#15 La Huída

Sinopsis:

¿Hay algo peor que descubrir que tu madre es Visser Uno, el jefe de la invasión yeerk en la Tierra?

Eso mismo le ocurre a Marco. ¿Cómo podrá mirarla a los ojos, sabiendo que en su cerebro se oculta un yeerk?

Cuando Marco, los demás animorphs y Ax descubren que Visser Uno supervisa un proyecto submarino secreto, deciden ir a echar un vistazo.

Sin embargo, Marco no sabe si va a ser capaz de pelear en esta batalla.

Datos del libro:

El libro tiene 27 capítulos que ocupan 163 páginas.

En La Huida, conoceremos una nueva raza alienígena que tendrá mucha importancia en la serie: Los leerans; unos seres capaces de leer las mentes de los que les rodean.

Como nuevas formas, a Marco le da por transformarse en un loro(23) para dar una lección a los de un restaurante temático, pero no se queda ahí, sino que a demás adquiere un tiburón martillo(24) para dar una buena lección a los yeerks. Jake ayuda a Marco en su misión con otra forma de loro(21) y consigue, aun que de una forma algo más sencilla un tiburón martillo(22). Y Rachel, a la que no le gusta ni perderse ni una, adquiere también el loro(23) y al carnívoro tiburón martillo(24)

Leer el Libro:

Capítulo 1:

      Me llamo marco. Siempre me ha gustado mi nombre: Marco. Me recuerda a Marco Polo, aunque ese no sea mi apellido, ¿o si? No os lo pienso decir.

      Ninguno de nosotros, los animorphs, va a revelaros su apellido ni el lugar donde vive. No vamos a dar pistas para que los yeerks nos encuentren.

      Y os preguntaréis quienes son los yeerks. Os lo diré.

      Son una especie de parásitos, como la tenia, pero peor. Veréis, los yeerks no son de esos que se cuelan en tu estómago o en los intestinos. Qué va, se introducen a través del conducto del oído, acoplando sus cuerpos maleables a los pliegues y arrugas del cerebro, y se ciñen con fuerza a las neuronas hasta controlar por completo a su portador. Un yeerk es capaz de dominar a una persona más de lo que podéis imaginar.

      Seguro que pensáis que no es para tanto, pero os equivocáis. Si tuvierais un yeerk en la cabeza en este momento, él movería tus manos y dedos, dirigiría los movimientos de vuestros ojos y decidiría si tiene hambre o no.

      Si un yeerk entra en tu cerebro, te conviertes en su esclavo. Puede abrirte los recuerdos y leértelos como si fueras un libro. Puedes pensar, sentir, tener miedo, estar furioso o sentirte humillado, pero no puedes hacer nada por ti mismo. Es un tipo de esclavitud más dura que la que jamás ha existido en la Tierra, claro que esas sabandijas no son de este planeta.

      Una persona que porta un yeerk en la cabeza es un controlador. Si la víctima es un humano, se llama controlador humano.

      Si es un hork-bajir, se llama controlador hork-bajir, pero, como casi todos los hork-bajir son controladores, muchas veces pasamos de decir su nombre completo.

      Los yeerks, bajo el mando de una criatura malvada, Visser Tres, están invadiendo la Tierra, y nosotros, cinco chicos humanos y un andalita, luchamos para detenerlos. Sólo nosotros sabemos lo que está sucediendo, aparte de los yeerks, claro.

      Y ¿cómo luchamos? Contamos con el poder que nos concedió un príncipe andalita antes de morir: el poder de la metamorfosis, que consiste en que podemos convertirnos en cualquier animal con sólo tocarlo.

      ¿Cómo saber quién es un controlador? Ahí está el problema. No hay forma de saberlo. Por mucho que mires a los ojos de la persona en quien más confías es imposible saber si detrás de esa mirada se esconde un parásito extraterrestre.

       Ahora entendéis el porqué de mi negativa deciros mi apellido, mi dirección, o el estado donde vivo. Quiero seguir con vida. Quiero seguir con vida para luchar y algún día rescatar a la persona que más me importa en este mundo, la persona a la que durante años miré a los ojos sin sospechar que había dejado de ser mi madre hacía ya mucho tiempo.

       Pero esto de ser un animorph no siempre supone peligros o batallas.

       A veces, los poderes que poseemos pueden llegar a resultar útiles, y hasta divertidos.

      Aquel día era un miércoles por la tarde. Después de clase habíamos decidido ir al nuevo centro comercial a pasar el rato. Es un complejo enorme que han construido al otro lado de la ciudad.

      Había sido idea de Cassie, y eso era raro. A ella jamás se le ocurriría un plan como ése, pero era por un asunto de malos tratos a animales, y si Cassie está cerca es mejor que nadie se meta con los animales.

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡La comida está rica! ¡La comida está rica! ¡Squuuuaaaaakk!

      Estábamos todos, Jake, Cassie, Tobias, Rachel y Ax. Ax había adoptado forma humana y Tobias también.

      Tobias ha recuperado la capacidad para transformarse, pero sigue siendo un ratonero de cola roja, es decir, puede transformarse en su antiguo cuerpo humano, pero si permanece en él más de dos horas, se quedará para siempre atrapado en él y perderá la capacidad de cambiar. Tuvo que elegir y decidió vivir como un ave rapaz para poder conservar el poder de las transformaciones.

      Yo no se si hubiera sido capaz de tomar esa decisión. Fue muy valiente por su parte.

      En cuanto a Ax, es un andalita. Ha adoptado una forma humana que utiliza para pasar inadvertido, de lo contrario, se armaría una buena. La gente huiría despavorida si viera a Ax con su verdadero cuerpo.

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Prueba la hamburguesa selva tropical! ¡Está estupenda! ¡Squuuuaaaaakk!

      Estábamos en un restaurante llamado Amazon café. Me gustaba porque era como subirte en una de esas atracciones temáticas de Disney World. Había montones de plantas y cosas así rodeando las mesas y parecía que estabas en la selva. Había docenas de aves, cocodrilos y serpientes, todos de mentira, sobre árboles también de mentira.

      Por desgracia, algunas aves como los loros, eran de verdad. Estaban sueltos y se colocaban donde la gente, mayores y pequeños, hacían cola para esperar a que les dieran una mesa. La gente reaccionaba de distintas formas, había quien intentaba asustarlos o darles comida basura y quien le tiraba las colillas de los cigarrillos.

      Imaginaos lo mal que lo estaba pasando Cassie viendo aquello, así que se acercó a mí y me preguntó:

      — Marco, ¿qué puedo hacer para salvar a esos pobres loros? La gente los trata fatal.

      — Hummm. Loros, ¿no? Hablan, ¿verdad?

      — Claro ¿Por qué? ¿Se te ocurre algo?

      — Pues sí. Se me ocurre algo brillante — contesté.

      Transcurrieron un par de días desde aquella conversación y volvimos al restaurante en cuestión. Estábamos justo delante de la gente que se dedicaba a fastidiar a los loros.

      — Repite, bicho, “¡Howard Stern es el jefe!” — le ordenaba un niño a un loro de color verde chillón.

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Amazon Café! ¡Es una aventura!

      — Este loro es tonto. Di: “¡Howard Stern es el jefe!”

      — Idiota— sentenció Rachel.

      El niño se volvió y comentó:

      — Sí, este pajarraco es idiota.

      — No me refería al loro, si no a…

      Jake le puso la mano sobre el hombro para tranquilizarla. Rachel se acelera enseguida. No tolera a los idiotas.

      Rachel es alta, rubia y guapa, y parece que nada le intimida, aunque supongo que, como todos, llevará por dentro sus inseguridades, su propia dificultad para encajar en este mundo y la urgencia por estar a la altura de sus exigencias. Por supuesto, a ella no se le nota nada de eso, y si intentas alguna vez escarbar, procurará hacerte pedazos mucho antes de que te acerques.

      — Venga, vamos allí — indicó Jake — Ya casi es hora de que limpien las perchas de los loros, según Cassie.

      — Lo hacen todos los días a esta hora — aseguró Cassie —. De hecho, ahí viene la encargada.

      Una mujer de unos veintitantos, con uniforme de camarera, se acercaba hacia nosotros con una enorme jaula.

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Pegatinas! ¡Pegatinas! ¡Squuuuaaaaakk!

      — Está todo claro, ¿no? Rachel, Marco, Cassie y yo la seguimos hasta la parte de atrás. Tobias y Ax, vosotros os quedáis aquí vigilando.

      — De acuerdo, cuerdo-erdo-do-do — dijo Ax —. ¡Mirad! ¿Es allí donde se fabrican los bollos de canela? Qué ricos, humo.

      — Podemos ir cuando acabemos — añadió Jake de pasada.

      Veréis, los andalitas no tienen boca. Se comunican por telepatía y se alimentan de los nutrientes de la hierba que absorben a través de las pezuñas, así que cuando nuestro amigo está transformado en humano, alucina con los sonidos que es capaz de emitir por la boca, y con los sabores que experimenta. Le encantan los bollos de canela, y según él, es lo mejor que los humanos han creado. Ni arte ni música: Ax cambiaría la Mona Lisa por una tienda de bollos de canela sin pensárselo dos veces.

      — Atentos, la mujer se va— advirtió Cassie.

      La mujer había metido a los cuatro loros en la jaula y volvía al interior del restaurante. La seguimos.

      — Tan-tan-tantan-tan-tan…— canturreé imitando a Misión Imposible—. Vuestra misión, si la aceptáis, consistirá en devolver a los loros su dignidad ser la mano ejecutora de la Madre Tierra.

      Cassie puso los ojos en blanco y Jake ocultó una sonrisa.

      — Es increíble que el responsable Jake haya permitido que usemos nuestros poderes para algo así. Creí que nunca llegaría este día — le pinché—. Será que le gusta Cassie — le dije a Rachel lo bastante alto para que se me oyera.

      — Sé positivamente que, aunque dijera que no, Cassie lo haría de todos modos. Convencería a Rachel y probablemente a ti… Alguien sensato tenía que venir, ¿no?

      — Sí, papá —me burlé.

      Jake hizo un ruido con la garganta muy típico en él, y yo me reí.

      Él ha sido mi mejor amigo desde siempre. Puede que sea el líder de los animorphs, pero para mí sigue siendo Jake.

      Seguimos a la mujer hasta la puerta que conducía a una especie de almacén. Esperamos a que saliera a limpiar las perchas de los loros, y nos colamos en el interior del almacén.

      — Tan-tan-tantan-tan-tan — tarareaba.

      — ¿Te he dicho ya que te calles, Marco? — me preguntó Rachel como de pasada.

      — Venga, no os entretengáis — apremió Cassie.

      Nos acercamos a la jaula. Cassie sacó a los loros uno por uno y nos los fue pasando a los demás. Los pájaros se quedaban inmóviles cuando es “adquiríamos”.

      Adquirir consiste en absorber el ADN de un animal, que siempre entra en una especie de trance durante el proceso.

      Escondimos a los loros en un armario con buena ventilación. Cassie nos aseguró que allí estarían bien. A continuación, todo lo que teníamos que hacer era convertirnos en loros.

      © 1996 K.A. Applegate ©1998.

      Transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

Capítulo 2:

      Supongo que pensáis que transformarse es divertido, y lo es, pero además es escalofriante, extraño y excesivo. Hasta que no lo pruebas es imposible entender lo raro que resulta. Tu cuerpo de siempre, tus brazos y tus piernas, tu cabeza y tu cara, todo cambia por completo. Sólo permanece la mente. Te quedas sin piernas, sin dedos, sin boca para hablar, y miras el mundo a través de los ojos de un animal.

      En cuanto me concentré en el loro, empecé a notar los cambios. Mi piel se tornó verde, pero no ese tono que puedes tener cuando estás enfermo, sino un verde llamativo, intenso y brillante típico de las plumas de los loros.

      — ¡Vaya! ¡Es genial! — exclamé.

      Los otros también cambiaron de color. Jake se volvió blanco como la nieve, blanco nuclear. Rachel era una mezcla alucinante de amarillo y naranja. Cassie…, bueno, ella posee un talento innato para las mutaciones. Desde sus hombros hasta abajo, se extendió una tonalidad carmesí, roja como la sangre, por los brazos hasta llegar a los dedos. Y después, desde el cuello hacia la cara. Era como llenar muy despacio un vaso con zumo de tomate. Lo último en cambiar fue la parte blanca de los ojos, que pasó a ser roja como la de todos los demás.

      Una vez que mi cuerpo era totalmente verde, comencé a encoger. El suelo sucio también empezó a acercarse a mí a toda velocidad. Tenía la sensación de estar cayendo, como si hubiera perdido el conocimiento y fuera de cabeza hacia el suelo.

      A medida que encogía, mis pies se convertían en pies de pájaro. Mis huesos humanos, sólidos y gruesos, se vaciaron. Todos mis órganos internos, pulmones, estómago e hígado, se revolvían de tal modo que hubiera gritado si no fuera porque no duele.

      Cuanto más pequeño me hacía, más brillante se volvía el color de mi piel. Todo mi cuerpo se cubrió de dibujos que terminarían hinchándose para dar lugar a las plumas. Mis dedos se alargaron y adelgazaron hasta convertirse en plumas.

      Mi cara se proyectó hacia delante. Los dientes, los labios, la nariz y la barbilla se hincharon como si estuvieran hechos de plastilina y alguien desde detrás los empujara con el puño.

      La piel de los carrillos y los labios se endureció hasta formar un enorme pico de loro. No sólo la textura, sino el color eran como las uñas de un viejo.

      Observé a mis amigos a través de la intensa mirada del loro, no tan buena, por otra parte, pero infinitamente mejor que la de los humanos.

      <Que no se diga que no tenemos colorido> comenté por telepatía, que es como nos comunicamos cuando estamos transformados.

      <Será mejor que nos metamos en la jaula antes de que vuelva la mujer>, apremió Cassie.

      Justo entonces noté el cerebro del loro. Era una sensación extraña y eso que había experimentado con muchos tipos de cerebros y sensaciones. Recuerdo, por ejemplo, la mente del ratón, que no transmitía más que un pánico aterrador; la mente de la araña-lobo, llena tan solo de deseos de matar; y la mente implacable de la hormiga, que funciona como una máquina. Lo que jamás había experimentado al transformarme en un animal era inteligencia.

      He sido gorila y delfín, y reconozco que esos dos animales son muy listos. El loro no llegaba a tanto, pero definitivamente contaba con cierta capacidad de pensar y razonar. Me percaté enseguida de que aquel animal podía sentir sensaciones más allá del puro instinto.

      A pesar de ello, el cerebro del loro no logró imponerse a mi conciencia humana. Emergió y permaneció al mismo nivel que mi mente. Entonces, tras comprobar su complejidad, comprendí porque Cassie se había enfadado tanto por lo que les estaban haciendo.

      < ¡Eh! ¡Estos bichos son inteligentes!> exclamé.

      <Mucho— corroboró Cassie—. Demasiado para que se pasen el día en una percha que da asco y tengan además que aguantar insultos a todas horas. Deberían estar volando en la selva tropical, y no estar encerrados en un centro comercial>

      <No podemos ir por ahí liberando a todos los loros del país —puntualizó Jake—. Eso lo entendéis, ¿no?>

      <Sí, pero podemos hacer que los del Amazon Café no quieran ver loros ni en pintura>, añadí.

      Minutos después, la mujer entró, agarró la jaula con nosotros dentro y nos llevó hasta las perchas limpias.

      <Qué lástima, no disponemos de tanto tiempo para insultarlos a todos>, comenté tras echar una mirada alrededor. Acto seguido intenté algo que nunca había probado en mutaciones anteriores: hacer que el animal hablara.

      Y dejadme que os diga una cosa, no es nada fácil hablar cuando no tienes labios. Los sonidos se forman en la garganta, como a un ventrílocuo. Igual que yo, los demás también se percataron de eso, así que solo quedaba lanzarse a hablar con la gente que hacía cola.

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Hamburguesas de carne de gato! ¡Squuuuaaaaakk!

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Prueba nuestros espaguetis con pelos!

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Los nachos están hechos con los pies!

      Tobias, que andaba por ahí, sonreía al ver como la gente cambiaba de color. Ax se zampaba una pizza que había encontrado por ahí. Era capaz de haberla sacado de la basura. Con Ax nunca se sabe.

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Intoxicación!

      Aunque parezca mentira, mucha gente de la cola decidió marcharse y buscar otro restaurante. Creo que el encargado no tardó ni cinco minutos en decidir que tal vez lo de tener loros de verdad no era una buena idea. De todas formas, nos aseguramos de que el hombre entendiera el mensaje.

      — ¡Squuuuaaaaakk! Por cierto, ¿eso de ahí es tu nariz o un plátano?

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Es un canguro?

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Es un tupé! ¡Es un tupé! ¡Squuuuaaaaakk!

      — ¡Squuuuaaaaakk! ¡Queremos volver a nuestro hábitat!

      Os podéis imaginar quien dijo eso último. Cassie, por supuesto. En mi opinión, aquello era demasiado elaborado para un loro.

      Después de aquella perorata, nos largamos. Divise a Tobias aplaudiendo con disimulo. Me sentía fenomenal hasta que por detrás de Tobias, entre la multitud, distinguí otro rostro que me era familiar. Se trataba de Erek el chee.

      © 1996 K.A. Applegate ©1998.

      Transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

Capítulo 3:

      Erek el chee, era un chico que conocía de clase, pero era algo más que un simple chico. Los chee son una raza de androides. Se hacen pasar por humanos proyectando alrededor de sí una especie de campo energético holográfico que los hace parecer personas. Aunque Erek parece muy joven, es más viejo que Matusalén.

      Los chee llegaron a la Tierra hace cientos de miles de años. Eran los compañeros de los pemalitas, cuyo planeta había sido devastado en una violenta invasión. Los pemalitas habían intentado escapar, pero todo sucedió demasiado deprisa y cuando llegaron a la Tierra, no quedaba ni un solo pemalita vivo.

      Los androides chee, al ser inmortales, hicieron cuanto pudieron para salvarlos o al menos para preservar su espíritu: otorgaron una nueva vida a la esencia de los pemalitas mezclándola con los lobos y, de esta unión, nacieron los perros.

      Supongo que habéis visto lo tiernos y simpáticos que suelen ser los perros, así que os podéis hacer una idea de cómo eran los pemalitas, y también de cómo son los chee.

      Son pacíficos, lo que no quiere decir que sean débiles. Erek solito podría haber acabado con cada una de las personas que estaban en el centro comercial aquel día y después haber destrozado el edificio delante de nuestras narices. En serio. Pero los chee son pacifistas, qué se le va a hacer. También son enemigos de los yeerks; los observan y aprenden de ellos para, a su manera, hacer todo lo posible por retrasar la invasión de esos malditos gusanos.

      Erek esperó hasta que hubiéramos terminado nuestra pequeña broma y yo estuviera saliendo del centro comercial con Jake. Nos habíamos separado de los otros para no parecer un «grupo».

      -Hola, Marco -saludó Erek-. Hola, Jake.

      No nos lanzamos a sus brazos, porque habíamos visto lo que ocurrió aquella vez que Erek perdió el control y se convirtió en una máquina de matar hork-bajir. Nos resultaba difícil tratar a alguien tan poderoso como si fuera un chico normal.

      -¿Qué tal Erek? ¿Cómo va eso? -preguntó Jake, con cautela.

      -Bien. Sabemos por nuestras fuentes que habéis estado haciendo un buen trabajo contra… contra nuestros grandes conocidos. -Bajó la voz-. Será mejor que hablemos en privado.

      De repente, algo brillante nos rodeó y se hizo el silencio en el centro comercial, al tiempo que Erek dejaba de ser un humano para convertirse en un robot de cromo y

      marfil, con forma de perro delgado sobre dos patas.

      -¿Qué has hecho? -le pregunté.

      -He extendido mi holograma a vuestro alrededor así la gente que pase por aquí verá un grupo de guardias de seguridad hablando. No nos molestarán ni oirán lo que hablamos.

       Aquello era una pasada, pero se me revolvió el estómago de sólo pensar que Erek no podía haber armado todo eso para hablar de deportes o de cualquier tontería.

      -Hicisteis un buen trabajo rescatando a aquellos dos hork-bajir. Puede que sean las semillas de algo muy poderoso y bueno. Y habréis sido vosotros los responsables de la salvación de una raza entera.

      -Nos gusta mantenemos ocupados -comenté al tiempo que me encogía de hombros-, ya sea salvando razas enteras o jugando a la Nintendo.

      Erek se rió con su hocico de cromo, pero enseguida se puso serio otra vez.

      -Necesito hablar contigo a solas, Marco.

      -Bueno, no tengo secretos para Jake -dije-, creo que la combinación de sinceridad y confianza es la base de un buen matrimonio.

      -Es de alguien que estuvo muy cerca de ti en otra época, Marco.

      Se me paró el corazón, sabía exactamente de quién hablaba, y empecé a decir algo, pero no me salía nada. Lo intenté de nuevo.

      -¿Mi madre?

      Erek miró a Jake.

      -No hay problema -dijo Jake-lo sé todo, soy el único que está al corriente.

      -Marco -asintió Erek-, tu madre ha vuelto a la Tierra para supervisar un nuevo proyecto secreto que se está llevando a cabo en la isla Royan, o mejor dicho, bajo las aguas que la rodean.

      La verdad es que no estaba escuchando lo que Erek decía, todavía estaba procesando eso de que mi madre había vuelto a la Tierra, y Jake, que lo comprendió enseguida, fue quien contestó.

      -¿Qué están haciendo?

      -No lo sabemos -contestó Erek-, pero tiene que ser algo importante para que Visser Uno lo supervise.

      -A Visser Tres no le debe hacer ni pizca de gracia.

      -Visser Tres no parece uno de los yeerks favoritos de Visser Uno, y viceversa -asintió Erek.

      -Desde luego -corroboró Jake.

      -Mira, no… No sabíamos si debíamos decíroslo, pero tras una investigación concienzuda pensamos que Marco tiene derecho a saber que su madre ha vuelto. De todas formas, hay algo que debéis tener claro, Visser Uno no ha llegado a la cima de la jerarquía yeerk por su amabilidad precisamente; es brillante y muy peligrosa. Jake me miró para ver cómo reaccionaba.

      -¿Os creéis que no sé cómo es Visser Uno? –respondí acalorado.

      -Sé que lo sabes -replicó Erek-, pero los extraterrestres engañan a los humanos con suma facilidad porque juzgáis a la gente por sus caras y por sus ojos. La cara de Visser Uno es la de alguien en quien tú confías,

      Marco, aunque si los animorphs decidís investigar lo de la isla Royan, puede que os encontréis con la verdadera cara de Visser Uno.

      Me daba cuenta de adónde quería llegar, y me estaba poniendo furioso, sin entender muy bien por qué.

      -Mira, Erek, no soy idiota, ¿vale?

      -Ya lo sé -replicó Erek moviendo su cabeza de robot-, pero quieres a tu madre y deseas salvarla, por lo que puedes cometer errores.

      Juro que me hubiera abalanzado sobre Erek, pero sé que él me habría dejado golpearlo y todo lo que habría conseguido es hacerme daño.

      -Todavía hay algo más -prosiguió Erek-. Tenemos razones para pensar que hay una nueva especie de controladores en la isla Royan. Creemos que se llaman leerans.

      -Gracias, Erek -dijo Jake.

      -¿Estará bien? -le preguntó Erek a Jake.

      No quería oír la respuesta de Jake, así que me volví y salí del holograma. Una señora que pasaba por allí se quedó alucinada al ver a un chico salir directamente de un guardia de seguridad que estaba hablando con sus compañeros. Jake me siguió unos segundos más tarde.

      -Erek no ha querido molestarte, lo sabes, ¿no? -aclaró Jake-, sólo quería decir…

      -Ya sé lo que quería decir -espeté-. Se preguntaba si, llegado el momento, sería capaz de destruir a mi madre para proteger la misión. Eso es lo que quería decir.

      Jake me agarró por un hombro y me dio la vuelta.

      -¿Y bien? Todavía estaba enfadado, pero sabía muy bien la causa; no era porque Erek me hubiera insultado ni nada parecido, sino porque tenía razón.

      -No lo sé, Jake -contesté-. No lo sé.

      © 1996 K.A. Applegate ©1998.

      Transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

Capítulo 4:

      <Sí, sé lo que es un leeran, he oído hablar de ellos -señaló Ax-, pero ¿dónde lo habéis oído vosotros?>

      Al día siguiente, al salir del colegio, fuimos al bosque donde viven Tobias y Ax. Había mandado a Tobias a cazar porque quería hablar a solas con Ax, que se encontraba en su cuerpo real, mirándome con sus ojos centrales mientras los ojos de las antenas vigilaban los árboles en todas direcciones.

      Le había pedido a Jake que no dijera nada a los demás de lo que nos había contado Erek, porque lo que no sabían era que Visser Uno era mi madre. Todos pensaban lo mismo que yo había creído durante los últimos dos años, que mi madre se había ahogado y que nunca se había encontrado su cuerpo.

       No había querido que los demás se enteraran de que mi madre se había convertido en controlador y que el yeerk que se había metido en su cerebro fuera el jefe principal de la invasión en la Tierra. No quería su compasión, y sigo sin quererla. Soy un bromista, un payaso, así es como actúo. Veréis, siempre he creído que, en cierto modo, cada uno es quien decide lo que va a ser su vida. Se puede mirar al mundo y decir: «Oh, qué horrible es todo, qué triste, qué tragedia», o simplemente pensar que puede resultar bastante divertido.

      Si uno se distancia lo suficiente de los detalles, todo resulta divertido; se puede decir que la guerra es trágica, pero yo creo que es una locura. ¿Cómo es posible que la gente luche por nada? Las guerras existen porque la gente quiere controlar un trozo insignificante y vacío de desierto donde poder chillar más alto. Es como pelearse por una lata de Coca-Cola vacía. No, no es trágico, es ¡ridículo! y es ¡estúpido! La gente se lamenta: « ¿no es terrible lo que está pasando con el calentamiento de la Tierra?» Pues no, es divertido; fijaos, estamos haciendo que la Tierra se caliente demasiado porque utilizamos desodorante en spray, así que ahora estamos condenados a sudar para siempre; eso no es triste, es irónico.

      Sin embargo, el humor parece que se pierde cuando la tragedia es algo personal e íntimo. Soy consciente de lo que supuso la «muerte» de mi madre para mi padre y, ¿sabéis qué?, no fue nada divertido. Durante todo un año he llorado por las noches hasta quedarme dormido mirando la foto de mi madre. Todavía siento como si hubiera un agujero dentro de mí, un agujero que nunca se tapará, que yo no quiero que se tape, porque no quiero dejar de pensar en ella, no quiero olvidarla.

      Jake conocía a mi madre, así que cuando nos encontramos cara a cara con Visser Uno la reconoció, pero fue el único. Ni Rachel, ni Cassie, ni Tobias, ni Ax lo saben. Claro que en aquella ocasión, estábamos transformados en animales y el controlador humano conocido como Visser Uno no reconoció a su hijo.

      <¿Quién os ha hablado de los leerans?>, me volvió a preguntar Ax.

      -y dale, ¿no puedes decirme lo que sabes de ellos sin preguntar?

      Ax dudó por un momento, como buen andalita, eso de confiar en otras especies no le hace mucha gracia…

      <Son una raza acuática, la mayor parte de su planeta está compuesta por agua, como el vuestro, sólo que no hay mucha vida que digamos en la poca tierra que tienen. Las formas de vida más avanzadas viven en los océanos y los leerans son una raza de anfibios muy sensible -explicó, al tiempo que se encogía de hombros-. Al menos eso es lo que nos enseñaron en la escuela porque nunca me he encontrado con uno de ellos; en nuestro mundo no se les permite la entrada.>

      -¿No? ¿Por qué? ¿Son peligrosos?

      <Claro que no -dijo Ax sonriendo, con ese gesto de superioridad y de sabelotodo que pone a veces-, es más bien por vergüenza.>

      -¿Por qué, entonces?, ¿se tiran pedos en público o algo así?

      <Al parecer los leerans pueden leer la mente, por lo menos cuando están cerca de uno. Tenemos secretos técnicos y militares que no queremos que los leerans conozcan, aparte de todos esos pensamientos de los que uno preferiría que no se enterasen los demás, ya me entendéis. Bueno, y ahora, ¿quién os ha hablado de los leerans?>

      -Erek el chee. Nos comentó que había no sé qué secreto relacionado con los yeerks, y que estaba ocurriendo bajo el agua, y añadió que los leerans estaban involucrados.

       <Yeerks y leerans? -Ax parecía confundido-. No tiene mucho sentido, los yeerks nunca hubieran podido invadir el mundo de los leerans, como están haciendo en la Tierra, ya que les hubieran leído el pensamiento y sabrían perfectamente quién era un controlador.>

      -Sí, eso es verdad… claro que, ¿y si hubieran conseguido hacer controladores, controladores que leyeran el pensamiento?

      <Entonces -añadió Ax girando los ojos de las antenas hacia mí-, podrían reconocer a los espías, como los chee; podrían descubrir a los traidores.>

      -Y podrían también reconocer a los cinco chicos humanos y al andalita -interrumpí-, podrían ver a través de la transformación animal y eso sería nuestro final.

      Respiré profundamente y solté el aire despacio. A través de un claro entre los árboles vi un ratonero sobre las copas de los árboles. Quizá fuese Tobias. Además de una vista estupenda, los ratoneros poseen un oído excelente. Me pregunté si, en caso de que fuera Tobias, habría escuchado la conversación.

       -Supongo que no importa -murmuré.

       <¿Qué es lo que no importa?>

      -Nada -observé riéndome-. No importa, ¿verdad? Supongo que siempre supe que mi secreto se conocería tarde o temprano. El ingenioso Marco está destinado a resultar patético. Mis amigos me mirarán y pensarán: «pobre Marco». -Moví la cabeza-. Nunca falla, sa6éís, los dioses de la ironía esperan el momento perfecto para darle la vuelta tu vida. El duro de la película termina siendo objeto de lástima. Perfecto, genial.

      <¿Esos dioses de la ironía son de una religión humana?>, preguntó Ax, alucinado como es lógico con mis reflexiones en voz alta.

      -No, son sólo de la religión de Marco -contesté-. Los dioses de la ironía esperan hasta averiguar qué es aquello que ocultas, y entonces te atacan por ahí.

      <¿Y eso es divertido?>, preguntó Ax no muy seguro de cómo funciona el humor humano.

      -Por supuesto -añadí-. Si esto le hubiera pasado a otra persona sería desternillante.

      © 1996 K.A. Applegate

      © 1998 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

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Animorphs

Capítulo 5:

      Al final le dije a Jake que debíamos intentar lo, debíamos averiguar qué estaba ocurriendo en la isla Royan, pero también le aclaré que no les dijera a los demás lo de mi madre. Mantenía la esperanza de poder ocultar mi oscuro secreto y evitar que sintieran lástima.

      -La isla Royan es un islote privado a unos treinta y seis kilómetros de la costa -indiqué a los demás cuando estábamos reunidos en el granero de Cassie. El granero es también la Clínica de Rehabilitación de la Fauna

      Salvaje, un lugar donde Cassie y su padre curan animales salvajes que están heridos o enfermos.

      Era un sábado por la mañana y estábamos planeando echar un primer vistazo de reconocimiento a la dichosa isla.

      -Es de unos ocho kilómetros de largo y cinco de ancho, y tiene forma de media luna -continué.

      -Muy poético -exclamó Rachel-, media luna.

      -Eh, lo he leído en una guía turística, ¿vale? –repliqué con una mueca.

      Me arrepentí de haber contestado de aquella manera. Con ese tono sólo conseguía que se me notara tenso.

       -Bueno -proseguí tras respirar profundamente-, el caso es que Ax dice que los leerans pueden leer el pensamiento, así que debemos tener mucho cuidado y no acercamos demasiado a ellos.

      -¿Cuánto es demasiado? -preguntó Jake a Ax.

      <No sé -reconoció Ax-:-. Creo que un metro más o menos, pero no estoy seguro.>

      -¿Y cómo llegaremos a la isla? -intervino Cassie-. ¿Por mar o por aire?

      <Treinta y seis kilómetros son muchos para hacerlos a nado>, profirió Tobias.

      Se encontraba en el techo, como siempre, echando un ojo a toda la nave y escuchando con su oído de ratonero.

      -Podemos combinar las dos cosas -añadió Jake-. Volar hasta allí, descansar y convertimos en delfín.

      <No todos podemos transformamos en delfín –interrumpió Tobias-. Yo creo que volaré hasta el final.>

      Cassie miró de reojo a Tobias, creo que estábamos pensando lo mismo. Desde que Tobias había recuperado su capacidad para transformarse, parecía que ya no quería hacerlo.

      -Ax se puede transformar en el tiburón de la primera vez que lo rescatamos -señalé-, eso servirá igual que un delfín y, si Tobias no quiere transformarse…

      <Yo no he dicho eso>, corrigió Tobias enseguida.

      – Tobias -añadió Jake tras mirar el reloj-, todavía puedes ir a Los Jardines y adquirir el ADN de delfín.

      Los Jardines nos pilla de camino más o menos.

      <Tengo que tener mi propio cuerpo para adquirir una transformación -aclaró Tobias- y no queda demasiado bien un ratonero posándose en un delfín, ¿no crees?>

      -Ya, claro, es igual -dijo Jake y añadió con una sonrisa-: Ven con tu cuerpo de ratonero. Siempre has sido nuestra arma secreta con esa forma.

      Tobias pareció considerarlo y, a continuación, dijo:

      <No, tienes razón, quizá debería convertirme en delfín, treinta y seis kilómetros sobre el mar… no es exactamente el mejor sitio para volar; no es fácil conseguir corrientes térmicas en el mar. Lo haré, me convertiré en delfín. Como queráis, sí, me transformaré. No pasará nada, ¿verdad? Quiero decir que un delfín en el agua es como un pájaro en el aire, ¿no?>

      Todos lo estábamos mirando. Tobias no suele atropellarse al hablar y a todos nos extrañó. Fue Cassie quien se dio cuenta primero.

      -Tobias, ¿te da miedo el agua?

      < ¿Miedo, el agua, a mí?>

      -Yo diría que eso es un sí -me reí-. No tienes miedo de volar a una altura de casi dos kilómetros por encima de la tierra y, sin embargo, ¿te da miedo el agua?

      <No es el agua -repuso nervioso-. Es sólo que, ya sabes, que allí no hay aire, no puedes respirar y sientes presión por todas partes.>

      -Bueno, ¿y si dejamos en paz a Tobias? –exclamó Rachel-. Si no le gusta el agua, pues no le gusta y punto.

      <No pasa nada -respondió Tobias un poco tembloroso-. Estoy bien, me convertiré en un delfín y ya está. Viven en el agua, ¿no?>

      -Pues venga -concluyó Jake-. Tobias tiene que ir a Los Jardines a jugar con los delfines y nosotros haremos nuestra parte, así que vámonos y esperemos que todo salga bien.

      <Los delfines mantienen la respiración bajo el agua, ¿no? -preguntó Tobias-. Quiero decir que, bueno, supongo que sí lo hacen… pero si se les olvida…>

      -Todo saldrá bien -le aseguró Cassie-. Ya verás. Una vez que te hayas convertido en delfín no volverás a tener miedo al agua.

      <Al agua, Dios mío, al océano entero.>

      No entendía por qué, pero el hecho de que Tobias tuviera miedo me hacía sentir mejor; supongo que por aquello de mal de muchos…

      -Venga, vamos a transformamos -indicó Jake.

      Minutos más tarde poseía unas grandes alas plegadas, con brillantes plumas blancas y sentía una pasión desmesurada por la basura.

      © 1996 K.A. Applegate

      © 1998 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

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Animorphs #15: La Huida

Capítulo 6:

      Si queréis volar alto y lejos, lo mejor es transformarse en ave de rapiña, pero si queréis ser capaces de llegar a cualquier sitio sin que nadie se dé cuenta, lo ideal es convertirse en gaviota. Como las gaviotas y las palomas están por todas partes, a nadie le llaman la atención, mientras que si aparece un águila de cabeza blanca todo el mundo levanta la cabeza.

      Todos habíamos sido gaviotas en algún momento del pasado, excepto Tobias y Ax. Decidimos que Tobias ya tenía suficiente con convertirse en delfín, así que nadie le sugirió lo de transformarse además en gaviota, pero en el caso de Ax no había problema; Cassie tenía una gaviota herida en el granero, por lo que Ax pudo adquirir su ADN enseguida.

      Volamos hacia Los Jardines, moviéndonos y comportándonos como las gaviotas. Reconocimos todos y cada uno de los restos de comida que nos encontramos por el camino: patatas fritas, cortezas de pan, trozos de hamburguesas o envoltorios de caramelos; las gaviotas son tan buenas detectando basura comestible como los ratoneros avistando roedores.

       <No me puedo creer que esté volando con gaviotas—se quejó Tobias—. Si los otros ratoneros me vieran volar con esta panda de animaluchos mediocres, me expulsarían de la hermandad de los ratoneros.>

      La verdad es que Tobias no volaba exactamente con nosotros, sino mucho más alto, unos sesenta metros por encima, pero llevaba tanto tiempo siendo un ratonero que se sentía tan identificado con los pájaros de su especie como con los humanos. Tobias respeta y teme a las águilas doradas y a los halcones, porque ambas especies atacan a los ratoneros de vez en cuando, pero desprecia por completo a las palomas, las gaviotas y sobre todo a los cuervos.

      Creo que tiene que ver con la tendencia natural de esos animales a agruparse; Tobias es un solitario, no lo puede evitar.

      Divisé Los Jardines un poco más adelante. Era fácil ya que la montaña rusa mide unos diez pisos, y vi otras gaviotas volando en círculos sobre el parque de atracciones y el zoo.

      <Eh, nuestros hermanitos y hermanitas nos esperan>, comenté.

      <Seguramente ya se han acabado toda la comida aceptable>, protestó Rachel.

      Estaba bromeando, espero.

      Seguimos la brisa y empezamos a descender sobre el aparcamiento y las vallas. Pasamos la entrada, en donde hubiéramos tenido que pagar de haber sido humanos.

      < ¡Por aquí!>, grité emocionado, siempre he alucinado con los parques de atracciones.

      Me encantan las montañas rusas o, por lo menos, así era antes de convertirme en animorph y descubrir emociones más fuertes.

      < ¿Por dónde?>, preguntó Jake.

      < ¡Por aquí!>, incliné las alas y giré hacia la izquierda, directo a la montaña rusa de madera. Los vagones estaban subiendo torpe y ruidosamente la primera gran cuesta.

      Agité las alas y me lancé en esa dirección. En el primer vagón había dos chicos no muy diferentes de Jake y de mí, supongo.

      Tenían los brazos levantados y se les veía preparados para la bajada. Volé hacia ellos y me posé en el pasamanos delantero, al tiempo que llegaban a la cima de la montaña.

      — ¡Guau! ¡Pájaros!

      <Marco, ¿qué haces? -preguntó Jake-. No hemos venido a divertimos.>

      Acto seguido se posó justo a mi lado; Jake se ha vuelto un responsable insoportable últimamente, pero a veces sigue comportándose como mi viejo amigo.

      — ¡Fuera de aquí, pájaros! —gritó uno de los chicos.

      Lo ignoramos y justo en ese momento el vagón inició la bajada y aumentó la velocidad por segundos. Me aferré al pasamanos con toda la fuerza de mis patas de gaviota.

      < ¡Yaaahhh!>, grité. .

      — ¡Guaaaaaaaaaa! —chillaron los chicos.

      Llegamos al final de la primera colina a toda velocidad y entonces otra vez a subir, más y más alto a doscientos kilómetros por hora y, justo cuando alcanzábamos la máxima velocidad, abrí las alas, el vagón siguió adelante y me lancé al vacío.

      <¡Yupi!>, grité.

      <¡Estás loco!>, me reprochó Jake, pero aun así me siguió. Los dos salimos disparados como si nos hubiera lanzado un cañón.

      <¡Cuidado!> Había unos travesaños de madera blanqueada justo enfrente. Eran los soportes de la montaña rusa. Plegué las alas, giré ligeramente y me colé por un pequeño hueco entre los palos, justo para no estamparme contra ellos.

      <Venga, ha sido estupendo, admítelo>, exclamé.

      <Sí, ha sido genial.>

      <Seguimos siendo los mismos de siempre, ¿verdad? Quiero decir que, a pesar de todo, no hemos cambiado, aunque haya ocurrido todo esto, ¿no?>

      <Claro, Marco>, respondió Jake.

      <No, quiero decir… —Me di cuenta de que me había puesto serio, no sé por qué, pero quería que Jake me dijera que tenía razón. Era muy importante para mí—. Seguimos siendo los mismos de siempre y nada de lo que pase puede cambiar lo que uno es, ¿verdad?>

      Volábamos uno al Iado del otro hacia donde se encontraban los demás.

      <Mira, Marco —contestó Jake agobiado—, yo no soy ningún filósofo, ¿vale?>

      <Ya, bueno, pues yo soy yo, pase lo que pase —repliqué desafiante—. No importa cuántas veces me haya transformado ni cuántas batallas haya librado; pase lo que pase, seguiré siendo yo, y será mejor que todo el mundo lo acepte.>

      <Marco —añadió Jake riéndose un poco— si eso te hace sentir mejor, para mí siempre serás un chalado.>

      Tuve que reírme también.

      <Gracias>, añadí.

      Sobrevolamos la piscina de los delfines. Eran como suaves y grises torpedos formando estelas sobre el fondo azul.

      <Esto va a ser interesante —apunté—. ¿Un ratonero en contacto físico con un delfín?>

      No imaginaba cuánta razón tenía.

      © 1996 K.A. Applegate

      © 1998 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

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Animorphs #15: La Huida

Capítulo 7:

      Supongo que no nos habíamos parado a pensarlo. Veréis, como humanos lo único que teníamos que hacer para adquirir el ADN de un delfín era acariciarlo un poco cuando se acercara a los bordes de la piscina. Sin embargo, Tobias en su cuerpo normal de ratonero no tenía manos, sino garras, y si alguna vez habéis visto las garras de un ratonero, sabréis que no es para tomárselo a broma; los ratoneros cazan con las garras, no con el pico.

      Jake y yo vimos a Tobias volando en círculos sobre la piscina de los delfines. No parecía decidirse.

      <Puedes dejarlo si quieres, ¿eh?>, le grité en tono sarcástico, todavía con la excitación del viaje en la montaña rusa.

      <Muy gracioso>, respondió Tobias cortante.

      Se volvió, pegó las alas al cuerpo y comenzó a descender, rápido como una bala.

      Era un sábado y como era temprano no había mucha gente en el parque, aunque había suficiente público, unos en las gradas y otros apelotonados cerca de la piscina, contemplando a los delfines. Por suerte, nadie miraba al cielo, excepto un chico, un niño pequeño que señaló hacia arriba y con una voz chillona, que de algún modo sobresalió del ruido de fondo, gritó:

      — ¡Mamá! ¡Ese pájaro va a atacar a los delfines!

      — ¡Tseeeeeeeeeer! —chilló Tobias con su voz de ratonero.

      <Hum… ¿hemos hecho una tontería?>, sospechó Cassie demasiado tarde.

      Uno de los delfines saltó en el agua y Tobias fue a por él.

      — ¡Oooooh! —profirió la multitud.

      Tobias se lanzó, como si fuera a por un ratón, sólo que aquél era un ratón gigante. Sacó las garras, colocó las alas de forma que funcionaran como frenos en el aire, y lo alcanzó, para enseguida quedarse enganchado. Hincó las garras en la carne suave y elástica del delfín, mientras el animal se arqueaba en el aire. Era como un extraño baile aéreo: el delfín gigante y el pequeño ratonero chocando a tres metros por encima del agua. Sería precioso si no se tratara de una locura.

      — ¡Aaaaaaahhhhhh! —aulló la multitud y el delfín empezó a bajar.

      <¡Me he quedado enganchado! —gimió Tobias—. La garra de mi pata izquierda está…>

      No oímos más porque el delfín se había sumergido.

      ¡Plaaasssshhhhh!

      Se oyó un tremendo chapoteo y entonces la multitud se acercó aún más para no perder detalle.

      — ¡Guauuuuuu!

      — ¿Es parte del espectáculo? -preguntó alguien.

      —Seguro que no. Mira a los cuidadores de los delfines, están como locos.

      Era verdad, los cuidadores estaban que se subían por las paredes. No hacían más que correr de un lado a otro de la piscina para llamar la atención del delfín, con la esperanza de que se acercara a los bordes de la piscina y pudieran arrancarle el pajarraco.

      Pero a los delfines les encanta jugar, y aquello era un entretenimiento nuevo y divertido. Supongo que Tobias no le hacía daño, porque el delfín seguía manteniendo su sonrisa inmutable y pegaba saltos por toda la piscina. Se arqueaba en el aire y se sumergía hasta el fondo, mientras Tobias gritaba como loco.

      < ¡Aaaahhhhh! Me va a ahogar.>

      Todos le dábamos consejos útiles.

      < ¡Mantén la respiración!>

      < ¿Ah, sí? ¿Tú crees que debo mantener la respiración?>, logró contestar a duras penas.

      <No le pasa nada —intervine—. Todavía es capaz de ser sarcástico.>

      < ¡Suéltate, deja que se vaya!>, le gritó Ax.

      <Vaya, no se me había ocurrido —repuso Tobias—. ¡Aaaahhhh!>

      <Está empezando a adquirirlo —interrumpió Rachel—. Lo va a poner en trance.>

      <Lo estoy adquiriendo… —informó Tobias—. Pero ¿sabéis qué? No parece funcionar. ¡Aaaahhhhh!>

      <Voy a ayudarlo>, resolví.

      < ¿Cómo?>, preguntó Jake.

      < ¡Kamikaze!>

      Me dirigí al lugar donde pensaba que Tobias podría salir. Plegué las alas, escondí la cola y gané altura.

      De repente, el delfín se elevó en el aire en dirección hacia un aro que había colgado sobre la piscina para poder atravesarlo. Aquello se ponía feo, no había espacio suficiente para el ratonero enganchado en su lomo.

      < ¡Oh, no!>, gimió Tobias al darse cuenta.

      Bajé como un cohete, hasta formar una bruma blanca. Calculé al milímetro mi objetivo, hice un último ajuste en la cola y…

      ¡PATA PAF!

      Le di un golpetazo a Tobias y lo separé por fin delfín, en el momento en que éste iba a pasar por el aro.

      < ¡Cuidado!>, gritó Tobias.

      <Cuidado tú, te acabo de salvar la vida>, repliqué.

      Tobias comenzó a mover las alas empapadas y a ascender poco a poco.

      <Gracias, la próxima vez que me salves la vida intenta hacerlo sin romperme los huesos.>

      © 1996 K.A. Applegate

      © 1998 Traducción de Sonia Tapia para Ediciones B España

      2005 de la transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

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Animorphs #15: La Huida

Capítulo

Capítulo 8:

      Salimos de Los Jardines en dirección al mar. Todos estábamos de buen humor, a excepción quizá de Tobias.

      <Parece que no le ha pasado nada al delfín —señaló Cassie—. Tenía cortes superficiales, así que el veterinario le hará una cura y le dará un antibiótico preventivo, supongo, por si acaso.>

      <Bueno, mientras el delfín se encuentre bien… —añadió Tobias—. Es lo único que cuenta.>

      < ¿Vas a seguir tan sarcástico todo el día?>

      <Pues sí, voy a seguir tan sarcástico todo el día, casi me ahogo y ahora estoy a punto de convertirme en aquello que casi me ahoga. Sí, voy a seguir siendo sarcástico hasta nuevo aviso.>

      Supongo que es estúpido, pero volví a sentirme bien por el mal humor de Tobias, me distraía de mis propias preocupaciones. Meterme con Tobias me ayudaba a no tener que pensar en que me iba acercando al lugar en el que se encontraba mi madre.

       < ¿Sabes? —comenté pensativo—, podías hacer ese espectáculo regularmente en Los Jardines. Imagínate, el ratonero y el delfín, una especie de rodeo de delfines. Deberías pensártelo.>

      <Oye, Marco, no olvides que eres una simple gaviota, que es casi como ser una paloma, y yo soy un ratonero —replicó Tobias—. Si vas a seguir pinchándome, estaré encantado de mostrarte la diferencia en una pelea aérea.>

      <Un rodeo de delfines, sólo digo que tiene posibilidades.>

      Sobrevolamos la playa con su espuma blanca, hasta metemos de lleno a volar en las azules y brillantes aguas. Era un día cálido y el mar estaba tranquilo. No habíamos encontrado ninguna de esas enormes corrientes térmicas que tanto le gustaban a Tobias, pero tampoco era un aire muy débil.

      Casi de inmediato avistamos la silueta desigual de la isla Royan, pero todavía nos quedaban unos treinta minutos más de duro vuelo hasta alcanzarla.

      No tenía mucha playa, supongo que por eso la isla nunca se ha convertido en un destino turístico. Era un lugar lleno de pinos atados, quizá debido a los vientos del océano, y de hierba salpicada de flores silvestres. En

      uno de los extremos de la isla se encontraba una mansión rodeada de pequeños edificios. Había un muelle en una zona pequeña y protegida, donde se podía ver amarrado un flamante yate a motor.

      <Así que ésa debe de ser la casa del señor Royan, ¿no?>, predijo Rachel.

      <No, el Royan original fue un contrabandista de licores allá por los años veinte. Según la guía turística, esa casa pertenece ahora a la familia Márquez, quienquiera que sea.>

       <Aterricemos lo más lejos posible de la casa>, sugirió Jake.

      Nos posamos en un grupo de árboles que protegían una playa llena de troncos a la deriva. Había un par de latas de cerveza y Coca-Cola semisepultadas por la hierba, como si nadie hubiese pasado por allí en mucho

      tiempo.

      Todos cambiamos de forma, excepto Tobias, que se mantuvo como estaba para cubrimos por el aire.

      <Hay gente en la casa —nos informó—. Un vigilante

      apostado en el tejado, otro en el muelle, y ambos llevan

      armas escondidas.>

      Volvió volando hasta alcanzamos, se posó en un tronco medio podrido y comenzó a retocarse el plumaje.

      <Menos mal que contamos con tu vista de ratonero>, comenté.

      <No trates de arreglarlo —respondió de mejor humor—. Con que un rodeo para delfines, ¿eh?>

      —El que haya vigilantes no quiere decir nada —opinó Rachel—. Quienquiera que sea el dueño de esa casa posee tanto dinero que se puede permitir el lujo de tener vigilantes.

      —Según Erek, lo que estamos buscando está debajo del agua —observó Jake—. Deberíamos empezar a movemos y averiguar qué hay allí abajo, si es que hay algo.

      »Sí, venga, hay que transformarse en delfín. Ax, tú, ya sabes, en tiburón.

      —Jake miró a Ax, y después bajó los ojos a sus pezuñas-. Tenemos que borrar las huellas de las pezuñas en la arena, puede que un yeerk las reconozca.

      —Por supuesto, príncipe Jake.

      —Con Jake a secas vale —aclaró éste con toda la paciencia del mundo.

      Nos metimos en el agua hasta que nos llegó por la cintura. Sentía la arena entre mis dedos, agitada por la corriente. Tobias bajó y se posó en el hombro de Rachel.

      —Venga, vamos a convertimos de una vez —dijo Rachel con impaciencia.

      —Let’ s get fishical, fishical —-canturreé, haciendo un juego de palabras.

      — ¿Esa música no es de alivia Newton-John? —preguntó Rachel—. Ya veo que has vuelto a escuchar la emisora de radio de nuestros abuelos.

      —Pues anda que tú, que te sabes quién la canta…

      —Mi madre es la que controla la radio en el coche —se defendió Rachel sintiendo un pequeño escalofrío— y aún se pregunta por qué nunca quiero salir con ella.

      — ¿Y si nos concentramos y nos ponemos manos a la obra? —preguntó Jake perdiendo la paciencia.

      —En cualquier caso, los delfines no son peces, son

      mamíferos —explicó Cassie.

      <Jo, ¿por qué no os calláis todos y empezamos de una vez?>, protestó Tobias.

      —Está tenso, muy tenso, toma demasiados ratones altos en cafeína —comenté al tiempo que le guiñaba un ojo a Cassie.

      Yo ya me había transformado en delfín antes, así que sabía lo que me esperaba. Sin embargo, no hay nada que le quite a uno la extraña sensación que se produce en cada transformación.

       Me concentré en el delfín y, casi al instante, perdí las piernas, que parecían haberse juntado en una sola, como si alguien las hubiera pegado rabiosamente con Super-Glue. Agité los brazos a toda velocidad para no perder el equilibrio, y fue entonces cuando mis pies empezaron a transformarse y a moverse muy deprisa.

      ¡SPLASH! Caí de bruces al agua. Abrí los ojos y observé mi cuerpo; lo que os había dicho, cada transformación es diferente y, por alguna razón, aquella vez me estaba transformando empezando por los pies hacia arriba. La

      mitad inferior de mi cuerpo era ya casi puro delfín.

      — ¡Dios mío! ¡Soy una sirena! —exclamé, pero como me encontraba bajo el agua, todo lo que oyeron los demás fue-: Glub, glub, glub, glub.

      Mis pies se convirtieron en un rollo de goma gris. Mientras lo miraba, el rollo se desenroscó y adquirió forma de cola. La goma gris se extendía por mi cuerpo como la marea, pero todo ocurría demasiado despacio y no podía aguantar más sin tomar aire.

      Empecé a mover mis torpes brazos humanos, como si fueran aspas de un molino, para poder sacar la cabeza del agua y, cuando lo conseguí, contemplé el insólito espectáculo de la mutación de Tobias. Sus plumas de ratonero fueron reemplazadas por una piel gris y su pico se alargó hacia fuera de golpe, convirtiéndose en el morro sonriente de un delfín. En ese momento volví a sumergirme sin querer. Mis brazos se estaban arrugando y se

      me pegaban todos los dedos, hasta que me creció una funda de la misma goma gris y se me formaron las aletas.

      Un cosquilleo en la nuca me advirtió de que, aunque estaba boca abajo en el agua, podía respirar a través del orificio que se me acababa de formar.

      De repente, me cambiaron los ojos y el agua salada, que antes me escocía y no me dejaba ver con claridad, se hizo mucho más transparente, casi como la de la piscina, y pude entonces reconocer a los demás, que ya

      eran delfines por completo, aunque todavía quedaba algún indicio humano. Las aletas de Jake todavía tenían unos dedos rosados sobresaliendo y Cassie conservaba la boca humana. Mientras la estaba observando se le formó una protuberancia y apareció la sonrisa dentuda típica de los delfines.

      Como podéis imaginar, Tobias no mostraba características de ser humano. Lo último que le quedaba por convertir era su roja extremidad: tenía plumas rojizas saliendo de la cola de delfín, pero en cuestión de segundos aquellos últimos rasgos de pájaro desaparecieron y pasamos a formar una manada de delfines como está

      mandado. Todos menos Ax.

      A Ax lo habíamos rescatado de una nave-cúpula hundida en el fondo del mar tras un ataque sorpresa de los yeerks. Había pasado allí bastante tiempo, así que había adquirido una forma que le había parecido útil en aquel

      momento, la forma de un tiburón.

      Entonces empecé a notar el cerebro de delfín. Los delfines poseen el cerebro de animal más divertido que conozco; la juerga es parte de su naturaleza y la vida es un juego permanente para ellos. Sólo les gusta comer pescado y jugar, y detestan a los tiburones, como yo. Veréis, la primera vez que me convertí en delfín, un tiburón casi me parte en dos, y eso es algo que no se olvida con facilidad.

      «Es Ax —me repetía a mí mismo—, no un tiburón salvaje, sólo es Ax.»

      Pero aquella fiera me miraba con esos ojos muertos, como vacíos, que poseen los tiburones, y no pude evitar sentir un escalofrío, a pesar de mi carácter juguetón.

      © 1996 K.A. Applegate ©1998.

      Transcripción de Gonzalo Aterido M. (olaznog323)

Capítulo 9:

      <Vamos a dar una vuelta alrededor de la isla a ver qué encontramos>, sugirió Jake.

       <Supongo que encontraremos peces – murmuré -. Cuanto más pienso en todo esto, más me pregunto si Erek no se habrá equivocado. En esta isla reina la tranquilidad.>

       <No creo que un chee se equivoque mucho, la verdad – añadió Cassie -. Pero bueno, ¿por qué tenemos que preocuparnos por eso ahora? Vamos a nadar.>

       Cassie salió disparada por el agua, y no pude evitar ponerme a perseguirla. Nadábamos a toda velocidad, saltábamos por encima de las olas, buceábamos hasta tocar el fondo y salíamos a la superficie. Nos comportábamos como niños de cinco años.

       El agua era una fiesta, y a medida que avanzaba, la notaba cada vez más cortante. Me sumergí hasta lo más profundo, manteniendo la respiración durante varios minutos; me deslicé a ras del fondo arenoso, y miré hacia arriba. Desde allá abajo se vislumbraba el sol como una pelota lejana y saltarina, producto de la distorsión del agua.

       Lancé una ráfaga de ondas de ultrasonido desde mi cerebro y me llegó de vuelta un increíble eco. Mis ondas habían rebotado en los peces, la playa, en las rocas que se apilaban en el fondo; también habían rebotado en Ax, y su forma de tiburón inquietó la tremenda felicidad de la que gozaba hasta entonces mi mente de delfín.

       “Tienes que superarlo – me dije a mí mismo -. Es Ax, no un tiburón de verdad. Olvídate de los tiburones, como si no existiesen.”

       <Bueno, vamos a centrarnos un poco – intervino Jake, intentando poner un poco de orden en nuestro juego alocado -. Mantened la playa a vuestra izquierda y demos una vuelta rápida alrededor de la isla.>

       <¿Una carrera? – preguntó Tobias -. ¡Eso estaría muy bien!>

       En mi cerebro escuché a Cassie reírse.

       <Ya veo, Tobias, que has perdido el miedo al agua, ¿eh?>

       <Es un poco difícil temer algo en este estado de felicidad – respondió -. Ha merecido la pena, es genial, como si estuviéramos volando pero en un aire más espeso. Venga, ¡os echo una carrera!>

       Salió disparado y el resto lo seguimos. Ax venía detrás, más despacio. Quizás a su cerebro de tiburón no le gustan los delfines, igual que a los delfines no les gustan los tiburones. No sé. No me importaba, ¡estábamos echando una carrera!

       Nos sumergíamos hasta el fondo, después cambiábamos de dirección y salíamos de golpe a la superficie para tomar aire. Así una y otra vez, impulsándonos con la poderosa cola para conseguir la máxima velocidad posible.

       Íbamos disparados por el agua, a ver quién era el más rápido.

       No había emitido las vibraciones en bastante rato así que, al virar lancé unas sondas; la imagen que me fue devuelta me hizo pararme en seco en el agua.

       <¿Qué es eso?>

       <¿El qué?>, preguntó Jake.

       <Envía unas sondas>, le murmuré.

       Escuché como todos lanzaban ráfagas de ondas, como una pistola.

       <¡Guau!>

       <¿Qué pasa? – preguntó Ax -. ¿Sentís algo?>

       <¿Qué es eso?>, intervino Cassie.

       <No tengo ni idea, pero no es normal, te lo aseguro>, respondió Tobias.

       <Vamos a ver – sugerí -, esto de los ultrasonidos tiene sus límites.>

       Nos dimos la vuelta y nos dirigimos mar adentro, alejándonos de la isla. Lo que habíamos detectado tenía superficies duras y bordes afilados, y era gigante.

       De nuevo era nuestro cerebro de humano el que tomaba las riendas, por lo menos el mío, porque supongo que sabía que aquello era a lo que Erek se refería y, si esa parte de la historia era cierta, quizá también lo era el resto. Quizá mi madre se encontraba allí, en aquel lugar de superficies duras y bordes afilados.

       Habíamos descubierto el lugar que buscábamos y allí, a sesenta metros de profundidad, no había más que algas marinas, rocas punzantes y bancos de peces plateados.

       Lancé otra ráfaga de ondas y según mi posición, tenía que haber una estructura gigante de algún tipo bajo el agua delante de mis narices.

       <Es el truco de Erek – comenté -. Están usando el mismo truco de los chee, el holograma, en este caso uno del fondo marino, para que los buceadores que pasen por aquí no lo vean, ni tampoco los aviones, aunque sea un día soleado.>

       <Sí, pero ¿es sólo un holograma o un campo de fuerza como el que tiene Erek?>, preguntó Jake.

       <Se necesita un montón de energía para mantener un holograma de este tamaño – observó Ax -. Para conservar un campo de fuerza en el agua es necesario un nivel de energía como el de una nave cúpula.>

       <Sólo hay una forma de averiguarlo – profirió Rachel -. Vamos.>

       Nos dirigimos hacia el sitio donde aparentemente no había nada más que un fondo marino normal y corriente. Nadamos unos quince metros y de repente todo cambió. Era como si estuviéramos metiendo la cabeza en una pantalla de cine y viéramos el escenario por detrás. Allí, a menos de quinientos metros de la mansión de la isla Royan y a unos sesenta bajo el agua había una estructura de tonos rosados, construida a un lado de una colina submarina.

       Tenía tres grandes entradas, cada una lo bastante grande para que pudiera pasar por ella un camión de la basura. Dos estaban cerradas con puertas de acero, la tercera estaba abierta, y daba paso a un túnel oscuro.

       Entre las entradas había dos ventanas circulares cubiertas de cristal convexo o de plástico. A través de una de las aperturas transparentes se veía con absoluta claridad un grupo de humanos trabajando en una sala de ordenadores. Todo parecía normal, como una oficina de ingenieros al estilo de Dilbert, salvo por el pequeño detalle de que se encontraba bajo el agua y porque había varios hork-bajir montando guardia.

       Había un par de esos alienígenas, de unos dos metros de alto, con sus cuchillas saliéndoles de las muñecas, codos y rodillas, pies de tiranosaurio, cabeza de reptil coronada por dos o tres cuernos con cuchillas afiladísimas y una cola plagada de púas, y en cuya mente habitaba un yeerk.

       Yo había conocido antes a hork-bajir libres y eran bastante tiernos, a pesar de que su físico daba miedo. Pero aquéllos de allá abajo eran controladores, igual de despreciables que los controladores humanos.

       Por la segunda ventana no vi nada más que una habitación con una mesa y un par de sillas.

       <Bueno, pues hemos llegado – observó Rachel -. Ahora todo lo que tenemos que hacer es averiguar qué es lo que se traen entre manos.>

       <Necesito aire.> Subí a la superficie para llenar mis pulmones; los demás hicieron lo mismo, excepto Ax, cuyas branquias le dejaban respirar bajo el agua.

       Nos quedamos un momento en la superficie; quería mirar alrededor y ver el mundo normal, supongo, sentir el aire.

       <Está claro que se trata de una instalación de los yeerks – comentó Jake -. Vi a los hork-bajir.>

       <Si tuviera mis ojos – añadió Tobias – podría ver lo que hay en los monitores.>

       <Bueno, quizá podamos dar unas cuantas vueltas alrededor – sugirió Cassie -. Esas tres entradas gigantes están allí por alguna razón, tiene que haber algo que salga y entre de ese lugar.>

       <Perdonad.> Era Ax, estaba todavía allá abajo.

       <Sí, Ax, ¿qué pasa?>, preguntó Jake.

       <Hay unos peces que parece que se dirigen hacia vosotros.>

       <Vale, estoy seguro de que no hay por qué preocuparse. – Sin embargo, algo me decía que preguntara más detalles -. ¿Son grandes, Ax-man?>

       <Sí, tan grandes como yo, y tienen una forma extraña.>

       <¿Cómo de extraña?>

       <La cabeza… la tienen plana por delante, pero se extiende hacia los lados. Y tienen ojos al final de cada extensión lateral y aletas como las mías.>

       Me llevó unos segundos procesar la imagen que me había dado en palabras. Un pez grande con una aleta dorsal y una cabeza que… Se me paró el corazón de delfín.

       <¡Peces martillo! – grité -. ¡Peces martillo!>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 10:

      Nos sumergimos y enseguida los divisamos. Eran tiburones martillo.

       <Debe de haber unos diez>, advirtió Tobias.

       <Diez suyos contra cinco delfines y un tiburón tigre – gritó Rachel -. ¡Pan comido!>

       A veces admiro la temeraria valentía de Rachel, pero en otras ocasiones me dan ganas de abofetearla. Ya nos habíamos enfrentado a tiburones antes y habíamos vencido por poco.

       Y la pesadilla se iba a repetir, pero esta vez con más contrincantes.

       <Tranquilos, no sabemos si nos van a atacar>, profirió Jake con toda la calma posible sabiendo que se nos echaban encima diez tiburones.

       <Estos tiburones normalmente no atacan a los delfines – interrumpió Cassie -, a menos que estén hambrientos o sean muchos más que ellos.>

       <Vaya, yo he contado diez y nosotros somos cinco – repliqué -. ¿Se puede considerar eso como “muchos más”?>

       <Esperemos que no tengan hambre – añadió Tobias enfadado -. Nunca he hecho esto antes, ¿algún consejo para luchar contra los tiburones?>

       <Sí, no dejes que te muerdan.>

       Los peces martillo se acercaban directos hacia nosotros. Venían como tropas bien entrenadas. Tuve una repentina y clara sensación del punzante dolor que experimenté cuando me mordieron aquella vez. Casi me parten mi cuerpo de delfín en dos, me dejaron la parte de la cola suelta, unida a mí sólo por unos jirones de carne y algunas tripas.

       He pasado mucho miedo desde que me convertí en animorph, pero aquello resultaba espantoso. Hay pocas cosas en el mundo más temibles que ver acercarse a un bicho de ésos hacia ti, sobre todo cuando sabes que tiene intención de devorarte.

       <Bueno, mirad, no necesitamos enfrentarnos a ellos – indicó Jake -. Mejor nos largamos de aquí.>

       <¿Huir? ¿Así sin más?>, protestó Rachel.

       <Estás invitada a quedarte aquí, Rachel>, le dije.

       <Eh, luchamos contra yeerks, no contra peces martillo>, aclaró Cassie.

       <Exacto, y yo me largo>, sentencié.

       Moví la cola con un golpe seco para darme la vuelta y entonces casi me da un soponcio.

       <¡Dios mío! – exclamó Cassie -. ¡Hay más detrás!>

       Otros cuatro peces martillo se acercaban hacia nosotros. En total eran catorce, tocábamos a más de dos por cabeza.

       Jake ya había dado la orden de retirada, pero no fue eso lo que me impulsó a hacer lo que hice. Huí, sí, así de sencillo. Estaba aterrorizado. Reuní todas mis fuerzas y con un golpe de cola me largué entre ambos grupos de tiburones.

       <¡Moveos, moveos, moveos!>, gritó Jake.

       No esperé a escuchar la orden y comencé la retirada. Todo me daba igual, tenía miedo, recordaba a la perfección aquellos dientes de tiburón desgarrándome la carne, podía sentirlo como si estuviera ocurriendo en aquel momento.

       Me movía a velocidad de vértigo. Mis amigos me seguían de cerca, pero yo encabezaba al grupo.

       <Dirígete hacia la playa, puede que no nos sigan hasta las aguas menos profundas>, gritó Cassie.

       Los tiburones adivinaron nuestras intenciones y cambiaron su rumbo para pillarnos por el otro lado. Eran rápidos, quizá no tanto como nosotros, pero bastante.

       Los dos grupos de tiburones se acercaban; el martillo y el yunque nos iban acorralando. Aceleramos y aceleraron. ¡Demasiado tarde! Dos de los más grandes nos cerraron el paso. Me di la vuelta a toda velocidad, no había escapatoria, nos tenían rodeados. Lo único que veía en aquellos momentos era los cientos y cientos de dientes puntiagudos, tan afilados como cuchillos.

       <Concentrémonos en uno – apremió Jake -, intentemos hacer que sangre y el resto atacará al herido.>

       Era una buena táctica, pero aquellos tiburones me daban mala espina; no sabía por qué, el caso era que notaba algo raro en ellos.

       Jake se lanzó a por el más cercano de los monstruos y los demás lo seguimos. Cinco delfines y un tiburón tigre, moviéndose como posesos en el agua salada, se lanzaron implacables a por el desafortunado tiburón.

       Todo ocurrió demasiado deprisa para que los demás reaccionaran, y supongo que al tiburón que habíamos elegido le pilló desprevenido, y no tuvo tiempo de escapar.

       Jake lo golpeó con el morro y después lo embestí yo con todas mis fuerzas.

       ¡PAFFFFF! El impacto me sobresaltó y desorientó; durante unos segundos no pude ver nada. Era consciente de que los demás estaban golpeando también al tiburón rápidamente.

       La sangre empezó a brotar de sus branquias y oscureció el agua.

       <¡Es nuestra oportunidad, ahora empezará el frenético banquete!>, gritó Jake.

       Pero había algo que no iba bien. Los otros tiburones no atacaban al herido. La sangre flotaba en el agua como un pañuelo de seda y los tiburones la ignoraban. Para nuestra sorpresa continuaron persiguiéndonos, era como si se hubieran hecho señales entre ellos, avanzaban al mismo tiempo, como si lo tuvieran perfectamente planeado.

       Sabía que iba a morir, y lo peor de todo era que sabía exactamente cómo me sentiría.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Capítulo 11:

      El tiburón herido seguía soltando sangre por el agua y sus compañeros continuaban ignorándolo.

       ¡El ataque estaba a punto de producirse!

       <Tenemos que salir de aquí – indicó Jake -. Formemos una cuña y huyamos lo más deprisa posible.>

       Hicimos lo que decía, nos acercamos hasta estar muy juntos y, a una señal de Jake, salimos disparados. Éramos como un puño gigante hecho de delfines.

       <¡No os paréis por nada del mundo!>, chilló Rachel.

       Pero los tiburones reaccionaron enseguida. Se habían dado cuenta de nuestro plan y se organizaron deprisa para cortarnos el paso. Volví la vista atrás y vi que uno se había quedado rezagado por si nos volvíamos.

       Jamás lo conseguiríamos; aquellos tiburones actuaban en equipo, como una manada de lobos, y lo estaban haciendo bastante bien.

       <¡Seguid!>, exclamó Jake.

       Cada vez teníamos más tiburones por delante. Estábamos tan cerca que veía los dientes de algunos cuando abrían la boca encantados ante la carne fresca de delfín que se acercaba.

       <¡A la superficie!>, grité. Se me acababa de ocurrir una idea.

       <¿Qué?>

       <¡Los tiburones no saltan! – aclaré -. ¡Los tiburones no saltan!>

       A pocos centímetros de los desgarradores dientes, nos dimos la vuelta y nos dirigimos hacia la superficie como cohetes.

       ¡FLAASSHHH! Respiramos aire fresco y volvimos a entrar de golpe en el agua, pero lo hicimos al otro lado de la fila de tiburones. Se dieron la vuelta para perseguirnos, pero les habíamos ganado unos metros. Aquello por desgracia no les detuvo, y continuamos incasables adentrándonos en el mar.

       <¿Creéis que podremos alejarnos?>, preguntó Tobias.

       <Lo sabremos enseguida>, respondí.

       Entonces…

       ¡AAAAA-ooooo-AAAAA-ooooo-AAAAA-ooooo!

       Era una sirena, lo bastante alta para poder captarla con el agudo oído de un delfín. De haber sido humano no creo que la hubiera oído y para nuestra sorpresa, los tiburones se dieron la vuelta y se alejaron nadando.

       <¿Qué ha ocurrido?>, preguntó Rachel.

       <¿Por qué han emprendido la retirada?>, se sorprendió Ax cuando nos alcanzó.

       Cassie expresó mis pensamientos a la perfección.

       <¿A quién le importa? Larguémonos antes de que cambien de opinión.>

       <Amén>, apuntó Tobias.

       <Deberíamos bajar a ver qué ha pasado>, añadí. Acto seguido, me sentí como un perfecto idiota. Me imaginaba lo que estarían pensando mis amigos de mí por haber salido pitando minutos antes.

       <Estoy de acuerdo con Marco>, asintió Rachel.

       El hecho de que Rachel estuviera de acuerdo conmigo me terminó de convencer: había metido la pata. Pero era demasiado tarde; tomamos todos una buena bocanada de aire y nos sumergimos.

       <¡Lo sabía! ¡Mirad!>

       A menos de seis metros distinguimos un submarino con forma de pez raya. No era muy grande, aunque visto desde arriba lo parecía. En la parte inferior de los costados tenía unas aletas curvadas hacia abajo. Por la parte de atrás llevaba lo que parecían ser tres motores, cada uno era un cilindro macizo de seis metros de largo, como si fuera un puro de mentira. Aquella máquina no había sido fabricada por el hombre, eso estaba claro.

       Sin embargo, lo más alucinante de aquel cacharro era que tres cuartas partes eran transparentes, todo era de cristal excepto los motores, algunas herramientas y unos cuantos muebles e instrumentos que había dentro.

       Había además tres cubiertas transparentes. La tripulación estaba formada por una combinación de hork-bajir, taxxonitas y gedds. Unos se paseaban, otros permanecían sentados o simplemente estaban de pie. Se movía a unos cuarenta kilómetros por hora.

       En la parte delantera del submarino estaba lo que debía de ser el puente de mando. Había algunos hork-bajir y taxxonitas trabajando en unas terminales informáticas rojas y amarillas, y en el centro de la habitación había una silla que me recordaba a la silla del capitán Kirk, de Star Trek.

       Junto a la silla, había una extraña criatura con una piel pedregosa y amarillenta que parecía viscosa, como si la hubieran untado con vaselina. Estaba sentada como una rana, sobre sus patas traseras de pies palmeados. Pero en lugar de las pequeñas patas delanteras de rana poseía cuatro tentáculos situados irregularmente por todo el cuerpo. Tenía una cabeza gigante asentada sobre los hombros, sin un cuello que la sujetase. Su cara estaba hinchada, y tenía una boca anchísima que parecía congelada en una sonrisa estúpida. Tenía dos ojos, ambos verde brillante y muy grandes.

       Cuando el submarino desfiló por debajo de nosotros, todos vimos que aquella criatura estaba temblando. Se volvió para mirarnos mientras avanzábamos en sentido contrario al submarino. Nos miró fijamente con sus resplandecientes ojos verdes.

       La persona que estaba sentada en el asiento del capitán debió de decirle algo, porque aquella especie de rana adoptó por un momento un semblante de preocupación, para luego encogerse de hombros con un gesto muy humano.

       Acto seguido, la persona que estaba sentada se levantó, se estiró y se volvió para mirar, justo hacia nosotros, justo hacia mí.

       Y juro que me tuve que contener para no decir:

       – Hola, mamá.

       <¡Visser Uno! – exclamó Rachel con rabia -. Así que el gran monstruo está aquí, en la Tierra.>

       El submarino, cortejado por los peces martillo, pasó de largo sin emitir un solo sonido y, finalmente, la visión desapareció en un normal y precioso holograma de fondo marino.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 12:

      Tenía muchos deberes que hacer cuando llegué a casa, entre otras cosas, un trabajo sobre un libro que debía presentar el lunes. Cinco páginas, y a mi profesora de inglés no le gustan mucho cinco páginas llenas de tonterías.

       Saludé a mi padre, que me preguntó qué quería para cenar.

       – Cualquier cosa menos pescado – respondí.

       – ¿Qué te parece una pizza?

       – Sin anchoas, vale.

       Subí a mi habitación y busqué el libro que tenía que leer. Estaba debajo de una sucia camiseta sudada que había dejado sobre la mesa. Miré la portada: El Señor de los Anillos. Constaba de tres volúmenes y cada uno era tan gordo como tres libros juntos. Tenía que hacer el trabajo sólo sobre el primero, pero aún así no acabaría nunca.

       – ¿En qué estaría pensando en elegir un libro así? – me quejé.

       La respuesta era bien sencilla: debí haber empezado a leerlo hacía un mes. Me tiré en la cama y me puse los cascos. Después me cubrí la cabeza con una almohada y tanteé el mando a distancia a ciegas hasta darle al “play”.

       Reggae, clásico reggae del bueno, Bob Marley. Me había comprado el CD una vez que estuve considerando dejarme el pelo como los rastas. No importa la razón; vale, tenía algo que ver con aquella chica del colegio.

       – Bob Marley, maestro – murmuré -. Ayúdame, maestro.

       Bob no me ayudaba. Él seguía cantando No woman, no cry, que se convertía al instante en mi cabeza en “No madre, no llores”.

       – Genial – dije -. Sólo me falta hundirme en la autocompasión.

       No me sentía bien; nadie me había llamado cobarde, quizá nadie había notado cómo había salido corriendo, el caso es que lo había hecho.

       Se me ocurrían un montón de excusas para defender mi comportamiento, era el único al que un tiburón había partido casi en dos de un bocado, y ésa era una excusa bastante buena para estar asustado.

       Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que hubiera salido huyendo. Y ese malestar se mezclaba en mi cabeza con un montón de emociones nuevas por haber visto a mi madre. Lo pasé muy mal cuando mi madre murió, si es que se puede decir tal cosa. Al menos fue tan malo como la muerte misma, en cualquier caso se trata de un final. Ya imagináis lo que pasó.

       Uno siempre conoce gente que ha perdido a su madre o a su padre; enciendes la televisión y te encuentras con historias de gente que ha perdido a sus padres o a sus hermanas o hermanos; lo puedes leer en los libros, en el periódico… Los psicólogos del colegio te tienen catalogado y te dan consejos para que sepas sobrellevarlo. Por mucho que no te guste, perteneces a un grupo de gente con problemas parecidos.

       Me pregunto si hay un grupo para gente cuya madre no se ha muerto sino que es esclava de un alienígena que se le ha instalado en el cerebro. ¿A qué grupo pertenezco si resulta que quien aparentemente es mi madre sería capaz de matarme?

       Supongo que es así como se siente Jake cada vez que se sienta a cenar con Tom. Supongo que siente lo mismo que yo, sólo que Jake y yo no hablamos de esas cosas. Jake es mi mejor amigo por ser como soy, divertido e ingenioso, y además le defendería siempre, en cualquier situación. ¿Qué se supone que debo hacer? Soy como soy, no un blandengue de esos que les gusta compartir sus sentimientos con todo el mundo. No, yo no comparto mis sentimientos, yo hago reír a la gente.

       Tengo una foto de mi madre al lado de la cama y la miro todas las noches antes de irme a dormir. Ya no sé realmente lo que quiero ver cuando la miro, no sé si veo a la madre que perdí o a la que voy a rescatar sea como sea. Ya no puedo distinguirlo.

       Me imagino historias de cómo voy a salvarla de los yeerks. La tendré encerrada durante tres días hasta que el yeerk se muera por falta de rayos kandrona, entonces será mi madre de nuevo.

       – ¿Y después qué, Marco? – me pregunté en voz alta. Los yeerks no se darán por vencidos, no puedes matar de hambre a Visser Uno y llevarte el cuerpo en el que se había instalado para vivir feliz el resto de tus días. Nos perseguirían hasta la saciedad. Mientras haya un yeerk con vida en la Tierra, no estaríamos seguros.

       Y si por casualidad, los yeerks nos descubrieran, a mi madre y a mi padre y a mí, averiguarían que soy un animorph, y entonces estaríamos perdidos, Jake, Rachel, Cassie, Tobias, Ax…

       – Soy demasiado joven para tener que enfrentarme a estas cosas – protesté contra la almohada, y me la aparté de la cara. Mi padre estaba allí de pie, bajo el marco de la puerta.

       – He llamado – dijo haciendo el gesto de llamar a la puerta con los nudillos. Me quité los cascos de un tirón.

       – Ah… Hum, hola, papá.

       – Perdona que te moleste, sólo quería preguntarte si te apetecía ver el partido conmigo.

       – Ah, sí, el partido – contesté -. Hum…, creo que no, tengo un montón de deberes y todo eso.

       – Ah, bueno. – Ya se marchaba cuando se dio la vuelta y dijo -: Marco, hijo, ya sabes que puedes hablar conmigo si me necesitas.

       – Sí claro, papá.

       – Me refiero a que si estás preocupado por algo, yo estoy aquí para hablar.

       Se lo agradecía mucho, mi padre es un gran hombre. Cuando sea mayor me gustaría ser tan bueno como él, pero… es verdad, una oscura sospecha me empañaba el alma. ¿Por qué estaba tan interesado? ¿Sospechaba algo? ¿Sería uno de ellos también?

       – No, papá, no estoy preocupado, era sólo… Hum, estaba cantando, era la letra de la canción.

       – Ah, vale. Bueno, te aviso cuando llegue la pizza.

       Se fue y cerró la puerta.

       – Bonito mundo éste en el que vivo – murmuré. Podría confiar en mi padre y quizás acabar muerto, podría ayudar a mi madre y quizás acabar muerto y, como premio, podría además hacer que mataran a todos mis amigos y condenar a toda la raza humana -. Pero eso no va a suceder ahora, no esta noche al menos.

       Miré el libro que debía leer. Y pensé en mi padre, sentado en el salón viendo el partido. ¿Y si a mi padre le había pasado como a mi madre? No, no podía confiar en él. No podía bajar al salón y soltarle todos mis problemas.

       Pero ¿sabéis qué? Lo que sí podía hacer era bajar y sentarme con él a ver el partido. Eso sí que lo podía hacer.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

Capítulo 13:

      – Aquellos no eran peces martillo normales – afirmó Cassie -. Alguien los estaba dirigiendo de algún modo, los controlaban. Funcionaban en grupo y eso no es normal en esos animales.

       Nos habíamos reunido en el bosque que estaba delante de la granja de Cassie.

       – ¿Serán controladores? – preguntó Rachel -. Recordad los caballos de la otra vez.

       <No – respondió Ax -. Cassie me ha enseñado fotos de la estructura interna de un pez martillo y en su cerebro no cabe un yeerk. Esa estructura jamás podría albergar a un gusano de ésos.>

       – Podrían ser implantes – sugerí -, ya sabéis, electrodos o algo así.

       Se encogieron de hombros. ¿Cómo lo íbamos a saber? Todo lo que sabíamos era que un puñado de tiburones no muy normales casi nos meriendan.

       <Estaban vigilando las instalaciones, eso está claro>, declaró Tobias.

       – Razón de más para meternos allí – observé.

       Rachel asintió y Jake me miró levantando las cejas. Sabía lo que mi amigo estaba pensando. Moví la cabeza ligeramente, diciéndole que no, no se lo iba a decir a los demás, todavía no. Quizá no se lo diría nunca.

       Se encogió de hombros y lo dejó pasar. Era evidente que no estaba de acuerdo.

       – Creo que Marco tiene razón. Hay que volver allá abajo – declaró Jake -. Están esos leerans de los que nos habló Erek, no podemos permitir que haya controladores leyendo la mente de los demás por ahí.

       – ¿Crees que la cosa aquella con forma de rana era un leeran? – le preguntó Cassie a Ax.

       <Sí, yo diría que sí – contestó. Parecía incómodo -. Pero tampoco es que me sepa de memoria la enciclopedia de las formas galácticas vivas.>

       – ¿Dónde podemos conseguir esa enciclopedia? – interrumpí -. ¿Crees que la tendrán en la biblioteca municipal?

       <La pregunta es: ¿cómo hacemos para echar un vistazo al interior de las instalaciones?>, preguntó Tobias.

       – No te va a gustar la respuesta – repliqué.

       El comentario hizo reír a todo el mundo.

       – Deberíamos transformarnos en pez martillo – sugirió Cassie -. Los peces martillo vigilantes perseguían tanto a los delfines como al tiburón tigre de Ax. Me da la sensación de que persiguen todo lo que no sea un pez martillo. No hay peces martillo en Los Jardines, pero sí que los hay en el Mundo Oceánico. Tienen una piscina gigante con varias clases de tiburones. Llamé ayer y me dijeron que tienen un pez martillo muy grande, de unos cuatro metros de largo.

       – Hum, perdona que te interrumpa – intervine -, pero ¿ha pensado alguien en el pequeño detalle de que tenemos que estar en nuestros cuerpos reales para adquirir el ADN de esos animales?

       Me arrepentí al instante de haberlo dicho. Parecía que de repente era un valiente que no se echaba para atrás, y minutos después era el primero que se acobardaba.

       No dejaba de pensar en el numerito del día anterior, no podía permitirme el lujo de ser un cobarde. Así que añadí:

       – Pero bueno, ¿quién se va a asustar por unos tiburones de nada?

       – Tú – contestó Rachel de forma terminante.

       Me sentó como una patada. Quizás ella no lo dijo con mala intención, pero por más que pensé, no pude darle una respuesta adecuada. Me puse como un tomate y me volví fingiendo estar interesadísimo en un escarabajo que subía por un árbol.

       – Debemos ir por la noche – señaló Cassie -. Esta noche, supongo, mañana hay que ir al colegio.

       – Olvida el colegio ahora – añadí con brusquedad -. Además, hay una reunión de alumnos, así que podemos largarnos pronto y nadie nos echará de menos. Tenemos tiempo de sobra para volar hasta la isla.

       – Pues venga – asintió Jake -, esta noche al Mundo Oceánico y mañana a la isla después de clase. Vamos a necesitar una buena excusa para nuestros padres por si volvemos tarde. No me pueden pillar otra vez.

       Y ahí quedó eso hasta que hubo anochecido. Yo le dije a mi padre que me iba a casa de Jake a hacer los deberes y que a lo mejor volvía un poco tarde. Él respondió que le llamara si necesitaba que me fuera a buscar.

       Volamos hasta el Mundo Oceánico y aterrizamos en el parque oscuro y solitario. Recuperamos nuestras formas de humanos salvo Tobias y Ax. Es curioso porque transformado en gaviota me sentía bien en aquel parque abandonado y tenebroso, pero con mi forma humana estaba fuera de lugar, tenía la sensación de que me iba a meter en problemas.

       El Mundo Oceánico es un parque con instalaciones muy nuevas. Contiene varios acuarios gigantes, tan grandes como edificios de apartamentos. Además hay un túnel de plexiglás por el que caminas en una cinta transportadora que avanza muy despacio. El túnel va literalmente por el agua y los peces están por todas partes, a tu lado e incluso por encima.

       Pero no habíamos ido allí como turistas, no podíamos simplemente mirar los tiburones y punto, teníamos que tocar a uno de ellos en concreto.

       – Me gustaría saber cómo vamos a hacerlo – susurró Cassie mientras nos iba guiando hacia el acuario de los tiburones -. Los tiburones no son delfines, y aunque estén bien alimentados, no son lo que se dice animales de compañía.

       – Si juntas el acariciar tiburones con el rodeo de delfines tendremos todo un espectáculo – comenté, pero nadie se rió; sólo Jake soltó una especie de media sonrisa.

       Y mientras tanto tenía la sensación de que mis tripas se estaban transformando por su cuenta, como si el estómago se convirtiera en algún líquido abrasivo.

       – Tengo una idea – exclamó Rachel -. El pez martillo no tiene que estar consciente para que lo podamos adquirir, ¿verdad? Pues nos transformamos en delfines y nos metemos en el acuario; seis delfines contra un pez martillo -. Se encogió de hombros como para que sacáramos nuestras propias conclusiones.

       – ¿Quieres decir – replicó Cassie indignada – que empecemos a golpear al pobre animal hasta dejarlo medio muerto, aunque ni siquiera nos haya atacado?

       – Es un pez martillo, Cassie, un tiburón, la gente los come – se defendió Rachel al tiempo que movía las manos, como tratando de ser razonable.

       – Y viceversa – añadí.

       – Te muerden con sólo saltar a la piscina – intervino Jake -. Quiero decir: ¿cómo vamos a intentar siquiera tocarlo con nuestra forma humana? – Miró a Ax -. ¿O con la forma andalita?

       Cassie iba a decir algo, pero al final simplemente apretó las mandíbulas como suele hacer cuando no aprueba algo.

       – Por mí pueden morirse todos los tiburones – comenté y me reí, como si fuera un chiste, pero no lo era.

       <Son depredadores y se comportan como tales – interrumpió Tobias -. No son el demonio, sólo tienen hambre.>

       – ¿Así que estás con Cassie? – le pregunté.

       <No, pero se trata de matar o de que te maten, de comer o de que te coman. Así funcionan, lo sé porque soy un depredador; lo único que digo es que hacemos lo que tenemos que hacer.>

       Tobias se había hecho más fuerte desde que quedó atrapado en la forma del ratonero.

       – Está bien – refunfuñó Cassie de mala gana -. Acabemos con esto de una vez.

       Anduvimos hasta los acuarios. Eran tres óvalos gigantes, como piscinas. Estaban construidos de modo que dejaban espacio para los pasillos de plexiglás.

       No se oía otro ruido más que nuestros pasos sobre el cemento, y el sonido de las pezuñas de Ax. Sólo veíamos sombras oscuras, que se hacían más intensas con la tenue luz de la piscina. Sólo sentíamos miedo.

       El pasillo que conducía a los acuarios estaba flanqueado por arbustos bien alineados. Tobias iba volando por encima, cuando de repente se acercó en picado.

       <¡Viene alguien!>

       Saltamos a los arbustos; caí con brusquedad sobre los hombros y rodé un poco bajo el camuflaje de pequeñas hojas y ramitas. Ax también saltó, pero los arbustos sólo medían medio metro y Ax no puede rodar.

       De repente ¡el haz de una linterna!

       – ¡Quieto! ¡No te muevas! Pero qué…

       Oí el sonido del cargador de una pistola. Observé a trasvés de los arbustos y vi el círculo blanco de la luz de la linterna que se proyectaba sobre el lomo de Ax.

       – Pero ¿qué narices eres tú? Eh, ¡capitán!, ¡aquí!, ¡aquí!

       <Príncipe Jake, ¿qué debo hacer?>, preguntó Ax.

       Se acercaban más pasos rápidos.

       – ¡Capitán! ¡Mire esto! ¡Guau!, pero ¿ve usted esto?

       El primer vigilante mantenía la luz sobre Ax, pero le temblaba el pulso. No me extraña, Ax no es lo que uno esperaría encontrar una noche oscura en un acuario para turistas.

       El capitán le dirigió una segunda luz, y oí cómo sacaban su pistola y la cargaban.

       – ¿Preguntas que qué es eso? – añadió el capitán con mucha calma -. Pues un andalita, hijo. No es más que un andalita.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Capítulo 14:

      – ¿Un qué?

       – Un solo movimiento, andalita, y te disparo. Estas armas de los humanos puede que sean primitivas, pero te sorprendería lo eficaces que pueden llegar a ser.

       – Capitán, tiene que decirme qué está sucediendo – dijo el primer vigilante asustado.

       De repente, ¡ZAS! El capitán levantó su pistola y le asestó un golpe al vigilante en la cabeza. El vigilante cayó inconsciente.

       – ¡Qué pesado! – murmuró el capitán -. Tendremos a uno de los nuestros en su cerebro antes de que despierte. A mí me da igual, estoy cansado de este trabajo; por haber capturado a un andalita me convertiré en el nuevo ayudante de Visser Tres.

       <Yo de ti tendría cuidado con lo que deseas, yeerk – añadió Ax -. He visto a algunos idiotas que trabajan junto a Visser Tres, y también he visto sus cabezas rodar por el suelo cuando Visser se enfada.>

       – ¿Qué hacemos? – le pregunté a Jake en un susurro tenue. Tenía la cabeza a pocos centímetros de la mía.

       – Hay que distraer de alguna manera a ese tipo.

       No era una orden, ni siquiera una sugerencia para que yo hiciera algo, pero era consciente de que a mí se me daban bien las palabras, así que me levanté sin perder un minuto.

       – Buenas, ¿se llega por aquí al puesto de souvenirs? – proferí con total desenfado.

       En ese momento, algo cayó del cielo a gran velocidad.

       – ¡Tseeeeeer! – exclamó Tobias a la vez que le arañaba la cara al capitán con las garras.

       – ¡Aaahhhh! – gritó el vigilante llevándose las manos al rostro.

       Entonces salté hacia él para arrebatarle la pistola, o al menos ésa era mi intención.

       ¡BOOOM! La pistola se disparó, parecía que hubiera explotado en mi mano, que se quedó sin sensibilidad; no podía hacer fuerza con ella y el arma se me cayó al suelo.

       ¡BOOOM!

       Entonces, el tipo la recogió y se puso a disparar a lo loco en la oscuridad, a pocos centímetros de mí.

       Sabéis como suenan los disparos en la tele, ¿verdad? ¿Una especie de ¡PAM, PAM!? Pues en la vida real no tiene nada que ver, nada de sonidos suaves, suenan como una verdadera bomba.

       Ax estaba todavía demasiado lejos para utilizar la cola, y el controlador, histérico de miedo, no dejaba de disparar.

       ¡BOOOM! ¡BOOOM! ¡BOOOM!

       – ¡Corred! – gritó Jake.

       No hizo falta que lo repitiera. Por desgracia, los disparos atrajeron a otros vigilantes, controladores o humanos normales, nos daba igual, todos llevaban pistolas.

       Salimos pitando, corriendo en la oscuridad, sintiéndonos traicionados por el sonido de nuestros pasos sobre el cemento de los pasillos.

       – ¡Por aquí! – susurró Cassie.

       Nos llevó hasta una puerta e intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave; estábamos atrapados, no podíamos volver atrás.

       – Ax – dijo Jake.

       <Sí, príncipe Jake.> Ax sacudió la cola como un látigo, más rápido de lo que el ojo humano es capaz de ver.

       ¡ZAASS!

      Apareció un corte limpio en la puerta de acero, justo donde se encontraba el pestillo. Cassie intentó abrirla de nueva y esta vez cedió, la cruzamos hasta juntarnos todos dentro de un túnel de plexiglás rodeado de agua.

       – Siempre había querido venir a ver este lugar – comenté – y mirad, no hay nadie.

       Daba miedo y estaba bastante oscuro, pero no del todo, había algunas luces de los cartelitos en rojo indicando la salida. Y la luz de la luna se filtraba a través del agua. Casi prefería la total oscuridad, al menos me impediría ver que nos encontrábamos en un túnel de plástico debajo de miles de litros de agua; se podrían llenar unas cincuenta o cien piscinas.

       Y a medida que íbamos corriendo por el túnel, podíamos ver unas formas fantasmagóricas gris pálido deslizándose alrededor de nosotros y sobre nuestras cabezas. Aparecían en esa nebulosa ojos de pez con la mirada fija; descubríamos bocas abriéndose en silencio ante nosotros, y formas alargadas y brillantes parecían ensombrecer nuestros movimientos.

       <Éste es un concepto humano interesante – remarcó Ax con aprobación -. Este holograma casi hace creer que estamos bajo el agua.>

       – Ax, no es un holograma – contestó Rachel.

       <Entonces, ¿estamos bajo el agua? ¿Sólo nos protege este plasticucho construido por los humanos?>

       – Pues sí.

       <Pero ¿por qué los humanos hacéis estas cosas?>

       – ¡Alto ahí, andalita! – Era otro vigilante, otro controlador obviamente. Estaba a unos veinte metros, delante de nosotros, y nos apuntaba con una pistola.

       Nos dimos la vuelta para salir corriendo por donde habíamos entrado, pero nos encontramos al capitán sin resuello al doblar la esquina.

       – ¡Estamos acorralados! – exclamó Cassie.

       – ¿Lo tiene, capitán? – gritó el guardia muy nervioso.

       – Sí.

       – ¡Hay unos chicos con él!

       – Olvídalos, tenemos chicos colándose cada dos por tres en el recinto. Es al andalita a quien queremos.

       <Si me entrego y voy con ellos tranquilamente, tal vez os dejen marchar>, sugirió Ax.

       – Ni hablar – dijo Rachel -. Saldremos de ésta todos juntos.

       Muy valientes palabras, pero el caso era que los vigilantes nos tenían acorralados, y dos pistolas apuntaban directamente a Ax.

       – Jake – le susurré al oído -. Esto está muy feo, necesitamos algo drástico.

       – Estoy abierto a cualquier sugerencia – replicó.

       – Vale, pues yo sugiero que aguantemos la respiración todo lo que podamos.

       – Oh, no, eso no.

       – Sí – insistí -. Atención, tomad aire. Ax-man, vamos a probar la resistencia del plasticucho fabricado por los humanos.

       A Ax le llevó un segundo darse cuenta de lo que estábamos diciendo. De un golpe sacudió la cola haciendo un ángulo increíble. La cuchilla se hundió en el plexiglás y la deslizó hasta abrir una raja de casi un metro. Eso era todo lo que necesitábamos, la presión del agua se ocupó del resto.

       ¡Crrrr-ACCCKK!

       ¡FWOOOOOOSSSHHHH!

       El agua entró con la potencia de las cataratas del Niágara.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #15: La Huida

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15:

      ¡FWOOOOOSH! Una ola me golpeó las piernas desde abajo, y el agua me levantó de una sacudida y me lanzó por el túnel de plexiglás, en una dirección; a todos los demás los lanzó en la dirección contraria.

       Vi al capitán justo delante de mí; lo golpeé con los pies, mientras me movía a unos veinte kilómetros por hora. Se agachó y el agua se lo llevó.

       – ¡Jake! ¡Rachel! – grité, pero nadie me respondió.

       Entonces el agua me pasó por encima llenando el túnel por completo. Forcejeé para llegar a lo alto del túnel e intenté absorber una gran burbuja de aire, gris y revoltosa; en su lugar tragué un horrible sorbo de agua.

       «¡Transfórmate, idiota!», me dije a mí mismo; necesitaba convertirme en delfín. ¡No!, en delfín no; éstos necesitan ir a la superficie para respirar. Tenía que ser un pez. Hacía mucho me había transformado en trucha, ¿podría todavía recuperar esa transformación?

       Todo aquel rato había estado moviéndome a una velocidad increíble, transportado por el agua, y en ese momento me di cuenta de que no estaba solo, había un montón de peces conmigo, grandes y pequeños.

       ¡Aire, necesitaba aire!

       ¡Bump! Algo me rozó y me hizo rodar como una peonza. ¿Sería un cuerpo? Tal vez fuese uno de los otros. Me di la vuelta otra vez en el agua y aquel movimiento llamó la atención de un pez martillo, que decidió acercarse.

       Di un pequeño grito de miedo y perdí algunas preciosas burbujas de aire de mis pulmones. Empecé a mover los brazos y las piernas lo más rápido posible contra corriente.

       ¿Transformarme en pez? ¡El pez martillo nos podría comer a todos en un momento!

       Retrocedí hacia el túnel. Si conseguía colarme por el agujero que Ax había hecho y atravesar el túnel, llegaría a la superficie.

       ¡Aire! ¡Aire! ¡Me ardían los pulmones!

       Atravesé a nado el túnel con aquella fiera persiguiéndome con toda tranquilidad.

       ¿Verdad que es raro sudar en el agua? Pues a mí me estaba pasando. Tenía el estómago en un puño, los brazos y piernas debilitados por el miedo y, para colmo, me daban continuos calambres.

      No tenía tiempo para transformarme, sólo para nadar.

      ¡Allí estaba! ¿Era eso el agujero? ¡Sí! Un agujero, un agujero en el túnel. Un momento, aquel agujero era demasiado redondo, demasiado perfecto.

      No tenía tiempo para preocupaciones; con un fuerte impulso empecé a subir por el agujero vertical. De repente saqué la cabeza a la superficie. ¡Aire! Respiré profundamente una y otra vez, a toda velocidad, emitiendo pequeños gritos sofocados.

      ¿Dónde estaba? Me encontraba en una especie de túnel vertical, de poco más de un metro de ancho, que se extendía todavía sobre mí más de un metro y terminaba en una rejilla de metal.

      – El aire acondicionado – gemí, con una voz entre ronca y hueca. Me hallaba en una salida del aire acondicionado, así es como ventilan el túnel. Pero lo que a mí me preocupaba en aquellos momentos era que la rejilla estaba demasiado alta y que yo seguía en el agua.

      ¡El pez martillo! Metí la cabeza de nuevo en el agua y abrí los ojos para mirar.

      Juro que casi me desmayo. El bicho aquel estaba subiendo hacia mí como una especie de misil lanzado desde un submarino. No pensé en nada, simplemente actué. Puse los pies en uno de los lados del túnel, y las manos en el de enfrente, y así me fue apoyando en las paredes para intentar subir a la superficie.

      Tenía el trasero todavía en el agua cuando vi la horripilante cara del tiburón asomarse y mirarme. La cara de aquel animal, con aquellos ojos muertos en los extremos del martillo, es horripilante.

      Aquella visión me hizo reaccionar y dar otro paso por las paredes del túnel, pero el plástico era resbaladizo y yo estaba demasiado débil para mantenerme allí arriba durante mucho tiempo.

      – ¡Vete a matar a otro, monstruo! – le grité.

      La cabeza desapareció en el agua, pero yo sabía que todavía estaba allí. Esperando.

      – ¡Ahhh! ¡Ahhh! – se me resbaló la mano izquierda y casi me caigo. No aguantaría mucho más, me iba a caer.

      Sólo podía hacer una cosa, adquirir su ADN. «Los animales languidecen cuando los adquieres – me dije -, excepto cuando no languidecen, como el delfín de Tobias.»

      ¡Qué locura! No aguantaba más, pero si me caía mi única esperanza era agarrarme como fuera al tiburón.

      El animal sacó el morro del agua otra vez. Era mi oportunidad.

      – Si por casualidad me tuvieras que comer – le grité al tiburón –, hazlo rápido.

      Me solté y le caí justo encima. Es curioso, porque a pesar de ser tan duros, estos bichos no están acostumbrados a tener un humano sobre su lomo pegando gritos y moviéndose presa del pánico a toda velocidad.

      – ¡PAFFFFF!

      Golpeé al pez martillo de tal forma que quedó un poco atontado y los dos nos hundimos juntos, de nuevo hasta llegar al túnel principal.

      Antes de que se espabilara del todo, saqué la mano y le agarré la aleta dorsal. «¡Por favor, por favor, te lo ruego, duérmete como los demás!», pensé.

      Me concentré y, para mi infinito, profundo y agradecido alivio, el pez martillo se volvió pacífico y se tranquilizó.

      Rodeé al gran monstruo con mis brazos, feliz por llevar manga larga, y flotamos hacia el agujero que Ax había hecho, hacia el aire, las estrellas y la libertad.

      El tiburón todavía estaba en trance cuando saqué la cabeza a la superficie. Los muros de alrededor eran más altos de lo normal, ya que el agua se había derramado por todos los túneles, pero allí arriba vi caras ansiosas y preocupadas mirando hacia abajo.

      – Eh, ¿qué hacéis, chicos? – pregunté.

      – ¡Marco! ¡Estás vivo! – exclamó Cassie.

      – Sí, y quiero que conozcáis a alguien que he traído conmigo. Todos a bañarse, es la hora del pez martillo.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #15: La Huida

16:

      Al día siguiente había un titular enorme en el periódico sobre un terrible accidente en el Acuario Mundo Oceánico. Habían desaparecido dos vigilantes y varios peces.

       El único vigilante que quedaba contó una historia extraña sobre una criatura medio ciervo medio humano. El portavoz del acuario había dado a entender más o menos que los vigilantes se habían emborrachado y que habían disparado sin control, provocando así la ruptura del túnel.

       Salió hasta en las noticias de la tele. La CNN mandó incluso un equipo para cubrir el accidente.

       El lunes le entregué a la profesora un trabajo de cinco páginas de tonterías superficiales sobre el libro. Lo escribí en el autobús. El jueves me lo devolvió con un suficiente bajo. La profesora había escrito: «Vale, Marco, ¿y si intentas leerte el libro?»

       ¿Qué puedo decir? Algunos profesores se lo tragan.

       Habíamos decidido no volver a la isla Royan hasta el fin de semana. Escaparse por la noche implicaba demasiado riesgo y si nos pillaban y castigaban, tendríamos que dejar todo el asunto por un tiempo.

       Ya no me preocupaba lo que pensaran los otros sobre mi vergonzosa huida. Me parecía que con lo que había hecho en el acuario estábamos en paz y, de alguna forma, sentía que había perdido un poco el miedo a los tiburones. Más o menos, porque sigo pensando que no hay que descuidarse con esos animales.

       Lo que me obsesionaba entonces era su ADN en mi cuerpo. Quería transformarme en tiburón, quería ser él y saber qué se sentía siendo tan implacable y tan frío.

       Soñé con ello dos veces. En ambos sueños era un tiburón, sólo que con mi propia cara, y siempre había alguien haciendo algo horrible, no recuerdo qué, sólo recuerdo pensar: «¡Qué horror!» Pero, en mi sueño yo era un tiburón, así que por muy horrible que fuera, yo estaba a salvo.

       Ojalá pudiera recordar qué era aquello tan terrible. Quizás era alguien a quien estaban matando. Una voz de mujer decía continuamente: «Ayúdame, ayúdame.» Eso es todo lo que recuerdo, pero era un lío, porque a veces la voz empezaba a gritar: «Ayúdale, ayúdale.»

       El jueves, después del colegio, estuve dando vueltas. Fui al gimnasio, a la piscina, y no había nadie. El equipo de natación debía de haber ido a otro sitio, o quizá se estarían afeitando las piernas y las cabezas, a saber.

       Es una piscina cubierta, huele a cloro y a moho; es uno de esos lugares que te hace temer lo del pie de atleta. Las paredes del interior de la piscina son de baldosas blancas y el fondo de baldosas azul oscuro. Hay dos trampolines, uno más alto que el otro. En una de las paredes hay unas ventanas altas, pero casi toda la luz que tiene es artificial. Hay luces como los faros de un coche dentro de la piscina, pero aun así siempre parece oscura.

       Sabía lo que iba a hacer, y sabía que era una tontería, pero también sabía que si no lo hacía aquí lo haría en algún otro lugar estúpido, como mi bañera, por ejemplo.

       Fui a mi taquilla del gimnasio y me puse los pantalones cortos. Después eché otro vistazo a la piscina. Nadie. Nadie en las gradas, nadie en el agua, ni un alma.

       – Esto es de locos, Marco – me dije al tiempo que me tiraba al agua, en la zona de más profundidad -. Así que ten cuidado – me respondí.

       »Estás hablando contigo mismo, Marco, ¿te das cuenta? – me contesté a mí mismo.

       Empecé a hacer aquello que tanto había deseado desde el domingo. Me concentré en el tiburón, me hice una imagen mental, lo vi persiguiéndome por el túnel de plástico. Recordé el momento en el que toqué su piel áspera para adquirirlo. Y entonces, muy despacio empecé a notar los cambios.

       Veréis, los tiburones no tienen huesos, sólo cartílagos, y por eso mis huesos empezaron a disolverse, todos, los de los brazos, los de las piernas, las caderas e incluso la columna vertebral.

       Podía ver a través del agua, hasta los pies, que resaltaban contra el azul intenso del entorno. Empezaron a estirarse, los dedos se alargaban más y más, hasta que cada uno era un pie en sí mismo. Después, les tocó el turno a las pantorrillas, que se estiraron como el chicle. Me llevé un shock tremendo cuando toqué el suelo de la piscina.

       Algo le estaba ocurriendo a mi espalda, sentía que algo me crecía allí, y se hacía cada vez más grande; se estaba formando a partir de los huesos disueltos.

       Me pude tocar la espalda con los dedos todavía humanos de la mano y toqué algo triangular, ¡la aleta dorsal! Entonces noté un picor en la boca, que cada vez se iba haciendo más intenso, era casi como un dolor de muelas. Se me estaba llenando la boca de dientes de tiburón. Entonces…

       – ¡Eh, tú, sal pitando de la piscina, tío!

       Oí el ruido de un chapuzón, después otro. Me di la vuelta, había dos cabezas que venían hacia mí. Dos pares de fornidos brazos batían el agua. Drake y Woo, dos completos idiotas, dos bravucones redomados. Lo peor de todo es que además eran excelentes nadadores del equipo del colegio, por lo menos Drake. Woo ni siquiera eso; tenía el coeficiente de inteligencia de un mosquito.

       – Sal de la piscina, chaval – me soltó Woo.

       – No hagas que te saquemos a patadas, Marco-rrones – secundó Drake.

       Debería haberles tenido miedo a ellos, pero lo que me preocupaba realmente era que se pusieran a bucear. Si lo hacían verían que no era lo que se dice normal. Supongo que desde la superficie probablemente pensarían que mis piernas y dedos demasiado largos eran fruto de la distorsión del agua.

       Detuve la transformación para recuperar mi forma humana. ¡Había sido un idiota!, aquello era lo menos que me podía pasar. Jake me mataría si se enterara. Quería terminar el proceso lo antes posible, ya había perdido el contacto con el suelo de la piscina.

       Entonces Woo se tumbó de espaldas en el agua, levantó una pierna y me dio una patada justo en el pecho. Yo no lo había visto venir, así que no pude parar el golpe.

       – Te dijimos que te salieras – exclamó Drake -, ahora vamos a tener que machacarte por chulo, a menos que saques tu pobre culo del agua ya.

       Drake me estaba dando una oportunidad para que me saliera, todo lo que tenía que hacer era darme la vuelta y largarme, nada más.

       – Sí, corre a casa con tu mamaíta, Marco-rrones – añadió Woo.

       – No puede – dijo Drake con gesto compungido -. Su madre está muerta.

       – ¡Oh, pobrecito, qué pena me das! – empezó a hacer como si estuviera secándose las lágrimas -. Seguro que tu madre se fugó con algún tío.

       Todo lo que tenía que hacer era largarme, pero no podía apartar la mirada del cuello de Woo. Veía sus arterias latir a los lados de su nuez.

       – ¿Qué miras? – me pregunto Woo -. Te mato como me sigas mirando así.

       Pero Woo no se movió, y yo me quedé con las ganas.

       – ¿Qué le pasa en los ojos? – inquirió Drake –, mira qué ojos tiene, tío

       – ¿Marco? – Era la voz de Jake.

       La expresión de Woo cambió, miró por encima de mi cabeza. Acto seguido escuché unos pasos sobre las baldosas.

       – ¿Qué pasa, Marco? – preguntó Jake como si no pasara nada.

       – ¡Oh! ¿No es precioso? – interrumpió Drake -. Papá Jake ha venido para rescatar a nuestro pequeño Marco-rrones.

       – No becesito tuh abuda – comenté dándome la vuelta para mirar a Jake con furia, a la vez que hacía una mueca tratando de esconder los dientes, que todavía me llenaban la boca y no me dejaban hablar bien. Noté un brillo de sorpresa en sus ojos. Mi amigo estaba preocupado.

       – Déjalo, Marco – me pidió Jake.

       Me di la vuelta de nuevo hacia Woo, todavía veía sus venas latiendo bajo la piel de su cuello. Sería tan fácil…

       – Se ha metido con mi madre – repliqué.

       – Él no es responsable de lo de tu madre – contestó Jake -. No le hagas pagar las culpas de otros.

       No sé qué pensarían los dos bravucones de esta conversación, pero el caso es que estaban callados. Los ojos de Woo se movían de Jake a mí, y viceversa. Se le notaba confundido y preocupado. Los bravucones no están acostumbrados a que sus víctimas hablen y actúen como si fueran los fuertes. O quizás no le gustaba la forma en que seguía mirándole el cuello.

       – Guarda tu venganza para los malos de verdad, Marco – sentenció Jake.

       Recuperé mi cuerpo humano por completo; me picaba la boca a medida que aparecían mis dientes.

       Salí de la piscina.

       – ¿Qué narices te pasa? – me recriminó Jake una vez fuera de allí.

       – Nada de nada, Jake. Supongo que Woo era para mí sólo un pececillo. ¿A ti no te parece un pez? Porque a mí, sí – respondí encogiéndome de hombros y forzando una sonrisa.

       No tenía ni pizca de gracia, pero era lo mejor que podía decir en es momento. Jake me miró durante un buen rato.

       – Quizá no deberías participar en esta misión, Marco.

       – Jake, me tendrás que matar si quieres que no me acerque a la isla – contesté riéndome.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #15

Capítulo 17:

      La mañana del sábado volvimos volando hasta la misma cala de la isla Royan donde habíamos aterrizado la otra vez. Íbamos con mucho cuidado porque sabíamos con seguridad que los yeerks se encontraban allí abajo.

       Aún así, Jake todavía se las ingenió para llevarme detrás de un escuálido y nudoso árbol y preguntarme cómo estaba.

       – Bien, ¿por qué no iba a estarlo?

       – Porque si estuvieras bien, ya le habrías dicho a todo el mundo que esto es de locos y que de ésta no salimos; se te ve muy tenso y se lo estás contagiando a los demás.

       – ¿Me estás diciendo que todo el mundo estaría más tranquilo si actuara como si todos fuéramos a morir? – le pregunté mirándolo fijamente.

       – Eso es lo que esperan de ti – añadió Jake.

       – Buenos, pues intentaré por todos los medios entretener al personal – contesté con sarcasmo.

       Jake puso los ojos en blanco y echó un vistazo alrededor. Los demás estaban en la arena, disimulando no darse cuenta de que Jake y yo estábamos teniendo una conversación seria.

       «Estupendo, seguro que Rachel piensa que estoy muerto de miedo y que Jake está dándome ánimos», pensé. Todavía me dolía su comentario sobre mi cobardía.

       – Mira Marco, es posible que nos metamos en una pelea allí abajo – prosiguió Jake moviendo la cabeza hacia el agua -, quizás es hora de que les cuentes a los demás lo que te pasa.

       – No me pasa nada.

       – Marco, tu madre está allí abajo.

       – ¿Y de qué manera va a ayudar a los demás el que yo les revele mi interés en este asunto? – repliqué titubeando. Había intentado con todas mis fuerzas no pensar en ello.

       – Yo no lo decía por los demás, sino por ti – contestó Jake sorprendido.

       – No, sentirían lástima y eso no me ayudaría nada. Ya he sufrido un año entero de compasión cuando mi madre murió o cuando se supone que murió. No me gusta la compasión; hace que te sientas poca cosa, débil. Prefiero que me odien a que se compadezcan de mí – respondí con brusquedad moviendo la cabeza.

       – Nadie te odia – suspiró Jake.

       – Pero les daría pena.

       Jake no tenía una respuesta para eso.

       – Bueno, qué, ¿hacemos esto? – nos gritó Rachel – ¿O es que os vais a pasar el día entero charlando allí arriba?

       – Vamos allá – me obligué a contestar -, pero os digo que, todo esto es de locos. ¡Una locura! ¿Transformarnos en tiburones y meternos en un recinto de los yeerks bajo el agua? ¿Qué nos ha pasado?

       »Qué, ¿ya estás contento? – le dije a Jake mientras bajábamos a donde estaban los demás.

       – Venga – animó Jake -. ¿Estamos listos?

       – Llevo una hora lista – gruñó Rachel.

       – Recordad todos, ésta es una nueva transformación – advirtió Cassie – y nos enfrentamos a nuevos instintos; estad preparados.

       Cuando te transformas por primera vez en un animal, la mentalidad de éste puede superponerse a la del humano y tomar el control; es imposible conocer de antemano los peligros que encierra una transformación. Probablemente la peor de todas por la que hemos pasado haya sido la de la hormiga.

       Nos metimos en el agua. Todos menos Tobias, que una vez más se había posado en el hombro de Rachel. Cuatro humanos, un pájaro y un andalita.

       – Vaya panda de gente rara, ¿eh? – comenté.

       – Y baja – respondió Rachel con una sonrisa malévola y tierna -. Por lo menos algunos.

       – Pues todos vamos a tener una aleta dorsal del mismo tamaño, poderosa Xena – repliqué.

       Rachel soltó una carcajada. Siempre finge que no le gusta que la llamen Xena, la princesa guerrera, pero yo sé que se siente halagada.

       – Eh, Tobias – observé -, eres consciente de que en el mar no hay ratones, ¿no?

       ¿Veis? Estaba haciendo mi trabajo, representaba mi papel de maravilla. Hacía chistes, exageraba las cosas, incordiaba a los demás; ése era mi papel. Como Jake observó una vez: «cuando Marco no hace bromas es que algo va mal».

       Me adentré en el agua hasta la cintura; aquel día el mar estaba revuelto. Había olas de casi un metro. El cielo estaba más oscuro y gris que la semana anterior.

       Intenté quitarme todos los problemas de la cabeza, intenté hacer desaparecer la imagen de mi madre, a quien recordaba de dos formas diferentes, como la madre que siempre había tenido, y como Visser Uno, el controlador que, en una de nuestras aventuras, había arreglado todo para que pudiéramos escapar del estanque de los yeerks en una nave con el único propósito de poner en evidencia a su compañero, Visser Tres.

       Intenté borrar ambas imágenes, pero a medida que notaba los cambios, me resultaba más difícil controlar mis pensamientos.

       «Voy a salvarte, mamá – me repetía a mí mismo y, a continuación, añadía -: Voy a destruirte, Visser Uno.»

       La metamorfosis empezó de forma diferente que la vez anterior en la piscina. Esta vez fue la piel lo primero que me cambió. Los delfines tienen la piel como de goma gris o como el látex. Los tiburones, sin embargo, la tienen como el papel de lija fino. La piel de estos peces puede dejar la del humano toda ensangrentada sólo con frotarse contra ella. En realidad está hecha de millones de diminutos dientes cambiantes.

       Mis brazos morenos se tornaron de un color gris, así como las piernas, el pecho y los hombros.

       Los pies empezaron a juntarse y a enrollarse de forma extraña, como cuando entrelazas dos pajitas, y al pasar una ola, perdí el equilibrio y me caí de espaldas al agua.

       Me rocé la mano con algo del fondo y cuando me miré para ver qué tenía descubrí que me había cortado con una concha. Unas cuantas gotas de mi propia sangre cayeron al agua salada. Cómo me iba a preocupar por semejante tontería con lo que se avecinaba. Además, cuando recuperara mi propio cuerpo, el corte habría desaparecido.

       Intenté incorporarme, pero había perdido las piernas. En su lugar me había crecido una cola, hecha de triángulos que se movía con estilo.

       Todo en el tiburón es triangular. Dos triángulos alargados y unidos forman la cola, la aleta dorsal también es un triángulo, y los dientes que llenan la boca no son más que duros triángulos, blancos y afilados como armas de destrucción.

       Utilicé los brazos para flotar en el agua y poder mantener la cabeza fuera. En intervalos entre las olas podía ver a los demás; Rachel estaba horrible con boca de tiburón y pelo rubio; Ax en cambio estaba genial, con los ojos de las antenas saliéndole de la cabeza de martillo que acaba de crecerle; a Tobias se le estaban convirtiendo las plumas en una lija de color gris; ni siquiera Cassie podía hacer que la transformación fuera bonita.

       Sentí que los dientes del animal reemplazaban a los míos y que mis ojos se desplazaban hacia los lados de la cabeza. Perdí la habilidad para centrar la vista en un punto. Por mucho que lo intentaba, no conseguía ver en tres dimensiones, como hacía normalmente. En cambio, los ojos se me movían demasiado rápido, iban demasiado lejos, todo lo que podía ver era una nebulosa de agua y caras extrañas.

       El martillo me salió en la parte frontal de la cabeza y se extendió hacia los lados como un montón de carne que arrastrara los ojos hacia los extremos.

       Los brazos se arrugaron y se convirtieron en aletas afiladas. Me sumergí por completo y justo en ese momento me desaparecieron los pulmones y se me formaron pequeñas ranuras, como heridas abiertas, donde antes se encontraba el cuello.

       Ya tenía branquias, dientes y ojos de tiburón martillo, pero todavía no sentía su cerebro.

       No lo sentí hasta que empecé a deslizarme por el agua; sólo entonces sus instintos me llegaron burbujeando hasta mi cerebro humano.

       Fue el movimiento lo que los hizo despertar. Veréis, el tiburón no puede estarse quieto. Si deja de moverse, se muere. Él es puro movimiento; movimiento inquieto, implacable, eterno.

       Sentí que me abandonaba el miedo y también la ira. Todas mis emociones y sentimientos simplemente se desvanecieron. Me alegré porque veía el mundo con perfecta simplicidad, perfecto entendimiento.

       Para mí, el mundo estaba formado por presas, y yo sólo sentía hambre. No había más, ni madre, ni padre, ni miedo, ni alegría, ni preocupación.

       Me alejé de la playa. Los últimos vestigios de mi cerebro humano habían desaparecido. De repente, percibí algo que me llamó la atención. Era un leve olor a sangre.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs

Capítulo 18:

      Cuando los tiburones llevaban cientos de millones de años surcando los mares de la Tierra, los antepasados del Homo sapiens estaban todavía intentando averiguar cómo se pelaba un plátano.

       La gente suele decir: «No tienes por qué temer a los tiburones; ellos tienen muchas más razones para temer a los humanos que al contrario.» Es cierto, los humanos matan muchos más tiburones que al revés. Sin embargo, ¿te hará sentirte mejor si un tiburón te parte en dos de un bocado? Probablemente no.

       Los tiburones son máquinas de matar. En general, se alimentan de peces, pero en algunos lugares del mundo matan focas, delfines e incluso ballenas. En ocasiones matan humanos, por lo menos algunas clases de tiburones como el tiburón blanco, el tiburón tigre y… el pez martillo.

       Me había convertido en pez martillo y de mi mente se desvanecieron el miedo y las emociones; sólo sentía ansias de matar. No había nada festivo, como se puede encontrar en la mente de un león.

       No le importaba nada, ni familia ni hijo; no tenía sentido de la propiedad, sólo una criatura solitaria hecha de cortantes y afilados triángulos. Siempre moviéndose, implacable, siempre buscando sangre.

       Aquel cerebro tan frío y cortante, tan muerto como la hoja de un cuchillo de acero recién afilado, se mezclaba con mi confundida conciencia humana y la desplazaba en la búsqueda incansable de algo para matar y comer.

       El tiburón siguió el olor de la sangre. La larga cola empujó con dejadez el agua, y el martillo, a modo de timón, me facilitaba el giro. Mi vista era sorprendentemente buena, casi tanto como la humana.

       También podía oír y detectar otros instintos que no eran en absoluto humanos. Cuando me pasaban los peces cerca, sentía el cosquilleo de su corriente eléctrica. Y en un nivel muy profundo y casi inalcanzable, captaba el mismísimo campo magnético del planeta Tierra. Sabía lo que era el norte y el sur sin conocer las palabras.

       Pero sobre todo podía oler el agua a medida que la iba absorbiendo en un implacable muestreo, y por allí cerca había sangre.

       Era consciente de que los otros estaban cerca, sabía que eran tiburones como yo, pero no me importaba, yo estaba siguiendo el rastro de la sangre, unas pocas gotas, un rastro delgado y sutil, que se diluía entre millones de litros de agua salada y revuelta.

       Si el olor se intensificaba por el orificio nasal izquierdo torcía hacia allí; si era más fuerte por el derecho, me dirigía a la derecha. Me llevaría la presa, la comida. ¡El rastro de la sangre estaba muy cerca ya! Podía sentirlo tan cerca que me sobrecogió una fría excitación.

       ¡Sangre! ¡Un animal herido! ¡Una presa!

       A medida que los buscaba, dando vueltas por la parte menos profunda, me desanimaba. ¿Dónde estaría la criatura que sangraba? ¿Dónde estaría mi presa?

       Los demás daban vueltas muy cerca de mí. Uno de ellos se frotó contra mí, lija contra lija. También estaban buscando la presa cuyo aroma a sangre embriagaba nuestras cabezas.

       El cerebro de tiburón estaba confundido, inseguro. Y en ese momento de confusión e inseguridad, la mente de acero del tiburón entreabrió una pequeña grieta que bastó para que el cerebro humano recordase la imagen de una mano humana, sangrando por un pequeño corte.

       ¡Mi mano! Mi mano, el humano llamado Marco.

       <¡Dios mío! – grité por telepatía -. ¡Soy yo! ¡Mi sangre! ¡Es mi propia sangre!>

       A los demás no les importaba; seguían moviéndose en círculos cada vez más cerrados, buscando, persiguiendo el rastro de sangre.

       <¡Jake! ¡Jake! Déjalo, tío. El tiburón te controla. Jake venga, tío. ¡Recupera el control! ¡Cassie! ¡Rachel! ¡Ax! ¡Tobias! ¡Eh!, vosotros, los instintos del tiburón, tenéis que luchar contra ellos. ¡Es mi sangre!>

       Les llevó algunos minutos despertar. Para Tobias fue más fácil, supongo que no le pilla de sorpresa, al fin y al cabo es un depredador. Quizá la mente del tiburón y la del ratonero no sean tan diferentes.

       A Ax tampoco le costó demasiado; no es que los andalitas sean parecidos a los tiburones, pero él ya se había transformado en un tiburón antes.

       <¡Vaya! – exclamó Cassie con risa nerviosa -, son bastante cerrados de mente, ¿no?>

       <Que no sangre nadie más – añadió Rachel -, o estaré hambrienta durante varias horas.>

       Aquella experiencia nos dejó temblando. Nos habíamos creído que controlábamos las transformaciones animales, pero el tiburón era diferente. Creo que a cierto nivel, al nivel más básico de supervivencia, el primitivo cerebro del tiburón es en realidad superior al del humano. Sabe lo que quiere, y cuando eso sucede y no hay dudas al respecto, uno posee una fuerza inmensa.

       Rodeamos la isla para dirigirnos hacia el recinto sumergido escondido tras el holograma. Esta vez, esperábamos poder pasar al lado de los supertiburones que casi nos habían pillado cuando nos convertimos en delfines.

       Atravesamos la aparente imagen de fondo marino, justo por encima del recinto. Miré por las ventanas con mis ojos muertos de tiburón y en una de ellas vi una zona llena de gente, y en la otra, una habitación más privada.

       Los tiburones vigilantes pasaron por nuestro lado y no nos prestaron la más mínima atención.

       <Así es mucho más fácil – comentó Rachel -, sigamos.>

       <No olvidéis que los leerans leen la mente cuando se está cerca de ellos – nos previno Ax -, hagamos lo que hagamos, debemos mantenernos fuera de su alcance.>

       De haber sido otra situación, habría soltado una gracia en aquel momento, pero justo entonces vi a una mujer entrar en la oficina privada y, aunque su imagen se veía distorsionada por el cristal convexo, por el agua y por mis propios ojos de tiburón orientados a ver en el agua, la conocía muy bien.

       De repente, se me quitaron las ganas de broma.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

19:

      <Y ahora, ¿qué? – preguntó Tobias -, ya hemos pasado la barrera de los vigilantes.>

       <Habrá que echar un vistazo ahí dentro>, respondió Jake no muy entusiasmado con la idea.

       <Dos de las grandes compuertas están abiertas – observó Rachel -; pinto, pinto, gorgorito…>

       <¿Cara o cruz?>, sugerí yo.

       <¿Un número del uno al tres?>, añadió Cassie.

       <¿Qué significa todo eso?>, preguntó Ax.

       <Estos son avanzados métodos humanos para tomar decisiones – contesté -. ¿Qué os parece la puerta del centro?>

       <La del centro>, corroboró Jake.

       Nadamos hacia ella. Desde lejos parecía grande, y de cerca lo era todavía más, lo bastante para que el submarino entrara por allí. Desde fuera el túnel parecía oscuro pero, una vez lejos de la verdosa luz del sol que se filtraba desde arriba, nos percatamos de que también había luz en su interior.

       Dimos varias vueltas antes de entrar para no levantar sospechas. La puerta abierta y el pequeño túnel conducían a una piscina rectangular, un pequeño muelle para un barco, obviamente; lo más seguro es que lo utilizaran para el submarino. Allí había otros peces martillo, pero seguían ignorándonos.

       Subí a la superficie una vez dentro del recinto, dejando que mi aleta dorsal se hiciera camino en el aire. Me giré hacia un lado para echar un vistazo con el ojo izquierdo. Los ojos del tiburón no están hechos para mirar fuera del agua, pero de algo serviría. Vi un muro de acero ondulado que formaba el muelle rectangular en el que nos encontrábamos; aparte de eso sólo podía mirar al techo sobre nuestras cabezas.

       <No vamos a ver mucho más si nos quedamos con la forma de tiburón – comentó Rachel -, debemos salir y echar un vistazo por los alrededores.>

       <¿Y nos convertimos en qué? – preguntó Jake -, necesitaríamos algo que no llamara la atención aquí, algo de lo que los controladores no se percataran y que tuviera buenos instintos.>

       <Moscas – sugirió Cassie -, todos menos Tobias nos hemos transformado alguna vez en moscas.>

       <Perfecto, me vuelvo a quedar fuera>, se quejó Tobias.

       <Me temo que notarían la presencia de un ratonero de cola roja volando en un recinto sumergido – indiqué -, aunque probablemente también haya ratas en este sitio, así que tal vez aprecien que estés aquí para comértelas.>

       <Tendremos que convertirnos primero en humanos – señaló Jake – para transformarnos en moscas, y todo bajo el agua, sin ahogarnos.>

       ¡Wiu-wiu wiu-wiu wiu-wiu!

       <¿Qué es eso?>

       <¡Una alarma! Tío, ¡nos han pillado! ¡Saben que estamos aquí!

       Los peces martillo se alborotaron. Se agruparon y avanzaron hacia nosotros, primero eran sombras oscuras en el agua y después sombras definidas cada vez más grandes. Nos volvimos para hacerles frente. Jamás lo conseguiríamos, ¡debía de haber unos cincuenta! Se acercaban imparables, removiendo el agua con sus largas colas.

       Entonces… nos pasaron de largo. Siguieron nadando hasta el extremo más lejano del muelle y…

       ¡GRRIIIIIIIIIIII! Distinguimos el sonido de una puerta mecánica abriéndose.

       <Está claro que no son tiburones normales>, apuntó Cassie.

       <Vamos a seguirlos – propuso Rachel -, puede que nos lleven al sitio que buscamos.>

       <Sí, o quizá nos lleven directamente a la fábrica de embutidos Oscar Mayer – repuse -: lonchas de pez martillo, queso, galletitas y postre.>

       Fuimos tras los tiburones. Los seguimos hasta el final del muelle, donde se había abierto una nueva puerta. Había una fila de tiburones esperando para entrar; el camino se había estrechado tanto que sólo se cabía de uno en uno.

       <Estoy empezando a pensar que Marco tenía razón – comentó Tobias -, esto desde luego tiene toda la pinta de ser un matadero de tiburones.>

       <No lo creo – contestó Cassie -, me juego el cuello a que se trata de algo médico; además, sentiríamos el olor de la sangre si se hubieran cargado a otros tiburones.>

       <A no ser que los hiervan vivos – respondí -. Hervidos y enlatados, todo en un solo proceso, para convertirnos en carne de tiburón enlatada.>

       <¡Ahhh!>, gritó Cassie de repente.

       Estaba justo delante de mí, y antes de que pudiera reaccionar, ya sabía por qué estaba gritando. Unas garras de acero habían salido de cada lado y me estaban agarrando por detrás de la cabeza de martillo. Las garras me apretaban con fuerza, pero no me hacían daño. Me levantaron hasta dejarme vertical, estaba fuera del agua. Mis branquias boqueaban en el aire, mi cuerpo temblaba de miedo.

       Estábamos todos en fila sobre una cinta transportadora hecha de tiburones, todos colgados en vertical. Había controladores humanos y hork-bajir manejando unos paneles de control con esa actitud del que lleva mucho tiempo haciendo el mismo trabajo.

       Doblamos una esquina para entrar en una segunda habitación, donde se levantaba un brazo mecánico lleno de herramientas cuya utilidad no podía imaginar.

       El brazo mecánico se movió hacia el tiburón que se encontraba a dos espacios por delante de Cassie. De repente apareció una aguja larga y gruesa, no sé de dónde, y el brazo la clavó en la parte posterior de la cabeza del tiburón.

       <Pero qué… ¿qué nos van a meter?>, grité.

       No había tiempo, la cinta transportadora seguía moviéndose, ¡demasiado deprisa!

       El brazo mecánico se movía también con precisión maquinal y clavó la aguja en la cabeza de Cassie.

       <No es nada – acertó a murmurar Cassie -, creo que sólo es una vacuna; espero.>

       Pero lo que venía después sí era algo. El brazo mecánico dudo; sacó una especie de detector de metales o algo así, que movió a lo largo de la cabeza de tiburón de Cassie. Después extrajo un torno, nada que ver con el del dentista, sino con el que se utiliza como barrena para hacer agujeros en la madera.

       El torno empezó a girar y se metió en la cabeza de Cassie.

       <¿Qué ha sido eso?>, gritó Cassie alarmada.

       Volvió a salir y colocó un pequeño aparato de metal brillante en el agujero. A continuación, cauterizó el agujero con un rayo láser verde, provocando un hilillo de humo.

       <¡Cassie! ¿Estás bien?>, gritó Jake.

       <Hum… sí, supongo que sí.>

       Y entonces llegó mi turno; te producía una punzada cortante de dolor, pero a los tiburones no les importa el dolor.

       El torno salió y, segundos más tarde, me dejaban caer en el agua salada. Me habían dejado en el mismo muelle en el que nos encontrábamos antes. Había tiburones martillo por todas partes. A mis amigos los iban soltando casi encima de mí.

       <¿Qué ha sido todo esto?>, preguntó Tobias.

       <Nos han metido algo – contestó Cassie -, directo a nuestro cerebro, pero… ¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaayyyyy!>

       Me llegó a mí unos segundos más tarde. ¿Cómo describir el dolor? Ya he dicho antes que los tiburones son inmunes al dolor, ¿no? Pues bien, aquello no lo resistiría ni un tiburón. Sentía que me iba a explotar el cerebro, como si hubiera un animal loco encerrado en mi cabeza e intentara salir con sus garras.

       <¡Aaahhhh! ¡No! ¡Aahhh! ¡Basta!>, grité.

       ¡BUUUM! ¡BUUUM! ¡BUUUM! ¡BUUM! Un sonido extraño retumbó por el agua.

       El dolor cesó de golpe y, en su lugar, sentí una oleada de placer. Era como el sabor de una presa en mi boca de tiburón: el placer favorito de un tiburón.

       <¿Qué está ocurriendo?>, preguntó Ax.

       <No lo sé, pero no está nada mal.>

       Entonces, me pasó algo rarísimo… sentí como si el cerebro del tiburón, ese simple cerebro de máquina de matar, se abriera. Mi mente de tiburón miraba más allá de los ojos y, por primera vez, podía darse cuenta de cosas que no tenían nada que ver con encontrar una presa.

       Los ojos del tiburón eran capaces de ver la forma del acero ondulado que formaba el muelle; su sentido del olfato reconoció olores como el aceite, el óxido, o el de las algas, que no tienen nada que ver con matar o comer.

       <Sé que esto parece una locura – comenté -, pero creo que este tiburón se está volviendo inteligente.>

       <Como los tiburones que nos atacaron>, intervino Rachel.

       <Mi cerebro de tiburón se pregunta – añadió Cassie sorprendida -, se pregunta si habrá algo de comer más tarde.>

       <Eso no es normal en un tiburón>, replicó Jake.

       <¡No! – contestó Cassie perdiendo los nervios -, los tiburones no «se preguntan» las cosas. Ni siquiera pueden formar el concepto de un futuro y menos aún «preguntarse» algo. ¡Es imposible!>

       <Entonces, ¿qué significa esto?>, preguntó Tobias.

       <Son los yeerks. Han alterado estos cerebros. Por eso los tiburones eran capaces de trabajar todos juntos el otro día. Los yeerks están cambiando el cerebro de estos tiburones y nosotros acabamos de recibir la primera dosis del tratamiento>, respondió Cassie.

       <¿Por qué?>, inquirió Rachel.

       <Sólo hay una razón para manipular la fisiología de estos cerebros: hacer posible que los yeekrs entren en ellos. El cerebro del tiburón normal es demasiado pequeño, demasiado simple para que los yeerks puedan entrar y controlarlo, por eso lo están alterando. Van a necesitar canales auditivos para que los yeerks puedan entrar y salir cómodamente de los cerebros>, contestó Ax.

       <Una nueva versión de hork-bajir – exclamé -. ¡Eso es! Los yeerks quieren hork-bajir que puedan ir por debajo del agua. Necesitan tropas de animales peligrosos y temerarios que puedan llegar a donde los hork-bajir no llegan: al agua. ¿Qué mejor soldado que un tiburón controlador si necesitas tropas en un entorno submarino?>

       <Sí – afirmó Tobias con una mueca -, y qué peor pesadilla para una especie pacífica que enfrentarse a ellos.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #15: La Huida

19:

      <Y ahora, ¿qué? – preguntó Tobias -, ya hemos pasado la barrera de los vigilantes.>

       <Habrá que echar un vistazo ahí dentro>, respondió Jake no muy entusiasmado con la idea.

       <Dos de las grandes compuertas están abiertas – observó Rachel -; pinto, pinto, gorgorito…>

       <¿Cara o cruz?>, sugerí yo.

       <¿Un número del uno al tres?>, añadió Cassie.

       <¿Qué significa todo eso?>, preguntó Ax.

       <Estos son avanzados métodos humanos para tomar decisiones – contesté -. ¿Qué os parece la puerta del centro?>

       <La del centro>, corroboró Jake.

       Nadamos hacia ella. Desde lejos parecía grande, y de cerca lo era todavía más, lo bastante para que el submarino entrara por allí. Desde fuera el túnel parecía oscuro pero, una vez lejos de la verdosa luz del sol que se filtraba desde arriba, nos percatamos de que también había luz en su interior.

       Dimos varias vueltas antes de entrar para no levantar sospechas. La puerta abierta y el pequeño túnel conducían a una piscina rectangular, un pequeño muelle para un barco, obviamente; lo más seguro es que lo utilizaran para el submarino. Allí había otros peces martillo, pero seguían ignorándonos.

       Subí a la superficie una vez dentro del recinto, dejando que mi aleta dorsal se hiciera camino en el aire. Me giré hacia un lado para echar un vistazo con el ojo izquierdo. Los ojos del tiburón no están hechos para mirar fuera del agua, pero de algo serviría. Vi un muro de acero ondulado que formaba el muelle rectangular en el que nos encontrábamos; aparte de eso sólo podía mirar al techo sobre nuestras cabezas.

       <No vamos a ver mucho más si nos quedamos con la forma de tiburón – comentó Rachel -, debemos salir y echar un vistazo por los alrededores.>

       <¿Y nos convertimos en qué? – preguntó Jake -, necesitaríamos algo que no llamara la atención aquí, algo de lo que los controladores no se percataran y que tuviera buenos instintos.>

       <Moscas – sugirió Cassie -, todos menos Tobias nos hemos transformado alguna vez en moscas.>

       <Perfecto, me vuelvo a quedar fuera>, se quejó Tobias.

       <Me temo que notarían la presencia de un ratonero de cola roja volando en un recinto sumergido – indiqué -, aunque probablemente también haya ratas en este sitio, así que tal vez aprecien que estés aquí para comértelas.>

       <Tendremos que convertirnos primero en humanos – señaló Jake – para transformarnos en moscas, y todo bajo el agua, sin ahogarnos.>

       ¡Wiu-wiu wiu-wiu wiu-wiu!

       <¿Qué es eso?>

       <¡Una alarma! Tío, ¡nos han pillado! ¡Saben que estamos aquí!

       Los peces martillo se alborotaron. Se agruparon y avanzaron hacia nosotros, primero eran sombras oscuras en el agua y después sombras definidas cada vez más grandes. Nos volvimos para hacerles frente. Jamás lo conseguiríamos, ¡debía de haber unos cincuenta! Se acercaban imparables, removiendo el agua con sus largas colas.

       Entonces… nos pasaron de largo. Siguieron nadando hasta el extremo más lejano del muelle y…

       ¡GRRIIIIIIIIIIII! Distinguimos el sonido de una puerta mecánica abriéndose.

       <Está claro que no son tiburones normales>, apuntó Cassie.

       <Vamos a seguirlos – propuso Rachel -, puede que nos lleven al sitio que buscamos.>

       <Sí, o quizá nos lleven directamente a la fábrica de embutidos Oscar Mayer – repuse -: lonchas de pez martillo, queso, galletitas y postre.>

       Fuimos tras los tiburones. Los seguimos hasta el final del muelle, donde se había abierto una nueva puerta. Había una fila de tiburones esperando para entrar; el camino se había estrechado tanto que sólo se cabía de uno en uno.

       <Estoy empezando a pensar que Marco tenía razón – comentó Tobias -, esto desde luego tiene toda la pinta de ser un matadero de tiburones.>

       <No lo creo – contestó Cassie -, me juego el cuello a que se trata de algo médico; además, sentiríamos el olor de la sangre si se hubieran cargado a otros tiburones.>

       <A no ser que los hiervan vivos – respondí -. Hervidos y enlatados, todo en un solo proceso, para convertirnos en carne de tiburón enlatada.>

       <¡Ahhh!>, gritó Cassie de repente.

       Estaba justo delante de mí, y antes de que pudiera reaccionar, ya sabía por qué estaba gritando. Unas garras de acero habían salido de cada lado y me estaban agarrando por detrás de la cabeza de martillo. Las garras me apretaban con fuerza, pero no me hacían daño. Me levantaron hasta dejarme vertical, estaba fuera del agua. Mis branquias boqueaban en el aire, mi cuerpo temblaba de miedo.

       Estábamos todos en fila sobre una cinta transportadora hecha de tiburones, todos colgados en vertical. Había controladores humanos y hork-bajir manejando unos paneles de control con esa actitud del que lleva mucho tiempo haciendo el mismo trabajo.

       Doblamos una esquina para entrar en una segunda habitación, donde se levantaba un brazo mecánico lleno de herramientas cuya utilidad no podía imaginar.

       El brazo mecánico se movió hacia el tiburón que se encontraba a dos espacios por delante de Cassie. De repente apareció una aguja larga y gruesa, no sé de dónde, y el brazo la clavó en la parte posterior de la cabeza del tiburón.

       <Pero qué… ¿qué nos van a meter?>, grité.

       No había tiempo, la cinta transportadora seguía moviéndose, ¡demasiado deprisa!

       El brazo mecánico se movía también con precisión maquinal y clavó la aguja en la cabeza de Cassie.

       <No es nada – acertó a murmurar Cassie -, creo que sólo es una vacuna; espero.>

       Pero lo que venía después sí era algo. El brazo mecánico dudo; sacó una especie de detector de metales o algo así, que movió a lo largo de la cabeza de tiburón de Cassie. Después extrajo un torno, nada que ver con el del dentista, sino con el que se utiliza como barrena para hacer agujeros en la madera.

       El torno empezó a girar y se metió en la cabeza de Cassie.

       <¿Qué ha sido eso?>, gritó Cassie alarmada.

       Volvió a salir y colocó un pequeño aparato de metal brillante en el agujero. A continuación, cauterizó el agujero con un rayo láser verde, provocando un hilillo de humo.

       <¡Cassie! ¿Estás bien?>, gritó Jake.

       <Hum… sí, supongo que sí.>

       Y entonces llegó mi turno; te producía una punzada cortante de dolor, pero a los tiburones no les importa el dolor.

       El torno salió y, segundos más tarde, me dejaban caer en el agua salada. Me habían dejado en el mismo muelle en el que nos encontrábamos antes. Había tiburones martillo por todas partes. A mis amigos los iban soltando casi encima de mí.

       <¿Qué ha sido todo esto?>, preguntó Tobias.

       <Nos han metido algo – contestó Cassie -, directo a nuestro cerebro, pero… ¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaayyyyy!>

       Me llegó a mí unos segundos más tarde. ¿Cómo describir el dolor? Ya he dicho antes que los tiburones son inmunes al dolor, ¿no? Pues bien, aquello no lo resistiría ni un tiburón. Sentía que me iba a explotar el cerebro, como si hubiera un animal loco encerrado en mi cabeza e intentara salir con sus garras.

       <¡Aaahhhh! ¡No! ¡Aahhh! ¡Basta!>, grité.

       ¡BUUUM! ¡BUUUM! ¡BUUUM! ¡BUUM! Un sonido extraño retumbó por el agua.

       El dolor cesó de golpe y, en su lugar, sentí una oleada de placer. Era como el sabor de una presa en mi boca de tiburón: el placer favorito de un tiburón.

       <¿Qué está ocurriendo?>, preguntó Ax.

       <No lo sé, pero no está nada mal.>

       Entonces, me pasó algo rarísimo… sentí como si el cerebro del tiburón, ese simple cerebro de máquina de matar, se abriera. Mi mente de tiburón miraba más allá de los ojos y, por primera vez, podía darse cuenta de cosas que no tenían nada que ver con encontrar una presa.

       Los ojos del tiburón eran capaces de ver la forma del acero ondulado que formaba el muelle; su sentido del olfato reconoció olores como el aceite, el óxido, o el de las algas, que no tienen nada que ver con matar o comer.

       <Sé que esto parece una locura – comenté -, pero creo que este tiburón se está volviendo inteligente.>

       <Como los tiburones que nos atacaron>, intervino Rachel.

       <Mi cerebro de tiburón se pregunta – añadió Cassie sorprendida -, se pregunta si habrá algo de comer más tarde.>

       <Eso no es normal en un tiburón>, replicó Jake.

       <¡No! – contestó Cassie perdiendo los nervios -, los tiburones no «se preguntan» las cosas. Ni siquiera pueden formar el concepto de un futuro y menos aún «preguntarse» algo. ¡Es imposible!>

       <Entonces, ¿qué significa esto?>, preguntó Tobias.

       <Son los yeerks. Han alterado estos cerebros. Por eso los tiburones eran capaces de trabajar todos juntos el otro día. Los yeerks están cambiando el cerebro de estos tiburones y nosotros acabamos de recibir la primera dosis del tratamiento>, respondió Cassie.

       <¿Por qué?>, inquirió Rachel.

       <Sólo hay una razón para manipular la fisiología de estos cerebros: hacer posible que los yeekrs entren en ellos. El cerebro del tiburón normal es demasiado pequeño, demasiado simple para que los yeerks puedan entrar y controlarlo, por eso lo están alterando. Van a necesitar canales auditivos para que los yeerks puedan entrar y salir cómodamente de los cerebros>, contestó Ax.

       <Una nueva versión de hork-bajir – exclamé -. ¡Eso es! Los yeerks quieren hork-bajir que puedan ir por debajo del agua. Necesitan tropas de animales peligrosos y temerarios que puedan llegar a donde los hork-bajir no llegan: al agua. ¿Qué mejor soldado que un tiburón controlador si necesitas tropas en un entorno submarino?>

       <Sí – afirmó Tobias con una mueca -, y qué peor pesadilla para una especie pacífica que enfrentarse a ellos.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #15: La Huida

Capítulo 21:

      Con los implantes en la cabeza, Ax, Tobias y yo no podíamos transformarnos en algo pequeño, por lo menos no en insectos. ¿Cómo se supone que íbamos a pasearnos por el recinto sumergido sin que nadie se diera cuenta?

       – Creo que nunca pasaríamos inadvertidos con forma de lobos – comenté -, necesitamos convertirnos en algo que vuele. La cabeza de pájaro es sin duda lo bastante grande para los aparatos de control. Después de todo, Tobias no ha experimentado ningún problema al recuperar su cuerpo de ratonero. Además la gente no suele mirar hacia arriba.

       Unos minutos más tarde, me había transformado en águila pescadora, Ax era un aguilucho y Tobias era Tobias. Estábamos empapados y un pájaro mojado no es feliz, os lo puedo asegurar.

       Levantamos el vuelo, sin que nadie nos viera, hasta llegar al techo del recinto. Estaba hecho de amplios travesaños de acero, como el techo de la tienda Toys “Я” us. Tenía una pequeña curvatura, probablemente para ayudar a mantener el peso de la presión del agua.

       Desde allí arriba veíamos todo el recinto. Había tres muelles idénticos a aquel en el que habíamos estado. Uno cobijaba al submarino transparente; no había nadie dentro, sólo un par de taxxonitas limpiándolo.

       Vimos dos edificios separados por el muelle central. Los edificios era idénticos: rectángulos sin ventanas y pintados de blanco, como almacenes. Había otros edificios más pequeños alrededor. Parecidos a los que se utilizaban como aulas prefabricadas.

       <Craso error – apuntó Tobias -, no tienen ventanas. Supongo que nunca pensaron en vigilar; las únicas ventanas que tienen dan al agua.>

       <Lo que nunca pensaron es que los enemigos llegarían hasta aquí; se supone que nadie escapa de los tiburones>, replicó Ax.

       <Sea lo que sea lo que esté pasando, ocurre dentro de esos edificios – añadió Tobias -. Así que, ¿a cuál vamos? ¿Izquierda o derecha?>

       <A la derecha>, respondí al instante.

       <¿Por qué?>

       No podía decirle que era el edificio que conectaba con la oficina grande y vacía que habíamos visto por la ventana, ni que ésta era la oficina de mi madre.

       <Porque Jake atacará al otro – contesté -, y no podemos estar en el sitio donde él y los demás van a estar armando escándalo.>

       <Vale, siguiente pregunta: ¿cómo entramos?>

       <Con una precisión increíble>, afirmé.

       Mientras calculábamos la situación, un taxxonita salió por una de las puertas retorciéndose y arrastrándose. Iba dándose con las paredes.

       <Cuando se vaya el próximo taxxonita, entramos>, indiqué.

       <¿Y qué hacemos si no se va?>, preguntó Ax.

       <¿Los andalitas no creéis en la buena suerte?>

       <No.>

       <Yo tampoco. ¿Y en la esperanza?>

       <Sí, en eso sí.>

       <Bien, pues yo creo en Jake. ¿Lo veis por detrás del edificio de la izquierda? ¿El tigre? Creo que está a punto de…>

       – ¡Grrrroooooaaaarrrrr!

       <… atacar.>

       Era el rugido de un tigre, un estruendo que podía hacer a los adultos desear meterse en la cama con sus ositos de peluche y taparse la cabeza con la manta.

       La reacción del taxxonita que estaba en la puerta fue instantánea. Decidió ir a echar una mano.

       <Venga tíos, ¡es nuestra oportunidad!>, exclamé. Liberé la presión de mis garras sobre el travesaño de acero, plegué las alas para ganar velocidad y me dirigí hacia la puerta. Abrí las alas, ajusté la cola y me lancé por encima del taxxonita que avanzaba con dificultad, pasándole a unos setenta kilómetros por hora.

       <¡Yuu-huuu! ¡Si es hasta divertido!>

       Un aguilucho y un ratonero me seguían a pocos centímetros por detrás. Pasamos al distraído taxxonita sin que nos viera. Flanqueamos la entrada a una velocidad de vértigo y fuimos a dar a un largo pasillo cuyo extremo final se acercaba muy deprisa, ¡demasiado deprisa!

       <¡Cuidado!>

       <¡Tuerce!>

       <¿Dónde?>

       <¡La puerta! ¡Ahora!>, chilló Tobias.

       Plegué las alas y me metí por una puerta abierta en un lateral, raspándome el lomo y el ala derecha con el marco de la puerta.

       Una habitación, un escritorio, una silla y ¡paredes! Abría las alas para aminorar la velocidad, pero no fue suficiente.

       <¡A la izquierda!>, gritó Tobias.

       Di un brusco giro a la izquierda y me colé por una segunda puerta que daba a otra habitación casi por completo oscura. Ya no iba a setenta kilómetros por hora, sino a unos veinticinco, pero os lo aseguro, volar a veinticinco kilómetros por hora en una habitación oscura donde no puedes ver las paredes es toda una experiencia.

       <Tratad de volar en círculo – sugirió Tobias -, en un círculo más pequeño, bajad en espiral, ¡preparaos para aterrizar!>

       ¡PAAFFF!

       ¡PAAFFF!

       ¡CRASH! Golpazo…

       Ax cayó contra el escritorio, Tobias en el suelo y yo en una papelera de metal que había salido rodando conmigo dentro.

       <¿Estamos todos bien?>

       <Me he golpeado todo el cuerpo – respondió Ax con calma -, pero estoy vivo.>

       <Yo también – añadí, sopesando la cola dolorida -. Creo que me he roto la cola.>

       <¡Dios mío! Es la última vez que vuelo por un edificio con dos novatos como vosotros>, replicó Tobias.

       <Será mejor que recuperemos nuestras formas naturales – sugerí -, no hay nadie alrededor y ni Ax ni yo podremos seguir volando con este cuerpo de pájaro tan destrozado.>

       Con mi excelente oído de águila pescadora, podía reconocer ruidos de destrucción y estropicio, que venían de algún lugar de fuera.

       <¿En qué creéis que se ha transformado Rachel? – preguntó Tobias -. ¿En un elefante o en un oso?>

       <Se convertiría en los dos a la vez si supiera cómo hacerlo>, contesté.

       Me transformé en humano lo más rápido que pude. Con tantas metamorfosis en un espacio de tiempo tan breve, me empezaba a sentir agotado. Tobias se transformó en su forma humana y Ax recuperó su cuerpo de andalita.

       – ¿Sabéis? A veces pienso que somos como los tres payasos de la tele – comenté.

       <¿Qué es un payaso?>, preguntó Ax.

       – Es un tipo lo bastante idiota para adentrarse en una fortaleza de los yeerks, que viste pantalones de ciclista y se hace acompañar por un hombre ciervo que viene del espacio y un niño pájaro que come ratones. Eso es un payaso.

       Guié al grupo hasta salir de la habitación oscura. Ax venía detrás, con la cola en guardia y Tobias caminaba de forma extraña cerrando el grupo. Le cuesta acostumbrarse a ser humano otra vez.

       – No me puedo creer que haya pasado casi toda mi vida con estos ojos de humano tan débiles – gruñó -. Los humanos estáis ciegos.

       – ¡Shhhh!

       Llegamos hasta un pasillo muy iluminado. Me llevó un segundo averiguar qué dirección tomar. Al final había una puerta diferente de las demás, con un símbolo dorado, como un sello presidencial.

       – Por ahí. ¿Ax? Si alguien se asoma por cualquiera de estas puertas… – dejé la frase a medias; Ax sabía muy bien lo que tenía que hacer. Giró la cola por la parte de la cuchilla, dejándola en alto.

       Avanzamos deprisa por el pasillo y al llegar a la puerta, giré el picaporte y la abrí.

       – Entra – me invitó una voz.

       Me quedé helado. Asomé la cabeza por la puerta abierta mientras mis amigos se agazapaban detrás de mí.

       – He dicho que entres – ordenó la siniestra voz -. Nunca me hagas repetir una orden, no vivirás para oírla por tercera vez.

       Obedecí, cerré la puerta enseguida detrás de mí, para que no pudiera ver a Tobias ni a Ax. Me dirigí despacio hacia el escritorio que había en el centro de la habitación y cuando llegué, me paré delante, enfrente de ella, de mi madre.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs

22:

      Estaba igual pero diferente. Los mismos ojos oscuros, la misma boca, el mismo pelo de actriz de cine; sin embargo, había un alma diferente mirando a través de sus ojos. Eran ojos severos, malos, implacables y sin piedad, ni más tiernos ni más suaves que los ojos fríos y sin expresión de un tiburón martillo.

       Me alegré. Veréis, siempre me ha atormentado la idea de que mi madre llevase mucho tiempo siendo un controlador cuando estaba en casa, es decir, antes de simular su propia muerte. Dios mío, cuántas veces me he preguntado si habría sido un yeerk el que me había dado las buenas noches con un beso, si él había bromeado sobre mi vanidad o se había reído con mis chistes tontos.

       Creo que, en aquel momento, mis dudas se despejaron. Mi madre estaba diferente. Podía ver el demonio en sus huesos, y eso supongo que lo habría notado enseguida, ¿no? Claro que, por otra parte, no podía evitar pensar que allí no tenía que fingir, que estaba entre sus compañeros yeerks y que, por lo tanto, no tenía que disimular.

       «No seas tonto, Marco. No te hagas ilusiones», pensaba.

       – Estaba esperando cuatro técnicos nuevos. ¿Dónde están los demás? – me preguntó Visser mirándome con los ojos de mi madre.

       Me quedé mudo.

       – ¿Dónde están los otros tres que se supone que vendrían contigo?

       – ¿Los otros tres? Hum…, tuvieron un problema. Creo que Visser Tres los mató por hacer algo mal – respondí moviendo la cabeza para romper el hechizo.

       Probablemente era la mentira más idiota que había dicho nunca, pero funcionó.

       – Si ese payaso de Visser Tres piensa que puede perjudicarme ante el Consejo de los Trece saboteando este proyecto, es que es aún más tonto de lo que yo pensaba – comentó mi madre levantando las cejas con desprecio.

       Tragué saliva. De fuera llegaban unos rugidos tremendos y unos bramidos salvajes. Eran Jake, Rachel y Cassie, que seguían distrayendo a aquellas fieras. Podía imaginarme cuán desesperada era su situación.

       – Estamos teniendo problemas con los bandidos andalitas que Visser Tres todavía no ha conseguido exterminar – comentó Visser Uno con calma.

       Todo lo que yo podía hacer era asentir.

       – Ya veo – añadió ella -, es bastante obvio que el cerebro en el que te has introducido te está dando problemas, seguro que eres consciente de que tu cuerpo es el del hijo biológico del mío.

       Ni una pizca de emoción ni de culpa en su voz. Aquel gusano estaba allí sentado, utilizando el cuerpo de mi madre, sabiendo… sabiendo, como nadie más lo podía saber, el sufrimiento que mi madre debía sentir viéndome a mí.

       – Sí, Visser – asentí.

       – Debes aprender a controlar tu cuerpo. Mi portador me está montando un drama terrible – afirmó, tocándose la cabeza -, pero yo no dejo que sus llantos y gemidos me afecten.

       – No, Visser – contesté con un suspiro -. Intentaré controlarlo mejor.

       Quería destruir a ese monstruo, quería meterme en esa cabeza tan familiar, sacar al asqueroso yeerk y pisotearlo. Me sorprendía que Visser Uno no sintiese mi odio, cuando yo lo sentía latir por todas partes.

       Pero no podía hacer nada más que quedarme allí de pie, con los brazos caídos, y ver cómo aquel yeerk loco, el más importante entre todos los vissers, se burlaba de que el cerebro y el corazón de mi madre estuvieran llorando al ver a su hijo esclavo de los yeerks.

       ¡BUUUUUM!

       Parecía como si algo enorme hubiera chocado contra la pared exterior del edificio. Me imaginé a un hork-bajir lanzado por un elefante.

       – En fin, creo que será mejor ver qué pasa ahí fuera – comentó Visser Uno con tono aburrido y casi sin pestañear -. Debo cerrar este proyecto con unos mil controladores tiburones para que los leerans los utilicen de aquí a dos meses. No necesito a Visser Tres y sus problemas con los andalitas. Ese idiota incompetente llegará pronto; me encantaría que los indeseables bandidos andalitas se deshicieran de mi molestia particular.

       Se levantó y se alisó el pelo de la misma manera que mi madre lo solía hacer. La miré a los ojos, deseaba ver algún vestigio de mi madre en ellos, deseaba poder decirle:

       – No te preocupes, mamá, no soy un controlador; estoy luchando, mamá. No me rendiré hasta salvarte.

       Pero eso habría sido un grave error. No soy un sentimental de los que les da por cometer estupideces aunque a veces me gustaría serlo.

       – Vete al laboratorio – Visser Uno interrumpió mis pensamientos -. A trabajar.

       Pasó a mi lado y salió de allí, ignorándome por completo, como si ya se hubiera olvidado de que existía. Contuve la respiración cuando atravesó el umbral, pero Ax y Tobias ya habían desaparecido. Por un momento temí que Ax la atacara.

       Después, a través de la enorme ventana circular, vi algo grande y sinuoso como una serpiente. Debía de medir unos quince metros de largo y era más gruesa que un taxxonita. Era de color amarillo y tenía una boca que parecía capaz de tragarse una barca.

       Venía derecha hacia el recinto y, a cada lado, como guardias de honor, llevaba una docena de hork-bajir vestidos con extraños trajes de buceo rojos, propulsados por pequeños motores acuáticos atados a los tobillos.

       Tenía el presentimiento de que conocía a aquella extraña serpiente.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Animorphs #15:

Capítulo 23:

      La seguí hasta el pasillo, pero se marchó con el contoneo típico de un visser. La observé durante más tiempo del que debía.

       Después me metí por una puerta lateral hasta una habitación que estaba a oscuras. Esperaba encontrar allí a Tobias y Ax y vaya si los encontré.

       ¡ZAASSSS! Ax chasqueó la cola y me puso la cuchilla al cuello.

       – Eh, soy yo. Por favor, no me cortes la cabeza, a veces la utilizo.

       <¡Marco!>

       – No sabíamos si rescatarte o unirnos a la pelea de ahí fuera – indicó Tobias con su ahora voz humana.

       <Hemos logrado acceder al ordenador central de las instalaciones, aunque todavía no hemos descubierto nada.>

       Ax me guió hasta un resplandeciente y enorme ordenador tridimensional. Resultaba extraño, porque la sala, miraras a donde miraras, parecía una oficina cualquiera, como la de una agencia de seguros o la de una secretaría de colegio. Supongo que los yeerks no querían perder el tiempo trabajando con simples ordenadores como los de los humanos.

       – ¡Grrrrrrrrrr!

       El rugido del tigre de Jake sonaba un poco cansado.

       – Tenemos que salir de aquí y ayudarlos – exclamó Tobias.

       – No – espeté -, no solucionaríamos nada. Visser Tres ha venido con un regimiento de hork-bajir. Se ha transformado en una serpiente gigante de algún planeta extraño.

       Me miraron como si estuviera alucinando o algo así.

       – Mira, es él, ¿vale? Lo he visto por la ventana. Una serpiente amarilla rodeada de hork-bajir, ¿quién os creéis que puede ser si no?

       <Es imposible que haya tenido tiempo para saber lo que está pasando aquí abajo – señaló Ax -. Demasiado rápido para ser una misión de rescate.>

       – No creo que sea una misión de rescate, creo que es una coincidencia, que él ya estaba de camino.

       – O sea, que es mala suerte nuestra – intervino Tobias.

       – Quizá no – repliqué -. Visser Uno y Visser Tres son enemigos, puede que sea hasta bueno para nosotros, pero lo primero es lo primero. ¿Ax? Empieza a preguntarle al ordenador.

       No me podía creer que me quedara allí tan tranquilo mientras Jake, Rachel y Cassie estaban, seguramente, luchando por salvar sus vidas. Pero supongo que había observado bien de cerca la crueldad de los yeerks, la había visto en los fríos ojos de Visser Uno, la había escuchado en su voz sin piedad, a la que no le importaba lo más mínimo que yo fuera el hijo del cuerpo que ahora controlaba.

       Hay ocasiones en las que la única forma de sobrevivir es convirtiéndose en alguien tan cruel como el enemigo. Destroza antes de que te destrocen.

       <Como suponíamos – comentó Ax mirando la pantalla con sus ojos centrales -, los yeerks están invadiendo a los leerans, y no les está yendo bien. La mayoría de los leerans se resisten y, como pueden leer la mente, les ponen las cosas muy difíciles. Así que los yeerks han decidido atacar directamente por la fuerza.>

       – Pero al ser un mundo submarino no pueden confiárselo a los hork-bajir – repliqué -. ¡Claro!, por eso necesitan a los tiburones martillo. Quieren convertirlos en la tropa de choque en la guerra contra los leerans.

       – Perfecto, ¿podemos ahora salir allí fuera para ayudar a Rachel y a los demás? – preguntó Tobias.

       No había esperado la respuesta, ya había empezado a transformarse de nuevo: plumas rojas empezaban a salirle de las manos.

       – Ax, ¿puedes encontrar la forma de quitarnos estos cacharros de la cabeza? – le pedí.

       <Hay un programa de eliminación, pero está muy codificado; aparte de eso, sólo hay otra forma de deshacernos de estos implantes: destruyendo por completo este recinto>, informó Ax, que se comunicaba mentalmente con el ordenador.

       – ¿Qué? – intervino Tobias -. ¿No puedes eliminar estos aparatos sin volar por los aires este sitio?

       <Así es. Lo han montado de esta forma para no dejar huellas si algo va mal. En cualquier caso, no hay forma de destruir este recinto.>

       – Ax, ¿cómo consiguen que el agua no entre? ¿Cómo hacen para que no se inunde? No puede ser sólo por la presión de aire, ya que de ser así nos habrían estallado los oídos hace tiempo.

       <Son campos de fuerza, supongo, modulados para mantener el agua, pero que permiten la entrada y salida de animales.>

       – ¿Puedes llegar a los mandos de control?

       <Eso está hecho.>

       – ¿Puedes anular los campos de fuerza sin que los yeerks se enteren?

       <Soy un andalita, ninguno de los simples y aburridos ordenadores de los yeerks se me puede resistir, ya lo sabéis, a no ser que esté especialmente protegido>, comentó Ax con una sonrisa burlona.

       <Pero ¿os dais cuenta de lo que estáis diciendo? – replicó Tobias ya en su forma de ratonero -. Moriremos todos.>

       – Vamos a destruir el recinto y esperemos que nos desaparezcan estos implantes del cerebro – afirmé -. Ax, ¿puedes programarlo para que dispongamos de cinco minutos?

       <¿Cinco minutos? – Se comunicaba con el ordenador por telepatía -. Hecho, en cinco minutos millones de litros de agua llenarán este sitio.>

       <Mejor será que tengamos branquias para entonces>, comentó Tobias.

       – Sí, y aquellos que no las tengan… supongo que desearán haberlas tenido.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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24:

      Salimos de la habitación y según íbamos corriendo, me iba metamorfoseando. Me transformé en gorila. Nos dirigíamos a una pelea y, aunque el gorila no es un animal malo o agresivo, posee una fuerza increíble.

       Cuando llegamos a la puerta, yo ya había terminado, Tobias ya estaba volando y Ax era Ax.

       Abrí la puerta con fuerza, la verdad es que no me acordaba de que me había transformado en gorila y, del porrazo, la saqué de sus bisagras.

       ¡Qué visión tan espeluznante! Hork-bajir heridos, tirados por todas partes, un taxxonita se retorcía medio aplastado, mientras otro se lo comía. Rachel transformada en oso pardo, Jake en tigre y Cassie en lobo habían causado bastantes destrozos, pero estaban acorralados por unos hork-bajir que avanzaban despacio pero con decisión.

       Visser Uno, mi madre, se acercaba a ellos a grandes zancadas, con aire desinteresado. A medida que avanzaba iba golpeando con los pies a los hork-bajir heridos, exigiéndoles que se levantaran y se pusieran a luchar. Media docena ya se habían unido a ella.

       <Cinco minutos – recordé -, menos; para entonces debemos estar ya en el agua.>

       <Con branquias>, añadió Tobias.

       <Venga, vamos a salvar a Jake – resolví -; este chico, siempre le tengo que sacar las castañas del fuego. No va a aprender nunca.>

       Eché a correr a grandes pasos hacia donde se encontraban nuestros amigos. Tobias se dirigía volando y Ax me seguía corriendo con la cola en posición de ataque.

       <Por lo menos podré presentarle mi cola a Visser Uno>, comentó Ax alegremente.

       <¡No! – grité -. Es mejor que vayáis vosotros a ayudar a los demás y yo me ocuparé de Visser Uno y de su grupo.>

       Ax y Tobias siguieron adelante, y yo me lancé contra el grupo de hork-bajir que seguía a mi madre; no me habían visto llegar.

       ¡PUMMM! Le di un golpe a un hork-bajir que lo dejó inmóvil en el suelo.

       ¡SUUISH! Un hork-bajir se volvió y trató de golpearme con su brazo de cuchillas, pero como estaba herido fue bastante lento. Yo también era lento, pero no fallé. Le di con el puño de gorila en el pecho, con una fuerza superior a la de diez superhombres. El resto de los hork-bajir no se atrevieron a acercarse.

       – ¡Matadlo, cobardes! ¡Matadlos! – gritó mi madre volviéndose.

       Uno de los hork-bajir se precipitó sobre mí de un salto, con los brazos y las piernas refulgentes de cuchillas asesinas. Intenté esquivarlo, pero los gorilas no son lo que se dice muy rápidos.

       <¡Aaahhhh!> Sentí un dolor agudo. Aquel monstruo me había hecho un corte profundo en el brazo izquierdo, y la sangre brotaba tiñendo mi oscuro pelaje.

       – ¡Eso es! ¡Matadlo! – chilló Visser Uno con entusiasmo.

       El hork-bajir me atacó de nuevo y me hizo un corte superficial pero más doloroso en el hocico blando de gorila. Ante mi debilitamiento progresivo, sus compañeros decidieron acercarse, pensando que había desaparecido el peligro.

       Supongo que la gente piensa que como el gorila apenas es dos veces más fuerte que un hombre grande, y ni siquiera tan alto, tampoco puede tener demasiada fuerza, ¿no?

       Se equivocan. Probad a golpear a un gorila en la cabeza con un martillo y lo único que pasará es que os hará coméroslo. Arnold Schwarzenegger utilizando su cuerpo entero no me podría torcer la muñeca si yo no quisiera. Cuando están en la selva, los gorilas son tiernos y dulces, pero yo no era sólo un gorila, yo era Marco con el poder de un gorila, y la parte de mí que correspondía a Marco no se sentía ni tierna ni dulce.

       Agarré al enorme hork-bajir por su cuello de serpiente; lo sujeté con una sola mano y la cerré con todas mis fuerzas mientras me golpeaba con sus cuchillas. Aunque me cortó en el brazo una y otra vez, pude aguantar y con el otro brazo agarré a otro hork-bajir por la muñeca y simplemente los reuní en un abrazo no deseado. En circunstancias adversas pierdo los buenos modales.

       Creo que, después de aquello, decidieron que ya era suficiente y se marcharon dejando a Visser Uno solo.

       Había llegado la hora de la verdad. Me había quedado a solas con mi madre.

       – Muy bien, andalita – dijo con calma -, ya veo que estás disfrutando con todas estas maravillosas transformaciones terrestres. Debes saber que no puedes escapar de este lugar; sin embargo, si te rindes por las buenas, puedo dejarte vivir.

       No respondí, no podía. Los yeerks piensan que somos andalitas, y queremos que lo sigan creyendo. Siempre hemos temido que al hablar se nos pueda escapar algo que les deje ver que somos humanos. Si eso ocurriera, estaríamos acabados.

       Pero además había una segunda razón. Veréis, sabía que si empezaba a hablar con mi madre nunca podría parar, lo soltaría todo. Le contaría muchas cosas porque ha pasado mucho tiempo desde la última vez que mi madre y yo hablamos. Hay tantas cosas que me gustaría contarle, de mi vida, de mis amigos, de lo que he hecho en el colegio, de cómo hago reír a algunos profesores.

       – Si me matas, tú morirás conmigo, andalita – añadió Visser Uno pestañeando con esos ojos que me resultaban tan familiares.

       – Ha tu ma el ga su fa to li – dijo una voz áspera y confusa, casi como un eructo.

       Era una voz hablando un idioma alienígena que podía entender y sentir en la mente. Era como la telepatía, sólo que mucho más profundo. La voz parecía utilizar mis palabras en mi propio cerebro.

       <No se deje engañar, Visser Uno, no es un andalita>, había dicho la voz.

       Me volví, y allí, justo detrás de mí, había un controlador leeran, con sus tentáculos ondeantes. Podía haber aplastado a ese anfibio gigante sin el más mínimo esfuerzo, pero me quedé petrificado; sólo pude volverme a mirar a mi madre.

       <No es un andalita – continuó el leeran –, es un humano.>

       – No seas idiota – respondió Visser Uno con desprecio y sin cambiar la expresión de la cara -, es un gorila, y aunque se parecen a los humanos, no lo son, es una transformación andalita.

       <Siento contradecirle, Visser, pero…>

       Entonces, salí del trance en el que me había sumido, me volví y le pegué un puñetazo al leeran en toda su bocaza de rana al tiempo que en el muelle de al lado una inmensa serpiente amarilla surgía del agua.

       – Visser Tres, supongo – comentó mi madre con desdén.

       <Bueno, veo que las cosas se te complican, Visser Uno, nuestros viejos amigos los bandidos andalitas parece que han aniquilado a la mayoría de tus tropas.>

       – No habría perdido a tantos si no hubieras intervenido – gruñó Visser Uno -, y si no fueras un incompetente y un traidor al imperio, ya te habrías deshecho de todas estas sabandijas.

       <Sin duda el Consejo de los Trece disfrutará oyendo tus excusas por este fracaso>, respondió la gigantesca serpiente haciendo una mueca de desprecio demoníaco mientras se erguía ante nosotros.

       – ¡Lo que el Consejo va a oír es cómo has permitido a un puñado de andalitas salirse con la suya sin ser castigados!

       <Si todavía vas a perder a los leerans, estúpido medio humano.>

       – ¿Igual que tú has perdido ya la Tierra, a pesar que yo te la había dejado en perfectas condiciones?

       Aquella situación resultaba muy extraña. Mientras había una tremenda pelea llena de rugidos entre mis amigos y los hork-bajirs, yo había liquidado a un leeran delante de los dos vissers, que sólo parecían preocuparse por insultarse el uno al otro.

       Las cuestiones políticas son iguales en todas partes.

       De repente empezó a sonar una alarma a un volumen atronador, y una voz automatizada salió de los altavoces.

       – ¡Brr-REEET! ¡Brr-REEET! ¡Emergencia! ¡Emergencia! Los sellos de contención se romperán en tres minutos. Alerta máxima. Empieza la cuenta atrás. La cuenta atrás se hará a intervalos de diez segundos. Gracias y que tengan un buen día.

       No sé qué me sorprendió más, si el hecho de que estaban proclamando el que millones de litros de agua iban a precipitarse en el recinto, o el que la voz del ordenador nos deseara un buen día.

       Quería reírme, o por lo menos decir algo, pero sólo corrí.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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25:

      – Fallo en la contención. Disponen de dos minutos cincuenta segundos; que tengan un buen día.

       <Ja, ja, ja, ja – se rió Visser Tres -, el agua nos va a ahogar y tú estás encerrado en ese débil cuerpo humano, Visser Uno. Veo mi ascenso en grandes letras luminosas.>

       Visser Uno estaba rojo de rabia, pero se volvió y empezó a correr hacia el edificio de las oficinas.

       <Sí, ¡será mejor que corras y apagues el ordenador! – se jactó Visser Tres -, si eres capaz, claro, ya sabes lo buenos que son estos andalitas con los ordenadores, ¡ja, ja, ja!>

       – Fallo en la contención. Disponen de dos minutos cuarenta segundos; que tengan un buen día.

       Yo había empezado a correr. Jake, sangrando, me vio venir mientras Rachel estaba echando a un lado a un hork-bajir destrozado.

       <Todo un detalle por tu parte el pasarte por aquí, Marco – comentó Rachel -. ¿Te has deshecho por lo menos de Visser Uno?>

       <No>, dije tajante.

       <¿Estás bien?>, me preguntó Jake en privado.

       <No, no lo estoy, pero ahora hay que salir de aquí.>

       Justo entonces, algo gigante se nos vino encima, algo amarillo y venenoso, que iba directo a Ax.

       <Ax, ¡cuidado!>

       Visser Tres abrió su tremenda mandíbula, estaba listo para morder a Ax, pero éste lo esquivó.

       <No soy humano, Marco, no es tan fácil pillarme>, declaró Ax con calma.

       – Fallo en la contención. Disponen de dos minutos diez segundos; que tengan un buen día.

       Visser Tres retrocedió y lo intentó de nuevo con Ax. Esta vez, la cabeza gigante bajó más deprisa.

       As saltó hacia la izquierda e intentó lanzar la cola a la cabeza de la criatura, pero se tropezó con una pezuña en los escombros, con lo que dio una sacudida y se cayó.

       <¡Ya eres mío!>, gritó de alegría Visser Tres cerrando la mandíbula alrededor de Ax.

       Pero entonces, con Ax literalmente en su boca, Visser Tres se detuvo de repente.

       Un oso pardo gigante y muy enfadado le había agarrado por la mitad.

       <¡Suéltalo! – gruñó Rachel -, suéltalo o te parto en dos.>

       Rachel se había atrevido a hablar con Visser Tres. Estaba alucinado, pero supongo que ella no tenía otra opción.

       El Visser se quedó inmóvil. Podía haber partido a Ax por la mitad, pero no lo hizo.

       <Esto es un empate, andalita – dijo Visser Tres -, tú me tienes a mí, y yo a tu amigo terrorista; sin embargo, el agua empezará a entrar pronto, y te ahogarás en ese cuerpo de oso.>

       <¡Suéltalo!>, gritó Rachel apretando más, hasta que las garras hicieron que el cuerpo de serpiente rezumara un sudor amarillo verdoso.

       <Supongo que debemos llegar a un acuerdo>, dijo Visser Tres.

       Me acerqué, apunté con cuidado a la cabeza de la serpiente, eché el brazo hacia atrás, puse todo mi peso sobre los fuertes músculos de los hombros y el cuello, y le propiné un puñetazo en la nariz.

       <Trágate esto>, dije mientras el puño se estampaba en el morro viscoso y blando de la serpiente. Los ojos de serpiente se quedaron abiertos, al igual que su mandíbula. Durante unos segundos permaneció inmóvil y luego cayó al suelo.

       Se deslizó, casi inconsciente, hasta entrar en el agua de nuevo; dejando a su paso un reguero verde.

       <Gracias>, susurró Ax recuperando la calma. Estaba cubierto con el mismo líquido verde asqueroso.

       – Fallo en la contención. Disponen de un minuto cuarenta segundos; que tengan un buen día.

       <¡Salgamos de aquí!>, grité.

       <Es hora de largarse, chicos y chicas>, apuntó Tobias mientras acababa con la cabeza de un hork-bajir.

       – Fallo de contención suspendido a un minuto cuarenta segundos; que tengan un buen día.

       <¿Qué?>

       <¡Ha sido Visser Uno!>, informó Cassie acercándose hacia nosotros a grandes zancadas. Mi amiga, que se había transformado en lobo, lo debía de haber pasado fatal. Tenía cortes en más sitios de los que pudiera contar.

       <¡Deberías haber acabado con ella cuando tuviste la oportunidad, Marco! – se encolerizó Rachel -. Ahora me ocuparé yo de ella.>

       Bajó su cuerpo peludo al suelo y se fue a cuatro patas hacia el edificio. Ax se fue con ella; tenía la cola herida y en guardia.

       <Marco, ya sabes lo que van a hacer>, me gritó Jake con urgencia.

       <Sí, Jake, lo sé>, contesté afirmando con mi tremenda cabeza de gorila.

       <Deberías hacer algo>, dijo Jake.

       <Sí.>

       Me quedé allí, petrificado, mientras Rachel y Ax llegaban a la puerta del edificio.

       <Jake, tú, Cassie y Tobias transformaos, ¿vale? Yo tengo que ir y… no sé.>

       <Vete – respondió Jake -, tendremos branquias en un minuto. ¿Marco?>

       <¿Sí?>

       <Haz lo que debas, olvídate de lo que piensen los demás.>

       Ése es mi amigo Jake, y ésa es su respuesta a todo, supongo: haz lo que debas. Y de alguna forma siempre parece saber qué es lo que se debe o no hacer, o al menos, cree que lo sabe. Jake es un héroe por naturaleza, y los héroes siempre saben lo que hay que hacer.

       ¿Y yo? Yo soy un comediante, sé lo que es divertido y lo que no lo es.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Capítulo 26:

      Los encontré en la oficina, allí es donde ella había ido para detener el ordenador. Estaba de pie, desafiante, detrás de su escritorio, con una pistola de rayos dragón.

       ¡SSIIIUUMMM!

       ¡Disparó! El rayo de luz cortante quemó, con un precioso semicírculo, el hombro izquierdo de Rachel.

       – ¡Grroooorrrr! – rugió de dolor.

       Visser Uno dirigió la pistola hacia Ax.

       ¡FWAPPP! La cuchilla de la cola de Ax era demasiado rápida para que yo pudiera seguir el movimiento, pero vi el corte que le hizo al brazo humano de Visser Uno y cómo caía al suelo la pistola de rayos dragón.

       Rachel se tiró encima de Visser Uno en un segundo; los osos pardos pueden ser muy rápidos si lo necesitan o cuando están muy enfadados, y Rachel lo estaba.

       Sólo con el impulso lo tiró al suelo y cuando intentó levantarse Rachel se echó sobre él.

       No tenía la más mínima oportunidad, un oso contra un humano, un oso transformado contra un controlador humano, no había nada que hacer. Visser Uno era como una muñeca de trapo rota; con un simple manotazo de su zarpa salvaje, Rachel podía arrancarle la cabeza de los hombros.

       <¡NO!>, grité.

       <¡Cállate, Marco!>, me contestó Rachel volviendo la cabeza y mirándome con sus ojos miopes de oso.

       <¡He dicho que no! ¡No lo hagas!>

       <Es un visser yeerk>, apuntó Ax con calma.

       <¡No! – repetí -. ¡Es mi madre!>

       Nadie se movió durante unos segundos que me parecieron una eternidad. Visser Uno, mi madre, no había oído nada, por supuesto. Me había comunicado por telepatía sólo con Rachel y Ax.

       <Tu madre está muerta>, replicó Rachel.

       <No, pensaba que lo estaba, pero es ella o lo era. Y quizás algún día lo será de nuevo si… si vive.>

       Rachel dudó y con rabia, pero muy poca fuerza para un oso, le dio un golpe a mi madre y la apartó hacia un lado.

       <Gracias>, dije.

       <Marco, sigue siendo un peligro para nosotros>, interrumpió Ax, que no era tan fácil de convencer.

       <Quizá no – añadí -. Mira.> Señalé hacia la gran ventana redonda que daba al mar. Allí, justo detrás de la claraboya, había una monstruosa serpiente amarilla, Visser Tres.

       <Nos ha visto perdonarle la vida – proseguí -. ¿Cómo crees que Visser Tres va a interpretar eso?>

       <Pensará que es un traidor – contestó Ax al instante -, es lo que quiere creer, y lo que ve es que le hemos perdonado la vida; será la prueba que necesita.>

       <Lo siento, Marco – interrumpió Rachel; el delirio violento de la batalla había desaparecido -, no lo sabía.>

       <Cállate, Xena>, le respondí con brusquedad.

       <Eh, sólo estaba intentando ser amable.>

       <Lo sé, así que cállate.>

       <Lo ha bloqueado, me llevará unos diez minutos volver a programarlo>, explicó Ax una vez en la mesa del ordenador.

       Percibí con el rabillo del ojo como una nebulosa que se movía, y no me dio tiempo a gritar. Sólo vi a Visser Uno, mi madre, agarrar la pistola de rayos dragón que se le había caído y apuntar directamente a Rachel, que se hallaba demasiado lejos de mí para empujarla.

       El instinto me invadió; no el instinto de gorila, sino el de humano, aquella bombilla, inteligente e implacable que permitió al Homo sapiens erigirse sobre los demás animales.

       Tomé la silla y la alcé; era pesada, de hierro y cuero, y la lancé contra mi madre, pero fallé, o quizá quería fallar en realidad. No creo que lo sepa nunca.

       El caso es que la silla salió volando con todo su peso y rapidez, y golpeó el cristal de la ventana.

       ¡CRASH! El cristal no se rompió, sólo se agrietó, pero la presión del agua era demasiado fuerte, por lo que empezó a filtrarse primero y a entrar con más fuerza después.

       Mi madre se sobresaltó.

       ¡SSIIIUUMMM! Disparó pero falló.

       Rachel reaccionó con rapidez, dándole a Visser Uno un golpe con el revés de su zarpa; fue un golpe duro, pero no mortal.

       <¡Esa ventana se va a romper!>, gritó Ax.

       <¡Salgamos de aquí! – secundó Rachel -. ¡Vamos! ¡Ahora! ¡Ahora!>

       <¡Tengo que salvarla!>, grité

       <¡Corre, idiota, o nadie se salvará!>, exclamó Rachel.

       ¡CRR-UMF! ¡La ventana estalló en pedazos!

       ¡FWOOOOOOOOSH!

       Era como estar con la cara a diez centímetros de una manguera de presión. ¡La fuerza del agua era terrible!, como si te golpeara un tronco.

       A mí me tiró al instante, haciéndome girar como una peonza en una increíble avalancha de espuma. La habitación se convirtió en un tornado, el agua se llevaba todo lo que había en una espiral. De repente, algo alargado y de un amarillo brillante entró precipitadamente en la habitación.

       ¡Visser Tres! La repentina succión lo había pillado por sorpresa y lo había arrastrado hacia el interior, como un hilo absorbido por la aspiradora.

       La puerta de la oficina salió disparada como un corcho de botella. Rachel, Ax, yo y la tremenda serpiente de agua que era Visser Tres salimos despedidos hacia el pasillo. Era como si nos hubieran lanzado con un cañón.

       ¡FWOOOSH! Las paredes se iban derrumbando con la fuerza del agua.

       Salimos del edificio destrozado. El agua se dispersó un poco, por lo que pude localizar a mi madre flotando boca abajo, a varios metros de distancia.

       Intenté nadar hacia ella, pero la corriente era demasiado fuerte.

       <¡Transformaos!>, gritó Rachel.

       Yo ya había empezado y estaba a medio camino de ser humano otra vez. Vi a Rachel, todavía un oso en su mayor parte, salir dando tumbos.

       Entonces divisé un ser de piel amarillo verdosa, deslizándose con facilidad a través del movimiento salvaje del agua. Sus tentáculos parecían perfectamente diseñados para resistir la corriente.

       ¡El leeran!

       Se dirigía hacia mi madre, ¿para salvarla?, ¿para destruirla?, ¿para capturarla y que Visser Tres pudiera divertirse viéndola sufrir? No lo sé porque en ese momento el agua me arrastró hasta el muelle y me hundí en las profundidades.

       Luché desesperadamente por una bocanada de aire. Sentía que me ardían los pulmones.

       Y empecé a concentrarme en el tiburón que había dentro de mí.

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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Capítulo 27:

      De repente divisé a los tiburones merodeando por el recinto. No sé cómo, pero de alguna manera alguien los había alterado, o quizá la destrucción del recinto los había puesto nerviosos.

       <¡Aquí vienen!>, advirtió Cassie.

       Si alguna vez os habéis preguntado cómo es el miedo, os lo puedo describir: es una docena de tiburones martillo mirándote con esa mueca demoníaca que los caracteriza.

       Se acercaban, pero lo mejor de todo era que no me importaba, quería pelearme, quería sentir dolor y quería infligir dolor. No era un tiburón tranquilo y sin sentimientos, sino un chico que había visto morir a su madre por segunda vez.

       No esperé a que los tiburones se acercaran. Me impulsé con mi elegante cola y me lancé contra uno de ellos. Parecíamos dos coches a punto de chocar de frente.

       Torcí mi cabeza de martillo y nadé un poco de lado, para después enderezarme. Mi enemigo intentó reaccionar, pero fue demasiado tarde. Cerré la mandíbula sobre su cuerpo con una fuerza capaz de cortar la pierna por la mitad, y le arranqué un trozo.

       <¡Sí! ¡Sí! Ven a por más>, le incité eufórico.

       <Marco, ¡para!>, me gritó Jake.

       Me volví hasta quedarme con el vientre hacia arriba, me impulsé, volví la cabeza y le hinqué los dientes hasta arrancarle la parte superior de la cola.

       <¡Marco! ¡He dicho que pares!>

       De repente otro tiburón me golpeó como si quisiera apartarme de mi enemigo, que huyó despavorido. No creo que le quedaran muchas ganas de repetir.

       Me volví hacia el tiburón que me había empujado.

       <Soy yo, Marco – dijo Jake -, soy yo, se marchan, huyen, han perdido la señal que les mandaban desde el recinto.>

       Me quedé allí mirándolo como embobado.

       <Todo ha terminado, Marco, vámonos de aquí.>

       Las ansias de sangre desaparecieron. Miré a mi alrededor y vi que se marchaban los últimos tiburones manipulados.

       Del recinto sumergido salían enormes burbujas, y pequeñas explosiones sacudían el mar, como el eco de los golpes de martillo en el agua.

       El holograma que escondía el recinto emitió un resplandor y desapareció al tiempo que escapábamos del horror más absoluto.

       Vimos a Visser Tres, una cinta amarilla, que se alejaba zigzagueando.

       Sentí un cosquilleo en el cerebro; estaba desapareciendo el chip de control. Ax había dicho que ocurriría cuando el ordenador del recinto decidiera que el juego había terminado.

       Los yeerks eran buenos a la hora de destruir pruebas. Los chips de todos los tiburones se estaban deshaciendo. Ningún pescador encontraría jamás un tiburón con tecnología alienígena en la cabeza.

       <Hemos terminado con ellos>, comentó Cassie.

       <Espero que por lo menos Visser Uno no escape – añadió Tobias -, me gustaría pensar que se encuentra allí abajo ahora mismo, intentando averiguar cómo mantener la respiración.>

       Era el tipo de comentario que yo habría hecho. Jake y Ax guardaron silencio. Sabía que Jake se lo diría a Cassie, y si no lo hacía él, lo haría Rachel. Todos lo sabrían, Jake, Rachel y Ax ya estaban al tanto.

       Tenía el corazón destrozado y estaba llorando, a la manera que puede hacerlo un tiburón. Mis amigos lo sabían. Había perdido a mi madre una vez, y ahora la perdía de nuevo, a menos que…

       Me vino la imagen del leeran nadando hacia ella. ¿Lo habría conseguido? No, era mejor no hacerse ilusiones. Nadamos hacia la playa, donde nos convertiríamos en humanos otra vez y regresaríamos a nuestras vidas; de vuelta a casa, a los deberes; de vuelta a decirle buenas noches a la foto de mi madre.

       Pero nada volvería a ser ya lo mismo. ¿Cómo podría serlo? Todos lo sabrían.

       Sentí que se me iba la fuerza. Me sentía exhausto y fracasado. Esperaba que alguien dijera algo bonito, algo tierno y reconfortante, algo que nadie le hubiera dicho al viejo Marco.

       <Eh, he oído algo – dijo Rachel -, es mecánico, como… ¡eh! Es el sonido del submarino, el submarino transparente, oigo el motor.>

       <Yo no oigo nada>, añadió Tobias.

       <Viene de aquella dirección – indicó Rachel –, se acerca hacia mí.>

       Yo tampoco oía nada, quizá Rachel se lo estaba inventando. Quizás estaba intentando darme una pequeña esperanza a la que agarrarme; no parecía algo que Rachel se pudiera inventar, pero hay cosas ocultas en ella que a veces nos sorprenden.

       <Gracias, Xena>, le dije.

       Si hubiera respondido «De nada» sabría que era una mentira, que no había escuchado nada, que sólo estaba intentando ser amable conmigo.

       <¿Gracias por qué? ¿Por oír el submarino? ¿Por prestar más atención que tú, Marco? – replicó Rachel con ese tono burlón típico de ella -. ¿Sabes? Quizá la razón por la que yo oigo más que tú, Marco, es que yo no utilizo la mitad de mi cerebro para hacer chistes tontos y la otra mitad para reírme de ellos.>

       Fue un buen golpe que me hizo reír un poco. No me importa que hagan chistes a mis expensas, siempre que sean divertidos.

       ¿Era cierto? ¿Habría conseguido mi madre llegar al submarino y escapar? No lo sé, y supongo que no estaba completamente seguro de querer que fuera verdad.

       Si se había marchado… de verdad, marchado de verdad, entonces podría ser una persona normal de nuevo. Podía estar triste, y después de olvidarlo, podría ser libre; pero si ella estaba viva todavía y atrapada, entonces yo también lo estaba. Tendría que intentar salvarla, y seguiría estando prisionero de la esperanza.

       <Te preguntaré esto sólo una vez más, y después se acabó, porque sé cómo te sientes cuando la gente siente pena por ti – me susurró Jake en privado para que nadie lo pudiera oír -. ¿Estás bien, Marco?>

       Como siempre digo, creo que en la vida hay que tomar la decisión de vivirla como una tragedia o como una comedia, y yo hace tiempo que decidí elegir las bromas.

       Y en aquel momento tenía que decidir si, en mi cerebro, mi madre estaba viva o muerta. De repente me vino una imagen a la cabeza, una imagen del futuro: yo estaba con mi madre, que era libre. Quizá falte mucho todavía pero podía verme con mi padre y mi madre, sentados juntos, hablando de lo que había ocurrido, de todos los secretos y la desesperación, del miedo, la rabia y la desesperanza. Lo recordaríamos todo.

       Con el tiempo, poco a poco, dejaríamos de hablar de lo horrible que había sido y empezaríamos a hablar de cosas extrañas, raras, cosas de las que nos reiríamos y que para entonces habrían terminado.

       Veréis, fue mi madre la que me enseñó que el mundo era divertido y, si está viva, quizá todavía llegue ese día en el que nos sentaremos juntos y nos reiremos de nuevo.

       <Estoy bien, Jake – contesté -, y estaré mucho mejor cuando ella esté libre otra vez.>

      © 1998 K.A. Applegate

      © 1999 Traducción de Raquel del Pozo para Ediciones B España

      2006 de la transcripción de arlawyn

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