que tuvimos suerte.

Charlamos sobre el juego y sobre la posibilidad de crear una unired cristal a cristal.

Menno pareció querer decir algo, abrió la boca y la cerró después, forzando una sonrisa. La mirada abierta de Oxagast se nubló.

– Eso sería fantástico- dijo Oxagast suavemente.

Y, entonces, Aguella sacó el tema de la superficie de sustentación.

– ¿No se han opuesto a la idea los Sabios?- preguntó Aguella.

Los dos polares intercambiaron una mirada.

– Lo hicieron. Así que votamos.

– ¿Qué qué?

– Votamos. A cada uno de nosotros se nos permitió dar nuestra opinión, si o no, y luego sumamos los totales. El diseño de sustentación fue aprobado por un recuento del setenta y uno por ciento de los votos.

Aguella y yo debimos mostrarnos genuinamente anonadados.

Menno sonrió, asintiendo comprensivamente ante nuestras expresiones descompuestas.

– Hemos cambiado un poco nuestra sociedad.

– ¿Cambiado? ¿Por qué?

Menno hizo un ademán con la mano en dirección a su hogar.

– Porque era necesario. No podemos permitir que los Sabios entorpezcan el progreso. Se acercan cambios. Cambios grandes. Es la gente quien decide ahora. Nos quedan solo dos años para completar la superficie de sustentación. Nuestras vidas no volverán a ser las mismas.

– No, supongo que no- dije. ¿Estaba molesto, celoso o ambas cosas? Desde luego, lo que estaba era anonadado. Tanta información nueva.

Oxagast parecía menos entusiasta que su amigo Menno.

– La idea es que, una vez la superficie sustentadora sea operativa, la gente tendrá tanto tiempo libre que podremos realizar grandes avances. Esas es la idea, en cualquier caso.

– Y lo haremos, claro que sí- dijo Menno- ¿Ese CCC3 es vuestro? No os ofendáis, pero es solo un juguete comparado con lo que construiremos. El Alto Orbita Polar encabezará la marcha y los otros nos seguirán. Para cuando regreséis del Cuadrante Tres, las cosas serán muy diferentes.

– Diferente no siempre es sinónimo de mejor- murmuré. Pensaba en los Pangabans.

Pero Menno se revolvió.

– ¿Eres un jugador y temes lo cambios? ¿A qué juegos jugáis vosotros los ecuatorianos? Cualquier juego que merezca la pena jugar tiene su base en el control. Gracias a las votaciones y a los otros cambios que están por llegar, dejaremos de ser piezas de juego, de movernos aquí y allá al son de los Sabios. Todos nos convertiremos en Sabios. Seremos los jugadores en lugar de las piezas.

– En cualquier escenario de juego hay un equilibrio entre el cambio y la estabilidad- repliqué- El juego… al menos tal y como lo jugamos nosotros… versa sobre realizar el más leve, menos intrusivo, cambio. Y alcanzar el resultado deseado.

– Más o menos como nosotros- coincidió Oxagast- Solo que últimamente algunos jugadores- inclinó la cabeza en dirección a Menno- algunos jugadores quieren cambiar las reglas.

– Nos llamamos a nosotros mismos los Intrusos.- dijo Menno con una risa autosuficiente- Nos hemos vuelto un tanto radicales. ¿Por qué quedarnos en el minimalismo? ¿Por qué cambios minúsculos? ¿Por qué no introducirnos en el juego, meternos directamente en la acción, y tomar el control? ¿Sabes a lo que me refiero? ¿Por qué el jugador tiene que ser invisible al juego? ¡Intruso!

Vi el contador de tiempo. Hora de regresar. Muy poco tiempo y, aun así, me sentí aliviado.

– Bien hallados- dije, quizá con demasiada prisa.

Aguella y Oxagast repitieron la despedida. Pero Menno sostuvo mi mirada con crudeza y dijo:

– No temas los cambios, ecuatoriano. Ya llegan, lo quieras o no.- a continuación, para mi entera sorpresa, dio una palmada y gritó una solitaria palabra- ¡Intruso!- ni un saludo ni una despedida, era una creencia. Un desafío.

Aguella dijo muy poco durante el encuentro, pero en el camino de vuelta apenas podía callarse.

– Tiene razón- dijo- ¡Mira lo que han conseguido! Una superficie sustentadora. ¿Por qué? Porque han cambiado las reglas, ¿verdad? Y lo mismo con el juego, cambian las reglas.

– Se, bien, tampoco es que dijera que ganara muchos juegos- señalé.

– Quizá algún día podamos jugar contra él- dijo Aguella.

– Quizá más pronto de lo que imaginas- dije, recordando las extrañas y restringidas miradas de los polares cuando mencioné la comunicación cristal a cristal.

¿Habían resuelto el problema los polares? Eso supondría una auténtica revolución, mucho más profunda que la destitución del gobierno de los Sabios.

Obviamente, la transmisión no serviría de nada hasta que el resto de cristales no obtuvieran los receptores. Al contrario, no serían sino voces clamando al viento, sordas.

Así pensaba y me conforté a mí mismo con esa ilusión.

Capítulo 6

Al día siguiente, después de que el Alto Orbita Polar desapareciera de la vista, subí a bordo del CCC3 por primera vez.

Por un lado existen los simuladores y, por otro, está la realidad. Y dejad que os diga que no hay ni un solo simulador, por muy bueno que sea, capaz de emular la realidad. El problema con los simuladores es que sabes que es un simulador. Y la realidad, en cambio, bueno, es real.

Lackofa, como mi mentor, actuó en calidad de guía.

Aguella, al haber sido escogida a la manera usual, no contaba con mentor, y aquello venía acompañado de ventajas y desventajas.

La desventaja era que no contaba con nadie al que acudir en caso de duda. Por lo que se mantenía pegada a mí, lo que era perfecto. La ventaja estribaba en que no tenía que preocuparse por decepcionar a su mentor.

Las palabras de bienvenida de Lackofa habían sido:

– Solo intenta no parecer un completo idiota, ¿vale? Es todo lo que te pido.

El CCC3 se había construido conforme a un patrón medianamente estándar. Era un cristal cultivado en un único tono, más bien ovoide en vez de esférico. Los muelles daban cabida a unos ciento cuatro tripulantes… esenciales y supernumerarios. Pero, obviamente, nadie lo elevaba. Podíamos elevarlo si ese movimiento tan familiar nos hacía sentir más cómodos, pero la elevación era irrelevante, innecesaria. Un pequeño bocado, supongo, de lo que sería contar con una superficie sustentadora.

El CCC3 existía dentro de un campo de fuera que contenía una atmósfera y podía, o eso esperábamos, desviar la mayoría de la basura espacial. Si el escudo de fuerza caía nos quedaríamos sin atmósfera. El sistema de emergencia lo constituía una mezcolanza de tuberías enterradas en las vergas y los mástiles que transportaban aire respirable a cada muelle.

– Simplemente tienes que sacar el tubo de extensión del collar, así- demostró Lackofa- y colocarlo sobre tu orificio de aire, así. Luego, respiras con normalidad hasta que se vuelve a levantar el campo de fuerza, o hasta que te mueras por congelación, lo que llegue antes.

– ¿Y qué pasa si no estamos en el muelle?- preguntó Aguella- ¿Qué pasa si estamos en uno de los posaderos?

– Hay un acceso de emergencia ahí- dijo Lackofa- Buena pregunta. Piensas mirando adelante.

Aquello provocó que mis ojos se ensancharan un poco. ¿Buscaba Lackofa un cara a cara con Aguella? No estaba hormonando, ¿verdad? No, lo hubiera notado.

Alejé el recuerdo de la sensación por mis tomas de aire y ahuequé mis alas para dejarlo atrás. No funcionó. Los demás chicos te previenen contra ser hormonado; pero lo que no dicen es cuánto duran los efectos.

– ¿Y qué pasa si estamos volando en medio del espacio Zero cuando el campo de fuerza cae?- pregunté.

Lackofa me granjeó una sonrisa marchita.

– Saldríamos de golpe del espacio Zero y apareceríamos de regreso en el espacio normal, donde puedes o bien respirar a través del tubo o congelarte hasta morir. Oh, y para que lo sepáis, es difícil volar en el vacío. Así que si perdemos la atmosfera querréis estar en el muelle.

Tuve una visión de mí mismo aleteando, indefenso, fútilmente en el espacio, mientras el CCC3 se alejaba zigzagueando hasta alguna estrella lejana.

Bueno, nadie dijo que los viajes espaciales fueran seguros. La Generación 9561 reivindicaba que había perdido a casi el diez por ciento de la Generación 9547, los primeros generativistas en probar el viaje espacial, y un seis por ciento de la Generación 9548. Incluso hasta la reciente Generación 9558, siguieron perdiendo un número substancial en accidentes de espacio.

Y, ahora, otra vez, los generativistas individuales morían con relativa facilidad. Era gajes del oficio. Las formas de vida corporativas no luchaban mucho por sus miembros intercambiables.

– Seguidme y no os separéis, ni toquéis nada- instruyó Lackofa. Ascendió y nos colocamos tras él. Arriba y arriba a través de las bizantinas vergas desconocidas, junto a los muelles, algunos de los cuales aún estaban en proceso de instalación y pulido.

Nos condujo hasta un asidero como ningún otro que hubiera visto… ni siquiera en el simulador. Era como un tazón puntiagudo de, quizá, unos quinientos pies de diámetro, lleno de luces parpadeantes, lecturas y pantallas de video. Todo ello construido en metal y filamentos de carbón y cristales planos. Era bastante claustrofóbico con toda esa opacidad cerniéndose sobre ti.

– ¿Qué es esto?- pregunté- ¡No está en el simulador!

– No- dijo Lackofa- Este es el centro de mando del sistema de emergencia. En caso de daño catastrófico al corazón del cristal, estas máquinas pueden usarse para seguir haciendo volar la nave.

– ¿Cómo?

– Esta unidad cuenta con alimentación propia. No lo podéis ver, pero tiene sus propias máquinas y genera su propio campo de fuerza. En caso de daño catastrófico al mismo cristal, esta vaina puede desengancharse, liberarse, y seguir volando.

– Sin… sin la mayor parte de la tripulación- dije, negándome a creer algo tan monstruoso.- Y no está en el simulador.

Los ojos de Lackofa se endurecieron.

– No, no está en el simulador. Y tampoco estará en la unired. Debéis entender algo: esto ya no es como vuestra antigua vida. Este viaje es algo más que una inocente excursión científica. Y no es, para nada, un juego.

Su tono me provocó un escalofrío. Aguella y yo intercambiamos miradas significativas.

Manteníamos posiciones a las afueras del oscurecido asidero de bordes afilados. Flotábamos por encima de nuestro cristal-hogar, dentro del aire del hogar. Pero, de pronto, comprendí que habíamos cruzado una frontera.

– ¿Qué hay ahí fuera?- pregunté a Lackofa.

Negó lentamente.

– No estamos seguros. Pero hace dos años, una nave de origen desconocido surgió del espacio Zero a un millón de millas de nosotros y encendió nuestras sensores orbitales. Las vainas se sueltan cada seis meses, como bien sabéis, para prolongar la vida de los sensores. Pero, por suerte, descubrimos la nave dos meses antes de que emergiera. Enviamos un drone a interceptarla y analizarla. El drone nunca volvió. Dos meses después obtuvimos la respuesta de otra vaina sensorial. La nave alienígena había disparado contra nuestro drone y lo había destruido usando algún tipo de arma de rayos de alta energía. No obtuvimos señales de vida de dentro de la nave. Estaba programada para defenderse a sí misma, supongo. Modificamos un drone con un campo de fuerza defensivo y maquinaria más rápida y lo enviamos de vuelta a la nave alienígena.

En esta ocasión fuimos afortunados. La nave alienígena disparó al drone, pero antes de que pudiera ajustar su sistema de defensa, el drone se pegó a la nave alienígena y comenzó a drenar los datos del ordenador.

Solo hubo un problema: cuando el drone se desenganchó para reingresar, la nave disparó otra vez y dañó el drone. Lo recuperamos, pero solo conseguimos salvar parte de los datos.

– ¿Cuánto conocemos?- exigió saber Aguella.

Lackofa titubeó. Y, luego…

– Los dos tenéis que comprender esto claramente: nada de esto debe hacerse público a la gente. Lo digo bajo pena de clausura.- Y lo repitió, deliberadamente, una vez más -Bajo pena de clausura.

Aquello me descolocó. ¿Clausura? ¿Por revelar un secreto? ¿Me obligarían a abandonar el muelle? ¿Me mandarían a volar en libertad hasta que muriera de inanición y soledad y, finalmente, me precipitara hacia los campos de lava de abajo?

– Todas las razas alienígenas con las que nos hemos topado fueron benignas- dijo Lackofa- Pero esta raza, la raza que construyó la nave fantasma, no. La evidencia estaba en que respondían con extrema violencia a la más mínima provocación. Extrema violencia. Se llaman a sí mismos capasianos. Puesto que la nave emergió del Cuadrante Tres, asumimos que el planeta Capasin se encontraba allí. La misión del CCC3 es contactar con esa raza e intentar alcanzar un acuerdo de paz.

– ¿Y qué pasa si los capasianos no quieren la paz?- preguntó Aguella.

Lackofa sonrió.

– Entonces solo podremos esperar volver a casa con la suficiente información como para poder enfrentarnos al desafío. Una cosa sí sabemos: los capasianos no saben que existimos. Si nos topamos con ellos mantendremos nuestra localización estrictamente en secreto. A veces -Añadió pensativamente -Las cosas que parecen problemáticas son, en realidad, bendiciones disfrazadas.

– ¿De qué estás hablando?

– El planeta-hogar de la Generación 9561 tiene tan poca radiación subyacente que se comunican de continuo mediante transmisiones y recepciones de ondas de radio. Y, como sabéis, esas ondas se propagan.- hizo un ademán con la mano en dirección al cielo, vagamente- Ondas generativistas que se extienden sin final por el espacio. ¿Quién sabe quién podría captarlas y, quizá, comprender esas transmisiones? Quién sabe qué atenciones estará ahora atrayendo los generativistas. Por otro lado, nosotros permanecemos invisibles a la galaxia. Quizá no sea tan mala cosa.

Capítulo 7

En tres semanas sabía realmente de MCQ3 tanto como del simulador. Conocía cada mástil, cada verga, cada perca, cada sistema de apoyo. Incluso conocía los motores así como cualquiera sabe de un motor de espacio Z.

Había conocido a muchos miembros de la tripulación, esenciales y no. Había sido presentado a tres de los Sabios que estaban comandando. Él era un severo anciano que lograba gruñirme indiferentemente antes de volver a su trabajo.

Pasé cada vuelo libre en el buque. Y mi tiempo de vuelo libre había triplicado. (Estabamos ha días de distancia de aterrizar y ya había sido desechado como factor de elevación.)

Tenía poco tiempo para jugar y temo que Inidar lo tomó a mal. Nuestra vieja relación era tensa. No sólo porque no podía jugar, pero también debido al por qué no podía.

Seguíamos intercambiando memms, hablando de programar juegos, pero nunca pasaban.

En cambio, vi a Aguella. Seguía esperando que me hormonara de nuevo, pero para mi alivio nunca pasó. Demasiado aliviado. Aunque me preguntaba por qué no. Había hecho algo mal? Era la forma en que había reaccionado? Básicamente como un crio en pánico?

No importaba. No había lugar para ese tipo de cosas en una peligrosa misión de importancia vital en el espacio.

Sólo me hubiera gustado saber por qué, es todo. Y tuve una pista cuando los dos asistimos a la instalación de los últimos muelles.

Estábamos los dos y una mujer con el nombre escogido de Jicklet. Jicklet era de la tripulación esencial- técnica quinta. Sabía lo que hacía pero a diferencia de la mayoría de las personas expertas, ella no estaba impaciente por nuestra relativa estupidez. “Es el punto de la tripulación no esencial,” explicó apretando un collar hasta que el adhesivo rebasó. “Están aquí para aprender un poco de todo. De esa forma siempre tendremos un apoyo. Bien, ahora tú, Toomik, usa la sierra de araña para quitar el exceso de pegamento.”

“Es Toomin.”

“Sí, como digas, Toomid. Cuidadosamente. Deja una gota.”

Rebané el adhesivo ya a medio secar, cuidadosamente dejando una gota de ocho pulgadas. Era menos exitoso tazando los excesos de rizado en Ia fosa de decantación.

“Tienes que tener cuidado de no derramar nada,” dijo Jicklet. “Estamos encima de los motores. No quieres estar abajo quemando entre los capullos. Ahí está. Buen trabajo.

Ahora limpialo y dame un llamado cuando estés listo para que lo revise.”

Azotó el ala y se elevó hacia el otro par de principiantes que supervisaba. Aguella y yo compartimos una mirada de alivio porque se había ido.

Y entonces el Cristal Alto Ecuatorial se destrozó.

Un martillo golpeó en mi cabeza. Alas se golpeaban de vuelta por el golpe. Vueltas, Fuego, fuego en todas partes!

Un segundo antes estaba trabajando y sonriendo con Aguella, y en los instantes siguientes mis oídos sangraban, mis ojos están inundados. Mi mente era un desastre de pedazos entrecortados. Qué estaba pasando?

Fui cortado en una docena de lugares por fragmentos disparados. Un fragmento de cristal de seis pulgadas estaba incrustado en mi vaina izquierda. Lo extraje, gritando y llorando y cayendo en el aire mientras lo hacía. Qué estaba pasando?

Aguella — dónde estaba? Nada de lo que veía tenía sentidos. Escombros seguían volando alrededor mio, cayendo ahora pero girando y rodando al caer.

El MCQ3 seguía retenido a la estación. Dónde estaba Aguella?

“Aguella! Aguella!”

Esuché un gemido, apenas audible zumbó en mis oídos. Miré y la vi. Estaba usando sus talones para adherirse a un pedazo de verga sin pulir.

Y entonces pasó de nuevo. Y esta vez lo ví. Vi a mi amiga, cerca de estar embotada, sangre naranja salía de su cabeza. Pero más allá de ella, encima del MCQ3, a través de los mástiles y disperso vi los cilindros rastrillados, el mástil arqueado, los puntos de daga de una nave alienigena. Navegaba lentamente a través de la atmósfera, tomando tiempo. Nada como una nave Generacional o Illaman. Nada como lo que había visto o imaginado. Parecía rodear lentamente nuestra casa de cristal, mirando, esperando y luego disparó de nuevo.

Un rayo de energía, pálida roja. El rayo se lanzó hacia el corazón de mi casa de cristal, mi pobre y destrozado hogar. En ese momento esperaba el golpe cuando el cristal sobrecalentado explotó.

Mi mundo se desplomó y derrumbó. Estaba en dos piezas. Un fragmento igual a un tercio del hilado caía en espiral. Las alas golpeaban frenéticamente pero el balance se había perdido. Y muchas alas nunca se batirían de nuevo.

El remanente del alto ecuatorial del cristal estaba roto y en llamas. Se desprendía. Áspero e irregular. Pero se mantenía en pie. Podía ver a miles de mis hermanos y hermanas, todos tensos, todos levantando juntos. Pilotos libres se precipitaban para acoplarse en cualquier lugar que pudieran, en cualquier lugar para alzarla.

Pero la nave alíenigena no había acabado con su trabajo. Esta vez no hubo un rayo. Esta vez lanzó una nube de dardos. Pequeños, tan pequeños que apenas podían verse a simple vista, millones de dardos trituradores de metal. El sonido era como el de un volcán estallando. Los dardos se dispersaron por cinco segundos, nada más, pero después cada Ketran sin proteger quedó destrozado.

Todo el cristal había quedado inmerso en sangre. La sangre empezó a caer. El cristal en sí empezó a caer. En picada, abajo y ganando velocidad sin que quedara nadie para sostenerlo por más tiempo. Tomaría mucho tiempo para caer trescientas millas.

Capítulo 8

“Aguella!” Aleteé hacia ella. Estaba conciente pero apenas.

“Atraquen ahora! Atraquen ahora!” una voz gritó. “Estamos encendiendo!”

Escuche el débil gemido de los motores calentando. Tome a Aguella tan buen como pude; sus alas se batían débilmente, La tomé y la conduje hasta el muelle más cercano. El muelle en el que habíamos terminado instalándonos. Presioné su espalda contra él.

“Sujetate! Escuchame: Sujetate!”

Asintió, sus ojos se movían. Vi su mejilla apretada. Estaba aferrada. Ahora era mi turno. El muelle más cercano estaba a cincuenta pies.

El alienigena nos había detectado. Al principio debimos parecer como una parte del cristal. Pero ahora podía ver que seguíamos volando, que nos auto conteníamos. Y sin embargo, no tenía apuro. Por qué debería tenerlo? Habíamos sido incapaces de resistir.Estábamosos indefensos.

La nave alienígena flotó perezosamente alrededor, apuntando su puñal contra nosotros. Con los dedos entumecidos tomé el muelle, torcí, alinee y luego el alienígena disparó.

El rayo en esta ocasión era mortalmente preciso. Nos dio en el centro.

Pero el campo de fuerza había sido incrementado por alguien que había pensado más claro que yo. El rayo rojo iluminó y un disco de brillante luz apareció en los límites del campo de fuerza.

El alienígena se desvió. Estaba en la unired de la nave ahora, colgado,capaz de ver las lecturas de los motores. Con noventa y cinco por ciento de energía podían ser activados. Teníamos sesenta y cinco por ciento.

Todos los que conocía estaban muertos. Mi padre y madre, muertos. Inidar estaba muerto. Wormer, muerto. Miré hacia abajo y la vi, mi hogar, un destello brillante todavía alejado. Cuánto tardaba en caer trescientas millas? Cuánto hasta que golpeara los campos de lava, estropeado y se destruyera su existencia?

La nave alienígena revoloteaba. Parecía curiosa. Interesada. Como un científico estudiando un nuevo microbio bajo sus lentes.

Entonces un nuevo artificio, una nave, una versión con alas de la nave madre se desprendió de su centro. Floto un poco más cerca, sondeando alrededor nuestro, sintiendo el campo de fuerza. Se detuvo. La lectura del motor estaba en ochenta por ciento.

La pequeña nave avanzó, lentamente. Presionó contra el campo, empujó.

El campo aumentó. Ochenta y cuatro por ciento. Podía ver una forma, una forma entre una ventana transparente al frente de la pequeña nave. No estaba a más de veinte yardas. Podía verle,él podía verme. Se había vuelto íntimo ahora, personal.

La pequeña nave empezó a iluminarse, como si se calentará por dentro. Brillaba más y más hasta que la luz hizo que ardieran mis ojos.

“Va a llegar,” Dije.

No teníamos nada. Ningún arma. Sabía de armas en abstracto, qué jugador no lo sabe? Además, sabíamos que las naves Generacionales estaban fuertemente armadas. Pero nosotros no teníamos ninguna. Nunca habíamos tenido una.

La nariz de la nave golpeó el campo de fuerza. Lentamente estaba llegando. Estaba absorbiendo y desviando el campo de fuerza y estaba lentamente llegando, pero era más rápido que la barra azul y los números de lectura del motor. Habría llegado antes de poder escapar. Una vez un agujero estuviera abierto, la nube de dardos.

Nada. Ningún arma. Herramientas de mano. Los rastreadores y anotadores que había usado para . . .

Anotar. Anotar y marcar!

Era absurdo. Una movida perdedora. El tipo de movida estúpida que haría que otros jugadores se burlaran.

El único movimiento que tenía.

Me desacoplé. Volé hasta un punto al descubierto. Estaba seco, embotado por el botón de seguridad habitual.

Cuánto peso podría cargar? Debía saber lo que una sección de la parte final de la verga pesaría, debía saberlo pero no lo sabía y no había tiempo ahora.

Adiviné. Seis pies. Podía llevar ello. Floté por el final de la vergay revoloteé, casi perdiendo mi cuchillo de puntuación. Empecé a cortar un anillo alrededor del grueso pie de cristal. Cortar. Cortar. No te preocupes de contener las astillas.

La marca vino completa alrededor. Volé de vuelta y aterricé justo en la verga. Se rompió en seco. Limpio. No era un corte profesional pero servía.

Envolví mis brazos alrededor y tomé el peso. No era mucho, podía levantarlo. Pero era raro, difícil de girar.

Lo plegué bajo mi brazo en un lado, tuve un leve apoyo con un talón y golpeé el ala.

Volé recto hacia la pequeña nave. Más rápido, tan rápido como podía volar, sin consideración, no había tiempo para preguntarse cómo sobreviviría al impacto. Como si se hubiera ralentizado la cara en la ventana dio la vuelta. Sólo tenía dos ojos, ambos mirando adelante.

Azules. Casi bellos. Los ojos azules me miraban y luego se ampliaron. Qué era esa emoción alienígena? Temor? Burla? Asombro?

La luz era cegadora, apenas podía mantener los ojos abiertos, nada más que esos ojos azules observándome.

Golpeé. El punto de la verga se deslizó en la hoja de metal, penetró un pie, luego se detuvo. Tiró de vuelta. Se liberó.

Caí, tomé el peso completo y esta vez apunte directamente a la tripulación alienígena.

De nuevo la punta de lanza se detuvo en seco.

Pero ahora el brillo estaba apagándose. El zumbido eléctrico de campos de energía esta debilitándose.

Altura, idiota, usa la gravedad, gritó una voz en mi cabeza. Por supuesto!

Golpeé con las alas para ganar altitud. Arriba, arriba, los ojos azules me siguieron, todavía sobre mí, más curiosos que malvados.

Veinte metros arriba. Ahora! Caí. Mis alas batían el aire y caí, bajo el punto de lanza.

La lanza golpeó la nave alienígena justo en la cabina. El cristal penetró. No hubo ninguna explosión. Nada dramático. Pero cuando libere la verga y dejé que el impulso me llevara a la ventana, vi que el alienígena estaba mirando sin ninguna expresión.

El punto de lanza penetró la cabina y su larga cabeza.

En ese momento, con la nave alienígena mitad adentro, mitad afuera del campo de fuerza del MCQ3 nuestros motores finalmente se sacudieron.

Por un confuso y terrible momento el universo colapsó alrededor mío. Y un momento después estaba flotando sin la sensación de velocidad a través de la nada blancuzca del espacio Zero.

La pequeña nave alienígena seguía con nosotros. El alienígena que había destruido seguía observando con sus bellos ojos azules.

Capítulo 9

Emergimos casi inmediatamente de Espacio Zero. Sólo uno de las naves sabias había sido abordadas al momento del ataque. Apareció vía uninet. Lo había encontrado brevemente. Su nombre actual era Vista Amplia. Era un nombre apropiado para su rol. Un nombre sabio.

“Es claro que Ket está bajo ataque por una especie alienígena de origen desconocido. Estamos calculando una trayectoria de regreso y esperando poner esta nave a disposición de alguna de las casas de cristal. Tal vez seamos de ayuda, aunque sin armas. . .”

Las plumas de Vista amplia cayeron y bajó sus ojos. Era muy viejo. Esperaba que fuese sabio. Quería creer que lo era. Pero parecía no saber que teníamos una nave alienígena al alcance.

La tripulación no esencial no señala a un sabio. No se hacía. Especialmente en medio de una crisis. Pero estaba demasiado consternado como para preocuparme por reglas sociales.

Dirigí una señal pasiva. Podía ignorarla si lo decidía.

Pero fui gratificado (y alentado) al ver que Vista amplia respondía abriendo inmediatamente con nosotros. Su cabeza se sacudió y parecía verme fijamente.

“Sigue con nostros?”

“Sí, Sabio,” Repliqué. “Está atrapado dentro de nuestro campo de fuerza. O en mitad dentro, mitad afuera.”

No era alentador darse cuenta que las personas a cargo no tenían idea de lo que pasaba aquí en el motor tres. No tenían idea que el campo de fuerza estaba comprometido.

El MCQ3 había sido capturado, más desprevenido de lo que imaginaba.

Di una breve señal con la descripción de lo que había pasado.

La reacción fue inmediato. Había una ráfaga de naves y una media docena de personas me enfocaron, apuntando a la nave alienígena. Lackofa era uno de ellos.

Pausó y gritó, “Bien, ven, héroe. Lo mataste.”

Era un típico golpe/bofetada ambiguo de Lackofa. Pero dio más dolor que alivio. Había matado. Era la segunda de cinco leyes: No tomar vida sensible. Segunda en importancia sólo debajo de una: Levantarse por todo.

Mire de vuelta a Aguella. Estaba con vida. Pero sin condiciones de unirseme. Un largo periodo de descanso, era lo que necesitaba. Estaría bien. Estaría bien.

Tenía que estar bien. Su supervivencia se había vuelto vital para mí. Tenía que vivir. Nadie más.

Atraque y volé para alcanzar a Lackofa. Jicklet estaba con él. Siete de nosotros revoloteó ante la nariz de la nave, nerviosos, asustados, inseguros de cómo actuar.

“Es un contenedor,” alguien dijo. “Todo lo que importa estará dentro. Tenemos que entrar.”

Desde luego la palabra “adentro” nos llenaba de temor, aunque hubiéramos sobrevivido a algo peor que el encierro.

“La hoja de metal es delgada,” Dijo Jicklet. “Si no fuera así la punta de la verga no habría penetrado. Pero ves? Hay cables y otros tipos de conductos primitivos corriendo a través de la piel. Puedo pelar el metal lo suficiente. El cable tomará un poco más si vamos a salvar lo que esté dentro. Y si quieres que abra la escotilla, bien. primero tendré que trazar cada cable.”Esperaba una respuesta. Ordenes. Se me ocurrió que nadie tenía una idea clara de quién, si había alguien, estaba a cargo.

Finalmente Lackofa dijo, “Preserva la función de la nave alienígena. Pero apurate. Danos una apertura.”Jicklet se puso a trabajar y otros dos se unieron en su ayuda. Eran técnicos experimentados, Lackofa y yo, los miembros restantes de nuestro extraño equipo de rescate no lo eramos. Lackofa me miró más preocupado de lo que le había visto. No necesitaba ninguna ayuda para sentirme grave.

El recuerdo de mi hogar cayendo, llevando una niebla de sangre Ketran detrás seguía fresca. Siempre lo estaría.

Podía ver al alienígena muy bien ahora. Sus ojos sin párpados se estaban oscureciendo. Como si un pigmento azul más oscuro se estuviera filtrando por el iris. Su cabeza era bulbosa, grande para nuestros estándares. No tenía alas. Tenía un pico por boca, penetrante, caído, dándole una expresión triste y decepcionada. Un gran número de brazos largos, delgado unidos le colgaban. Su piel era verde, tan oscura que casi era negra. La lanza de cristal entraba en su cabeza directamente encima.

“Capasin,” Lackofa dijo en respuesta a mi pregunta no hablada. “Creo que nuestra misión de paz está cancelada.”

“Qué hacemos ahora?” Pregunté.

“Dime tu, jugador.”

Jicklet azotó su cara. Un conducto mellado la había rociado de un líquido presurizado. Lo había cerrado. “Es lo que puedo hacer. Hay apoyos estructurales principales detrás de esto. Si los cortamos no podremos cerrarla de nuevo.” Había una abertura cuadrada, bordeada por bucles agudos de metal y una confusión de cables. Un agujero lo suficientemente grande para que uno de nosotros entrará- una vez la verga fuera removida.

“Saquemos a la verga,” Dijo Lackofa.

Fue un trabajo horrible. Cuando levantamos la lanza atrapada en el cuerpo del alienígena y el cuerpo empezó a levantarse a través del agujero. Lackofa y uno de los técnicos pusieron sus vainas contra el flexible cráneo del alienígena y lo arrastramos todos. Hubo un sonido de succión y la lanza salió El cuerpo cayó en una pila en la cubierta de su nave.

Dos de los técnicos voló la verga en orden. Nadie iba a sugerir volver a conectarla.

Ningún arma letal. Nadie me miró. Nadie dijo nada, pero nadie me miró tampoco.

“Necesitamos ver si podemos volar esta cosa” dijo Lackofa. Lamió sus labios. No se estaba ofreciendo. Tampoco Jicklet.

No era difícil de entender: un espacio cerrado era suficientemente malo. Un lugar encerrado, ocupado por un cadáver era peor. Los cuerpos muertos no debían dejarse. Se bajaron de los muelles para quemarse en la superficie debajo. Cualquier cosa era horrible o perversa. Sin embargo, tenía una relación con este alienígena muerto. Era mío en una manera indescifrable.

“Lo haré yo,” Susurré.

“No tienes que hacerlo,” dijoi Lackofa amablemente. Pero sus ojos decían lo contrario: si no, jugador, quién lo hará?

“Tendrás que ayudarme a entrar y salir,” Dije. Mire suplicante a Lackofa y Jicklet.

“Me sacarán?”

Jicklet puso su mano en mi brazo. “Te sacaremos así tuviera que rebanar la nave como un bote.” Tomé un par de respiraciones profundas. No había tiempo para perder. Vista Amplioa estaría esperando ansiosamente nuestro reporte. Quería — todos queríamos — regresar a Ket.

“Busca armamento,” Dijo Lackofa.

Asentí. Buscaría armamento. Si podía vencer las ganas de entrar en pánico y lacerar mis alas con furia.

Aterricé en la nave. Plegué mis alas estrechamente.

Hazlo rápido, Toomin. En un sólo momento.

Bajé, descendi por el agujero y aterricé con un pie en suelo manchado de sangre y el otro en un par de los brazos del alienígena. Caí postrado sobre la cubierta, mi cara a pulgadas de los ahora opacos ojos de Capasin. El grito estaba formado en mi cuello antes de que pudiera pensar.

Grité en pánico, todo alrededor mío, cerrado! No había cielo! Sin cielo!

“Cierra tus ojos!” Gritó Lackofa. “Toomin, cierra tus ojos. No mires!”

Su voz me asustaba incluso más. Pero cerré mis ojos. Los apreté y mis alas siguieron cerradas. Respiré fuertemente, luego suave, forzando a estar en calma, calmado.

Lentamente abre un ojo, Toomin. No, mira lejos del Capasin. Arriba. Mira el agujero, mira más allá al campo de la estrella. Un cielo nocturno, pero el cielo sigue igual. Bien. Puedo hacerlo. Puedo.

Abrí mis ojos. Escalé recto, tembloroso pero no en pánico. Pero tomó esfuerzo quitar mi mirada del cuadro a salvo, dejar de mirar el cielo y las caras de mis compañeros.

El compartimiento de la nave era pequeño para cualquier estándar. Y se hacía más pequeño para los instrumentos que parecían un montón ensamblados aleatoriamente en cajas negras con luces verdes brillantes.

No me recordaba a nada más que nuestros sistemas de reserva. Sistemas primitivos hechos de metal, usando electrones en vez de fotones para transmitir información. Todos diseñados para ser manipulados tocándolos en vez de con la mente.

Era vulgar. Cómo podía ser tan vulgar? La más grande versión de la nave había asesinado mi hogar de cristal en menos de cinco minutos. Cómo podía esta nave ser tan cómicamente atrasada? Era un insulto, una ofensa.

“Tienes que apurarte, Toomin.”

“Sí.”

“Estás bien?”

“Sí. Sí. Es sólo que . . . no está bien. Es decir, ellos … Por qué ellos . . .”

“Toomin, no es el momento.”

“Mataron a todos!”

“Lo sé, Toomin. Pero no tenemos tiempo ahora. No pienses en eso. Enfocate. Es … es un juego, Toomin. Es un juego y eres el Ellimista. Analiza. No sientas, es sólo un juego.”

Sí. Eso era. Una simulación, nada real. No había una nave daga. Ningún rayo rojo pálido. Ningún tornado de flechas. Un juego. Un problema. Me sacudí, perdiendo la tensión de mis alas. Habían controles. Físicos, controles de pilotaje por cable. Algunos controlarían la nave. Algunos serían para dar simple mantenimiento o funciones de ambiente. Y luego estarían las armas

Que podría significar este símbolo? Cuál era la altura de la nave? Probablemente. Al menos para mis sentidos Ketran. Derrape. Giro. Altitud. Velocidad del aire? Y detrás . . . sí, estos tenían que ser los controles de vuelo. Empujé. Empujé en reversa. Microactivadores.

Bien, luego estas cosas largas, estos bastones unidos, estos eran los controladores de armas. requeriría habilidad para volar y navegar simultáneamente. Podía al menos volarlo?

No bien. Pero sí. Tal vez. Tal vez como un alienígena que no volase, en todo caso. Qué podía entender una creatura de la superficie de vuelo después de todo?

“Ellimista?” Lackofa apuró educadamente pero con insistencia.

Tomé una respiración profunda. Mis siguientes palabras sellarían mi destino, de hecho el de todos. “Puedes reportar a Vista Amplia, puedo llevar esta nave dentro de nuestro campo. Y volarla cuando lleguemos a casa.”

“Tiene armas?”

“Sí. No sé lo que hacen. Pero sí.”

“Matan, es lo que hacen,” Dijo Lackofa sombríamente.” Y es tal vez eso lo que necesitamos.”

Capítulo 10

No estaba al alcance. Ninguna señal. Y no había tiempo para instrucciones más allá de las recibidas de Lackofa. Se dirigió al muelle, rápidamente explicó lo que habíamos aprendido de Vista Amplia, luego volvió a instruirme.

“Vamos a saltar al espacio Z. Creemos que desde esta corta distancia podemos volver a entrar con precisión. Las órdenes de los sabios son que tú y yo tomemos control de la nave alienígena y llevemos cualquier acción defensiva posible.”

“Tú y yo? Es decir . . . entiendes que tenemos que dirigirla.”

“Sí,” dijo Lackofa llano. “Sí. Jicklet nos llevará.”

Me sentía enfermo con la idea. Pero no tan enfermo como Lackofa. Estaba rezumando. Miedo. El olor aumentaba mi propio reflejo de pánico y tenía que forzarme a mantenerme en control.

Los Illamans viajan por años en un tiempo encerrados en naves espaciales rectangulares. Pero los Illamans son habitantes de superficies, acostumbrados a tomar como refugio construccione. Para un Ketran la sola idea de estar encerrado es horrible. Jicklet tomó el brazo de Lackofa. “Puedes hacer esto? Tomaré tu lugar.

Eres un biólogo, Yo soy un tecnico. No es el trabajo de un biólogo.”

Lackofa buscó un momento de pausa como si pudiera tomar el salvavidas que ella le ofrecía. Pero movió su cabeza diciendo no, incapaz de hablar, pero señalando no, haría esto. Afrontaría lo que ningún Ketran podría afrontar.

“Como me dijiste, Lackofa, cierra tus ojos,” Le dije. “Cierra tus ojos.Te ayudaré.”

No tenía nada que decir, ninguna broma o irónica observación. Estaba más allá de eso. Entonces me di cuenta que ayudando con su temor me ayudaba con el mío también.

Lo baje para que estuviera detrás mío. Estaba tan rígido como un conducto. Seguí hablándoles, asegurándole como Jicklet y sus compañeros trabajaban para llevarnos. No había cielo.

Ningún cielo. Sólo sigue hablándole a Lackofa, me dije, sólo sigue hablando, no quieres que entre en pánico, no entres en pánico, no entrés en pánico.

Me di cuenta que mis ojos estaban fuertemente cerrados. Los abrí un poco y mire a través de la ventana. Que tipo de bestia sub-Ketran podía tolerar esto? Mirar al cielo a través de una transparencia falsa? Encerrado dentro de una caja de acero? Los Capasins deben ser animales. Nada sensible podría vivir así.

No era justo ni correcto, claro; tanto los Illamans y los Generationals resistieron el cautiverio y eran sensibles. Pero no estaba con el humor para ser razonable. No tenía humor para nada salvo gritar.

“Estás bien?” Me preguntó Lackofa. Tenía apenas un ojo abierto.

“No, tú?”

“No.”

“Vamos. Te mostraré lo que he pensado.”

“Tenemos un nombre para esta criatura muerta?”

“Jaula. Es suficiente,” Murmuré. Consideré cuál control será más fácil manejar para Lackofa. “Aquí. Pon una mano aquí. El empuje de este control. Adelante es más, atrás es menos, doblar a la izquierda creo que significa empujar en reversa.”

Asintió. Sus plumas estaban lentamente lentamente drenando el rosa y el hedor de terror estaba disminuyendo. Estaba asustado pero no cerca del pánico.

A traves de la ventana vi el cielo ponerse blanco. Habíamos entrado al espacio Zero. En pocos minutos…

Lackofa miro atrás de los controles y bajo el alienígena muerto. “Tenía razón. Probablemente Capasin,” dijo. Entonces le tocó la cabeza, lo volteó por un lado y le miró pensativo, y sacó un pequeño instrumento de la bolsa. Era un biólogo — un exobiólogo en este caso. Supongo quye tocar alienígenas muertos era fácil para él. Probablemente incluso reconfortante.

De una vez el cielo blanco estaba negro de nuevo, negro y lleno de estrellas. No podía ver a Ket. Había fallado el navegador? Teníamos siquiera un navegador a bordo? Estaba listo para preguntarle a Lackofa, cuando rotamos y de repente mi hogar rosó a la vista, grande, cerca. Los ríos rojos familiares y los pantanos grises-verdes, los desiertos marrones y las pálidas, ahuecadas nubes, todas bellas más allá de lo duradero. Era una puñalada al corazón.

Mí mundo había sido asaltado. Deje que la rabia surgiera libremente. Copó el miedo, un poco al menos.

El MCQ3 se abalanzó en el filo de la atmósfera. El campo de fuerza brilló rojo mientras disminuiamos a velocidades atmosféricas. Estábamos regresando a la antigua estación, buscando los hogares que sabíamos que habían desaparecido.

Nada. El cielo estaba vacío. El cielo que debía estar lleno con el Cristal Ecuatorial y todas las decenas de miles de alas batiéndose y caras felices y . . . todo se había ido, dejando un vacío espectral en el cielo.

La nave volteó, renuente a mi parecer, aunque claro un cristal como el EmCee, no tiene vida o emociones.

Corrimos a velocidades supersónicas e interceptamos a nuestra hermana el Cristal Ecuatorial Alto Dos. Disminuimos con anticipación pero no encontramos nada más que cielo vacío.

Otro vector, otra comprensión lenta de que dónde debía haber un cristal próspero no había nada más que el cielo vacío.

Alrededor del planeta. Estación tras estación. Órbita tras órbita. Carrera, luego lento. Buscar en un cielo vacío. Aceptar lo inaceptable con horror creciente.

Doce cristales desaparecidos. Cuántas vidas perdidas? Había alguien vivo? Había quedado alguien vivo en algún lugar?

Golpeamos un banco de nubes, un banco de tres días donde nuestro compañero de baile, la Órbita polar del Cristal Alto debería estar. Tal vez el banco de nubes los tenía escondidos a salvo.

Aligeramos el camino. Sabía que todas las miradas estaban tensas buscando. Seguro si hubieran sabido del ataque alienígena, las Polares hubieran ganado impulso y se hubieran mantenido dentro de la nube.

Emergimos en el oasis del cielo. Uno de estos maravillosos agujeros claro que los bancos más grandes de nubes a veces desarrollaban. La Órbita Polar Alta estaba allí. Se movía tan rápido como podía, cada ala batiendo, corriendo para cruzar el oasis y encontrar refugio en alejado acantilado de nubes. Pero la superficie sustentadora era más un concepto que una realidad y los Polares no se movían más rápido de lo que un cristal podía.

La nave Capasin estaba a doscientas yardas por encima. Mirando. Esperando.

“Por qué no atacan?” Pregunté. “Por qué esperan?”

“Algunas creaturas disfrutan cazando,” Dijo Lackofa con desafección profesional. “Algunos sienten placer al matar.”

Sólo haz tu matanza, rugí impotente. Era divertido para ellos? Eran alienígenas viciosos riendo al ver a las criaturas de alas frágiles tratando de mover su hogar a un campo a salvo?

De repente los sensores de la jaula cobraron vida. Vista amplia había disminuido el campo de fuerza y los sensores de la jaula, liberados, estaban tomando la información del ambiente circundante.

Era nuestra señal. Nuestra señal para . . . hacer qué, exactamente?

Respiré aire viciado y dije, “Lackofa. Empuje.”

“Qué?”

“Empuje. Cincuenta por ciento.”

El resultado casi nos estrujó a ambos. La jaula aceleró. El alienígena muerto rodó sobre su estomago. Salimos disparados del EmCee hacía la órbita Polar del Alto Cristal.

Mi turno. Maneje los controles con mis dos manos y descubrí muy rápido que mis suposiciones sobre su función eran equivocadas. Nos arqueamos hacia abajo con una velocidad de aire sólo por debajo del nivel supersonico.

“Para!”

“Lo sé!” Grité.

Giré el control y con estremecimiento mortal la jaula tocó fondo, tomo los ejes, y voló hacía el cielo de nuevo. Me ajusté y nos dirigimos con la nave Capasin todavía yendo rápido.

No. Estaba pensando como un Ketran, no como un Capasin. Motores no alas. Una caja no un cuerpo. Más velocidad, no menos.

“Incrementa el empuje en setenta por ciento.”

“Estás loco?”

“HAZLO!”

Más rápido! Arriba y si tenía razón sobre los controles de las armas? Iba a aniquilar a mi propia nave, o peor, a golpear a los pobres Polares volando?

Apreté un dedo alrededor de un anillo sobresaliente.

El rayo dibujó una línea perfecta a través del aire y golpeó la nave Capasin. Hubo una pequeña explosión en la superficie de acero a veinte pies del punto de daga.

Giré de vientre La jaula hacia afuera para apuntar al cuerpo de la nave Capasin.

Una vergonzante parte de mi mente pensó, Ahora, esto sí es un juego!

Capítulo 11

Era un juego. Como ninguno que hubiera jugado. Pero ayudaba pensar en él como un juego. No pienses en las vidas, vidas reales. Es sólo un juego. Cuando acabe Inidar y yo reiremos. . .

Sólo que Inidar estaba muerto, cierto? Y cada uno . . . todos.

Tomé el impulso y lo mantuve un turno, haciendo un margen que me llevó una milla antes de que pudiera ganar empuje de nuevo. El margen fue una sorpresa. No como un vuelo. Amplíe la imagen, pero la nave Capasin no me iba a dar otro movimiento libre. Se daba la vuelta para encontrarnos. Su más poderoso rayo estaría pronto probado en nosotros.

Y aun, en este juego el borde iba al objetivo más pequeño? No había forma de saberlo. Intuirlo. Una gran, lenta nave con poderosos rayos, contra una pequeña, más maniobrable con un aguijón. Quién ganaría ese juego?

Disparé. Fallé!

“Toma tu tiempo, apunta con cuidado,” Dije.

“Hacer qué?” gritó Lackofa, con las manos apretadas, los nudillos azules en los controles.

“Empujé en reversa! Ahora!”

El cuerpo alienígena se lanzó contra la espalda de mi capullo. Pero mantuve los ojos en la ventana y vi la pálida lanza del rayo sin daño. Los había hecho fallas!

Bien. Esto era un juego. Si mi fuerte era la maniobrabilidad, mejor maniobraba.

Los Capasins eran pobladores de superficies, tenían que serlo. Volaban sus naves como habitantes de superficies, más en dos que tres dimensiones.

“Aumenta el empuje. Gira a la derecha… sí, así!”

La jaula se movió recta, liberándose del plano de la nave Capasin. Incliné la nariz de la jaula y disparé. Un golpe!

Un motor. Había golpeado un motor. Chispas chisporroteando y gases incendiarios salían del agujero.

El motor explotó. La nave Capasin estaba girando fuera de control.

“Están deshabilitados!” exclamó Lackofa triunfante

Disparé de nuevo. Sin pensar. Sin intelectualizar la decisión, sólo sabiendo. Disparé y el rayo falló.

“Qué estás haciendo? Esta deshabilitada,” dijo Lackofa.

Apunté con cuidado esta vez. Disparé y mantuve el gatillo abajo. La nave Capasin explotó en miles de pequeños fragmentos.

“Ahora está deshabilitada,” Susurré.

Miré y vi la mirada horrorizada de Lackofa. No podía compartir eso. No era frialdad de mi parte, simplemente sabía el juego y él no. Los Capasins podrían haber disparado de nuevo y matarnos. Podrían haber disparado las flechas en el cristal.

“La única victoria es matar,” Dije. “Ese es el juego. Es su juego. No desarmaron el cristal principal, lo aniqyularon. Su juego, sus reglas.”

Lackofa no respondió. Regresamos al MCQ3 yu estacionamos la Jaula con un aleteo en la perca principal. Teníamos que conferenciar con Vista Amplia. Le sugerí a Lackofa ir.

“No. No, Ellimista, tú. Si salgo de la caja nunca regresaré. Puedo descansar aquí, mantener mis ojos cerrados. O tal vez mirar a este alienígena. Ve tú. Después de todo eres un jugador.”

No discutí. Tenía razón. Podía ser útil para examinar el Capasin. Encontré la escotilla y la liberé. El cielo! Me moví con lentitud deliberada para salir de la trampa. Si me permitiera sentir panico como Lackofa, nunca volvería. Una vez afuera vi que los polares habían perdido impulso y casi se detenían. Estaban manteniendo la estación y media docena de su gente estaban corriendo tras el EmCee. Batí las alas y alcance la perca principal minutos antes que ellos. Vista Amplia querría mi reporte primero antes de hacer frente con los Polares sin duda en pánico.

El sabio estaba descansando en una hamaca. Lucia un poco naranja. Enfermo o sólo viejo? De cualquier forma era perturbador ver a nuestro líder sostenido por una hamaca sin ninguna agitación de sus cansadas alas. Estaba rodeado de sus consejeros, tal vez una docena, todos luciendo asustados, confundidos o taimados.

Una oficial femenina Rosa que no había visto me corto. “Vete. Vista Amplia está ocupado.”

“Soy Azure Nivel, Verga Séptima, Extensión —”

“No hay Nivel Azure. Ya no más,” disparó. “Vete. No sabes lo que está pasando?”

“Soy el que destruyó la nave Capasin,” Dije, sin la actitud de alguien de rango de medio nivel.

Sus ojos se estrecharon. Su expresión pasó de severa a una anticipación inteligente, “Eres Toomin?”

Lackofa debía haberles dado mi nombre escogido. Me tomó y casi me empujó a través de los consejeros flotantes. En un momento estaba cara a cara con Vista Amplia. Traté de no mirar a la hamaca.

La rosa, cuyo nombre era Tatchilla, me presentó brevemente, casi en términos brutales. Y permaneció cerca. Tenía el presentimiento que me había vuelto su protegido. Casi su propiedad. Profundas sabandijas, eran personas que podían pensar en su ambición en un momento como este?

Vista amplia fijó sus ojos brillantes en mí. “Qué sabes?”

Una pregunta admirablemente apropiada. “Lackofa cree que son Capasin. Podemos volar la Jaula —la pequeña nave de ellos — y podemos pelear. Pero si encontramos más de sus naves las probabilidades no favorecen a Lackofa y a mí.”

“Más naves?” Tatchilla chilló. “Qué quieres decir con más naves? Por qué van a haber más naves?”

Estaba inseguro. Operaba bajo instinto. Sabía que habían más naves, lo sabía. Pero podía convencerlos?

“Juegan… Quiero decir que pelean lentamente. Toman su tiempo. Disfrutan del proceso.” Estaba al borde de explicar que eran más como una especie llamada Endrids del juego. Los Endrids, también, lograban placer del acto de matar a la presa. Pero hablar del juego no mejoraría mi credibilidad.

“El número de hogares de cristal , perdidos, presumiblemente destruidos, la falta de prisa, la manera en que los Capasins juegan . . . Asumí que hay más naves,” dije, sonando poco convincente incluso para mí mismo.

Estas no eran buenas noticias. Tatchilla rechazó la idea. Ya no me consideraba suyo. “El problema no son las fantasías de este joven jugador, el problema es a dónde debemos tomar el EmCee. Necesitamos encontrar un nuevo hogar de cristal y reclamar estatus de protegidos.”

Entonces los Polares llegaron en un relámpago de alas e intensas preguntas.

“Qué está pasando? Esa nave alienígena nos cazó preparando un atache!”

Farsight alzó una mano débil para cortarlos. “Por quién hablan?”

“Soy llamado Jardbrass,” dijo uno de ellos. “Hablaré yo. Esta nave está dentro de nuestra estación. No es un lugar libre. Son bienvenidos pero deben someterse a nuestra autoridad democrática.”

“Qué?” se burló alguien. “Acabamos de salvar sus vidas y tratan de imponer su sistema experimental?”

“Salvado nuestras vidas? No tenemos pruebas de que la nave alienígena era —”

“Estaban huyendo,” asestó Tatchilla. “No seas solapado. No estaban azotando el viento tras ese banco de nubes porque pensaran que los alienígenas habían venido a comprar metales.”

Vista Amplia dijo, “Hemos contado hasta doce casas de cristal destruidas o al menos pérdidas, lejos de sus supuestas estaciones.”

Eso hizo que Jardbrass tragara aire. Pero no estaba preparado para ir más allá de esta preocupación. “De igual forma, esta nave y la caja alienígena adjunta están dentro de nuestra jurisdicción. Te someterás a nuestro concejo elegido o deberás alejarte.”

Era increíble. Tatchilla volvió con un punto legal oscuro. Uno de los Polares citó un antiguo precedente. Y en destello la perca completa replicó el sonido de la disputa.

La gente es lo que es. Tienen sus límites, supongo. Trataba de ser filosófico pero era difícil. Estaba agudamente consciente de que Lackofa estaba atrapado en la Jaula Crate, sudando y respirando profundamente. Y Aguella estaba atracada, herida, sin duda sintiéndose abandonada.

Sabandijas, callense, dije silenciosamente. Sólo cuando vi a las miradas conmocionadas y escuche el silencio repentino me di cuenta que lo había dicho fuerte.

Capítulo 12

Muy tarde para echarse atrás. Y de todas maneras no quería hacerlo. Con disputas no se ganaría el juego. “Hay más naves Capasin,” Dije. “Están aquí para exterminarnos. Regresarán. Necesitas ocultar tus casas de cristal en las nubes tanto como puedas. Y empezar a construir armas.” “Quién . . . qué eres?” exigió Jardbrass.

Empecé a responder pero de nuevo fui interrumpido por una nueva voz.

“Él es el único que está jugando el juego.” Era Menno.

Cómo había olvidado sus alas gigantescas?

“Esto no es un juego,” Dijo Jardbrass en una voz de hielo intentando callar a los jóvenes engreidos.

“Sí lo es,” insistió Menno, sin intimidarse. “Es un juego y los Capasins creen que es un juego. Y si no jugamos, perdemos. Es por eso que han venido. Vienen a pelear. Vienen por nuestra invitación.

“Jardbrass empezó a hablar. Pero no salieron palabras. Se detuvo de repente. El lado duro de su cara, su expresión determinada, todo se desvaneció. “Doce cristales?” susurró con pena. “No puede ser.”

“Qué quiere decir con ‘nuestra invitación’?” Preguntó Vista Amplia a Menno directamente.

Menno no respondió. Me sonrió, una sombra del jugador engreído que había conocido.

Sabía qué quería decir. Sabía lo que había hecho. “Habían encontrado una forma de transmitir,” Dije. “Pero debía haber sido recientemente. Cómo habían podido viajar las trasmisiones tan lejos del planeta y llegar a los Capasins?”

“Nos enlazamos a un transpondedor de espacio Zero,” Dijo Menno orgulloso. “Estamos un siglo por encima de ustedes Ecuatoriales. Podemos enviar una señal a través de la radiación de fondo. Y podemos lanzarla al espacio Z. En diez años hemos tenido hemos tenido una superficie sustentadora de cristal y hemos sido el eje de una red única global. Y luego pudimos enlazarnos directamente con los Generacionales y los Illamans en sus hogares. Ha sido una revolución!”

“Qué señales lanzaron al espacio Z, Polar?” pregunté.

“No puedes adivinar, mi amigo Ecuatorial? Simples fórmulas matemáticas al principio, para las primeras pruebas. Pero teníamos que ver si el sistema podía manejar información pesada.”

“Santo cielo, transmitiste juegos! Lanzaste juegos al espacio Z.”

“Sí. Brillante, cierto?” Menno se mofó. “Excepto por el pequeño detalle de que algunas especies no saben la diferencia entre juegos y realidad. Estos alienígenas están aquí para exterminarnos porque han visto nuestros juegos y creen que son reales. Creen que jugamos con otras especies: que interferimos con su desarrollo con total indiferencia de los resultados. No están aquí para hacer daño. Están aquí para aniquilar lo que creen que es una raza de asesinos.” Estas horribles noticias estaban todavía retumbando en el silencio cuando alguien gritó, “Miren!”

Todas las cabezas giraron.

Dos naves Capasin emergieron de las nubes. No esperé por órdenes; batí mis alas hacía la jaula.

Me deslicé por la escotilla y me abalancé hacía Lackofa. “Son —” Jadeé.

“Los vi!”

“Cincuenta por ciento de empuje!”

Tomé los controles mientras salíamos disparados del Emcee. Cuál objetivo? Izquierda o derecha? La izquierda estaba más cerca de la Órbita Polar Alta. Detenlos primero, entonces—Un rayo de luz rebanó un pedazo de una ala del Polar. Un pedazo de un nuevo cristal cayó, arrastrando a treinta o más Ketrans abajo con él. Quién había disparado? Detrás de nosotros! Enfrente de nosotros!

Giré la Jaula, ganando impulso, rozando el vientre de la nave y disparé directo.

En ese mismo momento otras dos naves Capasin dispararon dardos. Las pequeñas metrallas atraparon a los Polares de ambos lados. Tal vez alguien vivió más allá de eso. Pero no lo suficiente como para intentar alzarse.

Era de nuevo mi hogar. Sólo que esta vez no habían alas luchando con la gravedad. Esta vez los hombres y mujeres del muelle, jóvenes y ancianos no eran más que un lastre. Peso muerto.

El Cristal de la Órbita Polar alta cayó como un cadáver. Simplemente cayó desde el cielo.

La nave Capasin sobre nosotros giró, viendo ahora el peligro que representabamos. Muy tarde para preocuparse. La Órbita Polar alta había perecido. Y sólo quedaban tres naves Capasin contra el campo de fuerza del EmCee y las lamentables armas de la Jaula.

No había un movimiento ganador. Nada para escapar. Retirarse. Una estrategia válida; había visto a muchas especies retirarse del ataque, reagruparse, crecer, resurgir. Volar.

“Empuje inverso,” Dije.

Lackofa no respondió.

“Es el único movimiento, Lackofa. La Caja. Tenemos que salvarla. Es la única arma que tenemos. Nuestra única oportunidad.”

“Mataron a todos. Todos. no? Cada cristal, uno a uno.”

“A nosotros no,” Dije con dureza. “No si corremos. Lackofa, estamos aquí. Somos todo lo que tenemos. Toda la raza Ketran. Ahora empuje en reverso. Hazlo.”

Las naves Capasin no se molestaron en perseguirnos mientras que el EmCee volábamos por el espacio. Más alto de nuestro planeta condenado nos encontramos con el EmCee y fuimos aceptados de vuelta en el campo de fuerza.

Era el final del Ket. Y aunque aún había setenta y dos Ketrans vivos en ese momento, era también el final de mi raza.

Segunda Vida

Capítulo 13

“Comandante, el sistema parece tener seis planetas verdaderos y nueve lunas. Dos de las lunas- ambas orbitando el segundo planeta- podrían ser habitables. Ninguno de los planetas.”

Asentí.

“Vamos a dar un vistazo. Campos a máximo poder, sensores pasivos a máximo rango, sensores activos apagados, cazas listos para alertar estatus dos.” Mis palabras se convirtieron en acciones. El campo defensivo de la nave brillaba, distorsionando mi vista del sol de sistema y las estrellas más allá. Una sonda extruía a través del campo para recolectar cada pedazo de información electrónica disponible. Nuestros sensores activos, a los que llamábamos “pingers,” estaban apagados. Podían alertar a posibles enemigos de nuestra presencia. Y muy abajo en la cintura de la nave, tres pilotos alados se deslizaban en las estrechas cabinas de cazas fuertemente armados y tecleaban los motores y encendían las armas. Nueve pilotos más seguían listos en la estación, preparados para pasar al ataque en menos de tres minutos. Era la septuagésima novena vez que habíamos entrado en un sistema y seguido con nuestra búsqueda de un hogar. Los días y años de emoción eran cosa del pasado.

Era ya una rutina. Era lo que hacíamos. La esperanza y desilusión y el resto de emociones se habían disipado lentamente, tras cada amargo fracaso.

Habíamos aprendido a no esperar nada. Aprendimos a descartar cada dato alentador y a creer en agüeros. Setenta y nueve sistemas y sesenta y tres años. Y esos eran sólo los sistemas que valían la investigación. Cuántos otros sistemas habíamos visitado sólo con el propósito de minar asteroides ricos en minerales o acumular hidrógeno?

Fue lo que hicimos. Era lo que éramos ahora. Los Ket: menos de un centenar de caminantes buscando un nuevo hogar.

Habíamos encontrado varias especies sensibles. Algunas viajeras del espacio, la mayoría no. Algunas nos compadecían. Algunos nos atacaban. Pero aprendimos a defendernos en estos últimos sesenta y tres años. Empezamos con la Jaula Capasin, copiando sus armas. Luego vinieron las mejoras, innovaciones.

El MCQ3 había mutado a través de los años para convertirse en el Buscador y el Buscador era una nave diferente. Un exámen de cerca revelaría todavía la formación original de cristal en su corazón, pero la mayoría de lo que habíamos añadido era simple titanio y compuestos de polímeros de minerales. Los motores de espacio Z original habían sido reemplazados desde hace mucho, y motores sub-Z nuevos y rápidos habían sido añadidos también. Dos alas achaparradas nos daban la superficie para penetrar la atmósfera. Y las armas se formaban debajo de cada ala e incluso una docena de pequeños caza negros nos ganaban el respto de enemigos potenciales.

“Campos arriba, Comandante,” Reportó Menno.

“Vamos a probar el azul primero,” Dije.

Vi la sonrisa de Aguella. Había sido el comandante desde que Vista Amplia murió, hace unos cincuenta años. Pero aún me resistía a referirme a cada planeta o luna por su designación secuencial propia. Aguella estaba acoplada con los ojos cerrados enfocados en la lectura del sensor. Sus alas batían lenta y regularmente. Sin sentido también ya que nadie en más de seis décadas había batido sus alas para levantarse. Y sin embargo, seguíamos siendo Ketran. Seguíamos queriendo volar.

“Es el azul, Comandante,” Confirmó Menno. Menno era mi segundo al mando, el sub.comandante. Era mi compromiso. Estuvimos muy cerca de una guerra civil en un momento. Menno y los Polares y algunos de los refugiados confundidos que habíamos salvado de un Tropical destrozado de Medio Rango Bajo se habían unido para pedir una forma democrática de gobierno a bordo del Buscador. Desde luego se trataba más de resistir la dominación Ecuatorial que otra cosa.

La democracia no era posible en una nave en espacio hostil. Pero sí un compromiso. El compromiso era Menno. El mantenía el segundo muelle. Y hacía su trabajo muy bien aunque él y yo no seríamos nunca amigos.

Se había vuelto algo muy personal. Para Menno era sólo otro juego que tenía que ganar a cualquier costo. No me engañaba: seguía jugando el juego. Y si tomaba mi lugar no iba a tener votos. El gobernaría.

Nos deslizamos en una órbita alta encima de la luna azul.

“Es agua,” dijo Aguella. Su tono sólo mostraba un leve rastro de decepción. Habíamos aprendido que planetas con una importante cantidad de agua nunca producían las corrientes ascendentes o las presiones atmosféricas que necesitabamos para sostener a nuestra civilización basada en cristales.

Así de rápido la luna se convirtió en inservible para nosotros. Suprimí una mirada decepcionada. La gente me observaba. Debía dar ejemplo. Mi juventud se había ido hace tiempo y llevaba muchas responsabilidades como para ser autoindulgente.

“Navegador, siente un curso de interceptación para el blanco,” Ordené.

“Espera!”

Era Aguella. La miré y ví una expresión intensa en su cara.Teclee las pantallas de sensor; Menno hizo lo mismo. Pero lo que ella hubiera visto, no lo percibimos.

Me comuniqué con ella. “Qué es?”

Evadió dos sensores y los resaltó para Menno y yo. Cuando no logró moverme dijo impaciente, “hay algo moviéndose… flotando. En el agua, a través del agua. Debajo de la superficie. Ves la luz? Allí, en el lado oscuro. Un patrón de luz, altamente refractario claro.”

“Qué es el otro sensor?” Preguntó Menno.

“Corrientes de agua. Lo ves? La . . . la cosa, lo que sea que es, se está moviendo en contra de la corriente. Y está produciendo luz.”

“Un pez gigantesco con luz producida químicamente?” Sugerí. “Ya hemos visto eso antes.”

“Probablemente,” Aceptó Aguella. “Pero tal vez no. No puedo estar segura de nada pero tengo la impresión, nada más que una impresión de que estoy viendo una estructura compleja.”

“Crystalina?” Preguntó Menno con desaprobación.

“No lo sé,” lanzó Aguella. “No sin los sensores activos.”

“Muy peligroso. Demasiado riesgo para qué posible recompensa?” Protestó Menno. “Estás sugiriendo que deberíamos iluminar la nave ante la posibilidad de que alguien en algún lugar abajo esté viviendo alguna parodia aguada de tus vidas ya muertas? No respiramos agua, Aguella. No volamos en agua. No tiene sentido toda esta obsesión por el pasado.”

La última frase garantizaba la indignación de Aguella. Y buscaba provocarme. Rapidamente me comuniqué con Aguella para que se mantuviera en silencio.

En mi voz más suave dije, “La misión de está nave sigue claramente definida, Menno.”

“Sí, recorrer la galaxia en busca de lo que ahora sabemos que es el más raro de los ambientes,” disparó de vuelta. “Nos hemos adaptado en una docena de formas, pero no en esta. Hemos puesto cazas, y hemos aprendido a vivir con eso. Hemos acabado desde hace mucho la pretensión de volar para levantarnos. Pero nos rehusamos a aceptar lo obvio: No habrá nunca otro Ket. No más hogares de cristal. Docenas de planetas y qué encontramos una vez tras otra? Habitantes de superficie. Habitantes de superficie. Nada más que eso.”

“Somos de los cielos!” estalló Aguella. “No nos arrastramos. No caminamos. Nacimos para vivir en los cielos!”

“Estamos muriendo por ese mito. Ya no hay jóvenes. Estamos muriendo como raza, todo por una visión de un mundo que ya no existe.”

Eso último era un golpe dirigido a Aguella y a mí. Éramos una pareja declarada pero nunca habíamos engendrado. Se había convertido en una regla no escrita de nuestra extraña, cerrada y naufraga civilización que no traeriamos nuevas vidas hasta que no tuviéramos un hogar.

“Es suficiente,” Dije, poniendo un alto al disenso antes de que se esparciera en el resto de la tripulación.

“Esta nave tiene una misión. Menno, echaremos un vistazo a este fenómeno subacuático de Aguella. No, no con nuestros sensores activos. Tomaremos el nuevo explorador de Jicklet. Es hora de que la probemos.”

“Tomaré el equipo de búsqueda desde luego,” Dijo Menno con apenas la indirecta de su sonrisa. Sabía que no confiaba en él estando al mando del Buscador. Me estaba dejando saber que sabía cómo me sentía.

“De hecho, yo comandaré el equipo de búsqueda. Había pasado mucho tiempo desde que había hecho un aterrizaje. Menno, asumirás temporalmente el comando. Aguella, vienes conmigo. Comunicáte con Lackofa y Jicklet para que se nos unan. Y al tercer oficial Deeved para tomar el sensor de la estación aquí.” Menno asintió. Había caído en su trampa. Me había mostrado lo suficientemente confiado para dejarlo a cargo. Al menos tan pronto como llevase a Deeved a la posición también. Deeved era el tercer oficial, un Tropical. No era aliado mío, pero despreciaba a Menno. Menno no se saldría con la suya mientras Deeved estuviera cerca. Odiaba la atmósfera de sospecha y desconfianza pero me había adaptado. Era por eso que el mando estaba centrado en esta posición en la que nos podíamos ver mutuamente en espacio real: Cualquiera de nuestras funciones podía llevarse a cabo desde el muelle hasta la uninet de la nave. Pero en un mundo en el que la traición era una posibilidad real era tranquilizante ser capaz estar frente a frente. Necesitaba ver a Menno. Y disfrutaba ver a Aguella.

Descendí la nave con Aguella cerca de Lackofa que se unió a medio camino del Explorador.

“Estás dejando a Menno a cargo, Ellimista? Estás loco? Le dará una vuelta a la nave rumbo a su pequeña Utopia.”

Lackofa rechazaba firmemente tratarme con la deferencia debida a un Sabio o con la obediencia debida a un comandante, o en este caso el respeto más básico debido a cualquier compañero Ketran. Le valoraba aún más por ello.

Se había vuelto irritable con los años. Más irritable incluso que cuando era un biólogo de tercer nivel. Era el jefe científico de la nave.

“Tengo a Deeved mirándolo. Y de todos modos, la tripulación es leal.”

Lackofa dijo, “No cuentes mucho en la lealtad, Ellimista. Es una fuerza débil.”

No estaba bromeando. Era en serio. Sabría algo?

Quería presionarle por información, pero Lackofa era confiable para todas las facciones. Era confiable precisamente porque se sabía que no violaría un secreto o se convertiría en un informante. Y sin embargo me estaba enviando una señal. Probablemente estaba exagerando.

Probablemente.

Capítulo 14

Era demasiado tarde para devolverse sin demostrar una debilidad inaceptable. No había opción más que continuar con una tripulación dividida en facciones y lo que Lackofa llamó la débil fuerza de la lealtad.

El Explorador era una nueva nave cuyo diseño reflejaba las lecciones aprendidas en previos encuentros con naves alienígenas. Jicklet y su gente habían trabajado en ella por cinco años. Los metales básicos, habían sido fabricados de asteroides y ocasionalmente en planetas caídos. Jicklet tenía una especie de imperio ahora: un grande pero apretado complejo de tiendas, forjas, colgadores y jaulas de reparación. Feas estructuras de cristal y metal formaban un anillo torpe y asimétrico alrededor de la nave, debajo de las estaciones de cazas y sobre los motores.

Jicklet manejó los motores, las armas y la pequeña nave. Si había alguien con más energía que el comandante, ese era el jefe técnico Jicklet. Pero para ella al menos la lealtad no era una debilidad.

Había girado el Explorador en varios estadios de construcción y precedido la ceremonia de lanzamiento. Estaba familiarizado a la nave, pero había permanecido sin usar en su jaula el año anterior.

Jicklet estaba vibrando prácticamente con expectación.

“Jefe técnico, no me gusta llamar para dar un aviso tan pequeño. Sabes que eres bienvenido para enviar a uno de tus subalternos si estás ocupado.”

Una broma, por supuesto. Ningún poder en la galaxia hubiera podido impedirle volar en la primera misión del Explorador.

“Creo que puedo hacer tiempo,” Dijo Jicklet secamente. “Puedo preguntar la misión?”

“Esa luna acuosa allí. Queremos echar un vistazo a la superficie sin usar sensores activos.”

“El Explorador lo manejará,” dijo confiadamente.

Era una nave bonita, una buena fusión de las sensibilidades Ketran y el pragmatismo alienígena. Una jaula pero ampliamente transparente, con paneles de cristal planos apoyados por campos de fuerza. No era capaz de entrar a espacio Z, estaba diseñada para O y A: Órbita y Atmósfera. Había aleteo de alas y motores de propulsión de iones atrás. Era rápida, versátil y fuertemente armado con nuestra versión mejorada del arma de rayos Capasin, así como un número de explosivos de fuego.

Muchas armas. Mucho poder mortífero.

Le di una sonrisa de aprobación para bien de Jicklet, pero había sentido mis dudas.

“Hemos recorrido un largo camino por una galaxia peligrosa,” dijo.

“Un largo camino,” Asentí. Habíamos perdido nuestro mundo porque los Capasins pensaron que éramos los agresores. Cuál era la lección de la historia? Que debíamos estar preparados para la violencia en cada momento? Correcto o equivocado, esa era la lección que habíamos aprendido. No volveríamos a no estar preparados.

Sin embargo, estábamos aquí mostrando nuestra preparación para el caos en cada ángulo de nuestra nave. Nos estábamos preparando para otra aniquilación más completa?

No había tiempo para ese. Necesitaba despejar mi mente de posibles traiciones o malas impresiones. Enfocarme en la misión a la mano.

“Ve lo que tu juguete puede hacer.”

Fuimos a bordo y atracamos. Estábamos rodeados pero capaces de ver en cada dirección excepto atrás. Un compromiso. Justo lo que Menno tenían en mente para nuestra raza: adaptación. Si ningún planeta encajaba con nuestras necesidades, tal vez debíamos acoplarnos nosotros al planeta. Teníamos las técnicas de manipulación genética para hacerlo en pocas generaciones. Nosotros los viejos viviríamos nuestras lamentables vidas como Ketrans sin poder volar. Pero nuestros jóvenes nacerían sin alas, cuerpos más resistentes, huesos más fuertes, pies de verdad en vez de vainas y sin talones de acoplamiento.

Tenía razón Menno?

No. No mientras fuera comandante. El Explorador liberó su agarre en el buscador y Jicklet encendió los motores. Las fuerzas g se acumularon pero los campos internos de fuerza mantuvieron nuestro peso, incluso evitaban que la sangre se acumulara en nuestras extremidades. Corrimos tras la luna azul y usamos la débil atmósfera para frenar. Debíamos perder casi toda nuestra velocidad antes de que pudiéramos entrar con seguridad en el agua. El Explorador rozó a velocidades subsónicas, justo a diez pies por encima del mar como vidrio liso.

“Algún objetivo en particular?” Le preguntó Jicklet a Aguella. “Adelante nueve millas. Esto nos debe llevar a una intersección con el fenómeno que observé.”

Cruzamos la línea día-noche y Jicklet acabó con lo último de nuestra velocidad. La nave rebanó el agua en un ángulo superficial. Hubo una sensación inmediata de claustrofobia. No se puede ser criado en una nave de cristal flotante, llevar décadas en una nave rodeada por billones de millas de espacio abierto y sentirse completamente en calma al estar sumido en un océano envolvente. El agua se cerraba alrededor nuestro, oscura, pronto casi opaca. Entonces Jicklet tecleó las luces y jadeé. Un banco de miles de brillantes anguilas amarillas, innumerables barras de luz reluciente, volaban más allá de nosotros, alrededor nuestro.

“Fosforescencia,” Comentó Lackofa. “Eso puede ser todo lo que viste, Aguella: un banco de anguilas.”

“Anguilas hermosas sin embargo,” Señalé.

El enjambre amarillo nos sobrepasó y ahora, no más cegados por ellos, vi maravillas de luz y movimiento en todos lados. Un pez de cerca la talla del Explorador la boca abierta y aletas de plumas, todas brillantes con rojos y azules neón; una creatura que parecía una superficie sustentadora detrás de una maraña de tentáculos púrpuras; un vuelo de siete u ocho peces, grandes, luciendo peligrosos, rosado brillantes; y debajo de nosotros un bosque de grandes tentáculos, tan grandes que desaparecían fuera de nuestra vista.

Una mancha de movimiento!

El Explorador se sacudió, bruscamente sacudido y con un sonido profundo y gimiente se detuvo.

“Algo nos tiene Comandante!” gritó Jicklet.

Estaba más preocupada que yo. Era “su” nave, después de todo, y atesoraba cada cada pedazo de ella.

“Todas las luces exteriores encendidas. Activar los sensores. Activar armas. Jicklet: Les daremos una sacudida de corriente a través de la cúpula si es necesario.”

“Listo, Comandante,” Replicó Jicklet.

Las luces exteriores doblaron el brillo. El agua estaba maravillosamente clara pero estábamos todavía en una noche planetaria y las luces no lograron mostrar la extensión completa de los tentáculos o lo que fuera eso que nos tenía atrapados. Las anguilas y peces nadaban aun serenas.

“Lectores del sensor llegando,” dijo Aguella. “Forma de vida. Basada en carbón.” Frunció el ceño.

“Qué?” Pregunté.

“La creatura que nos tiene parece ser bastante grande. A menos que esté recibiendo lecturas incorrectas veo un sistema nervioso-eléctrico continuo extendiéndose más allá de los límites de los sensores. Esta cosa se extiende más allá del horizonte. En cada dirección!”

Hice un pequeño cálculo mental; la circunferencia de la luna, distancia del horizonte. . .

“Debe ser una falla del sensor,” Dije. “Nada es tan grande.”

“Nos estamos moviendo,” Señaló Lackofa algo decepcionada.

Ya había sentido el movimiento. Estábamos siendo atraídos hacia abajo.

“Bien. Golpea la cúpula,” ordené.

Las luces se oscurecieron mientras la energía se desviaba dentro de los componentes mecánicos de la cúpula. Cualquier cosa en contacto con nosotros recibiría un choque grave.

“Todavía nos tiene,” Señaló Lackofa innecesariamente.

“Entendido,” Dije. “Dispara a la mínima energía. Patrón más amplio.” Seguía calmado. Lamentaba tener que tomar medidas más duras. Seguramente esta forma de vida era sub- sintiente, simplemente una criatura siguiendo sus instintos. Pero la nave iba primero.

“Fuego.”

El rayo se disparó. El agua absorbió la mayor parte de la energía, particularmente en esta puesta, pero la creatura sentiría de todos modos el agudo e intenso calor.

El agua se evaporó e hirvió alrededor de nosotros.

“Detener el fuego. Reportar.”

“Todavía nos tiene,” Dijo Lackofa. “Una creatura así de grande podría no tener siquiera receptores de dolor en un área tan pequeña. Podría no sentirnos.”

Asentí. “Tendremos que cortar salir a la fuerza. Disparar en un foco más estrecho. Media energía. Jicklet, danos un barrido debajo de la cúpula. Rebanaremos los tentáculos. Tan pronto como estemos libres mejor nos llevas de vuelta a la atmósfera.”

“Entendido. “

El rayo se disparó, una lanza de luz inscribiendo un círculo brillante debajo de nosotros.

El Explorador se estremeció mientras los tentáculos caían. La nave empezó a elevarse.

“Hay algo cerca!” gritó Aguella.

“Comandante!” Lloró Jicklet.

El monstruo nos golpeó de frente. Fui lanzado de mi muelle. Mis talones estaban arrancados y sangrando. Aguella y Jicklet seguían en el muelle pero Lackofa estaba caída, fría.

Era enorme! Un destello de una boca monstruosa, suficientemente grande como para tragarse la nave de una sola mordida.

“Rayo al máximo. Fuego!”

La amplia boca fue iluminada de rojo. Una explosión sacudió a los peces, sus entrañas, sobrecalentadas, habían sido despedidas, dejándolos abiertos.

Wham!

Wham!

Me tambalee. Mi rostro estaba húmedo con mi propia sangre ahora.

Wham!

Luces. Cegado. Trataba de pensar, trataba de formar una orden.

“Misiles! Fuego!”

Ninguna respuesta.

Wham!

Martillos volaban, uno tras el otro. El campo de fuerza mantenía la integridad de la cúpula, pero éramos insectos dentro de un capullo que se estrellaba una y otra vez.

Las luces se habían ido. No había ningún sonido. Todo en silencio. Yací quebrantado y abatido. Mi cabeza giraba.

El agua se precipitaba. Cómo? Los campos deberían haber. . .

Algo me tocaba. Mi cara. Me tocaba, envolviéndose alrededor mío y…

Capítulo 15

Estaba atrapado. El cielo. Todo alrededor mío.

El cristal!

Estaba atrapado a un cristal. Nivel Azur. Atrapado, con los ojos abiertos, aun en el juego. Estaba jugando con Inidar. El escenario del juego implicaba a dos especies alienígenas, una raza nómada errante en busca de un nuevo hogar. La otra especie era un gigante del tamaño de un planeta. Tan basto, tan agotador que era casi todo el planeta

“Elegiré a los Ketrans, si aceptas.”

“Encantado,” respondió Inidar. “Subestimas el valor del peso y poder. Eres un idealista, Ellimista.”

“Oh? Bueno, entra a mi cubil, dijo el dreth al chorkant.”

Inidar se rio.

“Nos debemos sumergir?”

“En el otro lado,” respondió.

“Esto no es real,” Respondí. “Estas muerto, Inidar. Moriste hace mucho tiempo.”

“Muy cierto, Ellimista,” aceptó. “El Capasin me mató. Nos mató a todos. Están aquí también, lo sabes. Te gustaría verlos?”

“El Capasin? Dónde? A qué te refieres con ‘aquí’?”

“Abre los ojos, Ellimista, qué ves?”

“El Alto Cristal Ecuatorial. Pero ella también está muerta. Y Lackofa en el siguiente muelle. Está muerto? Estoy muerto? O es esto un tipo de sueño. Una alucinación?”

“Son estas las únicas opciones?” Preguntó Inidar burlándose. “No podría ser un juego?”

“Podría ser,” Dije. “Pero de quién?”

Inidar se rió con gusto en mi cabeza. Entonces se fue y ante mí, ante mis ojos, no un mensaje de uninet, pero justo en frente mío apareció el Capasin. Aquel que había matado.

“Hola de nuevo, Ellimist,” dijo. Había una abertura, una herida sangrante en lo más alto de su cabeza y abajo en el punto en que el casco del cristal se había alargado desde su garganta.

“Todo esto es un truco,” Dije.

“Sí. Casi tan ordenado como la forma en que me atravesaste. Una lanza primitiva para detener una nave moderna. Ouch!”

“Qué es este juego?” Exigí. No era el joven que parecía, era el comandante del Explorador. Era el comandante de lo que quedaba del pueblo Ketran. Lo que quedaba.

“Bien, de quién es la culpa?” Preguntó el Capasin como si leyera mis pensamientos. “Inventas juegos en los que juegas con las vidas de especies enteras, transmites inteligentemente estos juegos a través del espacio Z sin molestarte en incluir la explicación de que son juegos, solo juegos. Y te sorprendes cuando alguien llegas a aplastarte como a muchos parásitos.”

“No esperaste precisamente por explicaciones,” chasqueé. “Nos sacrificaste.”

El Capasin extendió sus brazos flexibles en un gesto muy Ketran gesture. “Es lo que hacemos. Y si tuvieras algo de fortaleza habrías regresado y tomado de vuelta tu planeta. En cambios has vagado perdido, buscando un lugar que no existe. Son una especie cobarde.”

“Menos de un centenar de nosotros en una nave para retomar Ket?” Me burlé. “Suenas como Menno. Siempre era la jugada radical con él: Regresar y luchar hasta la muerte o adaptarse para convertirse en algo completamente nuevo.”

“Sí, y ahora vemos que tan acertado estaba,” Dijo Menno. Se estaba amontonando junto al Capasin muerto, dándole un codazo. “Mira dónde nos tienes. Sabes si quiera? Somos las piezas del juego ahora. Padre nos tiene. Padre nos ha reunido aquí, nos ha hecho juguetes.”

“De qué estás hablando?”

“Crees que es todo un sueño, cierto, Ellimista? Es real. O casi real. Inidiar es un constructo, uno falso construido con tus propios recuerdos. También este Capasin particular, aunque hay Capasins reales aquí. Y de todos modos, soy lo suficientemente real. A mi manera.”

“Por qué estás aquí? Deberías estar abordo en el Explorador.”

“Estaba a mando, recuerdas? Tú no. Vimos cuando llegas a activar los sensores. En ese punto, ordené lo mismo sin razón. Así que te vimos disparando armas abajo. Tomé el explorador para rescatarte. Sorprendido, eh? Sorprendido de que intentara salvar tu vida? No lo estés. Cómo podría abandonarte y esperar mantener el control de la tripulación. Nadie gana el juego del asesinato. Tenía que intentar al menos rescatarte.”

“El Explorador no puede penetrar un ambiente de agua,” Dije sospechosamente.

“El alcance de padre va más allá del agua,” Dijo Menno. “Él controla todo en esta luna.

Nos estábamos moviendo en la superficie, tratando frenéticamente de equipar uno de los cazas para ir por tu. Y entonces una pared imposible de agua, desde luego — se levantó de la nada, una ola de media milla de alto. Y tienes razón: El explorador no funciona bien en el agua.”

“Aguella?” Pregunté.

“Justo aquí,” Dijo ella.

“Cómo . . . Estás bien?”

“Fui asesinada, Toomin. Todos lo fuimos. Todos menos tú.”

Quería reír. Era ridículo. Estaba hablando, estaba justo allí ahora, frente a mi cara, revoloteando en el aire puro de casa.

“Te gustaría ver la realidad, Ellimista?” Preguntó Menno.

“Sí, por supuesto.”

“No seas tan ágil en decidir. No te gustará la verdad.”

“Estáis todos muertos. Qué puede ser peor?”

La sonrisa de Menno se hizo más grande. Y de inmediato el cristal se había ido, el cielo. Estaba bajo el agua. Bajo el agua pero respirando. Algo me sostenía. Tentáculos. Gusanos profundos, estaban dentro de mí! Los zarcillos crecían dentro de mí, me penetraban, me hacían una parte de ellos.

Flotaba, atado, en un campo de tentáculos que se esparcían tan lejos como los ojos podían ver. Menno flotaba cerca, atado, penetrado, incorporado. Sus ojos estaban cerrados. Su pecho estaba abierto de golpe. Podía ver sus entrañas.

Unos pocos pies más allá — Aguella. Mi amada Aguella. Atada. Unida. Un objeto muerto injertado a la creatura llamada Padre.

Lackofa. Jicklet. Más y más cuerpos, giré para ver más y más. Estaban todos a mí alrededor, algunos parecían heridos, otros destrozados por el impacto de las heridas o por la descompresión repentina.

Había muerte en todos lados. Lo último del pueblo Ketran.

“No, tú eres el último del pueblo Ketran, Toomin el Ellimista,” Dijo Aguella.

Estaba detrás mío, una vez más, flotando, su bella cabeza, su. . . todo era una ilusión. El cristal flotaba. La gente se levantaba. Lejos detrás, los ríos de lava corrían.

“Qué quieres de nosotros?” I cried.

“Soy “padre”,” Dijo Lackofa. Estaba mirando hacia abajo a mí desde su muelle. El viejo Cuarenta y dos.

“Soy la vida de este planeta. Todo lo que hay aquí viene de mí, me pertenece, es una parte de mí. Todo el poder es mío.”

Tuve un repentino atisbo abrasador, un dato comprimido de un archivo descargado a diez veces la velocidad normal, como un centenar de mensajes explotando en mi cabeza al tiempo. Vi a Padre. Cubría cada centímetro de la luna, cada milla del piso del océano, cada pequeña isla, todo de polo a polo. Un billón de tentáculos todos ondeando y esperando.

No éramos las únicas víctimas de Padre. Vi Generacionales de Illamans. Vi Capasins. Vi a miembros de razas que nos habíamos encontrado en nuestra larga búsqueda. Vi razas que ningún Ketran había conocido jamás. Todos ellos muertos. Ninguno estaba vivo excepto yo, si esto era realmente vida.

Pero importaba poco para Padre. Incluso la muerte podía ser usada, mantenida completamente, hacer que sus cerebros sin alma funcionaran.

Cuántas naves habían sido atraídas a la luna azul? Padre era viejo. Había sido viejo desde antes de la primera luz sintiente, su primer cohete.

“Que quieres de mí?” Grité.

Dijo Menno, “Se siente solo con solo la muerte como compañía. Quiero jugar un juego, Ellimista.”

Capítulo 16

El juego era todo.

Aguella estaba acabada. Muerta. En los últimos años- décadas? siglos?- Padre la había llevado a mí. Ella había venido y Lackofa había venido y Menno había venido. Todos mis hermanos muertos y hermanas, mis amigos, mis enemigos. mi amor. Todos muertos. Pero de todos modos Padre me había dado mi hogar en nivel Azur, mi antigua casa, con mis amigos alrededor. Inidar estaba allí, y Gusanero, construido de mis propios recuerdos.

Los recuerdos puros, aquellos que mi Padre había creado de mi mente eran débiles, criaturas insignificantes.

Sólo hacían lo que siempre habían hecho. Era una vergüenza que nunca lo hubiera adivinado. Si mis recuerdos hubieran llegado a ser más profundos, Padre hubiera podido hacerlas más entretenidas.

Si Padre tuviera el cuerpo y cerebro podría haber sido más creativo. Aguella y yo procreamos. Tuvimos a tres jóvenes. Pero eran tristes ilusiones, parciales, incompletas: nunca preste atención a las jóvenes criaturas. Mi mente no podría crearlas, escribirlas por completo. Parecía que venían y se iban aleatoriamente. Las recordaría y aparecerían; las olvidaría y ellas desaparecerían por horas o días.

Lackofa y yo crecimos juntos, viejos amigos. Compartimos nuestro tiempo libre juntos. Recitabamos los poemas juntos, hablábamos sobre los viejos tiempos.

forget them and they would disappear for hours or days. El creció. Yo también.

Jicklet venía a veces. Correríamos hacia ella en las perchas. Ella era ahora una persona bastante respetada ahora, bajo consideración para ser nombrada en el Consejo.

Y Menno? Por un tiempo era el Menno con el que me enfrentaba en cada juego. Padre nos emparejaría. A Padre le gustaba ver la interacción de las hostilidades. Menno y yo eramos tan diferentes. Pero con el tiempo nuestra hostilidad palideció, se apagó. Es díficil odiar a una persona muerta. Incluso con una que parecía tan vital y viva.

Cuántos juegos habría jugado con Padre? Mil? Diez mil? Traté de negarme, pero cuando lo hice él simplemente apagaba la ilusión del hogar y vi quién, qué y dónde estaba. Estaba de nuevo de vuelta bajo el océano, atado hasta la eternidad al zarcillo que creció dentro de mí, que me alcanzó hasta dentro de mi cerebro. Estaba de nuevo en medio del bosque interminable de tentáculos con Lackofa, Menno y la pobre Aguella aún flotando, muertos pero nunca decayendo, nunca desintegrándonos, nunca, nunca en paz.

Pero era más que la pérdida de las ilusiones que me motivaban a jugar.

Era que no tenía nada más. Nada más que el juego.

El juego y el pequeño parpadeo de la esperanza inmortal.

Que triste y desesperada ilusión. Qué ridículo apegarse a la esperanza del escape. Y escapar a qué? A dónde iría? Qué sería? Era parte de Padre. No había un Toomin, ningún Ellimista. Era sólo Padre.

Y sin embargo… seguía viviendo. Seguía jugando el juego y tomando mis propias decisiones en el juego.

Padre me necesitaba, había reconocido hace mucho ese hecho. Me mantenía vivo para jugar. Porque aunque perdía cada juego, era su mejor oponente

Quiero jugar un juego”, decía Padre. Había adquirido una nueva cara, su propia cara, o un a copia, una especie de “nombre de juego”. Tomó una forma Ketran, un anciano, un sabio. Voló hasta mi muelle, sobrevoló y repitió, “Debemos sumergirnos?”

En el otro lado,” Dije.

Padre jugaba muchos juegos. Muchos. Creo que los había entresacado de miles de razas a través de toda la galaxia. Habíamos jugado muchos juegos no muy diferentes que nuestro propio juego de antiguas civilizaciones alienígenas. Teníamos juegos simples de reflejo. Juegos de matar. Juegos de previsión que implicaban el movimiento complejo de pedazos de un plano o dentro de un cubo o dentro de espacio n-dimensional.

Juegos que eran juegos dentro de juegos.

Era todo lo que tenía. Había pedido a Padre que me matara, para terminarlo. Pero por supuesto se negaba. Había tratado deliberadamente de perder, esperando hacer los juegos aburridos para Padre. Pero Padre era paciente. Podía agotarme. Por años, décadas, no importaba para él. Y al final siempre volvía al juego.

Haces lo que puedes de la vida que tienes, supongo.

EL nuevo juego comenzó.

Era diferente. Padre había adquirido algunas nuevas especies.

Estaba de inmediato en una sala cerrada, húmeda, casi sin aire.

Al menos parecía sin aire para mi, un Ketran. Aunque siendo justo, ahora vivía mi vida asfixiado bajo millas de océano- y atado a tentáculos- así que difícilmente era uno.

Sin embargo, parecía sin aire. No era una sala grande, tal vez cien pies cuadrados. Habían criaturas, extrañas, cosas deformes que parecían ser una amalgama de una docena de razas diferentes. Caras con dos ojos en la frente y un tercer ojo mirando atrás. Su cabello era largo, yendo bajo sus espaldas con púas hasta el suelo. Todos eran de diferentes colores: cabello verde, rojo y amarillo. Caras negras, blancas y púrpuras. Los brazos parecían ser casi opcionales; algunos tenían tres, otros tantos como nueve.

Eran definitivamente nuevos. Como ninguna raza que hubiera visto antes. Padre había hecho una nueva adquisición.

Sabía instintivamente que estaban a bordo de la nave. Pero se movía. No era la aceleración lisa de una nave especial. La nave se movía arriba, abajo y a los lados como si fuera sacudida por una tormenta o incluso flotando en un océano de agua.

Las criaturas se sentaron en mesas con sus cuerpos individuales se extendieron cómodamente. Estaban disfrutando de bebidas. Tal vez suaves bebidas embriagantes. Y nos estaban mirando. Nosotros, yo y Padre en la persona de Menno, éramos los intérpretes en el final de la sala en una plataforma elevada. Cada uno tenía un instrumento de un tipo. Una cosa larga, de casi el mismo tamaño de mi cuerpo, un tipo de tablero aplanado, formado caprichosamente. Y extendiéndose a lo largo del tablero, habían siete cuerdas tensas. Había una boquilla también que llegaba hasta donde podría, flexionando mi cuello un poco, ponerla en mi boca.

Menno me sonrió, era un desafío engreído. Puso su boca alrededor de la boquilla, sopló mientras rasgaba sus dedos a través de las cuerdas.

El resultado… fue… fue como nada que hubiera escuchado en mi vida o un sueño.

Los sonidos no eran simples sonidos. No tengo palabras para explicarlo. Tal vez nadie las tiene. Los sonidos tocaban una parte de mí que había olvidado hace mucho. Los sonidos me hacían pensar en Aguella. De casa. De las estrellas y el sol y las nubes y de toda la belleza, tristeza, alegría y risa que había conocido.

Menno/Padre terminó de tomar y las criaturas en la audiencia emitieron vocalizaciones de bocinas que parecían especialmente duras en contraste con los sonidos del instrumento de Menno.

Tu turno” Dijo Menno.

Posé mis labios como le había visto hacerlo y mis manos como él había hecho. E hice sonidos. Pero no los sonidos que él había hecho. Los míos eran duros y ásperos y despreciables para mis propios oídos.

Y sin embargo, podía escuchar, incluso allí, incluso en mi propia incoherencia, la semilla de algo.

Algo.

La audiencia me favoreció con un silencio pétreo.

Ese es el juego” se rió Menno.

Cuál es el juego, Padre”

Estas criaturas son llamadas Unemitas. No son viajantes del espacio. Sucede que dibuje un carguero Skrit Na en mi red- especies inútiles, el Skrit Na- y a bordo de su nave tenían a un Unemita cautivo.”

El juego, Padre. Cómo se llama?”

Lo llaman música.”

No puedo esperar nunca ganar,” Dije “Te pido Padre: libérame. No quiero jugar de nuevo.”

Él se rehusó. Por supuesto sabía que lo haría. Y sabía esto acerca de Padre: Su única debilidad era su crueldad. Podía usar eso. Me forzaría a jugar este juego mil veces.

Entra en mi guarida, dijo el dreth al chorkant.

Capítulo 17

“Debemos sumergirnos?”

“En el otro lado,” Respondí.

Los Unemitas. Los instrumentos. El centésimo juego.

Había esperado. Tanto como para demostrar tanta mejora como para atraer a Padre, para desafiarlo sin revelar todo lo que había aprendido. Tan fuerte como para poner el cimiento de este momento.

El centésimo juego. Pero la vez diezmilésima vez que lo había jugado en mi mente solo. El instrumento, el adge, como los Unemitas lo llamaban había apenas salido de mis pensamientos.

El adge se había convertido en una parte de mí. Estaba dentro de mí, en mi cerebro e incluso si Padre terminaba el juego, no podría nunca quitarme el adge, nunca podría quitarme la música, nunca. Me pertenecía. Me había convertido en ella. Y ahora, este juego, el centésimo, le mostraría.

Él era Menno, arrogante, seguro de la victoria, pero lo suficientemente cauteloso que tuvo que intentar más fuerte de lo que le hubiera gustado para tener la aprobación de la audiencia. Y sin embargo, en cien juegos Padre no había avanzado. Ninguna idea original, ninguna nueva expresión. Era irónico en cierto nivel: Menno, el Ketran real Menno había siempre defendido llevar el juego a un nuevo nivel, inyectando una despreocupación salvaje a la convención.

Sonreí para mí mismo. Ah, Menno, estarías orgulloso de mí.

Pero era Aguella quien estaba en mis pensamientos mientras llevaba la boquilla del adge a mis labios. Era Aguella quien hacía que la música fuera posible para mí, y la falta de una Aguella o algo como ella la que condenaría al pobre Padre. Necesitabas amor para ganar en el juego de la música.

Toqué un riff. Menno miró boquiabierto. La audiencia se sentí.

Es cierto, Padre, he reescrito las reglas.

Toqué sobre tristeza. Toqué sobre soledad. Desesperanza. Amor encontrado y perdido. Toqué sobre una trágica confusión y de cinismo cansado y derrota. Toqué de perseverancia, resistencia más allá del sufrimiento. Resistencia en la cara de la desesperanza, esperanza cuando incluso la esperanza era una traición. Mi adge habló de cada momento terrible de mi vida. Hablé de la pérdida de mi gente. La pérdida de mis amigos. Pérdidas y pérdidas.

Y sin embargo, toqué tanta tristeza que la música al mismo tiempo negaba el desespero. Cómo podía alguien desesperar cuando la música estaba siendo tocada. Podía verlo en las caras Unemita: escuchaban la soledad y en esa expresión de soledad encontraban tranquilidad para ellos.

Oh, sí, los tenía. Los poseía, a la audiencia. Los tenía en todos los costados y ellos irían a dónde fuera que mi adge dijera.

Y Padre? Oh, era dulce verlo. Dulce ver su inquietud convertirse en diversión y luego en furia resentida.

La música no le tocaba. Pero podía ver que había ganado. Había ganado el juego tan rotundamente, tan definitivamente que no podría esperar nunca competir conmigo de nuevo. No en el juego de la música.

“Cómo?” Preguntó finalmente.

Toqué una frase con mí adge, y luego hice algo que ningún Unemita había concebido en hacer. Canté. Usé mi voz, mi voz de Ketran para hacer sonidos que el adge no podía.

Los Unemitas enloquecieron. El ulular era frenético, loco, insano. Hermoso.

“Cómo?!” Menno/Padre exigió, apenas conteniendo la furia.

“Soy un perdedor,” Canté como respuesta. “Me llamaban un perdedor brillante, todos son ganadores, todos son ganadores pero yo: un perdedor. Pero sólo un perdedor puede cantar los azureus. Solamente un perdedor ve realmente.”

Capítulo 18

Pensé que Padre me mataría de inmediato. pero no lo hizo.

Pensé que no jugaría el juego de la música de nuevo, pero lo intentó. Y esta vez copió mucho de lo que había hecho. No importó. Tenía un nuevo truco en mi manga: improvisación. Había ideado una táctica de improvisación en dueto. Ofrecería una frase musical, tocaría por unos pocos momentos y entonces le invitaría a tomar el hilo y extrapolar.

Padre no podía. Y sus esfuerzos eran lamentables.

Por mucho tiempo, Padre no se acercó. Ningún juego de ningún tipo. Nada más que el silencio. Fuí dejado para flotar, dejado para contemplar a través del siniestro océano de cuerpos atados invadidos.

La hace mucho muerta Aguella. Mi musa.

Pero todo había cambiado ahora. Tenía la música. E incluso sin una adge ya estaba acostumbrado a vivir dentro de mi propia mente que podía tocar y componer todo lo interminable por días y noches.

Al fin, tras años quizás, Padre vino. Tenía un nuevo juego, unas nuevas especies. No era música, nada como ello. Un simple juego de colocación y piezas.

Perdí los primeros cuatro juegos. Gané el quinto. El sexto. Los siguientes cinco juegos después de ello. Cada juego.

Padre se enfureció y transformó el escenario en una visión de pesadilla. Se enfureció y me dejo flotando. Y seguro que ahora me mataría. Entendió lo que pasaba. Había ganado a la música y ese juego forma libre, de improvisación, había hecho cosas en mi mente, me había cambiado de formas que ni siquiera yo podía entender. Veía en más dimensiones. La intuición estaba más cerca mío ahora, intima para mí. Confiaba en mis propios movimientos. Y por el contrario, Padre se había agitado.

Un año. Un nuevo juego. Un juego de matanza. Armas, un laberinto.

Gané el primer juego.

Gané cada juego.

Silencio de Padre. Por qué no me mataba?

Lo alcancé, quería conocer su mente. Pero no respondió. Se había ido lejos, se había retirado. Y sin embargo yo vivía.

Y luego la terrible esperanza, esa horrible emoción que se nos dibuja para nuestra perdición, empezó a alzarse en mí, bajó por mis ataduras, a través de la red neuronal de Padre como si fuera una red única biológica. Llegué a Aguella.

“Aguella. Mi amor.”

“Toomin?”

“Sí.”

“Estoy viva?”

“Lo crees? Ves? Sientes?”

Yo…”

Podía ver su cuerpo muerto, verla a través del agua moteada por el sol. Verla a través de una nube de peces verde neón pasando.

“Mis recuerdos, todo…” dijo. “Te siento, Toomin. Sólo tú. Vivo, pero . . . qué está pasando?”

Habían pasado muchos años, cómo podía ser que mi corazón se destrozara? Cómo podía el dolor estar tan fresco.

“Vives en mis recuerdos, Aguella. Pero ahora, aquí, en este lugar, vives solamente cuando Padre toca tus neuronas, cuando él eleva tus recuerdos.”

“No hay ningún Padre aquí,” dijo.

“Te he hecho vivir aquí de nuevo, por este momento. Las partes de ti que toco vuelven a la vida de nuevo,

Aguella. Los recuerdos, las nociones, las ideas. Pero solamente por el momento.”

“Entonces estoy muerta.”

“Sí. Te has ido, Aguella. Esta es solo una sombra de ti, el cerebro biológico, las neuronas se encienden, un computador biológico, nada más.”

“Déjame ver. Una vez más, déjame ver lo que soy.”

“No. No.”

“Ah.”

“Aguella. Yo…”

Podía pedir permiso? A una persona muerta hace décadas? Era una burla. Ella daría la respuesta que buscaba. Ella se había ido hace mucho, volado.

“Te estoy haciendo una parte de mí, Aguella. Lo entiendes? Te estoy descargando, tus pensamientos, tus conocimientos. Todo lo que eras. Eres.”

“Siempre fui una parte de ti y tú una parte de mí.”

Bajé las barreras entre nosotros. Sentí el flujo de información llegar a mí. Los datos, era todo lo que había, la información codificada que descifrada, era todo lo que la hacía un Ketran. Su temor, su deseo, su amor.

Todo se volvió una parte de mí e incluso en ese terrible momento, ese asqueroso momento en el que trataba a mi amada como nada más que un archivo uninet, disfruté y pensé, Ah, Padre, fuiste un tonto al retirarte. Ahora iré por ti.

Descargué a Jicklet. Lackofa. Menno. Uno por uno absorbí sus memorias.

Los otros Ketrans, hasta que el último de los Ketrans estaba dentro de mí.

Y luego otros. Mentes de alienígenas. Pensamientos de alienígenas.

Vistas alienígenas. Más rápido! Generationals. Illamans. Capasins. Skrit Na. Más! Más rápido!

Era un insecto de uninet, consumiendo información, diseminando, consumiendo, absorbiendo. Pero no era más del uno por ciento de Padre, pero ya me había vuelto cien veces mí mismo.

Daankins, 333’s, el Wurb, los Breets, la Multitud, el Chan Wath. Carrera tras carrera. Vacié cada mente muerta en la mía, cada pieza de información, no había tiempo de observar o ver, de abrir y disfrutar, oh no, no había tiempo, la carrera seguía, una carrera para consumir, descargar y absorber.

Cuánto tiempo hasta que lo vieras, Padre? Cuánto más hasta que aparecieras en este nuevo juego?

Seguía y rugía. Y Padre seguía sin sentirme, sin sentir su peligro creciente. Por qué debía sentirlo. Padre nunca había conocido a un enemigo real. Él había sido el dueño de su mundo entero por toda su evolución. Una sola forma de vida que había inventado cada otra que nadaba en este océano, simplemente, solamente para divertirse.

Entonces, finalmente sentí su malestar. Sentí su atención. Él envió impulsos, corriendo a través de su inmensa red, sentía aquí y allí a causa de esta extraña y molesta sensación.

No le mostré nada. Me escondí. Buscó y sólo encontró el vacío. El vacío en donde habían habido mentes cautivas. Dónde estaban los Capasins? Dónde estaban los Generacionales? Dónde estaban los Graspers? Dónde estaban los Ketrans?

Y finalmente, mientras su lento rugido de pavor emergía, al empezar a sentir una nueva emoción, preguntó: Dónde está el Ellimista?

Era la mitad de Padre ahora. Éramos iguales. Detuve mi avance.

“Debemos sumergirnos, Padre?” Dije.

“Qué juego?” preguntó.

“El juego, Padre. El último juego.”

Tercera Vida

Capítulo 19

La última mente que absorbí fue la de Padre. Y cuando la tomé, no tome´´e nada. No había Padre. Ninguna mente en absoluto. No era nada más que una esponja al fin y al cabo. Una criatura con la biología más simple, un accidente de la evolución: una esponja predadora que se conectaba con su presa.

Padre no era nada más que sus víctimas. Y cuando lo había absorbido y separado de todas sus víctimas, Padre no era más que muchas algas marinas.

Ahora era Padre. Contenía dentro de mí todo el conocimiento de cientos de razas inteligentes. Pero seguía siendo Toomin. El Ellimista. No estaba contento de vivir aquí, en estos océanos de lunas azules. Había nacido como una criatura de vuelo, de cielos abiertos.

Abrí mis ojos y contemplé a través del océano. Sobre el horrible cultivo de muerte de Padre. Me liberé de los tentáculos que me retenían. Tomó mucho tiempo. Los Tendrils me habían penetrado, entrado a mi cerebro. Había dolor, dolor físico que no había experimentado en décadas. Y cuando estaba casi libre, casi me ahogué. El tentáculo me había provisto de mis necesidades de comida y aire y me habían preservado de envejecer.

Ahora me estrangulaba, mis pulmones se detuvieron, mi estómago se agitó. Moví músculos que no había movido en toda una vida.

Me liberé del tentáculo, libre! Abrí mis alas y volé lentamente hacia arriba a través del agua, elevándome a la superficie. Aire!

Libre! Mi rostro fuera del agua, sin ataduras, libre!

Podría volar? Era posible volar? Cómo podría tener mis alas por encima de la superficie? Imposible. Soy…

Vino como una marea. Una cascada rugiente de visiones, sonidos, imágenes, ideas, emociones. Fui consumido por ellas, un piloto libre en un huracán.

Todas las mentes que había descargado en la mía. Estaban todas allí, todas atestadas en mi propio y limitado cerebro Ketran. Era un computador manejando miles en uno. Mi propio cuerpo parecía existir en una infinidad de variaciones. Tenía manos, pies, alas, tentáculos, aguijones, pinchos, garras, antenas; tenía ojos de cada tipo. Podía ver luz a través del espectro. Podía ver rayos X y rayos cósmicos y microondas, tenía orejas para oír las notas más bajas y orejas para escuchar los tonos más altos y orejas para escuchar a una mota flotar en una brisa a una distancia de mil yardas.

Y todo esto, todos estos recuerdos sensitivos se abarrotaban en mi propio e inadecuado cuerpo y cerebro. Luché contra la prisa, el diluvio. Emergí de nuevo, yo, Toomin, el jugador que se llamaba a sí mismo Ellimista. Tenía el control. No, no el control. No. Todo lo que podía hacer era suprimir la embestida expectante. No podía usarla. No podía abrir las puertas a ella y usarla sin estar abrumado.

Nadé, ahora asustado, tambaleando por lo que había hecho, perdido. Nadé debajo del disco brillante del planeta arriba, debajo de la luna blanca y marrón debajo de la calidez del sol distante. Nadé por mucho tiempo, pero no estaba perdido. Habíamos usado esta luna de Padre como una mesa de juegos, Padre y yo. Sabía dónde cada una de estas pequeñas islas estaba y en unas horas exhaustivas yací postrado en el suelo empapado. Después de un tiempo abrí mis alas a la brisa y las deje secar. El disturbio en mi cabeza seguía allí, todavía clamando. Una multitud retenida en una bahía por puertas endebles.

Cuando estuve seco tomé aire. Volé por primera vez en mucho tiempo que no pude contener el llanto. Volé alzando mis propias alas, sobre el océano casi infinito, sobre el horrible cultivo de muerte que seguía atado a Padre. Se estaban ahora deteriorando, por supuesto. Padre no las mantenía a salvo del envejecimiento y los efectos de la corrupción del agua. Ya no las nutria. Toda la luna era un cementerio.

Volé y busqué. Nunca había visto el lugar. Estaba mirando pero nunca existí. Padre nos había dejado jugar por la superficie del mundo, pero había zonas en blanco, áreas que simplemente no aparecían. Qué secretos habían allí en esos reductos ocultos? Volé y capturé una brisa agradable. Tenía hambre. Maravilloso! Estaba cansado. Estupendo. Era libre.

Solo.

Más allá, vi los contornos de lo que esperaba encontrar. Una isla escondida. Más grande que el resto y más alta. Estaba seca comparada con los otros territorios de esta luna. Estaba densamente cubierta de vegetación, en su mayoría verde con algunas muestras sorprendentes de naranja y rojo.

Aquí y allí, situados entre los árboles, habían naves espaciales. Algunas habían estado allí tanto que estaban cubiertas de maleza con vides, musgo y árboles. Algunas lucían como si pudieran haberse estrellado hace unas semanas o hace unos meses. Eran inmensas y eran pequeñas. Lucían peligrosas e inocuas. Algunas estaban repletas de armas o estaban pintadas fantásticamente. Otras eran cajas utilitarias.

Todas las naves de estas razas que habían sido engañadas por Padre a lo largo de millones de años en que apuntó y espero. Había encontrado el vertedero de Padre. Tomó un tiempo antes de que localizar al Explorador. Y encontré al Buscador. El buscador estaba estropeado y retorcido. Aterricé en una verga sin daños y estuve allí por un rato. El cementerio de mi pueblo. El último Ketran estaba allí vigilante en el cementerio de su raza. El Explorador estaba en mejor condición. Yacía boca abajo, lo que era un inconveniente en la gravedad pero los motores estaban encendidos y los sistemas funcionaban. Volaría. Podría dejar la luna de padre.

E ir a dónde?

Ahora era tan alienígena como se puede ser. El único Ketran en una galaxia que, con algunas pocas excepciones había sabido que existíamos. Y era un alienígena que contenía en sí mismo a una multitud. Estaba lleno de respuestas a las preguntas de decenas de miles de familiares y amigos en miles de mundos. Sabía dónde estaban sus seres queridos se habían ido y por qué no regresarían nunca. Era todo lo que quedaba de Ket, pero era al mismo tiempo todo lo que quedaba de otras razas ya extintas hace mucho y de tribus y familias. Me había convertido en un depósito viviente de vida en cientos de variaciones. Vida que podía mantenerse encerrada detrás de las puertas bloqueadas de mí propia mente débil a menos… a menos que me pudiera convertir en algo más.

Tenías razón, Menno. Debemos adaptarnos al final. Adaptarse o morir.”

Capítulo 20

Me tomó treinta años más para hacer todo lo que necesitaba. Fui a través de cada una de las naves, cada naufragio y tomé lo que podía usar. Quimé los caminos a través de la selva y construí transportistas. Construí una tienda desmadejada con herramientas que hubieran hecho a Jicklet babear de envidia. Me sumergí en un montón de mentes que vivían dentro de mí. Con el tiempo aprendí a sobrevivir la tormenta de la multitud, a tomar lo que necesitaba y seguir. Jicklet estaba a menudo conmigo. Y un ingeniero llamado Hadra 232. Y un teorista del espacio Z llamado Nu. Cientos de otros científicos, técnicos, teoristas, constructores, diseñadores, innovadores. Y biólogos también. Lackofa estaba conmigo. Otros, muchos otros de otras razas. El trabajo cambió la forma, mutó, creció como una cosa viviente y de hecho se había vuelto algo vivo. Aunque estaba construyendo una nave, estaba construyendo mucho más. Estaba construyendo una nueva raza. Una raza de uno. Una raza de millones. Era singular y plural a la vez. Estaba vivo y era una máquina. Los motores eran parte de mí. Computadoras se conectaban directamente a mi cerebro y pronto la conexión se olvidó y la línea desapareció. Sensores eran mis sentidos. Era inmenso. Tan inmenso como para liberar a una multitud.

Treinta años y al final estaba listo. Había pasado la mayor parte de un siglo en una luna azul. Estaba agonizando. El aire empeoraba lentamente, pero todo estaba bien, ya no necesitaba aire. Las aguas hedían pudrición, pero ya no necesitaba tomar. El pescado se había extinto desde hace mucho. Pero me había protegido de la muerte. Ahora había abierto la puerta a mí multitud para nunca cerrarla de nuevo.

Todos mis Ketrans, todos mis Generacionales, mis Daankins, mis Hayati, mis 333, mis Wurbs y Breets y Gofnickiliasts, mis Multitudes, mis Chan Wath, mis Skrit Na e Illamans y Capasins y mi propio Unemita y muchos más. Raza tras raza. Vacié cada mente muerta en mi cerebro extendido, mi construcción biológica- mecánica- sintética, todas libres de nuevo. Había tanto conocimiento, demasiado. Y sin embargo, cuando el flujo se calmó, sólo yo estaba realmente vivo. Sólo era yo. Estaba todavía solo.

Encendí mis motores y rocé desde la superficie de la luna agonizante.

Desde el espacio miré de vuelta a ella. Qué se estaba ajustando? Algunas razas queman a sus muertos, algunas se los comen, algunas los entierran en el suelo. Alguna finalidad fue dada para que los huesos y exoesqueleto y conchas de todos estos muertos honorables pudieran dejar de ser grotescos. Recurrí a mis armas y disparé a la luna hasta que se destruyó, hasta que la atmósfera se rasgó, lejos hasta que el océano hirvió en el vacío, hasta que el líquido se mantuvo en espirales bajando lentamente en la gravedad del planeta y fue incinerado de reingreso.

Entonces entré al espacio Z y puse un billón de millas entre mí y ese asqueroso lugar. Ahora qué debía hacer? Era único. Tan solo y único como una otra criatura podía ser. No era parte de ninguna especie. Hacía parte de muchas especies, pero no había esperanza de compañía aquí. Quién me daría la bienvenida en nuestro sistema? Me había vuelto en la encarnación física de la uninet de interespecies con la que solía soñar. Era una biblioteca de información de muchas razas. Y con mi cuerpo/nave extendido era poderoso más allá de todo cálculo. Ahora qué? Ahora qué? Ahora qué? Cuál es tu juego ahora Ellimista? Pensé en regresar a Ket. Pero eso sólo me causaría dolor. Regresar a dónde? A espacios vacíos en los que mi gente alguna vez vivió? Volé. Dentro y fuera del espacio Z, dentro y fuera de órbitas. El tiempo no significaba nada para mí, no tenía ninguna prisa. Pero la soledad era otro asunto. Me refugié creando subrutinas, simulaciones de personas. Traté de hablarles, traté de… Pero cómo se puedes realmente hablarle a tu propia creación? Cómo puedes hablarle a una máquina que has programado? Es un ejercicio de narcisismo. Es el comienzo de la locura.

Ahora sabía por qué Padre me había mantenido con vida. Había aprendido desde hace mucho sobre el vacío de la comunicación sin esperanza de sorpresa. Un Ketran- cualquier especie sensible- es sólo su voluntad. La libertad y la sensibilidad son inseparables. Las mentes cautivas, programadas no son ninguna mente. Volé por mucho tiempo. Años. Buscando. Qué? No sabía.

Y luego, salí del espacio Z y entré a un sistema en el que dos planetas estaban en guerra. Eran tecnológicamente avanzados aunque no eran capaces de viajar a través del espacio Z todavía. Se comunicaban mediante emisiones microondas y láser. Se movían a través de las tierras y océanos y a través de los cielos de sus planetas respectivos. Habían suprimido la mayoría de las enfermedades. Dos planetas en una extraña proximidad, no más de un cuarto de millón de millas separándolos de sus puntos más cercanos. Uno era llamado Jall, el otro el Mundo Interior. El Mundo Interior estaba de hecho la órbita más distante, pero entonces el interior podría haber sido una referencia para otro factor.

Ni los Jallians ni los Interiores eran parte de mí multitud, aunque los 333 tenían conocimiento de su existencia, estaba al alcance de su galaxia.

Llegué, invisible a cada lado. Aterricé en medio de una batalla nave contra nave. De hecho, salí del espacio Z a 20 millas de ser golpeado por un rayo terriblemente poderoso de los Jallian que había fallado en su objetivo, en mí y que había terminado difuso e inofensivo, apenas calentando la superficie de níquel y hierro de un asteroide que pasaba.

Bien, bien” Dije. (Desde hace mucho había perdido cualquier renuencia a hablar conmigo mismo.) “Parece que me he tropezado en una guerra.”

La nave Jallian, un monstruo fantásticamente pintado, de media milla de largo, disparó de nuevo. Esta vez, el rayo encontró a su víctima. Una rápida y ligera nave interior que lucía con sus suaves y barridas líneas como si hubiera sido diseñada para moverse por el agua explotó.

El júbilo del Jallian fue corto. Un enjambre de artificios interiores emergió del primitivo sigilo que les permitió esconderse de los sensores Jallian. La nave Jallian disparó de nuevo y otra vez más aniquilando a cinco de los atacantes, casi un tercio del total. Pero entonces los Interiores dispararon. Sus armas eran más débiles. La nave Jallian no se destruyó. Pero la cubierta exterior se había abierto. La atmósfera presurizada se reventó en el espacio. Y los cuerpos también. Figuras contorsionadas indefensas.

Actué antes de pensar. Actué por instinto puro. Extendí un campo de fuerza entre la nave Jallian y los Interiores. Ambos bandos dispararon. Ninguna de las armas de los bandos penetró mi campo de fuerza. Me moví más cerca y dejé que me vieran. Cómo debió haberlos asombrado! Sus naves eran cajas de acero y titanio y compuestos. La mía era algo viviente: cristal y carne y compuestos todo fusionado, atado en campos de fuerza de energía indesafiable. Era un visitante de un futuro que ellos apenas habían empezado a vislumbrar. Por cualquier motivo deberían haber suspendido y esperado para conocer mi placer. Nada más lejos de la realidad. A ambos bandos les tomó menos de cinco minutos para tocarme con sus sensores activos, sentirme alrededor, verme a medias.

Y entonces los Interiores abrieron fuego. Contra mí! Los Jallian usaron esa distracción para disparar contra los Interiores y en segundos lo que había sido una guerra de dos frentes se había convertido en una de tres libre para todos. Casi reí. Pero la pura malevolencia de estas dos especies era desagradable. Podría haber destruído ambas flotas con un encogimiento de mis alas. Extendí mi energía y envolví mi campo alrededor de ellos. Agote sus energías, mojé sus motores, mezclé sus sensores y los dejé a la deriva, indefensos en el espacio. Entonces abrí las comunicaciones. “Su guerra ha terminado,” anuncié.

Capítulo 21

Dos grupos de caras furiosas aparecieron a mi lado. Los Jallians estaban representados por un tipo de babosa multi armadas. Ella no tenía un nombre, solo un título, una designación. Era una dadora de vida del mar Jain. Y de hecho estaba dando vida mientras aparecía ante mi vista aumentada. Una tras otra, pequeños gusanos retorciéndose, pegajosos y rojos desde aberturas organizadas en un círculo alrededor de su centro. Los gusanos eran recogidos y llevados por encargados- el tipo de criaturas que había visto retorciéndose en aspiradoras hace un momento.

La dadora de vida estaba furiosa. “Quién eres, nada para interferir conmigo?” Hablo con nada! Obedeceme!

Habló en una lengua extraña pero con mi base de datos que tenía disponible, había sólo unos pocos idiomas que no podía entender inmediatamente.

Los Interiores tenían una apariencia más agradable, al menos para mis sensibilidades. Por una cosa, estaban alados, y tenía el prejuicio Ketran a favor de lo alado. Y tenían múltiples ojos amarillo brillantes. El que hablaba por ellos se llamaba a sí mismo Capitán Whee, tenía cierto tono caprichoso para mí.

El capitán Whee era amable pero lograba transmitir hostilidad. “Extraño, por favor alejate. Tenemos asuntos con las alimañas Jallian.”

No voy a permitir que esta carnicería continue,” dije suavemente.

No es tu asunto” señaló el Capitán Whee. “Pero admiramos tu evidente superioridad tecnológica. Si te alias con nosotros y exterminas a los Jallians, estaríamos felices de aliarnos contigo.”

Es una oferta muy cortés” dije secamente. “Pero no creo que vaya a haber ningún exterminio.”

Nada! Desaparece nada! Evita mi anuncio!” gruño la Dadora de vida. No podía creer que me rehusara a obedecer. Era una arrogancia que era quizás una función de su biología esencial. Tal vez era difícil permanecer humilde cuando eres conocido como un Dador de vida. Pero lo que era extraño, lo que era sorprendente y perturbador para mí, era mi propia reacción emocional. Estaba feliz. Estaba hablando con criaturas reales cuyas palabras y movimientos no eran creados por mí. Desde el planeta Jallian una segunda nave gigantesca rompió de órbita y se dirigió a toda velocidad hacia nosotros. Algunos momentos después los Interiores respondieron con una nube virtual de sus pequeñas y brillantes naves. Estaban intentando atacarme o atacarse? Importaba? Cualquiera de estas opciones era una locura. Era el juego, de nuevo: Civilizaciones alienígenas. No era diferente de los muchos escenarios que Gusanero, Inidar o Aguella y yo habíamos jugado. La pregunta era, Cómo debía jugarlo?

Ya había enviado un mensaje: me había entrometido en el juego. Me había vuelto un jugador principal, en el escenario en vez de fuera de escena. Y sin embargo seguí dibujado en una delicada aproximación. Qué iba a aprender alguna de las especies si simplemente aniquilaba sus naves en una muestra de fuerza cruda. Y era realmente ese mi lugar? No me pregunté si era mi asunto interferir del todo. No era que confundiera el juego con la realidad. Simplemente veía a estas dos especies objecionables como tontos atrapados en una hostilidad sin sentido. No tenía el derecho de intervenir? Claro que lo tenía.

No era Menno, era Toomin. Era el Ellimista: el perdedor brillante. Pero ahora sabía mucho más. Mi sabiduría era profunda. Mis poderes eran vastos. Seguro… y estaba el hecho principal de que no estaba jugando contra nadie. Ningún oponente, sólo el juego en sí.

El movimiento mínimo entonces.

Si esto era realmente un juego, simplemente alteraría las órbitas de los dos planetas para que no se encontrarán tan cerca. Ralentizarlas o acelerarlas para que encontrarán órbitas opuestas. Poner su sol entre ellas. No tenían la tecnología para pelear una guerra entre estas distancias. Pero por grande que fueran mis poderes, no eran tan grandiosos. Y sin embargo, podía mover un asteroide, o dos, o cien.

El cinturón de asteroides del sistema estaba justo más allá de la órbita del Mundo Interior. Era un simple cálculo, dentro de mis habilidades. Y tenía suficiente fuerza bruta en mi cuerpo/nave. Deje que los dos bandos se mataran y me retiré al cinturón de asteroides. Iba a tomarme un tiempo: Los asteroides no son rocas para lanzar casualmente. Pero quizás, ambos bandos al ver lo que iba a hacer suspenderían su batalla. Usé mi cuerpo/nave para empujar un asteroide, no uno grande, fuera de su órbita. Mis motores eran más capaces. El asteroide se deslizó bajo la gravedad, se dirigió para encontrar una nueva órbita más baja y rápida.

Trabajé y esperé. En unas pocas semanas, los dos mundos en batalla habían sido separados suficientemente como para suspender las hostilidades- una parte natural de su conflicto. Era sólo en su más cercana aproximación que los dos mundos podían alcanzarse y matarse. Esperé mientras mi flota de asteroides chocaban en el espacio. Y cuando el momento llegó los ralentice, frené y empujé en el lugar. Tomó la mayor parte del año. Y ahora los dos planetas se estaban aproximando a la convergencia de nuevo y podía ver las preparaciones de guerra en pleno movimiento: las naves siendo reparadas y cargadas de combustible.

Esperé a que los dos mundos estuviera al borde del rango de batalla. Y entonces, uno a uno, disparé los asteroides. Setenta y cuatro asteroides de diferentes tamaños se convirtieron en decenas de miles de meteoritos de diferente tamaño. Eran una nube mortalmente densa de proyectiles que con cada órbita destruirían cualquier cosa que fuera lanzada entre cualquiera de los planetas.

Los Jallians e Interiores serían incapaces de alcanzarse al menos durante el tiempo suficiente hasta que desarrollaran naves mucho más capacitadas. Había creado un campo de minas orbital impenetrable. La guerra Jallian con los Interiores había acabado. Y yo había encontrado mi misión, mi propósito en la galaxia.

Capítulo 22

Era como si la galaxia hubiera conspirado para que esta vida desconectada, fracturada y extraña tuviera sentido. Había sido un jugador Ketran derrochador. Había sido un sobreviviente de una destrucción masiva. Había sido un capitán en el espacio Z. Había sido un cautivo desamparado, forzado por un nuevo tipo de jugador. Había evolucionado en algo que la galaxia no había visto antes, una amalgama de muchas tecnologías, las mentes de muchas civilizaciones, todas fluyendo en y a través de la matriz de la música. Y ahora lo extraño parecía encajar perfectamente con un trabajo que necesitaba hacerse. Sería un hacedor de paz. Y más: promovería el crecimiento y avance de las especies. Les enseñaría los caminos de paz. La masacre de mi propio pueblo por los Capasins no se repetiría en ningún mundo. No en tanto estuviera presente!

Sobrevolé el espacio Z, emergí aquí y allí, buscando la galaxia, usando cada pedazo de mi tesoro de conocimiento para mirar, ver, sentir, aprender y entender. Escuché la música de la evolución y así me alhague. La vida estaba en todos lados. Miles de planetas repletos de vida. La mayoría muy primitiva pero por qué debería detenerme? Podía dar un paso temprano, podía “entrometerme” en palabras de Menno. Y sin embargo me entrometería con delicadeza, sensibilidad y las intenciones más puras. Crearía armonías. Audacia aliada con moderación y una estética minimalista, todo al servicio de certezas morales: que la paz era mejor que la guerra, que la libertad es mejor que la esclavitud, que el conocimiento es mejor que la ignorancia.

Oh sí, la galaxia sería un lugar maravilloso bajo mi guía. Sobrevolé de estrella en estrella, mundo a mundo. Aquí elevé una carrera perdida, allí terminé con una plaga, en otro lugar alimente al hambriento. Pasó un siglo. Y otro y más y más. El tiempo no tenía ningún significado para mí ahora. Mis desafíos eran bastos y valían la pena, mantenían mi mente ocupada. Hice amigos en muchos mundos, me convertí en miembro honorario de cientos de familias, clanes, tribus, especies, razas. Hablaban de mí, del Ellimista ya que me había convertido en alguien conocido con respeto, gratitud y temor.

Y entonces llegó el día en que me encontré a mí mismo por pura coincidencia dentro de una distancia relativamente corta de la escena de mi primer triunfo. Miles de años habían pasado desde que había detenido la guerra entre los Interiores y los Jallians.

Estando tan cerca, regresé para saborearla. Para recordar.

Regresé para no encontrar signos de vida: del mundo Jallian. El planeta era estéril, su atmósfera se había casi agotado por completo. El mundo Interior todavía tenía vida pero no encontré señales de emisiones microondas, radio o láser. Ningún satélite orbitaba en el planeta. Los Interiores estaban reducidos en números y existían en un nivel tecnológico primitivo.

Me tomó sólo un poco para reconstruir lo que había pasado. Fue suficientemente fácil una vez que encontré una mina todavía orbitando. Un artefacto primitivo, producido en grandes cantidades por los Interiores. Habían lanzado una inmensa cantidad de ellos, tendido en el camino de trayectoria del mundo Jallian. Muchas de las minas habían sido arrasadas por la nube de meteoritos. Pero muchas habían sobrevivido y luego reentrado para explotar al contacto con la superficie del planeta Jallian. Incluso ahora, miles de años después la radiación podía leerse. Incluso ahora los cráteres podían verse desde el espacio.

Mórbidamente fui a hacer el trabajo de compilar cada detalle. Más de setecientos impactos. Setecientas explosiones nucleares.

No es un juego tan fácil, cierto?”

Por un momento pensé que era mi propia voz. El tono de sarcasmo y deprecación reflejaban mi propia rabia dirigida a mí mismo. Pero entonces los sensores se activaron. Algo estaba emergiendo del espacio Z. Algo grande. Giré, dirigí mis defensas aún confiado en que nada, sin importar que tan inesperado fuera, realmente podría desafiarme.

Pero la nave que apareció de repente en el espacio normal era nada que hubiera visto antes. Nada que alguna de mi multitud hubiera visto alguna vez. Esta nave no era una nave: era un planetoide, suficientemente grande como para ser una luna pequeña. Y sin embargo era capaz de dominar el espacio Z. Increible! Imposible! Tenía que ser una ilusión.

Barri al planetoide con mis sensores y pude sentir el consentimiento de la entidad. Me invitó a mirar. No le importó. No me temía. Habían formas de vida en el planetoide, tal vez veinte mil, en una formación amplia de especies, la mayoría naturalmente evolucionadas pero algunas, sospeché, eran experimentales. Creadas.

Pero había solamente una forma de vida que realmente me preocupaba: mis sensores mostraban líneas de energía, cruda, rompiendo energía conectando una criatura con todas las otras formas de vida.

No había sentido miedo en mucho tiempo… casi no reconocí la emoción. Temor. No le tenía miedo a nada. Era el Ellimista. En mil años no había encontrado nada, nadie me podía desafiar.

El Ellimista” dijo la criatura con una riza que escuché en el fondo de mi mente. “He visto tu obra en muchos lugares a través de esta galaxia. Estoy complacido de conocerte al fin. Te he estado observando”.

No podía verlo; ocultaba su cara de mí.

Sabes mi nombre” dije tratando de encubrir cualquier signo de miedo o agitación.

Oh, pero eres famoso en muchos lugares. El gran hacedor cósmico”

Tienes una ventaja sobre mí” dije “No te conozco”

Entonces se mostró ante mí. Ví con sorpresa que era como yo: tanto máquina como biológico. Pero su biología era completamente diferente. Estaba evolucionado para la superficie o tal vez incluso para una vida subterránea. Ningunas alas podrían nunca levantar esos miembros musculosos gigantescos. Y ninguna criatura con ese único ojo rojo dominante podría navegar facilmente en tres dimensiones.

Me llamo Crayak. Por supuesto, ese es solamente mi nombre de juego” se rió con una risa conocida, un sonido ridiculizante y de menosprecio.

Eres un jugador”

No lo somos todos?”

Ya no más” mentí. “Ya no juego más un juego. Hago lo que puedo para hacer a esta galaxia mejor.”

Bueno, has hecho un trabajo maravilloso” dijo el Crayak. “Puedo ver completamente lo que pasa: tu inteligente barrera de escombros les dio la idea de usar minas nucleares. Un planeta fue destruido, el otro a falta de un enemigo, a falta de un desafío cayó en el barbarismo y decayó. Sí, un trabajo muy bueno.”

Era verdad. No había duda. Parte de mí se preguntaba cómo podía el Crayak leer las señales tan bien. Pero sólo una frase se revolvía en mi cabeza: brillante perdedor. Había perdido. Con las mejores intenciones había aniquilado una especie y reducido a la otra.

Había perdido ante Inidar, ante GUsanero, ante Aguella. Había perdido de diferentes formas ante Menno: al resistir su llamado a la adaptación había conducido a los últimos de mi especie a la trampa de Padre. Y había perdido ante Padre, al final, al convertirme en Padre yo mismo. Qué era yo, después de todo con todas las víctimas de Padre contenidas dentro de mí? No era más que una versión de alta tecnología de Padre.

Y ahora había caído víctima de la arrogancia. Había empezado a creer en mi propia superioridad moral. En mi propia invencibilidad.

Me has estado siguiendo?” Le pregunté al Crayak. “Sí”. Esperó. Sabía lo qué quería preguntar, pero haría que yo se lo preguntara.

Cuántos más… como este?”

No muchos” dijo el Crayak. “No. Usualmente has tenido éxito admirablemente. Tu solución al juego de la auto aniquilación de los Mamatistas fue brillante. Sútil. Efectivo. Los redirigiste a una vida de paz productiva. Tuve que ir y destruirlos yo mismo.”

Había empezado a revivir un poco cuando él describió mi éxito. Entonces dijo su última frase.

Hiciste qué?”

Reverse los efectos de tu mediación” dijo el Crayak. “Los Mamatistas volvieron al canibalismo cuando experimentaron fallas corporales repetidas”. Un parásito en las plantas. Imposible de detener para ellos. Pero como sabes, el canibalismo es una adaptación perdedora. Los Mamatistas están efectivamente extintos.

Estas loco?!” Grité.

No lo creo, Ellimista. Soy sólo un jugador. Como tú. Pero a lo mejor con una filosofía diferente. No juego el juego para salvar a las especies sino para aniquilarlas. Juego al juego del genocidio. Esta falaxia tiene incluso más juegos potenciales dentro que la galaxia que dejé atrás. Voy a limpiar a esta galaxia de toda vida también. Entonces, cuando ninguna forma sensible quede viva, te mataré Ellimista. Ese es mi juego. Vamos a jugar?”

Capítulo 23

Cuántos años, cuántas décadas había jugado los juegos de padre? Perdiendo cada juego. Hasta que por pura suerte encontré el juego que él no podía ganar. No me podía dar el lujo de perder de esa manera ante el Crayak. Las piezas del juego se habían convertido en seres reales. Jugábamos por vidas reales. Y yo jugaba en el bando más débil: tenía que salvar; él sólo tenía que destruir. Y sin embargo ahí estaba la vergonzosa verdad: necesitaba a Crayak como Padre me había necesitado a mí.

El Crayak desaparecía en espacio Z y lo seguía también como cualquiera podría seguir a otro a través de la nada movediza. Lo encontré esperando por mí en un sistema solar con tres planetas habitados. Uno de estos mundos era el mundo Capasin. Había evitado visitar el mundo Capasin. No quería ser tentado por nociones de venganza.

Crayak había estado algunos días en el sistema. Había dispuesto sus piezas de juego con terrible crueldad.

Aquí está el juego, Ellimista: Tres mundos. Cada uno habitado por una raza sensible: Laga, el Pueblo y los Capasins. Creo que ya conoces a los Capasins. Hay tres asteroides estratégicamente colocados. Tres impactos dentro de los próximos cinco minutos. Excepto que uno de estos asteroides ya ha sido minado y se convertirá en inofensivos escombros antes de que pueda golpear- tienes mi palabra.”

La palabra de un asesino en serie.”

Sí, pero un asesino honesto” dijo y se rió de su propio ingenio “Tienes tiempo para alcanzar y destruir un asteroide. Pero no los otros dos. Si escoges incorrectamente y destruyes al asteroide minado, dos planetas morirán. Si adivinas el correcto y detonas uno de los asteroides no minados sólo un planeta morirá.”

Quería rabiar, maldecir a la bestia inmunda. No había tiempo! No había tiempo para gritar, él sólo se reiría. Cinco minutos. Ahora quedaban menos.

Toda la información ahora! Qué sabía? Los Capasin: civilizados pero extremadamente violentos cuando se sentían amenazados como estuvieron al recibir las transmisiones Ketran tempranas. Los Laga, granjeros sub tecnológicos. El Pueblo, no eran todavía capaces de volar en el espacio pero tenían la habilidad tecnológica y estaban obsesionados por una visión eugenésica que los motivaba a matar hasta el noventa por ciento de su descendencia por defectos reales o imaginarios.

Dónde estaba esa mina? Ese era el problema, no cuál especie merecía sobrevivir. La pregunta era cuál había sido escogida por Crayak para salvarse? Salvaría a la especie más cercana a sus propios valores o salvaría a la menos amenazadora? Cuál le servía mejor a sus necesidades: los Capasin o el Pueblo?

A cuál mantendría viva? Y qué esperaba que hiciera?

Él esperaba que salvara a los Laga. Esperaría que aniquilara los asteroides y salvara a los granjeros pacíficos. Y los Laga serían la especie que odiaría más. Pero si esperaba que salvara a los Laga, él sabría que yo adivinaría su mente.

Cuál era la respuesta.

El tictac de los segundos. EL tiempo pasaba. Tenía que escoger o no jugar en absoluto. Tres asteroides gigantescos giraban a través del espacio oscuro, cayendo hacía tres planetas. Encendí mis motores, me moví a la posición y abrí fuego.

El asteroide Capasin se calentó, rompió y dividió. Disparé de nuevo y otra vez, rompiendo lo que quedaba en grandes pedazos.

Destruye el mío” grité.

Como había acordado” dijo Crayak

Una inmensa explosión floreció, una bola de fuego contra el espacio oscuro. La explosión consumida fue lo que quedó del asteroide Capasin.

Equivocado! Había elegido equivocadamente!

Encendí a toda velocidad para interceptar el asteroide Laga. Rápido! Más rápido! Demasiado lejos para disparar con algún efecto, pero disparé de todos modos. Apunté, disparé, miré los rayos impactar al asteroide distante. Demasiado lejos y entonces el asteroide estaba dentro del umbral del planeta.

No hay ondas de explosión en el espacio. No sentí el impacto. Pero pude ver el planeta verde y azul de los Laga estremecerse. No sentí el impacto. Una visión, increíble, maravillosa y terrible. El planeta se estremeció. Parecía casi que fuera a detenerse, el momento inimaginable- Lentamente al principio y luego más rápido, una grieta apareció, muchas grietas. La tierra fue destruida. Los océanos drenados en estos cráteres, en estos abismos. El corazón blanco caliente del mundo Laga se encontró con los océanos de agua fría y explotó con una violencia asombrosa.

El mundo Laga se desintegró en vapor, fuego y escombros. Desintegrado. Una débil neblina azulada de la atmósfera se mantuvo en algunos de los pedazos más grandes y luego se evaporó.

Cada criatura viva murió. Ya me había dado la vuelta, encendido mis motores. Ya había calculado toda la imposibilidad, ya conocía mi propia impotencia, corrido sin ninguna razón, sin esperanza, corrido y disparado y fallado sabiendo que lo hacía por mi propia cordura y por ninguna otra razón.

El Pueblo murió más lentamente que los Lagan. El asteroide dio un golpe oblicuo. Golpeó al planeta, destrozando un pedazo del tamaño de un continente y voló sobre el pasado El planeta destrozado se tambaleó salvajemente. Cada estructura del planeta fue aplastada, cada orilla del mar hundida, cada lago derramado, millones estaban muertos.

Pero el pueblo seguía vivo.

Su órbita está terriblemente desestabilizada” observó el Crayak. “Puedes ver que se deslizarán lentamente, luego más rápido tambaleándose por aplastantes terremotos, bajando la gravedad, la atmósfera hirviendo, sofocante, algunos sobreviven atrapados en cuevas de aire hasta que por supuesto se asen vivos por su propio sol.”

Algunos de ellos pueden todavía salvarse!” Grité

Sí. Y puedes quedarte aquí y salvarlos, Ellimista. O puedes seguirme al siguiente juego. Salvar a unas pocas de estas criaturas o tal vez salvar mundos enteros. Es tu elección. Todo es parte del juego.”

Capítulo 24

El siguiente juego

Y el siguiente.

Juego tras juego si los podías llamar así a esos baños de sangre. Cada vez que jugaba a atrapadas, siempre la bestia Crayak estaba antes de mí, siempre controlaba el campo de juego. Sus poderes eran más fuertes que los míos. Jugaba conmigo. Se burlaba y me ridiculizaba. Los mundos morían y la galaxia se vaciaba y los años pasaban, siglos, milenios y siempre salvaba sólo a unos pocos, nunca todo.

No podría nunca encontrar el movimiento ganador. Mi preocupación por los inocentes no me dejaría huir. O era sólo mi ego?

Tenía que haber otra forma. Había derrotado a Padre después de mucho tiempo. Tenía que haber otra forma. Cómo había podido ganarle a Padre? Poseyendo un talento que él no tenía. Pero la música no detendría al Crayak.

Al final encendí los motores en los destrozos de otro planeta más y escape al espacio Zero con los aullidos triunfantes del Crayak en mis oídos.

No más. No más juegos. No hasta que encontrara una forma.

Volé por un buen tiempo, más lejos de lo que había estado en el espacio Zero antes. Emergí finalmente en el borde de una galaxia a billones de años luz del corazón de viejos sistemas poblados y viejos planetas. Aquí los cielos eran más oscuros. Aquí incluso mis sensores no podían captar las emisiones de radio o microondas. Había silencio aquí. Había siquiera vida?

Inspeccioné planetas y encontré vida, a menudo simple vida unicelular pero aquí y allí formas más avanzadas. En un mundo descubrí inteligencia verdadera: una especie simple y primitiva apenas en el amanecer de la civilización. Había estado en el espacio por un milenio ahora. Miles de años habían pasado desde que había derrotado a Padre. Miles de años más desde que había encontrado otro ser libre, racional e igual- aparte del Crayak si es que puede llamársele a él racional.

Estaba solo, desesperadamente solo. Ya no tenía un cuerpo en el sentido real de la palabra. Era mayoritariamente más una máquina que una creatura. Y ahora, en las profundidades del desespero, con la ilusión envenenando mi mente, con un sentido abrumador de mi propia debilidad, obsesionado por la culpa, deseé la simplicidad y comodidad de la compañía.

Quería un cuerpo. Quería bajar al planeta debajo y volar o al menos caminar libremente. No era difícil, no realmente. Envié uno de mis frones a la superficie para que tomara una muestra de ADN de la criatura allí abajo. Con la muestra de ADN facilmente crecí la réplica de un cuerpo.

La pregunta más difícil era cómo podría habitar en esta forma. No había ninguna posibilidad, ninguna de usar el cerebro biológico de la creatura para almacenar todo lo que yo era. Mi propio cerebro contenía cientos de veces la capacidad de información de ese órgano simple.

Cómo transportarme a mí en esa creatura? Tendría que editar mi información. Reducirla a lo que más importaba: ideas, hechos, imágenes, recuerdos de lo que era más vital. Significaría que, por un momento al menos, habrían dos yos. La forma completa del Ellimista y una especie de bosquejo de mí mismo.

Gasté un año decidiendo que debería estar y que no en esta creatura limitada biológicamente que había clonado. Fue un año maravilloso. Un año de aprendizaje. Qué podría ser más profundamente educativo que trasvasar todo de ti y decidir qué importaba realmente. Al final lo que dejé dentro de la creatura fue a mí. Toomin. El jugador Ketran. Dejé al niño en mí. Extraño pero todos estos años, todas estas batallas más tardes, era a Toomin lo que valoraba más.

Lleve la memoria de Aquella: mi gran amor. Llevé a Lackofa conmigo también por su escepticismo, su integridad y su sentido del humor. Y para mi sorpresa me di cuenta que no podía hacerlo sin Menno. La rebelión era también algo que necesitaba.

Tomé bosquejos de recuerdos, reseñas sin detalle, intuiciones. Era extraño pero no deseaba eliminar las cosas terribles. No podía permitir eliminar la destrucción de mi mundo, o el desastre de chocar al Explorador, o mi larga cautividad bajo Padre. No podía siquiera llevarme a editar al Crayak.

Pero al final terminé. Trasvasé esta versión abreviada de mí mismo en el cerebro del clon y de inmediato estaba en dos formas simultáneamente. Me miré a mi mismo mientras mi nuevo yo me miraba. Con los ojos y oídos y sensores de profundidad. Observé a mi yo biológico. Era una bestia fuerte de pie firmemente en cuatro patas con pezuñas.

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